Domingo, 19 Abril 2009 06:30

La sonrisa congelada. Somos el país más feliz del mundo. ¿De qué se queja, ciudadano inmundo?

Escrito por  Héctor José Arenas A.
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Es la noche del sábado 28 de marzo y en una antigua casona del barrio La Candelaria, un hombre mayor, con sospechosa agilidad en el cuerpo y notable claridad en la voz, nos pide con amabilidad –porque vivimos en un país amable–, nos dice que nos dirijamos a escuchar la palabra del cacique Uwa al que los españoles le quemaron las quimbas por no revelar dónde estaba el oro.
 
Se trata de Santiago García, uno de los fundadores principales del mítico grupo teatral La Candelaria, que tantos reconocimientos ha tenido por una labor de más de 40 años consagrados al arduo y vital proceso de creación colectiva, la experimentación artística y el sostenimiento de una ventana de luz sobre una realidad demencial instaurada como lo más normal del mundo. Mientras aprende, el Grupo nos ha enseñado a liberarnos de las percepciones instauradas, así como a observar mejor esta extraña jaula en la que somos absolutamente libres, con la única condición de no expresar lo que pensamos y sentimos ni hacer lo que anhelamos.
 
Esta noche se presenta A titulo personal, una mirada irónica al asombroso quehacer de cuatro décadas del colectivo, que ofrenda un derroche de afirmación vital, talento y lucidez en medio del imperio de la estulticia y el cinismo. Esta obra colectiva fue creada a partir de la rica memoria del grupo apasionado por el estudio del teatro, la poesía y la ciencia de lejanas geografías, de la realidad desaforada del sur de América y del discurrir vertiginoso de nuestro crisol de razas y culturas –a un tiempo infernal y deslumbrante–, que hierve en esta esquina andina, caribeña y amazónica de Abya Yala, tan largo tiempo codiciada. La obra fue tejida también con la memoria de las penas infinitas nacidas del prolongado sacrificio de tantos inermes soñadores…
 
Fuera del Teatro quedan las calles y veredas con más 550.000 jóvenes humildes intoxicados en la desconfianza y el odio, y condenados a los oficios horrendos de la guerra; en el patio del Teatro, antes de ingresar en la sala, se inicia el Carnaval, un torrente de música y pasión –porque el marketing para vender a Colombia en los mercados internacionales ha dictaminado que Colombia es pasión– en medio de la miseria y el desangre.
 
Discurriendo entre el viaje al recuerdo con el desfile de la memoria poética de la revolución rusa, la voz y la presencia formidable de Carmiña cantando a capela un vallenato que nos arroba sin remedio por el sentimiento con el que lo interpreta, y por la letra mordaz que en tres minutos nos conmociona con verdades de piedra, y la fulgurante pedagogía artística que despliega Paletas, mostrándonos entre otras muchas cosas la forma cómo los desaparecidos nos hacen aparecer y cómo se es libre dentro del reglamento. Así se inicia una filigrana de fulgores labrada por una excepcional conjunción de talentos maduros y en flor.
Alguien decía que en tiempos oscuros se escribe con tinta invisible, y en este territorio, en el que hoy continúan entrelazados lo horrendo y lo luminoso, sigue germinando un teatro impecable en la tradición pero arriesgado en la propuesta, sutil y brutal, audaz en la expresión despiadada y no hermético a la ternura, sazonado con maestría en canto y poesía, y capaz de arrebatarnos en un instante una risa irreprimible, y en el instante siguiente congelarnos la sonrisa en los labios al abrirnos la conciencia a lo monstruoso que se esconde en la comedia.
 
Un hilo de música seleccionada con un cuidado alquímico, una serie de pinturas vivas y fragmentos magistrales que ahora enardecen, dejan desolación y atraviesan la obra. En la sala del Teatro están, y lo disfrutan como chiquillas, abuelas campesinas que han venido hasta Santa Fe de Bogotá a la temporada de Teatro de Mujeres en Escena, organizado desde hace años por ese ciclón hacedor en forma de mujer: Patricia Ariza, quien también forma parte del grupo que ha logrado A título personal.
 
Fuera del Teatro permanecen muchas organizaciones sociales, sindicales y políticas que persisten en rutinarias prácticas sectoriales, en deleznables ambiciones, recelos y murmuraciones que no se compadecen con el itinerario de horror a que ha sido sometido un pueblo noble y laborioso, en dogmas que se repiten en el fracaso proveniente del germen fatídico de pretender instrumentalizar a los otros, en lenguajes desvitalizados, y en métodos de comunicación incapaces de establecer empatía con la gran masa irredenta que día a día, noche a noche, enfrenta la falta de pan, techo, medicina, dignidad y cultura, en medio de la condición adversa de un país arrojado desde 1946 a la aniquilación sistemática, el enfrentamiento fratricida y la amnesia.
 
Una comunicación en diversos planos con nuestros sentimientos profundos, y las fuentes de nuestro ímpetu, brilla con luz propia desde la obra, en medio de una atmósfera que ve prevalecer el desconocimiento por norma y el autismo expandido. Así, A título personal puede ser apreciada más de una vez porque se trata de varias obras en una, y porque el estado anímico de un mismo audiente creativo encontrará diferentes resonancias en cada contemplación.
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