Domingo, 19 Abril 2009 08:51

Pensamiento crítico*. Condición humana e izquierda darviniana

Escrito por  Libardo Sarmiento Anzola
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1. Desfase de las ideologías

 
“Una teoría magnífica pero aplicada a una especie equivocada”, dijo con cierta sorna sobre el marxismo el sociobiólogo estadounidense E. O. Wilson. El siglo XX registró un rápido, profundo y amplio desarrollo de la ciencia y la tecnología, trágicas experiencias históricas, además de complejas y nuevas investigaciones sobre el cerebro, la mente y la conciencia. Este espectro de hechos transformó la visión sobre el ser humano y la manera de entender el mundo, así como nos hizo menos ilusos y requeridos de tener una mejor comprensión sobre el comportamiento social, político, económico y cultural de los seres humanos, firmemente basada en una interpretación moderna de la naturaleza humana.
 
Las nuevas ideas provenientes de cuatro fronteras del conocimiento –las ciencias de la mente, el cerebro, los genes y la evolución– están aportando a una nueva interpretación de la naturaleza humana. En contraste, las ideologías políticas –no menos que las demás teorías sociales y humanas– se fundamentan en concepciones de la naturaleza humana, pero éstas, respecto a los avances de la ciencia contemporánea, registran un desfase de 300 años.
 
Las ideologías de izquierda y de derecha se configuraron antes de Darwin, de Mendel y de Einstein; antes que alguien supiera qué es un gen, una neurona o una hormona, antes de los descubrimientos de la astrofísica moderna, y antes de los aportes de la fenomenología, la teoría de los valores y el análisis existencial. La triádica visión fundamentada en la “Tabla Rasa” (la no existencia de una naturaleza humana permanente), el “Buen Salvaje” (la no existencia de unos instintos egoístas o perversos) y el “Fantasma en la Máquina” (un nosotros sin límites que puede decidir un mundo perfecto, armonioso, en paz y pletórico de felicidad) –sustento de las corrientes empirista, romántica y dualista– quedó seriamente cuestionada cuando las ideas de la biología evolutiva y la genética conductista se hicieron públicas en la década de los 60.
 
La unificación de nuestros conocimientos sobre la vida y su evolución, y sobre la materia y la energía, fue el mayor logro científico de la segunda mitad del siglo XX. La creencia de la izquierda en que la naturaleza humana se puede cambiar a voluntad, así como la creencia de la derecha en que la moral se basa en que Dios nos provee de un alma inmaterial e inmortal, se están convirtiendo en empeños insostenibles ante los nuevos descubrimientos de la ciencia. Más curioso resulta aún, escribe el darviniana austriaco de izquierda Peter Singer, que dos ideologías tan distintas como el cristianismo y el marxismo estén mutuamente de acuerdo en insistir en el abismo que separa a los humanos de los animales; por tanto, en insistir que la teoría evolucionista no se puede aplicar a los seres humanos.
 

2. Evolución

 
Hoy sabemos que el universo tiene 15.000 millones de años (la Tierra data de hace 4.500 millones de años) y que el ser humano empezó a evolucionar tan solo hace cuatro millones de años (aparecen los simios del Sur, erectos: Australopithecus afarensis). El habitante humano ha compartido menos de tres años de cada 10 mil de existencia del universo. El Homo sapiens plenamente evolucionado cuenta con menos de 100 mil años, y la civilización (escritura, ciudades, Estado, domesticación de plantas y animales) empezó hace apenas 12 mil años. La estructura molecular del ADN y la naturaleza del código genético se dilucidaron por primera vez hacia 1950-1960. Hace menos de cinco décadas que aprendimos a leer el código genético: toda la vida sobre la Tierra, todo ser vivo, tienen una información genética codificada en sus ácidos nucleicos y emplean en esencia el mismo código para ejecutar las instrucciones hereditarias. Hace muy poco pudimos entender la continuidad entre física atómica, química molecular, y naturaleza de reproducción y herencia.
 
Somos animales evolucionados y llevamos el sello de nuestra herencia, no sólo en la anatomía y el ADN sino también en nuestro comportamiento. Según el punto de vista científico imperante, es gracias a la mente como percibimos lo que hace el cerebro; es decir, es la propiedad de los cien billones (millones de millones) de conexiones nerviosas del cerebro. La muerte cerebral implica una lesión del encéfalo, de tal magnitud y gravedad que se pierden todos los mecanismos reguladores del cerebro sobre el resto del organismo, incluida la conciencia, de manera definitiva. Sin embargo, es demasiado lo que no entendemos del todo en la conciencia humana (el problema de la conciencia está instalado de manera inestable en la frontera entre la ciencia y la filosofía). A la luz de los descubrimientos y de estudios recientes, son falsas las visiones corrientes sobre la conciencia –dualismo, materialismo, conductismo, funcionalismo, computacionismo, eliminativismo, epifenomenalismo, idealismo. La conciencia es un gran misterio, tal vez el mayor obstáculo pendiente en nuestra búsqueda de una comprensión científica del universo. Por ello, actualmente la conciencia es uno de los objetos de investigación más importantes de la filosofía, la psicología, la ciencia cognitiva, la neurociencia e incluso las corrientes místicas.
 
La genética molecular enseña que cada organismo tiene su propia particularidad. Sin embargo, hay continuidad entre los seres humanos y los animales, no sólo en lo relativo a la anatomía y la fisiología; asimismo en la vida mental: los animales tienen capacidad de amar, recordar, sentir curiosidad, razonar y compadecerse entre sí. De acuerdo con los estudios de los paleontólogos y los biólogos evolucionistas, los chimpancés fueron la última línea de los simios de la actualidad en abrirse de la rama que condujo a los humanos, hace cuatro millones de años. Una investigación reciente muestra cómo, a pesar de profundas diferencias en las dos especies, sólo un 1,2 por ciento de las diferencias en sus genes separa al Homo sapiens de los chimpancés. En efecto, además de las semejanzas en los rostros expresivos y los pulgares oponibles, los chimpancés muestran un extraordinario abanico de comportamientos y talento: elaboran y utilizan herramientas sencillas, cazan en grupos, participan en actos agresivos y violentos; son criaturas sociales capaces de mostrar empatía, altruismo, conciencia de sí mismos y cooperación en la solución de problemas; y aprenden mediante el ejemplo y la experiencia, y en algunas tareas de memoria superan a los humanos.
 
Si bien resulta evidente que las personas nacemos con ciertas aptitudes y cierta manera de ser, la conducta humana procede de la interacción entre herencia y entorno. No todo está en la genética. El medio es tan importante como los genes. Todo aquello que los niños experimentan en su crecimiento tiene la misma importancia que la dotación con que vienen al mundo. Incluso si la conducta es hereditaria, el comportamiento sigue siendo producto del desarrollo personal y, por tanto, tiene un componente ambiental de índole causal.
 
Contra todo “biologismo”, “psicologismo” o “sociologismo”, el análisis existencial moderno ha demostrado que, si bien el ser humano no está libre de condicionamientos, lo es para asumir una actitud frente a éstos: el ser humano es un individuo con orientación de sentido y significado que aspira a la realización de valores (universales, de sentido y significado) en cada momento concreto de su existencia en que deba decidir o tomar posición. En resumen, la pequeña diferencia del 1,2 por ciento que nos separa de nuestros ‘primos’ se explica por las realidades existenciales del ser humano: la espiritualidad**, la libertad y la responsabilidad del ser humano ante lo otro. En resumen, es la fuerza o el poder de obstinación del espíritu lo que capacita al ser humano para imponer su carácter humano a pesar de los estados somato-psíquicos, y de las circunstancias sociales e históricas.
 
De acuerdo con una de las voces críticas más escuchadas de nuestro tiempo, la del lingüista y profesor del MIT Noam Chomsky, “una visión de un orden social futuro se basa en un concepto de la naturaleza humana. Si, de hecho, el hombre es un ser indefinidamente maleable y por completo plástico, sin estructuras de la mente innatas ni necesidades intrínsecas de carácter cultural o social, entonces es el sujeto adecuado para la ‘configuración de la conducta’ por parte de la autoridad del Estado, el director corporativo, el tecnócrata o el comité central. Quienes albergan alguna esperanza en la especie humana confiarán en que las cosas no sean así, e intentarán determinar las características intrínsecas que proporcionen la estructura para el desarrollo intelectual, el crecimiento de la conciencia moral, los logros culturales y la participación en una comunidad libre”.
 
Singer nos recuerda que debemos reconocer también los límites de la naturaleza humana, que hace de la perfectibilidad de lo humano una meta imposible, lo cual significa reconocer los componentes específicos de nuestra naturaleza; entre ellos, el interés propio, que implica que los sistemas económicos competitivos funcionen mejor que los monopolios estatales; la primacía de los lazos familiares en todas las sociedades humanas, y el consiguiente atractivo del nepotismo y la herencia; el instinto de dominación, por el que los gobiernos poderosos son vulnerables ante los autócratas desmesurados; la tendencia, bajo muy distintas condiciones, de los seres humanos a crear jerarquías; el etnocentrismo, que pone los movimientos nacionalistas en peligro de cometer discriminación y genocidio; la universalidad del dominio y la violencia en todas las sociedades humanas; el atractivo del status que lleva a los hombres a obsesionarse con el rango y asimismo a matarse por ofensas triviales; y el predominio de los mecanismos de defensa por los cuales las personas se engañan a sí mismas sobre su autonomía, su sabiduría y su integridad.
 
Para Singer, lo anterior no implica que nos encojamos de hombros ante el sufrimiento evitable de los débiles y los pobres, de los explotados y los estafados, o de quienes simplemente no disponen de lo suficiente para vivir con decencia. Si decimos que así funciona el mundo y siempre será así, y que nada podemos hacer al respecto, no podemos formar parte de la izquierda. Según Singer, ésta consiste en la conciencia sobre la inmensa cantidad de dolor, sufrimiento e injusticia que hay en nuestro universo, y el deseo de hacer algo por reducirla. El izquierdismo de Singer, como el tradicional, se define por contraste con una Visión Trágica, derrotista, fatalista, de la naturaleza. Ser de izquierda consiste en defender ciertos valores.
 

3. Izquierda darviniana

 
En la tradición del pensamiento crítico, la “riqueza humana” es el despliegue multilateral de las fuerzas esenciales de la especie. Este es un concepto que el marxista húngaro György Márkus dilucida como componente “esencial” del concepto marxiano de la especificidad humana: trabajo (en el sentido más amplio de producción de objetivaciones), socialidad, universalidad, conciencia y libertad. La teoría materialista de la historia implica que no existe una naturaleza humana de carácter fijo; se transforma con cada cambio del modo de producción y de las relaciones sociales concomitantes.
 
Consciente tanto de la ciencia como de la historia, la izquierda darviniana ha abandonado la Visión Utópica que tantos desastres imprevisibles ha traído. A la vez, reconoce la influencia de la evolución y la herencia sobre los asuntos humanos. Esta nueva izquierda argumenta que las formaciones sociales influyen en nuestras ideas, nuestra política y nuestra conciencia a través de los rasgos específicos de la herencia biológica. Estar ciego ante los hechos de la naturaleza humana es arriesgarse al desastre. Según Singer, las ideas utópicas deben sustituirse por una visión fríamente realista de lo que es posible alcanzar. Por tanto:
 

Una izquierda darviniana no debe:

 
  • negar que exista una naturaleza humana, ni insistir en que la naturaleza humana es inherentemente buena e infinitamente maleable.
  • confiar en resolver todos los conflictos y las rivalidades entre los seres humanos mediante la revolución política, el cambio social o una mejor educación.
  • asumir que todas las desigualdades se explican por la discriminación, los prejuicios, la opresión o el condicionamiento sociales; algunas sí que se deberán a esto, pero ello no puede presuponerse para todos las casos.
 

Una izquierda darviniana debe:

 
  •  aceptar que existe algo así como una naturaleza humana y tratar de saber más de ésta, de modo que las medidas políticas se basen en los mejores datos disponibles sobre cómo son los seres humanos.
  • rechazar toda inferencia que de lo ‘natural’ deduzca lo que es ‘correcto’; por tanto, evitar la falacia consistente en que los valores se pueden colegir de los hechos; los enunciados científicos sobre hechos y relaciones no pueden dar lugar a mandatos morales.
  • aceptar que toda sociedad humana presentará algunas tendencias competitivas, y cooperativas otras; no podemos cambiar esto, pero sí las proporciones entre los dos elementos.
  • contar con que, en los distintos sistemas sociales y económicos, muchas personas actuarán en forma competitiva con el objeto de realzar su status, ganar posiciones de poder, y/o mejorar los intereses propios y de sus parientes.
  • contar con que, al margen del sistema social y económico en que viva, la mayor parte de las personas responderá positivamente a las oportunidades auténticas de participar en formas de cooperación mutuamente beneficiosas.
  • promover estructuras que estimulen la cooperación y no la competencia, y tratar de canalizar ésta hacia propósitos socialmente deseables.
  • reconocer que la manera como explotamos a los animales no humanos es una herencia del pasado predarviniano, que exageró el abismo entre los humanos y los demás seres biológicos; por tanto, procurar un mejor status moral para los animales no humanos y una visión menos antropocéntrica de nuestro dominio sobre la naturaleza.
  • mantener los valores tradicionales de la izquierda, como ponerse de parte de los débiles, los pobres, los oprimidos y los explotados, pero reflexionar cuidadosamente sobre qué cambios sociales y económicos pudieran beneficiarlos verdaderamente. 
El gran tema de la historia es la evolución. Es una historia de formas cada vez más refinadas de vida que emergen con grados superiores de conciencia. Somos energía cósmica que se torna autoconsciente. No obstante, por primera vez el Homo sapiens enfrenta una crisis global y acumulativa (alimentaria, energética, económico-financiera, ambiental, política, educativa y de vacío existencial) que amenaza con su extinción (al igual que los dinosaurios, 70 millones de años atrás). El rápido y formidable desarrollo científico y tecnológico de la humanidad no ha estado acompañado de una evolución comparable en la naturaleza humana; de hecho, no hay evolución de la mente en los últimos 12 mil años. A pesar de la civilización, seguimos asesinando, y ni siquiera hemos logrado ser armónicos con nosotros mismos o con la naturaleza. Biológicamente hablando, una especie que está muriendo es una especie peligrosa; tiene tendencia a volverse loca y golpear ciegamente.
 
La conciencia ha llegado a ser tanto el objeto como el medio del cambio. El analista Carl Jung fue uno de los primeros, al finalizar la década de 1960, en llamar la atención: “Tanto en la historia de la colectividad como en la historia del individuo, todo depende del desarrollo de la conciencia. Ésta aporta gradualmente a la liberación del encarcelamiento dentro de la agnoia, ‘inconciencia’, y por ello es portador de luz y de salud”. La actual crisis global es producto y reflejo de la fase en que se encuentra la evolución de la conciencia de la humanidad; una solución duradera y radical es inconcebible sin una transformación interna y externa hacia la conciencia global. ¿Se seguirá repitiendo el viejo patrón que los seres humanos han seguido por millones de años? ¿o habrá un cambio fundamental en su psique, en la totalidad de su conciencia?, pregunta Krishnamurti, uno de los principales “instructores del mundo en el siglo XX”. Todo ello nos lleva a preguntarnos si el ser humano puede cambiar en absoluto. Es una de las principales cuestiones en el mundo actual. La estructura y la naturaleza de los seres humanos tienen que cambiar si éstos quieren sobrevivir como especie.
 
*     Desarrollo del componente sistémico Visión del ser humano. Ver nuestra edición Nº 143, febrero-marzo de 2009.
**   La conciencia –capacidad de percibir totalidades llenas de sentido y significado en situaciones concretas de la vida–, unida a la fuerza de la voluntad para materializar valores, conforma, junto con su ser social, la praxis humana y su ser virtuoso.
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