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La poca asistencia de público al reciente Festival de Rock al Parque en Bogotá, por la carencia de grupos que representen y sintonicen el actual ambiente roquero de la ciudad, el país y la región, fueron los elementos que se destacaron en el cierre de la XIX versión del festival.


Las jornadas

 

El primer día fue a cargo del metal. La mitad del espacio destinado para el festival, al interior del parque Simón Bolívar, sobresalió por una mancha negra. En ese escenario, grupos como Symphony X, Havok, Ikarus falling, Vitaimana, Masacre y el gran cierre de Cannibal Corpse, dieron un gran muestra de lo que es este género musical. Se vivió y se sintió el pogo con sonidos eufóricos de guitarras y baterías que retumbaron la noche en la ciudad bogotana. Los amantes del metal salieron satisfechos.

 

Para el segundo día, la falta de información y la poca publicidad sobre las bandas que participaron propiciaron la poca asistencia. Varios grupos capitalinos –como la Real Academia del Sonido, Alto Grado, Banbarabanda, La Mercosur–, hicieron saltar y cantar a los espectadores. Los grupos internacionales debieron cerrar el festival, el rock and roll de Rebel Cats, que entonó la noche con temas clásicos de Chuck Berry, el excelente show de Dubioza Kolektiv, que estremeció a todo el público con su energía y variedad de instrumentos, y el gran cierre de la legendaria banda neoyorquina Living Colour, con sus sonidos de guitarra heavy metal que lamentablemente no tuvo el favor del gran público que no los conocía.

 

Para el tercer día, los espectadores demostraron su opinión con la ausencia. Para los asistentes se convirtió en consigna la frase "Los grupos no dan la talla para estar en el gran día del cierre", así que la banda bogotana Pornomotora se echó a la espalda la tarea de aglutinar a las pocas personas que asistieron, creando la ilusión de llenar la plaza, pero no había público para hacerlo.

 

El turno después fue para Illya Kuryaki & The Valderrama, su gran show emocionó a los asistentes con sus canciones más reconocidas como "Ula ula", "Abarajame", "Coolo", pero el poco público sentenciaba el final de esta presentación.

 

La deuda es grande. Para el próximo año, cuando se cumplan la versión XX del festival gratuito de rock más grande de Latinoamérica, los organizadores tienen el reto de disculparse luciéndose, ante los amantes de este género musical, presentando artistas de reconocimiento mundial.

 

Informacion adicional

  • Antetítulo BOGOTÁ. ROCK AL PARQUE
  • Autor DANIEL ESTEBAN RICO PLAZAS
  • Edición 193
  • Sección MÚSICA
  • Fecha Julio 20 - Agosto 20 de 2013
  • Bajante
Publicado en Edición N°193
Medio siglo después de que el abogado inglés Peter Benenson publicara en The Observer el artículo The Forgotten Prisioners [Los presos olvidados] para denunciar el encarcelamiento en Portugal de dos estudiantes que habían brindado por la libertad, cientos de personas volvieron a brindar ayer simbólicamente por la liberación de todos los presos de conciencia. Aquel artículo supuso la fundación de Amnistía Internacional (AI), que ayer cumplió 50 años, y quienes brindaron son los dirigentes de una ONG que se ha convertido en un gigante de tres millones de socios y simpatizantes.

"En 1961, sólo nueve países habían abolido la pena de muerte. Hoy, 139 han renunciado a la penal capital. Tener verdugos en los Presupuestos Generales del Estado era lo normal. Y la tortura no fue ilegalizada en todo el mundo hasta 1984", resumió ayer el director de AI en España, Esteban Beltrán.

Para evitar la autocomplacencia, el 50 aniversario fue aprovechado por la ONG para poner en valor lo alcanzado y lo pendiente. "Como siempre decimos, nada nos gustaría más que desaparecer. Sería una buena señal, pero no parece que vaya a ser posible. Desde septiembre de 2001 hasta noviembre de 2008 se pusieron en peligro muchas de las metas alcanzadas. La guerra contra el terrorismo legalizó la tortura en un país democrático como fue EE UU en Guantánamo", añadió Beltrán.
La tortura es uno de los campos de batalla de la secciónespañola de AI. "En las leyes españolas perviven elementos como la detención incomunicada, que dan pie a que se puedan producir abusos sobre los arrestados. Además, los autores tienen sensación de impunidad porque los juicios llegan tarde y las penas son leves o van acompañadas de un indulto. Por ello aún se dan casos puntuales", reflexionó al respecto el presidente de AI España, Alfonso López.
La mirada de AI llegó a España en 1975, coincidiendo con la aprobación en la ONU de la Declaración contra la Tortura. En julio de ese año se produjo la primera visita de investigación a España de un equipo de AI. Tres años después nació AI España. En 1979, la sede española de la ONG en Madrid recibió el impacto de una bomba incen-diaria.

Ese fue el recibimiento que la derecha dio al reclamo de derechos humanos. Algo tristemente habitual en la época. La Asociación Pro Derechos Humanos de España, fundada entre otros por el magistrado emérito del Tribunal Supremo José Antonio Martín Pallín, también recibió una bomba en su sede.
63.000 miembros
Desde entonces han pasado 30 años de lucha por las libertades en España donde la ONG cuenta con 63.000 miembros. La última campaña en marcha en España ha sido la que lleva por lema "Exige dignidad", que conllevó la presentación del primer informe sobre justiciabilidad de los derechos económicos, sociales y culturales en España. "El acceso a la salud y la vivienda es un derecho que no puede ser reclamado ante un juez", denunció Beltrán al respecto.

Otra de las banderas actuales que AI ha enarbolado en España ha sido la de la recuperación de la memoria histórica. "Todas las víctimas tienen derecho a que se conozca la verdad y a que se haga justicia, también las de la Guerra Civil y el franquismo. En esto, la Ley [de la Memoria Histórica de diciembre de 2007] se ha quedado corta", lamentó el presidente de AI España.
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Jueves, 07 de Octubre de 2010 06:40

Actualizar la pedagogía ante el mundo cambiado

Siglos de guerras, de enfrentamientos, de luchas entre pueblos y de conflictos de clase nos están dejando una amarga lección. Este método primario y reduccionista no nos ha hecho más humanos, ni nos aproxima más unos a otros, ni mucho menos nos ha traído la tan ansiada paz. Vivimos en permanente estado de sitio y llenos de miedo. Hemos alcanzado un estadio histórico que, en palabras de la Carta de la Tierra, "nos convoca a un nuevo comienzo". Esto requiere una pedagogía, fundada en una nueva conciencia y en una visión incluyente de los problemas económicos, sociales, culturales y espirituales que nos desafían.

Esta nueva conciencia, fruto de la mundialización, de las ciencias de la Tierra y de la vida y también de la ecología nos está mostrando un camino a seguir: entender que todas las cosas son interdependientes y que ni siquiera las oposiciones están fuera de un todo dinámico y abierto. Por esto, no cabe separar sino integrar, incluir en vez de excluir; reconocer, sí, las diferencias, pero buscar también las convergencias, y en lugar del gana-pierde, buscar el gana-gana.

Tal perspectiva holística está influenciando los procesos educativos. Tenemos un maestro inolvidable, Paulo Freire, que nos enseñó la dialéctica de la inclusión y a poner "y" donde antes poníamos "o". Debemos aprender a decir «sí» a todo lo que nos hace crecer, en lo pequeño y en lo grande.

Fray Clodovis Boff acumuló mucha experiencia trabajando con los pobres en Acre y en Río de Janeiro. En la línea de Paulo Freire nos entregó un librito que se ha convertido en un clásico: Cómo trabajar con el pueblo. Y ahora, ante los desafíos de la nueva situación del mundo, ha elaborado un pequeño decálogo de lo que podría ser una pedagogía renovada. Vale la pena transcribirlo y considerarlo, pues puede ayudarnos, y mucho.

"1. Sí al proceso de concienciación, al despertar de la conciencia crítica y al uso de la razón analítica (cabeza). Pero sí también a la razón sensible (corazón) donde se enraízan los valores y de donde se alimentan el imaginario y todas las utopías.

2. Sí al ‘sujeto colectivo’ o social, al ‘nosotros’ creador de historia (‘nadie libera a nadie, nos liberamos juntos’). Pero sí también a la subjetividad de cada uno, al ‘yo biográfico’, al ‘sujeto individual’ con sus referencias y sueños.

3. Sí a la ‘praxis política’, transformadora de las estructuras y generadora de nuevas relaciones sociales, de un nuevo ‘sistema’. Y sí también a la ‘práctica cultural’ (simbólica, artística y religiosa), ‘transfiguradora’ del mundo y creadora de nuevos sentidos o, simplemente, de un nuevo ‘mundo vital’.

4. Sí a la acción ‘macro’ o societaria (en particular a la ‘acción revolucionaria’), la que actúa sobre las estructuras. Pero sí también a la acción ‘micro’, local y comunitaria (‘revolución molecular’) como base y punto de partida del proceso estructural.

5. Sí a la articulación de las fuerzas sociales en forma de ‘estructuras unificadoras’ y centralizadas. Pero sí también a la articulación en ‘red’, en la cual por una acción descentralizada, cada nudo se vuelve centro de creación, de iniciativas y de intervenciones.

6. Sí a la ‘crítica’ de los mecanismos de opresión, a la denuncia de las injusticias y al ‘trabajo de lo negativo’. Pero sí también a las propuestas ‘alternativas’, a las acciones positivas que instauran lo ‘nuevo’ y anuncian un futuro diferente.

7. Sí al ‘proyecto histórico’, al ‘programa político’ concreto que apunta hacia una ‘nueva sociedad’. Pero sí también a las ‘utopías’, a los sueños de la ‘fantasía creadora’, a la búsqueda de una vida diferente, en fin, de ‘un mundo nuevo’.

8. Sí a la ‘lucha’, al trabajo, al esfuerzo para progresar, sí a la seriedad del compromiso. Y sí también a la ‘gratuidad’ tal como se manifiesta en el juego, en el tiempo libre, o simplemente, en la alegría de vivir.

9. Sí al ideal de ser ‘ciudadano’, de ser ‘militante’ y ‘luchador’, sí a quien se entrega lleno de entusiasmo y coraje a la causa de la humanización del mundo. Pero también sí a la figura del ‘animador’, del ‘compañero’, del ‘amigo’, en palabras sencillas, sí a quien es rico en humanidad, en libertad y en amor.

10. Sí a una concepción ‘analítica’ y científica de la sociedad y de sus estructuras económicas y políticas. Pero sí también a la visión ‘sistémica’ y ‘holística’ de la realidad, vista como totalidad viva, integrada dialécticamente en sus varias dimensiones: personal, de género, social, ecológica, planetaria, cósmica y trascendente".

Por Leonardo Boff
Adital
Publicado en Internacional
Jueves, 23 de Julio de 2009 06:41

Sujetos poscapitalistas

Para hablar de subjetividad, en esta época llamada de crisis, es necesario entender la potencia del término “crisis”, en tanto una de sus traducciones posibles es el término “oportunidad”. Sin ahondar en la etimología de la palabra “crisis”, debemos preguntar: ¿oportunidad para qué?, ¿desde dónde, la oportunidad? En la cumbre de presidentes demócratas progresistas de América latina en Viña del Mar, Marco Aurelio García, ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, señaló que “los progresistas tenemos que pensar el poscapitalismo”. Y eso, agregó, “dependerá de lo que suceda en los movimientos sociales”. Tomaré esto para una gran pretensión, que no podré cumplir: hablar con claridad y certeza de subjetividad y poscapitalismo. Pondré ante ustedes sólo unos apuntes, ideas para reflexionar sobre estos dos grandes temas.

El primero es la subjetividad. Quiero señalar que no hablo como psicoanalista, sino como militante social, quiero decir, activista. Algo que no está situado dentro del estilo que existió, en general, en lo que se llama psicoanálisis, o a donde éste fue llevado.

El psicoanálisis se estableció –esto fue propuesto por Marcelo Percia en la revista Confines– como espacio de redención personal, revuelta íntima de buscadores de felicidad, gabinete seguro de confesiones revolucionarias y nostalgia rentada de una crítica inofensiva, agregada a una cierta normalización mojigata... especialmente en Argentina, pero, además, en cualquier otro lugar.

Entiendo, entonces que el psicoanálisis, como teoría en la cultura, ha tomado un nuevo lugar verdadero entre las lógicas que alumbran hoy la posibilidad de comprender, de entender, de mover algo en las direcciones emancipatorias. Y esto ya no restringido a un pequeño círculo, sino al pensamiento en general. Ya no es el chiste del diván y el sempiterno señor de la pipa..., aunque aún sea la realidad del psicoanalista, profesional, el de la salud mental. Ese no es el real del psicoanálisis. Como dije antes, es un discurso en la cultura y, por lo tanto, en la política.

Pero, entonces, entrando al tema de la subjetividad: qué es un sujeto. Vemos que todo el mundo usa ese término de la manera más cotidiana: se dice “ese sujeto es tal cosa”, o “la construcción de un nuevo sujeto político”, o se dice “la subjetividad contemporánea”. Y este modo de tratar al sujeto, casi electoral, tipo “elija usted qué quiere decir con la palabra sujeto”, es el correcto. Es un comodín.

El sujeto es aquel sitio que habla, en tanto usted lo dice. Y que usted atraviesa, en el momento de decirlo, para situarlo de un modo transindividual, en su relación con los otros, más allá de que usted sepa en qué está enredado, usted y los otros. En el límite, la subjetividad es un fenómeno que escapa a toda clase de condicionamiento individual, exceso en esa instancia individual. Eso habla. Y, además, debemos señalar que el sujeto tiene relación con la verdad. Sujeto y verdad están relacionados. Así, hablar del sujeto implica hablar de la verdad, como lugar dentro de una lógica.

Por eso señalé antes que el sujeto es un comodín: se arma un texto, y se coloca un sujeto, que funciona en ese texto que se armó. Podemos decir: el sujeto es un candidato a ser ocupado por quien toma la palabra, representando un lugar que lo excede como individuo. Como antes señalé, habla como subjetividad. La palabra clave es: transindividual.

Un ejemplo posible es aquel discurso que pone en forma al sujeto con nombre propio, en el lugar del elector. El sujeto de la democracia reside en las grandes masas votantes –perfectamente negociables–, y lo que hace del votante un sujeto es una doble inscripción: por un lado, saber que es parte de una masa; por el otro, suponer que practica un acto individual, que además percibe –esto es lo fundamental– como acto de peso verdadero y a veces decisivo en lo que ocurre en dicha votación, lo compromete sin más responsabilidad que haberse, quizá, equivocado. Esta doble inscripción es lo que caracteriza al sujeto en una división que le impide completarse por él mismo. El sujeto, en tanto elector, es situado en el campo de ilusión de una participación verdadera.

Podemos, entonces, decir que sólo se habla en términos de sujeto cuando el dicho toma un nombre universal, que pone en forma demandas particulares. Entonces, lo particular alcanza su posición de quedar situado en un sitio exquisito, pues hace parte del universal que lo nombra. Podemos entender esta posición con respecto a nosotros mismos, argentinos. Plantearé una hipótesis, ejemplo, del lugar del sujeto en el texto de la relación de Argentina con Latinoamérica: el sujeto es lo que representa el significante Latinoamérica para el significante Argentina. Sólo habrá sujeto político si el significante “Argentina” encuentra su significación en el significante “Latinoamérica”.

Si no reconocemos en el presente de la encrucijada latinoamericana la posibilidad, la potencia discursiva de nuestro sujeto político, y quedamos encerrados, capturados en el significante “Argentina” aislado, tendremos, respecto del proyecto emancipatorio, media derrota segura. Cualquiera puede objetar que ésta no es ninguna novedad. Pero se puede decir también que esto no está situado en el lugar de una verdad que oriente el conjunto de la política argentina, aunque se han dado pasos ciertos y verdaderos en ese sentido. Pero es aún más urgente comprenderlo.

No hay sujeto en lo particular cerrado sobre sí mismo. Y no existe un universal que, por serlo, no se abra hacia un particular. Y así, comprendiendo esta premisa, toda Latinoamérica es Argentina. La subjetividad, entonces, es la que, deslizándose entre ellas, pone en relación diferencias impensadas; y que aporta el vacío referencial necesario para que ellas se incompleten y combinen.

Podemos ahora preguntar dónde está el sujeto hoy. Lo haremos a través de su correlato: el objeto. El sujeto se relaciona con un objeto que lo causa.

Tomemos el sujeto de la ciencia: pensamos, sentimos, que la ciencia ha triunfado, que todo es la ciencia. Justamente, el sujeto de la ciencia es lo que la ciencia dese-cha, lo que a la ciencia no interesa, lo que la excede o la coloca en una posición de inconsistencia permanente. Por ejemplo, en el científico, el sueño, las fantasías o sus pueblos y pasiones no hacen parte de la ciencia. No hacen al concepto de ciencia. No estoy hablando de todas las definiciones de ciencia, sino de esa ciencia vinculada con la tecnología, de la ciencia triunfante, que produce los objetos que nos interesan. Hablo del celular, de la televisión, de la computadora, por ejemplo.

¿Y qué es lo que realmente nos interesa de ellos? Que nos permiten ejercer, más allá de la distancia, en la multiplicidad de posibilidades, una extensión de la voz y la mirada. El celular, la televisión. En la distancia, el ejercicio de la voz, y más llano, el camino de la mirada. Eso nos habla y nos mira. Este es el desecho, lo que queda fuera del cálculo. La voz, la mirada: estos objetos son los que nos interesan.

Entonces, observemos que ambos son ubicables sólo por un discurso, en un discurso. Son pues, letras. No es sólo la letra que se escribe en el cuaderno. Es la letra que está escrita en el cuerpo, en la voz, en la mirada; en sus cicatrices, tanto como en la palabra. Y esta letra es el objeto que causa al sujeto, ya que sólo un discurso puede recuperar esos objetos en juego, y los recupera en un discurso, con sus letras y lugares, más allá de las palabras, dándole todo su alcance al lazo social. Y, en él, a la creación de nuevos elementos.

Se trata del sujeto contemporáneo, producido por el posmodernismo, es decir por los dichos que lo convierten en un autómata de los medios de comunicación, que le ordenan lo que debe sentir, pensar, comer, viajar. Un sujeto que articula, como parte de su propio cuerpo, los descubrimientos de la ciencia.

Esta extensión infinita del oído y de la visión es la marca de la subjetividad del capitalismo, que lentamente va proveyendo todo lo que el fantasma del sujeto necesita como goce, como puro transcurrir del tener, y elimina un factor que llamaremos falta de gozar.

Una inquietud rabiosa

Una inquietud rabiosa, a mi parecer, será la marca del poscapitalismo. Un despertar progresivo y doloroso de un discurso sin límites, lo que quiere decir que el capitalismo es un monólogo del capital. Es un texto sin límite, es como escuchar a alguien que habla sin parar, sin parar. Que uno escucha pasivamente, y un día uno capta que aquel que habla sin parar sólo le da valor al que escucha si es consumidor, si acepta estar muerto para otra cosa, si es escuchante.

Dijimos un discurso sin límite, así es. El discurso capitalista no es ni impotente ni imposible: marcha a todo vapor, produce un goce sin medida, no acude a ninguna insatisfacción, aunque en su andar se insatisfaga medio mundo, pero no de discursos. La gente, como se dice, adhiere al discurso capitalista, porque... bien, una de las explicaciones es que somos lo que tenemos: cuando vamos a buscar el ser, encontramos el tener; es tal cosa, es lo otro, el objeto letra dice al sujeto: “Tú eres esto que crees poseer, pero soy yo el que te posee, pues no tienes otro modo de decir el ser, que imaginas completo, que al creer que tienes el objeto”. Y esto sucede pues, al decir el ser, necesariamente diré el ser en falta, y conseguir el objeto permite suturar dicha falta; por eso el dinero nos tranquiliza tanto: asegura el tener y, por lo tanto, asegura el ser. Parece una propaganda publicitaria: “Asegure su tener, que asegurará su ser”.

Así, entendemos que los desposeídos también adhieran al discurso capitalista, lo consumen. Más aún, lo único que consumen es ese discurso. Como señala Alejandro Kaufman, “el opresor es el que se encuentra en condiciones de poner a su favor el lenguaje”. Y esto es tan así, es tanto su poder que –nuevamente cito a Kaufman– “la base de tales comportamientos irracionales se desvincula de los intereses objetivos de los sujetos. El odio puede más que el hambre”. Y agrega, finalmente: “Si se logra que una población experimente un odio acentuado, y se orienta ese odio hacia cierto destino, se podrá ejercer un elevado grado de control sobre esa población”.

Cualquiera puede ahora señalar que no comprendo las necesidades materiales de la gente, que también hay razones políticas, etcétera. Lo cierto es que no hemos, aún, efectuado la política de otro discurso que derrote el discurso del Patrón, con mayúsculas.

Si algo he aprendido del psicoanálisis, y de la política efectivamente ejercida, es a desconfiar de las buenas intenciones. Porque el que nos enseña a pensar así es Fidel Castro, cuando señala que “ésta es una batalla de ideas”. Es, repito entonces, una batalla de discursos.

Discurso quiere decir retórica, y también potencia de acción, de realidad de producción política.

Y, por eso, es por otro discurso que esto puede estallar, que esa masa puede levantarse y echar a andar; lo demuestra toda Latinoamérica o gran parte. Y, cuando eso sucede, no es sólo cuando está todo preparado, sino cuando se agrega un elemento, un objeto voz, que puede ser un ruido, un disparo en una esquina, el ruido de una cacerola o el “que se vayan todos” de diciembre de 2001. Sintetizan, por un instante, toda la cadena de demandas heterogéneas, en una nueva configuración. Pero sin esa voz, sin ese ruido, sin ese objeto, no emerge la prisa. Apresurémonos, señala el objeto al sujeto, que vamos a perder el lugar en la cola, la silla donde sentarme, mi lugar en el grupo, el momento de la revolución. Por ello, el objeto, ese objeto que es letra en un discurso, vinculado al sujeto, no es sólo la voz, que nos toca y llama, la mirada del conjunto sobre la particularidad; es además lo oral, que marca la incorporación: poner adentro ese objeto, hacerlo particular en cada cual, y finalmente el don, la capacidad de dar, de entregar lo que sea necesario, en función de ese objeto letra que escribe la prisa del ser por existir.

Es impresionante cuando el objeto “a” se muestra como lo que es: un conjunto letra que no se agota en ser un objeto de la ciencia, que anima una multitud, cuando ésta se sitúa en las entrelíneas de un discurso que nos recupera de algo que destruye el tener y el ser, que agota con su giro incesante y superyoico diciendo “resígnate y goza de lo mismo, de ser basura”.

Esa recuperación del plus de valor, que se había cedido al amo o al capataz o al objeto que nos aliena y domina, al prejuicio, al sentido común; esa recuperación abre la posibilidad de nuevos juegos, aun no definidos y –aclaremos– de suerte incierta. Pero tienen la atmósfera de mantener el conflicto, de no cerrar la posibilidad y, por lo tanto, de avanzar en el campo de las transformaciones necesarias.

Enmarcado en este proceso de transformaciones, el poscapitalismo obtendrá una colección de nuevos recursos teóricos para pensar y pensarse, ciertamente originales o al menos con un lugar que antes no tenían. Y esto tendrá dos vertientes. Una será el establecimiento de nuevas formas de explotación, que sobrevendrán con las nuevas y convincentes tecnologías ecológicas. Será una época de continuación, pero de gran transformación ecológica, con una expansión cada vez mayor de las tecnologías de acumulación informática, y con transformaciones en los mapas del dominio mundial, de su geografía política. Pero continuará la explotación sin medida, la producción de inmensas masas sociales desamparadas en sus márgenes.

Pero, también, será la época del surgimiento de nuevas fuerzas políticas y sociales, impensadas, llamadas populistas, que renuevan la batalla por un nuevo orden en la distribución de las riquezas del mundo. Esto, nuevo, cuenta a su favor con los campos de trabajo e investigación, asimismo renovados, del campo teórico, como las teorías económicas que cada día ven más fuertemente vinculadas economía y política. Como también la filosofía y la politología, que ocupa hoy el lugar de la divulgación de las preocupaciones políticas y éticas, vanguardia en el combate contra ese sentido común que nos paraliza. Y también el psicoanálisis, que aporta sus lógicas del no todo, de la inconsistencia y de la letra, en la construcción de una subjetividad, aquella que será marcada por la participación popular, que es el rasgo distintivo de esa otra salida llamada poscapitalismo porque, sin los hombres y mujeres del pueblo, nada será posible y allí deben incluirse los intelectuales: la masificación participativa en el conflicto político.

Pues hoy lo que inquieta al núcleo del establishment es esta participación popular. Más aún, es lo único que les inquieta. Es lo que para nosotros es extraordinariamente venturoso y saludable: la reintroducción de la conflictividad en la escena política, y la idea de la confrontación, así como la homologación entre democracia y conflictividad. Y no sólo el voto pasivo de un sujeto neutro.

A esto se agrega la ruptura de la especialización. Donde las teorías de los campos diversos se nutren, se contaminan, produciendo efectos como la V Carta del Espacio Carta Abierta (29 de marzo de 2009), donde se esboza un programa que, tranquilamente, podemos llamar “poscapitalista”, pues, por qué no decirlo, es un programa que nunca se cumplió, al menos en la Argentina.

El poscapitalismo, suponemos, no nos entregará un sistema diferente si su orden político no produce vivienda salud y alimento. Pero además, algo que no es reversible: una biblioteca en cada casa, un hombre, una mujer que sepan apagar el televisor para escuchar el murmullo de la realidad, un militante que sepa que sólo habitamos y ame la utopía, el delirio de vivir. Y que este delirio es social y colectivo.

Finalizo señalando que el poscapitalismo, como lo soñamos, no se hará solamente con líderes fuertes y verdaderos, que durarán lo que dure ese duro deseo de durar, sino cuando esa transformación, que luchamos porque sea justa, más allá de toda justicia y más allá del derecho, fundada en que la pura voluntad de transformación, de algo injusto sin medida en algo injusto con medida, sea avalada por un sujeto de la inteligencia popular llamada participación popular. Esto es lo que nos enseñan los movimientos sociales, que no tendrán un saber erudito, pero tienen talento e intuición suficiente, ese que surge cuando no hay donde retroceder, donde no hay resto donde volver. Y de allí emergerán, de esto no tengo dudas, las posibilidades escriturales de su experiencia.

Por José León Slimobichm, Psicoanalista. Texto extractado del trabajo “Subjetividad y poscapitalismo”, presentado en la reunión “Miradas sobre Argentina y la crisis global”, del espacio Carta Abierta, el 23 de mayo
 

Publicado en Internacional
Miércoles, 03 de Junio de 2009 08:40

Los laberintos de la memoria

–Cuénteme un poco qué es lo que hace... en este laboratorio de neurobiología de la memoria de la Facultad de Ciencias Exactas.

–Y Naturales.

–Y Naturales.

–El trabajo que comenzamos a hacer hace muchos años apuntaba a ver cómo algunas mensajeras del cerebro (en particular neurohormonas) modulaban el almacenado de la memoria. Esto quiere decir: hay memorias que se van a almacenar por largo término y otras que no y se sabe desde hace mucho que hay varios de estos neuromoduladores que lo deciden. Nosotros nos pusimos a trabajar con la idea de que uno de estos neuromoduladores (la angiotensina) modula o determina que algunas memorias se almacenen a largo plazo y otras no, y proponemos que es una especie de orquestador del sistema nervioso central que determina las situaciones de emergencia hídrica (cuándo falta agua, por ejemplo), o cuándo sobra y determina que se module el almacenado de cierto tipo de memoria. Una de las cosas importantes que queríamos demostrar es que ese neuromodulador se conservaba a lo largo de la evolución.

–¿Y con qué bichos trabajan?

–Empezamos a trabajar con un tipo de cangrejo y lo que descubrimos es que esencialmente lo que está mantenido es el efecto de este coordinador, de este orquestador. Un animal tiene que hacer muchas cosas frente a una falta de agua. En principio, si lo pensamos en nuestros términos, sentir sed. La que regula todo eso es la angiotensina, y algo similar es lo que le pasa al cangrejo. Finalmente esa línea de trabajo terminó llevándonos a nuestra hipótesis de trabajo (que se va a extender a ratas y a humanos) que es que no todas las memorias que se van a almacenar a largo término se van a expresar a largo término.

–A ver, vayamos a algo más básico. ¿Cómo se guarda la memoria? ¿A qué se traduce? Yo recuerdo, por ejemplo, una película, una escena, un diálogo. Esa información me llegó en forma de sonido o imagen y eso me quedó. ¿Cómo es que me quedó? ¿En qué se transformó?

–Bueno, eso es lo que menos sabemos. Lo que sí tenemos, es una idea de qué lugares son más importantes, cuáles más secundarios... También sabemos que lo que hay es un sistema (el sistema-cerebro) que tiene intrincadísimas conexiones, y que esas conexiones son distintas después de que uno aprendió o almacenó algo. Algo cambió.

–¿Hay como un lenguaje de conexiones?


–Claro. Es un sistema de miles de millones de actores y de miles de millones de conexiones. Esas conexiones cambian entre antes y después del almacenamiento. Lo que sí se sabe es que no hay tal cosa como una molécula, una proteína o una célula de la memoria. Tiene que ver con las conexiones.

–Y la configuración de esas conexiones para recordar algo, ¿cómo es? ¿Se ha reconocido algo del código de ese lenguaje?

–No. Estamos mucho más atrás del código. Por ahora, estudiamos cuál es la naturaleza de esos cambios. Lo que uno aprende, en general, no está aislado ni es absolutamente nuevo, sino que uno aprende en base a su historia y a la interpretación de lo que está pasando...

–A veces..., pero a veces uno aprende una poesía de memoria.

–Bueno, pero la poesía está inserta dentro de una estructura de poesías y de lenguajes. Uno no aprende la poesía virginal, pura, sino que la poesía está inserta dentro de una estructura de poesías, de lenguajes, de letras, de sonidos. Cuando uno aprende no está aprendiendo solamente la poesía sino también la escritura, la letra, el sonido. Uno se puede acordar de una palabra en particular, de una palabra que uno no se acordaba antes, pero esa palabra está inserta dentro de un sistema. Lo que yo trabajo es mucho más simple que esto: si un animal puede recordar un contexto, si puede recordar dónde estuvo antes...

–¿Y puede?

–Sí, claro.

–¿Y cómo la recuerda?

–Una buena manera de empezar a charlar de estos temas es tratar de definir lo que es la memoria. ¿Cómo sabemos que esto que hace el animal tiene que ver con la memoria? Una manera sencilla de definirla es decir que se trata de un cambio en el comportamiento en función de una experiencia pasada. Todo animal entra en esa definición.

–¿Todos los animales aprenden?

–Todos: si no, desaparecerían. La estructura de cómo aprendemos esas cosas es muy compleja. Los procesos de aprendizaje de un cangrejo o una babosa tienen una naturaleza muy similar a los mecanismos de nuestra memoria. Los procesos básicos son muy similares...

–¿Y por qué hay memorias de corto y de largo término? Yo sueño algo, me despierto y lo recuerdo y al instante me lo olvido.

–Y no sólo eso. ¿Usted se acuerda, por ejemplo, exactamente de lo que estaba haciendo cuando fue el atentado a la AMIA?

–Sí. Estaba en medio de una entrevista.

–Bueno, el mismo sistema que hizo que se le pusiera la piel de gallina es el que decide que recordara eso. El mismo sistema fue el que determinó que esa memoria iba a almacenarse en la memoria a largo término de manera fuerte.

–¿Se puede bloquear la memoria?

–Sí...

–¿Cuántos tipos de memoria hay?

–Hay muchas formas...

–¿Y hay memoria inconsciente, memoria que no es explícita...?

–Sí, claro. Aunque no sé bien qué es la conciencia y la inconsciencia.

–Pero la conciencia está muy relacionada con la memoria.

–Es que nosotros mismos somos memoria. San Agustín pensaba: ¿cómo yo puedo ver la presencia? Todo es presencia. El pasado es la presencia de lo que yo tengo en la memoria. El presente es la presencia de lo que está ahora. Y el futuro es la perspectiva del futuro que yo tengo en el presente. Todo es ahora. Uno es lo que es en base a lo que uno cree que ha pasado y a cómo lo ha interpretado.

–Es decir, a cómo lo recuerdo.

–Claro. Y en eso hay varios actos inconscientes.

–¿Se puede avanzar hacia el código de alguna manera?

–Creo que no va a ser para nuestras generaciones, por lo menos en los próximos 20 años. Sí vamos a avanzar mucho sobre cómo son los cambios, dónde se localizan las memorias. Pero no creo que logremos elucidar el código.

–¿Está más o menos localizada la memoria?


–Sí. Y además viaja.

–¿A dónde viaja?

–Antes creíamos que una vez que uno aprendía algo, ya lo consolidaba y la memoria no podía perderse. Lo que ahora estamos viendo es que eso no es así.

–¿Y cómo es ahora?

–Esas memorias que creíamos que eran fijas se han vuelto a tornar plásticas, pueden agregar alguna memoria nueva o pueden perderse.

–Esto me hace recordar un poquito a cuando se usaba el término “factor hereditario”, que no se sabía qué era pero servía para determinar algunas leyes de la herencia. Hasta que se supo que ese factor hereditario era el ADN y que ese ADN tenía una forma característica. ¿Estamos muy lejos de eso con relación a la memoria?

–La ventaja del ADN es que eran moléculas. En este caso, no son moléculas. Ha habido pocos avances impresionantes en la biología. Uno de ellos es el de Darwin: no hay biólogo más importante y más creativo. Después, el descubrimiento del ADN. Tal vez el descubrimiento de la codificación de esa memoria sea uno de los hitos de la biología. Pero lo que es seguro es que no va a ser una molécula ni una proteína. Va a estar codificado en una relación de miles o de millones de conexiones. Para acceder a ese código hará falta, por un lado, nueva tecnología y, por el otro, nuevas ideas.

–¿Y dónde está el yo?

–Bueno, creo que a eso le podría contestar mejor San Agustín que yo.

–O sea que todavía está en el campo de la filosofía.

–No solamente. La psicología experimental ha aportado mucho. Lo que le puedo decir es que la relación entre yo y memoria es absoluta. Uno no es otra cosa que su memoria.

 Por Leonardo Moledo
Publicado en Internacional
Miércoles, 22 de Julio de 2009 12:08

La cárcel es pa’l de ruana

“La cárcel es una bendición”, evidente contradicción, pero así piensa la “gente de bien”. Preocupados a toda costa por sus limitados intereses, sólo se preocupan por su seguridad inmediata, la misma que creen hallar cuando están más rodeados por policía y cuando ven más cárceles a su paso.
Podrán cargar de cadenas
mi cuello, pero nunca
encadenaran mi conciencia.
José María Vargas Vila

¿Pero qué distancia a una persona cualquiera de una cárcel? Nada o casi nada. Sales de tu casa con la tranquilidad de regresar un poco más tarde, pero unas horas después estás en un calabozo, tensionado por las preguntas y la presión física de los interrogadores. Para el individuo popular, ese paso de la casa a la cárcel puede ser producto de un raponazo, un cosquilleo, o cualquier otro rebusque mal realizado. Para el preso de conciencia, puede ser el autoritarismo de un régimen que te sindica de algo que no has cometido, pese a lo cual te colocan ante las cámaras de televisión como un jefe de no se sabe qué redes terroristas.

A los de “familias de bien” también les suceden imponderables, y van a dar a la cárcel. Puede ser por un homicidio culposo, un desfalco descubierto antes de tiempo, su relación con fuerzas ilegales de derecha, en fin, sus deseos de vivir siempre a costa de los demás. Sin embargo, su permanencia en la cárcel casi siempre es transitoria, pues, favorecidos por sus relaciones e intrigas, son remitidos a lugares especiales y, por larga que sea la condena, como “por arte de magia” o por la magia que da el dinero, dejan los muros sin cumplir ni siquiera el mínimo del tiempo dispuesto por la ‘justicia’.

Sabiduría popular. En uno y en otro casos se confirma aquel decir tan popular y recordado día a día: “La cárcel es pa’l de ruana”; bien un pobre, bien un rebelde, según ellos, “gente de mal”.

La cárcel, como precisó Dostoievski, es el subsuelo, es aquel sitio tenebroso en el cual los seres humanos son tirados para que se descompongan, por obra del poder. A ese subsuelo llega, según los sectores dominantes, el “bajo mundo”, sector social también conocido como lumpen-proletariado. Llegan supuestamente para su resocialización, pero todos los estudios efectuados sobre la cárcel evidencian el error: allí se cumple el castigo y la venganza, y por parte alguna se permite o estimula la supuesta resocialización. Por ello, el delincuente cumple su condena y sale de inmediato al ‘ruedo’, es decir, a buscarse lo suyo a como dé lugar: esta es su venganza, realizada casi siempre y de manera equivocada sobre su mismo pueblo.

Pero al subsuelo también llegan (llegamos) hombres y mujeres que piensan(pensamos) diferente del establecimiento, que sueñan(soñamos) mundos distintos, que creen(creemos) en la necesidad de hacer real la utopía y bregan(bregamos) por su construcción. Unos, en forma tal vez equivocada, lo hacen con las armas, otros creemos en la necesidad del cambio de mentalidad de los pueblos como algo indispensable para los verdaderos cambios, propósito que sólo es alcanzable en el marco de una revolución cultural, con una educación crítica y liberadora, que tiene que darse en todos los lugares que habite el ser humano, más aún en estas mazmorras del régimen.

Independientemente de que una persona sea de bien o de mal, se trata de un ser que sufre en la cárcel, hecha por los seres humanos y destinada para los mismos. En ella, otros hombres imperfectos, como los más imperfectos hombres de las cárceles, imparten ‘justicia’ y determinan en proporción al sufrimiento el tiempo de la pena, no el tiempo de la resocialización que ellos mismos reconocen sólo en el papel, que ha de ser de orden cualitativo y no cuantitativo. Allí se sustituye la cultura por la tortura, en una inversión absurda de valores.

Buscamos aproximarnos a una dimensión más humanizante de estos valores, en el ostracismo de los antivalores, como son en esencia las cárceles, donde “nunca tanta crueldad tan maquiavélicamente esgrimida soportó la humanidad”1, pues, “la cárcel se ha mostrado en la historia reciente como una de las más importantes opciones del Estado (únicamente superada por las ejecuciones extrajudiciales) para persuadir a sus ‘asociados’ de adoptar un comportamiento que sólo reproduzca sus intereses”.

Presos pero irreductibles

En este sentido y en este lugar, desde el último rincón de un calabozo, armado de un libro, un lápiz y un papel, si en la soledad estamos, o de un vehículo sonoro de la cultura, es decir, la palabra, hemos de pensar el mundo que vivimos, el mundo que sufrimos y el mundo que soñamos. Así vive la cárcel el preso de conciencia.

El escenario de lucha ha cambiado. Ahora, como en otros momentos de nuestra lucha, debemos ser multiplicadores de la cultura, multiplicadores de escenarios que liberen nuestras mentes, para que nuestro cuerpo soporte la miseria y la crueldad del encierro y los castigos. Desde mi condición de ateo, considero inclusive a los grupos de reflexión espiritual (si condenan las injusticias y la opresión, y luchan por un mundo mejor) como una acción de “j’ormación liberadora, de igual manera el deporte, las artes, el trabajo y ante todo el estudio. He ahí donde debemos aportar el máximo de nuestra fuerza, nuestra capacidad y nuestra experiencia, para hacer de la prisión un escenario de verdadera resocialización y auténtica emancipación, ya que para un hombre y una mujer libres esto es “sólo un cambio de escenario, no de misión”2, y la nuestra, como defensores de derechos humanos, educadores y ante todo librepensadores, es evitar que nuestras conciencias sean también encadenadas, y, junto a los millones de colombianos y colombianas que sufrimos y somos víctimas del terrorismo de Estado, de un gobierno narcoparamilitar, hemos de conservar encendida la inextinguible llama de la esperanza.

1    Fusic, Julius.”Reportaje al pie del patíbulo”. Ediciones Desde Abajo. Bogotá, 2008, p. 14.
2    ibíd., p. 15.

Publicado en Edición 148
Miércoles, 22 de Julio de 2009 12:08

La cárcel es pa’l de ruana

“La cárcel es una bendición”, evidente contradicción, pero así piensa la “gente de bien”. Preocupados a toda costa por sus limitados intereses, sólo se preocupan por su seguridad inmediata, la misma que creen hallar cuando están más rodeados por policía y cuando ven más cárceles a su paso.
Podrán cargar de cadenas
mi cuello, pero nunca
encadenaran mi conciencia.
José María Vargas Vila

¿Pero qué distancia a una persona cualquiera de una cárcel? Nada o casi nada. Sales de tu casa con la tranquilidad de regresar un poco más tarde, pero unas horas después estás en un calabozo, tensionado por las preguntas y la presión física de los interrogadores. Para el individuo popular, ese paso de la casa a la cárcel puede ser producto de un raponazo, un cosquilleo, o cualquier otro rebusque mal realizado. Para el preso de conciencia, puede ser el autoritarismo de un régimen que te sindica de algo que no has cometido, pese a lo cual te colocan ante las cámaras de televisión como un jefe de no se sabe qué redes terroristas.

A los de “familias de bien” también les suceden imponderables, y van a dar a la cárcel. Puede ser por un homicidio culposo, un desfalco descubierto antes de tiempo, su relación con fuerzas ilegales de derecha, en fin, sus deseos de vivir siempre a costa de los demás. Sin embargo, su permanencia en la cárcel casi siempre es transitoria, pues, favorecidos por sus relaciones e intrigas, son remitidos a lugares especiales y, por larga que sea la condena, como “por arte de magia” o por la magia que da el dinero, dejan los muros sin cumplir ni siquiera el mínimo del tiempo dispuesto por la ‘justicia’.

Sabiduría popular. En uno y en otro casos se confirma aquel decir tan popular y recordado día a día: “La cárcel es pa’l de ruana”; bien un pobre, bien un rebelde, según ellos, “gente de mal”.

La cárcel, como precisó Dostoievski, es el subsuelo, es aquel sitio tenebroso en el cual los seres humanos son tirados para que se descompongan, por obra del poder. A ese subsuelo llega, según los sectores dominantes, el “bajo mundo”, sector social también conocido como lumpen-proletariado. Llegan supuestamente para su resocialización, pero todos los estudios efectuados sobre la cárcel evidencian el error: allí se cumple el castigo y la venganza, y por parte alguna se permite o estimula la supuesta resocialización. Por ello, el delincuente cumple su condena y sale de inmediato al ‘ruedo’, es decir, a buscarse lo suyo a como dé lugar: esta es su venganza, realizada casi siempre y de manera equivocada sobre su mismo pueblo.

Pero al subsuelo también llegan (llegamos) hombres y mujeres que piensan(pensamos) diferente del establecimiento, que sueñan(soñamos) mundos distintos, que creen(creemos) en la necesidad de hacer real la utopía y bregan(bregamos) por su construcción. Unos, en forma tal vez equivocada, lo hacen con las armas, otros creemos en la necesidad del cambio de mentalidad de los pueblos como algo indispensable para los verdaderos cambios, propósito que sólo es alcanzable en el marco de una revolución cultural, con una educación crítica y liberadora, que tiene que darse en todos los lugares que habite el ser humano, más aún en estas mazmorras del régimen.

Independientemente de que una persona sea de bien o de mal, se trata de un ser que sufre en la cárcel, hecha por los seres humanos y destinada para los mismos. En ella, otros hombres imperfectos, como los más imperfectos hombres de las cárceles, imparten ‘justicia’ y determinan en proporción al sufrimiento el tiempo de la pena, no el tiempo de la resocialización que ellos mismos reconocen sólo en el papel, que ha de ser de orden cualitativo y no cuantitativo. Allí se sustituye la cultura por la tortura, en una inversión absurda de valores.

Buscamos aproximarnos a una dimensión más humanizante de estos valores, en el ostracismo de los antivalores, como son en esencia las cárceles, donde “nunca tanta crueldad tan maquiavélicamente esgrimida soportó la humanidad”1, pues, “la cárcel se ha mostrado en la historia reciente como una de las más importantes opciones del Estado (únicamente superada por las ejecuciones extrajudiciales) para persuadir a sus ‘asociados’ de adoptar un comportamiento que sólo reproduzca sus intereses”.

Presos pero irreductibles

En este sentido y en este lugar, desde el último rincón de un calabozo, armado de un libro, un lápiz y un papel, si en la soledad estamos, o de un vehículo sonoro de la cultura, es decir, la palabra, hemos de pensar el mundo que vivimos, el mundo que sufrimos y el mundo que soñamos. Así vive la cárcel el preso de conciencia.

El escenario de lucha ha cambiado. Ahora, como en otros momentos de nuestra lucha, debemos ser multiplicadores de la cultura, multiplicadores de escenarios que liberen nuestras mentes, para que nuestro cuerpo soporte la miseria y la crueldad del encierro y los castigos. Desde mi condición de ateo, considero inclusive a los grupos de reflexión espiritual (si condenan las injusticias y la opresión, y luchan por un mundo mejor) como una acción de “j’ormación liberadora, de igual manera el deporte, las artes, el trabajo y ante todo el estudio. He ahí donde debemos aportar el máximo de nuestra fuerza, nuestra capacidad y nuestra experiencia, para hacer de la prisión un escenario de verdadera resocialización y auténtica emancipación, ya que para un hombre y una mujer libres esto es “sólo un cambio de escenario, no de misión”2, y la nuestra, como defensores de derechos humanos, educadores y ante todo librepensadores, es evitar que nuestras conciencias sean también encadenadas, y, junto a los millones de colombianos y colombianas que sufrimos y somos víctimas del terrorismo de Estado, de un gobierno narcoparamilitar, hemos de conservar encendida la inextinguible llama de la esperanza.

1    Fusic, Julius.”Reportaje al pie del patíbulo”. Ediciones Desde Abajo. Bogotá, 2008, p. 14.
2    ibíd., p. 15.

Publicado en Edición 148
Miércoles, 22 de Julio de 2009 12:08

La cárcel es pa’l de ruana

“La cárcel es una bendición”, evidente contradicción, pero así piensa la “gente de bien”. Preocupados a toda costa por sus limitados intereses, sólo se preocupan por su seguridad inmediata, la misma que creen hallar cuando están más rodeados por policía y cuando ven más cárceles a su paso.
Podrán cargar de cadenas
mi cuello, pero nunca
encadenaran mi conciencia.
José María Vargas Vila

¿Pero qué distancia a una persona cualquiera de una cárcel? Nada o casi nada. Sales de tu casa con la tranquilidad de regresar un poco más tarde, pero unas horas después estás en un calabozo, tensionado por las preguntas y la presión física de los interrogadores. Para el individuo popular, ese paso de la casa a la cárcel puede ser producto de un raponazo, un cosquilleo, o cualquier otro rebusque mal realizado. Para el preso de conciencia, puede ser el autoritarismo de un régimen que te sindica de algo que no has cometido, pese a lo cual te colocan ante las cámaras de televisión como un jefe de no se sabe qué redes terroristas.

A los de “familias de bien” también les suceden imponderables, y van a dar a la cárcel. Puede ser por un homicidio culposo, un desfalco descubierto antes de tiempo, su relación con fuerzas ilegales de derecha, en fin, sus deseos de vivir siempre a costa de los demás. Sin embargo, su permanencia en la cárcel casi siempre es transitoria, pues, favorecidos por sus relaciones e intrigas, son remitidos a lugares especiales y, por larga que sea la condena, como “por arte de magia” o por la magia que da el dinero, dejan los muros sin cumplir ni siquiera el mínimo del tiempo dispuesto por la ‘justicia’.

Sabiduría popular. En uno y en otro casos se confirma aquel decir tan popular y recordado día a día: “La cárcel es pa’l de ruana”; bien un pobre, bien un rebelde, según ellos, “gente de mal”.

La cárcel, como precisó Dostoievski, es el subsuelo, es aquel sitio tenebroso en el cual los seres humanos son tirados para que se descompongan, por obra del poder. A ese subsuelo llega, según los sectores dominantes, el “bajo mundo”, sector social también conocido como lumpen-proletariado. Llegan supuestamente para su resocialización, pero todos los estudios efectuados sobre la cárcel evidencian el error: allí se cumple el castigo y la venganza, y por parte alguna se permite o estimula la supuesta resocialización. Por ello, el delincuente cumple su condena y sale de inmediato al ‘ruedo’, es decir, a buscarse lo suyo a como dé lugar: esta es su venganza, realizada casi siempre y de manera equivocada sobre su mismo pueblo.

Pero al subsuelo también llegan (llegamos) hombres y mujeres que piensan(pensamos) diferente del establecimiento, que sueñan(soñamos) mundos distintos, que creen(creemos) en la necesidad de hacer real la utopía y bregan(bregamos) por su construcción. Unos, en forma tal vez equivocada, lo hacen con las armas, otros creemos en la necesidad del cambio de mentalidad de los pueblos como algo indispensable para los verdaderos cambios, propósito que sólo es alcanzable en el marco de una revolución cultural, con una educación crítica y liberadora, que tiene que darse en todos los lugares que habite el ser humano, más aún en estas mazmorras del régimen.

Independientemente de que una persona sea de bien o de mal, se trata de un ser que sufre en la cárcel, hecha por los seres humanos y destinada para los mismos. En ella, otros hombres imperfectos, como los más imperfectos hombres de las cárceles, imparten ‘justicia’ y determinan en proporción al sufrimiento el tiempo de la pena, no el tiempo de la resocialización que ellos mismos reconocen sólo en el papel, que ha de ser de orden cualitativo y no cuantitativo. Allí se sustituye la cultura por la tortura, en una inversión absurda de valores.

Buscamos aproximarnos a una dimensión más humanizante de estos valores, en el ostracismo de los antivalores, como son en esencia las cárceles, donde “nunca tanta crueldad tan maquiavélicamente esgrimida soportó la humanidad”1, pues, “la cárcel se ha mostrado en la historia reciente como una de las más importantes opciones del Estado (únicamente superada por las ejecuciones extrajudiciales) para persuadir a sus ‘asociados’ de adoptar un comportamiento que sólo reproduzca sus intereses”.

Presos pero irreductibles

En este sentido y en este lugar, desde el último rincón de un calabozo, armado de un libro, un lápiz y un papel, si en la soledad estamos, o de un vehículo sonoro de la cultura, es decir, la palabra, hemos de pensar el mundo que vivimos, el mundo que sufrimos y el mundo que soñamos. Así vive la cárcel el preso de conciencia.

El escenario de lucha ha cambiado. Ahora, como en otros momentos de nuestra lucha, debemos ser multiplicadores de la cultura, multiplicadores de escenarios que liberen nuestras mentes, para que nuestro cuerpo soporte la miseria y la crueldad del encierro y los castigos. Desde mi condición de ateo, considero inclusive a los grupos de reflexión espiritual (si condenan las injusticias y la opresión, y luchan por un mundo mejor) como una acción de “j’ormación liberadora, de igual manera el deporte, las artes, el trabajo y ante todo el estudio. He ahí donde debemos aportar el máximo de nuestra fuerza, nuestra capacidad y nuestra experiencia, para hacer de la prisión un escenario de verdadera resocialización y auténtica emancipación, ya que para un hombre y una mujer libres esto es “sólo un cambio de escenario, no de misión”2, y la nuestra, como defensores de derechos humanos, educadores y ante todo librepensadores, es evitar que nuestras conciencias sean también encadenadas, y, junto a los millones de colombianos y colombianas que sufrimos y somos víctimas del terrorismo de Estado, de un gobierno narcoparamilitar, hemos de conservar encendida la inextinguible llama de la esperanza.

1    Fusic, Julius.”Reportaje al pie del patíbulo”. Ediciones Desde Abajo. Bogotá, 2008, p. 14.
2    ibíd., p. 15.

Publicado en Edición 148
Miércoles, 22 de Julio de 2009 12:08

La cárcel es pa’l de ruana

“La cárcel es una bendición”, evidente contradicción, pero así piensa la “gente de bien”. Preocupados a toda costa por sus limitados intereses, sólo se preocupan por su seguridad inmediata, la misma que creen hallar cuando están más rodeados por policía y cuando ven más cárceles a su paso.
Podrán cargar de cadenas
mi cuello, pero nunca
encadenaran mi conciencia.
José María Vargas Vila

¿Pero qué distancia a una persona cualquiera de una cárcel? Nada o casi nada. Sales de tu casa con la tranquilidad de regresar un poco más tarde, pero unas horas después estás en un calabozo, tensionado por las preguntas y la presión física de los interrogadores. Para el individuo popular, ese paso de la casa a la cárcel puede ser producto de un raponazo, un cosquilleo, o cualquier otro rebusque mal realizado. Para el preso de conciencia, puede ser el autoritarismo de un régimen que te sindica de algo que no has cometido, pese a lo cual te colocan ante las cámaras de televisión como un jefe de no se sabe qué redes terroristas.

A los de “familias de bien” también les suceden imponderables, y van a dar a la cárcel. Puede ser por un homicidio culposo, un desfalco descubierto antes de tiempo, su relación con fuerzas ilegales de derecha, en fin, sus deseos de vivir siempre a costa de los demás. Sin embargo, su permanencia en la cárcel casi siempre es transitoria, pues, favorecidos por sus relaciones e intrigas, son remitidos a lugares especiales y, por larga que sea la condena, como “por arte de magia” o por la magia que da el dinero, dejan los muros sin cumplir ni siquiera el mínimo del tiempo dispuesto por la ‘justicia’.

Sabiduría popular. En uno y en otro casos se confirma aquel decir tan popular y recordado día a día: “La cárcel es pa’l de ruana”; bien un pobre, bien un rebelde, según ellos, “gente de mal”.

La cárcel, como precisó Dostoievski, es el subsuelo, es aquel sitio tenebroso en el cual los seres humanos son tirados para que se descompongan, por obra del poder. A ese subsuelo llega, según los sectores dominantes, el “bajo mundo”, sector social también conocido como lumpen-proletariado. Llegan supuestamente para su resocialización, pero todos los estudios efectuados sobre la cárcel evidencian el error: allí se cumple el castigo y la venganza, y por parte alguna se permite o estimula la supuesta resocialización. Por ello, el delincuente cumple su condena y sale de inmediato al ‘ruedo’, es decir, a buscarse lo suyo a como dé lugar: esta es su venganza, realizada casi siempre y de manera equivocada sobre su mismo pueblo.

Pero al subsuelo también llegan (llegamos) hombres y mujeres que piensan(pensamos) diferente del establecimiento, que sueñan(soñamos) mundos distintos, que creen(creemos) en la necesidad de hacer real la utopía y bregan(bregamos) por su construcción. Unos, en forma tal vez equivocada, lo hacen con las armas, otros creemos en la necesidad del cambio de mentalidad de los pueblos como algo indispensable para los verdaderos cambios, propósito que sólo es alcanzable en el marco de una revolución cultural, con una educación crítica y liberadora, que tiene que darse en todos los lugares que habite el ser humano, más aún en estas mazmorras del régimen.

Independientemente de que una persona sea de bien o de mal, se trata de un ser que sufre en la cárcel, hecha por los seres humanos y destinada para los mismos. En ella, otros hombres imperfectos, como los más imperfectos hombres de las cárceles, imparten ‘justicia’ y determinan en proporción al sufrimiento el tiempo de la pena, no el tiempo de la resocialización que ellos mismos reconocen sólo en el papel, que ha de ser de orden cualitativo y no cuantitativo. Allí se sustituye la cultura por la tortura, en una inversión absurda de valores.

Buscamos aproximarnos a una dimensión más humanizante de estos valores, en el ostracismo de los antivalores, como son en esencia las cárceles, donde “nunca tanta crueldad tan maquiavélicamente esgrimida soportó la humanidad”1, pues, “la cárcel se ha mostrado en la historia reciente como una de las más importantes opciones del Estado (únicamente superada por las ejecuciones extrajudiciales) para persuadir a sus ‘asociados’ de adoptar un comportamiento que sólo reproduzca sus intereses”.

Presos pero irreductibles

En este sentido y en este lugar, desde el último rincón de un calabozo, armado de un libro, un lápiz y un papel, si en la soledad estamos, o de un vehículo sonoro de la cultura, es decir, la palabra, hemos de pensar el mundo que vivimos, el mundo que sufrimos y el mundo que soñamos. Así vive la cárcel el preso de conciencia.

El escenario de lucha ha cambiado. Ahora, como en otros momentos de nuestra lucha, debemos ser multiplicadores de la cultura, multiplicadores de escenarios que liberen nuestras mentes, para que nuestro cuerpo soporte la miseria y la crueldad del encierro y los castigos. Desde mi condición de ateo, considero inclusive a los grupos de reflexión espiritual (si condenan las injusticias y la opresión, y luchan por un mundo mejor) como una acción de “j’ormación liberadora, de igual manera el deporte, las artes, el trabajo y ante todo el estudio. He ahí donde debemos aportar el máximo de nuestra fuerza, nuestra capacidad y nuestra experiencia, para hacer de la prisión un escenario de verdadera resocialización y auténtica emancipación, ya que para un hombre y una mujer libres esto es “sólo un cambio de escenario, no de misión”2, y la nuestra, como defensores de derechos humanos, educadores y ante todo librepensadores, es evitar que nuestras conciencias sean también encadenadas, y, junto a los millones de colombianos y colombianas que sufrimos y somos víctimas del terrorismo de Estado, de un gobierno narcoparamilitar, hemos de conservar encendida la inextinguible llama de la esperanza.

1    Fusic, Julius.”Reportaje al pie del patíbulo”. Ediciones Desde Abajo. Bogotá, 2008, p. 14.
2    ibíd., p. 15.

Publicado en Edición 148
Miércoles, 22 de Julio de 2009 12:08

La cárcel es pa’l de ruana

“La cárcel es una bendición”, evidente contradicción, pero así piensa la “gente de bien”. Preocupados a toda costa por sus limitados intereses, sólo se preocupan por su seguridad inmediata, la misma que creen hallar cuando están más rodeados por policía y cuando ven más cárceles a su paso.
Podrán cargar de cadenas
mi cuello, pero nunca
encadenaran mi conciencia.
José María Vargas Vila

¿Pero qué distancia a una persona cualquiera de una cárcel? Nada o casi nada. Sales de tu casa con la tranquilidad de regresar un poco más tarde, pero unas horas después estás en un calabozo, tensionado por las preguntas y la presión física de los interrogadores. Para el individuo popular, ese paso de la casa a la cárcel puede ser producto de un raponazo, un cosquilleo, o cualquier otro rebusque mal realizado. Para el preso de conciencia, puede ser el autoritarismo de un régimen que te sindica de algo que no has cometido, pese a lo cual te colocan ante las cámaras de televisión como un jefe de no se sabe qué redes terroristas.

A los de “familias de bien” también les suceden imponderables, y van a dar a la cárcel. Puede ser por un homicidio culposo, un desfalco descubierto antes de tiempo, su relación con fuerzas ilegales de derecha, en fin, sus deseos de vivir siempre a costa de los demás. Sin embargo, su permanencia en la cárcel casi siempre es transitoria, pues, favorecidos por sus relaciones e intrigas, son remitidos a lugares especiales y, por larga que sea la condena, como “por arte de magia” o por la magia que da el dinero, dejan los muros sin cumplir ni siquiera el mínimo del tiempo dispuesto por la ‘justicia’.

Sabiduría popular. En uno y en otro casos se confirma aquel decir tan popular y recordado día a día: “La cárcel es pa’l de ruana”; bien un pobre, bien un rebelde, según ellos, “gente de mal”.

La cárcel, como precisó Dostoievski, es el subsuelo, es aquel sitio tenebroso en el cual los seres humanos son tirados para que se descompongan, por obra del poder. A ese subsuelo llega, según los sectores dominantes, el “bajo mundo”, sector social también conocido como lumpen-proletariado. Llegan supuestamente para su resocialización, pero todos los estudios efectuados sobre la cárcel evidencian el error: allí se cumple el castigo y la venganza, y por parte alguna se permite o estimula la supuesta resocialización. Por ello, el delincuente cumple su condena y sale de inmediato al ‘ruedo’, es decir, a buscarse lo suyo a como dé lugar: esta es su venganza, realizada casi siempre y de manera equivocada sobre su mismo pueblo.

Pero al subsuelo también llegan (llegamos) hombres y mujeres que piensan(pensamos) diferente del establecimiento, que sueñan(soñamos) mundos distintos, que creen(creemos) en la necesidad de hacer real la utopía y bregan(bregamos) por su construcción. Unos, en forma tal vez equivocada, lo hacen con las armas, otros creemos en la necesidad del cambio de mentalidad de los pueblos como algo indispensable para los verdaderos cambios, propósito que sólo es alcanzable en el marco de una revolución cultural, con una educación crítica y liberadora, que tiene que darse en todos los lugares que habite el ser humano, más aún en estas mazmorras del régimen.

Independientemente de que una persona sea de bien o de mal, se trata de un ser que sufre en la cárcel, hecha por los seres humanos y destinada para los mismos. En ella, otros hombres imperfectos, como los más imperfectos hombres de las cárceles, imparten ‘justicia’ y determinan en proporción al sufrimiento el tiempo de la pena, no el tiempo de la resocialización que ellos mismos reconocen sólo en el papel, que ha de ser de orden cualitativo y no cuantitativo. Allí se sustituye la cultura por la tortura, en una inversión absurda de valores.

Buscamos aproximarnos a una dimensión más humanizante de estos valores, en el ostracismo de los antivalores, como son en esencia las cárceles, donde “nunca tanta crueldad tan maquiavélicamente esgrimida soportó la humanidad”1, pues, “la cárcel se ha mostrado en la historia reciente como una de las más importantes opciones del Estado (únicamente superada por las ejecuciones extrajudiciales) para persuadir a sus ‘asociados’ de adoptar un comportamiento que sólo reproduzca sus intereses”.

Presos pero irreductibles

En este sentido y en este lugar, desde el último rincón de un calabozo, armado de un libro, un lápiz y un papel, si en la soledad estamos, o de un vehículo sonoro de la cultura, es decir, la palabra, hemos de pensar el mundo que vivimos, el mundo que sufrimos y el mundo que soñamos. Así vive la cárcel el preso de conciencia.

El escenario de lucha ha cambiado. Ahora, como en otros momentos de nuestra lucha, debemos ser multiplicadores de la cultura, multiplicadores de escenarios que liberen nuestras mentes, para que nuestro cuerpo soporte la miseria y la crueldad del encierro y los castigos. Desde mi condición de ateo, considero inclusive a los grupos de reflexión espiritual (si condenan las injusticias y la opresión, y luchan por un mundo mejor) como una acción de “j’ormación liberadora, de igual manera el deporte, las artes, el trabajo y ante todo el estudio. He ahí donde debemos aportar el máximo de nuestra fuerza, nuestra capacidad y nuestra experiencia, para hacer de la prisión un escenario de verdadera resocialización y auténtica emancipación, ya que para un hombre y una mujer libres esto es “sólo un cambio de escenario, no de misión”2, y la nuestra, como defensores de derechos humanos, educadores y ante todo librepensadores, es evitar que nuestras conciencias sean también encadenadas, y, junto a los millones de colombianos y colombianas que sufrimos y somos víctimas del terrorismo de Estado, de un gobierno narcoparamilitar, hemos de conservar encendida la inextinguible llama de la esperanza.

1    Fusic, Julius.”Reportaje al pie del patíbulo”. Ediciones Desde Abajo. Bogotá, 2008, p. 14.
2    ibíd., p. 15.

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