Jueves, 11 Febrero 2016 07:55

¿Una nueva crisis financiera global?

Crecen las voces que advierten de un nuevo hundimiento en los mercados. La caída del precio del petróleo ha provocado el pinchazo de la burbuja del fracking.

 

Hay otra gran crisis en cola? ¿Harán dentro de algunos años una película sobre quienes la vieron venir e incluso apostaron en los mercados financieros para que estallara, como cuenta la La gran apuesta? ¿O quedará como otros tantos titulares apocalípticos que deberían provocarnos pavor?

En esta película candidata a los Oscar, cuatro visionarios supieron entender que el empobrecimiento de la población estadounidense estaba causando un serio problema: buena parte de los créditos hipotecarios –transformados en productos especulativos– nunca iban a ser devueltos. Cuando esta realidad dejó de ser un rumor en 2007, la burbuja inmobiliaria estalló, arrastrando al resto de los países del mundo en la peor crisis que se recuerda desde 1929.


Con el inicio de 2016 volvían las especulaciones. El 6 de enero, el multimillonario George Soros daba un disgusto a los inversores al advertir que los vaivenes de los mercados le recordaban demasiado a esos momentos cuando caía Lehman Brothers y España ganaba la Eurocopa.

 

La preocupación por el estallido de una nueva burbuja es compartida por otros dos pesos pesados de la lista Forbes: Bill Gates y Warren Buffet. El origen de esta burbuja, sostienen, se encuentra en las políticas desarrolladas por la Reserva Federal de Estados Unidos (FED) y los bancos centrales para salir de la crisis: la bajada de los tipos de interés a valores cercanos a 0% y la llamada "política expansiva", es decir, "imprimir dinero y tirarlo", según la definición de Buffet.


Con los tipos de interés actuales, aseguraba este inversor, "puedes pedir prestado dinero con muy pocos costes, de modo que puedes financiar todo lo que quieras. Estas medidas han causado un cambio dramático del valor real de la vivienda y probablemente también han cambiado el precio de las acciones".

Para Luis González Reyes, coautor de La espiral de la energía, el principal problema es que las políticas expansivas –la FED inyectó dos billones de dólares a la economía– no han tenido un "efecto distributivo", sino que sólo han servido para "maquillar los balances de los grandes agentes y contener por un tiempo una caída mucho mayor, pero no ha llegado a la población de a pie", afirma.


"La inversión no ha llegado a la economía productiva, entre otras cosas porque ya no hay rentabilidad en la economía productiva", dice González Reyes, sino que han inflado los mercados especulativos. Ante cifras récord de acumulación de riqueza y desigualdad, inéditas desde 1929, las empresas cada vez tienen más dificultades para colocar sus mercancías y conseguir las tasas de rentabilidad deseadas.


La solución a este problema hasta 2007 fue la expansión del crédito a toda costa, sin una base real que lo respaldase. La gran pregunta es si las medidas económicas ante esta crisis estructural –las famosas políticas expansivas– llevarán a otra recaída cuando se retiren las ayudas. De fondo, una economía financiera que en 2015 era ocho veces más grande que la economía real.

 

Para el economista Daniel Lacalle no tardaremos en enfrentarnos a nuevo estallido: "La cuestión no es 'cómo termina', que ya lo hemos visto en 2001 y 2007, sino 'cuándo'. Es como los dibujos animados del Correcaminos. El Coyote sube por el precipicio hasta que sobrepasa el borde, sigue corriendo y se encuentra que debajo de sus pies no hay nada".


Sin embargo, hasta que no estallan, las burbujas son simplemente buenos negocios. José D. Roselló, economista del Instituto Flores de Lemus-Universidad Carlos III, cree que las lecturas de un nuevo crash son "un poco alarmistas", aunque reconoce que hay motivos de preocupación. En el momento en que EE UU empiece a retirar sus estímulos –en diciembre de 2015 la FED subía los tipos de interés por primera vez desde 2008–, "muchos piensan que se puede producir una crisis financiera al estilo de la de 2008". De momento, afina Roselló, "muchas cosas que se pensaban que valían no sé cuántos dólares se ha descubierto que no valían nada y los balances de los bancos encogieron súbitamente".


El pinchazo del fracking


No es necesario recurrir a especulaciones para observar una burbuja pinchándose a toda velocidad. En menos de dos años el barril de petróleo ha perdido el 70% de su valor y no parece que la recuperación vaya a ser rápida, menos aún después del acuerdo de paz con Irán, que inundará el mercado con medio millón de barriles diarios. Una situación especialmente delicada en un contexto en el que la producción de petróleo no ha dejado de crecer mientras la demanda, lastrada por la crisis, caía año tras año.


Pero ¿un petróleo barato no debería ser una buena noticia? No para las 100.000 personas que trabajaban en la industria energética en EE UU despedidos en el último año. Tampoco para los países productores, y menos para los miles de accionistas y empresas que aprovecharon la liquidez para realizar inversiones que "desde el punto de vista económico no eran rentables", dice González Reyes, pero daban dinero en los mercados especulativos. Estas inversiones permitían que acciones de empresas dedicadas al fracking se revalorizasen constantemente, "aunque tenían pérdidas: les costaba más extraer un barril de petróleo que lo que sacaban al venderlo".

 


Con un barril a 30 dólares y un coste de producción superior a los 70, diversos analistas estiman que la mitad de las empresas dedicadas al fracking habrán desaparecido a finales de este año. De hecho, ya han sido 81 las empresas de este sector que han tenido que echar el cierre en 2015, mientras que mil pozos han sido clausurados.


El milagro de la reproducción de los peces obra en sentido contrario cuando pincha una burbuja. A mediados de enero, BHP Billiton se veía obligada a reducir en un día el valor de sus activos de petróleo y gas en 6.600 millones de dólares, mientras que el gigante del fracking Chesapeake perdía el 45% de sus existencias en apenas unas horas.

 

Toda buena burbuja tiene su ley a medida. En este caso se trató de un cambio en la normativa de contabilidad, aprobado en 2009 por presiones de la industria, que permitía a las empresas anotarse como propias reservas de petróleo de pozos aún no perforados. Con este truco, las empresas del fracking consiguieron duplicar las existencias de petróleo declaradas y que sus acciones treparan en las bolsas de valores. La revolución del shale oil agujereó medio país contaminando acuíferos y generando imágenes como las que refleja el documental Gasland, donde el agua de grifo se enciende con un mechero.



Las inversiones en la extracción de petróleo no convencional colocaron a EE UU cerca del autoabastecimiento y le permitieron superar a Arabia Saudí como primer productor de crudo, pero, nunca mejor dicho, a un precio demasiado alto. La nueva normativa tenía letra pequeña: requería que los pozos fueran rentables y perforados en un plazo de cinco años. A lo largo de 2016, se prevé que desaparezcan de los libros contables de estas empresas miles de millones de barriles de petróleo.


El pinchazo de la burbuja del petróleo no convencional ha traspasado las fronteras de EE UU. Un estudio reciente reflejaba un aumento del 30% en los suicidios en Alberta, Canadá, paraíso de las arenas bituminosas, donde extraer un barril cuesta nada menos que 80 dólares. Y en Polonia, declarado por empresas de EE UU "punta de lanza en Europa" de la penetración del fracking, las empresas han abandonado todos los proyectos en marcha. Algo parecido ha pasado en España.

 

De tener buena parte del territorio concedido para el fracking, hoy sólo continúan las prospecciones en el norte de Burgos, relata González Reyes. Y no sólo se debe a la caída del precio del petróleo, que hace inviable cualquier inversión. Para este militante ecologista, las luchas sociales han tenido mucho que ver: "Éste ha sido uno de los movimientos en los que nos hemos adelantado a la propia empresa y a las propias regulaciones. Normalmente vamos a rebufo, en este caso hemos ido por delante".


El corazón del capitalismo


El economista José D. Roselló cree que la deuda de las petroleras –calculada en torno al medio billón de dólares– puede generar grandes turbulencias, "pero no se puede comparar con el tamaño y la capacidad de arrastre del sector de las subprime; no es de esperar una crisis tan grande como la del sector hipotecario".
Los analistas coinciden en que el precio del petróleo volverá a subir, aunque no se ponen de acuerdo en las cifras. Los mercados de futuro, cuenta Roselló, apuestan a un barril de más de 60 dólares dentro de un año. Para entonces, la ruina de las empresas del fracking y la desinversión reducirá la oferta: el precio volverá a repuntar con fuerza generando nuevos desequilibrios.


Para González Reyes, el escenario que se abre, superado en 2005 el pico del petróleo convencional –el más fácil y barato de extraer–, es de "fuertes fluctuaciones en los precios del barril". Cuando el precio del petróleo vuelva a subir, "nos encontraremos otra vez con un recrudecimiento de la crisis, algo que hará que la demanda vuelva a bajar, y con el descenso de la demanda caerá una vez más el precio del petróleo, con grandes oscilaciones amplificadas por la especulación en los mercados financieros".


De alguna manera, resume González Reyes, "es como si el corazón del capitalismo estuviese sufriendo una arritmia brutal provocando crisis cada vez más complicadas".



Por qué cae el precio del petróleo


Demasiada oferta de crudo


La inestabilidad en Oriente Medio, Venezuela o Nigeria llevó a EE UU a buscar la independencia energética, algo que estuvo cerca de conseguir con la contaminante técnica de la fractura hidráulica o fracking, introduciendo millones de barriles diarios al mercado. Frente a la caída de los precios por exceso de oferta, los países productores se han encontrado ante graves problemas de presupuesto. Arabia Saudí y otros productores, obligados a recortar gastos y subvenciones, y a aumentar el precio de los servicios, han intentado mantener su cuota de mercado sin reducir la producción. La paz con Irán pone las cosas más difíciles: otro medio millón de barriles diarios entrarán en juego. Idénticos problemas aquejan a otros productores como Rusia, Venezuela o Brasil, con graves déficits y fuertes recortes sociales para el año entrante.


Poca demanda por la crisis


"Ya era bastante raro que el petróleo en plena crisis mundial estuviera en el entorno de los cien euros", dice el economista José D. Roselló. Sobre todo cuando a día de hoy el comercio mundial no ha recuperado los niveles de 2008. La crisis de los países llamados emergentes ha profundizado este descenso en la demanda mundial. En el centro, la crisis "a cámara lenta" de la economía china, que significa para Isidro López, diputado autonómico de Podemos en la Comunidad de Madrid, "la caída del polo productivo de la economía global, algo que no parece que vaya a revertirse". Esta crisis se debe, según explica Luis González Reyes, de Ecologistas en Acción, a los cambios que está viviendo el modelo económico chino tras años de luchas sociales que han mejorado el nivel de vida de buena parte de la población.


Especulación financiera desmedida


Sólo una parte del precio del petróleo se debe a las leyes de la oferta y la demanda. El resto lo deciden los mercados especulativos, que entre otras operaciones apuestan sobre el precio que tendrá el petróleo en los mercados de futuros. Un factor determinante para el precio del barril, precisa Isidro López a Diagonal, es el valor del dólar. "Mientras suba el dólar bajará el precio del petróleo, porque eso no lo marca directamente la demanda, sino los derivados financieros sobre el petróleo y el mercado de futuros. Lo mismo pasa con las materias primas. En la medida que siga subiendo el dólar y que China se muestre más o menos inestable en los mercados financieros, se polarizará más esa demanda y se abrirá la crisis en los mercados emergentes", explica.

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Siete años después de que en 2008 entrase en erupción la crisis financiera mundial, la economía del mundo ha continuado dando tumbos en 2015. Según el informe de las Naciones Unidas (ONU) titulado Situación y Perspectivas de la Economía Mundial 2016, la tasa promedio de crecimiento en los países desarrollados ha disminuido en más del 54% desde la crisis. Se estima que cerca de 44 millones de personas están desempleadas en los países desarrollados, aproximadamente 12 millones más que en 2007, mientras que la inflación ha alcanzado su nivel más bajo desde la crisis.

Aún más preocupante es el hecho de que las tasas de crecimiento de los países avanzados también se han tornado más volátiles. Esto es sorprendente, ya que, en su posición de economías desarrolladas con cuentas de capital totalmente abiertas, estas economías deberían haberse beneficiado de la libre circulación del capital y de la distribución internacional del riesgo —y, por lo tanto, deberían experimentar poca volatilidad macroeconómica—. Además, las transferencias sociales, prestaciones por desempleo incluidas, deberían haber permitido a los hogares estabilizar sus niveles de consumo.


Sin embargo, las políticas dominantes durante el período posterior a la crisis —el ajuste fiscal y la flexibilización cuantitativa (QE)— han ofrecido poco apoyo para estimular el consumo de los hogares, la inversión y el crecimiento. Por el contrario, han tendido a empeorar las cosas.
En EE UU, la flexibilización cuantitativa no impulsó el consumo y la inversión porque, en parte, la mayor parte de la liquidez adicional regresó a las arcas de los bancos centrales, en forma de excesos de reservas. La ley de flexibilización regulatoria de los servicios financieros de 2006 autorizó a la Reserva Federal (Fed) a pagar intereses sobre las reservas obligatorias y sobre las reservas en exceso, socavando, de esta manera, el objetivo clave de la QE.


De hecho, con el sector financiero de Estados Unidos al borde del colapso, la ley de Estabilización Económica de Emergencia de 2008 adelantó en tres años la fecha de entrada en vigencia del ofrecimiento de pago de intereses sobre reservas, estableciendo que la misma se iniciaría el 1 de octubre de 2008. Como resultado, el exceso de reservas que se mantiene en la Fed se disparó, pasando de un promedio 200.000 millones de dólares durante el período 2000-2008 a 1,6 billones durante el período 2009-2015. Las instituciones financieras optaron por mantener su dinero en la Fed en lugar de realizar préstamos a la economía real, ganando casi 30.000 millones —sin correr ningún riesgo— durante el último lustro.


Esto equivale a una generosa —y, en gran medida, oculta— subvención de la Fed al sector financiero. Y, como consecuencia de la subida de tasas de interés estadounidense del mes pasado, la subvención se incrementará en 13.000 millones este año.


Los incentivos perjudiciales son solo una de las razones por las que no se materializaron muchos de los beneficios que se esperaba recibir como resultado de las bajas tasas de interés. Dado que la QE logró mantener las tasas de interés cerca a cero durante casi siete años, se debería haber incentivado a que los gobiernos de los países desarrollados obtengan préstamos e inviertan en infraestructuras, educación y sectores sociales. El aumento de las transferencias sociales durante el período posterior a la crisis habría impulsado la demanda agregada y suavizado, en cierta medida, los patrones de consumo.


Por otra parte, el informe de la ONU muestra claramente que en todo el mundo desarrollado la inversión privada no creció como era de esperar, tomando en consideración las extremadamente bajas tasas de interés. En 17 de las 20 mayores economías avanzadas, el crecimiento de la inversión se mantuvo más bajo durante el periodo posterior a 2008 respecto al nivel alcanzado durante los años anteriores a la crisis; asimismo, cinco economías experimentaron una disminución de la inversión durante el periodo 2010-2015.


En todo el mundo, los títulos-valores emitidos por las corporaciones no financieras —las mismas que, se supone, llevan a cabo inversiones fijas— aumentaron significativamente durante el mismo período. Esto implicaría que muchas corporaciones no financieras obtuvieron préstamos, aprovechando las bajas tasas de interés. Sin embargo, en lugar de invertir, estas corporaciones utilizaron el dinero prestado para volver a comprar sus propias acciones o para adquirir otros activos financieros. Por lo tanto, la QE estimuló fuertes incrementos en el apalancamiento y en la rentabilidad del sector financiero.


Sin embargo, dígase una vez más, nada de esto fue de mucha ayuda para la economía real. De manera clara, mantener las tasas de interés en un nivel cerca de cero no conduce necesariamente a niveles más altos de crédito o inversión. Cuando a los bancos se les da la libertad de elegir, eligen ganancias libres de riesgo o incluso eligen la especulación financiera en lugar de realizar préstamos que apoyarían el objetivo más amplio de crecimiento económico.


Por el contrario, cuando el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional prestan dinero barato a los países en desarrollo, se imponen condiciones a estos países con relación a lo que ellos pueden hacer con dicho dinero. Para tener el efecto deseado, la QE debería haber ido acompañada no sólo por esfuerzos por reestablecer los deteriorados canales de préstamos (especialmente aquellos que dirigen fondos a las pequeñas y medianas empresas), sino también por objetivos específicos de otorgamiento de créditos para los bancos. En vez de fomentar efectivamente a que los bancos no presten, la Fed debería haber penalizando a los bancos por mantener excesos de reservas.


Si bien las tasas de interés extremadamente bajas produjeron pocos beneficios para los países desarrollados, dichas tasas impusieron costos significativos a las economías de los mercados en desarrollo y emergentes. Una consecuencia no intencionada, pero no inesperada, de la flexibilización monetaria ha sido los fuertes aumentos en los flujos de capital transfronterizos. El total de entradas de capital a los países en desarrollo aumentó desde alrededor de 20.000 millones en 2008 a más de 600.000 millones en 2010.


En dicho momento, muchos mercados emergentes tuvieron dificultades para manejar el aumento repentino de flujos de capital. Muy poco de ese flujo se dirigió a la inversión fija. De hecho, el crecimiento de la inversión en los países en desarrollo se redujo significativamente durante el período posterior a la crisis. Este año se espera que los países en desarrollo en su conjunto registren su primera salida neta de capital desde 2006.


Ni la política monetaria ni el sector financiero están haciendo lo que tiene que hacer. Parece ser que la inundación de liquidez se ha dirigido de manera desproporcionada hacia crear riqueza financiera e inflar burbujas de activos, en lugar de ir a fortalecer la economía real. A pesar de las fuertes caídas de los precios de las acciones, la capitalización de mercado como porcentaje del PIB mundial sigue siendo alta. El riesgo de una nueva crisis financiera no puede ser ignorado.


Hay otras políticas que mantienen la promesa de restaurar el crecimiento sostenible e integrador. Estas políticas comienzan con la reinvención de reglas para la economía de mercado con el propósito de garantizar una mayor igualdad, más pensamiento a largo plazo y la aplicación de controles al mercado financiero mediante una regulación eficaz y estructuras de incentivos que sean apropiadas.


Pero también se necesitará un gran aumento de la inversión pública en infraestructura, educación y tecnología. Estos incrementos tendrán que ser financiados, al menos en parte, por la imposición de impuestos ambientales, incluyendo impuestos al carbono y al monopolio, así como impuestos a otras rentas, mismas que se han tornado en omnipresentes en la economía de mercado y que contribuyen enormemente a la desigualdad y al crecimiento lento.


Traducción de Rocío L. Barrientos

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Miércoles, 10 Febrero 2016 07:11

Venezuela va de picada

El New York Times puso a un reportero, Nicholas Casey, a viajar durante 30 días por Venezuela, escribiendo sus impresiones de viaje en un blog. La inversión resultó ser de valor, porque la política de medios del chavismo y del madurismo ha sido tan negativa como su política económica. La prensa de la oposición – El Nacional, por ejemplo, o Tal Cual– se ha ido empobreciendo a tal grado que casi no tiene ya reportaje de investigación. Pero en lo que a la noticia dura se refiere no resulta menos escuálida la página de aporrea.org, que fue durante años espacio predilecto de comentario chavista. Hoy Aporrea está en rebelión más o menos franca frente al madurismo, y por eso abre algunos espacios a la denuncia, pero ni así se puede afirmar que ofrezca un periodismo de investigación. En Venezuela, sólo hay periodismo ciudadano –o sea Whatsapp, Youtube y redes sociales–, pero tener periodismo ciudadano sin periodismo institucional es estar sujeto siempre al rumor, sin posibilidad de crear un sentido firme de la realidad. Aquello es el reino del rumor y de la teoría de la conspiración.


No son muchos los medios que se han molestado en mandar reporteros a Venezuela, pese a la importancia del caso. Por eso esfuerzos como los de Nicholas Casey y el Times se agradecen, por simples y mundanos que sean.


Casey se paseó por buena parte de Venezuela. Estuvo en Caracas y en Mérida, en Barquisimeto y Morrocoy, en Puerto Cabello y en varias otras partes... Y lo que vio a cada paso fue un paisaje de deterioro. Puerto Cabello, que es el puerto más importante de país, recibía hace un par de años al menos 10 buques de carga fresca diaria, fundamentales para todo, porque Venezuela todo lo importa. Cuando pasó por ahí en días pasados Casey, no entraban sino unos cuatro buques. La escasez es también falta de capacidad de comprar importaciones.


El reportero estadunidense visitó campos abandonados, y hospitales con colas de gente esperando medicinas que raramente llegan. Visitó tiendas de abarrotes bastante desabastecidas, pero aun así cuidadas por policías armados. Conversó con choferes y policías, con trabajadores que vigilan ruinas de planes de desarrollo inconclusos.


Y dondequiera encontró lo mismo: una economía constreñida a un grado preocupante. Un empobrecimiento colectivo palpable. Casey entrevistó a una joven pareja que había ido a pasear con su bebé a una de las bellas playas de ese país; su salario agregado sumaba apenas 2.19 dólares diarios, y aquello se considera un ingreso sólidamente de clase media. Se entrevistó con el ambulantaje –con los llamados bachaqueros, que han sido inculpados por Maduro dizque por ser artífices de la llamada guerra económica y que venden productos como frijol, jabón o papel de baño en las calles a cincuenta veces el precio oficial. Gente gastando medio salario de un día a cambio de una bolsita de frijol.


Al llegar a Mérida, un soldado preguntó al reportero si estaba ahí para cubrir la noticia. Casey preguntó que cuál noticia, y el soldado le habló de una epidemia de secuestros que asuela aquel lugar. Caracas rebasó ya a Tegucigalpa, y es la ciudad más peligrosa del mundo.


La prensa económica espera un colapso en Venezuela este año. La economía se contrajo 10 por ciento en 2015, y se había contraído ya 4 por ciento en 2014. Se espera que la contracción sea también bien pronunciada este año. El año pasado, la inflación venezolana fue la más alta del mundo, y se piensa que el país pasará a una situación de hiperinflación ya en cualquier momento; el Times proyecta una inflación de 720 por ciento para este año. El Financial Times, por su parte, informa que el Bolívar ha perdido 92 por ciento de su valor en los últimos dos años, y la proporción entre la deuda externa (que se cuadriplicó bajo Chávez) y el producto nacional bruto se torna cada vez más inmanejable: la declaración de una moratoria está ya prevista. La semana pasada, El País publicó que Venezuela está importando gasolina de Estados Unidos...


Frente a todo esto, sería importante que México explorase una política exterior regional coordinada con otros países, que buscaran entre todos evitar el colapso total de Venezuela. Hace unos meses el mundo presenció la expulsión de miles de colombianos ordenada por Maduro, inculpados de ser responsables de la plaga de contrabando que es resultado inevitable de una serie de políticas insostenibles. Siempre es fácil culpar de todo al extranjero, y por eso miles de colombianos tuvieron que regresar a su país, cargados de todos sus enseres. Esas imágenes fueron perturbadoras, pero la cosa se pondrá todavía peor si la economía venezolana se colapsa y los que comienzan a vadear ríos y atravesar fronteras son los propios venezolanos, buscando refugio en Colombia o Brasil. Importa que México ejerza algún liderazgo para contribuir a evitar una situación así.


El segundo pendiente, menos urgente, pero aun así relevante, es la necesidad de una reflexión crítica del caso desde la izquierda internacional, que apoyó con tanto entusiasmo a Hugo Chávez, un caudillo al que se le atribuyeron propiedades taumatúrgicas y hasta divinas, pero cuya magia dependió al final de los altísimos precios de petróleo que lo beneficiaron, y de la quiebra moral del sistema de partidos políticos que precedió su ascenso al poder. No es correcto echar la culpa de todo a Maduro y dejar perfumado a Chávez, el hombre que se religió sabiendo que tenía un cáncer incurable para dejar en la presidencia a un hombre que, además de autoritario e incompetente, ha tenido la mala fortuna de tener que administrar al país monoexportador que dejó Chávez ante el desplome de los precios del petróleo. La corrosión institucional a la que fue sometida Venezuela todos estos años es un aspecto clave del colapso inminente que amenaza aquella república.

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Martes, 09 Febrero 2016 05:34

Chernóbil. Partes del ornitorrinco

Una bomba que ilumina el cielo "como una sábana de luz". Un accidente nuclear con "un fulgor de color frambuesa brillante". De Hiroshima a Chernóbil, las dos catástrofes que volvieron realidad la pesadilla atómica motivaron dos grandes textos de no ficción que cruzan, aunque en direcciones diferentes, la frontera entre periodismo y literatura.

 

Cuatro décadas de distancia entre el bombardeo de Hiroshima y el accidente de Chernóbil. Dos periodistas. Uno es John Hersey, estadounidense nacido en China, que llega desde el bando vencedor, permanece tres semanas en el terreno y narra, con sobriedad clásica, la deriva de seis personas que recibieron el impacto del 6 de agosto de 1945. La otra es Svetlana Alexiévich, bielorrusa nacida en la Unión Soviética. Ella no llega, sino que vive ahí, entre las víctimas, los héroes y los villanos. Por eso necesita 20 años para comenzar a escribir lo que decenas de testigos le cuentan al oído sobre lo ocurrido a partir del 26 de abril de 1986.
El resultado del trabajo de ambos no pasará inadvertido.


Un año y 25 días después de que Estados Unidos lanzara una bomba de uranio que mató a más de cien mil personas, Hersey publica en The New Yorker "Hiroshima",1 un reportaje que ocupa la totalidad del número del 31 de agosto de 1946. Texto fundacional, según los catalogadores de academia, del periodismo narrativo. Al menos del anglosajón.


Alexiévich, que en el momento de empezar a escribir probablemente no había leído a Hersey, va encontrando una forma que también vincula su oficio con la literatura. Parecen dos historias con muchos puntos en común. Sin embargo, después de recorrer las páginas de los 41 monólogos y tres coros que componen su libro2 sobre las decenas de miles de muertes originadas en la fuga de un reactor que se suponía tenía que producir energía para uso pacífico, se sospecha que son más las diferencias que las similitudes.


"El tiempo se mordía la cola", comprueba Alexiévich.


"Igual que en Hiroshima", parece haberse anticipado a responderle Hersey cuando escribió la historia de la señorita Sasaki que allí, en el primer instante de la era atómica, fue aplastada por una montaña de libros.


"No –le diría Alexiévich en ese diálogo imaginario–, esa es una comparación con el pasado, en Chernóbil lo impensado tuerce el tiempo de una manera más radical."
Los hombres y mujeres que combatieron ese incendio en el interior de un reactor, evitando una triple explosión que hubiera emponzoñado el aire, el agua y la tierra de media Europa, provocaban una extrañeza hasta entonces desconocida. Eran muy distintos a las mujeres combatientes de los años cuarenta o a los náufragos del socialismo que la autora puso en el coro de otras dos de sus tragedias rojas cuyo conjunto le valió el premio Nobel de literatura en 2015. Los hombres y mujeres de Chernóbil no regresaban de la guerra, sino de otro planeta. Es que Chernóbil no nos habla de algo ocurrido en un momento del pasado. Su interpelación llega desde nuestro futuro, asegura la escritora.


BUSCANDO EL TONO

 

Los dos se enfrentaron a un tema imposible de abarcar con las herramientas habituales de su oficio. Y los dos encontraron en la literatura un auxiliar para comenzar el abordaje.


Hersey estaba, precisamente, embarcado. Así lo cuenta en una entrevista que concedió en el final de su carrera a The Paris Review. Se había pescado una gripe, y de la biblioteca del barco que lo llevaba hacia una de sus coberturas de la posguerra en Asia sacó, casi por casualidad, El puente de San Luis Rey, de Thornton Wilder. Su historia de cómo cinco destinos humanos individuales se entretejieron en el marco de una tragedia en la Lima colonial, le dieron una idea para estructurar su artículo sobre Hiroshima.


Un autor de ficción también estuvo en el origen del estilo coral elegido por Alexiévich. Cuando empezó a recoger los testimonios que darían forma a La guerra no tiene rostro de mujer (véase Brecha, 29-I-16), y que profundizaría al escribir Voces de Chernóbil, tenía en mente lo aprendido al leer a Ales Adamovich (véase Brecha, 9-X-15), a quien ha reconocido como su maestro en varias oportunidades, por ejemplo en el discurso de aceptación del Nobel de 2015.


Pese a este punto de partida emparentado, Hersey y Aléxiévich toman caminos diferentes.


A Hersey la narración de Wilder le sugiere el formato de ir acompañando la deriva individual de un puñado de personajes para mostrar, en un ejercicio del todo por la parte, la tragedia inabarcable de la primera bomba atómica arrojada sobre una ciudad.


Alexiévich, en cambio, encuentra en Adamovich el eslabón perdido, el hilo conductor para conectar con esa interrogación sobre el alma humana que ha sido la marca de fábrica de la literatura rusa y que tiene en Tolstói y Dostoievski a sus dos exponentes más radicales. Dos gigantes que George Steiner responsabiliza de "uno de los tres principales momentos de triunfo en la historia de la literatura occidental". Las otras epifanías habrían ocurrido con Platón y Shakespeare.


Steiner afirma que la estatura de Tolstói y Dostoievski no cabe en los límites de la novela. Lo que los hace grandes es la "intuición poética" más que la técnica narrativa. Por eso no los coloca en la tradición de los novelistas, sino de los trágicos griegos como Esquilo o Sófocles.


Es en esa dirección en la que bucea Alexiévich. No está buscando un recurso formal para escribir una historia para su periódico. Está buscando una respuesta a la vieja interrogación de la literatura rusa.


Esa "enfermedad sagrada" que es la epilepsia para Dosto-ievski en varias de sus novelas, como identifica Steiner al analizar su obra, parece tener, al leer a su moderna continuadora, un eco en el modo en que Alexiévich presenta varios de los efectos de la radiación. ¿O no hay algo de sagrado en esa "solitaria voz humana" con la que Alexiévich abre el libro, en el que tal vez sea su capítulo más duro? La voz de una esposa que contra todas las advertencias de los médicos acompaña la agonía de un bombero que se va deshaciendo ante la mirada atónita de la ciencia.


"Ahora, en lugar de las frases habituales de consuelo, el médico le dice a una mujer acerca de su marido moribundo: '¡No se acerque a él! ¡No puede besarlo! ¡Prohibido acariciarlo! Su marido ya no es un ser querido sino un elemento que hay que desactivar'. Ante eso, hasta Shakespeare se queda mudo."


LA ZONA. En Voces de Chernóbil, que lleva por subtítulo "Crónica del futuro", hay varias referencias explícitas a "la zona" de Stalker. Ese lugar a mitad de camino entre lo metafísico y lo radioactivo que en Uruguay se conociera sobre todo a partir de la película de Andrei Tarkovski o en menor medida por el libro que le dio origen: Picnic extraterrestre, de Arkadi y Borís Strugatski, dos de los próceres de la ciencia ficción soviética.


El Chernóbil de Alexiévich, que para algunas voces de su libro los encierra como un gulag más definitivo e impenetrable que los de Siberia, para otros testimonios contiene, además de contaminación y muerte, belleza y libertad. Ahí, más que en el conteo de unidades de radiación y la descripción de los terribles efectos en las personas, está el núcleo de su extrañeza.


Están los viejos campesinos que se negaban a evacuarse, eludían a las fuerzas del orden, volvían a "la zona" por los viejos caminos de los partisanos, y se instalaban de nuevo en sus pequeñas tierras contaminadas. "Aquí no hay nadie que moleste al hombre. Ni jefes ni nada. Somos libres", dice uno de ellos. Y otro reafirma: "No nos moriremos sin el Estado (...). Esto no es un koljos sino una comuna. ¡El comunismo!".


Y la familia que huyó de las persecuciones contra los rusos en las repúblicas del Asia Central cuando el fin de la Unión Soviética, y encontró en "la zona" el único espacio donde poder vivir en paz. "Somos soviéticos, aunque el país en el que yo nací ya no existe. Nuestro país no existe, pero nosotros sí. Ahora Chernóbil es nuestra casa, nuestra patria." Está la radiación, es cierto, pero al menos no existe el miedo. "¿Hay algo más pavoroso que el hombre?", se pregunta esta refugiada de Tayikistán.


Y el "soldado liquidador", uno de esos miles que dejaron la vida para evitar la reacción en cadena que hiciera explotar los otros tres reactores. "Aquello era la libertad", decía Alexandr Kudriaguin en vez de decir "aquello era el horror". Está esperando que le llegue la hora por los efectos de Chernóbil que ya mataron a la mayor parte de sus compañeros de batallón, pero recuerda aquellos días y le faltan palabras. "Todas esas expresiones de gigantesco, fantástico, no trasmiten lo suficiente aquello. Sentías algo... ¿Como qué? (Se queda pensativo.) Una sensación que no he experimentado ni siquiera en el amor."


LA PULSIÓN Y LA BELLEZA

 

Los técnicos alemanes que habían llegado a colaborar con la gestión de la crisis, a los pocos días regresaron por donde vinieron ya que no había condiciones mínimas de seguridad para su salud. Los soldados soviéticos que compartían el mismo espacio le cuentan a Alexiévich, con sorna, cómo miraban empacar sus bártulos a esos alemanes quisquillosos.


Los que se marchaban y los que se quedaban no podían comprenderse mutuamente. Igual de difícil es entender, desde esta pacífica penillanura, de qué libertad están hablando los coreutas de este libro de Alexiévich. No es la libertad de hacer lo que se quiere en el marco de lo permitido, esa que se define con la palabra rusa svoboda. Sino la otra. La que se nombra con la palabra volia. Esa –dice Slavoj Zizek– que es "el impulso absoluto, metafóricamente connotado, de seguir la propia voluntad hasta alcanzar la autodestrucción". Y agrega: "Tal y como les gusta decir a los rusos, en Occidente tenéis svoboda, mientras que nosotros tenemos volia".


En medio de todo eso, estaba también la belleza. Incluso en el momento del accidente: "No era un incendio como los demás, sino como una luz fulgurante. Era hermoso. Si olvidamos el resto, era muy hermoso. No había visto nada parecido en el cine, ni comparable. Al anochecer la gente se asomaba en masa a los balcones (...). Algunos venían desde decenas de quilómetros en coches, en bicicleta, para ver aquello. No sabíamos que la muerte podía ser tan bella", cuenta Nadezhda Vigóskaya, una pobladora del lugar.


También Hersey cede a la tentación de la estética, aunque administra esos momentos con cuentagotas. La explosión de Hiroshima –cuenta– fue "una sábana de luz". Y a las pocas semanas sobre las ruinas se levantaba el verdor de las plantas y flores que habían sido estimuladas en su crecimiento por la radiación. Incluso hay belleza, podría decirse, en la imagen de aquellos aturdidos soldados japoneses que salían de un agujero que alguna vez fue una batería antiaérea, con las órbitas de los ojos vaciados. El periodista estima, por boca de uno de sus personajes, un médico, que así quedaron por haber mirado –como ángeles caídos– directamente la luz de la bomba. No es sólo horror o piedad lo que despiertan.

 

Cuando no hay estallido, sino veneno invisible, el contraste es aun mayor. "Aquellos lugares son de una belleza espléndida", dice la inspectora ambiental Zoya Bruk al hablar de esos "riachuelos serpenteantes, transparentes como el cristal", y sin embargo "todo aquello está envenenado". O el científico Valentín Borisevich, que cita a Adamovich, el maestro de Svetlana, con aquella pregunta: "¿Sabe usted lo bien que huele después de una explosión nuclear? Huele a ozono". Y tras citar, sentencia: "Unas palabras llenas de romanticismo. Para mí. Para mi generación". Una fe en la ciencia, la de esos jóvenes académicos de la segunda posguerra, que murió en ese abril de 1986: "La era de la ciencia se acabó en Chernóbil".


Parece que estuviera hablando también de esa era de optimismo y confianza en el ser humano y en la técnica que implicó la era soviética. Pero eso es parte de otro libro de Alexiévich: El adiós al hombre rojo.


No importa. La autora ha dicho que sus cinco libros son, en verdad, un único libro. Hace dos meses, en el discurso de recepción del Nobel, señaló que el tema que los une es una indagación sobre la historia y la utopía. Un camino para llegar a escribir sobre el alma humana. Sobre eso –y por pudor no lo dice explícitamente, aunque cite al ilustre antecesor– que quedó fuera de lo que pudo escribir Dostoievsky, porque "la humanidad sabe mucho mucho más sobre sí misma que lo que puede decir la literatura".


Para completar esos espacios en blanco, Alexiévich recurre a las herramientas del periodismo.


VILLANOS Y HÉROES

 

Es tan directa la culpa de haber arrojado ese elemento de destrucción sobre una población, que en Hiroshima no es necesario explicitar a los villanos. Hay, sí, algunos apuntes sobre los errores de las alarmas antiaéreas, que confundieron el bombardero con un avión metereológico, y ciertos caracteres que se presentan como opuestos, cuando se relata la febril actividad de un médico que enfrenta la titánica tarea de atender a miles de heridos en un hospital colapsado, y se lo contrasta con algún colega desa-prensivo que se retira a sanar sus propias heridas y luego abre una clínica privada.


Sin embargo en todo abordaje periodístico de la tragedia de Chernóbil la interrogación sobre las culpas resulta imprescindible. Alexiévich no elude esa responsabilidad. En primer lugar el error: no funcionó el botón de aviso de la emergencia. En segundo lugar las acciones de contingencia: los elementos de protección y los planes de evacuación eran inadecuados. En tercer término la desinformación: el bloqueo de noticias hizo perder un tiempo precioso para salvar vidas humanas. El dedo acusador apunta sobre todo a Mijaíl Gorbachov, cabeza del Estado, pero también al mecanismo subterráneo del mercado negro que vendía lejos de Chernóbil los alimentos y materiales que deberían haberse enterrado por la contaminación.


Como en un par dialéctico, junto a los villanos están los héroes. Y en el área gris que queda en medio, los personajes trágicos y algo patéticos, como ese mando medio del Partido Comunista que para dar el ejemplo no se evacuó con su familia hasta que llegó la orden oficial, pese a que su hija estaba embarazada, y de ese modo su nieta nació con leucemia.

 

El modelo del héroe de Hersey es el hipocrático. El sistema de salud colapsó con la bomba. De los 150 médicos de Hiroshima, la mitad murió en la explosión, y de los que quedaron, la mayor parte estaban heridos. De 1.780 enfermeras, 1.654 estaban muertas o malheridas. En el principal hospital de la ciudad, sólo seis de los 30 médicos, y sólo diez de las 200 enfermeras estaban en condiciones de trabajar. Por eso su personaje más abnegado quizás sea el cirujano Terufumi Sasaki.


Los héroes de Alexiévich son los bomberos y los "soldados liquidadores". Esos que se trepaban al techo que se estaba derritiendo por el calor extremo y que trabajaron donde los robots se descomponían por la radiación. O los pilotos de helicóptero que no tenían más remedio que abrir la ventana de su cabina para ver dónde arrojar las láminas de plomo en medio de ese infierno de humo y gases, por lo que ya no servía para nada la protección que habían improvisado en el fuselaje. O los 50 mineros que se contaminaron abriendo un túnel por debajo del reactor, porque "alguien tenía que hacerlo". O los soldados voluntarios, que se lanzaron al agua envenenada en una serie siniestra de zambullidas al tanteo para abrir una compuerta que de permanecer cerrada hubiera generado una explosión varias veces peor que las bombas del 45. Muchos de ellos impulsados por el sentido del deber, muchos otros por una temeridad que resultaba casi demencial incluso para ese contexto en el que todas las magnitudes se habían descontrolado.


La voz de los pocos sobrevivientes entre esos héroes, o de quienes supieron sobre esos héroes, se escucha en el libro de Alexiévich junto con las voces de la chapuza, de los villanos, y de los que sufrieron la catástrofe con la inocencia de quien ni siquiera cree que algo como eso resulte posible.


EL GÉNERO DEL ORNITORRINCO

 

Al recoger estas voces para avanzar un poco más en su investigación sobre el alma humana, ¿Alexiévich está haciendo periodismo? La respuesta es afirmativa de una manera tan contundente y desviada como cuando se pregunta si son novelas lo que escriben Tolstói y Dostoievski.
Claro que estos dos clásicos son novelistas, pero son tanto más que eso, obligan tanto a la crítica entusiasta, como la de Steiner, a buscarles paralelismos más ilustres que lo que pueden ofrecer sus pares narradores de antes, contemporáneos o posteriores, que para encasillarlos se ha tenido que recurrir a formas algo pomposas y compuestas, como "la gran novela rusa del siglo XIX". Sí es novela, pero es grande, decimonónica, y sobre todo rusa.


En esta última característica verá Vladimir Nabokov la clave de la originalidad del autor de Guerra y paz. Nabokov asegura en Lecciones de literatura rusa que en Tolstói el proceso de búsqueda de la verdad con mayúsculas es una obsesión incluso mayor que el descubrimiento vívido "de la ilusión de la verdad a través del cristal de su genio artístico".


Porque no es cualquier verdad. Es la verdad rusa. Un artefacto tan complejo, explica Slavoj Zizek en Bienvenidos al desierto de lo real, que (igual que les pasaba con la libertad) se necesitan dos palabras para nombrarla. Está "la palabra istina, para referirnos a la noción común de verdad en tanto adecuación a los hechos; y (habitualmente en mayúsculas) Pravda, para referirnos a la verdad absoluta que también designa el ideal éticamente comprometido del bien".
Alexiévich hace literatura como parte de una tradición que busca –a través del ejercicio literario– la Pravda, y para hacerlo, en el camino se vale de las técnicas del periodismo, oficio que se sitúa, en general, en el terreno de la istina.


Es que en la lengua, en cualquier lengua, está encapsulado todo lo que somos. Usar bien ese poderoso instrumento, extraerle toda su belleza y sutileza, es lo que arriesga la literatura para hacernos conectar con lo que se supone que somos. Es lo que debería intentar hacer también el periodismo, pero en su caso para aumentar nuestra capacidad de comprender el mundo en que vivimos. Por algo Octavio Paz dijo que "la corrupción del lenguaje es la corrupción de la realidad".
El autor de Hiroshima, por su parte, hace periodismo. Aunque al hacerlo intuye (visto desde aquí y ahora podríamos decir, "demuestra") que periodismo y literatura –mas allá de sus objetivos diferentes que acabamos de señalar– pertenecen a la misma especie. Que pueden, para usar el símil biológico, entrecruzarse y producir descendencia fértil. Aunque esa progenie sea algo tan inclasificable como un ornitorrinco.3


La principal diferencia entre ambos autores, según lo visto al comparar el resultado de sus alquimias, parece asumir la forma de una paradoja: mientras Hersey –que luego pasaría la mayor parte de su vida intentando ser novelista– realiza su gran reportaje con las herramientas de la literatura, Alexiévich –que nunca publicó una novela– hace literatura con las herramientas del periodismo.


1 "Hiroshima" se publicó en The New Yorker el 31 de agosto de 1946. Su primera edición en libro en español fue en la colección Libros del Mirasol (Fabril, Buenos Aires, 1962), con traducción de Ana Teresa Wey-land. Actualmente hay una edición de Debate (2015) traducida por el colombiano Juan Gabriel Vásquez.

2 Voces de Chernóbil. Debate. Buenos Aires, diciembre de 2015. Traducción de Ricardo San Vicente.

3 La comparación del periodismo narrativo con el ornitorrinco es de Juan Villoro. Alude los caracteres de centauro que Alfonso Reyes le atribuyó al género ensayo.

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Domingo, 07 Febrero 2016 06:56

Rebelión popular en marcha

La crisis haitiana es bastante más profunda de lo que revela el fraude electoral, y sólo puede explicarse desde la ocupación militar del país, la profundización de la dependencia y la creciente pobreza de las mayorías. La actualización del pasado colonial agudizó todos los problemas de la nación más golpeada del continente.


"La rebelión se sustenta en una nueva conciencia y en nuevas organizaciones nacidas bajo la ocupación", dice a Brecha Henry Boisrolin, coordinador del Comité Democrático Haitiano, residente en Argentina. De ese modo el activista explica las multitudinarias movilizaciones que forzaron la suspensión indefinida de una cuestionada segunda vuelta electoral. El problema es que el gobierno de Michel Martelly finaliza su período constitucional el domingo 7, dejando un vacío presidencial sin precedentes en la historia de Haití.


"La crisis haitiana no se reduce a la crisis electoral sino que es mucho más profunda. Se relaciona con el fracaso de la ocupación, que no pudo resolver ningún problema de la gente. El sistema de ocupación colonial recurrió históricamente a dictaduras, golpes de Estado y masacres, pero ahora el sistema no puede reproducirse porque hubo un salto cualitativo de la conciencia y la organización en los últimos 30 años, luego de derrocado Duvalier", sintetiza Boisrolin.


En su opinión, un sistema anclado en la corrupción y la violencia está siendo trabado por la sociedad haitiana, que ha comprendido que "para resolver sus problemas hay que poner fin a la ocupación militar que ya lleva 11 años". En ese período se sucedieron elecciones, en las que hubo hasta un 75 por ciento de abstención, y la reconstrucción posterior al terremoto de 2010, que fue "un gran negocio para las multinacionales y las Ong". Sostiene que se llegó a una situación en la que "los de arriba no pueden seguir viviendo como antes y los de abajo no quieren seguir viviendo así".


UN PROBLEMA LLAMADO MARTELLY

 

"A partir del derrocamiento de Jean-Claude Duvalier, en 1986, el sistema político haitiano ha gravitado entre fuerzas que lo empujan activamente hacia la instauración de un régimen democrático, y otras que incentivan el arraigo de una cultura política autocrática y adversa a un Estado de derecho", puede leerse en un editorial de la prensa dominicana (Diario Libre, 5-IX-15).


Desde el golpe de Estado contra Jean Bertrand Aristide, el primer presidente elegido democráticamente, un golpe "promovido por la burguesía, la diáspora y los altos mandos militares haitianos" y con fuerte apoyo de Estados Unidos, la situación haitiana se caracterizó por la inestabilidad. Luego de una intervención militar estadounidense, un segundo golpe contra la segunda presidencia de Aristide y la intervención de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas (Minustah), en 2005, llega al gobierno Martelly, aupado por esas mismas fuerzas.


El presidente, que asumió luego de una "una infame segunda vuelta electoral" en 2010, nunca negó sus vínculos con el régimen de François Duvalier, así como "su incuestionable complicidad con la extorsión y apresamiento a figuras de la oposición, como André Michel, su amistad con Woodley Ethéard (alias 'Sonson la Familia', líder de una notable banda de secuestradores), y el desinterés de su gobierno por la realización de elecciones legislativas y municipales, pendientes desde hace más de cuatro años" (Diario Libre, 5-IX-15).


Pero lo más escandaloso es el silencio de la comunidad internacional. No ya de Estados Unidos y Francia, cómplices del régimen de Duvalier, los golpes de Estado, la represión y el fraude permanentes, sino sobre todo de los gobiernos progresistas latinoamericanos cuyas fuerzas armadas integran las tropas de ocupación.


Fue la masiva irrupción del pueblo haitiano lo que llevó a la Oea y a varios gobiernos a interesarse en una realidad que creían bajo control. En esa irrupción juega un papel importante la crisis económica, con una fuerte devaluación en torno al 80 por ciento, "con hambrunas severas en cuatro de los diez departamentos", según Boisrolin, a lo que debe sumarse una epidemia de cólera traída por los soldados de la Minustah que se cobró 9 mil muertos y 900 mil infectados, agravada por la expulsión de haitianos de República Dominicana, donde suelen acudir en busca de trabajo. "El gobierno no da salida a ningún problema, y además hay un despilfarro enorme, que bajo Martelly creció de modo exponencial".


LUCHA POR EL PODER

 

Como suele suceder en estos casos, la crisis económica se convierte en crisis política por la emergencia de esa "nueva conciencia" en la sociedad haitiana, de la que participan incluso sectores medios y hasta parte de la burguesía que comprende la importancia de la soberanía nacional. "Esto ya no es un planteo sólo de la izquierda sino de la inmensa mayoría de los haitianos", dice el coordinador del Comité Democrático.


Todos los organismos de observación haitianos reconocen que en las elecciones del 9 de agosto hubo fraude, al que algunos asimilan a un golpe de Estado a favor del partido del presidente. "Estados Unidos y Brasil quieren que se acepte que hubo irregularidades, pero como son unas 'elecciones a la haitiana', término que revela su racismo, deberían ser válidas. No pensaban que el pueblo haitiano tendría la capacidad de frenar la segunda vuelta", dispara Boisrolin.


Este fin de semana es el momento clave, ya que se impone un gobierno de transición cuya correlación de fuerzas decidirá el futuro inmediato del país. La propuesta de las fuerzas populares que se han venido movilizando consiste en hacer cabildos abiertos para que la población tome la iniciativa y consiga evitar que su futuro se decida, una vez más, entre cuatro paredes. "Si ponen a Martelly o a sus amigos en un gobierno de transición no va a durar ni un mes", anticipa Boisrolin.


Lo nuevo es que se ha registrado en los últimos años un crecimiento exponencial de las fuerzas antimperialistas que reclaman el fin de la ocupación y la no injerencia, lo que ha llevado a muchos sectores, incluida la Iglesia Católica, a rechazar reuniones con la Oea. Luego de 11 años de ocupación quieren resolver los problemas entre haitianos.


Boisrolin define la nueva coyuntura en una apretada síntesis: "Han surgido organizaciones campesinas, barriales y sindicales, ya no son sólo los estudiantes los que salen a la calle, sino la gente que en forma masiva ha forzado la suspensión de la segunda vuelta, con lo que se ha frenado el golpe electoral. Pero ahora queda por ver cómo se integra el gobierno de transición. Martelly y los presidentes de las cámaras quieren estar en ese gobierno. El grupo de ocho partidos de oposición plantea que el presidente de la Suprema Corte de Justicia asuma la pPresidencia, y la tercera posición es un gobierno de consenso de todas las fuerzas que se movilizaron contra la ocupación. La crisis ha entrado en la fase de lucha por el poder".

 


 

 

Arrabal amargo

 

Mercedes Rosende

 

"¿Va a ir a votar?, preguntó la periodista a todos aquellos que cruzó en su camino en Martissant, un suburbio empobrecidísimo de la empobrecidísima Haití. "¿Para qué?", le respondieron invariablemente sus interlocutores.

 

Lo primero fue el asco. Mi asco. Caminar sobre placas tectónicas de desperdicios, porquería, basura apisonada, dar un paso y otro sobre bolsas, trapos, mierda, botellas, pañales, temer resbalar en ese barro amasado con aguas servidas que huelen a vómitos, semen, fetos en descomposición, pescado podrido.

 

Yo sé que debería encontrar una palabra para describir este olor, esta pestilencia a cosas muertas, a ríos de orines calentados al sol y mezclados con la sal y la humedad del mar que está allí, a dos pasos, pero fracaso: hedor, tufo o hediondez no describen nada de este mundo. Camino y trago saliva.

 

Al mediodía y en el mercado, cuando bajé de mi burbuja rodante y acondicionada, ese olor fue un puño que me reventó la boca.

 

Estamos en Haití, en el sur de Puerto Príncipe.

 

Este lugar se llama Marti-ssant, y es la miseria de la miseria.

 

Un entramado de callejones oprimido entre el Caribe y la montaña, chabolas en equilibrio al borde del barranco, una aglomeración anárquica de viviendas, aguas negras que bajan entre cantidades descomunales de desechos, geografía implacable y tugurizada y, por donde se mire, el hacinamiento de gente sin esperanza ni dientes.

 

Acá se hace más difícil que en el resto del país encontrar vestigios de la llamada "perla de las Antillas".

 

Trescientas mil o 400 mil personas (nadie lo sabe muy bien) se amontonan en poco más de ocho quilómetros cuadrados. No hay censos ni estadísticas, dice Carlota, una socióloga española que no le teme al barro ni a los malos olores, que trabaja en una oficina que es también una chabola y que da asistencia psicológica y legal a mujeres víctimas de violencia. No se conocen a ciencia cierta los índices de asesinatos, robos, violaciones, abuso sexual, explotación infantil, trata, violencia familiar (viendo las fotos de mujeres golpeadas que hay sobre su mesa exploto en ansias de castraciones y torturas y pena de muerte, y no sé si todavía soy yo o el enano fascista que me habita).

 

Si Haití es una pesadilla para la humanidad, el barrio de Martissant –junto a la famosa Cité Soleil– es el producto estrella de las pesadillas.

 

La ruta que va al sur corta el barrio de un machetazo: autos trancados en el tránsito brutal, colapsado, psicótico, taptaps, camiones exhaustos y multicolores cargados hasta lo increíble de gente y de bolsas y de paquetes, el lujo blindado de las cuatro por cuatro, motos chinas con tres y cuatro pasajeros, y este mercado, el más repugnante del planeta, que se arma sobre la basura por donde camino ahora mismo, arrastrando el asco y la angustia como a un perro muerto.

 

(Hay o hubo algo de soberbia en esto de cruzar la frontera aséptica de mi hotel de cadena internacional con aire acondicionado a 21 grados y desayuno continental para meter la nariz en la sucursal del infierno.)

 

¿Qué se le puede vender a los más miserables de los miserables? Una bolsa sucia extendida en el suelo exhibe yucas, jabón de lavar y velas caseras, un par de ollas viejas, lechugas tristísimas. En un país con un índice de desocupación estratosférico, la única alternativa es salir a vender lo que se tenga. Lo que se tenga. Hay que conseguir el sustento de la familia de ese día, y no es casual que la composición por género del mercado sea la que es: casi todas mujeres, mujeres que llevan su carga en la cabeza, frutas y verduras, latones de arroz con porotos negros, bultos de ropa usada, tachos con agua, quilos de panes, botellitas de ron casero.

 

A mi lado, Amélie limpia las tripas de un animal, las sumerge en un agua turbia, indescriptible, las vuelva a sacar, las inspecciona y repite el procedimiento hasta quedar satisfecha, luego las cuelga de una soga como una guirnalda de Navidad. ¿Dije que no hay agua corriente? Tampoco hay electricidad. Mi conductor, Élian, le explica que yo soy de un lugar de América del Sur, que quiero saber cómo es su vida. Amélie asiente, tiene la mirada un poco perdida, habla lento, hace pocos días vio morir a su bebé recién nacido entre charcos de sangre porque el hospital público estaba en huelga y ella no calificó para ingresar al de una conocida organización humanitaria. Después sabré que el índice de muertes por parto es en Haití uno de los más elevados del mundo, 600 por cada 100 mil. Dice Élian que ella dice que le cuesta caminar tantas horas y con la carne de cabrito sobre la cabeza. ¿No hay otros médicos, otros hospitales? Él dice que ella dice que no sabe. La ayuda internacional se ha ido retirando, es cada vez menor. Esto lo dice mi conductor, que es hombre y sabe de esas cosas. Amélie sumerge tripas, las saca, las cuelga.

 

Diálogo que podría haber tenido con Amélie, si tuviéramos algún idioma en común:

 

—¿Cuánto ganás?

 

—A veces 200 gurdas, a veces 400 [un dólar vale 60 gurdas], a veces nada.

 

—¿Cuántas horas trabajás?

 

—No sé cuántas horas trabajo, llego cuando amanece, antes aún. Traigo carne de cabrito que mi madre y yo faenamos. Me voy cuando cae el sol porque tengo miedo de las bandas armadas, a las mujeres nos roban lo que tenemos, nos violan, a veces nos matan.

 

—¿Vas a ir a votar?

 

—¿Para qué?

 

Camino un poco más, por un momento me olvido del asco, del olor, los ojos fijos de Amélie me siguen aunque ya no me pueden ver. Las vendedoras están sentadas en el suelo, al lado de su montoncito de morrones o de ajos, de tomates cascados, espantan las moscas, la paciencia y la indiferencia pintadas en sus rostros. Mujeres para las que el tiempo no existe.

 

Una joven lleva un petate de varios pisos sobre su cabeza, es una forma rara, no alcanzo a distinguir la carga hasta que se acerca y veo plumas, picos, patas, alas: un hato de gallinas casi vivas o casi muertas.

 

Nadine, muy vieja, un único diente grande y largo que baja desde su encía superior, sacude las mil trencitas de cabello blanco y vende oraciones para combatir maleficios. Sí, oraciones a Erzulie Yeux Rouges, la gran reina del vudú, diosa nacida del sufrimiento y de la esclavitud, del dolor de las violaciones, la que tiene los ojos rojos de llorar y el machete de guerrera en la espalda. Siento un rechazo inicial, algo de repulsión por esas imágenes de la cosmogonía haitiana –la palabra "vudú" tiene para mí ecos de salvajismo, de ignorancia–, pero Nadine me hace remontar el desagrado a fuerza de simpatía. Habla un poco de francés y me pregunta si tengo pareja, cuántos hijos, me regala una botellita de agua milagrosa que llega del norte del país, de algún sitio donde asegura que se apareció la diosa. También vende klerec, un alcohol de altísima graduación que no sé si tiene algo que ver con el rito antimaleficios o los haitianos lo compran porque les gusta. No, no quiero probar el klerec, muchas gracias. Vive en Martissant desde que nació, me cuenta que este lugar era el paraíso. Pero de eso hace mucho, y ríe su diente solitario.

 

—¿Vas a ir a votar, Nadine?

 

—¿Para qué?

 

***

 

Estoy en la entrada, en el umbral de una vivienda. No dije puerta porque no hay, apenas un hueco en los bloques de hormigón tapado con una tela descolorida. Por la noche colocan una chapa y varios candados, me dice Maxine, que defiende a los pobres de los otros pobres, pienso yo. Dentro el suelo es de tierra apisonada, algunas sillas, una mesa con mantel bordado, muy limpio, dos cuadros del sagrado corazón, un par de diplomas, unos peluches sobre un mueble, figuritas de cerámica, muñecas de hace décadas. Una especie de miseria emperifollada.

 

Maxine dice que es de clase media, intelectual, agrega levantando la voz y la barbilla. En realidad Maxine no sería clase media en ninguna parte más que en África central o aquí, en Haití, pero no seré yo quien se lo diga. Me habla de la corrupción que ha empujado al país a la miseria, de la pérdida de su trabajo después del terremoto, de las posibilidades casi nulas de hacer algo con una licenciatura en letras. Habla alto, casi grita, y yo quedo hipnotizada por esa erre haitiana que es casi una ge, por toda esa fuerza de Maxine que, lo sé, se irá apagando con el tiempo. Habla de la inutilidad de los proyectos de desarrollo internacionales, de la corrupción de los gobernantes locales y de todas las autoridades, de la falta de salud y de higiene y de justicia y de seguridad y de educación. No cree en los políticos, y hoy irá a la manifestación en contra de la segunda vuelta de las presidenciales. Yo miro alrededor, nunca vi osos de peluche más tristes.

 

—¿Vas a ir a votar?

 

—¿Para qué?

 

Allá en lo alto hay un cartel publicitario enorme: "Mamá, es tu turno de hacerte mimar", dice en francés y no en créole, y una presunta madre, joven y bella, pelo lacio, sonrisa blanquísima contra la piel negro clarito, mira con amor a una imponente camioneta Bmw.

 

Grand Ravin fue un arroyo y hoy es el mayor basural en el barrio de la basura, un asentamiento dentro de Martissant, un vertedero donde comen los chanchos y las cabras y los perros, y juegan los niños. No sé si es verdad, en todo caso es un símbolo la historia de los nenes que jugaban al fútbol con un cráneo como pelota. Y es que acá hay tantos muertos por homicidio que luego son quemados, que no costaría mucho creerlo.

 

Por ejemplo, en 2005, en un estadio de Martissant y frente a 5 mil personas, la banda Lamé Ti-Manchet (el Ejército del Pequeño Machete) masacró a 50 personas, matanza que continuó al día siguiente en Grand Ravin.

 

Cuando llueve, el arroyo resucita, cobra vida, y los casos de cólera se multiplican, me dice Alice, una joven médica haitiana que trabaja en el hospital de Martissant. Cinco años después de la aparición de la epidemia, el sistema de salud haitiano carece de fondos para combatirla, de recursos humanos.

 

Alice cuenta que estudió en Estados Unidos y volvió para ayudar en su patria. Ahora piensa que es poco lo que puede hacer en medio de la desidia y la corrupción.

 

—¿No hay médicos?

 

—Dicen que hay más médicos haitianos en Montreal que en Puerto Príncipe.

 

—¿Y hospitales?

 

—Los ricos se atienden en Miami.

 

Sonríe con la mitad de la boca.

 

Está cansada de pelear en hospitales sin camas ni medicamentos, sin agua corriente, sin luz, sin letrinas. Tiene 41 años y quiere huir, está entrampada en el sitio al que quiso volver. Piensa: ¿quién se ocupará, si me voy? Y sigue un día más. "Sólo un día más", me dice desde atrás de un biombo donde se lava las manos, la cara y los dientes con agua que compró con su dinero.

 

Llegó el momento, haré la pregunta que debo hacer, la haré con vergüenza y sabiendo que no hay salida, y esperaré la respuesta.

 

Pero Alice no me contestará, ya se habrá ido.

 

El rugido de un avión tapará el silencio.

 

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Cuando estalló la crisis de 2008 muchos analistas ligados a gobiernos y autoridades monetarias pensaron que sus efectos podrían contenerse y los daños limitarse a segmentos del sistema financiero. En realidad la profundidad y alcance del proceso de endeudamiento y apalancamiento iban más allá de todo límite. Algunos eslabonamientos existentes entre segmentos del sistema financiero eran desconocidos y tomaron a todos por sorpresa. Los vasos comunicantes entre bancos, mercados de valores, fondos de cobertura y corredurías llevaban instrumentos financieros complejos que en muchas ocasiones los reguladores ni siquiera podían entender.


Hoy la crisis adquiere un nuevo semblante. Ya no se trata simplemente de conexiones entre segmentos del sistema financiero. Hoy existe una relación estrecha entre el derrumbe en los precios del petróleo y el colapso y volatilidad extrema en los principales mercados financieros. Los precios del crudo hoy actúan como una señal de alarma sobre el mal estado de la economía mundial. La crisis ha completado un ciclo y en lo que va de este año las pérdidas acumuladas en Wall Street ascienden a más de 1.6 millones de millones de dólares.


Una de las razones por las cuales el colapso en el precio del crudo afecta todo tipo de mercados financieros es relativamente sencilla. Muchos grandes inversionistas, desde fondos hasta grandes corporaciones, sufrieron en 2015 un castigo brutal en el componente de sus carteras de inversión relacionado con mercancías básicas o commodities. Hoy esos mismos inversionistas han comenzado a deshacerse de acciones y títulos financieros con el fin de reducir el perfil de riesgo de su cartera total. Y como se dice en la jerga financiera, eso ha afectado el sentimiento del mercado y ha intensificado la tendencia a vender en corto.


Los inversionistas más importantes en la economía mundial están observando con gran atención la evolución del precio del petróleo. El desplome no es considerado como portador de buenas noticias. Al contrario, es un muy mal presagio de que la economía mundial seguirá empantanada en un entorno recesivo por varios años.


El colapso en el precio del crudo se atribuye a la estrategia de mercado de Arabia Saudita para preservar su franja de mercado. Pero hay otros indicios de que podría estar más relacionado con el colapso en la demanda, sobre todo con la contracción en China. Todas las señales económicas que vienen del gigante asiático en estos días anuncian una fuerte y duradera contracción. El bajo precio del petróleo podría ser más un fenómeno deflacionario que una consecuencia de la pelea por franjas de mercado.


Por su parte, las señales desde Estados Unidos tampoco son buenas. El boom del fracking hidráulico se acompañó de un feroz sobrendeudamiento por parte de las nuevas compañías gaseras y petroleras. Muchas de estas compañías pudieron financiarse a través de títulos de muy mala calidad e incluso de bonos chatarra. Con la promesa de que estaban iniciando la revolución energética que Estados Unidos había esperado desde hacía años, pudieron vender esos títulos a inversionistas incautos con la promesa de que mantendrían rendimientos altos durante mucho tiempo. Hoy que el precio del crudo no permite cubrir el costo de producción promedio en la mayoría de los sitios con instalaciones para el fracking hidráulico el colapso en la industria se acelera. El número de instalaciones (rigs) de fracking en operación en Estados Unidos ha descendido de mil 864 en octubre de 2014 a unas 619 en enero de este año.


Se estima que la mitad de las empresas petroleras estadunidenses en el negocio del fracking va a tener que quebrar. Todo esto tendrá grandes repercusiones a nivel macroeconómico y ciertamente no favorecerá una recuperación. De hecho, en el debate sobre si la Reserva federal se apresuró a incrementar la tasa de interés el impacto del bajo precio del petróleo ya es considerado como una de las variables más importantes.


Existe una ramificación que conecta el precio del petróleo con la economía financieras que no ha sido bien analizado. El precio del crudo es el soporte del valor de muchos bonos y créditos corporativos. Su desplome anuncia una cascada de deudas que no podrán ser pagadas, lo que llevará a la quiebra a muchos fondos y bancos. La cartera vencida de compañías petroleras podría superar el volumen de los años 80, cuando la caída del precio del petróleo ayudó a precipitar la crisis mundial.


La industria energética lleva a cabo grandes inversiones y sus efectos multiplicadores en la economía son muy fuertes. Una parte significativa del crecimiento de la economía estadunidense después de la crisis de 2008 se debió a las inversiones del sector energético (y, en especial, del fracking). Pero cuando las empresas petroleras tienen que aplicar el freno de emergencia, el efecto de contracción, con todos sus multiplicadores, no tarda en manifestarse. La crisis global sigue evolucionando.


Twitter:@anadaloficial

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El Comité de Emergencia de la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha declarado este lunes el virus del zika, presente ya en 24 países de América, como una emergencia de salud pública de importancia internacional. El virus, que transmite el mosquito Aedes aegypti —el mismo que el dengue y el chikungunya—, normalmente provoca una infección leve pero se ha asociado a casos de microcefalia en bebés de madres infectadas y a algunos casos de síndrome de Guillain-Barré. Una asociación que ha llevado a la OMS a considerar el zika como una amenaza "de proporciones alarmantes", como la definió la directora general, Margaret Chan.


En la rueda de prensa posterior, Chan, ha insistido en que la emergencia "no es por el virus del zika en sí mismo, sino por su asociación con la microcefalia y otros trastornos neurológicos, como el síndrome de Guillain-Barré". Pero ha añadido que la declaración es una medida de "precaución". "No podíamos esperar a que se demuestre la relación", ha afirmado.


Eso es lo chocante de esta situación. No se declara la emergencia por el virus solo, ya que habría que haberlo hecho hace años, cuando empezó a salir de África, sino por su posible vínculo con unas complicaciones muy graves. Y el subdirector general de la organización, David Heymann, ha añadido que no se sabe cuánto se tardará en demostrar o negar ese vínculo.


Declarar una emergencia de salud pública internacional, decisión que tomó en 2009 con la gripe A y en 2014 con el ébola, implica poner en marcha mecanismos para coordinar la detección, la prevención y la vigilancia del problema; también la posibilidad de movilizar a los expertos de la OMS y fondos.


José María Martín Moreno, catedrático de medicina preventiva de la Universidad de Valencia, explica que los expertos de la OMS han establecido esa alerta global basándose en dos elementos: que existe un riesgo para la salud pública de otros Estados a causa de la propagación internacional del zika y que se necesita una respuesta internacional coordinada. El especialista también ha adelantado lo que después ha acordado el comité de expertos de la OMS: "Insistir en el fortalecimiento de la vigilancia epidemiológica, la creación de capacidad de laboratorio para detectar el virus, la colaboración en la eliminación de los mosquitos, la formulación de recomendaciones sobre la atención clínica y el seguimiento de las personas infectadas por el virus del zika y la definición de áreas de investigación prioritarias sobre la enfermedad por el virus del zika y sus posibles complicaciones", precisa Martín Moreno, que también es asesor de la OMS para Europa.


Además, los expertos independientes y los representantes de los Estados pueden también podían haber hecho otras recomendaciones, como aislamiento, cuarentena, actuaciones en centros de atención primaria u hospitales, tratamientos. Otra opción es que se hagan recomendaciones sobre los viajes a las zonas afectadas, como ya han realizado Estados Unidos y las autoridades sanitarias europeas, que han aconsejado a las embarazadas —el grupo de mayor riesgo— que no visiten las regiones donde se han detectado casos. Una decisión delicada, sobre todo para Brasil (el país más afectado por el virus), ya que puede afectar a los carnavales y a los Juegos Olímpicos, que se celebran este verano. No ha sido el caso. Chan ha insistido en que no se recomiendan restricciones ni a los viajes ni al comercio, aunque ha admitido que una mujer embarazada "puede considerar" retrasar un viaje a la zona si no le urge, aunque, si no, lo que tiene que hacer es "consultar con su médico" y tomar las medidas de autoprotección necesarias.


La gestión del brote del zika va a ser una prueba importante para la OMS, después de sus actuaciones fallidas en las crisis de la gripe A y el ébola. La OMS ha reconocido que respondió de manera lenta e insuficiente ante él ébola. Su alerta global no fue lo bastante agresiva, su capacidad de comunicación de riesgos y de reacción fue limitada y no fue eficaz en la coordinación con otros organismos. La Organización Mundial de la Salud también recibió duras críticas por sus actuaciones poco transparentes y exageradas —como las describían dos informes, uno del Consejo de Europa y otro publicado en la prestigiosa revista científica British Medical Journal— durante la pandemia de H1N1.


La del zika es una crisis un poco distinta. Para este virus, que según la OMS puede afectar a tres o cuatro millones de personas, no existe tratamiento ni indemnización. Y tampoco hay perspectiva a corto plazo de lograr una vacuna. De momento, hay dos proyectos de investigación trabajando en ella, pero los ensayos clínicos no se prevén hasta el verano, como mínimo, según los responsables del Centro de Prevención y Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC, por sus siglas en inglés). El único modo de luchar contra la infección es prevenirla: evitar que el mosquito pique y acabar con él.

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Cuando el ministro de Economía dice que "la vida de un empresario puede ser más dura que la de un empleado", la izquierda popular se levanta en vilo, pero la opinión pública aprueba. Lo mismo cuando el gobierno decreta el estado de emergencia.


La izquierda se parece cada vez más a un sueño que se deshace. La frase pronunciada el año pasado por el primer ministro francés Manuel Valls tiene rasgos de profecía. En junio de 2014, Valls había dicho: "La izquierda puede morir (...). Sentimos que hemos llegado al final de algo, tal vez, incluso, al final de un ciclo histórico de nuestro partido". En ese entonces, la frase apareció como una manifestación más del entierro de la izquierda socialista encarnado por la presidencia de François Hollande y la acción gubernamental de su jefe del Ejecutivo. El hombre que en 2012 había ganado las elecciones presidenciales con una retórica de izquierda y militante hizo lo contrario cuando ejerció el poder. Hollande marcó la consulta electoral con una promesa jamás cumplida: "Mi enemigo es la finanza", dijo el entonces candidato. El enemigo no fue tal, todo lo contrario. Pero entre esa retórica, la advertencia de Manuel Valls y la realidad de hoy, algo profundo y decisivo ha cambiado: en Francia se ha producido una drástica mudanza del electorado de izquierda. Ya no es más un Ejecutivo que va por la derecha, sino un electorado que aprueba esa transformación.


La frontera entre una suerte de izquierda de arriba y otra izquierda popular es cada vez más amplia. El antagonismo entre la "izquierda de verdad" y la "falsa izquierda", la izquierda de gobierno y la izquierda innata, radical o histórica, la izquierda que en Francia se llama "los socios traidores" y la izquierda auténticamente social es una brecha profunda, desoladora.

Entre esas izquierda se introdujo lo que los medios califican como "una izquierda de opinión" que descalifica a la otra con su aprobación de medidas por demás discutibles, más acordes con un socialismo liberal que con un socialismo auténtico. Sin embargo, "el pueblo de izquierda" las aprueba. Cuando el actual ministro de Economía, el socio liberal Emmanuel Macron, dice que "la vida de un empresario puede ser más dura que la de un empleado", la izquierda popular se levanta en vilo, pero la opinión pública, incluso en el seno del PS, aprueba. Lo mismo cuando el primer ministro defiende la extensión del Estado de urgencia decretado luego de los atentados del 13 de noviembre, en París. En el campo de la acción gubernamental pura se repite una fractura semejante: las medidas más impopulares del Ejecutivo reciben la bendición del electorado, hasta en el mismísimo PS: que se trate de la reforma del código del trabajo, del retiro de la nacionalidad para los franceses con doble nacionalidad implicados en atentados terroristas, del trabajo en los domingos o de la simplificación de los procedimientos administrativos para los empresarios, todas esas decisiones de corte liberal encuentran un eco mayoritario. Por paradójico que parezca, Manuel Valls y su ministro de Economía son hoy las figuras más populares del país con índices de aprobación que van del 36 por ciento para el primero al 31 por ciento para el segundo. Ambos sobrepasan por muchos puntos a las figuras de la "izquierda auténtica".


La fibra progresista ni siquiera ocupa las calles. A finales de enero, miles de personas desfilaron en Francia contra la vigencia del estado de emergencia y la reforma de la Constitución que incluye la pérdida de la nacionalidad. Sin embargo, las cifras de participación demuestran que fue una minoría la que la salió a manifestar, lejos, muy lejos de lo que la izquierda hubiese movilizado en otros tiempos. La renuncia de la ministra de Justicia, Christiane Taubira, ha sido una nueva señal del retroceso de esa "izquierda moral", opuesta a la izquierda intelectual e europeísta que está en poder. Cuando cientos de miles de personas de la derecha católica invadían las calles de París en signo de protesta por la ley sobre el matrimonio igualitario, Taubira defendió ese texto con una vehemencia que le valió una avalancha de insultos y groseras agresiones raciales. Ahora dejó su cargo por estar en contra de la reforma de la Carta Magna y su ingrediente sospechoso, que es haber incluido una de las ideas de la extrema derecha, o sea, la pérdida de la nacionalidad. En un editorial que contrasta con su línea moderada, el vespertino Le Monde escribe que "la falta que François Hollande cometió frente a los valores de la República es una bomba de deflagraciones sucesivas: desgarra su mayoría, pone en estado de ebullición al Partido Socialista e indispone hasta sus mismos aliados. Y, última etapa, provoca la dimisión de Christiane Taubira, quien encarnaba de manera cada vez más sublimal a la izquierda en el seno del Equipo de Manuel Valls".


Hollande y Valls desgarraron a los bloques progresistas. La izquierda es hoy una hermandad de huérfanos. Los miedos, el desempleo galopante, los atentados de enero y noviembre, la crisis de los refugiados y la alucinante progresión de la extrema derecha han incluso trastornado las sensibilidades de la izquierda más genuina. Queda, en el escenario, una calesita de palabras huecas, una retórica menguante que no enciende ninguna llama. Lo que se vive en Francia puede, incluso, extenderse a otros países de Europa. Ni las históricas social democracias del norte de Europa se salvan de la inmoralidad y la renuncia a sus códigos de identidad.


La confiscación de los bienes a los refugiados que llegan a Dinamarca, Suiza o algunos Estados alemanes es una aberración ética y un gesto de inhumanidad pavoroso. Son, sin embargo, las supuestas grandes democracias quienes adoptan esos espantos mientras una mayoría consecuente de las opiniones públicas aplaude como autómata. Donald Trump en los Estados Unidos, Marine Le Pen en Francia, una oprobiosa e ultrajante ola de conservadurismo avanza como una plaga destructora en las democracias ejemplares del mundo. Frente a ello, la izquierda ha perdido el poder de la calle y el otro, aún más decisivo: el de ser capaz de transformar la sociedad, de generar un debate que incite a la reflexión, o sea, a decir no. En vez de ello, se transformó la izquierda. Un segmento considerable de su caudal se puso bajo la protección de un socialismo liberal, oportunista y electoralista, mientras que la izquierda popular vive en un estrecho margen, sin crédito para gobernar, sin recursos para detener la apabullante invasión de un enjambre de pájaros cargados de odios, desprecio racial y retroceso moral y social.


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Lunes, 01 Febrero 2016 06:13

América Latina en la encrucijada

Para Virginia y Sergio, para Vanina y Francisco Chino, para Leo

 

Ninguna polarización política –la misma "grieta" argentina o venezolana– ha logrado mantener una imagen uniforme de la América Latina actual, o al menos alejada de cierta heterogeneidad que complica cualquier definición de época. Sobreviven, en cambio, la vulnerabilidad con la que las economías nacionales se suman a la globalización neoliberal, la herencia despótica de los regímenes políticos, el renovado empoderamiento de sociedades castigadas casi hasta el colapso, la continuidad cultural y artística de un subcontinente que, con testimonios y golpes de memoria, responde a las atroces lógicas del capitalismo tardío, pero también a la desviación autoritaria de las izquierdas gubernamentales. Más allá del viejo y nostálgico esquema izquierda-derecha, en América Latina se juegan las orillas de cualquier destino político en la fluctuación de ese empoderamiento social que no sólo se define a partir de la lucha directa contra el capitalismo. Los empoderamientos indígenas, de género, feministas, las luchas ambientales, contra la corrupción o contra los grandes monopolios de la comunicación, no son ya simples demandas de sector: ayudan a redefinir los alcances en el campo económico y cultural de la misma destrucción capitalista y ya no pueden ser soslayados por las mismas luchas de la izquierda partidista, a pesar de que muchas de ellas han querido ser incorporadas a la hegemonía de la sociedad política neoliberal.


Sin embargo, en América Latina –esa "bella durmiente de las utopías", como la llamaría el cronista chileno Pedro Lemebel– el campo político por excelencia de las reorientaciones ideológicas sigue siendo el que se disputa en las elecciones. Quizá porque, tanto a través de las cámaras legislativas como de las presidencias, se cierran los grandes acuerdos de subordinación de los países latinoamericanos al círculo de impunidad neoliberal, la democracia electoral sigue siendo el último refugio de legitimidad de las economías de mercado, pero también una herramienta estratégica del empoderamiento social.


Desde finales del siglo xx, un eje de izquierdas alcanzó el poder gubernamental a través de elecciones. Hugo Chávez en Venezuela (1999-2013), Luiz Inácio Lula Da Silva en Brasil (2003-2010), Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner en Argentina (2003-2015), Rafael Correa en Ecuador (2006), Evo Morales en Bolivia (2005), José Pepe Mujica en Uruguay (2010-2014), formaron también una poderosa imagen de unidad latinoamericana "progresista" que en nuestros días parece entrar en una fase de agotamiento también por vía de las urnas. Casi como el desenlace esperado por la narrativa que más o menos unifica a las diferentes derechas en América Latina, el triunfo en la elección presidencial de Mauricio Macri en Argentina y la derrota parlamentaria del chavismo en Venezuela estimulan la adrenalina mística de un nuevo ajuste conservador o del eterno retorno neoliberal: dos de los referentes más importantes de la izquierda partidista transformados en gobiernos nacionales en América Latina, y también de un posible orden ideológico de cierta unidad subcontinental, se desdibujan para documentar que el fantasma del "socialismo del siglo XXI" está herido de muerte.


Sin embargo, tampoco la narrativa de la izquierda de partido o de coalición es suficiente para comprender este nuevo giro a la derecha y la restauración neoliberal en América Latina, que hoy amenaza con entrar por la puerta grande para sentar en sus piernas a las "masas" afiebradas de tanto "populismo" de izquierda. En esta cartografía de la caída tampoco alcanza con el lamento que susurra una incomprensión social de las políticas "progresistas". Los "monstruos" de la corrupción, del autoritarismo personalista y de la incapacidad para sentar las bases de "otra" economía, sumado a cierto desdén por temas como la despenalización del aborto o los derechos y la autonomía indígena, o la radicalidad para implementar políticas de género y ambientalistas, o la misma dimensión libidinal del consumo capitalista o las mitologías populares de matrices políticas como el peronismo o el mismo chavismo, son parte de los enigmas y de las lecciones que la izquierda ya sin poder gubernamental o parlamentario tendrá que revisar en su regreso a la política de calle, de barrio, de poblaciones, de villas miseria.

 

DÉCADA K Y LARGA AGONÍA DEL PERONISMO:

¿HORA DE LOS "EMPODERADOS" SIN VANGUARDISMO ILUSTRADO?

 

Las huellas de la elección de diciembre pasado en Argentina se dejan ver en las calles y en las conversaciones: "Esto recién comienza...", se dice como una exclamación nerviosa sin destinatario preciso. En un puente sobre avenida Maipú, en Buenos Aires, cuelga todavía una manta en la que se postula a Mauricio Macri como presidente. En una de sus últimas emisiones, el programa de televisión 678 se despide bajo la consigna "Vamos a volver... a volver... a volver... vamos a volver", que también se canta en la despedida masiva de Cristina Fernández Kirchner en Plaza de Mayo, el 9 de diciembre.


Para el kirchnerismo que gobernó Argentina durante doce años, la "década ganada", es la hora también de cierta revisión crítica y de especulaciones retrospectivas; la derrota es el monstruo de mil cabezas que el peronismo tendrá que enfrentar con sus dos definiciones: como el péndulo incorregible que va de la extrema derecha a la extrema izquierda, pero que aglutina todavía la expectativa de transformación social. El peronismo, quizás al igual que otras mitologías de la cultura política como la del PRI en México, también cumple en Argentina con la misión de orientar el oscuro fondo del espectro político nacional. Mito fundador y redentor, el peronismo está presente sin Perón como una narrativa del origen cultural que incluso llega a delimitar los relatos autobiográficos. Ricardo Piglia y Beatriz Sarlo, dos de los escritores contrapuestos en su misma relación con el kirchnerismo, se definen autobiográficamente en esta mitología peronista.


Afirma Beatriz Sarlo: "Mi padre era un furioso antiperonista. Lo que en Argentina se llama gorila. Era un típico ateo, liberal conservador de la tradición final del siglo XIX. Y, naturalmente, a los quince años yo me convertí a eso otro que mi padre no era... Todo esto es anterior a mi viraje marxista-leninista, a fines de los setenta. Pero volviendo a mi padre, siento que lo que él sí me transmitió fue la intensidad de su relación con la política." Ricardo Piglia dice: "Mi padre era peronista y por una serie de problemas políticos en el '57 decidió mudarse. Nos fuimos de donde yo había nacido, en Adrogué, donde también había nacido mi madre. En ese momento estaba en tercer año del secundario y viví esa mudanza, aunque eran 400 kilómetros, como un destierro, como si fuera un cambio drástico, un exilio." Los límites populares del peronismo en su interpretación emocional: la política como la experiencia social por excelencia –de una intensidad autobiográfica casi desbordante– y la derrota política que se vive como destierro.


Ahora, el recargamiento kirchnerista del peronismo se enfrentará a su después de Néstor y Cristina: ¿desdramatizar la apretada derrota y la cerrada victoria, o acelerar la intensidad de la política y su sensación de destierro para transformarla en una cartografía de lo que se ha llamado el momento de los empoderados, de las grandes franjas de la sociedad que asumen la defensa de las políticas sociales kirchneristas? Quizá vendrá la fase menos peronista de las consecuencias de esos doce años de gobierno, que también cuentan con el consenso de que sacaron a la Argentina del fango suicida de la crisis económica del corralito de 2001, que reactivaron los procesos de memoria, derechos humanos y justicia después de la dictadura de 1976-1983, y que se plantaron con dignidad ante el capitalismo depredador del Fondo Monetario Internacional. El mismo kirchnerismo murmura, y por momentos hasta grita en las calles, que lo que vendrá será esta nueva mitología de los empoderados que se opondrán al gobierno de Macri, tan real y política como su mismo destierro de los grandes medios privados de comunicación, sólo que ya sin el "vanguardismo ilustrado" de cierto peronismo de derecha fundido pragmáticamente en un gobierno de izquierda, que no sería más que la última agonía de un peronismo "conductor" de las masas.

 

VENEZUELA: ¿EL ADIÓS A ESE "ESCÁNDALO DE POBRES"?

En el caso del fantasma de Hugo Chávez y de la derrota estridente del chavismo por la Asamblea Nacional, la elección en Venezuela del pasado 6 de diciembre viene también a fortalecer el sentido común que articula a cierta heterogeneidad conservadora: la "agitación populista" de los últimos años en Venezuela y, por añadidura, en América Latina, tenía que detenerse; había que parar a como diera lugar ese breve empoderamiento de masas, ese "escándalo de pobres" que bajo el mando agreste del comandante Chávez agrietó las bases de la derecha preneoliberal y que no tenía derecho a romper las reglas del determinismo neocolonial y de las modernizaciones destructivas del subcontinente.


Poco importa hoy que la narrativa de la derecha venezolana más vehemente no reclame para sí su propio pasado político: esos "ríos turbios y multitudinarios" de simpatizantes del chavismo estaban conectados directamente a una respuesta histórica ante los excesos y la corrupción gubernamentales del boom petrolero de los años setenta, los días aciagos y festivos del Caracazo y el primer exterminio policíaco de una derecha contemporánea encabezada por el inefable Carlos Andrés Pérez (1974-1979, 1989-1993); corrupción a gran escala, más de 250 muertos el 28 de febrero de 1989; los 250 millones de bolívares sacados del presupuesto del Ministerio de Relaciones Interiores que ayudarían a la entonces candidata a la presidencia de Nicaragua, Violeta Barrios de Chamorro, en 1992; la acción política de la corrupción en abierta alianza ideológica entre derechas nacionales.


Era necesario que el socialismo venezolano se pareciera al menos a un Estado benefactor que restituyera cierta credibilidad a los pactos redistributivos que el gobierno establecía con la sociedad: una poderosa "fantasía" política de ruptura, una semántica de la revolución actualizada que combinaría elecciones con decretos de expropiación, carisma popular con alianzas regionales, a tal punto que el nuevo socialismo bolivariano se transformaría en el eje de la política latinoamericana y en el principal referente de la misma izquierda subcontinental. Sin embargo, el chavismo pagó un alto precio por este gesto de absoluto desafío: se transformó en el dueño de los demonios ideológicos de este ciclo de gobiernos progresistas en América Latina; durante más de diez años, América del Sur se definía en términos de pragmatismo político a partir de lo que se proponía en Caracas, mientras el chavismo se transformaba también en el chivo expiatorio de todas las derechas latinoamericanas que se cebarían en el nuevo asalto "democrático" hacia un segundo neoliberalismo.


Quizá a partir del chavismo y de su momento de actual debilidad se deba también interrogar sobre los alcances de los últimos gobiernos progresistas: ¿Hubo una auténtica ruptura con el neoliberalismo? ¿Es verdad que la "grieta" latinoamericana que se vislumbra obedece a una falta de radicalidad en las políticas sociales que se implementaron en la última década? ¿Son la corrupción y el personalismo carismático los "problemas" ideológicos que impiden la consolidación de largo plazo de las izquierdas en América Latina?

 

UNA ENCRUCIJADA LIBIDINAL CON INTERROGACIONES SIN MORALEJA

En lo que con cierta ironía se define como el "socialismo uruguayo", por ejemplo, en el barrio Buceo, en Monte-video, se le puede preguntar a un taxista lo que piensa sobre los gobiernos del Frente Amplio –esto al comenzar su tercera presidencia– y es probable que responda: "Básicamente estoy de acuerdo, sólo que les da casa a muchos y a los que laburamos pues no." Cuando se le preguntó al Pepe Mujica la razón por la cual no fue a fondo en la transformación de Uruguay cuando fue presidente, respondió: "¡Porque la gente quiere iPhones!" ("Las tensiones del poder", Renaud Lambert, Le Monde Diplomatique, enero de 2016, edición Cono Sur). Desde afuera, Uruguay es uno de los refugios de los gobiernos progresistas de la última década: aceleración productiva con una tendencia social y económica redistributiva; un expresidente tupamaro (el Pepe) como símbolo mundial de la austeridad radical con la que debería actuar todo gobernante; un alto sentido del consumo que ilustra también el momento de capitalización que vive su clase media. Desde adentro, el desfalco a la Administración Nacional de Combustibles, Alcohol y Portland (ANCAP), el "inminente agotamiento" del ciclo frenteamplista y sus "contradicciones internas"; el posible ascenso de Luis Lacalle Pou como el "Macri uruguayo", están en el mapa de adversidades al que se enfrentará en los próximos años el Frente Amplio.


¿Será cierto que el péndulo ideológico que mueve a la precaria economía capitalista latinoamericana va de gobiernos de izquierda que triunfan para renovar y ampliar las políticas y los derechos sociales y económicos que estabilizan a las clases medias, las cuales después van a votar por las derechas cuando el poder libidinal del mercado sea insuficiente para sus "aspiraciones de consumo"? ¿Es ideológica la corrupción en América Latina? ¿El neoliberalismo y el socialismo del siglo XXI comparten la misma jaula de hierro neocolonial, es decir, la precariedad histórica tanto de las economías nacionales como del mismo Estado nacional?

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Los países que integran la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y otros que no pertenecen al cártel de productores de crudo están cerca de alcanzar un acuerdo para estabilizar los precios del hidrocarburo, aseguró este sábado el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.


Ya estamos cerca de ponernos de acuerdo los países petroleros OPEP y no OPEP. Estar cerca no quiere decir que ya estamos, dijo Maduro durante un encuentro en Caracas con agricultores urbanos.


Las declaraciones del mandatario coincidieron con el viaje a Rusia este sábado de su ministro de Petróleo y Minería, Eulogio del Pino, para una gira que lo llevará además a Qatar, Irán y Arabia Saudita, con el fin de impulsar una estrategia destinada a contener la caída de los precios del petróleo, que desde mediados de 2014 a la fecha se han desplomado más de 75 por ciento en los contratos referentes, como el crudo estadunidense West Texas Intermediate (WTI) en Estados Unidos y el Brent en Londres, y hasta 83.5 por ciento en el caso de la mezcla mexicana de exportación.


La pérdida del valor del petróleo, que ha venido acompañada con la baja de los precios de otras materias primas, es uno de los aspectos que han influido en la inestabilidad financiera de finales de 2015 y principios de este año. Al igual que lo han hecho dos factores más: el anuncio y posterior subida de las tasas de interés por parte de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed), como la desaceleración de la economía de China, la segunda a nivel mundial y la mayor compradora de materias primas. El fortalecimiento del dólar estadunidense ejerce una presión adicional a la baja sobre el precio.


La volatilidad que han creado estos factores reflejó su punto máximo en lo que va del año, el pasado día 20, cuando el descenso de los precios del crudo a su nivel más bajo en 12 años –y de 14 años en el caso de la mezcla mexicana– ocasionó el derrumbe de los mercados bursátiles mundiales a su piso más bajo desde 2013.


Desde el 20 de junio de 2014, cuando los precios internacionales del petróleo alcanzaron su nivel más alto tras la crisis financiera internacional de 2008 y 2009, al 20 de enero pasado, las cotizaciones del crudo marcaron niveles mínimos de la historia reciente y profundizaron la caída por debajo de la barra de 30 dólares.


El referente global, el Brent del Mar del Norte, cerró ese día en 27.88 dólares por barril, un descenso de 75.7 por ciento, respecto de 114.81 dólares del 20 de junio de 2014. En Nueva York el contrato de referencia para América Latina, el WTI, cayó a 26.55 dólares por barril, frente a los 107.26 de aquel 20 de junio.


Para el caso de la mezcla mexicana de exportación la baja fue más pronunciada, al tocar un mínimo reciente de 18.90 dólares; comparado con el precio de 102.41 dólares registrado hace año y medio, la pérdida fue de 83.5 por ciento. Por su parte, la cesta de crudo venezolano terminó la semana pasada en 21.63 dólares, frente a los más de cien en los que se comercializaba en junio de 2014.


El precio del crudo mundial continúa bajando por tercer año consecutivo y las previsiones no arrojan luz sobre el futuro. El Banco Mundial calcula un precio de 37 dólares por barril para este año, mientras en octubre había proyectado un precio de 51 dólares por barril. El precio del crudo cayó 47 por ciento en 2015, y se espera una baja adicional de 27 por ciento en 2016, con una recuperación gradual a lo largo del año.


De acuerdo con la Agencia Internacional de Energía, los inventarios de crudo en el periodo 2014-2015 fueron de mil millones de barriles y se espera que se agreguen 285 millones de barriles en el transcurso de este año. Así lo dio a conocer en su reporte sobre el mercado de crudo publicado el pasado día 19, y advirtió: si el escenario no cambia, el mercado podría ahogarse en un exceso de oferta.


Las bajas de los precios del hidrocarburo han llevado a diversos gobiernos de países productores, como Venezuela y Rusia, a buscar en los días recientes acuerdos con países miembros de la OPEP para reducir la producción en un mercado sobreabastecido.


Esta semana circularon versiones sobre un posible acuerdo con países miembros de la OPEP y Rusia para dialogar en ese sentido. Las naciones del golfo Pérsico que integran la OPEP y Arabia Saudita están dispuestas a cooperar en cualquier acción para estabilizar el mercado petrolero, informó el jueves un delegado regional del grupo exportador de crudo. Sin embargo, las versiones fueron después desmentidas por Arabia Saudita.


Como parte de la gira del ministro venezolano Eulogio del Pino, el también presidente de la estatal Petróleos de Venezuela(PDVSA) se reunirá el lunes con el ministro de Energía ruso, Alexander Novak, y el martes con Mohammed Saleh Al-Sada, ministro de Energía de Qatar. El viaje seguirá por Irán y Arabia Saudita, señaló un boletín de PDVSA.


Este sábado el gobierno de Irak dijo estar dispuesto a aceptar la reducción de productores sobre un recorte, siempre y cuando realmente quieran cooperar. Irak estará de acuerdo y cooperará si los productores realmente quieren cooperar para (realizar) un recorte, dijo a periodistas en Bagdad el vicepresidente iraquí Adel Abdul Mahdi.

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