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Domingo, 27 de Julio de 2014 06:10

Rusia, China, Estados Unidos y los subsub

Todo el ballet diplomático y las acusaciones y absoluciones que se suceden en el caso del avión de la Air Malaysia derribado en Ucrania oriental ilustran al pasar las relaciones que existen entre las tres grandes superpotencias (Estados Unidos, Rusia y China) y también entre éstas y los protagonistas de segundo o tercer orden de la política mundial a los que, por comodidad y brevedad, y a costa de la precisión, llamaré subpotencias, o subsub, en escala descendente.


En efecto, el avión es malayo y el conflicto de Rusia con Ucrania nació de la defenestración por la Unión Europea (UE) del presidente constitucional pro ruso Viktor Yanukovich para que un grupo de oligarcas, apoyados por fascistas, firmase un tratado de integración a la UE funesto, en particular para Ucrania oriental. Sin embargo, en la discusión sobre cómo fue derribado el Boeing, Estados Unidos ignora por completo a Malasia, Bruselas y Kiev y negocia directamente con Rusia en una relación Barack Obama-Vladimir Putin, en la que Washington prescinde de todos aunque eso aumente su pérdida de hegemonía, mientras Moscú trata por su parte a los ucranios independentistas como meras piezas que nadie consulta.


En efecto, Estados Unidos absorbió sin problemas la anexión rusa de Crimea y Moscú la defenestración de Yanukovich, su instrumento en Ucrania, y dejó a su suerte a los separatistas pro rusos de Ucrania oriental, limitándose a darles algunas armas, pertrechos y una discreta asistencia militar. En el caso del avión de Air Malaysia, Estados Unidos –que tiene sobre la zona estacionado un satélite que puede comprobar todos los movimientos– afirmó primero que un avión ruso lo había derribado, para ofrecer después una versión que exculpa a Moscú pues dice sólo que los culpables serían "guerrilleros ucranios mal entrenados", mientras Rusia, que había recibido las cajas negras encontradas por los independentistas ucranios, las devolvió para que las entregasen a las autoridades de la UE (ni siquiera a las de Malasia, país al que pertenecía el avión abatido).


En el escenario mundial se reproduce lo que se puede observar en Ucrania. En el mismo momento en que Estados Unidos tantea las reacciones rusas en su frontera occidental (Ucrania) y eleva la apuesta en Medio Oriente respaldando el genocidio en Gaza que están realizando los fascistas sionistas que desde el gobierno de Tel Aviv buscan la solución final al caso palestino, Moscú y Pekín se enraizan en el famoso patio trasero de Estados Unidos mediante las giras de Vladimir Putin y de Xi Jinping y las alianzas estratégicas reafirmadas en esas visitas a Brasilia, Buenos Aires, Caracas, La Habana y en los acuerdos con la Unasur y la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños).


Brasil financia en Cuba la transformación del puerto de Mariel en un puerto de aguas profundas que podría dar base a un cluster (servicios portuarios y técnicos concentrados para muchos barcos de gran tamaño y calado). Desde allí podría ser redistribuido el comercio atlántico hacia China que no puede superar los atascos y la estrechez del canal de Panamá ni esperar la construcción del más competitivo canal transoceánico en Nicaragua, con financiamiento chino. Rusia, por su parte, construirá otro puerto de aguas profundas que podría ser utilizado por naves de guerra en Santiago de Cuba, en la estratégica parte oriental de la isla. Si se tienen en cuenta los acuerdos militares con Venezuela en el campo naval, la noticia se enriquece mucho. Al mismo tiempo, el apoyo que China le brindó a la maltrecha economía argentina es también un respaldo al grupo de países que aunque practican una política comercial neoliberal y respaldan a los empresarios buscan al mismo tiempo depender menos de las trasnacionales. Las inversiones chinas en el campo nuclear, la producción petrolera y la energía hidroeléctrica y la venta de material ferroviario sin duda fueron un buen negocio para China, pero también crean las condiciones para paliar más rápidamente algunas de las gravísimas carencias de la economía argentina.

En los años 1920, los bancos y algunas empresas estadunidenses empezaron a ocupar en América del Sur los espacios que cedían Francia y, sobre todo, Inglaterra, las potencias dominantes en la zona antes de la Segunda Guerra Mundial. Ahora aparecen empresas chinas y hasta el Banco de Comercio Exterior chino expande su actividad. Las inversiones chinas abarcan la minería, la agricultura, la producción de energía hidroeléctrica y de una central nuclear, el transporte de mercancías y de pasajeros, sectores de la industria liviana y de la automotriz. China se asegura una fuente importante y competitiva de alimentos en Argentina y Brasil y, de paso, amplía el mercado para sus productos

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Así como no falta nunca un sudamericano que acuse a Brasil de subimperialismo, comienzan a escucharse voces de nacionalistas asustados por el imperialismo chino, por no hablar de los sectores oligárquicos siempre muy a su gusto con el domino del dólar y que dicen temer ahora el avance de los yuanes. Pero el capitalismo chino todavía no llegó a esa fase: simplemente amplía sus bases en un sistema capitalista mundial que comparte y refuerza pero que no dirige y piensa sobre todo en el futuro. El presidente Xi, por ejemplo, dijo en Buenos Aires que China es actualmente un país de desarrollo medio pero que, en 2050 (dentro de un cuarto de siglo) será un país próspero. Si se tiene en cuenta que la economía china crece a un promedio anual de 7.5 por ciento, cuando la japonesa y la de la UE están estancadas y la estadunidense crece por debajo del crecimiento demográfico, el cálculo de Xi podría tener alguna base... a condición de que la política no cambie los datos económicos. O sea, de que Washington se resigne a declinar lentamente como le pasó a Inglaterra.

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Unidos en busca de una respuesta. Pero en este verano de conflictos simultáneos, en que los riesgos para la paz se multiplican de Europa a Asia, pasando por Oriente Próximo, Barack Obama parece un presidente desbordado, sin capacidad de atender a todas alarmas.


Los sismógrafos de Washington registran señales preocupantes. Pocos presidentes de EE UU, en las últimas décadas, habían afrontado una sucesión similar de crisis no causadas directamente por ellos. Lo habitual es que el presidente —el líder del mundo libre, como se decía en tiempos no tan lejanos— intente modelar el mundo a su gusto, no lo contrario.


Strobe Talbott, presidente del laboratorio de ideas Brookings Institution, ve ecos "inquietantes y preocupantes" del verano de 1914, cuando estalló la Primera Guerra Mundial

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El veterano senador John McCain, un halcón en política exterior, dijo en una entrevista a la cadena CNN que jamás había visto un mundo "tan agitado".


Y el diario The Wall Street Journal argumentó la semana pasada que "la amplitud de la inestabilidad no se había visto desde finales de los años setenta". En 1979, con Jimmy Carter en la Casa Blanca, EE UU perdió a su aliado clave en Oriente Medio, el sha de Persia, en la revolución iraní y la Unión Soviética invadió Afganistán.

"No creo que la analogía más adecuada sea la de los años setenta", dice Danielle Pletka, vicepresidenta para la política exterior y de defensa en el laboratorio de ideas conservador American Enteprise Institute. "Mirando atrás, esto me recuerda a la época de entreguerras, a los años treinta, y a los años previos a la Primera Guerra Mundial, a 1913 y 1914. Hay tanta inestabilidad, tantos actores nocivos, tantas

reivindicaciones irredentistas, tan pocas partes dispuestas a apuntalar una estructura global, que realmente esto representa un desafío enorme para la seguridad del pueblo americano", plantea.

En Ucrania el derribo, probablemente involuntario, del vuelo de Malaysia Airlines el pasado 17 de julio, no ha acallado las armas, sino que ha llevado a una escalada retórica entre Washington y Moscú —Obama acusa a Putin de haber armado y entrenado a los insurgentes acusados del ataque— y a una escalada bélica en el este del país.


La nueva guerra entre Israel y la organización Hamás, que controla el territorio de Gaza, iniciada hace casi tres semanas, ha dejado más de 1.000 muertos palestinos y 43 del lado de Israel (40 de ellos, militares).

La violencia en Libia —un país donde EE UU contribuyó al cambio de régimen en 2011— ha obligado a evacuar la embajada norteamericana en la capital, Trípoli.


Más de 160.000 personas, según algunos cálculos, han muerto en tres años de guerra civil en Siria, un conflicto en el que Obama se resiste a implicarse pese a amagar, en septiembre de 2013, con una intervención que suspendió en el último momento. En el vecino Irak, los avances de los yihadistas suníes han forzado a EE UU a enviar de nuevo militares para ayudar a Gobierno del chií Nuri al Maliki.


En Afganistán, la retirada prevista a finales de 2016 amenaza con encender de nuevo la guerra y dejar vía libre a los talibanes. Y en la región Asia-Pacífico, China se ha enzarzado en los últimos meses en escaramuzas con países como Japón, Vietnam y Filipinas por el control del área de influencia de la potencia emergente asiática.


"Vivimos en un mundo complejo y una época desafiante", dijo Obama en una rueda de prensa a mediados de julio. "Y ninguno de estos desafíos ofrece soluciones rápidas o fáciles. Pero todos requieren el liderazgo americano. Como comandante en jefe, confío en que si mantenemos la paciencia y la determinación, superaremos estos desafíos".


Brian Katulis, investigador sénior en el laboratorio de ideas progresista Center for American Progress, elogia por "pragmática, cauta y juiciosa" la reacción de la Administración Obama a las crisis.


"El presidente Obama ha sido muy cuidadoso durante todo su mandato a la hora de no sobrerreaccionar", dice Katulis, que describe la situación actual como un momento de "transformación fluida".


"La filosofía de Obama es que intentaremos trabajar con tantos socios y aliados como sea posible, pero no asumiremos solos la carga, como intentó hacer la Administración Bush con consecuencias muy negativas por EE UU", continúa.


Lo que Katulis llama la filosofía de Obama coincide bastante con la opinión de la mayoría de norteamericanos, partidarios, según sondeos recientes, de que EE UU se ocupe de sus propios asuntos y se abstenga de intervenir en Ucrania, Siria o Irak. Al mismo tiempo, quieren su presidente ejerza de líder mundial.

"No estoy seguro de que ambas posiciones sean incoherentes", dice Alan Murray, presidente de la organización demoscópica Pew Research Center. "La gente no quiere ir a la guerra, pero tiene la sensación de que el presidente muestra debilidad", dice. Y esto no gusta.


Pletka, identificada con el movimiento neoconservador, que contribuyó al diseño de la guerra de Irak de 2003, cree que hay un vínculo directo en el repliegue de Obama —la retirada de Irak, la parálisis ante la guerra Siria, el rechazo a actuar unilateralmente— y los conflictos de este verano.

"No es un secreto", dice, "que muchas personas creen que el presidente ha abdicado de su responsabilidad y se ha retirado, sin pensar demasiado en lo que ocurriría, se trate de la retirada de Irak, que ha resultado ser un desastre completo allí, de la indiferencia hacia las matanzas en Siria durante tres años, de la inacción ante la extensión de Al Qaeda, de la indiferencia ante la anexión rusa de Crimea, de la inacción ante la actitud depredatoria china en los mares de China del Sur y Oriental... Y podríamos seguir así durante tiempo".


Cuando se le pregunta a Pletka por si no había inestabilidad, quizá más que ahora, en los años de la guerra de Irak y el presidente Bush, replica: "Con la Administración Bush, ¿qué conflictos había, si no eran los conflictos que nosotros elegíamos?". Y añade: "Si me propone cambiar el mundo de 2007 por el de 2014, la elección es fácil, como imagino que lo sería para la mayoría de gente en Oriente Próximo y Europa del Este".

¿Todo culpa de Obama? "A veces", comenta Katulis, "pienso que si un asteroide se estrellase contra un planeta a cien millones de años luz de aquí, los críticos de Obama dirían que es por algo que él ha hecho".


"Hay un peligro real de conflicto"


Marc Bassets Washington 26 JUL 2014 - 22:45 CEST


Agosto 1914, agosto 2014. Cuando Strobe Talbott —veterano de la Administración Clinton, presidente del laboratorio de ideas Brookings Institution, voz sensata y experimentada del establishment de Washington— establece un paralelismo entre el inicio de la Primera Guerra Mundial y el momento actual, conviene escuchar.


"Hace solo un año no había ningún gran conflicto entre los grandes países del mundo, ni tampoco existía demasiada preocupación porque lo hubiese", dice Talbott en una entrevista telefónica. "Y aquí estamos, a punto de llegar a agosto de 2014 y, ¿adivine qué ocurre? Hay un peligro real de conflicto. Hay peligro de conflicto en Europa, provocado por lo que [el presidente ruso, Vladímir] Putin ha hecho en Ucrania. Hay conflicto en Extremo Oriente con las tensiones y disputas entre China, de un lado, y Vietnam y Filipinas de otro", continúa. Después añade las tensiones crecientes entre Japón y China, así como la disolución en Oriente Próximo de las fronteras establecidas tras la Primera Guerra Mundial.


"Mi bola de cristal", avisa, "no es mejor que cualquier otra". Pero los paralelismos entre 1914 y 2014, dice, son "inquietantes y preocupantes".
Talbott, de 68 años, dirige el laboratorio de ideas centrista por excelencia, el más influyente y el de más solera, fundado en 1916. Entre 1993 y 2001 trabajó en el Departamento de Estado: primero como embajador y consejero especial del secretario de Estado encargado de los nuevos países surgidos de la antigua Unión Soviética, y después como vicesecretario de Estado. Y antes, durante 21 años, fue periodista en la revista Time.

"Aquí hay una combinación de tres fenómenos que hacen que este periodo sea peligroso", dice. El primero es "la desilusión o descontento global con los diferentes sistemas de gobernanza, incluidas las democracias occidentales", una tendencia que "por sí misma es desestabilizadora".
El segundo es "el crecimiento de un nacionalismo de tipo peligroso, incluido en su propio país", dice en alusión a España. "Me parece que es crucial, tras todo el dolor que Europa ha sufrido como resultado del nacionalismo y el fraccionamiento de los Estados, buscar maneras de perfeccionar el gobierno federal, de perfeccionar lo que ustedes, los europeos, llaman la subsidiariedad: un federalismo efectivo, con tanta autonomía administrativa como sea adecuado y posible, para mantener países unidos y que no se disgreguen, se trate de Italia, España, Bélgica o Reino Unido".


Putin, sin embargo, "ha elevado [el nacionalismo] a un nuevo nivel" con la anexión, en marzo, de la región ucrania de Crimea, y con el apoyo a los insurgentes prorrusos en el este de Ucrania. Putin, dice Talbott, "ha resucitado algo que creíamos que pertenecía a la geopolítica del pasado: el chovinismo agresivo y unilateral, el nacionalismo predatorio, el irredentismo... como quiera llamarlo". El tercer fenómeno es la citada acumulación de conflictos que amenazan la estabilidad mundial.

La Administración Obama "en general, está gestionando [la situación actual] bastante bien, pero encuentra un obstáculo en las debilidades de los gobiernos en otros lugares", argumenta en alusión, entre otros, a la Unión Europea, "y en las propias debilidades, que son una expresión de la polarización de la sociedad [norteamericana]". "Sin duda hay un malestar y una polarización en Estados Unidos que socava la capacidad de cualquier presidente americano para ejercer un papel constructivo en el liderazgo mundial".

"Como comunidad internacional", sostiene Talbott, "hemos sido complacientes en años recientes, un poco como la comunidad internacional fue complaciente en los años antes de la Primera Guerra Mundial, cuando hubo un optimismo eufórico en todo el mundo. Lo que entonces no se llamó globalización, pero que retrospectivamente podría llamarse así, nos hizo a todos dependientes de un orden mundial pacífico en el que la guerra era imposible de imaginar, y de repente fue muy posible de imaginar y tuvimos la peor guerra en la historia del mundo hasta entonces".

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El Fondo Monetario Internacional se acaba de sumar a las propuestas de la patronal de reducir el salario mínimo con la excusa de que así disminuiría el paro juvenil. Y para ello, como le ocurre casi siempre, oculta evidencias y recurre a prejuicios bastante alejados de la realidad.
La discusión sobre la influencia de los salarios mínimos en el empleo es antigua y hoy día tenemos evidencias indiscutibles, aunque no por ello exentas de polémica. Quienes asumen como punto de partida las hipótesis del modelo de mercados perfectos concluyen que un salario mínimo superior al de equilibrio hace que las empresas sustituyan trabajo por capital, disminuyendo, por tanto, el empleo. Quienes abordan el problema desde otras posiciones teóricas llegan a conclusiones diferentes: los salarios mínimos pueden tener efectos positivos si llevan consigo un aumento de la productividad o de la demanda global, o pueden tenerlos neutros o inciertos, según el caso. Las evidencias empíricas disponibles más bien tienen a demostrar esto último, es decir, que su efecto general puede ser inconcluso pero no negativo: positivo, nulo o sin apenas relevancia sobre el empleo (sobre este debate, se puede ver mi artículo Más engaños del Banco de España).


Sin embargo, no ocurre lo mismo con el efecto de los salarios mínimos sobre el empleo juvenil. La evidencias empíricas son más complejas.
Así, los economistas más cercanos a las hipótesis ortodoxas suelen aceptar que, en términos generales, un incremento del 10% en el salario mínimo puede llevar consigo un aumento de entre el 1% y el 3% en el paro juvenil, dependiendo de las diferentes franjas de edad. Pero esto se pone en cuestión en estudios que toman en consideración periodos de expansión económica, como ha ocurrido en España entre 2000 y 2008, cuando se ha podido apreciar que la subida en el salario mínimo no influyó en el desempleo juvenil (Maite Blázquez, Raquel Llorente and Julián Moral. Minimum Wage and Youth Employment Rates in Spain: New Evidence for the Period 2000-2008).


Aunque el efecto del salario mínimo sobre el empleo y el paro juvenil es, por tanto, más complejo que el que tiene sobre el empleo en general, tampoco se pueden establecer conclusiones definitivas, sobre todo, en escenarios abiertos y dispares o de largo plazo.


Para justificar la reducción del salario mínimo como forma de disminuir el paro juvenil en Europa se recurre a una evidencia: los países que no tienen salario mínimo legal tienen una tasa de paro juvenil mucho más baja que los que sí lo tienen. Efectivamente, los cinco países que no tienen salario mínimo legal y que registran menos paro juvenil —Alemania, Austria, Dinamarca, Finlandia y Suecia— tienen una tasa media de paro juvenil del 14,1%. Por el contrario, los cinco con salario mínimo legal y mayor tasa de paro —Grecia, España, Croacia, Portugal y Eslovaquia— tienen una tasa media del 45,5%.


Pero incluso ese hecho cierto es discutible como argumento para asegurar que la disminución del salario mínimo genera más empleo juvenil. Primero, porque, en realidad, casi todos los países que no tienen salario mínimo legal tienen mínimos salariales por la vía de la negociación, lo que en la práctica viene a ser lo mismo. Y, además, porque hay países de este grupo, como Italia o Chipre, que también tienen un nivel muy elevado de paro juvenil (43% y 37,3% respectivamente). Y otros, como Holanda, que tienen poco paro juvenil (10,8%) y salario mínimo muy elevado (1.469,40 euros). E incluso podría añadirse que el país con menos paro juvenil, Alemania, ha aprobado ya el salario mínimo.
¿Por qué pretender entonces que España se asemeje a la peor de las combinaciones?


Por otro lado, hay que tener en cuenta que los países con más desempleo entre sus jóvenes no son precisamente los que tienen niveles de salario mínimo más altos (los arriba mencionados entre los que se encuentra España tienen salarios mínimos que se encuentran más o menos en la mitad del espectro). Por el contrario, los países que tienen salarios mínimos más elevados, por encima de 1.200 euros mensuales, son los que tienen una tasa de paro juvenil por debajo de la media europea. Lo cual también dificulta admitir que el recorte en el salario mínimo sea el instrumento que garantice que aumente el empleo juvenil.


El caso español es significativo. Tenemos un salario mínimo bastante bajo (752,85 euros mensuales). En valores absolutos es más o menos de la mitad de los más altos (el 40% del de Luxemburgo y el 50% del belga). Y también es bajo en relación con el salario medio de todos los trabajadores (el 35% en España, 13 puntos menos que en Francia, donde el salario mínimo se acerca más al salario medio). Y, además, nuestro salario mínimo sólo es vinculante para muy pocos trabajadores (el 2%) porque la gran mayoría se encuentra cubierta por convenios colectivos.
Por todo ello, no es fácil demostrar que el salario mínimo existente en España suponga una barrera de entrada considerable al mercado de trabajo en general o en todas las circunstancias y ni siquiera para los jóvenes.


Por el contrario, sí que hay evidencias de la vinculación de nuestro paro juvenil, como del europeo, con otro factor que el FMI y otros defensores de los recortes salariales no contemplan: la relación del paro juvenil con el nivel de actividad.


Diversos estudios demuestran, como he avanzado más arriba, que existe una relación muy estrecha entre el desempleo juvenil y las fases de ciclo económico, aumentando claramente en los procesos de crisis y en los de recesión. De hecho, en el caso europeo reciente es fácil comprobar que los países con nivel del desempleo juvenil más elevado (Grecia, España, Croacia, Italia, Chipre, Portugal) han sufrido una caída muy grande en el PIB en la última etapa de crisis y recesión en la que el salario mínimo ha permanecido prácticamente estancado, mientras que mantuvieron niveles más aceptables de empleo en la anterior fase de expansión, cuando hubo salarios mínimos al alza. Y al revés: los países con menor tasa de paro juvenil han sido los que han sufrido menos caída en la actividad económica durante la crisis.

Por tanto, frente a la tesis en la que, no por casualidad ni por primera vez, coinciden la patronal, el Banco de España y ahora el FMI, se pueden establecer, por el contrario, otras tres primeras conclusiones:

- No está demostrado ni se puede afirmar categóricamente que el nivel español de salario mínimo sea la barrera de entrada principal al empleo para los jóvenes y mucho menos para los desempleados en general.


- Lo que sí parece estar claramente vinculado al enorme incremento del paro juvenil es la disminución tan grande que se ha producido en el nivel de actividad económica, sobre todo, si se compara nuestra situación con la de otros países europeos.


- Por tanto, el mejor remedio para incentivar la creación de empleo juvenil no es reducir el ingreso de la población que gasta una mayor proporción de su renta en consumo, sino poner en marcha medidas de estímulo que, aumentando el gasto y la financiación, permitan que aumente la oferta productiva de las empresas.


Sin embargo, estas tres conclusiones no pueden obviar un fenómeno real: es cierto que muchos de los jóvenes que se acercan por primera vez al mercado de trabajo tienen menos experiencia y posiblemente una productividad más baja, lo que plantea la posibilidad de que sea más conveniente que su incorporación se realice a través de salarios diferenciados.


Es una cuestión bastante realista pero tampoco de solución inmediata y sólo vinculada al recorte del salario mínimo. Las evidencias empíricas no permiten confirmar que la solución sea precisamente reducirlo, sobre todo, cuando es ya tan bajo como el español. Así lo demuestra el hecho de que en los países de la OCDE donde hay salarios mínimos diferenciados para jóvenes haya resultados muy diferentes en cuanto a tasas de paro juvenil.


Lo que plantea esta cuestión, por consiguiente, no es tanto la necesidad de abaratar el trabajo de los jóvenes como la de favorecer su entrada al mercado de trabajo en las mejores condiciones posibles en cuanto a experiencia y productividad. Y eso es algo que se resuelve mejor mediante la política educativa que a través de una política salarial de empobrecimiento salarial que genera otros efectos perversos colaterales (desincentivos, fomento de las actividades de baja productividad, desigualdad...). Es decir, generando incentivos no sólo dirigidos a su inserción en el mercado de trabajo, sino también a su permanencia en el sistema educativo y, sobre todo, diseñando bien el tipo de formación que deben tener y su vinculación con la actividad productiva en el periodo de formación.


Nada de eso se consigue recortando aún más salarios que ya son de por sí muy bajos. De hecho, una buena parte de los jóvenes empleados tiene ya ingresos por debajo del salario mínimo. Concretamente, ocurre eso con el 34% de los contratos de trabajo suscritos por jóvenes como consecuencia del gran número de empleos a tiempo parcial a los que se añaden normalmente un buen número de horas extraordinarias no remuneradas.


Por todo eso se puede afirmar que la propuesta de la patronal, del Banco de España y del Fondo Monetario Internacional no proporciona soluciones a la escasez de empleos, sino que se orienta a otro objetivo: seguir modificando el sistema productivo para basarlo en el máximo abaratamiento del trabajo con el único fin de aumentar la ganancia del capital aunque sea a costa de hacerlo cada día más rentista y periférico, menos productivo y más empobrecido y empobrecedor. Y en donde si acaso hay más empleos lo son de cuasi esclavitud.

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  • Autor Juan Torres López
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Miércoles, 09 de Julio de 2014 05:58

Las semejanzas y diferencias entre Marx y Keynes

Existe bastante confusión, resultado de una sorprendente falta de conocimiento histórico en la enseñanza española, de las diferencias existentes entre las escuelas económicas basadas en la interpretación del capitalismo de Karl Marx y las que se originan con John Maynard Keynes. Cuando, por ejemplo, se habla de que la crisis actual se debe a la falta de demanda, inmediatamente se atribuye esta observación a una visión keynesiana de la economía, cuando en realidad fue Karl Marx el que habló de la crisis del capitalismo como resultado de la descendente demanda, consecuencia de la bajada de los salarios de la mayoría de la población, perteneciente a la clase trabajadora. Fue Karl Marx el que claramente vio lo que ahora ha descrito y documentado Thomas Piketty en su libro sobre la evolución del capital en el siglo XVIII, Capital in the Twenty-First Century. En El Capital, Karl Marx indicaba que la lógica del sistema capitalista lleva a una concentración del capital a costa de una "inmiseración" de la clase trabajadora, lo cual, añadía Karl Marx, creaba un enorme problema de demanda. Esta postura queda resumida en su frase de que "La causa final de toda crisis es siempre la pobreza y el limitado consumo de las masas". Uno de los economistas que mejor predijo la crisis actual, Nouriel Roubini, así lo indicó en su entrevista en el Wall Street Journal: "Karl Marx llevaba razón. El capitalismo puede destruirse a sí mismo, pues no puedes tener una constante absorción de las rentas del trabajo por parte de las del capital, sin crear un exceso de capacidad y una falta de demanda. Y esto es lo que está ocurriendo... el salario del trabajador es el motor del consumo". No es pues, John Maynard Keynes, sino Karl Marx, el que indicó que el empobrecimiento de la población supone un grave problema para el capitalismo: la escasa demanda. John Maynard Keynes habló también, más tarde, de la escasez de la demanda, pero poco de la concentración del capital. Y todavía menos de la relación entre esta concentración y el empobrecimiento de la población trabajadora. Esta era una de las grandes diferencias entre Karl Marx y John Maynard Keynes.


Otra gran diferencia entre Karl Marx y John Maynard Keynes, además del entendimiento de la crisis bajo el capitalismo (siendo el análisis de Karl Marx más completo que el de John Maynard Keynes), es en la solución a la crisis. Karl Marx creía que la solución a la crisis era una solución sistémica, que requería el cambio de la propiedad del capital, pasando de ser propiedad del capitalista a ser propiedad de los trabajadores (definidos como un colectivo que crea y produce el capital). Este cambio de propiedad era descrito esquemáticamente en el Manifiesto Comunista (el libro más vendido en la historia de la humanidad), que establecía una serie de principios, excesivamente simplificados, aunque presentados con una narrativa movilizadora. Pero (y es un enorme "pero"), Karl Marx no detalló cómo realizar dicha transición en el sistema de propiedad. Ni tampoco mostró qué políticas debían realizarse para trascender el capitalismo.


John Maynard Keynes, por el contrario, nunca se planteó la sustitución del capitalismo por otro sistema. Creía que el problema de la demanda podía resolverse con el intervencionismo del Estado, con un aumento, por ejemplo, del gasto y la financiación públicos, es decir –tal como indicó- "el gobierno y los bancos centrales pueden resolver el problema de la escasa demanda, bien directamente, con un aumento del gasto público, bien indirectamente, a través de la financiación de inversiones en programas de infraestructura". Y la experiencia ha mostrado que el problema de la demanda podría resolverse, como se vio en la manera como se salió de la Gran Depresión (y también en la manera como no se está saliendo de la Gran Recesión actual, con sus absurdas políticas de austeridad). Ahora bien, aun cuando Karl Marx subestimó la capacidad de resistencia del capitalismo, el hecho es que todos los casos de salidas de las crisis han requerido una redistribución del capital hacia el mundo del trabajo, revirtiendo la redistribución (que Karl Marx llamó, con razón, "explotación") del mundo del trabajo por parte del capital, que creó esas crisis. (Ver mi artículo "La explotación social como principal causa del crecimiento de las desigualdades". Público. 01.05.14)
La mejor y más eficaz forma de estímulo de la demanda es precisamente el enriquecimiento (en lugar del empobrecimiento) de las masas (como diría Karl Marx) a costa de los intereses del capital, excesivamente concentrado hoy en día. Y el que mejor ha analizado este hecho ha sido Michal Kalecki, un economista polaco que claramente se merecía el Premio Nobel de Economía pero que ni siquiera fue considerado para ello por vérsele demasiado "rojo". Pero hoy, y tal como ha reconocido Paul Krugman (el keynesiano más conocido hoy en el mundo) fue Michal Kalecki y no John Maynard Keynes el que mejor explicó las crisis del capitalismo, detrás de las cuales el conflicto Capital-Trabajo juega un papel fundamental. (Ver mi artículo "Capital-Trabajo: el origen de la crisis actual", Le Monde Diplomatique, Julio 2013.


Estas diferencias son claves para entender lo que está ocurriendo en el capitalismo y por qué. Karl Marx explicó claramente los orígenes de la crisis, causada por el enorme declive de las rentas del trabajo a causa del enorme crecimiento de las rentas del capital y su concentración, subestimó, en cambio, la capacidad de respuesta, como bien ilustró John Maynard Keynes. Este, sin embargo, no fue consciente del contexto político, desarrollado por Michal Kalecki , el mayor y mejor analista del capitalismo.

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  • Autor Vicenç Navarro
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La economía de EE UU es mucho más vulnerable de lo esperado. La última lectura del indicador de crecimiento confirma que en el primer trimestre se contrajo a una tasa anualizada del 2,9% del producto interior bruto, mucho más del 1% anticipado hace solo un mes y del 1,8% que esperaba Wall Street. Este paso atrás, que equivale a un recorte del 1% en tasa trimestral, es tan fuerte que va a trastocar las previsiones para el resto de 2014, hasta el punto de que se teme que el balance del conjunto del ejercicio se quede en un 2%.


El vuelco es aún mayor frente al 2,6% de crecimiento a final de 2013. En todo caso, el dato se publica con el segundo trimestre terminando, por lo que es viejo y no va a afectar a la estrategia monetaria de la Reserva Federal, que hace justo una semana decidió recortar por quinta vez el ritmo con el que compra de deuda. Es más, hay miembros del banco central que señalan que las reglas de política monetaria coinciden en que el alza de tipos debería suceder ya en el tercer trimestre.


Janet Yellen, presidenta del banco central de EE UU, considera sin embargo que lo deseable es que el encarecimiento del dinero llegue en un año. Antes debe desmantelar el mecanismo de compra de deuda, lo que se espera para octubre. Lo que sí podría pasar ya tras el verano es que se produzca un cambio en el lenguaje que se utiliza en la guía que se da al mercado tras la reunión.


La contracción del primer trimestre, en cualquier caso, es la peor vista desde inicios de 2009, en la recta final de la recesión. La Fed ya dijo la semana pasada que se debió a efectos transitorios, por la crudeza del pasado invierno. En su comunicado final, dijo que la actividad económica repuntó en los últimos meses. Lo que está por ver es si será lo suficientemente fuerte como para compensar el pésimo arranque de 2014.
El detalle muestra que el sector inmobiliario hizo de lastre durante el invierno, con un desplome de la actividad del 4,2%. Además, sufrió la inversión empresarial, que se contrajo un 1,2%. Y para completar el círculo, también hubo problemas fuera de EE UU. La balanza comercial refleja ahora una caída del 8,9% de las exportaciones, al tiempo que las importaciones crecieron un 1,8%.


El consumo, del que dependen dos tercios de la economía, creció solo un 1%, frente al 3,1% que se dijo hace un mes. Wall Street ya no compró entonces el dato por la distorsión creada por el incremento del gasto en salud derivado de la reforma del seguro médico y porque buena parte de los ingresos se destinaron a calefacción. Esta mezcla de indicadores es la que tendrá en cuenta la Fed.


Sin embargo, es la inflación lo que tiene más vigilante a Wall Street y lo que está llevando a anticipar que el alza de tipos llegará antes de tiempo. Yellen restó importancia al repunte de los últimos meses diciendo que se estabilizará en el nivel del 2% y que se mantendrá ahí durante un tiempo. Sugirió así que será tolerante si se rebasa el límite mientras el paro siga en el 6%.

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Domingo, 01 de Junio de 2014 05:55

"No hay para todos"

Eso decía el eslogan de campaña del PP en Catalunya en las últimas elecciones. Malthusianamente, está claro que se quedan afuera los más frágiles, los más necesitados.


Es la versión siglo XXI de la temática neoliberal de la "gobernabilidad": los derechos afirmados legalmente vuelven ingobernables los Estados. Hay desequilibrio entre cabezas y sombreros. En lugar de producirse más sombreros, se cortan cabezas.


A eso se está reducido el capitalismo en su era liberal de mercado. Triunfan los más competentes, los más listos, los que han acumulado fuerza y riqueza para competir en mejores condiciones. Los otros quedan condenados a su incompetencia. O, como decía un ex-ministro de Brasil: "El problema de los pobres es que tienen amigos pobres".


Cuando reina el mercado, la vida de las personas depende del juego de la competencia. No un "libre" juego, sino un juego con cartas marcadas, donde el fuerte se vuelve más fuerte y hace que el débil pierda siempre. Si se trata de un capitalismo de ruleta – como dicen algunos – la ruleta está viciada y hace ganar siempre al que ya está que ganando.


La crisis actual lo ha confirmado. Al inicio, había que salvar a los bancos, sino el tejado caería sobre nuestras cabezas. Se ha salvado a los bancos. Pero los bancos se han salvado a sí mismos y cuando la crisis arreció, los que han quebrado son los países, mientras los bancos y los altos ejecutivos de las grandes empresas se han vuelto aún más ricos.

"No hay para todos" fue la confesión sincera de quien sabe que la crisis es un filtro, que excluye los derechos de los mas débiles y concentra todavía más la renta y el poder. Hay economías que empiezan a recuperarse, pero sin reflejo en el nivel de empleo – índice más directo de las necesidades de la gran mayoría, que vive de su trabajo.


La Ministra de Desarrollo Social de México afirma que "no se darán más ayudas a las madres que tienen más de 3 hijos, porque sólo procrean para recibir ayudas." El criterio no es la necesidad, sino la selección de recursos que impone el ajuste fiscal.


Por eso la crisis no es una anomalía en el capitalismo, es un momento esencial para su reproducción y revela la verdadera cara del sistema. Un análisis de la crisis actual – iniciada en 2008 y sin fecha para terminar – es una clase de formación política.


Queda claro que el capitalismo no es un sistema hecho para producir, sino para acumular. Si no existen incentivos, no hay inversión. Si la mejor manera de acumular es la producción, se canalizan hacia ella los capitales. Si no, los concentra en la especulación financiera.


Es lo que caracteriza el capitalismo en su fase actual. Del Estado de Bienestar, de Estados que reconocían el derecho a tener derechos, a Estados que promueven el abandono y el sálvese quien pueda, el "No hay para todos".

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  • Autor EMIR SADER
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Sábado, 24 de Mayo de 2014 06:56

El centro no se está sosteniendo muy bien

Crece la lista de países con duraderas contiendas civiles que se agravan. Hace muy poco tiempo, los medios masivos mundiales ponían sus reflectores sobre Siria. Ahora iluminan a Ucrania. ¿Será Tailandia mañana? Quién lo sabe. Sorprende mucho la variedad de explicaciones para las contiendas y para la pasión con que son promovidas.


Se supone que nuestro moderno sistema-mundo permite que las élites que sostienen las riendas del poder del establishment debatan unas con otras y luego lleguen a algún arreglo que puedan garantizar. Normalmente estas élites se colocan en dos campos básicos –centro/derecha y centro/izquierda. Hay, de hecho, diferencias entre ellas, pero como resultado de los arreglos el monto del cambio a lo largo del tiempo ha sido mínimo.

 

Esto opera cual estructura política de arriba hacia abajo, dentro de cada país y geopolíticamente entre los países. El resultado es un equilibrio que lentamente se mueve hacia arriba. La mayoría de los analistas de las actuales contiendas tienden a asumir que los hilos los siguen jalando las élites del establishment. Cada bando asegura que los actores de los niveles bajos de cada bando están siendo manipulados por las élites del nivel alto. Todo mundo parece asumir que, si su lado ejerce la presión suficiente sobre las élites del otro lado, estas otras élites accederán a un arreglo más cercano a lo que quiere su propio bando.


Esto me parece una fantástica lectura fallida de las realidades de nuestra actual situación –una de extenso caos–, como resultado de la crisis estructural de nuestro moderno sistema-mundo. No pienso que las élites puedan ya lograr manipular a sus seguidores del nivel bajo. Pienso que los seguidores del nivel bajo desafían a las élites, hacen sus propias cosas e intentan manipular a las élites. Esto, de hecho, es algo nuevo. Es una política desde abajo en vez de una política desde arriba.

 

Se alude a una política surgida de abajo cuando los medios hablan de extremistas que se vuelven actores importantes, pero el término extremistas también yerra el punto. Estamos enmedio de una política surgida de abajo, donde hay versiones de cualquier tinte –desde la extrema derecha a la extrema izquierda, pero incluyen también las del centro. Uno podría lamentar esto, como hizo Yeats en una de las líneas del poema El segundo advenimiento, frecuentemente citadas:


"Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores

Rebosan apasionada intensidad"


Pero noten que Yeats está atribuyendo la categoría de mejores a las viejas élites. ¿Son realmente los mejores? Lo que de hecho es cierto, por mencionar una de las líneas menos citadas de Yeats, es que ya no puede el halcón oír al halconero.


¿Cómo entonces podemos navegar políticamente en tal ambiente? Es muy confuso de analizar. Pienso, sin embargo, que el paso uno es dejar de atribuir lo que está sucediendo a las malévolas maquinaciones de algunas élites del establishment. No son ya ellas las que controlan. Pueden, por supuesto, hacer muchísimo daño físico por sus acciones imprudentes. No son, para nada, parangones de virtud. Pero aquellos de nosotros que intentamos lograr que emerja un mundo mejor de esta caótica situación tenemos que confiar en nosotros mismos, en nuestras múltiples propias maneras de organizar la lucha. Necesitamos, en suma, menos denuncias y más acciones locales constructivas. Las líneas más sabias de Yeats son las dos últimas del poema:


¿Y qué áspera bestia, llegada su hora al fin,

Encorva el paso hacia Belén para nacer?


Conforme nuestro sistema histórico está en el proceso de morir, hay una fiera lucha en torno a qué nuevo sistema histórico le sucederá. Pronto podríamos, de hecho, ya no estar viviendo en un sistema capitalista, sino comenzar a vivir bajo un sistema aún peor –¿una áspera bestia que busca nacer? La opción alternativa es un sistema relativamente democrático, relativamente igualitario, que también está buscando nacer. Cuál es el que veremos al final de la lucha depende de nosotros, desde abajo.


Traducción: Ramón Vera Herrera

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  • Autor IMMANUEL WALLERSTEIN
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Viernes, 23 de Mayo de 2014 06:19

Golpe de Estado y toque de queda en Tailandia

El tráfico en la hora pico era tan caótico como siempre. La única diferencia del jueves por la noche en Bangkok era que la música que se reproduce desde las radios al mundo provenía de bandas militares. Esa tarde, el jefe del ejército de Tailandia lanzó un golpe de Estado, tomando el control del gobierno, deteniendo a los líderes políticos rivales y bloqueando las emisoras nacionales e internacionales. El Consejo Nacional de Paz y el Orden también impuso un toque de queda durante la noche y prohibió reuniones de más de cinco personas.


Dos días después de que el ejército interviniera e impusiera la ley marcial, el general Prayuth Chan-ocha anunció ayer en la televisión que por 12ª vez desde que el país dejó de ser una monarquía absoluta, en 1932, las fuerzas armadas se apoderaron del gobierno. Pero salvo por un puñado de elementos, la Constitución, dictada bajo un régimen golpista anterior, en 2007, había sido suspendida, dijo.


"El ejército intervino para que la situación volviera rápidamente a la normalidad, para que el pueblo tuviera amor y unidad como en el pasado, para reformar los sistemas políticos y económicos, y para otorgar igualdad a todos", expresó. Ayer por la noche agregó que iba a asumir el papel de actual premier.


El ejército dijo que había impuesto el golpe de Estado con el fin de preservar la ley y el orden, pero dada la situación ahí parece que va a hacer lo contrario. Miles de partidarios del derrocado gobierno han dicho que van a marchar y protestar para preservar la democracia. Hace cuatro años, más de 90 personas murieron en la violencia política que se desató en Bangkok. Estados Unidos, que es un aliado de Tailandia y tiene vínculos muy estrechos con el Ejército Real de Tailandia, denunció los acontecimientos de ayer diciendo que revisaría la ayuda militar al país. "No hay justificativo para este golpe militar", dijo el secretario de Estado, John Kerry.


El golpe se llevó a cabo después de que el ejército convocara a los líderes de las facciones rivales, enfrentados políticamente desde hace mucho en el país, al segundo día de conversaciones en un complejo deportivo militar en Bangkok. En las conversaciones participan el gobierno, el partido gobernante Phua tailandés, el partido Demócrata opositor, el movimiento de Camisa Roja y los manifestantes antigubernamentales conocidos como el Comité de Reforma Democrática del Pueblo (PDRC). Habían comenzado el miércoles, pero no habían podido llegar a un acuerdo.

El portavoz del ejército, Werachon Sukondhapatipak, dijo que el golpe se había declarado porque el ejército había sido incapaz de lograr que los diferentes grupos llegaran a un compromiso. "No estuvieron de acuerdo en la reunión y en ese momento se llevó a cabo el golpe", dijo a The Independent. "Estamos tratando de llegar a un acuerdo."

Pero muchos vieron la organización del Gen Prayuth de la reunión como una hábil estratagema. Hasta anoche, los altos dirigentes de las facciones rivales quedaron en custodia del ejército y no pudieron responder sus teléfonos. "Fue una treta. No se detiene a la gente porque no se llega a un acuerdo", dijo Sean Boonpracong, asesor del gobierno derrocado. "Han ocultado cosas a través de la ley marcial. Nadie creyó que serían tan descarados."


La acción del ejército se produjo después de meses de protestas del PRCD que socavaron al gobierno respaldado por el ex primer ministro Thaksin Shinawatra. Thaksin fue derrocado en un golpe de Estado de 2006, pero siguió moviendo los hilos desde el exilio en Dubai. Su hermana, Yingluck Shinawatra, fue elegida en 2011, pero fue destituida de su cargo hace dos meses.

 

El PDCR hizo campaña para destituir a la familia de Thaksin de la política de Tailandia, insistiendo en que son corruptos y venales. Ellos rechazaron la perspectiva de más elecciones hasta que se lleven a cabo una serie de "reformas no especificadas", alegando que el sistema está arreglado.


Sin embargo, hay otros factores implicados. Tailandia es un país que está cambiando rápidamente y los partidarios de Thaksin lo recuerdan como alguien que ayudó a introducir los préstamos de asistencia sanitaria y pequeños préstamos, la patada inicial para su viaje hacia la clase media. El movimiento de la Camisa Roja, que en gran parte lo apoya, cree que los manifestantes contra el gobierno quieren reducir la democracia electoral y limitar el poder político y el derecho de voto a los ricos y poderosos.


Varios analistas creen que un factor vinculado de forma paralela e inextricable es la lucha por el poder detrás de las escenas sobre qué miembro de la familia real será el sucesor del monarca enfermo, el rey Bhumibol Adulyadej, de 86 años, que controla activos por valor de más de 306 mil millones de dólares.


De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12

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Traducción: Celita Doyhambéhère.

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  • Antetítulo EL JEFE DEL EJERCITO TOMO EL CONTROL DEL GOBIERNO Y DETUVO A LOS LIDERES POLITICOS RIVALES
  • Autor Andrew Buncombe
  • País Tailandia
  • Región Asia
  • Fuente Página12
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Domingo, 18 de Mayo de 2014 06:27

El peligroso camino chino en Cuba (II)

¿La participación activa de los trabajadores podría ser efectivamente en Cuba una alternativa inmediata y urgente al camino chino, con su partido único burocratizado, fusionado con el Estado, que dirige la marcha acelerada hacia la sumisión al mercado y la construcción de grandes desigualdades sociales? Es posible y vale la pena intentarlo, porque el camino chino en la isla llevaría inevitablemente, por su misma dinámica, a la conversión de Cuba en una semicolonia dependiente de las inversiones y los mercados de los países imperialistas.


¿Tiene Cuba el excedente de población joven, productiva y la producción agroalimentaria suficiente para evitar ese terrible camino chino? No, pero precisamente por eso hay que osar, innovar, recurrir a la movilización popular consciente, volver a los orígenes de la Revolución.


En los primeros años posteriores al triunfo revolucionario, los trabajadores cubanos pudieron en efecto desplegar sus iniciativas, como las coletillas que periodistas y gráficos ponían a los artículos reaccionarios de los diarios donde trabajaban, o las luchas por reconstruir sindicatos sin los viejos burócratas. Esa entusiasta participación colectiva fue también decisiva en la derrota infligida a los invasores de Playa Girón (1961), al igual que en la crisis de los cohetes (1962) y en la participación en la guerra argelino-marroquí (1963). Esos años también fueron los de la independencia crítica del gobierno revolucionario frente a la Unión Soviética estalinista y los partidos comunistas y su marxismo dogmático, antes de que, por razones geopolíticas y una vez derrotada en la lucha interna la tendencia del Che Guevara, el Estado cubano jugase todas las cartas a su integración en el bloque de países y partidos dirigido por Moscú.


Esta integración terminó por identificar el Estado y el partido, sometiendo el segundo a las necesidades del primero, y puso a los sindicatos burocratizados totalmente al servicio del Estado-partido, convirtiéndolos en mera correa de transmisión de las decisiones del mismo. Los elementos espontáneos de participación obrera y popular, de este modo, fueron dominados y asfixiados. Pero la resistencia al bloqueo y a los ataques de Estados Unidos, así como la fuga de la isla de centenares de miles de ex capitalistas, sus partidarios y servidores y gran cantidad de delincuentes, dieron una base firme para mantener el consenso de que gozaba el gobierno de Fidel Castro.


La modificación en la conciencia colectiva producida por la participación activa de millones de cubanos en los esfuerzos revolucionarios y la subsistencia de ese consenso antimperialista, así como una mayor homogeneidad de la sociedad cubana, así depurada con respecto de la Unión Soviética y de los países socialistas orientales, explican la subsistencia del régimen cubano después del derrumbe de los gobiernos estalinistas de la URSS y del bloque de Varsovia y también que, a diferencia de lo que sucede en China, pese a las dificultades de todo tipo, en Cuba no se registren huelgas ni protestas político-sociales de masa.


La población cubana tiene salud y educación, y podría ser más productiva si enfrentase menos trabas burocráticas y pudiera desarrollar libremente la inventiva que utiliza para subsistir a fin de reorganizar desde abajo la economía social. Hoy, para poder vivir, todo lleva a arreglarse a cualquier costo y de cualquier forma, generalmente ilegal o incluso delictiva, y produce la competencia individual en un mercado de trabajo donde volvió a imperar el desempleo apenas disfrazado. Una información plena y veraz sobre los recursos con que cuenta la sociedad y cada empresa, sobre las necesidades imprescindibles y el funcionamiento del mercado para la producción cubana, podría dar herramientas para hacer en cada centro de trabajo un censo de sus recursos productivos y fijar planes y metas realistas, así como para eliminar los despilfarros, las fugas de recursos y los pequeños latrocinios. Para eso bastaría cambiar radicalmente la función de la prensa cubana, que hoy oculta o deforma la realidad y no informa sobre el entorno internacional.


Cuba puede volver a la solidaridad colectiva, a la discusión de objetivos generales plausibles, a la construcción de un espíritu cooperativo mediante la discusión popular de los problemas y de las soluciones a los mismos, y a la adopción de decisiones desde abajo hacia arriba, en la autogestión productiva y en la democracia autonómica en las comunidades. Son los trabajadores, informados a tiempo de los problemas, quienes deben fijar las prioridades y resolver qué hacer ante cada situación, como el problema alimentario, que exige concentrar de inmediato los esfuerzos y los medios técnicos y financieros.


Para eso deberán sacarse de encima el paternalismo de una burocracia con mentalidad capitalista. El aparato burocrático sindical, que debería defenderlos y proponer planes, les comunicó en cambio la decisión del gobierno de dejar sin trabajo, de golpe, a uno de cada cinco cubanos y con eso perdió la poca credibilidad que le quedaba. También aprobó sin más la nueva ley de inversiones, que no tiene en cuenta a las microempresas y cooperativas mediante las cuales los desocupados tratan de ganarse la vida. Asumiendo su propio destino en las manos, los trabajadores despertarían nuevas energías entre los revolucionarios aún presentes en el Partido Comunista, en los aparatos y centros culturales, y reconquistarían la parte de la juventud que ha perdido sus esperanzas. También podrán renovar el apoyo a la revolución cubana de los años 60-70 en América Latina, antes de la burocratización de la misma, y darán un ejemplo a sus hermanos chinos y europeos. El héroe mítico Anteo, cuando se sentía perdido, renovaba su contacto con la madre tierra. Los trabajadores de Cuba pueden, como él, volver a pisar el terreno firme de la revolución.

 

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  • Autor Guillermo Almeyra
  • País Cuba
  • Región El Caribe
  • Fuente La Jornada
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Jueves, 15 de Mayo de 2014 05:47

"Hay una crisis de representación"

Luce como si no hubiera dormido en toda la noche, pero su disposición a conversar es inquebrantable. Después de ultimar detalles con su asistente sobre un encuentro diplomático que mantendrá al finalizar esta entrevista, Ignacio Cano, profesor y coordinador del Laboratorio de Análisis de la Violencia de la Universidad del Estado de Río de Janeiro, dialoga con Página/12, en el lobby de un hotel cuatro estrellas, sobre el surgimiento de las milicias y de las Unidades de Policía Pacificadora (UPP) en la ciudad carioca, las protestas del año pasado en Brasil y la política de seguridad del gobierno de Dilma Rousseff a un mes del Mundial de Fútbol. El sociólogo español pasó fugazmente por Buenos Aires para participar de la Reunión Regional de Expertos sobre Seguridad y Uso de la Fuerza por parte de las Fuerzas Policiales, organizada por el Centro de Estudios Legales y Sociales y la Academia de Derecho Internacional Humanitario y Derechos Humanos de Ginebra. "El nudo gordiano del problema brasileño es la desigualdad y la violencia. En ese sentido, la trayectoria de los últimos diez años ha sido positiva, pero todavía estamos muy lejos del ideal", dispara.


En el segundo lustro de 2000, un fenómeno acaparó la atención de la prensa carioca: las milicias. Para el sociólogo de la Universidad Complutense de Madrid, este actor social surge como tentativa de relegitimación de procesos de dominación preexistentes. Miembros de la policía militar, de la policía civil, agentes penitenciarios, bomberos y fusileros navales –en actividad y retirados– forman estos cuerpos paraestatales que, además de apegarse al clientelismo tradicional, apelan a la coacción armada. Las milicias crecen por lo general en áreas pobres, abandonadas por el Estado, con un férreo control territorial. Cano aporta algunas claves sobre su financiamiento. "En muchos casos, los propios policías, corrompidos por el narcotráfico, llegan a la conclusión de que sacan más dinero, en función del debilitamiento del menudeo del narcotráfico, vendiendo servicios a la comunidad y controlando transacciones comerciales, que comercializando drogas o recibiendo una parte de su venta. Primero piden tasas de protección; más tarde controlarán la renta del agua, la venta de gas, el transporte clandestino,

Internet, la televisión por cable y las transacciones inmobiliarias del vecindario. El líder miliciano no sólo atrae centros comunitarios o consigue fondos para la comunidad. También paga entierros, fiestas o juguetes para los niños en Navidad. A diferencia del narcotráfico, que asume su papel marginal, estigmatizado y perverso en la sociedad, las milicias –advierte Cano– llegan con un discurso liberador, como si se tratase de una cruzada contra el narcotráfico. En la construcción de ese liderazgo buscan obediencia y que los elijan como referentes territoriales a cambio de resolver la vida de los habitantes de las favelas." A este modelo que gira alrededor del jefe local, quien ostenta un dominio total sobre la vida cotidiana de las personas, Cano lo llama "neofeudalismo". Ante un conflicto con el vecino o una mujer golpeada por su marido es el jefe de la milicia, del narcotráfico o del grupo de exterminio quien dirime la controversia.


Los policías que forman los grupos de exterminio dominan el territorio ejecutando a "indeseables" y vendiendo sus servicios de "limpieza social" a comerciantes o líderes políticos. Pero no controlan el acceso a espacios públicos permanentemente como ocurre con el narcotráfico o la milicia. "Nunca tienen a alguien en el ingreso a la favela preguntando a qué va. Son muchos más discretos. De noche matan a quien les parece que tienen que matar", apunta Cano. Más allá de la disputa territorial, en algunos casos, se dan pequeñas asociaciones o las milicias permiten que los narcotraficantes comercien drogas a cambio de dinero. En ocasiones, las comunidades se venden entre estos grupos armados.


Desde el punto de vista de la seguridad pública, el desafío, según Cano, pasa por convencer a la policía y a los operadores del narcotráfico de que esa estructura de violencia es una desgracia para todos. "El narcotráfico tiene que evolucionar hacia un modelo de delivery, con reducción de sus costos, inversión, sin utilizar armamento de gran calibre y sin control territorial; la policía debe volcarse hacia la protección de la comunidad, con disminución de la violencia y no de victoria sobre el narcotráfico, que es imposible", señala el docente de la Universidad de Río de Janeiro. "Pretender acabar con el narcotráfico es colocarse una meta inalcanzable", sentencia.


–Entonces, ¿cómo se explica la inversión en tecnología y armamento para combatirlo?


–La criminalización del narcotráfico nos ha traído en América latina costos elevadísimos en términos de violencia y corrupción. La derecha tradicional se resiste a revisar ese modelo, pero hoy vemos que países como Uruguay, Colombia y Guatemala empiezan a cuestionarlo.
Según Cano, el modelo de intervención tradicional de la policía entrando, disparando, matando y saliendo de los barrios es una estrategia de combate de la droga sin impacto a mediano y largo plazo. "Muchas veces policías corruptos entraban a la favela para enviarle una señal al narcotráfico: me pagás más o vas a acabar como el último que matamos porque no pagaba suficiente", dice. En 2008, la Secretaría de Seguridad del gobierno carioca creó las Unidades de Policía Pacificadora (UPP) para romper ese ciclo extorsivo. Se instalaron en la comunidad de Doña Marta. Su propuesta: retomar los territorios dominados por el crimen organizado, a través de una patrulla ciudadana, para establecer el Estado democrático de derecho.


Hoy, 37 UPP controlan al menos 60 favelas de los centenares que salpican la geografía sinuosa de Río de Janeiro. Si bien fue pensada como una policía con permanencia en los barrios, la venta de droga continuó, pero sin un dominio territorial tan claro de grupos armados. "Aunque han sido la vitrina principal de las políticas de seguridad, el gobierno no las ubicó en las localidades más violentas, que se encuentran en el oeste de la ciudad y en el conurbano", afirma Cano

.
–¿Las UPP son un modelo exportable a otros países?


–Sólo puede replicarse en situaciones con altos niveles de violencia letal y control territorial de grupos armados ilegales. Además es muy costoso. Hay que multiplicar por ocho o por nueve la tasa de saturación policial. La razón de policía por habitante en Río, para el conjunto del Estado, es de 2,3 policías militares cada mil habitantes. En las áreas de UPP hablamos de 18 policías cada mil habitantes.
–¿Argentina entra en ese esquema de violencia que demanda intervención de las UPP?

–Puede ser que en algún barrio de alguna ciudad se den esas situaciones. Pero Argentina aún no vive el escenario que atraviesan las metrópolis de Brasil. Y esperemos que nunca llegue a eso. Como política para su país no me parece.


–¿Cómo analiza la posición del gobierno brasileño sobre las manifestaciones?


–El gobierno tiene estrategias contradictorias. Por un lado reconoció que las manifestaciones fueron importantes para la democracia y se expresó en contra de la violencia. Por otra parte, hay sectores del gobierno, también de la oposición, que proponen una ley antiterrorista para contener a los manifestantes. En algunos estados ha habido una cooperación activa entre fiscales, policías y gobierno para acusar a manifestantes de pertenecer a bandas armadas. En Minas Gerais, la Justicia utilizó la figura penal de crimen de milicia. En Río, el año pasado hubo detenciones nocturnas donde incautaron libros de Mijail Bakunin. El gobierno está muy preocupado por la posibilidad de motines en las cárceles y de manifestaciones cerca de los estadios. Hay insatisfacción y desajuste entre la visión de un Brasil que, según The Economist, estaba despegando como un cohete y la calidad de vida en casa.


–¿Es un descontento dirigido a los gobiernos estaduales o al gobierno federal?


–Es una insatisfacción con el modelo político. Hay crisis de representación. Dilma continúa siendo favorita porque el resto de la clase política también se ha desgastado. En Manaos están construyendo un estadio para 40 mil personas. La asistencia de público para ver un domingo al equipo local es de 5 mil personas. ¿Quién se beneficia? Las elites asociadas al proyecto del Mundial. Eso genera mucho disgusto. Lo que pase depende mucho de Felipao y Neymar. Si el equipo nacional es eliminado rápido, es probable que esa insatisfacción sea canalizada hacia protestas mucho más amplias.

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  • Antetítulo IGNACIO CANO, EXPERTO EN TEMAS DE VIOLENCIA DE LA UNIVERSIDAD DEL ESTADO DE RIO DE JANEIRO
  • Autor Adrián Pérez
  • País
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  • Fuente Página12
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