La experiencia de Syriza pesa en la conciencia colectiva de la izquierda europea. Es importante que aprendamos de esta experiencia y resurjamos más unidos, progresistas y eficaces en la tan apremiante como necesaria consecución de una agenda paneuropea humanista.

 

En enero de 2015 fuimos elegidos para enfrentarnos al catastrófico «programa» griego de la troika y, al hacerlo, reiniciar Europa. Pocos meses después, nuestro Gobierno fue derrotado y peor aún, Syriza fue dividida en tres grupos: aquellos que permanecieron en el Gobierno, junto a Alexis Tsipras; aquellos de nosotros que permanecimos políticamente activos, pero que dejamos Syriza; y un grupo más grande, gravemente herido, que se fue a casa demasiado decaído para seguir luchando.

 

No es la primera vez que la derrota de la izquierda causa escisiones, divisiones y tristeza, incluso conflictos fratricidas. Hay dos maneras de evitar esto. Una es ganar, y, por consiguiente, evitar las repercusiones de la derrota. Sin embargo, aunque tengamos que hacer lo necesario para ganar, es imperativo que sepamos cómo evitar una guerra civil en la secuela de las batallas perdidas.

 

Más adelante volveré sobre lo que necesitamos hacer para ganar, pero en primer lugar siento la necesidad de compartir algunas de las lecciones, arrepentimientos y orígenes de la derrota de Syriza del último verano.

 

En la noche del referéndum del 5 de julio de 2015, Alexis Tsipras y yo discrepamos sobre lo que debíamos hacer. ¿Debíamos interpretar el 62% de votos a favor del OXI (no) como el coraje para llevar nuestro enfrentamiento con la troika aún más lejos? ¿O debía el primer ministro, en cambio, forjar una alianza con la oposición protroika para rendirnos a las demandas de los acreedores?

 

Existían poderosos argumentos en ambas partes, pero este no es el lugar para relatarlos. Claramente discrepamos y, como resultado, decidí abandonar el Gobierno, incapaz de apoyar la decisión del primer ministro. Sin embargo, en ese momento, mi mayor preocupación fue evitar que dicho desacuerdo fragmentara a nuestro partido y dividiera a nuestra gente.

 

Para prevenir que el desacuerdo se tradujera en una división, presenté la siguiente propuesta: que ambas partes del debate reconocieran que la otra parte contaba con razones de peso a su favor. Que reconociéramos que se trataba de una decisión verdaderamente difícil (tanto para Alexis como para mí), lo que, por definición, significaba que nuestras decisiones opuestas eran igualmente bien intencionadas, igualmente defendibles e igualmente de izquierdas. De esta manera, pronuncié un discurso en el Parlamento implorando a todos nuestros diputados en la Cámara y a sus simpatizantes fuera de ella para respetarnos los unos a los otros (aceptando que cada bando tenía sus razones) y que éramos compañeros que simplemente discrepaban.

 

Mi exposición, inicialmente, pareció encontrar suelo firme. Mi sucesor en el Ministerio de Finanzas, Euclid Tsakalotos, usó la misma línea de argumentación tanto en el Parlamento como dentro del partido. Cuando menos, nuestro discurso pretendía mantener al partido unido a pesar del fuerte desacuerdo en nuestra actitud hacia la troika y la oposición estaba frustrada por: (A), la decisión de la dirección de expulsar de Syriza a cualquiera que votara a favor del nuevo memorando y (B) la decisión de muchos compañeros de formar el partido Unidad Popular en oposición a Syriza.

 

A pesar del fracaso de nuestro discurso unificador, que llevó a Syriza a una división en tres partes, todavía creo que el mismo tiene mucho valor para la izquierda, tanto dentro como fuera de Grecia. Sigo convencido de que la izquierda debe aprender a preservar la unidad a pesar de un fuerte desacuerdo interno en cuanto a lo que su Gobierno debe o no debe de hacer. Ningún sector del partido debe nunca imponer su punto de vista al otro con la amenaza de una expulsión. Y ningún sector debe poner como condición a su participación en la coalición, que sus opiniones prevalezcan sobre aquellos que discrepan.

 

Volviendo ahora la cuestión de cómo evitar la derrota, la experiencia de Syriza muestra lo crucial que es que la dirección y el partido acuerden de antemano dónde están las líneas rojas colectivas. Cuando me uní a Alexis Tsipras y a Syriza pensé que teníamos un entendimiento sobre tres de esas líneas rojas, los tres requisitos mínimos para permanecer en el gobierno:

 

.Lograr una importante reestructuración de la deuda.

.Contener la austeridad (es decir, reducción en el objetivo principal de superávit al 1,5% del PIB)

.Recuperar la soberanía nacional sobre las privatizaciones.

 

También teníamos un acuerdo para imponer una quita a los bonos del Gobierno griego en manos del Banco Central Europeo si éste cerraba nuestros bancos para forzarnos a ir más allá de nuestras tres líneas rojas. Y que, si ocurría lo peor de lo peor, dimitiríamos antes que cruzarlas. Claramente me equivocaba, mientras la troika estaba en lo cierto: aquellas tres líneas rojas no eran «reales».

 

Pese a lo que publicaron algunos medios, estos desacuerdos en ningún caso me llevaron a alimentar divisiones. No apoyé a la escisión de Syriza en las elecciones en Grecia porque si bien sabía que eso les llevaría al parlamento, también era consciente de que pondría en peligro la mayoría de Tsipras. Siempre he pensado que las divisiones no son el camino y en las elecciones es donde más se evidencia ese error.

 

Mirando hacia el futuro, hacia las elecciones generales españolas del próximo 26 de junio, es crucial que Unidos Podemos no cometa el mismo error respecto de la troika. Que su dirección trabaje plenamente sobre cuáles son sus líneas rojas. Y que le diga al electorado español cuáles son, atándose a ellas como Ulises se ató al mástil del navío para prevenir que fuera encandilado por el canto de las sirenas. Por encima de todo, Unidos Podemos debe señalar a los posibles socios de coalición, y al Eurogrupo, que estas líneas rojas no son negociables. Todo lo demás lo es, pero no las líneas rojas aceptadas en común (sean las que Unidos Podemos decida que sean).

 

El pasado año en Grecia estuvimos en lo cierto al proclamar que «la esperanza se acercaba». Este año en España, la izquierda acertará si puede pasar de «Podemos» a «Hagámoslo» unidos. Lo que ahora deben hacer es explicar claramente qué es ese «lo», comprometerse a respetar las líneas rojas comunes de la coalición hasta el final y, pase lo que pase, procurar que sus filas permanezcan unidas, incluso cuando los desacuerdos internos sean fuertes.

 

*Economista y exministro de Finanzas de Grecia

Publicado en Política
Lunes, 06 Junio 2016 09:00

“No hay partidos estructurados”

 

Grompone sostiene que existe una crisis muy profunda de la clase política peruana. Y que Kuczynski, virtual ganador, tendrá dificultades para gobernar sin mayoría en el Congreso. Por eso, el economista deberá llegar a ciertos acuerdos con el fujimorismo.

 


Desde Lima

 

Romeo Grompone, sociólogo e investigador principal del Instituto de Estudios Peruanos (IEP), analiza el país que recibirá el nuevo gobierno electo ayer y los retos que deberá enfrentar la presidencia del economista neoliberal Pedro Pablo Kuczynski, quien, si se confirma el conteo rápido, asumirá el cargo en julio sin mayoría en un Congreso que estará controlado por el fujimorismo.

 

–¿Cuál es el país que va a encontrar el nuevo gobierno?

 

–Lo que caracteriza al Perú desde el año 92 es la continuidad de una política económica basada en el ciclo favorable de las exportaciones de materias primas, especialmente minerales en el caso del Perú, ciclo que aquí ha durado más tiempo que en otros países. Este ciclo favorable ha traído un crecimiento económico, una reducción de la pobreza, cierto equilibrio fiscal y un fondo de estabilización fiscal, que dan una relativa seguridad.

 

–Pero el país ya enfrenta una desaceleración económica.

 

–Hay una desaceleración económica, efectivamente, pero controlable.

 

–¿Y en lo político y social cuál es el escenario?

 

–El escenario peruano es muy complicado. Hay una crisis muy profunda de la clase política, no hay partidos políticos estructurados. El Perú aparece en el Latinobarómetro como uno de los países que más desconfía de las instituciones democráticas, de los partidos políticos y del Poder Judicial. Hay un escenario sin partidos políticos establecidos, con una izquierda en construcción que no se sabe si se va a consolidar para convertirse en una alternativa política o si va a caer en la dispersión, liderazgos sociales también en construcción, una oposición social que probablemente no tenga niveles de articulación, sino que sean protestas localizadas en algunas zonas del país y que no logren una unidad en el aspecto político. Eso es lo que ha pasado en los últimos años. Creo que eso va a continuar, salvo que se afirmen nuevos liderazgos sociales que se articulen con expresiones políticas. Eso dependerá en buena parte en la capacidad de articulación que tenga la izquierda, que tiene un liderazgo renovado que es auspicioso pero cuya capacidad tendrá que probarse.

 

–¿Por lo que decía antes, estamos en una democracia sin partidos políticos?

 

–Así es, estamos en un país sin partidos políticos reales. Lo que pude ser un atisbo de un partido estructurado es el fujimorismo.

 

–¿Y la agrupación política de Kuczynski?

 

–Es una agrupación construida en base a un tecnócrata reconocido, como es Kuczynski, que ha juntado equipos que forman parte de una élite tecnocrática, pero no tiene una estructura partidaria.

 

–¿Cómo ve el gobierno de Kuczynski, que en primera vuelta tuvo un bajo respaldo en el interior del país y en las clases populares y que al parecer ha ganado esta segunda vuelta no por un respaldo propio sino por el apoyo de quienes rechazan al fujimorismo y votaron por él como el mal menor, y que será minoría en un Congreso dominando por el fujimorismo, donde el oficialismo será la tercera fuerza, con menos representantes que la izquierda?

 

–El escenario de su gobierno es muy difícil, muy complejo. Tendrá dificultades para gobernar sin mayoría en el Congreso. Tiene que hacer una convocatoria amplia. Para gobernar inevitablemente tendrá que llegar a ciertos acuerdos con Keiko Fujimori, que tiene 73 congresistas de 130. En materia de políticas económicas no hay diferencias sustantivas entre los planes de Kuczynski y del fujimorismo. En eso creo que ambos se pueden entender en el Congreso. Durante un tiempo probablemente haya una política relativamente al margen de la ortodoxia económica, y después el gobierno va a recurrir a los mismos tecnócratas neoliberales que desde el año 92 dirigen el país.

 

–¿Y en términos políticos cómo cree que se mueva el próximo gobierno? ¿Se acercará al fujimorismo o se correrá al centro para buscar otras alianzas?

 

–Si en lo económico el gobierno de Kuczynski se puede entender con el partido de Keiko Fujimori, su problema con el fujimorismo se dará cuando vengan confrontaciones en otros temas, como, por ejemplo, la lucha contra la corrupción. En términos políticos, lo que puede ocurrir es que Kuczynski o hace un acuerdo con Keiko Fujimori, lo que no me parece inminente, o se va a tratar de correr de la derecha hacia el centro político con un discurso social. Lo segundo me parece más probable.

 

–¿Cree posible un acercamiento del gobierno de Kuczynski con el Frente Amplio de izquierda, que lo apoyó en la segunda vuelta, aunque marcando claras distancias de sus propuestas neoliberales?

 

–Un tema central que levanta el Frente Amplio, como el cambio de la Constitución fujimorista de 1993, no es algo que es recogido por Kuczynski, que no comparte esa posición. Los beneficios económicos que esa Constitución le da a las empresas, como el hecho que los contratos celebrados con empresas extranjeras tienen fuerza de ley y no pueden ser modificados, es algo que es sustancial a la política de Kuczynski. En ese tipo de cosas no habrá acuerdo de Kuczynski con la izquierda. Puede haber acuerdos en otros temas, como una ley para modificar la forma en la que se elige a los jueces, la lucha contra la corrupción, pero en lo que tiene que ver con la base de la Constitución no habrá acuerdo para modificarla.

 

–¿Sin mayoría parlamentaria, el gobierno de Kuczynski corre el riesgo de la inestabilidad?

 

–Creo que habría un primer tiempo de relativa estabilidad. Puede darse, efectivamente, una inestabilidad por no poder hacer las cosas si se encuentra con una oposición radical del fujimorismo, que controlará el Congreso.

 

–¿Cuál será la política internacional del nuevo gobierno?

 

–Va a tener una política internacional cercana e integrada al bloque del Pacífico y a los Estados Unidos, y menos proclive a bloques regionales como Unasur.

 

 

 

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La huelga en las refinerías y las trabas a la distribución de combustible obligó al Estado a utilizar sus reservas estratégicas al tiempo que, de forma inesperada, la CGT lanzó un amplio movimiento de huelga en las centrales nucleares.

 


Las protestas contra la reforma de la ley laboral desembocaron en Francia en una crisis mayor que supera en mucho las manifestaciones que se vienen llevando a cabo desde el pasado 31 de marzo e, incluso, el nacimiento del movimiento de ocupación de las plazas NuitDebout. La huelga en las refinerías y las trabas a la distribución de combustible obligó al Estado a utilizar sus reservas estratégicas al tiempo que, de manera inesperada, la CGT lanzó un amplio movimiento de huelga en las centrales nucleares. Según Alain Vidalies, Secretario de Estado para los transportes, poco más de 20% de las estaciones de servicio de Francia tienen dificultades para abastecerse. Además de la distribución de carburante y la energía nuclear, los ferrocarriles, la aviación civil, el personal portuario y los conductores de camiones se sumarán en los próximos días a esta ola de huelgas convocada principalmente por la CGT y a la cual se han asociado otros sindicatos potentes.

 

La trama de la impugnación de la reforma de una ley que modifica algunos puntos hasta ahora intocables del mundo laboral se complicó cuando la misma CGT anunció que al menos 16 centrales nucleares de las 19 que hay en Francia habían votado a favor de una huelga que comenzará hoy 26 de mayo. La central sindical llamó a un movimiento de acción “lo más fuerte posible”.

 

Desde el pasado martes ya se advirtieron focos de paro en varias centrales que dejaron sin luz a tres zonas del país. El primer ministro francés, Manuel Valls, denunció en la Asamblea Nacional estos llamados a la huelga como “chantajes” y dijo que no era la CGT quien “establece las leyes en Francia”. Gobierno y sindicatos juegan en este conflicto su propia partida. Con la reforma de la ley laboral, el Ejecutivo zanja el antagonismo entre las dos izquierdas que acompañó todo el mandato del socialista François Hollande. Entre la llamada izquierda social y la izquierda reformista liberal, el jefe del Estado y su primer ministro optaron por la segunda. A su vez, los sindicatos, en plena crisis de representatividad y con un pasivo de militantes cada vez más elocuente, se meten en la pelea para demostrar que siguen vivos y con un fuerte poder de movilización.

 

Como lo resalta en un editorial el semanario de centro izquierda Le Nouvel Observateur, “la tasa de adhesión sindical en Francia es una de las más débiles de Europa y el patronato local sigue siendo sin dudas uno de los más arcaicos”. El Ejecutivo navega entre la debilidad de ambos y inserta su reforma en ese contexto. El mundo sindical percibe sin embargo una oportunidad de llevar la bandera opositora detrás de la cual buena parte de la sociedad cierra filas. Un sondeo realizado por la consultora Elabe indica que 69 por ciento de los franceses se pronuncia por un retiro de la reforma laboral para evitar así “un bloqueo de todo el país”. La misma encuesta aporta además un dato que los sindicatos han leído con mucha atención:59% de los franceses designan a François Hollande y a Manuel Valls como “los principales responsables de las tensiones” debido a que “rehúsan introducir nueva modificaciones al proyecto de ley”. Esta, sin embargo, ya fue aprobada de forma expeditiva por el jefe del Ejecutivo. Valls recurrió al artículo 49.3 que le permite hacer pasar una ley por decreto, es decir, sin debate parlamentario. La división en el seno de los Diputados socialistas es tal que era muy probable que la reforma de la ley no obtuviera la mayoría. De ser haber sido así, el gobierno hubiese quedado en minoría. Valls evitó la caída pero no acalló las discordias que, cuando falta un año para las elecciones presidenciales de 2017, han desfigurado a la izquierda francesa. Entre reformistas que se autocalifican de modernos y socialistas tratados por los primeros de vivir en un museo del pasado, las relaciones se han empañado.

 

Ahora, el conflicto ha pasado a mayores. La CGT y el otro sindicato importante que respalda las huelgas, Fuerza Obrera, afirman al unísono que no tienen la más mínima intención de “detener” el movimiento. En cuanto a Philippe Martinez, el secretario general de la CGT, éste promete que “irán hasta el final, y sin límites”, es decir, hasta que el Ejecutivo retire o modifique substancialmente la reforma laboral.

 

Lo cierto es que la nueva batalla entre el gobierno y los sindicatos empieza a amenazar a los sectores claves de la economía. Dos terceras partes de las poco más de 12.000 estaciones de servicio con que cuenta el país atraviesa serios problemas de suministro. El hecho de que la CGT haya logrado implicar en las protestas al personal de las centrales nucleares es tanto más decisivo cuanto que la energía nuclear cubre el 75% de las necesidades eléctricas de Francia. De las 12.000 estaciones de servicio, 4.000 han visto su aprovisionamiento perturbado y han decidido limitar la venta de combustible a 20 litros por vehículo. Hay que remontar a la reforma del sistema de jubilaciones de Francia decidida por el entonces presidente Nicolas Sarkozy (2207-2012) para encontrar una crisis semejante y, sobre todo, el hecho de que se hayan tenido que tocar las reservas estratégicas del país para cubrir las necesidades vitales. Tal y como lo hubiese hecho la derecha, Valls calificó de “ilegales” las trabas a la distribución de combustible y los paros en las refinerías. El primer ministro advirtió que el Estado actuaría con “firmeza” para estabilizar la situación. El anuncio y las medidas de fuerzas decididas para levantar las barreras en cerca de 19 refinerías y depósitos han tenido el efecto contrario. La respuesta sindical fue una insurrección aún mayor, con más problemas en la distribución. El cuadro llegó a tal extremo que las distintas patronales de Francia se dirigieron al gobierno advirtiéndole que se está llegando a un extremo inadmisible y que ya hay varias fábricas que, por falta de combustible, están “viendo su existencia amenazada”. La confrontación social ingresó en una zona muy densa. Ante un gobierno que repite que no cambiará la ley, la acción sindical hizo pasar el antagonismo desde la calle, o sea, las manifestaciones y las acciones testimoniales, a golpear con fuerza el corazón de la economía.

 

 

 

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Lunes, 16 Mayo 2016 07:25

Movimientos ¿en movimiento?

¿Cómo entender lo que se denomina como movimientos? Sean regionales, vecinales, gremiales, autonómicos, campesinos, indígenas, de género; sean contra desalojos urbanos, despojo de tierras por compra obligada o decreto; por desastres inducidos o naturales, desarrollos mineros, inmobiliarios, turísticos; de rechazo a cultivos Frankenstein, leyes y reglamentos lesivos para los de abajo (y hasta los de en medio), tratados secretos con el capitalismo foráneo (como lo llamaba el Che Guevara); en favor de la libertad de expresión, tránsito, siembra de semillas propias.

 

Desde la experiencia latinoamericana, implican un estar-fuera-del-Estado, de los mecanismos de control, cooptación y castigo; no ser partidistas, o serlo de manera secundaria, autónoma de la nube electoral. ¿Cómo podrían asociarse con gobiernos, incluso los que diciéndose progresistas (y siéndolo, comparados con los reaccionarios y autoritarios) que siguen la corriente mundial del supra-gobierno financiero, ideológico y militar que ejerce el neoliberalismo; resultan presa fácil de una derecha que saca raja de sus desprestigios y cuenta con mayor margen para el cinismo.

 

Los movimientos, en particular los de matriz indígena, poseen arraigo territorial, de identidad o lengua, de interés comunitario. Su meta es defender la vida, lo bueno posible en los lugares que habitan ancestralmente o por recuperación legítima.

 

Raúl Zibechi observa y analiza de cerca la dinámica de los movimientos sociales en América Latina. Además de reportajes y artículos, publica con propositiva constancia libros sobre Brasil, Bolivia y otros países, conoce a fondo el zapatismo mexicano y se involucra en las protestas y acciones populares de su país, Uruguay, y otras naciones del área. Recientemente publicó Cambiar el mundo desde arriba: los límites del progresismo (Desdeabajo, Bogotá, 2016), en colaboración con Decio Machado. Entrevistado en el País Vasco, Zibechi reiteró su crítica al progresismo sudamericano en términos que irritan a los seguidores de los gobiernos de izquierda, aunque la evolución (involución) de estos le conceda razón.

 

Sopesa los errores de estas experiencias, en Brasil por ejemplo: No tocar al 10 por ciento de poderosos que concentran la mayoría de riqueza; no hacer reformas estructurales y perpetuar el modelo extractivo. Nos hemos dado cuenta tarde de qué supone el modelo. En un principio sólo fuimos capaces de ver sus negativos efectos medioambientales y para la salud humana. Además, el extractivismo es una cultura, genera una situación dramática: una parte de la población sobra porque no está en la producción. Se crea así un campo sin campesinos. El monocultivo y la megaminería apenas generan empleo. “También tenemos un extractivismo urbano: ciudades donde los pobres son llevados cada vez más lejos, y si esto funcionara a tope –lo que pasa es que hay resistencias– hoy las villas ya no existirían”.

 

El modelo extractivo genera una sociedad sin sujetos con su modelo de tierra arrasada. Los movimientos que surgen lo van a hacer en los márgenes de la producción capitalista. Es difícil organizar a la gente que está por fuera de. Eso nos coloca en una situación compleja que nos está llevando a la necesidad de organizar a la gente en las peores condiciones, sin vinculación con la producción, donde hay una degradación de la trama social, otra de las consecuencias nefastas del modelo extractivo. No cuesta mucho encontrar políticas económicas claramente reaccionarias en la agenda posneoliberal de los llamados gobiernos progresistas. Cita Brasil de nuevo: los grandes bancos están obteniendo las mayores ganancias de su historia, mientras se fomenta el consumo como forma de integración despolitiza los sectores populares. Ese era, tal vez, el objetivo del gobierno de Lula, que pretendió contentar a los de abajo y también a los de arriba, buscando evitar el conflicto social.

 

A fin de cuentas, la crisis de los gobiernos progresistas se debe a la incapacidad de salir del modelo extractivo, que es un modelo de sociedad, como lo fue la industrial: las relaciones sociales, la cultura, la vida; un modelo de muerte que margina a 30 o 40 por ciento de la población, la condena a permanecer en sus periferias, recibir políticas sociales y no poder organizarse, ya que cuando se mueve un poquito, cuando sale de sus barrios, es criminalizada. Zibechi propone repensar para denunciarlo y discutir políticamente al modelo que caducó. Con gobiernos de izquierda y de derecha, el modelo se mantiene.

 

En lo inmediato, su pronóstico es negativo: van a gobernar las derechas. A mediano plazo, para que la correlación de fuerzas cambie, habrá que ver qué hacen los movimientos sociales. Creo que en un plazo relativamente breve van a volver a la ofensiva, y una de las tareas centrales, si se quiere llegar al gobierno, será discutir con qué programa, qué realizaciones tendrán lugar, cuáles van a ser los aliados.

 

 

 

Publicado en Política
Domingo, 15 Mayo 2016 07:39

El drama de las izquierdas

No hay duda que hay un lenguaje de las izquierdas, que cualquier ciudadano puede entender de primera mano. A pesar del modo intercambiable en que procede hoy la lengua política, todavía pueden reconocerse que son de “izquierda” palabras como clase obrera, plusvalía, hegemonía, proletariado o igualdad. La propia denominación de izquierda tiene orígenes remotos, obviamente ligados al teatro parlamentario, pero específicamente a la arquitectónica de un lugar, a formas de ubicación en un recinto o escenario. La tradición de darle distintas significaciones a las manos, permiten suponer que la expresión “izquierda” también alude a distintas posibilidades de los distintos miembros del cuerpo humano. No faltan quienes señalan que la palabra “mano áspera” interviene en el nunca bien esclarecido nacimiento de la palabra izquierda. En la historia del parlamentarismo moderno el hemistiquio izquierdo es donde podían sentarse los representantes de una ideología más “avanzada”. Es interesante la asociación entre una denominación ideológica y la forma de agruparse en un determinado espacio. La “montaña” y el “llano” son otras tantas expresiones espaciales de la política que nos son familiares. El interés aumenta cuando, a la inversa, las metáforas espaciales acompañan la dicción política: “espacio político”, “escaló posiciones”, “caminar la provincia”, “tercera posición”, y tantas otras, de las más variadas, con el agregado que la ahora usual locución “posicionamiento” alude al acto residual de ocupar un espacio con una intervención rasa, despojada de densidad histórica. Algunos de estos usos lingüísticos acaban empobreciendo a la política, aunque esa es otra historia.


Lo que nos interesa en esta nota son cuestiones más actuales y menos etimológicas, pero para las cuales, la etimología nos propone su conocidos toques de ambigüedad. De ahí que en cierto momento, personas que valoran a las izquierdas pero no se sienten enteramente cómodas si solo eso se dijera de ellas, pero también si son desconocidas en ese carácter, protestan de que son “corridos por izquierda” o dicen que “a la izquierda nuestro solo está la pared”. En la historia de las izquierdas del siglo anterior, está enclavado este dilema, que comienza preguntando cuál es el “más allá” y “más acá” de la izquierdas. Es conocida en la tradición de las izquierdas la existencia de una veta crítica hacia el “izquierdismo” cuando traduce ciertas formas de “infantilismo”. Sin dejar de ser extraño, es aceptable que lo que durante dos siglos se tornó un complejo cuerpo de ideas entrelazadas, acepte una distinción entre madurez e inmadurez. Es conocida la trayectoria de la socialdemocracia alemana -el partido fundado por Engels, su prosapia es indiscutible- que por obra de Bernstein y Kaustky, al adquirir un plan de absorción de la democracia parlamentaria, terminó extirpando su vibración interna (la mano áspera, la negatividad de la historia diría Marx) o la acabó convirtiendo en un mero ritual. Los “socialismos” actuales, que aún se llaman así, muestran el equívoco panorama de un nombre que no corresponde con su real adscripción a las formas más tenues y chanflonas del liberalismo. ¿Es así que procede la historia de las izquierdas, debilitando su raíz para popularizarla y multiplicarla, al precio de que se convierta al cabo de un ciclo histórico en un nombre deshabitado, marcado solo por un ritual conmemorativo, para prácticas que ya se impregnaron de todo lo que antes reprobaban?
No nos parece. Es que la historia del “ser de izquierda” terminó siendo más versátil que la palabra socialismo, que primero aceptó la compañía de la utopía, luego de la ciencia, luego del positivismo, luego de la democracia, luego de la nación, y luego del vacío de ideas. Cumplió con su itinerario circular perfecto, sin que haya que descartar que algún inesperado marasmo de la historia vuelva a convocarla con sus grandes memorias adormecidas. No es así con la izquierda porque a ella siempre la encontramos ante dos actitudes: la que la retiene en su venerable fijeza y en la que busca su expansión invadiendo “cuestiones”, “problemas” que la adentran en la maleza de las sociedades, con actos frentistas, alianzas amplias o confederaciones de urgencia –lo que sea– que la ponen como un hilo reversible y en constante disputa con su cordel paralelo, el populismo. Dedicaremos las líneas que siguen a este último tipo de izquierda, la que rechaza adoptar los temas de la custodia de la “moral media de las masas” y como es lógico, no acepta sustituir los temas emancipatorios por los temas de una “teología del mal”, el excipiente comunicacional propio de los flujos de control que el Capital destina a las poblaciones. Es decir, no sustituir el análisis de la reproducción global del neocapitalismo a través de su creciente ilegalidad de procedimientos, por los temas de la teología comunicacional-jurídica-financiera dominante. ¿Cómo tomar entonces las grandes convulsiones que desequilibran incesantemente las sociedades contemporáneas según una lucha por los derechos, por el dominio de la palabra pública y por una protección del trabajo real, encarada por movimientos populares trascendentes pero imperfectos, que reclaman producir los efectos de una izquierda sin serlo ellos mismos? ¿Y qué hace en esos casos la práctica militante que adhiere su identidad al nombre de las izquierdas?


La izquierda más ensimismada en su canon (y es comprensible que sea así, pues una de las posibilidades de definir la izquierda es la fidelidad a su canon ya textualizado) considerará que en esa lucha “todos son iguales”. Esto no puede ser juzgado desde los contendientes que están en la primer escena (por ejemplo, en el teatro del golpe brasileño, están Dilma y los poderes comunicacionales-empresariales, que no piensan de sí mismo que “son iguales”, puesto que la lucha es categórica) y por lo tanto le asiste a la izquierda de canon más puritano, el derecho de no intentar laudar ni considerar la diferencia. Lo interesante es que a lo largo de la historia mundial y latinoamericana, las más incisivas izquierdas se propusieron intervenir de distintas maneras en las hendiduras sociales que se producían en la historia visible, inmediata y fenoménica de las sociedades. Tomaban entonces diversos riesgos, según las porciones que decidiesen aceptar como cercanas en la interpretación del conflicto supremo, en la magna convulsión “de la que todos hablan”, la que segmenta a la sociedad en un presente absoluto. Ese riesgo está en proporción a lo que cada izquierda esté dispuesta a ceder de su identidad más canónica. Es el típico problema que trató la Internacional de Zimmewald, donde una minoría de la socialdemocracia europea –entre ellos Lenin y Trotsky–, rechazaron la guerra del 14 (y el riesgo de que las clases obreras nacionales la aceptaran bajo consignas nacionalistas) en vista de posibles procesos revolucionarios, contracara de la guerra. Pero esta era una situación extrema. Luego las izquierdas se vieron ante “cuestiones nacionales”, “cuestiones democráticas”, “cuestiones étnicas”, “cuestiones religiosas”, “cuestiones de método”, “cuestiones de género”, “cuestiones comunicacionales”, “cuestiones autonomistas” e incluso, más recientemente, cuestiones teológicas.


Entre ellas, la “cuestión nacional” figura en un término tan importante como la “cuestión democrática”. En cuanto a la primera, ejemplifico con el gran libro de Otto Bauer (1907) “La socialdemocracia y la cuestión nacional”, texto fundamental, entre nosotros publicado por José Aricó. En cuanto a lo segundo, se debe mencionar la evolución del propio Georg Lukacs, que en los años 60, cercano a su fallecimiento, y después de una larga tragedia personal e intelectual, se había convertido prácticamente en lo que entonces se llamaba un “eurocomunista”. Es decir, por más que iba y venía con la expresión “ontología”, ella ya consistía en el reconocimiento de la cuestión democrática, de las etnias, de la diversidad cultural, de la estabilidad de las relaciones entre naciones centrales. En la Argentina, son jalones de estas desafiantes asimetrías y simetrías, un Manuel Ugarte, que había escuchado a Lenin en la Tercera Internacional, (cuando se trata la cuestión de Oriente, es decir, la cuestión nacional-democrática con otro nombre) y un Hernández Arregui después (que se inspira en las “representaciones colectivas” de Durkheim, pero infortunadamente yerra en apartarse de Gramsci y Mondolfo) que lleva hasta sus últimas consecuencias el sintagma “izquierda nacional”. Antes, José Ingenieros le había propuesto a Yrigoyen (1919) un programa de acción que es un antecedente fundamental de una conjunción frentista nueva (irrealizable en ese momento) que entre otras cosas proponía un programa educativo que tomara inspiración en “Sarmiento y Lunacharsky”. De Sarmiento sabemos algo y debatimos mucho. Lunacharsky era el ministro de Educación de la revolución rusa. Puede irritar. Pero donde está lo irritante es dónde se piensa.


Pueden ser estos ejemplos u otros. ¿Pero se ha cerrado ya ese intervínculo entre izquierdas y movimientos sociales historizados, que se componía de un foso donde las primeras se concebían insuficientes y los segundos se veían atascados por sus molicies o singularidades culturales irreductibles? Para las izquierdas que nos interesan (hablamos con tipos ideales, por eso no damos nombres) es evidente que se reabre un capítulo nuevo donde el tema crucial es el de asumir “cuestiones heterodoxas” que obligarían a opacar su nitidez pero a verificar una vigencia posible en formaciones de género popular, acuñadas en viejos odres sociales y memorias nacionales. Es obvio que para ello se precisa que las diversas descendencias y vertientes de las memorias democrático-nacionales contengan también en su diccionario la posición neo-frentista, rehecha y reformulada una vez más mirando ahora hacia direcciones inusitadas. Un mundo donde un rostro terrible que aún no sabemos definir muy bien, y que se diseña bajo la pica de la barbarie política del neocapitalismo, creemos que así lo reclama, en Argentina, en Brasil, y en todo el mundo.

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Viernes, 06 Mayo 2016 08:05

Izquierda, ¿con respecto a qué?

Los cambios operados en los últimos años en el escenario político latinoamericano han abierto un intenso debate entre activistas y académicos/as intentando responder algunas preguntas: ¿qué es ser de izquierda? ¿Cómo se construyen proyectos democráticos no capitalistas? ¿Es posible superar la noción de desarrollo basada en el dominio de la naturaleza?

Muchas de estas preguntas parecen haber llegado a un punto en el que se acumulan descontentos, rupturas y perplejidades, según se trate de la profundización de la matriz extractivista, la expansión del monocultivo y el uso de transgénicos, la criminalización de movimientos sociales, o la persecución a las mujeres que interrumpieron su embarazo.


La heterogeneidad de las propuestas reunidas en una denominación común de “gobiernos de izquierda” ha sido uno de los problemas del debate político ya que ha colocado en el mismo campo proyectos minimalistas, como la Concertación en Chile, o alianzas conservadoras con prácticas autoritarias, como las del Frente Sandinista, de Nicaragua, con la beligerancia del socialismo del siglo XIX del gobierno de Venezuela y las propuestas descolonizadoras del gobierno de Bolivia, o los avances en derechos en Uruguay, y ello no ha contribuido a profundizar el debate sobre alternativas emancipadoras. Ese campo genérico de “izquierda” ha sido, en realidad, un obstáculo para diferenciar políticas clientelares, autoritarias y conservadoras, de aquellas que aun con contradicciones y limitaciones, abrieron algún espacio a la experimentación democratizadora y de protagonismo social.


El debate acerca del fin del ciclo progresista en América Latina está instalado desde hace un tiempo, pero claramente se profundiza con los recientes resultados electorales en Argentina y Venezuela, y la situación del gobierno de Dilma Rousseff en Brasil. Como dice Eduardo Gudynas, “en realidad los progresismos expresan regímenes políticos heterodoxos donde coexisten novedades que podrían identificarse como de izquierda, junto a otras más conservadoras”.1


Las tensiones y contradicciones de esa heterodoxia han generado malestar y ruptura con movimientos sociales diferentes.
“Del cambio, a la contención del cambio”, titula un artículo el sociólogo Alfredo Falero,2 preguntándose si se ha dado un período bisagra en América Latina. Según él, resulta necesario analizar los nuevos mecanismos de generación de contención que implican de hecho una democracia recortada o reducida a una lógica procedimental. El tránsito a nuevas formas cualitativamente hegemónicas en el marco de una nueva división global del trabajo implica la renovación de mecanismos de desposesión a través de la “revolución informacional”. En segundo lugar, señala la transformación organizacional del capitalismo, con el nuevo papel de las elites empresariales como agentes sociales disputando una perspectiva despolitizada y pragmática de la gestión estatal. Una tercera dimensión estaría marcada por la pérdida de mapas cognitivos clásicos y la crisis de las agencias de socialización tradicional, como sindicatos y partidos políticos.


La pregunta central sigue siendo qué cambios pueden sostenerse en el contexto actual del capitalismo, o más precisamente qué cambios puede tolerar el capitalismo que necesita del extractivismo, la depredación y el consumismo para su supervivencia.


VIEJOS TEMAS, NUEVOS ENFOQUES.


Las demandas de una sociedad mucho más reflexiva e individualizada hacen irrumpir lo político desde fuera de las estructuras y jerarquías formales para generar nuevas demandas en la agenda pública. Muchos de los temas que constituyen la agenda social han sido politizados por movimientos político-culturales que han logrado impactar en los sentidos comunes ciudadanos, disputando el espacio discursivo de la política, desde los bordes de la institucionalidad y muchas veces en pugna con ella.


Los problemas ecológicos y ambientales, el extractivismo, la división público/privado, las relaciones de género, las formas de hacer política, la cultura de derechos, los derechos sexuales y reproductivos, las diversidades e identidades sexuales y de género, y las relaciones de poder, la interculturalidad y el racismo, ingresan al debate politizados por actores que se organizan al margen de los partidos y muchas veces en disputa con ellos. Estas experiencias, estas prácticas políticas, discursivas y simbólicas crean nuevos significados de ciudadanía y disputan hegemonías. A pesar de lo cual no dejan de provocar un sabor amargo los escasos avances emancipatorios en el imaginario social, expresados en la reproducción de prácticas corporativas, “la inflación punitivista” de la seguridad social, la corrupción como lógica de poder, el imperio de las multinacionales, y en definitiva la no reversión de la desigualdad estructural de la región.


El escenario resulta complejo y muy contradictorio. En Argentina las amenazas de reversión de algunos avances democratizadores, como los juicios a los militares de la dictadura, o la ley de medios, parecen mostrar la recomposición de la derecha como eje de poder no sólo económico sino político e ideológico. De hecho la nueva elite gobernante está llena de ex jerarcas de empresas multinacionales.


En los últimos 30 años una diversidad de movimientos sociales ha contribuido con sus luchas y demandas a la creación de instituciones en permanente proceso de cambio, simbólicamente ricas (reformas constitucionales, defensorías, presupuestos participativos, descentralización municipal y participación ciudadana, leyes de participación y control, comisiones de la verdad, matrimonio igualitario, derechos de la naturaleza, plurinacionalidad, pueblos indígenas etcétera), que coexisten con políticas extractivistas y neodesarrollistas, prácticas políticas signadas por luchas de poder y conflictos centrados en la permanencia indefinida de sus líderes políticos, junto a la postergación real y concreta de las mujeres como protagonistas con plenos derechos sobre sus cuerpos y sus vidas.


Los pueblos indígenas, el movimiento de afrodescendientes, los movimientos feministas y de mujeres, movimientos por la soberanía alimentaria y la justicia ambiental, aun con toda la diversidad de posturas ideológicas, políticas, estratégicas y tácticas, contribuyen a la afirmación de nuevos “sentidos comunes” y articulan en sus luchas nuevas dimensiones de derechos individuales y colectivos que colocan en el debate público la construcción de alternativas al capitalismo.


Las estructuras político-partidarias se ven desafiadas por nuevas subjetividades y dinámicas sociales, y el desencuentro que se produce muchas veces multiplica el desencanto y la desafiliación de amplios sectores respecto de la política institucional.
En este contexto, los feminismos latinoamericanos enfrentan nuevas complejidades y tensiones. Se replantean viejos estigmas y prejuicios sobre ellos que provienen tanto de sectores populares como de una cultura sesentista de izquierda tradicional que supone y aspira a sujetos únicos como vanguardia y conducción del proceso de cambio. Al identificar al feminismo como una demanda posmaterial, se lo adscribe a una sensibilidad de clase media, deslegitimando de esa forma sus propuestas y elaboraciones políticas.
Algunos líderes de izquierda (también algunas mujeres, aunque menos) consideran que el reclamo de redistribución del poder es una demanda que “empequeñece” a las mujeres porque éstas “deben ganarse el derecho” de ser líderes. Y mantienen, al igual que la derecha, su oposición a consagrar el derecho a decidir sobre sus propios cuerpos y el ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos.


Son varios los campos que expresan estas disputas y que interpelan y dividen a los gobiernos y partidos de ese amplio espectro denominado izquierda en Latinoamérica.


Nuevos paisajes de conflicto se agregan a las formas ya tradicionales de segregación: territorial, laboral, de género, de generación, identitaria, de clase, que expresan transformaciones profundas de la vida colectiva.


El orden democrático, sus sistemas de representación y sus instituciones parecen débiles y sin espesor simbólico para restituir o crear nuevos sentidos de pertenencia y abrir nuevos horizontes para imaginar otras formas de vida en común. Si el lugar de la política, decía Norberto Lechner, es “incapaz de elaborar objetivos que trasciendan la inmediatez, todo se reduce a una elección del mal menor. Un presente omnipresente pone en duda la capacidad conductora de la política, pero no hace desaparecer la preocupación por el futuro. Este anhelo puede adoptar formas regresivas y alimentar movimientos populistas. Pero también puede impulsar el desarrollo de la democracia”.


IMAGINARIOS DE JUSTICIA SOCIAL.


¿Cómo pensamos nuestro futuro como sociedad? ¿Qué imaginario de justicia y solidaridad social sustituye al simplista “combate a la pobreza”? Para construir nuevos rumbos emancipadores es necesario cambiar la perspectiva de análisis y la mirada sobre los problemas. Ese es el principal campo de disputa política.


Deberíamos comenzar por colocar en el centro del debate la contradicción capital/vida, tal como la define la economía feminista para pensar la calidad misma de la vida o “la vida que merece ser vivida”.


Para las feministas, dice Cristina Carrasco, “centrarse explícitamente en la forma en que cada sociedad resuelve sus problemas de sostenimiento de la vida humana ofrece, sin duda, una nueva perspectiva sobre la organización social y permite hacer visible toda aquella parte del proceso que tiende a estar implícito y que habitualmente no se nombra”.


La crisis financiera sacudió al mundo capitalista en 2008 y el Estado de bienestar europeo comenzó a erosionarse, con graves consecuencias sociales para millones de personas. Si pensamos la crisis más allá de lo financiero, se pone en jaque un modelo de economía, producción y sociedad basado en el crecimiento y la sobreexplotación de los “recursos naturales”, cuyos efectos se extienden al ambiente, la alimentación, la salud, el clima y las relaciones sociales, en todos los rincones del planeta.


La idea de ciudadano-individuo autónomo e independiente, desarrollada como mito capitalista de los sistemas liberales, se sustenta para su realización en la existencia de una infraestructura de cuidados imprescindibles para la vida, que mayoritariamente realizan las mujeres. ¿Cómo es que las necesidades humanas más elementales han sido relegadas a un espacio invisible para la consideración de los problemas “macro”? “¿Cómo es que los sistemas económicos se nos han presentado tradicionalmente como autónomos, ocultando así la actividad doméstica, base esencial de la producción de la vida y de las fuerzas de trabajo?”, se pregunta Carrasco.
La sociedad y la economía siguen desconociendo que el cuidado de la vida humana es una responsabilidad social y política, reproduciendo una masculinidad que se desentiende de los cuidados y usa de la fuerza de trabajo de las mujeres. Explorar este vínculo es una de las tareas que nos hemos planteado desde el feminismo, no sólo para denunciar la utilización que hace el capitalismo del trabajo gratuito de las mujeres, sino para la revalorización del cuidado como una ética social y ecológica imprescindible para pensar las alternativas.


Pese a que un buen número de países de América Latina se consideran o definen (en sus constituciones) como estados laicos, es claro que en muchas oportunidades, especialmente cuando se trata de los derechos sexuales y los derechos reproductivos (Dsr) de las mujeres, sus gobernantes permiten que decisiones de política pública sean afectadas por las posturas dominantes de las iglesias, particularmente, la Católica. Es así como, tanto en la producción de legislación como en la formulación de políticas a nivel del ejecutivo, termina evidenciándose la falta de una postura verdaderamente laica, recortando la democracia en deterioro de los principios de libertad y autonomía, especialmente de las mujeres. (Lucy Garrido, “Documento de trabajo”, 2005.)


A esta situación no es ajena la creciente consolidación de distintas manifestaciones del pensamiento único, que hacen que el tema de los fundamentalismos aparezca en el “tapete” público en una región profundamente marcada por las desigualdades sociales, económicas y políticas.


Los sectores conservadores, como señala Jaris Mujica3 en un estudio sobre la economía política del cuerpo, han dejado de lado la cuestión étnica y de clase y han centrado su atención en el asunto de género, en las cuestiones referidas a las libertades sexuales y de derechos sexuales, así como de la anticoncepción. La hipótesis de Mujica es que la predominancia de los regímenes democráticos hace que éstos se constituyan como punto de partida y referencia hegemónica creando una nueva cultura democrática más igualitaria. Se desplaza entonces el territorio de “control del otro” a los cuerpos. La sexualidad y la reproducción se convierten, así, en los nuevos ejes de las estrategias discursivas de los sectores conservadores.


A diferencia de otros períodos cuando el conflicto entre el Estado moderno y la Iglesia Católica estuvo marcado, en nuestra región, por una cuestión de tributos, de propiedades de tierra o de tipo de régimen político, en la actualidad el espacio del conflicto está centrado en la sexualidad y el diseño de políticas públicas en materia de derechos sexuales y reproductivos, se trate de la píldora del día después, de métodos anticonceptivos o de las formas de familia y los derechos de homosexuales, lésbicos, travestis, transexuales.


El movimiento feminista, como otros movimientos anticapitalistas, conforma una vertiente de izquierda no vanguardista, contestataria al autoritarismo y defensora del protagonismo de múltiples y diversos actores como sujetos del cambio. Como dice Betânia Avila, “no es un movimiento que ordena, que centraliza, que define modelos a seguir. Por el contrario, es un movimiento que se abre, se expande, a veces en forma contundente (...). (Es) un movimiento que quiere reinventar y radicalizar la democracia política y la democracia social”.4 Desde estas premisas, es un movimiento que cuestiona, interpela y disputa sentidos teóricos, políticos y epistemológicos.


Poder imaginar un nuevo marco de relaciones humanas, afectivas, económicas y sociales, redimensiona el debate político al colocar como premisa radical la posibilidad de pensar las alternativas simultáneamente desde todas estas dimensiones, o como dice Boaventura de Souza Santos, desarrollar un “pensamiento alternativo sobre las alternativas”.


RELACIONES PELIGROSAS.


Hace algunos años, en el IX Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe, un taller convocado fuera de programa analizaba la compleja relación de las feministas de izquierda con los gobiernos y partidos que habían llegado al gobierno. El conjunto de experiencias desde diferentes realidades y países podía resumirse en una frase: “nos peleamos con una izquierda que nos coloca en las tierras movedizas del populismo, o el clientelismo. Nos peleamos con una izquierda que nos expulsa de la ‘casa’ si la criticamos, y nos manda directamente para la derecha o nos arroja a la orfandad”.


No hay duda de que la subjetividad política feminista interpela radicalmente un pensamiento conservador que tutela la sexualidad y la autonomía de las y los sujetos. Incluso ha sido más fácil conquistar el matrimonio igualitario que el derecho a interrumpir un embarazo.


Pero esta dinámica expulsiva no impacta sólo en las feministas, también ecologistas, indígenas y otros movimientos sienten paulatinamente retaceadas sus expectativas. Lo cual nos remite a una pregunta básica: ¿cuál es el campo de alianzas que los partidos de izquierda privilegian? Desde los gobiernos, muchas veces se prescinde y desprestigia a movimientos e intelectuales que cuestionan y demandan más radicalidad democrática, más coherencia política y más cambio cultural y de imaginarios.


La relación de las luchas feministas con los gobiernos y partidos de izquierda respecto del derecho a decidir la interrupción de un embarazo no deseado ha sido un campo de conflicto y constituye, junto a la perspectiva ecologista, uno de los terrenos de mayores tensiones y distancias, aun para aquellas que sin ser militantes feministas han promovido esa causa dentro de sus partidos. Algunas han sido duramente increpadas, como las militantes de Ecuador, o ignoradas, como las militantes del PT de Brasil, históricamente impulsoras del derecho al aborto. No se trata de estar a favor o en contra de la interrupción voluntaria del embarazo, se trata de poner en juego un concepto de libertad que pone límites a la acción de regulación e imposición de normas estatales punitivas en la vida de las personas. Por eso, más allá de lo que cada quien piense, el Estado debe habilitar la práctica de control de la capacidad reproductiva reconociendo el proyecto autónomo que cada mujer puede hacer de su cuerpo y su vida.


El veto presidencial de Tabaré Vázquez a la decisión del Parlamento, la de su fuerza política y la de la opinión pública, fue paradigmático. Pese a él, en el gobierno de José Mujica las fuerzas pro legalización del aborto lograron, junto con la mayoría frenteamplista, la posterior aprobación de la ley de interrupción voluntaria del embarazo, aunque con un resultado menos emancipatorio que el originalmente vetado.


En Ecuador, por el contrario, Rafael Correa, autodefinido “progresista en temas económicos pero conservador en relación con la moral”, no sólo se ha opuesto a la despenalización sino que no ha permitido siquiera la posibilidad de un proyecto que promoviera el debate parlamentario. Durante la discusión del Código Penal la asambleísta del partido de gobierno Paola Pabón presentó una propuesta para despenalizar el aborto en caso de violación, con el apoyo de más de 20 de sus colegas de Alianza País. Correa amenazó con renunciar a su cargo si la Asamblea la aprobaba y ordenó a su partido votar en contra, a la vez que acusó de traidora a Pabón y a sus compañeros. Ella, junto a Gina Godoy y Soledad Buendía, fueron sancionadas por su partido con 30 días de suspensión en sus labores legislativas y sometidas a la prohibición de hablar públicamente del tema. Las asambleístas sancionadas no volvieron a plantear la cuestión que originó el conflicto.


En Nicaragua, en 2007, como muestra de la conversión al cristianismo del “revolucionario” Frente Sandinista de Liberación Nacional, la pareja presidencial impulsó la penalización total del aborto, aun del terapéutico. (Nicaragua sigue siendo uno de los cuatro países del mundo que no reconoce el derecho al aborto ni siquiera en situaciones de riesgo de muerte de la madre.)


El Salvador en 1998 prohibió el aborto en todas las circunstancias. Y en 2009, con los votos del Fmln, también cerró el paso al matrimonio igualitario, aunque el partido cambió de posición en 2012. La realidad de las salvadoreñas resulta particularmente dramática. Como afirma la Agrupación Ciudadana por la Despenalización del Aborto, “un amplio número de salvadoreñas que sufrieron emergencias obstétricas durante el embarazo continúan siendo encarceladas bajo la sospecha de haber tenido un aborto inducido, y después condenadas por cargos de homicidio”.


Como señala el documento técnico de revisión de los derechos sexuales y derechos reproductivos en la región, realizado para la preparación de la Conferencia Regional de Población y Desarrollo: “El período 2009-2014 deja pocos avances. Durante estos años sólo un país, Uruguay, reformó su legislación y se acercó a una posición acorde con los derechos humanos y los principios del derecho penal liberal. Varias jurisdicciones endurecieron su posición en el texto o en la práctica (Nicaragua, algunos estados mexicanos, El Salvador), mientras que la gran mayoría mantuvo marcos regulatorios que están en tensión con los derechos humanos de las mujeres (Chile, República Dominicana, Honduras, Perú, Venezuela, Ecuador, Paraguay, Bolivia, Panamá). Al mismo tiempo, aquellos países que tuvieron algunos avances moderados hacia la despenalización aún no logran garantizarles a las mujeres un acceso oportuno, de calidad y no discriminatorio (Argentina, Brasil, Colombia)”.5


La senadora uruguaya Constanza Moreira afirmaba, ya hace algunos años, que existe “un importante retraso en la agenda ‘secular’en América Latina, y si bien las elites de izquierda están en mejores condiciones de defenderla que los otros, sus convencimientos al respecto no son firmes, ni mayoritarios, entre sus miembros”.


Sin embargo y pese a las debilidades y puniciones, esta región ha aprobado uno de los documentos más significativos y avanzados del mundo en materia de derechos sexuales y derechos reproductivos, recogido en el Consenso de Montevideo durante la primera Conferencia Regional de Población y Desarrollo.


LÍMITES.


Los conflictos por la justicia ambiental, social, racial y de género, el uso y gestión de los recursos naturales, el aborto y la autonomía reproductiva de las mujeres, la diversidad sexual, son algunos de los campos políticos contemporáneos que dividen o desafían a las izquierdas latinoamericanas en el gobierno.


Estas confrontaciones son muchas veces minimizadas o continúan al margen de los “grandes debates políticos”. La marginación de algunos campos del activismo por parte de las izquierdas partidarias reproduce una división entre lo material y lo cultural que es obsoleta teórica y prácticamente. Pero lo que es más grave, esta forma de ortodoxia, como señala Judith Butler, “actúa hombro con hombro con un conservadurismo social y sexual que aspira a relegar a un papel secundario las cuestiones relacionadas con la raza y la sexualidad frente al auténtico asunto de la política, produciendo una extraña combinación política de marxismos neoconservadores”.6


Estamos, sin duda, en un cruce de caminos: si bien por un lado hay una mayor conciencia de derechos (que abren y desatan nuevas conflictividades), por otro se hacen obvios en el escenario político los déficits teóricos e institucionales de las izquierdas para construir nuevas orientaciones del cambio simbólico, cultural y político.


Para la derecha política y la derecha fundamentalista estos son los campos prioritarios de su cruzada conservadora, conscientes incluso de la débil oposición de la izquierda, sus tensiones y dudas internas. Construir un campo de izquierda crítica que dispute con la derecha esos terrenos simbólico-culturales sigue siendo una prioridad que no parece encontrar un liderazgo en las actuales elites políticas.


Para una parte importante de la izquierda social movimientista, ser de izquierda se identifica con una práctica y un discurso político que ensanchan los horizontes de libertad y que no los restringen, una izquierda laica, anticonfesional y democrática, que apunta a construir en amplios sectores sociales antídotos contra la violencia y la falta de solidaridad social. Una izquierda dispuesta a construir nuevos pactos de justicia, reconocimiento y autonomía, a repensarse y cuestionarse y a ensayar nuevos caminos de experimentación institucional, pero no para perpetuar a sus líderes indefinidamente en el poder, sino para profundizar las formas de participación democrática y efectivizar el control social sobre sus políticas.


Se trata de construir hegemonía desde prácticas políticas que se dan en múltiples espacios y con múltiples acciones de subversión en lo íntimo, lo privado y lo público, y que hacen de la acción política para la transformación social una transformación cotidiana de las relaciones de poder. Eso sí es izquierda.


* Co-coordinadora de la Articulación Feminista Marcosur.
1. Eduardo Gudynas, “La identidad de los progresismos en la balanza”, Alai, 2015.
2. Alfredo Falero, “Del cambio a la contención del cambio: período bisagra en América Latina”, en Sujetos colectivos, Estado y capitalismo en Uruguay y América Latina. Trilce, 2014.
3. Jaris Mujica, Economía política del cuerpo. La reestructuración de los grupos conservadores y el biopoder. Promsex, Perú, 2007.
4. Maria Betânia Avila, ponencia presentada en el Encuentro de la Articulación de Mujeres Brasileñas. Diciembre de 2006, disponible en www.amb.org.br
5. Documento técnico. Seguimiento de la Cipd en América Latina y el Caribe. Amnistía, Cedes, Promsex, Articulación Regional de Organizaciones de la Sociedad Civil para Cairo + 20.
6. Judith Butler, “El marxismo y lo meramente cultural”, en New Left Review, mayo-junio de 2000.

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La iniciativa promovida por sectores ambientalistas, la izquierda y un sector disidente del oficialista Partido Democrático para frenar la extracción de petróleo en 42 plataformas marinas desperdigadas italianas no alcanzó el domingo pasado el apoyo del 50 por ciento de los electores.

 

Sin buscarlo, resultó un triunfo del primer ministro, Matteo Renzi, quien en diciembre había prorrogado las licencias a las multinacionales petroleras hasta extraer la última gota de oro negro de cada yacimiento.

 

El 85 por ciento de los ciudadanos que este domingo acudieron a las urnas decidieron que fuera suspendida la extracción de petróleo dentro de las 12 millas de la plataforma marítima continental por razones de seguridad ambiental. Pero como votó apenas el 32 por ciento del padrón, los votos no alcanzaron para suspender la actividad.

 

Según Greenpeace Italia, las 42 plataformas constituyen “una maquinaria antigua que no extrae petróleo de manera segura y eficaz y por lo tanto tampoco deja nada en las arcas estatales”. Opositora al extractivismo, Greenpeace contó con el acompañamiento político, a favor de suspender la extracción petrolera, de Sinistra Italiana y Sinistra Ecologia Libertà, un movimiento que agrupa a parlamentarios de la izquierda disidente del Partido Democrático y la bancada del Movimiento 5 Stelle, del actor Bepe Grillo. Sinistra Italiana cuenta con el asesoramiento económico del premio Nobel de economía Joseph Stiglitz, una bancada de ocho miembros en el Senado italiano y 32 diputados nacionales. El movimiento se constituyó en diciembre de 2015 como escisión del PD de Renzi y aspira a generar un reagrupamiento de la izquierda italiana.

 

El referéndum fue convocado por nueve consejeros regionales opositores a las políticas de Renzi, encabezados por el disidente Michelle Emiliano, presidente de la región de Puglia, quienes reclaman una política que respete el ambiente. De las nueve regiones convocantes sólo en Basilicata se alcanzó el 52 por ciento de los votos. Renzi se mostró eufórico. Estimó que “la demagogia no paga” y brindó “por los 11 mil obreros que mantendrán su trabajo desde este lunes”. Pero los opositores a Renzi apuntaban a los grandes negociados del gobierno con petroleras extranjeras, como el caso de la francesa Total, cuyo contrato fue amañado por la ministra de Desarrollo Económico, Federica Guidi, que debió renunciar el 31 de marzo pasado por tráfico de influencias a favor de una empresa asociada en la que participaba su novio.

 

Para Renzi el triunfo del domingo es apenas el primer paso de una serie de tres confrontaciones en las urnas. En junio se elegirán una docena de alcaldes en varios puntos del país y antes de noviembre deberá ser convocado otro referéndum para una nueva reforma constitucional. Renzi había aterrizado como líder desde la alcaldía de Florencia para birlarle la jefatura de gobierno a su compañero Enrico Letta, en febrero de 2014. Político brillante, con sus 41 años, Renzi deberá repetir ahora una hazaña similar a la de las parlamentarias de 2014, cuando alcanzó 11 millones de votos –el 40 por ciento del electorado– y frenó la arremetida de Beppe Grillo. Pero el domingo perdió 2 millones de esos votos.

 

 

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Desde el pasado 31 de marzo acampan en la Plaza de la República como una forma de continuar las protestas que se iniciaron ese día contra la reforma de la ley laboral promovida por el Ejecutivo dirigido por Manuel Valls.

 

 

Ni siquiera de noche el ya soluble socialismo francés duerme en paz. Desde el pasado 31 de marzo, cientos de jóvenes que responden a la consigna Nuitdebut, La Noche de Pie o La Noche Despierto, acampan en la Plaza de la República como una forma de continuar las protestas que se iniciaron ese día contra la reforma de la ley laboral promovida por el Ejecutivo dirigido por Manuel Valls. Un signo más del ocaso de un poder que ha dejado en la sociedad una profunda huella de decepción. Imprecisiones, sondeos en los abismos, retrocesos, incumplimiento de promesas, reformas de clara identidad liberal y crisis en el seno de las corrientes de la izquierda socialista, el mandato ya final del presidente François Hollande es un ramo de flores secas. El movimiento juvenil que plantó sus banderas en la Plaza de la República ha sido calificado por la prensa francesa como un “ovni político” (Le Monde), una suerte de “convergencia de luchas” que se plasmó en torno a la reforma laboral y que traduce en hartazgo y una revuelta en contra de un proyecto político en el cual los jóvenes asumen un alto costo. La juventud reclama “horizontalidad”, pone en tela de juicio el sistema electoral, la politiquería, los estragos que causan las multinacionales y, sobre todo, la falta total de un lazo entre quienes gobiernan y los gobernados.

 

Este “ovni” prendió en la sociedad como un champignon, se fue extendiendo desde París a otras ciudades de Francia y de Europa al tiempo que sus impulsores crearon una radio, Radio Debout, y un canal de televisión, TV Debout.

 

Precisamente, el movimiento La Noche de Pie tiene una historia breve pero muy conectada con las grandes reestructuraciones industriales que tanto desempleo provocan. La Nuit Debout se gestó el pasado 23 de febrero durante la proyección de la película Gracias Patrón del periodista François Ruffin. El documental cuenta de forma veraz e irónica las desventuras de una pareja de desempleados, Serge y Jocelyne Klur, despedidos de su trabajo luego de que el grupo multinacional francés LVMH los echara porque trasladó su planta de producción a un país donde la mano de obra es más barata. El debate que acompañó la película, la oposición a ley de reforma laboral y las posteriores manifestaciones articularon un movimiento social inesperado y muy inspirado en lo que ocurrió en España con los Indignados.

 

De un punto de ruptura, la reforma laboral, la oposición a la realidad política del país se fue extendiendo a otros campos como la refutación del estado de excepción instaurado en Francia luego de los atentados jihadistas del 13 de noviembre de 2015, el permanente discurso anclado en el miedo, la vergonzosa posición europea frente a la crisis de los refugiados o las críticas al modelo de la economía liberal. Las asambleas ciudadanas que organizan los jóvenes siguen los pasos del famoso 15M español y hoy cuentan con la presencia de miles y miles de personas. En los últimos días Nuit Debout ha convocado a otras ciudades del Viejo Continente a unirse a ellos sin renunciar por ello a su filosofía central, que es la “horizontalidad”, o sea, sin un jefe máximo ni vínculo con partido político alguno. La impugnación nocturna del poder no sólo está dirigida al presidente Hollande sino al conjunto de un sistema político en quien la juventud no se reconoce, ni se siente representada.

 

Al principio, los dirigentes del país apostaron por un paulatino agotamiento de La Nuit Debout, pero ocurrió todo lo contrario. El puñado del principio fue creciendo tal vez porque no haya sentimiento más persistente que el amor o la decepción. En este sentido, François Hollande ha decepcionado hondamente a la sociedad. Gobierno de izquierda con políticas de derecha –la reforma laboral por ejemplo– y una pasmosa ausencia visión del futuro, de retórica constructiva.

 

En una extensa entrevista análisis publicada por el semanario Le Nouvel Observateur con el sociólogo francés Pierre Rosanvallon, el intelectual destaca que el balance de François Hollande “es bastante sombrío” en un país donde “la izquierda se encuentra en un estado de coma artificial en el cual el gobierno tiene una gran responsabilidad”. De hecho, en su autopsia de la presidencia en curso, el sociólogo se hace eco de las mismas impaciencias manifestadas por la juventud en la Plaza de la República. Rosanvallon explica: “los franceses pueden comprender los sacrificios siempre y cuando tengan un relato que los organice, siempre y cuando compartan una visión que cotidianamente le de sentido a lo que viven. Pero eso es lo que nos falta, eso es lo que la izquierda, dividida entre la dinámica de la adaptación y la autoridad, es hoy incapaz de producir”. La historia se ha dado vuelta. La izquierda, gran productora de sueños y de retóricas de cambio y de futuro, se quedó seca. Sepultó los sueños de millones de personas. La juventud fue a buscarlos y a reclamarlos ahora en el fondo de la noche, allí donde nacen todos los sueños.

 

 

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Lunes, 04 Abril 2016 07:40

Lo posible

¿Qué? ¿18 mil en el sur del Bronx? Estoy empezando a pensar por primera vez que es posible, tal vez no probable, pero sí posible que Bernie lo logre, me cuenta un estratega sindical nacional en Washington, veterano de incontables luchas y de muchas derrotas contra una cúpula política y económica bipartidista que le dejaron a él, y millones más, un profundo escepticismo de que algo de verdad pueda cambiar en este país.

 

Bernie Sanders vino al sur del Bronx, uno de los rincones más pobres del país, a ofrecer su invitación a lo que llama una revolución política, a declarar que ya basta (enough is enough) y a enviar el mensaje de que la clase multimillonaria no debe, y no puede tenerlo todo.

 

Ahí lo presentaron la actriz Rosario Dawson, el cineasta Spike Lee y Residente, de Calle 13; cada uno ofreció razones por las cuales él es el único político que representa un cambio real tanto dentro como fuera de Estados Unidos. Residente subrayó que votar por él es votar por un cambio de la relación estadunidense con Puerto Rico y con toda América Latina, para poner fin a las intervenciones, el apoyo a las dictaduras, y a nombre de los que luchan y lucharon por un cambio, y destacó que votar por Clinton y su amigo Kissinger es insultar la memoria de los miles de muertos, desaparecidos y torturados en toda América Latina por las políticas impulsadas por ese señor.

 

Con marcado acento de Brooklyn, donde nació de un padre inmigrante polaco judío que llegó sin un centavo a este país a los 17 años, Sanders condena la avaricia de Wall Street, la corrupción del sistema electoral y político, y el robo del futuro de los jóvenes y los trabajadores de este país. Para tener una idea del contenido y el sabor de este acto, consultar.

 

En gran medida, lo que ofrece Sanders es poner fin a lo que han sido casi cuatro décadas de políticas neoliberales aplicadas por ambos partidos dentro del país más poderoso del mundo.


Y su mensaje ha hecho temblar a la aristocracia estadunidense, incluida su contrincante Hillary Clinton, la reina del Partido Demócrata, y ha resucitado el eco de largas luchas por la igualdad, por los derechos civiles, por los derechos de los trabajadores y los inmigrantes.

 

Tal vez lo más notable es que un político veterano de 74 años –el más viejo de todos los precandidatos– se ha vuelto la voz de los jóvenes en esta elección. Muchos señalan que el mensaje de Clinton es que ella es la de mayor experiencia para lograr los cambios dentro del sistema político, pero que ellos desean un cambio del sistema político y por eso están con Sanders.

 

Ha sido descartado –por los medios, por los expertos, por las cúpulas– como opción real desde que lanzó su campaña el año pasado. Eso persiste, y cada semana la narrativa oficial es que no podrá superar la ventaja en delegados, apoyo institucional y dinero de la que goza Hillary Clinton. Pero una y otra vez sorprende a su contrincante, a la cúpula del partido, a los grandes medios y a los que se proclaman expertos.

 

Orgullosamente ha rechazado establecer los Comités de Acción Política (PAC) mediante los cuales todos los candidatos canalizan donaciones de sectores de las cúpulas para sus campañas, y sin ningún respaldo de multimillonarios y empresas o de fortunas personales, Sanders optó por invitar sólo contribuciones de la gente. Con ello, el mes pasado recaudó 44 millones de dólares. Desde que arrancó su campaña ha recibido más de 6 millones en contribuciones individuales directas a la campaña, de más de 2 millones de personas, cada una de un promedio de 27 dólares en contribuciones directas. Es un récord histórico.

 

El margen de ventaja de Clinton aún es muy amplio, pero los expertos han tenido que admitir que la campaña de Sanders está lejos de ser derrotada y tiene suficientes fondos para mantenerse hasta la convención nacional del partido en julio.

 

Después del desencanto con Obama (quien había despertado algunas de las mismas expectativas que Sanders), después de la anulación de millones de futuros por la crisis económica más salvaje y brutal desde la gran depresión, después de años de vivir con las políticas del temor y la guerra posterior al 11-S, surgieron nuevas expresiones sociales que condenaban la extrema desigualdad económica, la devastación ecológica y las políticas de control y represión. Fueron los primeros llamados de algo nuevo que se salió de los canales establecidos para gritar un gran ya basta contra el establishment político, entre ellos Ocupa Wall Street en 2011, y Black Lives Matter en 2013. Una parte de ambos desemboca en la campaña de Sanders.

 

Mientras tanto, sigue sorprendiendo, y mucho, que no sólo millones ya no le temen a la palabra socialista en este país que se distinguió como enemigo de todo lo rojo, sino que se identifican de alguna manera con ese concepto.


Tal vez lo más curioso es cuando uno se topa con aquellos que se consideran progresistas tanto dentro como fuera de este país y reconocen con agrado, pero a la vez descartan, el fenómeno Sanders. Mientras sus opositores en el poder se preocupan, y mucho, partes de lo que deberían ser sus aliados sospechan de sí mismos, como que, ya cansados y hartos de desilusiones, no se atreven a creer que se pueda romper el monopolio político, económico y hasta social de las cúpulas. Más fácil fascinarse con la derecha, con el enemigo, en este caso tan exquisitamente representado por alguien como Donald Trump. Tanto aquí como en México y otros países se sabe, se opina, se comenta mucho más sobre Trump que de alguien que se atreve a proclamarse socialista democrático, y que tiene mucho más apoyo real, en números absolutos, que Trump en este país.


Lo más sorprendente de esta elección no es Trump, ni la derecha, sino la inesperada fuerza de una izquierda que se atreve a enfrentar al uno por ciento y sus títeres en Estados Unidos.

 

Que alguien, que algunos, que millones de repente se pregunten ¿será posible? ya es un milagro en este país.

 

 

Publicado en Internacional

El domingo 13 de marzo, la oposición al Gobierno de Dilma Roussef convocó manifestaciones callejeras en Brasil, tal como había hecho precisamente un año antes y en agosto del año pasado, cuando el país, en contra de lo que muchos testarudamente no creían posible (algunos en el campo del “lulismo” siguen sin creerlo), entró definitivamente en la agenda del impeachment, la maniobra –jurídicamente desproporcionada, es verdad– para la censura política de la presidenta.


El impasse político en el país parece haber llegado a su culmen. Los analistas son casi unánimes en reconocer que la crisis ya es demasiado grande para su manejo sencillo por parte de la presidenta y de su casi decorativo equipo político. Con poco más de un año de un Gobierno errático, sin personalidad, programa o iniciativa política, y una economía destrozada por su muy evidente mala conducción, amplificando –con ideológica perversidad neoliberal– las improvisaciones, el descuido estructural y las equivocaciones dejadas por Lula y por ella misma, la presidenta se ve ante un proceso de censura ya instalado en el Congreso, que va y viene, se agranda o se achica, según contingencias imponderables. En Brasil, toda la política ahora parece vivir bajo el signo de lo imponderable.


Como en Argentina y en Venezuela, la derecha avanza sobre los escombros de un progresismo agotado e insuficiente, que de pronto vio llegar su –para algunos fanáticos gubernamentalistas todavía inconcebible– caducidad. No es que la derecha tenga un proyecto alternativo para él que no sea el de la vieja dependencia internacional y el del viejísimo orden oligárquico. Como en otras partes, la derecha no lo declara jamás. Pero, sí, aprendió a escalar las debilidades de un proyecto de conciliación de clases (el del progresismo actual) que se ha vaciado y que ya no le resulta más cómodo sin las inmediatas prebendas proporcionadas por el poder de Estado. Ahora ella quiere retomar su privilegio de mando.


Al fin y al cabo, el privilegio ha sido siempre el fundamento lógico del ordenamiento social; no el derecho, ni la ciudadanía. El privilegio resulta ser el lenguaje base, casi siempre no consciente, del orden social en Brasil y en el resto de Latinoamérica. Y el (cada vez más) mal llamado “progresismo”, que ahora cierra su ciclo, no movió un dedo para poner esto en cuestión. Su distribución de bonos –sostenida por la sobrexplotación de los recursos naturales, la reprimarización de la economía y la dependencia de la exportación de materias primas–, su apuesta por la deificación del consumo y de las “oportunidades” individuales dejaron intacta la institucionalidad armada por la lógica del privilegio, que ahora se vuelve en contra de él.


No obstante, la más simbólica debilidad de los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) que la derecha logró escalar ha sido la pretendida imagen de idoneidad administrativa que el PT pregonaba antes de llegar al poder. La cuestión clave es tan sólo en parte la corrupción. Lo más grave para el patrimonio simbólico del progresismo es la revelación de la hipocresía y de la prostitución moral a las que se ha entregado el PT en nombre del juego inescrupuloso del poder, para mantener la financiación de sus campañas electorales y el apetito cleptocrático característico de sus aliados, los viejos zorros de la política nacional, de los que se volvió rehén por descuidar de hacer política.


Siete años antes de llegar al poder federal, en 1995, uno de los fundadores del partido, el exguerrillero Paulo de Tarso Venceslau, ya denunciaba los raros rumbos que tomaban los asesores más cercanos a Lula en el sentido de armar redes ilegales de financiación. Por influencia directa de Lula en la dirección del partido, este dirigente fue expulsado tres años después y no se habló más de esto. Otros casos sospechosos no llegaron jamás a ser aclarados, pero lo más importante es que el PT dejó seguir el juego y toda la lógica viciada de financiación partidaria mientras estuvo en el poder. Una vez más, no se dispuso a cambiar nada en lo que se refiere a los andamios estructurales de la política y la sociedad brasileñas.


Retórica de la derecha


Sin embargo, en lo que toca a la retórica de la derecha, la corrupción ha sido alzada a la condición de causa fundamental de los males del país. Desde hace diez años esta retórica viene sonando insistentemente. Antes no lograba tener efecto, pero ahora la economía cayó al abismo, y de pronto se volvió mágicamente apropiada para explicarlo todo.


El trabajo de propaganda, como en todas partes en Latinoamérica, lo hacen los conglomerados mediáticos. El caso paradigmático aquí es el de la petrolera estatal Petrobras, nudo central de las redes de financiación política. Se estima que el monto de los recursos desviados de ella durante los gobiernos del PT llega a unos 480 millones de euros. A pesar de la impresión producida por semejante caudal, habría que recordar que otra operación reciente de la Policía Federal destapó un monto tres veces superior en evasión de impuestos en una trama organizada por la banca y por las grandes empresas.


Asimismo, la evasión ilegal de recursos derivados de las coimas de las privatizaciones en los gobiernos de la oposición (el Partido de la Socialdemocracia Brasileña), durante la gestión del expresidente Fernando Henrique Cardoso, entre 1996 y 2002, por medio de operaciones entre el Banco del Estado de Paraná

(Banestado) y bancos paraguayos y de paraísos fiscales, habría llegado a la friolera de 28.350 millones de euros, es decir, 60 veces el monto del caso Petrobras. De todo esto y del carácter endémico y estructural de la corrupción en Brasil, los grandes medios no se pronuncian. La corrupción sólo existiría en el gobierno del PT.


De una parte, el poder judicial ha encubierto sistemáticamente y de forma deliberada la gran corrupción de la oligarquía señorial, y de esto tampoco se habla. De otra parte, la espectacularización selectiva –llegando al borde del sinsentido anecdótico– de la operación judicial respecto a los desvíos de Petrobras la convirtió en una gran operación inquisitorial para destruir a un enemigo político de la moral conservadora: el farsante y malhadado progresismo del PT. La hipocresía del doble rasero se vuelve muy palmaria. De modo que cuando la derecha llamó a la gente a las calles el pasado domingo, sólo había una palabra –¡sólo una!–, convertida en mito irreflexivo, para atronar sobre aquel espantajo: la corrupción. Esta magia no ha sido posible sin todo lo demás.


Manifestaciones


Lo que se vio este domingo han sido algunas de las mayores manifestaciones callejeras de la historia de Brasil (alrededor de cinco millones de personas a lo largo del país), más grandes que las protestas exigiendo elecciones directas al final de la dictadura militar, más grandes que las protestas de junio de 2013. Como en esos precedentes similares, la gente que mayormente acudió a las manifestaciones es de clase media. La pauta de la fetichización de la corrupción responde fundamentalmente a las expectativas de las clases medias, para quienes resulta conveniente abstraerse de las iniquidades de la lógica del privilegio, recrearse con ella y echar toda la culpa a un demonio, un outsider.


En las manifestaciones del pasado agosto en São Paulo, un equipo de investigadores quiso ver rasgos de una defensa del bienestar social en las respuestas a favor de la enseñanza y de la salud públicas por parte de algunos participantes de clase media en su encuesta. Esta interpretación ligera acaba incidiendo en una deshonestidad etnográfica, pues se abstrae del contexto y absolutiza el enunciado. Cuando la clase media en Brasil defiende los servicios públicos, está en realidad defendiendo su privilegio de ser servida, en especial cuando se trata de la universidad pública. Cuando se empieza a satanizar los impuestos, la lógica depredadora es la misma. El lenguaje del privilegio se pone a operar su gramática simbólica. Lo que la corrupción (ajena) parece molestar es el libre curso de los privilegios consagrados, muchas veces defendidos bajo una (igualmente abstracta) retórica meritocrática.


Si la derecha conquistó la calle el pasado domingo, lo logró con un potente tono monocorde, cuyo objetivo era ser el combustible para una sola jugada: el proceso de impeachment... y, como ensoñación lejana, la “solución final” para todo lo que sea de izquierda. Todo parece condicionado por una deliberada obtusidad, como si todo lo demás sobre la política y el país fuera simplemente impensable, imposible de ser formulado, inabarcable como problema, no debatible en toda su extensión. La complejidad no parece ser una vocación de la mente conservadora, que está más bien movida por pulsiones, odios y adicción a los privilegios.


Sin embargo, las manifestaciones han lanzado un desafío que va más allá de su monocorde palabra de orden. Se trata del desafío implícito de la demostración de fuerza, que interpela directamente al PT antes que a cualquier otro actor político. Las imágenes discursivas particularmente prominentes en las manifestaciones han sido, además de la destitución de la presidenta Dilma, el encarcelamiento del expresidente Lula: la tecnócrata terca y el héroe del progresismo. Más que únicamente el Gobierno, es el PT el que se ve acorralado por las calles.


El desafío ya estaba dispuesto antes incluso de las marchas, con la convocatoria del PT a manifestaciones en favor del Gobierno, o más bien contra el golpe parlamentario –de una destitución sin las necesarias razones judiciales– y en apoyo a su héroe, acosado la semana anterior por maniobras judiciales abusivas. Este otro pulso del partido se va a desarrollar este viernes. Si las marchas pro-Gobierno resultan apocadas o demasiado escenificadas y financiadas por sus organizadores sindicales, la victoria simbólica de la “libre expresión ciudadana” la tendrá la derecha. De modo que el duelo está pendiente, bajo el terrible impacto de la primera baza.

 

Por detrás del despliegue de fuerzas en el campo callejero, en las huestes progresistas lo que se ve son deserciones masivas. Los dudosos aliados parlamentarios, los de la vieja política clientelar, ahora tratan al Gobierno como un cadáver maloliente, y ya no hay más prebendas del Estado para comprarlos.


Los movimientos sociales de izquierda, la parte de la sociedad organizada con la que Dilma no quiso dialogar, ya se cansaron de ser burlados por un Gobierno que se dice de izquierda pero adopta cada vez más políticas de derecha. Aunque sigan posicionándose “contra el golpe”, ya no parecen más dispuestos a ofrecer un apoyo sin condiciones, condiciones que van contra las medidas de austeridad, consideradas las más importantes por un gobierno que ya no tiene recursos políticos para presentar un plan económico factible.


Finalmente, los electores pobres que el PT ha ganado con su gran programa de cosmética socioeconómica están ahora desamparados frente a la segunda mayor crisis económica de la historia del país, ven zozobrar sus “oportunidades” y desean que la presidenta se vaya. Éstos probablemente no irán a ninguna marcha en defensa de lo que no quieren. Tanto la corrupción en Petrobras como un golpe parlamentario les resultan demasiado abstractos.


De parte del Gobierno, el gesto agónico que siguió a las manifestaciones de domingo ha sido el de llamar a Lula para formar parte del ministerio. De un lado, esto tiene que ver con la protección al expresidente contra medidas judiciales intempestivas (que ya han demostrado toda su probabilidad), pero de otro lado, el acto tiene la apariencia de una convocatoria a los últimos samuráis para defender el castillo, mientras que en la planicie no quedan muchas fuerzas a las que acudir. Ya sea a corto o a medio plazo, es posible que se estén desarrollando las últimas escenas de lo que un día fue un sueño llamado PT.

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