Sábado, 10 Enero 2015 07:21

Voto a voto en Grecia

El voto de los indecisos puede ser el factor determinante de las elecciones generales del próximo 25 en Grecia, pues la distancia entre los dos principales partidos, los conservadores de Nueva Democracia y la izquierda de Syriza, se acortó a unos tres puntos, con ventaja para este último. El número de los indecisos a 17 días de las elecciones se sitúa, según las encuestas, entre el 9,5 y el 15,5 por ciento.

Los griegos no querían estos comicios, que debían haberse celebrado regularmente en 2016 y fueron convocados forzosamente tras el fracaso de la elección del presidente de la República en diciembre pasado. Según una encuesta realizada poco antes de la tercera y última votación en el Parlamento para elegir al presidente, un 58 por ciento de los griegos hubieran preferido no acudir a las urnas.

"Por primera vez en mi vida voy a votar en blanco. Considero el voto un deber de todo ciudadano, pero estoy harta. Tanto Andonis Samaras (primer ministro) como Alexis Tsipras (líder de Syriza) forzaron estas elecciones sólo para favorecer sus intereses partidistas, sin tener en cuenta la situación económica", dice la asesora fiscal Eleni.

Sus palabras coinciden con las de Kostas, propietario de una tienda de alimentación en la costa, que cuenta que sus clientes tienen miedo a que las urnas puedan arrojar un resultado similar al de mayo de 2012, cuando no fue posible la formación de un gobierno y hubo que celebrar elecciones al mes siguiente. Jristoforos Vernardakis, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Salónica y responsable científico del instituto demoscópico VPRC, estima que el voto en blanco se situará al mismo nivel que en las elecciones generales pasadas.

Las encuestas realizadas por diversos institutos demoscópicos en las últimas semanas sitúan la intención de voto nulo o en blanco entre el 3 y el 6 por ciento. Las encuestas tampoco reflejan que vaya a haber una tendencia de incremento en la abstención, en general más baja que en el resto de Europa, pues en Grecia el voto es, en principio, obligatorio, aunque existen excepciones.

"La abstención tradicionalmente se limita a los jóvenes entre 18 y 24 años y a las personas mayores", precisa Vernardakis. El catedrático añade que tampoco los indecisos son más numerosos respecto de las diversas elecciones que se celebraron desde el estallido de la crisis y que la mayoría de ellos proviene de las clases sociales más pobres, que más padecen la crisis económica. "Los indecisos en su mayoría no decidieron si vale la pena votar a favor de Syriza o si optan por la abstención. Si a lo largo de la campaña creen que la situación puede cambiar, votarán por Syriza", explica el politólogo.

Según una encuesta publicada el miércoles por el instituto demoscópico ALCO, el 22 por ciento de los indecisos en las elecciones generales de 2012 acabaron votando a favor de Nueva Democracia, el 18 por ciento se abstuvo, mientras que el 10 por ciento respaldó a partidos que no consiguieron entrar en el Parlamento. El 9 por ciento de los indecisos votó por Syriza, otro 9 por ciento por el partido nacionalista Griegos Independientes, un 9 por ciento por la izquierda moderada de Dimar, el 7 por ciento por el socialdemócrata Pasok y el 5 por ciento por el partido neonazi Amanecer Dorado. El 11 por ciento restante no contestó.

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Miércoles, 07 Enero 2015 09:06

Arranque de campaña picante

Desde Londres

 

El laborismo británico comenzó el año a la carrera. En el lanzamiento de la campaña para las elecciones de mayo, el líder laborista Ed Miliband advirtió que los conservadores terminarían de privatizar y destruir el Servicio Nacional de Salud si ganaban los comicios y que el Reino Unido era un país de "food banks and bank bonuses" (bancos de alimentos para pobres y bonos para los banqueros).

El gobierno del primer ministro David Cameron contraatacó asegurando que los laboristas tenían el equivalente a unos 40 mil millones de dólares de promesas no financiables que dejarían al Reino Unido en un estado similar a Grecia si los votantes se inclinaban por ellos en mayo.

En resumen, los partidos no esperaron a los Reyes Magos para, no bien comenzado el año, lanzarse de lleno a la campaña electoral.

En un claro giro retórico a la izquierda, que los analistas calificaron como el "más radical en décadas", Ed Miliband señaló en un mitin político en Manchester que las grandes corporaciones no seguirían dominando la agenda si el laborismo es elegido el próximo 7 de mayo. El giro fue tal que el líder laborista se atrevió a abrir un signo de interrogación sobre el potencial nuclear británico, señalando que podía desprenderse de las armas nucleares a largo plazo y, mientras tanto, encontrar un reemplazo más barato para el sistema de submarinos que transportan los misiles Trident. Pero el eje de su discurso fue la situación económico-social del Reino Unido tras casi cinco años de coalición conservadora-liberal demócrata. "El fracaso del experimento económico de los conservadores se ve en los hogares, en la falta de perspectivas para nuestros hijos, en los servicios públicos y la deuda estatal", señaló Miliband.

La película no podía ser más diferentes desde el lado conservador. El poster de campaña develado el 2 de enero declamaba "Let's stay on the road to a stronger economy" (Sigamos por el sendero de una economía que crece) y aseguraba que en sus cinco años de gobierno se han creado casi dos millones de empleos, 760 mil nuevas compañías y se cortó el déficit fiscal a la mitad. Este lunes, el ministro de Finanzas, George Osborne, señaló que un gobierno laborista echaría por la borda todos estos logros y no permitiría completar con el enderezamiento de la economía nacional "desquiciada por el Nuevo Laborismo". Es la misma estrategia que adoptó Barack Obama para ser reelecto en 2012: la recuperación está a mitad de camino, déjennos completar el trabajo.

En 2014 los sondeos les dieron a los laboristas una ventaja promedio de entre dos y cuatro puntos, pero los comentaristas prevén las elecciones más reñidas en décadas. El consenso es que ningún partido conseguirá ganar una mayoría por sí mismo: todos dependerán de alianzas para poder gobernar. Dependerán también de las cambiantes preferencias de un electorado extremadamente volátil. Una investigación de Kings College y la encuestadora Ipsos Mori muestra un drástico descenso en la lealtad partidaria de los votantes. Mientras que en 1985 más de la mitad del electorado se identificaba con un partido, en los próximos años se calcula que sólo un 24 por ciento tendrá alguna afiliación partidaria.

Hoy el voto se define más en torno de temas puntuales que dan como resultado inclinaciones contradictorias. El nacionalista UKIP, un partido de derecha que concentra el 15 por ciento de las preferencias, tiene seguidores de clase trabajadora que sólo coinciden con su diagnóstico respecto de la inmigración. Ese mismo votante confía más en el laborismo a la hora de defender el Servicio Nacional de Salud y hasta puede en algunos casos pensar que los conservadores son marginalmente más competentes en el manejo de la economía: imposible predecir por quién va a votar.

El Reino Unido se encuentra igualmente dividido a nivel regional. En septiembre, Escocia votó a favor de permanecer en el Reino Unido, pero desde entonces el nacionalismo escocés, el SNP, ha crecido tanto que se calcula que podría duplicar el número de escaños respecto del obtenido en las elecciones de 2010, convirtiéndose de lejos en el principal partido de Escocia a expensas de los laboristas. Las declaraciones de Miliband sobre armas nucleares deben verse en este contexto: los submarinos transportadores del Trident, única arma nuclear británica, se encuentran en Escocia, que quiere por amplia mayoría un cambio de política.

Una de las coaliciones posibles, con un claro sello de centroizquierda, sería precisamente entre laboristas y SNP, hoy encarnizados rivales por el voto en Escocia. Pero no la única. El escritor de los discursos de David Cameron en la campaña electoral de 2010, Ian Birrel, escribió este sábado en The Guardian que "sólo un gobierno de unidad nacional conservador- laborista puede evitar una crisis". Según Birrell, las diferencias entre ambos partidos no son en el fondo tan grandes. "Es una época muy volátil. Muchas cosas pueden ocurrir antes de los comicios de mayo, sobre todo con la posibilidad que la elección en Grecia dispare un crisis en la Eurozona. En el referendo en Escocia hace cuatro meses, los partidos dejaron de lado sus diferencias en pos de la unidad nacional. Es posible que lo vuelvan a hacer para salvar al país de una nueva crisis constitucional", señaló Birrell.

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Los sondeos dan al partido de Alexis Tsipras el 30,4% de los votos frente al 27,3% que obtendría Nueva Democracia. La distancia se mantiene respecto a estudios demoscópicos anteriores.

La Coalición de Izquierda (SYRIZA) aventaja en 3,1 puntos a los conservadores en una encuesta publicada este domingo sobre las elecciones anticipadas que anunció esta semana el primer ministro Antonis Samaras.

La encuesta da a SYRIZA un apoyo del 30,4% frente al 27,3% de los conservadores de Nueva Democracia, la formación de Samaras, lo que supone una ligera reducción desde los 3,4 puntos de ventaja de una encuesta realizada por Rass el mes pasado de acuerdo con la encuesta de Rass elaborada para el diario Eleftheros Typos.

El sondeo tuvo lugar entre el 29 y 30 de diciembre, es decir, tras conocerse que el candidato a la Presidencia elegido por Samaras no había obtenido la aprobación del Parlamento, lo que desencadenó la anticipación de las elecciones al 25 de enero.

La campaña electoral en Grecia comenzó ayer con un duelo a distancia entre el primer ministro conservador, Andonis Samáras, y el líder de la oposición izquierdista Syriza, Alexis Tsipras, con clara ventaja en las encuestas.

Con pocos minutos de diferencia entre sus intervenciones, Samarás, desde la agrícola región de Tesalia, y el líder de Syriza, desde un centro deportivo en Atenas, se reprocharon mutuamente basar sus respectivas campañas en mentiras.

Mientras el primer ministro aseguró que en la "agenda oculta" de Syriza continúa estando la salida del euro, el líder de la izquierda auguró que, de ganar los conservadores, el Gobierno no solo no abandonará el plan de austeridad, como preconiza, sino retomará las medidas de ajuste acordadas con los acreedores.


Lejos de ello Samarás anunció una "hoja de ruta" para bajar los impuestos y aseguró que, de ganar Syriza, los agricultores -a los que se dirigía mayoritariamente en ese momento-, perderán buena parte de los subsidios europeos.

Además, advirtió que con un Gobierno de Syriza no habrá acuerdo con los acreedores y los bancos griegos perderán, a partir de marzo, 15.000 millones de euros de liquidez, pues "quedará interrumpida la prestación de liquidez por el Banco Central Europeo (BCE)".

Samarás y los conservadores de Nueva Democracia han centrado su estrategia en lo que Syriza ha denominado "la campaña del miedo", es decir, vaticinar una Grecia en bancarrota, fuera del euro y en conflicto con sus socios europeos.

Syriza y Tsipras, por su parte, no se cansan de repetir que es el Gobierno el que ha llevado a la población a la miseria y en no dejar lugar a dudas que la izquierda negociará con sus acreedores.

En su discurso de hoy, Tsipras volvió a asegurar que un Gobierno de izquierdas buscará la negociación con los acreedores, pero que lo hará sobre "una base realista".
Syriza buscará una "quita de la mayor parte del valor nominal de la deuda"
Un Gobierno de Syriza buscará una "quita de la mayor parte del valor nominal de la deuda, para hacerla sostenible, pero mediante la técnica de no perjudicar a los ciudadanos de Europa, sino a través de mecanismos colectivos europeos", recalcó Tsipras, para añadir que lo que se hizo con Alemania en 1953 (Conferencia de la Deuda) puede hacerse en Grecia en 2015.

Precisó que en el servicio de la deuda debe haber una "cláusula de crecimiento", a fin de contribuir al relanzamiento económico y no para servir a superávit presupuestarios.

Mientras, en el Museo Benaki de Atenas, el cogubernametnal Partido Socialista Panhelénico (Pasok) tenía que presenciar cómo el ex primer ministro y antiguo dirigente del partido, Yorgos Papandreu, hijo de su fundador, el histórico Andreas Papandreu, anunciaba el divorcio y la creación de una nueva formación de centroizquierda.

El nuevo partido, bautizado como "Movimiento de los Socialistas Democráticos", no solo puede asestar el golpe letal a un Pasok que desde que entró en el Gobierno de Samarás vive una crisis de popularidad sin precedentes, sino que amplía el ya de por sí amplio abanico del centroizquierda.

Uno de estos partidos, la izquierda moderada de Dimar, comenzó también un congreso en el que decidirá su futuro comportamiento en las elecciones. De ser socio del Gobierno tripartito hasta mediados de 2013, Dimar apenas tiene posibilidades de superar la barrera mínima del 3 % para entrar en el Parlamento.

Ahora, Dimar sondea la posibilidad de hacer una alianza electoral con los ecologistas, un partido con una existencia marginal en este país.

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Sábado, 20 Diciembre 2014 07:34

Sorpresa y armas

Desde Bonn, Alemania

 

En esta Alemania acaba de triunfar en la provincia (aquí se llama estado) de Turingia el partido político llamado Die Linke (La Izquierda). Son los antiguos comunistas que actuaban en la República Democrática Alemana, la parte comunista, hasta que cayó el Muro y Alemania volvió a unirse. Años después de que la Alemania Occidental se hiciese cargo de la Alemania Oriental, se formó en la Alemania unida el partido Die Linke, que sostiene los principios del marxismo-leninismo. Al comienzo no tenía demasiada repercusión, pero con el tiempo se ha ido fortaleciendo. Y en Turingia ha demostrado que es un peligro para el partido mayoritario alemán, la Democracia Cristiana (de centroderecha).

El nuevo primer ministro de Turingia, Bodo Rammelow, tuvo un gesto de autocrítica en su discurso inaugural y pidió disculpas a todos aquellos alemanes que sufrieron cárcel o persecución durante los años en que el comunismo reinó en el Este alemán.

Pero más sorpresa que el triunfo comunista lo produjo el hecho de que el Partido Verde (ecologista) y la socialdemocracia le dieran sus votos al comunista Ramelow para que formara el gobierno provincial. En especial sorprendió que lo hiciera la socialdemocracia, que forma parte del gobierno de Alemania, aliado a la Democracia Cristiana.

Por ese hecho, la primera ministra Merkel hizo una aguda crítica a la socialdemocracia que está unida a la Democracia Cristiana en el poder nacional y a los comunistas en lo provincial.

Sí, algo raro. Pero claro, hay que explicarse que todavía no ha logrado unirse del todo la nación que estaba antes separada por el Muro, dividida en dos, con dos distintas políticas. Por lo menos, en calidad de vida. La población del Este, cuando llegó la unidad se trasladó en gran parte al Oeste. Y todavía continúan los problemas. Lo ocurrido en Turingia, con el triunfo del comunismo, es una señal para Occidente.

Esas poblaciones han demostrado lo que buscan. Al apoyar a los comunistas le han querido decir a Occidente: si ustedes no se preocupan por estas poblaciones seguiremos votando a los comunistas.

La primera ministra Merkel ha registrado este peligro. Esa nueva coalición de socialdemócratas, verdes y comunistas podrían vencer en las próximas elecciones nacionales. Por eso, y a pesar de que ahora los demócratas cristianos de la Merkel y los socialdemócratas forman juntos el gobierno federal, en las próximas elecciones puede formarse ese frente de izquierda y ganarle al conservadorismo de Merkel. Esta, en su última intervención, ha criticado severamente a la socialdemocracia por haber dado sus votos a los comunistas. De manera que, para los conservadores, tan aliados a los Estados Unidos, el futuro se ha enrarecido. En el congreso nacional de la Democracia Cristiana, Merkel ha sostenido: "Sólo una Democracia Cristiana bien fuerte para las elecciones de 2017 hará imposible el triunfo de los socialdemócratas unidos a los comunistas y a los verdes ecológicos. En eso debemos empezar a trabajar ya mismo".

Otra de las noticias que trajo inquietud en Alemania fue que la CIA norteamericana emplea repugnantes métodos de tortura a quienes se sospecha de algo. En su brutalidad superan todas las versiones que fueron creciendo con el correr del tiempo. La investigación que hizo el Senado estadounidense lo dice todo. El diario conservador alemán General Anzeiger escribe así: "Por fin salió la verdad a la luz. El país que quiere ser ejemplo de democracia ha quebrado en forma sistemática la realidad y además encubriendo la tortura de detenidos. Quien comete contra el ser humano pecados recibe confesiones que le convienen, pero raras veces la verdad. Que hayan pisoteado los valores éticos le ha costado a Estados Unidos un alto precio". Fue el presidente George W. Bush quien dio el permiso para llevar a cabo las torturas a los sospechosos de ser los autores de los acontecimientos del 11 de septiembre del 2001. Las torturas estaban encubiertas bajo el título de "mejores métodos de interrogatorios". Pero el escándalo fue muy comentado y la verdad, por fin, salió a la luz. Tortura policial, no. La peor falta de una democracia.

Pero ahora vayamos a una acción noble: las iglesias alemanas se unieron en un valioso documento donde se denuncia al gobierno de este país por la venta de armas a estados del tercer mundo. El documento se titula "No lo aceptamos" y en su valentía comienza diciendo: "En el primer semestre de este año la exportación de armas a países fuera de la NATO se elevó un 63 por ciento más que el año pasado". Así se expresó en el sínodo del Congreso de las Iglesias. El obispo católico Karl Jüsten exclamó: "Esto es intolerable". Una especial preocupación se instaló cuando se debatió la venta de submarinos a Israel y la entrega de naves patrulleras a Arabia Saudí.

El año pasado el gobierno alemán permitió ventas de armas por un valor de 5846 millones de euros. Es el valor más alto desde 1996. Los principales países en la compra de armas alemanas fueron Brasil, Malasia y Arabia Saudí. Alemania pasó a ser el quinto país en la lista de vendedores de armas.

La humanidad no aprende nada. Lo vemos por la crisis que sufren varios países de Europa y la creencia de que el problema se resuelve vendiendo cada vez más armas.

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Tabaré Vázquez, médico oncólogo de 74 años de edad y líder del gobernante Frente Amplio (FA), fue electo hoy el presidente número 39 de Uruguay.


Aunque la Corte Electoral (CE) aún no terminó el conteo manual de los votos, tres firmas encuestadoras proyectaron la victoria de Vázquez con unos 53 puntos porcentuales sobre unos 41 de Luis Lacalle Pou, del opositor Partido Nacional (PN) y sus aliados.


El mandatario electo, junto a su compañero de fórmula Raúl Sendic, asumirá su segundo mandato el próximo primero de marzo, cuando reciba la banda presidencial de manos del presidente José Mujica.


Vázquez fue presidente de 2005 a 2010, por lo que este será el tercer gobierno consecutivo del FA, colectividad que además obtuvo mayoría en la Cámara de Diputados de 99 miembros y del Senado, de 30 integrantes.


El investigador uruguayo Alejandro Giménez puntualizó que, en los 185 años de historia republicana, hubo ya 38 presidentes, incluidos aquellos que no fueron electos legalmente.


El autor de "El libro de los presidentes uruguayos. De Fructuoso Rivera a José Mujica", recordó que, después de la dictadura uruguaya (1973-1985), hubo seis presidentes electos.

El estudio consigna que el primer presidente del Uruguay, Fructuoso Rivera, gobernó a partir del 6 de noviembre de 1830 y, de allí en adelante, hubo mandatarios electos por el Parlamento, otros directamente en las urnas y aquellos que se autoproclamaron ilegalmente.


El primero en ser electo mediante voto popular fue el número 21, José Serrato (1923-1927).


En 1959, después de 93 años de administraciones del Partido Colorado (PC), el PN retornó al Gobierno.


Tras la dictadura militar, Julio María Sanguinetti, del PC, fue presidente durante dos mandatos (1985-1990 y 1995-2000), seguido por Luis Lacalle de Herrera (PN), de 1990 a 1995, y Jorge Luis Batlle (PN), de 2000 a 2005.

Luego, estos fueron seguidos por Tabaré Vázquez (2005-2010) y José Mujica (2010-2015), ambos del FA, que seguirá gobernando en el período 2015-2010.

(Con información de Prensa Latina)

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Domingo, 30 Noviembre 2014 11:12

El rol de los partidos de izquierda

A lo largo de la década de 1990 la izquierda ha resistido como pudo a los avances del neoliberalismo. Parecía que estábamos frente a una ola incontenible, hasta que algunos gobiernos latinoamericanos han reaccionado y empezado a construir alternativas a ese modelo.

 

Dos corrientes convivían en la resistencia al neoliberalismo: una, que planteaba la autonomía de lo social, el rechazo a la política, a los partidos y al Estado, centrando todo en movimientos sociales. Otra que proponía la necesidad de rescate de la política, de los partidos y del Estado, para conquistar hegemonía y construir alternativas al neoliberalismo.


Ha triunfado esta segunda corriente, dado que la superación del neoliberalismo requiere la construcción de un bloque de fuerzas hegemónico y la puesta en práctica de nuevas políticas de carácter público, que requieren redireccionar al Estado, superando la centralidad del mercado, promovida por el neoliberalismo.


El rescate del rol activo del Estado, tanto como inductor del crecimiento económico como en su calidad de garante de los derechos sociales, ha sido decisivo en la capacidad de gobiernos para avanzar en la superación del neoliberalismo.


Los que planteaban la autonomía de los movimientos sociales no fueron capaces de pasar de la fuerza acumulada en el plano social en la resistencia al neoliberalismo, a la construcción de alternativas a ese modelo. Se han quedado en la fase de la resistencia. Algunos prácticamente han desaparecido, como el caso de los piqueteros en Argentina otros han quedado reducidos a la intrascendencia, como es el caso de los zapatistas en México.


Ha sido decisivo el rol del Estado en los avances de superación del neoliberalismo, tanto en lo económico como en lo social. Pero la desmoralización de la política y el debilitamiento de los partidos no se ha detenido, ni siquiera en los países que han resaltado la importancia del Estado.


Se replantea con fuerza la cuestión del rol de los partidos de izquierda en los procesos de construcción de alternativas superadoras del neoliberalismo. Como se trata de gobiernos de alianzas amplias, de centroizquierda, esos partidos deben representar, desde luego, la alternativa de la izquierda, que antes de todo está por la superación radical del neoliberalismo. Y, más allá de esa lucha, apunta hacia alternativas anticapitalistas.


Por otra parte, el rol de un partido de izquierda es el de formular estrategias para llegar a los objetivos del programa del partido. Mientras los gobiernos se mueven en las coyunturas, es necesario apuntar hacia esos objetivos, para que no se pierdan en los enfrentamientos inmediatos.


Asimismo, los partidos deben discutir permanentemente con los movimientos populares las plataformas de lucha, las formas de organización de las distintas capas de la población, las relaciones con los gobiernos. Porque son esos movimientos –sindicatos, movimientos sociales, culturales, etc.— los encargados de organizar los más amplios sectores de masas.


Además, los partidos deben volcarse sobre las constantes evaluaciones de las correlaciones de fuerza, de los aliados, de los enemigos.


En síntesis, el rol de los partidos es el de elaborar y construir la hegemonía de los programas estratégicos de la izquierda y de las formas de su realización.

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Miércoles, 05 Noviembre 2014 07:39

"El ciclo progresista en Sudamérica ha terminado"

El periodista y escritor uruguayo, Raúl Zibechi, dialogó con L'Ombelico del Mondo, programa internacional de Radionauta FM 106.3 y analizó las recientes elecciones en Brasil y Uruguay. Su mirada respecto al futuro de la región.

 

Zibechi nació en Uruguay en 1952 y fue militante del Frente Estudiantil Revolucionario (FER), agrupación estudiantil vinculada al Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros. Durante la dictadura uruguaya iniciada en 1973 se exilió primero en Buenos Aires y luego, cuando sobrevino el golpe en Argentina, se trasladó a España.


Allí continuó su militancia política y al regresar a Uruguay en los años 80 desarrolló un amplio trabajo como periodista e investigador con fuerte hincapié en los nuevos movimientos sociales. El programa de noticias internacionales, L'Ombelico del Mondo lo entrevistó para conocer sus impresiones y análisis de la situación actual en América Latina tras las elecciones en Brasil y Uruguay.


- Usted estaba en Montevideo el 26 de octubre cuando se realizaron las elecciones presidenciales en Uruguay; ¿cómo vivió la jornada en la que Tabaré Vázquez se impuso, aunque sin los votos suficientes para ganar en primera vuelta, sobre su principal adversario Luis Lacalle Pou?
– El resultado fue más o menos el esperado solo que el Frente Amplio obtuvo, además de ser la fuerza mayoritaria es la mayoría absoluta en el Parlamento, cosa que no era esperada.


Se puede leer este resultado como una gran estabilidad en el voto del Frente Amplio donde saca, voto más, voto menos, lo mismo que hace cinco años. Pero tiene una pérdida de unos tres puntos por izquierda que los gana por derecha.


O sea, le quita un 3% a los partidos tradicionales, sobre todo en el interior del país donde gana incluso en feudos tradicionales del Partido Colorado y el Partido Nacional, donde nunca había ganado. Y a su vez tiene, sobre todo en Montevideo, una pérdida de votos que van en tres direcciones: hacia el voto blanco y nulo; hacia el Partido Ecologista; y hacia la Unión Popular que consiguió una banca produciendo por primera vez que haya en el Parlamento una fuerza a la izquierda del Frente Amplio.


- En paralelo a las elecciones presidenciales se realizó el plebiscito por la baja de la edad de imputabilidad que finalmente salió negativo. Hubo una campaña muy fuerte de sectores de la juventud por el No a la baja. Estos jóvenes son los que, a priori, parecen estar más desencantados con el Frente Amplio.
– Hubo un sector juvenil, de clase media sobre todo, que se movilizó por el no a la baja de la edad de imputabilidad. Probablemente ese sector haya votado masivamente al frente amplio aunque inicialmente no era muy afín a hacerlo.


Por otro lado se dio la situación de que, en todos los partidos, hubo quienes apoyaron el Si a la baja. Hubo muchos votos frenteamplistas, se calcula que un 20%, que además de las papeletas de los diferentes grupos del Frente incluían el Si a la baja. Lo que quiere decir que el tema ha trascendido y esta es una posición que defienden incluso los partidos del Frente Amplio.


- ¿Cómo ve de cara a la segunda vuelta la situación en Uruguay y qué rol puede llegar a tener la izquierda, como Unión Popular, que ha crecido en los últimos años?
– La segunda vuelta ya está decidida. Va a ganar Tabaré Vázquez porque con que repita la misma votación que tuvo ya gana. La suma de Blancos y Colorados no alcanzan al Frente Amplio y el papel que juega la izquierda más consecuente es muy pequeño. Estamos hablando del 1% de los votos.
Por eso creo que el ballotage no va a tener secretos. Tabaré Vázquez va a tener el 53% o quizás el 55% de los votos con una diferencia de por lo menos diez puntos sobre Lacalle Pou.


- En Brasil el Partido de los Trabajadores volvió a ganar la presidencia en el ballotage el domingo 26 y Dilma Rousseff será nuevamente presidenta. ¿Cómo se configura el futuro frente a este escenario para la izquierda y los movimientos populares que no siempre han participado del gobierno o lo han apoyado en algunos aspectos solamente?
– Bueno, mal. Porque el voto de la primera vuelta fue muy conservador. El Parlamento que emerge de la primera vuelta en Brasil está bastante más a la derecha del que había. Tienen mayoría absoluta los diputados que defienden al agronegocio.


La llamada "bancada de la bala", compuesta por policías y militares, que defienden que la gente se arme contra la delincuencia, creció bastante. La bancada antiaborto, quienes defienden las posiciones más conservadoras, son hoy hegemónicas. El PT tenía 88 diputados y pasó a 70.


Por eso cualquier decisión que tome el Poder Ejecutivo en Brasil va a tener que pasar por un Parlamento donde le va a costar mucho. Las promesas de campaña de Dilma, como la reforma política, se van a tropezar con un congreso derechizado.


De modo que en Brasil el conflicto social se va a relanzar en los próximos años porque la situación de como quedó el mapa y la voluntad de la propia presidenta y el PT va a provocar una situación de dificultad para que se aprueben las reformas que están comprometidas, por lo menos con los movimientos.


- ¿Y la vuelta de Tabaré en Uruguay es de alguna manera un corrimiento hacia el centro del Frente Amplio?
– En el escenario internacional sin ninguna duda. Porque ahí Tabaré Vázquez ya tuvo un conflicto muy fuerte con Argentina en su primera presidencia y en esta, está el gran debate de que va a pasar con el Mercosur. Vázquez no es amigo del Mercosur, mira a la Alianza del Pacífico y aquí vamos a tener una situación que se va a reeditar, pero en un escenario más grave, lo que ya sucedió en su primera presidencia cuando estuvo a punto de firmar un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos.


Hay un corrimiento al centro, por tanto a la derecha, del gobierno. En un escenario general en el cual la actitud conservadora de la población, tanto en Brasil como en Uruguay, y probablemente en otros países es cada vez mayor.


Esto es fruto de un ciclo económico de alza, de un aumento exponencial del consumismo y de formas de vida que hacen que la población se haga, día a día, más conservadora.


- En los últimos años se ha valorado más la figura del presidente saliente José Mujica como personaje más que sus políticas al frente del gobierno ¿Esto es así realmente o la figura acompaño las políticas efectivas?
– Creo que las figuras pueden ser muy simpáticas, pero las políticas que estamos viendo -monocultivos de soja, minería a cielo abierto, sin cambios estructurales y reproduciendo la desigualdad- hablan por sí solas. Los personajes por más interesantes que sean no llegan a configurar políticas de Estado. Entonces aquí estamos ante un déficit de políticas de transformación.


- Con Dilma Rousseff en Brasil, Tabaré Vázquez en Uruguay, un 2015 en Argentina que probablemente nos depara un presidente más conservador en términos internacionales, una Venezuela a la defensiva. Hoy parece que el único líder que queda firme de la izquierda en América Latina es Evo Morales. ¿Qué rol está teniendo este bloque progresista y de izquierda en el continente de cara a lo que se viene?
– Pienso que el ciclo progresista en Sudamérica ha terminado. Entiendo por ciclo progresista el que comenzó con el Caracazo de 1989 como primer levantamiento popular opuesto al ajuste neoliberal y que después se convirtió en gobierno. O sea, el progresismo como fuerzas transformadoras que promueven cambios progresivos creo que está llegando a su fin. Seguirá siendo gobierno durante un tiempo pero vemos que en general están a la defensiva.


Es decir que lo que más están haciendo es mantener. Ya dejaron de promover cambios positivos. Por otro lado los cambios positivos de estos gobiernos fueron políticas focalizadas para atender la pobreza, pero eso fue en un primer momento. Diez años de esa política no produce transformaciones, simplemente hace que la pobreza sea más baja. Hace falta implementar un modelo que transforme, que integre, que genere empleo digno y que ya no hagan falta esas políticas focalizadas.


Si seguimos exportando soja a China, si seguimos con la minería, con el petróleo, con los monocultivos, el ciclo de transformaciones se agota por sí solo. Y no hay ni claridad política, ni deseo, ni voluntad de ir más allá. Porque para hacerlo hay que tocar intereses muy pesados que son precisamente los que están apoyando a estos gobiernos.


Los movimientos populares lentamente están volviendo a la resistencia. Primero en Brasil con las manifestaciones de 2013. En Argentina tuvimos un hecho muy importante en diciembre de 2010 con la ocupación del Parque Indoamericano. Ahora tenemos el caso de Malvinas Argentinas donde han frenado a Monsanto. Los movimientos están ahí. Cualquier corrimiento a la derecha o crisis económica que se haga caer sobre las espaldas de los sectores populares va a haber un clarísimo relanzamiento de los movimientos.


Por: Notas.org.ar // L'Ombelico del Mondo

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Domingo, 02 Noviembre 2014 11:01

"Puede ser que la izquierda desaparezca"

Director de investigaciones en el CNRS francés (Centro Nacional de la Investigación científica), profesor en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, Löwy es autor de reconocidos libros sobre el marxismo.

 

Desde París


Los populismos xenófobos llenan las urnas, el desempleo se incrementa, la desindustrialización prosigue sin piedad su trabajo de deconstrucción social y la izquierda europea se muere en los brazos de su enemigo. Su discurso se ha vuelto tan débil que es inaudible. Con la escasa excepción de Grecia y España donde prosperan fuerzas de la izquierda radical, Syriza y Podemos, la socialdemocracia del Viejo Continente está en vías de extinción. Sus sepultureros no son sólo los ejércitos del liberalismo, sino, también, los gobiernos socialistas elegidos para llevar adelante otra política y que hoy, como el primer ministro francés Manuel Valls, dicen en voz alta que es preciso terminar "con la izquierda del pasado". ¿Para qué sirve entonces Marx, la tradición del socialismo democrático, las luchas obreras y la injusticia que todo demuele si la izquierda europea no logra reinventar una alternativa? A estas preguntas responde el sociólogo y filósofo marxista Michael Löwy. Director de investigaciones en el CNRS francés (Centro Nacional de la Investigación científica), profesor en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, Löwy es autor de reconocidos libros sobre el marxismo. Su primer libro en español, El pensamiento del Che Guevara, fue publicado en 1971 por Siglo XXI. El último, Ecosocialismo. La alternativa radical a la catástrofe ecológica capitalista (Buenos Aires, Ediciones Herramienta y Editorial El Colectivo), apareció en Buenos Aires en 2011. Entre ambos hay una extensa y metódica reflexión sobre la historia del marxismo y una irrenunciable postura a favor de una convergencia entre todas las fuerzas progresistas para cambiar la mecánica nefasta del sistema.


–Con un liberalismo voraz y sin enemigo capaz de neutralizarlo, con los medios hegemónicos que destilan el mismo argumento en casi todos los rincones del planeta, ¿cuál es el lugar y qué utilidad tiene hoy el marxismo?
–El marxismo es el único método, el único instrumento de teoría crítica capaz de inspirar una resistencia crítica contra esta ola de políticas neoliberales desastrosas. Estas políticas se imponen en Europa, sea con la derecha o con los gobiernos de centroizquierda. Es más o menos lo mismo. Pero el marxismo no ofrece los instrumentos para proponer alternativas. Ahora bien, hay una condición: que el marxismo no se limite a repetir lo que está escrito en los libros de Marx o de Engels. Debemos ser capaces de abrirnos a los nuevos planteos que no estaban previstos por los fundadores. Estos temas van desde la Teología de la Liberación, los movimientos indígenas en América latina hasta, sobre todo, la cuestión ecológica. Esto es fundamental para un socialismo o un marxismo del siglo XXI. El marxismo debe ser actualizado en función de los desafíos, las luchas y los movimientos sociales de nuestra época.


–¿Por dónde pasa el punto de articulación entre esta reactualización y la creación de un movimiento político contemporáneo genuinamente de izquierda?
–Lo que corresponde en primer lugar a las fuerzas políticas de la izquierda radical es la urgencia de unirse y, luego, apropiarse de la reflexión marxista y actualizarla. Algunos movimientos lo están haciendo, por ejemplo Syriza, en Grecia, que es hoy el movimiento de la izquierda radical más importante de Europa. Syriza es un movimiento que logró crear la convergencia con los movimientos de protesta social y con la juventud. Syriza también pudo apropiarse de las nuevas cuestiones. Es entonces posible y ahí tenemos un ejemplo.


–El actual primer ministro francés, Manuel Valls, dijo hace unos meses que la izquierda podía desaparecer. Si uno mira el panorama de la izquierda en varios países centrales de Europa, da la impresión de que ya desapareció.
–Efectivamente, hay un riesgo de que la izquierda desaparezca. En este sentido, Manuel Valls tiene razón, exceptuando el hecho de que él es uno de los responsables de la desaparición de la izquierda. Lo que contribuye a desmoralizar a la izquierda es la política de Valls y del presidente François Hollande. Esa política empuja la gente a la desesperanza, a perder el rumbo. Por eso hay tanta gente que mira hacia la extrema derecha. Pero hay que reconocer que, en Europa, la situación no es nada buena. La extrema derecha tiene el viento en popa y la izquierda radical está muy debilitada, con la notable excepción que es la esperanza de Grecia y España, donde hay un movimiento nuevo como Podemos. Es apenas un comienzo, pero esto nos demuestra que hay una alternativa a la izquierda.


–Pero ¿por qué la izquierda se volvió prácticamente inaudible? ¿Se repitió, le faltó convicción o simplemente acomodó su ideología para diluirse en el liberalismo?
–La socialdemocracia, que era una parte importante de la izquierda y del movimiento obrero, decepcionó porque se adaptó al neoliberalismo y llevó a cabo la misma política que la derecha liberal. Hay a la vez un desencanto y una desorientación. Al mismo tiempo, el Partido Comunista paga ahora el precio de su adhesión, durante casi un siglo, a esa caricatura de socialismo que fue la Unión Soviética. Cuando la URSS se derrumbó como una farsa trágica, los obreros y la gente que respaldada esa corriente de la izquierda se desmoralizaron. Pero, por sobre todas las cosas, lo que más influye es el peso de la ideología dominante. Los medios, la televisión, en suma, todo eso mantiene una cultura del consumo, un espíritu conformista y una sociedad individualista. Esa es la ideología dominante y no es fácil luchar contra ella. En cambio, en América latina sí se pudo combatir esa ideología, en Europa es otra historia. En América latina hay una extensa historia de rebeliones, de movimientos y de revoluciones que lograron hacer saltar la tapa del conformismo burgués reaccionario. América latina se mueve, el neoliberalismo no domina más como antes.


–Esto significa que, en América latina, la izquierda tiene eco.
–Las experiencias de Venezuela, Bolivia y Ecuador muestran que se puede ir mucho más lejos en la ruptura con las políticas neoliberales y la dominación oligárquica. No se trata de una revolución socialista como en Cuba, ni tampoco del fin del capitalismo. Sin embargo, incluso dentro de los límites del sistema, pudieron ir más lejos. Hay una dinámica de ruptura y de enfrentamiento con la oligarquía. Como vemos, no es imposible.


–Cuando explotó la crisis financiera en 2008, muchos celebraron el fin del sistema capitalista liberal. Pero sigue acá, tan vivo y corrupto como siempre. ¿En qué fase se encuentra entonces? ¿Al final de una etapa histórica, en plena renovación, al límite de su contradicción histórica?
–El sistema del capitalismo neoliberal ingresó en una crisis muy profunda en los países centrales –Estados Unidos, Europa, etc–. Esta crisis está lejos de haber terminado. Hay rebotes, subibajas, mejoras que llevan a los gobiernos a proclamar "salimos de la crisis" y, de nuevo, retrocesos. Por consiguiente, la crisis se prolonga y las políticas gubernamentales actuales son incapaces de resolverla. Pienso que no se trata de la crisis final del capitalismo, de una forma u otra saldrá de ella y, muy probablemente, de una manera negativa para las clases populares. Si no hay una reacción, un movimiento social, un movimiento popular revolucionario que se oponga y pueda detener la ofensiva del capital, el liberalismo encontrará una solución para salir de su crisis. Todo puede pasar. Con todo, el sistema continuará mientras no haya una alternativa radical. Ahora bien, el capitalismo ya atravesó muchas crisis, pero hoy se enfrenta a un nuevo límite, el límite del planeta, el límite ecológico. Si seguimos así, dentro de diez años no habrá una crisis económica, sino una crisis ecológica catastrófica.


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Publicado en Internacional

Para la segunda vuelta presidencial la presencia de varios matices de la Izquierda democrática, apoyando la candidatura del Presidente Santos fue trascendental y de amplia incidencia en el resultado final que permitió la derrota del candidato ultraderechista Oscar Ivan Zuluaga por cerca de un millón de votos.


La coincidencia en el tema de la defensa del proceso de paz propicio la constitución de un potente bloque político convertido en el eje de la dinámica política en el mediano y largo plazo. La voz cantante en la vida pública ya no será la de la guerra y el belicismo a ultranza como le gusta a Uribe Velez y sus partidarios.


Conocidos los resultados electorales, el Presidente Santos ha dicho que en su gobierno hay un espacio para la Izquierda. Es apenas obvia tal afirmación.


Algunos líderes de dicho campo político han mostrado perplejidad y dudas sobre su ingreso a la segunda administración del doctor Juan Manuel Santos. Los argumentos se refieren a una eventual perdida de independencia y a conjeturas sobre apoyos a programas incompatibles con sus proyectos políticos, como planes económicos, financieros, de orden público y militares.


La Izquierda en sus diversas tendencias debería salir de esas dudas que la paralizan y tomar la decisión de acompañar a Santos en su gobierno, específicamente en la política de paz y en la construcción de un ambicioso plan en ese sentido.

Los espacios estatales que le corresponden debe asumirlos e impedir que el uribismo, a través del zuluaguismo ablandado, se infiltre en las esferas gubernamentales para seguir en su sabotaje crónico del procesos de diálogos que se adelantan en La Habana.

La Izquierda debería mirar y analizar la reciente experiencia de Chile, en que un núcleo muy importante de dicha orientación política, la del Partido Comunista, hizo parte de la coalición que llevo a La Moneda a la Presidenta Bachelet, y hoy participa de importantes cargos en su gobierno, sin perder su independencia. Esa presencia en cargos oficiales ha permitido que el debate sobre la reforma tributaria, la reforma política y educativa, tenga ingredientes progresistas que fortalecen los derechos fundamentales de la sociedad.

No hay que perder de vista que el Estado y su maquinaria administrativa son un campo de tensiones de diversas fuerzas, en el que se da una intensa lucha entre diferentes concepciones ideológicas y políticas. Lucha en la que debe intervenir el ciudadano para defender y profundizar sus derechos en la perspectiva de la democracia, la equidad y la justicia social

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La Izquierda que apoyó a Santos no debe caer en la trampa de los falsos maniqueísmos patrocinados por ciertos parlamentarios pegados al sectarismo político.

Publicado en Colombia
Jueves, 26 Diciembre 2013 10:19

Izquierda y progresismo: la gran divergencia

ALAI AMLATINA, 24/12/2013.- Uno de los mayores cambios políticos vividos en América Latina en los últimos veinte años fue el surgimiento y consolidación de los gobiernos de la nueva izquierda. Más allá de la diversidad de esas administraciones y de sus bases de apoyo, comparten atributos que justifican englobarlos bajo la denominación de "progresistas". Son expresiones vitales, propias de América Latina, en cierta manera exitosas, pero ancladas en la idea de progreso. Su empuje, e incluso su éxito, está llevando a que esté en marcha una divergencia entre este progresismo con muchas de las ideas y sueños de la izquierda latinoamericana clásica.


Para analizar estas circunstancias es necesario tener muy presente la magnitud del cambio político que se inició en América Latina en 1999 con la primera presidencia de Hugo Chávez, y que se consolidó en los años siguientes en varios países vecinos. Quedaron atrás los años de las reformas de mercado, y regresó el Estado a desempeñar distintos roles. Se implantaron medidas de urgencia para atacar la pobreza extrema, y su éxito ha sido innegable en casi todos los países. Vastos sectores, desde movimientos indígenas a grupos populares urbanos, que sufrieron la exclusión por mucho tiempo, lograron alcanzar el protagonismo político.


Es también cierto que esta izquierda latinoamericana es muy variada, con diferencias notables entre Evo Morales en Bolivia y Lula da Silva en Brasil, o Rafael Correa en Ecuador y el Frente Amplio de Uruguay. Estas distintas expresiones han sido rotuladas como izquierdas socialdemócrata o revolucionaria, vegetariana o carnívora, nacional popular o socialista del siglo XXI, y así sucesivamente. Pero estos gobiernos, y sus bases de apoyo, no sólo comparten los atributos ejemplificados arriba, sino también la idea de progreso como elemento central para organizar el desarrollo, la economía y la apropiación de la Naturaleza.


El progresismo no sólo tiene identidad propia por esas posturas compartidas, sino también por sus crecientes diferencias con los caminos trazados por la izquierda clásica de América Latina de fines del siglo XX. Es como si presenciáramos regímenes políticos que nacieron en el seno del sendero de la izquierda latinoamericana, pero a medida que cobraron una identidad distinta están construyendo caminos que son cada vez más disímiles. Es posible señalar, a manera de ejemplo, algunos puntos destacados en los planos económico, político, social y cultural.


La izquierda latinoamericana de las décadas de 1960 y 1970 era una de las más profundas críticas del desarrollo convencional. Cuestionaba tanto sus ideas fundamentales, incluso con un talante anti-capitalista, y rechazaba expresiones concretas, en particular el papel de ser meros proveedores de materias primas, considerándolo como una situación de atraso. También discrepaba con instrumentos e indicadores convencionales, tales como el PBI, y se insistía que crecimiento y desarrollo no eran sinónimos.


El progresismo actual, en cambio, no discute las esencias conceptuales del desarrollo. Por el contrario, festeja el crecimiento económico y defiende las exportaciones de materias primas como si fueran avances en el desarrollo. Es cierto que en algunos casos hay una retórica de denuncia al capitalismo, pero en la realidad prevalecen economías insertadas en éste, en muchos casos colocándose la llamada "seriedad macroeconómica" o la caída del "riesgo país" como logros. La izquierda clásica entendía las imposiciones del imperialismo, pero el progresismo actual no usa esas herramientas de análisis frente a las desigualdades geopolíticas actuales, tales como el papel de China en nuestras economías. La discusión progresista apunta a cómo instrumentalizar el desarrollo y en especial el papel del Estado, pero no acepta revisar las ideas que sostienen el mito del progreso. Entretanto, el progresismo retuvo de aquella izquierda clásica una actitud refractaria a las cuestiones ambientales, interpretándolas como trabas al crecimiento económico.


La izquierda latinoamericana de las décadas de 1970 y 1980 incorporó la defensa de los derechos humanos, y muy especialmente en la lucha contra las dictaduras en los países del Cono Sur. Aquel programa político maduró, entendiendo que cualquier ideal de igualdad debía ir de la mano con asegurar los derechos de las personas. Ese aliento se extendió, y explica el aporte decisivo de las izquierdas en ampliar y profundizar el marco de los derechos en varios países. En cambio, el progresismo no expresa la misma actitud, ya que cuando se denuncian derechos violados en sus países, reaccionan defensivamente. Es así que cuestionan a los actores sociales reclamantes, a las instancias jurídicas que los aplican, incluyendo en algunos casos al sistema interamericano de derechos humanos, e incluso a la propia idea de algunos derechos.


Aquella misma izquierda también hizo suya la idea de la democracia, otorgándole prioridad a lo que llamaba su profundización o radicalización. Su objetivo era ir más allá de la simples elecciones nacionales, buscando consultas ciudadanas directas más sencillas y a varios niveles, con mecanismos de participación constantes. Surgieron innovaciones como los presupuestos participativos o los plebiscitos nacionales. El progresismo, en cambio, en varios sitios se está alejando de aquel espíritu para enfocarse en mecanismos electorales clásicos.Entiende que con las elecciones presidenciales basta para asegurar la democracia, festeja el hiperpresidencialismo continuado en lugar de horizontalizar el poder, y sostiene que los ganadores gozan del privilegio de llevar adelante los planes que deseen, sin contrapesos ciudadanos. A su vez, recortan la participación exigiendo a quienes tengan distintos intereses que se organicen en partidos políticos y esperen a la próxima elección para sopesar su poder electoral.


La izquierda clásica de fines del siglo XX era una de las más duras luchadoras contra la corrupción. Ese era una de los flancos más débiles de los gobiernos neoliberales, y la izquierda lo aprovechaba una y otra vez ("nos podremos equivocar, pero no robamos", era uno de los slogans de aquellos tiempos). En cambio, el progresismo actual no logra repetir ese mismo ímpetu, y hay varios ejemplos donde no ha manejado adecuadamente los casos de corrupción de políticos claves dentro de sus gobiernos. Asoma una actitud que muestra una cierta resignación y tolerancia.


Otra divergencia que asoma se debe a que la izquierda latinoamericana luchó denodadamente por asegurar el protagonismo político de grupos subordinados y marginados. El progresismo inicial se ubicó en esa misma línea, y conquistó los gobiernos gracias a indígenas, campesinos, movimientos populares urbanos y muchos otros actores. Dieron no sólo votos, sino dirigentes y profesionales que permitieron renovaron las oficinas estatales. Pero en los últimos años, el progresismo parece alejarse de muchos de estos movimientos populares, ha dejado de comprender sus demandas, y prevalecen posturas defensivas en unos casos, a intentos de división u hostigamiento en otros. El progresismo gasta mucha más energía en calificar, desde el palacio de gobierno, quién es revolucionario y quién no lo es, y se ha distanciado de organizaciones indígenas, ambientalistas, feministas, de los derechos humanos, etc. Se alimenta así la desazón entre muchos en los movimientos sociales, quienes bajo los pasados gobiernos conservadores eran denunciados como izquierda radical, y ahora, bajo el progresismo, son criticados como funcionales al neoliberalismo.


La izquierda clásica concebía a la justicia social bajo un amplio abanico temático, desde la educación a la alimentación, desde la vivienda a los derechos laborales, y así sucesivamente. El progresismo en cambio, se está apartando de esa postura ya que enfatiza a la justicia como una cuestión de redistribución económica, y en especial por medio de la compensación monetaria a los sectores más pobres y el acceso del consumo masivo al resto. Esto no implica desacreditar el papel de ayudas en dinero mensuales para sacar de la pobreza extrema a millones de familias. Pero la justicia es más que eso, y no puede quedar encogida a un economicismo de la compensación.


Finalmente, en un plano que podríamos calificar como cultural, el progresismo elabora diferentes discursos de justificación política pero que cada vez tienen mayores distancias con las prácticas de gobierno. Se proclama al Buen Vivir pero se lo desmonta en la cotidianidad, se llama a industrializar el país pero se liberaliza el extractivismo primario exportador, se critica el consumismo pero se festejan los nuevos centros comerciales, se invocan a los movimientos sociales pero se clausuran ONGs, se felicita a los indígenas pero se invaden sus tierras, y así sucesivamente.


Estos y otros casos muestran que el progresismo actual se está separando más y más de la izquierda clásica. El nuevo rumbo ha sido exitoso en varios sentidos gracias a los altos precios de las materias primas y el consumo interno. Pero allí donde esos estilos de desarrollo generan contradicciones o impactos negativos, estos gobiernos no aceptan cambiar sus posturas y, en cambio, reafirman el mito del progreso perpetuo. A su vez, contribuyen a mercantilizar la política y la sociedad con su obsesión en la compensación económica y su escasa radicalidad democrática.


El progresismo como una expresión política distintiva se hace todavía más evidente en tiempo de elecciones. En esas circunstancias parecería que varios gobiernos abandonan los intentos de explorar alternativas más allá del progreso, y prevalece la obsesión con ganar la próxima elección. Eso los lleva a aceptar alianzas con sectores conservadores, a criticar todavía más a los movimientos sociales independientes, y a asegurar el papel del capital en la producción y el comercio.


El progresismo es, a su manera, una nueva expresión de la izquierda, con rasgos típicos de las condiciones culturales latinoamericanas, y que ha sido posible bajo un contexto económico global muy particular. No puede ser calificado como una postura conservadora, menos como un neoliberalismo escondido. Pero no se ubica exactamente en el mismo sendero que la izquierda construía hacia finales del siglo XX. En realidad se está apartando más y más a medida que la propia identidad se solidifica.


Esta gran divergencia está ocurriendo frente a nosotros. En algunos casos es posible que el progresismo rectifique su rumbo, retomando algunos de los valores de la izquierda clásica para buscar otras síntesis alternativas que incorporen de mejor manera temas como el Buen Vivir o la justicia en sentido amplio, lo que en todos los casos pasa por desligarse del mito del progreso. Es dejar de ser progresismo para volver a construir izquierda. En otros casos, tal vez decida reafirmarse como tal, profundizando todavía más sus convicciones en el progreso, cayendo en regímenes hiperpersidenciales, extractivistas, y cada vez más alejados de los movimientos sociales. Este es un camino que lo aleja definitivamente de la izquierda.


Por Eduardo Gudynas, analista en CLAES (Centro Latino Americano de Ecología Social), Montevideo.

Twitter: @EGudynas

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