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¿No es una pena que se persiga el dopaje deportivo? Ahora que los dirigentes –públicos y privados- de la sociedad de consumo han conseguido que millones de ciudadanos de a pie rindan culto a unos cuantos dioses apolíneos, resulta que ciertos remilgos sobre la liturgia deportiva han ocasionado un enorme disgusto a los adoradores.

¿Acaso los atletas ahora denostados cada vez corren menos, acaso se han negado a proporcionar espectáculo día tras día, no ponen –incluso- su salud en peligro por mor de su grey y hasta de la bandera nacional? Es justo lo contrario: se les ha exigido más y más, han cumplido y se han hecho merecedores de dinero y adoración. Dioses –o marionetas- para chicos y grandes, aunque bien pagados.

La gente se ha vuelto loca de verdad. Ahora se enfadan con las marionetas –o los dioses- por haber hecho lo que se les ha pedido: entrenamientos de tortura y carreras de galgos (anticipando deliciosamente el nombre de la operación mediática, perdón, judicial, en curso).

El éxtasis entre lo hortera y lo patriótico experimentado por millones en cada competición queda hoy ridiculizado. Los mismos millones no aciertan a reflexionar sobre la esencia del disparatado espectáculo que pagaban con gusto y ahora les sustraen.

Como si los atletas fueran hoy peores o mejores que ayer, como si verles correr una centésima o incluso un segundo más despacio tuviera alguna importancia para sus vidas normalmente antideportivas (el 17% de españoles sufre obesidad y el 55% sobrepeso, según los datos de 2010 de la OCDE). Como si el mismo espectáculo sin sangre alterada fuese sustancialmente diferente.

Es el momento de ponerles convenientemente delante un nuevo asunto morboso –en este caso sobre atletas famosos y traficantes- para distraerles una vez más y tapar todo lo demás.

¿No quería el pueblo tener un puñado de elegidos para realizar en su nombre un moderno sacrificio sobrehumano, casi sobrenatural, no quería entrar en trance gracias a sus médium en pantalón corto?

Pues entonces no es razonable ponerse ahora a discutir sobre si lo hacen así o asá. ¿En qué cabeza cabe que un mozo se ponga a correr 42 kilómetros sin parar a una velocidad media de 3 minutos por kilómetro “por deporte”? Probablemente en la misma que cabe que el PSOE acaba de descubrir, como se deduce de las palabras de sus altos cargos en las instituciones deportivas, algunos con más veinte años de servicio, que las medallas en un espectáculo se dan al que mejor cumple el papel y no al mejor deportista.

Antes descubrió que televisar deporte todos los días a todas horas se parece mucho a prometer el cielo durante la misa pero con resultados instantáneos. No le importó, al contrario, que ver competiciones deportivas en la televisión, adorar en el bar a los dioses que realizan sus milagros sobre el tartán, soñar en horas de trabajo con glorias ajenas y ondear banderas en la calle al paso de unos chicos encaramados en un autobús con fanfarria, no tiene nada que ver con el deporte.

¿Qué hace que unas personas se entusiasmen hasta el paroxismo en grupo con hazañas físicas, cuya teoría y práctica apenas entienden y que por supuesto son incapaces de imitar siquiera de lejos ni maldita falta que hace?

Quizás la gente ha sido hábilmente inducida a sustituir religión por deporte. El diccionario de la Real Academia identifica religión con “creencias y dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor (…) principalmente la oración y el sacrifico para darle culto”, mientras que el deporte lo define como “ recreación, pasatiempo, placer, diversión o ejercicio físico, por lo común al aire libre” en su segunda acepción. Añade que hacer algo “por deporte” es hacerlo “por gusto, desinteresadamente”.

El deporte espectáculo de masas, una nueva religión, no puede ser nada bueno, de otro modo ni los gobiernos ni los mercados lo promocionarían.

Por Agustín Velloso
Rebelión
Publicado en Internacional
Sábado, 25 de Abril de 2009 09:14

¿Cuál fue el punto de la reunión del G-20?

Casi todo el mundo tomó demasiado en serio la reunión del G-20 en Londres, el 2 de abril. Los expertos y los críticos la han analizado como si hubiera sido diseñada para lograr algún cambio en las políticas de los estados que participaron. El hecho es que todos los que fueron sabían desde antes que nada que tuviera alguna significación cambiaría como resultado de reunirse, y que los cambios menores que fueron adoptados podrían muy fácilmente haberse arreglado sin dicha reunión.

El punto de la reunión –para Estados Unidos, para Francia y Alemania, para China– fue mostrar a sus públicos en casa que estaban “haciendo algo” acerca de la calamitosa situación económica mundial cuando de hecho no hacían nada que de algún modo significativo salvara el barco del hundimiento.

Probablemente la reunión fue de lo más importante para el presidente Obama. Él fue a demostrar tres cosas: que era popular en lo personal por todo el mundo; que se presentaría a sí mismo con un estilo diplomático muy diferente de aquel de George W. Bush; que esas dos cosas juntas harían la diferencia.

Obama ciertamente demostró las dos primeras. Fue aclamado por las multitudes en todas partes –en Londres, en París, en Estrasburgo, en Alemania, en Praga y en Turquía, así como por los soldados estadunidenses en Irak. También lo hicieron con Michelle Obama. Y ciertamente empleó un estilo diplomático diferente. Todos sus interlocutores dijeron que los tomaba en serio, que los escuchaba con atención, que admitió los errores pasados y limitaciones de Estados Unidos, y que pareció abierto a soluciones de compromiso en cuanto a las disputas diplomáticas –nada de lo que podrían haber acusado a Bush.

¿Pero hizo esto alguna diferencia en lograr los objetivos diplomáticos estadunidenses? Es difícil verlo de este modo. No se resolvió en lo absoluto el debate entre, por un lado, el enfoque estadunidense de reavivar la economía-mundo (con más “estimulo”), enfoque apoyado por Gran Bretaña y Japón, y, por otro lado, el enfoque germano-francés (más “regulación” internacional de las instituciones financieras). Más allá de los méritos de ambos argumentos, ambos lados se plantaron en su postura y el comunicado simplemente obvió las diferencias.

Es cierto que el G-20 accedió a reunir un paquete de 1.1 billones de dólares para otorgarlo al Fondo Monetario Internacional (FMI) para que emita los llamados Derechos Especiales de Giro (DEG) como parte de un “plan global de recuperación a una escala sin precedentes”. Pero como han señalado muchos comentaristas, la escala del esfuerzo es mucho menor de lo que está implicado. Primero que nada, parte de esto no es dinero nuevo. Segundo, esto es para financiar y no necesariamente gastar. Tercero, 60 por ciento de los DEG se irán para Estados Unidos, Europa y China, que no los necesitan. Y cuarto, 1.1 billones no es tanto cuando se les coloca junto a los 5 billones que ya fueron destinados a los planes de estímulos fiscales por todo el globo.

Todos salieron contra el proteccionismo y propusieron hacer cosas al respecto. Pero no se adoptaron medidas vinculantes. Además, hay tres clases diferentes de proteccionismo en cuestión.

La primera es la protección de las industrias propias, algo que virtualmente todos los miembros del G-20 ya hacían y que probablemente seguirán haciendo. La segunda es la regulación de los fondos de cobertura y de las agencias de calificación crediticia. Los chinos se alegran por esto, mientras que Estados Unidos y Europa occidental están dudosos. La tercera es regular los paraísos fiscales. Los europeos impulsan esto, los chinos permanecen inmutables y Estados Unidos se halla entre ambos. Nada cambió en Londres.

Pareció que los franceses y los alemanes utilizaron la reunión de Londres más para demostrar que los compromisos geopolíticos que rehusaron hacer con Bush también se rehusarán a hacerlos con Obama. El diario alemán Der Spiegel fue rudo en su juicio. Dijo que la causa del desastre financiero era que George W. Bush era un “cultivador de amapola” que había “inundado el mundo entero [con dólares baratos], creando un crecimiento falso y causando una burbuja especulativa”. Y lo peor: “el cambio en el gobierno de Washington no ha traído un regreso a una autorrestricción y una solidez. Por el contrario, conduce a más abandono”. Su conclusión fue: la canciller alemana Angela Merker tiene razón. “Occidente bien puede estarse inyectando una sobredosis fatal.”

En el ámbito geopolítico, el enfoque franco-alemán hacia Afganistán se mantuvo sin cambio –respaldo verbal de los objetivos estadunidenses, pero no más tropas. ¿Recibirían a los prisioneros liberados de Guantánamo? Alemania continúa diciendo que no. Francia accedió, con gran magnanimidad, a aceptar uno –sí, uno.

Obama dio un discurso importante en Praga delineando un llamado al desarme nuclear –supuestamente un gran cambio con respecto a la posición de Bush. El diario conservador francés Le Figaro informa que la célula diplomática del círculo interno de Sarkozy asumió un punto de vista muy “abrasivo” acerca del discurso. Meras relaciones públicas, dijeron, que enmascaran el hecho de que las negociaciones entre Estados Unidos y Rusia sobre la cuestión no están llegando a ningún lado. Es más, Francia ya no va a aceptar reprimendas morales de los estadunidenses. En eso se resume el nuevo estilo diplomático de Obama que intenta apaciguar a los europeos occidentales.

En otros lados, tampoco le funcionó mucho mejor con las poblaciones de Europa centro-oriental, donde el primer ministro saliente, conservador, de la República Checa, Mirek Topolanek, denunció las propuestas de Obama, de más estímulo, como “un camino al infierno”. El discurso de Obama en el parlamento turco le ganó gran aplauso de todas las facciones (excepto de la derecha protofascista) por su enfoque concreto y modulado relativo a las cuestiones turcas. Pero los observadores anotaron que el lenguaje en torno a las cuestiones de Medio Oriente fue tradicional y vago.

Lo que China quería de la reunión del G-20 es que ocurriera esta reunión. China quería ser incluido en el círculo interno de quienes toman las decisiones en el mundo. Celebrar una reunión del G-20 hizo posible esta nueva realidad. Cuando el G-20 decidió reunirse de nuevo, confirmó el lugar de China. ¿Se volverá a reunir el G-8 alguna vez? Dicho esto, China mostró su reserva acerca de las decisiones que ocurrieron, en muchas formas. Ofreció una cantidad irrisoria al nuevo paquete del FMI. Después de todo, no le dieron garantías de que habrá una reforma real de la gobernanza del FMI, que podría acordar un papel apropiado para China.
En suma lo que podemos decir es que los principales actores desfilaron por la escena mundial. ¿Alguna vez tuvieron la intención de hacer algo más que eso? Probablemente no. El declinar económico mundial continúa su camino tendido, como si la reunión del G-20 nunca hubiera ocurrido.

Por, Immanuel Wallerstein
Traducción: Ramón Vera Herrera

Publicado en Internacional
Viernes, 09 de Enero de 2009 08:19

Gaza salpica los estadios


"Saludé con el brazo en alto porque es un gesto de camarada a camaradas". Este es el banal argumento que utilizó Paolo Di Canio, futbolista del Lazio, para justificar su saludo fascista hacia la grada ocupada por los ultras de su equipo después de un derbi romano disputado en diciembre de 2005. Aquella tarde, el veterano jugador reprodujo un símbolo que evocaba directamente a la época más oscura y amarga de la historia de Italia. "Es un poco exhibicionista, pero es un buen chico", razonó el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi. "Fue un gesto de emoción", alegó, por su parte, el presidente lacial, Claudio Lotito, en defensa de un futbolista que no dudó en exponer públicamente su afinidad hacia el régimen pregonado por Mussolini un siglo atrás. Pero el caso de Di Canio no es una excepción. Han sido muchos los deportistas que se han posicionado a favor de una determinada causa política o un problema social. El último, Frederic Kanouté, integrante del Sevilla.

Nacido en Francia, pero con pasaporte malí, el ariete del conjunto andaluz se refugió en el Islam a una edad temprana "porque contestaba a todas mis preguntas". Pero más allá de sus profundas convicciones religiosas y la fe que profesa por Alá, Kanouté ha demostrado en diversas ocasiones que es una persona comprometida. Pese a haber podido jugar en una referencia futbolística como la selección francesa, Fredy (así le conocen sus allegados) optó por Mali como respuesta a su sensibilidad hacia el continente africano. Allí, en Bamako, ha desarrollado un proyecto solidario para que los niños más desfavorecidos del país puedan estudiar y jugar al fútbol. Concienciado por el conflicto que azota a Gaza, el pasado miércoles Kanouté dio un paso más en su lucha. Tras marcar el segundo gol del Sevilla frente al Deportivo en un partido de Copa, exhibió una camiseta reivindicativa a favor de Palestina.

Sobre un fondo negro salpicado de letras blancas y en cuatro idiomas, quiso enviar un mensaje a favor de la histórica región de Oriente Próximo, asolada desde finales de enero por los continuos bombardeos de Israel. El futbolista no se ha quedado solo. Un día después, la embajada palestina en España respaldó su acción. "Es un paso muy importante hacia delante. El delantero del Sevilla ha demostrado ser una persona muy valiente apoyando a nuestro pueblo en un acto público. Los deportistas son seres humanos y no pueden reprimir sus sentimientos. Seguro que los niños palestinos, que aman el fútbol español, se alegran por este gesto". Mientras, el técnico del Valencia, Unai Emery, reclamaba desde la sala de prensa de la ciudad deportiva de Paterna el final del conflicto. "No sé si es el lugar apropiado para hacerlo, pero al 2009 le pido que se termine esta guerra, que dura ya demasiados años".

La sombra alargada de Di Canio

Como fenómenos de masas, la política y el deporte han mantenido un nexo encubierto, más allá de las gradas, que registra casos especialmente singulares. Deportistas de élite que toman partido. La estampa de Di Canio con el brazo alzado en el Olímpico de Roma es uno de los exponentes más claros en los últimos tiempos. Al margen del saludo fascista, el jugador exhibe con orgullo un tatuaje en el que hace referencia al Dux (Duce, caudillo italiano). "Soy fascista, no un racista", declaró. "El saludo era para mi gente. Con el brazo en alto no quiero incitar a la violencia y mucho menos al odio racial". Antes de ser futbolista, en plena adolescencia, era él quien ocupaba un hueco entre la facción más dura de los ultras del Lazio, adheridos a la extrema derecha. Quizá por eso, el partido ultraderechista Alianza Nacional propuso una colecta entre los aficionados para pagar la sanción que le impuso la federación italiana (un partido y 10.000 euros de multa).

Su compatriota Gianluigi Buffon fue menos expresivo, pero más enigmático. En el inicio de su carrera, en las filas del Parma, el flamante portero de la selección italiana mostró una camiseta en la que se podía leer el eslogan Boia chi molla (Verdugo al que afloja), el grito de batalla preferido por Mussolini y los camisas negras. Ante el aluvión de acusaciones que le relacionaban con el fascismo, él apeló a la cotidianeidad de la expresión entre los habitantes de su región de origen (la Emilia Romagna), aunque poco después, Buffon no tuvo mejor idea que escoger el dorsal 88 para su camiseta, un número que los neonazis alemanes emplean para expresar Heil Hitler! (la h es la octava letra del alfabeto).

Frente a la ambigüedad del guardameta y el patriotismo exacerbado de Di Canio, en Italia existe otro futbolista de gran calado político que festeja sus goles puño en alto. Cristiano Lucarelli es uno de los estandartes del comunismo en el Calcio. Nacido en Livorno, cuna del Partido Comunista italiano, mostró la efigie del Che Guevara en 1997 tras marcar un gol con la selección sub21'. Jamás volvió a ser convocado. En 2003, a Lucarelli se le presentó la oportunidad de jugar para el equipo de sus amores. A pesar de tener sobre la mesa ofertas de otros equipos de la Serie A y contratos con muchos ceros, él se decantó por el Livorno, la Serie B y un salario muy inferior al que le ofrecían en otros sitios. Allí, en su ciudad natal, colaboró en la fundación de un periódico con el objetivo de generar empleo y difundir ideas. "Mi ciudad está en crisis y mi deseo siempre ha sido crear puestos de trabajo. Sólo con el diario ya suman dieciocho", expuso.

El 'Black Power' se reivindica en México

Alejados de los terrenos de juego, sobre las pistas de atletismo, Tommie Smith y John Carlos, atletas estadounidenses de raza negra, convulsionaron al mundo con su protesta contra el racismo en los Juegos Olímpicos de México de 1868. La estampa de los dos velocistas en el podio con sus puños enfundados en dos guantes negros pasará a la historia como uno de los grandes iconos del Black Power. Smith, motor de la reivindicación, era el séptimo hijo de los doce que tenía un recogedor de algodón de Texas. Hastiado de los abusos, la discriminación y las vejaciones que tuvo que padecer su familia, encontró en el deporte el canal idóneo para expandir su mensaje. "John, ha llegado el momento. Aquí están todos estos años de sufrimiento, de miedo. Yo voy a hacerlo. Tú decides lo que quieras", dijo. "Tommie, si alguien dispara, ya conoces el sonido. Muévete rápido", respondió Carlos.

En las elecciones americanas de este año, Smith pidió el voto para Obama, al igual que muchos otros deportistas afroamericanos del país. En Eindhoven, el nadador serbio Milorad Cavic fue expulsado de los Europeos de natación por lucir una camiseta con el lema "Kosovo es Serbia". Más cercano, el conflicto de las selecciones autonómicas experimentó un nuevo episodio en diciembre cuando 165 futbolistas y ex futbolistas vascos firmaron un manifiesto para jugar bajo la denominación de Euskal Herria. La ofensiva de Israel sobre Gaza tampoco ha quedado al margen de las canchas de baloncesto. El pasado martes, el partido entre el Turk Telecom y el equipo israelí Bnei Hasharon tuvo que ser suspendido debido a los incidentes protagonizados por el público turco, que profirió gritos como "¡Dios es grande!" o "¡Israel asesino!". Los jugadores visitantes tuvieron que abandonar el pabellón entre insultos y escoltados por las fuerzas de seguridad.

Publicado en Internacional

La barca perdida en el océano de nuestro tiempo


Los “Rostros del autoritarismo” contemporáneo son muchos y diversos. De esos múltiples rostros está hecho nuestro tiempo. La conversión de todo en espectáculo, la fuga del pensamiento crítico del escenario de la cultura, la insolidaridad hiper-egoísta, el desentendimiento de lo político, la evaporación de las ideologías de compromiso social y solidaridad humana, la liquidez de todo tipo de vínculo, incluido el amoroso y familiar, la banalidad, la velocidad de todo en la que nada está llamado a perdurar, la implosión que desjerarquiza el mundo y todo lo deja reducido a un mismo nivel de importancia, la saturación informática, el “show” omnipresente de la vida íntima como mercancía de consumo, en fin. En estos textos de Carlos Fajardo Fajardo, quedan sin piedad desnudados, debajo de su pellejo invisible, los que el autor denomina “rostros del autoritarismo” contemporáneo.

De la lectura de estos breves pero contundentes ejercicios ensayísticos, queda un agridulce sabor. Ya no es posible hacer casi nada en contra del dulce despotismo que caracteriza nuestro tiempo. Pero hay al parecer en estos documentos una propuesta, para no perder del todo la esperanza: el artista debe denunciar ante los ciegos tales rostros, su modo de operar en la sociedad y en la cultura; debe por lo tanto ejercer la crítica. Este es quizás el único lado optimista que se adivina, en medio del panorama desolador que el autor nos presenta a propósito de los principales rasgos de nuestro tiempo. Al artista y al intelectual les queda una tarea por hacer. Y, mientras haya tarea pendiente de realizar en este mundo, habrá esperanza.

Se nos habla entonces de un artista crítico, de un  intelectual que toma distancia y denuncia en libertad, jamás “embarcados” ninguno de los dos en las lógicas perversas de su época, comprometidos sólo con el ejercicio del pensamiento. Muy bien. ¿Pero, me pregunto, tiene a quién dirigirse hoy en día el artista crítico, el intelectual que hace la denuncia? ¿Pueden el artista y el intelectual prometer algo hoy en día, cuando toda promesa suena a falsedad y la audiencia para estas voces disonantes ha desaparecido progresivamente de la sociedad y la cultura, hasta casi desaparecer?

Pienso que no.

El artista crítico, el intelectual que denuncia lo indebido no han desaparecido todavía de la sociedad y la cultura –Carlos Fajardo lo es él mismo–, por el simple hecho de haber dejado de existir, sino porque no tienen a nadie a quién decirle nada. Lo que ha desaparecido de la sociedad y la cultura contemporáneas es el interlocutor interesado en la crítica, lo que se ha esfumado es la audiencia del intelectual pensante e ilustrado que la modernidad produjo, y de los cuales quedamos por ahí algunos fósiles. El artista crítico que busca la complejidad estética y cognitiva de su obra, el intelectual ilustrado y libre en su autonomía se han quedado solos, han sido despojados de toda autoridad legítima por la banalidad contemporánea de quienes no se avergüenzan ahora de ser iletrados. Ser iletrado y banal es una buena carta de presentación. A los libros serios se les llama “pesados”, aburridos. Ningún ignorante hombre de negocios de nuestro tiempo, que ocupa las primeras páginas de los diarios y los primeros planos de la televisión en razón de su habilidad para crear riqueza, se avergüenza hoy de su condición iletrada. Nuestra cultura ya no es letrada sino basada en la imagen y el espectáculo mediático. Conozco grupos de personas que presumen de no complicarse la vida y se jactan de su actitud anti-intelectual; que se burlan y se compadecen de quienes leen agónicamente. El proyecto Ilustrado de la modernidad ha sido aparatosamente derrotado, pero no tanto porque los hombres ilustrados hayan desaparecido por completo, sino porque lo que se ha esfumado es el escenario de oidores que antes les otorgaba autoridad y legitimidad social y cultural. Los artistas críticos y los intelectuales ilustrados le hablan ahora al vacío. Su poder perturbador ha quedado por completo neutralizado del modo más eficaz e invisible que se hubiera podido imaginar: le han sustraído la audiencia, se la han trasladado al mercado de las imágenes, del “show”, del espectáculo.

Ahora la literatura ha quedado atrapada en las leyes del mercado. La principal ley del mercado consiste en descubrir que el consumidor tiene siempre la razón y que para venderle lo que él compra hay que ofrecerle lo que él quiere. Hubo un tiempo en que los artistas y los intelectuales no se preguntaban por lo que sus lectores querían leer. La lógica era absolutamente la inversa: el artista producía lo que su intención autónoma y rebelde en cuanto a los contenidos y las formas le indicaba, y el lector u observador se enfrentaban precisamente a los productos que los conmovían, que los perturbaban, que les corroían el piso. Ahí radicaba la fuerza estética o intelectual de la obra, y el editor o promotor se la jugaba y arriesgaba, teniendo en cuenta exactamente esa fuerza estética o esa complejidad teórica. Pero hoy ocurre lo opuesto.
Los “consumidores tienen la razón” y hay que satisfacerlos para que compren y consuman estas nuevas mercancías que son los libros de autoayuda o de aeropuerto, las imágenes televisivas del melodrama barato o del traqueto criminal mal-hablado, según las tetas del paraíso o las tijeras de Rosario; el cine de simples efectos o de trucos inocentes que insulta el gusto de cualquier persona medianamente inteligente. Hay entonces que envilecer ahora la fuerza estética hasta hacerla desaparecer, para garantizar el consumo masivo; hay que anularla, para que el consumidor deguste lo que le sea más simple, efectista, banal, ligero, “light”. Shakespeare habló a fondo de la maldad humana, de su condición abyecta y a la vez maravillosa, pero lo hizo de un modo tan serio, hermoso y profundo que lo instaló como punto de referencia indiscutible del cánon literario universal. La criminalidad humana a la colombiana se merece otro Shakespeare contemporáneo, otro Capote, otro Sade. Pero como esa grandeza estética carece por completo en nuestro tiempo de demanda mediática y lo que el circo en masa pide a gritos no es más que morbo y realismos sin elaboración, del peor gusto, los oportunistas “embarcados” en la lógica de los mercados terminan por sustituir a quienes todavía se proponen un estilo, la complejidad, el extrañamiento, el cuidado del lenguaje. El “chillen, putas” de Octavio Paz, relativo al trabajo del poeta que hace crujir el lenguaje en la creación, ya no es la preocupación del escritor “embarcado” en las leyes del mercado literario.

El artista crítico y el intelectual ilustrado han quedado entonces en el vacío por disolución social y cultural del auditorio, que ha sido trasladado al “show”, donde ya no hay exigencia mental sino pleno disfrute de la imagen, del espectáculo, de la intimidad humana convertida en mercancía, del crimen del bajo mundo transformado en golosina mediática, dizque con el pretexto de “mostrar la realidad”. Lo que no reconocen quienes trabajan en esta dirección que el marketing traza, es que la demanda y el mercado es la lógica que los embarca en la medianía o envilecimiento de sus “exitosos” productos. De este modo imperceptible pero progresivo, el país ha quedado atrapado en algo mucho más preocupante de lo que algunos reconocen: el aplastante dominio del mal gusto, que ha envilecido por completo la sensibilidad estética.

Estos textos de Carlos Fajardo Fajardo no sólo contribuyen a reconocer los múltiples rostros del autoritarismo contemporáneo, sino a des-velar el tejido cultural y social donde dicho autoritarismo se refugia. Tal como hace décadas lo explicó Michel Foucault, el poder con todos sus rostros, estrategias y dispositivos no se concentra sólo en el aparato de Estado, sino que se atomiza y disuelve por los vasos comunicantes de todo el tejido social y cultural. De igual manera lo hace el autoritarismo, como lo explica luminosamente el autor de estos textos, que invito a leer con todo el detenimiento que merecen, por su impecable nivel intelectual y por su espléndida escritura.

Fernando Cruz Kronfly
Publicado en Le Monde Diplomatique

La barca perdida en el océano de nuestro tiempo


Los “Rostros del autoritarismo” contemporáneo son muchos y diversos. De esos múltiples rostros está hecho nuestro tiempo. La conversión de todo en espectáculo, la fuga del pensamiento crítico del escenario de la cultura, la insolidaridad hiper-egoísta, el desentendimiento de lo político, la evaporación de las ideologías de compromiso social y solidaridad humana, la liquidez de todo tipo de vínculo, incluido el amoroso y familiar, la banalidad, la velocidad de todo en la que nada está llamado a perdurar, la implosión que desjerarquiza el mundo y todo lo deja reducido a un mismo nivel de importancia, la saturación informática, el “show” omnipresente de la vida íntima como mercancía de consumo, en fin. En estos textos de Carlos Fajardo Fajardo, quedan sin piedad desnudados, debajo de su pellejo invisible, los que el autor denomina “rostros del autoritarismo” contemporáneo.

De la lectura de estos breves pero contundentes ejercicios ensayísticos, queda un agridulce sabor. Ya no es posible hacer casi nada en contra del dulce despotismo que caracteriza nuestro tiempo. Pero hay al parecer en estos documentos una propuesta, para no perder del todo la esperanza: el artista debe denunciar ante los ciegos tales rostros, su modo de operar en la sociedad y en la cultura; debe por lo tanto ejercer la crítica. Este es quizás el único lado optimista que se adivina, en medio del panorama desolador que el autor nos presenta a propósito de los principales rasgos de nuestro tiempo. Al artista y al intelectual les queda una tarea por hacer. Y, mientras haya tarea pendiente de realizar en este mundo, habrá esperanza.

Se nos habla entonces de un artista crítico, de un  intelectual que toma distancia y denuncia en libertad, jamás “embarcados” ninguno de los dos en las lógicas perversas de su época, comprometidos sólo con el ejercicio del pensamiento. Muy bien. ¿Pero, me pregunto, tiene a quién dirigirse hoy en día el artista crítico, el intelectual que hace la denuncia? ¿Pueden el artista y el intelectual prometer algo hoy en día, cuando toda promesa suena a falsedad y la audiencia para estas voces disonantes ha desaparecido progresivamente de la sociedad y la cultura, hasta casi desaparecer?

Pienso que no.

El artista crítico, el intelectual que denuncia lo indebido no han desaparecido todavía de la sociedad y la cultura –Carlos Fajardo lo es él mismo–, por el simple hecho de haber dejado de existir, sino porque no tienen a nadie a quién decirle nada. Lo que ha desaparecido de la sociedad y la cultura contemporáneas es el interlocutor interesado en la crítica, lo que se ha esfumado es la audiencia del intelectual pensante e ilustrado que la modernidad produjo, y de los cuales quedamos por ahí algunos fósiles. El artista crítico que busca la complejidad estética y cognitiva de su obra, el intelectual ilustrado y libre en su autonomía se han quedado solos, han sido despojados de toda autoridad legítima por la banalidad contemporánea de quienes no se avergüenzan ahora de ser iletrados. Ser iletrado y banal es una buena carta de presentación. A los libros serios se les llama “pesados”, aburridos. Ningún ignorante hombre de negocios de nuestro tiempo, que ocupa las primeras páginas de los diarios y los primeros planos de la televisión en razón de su habilidad para crear riqueza, se avergüenza hoy de su condición iletrada. Nuestra cultura ya no es letrada sino basada en la imagen y el espectáculo mediático. Conozco grupos de personas que presumen de no complicarse la vida y se jactan de su actitud anti-intelectual; que se burlan y se compadecen de quienes leen agónicamente. El proyecto Ilustrado de la modernidad ha sido aparatosamente derrotado, pero no tanto porque los hombres ilustrados hayan desaparecido por completo, sino porque lo que se ha esfumado es el escenario de oidores que antes les otorgaba autoridad y legitimidad social y cultural. Los artistas críticos y los intelectuales ilustrados le hablan ahora al vacío. Su poder perturbador ha quedado por completo neutralizado del modo más eficaz e invisible que se hubiera podido imaginar: le han sustraído la audiencia, se la han trasladado al mercado de las imágenes, del “show”, del espectáculo.

Ahora la literatura ha quedado atrapada en las leyes del mercado. La principal ley del mercado consiste en descubrir que el consumidor tiene siempre la razón y que para venderle lo que él compra hay que ofrecerle lo que él quiere. Hubo un tiempo en que los artistas y los intelectuales no se preguntaban por lo que sus lectores querían leer. La lógica era absolutamente la inversa: el artista producía lo que su intención autónoma y rebelde en cuanto a los contenidos y las formas le indicaba, y el lector u observador se enfrentaban precisamente a los productos que los conmovían, que los perturbaban, que les corroían el piso. Ahí radicaba la fuerza estética o intelectual de la obra, y el editor o promotor se la jugaba y arriesgaba, teniendo en cuenta exactamente esa fuerza estética o esa complejidad teórica. Pero hoy ocurre lo opuesto.
Los “consumidores tienen la razón” y hay que satisfacerlos para que compren y consuman estas nuevas mercancías que son los libros de autoayuda o de aeropuerto, las imágenes televisivas del melodrama barato o del traqueto criminal mal-hablado, según las tetas del paraíso o las tijeras de Rosario; el cine de simples efectos o de trucos inocentes que insulta el gusto de cualquier persona medianamente inteligente. Hay entonces que envilecer ahora la fuerza estética hasta hacerla desaparecer, para garantizar el consumo masivo; hay que anularla, para que el consumidor deguste lo que le sea más simple, efectista, banal, ligero, “light”. Shakespeare habló a fondo de la maldad humana, de su condición abyecta y a la vez maravillosa, pero lo hizo de un modo tan serio, hermoso y profundo que lo instaló como punto de referencia indiscutible del cánon literario universal. La criminalidad humana a la colombiana se merece otro Shakespeare contemporáneo, otro Capote, otro Sade. Pero como esa grandeza estética carece por completo en nuestro tiempo de demanda mediática y lo que el circo en masa pide a gritos no es más que morbo y realismos sin elaboración, del peor gusto, los oportunistas “embarcados” en la lógica de los mercados terminan por sustituir a quienes todavía se proponen un estilo, la complejidad, el extrañamiento, el cuidado del lenguaje. El “chillen, putas” de Octavio Paz, relativo al trabajo del poeta que hace crujir el lenguaje en la creación, ya no es la preocupación del escritor “embarcado” en las leyes del mercado literario.

El artista crítico y el intelectual ilustrado han quedado entonces en el vacío por disolución social y cultural del auditorio, que ha sido trasladado al “show”, donde ya no hay exigencia mental sino pleno disfrute de la imagen, del espectáculo, de la intimidad humana convertida en mercancía, del crimen del bajo mundo transformado en golosina mediática, dizque con el pretexto de “mostrar la realidad”. Lo que no reconocen quienes trabajan en esta dirección que el marketing traza, es que la demanda y el mercado es la lógica que los embarca en la medianía o envilecimiento de sus “exitosos” productos. De este modo imperceptible pero progresivo, el país ha quedado atrapado en algo mucho más preocupante de lo que algunos reconocen: el aplastante dominio del mal gusto, que ha envilecido por completo la sensibilidad estética.

Estos textos de Carlos Fajardo Fajardo no sólo contribuyen a reconocer los múltiples rostros del autoritarismo contemporáneo, sino a des-velar el tejido cultural y social donde dicho autoritarismo se refugia. Tal como hace décadas lo explicó Michel Foucault, el poder con todos sus rostros, estrategias y dispositivos no se concentra sólo en el aparato de Estado, sino que se atomiza y disuelve por los vasos comunicantes de todo el tejido social y cultural. De igual manera lo hace el autoritarismo, como lo explica luminosamente el autor de estos textos, que invito a leer con todo el detenimiento que merecen, por su impecable nivel intelectual y por su espléndida escritura.

Fernando Cruz Kronfly
Publicado en Le Monde Diplomatique

La barca perdida en el océano de nuestro tiempo


Los “Rostros del autoritarismo” contemporáneo son muchos y diversos. De esos múltiples rostros está hecho nuestro tiempo. La conversión de todo en espectáculo, la fuga del pensamiento crítico del escenario de la cultura, la insolidaridad hiper-egoísta, el desentendimiento de lo político, la evaporación de las ideologías de compromiso social y solidaridad humana, la liquidez de todo tipo de vínculo, incluido el amoroso y familiar, la banalidad, la velocidad de todo en la que nada está llamado a perdurar, la implosión que desjerarquiza el mundo y todo lo deja reducido a un mismo nivel de importancia, la saturación informática, el “show” omnipresente de la vida íntima como mercancía de consumo, en fin. En estos textos de Carlos Fajardo Fajardo, quedan sin piedad desnudados, debajo de su pellejo invisible, los que el autor denomina “rostros del autoritarismo” contemporáneo.

De la lectura de estos breves pero contundentes ejercicios ensayísticos, queda un agridulce sabor. Ya no es posible hacer casi nada en contra del dulce despotismo que caracteriza nuestro tiempo. Pero hay al parecer en estos documentos una propuesta, para no perder del todo la esperanza: el artista debe denunciar ante los ciegos tales rostros, su modo de operar en la sociedad y en la cultura; debe por lo tanto ejercer la crítica. Este es quizás el único lado optimista que se adivina, en medio del panorama desolador que el autor nos presenta a propósito de los principales rasgos de nuestro tiempo. Al artista y al intelectual les queda una tarea por hacer. Y, mientras haya tarea pendiente de realizar en este mundo, habrá esperanza.

Se nos habla entonces de un artista crítico, de un  intelectual que toma distancia y denuncia en libertad, jamás “embarcados” ninguno de los dos en las lógicas perversas de su época, comprometidos sólo con el ejercicio del pensamiento. Muy bien. ¿Pero, me pregunto, tiene a quién dirigirse hoy en día el artista crítico, el intelectual que hace la denuncia? ¿Pueden el artista y el intelectual prometer algo hoy en día, cuando toda promesa suena a falsedad y la audiencia para estas voces disonantes ha desaparecido progresivamente de la sociedad y la cultura, hasta casi desaparecer?

Pienso que no.

El artista crítico, el intelectual que denuncia lo indebido no han desaparecido todavía de la sociedad y la cultura –Carlos Fajardo lo es él mismo–, por el simple hecho de haber dejado de existir, sino porque no tienen a nadie a quién decirle nada. Lo que ha desaparecido de la sociedad y la cultura contemporáneas es el interlocutor interesado en la crítica, lo que se ha esfumado es la audiencia del intelectual pensante e ilustrado que la modernidad produjo, y de los cuales quedamos por ahí algunos fósiles. El artista crítico que busca la complejidad estética y cognitiva de su obra, el intelectual ilustrado y libre en su autonomía se han quedado solos, han sido despojados de toda autoridad legítima por la banalidad contemporánea de quienes no se avergüenzan ahora de ser iletrados. Ser iletrado y banal es una buena carta de presentación. A los libros serios se les llama “pesados”, aburridos. Ningún ignorante hombre de negocios de nuestro tiempo, que ocupa las primeras páginas de los diarios y los primeros planos de la televisión en razón de su habilidad para crear riqueza, se avergüenza hoy de su condición iletrada. Nuestra cultura ya no es letrada sino basada en la imagen y el espectáculo mediático. Conozco grupos de personas que presumen de no complicarse la vida y se jactan de su actitud anti-intelectual; que se burlan y se compadecen de quienes leen agónicamente. El proyecto Ilustrado de la modernidad ha sido aparatosamente derrotado, pero no tanto porque los hombres ilustrados hayan desaparecido por completo, sino porque lo que se ha esfumado es el escenario de oidores que antes les otorgaba autoridad y legitimidad social y cultural. Los artistas críticos y los intelectuales ilustrados le hablan ahora al vacío. Su poder perturbador ha quedado por completo neutralizado del modo más eficaz e invisible que se hubiera podido imaginar: le han sustraído la audiencia, se la han trasladado al mercado de las imágenes, del “show”, del espectáculo.

Ahora la literatura ha quedado atrapada en las leyes del mercado. La principal ley del mercado consiste en descubrir que el consumidor tiene siempre la razón y que para venderle lo que él compra hay que ofrecerle lo que él quiere. Hubo un tiempo en que los artistas y los intelectuales no se preguntaban por lo que sus lectores querían leer. La lógica era absolutamente la inversa: el artista producía lo que su intención autónoma y rebelde en cuanto a los contenidos y las formas le indicaba, y el lector u observador se enfrentaban precisamente a los productos que los conmovían, que los perturbaban, que les corroían el piso. Ahí radicaba la fuerza estética o intelectual de la obra, y el editor o promotor se la jugaba y arriesgaba, teniendo en cuenta exactamente esa fuerza estética o esa complejidad teórica. Pero hoy ocurre lo opuesto.
Los “consumidores tienen la razón” y hay que satisfacerlos para que compren y consuman estas nuevas mercancías que son los libros de autoayuda o de aeropuerto, las imágenes televisivas del melodrama barato o del traqueto criminal mal-hablado, según las tetas del paraíso o las tijeras de Rosario; el cine de simples efectos o de trucos inocentes que insulta el gusto de cualquier persona medianamente inteligente. Hay entonces que envilecer ahora la fuerza estética hasta hacerla desaparecer, para garantizar el consumo masivo; hay que anularla, para que el consumidor deguste lo que le sea más simple, efectista, banal, ligero, “light”. Shakespeare habló a fondo de la maldad humana, de su condición abyecta y a la vez maravillosa, pero lo hizo de un modo tan serio, hermoso y profundo que lo instaló como punto de referencia indiscutible del cánon literario universal. La criminalidad humana a la colombiana se merece otro Shakespeare contemporáneo, otro Capote, otro Sade. Pero como esa grandeza estética carece por completo en nuestro tiempo de demanda mediática y lo que el circo en masa pide a gritos no es más que morbo y realismos sin elaboración, del peor gusto, los oportunistas “embarcados” en la lógica de los mercados terminan por sustituir a quienes todavía se proponen un estilo, la complejidad, el extrañamiento, el cuidado del lenguaje. El “chillen, putas” de Octavio Paz, relativo al trabajo del poeta que hace crujir el lenguaje en la creación, ya no es la preocupación del escritor “embarcado” en las leyes del mercado literario.

El artista crítico y el intelectual ilustrado han quedado entonces en el vacío por disolución social y cultural del auditorio, que ha sido trasladado al “show”, donde ya no hay exigencia mental sino pleno disfrute de la imagen, del espectáculo, de la intimidad humana convertida en mercancía, del crimen del bajo mundo transformado en golosina mediática, dizque con el pretexto de “mostrar la realidad”. Lo que no reconocen quienes trabajan en esta dirección que el marketing traza, es que la demanda y el mercado es la lógica que los embarca en la medianía o envilecimiento de sus “exitosos” productos. De este modo imperceptible pero progresivo, el país ha quedado atrapado en algo mucho más preocupante de lo que algunos reconocen: el aplastante dominio del mal gusto, que ha envilecido por completo la sensibilidad estética.

Estos textos de Carlos Fajardo Fajardo no sólo contribuyen a reconocer los múltiples rostros del autoritarismo contemporáneo, sino a des-velar el tejido cultural y social donde dicho autoritarismo se refugia. Tal como hace décadas lo explicó Michel Foucault, el poder con todos sus rostros, estrategias y dispositivos no se concentra sólo en el aparato de Estado, sino que se atomiza y disuelve por los vasos comunicantes de todo el tejido social y cultural. De igual manera lo hace el autoritarismo, como lo explica luminosamente el autor de estos textos, que invito a leer con todo el detenimiento que merecen, por su impecable nivel intelectual y por su espléndida escritura.

Fernando Cruz Kronfly
Publicado en Le Monde Diplomatique

La barca perdida en el océano de nuestro tiempo


Los “Rostros del autoritarismo” contemporáneo son muchos y diversos. De esos múltiples rostros está hecho nuestro tiempo. La conversión de todo en espectáculo, la fuga del pensamiento crítico del escenario de la cultura, la insolidaridad hiper-egoísta, el desentendimiento de lo político, la evaporación de las ideologías de compromiso social y solidaridad humana, la liquidez de todo tipo de vínculo, incluido el amoroso y familiar, la banalidad, la velocidad de todo en la que nada está llamado a perdurar, la implosión que desjerarquiza el mundo y todo lo deja reducido a un mismo nivel de importancia, la saturación informática, el “show” omnipresente de la vida íntima como mercancía de consumo, en fin. En estos textos de Carlos Fajardo Fajardo, quedan sin piedad desnudados, debajo de su pellejo invisible, los que el autor denomina “rostros del autoritarismo” contemporáneo.

De la lectura de estos breves pero contundentes ejercicios ensayísticos, queda un agridulce sabor. Ya no es posible hacer casi nada en contra del dulce despotismo que caracteriza nuestro tiempo. Pero hay al parecer en estos documentos una propuesta, para no perder del todo la esperanza: el artista debe denunciar ante los ciegos tales rostros, su modo de operar en la sociedad y en la cultura; debe por lo tanto ejercer la crítica. Este es quizás el único lado optimista que se adivina, en medio del panorama desolador que el autor nos presenta a propósito de los principales rasgos de nuestro tiempo. Al artista y al intelectual les queda una tarea por hacer. Y, mientras haya tarea pendiente de realizar en este mundo, habrá esperanza.

Se nos habla entonces de un artista crítico, de un  intelectual que toma distancia y denuncia en libertad, jamás “embarcados” ninguno de los dos en las lógicas perversas de su época, comprometidos sólo con el ejercicio del pensamiento. Muy bien. ¿Pero, me pregunto, tiene a quién dirigirse hoy en día el artista crítico, el intelectual que hace la denuncia? ¿Pueden el artista y el intelectual prometer algo hoy en día, cuando toda promesa suena a falsedad y la audiencia para estas voces disonantes ha desaparecido progresivamente de la sociedad y la cultura, hasta casi desaparecer?

Pienso que no.

El artista crítico, el intelectual que denuncia lo indebido no han desaparecido todavía de la sociedad y la cultura –Carlos Fajardo lo es él mismo–, por el simple hecho de haber dejado de existir, sino porque no tienen a nadie a quién decirle nada. Lo que ha desaparecido de la sociedad y la cultura contemporáneas es el interlocutor interesado en la crítica, lo que se ha esfumado es la audiencia del intelectual pensante e ilustrado que la modernidad produjo, y de los cuales quedamos por ahí algunos fósiles. El artista crítico que busca la complejidad estética y cognitiva de su obra, el intelectual ilustrado y libre en su autonomía se han quedado solos, han sido despojados de toda autoridad legítima por la banalidad contemporánea de quienes no se avergüenzan ahora de ser iletrados. Ser iletrado y banal es una buena carta de presentación. A los libros serios se les llama “pesados”, aburridos. Ningún ignorante hombre de negocios de nuestro tiempo, que ocupa las primeras páginas de los diarios y los primeros planos de la televisión en razón de su habilidad para crear riqueza, se avergüenza hoy de su condición iletrada. Nuestra cultura ya no es letrada sino basada en la imagen y el espectáculo mediático. Conozco grupos de personas que presumen de no complicarse la vida y se jactan de su actitud anti-intelectual; que se burlan y se compadecen de quienes leen agónicamente. El proyecto Ilustrado de la modernidad ha sido aparatosamente derrotado, pero no tanto porque los hombres ilustrados hayan desaparecido por completo, sino porque lo que se ha esfumado es el escenario de oidores que antes les otorgaba autoridad y legitimidad social y cultural. Los artistas críticos y los intelectuales ilustrados le hablan ahora al vacío. Su poder perturbador ha quedado por completo neutralizado del modo más eficaz e invisible que se hubiera podido imaginar: le han sustraído la audiencia, se la han trasladado al mercado de las imágenes, del “show”, del espectáculo.

Ahora la literatura ha quedado atrapada en las leyes del mercado. La principal ley del mercado consiste en descubrir que el consumidor tiene siempre la razón y que para venderle lo que él compra hay que ofrecerle lo que él quiere. Hubo un tiempo en que los artistas y los intelectuales no se preguntaban por lo que sus lectores querían leer. La lógica era absolutamente la inversa: el artista producía lo que su intención autónoma y rebelde en cuanto a los contenidos y las formas le indicaba, y el lector u observador se enfrentaban precisamente a los productos que los conmovían, que los perturbaban, que les corroían el piso. Ahí radicaba la fuerza estética o intelectual de la obra, y el editor o promotor se la jugaba y arriesgaba, teniendo en cuenta exactamente esa fuerza estética o esa complejidad teórica. Pero hoy ocurre lo opuesto.
Los “consumidores tienen la razón” y hay que satisfacerlos para que compren y consuman estas nuevas mercancías que son los libros de autoayuda o de aeropuerto, las imágenes televisivas del melodrama barato o del traqueto criminal mal-hablado, según las tetas del paraíso o las tijeras de Rosario; el cine de simples efectos o de trucos inocentes que insulta el gusto de cualquier persona medianamente inteligente. Hay entonces que envilecer ahora la fuerza estética hasta hacerla desaparecer, para garantizar el consumo masivo; hay que anularla, para que el consumidor deguste lo que le sea más simple, efectista, banal, ligero, “light”. Shakespeare habló a fondo de la maldad humana, de su condición abyecta y a la vez maravillosa, pero lo hizo de un modo tan serio, hermoso y profundo que lo instaló como punto de referencia indiscutible del cánon literario universal. La criminalidad humana a la colombiana se merece otro Shakespeare contemporáneo, otro Capote, otro Sade. Pero como esa grandeza estética carece por completo en nuestro tiempo de demanda mediática y lo que el circo en masa pide a gritos no es más que morbo y realismos sin elaboración, del peor gusto, los oportunistas “embarcados” en la lógica de los mercados terminan por sustituir a quienes todavía se proponen un estilo, la complejidad, el extrañamiento, el cuidado del lenguaje. El “chillen, putas” de Octavio Paz, relativo al trabajo del poeta que hace crujir el lenguaje en la creación, ya no es la preocupación del escritor “embarcado” en las leyes del mercado literario.

El artista crítico y el intelectual ilustrado han quedado entonces en el vacío por disolución social y cultural del auditorio, que ha sido trasladado al “show”, donde ya no hay exigencia mental sino pleno disfrute de la imagen, del espectáculo, de la intimidad humana convertida en mercancía, del crimen del bajo mundo transformado en golosina mediática, dizque con el pretexto de “mostrar la realidad”. Lo que no reconocen quienes trabajan en esta dirección que el marketing traza, es que la demanda y el mercado es la lógica que los embarca en la medianía o envilecimiento de sus “exitosos” productos. De este modo imperceptible pero progresivo, el país ha quedado atrapado en algo mucho más preocupante de lo que algunos reconocen: el aplastante dominio del mal gusto, que ha envilecido por completo la sensibilidad estética.

Estos textos de Carlos Fajardo Fajardo no sólo contribuyen a reconocer los múltiples rostros del autoritarismo contemporáneo, sino a des-velar el tejido cultural y social donde dicho autoritarismo se refugia. Tal como hace décadas lo explicó Michel Foucault, el poder con todos sus rostros, estrategias y dispositivos no se concentra sólo en el aparato de Estado, sino que se atomiza y disuelve por los vasos comunicantes de todo el tejido social y cultural. De igual manera lo hace el autoritarismo, como lo explica luminosamente el autor de estos textos, que invito a leer con todo el detenimiento que merecen, por su impecable nivel intelectual y por su espléndida escritura.

Fernando Cruz Kronfly
Publicado en Le Monde Diplomatique

La barca perdida en el océano de nuestro tiempo


Los “Rostros del autoritarismo” contemporáneo son muchos y diversos. De esos múltiples rostros está hecho nuestro tiempo. La conversión de todo en espectáculo, la fuga del pensamiento crítico del escenario de la cultura, la insolidaridad hiper-egoísta, el desentendimiento de lo político, la evaporación de las ideologías de compromiso social y solidaridad humana, la liquidez de todo tipo de vínculo, incluido el amoroso y familiar, la banalidad, la velocidad de todo en la que nada está llamado a perdurar, la implosión que desjerarquiza el mundo y todo lo deja reducido a un mismo nivel de importancia, la saturación informática, el “show” omnipresente de la vida íntima como mercancía de consumo, en fin. En estos textos de Carlos Fajardo Fajardo, quedan sin piedad desnudados, debajo de su pellejo invisible, los que el autor denomina “rostros del autoritarismo” contemporáneo.

De la lectura de estos breves pero contundentes ejercicios ensayísticos, queda un agridulce sabor. Ya no es posible hacer casi nada en contra del dulce despotismo que caracteriza nuestro tiempo. Pero hay al parecer en estos documentos una propuesta, para no perder del todo la esperanza: el artista debe denunciar ante los ciegos tales rostros, su modo de operar en la sociedad y en la cultura; debe por lo tanto ejercer la crítica. Este es quizás el único lado optimista que se adivina, en medio del panorama desolador que el autor nos presenta a propósito de los principales rasgos de nuestro tiempo. Al artista y al intelectual les queda una tarea por hacer. Y, mientras haya tarea pendiente de realizar en este mundo, habrá esperanza.

Se nos habla entonces de un artista crítico, de un  intelectual que toma distancia y denuncia en libertad, jamás “embarcados” ninguno de los dos en las lógicas perversas de su época, comprometidos sólo con el ejercicio del pensamiento. Muy bien. ¿Pero, me pregunto, tiene a quién dirigirse hoy en día el artista crítico, el intelectual que hace la denuncia? ¿Pueden el artista y el intelectual prometer algo hoy en día, cuando toda promesa suena a falsedad y la audiencia para estas voces disonantes ha desaparecido progresivamente de la sociedad y la cultura, hasta casi desaparecer?

Pienso que no.

El artista crítico, el intelectual que denuncia lo indebido no han desaparecido todavía de la sociedad y la cultura –Carlos Fajardo lo es él mismo–, por el simple hecho de haber dejado de existir, sino porque no tienen a nadie a quién decirle nada. Lo que ha desaparecido de la sociedad y la cultura contemporáneas es el interlocutor interesado en la crítica, lo que se ha esfumado es la audiencia del intelectual pensante e ilustrado que la modernidad produjo, y de los cuales quedamos por ahí algunos fósiles. El artista crítico que busca la complejidad estética y cognitiva de su obra, el intelectual ilustrado y libre en su autonomía se han quedado solos, han sido despojados de toda autoridad legítima por la banalidad contemporánea de quienes no se avergüenzan ahora de ser iletrados. Ser iletrado y banal es una buena carta de presentación. A los libros serios se les llama “pesados”, aburridos. Ningún ignorante hombre de negocios de nuestro tiempo, que ocupa las primeras páginas de los diarios y los primeros planos de la televisión en razón de su habilidad para crear riqueza, se avergüenza hoy de su condición iletrada. Nuestra cultura ya no es letrada sino basada en la imagen y el espectáculo mediático. Conozco grupos de personas que presumen de no complicarse la vida y se jactan de su actitud anti-intelectual; que se burlan y se compadecen de quienes leen agónicamente. El proyecto Ilustrado de la modernidad ha sido aparatosamente derrotado, pero no tanto porque los hombres ilustrados hayan desaparecido por completo, sino porque lo que se ha esfumado es el escenario de oidores que antes les otorgaba autoridad y legitimidad social y cultural. Los artistas críticos y los intelectuales ilustrados le hablan ahora al vacío. Su poder perturbador ha quedado por completo neutralizado del modo más eficaz e invisible que se hubiera podido imaginar: le han sustraído la audiencia, se la han trasladado al mercado de las imágenes, del “show”, del espectáculo.

Ahora la literatura ha quedado atrapada en las leyes del mercado. La principal ley del mercado consiste en descubrir que el consumidor tiene siempre la razón y que para venderle lo que él compra hay que ofrecerle lo que él quiere. Hubo un tiempo en que los artistas y los intelectuales no se preguntaban por lo que sus lectores querían leer. La lógica era absolutamente la inversa: el artista producía lo que su intención autónoma y rebelde en cuanto a los contenidos y las formas le indicaba, y el lector u observador se enfrentaban precisamente a los productos que los conmovían, que los perturbaban, que les corroían el piso. Ahí radicaba la fuerza estética o intelectual de la obra, y el editor o promotor se la jugaba y arriesgaba, teniendo en cuenta exactamente esa fuerza estética o esa complejidad teórica. Pero hoy ocurre lo opuesto.
Los “consumidores tienen la razón” y hay que satisfacerlos para que compren y consuman estas nuevas mercancías que son los libros de autoayuda o de aeropuerto, las imágenes televisivas del melodrama barato o del traqueto criminal mal-hablado, según las tetas del paraíso o las tijeras de Rosario; el cine de simples efectos o de trucos inocentes que insulta el gusto de cualquier persona medianamente inteligente. Hay entonces que envilecer ahora la fuerza estética hasta hacerla desaparecer, para garantizar el consumo masivo; hay que anularla, para que el consumidor deguste lo que le sea más simple, efectista, banal, ligero, “light”. Shakespeare habló a fondo de la maldad humana, de su condición abyecta y a la vez maravillosa, pero lo hizo de un modo tan serio, hermoso y profundo que lo instaló como punto de referencia indiscutible del cánon literario universal. La criminalidad humana a la colombiana se merece otro Shakespeare contemporáneo, otro Capote, otro Sade. Pero como esa grandeza estética carece por completo en nuestro tiempo de demanda mediática y lo que el circo en masa pide a gritos no es más que morbo y realismos sin elaboración, del peor gusto, los oportunistas “embarcados” en la lógica de los mercados terminan por sustituir a quienes todavía se proponen un estilo, la complejidad, el extrañamiento, el cuidado del lenguaje. El “chillen, putas” de Octavio Paz, relativo al trabajo del poeta que hace crujir el lenguaje en la creación, ya no es la preocupación del escritor “embarcado” en las leyes del mercado literario.

El artista crítico y el intelectual ilustrado han quedado entonces en el vacío por disolución social y cultural del auditorio, que ha sido trasladado al “show”, donde ya no hay exigencia mental sino pleno disfrute de la imagen, del espectáculo, de la intimidad humana convertida en mercancía, del crimen del bajo mundo transformado en golosina mediática, dizque con el pretexto de “mostrar la realidad”. Lo que no reconocen quienes trabajan en esta dirección que el marketing traza, es que la demanda y el mercado es la lógica que los embarca en la medianía o envilecimiento de sus “exitosos” productos. De este modo imperceptible pero progresivo, el país ha quedado atrapado en algo mucho más preocupante de lo que algunos reconocen: el aplastante dominio del mal gusto, que ha envilecido por completo la sensibilidad estética.

Estos textos de Carlos Fajardo Fajardo no sólo contribuyen a reconocer los múltiples rostros del autoritarismo contemporáneo, sino a des-velar el tejido cultural y social donde dicho autoritarismo se refugia. Tal como hace décadas lo explicó Michel Foucault, el poder con todos sus rostros, estrategias y dispositivos no se concentra sólo en el aparato de Estado, sino que se atomiza y disuelve por los vasos comunicantes de todo el tejido social y cultural. De igual manera lo hace el autoritarismo, como lo explica luminosamente el autor de estos textos, que invito a leer con todo el detenimiento que merecen, por su impecable nivel intelectual y por su espléndida escritura.

Fernando Cruz Kronfly
Publicado en Le Monde Diplomatique