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Parece que el mundo estuviera en el comienzo de una nueva era de revoluciones, como se dio en Europa en 1848. Esta vez, sin embargo, hablamos de un despertar político y una toma de conciencia de nivel global.

Población, fuerza de trabajo y rebelión en el Siglo XXI
¿De las revueltas populares de 1848 en Europa a la rebelión mundial en 2011?

Wim Dierckxsens
136 páginas

P.V.P.: 20.000


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Aunque aquí aún no hay marchas y manifestaciones masivas de "indignados" de las dimensiones que se expresan en Europa, ante los costos sociales de la crisis financiera y las políticas de austeridad, detrás del escenario hay diversas corrientes que buscan alternativas ante lo que todos saben que es un sistema que cada vez ofrece menos ante las necesidades y derechos de las grandes mayorías. No son rebeliones, aunque a veces sí gritos de ira y protesta, y muchos son sólo defensivos, de resistencia. Pero muestran señales de que no todo está tan quieto como a veces parece.

Hay cosas que llaman la atención sólo porque no son, literalmente, business as usual, o sea, no comparten la visión dominante de generar más de lo mismo. Cientos, hasta miles, de empresas, sindicatos, fundaciones, ONG y más están participando en promover lo que se llama en términos vagos una "nueva economía". En general, son intentos reformistas para civilizar el capitalismo salvaje, que buscan imponer sobre ese sistema objetivos de mayor equidad social y económica, como de protección ambiental.

Gar Alperovitz, profesor y veterano en este llamado "movimiento de nueva economía", insiste en que hay todo tipo de iniciativas que ofrecen una alternativa dentro del sistema. Señala que existen 1.6 millones de empresas sin fines de lucro, más de 11 mil empresas cuyos 13.6 millones de empleados son los dueños (total o parcialmente), como también un sorprendente universo de cooperativas –algo poco nuevo en este país–, con por lo menos 130 millones de miembros (más de uno de cada tres estadunidenses). En un artículo publicado en The Nation, Alperovitz detalla diversas iniciativas de "responsabilidad social", entre ellas intentos ambiciosos por crear economías locales sustentables (granjeros urbanos y rurales junto con empresas de servicios y agencias gubernamentales que reforman sus mercados locales para beneficio mutuo), alianzas "azules-verdes", donde sindicatos industriales y ambientalistas intentan crear industrias ecológicamente sustentables, y más. La vanguardia de este movimiento, señala, es un número creciente de "cooperativas igualitarias, verdes, propiedad de sus trabajadores", junto con cientos de "empresas sociales" que usan sus ganancias para objetivos ambientales, sociales o que sirven a sus comunidades.

En otro ámbito, hay batallas más clásicas, pero con giros contemporáneos. Una de las empresas más emblemáticas del capitalismo reciente es Starbucks –con tiendas en 60 países y un total de 150 mil empleados–, que ahora tiene uno de los adversarios más antiguos del país, el sindicato IWW, con raíces centenarias (más de 106 años) anarcosindicalistas. International Workers of the World, conocido como los Wobblies, está impulsando la sindicalización de Starbucks, con el objetivo de que haya un agremiado detrás de cada latte, pero creando con ello un nuevo modelo para trabajadores en el precario sector de servicios.

Un grupo de "baristas" lanzó el Starbucks Workers Union (SWU) en una de sus cafeterías en la ciudad de Nueva York en 2004, porque los trabajadores estaban hartos de salarios bajos, jornadas programadas al azar, un sistema de seguro de salud fuera de alcance y falta de respeto de gerentes, explicó uno de los fundadores, Daniel Gross, a la revista In These Times. El sindicato amplió su esfuerzo por toda la ciudad, con base en los principios del IWW, sobre todo la llamada "solidaridad sindical", la cual implica una estructura no jerárquica con democracia directa. "No somos parte de un sindicato. Somos el sindicato", resumió Gross.

Por otro lado, ante el asalto contra trabajadores sindicalizados del sector público en este país -Wisconsin fue el primer estado en anular derechos básicos de negociación de contratos colectivos, Nueva Jersey acaba de implantar nuevas leyes para hacer algo parecido, mientras otros estados promueven versiones mejores y peores de éstas– han estallado movimientos de protesta y resistencia. La de Wisconsin fue la más sostenida hace unos meses, y ahora ha pasado a una etapa en que la estrategia es utilizar el mecanismo de revocación de mandato a los políticos electos responsables del asalto. En los próximos meses varios legisladores estatales que encabezaron la ofensiva contra los trabajadores enfrentarán su posible destitución en elecciones especiales como resultado de estas iniciativas.

El mismo mecanismo fue utilizado en Arizona y ahora el senador estatal Russell Pearce, quien impulsó la ley antimigrante de ese estado, tendrá que enfrentar una elección especial para revocar su permanencia en el cargo. La organización Ciudadanos por una Arizona Mejor lograron reunir más de las 7 mil 756 firmas de su distrito requeridas para convocar la elección especial en noviembre o marzo (un juez decidirá la fecha).

Pero, como siempre, los inmigrantes son quienes continúan expresando las señales más vitales de lo que podría llamarse movimiento social. Este fin de semana, en Georgia, cientos de comercios no abrieron sus puertas y muchos trabajadores inmigrantes y sus aliados no llegaron a sus chambas en actos de protesta contra la puesta en vigor de la nueva ley antimigrante (pese a que algunas de sus peores medidas han sido congeladas por un juez). Miles marcharon el sábado por Atlanta y otras ciudades, informó la Alianza Latina por Derechos Humanos de Georgia (GLAHR).

Son sólo algunos gritos y susurros que rompen el silencio aquí, o por lo menos indican que no existe un consenso sobre las virtudes del sistema actual. Tal vez si logran juntarse podría estallar un coro de indignados de este lado del Atlántico.
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Jueves, 19 de Mayo de 2011 15:01

La rebelión de l@s indignad@s

Ya no hay dudas. El viento que ha electrizado el mundo árabe en los últimos meses, el espíritu de las protestas reiteradas en Grecia, de las luchas estudiantiles en Gran Bretaña e Italia, de las movilizaciones anti-Sarkozy en Francia...ha llegado al Estado español.
 
No son estos, pues, días de business as usual. Las confortables rutinas mercantiles de nuestra “democracia de mercado” y sus rituales electorales y mediáticos se han visto abruptamente alteradas por la irrupción imprevista en la calle y el espacio público de la movilización ciudadana. Esta “rebelión de l@s indignad@s” inquieta a las élites políticas, siempre incómodas cuando la población se toma en serio la democracia...y decide empezar a practicarla por su cuenta.
 
Hace dos años y medio, cuando la crisis que estalló en septiembre de 2008 se rebeló de proporciones históricas, los “amos del mundo” vivieron un breve momento de pánico alarmados por la magnitud de una crisis que no habían previsto, por su falta de instrumentos teóricos para comprenderla y por el temor a una fuerte reacción social. Llegaron entonces las vacías proclamas de “refundación del capitalismo” y los falsos mea culpas que fueron evaporándose poco a poco, una vez apuntalado el sistema financiero y ante la ausencia de un estallido social.
 
La reacción social ha tardado en llegar. Desde el estallido de la crisis, las resistencias sociales han sido débiles. Ha habido un sesgo muy grande entre el descrédito del actual modelo económico y su traducción en acción colectiva. Varios factores lo explican, en particular, el miedo, la resignación frente la situación actual, el escepticismo respecto a los sindicatos, la ausencia de referentes políticos y sociales, y la penetración entre los asalariados de los valores individualistas y consumistas.
 
El estallido actual no parte, sin embargo, de cero. Años de trabajo a pequeña escala de las redes y movimientos alternativos, de iniciativas y resistencias de impacto más limitado han mantenido la llama de la contestación en este periodo difícil. El 29S abrió también una primera brecha, aunque la desmovilización posterior de las direcciones de CCOO y UGT y la impresentable firma del pacto social cerró la vía de la movilización sindical y, ahondó aún más si cabe, el descrédito y desprestigio de los sindicatos mayoritarios entre la juventud combativa y quines ahora protagonizan las acampadas.
 
Indignados e indignadas!
 
La “indignación”, tan de moda a través del panfleto de Hessel es una de las ideas-fuerza que definen las protestas en marcha. Reaparece así, bajo otra forma, el “Ya Basta!” que entonaron los zapatistas en su alzamiento del 1 de enero de 1994, entonces la primera revuelta contra el “nuevo orden mundial” proclamado por George Bush padre tras la primera guerra del Golfo, la desintegración de la URSS y la caída del muro de Berlín.
 
“La indignación es un comienzo. Uno se indigna, se levanta y después ya ve”, señalaba Daniel Bensaïd. Poco a poco, sin embargo, se ha ido pasando del malestar a la indignación y de ésta a la movilización. Estamos ante una verdadera “indignación movilizada”. Del terremoto de la crisis, empieza a surgir el tsunami de la movilización social.
 
Para luchar no sólo se requiere malestar e indignación, también hay que creer en la utilidad de la acción colectiva, en que es posible vencer y en que no todo está perdido antes de empezar. Durante años los movimientos sociales en el Estado español hemos conocido esencialmente derrotas. La falta de victorias que muestren la utilidad de la movilización social y hagan aumentar las expectativas de lo posible ha pesado como una losa en la lenta reacción inicial ante la crisis.
 
Precisamente ahí entra la gran contribución de las revoluciones en el mundo árabe a las protestas en curso. Muestran que la acción colectiva es útil, que “sí se puede”. De ahí que éstas, igual que la menos mediática victoria contra los banqueros y la clase política en Islandia, hayan sido un referente desde el comienzo para las y los manifestantes y activistas.
 
Junto con el convencimiento de que “es posible”, de que se pueden cambiar las cosas, la pérdida del miedo, en un momento de crisis y dificultades, es otro factor clave. “Sin miedo” es precisamente uno de los eslóganes que más se han sentido estos días. El miedo atenaza todavía una gran mayoría de los trabajadores y los sectores populares y éste da alas a la pasividad o a las reacciones xenófobas e insolidarias. Pero la movilización del 15M y las acampadas expanden como una mancha de aceite un poderoso antídoto para el miedo que amenaza con desmontar los esquemas a una élite dirigente al frente de un sistema cada vez más deslegitimado.

El movimiento del 15M y las acampadas tiene un importante componente generacional. Como cada vez que estalla un nuevo ciclo de luchas, emerge con fuerza una nueva generación militante, y la “juventud” como tal adquiere visibilidad y protagonismo. Si bien este componente generacional y juvenil es fundamental, y se expresa además en algunos de los movimientos organizados que han tenido visibilidad estos días como “Juventud Sin Futuro”, hay que remarcar que la protesta en curso no es un movimiento generacional. Es un movimiento de crítica al actual modelo económico y a los intentos que la crisis la paguen los trabajadores con un peso fundamental de la juventud. Precisamente el reto es que, como en tantas ocasiones, la protesta juvenil actúe como factor desencadenante y catalizador de un ciclo de luchas sociales más amplio.

El espíritu antiglobalización de vuelta
 
El dinamismo, la espontaneidad y el empuje de las protestas actuales son las más fuertes desde la emergencia del movimiento antiglobalización desde hace más de una década. Irrumpido internacionalmente en noviembre de 1999 en las protestas de Seattle durante la cumbre de la OMC (aunque sus antecedentes se remontan al alzamiento zapatista en Chiapas en 1994), la ola antiglobalizadora llegó rápidamente al Estado español. La consulta por la abolición de la deuda externa en marzo de 2000 (celebrada el mismo día de las elecciones generales y cuya realización fue prohibida en varias ciudades del Estado por la Junta Electoral) y la fuerte movilización para participar en la contracumbre de Praga en septiembre del 2000 en contra del BM y el FMI fueron los primeros signos de arranque, en particular en Catalunya. Pero su masificación y ampliación llegarían con las movilizaciones contra la cumbre del Banco Mundial en Barcelona en los días 22 y 24 de junio de 2001, cuyo décimo aniversario está a punto de cumplirse. Justo diez años después asistimos al nacimiento de un movimiento cuya energía, entusiasmo y fuerza colectiva no habíamos visto desde entonces. No será éste, pues, un décimo aniversario nostálgico. Todo lo contrario. Vamos a celebrarlo con el nacimiento de un nuevo movimiento.
 
Las asambleas estos días en Plaza Catalunya (y, sin duda, en todas las acampadas que recorren el Estado empezando por la de Sol en Madrid) nos han dado momentos impagables, de aquellos que suceden cada mucho tiempo y que marcan un antes y un después en las trayectorias biográficas de quines participan en los mismos y en la dinámica de las luchas sociales. El 15M y las acampadas son auténticas “luchas fundacionales” y síntomas claros que asistimos a un cambio de ciclo y que el viento de la rebelión sopla de nuevo. Al fin. Una verdadera “generación Tahrir” emerge, como antes lo hizo una “generación Seattle o “generación Génova”.
 
A medida que el impulso “antiglobalizador” fue recorriendo el planeta, siguiendo a las cumbres oficiales en Washington, Praga, Québec, Goteborg, Génova o Barcelona, miles de personas se sintieron identificadas con estas protestas y una gran diversidad de colectivos de todo el planeta tuvieron la sensación de formar parte de un mismo movimiento, del mismo “pueblo”, el “pueblo de Seattle” o de “Génova”, de compartir unos objetivos comunes y sentirse partícipes de una misma lucha.
 
El movimiento actual se inspira también en los referentes internacionales más recientes e importantes de luchas y de victorias. Busca situarse en la estela de movimientos tan dispares como las revoluciones en Egipto y Túnez o la victoria en Islandia, ubicando su movilización en un combate general contra el capitalismo global y la élite política servil. Dentro del propio estado español, las manifestaciones del 15M y ahora las acampadas, en un ejemplo simultáneo de descentralización y de coordinación, dibujan una identidad compartida y una comunidad simbólica de pertenencia.
 
El movimiento antiglobalización tuvo en su fase de ascenso en el punto de mira a las instituciones internacionales, OMC, BM y FMI y las firmas multinacionales. Después, con el inicio de la “guerra gobal contra el terrorismo” proclamada por Bus hijo, la critica a la guerra y a la dominación imperialista adquirieron centralidad. El movimiento actual coloca en el eje de la crítica a una clase política, cuya complicidad y servidumbre ante los poderes económicos ha quedado más expuesta que nunca. “No somos mercancías en manos de políticos y banqueros” rezaba uno de los eslóganes principales del 15M. Se enlaza así la crítica frontal a la clase política y a la política profesional y la crítica, no siempre bien articulada y coherente, al actual modelo económico y a los poderes financieros. “¿Capitalismo? Game over”.
 
Hacia el futuro
 
El futuro del movimiento iniciado el 15M es imprevisible. A corto plazo el primer reto es seguir ampliando las acampadas en curso, ponerlas en marcha en las ciudades donde todavía no hay y conseguir que, por lo menos, continúen hasta el domingo 22. A nadie se le escapa que las jornadas del 21, día de reflexión, y del día 22, día de las elecciones, van a ser decisivas. En estos dos días la masificación de las acampadas es fundamental.
 
Es necesario también plantearse nuevas fechas de movilización, en la estela del 15M, para seguir manteniendo el pulso. El reto principal es mantener esta dinámica simultánea de expansión y radicalización de la protesta que hemos vivido los últimos días. Y, en el caso específico de Catalunya, buscar sinergias entre la radicalidad y las ansias de cambio de sistema expresados el 15M y en las acampadas, con las luchas contra los recortes sociales, en particular en sanidad y educación. La acampada de Plaza Catalunya se ha convertido ya en un punto de encuentro, un poderoso imán, de muchos de los sectores en lucha más dinámicas. Se trata de convertirla en un punto de encuentro de las resistencias y las luchas, que permita tender puentes, facilitar diálogos, y propulsar con fuerza las movilizaciones futuras. Establecer alianzas entre las protestas en curso, entre los activistas no organizados, y el sindicalismo alternativo, el movimiento vecinal, los colectivos de barrio...es el gran desafío de los próximos días.
 
“La revolución empieza aquí...” coreabámos ayer en Plaza Catalunya. Bueno, al menos lo que comienza es un nuevo ciclo de luchas. De lo que no hay dudas ya es que, más de una década después del ascenso del movimiento antiglobalización y dos años después del estallido de la crisis, la protesta social ha vuelto para quedarse.
 
 
Josep Maria Antentas es Profesor de Sociología de la Universitat Autónoma de Barcelona (UAB)
Esther Vivas, Centro de Estudios sobre Movimientos Sociales (CEMS) de la Universitat Pompeu Fabra (UPF)
Ambos son autores de Resistencias Globales. De Seattle a la Crisis de Wall Street (Editorial Popular, 2009) y participantes en la acampada de Plaza Catalunya
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Miércoles, 27 de Abril de 2011 06:49

Siria, hacia la guerra civil

Cada noche, la televisión estatal siria ofrece un espectáculo de horror. Cuerpos desnudos con múltiples heridas de bala, nucas cercenadas. Todos de soldados sirios que, según insiste la televisora, han sido asesinados por bandas armadas criminales en las cercanías de Deraa.

A uno de los cuerpos –de un oficial de veintitantos años– le sacaron los ojos. El comentarista dice que se utilizaron navajas y objetos afilados. No parece haber duda de que los cadáveres son reales y poca de que en realidad hayan sido miembros de las fuerzas de seguridad sirias –en estos días la palabra necesita comillas–, y tampoco de que los afligidos padres que aparecen llorando en el trasfondo lo sean de verdad.

Las imágenes muestran los cuerpos, casi lavados para el sepelio, captados en el hospital militar Tishrin, en Damasco. Los nombres se conocen: Mohamed Alí, Ibrahim Hoss, Ahmed Abdalá, Nida al Hoshi, Basil Alí, Hazem Mohamed Alí, Mohamed Alá son llevados a hombros por policías militares en ataúdes decorados con banderas. Son oriundos de Tartous, Banias, Alepo, Damasco. Cuando el cortejo funeral de Al Hoshi pasaba por la costera del Mediterráneo rumbo al norte, fue emboscado por una banda armada.

Es fácil ser cínico ante esas espantosas imágenes y el despliegue que se hace de esas muertes. Disparar en funerales, después de todo, ha sido hasta ahora prerrogativa de los policías del gobierno, más que de las bandas armadas. Y la televisión siria no ha mostrado un solo muerto civil ni el funeral de ninguno de los quizá 320 manifestantes civiles caídos en más de un mes. Este martes se informó de la muerte de otros 20 en los alrededores de Deraa.

Pero esas emisiones son importantes. Porque si los soldados muertos son víctimas de la venganza de familiares indignados, que han perdido a sus seres queridos a manos de la policía secreta, significa que la oposición se prepara a utilizar la fuerza contra sus agresores. Y si en verdad hay bandas armadas activas en Siria, el régimen del presidente baazista Bashar Assad se encamina a la guerra civil.

Hasta ahora los manifestantes –ya sea pro democráticos, opositores a Bashar o ambos– nos han estado dando su versión: sus videos en YouTube, sus descripciones por Internet, las impactantes imágenes de tanques T-72 rugiendo en las calles de Deraa –para no mencionar el patético intento de atacar uno con una botella de vidrio vacía– han dominado nuestra percepción de una poderosa dictadura sofocando a su pueblo a sangre y fuego. Y hay verdad detrás de sus afirmaciones. Luego de la matanza de 1982 en Hama, nadie abriga dudas de que los baazistas de Siria juegan con las reglas de Hama.

Sin embargo, la explicación que los opositores ofrecen sobre la serie cotidiana de imágenes macabras en la televisión estatal también carece de convicción. Según quienes intentan con valentía hacer llegar noticias más allá de Siria vía telefónica –aunque no desde Deraa, donde los teléfonos y la Internet han sido bloqueados por completo–, los cuerpos mutilados pertenecen a soldados que se negaron a disparar a sus compatriotas y por ello fueron ejecutados y mutilados de inmediato por los shabihas, los matones alawitas, y luego mostrados cínicamente en televisión para sustentar falsas aseveraciones del gobierno de que se enfrenta a insurgentes armados y de que los propios pobladores de Deraa han invitado al ejército a su ciudad para que los salve de los terroristas.

Todo eso parece un poco el reverso de la propaganda del gobierno.

Por supuesto, las autoridades sirias son culpables de su falta de credibilidad. Luego de hablar de conjuras extranjeras –la explicación de todos los potentados de Medio Oriente cuando tienen la espalda contra la pared–, las autoridades han prohibido la entrada a Siria de periodistas extranjeros que pudiesen confirmar o desmentir esas afirmaciones. Incluso el ministerio de turismo ha recibido del ministerio del interior una lista de corresponsales extranjeros para asegurarse de que ningún reportero se interne en Siria presa de un súbito deseo de estudiar las ruinas romanas de Palmira.

La historia, por tanto, se escribe en rumores que comienzan, supongo, con las últimas palabras mostradas por el noticiero de la noche en la televisión siria: los mártires nunca mueren. Expiran, claro, pero, ¿de qué mártires hablamos? Un buen relato salido de Deraa –del que hasta ahora no hay una brizna de evidencia– es que, luego de que los tanques de la cuarta brigada del ejército de Maher Assad (hermano menor del presidente) irrumpieron en la ciudad, elementos de la quinta brigada del ejército regular, cerca de Deraa –supuestamente bajo el mando de un oficial llamado Rifai, aunque sobre esto no hay unanimidad–, volvieron sus armas contra los invasores. Pero la quinta, según la versión, carece de tanques y cuenta con pilotos a los que no se permite volar sus aviones.

¿Así que ahora hay civiles armados –un oxímoron que parece escapársele al régimen– respondiendo a los ataques en forma sistemática? En Líbano, cuya capital está más cerca de Damasco que Deraa, existe un miedo creciente de este baño de sangre a apenas dos horas de distancia en automóvil. Los amigos de Siria en Líbano sostienen ahora que los sauditas –aliados del gobierno saliente en Beirut– han estado subvencionando la revolución en Siria.

Un ex ministro presentó en televisión copias de cheques por 300 mil dólares que supuestamente llevaban la firma del príncipe Turki bin Abdul Aziz, ex jefe de la inteligencia saudita –y como tal alguna vez en buenos términos con un tal Osama Bin Laden– y hermano del rey Abdalá, y que se entregaron a figuras políticas libanesas para instigar desórdenes en Siria. Uno de los acusados de involucrarse en Siria es el ex ministro libanés Mohamed Beydoun. Este último ha dicho que sus acusadores son culpables de incitación al homicidio, y el príncipe Turki ha asegurado con indignación que los cheques son falsos. Pero ahora Hezbolá, apoyado por Siria, ha respaldado la acusación y por lo menos un parlamentario libanés, Ahmed Fatfat, ha emitido por fin las palabras fatales. Dijo que por estas acusaciones contra el Movimiento del Futuro –la agrupación más grande del gobierno saliente–, Hezbolá y sus elementos preparan el camino a la guerra civil en Líbano.

Ahora los medios de comunicación sirios señalan con dedo acusador al parlamentario libanés Okab Sadr y afirman que ha sido detenido –junto con oficiales israelíes – en la ciudad siria de Banias. En realidad Sadr está seguro en Líbano, donde ha salido a decir que la única razón por la que iría a Banias sería a donar sangre para sus habitantes en el hospital.

En la ciudad norteña libanesa de Trípoli, partidarios y detractores de Assad planean realizar nuevas y mayores manifestaciones el próximo viernes, luego de la oración matutina. Muchos libaneses del norte temen que, en caso de una guerra civil en Siria, Trípoli se vuelva una capital del norte de Siria, aunque estaría por verse si sería bastión de los rebeldes o de Assad.

Algo que resulta más perturbador por ahora –y mucho más cercano a la verdad– es que Alí Aid, personaje bastante rudo de la zona de Jebel Mohsen, en las montañas alawitas de Siria, ha dejado a su hijo Rifaat a cargo de su movimiento protomiliciano y se ha construido una espléndida villa junto a la frontera sirio-libanesa. El problema es que el mayor Alí Aid vive en su nueva casa… en el lado libanés de la frontera.

Por Robert Fisk

The Independent

Traducción: Jorge Anaya
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Damasco, 25 de abril. El gobierno sirio realizó este lunes operativos militares en la sureña Deraa y otras ciudades para restablecer la calma y la seguridad y poner fin a los actos de sabotaje y de asesinato cometidos por grupos terroristas extremistas, señaló una fuente militar que dio cuenta de muertos y heridos en los enfrentamientos entre ambos bandos.

Activistas y testigos contactados desde el exterior por diversos medios internacionales, que tienen prohibido entrar al país, aseguraron que los operativos, que involucraron a más de 3 mil miembros de las fuerzas de seguridad, apoyados por tanques, dejaron unos 25 muertos entre los opositores que realizaban una manifestación pro democracia.

Detallaron que Deraa, donde comenzaron las protestas el pasado 17 de marzo, era sometida a un bombardeo intensivo con artillería pesada y con metralletas, ya que también había francotiradores en los tejados: la electricidad fue cortada y las comunicaciones eran casi imposibles, mientras se hacían cateos casa por casa.

Ammar Qurabi, activista que está en contacto con la oposición siria desde Egipto, también dio cuenta de ataques en Douma, localidad ubicada en la periferia de Damasco, donde las fuerzas del orden, señaló, realizaron una guerra salvaje diseñada para aniquilar a los demócratas de Siria.

El gobierno del presidente Bashar Assad parece haber optado por la solución militar para aplastar el movimiento de oposición sin precedente que vive el país desde hace seis semanas, desplegando miles de soldados en Deraa y en otras zonas del país, manifestaron activistas.

En paralelo, los servicios de seguridad han efectuado una ola de arrestos en las filas de los opositores al régimen en diversas ciudades. Wisam Tarif, que dirige un grupo sirio de defensa de los derechos humanos llamado Insan, con sede en Sevilla, España, dijo que 221 personas están desparecidas desde el viernes.

En Banias se hicieron llamados a manifestaciones desde las mezquitas, en solidaridad con los habitantes de Deraa, mientras escritores emitieron una declaración en la que denunciaron la represión e instaron a actuar a los intelectuales que no han roto la barrera del miedo para tomar una postura clara.

Sin embargo, fuentes militares señalaron que el ejército entró en Deraa en respuesta a las llamadas de socorro lanzadas por los habitantes que pidieron su intervención para poner fin a los actos de sabotaje y de asesinato cometidos por grupos terroristas extremistas, varios de los cuales fueron detenidos y a quienes se les incautaron importantes cantidades de armas y municiones.

Estados Unidos dijo que analiza la aplicación de sanciones contra el gobierno sirio, que incluirían el congelamiento de activos y una prohibición de acuerdos comerciales, en respuesta a la violenta represión hacia los opositores, mientras Francia, Gran Bretaña, Alemania y Portugal intentan que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas condene las muertes de cientos de manifestantes y se efectúe una investigación independiente.

A su vez, la alta comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Navi Pillay, pidió el cese inmediato de los asesinatos en Siria y llamó a Assad a aplicar las reformas prometidas.

En tanto, el presidente venezolano, Hugo Chávez, denunció que el gobierno de Siria es víctima de un complot para justificar futuras acciones en su contra, sin descartar la militar.

Afp, Reuters y Dpa
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Al menos 13 manifestantes han resultado muertos este miécoles en Saná y 220 más heridos cuando leales al régimen han abrierto fuego contra una nueva protesta. Miles de yemeníes se habían congregado para expresar su rechazo a un acuerdo que prevé la salida del presidente Ali Abdalá Saleh a cambio de su inmunidad. La violenta respuesta hace temer que los duros del régimen estén intentando sabotear ese pacto.

"El pueblo quiere su salida, no una iniciativa", coreaban los manifestantes parafraseando el lema de todas las revueltas árabes ("El pueblo quiere la caída del régimen"). Desde las cuatro de la tarde miles de personas marcharon por la calle Sesenta en dirección Norte convocados por la coalición de grupos juveniles que están detrás de la movilización contra Saleh. El ambiente, como en la acampada de la plaza de la Universidad, era festivo.

Hasta que pasason el cruce de Amran y trataron de acercarse al edificio de la televisión para quejarse por la parcialidad de sus informaciones. Un grupo de leales a Saleh acampados desde hace días en la vecina ciudad deportiva Al Zaura les salió al paso y la protesta se tornó sangrienta. En la confusión y el pánico causado por los disparos y los gases lacrimógenos no es fácil determinar si sólo dispararon los hombres de vestimenta tradicional, aquí llamados tribales, o también los uniformados.

Varios manifestantes cargaban con cuerpos ensangrentados tratando de alcanzar un vehículo con el que evacuarlos a un hospital. Al final de la tarde, fuentes médicas cifraban en 13 los muertos. Diez de entre los dos centenares de heridos se encontraban muy graves. "Quise llevar a un joven al hospital y los matones nos impidieron el paso y nos atacaron por la espalda", denunciaba un hombre. Fuentes universitarias aseguraron que los tribales también retuvieron a varios manifestantes.

"Lo ocurrido es muy preocupante", lamentaba un embajador occidental que temía que los duros del régimen estén intentando sabotear el acuerdo alcanzado entre Saleh y la oposición gracias a la mediación internacional y que está previsto que se firme el domingo en Riad.

Diplomáticos europeos y estadounidenses tratan de convencer a los líderes del movimiento estudiantil para que den una oportunidad al pacto y eviten una escalada en el mes de plazo hasta la dimisión del presidente. Sin embargo, actuaciones como esta sólo pueden radicalizar más a los manifestantes que rechazan que se le ofrezca inmunidad.

Durante el día hubo protestas similares a la de Saná en las principales ciudades de Yemen. Un manifestante y un soldado resultaron muertos en Aden. Mientras que en Hodeida los antigubernamentales lograron bloquear el puerto.

Por ÁNGELES ESPINOSA | Saná (Enviada Especial) 27/04/2011
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(Carta Segunda a Luis Villoro en el Intercambio Epistolar sobre Ética y Política)
Abril del 2011).

“Si en el cielo hay unanimidad, apartadme un lugar en el infierno”
(SupMarcos. Instrucciones para mi muerte II)

I.- LA PROSA DE LA CALAVERA.

Don Luis:

Salud y saludos maestro. Esperamos de veras que se encuentre mejor de salud y que la palabra sea como esos remedios caseros que alivian aunque nadie sabe cómo.
Cuando inicio estas líneas, el dolor y la rabia de Javier Sicilia (lejano a la distancia pero cercano en ideales desde antaño) se hacen eco que reverbera en nuestras montañas. Es de esperar y de esperanza que su legendaria tenacidad, así como ahora convoca nuestra palabra y acción, alcance a agrupar las rabias y dolores que se multiplican en suelos mexicanos.
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Lunes, 14 de Marzo de 2011 06:34

La rebelión de los árabes

Una omnipresente sensación de asombro parece envolver a las sociedades árabes en todas partes. Lo que está ocurriendo en el mundo árabe es más que una simple revolución en sentido político o económico; de hecho, está trastocando la propia autodefinición de lo que significa ser árabe, tanto individual como colectivamente.

Hollywood ha caricaturizado y humillado durante mucho tiempo a los árabes. La política exterior estadounidense en Oriente Próximo se ha visto favorecida por las representaciones simplistas, degradantes y a veces racistas de los árabes en los medios de comunicación. Toda una generación de pseudointelectuales ha construido sus carreras desde el convencimiento de que disponen de la clave para entender a los árabes y el patrón aparentemente predecible de su comportamiento.

En la actualidad estamos viendo cómo Libia —una sociedad que no llevaba camino de ser una sociedad civil y que se encontraba en una prolongada fase de cerco— está literalmente haciendo Historia. La fuerza colectiva mostrada por la sociedad libia es, cuando menos, imponente. Igualmente digna de alabanza es la forma en que los libios han respondido a los peligros y desafíos crecientes. Pero lo más importante es la naturaleza espontánea de sus acciones. Los esfuerzos diplomáticos, la organización política, las iniciativas revolucionarias estructuradas y el alcance de los medios de comunicación simplemente han ido por detrás de la senda y las demandas del pueblo. Los libios han encabezado la lucha, y todos los demás o la han aceptado o han jugado el papel de espectadores.

Hay en marcha algo nuevo y fascinante aquí —un fenómeno de acción popular que hace inadecuada cualquier comparación histórica-. Los estereotipos occidentales han servido durante mucho tiempo a un importante (y muchas veces violento) objetivo: reducir al árabe mientras se apuntalaban las invasiones israelíes, británicas y estadounidenses en nombre de “la democracia”, “la libertad” y “la liberación”. Los que sostenían la “antorcha de la civilización” y supuestamente inspiraban una indiscutible superioridad moral se otorgaron a sí mismos un fácil acceso a las tierras de los árabes, a sus recursos, a su Historia y, sobre todo, a su propia dignidad.

Sin embargo, aquellos que al definir a los árabes establecieron el discurso de los prejuicios para satisfacer sus objetivos coloniales —desde Napoleón Bonaparte a George W. Bush— únicamente han demostrado ser unos pésimos estudiantes de Historia. Adaptaron los relatos históricos para satisfacer sus propios diseños, siempre asignándose a sí mismos el papel de libertadores y salvadores de todo lo bueno sin perjuicio de la civilización y la democracia. En realidad practicaron lo contrario de lo que predicaban, causaron estragos, retrasaron las reformas, cooptaron la democracia y dejaron siempre tras de sí un rastro de sangre y destrucción.

En la década de 1920, Gran Bretaña troceó y después recompuso Iraq territorial y demográficamente a conveniencia de su particular agenda política y económica. Se perforaron pozos de petróleo en Kirkuk y en Bagdad, más tarde en Mosul y en Basora. La singularidad cultural de Iraq no fue más que una oportunidad de dividir y conquistar. Gran Bretaña se aprovechó de la mezcla étnico-religiosa-tribal hasta la maestría. Pero los árabes en Iraq se rebelaron en varias ocasiones y Gran Bretaña reaccionó de la manera que lo haría con un ejército en un campo de batalla. La sangre iraquí corrió en abundancia hasta la revolución de 1958, cuando el pueblo consiguió liberarse de reyes títeres y de colonizadores británicos. En 2003, los batallones británicos regresaron portando armas aún más letales y discursos más deshumanizadores, imponiéndose a sí mismos como nuevos gobernantes de Iraq con Estados Unidos a la cabeza.

Los palestinos —al igual que los árabes de otras sociedades— no se quedaron atrás en cuanto a su capacidad de movilizarse en torno a una plataforma política decidida y altamente progresista. De hecho, Palestina vivió su primera rebelión abierta contra la ofensiva colonial sionista en el país y contra el complaciente papel británico por defenderla y trabajar para garantizar su éxito hace muchas décadas (mucho antes de que Facebook y Twitter llegaran a la escena revolucionaria árabe). En abril de 1936, los cinco partidos políticos palestinos se unieron bajo el paraguas del Alto Comisionado Árabe dirigido por Haj Amin al-Huseini. Una de sus primeras decisiones fue reunir Comités Nacionales en toda Palestina. En mayo, al-Huseini convocó la primera conferencia de los Comités Nacionales en Jerusalén que conjuntamente declararon una huelga general el 8 de mayo de 1936. La primera acción conjunta palestina para protestar por los diseños sionistas-británicos en Palestina no fue violenta. Al emplear medios de desobediencia civil, el levantamiento de 1936 tuvo como objetivo enviar un duro mensaje al gobierno británico acerca de que los palestinos estaban unificados a nivel nacional y eran capaces de actuar como sociedad firme y segura de sí misma. La administración británica en Palestina no había tenido en cuenta hasta ese momento la reivindicación palestina por la independencia y prestó poca atención a sus quejas incesantes sobre la amenaza creciente del sionismo y de su proyecto colonial.

La furia palestina se tornó violenta cuando el gobierno británico recurrió a la represión masiva. Se había querido enviar un mensaje a los palestinos de que el Gobierno de Su Majestad no se dejaría intimidar por quienes consideraba insignificantes fellahin o campesinos. Los seis primeros meses de la sublevación, que duró en sus diferentes manifestaciones y fases tres años, se caracterizó desde el principio por una huelga general ampliamente secundada que se extendió desde mayo hasta octubre de 1936. Palestina simplemente se paralizó en respuesta a la convocatoria de los Comités Nacionales y de al-Huseini. Ello irritó a los británicos que veían a los “residentes no judíos de Palestina” como campesinos deplorables y conflictivos, con una dirección indómita. En pocos años, los palestinos lograron desafiar los conocimientos convencionales de los británicos, cuya estrecha comprensión orientalista de los árabes como seres inferiores, con menos derechos, o sin ellos —un modelo que tomarían más adelante los sionistas y los responsables israelíes— los dejó incapaces de considerar cualquier otra respuesta a un levantamiento legítimo que las medidas coercitivas.

El precio de la revolución es siempre muy alto. Entonces, miles de palestinos fueron asesinados. Hoy en día, los libios están cayendo en una cantidad intolerable. Pero la libertad es dulce y varias generaciones de árabes han demostrado la voluntad de pagar el alto precio que exige.

La sociedad árabe —sean los huelguistas de Palestina en 1936, los rebeldes de Bagdad de 1958, o los revolucionarios de Libia, Túnez y Egipto de 2011— se mantienen, en cierto sentido, invariables, tan decididos como siempre a ganar la libertad, la igualdad y la democracia. Y sus verdugos siguen igualmente desquiciados, utilizando el mismo lenguaje y brutales tácticas militares. 

Los estudiosos neoconservadores de la Iniciativa de Política Exterior y en otros lugares deben estar experimentando una “conmoción y pavor” intelectual, aún cuando siguen en su afán de controlar las riquezas y el destino de los árabes. Las sociedades árabes, sin embargo, se han levantado en un llamamiento unificado por la libertad. Y el llamamiento es ahora demasiado fuerte para que se pueda silenciar.

Por Ramzy Baroud
Counterpunch

Traducción para Rebelión de Loles Oliván
Publicado en Internacional
Viernes, 25 de Febrero de 2011 06:12

¿Es necesario intervenir militarmente en Libia?

Desde la caída del régimen de Ben Alí en Túnez, una ola de disturbios recorre el mundo árabe, mostrados por las imágenes de la cadena Al-Yazira que permite a la opinión pública seguir los acontecimientos en directo. De Marruecos a Barein, de Argelia a Irak, ciudadanos generalmente desarmados salen a las calles para reclamar reformas políticas y una mayor justicia social. En la mayoría de los casos las autoridades dudan de recurrir a un empleo indiscriminado de la fuerza. En Libia en cambio los manifestantes se enfrentan a la represión más terrible. (Le Monde Diplomatique publicará en su próximo número del 2 de marzo un informe de ocho páginas sobre “El despertar árabe”).

Las informaciones procedentes de Libia son contradictorias, parciales y en muchos casos sin confirmar. La brutalidad del régimen no deja lugar a dudas y la cantidad de muertos es muy grande: centenares según las organizaciones no gubernamentales, probablemente más si se tiene en cuenta la violencia ejercida por las milicias del régimen. Aunque el este del país, con las ciudades de Benghazi y de Tobruk, ha caído en poder de los insurgentes, lo que ha permitido la entrada de periodistas extranjeros, la zona oeste y especialmente Trípoli resultan inaccesibles. Gadafi parece que ha recuperado el domino de la capital y parece que conserva la confianza de las tribus de la región. («Gaddafi tightens grip on Libyan capital as rebels swiftly advance west», por Leila Fadel y Sudarsan Raghavan, The Washington Post, 24 febrero). Y acaba de anunciar que Trípoli permitirá mañana el acceso a todos los periodistas. Por otra parte se está apoyando en mercenarios de los países del Africa subsahariana, lo que crea el riesgo de desarrollar un racismo contra los negros en el país.

El carácter errático y dictatorial del coronel Muammar Gadafi se ha confimado en su discurso iluminado del 22 de febrero. (leer una traducción en inglés aquí http://www.antiwar.com/blog/2011/02/22/qadaffis-norma-desmond-moment/) El líder libio ha recordado las conquistas de su reino –en especial la retirada de las bases británicas y estadounidenses y la nacionalización del petróleo- con las que logró al principio una popularidad incomparable y también una condena occidental masiva. Pero también multiplicó en su discurso aspectos amenazantes e incoherentes, afirmando que no podía dimitir porque no ocupa ningún cargo oficial, que lucharía hasta la última gota de su sangre, que el país marchaba hacia la guerra civil, etc.

Las justas indignaciones contrastan con el silencio que prevaleció cuando el régimen, a comienzos de los años 2000 cuando empezaba a esbozarse la reconciliación con Occidente, aplastaba sin piedad a los islamistas. El arresto y la tortura de los militantes islámicos en Libia (como en Egipto o en Túnez) no indignaban a las buenas almas.

Como quiera que sea los llamados a intervenir militarmente se multiplican.

Marc Lynch , en su blog Foreign Policy es muy claro como puede verse en el título de su envío: «Intervening in the Libyan tragedy» (21 de febrero de 2011).

“Debe compararse con Bosnia y Kosovo, o mejor aún con Ruanda, se está desarrollando una masacre en directo en la televisión y está instando al mundo a actuar. Es tiempo de que los EE.UU., la OTAN, la ONU y la Liga árabe actúen decididamente para impedir que esta sangrienta situación degenere todavía en algo peor.”

Resulta difícil entender estas comparaciones. En Ruanda se trataba de un genocidio que se cobró miles de muertos. En cuanto a Kosovo, es dudoso que la intervención militar fuera un éxito (leer Noam Chomsky. “En Kosovo había otra solución” Le Monde diplomatique, marzo de 2000)

Marc Lynch prosigue:

“Actuar, y entiendo como tal dar una respuesta lo suficientemente enérgica y directa que impida al régimen libio utilizar recursos militares para aplastar a sus adversarios. He leído informes según los cuales la OTAN ha advertido severamente a Libia sobre el uso de más violencia contra su pueblo. Hacerlo creíble significaría la declaración y la imposición, por parte de la OTAN sin duda, de una zona de exclusión aérea sobre Libia que impìda el uso de aviones militares contra los manifestantes.”

Un punto de vista al que se opone fuertemente Justin Raimondo en el sitio Antiwar.com, “Interventionist Target Libya” (23 de febrero):

“El espectro de una intervención estadounidense es justo lo que desea Gadafi: eso jugaría a su favor. Como suele suceder a menudo con las intervenciones estadounidenses, este tipo de intervención produciría precisamente efectos contrarios a los buscados (…) ¿Cree acaso el profesor Lynch que una intervención “enérgica” no fortalecería la posición de Gadafi (1), que sabe como usar las pasiones y los prejuicios de su pueblo y su estrategia es dividir al país según líneas generacionales? (…)

“Una intervención occidental fortalecería a Gadafi y tal vez lo salvaría de un final bien merecido. Daría munición a la corriente islamista marginal que simpatiza con Al-Qaida. Ambos se hallarían fortalecidos en sus puntos de vista: miren, diría Gadafi, los extranjeros vuelven para tomar el control del país; miren dirían los islamistas, los Cruzados vienen a robarnos nuestra revolución”

Las imágenes procedentes de Libia son terribles. Pero ¿quién pidió una intervención militar occidental cuando los aviones israelíes bombardeaban Gaza durante la operación Plomo fundido? ¿O cuando los bombardeos en Afganistán? ¿o en Irak por los EE.UU.? ¿Era necesario intervenir militarmente contra Israel y los EE.UU. esa vez?

Y luego allí está el caso iraquí para incitarnos a la prudencia. La dictadura de Sadam Hussein fue una de las más brutales de Medio oriente, fue aliado de los EE.UU. mientras llevaba a cabo su agresión a Irán. Por su invasión a Kuwait perdió la dama y se volvió un paria. Pero ¿quién puede pensar que luego de ocho años de intervención estadounidense ésta ha sido un éxito? Las manifestaciones en el Kurdistán iraquí (presentado como un modelo de democracia) como en el resto del país, son objeto de brutales represiones que pocos medios mencionan.

¿Qué hacer entonces?

Aceptar entonces que salvo en el caso de un genocidio como el de Ruanda, una intervención militar bajo la égida de la ONU no es siempre la mejor solución. Debido a que se delegaría sin duda en la OTAN cuyo papel en Afganistán no es precisamente positivo. Los movimientos tunecino y egipcio lo lograron sin intervención militar externa.

Debemos alegrarnos también de la actitud de la Liga Árabe que por primera vez suspende a un Estado miembro por problemas relacionados con la “soberanía nacional”. Esta posición, como la de la Unión Africana y la de la Organización de la conferencia Islamica debería agravar las fisuras en el régimen, especialmente en el ejército y entre los numerosos diplomáticos que ya han abandonado a Gadafi. Tendrá más peso que el de los gobiernos europeos y estadounidense sospechosos, no sin razón, de dobles intenciones y que han mantenido estrechas relaciones durante años con el dictador libio.

La UE también puede aprender ciertas lecciones para el futuro.

Si a los Estados europeos no les es posible fundar toda su política exterior sobre el respeto de los derechos humanos y si es imposible y no deseable romper relaciones con todos los regímenes que los violan (con Israel por ejemplo) es cierto que se pueden adoptar políticas más equilibradas entre principios e intereses, siendo que muchos proyectos resultaron ser extravagantes espejismos (leer Alain Faujas: “Los peligros y las ilusiones del comercio con Gadafi” Le Monde, fr. 24 de febrero):

- En el curso de los últimos años los países europeos, incluida Francia, armaron a las fuerzas libias, las asesoraron y les proporcionaron los medios para combatir a su propia población (Francia pensaba también en venderles Rafales);

- El apoyo al régimen del coronel Gadafi en la Unión Europea y especialmente en Italia se basó en un chantaje: la capacidad de Libia de detener el flujo de emigrantes africanos hacia el viejo continente; esa obsesión emigratoria ha conducido a Bruselas a ayudar a toda una serie de regímenes poco preocupados por los derechos humanos a administrar ellos mismos la emigración en condiciones a menudo terribles. Es necesario defender a cualquier precio la fortaleza Europa; y desde ese punto de vista Gadafi era un aliado que Silvio Belusconi se resiste a abandonar (leer Stefano Liberti: “Italia y Libia las manos juntas” Visions cartographiques, 25 de agosto de 2010);

- Como en su cooperación con otros países del entorno mediterráneo, la UE hizo prevalecer los principios de libre comercio por encima del desarrollo multiplicando los informes elogiosos sobre Túnez o Egipto; ¿no ha llegado acaso el tiempo de que prevalezca otro concepto? (“Quand la 'rue árabe' sert de modèle au nord”, Le Monde .fr, 11 de febrero).

- Es lamentable que las principales preocupaciones de los europeos frente a los acontecimientos de Libia sean en primer lugar el temor relativo a las exportaciones de petróleo (2) y el miedo a ver llegar oleadas de inmigrantes. No es muy buen presagio para el futuro.

- Los principios invocados, más que el llamado a las intervenciones militares, deberían guiar la política europea con relación a los países árabes alcanzados por la ola revolucionaria que se extiende por el mundo árabe.

Por Alain Gresh
Le Monde diplomatique

Traducido para Rebelión por Susana Merino

Notas: 

(1) Sobre las tribus, tema complejo que no pretendo conocer bien se puede leer “Libya – Tribalries” en el sitio Bnet.

(2) Leer “Batailles pour l’energie” Manière de voir, nº115, febrero-marzo 2011.

Fuente: http://blog.mondediplo.net/2011-02-24-Faut-il-intervenir-militairement-en-Libye  
Publicado en Internacional
El estado de Wisconsin está situado en la región de los lagos en el llamado Medio Oeste del país. Esta región de los lagos ha sido tradicionalmente el corazón industrial y agrícola del país. Del otro lado del Lago Michigan se encuentra la ciudad de Detroit, cuna de la industria automovilística del país. Wisconsin es tal vez un estado más agrícola, es conocido por sus productos lácteos en general y por el queso en particular, aunque fue y hasta cierto punto sigue siendo un estado cuya economía se basa en las manufacturas y la producción de herramientas. Desde un punto de vista político, Wisconsin es un estado peculiar, pues es la patria chica del senador republicano anticomunista Joseph McCarthy, pero también cuna de AFCSM, uno de los sindicatos más grandes de funcionarios públicos y enfermeras del país.

Desde enero del 2011 Wisconsin tiene un gobernador republicano, Scott Walker. Walker, que era el candidato “moderado” del Partido Republicano, nada más jurar su cargo y con una mayoría sólida en la asamblea estatal, otorgó una amnistía fiscal a empresas multinacionales y estatales que costó a las arcas del estado 170 millones de dólares. Para compensar este regalo, el gobernador Walker decidió unilateralmente suspender los derechos de negociación de todos los sindicatos de trabajadores públicos y doblar la cantidad de contribuciones que éstos hacen al fondo de pensiones. La legislación laboral estadounidense regula las relaciones de empresas privadas a nivel federal, pero delega la regulación de los empleados públicos en cada uno de los estados. Por eso Walker cuenta con todo el poder legislativo en su mano para imponer medidas de corte draconiano que hagan literalmente imposible la continuidad de los sindicatos de trabajadores del sector público. Entre otras medias, Walker quiere forzar a los sindicatos a celebrar un plebiscito que les legitime anualmente, prohibir las deducciones automáticas de las contribuciones sindicales y restringir drásticamente los derechos de negociación de los sindicatos.

Por si quedara alguna duda de sus intenciones, Walker convocó a la Guardia Nacional para sofocar cualquier conato de protesta. Sin embargo, los ciudadanos de Wisconsin han salido a la calle para desafiar el estado de sitio impuesto por el gobernador. El jueves pasado 30.000 estudiantes fueron a la huelga y llevan tres días sin ir a clase; ayer viernes la ciudad de Madison, sede del gobierno estatal, se vio inundada por miles de manifestantes de todas partes del estado, maestros y profesores han declarado una huelga indefinida, los estudiantes del sindicato de profesores asistentes de la Universidad de Wisconsin en Madison han ocupado los jardines del capitolio con una acampada de protesta y, tal vez lo que es más importante, los ciudadanos del estado de Wisconsin están cien por cien detrás de sus maestros, policías, bomberos, empleados municipales, bedeles y funcionarios. Los Green Bay Packers, el equipo local de fútbol americano, flamante campeón de la Super Bowl  (la liga nacional) han emitido un comunicado expresando su apoyo a los trabajadores y las protestas; varias iglesias también han declarado su apoyo. Los congresistas demócratas, ante la avalancha de protestas populares, se encuentran actualmente viajando fuera del estado para tener una excusa legal y no acudir a la votación en la que se aprobarían estas medidas.

En el resto del país se han convocado manifestaciones de apoyo a las protestas de Wisconsin. Es pronto para decir si las protestas podrían extenderse o si se puede tratar de una reverberación de las olas revolucionarias del Norte de África (como algunos sugieren tal vez exageradamente), lo que sí está claro es que el neoliberalismo sólo puede seguir avanzando o sosteniéndose en una huida hacia adelante: exigiendo más privatizaciones dentro del sector público, aumentado la edad de jubilación, aumentando las contribuciones al fondo de pensiones, desarmando a los sindicatos para imponer recortes salariales, atacando incluso la financiación de clínicas, como Planned Parenhood, que garantizan los derechos reproductivos de las mujeres.

Las protestas de Wisconsin son sólo la punta del iceberg, forman parte de un ataque contra los pocos sindicatos e instituciones públicas del país que quedan en pie, perfectamente programado por la mayoría republicana tanto a nivel federal como a nivel estatal. Esta nueva mayoría ultraliberal cuenta, por mucho que se empeñen en disfrazarlo, con el apoyo explícito del gobierno de Obama que, entre otras cosas, acaba de aprobar el presupuesto económico más regresivo de la historia desde los gobiernos de Reagan y Eisenhower. La cuestión es hasta cuándo puede el pueblo norteamericano tolerar este nivel de agresión. Bien pudiera ser que en Wisconsin se encendiera la mecha de una rebelión mayor, es cuestión de tiempo.

Para más información en inglés:

http://www.democracynow.org/2011/2/18/its_people_power_as_tens_of
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