Lunes, 06 de Octubre de 2008 16:12

El pensamiento económico en Jorge Eliécer Gaitán

por  Luis Emiro Valencia
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Autor:

Luis Emiro Valencia

Tamaño: 14 x 21 cm

168 páginas

ISBN: 978-958-8093-93-2


Prólogo
La narrativa sobre Jorge Eliécer Gaitán ha seguido hasta el momento una técnica muy practicada en Colombia: exaltar como lo principal de los acontecimientos lo que tengan de anecdótico y espectacular, sin penetrar en el proceso histórico-dialéctico que forjan el devenir de los pueblos y fraguan el marco en que se mueven sus líderes con sus capacidades místicas y creativas.

En efecto, la mayor parte de los escritos sobre Gaitán se concentran en el 9 de abril como episodio trascendental en la historia patria en que el asesinato de un caudillo popular, amado con pasión por su pueblo, conmovió profundamente a la Nación. En lo social-político fue una erupción volcánica de la exacerbación popular, represada por lustros.

Pero, dentro de la llamarada de los incendios y dentro de sus cenizas hay que buscar el hilo de oro de la historia que no es fundible, que explica el carácter dramático de los sucesos y el desborde de la protesta de las masas.

El trabajo de Luis Emiro Valencia, muy allegado a la trayectoria del caudillo, y a las repercusiones de su pensamiento, tiene como telón de fondo la situación económica y social del país que vino construyendo en el presente siglo el escenario que encontró Gaitán. Era preciso acomodarse, y fusionarse con ese panorama y propender por cambiarlo en beneficio de todos, pero especialmente de las clases trabajadoras de los campos y de las ciudades. En esta tarea, en este impulso de su pensamiento, en concordancia con la situación mundial y nacional, Gaitán fue proponiendo soluciones de tipo socialista a la grave situación de atraso y de miseria del país. Los dos fenómenos, el de las formaciones económicas del momento y el de la abrumadora situación social del país, los estudia con brillante fluidez Luis Emiro Valencia en estas páginas. El líder va surgiendo dentro de ese ambiente para comprenderlo y cambiarlo y va tejiendo la madeja de su teoría socialista aplicada a Colombia.
I. «Yo no soy un hombre, yo soy un pueblo»
Solía decir Jorge Eliécer Gaitán en sus discursos de plaza pública, «Yo no soy un hombre, yo soy un pueblo». Parece un simple sonido oratorio cargado de petulancia. Pero en el fondo, aquellas palabras que solía repetir en manifestaciones multitudinarias resultan históricamente apropiadas al analizarlas dentro del proceso de formación económica y política de Colombia.

Cada período histórico crea sus hombres, sus héroes y caudillos. Bolívar significó entre nosotros, en un tramo del Continente, y en un momento dado, una necesidad global de América para alcanzar la libertad de estos pueblos nuevos, con respecto a las monarquías imperiales europeas. A ese menester político social de los pueblos, Bolívar le dio expresión, asta y bandera y de derrota en derrota bélica los condujo a la epopeya guerrera y luego a la construcción inicial de sus repúblicas. Le correspondió en su vida una época determinada y le dio una proyección que condujo a la emancipación y a la libertad.

En un escenario más reducido y de circunstancias diferentes le correspondió actuar a Gaitán en un momento de aparición de clases nuevas en la historia de la República. En la Revolución de la Independencia no podía aparecer como clase formada y líder del movimiento, lo que pudiéramos llamar retrospectivamente el proletariado colonial que no existía. En el fondo de ese período que encegueció y destruyó Bolívar con el fulgor de su espada y su concepción civil republicana, surgió leve y pausadamente, en grupos reducidos, el proletariado del país.

En el fondo de la Colonia y en los socavones de las minas de plata, surgía con la lentitud de las formaciones geológicas, la modalidad del jornalero con remuneración salarial. El indio mitayo, o sea, el diez por ciento de los integrantes de ciertas tribus, debían ir a trabajar forzosamente a las minas de plata por un tiempo determinado para luego regresar a su tribu de origen. Donjuán de Borja, Gobernador y Capitán General del Nuevo Reino de Granada y Presidente de la Real Audiencia, en marzo de 1612, luego de visitar las minas de Mariquita, promulgó unas ordenanzas donde se disponía, además del establecimiento de la jornada de ocho horas, que el indio mitayo, a la terminación de su servicio obligado quedaba en libertad de quedarse trabajando en la mina si le satisfacían las condiciones de trabajo y se le pagaba un salario adecuado. El trabajo forzoso fue sustituido por el trabajo libre, y la ración de comida por el salario en dinero. Esta fue una de las fuentes primarias del surgimiento del proletariado en nuestro país. Luego, bajo la República, éste proceso se acentuó y recibió gran impulso con la formación, a fines del siglo XIX, de centros industriales como fábricas de tejidos y de cerveza, de cementos y de otras mercancías paralelamente con la construcción de ferrocarriles. Más tarde, en el siglo veinte la penetración imperialista impulsa el desarrollo industrial y minero, se incrementa el tráfico fluvial por el río Magdalena, y en este paisaje cambiado surge una imagen nueva: las grandes huelgas en las explotaciones petroleras y en el río Magdalena y su propagación a todo el aparato industrial del país. De manera simultánea, los campesinos, en las formaciones de arrendatarios y terrazgueros y sus sucedáneos, se movilizan también en grandes movimientos reivindicatorios, por mejores condiciones de vida y derecho a la propiedad de la tierra que trabajan. Este proceso económico, sintéticamente esbozado, se complementa socialmente, con la formación y consolidación de una clase nueva: el proletariado.

Esta novísima clase, que implicaba un cambio profundo en la estratografía social colombiana, se había organizado en un porcentaje exiguo pero cualitativamente importante, en formaciones sindicales y alcanzó a constituir un partido denominado «socialista revolucionario». Dentro de ese escenario convulsionado aparece Gaitán, que con su acción recoge poco a poco el clamor popular de esta nueva clase que pide mejores condiciones de vida, y que lucha en grandes movimientos huelguísticos desafiando la muerte.

Las movilizaciones obreras, no por incipientes menos turbulentas, a que he hecho alusión, y el perfilamiento progresivo de Gaitán como la expresión de ese profundo cambio y descontento popular, marca un hito y un vuelco en Colombia respecto de las luchas político-sociales. La aparición del pueblo como fuerza beligerante en el siglo XIX, en el período de formación de la República, estuvo intensa y beligerantemente intervenida por la clase de artesanos de la época que constituía una importante fracción de los estratos sociales colombianos. Todos recordamos su épica presencia, dirigidos por Ambrosio López, en la elección presidencial de José Hilario López. Estos actos marcaron la cúspide cenital de su actuación, y tres cuartos de siglo después hace su última aparición heroica en las calles de Bogotá en 1918, un diez y seis de marzo. El gobierno conservador contrató la vestimenta para el ejército con una compañía extranjera y los sastres de Bogotá, organizados artesanalmente y con el apoyo de los albañiles y de otros grupos sociales, organizaron una gran manifestación de protesta a la cual el régimen respondió a su usanza con abaleo y muerte en la vía pública denominada «Calle de la Carrera». Este hecho cierra un capítulo de las luchas sociales en Colombia con el liderazgo artesanal e inmediatamente se abre otro, en que la figura central son los obreros y campesinos movilizándose colectivamente y con frecuencia organizados en sindicatos y ligas agrarias.

El río de la historia trae a Gaitán sobre este nuevo panorama de luchas sociales.

Su primera presencia parlamentaria, en que se relievan sus condiciones de gran tribuno popular, tiene precisamente lugar a raíz de la gran huelga de las bananeras, explotación regentada por la United Fruit Company. Las fuerzas represivas del régimen conservador de la época, se descargaron sobre los obreros en huelga en forma desordenada y brutal. Gabriel García Márquez describe el drama sangriento en forma resumida pero patética en «Cien años de Soledad». Gaitán, en los debates parlamentarios, con su voz caudalosa y sus tributos de eximio orador, denunció ante la Cámara de Representantes las atrocidades cometidas por el régimen. La defensa de los obreros en esta oportunidad y otras más lo fue constituyendo en su caudillo, en su gran guía y conductor. Es la expresión e interpretación auténtica del pueblo en un tramo dramático de su historia. El anclaje de Gaitán en el partido liberal y el ancho caudal de masas que dentro de dicha colectividad le seguía, le daban el carácter de líder de las nuevas clases en movimiento. Era la expresión, en estratos altos de la vida del país, de las masas nuevas no resignadas a la miseria y ansiosas de un mejor estar y de una influencia política. Varias vertientes convergían para darle carácter de caudillo del pueblo, como quiera que la masa inmensa de la clase se apretujaba en su torno.

Gaitán fue la expresión de esas masas y moldeado por ellas, que a su turno recibieron de el una enseñanza y una guía revolucionaria. A estas circunstancias se acomoda y toma su fuerza uno de sus lemas de batalla política: «Yo no soy un hombre, yo soy un pueblo».
II. Masas e ideología revolucionarias
En ese panorama mortíferamente alumbrado desde el exterior por los fuegos de la primera guerra mundial y por las proyecciones hacia el futuro social del mundo de la revolución rusa, y al interior estremecido por una nueva clase social que arrastraba a las capas campesinas y medias hacia luchas explosivas de reivindicaciones por la existencia humana, en este marco apareció, como se ha destacado, Jorge Eliécer Gaitán. En ese nuevo medio que encontró debía moverse y para hacerlo precisaba estructurar sus concepciones ideológicas a fin de orientar a las masas que le estaban siguiendo, señalándoles ruta, faro y punto de llegada. Con vocación de gladiador político tenía que afrontar simultáneamente el problema de la programación ideológica y el de la organización partidista.

Obviamente, la movilización de este tipo de masas tenía que impulsarse con una propensión socialista. Como antecedentes en el partido liberal no encontraba sino los planteamientos del general Rafael Uribe Uribe cuya doble característica de intelectual clásico, ilustrado y sagaz y de soberbio, valeroso y audaz caudillo de las guerras civiles, le infundía un intenso respeto y credibilidad a sus palabras. Había dicho en los umbrales del siglo XX, que el liberalismo para sobrevivir tenía que nutrirse en las canteras del socialismo. Uribe, con conceptos tocados del primitivismo de los primeros tratadistas europeos sobre la materia, apenas tenía unos enunciados generales en torno de las limitaciones del derecho de herencia y de aspectos similares. Gaitán es una época más avanzada, tenía de frente a Marx, Engels, Kautsky y en general a los brillantes y modernos teóricos del socialismo contemporáneo que, en su momento, se había extendido por todos los continentes. La cita de estos autores es frecuente en todos los documentos que salieron de su pluma y de su palabra. Su libro inicial «Las ideas socialistas en Colombia», fue concebido dentro de esta saturación ideológica. Era la primera vez que un gran líder de masas en Colombia profundizaba sobre la temática socialista.

Este excelente trabajo de Luis Emiro Valencia sobre «El pensamiento económico en Jorge Eliécer Gaitán», hace un selectivo escrutinio de sus escritos, para sistematizar y conectar las citas fundamentales que marcan su derrotero ideológico. Sus adversarios poco conocedores de las profundidades ideológicas del marxismo, se empeñaron en presentarlo como un demagogo desconocedor de la grandiosa obra del fundador del socialismo científico. Las citas que a su turno hace Gaitán de los eminentísimos tratadistas de la materia son suficientes para mostrar la seriedad de sus lecturas, y la manera selectiva y decantada como las tomaba para acomodarlas al medio económico-social colombiano, a su propia realidad e identidad cultural. Sobre el aspecto filosófico destaca el carácter dialéctico de la exposición marxista y la manera encadenada como se suceden las categorías históricas. Su afirmación, desde su juventud hasta su muerte, que no en todo está de acuerdo con Marx, demuestra la manera crítica como abordaba sus enseñanzas. Y estaba bien que así fuera.

Trae Luis Emiro Valencia una cita de Engels, que varias veces repitió Gaitán, pero que apareció en su primer trabajo sobre Las ideas socialistas en Colombia. No sobra repetirla:

«Este conflicto entre las fuerzas productoras y el sistema de producción no es un conflicto engendrado en el cerebro del hombre, como el pecado original y el de la justicia Divina; se halla en los hechos, objetivo, independiente de la voluntad de los mismos seres que lo provocaran. El socialismo no es otra cosa que el reflejo, en el pensamiento, de este conflicto, en los hechos existentes. Con facilidad se comprende que este reflejo ideal se produce desde luego en la imaginación de las clases que directamente lo sufren, de la clase obrera».

«La producción y el cambio de los productos son las bases del orden social; de que en la historia la distribución de los productos y la división en clases y Estados se funda en lo que produce, cómo se produce y en qué forma se cambia. Por consiguiente, las causas últimas de las transformaciones sociales y políticas no hay que buscarlas en la cabeza de los hombres, ni en su creciente amor por la verdad y la justicia, sino en las transformaciones de producciones y cambios; no hay que esperarlas de la filosofía, sino de la economía de la época en cuestión. La proclamación de las instituciones sociales son irracionales e injustas; de que la razón se ha convertido en absurdo y las instituciones bienhechoras en una plaga, en un signo de que los medios de producción y de cambio han sufrido silenciosas modificaciones que no armonizan con el orden social formado a la par de ellos. Con ello ya queda que los medios para suprimir los defectos descubiertos han de encontrarse más o menos desarrollados en los mismos nuevos métodos de producción. Los medios no han de inventarse en la cabeza, sino descubrirse por medio de ella en los hechos económicos presentes»1.

De esta caracterización general de los sistemas económicos parte Gaitán para afirmar que no es copiando tesis y leyes extranjeras como se puede modificar nuestro país sino auscultando su formación para «determinar nuestras enfermedades y formular sus remedios». De éstas formulaciones ideológicas generales era preciso pasar a la estrategia y a la táctica. Rodeado por el afecto de las masas populares del liberalismo, Gaitán estaba ante la disyuntiva de escoger entre injertarle las ideas socialistas a su partido tradicional o construir una colectividad separada y autónoma. Su decisión fue clara, no vacilante en su primer libro donde se autopropuso este problema y lo resolvió así:
«Nuestro estudio no podía tener un carácter sectario o banderizo, en el sentido político de la acepción, en primer lugar, porque no pertenecemos a partido socialista ninguno, o a eso que entre nosotros se apellida como tal. En Colombia hay valiosas unidades que profesan estas ideas, pero quienes han tratado de dotarlas de una dinámica de organismo autóctono, quizá no han sido los más afortunados en su interpretación, ni en los medios, ni en la apreciación de las características peculiares a nuestra vida política; y segundo, porque siempre hemos creído que antes de concluir en las aplicaciones se necesita el estudio técnico, el examen científico, la valuación abstracta de las causas que autorizan esas realizaciones en concreto. El empirismo ha sufrido, ya va para luengos tiempos, una trascendental derrota en las ciencias sociales, y no se explicaría la lógica de quienes se empeñaran en aplicar medicinas sin antes haber evidenciado científicamente la bondad de éstas, y sobre todo, la índole orgánica del sujeto a quien han de ser aplicadas».

«Profesamos, pues, con marcado convencimiento y empinado entusiasmo, las ideas que corren a través de éstas páginas, más no podríamos considerarnos como militantes en nuestro país, de un partido socialista, entre muchas otras razones, por la muy sencilla de que tal partido no existe. No es destrozando la corriente política que en Colombia representa el partido avanzado o de oposición, como mejor se labora por el triunfo de los altos principios que guían hoy los anhelos reformadores de los pueblos; pensamos que es mejor luchar porque las fuerzas progresistas de Colombia inscriban en sus rodelas de batalla la lucha integral por las ideas nuevas, por la salud del proletariado y por la reivindicación necesaria de los actuales siervos del capital».

«La pretensión de implantar el socialismo entre nosotros nace de esa singular modalidad de los pueblos incipientes: él mimecismo. Es un simple caso de imitación. Ha bastado –subrayan los impugnadores– que el vientre fatigado de Europa pariese tan descabelladas doctrinas, para que nos creyéramos en la necesidad de prestarles nuestra propaganda y nuestra ayuda».

«Pero los sistemas y las leyes han de ser algo más que una pueril imitación. Es auscultando nuestro organismo como podremos mejor determinar nuestras enfermedades y formular sus remedios... Ni las leyes, ni sus forjadores, los hombres, podrán nunca transformar arbitrariamente el alma de los pueblos. Los hombres providenciales dejan de serlo en cuanto traten de crear en contra de la idiosincrasia mesológica»2.

Este planteamiento táctico tuvo un paréntesis en la vida de Gaitán. El desborde alucinante de masas en su entorno lo llevó a integrar un partido nuevo. El Unirismo. Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria. Chocó el intento con la tradición bipartidista colombiana, surgida en el siglo pasado entre luchas partidistas sangrientas y crueles que marcaron los linderos entre las colectividades históricas con miles de huesos de los sacrificados en los enfrentamientos internos. Hasta hoy, quizás no lo sea mañana, los miembros de los partidos históricos hacen sus excursiones por fuera, pero quedando siempre atados por cordones umbilicales, al partido ancestral. Así sucedió, con el partido republicano de los años diez, con el Unirismo de Gaitán, con el MRL de Alfonso López Michelsen, y con la Anapo que tuvo sus dos alas, la liberal y la conservadora, pero cuya mayoría de militantes, al primer tropiezo, regresaron a las toldas de donde venían. Gaitán reincorporado al liberalismo rápidamente recobró su ascendencia y bien pronto la Jefatura del Partido. Colombia se preparaba para un gran vuelco histórico.

Ya Gaitán difundía sus grandes documentos: La Plataforma del Teatro Colón, o sea el programa del nuevo partido Liberal conocido como Partido del Pueblo de tendencias socialistas y el llamado «Plan Gaitán». En el primero colaboré ligeramente pero en el segundo muy ampliamente como lo dice el propio Gaitán en la Exposición de motivos. Luis Emiro Valencia analiza en este libro esos dos importantes documentos con mucha penetración y brillo y creo innecesario hacer otro enfoque. En esos trabajos está la roca viva de su doctrina y de ellos emanan, como agua lustral, la fuente de su doctrina socialista democrática. Como obrero intelectual allí están las huellas digitales de mi colaboración.
Paralelamente a esta labor, Gaitán venía desarrollando su propósito de dotar al Partido Liberal de una organización moderna. En la Plataforma del Colón se encuentran esos principios. Desgraciadamente no alcanzó a concluir esta labor organizativa que hubiera proyectado su movimiento más allá de su muerte.
III. El legado de Gaitán
Hemos dicho que Gaitán interpretó a un pueblo y a unas clases nuevas en un período histórico trascendental. Si así no hubiese sido, sus orientaciones y propósitos hubieran seguido el curso evaporante del viento. Pero anclado a la vida de su pueblo las masas agitadas en la lucha aprendieron como tratar de combatir. El ambiente creado por las prédicas gaitanistas tuvo una poderosa influencia contaminante durante su vida y después de su muerte. La atmósfera política cargada de elementos nuevos permitió que se abrieran paso, bajo la administración López Pumarejo, las reformas constitucionales de tipo socialista como la relativa a la función social de la propiedad y a las obligaciones tomadas de la Constitución alemana de Weimar y la del intervencionismo de Estado latente en todas las tendencias de izquierda en el mundo.
Gaitán no alcanzó a crear una fuerte organización que le sobreviviera. Derrotó a todos sus adversarios. Comenzó a campear sólo dentro del liberalismo, pero su sangre derramada fue como la lluvia invernal que hace brotar con fuerza los gérmenes que sepultó el verano. Los viejos líderes volvieron a sus puestos de mando y el partido comenzó una recaída de retorno hacia la derecha, salvo brillantes excepciones. El lema sobre la Restauración moral y democrática de la República, perdió sonoridad y fue abandonado. Su desaparición abrió camino a la corrupción en que estamos viviendo los colombianos presenciando el desmoronamiento de la República, el saqueo del tesoro público por sus propios guardianes, el robo de las economías populares por los propios banqueros encargados de protegerlas. Los diques que a su tiempo y a su modo en las orillas opuestas habían construido Gaitán y Laureano Gómez, contra la inmoralidad, fueron arrasados. Algo más que podrido hay en Dinamarca.

La carencia de una política económico-social como la predicada por Gaitán, o de otras cualquiera similar, ha llevado a mayores concentraciones del ingreso en las clases oligárquicas y a mayor concentración de la miseria de las clases medias y en el proletariado. El caldo de los cañaverales no es para los campesinos como las producciones textiles de calidad no son para los obreros que las producen. El contraste se ha intensificado y la desocupación y la miseria han engendrado la guerrilla. El triunfo de Gaitán, que ya nadie lo evitaba, habría sido la salvación de la República. Colombia habría inaugurado en América un tipo de estado socialista democrático en que se conjugara el bienestar con la libertad.

Si su organización partidista languideció y desapareció con su muerte, su ideología, sus planteamientos, dejaron, en cambio, una huella, un eco, una estría en la vida político-social colombiana. Su pensamiento, sus ideas, no sólo su evocación romántica, es lo que debemos rescatar del olvido, como insiste Luis Emiro Valencia. Este es el verdadero homenaje a su legado que se halla vigente, pues los problemas y soluciones que planteara Gaitán, no sólo están vivos, vigentes, sino que se han profundizado con el correr de los tiempos y la dolorosa ausencia de quién encarnara el gran cambio social e histórico. Su decir y su manera de decir ha tenido muchos prosélitos. Algunos sinceros en la ideología, al pie de ella, como estatuas al pie de una bandera. Otros, la mayor parte, utilizando todos éstos elementos como carnada electoral, con total descoyunturación entre lo que se dice pirotécnicamente y lo que se va hacer en realidad. Somos un país de palabrería de izquierda y de realizaciones de derecha. Pero debajo de la escena corre, como el caldo hirviente de los volcanes andinos, el impulso de un pueblo que no se resigna a su atraso y a su miseria. Que rompió las cadenas coloniales y que quiere romper ahora la explotación republicana. Ahí adentro, como una crisálida, o mejor como un fulminante, está el legado de Gaitán.

Guillermo Hernández Rodríguez
Ultima modificacion el Jueves, 15 de Enero de 2009 11:28

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