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Jueves,02 de Septiembre de 2010
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Autismo. Soledades de hijo y padres

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Quienes hemos trabajado con niños con signos clínicos de autismo sabemos que presentan dificultades muy severas en la comunicación, las cuales se manifiestan cuando evitan mirarnos a los ojos, cuando rechazan nuestro contacto o cuando se muestran indiferentes, casi ignorándonos, al ingresar al consultorio. Algunas veces, la incapacidad de relacionarse con el mundo exterior es muy precoz. Se trata de autismos profundos, diferentes de los que se presentan entre los doce y dieciocho meses, luego de haber tenido una evolución en la que los padres no detectan en el hijo ninguna anormalidad. En el primer caso hablamos de autismo primario; en el segundo, de autismo secundario. Me referiré al segundo de los casos. Y me centraré en el esfuerzo por encontrar lo que parece inexplicable de su inquietante soledad.
 
En general, los estudios científicos de los patrones de conductas que los autistas utilizan para aislarse se han orientado desde perspectivas que tienen en cuenta puntos de vista psíquicos, cognitivos o de conexiones neurológicas. En contraste, poco se ha investigado sobre los procesos inconscientes que regulan las conductas de los padres cuando detectan los primeros indicios de serios déficit de relación social en el hijo; y sobre cómo esa realidad psíquica, a su vez, modifica las experiencias subjetivas del niño y su forma de expresarlas. Así suele obtenerse una visión parcial del problema, ya que resulta difícil distinguir qué manifestaciones de aislamiento del niño son previas a los modos de relación que los padres establecieron con él y cuáles están codeterminadas por las primeras experiencias materno-paterno-filiales.
 
En el niño pequeño con signos clínicos de autismo, la contingencia innata –genética, metabólica, ambiental, etcétera–, que lo orienta a sumergirse en una “atrincherada soledad”, se refuerza por el modo particular en que los padres estructuran la cualidad del vínculo que establecen con él. Algunos padres de los pequeños pacientes, cuando son entrevistados, como producto del dolor narcisista que sobrellevan, por la falta de respuestas empáticas del hijo y por lo ajena que se les torna la imagen de sí mismos que les es devuelta, suelen abandonar los intentos de comunicación y alejarse de su hijo. Es decir, cesa la demanda recíproca.
 
La madre de Tomi se lamenta: “No sabemos por qué pasó esto..., por qué nos alejamos tanto (...) por qué no me responde. Entonces dejé de hacerlo”.
 
La madre de Mauro dice: “Cuando no lo entendemos, no encontramos la forma de llegar a él. Muchas veces nos pasa que dejamos de intentarlo”.
 
Emerge así una dimensión que, además de considerar los aspectos neurobiológicos del cuadro, contempla los efectos en los procesos identificatorios del niño y en la conformación narcisista de sus padres cuando reciben el diagnóstico de autismo de un hijo.
 
Según Bruno Bettelheim (La fortaleza vacía. El autismo infantil y el nacimiento de sí mismo, Ed. Laia), es probable que la madre de un autista, frustrada en sus sentimientos maternos, responda al hijo con indiferencia, lo que crearía en el niño una nueva angustia. L. Penot (Tres niños autistas en psicoanálisis, Ed. Nueva Visión) plantea que un bebé que deja de demandar desorganiza completamente a la madre.
 
En este mismo sentido, A. Rivière (Tratamiento y definición del espectro autista, Ed. Asociación de Padres de Niños Autistas de Baleares), avanzando sobre los aspectos cognitivos del aislamiento autista, se pregunta si acaso el sentimiento de soledad podría darse en una doble vía.
 
En conclusión, el tema del aislamiento y la soledad del niño pequeño con signos clínicos de autismo va más allá de los aspectos orgánicos del cuadro.
 
Cuando los padres reciben el diagnóstico de autismo de un hijo junto con la suposición de que se trata de un trastorno biológico que no tiene cura, de que él no los comprende ni anticipa los indicios de sus pensamientos, intenciones y afectos, sienten y reaccionan de la siguiente forma: como producto del dolor narcisista que padecen por lo ajena que les resulta la imagen de sí mismo que les propone el hijo y por el horror que les representa el vacío frente a las faltas de respuesta, emerge el desconcierto y se sienten desvalidos. Ante eso, dejan de interrogarse por la forma singular en la que el niño se expresa. Disminuyen los reclamos hacia él. Como resultado de estas conductas, el aislamiento se incrementa de modo recíproco.
 
¿Cómo inaugurar la demanda recíproca entre un niño pequeño con signos clínicos de autismo y sus padres? Los signos clínicos del autismo ceden cuando la madre, el padre y el terapeuta no se limitan a esperar del pequeño aquello que la literatura médica les vaticina. Es decir, no dar por sentadas las expresiones más comunes acerca de lo que implica ser autista: la de que estos niños no comprenderían los sentimientos, pensamientos e intenciones de las personas; que vivirían mentalmente ausentes, que serían impredecibles, que no logran comunicarse, que no tienen cura.
 
Tanto padres como hijos mejoran cuando la modalidad clínica con la que interviene el terapeuta está orientada a que el niño encuentre en el tratamiento contextos donde desplegar sus atributos como niño; cuando ya no es visto como un síndrome. Esta modalidad clínica procura que los padres –luego de identificarse con las formas que usa para esclarecer la particular forma de demanda del niño– encuentren una vía para restituir su narcisismo y redefinir el ejercicio de su función. Padres e hijos pasan del aislamiento a las comunicaciones recíprocas intencionadas a través del lenguaje. Un ejemplo de esta modalidad es el recurso a intervenciones clínicas que hagan hincapié en reconocer en los niños las angustias, los deseos y las necesidades que les permiten organizar su demanda.
 
Conexiones
 
Más allá de los aspectos biológicos, el punto por donde hay que volver a tejer la trama del autismo pasa por ese lugar donde se plasma el mundo de la dinámica intersubjetiva particular. El cambio de representaciones que los padres tienen acerca del hijo potencia la salida del aislamiento y genera pautas de interacción social. Aunque el autismo tenga bases orgánicas, cuando se interviene ofreciendo vías de conexión intersubjetivas (en el momento de la vida en que el autismo puede instalarse como patología, entre los 12 y los 18 meses) no sólo se modifica la estructura del mundo interno del niño, sino que también se apunta a compensar el déficit biológico, a cambiar el curso de la enfermedad.
 
En cambio, ¿qué efectos produce en el niño pequeño con signos clínicos de autismo, en sus padres y en el terapeuta, un diagnóstico que inhabilita casi toda posibilidad de cambio? Cuando los padres son entrevistados, caracterizan de diversas maneras la relación cotidiana establecida con sus pequeños hijos luego de recibido el diagnóstico de autismo. La madre de Mauro comenta que, cuando se va a trabajar, no se despide del niño para no verlo llorar: es evidente que no lo considera capaz de comprender el anticipo de su partida; con su actitud, no imprime un ritmo afectivo a la espera.
 
Cuanto mayor es el lugar de saber que los profesionales asumen frente a los padres respecto de lo que le sucede al niño, menores son en éstos las posibilidades de imaginar las necesidades y los deseos del hijo. Así, por ejemplo, los padres de Tomi realizan más y más consultas con diferentes especialistas. Sucede también, y es el caso de los padres de Juan, que, al escuchar las interpretaciones de los diferentes especialistas acerca del trastorno que padece el pequeño, dejan de considerar sus propias vivencias afectivas. En todos estos casos, los padres necesitan ser alojados en el interior de una modalidad de trabajo clínico en el que el terapeuta se ofrezca como soporte de afectación de mente por parte de los padres hacia el niño y viceversa.
 
En este orden emerge una dimensión que va más allá del problema de “ceguera de mente” adjudicado a las personas autistas. Una evidencia es que la imposibilidad de atribuir pensamientos a un otro –lugar donde se instala el rasgo central del autismo– recae también sobre las modalidades de intersubjetividad que establecen los padres con el niño.
 
Podemos afirmar, entonces, que la acción de pensar y sostener que el autismo no tiene cura produce efectos patógenos. Recíprocamente, sostener lo contrario genera resultados prósperos. Así, cuando se hacen posibles demostraciones de los padres y el terapeuta que afectan al niño, y viceversa, los signos clínicos de autismo comienzan a ceder.
 
Por lo tanto, no se trata de negar en los niños autistas la existencia de una teoría de la mente; puede ser que tengan dificultades en desarrollarla. Pero estas dificultades se acrecientan cuando los padres, por pensar que carecen de ella, no se formulan representaciones mentales ligadas a deseos, necesidades y afectos con relación con el hijo.
 
En mi experiencia, niños diagnosticados como autistas dan cuenta, en sus juegos, de que no están “desmentalizados” ni padecen “ceguera de mente”. Se trata de plantear una metodología de trabajo clínico por la cual el niño con signos de autismo y sus padres hagan recíprocamente pensables los deseos, pensamientos y creencias, por medio de significados que permitan su simbolización.
 
En entrevistas y sesiones clínicas con los padres se advierte un nivel de funcionamiento parental indicativo de que ellos a su vez se someten a la lógica simbolizante impuesta por el niño. Operan en una mímesis identificatoria con el hijo: utilizan estereotipias, conductas obsesivas, presentan “ceguera de mente”, padecen las mismas angustias.
 
En esta dirección se demuestra que un trabajo clínico intersubjetivo es capaz de producir sostén simbólico en el niño con autismo y en sus padres. Cuando el pequeño no tiene un modelo para identificarse –porque sus padres, como única forma de demostrar afecto, toman la patología del niño como un lenguaje y lo imitan–, el camino de las simbolizaciones y transcripciones se ve interferido.
 
En lo que concierne a la expresión simbólica de niños autistas, se evidencia que, cuando los padres operan en forma mimética con el niño, no pueden observarlo en ninguno de sus aspectos: tristezas, alegrías, deseos. Y cuando el terapeuta interviene introduciendo en las escenas lúdicas aquellas pautas que permiten al niño transformarse en un semejante humano, surgen: a) el lenguaje expresivo dirigido al otro como forma de comunicación, en detrimento de ecolalias o jergas, y b) en el juego se manifiestan índices de dominio de la realidad.
 
Desde la psicología cognitiva se ha sostenido que, por razones biológicas, los niños autistas parecen no poder situarse en un mundo simulado y se recluyen en un mundo “literal”, sin “metarrepresentaciones” (U. Frith, Autismo. Hacia una explicación del enigma; Ed. Alianza): en cambio, se puede sostener que los niños con signos clínicos de autismo presentan otras formas de expresión simbólica; no es que carezcan de ellas.
 
Otra contribución es destacar que estos niños despliegan juegos paradigmáticos, que ponen en escena las angustias de la infancia misma, de acuerdo con sus determinaciones históricas. Las reglas que consienten la simbolización (impuestas por la función paterno/materna) permiten modificar aquellas formas simbólicas propias de niños autistas. Cuando la terapeuta se ofrece como modelo de identificación –demostrando maneras de interactuar que permiten hacer de un niño un semejante, alguien que puede compartir el lenguaje, las normas, los efectos, los dolores–, los padres comienzan a ofrecer al niño modelos de identificación que abren curso a las diferencias, y los juegos que despliegan junto a él comienzan a manifestar modificaciones que les permiten expresar, en su trama, los problemas existenciales de la infancia misma.

 Por Liliana Kaufman *
 
* Responsable de cursos de formación en R.Ed.Es (Red de Educación Especializada en acciones de inclusión del niño con autismo en la escuela común). Texto extractado de Soledades. Raíces intersubjetivas del autismo, de reciente aparición (Ed. Paidós).
 


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