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Domingo,21 de Marzo de 2010
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Inicio Ediciones Edición 120 Una visita XXX. Bogotá subterránea

Una visita XXX. Bogotá subterránea

Hay quienes no reciben la barata invitación, hay quienes la miran y la botan; algunos la guardan en el bolsillo, e incluso hay quienes la conservan para su colección.

 

Al frente del lugar, todo visitante mira de lado a lado la calle, y con inquietud entra y sube las escaleras que llevan a la oscuridad. A cada paso la luz se esfuma absorbida por la espesa sordidez. El penetrante olor a sexo ahoga el olfato; gritos y gemidos de mujeres dan la bienvenida.

 

Afuera son las 11 de la mañana. Adentro parece que el reloj se detiene en los tiempos de Sodoma y Gomorra, y por temprano o tarde que sea, parece una misma hora, una hora que avanza sin la atalaya moral del pudor tradicional.

 

Al entrar, un hombre de gafas de unos 30 años da la bienvenida. “Siga, amigo, ¿ya conoce el servicio?”.

 

–No. ¿En qué consiste?

 

-Si quiere ver en cabina, vale 4 mil, en sala 2 mil, y si quiere con niña 20 mil.

 

En el mostrador hay películas de todos los géneros de la pornografía: sadomasoquismo, gay, lesbianas, zoofilia, tetonas, mujeres maduras, sexo anal y otras más, algunas inimaginables, como la afición a los pies o los espesos vellos púbicos.

 

Todo el que entra, sea a cabina o sala, recibe un buen pedazo de papel higiénico. Los gemidos y los gritos se hacen más fuertes. Adentro, en la cabina, el cliente tiene un botón para adelantar la película a las “partes interesantes”, mas no se puede atrasar “para que no se ocupe mucho tiempo la cabina”.

 

La película absorbe la mirada y el ojo deja de asquearse de las paredes sucias y regadas, de la canasta de la basura llena de papel higiénico.

 

La sala cuenta con más de veinte sillas, todas alineadas y bien organizadas. Un videobeam proyecta en pantalla una película, a primera vista normal, sin un género especial. Dos hombres, cada uno sentado en una esquina, observan. Están muy atentos a la proyección, pero cada vez que alguien se acerca cambian su actitud y son prevenidos.

 

El servicio con chicas es diferente. El interesado es conducido a una sala donde se ‘descubren’ (salen las mujeres) y él escoge la deseada.

 

El precio se arregla con la mujer. El monto, dependiendo el lugar, oscila entre 20 mil y 40 mil pesos; en este caso, el servicio incluye la proyección de una película XXX del género que el cliente desee. Video que se ve en compañía de la niña en un estrecho y oscuro cuarto.

 

Aunque la tarjeta ofrece servicio de parejas, sólo entran hombres. Las únicas mujeres son las prostitutas, casi todas adolescentes que por circunstancias de la vida tienen la mirada curtida de odio y tristeza, de mujer madura a quien le abarrotaron la inocencia. No visten elegantes e insinuantes ropas, como en los burdeles o whiskerías, sólo jeans y blusas económicas, seguramente de las promociones que ofrecen los almacenes de la Carrera 13.

 

Las chicas provienen de barrios periféricos de Bogotá, la mayoría de rostro curtido por el sol de la provincia, de municipios de Tolima o Cundinamarca. Para los ojos del hombre libidinoso la condición de ellas es ajena, ya que todo sentimiento de compasión y lástima es sofocado por su carne efervescente de concupiscencia. Para los más humanos, sólo queda dar media vuelta y empujar la oscura puerta roída.

 

Los hombres que salen son de todos los estratos y edades. Todos se miran de soslayo con destellos de pudor, de íntima y medrosa vergüenza. Evitan la mirada fija.

 

Al final, se bajan las escaleras, el sol da de frente y libera bruscamente el pudor. Atrás queda el pecado, la oscura pornografía y el efímero onanismo. En la esquina, otro jalador entrega invitaciones, boletas para conocer otra realidad de Chapinero.

 


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