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Jueves,02 de Septiembre de 2010
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Inicio Ediciones Edición 140 Carreta libre

Carreta libre

Siempre llevaba en mente las palabras de su madre, quien le recordaba su deber de ser una buena carreta. Y buena no quería decir cosa diferente de ser fuerte, dócil, obediente; estar siempre dispuesta a enfrentarse al difícil camino con éxito, sin importar el peso de la carga; a no proferir quejas ni reclamarle al amo por cansancio o exceso de trabajo. Y siempre fue así. Le dijeron que el viento, la lluvia, el sol, la luna, los árboles, los pájaros, los lobos, y en general todos, menos los humanos, eran peligrosos para su existencia.



Y cuando salía con su carga encima por los tortuosos caminos, guardaba en lo más profundo de su alma el dolor de sus ejes, las tristezas de su toldo, los achaques de sus bancas, la tortura del freno, los insultos del amo, todo ello para acatar la tradición de ser una buena carreta. Mientras tanto sentía, y envidiaba, la libertad del viento que pasaba raudo por su lado, llenándola toda y gritándole ven conmigo; de la lluvia que aparecía en torrentes de frescura, bañándola entera y refrescando su fatiga, llamándola a ser libre sin pedir nada a cambio; del sol que le iluminaba el camino, secaba sus lágrimas de tristeza y entibiaba su ánimo, solícito y amoroso; admiraba al río, cuya corriente impetuosa luchaba contra la montaña y la distancia para darle vida al bosque, y que cantaba con su voz ronca y bravía cada vez que ella se acercaba a sus orillas, saludando su presencia, ansioso de bañar sus ruedas mientras ellas le hacían cosquillas escudriñando sus profundidades; y al arroyo que con voz suave y dulce atraía a las aves y hacía coros con sus trinos para alegrarle su efímera estancia en sus dominios; a la luna que, casta y suave, aparecía cuando el sol estaba ocupado y hacía visibles los obstáculos para que no tropezara, mientras rielaba sobre sus toldos y la hacía ver bella y fantasmagórica en medio del bosque que a veces la asustaba; envidiaba la montaña, que imponente se elevaba contra los atropellos de todos pero que los acogía, también a ella, cuando los veía tristes o desvalidos, y a las aves que, a pesar de la escasez del alimento, de los peligros del bosque y los juegos pesados de la lluvia y el viento, revoloteaban alegres expresando su alegrías en trinos que a ella le gustaba escuchar.

Y cuando se quedaba sola, le conversaba al buey-caballo-mula-asno que la tiraba, de sus tristezas y de sus ansias; y le contaba historias en que ella iba libre por los caminos, gritándole al viento, a la lluvia, al sol, al río, al arroyo, a la luna, a la montaña y las aves, la alegría de su libertad. Pero en los ojos del buey sólo veía mansedumbre, en los del caballo resignación a su esclavitud, y en los de la mula terquedad. Únicamente el asno entendía sus sueños y celebraba gozoso sus historias, tirando coces al aire y lanzando alegres rebuznos mientras la cuerda lo ataba a la esclavitud.

Y todo fue un cúmulo de historias y añoranzas de la carreta y el asno hasta que un día, en la “vaca multicolor”, Zaratustra habló sobre las tres transformaciones de la carreta. Y sus oídos fueron “oídos para esa boca”. Esa noche, asno y carreta dejaron de ser camello y se transformaron en león. Esa noche, carreta y asno rompieron para siempre los miserables lazos de la esclavitud y se fueron, libres, a recorrer sus caminos y jamás caminos ajenos. Se fueron libres a compartir con el viento, el sol, la lluvia, el río, el arroyo, la luna, la montaña, las aves y el mundo entero, la dicha de la libertad. Y el viento, el sol, la lluvia, el río, el arroyo, la luna, la montaña y las aves llevaron, por el mundo entero, la voz bronca de la carreta vacía –vacía de objetos, de bienes y valores, de costumbres y tradiciones ajenas, pero cargada de la voz rotunda y limpia de la libertad–, haciéndola escuchar en cualquier lugar y desde cualquier distancia. Y cuando la escuchan, las carretas llenas y todos los que sufren opresión sienten, entre sus tristezas, el ansia inmensa de correr con ella.

Desde entonces, los tiranos, los déspotas, los enemigos del hombre, los explotadores y todos los que detentan el poder, hablan y escriben mal de la carreta vacía, la macartizan y discriminan, porque su canto llama a la rebeldía y la libertad. Por eso, los patriotas, los luchadores por la libertad, los hijos de Bolívar, de Martí y de Artigas, nos alegramos cuando el alcohólico rey de España –que jamás nuestro– le dijo al comandante Hugo Rafael Chávez Frías “Por que no te callas”. Era el grito impotente y desesperado de un tirano que quería callar a una carreta libre.
 


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