Martes, 13 Marzo 2012 15:53

El último nuevo filósofo

Escrito por Jean-Pierre Garnier
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El último nuevo filósofoRamiro García
Para quien desee conocer el pensamiento de Albert Camus y, eventualmente, ahondar en él, basta con leer su obra. A pesar de que esta no es siempre profunda, tiene el mérito de la claridad. En este sentido, el libro que Michel Onfray acaba de consagrarle no es de ninguna utilidad (1). En cambio, para quien se interese en la visión que del mundo y sobre todo de él mismo tiene este filósofo exitoso, la lectura de esta obra es indispensable.

Camus visto por Onfray no es más que el espejo donde se mira y se admira. “Lector atento, libre, indemne de cualquier estructuración universitaria”, “nietzscheano de izquierda”, “anarquista positivo”, “filósofo hedonista, pagano, pragmático”, hijo de pobres y fiel a los suyos”: este retrato favorable presenta, para aquellos que han leído a Onfray, todas las características de un autorretrato. Salvo el rasgo final: “Tenía todo para disgustar a los parisinos formadores de reputación”. Según se leen los elogios publicados en Marianne y Le Nouvel Observateur para celebrar la aparición de la obra, que alcanzan un nivel de ditirambo en Le Point, esta no sólo les gusta a los “parisinos”, es decir a los periodistas, sino que los enloquece.

Y no sin razón.

En este bodrio que se supone extrae lo más medular del pensamiento camusiano, condimentado con apreciaciones de la vida del autor destinadas a probar la rigurosa “adecuación entre la obra y la existencia”, encontramos las amalgamas que hicieron furor bajo el reinado mitterrandiano, cuando la declinación del sentido crítico se vio acompañado por el abandono de los ideales progresistas. Comenzando por la referencia mancomunada de fascistas y “marxistas”, comparados con los estalinistas. La peste, por ejemplo, sirve de pretexto para recordar que esta “podía ayer ser marrón o roja”. Se compone así a lo largo de las páginas el desfile de trivialidades que hicieron las delicias, tres décadas atrás de Bernard-Henri Lévy y amigos. Camus, se empeña el autor, “no cree en el Hombre Nuevo deseado al mismo tiempo por Marx y Lenín, Mussolini y Hitler. No cree en el Hombre Total de los marxistas ni en el Reich ario de los nazis”. ¿Onfray, el último de los “nuevos filósofos”? Quedaron lejos los años 1970, en que jóvenes pensadores, después de algunos años de compromiso con un maoísmo mundano, podían pasar por subversivos reciclando lugares comunes del pensamiento conservador. Por eso, declarándose primero anarquista, Onfray, tras sus gloriosos predecesores, se postula como la voz del anticonformismo de un “orden libertario” pensado por Camus.

Confirmar a este último en la figura emblemática del “Justo”, identificado al justo medio, implica una relectura singular de la historia. Comenzando por la enumeración de los delitos de la represión colonialista en Argelia y de los cometidos por los independentistas que, en la balanza sostenida por Onfray, tienen el mismo peso. El biógrafo juzgó oportuno, para completar lo que parece una demostración, insertar en medio de su obra una serie de fotos siniestras que apuntan a impresionar al lector más que a hacerlo reflexionar. Encontramos allí, de manera desordenada, las atrocidades cometidas “de un lado y del otro”: imágenes del gulag y de los campos de exterminio, de la guillotina heredada del “terror robespierrista” y de cadáveres mutilados por los “terroristas del FLN”, de civiles rusos colgados por soldados de la Wehrmacht y de un colaborador fusilado por resistentes franceses, de un niño irradiado en Hiroshima y de una niñita degollada por los “rebeldes” argelinos…

Para otorgarles un giro filosófico a las diatribas habituales, que hizo suyas, de la derecha contra los “izquierdistas”, Onfray agrega innovaciones de su cosecha. Así se entusiasma por una “izquierda dionisíaca” que “dice ‘sí’ y que da la espalda radicalmente a una izquierda del resentimiento que dice ‘no’”, la primera animada, como debe ser, por la “pulsión de vida” y la segunda, por supuesto, por la “pulsión de muerte”. Una dicotomía ubicada bajo el signo de un “gramscismo mediterráneo”, el militante y teórico comunista italiano Antonio Gramsci que, no se sabe demasiado por qué, escapó milagrosamente a la condena del filósofo “libertario”. Tratándose de filosofía, estamos ante un psicoanálisis somero, cuyo maniqueísmo no tiene nada que envidiar al que Onfray adjudica a todos los adversarios del capitalismo.

Entre estos últimos, Karl Marx constituye un blanco predilecto. Nos dice que era “despectivo” respecto del pueblo parisino que se había sublevado en marzo de 1971 contra el gobierno de Adolphe Thiers, y “sobre todo [sic] hacia los versalleses” por odio de los anarquistas proudhonianos y por “razones de estrategias y de tácticas oportunistas”. Aquí, el autor se apoya en una carta dirigida a la Asociación Internacional del Trabajo donde “Marx recomendaba al pueblo de París sobre todo no insubordinarse y preparar la revolución (marxista que vendría)”. Un documento del que cualquier historiador sabe que se trataba de una tosca falsificación (2). Robespierre y Lenín figuran también en un buen lugar, no sólo por haber sido pensadores de la revolución, sino también, crimen supremo, actores de primer orden. En este libro, sin embargo, quien se lleva la palma de la malignidad es Jean-Paul Sartre. El crimen, esta vez, es de lesa majestad, porque habría intentado “matar a Camus”, simbólicamente al menos, como Marx Mikhail Bakunin, a fuerza de “intrigas”, de “golpes bajos”, de “desinformación”, de “calumnias”, de “maledicencias”, de “insinuaciones” y, a través suyo, por anticipación, a Onfray mismo, su heredero presunto y presuntuoso.

Después de Sigmund Freud (“hechicero posmoderno” ambicioso y cómplice del fascismo) y de Jean-Paul Marat (“el hombre del resentimiento”), vapuleados en obras precedentes (3), Onfray continúa su ajuste de cuentas con lo que se transparenta detrás de la figura maldita de Sartre: además del despreciado ideal revolucionario, la filosofía profesada en la Ecole normale supérieure. Como el subtítulo del libro lo deja entender, no es la reflexión teórica lo que habría hecho de Camus un filósofo, sino simplemente la vida que llevó. A diferencia de los intelectuales confinados en la caverna de Platón situada en la calle Ulm, aislada del mundo concreto, Camus habría filosofado, a lo largo de su existencia, por medio del “arte de vivir” y de relatos, piezas, ensayos, crónicas que obtuvo gracias a él. ¿Dónde? En Tipaza, “lugar privilegiado de la felicidad camusiana”, entre otros, de la “filosofía dionisíca” y de “la gaya ciencia nietzscheana”, por donde Onfray fue en peregrinaje, tras los pasos de Camus, acompañado por el director de Point Franz-Olivier Giesbert, maravillado, y por un fotógrafo.

Entre las obsesiones de Onfray existe la encarnación principal del mal: “El barrio martinico de París, donde proliferan las mafias”, “medio intelectual de posguerra impregnado de comunismo” que habría “decidido volverle la vida imposible a Camus”. ¡Como si este nunca hubiera formado parte del tout-Paris de las letras! O que el Premio Nobel de Literatura siempre hubiera sido mal visto. Sin embargo pasó una buena parte de su vida de escritor como un autor reconocido. Y hasta se podría decir, desde este punto de vista, que murió simbólicamente como vivió: el Facel-Vega estrellado contra un árbol donde se encontró su cuerpo en enero de 1960 era conducido por su amigo Michel Gallimard, sobrino del célebre editor. Camus nunca fue un exiliado del interior, no más que Onfray, en todo caso, que se codea con la crema intelectual mediática de la capital.

Se entiende: para este reconocido anarquista que no teme ir a “dialogar” a la place Beauvau sobre la existencia de Dios o sobre la diferencia entre el Bien y el Mal con un ministro del interior (4), ni de dirigir a este último, ya convertido en presidente, una “carta abierta” para que haga transferir las cenizas de Camus al Panteón porque “al hacerlo”, iniciaría “una auténtica revolución que nos dispensaría de desear otra”; para él –que no teme tampoco ser el portavoz de una “gestión libertaria del capitalismo”, porque el capitalismo “es tan viejo como el mundo y durará tanto como él” (5)–, ese término libertario envilecido ya no es sino un cachivache lingüístico. Onfray se convirtió en partidario del orden a secas. “Sin una “gran noche”*, no hay revolución providencial”, proclama a modo de conclusión, caricaturizando la voluntad de los que aún quieren terminar con el capitalismo; esta convocatoria es el eco de la de ultratumba que cree escuchar de parte de Camus: “Sí a la vida. No a lo que la obstaculiza”. Loca audacia…

1 Michel Onfray, L’Ordre libertaire. La vie philosophique d’Albert Camus, Flammarion, París, 2012.
2 Véase Mathieu Léonard, L’Emancipation des travailleurs. Une histoire de la Première international, La Fabrique, París, 2011.
3 Michel Onfray, La Religion du poignard. Eloge de Charlotte Corday, Galilée, París, 2009, y Le Créspuscule d’une idole, Grasset, París, 2010.
4 Conversación Michel Onfray-Nicolas Sarkozy, Philosophie Magazine, n°8, París, marzo 2007.
5 Citas extraídas de Le Monde, 25 de noviembre de 2009; del programa «Mots croisés», France 2, 10 de noviembre de 2008; de Le Monde libertaire, París, 29 de diciembre de 2009-22 de febrero de 2010.
* La noción de «gran noche» define una ruptura revolucionaria donde todo es posible. La comparten comunistas marxistas y anarquistas [N. de la T.].

*Sociólogo. Autor del ensayo Une violence éminemment contemporaine, Agone, Marsella, 2010.

Traducción : Florencia Giménez Zapiola


Información adicional

  • Antetítulo:¿Michel Onfray, libertario?
  • Autor:Jean-Pierre Garnier
  • Edición:109
  • Fecha:Marzo de 2012
Visto 5215 vecesModificado por última vez en Martes, 13 Marzo 2012 16:51

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