Domingo, 12 Enero 2020 09:39

Detrás del humo

Escrito por Lizzie O’Shea
Valora este artículo
(0 votos)
Detrás del humo

Mientras el fuego devora 8 millones de hectáreas, la autoorganización de las comunidades australianas ha sido clave para hacer frente a la catástrofe humanitaria y ambiental. El gobierno, a cargo de un elenco conservador y negacionista del cambio climático, soporta ahora la presión popular por su cuestionado manejo de la crisis.

 

Australia es un presagio de la catástrofe climática. Entre 4 y 5 millones de hectáreas se han quemado en los últimos seis meses, un área del tamaño de los Países Bajos. Docenas de personas han muerto, cientos de hogares se han perdido, y otros cientos de miles han debido ser evacuados. Quinientos millones de animales han muerto. Millones de personas han estado respirando el aire tóxico lleno de humo que cubre desde hace meses las grandes ciudades del país. El último mes, se informó que una mujer sufrió dificultades respiratorias y murió asfixiada tras desembarcar de un avión en Canberra.

Este es sólo el comienzo de la temporada de incendios, no su final, y esta bien podría ser la nueva normalidad de muchos veranos de aquí en más. Pero también podría ser el comienzo de un giro en la política climática, lejos del amiguismo y la inacción, y orientado hacia la sustentabilidad.

 

SCOTT MORRISON NO NOS SALVARÁ

 

Mientras el país se quema, el primer ministro conservador, Scott Morrison, ha hecho poco más que dedicarse a atraer la ira de todos aquellos que sufren los incendios y el humo tóxico. El mes pasado, mientras el infierno azotaba Nueva Gales del Sur, Morrison se fue de vacaciones a Hawái; bajo la presión de los medios, eventualmente decidió terminar antes sus vacaciones, pero fingió volver a Australia días antes de su llegada real (el ministro de emergencia conservador de Nueva Gales del Sur volvió recién hace unos días de su paseo por Europa).

Para empeorar las cosas, la noche de fin de año, el primer ministro organizó una fiesta en Sídney para ver el show anual de fuegos artificiales (que, de manera controversial, se realizó a pesar de la prohibición total de encender fuegos). Al día siguiente, organizó en su patio un partido de críquet con la selección nacional y de forma desconcertante habló de cómo los australianos que enfrentan los catastróficos incendios se iban a ver “inspirados por las grandes hazañas de nuestros jugadores de críquet”.

Cuando finalmente se decidió a hacer lo que todo el mundo esperaba de él –vestirse con atuendo campestre y meterse en un lugar devastado por el fuego para hacer una sesión de fotos–, las cosas no salieron muy bien. En Cobargo, habitantes y bomberos se negaron a darle la mano. A cierta altura de su visita, los habitantes, enojados y en una escena profundamente australiana que incluyó a una mujer acompañada por su cabra, echaron del pueblo a los gritos al primer ministro.

Su gobierno se ha destacado no sólo por su inacción frente al clima, sino por toda una batalla cultural contra los ambientalistas y sus aliados. En noviembre pasado, mientras los incendios arrasaban, el vice primer ministro, Michael McCormack, desestimó el cambio climático, al que consideró como la preocupación de “locos citadinos delirantes”. Morrison sostiene ahora que su gobierno ha hecho siempre la conexión entre cambio climático y fenómenos meteorológicos extremos, una afirmación que, sin embargo, no concuerda con múltiples declaraciones de varios miembros de su gobierno.

 

LA CRISIS QUE ELLOS QUERÍAN

 

En Australia, el movimiento político conservador ha ignorado el clima por décadas. En este sentido, se ha visto complacido en gran medida por los grandes medios de comunicación. La discusión sobre la crisis climática ha sido una y otra vez conceptualizada como un problema de extremismos en los dos lados del debate, una labor que ha incluido a figuras clave de la radio televisión nacional, la Abc.

A los políticos se les ha permitido difundir teorías conspirativas sobre el ambientalismo sin que nadie les hiciera rendir cuentas. Las labores de combate y mitigación de los incendios han sido sometidas a recortes, y el conocimiento práctico sobre el manejo ancestral del fuego y la tierra por los aborígenes –que cuenta con un historial de efectividad de al menos 60 mil años– ha sido ignorado.

Frente a todo esto el Partido Laborista Australiano ha sido débil, e incluso a veces cómplice. Aunque formalmente habla el lenguaje de las ciencias del clima y reconoce el daño que provoca el cambio climático generado por los humanos, al mismo tiempo es ambiguo en su apoyo a la famosa mina de carbón Adani en el estado de Queensland. Si es construida, la mina Adani Carmichael será la más grande de Australia y se chupará 12.000 millones de litros de agua al año para producir carbón que, cuando se queme, generará más emisiones que varios países en un año. Además, los laboristas apoyan el fracking en el Territorio del Norte, y defienden el tratamiento draconiano al que son sometidos los manifestantes por el clima. Recientemente, los laboristas repitieron su negativa a comprometerse a mantener los combustibles fósiles bajo tierra.

Anthony Albanese –el último de los líderes laboristas– sigue sosteniendo la posición de que parar la minería de carbón simplemente dañaría la economía australiana y no reduciría las emisiones globales a la atmósfera, ya que ese carbón sería extraído en cualquier otro lugar. Claramente esta no es la línea que el país ha adoptado hacia la extracción de sustancias como el amianto y el uranio, sujeta a límites basados en consideraciones políticas y morales que no pasarían la ortodoxa prueba de oferta y demanda de Albanese.

 

HACERLO NOSOTROS MISMOS

 

En los últimos días, Morrison debió ceder ante la presión pública y canceló un viaje a India, donde se esperaba que discutiera las importantes exportaciones australianas de carbón hacia el subcontinente. Esa cancelación fue el resultado directo de la presión sostenida que aplica una opinión pública enojada. En tanto, parecen haberse calmado los rumores acerca de un abandono del laborismo –a raíz de su derrota electoral– de su estrategia de reducción de emisiones de efecto invernadero (había prometido reducirlas en un 45 por ciento para 2030).

Mientras tanto, la respuesta humanitaria a los incendios ha sido impulsada mayoritariamente por la gente, no por el gobierno. Las autoridades rurales de bomberos operan gracias a una gran cantidad de voluntarios y, en increíbles muestras de sacrificio y compromiso, son las personas comunes quienes han demostrado que están preparadas para hacer lo necesario para combatir los efectos mortales del cambio climático. Estos servicios han estado pidiendo un aumento de fondos durante años, mientras que la infraestructura crítica, como el Centro Aéreo Nacional de Bomberos, ha visto reducido su financiamiento federal en más de la mitad desde 2003.

En otro de sus momentos clásicos, Morrison se opuso a hacer un pago único a los voluntarios –muchos de los cuales han estado trabajando durante semanas en sus vacaciones– sólo para retroceder poco después. De cualquier manera, miles de personas de todos los ámbitos han participado en los esfuerzos de recaudación de fondos, y un programa voluntario de reubicación para los evacuados surgió casi instantáneamente. Nada de esto compensa la inacción del gobierno sobre el clima, y ​​los intereses comerciales no deberían poder usar estas iniciativas populares para rehabilitar su reputación. De todos modos, son un antídoto para la política de la desesperación.

 

(Tomado de JacobinBrecha publica fragmentos. Titulación y traducción del inglés de Brecha.)

Información adicional

  • Autor:Lizzie O’Shea
  • País:Australia
  • Fuente:Brecha
Visto 216 veces

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el Código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.