La madre, la hermana y el sobrino de Cristina Bautista en su resguardo indígena, Tacueyó, en el departamento del Cauca, Colombia BERTA CAMPRUBÍ

En el día internacional de las defensoras del territorio y los derechos humanos, mujeres defensoras de distintas latitudes de América Latina denuncian cómo el patriarcado también está al interior de sus procesos organizativos sin ser aun colectivamente diagnosticado.

 

El sistema capitalista es entendido y visto por la mayoría de organizaciones sociales, medioambientales, étnicas y culturales de los territorios de América Latina como el principal obstáculo o incluso enemigo de sus procesos organizativos en tanto que estos defienden la vida y el capitalismo la destruye. Ese es un diagnóstico construido desde hace décadas con un claro aporte de los movimientos marxistas del continente, pero al que también se ha llegado partiendo de las cosmovisiones de los pueblos campesinos, indígenas y afrodescendientes.

Aquellos que hacen un análisis más amplio, notan que el capitalismo llegó con y sigue formando parte del colonialismo y que este es el que instala otro pesado eje de opresión para estos pueblos, el racismo. El patriarcado, sin embargo, según denuncian defensoras desde Brasil, Honduras y Colombia, no está aún en la lista de estructuras por deconstruir.

Es por eso que miles de mujeres ejercen todos los días dos procesos de resistencia o más —según la perspectiva interseccional, tantas como ejes de opresión las atraviesen—, uno junto a toda su comunidad o movimiento social y otra con sus pares de género que ven necesaria esta lucha, aunque a veces también en solitario.

“Yo defiendo el derecho a defender derechos porque, por ahora, a las mujeres nos toca luchar por vivir una vida digna defendiendo nuestro territorio-tierra y nuestro territorio-cuerpo”, asegura Jesica Trinidad, defensora hondureña militante de la Iniciativa Mesoamericana de Mujeres Defensoras. “Hoy, la defensa de la vida tiene cara de mujer a nivel de América Latina y a nivel del mundo”, asegura la lideresa del pueblo garífuna Miriam Miranda. Pero esa defensa de la vida, tiene doble cara.

“La resistencia dentro de la resistencia”

“Cómo mujeres dentro de la organización caminamos con paso firme por la unidad, la tierra, la cultura y la autonomía, ratificando que ninguno de estos principios son posibles con la violencia contra las mujeres en nuestros territorios, si las violencias contra nosotras caminan a la par del proceso, no será posible una resistencia real”, afirmaba el pronunciamiento del 25 de noviembre del Programa Mujer del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), una organización que agrupa a 10 pueblos indígenas de Colombia liderada actualmente por ocho consejeros y una consejera.

 “Aquí está instalado el patriarcado. El sistema imperante nos los ha impuesto en nuestros territorios y, hasta el momento, nuestra organización aún no lucha contra ese patriarcado”, asegura Claribel Musicué, defensora del territorio del pueblo nasa, desde el departamento del Cauca de Colombia. “Las mujeres somos la resistencia dentro de la resistencia. Porque, a pesar de que estamos luchando por un proceso organizativo colectivo que nos abraza como comunidad originaria, también está la lucha de las mujeres dentro de ese proceso organizativo para que se reconozca la voz y el rol de las mujeres”, asegura firme Musicué.

“Para el caso de las comunidades negras colombianas, la doble resistencia de las mujeres es un hecho. El liderazgo visible femenino está asumiendo dos frentes de luchas fuertemente activos”, explica Harrinson Cuero, miembro de Proceso de Comunidades Negras original de Guapi, Colombia. Según él, las mujeres enfrentan a la vez un “neoextractivismo que las golpea de manera específica” y “los efectos del colonialismo, el capitalismo y el patriarcado” que han “moldeado las lógicas de poder de los hombres”. Desde Vallecito, en Honduras, Miriam Miranda reafirma que “las mujeres siempre hemos estado ahí, invisibilizadas, calladas pero constantes, lo que pasa es que los hombres muchas veces ponen la cara en los resultados de un trabajo colectivo que hemos hecho las mujeres”.

“Desde las violencias sexuales hasta el cuestionamiento de si somos buenas madres, a nosotras la defensa de derechos nos desprestigia. Un hombre que va a una movilización es un hombre que va a luchar por su país, una mujer que va a una movilización es una mujer que abandona a sus hijos”, expresa Trinidad. Mujeres que participaron de las últimas movilizaciones en Colombia experimentaron como al llevar los hijos a la movilización junto a ellas, también se las acusaba de “mala madre” por exponerlos al peligro de la represión policial.

Desde Brasil, Natasha Neri, antropóloga y directora del documental “Letal” sobre la organización de las mujeres ante el asesinato masivo de jóvenes negros de las favelas de Rio de Janeiro, cuenta que “el movimiento de familiares de víctimas de violencia de estado está formado en un 98% por mujeres, son pocos los hombres que salen para esa lucha”. Esas madres de jóvenes asesinados que emprenden un proceso judicial y una campaña social en busca de justicia, también se encuentran con una lucha interna en sus entornos familiares. “A menudo acaban sufriendo el machismo de sus compañeros y muchas veces se deshacen matrimonios, los compañeros las tratan como locas, como si no pararan de hablar de la misma cosa”, explica Neri.

La defensa del territorio-tierra

“A los grupos armados: esta es nuestra casa y como autoridades y desde los núcleos familiares, les decimos, no son bienvenidos”, así de claro habló la autoridad tradicional del pueblo nasa Cristina Bautista durante el funeral de dos kiwe thegnas —cuidadores del territorio en la lengua del pueblo nasa— asesinados por las disidencias de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia el mes de agosto de 2019. En los primeros 10 días de ese mes habían sido asesinados cuatro kiwe thegnas o guardias indígenas en la región del Norte del Cauca.

“No son bienvenidos los que están reclutando a los menores: hay unos mandatos establecidos desde la comunidad: personal de afuera que esté desarmonizando el territorio se va”, aseveró Bautista. Dos meses después, el 29 de octubre de 2019, ella fue asesinada junto a cuatro guardias indígenas más por el mismo grupo armado.

“Cristina defendía el territorio porque, como ella decía, de aquí a mañana si nosotras no defendemos nuestro territorio estaremos en las ciudades pidiendo limosna”, recuerda su hermana, Amalfi Bautista. “A nivel intercontinental, atraviesa la Abya Yala una estrategia de despojo que es la implementación del desarrollo económico a través del proyecto neoliberal”, explica Camila Rodríguez, activista y defensora de los derechos colectivos, desde Bogotá.

 “Los proyectos extractivos están sobre el 80% de los territorios colectivos y eso evidentemente genera un grave conflicto”, apunta Rodríguez. Se trata de proyectos instalados dentro del marco de la legalidad —que no siempre de la legitimidad—, como represas hidroeléctricas, monocultivos extensivos, megaminería o extracción de hidrocarburos, pero también de proyectos que funcionan desde la ilegalidad como los cultivos de coca y marihuana para uso ilícito, la minería y la deforestación ilegales, el tráfico de drogas y armas, la trata de personas, etc.

“No es que directamente las empresas busquen los territorios colectivos, sino que ancestralmente Abya Yala es un territorio colectivo, siempre habitado por pueblos indígenas y a partir de la colonia también habitado y cuidado por comunidades negras y afrodescendientes”, explica Rodríguez.

Como el pueblo nasa de Colombia o el garífuna de Honduras, existen miles de comunidades en el mundo que enfrentan la llegada y la instalación de estos proyectos sea con herramientas que contemplan las distintas legislaciones como la consulta previa establecida por el Convenio 189 de la OIT o a través de acciones directas y movilización social. Comunidades como la Lumad de Filipinas o los Wetʼsuwetʼen de Canadá que resisten a gasoductos o grupos paramilitares son reportados en los informes de entidades como Global Witness o Front Line Defenders.

Casi mil defensores asesinados en cinco años

Según el informe de esta última ONG, 304 defensores del territorio y los derechos humanos fueron asesinados durante el año 2019 en el mundo y desde 2015 hasta ese año fueron 959. Un 68% de los que fueron asesinados en 2019 perdió la vida en América Latina y un 40% formaba parte de comunidades originarias —representando éstas solo un 5% de la población mundial—.

De 304, más de una tercera parte, 106, han perdido la vida en Colombia, y 43 en Filipinas, los dos países que encabezan el desangrante ránquing. Colombia, que este mes de noviembre cumple 4 años desde la firma de un acuerdo de paz considerado ampliamente fallido, ha registrado en este año 2020, 74 masacres y lleva más de mil líderes sociales, defensoras del territorio y excombatientes de las FARC asesinados desde esa firma. El segundo, Filipinas, desde la llegada al poder del presidente autoritario Rodrigo Duterte, ha alcanzado la cifra de 200 defensores asesinados, la mayoría por la policía o grupos paramilitares.

Lo que tienen en común la mayoría de personas perseguidas es que son parte del 44% de la población mundial que sigue viviendo en áreas rurales y que mayoritariamente sigue cultivando la tierra con métodos ancestrales. Con tan solo el aguante ante las dinámicas e inercias del éxodo rural y la urbanización de los estilos de vida, con tan solo su presencia en los territorios, éstas comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas, logran poner a resguardado y no dejar a disposición de las multinacionales o el narcotráfico, selvas, pampas y montañas. “Sin embargo cada vez están más cerca”, se lamenta Camila Rodríguez.

“Las formas de gobierno y de economía que se han globalizado nos llevan a la destrucción de los territorios, de los pensamientos propios y de los pueblos y por eso hay que destruirlas”, asegura Roseli Finscue, coordinadora del Programa Mujeres del CRIC y cofundadora de la Red Nacional de Mujeres Defensoras de Derechos Humanos de Colombia.

Rodríguez analiza también el “discurso legalista”, que no nace de las cosmovisiones propias, desde el que el mismo sistema hegemónico ha logrado que los defensores se protejan: “Se apropian de todo un discurso de defensa de derechos: los derechos humanos, los derechos territoriales y eso lo que hace también es visibilizar donde están y son los mismo ejércitos legales e ilegales que logran identificar donde están las luchas y las movilizaciones y generar impactos colectivos al asesinar líderes sociales y defensores de manera sistemática y selectiva”. Una estrategia de terror utilizada históricamente a lo ancho y largo del mundo.

Las múltiples violencias

De las 304 defensoras asesinadas en 2019, 40 eran mujeres. En Honduras, quinto país en el ranquing de defensoras asesinadas, la Red Nacional de Defensoras de Derechos Humanos desarrolla hace una década una imprescindible tarea de registro y denuncia de las violencias más invisibilizadas. En su informe “La normalidad siempre ha sido el problema” —en referencia a la situación por el COVID-19—, exponen que durante el primer semestre de 2020 se han dado 530 agresiones a mujeres defensoras. Recalcan las agresiones con carácter de odio y discriminación racistas, y las seis mujeres transexuales asesinadas durante este periodo, y denuncian que la mayor parte de agresiones han sido perpetradas por la policía en primer lugar y por “actores vinculados a los movimientos sociales” en segundo lugar, por delante de las perpetradas por “actores vinculados a empresas y negocios”.

Efectivamente, las violencias para ellas vienen de afuera y de adentro: existen las que puedan sufrir por parte de actores armados públicos y privados y las que puedan sufrir por parte de miembros de su espacio de militancia, su comunidad o su familia. “Además de la violencia de la que fue víctima por parte de grupos armados, mi hermana también sufrió discriminación dentro de la organización por su defensa de los derechos de las mujeres”, asegura Amalfi Bautista.

La división de tareas por género que deja a la mujer en la esfera privada y al hombre en la pública, la falta de participación política y social, la invisibilidad de sus esfuerzos y la objetivación de sus cuerpos, son algunas de las grandes problemáticas que atraviesan las defensoras del territorio.En el caso de las comunidades negras, que en muchos casos podría ser extrapolable a otros colectivos, según Harrinson Cuero “los hombres negros aún no dimensionamos el grado de afectación que padecemos y aplazamos el debate justificados en el recrudecimiento de la violencia neocolonial”. Mientras tanto, “continuamos ejerciendo violencias contras nuestras hermanas y perpetuamos patológicos modelos de liderazgo”. Cuero comparte el punto de vista de la mayoría de mujeres consultadas: el próximo paso necesario para diagnosticar el patriarcado como un obstáculo e incluso como una amenaza para las organizaciones sociales y para el territorio es poner fin a “la resistencia de los compañeros hombres a reconocer el problema”.

 “No quiero que más mujeres del campo vivan en estas circunstancias. Las mujeres indígenas necesitamos oportunidades para participar en la vida política, económica, en la sociedad y en la cultura”, afirmó la defensora asesinada Cristina Bautista en un discurso ante las Naciones Unidas en 2017. “¿Porque hoy la defensa de los territorios tiene cuerpo de mujer? Pues es porque las mujeres como dadoras de vida entendemos la importancia de contar con los recursos que nos darán la vida en el futuro”, explica Miriam Miranda. Por esa defensa de la vida, la defensora Roseli Finscue concluye, “como más comunidad y más colectividad hagamos, más cerca estaremos de quitarle el poder que tienen al capitalismo, al colonialismo y al patriarcado”.

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Errata Naturae acaba de publicar 'El murciélago y el capital', el último libro de Andreas Malm. Foto: Rainer Christian Kurzeder

Investigador experto en crisis climática, escritor y activista, Andreas Malm cree tan poco en la respuesta de los gobiernos a la emergencia global que plantea la necesidad de acabar con el gran capital fósil mediante un movimiento social que presione desde abajo a los Estados usando la desobediencia civil e incluso el sabotaje. Dos de sus obras acaban de llegar al mercado de libros en castellano.

 

Se puede ser profesor de Ecología Humana de la Universidad de Lund (Suecia) y una de las voces expertas más relevantes a nivel internacional sobre crisis climática, por un lado, y escribir un libro titulado Cómo dinamitar un oleoducto —de próxima publicación por Errata Naturae, así como formar parte del grupo Klimax, partidario de la desobediencia civil y el sabotaje, por otro. De hecho, Andreas Malm (Fässberg, Suecia, 1977) plantea la necesidad de que los Estados se preparen ya para “derribar” corporaciones como ExxonMobil, BP, Shell o Total para frenar la debacle climática.

Escéptico con los gobiernos del mundo respecto a la respuesta ante esta emergencia pero ferviente creyente en un movimiento popular que, desde abajo y lejos de los Estados, obligue a estos a actuar de forma contundente contra la mayor crisis de la humanidad y del planeta desde la última glaciación, dos de sus libros acaban de llegar al mercado en castellano. En su último trabajo, El murciélago y el capital: coronavirus, cambio climático y guerra social (Errata Naturae, 2020), profundiza en los orígenes de la pandemia de covid-19, sus causas y sus consecuencias desde un punto de vista económico y medioambiental. Además, Capitán Swing acaba de editar Capital Fósil: el auge del vapor y las raíces del calentamiento global, un volumen publicado en 2017 que Naomi Klein calificó como “la historia definitiva sobre cómo nuestro sistema económico creo la crisis climática”. 

Equiparas un mundo en permanente pandemia de covid-19 con el que resultaría de una “vuelta a la normalidad” pero en un planeta con un cambio climático desbocado. ¿Hay salida? 
Hay una salida: podemos nacionalizar todas las empresas de combustibles fósiles y ordenarlas que dejen de producirlos y, en lugar de poner CO2 en la atmósfera, volver a enterrarlo. Y, por supuesto, ordenar a todas las empresas de combustibles fósiles que ya son propiedad de los Estados que hagan lo mismo. Y cambiar toda la economía mundial de esa base energética a la energía solar y eólica. También revertir la deforestación, dejar que las selvas tropicales vuelvan a crecer sobre los pastos de ganado y las plantaciones de soja y regenerar franjas de territorios desde Australia hasta Alabama. Hay una salida; la ruta es bastante conocida. Solo algunos intereses muy poderosos bloquean el camino. Ahí es donde debe emprenderse la lucha.

Llamaron locos a quienes plantearon medidas drásticas para frenar la emergencia climática pero cuando se tomaron al llegar el covid-19 nadie vio ninguna locura. ¿Una economía de guerra para fabricar paneles solares y aerogeneradores a ritmo de bombarderos en la II Guerra Mundial es posible?Por supuesto, no hay nada técnicamente inviable al respecto. De hecho, esta pandemia ha demostrado que los Estados conservan la capacidad de interrumpir los negocios, simplemente ordenando el cierre de las empresas, y cambiar los esfuerzos productivos hacia el único objetivo de supervivencia. Claramente podrían hacer lo mismo en el frente climático. Nunca más deberíamos creer la mentira de que sería demasiado incómodo, demasiado perturbador y desagradable hacer la transición de los combustibles fósiles. En ese sentido, la pandemia le ha dado al movimiento climático algo de munición propagandística. Solo necesitamos usarlo de manera efectiva. 

La mayoría de los gobiernos se ha tomado la lucha contra el covid-19 como una guerra, movilizado ingentes recursos económicos e incluso paralizando su actividad económica. Sin embargo, ningún ejecutivo se ha tomado igual una amenaza del calibre de la crisis climática. ¿Hay respuesta a la pregunta de por qué a los gobiernos del mundo no les tembló la mano para paralizar la economía con el covid-19 y, sin embargo, ni se plantea algo así frente a la amenaza global del cambio climático?
Esta es una pregunta compleja que debe responderse en varios niveles, si es que puede responderse satisfactoriamente. Es algo que no deja de desconcertarme. Primero, y quizás lo más obvio, es que las medidas tomadas para combatir el covid-19 se han anunciado como temporales. Nadie está hablando de un cambio permanente en nuestra forma de vida: es una pausa, una interrupción desafortunada, y volveremos a la normalidad tan pronto como podamos. Un alejamiento de los combustibles fósiles sería permanente. Marcaría una transición que nunca se revertirá: no vamos a dejar de quemar combustibles fósiles para salvar el clima de un colapso total y luego reiniciar unos meses o años después. Las medidas que están ahora en vigor se pueden vender a todo el mundo, incluido al capital, como un precio alto que debe pagarse solo por un corto período.

Por otro lado, una transición ecológica y un alejamiento de los combustibles fósiles no tendrían que incluir nada parecido a los inconvenientes extremos de un encierro: no aislaría a las personas en sus hogares, no prohibiría las multitudes o las pequeñas reuniones, no desconectaría la vida cultural, no destrozaría prácticamente todas las interacciones humanas. Estos aspectos cuasi totalitarios de un confinamiento no servirían para un cambio de la energía fósil a la renovable. En este sentido, debería ser mucho más fácil para los gobiernos implementar un programa de acción de emergencia climática. Incluso podría mejorar la vida de las personas, no sería necesario convertirla en tantas pesadillas solitarias. En última instancia, la diferencia parece reducirse a los intereses de clase. Abandonar los combustibles fósiles significa liquidar todo un departamento de acumulación de capital, lo que se conoce como la industria de los combustibles fósiles.

La razón por la que no se toman estas medidas tiene menos que ver con las molestias que causarían a la gente común como con la extraordinaria cantidad de poder concentrado en esta industria. El distanciamiento social y restricciones similares no amenazan a ninguna fracción de la clase capitalista con una sentencia de muerte, pasar a cero emisiones sí.

Asimismo, el contraste se evapora cuando se considera que los Estados de todo el mundo también han intentado, aunque mal, proteger a los ciudadanos de los eventos climáticos extremos recientemente. Han enviado a los bomberos a las llamas y han evacuado a las poblaciones en peligro por los huracanes. Combatir los síntomas es algo que los Estados pueden hacer —ya sea de manera pobre o eficiente—, tanto en lo que respecta al clima como al coronavirus. Pero en ninguno de los campos parecen capaces de perseguir las causas. Se ha dejado que los impulsores de las pandemias se aceleren en 2020 tanto como los del calentamiento global: lo más importante es que la deforestación se está acelerando este año como nunca antes. La devastación del Amazonas central alcanzó un nuevo pico el verano pasado, y el Gobierno indonesio acaba de abrir sus selvas tropicales a inversionistas extranjeros para una tala ilimitada. 

No existe una receta más segura para más pandemias que la deforestación; en esto, la ciencia es unánime. Es mediante la tala de bosques, y los bosques tropicales en particular, que los patógenos entran en contacto con poblaciones humanas como el SARS-CoV-2, transportado por murciélagos, cuyos bosques han sido arrasados ​​en los últimos años, particularmente en el sureste Asia, lo que los obliga a viajar con sus virus a algún otro lugar, donde se topan con humanos. Y, sin embargo, en lo más profundo de la segunda ola de la pandemia del covid-19, todavía no hemos visto una sola iniciativa en ningún lugar del mundo para frenar la destrucción de los bosques tropicales. En cambio, la tendencia es una aceleración. Visto desde este ángulo, los Estados han abordado el problema de la pandemia tan irracionalmente como lo han hecho con el clima: echando más leña al fuego, más rápido.

La del covid fue una crisis casi repentina. El cambio climático, aunque se acelera y tiene consecuencias devastadoras que aparecen de repente, lleva décadas fraguándose y es gradual. ¿Cómo se convence a la humanidad para actuar rápido ante un problema que, si bien ya está aquí, apenas notamos en el día a día?
No creo que sea el caso de que apenas lo notemos en el día a día. En todo el mundo, la experiencia de un clima cambiante se está volviendo omnipresente. Esto es particularmente cierto en gran parte del sur global, donde las personas son azotadas por un huracán, un tifón, una sequía, una inundación, una invasión de langostas y una ola de calor extrema tras otra, ¡ciertamente lo notan! Y los acontecimientos recientes en los Estados Unidos también forman un conjunto de experiencias lo suficientemente ricas para una declaración nacional de emergencia climática. 

Creo que este problema es, al menos, tan sorprendente a simple vista como el microorganismo invisible llamado SARS-CoV-2. Los Estados podrían darle el estatus oficial de una amenaza existencial y combatirla por todos los medios necesarios; no hay nada en la naturaleza perceptiva del problema climático que se interponga en el camino. Se trata de política, no de notoriedad. Eso también se aplica a las personas, muy numerosas en los Estados Unidos, que reaccionan a cada evento climático extremo negando el cambio climático en un tono aún más alto. Tal negación no tiene su origen en la dificultad de percibir los impactos climáticos, sino en los intereses, privilegios e identidades que se basan en los combustibles fósiles y las tecnologías que impulsan.

Convencer a la humanidad de actuar es el arte de decir: todos sabemos que el peligro está aquí; podemos ver que nuestra casa está en llamas; ahora vamos a empezar a correr y a dejar atrás los combustibles fósiles lo más rápido que podamos. Creo que las mayorías en muchos países se sumarían a ese mensaje al menos con la misma facilidad con la que han aceptado las restricciones del covid-19. Pero requeriría estar preparado para enfrentar los poderes que prosperan y defienden los combustibles fósiles. Exigiría que los Estados se preparen para derribar corporaciones como ExxonMobil, BP, Shell y Total y poner fin a sus operaciones por completo.

La lucha contra el covid-19 encaja en una ideología que hoy mueve el mundo: el nacionalismo. La lucha contra la emergencia climática solo puede funcionar mediante el multilateralismo. ¿Eres optimista al respecto?¿O solo actuarán las naciones cuando sus puertos estén anegados y sus reservas de agua por los suelos? 
¡Hay pocas razones para ser optimistas sobre naciones y Estados! Nada indica que lanzarán reducciones radicales de emisiones, incluso si sufren consecuencias inmediatas como las que mencionas. Por ejemplo, Australia, que experimentó una catástrofe infernal de incendios forestales que terminó hace menos de un año, ¿ha llevado a la nación a eliminar gradualmente la producción de carbón? Al contrario: esa industria todavía se está expandiendo en el país que se incendió debido a la combustión de carbón y otros combustibles fósiles. Así que no hay razón para creer que las naciones entrarán en acción automáticamente cuando sus propios territorios sean quemados por el calor. El único actor que puede obligarlos a hacer lo necesario es un movimiento popular, ejerciendo presión desde abajo, desde fuera del Estado. Vimos los contornos de tal escenario en 2019, cuando el movimiento climático alcanzó su punto más alto de fuerza masiva hasta ahora y llevó el tema a la cima de la agenda política. Desafortunadamente, nuestro movimiento prácticamente ha desaparecido durante la pandemia. Debe ser revivido con urgencia, ya que es la única fuente de esperanza de que podamos hacer progresos en el clima antes de que sea demasiado tarde.

Para las organizaciones que conforman el movimiento por el clima, el enemigo es claro: el poderoso capital fósil. ¿No deja de ser una paradoja que el peor enemigo de la humanidad ahora mismo sea un grupo dentro de la propia humanidad?
No realmente: los peores enemigos de la humanidad siempre han sido algunos humanos, no extraterrestres u otras especies o, de hecho, la humanidad en su conjunto. Piensa en los nazis. O los amos de esclavos. O cualquier otro autor de crímenes épicos contra la humanidad. Las catástrofes inducidas por humanos tienden a ser causadas por algunos humanos en contra de otros: esta es la regla histórica más que la excepción.

La crisis climática atacará primero a los que menos tienen. El covid-19, sin embargo, se ha centrado en las naciones más ricas. ¿Los gobiernos con más recursos solo actúan si el peligro es para los de arriba?
Sí, creo que una parte de la explicación de las medidas dramáticas emprendidas para combatir el covid-19 es que este se ha cebado, y continúa cebándose, con las partes más prósperas del norte global. Este tipo de miseria suele estar reservado para el sur y los pobres, se puede permitir que se infecten. Esa ha sido durante mucho tiempo la lógica de la pasividad frente a la crisis climática. Pero esta explicación también se ve tensionada por la circunstancia de que los impactos climáticos ahora descienden regularmente sobre los países ricos, en particular los Estados Unidos o Australia, sin que se tome ninguna acción correspondiente.

Seis nombres son comunes a las listas de las diez naciones que más gases de efecto invernadero producen y los diez países con más muertes por covid-19. ¿Ironía del destino?
Sí, pero creo que esto ha cambiado a lo largo del año. Desde que escribí mi libro en abril, en la lista de los siete países con más muertes por covid-19, ahora, a fines de noviembre, encontramos a Brasil, India, México e Irán, que no se encuentran entre los principales emisores. Así que, al parecer, la ironía estaba ahí solo en la fase inicial de la pandemia.

Incendios en Australia y California, plagas en África… Dices que “ningún jinete del apocalipsis cabalga solo y las plagas no se presentan en singular”. ¿El siglo XXI será el siglo de las plagas y las anomalías climáticas?
Aparentemente, ¡pero no se detiene ahí! La crisis ecológica comprende todo un conjunto de bombas de tiempo esperando a estallar. Colapso de insectos, agotamiento del suelo, desechos plásticos, contaminación del aire... Todas estas cosas y mucho más eventualmente volverán, a menos que se aborden de inmediato, enérgicamente y de manera integral y sin respeto por los intereses de la clase capitalista. En otras palabras: el siglo XXI será el de una emergencia crónica, de un desastre tras otro derivado de cómo la economía capitalista domina y destruye la naturaleza. Pero no tiene por qué ser así. Todavía hay tiempo para dar la vuelta, pero debido a que hemos esperado tanto y debido a que ya se ha hecho tanto daño, el cambio tendrá que ser casi revolucionario en alcance y escala. Y cuanto más esperemos, más drástico todavía tendrá que ser.

Por Pablo Rivas

@PabloRCebo

28 nov 2020 04:49

Publicado enMedio Ambiente
EE.UU. probará en humanos una vacuna experimental contra el cáncer tras el éxito de las pruebas en animales

 

La vacuna tiene una efectividad de un 90 % en animales con cáncer cuando se combina con un segundo fármaco de inmunoterapia.

 

Una vacuna experimental contra el cáncer desarrollada por científicos de la Universidad Estatal de Ohio comenzará a ser ensayada en humanos en EE.UU. tras mostrar resultados prometedores en los estudios en animales, en los que logró inhibir el crecimiento tumoral, informaron sus creadores en un comunicado.  

Según la investigación, publicada por científicos en octubre en la revista OncoImmunlogy, la vacuna, llamada PD1-Vaxx, ha demostrado tener una efectividad del 90 % en animales con cáncer de colon al ser combinada con un segundo fármaco de inmunoterapia.    

La vacuna libera células inmunitarias suprimidas que matan al cáncer para atacar y destruir el tumor.  

Pravin Kaumaya, autor principal de la investigación, explica que la PD1-Vaxx en primer lugar "activa las funciones de las células B y T para promover la eliminación del tumor". En segundo lugar, el tratamiento se dirige a "bloquear las vías de señalización, que son cruciales para el crecimiento y el mantenimiento del tumor".

"Al administrar esta vacuna en combinación con un fármaco de inmunoterapia, estamos esencialmente sobrecargando y dirigiendo al sistema inmunológico para que apunte y elimine específicamente a las células cancerosas", detalló el investigador.

"Una nueva esperanza"

A principios de noviembre, la PD1-Vaxx fue aprobada por el regulador sanitario federal de EE.UU., la Administración de Drogas y Alimentos, para pasar a la fase 1 de ensayos en humanos. La próxima prueba clínica se centrará en pacientes con cáncer de pulmón de células no pequeñas.

"Estamos emocionados de comenzar a probar esta vacuna en EE.UU. para ofrecer una nueva esperanza a los pacientes con cáncer de pulmón y otros cánceres", expresó Kaumaya.   

Publicado: 28 nov 2020 00:53 GMT

“Es una tragedia que las izquierdas hayan dejado en manos del neoliberalismo la idea de libertad”. Entrevista a Juan Ponte

[…] porque siempre buscan la igualdad y la justicia los más débiles, pero los poderosos no se preocupan nada de ello”.

Aristóteles, Política VI, 2, 1318 b

 

¿Crees que las consignas de orden y seguridad deben tener una centralidad en los planteamientos emancipatorios? ¿Qué relación podrían guardar con las ideas ilustradas de la libertad, igualdad y fraternidad?

Al objeto de refutar posteriormente sus argumentos, pensemos primero en Hobbes, quien -como buen lector de la Biblia del Antiguo Testamento-, partía en su Leviatán de la siguiente reflexión:todos somos iguales porque, en tanto que hijos de nuestro padre primigenio -Caín-, somos igualmente capaces de matar a nuestros semejantes. Y es justamente nuestra condición fraterna, así como lo son también nuestras ansias de libertad, aquello que nos aboca al estado -que Hobbes naturaliza-  del bellum omnium contra omnes: todos contra todos. Es para superar este estado (o lo que es peor, esta condición siempre latente o irrefrenable) por lo que los humanos se organizan políticamente, para obtener paz y seguridad (siempre tan precarias).

Como demostró sobriamente Eugenio Trías en La política y su sombra, el planteamiento de Hobbes es mucho más complejo de lo que parece a simple vista. De su relato idealista (mitológico, para decirlo todo) podemos extraer la siguiente lección: las categorías “luminosas” de igualdad, libertad y fraternidad hacen necesariamente cuadrilátero con la idea de seguridad, frecuentemente sustanciada como refugio comunitario ante las pasiones tristes del miedo, de la angustia, del resentimiento o del terror (que Trías, un tanto maniqueamente, tematizará como la zona umbría de nuestra condición humana- nuestra inhumanidad-). Es así que, siguiendo este hilo, según el autor, podría ser reinterpretada “la lucha a muerte por el reconocimiento” en el marco teórico hegeliano, la “lucha de clases” en la obra de Marx, la “pulsión de muerte” en el psicoanálisis de Freud, etc.

En cualquier caso, desde una perspectiva materialista, habría que sostener que, de modo inverso, son las ideas de igualdad, libertad y fraternidad las que suponen la existencia de comunidades políticas organizadas en base a un cierto orden y con unos determinados criterios de seguridad. Y son esas bases esos criterios los que precisamente se van tejiendo y destejiendo en el sinuoso curso de la historia. Como primer analogado, a no dudar, en la transformación revolucionaria del Antiguo Régimen en las sociedades modernas burguesas. Por eso, lo que debemos decir inmediatamente es que en ningún caso se trata de contraponer los valores ilustrados de la igualdad, la libertad y la fraternidad (u otros similares) a los conceptos de seguridad u orden, sino de analizar cuáles son sus contenidos específicos, para poder juzgar sus conexiones y también sus incomensurabilidades.

¿Existe alguna forma política que no establezca criterios de orden y seguridad? Rotundamente no. Luego el planteamiento dialéctico ha de consistir en la crítica de los contenidos específicos y la propuesta, tanto teórica como práctica, de otros alternativos.

En ese sentido, respondiendo lo más directamente a tu pregunta, diría lo siguiente: que no se preocupen las izquierdas que no planteen criterios, propuestas (o consignas, como muy bien dices) de orden y seguridad para sus comunidades políticas; las derechas lo harán por ellas.

Pero las izquierdas, además, arrastran un gran problema que con rigor podemos denominar ontológico: mientras que las ideas ilustradas casi siempre son formuladas en clave sumamente abstracta, los valores que atribuyen las derechas al orden y la seguridad suelen tener un máximum de realidad efectiva: terroríficamente efectiva contra el hostis, el enemigo público, el/lo Otro: el inmigrante que nos roba, las mujeres que descentran la función del hombre proveedor, las personas trans que desestabilizan nuestra fantasmática identidad sexual, etc. Cuando estos enfoques exclusivistas del orden y la seguridad prevalecen, se produce lo que parafraseando a Badiou llamaríamos un “desastre oscuro”. El error da paso al horror.

Recordemos que Spinoza definía la seguridad como “la alegría que nace de la idea de una cosa futura o pasada a propósito de la cual ya no hay motivos para dudar”. En épocas o fases de crisis necesitamos, más que nunca, certezas como asideros afectivos y práxicos. En efecto, las izquierdas deben ser capaces de construir certezas que, no siendo absolutas, se materialicen en sentido común, sean creíbles, convincentes, lleguen a cualquiera, se hagan carne. Y eso implica ser capaces de imaginar, siquiera, alternativas de presente y futuro a las sociedades capitalistas existentes. Nos falta imaginación y phantasia políticas: saber anticipar, partiendo de la rememoración y reconsideración de planes políticos pretéritos, proyectos de futuro desde la inmanencia del presente.

¿Qué papel juegan entonces las consignas de la libertad en los movimientos transformadores? ¿Lo consideras como un principio relevante y digno de disputa?

Como decía Marx, “nadie combate la libertad; combate a lo sumo la libertad de los otros”. Esto significa que es imposible estar a favor o en contra de la libertad. Se está a favor o en contra de determinadas concepciones o prácticas de la libertad. Verdaderamente, es una tragedia que las izquierdas hayan dejado en manos del neoliberalismo cualquier definición compartida de libertad. Asumiendo que existe una oposición necesaria, o absoluta, entre las ideas de igualdad y libertad. Desentendiéndose de esta última. Dejándose arrinconar por el mito (conservador o reaccionario) de que la igualdad supone necesariamente proyectos de homogeneización totalitaria de la sociedad.

A mi juicio, lo que debemos defender, máxime en el contexto actual, es exactamente lo contrario. A saber: modelos políticos a través de los cuales los contenidos específicos de la libertad y la igualdad -mediante parámetros y valores precisos- se presupongan recíprocamente. Para ello podemos retrotraernos, como hace en nuestros días Balibar, a las nociones romanas de aequas libertas y aequum ius, recogidas por Cicerón: “no hay nada más dulce que la libertad como el que si no es igual para todos ni siquiera es libertad” (República, I, XXXI). Es en este punto en el que volvemos a la implacable crítica marxiana: en el capitalismo, la libertad está ligada esencialmente a la propiedad privada, al disfrute de bienes por parte de unos pocos, a causa de la explotación de la fuerza de trabajo de la mayoría.

En efecto, la libertad es la libertad de la valorización del capital, de la competencia extrema, protegida y promovida por la ley (la ley de los Estados, sin lugar a dudas -mercados y estados se codeterminan históricamente-). En el caso del neoliberalismo, claramente connotado por su darwinismo social, es la libertad supuestamente individualista del “sálvese quien pueda”, del “solo sobreviven los más aptos”, del “quien fracasa es porque se lo merece”. Y decimos “supuestamente” porque el individualismo, como tal, es imposible. En rigor, se trata de una ideología de clase, y por tanto, un dispositivo grupal de pensamiento y acción. Bien lo argumentó Hegel, frente a Kant: la libertad no es una cualidad individual, aunque así se represente. Al margen de sus determinaciones sociales e institucionales, la libertad es una abstracción.

Desde mi perspectiva, adelantada en parte en mi artículo “Las antinomias del raciouniversalismo”, publicado en la revista de Filosofía Eikasía, todo proyecto de emancipación supone la liberación de un régimen de dominación. Aquí radicaría el momento negativo de la libertad (libertad de), que los liberales reducen a un plano individual (necesario, pero no suficiente). De manera conjugada, todo proyecto emancipatorio procura erigir nuevas realidades sociopolíticas e institucionales que garanticen su realización. Estaríamos ante el momento positivo de la libertad (libertad para). Pero dicho movimiento dialéctico sólo es posible desde el presupuesto de la igualdad de las inteligencias, de las capacidades de cualquiera; por expresarlo ahora con Rancière. [Tal principio igualitario, dicho sea de paso, no se puede confundir con los conceptos institucionales y sociológicos de “igualdad de oportunidades”, “igualdad de resultados”, etc. Estamos ante dos niveles fenomenológicos distintos. Dichos conceptos lo toman como base (Basis), en el sentido de Schelling: es decir, como principio dinámico, siempre constituyente, que no puede ser superado (aufheben).

Así, estos lo determinan empíricamente, pero lo presuponen como aquello que los concretiza. La fraternidad, por último, mentaría bajo este prisma la necesidad de desarrollar de manera recurrente y universal, sin posibilidad de exclusión alguna, los proyectos de emancipación; esto es, evitando cualquier tipo de repliegue identitario o comunitario. A poco que se reflexione, se observará que lo que ofrezco en escorzo es un enfoque completamente alternativo al hobbesiano. Me parece necesario, en la medida en que estamos rodeados de hobbesianos, empezando por los liberales despóticos y acabando por los populistas laclausianos. Permítaseme la provocación. 

¿Qué papel crees que juegan los horizontes utópicos? ¿Existe una potencia emancipadora en sus planteamientos? ¿La idea de utopía debe impregnar los discursos raciouniversalistas? ¿O consideras que puede ser impotente o estéril?

 Desde una concepción estática, utópico (οὐ -τόπος) es aquello que no tiene lugar ni puede tenerlo. En este sentido, una Utopía (añadiendo el sufijo -ia), en tanto que lugar ideal en el que todos los seres humanos disfrutan de relaciones armónicas, o como modelo de gobierno perfecto, es una ficción que hay que rechazar; no por ser una ficción, sino en su condición de ficción falsa. Toda sociedad política es imperfecta, in- fecta, intrínsecamente. En consecuencia, en política, defender “la utopía” es algo así como, en termodinámica, defender la construcción del perpetuum mobile.

Lo utópico también puede entenderse en un sentido dinámico, como aquello que todavía no ha tenido lugar, pero puede llegar a tenerlo. Lo que en unas condiciones determinadas no es posible de realizar, acaso lo sea en otros contextos sociopolíticos. Desde este ángulo, dibujar un “horizonte utópico” puede tener una función crítica contra todo intento de totalización absoluta de la realidad política dada (“there is not alternative”, “fin de la historia”, etc.).

En cualquier caso, su potencia emancipadora deberá ser demostrada en virtud de sus contenidos y sus efectos. Si, por ejemplo, se entiende como utópico aquello que no ha tenido lugar (“no- todavía”), pero advendrá, es porque, de alguna manera, se presupone el contenido de aquello que habrá de advenir, esto es, porque se está pidiendo el principio. De este modo, ese “horizonte utópico” está sumido en una dimensión escatológica y apocalíptica. Es el caso de Ernst Bloch.

En términos generales, en fin, para los que no creemos en la existencia de un mundus intelligibilis, la noción misma de “horizonte utópico” puede resultar superflua, e incluso perniciosa. A quienes confían en ese horizonte, les puede ocurrir como a Tántalo, incapaz de alcanzar los frutos que pendían sobre él en unas ramas, porque, al moverlas, el viento los apartaba.

¿Cómo se anuda el combate a los discursos falaces que renuncian a todo tipo de objetividad con la proposición de ficciones sobre un mundo compartido más justo? ¿Existen mitos iluminadores y mitos oscurantistas?

Existen distintas clases de logoi y el mito es una de ellas. Los mitos no se oponen a la razón, porque ellos mismos son construcciones racionales del más alto nivel desde un punto de vista evolutivo -como especie- e institucional. Como es sabido, en su génesis, la filosofía académica no establece un corte con los mitos, sino que, al contrario, se nutre de ellos, en virtud de su fuerza expresiva, comunicativa, imaginativa, simbólica. Es más, los mitos no están reñidos con las verdades, puesto que las vehiculan; contribuyen a forjarlas. Así ocurre en los diálogos de Platón.

Por supuesto, en la política los mitos son también esenciales en tanto que catalizadores de afectos. Frente al economicismo de las versiones marxistas más vulgares, Gramsci sabría comprender su función en la organización de la multitud, en la constitución de subjetividades emancipatorias: “el proceso de formación de una determinada voluntad colectiva […] no es representado a través de pedantescas disquisiciones y clasificaciones de principios y criterios de un método de acción, sino […] despertando la fantasía artística de aquellos a quienes se procura convencer y dando una forma más concreta a las pasiones políticas”. [He aquí, sin lugar a dudas, una diferencia esencial entre la praxis política y la sistematicidad filosófica que, sin embargo, si es resueltamente materialista deberá asumir el criterio metapolítico gramsciano].

Ahora bien, ciertamente hay mitos luminosos y mitos oscurantistas, como bien dices. Esta distinción es debida a Gustavo Bueno (quien añade un tercer tipo de mito combinatorio, definido por sus claroscuros y ambigüedades, en el que ahora no nos detendremos). En efecto, no es lo mismo el mito de la caverna de Platón, que nos permite discernir las diversas formas de realidad y de conocimiento (entrelazando a su vez las dimensiones ontológica y epistemológica), el papel crítico del filósofo, etc. (estemos más o menos de acuerdo), que el mito nazi de la raza aria, basado en la sangre y el suelo –Blut und Boden-, en el deseo de exterminación de los otros, el mito de la mujer negra disoluta u otros mitos tenebrosos que conducen directamente al terror y a la barbarie.

Lo mismo podríamos decir, en general, a propósito del concepto de ficción. Las ficciones son tramas racionales que estructuran y producen significaciones, afectos y acciones. No son el reverso de la realidad material, sino una forma de realidad material que involucra, intercala y relaciona otras formas de materialidad, como son los objetos físicos o las síntesis científicas. Esta es la paradoja: reducir la materia a las realidades cósicas es propio del espiritualismo. Espiritualismo que comparten quienes subordinan, quiéranlo o no, “lo simbólico” (o lo cultural) a “lo material”, como si fueran dos bloques contrapuestos (aunque reconozcan, a posteriori, su “interacción”; también Descartes suponía la interacción entre la res cogitans y la res extensa, entre el alma y el cuerpo).

Las ficciones, los mitos, los discursos (incluyendo su modalidad no meramente lingüística, sino su caracterización como tramas relacionales de prácticas diversas- en el sentido de Laclau y Mouffe-), no son, entonces, extraterritoriales a la materialidad del mundo, sino parte constitutiva y constituyente del mismo. En palabras de Rancière, las ficciones pro- ponen realidad. Pero, como hemos dicho, estas solo pueden desplegarse a partir de la existencia de otras materialidades empíricas (cosas, artefactos, aparatos, etc.). De no ser así, girarían en el vacío. Y esto es imposible. En consecuencia, reconocer la función determinante de las ficciones en la política, la filosofía, etc. no supone negar la objetividad, sino indagar en sus condiciones de posibilidad. Debemos, por tanto, evitar dos errores simétricos: de un lado, desligar las ficciones de los referentes corpóreos fisicalistas, abatiendo la realidad a los “hechos observacionales”, considerados como algo ya dado -el positivismo es una forma de metafísica-; de otro, eclipsar u ocultar la necesidad de dichos referenciales para la conformación de las ficciones, lo que conduce al idealismo formalista -reduciendo las instituciones simbólicas al lenguaje-.

Un último apunte para precisar mi argumentación. Desde una óptica materialista, la racionalidad es eminentemente operatoria, práxica. No se predica de un sujeto incorpóreo, de una entidad espiritual, de una mente, sino que se refiere a la transformación intersubjetiva del mundo. Pero la racionalidad tiene como motor el deseo, según ya fue definido por Aristóteles o Spinoza; el querer o ansia, como lo entendieron los grandes idealistas alemanes: Fichte, Shelling o Hegel -algo que tan bien ha estudiado Ana Carrasco Conde-. La racionalidad, por tanto, siempre es afectiva, en la medida en que somos modos capaces de afectar y ser afectados. Además, nuestra racionalidad está normativizada por una serie de instituciones simbólicas.

Dicho de otro modo: somos seres instituyentes e instituidos simbólicamente: por los mitos, las técnicas, las tecnologías, las ciencias, las artes, las religiones, el amor, la filosofía, etc. Desde luego, la mediación del lenguaje es esencial. Por último, la racionalidad humana nunca es absoluta: no puede totalizar el mundo, roturarlo completamente. Siempre mantiene una tensión con un Afuera -no dado- que la desborda o se le resiste. En resumen, la racionalidad es práxica, afectiva, simbólica e incompleta (siempre hay algo que -dicho con Schelling- “no se deja disolver en el entendimiento” y que “conmueve [nuestra] singularidad”).

A vueltas ahora con el debate entre la identidad y la diversidad, a propósito de la clase obrera y los movimientos sociales. ¿Cómo se constituye esa tensión entre la aspiración a modificar el statu quo o ser una minoría autoafirmativa, a la que has aludido en algún artículo? ¿El objetivo de reconstruir y deconstruir tales identidades implica un proceso doloroso?

No es lo mismo el reconocimiento de la identidad, los derechos y las virtualidades emancipatorias de grupos sociales oprimidos, vilipendiados (trabajadorxs, migrantes, mujeres, personas trans, etc.), que el identitarismo excluyente de proyectos políticos que, autocalificándose como superiores, pretenden erigirse sobre el resto de la humanitas con voluntad de dominación. Se trata de formas de identidad antitéticas.

La identidad “se dice de muchas maneras”. De hecho, las identidades suelen ser más confusas y conflictivas de lo que parece, como advirtió Stuart Hall. Mi compromiso es con la de aquellos sujetos políticos, individuales o colectivos, que sufren las consecuencias del entrecruzamiento de diversas políticas particularistas: la expropiación extractivista, la explotación laboral, la depredación ecológica, las violencias machistas, la discriminación por motivos de género u orientación sexual, la opresión racial, etc. Es necesario hacer notar que se trata de formas de dominación que se coproducen y alimentan entre sí, huyendo consecuentemente de lo que Nancy Fraser denomina “separatismo crítico”. Para mí, las reflexiones filosófico-políticas carecen de valor alguno si no van encaminadas al repudio y la erradicación de estas situaciones. Como diría Deleuze, a la denuncia de la estupidez y la bajeza, fruto de la mala (o falsa) conciencia. La filosofía es una “empresa desmitificadora” o no es tal.

La denuncia de estas injusticias es también la preocupación por las heridas “psíquicas” de estos individuos y comunidades; su dolor, su duelo, su sufrimiento. Nada de idealismo subjetivista hay en este giro afectivo, que tan magníficamente están desarrollando autoras como Sara Ahmed, Wendy Brown o Judith Butler. Quien prejuzga como subjetivista la referencia a los afectos es porque, paradójicamente, los concibe como si fueran subjetivos. Según hemos argumentado, la racionalidad es intrínsecamente afectiva. Los afectos no están encerrados en “mente” alguna, sino que circulan trans-individualmente. Son el resultado de la praxis y de las relaciones entre nuestros cuerpos pensantes.

Entonces, si como indica Judith Butler, un sujeto no es una sustancia, sino una “serie activa y transitiva de interrelaciones”, que la vida de cualquiera sea digna significa que esta importe a terceros, a diversos círculos de reconocimiento. Pero que esta importe no se consigue con “pensamiento positivo” (caso, ahora sí, de idealismo), sino garantizando una serie de medidas políticas efectivas de las que ninguna persona o grupo social puedan ser excluidos por principio: asegurando derechos laborales, una vivienda adecuada a cualquiera, procurando transporte público, sanidad y educación universales, centros de cuidados, empleo de calidad, servicios sociales integrados en los barrios, participación y acceso a contenidos culturales sin restricciones ni elitismos, etc. Lo que demuestra, consecuentemente, que las dimensiones de la distribución y el reconocimiento social también se coimplican, que en ningún caso son esferas herméticas o reinos separados.

Retomo entonces una pregunta planteada con anterioridad y amplío la respuesta: sólo asegurando “derechos de existencia” (la expresión es de Robespierre) puede afianzarse la seguridad. La libertad pasa, por tanto, por el cumplimiento de estas condiciones materiales, que son también afectivas. Libertad y seguridad, así, se presuponen recíprocamente. En palabras de bell hooks: “La libertad en tanto que igualdad positiva que garantiza a todos los humanos la oportunidad de moldear sus destinos del modo productivo más saludable y común sólo podrá ser una realidad completa cuando nuestro mundo deje de ser racista y sexista”. Y, por supuesto -reafirmo yo-, clasista.

Por otro lado, debemos considerar que, en líneas generales, la noción de sujeto político puede interpretarse en dos sentidos límite: (1) bien sea designando la sujeción de individuos o colectivos a determinadas estructuras o instituciones simbólicas, a su anclaje en un orden dado; (2) o como una práctica de subjetivación que certifica una fisura en el reparto de roles y funciones del mismo, una subjetividad que se constituye en el movimiento de emancipación respecto de dicho orden. Este movimiento implica la suspensión de los criterios existentes de pertenencia (∈) a una comunidad dada. De este modo, como afirma Badiou, el sujeto se divide en el hiato “no…sino”: “no [rechazo de los principios que conforman un orden político particular]…sino [apertura e involucración en alguna forma de acontecimiento universalista e igualitario, esto es, diagonal a cualquier forma política]. Se apreciará, por cierto, que la reducción de la noción de sujeto a la primera opción (1) conduce al fatalismo, así como la segunda (2) nos arrastra al voluntarismo.

Pues bien. Desde estas coordenadas, cuando las demandas de los grupos sociales injuriados no son impugnatorias del statu quo, podemos afirmar que estos se convierten, efectivamente, en minorías autoafirmativas. Como ha explicado Wendy Brown, su potencial subversivo queda reducido a una miríada de atributos y diferencias perfectamente asimiladas por la normatividad disciplinaria de las prácticas capitalistas y sus tecnologías de poder. Así, la reivindicación de la diferencia supone la aceptación del consenso único; deviene en diferencia administrada [convengamos, asimismo, que todo consenso se establece contra algo u alguien]. En este sentido, se refuerzan las identidades delineadas y se fija a sus miembros, muchas veces, como víctimas (así suele ocurrir en las concepciones humanistas).

Por el contrario, cuando estos grupos sociales se organizan y ponen en solfa el reparto de poderes establecido, conforman una subjetividad emancipatoria que ofrece resistencias, modifica estructuralmente el statu quo, plantea renovadas prácticas sociopolíticas e inventa nuevas formas de experiencia. De este modo, las identidades preestablecidas se deconstruyen y configuran un sujeto político (plural, pero dotado de unidad de acción) que aspira a hacer posible otros modos de vida sin dominación, otras formas de relacionarnos y otros usos del tiempo, creando gramáticas alternativas de acción, percepción, afectos y pensamiento.

Esto supone rechazar la existencia de privilegios innatos, que no serían sino efecto de la naturalización de aquellos privilegios que en realidad se adquieren históricamente. Significaría, en definitiva, no conformarse con el ajuste a una condición social (laboral, pero también sexual, estética, etc.) entendida como un destino inalterable y verificar, mediante nuevas propuestas políticas singulares, nacidas de tales escenarios de desprecio, agravio y explotación, la hipótesis de la “igualdad de las inteligencias”.

De la conformación de esta como proceso recurrente, sin principio ni fin absolutos, sin arjé ni telos, Marx y Engels ya darían cuenta entre 1845 y 1846 en La Ideología Alemana: “no es un estado que debe implantarse, un ideal al que ha de sujetarse la realidad”. Emplearían para ello una hermosa palabra: “Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual”.

Ahora bien, si queremos que nuestro análisis materialista sea lo más honesto y riguroso posible, debemos hacernos cargo de dos realidades a menudo incómodas desde el punto de vista emancipatorio. Por un lado el hecho de que, a poco que analicemos los acontecimientos históricos, nos percataremos de que no existe una división absoluta, pura, entre liberación y opresión. Las prácticas emancipadoras y los dispositivos de control coexisten, se entremezclan en grados variables. Lejos de ser momentos sucesivos o alternativos, se presentan como fenómenos simultáneos, contaminantes, que cohabitan líneas de sombra comunes; resultando ser procesos más entreverados de lo que nos gustaría en distintos contextos y experiencias. Esto, que ya fuera señalado de manera penetrante por Foucault, parece ocultarse por momentos en las exposiciones teóricas de Badiou o Rancière.

Por otro lado, habrá que entender que, en muchas ocasiones, los síntomas de indignación de determinados individuos o colectivos sociales ante un orden social opresivo no suponen la inequívoca asunción, por su parte, de que dicho orden sea injusto, cuanto una reacción al hecho de que no se les permita participar en las estructuras de poder existentes.

Pero así como, desde un punto de vista ético o moral, la posible génesis narcisista de un comportamiento verdaderamente generoso queda difuminada en virtud de la estructura de este, independientemente de la voluntad subjetiva o grupal, podríamos enunciar que estamos ante un acontecimiento emancipatorio cuando los intereses particulares o espurios resultan neutralizados por el signo liberador del mismo.

Sé que también le estás dedicando muchas horas de reflexión a un asunto que levanta ampollas: la noción del trabajo en la tradición interpretativa marxista. ¿Cuáles son las principales nociones del trabajo en la literatura marxista? ¿Cómo se articulan estas con las prácticas emancipatorias?

A mi juicio, en la literatura marxista hay dos registros conceptuales de la noción de trabajo que constantemente se están confundiendo. De un lado, (1) el trabajo como universal antropológico, esto es, la concepción del trabajo como motor de transformación de la realidad, como producción práxica del mundo. Es de este modo como Marx confronta la concepción idealista hegeliana según la cual la realidad sería fruto del despliegue del Espíritu (Geist). A su vez, esta transformación será concebida como eminentemente social y relacional, de suerte que la transformación operatoria de la realidad es coextensiva a la autorrealización del ser genérico del hombre. De lo que se sigue que el mundo no es una instancia previa a los sujetos, ni viceversa, sino que las realidades definidas por ambos vocablos se van conformando dialécticamente. Esta es, por ejemplo, la lectura realizada por Marcuse en base a los Manuscritos del 44, en peculiar interlocución con la ontología heideggeriana.

Por otro lado, (2) tenemos la noción moderna de trabajo asalariado, es decir, el trabajo como producción, distribución, cambio y consumo de mercancías para la valorización del capital, lo cual supone la separación de los medios de producción y la fuerza de trabajo (Arbeitskraft). En sentido marxista, el trabajo asalariado será concebido como forma de explotación y también como un mecanismo de alienación, como anegación de nuestra singularidad [en este punto el razonamiento es netamente hegeliano. En efecto, como explica Catherine Malabou, la alienación es para Hegel la figura invertida de la idiocia: mientras que esta se define como un exceso de la identidad sobre sí misma, un repliegue -el encierro del espíritu natural que petrifica un contenido determinado como si fuera una “representación fija”-, la alienación se basa en la férrea adherencia del sí- mismo a una determinidad particular; una profunda inmersión en determinadas estructuras absorbentes (económicas, políticas, etc.) que bloquea cualquier intento de liberación o emancipación y nos hace sumamente dependientes].

Ahora bien: ¿cuál es la conexión existente entre ambos planos de la idea de trabajo? Este es uno de los temas sobre el que más frecuentemente converso con mi amigo Jorge Moruno, profundo conocedor de la materia. ¿Constituye la noción moderna de trabajo asalariado, como forma de explotación, una degeneración del trabajo entendido como esencia genérica del hombre, en tanto que producción de mundo y, al tiempo, proceso de humanización, o acaso no ocurrirá que la idea genérica, global y abstracta de trabajo es también un producto del capitalismo, del productivismo y de su correspondiente ética del trabajo? Me decanto por lo segundo. La concepción de la fuerza de trabajo como potencia humana fundamental, o dicho de otro modo, la identificación reductiva de cada individuo con su fuerza de trabajo, está configurada por la economía capitalista.

Es así como, entrando en contradicción con su propia metodología materialista, algunas concepciones marxistas naturalizan la noción de trabajo, identificándola con la totalidad social de un modo transhistórico, e interpretan los procesos de emancipación como la extracción de la esencia genérica del trabajo de los diques de contención que representan las relaciones sociales capitalistas. O, en sus versiones negristas, como la liberación del “general intellect” de la concha del Imperio global; la autonomización del trabajo respecto de su camisa de fuerza capitalista. Desde estos enfoques, y en esto tiene razón Postone, las relaciones sociales capitalistas ocultarían o impedirían la realización personal del hombre a través del trabajo. Así, a fin de cuentas, la emancipación sería la reconciliación o reencuentro del trabajo consigo mismo. O, por mejor decir, la inversión del proceso de succión del trabajo vivo por los medios de producción capitalistas.

Bien es cierto que, según Marx, la dominación capitalista es la dominación del trabajo muerto sobre el trabajo vivo. Sin embargo, también lo que es -y aquí está la clave- que la relación “diferencial”, “antitética” o “polarmente opuesta” (expresiones todas empleadas por el de Tréveris) entre el trabajo vivo y el trabajo muerto se efectúa en el proceso de producción capitalista, siendo tales categorías intrínsecas a la economía política capitalista, y estando por tanto inextricablemente unidas, como las caras de una misma moneda. Marx es rotundo al respecto: “Trabajo inmediato y trabajo objetivado, trabajo presente y pasado, trabajo vivo y acumulado, etc., son fórmulas, pues, en las cuales los economistas expresan la relación entre el capital y el trabajo”. Dice más: “estas fuerzas productivas sociales el trabajo históricamente no se desarrollan sino con el modo de producción específicamente capitalista, y por lo tanto aparecen como algo inmanente a la relación del capital e inseparable de la misma” [ambas citas pertenecen al Capítulo VI (inédito) del Libro I de El Capital].

No en vano recordaba Rosa Luxemburgo que es la producción capitalista la que sitúa a la clase obrera como clase dependiente del salario (o lo que es lo mismo: ser obrero es ser dependiente de las estructuras de dominación que personifican los capitalistas). Sin embargo, mi posición nada tiene que ver con el “rechazo al trabajo”, pues con este sintagma se vuelve igualmente a esencializar la idea de trabajo, confundiendo así las distintas acepciones que el término ostenta [las propuestas políticas del grupo Krisis me parecen ciertamente insuficientes y paralizantes]. Más bien, me conformaría con rechazar la concepción del “sujeto del trabajo” como una sustancia prefijada, así como la reducción de lo que somos [”multitud”, “ser singular-plural”, “pueblo”, etc. -este es otro debate-]  a la condición de meros agentes de producción.

Congruentemente con lo que precede, nuestra propuesta no podrá consistir, entonces, en hacer una crítica del capitalismo “desde el punto de vista del trabajo”, en el sentido abstracto antes denunciado, sino en combatir la explotación laboral, así como el resto de formas de opresión intrincadas, empuñando el principio insobornable de la “igualdad de las inteligencias” -mediante la articulación de “derechos de existencia”- en pos de la emancipación del capitalismo. Para una filosofía materialista crítica, esta no será una cuestión accesoria, sino una necesidad interna de su mismo ejercicio práctico.

 

20/11/2020

Juan Ponte 

es profesor de Filosofía en el IES Pérez de Ayala (Oviedo, Asturias) y Concejal de Cultura y Participación Ciudadana en el Ayuntamiento de Mieres (gobernado por IU con mayoría absoluta); miembro de la Sociedad Asturiana de Filosofía, de la Fundación de Investigaciones Marxistas y del Consejo de redacción de la Revista de cultura y pensamiento laU.

Publicado enSociedad
Domingo, 22 Noviembre 2020 05:39

¿Una política sin ‘millennials’?

Manifestación por el clima en Barcelona (Ana Jiménez)

Los nacidos a partir de los años ochenta son ya la generación más descontenta con la democracia; las causas son diversas

 

La generación hiperconectada ha desconectado de la política. No es un fenómeno exclusivo de España, donde la crispación y el tacticismo electoral se han adueñado de la esfera pública, sino que tiene una preocupante dimensión global. La desafección de los jóvenes se extiende por los cinco continentes –con distinta intensidad–, hasta el punto de que los millennials , nacidos entre 1981 y 1996, son ya la generación más descontenta con la democracia, no solo comparados con sus coetáneos, sino también respecto a generaciones anteriores en el mismo momento de sus vidas.

Esta es una de las conclusiones de un estudio del Instituto Bennett de Políticas Públicas de la Universidad de Cambridge, titulado “Juventud y satisfacción con la democracia: ¿Cómo revertir la desconexión democrática?”, liderado por el profesor Roberto Foa, director del Centro para el Futuro de la Democracia de esta universidad inglesa. El trabajo ha analizado las respuestas de más de 4,8 millones de encuestados, de 160 países, entre 1973 y 2020, y categoriza los cambios en la vida de cuatro generaciones: millennials , generación X (1965-1980), baby boomers (1945-1964) y la generación de entreguerras (1913-1944).

La desafección joven es global pero en Europa avanza en el sur y frena en el norte, detalla un estudio de Cambridge

Con estos datos, han dibujado el mapamundi de la desafección de los jóvenes, en el que se identifican cuatro regiones impulsoras: la Europa del sur, Latinoamérica, el África subsahariana y las democracias anglosajonas. En las tres primeras, han detectado que en las democracias jóvenes, el descontento surge a medida que las generaciones que carecen de la memoria de la dictadura alcanzan la mayoría de edad. En las democracias anglosajonas, “hay un patrón constante de disminución”, cada generación está menos satisfecha con la democracia de lo que lo estaban sus mayores a esa edad. “Sin embargo, otras regiones muestran una tendencia de mejora, observada notablemente en el norte de Europa, Asia Oriental y en las democracias poscomunistas del antiguo bloque soviético”, detallan.

Entre las causas de la desafección, destacan en las democracias desarrolladas las dificultades económicas, en concreto el alto nivel de desempleo juvenil actual. “Los jóvenes siempre se han enfrentado a una lucha en la vida. Pero la insatisfacción política de la generación del baby boom cayó drásticamente en los ochenta cuando las economías europeas crecieron rápidamente, los precios de la vivienda se mantuvieron asequibles y se introdujeron beneficios en países (incluidos Francia, Grecia, Italia y España) que apoyaron la seguridad laboral, el aumento de salarios y un bienestar social más amplio –detalla por e-mail Roberto Foa–. Pero la situación es distinta para los millennials , especialmente en el sur de Europa. Muchos han llegado a mediados de los 30 sin contratos de trabajo formales, viviendo con sus padres y sin poder avanzar en la vida. Eso crea sensación de fracaso y frustración.”

En el caso español, apunta, el impacto a largo plazo de la crisis de la eurozona es un agravante. “Hemos visto un aumento pronunciado en la movilización populista de izquierdas en el sur de Europa. Pero lo más probable es que no desestabilice la democracia occidental, porque en un sistema de representación estos partidos normalmente tienen que gobernar en coalición con centristas, como ha sido en Italia, España o Portugal”, indica.

El sistema electoral, asegura, influye también en el declive de satisfacción con la democracia, que “es especialmente agudo en países con sistemas mayoritarios, que crean ‘ganadores y perdedores’, más que en sistemas proporcionales que conducen a un gobierno de coalición”. Una de las razones, apunta el politólogo, es que “frente a un entorno de redes sociales responsable de polarizar a la población, una coalición lo compensa porque ayuda al diálogo en aras del consenso”.

Pese a todo, Foa se muestra optimista sobre el futuro de los millennials . “Los del baby boom , por su peso demográfico, siempre han tenido una influencia política desproporcionada, y beneficios –pensiones, condiciones laborales...–. Pero eso no es para siempre. Cuantos más jóvenes tengas en una sociedad económicamente excluidos más cerca estarán de formar una mayoría política. Y en ese punto, se producirá un cambio en el equilibrio de las políticas públicas”, asegura.

Más allá de razones económicas, el desencanto tiene también su origen en la propia política. Lo apunta Víctor Climent, profesor de Sociología de la Universitat de Barcelona: “La desafección tiene características culturales y sociales, y cuando la analizamos tenemos que olvidarnos de aspectos como la renta. Es cierto que nuestros hijos tienen la convicción de que vivirán peor que nosotros, pero hay gente con diferentes niveles de renta que vota distintas opciones. La participación y el interés por la política viene determinado por el marco cultural y las propuestas y proyectos que les pongas delante –detalla–. Y en España tenemos un problema serio con una parte del espectro político del país, que está polarizando a la sociedad”.

Climent constata que la política se ha convertido en un “espectáculo lamentable”. “Tendríamos que retirar a una serie de políticos mediocres, muy tóxicos, que secuestran la política para sus propios intereses y harán lo que sea para mantenerse dentro de la estructura que les da legitimidad –plantea–. Si esto desanima a las generaciones que tenemos una cultura política arraigada, es lógico que los jóvenes directamente desconecten.” También es muy crítico con los medios de comunicación que hacen de altavoz de esta política que va siempre a la contra. “¿Cómo quieren que los jóvenes participen en esto?”, se pregunta.

22/11/2020 02:10| Actualizado a 22/11/2020 10:09

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Tijanóvskaya. La voz de la oposición. Foto: Sipa vía AP Images

Desde mayo pasado, cuando arrestaron a su esposo, Svetlana Tijanóvskaya saltó a la palestra política para defender las libertades en Bielorrusia. En agosto incluso fue la candidata electoral de la oposición unificada que enfrentó al gobierno de Aleksandr Lukashenko, quien lleva 26 años en el poder y se niega a dejarlo pese al veredicto de las urnas. Hoy, desde el exilio, Svetlana habla de sus anhelos de regresar a su país a vivir con mayores libertades. Y sentencia: “Resistiremos al invierno, a la primavera, a lo que sea necesario. No pararemos”.

 

ROMA (Proceso).– "No acepto que se me diga que (nuestro movimiento) ha sido derrotado”, contesta tajante Svetlana Tijanóvskaya cuando se le señala un hecho: tres meses después de las elecciones de agosto pasado en Bielorrusia, en las que los opositores acusaron al presidente Aleksandr Lukashenko de fraude e iniciaron jornadas de protesta, él sigue inamovible y no hay avance en las negociaciones para llevar a cabo nuevos comicios.

“Son tres meses que los bielorrusos salen a la calle, protestan contra este régimen y su violencia y muestran solidaridad. Es una victoria. La forma de pensar de los bielorrusos ha cambiado para siempre; ya hemos ganado. Sólo es cuestión de tiempo”, sostiene desde el exilio la lideresa de la oposición bielorrusa unificada.

Incluso anticipa: “Resistiremos al invierno, a la primavera, a lo que sea necesario. No pararemos”.

Svetlana Tijanóvskaya (Mikashévichy, 1982) tiene 38 años y encabeza la rebelión contra Aleksander Lukashenko, el político europeo que ha estado en el poder durante 26 años y es considerado como una de las últimas reliquias soviéticas. 

Esta batalla sin final hace temblar el tablero geopolítico. Por un lado está el involucramiento de la cercana Rusia –aunque el movimiento de protesta no tiene un marcado sesgo antirruso y el sector económico y de la defensa bielorrusa están fuertemente vinculados a Moscú–; por el otro, está la escalada represiva del gobierno de Minsk y el parangón con la Venezuela de Nicolás Maduro que algunos analistas han hecho.

Hasta mayo pasado, Tijanóvskaya era una figura desconocida. Pero el arresto ese mes de su marido, el bloguero Serguéi Tijankovki –un opositor bielorruso muy activo–, dio un vuelco a su vida. 

Ese hecho la convirtió en la candidata independiente en el proceso electoral que culminó en agosto, pues ella supo aunar los sectores de la oposición y en los últimos tres meses se convirtió en el rostro y voz de un movimiento dispuesto a echar del poder a Lukashenko. 

En esta lucha Tijanóvskaya ha tenido a su lado a otras dos mujeres: Maria Kolesnikova, quien hoy está en la cárcel, y Veronika Tsepkalo, quien optó por el exilió para evitar la prisión.

Desde Vilna (Lituania), donde se refugió tras denunciar el fraude electoral, Tijanóvskaya atendió a esta periodista en una videollamada que culminó con una reflexión sobre la pandemia de la covid-19 y el papel que ella ha desempeñado en este proceso de cambio en Bielorrusia, país inmerso en el estancamiento económico.

 

Nadie nos ha escuchado

 

–¿Señora Tijanóvskaya, se considera aún la presidenta electa de Bielorrusia? –se le pregunta a la opositora bielorrusa. 

–Nunca me consideré así. Algunos me llaman de esa manera pero no le doy importancia; yo misma evito ese término. Lo que es evidente es que hubo fraude en las últimas elecciones y por eso no sabemos cómo votaron los bielorrusos. 

–En efecto, la cuestión es que, tres meses después de su acusación de fraude y de la escalada represiva del gobierno, Luka­shenko sigue ahí y no ha habido avances en la petición de la oposición de una transición que lleve a unas nuevas elecciones. ¿Es una derrota? ¿Qué ha fallado? 

–Nada ha ido mal. Todo está yendo maravillosamente. ¿Ha visto lo que ha pasado y sigue ocurriendo en Bielorrusia? ¡Son tres meses que los bielorrusos salen a la calle, protestan contra este régimen y su violencia, muestran solidaridad! Es una victoria. La forma de pensar de los bielorrusos ha cambiado para siempre. No, no acepto que me diga que ha sido una derrota. Ya hemos ganado; sólo es cuestión de tiempo…

–Pero esto no ha pasado aún. Supongo que estará molesta. 

–Sí que estoy molesta. Se ha declarado presidente sin serlo (pese a que fue reconocido sólo por dos grandes potencias, Rusia y China, Lukashenko juró como presidente en septiembre). Hace como si nada hubiera pasado, como si viviera en otro mundo y nosotros no fuéramos nada. Pero si de verdad fuera un líder se daría cuenta de que los bielorrusos han cambiado y escucharía a su gente. 

“El primer mes nosotros intentamos dialogar con él. No nos respondió. Entonces intentamos buscar la ayuda de mediadores europeos para entablar un diálogo. Pero tampoco nos ha escuchado. 

–¿Cuál es su objetivo ahora? 

–Nuevas elecciones transparentes, libres y justas, con observadores internacionales y una nueva comisión electoral. Y, por supuesto, considerada la violencia sin precedente (de las fuerzas del orden bielorrusas contra los manifestantes) de estos meses, ahora también queremos que los responsables de esas atrocidades sean castigados. 

–¿Qué piensan hacer? 

–Continuar las protestas, manifestarnos hasta el final. No hay manera de que Lukashenko pueda impedirlo; no somos un movimiento que se mueve ahora con un solo líder. Hay mucha autoorganización. No hay nadie que él pueda encarcelar que nos haga colapsar. Queremos vivir con mayores libertades. 

–¿No se está enfriando ya la protesta? 

–El movimiento se está transformando. Tal vez algunos días ha habido menos gente en la calle, por el miedo que hay, pero el reto permanece. No se pueden olvidar todos los golpes, las muertes –al menos tres desde el inicio de las protestas–, los arrestos –de 800 manifestantes el domingo 8 tras una protesta para exigir la renuncia de Lukashenko– . Es duro, pero no nos rendiremos. 

–¿Cree que resistirán al invierno y a la pandemia? 

–Resistiremos al invierno, a la primavera, a lo que sea necesario. No pararemos. El gobierno (de Lukashenko) lo debería entender: la única salida es el diálogo. No queremos que nadie sufra física y económicamente. Queremos diálogo. Tan sencillo como esto: sentarse y hablar. 

–¿Hablar con quién, con Lukashenko? 

–Si hay algo que hemos entendido en estos meses es que él no se sentará en una mesa con nosotros. Por eso estamos esperando a otra persona del gobierno que asuma esta responsabilidad (de abrir una negociación con la oposición unificada), dispuesta a acabar con la violencia y a escuchar a las personas de Bielorrusia. En Luka­shenko no confiamos más. Es un hombre que se considera por encima de su gente. 

 

Nuevas señales

 

–¿Se ha establecido alguna negociación hasta ahora? 

–No. Nada. Le tienen tanto miedo que nadie se atreve. 

–Y eso que también la relación entre Lukashenko y Rusia parece de amor–odio. 

–Si hablamos del Kremlin, al principio sí vimos que le daban dinero y lo apoyaban, pero ahora no lo están apoyando abiertamente, sólo están observando y esperando a ver qué pasa. Hace unos días en los medios rusos incluso mostraron imágenes de la protesta y de la violencia contra los activistas. Nos pareció una señal.

–¿Qué cree que lo empujaría a irse?

–Mucha presión, fuera y dentro del país. La presión del mundo.

–En estos meses de exilio, usted se ha dedicado a buscar nuevos apoyos para su causa. Pidió ayuda al gobierno británico, a la canciller alemana, Angela Merkel, y a la UE (Unión Europea). ¿Se ha sentido realmente respaldada?

–Las sanciones (de la UE a funcionarios cercanos a Lukashenko) han sido un apoyo real y concreto. Estoy segura de que a la brevedad serán ampliadas. Además, la UE no ha reconocido la legitimidad de su presidencia. Entendemos que Europa no puede ponerse en nuestro lugar pero sí quisiéramos que las naciones europeas fueran más valientes y rápidas en sus respuestas.

–¿Sigue intacta la alianza entre los movimientos de la oposición que usted lidera?

–Sí. Han dicho muchas cosas de nosotros, cosas horribles: así es la propaganda… Pero seguimos unidos como nunca en nuestra determinación de lograr un cambio.

–En su protesta ha habido una participación muy activa de las mujeres.

–Porque estamos luchando juntas. No hemos estado detrás, también hemos estado físicamente delante de ellos, cuando la policía los quería golpear.

–Se vieron imágenes duras de la represión de la policía bielorrusa, pero al menos al principio también pareció que se rehusaban a lanzarse contra las mujeres. ¿Tienen simpatizantes en las fuerzas del orden? 

–¿Si tenemos simpatizantes en la policía? 

–Sí, en la policía y, más en general, en las instituciones. ¿Los tienen?

–Estoy absolutamente segura de que de las personas que forman parte de la policía y de las instituciones la mayoría también quiere un cambio y le gustaría apoyarnos, pero, como le dije, mantienen un comportamiento de sumisión, como si fueran esclavos. 

–¿Por qué Lukashenko se niega a irse? 

–No conozco sus razones. Es un hombre solo que vive con el miedo a que lo traicionen y que ahora, estoy segura de esto, siente pánico porque sabe que la gente ha cambiado mucho. 

 

Cada persona es un líder

 

–¿Sus protestas seguirán siendo pacíficas? 

–Mire, nuestra estrategia ha sido esa: mantenernos pacíficos. Y hasta ahora esto se ha mantenido. No ha habido violencias procedentes de nuestro bando. Pero no soy responsable por lo que hace cada persona en Bielorrusia. 

–¿Cuántos activistas hay encarcelados? 

–Ya durante la campaña electoral había unos 100; ahora muchos otros entran y salen. 

–Su marido es uno de ellos, sigue en prisión, ¿verdad? 

–Sí.

–¿Tiene algún contacto con él? 

–Todos tienen derecho a recibir a sus abogados, pero no a sus familias; tampoco podemos hablar con ellos por teléfono. Nuestras prisiones son inhumanas.

–¿Tienen pruebas de torturas?

–Tenemos muchas pruebas de maltratos, torturas e incluso violencias sexuales contra personas arrestadas después de las protestas de agosto. El Estado no ha abierto investigación alguna. De lo que ocurre en las prisiones sabemos menos porque los que están allí tienen mucho más miedo, no quieren hablar. Estamos recolectando documentación. Por eso es importante lo del Mecanismo de Moscú (la OSCE usó esta herramienta para publicar el 6 de noviembre un informe, rechazado por Lukashenko y Rusia, en el que se sostiene que hubo fraude en las elecciones de agosto).

–¿La pandemia ha tenido algún papel en la protesta?

–Fue uno de los motivos que ha empujado a las personas a protestar. (En los meses de la primera ola) todos vieron cómo el gobierno no ayudaba a la gente, ni a los médicos, nos decían que podíamos curarnos bebiendo vodka. Hubo una actitud muy irrespetuosa de las autoridades hacia los ciudadanos: funcionarios que se burlaron de los enfermos, médicos y enfermeros abandonados a sí mismos y completamente desprotegidos. Y, a la vez, también se organizaron colectas de dinero para costear las mascarillas y el material sanitario de los hospitales. Así, las personas entendieron que, uniéndose, pueden lograr el cambio.

–¿Tiene planes de volver a Bielorrusia? 

–Claro que sí. Amo a mi país. Quiero vivir en Bielorrusia. Quiero que mi gente viva allá. Regresaré tan pronto como me sienta segura allí. Ahora estoy bajo investigación criminal en mi país; mi marido está en prisión, y realmente no puedo permitirme volver. 

–Efectivamente, casi todos los líderes de la protesta están en el exilio o en la cárcel. 

–Pero, ¿sabe qué? Ahora cada persona es un líder. 

* Una versión reducida de esta entrevista fue publicada en el diario español El Periódico en su edición del sábado 14.

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Viernes, 20 Noviembre 2020 05:42

EZLN: 37 años de dignidad y autonomía

EZLN: 37 años de dignidad y autonomía

En estos tiempos feroces hay poco para celebrar. Mientras la oscuridad del sistema se convierte en rutina, cuando los de arriba nos despojan con muerte y violencia, las luces de abajo brillan con todo su resplandor, rasgando la noche, iluminando las trochas y las pendientes. El 37 aniversario del Ejército Zapatista de Liberación Nacional es, con seguridad, la luz más potente en el firmamento latinoamericano.

El EZLN celebra su 37 aniversario afrontando una de las mayores ofensivas militares en mucho tiempo, alentada por el gobierno "progresista" de Andrés Manuel López Obrador, por los gobiernos de Chiapas y de varios municipios del estado, que lanzaron una guerra de desgaste contra los territorios autónomos, para despojar y destruir al EZLN y a las bases de apoyo.

Pero, ¿qué celebramos en concreto? La continuidad y la perseverancia de un movimiento revolucionario distinto a todo lo anterior, algo que debemos valorar en toda su trascendencia. No sólo no claudicaron, no se vendieron y no traicionaron, sino que no repitieron el esquema vanguardista, que reproduce la cultura dominante al convertir a sus dirigentes en nuevas elites.

Celebramos la coherencia, pero también lo mucho que nos enseñaron en estas casi cuatro décadas. Para no hablar en general, quiero referirme a lo que he aprendido, ya sea en la "escuelita zapatista" o en diversos encuentros e intercambios en los que pude participar.

El núcleo del zapatismo es la autonomía. No teórica ni declarativa, sino práctica viva de los pueblos, en todos y cada uno de los momentos y espacios en los que hacen sus vidas, desde los ejidos y las comunidades, hasta los municipios y las juntas de buen gobierno. La autonomía es una forma de vida, es la dignidad de los pueblos; autonomía colectiva, no individual como nos trasmitió cierto pensamiento eurocéntrico.

Necesitamos la autonomía para continuar siendo pueblos y sectores sociales que practicamos otros modos que los de arriba. La autonomía puede ser practicada en todos los espacios, en los barrios de las ciudades, entre campesinos, pueblos originarios y negros, en los más diversos colectivos y comunidades.

La autonomía es ese inmenso paraguas de dignidad que sostenemos entre todos y todas. No es una institución, son relaciones humanas vivas, tejidas con la dignidad que nos permite hermanarnos.

Las bases de apoyo y el EZLN nos enseñaron, también, que la autonomía debe ser completa, integral, o por lo menos tender hacia ello, abarcando todos los aspectos de la vida de los pueblos. Por eso construyen escuelas, clínicas, hospitales, cooperativas y todo ese rico entramado de producción de vida y de cuidado de la vida.

Autonomía se conjuga con autogobierno y con justicia autónoma; el motor de la autonomía son los trabajos colectivos.

La defensa de los territorios y la comunidades es otra de la enseñanzas del EZLN. Pero aquí aparece otro rasgo de la autonomía, inédito en el campo de la revolución: la defensa de nuestros espacios no puede ser mera reacción a lo que nos hacen los de arriba. Elegir cómo, cuándo y de qué manera actuamos es también un rasgo de autonomía, para no caer en provocaciones, porque ellos quieren la guerra, porque la guerra beneficia al capital.

En este punto, el EZLN nos ha enseñado a no responder agresión con agresión, muerte con muerte, guerra con guerra, porque ahí dejamos de ser autónomos, o sea dejamos de ser diferentes. Y esto no tiene nada que ver con el pacifismo.

Aprendimos que no hay un modo único de autonomía, válido para todos los pueblos en todo tiempo. Nos han enseñado que cada quién camina a su modo y según sus tiempos, y eso es lo que están haciendo los pueblos en América Latina.

Puedo dar testimonio del modo como las autonomías se expanden por nuestro continente. Decenas de comunidades mapuche en el sur de Chile y Argentina, se están reconstruyendo de forma autónoma, enfrentando la política de los estados que los presentan como terroristas.

El Consejo Regional Indígena del Cauca, en el sur de Colombia, es una expresión notable de construcción de autonomías. La guardia indígena se expande hacia los pueblos negros y campesinos, que han protagonizado la reciente Minga Indígena, Negra y Campesina que culminó en Bogotá luego de caminar 500 kilómetros (https://bit.ly/2IMRFQk).

En Perú se ha formado el Gobierno Territorial Autónomo de la Nación Wampis, proceso que están siguiendo otros tres pueblos amazónicos del norte. En la Amazonia brasileña 14 pueblos están transitando hacia la autonomía para defenderse de la minería y el agronegocio, como ha mostrado el geógrafo militante Fábio Alkmin en una investigación en curso.

Sería abusivo dar la impresión que todas las autonomías siguen los caminos que está transitando el EZLN. Pero quiero enfatizar que la existencia del EZLN es un impulso, un referente, una luz que nos dice que es posible resistir al capital y al capitalismo, que es posible construir mundos otros, resistiendo y viviendo con dignidad.

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La captura de carbono para mejorar la soberanía alimentaria

Investigadores de los institutos de Ciencias Agrícolas y Conservación de Recursos y Biociencias y Geociencias de Alemania acaban de hacer pública una investigación que ahonda en la posibilidad del secuestro de carbono en el suelo. Los argumentos a favor de aprovecha el potencial de los suelos para estabilizar el clima no son nuevos y, de hecho, en los últimos años se han puesto en marcha iniciativas en esa línea como la iniciativa 4p1000, lanzada en la COP21 por la CMNUCC en el marco del Plan de Acción Lima-París (LPAP) en 2015; los talleres de agricultura de Koronivia, que se iniciaron en la COP23 en 2018 y el programa RECSOIL, puesto en marcha el año pasado por la FAO.

Según indican, en la última década, los seres humanos hemos generado cerca de 5 gigatoneladas de emisiones al año, de las que podrían capturarse en el suelo hasta 1,5 gigatoneladas, lo que ayudaría a paliar –que no a resolver- la contaminación que provocamos. Sin embargo, el denominador común de las iniciativas mencionadas se plasma en que el aumento del Carbono Orgánico del Suelo (COS) no sólo puede mitigar parte de las emisiones de carbono sino que, además, resulta indispensable para la adaptación de los sistemas agrícolas al cambio climático. Y es que el COS tiene efectos positivos sobre la estructura del suelo, la retención de agua y el suministro de nutrientes, habiéndose convertido en crucial para mantener los servicios de los ecosistemas y la productividad agrícola, según subraya el nuevo estudio.

l trabajo publicado incide en la necesidad de establecer una estrategia en los más altos niveles políticos y de mercado para motivar a los agricultores a adoptar prácticas agrícolas sostenibles en una escala lo suficientemente grande como para dar como resultado la transformación de los sistemas de producción agrícola. Para que esto se produzca, las acciones deben estar respaldadas por sólidos programas científicos, educativos, políticos y sociales.

Uno de los problemas que está frenando la captura de COS es la financiación, especialmente en los países en desarrollo, pero no es el único puesto que la investigación destaca cómo en Norteamérica, Europa o Australia existen, incluso, instituciones para respaldar las inversiones que se realicen en esta línea y, sin embargo, ninguna de estas regiones han secuestrado cantidades climáticamente significativas de carbono hasta la fecha.

El estudio detalla que el coste del manejo de suelos que aumentan el contenido de carbono puede oscilar entre 3 y 130 dólares por tonelada de CO2, teniendo presente que el rendimiento es variable en función, por ejemplo, de factores como la abundancia de agua. Así pues, uno de los puntos a potenciar, en opinión del estudio, es incentivar fiscalmente a los productores individuales para que no sólo se enfoquen en la producción agrícola –que está subvencionada pese a la guerra de precios con intermediarios- sino que también en la apropiación de COS adicional.

Los investigadores apuestan por potenciar el secuestro de carbono en aquellos suelos que ya están evidenciando una baja tasa de rendimiento, vinculando de este modo esta práctica a la seguridad alimentaria. En la actualidad, alrededor del 33% de los suelos en todo el mundo se ha degradado, habiendo perdido buena parte de su COS como consecuencia de la práctica de la agricultura intensiva y el pastoreo, así como haber convertido ecosistemas nativos en tierras cultivables.

Una degradación de los suelos, además, que va en aumento mientras no se realice un aporte adicional de carbono. Si se realizaran estos aportes, el estudio indica que podría cerrar la actual brecha de rendimiento global del 32% en los cultivos de maíz o del 66% en el de trigo, evitando así la necesidad de seguir extendiendo la superficie cultivable.

Para que la estrategia tenga éxito, lo primero es determinar las condiciones de cada suelo, mapear el punto en el que se encuentra cada región, pues no todos presentan el mismo potencial de captura, que puede variar en función del tipo de suelo, el clima, los sistemas de cultivo y las tecnologías disponibles, así como de la brecha de rendimiento que presente y las pérdidas históricas de carbono. En términos generales, los suelos minerales, que cubren cerca del 90% de la superficie terrestre, apenas cuentan con carbono orgánico, mientras que los suelos orgánicos que almacenan más del 20% de todo el COS apenas supone un 3% de la superficie terrestre.

Las prácticas de gestión que se aplicarán a estas dos categorías son muy diferentes, porque mientras en los primeros la prioridad es secuestrar más COS, en los segundos lo importante es reducir su pérdida. Se requiere, pues, una coordinación regional dentro de una armonización mundial, quizás a través de la FAO y su Alianza Mundial por el Suelo.

El trabajo presentado aboga por vincular el secuestro de carbono en el suelo con los programas sobre seguridad alimentaria y alivio de la pobreza en áreas rurales, salud del suelo y REDD+ (reducción de las emisiones de la deforestación y la degradación de bosques). Este enfoque contribuiría a allanar el camino para todo el trabajo que resta por realizar, desde la misma identificación de las áreas prioritarias a los cambios organizativos necesarios.

Por David Bollero

20 noviembre, 2020

Las elecciones municipales brasileñas de 2020 no se pueden entender como una fotografía. Es necesario insertar la escena del domingo 15 de noviembre en una película con varias tomas.

Las elecciones municipales en Brasil, el 15 de noviembre, mostraron un debilitamiento del bolsonarismo en el plano local. Al mismo tiempo, se observa una recuperación de la derecha y el centro tradicionales. No obstante, la izquierda logró algunos éxitos, sobre todo con candidaturas jóvenes. También las postulantes negras y trans dejaron ver la potencialidad de una izquierda de base más amplia.

 

Hace dos años, un proyecto autoritario que predicaba la intolerancia ganó las elecciones presidenciales y se amplificó una bancada de congresistas que representaban lo más retrógrado del país: agronegocios, iglesias neopentecostales ultraconservadoras y punitivismo proarmas. Así, la denominada bancada BBB (buey, Biblia y bala) se constituyó como un importante punto de apoyo para Jair Bolsonaro y colocó a Brasil en el grupo de países del mundo gobernados por fuerzas políticas alineadas con Donald Trump y proyectos antidemocráticos. El año 2018 fue la coronación de un proceso que dio sus primeras señales en 2013, cuando la derecha ocupó las calles del país contra el proyecto democrático-popular del Partido de los Trabajadores (PT), que había estado al frente del gobierno federal durante 11 años.

En 2014, fue reelegida la presidenta Dilma Rousseff. Pero la derecha –que se había fortalecido desde el año anterior a partir de la consolidación de un sentimiento antipetista– no aceptó el resultado de las urnas y operó un proceso de destitución –un «golpe parlamentario»– por el cual Rousseff finalmente fue depuesta en 2016. Una de las escenas más recordadas es la de Jair Bolsonaro –entonces diputado– durante su voto en el Congreso para la destitución reverenciando al coronel Carlos A. Brilhante Ustra, quien fuera el torturador de la entonces presidenta durante el periodo de la dictadura militar (1964-1985).

Pero volvamos a 2020. Brasil está en la lista de los países con mayor número de muertes por covid-19, solo por detrás de Estados Unidos. La posición del presidente Bolsonaro ante la mayor pandemia del siglo fue crucial para el aumento descontrolado de las cifras de contagio. Negó la pandemia, difundió como panacea medicamentos no aprobados por la Organización Mundial de la Salud (OMS), llamó a a la enfermedad «gripecita», se posicionó contra el aislamiento social, apoyó a los manifestantes que tocaban bocina frente a los hospitales e hizo campaña contra la vacunación obligatoria. Durante ocho meses de pandemia, cuatro ministros diferentes pasaron por el Ministerio de Salud, mostrando total incapacidad para manejar la crisis. El resultado: más de 160.000 vidas oficialmente perdidas, un PIB reducido, un número récord de desempleados.

Este escenario caótico puede haber cambiado la percepción de la gente sobre «qué esperar del Estado y de la política». Si hace dos años Bolsonaro ganó las elecciones con un discurso antisistema, con una postura de outsider y en favor de un Estado mínimo, el 15 de noviembre los candidatos con estas características no tuvieron el mismo éxito electoral.

La crisis del coronavirus ha impuesto al país una reflexión sobre el papel del Estado en la vida de las personas. Brasil cuenta con el Sistema Único de Salud (SUS) que garantiza, en el marco de la Constitución de 1988, acceso a la atención universal y gratuita. Fue el Estado el que debió garantizar la subsistencia de las familias devastadas por la crisis económica mediante la transferencia de recursos, con la llamada «ayuda de emergencia». Por último, en medio de la mayor crisis sanitaria, social y económica de las últimas décadas, el Estado y la política fueron las principales herramientas que buscaron garantizar la vida de las personas.

Esta comprensión tiene una dimensión muy concreta. No son percepciones etéreas, producidas por los medios de comunicación. Está ahí, palpable para la mayoría de la población: cuando lo necesitaban, fue el Estado el que garantizó la atención sanitaria, los cuidados y los ingresos. Y esta experiencia afectó e influyó en el voto. Así, si en 2018 salió victoriosa de las urnas una plataforma antisistema, antipolítica, antiestatal y contra la Constitución de 1988, en 2020 se verificaron algunas tendencias que se mueven en la dirección opuesta. Sin embargo, esto no significa que sea la oposición más progresista la que haya llevado al debilitamiento de esta plataforma bolsonarista. Los brasileños parecen haber optado –al menos en el plano municipal, que es el que estaba en juego– por la estabilidad y la continuidad de la antigua derecha ya conocida.

Sin embargo, también merecen atención algunos signos positivos relativos al aumento de la representación de los negros, los jóvenes, las mujeres y los colectivos LGBTI, así como la renovación en varios concejos municipales. Así, mientras que los representantes de la política más tradicional tuvieron buen desempeño en la elección de alcaldes, los nuevos cuadros de la izquierda se destacaron en las disputas por las concejalías con un programa de profundización de la democracia y lucha contra las desigualdades.

Es posible resumir algunas tendencias de estas elecciones municipales: a) debilitamiento del bolsonarismo; b) victoria del centro y la derecha tradicionales; c) constitución de frente amplios de izquierda y signos de resistencia.

Es importante tener en cuenta que de los 5.567 municipios brasileños, 95, los que tienen más de 200.000 electores, podrían tener una segunda vuelta (los pequeños solo tienen una vuelta). Solo en 35 de estos municipios uno de los candidatos tenía más de la mitad de los votos válidos y ganó en la primera ronda. En otras palabras, todavía hay que esperar el segundo turno del 29 de noviembre para completar el mapa electoral.

Debilitamiento de Bolsonaro

Bolsonaro, que abandonó el Partido Social Liberal (PSL) en 2019 por disputas internas, no logró viabilizar a su propio partido, Aliança Brasil. Su estrategia fue no atarse a ningún partido para no tener que enfrentarse a posibles derrotas. Así, a pesar de una aprobación todavía significativa (entre 30% y 40%, según la encuestadora), el presidente encontró un terreno poco fértil para transferir apoyo a sus candidatos. Esta tendencia se confirmó y el resultado estuvo por debajo de las expectativas.

De los 78 «Bolsonaros» registrados por el Tribunal Supremo Electoral (TSE) en todo el país (varios candidatos optaron por ponerse ese nombre como forma de propaganda electoral), el único ganador fue el hijo del presidente, Carlos Bolsonaro, quien retuvo su banca de concejal en Río de Janeiro. Recibió el apoyo de su padre en la carrera, con publicaciones recurrentes en las redes sociales pidiendo el voto. Bolsonaro hijo terminó con 71.000 votos, la segunda mayor votación para el concejo municipal, detrás de un candidato del Partido Socialismo y Libertad (PSOL), un número bastante menor a los 106.000 votos obtenidos en 2016.

De todos los alcaldes que tuvieron un apoyo más enfático del presidente, solo dos pasaron a una segunda vuelta: Wagner Sousa Gomes, conocido como el «capitán Wagner» (Partido Republicano de Orden Social, PROS) pasó al balotaje, pero más bien escondiendo que mostrando a Bolsonaro en su campaña; y en Río de Janeiro quedó segundo Marcelo Crivella (Republicanos), el actual alcalde evangélico, detrás del candidato de derecha Eduardo Paes. Celso Russomano (Republicanos), quien también contó con declaraciones de apoyo del presidente, bajó de 29% de intención de voto a principios de septiembre a 10% y terminó en cuarto lugar en San Pablo, la ciudad más grande del país.

El debilitamiento de Bolsonaro también es evidente en su importante base de apoyo: los profesionales de la seguridad. Los datos del TSE tabulados a petición de la revista Piauíindican que fueron elegidos 50 alcaldes y 807 concejales del área de seguridad. Hubo unos 8.000 candidatos vinculados a las fuerzas de seguridad (Policía y Fuerzas Armadas), lo que supone 10,2% de éxito, un alto porcentaje para un sector específico de la sociedad. Sin embargo, si en 2018 este sector eligió partidos ubicados en la extrema derecha (como el PSL al que entonces adhería Bolsonaro), en 2020 30,2% de los candidatos de la «bala» se postularon por partidos de centroderecha, donde evaluaron que sus posibilidades de ganar podrían ser mayores. También se vieron obligados a cambiar algunas de sus consignas de campaña: por ejemplo, en lugar de anunciar «bandido bueno, bandido muerto» (el lema de campaña de los bolsonaristas hace dos años), pasaron a formular otras propuestas más relacionadas con la vida cotidiana de las ciudades.

Bolsonaro, de todos modos, no ha sido derrotado. Pero ciertamente salió debilitado de estas elecciones, lo que obligará al presidente a buscar alternativas de apoyo si quiere llegar con posibilidades a la carrera electoral en 2022.

La victoria de la derecha tradicional y el centrão

El debilitamiento del bolsonarismo en el plano municipal no implicó, obviamente, una victoria automática de la oposición de izquierda. La derecha tradicional que salió derrotada en 2018 –por ejemplo, Geraldo Alckmin, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB, centroderecha) no llegó a 5%– puede mostrar signos de recuperación, al igual que el denominado centrão, un grupo de partidos políticos que no tienen una orientación ideológica clara y solo tienen como objetivo mantener una relación con el Poder Ejecutivo para que este les garantice ventajas a cambio de apoyo a sus proyectos en el Legislativo.

En siete de las 26 capitales, la elección se decidió en la primera vuelta, con victorias de la derecha y la centroderecha. En las otras 18 capitales, habrá balotaje. Los candidatos que pasaron a la segunda vuelta indican un freno en la ola antipolítica y el voto a fuerzas más tradicionales, lo que demuestra que la capilaridad y la estructura de los partidos siguen siendo relevantes. Demócratas (DEM) es el partido que ha elegido el mayor número de alcaldes en las capitales, con tres alcaldes elegidos, seguido por el PSDB y el Partido Social Democrático (PSD, centro), que fue el partido que más terreno ganó en las 100 ciudades más grandes: tenía seis alcaldes, ya ha garantizado cinco y puede llegar a 19 después de la segunda vuelta.

Las elecciones municipales volvieron a colocar al Movimiento Democrático Brasileño (MDB) a la cabeza del ranking de alcaldías obtenidas por partido (777 de los 5.567 municipios). El Partido Progresista (PP) y el PSD y DEM fueron los que más aumentaron proporcionalmente en número de municipios gobernados en el país. Todos estos partidos también tuvieron un buen desempeño en cuanto al número de concejales elegidos, lo que demuestra que la liberación de fondos parlamentarios del gobierno federal a los diputados a cambio del apoyo a sus proyectos legislativos puede haber tenido un efecto electoral en el ámbito local.

El conservadurismo puede mostrar así signos de cambio de ropa: las máscaras de una extrema derecha antipolítica se cambian a una derecha más tradicional, asociada a lo que en Brasil se denomina la política «fisiológica».

Frentes amplios de izquierda y signos de resistencia

Si el voto a la centroderecha y la derecha indica que el electorado dio señales de que prefiere lo ya conocido frente al extremismo antipolítico, más a la izquierda el electorado mostró que exige renovación y unidad. Aunque estos signos son más contundentes en los concejos municipales, algunas capitales también han expresado este deseo de mantener los sueños de cambio.

Los jóvenes dirigentes menores de 40 años se convirtieron en los grandes protagonistas del campo de la izquierda. Liderando este fenómeno, el candidato a la Alcaldía de San Pablo por PSOL, Guilherme Boulos, de 38 años, alcanzó el 20% de los votos y competirá en la segunda vuelta con el actual alcalde del PSDB. Ya declararon el apoyo al candidato el PT y el Partido Comunista de Brasil (PCdoB). Boulos pertenece al Movimiento de los Trabajadores Sin Techo (MTST) y se ha transformado en una figura capaz de renovar el apoyo a la izquierda.

En el sur del país, en Porto Alegre, Manuela D’Ávila es otra joven candidata de la izquierda que obtuvo una fuerte votación: 29% de los votos válidos. La postulante del PCdoB había acompañado a Fernando Haddad, del PT, como candidata a vicepresidenta en 2018, y ahora tiene como acompañante de fórmula a Miguel Rossetto, un referente del PT. En Recife, la segunda vuelta será disputada por dos primos, ambos menores de 40 años: Marília Arraes (PT) y João Campos (Partido Socialista Brasileño). Este último es hijo de Eduardo Campos, un ex-gobernador de Pernambuco que murió en un accidente de avión cuando se presentaba a la Presidencia en 2014.

No tan joven, pero con un buen resultado producto de un frente amplio bien construido, Edmilson Rodrigues, del PSOL, quedó en primer lugar y pasó al balotaje en Belém do Pará. El PT y el PSOL son algunas de las siglas que más han crecido en la disputa de las alcaldías de las 100 ciudades más grandes del país. Juntos, ambos partidos, que hoy en día no tienen alcaldes en estos municipios, pueden llegar a tener 15 representantes: 13 el PT y dos el PSOL.

Además, en el año del debut de la norma que obliga a los partidos políticos a distribuir los fondos públicos de campaña proporcionalmente entre los candidatos blancos y negros, los negros y los «pardos» tuvieron un avance en la elección de alcaldes: 32% más que en 2016. En cuanto a las mujeres, el aumento fue de 11,7% de todos los alcaldes elegidos en 2016 a 12,1% en 2020. El desempeño, aunque está lejos de reflejar a la población brasileña (mayoría negra, «parda» y femenina), ya es un avance y podría representar una tendencia para las próximas elecciones.

Una encuesta realizada por el diario O Estado de S. Paulo muestra que candidatas que presentaron agendas LGBTI, feministas, antirracistas o de pueblos indígenas fueron elegidas en diferentes regiones de Brasil. Al menos 25 transexuales y travestis fueron elegidas concejales en diferentes municipios, uno de cuyos ejemplos es Erika Hilton (PSOL de San Pablo), la segunda concejala de izquierda más votada de la ciudad.

En Curitiba, Carol Dartora, del PT, fue elegida como la primera concejal negra de la ciudad. En Belo Horizonte, la profesora Duda Salabert (Partido Democrático Laborista, PDT), que es trans, tuvo récord de votos como candidata individual. En Belém, Bia Caminha (PT) salió de las urnas como la concejal más joven de la historia de la ciudad. A los 21 años, se define como una feminista negra y bisexual. Y este escenario se repite prácticamente en todas las capitales. Según los datos de la Asociación Nacional de Travestis y Transexuales (Antra), el aumento de la representación es el resultado de un número récord de candidaturas de este colectivo. Un estudio de la entidad muestra que este año se registraron 294 candidaturas, 25 de ellas elegidas, lo que supone un aumento de 212% en comparación con 2016.

Las candidaturas colectivas también tuvieron buenos resultados: solo en San Pablo hubo dos de naturaleza negra y periférica, como Quilombo Periférico y Bancada Feminista, y Juntas (una candidatura colectiva del MTST) quedó como primera suplente en el PSOL. En Río de Janeiro, el legado de Marielle Franco (una joven concejal del PSOL y activista de derechos humanos asesinada en 2018 por milicias de extrema derecha) también estuvo presente, a través de la victoria de las mujeres de su colectivo en la ciudad.

En Belo Horizonte, el número de mujeres concejales se ha triplicado. En Uberlândia (Minas Gerais), una joven negra fue la más votada de la ciudad. En Contagem (Minas Gerais) y Natal (Rio Grande do Norte), también fueron elegidas dos jóvenes del movimiento estudiantil: Moara Saboia y Brisa Bracchi, ambas del PT. Además, el estado de Roraima eligió por primera vez dos alcaldes y tres vicealcaldes indígenas. Un tercio de las ciudades de ese estado amazónico tenían candidatos indígenas a las alcaldías.

Los mayores índices de desaprobación a Bolsonaro se dan entre las mujeres y los jóvenes de entre 16 y 24 años, y estos grupos de la población están ahora –más que nunca– representados en los espacios de poder local. Aunque estas elecciones han fortalecido a una derecha tradicional y al centrão, no se puede dejar de ver como una victoria el debilitamiento de Bolsonaro y la perspectiva de reconstruir una izquierda de bases más amplias y unitarias, liderada por jóvenes, negros y mujeres con fuerza y capacidad para actualizar un programa democrático para los nuevos tiempos.

Publicado enInternacional
Jueves, 19 Noviembre 2020 05:48

Para qué filosofía en tiempos de pandemia

Para qué filosofía en tiempos de pandemia

En un año en el que la pandemia del nuevo coronavirus ha marcado a la humanidad, y coincidiendo con la celebración del Día Mundial de la Filosofía, nada resulta más oportuno que mostrar al público de qué manera la filosofía puede resultar útil e, incluso, necesaria en tiempos turbulentos. En épocas de gran incertidumbre como la que atravesamos, las principales contribuciones de la filosofía pueden resumirse en dos.

La primera aportación es su capacidad de formular preguntas poderosas. La etimología de la palabra pregunta remite al verbo latino percontare, que en latín clásico significa usar el contus. El contus era una lanza de punta aguzada que los jinetes sármatas utilizaban como arma de combate o instrumento de caza, aunque para los romanos también tenía otros usos. Así, hacía referencia a la vara utilizada por el marinero para medir la profundidad del mar cuando se acercaba a la costa a fin de evitar encallar, pero también se refería al palo gracias al cual las personas ciegas encontraban la ruta adecuada. Tanto el marinero como el ciego echaban mano del contus para tratar de encontrar el mejor camino. De este modo, quien pregunta debe aprender a conducirse, a recorrer caminos que pueden estar llenos de obstáculos. Mediante el acto de preguntar, la filosofía facilita que las personas encuentren caminos transitables y, para ello, nos invita a cuestionar ideas, creencias y valores.

En momentos de crisis planetaria como el actual, necesitamos más que nunca "preguntas fuertes", como las califica Boaventura de Sousa Santos. Se trata de preguntas curiosas, osadas o sorprendentes que dejan al descubierto las raíces históricas y culturales que en un determinado momento condicionan nuestra forma de ser y vivir. Por ejemplo, la pregunta fuerte que el mundo cristiano y colonial moderno se hacía era: ¿cómo podemos convertir a los indios al cristianismo? Luego se impuso la pregunta fuerte de la sociedad industrial y capitalista: ¿cómo podemos crecer más y más? Una pregunta ampliamente rebatida, pero que aún predomina en el imaginario económico desarrollista. En la misma línea, la pregunta fuerte de todo patriarcado es: ¿cómo podemos los varones (especialmente los blancos y heterosexuales) seguir manteniendo nuestro sistema masculino de privilegios?

En el caso del coronavirus, algunas de las preguntas fuertes que pretenden arrojar luz sobre la crisis que ha desatado son: ¿cuál es el futuro reservado a la humanidad? ¿Es posible y deseable regresar a la anterior normalidad de nuestras vidas? ¿Quién se está beneficiando de la pandemia? ¿A quién está perjudicando más? ¿Cuál es la responsabilidad de los humanos en todo esto? El problema es que vivimos en un tiempo en el que predominan las preguntas de baja intensidad, aquellas que se formulan dentro de los límites del orden dominante. Son preguntas que no tienen ningún interés en cuestionar los fallos estructurales del sistema que permiten que haya epidemias y rebrotes capaces de poner en riesgo la salud colectiva. Mafalda, el lúcido personaje infantil creado por Quino, decía que cuando las respuestas no funcionan, es necesario cambiar las preguntas. Las preguntas fuertes son las que nos dan respuestas de largo alcance frente al cortoplacismo en el que estamos instalados.

La segunda gran aportación de la filosofía es su poder para ampliar nuestros horizontes, para ayudarnos a expandir nuestras mentes, nuestra mirada y nuestras emociones, algo particularmente necesario ante un futuro cada vez más complejo e imprevisible. María Zambrano lo explica bien cuando afirma que "la filosofía es mirada creadora de horizonte". Para Zambrano, "lo más humano del hombre es ese abrir el futuro, ensanchando la herida por donde irrumpe la luz, la luz que revela y forma lo que aún no dio la cara, el misterio de las cosas". Debo precisar, sin embargo, que cuando hablo aquí de horizontes no me refiero a un límite visible que el observador tiene forzosamente delante de él. Esta es una perspectiva fruto de una comprensión lineal del tiempo que sitúa el futuro delante y el pasado detrás de las personas. Los pueblos aimaras, por ejemplo, invierten esta relación. Para ellos el pasado se sitúa delante y el futuro detrás del individuo. El pasado está delante porque resulta familiar, es algo que las personas pueden recordar, como una especie de pantalla colocada delante de los ojos cuyas imágenes pueden almacenarse en la memoria visual. El pasado, por el contrario, se localiza detrás porque es incierto y enigmático; es el espacio de lo invisible. Si se piensa bien, la lógica es aplastante: nadie puede contemplar el futuro porque lo único cierto y visible es aquello que ya se ha vivido.

En términos metafóricos, la filosofía se parece a un barco que navega en un mar de preguntas tratando de no naufragar. En ocasiones, la travesía obligará al capitán a detenerse para mirar hacia atrás o hacia delante, para observar horizontes del pasado que quizá nos guiarán mejor hacia los horizontes del futuro. Como nos recuerda el gran Ralph Waldo Emerson: "La salud de la vista parece pedir un horizonte. Nunca nos cansamos, mientras podemos ver bastante". Tal vez la búsqueda de ese horizonte no nos granjeará riqueza, ni fama, ni poder, pero puede que nos proporcione algo infinitamente más valioso que todo lo anterior: una forma de ser, de vivir y de conducirse en un mundo con cada vez menos horizontes, pero, paradójicamente, y al mismo tiempo, en un mundo con cada vez más fronteras.

Por Antoni Aguiló

Filósofo del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra

19/11/2020

Publicado enCultura
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