Un alegato en favor de la política identitaria feminista

Desde un principio, el movimiento feminista se enfrentó al desafío de definir el sujeto político mujer y proclamar características en común a través de las cuales pudiera definirse a sí mismo. O para decirlo de otra manera: ¿por quién lucha realmente el feminismo? Y viceversa: ¿quiénes están (o se sienten) excluidos?

 

 «Nadie soporta a las feministas», se dice en la serie Mrs. America, que muestra la lucha política por la Enmienda para la Igualdad de Derechos (Equal Rights Amendment) en la década de 1970, una enmienda constitucional que supuestamente garantizaría la igualdad de derechos para las mujeres en Estados Unidos. La frase lo sintetiza bastante bien, ya que no solo hay tradicionalmente resistencia a las demandas feministas en los reaccionarios de derecha: mucha gente de izquierda también insta una y otra vez a recordar que la demanda central es de igualdad social y justicia social, y a no dejarse dividir por los supuestos «intereses particulares» de movimientos individuales como el feminismo o Black Lives Matter. En especial desde la derrota de Hillary Clinton en las elecciones por la Presidencia en 2016, se ha generalizado el argumento de que últimamente los liberales de izquierda solo se han centrado en reclamos de minorías. Se dice que en la lucha contra la discriminación se han dejado de lado la desigualdad social y la lucha contra ella. Finalmente, se aduce también que este proceso ha promovido asimismo el triunfo global de la derecha populista y la ultraderecha, si no es que ha sido el culpable de tal triunfo.

«Política identitaria» es el tan trillado eslogan que supuestamente explica la atomización y la falta de alianzas dentro de los movimientos de izquierda. Este término parecería reemplazar como nuevo eslogan la reaccionaria expresión de batalla «corrección política», muy popular desde hace varias décadas. Pero en ambos casos se trata de un intento –y esta es la tesis central del presente texto– de desacreditar y deslegitimar políticas emancipatorias que difícilmente podrían ser mayoritarias en la puja democrática.

Por cierto, la crítica a la política identitaria no es nueva. El feminismo ha trabajado incansablemente durante casi 150 años en la famosa «contradicción fundamental», es decir, la explotación capitalista, con cuya eliminación todas las demás formas de opresión desaparecerían naturalmente. Incluso los primeros socialistas exigían que las compañeras hicieran el favor de cesar sus quejas feministas y cerraran filas. Una vez establecido el socialismo –se decía–, la opresión de las mujeres también se resolvería por sí sola porque era tan solo una «contradicción secundaria». Un pronóstico que, como es sabido, no se ha cumplido.

Más bien, fueron precisamente esos movimientos que habían sido despreciados por ser «política identitaria» los que se opusieron a esa opresión. Porque sin política identitaria habría una alta probabilidad, por ejemplo, de que siguieran vigentes las leyes Jim Crow, que rigieron en el sur de Estados Unidos durante el periodo comprendido entre la abolición de la esclavitud en 1865 y el final (oficial) de la segregación racial a mediados de la década de 1960: entre otras cosas, las mujeres seguirían sin poder votar y la homosexualidad sería aún una conducta punible.

Y estas luchas elementales contra la discriminación y por la igualdad de derechos tampoco deben, contrariamente a las críticas, separarse de las luchas por la igualdad social y la justicia social. A diferencia de la política identitaria de derecha, que trata de asegurar privilegios y la exclusión de minorías, la política identitaria de izquierda lucha por la participación y la inclusión. Tampoco es una forma de protesta que una haya elegido, sino esencialmente una reacción ante la discriminación. Reacciona al hecho de que determinadas características (no todas necesariamente negativas) son asociadas a un supuesto colectivo. Esto significa, por ejemplo, que las mujeres son consideradas irracionales, pero al mismo tiempo son asociadas a una mayor emocionalidad y empatía. Estas atribuciones colectivas son históricamente contingentes, pueden cambiar y, a veces, incluso directamente contradecirse. Las personas son reunidas así, en un grupo que supuestamente forma una «unidad» propia: «identidad» proviene del latín idem, que significa «lo mismo». Esta unidad es algo que fija la sociedad. Las personas que se encuentran en ella no son realmente «las mismas». Así, fue el racismo el que creó el constructo race y no al revés, tal como escribe Ta-Nehisi Coates en el prefacio de El origen de los otros, de Toni Morrison. Por lo tanto, se trata a las personas como colectivos sin que estas hayan decidido pertenecer a tal colectivo.

Esta atribución colectiva tiene consecuencias enormes que el individuo debe soportar pero que solo surgen por la pertenencia atribuida: una determinada mujer experimenta el «techo de cristal» no porque haya hecho algo mal al planificar su carrera individual, sino porque, como parte del colectivo «mujeres», está expuesta a la discriminación estructural; si bien los fascistas dan golpizas a personas concretas individuales, estas experimentan esa violencia porque con anterioridad fueron colectivizadas racialmente. Entonces, si la discriminación y la opresión funcionan siempre y exclusivamente de manera colectiva, es lógico defenderse también contra ellas de manera colectiva.

El Combahee River Collective acuñó la expresión «política identitaria» en 1977. En una declaración programática, esta asociación de lesbianas negras anunció: «Creemos que la postura política más profunda y tal vez la más radical surge directamente de nuestra propia identidad». Esto significaba que la opresión específica que experimentaban en concreto como lesbianas negras se podía combatir mejor a partir de su situación específica como lesbianas negras, y que la podían combatir conjuntamente. Estas mujeres no se reconocían en una política de izquierda que tenía principalmente al trabajador industrial masculino como figura modélica del proletariado. Porque la realidad de la vida de este trabajador no se correspondía con la situación vital de ellas ni con sus vivencias de explotación.

La palabra «colectivo», que probablemente no por casualidad forma parte del nombre del Combahee River Collective, es central. Pero reaccionar como un colectivo a la opresión experimentada por un conjunto requiere, en primer lugar, la aceptación de esta atribución y esta pertenencia determinadas desde afuera. Esta obligada aceptación va acompañada de una autodefinición y una redefinición de la identidad colectiva asignada. La subordinación experimentada, junto con los atributos despectivos, debería convertirse ahora en una entidad colectiva con connotaciones positivas, autoelegida y autoempoderante: las mujeres ya no son el «sexo débil», sino fuertes y autodeterminadas, negro ya no es peor que blanco, sino que «Black is beautiful», el «orgullo gay» hace que «homosexual» deje de ser un improperio, etc.

Sin embargo, el dilema central de cualquier política identitaria de izquierda sigue siendo tener que referirse positivamente a categorías que en realidad son la causa de la discriminación. Por lo tanto, la política identitaria se caracteriza por una ambivalencia fundamental entre el rechazo y la afirmación de la identidad. La afirmación conlleva un gran peligro de la política identitaria: el de la esencialización. Pues las asociaciones sexistas y racistas, por ejemplo, a menudo son ambivalentes y peyorativas: las mujeres son vistas como empáticas y cariñosas, los varones negros como fuertes y potentes. Por lo tanto, es grande la tentación de incluir estas atribuciones contingentes que se hacen desde afuera en el propio diseño de la identidad y de esencializarlas, es decir, declararlas como características esenciales. Lo afro asumido con seguridad en una misma es tan indisolublemente parte de la negritud como el elogiado útero es parte de ser mujer. A la inversa, esto significa que quedan excluidas aquellas que no tienen la estructura capilar necesaria o, como las mujeres trans, carecen del órgano requerido. La identidad colectiva asumida deja de ser entonces un constructo auxiliar que finalmente surge de la legítima defensa. Más bien postula y vuelve a manifestar diferencias esenciales donde en realidad no las hay.

El ejemplo de los movimientos feministas, que fueron y son movimientos centrales en las políticas identitarias, muestra de manera particularmente vívida lo arduo que es buscar una esencia identitaria. «¡¿No soy una mujer?!», preguntaba la ex-esclava Sojourner Truth en 1851. Con su famoso discurso «And ain’t I a woman?!", denunció, durante una convención sobre los derechos de la mujer en Ohio, que el movimiento feminista estadounidense, que acababa de nacer, no incluía en su demanda de emancipación a las negras ni a las mujeres esclavizadas, incluso pese a que el movimiento feminista estadounidense se había inspirado, sobre todo, en la lucha de los hombres y las mujeres abolicionistas por la supresión de la esclavitud.

La crítica de Sojourner Truth marcó así el comienzo de un argumento que recorre como un hilo rojo la historia del feminismo: ¿por quién lucha realmente el feminismo? ¿Quiénes eran exactamente «las mujeres» cuyos derechos defendía? O formulando la pregunta al revés: ¿quién era excluida? Desde un principio, el movimiento feminista se enfrentó al desafío fundamental de definir el sujeto político mujer y proclamar características en común a través de las cuales ese colectivo pudiera definirse a sí mismo. Al igual que con Sojourner Truth, esta identificación fracasó (y sigue fracasando) no solo por el color de la piel: el fracaso reconoce las más diversas razones a lo largo de la historia del feminismo. Las trabajadoras se sentían excluidas del feminismo burgués y las feministas del Sur global se sentían excluidas del feminismo occidental, las lesbianas rechazan el feminismo de las feministas heterosexuales por ser excluyente, etc.

Un conflicto básico central del Primer Movimiento Feminista, que surgió en la segunda mitad del siglo XIX, fue inicialmente el antagonismo entre trabajadoras y feministas burguesas. Desde entonces se ha intentado combinar la cuestión social con la «cuestión de la mujer», es decir, la política de clases con la política identitaria. Porque a pesar de todos los antagonismos y conflictos de intereses, hay innumerables ejemplos que muestran que las políticas identitarias, tanto en la teoría como en la práctica política, no se oponían en modo alguno a la política de clases.

Los movimientos feministas siempre han denunciado la pobreza femenina y han formulado una elaborada crítica a la economía con la que, entre otras cosas, exigieron el reconocimiento del trabajo reproductivo y una redistribución radical del trabajo remunerado y no remunerado. En una entrevista con el periódico ak - analyse & kritik en 2017, la feminista marxista Silvia Federici criticó lo anticuada que es la idea de esta contradicción (política identitaria versus lucha de clases): «La idea de que hay cultura por un lado y lo real por el otro es parte de una concepción muy paleomarxista, paleolítica, de lo que es explotación y acumulación. Básicamente, esta concepción todavía ve la acumulación principalmente en la fábrica y todo lo demás es 'cultural'».

El deseo de formar alianzas en vista de una izquierda dividida y fragmentada es comprensible y generalizado. El malestar por la multiplicación indiferenciada de categorías de discriminación inquieta a muchos críticos y críticas de izquierda de las políticas identitarias. Pero los llamamientos a la unidad y a dejar estratégicamente atrás las diferencias son desacertados, pues estas diferencias existen y son enormes. Por lo tanto, la solución para una política identitaria de izquierda implica no negar estas diferencias ni evaluarlas necesariamente como divisivas y disolventes. Como toda política identitaria, también debe reconocer que la propia homogeneidad es solo una ficción auxiliar y debe afirmar la diferencia como característica constitutiva e incluso constructiva.

Este reconocimiento trae consigo una gran oportunidad: a fin de cuentas, la crítica de la política identitaria de las minorías es precisamente la fuerza y no la debilidad de los movimientos de izquierda. La política identitaria de izquierda quiere superar las marginaciones para trabajar en forma mancomunada por una mayor justicia para cada vez más personas. Y en vista de las actuales invectivas, es extremadamente importante tener en cuenta este logro histórico. Así, el objetivo de la política identitaria de izquierda no es la división, sino más bien lo que supuestamente se impide: la solidaridad.

Fuente: Neue Gesellschaft-Frankfurter Hefte

Traducción: Carlos Díaz Rocca

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125 residentes de Stockton reciben 500 dólares mensuales por dos años.

En qué gastan el dinero los ciudadanos que reciben un subsidio estatal

El experimento de la ciudad de Stockton prueba que utilizaron para pagar deudas, aplicar a trabajos y capacitarse para conseguir empleos de mayor calidad.

 

Un grupo de 125 residentes de Stockton, una ciudad de California, recibieron durante un año 500 dólares mensuales que podían gastar en lo que querían; y lo utilizaron para pagar deudas, aplicar a trabajos y capacitarse para conseguir empleos de mayor calidad. El experimento durará dos años y tiene como objetivo evaluar si el otorgamiento de una Renta Básica Universal disminuye el incentivo a buscar empleo. Para entenderlo en criollo, buscar saber si "todos los pobres son vagos y planeros". 

El experimento se denominó Demostración de Empoderamiento Económico de Stockton(SEED, según sus siglas en inglés) y fue promovida por el ex alcalde de la ciudad, aunque financiada por donantes filantrópicos de manera privada, incluida una organización sin fines de lucro dirigida por el cofundador de Facebook, Chris Hughes.

Consistió en seleccionar al azar a 125 residentes de la ciudad con un salario medio igual o menor a 46 mil dólares para transferirles 500 dólares mensuales sin condiciones: se les permitió gastarlo como les pareciera conveniente y no estaban sometidos a ningún test de drogas, entrevistas o requisitos laborales. También se seleccionó aleatoriamente un grupo de otras 200 personas demográficamente similares para comparar la evolución en los dos años que dura el experimento. 

Los resultados preliminares a un año de comenzado el ensayo juegan a favor de la Renta Básica Universal: al comienzo, 28 por ciento de los que recibían el pago tenían un empleo a tiempo completo. Doce meses después, la cifra ascendió al 40 por ciento. En el grupo de control, un 32 por ciento trabajaba a jornada completa al empezar el estudio, y un año después solamente había subido al 37 por ciento.

La categoría de gasto más grande cada mes fue comida, seguido de ventas / mercadería (que probablemente también fueron compras de alimentos al por mayor en hipermercados). Otras categorías principales cada mes fueron el pago de servicios públicos y cuidado del automóvil o transporte. Menos del 1 por ciento de las compras fueron para tabaco y alcohol.

Más allá del resultado en términos materiales, también resultó positivo para la salud mental. En el informe de resultados del estudio se incluyen algunas experiencias particulares.

"Me quedé en un matrimonio abusivo por mucho más tiempo del que debería haber estado, porque no tenía los fondos ni los medios para irme ", explica Chelsea y agrega que si algo como SEED hubiera aparecido antes en su vida, habría podido dejar esa relación varios años antes. Con los 500 dólares, decidió saldar y adelantar los pagos para asegurar la guardería de sus hijos. 

Uno de los participantes explicó cómo los pagos en efectivo le permitieron realizar una pasantía no remunerada que finalmente lo llevó a un trabajo remunerado. Otro explicó que el pago le permitió reducir sus horas de trabajo para capacitarse para ser martillero y conseguir un mejor empleo. 

Si bien se discute en términos teóricos hace años, el dilema de la Renta Básica Universal se instaló con fuerza en Estados Unidos después de que uno de los precandidatos demócratas, el empresario Andrew Yang, anunciara que financiaría un programa de este estilo como parte de su campaña: le entregaría mil dólares por mes a diez familias por el plazo de un año.

Con la crisis causada por la Covid-19, varios países comenzaron a poner en agenda la posibilidad de otorgar una Renta Básica Universal. Argentina no fue la excepción y, en diálogo con Página 12, el ministro de Desarrollo Social Daniel Arroyo dejó en clara su postura: "Estoy muy a favor de una renta básica universal acompañada de trabajo social garantizado y acceso a los servicios básicos". Y explicó que siempre la pensó no como una renta básica al “modelo europeo”, continente en que existe más que nada un problema de ingresos, sino agregándole la complejidad que la situación argentina demanda: tiene que estar asociada al trabajo. "A mí me parece que no se puede entender el problema social argentino sin vincular trabajo, ingresos y acceso a servicios. Escindir una de la otra es claramente un error", concluyó el ministro. 

La idea pura de una Renta Básica con las características de general, no condicionada y permanente no existe en ninguna parte del mundo. Las medidas más cercanas son en Alaska, Estados Unidos, que distribuye cada año a todos sus ciudadanos las ganancias por la actividad petrolera. También en Finlandia y en algunos casos a nivel local en California. Si bien podría funcionar en su manera pura para lugares poco poblados, el gasto que esto implica para sostenerlo a nivel país se hace inaplicable. Por eso aparecen variantes que se adaptan a la idiosincrasia y capacidad de cada país. 

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¿Izquierda democrática o liberalismo de la Guerra Fría?

Si la izquierda tiene alguna esperanza de alcanzar sus objetivos, debe desafiar el legado intelectual del liberalismo de la Guerra Fría y crear un nuevo marco basado en ideales genuinamente democráticos e igualitarios.  

 

Si la guerra es la fuerza que nos da sentido, como escribió Chris Hedges en su famoso libro, ¿qué propósito queda en pie cuando se ha ganado la batalla final? Esta pregunta incomodó a muchos intelectuales estadounidenses al finalizar la Guerra Fría, cuando Estados Unidos asumía una posición geopolítica sin contrincantes a su altura.

Para aquellos que permanecieron demasiado tiempo en las trincheras ideológicas, era imposible dejar esa cuestión atrás. Escépticos de la idea de que los desafíos enfrentados por Estados Unidos podían resolverse mediante ajustes tecnocráticos, les costaba creer que ahora el país estaría a salvo. Durante tres décadas, estos personajes han estado preparados para hacer sonar la campana ante la aparición de nuevos enemigos en el horizonte. Esta postura belicosa es un significativo legado del liberalismo de la Guerra Fría, un posicionamiento político sobre el que aún existen disputas interpretativas, aunque las condiciones históricas que lo originaron sean claras.

Antes de la Primera Guerra Mundial, ser liberal significaba generalmente defender valores universales y el racionalismo. Los liberales tenían una perspectiva optimista sobre la naturaleza humana y creían en el progreso histórico. Pero el ascenso de los regímenes fascistas y la movilización de fuerzas militares mundiales requeridas para acabar con el nazismo le asestaron un golpe a esta visión. Como secuela de la Segunda Guerra Mundial, surgieron nuevas amenazas con la Unión Soviética de Stalin, la China de Mao y luego la Cuba de Castro. Si el liberalismo tenía alguna chance de sobrevivir, tendría que volverse más agresivo en su defensa de la libertad en contra del espectro del totalitarismo comunista. Para los intelectuales de la Guerra Fría, tanto fuera como dentro de la academia, la democracia liberal no estaba destinada a triunfar. Era frágil y necesitaba una defensa constante.

Intelectuales y decisores políticos como W.W. Rostow, John Kenneth Galbraith y Isaiah Berlin creían que la seguridad de los pueblos dependía de la predisposición del gobierno estadounidense a proyectar ideales democráticos –y exhibir su poderío militar– en el extranjero. Historiador y seguidor de John F. Kennedy, Arthur M. Schlesinger Jr. escribió en 1950 que los estadounidenses debían aceptar «la necesidad de asumir amplias e indefinidas responsabilidades e intervenciones en el exterior» como resultado de la «nueva posición histórica de Estados Unidos como potencia en el mundo libre».

Los liberales de la Guerra Fría depositaron su fe en los militares y dependieron del presupuesto destinado a ellos para obtener beneficios sociales –empleo, crecimiento económico y compromiso cívico– ante la ausencia de un Estado de Bienestar más amplio. La lucha contra el comunismo en el exterior también dio visibilidad al problema de la desigualdad racial interna. Como sostuvo el secretario de Estado Dean Acheson en 1947, «la discriminación hacia los grupos minoritarios en el país tiene un efecto adverso en nuestras relaciones con otros países». El realismo político llevó a los liberales a tomar medidas para combatir el racismo, como el reconocimiento de los derechos civiles de los afroestadounidenses, el impulso al fortalecimiento de los sindicatos y la promoción del pleno empleo mediante los mecanismos del Estado de seguridad nacional.

Para competir con los soviéticos, los liberales de la Guerra Fría concibieron un proyecto de financiación masiva de la educación universitaria con apoyo federal, para que los estadounidenses de clase media y trabajadora asistieran a la universidad con el fin de incrementar la mano de obra calificada. También apoyaron el servicio militar obligatorio para todos los ciudadanos varones. Una población bien formada y educada, comprometida con la defensa de Dios y de la patria era el único medio para preservar la república estadounidense.

Tres décadas después de la caída de la Unión Soviética, muchos de los principios intelectuales del liberalismo de la Guerra Fría continúan entre nosotros. Figuras públicas e intelectuales, desde Francis Fukuyama y Steven Pinker hasta George Packer y Mark Lilla, siguen escribiendo sobre la fortaleza psicológica necesaria para confrontar a los enemigos de la democracia. Esta ideología cobró nueva vida en la era Trump y cambió para amoldarse a las ansiedades públicas sobre el futuro de la democracia. Si bien no se oponen a la democracia social o al Estado de Bienestar, los nuevos liberales de la Guerra Fría no defienden los derechos sociales y económicos con el mismo celo que sus predecesores y prefieren enfocarse en acontecimientos que suponen una amenaza a su visión del mundo.

Estas figuras tuvieron un primer resurgimiento después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, pero cuajaron como un bloque ideológico más coherente después de las elecciones de 2016. Los une su oposición a las «políticas de la identidad»; el temor de que las democracias liberales se encuentren a la defensiva, enfrentando la arremetida de gobiernos autoritarios, especialmente en Rusia y China; y la preocupación por una población apática y desinformada que confía en la circulación desregulada de desinformación en las redes sociales.

A pesar de su fortaleza moral, los académicos, los intelectuales públicos y los expertos de estos círculos demostraron estar mal preparados para hacer frente a los desafíos de una pandemia global exacerbada por la austeridad neoliberal, el racismo antinegro y la desigualdad extrema. El liberalismo de la Guerra Fría se convirtió hoy en una ideología zombi. Sus políticas se reducen a estar preparados: el deseo de inculcar una urgencia bélica en el cuerpo político, exigiendo sacrificio sin solidaridad e introspección individual como camino hacia la libertad. Mientras tanto, considera que proyectos como el acceso universal a la salud, el Green New Deal (Nuevo Pacto Verde) y la educación universitaria gratuita son una distracción innecesaria de la promoción de la democracia en el país y en el exterior.

Si la izquierda tiene alguna esperanza de alcanzar sus objetivos, debe desafiar el legado intelectual del liberalismo de la Guerra Fría y crear un nuevo marco basado en ideales genuinamente democráticos e igualitarios.  

La universidad de la Guerra Fría

El Estado de seguridad nacional proporcionó una base material y un contexto intelectual para la actitud vigilante del liberalismo de la Guerra Fría. El sector militar y las universidades estadounidenses se acercaron durante la Segunda Guerra Mundial, aunque fue el ingreso de Estados Unidos a la Guerra de Corea en 1950 lo que precipitó una relación institucional casi permanente. Los fondos del Departamento de Defensa ingresaron en universidades como el Instituto de Tecnología de Massachussetts (MIT) y la Universidad de Stanford para el desarrollo de productos militares de alta tecnología. El gasto del Pentágono financió la expansión de la educación superior y mejoró los salarios de los profesores. Además, la Ley de Educación para la Defensa Nacional de 1958 proporcionó préstamos estudiantiles a bajo interés para mejorar «la calidad y cantidad de mano de obra requerida para satisfacer las necesidades de defensa nacional de Estados Unidos» hasta bien entrada la década de 1970.

La universidad de la Guerra Fría ayudó a engendrar, usando la frase de Galbraith, una «sociedad acomodada» dependiente del vínculo entre producción intelectual y seguridad nacional. Llevó la educación superior a las masas, sobre todo a través de la G.I. Bill (Ley del Soldado) de 1944. También estableció conexiones intelectuales que aún hoy continúan resonando. El desarrollo de programas de area studies, enfocados en regiones geográficas específicas, creó, por ejemplo, una clara vía para que la academia estadounidense ingresara en los círculos de diseño de políticas del Departamento de Estado y de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), al tiempo que consagró perspectivas orientalistas sobre la raza y la política exterior. En términos más generales, muchos de los humanistas académicos más importantes e influyentes de la época –historiadores como Schlesinger y Richard Hofstadter, o filósofos como Reinhold Niebuhr, Sidney Hook y Hannah Arendt– estaban comprometidos con un consenso liberal que ponía el acento en los aspectos comunes compartidos por todos los ciudadanos democráticos, especialmente en Estados Unidos. Combinada con el Temor Rojo (Red Scare), que purgó cientos de profesores de izquierda en la década de 1950, la universidad de la Guerra Fría produjo un entorno intelectual conformista.

Ese consenso se convirtió en blanco de críticas en los años 60 y 70. La Nueva Izquierda cuestionó tanto las conexiones institucionales de la universidad con el Estado de seguridad así como la cultura del conformismo que reflejaba. Los pensadores de la Escuela de Fráncfort, como Herbert Marcuse y Theodor Adorno, junto con sus colegas estadounidenses como C. Wright Mills, ofrecieron una crítica de nuevo cuño en torno de la militarización de la universidad y su lugar en lo que Mills denominó la «elite del poder». La reacción negativa a la Nueva Izquierda tuvo como consecuencia una contrarrevolución en las ideas; muchos liberales de la Guerra Fría se reconvirtieron en intelectuales neoconservadores temerosos de que el radicalismo estudiantil significara un nuevo relativismo moral –un desprecio por la religión, el individualismo liberal y una sociedad sustentada en un orden discernible–. Como sostuvo Irving Kristol en un ensayo de 1973: «El enemigo del capitalismo liberal hoy en día no es tanto el socialismo como el nihilismo».

El fin de la Guerra Fría hizo poco por apaciguar a los defensores del orden liberal. Ahora advertían que el posmodernismo se estaba extendiendo como una epidemia por los campus del país, dejando a las impresionables mentes jóvenes confundidas y sin norte. Como sostuvo el historiador Tony Judt en su libro de 1992 Pasadoimperfecto: «La deconstrucción, la posmodernidad, el posestructuralismo y su progenie prosperan, por inverosímil que sea, de Londres a Los Ángeles». A Judt también le molestaba la persistente fascinación de la academia estadounidense con el marxismo francés. El intelectual francés al que más admiraba era el liberal Raymond Aron: el principal opositor a la escena marxista francesa y un conocido crítico del movimiento de protestas estudiantiles y huelgas obreras del Mayo francés.

Fukuyama se hizo eco de estas críticas, calificando de «puras sandeces» los dichos de los académicos que apoyaban «una especie de relativismo nietzscheano que postulaba que no existe la verdad (…) y aun así estaban comprometidos con una agenda esencialmente marxista». Lilla escribió ensayos en el que advertía sobre las mentes posmodernas insensatas de Jacques Derrida, Michel Foucault y Martin Heidegger. El neoconservador Roger Kimball culpó al posmodernismo de corromper la educación superior en su polémico Tenured Radicals de 1990.

Estas críticas se basaban en la creencia de la Guerra Fría de que las instituciones de educación superior de elite tenían la responsabilidad intelectual de impartir las virtudes de la ciudadanía estadounidense y los valores del consenso.

Combatir el mal después del 11 de septiembre

La preocupación por el posmodernismo se vio rápidamente eclipsada por los atentados del 11 de septiembre de 2001. Los académicos y especialistas apelaron a la sabiduría del liberalismo de la Guerra Fría para derrotar al enemigo encarnado en el islam radical. Decepcionados de que algunas figuras de la izquierda liberal hubieran adoptado una postura antibélica, libros destacados, como The Good Fight: Why Liberals—and Only Liberals—Can Win the War on Terror and Make America Great Again (2006), de Peter Beinart, abogaban por la rehabilitación de los ideales del siglo XX (los liberales, y solo los liberales, pueden ganar la guerra contra el terrorismo y hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande, proclamaba el título del libro). Para Beinart, Cold Warriors como Galbraith, Schlesinger y George F. Kennan mostraron de qué modo los liberales podían combinar un estridente anticomunismo con un compromiso con las oportunidades económicas.

En respuesta a los críticos que argumentaban que su proyecto no se diferenciaba del neoconservadurismo de la administración Bush, Beinart escribió que los liberales, a diferencia de los conservadores, sabían que Estados Unidos podía ser corrompido por el poder. Los liberales «buscan los límites que los imperios rechazan», saben que «la democracia es algo que perseguimos más que algo que encarnamos» y «la promovemos no simplemente exhortando a los demás, sino luchando contra el mal en nosotros mismos». En relación con esto último, Beinart tenía en mente al teólogo protestante Reinhold Niebuhr, también favorito de Barack Obama.

En 2007 Obama le dijo a David Brooks que a él lo había inspirado «la idea convincente de Niebuhr de que existe un terrible mal en el mundo, dolor y adversidad. Y debemos ser humildes y modestos en nuestra creencia de que podemos eliminar esas cosas. Pero no debemos usar eso para justificar el cinismo y la inacción». Los asesores en seguridad nacional de Obama describieron su política exterior como «pragmatismo por encima de la ideología». En la práctica, eso significó a menudo una política exterior con más continuidades que rupturas con la guerra contra el terrorismo de Bush.

Trump, el agente subversivo

La era Obama –con sus llamamientos al consenso moral, la proyección algo contenida del poder estadounidense y su limitada adhesión al reformismo en materia de política social– fue una época de relativa satisfacción para los liberales de los últimos tiempos de la Guerra Fría. La elección de Donald Trump, por el contrario, trajo consigo renovados llamamientos a la defensa urgente de la democracia liberal. Los intelectuales liberales pidieron una posición no partidaria de resistencia a las medidas del gobierno de Trump tanto en el ámbito nacional como en el internacional. El flagrante nativismo y la xenofobia que Trump representaba y aprovechaba fueron comparados con el ascenso del fascismo; las comparaciones entre Trump y Hitler abundaron entre los analistas políticos. Y las conexiones de Trump con Rusia, junto con la intromisión de Moscú en las elecciones de 2016 a favor de su campaña, suscitaron la preocupación de que el presidente fuera un agente subversivo a las órdenes de Vladímir Putin, dispuesto a poner en jaque la democracia ya sea por chantaje ruso o por interés financiero personal.

La narrativa poselectoral de que Trump era tanto un fascista como el candidato torpe de Manchuria (una referencia a la novela de Richard Condon, llevada al cine) reflejaba el legado del liberalismo de la Guerra Fría. Trump comenzó a ser asociado con ambas formas de totalitarismo –el comunismo soviético y el nazismo– convirtiéndose en una especie de amenaza contradictoria. La destitución de Trump era por ello esencial para defender los intereses de la seguridad nacional; su presidencia significaba un peligro de gran alcance para la democracia estadounidense en términos globales.

Varios académicos presentaron a Trump como una amenaza a la seguridad nacional. En su libro de la extensión de un panfleto, Sobre latiranía, Timothy Snyder ofreció lecciones aforísticas de la historia del siglo XX –«defiende las instituciones»; «establece contacto visual y habla poco»– diseñadas para blindar a los estadounidenses contra un esfuerzo inminente por establecer las condiciones para el control autoritario. Politólogos como Yascha Mounk y Larry Diamond situaron la vigilancia individual en el centro de la política, al tiempo que restaron prioridad a la política de masas y la justicia social. Mounk denunció la amenaza del populismo contra la democracia liberal, tanto en la derecha como en la izquierda. Los populistas de izquierda «no se consideran a sí mismos autoritarios», pero a Mounk le preocupa que a los izquierdistas les resulte «muy tentador abolir instituciones independientes como los tribunales, suprimir las voces críticas en la prensa y concentrar cada vez más poder en sus propias manos».

Para muchos liberales, la oposición a Trump se convirtió en un deber cívico que requería poner el país por encima de los partidos. Rehuyeron a la división en favor de la unidad, sin importar los antecedentes políticos de cada uno antes de 2016. En este contexto surgió una renovada crítica de la política de la identidad. En su libro The Once and Future Liberal, Lilla arremetió contra los liberales y la izquierda por abrazar «el movimiento de la política de la identidad, por perder el sentido de lo que compartimos como ciudadanos y lo que nos une como nación». Fukuyama siguió el mismo camino, argumentando que la política de la identidad refleja una «necesidad de reconocimiento» que no logra responder por y trabajar en favor de «un entendimiento universal de la dignidad humana». Académicos como Lilla y Fukuyama relanzaron críticas de larga data sobre el posmodernismo y las dirigieron a la política de igualdad de género, racial y sexual en la era Trump. El «deconstruccionismo» y el «pluralismo cultural», para usar los términos de Lilla, rebasaron la virtud cívica y las nociones corrientes de libertad. En primer lugar, la política de la identidad habría llevado a los votantes blancos a votar por Trump y habría cerrado la posibilidad de un movimiento capaz de restaurar la democracia que este corrompió. Sin embargo, en lugar de procurar una política de resistencia, sus críticas dieron pábulo a los defensores del trumpismo, culpando a la oposición de izquierda por su ascenso.

China y la «Nueva Guerra Fría»

El temor al populismo de izquierda y al trumpismo patrocinado por Rusia coincidió con la preocupación por un renovado conflicto con China. Muchos advirtieron sobre una «segunda» o «nueva» Guerra Fría, citando el crecimiento económico de China en las últimas dos décadas, su poderío naval en el Mar de la China Meridional y planes de desarrollo económico como la Iniciativa de la Franja y la Ruta en el Sur global como prueba de la competencia entre grandes potencias. Los nuevos Cold Warriors también expresaron su preocupación por el régimen de gobierno de Xi Jinping y su capacidad para exportar un «modelo autoritario» que rivalizaría y acabaría eclipsando la promoción estadounidense del capitalismo global basado en el liberalismo y la democracia.

Mientras que los conservadores ven una potencial amenaza de China principalmente en términos geopolíticos, los liberales de la Guerra Fría apelan a los derechos humanos para defender una postura agresiva. Argumentan que el historial bien documentado de abusos de derechos humanos en China, en concreto, el trato que reciben los musulmanes uigures –que incluye tortura, esterilización forzada e internamiento en la provincia de Xinjiang– exige una intervención. El año pasado, en un artículo de The Guardian, el historiador británico Timothy Garton Ash bregó por una idea de seguridad nacional proyectada a través de la promoción de los derechos en el país y en el exterior. Garton Ash sostuvo que «el liderazgo del Partido Comunista chino bajo Xi Jinping» auguraba «un largo recorrido» de conflictos por delante.

Al igual que los Cold Warriors de antaño, los halcones en relación a China consideran que Estados Unidos no solo debe renovar su política exterior, sino también reorganizar su política interior y su economía política para hacer frente a la amenaza. El país entero debe estar en pie de guerra. Para vencer a China, sostiene Garton Ash, se necesitarán «todos los conocimientos que podamos obtener sobre la historia, la cultura y la política china y asiática en general». Así como ocurrió durante la Guerra Fría, la seguridad nacional proporciona las bases para el proyecto de ampliación de una educación superior asequible que alcance a más estadounidenses. Pero en una época en que la academia ha sido vaciada por recortes presupuestarios, no deberíamos esperar que la universidad de la Nueva Guerra Fría amplíe los horizontes educativos de la clase trabajadora estadounidense. La batalla con China sobre quién aportará el conocimiento para impulsar la hegemonía en los campos de la ciencia y la tecnología probablemente profundizará la desigualdad educativa que ha crecido con el ascenso de la «elite meritocrática» en la era neoliberal.  

Si se produce un refuerzo para competir con China, podemos esperar que las elites de la seguridad nacional se entrecrucen con los críticos de la política de la identidad, muchos de cuyos profesionales trabajan en áreas consideradas ajenas a los intereses nacionales.

El fin de una era

El liberalismo de la Guerra Fría, argumenta el historiador Samuel Moyn, coloca el temor al colapso de la libertad en el centro del pensamiento político. Fuerzas hostiles en el exterior, como el islam, Rusia y China, sumadas a enemigos internos como el posmodernismo, la política de la identidad y el populismo, buscarían socavar los valores democráticos liberales. Para repeler estas amenazas, los liberales de hoy prefieren el Estado de seguridad a cualquier compromiso de las instituciones con la redistribución económica, y la formación efectiva de las futuras elites en las universidades más prestigiosas del país a un programa de educación pública inclusiva. Rechazan la propuesta de la izquierda de avanzar sobre las causas subyacentes de la desigualdad e inseguridad que producen condiciones políticas desestabilizadoras. En lugar de un plan económico, el liberalismo de la nueva Guerra Fría ofrece consignas vacías, como «confíen en los expertos». Pero si hay algo que la victoria de Trump demostró es hasta qué punto quedó atrás la visión de la Guerra Fría sobre la pericia tecnocrática. Hay muchos que ya no están dispuestos a confiar en una elite educada.

A su vez, los liberales de la Guerra Fría desconfían de las masas. Ven no solo a los votantes de Trump, sino también las masivas manifestaciones y movimientos en contra de la supremacía blanca y la desigualdad económica, como señales de que el populismo está poniendo en aprietos a la democracia. La furia por el «antiliberalismo» de las protestas de Black Lives Matter, por la resistencia de los activistas de participar del toma y daca en las pujas de prestigio entre la elite, se consolida como la base del esfuerzo para mantener vivo y pujante el statu quo neoliberal.

Llegó el momento de reflexionar. Hoy, pensar de manera innovadora sobre educación, economía y política requiere de una ruptura con las preocupaciones que guiaron al liberalismo de la Guerra Fría. Las generaciones más jóvenes sin una memoria viva de la Guerra Fría heredaron las guerras perpetuas del país y su constante tendencia a priorizar el capitalismo por sobre una democracia genuina. Existen señales esperanzadoras de que están listos para superar la política del miedo y la ansiedad a través de la reestructuración de las instituciones estadounidenses para priorizar la protección social por sobre el Estado de seguridad, el rechazo de las guerras sin fin y el desarrollo de un proyecto igualitario que brinde mayor igualdad económica e inclusión política. No hay razones para permanecer atado a la lógica de una era que ya terminó.

Publicamos este artículo como parte de un esfuerzo común entre Nueva Sociedad y Dissent para difundir el pensamiento progresista en América. Puede leerse la versión original en inglés aquí. Traducción: Rodrigo Sebastián

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Células enfermas.Foto Penn Medicine

Apunta de forma directa a un aminoácido llamado glutamina, señalan investigadores // Hallan razón clave por la que los tratamientos hormonales fracasan

 

Madrid. Al estudiar el metabolismo celular del cáncer de próstata, un equipo de investigadores liderados por el Departamento de Medicina, de la Universidad de Duke, en Estados Unidos, identificó una razón clave por la que las terapias hormonales finalmente fracasan, al tiempo que determina una manera de evitar el problema utilizando un enfoque terapéutico completamente nuevo.

Los hallazgos, publicados en Proceedings, de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, describen cómo las terapias hormonales se dirigen al receptor de andrógenos para esencialmente privar a las células cancerosas de una fuente de combustible crucial.

Esto inicialmente funciona bien para detener el crecimiento del tumor, pero luego las células enfermas lo compensan, cambiando a una enzima diferente para explotar el combustible y proliferando a medida que se vuelven resistentes a dichas terapias.

El equipo de investigadores del Instituto del Cáncer de Duke utilizó ese hallazgo para proponer una estrategia de tratamiento que elimina la necesidad de inhibir por completo el receptor de andrógenos. Su objetivo es apuntar directamente a la fuente de combustible preferida del tumor: un aminoácido llamado glutamina.

En estudios que utilizaron líneas celulares de cáncer de próstata, tejido humano y modelos animales, la nueva estrategia terapéutica inhibió con éxito el crecimiento tumoral. Se planean ensayos clínicos con un fármaco disponible que inhibe el uso de glutamina por las células tumorales.

"En lugar de inhibir el receptor de andrógenos mediante terapia hormonal, una mejor estrategia terapéutica es reprimir directamente la utilización de glutamina", señala Jiaoti Huang, autor principal del estudio y presidente del Departamento de Patología de Duke.

"Dado que la glutamina no es esencial para el tejido normal, habrá menos efectos secundarios, que es una de las mayores desventajas de las terapias hormonales. La inhibición directa de la enzima que controla la utilización de glutamina también dificultaría que las células tumorales desarrollen resistencia", sostiene.

Huang y los coautores del trabajo, incluido Daniel George, profesor en los departamentos de Medicina y Cirugía de Duke, que lidera el diseño del ensayo clínico, iniciaron el estudio para comprender mejor el metabolismo de las células del cáncer de próstata, que aún tiene muchas incógnitas.

Descubrieron que la terapia hormonal inicialmente inhibe una cierta forma de enzima convertidora de glutamina llamada glutaminasa de tipo renal, la cual depende del receptor de andrógenos y hace posible que las células cancerosas usen glutamina. Al suprimirlo, las terapias hormonales retrasan con éxito el crecimiento del cáncer durante un tiempo.

Sin embargo, las células tumorales finalmente encuentran una solución, cambiando a una enzima diferente, la glutaminasa C (GAC), que no depende del receptor de andrógenos. Cuando los tumores hacen esta modificación, proliferan agresivamente, convirtiéndose en cáncer de próstata resistente a la castración.

"Nuestro trabajo demuestra que este cambio metabólico es uno de los mecanismos claves en la resistencia terapéutica y la progresión de la enfermedad", destaca George.

Al apuntar al metabolismo de la glutamina, los investigadores fueron pioneros en una forma de eludir los complejos procesos de señalización del receptor de andrógenos, en lugar de suprimir de forma directa la producción de energía y los componentes básicos requeridos por las células de cáncer de próstata, esencialmente matando de hambre a las células tumorales.

"Debido a que la actividad metabólica controla de manera directa la proliferación celular, puede ser más difícil para las tumorales superar una inhibición metabólica para desarrollar resistencia. Nuestro estudio muestra que la inhibición farmacológica de GAC puede suprimir significativamente el cáncer de próstata resistente a la castración", concluye Hang.

‘Defund the police’: el final de la policía en EE UU y el principio de una seguridad pública radical

La administración Biden no traerá ninguna desescalada policial, auguran desde los movimientos ciudadanos que exigen recortar el presupuesto de la policía y caminar hacia una abolición parcial o total de esta a la vez que se reinvierte ese dinero en gasto social.

 

Una mezcla de incredulidad e ira alumbró Ferguson, Misuri, dos veces en 2014. La primera fue después de que, en verano, el agente Darren Wilson disparase mortalmente varias veces a Michael Brown, de 18 años. La segunda, cuando en noviembre se supo que Wilson no sería procesado. Fue entonces cuando la administración Obama decidió mover ficha para atajar políticamente el problema policial. El resultado fue una comisión de expertos que, meses después, haría públicas 59 recomendaciones que parecían poder rebajar la mortalidad a manos de las fuerzas del orden. No fue así. The Washington Post comenzó en 2015, y tras observar deficiencias en los datos del FBI, a registrar las cifras, que se han mantenido estables en torno a los mil muertos al año. La proyección de 2021 parece confirmar la media: en mes y medio ya son 98.

Es precisamente tras uno de los asesinatos que engrosan esa tenebrosa estadística, el de George Floyd en Mineápolis el pasado mayo, cuando el movimiento alrededor del eslogan “Defund the Police” empezó a tomar impulso mediático y político. El objetivo: recortar el presupuesto de la policía y caminar hacia una abolición parcial o total de esta, a la vez que se reinvierte ese dinero en gasto social. “Durante los últimos seis meses, ha habido campañas que, en unas veinte ciudades, han conseguido una desinversión policial de 840 millones de dólares y que, al menos, 160 millones se redirijan a las comunidades”, afirma Woods Ervin, de Critical Resistance, una de las organizaciones abolicionistas que integran la constelación del movimiento.

Austin o Seattle son algunas de las últimas ciudades que se han sumado a modificar su presupuesto municipal redirigiendo fondos policiales a, por ejemplo en el caso de la primera, comprar y mantener un hotel para el alojamiento de personas sin hogar. Para Critical Resistance, “estos recortes son un porcentaje relativamente pequeño de los 100.000 millones gastados anualmente en policía en el país, pero representan un buen avance, un giro en la tendencia”. “Oakland consiguió expulsar a la policía de las escuelas”, añade el sociólogo Alex Vitale. Se libera así una dotación de 2,5 millones de dólares que puede ser aprovechada en equipos de orientadores sociales o infraestructura educativa.

Vitale, autor de uno de los ensayos de referencia sobre el tema, que llega esta primavera traducido al castellano como El fin de la policía (Capitán Swing, 2021), hace una enmienda a la totalidad. “El movimiento Defund the Police es una expresión del rechazo a enfocar los problemas mediante reformas policiales. No creo que este sistema policial sea reformable. Lo que mucha gente está señalando es que incluso cuando la policía está actuando de acuerdo a procedimientos correctos, sigue siendo la herramienta errónea para una vasta mayoría de situaciones a las que se aplica”, sostiene desde Nueva York, un escenario difícil para la lucha contra la violencia uniformada.

Para él, el verano pasado dejó al descubierto también las diferencias de tempos políticos entre aquellas ciudades que tenían movimientos de base coordinados y aquellas en las que las organizaciones apenas empezaban a funcionar para presionar más intensamente por menos policía. “Esta ciudad —explica— es un ejemplo de lugar donde la mayoría de grupos preocupados por el problema policial estaban todavía hablando de reforma. Aquí no ha habido una acción coordinada en pro de alternativas. Se consiguió muy poco en ese sentido en el último presupuesto de la ciudad. Demasiados políticos o bien temen al departamento de policía, o bien a quienes apoyan a la policía en sus propios distritos. Esto ocurre porque no ha habido tanta organización a nivel vecinal hasta ahora, cuando sí empieza a haber una que pone al departamento de policía bajo un montón de presión. Seguramente haya una gran batalla sobre esto en el próximo presupuesto”.

La reforma, cristalizada en ocasiones como el exceso o negligencia de agentes concretos, es también rebatida desde Critical Resistance. “El problema de la teoría de las manzanas podridas es que, si se piensa que hay algo que no funciona en el entrenamiento o la dotación policial, se justifica que se les dé más dinero”, afirma Ervin. “Creo que el cambio que hemos visto en unos años, que va desde la petición de cuentas legales a los agentes, al movimiento para desinvertir en policía, es muy importante. Nuestra posición es presionar en pos de la idea de que la policía no es reformable y que la desinversión es una estrategia hacia su abolición, pero también hacia priorizar el bien común, el bienestar. No estamos a favor de la austeridad, queremos que ese dinero se invierta, y de hecho en mayor cantidad, pero no ahí”.

Garantes de un sistema quebrado

Las alternativas implican un cambio radical a la hora de abordar la seguridad pública. No una mejor —o incluso menor— policía, sino otro enfoque político ayudado por un impulso social del presupuesto. En palabras de Vitale, “no se trata de reemplazar a la policía con otras instituciones que recreen su labor, sino evaluar qué retos tenemos en cada comunidad. Ver si existe, por ejemplo, un problema de violencia juvenil, o de sobredosis, o de robos, o de absentismo escolar. Cada uno de ellos necesitará un tipo diferente de solución. No necesitamos respuestas policiales de alta calidad a crisis relacionadas con la salud mental, sino respuestas críticas que no implican a la policía. No necesitamos agentes con mayor diversidad, o mejor entrenados, en el departamento de narcóticos; necesitamos acabar con la guerra de las drogas y devolver la cuestión a las autoridades competentes en salud pública”, defiende.

O incluso, como apunta Ervin, puede que “a veces haya situaciones que no necesitan una respuesta” que involucre al cuerpo armado. Prefiere hablar de “inversión estructural, como en el caso de la vivienda. O si hubiera mayor dotación en cuanto a salud mental, habría menos llamadas referentes a episodios de este tipo, por ejemplo en la calle”.

Ambas fuentes coinciden en resaltar la conexión entre el sufrimiento psíquico con algunos casos de actuación policial. Según un estudio publicado por la gubernamental Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos, entre un 6 y un 10% de los contactos que el cuerpo armado tiene con la población son con personas que sufren trastornos de gravedad. Y estas son alrededor de un 20% de las víctimas mortales anuales de los disparos de los agentes.

Solo desde el inicio de la pandemia, cualquier estadounidense que haya querido ha podido ver en los medios cómo la policía de Rochester, Nueva York, redujo hasta la asfixia mortal a Daniel Prude la misma noche en que atravesaba por un episodio psicótico. O a Nicolás Chávez, baleado más de veinte veces entre 28 policías durante una crisis en Houston. O a Linden Cameron, un chico de 13 años con síndrome de Asperger tiroteado una decena de veces en Salt Lake City.

Desde Critical Resistance recuerdan que un contexto más profundo puede encontrarse en los recortes a la salud mental perpetrados por la administración Reagan. El republicano tardó solo un año en tirar por la borda la Mental Health Systems Act de Jimmy Carter que proyectaba un mayor gasto federal para una red especializada. Durante la llamada “desinstitucionalización” de pacientes en los años 80, muchos quedaron expulsados del sistema sanitario, desprotegidos, quedando a merced de la amenaza del sinhogarismo y la criminalización.

 “Soportamos cuarenta años de austeridad neoliberal promovida por ambos partidos. Los alcaldes han confiado en la policía para manejar las consecuencias económicas de ese modelo, como son una inmensa desigualdad, precariedad o inseguridad material, un sinhogarismo masivo, una salud mental sin tratar o el abuso de sustancias. Y se dota de más dinero a la policía para continuar desarrollando esa estrategia neoliberal”, indica Vitale, antes de desarrollar ampliamente esa idea: “En este país se ha convertido cada problema, especialmente en las comunidades con bajos ingresos y en las racializadas, en algo a manejar por parte de la policía. Ese modelo reproduce las desigualdades de raza y clase que atraviesan este país. Llevamos décadas bajo el mito policial de que ellos son la única fuente capaz de proporcionar seguridad pública. En las comunidades de clase media se teme a la gente de fuera de ellas, y se recurre a la policía para ello, y en las comunidades más pobres sucede igual pero con parte de la propia gente que vive allí. En estas comunidades hay mayor receptividad a las alternativas policiales porque es donde se ha experimentado la problemática policial mucho más que en las de clase media, donde la policía es a menudo una abstracción y no hay apenas vivencias de primera mano con su intervención. Muchos activistas tratan de hacer hincapié en que cuando confías tu propia seguridad pública en la policía eso está liberando más respuesta policial sobre otra gente. Necesitamos que la gente tome conciencia sobre la responsabilidad que tienen en habilitar ese modelo y lo que implica”.

Ervin lo concreta en el caso de la población afroamericana, que incluso ha extendido el uso de la expresión “calling the police on black people” para designar la facilidad con la que algunas personas blancas telefonean a esta fuerza armada en situaciones cotidianas, sesgados por una sospecha racista.

Los humoristas Trevor Noah y Dulce Sloan expusieron en su programa algunos de estos delirantes casos —que pueden desembocar en escenas violentas o traumáticas para sus víctimas—, dejando constancia además del agravante de que en varios episodios fueran niños de ocho y nueve años sobre quienes se pidió actuación policial. El primero rozó con su mochila a una mujer en una tienda y esta pensó que se trataba de una agresión sexual. El niño simplemente vendía botellas de agua en la calle para costear un viaje a Disneyworld. “Creo que este país —opina Ervin— está empezando a ser consciente de a qué temprana edad empieza esta rapidez en llamar a la policía contra personas negras. Es algo que ocurre, es un lugar común. Para nuestra organización, la policía ha servido para manejar un sistema racista desde su creación”. Si volvemos a la estadística, las personas negras tienen una tasa doblemente mayor que las blancas en cuanto a mortalidad por disparos de la policía, constituyendo el 13% de la población total de Estados Unidos.

La administración Biden no traerá ninguna desescalada policial desde arriba, coinciden Critical Resistance y Vitale. “Tanto Biden como Obama criticaron el eslogan ‘Defund the Police’. Seguramente Joe Biden y Kamala Harris lleven a cabo reformas que entorpezcan el movimiento progresista en torno a la policía y la política penitenciaria”, prevé Ervin. “El propio Biden dejó claro que no apoyaba este enfoque. De hecho, él es uno de esos políticos que se ha sostenido en el modelo policial para llevar a cabo la estrategia neoliberal. Tiene en el departamento de Justicia a varias personas que proceden de aquella fallida reforma y han mostrado cierta apertura a otro sistema policial, pero parece que esta administración invertirá más dinero en policía. No menos”, apunta Vitale. Será una lucha, recuerdan ambos, que tendrá como motor decisivo el impulso de la organización de los movimientos de base.

Ignacio Pato

@ipatolorente

22 mar 2021 06:00

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El dolor social, arma política del capitalismo digital

Vivimos en una sociedad enferma. Las manifestaciones son muchas. El uso de antidepresivos, ansiolíticos, y los derivados del opio muestran un comportamiento poco habitual. La crisis de la oxicodona en Estados Unidos ha convertido el dolor en un negocio para los laboratorios farmacéuticos. Asimismo, se ha transformado en una epidemia a la cual se unen conductas autolíticas. Autolesionarse resulta una vía de escape para millones de personas en el mundo. El temor al fracaso es una de sus causas más comunes. Los jóvenes y adolescentes se encuentran entre la población más vulnerable. Infringirse daño se transforma en un modo de sentirse libre, de romper ataduras.

No son los dolores del cuerpo los que provocan el deseo de autolesionarse. Por el contrario, son los dolores sociales, aquellos dependientes de las estructuras de explotación, dominio y desigualdad. La pérdida de confianza y la soledad actúan como catalizadores de un dolor cuya forma de combatirlo consiste en violentar el propio cuerpo. La depresión, la neurosis o el trastorno límite de la personalidad, caracterizado por la forma en la cual la persona se piensa y siente en relación consigo misma y los demás, son síntomas de una realidad propia del siglo XXI y el capitalismo digital.

Richard Wilkinson y Kate Pickett, en su ensayo Igualdad, cómo las sociedades más igualitarias mejoran el bienestar colectivo, alertan: "En Gran Bretaña 22 por ciento de los adolescentes de 15 años se han hecho daño a sí mismos al menos una vez, y 43 por ciento de ese grupo afirmaron hacerse daño una vez al mes. En Australia, un estudio con adolescentes señala que 2 millones de jóvenes se autolesionan alguna vez a lo largo de su vida. En Estados Unidos y Canadá, los datos apuntan a que entre 13 y 24 por ciento de los escolares se lesionan voluntariamente y niños de sólo siete años se hacen cortes, se arañan, se queman, se arrancan el pelo, se provocan heridas y se rompen huesos deliberadamente".

Estas conductas hunden sus raíces en un cambio en la manera de percibir el dolor. “Cuesta imaginar que la angustia mental pueda convertir la vida en una experiencia tan dolorosa que el dolor físico resulte liberador y proporcione una sensación de control (…), pero son muchos los niños, jóvenes y adultos que afirman lesionarse al sentir vergüenza, autoexigirse o creer que no están a la altura”.

El dolor se construye y se articula. Así, entramos en otra dimensión en la cual las conductas hacia el dolor se pueden inducir y recrear. Según el coronel estadunidense Richard Szafranski “se trata de influir en la conciencia, las percepciones y la voluntad del individuo, entrar en el sistema neocortical (…) de paralizar el ciclo de la observación, de la orientación, de la decisión y de la acción. En suma, de anular la capacidad de comprender”.

Miedo y dolor, una combinación perfecta. El miedo se orienta hacia objetivos políticos. Sus reclamos pueden ser el desempleo, la inseguridad, el hambre, la exclusión o la pobreza. En este contexto, el dolor entra con fuerza en la articulación de la vida cotidiana, muta en un mecanismo de control. Y aquí el concepto se extravía.

William Davies, en su estudio Estados nerviosos, cómo las emociones se han adueñado de la sociedad, subraya: “Hasta la segunda mitad del siglo XX, la capacidad del cuerpo para experimentar el dolor por lo general se consideraba una señal de salud y no como algo que debía ser alterado empleando analgésicos y anestésicos (…). El paciente que simplemente pide ‘termine con el dolor’ o ‘hágame feliz’ no está exigiendo una explicación, sino el mero cese del padecimiento (…). La frontera que separa el interior del cuerpo comienza a ser menos clara (…). En esencia, despoja el sufrimiento de cualquier sentido o contexto más amplio. Coloca el dolor en una posición de fenómeno irrelevante y por completo personal”.

El dolor social, el padecimiento colectivo, la conciencia del sufrimiento, se desvanece en una experiencia imposible de ser comunicada. Pierde toda su fuerza. Ser feliz, eliminar el dolor o derivarlo hacia una vivencia personal, desactiva la crítica social y política, uniéndose a conductas antisistémicas.

Pero al mismo tiempo, el dolor se instrumentaliza. En este contexto, es un arma eficaz. Se busca crear dolor, potenciar sus efectos en las personas. Hacer que forme parte de una conducta flexible y sumisa, donde el dolor paraliza. En este sentido, la construcción de conductas asentadas en el manejo del dolor se ve favorecida por el desarrollo del Big Data y la interconexión de dispositivos capaces de penetrar en lo más profundo de la mente-cerebro. La realidad aumentada bajo la inteligencia artificial posibilita expandir el mundo del dolor en todas las direcciones. El llamado Internet de las cosas se convierte en una fuente inagotable de emociones y sentimientos, forjando estados de ánimo capaces de doblegar la voluntad bajo el control político del dolor social. Y lo más preocupante, está en manos de empresas privadas.

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Brasil: la batalla comunicacional que se viene

Hay un debate en curso en Brasil sobre el uso de la palabra genocida para nombrar a Jair Bolsonaro. Militantes del PT detenidos en una protesta frente al Palacio del Planalto e influenciadores digitales convocados por la justicia fueron dos ejemplos de esta semana en la cruzada paradójica de no llamar las cosas por su nombre. Interesante la preocupación reciente de Bolsonaro por las palabras, viniendo de alguien que las desprecia, que no mide efectos ni consecuencias, empatía bajo cero.

Bolsonaro dominaba la comunicación política del país hasta hace diez días, cuando el expresidente Lula recuperó sus derechos políticos, provocando un tsunami. Si separamos las barbaridades que enuncia, de las formas de hacer política, tres territorios eran dominados por completo por el actual presidente, como ningún otro actor político: las “lives” de los jueves en sus redes sociales, los charlas informales con seguidores en el “corralito” que se monta diariamente en el Palacio de la Alvorada, y las apariciones públicas inesperadas, como la visita que hizo a la Corte Suprema en septiembre del año pasado. Los dos primeros son los palcos por excelencia que generan la catarata de declaraciones. Hablamos de la política como “acting”, como puesta en escena, como teatralidad.

Como aquello que genera una pauta permanente de información y define la agenda. Esta hipótesis fue descripta por Joao Santana en octubre de 2020. A partir de la semana pasada, esa naturalidad con la que ocupaba todo el espectro comunicacional se pone en disputa. Lula habló por más de tres horas y lo obligó a hacer dos giros casi que inmediatos: reconocer la vacuna como una realidad imprescindible, y cambiar por cuarta vez su ministro de Salud. El reciente apoyo a las vacunas vino con una marca que es todo un signo de descalabro del bolsonarismo más explícito: “nuestro arma es la vacuna”, fue la primera divulgación. Eso dio pie a un meme difundido por su hijo Eduardo con una adaptación del personaje Ze Gotinha, logomarca de las campañas de vacunación en el país, creado en 1986. En la imagen, Ze Gotinha tiene un fusil-jeringa, un abierto apoyo a las armas. La muerte se celebra, es el “viva la muerte” de Franco, tropicalizado. Entra en el territorio de lo perverso, en el medio de la crisis sanitaria más importante del país, enaltecer un arma. La vorágine por querer responder rápido al nuevo escenario y sobre todo hacer malabarismo por mantener su discurso armamentístico aggiornado a la nueva realidad pandémica, producen deslices. Ese meme condensa el bolsonarismo comunacional, es una metáfora de una época.

Un segundo ejemplo: el miércoles 17 de marzo, Lula le pide a Biden ayuda para conseguir vacunas, a través de una reunión del G-20 para discutir la redistribución del inmunizante para países que más lo precisen, como Brasil. Bolsonaro reacciona al día siguiente mostrando una carta del 26 de febrero donde Biden promete colaboración en este nuevo capítulo de la relación bilateral. Lo pone a la defensiva, lo obliga a mover las piezas a posteriori.

Este movimiento no es gratuito. Si Bolsonaro se muestra impermeable a la ciencia y el conocimiento, claro está que mira las encuestas y actúa en consecuencia. La caída de su popularidad, sumada a los escenarios de posible derrota frente a Lula (34% seguramente votaría a Lula vs 25% a Bolsonaro, según datos del Instituto Ipec de Marzo 2021) configuran este nuevo escenario. La adhesión al discurso provacuna entra mucho más en esa lógica que en estar convencido. Los principales actores de la economía le hacen saber que que no hay retorno del crecimiento sin vacuna.

Un análisis más detallado de la encuesta señala un elemento posiblemente central en la batalla comunicacional que se viene. Bolsonaro crece de 25% a 39% su potencial de voto entre los evangélicos, y en forma inversa, Lula cae del 34% al 27%. Cuando el PT fue fundado en 1980, los evangélicos representaban el 6,6% de población. En 2000, dos años antes de la victoria de Lula, el 15,4%. En 2021, son el 31,8%. Son uno de los pilares fundamentales de lo que se denomina la “nueva derecha brasileña”. Tres grupos que convergen en el actual bolsonarismo: la derecha más reaccionaria y retrógrada, que pide intervención militar y cierre de la Corte Suprema, la volátil “derecha liberal”, que hoy adhiere al bolsonarismo pero surfea la ola de quien defienda su agenda neoliberal, con el ministro de Economía Paulo Guedes como mayor exponente. Y el enorme contingente de evangélicos. En esa batalla argumental se dirimen parte de las chances de Lula de consolidar el potencial de voto actual, aunque tenga que correrse naturalmente más al centro. Coquetear con el voto “evangélico” es una tarea ardua. Pensar que uno de los mayores referentes de la iglesia evangélica, Edir Macedo, decía en marzo 2020 que el coronavirus era una “táctica de Satanás”, y se vacunó esta semana en Miami. Satanás vacunado y de paseo en Disney.

Eduardo Sincofsky es consultor en opinión pública. 

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Domingo, 21 Marzo 2021 05:47

Tercer sistema: la propuesta indígena

Tercer sistema: la propuesta indígena

El mundo indígena, en particular el de Abya Yala (América), ha abierto otra vía a las convencionales provenientes desde el eurocentrismo de derecha e izquierda, quienes impusieron el binarismo para delimitar dos únicas posibilidades de elección como sistema de vida para toda la humanidad, y con ello han colonizado el mundo desde arriba por la derecha y desde abajo por la izquierda.

A quienes se salen de esta dicotomía neocolonial, son calificados por la derecha como una posición de ultra izquierda, y a su vez la izquierda sentencia como una derechización. El dogma del pensamiento único o universal se resiste a un nuevo escenario y han pegado los gritos al cielo con diferentes estribillos juzgadores y sentenciadores: pachamamismo, abyayalismo, esencialismo, etnocentrismo, fundamentalismo, etc.

Esta propuesta indígena no es la “tercera vía” que alguna vez la propuso el ex presidente Tony Blair de Inglaterra y otros más que se han hecho eco, pues ésta continuaba dentro de la misma lógica o paradigma eurocéntrico. El tercer sistema desde el paradigma indígena es un giro ontológico y epistémico a lo propuesto por el mundo occidental. En realidad, es un segundo paradigma pues la izquierda y la derecha son parte de un mismo patrón constitutivo y su diferencia es tan solo de clase. Pero para no entrar en confusiones o en mayores explicaciones, se ha optado por hablar de tercer sistema, tercera vía, tercera línea, etc.

Este planteamiento es un cuestionamiento a los mitos fundantes y a toda la estructura que configura el auto denominado “sistema occidental”, y el cual, a su vez se estableció destruyendo el sistema indígena europeo. Es decir, quién dio el primer giro fue el sistema helénico, constituido por varias fuentes alimentadoras y entre las que destacan el mundo semita proveniente del Asia Occidental y el mundo griego en la Europa oriental. El helenismo tomó mayor auge en Grecia, desde donde se fue abriendo; sin embargo, fueron los romanos ya helenizados los que se encargaron de helenizar toda la Europa indígena, y a su vez los helenizados europeos al mundo entero.

El fundamento central del helenismo fue la supremacía de la razón (logos) sobre todo lo demás, esto es, las emociones, los afectos, la sensibilidad, la sexualidad, la madre tierra, las diosas, etc. Todo lo cual, construyó lo que se auto denominó la civilización occidental, la cual ha entrado en un caos estructural, habiendo voces al interior de ese mismo mundo que también claman otro rumbo, y en el cual hay varias propuestas: bienes comunes, ecología profunda, biocentrismo, decrecimiento, etc.. 

El helenismo destruyó casi completamente el mundo indígena europeo, pero no lo logró en el resto del mundo, en el cual resiste el “senti-pensar” indígena o el “pensasiento” milenario. El cual reemerge o luego de haber sido sumergido se va enarbolando y cada vez va tomando más protagonismo, incluso al interior del monoculturalismo occidental. Todo lo cual, implica un cuestionamiento a todas las teorías e instituciones creadas históricamente por el helenismo hasta nuestro tiempo, esto es, el Estado, la democracia, el sistema de partidos políticos, la economía extractivista, ja justicia, la religión, la educación, el desarrollo, etc.

El mundo indígena en todo el planeta también creó sus instituciones, las mismas que se constituyeron en un proceso de por lo menos 30.000 años, mientras el helenismo tiene apenas unos 5000 años desde sus primeros pasos. El sistema indígena tiene su matriz o estructura en la comunidad o la aldea, con diferentes variantes en todo el mundo indígena de la Madre Tierra, las mismas que sobreviven a diferentes niveles en distintas regiones.

En el caso de los Andes supervive todavía, especialmente en las comunidades bien alejadas y a donde no ha podido entrar la civilización con su helenismo colonizador. Especialmente en ciertas regiones de Bolivia y Perú se mantienen bastante vivas, a pesar e irónicamente de que en el caso del gobierno de Evo las ha diezmado con sus políticas progresistas del socialismo del siglo 21. Un buen porcentaje de la población han abandonado las comunidades y se han ido a vivir a los grandes centros poblados, por lo que el campo se encuentra bastante desolado. La ciudad les va absorbiendo y poco a poco se ha ido perdiendo el sentido de comunidad o de ayllu, aunque hay ensayos de formas de comunidad urbana.

Aquellos que se mantienen en el campo y no se han dejado atrapar por la modernidad y el capitalismo, siguen manteniendo el espíritu de la comunidad, siendo desde ahí que ha comenzado a reverdecer el pensasiento indígena con su tercer sistema. Es decir, inspirados en este mundo latente se promueve la re-expansión. Si en la colonia y en la república fueron replegados y cercados, ahora se ha empezado una implosión para propagarse por todo el mundo. Los periféricos hoy se convierten en la vía de escape ante el derrumbamiento del mundo occidental o de la civilización. Este modelo no solo que está en crisis sino en caos y amenaza la destrucción de la vida humana. Ante ello, se plantea una trans-civilización como una necesidad de vida o muerte.

El tercer sistema abre luces y guías para rebasar esta situación escatológica y suicida, de la que son plenamente corresponsables la derecha y la izquierda, con sus propuestas de capitalismo y socialismo. El fracaso de estos sistemas conduce a reposicionar al sistema indígena milenario y no a nuevas aventuras como pretende la mente eurocéntrica con otros modelos y teorías. Este tercer sistema tiene como punto central, el tipo de relación con lo que occidente denominó la “naturaleza” y que para el mundo indígena es la Madre Tierra. Esto quiere decir un cuestionamiento profundo al antropocentrismo o a la idea de que el hombre es el centro de la vida, como plantea la derecha a través del mercado y la izquierda por medio del Estado. Como consecuencia, es un cuestionamiento al privatismo y al estatismo, con sus modelos intermedios, como los únicos paradigmas para toda la humanidad.

Este tercer sistema tiene como punto central, el tipo de relación con lo que occidente denominó la “naturaleza” y que para el mundo indígena es la Madre Tierra. Esto quiere decir un cuestionamiento profundo al antropocentrismo o a la idea de que el hombre es el centro de la vida, como plantea la derecha a través del mercado y la izquierda por medio del Estado. Como consecuencia, es un cuestionamiento al privatismo y al estatismo 

Este milenario tercer sistema tiene varios nombres y formas en toda la Madre Tierra, sin embargo, en donde ha cobrado mayor fuerza y preponderancia es en los Andes. Todos los sistemas indígenas de Abya Yala están actualmente cobijados o transversalizados en lo que se ha dado en llamar el Buen Vivir. El cual, ahora tiene una segunda oportunidad de posicionarse luego del fracaso de Evo y Correa, a través de Choquehuanca en Bolivia y de Yaku Pérez en Ecuador si logra entrar como presidente. En la constituyente de Chile también hay muchas posibilidades de que entre este tercer sistema dentro de la carta política y todo lo que ello implica. Aunque lo más importante es que se consolide en la práctica y en las formas de vida cotidiana, antes que en las reformas constitucionales.

Como consecuencia de todo esto han aparecido más furibundos detractores, desde la extrema derecha hasta algunos decoloniales con una serie de críticas destructivas. Evidentemente, que al intentar configurarlo teóricamente hubo errores, pero la crítica no es para que se enmienda sino para destruir la propuesta. Incluso, algunos decoloniales se declaran anti eurocéntricos, pero siguen apoyando al progresismo de clara matriz occidental, y que en el caso de Bolivia y Ecuador fueron los que tergiversaron completamente al Buen Vivir. Lo que da cuenta de cuál es su posición en el fondo, por más que se auto declaren anti eurocéntricos.

Lo importante es que este tercer sistema ya ha hecho acto de presencia masiva y se va abriendo paso paulatinamente en el mundo colonial. El movimiento zapatista, y en general todo el movimiento indígena de Abya Yala, se han inscrito en este propósito, aunque todavía hay un felipillismo de derecha e izquierda, los que también se han convertido en detractores. Por cierto, cuando hablamos de indígena no nos referimos a un fenotipo o una raza o una etnia, sino a una forma de concebir la realidad y de vivir. Existen indígenas en todo el planeta y de diferentes colores de piel, no nos referimos a gente que no sea blanca pues esto está más allá de los racismos y las racializaciones.

Valga precisar, que dentro de la dicotomía capitalista por táctica el tercer sistema se ubica en la izquierda, pero fuera del capitalismo está más allá del esquema neocolonial derecha-izquierda. El tercer sistema reconoce que hay la lucha de clases al interior del capitalismo, pero fuera de ella la lucha es ontológica y epistémica, entre dos paradigmas totalmente excluyentes, siendo este el asunto principal y en el que el clasismo es una parte de ella. La lucha es integral y sistémica contra el patriarcado, el colonialismo, el racismo, el ecocidio, el sexismo, el capitalismo, etc.

20 marzo 2021

Publicado enSociedad
La coalición que va por la Presidencia de Colombia apostándole a la centro-derecha, pero lejos del uribismo

Son siete los exmandatarios que empezarán a trabajar en un programa de gobierno para presentarle como una opción a los colombianos. Se trata de una coalición de centro-derecha que le competirá directamente al uribismo y a la Coalición de la Esperanza.

 

En la tarde del viernes el exalcalde de Barranquilla Alex Char se reunió en su casa con seis exgobernadores de diferentes regiones del país, quienes están pensando en una coalición electoral para llegar a la Presidencia de Colombia en 2022.

En esta reunión participaron los exgobernadores de Antioquia, Luis Pérez; del Valle del Cauca, Dilian Francisca Toro; de Atlántico, Eduardo Verano; de Bolívar Dumek Turbay; de Norte de Santander, William Villamizar; y de Quindío, Carlos Eduardo Osorio.

 “Una voz desde las regiones”, fue el manifiesto que salió del encuentro. “Una propuesta de país que nace de las regiones, Colombia es multicultural y diversa. Con este equipo de trabajo proveniente de distintos rincones del país que conoce y ha sido cercano a su gente, trabajaremos por hacer realidad los sueños de colombianos que esperan ser escuchados”, aseguró la exmandataria del Valle.

Esta coalición claramente se ubica en la centro-derecha del panorama político en Colombia y entraría a competirle el voto al uribismo y a la Coalición de la Esperanza del partido Alianza Verde que también dicen estar fuera de los extremos.

Si bien Char y Toro se reunieron con el expresidente Álvaro Uribe dejando la sensación de una eventual alianza política con los precandidatos que salgan del Centro Democrático, los conservadores y los movimientos cristianos, según La Silla Vacía, la exgobernadora del Valle, dejó claro que esta sería una coalición independiente. “No queremos que nos asocien ni con la izquierda ni con la derecha”, agregó.

En esta misma línea de separarse del uribismo, Pérez dijo: “Nunca he entendido por qué relacionan a este grupo regional de independientes con Uribe. Creo que ninguno ha ganado elecciones con el apoyo de Álvaro Uribe. Lo que se aprobó en el equipo es que aquí no se acepta, por ahora, a nadie del grupo de Petro ni del Centro Democrático”.

Esta alianza de los exmandatarios puede que crezca en participantes en los próximos meses. Cabe recordar que el anfitrión de esta reunión Alex Char, también protagonizó una reunión con el exalcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, y el de Medellín, Federico Gutiérrez.

La Silla Vacía también conoció que la intención es que el candidato de esta coalición se elija a través de una consulta y no de una encuesta. Lo que también ayudaría a ver la cantidad de apoyo que tendrían por parte de los colombianos.

La ventaja con la que arrancan es que los exmandatarios han sido precisamente administradores públicos, la mayoría de ellos salieron del mandato con una buena imagen. Mientras que una desventaja podría ser el desconocimiento de los colombianos en general sobre sus gestiones o vida política, más aún si van como independientes y alejados de los partidos políticos.

Esta alianza entra a competirle directamente a la Coalición de la Esperanza, que igualmente busca desprenderse del uribismo y del petrismo. Sin duda, la estrategia de este grupo de exmandatarios será seducir a los votantes del centro político.

Pero el uribismo al parecer no desistirá en su idea de que haya una gran alianza entre la derecha y esta coalición antes de la primera vuelta. Así se lo dijo el senador del Centro Democrático, Ciro Ramírez, a La Silla Vacía: “Si no llegamos juntos, estamos fregados. Aún falta mucho tiempo y la idea es que nos unamos todos los que queremos defender la economía de mercado, con una agenda social fuerte”. Y fue más allá al relacionar a Char con el gobierno de Iván Duque, “hay un vínculo de amistad y una afinidad ideológica”.

20 de Marzo de 2021

Publicado enColombia
Srecko Horvat, filósofo: "La izquierda tiene mucho trabajo que hacer para entender la importancia de las emociones"

El filósofo y activista croata, discípulo de Slavoj Žižek, ha fundado diversos movimientos internacionalistas de izquierda y analiza sus principales desafíos en la nueva geopolítica que deja la pandemia. Memes de producción, semiocapitalismo y apocalipsis.

 

Srecko Horvat, filósofo croata sub 40, está aprendiendo a manejar. La decisión le genera sentimientos encontrados, pero la considera inevitable después de un año de pandemia que lo obligó a hacer base en su país natal y a considerar un medio de transporte individual más seguro en términos sanitarios y también más rápido: “En Croacia la red de trenes está destruida. Te toma más tiempo ir de Zagreb a Belgrado hoy que lo que tomaba hace 200 años en el Imperio Austrohúngaro”. Mirar al mundo desde Croacia y desde los países considerados “periféricos” es una constante en su análisis como filósofo y también como activista. En 2016 fundó con Yanis Varoufaris, ex ministro de finanzas de Grecia y fundador a la vez del partido Styriza, el Movimiento Democracia en Europa 2025, que apuntaba a una unión de movimientos de izquierda para repensar instituciones globales como por ejemplo la Unión Europea. Junto con Varoufakis también armó la Internacional Progresista, compuesta por representantes de distintos países del mundo como Noam Chomsky, Naomi Klein y Fernando Haddad. Las representantes argentinas son Elizabeth Gómez Alcorta y Alicia Castro. 

Cómodo en el cruce entre el lenguaje de la filosofía y las referencias a la cultura popular, habitualmente vinculado a Slavoj Žižek, este año de pandemia Horvat publicó dos libros. Uno se llama ¡Todo debe cambiar! , que consiste en una serie de conversaciones sobre el mundo post Covid-19 con celebridades variopintas, desde Gael García Bernal hasta Vijay Prashad, pasando por Brian Eno, Saskia Sassen y Shoshana Zuboff. El otro es Después del apocalipsis, en donde vincula distintas amenazas -desde la crisis climática hasta la pandemia, el fascismo y el capitalismo- y llama a una reinvención del mundo. 

Su mirada internacionalista observa con pasión y preocupación la nueva geopolítica que acentúa la pandemia, entre vacunas escasas y encadenadas, nuevos órdenes globales y una reorganización del poder: “No creo que la globalización esté cerca de terminar, pero me parece que vemos un nuevo tipo de globalización. En lugar de Estados Unidos exportando sus productos a todo el mundo y siendo tan poderoso financieramente a través del FMI o el Banco Mundial, la situación está cambiando por la influencia de China en la periferia, en el Sur Global, no solamente en África sino también en los Balcanes, que están conectados a la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Es una globalización diferente. Si eso es bueno o malo, no lo sé”. 

¿Hasta qué punto la pandemia reforzó ideas que ya tenías, como por ejemplo la idea del apocalipsis?

Lamentablemente confirmó muchos de mis miedos y los análisis que hemos hecho con muchos teóricos críticos por años o décadas, en el sentido de que si privatizás las instituciones estatales de salud, educación, cuidado, etcétera, cuando una catástrofe sucede, sea o no causada por seres humanos, vos necesitás un sector público fuerte, una infraestructura que se preocupe por el devenir de las personas. Lo que vemos, lamentablemente, es que la catástrofe fue usada como una especie de terapia de shock, como diría Naomi Klein, en el sentido de que así como Palantir está penetrando en el Sistema Público de Salud Británico, privatizando la data de las historias clínicas, en otras partes de Europa podemos ver otras compañías de Silicon Valley haciendo uso de la pandemia. Y después hay otra cosa interesante pero a la vez preocupante que es la geopolítica de las vacunas. Ves un escenario raro -aunque más que raro esperable- en el que en Europa dos países son los primeros cuando se trata del avance en la vacunación: uno es el Reino Unido y el otro es Serbia. Uno porque se fue de la Unión Europea y el otro porque no es parte. Lo que está haciendo Serbia es buscar dosis de la vacuna china, de la vacuna rusa, etc. El primer ministro de Hungría dijo hace poco la frase de Deng Xiaoping "No importa que el gato sea blanco o negro; mientras pueda cazar ratones, es un buen gato”, refiriéndose a las vacunas rusas y chinas. Croacia está también negociando con China, así que creo que debido a la pandemia toda esta esfera geopolítica está cambiando. Las cosas que estaban mal empeoraron, y creo que algunas cosas que estaban bien estuvieron un poco mejor cuando uno habla de solidaridad, cooperación, ayuda mutua, resistencia, la gente abriendo los ojos sobre algunas cosas que están podridas.

En los últimos años se hizo claro que había un movimiento de derecha extrema. El último año de cuarentenas, hubo casos en los que las derechas de diferentes países rechazaron medidas de aislamiento, ¿los movimientos progresistas quedaron en cierta medida despolitizados o invisibilizados al retirarse del espacio público?

Sí y no. No diría que hay una despolitización, diría mejor que fue una posición difícil para la izquierda, especialmente la que no está en el poder. En las cuarentenas, la mayor parte de la oposición estaba en su casa. Incluso los parlamentos en algunos países estaban cerrados. En muchos países todavía tenés un estado de excepción. Pero si te fijás en el último año después del asesinato de George Floyd, hubo un gran movimiento de Black Lives Matter que fue más allá de eso al punto de canalizar la energía progresista en las calles. Pero después obviamente si hacés fast forwarded y llegás hasta ahora podés ver dónde la energía, esa economía libidinal, la frustración, el enojo fueron canalizados: hacia el Capitolio, con esa performance de los seguidores de Trump. Creo que hay una pregunta más profunda sobre cómo la izquierda es capaz o incapaz de usar y entender la economía libidinal, qué hacer con las emociones acumuladas, la frustración, el enojo de la gente que está desempleada e insatisfecha con el sistema. Viendo a Bolsonaro en Brasil, a Orban en Hungría o a Polonia, que prohibió el aborto ahora, podemos ver que esa energía es a menudo secuestrada, usada y manipulada por la derecha populista radical. Creo que la izquierda tiene mucho trabajo que hacer cuando se trata de entender las emociones y cómo las políticas en esta época de las redes sociales, cuando todo está mediado y puede ser manipulado, cuánto los deseos, el inconsciente, las emociones son importantes. Creo que la izquierda hasta ahora es incapaz de usar eso en el modo en que lo hace la derecha. 

¿Qué quedó de la experiencia de movimientos de izquierda como Occupy Wall Street o Syriza en Grecia?

Yo estaba justamente en Nueva York cuando ocurrió y lo apoyé mucho, a la vez que también fui muy crítico, en el sentido de que no creo que la horizontalidad pura, solo ocupar las calles, sea suficiente para un cambio político radical. No creo que haya fallado, creo que muchos de esos movimientos a 10 años -como Syriza, la Primavera Árabe, Indignados, muchos de estos movimientos han capitulado, como Syryza en Grecia, otros comparten el poder como Podemos en España, pero creo que muchos de estos movimientos dejaron una influencia grande en nuestros días. Podés decir “fallaron, dónde está la izquierda excepto en algunos países”, pero creo que no se puede mirar a los movimientos progresistas de ese modo porque a veces cuando algo luce como una falla es difícil ver en las décadas siguientes cómo su potencial se ha cumplido. Si no hubiera habido Occupy Wall Street no estoy seguro de que habría una Alexandria Ocasio-Cortez y los demócratas socialistas en Estados Unidos. Lo mismo en Grecia, no hubieras tenido el movimiento DiEM 2025 que fundamos con Yaris. O lo mismo con el Foro Social de Porto Alegre hace 20 años. No tenemos que despreciar una lucha o un evento social histórico solo porque no tuvo “éxito” en un punto, lo importante para nosotros es no hundirnos en lo que Walter Benjamin llamaba la “melancolía de izquierda”: “nada es posible, todo siempre se corrompe”. Creo que esto no es verdad.

En la Primavera Árabe, las redes sociales fueron vistas como clave para la movilización. Ahora son vistas como vehículo de mensajes extremos y noticias falsas. ¿Conservan un potencial útil para la democracia? 

Si te fijás hoy, la primera impresión sería que las redes sociales están llenas de noticias falsas, manipulación, el mayor problema sería, en términos clásicos marxistas, quién es el dueño de los medios de producción. Los jóvenes empiezan sus días yendo directamente a Instagram o a Tik Tok, ni siquiera van a Google. Aunque es preocupante que muchos de nosotros googlelizamos el comienzo de nuestros días. En este sentido creo que esta esfera que está privatizada en manos de unas pocas compañías de Silicon Valley es percibida como una esfera pública. Hay otro problema ahora. Además de la derecha extrema usando redes sociales u organizándose para esparcir noticias falsas, tenés otro fenómeno muy interesante en la figura de Elon Musk: las redes sociales usadas ahora para la especulación financiera. Él pone la palabra “bitcoin” en la descripción de su perfil en Twitter y el Bitcoin crece 14.000 euros. Solo por un signo puro, el valor crece. Es lo que el filósofo Bifo Berardi llama semiocapitalismo: los signos y el capitalismo juntos donde los símbolos, mediados por las redes sociales, pueden crear una diferencia en el mundo material. Yo soy siempre pragmático: creo que tenemos que usar las redes sociales, incluso en contra de las compañías a las que pertenecen.

Solés hablar del uso de los “memes de producción” parafraseando a los “medios de producción”: ¿Creés que todavía es potente usar los códigos de la cultura popular para producir mensajes desafiantes?

Absolutamente: la historia de los memes vuelve. No empezó con internet o las computadoras. Si te fijás en la Revolución de Octubre o en la Revolución Francesa la forma en que diferentes afiches y obras de arte circulaban y muy habitualmente era un simple cambio en las imágenes para producir un mensaje crítico. Algo parecido está pasando hoy, de los dos lados. Pero por supuesto Bolsonaro y ese tipo de grupos lo están usando mucho mejor. Uno puede hablar del poder de los memes -o de la impotencia de los memes, no estoy seguro para ser honesto-, con Bernie Sanders en la asunción de Biden. Es bastante triste que Bernie Sanders haya devenido un meme. No pudo ser presidente de los Estados Unidos, porque es demasiado radical para ellos, entonces se convierte en un meme. Pero incluso este meme tiene una especie de potencial emancipatorio, como lo tiene un chiste, un mal chiste, tiene ese potencial emancipatorio porque por lo menos canalizás algo que es traumático para vos. No deberíamos subestimar el poder de los signos, de los símbolos, algo que atrae tu atención. Es una forma vieja de subversión simplemente cambiando una imagen para generar lo que Brecht llamaba efecto de distanciamiento, de extrañeza. 

Al comienzo de la pandemia, hablabas de sus consecuencias sociales en cuanto al miedo al otro, algo todavía más peligroso que el propio virus: ¿seguís pensando en esa dirección?

Creo que es todavía peor que al principio. La situación psicológica de que tenés algo que no termina es realmente dura para mucha gente, incluso si tenés la suerte de que todavía tenés un trabajo. Creo que es la naturaleza del homo sapiens socializar, tener contacto con el otro, sentir los olores, tener encuentros espontáneos que ahora desaparecieron. No tenés espontaneidad en un Zoom. Creo que los efectos son profundos en los miedos, la ansiedad, en el comportamiento social. En algún aspecto esto puede ser peor que el Covid-19, así de blasfemante como puede sonar. Odio muy seriamente el virus y la pandemia y creo que hay que protegernos, pero creo que hay que fijarse también en estos efectos, que a veces son más duros que el propio virus. Creo que esto abre muchas preguntas. Giorgio Agamben fue muy criticado, pero creo que hasta cierto punto tenía razón. Por supuesto que estaba equivocado en menospreciar el virus y decir que no era serio, pero sí tenía razón en que esto abría una nueva era en la biopolítica en el sentido que fuera lo que fuera el virus, lo que estábamos enfrentando ahora era una verdadera situación de estado de excepción de la biopolítica. En Israel ya tienen esta especie de biopolítica de vacunación, que si estás vacunado podés entrar a lugares; en Europa están hablando de pasaportes de vacunación que lógicamente significa que están creando ciudadanos de primera, segunda y tercera. 

El miedo al otro genera una atmósfera peligrosa. Depende quien esté en el poder y cómo use este miedo para manipular y para implementar medidas que pueden ser totalitarias.

 

Por Natalí Schejtman

17 de marzo de 2021 14:44h

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