MÚSICA DESDE OTRAS COORDENADAS

Caracterización conceptual de los movimientos sociales

En los primeros días del 2016 estamos presenciando diversas expresiones del movimiento social y de la protesta popular.

En varias regiones y con ocasión de algunas problemáticas socioeconómicas, de derechos humanos, del postconflicto armado y ambientales, varios núcleos humanos hacen visible su inconformidad con manifestaciones, plantones y tomas de espacios públicos.

Bogotá es el escenario de importantes movilizaciones contra las primeras medidas neoliberales del nuevo alcalde de la ciudad, el señor Enrique Peñalosa.

Las organizaciones sindicales, los sindicatos agrarios y las redes defensoras de los bienes públicos han realizado encuentros y reuniones para preparar un paro cívico nacional que frene la arremetida neoliberal del gobierno del señor Santos.

La presencia de los movimientos sociales en el campo político nacional debe ser el resultado de la aplicación de los acuerdos de paz de La Habana en materia de participación política. Los mismos disponen que:

"Una sociedad democrática y organizada es una condición necesaria para la construcción de una paz estable y duradera, en particular en el marco de la implementación del Acuerdo Final. Por ello, y en atención al derecho de todas las personas a constituir organizaciones sociales del más variado tipo; a formar parte de ellas y a difundir sus plataformas; a la libertad de expresión y al disenso; al pluralismo y la tolerancia; a la acción política o social a través de la protesta y la movilización; y teniendo en cuenta la necesidad de una cultura política para la resolución pacífica de los conflictos y la obligación del Estado de garantizar el diálogo deliberante y público, acordamos que se adoptarán medidas para garantizar el reconocimiento, fortalecimiento y empoderamiento de todos los movimientos y organizaciones sociales, de acuerdo con sus repertorios y sus plataformas de acción social.

"Con ese propósito, el Gobierno Nacional elaborará un proyecto de ley de garantías y promoción de la participación ciudadana y de otras actividades que puedan realizar las organizaciones y movimientos sociales, sobre la base de los siguientes lineamientos, entre otros, que serán discutidos en un espacio de carácter nacional, que contará con la participación de los voceros de las organizaciones y movimientos sociales más representativos: garantizar el derecho al acceso oportuno y libre a la información oficial en el marco de la Constitución y la ley; reglamentación del derecho de réplica y rectificación, en cabeza de las organizaciones y movimientos sociales más representativos, frente a declaraciones falsas o agraviantes por parte del Gobierno Nacional; realizar conjuntamente con las organizaciones y movimientos sociales una caracterización y registro de organizaciones sociales; apoyar, mediante asistencia legal y técnica, la creación y el fortalecimiento de las organizaciones y movimientos sociales; por solicitud de las organizaciones y movimientos sociales, agilizar la sistematización e intercambio de experiencias exitosas de fortalecimiento de los mismos; fortalecer los mecanismos de financiación de iniciativas y proyectos propios de las organizaciones sociales; promover la creación de redes de organizaciones y movimientos sociales que hagan visibles los liderazgos y garanticen su capacidad de plena interlocución con los poderes públicos; acceso a mecanismos de difusión para hacer visible la labor y la opinión de las organizaciones y movimientos sociales; en las instancias de participación ciudadana se ampliará y garantizará la representatividad de las organizaciones y los movimientos sociales; diseñar metodologías que contribuyan a la efectividad e incidencia de las instancias de participación e interlocución; poner en marcha instancias de seguimiento y verificación del cumplimiento por parte de las autoridades de las obligaciones, compromisos y garantías, en cuanto al establecimiento, funcionamiento y eficacia de los espacios de participación ciudadana; crear una herramienta que permita valorar, hacer visible e incentivar la gestión de las autoridades públicas, con respecto a la participación de las organizaciones y movimientos sociales; se garantizará el intercambio de experiencias exitosas de participación ciudadana entre las organizaciones sociales y las autoridades; promover la construcción de agendas de trabajo locales, municipales, departamentales y nacionales, según el caso, que permitan la atención temprana de las peticiones y propuestas de los diferentes sectores que se realicen a través de las organizaciones y movimientos sociales; las autoridades locales deberán atender de manera oportuna las peticiones y propuestas, y canalizarlas según su competencia, con el fin de que sean atendidas de manera pronta y eficaz.

"Acordamos también que el Gobierno Nacional considerará y evaluará la viabilidad de propuestas de garantías adicionales que surjan en el marco de ese espacio de participación de carácter nacional, en una Comisión de Diálogo con voceros de las organizaciones y movimientos sociales más representativos, escogidos a través de un mecanismo definido por los organizadores. El mecanismo deberá ser participativo y garantizar una representación pluralista y equilibrada en la Comisión.

"El Gobierno Nacional y las FARC-EP acordarán los organizadores, criterios y lineamientos para el desarrollo de ese espacio de participación de carácter nacional, con el fin de garantizar una representación pluralista y equilibrada.

"Por otra parte, en el acuerdo se reconoce que la movilización y la protesta, como formas de acción política, son ejercicios legítimos del derecho a la reunión, a la libre circulación, a la libre expresión, a la libertad de conciencia y a la oposición en una democracia; y que en un escenario de fin del conflicto se deben garantizar diferentes espacios para canalizar las demandas ciudadanas, incluyendo garantías plenas para la movilización, la protesta y la convivencia pacífica" (http://bit.ly/1PMGq4w ).

Desde ese consenso alcanzado en el marco de las conversaciones de paz para la terminación del largo y cruel conflicto armado nacional, resulta oportuno avanzar en una definición teórica de los movimientos sociales.

En esa dirección, la caracterización teórica de los movimientos sociales en Colombia y sus eventuales proyecciones políticas requiere, de manera preliminar, hacer una aproximación general a los principales aportes que al respecto se han producido tanto en Colombia como en el exterior en los años recientes.

El propósito de esta consideración, más que formular una definición taxativa de movimiento social, es recoger las principales visiones teóricas del tema para, con esto, acotar las reflexiones y precisar las propias elecciones epistemológicas.

1. El aporte de Raschke.

Una introducción inicial a la conceptualización de movimiento social la aporta Joachim Raschke (http://pendientedemigracion.ucm.es/info/cpuno/asoc/profesores/lecturas/raschke.pdf) quien afirma que movimiento social es un actor colectivo que interviene en el proceso de cambio social. Lo que supone el desarrollo de determinadas conductas llevadas a cabo por individuos ligados entre sí. Pero esta articulación no implica forzosamente homogeneidad, por el contrario, se puede observar en el seno de un movimiento social una multiplicidad de tendencias, organizaciones y principios para la acción. Por otra parte las metas y objetivos de estos movimientos tienden a ser bastante amplios y, en este contexto, apuntan a cambiar estructuras importantes de la sociedad. En este caso la heterogeneidad del componente social se convierte en el rasgo propio del movimiento, mientras que los objetivos comunes operan como las premisas articuladoras del mismo.

2. Revilla Blanco y su definición de movimiento social.

Por el contrario, para Marisa Revilla Blanco (http://bit.ly/1K6MgOg ), el movimiento social es el proceso de (re)constitución de una identidad colectiva, fuera del ámbito de la política institucional. Este proceso dota de sentido a la acción individual y colectiva. El sentido de la acción es lo que permite distinguir al movimiento social del comportamiento colectivo, por cuanto éste es tan solo la agregación de intereses individuales en una coyuntura específica, mientras que en el movimiento social la identidad colectiva constituye en sí un incentivo selectivo para la acción.

3. Paramio y los grupos de interés.

Para Ludolfo Paramio (http://bit.ly/1KzrVkF ) los movimientos sociales no son otra cosa que las nuevas variantes de los llamados grupos de interés y su auge, en las décadas recientes, es una manifestación de la crisis de un sistema político dual, articulado en torno a la democracia de partidos y en un pacto corporativo entre los grupos de interés dominantes (sindicatos y patrones), que imponen los grandes rasgos del modelo de sociedad y los márgenes de su evolución. Es precisamente la agudización de la crisis del pacto corporativo la que ha detonado el crecimiento extensivo de los nuevos movimientos sociales (ecologistas, de género, antiarmamentistas, etc.). Pero en este punto cabe registrar las precisiones que establece Paramio en cuanto que estos nuevos movimientos sociales no difieren sustantivamente de aquellos que los precedieron; en ambos casos, tanto los tradicionales como los nuevos, son un colectivo que persigue objetivos comunes, que cuenta con una organización más o menos flexible y con un grupo dirigente organizado de forma regular; las diferencias se expresan en la tendencia a la integraciónde los tradicionales y en el carácter antisistémicode los emergentes.

En todos estos enfoques, y pese a sus matices, la acción colectiva, entendida como las diferentes expresiones de movilización social popular (protestas, motines, bandolerismo social, etc.) se convierte en el rasgo distintivo e identificatorio de los movimientos sociales.

4. La definición de Melucci.

En el caso de Alberto Melucci (http://bit.ly/1L98aLO ), la acción colectiva es considerada como el resultado de las intenciones, recursos y límites que un colectivo le determina a su conducta social; se trata de una orientación intencional, construida mediante relaciones sociales desarrollada en un sistema de oportunidades y obligaciones. Este accionar se articula en función de tres ejes: fines, medios y ambiente.

5. El enfoque de Pizzorno.

Mientras que para Alessandro Pizzorno (http://dialnet.unirioja.es/ejemplar/5056) el eje de la acción colectiva no está en la visión olsoniana del free líder (relación costos‐beneficios), sino en su rasgo de eje articulador de las identidades colectivas. Lo anterior se deduce al constatar que la identidad colectiva tiende a intensificar su etapa formativa en losprocesos de movilización y conflicto.

6. La teoría de la movilización de recursos.

Otro de los planteamientos básicos respecto de los movimientos sociales es la llamada teoría de la movilización de recursos (http://www.ses.unam.mx/docencia/2015II/Jenkins1994_LaTeoriaDeLaMovilizacionDeRecursos.pdf) categoría acuñada por la sociología funcionalista norteamericana que propone un modelo multifactorial para explicar la formación de los mismos; en este planteamiento se subraya la importancia de factores como los recursos, la organización y las oportunidades políticas, además de las hipótesis tradicionales del descontento, en la emergencia y desarrollo de los movimientos sociales. En esta conceptualización la organización del grupo es el factor determinante del potencialde movilización y de las pautas que ha de seguir, mientras que la movilización se convierte en el proceso mediante el cual un grupo se asegura el control colectivo sobre los recursos necesarios para la acción colectiva. Siguiendo esta lógica movimiental los miembros de un colectivo social como cualquier actor socializado, se mueven tanto por valores y sentimientos interiorizados como por cálculos de interés personal. Debido a esto el principal objetivo de la movilización debe ser la generación de solidaridad y compromiso moral para con las amplias colectividades en nombre de las cuales se actúa.

Pero pese a estos sustantivos avances en la precisión del concepto y rasgos distintivos de los movimientos sociales, la evaluación correspondiente continúa arrojando notorios déficits.

7. Manuel Pérez Ledezma.

En su análisis de los diferentes aportes a dicha conceptualización Manuel Pérez Ledesma (http://bit.ly/1PfOCJx ) concluye que aún no están del todo claras las fronteras de ese campo de estudios. Los diferentes enfoques de las ciencias sociales (historia, sociología, politología, etc.) y sus principales exponentes (C. Tilly, A. Oberschall, G. Rudé, E. P. Thompson, S. Tarrow, etc.) tienden a fijar en categorías genéricas su objeto de estudio y, apartir de ellas, a construir razonamientos teóricos explicativos. Se hace necesario, a juicio de Pérez, sistematizar estas experiencias a objeto de convertirlas en aportes concretos al campo del análisis y proyección de dichos movimientos.

8. Moscoso.

Al parecer el dilema teórico fundamental que se debe dilucidar, como asegura Moscoso (http://bit.ly/1mmdfK8 ), se encuentra en la relación o puente que debe construirse entre el movimiento social y la acción política. Desde esta perspectiva las ciencias sociales deben poner fin a la actitud de enclaustramiento que las empuja a trabajar los movimientos sociales exclusivamente en su dimensión factual, para llegar a establecer y precisar las dimensiones proyectuales de rango estratégico (políticas), que permitan funcionalizar e incorporar la acción colectiva al proyecto político.

El análisis de estas relaciones y las eventualidades del proyecto político popular han sido escasamente trabajadas en Colombia. Sin duda alguna los principales déficits se encuentran en el ámbito de las ciencias sociales, las cuales por lo demás se encuentran mayoritariamente posicionadas en torno a las estructuras de dominación; pero no es menos efectivo que desde la trinchera de la intelectualidad orgánica el aporte ha sido más bien reducido.

Para Moscoso el marxismo debe buscar la clave a su explicación del desarrollo de los movimientos sociales en la interacción que se produce entre la 'demanda' y la 'oferta' de actividad política.

9. Archila y Munera definen el movimiento social en Colombia.

Ya en el caso colombiano, profesionales expertos en el tema de los movimientos sociales como M. Archila, plantean que los mismos son una expresión organizada de la sociedad civil sin que la agoten, pues en ella también están, entre otros, los grupos económicos, las asociaciones religiosas y los individuos. Por movimientos sociales entendemos, dice Archila, aquellas acciones sociales colectivas permanentes que se oponen a exclusiones, desigualdades e injusticias, que tienden a ser propositivos y se presentan en contextos socio espaciales y temporales específicos (http://bit.ly/1W3upbO ).

Los movimientos sociales, agrega Archila, cada vez más encarnan los múltiples derechos que la nueva ciudadanía reclama, lo que se sintetiza en la consigna del derecho a tener derechos. Ello no significa que necesariamente los movimientos sociales tienen que ser transformadores radicales de la sociedad, sino que, como dice Manuel Castells, ellos simplemente muestran los conflictos de la sociedad. En ese sentido, afirma, no son ni buenos ni malos, no son ni reformistas ni revolucionarios, sino que expresan los conflictos existentes en una sociedad concreta (http://bit.ly/1W3upbO ).

Leopoldo Munera, intenta construir una definición de los movimientos sociales y los elementos que lo componen mediante una revisión a diversos enfoques tales como el de las conductas colectivas; la movilización de recursos; la sociología de la acción; y el movimiento popular (file:///C:/Users/PAPELITOS%20J.J/Downloads/-data-H_Critica_07 10_H_Critica_07.pdf).

Digamos, para cerrar, que una caracterización más amplia de los movimientos sociales sugiere una revisión histórica sobre las diversas aproximaciones teóricas a dicho fenómeno o expresión social. Acercamientos que suman la definición del movimiento obrero, los fenómenos de masas y la sociología de las masas, las interpretaciones de la acción colectiva como irregularidades no institucionales, la movilización de recursos, las estructuras de oportunidades políticas y los nuevos movimientos sociales.

Publicado enSociedad
Este alzamiento es sobre algo más que cuchillos

Cuando la "intifada de los cuchillos" comenzó en octubre del año pasado, los periodistas occidentales inundaron Jerusalén para cubrir la nueva "escalada", entrevistaron a personas "de los dos lados del conflicto" y formularon variantes de la vieja pregunta: "¿Es esto el comienzo de una tercera intifada?


Inevitablemente, los periodistas se fueron una vez que la represión masiva redujo significativamente el número de ataques mortales contra israelíes en la ciudad. Es un patrón demasiado conocido para los palestinos y palestinas, pues ya sabemos que sólo hay una "escalada" cuando hay muertos o heridos israelíes. Las muertes, heridas, arrestos y demoliciones de casas infligidas por Israel a la población palestina son consideradas de rutina y no merecen mayor investigación.


Los actos cotidianos de castigo colectivo sufridos por la población palestina de Jerusalén y su lenta limpieza étnica son demasiado rutinarios como para ser considerados noticias.


Los checkpoints temporales, las calles cerradas y los bloques de hormigón instalados durante la ofensiva pueden haber sido quitados, y la cantidad de tropas en las calles puede haberse reducido. Pero la represión israelí –y la resistencia palestina– continúan.


Los muertos como rehenes


Una de las tácticas israelíes más inhumanas es la práctica de retener los cuerpos de los palestinos y palestinas asesinadas.
A mediados de octubre, el gabinete de seguridad israelí aprobó varias medidas para sofocar los disturbios. Una de ellas fue reactivar la vieja política de retener los cuerpos de los palestinos muertos bajo la acusación de haber llevado a cabo ataques.


Desde entonces, más de 80 cuerpos han sido retenidos. Israel empezó a entregarlos gradualmente a fines de diciembre, después de semanas de protestas masivas, sobre todo en Hebrón; pero los cuerpos de 10 palestinos de Jerusalén permanecen en la morgue israelí.


Las familias de Bahaa Alayan, Thaer Abu Ghazaleh, Hassan Manasra, Alaa Abu Jamal, Ahmad Abu Shaaban, Mutaz Uweisat, Omar Iskafi, Abd al-Mohsen Hassouna, Musab al-Ghazali y Muhammad Nimer todavía están batallando por su derecho a enterrar a sus hijos.


Israel ha puesto condiciones represivas para entregar los cuerpos, explotando el aislamiento geográfico y político de la población palestina de Jerusalén: las familias deben enterrarlos del otro lado del Muro que Israel ha construido alrededor de la ciudad, limitar la cantidad de personas presentes en el funeral, enterrar los cuerpos sólo a última hora del día, o pagar una fianza para levantar dichas condiciones. [1]


Apatía internacional


Mohammad, el padre de Bahaa Alayan, ha liderado la campaña popular en Jerusalén para protestar contra estas medidas.
"Se nos está privando de nuestro derecho al duelo, e Israel está usando los cadáveres de nuestros hijos para quebrarnos", dijo Alayan. "Y este hecho no está recibiendo ni una fracción de la cobertura y atención que merece".
Este abogado de 60 años considera que las familias de los mártires de Jerusalén han sido completamente abandonadas por la Autoridad Palestina. Él no puede entender la apatía de los medios occidentales.


Ninguno de los periodistas que se le acercaron después del asesinato de su hijo para preguntarle por qué un joven brillante como él pudo cometer un ataque con cuchillo se molestaron en regresar a preguntarle sobre el cuerpo de Bahaa, dice Muhammad.


Si lo hubieran hecho, habrían encontrado a los Alayan durmiendo en una carpa improvisada cerca de las ruinas de su casa. El hogar de los Alayan es uno de los tantos que Israel demolió en represalia por los ataques individuales. La política de las demoliciones punitivas también estaba incluida en el paquete de medidas aprobadas por el gabinete de seguridad en octubre, y ha sido aprobada por la Suprema Corte de Justicia de Israel.


Empujados a movilizarse


Las políticas de retener los cuerpos de los supuestos atacantes y de demoler las casas de sus familias constituyen las violaciones de derechos humanos más atroces contra la población palestina de Jerusalén. Pero también han impulsado a la comunidad a movilizarse.


El 1º de diciembre, un grupo de jóvenes organizó un concierto en el Teatro Nacional Palestino (también conocido como Hakawati) para apoyar a las familias que tienen a sus hijos en la cárcel y a las que están esperando los cuerpos de sus hijos e hijas asesinadas. La sala más grande del teatro estaba llena hasta el tope. Lo recaudado fue destinado a la reconstrucción de las viviendas destruidas.


La solidaridad comunitaria organizada por las y los habitantes del campo de refugiados de Shuafat después de la destrucción de la vivienda de Ibrahim Akari fue replicada en toda Cisjordania, especialmente en Ramala y en Nablus.


También ha habido acción directa. Inspirándonos en la idea que tuvo Bahaa Alayan en marzo de 2014 de formar una cadena humana de lectura, hicimos lo mismo el 26 diciembre. La cadena rodeó las murallas de la Ciudad Vieja de Jerusalén, reclamando la entrega de los cuerpos de los mártires; la protesta pacífica fue violentamente disuelta por las fuerzas israelíes.


Para la población palestina de Jerusalén, organizar protestas masivas contra la extrema represión de Israel se ha vuelto aún más difícil desde octubre. Israel está apuntando deliberadamente a los líderes activistas de la ciudad, poniéndolos en la cárcel o bajo arresto domiciliario, amenazándolos con detenerlos o entregándoles órdenes de expulsión de la ciudad.


Estas medidas no disuadieron a Hijazi Abu Sheih y Samer Abu Eisheh de instalar una carpa de protesta en el jardín de las oficinas del Comité Internacional de la Cruz Roja, en el barrio de Sheij Yarrah. Si bien la carpa fue instalada como refugio para los dos activistas cuando rechazaron la orden de expulsión de Jerusalén, pronto se transformó en un vibrante espacio de desobediencia civil.


Momento de libertad


Durante dos semanas, la carpa desbordó de energía y espíritu revolucionario, libre de las divisiones sectarias. Allí se organizaron conciertos, conferencias abiertas y debates.


Más que brindar apoyo a los dos activistas, quienes concurrieron a la carpa se vieron inmersos en un inusual clima de genuina –aunque efímera– libertad. Allí pudieron cantar, levantar la voz contra la opresión israelí, corear "No nos iremos", sumergirse en los debates y organizarse.


A las y los palestinos nos preguntan con frecuencia cuál es la alternativa a nuestros gobernantes corruptos y fracasados. Quienes visitaron la carpa pudieron ver un atisbo de cómo podría ser esa alternativa.


El 6 de enero, Abu Eisheh y Abu Sbeih fueron arrestados por unidades especiales de la policía israelí en el recinto mismo de la Cruz Roja. Según informó Mahmud Hassan, el abogado de Abu Eisheh, los dos han sido acusados de desafiar órdenes militares e incitar a la violencia a través de Facebook.


Ni la carpa de protesta ni la represión contra ella capturaron la atención de los periodistas internacionales, a pesar de que estas formas de resistencia no violenta y la ofensiva israelí están en el centro del relato cotidiano en Jerusalén.
Todavía no podemos hablar de un movimiento de masas organizado, pero el actual alzamiento palestino tiene mucho más que ver con eso que con los ataques individuales con cuchillos. Y la represión israelí va mucho más allá de las balas y los checkpoints.

 

Budur Yussef Hassan
Electronic Intifada

Traducción para Rebelión de María Landi.

Budur Yussef Hassan es una joven escritora y abogada nacida en Nazaret y residente en Jerusalén. Su blog: budourhassan.wordpress.com. Su Twitter: @Budour48


Notas
[1] El 8 de febrero el Parlamento israelí, en una medida de corte fascista, decidió sancionar con 2 a 4 meses de suspensión a la y los legisladores palestinos Haneen Zoabi, Basel Ghattas y Jamal Zahalka por haberse reunido con las familias que están reclamando la entrega de los cuerpos de sus hijos asesinados. (N. de la T.).

Publicado enInternacional
Lunes, 08 Febrero 2016 06:33

¿Casa Blanca socialista?

¿Casa Blanca socialista?

En un hecho inusitado en la historia de este país y que está provocando alarma en Wall Street, en los grandes medios, y por supuesto entre la cúpula política, un proclamado socialista goza del apoyo creciente de millones a lo largo y ancho de Estados Unidos.


¿Estados Unidos está listo para un presidente socialista? fue la cabeza de la nota principal de la edición estadunidense de The Guardian este fin de semana. Ataques y gritos de representantes y operativos del orden establecido –políticos nacionales de ambos partidos, comentaristas dizque muy sofisticados y de las páginas editoriales del Washington Post y otros medios– sólo han servido para comprobar que el socialista se está volviendo una amenaza real para ellos. Tal vez lo más revelador en ese sentido fue que uno de los generales más poderosos de Wall Street considera el surgimiento de este socialista un momento peligroso en la historia del país.


Aunque La Jornada ha reportado desde un principio sobre el precandidato presidencial demócrata Bernie Sanders, quien se identifica como socialista democrático, y su creciente impacto en el proceso electoral estadunidense, y hemos recordado que el socialismo no es un bicho extraño ni foráneo en la historia de este país (ver), aún es difícil digerir que algo así está ocurriendo en el país más poderoso y campeón histórico, hasta histérico, en la lucha contra el socialismo en el mundo.


No es menos difícil para los proclamados expertos institucionales de la realidad estadunidense aquí. Desde hace meses han insistido en que un aspirante presidencial socialista en Estados Unidos no tiene probabilidades de llegar ni cerca de la Casa Blanca. Pero cada día se siguen sorprendiendo, sobre todo la reina del Partido Demócrata Hillary Clinton, su equipo de profesionales y sus circuitos tan extensos dentro del poder. Nadie de éstos lo pronosticó y mucho menos se preparó para esta coyuntura, que sencillamente no cabía en su marco.


Cada día se asustan más. Operadores de la campaña de Clinton están intensificando sus esfuerzos para etiquetar de radical y por lo tanto inelegible a Sanders, y aliados ya empiezan a tener tintes macartistas, alimentando el debate de que el senador es algo más parecido a un comunista, y que sus ideas están fuera de lo aceptable para este país.


Sanders es lo que en cualquier otro país sería un social demócrata y no un socialista marxista, aunque disfruta convocar una revolución política para que el pueblo recupere la democracia que ahora está en manos de la clase millonaria y multimillonaria y de Wall Street que controla la vida económica y política de este país. Señala que comparte una ideología de tipo Franklin D. Roosevelt y su modelo son los países escandinavos y Canadá.


Pero los cada vez más asustados buscan atacarlo a la antigüita, como en tiempos de la guerra fría, al vincularlo, en la imaginación popular, con el antiguo bloque socialista. Y cada vez que lo hacen, sus simpatizantes se multiplican, sobre todo entre los jóvenes que como sector electoral están abrumadoramente a su favor (ganó 84 por ciento del voto joven en Iowa; en las encuestas antes de las primarias en Nueva Hampshire este martes, 87 por ciento de los jóvenes dicen que votarán por él, contra sólo 13 por ciento para Clinton).


Vale subrayar que este fenómeno no se puede reducir a un individuo como Sanders, sino que es la manifestación de una corriente política potencialmente poderosa dentro de este país, que primero se expresó en luchas recientes, desde Ocupa Wall Street a Black Lives Matter a los Dreamers, y antes en los movimientos altermundistas.


Lloyd Blankfein, el ejecutivo en jefe de Goldman Sachs, en comentarios en un programa de televisión de CNBC, la semana pasada, comentó acerca del fenómeno de Sanders que esto tiene el potencial de ser un momento peligroso. Deploró que aparentemente el precandidato no desea hacer concesiones a Wall Street, y él y sus entrevistadores en CNBC se burlaron sobre cómo sus simpatizantes deberían irse a Cuba si tanto les gusta el socialismo. Jamás reconoció que la ira de los simpatizantes de Sanders proviene de lo que él y sus compinches hicieron en el fraude financiero más grande de la historia que destruyó millones de empleos, llevó a la pérdida de más de 4 millones de hogares y a la intensificación de la concentración de la riqueza, y el poder, en este país.


Ya basta (Enough is enough) es la consigna con que culminan los discursos de Sanders al hablar sobre la extrema desigualdad de ingreso y riqueza en este país, y cómo el 1 por ciento se ha apoderado de todo, incluido el proceso político estadunidense.


Es este mensaje que genera un apoyo cada vez más amplio, por lo menos una nueva encuesta nacional registra que la brecha entre él y Clinton a nivel nacional se ha reducido de más de 30 puntos hace unos meses, a sólo dos hoy día (aunque es sólo una, y el promedio de todas las encuestas sigue mostrando a Clinton con ventaja de 14 puntos, aun así mucho más reducida que al principio, cuando la brecha era de casi 40 puntos). Según las encuestas, Sanders ganará a Clinton, y por amplio margen, la elección primaria en Nueva Hampshire este martes, después de sorprenderla con un empate técnico en Iowa la semana pasada.


Y Sanders ha hecho todo esto desde abajo –con la maquinaria del partido y la cúpula política y económica en su contra– con el apoyo de más de un millón de donantes individuales, más un creciente ejército de jóvenes que apoyan al precandidato más viejo (74 años).


Ante la gran sorpresa de los guardianes del viejo orden, furiosos ante este desafío, queda claro que, gane o no el socialista, algo está cambiando en la política estadunidense.


No se sabe si eso logrará instalar una presidencia socialista en la Casa Blanca, o si es algo tal vez aún más amplio: el inicio de una rebelión popular ante el modelo neoliberal impuesto en Estados Unidos durante los últimos 30 años.

Publicado enInternacional
¿Estrategia electoral de izquierda? Francia y Estados Unidos

Cuando Bernie Sanders anunció que buscaría la nominación presidencial del Partido Demócrata estadunidense, poca gente lo tomó en serio. Hillary Clinton parecía contar con tanto respaldo que su nominación parecía asegurada, sin dificultades.


Sin embargo, Sanders persistió en su aparente utópica tarea. Para sorpresa de la mayoría de los observadores, el tamaño de los públicos en las reuniones comenzó a crecer constante por todo el país. Su táctica esencial fue atacar a las grandes corporaciones. Dijo que usaban su dinero para controlar las decisiones políticas y aplastar el debate sobre la creciente brecha entre los ganadores en la cúpula y la vasta mayoría del pueblo estadunidense –que ha ido perdiendo ingresos reales y empleos. Para enfatizar su postura, Sanders rehusó aceptar dinero de los grandes donantes cupulares y buscó fondos de individuos que donan cantidades pequeñas.


Haciendo esto, Sanders tocó una vena profunda de descontento popular no sólo entre aquellos situados en la base misma de la escalera del ingreso, sino entre la llamada clase media que teme ser lanzada al estrato del fondo. Hoy, las encuestas muestran que Sanders ha ganado el suficiente respaldo para ser un serio oponente de Clinton.


Sanders tiene limitaciones, especialmente que su encanto con las minorías étnicas y raciales es definido. Pero ha logrado forzar la discusión pública hacia la brecha del ingreso. Ha logrado correr la retórica de Clinton hacia la izquierda, en el intento de ella por recuperar votantes potenciales para Sanders. Sea cual fuere el resultado final de la convención del Partido Demócrata, Sanders ha logrado mucho más de lo que cualquiera habría predicho al inicio de su campaña. Por decir lo menos, ya forzó a un debate serio acerca del programa del Partido Demócrata.


En enero de 2016, parece haber comenzado una campaña paralela en Francia. Es semejante en muchas formas a la de Sanders, pero también diferente debido a las estructuras de las instituciones electorales de ambos países.


Tres intelectuales de izquierda decidieron lanzar un llamado público a una primaria de izquierda (primaire à gauche). Ellos son Yannick Jadot, activista político de largo tiempo en los grupos ambientalistas; Daniel Cohn-Bendit, cuya fama proviene de 1968 pero que por mucho tiempo ha intentado unir a ambientalistas, socialistas de izquierda y fuerzas pro europeas, y, por último, Michel Wieviorka, sociólogo que ha sido asesor de figuras de izquierda en el Partido Socialista.


Los tres redactaron un llamado público a denunciar la pasividad ante las tendencias hacia la derecha en la política francesa, incluida, por supuesto, la creciente fuerza electoral del Front National. Llamaron a un debate público serio acerca de cómo unir las fuerzas de centroizquierda e izquierda para afectar los comicios presidenciales esperados en 2017. Antes de hacer público el llamado, los originadores buscaron respaldos entre conocidos intelectuales de múltiples franjas políticas, incluido Thomas Piketty y Pierre Rosanvallon. Y persuadieron a Libération, el periódico de centroizquierda más grande de Francia, a dedicar un número entero, el 11 de enero de 2016, tanto al llamado como a los múltiples respaldos.


Dos semanas después, el 26 de enero, Libération dedicó otro número a ese llamado. Para ese momento 70 mil personas ya habían firmado el llamado. El número incluía artículos de diversas figuras públicas en torno a los puntos primordiales que deberían plantearse y el mejor modo de impulsarlos. Buena parte del debate se centra sobre cuál es la función de unas elecciones primarias. Todo el concepto de las primarias fue importado de los comicios estadunidenses y es, en sí mismo, respuesta a los inesperados resultados de las elecciones presidenciales de Francia en 2002.


Según las reglas que gobiernan las elecciones presidenciales francesas, a menos que un candidato reciba mayoría de votos, habrá segunda vuelta, en la que sólo participan los dos candidatos con mayores votaciones en la primera vuelta.
El supuesto es que esa primera vuelta es una especie de elección primaria, en la cual todas las tendencias políticas podrían mostrar su fuerza. Se supone, entonces, que en la segunda ronda los dos partidos principales (centroizquierda y centroderecha) son la opción para los votantes.


En 2002, sin embargo, el candidato del Front National, de extrema derecha, marginó al Partido Socialista. La opción de los votantes fue entonces entre el Front National y el partido principal de centroderecha. Enfrentados con esa opción, el Partido Socialista respaldó al candidato de centroderecha para la segunda ronda, permitiéndole ganar de modo avasallador. Lo que ocurrió fue simple. Los candidatos de izquierda y centroizquierda eran demasiados en la primera ronda, y ello impidió que el Partido Socialista obtuviera los sufragios suficientes para entrar a la segunda ronda.


El impacto de las elecciones de 2002 fue traumático para la izquierda francesa. El viejo sistema estaba diseñado para una situación donde hay dos partidos principales. No funciona en una situación tripartita. Para evitar la repetición de esta derrota, en 2011 el Partido Socialista decidió celebrar una primaria del partido, abierta a quien fuera. Estos comicios fueron exitosos, pues disuadieron a muchos, si no a todos los candidatos de izquierda, de presentarse en estas primarias, dado que ahora podían lanzarse como candidatos en las primarias del Partido Socialista. Lo abierto de esas primarias condujo a muchos votantes centristas a participar en ellas. Esto hizo posible que François Hollande saliera victorioso, por encima de candidatos más de izquierda en las primarias del Partido Socialista. Hollande llegó a la segunda ronda y derrotó al candidato de la derecha, el presidente Nicolas Sarkozy.


Ahora, aunque Hollande es presidente, la última cosa que desea es una elección primaria, en la que pueda salir derrotado. Por otro lado, ha estado perdiendo respaldo en el Partido Socialista, segmento tras segmento, de figuras de la izquierda que han ido renunciando o han sido corridos de sus puestos en el gabinete. El riesgo de permitir más nombres en la primera ronda es que ello podría conducir a la repetición de lo ocurrido en 2002. Al mismo tiempo, Sarkozy también enfrenta una fuerte exigencia para celebrar primarias en su partido, elecciones en las que no hay modo de garantizar que él gane.


El problema con ambos partidos principales es que cada uno está dividido interiormente en múltiples puntos reales. Para los socialistas y las fuerzas de izquierda hay una división entre los programas neoliberales y los del Estado de bienestar. Existe una grieta sobre cómo define uno el término laïcité (laicismo) –en términos absolutos o permitiendo la identidad cultural. Y existe una grieta en si debe uno fortalecer o debilitar las instituciones europeas. Finalmente, hay ahora un punto candente en la llamada déchéance de nationalité (privación de la nacionalidad), mediante la cual se propone que a las personas que son ciudadanas francesas de nacimiento pueda retirárseles la nacionalidad si se les condena a cualquier cosa definida como ayudar al terrorismo. Esto ha sido una propuesta que antes fue de la derecha y que fue muy confrontada por el Partido Socialista. Hay mucho desasosiego en el partido en torno a revertir esta postura como respuesta a los violentos ataques del Estado Islámico el 13 de noviembre, que transformaron considerablemente los sentimientos del público.


Hollande compite ahora como candidato con una postura conservadora en todos estos asuntos. Espera ganar por ser el candidato que está combatiendo el terrorismo y, por tanto, merece el respaldo de los individuos centristas. Es este Hollande el que las fuerzas de izquierda buscan forzar a un debate público.


El paralelo con Sanders es que el grupo francés puede estar abrevando del mismo descontento popular que Sanders ha utilizado en esta apuesta. La diferencia es que ellos luchan contra un presidente en funciones dispuesto a utilizar cualquier medida de presión concebible para forzar la disciplina de los miembros de su partido. Sabremos tal vez en seis meses si el grupo francés puede ser tan exitoso como Sanders.


Traducción:
Ramón Vera Herrera

Publicado enInternacional
Viernes, 05 Febrero 2016 05:58

Todo lo sólido se desvanece en las urnas

Todo lo sólido se desvanece en las urnas

Hace cuatro décadas, el intelectual y militante peruano Alberto Flores Galindo desgranaba su opinión sobre las elecciones, en un breve comentario a propósito de los resultados de las votaciones para la Asamblea Constituyente, en las que el dirigente campesino-indígena Hugo Blanco obtuvo 30 por ciento de los sufragios, en junio de 1978.


"El voto universal, individual y secreto ha sido una invención genial de la burguesía. El día de una votación las clases y grupos sociales se disgregan en una serie de individuos que dejan de pensar colectivamente, como sí ocurre en las huelgas, las manifestaciones o cualquier otro acto de protesta, y en la 'cámara secreta' emergen entonces las dudas, los temores, las incertidumbres que llevan a optar por lo establecido, por el pasado y no por el cambio" ( Obras Completas, tomo V, Lima, 1997, p. 89).


Flores Galindo fue uno de los más consecuentes y notables pensadores en los años 70 y 80, cuando el Perú estaba atenazado entre la violencia estatal y la de Sendero Luminoso, en una guerra que tuvo un costo de más de 70 mil muertos. Su investigación Buscando un Inca: identidad y utopía en los Andes, publicada en 1986, obtuvo el Premio Ensayo de Casa de las Américas en Cuba. Fue fundador de SUR, Casa de Estudios del Socialismo, que agrupó a buena parte de la intelectualidad de la época, y militó en el Partido Unificado Mariateguista, al que también pertenecía Hugo Blanco.


Su breve reflexión sobre las elecciones tiene gran actualidad y muestra la crisis del pensamiento crítico. En primer lugar, permite distinguir entre las libertades democráticas y el hecho de fundar una estrategia política en la participación electoral. Si las libertades fueron conquistadas por largas y potentes luchas colectivas de los oprimidos, las elecciones son el modo de dispersar esa potencia plebeya.


En segundo lugar, no critica la participación electoral, sólo advierte sobre el hecho incontestable de que se trata de jugar en el terreno de las clases dominantes. No esgrime un juicio ideologizado, sino centrado en cómo el sistema electoral disgrega a los de abajo en una miríada de individuos aislados que, al estar atomizados, dejan de ser una fuerza social para entregarse a la manipulación de los poderes del sistema. El pensamiento colectivo que emerge en las acciones populares deja paso a la individualización, en la que siempre se imponen miedos y prejuicios.


Sería necesario desarrollar ambos argumentos. Por un lado, la reflexión de Flores Galindo conecta con la de Walter Benjamin en su Tesis sobre la historia, cuando asegura: El sujeto del conocimiento histórico es la clase oprimida misma, cuando combate (Tesis XII). No es un tema menor. En el recodo de la historia que le tocó vivir, Benjamin entendió que si los oprimidos no están organizados, son incapaces de comprender el mundo, están ciegos y son presa del modo de ver de los poderosos. El problema no son los medios del sistema (y vaya que son un problema), sino nuestra incapacidad de organizarnos, que es el modo de ser nosotros, o sea colectivos que combaten y, por tanto, comprenden.


El problema de lo electoral consiste, a mi modo de ver, en fundar una estrategia de cambios en la participación en elecciones, en la llamada acumulación de fuerzas que se resume en sumatoria de votos. En nuestro continente hemos asistido a una sucesión de luchas muy potentes capaces de desplazar gobiernos conservadores, que poco después se disuelven en las urnas, instalando otros gobiernos –a veces mejores, otras veces peores– que suplantan la acción colectiva y la organización de los de abajo.


La mayor parte de los partidos comunistas focalizaron su actuación en una estrategia de este tipo, colocando la organización popular a remolque de la acumulación electoral. Con el tiempo, esa estrategia se generalizó y se convirtió, después de la caída del socialismo real y de las derrotas de las revoluciones centroamericanas, en el modo de acción único de las izquierdas institucionales.


La individualización a través del voto tiene varias consecuencias nefastas. Además de la mencionada por Flores Galindo, la disolución o neutralización de la organización colectiva, aparece otra: en el proceso de trocar lo colectivo en individual se facilita la cooptación de los dirigentes porque en estos procesos se autonomizan las bases, algo prácticamente inevitable cuando se convierten en representantes. El sujeto se disuelve cuando impera la lógica de la representación, ya que sólo es posible representar lo que está ausente.


Sin embargo, el voto universal, individual y secreto reviste de legitimidad a los elegidos, y esa es la genialidad que denuncia el peruano. Cuando los gobiernos de las clases dominantes se sienten acorralados, como le sucedió al presidente Eduardo Duhalde en junio de 2002 en Argentina, ante una potente arremetida popular, convocan a elecciones como forma de dispersar los poderes de abajo. Es un dispositivo de vigilancia y control que consiste, como aseguraba el propio Duhalde, en sacar a la gente de la calle para devolverla a sus casas y sentarla frente a los televisores.


Porque la lógica del elector y la del televidente es la misma: al poder no le importa lo que cada quien piensa, siempre que lo haga en la soledad de su casa, sentenció en algún momento Noam Chomsky. El problema para los de arriba, por tanto, es la acción y la reflexión colectivas.


Sería maravilloso que el poder que nace de la organización/movilización popular se viera potenciado y retroalimentado por la participación electoral. La realidad dice lo contrario, como podemos apreciar en todos los procesos, y estos días de modo especial en el Estado español, donde los electores de Podemos contemplan cómo sus elegidos negocian en nombre de quienes los eligieron, pero cada vez más distantes de ellos. La actividad institucional que se deriva de los procesos electorales termina por desplazar del centro del escenario a las organizaciones de los de abajo.

Publicado enPolítica
Trump tropieza; tablas entre Hillary y Sanders

La sombra ominosa de Donald Trump fue frenada por el ultraconservador Ted Cruz, quien se impuso entre los republicanos, y del lado demócrata Hillary Clinton y Bernie Sanders acabaron en un empate técnico, en la primera e intensamente reñida contienda realizada en el estado de Iowa, en el largo proceso para elegir al próximo presidente de Estados Unidos


Cientos de miles participaron esta noche en los llamados caucus, asambleas electorales realizadas por separado por el Partido Demócrata y el Partido Republicano, en unos 2 mil sitios en el estado, con lo cual finalmente arrancó el proceso electoral presidencial de 2016.


El triunfo tan cerrado del lado demócrata –el cual no pudo declarar triunfador al cierre de esta edición, con 95 por ciento del voto contado– fue en efecto un triunfo de Sanders (aun si al final Clinton gana la votación) al constatar el inesperado surgimiento de Sanders, que logró empatar a la favorita, algo que hace sólo un par de meses era impensable. En los hechos, ambos candidatos se dividirán aproximadamente 44 delegados demócratas en juego en Iowa.


Martin O'Malley, el tercer contendiente demócrata, anunció que se retira de la contienda nacional como precandidato después de que nunca pudo hacer notar su presencia ante el electorado.


Por otro lado, el triunfo de Cruz ofrece un respiro para la cúpula como el menos malo de los llamados insurgentes radicales de derecha que están tomando por asalto al Partido Republicano. El cubanoestadunidense Cruz, quien dio gracias a Dios por su triunfo, por lo menos es senador y producto del establishment que recientemente se alzó sobre la ola del Tea Party, y por lo tanto forma parte de la cúpula.


Para Trump el segundo lugar es una derrota para su imagen de invencible, pero mantiene su ventaja en las encuestas a escala nacional. Marco Rubio, el otro cubanoestadunidense, festejó su sorpresiva fuerza al llegar a un tercer lugar, a sólo un punto de Trump; de hecho, podría considerarse como el que más avanzó en términos políticos. Los otros ocho contendientes republicanos lograron menos de 10 por ciento cada uno (Jeb Bush logró menos de 3 por ciento, y uno, Mike Huckabee, se retiró de la contienda).


Después de casi un año de campañas, millones en publicidad, infinitos sondeos y aún más infinitos comentarios –todo manejado por profesionales muy bien pagados–, llegó el momento donde el supuesto protagonista del espectáculo democrático por fin entra al escenario: el votante.


Aunque Iowa captó la atención nacional, millones de dólares en inversiones en propaganda y enormes recursos humanos y tiempo por los precandidatos, no es en sí un estado importante en el mapa político-electoral estadunidense. Tampoco, como recuerda el veterano analista político Charlie Cook, determinará el eventual ganador de la candidatura de uno u otro partido. Tomen un respiro, todos, aconseja; falta mucho, sólo es el primer concurso de más de 50 que faltan.


De hecho, esta noche en Iowa sólo se seleccionaron a menos de 2 por ciento –o sea, unas cuantas decenas– de los delegados que están en juego en el tablero nacional (un total de 2 mil 472 delegados del lado republicano, 4 mil 763 del lado demócrata).


Pero Iowa y Nueva Hampshire –la siguiente cita del calendario electoral, en ocho días– sí tienen una presencia nacional exagerada cada cuatro años sólo porque son las primeras dos contiendas en el proceso electoral presidencial y por lo tanto pueden desencadenar dinámicas que afectan los siguientes concursos, así como confirmar o minar la viabilidad de candidatos establecidos o insurgentes. Es la primera vez que se escucha la voz de los votantes.


La próxima cita son las elecciones primarias en Nueva Hampshire, el 9 de febrero, y de ahí a Nevada y Carolina del Sur, a mediados de mes. El primero de marzo continúa el proceso con el denominado supermartes, cuando una docena de estados realizan primarias.


El proceso de elecciones internas de cada partido nacional sigue hasta el 14 de junio y culmina con las convenciones nacionales de cada partido, en julio. Los que ganan las mayorías de los delegados (incluidos superdelegados otorgados por las cúpulas partidarias) se coronan como candidatos presidenciales de su partido.


Más allá de Iowa, lo que continúa definiendo esta contienda es la insurgencia de precandidatos que están desafiando las cúpulas de ambos partidos: Trump, por el lado de los republicanos, y Sanders por el demócrata. En parte, la contienda es una expresión de hartazgo de las bases de ambos partidos y sus aliados contra el establishment.


Pero también hay otra vertiente en todo esto: por la presencia de Sanders, la pugna es entre millonarios (tanto varios de los precandidatos o sus principales patrones) y una expresión ciudadana en lo que se pronostica que será la elección presidencial más cara de la historia. El socialista democrático Sanders recaudó 20 millones sólo en el mes de enero, pero lo más importante es que todos los fondos (durante 2015 recaudó más de 73 millones de dólares) que han financiado su campaña provienen de más de un millón de ciudadanos que han donado más de 3.5 millones en contribuciones individuales de, en promedio, 27 dólares cada una; un nuevo récord.


Clinton sigue recibiendo directa e indirectamente la mayoría (81 por ciento según algunos cálculos) de sus fondos de donantes ricos. Todos los precandidatos republicanos son patrocinados por multimillonarios o en el caso del magnate Trump, por su propia fortuna.


Así, la pugna es, en cierto sentido, entre el poder ciudadano y el poder empresarial/corporativo/multimillonario.


Aunque a nivel nacional Clinton sigue gozando de amplia ventaja en las encuestas nacionales, el mensaje de Sanders por una revolución política para rescatar a esta democracia de las manos de una oligarquía multimillonaria y de Wall Street aún resuena muy fuerte entre las filas democráticas, sobre todo entre los jóvenes (cuyo voto estaba ganando de manera abrumadora esta noche, según encuestas de salida). Eso quedó comprobado en Iowa esta noche, cuando el proclamado socialista democrático empató a la poderosa maquinaria política no sólo de Clinton, sino de la cúpula del partido.


Sanders goza de amplia ventaja sobre Clinton en las próximas primarias de Nueva Hamp-shire, y con el empate esta noche ha provocado una contienda interna casi impensable hace un par de meses.


Mientras, los ahora tres cabalgantes principales de la derecha seguirán su sagrada cruzada.


Esto apenas empieza.


Análisis | La carrera electoral en Estados Unidos


Bernie Sanders: caminar sobre los hombros del gigante dormido


Es difícil que Sanders pueda convertirse en el candidato demócrata. Pero el fenómeno 'Bernie' debe entenderse dentro de una secuencia abierta hace ahora cuatro años por Occupy Wall Street y el "cambio en la conversación" que ese movimiento produjo.


Susana Draper, Vicente Rubio-Pueyo

Una imagen recurrente en la política estadounidense es la del "gigante dormido": un grupo social, una masa demográfica de electores que repentinamente despierta para convertirse en factor crucial en una elección. A lo largo de décadas de trayectoria política independiente, no adscrito ni a demócratas ni a republicanos (como alcalde de Burlington, capital de Vermont y más tarde como senador por ese estado en el Congreso), Bernie Sanders ha ocupado siempre el lugar de un outsider, una suerte de profeta solitario en el desierto de la hegemonía neoliberal.


Cuando Sanders lanzó su candidatura a las primarias demócratas el pasado mayo, su propuesta fue recibida con paternalismo (cuando no directa indiferencia) por parte de la prensa mainstream. Meses después, Sanders podría ganar en Iowa y New Hampshire, primeros estados en celebrar sus primarias. ¿Cómo ha logrado Sanders abrir este reto inédito, hasta ahora impensable, a Hillary Clinton y la maquinaria del Partido Demócrata? Más allá de los indudables méritos de su campaña y de una trayectoria honesta y coherente, su figura debe entenderse como la posibilidad de una articulación de fragmentos y trayectorias históricas, que han hecho visible una serie de instancias cruciales en la última década, desde Occupy Wall Street.


Mediante sus referencias explícitas al New Deal de Roosevelt el "socialismo democrático" de Sanders consiste básicamente en la reintroducción abierta de términos como "justicia económica" y "redistribución de la riqueza" ausentes por décadas en el discurso público estadounidense. En otras palabras, la recuperación de un estado de bienestar, fundamentalmente en la sanidad, en la educación y en el derecho laboral. Lo interesante aquí no consiste únicamente en las propuestas concretas de Sanders, sino en cómo estas se articulan con el paisaje social y político de los últimos años. Así, la reconstrucción del sistema público de salud recoge el descontento con el –finalmente muy aguado por las aseguradoras privadas– Obamacare. La propuesta de una matrícula gratuita en las universidades públicas confronta el problema de la astronómica burbuja de deuda estudiantil que Occupy puso encima de la mesa. La subida del salario mínimo a 15 dólares/hora se relaciona con la campaña "Fight for 15" y la ola de nuevas sindicaciones en sectores poco organizados tradicionalmente como los trabajadores de cadenas "fast food" o en corporaciones como Walmart.


A diferencia de Obama, la campaña de Sanders no se centra tanto en un candidato carismático, sino en este programa, así como en la invocación a una "revolución democrática" consistente, por un lado, en el rechazo frontal a los "SuperPACs" (los vehículos corporativos de financiación política) mediante una campaña financiada por más de tres millones de donaciones individuales (unos $30 de aportación media). Al ubicarse al margen del proceso en el que Wall Street, sus billonarios y corporaciones invierten billones en los candidatos para controlar el sistema de decisiones políticas, Sanders expone de un modo directo la forma en que la política es dirigida desde el aparato financiero y los intereses económicos del 1%.


Con gran sorpresa para el establishment, su campaña logró financiarse en un 100% por los votantes que apoyan sus ideas y programa, mostrando que es posible hacer una campaña sin financiación de "super Pac" o millonarios. "Estamos haciendo historia" –afirmó Jeff Weaver, director de su campaña–. Este gesto tan básico como inusual habla del corazón de su plataforma: separar la vida política del aparato financiero que la mantiene cooptada, tomando como eje la distinción trazada por Occupy Wall Street entre el 99% y la acumulación de la riqueza en el 1%. Con esto ha emergido una suerte de redefinición de lo político en lo que va de campaña ya que al contrario del discurso de la mera gestión y administración, Sanders insiste en una "revolución democrática" capaz de imaginar otro futuro.


Es el único candidato que puso en el habla política el tema de la redistribución de la riqueza y la justicia económica, que en Estados Unidos es inseparable de una justicia racial y un serio desmantelamiento del racismo sistémico. De esta forma, la invocación a una "revolución democrática" implica a un nivel más profundo un horizonte de articulación transversal frente a algunos aspectos centrales de la cultura política estadounidense, como la tecnocracia de la gestión y la demografía mercadotécnica, componiendo una suerte de reeducación política frente a la lógica que revelan las críticas desde la campaña de Hillary y toda la maquinaria mediática. Este tipo de críticas muestran por tanto el carácter profundamente impolítico de la tecnocracia, atacando a Sanders por no poder cumplir con sus "promesas". En tanto Sanders convoca a una movilización popular como condición para el cumplimiento de esas metas, éstas no consisten tanto en promesas como en propuestas que amplían el debate político, al que la propia Clinton se ha visto obligada a adaptarse, mostrando su versión más progresista en muchos años.


Es extraordinariamente difícil que Sanders pueda convertirse finalmente en el candidato demócrata. Sin embargo, y más allá de sus resultados, el fenómeno Bernie debe entenderse dentro de una secuencia abierta hace ahora cuatro años por Occupy y el "cambio en la conversación" que el movimiento produjo, introduciendo cuestiones como la desigualdad económica y una distancia manifiesta con la política del establishment. Según indican numerosos estudios, debido a la falta de expectativas laborales, la deuda y la precariedad, el panorama cultural e ideologico de los llamados "millenials" apunta a un abandono claro de los miedos heredados del macartismo, que han dejado su lugar a miradas políticas mucho más abiertas. Más allá de Iowa y New Hampshire, y más allá de las elecciones de noviembre, podemos encontrarnos ante un cambio tectónico mucho más profundo en la sociedad estadounidense, y que continuará teniendo efectos en los próximos años. Tal vez, quién sabe, el despertar de un gigante dormido.

Publicado enInternacional
Autoorganización, emergencia y acción social

Hacer visibles a los invisibles, darles voz a los sin–voz, lograr dignificar a los marginados y excluidos, en fin, combatir la pobreza en todas sus formas es un asunto de humanidad tanto como de orden político.



El orden total o cuasi–total equivale a la muerte. El orden sin más asimila los procesos y sistemas al equilibrio y, muy cerca del equilibrio, la vida cesa de existir. En contraste, como es sabido por una parte de lo mejor de la ciencia actual, lejos del equilibrio emergen procesos autoorganizativos, se hace posible la vida, en fin, nuevas redes configuran vectores y posibilidades antes insospechadas. Este lenguaje debe y puede ser traducido a la sociología, la historia y la política.


Políticamente hablando, el orden equivale al imperio de la ley —"estado de derecho"—, y sociológica y filosóficamente se trata del triunfo del institucionalismo y el neo–institucionalismo. Con todos sus representantes, vertientes y estamentos.


La oposición, la rebeldía y el disenso constituyen elementos nutrientes de una democracia. Incluso alguien tan excesivamente conservador como K. Popper así lo reconoce abiertamente en La sociedad abierta y sus enemigos. Con una condición: que los elementos de disenso y rebeldía sean activos y libres y no hayan sido institucionalmente cooptados, o normalizados. En Colombia prácticamente toda oposición fue eliminada, físicamente, o bien cooptada a través de los mecanismos de la democracia representativa.


Hace mucho tiempo, en medio de una historia de estado de excepción normalizado, del que emerge el paramilitarismo y sus distintas facetas hasta llegar actualmente a las bandas criminales (bacrim) (= más de lo mismo), los sindicatos fueron neutralizados y cooptados por el sistema, las organizaciones estudiantiles fueron suprimidas o su acción fue altamente delimitada, los partidos de oposición fueron neutralizados y mantenidos "en sus justas proporciones" (para citar las palabras de un nefasto expresidente), en fin, las guerrillas fueron eliminadas o conducidas a aceptar "un mal arreglo antes que un buen pleito".


Digámoslo en una palabra: la acción colectiva fue perseguida y prohibida, golpeada y cooptada. Hasta el punto de que es preciso tener autorización de la autoridad competente, según el caso, para llevar a cabo una manifestación. No sin cinismo, mucha gente prefiere concentrarse, antes que movilizarse. La acción colectiva en Colombia ha sido, en el mejor de los casos, reducida a las redes sociales, lejos, muy lejos de las calles.


El movimiento campesino ha sido fuertemente golpeado, y la minga indígena parece no haber alcanzado el oxígeno suficiente, en un país en el que los indígenas jamás han logrado ser protagonistas de una historia social. En contraste con otros países del subcontinente.


En estas condiciones, la protesta social ha quedado reducida al marco de los defensores de derechos humanos, algunos intelectuales, alguna denuncia periodística —supuesta la autoedición— y unos cuantos artistas, siempre algo marginales. Ocasionalmente, se aprecian las protestas de la comunidad LGTBI. Existen múltiples pequeños movimientos aquí y allá de diversa índole, pero todos se encuentran, a la fecha, desagregados.


Vale recordar: no hace mucho el principal asesor de un expresidente escribió —y se puso en práctica— que los enemigos del Estado son: en primer lugar los guerrilleros y los auxiliadores de la guerrilla; luego también, las ONG, principalmente las defensoras de derechos humanos; y finalmente, los intelectuales y académicos.


Pues bien, es, más o menos, en este marco que se entienden las pujas, cada año, en las negociaciones en torno al salario mínimo. Más la imposición de fuertes políticas fiscales, los programas económicos, en fin, la neo–institucionalización del país, en toda la línea de la palabra, para no hablar de la privatización de los (últimos) bienes del Estado.


La protesta social y la acción colectiva son en Colombia, según todo parece indicarlo, cosas del pasado. O por lo menos esa es la idea que se quiere presentar desde los grandes medios de comunicación. Porque la verdad es que movilización hay; y protesta también existe.


La protesta social y la acción colectiva pueden ser dichas de dos maneras, así: de un lado, es el derecho a la rebelión. Y de otra parte, es la forma misma de unión y defensa de los sin–voz, los invisibles, los marginados, los pobres.


Hubo una época en que algunas iglesias tomaron la vocería por estas mayorías. Hubo momentos en que algunos partidos políticos les dieron la mano. Pero hoy día ellos siguen careciendo de voz, siendo invisibles, marginados y excluidos. Todo, en un país históricamente fracturado e inequitativo. La defensa de los excluidos es un tema de ética tanto como de política, y la historia no es ajena al tema. De ética, por cuanto es un tema de humanidad; y de política en cuanto se trata del reconocimiento de que los dramas personales son fenómenos comunes que competen a todos.


Con razón sostiene A. Camus en El hombre rebelde que cada época histórica tiene una forma distinta de rebelión. Ese libro, ya hoy clásico en el que el autor francés estudia las formas de rebeldía o rebelión en los últimos doscientos años.

Correspondientemente, las formas de rebelión habidas en la historia del país no serán, jamás, las mismas en el futuro. No tanto por determinismo histórico, sino porque el mundo ha cambiado y con él, el país. Con el paso del tiempo, los agentes sociales han cambiado, y las formas de organización que ayer fueron posibles hoy parecen no ser ya necesarias.


Nuevas formas de organización social, nuevas formas de acción social, nuevas formas de protesta y acción colectiva serán posibles en un futuro razonablemente previsible. Aun cuando, al parecer, nadie las avizore claramente en el presente inmediato. El drama de la sociedad es que el presente de la política no es nunca linealmente compatible con la historia como medida de largo plazo.


Dicen los analistas que se requieren formas imaginativas de acción y de organización, nuevos lenguajes, nuevas formas de comunicación y acción. Seguramente es cierto. Pero mientras no tengan vida orgánica, se trata de palabras que se las puede llevar el viento.


Hacer visibles a los invisibles, darles voz a los sin–voz, lograr dignificar a los marginados y excluidos, en fin, combatir la pobreza en todas sus formas es un asunto de humanidad tanto como de orden político. Se requiere una acción imaginativa, o bien decisiones radicales e inesperadas. Mientras tanto, en una parte del mundo, aparecen los indignados. Todo parece indicar que existe un vaso comunicante directo entre la indignación y la rebelión.


La rebelión y la disidencia, la oposición y la lucha por el cambio: con todo ello se trata de una sola cosa. Contra quienes son partidarios del orden, que han sucumbido ante el peso de lo real, se trata de aquellos individuos que sueñan por un mundo mejor, por una vida diferente, por un horizonte distinto. Y nada nos hace más humanos que soñar que las cosas pueden ser mejores, o diferentes. Pero los sueños se alimentan de ideas.

Publicado enSociedad
Francia deja huérfana a la izquierda popular

Cuando el ministro de Economía dice que "la vida de un empresario puede ser más dura que la de un empleado", la izquierda popular se levanta en vilo, pero la opinión pública aprueba. Lo mismo cuando el gobierno decreta el estado de emergencia.


La izquierda se parece cada vez más a un sueño que se deshace. La frase pronunciada el año pasado por el primer ministro francés Manuel Valls tiene rasgos de profecía. En junio de 2014, Valls había dicho: "La izquierda puede morir (...). Sentimos que hemos llegado al final de algo, tal vez, incluso, al final de un ciclo histórico de nuestro partido". En ese entonces, la frase apareció como una manifestación más del entierro de la izquierda socialista encarnado por la presidencia de François Hollande y la acción gubernamental de su jefe del Ejecutivo. El hombre que en 2012 había ganado las elecciones presidenciales con una retórica de izquierda y militante hizo lo contrario cuando ejerció el poder. Hollande marcó la consulta electoral con una promesa jamás cumplida: "Mi enemigo es la finanza", dijo el entonces candidato. El enemigo no fue tal, todo lo contrario. Pero entre esa retórica, la advertencia de Manuel Valls y la realidad de hoy, algo profundo y decisivo ha cambiado: en Francia se ha producido una drástica mudanza del electorado de izquierda. Ya no es más un Ejecutivo que va por la derecha, sino un electorado que aprueba esa transformación.


La frontera entre una suerte de izquierda de arriba y otra izquierda popular es cada vez más amplia. El antagonismo entre la "izquierda de verdad" y la "falsa izquierda", la izquierda de gobierno y la izquierda innata, radical o histórica, la izquierda que en Francia se llama "los socios traidores" y la izquierda auténticamente social es una brecha profunda, desoladora.

Entre esas izquierda se introdujo lo que los medios califican como "una izquierda de opinión" que descalifica a la otra con su aprobación de medidas por demás discutibles, más acordes con un socialismo liberal que con un socialismo auténtico. Sin embargo, "el pueblo de izquierda" las aprueba. Cuando el actual ministro de Economía, el socio liberal Emmanuel Macron, dice que "la vida de un empresario puede ser más dura que la de un empleado", la izquierda popular se levanta en vilo, pero la opinión pública, incluso en el seno del PS, aprueba. Lo mismo cuando el primer ministro defiende la extensión del Estado de urgencia decretado luego de los atentados del 13 de noviembre, en París. En el campo de la acción gubernamental pura se repite una fractura semejante: las medidas más impopulares del Ejecutivo reciben la bendición del electorado, hasta en el mismísimo PS: que se trate de la reforma del código del trabajo, del retiro de la nacionalidad para los franceses con doble nacionalidad implicados en atentados terroristas, del trabajo en los domingos o de la simplificación de los procedimientos administrativos para los empresarios, todas esas decisiones de corte liberal encuentran un eco mayoritario. Por paradójico que parezca, Manuel Valls y su ministro de Economía son hoy las figuras más populares del país con índices de aprobación que van del 36 por ciento para el primero al 31 por ciento para el segundo. Ambos sobrepasan por muchos puntos a las figuras de la "izquierda auténtica".


La fibra progresista ni siquiera ocupa las calles. A finales de enero, miles de personas desfilaron en Francia contra la vigencia del estado de emergencia y la reforma de la Constitución que incluye la pérdida de la nacionalidad. Sin embargo, las cifras de participación demuestran que fue una minoría la que la salió a manifestar, lejos, muy lejos de lo que la izquierda hubiese movilizado en otros tiempos. La renuncia de la ministra de Justicia, Christiane Taubira, ha sido una nueva señal del retroceso de esa "izquierda moral", opuesta a la izquierda intelectual e europeísta que está en poder. Cuando cientos de miles de personas de la derecha católica invadían las calles de París en signo de protesta por la ley sobre el matrimonio igualitario, Taubira defendió ese texto con una vehemencia que le valió una avalancha de insultos y groseras agresiones raciales. Ahora dejó su cargo por estar en contra de la reforma de la Carta Magna y su ingrediente sospechoso, que es haber incluido una de las ideas de la extrema derecha, o sea, la pérdida de la nacionalidad. En un editorial que contrasta con su línea moderada, el vespertino Le Monde escribe que "la falta que François Hollande cometió frente a los valores de la República es una bomba de deflagraciones sucesivas: desgarra su mayoría, pone en estado de ebullición al Partido Socialista e indispone hasta sus mismos aliados. Y, última etapa, provoca la dimisión de Christiane Taubira, quien encarnaba de manera cada vez más sublimal a la izquierda en el seno del Equipo de Manuel Valls".


Hollande y Valls desgarraron a los bloques progresistas. La izquierda es hoy una hermandad de huérfanos. Los miedos, el desempleo galopante, los atentados de enero y noviembre, la crisis de los refugiados y la alucinante progresión de la extrema derecha han incluso trastornado las sensibilidades de la izquierda más genuina. Queda, en el escenario, una calesita de palabras huecas, una retórica menguante que no enciende ninguna llama. Lo que se vive en Francia puede, incluso, extenderse a otros países de Europa. Ni las históricas social democracias del norte de Europa se salvan de la inmoralidad y la renuncia a sus códigos de identidad.


La confiscación de los bienes a los refugiados que llegan a Dinamarca, Suiza o algunos Estados alemanes es una aberración ética y un gesto de inhumanidad pavoroso. Son, sin embargo, las supuestas grandes democracias quienes adoptan esos espantos mientras una mayoría consecuente de las opiniones públicas aplaude como autómata. Donald Trump en los Estados Unidos, Marine Le Pen en Francia, una oprobiosa e ultrajante ola de conservadurismo avanza como una plaga destructora en las democracias ejemplares del mundo. Frente a ello, la izquierda ha perdido el poder de la calle y el otro, aún más decisivo: el de ser capaz de transformar la sociedad, de generar un debate que incite a la reflexión, o sea, a decir no. En vez de ello, se transformó la izquierda. Un segmento considerable de su caudal se puso bajo la protección de un socialismo liberal, oportunista y electoralista, mientras que la izquierda popular vive en un estrecho margen, sin crédito para gobernar, sin recursos para detener la apabullante invasión de un enjambre de pájaros cargados de odios, desprecio racial y retroceso moral y social.


Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado enPolítica
Lunes, 01 Febrero 2016 06:13

América Latina en la encrucijada

América Latina en la encrucijada

Para Virginia y Sergio, para Vanina y Francisco Chino, para Leo

 

Ninguna polarización política –la misma "grieta" argentina o venezolana– ha logrado mantener una imagen uniforme de la América Latina actual, o al menos alejada de cierta heterogeneidad que complica cualquier definición de época. Sobreviven, en cambio, la vulnerabilidad con la que las economías nacionales se suman a la globalización neoliberal, la herencia despótica de los regímenes políticos, el renovado empoderamiento de sociedades castigadas casi hasta el colapso, la continuidad cultural y artística de un subcontinente que, con testimonios y golpes de memoria, responde a las atroces lógicas del capitalismo tardío, pero también a la desviación autoritaria de las izquierdas gubernamentales. Más allá del viejo y nostálgico esquema izquierda-derecha, en América Latina se juegan las orillas de cualquier destino político en la fluctuación de ese empoderamiento social que no sólo se define a partir de la lucha directa contra el capitalismo. Los empoderamientos indígenas, de género, feministas, las luchas ambientales, contra la corrupción o contra los grandes monopolios de la comunicación, no son ya simples demandas de sector: ayudan a redefinir los alcances en el campo económico y cultural de la misma destrucción capitalista y ya no pueden ser soslayados por las mismas luchas de la izquierda partidista, a pesar de que muchas de ellas han querido ser incorporadas a la hegemonía de la sociedad política neoliberal.


Sin embargo, en América Latina –esa "bella durmiente de las utopías", como la llamaría el cronista chileno Pedro Lemebel– el campo político por excelencia de las reorientaciones ideológicas sigue siendo el que se disputa en las elecciones. Quizá porque, tanto a través de las cámaras legislativas como de las presidencias, se cierran los grandes acuerdos de subordinación de los países latinoamericanos al círculo de impunidad neoliberal, la democracia electoral sigue siendo el último refugio de legitimidad de las economías de mercado, pero también una herramienta estratégica del empoderamiento social.


Desde finales del siglo xx, un eje de izquierdas alcanzó el poder gubernamental a través de elecciones. Hugo Chávez en Venezuela (1999-2013), Luiz Inácio Lula Da Silva en Brasil (2003-2010), Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner en Argentina (2003-2015), Rafael Correa en Ecuador (2006), Evo Morales en Bolivia (2005), José Pepe Mujica en Uruguay (2010-2014), formaron también una poderosa imagen de unidad latinoamericana "progresista" que en nuestros días parece entrar en una fase de agotamiento también por vía de las urnas. Casi como el desenlace esperado por la narrativa que más o menos unifica a las diferentes derechas en América Latina, el triunfo en la elección presidencial de Mauricio Macri en Argentina y la derrota parlamentaria del chavismo en Venezuela estimulan la adrenalina mística de un nuevo ajuste conservador o del eterno retorno neoliberal: dos de los referentes más importantes de la izquierda partidista transformados en gobiernos nacionales en América Latina, y también de un posible orden ideológico de cierta unidad subcontinental, se desdibujan para documentar que el fantasma del "socialismo del siglo XXI" está herido de muerte.


Sin embargo, tampoco la narrativa de la izquierda de partido o de coalición es suficiente para comprender este nuevo giro a la derecha y la restauración neoliberal en América Latina, que hoy amenaza con entrar por la puerta grande para sentar en sus piernas a las "masas" afiebradas de tanto "populismo" de izquierda. En esta cartografía de la caída tampoco alcanza con el lamento que susurra una incomprensión social de las políticas "progresistas". Los "monstruos" de la corrupción, del autoritarismo personalista y de la incapacidad para sentar las bases de "otra" economía, sumado a cierto desdén por temas como la despenalización del aborto o los derechos y la autonomía indígena, o la radicalidad para implementar políticas de género y ambientalistas, o la misma dimensión libidinal del consumo capitalista o las mitologías populares de matrices políticas como el peronismo o el mismo chavismo, son parte de los enigmas y de las lecciones que la izquierda ya sin poder gubernamental o parlamentario tendrá que revisar en su regreso a la política de calle, de barrio, de poblaciones, de villas miseria.

 

DÉCADA K Y LARGA AGONÍA DEL PERONISMO:

¿HORA DE LOS "EMPODERADOS" SIN VANGUARDISMO ILUSTRADO?

 

Las huellas de la elección de diciembre pasado en Argentina se dejan ver en las calles y en las conversaciones: "Esto recién comienza...", se dice como una exclamación nerviosa sin destinatario preciso. En un puente sobre avenida Maipú, en Buenos Aires, cuelga todavía una manta en la que se postula a Mauricio Macri como presidente. En una de sus últimas emisiones, el programa de televisión 678 se despide bajo la consigna "Vamos a volver... a volver... a volver... vamos a volver", que también se canta en la despedida masiva de Cristina Fernández Kirchner en Plaza de Mayo, el 9 de diciembre.


Para el kirchnerismo que gobernó Argentina durante doce años, la "década ganada", es la hora también de cierta revisión crítica y de especulaciones retrospectivas; la derrota es el monstruo de mil cabezas que el peronismo tendrá que enfrentar con sus dos definiciones: como el péndulo incorregible que va de la extrema derecha a la extrema izquierda, pero que aglutina todavía la expectativa de transformación social. El peronismo, quizás al igual que otras mitologías de la cultura política como la del PRI en México, también cumple en Argentina con la misión de orientar el oscuro fondo del espectro político nacional. Mito fundador y redentor, el peronismo está presente sin Perón como una narrativa del origen cultural que incluso llega a delimitar los relatos autobiográficos. Ricardo Piglia y Beatriz Sarlo, dos de los escritores contrapuestos en su misma relación con el kirchnerismo, se definen autobiográficamente en esta mitología peronista.


Afirma Beatriz Sarlo: "Mi padre era un furioso antiperonista. Lo que en Argentina se llama gorila. Era un típico ateo, liberal conservador de la tradición final del siglo XIX. Y, naturalmente, a los quince años yo me convertí a eso otro que mi padre no era... Todo esto es anterior a mi viraje marxista-leninista, a fines de los setenta. Pero volviendo a mi padre, siento que lo que él sí me transmitió fue la intensidad de su relación con la política." Ricardo Piglia dice: "Mi padre era peronista y por una serie de problemas políticos en el '57 decidió mudarse. Nos fuimos de donde yo había nacido, en Adrogué, donde también había nacido mi madre. En ese momento estaba en tercer año del secundario y viví esa mudanza, aunque eran 400 kilómetros, como un destierro, como si fuera un cambio drástico, un exilio." Los límites populares del peronismo en su interpretación emocional: la política como la experiencia social por excelencia –de una intensidad autobiográfica casi desbordante– y la derrota política que se vive como destierro.


Ahora, el recargamiento kirchnerista del peronismo se enfrentará a su después de Néstor y Cristina: ¿desdramatizar la apretada derrota y la cerrada victoria, o acelerar la intensidad de la política y su sensación de destierro para transformarla en una cartografía de lo que se ha llamado el momento de los empoderados, de las grandes franjas de la sociedad que asumen la defensa de las políticas sociales kirchneristas? Quizá vendrá la fase menos peronista de las consecuencias de esos doce años de gobierno, que también cuentan con el consenso de que sacaron a la Argentina del fango suicida de la crisis económica del corralito de 2001, que reactivaron los procesos de memoria, derechos humanos y justicia después de la dictadura de 1976-1983, y que se plantaron con dignidad ante el capitalismo depredador del Fondo Monetario Internacional. El mismo kirchnerismo murmura, y por momentos hasta grita en las calles, que lo que vendrá será esta nueva mitología de los empoderados que se opondrán al gobierno de Macri, tan real y política como su mismo destierro de los grandes medios privados de comunicación, sólo que ya sin el "vanguardismo ilustrado" de cierto peronismo de derecha fundido pragmáticamente en un gobierno de izquierda, que no sería más que la última agonía de un peronismo "conductor" de las masas.

 

VENEZUELA: ¿EL ADIÓS A ESE "ESCÁNDALO DE POBRES"?

En el caso del fantasma de Hugo Chávez y de la derrota estridente del chavismo por la Asamblea Nacional, la elección en Venezuela del pasado 6 de diciembre viene también a fortalecer el sentido común que articula a cierta heterogeneidad conservadora: la "agitación populista" de los últimos años en Venezuela y, por añadidura, en América Latina, tenía que detenerse; había que parar a como diera lugar ese breve empoderamiento de masas, ese "escándalo de pobres" que bajo el mando agreste del comandante Chávez agrietó las bases de la derecha preneoliberal y que no tenía derecho a romper las reglas del determinismo neocolonial y de las modernizaciones destructivas del subcontinente.


Poco importa hoy que la narrativa de la derecha venezolana más vehemente no reclame para sí su propio pasado político: esos "ríos turbios y multitudinarios" de simpatizantes del chavismo estaban conectados directamente a una respuesta histórica ante los excesos y la corrupción gubernamentales del boom petrolero de los años setenta, los días aciagos y festivos del Caracazo y el primer exterminio policíaco de una derecha contemporánea encabezada por el inefable Carlos Andrés Pérez (1974-1979, 1989-1993); corrupción a gran escala, más de 250 muertos el 28 de febrero de 1989; los 250 millones de bolívares sacados del presupuesto del Ministerio de Relaciones Interiores que ayudarían a la entonces candidata a la presidencia de Nicaragua, Violeta Barrios de Chamorro, en 1992; la acción política de la corrupción en abierta alianza ideológica entre derechas nacionales.


Era necesario que el socialismo venezolano se pareciera al menos a un Estado benefactor que restituyera cierta credibilidad a los pactos redistributivos que el gobierno establecía con la sociedad: una poderosa "fantasía" política de ruptura, una semántica de la revolución actualizada que combinaría elecciones con decretos de expropiación, carisma popular con alianzas regionales, a tal punto que el nuevo socialismo bolivariano se transformaría en el eje de la política latinoamericana y en el principal referente de la misma izquierda subcontinental. Sin embargo, el chavismo pagó un alto precio por este gesto de absoluto desafío: se transformó en el dueño de los demonios ideológicos de este ciclo de gobiernos progresistas en América Latina; durante más de diez años, América del Sur se definía en términos de pragmatismo político a partir de lo que se proponía en Caracas, mientras el chavismo se transformaba también en el chivo expiatorio de todas las derechas latinoamericanas que se cebarían en el nuevo asalto "democrático" hacia un segundo neoliberalismo.


Quizá a partir del chavismo y de su momento de actual debilidad se deba también interrogar sobre los alcances de los últimos gobiernos progresistas: ¿Hubo una auténtica ruptura con el neoliberalismo? ¿Es verdad que la "grieta" latinoamericana que se vislumbra obedece a una falta de radicalidad en las políticas sociales que se implementaron en la última década? ¿Son la corrupción y el personalismo carismático los "problemas" ideológicos que impiden la consolidación de largo plazo de las izquierdas en América Latina?

 

UNA ENCRUCIJADA LIBIDINAL CON INTERROGACIONES SIN MORALEJA

En lo que con cierta ironía se define como el "socialismo uruguayo", por ejemplo, en el barrio Buceo, en Monte-video, se le puede preguntar a un taxista lo que piensa sobre los gobiernos del Frente Amplio –esto al comenzar su tercera presidencia– y es probable que responda: "Básicamente estoy de acuerdo, sólo que les da casa a muchos y a los que laburamos pues no." Cuando se le preguntó al Pepe Mujica la razón por la cual no fue a fondo en la transformación de Uruguay cuando fue presidente, respondió: "¡Porque la gente quiere iPhones!" ("Las tensiones del poder", Renaud Lambert, Le Monde Diplomatique, enero de 2016, edición Cono Sur). Desde afuera, Uruguay es uno de los refugios de los gobiernos progresistas de la última década: aceleración productiva con una tendencia social y económica redistributiva; un expresidente tupamaro (el Pepe) como símbolo mundial de la austeridad radical con la que debería actuar todo gobernante; un alto sentido del consumo que ilustra también el momento de capitalización que vive su clase media. Desde adentro, el desfalco a la Administración Nacional de Combustibles, Alcohol y Portland (ANCAP), el "inminente agotamiento" del ciclo frenteamplista y sus "contradicciones internas"; el posible ascenso de Luis Lacalle Pou como el "Macri uruguayo", están en el mapa de adversidades al que se enfrentará en los próximos años el Frente Amplio.


¿Será cierto que el péndulo ideológico que mueve a la precaria economía capitalista latinoamericana va de gobiernos de izquierda que triunfan para renovar y ampliar las políticas y los derechos sociales y económicos que estabilizan a las clases medias, las cuales después van a votar por las derechas cuando el poder libidinal del mercado sea insuficiente para sus "aspiraciones de consumo"? ¿Es ideológica la corrupción en América Latina? ¿El neoliberalismo y el socialismo del siglo XXI comparten la misma jaula de hierro neocolonial, es decir, la precariedad histórica tanto de las economías nacionales como del mismo Estado nacional?

Publicado enPolítica
Venezuela: la oposición busca ya la destitución de Maduro

El presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Henry Ramos Allup, afirmó este viernes que sería irresponsable permitir que el presidente Nicolás Maduro finalice su mandato en 2019. Reiteró que la oposición definirá en el primer semestre de 2016 un mecanismo para anticipar su salida del poder.

"Alguien me decía: vamos a dejar que el gobierno termine para que se achicharre en su propio aceite. Eso es irresponsable", aseveró en una rueda de prensa con corresponsales extranjeros.

Añadió que si Nicolás Maduro gobierna hasta 2019 dejaría a su sucesor un cementerio. "La verdad es que yo no quiero que ello dure tres años más. Sería ir de peor a pésimo, porque ¿qué va a pasar al final? Si tu puedes poner remedio a una enfermedad antes de que te produzca la muerte, pues le pones solución", subrayó.

Ante la gravedad de la crisis económica, Ramos Allup no ve que Maduro pueda concluir su mandato. "Yo lo observo muy mal. No sé si a finales de año, porque tampoco es posible poner un día preciso, pero a este ritmo no lo veo llegar", añadió.

Las opciones

Por eso, dijo, la oposición –que controla el Poder Legislativo, con mayoría– consensuará a más tardar en junio una figura legal para cambiar el gobierno. Para anticipar la salida de Maduro, la coalición opositora Mesa de Unidad Democrática ha planteado un referendo revocatorio o una enmienda constitucional, sin descartar la renuncia.

Ramos Allup recalcó que "hay condiciones" para revocar el mandato presidencial. "Esta crisis que vivimos es un bloque, no se puede separar la crisis política de la económica o de la social, y es causada por un modelo fracasado que existe sólo en Corea del Norte, porque ni en Cuba. Es un modelo fracasado, incluso cuando tenía dinero. Se pueden producir resultados distintos si cambia el modelo."

Las leyes venezolanas otorgan la posibilidad de convocar a un referendo revocatorio cuando se cumpla la mitad del mandato, lo que en el caso de Maduro ocurrirá el 19 de abril.

En un intento por sacar la economía venezolana del pozo, la canciller Delcy Rodríguez viajó a Brasilia para reactivar el comercio bilateral y atraer inversiones. "Hemos expuesto los motores económicos que ha declarado Maduro para fortalecer la plataforma productiva y en ese sentido Brasil va a jugar un papel estratégico", afirmó.

Publicado enInternacional