MÚSICA DESDE OTRAS COORDENADAS

El segundo nivel de la Escuelita Zapatista (II)

Los textos de las mujeres zapatistas incluidos en el capítulo 1 del libro El pensamiento crítico frente a la hidra capitalista, que los estudiantes del segundo nivel de la Escuelita Zapatista debían analizar, son estremecedores, especialmente el relato de la comandanta Miriam sobre la situación de las mujeres antes de 1994: "Desde la llegada de los conquistadores sufrimos la triste situación de las mujeres. Nos despojaron nuestras tierras, nos quitaron nuestra lengua, nuestra cultura. Es así donde entró la dominación del caciquismo, terratenientes, entra la triple explotación, humillación, discriminación, marginación, maltrato, desigualdad... Porque los pinches patrones nos tenían como si fuera que son como nuestros dueños". Su extraordinaria descripción del acasillamiento toca los diversos tipos de humillaciones y trabajos forzados de las mujeres, a manos de los finqueros, al grado que unos pensaron refugiarse en los cerros. "Se juntaron, platicaron y lo formaron una comunidad donde pueden vivir. Así formaron comunidad. Pero otra vez cuando ya están en las comunidades, como el patrón, o sea el acasillado, trae otra idea, como lo trataron con el patrón los hombres, como que traen arrastrando malas ideas también los hombres, y aplican dentro de casa como el patroncito de la casa... No es cierto que se liberaron las mujeres sino que ya son los hombres que fueron el patroncito de la casa. Y otra vez las mujeres quedaron en la casa como si fuera cárcel, que no salen otra vez las mujeres, quedaron ahí encerradas otra vez..."


La comandanta Rosalinda da cuenta del reclutamiento de las primeras mujeres en los años de la clandestinidad, pueblo por pueblo, de la necesidad de organizarse y de que haya compañeras milicianas e insurgentas, "hasta llegar en 94 cuando salimos en la luz pública, cuando ya no aguantaba el maltrato que nos hacían los pinches capitalistas. Ahí vimos que sí es verdad que tenemos el valor y la fuerza igual que los hombres, porque pudieron enfrentar con el enemigo, no le tuvieron miedo a nadie... Después nos dimos cuenta (que) para hacer una revolución no sólo los hombres, tienen que hacer(la) entre hombres y mujeres".


La comandanta Dalia continúa la narración del trabajo de las mujeres con el EZLN, de las pláticas en cada pueblo, de los problemas que enfrentan cuando todavía hoy algunos se ponen cabroncitos, de cómo pasaron por todos los trabajos de responsabilidad hasta llegar a ser Comité Clandestino Revolucionario Indígena. Afirma que van a seguir organizándose "porque hay todavía tristeza, dolor, encarcelamiento, violación, así como las madres de 43 desaparecidos... Debemos luchar al 100 por ciento hombres y mujeres. Tener una nueva sociedad, que el pueblo sea el que manda".


La joven base de apoyo Lizbeth y la escucha Selena sostienen que ellas no conocieron la vida de las haciendas y ahora tienen la libertad y el derecho como mujeres de opinar, discutir, participar en las múltiples tareas de la resistencia y la autonomía, resistiendo la guerra de contrainsurgencia y los espejismos del capitalismo que se muestran en la televisión, tratando de usar celulares y la propia televisión para su lucha. Se distingue de los pobres-pobres, los partidistas, pobres materiales y de pensamiento, de los zapatistas, que son también pobres pero ricos por sus trabajos para el bien del pueblo y para que no haya mandones ni explotadores.


Por su parte, el sub Galeano, en su Visión de los vencidos, señala cómo esas generaciones de mujeres indígenas ya dicen su palabra en la genealogía de su lucha. "Tres generaciones de rebeldes zapatistas –destaca–, no sólo contra el sistema, también contra nosotros... varones zapatistas". Se declara derrotado por esa lucha, aunque como la hidra capitalista, sostiene que los varones siempre tratan de reganar los privilegios perdidos. Se remonta al origen de esa lucha y describe que todo empezó con las insurgentes. Reitera que en el EZLN también participan mujeres no indígenas, y en la mayor parte de su singular relato-testimonio se transcriben varias de las opiniones de estas compañeras, que se refieren al ámbito un tanto intimista de las relaciones hombre-mujer y a la caracterización del macho dominante, violento, cazador esquizofrénico que por más sensible y receptivo que se autoconsidere, no puede ser feminista, porque representa el mismo sistema contra el cual supuestamente lucha.


Las tres partes de los apuntes en torno a las resistencias y rebeldías, expuestas por el subcomandante insurgente Moisés, constituyen textos claves para comprender la lucha zapatista. Inicia recordando que los zapatistas conforman una organización armada, pero contrariamente a la tradición militarista de algunas guerrillas latinoamericanas, en este caso no se hace del arma un fetiche, se observa como un instrumento más, como el machete, el hacha, la pala, aunque se es consciente de que cada herramienta tiene su función, y la del arma es matar.


Después del repliegue del 94, se entendió que la lucha podía involucrar muchas formas, que la resistencia y la rebeldía podían ser en varios sentidos. "La resistencia es ponerse fuerte, duro, para dar respuesta a todo, a cualquiera de los ataques del enemigo, del sistema; y rebelde es ser bravos y bravas para hacer las acciones, o lo que necesitamos hacer... Hay que resistir las provocaciones del Ejército y la policía, las informaciones de los medios, los bombardeos sicológicos". Descubrieron que con resistencia y rebeldía es posible gobernar y desarrollar iniciativas propias. De hecho, los zapatistas no han realizado un solo ataque armado desde enero de 1994. No quiere decir, compañeros y compañeras, hermanos y hermanas, no quiere decir que estamos renunciando a nuestras armas, sino que es ese entendimiento político, ideológico, rebelde, que nos da la forma de ver cómo hay que convertir realmente en arma de lucha esta resistencia. Para todo esto, se requiere el trabajo político, la explicación, que para gobernar no se manejan órdenes, sino acuerdos.

 

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Gustavo Petro: "La guerra en Colombia ha adormecido a la izquierda"

Gustavo Petro tendrá el próximo domingo un sucesor en la Alcaldía de Bogotá. Este exguerrillero del M-19 de 55 años, exmiembro del Polo Democrático, partido de izquierda que abandonó para formar parte del movimiento Progresistas, fue uno de los senadores mejor valorados de la historia reciente de Colombia, especialmente por sus investigaciones sobre el paramilitarismo y su relación con el expresidente Uribe. Sin embargo, su trayectoria política en el Congreso no ha impedido que su gestión al frente del consistorio haya sido muy criticada. Hasta tal punto que fue destituido e inhabilitado después de que el Ministerio Público encontrase fallos en el sistema de limpieza que planteó para la capital.


Durante casi hora y media el regidor defiende en su despacho sus medidas con una solemne convicción que se transmite en su tono pausado. En su discurso casi no aparece la autocrítica. Cada uno de los objetivos que no ha logrado es, en su opinión, porque ha habido un obstáculo, ya sea la oposición, la élite o un juez, que lo ha impedido. Y para remachar estos ataques acompaña sus argumentos con un golpe con el pie. Ante la proximidad de las elecciones, cree que las encuestas, que dan como ganador a Enrique Peñalosa del partido Cambio Radical, al que derrotó hace cuatro años, no son del todo reales y recalca que esta semana se decidirá el voto de los indecisos.


El alcalde considera que defender el empoderamiento de las clases populares y su enfrentamiento con una parte de la derecha y de la élite bogotana (que no esconde), han dañado su imagen. No obstante, las críticas contra su gestión –que no provienen exclusivamente de esa clase alta que señala- y la de sus dos predecesores, Lucho Garzón y Samuel Moreno, marcadas por escándalos de corrupción, ponen en duda si la izquierda, cuya nueva candidata es Clara López, seguirá al frente de la capital colombiana después de 12 años.


Pregunta. ¿Qué balance hace de su gestión?


Respuesta. Nos propusimos tres metas: superar la segregación social, adaptar la ciudad al cambio climático y fortalecer el poder público después de dos décadas de política económica neoliberal. No se puede superar la segregación social sin un equilibrio entre la ciudad y la naturaleza. Justicia social y justicia ambiental van de la mano.


P. ¿Cuál cree que es su mayor legado?


R. Bogotá es una ciudad que está a punto de acabar con la pobreza extrema: tiene una tasa del 0,9% (según indicadores de la ONU). Han salido de la pobreza 450.000 personas. Mucho más crítico ha sido el tema del cambio climático. Implica un cambio político y social, de cultura, que aunque está asociado a cada individuo, en realidad provoca una transformación en las relaciones de poder de una ciudad.


P. Su papel como senador fue muy valorado. Como alcalde su gestión ha sido muy criticada. ¿Cómo ha sido ese tránsito?


R. Nunca tuve reconocimiento, a mí lo que querían eran matarme. Yo estaba luchando contra Uribe, y la mayor parte de la población estaba con él por su imagen de pacificador. La gente no conocía la situación de derechos humanos que sufrían millones de personas porque los medios de comunicación lo ocultaban. Por esta razón, el senador que realizó la tarea de mostrarle a la opinión pública qué pasaba, qué era el paramilitarismo y cuál era el papel del presidente de la República en su formación, se volvió muy impopular. Mi labor se reconoce hoy. La experiencia como alcalde será similar.


P. ¿Se siente frustrado?


R. Es un proceso. Ahora llegan unas elecciones que van a ser una forma de medir mi gestión. El domingo se sabrá si la población quiere que continúen o no estas medidas. Cuando pase el tiempo los esfuerzos serán valorados.


P. Usted sabía que se deberían enfrentar a una élite, ¿por qué decidió confrontarse y no negociar con ella?


R. Cuando se vive en una sociedad con gobiernos que han contemplado el asesinato de 200.000 personas, cuyos autores se sientan a hacer leyes, se puede plantear la palabra concertación y una pose de socialdemócrata. Yo quise una ruptura. Mostrarle a la gente otra opción. No me interesa que me inviten a los clubes privados, un puesto en una gran empresa,... Me interesa construir una sociedad más igualitaria y más democrática.


P. ¿Incluso si esa postura es a costa de no conseguir sacar adelante medidas que podrían haber favorecido a las clases populares?


R. Una política pública como la de otorgar vivienda para víctimas de la violencia se ha detenido por un juez. ¿Fui derrotado o esta discusión seguirá y llegará el día que se acaben los estratos en la ciudad? La forma de superar la pobreza es incluir a las capas más humildes en las transacciones económicas que genera una ciudad.


P. ¿No siente que debería haber negociado más?


R. Creo que es sobre la base de la ruptura que se puede negociar. No solo en Bogotá, en Colombia. Concertamos con Santos, dejamos de pensar lo que pensamos para acabar la guerra.


P. ¿Quién cree que puede ser su mejor sucesor?


R. No puedo decirles. Aquí hay una norma que prohíbe hacerlo y el procurador está esperando para procesarme como por quinta vez y destituirme. Él está buscando sacarme de la contienda del 18 [las elecciones presidenciales].


P. Pacho Santos, el candidato del partido de Uribe, el Centro Democrático, parte en último lugar en las encuestas. ¿Cree realmente que es su candidato?


R. No, hay un plan B.


P. ¿Ese plan B implicaría al candidato que va primero en las encuestas, Enrique Peñalosa (Cambio Radical)?


R. Quien va adelante depende del gusto de cada encuesta.


P. Usted le ha dado su apoyo a Clara López...


R. El movimiento político al que pertenezco ha dado el apoyo a Clara López.


P. ¿Si después de tres gobiernos de izquierda no gana Clara López será culpa suya o se tratará de un voto de castigo?


R. El primer Gobierno de izquierda concertó y no hizo rupturas. El segundo no fue de izquierda, fue de corrupción. Y este ha sido un Gobierno de izquierda que ha querido hacer ruptura, y por eso recibe este embate. Veremos el resultado el domingo.


P. Clara López dio su apoyo a Santos para lograr la reelección. ¿Cree que al presidente o el candidato de su partido, Rafael Pardo, debería haber tenido un gesto con ella?


R. No he visto la misma generosidad que tuvimos nosotros. Y no lo digo tanto en términos de candidatos, como con el metro. Santos pudo dar un mensaje muy claro de: "Vamos a hacer el metro" ¿Por qué no lo hizo? Por un problema de sectarismo político. Era darle a la Administración de Bogotá Humana [el programa de Gobierno de Petro] la marca histórica de que fue la que logró, por fin, destrabar el metro para una ciudad de ocho millones de habitantes.


P. ¿Espera algún gesto de aquí al domingo?


R. El domingo puede ocurrir cualquier cosa. Esta semana es cuando empieza a decantarse la toma de decisiones del 25% del electorado. Ahí empieza a valer Bogotá Humana, no hace un mes o dos meses.


P. ¿Cómo ha sido su relación con el Gobierno de Santos?


R. El Gobierno de Santos no es homogéneo. Una cosa es el presidente, otra el vicepresidente. En términos de paz, por ejemplo, no se escucha al vicepresidente hablando de este tema. Tiene aspiraciones presidenciales y ve en la alcaldía a su rival. Hemos tenido secciones del Ejecutivo con las que hemos trabajado bien y otras adversas.


P. ¿Cómo valora la figura del presidente y su apuesta por la paz?


R. Veo al presidente Santos como al clásico político bogotano de la élite, que olfatea y cambia. Unos lo llaman oportunismo, otros lo pueden considerar buena política. Ese pragmatismo hoy puede ser positivo porque el mundo va a sufrir un cambio de paradigma. Una parte de la oligarquía colombiana, y ahí entra Santos, sabe que tiene que haber una ruptura con Uribe si quiere seguir articulado con el mundo. Y Santos entiende que lo que le haría pasar a la historia es acabar la guerra. Ahí se encuentra con nosotros. Si la guerra acaba, la derecha pierde su popularidad.


P. Desde su experiencia como exguerrillero, ¿qué condicionantes se tienen que dar para que los miembros de las FARC puedan aspirar a participar en política?


R. El contexto histórico marca diferencias. El origen de las FARC está en un campesinado rural que del liberalismo transita al estalinismo, ¿dónde está el criterio democrático ahí? El tema de discusión no es la democracia, al 99,9% de los combatientes les importa un comino participar en las elecciones. Puede haber un núcleo, sobre todo en la dirigencia, a la que sí le importe, lo cual podría provocar un riesgo: la separación con sus bases, el mayor temor del proceso de paz. El interés de la mayoría de los combatientes es la tierra, el núcleo de donde salieron, y el poder que hay ahí. Si ven que van a perder las relaciones de poder en el entorno rural donde nacieron, se arman de nuevo.


P. ¿Qué futuro tiene la izquierda en Colombia?


R. Si la guerra acaba, ese conservadurismo de la sociedad colombiana cede. La sociedad empieza a mirarse a sí misma, a sus problemas. La guerra ha sido un adormecedor de la conflictividad social.


P. ¿Un adormecedor de la izquierda?


R. Sí, claro. Desde todo punto de vista, incluso el ideológico. Los fusiles no generan inteligencia.

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¿Está llegando a su fin la ola progresista en América Latina?

Desde las izquierdas, el panorama político, que en algunos países viene de la mano de la incertidumbre económica, se observa como un momento para la reflexión



BUENOS AIRES.- La presidenta brasileña, Dilma Rousseff, ve cómo su popularidad cae estrepitosamente y las calles se llenan de multitudes pidiendo su destitución; en Ecuador, Rafael Correa protagoniza una confrontación cada vez más aguda con los movimientos sociales de base que lo llevaron al poder; en Argentina, las elecciones del 25 de octubre ─y la previsible segunda vuelta─ llevarán a la Casa Rosada a un presidente a la derecha de Cristina Fernández de Kirchner, aún cuando gane el candidato oficialista, Daniel Scioli. Cada vez se habla más en América Latina de un cambio de ciclo político, tras 15 años de auge de los gobiernos progresistas en la región, que, con la ayuda de los movimientos sociales, campesinos e indígenas, llegaron al poder en Brasil, Argentina, Paraguay, Honduras, Uruguay, Venezuela, Ecuador y Bolivia, entre otros países.

Desde las izquierdas, el panorama político, que en algunos países viene de la mano de la incertidumbre económica, se observa como un momento para la reflexión: si algunos intelectuales o activistas apuntan a la arremetida del imperialismo y las "derechas mediáticas", otros hablan de la falta de legitimidad a la que ha llevado la "derechización" o cambio de rumbo de algunos de estos Gobiernos.


Para empezar, ¿qué es eso de "gobiernos progresistas"? Como señala el escritor uruguayo Raúl Zibechi, esa etiqueta ha servido para catalogar, de forma vaga, Gobiernos que introdujeron cambios en el Consenso de Washington, que propició en los años 90 la aplicación en toda la región de políticas neoliberales de ajuste que llevaron a mayor desigualdad y destrucción del tejido social. Salvo excepciones, la inclusión social no se ha logrado a través del reconocimiento y garantía de derechos, sino mediante políticas asistencialistas de transferencia de renta que, en muchos casos, han provocado la creación de redes clientelares de dependencia, como denuncia el escritor Martín Caparrós para el caso de la Argentina kirchnerista. La Bolsa Familia del Brasil de Lula da Silva es un ejemplo ya clásico; con todo, pese a las limitaciones de este tipo de políticas, es difícil anticipar el poder transformador que tienen programas que sacan a familias enteras de la miseria y posibilitan su acceso a la educación.

Para Zibechi, con la salvedad de los Gobiernos "boliviarianos" de Venezuela y Bolivia ─Ecuador queda excluido por su creciente enfrentamiento con los movimientos de base─, los Gobiernos "progresistas" no han tenido una voluntad transformadora en lo esencial: el modelo de desarrollo. Se enfrentan en toda América Latina dos visiones del cambio social: la primera, que comparten todos estos Gobiernos, es la perspectiva "neodesarrollista". El ecuatoriano Rafael Correa, el boliviano Evo Morales o el argentino Néstor Kirchner ganaron en las urnas con la promesa de frenar el poder de las corporaciones multilaterales y el saqueo de los recursos naturales, pero en la práctica se ha mantenido, e incluso intensificado, el modelo extractivista que ha llevado, al calor de la demanda global de commodities, a la reprimarización de las economías. En un principio, el mantener esos ingresos asociados a las industrias extractivas ─monocultivos, minería, hidrocarburos, presas─ parecía una oportunidad para diversificar paulatinamente la matriz productiva y energética; en la práctica, los Gobiernos progresistas han dedicado importantes ingresos a combatir la pobreza, pero no han avanzado hacia esa modificación estratégica de su producción, como asevera Gorka Martija, investigador del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL).

Frente a este enfoque neodesarrollista, que se conforma con mejorar ─y no superar─ la posición de estos países en la división internacional del trabajo, los movimientos sociales, con protagonismo creciente de comunidades indígenas, campesinas y afrodescendientes, propugnan la visión del posdesarrollo, a saber: el crecimiento económico basado en la extracción masiva de materias primas no sólo es insostenible para el medio ambiente, sino que es una trampa para los pueblos latinoamericanos, condenados a la "maldición de la abundancia" a la que se refiere el economista ecuatoriano Alberto Acosta: la riqueza de recursos naturales lleva a la dependencia y la miseria económica, como muestra la historia de la minería en la región latinoamericana.


Cambio de ciclo económico


Durante los años en que los precios de las commodities estuvieron al alza, parecía posible para estos Gobiernos conciliar todos los intereses. Se fraguó el eslogan del "crecimiento con inclusión social". Las divisas que generaban las exportaciones de soja, metales o petróleo permitieron costear las políticas que sacaron a millones de personas de la miseria sin tocar los intereses de las oligarquías.

El Brasil del Partido de los Trabajadores (PT) al que pertenecen Lula y Dilma es el mejor ejemplo de ello. Las políticas de inclusión social ayudaron a la histórica expansión de la Clase C. Para algunos, una nueva clase media; para otros, una clase trabajadora que, con mejores sueldos y acceso al crédito, puede consumir bienes antes reservados a las clases pudientes. Así se consolida otra tendencia regional: "El ciclo progresista derrotó al neoliberalismo en varios aspectos. Pero no lo enfrentó en uno que es clave: el legado consumista del modo de vida americano y la industria cultural que lo promueve. Es así que el aumento de los niveles de vida de amplios sectores sociales impulsado por el progresismo se ha traducido en más consumo globalizado", ha analizado el economista paraguayo Gustavo Codas.


Sea como fuere, durante unos años pareció funcionar, pero "el ciclo económico ha cambiado: ahora Dilma debe elegir si privilegia a los ricos o apoya a los pobres", apunta Guilherme Boulos, del Movimiento de Trabajadores Sin Techo (MTST). Pese a que obtuvo la victoria electoral de 2014 con el apoyo del movimiento social de base, Dilma Rousseff evidenció su apuesta por no tocar los intereses de las oligarquías al nombrar como ministra de Agricultura a Katia Abreu, la mayor abanderada de los intereses del agronegocio y enemiga del Movimiento de los Sin Tierra (MST), y como ministro de Hacienda al economista ortodoxo Joaquim Levy, que, formado en Chicago, ha soltado perlas como que España es un ejemplo de ajuste estructural exitoso.

Dilma se ha ganado la desconfianza de las izquierdas. "La pauta del Gobierno es el ajuste fiscal, el corte de derechos, de inversión social. Es indefendible por cualquier movimiento social que se precie", sostiene Boulos. El Gobierno brasileño, cuya presidenta se enfrenta a índices de popularidad del 10%, ha sido cuestionado incluso por el movimiento sindical, una de las bases del PT: "Esta agenda es de los ricos y no del trabajador", ha afirmado Vagner Freitas, de la principal central sindical del país, la CUT.

El problema es que, hoy por hoy, no hay alternativa de Gobierno a la izquierda de Dilma, por lo que criticar a la presidenta termina beneficiando a la derecha. A la misma disyuntiva se enfrentan las izquierdas en una Argentina a punto de poner fin a doce años de kirchnerismo y en un Ecuador donde es cada vez mayor la evidencia de la confrontación directa de Correa con la Conaie (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador) y Acción Ecológica, entre otras organizaciones sociales que critican el enfoque extractivista del Gobierno.


¿Avance o retroceso?


Se pregunta Zibechi: "A tres décadas de distancia, ¿la llegada del PSOE al Gobierno del Estado Español, fue un paso adelante o un retroceso? No pretendo comparar al socialismo europeo con el progresismo latinoamericano, sino reflexionar sobre cómo se produjo la pérdida de la energía social, en ambas situaciones", aclara. Es tiempo para la reflexión de las izquierdas en América Latina. Algunos ponen el acento en la cooptación del activismo de base por los Gobiernos progresistas; no pocos creen que figuras como Lula y los Kirchner han debilitado al movimiento social. Así lo ha expresado el filósofo marxista Paulo Arantes: "Agotamos por depredación extractivista el inmenso reservorio de energía política y social almacenada a lo largo de todo el proceso de salida de la dictadura". Y el que fuera fundador del PT y más tarde del Partido Socialismo y Libertad (PSOL), el respetado Francisco de Oliveira, no duda en afirmar: "El lulismo es una regresión política".

Otras perspectivas, sin embargo, apuntan a la ampliación del horizonte de oportunidades que han supuesto estos Gobiernos. Así pueden contemplarse los avances plasmados en la Constitución de Ecuador de 2008 y la de Bolivia de 2009, que, entre otras influencias de las cosmovisiones indígenas, postulan que la naturaleza es en sí misma sujeto de derechos. Se abren las puertas a nuevas posibilidades de construcción política con protagonismo creciente de los pueblos originarios. Aunque, por el momento, ante la imposibilidad de combinar dos visiones antagónicas como son el post-desarrollo y el continuismo con el modelo extractivista, los gobiernos de Evo y Correa han optado por el extractivismo.

El sociólogo brasileño Emir Sader prefiere destacar los logros que deja en la región el ciclo posneoliberal: disminución sustancial de los niveles de desigualdad, miseria y exclusión social, reducción de la influencia estadounidense en la región y creación de nuevos espacios de integración regional. Son, para Sader, espacios ganados a la visión totalizadora del capitalismo global. A fin de cuentas, sólo un pueblo bien alimentado y con las necesidades básicas cubiertas, aunque sea a base de programas que sustentan redes clientelares y compran votos, puede avanzar en educación, espíritu crítico y cultura democrática. Pero son éstos resultados difíciles de medir y que se aprecian a medio o largo plazo.

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Sábado, 17 Octubre 2015 08:10

¿Un resurgimiento de la izquierda mundial?

¿Un resurgimiento de la izquierda mundial?

El triunfo arrasador de Jeremy Corbyn el 24 de septiembre en su camino a ser el líder del Partido Laborista de Gran Bretaña fue pasmoso y totalmente inesperado. Entró a la carrera apenas con el suficiente respaldo para ser considerado en la votación. Contendió con una plataforma de izquierda sin compromisos. Y luego, enfrentado a tres candidatos más convencionales, ganó 59.5 por ciento de votos en una elección que tuvo una participación inusualmente alta de 76 por ciento.

De inmediato los expertos y la prensa opinaron que este liderazgo y la plataforma garantizaban que el Partido Conservador ganarían la siguiente elección. ¿Es eso seguro? ¿No será que el desempeño de Corbyn indica un resurgimiento de la izquierda? Y si eso es así, ¿es esto cierto sólo en Gran Bretaña?


Determinar si el escenario político mundial se mueve a la derecha o a la izquierda es un tema favorito de las discusiones políticas. Uno de los problemas con esta discusión ha sido siempre que la dirección de las tendencias políticas siempre se mide por la fuerza de la posición extrema de la izquierda o la derecha en cualquier elección dada. Sin embargo, esto es errar el punto más esencial acerca de la política electoral en los países con sistemas parlamentarios construidos en torno a los vaivenes entre los partidos de centroizquierda y centroderecha.


Lo primero que hay que recordar es que existe una enorme gama de posibles posiciones en cualquier momento en un lugar determinado. Simbólicamente, digamos que varían del uno al 10 en un eje izquierda-derecha. Si los partidos o los líderes políticos se mueven entre 2-3, 5-6 u 8-9, ello mide un vaivén hacia la derecha. Y los números de reversa (9-8, 6-5, 3-2) miden un vaivén a la izquierda.


Utilizando esta clase de medición, el año pasado el mundo vio un contundente viraje global a la izquierda. Hay una serie de claros signos de este viraje. Uno de ellos es la fuerza en constante ascenso de Bernie Sanders en su carrera hacia la nominación presidencial por el Partido Demócrata. Eso no significa que derrotará a Hillary Clinton. Significa que, para contrarrestar los índices de las encuestas de Sanders, Clinton ha tenido que plantear posiciones más hacia la izquierda.


En Australia ocurrió un evento semejante. El partido de derecha, ahora en el poder, el Partido Liberal, corrió el 15 de septiembre a su líder Tony Abbott. Abbott era conocido por su agudo escepticismo hacia el cambio climático y su línea muy ruda hacia la inmigración. Abbott fue reemplazado por Malcolm Turnbull, al que se considera algo más abierto en estas cuestiones. De manera semejante, el Partido Conservador británico ha suavizado sus propuestas de austeridad para ganarse a los potenciales votantes en favor de Corbyn. Éstos son virajes de 9-8.


En España, el primer ministro, Mariano Rajoy, del Partido Nueva Democracia, está enfrentando cifras crecientes en las encuestas para Pablo Iglesias, de Podemos, que compite con una plataforma contraria a la austeridad, similar a lo que por mucho tiempo promovió el Partido Syriza de Grecia. Nueva Democracia lo hizo bastante mal en las elecciones regionales y locales del 24 de mayo. Rajoy está resistiendo el viraje "a la izquierda" de su partido y el resultado es que le va peor en las encuestas relacionadas con las futuras elecciones nacionales. Tras su derrota reciente en las elecciones "independentistas" de Cataluña, Rajoy tuvo que frenarse todavía más. Pregunta: ¿Puede Rajoy sobrevivir como líder de su partido o será reemplazado como lo fue Tony Abbott en Australia en aras de un líder un poquito menos rígido?


Grecia resulta ser el ejemplo más interesante de este viraje. Ha habido tres elecciones este año. La primera el 25 de enero, cuando Syriza llegó al poder, de nuevo para sorpresa de muchos analistas, con una plataforma contraria a la austeridad, utilizando la tradicional retórica izquierdista.


Cuando Syriza se topó con que los países europeos no estaban dispuestos a acceder a las demandas griegas de ser aliviados de muchos de los compromisos de su deuda, el primer ministro Alexis Tsipras llamó a un referéndum de si rechazar o no los términos exigidos por Europa. El llamado voto del Oxi (del no) ganó ampliamente en el referéndum del 5 de julio. Sabemos qué fue lo que ocurrió subsecuentemente. Los acreedores europeos no sólo no hicieron concesiones, sino que ofrecieron términos peores a Grecia, que Tsipras sintió que tenía que aceptar en gran medida.


Una vez más los analistas se concentraron en la "traición" de Tsipras a su promesa. La camarilla de izquierda al interior de Syriza se escindió y formó un nuevo partido. En la confusión, pocos comentaron sobre lo que había pasado en el Partido Nueva Democracia. Ahí su líder Antonis Samaras fue reemplazado por Vangilis Meimaraki, viraje de 9-8 o quizá de 8-7, en un intento por arrancar votos centristas a Syriza.


El viraje conservador hacia la izquierda no resultó. Syriza ganó de nuevo. El grupo de izquierda que se escindió fue barrido en las elecciones del 18 de septiembre ¿Por qué ganó Syriza? Parece que los votantes seguían sintiendo que estarían mejor, aunque sea un poco mejor, con Syriza minimizando los recortes en las pensiones y otras protecciones propias del "estado de bienestar". En resumen, en la peor situación posible para la izquierda en Grecia, Syriza por lo menos no perdió terreno.


Qué, pueden preguntarse, significa todo esto. Es claro que, en un mundo que está viviendo en medio de una gran incertidumbre económica y en condiciones peores para grandes segmentos de las poblaciones del mundo, los partidos en el poder tienden a ser culpados y pierden fuerza electoral. Así que tras el vaivén hacia la derecha de la última década o así, el péndulo va ahora en la otra dirección.


¿Qué tanta diferencia hace esto? Una vez más, insisto que depende de si observamos en el corto o en el mediano plazos. En el corto hace mucha diferencia, dado que la gente vive (y sufre) en el corto plazo. Cualquier cosa que "minimice las penurias" es una mejora. Por tanto, esta clase de vaivén hacia la "izquierda" es una mejora. Pero en el mediano plazo, no hace diferencia en lo absoluto. De hecho, tiende a oscurecer la batalla real, aquella que concierne la dirección en que va la transformación del sistema-mundo capitalista en el nuevo sistema-mundo (o sistemas). La batalla es entre quienes quieren un nuevo sistema que puede ser todavía peor que el actual y quienes quieren algo sustancialmente mejor.


Traducción: Ramón Vera Herrera

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Nuevos colonialismos y crisis de los valores de izquierda

Cuando la visibilidad es mínima porque poderosas tormentas nublan la percepción de la realidad, puede ser conveniente levantar la mirada, trepar laderas para buscar puntos de observación más amplios, para discernir el contexto en que nos movemos. En estos momentos, cuando el mundo está atravesado por múltiples contradicciones e intereses, es urgente aguzar los sentidos para mirar lejos y adentro.


Tiempos de confusión en los que naufraga la ética, desaparecen los puntos de referencia elementales y se instala algo así como un vale todo, que permite apoyar cualquier causa siempre que vaya contra el enemigo mayor, más allá de toda consideración de principios y valores. Atajos que conducen a callejones sin salida, como emparejar a Putin con Lenin, por poner un ejemplo casi de moda.


La intervención rusa en Siria es un acto neocolonial, que coloca a Rusia en el mismo lado de la historia que Estados Unidos, Francia e Inglaterra. No existen colonialismos buenos, emancipadores. Por más que la intervención rusa se justifique con el argumento de frenar al Estado Islámico y la ofensiva imperial en la región, no es más que una acción simétrica a la que se condena usando idénticos métodos y similares argumentos.


La pregunta que considero central es: ¿Por qué desde las izquierdas latinoamericanas se levantan voces en apoyo de Putin? Es evidente que muchos han colocado sus esperanzas en un mundo mejor, en la intervención de grandes potencias como China y Rusia, con la esperanza de que frenen o derroten a las potencias aún hegemónicas. Es comprensible, en vista de las fechorías que Washington comete en nuestra región. Pero es un error estratégico y un desvío ético.


Quisiera iluminar esta coyuntura, especialmente crítica, apelando a un documento histórico: la carta a Maurice Thorez (secretario general del Partido Comunista Francés), escrita en octubre de 1956 por Aimé Césaire. El texto nació en uno de los recodos de la historia, poco después del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, donde se denunciaron los crímenes del estalinismo; el mismo mes del levantamiento del pueblo húngaro contra el régimen burocrático pro-ruso (con un saldo de miles de muertos) y de la agresión colonial contra Egipto por la nacionalización del canal de Suez.


Césaire renunciaba al partido luego de un bochornoso congreso en el que la dirección fue incapaz de la menor autocrítica ante la revelación de crímenes que, en los hechos, estaba apoyando. Nació en Martinica, al igual que Frantz Fanon, del que fue maestro en la secundaria. Fue poeta y fundador del movimiento de la negritud en la década de 1930. En 1950 escribió Discurso sobre el colonialismo, de gran impacto en las comunidades negras. Su carta a Thorez fue, en palabras de Immanuel Wallerstein, el documento que mejor explicó y expresó el distanciamiento entre el movimiento comunista mundial y los diversos movimientos de liberación nacional (en Discurso sobre el colonialismo, Akal, p. 8).


Encuentro tres cuestiones en su carta que iluminan la crisis de los valores de izquierda por la que atravesamos.


La primera es la falta de voluntad para romper con el estalinismo. Césaire se revuelve contra el relativismo ético que pretende conjurar los crímenes del estalinismo con alguna frase mecánica. Como ese latiguillo que se repite una y otra vez, diciendo que Stalin cometió errores. Asesinar millones no es un error, aunque se mate en nombre de una supuesta causa justa.


La mayor parte de las izquierdas no hicieron un balance serio, autocrítico, del estalinismo que, como se ha escrito en estas páginas, va mucho más allá de la figura de Stalin. Lo que dio vida al estalinismo es un modelo de sociedad centrado en el Estado y en el poder de una burocracia que deviene burguesía de Estado, que controla los medios de producción. Se sigue apostando a un socialismo que repite aquel viejo y caduco modelo de centralización de los medios de producción.


La segunda es que las luchas de los oprimidos no pueden ser tratadas, dice Césaire, como parte de un conjunto más importante, porque existe una singularidad de nuestros problemas que no se reducen a ningún otro problema. La lucha contra el racismo, dice, es de una naturaleza muy distinta a la lucha del obrero francés contra el capitalismo francés, y no puede considerarse un fragmento de esta lucha.


En este punto, las luchas anticolonial y antipatriarcal tocan las mismas fibras. Estas fuerzas se marchitarían en organizaciones que no les sean propias, hechas para ellos, hechas por ellos y adaptadas a objetivos que sólo ellos pueden determinar. Aún hoy hay quienes no comprenden que las mujeres necesitan sus propios espacios, como todos los pueblos oprimidos.


Se trata, afirma Césaire, de no confundir alianza y subordinación, algo muy frecuente cuando los partidos de izquierda pretenden asimilar las demandas de los diversos abajos a una causa única, mediante la sacrosanta unidad que no hace más que homogeneizar las diferencias, instalando nuevas opresiones.


La tercera cuestión que ilumina la carta de Césaire, de rabiosa actualidad, se relaciona con el universalismo. O sea, con la construcción de universales no eurocéntricos, en los cuales la totalidad no se imponga sobre las diversidades. "Hay dos maneras de perderse: por segregación amurallada en lo particular o por disolución en lo 'universal'".


Aún estamos lejos de construir un universal depositario de todo lo particular, que suponga la profundización y coexistencia de todos los particulares, como escribió Césaire seis décadas atrás.


Quienes apuestan por poderes simétricos a los existentes, excluyentes y hegemónicos, pero de izquierda; quienes oponen a las bombas malas de los yanquis las bombas buenas de los rusos, siguen el camino trazado por el estalinismo de hacer tabla rasa con el pasado y con las diferencias, en vez de trabajar por algo diferente, por un mundo donde quepan muchos mundos.

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Iván Velásquez: "La impunidad es el mayor cáncer de América Latina"

El destino del juez Iván Velásquez (Medellín, 1955) es hacer temblar la tierra que pisa. En Colombia, destapó el nido de víboras de la parapolítica, un escándalo que alcanzó al corazón del uribismo y llevó a la cárcel a una veintena de políticos y empresarios. Ahora, al frente de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), no sólo ha puesto entre rejas al presidente Otto Pérez Molina y su vicepresidenta, sino que ha demostrado cómo un instrumento aparentemente predestinado al sopor burocrático ¬—una oficina de la ONU coordinada con la fiscalía local— puede derribar los más altos poderes y hacer pensar que frente a la corrupción hay esperanza. En Guatemala es un héroe. En El Salvador y Honduras e incluso México y Colombia, un ejemplo a seguir o estudiar. Consciente de que América Latina tiene los ojos puestos en él, este juez habla por teléfono con calma y concisión.


Pregunta. ¿Teme por su vida?


Respuesta. Pienso poco en ello. He asumido una responsabilidad, y trabajo como creo que debe hacerse. Lo contrario conduce a la inacción.


P. ¿Y a que le preparen alguna trampa?


R. Siempre es una posibilidad. No soy inmune a los montajes, pero poseo una pequeña ventaja: mi experiencia en Colombia, cuando desde el Gobierno de Uribe y las agencias de inteligencia se abrió una campaña de persecución. Esa experiencia me da una mejor defensa.


P. ¿Y le puede ocurrir algo similar en Guatemala?


R. Los que investigan a la mafia saben que los afectados tienen un mecanismo de defensa que incluye el halago, el desprestigio, el soborno e incluso la muerte. A eso estamos sometidos los que nos dedicamos a este mundo.


P. ¿Es exportable el modelo de la CICIG?


R. Lo es, porque su diseño respeta la soberanía nacional. Por ejemplo, cualquier decisión sobre derechos ciudadanos, como una escucha, un arresto o un allanamiento, se efectúa a petición del ministerio público. Nosotros aportamos nuestra capacidad de investigación, experiencia internacional e independencia. No estamos vinculados a ningún poder fáctico ni tenemos intereses propios, sólo el de la lucha contra la impunidad. Eso es lo que temen las organizaciones criminales.


P. ¿Apoyaría un organismo como la CICIG en México o Colombia?


R. Lo apoyaría para todos los países de la región. No somos una fuerza extranjera. Este instrumento sólo puede darse si un Gobierno lo pide a la ONU, el Congreso ratifica el acuerdo y la Corte Constitucional valida su legalidad. Si esto ocurre en Honduras, El Salvador, México o Colombia, no le veo obstáculo.


P. ¿Cómo enjuicia el problema de la impunidad en América Latina?


R. Es el cáncer mayor. Si la justicia no actúa, la corrupción desvía los recursos públicos e impide que se atiendan las necesidades básicas de la población. La lucha contra la impunidad es la lucha por construir un Estado de derecho.


P. En países como Guatemala, la corrupción tiene tal alcance que parece imposible de controlar.


R. Mire, desde el optimismo, si se logra que el despertar nacional contra la corrupción se convierta en un movimiento organizado, con redes de veeduría sobre el Estado, entonces habrá esperanza. Pero no basta la reacción espontánea de la ciudadanía, ésta tiene que involucrarse. La corrupción no es un fenómeno coyuntural, sino estructural.


P. ¿Le ha ayudado la presión popular en sus investigaciones?


R. La reacción social reduce las presiones sobre el ministerio público y los jueces. La dimisión de la vicepresidenta de Guatemala o el levantamiento de la inmunidad son hechos atribuibles a esa reacción. Pero la justicia actúa de forma independiente e imparcial.


P. ¿Es consciente de que en Guatemala es usted un héroe?


R. No me gustan los heroísmos ni los personalismos. La lucha contra la corrupción no la puede hacer una persona sola, ni exclusivamente el CICIG o la Procuraduría, sino que es una tarea de la sociedad.


P. ¿Se siente extranjero en Guatemala?


R. Tengo conciencia latinoamericana. Sé lo que han sufrido nuestros países. Conozco lo que nos une. Si aporto a Guatemala, aporto a América Latina. Por eso no me siento extranjero.

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"Syriza debe liberarse del europeísmo infantil"

Vasilopoulou hace una revisión crítica de los pasos dados por su partido en torno de las negociaciones con la troika. Y espera que el gobierno pueda aliviar las exigencias del acuerdo.


Corina Vasilopoulou es periodista, diputada regional y portavoz de Syriza en la región de Atica, la más poblada de Grecia, con Atenas como capital. Ella es de Syriza y sigue apoyando al premier, Alexis Tsipras, aunque a la pregunta de "¿cómo está?" al saludarla, responda con honestidad "recuperándome del choque". Corina no puede ocultar la decepción que supuso la firma del tercer memorándum con la Troika después de que el 61 por ciento del pueblo griego se pronunciara en contra y admite, durante esta entrevista en un coqueto bar del centro de Atenas, que a Syriza se le dio una segunda oportunidad "porque se le reconoció la lucha pese a haber sido derrotado" pero que ahora quiere ver resultados concretos, que se noten en la vida diaria de la gente.


–¿No le quedaba otra salida a Alexis Tsipras que firmar el memorándum de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI?


–Yo pienso, pero viéndolo ahora (después todos somos profetas), que Syriza cometió muchos errores y que debería haber tomado antes medidas más drásticas para que no nos quedáramos sin liquidez. Yo prefiría que Syriza no hubiera firmado, que saliera a decir a la gente que nos estaban chantajeando y que así no podíamos seguir. Lo mejor hubiera sido consultarle a la gente con una pregunta clara, no como la del referéndum.


Para mí, como para la mayoría de los de Syriza, fue un gran golpe, un golpe que no esperábamos. No sé si éramos demasiado inocentes y optimistas pero lo cierto es que nos llevó luego casi a la depresión. Ahora yo sigo apoyando al partido pero desde un punto de vista más crítico, a la espera de que cumpla con sus promesas de aliviar las exigencias del memorándum.


–Esta decepción también le pasó factura a la democracia porque la abstención en las elecciones de septiembre fue muy alta y la desafección de la ciudadanía hacia la política ahora es más que palpable.


–Sin duda. Syriza tiene una prórroga y depende de ellos honrar esa prórroga, porque el entusiasmo de enero ya no existe y ahora la gente quiere ver resultados concretos para mejorar su vida y una ética realmente diferente en la práctica política. A pesar de esto hay que reconocer que el pueblo griego demostró un coraje que nadie se esperaba. Con tanto chantaje internacional, con tantos medios de comunicación en contra y una propaganda feroz, con los bancos cerrados, se votó un 'no' rotundo en el referéndum y eso es algo de admirar.


–También fue un golpe muy duro para otras nuevas formaciones de izquierda en Europa, como Podemos. ¿Cómo podría hacer el partido de Pablo Iglesias para revertir ese efecto dominó?


–No sé si a Podemos lo que más le afectó es lo sucedido con Syriza o sus propios problemas, como las disputas internas o no tener principios demasiado claros. Posiblemente fue una mezcla de ambos. En cualquier caso, yo les diría que no opten por la moderación porque, si yo fuera española y quisiera un partido moderado, votaría al PSOE (Partido Socialista Español). Podemos tiene que volver a sus raíces y tomar como modelo lo que están haciendo los nuevos gobiernos municipales de izquierda, como el de Ada Colau en Barcelona o Manuela Carmena en Madrid.


–Syriza también sufrió en su seno serias fracturas: sectores contrarios a la postura de Tsipras abandonaron el partido y gobiernos como el suyo. en la región de Atica, quedaron divididos entre quienes apoyan al premier y quienes no. ¿Cómo se gestiona ahora toda esa disidencia interna?


–En Atica la gobernadora, Rena Dourou, llegó a un equilibrio inteligente porque, aunque es de Syriza y apoya a Tsipras, es consciente de que gobierna para todos, no solo para los de Syriza. Dos de sus ocho gobernadores adjuntos se fueron del partido y uno de ellos, Lafazanis, creó la nueva formación Unidad Popular, que compitió con Tsipras en estas elecciones. También se marcharon de Syriza varios diputados regionales que, sin embargo, permanecen en el gobierno. Rena colabora con todos y, por ejemplo, ahora está moviéndose con ellos en contra de la privatización del Puerto de Pireo (la cesión del puerto más importante de país a la que accedió Tsipras a demanda de los acreedores internacionales). O sea que el gobierno de Atica sigue siendo de izquierda y, por lo menos en el plano local, todavía podemos trabajar hacia cosas más grandes. Lo mismo espero ver a escala nacional.


–El primer objetivo que se marcó Tsipras en su nuevo programa es la renegociación de la deuda. ¿Le harán más caso los del Eurogrupo al haber sido revalidado por las urnas?


–Por un lado seguro que sí porque (Angela) Merkel esperaba quitárselo de encima y ahora ve que no, que tendrá que seguir lidiando con él. Pero lo de la deuda es algo que supera a Tsipras y a Grecia porque si no vas por el camino revolucionario y con las armas les dices "chau no pagamos", habrá que esperar que ellos se pongan de acuerdo –el FMI está a favor de la quita de la deuda y la UE está en contra– y si lo hacen también tendrá un fuerte costo político.


–¿Es posible, como asegura Tsipras, implementar una austeridad "suave"?


–La vida cotidiana ahora será muy dura porque la gente seguirá pagando unos impuestos que Syriza prometió que anularía, el desempleo sigue ahí, el sueldo básico no aumentó y las relaciones laborales siguen desmanteladas. Yo quiero que Syriza proteja la casa de la gente, que no se pliegue a las exigencias de los acreedores para que la gente se vaya de su casa si no la puede pagar. Quiero que haga algo con la salud pública, que es un desastre, y para que la gente pueda calentarse en invierno porque todavía no eliminó esta tasa especial impuesta hace tres años que equipara el petróleo de la calefacción con la nafta. Yo, en general, quiero que Syriza haga todo lo que pueda para proteger a los más débiles y que revise su relación con la Unión Europea. No hablo de una salida de la Unión pero sí liberarse de este europeísmo infantil, porque hay que ser consciente de que la Europa de los pueblos no existe. Lamentablemente yo no veo un cambio político en Europa, así que un partido de izquierda, como quiere llamarse Syriza, tendrá que replantearse muy seriamente cómo actuar con un continente neoliberal.

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El Movimiento de los Sin Tierra y la coyuntura política en Brasil

La crisis económica mundial tiene en Brasil graves consecuencias políticas. Recortes en programas de infraestructura y sociales están a la orden del día, empezó la privatización de la educación, estados que fueron en el pasado vitrinas del PT, como Rio Grande do Sul (ahora gobernado por el PMDB, un partido de centro-derecha aliado en el plan federal con el PT) y el Paraná (con un gobernador del PSDP, partido social-demócrata de F.H. Cardoso), adoptan medidas neoliberales, y la popularidad de la presidenta Dilma Rousseff ha caído debajo de 10 por ciento.

Entre el 21 y el 25 de septiembre, el Movimiento de los Sin Tierra (MST) organizó en Brasilia el segundo Encuentro Nacional de los Educadores y Educadoras de la Reforma Agraria. Se trata de profesores de todo nivel, desde alfabetización y primaria, hasta la universidad, que se dedican a la educación en los asentamientos del MST y de otros movimientos rurales. Los programas son apoyados por el Estado y varios convenios han sido firmados con universidades principalmente estatales. Desde el principio de esta iniciativa en 1998, decenas de miles de alumnos han pasado por este sistema de educación.


La dimensión política del momento fue bien presente en este encuentro. Dos ministros asistieron a la sesión de inauguración; el de Educación y el de Desarrollo Rural. Este último, del Partido del Trabajo (PT), antiguo ministro de Bienestar Social y responsable de los programas de lucha contra la pobreza (bolsa familiar entre otros) está supuestamente para hacer contrapeso con la ministra de Agricultura, proveniente de los ruralistas o grandes propietarios, pero su presupuesto representa una mínima parte de este ministerio.


En su intervención, João Pedro Stedile, fundador del MST, habló claramente de la coyuntura socio-política: se debe luchar contra las políticas neoliberales, porque son una estrategia de clases. De verdad la situación es confusa, porque en el Brasil actual, ninguna clase social tiene una hegemonía, lo que desemboca en alianzas políticas dudosas y proyectos contradictorios.


Según él la crisis actual del país es triple. La primera es de orden económico y tiene su origen en el sistema capitalista mundial, que acentuó durante los pasados 15 años, la dependencia de la economía brasileña: reprimerización y relativa desindustrialización. Brasil no crece más. La burguesía productiva se orienta hacia la especulación financiera. En poco tiempo, más de 200 mil millones de dólares han salido del país. Las empresas transnacionales reinvierten en el exterior.


La segunda es la crisis urbana, con varios aspectos: el transporte caro y de mala calidad, la vivienda, la educación superior que absorbe solamente a 15 por ciento de los egresados del nivel secundario. Otro orador del encuentro señalo que cada año, 40 mil personas son asesinadas, la mayoría jóvenes, pobres y negros, y que se cuentan unos 50 mil desaparecidos. Se debe recordar también que todavía en Brasil queda una sociedad de desigualdades extremas. Los ricos viven en otro mundo. Es el segundo país del mundo en número de helicópteros privados, después de Estados Unidos.


La tercera es política. El sistema electoral significa el secuestro de la voluntad popular y permite una sobrerrepresentación de los terratenientes. La corrupción afectó los partidos de gobierno, el PT, pero aún más, el PMDB (Partido Movimiento Democrático del Brasil), de centro-derecha, en alianza con el Partido del Trabajo y que tiene la vicepresidencia y la dirección del senado. Se explica así, en gran parte, la pérdida de credibilidad de la presidenta que cayó hasta 7 por ciento.


João Pedro Stedile concluyó que el pueblo debe reconstruir su espacio, ahora en la calle, más que por la política institucional. Ya, en su congreso de 2014, el MST había anunciado la reanudación de las ocupaciones de tierras y en algunos meses centenares de acciones han tenido lugar, una sobre las tierras de un ministro del gobierno. Felizmente, no hubo incidentes de gravedad. Stedile añadió también que frente a la supresión de las escuelas rurales por millares, cada escuela cerrada significará la ocupación de una sede municipal (prefeitura). Pidió la solidaridad con los obreros del petróleo que están en huelga, no para un aumento salarial, sino para defender la parte de la renta petrolera destinada a la educación. Finalmente él recordó que la reforma agraria popular es el objetivo fundamental del movimiento, frente a la concentración de las tierras para el monocultivo y que la agroecología era su principio de base.


Al mismo tiempo, un artículo de Marcelo Carcanholo, presidente de la Asociación Latinoamericana de Economía Política y de Pensamiento Crítico, era publicado en la revista (on line) Izquierda y titulado: ¿Por qué el gobierno de Dilma no es de izquierda? La economía política de los gobiernos del PT. (Izquierda, 57, septiembre 2015, pp 41-45).


Según este analista, Lula no cambió la lógica económica de su predecesor para no perder la credibilidad de los mercados e incluso amplió ciertas reformas estructurales en favor de ellos. Él aprovechó de la coyuntura internacional favorable para una elevación de las tasas de crecimiento sin presiones inflacionistas y para desarrollar políticas sociales compensatorias. Eso fue el periodo 2002-2007.


El resultado fue lo ya citado: reprimerización y desindustrialización relativa, es decir una gran vulnerabilidad frente al exterior. El receso de la coyuntura provocó efectos inmediatos. Para responder a la crisis de 2007-2008, se decretó una exoneración tributaria, una expansión del crédito y se protegieron mercados garantizados, esto en conjunto ha significado una tímida política anticíclica en un océano liberal. A medio plazo eso acentuó el déficit fiscal, provocó el endeudamiento de las familias y estrenó un ajuste ortodoxo.


Al contrario, una política de izquierda habría terminado con las estructuras neoliberales, reduciendo la vulnerabilidad estructural exterior; promoviendo una modificación en la concentración de la renta; una ampliación del mercado interno y una expansión de la integración regional más allá que los acuerdos comerciales. Habría significado también políticas sociales y públicas que transciendan las medidas compensatorias, que finalmente deriven de la ampliación de las reformas neoliberales.


La conclusión del autor es que Dilma Rousseff no es de izquierda, porque su propuesta política nunca fue de izquierda, y porque la alianza política y de clases del PT no fueron diferentes. Si ciertos intelectuales pueden pensar que esta posición es demasiado radical, la experiencia del MST en el terreno tiende a confirmar su pertinencia.


(Para El Telégrafo, Quito) Brasilia, 25/09/15

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El segundo nivel de la Escuelita Zapatista (I)

El 3 de octubre terminó el plazo para el envío de las seis preguntas que cada estudiante del segundo nivel de la Escuelita Zapatista debía mandar para ser evaluado en su desempeño y, en caso de ser aprobado, pasar al siguiente grado hasta eventualmente completar seis. Para ello, los educandos debían estudiar el capítulo 1 del libro El pensamiento crítico frente a la hidra capitalista, así como ver un video de poco más de tres horas de duración, en el que se muestra la genealogía y las características actuales de la resistencia y rebeldía del EZLN, en voz de alrededor de 30 de sus responsables locales, hombres y mujeres, procedentes de distintos municipios autónomos de los cinco caracoles donde están ubicadas las Juntas de Buen Gobierno: La Realidad, Oventic, La Garrucha, Morelia y Roberto Barrios.

Del estudio del capítulo señalado destacan las participaciones del actual vocero del EZLN, el subcomandante insurgente Moisés, quien en el tema de Economía Política va recapitulando en torno a cómo vivían las comunidades hace 30 años, cómo viven los que no están organizados como zapatistas y cómo viven ahora los propios zapatistas. Antes de la llegada del EZLN en 1983, los indígenas de Chiapas no existían para el sistema capitalista; eran los olvidados de los gobiernos que sobrevivieron con la madre tierra, que resistieron la dominación de los terratenientes que detentaban los mejores terrenos protegidos por su fuerza armada, las llamadas guardias blancas. No había entonces carreteras, clínicas u hospitales, ni programas ni becas. Con el tiempo, no les bastó con tener las mejores tierras, y ahora querían las montañas, la riqueza de la naturaleza y, en consecuencia, se organiza el despojo, el desalojo, para lo cual reforman el artículo 27 constitucional, cuya intención es privatizar los ejidos, vender o rentar la madre tierra. Cuando se da el levantamiento de 1994 se inicia una política de contrainsurgencia para evitar la extensión del zapatismo. Esas comunidades que dejaron que se privatizara su ejido, al vender la tierra, quedan en la calle, pues ya no tienen dónde sembrar su maíz y su frijol, quedando también a merced de esta política. La utilización del término partidistas caracteriza a este sector social que ha caído en la trampa gubernamental, distinguiendo claramente la contradicción no antagónica del zapatismo con quienes incluso son considerados hermanos y hermanas, de los paramilitares: ésos son unos hijos de la chingada, pues.

Los zapatistas recuperaron a la madre tierra a partir de organizarse colectivamente, combinando diversas formas del trabajo agrario a escala de pueblo, regiones y municipios, y reconociendo intentos fallidos y errores. Se advierte que no debemos idealizar a los zapatistas, pensando que cuando dicen limpio, todo es limpio. El chiste es estar organizado y distinguir que una cosa es decir y otra es hacer. Descubrieron la resistencia en las varias formas de hacer trabajo colectivo y reaccionando ante quienes habían sido enviados por el gobierno para vigilarlos, como los maestros, que resultaron expulsados de la zona, o llegando a la conclusión de que no había que recibir nada del mal gobierno, lo que, a su vez, condicionó el inicio de una gran cantidad de tareas en diversos ámbitos de la explotación de la tierra, la producción, el comercio, la salud, la educación que fueron dando sustentabilidad al proceso autonómico zapatista versus la dependencia, pérdida de identidad, drogadicción y sumisión de los partidistas. El sub Moisés sintetiza de esta manera la resistencia que debe alimentarse de generación en generación, si se pretende que no regresen los explotadores: "Una de las bases de lo que es nuestra resistencia económica, nosotros, nosotras las zapatistas, es la madre tierra. No tenemos esas casas que da el mal gobierno, bloques y todo eso, pero sí tenemos educación, estamos en eso que son los pueblos los que mandan y los gobiernos obedecen... nosotros no pagamos luz, agua, tenencia de la tierra, nada. Pero nada recibimos también del sistema... Y esa es nuestra forma de ser y así vamos a seguir trabajando, luchando, y moriremos así si es necesario, por defender en lo que estamos ahora".

La economía zapatista responde a las necesidades de la resistencia y a la estrategia de contrainsurgencia. Pocas veces manejan dinero, como cuando hay que pagar la gasolina. Todo se hace a partir de trabajo político, ideológico, mucha explicación. El sub Moisés pone el ejemplo de la educación, donde al maestro con el trabajo colectivo se le trabaja su milpa, su frijolar, su potrero y así puede tener su paguita. El chiste es que no quede nadie sin trabajar colectivamente por la lucha, por la autonomía, y para ello los pueblos, las regiones, los municipios autónomos y las zonas se ponen de acuerdo cómo quieren trabajar. La economía zapatista tiene sus bancos, cuyas ganancias se van también al movimiento de la autonomía. Se hacen préstamos para urgencias y los fondos se integran de aportaciones de las bases de apoyo. Se aclara cómo había organizaciones no gubernamentales (ONG) que se colgaban de la lucha zapatista y obtenían fondos para pagar su burocracia, en palabras del s ub Moisés: Entonces del hombro de los que están luchando por la injusticia y la desigualdad, y la miseria y todo lo demás, todavía se cuelgan otros ahí. Qué tan inteligentes somos, ¿no?

De la economía rebelde se pagan operaciones en las clínicas rebeldes, incluso para los partidarios, a costos muy inferiores a los del mercado hospitalario. Todo esto se vigila con acuciosidad, dado que es trabajo, sudor del pueblo; por ello, se exige a sus autoridades rendir cuentas. No se idealiza el trabajo colectivo y con gran sentido del humor el vocero del EZLN comenta sobre quienes están fumando su cigarro o limando mucho su machete, para pasar el tiempo, o sea, para ser mañosos. Pero a estos problemas, el chiste es que: No nos dejamos. Somos muy tercos, somos muy necios. No lo abandonamos. Buscamos la salida, aconsejando, dando aclaraciones, explicaciones, pues, y así vamos a seguir.

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La identidad del progresismo, su agotamiento y los relanzamientos de las izquierdas

ALAI AMLATINA 07/10/2015.- Las circunstancias que afectan a los gobiernos progresistas en América Latina siguen despertando mucha atención. Algunas reflexiones recientes señalan una crisis, un final o un agotamiento del progresismo, mientras que otros rechazan cualquier debilidad o retroceso (1). Intentando salir del ruido en este debate, se confirma la divergencia entre izquierdas y progresismos, donde éstos últimos muestran una condición propia de un agotamiento antes que un final. Sorpresivamente, unos cuantos defensores de los progresismos en lugar de repotenciarlo confirman esta situación.

El reconocimiento que los progresismos tienen una identidad política en sí misma es evidente desde los dichos y prácticas de esos gobiernos y sus bases de apoyo. Estos usan ese rótulo, lo defienden, e incluso lo usan en sus coordinaciones continentales (como los Encuentros Latinoamericanos Progresistas, ELAP).

Esta distinción del progresismo como un régimen político distintivo, que resulta de una "gran divergencia" con las izquierdas desde las cuales se originaron, ya fue señalada poco tiempo atrás (2). En efecto, las izquierdas de fines de los años noventa, entre otras cosas criticaban las bases conceptuales del desarrollo, se comprometieron a terminar con la corrupción en el estado y la política, defendían la ampliación de los derechos y la justicia, buscaban una radicalización de la democracia con más participación y consultas, y estaban estrechamente vinculadas a diversos movimientos sociales.

Los progresismos actuales, en cambio, abrazan las ideas del desarrollo aunque disputan la apropiación de sus excedentes, parecen haberse rendido ante la corrupción, recortan algunos derechos ciudadanos, insisten en una mirada economicista de la justicia, detuvieron o retrocedieron en los mecanismos de democracia participativa y deliberativa para volcarse hacia el hiperpresidencialismo, y poco a poco se fueron desconectando de muchos movimientos sociales hasta terminar enfrentados con algunos de ellos.

Los progresismos se reconocen a sí mismos como una familia política y establecen claras distinciones con otras posturas. Se presentan como parte de un mismo agrupamiento progresista gobiernos que van desde Nicolás Maduro en Venezuela hasta Tabaré Vázquez en Uruguay. A la vez se consideran distintos, por un lado de los gobiernos conservadores (otro amplio conjunto que incluye a O. Humala en Perú o J.M. Santos en Colombia), y por otro lado, del resto de las izquierdas, a las que varios califican como infantiles, ultra, radicales o trotskistas. Por todo este tipo de razones, las diferencias entre izquierdas y progresismos se han vuelto fáciles de capturar y las organizaciones ciudadanas las usan cada vez más.

Es comprensible que existan muchos entusiastas del progresismo, pero también hay que aceptar que sus ideas y prácticas merecen ser sopesadas críticamente. Si eso se hace con seriedad, está claro que estos progresismos no se han vuelto neoliberales. Calificarlos de esa manera no sólo me parece exagerado, sino que muestra problemas conceptuales en entender el concepto de neoliberalismo.

Pero los progresismos también son diferentes de las posiciones de las izquierdas plurales, independientes y democráticas de las que partieron a finales de los años noventa. Los progresismos rehúyen de las pluralidades y prefieren los pensamientos únicos, no les gusta mucho la independencia ya que reclaman obediencia, y privilegian la delegación democrática hacia el hiperpresidencialismo antes que radicalizarla localmente.

En cuanto a sus ideas sobre el desarrollo, cuando se analiza lo que dicen y hacen los progresismos, si bien hay matices en sus estrategias, todas ellas buscan el crecimiento económico a partir de la exportación de recursos naturales y la atracción de inversiones, apoyan la ampliación del consumo popular y aplican algunas medidas compensatorias con los sectores más pobres. Sus Estados conceden al capital en varios frentes para conseguir estabilidad económica e inserción comercial, mientras que intenta controlarlo en otros, en especial allí donde puede aumentar la captura estatal de excedentes. Supieron aprovechar una coyuntura de altos precios de las materias primas y crisis en las naciones industrializadas para crecer económicamente.

Fin de ciclo o agotamiento

Esas estrategias están enfrentando variados problemas, y que son especialmente evidentes en Venezuela y Brasil. Bajo ese contexto resurgió el debate sobre si esos progresismos están en una crisis terminal o se están agotando. La distinción entre las dos condiciones no es menor, ya que sería muy arriesgado hablar de un final de ciclo. Aún bajo condiciones muy adversas, los agrupamientos políticos progresistas pueden ganar una elección y retener el poder (como sucedió con la reelección de Dilma Rousseff en 2014 en Brasil). Incluso hay progresismos que por ahora tiene buen respaldo y son estables (como el Frente Amplio en Uruguay).

Pero más allá de si retienen o no los gobiernos, es más claro que se ha debilitado la reflexión teórica que los sostenía, están perdiendo sus capacidades de innovación, de responder a las nuevas circunstancias, y les cuesta mucho mantener alineada a su propia militancia por lo que deben recurrir asiduamente a las adhesiones de sus propios funcionarios o a impresionantes campañas publicitarias. Se le hace más difícil explicar los pactos económicos para sostener sus estrategias de desarrollo (como las concesiones al capital extranjero, las flexibilizaciones sociales y ambientales o los acuerdos con la vieja derecha). Siguen pendientes problemas serios, como la violencia urbana o agudos deterioros ambientales. La conclusión es que no estamos ante una crisis final sino que presenciamos un agotamiento.

Al sumarse los problemas, la conflictividad retoma en varios países, pero ya no se logra apaciguarla fácilmente apelando al encantamiento con ideas y sensibilidades progresistas. A la vez, hay menos opciones para revertirla por medio de compensaciones económicas. El Estado progresista se ve forzado a lidiar con la conflictividad mediante otros instrumentos, como recortando algunos derechos, criminalizando la protesta, e incluso ha llegado a cruzar algunas líneas rojas de la represión (como ha ocurrido recientemente contra movilizaciones indígenas en Ecuador y Bolivia). Son medidas que alejan a esos gobiernos todavía más de la izquierda y los vuelve aún más progresistas.

Las defensas progresistas

Es bajo esta coyuntura que aparecen las recientes defensas a los progresismos. En muchas de ellas los alcances son limitados y se repiten ideas comunes, pero lo que más impacta es que en su propia formulación refuerzan esta percepción de agotamiento. Algunos ejemplos ilustran esta situación.

Como los argumentos escasean, posiblemente las defensas más comunes están en afirmar que cualquier cuestionamiento expresa pensamientos conservadores o sirve a los intereses de la derecha. No se analizan las puntualizaciones de la izquierda, sino que el progresismo inmediatamente la rotula de conservadora. O bien, se afirma que las prédicas de la izquierda son funcionales a las ideas conservadores. Tampoco hay argumentos, sino que se parte de un juicio previo donde cualquier crítica al progresismo siempre serviría a intereses conservadores y por ello debe ser rechazada.

Otras defensas se centran en destacar hechos positivos, como la reducción de la pobreza o el control nacional sobre algunos recursos naturales. Sin duda allí hay avances progresistas, y esas son sus herencias más positivas. Pero parece que no se asume que ese tipo de justificaciones están perdiendo su fuerza, y que las contradicciones actuales de ese tipo de desarrollo son cada vez más claras. La insistencia en reducir la justicia al campo de los instrumentos de compensación económica parece estar chocando son sus límites, y se hace evidente que por ese sendero se vuelve a caer en una mercantilización de la vida social y la Naturaleza, un extremo que las izquierdas rechazan pero los progresismos parecen aceptar bajo ciertas condiciones.

Están los que afirman que los progresismos no pueden ser culpados por los problemas actuales ya que ellos se deben a lo que ocurrió diez o quince años atrás, bajo los gobiernos neoliberales. Por ejemplo, la desindustrialización en Brasil sería culpa de las administraciones Collor o Cardoso, y se evita analizar en detalle las responsabilidades de los dos gobiernos de Lula da Silva o Dilma Rousseff. En la misma línea, otros van todavía mucho más atrás, sosteniendo que contradicciones actuales, como los extractivismos, no se pueden resolver porque venimos haciendo lo mismo durante cinco siglos.

Aquí el agotamiento se expresa como fugas al pasado que desnudan las trabas en asumir un análisis crítico sobre el presente. Siguiendo con el ejemplo de Brasil, hay dificultades para evaluar el papel del progresismo en exacerbar la primarización de las exportaciones, el desmedido apoyo gubernamental a las grandes corporaciones (los llamados "campeones nacionales", algunos de los cuales ahora se sabe participaban en redes de corrupción con el mundo político), las resistencias a lograr cadenas productivas compartidas con los países vecinos, o las medidas financieras que sobre todo beneficiaron a la banca.

Otras defensas, en cambio, se atrincheran en la dimensión internacional, aunque por momentos se cae en simplificaciones fenomenales. Los progresismos por cierto han tenido momentos estelares, como la derrota del ALCA, y que debemos reconocer. Pero eso no impide analizar problemas actuales, como los roles concedidos a China, las razones que explican la ausencia de políticas regionales comunes en rubros claves como energía o agroalimentos en espacios como UNASUR, o las incapacidades en concretar efectivamente el Banco del Sur o el SUCRE.

Por último, hay defensas progresistas que son bastante sinceras en dejar al desnudo este agotamiento. Como no hay argumentos piden adhesión y obediencia. Esto se puede ver, pongamos por caso, en los cuestionamientos de Emir Sader a los que denomina como mesiánicos escritores de misivas (tal vez en alusión a una carta pública donde varios intelectuales alertábamos sobre el hostigamiento del vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, a un puñado de ONGs). Sader dice, con mucha acidez, que los que firman esas cartas públicas son personas sin "ninguna capacidad de influencia en la realidad", sin "ningún vínculo con la izquierda latinoamericana realmente existente", y que cuando fueron candidatos partidarios tuvieron "votaciones irrisorias" (3). Su posición es clara: abandona el sitio de un intelectual independiente y crítico, para reclamar disciplina y adhesión partidaria.

Si se apelara a una defensa basada en argumentos y explicaciones, habría que fundamentar qué tiene de izquierda amenazar con cerrar a organizaciones ciudadanas que trabajan en temas de desarrollo o ambiente, o que apoyan a sindicatos o indígenas. O analizar si un gobierno es realmente tan pero tan débil que siente que cuatro pequeñas ONGs lo amenazan. O explicar cuál es la lógica política de entender que una carta pública será cierta o errada según el caudal de votos que pudieron tener algunos de sus firmantes. Uno de los adherentes en defensa de esas ONGs fue Noam Chomsky, de donde habría que preguntarse si lo que ha escrito ese académico debe ser desechado por no haber ganado nunca una elección.

Cuando el único camino que queda para este tipo de defensas es apelar a una incondicional y disciplinada adhesión al gobierno, es evidente que estamos ante un agotamiento conceptual. No se analiza si lo que hace un gobierno está bien o mal, sino que se exige no hacer públicas las críticas.

Relanzando debates en clave de izquierdas

¿Cómo lidiar con esta situación? Las izquierdas que son plurales e independientes no pueden quedar atrapadas bajo estas circunstancias. El debate de ideas sigue siendo fundamental, el entendimiento de las prácticas y urgencias de los movimientos sociales es indispensable, y el antídoto ante los slogans sigue siendo manejos serios y rigurosos de la información y los análisis. Las voces de las izquierdas son necesarias, aunque sin duda deberán navegar bajo condiciones adversas ya que en muchos casos serán hostigadas desde los progresismos como por la derecha.

Las izquierdas plurales, democráticas e independientes siguen teniendo un papel crítico, tanto para evitar retornos a gobiernos y posturas conservadoras, como para alertar sobre consecuencias negativas de los progresismos actuales. Muchas medidas que están tomando estos gobiernos ante la presente crisis tienen efectos casi contrarios a los supuestos beneficios que dicen sus defensores. Por ejemplo, la adicción progresista a los extractivismos, está dejando economías todavía más dependientes de las materias primas, un viejo sueño de las corporaciones transnacionales que manejan el comercio en esos rubros, y a la vez se traban las exploraciones de alternativas postextractivistas, otro sueño de las empresas mineras y petroleras.

Las izquierdas plurales y democráticas también deben estar atentas a no caer en reflejos conservadores, ni ser partícipes de una restauración neoliberal. El antídoto está en permanecer siempre enfocadas en los compromisos con la justicia social y ambiental. Pero tampoco deberían caer en guerrillas intelectuales donde la diferencia es personificada en enemigos a combatir, o en una lucha para ver quién es más de izquierda.

Muy por el contrario, las izquierdas deben relanzar sus propias miradas críticas, que rescaten los aportes positivos de los progresismos, pero que también sean capaces de entender sus contradicciones y retrocesos. Ellas dejan en claro que los progresismos no son el final del camino, sino una etapa en procesos de cambio que necesitar proseguir. No pueden quedarse calladas, y todos tenemos que escuchar sus reflexiones sobre justicia social y ambiental.

Notas

1. Algunas defensas conocidas son: ¿El final del ciclo (que no hubo)?, Emir Sader, ALAI (Quito), 14 setiembre 2015; Diagnosticadores de la capitulación, Aram Ahoronian, Nodal (Buenos Aires), 15 setiembre 2015; Geopolítica de América latina: entre la esperanza y la restauración del desencanto, Alfredo Serrano M., ALAI (Quito), 15 setiembre 2015. Entre las críticas recientes se pueden señalar a: El fin del relato progresista en América Latina, S. Schavelzon, Animal Político, La Razón, La Paz, 21 junio 2015; Hora de hacer balance del progresismo en América Latina, R. Zibechi, Brecha (Montevideo), agosto 2015; Venezuela: ¿crisis terminal del modelo petrolero rentista?, E. Lander, Aporrea (Caracas), Octubre 2014.

2. Esta distinción fue adelantada, por ejemplo, en Izquierda y progresismo: la gran divergencia, E, Gudynas, ALAI, Quito, 24 diciembre 2013, http://alainet.org/active/70074

3. Os missivistas messiânicos, E. Sader, Carta Maior (S. Paulo), 30 agosto 2015.

Por Eduardo Gudynas, investigador en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES). Este artículo adelanta algunas ideas de un libro en preparación sobre la divergencia entre las izquierdas y los progresismos en América del Sur. Twitter: @EGudynas

Eduardo Gudynas
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