¿Estrategia electoral de izquierda? Francia y Estados Unidos

Cuando Bernie Sanders anunció que buscaría la nominación presidencial del Partido Demócrata estadunidense, poca gente lo tomó en serio. Hillary Clinton parecía contar con tanto respaldo que su nominación parecía asegurada, sin dificultades.


Sin embargo, Sanders persistió en su aparente utópica tarea. Para sorpresa de la mayoría de los observadores, el tamaño de los públicos en las reuniones comenzó a crecer constante por todo el país. Su táctica esencial fue atacar a las grandes corporaciones. Dijo que usaban su dinero para controlar las decisiones políticas y aplastar el debate sobre la creciente brecha entre los ganadores en la cúpula y la vasta mayoría del pueblo estadunidense –que ha ido perdiendo ingresos reales y empleos. Para enfatizar su postura, Sanders rehusó aceptar dinero de los grandes donantes cupulares y buscó fondos de individuos que donan cantidades pequeñas.


Haciendo esto, Sanders tocó una vena profunda de descontento popular no sólo entre aquellos situados en la base misma de la escalera del ingreso, sino entre la llamada clase media que teme ser lanzada al estrato del fondo. Hoy, las encuestas muestran que Sanders ha ganado el suficiente respaldo para ser un serio oponente de Clinton.


Sanders tiene limitaciones, especialmente que su encanto con las minorías étnicas y raciales es definido. Pero ha logrado forzar la discusión pública hacia la brecha del ingreso. Ha logrado correr la retórica de Clinton hacia la izquierda, en el intento de ella por recuperar votantes potenciales para Sanders. Sea cual fuere el resultado final de la convención del Partido Demócrata, Sanders ha logrado mucho más de lo que cualquiera habría predicho al inicio de su campaña. Por decir lo menos, ya forzó a un debate serio acerca del programa del Partido Demócrata.


En enero de 2016, parece haber comenzado una campaña paralela en Francia. Es semejante en muchas formas a la de Sanders, pero también diferente debido a las estructuras de las instituciones electorales de ambos países.


Tres intelectuales de izquierda decidieron lanzar un llamado público a una primaria de izquierda (primaire à gauche). Ellos son Yannick Jadot, activista político de largo tiempo en los grupos ambientalistas; Daniel Cohn-Bendit, cuya fama proviene de 1968 pero que por mucho tiempo ha intentado unir a ambientalistas, socialistas de izquierda y fuerzas pro europeas, y, por último, Michel Wieviorka, sociólogo que ha sido asesor de figuras de izquierda en el Partido Socialista.


Los tres redactaron un llamado público a denunciar la pasividad ante las tendencias hacia la derecha en la política francesa, incluida, por supuesto, la creciente fuerza electoral del Front National. Llamaron a un debate público serio acerca de cómo unir las fuerzas de centroizquierda e izquierda para afectar los comicios presidenciales esperados en 2017. Antes de hacer público el llamado, los originadores buscaron respaldos entre conocidos intelectuales de múltiples franjas políticas, incluido Thomas Piketty y Pierre Rosanvallon. Y persuadieron a Libération, el periódico de centroizquierda más grande de Francia, a dedicar un número entero, el 11 de enero de 2016, tanto al llamado como a los múltiples respaldos.


Dos semanas después, el 26 de enero, Libération dedicó otro número a ese llamado. Para ese momento 70 mil personas ya habían firmado el llamado. El número incluía artículos de diversas figuras públicas en torno a los puntos primordiales que deberían plantearse y el mejor modo de impulsarlos. Buena parte del debate se centra sobre cuál es la función de unas elecciones primarias. Todo el concepto de las primarias fue importado de los comicios estadunidenses y es, en sí mismo, respuesta a los inesperados resultados de las elecciones presidenciales de Francia en 2002.


Según las reglas que gobiernan las elecciones presidenciales francesas, a menos que un candidato reciba mayoría de votos, habrá segunda vuelta, en la que sólo participan los dos candidatos con mayores votaciones en la primera vuelta.
El supuesto es que esa primera vuelta es una especie de elección primaria, en la cual todas las tendencias políticas podrían mostrar su fuerza. Se supone, entonces, que en la segunda ronda los dos partidos principales (centroizquierda y centroderecha) son la opción para los votantes.


En 2002, sin embargo, el candidato del Front National, de extrema derecha, marginó al Partido Socialista. La opción de los votantes fue entonces entre el Front National y el partido principal de centroderecha. Enfrentados con esa opción, el Partido Socialista respaldó al candidato de centroderecha para la segunda ronda, permitiéndole ganar de modo avasallador. Lo que ocurrió fue simple. Los candidatos de izquierda y centroizquierda eran demasiados en la primera ronda, y ello impidió que el Partido Socialista obtuviera los sufragios suficientes para entrar a la segunda ronda.


El impacto de las elecciones de 2002 fue traumático para la izquierda francesa. El viejo sistema estaba diseñado para una situación donde hay dos partidos principales. No funciona en una situación tripartita. Para evitar la repetición de esta derrota, en 2011 el Partido Socialista decidió celebrar una primaria del partido, abierta a quien fuera. Estos comicios fueron exitosos, pues disuadieron a muchos, si no a todos los candidatos de izquierda, de presentarse en estas primarias, dado que ahora podían lanzarse como candidatos en las primarias del Partido Socialista. Lo abierto de esas primarias condujo a muchos votantes centristas a participar en ellas. Esto hizo posible que François Hollande saliera victorioso, por encima de candidatos más de izquierda en las primarias del Partido Socialista. Hollande llegó a la segunda ronda y derrotó al candidato de la derecha, el presidente Nicolas Sarkozy.


Ahora, aunque Hollande es presidente, la última cosa que desea es una elección primaria, en la que pueda salir derrotado. Por otro lado, ha estado perdiendo respaldo en el Partido Socialista, segmento tras segmento, de figuras de la izquierda que han ido renunciando o han sido corridos de sus puestos en el gabinete. El riesgo de permitir más nombres en la primera ronda es que ello podría conducir a la repetición de lo ocurrido en 2002. Al mismo tiempo, Sarkozy también enfrenta una fuerte exigencia para celebrar primarias en su partido, elecciones en las que no hay modo de garantizar que él gane.


El problema con ambos partidos principales es que cada uno está dividido interiormente en múltiples puntos reales. Para los socialistas y las fuerzas de izquierda hay una división entre los programas neoliberales y los del Estado de bienestar. Existe una grieta sobre cómo define uno el término laïcité (laicismo) –en términos absolutos o permitiendo la identidad cultural. Y existe una grieta en si debe uno fortalecer o debilitar las instituciones europeas. Finalmente, hay ahora un punto candente en la llamada déchéance de nationalité (privación de la nacionalidad), mediante la cual se propone que a las personas que son ciudadanas francesas de nacimiento pueda retirárseles la nacionalidad si se les condena a cualquier cosa definida como ayudar al terrorismo. Esto ha sido una propuesta que antes fue de la derecha y que fue muy confrontada por el Partido Socialista. Hay mucho desasosiego en el partido en torno a revertir esta postura como respuesta a los violentos ataques del Estado Islámico el 13 de noviembre, que transformaron considerablemente los sentimientos del público.


Hollande compite ahora como candidato con una postura conservadora en todos estos asuntos. Espera ganar por ser el candidato que está combatiendo el terrorismo y, por tanto, merece el respaldo de los individuos centristas. Es este Hollande el que las fuerzas de izquierda buscan forzar a un debate público.


El paralelo con Sanders es que el grupo francés puede estar abrevando del mismo descontento popular que Sanders ha utilizado en esta apuesta. La diferencia es que ellos luchan contra un presidente en funciones dispuesto a utilizar cualquier medida de presión concebible para forzar la disciplina de los miembros de su partido. Sabremos tal vez en seis meses si el grupo francés puede ser tan exitoso como Sanders.


Traducción:
Ramón Vera Herrera

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Viernes, 05 Febrero 2016 05:58

Todo lo sólido se desvanece en las urnas

Todo lo sólido se desvanece en las urnas

Hace cuatro décadas, el intelectual y militante peruano Alberto Flores Galindo desgranaba su opinión sobre las elecciones, en un breve comentario a propósito de los resultados de las votaciones para la Asamblea Constituyente, en las que el dirigente campesino-indígena Hugo Blanco obtuvo 30 por ciento de los sufragios, en junio de 1978.


"El voto universal, individual y secreto ha sido una invención genial de la burguesía. El día de una votación las clases y grupos sociales se disgregan en una serie de individuos que dejan de pensar colectivamente, como sí ocurre en las huelgas, las manifestaciones o cualquier otro acto de protesta, y en la 'cámara secreta' emergen entonces las dudas, los temores, las incertidumbres que llevan a optar por lo establecido, por el pasado y no por el cambio" ( Obras Completas, tomo V, Lima, 1997, p. 89).


Flores Galindo fue uno de los más consecuentes y notables pensadores en los años 70 y 80, cuando el Perú estaba atenazado entre la violencia estatal y la de Sendero Luminoso, en una guerra que tuvo un costo de más de 70 mil muertos. Su investigación Buscando un Inca: identidad y utopía en los Andes, publicada en 1986, obtuvo el Premio Ensayo de Casa de las Américas en Cuba. Fue fundador de SUR, Casa de Estudios del Socialismo, que agrupó a buena parte de la intelectualidad de la época, y militó en el Partido Unificado Mariateguista, al que también pertenecía Hugo Blanco.


Su breve reflexión sobre las elecciones tiene gran actualidad y muestra la crisis del pensamiento crítico. En primer lugar, permite distinguir entre las libertades democráticas y el hecho de fundar una estrategia política en la participación electoral. Si las libertades fueron conquistadas por largas y potentes luchas colectivas de los oprimidos, las elecciones son el modo de dispersar esa potencia plebeya.


En segundo lugar, no critica la participación electoral, sólo advierte sobre el hecho incontestable de que se trata de jugar en el terreno de las clases dominantes. No esgrime un juicio ideologizado, sino centrado en cómo el sistema electoral disgrega a los de abajo en una miríada de individuos aislados que, al estar atomizados, dejan de ser una fuerza social para entregarse a la manipulación de los poderes del sistema. El pensamiento colectivo que emerge en las acciones populares deja paso a la individualización, en la que siempre se imponen miedos y prejuicios.


Sería necesario desarrollar ambos argumentos. Por un lado, la reflexión de Flores Galindo conecta con la de Walter Benjamin en su Tesis sobre la historia, cuando asegura: El sujeto del conocimiento histórico es la clase oprimida misma, cuando combate (Tesis XII). No es un tema menor. En el recodo de la historia que le tocó vivir, Benjamin entendió que si los oprimidos no están organizados, son incapaces de comprender el mundo, están ciegos y son presa del modo de ver de los poderosos. El problema no son los medios del sistema (y vaya que son un problema), sino nuestra incapacidad de organizarnos, que es el modo de ser nosotros, o sea colectivos que combaten y, por tanto, comprenden.


El problema de lo electoral consiste, a mi modo de ver, en fundar una estrategia de cambios en la participación en elecciones, en la llamada acumulación de fuerzas que se resume en sumatoria de votos. En nuestro continente hemos asistido a una sucesión de luchas muy potentes capaces de desplazar gobiernos conservadores, que poco después se disuelven en las urnas, instalando otros gobiernos –a veces mejores, otras veces peores– que suplantan la acción colectiva y la organización de los de abajo.


La mayor parte de los partidos comunistas focalizaron su actuación en una estrategia de este tipo, colocando la organización popular a remolque de la acumulación electoral. Con el tiempo, esa estrategia se generalizó y se convirtió, después de la caída del socialismo real y de las derrotas de las revoluciones centroamericanas, en el modo de acción único de las izquierdas institucionales.


La individualización a través del voto tiene varias consecuencias nefastas. Además de la mencionada por Flores Galindo, la disolución o neutralización de la organización colectiva, aparece otra: en el proceso de trocar lo colectivo en individual se facilita la cooptación de los dirigentes porque en estos procesos se autonomizan las bases, algo prácticamente inevitable cuando se convierten en representantes. El sujeto se disuelve cuando impera la lógica de la representación, ya que sólo es posible representar lo que está ausente.


Sin embargo, el voto universal, individual y secreto reviste de legitimidad a los elegidos, y esa es la genialidad que denuncia el peruano. Cuando los gobiernos de las clases dominantes se sienten acorralados, como le sucedió al presidente Eduardo Duhalde en junio de 2002 en Argentina, ante una potente arremetida popular, convocan a elecciones como forma de dispersar los poderes de abajo. Es un dispositivo de vigilancia y control que consiste, como aseguraba el propio Duhalde, en sacar a la gente de la calle para devolverla a sus casas y sentarla frente a los televisores.


Porque la lógica del elector y la del televidente es la misma: al poder no le importa lo que cada quien piensa, siempre que lo haga en la soledad de su casa, sentenció en algún momento Noam Chomsky. El problema para los de arriba, por tanto, es la acción y la reflexión colectivas.


Sería maravilloso que el poder que nace de la organización/movilización popular se viera potenciado y retroalimentado por la participación electoral. La realidad dice lo contrario, como podemos apreciar en todos los procesos, y estos días de modo especial en el Estado español, donde los electores de Podemos contemplan cómo sus elegidos negocian en nombre de quienes los eligieron, pero cada vez más distantes de ellos. La actividad institucional que se deriva de los procesos electorales termina por desplazar del centro del escenario a las organizaciones de los de abajo.

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Trump tropieza; tablas entre Hillary y Sanders

La sombra ominosa de Donald Trump fue frenada por el ultraconservador Ted Cruz, quien se impuso entre los republicanos, y del lado demócrata Hillary Clinton y Bernie Sanders acabaron en un empate técnico, en la primera e intensamente reñida contienda realizada en el estado de Iowa, en el largo proceso para elegir al próximo presidente de Estados Unidos


Cientos de miles participaron esta noche en los llamados caucus, asambleas electorales realizadas por separado por el Partido Demócrata y el Partido Republicano, en unos 2 mil sitios en el estado, con lo cual finalmente arrancó el proceso electoral presidencial de 2016.


El triunfo tan cerrado del lado demócrata –el cual no pudo declarar triunfador al cierre de esta edición, con 95 por ciento del voto contado– fue en efecto un triunfo de Sanders (aun si al final Clinton gana la votación) al constatar el inesperado surgimiento de Sanders, que logró empatar a la favorita, algo que hace sólo un par de meses era impensable. En los hechos, ambos candidatos se dividirán aproximadamente 44 delegados demócratas en juego en Iowa.


Martin O'Malley, el tercer contendiente demócrata, anunció que se retira de la contienda nacional como precandidato después de que nunca pudo hacer notar su presencia ante el electorado.


Por otro lado, el triunfo de Cruz ofrece un respiro para la cúpula como el menos malo de los llamados insurgentes radicales de derecha que están tomando por asalto al Partido Republicano. El cubanoestadunidense Cruz, quien dio gracias a Dios por su triunfo, por lo menos es senador y producto del establishment que recientemente se alzó sobre la ola del Tea Party, y por lo tanto forma parte de la cúpula.


Para Trump el segundo lugar es una derrota para su imagen de invencible, pero mantiene su ventaja en las encuestas a escala nacional. Marco Rubio, el otro cubanoestadunidense, festejó su sorpresiva fuerza al llegar a un tercer lugar, a sólo un punto de Trump; de hecho, podría considerarse como el que más avanzó en términos políticos. Los otros ocho contendientes republicanos lograron menos de 10 por ciento cada uno (Jeb Bush logró menos de 3 por ciento, y uno, Mike Huckabee, se retiró de la contienda).


Después de casi un año de campañas, millones en publicidad, infinitos sondeos y aún más infinitos comentarios –todo manejado por profesionales muy bien pagados–, llegó el momento donde el supuesto protagonista del espectáculo democrático por fin entra al escenario: el votante.


Aunque Iowa captó la atención nacional, millones de dólares en inversiones en propaganda y enormes recursos humanos y tiempo por los precandidatos, no es en sí un estado importante en el mapa político-electoral estadunidense. Tampoco, como recuerda el veterano analista político Charlie Cook, determinará el eventual ganador de la candidatura de uno u otro partido. Tomen un respiro, todos, aconseja; falta mucho, sólo es el primer concurso de más de 50 que faltan.


De hecho, esta noche en Iowa sólo se seleccionaron a menos de 2 por ciento –o sea, unas cuantas decenas– de los delegados que están en juego en el tablero nacional (un total de 2 mil 472 delegados del lado republicano, 4 mil 763 del lado demócrata).


Pero Iowa y Nueva Hampshire –la siguiente cita del calendario electoral, en ocho días– sí tienen una presencia nacional exagerada cada cuatro años sólo porque son las primeras dos contiendas en el proceso electoral presidencial y por lo tanto pueden desencadenar dinámicas que afectan los siguientes concursos, así como confirmar o minar la viabilidad de candidatos establecidos o insurgentes. Es la primera vez que se escucha la voz de los votantes.


La próxima cita son las elecciones primarias en Nueva Hampshire, el 9 de febrero, y de ahí a Nevada y Carolina del Sur, a mediados de mes. El primero de marzo continúa el proceso con el denominado supermartes, cuando una docena de estados realizan primarias.


El proceso de elecciones internas de cada partido nacional sigue hasta el 14 de junio y culmina con las convenciones nacionales de cada partido, en julio. Los que ganan las mayorías de los delegados (incluidos superdelegados otorgados por las cúpulas partidarias) se coronan como candidatos presidenciales de su partido.


Más allá de Iowa, lo que continúa definiendo esta contienda es la insurgencia de precandidatos que están desafiando las cúpulas de ambos partidos: Trump, por el lado de los republicanos, y Sanders por el demócrata. En parte, la contienda es una expresión de hartazgo de las bases de ambos partidos y sus aliados contra el establishment.


Pero también hay otra vertiente en todo esto: por la presencia de Sanders, la pugna es entre millonarios (tanto varios de los precandidatos o sus principales patrones) y una expresión ciudadana en lo que se pronostica que será la elección presidencial más cara de la historia. El socialista democrático Sanders recaudó 20 millones sólo en el mes de enero, pero lo más importante es que todos los fondos (durante 2015 recaudó más de 73 millones de dólares) que han financiado su campaña provienen de más de un millón de ciudadanos que han donado más de 3.5 millones en contribuciones individuales de, en promedio, 27 dólares cada una; un nuevo récord.


Clinton sigue recibiendo directa e indirectamente la mayoría (81 por ciento según algunos cálculos) de sus fondos de donantes ricos. Todos los precandidatos republicanos son patrocinados por multimillonarios o en el caso del magnate Trump, por su propia fortuna.


Así, la pugna es, en cierto sentido, entre el poder ciudadano y el poder empresarial/corporativo/multimillonario.


Aunque a nivel nacional Clinton sigue gozando de amplia ventaja en las encuestas nacionales, el mensaje de Sanders por una revolución política para rescatar a esta democracia de las manos de una oligarquía multimillonaria y de Wall Street aún resuena muy fuerte entre las filas democráticas, sobre todo entre los jóvenes (cuyo voto estaba ganando de manera abrumadora esta noche, según encuestas de salida). Eso quedó comprobado en Iowa esta noche, cuando el proclamado socialista democrático empató a la poderosa maquinaria política no sólo de Clinton, sino de la cúpula del partido.


Sanders goza de amplia ventaja sobre Clinton en las próximas primarias de Nueva Hamp-shire, y con el empate esta noche ha provocado una contienda interna casi impensable hace un par de meses.


Mientras, los ahora tres cabalgantes principales de la derecha seguirán su sagrada cruzada.


Esto apenas empieza.


Análisis | La carrera electoral en Estados Unidos


Bernie Sanders: caminar sobre los hombros del gigante dormido


Es difícil que Sanders pueda convertirse en el candidato demócrata. Pero el fenómeno 'Bernie' debe entenderse dentro de una secuencia abierta hace ahora cuatro años por Occupy Wall Street y el "cambio en la conversación" que ese movimiento produjo.


Susana Draper, Vicente Rubio-Pueyo

Una imagen recurrente en la política estadounidense es la del "gigante dormido": un grupo social, una masa demográfica de electores que repentinamente despierta para convertirse en factor crucial en una elección. A lo largo de décadas de trayectoria política independiente, no adscrito ni a demócratas ni a republicanos (como alcalde de Burlington, capital de Vermont y más tarde como senador por ese estado en el Congreso), Bernie Sanders ha ocupado siempre el lugar de un outsider, una suerte de profeta solitario en el desierto de la hegemonía neoliberal.


Cuando Sanders lanzó su candidatura a las primarias demócratas el pasado mayo, su propuesta fue recibida con paternalismo (cuando no directa indiferencia) por parte de la prensa mainstream. Meses después, Sanders podría ganar en Iowa y New Hampshire, primeros estados en celebrar sus primarias. ¿Cómo ha logrado Sanders abrir este reto inédito, hasta ahora impensable, a Hillary Clinton y la maquinaria del Partido Demócrata? Más allá de los indudables méritos de su campaña y de una trayectoria honesta y coherente, su figura debe entenderse como la posibilidad de una articulación de fragmentos y trayectorias históricas, que han hecho visible una serie de instancias cruciales en la última década, desde Occupy Wall Street.


Mediante sus referencias explícitas al New Deal de Roosevelt el "socialismo democrático" de Sanders consiste básicamente en la reintroducción abierta de términos como "justicia económica" y "redistribución de la riqueza" ausentes por décadas en el discurso público estadounidense. En otras palabras, la recuperación de un estado de bienestar, fundamentalmente en la sanidad, en la educación y en el derecho laboral. Lo interesante aquí no consiste únicamente en las propuestas concretas de Sanders, sino en cómo estas se articulan con el paisaje social y político de los últimos años. Así, la reconstrucción del sistema público de salud recoge el descontento con el –finalmente muy aguado por las aseguradoras privadas– Obamacare. La propuesta de una matrícula gratuita en las universidades públicas confronta el problema de la astronómica burbuja de deuda estudiantil que Occupy puso encima de la mesa. La subida del salario mínimo a 15 dólares/hora se relaciona con la campaña "Fight for 15" y la ola de nuevas sindicaciones en sectores poco organizados tradicionalmente como los trabajadores de cadenas "fast food" o en corporaciones como Walmart.


A diferencia de Obama, la campaña de Sanders no se centra tanto en un candidato carismático, sino en este programa, así como en la invocación a una "revolución democrática" consistente, por un lado, en el rechazo frontal a los "SuperPACs" (los vehículos corporativos de financiación política) mediante una campaña financiada por más de tres millones de donaciones individuales (unos $30 de aportación media). Al ubicarse al margen del proceso en el que Wall Street, sus billonarios y corporaciones invierten billones en los candidatos para controlar el sistema de decisiones políticas, Sanders expone de un modo directo la forma en que la política es dirigida desde el aparato financiero y los intereses económicos del 1%.


Con gran sorpresa para el establishment, su campaña logró financiarse en un 100% por los votantes que apoyan sus ideas y programa, mostrando que es posible hacer una campaña sin financiación de "super Pac" o millonarios. "Estamos haciendo historia" –afirmó Jeff Weaver, director de su campaña–. Este gesto tan básico como inusual habla del corazón de su plataforma: separar la vida política del aparato financiero que la mantiene cooptada, tomando como eje la distinción trazada por Occupy Wall Street entre el 99% y la acumulación de la riqueza en el 1%. Con esto ha emergido una suerte de redefinición de lo político en lo que va de campaña ya que al contrario del discurso de la mera gestión y administración, Sanders insiste en una "revolución democrática" capaz de imaginar otro futuro.


Es el único candidato que puso en el habla política el tema de la redistribución de la riqueza y la justicia económica, que en Estados Unidos es inseparable de una justicia racial y un serio desmantelamiento del racismo sistémico. De esta forma, la invocación a una "revolución democrática" implica a un nivel más profundo un horizonte de articulación transversal frente a algunos aspectos centrales de la cultura política estadounidense, como la tecnocracia de la gestión y la demografía mercadotécnica, componiendo una suerte de reeducación política frente a la lógica que revelan las críticas desde la campaña de Hillary y toda la maquinaria mediática. Este tipo de críticas muestran por tanto el carácter profundamente impolítico de la tecnocracia, atacando a Sanders por no poder cumplir con sus "promesas". En tanto Sanders convoca a una movilización popular como condición para el cumplimiento de esas metas, éstas no consisten tanto en promesas como en propuestas que amplían el debate político, al que la propia Clinton se ha visto obligada a adaptarse, mostrando su versión más progresista en muchos años.


Es extraordinariamente difícil que Sanders pueda convertirse finalmente en el candidato demócrata. Sin embargo, y más allá de sus resultados, el fenómeno Bernie debe entenderse dentro de una secuencia abierta hace ahora cuatro años por Occupy y el "cambio en la conversación" que el movimiento produjo, introduciendo cuestiones como la desigualdad económica y una distancia manifiesta con la política del establishment. Según indican numerosos estudios, debido a la falta de expectativas laborales, la deuda y la precariedad, el panorama cultural e ideologico de los llamados "millenials" apunta a un abandono claro de los miedos heredados del macartismo, que han dejado su lugar a miradas políticas mucho más abiertas. Más allá de Iowa y New Hampshire, y más allá de las elecciones de noviembre, podemos encontrarnos ante un cambio tectónico mucho más profundo en la sociedad estadounidense, y que continuará teniendo efectos en los próximos años. Tal vez, quién sabe, el despertar de un gigante dormido.

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Autoorganización, emergencia y acción social

Hacer visibles a los invisibles, darles voz a los sin–voz, lograr dignificar a los marginados y excluidos, en fin, combatir la pobreza en todas sus formas es un asunto de humanidad tanto como de orden político.



El orden total o cuasi–total equivale a la muerte. El orden sin más asimila los procesos y sistemas al equilibrio y, muy cerca del equilibrio, la vida cesa de existir. En contraste, como es sabido por una parte de lo mejor de la ciencia actual, lejos del equilibrio emergen procesos autoorganizativos, se hace posible la vida, en fin, nuevas redes configuran vectores y posibilidades antes insospechadas. Este lenguaje debe y puede ser traducido a la sociología, la historia y la política.


Políticamente hablando, el orden equivale al imperio de la ley —"estado de derecho"—, y sociológica y filosóficamente se trata del triunfo del institucionalismo y el neo–institucionalismo. Con todos sus representantes, vertientes y estamentos.


La oposición, la rebeldía y el disenso constituyen elementos nutrientes de una democracia. Incluso alguien tan excesivamente conservador como K. Popper así lo reconoce abiertamente en La sociedad abierta y sus enemigos. Con una condición: que los elementos de disenso y rebeldía sean activos y libres y no hayan sido institucionalmente cooptados, o normalizados. En Colombia prácticamente toda oposición fue eliminada, físicamente, o bien cooptada a través de los mecanismos de la democracia representativa.


Hace mucho tiempo, en medio de una historia de estado de excepción normalizado, del que emerge el paramilitarismo y sus distintas facetas hasta llegar actualmente a las bandas criminales (bacrim) (= más de lo mismo), los sindicatos fueron neutralizados y cooptados por el sistema, las organizaciones estudiantiles fueron suprimidas o su acción fue altamente delimitada, los partidos de oposición fueron neutralizados y mantenidos "en sus justas proporciones" (para citar las palabras de un nefasto expresidente), en fin, las guerrillas fueron eliminadas o conducidas a aceptar "un mal arreglo antes que un buen pleito".


Digámoslo en una palabra: la acción colectiva fue perseguida y prohibida, golpeada y cooptada. Hasta el punto de que es preciso tener autorización de la autoridad competente, según el caso, para llevar a cabo una manifestación. No sin cinismo, mucha gente prefiere concentrarse, antes que movilizarse. La acción colectiva en Colombia ha sido, en el mejor de los casos, reducida a las redes sociales, lejos, muy lejos de las calles.


El movimiento campesino ha sido fuertemente golpeado, y la minga indígena parece no haber alcanzado el oxígeno suficiente, en un país en el que los indígenas jamás han logrado ser protagonistas de una historia social. En contraste con otros países del subcontinente.


En estas condiciones, la protesta social ha quedado reducida al marco de los defensores de derechos humanos, algunos intelectuales, alguna denuncia periodística —supuesta la autoedición— y unos cuantos artistas, siempre algo marginales. Ocasionalmente, se aprecian las protestas de la comunidad LGTBI. Existen múltiples pequeños movimientos aquí y allá de diversa índole, pero todos se encuentran, a la fecha, desagregados.


Vale recordar: no hace mucho el principal asesor de un expresidente escribió —y se puso en práctica— que los enemigos del Estado son: en primer lugar los guerrilleros y los auxiliadores de la guerrilla; luego también, las ONG, principalmente las defensoras de derechos humanos; y finalmente, los intelectuales y académicos.


Pues bien, es, más o menos, en este marco que se entienden las pujas, cada año, en las negociaciones en torno al salario mínimo. Más la imposición de fuertes políticas fiscales, los programas económicos, en fin, la neo–institucionalización del país, en toda la línea de la palabra, para no hablar de la privatización de los (últimos) bienes del Estado.


La protesta social y la acción colectiva son en Colombia, según todo parece indicarlo, cosas del pasado. O por lo menos esa es la idea que se quiere presentar desde los grandes medios de comunicación. Porque la verdad es que movilización hay; y protesta también existe.


La protesta social y la acción colectiva pueden ser dichas de dos maneras, así: de un lado, es el derecho a la rebelión. Y de otra parte, es la forma misma de unión y defensa de los sin–voz, los invisibles, los marginados, los pobres.


Hubo una época en que algunas iglesias tomaron la vocería por estas mayorías. Hubo momentos en que algunos partidos políticos les dieron la mano. Pero hoy día ellos siguen careciendo de voz, siendo invisibles, marginados y excluidos. Todo, en un país históricamente fracturado e inequitativo. La defensa de los excluidos es un tema de ética tanto como de política, y la historia no es ajena al tema. De ética, por cuanto es un tema de humanidad; y de política en cuanto se trata del reconocimiento de que los dramas personales son fenómenos comunes que competen a todos.


Con razón sostiene A. Camus en El hombre rebelde que cada época histórica tiene una forma distinta de rebelión. Ese libro, ya hoy clásico en el que el autor francés estudia las formas de rebeldía o rebelión en los últimos doscientos años.

Correspondientemente, las formas de rebelión habidas en la historia del país no serán, jamás, las mismas en el futuro. No tanto por determinismo histórico, sino porque el mundo ha cambiado y con él, el país. Con el paso del tiempo, los agentes sociales han cambiado, y las formas de organización que ayer fueron posibles hoy parecen no ser ya necesarias.


Nuevas formas de organización social, nuevas formas de acción social, nuevas formas de protesta y acción colectiva serán posibles en un futuro razonablemente previsible. Aun cuando, al parecer, nadie las avizore claramente en el presente inmediato. El drama de la sociedad es que el presente de la política no es nunca linealmente compatible con la historia como medida de largo plazo.


Dicen los analistas que se requieren formas imaginativas de acción y de organización, nuevos lenguajes, nuevas formas de comunicación y acción. Seguramente es cierto. Pero mientras no tengan vida orgánica, se trata de palabras que se las puede llevar el viento.


Hacer visibles a los invisibles, darles voz a los sin–voz, lograr dignificar a los marginados y excluidos, en fin, combatir la pobreza en todas sus formas es un asunto de humanidad tanto como de orden político. Se requiere una acción imaginativa, o bien decisiones radicales e inesperadas. Mientras tanto, en una parte del mundo, aparecen los indignados. Todo parece indicar que existe un vaso comunicante directo entre la indignación y la rebelión.


La rebelión y la disidencia, la oposición y la lucha por el cambio: con todo ello se trata de una sola cosa. Contra quienes son partidarios del orden, que han sucumbido ante el peso de lo real, se trata de aquellos individuos que sueñan por un mundo mejor, por una vida diferente, por un horizonte distinto. Y nada nos hace más humanos que soñar que las cosas pueden ser mejores, o diferentes. Pero los sueños se alimentan de ideas.

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Francia deja huérfana a la izquierda popular

Cuando el ministro de Economía dice que "la vida de un empresario puede ser más dura que la de un empleado", la izquierda popular se levanta en vilo, pero la opinión pública aprueba. Lo mismo cuando el gobierno decreta el estado de emergencia.


La izquierda se parece cada vez más a un sueño que se deshace. La frase pronunciada el año pasado por el primer ministro francés Manuel Valls tiene rasgos de profecía. En junio de 2014, Valls había dicho: "La izquierda puede morir (...). Sentimos que hemos llegado al final de algo, tal vez, incluso, al final de un ciclo histórico de nuestro partido". En ese entonces, la frase apareció como una manifestación más del entierro de la izquierda socialista encarnado por la presidencia de François Hollande y la acción gubernamental de su jefe del Ejecutivo. El hombre que en 2012 había ganado las elecciones presidenciales con una retórica de izquierda y militante hizo lo contrario cuando ejerció el poder. Hollande marcó la consulta electoral con una promesa jamás cumplida: "Mi enemigo es la finanza", dijo el entonces candidato. El enemigo no fue tal, todo lo contrario. Pero entre esa retórica, la advertencia de Manuel Valls y la realidad de hoy, algo profundo y decisivo ha cambiado: en Francia se ha producido una drástica mudanza del electorado de izquierda. Ya no es más un Ejecutivo que va por la derecha, sino un electorado que aprueba esa transformación.


La frontera entre una suerte de izquierda de arriba y otra izquierda popular es cada vez más amplia. El antagonismo entre la "izquierda de verdad" y la "falsa izquierda", la izquierda de gobierno y la izquierda innata, radical o histórica, la izquierda que en Francia se llama "los socios traidores" y la izquierda auténticamente social es una brecha profunda, desoladora.

Entre esas izquierda se introdujo lo que los medios califican como "una izquierda de opinión" que descalifica a la otra con su aprobación de medidas por demás discutibles, más acordes con un socialismo liberal que con un socialismo auténtico. Sin embargo, "el pueblo de izquierda" las aprueba. Cuando el actual ministro de Economía, el socio liberal Emmanuel Macron, dice que "la vida de un empresario puede ser más dura que la de un empleado", la izquierda popular se levanta en vilo, pero la opinión pública, incluso en el seno del PS, aprueba. Lo mismo cuando el primer ministro defiende la extensión del Estado de urgencia decretado luego de los atentados del 13 de noviembre, en París. En el campo de la acción gubernamental pura se repite una fractura semejante: las medidas más impopulares del Ejecutivo reciben la bendición del electorado, hasta en el mismísimo PS: que se trate de la reforma del código del trabajo, del retiro de la nacionalidad para los franceses con doble nacionalidad implicados en atentados terroristas, del trabajo en los domingos o de la simplificación de los procedimientos administrativos para los empresarios, todas esas decisiones de corte liberal encuentran un eco mayoritario. Por paradójico que parezca, Manuel Valls y su ministro de Economía son hoy las figuras más populares del país con índices de aprobación que van del 36 por ciento para el primero al 31 por ciento para el segundo. Ambos sobrepasan por muchos puntos a las figuras de la "izquierda auténtica".


La fibra progresista ni siquiera ocupa las calles. A finales de enero, miles de personas desfilaron en Francia contra la vigencia del estado de emergencia y la reforma de la Constitución que incluye la pérdida de la nacionalidad. Sin embargo, las cifras de participación demuestran que fue una minoría la que la salió a manifestar, lejos, muy lejos de lo que la izquierda hubiese movilizado en otros tiempos. La renuncia de la ministra de Justicia, Christiane Taubira, ha sido una nueva señal del retroceso de esa "izquierda moral", opuesta a la izquierda intelectual e europeísta que está en poder. Cuando cientos de miles de personas de la derecha católica invadían las calles de París en signo de protesta por la ley sobre el matrimonio igualitario, Taubira defendió ese texto con una vehemencia que le valió una avalancha de insultos y groseras agresiones raciales. Ahora dejó su cargo por estar en contra de la reforma de la Carta Magna y su ingrediente sospechoso, que es haber incluido una de las ideas de la extrema derecha, o sea, la pérdida de la nacionalidad. En un editorial que contrasta con su línea moderada, el vespertino Le Monde escribe que "la falta que François Hollande cometió frente a los valores de la República es una bomba de deflagraciones sucesivas: desgarra su mayoría, pone en estado de ebullición al Partido Socialista e indispone hasta sus mismos aliados. Y, última etapa, provoca la dimisión de Christiane Taubira, quien encarnaba de manera cada vez más sublimal a la izquierda en el seno del Equipo de Manuel Valls".


Hollande y Valls desgarraron a los bloques progresistas. La izquierda es hoy una hermandad de huérfanos. Los miedos, el desempleo galopante, los atentados de enero y noviembre, la crisis de los refugiados y la alucinante progresión de la extrema derecha han incluso trastornado las sensibilidades de la izquierda más genuina. Queda, en el escenario, una calesita de palabras huecas, una retórica menguante que no enciende ninguna llama. Lo que se vive en Francia puede, incluso, extenderse a otros países de Europa. Ni las históricas social democracias del norte de Europa se salvan de la inmoralidad y la renuncia a sus códigos de identidad.


La confiscación de los bienes a los refugiados que llegan a Dinamarca, Suiza o algunos Estados alemanes es una aberración ética y un gesto de inhumanidad pavoroso. Son, sin embargo, las supuestas grandes democracias quienes adoptan esos espantos mientras una mayoría consecuente de las opiniones públicas aplaude como autómata. Donald Trump en los Estados Unidos, Marine Le Pen en Francia, una oprobiosa e ultrajante ola de conservadurismo avanza como una plaga destructora en las democracias ejemplares del mundo. Frente a ello, la izquierda ha perdido el poder de la calle y el otro, aún más decisivo: el de ser capaz de transformar la sociedad, de generar un debate que incite a la reflexión, o sea, a decir no. En vez de ello, se transformó la izquierda. Un segmento considerable de su caudal se puso bajo la protección de un socialismo liberal, oportunista y electoralista, mientras que la izquierda popular vive en un estrecho margen, sin crédito para gobernar, sin recursos para detener la apabullante invasión de un enjambre de pájaros cargados de odios, desprecio racial y retroceso moral y social.


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Lunes, 01 Febrero 2016 06:13

América Latina en la encrucijada

América Latina en la encrucijada

Para Virginia y Sergio, para Vanina y Francisco Chino, para Leo

 

Ninguna polarización política –la misma "grieta" argentina o venezolana– ha logrado mantener una imagen uniforme de la América Latina actual, o al menos alejada de cierta heterogeneidad que complica cualquier definición de época. Sobreviven, en cambio, la vulnerabilidad con la que las economías nacionales se suman a la globalización neoliberal, la herencia despótica de los regímenes políticos, el renovado empoderamiento de sociedades castigadas casi hasta el colapso, la continuidad cultural y artística de un subcontinente que, con testimonios y golpes de memoria, responde a las atroces lógicas del capitalismo tardío, pero también a la desviación autoritaria de las izquierdas gubernamentales. Más allá del viejo y nostálgico esquema izquierda-derecha, en América Latina se juegan las orillas de cualquier destino político en la fluctuación de ese empoderamiento social que no sólo se define a partir de la lucha directa contra el capitalismo. Los empoderamientos indígenas, de género, feministas, las luchas ambientales, contra la corrupción o contra los grandes monopolios de la comunicación, no son ya simples demandas de sector: ayudan a redefinir los alcances en el campo económico y cultural de la misma destrucción capitalista y ya no pueden ser soslayados por las mismas luchas de la izquierda partidista, a pesar de que muchas de ellas han querido ser incorporadas a la hegemonía de la sociedad política neoliberal.


Sin embargo, en América Latina –esa "bella durmiente de las utopías", como la llamaría el cronista chileno Pedro Lemebel– el campo político por excelencia de las reorientaciones ideológicas sigue siendo el que se disputa en las elecciones. Quizá porque, tanto a través de las cámaras legislativas como de las presidencias, se cierran los grandes acuerdos de subordinación de los países latinoamericanos al círculo de impunidad neoliberal, la democracia electoral sigue siendo el último refugio de legitimidad de las economías de mercado, pero también una herramienta estratégica del empoderamiento social.


Desde finales del siglo xx, un eje de izquierdas alcanzó el poder gubernamental a través de elecciones. Hugo Chávez en Venezuela (1999-2013), Luiz Inácio Lula Da Silva en Brasil (2003-2010), Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner en Argentina (2003-2015), Rafael Correa en Ecuador (2006), Evo Morales en Bolivia (2005), José Pepe Mujica en Uruguay (2010-2014), formaron también una poderosa imagen de unidad latinoamericana "progresista" que en nuestros días parece entrar en una fase de agotamiento también por vía de las urnas. Casi como el desenlace esperado por la narrativa que más o menos unifica a las diferentes derechas en América Latina, el triunfo en la elección presidencial de Mauricio Macri en Argentina y la derrota parlamentaria del chavismo en Venezuela estimulan la adrenalina mística de un nuevo ajuste conservador o del eterno retorno neoliberal: dos de los referentes más importantes de la izquierda partidista transformados en gobiernos nacionales en América Latina, y también de un posible orden ideológico de cierta unidad subcontinental, se desdibujan para documentar que el fantasma del "socialismo del siglo XXI" está herido de muerte.


Sin embargo, tampoco la narrativa de la izquierda de partido o de coalición es suficiente para comprender este nuevo giro a la derecha y la restauración neoliberal en América Latina, que hoy amenaza con entrar por la puerta grande para sentar en sus piernas a las "masas" afiebradas de tanto "populismo" de izquierda. En esta cartografía de la caída tampoco alcanza con el lamento que susurra una incomprensión social de las políticas "progresistas". Los "monstruos" de la corrupción, del autoritarismo personalista y de la incapacidad para sentar las bases de "otra" economía, sumado a cierto desdén por temas como la despenalización del aborto o los derechos y la autonomía indígena, o la radicalidad para implementar políticas de género y ambientalistas, o la misma dimensión libidinal del consumo capitalista o las mitologías populares de matrices políticas como el peronismo o el mismo chavismo, son parte de los enigmas y de las lecciones que la izquierda ya sin poder gubernamental o parlamentario tendrá que revisar en su regreso a la política de calle, de barrio, de poblaciones, de villas miseria.

 

DÉCADA K Y LARGA AGONÍA DEL PERONISMO:

¿HORA DE LOS "EMPODERADOS" SIN VANGUARDISMO ILUSTRADO?

 

Las huellas de la elección de diciembre pasado en Argentina se dejan ver en las calles y en las conversaciones: "Esto recién comienza...", se dice como una exclamación nerviosa sin destinatario preciso. En un puente sobre avenida Maipú, en Buenos Aires, cuelga todavía una manta en la que se postula a Mauricio Macri como presidente. En una de sus últimas emisiones, el programa de televisión 678 se despide bajo la consigna "Vamos a volver... a volver... a volver... vamos a volver", que también se canta en la despedida masiva de Cristina Fernández Kirchner en Plaza de Mayo, el 9 de diciembre.


Para el kirchnerismo que gobernó Argentina durante doce años, la "década ganada", es la hora también de cierta revisión crítica y de especulaciones retrospectivas; la derrota es el monstruo de mil cabezas que el peronismo tendrá que enfrentar con sus dos definiciones: como el péndulo incorregible que va de la extrema derecha a la extrema izquierda, pero que aglutina todavía la expectativa de transformación social. El peronismo, quizás al igual que otras mitologías de la cultura política como la del PRI en México, también cumple en Argentina con la misión de orientar el oscuro fondo del espectro político nacional. Mito fundador y redentor, el peronismo está presente sin Perón como una narrativa del origen cultural que incluso llega a delimitar los relatos autobiográficos. Ricardo Piglia y Beatriz Sarlo, dos de los escritores contrapuestos en su misma relación con el kirchnerismo, se definen autobiográficamente en esta mitología peronista.


Afirma Beatriz Sarlo: "Mi padre era un furioso antiperonista. Lo que en Argentina se llama gorila. Era un típico ateo, liberal conservador de la tradición final del siglo XIX. Y, naturalmente, a los quince años yo me convertí a eso otro que mi padre no era... Todo esto es anterior a mi viraje marxista-leninista, a fines de los setenta. Pero volviendo a mi padre, siento que lo que él sí me transmitió fue la intensidad de su relación con la política." Ricardo Piglia dice: "Mi padre era peronista y por una serie de problemas políticos en el '57 decidió mudarse. Nos fuimos de donde yo había nacido, en Adrogué, donde también había nacido mi madre. En ese momento estaba en tercer año del secundario y viví esa mudanza, aunque eran 400 kilómetros, como un destierro, como si fuera un cambio drástico, un exilio." Los límites populares del peronismo en su interpretación emocional: la política como la experiencia social por excelencia –de una intensidad autobiográfica casi desbordante– y la derrota política que se vive como destierro.


Ahora, el recargamiento kirchnerista del peronismo se enfrentará a su después de Néstor y Cristina: ¿desdramatizar la apretada derrota y la cerrada victoria, o acelerar la intensidad de la política y su sensación de destierro para transformarla en una cartografía de lo que se ha llamado el momento de los empoderados, de las grandes franjas de la sociedad que asumen la defensa de las políticas sociales kirchneristas? Quizá vendrá la fase menos peronista de las consecuencias de esos doce años de gobierno, que también cuentan con el consenso de que sacaron a la Argentina del fango suicida de la crisis económica del corralito de 2001, que reactivaron los procesos de memoria, derechos humanos y justicia después de la dictadura de 1976-1983, y que se plantaron con dignidad ante el capitalismo depredador del Fondo Monetario Internacional. El mismo kirchnerismo murmura, y por momentos hasta grita en las calles, que lo que vendrá será esta nueva mitología de los empoderados que se opondrán al gobierno de Macri, tan real y política como su mismo destierro de los grandes medios privados de comunicación, sólo que ya sin el "vanguardismo ilustrado" de cierto peronismo de derecha fundido pragmáticamente en un gobierno de izquierda, que no sería más que la última agonía de un peronismo "conductor" de las masas.

 

VENEZUELA: ¿EL ADIÓS A ESE "ESCÁNDALO DE POBRES"?

En el caso del fantasma de Hugo Chávez y de la derrota estridente del chavismo por la Asamblea Nacional, la elección en Venezuela del pasado 6 de diciembre viene también a fortalecer el sentido común que articula a cierta heterogeneidad conservadora: la "agitación populista" de los últimos años en Venezuela y, por añadidura, en América Latina, tenía que detenerse; había que parar a como diera lugar ese breve empoderamiento de masas, ese "escándalo de pobres" que bajo el mando agreste del comandante Chávez agrietó las bases de la derecha preneoliberal y que no tenía derecho a romper las reglas del determinismo neocolonial y de las modernizaciones destructivas del subcontinente.


Poco importa hoy que la narrativa de la derecha venezolana más vehemente no reclame para sí su propio pasado político: esos "ríos turbios y multitudinarios" de simpatizantes del chavismo estaban conectados directamente a una respuesta histórica ante los excesos y la corrupción gubernamentales del boom petrolero de los años setenta, los días aciagos y festivos del Caracazo y el primer exterminio policíaco de una derecha contemporánea encabezada por el inefable Carlos Andrés Pérez (1974-1979, 1989-1993); corrupción a gran escala, más de 250 muertos el 28 de febrero de 1989; los 250 millones de bolívares sacados del presupuesto del Ministerio de Relaciones Interiores que ayudarían a la entonces candidata a la presidencia de Nicaragua, Violeta Barrios de Chamorro, en 1992; la acción política de la corrupción en abierta alianza ideológica entre derechas nacionales.


Era necesario que el socialismo venezolano se pareciera al menos a un Estado benefactor que restituyera cierta credibilidad a los pactos redistributivos que el gobierno establecía con la sociedad: una poderosa "fantasía" política de ruptura, una semántica de la revolución actualizada que combinaría elecciones con decretos de expropiación, carisma popular con alianzas regionales, a tal punto que el nuevo socialismo bolivariano se transformaría en el eje de la política latinoamericana y en el principal referente de la misma izquierda subcontinental. Sin embargo, el chavismo pagó un alto precio por este gesto de absoluto desafío: se transformó en el dueño de los demonios ideológicos de este ciclo de gobiernos progresistas en América Latina; durante más de diez años, América del Sur se definía en términos de pragmatismo político a partir de lo que se proponía en Caracas, mientras el chavismo se transformaba también en el chivo expiatorio de todas las derechas latinoamericanas que se cebarían en el nuevo asalto "democrático" hacia un segundo neoliberalismo.


Quizá a partir del chavismo y de su momento de actual debilidad se deba también interrogar sobre los alcances de los últimos gobiernos progresistas: ¿Hubo una auténtica ruptura con el neoliberalismo? ¿Es verdad que la "grieta" latinoamericana que se vislumbra obedece a una falta de radicalidad en las políticas sociales que se implementaron en la última década? ¿Son la corrupción y el personalismo carismático los "problemas" ideológicos que impiden la consolidación de largo plazo de las izquierdas en América Latina?

 

UNA ENCRUCIJADA LIBIDINAL CON INTERROGACIONES SIN MORALEJA

En lo que con cierta ironía se define como el "socialismo uruguayo", por ejemplo, en el barrio Buceo, en Monte-video, se le puede preguntar a un taxista lo que piensa sobre los gobiernos del Frente Amplio –esto al comenzar su tercera presidencia– y es probable que responda: "Básicamente estoy de acuerdo, sólo que les da casa a muchos y a los que laburamos pues no." Cuando se le preguntó al Pepe Mujica la razón por la cual no fue a fondo en la transformación de Uruguay cuando fue presidente, respondió: "¡Porque la gente quiere iPhones!" ("Las tensiones del poder", Renaud Lambert, Le Monde Diplomatique, enero de 2016, edición Cono Sur). Desde afuera, Uruguay es uno de los refugios de los gobiernos progresistas de la última década: aceleración productiva con una tendencia social y económica redistributiva; un expresidente tupamaro (el Pepe) como símbolo mundial de la austeridad radical con la que debería actuar todo gobernante; un alto sentido del consumo que ilustra también el momento de capitalización que vive su clase media. Desde adentro, el desfalco a la Administración Nacional de Combustibles, Alcohol y Portland (ANCAP), el "inminente agotamiento" del ciclo frenteamplista y sus "contradicciones internas"; el posible ascenso de Luis Lacalle Pou como el "Macri uruguayo", están en el mapa de adversidades al que se enfrentará en los próximos años el Frente Amplio.


¿Será cierto que el péndulo ideológico que mueve a la precaria economía capitalista latinoamericana va de gobiernos de izquierda que triunfan para renovar y ampliar las políticas y los derechos sociales y económicos que estabilizan a las clases medias, las cuales después van a votar por las derechas cuando el poder libidinal del mercado sea insuficiente para sus "aspiraciones de consumo"? ¿Es ideológica la corrupción en América Latina? ¿El neoliberalismo y el socialismo del siglo XXI comparten la misma jaula de hierro neocolonial, es decir, la precariedad histórica tanto de las economías nacionales como del mismo Estado nacional?

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Venezuela: la oposición busca ya la destitución de Maduro

El presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Henry Ramos Allup, afirmó este viernes que sería irresponsable permitir que el presidente Nicolás Maduro finalice su mandato en 2019. Reiteró que la oposición definirá en el primer semestre de 2016 un mecanismo para anticipar su salida del poder.

"Alguien me decía: vamos a dejar que el gobierno termine para que se achicharre en su propio aceite. Eso es irresponsable", aseveró en una rueda de prensa con corresponsales extranjeros.

Añadió que si Nicolás Maduro gobierna hasta 2019 dejaría a su sucesor un cementerio. "La verdad es que yo no quiero que ello dure tres años más. Sería ir de peor a pésimo, porque ¿qué va a pasar al final? Si tu puedes poner remedio a una enfermedad antes de que te produzca la muerte, pues le pones solución", subrayó.

Ante la gravedad de la crisis económica, Ramos Allup no ve que Maduro pueda concluir su mandato. "Yo lo observo muy mal. No sé si a finales de año, porque tampoco es posible poner un día preciso, pero a este ritmo no lo veo llegar", añadió.

Las opciones

Por eso, dijo, la oposición –que controla el Poder Legislativo, con mayoría– consensuará a más tardar en junio una figura legal para cambiar el gobierno. Para anticipar la salida de Maduro, la coalición opositora Mesa de Unidad Democrática ha planteado un referendo revocatorio o una enmienda constitucional, sin descartar la renuncia.

Ramos Allup recalcó que "hay condiciones" para revocar el mandato presidencial. "Esta crisis que vivimos es un bloque, no se puede separar la crisis política de la económica o de la social, y es causada por un modelo fracasado que existe sólo en Corea del Norte, porque ni en Cuba. Es un modelo fracasado, incluso cuando tenía dinero. Se pueden producir resultados distintos si cambia el modelo."

Las leyes venezolanas otorgan la posibilidad de convocar a un referendo revocatorio cuando se cumpla la mitad del mandato, lo que en el caso de Maduro ocurrirá el 19 de abril.

En un intento por sacar la economía venezolana del pozo, la canciller Delcy Rodríguez viajó a Brasilia para reactivar el comercio bilateral y atraer inversiones. "Hemos expuesto los motores económicos que ha declarado Maduro para fortalecer la plataforma productiva y en ese sentido Brasil va a jugar un papel estratégico", afirmó.

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Mujica en Palacio: "El homo sapiens es el único bicho que se puede hacer cargo de su destino"

Esta tarde el ex mandatario uruguayo Pepe Mujica ofreció una conferencia en el Palacio de las Convenciones en el marco del II Encuentro Internacional Con todos y para el bien de todos, dedicado al Héroe Nacional de Cuba, José Martí.
En el encuentro Mujica resaltó la importancia de que la izquierda y los movimientos progresistas sean capaces de construir una cultura que no sea esclavizante y sometedora.


Comentó que a pesar de que la civilización parece haber llegado a un punto de no retorno en cuanto a las atrocidades que comete a diario, está en manos de la misma humanidad cambiar ese orden de cosas: "El homo sapiens es el único bicho que se puede programar en partes, que se puede hacer cargo de su propio destino".


El consumismo como arma de destrucción masiva


El actual senador de Uruguay sostuvo que la falta de consumo es el terror de los economistas contemporáneos. "Nos tienden la mesa de la mercadería, como diciendo: Subite, que hay pa' vos también", añadió.


La migración es un fenómeno, según él, muy vinculado a las ansias por tener. Sostuvo que el sueño de los pobres es emigrar, pero no a un lugar tranquilo, sino a la Meca de la sociedad de consumo, y que eso se ve a diario en los refugiados que huyen de sus países en conflicto. Todos quieren ir a Alemania o a Suecia.


Y lo mismo ocurre con los emigrantes centroamericanos, que no van a países como Uruguay, "donde hay tres millones de cristianos y 30 de vacas", sino que llegan en México en un intento por pasar a Estados Unidos.

 

Lo importante es estar vivo

 

El político uruguayo sentenció que si bien la economía es importante, nada lo es más —ante la magnitud del universo— que estar vivo. Y que resulta alarmante el hecho de que "este mundo tiene cada vez más cantidad de gente que vive con infelicidad sin ser pobres".


Opina que en ese contexto es necesario un cambio de ética. "Esto no es una moralina, es una invitación a luchar por la felicidad humana por encima del criterio de que sos feliz según lo que tengas", concluyó.


El hombre moderno, comentó el ex guerrillero, se cree que inventó la rueda, padece de petulancia. Por eso el cambio, además de estructural, debe ser ético, sino no será visceral, ni suficiente.


"Nuestra pelea de fondo —añadió— es con la muerte, y se puede resolver dejando algo conscientemente mejor a los que vienen después de nosotros". A su criterio, eso es la civilización: una solidaridad intergeneracional.


Considera que para eso es necesario enfrentar problemas que no puede solucionar ningún país por poderoso que sea: "los pobres de Centroamérica y de África subsahariana son causa de la humanidad, viva donde viva, es necesaria una visión de especie".

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Repunte de la acción popular contra el neoliberalismo santista. Hacia el paro cívico nacional.

Con la generalización de la crisis económica y fiscal de la sociedad y el Estado; con las medidas de recortes, austeridad, más impuestos y privatizaciones de bienes públicos; y con la arremetida oficial para implantar a rajatabla una segunda fase neoliberal, la inconformidad y protesta social repuntan como herramientas para defender y proteger los derechos de la población más débil y vulnerable.

Mientras avanza el proceso de paz y se aproxima la firma segura de un acuerdo definitivo que ponga fin a la lucha armada y la violencia política, la oligarquía dominante reafirma el modelo neoliberal como protocolo de funcionamiento del aparato económico y de organización sociopolítica.

No obstante, volcarse a la conquista de la paz no significa replegarse ni abandonar la inevitable acción colectiva emancipadora y transformadora.

Consideremos estos dos planos de la coyuntura, dibujados claramente en las primeras semanas del mes de enero del 2016.

 

La arremetida neoliberal.

 

No obstante que la superación del conflicto social y armado, mediante las conversaciones en la Mesa de La Habana, organizada por el gobierno del Presidente Juan Manuel Santos y las Farc, ha elaborado un repertorio de coincidencias en temas agrarios, democracia ampliada, erradicación de cultivos ilícitos, de los derechos de las víctimas y la terminación del conflicto armado, cuyo alcance y sentido permiten caracterizar una dimensión de justicia social y progreso, la elite dominante persiste en canalizar los logros del proceso para relegitimar la hegemonía neoliberal y rebobinar su esquema de control político del Estado y la sociedad.

La casta santista, acosada por la descomunal crisis económica y financiera global (http://bit.ly/1Pwf66A), huye hacia adelante y pretende encauzar a Colombia en una segunda fase neoliberal mediante la apropiación masiva de territorios y tierras de la Orinoquía y otras regiones y con estrategias de expansión del gran capital en Colombia de grandes dimensiones. El desalojo de millones de campesinos mestizos, afros e indígenas del campo, adecua condiciones para repetir la experiencia de otras áreas del planeta, específicamente en el pacífico.

Los planes de inversión en infraestructura, turismo, apropiación del mercado interno, nuevas áreas mineras, nuevos puertos, maquilas de nuevo tipo aprovechando las zonas francas, aprovechamiento de la biodiversidad amazónica, son de una gigantesca magnitud en la proyección de la expansión del capitalismo y sus redes de producción.

La segunda generación del neoliberalismo, luego de la formula gavirista de los años noventa y de su afianzamiento político con la seguridad democrática de Uribe Vélez, reúne nuevos enfoques sobre el emprendimiento personal así como recortes en el gasto público, venta generalizada de bienes públicos y consolidación del Estado securitario.
Hay que salir a como dé lugar del atolladero, sin importar los daños sociales y el agravamiento de las desigualdades sociales, parece ser la idea del grupo gobernante.

Pero la apreciación de diversos observadores indica que, superados los fenómenos de la guerra y la violencia, tal como viene ocurriendo en los meses recientes, ocurrirá un repunte vigoroso de la acción colectiva, la movilización social y la protesta popular.

 

Los movimientos sociales.

 

El 2016 será un año bastante agitado en materia de protestas y movimientos sociales.

Según los seguimientos que desde hace 40 años llevan diversos centros académicos sobre esta fenomenología, el 2013 ha sido el año en que la protesta social se ha expresado más intensamente e con un poco más de 1.000 acontecimientos de protesta en sus diversas manifestaciones: marchas, paros, invasiones, huelgas, bloqueos de vías, tomas de entidades, etc., organizadas por toda clase de agrupaciones sociales en el campo y la ciudad.
Tal como se presentan las cosas, es muy probable que en este año se superen estas cifras, porque se están reuniendo en un explosivo coctel factores exógenos tales como la crisis petrolera y la desaceleración de la economía, o la sequía producida por el fenómeno de El Niño, con decisiones políticas como las privatizaciones de empresas públicas o los inevitables nuevos impuestos, e intensos debates públicos como la aprobación de los acuerdos de paz.

El campo laboral empezó el año agitado por el aumento del salario mínimo por debajo de la inflación registrada para los estratos bajos, y se va a complicar por los despidos o la reducción de beneficios en los sectores petrolero y minero, y por el ajuste fiscal que implicará recortes en las contrataciones de personal en el sector público, tanto a nivel nacional como regional.

También despega intensa la reacción contra las políticas públicas por el amplísimo consenso nacional en contra de la absurda y precipitada venta de Isagén, y de seguro se intensificará si el alcalde Peñalosa lleva a cabo sus planes de privatizar las empresas públicas de Bogotá, o si el gobierno acoge la recomendación de los expertos de aumentar el IVA y extenderlo a productos de la canasta familiar, con la reforma tributaria que ya cocinada.

El fenómeno de El Niño, observa Cabrera, va a propiciar movimientos de protesta: en el campo, los agricultores por las pérdidas de sus cosechas que ocasionará la intensa sequía; en las ciudades, los consumidores por el aumento de los precios de los alimentos y los ciudadanos por los forzosos racionamientos de agua; en todo el, país los ambientalistas contra la minería y demás actividades que aumentan la deforestación y aceleran el desastre del cambio climático, como se prevé en Ibagué donde ha sido organizada una consulta ciudadana para pronunciarse sobre el proyecto mega minero de la Colosa en Cajamarca y la Cordillera Central (http://bit.ly/1lIFXVr).

De otro lado, las víctimas del conflicto, fortalecidas con la esperanza de que ahora si van a tener reparación, protestarán contra la mediocridad de los resultados. Por último, la guerrilla volcada en la movilización política iniciará su participación en el espacio público intentando mostrar que tiene apoyo en la población civil, y que más allá del conflicto armado subsisten las causas profundas del conflicto social (http://bit.ly/1lIFXVr).

Los movimientos sociales lograran un gran protagonismo social e incidirán ampliamente en el curso del nuevo ciclo político que se proyecta con un acuerdo final para la paz (http://bit.ly/1PMGq4w).

A propósito de esta nueva realidad traigo a consideración algunas reflexiones de Raúl Prada y Antonio Antón sobre los movimientos sociales, sus impactos y nuevas referencias de interpretación.

Lo hago para enriquecer el debate que se abrió con los acuerdos de La Mesa de La Habana sobre la participación política, la democracia ampliada y las garantías para los movimientos sociales y la protesta popular.

Dice Prada que necesitamos hablar de movimientos sociales en su singularidad. Un movimiento social no responde a regularidades, a analogías, aunque las pueda generar. El movimiento social emerge de una problemática también singular. Hay que encontrar el nacimiento de este movimiento social en esa problemática, en su estructura, su composición, su propia complejidad. Son sospechosas las teorías de los movimientos sociales, pues parten de un modelo, de una idea, si se quiere de un paradigma, desde el cual se decodifica e interpreta a los movimientos sociales. Las aproximaciones a los movimientos sociales se diferencian precisamente por el paradigma del que se parte. Quizás por corrientes teóricas, quizás también por periodo, de cuando se ha elaborado esa teoría. Nadie dice que las teorías sobre los movimientos sociales no hayan ayudado a comprenderlos. Lo han hecho. Sin embargo, ya no se trata de identificar, rasgos, características, condiciones, formas de organización y formas de desplegarse y de difundirse. Formas de mutar en el tiempo, además de formas y procedimientos de lucha, de convocatoria. Convertir estos rasgos, esas características, las condiciones, las formas, en signos de una interpretación, que se convierte en una narrativa que describe y explica el movimiento (http://bit.ly/1ZXE3Dd).


Ahora, se trata de comprender la dinámica de la complejidad singular del movimiento social.

Esto parece que se puede lograr si desciframos la problemática de donde emerge el movimiento social, las conexiones, articulaciones, participación en esa problemática. También lograr comprender la experiencia social en esa problemática, las interpretaciones colectivas de la problemática, de retener esa experiencia en la memoria social. Entonces podremos pasar a las formas de la acción, del despliegue de su movilización, del despliegue de su discurso, de su interpelación. Entonces podremos hurgar en el proceso de su politización. También entender sus relaciones con el resto de la sociedad, sus contradicciones y antagonismos con el Estado.

No se necesita olvidar las teorías de los movimientos sociales, lo que nos han enseñado, en sus investigaciones, en sus descripciones, en sus explicaciones, incluso en sus modelos construidos. Son parte de la memoria del análisis complejo. Están incorporados en este análisis; sin embargo, el análisis complejo se diferencia de esas teorías por la mirada, mejor dicho, la percepción integral del movimiento social, que se desplaza y articula distintos planos y espesores de intensidad, del mundo que constituye y que lo constituye. Las teorías de los movimientos sociales han privilegiado algunos planos de intensidad, no necesariamente articulados, menos integrados. Conciben estos planos de intensidad como dimensiones donde aparece el movimiento social, donde deja su huella; la que es estudiada, para describir este despliegue. Sin embargo, esta dimensión o dimensiones, en las que se desplaza el movimiento social, no es un espacio exterior donde la inscripción del movimiento social deja su huella. Ningún plano de intensidad es pasivo, tampoco exterior, así que no puede ser tomada como una dimensión. El plano de intensidad emerge de los cuerpos mismos del movimiento social; son los cuerpos los que pliegan y despliegan esos planos de intensidad. Los planos de intensidad atraviesan los cuerpos porque los cuerpos tejen, precisamente esos planos de intensidad.

Un movimiento social no es exactamente la multitud que la compone, no se resume en la masa en movimiento, no es la cantidad desplazada o si se quiere, de manera cualitativa, no es la intensidad o la fuerza del movimiento, en tanto capacidad de movilización y alcance.

 

El movimiento social es la vibración, las vibraciones, en el tejido social.

 

La pregunta es cómo el movimiento social, las cuerdas del movimiento social, afecta a las otras cuerdas del tejido social. Si sus vibraciones afectan a las otras vibraciones. Se necesita comprender la comunicación del movimiento social con el resto de la sociedad; si se da o no. ¿Depende de la capacidad de convocatoria del movimiento social? ¿Depende de la capacidad de recepción del resto de la sociedad? ¿Depende del momento, si este es apropiado para las resonancias o no? ¿Depende de las tonalidades de las notas que emite el movimiento social? ¿Depende de la sensibilidad perceptiva del resto de la sociedad? ¿Cuándo la sociedad abre sus poros perceptivos y decodifica las vibraciones emitidas por el movimiento social?

No podríamos aproximarnos a todo esto, a todas estas preguntas, sino comprendemos, antes la problemática. ¿Las demandas del movimiento social que problemática enfrentan? No confundamos esto con reducir la problemática al objeto de las demandas, a la clasificación de las demandas, al significado de las demandas. Eso no es la problemática, son listas, que son recogidos en los planteamientos o en los pliegos petitorios. La problemática se configura en los órdenes de relaciones que afectan a los miembros del movimiento social. ¿De qué modo estos ordenes de relaciones constriñen a los componentes de movimiento, lo agobian, lo despojan, lo afectan? Entonces, también, al revés, ¿cómo las cuerdas, múltiples cuerdas del tejido social afectan a las cuerdas del movimiento social; en este caso, no lo dejan vibrar a gusto?

Entonces, el movimiento social es parte del tejido social. Hay que leer entonces ese tejido, el juego de sus hilos, la composición de su textura, el juego de colores, de figuras que conforman los hilos en el tejido. No se puede estudiar el movimiento social; aislarlo como objeto de estudio. No hay movimientos sociales aislados, como una especie adelantada de la sociedad, la que actúa. El movimiento social es como una composición del mismo tejido social; nace en el tejido social, resuena en el tejido social, quiere tejer en el tejido social, cambiar composiciones, asociaciones y combinaciones sociales. Es aquí donde se puede conmensurar o dimensionar el alcance, la intensidad, del movimiento social.

A veces, no muchas, los movimientos sociales logran vibrar intensamente en todo el tejido social, logran hacer vibrar también a las otras cuerdas, múltiples y plurales, del tejido social. Es cuando se ocasiona una sinfonía social, que conmueve a todo el tejido, logrando mover, mutar, transformar las composiciones sociales. En la modernidad, se han llamado a estos acontecimientos, revoluciones. Como todos sabemos, este acontecimiento no es pan de cada día; se da muy de vez en cuando. Acontece cuando hay una conmoción en todo el tejido social; cuando las vibraciones de las cuerdas alcanzan intensidades fuertes, además de lograr en conjunto algo así como una explosión y su irradiación expansiva.

Sin embargo, lo que estudian las teorías de los movimientos sociales son los movimientos que no llegan a ocasionar ese acontecimiento mayúsculo, denominada revolución. Estos acontecimientos son estudiados por los historiadores o los analistas de la política, los estudiosos de la política. Los sociólogos de los movimientos sociales estudian los movimientos que aparecen con sus demandas, se movilizan, interpelan al Estado, al gobierno, a las autoridades pertinentes; pero, no necesariamente se prolongan hasta convertirse en un acontecimiento político. Desde la perspectiva de los historiadores, podrían interpretarse estos movimientos como truncados, por no haberse realizado como revolución o no tener efecto estatal. Aunque, dependiendo del carácter del movimiento pueden tener efecto cultural. Sin embargo, visto de otra manera, estos movimientos pueden, mas bien, interpretarse, como flujos permanentes de la misma sociedad, como parte de sus acciones, prácticas, de carácter, mas bien, alterativo, aunque puntuales, incluso imperceptibles. En otras palabras, los movimientos sociales pueden interpretarse como las pronunciaciones vitales de la sociedad. Entonces, más que movimiento social distinto, un tanto aislado, diferenciado de la sociedad, mas bien, es la sociedad misma en su dinámica, en su bullente actividad. Desde esta perspectiva, en tanto movimientos sociales circunscritos, acotados, singulares, la movilización social no es escaza, es, mas bien, proliferante.

Prada nos sugiere estudiar las sociedades no desde la mirada institucional del Estado, sino desde la capacidad alterativa de las sociedades. Entonces, no se trata de la contradicción de la sociedad movilizada o parte de ella con el Estado, el gobierno, que la encarna, sino, al revés, la sociedad es desde ya alterativa, siempre, es su forma de vivir; es el estado el que se defiende de la sociedad en movimiento; por eso, prohíbe, norma, regula, administra, reprime, usa la violencia.

Consideramos que las teorías de los movimientos sociales se han equivocado en esto; por estudiar los movimientos sociales desde la mirada estatal, como con el estudio de la sociedad desde el enfoque estatal, deducen las contradicciones, hasta antagonismos, de los movimientos con el gobierno, con el Estado, con las autoridades. Sin embargo, no es así, no ocurre así, desde la perspectiva de la alterabilidad. Son las instituciones fijadas, ancladas, sin capacidad de movilidad, flexibilidad, ductilidad, mutación y cambio, las que resisten el embate constante de los flujos sociales.

Desde esta perspectiva, hay que hablar, mas bien, del análisis de las sociedades alterativas, no institucionalizadas, aunque una parte de la sociedad lo esté, la representada y reconocida por las instituciones estatales. Todas las sociedades son alterativas, sino fuera así, no podrían ser sociedades, es decir, constante asociación, constante composición, constante combinaciones de composiciones y asociaciones. Lo que pasa es que se ha invisibilizado, por el enfoque estatalista, de las ciencias sociales modernas, a la sociedad alterativa.

Desde esta otra mirada, se observa que las teorías sociales, incluyendo a las teorías de los movimientos sociales, forman parte de la legitimación del poder, aunque haya teorías que se reclamen, mas bien, de críticas, denunciantes, interpeladoras, hasta revolucionarias. El problema no está en que no lo quieran ser, mas bien, quieren que sea así, además su crítica apunta a cuestionar el Estado, el gobierno, el sistema. Pero, no se trata de buenas intenciones, de voluntad de cambiar, de, incluso, teorías críticas; el enfoque estatalista, que no quiere decir que necesariamente defiendan el Estado; pueden, mas bien, cuestionarlo; sino se trata que el enfoque estatalista observa la sociedad desde los ojos estatales, desde las clasificaciones institucionales, desde los estereotipos estatales, también desde los prejuicios estatales. Sin quererlo, mas bien, queriendo hacer lo contrario, el enfoque etatalista lleva a legitimar el poder, precisamente porque permite hacer, permite que lo cuestionen, hasta interpelen. Con esto no se dice, de ninguna manera, que no vale la pena hacer críticas, denunciar, interpelar, sino que estas actividades, disposiciones, posicionamientos, devela solo parte de los planos de intensidad, parte de la problemática. No logra ver la integralidad de la complejidad misma que hace al movimiento social.

Por eso, hay que desplazarse, hay que dar lugar a enfoques no estatalistas, enfoques que partan de las percepciones sociales, de sus experiencias y memorias, sobre todo, de su alterabilidad. Hay que ver lo que no ven los enfoques estatalistas, hay que descubrir los espesores intensos que se entrelazan en el tejido social.
Alteridades y alternativas en la movilización prolongada.

Hay diversas maneras de aproximarse a los movimientos sociales. Puede ocurrir desde la perspectiva del marxismo crítico y la perspectiva de las teorías nómadas. Más recientemente se da un acercamiento desde el pensamiento complejo, lo que se denomina episteme compleja.

Los nuevos enfoques sobre los movimientos sociales pretende desplegar un análisis sobre los mismos, ahora, desde la perspectiva del pensamiento complejo. Volvemos entonces al acontecimiento de la movilización prolongada, empero, desde el enfoque de la complejidad.

Los movimientos sociales no solamente se conforman por la iniciativa de los y las movilizadas, sino también por resistencia – usando resistencia no como se acostumbra, atribuyendo, mas bien, esta acción, a los movimientos sociales, a estrategias sociales, a pueblos - del Estado a los movimientos. El Estado se constituye como resistencia fija, institucional, al constante, permanente, desborde social; cuando estallan movimientos sociales, refuerza esta actitud, esta perseverancia institucional, hasta tal punto que recurre a sus dispositivos de emergencia, a la represión, incluso puede llegar a dar batalla. Esta acción y represión estatal y gubernamental en contra de los movimientos sociales también define el perfil, la forma, la consistencia de éstos. El enemigo social es estigmatizado por el Estado; se lo define, se lo califica, se lo clasifica, se lo nombra, se le atribuye anomalías, incluso se le señala por estar manejado por conspiradores, subversivos, radicales. Estas acusaciones, en vez de alejar a los simpatizantes del movimiento, los aproxima más, incluso puede expandir la simpatía social hacia el movimiento. Paradójicamente, la reacción gubernamental, convierte al movimiento social, que puede haber sido local, provincial, departamental, o si se quiere, sectorial, en un tema nacional. Está en la agenda, además de aparecer en las noticias.

El movimiento social singular se ha transformado; siente, percibe, que esta experiencia en la lucha social concreta lo transforma, lo madura, lo templa. Esta maduración se transmite a sus discursos, a sus concepciones, a sus acciones. Los discursos tienden a ser más elaborados, tienden a construir una narrativa, que ya supone una memoria social del movimiento, memoria trabajada para lograr una interpretación estructurada. Al convertirse en un tema nacional, el movimiento social comienza a hacer propuestas nacionales, propuestas políticas, incluso convoca a la sociedad entera a participar en la solución de problemas que la aquejan. Es cuando el movimiento social adquiere características de contra-gobierno, puede llegar a convertirse en contra-Estado si sus formas asambleístas, participativas, si sus formas comunitarias, si sus formas autogestionarias, se proyectan como alternativas al gobierno, incluso al Estado.

Muchos de los movimientos sociales no llegan a vivir este proceso; algunos resuelven sus demandas temprano, otros después de haber insistido durante un tiempo; otros, quizás, por abandono de los mismos componentes, desalentados. Los movimientos que llegan a vivir el proceso de politización se transforman, devienen proyecto político. El proyecto tiene como un intervalo de opciones, donde en un extremo, en lo que podemos considerar el círculo vicioso del poder, se reproduce el poder al formularse un proyecto de Estado; en el otro extremo, abriendo el intervalo, se apertura, mas bien, un proyecto autogestionario.

Prada concluye indicando que el análisis de los movimientos sociales anti-sistémicos, desde la perspectiva del pensamiento complejo, supone la matriz dinámica de la sociedad alterativa, a diferencia y en contraposición al supuesto de las ciencias sociales y la teoría de los movimientos sociales, que parten de la sociedad institucionalizada, desde la perspectiva estatalista. La sociedad alterativa es constante devenir, desborda los promontorios fijos de las mallas institucionales del Estado. En este sentido, se puede decir, que es el Estado el que se defiende, resiste, al desborde creativo de la sociedad alterativa. Los movimientos sociales anti-sistémicos forman parte de la vitalidad, de los ciclos vitales, de la sociedad alterativa. Aparecen intermitentemente, cuando las alterabilidades dispersas, múltiples y plurales, diseminadas en el tejido social, se congregan, convocadas por la crisis. Los movimientos sociales son singulares, es decir, únicos. Los movimientos sociales son distintos, experimentan distintos ritmos y procesos, además de alcances, que pueden ser limitados o, en contraste, radicales, cuando logran completar su propio ciclo, en forma de politización irradiante. La movilización prolongada boliviana, de características autogestionarias y radicales, anti-estatalistas; predisposición afectiva, subjetiva y voluntaria, que sostuvo el proceso constituyente, el poder constituyente, y la escritura de una Constitución de un Estado en transición Plurinacional Comunitario autonómico, no pudo materializar su proyecto descolonizador, emancipatorio y libertario radical, en un contexto institucional estatalista, que se preservó, a pesar del sismo, en un sistema-mundo capitalista, que permite márgenes de maniobra, en un orden mundial imperial, que puede permitir, aunque sea a regañadientes, gobiernos populares, con tal que no crucen la línea civilizatoria de la modernidad y de las estructuras y diagramas de poder globales.

De otro lado, Antonio Antón, nos plantea un nuevo marco interpretativo de la protesta social.

Los actuales procesos de indignación ciudadana, particularmente en España y el sur de Europa, y de movilización social progresista presentan algunos rasgos particulares, diferentes a los anteriores movimientos sociales (http://bit.ly/1SGtShJ).

Dos aspectos tienen importancia para contrastar la experiencia pasada y las teorías convencionales: 1) su doble componente democratizador y socioeconómico, con una dimensión más global o sistémica; 2) los mecanismos y procesos que intervienen en su configuración, condicionan su influencia y su futuro, y que exigen una nueva interpretación.

Este movimiento ciudadano es una respuesta al deterioro de la situación socioeconómica para la mayoría de la sociedad provocada por el sistema económico y financiero, y agravada por una gestión política regresiva y con déficit democrático.

Ambas dinámicas han sido consideradas injustas por la mayoría de la sociedad, que se ha reafirmado en una cultura cívica democrática y de justicia social. Ante, por un lado, el bloqueo o la colaboración gubernamental (y otras instituciones europeas e internacionales) con esas políticas, y, por otro lado, la existencia de distintos agentes sociopolíticos progresistas, la indignación ciudadana se ha convertido y dado cobertura y legitimidad a una acción colectiva de sectores populares relevantes (incluida la irrupción última de un electorado indignado).
Por tanto, son unilaterales las interpretaciones que ponen el acento solo en su carácter democratizador (o frente al sistema político o a aspectos más concretos como la ley electoral), desconsiderando sus contenidos, motivos o demandas socioeconómicos (frente al sistema económico o a aspectos particulares como los recortes sociales, el paro, los desahucios o las reformas laborales). En sentido inverso, son también unilaterales las versiones interpretativas que señalan a este movimiento popular como exclusiva reacción frente a las graves consecuencias de la crisis económica, el papel especulativo de los mercados financieros o la desigualdad social producida por la política de austeridad; excluyen las estrategias y la gestión regresivas de las élites dominantes e instituciones políticas, con rasgos autoritarios y un fuerte deterioro de su legitimidad democrática. Los dos 'sistemas', económico y político, están interrelacionados y los pilares de ambos, su carácter antisocial y oligárquico, se han cuestionado por la ciudadanía indignada. Todo ello, junto con una amplia protesta social y la emergencia de nuevos sujetos sociopolíticos, requiere una revisión crítica de las principales teorías sociales y un nuevo esfuerzo analítico.

A partir del análisis de las particularidades de este nuevo fenómeno, se exponen los criterios básicos para una explicación dinámica de la pugna sociopolítica y cultural de los sujetos en este contexto. Se trata de favorecer una mejor comprensión de este movimiento social progresista y el consiguiente refuerzo de sus posiciones normativas.
En primer lugar, se señala la falta de adecuación de los esquemas interpretativos de los nuevos movimientos sociales para analizar el actual ciclo de la protesta social en España.

Para precisar la singularidad de este nuevo y heterogéneo movimiento social, se alude a algunos elementos comparativos. En el plano histórico y teórico se había realizado una clasificación: viejos movimientos sociales (sindical, vecinal...) de carácter 'socioeconómico' y 'redistributivo'; nuevos movimientos sociales (feminista, ecologista, derechos civiles...) basados en la exigencia de 'reconocimiento' de nuevos derechos y actores, y poniendo el énfasis, en algunos casos, en su carácter 'cultural'.

No es adecuada la clasificación convencional (típica de la sociología estadounidense) por su supuesto carácter o identificación de 'clase': a los primeros se les adjudica su carácter 'obrero' o de clase trabajadora, cuando el movimiento sindical, aparte de los técnicos, expertos y altos negociadores de su aparato, entre su afiliación y su base electoral tiene importantes segmentos de las clases medias profesionales –enseñanza, sanidad, sector financiero...; los segundos no son solo de 'clase media', y entre sus componentes hay personas de clase trabajadora, particularmente jóvenes ilustrados pero precarios. Si hacemos referencia a sus dirigentes, su estatus y su posición social se asemeja más a la clase media profesional o con cualificación superior que a trabajadores y trabajadoras precarios o con poca cualificación. En resumen, respecto de su composición y el grueso de sus objetivos o intereses que defienden, ambos tipos de movimientos son interclasistas, de clases trabajadoras y clases medias, aparte de exigir demandas más generales o universalistas.

Podemos englobarlos en la experiencia más general de tres tipos de pugna sociopolítica frente al poder: procesos de cambio (político) democrático, contra el autoritarismo y la dominación y por la ampliación de las libertades políticas y la participación popular; de cambio social y económico de distintas dinámicas de desigualdad social, de transformación de la estructura socioeconómica y las relaciones de dominación sobre las capas populares y subordinadas; de cambio sociocultural frente a la discriminación en diversos campos y distintos sectores sociales.
Los tres procesos se pueden combinar desde la perspectiva de una democracia política, social y económica más avanzada y frente a las relaciones de dominación u opresión que imponen las élites y capas privilegiadas o dominantes.

Pero, en las contiendas políticas y sociales, normalmente, aparecen por separado tres tipos de movimientos: movilizaciones o revueltas (solo) 'políticas' o democráticas, sin cuestionar el sistema económico y la desigualdad social; movimientos económicos (sindicales o redistribuidores), de defensa de derechos sociolaborales, sin cuestionar el régimen político y su déficit democrático o infravalorando otros tipos de injusticias; nuevos movimientos sociales, con dinámicas de cambio cultural pero que también apuntan a diversas desigualdades u opresiones (de mujeres, étnicas...) dentro de las relaciones sociales, incluidas las internacionales (amenazas de guerra o inseguridad y de cooperación o solidaridad) y del medio ambiente.

 

El actual proceso de movimientos sociales.

 

Pues bien, el actual proceso de movilización no encaja en ninguno de los tres, es una combinación de ellos pero con una nueva dimensión global o sistémica, aunque vinculada también a realidades y reivindicaciones muy concretas y locales. Se basa en la percepción y la confrontación con la situación de sufrimiento popular y la nueva 'cuestión social', se enfrenta al autoritarismo político, se fundamenta en una cultura cívica de los derechos (humanos) sociales, civiles y políticos y apunta a una dinámica social más democrática y liberadora. Este deseo de cambio 'universalista' se ha ido combinando y nutriendo con exigencias particulares e inmediatas.

En segundo lugar, podemos destacar la interrelación entre diversos procesos: el agravamiento de las condiciones materiales de la mayoría de la población (no solo del 'contexto', como realidad exterior a las personas); la conciencia social de los agravios e injusticias (enjuiciadas desde unos valores democráticos y de justicia social, opuestos al discurso de la austeridad); el bloqueo institucional y el carácter problemático o insuficiente de la clase política gobernante como representante, regulador o solucionador de los problemas y demandas de la sociedad, y la necesidad de una acción popular que va creando una identidad colectiva diferenciada de las élites dominantes.

La causa del inicio y el desarrollo del proceso no es 'externa' a la propia gente indignada. Es la situación, la 'experiencia' y la ausencia de perspectivas (institucionales, económicas) de solución (más bien de su agravamiento), contrastadas con su propia cultura democrática y de derechos sociales, lo que genera la indignación, la oposición y la resistencia social de una amplia capa de la sociedad. La indignación es un proceso acumulativo a la situación anterior a la crisis, pero cobra un fuerte impulso con los dos acontecimientos y etapas de mayor impacto: primero, con el comienzo de la crisis económica y sus graves e injustas consecuencias, con un fuerte y masivo descontento popular; segundo, a partir del año 2010 se produce un paso cualitativo y se añade el desacuerdo popular y la oposición sociopolítica a las políticas de austeridad y sus gestores gubernamentales y europeos. Al malestar socioeconómico y la exigencia de responsabilidad hacia los mercados financieros y el poder económico, se añade la indignación por la gestión regresiva de las principales instituciones políticas, la clase gobernante y sus incumplimientos democráticos. Esa doble indignación de una amplia corriente social, al valorarla desde valores democráticos e igualitarios, refuerza una actitud progresista de oposición ciudadana y exigencia de cambios, favoreciendo y legitimando la acción colectiva de una ciudadanía más activa.

Existen factores externos o de contexto que acentúan la gravedad de la situación socioeconómica y el autoritarismo político... pero no se puede decir que (mecánicamente) son 'condiciones favorables' (o desfavorables) para la acción colectiva.

El nivel y el sentido de su impacto entre la población dependen de otros mecanismos institucionales, culturales y sociopolíticos.

En particular, la transformación de la 'situación' (sufrimiento) en 'experiencia' (subordinación con malestar añadido por su injusticia) está mediada por la actitud concreta de esa mayoría social (y sus agentes representativos) que vive el retroceso y la política regresiva como 'indigna' o injusta.
Interviene lo que en algunos círculos académicos se llama proceso de 'enmarcamiento', para dar significado a los hechos sociales.

De la indignación, crítica pero más o menos pasiva en el plano individual o colectivo, una parte de la ciudadanía pasa a una participación más activa, con una respuesta colectiva (progresista). Se vence por un lado, la resignación, el fatalismo, el miedo o la impotencia, y por otro lado, la simple actitud reactiva y la pugna competitiva individual o intergrupal. Se reafirma la 'cultura' cívica, social y democrática de la mayoría de la sociedad y sus principales actores, que se contrapone con la situación de 'injusticia'; genera, con la mediación de los mecanismos y oportunidades existentes, los motivos y las demandas de la indignación, su arraigo entre la sociedad y las iniciativas de movilización popular.

La movilización cívica, la protesta social, no se genera (automáticamente) por condiciones y medidas económicas o políticas 'externas' a la situación directa y real de las personas.

La 'causa' del movimiento social no es una 'estructura' o un 'contexto', ni siquiera una agresión o un mayor sufrimiento (ante los que se puede reaccionar con miedo, sumisión, resignación o adaptación). En ese caso, la movilización popular, su origen, dimensión, carácter y continuidad dependería fundamentalmente de esos factores externos, estaría dependiente de ellos y sus agentes: a mayor sufrimiento, mayor resistencia; a mayores agresiones, mayores respuestas; o bien, lo contrario, a mayores 'oportunidades' (debilidad del poder) o 'expectativas' (elección racional), mayores movilizaciones. Es el conflicto entre los distintos sujetos sociales (o actores económicos y agentes sociopolíticos), el (des)equilibrio en la pugna entre ellos, lo que configura el proceso de la contienda sociopolítica o cultural, incluida la propia formación de cada sujeto social.

El avance o el retroceso dependen de la relación de fuerzas entre ambos (o diversos) actores. No es, por tanto, el aspecto unilateral del grado de 'oportunidad' o debilidad que ofrece el poder, o bien su carácter agresivo y amenazante, lo que explica el carácter y la dimensión del movimiento social. Tampoco, la gravedad de las agresiones o retrocesos materiales, económicos o sociales.

La explicación de la indignación y la protesta social pasa por la combinación relacional e histórica de las dos (o más) dinámicas en pugna. El impulso decisivo es la actitud de la mayoría de la sociedad y sus principales actores, confrontada a 'su' situación y la actuación de las clases dominantes. Se trata de comparar la fuerza 'interna' existente en la sociedad y sus sectores más activos o avanzados frente a la fuerza 'externa' del establishment, según su poder, cohesión y legitimidad. Esa capacidad popular de protesta y de cambio está condicionada por su posición social, por su 'experiencia' respecto a esa problemática y su percepción como injusta, al contrastarla con su cultura cívica, sus valores éticos y democráticos. Y para evaluar su capacidad movilizadora también hay que contar con sus recursos disponibles, sus formas expresivas, su apoyo social y sus expectativas de resultados en distintos planos.

Los resultados de la contienda sociopolítica y la pugna cultural dependen de esa correlación de fuerzas en presencia. Vencer un poder débil, ilegítimo y dividido, o cambiar aspectos parciales y no sistémicos (de la estructura económica y de poder) puede ser suficiente a través de un movimiento popular menos potente, con menores aliados y con limitado apoyo social o presencia institucional. Al mismo tiempo, un movimiento social más consistente puede fracasar al tener enfrente a un poder más fuerte o aspirar a objetivos más ambiciosos (aunque pudieran derivar en otras ventajas reivindicativas, sociopolíticas, organizativas y de legitimidad ciudadana). El éxito o el fracaso de una dinámica de indignación y protesta social se deben medir en una doble dimensión: conquista reivindicativa a corto plazo; avances y retrocesos de las fuerzas en presencia, de sus capacidades y legitimidad, manifestados también de forma concreta e inmediata, y que favorecen o perjudican las transformaciones a medio plazo. Por tanto, los resultados en los dos planos dependen de la interacción de tres elementos: la envergadura de los objetivos planteados; la relación entre, por un lado, la capacidad, cohesión y apoyo social del movimiento y, por otro lado, la fortaleza económica e institucional y la legitimidad del bloque del poder, y los cambios en los equilibrios entre esos dos campos.

También debemos incorporar en el análisis las profundas transformaciones en la relación entre lo individual y lo global, su influencia en los movimientos sociales y la construcción de identidades complejas y el reconocimiento de un yo como agente. Estas nuevas realidades hay que interpretarlas de forma rigurosa, superando los conceptos y el lenguaje referidos a otras épocas y que hoy, por su carácter esquemático, idealista o determinista, confunden más que clarifican. Supone un esfuerzo teórico y crítico para renovar la teoría social e interpretar mejor las nuevas realidades sociales.

Es fundamental la mediación sociopolítica/institucional, el papel de los agentes y la cultura, con la función contradictoria de las normas, creencias y valores. Junto con el análisis de las condiciones materiales y subjetivas de la población, el aspecto principal es la interpretación, histórica y relacional, del comportamiento, la experiencia y los vínculos de colaboración y oposición de los distintos grupos o capas sociales, y su conexión con esas condiciones. Supone una reafirmación del sujeto individual, su capacidad autónoma y reflexiva, así como sus derechos individuales y colectivos; al mismo tiempo y de forma interrelacionada que se avanza en el empoderamiento de la ciudadanía, en la conformación de un sujeto social progresista. Y todo ello contando con la influencia de la situación material, las estructuras sociales, económicas y políticas y los contextos históricos y culturales.

Por tanto, desde las ciencias sociales, contamos como muchas ideas razonables y hay que partir de ellas. Pero el acento hay que ponerlo en su renovación y en la superación de sus principales errores y límites; es decir, en el análisis concreto y la elaboración de una nueva interpretación de los hechos sociales actuales. Ese esfuerzo teórico, interpretativo y crítico, cuyo enfoque se ha apuntado aquí, todavía es más perentorio para interpretar la nueva realidad sociopolítica, en particular, el proceso de indignación y protesta social, y favorecer su conversión en un poderoso movimiento popular por un cambio progresista, así como su expresión electoral.

En definitiva, se apuesta por una interpretación basada en la interacción entre estructuras y sujetos, por un paradigma social, relacional e histórico que parte del conflicto social, de la conformación de procesos de movilización social y cambio sociopolítico. Se trata de la revalorización del papel de la propia gente, de su situación, su experiencia y su cultura, así como de los sectores más activos y su representación social y política, es decir, de los sujetos sociopolíticos.

 

Una bibliografía básica sobre los movimientos sociales y la protesta social.
Raul Prada nos propone consultar la siguiente bibliografía sobre los movimientos sociales como un aporte para profundizar en el conocimiento de los mismos (http://bit.ly/1ZXE3Dd): F. ALBERONI, Génese(Bertrand Editora, Lisboa 1990). FRANCESCO ALBERONI, Movimiento e institución: Teoría general (Editorial Nacional, Madrid 1984). TILMAN EVERS, Identidade: a face oculta dos novos movimentos sociales.NOVOS ESTUDOS. Cebrap. São Paulo. V. 2, 4:11-23 (abril 1984). JOSEPH GUSFIELD, Estudio de los Movimientos Sociales. In: DAVID L. SILLS (Dir.), Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales.V.7 (Aguilar, Madrid 1974), pp. 269-273. RUDOLF HEBERLE, Tipos y funciones de los Movimientos Sociales. In: DAVID L. SILLS (Dir.),Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales. V.7 (Aguilar, Madrid 1974), pp. 263-268. 6. J. CRAIG JENKINS, La teoría de la movilización de recursos y el estudio de los movimientos sociales. ZONA ABIERTA. Fundación Pablo Iglesias. Madrid. 69:5-41 (1994). A. MELUCCI, ¿Qué hay de nuevo en los "nuevos movimientos sociales"? In: LARAÑA-GUSFIELD (Edit.),Los movimientos sociales(CIS, Madrid 1994), pp. 119-149. ALBERTO MELUCCI, Las teorías de los movimientos sociales(UNAM, México D.F. 1985). JOACHIM RASCHKE, Sobre el concepto de movimiento social. ZONA ABIERTA. Fundación Pablo Iglesias. Madrid. 69:121-134 (1994). JORGE RIECHMANN-FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY, Redes que dan libertad. Introducción a los nuevos movimientos sociales (Paidós, Barcelona 1995). ALAIN TOURAINE,El regreso del actor(EDUBA, Buenos Aires 1987). También de Charles Tilly: The Vendée: A Sociological Analysis of the Counter- revolution of 1793.(1964) "Clio and Minerva.", inTheoretical Sociology, edited by John McKinney and Edward Tiryakian. (1970); "Collective Violence in European Perspective.", in Violence in America,edited by Hugh Graham and Tedd Gurr. (1969). "Do Communities Act?" Sociological Inquiry. (1973). An Urban World.(ed.) (1974). The Formation of National States in Western Europe(ed.) (1974). From Mobilization to Revolution.(1978). As Sociology Meets History(1981). Big Structures, Large Processes, Huge Comparisons.(1984). The Contentious French.(1986). Coerción, Capital, and European States, AD 1990-1992.(1990). European Revolutions, 1492–1992.(1993). Cities and the Rise of States in Europe, A.D. 1000 to 1800.(1994). Roads from Past to Future(1997) Work Under Capitalism(with Chris Tilly, 1998). Durable Inequality(1998) Transforming Post-Communist Political Economies.(1998). Dynamics of Contention(withDoug McAdamandSidney Tarrow). (2001). Contention & Democracy in Europe, 1650-2000.(2004). Social Movements, 1768-2004(2004). From Contentions to Democracy.(2005). Identities, Boundaries, and Social Ties(2005). Trust and Rule.(2005). Why?(2006). Oxford Handbook of Contextual Political Analysis.(2006). Contentious Politics(withSidney Tarrow). (2006). Regimes and Repertoires.(2006). Democracy.(2007). Charles Tilly: Los movimientos sociales. Desde 1768-2008.https://rfdvcatedra.files.wordpress.com/2014/07/charles-tilly-los-movimientos-sociales-1768-a-2008.pdf.

Publicado enColombia
Lunes, 25 Enero 2016 06:33

Un poco de rojo

Un poco de rojo

¿Quién podría haberse imaginado que en la capital del capitalismo, en el epicentro del imperio neoliberal mundial, de repente ha detonado un debate sobre el socialismo?


Socialismo fue la palabra más buscada en el portal de los diccionarios Merriam Webster en 2015 (seguida por la palabra fascismo). En los sondeos, una amplia mayoría de jóvenes afirman que están dispuestos a votar a favor de un candidato que se dice socialista. En los debates entre los precandidatos demócratas se tuvo que preguntar a cada quien si era o no capitalista (por primera vez en la memoria reciente), y en las entrevistas con todos los candidatos siempre está la pregunta sobre el socialismo. Nadie recuerda cuándo fue la última vez que el carácter capitalista casi sagrado del sistema estadunidense se ha cuestionado en foros vistos por millones en la televisión, ni cuándo el socialismo fue pregunta en sondeos nacionales.


Los expertos se han visto obligados a debatir si un socialista de verdad puede llegar a la Casa Blanca (antes a nadie se le ocurría la pregunta).


Y aún más sorprendente es que un sondeo de Bloomberg News/Des Moines Register de la semana pasada entre votantes demócratas en Iowa, el primer estado donde habrá votación para determinar la candidatura presidencial, 43 por ciento se definió socialista, y 38 por ciento capitalista. Un sondeo del New York Times/CBS News en noviembre encontró que 59 por ciento de los votantes demócratas tenían una percepción favorable del socialismo, mientras 29 por ciento tenían una impresión negativa.


Todo por el precandidato presidencial demócrata y senador federal Bernie Sanders, quien siempre se define como socialista democrático. Justo por eso, hasta muy recientemente expertos y políticos suponían que su campaña sería marginal y descartaban sus posibilidades de retar a la reina del partido: Hillary Clinton. Ya no. Sanders está empatado o va ganando en las encuestas de los dos primeros concursos intrapartido para la nominación, y ha reducido a la mitad la ventaja de Clinton en las encuestas nacionales en el último mes.


De hecho, la cúpula demócrata, legisladores demócratas y operativos de la campaña de Clinton están tan alarmados que ya acusan a Sanders de no ser un verdadero demócrata, sino, Dios nos salve, un socialista, y argumentan que no es tan elegible como Clinton en una elección general.


Pero Sanders aún amenaza la coronación de Clinton, en gran medida por su mensaje central sobre la desigualdad económica, que resuena más que cualquier otro tema entre el electorado. Como señala Kshama Sawant –socialista que ha ganado sus dos elecciones al cabildo municipal de Seattle– en un artículo en The Guardian, después de los movimientos Ocupa Wall Street, entre otros, la palabra sucia ya no es socialismo, sino capitalismo. Agrega que "la gente está hambrienta de alternativas políticas que sirvan a sus intereses... en lugar de la avaricia insaciable de Wall Street".


Sanders no huye de la etiqueta. Cuando Anderson Cooper, de CNN, en uno de los debates entre los precandidatos, preguntó a Sanders si no se consideraba capitalista (y sin ocultar su incredulidad de que cualquier tipo de socialista pudiera ganar una elección nacional en este país), respondió: ¿Me considero parte del proceso del capitalismo de casino por el cual tan pocos tienen tanto y los muchos tienen tan poco, con el cual la avaricia y descuido de Wall Street destruyen esta economía? No, no lo soy. Afirma que es un socialista democrático, no autocrático, que no desea nacionalizar los medios de producción, y usa como modelo para su tipo de socialismo los países escandinavos. Sanders indica que es parte de la misma corriente que un Franklin D. Roosevelt (quien no se consideraba socialista, lejos de). En otros países, Sanders sería considerado más bien un social demócrata, algo así como del Partido Laborista de Inglaterra, el socialdemócrata de Alemania o del Partido Socialista de Francia.


Aquí la palabra socialismo siempre ha sido asociada con el diablo, con el enemigo, como algo ajeno a Estados Unidos. El legado del macartismo sigue influyendo a principios del siglo XXI.


Pero el socialismo democrático no es ajeno a Estados Unidos. Algunas de las figuras más reconocidas de este país se han identificado como socialistas democráticos.


Eugene V. Debs, gran organizador sindical de principios del siglo pasado, fue varias veces candidato presidencial del Partido Socialista (en 1912 ganó 6 por ciento del voto nacional) y la última vez en 1920 dirigió su campaña desde su celda de prisión, por su oposición a la Primera Guerra Mundial (obtuvo casi un millón de votos).


En el medio este, poco antes de la Primera Guerra Mundial, socialistas fueron electos alcaldes en casi 80 ciudades en 24 estados (entre ellas Minneápolis, Milwaukee y Buffalo). Miembros del Partido Socialista ocupaban unos mil 200 puestos en 340 ciudades, recuerda Joseph Schwartz, vicepresidente de Democratic Socialists of America (DSA), en un artículo en In These Times.


Otras figuras de esta corriente política incluyen desde John Dewey, el gran filósofo y pedagogo, a Martin Luther King, los dirigentes más destacados de sindicatos nacionales como el automotriz, el de la confección y de maquinistas y hasta unos pocos legisladores federales como Ron Dellums.


Albert Einstein, quien escribió en 1949 que la única manera de eliminar los peores males de la sociedad estadunidense era por medio del establecimiento de una economía socialista, acompañada de un sistema educativo orientado hacia metas sociales, en su ensayo ¿Por qué el Socialismo?, en Monthly Review, también se identificaba como socialista democrático, entre otros intelectuales y artistas.


Por supuesto, muchos disputan qué es el socialismo democrático y si Sanders es o no socialista. Algunas cosas no cambian.


Pero aún es extraordinario el simple hecho de que todo esto es, por ahora, parte del cuento, la grilla, el debate, estadunidense.

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