"Hay desgaste y hay poderes fácticos de gran peso"

El ex presidente colombiano examinó si hay cambio de ciclo, dijo que los Estados no manejan bien los momentos de vacas flacas, habló de Venezuela y rescató a Unasur como forma de unidad política por encima de las alianzas económicas de cada país.


Ex presidente de Colombia entre 1994 y 1998 y secretario de la Unión de Naciones Suramericanas desde julio de 2014, Ernesto Samper estuvo en la jura de Mauricio Macri, habló con los presidentes de la región y participó de una actividad con estudiantes y dirigentes sindicales en la UMET.


Samper está acostumbrado a las mezclas. Y a los desafíos. No es solo Venezuela, una crisis a la que suele acercarse sin cuestionamientos abiertos y con ánimo realista como para no quedar invalidado y poder colaborar. Su desafío actual también es cómo mantener el dinamismo de Unasur cuando los dos países que son el núcleo, la Argentina y Brasil, afrontan un cambio de ciclo en el primer caso y una crisis política en el segundo.


El día anterior a la asunción de Macri Samper condujo un Café Unasur en la Universidad Metropolitana por la Educación y el Trabajo. Junto con el rector Nicolás Trotta coordinó 14 mesas integradas por estudiantes, profesores y dirigentes sindicales sobre Educación, Derechos Humanos, Trabajo y Medio Ambiente.


"Fue interesante ver cómo contaron los avances sociales y su propio crecimiento los ladrilleros y los que representan la primera generación de universitarios en una familia", comentó a Página/12.


"Derechos humanos no son solo los derechos políticos sino también los sociales, los ambientales y los laborales, y la propuesta de Unasur es incluir a todos porque cuando está en la gestión pública las decisiones sobre las prioridades en el presupuesto son ideológicas", explicó Samper. Y tanto en la UMET como en la charla con este diario insistió en un concepto al ser consultado sobre la política de derechos humanos. "Cuando uno va a la ESMA saca la conclusión de que parece imposible que alguien pueda cambiar la política de derechos humanos en la Argentina", dijo. "Por un lado porque los derechos humanos son la ética de un país. Y por otro lado porque pasó demasiada agua por allí. Hay demasiado horror."


Durante su visita a Buenos Aires Samper no dejó de repetir su objetivo de crear una ciudadanía sudamericana. "Que los 400 millones de habitantes se puedan desplazar libremente. Que puedan salir de la región y retornar. Que puedan estudiar en cualquier parte. Que puedan dictar sus clases. Que un ingeniero chileno pueda construir un puente en Venezuela y que un médico ecuatoriano pueda operar en la Argentina."


En la mañana de Café Unasur en la UMET había participantes de otros países. A media mañana se levantó Gisela, de Brasil, y contó que había podido estudiar en la universidad por las políticas de cupos para sectores humildes desarrolladas desde la asunción de Lula.


–¿Sudamérica cambia de ciclo? –quiso saber Página/12. –Y si fuera así, ¿está yendo de dónde a dónde?


–No estamos saliendo de un lado para llegar a otro. Estamos haciendo un giro sobre nosotros mismos, debido en parte al cambio del sentido económico. Está claro que una mala economía lleva a una mala política, y lo que estamos viviendo en algunos países es que simplemente el cambio en la dirección económica alteró la política. Pero también hay procesos de relevo normal. Los gobiernos producen desgaste y cambia la opinión general. A veces los ciudadanos quieren llegar no a lo mismo sino a algo distinto.


–¿Qué sería la mala economía? ¿Mala política económica o malas perspectivas económicas regionales y mundiales? ¿O la reducción del margen de maniobra?


–Preveíamos que iba a haber una crisis económica en la región. Pero pensábamos que sería una desaceleración. En términos estrictamente estadísticos un crecimiento promedio del dos por ciento no es una crisis en el sentido de una recesión. Lo que no preveíamos es que ese dos por ciento sería un promedio, por lo cual habría países como Brasil o Venezuela, dos naciones que están dejando de crecer, y países que están consiguiendo un modesto cuatro por ciento. Los países están afectados por la caída de los precios del petróleo, de los minerales, de los productos agrícolas, de la crisis europea, de la menor demanda china, de la recesión que vivieron los Estados Unidos... Esos países están comenzando a vivir dificultades políticas en buena medida porque debido a las consecuencias económicas de la crisis la opinión pública que antes apoyaba está perdiendo su entusiasmo.

–Si es Brasil, además, el inconveniente no es solo que tira el promedio hacia abajo sino que se trata del país más grande de Sudamérica y una de las diez mayores economías del mundo.


–Así es. Casi el cincuenta por ciento del PBI de la región y el país que tiene la mayor cantidad de contactos fuera de la región. Un país que tiene pantalones largos.


–"No lo preveíamos", dijo usted. ¿Qué se pudo haber previsto y qué se pudo haber evitado?


–Se podría haber evitado en términos estructurales. Quiero decir que la región siempre se ha descuidado en época de las vacas flacas. Nuestros gobiernos son muy hábiles para manejar las bonanzas. Cuando hay abundancia, repartimos bien y aprovechamos nuestra capacidad de crear obras. Pero cuando la región entra en una época de crisis no sabemos qué hacer. Esto es algo que tiene mucho que ver con nuestro modelo extractivista. A pesar de todos los esfuerzos que hemos hecho, lo que habitualmente se señala como la gran bendición, que son los recursos naturales, los recursos hídricos, el 20 por ciento de las reservas de petróleo del mundo y la biodiversidad, paradójicamente, digo, esa gran bendición significa que sobre todo vivimos de lo que produce la tierra y de lo que hay debajo de la tierra. No hemos sido capaces de agregar más valor a lo que tenemos. Y aparecen los problemas cuando ya no podemos vender el petróleo caro, el trigo caro, el carbón caro.


–¿Por qué Sudamérica no pudo salir del ciclo extractivista?


–Porque cuando estábamos a punto de consolidar modelo que maduró desde los años 50, con las propuestas de la Comisión Económica para América Latina, la Cepal, que proponía intervenciones estructurales, actuación sectorial, sustitución de una parte de las importaciones, o sea de alguna manera un modelo autónomo de desarrollo, quedamos clavados en el modelo neoliberal de los años 80 y prácticamente en esa larga noche volteamos la página de los 30 años anteriores. Lo digo sin ánimo chauvinista. Si uno compara las cifras, crecimos el doble entre los años 50 y 80 de lo que crecimos entre los 80 y los 90. Y repartimos mucho más en esos años primeros que en los segundos. Porque el modelo neoliberal devolvió hacia atrás los esfuerzos que había hecho la región para consolidar una base autónoma, para proteger selectivamente la producción nacional... Todo eso lo echamos al tiesto de la basura y sufrimos una década perdida.


–Pero después vino otro ciclo. El que comenzó en 2003 con las asunciones de Lula en Brasil y Néstor Kirchner en la Argentina, o antes con Hugo Chávez cuando asumió el gobierno en 1999, que se completaría después con Tabaré Vázquez en 2005 y con Evo Morales en 2006.


–Claro, hasta esta crisis estábamos viviendo una buena década. Por los cambios de todos esos gobiernos y porque la región en general se dio cuenta de que no podía hacer ningún giro sino recuperábamos los pobres que habían sido expulsados durante los años anteriores. Sin ellos, además, el sistema democrático perdería toda legitimidad. De hecho, en la última década ganada, hasta 2012 o 2013 la región disminuyó el número de pobres en nada menos que 120 millones de personas, creció a un promedio de 4,5 o 5 por ciento respecto del 2 por ciento promedio de la negra noche neoliberal y aprovechó los buenos precios internacionales. Los astros se alinearon en favor de un modelo que privilegiaba por primera vez en muchos años el desarrollo industrial y empezaba a tener en cuenta sectores enteros y no solo mercados integradores.

 

–¿Ese modelo está en crisis o lo que está en crisis llegó a ese punto solo como resultado inevitable de la debacle mundial?

–En primer lugar, como ya hablábamos, existen los procesos normales de desgaste político. Pero también aparecieron en la región, como en otras partes del mundo, unos poderes fácticos de gran peso. Actores políticos como algunos medios de comunicación distintos a los viejos modelos de propietarios de medios que hacían prensa libre. También actúan de manera distinta algunos jueces y fiscales, que toman decisiones que antes se tomaban en los escenarios políticos. Esta judicialización de la política ha llevado también a la politización de la Justicia. Es una distorsión de la realidad política. Todo ello junto a un mundo de ONGs que a veces no tienen financiación transparente, junto a las agencias calificadoras de riesgo que ponen en peligro economías de los países simplemente cambiando un grado, cuando en realidad se sabe que son los inversionistas de fondos privados extranjeros quienes están detrás de esas agencias. Los llamo poderes fácticos porque esos actores oscurecieron y envilecieron la política. Claro, sumemos la crisis de los partidos, que cada vez se parecen más a la idea que la gente tiene de ellos. La gente piensa que no funcionan o que a veces están dedicados al clientelismo y sucede que algunos están en eso. Lo cual no les quita la condición de ser los únicos actores políticos que actúan con responsabilidad política, es decir que deben responder a sus electores. Los poderes fácticos crean un entorno distinto en los países. Son factores golpistas. No es que aquí vayan a venir militares a tumbar los gobiernos. No. Es que esos factores van erosionando, en muchos casos de manera evidente y en muchos casos imperceptiblemente, la gobernabilidad. Y de ahí vienen las crisis.

–En este tablero, ¿Unasur es un factor de compensación de las crisis o del crecimiento en intensidad de los poderes fácticos? ¿O recibirá pasivamente el impacto de estas nuevas tendencias y correrá sus riesgos?

–Hasta el momento vivimos con un principio fundamental: la región vive un sistema de libertades para las decisiones de cada país en lo económico. Es absurdo pretender que Venezuela no haga sus alianzas con la Organización de Países Exportadores de Petróleo. O que Brasil no forme parte de los Brics junto con Rusia, India, China y Sudáfrica. O que no exista la Alianza del Pacífico entre México, Colombia, Perú y Chile. Pero al mismo tiempo no debemos resignar la integración política de la región sobre una serie de principios. Lo principal es preservar la zona de paz como una zona privilegiada en el mundo, la defensa de las vías democráticas, el rechazo a las formas autocráticas de poder, la defensa de los derechos humanos, el principio de una soberanía bien entendida. Y por eso Unasur tiene que denunciar a los poderes fácticos. Las democracia no son estables solo si cumplen el principio del equilibro de poderes solamente como recomendaba Montesquieu. Pueden cumplir con ese equilibrio y, para poner un caso concreto como Brasil, pueden sufrir una conspiración de estos poderes fácticos para crear unas condiciones de ingobernabilidad y buscar la salida de una persona que fue elegida hace poco más de un año con la mayoría de los votos. Los poderes fácticos actuaron también en la Argentina, en Chile y en mayor o menor medida en otros países. Y no es un fenómeno de nuestra propia cosecha. Lo vemos en el mundo entero, como si fuera una epidemia de ingobernabilidad democrática.


–¿Por qué Venezuela aparece como el caso extremo en Sudamérica? ¿Es así? Está claro que después de las elecciones del 6 de diciembre una fuerza manda en el Poder Ejecutivo y otra en el Legislativo. ¿Unasur se propone mejorar la gobernabilidad en Venezuela?


–Cuando hace seis meses lanzamos la idea de una misión de Unasur para Venezuela la gente nos miró con mucho escepticismo. Aun dentro de la región había países de que Unasur no se metiera ni se ocupara de las elecciones. Cuando en un momento vi que la misión estaba prácticamente ahogada les mandé una carta a todos los cancilleres. No quería pensar en el juicio que le harían a Unasur en caso de que se celebraran elecciones que resultaran bien y en las que Unasur no estuviera presente. O si las elecciones resultaran mal y Unasur tampoco estuviera. Lo que no podía era no estar. Y estuvimos. Los vaticinios decían que no habría elecciones. Hubo elecciones. Que el gobierno no iba a fijar una fecha de elecciones. Hubo fecha. Que habría violencia. No la hubo. Que iba a haber fraude. No hubo fraude. Bien: ahora, para bien o para mal tenemos un nuevo equilibrio de fuerzas. Al gobierno y a la oposición les tocará aprender a convivir.


–Usted contó lo que Unasur hizo antes de las elecciones. ¿Y de ahora en adelante?


–Podría ayudar a mejorar los espacios de convivencia ayudando a mejorar la economía de Venezuela. Si este gobierno o el que venga después, o el que fuera, no arregla los temas fundamentales de los subsidios, de los problemas cambiarios o del precio de la gasolina; si no toma algunas medidas, y consideremos que las políticas sociales del gobierno son una ayuda en este contexto, Venezuela será otro ejemplo donde la mala economía termina en mala política.

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Viernes, 11 Diciembre 2015 07:09

El viejo topo horada la piedra

El viejo topo horada la piedra

Los estudiantes secundarios de Sao Paulo derrotaron al gobierno estatal encabezado por el neoliberal Geraldo Alckmin, que debió retirar su plan de reorganización del sistema educativo ante el masivo rechazo y la fuerte movilización juvenil. En estos tiempos de avances de las derechas, el triunfo estudiantil debería ser motivo de festejos porque alumbra el futuro que deseamos, de resistencias capaces de desarticular los planes conservadores.


En septiembre el gobierno paulista anunció la reorganización de la enseñanza pública con centros separados con base en tres ciclos, lo que llevaría a la reagrupación de los estudiantes, el cierre de 93 centros y la transferencia de 311 mil alumnos. De inmediato profesores y alumnos coincidieron en que habría superpoblación escolar y atribuían la medida a la intención de bajar los costos del sistema educativo.


En octubre se realizaron manifestaciones de sindicatos de la educación y de estudiantes, que impulsaron al ministerio a acelerar las reformas anunciando los centros que serían cerrados. Todos están en la periferia, habitada por los sectores populares, que ya sufren una educación de baja calidad.


El 9 de noviembre fue ocupada la primera escuela estatal, en Diadema, núcleo de una región de larga tradición de lucha sindical en el ABC paulista. La ocupación tuvo el apoyo de padres y profesores. Una semana después había ya 19 centros ocupados, mientras la justicia denegó el pedido de desalojo por considerar que los estudiantes no querían apropiarse de los centros sino abrir un debate. El día 23 ya había más de 100 centros ocupados; las universidades y sindicatos comenzaron a posicionarse en contra de la reorganización escolar. Los primeros días de diciembre había 196 centros ocupados.


En cierto momento los estudiantes decidieron salir a las calles, cortar las avenidas y difundir la protesta. Según las encuestas, 61 por ciento de los paulistas rechazan la medida del gobierno y 55 por ciento apoyan a los estudiantes, mientras la popularidad del gobernador cayó a sus niveles más bajos de aprobación. El 4 de diciembre Alckmin decidió aplazar un año la reorganización escolar.


Es interesante echar una mirada a lo que sucedía dentro de los centros ocupados. Los estudiantes crearon comisiones de trabajo para sostener la ocupación: comida, seguridad, prensa, información, limpieza, relaciones externas, entre las más comunes. Además de las jornadas de trabajo realizan asambleas, convocan debates con profesores, padres y colectivos solidarios sobre los más variados temas. Editaron un manual ( Cómo ocupar un colegio), inspirado en las recientes luchas de los estudiantes chilenos y argentinos.


Son miles de jóvenes desde los 14 y 15 años que están haciendo una experiencia formidable, enfrentando el autoritarismo del gobierno socialdemócrata-neoliberal, desafiando la represión policial y las manipulaciones mediáticas. Una nueva generación de jóvenes militantes está haciendo su experiencia. Un movimiento que nace, se masifica y triunfa en medio de la mayor ofensiva de la derecha brasileña en muchos años, y que muestra que hay energía social suficiente, por fuera de las instituciones, los partidos y los sindicatos, para cambiar el estado de cosas en Brasil.


Las jornadas de junio de 2013 son el antecedente y referente inmediato del actual movimiento. Junio fue un parteaguas. Desde aquel momento los movimientos se reactivaron, nacieron nuevas organizaciones y colectivos de base en todos los espacios de la sociedad, y la calle se convirtió en el nuevo escenario de debates y protestas. Los militantes del Movimiento Pase Libre, ahora dividido, siguen trabajando en las periferias, donde nacieron nuevos grupos contra el aumento al transporte, contra la violencia del Estado, colectivos feministas y culturales, que confluyen ahora contra la reorganización escolar.


Pero a diferencia de lo sucedido en junio de 2013, donde la pauta dominante fueron grandes manifestaciones que insumían pocas horas de su tiempo a los participantes, las ocupaciones exigen de los ocupantes que se asuman como protagonistas políticos de los acontecimientos las 24 horas del día, según el análisis del teatrero y militante Rafael Presto en Passapalavra (http://goo.gl/HP3glz).


Por eso las ocupaciones son un proceso formativo intenso, una generación de militantes formados en el calor de las luchas. Si a ello se suma que los centros ocupados se convirtieron en espacios donde convergen diversas luchas, movimientos sociales, artistas, educadores militantes, grupos territoriales y de mujeres, podemos valorar la importancia de lo sucedido en noviembre.
A mi modo de ver, hay tres aspectos a destacar.


El primero es que la energía social y política del abajo ha sido capaz de vencer a una derecha envalentonada, pero que debe retroceder ante la potencia de la calle. Esto debería ser motivo de reflexión para quienes apostaron todo a las instituciones y no pueden comprender que el eje de los cambios está en otro lugar y con otros modos.


La segunda es que la energía emancipatoria siempre nace en los márgenes y entre los jóvenes. Sin ese fuego juvenil, de clase y de género, no existen posibilidades para encarar un proceso de cambios. La última ocasión en que Brasil registró un potente proceso de los abajos fue en la década de 1970, cuando la experiencia de millones de personas en las 80 mil comunidades eclesiales de base (compromiso ético), los jóvenes obreros industriales y los campesinos desplazados por la revolución verde, dieron vida a las grandes organizaciones: la CUT, el MST y el PT.


Por último, como señala Presto, siempre llegan los que destacan las carencias del movimiento. Les falta un proyecto político, dicen, cuando en realidad quieren decir que falta una dirección que ponga orden, de la que desean formar parte. Pero los jóvenes ya están organizados, ya son militantes, sólo que no aspiran a formar parte de instituciones que rechazan porque las conocen de cerca. La piedra se horada desde abajo.

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Viernes, 13 Noviembre 2015 06:35

¿Hemos interiorizado el fin de la historia?

¿Hemos interiorizado el fin de la historia?

"El naufragio siempre es el momento más significativo", escribió Fernand Braudel en Historia y ciencias sociales (Escritos sobre la historia, FCE, 1991). En opinión del historiador, mucho más significativos aún que las estructuras profundas son sus puntos de ruptura, su brusco y lento deterioro bajo el efecto de presiones contradictorias.


En los debates de las izquierdas globales, parece haberse esfumado una tensión básica del pensamiento crítico, presente desde los primeros tiempos: la mirada larga en el tiempo, la negativa a jugar todo el movimiento en maniobras tácticas, tener siempre presente el legado a las generaciones futuras.


Durante más de un siglo el movimiento revolucionario en el mundo estuvo enfrentado en dos tendencias que, de forma un poco simplificada, se podían dividir entre revolucionarios y reformistas. Buena parte de la producción teórica de Marx y de Lenin estuvo dedicada a zanjar diferencias con aquellos que llevaban al movimiento hacia su adaptación en el sistema y rechazaban la necesidad de rupturas. Rosa Luxemburgo llegó a escribir, en Reforma o revolución, que la teoría del colapso capitalista es la médula del socialismo científico.


En su polémica con Eduard Bernstein argumentaba que sin el colapso del capitalismo no se puede expropiar a la clase capitalista. Toda la vida y la organización de los revolucionarios estaban dedicadas a prepararse para el momento del colapso, aunque no lo llegaran a vivir. Todo lo que hacían en los grises años de calma social consistía en esa preparación anímica y organizativa, espiritual y teórica. Esa larga preparación es lo que le permitió a hombres como el Che o Lenin estar a la altura de las situaciones cuando era necesario actuar de forma decidida.


En las últimas décadas estas tensiones se han perdido. Predomina ahora una mirada de corto plazo, demasiado ligada a la coyuntura y, en particular, a lo electoral. Las diferencias, incluso teóricas, entre reforma y revolución, parecen haberse esfumado. Rosa no rechazaba las reformas, pero decía que eran un medio, no un fin. Los argumentos que dan algunos intelectuales para defender el voto por un candidato progresista hablan por sí solos sobre este enorme retroceso. Hay, por cierto, políticas sociales positivas y necesarias. Pero ese no puede ser el eje de una argumentación que apueste por la transformación revolucionaria de la sociedad.


A mi modo de ver, hay dos razones de fondo que pueden contribuir a explicar el enorme retroceso de las izquierdas, del pensamiento crítico y de las consecuencias de haber desaprendido lo mismo el odio que la voluntad de sacrificio (Benjamin, en Tesis sobre la historia).


La primera es que la caída del socialismo real, la derrota de las revoluciones centroamericanas y de los grandes movimientos (obrero, feminista y de las minorías étnicas) ha provocado un doble y simultáneo fenómeno: crecimiento del pragmatismo y del posibilismo, y pérdida del horizonte del tiempo largo.


El pragmatismo desmadeja la ética del compromiso, a favor de la adaptación a lo que existe. No hay compromiso que contenga garantías de ventajas personales concretas. El compromiso con una causa siempre fue un salto al vacío, incierto, en el que cada quien pone el cuerpo sin esperar recompensas ni reconocimiento. Perseguir lo posible supone caer en el oportunismo y renunciar a cambiar las cosas; porque lo posible es, apenas, administrar lo existente.


La segunda se relaciona con los cambios en la cultura, tanto en la hegemónica como en la popular, e incluso en la contracultura. La necesidad de obtener resultados inmediatos, la falta de fibra para nadar contra la corriente, la dificultad para decir las cosas por su nombre por temor al rechazo y la soledad, forman parte del sentido común actual, incluso entre muchos que dicen ser de izquierda.


Un maravilloso relato de Pasolini sobre los melenudos, en Escritos corsarios, es una buena muestra de lo que pretendo explicar. La melena fue símbolo de rebeldía o de inconformismo en los años 60, pero terminó siendo adaptada por la moda, al punto que ya no es defendible porque ya no es libertad. Rechazaba con vigor, y desesperación, el afán de amoldarse al orden degradante de la horda, usando símbolos de rebeldías, absorbidos por la cultura del poder.


Por alguna razón, nada difícil de adivinar, volvemos a redescubrir a Pasolini. Como escribe Franco Berardi, Bifo, había entendido de antemano que el poder del cambio tecnológico estaba destinado a prevalecer sobre las culturas libertarias e igualitarias, abriendo un tiempo de barbarie (La mirada larga, en comune-info.net).


Estamos inmersos en una cultura en la que desaparecieron las distinciones de clase, en la que derecha e izquierda se han fundido físicamente, como apuntaba el italiano. Esa indistinción tiene su correlato en la política. Es posible que hayamos interiorizado el fin de la historia de modo involuntario e inconsciente. Si no hay diferencias culturales, tampoco habrá diferentes opciones políticas y todo se reduce a optar por lo menos malo o lo más atractivo, como en el supermercado.


Es la degradación de la política emancipatoria. El momento del naufragio. Pero hay más. Todavía debe recordarse que el mundo nuevo, el socialismo o como se llame, es fruto del trabajo, del esfuerzo cotidiano, no del reparto de lo que existe. Pero el trabajo tiene sus reglas que la cultura rentista no comprende, ni está dispuesta a aceptar.


En este recodo de la historia, cuando las derechas imperiales y financieras avanzan sin cesar, en el sur y en el norte, aprender del naufragio puede ser el mejor modo de recuperar los horizontes perdidos. El hundimiento del socialismo real no puede llevarnos al lodazal del posibilismo ni de la rendición a la cultura hegemónica. Si el riesgo es la soledad y la intemperie, habrá que afrontarlas. Lo único que no podemos hacer es dejarle a las generaciones futuras un legado de sumisión y pragmatismo sin ética.

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Lunes, 09 Noviembre 2015 06:42

De cara (y barbijo) al cambio climático

De cara (y barbijo) al cambio climático

La reunión Cumbre en París, a fines de noviembre, intentará mejorar el estrepitoso fracaso de la Cumbre de Copenhague, en la que no se llegó a ninguna conclusión ni compromisos. Qué se juega en esta reunión y cuáles son las expectativas.



Ya no caben palabras para definir la frontera que marcará la cumbre sobre el clima que se llevará a cabo en París a finales de noviembre (COP21). A su manera, entre reuniones preparatorias, militancia de las ONG y la sociedad civil e informes sobre el estado del calentamiento global, la cumbre ya empezó. No hay responsable político, científico o religioso que no admita que París será la última oportunidad. El postulado es paradójico porque, de hecho, la oportunidad ya se perdió hace rato. Cristina Figueras, la secretaria ejecutiva de la convención marco de la ONU para el Cambio Climático, asegura que "no se evitará el cambio climático". A lo sumo, en París, si hay acuerdo, se podrá hacer que las variables del clima sean mas "manejables".

Nada más. Según un estudio elaborado por el Climate Action Tracker (CAT, organización científica independiente con sede en Londres), los planes de acción climática presentados hasta ahora por 156 de los países miembros de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático no evitarían que el calentamiento global del planeta llegue a los 2,7º C. La batalla del calentamiento global está entonces perdida de antemano y lo único que estará al alcance en la capital francesa será atenuar la hecatombe provocada por la descontrolada actividad humana. Y, tal vez, ni siquiera eso.


"En el cambio climático se juega el destino de la humanidad", repite Cristina Figueras. Los fabricantes de autos como Volkswagen y sus trampas masivas para esconder el nivel real de contaminación que provocan sus autos, o bancos como el BNP Paribas, que gastan más dinero en financiar las energías fósiles antes que las renovables, no parecen tener la misma conciencia global sobre ese destino planetario. De hecho, lo que se hará en París es decidir la sustitución del protocolo de Kioto, uno de los primeros andamios de la diplomacia internacional destinados a luchar contra el calentamiento climático pero cuyos postulados perdieron toda fuerza. Lejos de generar un consenso para preservar la humanidad y sus tesoros naturales, el cambio climático es objeto de una guerra interna al capitalismo donde se combaten dos visiones antagónicas entre preservación y derroche. Dentro de ese antagonismo entra otro: el que opone a los países más industrializados responsables supremos del calentamiento global, con los países menos desarrollados, a quienes se les exige un esfuerzo similar al de las potencias contaminantes con escasas compensaciones. Cerca del 90 por ciento de la contaminación global está regida por acuerdos escasamente aplicados, sobre todo por los tres bloques cuyas emisiones de gases de efecto invernadero representan el 50 por ciento del total: China, Estados Unidos y la Unión Europea.


París 2015 retoma los objetivos boicoteados en la cumbre que se celebró en Copenhague en 2009. Aquel encuentro fue un vergonzoso fracaso. El sector más liberal logró dejar fuera de juego a todo el sistema de las Naciones Unidas. El texto final de la cumbre de Copenhague había sido redactado por Estados Unidos y China. Venezuela lo rechazó, junto a Cuba, Bolivia y Nicaragua. Copenhague fue una tomada de pelo a toda la comunidad internacional. El difunto presidente venezolano Hugo Chávez decía: "Cambien el sistema, no el clima". Aquella declaración final no incluía ningún compromiso explícito sobre el porcentaje de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, no fijaba metas, no establecía plazos concretos o procedimientos de verificación, no era vinculante. En Copenhague quedó registrado para la historia cómo los países altamente desarrollados, principales emisores de gases de efecto invernadero y responsables de su expansión desde la era pre-industrial, trataron de imponer su ley.


Por consiguiente, lo que quedó sepultado en Copenhague y las cumbres posteriores se juega ahora en París. En lo concreto: hacer bajar la temperatura del planeta en unos dos grados, establecer quién tiene la mayor responsabilidad en ese objetivo, repartir los esfuerzos de forma justa y financiar los costos de las transformaciones en los países menos ricos. El reto es tanto más grande cuanto que, según la ONU, las proyecciones marcan que, de aquí a 2100, la temperatura subirá alrededor de tres grados. Incluso en un horizonte más cercano, de aquí a 2030, el termómetro no cesará de subir. Se calcula que ese ascenso será menor gracias a los compromisos que se adopten de cara al período que va de 2025 a 2030. El proceso requiere transformaciones profundas y, sobre todo, el trastorno de industrias energéticas que no se dejarán doblegar así nomás.


Nada permite afirmar que París sea la cuna del nacimiento de una nueva humanidad. La pugna entre los países industrializados, la controversia política que separa a republicanos y demócratas en Estados Unidos con respecto a este tema, los gigantescos intereses económicos que están en juego, los lobbies que conspiran contra el planeta y la indolencia generalizada ante las catástrofes climáticas que acechan a los países menos desarrollados no ofrecen ninguna garantía de éxito. Habrá acuerdo, sin dudas, pero éste será mínimo, lejos, muy lejos de las necesidades estructurales del cambio climático.

Porque lo que corre como una suerte de espada de Damocles sobre la cabeza de la humanidad es el modelo de desarrollo, depredador e injusto. Para cambiar el clima se impone transformar el sistema y allí está el límite. Los planes de acción climática presentados hasta ahora ante la ONU para recortar la emisión de gases que causan el cambio climático son insuficientes para alcanzar el objetivo de no superar los dos grados de incremento de la temperatura global del planeta. Queda, además, el tema de la financiación de las medidas y los consiguientes 100 mil millones de dólares que hacen falta para crear el fondo verde, fondo al cual China, uno de los grandes contaminantes del planeta, en principio no participa. Lo menos que se puede esperar entonces es que se evite otro episodio bochornoso como el de Copenhague donde, entre la feroz represión policial contra los manifestantes y un casi golpe de Estado contra los compromisos, se aprobó la inacción que permitió a los grandes países contaminantes seguir liquidando la vida en la Tierra.

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Domingo, 08 Noviembre 2015 06:03

¿Cómo crecen las derechas?

¿Cómo crecen las derechas?

Immanuel Wallerstein ve una reanimación de la izquierda a escala mundial, basándose en el triunfo de Justin Trudeau en Canadá; en la victoria de Jeremy Corbyn en el Partido Laborista británico, o en la existencia de un nuevo gobierno australiano. Estos cambios en el Commonwealth son saludables, pero Trudeau es liberal –en el mejor sentido de la palabra–, no anticapitalista; Corbyn expresa solamente una tendencia radical en un partido burgués de origen obrero que trata de recurrir a sus orígenes para no ser barrido completamente del panorama político y Australia depende demasiado de su comercio con China, lo que explica sus reticencias en las relaciones con Londres y Washington.


A mi juicio, no se puede hablar de una reanimación de la izquierda anticapitalista cuando no hay grandes movimientos antisistémicos ni en Europa ni en América y cuando aquélla prácticamente no existe en Rusia, donde Putin lleva a cabo una política que mezcla los restos del zarismo con los del estalinismo, ni existe sino en pequeños núcleos en China, cuyo gobierno se dedica con ahínco a construir un capitalismo moderno.

 

¿Cuál reanimación puede haber cuando en Alemania se refuerza Angela Merkel; en Francia el primer partido es el Frente Nacional lepenista (con el cual, dicho sea de paso, Putin tiene relaciones privilegiadas); en Europa central y en Escandinavia predominan las fuerzas ultraderechistas y crecen los nazis; en España sigue siendo mayoritario el franquista Partido Popular de Rajoy, y en Italia no hay izquierda, pero sí derecha fascista o fascistizante, por no hablar de lo que sucede en Argentina, en Brasil, en Venezuela misma, y de los problemas gravísimos que enfrentan todos los gobiernos llamados progresistas de América Latina?


Ni siquiera en los años treinta, entre las dos guerras, los movimientos que se declaran anticapitalistas estuvieron tan débiles y tan aislados. Hoy la derecha avanza por doquier, mientras en 1934 los obreros socialistas y comunistas impusieron su unidad clasista y aplastaron en la calle a los clerical-fascistas. En los años 34-39, con la insurrección de Asturias y el gobierno de izquierda de 1936, el pueblo español combatió a la monarquía fascista, en Chile y en Brasil los obreros aplastaron al fascismo en la calle, en Argentina crecieron enormemente las huelgas y los sindicatos, en Cuba los estudiantes y el pueblo derribaron la dictadura de Machado.


Elemento fundamental de esas resistencias fue la esperanza en la posibilidad de una salida anticapitalista a la crisis y la existencia de un movimiento obrero de masas anarquista, socialista, comunista que hoy no existe, pues fue primero castrado y finalmente destruido por las políticas de los partidos socialdemócratas y comunistas que culminaron con las transformaciones de las burocracias estalinistas rusa y china en millonarios capitalistas, mafiosos y corruptos.


La derecha crece cuando logra ganar terreno ideológico en los desocupados desesperados y los sectores más atrasados de los trabajadores y las clases medias pobres, que se unen en torno de la minoría de grandes capitalistas o de un grupo de advenedizos y aventureros al servicio de éstos.


La izquierda crece –en cambio– cuan¬do se mide y se ve a sí misma pesando en las luchas antisistémicas, no cuando se institucionaliza y se adapta al juego electoral tras someterse al Estado capitalista siguiendo a una dirección plebeya progresista que no quiere ni puede salir de los marcos del sistema.


Evo Morales no fue el creador de la izquierda social boliviana: fueron las luchas masivas por el agua y por el gas y las movilizaciones campesinas e indígenas las que expulsaron a Sánchez de Lozada e impusieron elecciones en las que ganó Evo sobre la base de la nueva relación de fuerzas sociales que después permitió derrotar el separatismo y las maniobras de la derecha. Hugo Chávez no creó el chavismo. Simplemente canalizó, con su voluntad revolucionaria y su negativa a rendirse, la exigencia informe de un cambio social que había originado el Caracazo y que después se organizó para liberar al presidente Chávez derrotado y detenido. Incluso el triunfo electoral de Kirchner fue posible sólo por la sangrienta movilización de diciembre del 2001 que obligó a huir en helicóptero a un presidente de la Unión Cívica Radical.


Los gobiernos progresistas –al subordinar los movimientos sociales al Estado y al aceptar las reglas del establishment queriendo aparecer sensatos y ganar el apoyo electoral de sectores conservadores– destruyen no sólo su base social sino también la conciencia política de la misma, como la griega Syriza y el español Podemos. Ellos difunden una ideología que castra a los trabajadores. El kirchnerismo lo hizo al sostener que no existen las clases (¡en un país donde las clases dominantes tienen una clara y brutal conciencia de clase!) y Lula y la dirección del PT porque creían que, con tal de gobernar, era lícito prescindir de la ética, tener políticas conservadoras y entrar en cualquier componenda para comprar una mayoría.


Sin la lucha contrahegemónica de las izquierdas anticapitalistas en el campo político y cultural, la derecha dominará ideológicamente sin trabas. Son las carencias de las izquierdas las que hacen crecer las derechas, es la falta de independencia frente al Estado capitalista y a sus gobiernos progresistas lo que desarma y desmoviliza a los trabajadores, lo que les impide barrer a las burocracias sindicales agentes del capitalismo, autorganizarse, crear poder cotidianamente desde abajo, desarrollar sus capacidades e iniciativas. Los gobiernos que, como el venezolano, creen poder llevar una lucha contra el imperialismo y la derecha sólo con el aparato estatal y sobre todo las fuerzas armadas y mucha retórica nacionalista, preparan su pérdida. Los instrumentos del capitalismo –y el Estado actual es uno de ellos– son débiles e insuficientes para la lucha contra el gran capital. Si quieres democracia, lucha por la revolución social.

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Miércoles, 04 Noviembre 2015 06:52

La crisis del pensamiento crítico latinoamericano

La crisis del pensamiento crítico latinoamericano

En el momento de auge de los enfrentamientos políticos y de las grandes luchas de ideas en América latina, se siente con más fuerza la relativa ausencia de la intelectualidad crítica. En el momento en que los gobiernos progresistas sufren las mas duras ofensivas de la derecha, buscando imponer procesos de restauración conservadora, valiéndose del monopolio de los medios de comunicación, el pensamiento crítico latinoamericano podría tener un rol importante, pero su ausencia relativa es otro factor que afecta la fuerza del campo de la izquierda.


La derecha se vale de ese monopolio y de sus pop stars. Vargas Llosa y Fernando Henrique Cardoso vuelven con fuerza al campo para apoyar a Mauricio Macri, a la derecha venezolana y a atacar a los gobiernos de Brasil. Ecuador, Bolivia. No les faltan espacios, aunque les falten ideas.


Al pensamiento crítico no le faltan ideas, tiene que pelear por espacios, pero falta más participación, faltan entidades que convoquen a la intelectualidad crítica a que participe activamente en el enfrentamiento de los problemas teóricos y políticos con que se enfrentan los procesos progresistas en América latina.


A la pobreza de las propuestas de retorno a la centralidad del mercado, del Estado mínimo, de las políticas de retorno a la subordinación a los Estados Unidos, a la apología de las empresas privadas, queda un amplio marco de argumentos y de propuestas a ser asumidos por la intelectualidad de izquierda. Para desenmascarar las nuevas fisonomías que asume la derecha, para valorar los avances de la década y media de gobiernos posneoliberales, de promover el rol de esos gobiernos latinoamericanos, en la contracorriente de la onda neoliberal que sigue barriendo el mundo y los derechos de los más vulnerables.


Esos gobiernos han hecho la crítica, en la practica, de los dogmas del pensamiento único, de que "cualquier gobierno serio" debería centrarse en los ajustes fiscales. De que no era posible crecer distribuyendo renta. De que las políticas sociales solo podrían existir como subproducto del crecimiento económico. Que el dinamismo depende de más mercado y menos Estado. Que no hay camino en el mundo que no sea el de la subordinación a los países del centro del capitalismo. Que el Sur es el retraso.


En fin, todo lo que los gobiernos progresistas han desmentido rotundamente, son argumentos fuertes para que el pensamiento crítico se apoye en ellos y encare las dificultades presentes en las perspectiva de la profundización de esos procesos y no de su abandono. Esto lo hacen los –de derecha y de ultraizquierda– que se refugian en el triste consuelo para ellos de un supuesto agotamiento del ciclo progresista. A ambas fuerzas les sobran motivaciones, derrotadas que han sido, durante una década y media. Pero les faltan razones, no pueden proyectar un futuro para el continente, que no sea la reiteración del pasado desastroso y superado o el discurso sin práctica.


Es el momento para que pensamiento crítico deje a un lado las prácticas burocráticas que neutralizan el potencial crítico del pensamiento latinoamericano, que mediocrizan las entidades tradicionales y así vuelva a protagonizar, en primera línea, la lucha antineoliberal. Vuelva, sin miedo, a proponer ideas audaces, nuevas, emancipatorias, que vuelva a engarzar a la intelectualidad crítica con las nuevas generaciones, huérfanas de futuro.


La burocratización es un enfermedad fatal para el pensamiento crítico, sea de las estructuras académicas, sea de las prácticas institucionales en otras instancias. ¿Hasta cuándo la intelectualidad crítica dejará que los "intelectuales mediáticos" de la derecha ocupen prácticamente solos los espacios de los debates de ideas, que formen nuevas generaciones en los valores del egoísmo, de los prejuicios, del consumismo?


La burocratización conduce a la despolitización, que es el mejor servicio que se puede prestar a la derecha, sustrayendo espacios críticos a la lucha de ideas para volcarlos simplemente a la mantención de cargos y de sueldos. Son burócratas que, aunque nominalmente pretendan pertenecer al campo de la izquierda, lo que hacen es desmoralizar a la izquierda, con el uso abusivo de las palabras sin práctica o con una práctica sin ideales ni proyección política concreta.


Fue una tragedia para la izquierda la separación entre una práctica sin teoría –que a menudo se pierde en los meandros de la institucionalidad vigente– y una teoría sin trascendencia concreta –que se pierde en sí misma–.


Hoy es indispensable rescatar la articulación entre pensamiento crítico y lucha de superación del neoliberalismo, entre teoría y práctica, entre intelectualidad y compromiso político concreto. Si los viejos caminos se han desviado de esas vías, nuevos tienen que ser abiertos, los espacios públicos conquistados ahí están para ser ocupados.


"Los caminos que encontramos hechos / son desechos de viejos destinos. / No crucemos por esos caminos / Porque solo son caminos muertos", canta Pablo Milanés.


Seamos fieles a los precursores del pensamiento crítico latinoamericano, pero sobre todo, fieles a los nuevos destinos que apenas hemos empezado a construir.


El que pierde la batalla de las ideas está destinado a la derrota política. No merecemos perder ni la una ni la otra.

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Martes, 03 Noviembre 2015 06:45

La cuarta socialdemocracia

La cuarta socialdemocracia

La desigualdad es el cáncer del siglo XXI. El número de personas que controla la economía global disminuye en la medida en que aumenta el de los ciudadanos que no decide el rumbo de su país. Son las dos caras de la misma moneda: el dinero y el poder público están concentrados en poquísimas manos, y esas manos están fuertemente entrelazadas unas con otras. Se combinan dos tendencias: la educación, la politización, la interconexión y las expectativas de las sociedades se potencian mientras que la gama de decisiones que esas sociedades pueden tomar sobre su modelo económico o su entramado político se estrecha. En tales circunstancias no puede esperarse de la ciudadanía otra cosa que una creciente inconformidad, activa o pasiva, frente a las cúpulas decisorias. A diferencia de hace 40 o 50 años, ya no resulta viable optar democráticamente por reducir las brechas sociales. Es la paradoja de la sociedad abierta popperiana, que ha resultado asaz cerrada: contra lo que generalmente se cree, la era democrática es considerablemente antidemocrática, y en términos de la libertad del electorado para diseñar su proyecto social la apertura ha devenido en una cerrazón que no existía antes del triunfo liberal. La proliferación de alternativas acontece en la esfera del consumo; en lo económico, en lo social y en lo político el menú se reduce a una sola sopa.


La crisis de la socialdemocracia ha precipitado la crisis de la democracia representativa. Para decirlo con más precisión: el desplazamiento a la derecha y la consecuente pérdida de identidad de la tercera etapa socialdemócrata —la primera fue la del revisionismo bernsteiniano y la segunda la de la Treintena Gloriosa— es una de las causas del alejamiento de los representantes con respecto de los representados. Puesto que las élites empresariales se montaron en la globalización para derechizar a los partidos, y dado que en la mayoría de los países no quedó en la baraja partidista ninguna opción real de poder discrepante del neoliberalismo, se azolvaron los canales institucionales de disidencia y la protesta anegó las calles. El repliegue del Estado de bienestar, la disputa por un capital transnacional volátil que castiga a quienes pretenden redistribuir el ingreso, la desregulación, el "riego por goteo" de un modelo económico hegemónico que enriquece desproporcionadamente a unos cuantos para que la mayoría reciba las sobras de esa riqueza, la subordinación del poder público al dinero y la concomitante corrupción de la partidocracia, todo conspiró para que las aguas democráticas se salieran de cauce. Por eso urge diseñar la cuarta socialdemocracia, la que represente a ese demos que se separa de un cratos cada vez más elitista, la que contrarreste la deserción democrática.


Lo peor que puede ocurrirle a una verdad es volverse un lugar común. La travesía rumbo a la obviedad empieza en el rechazo y termina en la irrelevancia o, peor aún, en el dogma. La realidad suele navegar penosamente contra la corriente, y rara vez su llegada a puerto es digna de celebración. Las ideas que quedan cautivas en su propia veracidad pierden visibilidad o, mejor dicho, pertinencia: si repetir una mentira mil veces la hace creíble, reiterar una verdad hasta la saciedad la evapora. La cárcel se convierte en fortaleza que impide evaluar salvedades o limitaciones. Decir que las sociedades son cada día más desiguales, que los poderosos acaparan el mando, que la ciudadanía rechaza la intermediación, que los partidos actuales son incapaces de representarla, y que todo ello está mal, se ha convertido en una perogrullada, y eso lastra la búsqueda de soluciones. Mientras tanto, la humanidad está ahí, esperando que alguien le ofrezca un planteamiento original, una idea fuerte que capture su imaginación, renueve su fe en el futuro y la motive a enderezar esta aldea global cuya vocación parece ser la de un globo aldeano. Hay momentos en la historia en que la cordura y la audacia se vuelven sinónimos y en los que regatear el cambio es, simple y llanamente, ignorar el signo de los tiempos. Estoy persuadido de que este este es uno de ellos.


El texto recoge fragmentos de mi libro, La cuarta socialdemocracia. Dos crisis y una esperanza (Los Libros de la Catarata, 2015).


Agustín Basave es doctor en Ciencia Política por la Universidad de Oxford, y diputado federal del Partido de la Revolución Democrática en el Congreso mexicano.

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"La comunidad reemplaza a las instituciones"

Página/12 entrevistó en Atenas al presidente de una organización que coordina las diversas iniciativas solidarias que surgen de la ciudadanía ante el drama de los refugiados. Exhorta a la creación de un sistema común para el asilo.


Los efectos de las últimas medidas de ajuste implementadas por el gobierno de Alexis Tsipras para acceder al tercer rescate de la troika empiezan a sentirse en las calles de Atenas y la subida de impuestos o el recorte en pensiones golpean duro al país con mayor tasa de desempleo de la Zona Euro. Desencantada con la política tras el último referéndum y abocada, principalmente, a la ardua tarea de sobrevivir, podría pensarse que la ciudadanía griega tiró la toalla. Pero ante un drama que supera incluso el suyo, el de las millones de personas que huyen de las guerras de Siria y Afganistán, el pueblo heleno saca fuerza y se moviliza en su ayuda.


El Foro Griego de Refugiados (Greek Forum of Refugees) es un ejemplo de esta red solidaria que se teje en un país exhausto pero no rendido.


En el centro de Atenas, una pequeña oficina alberga a esta organización creada en 2010 para combatir la violencia y el racismo gracias a la unión de las comunidades afganas, somalíes y sudanesas –las mayores poblaciones extranjeras de Grecia–. Casi no hay lugar para sentarse entre las cientos de bolsas con ropa y comida –fruto de donaciones– que van desde el suelo hasta el techo, pero Yonous Muhammadi, el presidente de la asociación, adapta la entrevista a las circunstancias y logra, en medio del caos, explicar su labor. "Es la comunidad la que está reemplazando al gobierno en la ayuda a los refugiados desde hace muchos años, dándoles información –porque les es muy difícil acceder a solicitudes de asilo aquí– y haciendo de intermediarios entre ellos, las ONG y la ciudadanía. Nosotros tratamos de organizar, sin ningún apoyo institucional, a los distintos grupos de solidaridad que existen en Grecia y mantener una red", cuenta el director del Foro Griego de Refugiados (GFR).


Yonous Muhammadi llegó a Grecia desde su Afganistán natal hace trece años, también en calidad de refugiado. Por eso conoce en detalle la realidad de las cerca de 2 mil personas diarias que desembarcan en el puerto del Pireo (Atenas) escapando de las guerras de Medio Oriente y es consciente del valor que tiene para ellas que alguien que pasó por su misma experiencia pueda orientarlas. "Grecia es la puerta de entrada a un nuevo mundo así que los recién llegados necesitan aprender sus costumbres para que no se cree tensión con los residentes. Como nosotros ya somos parte de la sociedad griega, entendemos bien su funcionamiento y tratamos de explicárselos", relata Muhammadi.


Grecia recibió 400 mil refugiados e inmigrantes en lo que va del año, según datos de la ONU, y la mayoría llegó a las islas de Lesbos, Kos, Quíos y Farmakonisi. Pero, tras ser interceptados por la guardia costera, los refugiados son trasladados en grandes barcos a la capital, donde permanecen hasta que consiguen documentación y dinero para poder alcanzar el que, en realidad, es su destino: Alemania. Durante ese lapso indefinido muchos de los refugiados se instalan en parques o bajo los portales de las principales calles de Atenas. Centenares de afganos hacinados en la plaza Victoria del centro de la ciudad, en carpas del grosor de un papel, sin nada que comer y sin baño, es una imagen a la que los atenienses tienen que habituarse desde hace meses.


A principios de octubre, las autoridades municipales trasladaron al estadio Galatsi de los Juegos Olímpicos del 2004 –abandonado desde entonces– a más de mil migrantes y refugiados que dormían a la intemperie y a otro medio millar al antiguo aeropuerto de la capital griega, Elinikón. Estas dos instalaciones –llevadas adelante íntegramente por la labor de voluntarios– servirán de refugio momentáneo hasta que se abra un nuevo centro de acogida en Atenas, dado que el único que existe es el que el gobierno local de Syriza abrió en las afueras de la ciudad –Eleonas– donde unas setecientas personas viven transitoriamente en contenedores con capacidad para dos familias cada uno.


Pese a que la iniciativa gubernamental –con la apertura de estos espacios de acogida– es insuficiente, el presidente del Foro Griego de Refugiados reconoce que el Ejecutivo de Tsipras dio algunos pasos positivos en torno a esta problemática. "Por primera vez tenemos un Ministerio de Migración y eso marcó un cambio en la percepción que había de los refugiados. En 2013 y 2014 teníamos un ambiente totalmente antiinmigración impulsado por el anterior gobierno. Ahora, desde que la portavoz del Parlamento nuevo anunció que nadie tenía derecho a usar palabras ofensivas hacia los inmigrantes, los medios de comunicación modularon su discurso intolerante y la gente también", explica Muhammadi. "Además, las comunidades de refugiados tuvimos por primera vez el derecho a hablar con las autoridades y ser verdaderamente escuchados. Eso sí que es un gran cambio", añade.


De todos modos, la gestión del continuo flujo de personas que llega a Europa en busca de una vida mejor es una cuestión que ni el pueblo ni el gobierno griego pueden resolver solos y eso es algo de lo que la Unión Europea (UE) pareciera acabar de darse cuenta.


"El actual colapso del sistema de refugiados se debe a que nunca tomaron decisiones serias al respecto. Todos sabíamos que la crisis en Siria expulsaría a su gente hacia aquí, pero ellos nunca se lo tomaron en serio y no estuvieron dispuestos a dedicar tiempo y esfuerzo a este tema", subraya Muhammadi. "Durante muchos años no hubo responsabilidades compartidas entre las naciones de la Unión y éste es uno de los mayores problemas. Cada país intentó pasarle el problema al vecino y la única solución que encontraron fue la de dar dinero a Grecia o Italia –los mayores receptores– para que construyan muros más altos o centros de detención".


La decisión por parte de la UE de repartir, finalmente, 120 mil refugiados –en dos años– entre sus Estados miembros fue, para Muhammadi, una buena noticia pero tardía e insuficiente. Por un lado porque el número pactado por Europa es ridículo en comparación con las 480 mil personas que solo en 2015 llegaron al continente y, por otro, porque "si ellos no detienen los conflictos bélicos de Siria y Afganistán –y todos conocemos las causas de estas guerras–, nunca va a dejar de venir gente en busca de refugio".


En opinión del presidente del Foro Griego de Refugiados, es urgente la creación de un sistema común para el asilo, tal como lo estipula la Convención Internacional para los Refugiados, para asegurar que las personas que huyen de una guerra no terminen viviendo en condiciones que, muchas veces, son peores que las de los países que abandonan. Muhammadi recalca que es necesario cumplir la legislación que establece para los refugiados los mismos derechos que los ciudadanos del país que los reconoce, para así evitar los problemas que acarrea, por ejemplo, el no tener acceso al mercado laboral en cualquier Estado europeo. "Los medios o la sociedad ven solo a los que están en la guerra pero hay miles de personas que, ya estando aquí, viven en condiciones infrahumanas: más de treinta personas en un piso, víctimas frecuentes de explotaciones, menores que empiezan a formar parte de grupos violentos, etcétera.", detalla.


"La política del cierre de fronteras tiene también que cambiar, levantar muros es antidemocrático y va en contra de lo que supuestamente es la UE. Pero además lo que hay que hacer es encontrar un camino seguro, humano para la gente que necesita protección", asegura Muhammadi, a la vez que denuncia la hipocresía de los gobiernos europeos: "Damos asilo pero no queremos realmente dejarlos acceder a nuestra sociedad. Tenés que cruzar océanos, atravesar montañas, superar miles de peligros y, si sobrevivís, te aceptamos. ¡Eso es una locura!".

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Viernes, 30 Octubre 2015 17:39

El tuerto, la vieja terca y el manco

El tuerto, la vieja terca y el manco

El kirchnerismo, un movimiento político nacido después de las elecciones de 2003 y que se autodefine como portador de un "proyecto nacional y popular", ha aumentado su importancia en el sistema político y en la sociedad argentina. La reciente derrota electoral y un eventual triunfo de Macri en la segunda vuelta no cambiarán esta tendencia.

 

Un movimiento político con capacidad de movilización, de propuesta y de gestión, se asegura una larga permanencia. El peronismo es cada vez más el kirchnerismo, y en éste ganan poder los jóvenes militantes de La Cámpora, una nueva generación que en las recientes elecciones aumentó su presencia en los legislativos nacionales y provinciales, así como en las intendencias.


Mauricio Macri tuvo que disfrazarse de K, anunciar que mantendría gran parte de las medidas que sus legisladores votaron en contra, como las estatizaciones y las transferencias de ingresos, y tuvo que esconder a su equipo económico formado con discípulos de Domingo Cavallo.

En las elecciones presidenciales de abril de 2003, la fórmula Néstor Kirchner-Daniel Scioli, del recién nacido Frente para la Victoria, se ganó el derecho a pasar a la segunda vuelta con 22,24 por ciento de los votos, y fue proclamada ante la renuncia de la fórmula Carlos Menem-Juan Carlos Romero, que había logrado el primer lugar. En esa elección quedaron por el camino las aspiraciones de Ricardo López Murphy, Elisa Carrió y Rodríguez Saá, que habían logrado entre 12 y 14 por ciento cada uno del total de votos.


¿Quién podía imaginar que Néstor Kirchner, ese flaco medio tuerto que no conocía a nadie y era sospechoso de ser un títere de Eduardo Duhalde, era un estadista con capacidad para tomar decisiones antimperialistas y antioligárquicas, y retomar las raíces del peronismo en el siglo XXI poniendo en marcha la construcción de una corriente política identificada luego con su apellido? Kirchner generó crecientes adhesiones y odios, estos últimos de los militares y civiles que durante la dictadura torturaron y asesinaron, de los dueños de la tierra y del oligopolio de los medios de comunicación que domina el grupo Clarín, de los capitales especulativos y de los tecnócratas del Fmi y sus seguidores en toda América Latina. Y de dos generaciones de émulos de Vargas Llosa.


Las grandes líneas de la estrategia económica –que se mantienen incambiadas– son reconstruir la alianza entre el proletariado urbano y la burguesía industrial, aumentar el nivel de actividad y de empleo en la industria, proteger el mercado interno, recortar el excedente apropiado por los dueños de la tierra y financiar el aumento del gasto público social, administrar el mercado cambiario y regular el movimiento internacional del capital. Kirchner enfrentó problemas nuevos, como la deuda externa de 150.000 millones de dólares y el deterioro de los servicios públicos entregados al capital. Tuvo a favor la afinidad con los gobiernos progresistas de la región y el aumento de los precios internacionales de los productos exportables.
Acompañado por Roberto Lavagna como ministro de Economía, negoció con firmeza con el Fmi durante más de dos años, hasta que estos tecnócratas y el capital financiero que representan aceptaron sus metas para la política macroeconómica. Junto a Hugo Chávez promovió el rechazo al Alca, sumó a Brasil y a Uruguay y derrotó a México y a Chile, que operaban a favor de la iniciativa. Estados Unidos se tiene que conformar con la Alianza del Pacífico, un "alquita" que integra a los gobiernos más serviles. También con Chávez impulsaron la creación de ámbitos sin participación de Estados Unidos, como la Unasur y la Celac, que llevó a la creación del Foro Celac-China. En enero pasado este foro realizó en Beijing su primera reunión y aprobó un plan quinquenal de cooperación en comercio, finanzas, infraestructura, educación, ciencia y tecnología, cultura y turismo.


Cristina Fernández de Kirchner, una vieja tan terca que no le aflojó a la oligarquía ni al capital extranjero que explotaba el petróleo y los servicios públicos ni a los fondos buitre, continuó por ese camino a pesar del contexto económico internacional menos favorable, y comenzó una etapa de acuerdos con China y Rusia que financiarán inversiones trascendentes, en particular para la generación de energía y el transporte ferroviario.
En un proceso de aproximaciones sucesivas que incluyó varios cambios durante sus ocho años de gobierno, Cristina Fernández encontró el equipo económico sobre el final de su mandato, con Axel Kicillof en el Ministerio de Economía y Alejandro Vanoli como presidente del Banco Central. La economía argentina retomó un modesto crecimiento en 2015, el Banco Central sancionó a los bancos que viabilizan la fuga de capitales, aumentaron las reservas y se pagó la deuda a su vencimiento.


LOS LÍMITES DEL PROYECTO.

El proyecto nacional y popular implementado durante estos 12 años en Argentina comparte las grandes líneas de los logros, las críticas y las interrogantes de los gobiernos progresistas de Brasil, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Venezuela; en Paraguay el progresismo duró poco y en Chile todavía no emergió. Todos aquellos países consolidaron la democracia y el crecimiento de la economía, mejoraron las condiciones materiales de vida de los sectores populares, rechazaron el Alca, promovieron la creación de la Unasur y la Celac, y se apoyaron en la creciente presencia de China como comprador, vendedor, inversor y financiador.


Como señala Alfredo Falero, estos gobiernos son el resultado de las luchas de los movimientos sociales de fines del siglo XX.1


El crecimiento motorizado por las exportaciones de granos, petróleo y minerales genera interrogantes y críticas. En Ecuador y Bolivia la profundización del extractivismo fracturó a los movimientos que llevaron al gobierno a Rafael Correa y a Evo Morales. En Brasil se dividieron el PT y la Cut, y la política de ajuste para enfrentar la recesión aumenta las críticas.
Maristella Svampa critica la estigmatización de la narrativa indigenista y ecologista, la pérdida de la dimensión emancipatoria de la política y la evolución hacia modelos de dominación basados en el culto al líder y su identificación con el Estado ("Termina la era de las promesas andinas", revista Ñ, Buenos Aires, 25-VIII-15).


Los gobiernos progresistas de la región no lograron sustituir la competencia por la cooperación, coordinando las políticas para orientar la reestructura de la producción y el comercio regional en beneficio de todos, negociando en conjunto con China o regulando las inversiones extranjeras. Argentina reestatizó Ypf porque Repsol vaciaba los pozos de petróleo, pero Evo Morales la considera un apreciado socio comercial; Chevron destruyó el ambiente en Ecuador pero Argentina le entregó la prospección y la posible explotación de los hidrocarburos en Vaca Muerta.


La Unasur no pudo implementar el Banco del Sur y el Fondo Latinoamericano de Reserva para reducir la dominación del capital financiero, negociando con China el apoyo, y algunos países optaron por negociar préstamos de mediano y largo plazo (Argentina, Brasil, Venezuela y Chile). China es un socio potencial, tiene un exceso de reservas en dólares y puede financiar a largo plazo con acuerdos que aseguren el mantenimiento del valor. La Unasur o el Mercosur podrían negociar en bloque un cambio regulado por los gobiernos en el comercio para modificar la situación que imponen los mercados, exportación de materias primas y alimentos contra importación de bienes de capital, que se parece mucho al que se tuvo con Inglaterra y con Estados Unidos durante el siglo XX.


LOS ESCENARIOS FUTUROS.

En Uruguay los economistas de las consultoras que asesoran al capital extranjero y los tecnócratas que operan como embajadores del Fmi anuncian desde hace varios años que "Argentina explota", y este pronóstico fue un dato para la elaboración del programa del Frente Amplio. Pero si el llamado kirchnerismo continúa implementando el proyecto nacional y popular, se puede pronosticar que Argentina explotará... de risa.


Le tocó al manco Scioli encabezar la fórmula, por virtudes propias, porque en 2003 aceptó integrar la fórmula con Kirchner para enfrentar a Menem y fue un vicepresidente leal. También porque no había otro candidato que, representando mejor el proyecto nacional y popular, tuviera posibilidades de ganar la elección. Si Scioli gana gobernará con su estilo particular, continuando la implementación del proyecto nacional y popular, con la limitación de no contar con mayoría absoluta en la Cámara de Representantes, lo que lo obligará a negociar la aprobación de nuevos proyectos de ley.
Si gana Macri, se sacará el disfraz y retomará el proyecto liberal conservador: devaluar, liberalizar el mercado cambiario y de capitales, pagarles a los fondos buitre, eliminar las retenciones y contraer el gasto público social. Un kirchnerismo opositor pasaría cuatro años impulsando las luchas del movimiento popular, contribuyendo a una decantación del peronismo y a que caigan muchas caretas de dirigentes sindicales, pasando de la defensa al ataque en la lucha contra la corrupción y la mala gestión. Y en las próximas elecciones seguramente volverá con más fuerza.
El tuerto vio lejos, la terca aguantó la embestida baguala de las clases dominantes... ¿Y el manco?

 


1. "Del cambio a la contención del cambio. ¿Período bisagra en América Latina?", en Yamandú Acosta et al, Sujetos colectivos, Estado y capitalismo en Uruguay y América Latina. Perspectivas críticas. Montevideo, Trilce, 2014, págs 19-33.

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Viernes, 30 Octubre 2015 06:23

Se acelera el fin del ciclo progresista

Se acelera el fin del ciclo progresista

Cada quien elige el lugar desde el cual mira el mundo, pero esa elección tiene consecuencias y determina lo que puede ver y lo que irremediablemente se le escapa. El punto de observación no es nunca un lugar neutro, como no lo puede ser el que observa. Más aún, el observador es modelado por el lugar que elige para realizar su tarea, al punto que deja de ser mero espectador para convertirse en participante –aunque se diga objetivo– de la escena que cree sólo observar.


Ante nosotros se despliegan las más diversas miradas: desde aquellas localizadas en los estados (partidos, fuerzas armadas, academias), las que se emiten desde los países poderosos y el capital financiero, hasta las miradas ancladas en las comunidades indígenas y negras, y en los movimientos antisistémicos. Un amplio abanico que podemos sintetizar, con cierta arbitrariedad, como miradas de arriba y miradas de abajo.


Las opiniones vertidas en meses recientes sobre la situación que atraviesan los gobiernos progresistas sudamericanos dicen más del observador que de la realidad política que pretenden analizar. Desde los movimientos y las organizaciones populares que resisten el modelo extractivo, las cosas se ven bien distintas que desde las instituciones estatales. Ninguna novedad, aunque esto suele alarmar a quienes creen ver la mano de la derecha en las críticas al progresismo y en los movimientos de resistencia.


Para el que escribe, es la actividad o la inactividad, la organización para el combate, la dispersión o la cooptación de los movimientos, el aspecto central a tener en cuenta a la hora de analizar los gobiernos progresistas. Sólo en segundo lugar aparecen otras consideraciones, como los ciclos económicos, las disputas entre los partidos, los resultados electorales, la actitud del capital financiero y del imperio, entre muchas otras variables.


Hace más de dos años hablamos del fin del consenso lulista a raíz de las masivas movilizaciones de millones de jóvenes brasileños en junio de 2013 (http://goo.gl/lS9K9R). Varios analistas brasileños explicaron las movilizaciones de aquel año en un sentido similar, destacando que se trataba de un parteaguas en el país más importante de la región.


Hace un año dije que el ciclo progresista en Sudamérica ha terminado, en relación con el balance de fuerzas que surgía de las elecciones brasileñas, consecuencia directa de las protestas de junio de 2013 ( http://goo.gl/z92152 ). El Parlamento que emergió de la primera vuelta era considerablemente más derechista que el anterior: los defensores del agronegocio consiguieron una mayoría aplastante; la bancada de la bala, compuesta por policías y militares que proponen armarse contra la delincuencia, y la bancada antiaborto, escalaron posiciones como nunca. El PT pasó de 88 diputados a 70.


Muchos desestimaron la importancia de junio de 2013 y de la nueva relación de fuerzas en el país, confiando en el carisma de dirigentes como Lula, en su capacidad casi mágica para contrarrestar un escenario que se les había vuelto en contra. Los resultados están a la vista.


El fin del ciclo progresista podemos verlo con mayor claridad a la luz de los nuevos datos que arrojan los hechos recientes.


Primero. Estamos ante una nueva fase de los movimientos que se están expandiendo, consolidando, modificando sus propias realidades. Aún no estamos ante un nuevo ciclo de luchas (como los que vivieron Bolivia de 2000 a 2005 y Argentina de 1997 a 2002), pero se registran grandes acciones de los abajos que pueden estar anunciando un ciclo. La movilización de más de 60 mil mujeres en Mar del Plata y la enorme manifestación Ni una menos (300 mil sólo en Buenos Aires contra la violencia machista) hablan tanto de la expansión como de la reconfiguración.


La resistencia a la minería está paralizando o enlenteciendo proyectos de las trasnacionales, sobre todo en la región andina. Perú, que concentra un elevado porcentaje de conflictos ambientales, registró varios levantamientos populares y comunitarios contra las mineras. Por primera vez en años, la inversión minera en América Latina está retrocediendo. En 2014 cayó 16 por ciento y en el primer semestre de 2015 cayó otro 21 por ciento según la Cepal. Las razones que aducen son la caída de los precios internacionales y la porfiada resistencia popular.


Segundo. La caída de los precios de las commodities es un golpe duro a la gobernabilidad progresista, que se había asentado en políticas sociales que fueron posibles, en gran medida, por los excedentes que dejaban los altos precios de las exportaciones. De ese modo se pudo mejorar la situación de los pobres sin tocar la riqueza. Ahora que cambió el ciclo económico sólo se pueden sostener las políticas sociales combatiendo los privilegios, algo que pasa por la movilización popular. Pero la movilización es uno de los mayores temores del progresismo.


Tercero. Si el fin del ciclo progresista es capitalizado por las derechas, no es responsabilidad de los movimientos ni de las luchas populares, sino de un modelo que promovió la inclusión a través del consumo. Un excelente trabajo de la economista brasileña Lena Lavinas sobre la financierización de la política social asegura que la novedad del modelo socialdesarrollista es haber instituido la lógica de la financierización en todo el sistema de protección social ( http://goo.gl/XyrcPF ).


Por medio de la inclusión financiera los gobiernos de Lula y Dilma pudieron potenciar el consuno de masas, vencer la barrera de la heterogeniedad social que frenaba en América Latina la expansión de la sociedad de mercado. Para los sectores populares, supuestos beneficiarios de las políticas sociales, se trata de un retroceso: En lugar de promover la protección contra riesgos e incertidumbres, aumenta la vulnerabilidad.


El consumismo, decía Pasolini hace casi medio siglo, despolitiza, potencia el individualismo y genera conformismo. Es el caldo de cultivo de las derechas. Están consechando lo que sembraron.

 

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