Fuentes: La marea climática [Foto: Manifestación por el clima en Madrid. EDUARDO ROBAINA]

Los movimientos por el clima Fridays For Future y Extinction Rebellion no afrontan su mejor momento fruto de la pandemia y las restricciones sanitarias.

 

El interés por los efectos del calentamiento global ha sido un constante ir y venir. Sin embargo, hace un par de años el cambio climático vivió una auténtica explosión de atención mediática. gracias, principalmente, a los movimientos por el clima como Fridays For Future y Extinction Rebellion. Ahora, con la crisis sanitaria provocada por la COVID-19, que monopoliza las vidas y las conversaciones, el clima vuelve a estar, contra su voluntad, en un segundo plano. A su vez, las restricciones sanitarias hacen que los movimientos, cuyo éxito reside en tomar las calles, se encuentren en un limbo en el que no esperaban encontrarse. Ante esta tesitura, ¿ha llegado, por lo menos en España, el fin de los movimientos juveniles por el clima tal y como los conocemos?

Una fría mañana de invierno en Madrid, el 19 de enero de 2019, un grupo de ocho personas se reunieron para impulsar la rama española de Extinction Rebellion (XR), un movimiento de desobediencia civil que había surgido un año antes en Reino Unido para denunciar la inacción climática del gobierno. Uno de los que asistió a ese primer encuentro, y responsable de redactar la primera ‘Declaración de Rebelión’, es el escritor, activista y psicólogo español Antonio Cutanda Morant, conocido como Grian. Sobre por qué decidió meterse en esta aventura, asegura a Climática que «sabía que había que hacer algo con el tema del cambio climático, y que había que hacerlo ya. La situación es tan grave que no podía pensar en mi propio bienestar».

Desde el 31 de octubre del año pasado, ya no forma parte de la coordinadora estatal de XR. Lo dejó, explica, porque «los grupos no son fáciles de gestionar, y los movimientos sociales, con su horizontalidad, aún menos». Según explica, «un movimiento social, donde entra todo tipo de gente, puede llegar un momento en que te supone un gasto emocional y energético excesivo, y necesites buscar otras líneas de lucha dentro de la organización». Aun así, cuenta que todo ese desgaste no fue lo que le llevó a abandonar, sino que fue el hecho de «ser coherente con lo que había propuesto»: «Al buscar espacios libres de conflicto he conseguido mantenerme en XR y he seguido siendo útil en distintos ámbitos», zanja.

Grian ha visto crecer el movimiento y ha vivido sus acciones más notorias, como las desarrolladas durante la Cumbre del Clima celebrada en Madrid o las del 7 de octubre de 2019. Ese día, cientos de activistas de Extinction Rebellion España y la plataforma 2020 Rebelión -formada por activistas de Ecologistas, Greenpeace, Fridays…- bloquearon durante horas un puente situado sobre el Paseo de la Castellana, en Nuevos Ministerios (Madrid), al mismo tiempo que se formaba una acampada frente al Ministerio para la Transición Ecológica que duró cuatro días. Para el activista, acciones como estas hacen que el movimiento haya «servido de mucho». En este sentido, tiene muy claro que la «perspectiva con respecto al cambio climático tuvo como catalizadores a Fridays for Future y Extinction Rebellion». Y añade: «Aunque no hagamos ya nada más (que vamos a seguir haciendo), ya habríamos cumplido con nuestro papel».

A aquella primera reunión que sirvió de germen para impulsar el movimiento en España, asistió también Nicolás Eliades, quien fue elegido coordinador de comunicación. Como Grian, Elades ya no forma parte de la organización de XR España. Reconoce que los comienzos fueron duros, y dice estar «decepcionado» con el recibimiento que les dieron otras organizaciones y movimientos. No obstante, considera que todos estos dos años han valido la pena, y que volvería a involucrarse, porque han conseguido algunos de los objetivos propuestos, asegura. Se refiere principalmente a la asamblea ciudadana que el Gobierno se comprometió a llevar a cabo en los cien primeros días de mandato, pero que debido a la pandemia no se ha podido hacer aún realidad.

 

«El movimiento debe reinventarse»

 

Los movimientos son organizaciones complejas, así lo ha dejado patente Grian. En una línea similar se expresa Elades: «Un movimiento como XR tiene que lograr sus objetivos rápido, antes de que se empiece a organizar y burocratizar». Y es ahí, en la ‘burocratización’, donde el movimiento nacido en Reino Unido se ha perdido, según el activista. Asegura que desde que esto ocurrió «ha habido poco impacto» y se ha «perdido la diversidad», lo que ha provocado  que el movimiento se haya «ido diluyendo». Además, cree que un problema de raíz del movimiento ha sido la falta de personalismos.

Preguntado por los errores que se han podido cometer, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, Nicolás Elades no duda en señalar «la tendencia hacia las luchas sociales». Según explica, «no tenemos tiempo para resolver el problema palestino. No se ha resuelto en cien años, y no se va a resolver en ocho años, que es el tiempo que nos queda para abordar la crisis climática, según el IPCC. Lo mismo con el racismo. Aunque todos parten de un sistema que hace que el cambio climático sea posible, estamos en el punto en que primero hay que aliviar los síntomas para ir luego de fondo a la cura de la sociedad en sí». Y remata: «El movimiento ha llegado a su límite y debe reinventarse». Un pensamiento similar al destilado por Grian: «El movimiento creció muy rápido, y los árboles que crecen rápido no son milenarios. De modo que creo que no durará mucho. Pero, si cumple sus objetivos, no hace falta que se eternice».

Extinction Rebellion no llegó oficialmente a España hasta comienzos de 2019, pero su primera acción se produjo meses antes. El 11 de noviembre de 2018, un pequeño grupo se concentró frente al Congreso de los Diputados. Entre los presentes estaban gente de la talla de Yayo Herrero, Luis González Reyes y Jorge Riechmann. Este último es uno de los que más activo se ha mantenido, ya que ha participado en varias de sus acciones hasta el punto de ser detenido en una de ellas.

Para Riechmann, la aparición de estos movimientos ha dado un nuevo impulso a un ecologismo «algo estancado, demasiado reducido a organizaciones con más peso orgánico popular». Según el filósofo, estamos en lo que define como ‘Siglo de la Gran Prueba’, «haciendo frente a una situación histórica y del todo excepcional». En este punto, sostiene que lo fundamental no es tanto que una generación se active políticamente en torno a ciertos temas, sino que la vivencia de esta generación enlaza una amenaza ecológica extrema con el bloqueo de sus expectativas vitales.

Desde XR España consideran que, si bien las organizaciones ecologistas «han tenido a lo largo de los años un papel clave en la divulgación de está cuestión y en la búsqueda de alternativas, movimientos como el nuestro o FFF han logrado que permee a muchas más capas de la sociedad, y por fin la población en general ha pasado a considerarla como una de las grandes amenazas». Aun así, reconocen no haber logrado sus objetivos más ambiciosos en todo este tiempo, aunque avisan: «El movimiento tiene recorrido».

 

De Greta a Girona

 

El viernes 18 de enero de 2019, un día antes de la primera reunión de Extinction Rebellion, tuvo lugar la primera huelga por el clima en España. Fue en Girona, frente a la sede de la Generalitat. La inspiración llegó desde Suecia, de la mano de la activista por el clima Greta Thunberg.  Fueron sus discursos más significativos los que motivaron a cinco jóvenes a llevar a cabo una primera concentración. Rápidamente, el movimiento se extendió a Barcelona, Madrid y otros puntos de España. Más tarde nacería, fruto de la iniciativa de tres jóvenes, Juventud por el Clima, que sirve de paraguas para todos los nodos que más tarde fueron surgiendo por el territorio. Frente al personalismo de Greta Thunberg  y Fridays For Future, Juventud por el Clima se caracteriza por no tener un solo nombre que lidere la lucha.

Lucas Barrero, estudiante de Ciencias Ambientales, fue uno de los cinco de Girona. Para él, Fridays tuvo mucha fuerza durante el primer curso escolar, «como si fuese un geiser». Luego, afirma, se ha ido agotando y no se ha sabido «movilizar igual de bien. No hemos conseguido mantener la tensión mediática».

El joven activista apunta a la COP 25 como el punto de inflexión en el cual el movimiento empezó a perder fuerza; aunque asegura que ya antes se vislumbraba un importante bajón, «sobre todo en términos de participación, no así de movilización». 

Las restricciones sanitarias ocasionadas por la crisis de la COVID-19 han sido claves en ese desplome:  «Se han intentado hacer movilizaciones y mantener los grupos, pero las restricciones de movilidad han hecho más difícil la labor». Asimismo, se muestra pesimista en cuanto al rasgo más característicos de identidad de Fridays For Future-Juventud por el Clima: las huelgas estudiantiles de cada viernes. No cree que deban -y vayan- a seguir «porque ya no generan la misma tensión. (…) Tenemos que ser sinceros y ver hasta qué punto somos capaces dentro de España de movilizar gente con el modelo de las huelgas estudiantiles», cuenta. Finalmente, afirma que Juventud por el Clima ha servido para que muchos jóvenes, aunque ya no sigan dentro del movimiento, puedan tejer redes con otros movimientos sociales.

 

Expectativas vs. realidad

 

Llegados a este punto, ¿es acertado decir que los movimientos por el clima juveniles han sido flor de un día? «Ni muchísimo menos», responde Emilio Santiago, reciente ganador de la primera plaza de antropología climática que ha creado el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Este tipo de interpretaciones, cuenta, «son el péndulo lógico de haber esperado demasiado de ellas, lo cual es muy típico de cierta mirada izquierdista». «Algunos piensan que el cambio social es una pleamar que no cesa, pero no: la movilización social funciona con olas que suben y bajan. Y que, además, suelen tener mucha más incidencia como mutaciones del sentido común que como contrapoder alternativo realmente efectivo», asegura Santiago.

Por tanto, teniendo en cuenta lo que expone el doctor en Antropología Social, el problema está en haber puesto sobre movimientos como Extinction y Fridays unas expectativas que no se corresponden con la realidad. «Las explosiones sociales alteran los imaginarios sociales y el sentido común, y de ahí surgen, por un lado, nuevas posibilidades institucionales y, por otro lado, experiencias micro, moleculares, intersticiales, que van abriendo pequeñas brechas, tanto ideológicas como prácticas, en el camino de la guerra cultural». En este sentido, apunta a España como un país muy movilizado puntualmente, pero cuyas movilizaciones dejan poco poso organizativo.

Como ya han apuntado varias fuentes, la pandemia ha contribuido a que los movimientos y la acción climática hayan perdido fuelle. Aquí, Emilio Santiago va más allá y detecta dos problemas derivados de la actual emergencia sanitaria. Por un lado, el confinamiento y las restricciones han cortado de raíz la reunión presencial y, por tanto, «la autoorganización de esas experiencias alternativas que, por pequeñas que sean, son imprescindibles». Por otro lado, asegura que «el clima de receptividad social ha mutado», ya que en estos momentos resulta realmente complicado hacer comunicación o divulgación climática.

En este punto, Santiago presenta dos posibilidades. La primera sería regañar a la población y poner como argumento que el cambio climático es peor, más grave y que mata más que la pandemia. Esta opción, no obstante, la considera «un error político de enorme magnitud». La segunda opción, a su juicio más acertada, es pasar a lo que llama un «estado de hibernación en la militancia climática». Es decir, mantener un perfil más bajo, en el que la crisis climática siga siendo noticia, pero entendiendo que la atención del debate público está puesta en otro problema. Y hace un vaticinio: «El foco climático volverá. Con él volverá a emerger parte de la energía de cambio del 2019, aunque no seguramente en forma de grandes movilizaciones»

Quien también conoce y es capaz de ofrecer un análisis acertado de la situación actual en torno a la acción climática es Gemma Teso, profesora y experta en comunicación del cambio climático. Reconoce la importancia de los movimientos por el clima, porque antes de su aparición «carecían de vías para expresar su preocupación y de fórmulas para canalizar sus reivindicaciones». 

Para ella, los movimientos sociales por el clima aún tienen mucho camino por recorrer, aunque coincide con el resto en el hecho de que se transformarán: «Su influencia irá consolidándose en iniciativas que pueden institucionalizarse de formas diversas, como sucedió con el 15M». En esta línea, afirma que las reivindicaciones sociales se mantendrán en el tiempo porque «los impactos del cambio climático son cada vez más evidentes y severos a la vez que el conocimiento científico es más robusto y los escenarios de futuro son perfilados con gran precisión». 

Aunque pueda parecer que lleven más tiempo, los movimientos por el clima surgieron hace apenas dos años en España. No obstante, a pesar de su corta edad, Fridays For Future y Extintiction Rebellion se enfrentan, como apunta Teso, a una «inevitable» transformación fruto de una sociedad «compleja y cambiante». En definitiva, queda asistir con atención al devenir de estos movimientos, pero un hecho es seguro, y es que las reivindicaciones no cesarán, pues como resalta Gemma Teso, «el derecho a vivir en medio ambiente cuidado y saludable es un derecho fundamental de la ciudadanía».

Por Eduardo Robaina | 24/10/2020

Fuente: https://www.climatica.lamarea.com/estado-movimientos-por-el-clima/

Publicado enMedio Ambiente
Clases subalternas, luchas sociales e insurgencias populares tras las pistas de Gramsci

Alrededores de Sevilla, invierno de 1936: se acercan las elecciones españolas.

Anda un señor recorriendo sus tierras, cuando un andrajoso se le cruza en el camino.

Sin bajarse del caballo, el señor lo llama y le pone en la mano una moneda y una lista electoral.

El hombre deja caer las dos, la moneda y la lista, y dándole la espalda dice:

‒En mi hambre, mando yo.

Eduardo Galeano, Peligro en el camino.

 

Al leer los Cuadernos de la Cárcel, resulta casi imposible no dejarse instigar por la forma como Gramsci valoriza los impulsos de rebelión y los “trazos de iniciativa autónoma” de los de abajo. Con su lupa de historiador integral parece buscar los movimientos de los subalternos en los márgenes de la historia, pero para romper su cerco: como movimientos populares de masas que puedan asumir el desafío de la construcción de la hegemonía. Gramsci nos dejó un conjunto de criterios metodológicos, pero también innumerables pasajes de interpretación de la actuación de las masas trabajadoras y campesinas de Italia, donde observamos estos instrumentos en pleno funcionamiento. No siempre con una delimitación teórica unívoca; por momentos, más próximo de un trabajador manual que busca los instrumentos para “abrir” la realidad, pero con la certeza de quien busca las fuerzas subjetivas de los procesos históricos. Tuvo siempre como referencia irrefutable el protagonismo de las masas trabajadoras, de cuya trinchera organizativa formó parte como dirigente.

¿Por qué reivindicar esta interpretación para reconstruir a los movimientos de las clases subalternas en los días actuales? La categoría de subalternidad –presente en los conceptos de clases y grupos subalternos– nos es tan necesaria porque posee una amplitud y una suerte de movilidad (interna) que nos permite identificar, valorizar, descifrar y comprender momentos diferenciados de la actuación de estos grupos, en el contexto de la lucha hegemónica. Al repasar la historia de los grupos subalternos, Gramsci no constata de forma inamovible la dominación, ni celebra identidades coaguladas, pues la subalternidad es un estado a ser superado. Pero Gramsci también se pregunta por los sujetos del antagonismo de clases desde la pedagogía de la pregunta (Ouviña, 2012): “¿por qué perdimos? La pregunta va a retumbar en el silencio del encierro de la prisión fascista y será el motor de su ansia por conocer el mundo de los subalternos en clave de su posible expresión antagónica. De ahí la importancia de la perspectiva de la subalternidad para descifrar la diversidad de los grupos subalternos, pero también para pensar los momentos de derrota y los contextos de reflujo de los movimientos, para reabrir la confrontación hegemónica en los tiempos futuros (Modonesi, 2010)

Para reconstruir el movimiento de las clases subalternas

Proponemos reconstruir la categoría de subalternidad, privilegiando su abordaje como fenómeno de clase, relacionada con procesos colectivos y sociales (Liguori, 2011 y 2015). Por lo tanto, no es sinónimo de grupos oprimidos, dominados o identidades diversas. Su vida fragmentada es expresión de la situación de explotación y opresión en que se encuentran: no se trata de una condición a ser preservada o afirmada, sino superada hegemónicamente (Durante, en Del Roio, 2017 y 2018).

¿Quiénes son las clases y grupos subalternos?Al leer las fragmentarias notas sobre los grupos subalternos en los Cuadernos de la Cárcel, parecería que Gramsci está ensayando un concepto de clase que tiene que ser lo suficientemente amplio como para dar cuenta de la diversidad, pero también útil para captar impulsos de rebeldía diferenciados en las masas trabajadoras y campesinas.

En los análisis de Liguori (ibidem) se destacan dos acepciones: a) como un concepto que nos permite pensar en segmentos de clase diferenciados que aún no son hegemónicos (desde segmentos de clase fundamentales, como el proletariado industrial, hasta segmentos de clase marginales y periféricos); b) como un término dialécticamente relacionado pero opuesto al de “dominante”: clases subalternas en oposición directa al concepto de clase dominante.

Gramsci observa, simultáneamente, con el mismo instrumento conceptual, una diversidad de relaciones de clase: desde los campesinos y trabajadores agrícolas –olvidados por la ausencia de una reforma agraria durante el Rissorgimento, sometidos a diversos sistemas de explotación de la tierra (Boothman, en Del Roio, 2017)– hasta los trabajadores del corazón industrial de Turín. Pero también está interesado en descifrar los procesos de subordinación, al delimitar el término en un campo opuesto (pero dialécticamente relacionado) al de los grupos “dominantes”. Lo interesante es que estos procesos de subordinación suceden dentro y más allá del ámbito de la producción, abarcando grupos sociales subalternos –camadas sociales que no siempre pueden ser definidas como segmentos de clase propiamente dichos– que tienden a sufrir la iniciativa de la hegemonía burguesa. Sin embargo, es en las brechas de la subordinación que surgen los impulsos de rebeldía y los elementos de antagonismo social de este heterogéneo mundo popular –pues se trata de segmentos con diversa capacidad organizativa y de conciencia. Modonesi (2010: 37) identifica en Gramsci un esfuerzo de conceptualizar la experiencia de la subordinación, con todas sus contradicciones: “El concepto de subalterno permite centrar la atención en los aspectos subjetivos de la subordinación en un contexto de hegemonía: la experiencia subalterna, es decir, en la incorporación y aceptación relativa de la relación de mando-obediencia y, al mismo tiempo, su contraparte de resistencia y de negociación permanente”.

Con un mismo concepto, Gramsci refleja la preocupación de mostrar un conjunto diverso de segmentos de la clase que tienen en común el hecho de no ser hegemónicos y, al mismo tiempo, los procesos de subordinación que los silencian, produciendo inclusive impulsos de rebeldía de radicalidad diferenciada. Tal como alerta Liguori (2015), con el par hegemónicos/subalternos, Gramsci nos ofrece categorías más amplias que entrelazan mejor la posición social y la subjetividad, el elemento estructural y el elemento cultural e ideológico. Es una perspectiva que nos permite abordar a los explotados y oprimidos en un sentido amplio, pues los antagonismos de clase son iluminados por nuevas determinaciones, más allá de los conflictos del mundo del trabajo: “Gramsci fue más allá de las clases fundamentales del capitalismo y descubrió, en el silencio de la historia de las camadas subalternas, las dimensiones culturales que no podían incorporarse simplemente al concepto de proletariado europeo, blanco y masculino. Gramsci no abandonó la centralidad de la clase trabajadora definida por la inserción en las relaciones de producción capitalista. La subalternidad era una dimensión acrecentada, que permitía cruzar las diferentes formas de sujeción de trabajadoras y trabajadores en un sentido amplio” (Secco, en Del Roio, 2017: 16).

¿Cómo se mueven las clases subalternas?

Queriendo descifrar las particularidades de la lucha de clases en Italia, Gramsci se sumerge en la acción caótica y episódica de los grupos subalternos –aún “no dominantes”, “no hegemónicos”. Lejos de designar atributos fijos, intenta pensar en su dinámica de movimiento: ¿cómo se rebelan? ¿será que pueden tornarse fuerzas antagónicas al capital? ¿Cómo superan el estado de subalternidad? Así, pasa a esbozar características y criterios metodológicos que aparecen, a veces enunciados, a veces en pleno funcionamiento en su análisis de las masas populares. En sus palabras:

“La historia de los grupos sociales subalternos es necesariamente desagregada y episódica. Es indudable que, en la actividad histórica de estos grupos, existe una tendencia a la unificación, aunque en términos provisorios, pero esta tendencia es continuamente destruida por la iniciativa de los grupos dominantes […]. Los grupos subalternos sufren siempre la iniciativa de los grupos dominantes, incluso cuando se rebelan e insurgen: sólo la victoria ‘permanente’ rompe, y no inmediatamente, la subordinación. En realidad, incluso cuando parecen victoriosos, los grupos subalternos están en estado de defensa, bajo alerta […]. Por eso, todo trazo de iniciativa autónoma por parte de los grupos subalternos debe ser de valor inestimable para el historiador integral” (Gramsci, 2002: 135).

Más allá de esta primera caracterización, es interesante observar el esfuerzo gramsciano por valorizar los “trazos de iniciativa autónoma”, ya sea como expresiones más espontáneas (especialmente en sus segmentos marginales y periféricos), o como insurgencias con potencialidades de unificación y construcción de otra hegemonía. En una cuidadosa búsqueda de los impulsos de autonomía presentes en el mundo popular, en su variada radicalidad, Gramsci señala: “Hay, por lo tanto, una ‘multiplicidad’ de elementos de ‘dirección consciente’ en estos movimientos, pero ninguno de ellos es predominante o supera el nivel […] del sentido común” (2000b: 194). Y al volver a la experiencia del movimiento turinense afirma: “Este elemento de ‘espontaneidad’ no fue descuidado, mucho menos despreciado: fue educado, orientado, […] para tornarlo homogéneo en relación con la teoría moderna, pero de una manera viva, históricamente eficiente” (ibidem, 196). Aquí, las clases subalternas fundamentales (a través de su instrumento político) tendrían la función de dar una dirección consciente a los movimientos espontáneos, para romper con la subalternidad y evitar posibles escenarios de reacción.

Pero hay más. Con su lupa, Gramsci busca momentos de antagonismo y potenciales impulsos de rebelión en las más variadas expresiones culturales de las masas, valorando áreas de subjetivación cuya politicidad no solía ser reconocida (Modonesi, 2010). No por casualidad afirmará que toda relación de hegemonía es una relación pedagógica. Al sumergirse en la ideología de las clases subalternas, en las formas contradictorias como construyen su identidad de clase, se preguntará por el “núcleo saludable del sentido común”; por el significado de la cultura popular y el folclore; de la religiosidad; del lenguaje; de los “elementos de la psicología popular”; sobre “las aspiraciones más elementales y profundas de los grupos subalternos” (2002: 143). Si las masas “sienten” y “razonan con la experiencia” (Dias, en Del Roio, 2017: 73), es al sumergirse en ellas que el historiador integral puede entender y extraer pistas para la construcción de nuevas relaciones hegemónicas: no para celebrarlas en su expresión desagregada, sino para elevarlas, promoviendo su progreso a través de una reforma intelectual y moral que deshaga el dominio ideológico de la burguesía. He aquí su invitación:

“El elemento popular ‘siente’, pero no siempre entiende o sabe; el elemento intelectual ‘sabe’, pero no siempre entiende y, menos aún, ‘siente’. […] El error del intelectual consiste en creer que se puede saber sin comprender y, principalmente, sin sentir y estar apasionado (no sólo por el conocimiento mismo, sino también por el objeto del conocimiento), es decir, en creer que el intelectual puede ser un intelectual (y no un mero pedante), incluso cuando se distingue y se diferencia del pueblo-nación, es decir, sin sentir las pasiones elementales del pueblo, comprendiéndolas y, por lo tanto, explicándolas y justificándolos en determinada situación histórica, así como relacionándolas dialécticamente con las leyes de la historia” (1999: 221).

Como buen intelectual orgánico de las clases subalternas, entiende, a la luz de la experiencia histórica, que la creación de una cultura antagónica (y subjetividad) – la “conquista colectiva del mismo clima cultural” (ídem, p. 399) – es un momento central en la lucha anticapitalista: “Crear una nueva cultura no significa sólo hacer descubrimientos ‘originales’ individuales; significa también, y sobre todo, difundir críticamente las verdades ya descubiertas, ‘socializarlas’ […] transformarlas en la base de acciones vitales, en elemento de coordinación y de orden intelectual y moral” (ibidem: 96).

Gramsci nos ofrece también criterios metodológicos que funcionan como una lente para cualificar las fases a través de las cuales los grupos subordinados podrían adquirir autonomía; una suerte de guía para leer su existencia objetiva; sus diferenciaciones internas; su representación política; sus niveles de politización y organización. Para identificar este “grado de conciencia histórico-político al que estas fuerzas innovadoras han llegado progresivamente”, se necesitan dos parámetros: a) investigar e identificar las fases a través de las cuales se adquiere autonomía en relación a los enemigos (“separación”); b) adhesión de los grupos que las ayudaron de forma activa y pasiva, es decir, la capacidad de “unificar en torno de sí al pueblo” (Gramsci, 2002: 141).

De esta forma, al analizar el significado de la actuación de las clases subalternas, Gramsci identifica diferentes momentos de extrema utilidad para entender las luchas sociales:

  • Valoriza los núcleos de contestación a partir del llamado “espíritu de cisión”: las pequeñas “chispas” del descontento popular, las rebeliones y las insurgencias, dando visibilidad a reivindicaciones concretas, pero buscando elevar los núcleos de dirección consciente, presentes en las manifestaciones más espontáneas;
  • Señala la necesidad de su expresión antagónica: por lo tanto, su capacidad de “separación” de los grupos dominantes;
  • Busca entender su capacidad de unificación “en torno de si” (formando movimientos de masas), es decir, su capacidad de dirección hegemónica en relación con otros grupos: “entre los grupos subordinados, uno ejercerá o tenderá a ejercer una cierta hegemonía a través de un partido” (ibidem, 140).

Este proceso aparece retratado en un pasaje clásico: “¿Qué se puede contraponer, por parte de una clase innovadora, a este formidable complejo de trincheras y fortificaciones de la clase dominante? El espíritu de cisión, es decir, la conquista progresiva de la conciencia de la propia personalidad histórica, espíritu de cisión que debe tender a expandirse de la clase protagonista a las clases aún potenciales: todo esto requiere un trabajo ideológico complejo” (Gramsci, 2000a, 79).

Esta misma preocupación vuelve a aparecer al analizar diferentes momentos en la “relación de fuerzas” políticas, proponiendo considerar el grado dehomogeneidad, autoconciencia y organización alcanzado por los diversos grupos sociales. De esta forma, nos ofrece un parámetro para comprender los diversos momentos de la conciencia política colectiva de los grupos subalternos: el primer momento económico-corporativo, donde “se siente la unidad homogénea del grupo profesional y el deber de organizarlo, pero aún no la unidad del grupo social más amplio” (Gramsci, 2000b: 41); un segundo momento “en el que se alcanza la conciencia de solidaridad de intereses entre todos los miembros del grupo social, pero todavía en el ámbito puramente económico” (ibidem) (la cuestión del Estado ya aparece, pero en los marcos existentes, en el ámbito de lograr una igualdad jurídica y política con los grupos dominantes); un tercer momento en el que se entiende que los propios intereses corporativos pueden y deben convertirse en intereses de otros grupos subordinados: la fase más estrictamente política y universal.

Por último, algunas observaciones que se relacionan con la tradición política y teórica de la que Gramsci formaba parte. Aun extremamente actuales, aunque en condiciones históricas radicalmente diferentes: la subalternidad es un estado a superar, teniendo como premisa la necesaria unificación de las clases subalternas a través de un instrumento político que teja esta universalidad y las prepare para la lucha por la hegemonía, para la conformación de un nuevo Estado (y su posterior extinción). Vamos a desagregar esta afirmación en todos sus significados:

La subalternidad es un estado a superar, requiriendo instrumentos y momentos de unificación de los grupos subalternos desde una perspectiva de clase. No parece haber en Gramsci lecturas que propongan una uniformidad de los sujetos diversificados que los componen, pero queda claro que su autonomía sólo puede ejercerse en la unidad, para neutralizar tendencias apaciguadoras que buscan su abolición y esterilización (Secco, en Del Roio, 2017); para disolver los mecanismos de subordinación que los mantienen fragmentados y desarman las luchas por la hegemonía. Las clases subalternas se rebelan, pero esto no es suficiente, de ahí la necesidad de los elementos de dirección consciente proporcionados por la experiencia del partido político de clase. Este instrumento jamás podría ser una “dirección arbitraria” o una estructura separada, sino que debería surgir de una relación dialéctica con las masas (una suerte de dialéctica partido-movimientos) (Liguori, 2015). Como proceso educativo, la vida colectiva y la autoorganización de la clase alimentarían el movimiento del partido, consolidando un instrumento que se estructuraría a partir de las luchas sociales de las masas trabajadoras. Dirigente y educador de las masas, pero originado y educado por las masas de las que es un producto. Funcionaría como un instrumento capaz de canalizar la rebeldía de los subalternos, tejiendo impulsos de enfrentamiento del orden, promoviendo una reforma intelectual y moral que niegue la subalternidad, uniendo y liderando una alianza de clases y grupos sociales (Green, 2016; Schlesener, en Del Roio, 2017; Del Roio, 2018).

Los impulsos de rebeldía presentes en las clases subalternas deben ser comprendidos en el contexto de las luchas por la hegemonía. Protagonizan insurgencias y rebeliones, pero deben organizarse; tornarse orgánicas; prepararlas en su disposición para la lucha (superando el espontaneísmo); consolidándose como movimientos de masas. Esto significa que la lucha pulsa, pero no en un plano meramente corporativo, sino a un nivel político-universal – requiriendo cualidades excepcionales de paciencia y espíritu inventivo. Cualidades a ser ejercitadas en las fortalezas y casamatas que custodian la hegemonía burguesa a través de la guerra de posición. Es una lucha que requiere la progresiva elevación intelectual de las masas y la organización de los grupos subalternos en cuanto clase; de ahí el papel pedagógico desarrollado por los movimientos, los partidos y otros instrumentos organizativos. Entre los impulsos de rebeldía y las luchas por la hegemonía, hay un largo camino por recorrer que debe abrirse en clave de la “correlación de las fuerzas políticas”, de la que hablamos páginas atrás.

Para salir de los márgenes de la historia, las clases subalternas deben tornarse Estado. Dijimos que clases subalternas es un concepto opuesto al de clase dominante, estando su condición ligada a “una función desagregada de la sociedad civil”, al hecho de no ser Estado. De allí que superarla implica el desafío de tornarse Estado, elaborando una propuesta de reorganización de toda la estructura nacional y provocando rupturas en su esencia de clase: afirmando la “autonomía integral”, aglutinando y unificando en torno de sí a las diversas fuerzas populares, poniendo “las grandes masas populares en contacto con el Estado” (Gramsci, 2002: 93).

Nuevas determinaciones para descifrar las luchas del tiempo presente

La riqueza de la categoría de subalternidad también deriva de su capacidad de iluminar un análisis más amplio de las clases y de la propia lucha de clases, permitiendo una apertura categorial que permite ensanchar y pluralizar estas concepciones (Liguori, 2011 y 2015; Semeraro et al., 2013; Del Roio, 2017 y 2018; Secco, en Del Roio, 2017). Inclusive afirmando que “la hegemonía nace de la fábrica”, podemos pensar que hay en Gramsci pistas para entender el movimiento de las clases subalternas, más allá del ámbito de la producción, dando visibilidad a los procesos de subordinación que operan en la disputa por la hegemonía. Gramsci nos permite ampliar la noción de clase porque los subalternos están más allá del espacio de la dominación de la fábrica, de ahí que en el contexto estructural de la explotación capitalista (y la subordinación económica) podamos entender otras formas de sujeción que afectan a diversos grupos sociales explotados y oprimidos (Secco, en Del Roio, 2017).

Vale la pena un pequeño paréntesis. No hay dudas acerca de la necesidad de trabajar con una noción de clase que exprese su diversidad actual, relacionada con diferentes formas de explotación del trabajo, pero que forman parte del mismo circuito de producción del valor. Desde una perspectiva de totalidad, supone también dar visibilidad a los circuitos de explotación y expropiación que producen diversos antagonismos sociales. Gramsci nos permite añadir otro elemento, en la medida en que al problematizar la subalternidad nos remite a los efectos de la subordinación al capital más allá de la esfera de la producción, y, por lo tanto, afectando también a grupos sociales expropiados y oprimidos más allá de su condición de trabajadores.

Por ello, sería un error entender conflictos, luchas y movimientos sociales que no derivan directamente del mundo de la producción de forma desvinculada de la dinámica de la sociedad de clases, o considerar tan sólo dimensiones culturales de la opresión y de la identidad de los subalternos, sin reconstruirlos dentro de los antagonismos de clase. Pero también sería un equívoco pensar que las luchas de los subalternos podrían tener un lugar secundario en relación con la lucha de clases, como si sus reivindicaciones pudieran ser verdaderamente resueltas sin antagonismo con el capital. Por ejemplo, las luchas de las mujeres contra el patriarcado no deben entenderse como externas o secundarias en relación con las luchas de clase: si las luchas feministas ponen al descubierto el hecho de que la explotación del trabajo reproductivo es un momento central para el capital, éstas producen una conciencia teórica que resulta importante no sólo para las mujeres, sino también para los procesos de construcción de una reforma intelectual y moral. Los procesos de construcción de la subalternidad de las mujeres en la sociedad capitalista patriarcal son inseparables de las necesidades de la acumulación; por lo tanto, sus luchas no podrían abandonar el estado de subalternidad sin causar rupturas en los antagonismos de clase. Es una apuesta por entender a los movimientos feministas en el campo de las relaciones de hegemonía (Durante, en Del Roio, 2017).

Encontramos en Gramsci pistas que nos permiten entender momentos y sujetos diferentes del antagonismo de clases, que forman parte de una misma totalidad – aunque no siempre aparezcan de manera articulada en la conciencia y en la práctica histórica de los subalternos. A pesar de la interdependencia dialéctica (como en las interpretaciones de Clovis Moura) entre los procesos de colonización de América Latina y la acumulación primitiva que empujó el ascenso del modo de producción capitalista, es difícil encontrar análisis que reconstruyan la simultaneidad dialéctica de diversos sujetos que fueron capaces de desnudar y enfrentar diferentes expresiones de los antagonismos de clase, ya sea en la periferia, o en el corazón del capitalismo central: geográficamente distantes; con formas políticas y sujetos diferentes, pero partes simultáneas de la misma totalidad de la explotación capitalista. José Carlos Mariátegui fue otro intelectual que reflexionó en esta misma dirección, relacionando la subalternidad indígena con el problema de la tierra (y la particularidad de las relaciones de clase en Perú), utilizando una noción ampliada de clase. Es por esta razón que la noción de clases y grupos subalternos puede ser útil para comprender sujetos colectivos, característicos de la periferia capitalista, presentando importantes confluencias con movimientos e insurgencias populares históricas o contemporáneas, como sugieren los análisis de Liguori (2015) o Semeraro (2013).

¿Como salir de los márgenes de la historia? Algunas conclusiones provisorias

La categoría de subalternidad es extremadamente útil para descifrar el universo de las insurgencias populares en su capacidad para alimentar la construcción de procesos de hegemonía. Es una perspectiva teórico-metodológica y política fundamental para aquellos que quieren entender expresiones de rebeldía inmediata; la organización de movimientos populares; reflexionar sobre el significado de los procesos de autoeducación y elevación intelectual de las masas. Pero también nos advierte sobre los riesgos de su esencialización, como si su capacidad disruptiva fuera automática en relación con conflictos y antagonismos (Modonesi, 2010).

Gramsci nos inspira a pensar que el trabajo manual del historiador integral es el de reconstruir estas subjetividades colectivas a la luz de las luchas, pero inmersas en la experiencia contradictoria de la dominación, en los laberintos de las relaciones entre rebeldía y obediencia. Es apostar por el conocimiento de las clases subalternas, partiendo de sus impulsos de rebeldía inmediata, indagando su potencial capacidad político-organizativa; la capilaridad de sus luchas en los territorios y periferias; identificando la “conciencia teórica” presente en sus actividades; su potencialidad para la realización de la “gran política” (Semeraro, 2013).

Afirmamos también que esta categoría nos proporciona una cierta movilidad para capturar diferentes momentos en el proceso de tornarse clase de los grupos subalternos. Es lo suficientemente amplia como para permitirnos valorar desde tímidos trazos de iniciativa autónoma hasta momentos de rebelión e insurrección; porque ilumina la necesidad de la expresión antagónica de los subalternos (sin despreciar los elementos espontáneos, sino educándolos, orientándolos); porque señala el desafío de la construcción de movimientos de masas, pero en la perspectiva de la unificación del conjunto de las clases subalternas; porque no celebra impulsos coagulados de autonomía, sino que muestra que para salir de los márgenes de la historia es necesario romper con la subordinación y asumir el desafío de la disputa por la hegemonía; pero muestra que esta tarea de unificación se hace a muchas manos, distante de cualquier construcción política de minorías. Al proponer un balance del movimiento de Turín, nuestro intelectual afirmaba: “Esta unidad de ‘espontaneidad’ y ‘dirección consciente’ […] es exactamente la verdadera acción política de las clases subalternas como política de masas y no simples aventuras de grupos que invocan a las masas” (2000b: 196).

Las luchas, los movimientos populares y los procesos organizativos de los y las de abajo son fundamentales para la unificación de las clases subalternas, para su constitución como clase, para la realización de la reforma intelectual y moral para una nueva hegemonía. Podemos extraer de Gramsci preguntas que nos guían: preocupaciones, claves analíticas e hipótesis de trabajo para indagar al mundo de los subalternos, desde la perspectiva de su expresión antagónica. Una apuesta por ubicarlos en el tablero de la guerra de posición. ¿Cuáles son los instrumentos organizativos capaces de cumplir este papel pedagógico? ¿Cómo reconstruir el espíritu de escisión? ¿A partir de qué referencias culturales y organizativas es posible reconstruir la identidad de clase? ¿Qué organismos populares son capaces de arrancar influencias regresivas que operan en la sociabilidad contemporánea de las masas y promover su elevación cultural? ¿Cómo disolver el consenso y la movilización en torno a valores retrógrados que proliferan en tiempos de reacción? ¿Quién organiza a los subalternos? ¿Cómo se organiza el conformismo social? ¿En qué consiste el aparato cultural de la hegemonía burguesa que opera cimentando la subalternidad?

Es importante volver a poner la lupa sobre los elementos de la cultura popular, en las expresiones de rebeldía espontánea, en los organismos de autorganización y en los posibles momentos de unificación. Sumergirnos en el universo de las insurgencias populares para rescatar y valorar el espíritu de escisión, para iluminar los momentos en que los grupos subalternos puedan finalmente afirmar: “¡en mi hambre, mando yo!”.

Katia Marro es docente de la Carrera de Servicio Social de la Universidad Federal Fluminense (Rio das Ostras, Brasil).

Por Katia Marro

22 octubre 2020

 

Referencias

Coutiño, Carlos Nelson (1999) Gramsci. Um estudo sobre seu pensamento político. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira.

__________ & Teixeira, Andreia (Org.) (2003) Ler Gramsci, entender a realidade. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira.

Del Roio, Marcos (Org.) (2017) Gramsci: periferia e subalternidade. São Paulo, Edusp.

__________ (2018) Gramsci e a emancipação do subalterno. Editora UNESP.

Gramsci, Antônio (1999) Cadernos do Cárcere. Volume 1. Introdução ao estudo da filosofia. A filosofia de Benedetto Croce. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira, 1999.

__________ (2000a) Cadernos do Cárcere. Volume 2. Os intelectuais. O princípio educativo. Jornalismo. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira.

___________(2000b) Cadernos do Cárcere. Volume 3. Maquiavel. Notas sobre o Estado e a política. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira.

___________(2002) Cadernos do Cárcere. Volume 5. O Risorgimento. Notas sobre a história da Itália. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira.

Green, Marcus (2016) “Gramsci e as lutas subalternas hoje: espontaneidade e organização política”, Revista Outubro. Revista do Instituto de Estudos socialistas, nº 25, p. 53-81, março de 2016. Disponible en http://outubrorevista.com.br/wp-content/uploads/2016/03/3_Green-traducao.pdf (consultado el 25 de junio de 2020).

Liguori, Guido (2011) “Tre accezioni di “subalterno” in Gramsci”, Revista Critica marxista, Roma, Dedalo, 6, p 33-41, 2011. Disponible en https://criticamarxistaonline.files.wordpress.com /2013/06/6_2011liguori.pdf (consultado el 20/02/20).

__________(2015) “Classi subalterne” marginali e “classi subalterne” fondamentali in Gramsci”, Revista Critica Marxista. Roma, Dedalo, 4, p. 41-48, 2015. Disponible en http://igsarchive.org/article/classi-subalterne-marginali-e-classi-subalterne-fondamentali-in-gramsci/ (consultado el 10/02/20).

Mattos, Marcelo Badaró (2019) A classe trabalhadora, de Marx ao nosso tempo. São Paulo: Boitempo.

Modonesi, Massimo (2010) Subalternidad, antagonismo y autonomía: marxismos y subjetivación politica. Buenos Aires: Clacso/Prometeo.

Semeraro, Giovanni et al (2013) Gramsci e os movimentos populares. Niterói, Editora da UFF.

Simionatto, Ivete (2009) “Classes subalternas, luta de classe e hegemonia: uma abordagem gramsciana”, Revista Katalysis. Universidade Federal de Santa Catarina, Florianópolis,12, vol. 1, p. 41-49.

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Franco Berardi ‘Bifo’: “Tenemos que entrar en sintonía con el caos”

El filósofo italiano Franco Berardi Bifo presentó su libro El umbral. Crónicas y meditaciones, donde comparte su diario durante la pandemia y analiza la situación geopolítica que cristalizó el coronavirus.

 

Bifo dice que el comienzo de la pandemia le produjo una soledad eufórica: “Se desató un tiempo tan terrible como útil. Escribir sobre mi experiencia personal ha sido una manera casi involuntaria de analizar muchos acontecimientos que pasan en el psiquismo global”. Sobre la portada del libro El umbral. Crónicas y meditaciones (Tinta Limón, 2020), donde destaca una ilustración de su autoría, cuenta que es resultado de momentos donde está “un poco nervioso” y necesita conectarse con “una esfera menos racional”. Referente del movimiento de la autonomía obrera italiana y fundador de importantes experiencias de comunicación alternativa, Bifo se transformó en una de las voces más influyentes para leer la coyuntura internacional.

¿Qué significa que el coronavirus pasó de ser un biovirus a un infovirus y por qué eso nos coloca como humanidad ante un umbral?


Tengo que anticipar el discurso a un período anterior a la explosión de la pandemia. Al final del año 2019, durante la explosión de revueltas en todo el mundo. De Hong Kong a Quito, La Paz, Santiago de Chile, Barcelona, París, Beirut. En el otoño de 2019 me pareció que se estaba verificando algo de nuevo muy espasmódico. Me pareció que estábamos ante una confusión del cuerpo global. Como si el cuerpo de las nuevas generaciones, especialmente de la generación precarizada, hubiese nacido en el interior de la aceleración telemática.

Esta generación estaba produciendo un rechazo muy violento, muy corpóreo a la sofocación. Esa sofocación es el punto de partida de todo esto. La imposibilidad de respirar que el movimiento negro expresa con las palabras “I can’t breathe”. Es el símbolo y el síntoma al mismo tiempo del efecto que 40 años de dictadura neoliberal ha producido sobre el cuerpo y el cerebro, entendido de una manera neurofisiológica casi. Es esta corporeidad conectiva la que explota sin proyecto, sin estrategia. Desde mi perspectiva, el centro de la revuelta de otoño de 2019 es Chile. Porque en Chile todo empezó. En Chile todo puede terminar. La dictadura fascista y neoliberal.

Pero la explosión fue como un estallido de locura, una convulsión. Y la convulsión anticipaba el colapso que llegó en febrero con la pandemia. En este momento es el caos lo que tenemos que interpretar. No podemos interponer fórmulas políticas del pasado. Tenemos que entrar en sintonía con el caos. Cuando se verifica una situación de caos es inútil y peligroso pensar que tenemos que hacer la guerra contra el caos. El caos se alimenta de la guerra.

Es la primera vez que se puede usar la palabra extinción en un sentido político y no biológico. Porque la extinción se ha vuelto muy probable. Lo que tenemos que hacer es captar un nuevo ritmo, a nivel sensible, a nivel de formas de vida. Es un proceso que puede ser muy largo y muy doloroso. Yo creo que la pandemia obliga a la sociedad global a buscar un ritmo sintónico con la situación caótica que 40 años de locura neoliberal han producido. Estamos en el umbral. El pasaje de la oscuridad a la luz y de la luz a la oscuridad.

¿Y qué evidenció el virus?


Cada vez más la fuerza dominante ha sido la abstracción tecnofinanciera que ha impuesto sus reglas y que ha destrozado unos estructuras de la vida social. Pero durante la pandemia nos damos cuenta de que el problema no es el dinero. Lo importante son cosas muy concretas como las estructuras sanitarias, las mascarillas, la comida. Lo que necesitamos básicamente se impone como lo que está al centro de la atención.

Entonces, la frugalidad es la palabra que mejor expresa esta vuelta a lo concreto. Frugalidad no significa pobreza significa una relación buena, feliz, entre lo que necesitamos y lo que podemos tener. Pero hay un punto que vamos a ver claramente en el futuro: solo una redistribución de la riqueza, de los recursos a nivel planetario y local podrá permitir una salida de la crisis espantosa que se está desarrollando en el mundo. Redistribución de la riqueza, frugalidad, igualdad.

Lejos de esta posibilidad, las crecientes expresiones de derecha en el mundo han negado la pandemia y pujan desde el comienzo por volver a “encender la máquina”. Lo vemos en Brasil y en Estados Unidos, donde cada vez más se habla de un proceso de guerra civil.


El fenómeno Bolsonaro es tan extremo en su vulgaridad que me hace pensar en una especie de Berlusconi en una fase de senilidad extrema. Creo que la senilidad y la impotencia son claves muy importantes para entender la ola de violencia machista y racista. En cuanto a Estados Unidos, la guerra civil se está desarrollando. Es un potencial que no se desarrolla en las calles, se desarrolla en las grandes instituciones del imperialismo estadounidense. Pero existe también una guerra racial y social que ha explotado en los últimos cuatro meses y no parará con las elecciones. Es una crisis psíquica.

Un dato esencial es la subida ininterrumpida del consumo de drogas oficiales que lleva a una intoxicación masiva, sobre todo de la población blanca senilizante. En junio se vendieron tres millones de armas de fuego, que fue una de las mercancías más vendidas durante la pandemia: hay 300 millones de armas de fuego bajo los colchones. La insurrección del movimiento norteamericano después del asesinato de George Floyd se explica en términos de reactivación psíquica del organismo pensante de la organización colectiva. Un intento subconsciente por evitar una depresión suicida en el largo plazo.

¿Cómo vivir ante la posibilidad de la extinción en el horizonte?


El problema es que el colapso no puede ser superado al interior del paradigma neoliberal. La cuestión principal que yo me pongo es la siguiente: ¿se puede imaginar vida feliz en el horizonte de la extinción? La respuesta es sí. Es la única manera para escapar de la extinción. Seguir imaginando ternura, imaginando erotismo, imaginando aventura. 

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Minga indígena, negra y campesina en Colombia: romper el cerco, tejiendo con las iguales

Más de 8.000 indígenas, campesinos y afrodescendientes llegan a Bogotá para denunciar las masacres que se están produciendo en toda Colombia con la complicidad del Gobierno de Iván Duque.

 

“Guardia, guardia. Fuerza, fuerza”, corean miles de jóvenes levantando sus chontas (bastones de madera), mostrando la decisión de los pueblos originarios, negros y campesinos de defender la vida y el territorio, durante la Minga que ha llegado el domingo 18 de octubre por la noche a Bogotá. Son 8.000 voluntades que recorrieron 450 kilómetros desde Cali, en el sur del país, hasta la capital, movilizando 500 vehículos, muchísimas chivas (autobuses abiertos de las regiones rurales) y caminando en forma ordenada, flanqueados por la Guardia Indígena.

Es la única movilización organizada con objetivos precisos, capaz de poner en movimiento a la sociedad colombiana. Prueba de ello es que todos los medios, aún los más derechistas, están cubriendo la Minga, y que la ultraderecha del Centro Democrático, el uribismo —partidarios del ex presidente Álvaro Uribe—, interpuso una denuncia porque, dicen, “la movilización está violando los protocolos de bioseguridad y poniendo en riesgo a la ciudadanía”.

Lo cierto es que la llegada de miles de indígenas, afros y campesinos a Bogotá movilizó a buena parte de la capital, donde fue recibida por los jóvenes que ganaron las calles en noviembre pasado, durante el paro nacional, y las ocuparon nuevamente el 9 y 10 de setiembre en respuesta al asesinato de un abogado por la policía. Las chivas multicolores circulaban rebosantes al son de pitos y tambores.

La alcaldía de Bogotá, de centro-izquierda y opuesta al uribismo, encabezada por Claudia López, acondicionó el Palacio de los Deportes para que miles de marchistas pudieran alojarse en condiciones, algo que negaron alcaldes de la derecha por donde paso la Minga. En tanto, el presidente Iván Duque mantiene su negativa a dialogar directamente.

¿Buscar al presidente o a los pueblos?

El nombre completo de la movilización es “Minga Social y Comunitaria por la Defensa de la Vida, el Territorio, la Democracia y la Paz”, y se desarrolla cada vez que los pueblos se sienten profundamente agredidos. Hubo muchas mingas desde la Constitución de 1991 que incorporó los derechos colectivos de los pueblos indígenas y afrodescendientes. Porque a pesar del reconocimiento de sus territorios y de un enfoque diferencial en términos de salud, de educación o de justicia propias, los pueblos originarios necesitan garantías, precisan de cierto nivel de equilibrio y armonía territorial para poder desarrollar esos derechos.

Estas grandes marchas salen casi siempre del suroccidente del país, sobre todo de los 84 resguardos de los ocho pueblos indígenas del departamento del Cauca, motor rebelde e histórico escenario de procesos de transformación social en Colombia. El epicentro de la diversidad de comunidades suele encontrarse en Santander de Quilichao (Cauca) o Cali (Valle del Cauca), como sucedió esta vez.

La legitimidad social y política de las mingas, conformadas en torno al sujeto colectivo indígena, con destacada participación del pueblo nasa y del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), es tan amplia, que ningún gobierno las rechaza frontalmente. Durante el recorrido de cuatro días, miles de personas la rodearon con cariño y solidaridad. Hasta un grupo de Hare Krishna les entregó alimentos y agua en su llegada a Bogotá, mientras familias y vendedores ambulantes les acercaban agua y gaseosas de manera espontánea.

Las mingas suelen presentar demandas al Estado colombiano, que desde las reformas constitucionales de 1991 aporta ingentes recursos a los cabildos indígenas. Sin embargo, la principal demanda en esta ocasión es por la vida, contra la represión y las permanentes masacres que desangran Colombia. “Hacemos el llamado para que nos levantemos pacíficamente, para que dejemos de ser pisoteados, ¡ya no más desconocimiento al pueblo!”, gritaba el vocero de la Consejo Regional Indígena del Departamento de Caldas a su llegada a la Plaza Bolívar de la capital.

En lo que va de año, en el Cauca hubo nueve masacres con 36 víctimas, cifra que se eleva a 67 en todo el país. “El Gobierno colombiano está atentando contra la pervivencia de los pueblos indígenas del Putumayo con la implementación de políticas extractivistas”, aseguraba el vocero de los pueblos indígenas del Putumayo. “Tenemos un Gobierno que no gobierna, tenemos un Gobierno que nos masacra, nos desaparece”, aseguraba la vocera de la organización de Ciudad en Movimiento.

Los territorios indígenas, negros y campesinos son codiciados por las grandes multinacionales mineras y por el narcotráfico, que buscan despejar poblaciones para hacerse con tierras para explotar recursos. Esa es la causa última de la violencia, la misma que provocó una guerra de cinco décadas que no consiguieron frenar los Acuerdos de Paz entre el Gobierno y las FARC.

La respuesta indígena ha sido negociar para que el Estado aumente los recursos que traspasa, que en esta ocasión el Gobierno de Duque —heredero de Uribe—, promete serán hasta 2.600 millones de dólares solo para los indígenas. Ante tamaña legitimidad social de la Minga, el Gobierno una vez más dice estar dispuesto al diálogo, pero todos los gobiernos dicen lo mismo y luego incumplen lo firmado.

En este punto, la movilización indígena oscila entre dos variables: exigir un debate político con el Gobierno que posicione el derecho a la vida y a un territorio en paz o establecer dialogo con pueblos y sectores sociales, en particular urbanos, para tejer una red de alianzas contra el modelo neoliberal extractivo. No son contradictorias, pueden incluso ser complementarias, pero el debate se centra en las prioridades.

Pero en esta ocasión es diferente, la única demanda es por la vida. La mayora Blanca Andrade del programa Mujer del CRIC, resume el debate a su modo: “Vamos a salir porque hay mucha violencia, mucha indignidad, la gente ya no puede transitar tranquila por la comunidad. Los pueblos tenemos dignidad y no pueden pasar por encima nuestro. Uno ve cómo matan campesinos, sectores urbanos y no pasa nada. No hay justicia que haga respetar los derechos de los pueblos y los sectores sociales y tenemos que salir a decirlo”.

Denuncia el terrorismo del Estado y asegura que “este Gobierno ha sido el más terrorista y está violando el pacto de paz, pero nos dice terroristas a los pueblos”. Y aquí viene el punto: “Nosotros queremos verlo para decirle esto. No para lo económico, porque para resolverlo trabajamos. No vivimos de plata que nos den sino de la tranquilidad de la vida. Para mí no es importante ir a Bogotá, es una pantalla y allá no sirve ir. Acompañar a los otros sectores y reunirnos con ellos es más importante que ver al presidente. Cuando queremos hablar con el gobierno ahí se embolata (entrevera) la autonomía”.

Una autoridad masculina del resguardo de Corinto, agrega: “La Minga sale a Bogotá porque el Gobierno no quiere dialogar. Pero lo fundamental no es encontrarnos con el Gobierno sino con los sectores sociales, es una ruta política porque nos están matando”.

La potencia de las comunidades

Movilizar entre 8.000 y 10.000 personas durante 15 días, entre la espera inicial a Iván Duque en Cali, el recorrido hasta la capital y luego el acampe de cara a la huelga general del miércoles 21 de octubre, donde se espera una masiva y maciza movilización, requiere una fuerza de base que ningún otro sector de la sociedad es capaz de enseñar. La fuerza indígena se concentra en las estribaciones andinas del Cauca, en sus fabulosos valles donde las comunidades mantienen la diferencia de sus culturas y cosmovisiones con increíble tenacidad.

Sería injusto decir que los indígenas caucanos reproducen su cultura, sin más. También la van modificando, en un ejercicio espiritual y colectivo de actualización. El papel de las mujeres, por ejemplo, ya no es el mismo de cinco décadas atrás, cuando se fundó el CRIC. Ellas tienen cargos en comunidades y resguardos, en medios de comunicación, en la Guardia Indígena y en todos los espacios, aunque con menor intensidad en las cúpulas que, cero novedad, tienden a ser masculinas.

La forma de elegir autoridades, también va mutando. Del modo “electoral”, en sintonía con la cultura política hegemónica, van pasando a modos más comunitarios de elección, anclados en sus cosmovisiones, que implica elegir por la calidad de los valores y las conductas, más que por la facilidad de palabra de la persona.

La fuerza de las comunidades puede medirse en dos direcciones. La primera, más directa, como sostén de la vida material, de la cotidianeidad, en la que la diversidad de cultivos, las ferias de trueque, los rituales de armonización, la medicina y la justicia propias, son algunas de sus manifestaciones más potentes. Durante la pandemia multiplicaron las formas tradicionales de intercambio, como el trueque sin dinero pero también sin equivalencias (un quilo por un quilo), sino en base a las necesidades de cada familia.

Esas prácticas no capitalistas sustentan una autonomía real, potente en las bases territoriales y más difuminada a medida que se “sube” en la estructura. La Guardia Indígena es la clave de bóveda de la autonomía del movimiento, en general, y expresa la potencia de sus comunidades, en particular.

Pero hay una segunda dimensión de esta fuerza colectiva. Se relaciona con la capacidad de influenciar a otros y otras que no son indígenas, como sucede ahora en la Minga. La cultura de la resistencia, ya no es la misma de 1971, año de fundación del CRIC. Cinco décadas es un tiempo suficiente para evaluar la influencia de los pueblos originarios en la cultura política de abajo. Sus experiencias se expanden horizontalmente, como manchas de aceite.

Entre los 102 pueblos originarios de Colombia, agrupados en la ONIC (Organización Nacional Indígena de Colombia), ya son 70.000 guardias organizados. Además se han creado las Guardias Cimarronas entre los pueblos negros, la primera en 2009 en Palenque, y las Guardias Campesinas están dando sus primeros pasos desde 2014, recuperando las “guardias cívicas” de la lucha por la reforma agraria de 1974.

Desde 2018, se realizan encuentros interétnicos e interculturales entre las guardias indígena, campesina y cimarrona. Entre los desafíos que se plantean estos encuentros, figuran la articulación zonal, regional y nacional de las guardias, la formación política y operativa, con el objetivo de fortalecer el control territorial para defender la autonomía.

En el Cauca, cuna y núcleo del movimiento resistente, el Proceso de la Liberación de la Madre Tierra es probablemente la punta de lanza de la acción directa colectiva. En los últimos cinco años recuperaron 12 fincas del agronegocio de caña, alrededor de 4.000 hectáreas, cuya “liberación” ha costado vidas y cárcel, pero marca a fuego los objetivos del movimiento.

Por ahora, pese a todas las dificultades externas y tensiones internas, los pueblos indígenas, negros y campesinos de Colombia pueden celebrar: Bogotá los recibió con los brazos abiertos, dialogan con la población y confluyen con las centrales sindicales en una enorme jornada de lucha. Rompieron el cerco militar, paramilitar y mediático, que no es poco en tiempos de guerra contra los pueblos.

Por Raúl Zibechi

Berta Camprubí

22 oct 2020 05:30

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¿Por qué volvió a ganar el MAS? Lecturas de las elecciones bolivianas

Contra todos los pronósticos, el Movimiento al Socialismo (MAS) se impuso en las elecciones bolivianas con más del 50% según todos los conteos rápidos. ¿Qué explica este resultado a solo un año de la caída de Evo Morales?

 

El triunfo del binomio Luis Arce-David Choquehuanca en primera vuelta, con más de 50% de los votos, acabó abruptamente con muchos de los análisis vertidos durante toda la campaña y le permite al Movimiento al Socialismo (MAS) volver al poder a solo un año de haber sido ejecutado por unas movilizaciones combinadas con un motín policial y, finalmente, el aval de las Fuerzas Armadas.

¿Qué explica está victoria y el fracaso de la candidatura de centroderecha de Carlos Mesa? ¿Qué nos dice este proceso electoral, que logró desarrollarse en orden y con un rápido reconocimiento de los resultados, aún preliminares, por parte de todas las fuerzas políticas? Para responder a estas preguntas, Nueva Sociedad pidió la opinión de analistas e investigadores sociales, que proyectan sus miradas más allá y más acá de las elecciones del pasado 18 de octubre.

Pablo Ortiz (periodista)

Un año después de su caída, el MAS vuelve a ser el partido hegemónico de la política boliviana. Es el único realmente estructurado, con una militancia y un voto fidelizado, que resiste incluso la salida del escenario político de su máximo líder y fundador: Evo Morales.

La elección general de 2020 es la primera elección sin Evo Morales desde 1997 y es la primera votación que cumple con el referendo del 21 de febrero de 2016, que le dijo a Morales que no podía aspirar a una nueva reelección. Durante toda la campaña se había hablado del siguiente quinquenio presidencial como un ejercicio de transición antes de llegar al posmasismo, pero las urnas decidieron contradecir a los pronosticadores de la política y dictaron sentencia: no era el proyecto del MAS el que estaba agotado, sino el mando único, la repetición sin fin de la figura de Morales como presidente.

Luis Arce Catacora concluirá primero cuando se termine de contar los votos y habrá logrado entre seis y diez puntos más que Morales en las elecciones fallidas de 2019. Para eso necesitó algunas herramientas que lo llevaron a un triunfo con una ventaja insospechada.

La primera fue la estrategia correcta. Mientras que Carlos Mesa, Luis Fernando Camacho y otras fuerzas menores apostaron al clivaje MAS/anti-MAS (todos se presentaban como la mejor opción para que el anterior partido de gobierno jamás volviera), el MAS puso el acento en la crisis económica y la estabilidad como ejes de discurso y apostó a consolidar su voto duro como objetivo público número uno. El MAS desarrolló una campaña en los márgenes de las ciudades, con caminatas y concentraciones pequeñas, mezclando reuniones sindicales con conferencias académicas para alejarse de la imagen que predominó en la última campaña de Morales.

Arce y sus estrategas apostaron por las barrios alejados, por los pobres y los empobrecidos del coronavirus; por quienes pasaron de la pobreza a la clase media durante los 14 años de gobierno de Morales y volvieron a caer en la pobreza por el coronavirus; por la nostalgia que el agravamiento de la crisis (a principios de mayo, 3,2 millones de bolivianos no tenían lo suficiente para comprar alimentos, por culpa de la pandemia y la cuarentena) creó de los años de bonanza del MAS.

Para eso tuvo aliados involuntarios, ambos llegados desde el Oriente boliviano, las regiones del país que siempre se le resistieron a Morales. La primera «ayuda» fue la del gobierno de transición. El gobierno de Jeanine Áñez era leído como la continuación de la llamada «revolución de las pititas», la revuelta ciudadana que precedió al motín policial y la «sugerencia» de renuncia de la Fuerzas Armadas a Evo Morales. La presidenta, surfeando sobre los 100 días de luna de miel, se animó a lanzar su candidatura en enero pasado para unas elecciones que debían ser en mayo, y con ello destruyó las bases de su gobierno: un pacto no escrito entre todas las figuras del antievismo para asegurar una transición que finalizara con un partido distinto del MAS en el poder, y la colaboración de los dos tercios de diputados y senadores del MAS en la Asamblea Legislativa, que entendían que colaborando con Áñez llegarían antes a unas elecciones que los devolverían al poder.

Con el inicio de la campaña, cayó el coronavirus. Al tiempo que familiares y ministros de Áñez comenzaban a disfrutar de las ventajas del poder (aviones, fiestas), sus aliados de retiraban dejando un reguero de hechos de corrupción que destruyeron uno de los primeros mitos fundacionales del antievismo: ellos eran capaces de cometer los mismos actos de corrupción y abuso de poder que el MAS. El tiro de gracia a la popularidad de Áñez llegó en plena cuarentena: se compraron más de 100 respiradores de origen español que no solo se pagaron cuatro veces más de su precio de lista, sino que no servían para terapia intensiva. Así, los reemplazantes de los supuestos corruptos y fraudulentos no solo eran corruptos, sino también altamente ineficientes. En pocos meses, y en medio de la pandemia, cayó un ministro de Salud tras otro.

Pero hubo una «ayuda» más. De las calles surgió un liderazgo potente y que prometía victoria: Luis Fernando Camacho, el hombre que había liderado la «revolución de las pititas» e incluso había forzado a Morales a abandonar Bolivia (tras la renuncia del presidente, él mismo anunció que estaban buscándolo para arrestarlo, lo cual precipitó la evacuación hacia México), se postuló para presidente aprovechando su gran popularidad en Santa Cruz.

El MAS y Arce aún eran hegemónicos en La Paz y Cochabamba, pero necesitaban que la renuente Santa Cruz, la segunda región con mayor cantidad de votantes de Bolivia e históricamente antimasista, no se inclinara por Mesa, el candidato que más cerca estaba de Arce. En 2019 se había dado un escenario parecido. Morales lideraba las encuestas y Santa Cruz estaba controlada por Óscar Ortiz, candidato local que aspiraba a ser presidente, pero en la última semana la estrategia de «voto útil» de Mesa le dio 47% de los votos cruceños y lo acercó lo suficiente a Morales como para discutir si había ganado en primera vuelta o no.

Esta vez, Camacho no sufrió el mismo efecto de desgaste. Surgido de las calles, religioso y con un discurso que exuda testosterona, tiene una impronta más emocional que propositiva y se planteó a sí mismo como el garante de que Morales no volvería al país. Pero esa no fue la clave para que se impusiera ante la estrategia del voto útil de Mesa, sino que logró exacerbar el orgullo identitario del cruceño y convertirlo en voto. A diferencia de Ortiz, Camacho no trató de «nacionalizarse» para conquistar votos, sino que apostó por convertir al resto de los bolivianos en cruceños. Eso, sumado a la juventud del votante cruceño, convirtieron a Camacho en una fuerza local e irreductible que cerró el territorio de Santa Cruz a Mesa y polarizó el voto con Arce, lo que le permitió a este una victoria más holgada.

Eso sí, nadie se esperaba que Arce, que no es caudillo sino tecnócrata, superara el 50% de los votos. Para ello tuvo que hacer algunas jugadas finales, que lo acercan a priori a ser el primer presidente del posevismo antes que la continuidad de Morales. Lo primero fue tener la capacidad de criticar la gestión de Morales y cuestionar el entorno con el que gobernó el «primer presidente indígena». Arce ha prometido un gobierno de jóvenes, de nuevas figuras. Lo segundo fue alejar del votante boliviano esa idea de que el MAS viene a eternizarse en el poder. Arce ha prometido gobernar solo cinco años y «reencaminar el proceso de cambio». Y la tercera promesa fue desterrar la idea de que con el MAS volverían las persecuciones políticas y el revanchismo. Arce ha prometido también que no perseguirá a policías ni a militares involucrados en la renuncia de Morales.

Así, el tecnócrata logró resetear el proceso de cambio y podrá gobernar con mayoría absoluta en ambas cámaras de la Asamblea Legislativa. Sin embargo, para saber si de verdad el MAS entró en la era posevista, habrá que ver cuál será el rol de Morales cuando regrese a Bolivia. De ello no solo dependerá la autoridad que podrá ejercer Arce sobre su bancada y sobre el país, sino también su estabilidad política. Para ganar, para cerrar el territorio cruceño a Mesa, el MAS hizo crecer a golpes a Camacho. Ahora, con todo el poder territorial conseguido en el Oriente, este será el único opositor con capacidad de movilización con el que tendrán que lidiar.

Julio Córdova Villazón (sociólogo, investigador sobre movimientos religiosos y cultura política)

Según los conteos rápidos no oficiales, el MAS obtuvo una contundente victoria en primera vuelta con 52% de los votos. ¿Por qué el desempeño electoral del MAS fue tan exitoso, excediendo las expectativas, incluso de los más optimistas? Por tres razones principales.

Primero, por la emergencia de un «voto de resistencia» de sectores urbano-populares y campesinos. Estos sectores fueron objeto de varias violencias en los últimos meses: a) la violencia electoral: su voto por el MAS en 2019 fue escamoteado a raíz de una falsa denuncia de fraude avalada por la Organización de Estados Americanos (OEA); b) la violencia simbólica: hubo constantes descalificaciones desde el Estado y en las redes sociales pobladas por sectores conservadores de clases medias, se difundió la imagen de «hordas de violentos e ignorantes» en referencia a estos sectores populares, y en noviembre de 2019 algunos policías quemaron la wiphala (bandera indígena reconocida constitucionalmente); c) la violencia militar-policial, concretada principalmente en las masacres de Sacaba (en los valles) y de Senkata (en el Altiplano); d) la violencia económica: las medidas de cuarentena frente al covid-19 fueron tomadas en desmedro del sector informal de la economía.

Segundo, por la rearticulación de las organizaciones sindicales y campesinas. En los últimos años estas organizaciones resultaron debilitadas por su propia relación clientelar con el gobierno de Evo Morales. Después de la renuncia del presidente en noviembre de 2019, estas organizaciones lograron rearticularse rápidamente, en un tejido social vigoroso, que mostró su musculatura paralizando Bolivia a principios de agosto de este año para impedir el prorroguismo del gobierno de transición. Este tejido organizacional fue la base de un renovado apoyo electoral al MAS.

Tercero, por la propia debilidad política y electoral de los competidores de derecha del MAS, fragmentados y enfrentados entre sí. El candidato de centroderecha Carlos Mesa no logró articular un proyecto de país ni un discurso electoral capaz de seducir a los indecisos del Occidente boliviano. El candidato de la derecha empresarial, Fernando Camacho, tampoco logró convencer a los indecisos del Oriente del país. Hasta una semana antes de las elecciones, en el bastión electoral de Camacho, en el departamento de Santa Cruz, había 28% de indecisos, que representan 7,5% del padrón electoral total. Son personas de sectores pobres que fueron excluidos por los empresarios a los que representa el líder cruceño, y que fueron violentadas en las movilizaciones que lideró este empresario contra Evo Morales hace un año. En la elección del 18 de octubre, estos indecisos de tierras bajas optaron por el MAS, en rechazo a una elite empresarial incapaz de incluirlos en su «modelo de desarrollo». Por eso el MAS obtuvo 35% de los votos en esa región.

El próximo gobierno del MAS, con Arce a la cabeza, estará signado por la crisis económica, el conflicto social y la emergencia sanitaria por el covid-19. El apoyo de 52% del electorado no significa una sólida base social necesariamente. El MAS no logrará controlar los dos tercios de la Asamblea Legislativa como lo hizo en los últimos años. La coyuntura política requiere de una cultura democrática de construcción de acuerdos con otros actores políticos. Y tal cultura es muy débil, casi inexistente, en un MAS acostumbrado a un tipo de hegemonía política que ya no existe en Bolivia.

Verónica Rocha Fuentes (comunicadora social)

Durante toda la campaña para las elecciones del 18 de octubre se evidenció la existencia de una categoría de voto que había tenido poca relevancia en otras elecciones anteriores, aquella que se denominó «voto oculto». Esa categoría de votos, junto con la de «voto indeciso», fue determinante para establecer una diferencia que, según todas las proyecciones, es de más de 20 puntos en favor de Luis Arce Catacora. Los múltiples estudios de opinión que se presentaron durante el periodo de campaña electoral habían logrado detectar la existencia de ese voto con una prevalencia mucho mayor a los datos históricos. Lo que no lograron las instituciones de estudios de opinión fue detectar a dónde se iba a dirigir esa votación. En las primeras horas de conocerse esta tendencia, todo parece indicar que fueron esas categorías de voto las que terminaron definiendo la amplia victoria del MAS en primera vuelta.

Un voto que se llamó oculto durante el periodo de campaña y que, tras la jornada electoral, bien podría apellidarse «paciente» podría ser útil para graficar no solo el inesperado virtual resultado, sino además el proceso electoral más largo y difícil de la reciente historia democrática de Bolivia. El voto oculto y paciente no habría sido otro fenómeno distinto de aquel que durante el periodo de la democracia pactada y neoliberal se conocía como el de la «Bolivia profunda». La misma que, habiendo «salido a la superficie» en los últimos años –proceso constituyente de por medio– casi desapareció por completo durante el año de gobierno transitorio en el que se desarrolló el proceso electoral de 2020, y cuya presencia se extinguió en la maquinaria simbólica, institucional, mediática y empresarial que suele establecer las narrativas en pugna política. Tras un año de cotidiana y sistemática estigmatización del «masismo» (o cualquiera que «pareciera» pertenecer o adherir al MAS), todo apunta a que sus partidarios optaron por ocultarse y esperar las urnas. Ocultarse por miedo, ocultarse por vergüenza o quizá hasta ocultarse por estrategia.

Voto oculto sí, pero también inusitadamente paciente. Ese voto que terminó definiendo una virtual pero amplia e indiscutible victoria en primera vuelta tuvo que atravesar una crisis institucional, un gobierno transitorio, una pandemia, un inicio de crisis económica, cuatro cambios de fecha de votación, una jornada electoral bajo amenazas del gobierno, cambios en los planes del Tribunal Supremo Electoral de ultimísima hora, votar bajo un país militarizado y no contar con ningún resultado durante la jornada electoral para, finalmente, con una paciencia que varias veces rozó el límite pero no cedió, aferrarse a lo último que le quedaba a Bolivia antes del precipicio: las urnas.

Así, en menos de un año, bajo la narrativa de un fraude electoral, Bolivia ha transitado abruptos, forzados y violentos reacomodos de su tejido político, institucional y mediático; todo esto a la sombra de un complejo tejido social que, aunque dañado, pareciera haber mantenido sus estructuras en pie. Y que, oculta y pacientemente solo, parecía esperar la oportunidad legítima para volver a dejarse ver. Al menos, ese pareciera, por ahora, el principal resultado de las recientes elecciones que, sin duda, van mucho más allá de una virtual victoria del MAS, pues establecen los mínimos sobre los cuales tocará establecer un urgente proceso de reconciliación nacional.

Fernando Molina (periodista y escritor)

No cabe duda de que los adversarios del MAS subestimaron el potencial electoral de este partido y de su candidato Luis Arce. Por un lado, las encuestas –que no detectaron la verdadera intención de quienes se presentaban como indecisos– los despistaron. Por el otro lado, esta subestimación se debió a la incapacidad de estos grupos políticos, que representan a las elites tradicionales, de reconocer al MAS como una expresión genuina de los sectores sociales menos pudientes y más indígenas del país. En cambio, normalmente han visto al MAS como «marioneta del chavismo», «organización delincuencial», «grupo de narcoterroristas» y han considerado la adhesión que despierta como un fenómeno puramente clientelar.

En esta miopía existe una fuerte carga de racismo. Desde siempre, los sectores tradicionalmente dominantes del país han concebido la politización de los subalternos –que socava los pilares meritocráticos y hereditarios de su poder– como una irrupción de la irracionalidad y la codicia. Esto viene desde el siglo XIX, cuando los representantes de la oligarquía de la época, los septembristas, se quejaban por «tener que descender» a la actividad política a causa de la invasión de esta por el «cholaje belzista» (por los seguidores de Isidoro Belzu), que era tanto como decir la «barbarie».

La subestimación de la que hablamos estuvo presente en el candidato Carlos Mesa, que fue incapaz de construir un partido con incidencia en el mundo indígena. También estuvo presente en el gobierno interino de Jeanine Áñez, que gobernó con la mente puesta en las clases sociales más elevadas, las cuales querían vengarse del MAS y estaban acostumbradas a ver a los indígenas exclusivamente como empleados o incordios sociales.

Las elites se han revelado incapaces de analizar por qué Evo Morales les ganó en 2005, las razones del predominio político de este durante tantos años y las causas por las que el MAS no se hizo trizas después de su caída en noviembre de 2019. Bolivia no es censitaria desde 1952, pero la mentalidad de sus elites tradicionales sigue siéndolo.

De este modo, pese a que estas triunfaron sobre Morales el año pasado y tenían posibilidades de construir una hegemonía –contaban con el apoyo de la parte más educada y económicamente acomodada de la población, así como con un respaldo «intenso» de las Fuerzas Armadas y la Policía–, perdieron el poder que tanto anhelaban solo un año después de haberse hecho de él.

Unas elites oligárquicas y racistas gobernaron el país de 1825, fecha de su nacimiento, hasta 1952, año de la Revolución Nacional. Lo hicieron sobre la base de la imposición ciega y violenta de su voluntad sobre una mayoría ignorante y a menudo silenciosa. Las condiciones de este dominio fueron desapareciendo en el último medio siglo, pero la elite misma solo cambió superficialmente. Hasta hoy sigue siendo «tradicional» y con tendencias a oligarquizarse. Esta es la «paradoja señorial» de la que hablaba René Zavaleta.

La transformación más importante en las condiciones de dominio se dio cuando los sectores subalternos encontraron la forma de crear su propia expresión político-electoral: el MAS. Desde ese momento, la acción electoral ha resultado manifiestamente adversa a los partidos de las elites tradicionales. Teóricamente hablando, la forma en que estas podrían recuperar el poder de una manera algo más durable sería por medio de la fuerza bruta, como en los años 60 y 70, pero esta vía es imposible hoy por las características «epocales».

Por otra parte, una reforma de las elites tradicionales parece imposible. Si no aprendieron la lección después de que Morales se aprovechara de sus errores, abusos y excesos durante el neoliberalismo para derrotarlas, es difícil pensar que aprenderán alguna vez. En efecto, apenas tuvieron una oportunidad de prevalecer nuevamente, desnudaron los mismos vicios y la misma miopía que tenían en los años 90, o unos vicios y una miopía peores aún, porque en este tiempo no impera el neoliberalismo sino una forma particularmente perversa del conservadurismo, el populismo de derecha.

Al mismo tiempo, el MAS haría mal si también menospreciara a sus adversarios en el futuro. Aunque esta no parece capaz de generar un proyecto sostenible de poder en un país insumiso y mayoritariamente indígena como Bolivia, de todas formas está furiosa, resentida, acumula gran parte del capital económico y casi todo el capital cultural y, como demostró en el último año, tiene fuerza suficiente, en alianza con las clases medias militares y policiales, para destrozar las bases de sustentación del proyecto antagónico. Puede salirse del marco democrático cuando esto le sea posible.

Las elites tradicionales pueden aprovechar las deficiencias y fallas del bloque popular (como hizo con el narcisismo de Morales y la corrupción de su gobierno) y atacar justo cuando este pierda pie, se equivoque, se confunda y entonces deje de ser 50% más uno del pueblo boliviano.

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Martes, 20 Octubre 2020 05:37

Caminando hacia una nueva civilización

Caminando hacia una nueva civilización

El mundo no aguanta más, es decir, las sociedades y sus naturalezas. Las evidencias están a la vista con la confluencia de la pandemia del Covid-19, la crisis ecológica de escalas local, regional, nacional y global, la amenaza latente de una guerra nuclear, y la desigualdad social tocando su máximo nivel en la historia de la especie. Es obvio que se requiere una transformación radical en todos los ámbitos de la vida social, y la primera es aceptar que no estamos frente a un simple cambio económico, tecnológico o cultural, sino ante una transformación civilizatoria. Esto lo registramos hace casi tres décadas, y en este lapso se han acumulado las evidencias sin que hayamos avanzado mayormente en las vías para lograrla. Las rebeliones ciudadanas que se hacen cada vez más frecuentes e intensas son la demostración de un malestar colectivo que vislumbra o intuye ese cambio profundo, pero que no alcanza a concebirlo y menos a construirlo. Si hace una década el malestar ciudadano se hizo presente en los países del mundo árabe, en los últimos años alcanzó a Islandia, Hong Kong, Francia, España, Chile, Bolivia, Ecuador, etcétera, y en los últimos meses a Estados Unidos, Bielorrusia, Tailandia y otros. El problema es que estas protestas y resistencias se enfocan en objetivos parciales o secundarios y no llegan a detectar y reconocer las causas profundas de la crisis: la doble explotación, del trabajo de la naturaleza y del trabajo de los seres humanos, que una minoría de minorías realiza cada vez con más amplitud y encono. Se requiere entonces de una doble liberación y emancipación: ecológica y social. Deben, pues, surgir rebeliones ambientales, igualitarias, anticapitalistas, antipatriarcales y capaces de construir una "sociedad sustentable" y de reformular las relaciones entre los individuos, y entre éstos y la naturaleza.

Estamos, por tanto, en un fin de época, en la fase terminal de la civilización moderna, pero aún sin poder visualizar la que la sustituirá. Si se me permite una metáfora, es como estar en el circo y observar al trapecista en el preciso momento en que se encuentra soltando el trapecio sin haber cogido el otro, y con el vacío esperándolo abajo. He aquí que los intelectuales y teóricos de la emancipación no han realizado su trabajo, en buena medida porque siguen mirando al mundo con los mismos catalejos anticuados. Es decir, carecen de instrumentos a la altura de la complejidad del mundo actual. Esta limitante es la dimensión epistemológica de la propia crisis de civilización, y requiere de la superación de teorías y métodos que enclavados en la larga tradición occidental, se han vuelto un estorbo. "No hay solución moderna a la crisis de la modernidad", ha dicho Boaventura de Sousa Santos, mientras Albert Einstein asentó que "no es posible solucionar los problemas con el mismo tipo de pensamiento con que fueron creados". Hay una cierta "sequía intelectual" en los teóricos de la liberación.

Termino de manera optimista, con un listado de temas que me parece deberían ser explorados como posibles fundamentos para la transformación civilizatoria. Provienen de numerosos casos exitosos de carácter local y regional, y de al menos dos experiencias de escala nacional: Bután y Bolivia. Son parte de mi agenda de estudio de los próximos meses y lo comparto como un adelanto de publicaciones futuras. Diez son los temas claves. 1. La re-aparición de la naturaleza como la actriz principal en todos los ámbitos, pero sobre todo en el mundo de la política, y consecuencia de lo anterior. 2. La restitución de la "conciencia de especie" en todos los ciudadanos. 3. La recuperación de la espiritualidad ( cooptada desde hace 2 mil años por los grandes monoteísmos). 4. El resurgimiento de la comunalidad, es decir, del "instinto social" o colectivo casi exterminado por la sociedad moderna dedicada a impulsar el individualismo y la competencia. 5. El empoderamiento de lo social frente al poder político (partidos y gobiernos) y al poder económico (empresas, corporaciones y mercados). 6. Gobernanza desde abajo, esto es, democracia radical o participativa y disolución total de la representativa o electoral. 7. Re-conquista de los territorios, es decir, las comunidades locales y municipales ejerciendo control sobre los procesos en el espacio. 8. Sustitución de las grandes empresas y corporaciones por cooperativas y empresas familiares y de pequeña escala (economía social y solidaria). 9. Politización de la ciencia y la tecnología y su cambio de orientación hacia el bienestar social. Todo ello debe re-orientar toda la acción humana (praxis) hacia: 10. La búsqueda del "buen vivir" (la felicidad), como lo han demostrado los pueblos indígenas, y desechar los dogmas modernos del desarrollo, el progreso y el crecimiento.

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Lunes, 19 Octubre 2020 06:10

La decisión

 El movimiento Black Lives Matter ha logrado sacudir a Estados Unidos con la alianza de una amplia gama de organizaciones sociales. La imagen, de archivo, durante una protesta en Portland.Foto Ap

Corrupto, traficante de influencias, mentiras sobre engaños, sobre falsedades, incompetente, neofascista, xenófobo, el que dio la orden para separar familias inmigrantes a la fuerza y enjaular a niños inmigrantes, violador y hostigador sexual, rechazador de la ciencia, racista, enemigo de la prensa, represor y macartista, antimexicano y constructor de muros, gánster y bully, delincuente de sus obligaciones fiscales y de servicio militar son sólo algunas de la palabras que todos hemos tenido que reportar de manera objetiva y con amplia evidencia una y otra vez a lo largo de los últimos cuatro años.

Concluirá su primer plazo en la Casa Blanca con más de 220 mil estadunidenses fallecidos (hasta ayer) –más que cuatro veces los perecidos en Vietnam– en gran medida por su manejo de la pandemia, y con una pérdida neta de empleos (unos 3.9 millones y contando) entre otros desastres y como un presidente que fue impeached.

Donald Trump no puede resolver los problemas más urgentes de la nación porque él es el problema más urgente de la nación, declara la junta editorial del New York Times, la cual advierte que la relección del magnate representa la amenaza más grande a la democracia estadunidense desde la Segunda Guerra Mundial.

Pero a pesar de todo eso también tenemos que reportar que, cuatro años después, este sujeto goza de más de 40 por ciento de aprobación en los sondeos. ¿Qué hacer con eso?

Al mismo tiempo, el senador socialista democrático Bernie Sanders, como aspirante presidencial este año fue el político nacional más popular del país, y su candidatura fue una grave amenaza a la cúpula del Partido Demócrata, la cual se dedicó a descarrilarla. Pero él y sus millones de seguidores son expresiones de algo nuevo que continúa; vale recordar que hoy día según los sondeos, la mayoría de los jóvenes de Estados Unidos favorecen el socialismo, y que 40 por ciento de todos los estadunidenses expresaron preferir vivir en un país socialista sobre uno capitalista. ¿Qué hacer con eso?

De hecho, Trump declaró la semana pasada que la elección es una decisión “entre una pesadilla socialista y el sueño americano”, aunque para socialistas como Sanders, esa elección es una entre Trump y la democracia.

Tal vez la noticia más importante de esta coyuntura política no es la contienda entre Trump y su contrincante demócrata Joe Biden y la pugna entre republicanos y los demócratas que impera en los medios, sino el surgimiento de un masivo aunque fragmentado movimiento social conformado por diversas corrientes que de repente se encuentran en las calles y en el ciberespacio que incluyen –a veces juntos, a veces por separado– la amplia coalición bajo la etiqueta de Black Lives Matter (su parte más políticamente dinámica es Movement for Black Lives, una red de 150 organizaciones) y sus aliados multirraciales e intergeneracionales, junto con viejas y nuevas expresiones latinas, maestros rebeldes, enfermeras heroicas, azafatas que eligieron a una socialista como su líder nacional, inmigrantes que salvan y reconstruyen a este país todos los días, ambientalistas –sobre todo los jóvenes que han amanecido con Greta–, estudiantes contra la violencia de las armas, ni hablar de los diversos movimientos encabezados por mujeres y la comunidad gay, que en su conjunto está sacudiendo a este país y que ofrece la promesa de consolidarse en el gran movimiento progresista que se requiere para rescatar a Estados Unidos de sí mismo.

Dicen que el futuro del experimento estadunidense está en juego en esta elección. Por ahora hay una gran batalla entre defender los mecanismos ya deteriorados de la elección, con una multitud de iniciativas, coaliciones y redes preparándose –tardíamente– para defender la expresión de la voluntad popular, porque ni eso está garantizado en esta crisis democrática.

Pero aquí, más que una elección, se vive un momento de decisión sobre y entre el futuro y el pasado de Estados Unidos, con implicaciones planetarias.

https://www.youtube.com/watch?v= dWUa7aAIfLE&feature=youtu.be

https://youtu.be/Kgdfxeh0WtE

https://www.youtube.com/watch?v= quSvEOzZqhI

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Sábado, 17 Octubre 2020 06:24

Horas de incertidumbre

Manifestante del partido MAS frente al Tribunal Departamental de Justicia en La Paz, Bolivia, el 5 de octubre. XINHUA, MATEO ROMAY

La previa de las elecciones bolivianas

Polarizada y bajo la amenaza de un nuevo ciclo de protestas y represión, Bolivia celebra elecciones generales este domingo 18. Sus habitantes se preparan para lo que pueda ocurrir mientras enfrentan la crisis económica y una avalancha de rumores y noticias falsas sobre lo que sucederá este fin de semana.

Soledad, de 22 años, cuida las tres bolsas de mercado y los quintales de arroz, azúcar y harina que acaba de comprar. Mientras espera que su mamá adquiera otros productos de la canasta familiar, cuenta que llegó temprano al mercado para abastecerse porque «cualquier cosa puede pasar» después de las elecciones nacionales de este 18 de octubre en Bolivia. Como la suya, otras familias hacen compras en la populosa calle Antonio Gallardo de la ciudad de La Paz para aprovisionarse, principalmente, de alimentos secos. Tras la experiencia de los conflictos poselectorales del año pasado, no quieren quedar desabastecidas.

Son las 8 del martes 13 de octubre, y en este sector hay más movimiento que en los días anteriores. Algunas personas hacen fila en la tienda de la Empresa de Apoyo a la Producción de Alimentos, porque ahí el precio es menor que en otros lugares; otras ya abordan los taxis con varias compras. La harina es el producto más demandado porque, además, restan pocas semanas para la celebración de Todos Santos y los paceños requieren de esa materia prima para hacer los panes que ofrecerán a sus difuntos el 1 de noviembre.

Faltan cuatro días para las ansiadas elecciones nacionales, que fueron pospuestas tres veces debido a la pandemia del coronavirus. Los bolivianos las esperan con mucha incertidumbre porque se trata de un evento sin igual, ya que se realizarán después de la anulación de los resultados de los anteriores comicios a causa de un presunto fraude electoral. El fantasma de los conflictos sociales de 2019 –que duraron 35 días y en los que murieron 35 personas– toma más fuerza. Por ello, las gasolineras también se llenan de automóviles, públicos y privados, que buscan proveerse de combustible. El panorama es similar en los supermercados y mercados de La Paz y de la ciudad de El Alto.

Soledad dice que los conflictos del año pasado la sorprendieron con pocos alimentos y que le afectó el incremento de los precios de productos frescos; por eso, en esta oportunidad, también se surtió de verduras, que almacenará en su refrigerador.

Esta joven, que está en el último año de la carrera universitaria de Bioquímica, espera que no ocurra nada similar a 2019 tras estas elecciones y que los adeptos de las fuerzas políticas acepten el resultado, sea cual sea. Eso sí, quiere que haya un proceso eleccionario justo. Así, piensa que se podría evitar que haya una nueva convulsión social y que actúen las fuerzas coercitivas, algo que el gobierno ya anticipó.

«La presidenta lo ha dicho con claridad: “No se hagan a los vivos”. La Policía Nacional va a actuar, el Ejército va a actuar; nosotros no estamos de adorno», afirmó el ministro de Gobierno, Arturo Murillo, a inicios de este mes, tras su retorno de Estados Unidos.

POLARIZACIÓN

Wendy Chambi está segura de su voto. Sin dudarlo, dice que apoya a Luis Arce, candidato por el Movimiento al Socialismo (MAS) y exministro de Economía, a quien ya llama presidente. Dice que le gustan sus propuestas de «llevar adelante el país» y asegura firmemente que no desea que Carlos Mesa, el aspirante de Comunidad Ciudadana (CC), asuma la presidencia, porque «endeudará al país».

Ella tiene 32 años y es comerciante de artesanías en plena Ceja de El Alto, uno de los lugares más céntricos y populares de esa urbe. La mayor parte de los pobladores de esa ciudad apoyan al MAS y se levantaron para respaldar a Morales luego de que renunciara el 10 de noviembre del año pasado, tras 14 años en el poder.

Es mediodía y en medio de su puesto de venta de carteras y billeteras de cuero, guantes de lana y llaveros artesanales, Wendy asegura que el MAS ganará en primera vuelta, aunque sea con pocos puntos de diferencia, y que triunfará incluso en el caso de una eventual segunda vuelta.

—¿Y si gana Mesa? –le pregunto.

—No vamos a permitir, porque van a haber más bloqueos, convulsión, marcha. No va a ser normal nuestro país.

Asegura que, aunque gane Mesa en una segunda vuelta, habrá más presencia del MAS en la Asamblea Legislativa, lo que ocasionaría un escenario de ingobernabilidad. Esa posible situación también le causa incertidumbre.

La última encuesta de preferencia electoral, realizada el 11 de octubre y elaborada por la consultora Ciesmori para las redes televisivas Unitel y Bolivisión, coloca a Arce en primer lugar (32,4 por ciento) y a Mesa en segundo (24,5 por ciento), con una diferencia de 8,1 por ciento entre ambos candidatos, lo que significaría una segunda vuelta. Por debajo, y en tercer lugar, se encuentra Luis Fernando Camacho, de Creemos, con 10,7 por ciento. Hubo un 8,6 por ciento de encuestados que no quiso revelar su voto y los indecisos alcanzan el 6,2 por ciento.

Un joven se acerca al puesto de Wendy y pregunta por los llaveros, pero no los compra. La vendedora, quien trae mercadería desde el departamento de Cochabamba, relata que la venta no es como antes. Hasta octubre del año pasado, en un día bueno vendía un valor de 400 bolivianos (57 dólares), ahora sólo llega a 100 bolivianos. Siente que, desde que Jeanine Áñez gobierna el país, la economía entró en crisis y que para revertir esa situación votará por el MAS, al igual que el gremio al que pertenece.

La Federación Gremial de El Alto, uno de los sectores más numerosos –con cerca de 100 mil afiliados– y con mayor poder de movilización en aquella urbe, es aliada del MAS; incluso una de sus representantes es candidata a diputada por ese frente. Su secretario ejecutivo, Rodolfo Mancilla, asegura a Brecha que Arce es la única opción sólida para mejorar la situación del país. «En estos últimos diez meses no hay economía. Estamos fregados. So pretexto de pandemia, nos han encerrado más de 60 días, luego hemos vuelto a salir [a vender], pero la economía ha caído, ya no es igual; estamos obligados a apretarnos el cinturón», afirma.

Mancilla, quien es originario del área rural, como la mayoría de los comerciantes en El Alto, cree que las encuestas mienten y que el MAS ganará en primera vuelta. Para garantizar los resultados, los militantes de ese partido harán control social en todos los recintos electorales.

El dirigente teme que haya un posible fraude, postura que manejan hace algunos meses los líderes del MAS. Desde el mes pasado, Arce viene afirmando que Mesa sólo puede ganar en caso de que haya fraude, y que no confía en el órgano electoral.

Ante ese tipo de afirmaciones, el presidente del Tribunal Supremo Electoral, Salvador Romero, explica a Brecha que esa instancia garantiza «la mayor transparencia» en los comicios. Romero señala que se saneó el padrón, se rediseñó la cadena de custodia del material electoral, se reforzaron los sistemas de resultados preliminares y de cómputo, y se garantizó la presencia de cuatro misiones veedoras internacionales y de dos plataformas de organizaciones nacionales de la sociedad civil. «Hacemos una exhortación a la ciudadanía y a todos los actores políticos, sociales y regionales a que acudamos en un ambiente tranquilo», acota.

VOTO ÚTIL

Mientras viaja en una cabina del teleférico Amarillo desde el sur de La Paz hacia Sopocachi, Pati, una joven de unos 35 años, evita hablar de política porque teme que las otras tres personas, que se dirigen a la urbe alteña, se molesten con su posición. Ella votará por CC porque dice que no «hay otra opción» que tenga oportunidad frente al MAS; cree que el partido de Morales ya tuvo su turno de gobernar por 14 años y que el país requiere una renovación.

Son las 19.45 y Pati regresa de su trabajo, en la banca privada, a su hogar. Tras bajar de la cabina, apura el paso para tomar movilidad, pues en La Paz aún hay restricción de circulación desde las 20, a causa de la pandemia. Ya en la calle, dice que Mesa es una persona preparada y que por ello este domingo le dará su voto, aunque admite que se trata de un «voto útil», es decir, para que no retorne el MAS al gobierno.

Aunque espera que este domingo gane Mesa, o que al menos se apunte a una segunda vuelta, Pati dice que, en caso de que ganara el MAS, ella respetará los resultados; sin embargo, no todos los partidarios de CC opinan igual. Muchos de los militantes afirman que, si su candidato no triunfa, saldrán nuevamente a las calles a «defender su voto». Lo mismo piensan los seguidores de Camacho, la opción radical contra el partido de Arce.

Redes de desinformación

Pati, Soledad, Wendy y el dirigente gremial de El Alto tienen algo en común: se informan, principalmente, por las redes sociales. Por ello, la primera asegura que Mesa afirmó públicamente que pedirá dinero prestado del exterior; la segunda, que los masistas se alistan activamente para convulsionar las calles, y el tercero, que el candidato de CC tiene Alzheimer.

«Ahí está la certificación médica, que este señor [Mesa] es un olvidadizo está en las redes sociales», afirma Mancilla con mucha seguridad, pese a que la anterior semana esa información fue desmentida. Y es que una de las características de estas elecciones es que campea la desinformación, principalmente, en las redes sociales. Esto se incrementó a mediados de julio, cuando se reforzaron las campañas políticas.

Adriana Olivera, subeditora de Bolivia Verifica –medio digital que se dedica a la verificación de noticias– explica que los bulos circulan principalmente en Facebook, Twitter y Whatsapp, y que el análisis de las noticias falsas desmentidas por el medio indica que tienen el fin de asustar a la gente. «Desinforman sobre las encuestas, sobre las propuestas políticas, pero también sobre el hecho de que ambos bandos se estén armando de cara a las elecciones.»

Karen Gil
16 octubre, 2020

 

Con el politólogo y sociólogo boliviano Fernando Mayorga

La duda central

Francisco Claramunt

—Por estos días la ONU, la Unión Europea (UE) y la Iglesia Católica manifestaron de forma conjunta su preocupación por el «clima de confrontación política» en Bolivia. ¿Cómo cree que puede influir este contexto en lo que suceda el domingo?

—Ha habido acciones de violencia, más que nada perpetradas por grupos parapoliciales organizados el año pasado, secundando el golpe de Estado contra Evo Morales, y que desde entonces han actuado de manera impune, incluso con el cobijo del gobierno y la Policía. En los últimos días esos grupos atacaron la sede de la Fiscalía General en la ciudad de Sucre. Ha habido también enfrentamientos e incidentes entre simpatizantes del MAS y otras fuerzas, pero han sido muy focalizados. El clima de temor y de violencia proviene más que nada por el riesgo de que los grupos parapoliciales puedan llevar adelante acciones durante y después de las elecciones. Sin embargo, ese ambiente no va a tener efectos inhibitorios en la asistencia a las urnas. Tampoco la pandemia los tendrá, puesto que ahora todos los actores políticos están impulsando la participación. Todo parece indicar que vamos a tener una asistencia mayor al 85 por ciento, el porcentaje histórico en Bolivia en los últimos 20 años.

—Esta semana el ministro de Gobierno instó a la Policía a que el día de las elecciones «vuelva a ponerse del lado correcto de la historia», en referencia al rol de la institución en los sucesos de noviembre. ¿Este tipo de comentarios se trata de exabruptos puntuales o responden a un comportamiento general del gobierno durante la campaña?

—El gobierno es fruto de un golpe de Estado y tuvo como primer objetivo proscribir al MAS y desmantelar su base organizativa. Como parte de esa conducta, la presidenta interina fue, en su momento, candidata para estas elecciones, aprobó una serie de decretos anticonstitucionales –puesto que permitían acusar de sedición a cualquier persona, de manera arbitraria– y encabezó una persecución a militantes sindicales y militantes del MAS. Cuando vino la pandemia y se tomaron medidas como la cuarentena rígida, estas tuvieron un carácter represivo y selectivo, con presencia militar y policial focalizada en lugares donde la población es mayoritariamente leal al MAS. Ahora el gobierno tiene un discurso de apoyo a Carlos Mesa –puesto que es el único que podría forzar una segunda vuelta– y lo acompaña de amenazas. Este martes, el ministro de Justicia dijo que el MAS «va a salir a matar más gente» si pierde. Lamentablemente, el Tribunal Superior Electoral [TSE] no ha llamado la atención a las autoridades por este tipo de intervenciones. Se trata de un gobierno que en 11 meses de gestión no sólo se ha caracterizado por su fracaso total en la lucha contra la corrupción, sino por su desvarío discursivo. La única motivación de su accionar político es la desaparición del MAS, la ilusión de que ese partido no sólo pierda las elecciones, sino que pueda disgregarse en el corto plazo.

—¿Hay garantías de que estas elecciones serán limpias?

—Sí. De la misma forma que lo fueron las del año pasado, que fueron anuladas por denuncias de fraude nunca comprobadas. Era cuestión de tiempo que se revelara que el comportamiento de la misión electoral de la OEA en aquel entonces fue tendencioso y formó parte de una lógica conspirativa. No hubo fraude porque el sistema electoral boliviano tiene varios elementos de resguardo. Ahora, tras lo sucedido el año pasado, se suma la presencia de una multitud de observadores internacionales, sobre todo de la UE. Va a haber mucha atención internacional. Y el TSE –salvo algunas acciones criticables, como las que mencionaba antes– ha tenido en general un desempeño aceptable. Considero que no es conveniente plantear dudas sobre este proceso electoral. Además, dudo de que se dé un resultado que invierta las tendencias de voto que están vigentes ahora.

—¿Ese resultado será respetado por ambos bloques?

—Esa es la duda central. La distancia entre Luis Arce y Carlos Mesa podría ser algo mayor al 10 por ciento. Y si eso no aparece, si la distancia apenas supera ese porcentaje, será decisiva la posición que tomen los rivales de Arce. De la misma manera en la que, si hay una diferencia menor a 10 puntos y hay segunda vuelta, será muy importante la posición del MAS. En ambos casos, el rol de los candidatos y de los líderes va a ser fundamental para que se concluya el recuento y se respeten los resultados. Hay que recordar que el año pasado la crisis empezó a raíz de una especulación en torno a resultados que no eran siquiera preliminares, sino fotografías de las actas. A las 8 de la noche había una diferencia de siete puntos a favor de Evo Morales respecto de Carlos Mesa y este declaró que ya estaba decidida la segunda vuelta. Al otro día la OEA dio un informe muy irresponsable: cuando el recuento estaba en el 95 por ciento de las actas, dijo que por la situación de polarización y por la diferencia muy estrecha –puesto que Evo Morales tenía entonces un 10,3 por ciento de diferencia con Mesa– era recomendable convocar a segunda vuelta. Un acto inverosímil porque nunca se vio que una misión de observación recomendara algo semejante, sin siquiera haberse llegado al recuento final oficial. Allí empezó la espiral que derivó en el golpe. Para este domingo hubiera sido adecuado un compromiso previo de aceptación de los resultados si es que no se pueden probar irregularidades, pero no lo hubo y ahora estamos con ese riesgo. Existe un contraste entre la amplia participación y confianza de la población, y el riesgo de que alguno de los sectores ponga en cuestión el resultado.

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Viernes, 16 Octubre 2020 05:49

Weltschmerz

Weltschmerz
  1. Cuando los románticos alemanes (bit.ly/3j5ZJZV) acuñaron a mitades del siglo XIX el término "el dolor del mundo" ( Weltschmerz), para denominar un particular sentimiento de "melancolía" y "pesimismo frente a la realidad", no se imaginaban qué tan adecuado iba a ser éste para describir la condición de la izquierda a principios del siglo XXI. Pero la afinidad siempre ha estado allí. De allí la cercanía de Marx con el romanticismo (Löwy). De ahí, también, la melancolía como una categoría perfecta para hablar de la política revolucionaria capaz de mirar a la vez el pasado y el presente de las luchas y "alimentarse de la memoria de los vencidos" (Benjamin, Bensaïd) o de la historia de sus derrotas, sin cancelar el horizonte de su futuro (Traverso).
  1. El auge de la extrema derecha, etnonacionalismo, racismo y oscurantismo (bit.ly/2ImFxFo), las incesantes guerras neocoloniales, la crisis de los refugiados, la crisis económica y ambiental, los ataques sin fin a las conquistas sociales, una serie de derrotas: Lula/Dilma, Corbyn, Sanders, Morales, Mélenchon, la capitulación de Syriza, “la política kitsch” de Podemos, etcétera. Los tiempos no son alentadores. Tal como "el dolor del mundo" evolucionó de un sentimiento personal a un amplio "espíritu del tiempo" ( Zeitgeist) aparte –una anormal hipersensibilidad a los males que da lugar a ansiedad y frustración−, hoy el Weltschmerz encaja con el espíritu dominante de las comparaciones históricas sin fin (véase: bit.ly/2IugsZo) –a Hitler, al nazismo, etcétera, que más que vaticinar una repetición directa, reflejan un cierto estado de ánimo.
  1. Si Donald Trump en realidad es un "líder débil" (bit.ly/34Nugp6 y véase: Mommsen sobre Hitler: bit.ly/3747KLp) –sin una fija visión del mundo ( Weltanschauung), que no logró llevar a cabo una "sincronización" ( Gleichschaltung) de diferentes sectores del Estado (bit.ly/3nVl0Z9), ni traducir su "sigilosa quema de Reichstag" ( wapo.st/3iT571n) a una toma del poder total− el problema es que la izquierda es aún más débil que él. Trump es la contrarrevolución sin la revolución. Un posfascista que llega a reconfirmar la hegemonía del capital, sin realmente tener que defenderlo (en las filas demócratas la corriente corporativista neoliberal de Joe Biden solita se encargó de frenar la tibia socialdemocracia de Bernie Sanders). Como en una unidad dialéctica, sin una amenaza real del comunismo, una amenaza real del fascismo se desvanece en el aire... (bit.ly/3j21rdI).
  1. Ante la inexistencia del enemigo, los posfascistas –Trump, Bolsonaro, Johnson, Orbán, Kaczyński, Modi et al.– se encargan de crearlo. Vivimos en una época de "anticomunismo sin comunismo" (bit.ly/3kQtPAP) que emplea los viejos recursos: conspiracionismo, nacionalismo, clichés antisemitas ("judeobolchevismo"). En el mundo según Trump el centro-derechista Biden −que se ufana más de “haber parado al ‘zurdo’ Sanders” que de enfrentar a Trump−, es "un caballo de Troya de la izquierda radical" (sic), #BlackLivesMatter "una organización marxista" (¡ojalá...!) y el "marxismo cultural" ha permeado "todos los ámbitos de la república".
  1. "Comparativitis" tiende a alimentar una falsa superioridad moral ("estamos enfrentando a Hitler") y a la vez el fatalismo ("qué podemos hacer..."). Ambos refuerzan la melancolía nutrida de la intrínseca ambigüedad de las comparaciones históricas. Pero si hay una lección de los errores de la izquierda alemana dela década de los 30 −como insisten los partidarios de "analogizar" nuestros tiempos y proponentes de la estrategia del "mal menor" para frenar a Trump (Chomsky, Moore et al.)– y un punto preciso donde el Weltschmerz de la izquierda se fusiona con el Zeitgeist de las über paralelas, que tal ésta: cuando los socialdemócratas llamaron a votar por Hindenburg –el doppelgänger de Biden− para parar a Hitler −el doppelgänger de Trump− el primero tardó sólo seis meses en entregarle el poder al segundo, abriendo el camino a uno de los periodos más oscuros de la historia. O sea...
  1. Hizo falta un golpe parlamentario-judicial (y el encarcelamiento de Luiz Inácio Lula da Silva) para subir a Jair Bolsonaro al poder en Brasil, pero el PT –"la izquierda amigable a los negocios"− también hizo su parte. Implementando su ciega estrategia de "conciliación de clases". Negándose a llevar una verdadera reforma política o agraria. Desarticu-lando los movimientos sociales con tal de conservar el sistema a punto "de portarse como la SPD en tiempos de Rosa" (Löwy). Alimentando los mismos sectores −medios, agronegocios, micropartidos de la derecha− que luego se volcaron en contra de él (hoy el procapitalista PT es, según Bolsonaro, "el comunismo" detrás de todos los males). "El fascismo siempre es una muestra de una revolución fracasada" (Benjamin).
  1. El Weltschmerz ofrece "falsas comodidades" que hay que, como en caso de la izquierda brasileña, rechazar y aprender a "convertir el luto en la lucha" (bit.ly/3dtaovt). Y, como en el de la izquierda estadunidense, en una fuente de resistencia (bit.ly/3lJpe41). Pero evitar las trampas de la melancolía y las rituales lamentaciones acerca de la "desorientación de la izquierda" significa también ser honestos con nosotros mismos (Hall): aprender de las derrotas sin culpar los acontecimientos externos (el auge del posfascismo, etcétera), analizando más bien nuestra propia postura frente –o detrás− de ellos (bit.ly/3jXt7Sv).
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Viernes, 16 Octubre 2020 05:37

Sobre la tradición radical negra

Sobre la tradición radical negra

Entrevista a Angela Davis

 

Futures of Black Radicalism [Futuros del radicalismo negro] (Verso, 2020) es una obra que reúne a militantes, académicos y pensadores de la tradición radical negra como un reconocimiento y celebración de las obras de Cedric J. Robinson, quien fuera el primero en definir el término. Los ensayos recogidos en el libro miran hacia el pasado, el presente y el futuro del radicalismo negro, así como a las influencias que ha ejercido en otros movimientos sociales. El «capitalismo racial», otra potente idea desarrollada por Robinson, conecta con los movimientos sociales internacionales de hoy, explorando las conexiones entre la resistencia negra y el anticapitalismo. En esta entrevista, Angela Davis, una de las participantes del libro, aborda varios tópicos de esta tradición política e intelectual. Davis es filósofa y activista, autora de Mujeres, raza y clase [1981] (Akal, Barcelona, 2004), Women, Culture, and Politics [Mujeres, cultura y política] (Random House, Nueva York, 1989) y Abolition Democracy: Beyond Prisons, Torture, and Empire [Democracia de abolición. Más allá de las cárceles, la tortura y el imperio] (Seven Stories Press, Nueva York, 2005).

En su investigación se ha centrado en el abolicionismo carcelario, el feminismo negro, la cultura popular y el blues, y el internacionalismo negro, con una mirada a Palestina. ¿En qué sentido se inspira este libro en la tradición radical negra, a la vez que la desarrolla?

Cedric Robinson nos desafió a pensar sobre el papel de los teóricos y activistas radicales negros en la formación de las historias sociales y culturales que nos motivan a vincular nuestras ideas y nuestras prácticas políticas con profundas críticas al capitalismo racial. Me alegra haber vivido lo suficiente como para ver cómo las generaciones más jóvenes de académicos y activistas comenzaron a desarrollar su propia noción de tradición radical negra. El marxismo negro desarrolló una importante genealogía que giraba en torno del trabajo de C.L.R. James, W.E.B. Du Bois y Richard Wright. Como ha señalado H.L.T. Quan, si miramos el trabajo de Robinson en su conjunto, incluidos Black Movements in America [Movimientos negros en Estados Unidos] (1997) y An Anthropology of Marxism [Una antropología del marxismo] (2001), no podemos dejar de observar lo centrales que han sido las mujeres a la hora de forjar una tradición radical negra. Quan dice que cuando le preguntan por qué en su trabajo hay un enfoque tan central en el papel de la mujer y su resistencia, Robinson responde: «¿Por qué no? Toda resistencia, en efecto, se manifiesta en el género, se manifiesta como género. El género es de hecho un lenguaje de opresión [y] un lenguaje de resistencia»1.

He aprendido mucho de Robinson respecto a los usos de la historia: formas de teorizar la historia, o de permitir que se teorice, que son cruciales para nuestra comprensión del presente y para nuestra capacidad de concebir colectivamente un futuro más habitable. Cedric ha explicado que sus notables excavaciones en la historia emanan de la asunción de objetivos políticos en el presente. Siento mucha afinidad con su enfoque desde la primera vez que leí su libro sobre el marxismo negro. El primer artículo que publiqué, escrito mientras estaba en la cárcel, centrado en las mujeres negras y la esclavitud, fue un esfuerzo por refutar el discurso dañino, pero cada vez más popular, sobre el matriarcado negro, tal y como se representaba a través de informes oficiales del gobierno, así como a través de ideas masculinistas generalizadas (como la necesidad de jerarquías de liderazgo basadas en el género, diseñadas para garantizar el predominio de los hombres negros) que circulaban dentro del movimiento negro a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970. Aunque no era así como estaba enfocando mi trabajo en ese momento, ciertamente no dudaría hoy en vincular esa investigación con el esfuerzo de hacer más visible una tradición radical negra y feminista.

Los estudios críticos sobre prisiones en un marco explícitamente abolicionista se sitúan dentro de la tradición radical negra, tanto a través de su reconocida relación genealógica con el periodo de la historia estadounidense que llamamos Reconstrucción Radical como, por supuesto, a través de su relación con el trabajo de W.E.B. Du Bois y el feminismo negro histórico. El trabajo de Sarah Haley, Kelly Lytle Hernández y una nueva y emocionante generación de estudiosos, al vincular su valiosa investigación con su activismo, está ayudando a revitalizar la tradición radical negra.

Parece que con cada generación de activismo antirracista, un estrecho nacionalismo negro regresa como un ave fénix para reclamar la lealtad de nuestros movimientos. El trabajo de Cedric fue inspirado en parte por su deseo de responder al estrecho nacionalismo negro de la era de su (y mi) juventud. Es extremadamente frustrante presenciar el resurgimiento de formas de nacionalismo que no solo son contraproducentes, sino que además contravienen lo que debería ser nuestro objetivo: el florecimiento negro y, por lo tanto, humano. Al mismo tiempo, es emocionante presenciar las formas en que las nuevas formaciones juveniles, Black Lives Matter, Black Youth Project 100 (byp100), Dream Defenders, están ayudando a dar forma a un nuevo internacionalismo negro influido por las feministas y que resalta el valor de las teorías y prácticas queer.

¿Cuál es su balance del movimiento Black Lives Matter, particularmente a la luz de su participación en el Partido Pantera Negra durante la década de 1970? ¿Black Lives Matter, en su opinión, tiene un análisis y una teoría de la libertad consistente? ¿Ve alguna similitud entre ambos movimientos?

Cuando consideramos la relación entre el Partido Pantera Negra y el movimiento Black Lives Matter, parece que las décadas y generaciones que separan a uno de otro crean una inconmensurabilidad que es consecuencia de los cambios económicos, políticos, culturales y tecnológicos. Cambios que hacen que el momento contemporáneo sea tan diferente en muchos aspectos importantes de lo que fueron los años 60. Por eso quizás debemos buscar conexiones entre ambos movimientos que se revelan no tanto en las similitudes, sino más bien en sus diferencias radicales.

El Partido Pantera Negra surgió como una respuesta a la ocupación policial de las comunidades de Oakland, California y las zonas negras urbanas de todo el país. Fue un gesto brillante por parte de Huey Newton y Bobby Seale patrullar los barrios con armas y tratados de derecho para vigilar a la policía. Al mismo tiempo, su estrategia también estaba inspirada en el surgimiento de luchas guerrilleras en Cuba, los ejércitos de liberación en el sur de África y Oriente Medio, o la exitosa resistencia del Frente de Liberación Nacional en Vietnam. En retrospectiva, esto también refleja un fracaso para reconocer, como dijo Audre Lorde, que «las herramientas del amo nunca desmantelarán su casa». De alguna manera, el uso de las armas, aunque principalmente como símbolo de resistencia, transmitió el mensaje de que se podía desafiar a la policía de forma eficaz mediante estrategias policiales.

El hashtag #BlackLivesMatter, desarrollado por Patrisse Cullors, Alicia Garza y Opal Tometi tras el asesinato de Trayvon Martin por parte de un guardia, comenzó a transformarse en una red como respuesta directa a las crecientes protestas en Ferguson, Missouri, que manifestaron un deseo colectivo de exigir justicia para Mike Brown y para todas las vidas negras sacrificadas en el altar del terror racista de la policía. Al pedirnos que resistiéramos radicalmente a la violencia racista en el corazón de las estructuras y estrategias policiales, Black Lives Matter reconoció desde el principio que, si queríamos avanzar de un modo colectivo hacia una nueva idea de justicia, tendríamos que colocar la demanda de desmilitarizar a la policía en el centro de nuestros esfuerzos. En última instancia, esta reflexión está vinculada a un enfoque que exige la abolición de la vigilancia policial tal como la conocemos y experimentamos, planteando la forma en que las estrategias policiales se han transnacionalizado dentro de los circuitos que vinculan a los pequeños departamentos de policía de eeuu con Israel, que domina este campo a través de la policía militarizada asociada a la ocupación de Palestina.

Aprecio el análisis más complejo que adoptan muchos activistas de Black Lives Matter porque refleja con precisión una lectura histórica que es capaz de construir, asumir y criticar radicalmente los activismos y las teorías antirracistas del pasado. Mientras que el Partido Pantera Negra intentó, a veces sin éxito, abrazar los feminismos emergentes y lo que luego se denominó el movimiento de liberación gay, los líderes y activistas de Black Lives Matter han desarrollado enfoques que abordan de manera más productiva las teorías y prácticas feministas y queer. Pero las teorías de la libertad son siempre tentativas. He aprendido de Cedric Robinson que cualquier teoría o estrategia política que pretenda poseer una teoría total de la libertad, o una que pueda entenderse categóricamente, no ha tenido en cuenta la multiplicidad de posibilidades. Esto significa que tal vez una teoría de la libertad solo puede representarse de manera evocativa en el reino de la cultura.

Su investigación más reciente se centra en la cuestión de Palestina y su conexión con el movimiento de liberación negro. ¿Cuándo se hizo evidente esta conexión y qué circunstancias, o coyunturas, hicieron posible esta idea?

En realidad, mis conferencias y entrevistas más recientes reflejan una comprensión cada vez más extendida de la necesidad de un marco internacionalista, dentro del cual la tarea en curso de desmantelar las estructuras del racismo, el heteropatriarcado y la injusticia económica dentro de eeuu puede ser más duradera y más relevante. En mi propia trayectoria política, Palestina siempre ha ocupado un lugar fundamental, precisamente por las similitudes entre Israel y eeuu: su colonialismo y sus procesos de limpieza étnica con respecto a los pueblos indígenas, sus sistemas de segregación, su uso de la ley, sus sistemas para promover la represión sistemática, etc. A menudo señalo que mi toma de conciencia sobre la situación de Palestina se remonta a mis años de licenciatura en la Universidad de Brandeis, que fue fundada el mismo año que el Estado de Israel. Además, durante mi propio encarcelamiento, recibí el apoyo de los presos políticos palestinos, así como de abogados israelíes defensores de palestinos.

En 1973, cuando asistí al Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Berlín (en la República Democrática Alemana), tuve la oportunidad de conocer a Yasser Arafat, quien siempre reconoció la relación entre la lucha palestina y la lucha por la libertad negra en eeuu. Como el Che Guevara, Fidel Castro, Patrice Lumumba y Amílcar Cabral, Arafat fue una figura venerada dentro del movimiento negro de liberación. En aquella época, el internacionalismo comunista –en África, Oriente Medio, Europa, Asia, Australia, América del Sur y el Caribe– era una fuerza poderosa. Yo seguramente habría seguido una trayectoria diferente si este internacionalismo no hubiera jugado un papel tan importante.

Los encuentros entre las luchas de liberación negra en eeuu y los movimientos contra la ocupación israelí de Palestina tienen una larga historia. El libro de Alex Lubin, Geographies of Liberation: The Making of an Afro-Arab Political Imaginary [Geografías de la liberación. La creación de un imaginario político afro-árabe] intenta cartografiar aspectos importantes de esta historia. Sin embargo, a menudo no es en el ámbito explícitamente político donde se descubren los momentos de contacto. Como destacó Cedric Robinson, a veces estos operan en el ámbito cultural. Por supuesto, Freedom Dreams: The Making of the Black Radical Imagination [Sueños de libertad. La creación de la imaginación radical negra], de Robin Kelley, sitúa el campo del surrealismo como una zona de contacto especialmente productiva. A fines del siglo xx, fue la poeta feminista negra June Jordan quien puso en primer plano el tema de la ocupación de Palestina. A pesar de los ataques que sufrió por parte del sionismo, y de perder temporalmente su amistad con Adrienne Rich2 (quien más tarde también se convirtió en crítica de la ocupación), June se volvió una poderosa defensora de Palestina. En su poesía encarnó la causa de la liberación negra y palestina: «Nací una mujer negra / y ahora me he convertido en palestina / contra la risa implacable del mal / cada vez hay menos espacio para vivir / ¿y dónde están mis seres queridos? / Es hora de regresar a casa»3.

En un momento en que las feministas negras intentaban crear estrategias basadas en lo que ahora llamamos interseccionalidad, June, que representaba lo mejor de la tradición radical negra, nos enseñó sobre el potencial de las afinidades políticas más allá de las fronteras nacionales, culturales y supuestamente raciales, ayudándonos a imaginar futuros más habitables.

Como he señalado en muchas ocasiones, tuve la impresión de que entendí completamente la ocupación cuando en 2011 me uní a una delegación de activistas académicas feministas indígenas y de mujeres de color en Cisjordania y Jerusalén Este. Aunque todas nosotras ya estábamos vinculadas al movimiento de solidaridad, todas estábamos completamente conmocionadas por lo poco que realmente sabíamos sobre la violencia cotidiana de la ocupación. Al concluir nuestra visita, decidimos colectivamente dedicar nuestras energías a participar en la campaña Boicot, Desinversiones y Sanciones (bds) y ayudar a elevar la conciencia de nuestros diversos grupos con respecto al papel de eeuu en el mantenimiento de la ocupación militar. Así que sigo profundamente conectada a este proyecto, con Chandra Mohanty, Beverly Guy-Sheall, Barbara Ransby, Gina Dent y las otras compañeras de la delegación.

En los años posteriores a nuestro viaje, muchas otras delegaciones de académicos y activistas han visitado Palestina y han ayudado a acelerar, ampliar e intensificar el movimiento de solidaridad. En la medida en que los impulsores del movimiento de bds se han inspirado en la campaña contra el apartheid de Sudáfrica, los activistas estadounidenses han señalado que se pueden extraer lecciones profundas de aquella política de boicot. Muchas organizaciones y movimientos dentro de eeuu han visto cómo la incorporación de estrategias anti-apartheid a sus agendas transformaba radicalmente su propio trabajo. La campaña contra el apartheid no solo ayudó a fortalecer los esfuerzos internacionales para acabar con el estado de apartheid, sino que también revitalizó y enriqueció muchos movimientos nacionales contra el racismo, la misoginia y la injusticia económica.

De la misma manera, la solidaridad con Palestina tiene el potencial de transformar y ampliar la conciencia política de nuestros movimientos contemporáneos. Los activistas de Black Lives Matter y otros vinculados con este momento histórico tan importante demuestran una creciente conciencia colectiva en este terreno que puede desempeñar un papel importante en obligar a otros sectores del activismo por la justicia social a asumir la causa de la solidaridad palestina, en concreto, el bds. Las alianzas en los campus universitarios que incluyen a organizaciones estudiantiles negras, Students for Justice in Palestine [Estudiantes por la Justicia en Palestina] y los Jewish Voice for Peace [Voz Judía por la Paz] nos recuerdan la profunda necesidad de unir los esfuerzos antirracistas y desafiar la islamofobia y el antisemitismo mediante la resistencia global a las políticas y prácticas de apartheid del Estado de Israel.

Teórica e ideológicamente, Palestina también nos ha ayudado a ampliar nuestra visión de la abolición, entendida como la abolición del encarcelamiento y la vigilancia. La experiencia de Palestina nos empuja a revisitar conceptos como el de «Estado carcelario» para comprender seriamente las vicisitudes cotidianas de la ocupación y la vigilancia por parte no solo de las fuerzas israelíes, sino también de la Autoridad Palestina. Esto, a su vez, ha estimulado otras vías de investigación sobre los usos del encarcelamiento y su papel, por ejemplo, en la perpetuación de nociones binarias con respecto al género y en la naturalización de la segregación basada en la capacidad física, mental e intelectual.

¿Qué tipo de movimientos sociales pueden o deberían existir en la coyuntura actual, teniendo en cuenta la hegemonía global estadounidense, las relaciones económicas neoliberales, la contrainsurgencia militarizada dentro del país y el «daltonismo» racial?

En un momento en que el discurso popular está cambiando rápidamente, en respuesta directa a las presiones que emanan de las protestas sostenidas contra la violencia estatal y de las prácticas de representación vinculadas a las nuevas tecnologías de comunicación, sugiero que necesitamos movimientos que presten tanta atención a la educación política popular como a las movilizaciones que han logrado colocar la violencia policial y el encarcelamiento masivo en la agenda política nacional. Creo que esto significa tratar de forjar un análisis de la coyuntura actual que extraiga lecciones importantes de los ciclos relativamente recientes, que han llevado nuestra conciencia colectiva más allá de los límites anteriores. En otras palabras, necesitamos movimientos que estén preparados para resistir las inevitables presiones hacia la asimilación. El movimiento Occupy nos permitió desarrollar un vocabulario anticapitalista: el 99% frente al 1% es un concepto que se ha incorporado al lenguaje popular. La cuestión no es solo cómo preservar este vocabulario, como hizo, por ejemplo, la plataforma de Bernie Sanders, sino también cómo construir sobre esto o enriquecerlo con la idea del capitalismo racial, lo cual no puede expresarse en términos que asuman la homogeneidad que siempre subyace al racismo.

Cedric Robinson nunca dejó de investigar ideas, productos culturales y movimientos políticos del pasado. Intentó comprender por qué coexistieron las trayectorias de asimilación y resistencia en los movimientos negros de liberación en eeuu. Las estrategias asimilacionistas que dejan intactas las circunstancias y las estructuras que perpetúan la exclusión y la marginación siempre se han ofrecido como la alternativa más razonable a la abolición, que, por supuesto, no solo requiere resistencia y desmantelamiento, sino también reinvenciones y reconstrucciones radicales.

Quizás este sea el momento de crear las bases para un nuevo partido político, uno que hable con un número mucho mayor de personas de las que los partidos políticos progresistas tradicionales han demostrado ser capaces de hacer. Este partido tendría que estar orgánicamente vinculado a la gama de movimientos radicales que emergieron tras el surgimiento del capitalismo global. Al reflexionar sobre el valor del trabajo de Robinson en relación con el activismo radical contemporáneo, me parece que este partido tendría que estar anclado en la idea del capitalismo racial: sería antirracista, anticapitalista, feminista y abolicionista. Pero lo más importante de todo, tendría que reconocer la prioridad de los movimientos en el terreno, movimientos que reconocen la interseccionalidad de los problemas actuales, movimientos que son lo suficientemente abiertos como para permitir la aparición futura de problemas, ideas y movimientos que ni siquiera podemos empezar a imaginar hoy.

¿Usted hace una distinción, en su investigación y activismo, entre el marxismo y el «marxismo negro»?

He pasado la mayor parte de mi vida estudiando las ideas marxistas y me he identificado con grupos que no solo han asumido las críticas inspiradas por los marxistas sobre el orden socioeconómico dominante, sino que también han luchado por comprender la relación coconstitutiva entre el racismo y el capitalismo. Habiendo seguido especialmente las teorías y prácticas de los comunistas negros y antiimperialistas en eeuu, África, el Caribe y otras partes del mundo, y habiendo trabajado durante varios años dentro del Partido Comunista con una formación negra que tomó como referencia al Che Guevara y a Patrice Lumumba, el marxismo, desde mi punto de vista, siempre ha sido un método y un objeto de crítica. En consecuencia, no necesariamente veo las expresiones «marxismo» y «marxismo negro» como opuestas.Me tomo muy en serio los argumentos de Robinson en Black Marxism: The Making of the Black Radical Tradition [Marxismo negro. La creación de la tradición radical negra]4. Si asumimos la centralidad incuestionable de Occidente y de su desarrollo económico, filosófico y cultural, entonces los modos económicos, las historias intelectuales, las religiones y las culturas asociadas a África, Asia y los pueblos indígenas no serán reconocidos como dimensiones significativas de la humanidad. El concepto mismo de humanidad siempre ocultará una racialización interna y clandestina, que excluirá las posibilidades de igualdad racial. Huelga decir que el marxismo está firmemente anclado en esta tradición de la Ilustración. Los brillantes análisis de Robinson revelaron nuevas formas de pensar y actuar generadas precisamente a través de los encuentros entre el marxismo y los intelectuales y activistas negros, que ayudaron a constituir la tradición radical negra.

El concepto asociado al marxismo negro que considero más productivo y potencialmente más transformador es el de «capitalismo racial». Aunque Capitalismo y esclavitud de Eric Williams se publicó en 1944, los esfuerzos académicos que exploran esta relación han permanecido relativamente en los márgenes5. Con suerte, las nuevas investigaciones sobre el capitalismo y la esclavitud ayudarán a legitimar aún más la noción de capitalismo racial. Si bien es importante reconocer el papel fundamental que desempeñó la esclavitud en la consolidación histórica del capitalismo, los desarrollos más recientes vinculados al capitalismo global no se pueden comprender adecuadamente si se ignora la dimensión racial del capitalismo.

Nota: la versión original de esta entrevista en inglés se publicó en el blog de Verso Books y fue traducida por la revista Viento Sur. Revisión de la traducción: Pablo Stefanoni.

  • 1. H.L.T. Quan: «Geniuses of Resistance: Feminist Consciousness and the Black Radical Tradition» en Race & Class vol. 47 N° 2, 2005.
  • 2. Poeta, intelectual, crítica, feminista y activista lesbiana estadounidense (1929-2012) [N. del E.].
  • 3. «I was born a Black woman / and now / I am become a Palestinian / against the relentless laughter of evil / there is less and less living room / and where are my loved ones? / It is time to make our way home».
  • 4. De próxima publicación en español por Traficantes de Sueños.
  • 5. Hay edición en español: Traficantes de Sueños, Madrid, 2011.

Sección: Tribuna global
NUSO Nº 289 / Septiembre - Octubre 2020

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