MÚSICA DESDE OTRAS COORDENADAS

El gobierno de izquierda resulta en Europa, pero hay silencio

Por increíble que parezca, hay un gobierno de izquierda en Europa, antineoliberal, que marcha bien. Por increíble que parezca, porque parece que el clima no daría para eso. Syriza no ha logrado enfrentar la austeridad de la Unión Europea. El PSOE se ha negado a una alianza con Podemos, que habría llevado a un gobierno como el de Portugal. Y los portugueses, que escriben artículos sobre tantos temas, no ayudan para nada a difundir al gobierno de su país, un gobierno de izquierda que resulta. Una actitud cobarde se sumarse al silencio de los grandes medios internacionales contra el gobierno portugués, que une a toda la izquierda del país.

Cuando el gobierno de derecha, aun quedando en primer lugar, no logró, hace año y medio, mayoría suficiente para gobernar, surgió la propuesta de uno de toda la izquierda, que reuniera al Partido Socialista, al Frente de Izquierda y al Partido Comunista, que sumados tendrían mayoría para gobernar. Debieron llegar a un acuerdo entre ellos, con concesiones mutuas. El Partido Socialista tuvo que abandonar su propuesta de flexibilización de relaciones de trabajo, así como de privatización del sistema de trasportes, pero, sobre todo, las políticas de austeridad que promueven una devastación social en toda Europa. Los otros grupos de izquierda no participan directamente del gobierno, pero lo apoyan, a partir de un documento que define el fin de la política de austeridad a cambio de la retirada de la posición de salida de la Unión Europea.

Al principio había cierto escepticismo sobre la viabilidad de ese tipo de gobierno, en medio de acusaciones terroristas de la derecha, según las cuales el país iría al quiebre. Casi año y medio después, el gobierno del socialista Antonio Costa va muy bien, es más popular que nunca y con resultados económicos y sociales muy positivos, confirmando que la vía de la izquierda contemporánea es la de la unidad en la lucha por la superación del modelo neoliberal.

Los sueldos de los servidores públicos fueron recuperados, su jornada de trabajo fue reducida de 40 a 35 horas, el sueldo vital fue elevado en términos reales, al igual que las remuneraciones de los retirados. Al mismo tiempo, se respetan los criterios sobre los déficits presupuestarios, dado que ese déficit bajó a 2.3 por ciento del producto interno bruto, la menor cifra de la historia democrática de Portugal. Todo ello acompañado del reinicio del crecimiento económico y la disminución del desempleo de 12.3 a 10.5 por ciento.

"Nuestro principal objetivo era frenar el programa de la derecha y lo logramos", dice la joven dirigente del Frente de Izquierdas, Catarina Martins, líder de la bancada de ese partido en el Congreso. "Nosotros hemos contribuido a un conjunto de medidas que van en la dirección de mayor justicia social", ha declarado Jeronimo de Souza, dirigente del Partido Comunista de Portugal. Era necesario encontrar "respuestas a los problemas urgentes de salarios, retiro de los trabajadores y de funcionamiento del sistema de salud", agrega. "El acuerdo que logramos fue el mejor posible con el 10 por ciento de votos que tenemos", comenta Catalina.

Ese esquema es el que casi fue aprobado en España por la alianza del PSOE con Podemos, pero fue bombardeado por los sectores conservadores del socialismo español. Portugal demuestra que es una vía posible: al igual que los gobiernos progresistas de América Latina, organiza un gobierno centrado en la lucha por la superación del modelo neoliberal. España mira con esperanzas a Portugal, pero también Francia, donde un candidato de izquierda triunfó en las primarias del Partido Socialista y propone un frente al otro candidato socialista –Mélenchon– y al candidato verde.

Pero, ¿por qué un gobierno de izquierda que resulta no es difundido por las fuerzas de izquierda y por los intelectuales portugueses, y otros que a menudo escriben sobre Portugal para destacar los reveses y las dificultades de la izquierda? Colaboran así para sabotear ese gobierno, dejándolo en la sombra. Parece que son personas a las que sólo les gusta destacar los errores y los problemas de la izquierda, pero que no están dispuestas a difundir y reconocer sus avances. A pesar de todo, el gobierno de unidad en Portugal avanza y tiende a volverse una referencia para la izquierda de los otros países de Europa.

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Violentas protestas obligan a cancelar un acto de Breitbart en la Universidad de Berkeley

La policía carga contra los manifestantes en la universidad californiana que protestaban contra el provocador de ultraderecha Milo Yiannopoulos


Un grupo de estudiantes de la Universidad de California en Berkeley (San Francisco) impidió este miércoles por la tarde con una manifestación violenta que se celebrara un acto en el campus en el que tenía previsto hablar un provocador de extrema derecha llamado Milo Yiannopoulos. La protesta, en la que algunos encapuchados rompieron cristales, acabó en un enfrentamiento con la policía y el cierre parcial del campus, en lo que supone uno de los incidentes más violentos en el estado de tensión desde que Donald Trump asumió la presidencia de Estados Unidos.


Yiannopoulos, británico de 33 años, es un provocador que escribe para la web ultraderechista Breitbart. El exdirector de este medio, Steve Bannon, es ahora el estratega jefe de la Casa Blanca y uno de los hombres más poderosos de Washington, al que se le atribuyen las iniciativas más agresivas del presidente Trump. Tanto Yiannopoulos como Bannon y Breitbart eran desconocidos para el gran público antes de su asociación con Trump. Yiannopoulos comenzó a ganar notoriedad cuando Twitter le cerró su cuenta por insultar a la actriz Leslie Jones.


Este miércoles, la universidad decidió cancelar el acto por razones de seguridad después de que los manifestantes lanzaran petardos y tiraran las barreras metálicas que la policía había montado para impedir el acceso, según el relato del San Francisco Chronicle. Tras la cancelación, las imágenes de televisión mostraron unos centenares de personas concentradas en el campus, con al menos un fuego en la calle y varios cristales rotos en dependencias comerciales. En las pancartas se leían lemas como “esto es la guerra”.


Es la segunda vez que los estudiantes de la universidad pública de California impiden hablar a Yiannopulos. La anterior fue el mes pasado en el campus de UC Davis, el vivero de políticos del Estado, cerca de Sacramento. En aquella iba a aparecer con otro villano profesional, el exdirectivo farmacéutico Martin Shkreli. Después de ese incidente, decidió cancelar su visita al campus de Los Ángeles (UCLA), prevista para este 2 de febrero.


Estas visitas se enmarcan en una gira de conferencias por universidades de todo el país que Yiannopoulos ha bautizado como Dangerous Faggot (maricón peligroso) tour. Las protestas del miércoles no son las más graves que ha provocado. El pasado 21 de enero, un hombre fue herido de un disparo durante una manifestación para impedir a Yiannopoulos hablar en el campus de la Universidad de Washington en Seattle.


El campus de Berkeley y la zona de Oakland, en la bahía de San Francisco, tienen en general fama de combativos. Al día siguiente de la victoria de Trump en las elecciones, allí se vivieron las manifestaciones más violentas del país al grito de "No es mi presidente". Hubo decenas de detenidos y tres policías heridos.

 

Por Pablo Ximénez de Sandoval
Los Ángeles 2 FEB 2017 - 04:30 COT

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Miércoles, 01 Febrero 2017 07:29

El trabajo y la nueva política

El trabajo y la nueva política

A lo largo de la historia, el trabajo, en sus diferentes formas, ha sido un factor determinante en la organización social y política de las sociedades.

Desde el esclavismo hasta el trabajo asalariado de los obreros, el trabajo ha sido el eje sobre el que se han articulado formas de producción, relaciones sociales, estructuras de poder, ideologías.

De los conflictos sociales provocados por la explotación de las personas trabajadoras y de su articulación política han nacido algunas de las fuerzas más importantes y la energía social necesaria para generar grandes cambios sociales. No hace falta ser un marxista convencido para compartir esta lectura de la historia.

En la configuración económica, social y política de las sociedades, el trabajo ha compartido protagonismo con la tecnología, su uso, control y transformación. Desde el más remoto descubrimiento del fuego hasta la más reciente nano-tecnología, pasando por el uso del arado pesado, esa “nueva tecnología”, que en los inicios del segundo milenio y en las tierras de Centroeuropa permitió aumentar la productividad del trabajo agrícola, posibilitó la acumulación de capital necesaria para impulsar el mercantilismo y actuó de simiente de nuevas relaciones sociales de aquel momento.

La interacción dialéctica entre tecnología, formas de trabajo, estructuras sociales y superestructura política es un potente hilo conductor de la historia que, si bien no se repite nunca, sí tiene unas pautas comunes de comportamiento. Y una de ellas es el protagonismo del trabajo como factor determinante para la articulación social y política de la sociedad.

La lucha contra las diferentes formas de explotación del trabajo, esclavismo, colonato, servidumbre, trabajo asalariado, ha estado siempre en el origen de las grandes revoluciones sociales y de los grandes cambios políticos, compartiendo protagonismo con las luchas por los derechos civiles

Por eso sorprende comprobar cómo el trabajo como categoría social ha desparecido, o mejor dicho, nunca ha existido en los nuevos proyectos políticos que, según sus impulsores, están llamados a sustituir a la vieja política.

El trabajo y el conflicto social a él asociado, las formas de organización social de las personas trabajadoras y sus expresiones políticas no juegan ningún papel en el relato de los movimientos sociales y las fuerzas políticas emergentes.

La pobreza, sus consecuencias humanas, las desigualdades sociales, son realidades muy presentes en el discurso de la nueva política, que bien puede ser compartido por muchas otras opciones. Pero no así el trabajo ni el conflicto social que le es inherente, ni en sus formas tradicionales de trabajo asalariado ni en las emergentes, aún por caracterizar y catalogar de manera clara.

No soy capaz de afirmar que estemos ante una gran anomalía histórica, porque tengo la convicción que los grandes momentos de cambio de época, y este es uno de ellos, son también momentos de gran desconcierto, tanto en la comprensión de lo que está pasando como en las respuestas a darle.

Baste leer los primeros capítulos de “La formación de la clase obrera en Inglaterra” de Thompson para comprobar el grado de desconcierto de las primeras reacciones frente a las consecuencias de la industrialización salvaje de aquellos tiempos. O prestar atención a los episodios de quema de fábricas del ludismo, por mucho que el entrañable Eric Hobsbawm lo caracterizara, de manera un tanto bondadosa, como formas incipientes de negociación colectiva. “Negociación colectiva por medios de disturbio”, creo que fue el nombre que les puso.

Pero que no estemos ante una excepción histórica no significa que la ausencia del trabajo y del conflicto social, en el relato y en el marco mental de la nueva política, no sea motivo de preocupación. Y a mi entender, constituye un mal presagio de su capacidad de ser una alternativa social y política.

En el intento de explicar las razones profundas de este gran olvido, me aparecen algunas intuiciones que pudieran explicar, al menos parcialmente, este vacío. Aunque intuyo que las causas pueden ser más amplias, diversas y complejas.

Es posible que en el origen de este boquete ideológico de la nueva política nos encontremos con la pérdida de centralidad del trabajo asalariado tal como lo hemos conocido en la época del industrialismo. Una pérdida de centralidad que afecta también a la centralidad del sujeto histórico de la clase obrera y a la categoría social de trabajador. La fuerza y la hegemonía ideológica del concepto dominante de “clases medias” es la mayor prueba de ello.

Esta pérdida de centralidad del trabajo afecta sin duda a la centralidad de las organizaciones sociales que han articulado durante dos siglos el trabajo, los sindicatos, y también a sus expresiones políticas.

Hay otro factor no menos importante: las personas que dirigen hoy estas nuevas expresiones políticas no se han socializado en el trabajo. Para ellas, el trabajo asalariado no es una realidad conocida, y mucho menos experimentada. Sus historias, en muchos casos, preñadas de lucha social, no lo han sido en el epicentro del conflicto entre capital y trabajo propio del siglo XX, las empresas. Y de la misma manera que las condiciones materiales determinan la conciencia, las experiencias vitales determinan también la manera en que cada uno se aproxima a la realidad.

No hay duda que el trabajo asalariado ha perdido peso en la estructuración de las relaciones sociales, que muchas de las formas de trabajo actual no encajan en las categorías estrechas que generó el taylorismo, que muchas de las personas que hoy trabajan lo hacen fuera de estas lógicas. Y que, en consecuencia, la capacidad de agregar intereses, fraternidad y alternativas de las organizaciones sindicales, se ha debilitado.

Pero conviene no olvidar que hoy en España hay 22,7 millones de trabajadores (3,7 m en Cataluña), de los cuales 18,5m están ocupados (3,2m en Cataluña). En su mayoría, trabajadores asalariados.

Harían bien las fuerzas políticas que pretenden la hegemonía ideológica en estas primeras décadas del siglo XXI en no abandonar el trabajo y el conflicto social como uno de los ejes fundamentales de su relato político. Y sobre todo, no verlo como algo del pasado, de lo antiguo.

Hoy existe un riesgo grave de substituir el conflicto entre clases en conflictos intra-clase. La intencionada utilización de la inmigración como arma política es un buen ejemplo de ello. La fuerte precarización de las condiciones de trabajo de las personas más jóvenes y la ruptura de las expectativas generadas son un caldo de cultivo propicio para hacer del conflicto intergeneracional un factor aglutinador. Y algo de eso me parece observar en algunas formulaciones políticas.

Convendría no olvidar que, con todas las rupturas que se quiera y se sea capaz de articular políticamente, otra de las enseñanzas de la historia es que existen fuertes continuidades, incluso en momentos de ruptura.

Y que en estos momentos no parece oportuno menospreciar lo que existe, cuando aún no se ha sido capaz de construir nada nuevo, ni tan siquiera una comprensión del presente o una proyección del futuro inmediato.

Todas las grandes respuestas sociales han bebido siempre de las formas de organización social pre-existentes. Baste recordar que, en sus inicios, las formas de proto-sindicalismo tenían más similitudes con los viejos gremios que con lo que hoy se conoce como sindicalismo. Ayuda mutua, sindicar y proteger intereses de colectivos unidos por una profesión están en sus orígenes.

Esta similitud alcanza también a los valores dominantes y a la ideología con la que se combatió, incluso penalmente, al sindicato. La prohibición del sindicalismo y la negociación colectiva se sustentó en sus inicios en nombre de la libertad de comercio, en la medida que el sindicato alteraba el precio de la mercancía del trabajo libremente determinada por el mercado. Nótese que más de dos siglos después, el hilo ideológico continúa siendo el mismo.

Con esta reflexión quiero llamar la atención sobre la necesidad de encontrar un punto de equilibrio entre el conservadurismo de lo conocido y el adanismo de creer que todo comienza cada mañana.

Harán bien las fuerzas sociales y políticas emergentes en intentar comprender mejor cómo se va a articular el trabajo en el siglo XXI y, por tanto, en cómo darle articulación política. Si hacemos caso al hilo conductor de la historia –sin menospreciar sus brutales disrupciones–, es probable que se trate de una vida con menos horas de trabajo en cómputo vital, menor protagonismo del trabajo retribuido en la vida de las personas –sobre todo, si se compara con los momentos en que solo se vivía para buscar el sustento–, menor protagonismo del trabajo en los ingresos y rentas de las personas, mayor libertad –sobre todo, si se compara con el esclavismo o la servidumbre. Y nuevas formas de organización social del trabajo y el conflicto social que, de momento, no se vislumbran.

Pero, al mismo tiempo que se intenta construir el futuro, conviene no olvidar que el presente está aún hoy dominado por el trabajo asalariado, especialmente si abrimos el zoom a nivel global. Los cambios nunca son súbitos, y la mejor manera de llegar rápido al futuro es no menospreciar el presente y saber entregar y recoger bien el testigo.

Me resulta difícil imaginar un proyecto político que no sitúe el trabajo y el conflicto social que le es inherente en el eje de su relato, de su marco mental, de su estrategia. El trabajo del futuro, también el trabajo del presente.

Además, si no lo hace la izquierda, la articulación política del trabajo la realiza la derecha, la extrema derecha, que hoy, en muchos países, está construyendo su proyecto político a partir de la manipulación del conflicto entre trabajadores –inmigración, conflictos generacionales.

Sin dar protagonismo al trabajo y al conflicto social que le es inherente, no podremos construir una alternativa política que sea capaz de ganar la batalla, que se gana o se pierde siempre primero en el terreno de las ideas.

Creo sinceramente que esta es una de las enseñanzas que nos ofrece la historia que haríamos muy bien en no ignorar.

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“La izquierda cree que sus ideas son tan estupendas que no le hace falta defenderlas”

"En realidad, la austeridad funciona muy bien para lo que ha sido diseñada: transferir riqueza de abajo a arriba. Y nos han convencido de que es el mejor resultado"

 

En 2018 cumple 20 años el movimiento ATTAC. Nacido en Francia como grupo de presión a favor de la introducción de una tasa a las transacciones financieras internacionales (conocida popularmente como Tasa Tobin), su propósito es organizar a la sociedad civil para “poner freno a la dictadura de los poderes económicos, ejercida a través de los mecanismos de mercado”. A finales de enero, Madrid ha acogido una reunión de ATTAC Internacional, en la que participa su presidenta de honor y del Transnational Institute de Ámsterdam, Susan George. Esta lúcida filósofa y analista política nacida en Ohio (EEUU) hace 82 años (desde 1994 tiene la nacionalidad francesa) es la autora de la célebre distopía “El Informe Lugano”.


¿Cómo cree que pueden afectar al comercio internacional las recientes decisiones del nuevo presidente estadounidense Donald Trump de dinamitar distintos tratados comerciales internacionales?


Estoy encantada de que Trump se haya desembarazado del Tratado Transpacífico (TTP), y espero que también lo haga con el europeo TTIP. Creo que probablemente lo hará, porque ha dicho que quiere establecer acuerdos bilaterales. Si se deshace de estos dos grandes tratados, no creo que perjudique al comercio mundial en absoluto, porque no se trataba de comercio, sino de dar más privilegios regulatorios a las grandes compañías transnacionales. Si se llega a acuerdos bilaterales, puede incluso ser beneficioso. No digo que todas las decisiones económicas (de Trump) sean beneficiosas, pero usted me ha preguntado por el comercio.


En los últimos meses hemos vivido una sucesión de filtraciones, como los Papeles de Panamá. ¿Cómo contempla esta nueva forma de conocer los desmanes de las empresas para defraudar impuestos?


Es muy buena, los periodistas realmente están haciendo su trabajo. Cientos de miles de personas pueden comprender ahora mejor lo que significa un paraíso fiscal y cómo funciona, y cómo están robando dinero que pertenece a los ciudadanos. Por ejemplo, en Francia se ha hecho un estudio parlamentario que muestra que entre 60.000 y 80.000 millones de dólares han desaparecido de los fondos del Tesoro. Impuestos que no se han pagado porque transferencias que se tendrían que haber hecho en el país no se hicieron. La mayoría de la gente no supo estas cosas hasta que se publicaron en los periódicos. Gracias a filtraciones como “Los Papeles de Panamá” mucha más gente sabe que les han estado robando a ellos, directamente, de sus hospitales, de su transporte público.


Una de las razones de la desigualdad es que las multinacionales no estén pagando todos los impuestos que deberían.
Tengo un amigo que es inspector de hacienda retirado, y le planteé esa pregunta hace muchos años: “¿Están las transnacionales pagando todos los impuestos que deben?”. Y me contestó: “Siempre pagan algo, pero pagan lo que quieren”. Deberían decir en cada país en el que operan cuáles son sus volúmenes de ventas, cuáles son sus beneficios, cuántas personas tienen empleadas, lo básico, y entonces podemos decidir cuánto tienen que pagar. No sería tan difícil, resolvería muchas cosas, pero no tenemos los instrumentos legales adecuados para ello. Y Trump probablemente va a hacer que continúe siendo así.


Varios países, entre ellos España, han dicho que estarían dispuestos a implementar una tasa a las transacciones financieras internacionales, una suerte de tasa Tobin como la que defiende ATTAC. ¿Ve posible este escenario?


Por desgracia, fue Francia, mi país, el que evitó que se implementase en el pasado. Pero me parece muy bien que España se haya mostrado a favor. En algún momento tendrán que aplicarla, porque de nuevo volvemos a la cuestión de que nuestros ahorros están siendo robados. Una vez que la gente lo sabe, piensa que su dinero puede gastarse mejor que ir al bolsillo de los más ricos del mundo.


Por eso la información es tan importante. Cuando yo comencé en el activismo y en la política, decíamos “debéis salir de Vietnam”. Y la gente quizá estaba de acuerdo, o quizá no, pero sabían de lo que estabas hablando. Ahora las respuestas son más largas y complejas. La información es muy importante y es muy importante seguir repitiéndola.


Los índices de desigualdad están creciendo incluso si nuestros gobiernos hablan de subidas de PIB. ¿Cree que se puede decir que la crisis económica forma parte del pasado?


Es que no creo que sea una crisis. Una crisis significa algo terminal, significa que o vas a recuperarte o vas a morir, pero no dura casi diez años. Esto no es una crisis, es una enfermedad que está siendo fomentada por las políticas económicas actuales. En realidad, la austeridad funciona muy bien para lo que ha sido diseñada: transferir riqueza de abajo a arriba. Y nos han convencido de que es el mejor resultado.


¿Qué opina de la idea de que el desempleo está creado por los gobiernos y por los poderes para mantener a la gente con miedo, para que no se rebelen?


No sé si es deliberado crear miedo. Pero escuché una charla de Tony Benn (un destacado diputado laborista británico, fallecido en 2014) en la que empezaba diciendo “el miedo es la disciplina de la economía capitalista”. Es una manera muy elegante de decirlo. Si los gobiernos lo hacen aposta, no lo sé, porque tendrían mucho más éxito y serían reelegidos si luchasen contra el tipo de desigualdad que vivimos en nuestros países.


A mediados de los años 70, en Europa las rentas del trabajo eran el 70% y las del capital del 30%. Ahora las rentas del trabajo son del 60% y las del capital del 40%. Así que se ha perdido un 10% de riqueza en el bolsillo de la gente. Un 10% del PIB europeo son algo así como 1,6 billones. Es mucho dinero que no va a ir al consumo y la inversión europeas, y que no pagará impuestos por ello.


Así que no es un misterio que en los últimos años la gente tenga menos que gastar, que la gente esté corta de dinero. Entonces la pregunta es pertinente. ¿Es que los gobiernos lo hacen aposta o es que no saben economía? Pero lo que es cierto es que hay una economía equivocada (la de la austeridad) que se ha convertido en la biblia. Y para convencer de ella hay enormes inversiones en think tanks, en libros, artículos, tribunas universitarias, jueces, instituciones religiosas.
Gramsci en los años 20 ya dijo “puedes ganar a través de la violencia, pero también a través de sus cabezas. Y para hacer eso tienes que usar las instituciones”. Y eso es lo que la izquierda no ha entendido y la derecha, sí. La izquierda cree que sus ideas son tan estupendas que no hay que defenderlas (somos generosos, somos simpáticos, defendemos los derechos humanos). Pero el problema es que la derecha ha logrado enmarcar estas cuestiones de manera que han dicho a la gente, y les han convencido: “Si no tienes trabajo y eres pobre, es tu culpa. No eres organizado y te mereces lo que tienes”. Mucha parte de este mensaje ha sido interiorizada.


¿En qué se nota?


Ahora hay gente que se está rebelando, pero la mayoría vota contra sus intereses, vota a Trump. Todo su Gabinete proviene de las grandes empresas. Pero la gente corriente vota esto, creen que en su interés. El Brexit es parecido, creo que la gente corriente tiene una idea equivocada de lo que va a pasar allí, porque las leyes sociales británicas son peores que las europeas, en cuanto a salario mínimo, horas extra, en aspectos sociales van a estar peor, pero lo votaron probablemente por miedo a la inmigración, aunque estén equivocados.

 

Por Marina Estévez Torreblanca
eldiario.es

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Macroencuesta a escala mundial: la mayoría dice que el sistema no funciona. Espectacular aumento de la desconfianza en los gobiernos, los medios de comunicación, las elites y las ONGs

De acuerdo con una encuesta realizada a escala planetaria, que también ofrece pistas sobre las razones del triunfo electoral de Trump, diríase que vivimos en una época prerrevolucionaria.


Diríase que basta con señalar a otros con el dedo para sacar ventajas decisivas. Donald Trump parece haber ganado también porque ha conseguido sembrar desconfianza; desconfianza en el Congreso, en los demás políticos, en la elite, en los medios, en los expertos, en el extranjero y en los extranjeros y en muchas otras cosas. A los ojos de muchos electores parece corporeizar la verdad, la transparencia y la honorabilidad, lo que, a fin de cuentas, le granjea su confianza, aun cuando él mismo mantiene en la opacidad sus negocios, incorpora a la parentela a la Casa Blanca y no pocas veces ha divulgado mentiras y medias verdades.


Partes del electorado no sólo parecen aplaudir su rechazo y desprecio de las autoridades establecidas cuando hay cosas criticables y precisadas de cambio: se orientan extrañamente no hacia políticos y medios de comunicación que proceden con rectitud y tratan de ofrecer una imagen bien perfilada y diferenciada, sino que se entregan sin más a pintores políticos, ideológicos y mediáticos de brocha gorda, como Trump o Breitbart.com. Algo parecido puede observarse en Alemania con los seguidores de la AfD (Alternativa para Alemania, por sus siglas en alemán).


Acaba de aparecer un informe de la agencia de relaciones públicas y comunicación Edelman. En él se registra que la confianza se halla en crisis en todo el mundo. Desde 2012 viene ofreciendo anualmente esta empresa un “Barómetro de confianza” y ahora constata que la confianza en las cuatro instituciones socialmente importantes –economía privada, gobierno, ONGs y medios de comunicación— se ha desplomado profundamente. Las personas han dejado de creer cada vez más que el sistema trabaja para ellas. Y no les falta razón. Las preocupaciones suscitadas por la globalización, la velocidad de la innovación y la destrucción de los valores sociales se estaría transformando en miedo y, a su través, alimentando movimientos populistas cada vez más fuertes en las democracias occidentales.


Ni que decir tiene que esta empresa, ella misma un actor de alcance global, no ve en la desaparición de la confianza en el sistema motivos para una revuelta o para transformaciones positivas, sino que se sirve de la información extraída de las encuestas realizadas en 28 países para invitar a tomar medidas que permitan a las instituciones recuperar la confianza perdida. Se observa que en 5 de las 10 grandes potencias económicas (EEUU, Gran Bretaña, Brasil, Corea del Sur e Italia) el gobierno se halla en aprietos o se ha operado ya un cambio en el poder. Se daría un profundo desencanto con las izquierdas y las derechas políticas allí donde la globalización, la desregulación, la innovación y las instituciones trasnacionales más rechazo suscitan.


Sólo el 15% de la población, en el conjunto de los 28 países escrutados, diría todavía que el presente sistema sigue funcionando. Para el 53%, eso ha dejado de ser así. El 32% no está seguro. Más de dos tercios de los encuestados en Francia, España, Italia, México y Sudáfrica coinciden en la afirmación de que el sistema ha dejado de funcionar. No muy lejos de eso se hallan los alemanes, con un 62%; y un 57% de estadounidenses opina eso mismo. En Rusia, un 48%; en China, un 23%; y en los Emiratos Árabes Unidos, sólo un 19%, lo que naturalmente tiene que ver también con la relación con las autoridades. Casi la mitad de las personas con instrucción universitaria en el cuarto superior del nivel de ingresos ha dejado de confiar en el sistema. Y tres cuartos de todos los entrevistados dicen que el sistema favorece a los ricos y a los poderosos.


A juzgar por las apariencias, diríase que tienen que producirse transformaciones revolucionarias del tipo de las que ha empezado a introducir Donald Trump denunciando los tratados de libre comercio. Habrá que esperar, de todos modos, para saber si estará a la altura de los niveles de descontento y desconfianza manifestados por sus electores. Acaba de llegar al gobierno, y podría malbaratar rápidamente el valor añadido concedido al intruso. Lo cierto es que más del 70% de los encuestados se manifiestan a favor de más proteccionismo estatal. Casi el 50% dan por supuesto que los tratados de libre comercio son una amenaza para los puestos de trabajo. El 60% tiene miedo de perder su puesto de trabajo a causa de su deficiente calificación. Un número parecido teme a la concurrencia extranjera; el 58%, a los inmigrantes; el 55%, a la deslocalización en países más baratos; y el 54%, a la automatización.


El "Make America Great Again" de Trump no sólo halla oídos despiertos en Norteamérica. El 69% de todos los encuestados dice que los intereses del propio país deberían ponerse por encima de los otros. Y el 72% exige que el gobierno proteja los puestos de trabajo de la economía nacional, incluso al precio de ralentizar el crecimiento económico.


La confianza en los ejecutivos empresariales y en los gobiernos ha caído espectacularmente. Sólo para el 37% resultan creíbles los jefes de las empresas privadas. De los gobernantes –elegidos por ellos mismos en las democracias— sólo dicen eso mismo el 29%. El nivel más bajo de confianza es el depositado en los políticos. La imagen de las elites está por los suelos. Los académicos o los expertos no gozan, para el 60%, de más confianza “que una persona como tú o como yo”: la confianza en ellos también se ha desplomado. Los políticos y los dirigentes empresariales están muy por debajo. No sólo en los países industrializados, también en los países en vías de desarrollo los gobiernos son considerados “incompetentes, corruptos y banderizos”.


Casi dos tercios de los encuestados confían en las informaciones filtradas más que en los comunicados de prensa, cosa que, como observa Edelman, habla menos de la cámara de resonancia que del escepticismo realista frente a las autopresentaciones habitualmente maquilladas. Para más de la mitad, las personas individuales son mas confiables que las instituciones. Y –para muestra, Trump— los oradores espontáneos, abiertos y chocarreros, gozan de más credibilidad que los reservados y diplomáticos.


Igualmente bajo han caído los medios de comunicación en el último año. Los medios se ven politizados; a causa de sus cuitas económicas, ya no informan como es debido y van a la zaga de los medios sociales. Comparando con el informe de 2016, los medios de comunicación son los que más credibilidad han perdido: caen 5 puntos, de 48 a 43; los gobiernos y las empresas sólo pierden un punto, y las ONGs, dos puntos. Sólo en China, Singapur, Holanda, India e Indonesia encuentra una magra mayoría creíbles a los medios. El 59% de los encuestados confiaría antes en un algoritmo buscador que en un redactor periodístico. En suma: se ha generado un mundo en el que las personas viven en burbujas autorreferenciales. En Alemania, un 42% confía en los medios, dos puntos menos que en el informe de 2016. En los EEUU declara eso todavía el 47%, mientras que menos de un tercio lo manifiesta en Turquía, en Irlanda, en Polonia, en Rusia, en Australia, en Japón y en Gran Bretaña, una polícroma amalgama de países.


El informe apunta a que, a pesar de retroceder también, la economía privada despierta más confianza que los gobiernos, los medios de comunicación y las ONGs, aun no siendo claro qué entienden exactamente por estas últimas. Hay diferencias muy contrastadas entre Corea del Sur, Hongkong, Rusia y Polonia, en el extremo más bajo, y China, México, India e Indonesia, en el extremo más alto de esperanza en un aumento venidero del bienestar. En Alemania, la confianza en la economía privada es, con un 43%, relativamente baja, pero podría haber crecido un punto. Menos sorprendente resulta que los empresarios resulten para el informe de esta empresa poco menos anclas salvadoras en el diluvio de una desconfianza que amenaza con llevarse todo por delante.


La victoria electoral de Trump podría explicar también, junto con la desconfianza en la elite, el que las empresas estén bien vistas en los EEUU por el 58%: pueden haber ganado 7 puntos en el último año. De confianza disfruta tal vez el empresario Trump, que ahora, sin embargo, se ha hecho político. Tal vez por eso confían mas en él cuando se presenta resuelto y dispuesto a la acción y pronto a menospreciar y dejar de lado a las instituciones. Es como si Trump se hubiera servido de los resultados de esta encuesta en su campaña electoral y, sobre todo, en su discurso de toma de posesión.

Florian Rötzer
29/01/2017

Florian Rötzer es un columnista habitual de la revista alemana de izquierda Telepolis.
Fuente:
Telepolis, 25 enero 2017
Traducción:
Amaranta Süss

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"La izquierda es cada vez menos culta y más hipernormativa"

El escritor, ensayista y filósofo presenta Ser o no ser (un cuerpo) donde explora las maneras en las que el capitalismo destruye nuestra corporalidad


"Nos gusta ser prisioneros del Panóptico de Bentham; lo que no queremos es que dejen de mirarnos nunca"


"De pequeño cuando me preguntaban qué quería ser yo siempre decía que no quería ser senador"

Hay una fábula que le gusta especialmente a Santiago Alba Rico (Madrid, 1960) para explicar el efecto multiplicador del capitalismo: un pobre campesino chino se encuentra una gran tinaja y se la lleva a casa. Cuando la limpia, se le cae un cepillo y la tinaja -que es mágica- se llena de cepillos. Otro día se le cae una moneda y la familia se hace rica, y deja al abuelo al cuidado de la tinaja mágica. El pobre se cae dentro y se muere. Desde entonces, la tinaja produce cadáveres que hay que sacar y enterrar sin esperanza de acabar la tarea. "Así, la familia Wang empleó todo su dinero y todo el resto de su vida en enterrar un millón de veces al abuelo muerto".


Esta historia es una de las que pueblan Ser o no ser (un cuerpo), el libro que empezó siendo un ciclo y que quiere "abordar la cuestión de la corporalidad amenazada por el capitalismo". Los amantes de su delicioso Leer con niños reconocerán el tono y la intención; "hay una continuidad, tanto en el contenido como en el procedimiento". Empieza con una dedicatoria "A mi tribu", guiño a su amiga Carolina del Olmo, y acaba con "una bibliografía caprichosamente razonada que hay que leer, porque es un capítulo más del libro y ahí voy justificando las fuentes que utilizo en parte del ensayo y empiezo por la dedicatoria".


La entrevista con eldiario.es comienza hablando de la clasificación de Linneo y de un libro que de manera completamente tramposa introduce como un tostón de 1.500 páginas que ha leído para aburrirse, La estructura de la Teoría de la Evolución, del formidable Stephen Jay Gould.


Tiene que compararnos con otras especies y elige la cucaracha y el perro. ¿Le parece que triangulan mejor con el ser humano que la ballena, el pulpo y el águila imperial?


Lo hago por varios motivos, que tienen que ver con ese libro correoso y fascinante de Jay Gould, uno de los grandes renovadores de la paleontología y de la biología. Pero principalmente porque la cucaracha es una de las especies de las que hay más variedades. Un biólogo creyente decía que no sabía por qué a Dios le habían gustado tanto las cucarachas y los escarabajos cuando hay tan pocas variedades de caballos.


Y el perro es porque me interesaba llamar la atención sobre la variedad formal que hay dentro de la especie perro: si comparas a un mastín o un labrador con un chihuahua te preguntas por qué incluimos dos razas en la misma categoría.
El hombre, sin embargo, es pobretón en todos los sentidos. Jay Gould compara la evolución no con un árbol, sino con un arbusto bacteriano porque lo que más abunda en el mundo no son los mamíferos, son las bacterias. Y mucho menos los humanos, que están en la puntita de este arbusto evolutivo y no parece que vayan a llegar mucho más lejos. Así que los elegí por la diversidad formal y porque las cucarachas van a sobrevivir al ser humano si no hace buen uso del poder que ha acumulado.


Y funcionan igualmente bien para sus fábulas de la aceleración y la multiplicación.


La suma se ocupa de cada criatura en particular, les presta atención una por una. Pero la multiplicación es una suma rápida, un dispositivo mental valiosísimo que deja a todos los objetos atrás. Cuando opongo imaginación y fantasía, creo que la imaginación tiene que ver con la suma y la fantasía con la multiplicación, que deja atrás las particularidades. Y sólo las particularidades son dignas de supervivencia: Alejandro, Napoleón, Jerjes son personajes que multiplicaban y no sumaban.


Por eso nos gustan los perros que se suman y no las cucarachas que se multiplican.


Es una buena manera de verlo. Pero aquí hay otros dos criterios, por qué nos desagradan las cucarachas pero nos gustan los escarabajos. Tiene que ver con su relación con el ser humano: las cucarachas parasitan al ser humano y los escarabajos, no. Van a su aire, viven en paralelo. Los perros en cambio han sido completamente asimilados como humanos fallidos, embrionarios. Por eso, ponemos nombre a los perros, pero nunca le pondríamos nombre a una cucaracha, aunque la viéramos todos los días. Los perros han sido incorporados al universo humano, a menudo, para su propia desdicha.


Otro cuento que le gusta es El cerdito amable, de Beatrix Potter, que se vende a sí mismo en el mercado. Dice que es como "el negro en una sociedad esclavista o la mujer en una sociedad patriarcal". Pero nuestra manera de esclavizar es convertir los cuerpos en carne: los aborígenes eran animales, los negros eran animales y las mujeres son objetos hechos de carne. ¿Por qué dice luego que "a los animales se los domestica y se los sacrifica pero no se los esclaviza"? ¿No los hemos maquinizado y en-carnizado tanto como a los aborígenes, los negros, las mujeres para someterlos a nuestros intereses?


Yo ahí entraría siempre en discusión con los animalistas, los antiespecistas que pretenden, como el capitalismo mismo, licuar la escala evolutiva y no ver ninguna diferencia, aunque luego sí las establecen: diferencian plantas de animales, criaturas con ojos de criaturas sin ojos. Es una apuesta ideológica. En la medida de que otras criaturas vivas dependen del ser humano, desde el momento en que el humano tiene un poder enorme sobre las otras criaturas, que a veces usa de manera irresponsable, el antropocentrismo se deriva no tanto de nuestra posición en la escala evolutiva, ahí en la puntita, como del poder que hemos acumulado.


En mi ensayo lo que es determinante para explicar lo que es un cuerpo es el lenguaje que nos descubre el cuerpo. Dos desconocidos en un ascensor, enseguida se sienten incómodos en sus cuerpos. El cuerpo de dos desconocidos en el ascensor aumenta de tamaño, se apodera de todo el espacio, choca con el otro cuerpo. Eso es porque están atravesados por el lenguaje, que es la fuga y condición de eso que llamamos cuerpo.


Esa es la diferencia que existe entre el ser humano y el resto de los animales incluyendo los primates; que no huyen de sus propios cuerpos ni a través del lenguaje o a través de otros vectores, como los tecnológicos. Esa combinación de capitalismo de masas, de consumo y de tecnologías de comunicación ha escondido el cuerpo, que solo comparece de maneras amenazadoras en las vallas, en los muros, en los campos de refugiados. Pero seguimos siendo cuerpos y por tanto vulnerables. Por eso cuando nacemos nos someten a una doble violencia: nos ponen un vestido y nos ponen nombre. A partir de ahí empieza la fuga sin fin y sin éxito.


Las herramientas de esa fuga, además del capitalismo de masas, de consumo y de tecnologías de comunicación, también son el arte, la música y la literatura.


Así es, como lo prueba el propio libro que cita constantemente relatos, cuadros y libros. La historia ofrece varios caminos distintos de fuga, algunos peores que otros.


Por ejemplo, qué tiene que ocurrir para que se produzca el ocio, que es la palabra griega de la que se deriva la palabra escuela, la posibilidad de abandonar los ciclos de la reproducción y dedicarse a mirar, a hablar, a leer, a construir, a pintar, a crear. Bajo el capitalismo del consumo, el ocio se ha convertido en la proletarización del tiempo. Se ha proletarizado el tiempo libre igual que el previamente capitalismo había proletarizado el tiempo de la producción. Y desde luego el relato es cuerpo: un embarazo es un relato, una vida es un relato.


La historia es un relato que se repite cada vez más deprisa: a la revolución industrial le siguen la re-esclavización de la clase obrera que se concentra en slums y favelas, y estalla la revuelta. Después llegan los victorianos y, con los bailes y los prerafaelitas, acaba el tiempo de la revolución. Cuando dice que la historia es "la distancia entre el lugar donde vivimos y el lugar donde se decide nuestra vida", y que hay que romper ella para cerrar esa distancia, ¿se refiere a romper con esa rueda que el capitalismo acelera?


Exactamente. Hay que romper con esa rueda que aleja cada vez más los lugares de las decisiones de los lugares de la experiencia, y que aleja el cuerpo de la imagen pero también de las instituciones. Una de las paradojas que rompe claramente la pretendida ecuación entre el pensamiento liberal y el capitalismo era que para el pensamiento liberal era muy importante proteger la vida privada, uno tenía derecho a tener toda la opacidad que quisiera y exigía transparencia a las instituciones. Ahora se han invertido esos polos: las instituciones cada vez son más opacas, empezando por las instituciones financieras que son las que deciden nuestras vidas y, al mismo tiempo, nuestra vida es cada vez más transparente. A través de las tecnologías de la comunicación vivimos en un mundo imperativamente antipuritano.
Así que mientras las instituciones públicas son cada vez más opacas, las vidas son cada vez más transparentes en un mundo antipuritano en el que no solamente hay una creciente vigilancia, tanto comercial como policial, sino la que los propios sujetos consideran inseparable de su autoestima al estar constantemente dando datos acerca de sus vidas.


¿Cómo modifica nuestra identidad el Estado de la vigilancia?


Una cosa curiosa que ha ocurrido con el Panóptico de Bentham es que estaba diseñado para las cárceles, pero se ha trasladado fuera. No solamente hay miles de cámaras en todas partes registrando nuestra conducta, nuestros desplazamientos, sino que la visibilidad que uno quería evitar se ha convertido en un mérito, que define casi jerárquicamente nuestra posición en el mundo: a mayor visibilidad, más reconocimiento y más autoestima; a menor visibilidad, menos autoestima.


Nos gusta ser prisioneros del Panóptico de Bentham; lo que no queremos es que dejen de mirarnos nunca. Nuestra vida de la mañana a la noche tiene que ser pública y eso obliga a romper con la opacidad del propio cuerpo y a privilegiar el alma por fuera, eso que yo llamo las imágenes. Hay que reivindicar el derecho a tener secretos, hay que reivindicar el derecho a volver a entrar en el armario. Ahora mismo nuestros cuerpos son mucho menos visibles que las imágenes que hacemos circular en las redes. Nuestros cuerpos son visibles para muy pocas personas en un ámbito muy reducido. Nuestras imágenes circulan incluso póstumamente, se han liberado de sus enganches corporales.

Como el cerdito que se va a vender a sí mismo en el mercado. De todas las historias perturbadoras que usa en el libro, esta claramente le parece la peor, la más horrorosa.


Me aterra la bonhomía con la que el cerdito emprende el camino al mercado y cuando para en casa del otro personaje, que precisamente se está comiendo un trozo de bacon, a través del cual él podría predecir su destino y no lo hace.


¿Cuándo leyó esa historia?


Esta historia de Beatrix Potter se la leí a mis hijos. Y hay que reivindicar a Beatrix Potter, que ha sido menos maltratada por la industria que otros autores como Kipling. Es tan inquietante como Kafka y por razones muy parecidas. Esta visión de la animalidad amenazante en el periodo victoriano, con estas criaturas que van dejando rastros por todas partes, que están en la frontera entre la zoología y la humanidad. Es una autora con una vida muy interesante, con una vida muy curiosa reivindicable desde el feminismo también. Consiguió vender estas historias como literatura para niños cuando claramente no lo son.


Fue candidato al Senado por la provincia de Ávila. ¿Esto le puso más cerca, más lejos o a la misma distancia del lugar donde se decide la vida?


Tuve la sensación de entrar en España por una puerta por la que no había entrado nunca. Hace 28 años que no vivo en España, aunque he estado viniendo con frecuencia, pero me he perdido muchas cosas; referencias musicales, televisivas. Hay muchas cosas que no he compartido con el resto de los españoles. Y sin embargo en diciembre de 2015 cuando vine a hacer campaña, sentí que entraba a España por una puerta por la que nunca había entrado. Una España dura, vieja, abandonada, una España con muy poca densidad demográfica y donde hay pocos servicios públicos. Donde no es posible en un sábado o domingo desplazarse desde cualquier punto de la provincia de Ávila a la capital, donde está el único hospital, que es además uno de los peores de España.


Entonces descubrí que hay un trabajo pendiente en esta política que se hace en las redes, que es cada vez más urbana, cada vez más tecnológica. Y es que las zonas rurales que son las víctimas, son también las que deciden el resultado de las elecciones y la posibilidad de cambio. Es urgente y fundamental ponerse con el cuerpo en estas zonas y acercar la política hasta allí.


¿Podemos esperar otra candidatura suya en un futuro no muy lejano?


No, nunca. De pequeño cuando me preguntaban qué quería ser yo siempre decía que no quería ser senador. No quiero estropear este proyecto vital cuando estoy tan cerca de realizarme.


¿Cómo de integrado está en la sociedad tunecina? ¿Es ya más de allí que de aquí?


Pues me siento muy integrado. Tuve el privilegio de participar en las plazas en una revolución provisionalmente triunfante, la del 2011 que derrocó a Ben Alí. Yo estaba allí ese día 14 de enero en esa plaza y corrí con miles de tunecinos cuando la policía empezó a disparar. He vivido con mucho interés y mucha pasión la política tunecina. Soy poco sociable, tímido y más bien reservado, pero tengo muchísimos amigos tunecinos y mi vida cotidiana discurre allí. Allí esta mi casa desde hace 18 años.


Yo le imaginaba como Jeremy Irons al final de Herida, así medio vestido de monje, todo el día solo sin hablar con nadie.

Sí que paso mucho tiempo medio vestido de monje muchas horas solo en una habitación delante del ordenador. Por eso cocino, como contaba en el libro, para reinternarme en el espacio, al menos dos veces al día.


Hoy vi que Martina Navratilova comentaba en un tuit que la retórica de Trump le recordaba mucho al comunismo. Y alguien, un votante de Trump presuntamente ofendido, le decía que se enterara de lo que era el comunismo antes de hablar. Es gracioso porque Navratilova desertó de su Checoslovaquia natal durante el Open de EEUU de 1975, escapando del comunismo. Me recordó a los comentarios que le dejan a veces cuando escribe sobre el mundo árabe, pero también sobre otros países. Hay una izquierda que parece incapaz de identificar el fascismo incluso cuando todos los síntomas coinciden con la receta. ¿Me puede explicar por qué ocurre eso?


Diría de entrada que los mismos que critican mi posición en Siria y en el mundo árabe, y que se dicen comunistas, son gente que siente una cierta simpatía por Trump. Porque hay un sector del comunismo que yo llamo "Staliban" que siente simpatía por Trump, como si realmente el antiimperialismo hubiera llegado a la cúspide del imperio y fuera a arreglar los problemas del mundo con un personaje antiglobalizador y al mismo tiempo que rompe con la política exterior intervencionista de los demócratas. A esos tampoco les molestaría mucho la conexión que ha establecido Martina Navratilova entre Trump y el comunismo. Yo sí que creo que entre el comunismo que vivió ella y Trump hay algunas conexiones evidentes. Es también evidente que no es ese el comunismo que yo defiendo.


Creo que la izquierda es cada vez menos culta y más hipernormativa, y un sector vive en un pasado que le sigue proporcionando esquemas de interpretación muy cómodos pero que son cada vez más incompatibles con la realidad en que vivimos. Y hay una cosa identitaria, que es casi mística, que tiene que ver con el hecho de que finalmente allí donde no puedes introducir ningún efecto en la realidad, porque no tienes los medios y además nadie te sigue, necesitas tener correligionarios al lado de los cuales te sientas apoyado, respaldado, integrado. Y eso es muy bonito, pero no es ni política ni políticamente bueno

 

Por Marta Peirano
26/01/2017 - 20:13h

Publicado enSociedad
Logran cultivo de células humanas en embriones de cerdos

Un grupo de científicos logró cultivar células humanas en embriones de cerdos, paso preliminar hacia la producción de hígados u otros órganos humanos dentro animales para ser trasplantados.

Las células comprenden apenas una ínfima parte de cada embrión, y cada uno fue cultivado por pocas semanas, informaron el jueves los expertos.

Ese tipo de experimentos con tejidos humanos implantados en cuerpos de animales ha despertado inquietudes éticas. El gobierno estadunidense cesó todo tipo de financiamiento público para ese tipo de ensayos en 2015. Este ensayo, realizado en California y España, se hizo con financiamiento privado.

La creación de órganos humanos en cerdos "es algo muy lejano", dijo Juan Carlos Izpisua Belmonte, del Instituto Salk ,en La Jolla, California, uno de los autores del estudio publicado por la revista Cell.

Añadió que los nuevos resultados son "apenas un paso muy temprano hacia ese objetivo".

Pero incluso de no lograr esa meta, el implante de células humanas en embriones animales podría rendir fruto, pues avanzaría los estudios sobre enfermedades genéticas y la elaboración de nuevos fármacos.

Los animales creados a base de células de especies distintas son llamados quimeras. Ese tipo de fusiones se ha logrado en el pasado, con ratones y ratas. Para producir órganos humanos se necesitarían animales de mayor tamaño, como los cerdos. Si se logra ese objetivo, podría aliviarse la escasez de órganos humanos para trasplantes.

El equipo del Instituto Salk está tratando de cultivar páncreas, corazones e hígados humanos en cerdos. Los animales desarrollarían esos órganos en vez de los propios, y serían sacrificados para poder usar los órganos para trasplantes.

La mayoría de las células en esos órganos serían humanas. Al inyectar en embriones de cerdos células embrionarias humanas de la persona que recibiría el trasplante, quedaría reducido el riesgo del rechazo al órgano, dijo otro experto del Instituto Salk, Jun Wu.

Viernes, 27 Enero 2017 06:22

Anatomía de la crisis del socialismo

Anatomía de la crisis del socialismo

La renuncia de Hollande a posturlarse a la reelección representó un fracaso de la llamada “izquierda reformista” en conservar el poder. El caso francés se replica. La oferta política europea está plagada de populismos de extrema derecha.


El socialismo francés está enfermo, al igual que las otras propuestas similares en Europa. Las primarias del PS en las cuales se dirime no sólo el candidato para las elecciones presidenciales de 2017 sino también el contenido político del socialismo no alcanza para tapar el vacío sideral en el que da vuelta el PS francés y, más globalmente, la socialdemocracia europea y la izquierda en general. Ambas atraviesan el peor momento de la historia contemporánea. La renuncia del presidente francés, François Hollande, a postularse para su reelección significó un fracaso suplementario: por primera vez en Francia bajo la Quinta República, un jefe del Estado decidió dar un paso atrás. Ese gesto representa el fracaso de la llamada “izquierda reformista” y su imposibilidad de conservar el poder. La oferta política europea está asfixiada por los populismos de extrema derecha, el también llamado voto “sentimental” al mejor estilo del dirigente italiano Beppe Grillo, el concepto de “democracia illiberal” inventado por el primer ministro húngaro Viktor Orban y algunos movimientos de la extrema izquierda. “no voten con el cerebro, voten con el corazón”, dijo Grillo hace unas semanas. En Francia, una de las personalidades más populares es Marine Le Pen, la presidenta del partido de extrema derecha Frente Nacional. El electorado ha hecho de esta mujer de grandes oratorias xenófobas y populistas una de las favoritas para derrotar a la izquierda en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2017. La izquierda reformista de François Hollande que gobierna Francia desde 2012 termina el mandato agotada, dividida y con niveles de aceptación popular dignos de un partido marginal. A su vez, la izquierda más progresista, igualmente fracturada en varias corrientes, conserva un sólido crédito, superior incluso al del PS, pero insuficiente para llegar al poder. El dirigente de la izquierda radical Jean-Luc Mélenchon tiene una inmensa aura popular que, en la cita con las urnas, no se traducen en votos.


Hoy, las expectativas políticas de los electores están puestas en las derechas retrógradas o las extremas derechas. La socialdemocracia se desvanece. Su retórica se ha vuelto inaudible, incluso si su reformismo no destruyó la raíz del Estado social como pretende hacerlo la derecha. Francia sigue siendo, dentro de los países de la OCDE, aquel que mantiene el gasto social más alto:31% frente a un promedio del 21% en la zona OCDE (Organización de cooperación y desarrollo económico). Allí donde se mire, Europa atraviesa por situaciones similares cuyo código común es un elector que se dice víctima de la globalización, del incremento de las desigualdades, de las elites modernas alejadas de la realidad, del retroceso de los Estados y de los sistemas políticos viciados. De esas ideas surgió una suerte de personaje que asimila todos los males: el supuesto obrero blanco, castigado por la globalización, con un trabajo inestable, marginado por la desigualdad y superado, en derechos, por los extranjeros. Las izquierdas en el poder, como en el caso de Francia, han sido incapaces de remodelarse para responder a esos problemas. Se limitaron a gestionar las expectativas que ellas mismas generaron con acciones políticas opuestas a las narrativas con las cuales se hicieron elegir.


En Europa del Este y Oriental apareció una suerte de “muro del rechazo” cuyos mejores representantes son, en Hungría, Viktor Orban, y, en Polonia, Jaroslaw Kacynski. Estas posturas políticas son autoritarias, revisionistas, populistas al extremo, mentirosas y proclives a limitar las libertades y todos los mecanismos de contrapoder que han ido desarrollando las democracias. El 24 de julio de 2014, el dirigente húngaro Viktor Orban inventó la expresión con las cual se identifican hoy esas redefinicionespolíticas: “la democracia illiberal”. El concepto invoca dos enemigos por derrotar: las elites globalizadas y los inmigrantes. Para ello, los illiberales plantean el ejercicio de un poder absoluto en nombre del pueblo pero, sin los necesarios equilibrios de poderes. Como lo pudieron hacer los partidarios del Brexit en Gran Bretaña, Donald Trump en Estados Unidos y las otras ultraderechas europeas, se trata de devolverle la soberanía al pueblo, de proteger al pueblo y de gobernar en nombre del pueblo excluyendo los otros contrapoderes o aislando a las minorías contaminantes: polacos en Gran Bretaña, latinos en Estados Unidos, musulmanes en Europa y, demanera general, a las elites urbanas y conectadas. El himno de esta “democracia illiberal” es el mismo que el de Trump:”Let’s take back control”, retomemos el control en nombre del pueblo y para el pueblo. En los países escandinavos, en Holanda, en Austria, en Bélgica, en Italia o en Francia los partidos marcadamente populistas trastornaron el juego político. Ni siquiera se salva Alemania donde la irrupción del partido de extrema derecha AFD, Alternativa por Alemania, vino a sumarse al concierto general de xenofobia, denuncia de las elites privilegiadas y los partidos políticos tradicionales.


Jean-Yves Camus, director del Observatorio de la radicalización política, observa que “si bien la democracia es lo suficientemente fuerte para resistir al neofascismo, no es seguro que esté protegida contra una evolución donde la forma republicana y democrática de gobierno podría subsistir (elecciones libres, bipartidismo) al mismo tiempo que cambia de naturaleza”. Todas estas fuerzas políticas se apoyan en los mismos resortes: el rechazo al extranjero, la proclamación de una nueva soberanía frente a la globalización o la Unión Europea y, última novedad, una narrativa social muy fuerte copiada de la izquierda.


Y es precisamente aquí donde está el abismo: la Europa política está en plena recomposición con un ausente mayor: la izquierda. Sus ideas no prosperan y toda la reformulación pasa por la derecha o la extrema derecha. El laborismo británico de Jeremy Corbynno prende, el Pasok griego quedó arrasado, el SPD alemán busca su gloria pasada, el viejo partido social demócrata austríaco ni siquiera pasó la primera vuelta de las elecciones presidenciales, el PSOE español se tiró por la ventana al igual que lo hizo el PS francés. La izquierda socialdemócrata o reformista vive su peor fase histórica: su último reinado remonta al período que va de 1990 al año 2000 con Tony Blair en Gran Bretaña (1997-2007), Gerhard Schroeder en Alemania (1998-2005), Felipe González en España (1982-1996) y Lionel Jospin en Francia (1997-2002). De allí en más, esa izquierda se fue esfumando en las brumas de una gestión no del todo acorde con sus postulados. Perdió su alma intentando adaptarse a la realidad de las economías globalizadas, al achicamiento de los Estados protectores, a las enormes transformaciones tecnológicas y a la presión liberal. La socialdemocracia se ha convertido en una especie amenazada por las derechas ultraconservadoras, las extremas derechas o las izquierdas más radicales (Syriza en Grecia, Podemos en España, el movimiento 5 estrellas en Italia, el Frente de Izquierda en Francia o Die Linke en Alemania). El centro de gravedad se desplazó a la derecha.


En Francia, la socialdemocracia y las izquierdas plurales se disputan un espacio cada vez más estrecho: sus adversarios son el conservadurismo social mezclado con el liberalismo económico tal y como lo postula el candidato de la derecha que ganó las primarias, François Fillon, o la ultraderecha de Marine Le Pen en cuya retórica confluyen lo más genuino de la extrema derecha, el populismo e ingredientes sociales hurtados a la izquierda. Pero en regla general, la izquierda no está presente en la reconstrucción política del Viejo Continente. Pasó de ser El actor que diseñaba el futuro a verse expulsado de él. Una izquierda reformista que no prospera más allá de cierto nivel, otra izquierda histórica estancada y una izquierda radical que tampoco rompe el muro del 15%: las tres compiten casi en el mismo mercado sin capacidad de postular un modelo común o pactar una convergencia. Lo que fue durante muchas décadas el motor del progreso social europeo se ha vuelto un actor de segundo plano, obscurecido por sus incoherencias, sus traiciones y sus egos.


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Publicado enPolítica
"El capitalismo se basa en supuestos despiadados, antihumanos"

Conforme se acerca a los noventa años, la bibliografía de Noam Chomsky continúa creciendo. Afortunadamente para la izquierda internacional, también sigue ofreciendo entrevistas.


A principios de este mes, menos de una semana antes de su octogésimo octavo cumpleaños, Chomsky se sentaba a conversar en su despacho de Cambridge, Massachusetts. Entrevistado por Vaios Triantafyllou, un estudiante de posgrado de la Universidad de Pensilvania, Chomsky habló de todo desde el socialismo, la naturaleza humana y Adam Smith hasta el presidente electo de EE. UU. (La transcripción se ha resumido y editado para facilitar su comprensión).


Conforme Donald Trump completa la designación de su gabinete, Chomsky reconoce que el futuro podría depararnos intolerancia y culpabilización. Sin embargo, la decisión sigue dependiendo de nosotros: “Que logren su propósito”, opina Chomsky sobre la táctica de divide y vencerás, “depende de la resistencia que oponga gente como usted”.


¿Cómo deberían plantear los socialistas la relación entre las reformas que humanicen el actual sistema de producción (como propuso Sanders) y el objetivo a largo plazo de erradicar totalmente el capitalismo?


Para empezar, deberíamos reconocer que, al igual que la mayoría de los términos del discurso político, el socialismo prácticamente ha perdido su significado. El socialismo antes significaba algo. Si retrocedemos en el tiempo, fundamentalmente significaba el control de la producción por parte de los productores, la eliminación del trabajo asalariado, la democratización de todas las esferas de la vida: la producción, el comercio, la educación, los medios de comunicación, la autogestión obrera en las fábricas, el control comunitario de las comunidades, etcétera. Eso fue en su momento el socialismo.


Sin embargo, hace un siglo que dejó de significar todo eso. A decir verdad, los que se denominaban países socialistas eran los sistemas más antisocialistas del mundo. Los trabajadores tenían más derechos en Estados Unidos e Inglaterra que en Rusia, y no sé por qué se siguió llamando socialismo.


Por lo que respecta a Bernie Sanders, es una persona honesta y decente, y yo le di mi apoyo. Lo que él entiende como socialismo es el progresismo del New Deal. En realidad, sus políticas no habrían sorprendido mucho al general Eisenhower. El hecho de que a esto se le llame revolución política es un indicio de hasta qué punto el espectro político ha virado hacia la derecha, principalmente en los últimos treinta años, desde que comenzaron a instituirse los programas neoliberales. Lo que él pedía era el restablecimiento de algo similar al progresismo del New Deal, lo cual es muy positivo.


Respondiendo a su pregunta, creo que lo que deberíamos cuestionarnos es si la gente preocupada por los seres humanos, por sus vidas y preocupaciones, debería tratar de humanizar el sistema de producción actual utilizando los medios que usted describe. La respuesta es por supuesto que sí, mejoraría la vida de la gente.


¿Deberían fijarse el objetivo a largo plazo de erradicar totalmente la estructura económica capitalista? Así lo creo. El capitalismo ha obtenido sus logros, pero se basa en supuestos bastante despiadados, supuestos antihumanos. La idea misma de que debe haber una clase de personas que dan órdenes en virtud de la riqueza que poseen y otra ingente clase de personas que reciben órdenes y las acatan debido a que carecen de acceso a la riqueza y el poder es sencillamente inaceptable.


De modo que por supuesto que debería erradicarse. Sin embargo, no se trata de alternativas, son cosas que hay que hacer conjuntamente.


Uno de los principales argumentos empleados en contra del socialismo es que la naturaleza humana es egoísta y competitiva por definición y, por consiguiente, únicamente propicia el capitalismo. ¿Cómo respondería a esto?


Tenga en cuenta que el capitalismo es una etapa minúscula de la sociedad humana. En realidad nunca tuvimos capitalismo, siempre hemos tenido alguna que otra variante de capitalismo de Estado. La razón es que el capitalismo se autodestruiría en un periquete. De este modo, la clase empresarial siempre ha reclamado una fuerte intervención estatal para proteger a la sociedad del efecto destructivo de las tendencias del mercado. A menudo es el mundo empresarial el que lleva la delantera porque no quiere que se acabe todo.


De manera que hemos tenido alguna que otra variante de capitalismo de Estado durante un periodo de tiempo brevísimo en la historia de la humanidad, lo cual, en esencia, no nos dice nada sobre la naturaleza humana. Si se observan las sociedades e interacciones humanas, hay de todo. Hay egoísmo, hay altruismo, hay compasión.


Tomemos a Adam Smith, el santo patrón del capitalismo. ¿Qué opinaba? Opinaba que el principal instinto humano era la compasión. De hecho, echémosle un vistazo al término “mano invisible”. Fijémonos en el uso real que hacía de la expresión. En realidad no es difícil deducirlo porque solo la empleó dos veces con un sentido relevante, una vez en cada uno de sus dos libros principales.


En uno de sus libros más importantes, La riqueza de las naciones, la expresión aparece una vez, y lo hace en lo que constituye una crítica a la globalización neoliberal. Lo que afirma es que si en Inglaterra los fabricantes y comerciantes invirtieran en el extranjero e importaran productos del extranjero, se beneficiarían, pero sería perjudicial para Inglaterra. Sin embargo, su compromiso hacia su país les basta, de modo que es improbable que lo hagan y, por lo tanto, gracias a una mano invisible, Inglaterra se salvará del impacto de lo que llamamos globalización neoliberal. Este es uno de los usos.


El otro empleo está en el otro de sus libros más importantes, La teoría de los sentimientos morales (que la gente no lee mucho, pero que para él era su libro más importante). En este libro es igualitario: creía en la igualdad de resultados, no de oportunidades. Es una figura de la Ilustración, precapitalista.


Plantea lo siguiente: supongamos que estamos en Inglaterra, y un terrateniente posee la mayoría de las tierras mientras hay personas que no tienen nada para subsistir. Dice que no importaría mucho porque el rico terrateniente, en virtud de su solidaridad con otras personas, distribuiría los recursos entre ellos, de modo que, gracias a una mano invisible, acabaríamos viviendo en una sociedad bastante igualitaria. Este es su concepto de la naturaleza humana.


La gente a cuyas clases asistes y cuyos libros lees no emplea así la expresión “mano invisible”. Esto demuestra una diferencia de doctrina, no sobre la naturaleza humana. En realidad, lo que sabemos es que en la naturaleza humana existen todas estas posibilidades.


¿Cree que es necesario esbozar propuestas concretas para lograr un futuro sistema socialista mediante la creación de una alternativa sólida que atraiga a la mayoría de la gente?


Creo que la gente está interesada en auténticos objetivos socialistas (que no son los que se suele llamar socialismo) a largo plazo. Deberían sopesar detenidamente el modo en que debería funcionar esa sociedad ideada, y no muy pormenorizadamente, porque las cosas se deben aprender a través de la experimentación y, ni por asomo, tenemos suficientes conocimientos para diseñar sociedades concienzudamente. Sin embargo, se podrían elaborar unas pautas generales, y se pueden tratar muchos de los problemas específicos.


Esa debería ser parte de la concienciación popular de la gente. Así podría llevarse a cabo una transición al socialismo, en el momento en que entra a formar parte de la sensibilización, concienciación y aspiraciones de la inmensa mayoría de la población.


Veamos, por ejemplo, uno de los logros más importantes en este sentido, quizá el más importante de todos: la revolución anarquista que tuvo lugar en España en 1936. Se habían necesitado décadas de preparación para ello: en educación, en activismo y esfuerzos —en ocasiones repelidos—; sin embargo, llegado el momento del ataque fascista, la gente tenía en la mente cómo quería que se organizara la sociedad.


También lo hemos visto de otras formas. Pensemos, por ejemplo, en la reconstrucción de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. En verdad, ésta tuvo consecuencias devastadoras en la mayor parte de Europa, pero realmente no tardaron mucho en reconstruir democracias capitalistas porque estaba en las mentes de la gente.


Otros lugares del mundo quedaron prácticamente devastados y no lo lograron. No tenían los conceptos en su mente. Buena parte depende de la concienciación humana.


Syriza llegó al poder alegando un compromiso con el socialismo. Sin embargo, acabaron colaborando con la Unión Europea y no dimitieron ni siquiera después de que les obligaran a aplicar medidas de austeridad. ¿Cómo cree que podemos evitar un resultado similar en el futuro?


Creo que la verdadera tragedia de Grecia —aparte de la severidad de la burocracia europea, la burocracia de Bruselas y de las entidades bancarias del Norte, que fue verdaderamente salvaje— es que la crisis griega no debió estallar. Se pudo haber solucionado bastante fácilmente en un primer momento.


Pero ocurrió y Syriza llegó al poder con un compromiso declarado de combatirla. De hecho, en realidad convocaron un referéndum que horrorizó a Europa: la idea de que a la gente se le permitiera tomar una decisión sobre algo que afecta a su destino tan solo es un anatema para las élites europeas: cómo es posible que se permita la democracia (incluso en el país en el que se creó).


Como consecuencia de este acto delictivo de preguntarle a la gente lo que quiere, Grecia recibió un castigo mayor. Las exigencias de la Troika se endurecieron muchísimo a causa del referéndum. Temían que se produjera un efecto dominó: si prestamos atención a los deseos de la gente, otros podrían tener la misma idea y la plaga de la democracia podría extenderse de verdad, de modo que debemos matarla de raíz de inmediato.


Entonces Syriza sucumbió y desde ese momento han hecho las cosas de un modo que, en mi opinión, son inaceptables.
Me pregunta cómo debería responder la gente: creando algo mejor. No es fácil, especialmente cuando se está aislado. Grecia a solas está en una posición muy vulnerable. Si los griegos hubieran logrado el apoyo de la izquierda progresista y las fuerzas populares del resto de Europa, podrían haber sido capaces de resistirse a las exigencias de la Troika.


¿Qué opina del sistema que creó Castro en Cuba tras la revolución?


En realidad no sabemos los verdaderos objetivos que tenía Castro. Se vio limitado drásticamente desde el primer momento por el duro y cruel ataque de la gran potencia reinante.


Debemos recordar que, literalmente, en los meses posteriores a su toma de posesión, los aviones procedentes de Florida empezaban a bombardear Cuba. En un año, la Administración de Eisenhower, secreta pero formalmente, determinó derrocar al gobierno. Después llegó la invasión de Bahía de Cochinos. La Administración de Kennedy estaba enfurecida por el fracaso de la invasión, e inmediatamente lanzó una guerra terrorista de gran magnitud, una guerra económica que se endureció con los años.


Es bastante sorprendente que Cuba sobreviviera bajo esas condiciones. Es una pequeña isla mar adentro frente a una enorme superpotencia que trata de destruirla, y obviamente había dependido de Estados Unidos para sobrevivir durante toda su historia reciente. Sin embargo, de alguna manera, sobrevivieron. Es cierto que era una dictadura: mucha brutalidad, muchos prisioneros políticos, mucha gente asesinada.


Hay que recordar que el ataque de EE.UU. a Cuba se presentó ideológicamente como algo necesario para defendernos de Rusia. En cuanto Rusia desapareció, el ataque se endureció. Apenas se hizo ningún comentario sobre ello, pero indica que las alegaciones previas eran una absoluta mentira, como sin duda eran.


Si examinamos los documentos internos de EE.UU., explican muy claramente cuál era la amenaza de Cuba. A principios de la década de 1960, el Ministerio de Asuntos Exteriores describía la amenaza de Cuba como el victorioso desafío de Castro a la política de EE. UU., volviendo a la doctrina Monroe. La doctrina Monroe presentaba la solicitud —no pudieron ejecutarlo en su momento, se quedó en una solicitud— de dominar el hemisferio oeste, y Castro estaba logrando desafiarles.


Eso es intolerable. Es como si alguien dijera: vamos a ejercer la democracia en Grecia, y como simplemente no podemos tolerarlo, tenemos que destruir la amenaza de raíz. Nadie desafía con éxito al amo del hemisferio, en realidad del mundo, de ahí la brutalidad.


Sin embargo, las reacciones fueron ambivalentes. Hubo logros como la sanidad, la alfabetización, etcétera. La internacionalidad fue increíble. Por alguna razón Nelson Mandela fue a Cuba a elogiar a Castro y a dar las gracias al pueblo cubano en cuanto salió de la cárcel. Es una reacción del tercer mundo, y lo comprenden.


Cuba desempeñó un papel importantísimo en la liberación de África y la abolición del apartheid —enviaron médicos y profesores a los lugares más pobres del mundo: a Haití, a Pakistán tras el terremoto, a casi a todas partes. La internacionalidad es, sencillamente, impresionante. No creo que haya habido nada similar en la historia.


Los avances en materia de salud fueron extraordinarios. Las estadísticas de salud en Cuba eran casi como las de Estados Unidos, y solo hay que mirar las diferencias de riqueza y poder.


Por otra parte, había una cruel dictadura. De modo que había las dos cosas.


¿Una transición al socialismo? Es imposible hablar de este tema. Las condiciones lo impidieron y no sabemos si había voluntad de hacerlo.


En los últimos años, en EE.UU., han surgido varios movimientos sociales que critican la forma actual de organización social y económica. No obstante, la mayoría de ellos se han unido en contra de un enemigo común, en lugar de unirse en torno a una idea común. ¿Qué deberíamos pensar acerca de la situación de los movimientos sociales y de su capacidad de unirse?


Analicemos, por ejemplo, el movimiento Occupy; no era un movimiento, era una táctica. No puedes estar sentado en un parque cerca de Wall Street eternamente. No puedes hacerlo más allá de unos meses.


Fue una táctica que no predije. Si alguien me hubiera preguntado entonces, habría dicho: no lo hagas.


Sin embargo, fue un gran éxito, un éxito enorme, tuvo una gran repercusión en el pensamiento de la gente, en la acción popular. El concepto general de concentración de la riqueza (un 1 % y un 99 %) estaba allí, por supuesto, en el pensamiento de la gente, pero adquirió protagonismo —incluso en los medios de comunicación (en el Wall Street Journal, por ejemplo)— y dio lugar a muchas formas de activismo, estimuló a la gente, etcétera. Pero no era un movimiento.
La izquierda, en general, está muy atomizada. Vivimos en sociedades extremadamente atomizadas. La gente está prácticamente sola: existes tú con tu iPad.


Los focos principales de organización, como el movimiento obrero, han quedado gravemente debilitados, en Estados Unidos muy gravemente, por la política. No ha sucedido como un huracán. Las políticas se han diseñado para minar la organización de la clase trabajadora, y la razón no es solo que los sindicatos luchen por los derechos de los trabajadores, sino que también tienen un efecto democratizador. Se trata de instituciones en las que personas sin poder pueden reunirse, apoyarse unas a otras, aprender acerca del mundo, poner a prueba sus ideas, iniciar programas —y eso es peligroso. Es como un referéndum en Grecia. Permitirlo es peligroso.


Deberíamos recordar que durante la Segunda Guerra Mundial y la Gran Depresión, hubo un aumento significativo de la democracia popular, radical por todo el mundo. Adoptó diferentes formas, pero estaba ahí, en todas partes.


En Grecia fue la revolución griega, y había que aplastarla. En países como Grecia, fue aplastada con violencia. En países como Italia, donde las fuerzas estadounidenses y británicas entraron en 1943, fue aplastada atacando y aniquilando a los partisanos antialemanes y restableciendo el orden tradicional. En países como Estados Unidos no se aplastó con violencia —el poder capitalista no tiene esa capacidad— pero, desde principios de la década de 1940, se realizaron enormes esfuerzos para tratar de socavar y aniquilar el movimiento obrero. Y continuó.


Repuntó repentinamente bajo el mandato de Reagan, y volvió a repuntar de nuevo con Clinton y, a estas alturas, el movimiento obrero es sumamente débil (en otros países ha adoptado diferentes formas). Sin embargo, era una de las instituciones que permitía a la gente reunirse a fin de colaborar entre sí y recibir apoyo mutuo, y otras también han quedado prácticamente diezmadas.


¿Qué podemos esperar de Donald Trump? ¿Su ascenso constituye un motivo para redefinir y unificar un movimiento socialista en torno a una idea común en Estados Unidos?


La respuesta a esa pregunta depende básicamente de usted y de su amigos. Definitivamente depende del modo en que reaccione la gente, especialmente los jóvenes. Hay muchas oportunidades, y hay que aprovecharlas. No es, en modo alguno, inevitable.


Pensemos en lo que probablemente ocurra. Trump es tremendamente imprevisible. Desconoce sus planes. Sin embargo, lo que podría ocurrir, por ejemplo, un posible escenario es el siguiente: mucha gente que votó a Trump, gente de clase trabajadora, había votado a Obama en 2008. Se dejaron seducir por eslóganes como “esperanza” y “cambio”. No obtuvieron esperanza, no obtuvieron cambios, se desilusionaron.


En esta ocasión han votado a otro candidato que aboga por la esperanza y el cambio, que ha prometido hacer toda clase de cosas increíbles. Y no las va a hacer. De modo que cabe preguntarse qué ocurrirá en un par de años, cuando no haya cumplido sus promesas y esos mismos electores potenciales estén desilusionados.


Muy probablemente, el poder hará lo que suele hacer en dichas circunstancias: tratar de culpabilizar a los más vulnerables diciendo: “Sí, no tenéis lo que prometimos, y el motivo son esas personas despreciables: los mexicanos, los negros, los inmigrantes sirios, los que engañan al sistema de bienestar social. Ellos son los que lo están destrozando todo. Vayamos tras ellos. Los gais son los culpables”.


Podría ocurrir. Ha sucedido una y otra vez en la historia con unas consecuencias bastante desagradables. Y que logren su propósito depende de la resistencia que oponga gente como usted. La respuesta a esta pregunta debería estar dirigida a usted, no a mí.

Traducción de Paloma Farré.
Socialism in an Age of Reaction. Jacobin.

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“Resiste”, despliegan en pancarta contra Trump en la Casa Blanca

Activistas de Greenpeace colgaron esta mañana una pancarta con la palabra “Resist” (resiste, en inglés) que pudo observarse desde la Casa Blanca, para llamar a la resistencia frente a la “negación del cambio climático, el racismo, la misoginia, la homofobia y la intolerancia” que manifiesta el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Los miembros de la organización ambiental colgaron la pancarta en una grúa de obra, cuya ubicación en la parte trasera de la Casa Blanca permitió que fuera visible desde la parte frontal de la sede oficial de la presidencia. Los activistas permanecieron sobre la grúa de 80 metros por horas hasta media mañana, aseguró Greenpeace.


“La gente en este país está lista para resistir y levantarse como nunca lo había hecho antes”, declaró Karen Topakian, directora de la organización. “Greenpeace ha utilizado la no violencia para resistir a los tiranos desde 1971, y no vamos a parar ahora”, añadió.


De la misma forma, el activista Pearl Robinson dijo: “El sol se ha levantado esta mañana en una nueva América, pero no es de Donald Trump”. “Tengo miedo no solo de las políticas de la Administración entrante, sino también porque el pueblo envalentonado por esta elección pueda cometer actos de violencia y odio. Ahora es el momento de resistir”, agregó.
Mientras tanto, la policía de Washington aseguró que ese tipo de iniciativas son “peligrosas” e “ilegales”, y cortaron la zona para resolver la situación.


Greenpeace lamentó que Trump aprobara los planes de construcción de los oleoductos Keystone XL, que transportará crudo desde Canadá a las refinerías estadounidenses, y el que atravesaría el territorio de la comunidad Sioux de Standing Rock, en Dakota.
Durante su campaña electoral, Donald Trump afirmó que el cambio climático era una invención, por lo que propuso cancelar los fondos para la lucha contra el fenómeno, los cuales se destinarán para la financiación de proyectos domésticos.

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