Ilusiones progresistas devoradas por la crisis

ALAI AMLATINA, 21/03/2016.- La coyuntura global está marcada por una crisis deflacionaria motorizada por las grandes potencias. La caída de los precios de las commodities, cuyo aspecto más llamativo fue, desde mediados del 2014, la de las cotizaciones del petróleo, descubre el desinfle de la demanda internacional mientras tanto se estanca la ola financiera, muleta estratégica del sistema durante las últimas cuatro décadas. La crisis de la financierización de la economía mundial va ingresando de manera zigzageante en una zona de depresión, las principales economías capitalistas tradicionales crecen poco o nada[1] <#_ftn1> y China se desacelera rápidamente. Frente a ello Occidente despliega su último recurso: el aparato de intervención militar integrando componentes armadas profesionales y mercenarias, mediáticas y mafiosas articuladas como “Guerra de Cuarta Generación” destinada a destruir sociedades periféricas para convertirlas en zonas de saqueos. Es la radicalización de un fenómeno de larga duración de decadencia sistémica donde el parasitismo financiero y militar se fue convirtiendo en el centro hegemónico de Occidente.

No presenciamos la “recomposición” política-económica-militar del sistema como lo fue la reconversión keynesiana (militarizada) de los años 1940 y 1950 sino su degradación general. La mutación parasitaria del capitalismo lo convierte en un sistema de destrucción de fuerzas productivas, del medio ambiente, y de estructuras institucionales donde las viejas burguesías se van transformando en círculos de bandidos, novedoso encumbramiento planetario de lumpenburguesías centrales y periféricas.

 

La declinación del progresismo

 

Inmersa en este mundo se despliega la coyuntura latinoamericana donde convergen dos hechos notables: la declinación de las experiencias progresistas y la prolongada degradación del neoliberalismo que las precedió y las acompañó desde países que no entraron en esa corriente de la que ahora ese neoliberalismo degradado aparece como el sucesor.

Los progresismos latinoamericanos se instalaron sobre la base de los desgastes y en ciertos casos de las crisis de los regímenes neoliberales y cuando llegaron al gobierno los buenos precios internacionales de las materias primas sumados a políticas de expansión de los mercados internos les permitieron recomponer la gobernabilidad.

El ascenso progresista se apoyó en dos impotencias; la de la derechas que no podían asegurar la gobernabilidad, colapsadas en algunos casos (Bolivia en 2005, Argentina en 2001-2002, Ecuador en 2006, Venezuela en 1998) o sumamente deterioradas en otros (Brasil, Uruguay, Paraguay) y la impotencia de las bases populares que derrocaron gobiernos, desgastaron regímenes pero que incluso en los procesos más radicalizados no pudieron imponer revoluciones, transformaciones que fueran más allá de la reproducción de las estructuras de dominación existentes.

En los casos de Bolivia y Venezuela los discursos revolucionarios acompañaron prácticas reformistas plagadas de contradicciones, se anunciaban grandes transformaciones pero las iniciativas se embrollaban en infinitas idas y venidas, amagos, desaceleraciones “realistas” y otras astucias que expresaban el temor profundo a saltar las vallas del capitalismo. Ello no solo posibilitó la recomposición de las derechas sino también la proliferación a nivel estatal de podredumbres de todo tipo, grandes corrupciones y pequeñas corruptelas.

Venezuela aparece como el caso más evidente de mezcla de discursos revolucionarios, desorden operativo, transformaciones a medio camino y autobloqueos ideológicos conservadores. No se consiguió encaminar la transición revolucionaria proclamada (más bien todo lo contrario) aunque si se logró caotizar el funcionamiento de un capitalismo estigmatizado pero de pie, obviamente los Estados Unidos promueven y aprovechan esa situación para avanzar en su estrategia de reconquista del país. El resultado es una recesión cada vez más grave, una inflación descontrolada, importaciones fraudulentas masivas que agravan la escasez de productos y la evasión de divisas que marcan a una economía en crisis aguda[2] <#_ftn2>.

En Brasil el zigzagueo entre un neoliberalismo “social” y un keynesianismo light casi irreconocible fue reduciendo el espacio de poder de un progresismo que desbordaba fanfarronería “realista” (incluida su astuta aceptación de la hegemonía de los grupos económicos dominantes). La dependencia de las exportaciones de commodities y el sometimiento a un sistema financiero local transnacionalizado terminaron por bloquear la expansión económica, finalmente la combinación de la caída de los precios internacionales de las materias primas y la exacerbación del pillaje financiero precipitaron una recesión que fue generando una crisis política sobre la que empezaron a cabalgar los promotores de un “golpe blando” ejecutado por la derecha local y monitoreado por los Estados Unidos.

En Argentina el “golpe blando” se produjo protegido por una máscara electoral forjada por una manipulación mediática desmesurada, el progresismo kirchnerista en su última etapa había conseguido evitar la recesión aunque con un crecimiento económico anémico sostenido por un fomento del mercado interno respetuoso del poder económico. También fue respetada la mafia judicial que junto a la mafia mediática lo acosaron hasta desplazarlo políticamente en medio de una ola de histeria reaccionaria de las clases altas y del grueso de las clases medias.

En Bolivia Evo Morales sufrió su primera derrota política significativa en el referéndum sobre reelección presidencial, su llegada al gobierno marcó el ascenso de las bases sociales sumergidas por el viejo sistema racista colonial. Pero la mezcla híbrida de proclamas antiimperialistas, postcapitalistas e indigenistas con la persistencia del modelo minero-extractivista de deterioro ambiental y de comunidades rurales y del burocratismo estatal generador de corrupción y autoritarismo terminaron por diluir el discurso del “socialismo comunitario”. Quedó así abierto el espacio para la recomposición de las elites económicas y la movilización revanchista de las clases altas y su séquito de clases medias penetrando en un vasto abanico social desconcertado.

Ahora las derechas latinoamericanas van ocupando las posiciones perdidas y consolidan las preservadas, pero ya no son aquellas viejas camarillas neoliberales optimistas de los años 1990, han ido mutando a través de un complejo proceso económico, social y cultural que las ha convertido en componentes de lumpenburguesías nihilistas embarcadas en la ola global del capitalismo parasitario.

Grupos industriales o de agrobusiness fueron combinando sus inversiones tradicionales con otras más rentables pero también más volátiles: aventuras especulativas, negocios ilegales de todo tipo (desde el narco hasta operaciones inmobiliarias opacas pasando por fraudes comerciales y fiscales y otros emprendimientos turbios) convergiendo con “inversiones” saqueadoras provenientes del exterior como la megaminería o las rapiñas financieras.

Dicha mutación tiene lejanos antecedentes locales y globales, variantes nacionales y dinámicas específicas, pero todas tienden hacia una configuración basada en el predominio de elites económicas sesgadas por la “cultura financiera-depredadora” (cortoplacismo, desarraigo territorial, eliminación de fronteras entre legalidad e ilegalidad, manipulación de redes de negocios con una visión más próxima al videojuego que a la gestión productiva y otras características propias del globalismo mafioso) que disponen del control mediático como instrumento esencial de dominación rodeándose de satélites políticos, judiciales, sindicales, policiales-militares, etc.

 

¿Restauraciones conservadoras o instauraciones de neofascismos coloniales?

 

Por lo general el progresismo califica a sus derrotas o amenazas de derrotas como victorias o peligros de regreso del pasado neoliberal, también suele utilizarse el término “/restauración conservadora/”, pero ocurre que esos fenómenos son sumamente innovadores, tienen muy poco de “conservadores”. Cuando evaluamos a personajes como Aecio Neves, Mauricio Macri o Henrique Capriles no encontramos a jefes autoritarios de elites oligárquicas estables sino a personajes completamente inescrupulosos, sumamente ignorantes de las tradiciones burguesas de sus países (incluso en ciertos casos con miradas despreciativas hacia las mismas), aparecen como una suerte de mafiosos entre primitivos y posmodernos encabezando políticamente a grupos de negocios cuya norma principal es la de no respetar ninguna norma (en la medida de lo posible).

Otro aspecto importante de la coyuntura es el de la irrupción de movilizaciones ultra-reaccionarias de gran dimensión donde las clases medias ocupan un lugar central. Los gobiernos progresistas suponían que la bonanza económica facilitaría la captura política de esos sectores sociales pero ocurrió lo contrario: las capas medias se derechizaban mientras ascendían económicamente, miraban con desprecio a los de abajo y asumían como propios los delirios neofascistas de los de arriba. El fenómeno sincroniza con tendencias neofascistas ascendentes en Occidente, desde Ucrania hasta los Estados Unidos pasando por Alemania, Francia, Hungría, etc., expresión cultural del neoliberalismo decadente, pesimista, de un capitalismo nihilista ingresando en su etapa de reproducción ampliada negativa donde el apartheid aparece como la tabla de salvación.

Pero este neofascismo latinoamericano incluye también la reaparición de viejas raíces racistas y segregacionistas que habían quedado tapadas por las crisis de gobernabilidad de los gobiernos neoliberales, la irrupción de protestas populares y las primaveras progresistas. Sobrevivieron a la tempestad y en varios casos resurgieron incluso antes del comienzo de la declinación del progresismo como en Argentina el egoísmo social de la época de Menem o el gorilismo racista anterior, en Bolivia el desprecio al indio y en casi todos los casos recuperando restos del anticomunismo de la época de la Guerra Fría. Supervivencias del pasado, latencias siniestras ahora mezcladas con las nuevas modas.

Una observación importante es que el fenómeno asume características de tipo “/contrarrevolucionario/”, apuntando hacia una política de tierra arrasada, de extirpación del enemigo progresista, es lo que se ve actualmente en Argentina o lo que promete la derecha en Venezuela o Brasil, la blandura del contrincante, sus miedos y vacilaciones excitan la ferocidad reaccionaria. Refiriéndose a la victoria del fascismo en Italia Ignazio Silone la definía como una contrarrevolución que había operado de manera preventiva contra una amenaza revolucionaria inexistente[3] <#_ftn3>. Esa no existencia real de amenaza o de proceso revolucionario en marcha, de avalancha popular contra estructuras decisivas del sistema desmoronándose o quebradas, envalentona (otorga sensación de impunidad) a las elites y su base social.

La marea contrarrevolucionaria es uno de los resultados posibles de la descomposición del sistema imponiendo de manera exitosa en algunos casos del pasado proyectos de recomposición elitista, en el caso latinoamericano expresa descomposición capitalista sin recomposición a la vista.

Si el progresismo fue la superación fracasada del fracaso neoliberal, este neofascismo subdesarrollado exacerba ambos fracasos inaugurando una era de duración incierta de contracción económica y desintegración social. Basta ver lo ocurrido en Argentina con la llegada de Macri a la presidencia: en unas pocas semanas el país pasó de un crecimiento débil a una recesión que se va agravando rápidamente producto de un gigantesco pillaje, no es difícil imaginar lo que puede ocurrir en Brasil o en Venezuela que ya están en recesión si la derecha conquista el poder político.

La caída de los precios de las commodities y su creciente volatilidad, que la prolongación de la crisis global seguramente agravará, han sido causas importantes del fracaso progresista y aparecen como bloqueos irreversibles de los proyectos de reconversión elitista-exportadora medianamente estables. Las victorias derechistas tienden a instaurar economías funcionando a baja intensidad, con mercados internos contraídos e inestables, eso significa que la supervivencia de esos sistemas de poder dependerá de factores que las mafias gobernantes pretenderán controlar. En primer término el descontento de la mayor parte de la población aplicando dosis variables de represión, legal e ilegal, embrutecimiento mediático, corrupción de dirigentes y degradación moral de las clases bajas. Se trata de instrumentos que la propia crisis y la combatividad popular pueden inutilizar, en ese caso el fantasma de la revuelta social puede convertirse en amenaza real.

 

La estrategia imperial

 

Los Estados Unidos desarrollan una estrategia de reconquista de América Latina aplicándola de manera sistemática y flexible. El golpe blando en Honduras fue el puntapié inicial al que le siguió el golpe en Paraguay y un conjunto de acciones desestabilizadoras, algunas muy agresivas, de variado éxito que fueron avanzando al ritmo de las urgencias imperiales y del desgaste de los gobiernos progresistas. En varios casos las agresiones más o menos abiertas o intensas se combinaron con buenos modales que intentaban vencer sin violencias militar o económica o sumando dosis menores de las mismas con operaciones domesticadoras. Donde no funcionaba eficazmente la agresión empezó a ser practicado el ablande moral, se implementaron paquetes persuasivos de configuración variable combinando penetración, cooptación, presión, premios y otras formas retorcidas de ataque psicológico-político.

El resultado de ese despliegue complejo es una situación paradojal: mientras los Estados Unidos retroceden a nivel global en términos económicos y geopolíticos, van reconquistando paso a paso su patio trasero latinoamericano. La caída de Argentina ha sido para el Imperio una victoria de gran importancia trabajada durante mucho tiempo a lo que es necesario agregar tres maniobras decisivas de su juego regional: el sometimiento de Brasil, el fin del gobierno chavista en Venezuela y la rendición negociada de la insurgencia colombiana. Cada uno de estos objetivos tiene un significado especial:

La victoria imperialista en Brasil cambiaría dramáticamente el escenario regional y produciría un impacto negativo de gran envergadura al bloque BRICS afectando a sus dos enemigos estratégicos globales: China y Rusia. La victoria en Venezuela no solo le otorgaría el control del 20 % de las reservas petrolíferas del planeta (la mayor reserva mundial) sino que tendría un efecto dominó sobre otros gobiernos de la región como los de Bolivia, Ecuador y Nicaragua y perjudicaría a Cuba sobre la que los Estados Unidos están desplegando una suerte de /abrazo de oso/.

Finalmente la extinción de la insurgencia colombiana además de despejar el principal obstáculo al saqueo de ese país le dejaría las manos libres a sus fuerzas armadas para eventuales intervenciones en Venezuela. Desde el punto de vista estratégico regional el fin de la guerrilla colombiana sacaría del escenario a una poderosa fuerza combatiente que podría llegar a operar como un mega-multiplicador de insurgencias en una región en crisis donde la generalización de gobiernos mafioso-derechistas agravará la descomposición de sus sociedades. Se trata tal vez de la mayor amenaza estratégica a la dominación imperial, de un enorme peligro revolucionario continental, es precisamente esa dimensión latinoamericana del tema lo que ocultan los medios de comunicación dominantes.

Decadencia sistémica y perspectivas populares

Más allá de la curiosa paradoja de un imperio decadente reconquistando su retaguardia territorial, desde el punto de vista de la coyuntura global, de la decadencia sistémica del capitalismo, la generalización de gobiernos pro-norteamericanos en América Latina puede ser interpretada superficialmente como una gran victoria geopolítica de los Estados Unidos aunque si profundizamos el análisis e introducimos por ejemplo el tema del agravamiento de la crisis impulsada por esos gobiernos tenderíamos a interpretar al fenómeno como expresión específica regional de la decadencia del sistema global.

El alejamiento del estorbo progresista puede llegar a generar problemas mayores a la dominación imperial, si bien las inclusiones sociales y los cambios económicos realizados por el progresismo fueron insuficientes, embrollados, estuvieron impregnados de limitaciones burguesas y si su autonomía en materia de política internacional tuvo una audacia restringida; lo cierto es que su recorrido ha dejado huellas, experiencias sociales , dignificaciones (suprimidas por la derecha) que serán muy difícil extirpar y que en consecuencia pueden llegar a convertirse en aportes significativos a futuros (y no tan lejanos) desbordes populares radicalizados.

La ilusión progresista de humanización del sistema, de realización de reformas “sensatas” dentro de los marcos institucionales existentes, puede pasar de la decepción inicial a una reflexión social profunda, crítica de la institucionalidad mafiosa, de la opresión mediática y de los grupos de negocios parasitarios. Ello incluye a la farsa democrática que los legitima. En ese caso la molestia progresista podría convertirse tarde o temprano en huracán revolucionario no porque el progresismo como tal evolucione hacia la radicalidad anti-sistema sino porque emergería una cultura popular superadora, desarrollada en la pelea contra regímenes condenados a degradarse cada vez más.

En ese sentido podríamos entender uno de los significados de la revolución cubana, que luego se extendió como ola anticapitalista en América Latina, como superación crítica de los reformismos nacionalistas democratizantes fracasados (como el varguismo en Brasil, el nacionalismo revolucionario en Bolivia, el primer peronismo en Argentina o el gobierno de Jacobo Arbenz en Guatemala). La memoria popular no puede ser extirpada, puede llegar a hundirse en una suerte de clandestinidad cultural, en una latencia subterránea digerida misteriosamente, pensada por los de abajo, subestimada por los de arriba, para reaparecer como presente, cuando las circunstancias lo requieran, renovada, implacable.

- */Jorge Beinstein/* es economista argentino, docente de la Universidad de Buenos Aires.

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[1] <#_ftnref1>Si consideramos el último lustro (2010-2014) el crecimiento promedio real de la economía de Japón ha sido del orden del 1,5 %, la de Estados Unidos 2,2 % y la de Alemania 2 % (Fuente: Banco Mundial).

[2] <#_ftnref2>Un buen ejemplo es el de la “importación” de fármacos donde empresas multinacionales como Pfizer, Merck y P&G hacen fabulosos negocios ilegales ante un gobierno “socialista” que les suministra dólares a precios preferenciales. Con un juego de sobrefacturaciones, sobreprecios e importaciones inexistentes las empresas farmacéuticas habían importado en 2003 unas 222 mil toneladas de productos por los que pagaron 434 millones de dólares (unos 2 mil dólares por tonelada), en 2010 las importaciones bajaron a 56 mil toneladas y se pagaron 3410 millones de dólares (60 mil dólares la tonelada) y en 2014 las importaciones descendieron aún más a 28 mil toneladas y se pagaron 2400 millones de dólares (un poco menos de 87 mil dólares la tonelada). Como bien lo señala Manuel Sutherland de cuyo estudio extraigo esa información: “/lejos de plantearse la creación de una gran empresa estatal de producción de fármacos, el gobierno prefiere darles divisas preferenciales a importadores fraudulentos, o confiar en burócratas que realizan importaciones bajo la mayor opacidad”. /Manuel Sutherland, “2016: La peor de las crisis económicas, causas, medidas y crónica de una ruina anunciada”, CIFO, Caracas 2016.

[3] <#_ftnref3>Ignazio Silone, “L'École des dictateurs”, Collection Du monde entier, Gallimard, París 1964.

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Viernes, 18 Marzo 2016 07:31

Brasil: sin izquierda y sin rumbo

Brasil: sin izquierda y sin rumbo

Una de las principales características del caos sistémico es la opacidad y la imprevisibilidad de los escenarios geopolíticos y políticos, globales y locales, fruto en gran medida de las transiciones en curso y de la superposición de diversos actores que influyen/desvían el curso de los acontecimientos. En suma, una realidad hipercompleja en la que es posible visualizar las grandes tendencias, pero no es tan sencillo comprender la coyuntura. En todo caso, una realidad resistente a las simplificaciones.


Los recientes sucesos en Brasil, la detención de Lula y su posterior nombramiento al frente del gabinete ministerial, y las manifestaciones del pasado domingo, parecen precipitar los acontecimientos. Sin embargo, no será sencilla la destitución de la presidenta Dilma Roussseff para poner fin al gobierno del Partido de los Trabajadores (PT), ya que la oposición también está afectada por la falta de credibilidad. Lo que se terminó en Brasil fue un periodo más o menos prolongado de estabilidad política y económica, ya que no existe una coalición capaz de estabilizar el país.


Veamos las que creo que son las tendencias principales, con sus respectivas contratendencias.


La primera es que resulta evidente que existe una potente ofensiva destituyente contra el gobierno y el PT, por parte de las derechas: los grandes medios, el capital financiero brasileño e internacional, Estados Unidos y, según parece, una parte del aparato judicial. La operación Lava Jato (Lavado Rápido) sería parte de esta ofensiva que se acentúa a medida que el escenario global se polariza.


Sin embargo, diversos analistas cercanos a la izquierda opinan lo contrario y no miden la actuación de la justicia por los impactos políticos. El sociólogo Luiz Werneck Vianna sostiene que “la naturaleza de la operación Lava Jato es republicana y su función es denunciar el contubernio entre la esfera pública y la esfera privada” (http://goo.gl/XnMEDo). Agrega que quienes denuncian al Lava Jato como maniobra de la derecha defienden pequeños intereses y que la relación entre lo público y lo privado había llegado a extremos que clamaban una intervención.


La segunda tendencia es la disolución de las izquierdas. Hay personas que dicen cosas que parecen de izquierda, pero no existe fuerza social y política con valores y actitudes de izquierda. El más importante intelectual de izquierda brasileño, el sociólogo Francisco de Oliveira, sostiene que no hay lucha de ideas y de posiciones políticas, apenas desfiles callejeros, y que la izquierda no tiene capacidad de convocatoria. “La izquierda está sin rumbo –dice–. Yo mismo soy de izquierda y estoy sin rumbo” (http://goo.gl/67nxKq).


Un síntoma de la inexistencia de izquierda es la incapacidad de autocrítica, no sólo por los políticos y dirigentes, sino también por los llamados intelectuales que, en su inmensa mayoría, culpan de todo a la derecha y a los medios y son incapaces de tomar en cuenta los datos que contradicen su análisis. El pasado domingo los manifestantes, que se supone son de derecha, abuchearon y echaron a los principales dirigentes de la oposición, el gobernador de Sao Paulo, Geraldo Alckmin, y el senador Aecio Neves, del Partido Social Demócrata Brasileño, al grito de ladrones y oportunistas.


¿Cómo encajan estos hechos en el análisis simplista de los intelectuales de izquierda? Las denuncias más demoledoras contra Lula y Dilma (y buena parte de los políticos de derecha) provienen de Delcidio Amaral, senador por el PT, elegido por Dilma para liderar el Senado. Antes había sido ministro de Minas y Energía bajo Itamar Franco (1994 y 1995) y director de Petrobras bajo Fernando Henrique Cardoso (2000 y 2001), y es considerado experto en negocios turbios (Página 12, 16/3/16). Este es el tipo de personas que el PT recluta desde que ocupa el gobierno.


No hay izquierda porque el PT se encargó de aniquilarla, política y éticamente. Lula fue durante años el embajador de las multinacionales brasileñas. Entre 2011 y 2012 visitó 30 países, de los cuales 20 están en África y América Latina. Las constructoras pagaron 13 de esos viajes, la casi totalidad Odebrecht, OAS y Camargo Correa (Folha de Sao Paulo, 22/3/13). Es apenas una cara del consenso lulista. La otra es la domesticación de los movimientos.


Es cierto que hay una contratendencia desde abajo marcada por un nuevo activismo social, que se manifestó en 2013 con el Movimento Passe Livre, luego con las ocupaciones de los sin techo, el nuevo activismo feminista y más recientemente con la ocupación de cientos de colegios secundarios. Pero estos movimientos ya no obedecen a la vieja lógica (correa de trasmisión de los partidos), sino a nuevas relaciones sociales, entre las que destaca la autonomía de los partidos y los sindicatos, la horizontalidad y el consenso para tomar decisiones.


La tercera tendencia es el fin de la hegemonía de los diversos actores políticos o sociales. Una sociedad sin hegemonía quiere decir una sociedad caótica, desordenada, en la que ninguna instancia tiene legitimidad ni capacidad para determinar los rumbos que se toman. Para la izquierda institucional y electoral, y para los profesionales del pensamiento, esto es un horror, un peligro del que se debe huir. Para quienes apostamos al autogobierno de pueblos y comunidades, es una posibilidad real de expropiar a los expropiadores, ya que es la antesala de un colapso sistémico.


Con dos condiciones. Una, que no se crea que el viejo mundo caerá sin afectarnos. Seremos parte del naufragio, estaremos en peligro, tanto como los sectores populares. Esto no es ni bueno ni malo, es el precio a pagar para tener la posibilidad de crear un mundo nuevo.


La otra es que no existe la menor certeza. Lo previsible es el Estado, las instituciones, las multinacionales. El colapso es una apuesta, pero no un juego, en el que ponemos el cuerpo y nos arriesgamos a perderlo todo, para imprimirle un cambio de rumbo a la humanidad.

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Golpe judicial para bloquear la jura de Lula

Un magistrado de primera instancia federal de Brasilia “suspendió” la designación del ex presidente como jefe de Gabinete alegando que con ello obtendrá foro privilegiado y quedará fuera de la órbita de otro magistrado de primera instancia.


“Estado de excepción”. Entre indignada y aguerrida la presidenta brasileña Dilma Rousseff denunció ayer, al poner en funciones al nuevo jefe de Gabinete, Luiz Inácio Lula da Silva, que la sociedad entre jueces y medios de comunicación privados avanza hacia su objetivo de implantar una democracia degradada que reemplazaría al régimen democrático vigente. El golpe blanco en gestación se ha fijado metas: obstruir la labor de Lula en el gabinete, acelerar el juicio político contra Dilma en el Congreso dominado por fuerzas conservadoras y acendrar la intolerancia de las clases medias neocons para finalmente derrocar al gobierno del Partido de los Trabajadores respaldado por 54 millones de votos en los comicios de octubre de 2014.


Para contener ese torrente de lama destituyente Dilma convocó a Lula, que a pesar de la corrosiva campaña de desinformación en su contra aún preserva una popularidad que, aunque no sea inoxidable, todavía se mantiene robusta especialmente entre los trabajadores y las clases populares, las que no se han sumado masivamente a los actos multitudinarios del domingo pasado y las protestas de ayer por el golpe.


“Me siento orgullosa de traer (al gabinete) al mayor líder político del país, sea bienvenido querido ministro Lula” resaltó Dilma, refrendada por una de las tantas ovaciones del público que colmó ayer el Salón Noble del Palacio del Planalto, a través de cuyas paredes vidriadas penetraba el estruendo de los gases lacrimógenos y balas de goma disparados por la policía militarizada en la Plaza de los Tres Poderes, tomada desde temprano por militantes petistas y de la Central Unica de los Trabajadores.


A unos doscientos metros de allí, en el Congreso, grupos por el impeachment se reagrupaban luego de haberse movilizado el miércoles por la noche cuando, enardecidos, intentaron invadir el Legislativo y luego derribar las vayas de protección del palacio presidencial. Pero el principal reducto golpista volvió a ser ayer San Pablo, donde inconformes con la democracia, Dilma y Lula acamparon en la Avenida Paulista frente al edificio de la Federación de Industrias de San Pablo, atravesado por una gigantesca franja negra que exige la salida de la presidenta.


“Cuento con su experiencia de ex presidente, con su identificación con el pueblo de este país, con su incomparable capacidad (...) de entender a ese pueblo y de ser entendido y amado por él”, afirmó la mandataria en referencia a Lula. “Usted tiene la grandeza de los estadistas y la humildad de los verdaderos lideres”. Durante la ceremonia de juramento Lula, de traje azul y corbata roja, permaneció callado, con gesto de preocupación. “El pueblo no es bobo, abajo la red Globo”, “Dilma guerrera del pueblo brasileño” y “No va a haber golpe”, fueron las consignas más repetidas por el público.


Infiltrado entre los ministros y dirigentes reunidos en el segundo piso del Planalto estaba el policía militar y diputado Mayor Olimpo, referente del bloque parlamentario por la “reeducación” de los gays, que intentó causar un disturbio pero fue prontamente reducido. El polidiputado, una especie política que ha crecido en los últimos años, integra el partido Solidaridad aliado del ex candidato presidencial Aecio Neves, del Partido de la Socialdemocracia Brasileña que ayer demandó a la Corte la anulación del nombramiento de Lula en consonancia con la cautelar publicada por un juez Itagiba Catta Preta Neto. Ka Cámara de Diputados anunció en este contexto la conformación de la comisión de 65 diputados que debería realizar un informe sobre la conveniencia del impeachement contra Dilma.


Preta Neto es el magistrado de primera instancia federal de Brasilia que“suspendió” la designación del ex presidente como jefe de gabinete alegando que con ello obtendrá foro privilegiado y quedará fuera de la órbita de otro magistrado de primera instancia, Sergio Moro, a cargo de la causa por corrupción a costillas de Petrobras, el “Petrolao”. El abogado general de la Unión, José Eduardo Cardozo apeló la medida alegando, entre otras causas, la manifiesta parcialidad del juez brasiliense por ser un militante de los grupos destituyentes, algo reconocido por éste en declaraciones a la prensa. Por la noche otra jueza de primera instancia, Regina Formisano, repitió la maniobra con otra cautelar.


La confesión de Catta Preta sobre su activismo por el golpe ocurrió prácticamente a la misma hora que su colega Sergio Moro, a cargo del Petrolao, justificaba el haber invadido una conversación entre Rousseff y Lula, que minutos más tarde cedió a la cadena Globo para que ésta la utilizara en su campaña de agitación y propaganda. Premiado por esa empresa periodística en 2015 como el personaje del año junto a un actor de telenovelas, Moro devino una suerte de prócer entre los cientos de miles de opositores que se movilizaron el domingo pasado en San Pablo, Brasilia, Río de Janeiro y otras capitales.


La invasión del diálogo de Rousseff y Lula fue “ilegal” afirmó el abogado general Cardozo y además violatorio de la seguridad nacional. Dilma fue más lejos en su discurso de asunción de Lula cuando dijo que Moro, al que evitó nombrar, es parte del engranaje subversivo avocado a “pasar la frontera del estado de derecho, (para establecer) un estado de excepción, los brasileños estamos ante un hecho grave”.

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El día en el que la derecha ganó la calle en Brasil

El domingo 13 de marzo, la oposición al Gobierno de Dilma Roussef convocó manifestaciones callejeras en Brasil, tal como había hecho precisamente un año antes y en agosto del año pasado, cuando el país, en contra de lo que muchos testarudamente no creían posible (algunos en el campo del “lulismo” siguen sin creerlo), entró definitivamente en la agenda del impeachment, la maniobra –jurídicamente desproporcionada, es verdad– para la censura política de la presidenta.


El impasse político en el país parece haber llegado a su culmen. Los analistas son casi unánimes en reconocer que la crisis ya es demasiado grande para su manejo sencillo por parte de la presidenta y de su casi decorativo equipo político. Con poco más de un año de un Gobierno errático, sin personalidad, programa o iniciativa política, y una economía destrozada por su muy evidente mala conducción, amplificando –con ideológica perversidad neoliberal– las improvisaciones, el descuido estructural y las equivocaciones dejadas por Lula y por ella misma, la presidenta se ve ante un proceso de censura ya instalado en el Congreso, que va y viene, se agranda o se achica, según contingencias imponderables. En Brasil, toda la política ahora parece vivir bajo el signo de lo imponderable.


Como en Argentina y en Venezuela, la derecha avanza sobre los escombros de un progresismo agotado e insuficiente, que de pronto vio llegar su –para algunos fanáticos gubernamentalistas todavía inconcebible– caducidad. No es que la derecha tenga un proyecto alternativo para él que no sea el de la vieja dependencia internacional y el del viejísimo orden oligárquico. Como en otras partes, la derecha no lo declara jamás. Pero, sí, aprendió a escalar las debilidades de un proyecto de conciliación de clases (el del progresismo actual) que se ha vaciado y que ya no le resulta más cómodo sin las inmediatas prebendas proporcionadas por el poder de Estado. Ahora ella quiere retomar su privilegio de mando.


Al fin y al cabo, el privilegio ha sido siempre el fundamento lógico del ordenamiento social; no el derecho, ni la ciudadanía. El privilegio resulta ser el lenguaje base, casi siempre no consciente, del orden social en Brasil y en el resto de Latinoamérica. Y el (cada vez más) mal llamado “progresismo”, que ahora cierra su ciclo, no movió un dedo para poner esto en cuestión. Su distribución de bonos –sostenida por la sobrexplotación de los recursos naturales, la reprimarización de la economía y la dependencia de la exportación de materias primas–, su apuesta por la deificación del consumo y de las “oportunidades” individuales dejaron intacta la institucionalidad armada por la lógica del privilegio, que ahora se vuelve en contra de él.


No obstante, la más simbólica debilidad de los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) que la derecha logró escalar ha sido la pretendida imagen de idoneidad administrativa que el PT pregonaba antes de llegar al poder. La cuestión clave es tan sólo en parte la corrupción. Lo más grave para el patrimonio simbólico del progresismo es la revelación de la hipocresía y de la prostitución moral a las que se ha entregado el PT en nombre del juego inescrupuloso del poder, para mantener la financiación de sus campañas electorales y el apetito cleptocrático característico de sus aliados, los viejos zorros de la política nacional, de los que se volvió rehén por descuidar de hacer política.


Siete años antes de llegar al poder federal, en 1995, uno de los fundadores del partido, el exguerrillero Paulo de Tarso Venceslau, ya denunciaba los raros rumbos que tomaban los asesores más cercanos a Lula en el sentido de armar redes ilegales de financiación. Por influencia directa de Lula en la dirección del partido, este dirigente fue expulsado tres años después y no se habló más de esto. Otros casos sospechosos no llegaron jamás a ser aclarados, pero lo más importante es que el PT dejó seguir el juego y toda la lógica viciada de financiación partidaria mientras estuvo en el poder. Una vez más, no se dispuso a cambiar nada en lo que se refiere a los andamios estructurales de la política y la sociedad brasileñas.


Retórica de la derecha


Sin embargo, en lo que toca a la retórica de la derecha, la corrupción ha sido alzada a la condición de causa fundamental de los males del país. Desde hace diez años esta retórica viene sonando insistentemente. Antes no lograba tener efecto, pero ahora la economía cayó al abismo, y de pronto se volvió mágicamente apropiada para explicarlo todo.


El trabajo de propaganda, como en todas partes en Latinoamérica, lo hacen los conglomerados mediáticos. El caso paradigmático aquí es el de la petrolera estatal Petrobras, nudo central de las redes de financiación política. Se estima que el monto de los recursos desviados de ella durante los gobiernos del PT llega a unos 480 millones de euros. A pesar de la impresión producida por semejante caudal, habría que recordar que otra operación reciente de la Policía Federal destapó un monto tres veces superior en evasión de impuestos en una trama organizada por la banca y por las grandes empresas.


Asimismo, la evasión ilegal de recursos derivados de las coimas de las privatizaciones en los gobiernos de la oposición (el Partido de la Socialdemocracia Brasileña), durante la gestión del expresidente Fernando Henrique Cardoso, entre 1996 y 2002, por medio de operaciones entre el Banco del Estado de Paraná

(Banestado) y bancos paraguayos y de paraísos fiscales, habría llegado a la friolera de 28.350 millones de euros, es decir, 60 veces el monto del caso Petrobras. De todo esto y del carácter endémico y estructural de la corrupción en Brasil, los grandes medios no se pronuncian. La corrupción sólo existiría en el gobierno del PT.


De una parte, el poder judicial ha encubierto sistemáticamente y de forma deliberada la gran corrupción de la oligarquía señorial, y de esto tampoco se habla. De otra parte, la espectacularización selectiva –llegando al borde del sinsentido anecdótico– de la operación judicial respecto a los desvíos de Petrobras la convirtió en una gran operación inquisitorial para destruir a un enemigo político de la moral conservadora: el farsante y malhadado progresismo del PT. La hipocresía del doble rasero se vuelve muy palmaria. De modo que cuando la derecha llamó a la gente a las calles el pasado domingo, sólo había una palabra –¡sólo una!–, convertida en mito irreflexivo, para atronar sobre aquel espantajo: la corrupción. Esta magia no ha sido posible sin todo lo demás.


Manifestaciones


Lo que se vio este domingo han sido algunas de las mayores manifestaciones callejeras de la historia de Brasil (alrededor de cinco millones de personas a lo largo del país), más grandes que las protestas exigiendo elecciones directas al final de la dictadura militar, más grandes que las protestas de junio de 2013. Como en esos precedentes similares, la gente que mayormente acudió a las manifestaciones es de clase media. La pauta de la fetichización de la corrupción responde fundamentalmente a las expectativas de las clases medias, para quienes resulta conveniente abstraerse de las iniquidades de la lógica del privilegio, recrearse con ella y echar toda la culpa a un demonio, un outsider.


En las manifestaciones del pasado agosto en São Paulo, un equipo de investigadores quiso ver rasgos de una defensa del bienestar social en las respuestas a favor de la enseñanza y de la salud públicas por parte de algunos participantes de clase media en su encuesta. Esta interpretación ligera acaba incidiendo en una deshonestidad etnográfica, pues se abstrae del contexto y absolutiza el enunciado. Cuando la clase media en Brasil defiende los servicios públicos, está en realidad defendiendo su privilegio de ser servida, en especial cuando se trata de la universidad pública. Cuando se empieza a satanizar los impuestos, la lógica depredadora es la misma. El lenguaje del privilegio se pone a operar su gramática simbólica. Lo que la corrupción (ajena) parece molestar es el libre curso de los privilegios consagrados, muchas veces defendidos bajo una (igualmente abstracta) retórica meritocrática.


Si la derecha conquistó la calle el pasado domingo, lo logró con un potente tono monocorde, cuyo objetivo era ser el combustible para una sola jugada: el proceso de impeachment... y, como ensoñación lejana, la “solución final” para todo lo que sea de izquierda. Todo parece condicionado por una deliberada obtusidad, como si todo lo demás sobre la política y el país fuera simplemente impensable, imposible de ser formulado, inabarcable como problema, no debatible en toda su extensión. La complejidad no parece ser una vocación de la mente conservadora, que está más bien movida por pulsiones, odios y adicción a los privilegios.


Sin embargo, las manifestaciones han lanzado un desafío que va más allá de su monocorde palabra de orden. Se trata del desafío implícito de la demostración de fuerza, que interpela directamente al PT antes que a cualquier otro actor político. Las imágenes discursivas particularmente prominentes en las manifestaciones han sido, además de la destitución de la presidenta Dilma, el encarcelamiento del expresidente Lula: la tecnócrata terca y el héroe del progresismo. Más que únicamente el Gobierno, es el PT el que se ve acorralado por las calles.


El desafío ya estaba dispuesto antes incluso de las marchas, con la convocatoria del PT a manifestaciones en favor del Gobierno, o más bien contra el golpe parlamentario –de una destitución sin las necesarias razones judiciales– y en apoyo a su héroe, acosado la semana anterior por maniobras judiciales abusivas. Este otro pulso del partido se va a desarrollar este viernes. Si las marchas pro-Gobierno resultan apocadas o demasiado escenificadas y financiadas por sus organizadores sindicales, la victoria simbólica de la “libre expresión ciudadana” la tendrá la derecha. De modo que el duelo está pendiente, bajo el terrible impacto de la primera baza.

 

Por detrás del despliegue de fuerzas en el campo callejero, en las huestes progresistas lo que se ve son deserciones masivas. Los dudosos aliados parlamentarios, los de la vieja política clientelar, ahora tratan al Gobierno como un cadáver maloliente, y ya no hay más prebendas del Estado para comprarlos.


Los movimientos sociales de izquierda, la parte de la sociedad organizada con la que Dilma no quiso dialogar, ya se cansaron de ser burlados por un Gobierno que se dice de izquierda pero adopta cada vez más políticas de derecha. Aunque sigan posicionándose “contra el golpe”, ya no parecen más dispuestos a ofrecer un apoyo sin condiciones, condiciones que van contra las medidas de austeridad, consideradas las más importantes por un gobierno que ya no tiene recursos políticos para presentar un plan económico factible.


Finalmente, los electores pobres que el PT ha ganado con su gran programa de cosmética socioeconómica están ahora desamparados frente a la segunda mayor crisis económica de la historia del país, ven zozobrar sus “oportunidades” y desean que la presidenta se vaya. Éstos probablemente no irán a ninguna marcha en defensa de lo que no quieren. Tanto la corrupción en Petrobras como un golpe parlamentario les resultan demasiado abstractos.


De parte del Gobierno, el gesto agónico que siguió a las manifestaciones de domingo ha sido el de llamar a Lula para formar parte del ministerio. De un lado, esto tiene que ver con la protección al expresidente contra medidas judiciales intempestivas (que ya han demostrado toda su probabilidad), pero de otro lado, el acto tiene la apariencia de una convocatoria a los últimos samuráis para defender el castillo, mientras que en la planicie no quedan muchas fuerzas a las que acudir. Ya sea a corto o a medio plazo, es posible que se estén desarrollando las últimas escenas de lo que un día fue un sueño llamado PT.

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Lula toma las riendas de Brasil pese a los poderes mediáticos y judiciales

El nombramiento del expresidente, que intentará dar un vuelco al agonizante Gobierno de su sucesora, desata la ira de la oposición y de Sérgio Moro. El juez no duda en sobrepasar la frontera de la legalidad para intentar evitar que Lula asuma su nuevo cargo filtrando una conversación entre el exmandatario y Rousseff que busca incendiar aún más los ánimos.


SAO PAULO. - Los rumores sobre la entrada de Lula en el gobierno de Dilma Rousseff se escuchaban en Brasilia desde hace días. Concretamente desde el pasado 4 de marzo cuando la Policía Federal de Sao Paulo se llevó de su casa al expresidente con un mandato de conducción coercitiva para responder sobre supuestas vinculaciones con el escándalo de Petrobras. La fórmula jurídica elegida por el juez Sérgio Moro y la operación con 200 policías, 30 fiscales y muchas cámaras de televisión, indignó a diversos juristas que definieron la medida como "mediática e innecesaria".

El mayor ofendido fue el propio Lula: "Ya he declarado tres veces en diferentes instancias. Si el juez Moro me quería escuchar sólo tenía que haberme llamado y no montar este espectáculo de pirotecnia". Pero el mensaje más importante del exmandatario aquel viernes fue el anuncio de su candidatura para las elecciones de 2018: "Esto que me han hecho ha vuelto a encender mi llama. La lucha continúa".

A partir de ese momento diversos acontecimientos se sucedieron para que el expresidente decidiera entrar en el Gobierno antes de la fecha prometida. El primero vino de la mano de la Fiscalía de Sao Paulo, que independientemente del juez Moro, solicitó una petición de prisión preventiva contra Lula por lavado de dinero, riesgo de fuga e inflamación de la población. A pesar de que la petición fue ampliamente criticada, incluso por el principal partido de oposición (PSDB), por “falta de argumentos sólidos”, Lula comenzaba a sentirse acorralado.


Dilma Rousseff le había propuesto días atrás que pensara en la posibilidad de dirigir un ministerio y así matar dos pájaros de un tiro. Por un lado quien fuera el presidente más popular de Brasil entraba en su Gobierno y le ayudaba a negociar y buscar aliados en el Congreso que la ayudaran a evitar el impeachment; y por otro, Lula se libraba de ser juzgado por Moro y conseguía el estatus de foro privilegiado con el que se evitaba un pedido de prisión preventiva.

Al exmandatario no le hacía gracia que pareciera que escapaba de la Justicia y del juez de Curitiba: “No necesito eso, sé defenderme solo”, repitió a diversos miembros de su partido. Sin embargo, un ala importante del PT opinaba que su entrada sería fundamental en estos momentos. Dilma le aseguró que podría elegir el ministerio que más le interesara. El equipo de ministros petista le comunicó que le cederían su puesto con los ojos cerrados, sabiendo que la Casa Civil y la Secretaria de Gobierno eran los únicos cargos que podrían tentarle.

El pasado lunes el expresidente se enteraba que la jueza encargada de evaluar el pedido de prisión preventiva había decidido derivar su caso al juez Moro por considerar que se trataba del mismo asunto que investigaba su compañero. La cabeza de Lula volvía a estar en las manos del magistrado de Curitiba. Antes de dar el “sí” definitivo a Rousseff, el exmetalúrgico se reunió en varias ocasiones con el presidente del Congreso, Renan Calheiros (PMDB), para asegurarse su apoyo incondicional en el caso de aceptar la oferta de la presidenta. Sin el respaldo del PMDB, principal partido aliado del Gobierno, ni Lula ni Dilma tendrían oportunidades de sobrevivir. Esta formación acababa de decidir en una asamblea que en un periodo de 30 días anunciarían si se apartaban definitivamente del equipo de Dilma y prohibían a todos sus militantes aceptar cualquier cargo de Gobierno.


EL PMDB tomó esa medida el sábado, cuando nadie esperaba lo que iba a suceder tan solo tres días después. Y es que a primera hora de la tarde del martes el ministerio Público daba a conocer las declaraciones del ex representante del PT en el Senado, Delcídio Amaral, preso desde diciembre por la operación Lava Jato. Por primera vez la presidenta Rousseff era vinculada directamente al escándalo, acusada de obstruir dicha investigación, ofreciendo dinero a través del ex ministro de la Casa Civil, Aloizio Mercadante, para que Amaral no delatara a los directores de dos de las constructoras investigadas.

En los 400 folios de declaraciones, el petista no deja títere con cabeza. El jefe del Congreso, Renan Calheiros (PMDB), el vicepresidente Michel Temer (PMDB), el presidente del partido de oposición Aécio Neves (PSDB), Lula da Silva y la bancada completa del partido aliado del Gobierno en el Senado (PMDB), fueron algunos de los acusados por el exsenador de diversos crímenes relacionados con el escándalo de Petrobras. Tras el jarro de agua fría que cayó sobre el Congreso y Ejecutivo, Lula y Calheiros decidieron ponerse de acuerdo. El ex presidente se reunió con Rousseff y le anunció que dirigiría el ministerio de la Casa de Gobierno, un cargo equivalente a primer ministro, y desde el cual tendría vía libre para actuar a sus anchas. Un nuevo equipo de ministros y un giro en la política económica fueron las condiciones que impuso Lula para intentar salvar un Gobierno que agoniza desde hace meses.


Moro contra Lula


Nada más conocerse la entrada de Lula al Gobierno, la oposición puso el grito en el cielo y aseguró que denunciaría esta decisión, por entenderla como un “delito de obstrucción a la justicia” a través del cual Lula se libraría de ser juzgado por el magistrado Sérgio Moro. Lula da Silva podría seguir siendo investigado, pero sería juzgado por el Tribunal Supremo Federal a través de una única instancia. Algunos juristas opinan que este hecho beneficiaría al expresidente ya que muchos jueces del Supremo fueron nombrados por Dilma y por el propio Lula. Otros opinan lo contrario: “Sería un juicio mucho más rápido y la sentencia sería definitiva, no podría apelar. Además todo el caso ya está siendo muy mediático y hay muchas opiniones formadas sobre él, no sé si le compensaría”, argumenta el profesor de Derecho Constitucional de la PUC de San Pablo, Pedro Serrano en BBC Brasil.


Pero al que más le disgustó la idea de ver a Lula en un ministerio fue al propio juez Sérgio Moro. Si quedaba alguna duda en relación a la objetividad del magistrado, la actitud que tomó horas después de enterarse de la noticia dejó bastante claro que la operación Lava Jato tiene entre sus objetivos principales acabar con Lula a cualquier costa. El magistrado decidió filtrar a la prensa una escucha que ya no debía estar funcionando que recoge una conversación telefónica entre la presidenta y Lula. En ella, Rousseff le dice al exmandatario que le ha enviado el papel para firmar el nuevo cargo, y le sugiere que lo suscriba en cuanto le sea necesario, dando a entender, que le serviría en el caso de que pudiera sufrir una supuesta prisión preventiva. A pesar de que por sí la escucha no aportaba nueva información, ya que era sabido que otra de las ventajas del foro privilegiado era la de no poder pasar por una prisión preventiva, la noticia se entendió como el último intento de Moro para acabar con el expresidente.

El profesor de comunicación política, Wilson Gomes, decía en su cuenta de Facebook: “Para Moro, Lula es suyo, no es de nadie”. Esta aseveración se confirma con el paso de las horas y con la actitud de Moro que parece haber entablado con Lula una riña personal propia de una película de far west más que una investigación seria contra la corrupción. No se sabe si la filtración de Moro tendrá consecuencias legales. Lo que se conoce hasta ahora es que en el momento que fue grabada ya era ilegal y el hecho de filtrarla a la prensa también vulneraría las leyes. En cualquier caso tanto Dilma como Lula han preferido no arriesgarse, y el nombramiento del cargo de ministro que estaba prevista para el martes 22 se ha adelantado para este jueves 17 de marzo.

El Gobierno también quiso divulgar el documento de posesión del nuevo ministro Lula con la firma del expresidente y no de la mandataria Rousseff y alegó que le envió el certificado ante la posibilidad de que Lula no pudiese asistir a su ceremonia de posesión del cargo. Es decir, las escuchas publicadas en las que Rousseff avisaba de que iba a mandarle el documento y que lo usara "si fuera necesario" tenían que ver con el hecho de que podrían no encontrarse este jueves y no con la intención de la mandataria de proteger a Lula frente a posibles intimaciones policiales. Rousseff también añadió en nota de prensa que “no había nada de malo en esa conversación” y que simplemente se confirmaba una información que ya se había publicado horas antes en el Boletín del Estado.


Sin embargo, el juez Moro sabía que si esa filtración no servía para evitar que Lula asumiera el nuevo cargo, sí valdría para encender los ánimos de un sector de la población que sueña con ver al expresidente entre rejas. Los mismos que abarrotaron la Avenida Paulista en las manifestaciones del pasado domingo, se concentraron este miércoles en el mismo lugar para exigir la prisión inmediata del ex presidente. En Brasilia y en otras decena de ciudades cientos de manifestantes se manifestaron para celebrar la filtración de Moro y protestar por la entrada de Lula en el gobierno.

El empresario de 57 años, Pedro de Albuquerque, decía el pasado domingo en la marcha pro impeachment: “A Lula hay que llevarlo preso, si no lo cazamos ahora, le vuelven a elegir presidente”. La profesora y socióloga Esther Solano bromeaba en la revista Carta Capital: “En mis clases lo hemos hablado, el juez Moro o lleva preso a Lula o lo hace presidente en 2018”.

Si un sector de la población quiere ver a Lula en la cárcel, otra parte pide que la justicia brasileña sea igual para todos. Tras la última filtración de Moro a la prensa, un grupo de artistas, periodistas independientes e intelectuales grabaron un vídeo en el que reflejaban el sentimiento de otros muchos brasileños: “Todos estamos contra la corrupción y queremos que se luche contra ella, pero los medios y los órganos judiciales no pueden actuar como un partido político. Lo que está en juego es mucho más importante que quién ocupará la presidencia de la República. Lo que está en juego es la propia democracia y la estabilidad del país y de sus instituciones”.

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El país de la paz para fabricar nuevos combates

No basta ya, en el momento complejo en que viven los colombianos y colombianas, con suponer un paralelismo sustentado en la sospecha latente que el proceso de paz se desenvuelve por encima de la sociedad, mientras que la movilización social y la disputa de los muchos y muchas por transformar el país, se da debajo de la misma. Lo primero que cabría preguntarse, por evidentes razones, es ¿qué sucede, entonces, en aquello que media sobre ambas orillas, es decir, en ese río diverso que es la sociedad misma? Planteada la situación así, por una apelación al sentido común, habría que decir que no es posible hablar de situaciones paralelas si los efectos se desarrollan para un mismo conjunto, y en eso, es probable, no haya un debate profundo.


Los puntos suspensivos de la guerra


La guerra, por supuesto, deberá rechazarse como parte de una generación que se hace espectadora del final de un ciclo de violencia que se ha extendido por más de seis décadas y ha cobrado la vida humana de cientos de miles colombianos y colombianas. Por eso mismo, cuando se habla de terminación del conflicto armado, no puede referirse simplemente al lugar de tranquilidad moral para aquellos que se ubican en los bordes de la izquierda, sino que debe entenderse que allí se configura un proceso de tranquilidad colectiva en distintos territorios del país; lugares donde los días y las noches ya no estarán atravesados por las balas de aquellos que combaten. Así que si se dice fin del conflicto, habrá que percatarse que también tendrá sobre las poblaciones de este país un efecto social y político.


Claro que la confrontación entre actores armados ha tenido un efecto en la degradación moral, cultural e histórica de Colombia, como expresión diversa de hombres y mujeres en sus geografías; no cabría duda alguna que el protagonismo tomado en la guerra por el movimiento guerrillero significó a su vez una doble condición de la derrota para la insurgencia armada: el auge de una estampa militar del sello revolucionario, al tiempo que una derrota en el orden estratégico y, principalmente, en el juego político de convencer mentes y corazones con un proyecto de país. Ahora bien, la guerra en sí misma tiene una connotación inhumana, tendiente a degradar por medio de la muerte, los términos de negociación y conflicto entre grupos que antagonizan; no obstante, la guerra tiene unos términos y no es posible exigirle bondades, sino precisamente, su finalización.


Más allá del marco de derrota política y estratégico-militar de las FARC, que es el síntoma en definitiva, de la derrota para el conjunto de organizaciones guerrilleras, -incluyendo al ELN y al EPL-, el punto de reconocimiento de cesar el ejercicio armado e intentar desplazarse hacia un plano político de negociación, cuando menos, refiere a que la atrocidad de la guerra será mermada. Por supuesto que está en duda, y la incertidumbre se hace desconfianza, de si el punto de encuentro entre actores armados implicará que se reduzca la guerra realizada contra la sociedad. Eso es lo que está por verse en los meses venideros, que son los meses de finalización del proceso de negociación. Por lo pronto, las persecuciones y asesinatos a líderes sociales son la norma.


Fabricar combates: adiós a la paz y a la guerra.


La hora del pacto, que es el momento donde insurgencia armada y Gobierno Nacional sellarán simbólicamente un acuerdo de paz, compuesto por discusiones de distinto nivel político, económico, social e histórico, supone el momento de un veredicto sobre su rumbo. En estas horas previas que corren, la duda está instaurada sobre quién protagonizará dicho veredicto: si el Gobierno, a través de su orden constitucional acompasado por el legislativo que juega a su favor; o bien, la sociedad colombiana, compuesta de los muchos y muchas que tienen opiniones diferenciadas y contradictorias, pero que en suma, son quienes han padecido el rigor del conflicto armado.


Por supuesto que este resulta ser un tema espinoso, pero no puede simplemente sentenciarse que burguesía e imperialismo convierten este proceso en instrumento de batalla contra la lucha social y política del pueblo, pues parecieran -diciéndose esto- ubicarse tales clases dominantes, fuera de los límites de una sociedad civil. Pero fuera de eso, enunciar la “instrumentalización”, implica desprenderse del efecto político que los acuerdos conseguidos en la mesa de La Habana tienen para la sociedad colombiana. De hecho, una mirada así reduce potencias a las diversas ideas sobre el país posible que ha de venir luego de la paz; no pareciera ser hora de pensar en evitar “los engaños” del proceso de paz y sus acuerdos, sino, mucho más importante, de empezar a discutir el problema del post-acuerdo, no como una cadena que ata al movimiento social, sino como apertura de posibilidades para re-inventar la política fracturada con la derrota de las expresiones armadas que levantaron un proyecto político para Colombia.


No parece viable separar sin más el proceso de paz y la protesta social que se ha desatado en nuestro país. En primer lugar, la paz que se negocia en La Habana y la protesta que emerge, tienen matrices de acción y pensamiento que se distancian, pero que no van a mal al tomar distancia una de la otra. De hecho, la negociación de paz tiene -y tendrá- como consecuencia, el surgimiento de voces e iniciativas que durante décadas se ocultaron entre las izquierdas y las derechas que asumieron la forma de partido. Parece ser, pues, que la sociedad civil empieza a levantar la voz sin ubicarse a la vera de un partido. Existe una autonomía social de las gentes de nuestro país, que insisten en cuestionar a un gobierno o a otro, sin necesariamente lanzar sus municiones en contra de la paz o a favor de la guerra.


Las novedosas expresiones de indignación, como el 24-E, manifiestan que el país empieza a merecer una política capaz de renovarse, confiada en la labor que puedan emprender espontáneamente ciudadanos y ciudadanas, en quienes crece la indignación por medidas injustas que van en detrimento de sus bolsillos y aspiraciones. Ya no preocupa el llamado que puedan hacer los partidos políticos, los sindicatos, las insurgencias armadas, etc., importa, ahora, el llamado que se hacen jóvenes trabajadores entre sí, incapaces de seguir viendo cómo los recursos del país siguen siendo fuente de beneficio de unos pocos, en detrimento de las gentes que cotidianamente cumplen la tarea de sobrevivir y ayudar a sobrevivir a los suyos. Pero lo que queda claro es que estas salidas a la calle por nuevas personas, no se hacen a nombre de nadie más que de sí mismos, y por ende, no son expresiones que se vean frenadas por lo que en La Habana suceda, ni tampoco ubican allí una crítica en contra de la paz.


Al fin y al cabo, parece que aquello que llamamos lucha social, tendrá nuevos nombres que antes no conocíamos, protagonistas que continúan siendo anónimos para el movimiento social con tradición, lenguajes y consignas de discursos desgastados que no llegan a más gentes que a quienes gravitan sobre los mismos. Algo más debe quedar claro: no se trata simplemente de dar las gracias a la izquierda tradicional y la bienvenida a estas nuevas formas de irrumpir en política, sino que no es posible asistir al baile en solitario; sobre las contradicciones que esto genere es donde estará el fermento de una política distinta y el interés de un análisis compjejo.


En por todo ello que la centralidad de la crítica en estos tiempos no puede ubicarse en resaltar al proceso de paz o a la guerra como forjadores de engaños contra el pueblo, sino que debe situarse más allá. En estos tiempos, donde alegremente acaban los enfrentamientos entre actores armados lejanos a las heterogéneas expresiones sociales, surge la posibilidad de fabricar nuevos combates que exijan algo más que simplemente paz o guerra. Es la hora, aparentemente, en que por fin la política sea capaz de saltar a la calle, tomar un sentido autónomo de las experiencias anteriores sin olvidar los aprendizajes, y empiece a tomar forma como proyecto de transformación del país, de verdadera y profunda democracia. Tal vez la virtud del proceso de paz sea desalambrar el campo de disputa, y por ello no se le puede entender como un simple engaño o contención de la lucha social y política.

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Miércoles, 09 Marzo 2016 11:46

El pico de la crisis

El pico de la crisis

Con el apagón eléctrico, estamos en el corazón de la crisis política, económica, social y fiscal del régimen oligárquico colombiano. Es lo que explica el afán santista por firmar una paz express, sin resolver cruciales asuntos de la Agenda pactada y por imponer un plebiscito saturado de mermelada y politiquería bipartidista.

El pueblo no es un covidado de piedra en esta coyuntura, prepara su presencia con grandes acciones colectivas como el paro cívico proyectado para el jueves 17 de marzo para exigir una salida democrótica y progresista a la enorme crisis que sacude el establecimiento neoliberal. para exigir la negociación de su pliego directamente con Santos y su gabinete ministerial.

Estamos en el vórtice de la crisis orgánica de la sociedad, la nación, el Estado y las formas de vida.

El apagón santista que se disfraza, se esconde, se encubre y disimula con artificios propagandísticos, ya es una realidad que impacta a millones de seres humanos.

Se desploma la base energética de la sociedad como consecuencia de la destrucción ambiental (el Niño y la Niña) que propicia el modelo neoliberal y como fruto de la rampante corrupción en el aparato institucional que gestiona la infraestructura eléctrica de la nación. Lo de Electricaribe, afectada por el desfalco de la mafia de los Char de Cambio Radical y de los clanes santistas costeños, ya anunciaba hace algunos meses el colapso en curso.

La crisis fiscal no para y los recortes en el gasto social ya están en curso, acompañados de una onerosa reforma tributaria que castigará con nuevo IVA a los más pobres.

La devaluación y la inflación destruyen la capacidad adquisitiva de los salarios de quienes tienen el privilegio de ingresos mínimos.

Para el capitalismo de la oligarquía colombiana ha sido demoledor el estallido de la burbuja petrolera y minera.

La crisis bancaria y financiera se conocerá pronto, pues las acciones de los bancos caen en picada como reflejo de la tormenta global (http://bit.ly/24QC2IP).

El instituto Colombiano de Bienestar Familiar/Icbf, sucumbe ante la arremetida del desfalco costeño de la familia de los Char, dueños absolutos de la Región Caribe, donde a diario mueren niños indígenas por hambre y desnutrición.

Caen generales policiales, Ministros y altos burócratas comprometidos en el robo a la salud.

Las disputas entre las facciones de la casta dominante se expresan enacciones judiciales como la captura, bien merecida e imprescindible, de Santiago Uribe, hermano del caballista del Ubérrimo, pendiente éste de otros procesos judiciales vinculados con masacres y homicidios, al igual que sus hijos, dueños de una asombrosa fortuna adquirida mediante el fraude al Estado y su presupuesto, e igualmente Oscar Iván Zuluaga, el candidato de bolsillo de la ultraderecha que se dio licencias criminales para bloquear la campaña de Santos, mediante acciones terroristas en las redes con el auxilio de una Hacker que hoy paga una larga condena en La Picota.

Están pendientes las investigaciones a Francisco Santos por su responsabilidad en la creación de grupos paramilitares en Bogotá, La Sabana y Cundinamarca.

En este contexto es que se da la escalada de presiones del gobierno y su delegación en la Mesa de diálogos de La Habana para firmar precipitadamente un acuerdo final de terminación del conflicto que omite asuntos centrales pendientes de consensos bilaterales.

Bien sopesa la delegación de la resistencia campesina revolucionaria sus pasos para impedir las trampas y maniobras del establecimiento oligárquico. Un acuerdo definitivo debe ser el fruto de un tratamiento adecuado de todos los temas y asuntos pendientes, como la erradicación del paramilitarismo, la refrendación de los consensos, la implementación de lo acordado, las garantías efectivas para la acción política de las Farc, las reformas estatales correspondientes y la aplicación efectiva de la nueva y revolucionaria Justicia Especial para la paz, que tanto molesta al expresidente Andrés Pastrana y a los empresarios financiadores de los grupos de autodefensa.

Por supuesto, el pueblo no está expectante, las masas (centrales obreras, movimientos populares, etcétera) organizan y promueven la acción colectiva, con pliegos petitorios muy puntuales, para exigir paz con justicia social, trabajo, tierra, techo, salud, educación y el derecho a la vida.

El paro cívico del próximo 17 de marzo nos indica que la potencia popular está dispuesta para encontrar una salida democrática a la generalizada crisis que sacude a la nación.

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¿Dos paros nacionales o un empate de fechas?

La consigna de Paro Cívico Nacional ha sido un deseo-consenso de la sociedad crítica colombiana al momento de confrontar al Estado. Así ha sido desde la década de los 80 del siglo anterior y como pretensión de, en algún momento, llevar a cabo una movilización y alzamiento social como el acaecido el 14 de septiembre de 1977. Consigna que nadie puede atribuírsela como propia. Este año la consigna toma un vuelo distinto. La iniciativa tiene un gran componente espontáneo jalonado por sectores independientes, sin tradición en asociaciones políticas o partidos. Surgió a pesar de la gana de muchos por amarrarlo como propio, como de izquierdas o centros, o como de tradición sindical, pero aún falta que manifieste su capacidad de articulación a través de un accionar emplazante. Para el próximo 16 de marzo está convocada una jornada de movilización previa al paro sindical convocado para el día 17. Sobre este particular entrevistamos brevemente a Iliana Bermúdez, convertida ya en una polémica líder del movimiento Paro Nacional Colombia.

 

desdeabajo –da–. ¿Quién es Iliana Bermúdez? ¿Ha participado antes en política o en otras luchas sociales?
Iliana Bermúdez -I.B.-. Soy una persona del muy mal llamado común. Estudié investigación judicial; estudios que pagué trabajando como auxiliar en una buseta escolar. Luego he trabajado en diversos campos de mi carrera. Actualmente soy independiente. La verdad, nunca he participado en política y tampoco en otras luchas sociales; me involucré en esto a causa de un recibo de Movistar que me indignó, pues le subieron tanto que terminé pagando el doble y dije "no podemos seguir así, debemos hacer algo"; me senté en el computador y nunca esperé una respuesta tan masiva. Así que decidí seguir adelante y pues hoy en día ha nacido este movimiento.

da. ¿Cómo van los preparativos para el paro del 16 y 17 de marzo? ¿Qué sentido tiene para ustedes convocarlo un día antes a la convocatoria de las centrales obreras?
I.B. Los preparativos van bien, algo ajustados de tiempo, sí, pero en cada ciudad estamos metiendo la ficha para sacar adelante todo esto. Decidimos convocarlo un día antes porque estamos seguros que un paro de 24 horas no servirá de mucho y por ende lo estamos organizando desde el 16 de marzo, más que todo convocando plantones a partir de las 5 de la tarde; convocando a todo ciudadano, en especial a los sindicatos y demás sectores para que salgamos ese día y logremos empatar con el 17. La idea es pasar la noche del 16 en las calles, y para eso necesitamos la unión como pueblo y tal vez así la gente se anime y lo podamos continuar el 18, ¿por qué no?

da. ¿Hay acaso dos paros nacionales, uno definido ya para el 17 y otro aún por definirse?
I.B. El paro del 17 es de 24 horas, propuesto por las Centrales Obreras, ellos pretenden medir el pulso. Obviamente nosotros como movimiento buscamos sumar y unir y por eso estamos convocando a ese paro, pero sabemos que 24 horas no generarán impacto alguno, por ende lo hacemos desde el 16, para poder generar más impacto y motivar a la ciudadanía.

da. ¿Qué esperan de estas movilizaciones? ¿Son ellas ya el Paro Nacional?
I.B. Esperamos generar conciencia pues esto no es de unos cuantos y solos nunca lo lograremos. Por eso, convocando a estas movilizaciones, queremos motivar a la gente para que luche por sus derechos, de manera pacífica eso sí, pero resistente; nuestra mayor prioridad es despertar al pueblo del largo sueño en el que tanto Gobierno como los medios de comunicación nos han metido por tantos años.

da. ¿Las exigencias del movimiento se traducirían en un pliego de negociación con el gobierno nacional este 17 de marzo?
I.B. Sí claro, existe un pliego, pero no esperamos sentarnos a negociarlo, pues el derecho a vida digna no es para negociarlo. Estamos exigiendo y no vamos a detenernos hasta cuando se cumplan estas exigencias, que es lo mínimo que necesitamos para tener una vida justa. Lastimosamente en Colombia hemos llegado a un punto en donde no se vive... sólo se sobrevive.

da. Respecto a una de las exigencias de la convocatoria, ¿por qué disminuir las curules del Congreso de la República? No es eso un contrasentido frente a la democracia representativa?
I.B. Mira ejemplos como Alemania donde solo hay 100 congresistas o, vamos más cerca, en Estados Unidos hay un representante por cada estado; la democracia representativa no depende del número de congresistas, entre más grande el Congreso o el Estado más disminuye el individuo.

da. ¿Sustituir o complementar ese poder representativo del Congreso con formas colectivas capaces de decidir sobre los asuntos públicos y comunes?
I.B. La democracia de la calle o colectiva es necesaria, y puede expresase en cabildos abiertos con fuerza vinculante; también en veedurías ciudadanas, igualmente con fuerza vinculante.
Con fuerzas vinculantes me refiero, por ejemplo, a fuerzas del mismo ciudadano común, organizaciones sociales, personas capaces del común.

da. ¿Participaría usted como candidata en unas elecciones?
I.B. No, no participaría como candidata. Aunque dicen que la manera de cambiar la política es desde adentro, me considero una persona que trabaja mejor desde afuera, desde la calle.

da. Y si fracasa el Paro Nacional este 2016, ¿qué proyectaría el movimiento pro Paro Nacional?
I.B. Es poco probable que un paro este año fracase ya que el Gobierno está empujando al pueblo a este tipo de movilización. Pero si así fuera, nosotros seguiremos luchando para hacer que se cumplan los derechos colectivos, y seguiremos intentándolo hasta que se cumplan; “Roma no se construyó en un día”, y este proceso tampoco se hará realidad en un día; pero con una lucha constante sí lograremos los cambios poco a poco; por eso es importante crear conciencia ciudadana, colectiva, responsable y participativa.

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Retos feministas para un nuevo 8 de marzo

Un año más el próximo 8 de marzo cientos de miles de personas saldrán a las calles de pueblos y ciudades de todo el estado para denunciar las desigualdades y celebrar las victorias del movimiento feminista.


Sin embargo, como movimiento orgánico que continuamente se piensa y articula, nos resulta inevitable preguntarnos cuáles son las estrategias y cómo las llevamos a cabo para poder cambiar el orden actual de las cosas.


Desde hace tiempo tenemos claro que lo queremos todo, lo queremos ya y vamos a por todas. A los feminismos no nos van bien las etiquetas de vieja o nueva política porque nuestros problemas nacen en los cuerpos y los moratones que dejan los procesos de desposesión, expolio y desprotección que genera la alianza del patriarcado y el mercado.


En nuestro día a día nos articulamos y creamos relato, elaboramos propuestas y nos movilizamos, una parte importante de nuestra estrategia pasa por crear alianzas con otras luchas y organizaciones porque al fin y al cabo las problemáticas que enunciamos no nos afectan solo a nosotras sino a toda la población. ¿Cómo podemos hacer para que sea una prioridad el fin de la violencia machista, el reparto justo del cuidado o que podamos decidir soberanamente sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas en nuestra sociedad?

Ejes de trabajo


Revisando los manifiestos elaborados los últimos 8 de marzo, las denuncias y propuestas que realiza el movimiento feminista se centran de manera resumida, en cuatro ejes de trabajo: derechos sexuales y reproductivos, vidas libres de violencia machista, el cuestionamiento contundente a las políticas neoliberales y la denuncia del privilegio de la heterosexualidad en la organización de nuestra sociedad, un eje que implica el reconocimiento de la existencia de las identidades trans y sus derechos.


Estas líneas de trabajo, además de protagonizar las reivindicaciones estrella nos hablan de que el nosotras que se articula para elaborarlas es complejo y amplio.


Un nosotras que es fruto de las alianzas que se han tejido sabiendo reconocer que somos diversas, que nos cruzan de manera diferente privilegios y precariedades, que no es lo mismo tener o no papeles que te permiten cruzar libremente las fronteras. En ese nosotras, estamos aprendiendo que tenemos capacidades muy distintas que nos permiten tener vidas dignas de ser vividas y está formado por personas de todas las edades que quieren decidir sobre su sexo sentido o fluir en él sin que ninguna institución nos diagnostique ninguna patología.


Ese nosotras quiere que todas, todas, todas nos sintamos parte y sujeto de la acción. Siendo muchas, conseguimos desbordar imaginación en las acciones que impulsamos para hacer llegar hasta el último rincón la idea de que las personas somos soberanas para decidir sobre nuestros cuerpos y vidas. Así lo hemos hecho con los derechos sexuales y reproductivos. El mensaje fue claro: las mujeres no somos sólo madres y además debemos tener la opción de poder serlo sin que participe un varón.


La opinión pública y los feminismos, ganamos a medias el debate. Conseguimos la dimisión del Ministro Gallardón, pero decimos que este debate se ganó a medias, porque el aborto sigue en el Código Penal, las menores no pueden decidir y las que podemos decidir seguimos teniendo tres días de reflexión, de manera que se cuestiona la capacidad con que adoptamos nuestras decisiones.


Un camino lleno de retos


Retos sigue habiendo. Y muchos. La violencia machista sigue muy presente y su abordaje es totalmente insuficiente, el reparto de trabajo de cuidados de personas mayores, enfermas o menores sigue siendo potestad de las mujeres. Las mujeres seguimos trabajando más, tanto dentro como fuera de casa, y esas realidades no son ni reconocidas, ni repartidas y muchos menos retribuidas. Con mucho trabajo, muchos frentes y más pobres, nosotras movemos un mundo, y es ahí donde los colectivos feministas y las organizaciones de mujeres tenemos verdaderos retos logísticos y comunicativos para transmitir a la sociedad que sin nosotras no se movería.


Por otra parte, hay que decir que las practicas feministas no sólo han estado presente en los colectivos y la política que hacen las organizaciones que se nombran como feministas, sino que en muchos otros espacios que han realizado una labor importante en estos últimos años también han estado aunque no se hayan nombrado como tal. Con el interés de resolver la vida, muchas mujeres participan en la paralización de desahucios y la recuperación de viviendas para garantizar el derecho a techo. Hemos tratado de que la salud fuera un derecho universal, acompañando a quien lo necesita a las consultas médicas, exigiendo que no se privaticen los servicios, que el personal tuviera condiciones dignas de trabajo, y que hubiese tratamiento para todas y todos. La necesidad de una educación para todas las personas exigió la creación de una marea, la verde. Pero no fue la única. Luego vinieron muchas más para recordarnos que el buen vivir de las personas no puede estar al servicio del beneficio de las empresas.


En estos últimos cuatro años, como el resto de la sociedad, hemos tomado parte en el 15M y el 15M tomó también a los feminismos provocando cambios en las prácticas políticas y sumando gentes. Muchas compañeras también han decido implicarse en generar estructuras electorales para acabar con el lema 'No nos representan', de manera que han urdido el llamado asalto a las instituciones.


El feminismo en el asalto institucional


Tanto en Podemos como en las iniciativas ciudadanas de confluencia forman parte compañeras feministas. A pesar de todo la relación entre el feminismo y Podemos no comenzó con el mejor pie. Las declaraciones confusas, los círculos neomachistas que se colaron y a ratos el relato poco atrevido que habla sobre la necesidad de feminizar la política, generaban desconfianza. Al mismo tiempo, cientos de caras no visibles implicadas en crear esa propuesta electoral intentan que las practicas y propuestas feministas estén presentes y en las cientos de votaciones que se han celebrado, las mujeres implicadas han obtenido buenos resultados, aportando la novedad que la acción positiva de las cuotas haya tenido que ser aplicada a los hombres, ya que las mujeres eran mucho más votadas.


En las iniciativas de confluencia el feminismo se planteó con menos tapujos, aunque su plasmación en las campañas y candidaturas ha sido desigual a lo largo y ancho del mapa. Nombrado o no como tal, parecía más presente a la hora de describir los somos de las organizaciones y las propuestas programáticas. Por otra parte, una vez celebrados los comicios y creados los equipos que alcanzaron los apoyos suficientes de las y los votantes para formar gobierno, la puesta en marcha de la arquitectura institucional para hacer efectivas las políticas que dan respuesta a los problemas de la gente y por tanto hacen realidad las demandas que el feminismo también trabaja, ha sido desigual. Hoy por hoy, los llamados ayuntamientos del cambio han creado concejalías que llevan la palabra feminismo como tal, pero no todos, algunos han optado por la palabra igualdad argumentado que genera consensos más amplios. En relación al análisis sobre las políticas impulsadas desde estas estructuras nos parece que requiere darles un plazo de un año, para ver con la perspectiva suficiente el discurso construido, los programas diseñados y la efectividad para resolver los problemas de la gente.


En los últimos seis meses la movilizaciones en las calles, en general han descendido. Aunque si echamos la vista atrás una de las manifestaciones más multitudinarias de 2015 fue feminista. El 7 de noviembre miles de personas llegadas de diferentes territorios llenaron las calles de morado para denunciar las violencias machistas.


Sin embargo, estas demostraciones de fuerza del feminismo en las calles en los últimos años y las instituciones no parece haber tenido calado en los debates ni las propuestas electorales de diciembre. Además debemos permanecer alerta porque se cuelan en los discursos muchos análisis que nos hace retroceder como cuando se habla de violencia intrafamiliar y no de género o machista.


Un nuevo 8 de marzo


Este marzo tenemos que celebrar, porque somos muchas, cada vez más, y hacemos llegar nuestras propuestas más lejos, pero queda camino y no podemos quedarnos en el nosotras ya tejido, ya que las practicas que no nos reconocen, nos invisibilizan, y nos colocan en lugares periféricos del debate siguen gozando de una muy buena salud.


No podemos quedarnos en los respuestas enlatadas a los problemas enunciados. En tiempos de incertidumbre nuestra apuesta debe ser alborotar. Decía Sojourner Truth, que cuando hay alboroto es que algo esta pasando. Alborotemos entonces. Alborotemos los pactos de gobierno y exijamos que se hable en ellos de los programas y presupuestos que van a intentar acabar con la violencia que se cobra las vidas de las mujeres de este país. Alborotemos los planes para Europa que hablan de repartir el empleo y se olvidan de repartir los cuidados. Alborotemos las casas, los centros sociales, las calles y las camas para ser libres y poder decidir sobre nuestras cuerpos, deseos y vidas. Alborotemos la memoria para recordar a las alborotadoras, porque sin ellas hoy tendríamos menos que celebrar.

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Martes, 01 Marzo 2016 06:23

Capitalismo: luces y (muchas) sombras

Capitalismo: luces y (muchas) sombras

El periodista británico Paul Mason analiza en su libro 'Postcapitalismo, hacia un nuevo futuro', los excesos del neoliberalismo y evoca la posibilidad de un futuro cooperativo

“La época dorada del capitalismo ya es historia en el mundo desarrollado y en no muchas décadas lo será también en el resto de países”. Bajo esta premisa el periodista británico Paul Mason (Leigh, 1960) plantea en su último libro, Postcapitalismo, hacia un nuevo futuro (Editorial Paidós), una opción “más justa y más solidaria” que descansa sobre la abundancia tecnológica del último cuarto de siglo. Como alternativa, desgrana en una entrevista con EL PAÍS las ideas fuerza de su postcapitalismo, un modelo en el que predomina lo cooperativo en detrimento del Estado y las empresas. “Estamos ante una disyuntiva clara: un modelo colaborativo o un futuro distópico, una especie de feudalismo tecnológico en el que se multiplicaría la desigualdad”.


Profuso en palabras y entusiasta con la idea que estos días pasea por medio mundo, Mason reconoce que el capitalismo ha propiciado la mayor oleada de desarrollo jamás vista, pero critica frontalmente el status quo actual. “Es el momento de que las élites, tanto económicas como académicas, se pregunten si de verdad funciona el neoliberalismo. Si lo hacen, la respuesta será obvia: un no rotundo”.


Mason, redactor jefe de Economía de Channel 4 News y habitual en las páginas de The Guardian, hace suyas las ideas del economista estadounidense Jeremy Rifkin, que en La sociedad de coste marginal cero (Paidós, 2014) predecía un mundo en el que muchos productos y servicios de nuestro día a día serán gratuitos o casi gratuitos y el fin del trabajo tal y como lo conocemos. Las tecnologías de la información, dice Mason, corroen el sistema de precios sobre el que descansa el capitalismo desde el mismo momento en el que muchos bienes y servicios, desde la información hasta la energía, se pueden o se podrán consumir por muy poco. “La enciclopedia está en nuestro teléfono y la energía totalmente verde será realidad pronto. Eso no es ciencia ficción y es muy relevante”. Pocos vislumbran este futuro. “La existencia del tercer sector parece totalmente accidental respecto a la manera de pensar neoliberal; los economistas deben ponerse otras gafas para poder ver una parte de la realidad que no están viendo”.


El capitalismo, dice, ha destacado siempre por su capacidad de adaptación, pero las tecnologías de la información hacen imposible una transformación más: “No crean productos más caros, sino más baratos e impiden a los trabajadores encontrar empleo en una industria tradicional en declive”.


De triunfar algún día el modelo colaborativo, Mason advierte de que tendremos que acostumbrarnos a vivir en una sociedad no consumista, con todo lo que eso implica, pero deja claro que su teoría no se opone al mercado como concepto: “No hay ninguna razón para abolirlo por decreto siempre y cuando se acabe con los desequilibrios de poder básicos”. Aunque no escatima en elogios hacia partidos de izquierdas como Podemos y, sobre todo, Syriza, el autor británico rechaza cualquier retorno al socialismo clásico o a la socialdemocracia, sin renunciar a sus ideales. “No hay una vuelta atrás a los populismos rusos, a la socialdemocracia tradicional o a la Tercera Vía; mi punto de partida es otro”, relata. “Hay que mirar al futuro. Y en ese futuro, las ideas del socialismo utópico son hoy más posibles que nunca gracias a la evolución tecnológica”.


“Estamos viviendo un momento crítico, en el que incluso las cosas más normales parecen revolucionarias”, dice. En sus gestos se percibe tanta indignación con la situación actual como preocupación por lo venidero. “Si continuamos deslizándonos hacia el estancamiento y la deflación y la élite global no entrega más estímulos, alguien va a buscar una salida al estilo de los años 30, en la que los países simplemente adoptan soluciones nacionalistas”, pronostica.


Ese renacimiento de los nacionalismos de mediados del siglo pasado lo estamos viendo, afirma, en la “alta probabilidad” de que se produzca el Brexit (la salida de Reino Unido de la UE). También en el surgimiento de dos outsiders políticos en Estados Unidos —el populista de derechas Donald Trump y el izquierdista Bernie Sanders— e incluso en el colapso de Schengen. “Podemos estar a semanas de su colapso”, proyecta.


¿Qué nos indica todo esto? “Que necesitamos una nueva forma de pensamiento radical que tiene que trascender los partidos radicales”, dispara. “[Franklin D.] Roosevelt pertenecía a las élites, pero tiró a la basura toda la doctrina y adoptó una solución antiausteridad que salvó a EE UU del colapso”. Llevando su ejemplo a nuestro tiempo, en el que hasta la OCDE —una suerte de think tank de la treintena de países más ricos del mundo— alerta de la “debilidad” del crecimiento económico durante las cinco próximas décadas, Mason exhorta a los Gobiernos occidentales a repensar su modo de actuación durante la crisis. Pero va más allá: reclama una “politización y democratización” de la política monetaria, el principal mecanismo puesto en marcha por las grandes potencias para salir del hoyo; apela a una quita generalizada de deuda pública; incide en la necesidad de cerrar las vías por las que las grandes corporaciones eluden sus obligaciones fiscales; pide la creación de una renta básica universal que garantice un mínimo vital para todos los ciudadanos y, sobre todo, reivindica que los Gobiernos dispongan un esquema que incentive las cooperativas en detrimento de las estructuras empresariales clásicas.


Wikipedia como referente


En ese futuro que vislumbra Mason, la frontera de la propiedad y el trabajo se difumina —como también lo hace la que separan trabajo y salario—, pero el papel del “Estado progresista”, al que él se refiere con frecuencia, es esencial como promotor del procomún colaborativo. “Los Gobiernos deben darse cuenta de que Uber no es bueno, pero que abre un camino que se puede transitar de otra forma. ¿Por qué no un Uber verdaderamente cooperativo?”, se pregunta.
El epítome de este nuevo modelo completamente cooperativo, en el que el lucro individual desaparece, es algo tan cotidiano como imposible de imaginar hace solo 20 años: Wikipedia. “Es el mejor ejemplo, una herramienta gratuita que sale adelante gracias al esfuerzo colaborativo de miles de personas, que ha destruido de un plumazo el negocio de las enciclopedias y que priva a las firmas publicitarias de 2.800 millones de euros al año en ingresos”. También Twitter, una herramienta esencial para la sociedad actual y que, “aunque pertenece a una empresa, es gratuito y nunca podrá generar dinero”. “Probablemente acabará siendo propiedad del Estado o será sustituido por una herramienta similar de propiedad colaborativa”, vaticina.

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