Viernes, 26 Febrero 2016 06:24

El Evotest dio negativo

El Evotest dio negativo

Evo Morales no podrá postular en 2019 a un nuevo mandato. Lo decidieron los bolivianos el domingo pasado en un referéndum en el que el No le ganó al Sí por una diferencia de 130 mil votos. Las dos notas que siguen analizan las causas de la primera derrota electoral del líder indígena.

 

Evo Morales se metió solo en lo que, desde el comienzo, se veía como la elección más difícil en una gestión marcada por una sucesión de contundentes triunfos electorales durante una década. Como si la “abstinencia” electoral resultara insoportable para un líder que necesita de la continua aprobación de las masas, el presidente boliviano se lanzó a un referéndum para habilitar precozmente un cuarto mandato, cuando aún le quedan cuatro años para terminar su tercera gestión. De este modo, el propio gobierno que la pergeñó decidió, luego de seis años de aprobada, modificar la nueva Constitución Política que puso las bases del Estado Plurinacional en 2009. La pregunta era: “¿Usted está de acuerdo con la reforma del artículo 168 de la Constitución Política del Estado para que la presidenta o presidente y la vicepresidenta o vicepresidente del Estado puedan ser reelectas o reelectos por dos veces de manera continua?”.


La primera dificultad, obvia, de un referéndum de esta naturaleza es que unifica a todos los oponentes en la opción del No. Desde los racistas que nunca quisieron un gobierno campesino-indígena hasta quienes critican lo contrario –que no es un verdadero gobierno indígena sino un sucedáneo de matriz blancoide, o directamente un gobierno antindígena–, la coalición del No permitió la unificación de un voto que nunca se uniría detrás de una candidatura común. Se trata de algo natural, que no descalifica sus razones pero matiza lecturas que, como suele ocurrir en estos casos, tratan de leer el resultado de manera unidimensional.


Quizás se trate de algo más sencillo: una mezcla de desgaste tras una década de ejercicio del gobierno –y las consecuentes dificultades para transformar utopías movilizadoras en realidades vitales– con errores políticos intercalados, como convocar tan tempranamente un referéndum tras el triunfo electoral de 2014 con el 61 por ciento, más una mala campaña electoral. De esta forma, lo que se había avizorado como un proceso de despolarización en 2010-2014, ayudado por el éxito económico de Morales, devino renovada repolarización, y casi por mitades. En síntesis, Evo perdió con Evo, más que con la oposición.


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En esta década el Movimiento al Socialismo (Mas) puso en pie, con bastante éxito, un nuevo modelo económico basado en el estatismo y cierta ortodoxia macroeconómica, junto a un nuevo Estado más abierto a la diversidad del país. “El socialismo es compatible con la estabilidad macroeconómica”, dijo en una oportunidad el ministro de Economía, Luis Arce Catacora, que ocupa el cargo desde hace una década (todo un hito en un país conocido por sus convulsiones económicas, que en los ochenta incluyó una hiperinflación). Los “chuquiago boys” –en referencia irónica al nombre aymara de La Paz– mostraron así una eficiencia que los neoliberales no habían conseguido, en parte gracias a los altos precios de las materias primas, pero también a la política de expansión del mercado interno, la nacionalización de los hidrocarburos, el cobro de impuestos y la gestión “prudente” de la economía. Hoy el escenario cambió, por la caída de los precios, pero el blindaje económico aún funciona e incluso se prevé una fuerte inversión pública.


El problema es que el referéndum despertó el sentimiento antirreeleccionista asentado en los perennes reflejos antiestatales de los bolivianos (aunque reclamen “más Estado”). Tampoco hay que desmerecer la penetración de cierta cultura política “liberal” de la mano del afianzamiento democrático desde 1982.


Morales logró adormecer esos reflejos, y como presidente-símbolo de una nueva era ganó elección tras elección durante una década. Pero hoy esa magia se ha disipado en gran medida. De todos modos, que tras una década, en un país políticamente inestable como Bolivia, aún mantenga casi la mitad de los votos no es un dato menor. Si los del No son votos de muy disímiles sensibilidades, los del Sí son un apoyo a la continuidad del mandatario cocalero. Por eso la oposición sabe que el Mas no está vencido para 2019, pero con seguridad el proyecto oficialista se ha debilitado.


Los resultados del domingo 21 pueden leerse como una pérdida de los sectores que el Mas había venido conquistando en las urnas –mediante su expansión hegemónica– pero que estaban lejos de una lealtad electoral absoluta: los votantes de las grandes ciudades y los del Oriente autonomista liderado por Santa Cruz. Los campesinos y las ciudades intermedias fueron los que salvaron al presidente de una derrota mayor. No obstante, conflictos locales en Potosí y El Alto, mal resueltos, debilitaron a Evo en estas zonas andinas bastiones del Mas.


Evo siempre creyó que su “pacto de sangre” es con los campesinos, que son ellos quienes nunca lo van a abandonar, mientras que el apoyo urbano es siempre desconfiado, volátil. Ahí siempre residió la fortaleza y la debilidad del proyecto de Evo, que se asentó en una matriz campesina (paradójicamente, cuando el país se vuelve cada vez más urbano).


A estos elementos se suma una campaña en la que la eficacia estuvo en mayor medida del lado del No, especialmente en las redes sociales (de hecho, el presidente llamó, tras el referéndum, a “debatir su uso” porque se organizan guerras sucias que “tumban gobiernos”). Otra dificultad del Mas fue siempre ganar alcaldías de ciudades grandes y gobernaciones: el prestigio gubernamental de Evo siempre fue inversamente proporcional al poco brillo de sus gobiernos locales.


Desde 2009, el pragmatismo le permitió a Evo ampliar su base a Santa Cruz, al tiempo que su gobierno se volvía cada vez más “normal” y perdía épica revolucionaria. No casualmente el discurso de la estabilidad fue remplazando el discurso del cambio. Y, por primera vez desde 2005, la elección del 21 de febrero de Morales careció de imágenes de futuro y se refugió en las conquistas del pasado. Fue una suerte de refugio en el Evo campesino que la gestión del poder había venido borrando en su figura; un retorno a los orígenes y al entorno en el que se siente más seguro.


En el marco de una creciente pérdida de iniciativa, las balas de la oposición –muy dispersa, por cierto– comenzaron a impactar frente al blindaje de meses y años previos. Así, la denuncia de que una ex pareja de Evo lideraba una empresa china que recibió contratos públicos sin licitación incidió sobre el capital moral de Evo, fuente de su legitimidad política. Ello se suma a los escándalos del Fondo Indígena: los proyectos fantasma financiados por el Estado acabaron como un cuestionamiento a la capacidad indígena para renovar la política. Es más, la develación de que el vicepresidente, Álvaro García Linera, no concluyó su licenciatura de matemática en México tuvo una repercusión desmesurada y lo obligó a revalidar, a la defensiva, su estatus de intelectual –pese a que es un asiduo invitado a varias universidades de prestigio por su obra teórico-política.


Pero, además, el No encontró un argumento que se transformó en un arma poderosa porque encajaba con un sentimiento generalizado, sobre todo en sectores urbanos: que el de Evo fue, en efecto, un buen gobierno en muchos aspectos, pero que no es bueno que se “perpetúe” en el poder.


Pero la pérdida de magia también resucitó otros fantasmas. La quema de la alcaldía de El Alto, en manos de la joven alcaldesa opositora Soledad Chapetón, por parte de “padres de familia” que protestaban dejó en evidencia que los repertorios de acción colectiva que en 2003 abrieron paso a la épica “guerra del gas” en otro contexto pueden ser la pervivencia de formas de protesta desmesuradas, que impiden un funcionamiento normal de las instituciones y causan muertes. Todo esto genera un fuerte rechazo de las “mayorías silenciosas” hacia los movimientos sociales, replegados a instancias corporativas, e incluso con tonalidades mafiosas, como ocurre con el cacique sindical alteño Braulio Rocha, quien había advertido a Chapetón que él sería “su pesadilla” y ahora fue detenido por el incendio.


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Un aspecto de los gobiernos nacional-populares es su dificultad para aceptar un nuevo orden, plasmado por ejemplo en las constituciones aprobadas durante sus gestiones, y su tendencia a pensar esas cartas como resultado de correlaciones de fuerzas transitorias que hay que cambiar ante la menor posibilidad de “avanzar”. Eso provoca situaciones paradójicas –que también ocurrieron en Venezuela–: que dados los intentos de cambiar las nuevas cartas magnas, la defensa de esas constituciones termine en manos de las derechas que en su momento buscaron impedir su aprobación. Otra dificultad es hacer política con eficacia una vez debilitados sus enemigos.


El Mas deberá pensar en otro candidato para 2019, lo que podría tener como resultado positivo obligar al partido a abandonar la inercia de los triunfos electorales automáticos y actualizar su oferta transformadora. Por ahora es temprano para anticipar posibles candidatos. ¿El canciller David Choquehuanca? ¿El vicepresidente Álvaro García Linera? ¿El presidente del Senado y ex periodista Alberto González?


Pero más allá de candidaturas, la duda es si el gobierno logrará reenamorar a los bolivianos con nuevas propuestas transformadoras. Las ideas sobre una Bolivia potencia energética contuvieron un exceso de exitismo (y tonalidades de los años cincuenta), que opacó algunos avances efectivos en materia hidrocarburífera, mientras temas como salud y educación seguían como asignaturas pendientes. Lo mismo ocurrió con la compra de un satélite chino que generó demasiada sobreactuación, efectiva al comienzo pero contraproducente después.


Del lado del No, una oposición de “nueva derecha”, con bases territoriales en diversas regiones, buscará capitalizar los resultados frente a esfuerzos más minoritarios de construir una opción progresista no oficialista. Por ahora, el No es una yuxtaposición de múltiples voces. Pero como ya sabemos, la política depende mucho de quiénes se apropian de los “instantes huidizos” de la historia. Y esos instantes sobrevendrán en mayor medida con la salida del juego electoral, al menos como candidato, de Morales y la apertura de un escenario completamente nuevo desde 2006.


(Fragmentos de una nota publicada en el blog La Línea de Fuego.)


Qué se gana y qué se pierde con el triunfo del No


Lilián Celiberti


¿Se puede hablar de una práctica política nueva cuando se convoca a la reelección de los mismos líderes? ¿Los cambios sólo pueden ser conducidos por Evo Morales en un país con tan amplios niveles de participación?, se pregunta la autora de esta nota, que intervino como acompañante electoral el domingo pasado.


Con el 99,72 de actas computadas [cifras de la noche del miércoles, cuando esta nota se cerró], el No se impone con un 51,30 por ciento, contra el 48,70 del Sí. La presidenta del Tribunal Electoral, Katia Uriona, lo informó oficialmente el martes en la noche, eliminando de ese modo la incertidumbre y la desconfianza generadas por la demora en los cómputos.


Participé como acompañante electoral el domingo 21 junto a un magistrado de la Corte Electoral de El Salvador y un representante del Consejo de Expertos Electorales de América Latina, en distintos puntos de votación en el departamento de Chuquisaca y su capital, Sucre. El grupo de acompañamiento electoral internacional presentó el lunes 22 su informe al Tribunal Supremo Electoral en la ciudad de La Paz. El informe destaca la enorme participación ciudadana que ratifica a Bolivia como uno de los países con mayores niveles de participación electoral de la región, sin distinción de sexo, edad ni segmento social, así como un procedimiento garantista de la expresión ciudadana.


¿Qué significa entonces el voto por el No? ¿Es, como dice el gobierno, sólo una operación política del imperialismo? Claro que para la derecha este resultado es una oportunidad para recuperar sus fueros. La polarización no es un buen escenario para la reflexión –de eso no hay duda–, pero tal vez este resultado fortalezca las corrientes críticas dentro y fuera del partido de gobierno, el Mas. Se necesitan esas voces para reencauzar los cambios.


Los diez años de gobierno de Evo Morales en Bolivia han generado aportes sustantivos a la participación de sectores excluidos históricamente de la definición de la agenda pública. Esta participación fue la que registramos en la comunidad indígena de Tarabuco y Yamparáez, así como en la ciudad de Sucre. Pero participación es también decir que No a una propuesta que asocia irremediablemente el cambio a los líderes. El proceso de cambio, por el contrario, está enraizado en las luchas de los movimientos sociales que han generado un desborde de “lo político”, formulando demandas que modifican la agenda pública. En Bolivia este desborde movimientista con fuerte componente indígena-campesino puso en jaque a varios gobiernos antes del triunfo del Mas.


La reforma constitucional de Bolivia expresa como eje central orientador la descolonización del poder, y sin duda su formulación constituye uno de los aspectos más transformadores de los últimos años. Los desafíos planteados por esa premisa tienen necesariamente carácter experimental y la conflictividad implícita que supone la construcción de una nueva institucionalidad alternativa al Estado nacional. La evolución de una “transición paradigmática” de semejante envergadura depende de cómo se desarrollen diferentes ejes conflictivos, tanto étnicos, regionales, culturales, como de clase. Es un terreno de extrema complejidad, que pone en juego prácticas políticas e institucionales nuevas que desarrollen capacidad crítica a la vez de fortalecer las voces del amplio espectro de sujetos políticos participantes. Este aspecto es el más contradictorio del llamado proceso de cambio conducido por el Mas. ¿Se puede hablar de una práctica política nueva cuando se convoca a la reelección de los mismos líderes? ¿Los cambios sólo pueden ser conducidos por Evo Morales en un país con tan amplios niveles de participación? Por eso es un error identificar el voto por el No como un voto sólo de la derecha. Pero sí es un límite de la izquierda. Como dice Luis Tapia, “si la concepción y la práctica de la democracia cambian y se la normativiza como procedimiento de selección de gobernantes, la concepción de ciudadanía y su práctica tienden a reducirse a la práctica de esos gobernantes”.


El No expresa también un pronunciamiento de quienes apuestan a procesos de renovación de los liderazgos políticos, de quienes se rebelan contra los abusos de poder, contra el crecimiento desarrollista extractivista, o de quienes rechazan el doble discurso sobre el patriarcado frente a las manifestaciones machistas de Evo un día sí y otro también. Expresa un desgaste del poder y de la práctica política que marca diferencias con grupos indígenas e intelectuales de izquierdas que inicialmente simpatizaron con la idea y luego se desmarcaron y por tanto se los califica de traidores. Expresa el rechazo a una práctica política que desdibuja el necesario equilibrio entre el Poder Legislativo, Ejecutivo y Judicial, con la consecuente ausencia de garantías para los y las ciudadanas.


¿Es posible refundar el Estado? Es una pregunta que interpela, teórica y políticamente, la posibilidad de construir estrategias de largo plazo que consoliden la tendencia a la plurinacionalidad consagrada en la nueva Constitución. El conflicto del Tipnis cuestiona ese principio en la medida en que es el Estado central el que define el trazado de una carretera que pasa por el territorio de pueblos indígenas de las tierras bajas.


Para la socióloga Patricia Chávez este proceso, que se propone la gigantesca tarea de descolonizar el Estado desde el Estado, debería estar acompañado por un efectivo proceso de despatriarcalización. Pero la contradicción es que para el Estado patriarcal no existe la opresión de género como un problema y “en todo caso le reconoce una existencia subsidiaria, es decir, prescindible, indefinidamente postergable” (Chávez, 2010:15).


¿Es posible la descolonización y despatriarcalización del Estado desde el Estado? ¿Qué pasa con las relaciones sociales cotidianas? ¿En qué sentido se transforman las relaciones cotidianas? ¿Es la integración al mercado lo que da la nueva carta de ciudadanía social?


La idea del “buen vivir” se introduce en los debates de América Latina como cuestionamiento al desarrollo capitalista y representa la búsqueda de una transición paradigmática que coloque nuevas premisas para la construcción social basadas en la desmercantilización de la vida y una nueva relación con la naturaleza. Recurre a la idea de comunidad, sosteniendo que el mundo no puede ser entendido desde el “yo” de Occidente, sino desde la interacción y complementariedad de todas las personas que habitan esa comunidad y a su vez de la relación entre las personas y la naturaleza. Más que una nueva construcción teórica, el buen vivir expresa una búsqueda en proceso, y se hace desde diferentes miradas y perspectivas. Pero cuando esta búsqueda se identifica sólo con la continuidad de ciertos líderes, se empobrece como discurso y como práctica.


La sostenibilidad de la vida cuestiona la racionalidad capitalista al poner las necesidades de las personas en el centro del análisis, en vez de las de los mercados. No es sólo una confrontación entre identidades urbanas o indígenas, es una perspectiva polifónica en el sentido más pleno de la palabra, que hace del diálogo una nueva cultura política donde las diferencias y la confrontación de experiencias no son patologías de la política, sino su misma posibilidad de construcción.

Descolonizar supone cuestionar el poder que se crea a partir de una relación colonial y, por tanto, cuestionar el sistema de privilegios, naturalizados en las relaciones cotidianas. En tal sentido la descolonización y la despatriarcalización son prácticas alternativas al ejercicio del poder que se abra al protagonismo de voces diversas y potencie liderazgos nuevos, supone analizar las formas en que se reproducen las relaciones de subordinación en la sociedad, la economía y la cultura. El No ofrece la posibilidad de construir otros procesos dentro y fuera del Mas. Queda la duda de la plasticidad y la capacidad de escucha de los líderes que se consideran a sí mismos como el cambio.


* Militante feminista uruguaya, integrante del colectivo Cotidiano Mujer.

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Las crisis de la izquierda latinoamericana

ALAI AMLATINA, 22/02/2016.- Se puede decir que hay dos izquierdas en América Latina y que ambas padecen de crisis, cada una a su manera. Una es la que llegó a los gobiernos, empezó procesos de democratización de las sociedades y de salida del modelo neoliberal y que hoy se enfrenta a dificultades –de distinto orden, desde afuera y desde adentro– para dar continuidad a esos procesos. La otra es la que, aun viviendo en países con continuados gobiernos neoliberales, no logra siquiera constituir fuerzas capaces de ganar elecciones, llegar al gobierno y empezar a superar el neoliberalismo.

La izquierda posneoliberal ha tenido éxitos extraordinarios, aún más teniendo en cuenta que los avances en la lucha contra la pobreza y la desigualdad se han dado en los marcos de una economía internacional que, al contrario, aumenta la pobreza y la desigualdad. En el continente más desigual del mundo, cercados por un proceso de recesión profunda y prolongada del capitalismo internacional, los gobiernos de Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia y Ecuador han disminuido la desigualdad y la pobreza, han consolidado procesos políticos democráticos, han construido procesos de integración regional independientes de Estados Unidos y han acentuado el intercambio Sur-Sur.

Mientras que las otras vertientes de la izquierda, por distintas razones, no han logrado construir alternativas a los fracasos de los gobiernos neoliberales, de las cuales los casos de México y de Perú son los dos más evidentes, mostrando incapacidad, hasta ahora, de sacar lecciones de los otros países, para adaptarlas a sus condiciones específicas.

¿En qué consiste la crisis actual de las izquierdas que han llegado al gobierno en América Latina? Hay síntomas comunes y rasgos particulares a cada país. Entre ellos están la incapacidad de contrarrestar el poder de los monopolios privados de los medios de comunicación, aun en los países en los que se ha avanzado en leyes y medidas concretas para quebrar lo que es la espina dorsal de la derecha latinoamericana. En cada uno de esos países, en cada una de las crisis enfrentadas por esos gobiernos, el rol protagónico ha sido de los medios de comunicación privados, actuando de forma brutal y avasalladora en contra de los gobiernos, que han contado con éxitos en su gestión y un amplio apoyo popular.

Los medios han ocultado los grandes avances sociales en cada uno de nuestros países, los han censurado, han tapado los nuevos modelos de vida que los procesos de democratización social han promovido en la masa de la población. Por otro lado, destacan problemas aislados, dándoles proyecciones irreales, difundiendo incluso falsedades, con el propósito de deslegitimar las conquistas logradas y la imagen de sus líderes, sea negándolas, sea intentando destacar aspectos secundarios negativos de los programas sociales.

Los medios han promovido sistemáticamente campañas de terrorismo y de pesimismo económico, buscando bajar la autoconfianza de las personas en su propio país. Como parte específica de esa operación están las sistemáticas denuncias de corrupción, sea a partir de casos reales a los que han dado una proporción desmesurada, sea inventando denuncias por las cuales no responden cuando son cuestionados, pero los efectos ya han sido producidos. Las reiteradas sospechas sobre el accionar de los gobiernos producen, especialmente en sectores medios de la población, sentimientos de crítica y de rechazo, a los que pueden sumarse otros sectores afectados por esa fabricación antidemocrática de la opinión pública. Sin ese factor, se puede decir que las dificultades tendrían su dimensión real, no serían transformadas en crisis políticas, movidas por la influencia unilateral que los medios tienen sobre sectores de la opinión pública, incluso de origen popular.

No es que sea un tema de fácil solución, pero no considerar como un tema fundamental a enfrentar es subestimar el nivel en que la izquierda está en mayor inferioridad: la lucha de las ideas. La izquierda ha logrado llegar al gobierno por el fracaso del modelo económico neoliberal, pero ha recibido, entre otras herencias, la hegemonía de los valores neoliberales diseminados en la sociedad. “Cuando finalmente la izquierda llegó al gobierno, había perdido la batalla de las ideas”, según Perry Anderson. Tendencias a visiones pre-gramscianas en la izquierda han acentuado formas de acción tecnocráticas, creyendo que hacer buenas políticas para la gente era suficiente como para producir automáticamente conciencia correspondiente al apoyo a los gobiernos. Se ha subestimado el poder de acción de los medios de información en la conciencia de las personas y los efectos políticos de desgaste de los gobiernos que esa acción promueve.

Un otro factor condicionante, en principio a favor y luego en contra, fue el relativamente alto precio de los commodities durante algunos años, del que los gobiernos se aprovecharon no para promover un reciclaje en los modelos económicos, para que no dependieran tanto de esas exportaciones. Para ese reciclaje habría sido necesario formular y empezar a poner en práctica un modelo alternativo basado en la integración regional. Se ha perdido un período de gran homogeneidad en el Mercosur, sin que se haya avanzado en esa dirección. Cuando los precios bajaron, nuestras economías sufrieron los efectos, sin tener como defenderse, por no haber promovido el reciclaje hacia un modelo distinto.

Había también que comprender que el período histórico actual está marcado por profundos retrocesos a escala mundial, que las alternativas de izquierda están en un posición defensiva, que de lo que se trata en este momento es de salir de la hegemonía del modelo neoliberal, construir alternativas, apoyándose en las fuerzas de la integración regional, en los Brics y en los sectores que dentro de nuestros países se suman al modelo de desarrollo económico con distribución de renta, con prioridad de las políticas sociales.

En algunos países no se ha cuidado debidamente el equilibrio de las cuentas públicas, lo cual ha generado niveles de inflación que han neutralizado, en parte, los efectos de las políticas sociales, porque los efectos de la inflación recaen sobre asalariados. Los ajustes no deben ser trasformados en objetivos, pero si en instrumentos para garantizar el equilibrio de las cuentas públicas y eso es un elemento importante del éxito de las políticas económicas y sociales.

Aunque los medios de información hayan magnificado los casos de corrupción, hay que reconocer que no hubo control suficiente de parte de los gobiernos del uso de los recursos públicos. El tema del cuidado absoluto de la esfera pública debe ser sagrado para los gobiernos de izquierda, que deben ser los que descubran eventuales irregularidades y las castiguen, antes de que lo hagan los medios de información. La ética en la política tiene que ser un patrimonio permanente de la izquierda, la transparencia absoluta en el manejo de los recursos públicos tiene que ser una regla de oro de parte de los gobiernos de izquierda. El no haber actuado siempre así hace que los gobiernos paguen un precio caro, que puede ser un factor determinante para poner en riesgo la continuidad de esos gobiernos, con daños gravísimos para los derechos de la gran mayoría de la población y para el destino mismo de nuestros países.

Por último, para destacar algunos de los problemas de esos gobiernos, el rol de los partidos en su condición de partidos de gobierno nunca ha sido bien resuelto en prácticamente ninguno de esos países. Como los gobiernos tienen una dinámica propia, incluso con alianzas sociales y políticas con la centro izquierda, en varios casos, esos partidos deberían representar el proyecto histórico de la izquierda, pero no han logrado hacerlo, perdiendo relevancia frente al rol preponderante de los gobiernos. Se debilitan así la reflexión estratégica, más allá de las coyunturas políticas, la formación de cuadros, la propaganda de las ideas de la izquierda y la misma lucha ideológica.

Nada de eso autoriza a hablar de “fin de ciclo”. Las alternativas a esos gobiernos están siempre a la derecha y con proyectos de restauración conservadora, netamente de carácter neoliberal. Los gobiernos posneoliberales y las fuerzas que los han promovido son los elementos más avanzados que la izquierda latinoamericana dispone actualmente y que funcionan también como referencia para otras regiones de mundo, como España, Portugal y Grecia, entre otros.

Lo que se vive es el final del primer periodo de la construcción de modelos alternativos al neoliberalismo. Ya no se podrá contar con el dinamismo del centro del capitalismo, ni con precios altos de las commodities. Las clave del paso a un segundo período tienen que ser: profundización y extensión del mercado interno de consumo popular; proyecto de integración regional; intensificación del intercambio con los Brics y su Banco de Desarrollo.

Además de superar los problemas apuntados anteriormente, antes que todo crear procesos democráticos de formación de la opinión pública, dar la batalla de las ideas, cuestión central en la construcción de una nueva hegemonía en nuestras sociedades y en el conjunto de la región.

Hay que construir un proyecto estratégico para la región, no solo de superación del neoliberalismo y del poder del dinero sobre los seres humanos, sino de construcción de sociedades justas, solidarias, soberanas, libres, emancipadas de todas las formas de explotación, dominación, opresión y alienación.

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Jueves 17M con paro cívico/popular y pliego de peticiones

Colombia atraviesa en estos momentos por una descomunal crisis económica y fiscal. La misma tiene consecuencias demoledoras en millones de personas que son afectadas por el desempleo, el alza galopante de los precios de todas las mercancías, el hambre y la miseria.

Para sortear esa crisis fiscal, el señor Santos y su Ministro Cárdenas de Hacienda, han previsto una cascada de recortes en las obligaciones sociales del Estado, de enajenación de bienes públicos estratégicos e incremento de impuestos como el IVA que afecta directamente el consumo popular.

Este lunes se conocerá un nuevo recorte del presupuesto, equivalente a los 6 billones de pesos, lo más seguro es que las medidas se focalizaran en las partidas educativas, de salud, familias en acción, empleo y otros compromisos prioritarios.

Permanecerán intactos y se incrementaran los gastos militares y los cupos indicativos de la casta politiquera santista para imponer, a punta de mermelada, el cacareado plebiscito de la paz neoliberal.

La sociedad, el pueblo, está reaccionando indignado e inconforme con esta calamitosa circunstancia.

Han transcurrido siete semanas del año en curso, y las expresiones de inconformidad colectiva se expanden. Las protestas se masifican en las ciudades y en amplias zonas agrarias.

En Bogotá han ocurrido duras acciones colectivas contra el gobierno de Peñalosa, el caos de Transmilenio y los atropellos policiales a los vendedores ambulantes.

En Cali camina la inconformidad contra el incremento de las tarifas de servicios públicos y la suspensión del servicio de agua que afecta a gran parte de la ciudad.

Es generalizado el rechazo ciudadano por el saqueo de Reficar y la corrupción en diversas esferas oficiales.

Núcleos mayoritarios de ciudadanos son escépticos con la paz neoliberal que Santos y la casta oligárquica dominante quieren imponer mediante la manipulación con los medios de comunicación fletados y la represión disfrazada de acciones humanitarias.

La creciente protesta popular, su constante auge, se canaliza hoy hacia un Paro nacional organizado por centrales sindicales y asociaciones comunitarias, previsto para el próximo 17 de marzo.

Esta acción legítima ya tiene un Pliego de demandas al gobierno que recoge las necesidades más sentidas de toda la sociedad. Estas peticiones son las siguientes:

 

Incremento del salario mínimo.

Reducción de los aportes de los pensionados a la salud del 12% al 4%.

Recorte de los precios de los combustibles.

Congelación de los productos de la canasta familiar.

Cumplimiento por parte del gobierno de los acuerdos firmados con las organizaciones campesinas y de camioneros.

Rechazo a la venta de Isagén y el uso de esos dineros como mermelada para imponer el plebiscito santista.

Rechazo del saqueo de los fondos de pensiones.

Condena a la corrupción en Reficar y cárcel para sus autores.

Rechazo a la corrupción de los Congresistas oficialistas artífices del desfalco a las regalías petroleras.

No rotundo a una reforma tributaria con incremento del IVA que lesione a los sectores populares.

No a la venta de Ecopetrol y de otros bienes del Estado.

Inicio de las obras del Metro en Bogotá y medidas inmediatas para corregir el colapso de Transmilenio.

 

El Paro será una jornada cívica, pluralista y democrática, que debe ser respetada y protegida por el gobierno de acuerdo con los compromisos firmados en la Mes de paz de La Habana de no criminalizar la protesta popular.

Vamos todos al paro.

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La izquierda y la nación: ambigüedades no resueltas

El término nación ha tenido muchos y muy diferentes significados a lo largo de los siglos. Pero en los días que corren, y más o menos desde la Revolución Francesa, el término se ha vinculado al Estado, como en Estado-nación. Según este uso, nación se refiere a aquellos que por derecho son miembros de la comunidad localizada dentro de un Estado.


Si quienes forman una nación dan pie a la creación de un Estado, o si es el Estado el que crea la categoría de la nación y por tanto los derechos que operan dentro del Estado, es un debate que lleva mucho tiempo vigente. En mi caso, pienso que los Estados crean las naciones y no al revés.


Sin embargo, el punto es por qué crean naciones los Estados, y cuál debería ser la actitud de la izquierda ante el concepto de la nación. Para algunos de izquierda, el concepto de nación es el gran ecualizador. Es la afirmación de que todos (o casi todos) tienen el derecho a una plena e igualitaria participación en la toma de decisiones del Estado, en oposición a que solamente una minoría (por ejemplo la aristocracia) tenga derechos a una plena participación. Hoy, a esta visión de la nación la llamamos jacobina.


El jacobinismo da pie a la categoría de ciudadano. Las personas son ciudadanas por derecho de nacimiento y no por algún origen étnico particular o por una religión particular o cualquier otra característica que se les atribuyan otros, o sea atribuyan ellas mismas. Los ciudadanos tienen los votos (desde cierta edad). Cada ciudadano tiene un voto. Todos los ciudadanos son por tanto iguales ante la ley.


Según esta percepción de la ciudadanía, es crucial considerar a todos los ciudadanos como individuos. Es crucial suprimir la idea de que hay grupos que podrían ser intermediarios entre el individuo y el Estado. De hecho, como lo podría sugerir una visión más rígida de la nación, es ilegítimo que esos otros grupos existan: todos los ciudadanos deben utilizar el lenguaje de la nación y ningún otro; ningún grupo político puede tener sus propias instituciones; no pueden ejercerse otras costumbres que las de la nación.


En la práctica, por supuesto, la gente es parte de muchos, muchos grupos que constantemente reivindican sus demandas de participación y lealtad por parte de sus miembros. También, en la práctica, y a veces a guisa de tratamiento igual para todos los ciudadanos, hay innumerables modos en que los derechos iguales para todos los ciudadanos pueden acotarse.
La idea de una ciudadanía puede llegar a definirse primordialmente como el sufragio. Y existen múltiples limitaciones al acceso al sufragio. La más obvia y numéricamente importante es el sexo. El sufragio, por ley, era sólo para los hombres.

Con frecuencia se han puesto límites por ingreso, poniendo el requisito de un ingreso mínimo para votar. También se ha limitado el sufragio por raza y religión o debido al número de generaciones de ancestros que han residido en un Estado. El resultado neto, es que eso que fue concebido originalmente como el gran ecualizador de hecho no abrazó a todos; ni siquiera a la mayoría de las personas. Con frecuencia abrazó a un grupo bastante reducido.


Para los jacobinos que se piensan a sí mismos como la izquierda, la solución fue luchar en pro de la expansión del sufragio. Y con el tiempo, este esfuerzo rindió frutos. El sufragio sí se ha expandido a más y más personas. No obstante, de algún modo, esto no logró el objetivo de hacer que todos los ciudadanos, todos los miembros de la nación, gozaran de un acceso igual a los supuestos beneficios de la ciudadanía –educación, servicios de salud, empleo.


Debido a esta realidad de continuas desigualdades, surgió una visión contra-jacobina de la izquierda. Esta visión contra-jacobina no vio a la nación como la gran ecualizadora, sino como la gran hipnotizadora. La solución no era luchar por suprimir a los otros grupos, sino alentar a todos los grupos a reivindicar su valía como modos de vida y modos de una conciencia propia. Las feministas insistieron en que no se trataba solamente de que las mujeres obtuvieran el sufragio, sino de que las mujeres lograran el derecho a tener sus propias organizaciones y su propia conciencia. De igual modo se pronunciaron las comunidades de grupos étnicos o raciales, las llamadas minorías.


El resultado ha venido a ser que la izquierda no tiene una única visión de la nación. ¡Muy por el contrario! La izquierda está desgarrada entre visiones profundamente confrontadas de la nación. En la actualidad esto ocurre de muchos modos. Uno de ellos es el carácter explosivo de las demandas relacionadas con el género, la construcción social de lo que alguna vez se pensó que eran fenómenos genéticos. Pero una vez involucrados en la construcción social, no existen límites obvios a los derechos de las subcategorías, previamente definidas o en proceso de tener existencia social.


Si el género está estallando, también lo es la indigenidad. Lo indígena es también una construcción social. Se refiere a los derechos de aquellos que vivieron en ciertas áreas físicas con anterioridad a otros (los migrantes). Si lo empujamos lo suficiente, cada persona individual es un migrante. Si lo discutimos razonablemente, hay en la actualidad grupos sociales importantes que saben que viven en grupos significativamente diferentes de aquellos que ejercen el poder en el Estado, y por tanto buscan mantener a sus comunidades con sus actuales modos importantes de vida en vez de perder los derechos que les brindan sus fronteras debido a que la nación reivindica los derechos de una nación.


Una última ambigüedad. ¿Es de izquierda ser internacionalista o mundialista, o es de izquierda ser nacionalista contra la intrusión de las poderosas fuerzas del mundo? ¿Es conciencia de clase oponerse al nacionalismo o respaldar la resistencia nacional contra el imperialismo?


Uno podría salirse de este debate por la vía fácil sugiriendo que la respuesta varía de lugar en lugar, de momento a momento, de situación a situación. Pero éste es precisamente el problema. A la izquierda global le resulta muy difícil confrontar estos puntos directamente y arribar a una actitud razonada y políticamente significativa hacia el concepto de la nación. Dado que en la actualidad se supone que el nacionalismo es el compromiso emocional más fuerte de los pueblos del mundo, el que la izquierda global no pueda entrar en un debate interno colectivo de un modo solidario, le resta capacidad para ser un actor principal en la escena mundial.


La Revolución Francesa nos legó un concepto que se suponía iba a ser el gran ecualizador. ¿Acaso nos legó una píldora venenosa que podría destruir a la izquierda global y por tanto al gran ecualizador? Es muy urgente una reunificación intelectual, política y moral de la izquierda global. Requerirá un mucho mayor sentido del dar y recibir de lo que han estado mostrando los actores principales. Hasta ahora no hay una alternativa seria.


Traducción: Ramón Vera Herrera

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Martes, 16 Febrero 2016 05:55

La decisión de Camilo

La decisión de Camilo

A la mitad del año 1965, Camilo Torres lanzó en Bogotá el periódico Frente Unido, vocero de una nueva organización, el Frente Unido del Pueblo. Desde un principio, el Frente Unido se declaró ajeno a la participación electoral en el sistema político oligárquico existente en Colombia y anunció su propósito de organizar a los campesinos, los trabajadores y el pueblo pobre y oprimido. En la primera edición, el 26 de agosto de 1965, apareció un Mensaje a los cristianos de Camilo Torres, primero de una serie de mensajes donde fue delineando y explicando sus ideas, sus razones y sus objetivos.


Entre agosto y noviembre de ese año, Frente Unido publicó otros ocho mensajes de Camilo dirigidos a distintos sectores de la nación colombiana: a los comunistas, a los militares, a los sindicalistas, a las mujeres, a los estudiantes, a los desempleados, a los presos políticos y a la oligarquía.


La serie se cerró cuando Camilo Torres decidió sumarse a la lucha guerrillera. En enero de 1966 lanzó una Proclama al pueblo colombiano donde explicaba sus razones para incorporarse al Ejército de Liberación Nacional encabezado por Fabio Vázquez Castaño. Un lector atento puede advertir un marcado cambio de estilo entre este documento y los ocho mensajes anteriores. Pero aquí se cierra la serie y más no sabemos.


Camilo Torres Restrepo murió hace hoy 50 años en su primer enfrentamiento armado con el ejército. No estaba preparado, aún no sabía de fusiles ni emboscadas. Tal vez le urgía dar testimonio de su empeño ante si mismo y ante sus compañeros que no supieron protegerlo. Era el 15 de abril de 1966. Nacido el 3 de febrero de 1929, apenas había cumplido los 37 años de su edad, que en ese entonces era también la mía.


Su Mensaje a los cristianos es tal vez el más revelador y el más sentido de la serie sucesiva. Hablaba a los suyos y, a su manera, a aquel que Camilo llamaba su Patrón. Aquí está su texto, homenaje y recuerdo.
A.G. – Ciudad de México, 15 de febrero de 2016


§


Las convulsiones producidas por los acontecimientos políticos, religiosos y sociales de los últimos tiempos posiblemente han llevado a los cristianos de Colombia a mucha confusión. Es necesario que en este momento decisivo para nuestra historia los cristianos estemos firmes alrededor de las bases esenciales de nuestra religión.


Lo principal en el Catolicismo es el amor al prójimo. «El que ama a su prójimo cumple con su ley.» (San Pablo, Romanos XIII, 8). Este amor, para que sea verdadero, tiene que buscar eficacia. Si la beneficencia, la limosna, las pocas escuelas gratuitas, los pocos planes de vivienda, lo que se ha llamado «la caridad», no alcanza a dar de comer a la mayoría de los hambrientos, ni a vestir a la mayoría de los desnudos, ni a enseñar a la mayoría de los que no saben, tenemos que buscar medios eficaces para el bienestar de las mayorías.


Esos medios no los van a buscar las minorías privilegiadas que tienen el poder, porque generalmente esos medios eficaces obligan a las minorías a sacrificar sus privilegios. Por ejemplo, para lograr que haya más trabajo en Colombia, sería mejor que no se sacaran los capitales en forma de dólares y que más bien se invirtieran en el país en fuentes de trabajo. Pero como el peso colombiano se desvaloriza todos los días, los que tienen el dinero y tienen el poder nunca van a prohibir la exportación del dinero, porque exportándolo se libran de la devaluación.


Es necesario entonces quitarles el poder a las minorías privilegiadas para dárselo a las mayorías pobres. Esto, si se hace rápidamente, es lo esencial de una revolución. La Revolución puede ser pacífica si las minorías no hacen resistencia violenta. La Revolución, por lo tanto, es la forma de lograr un gobierno que dé de comer al hambriento, que vista al desnudo, que enseñe al que no sabe, que cumpla con las obras de caridad, de amor al prójimo, no solamente en forma ocasional y transitoria, no solamente para unos pocos, sino para la mayoría de nuestros prójimos. Por eso la Revolución no solamente es permitida sino obligatoria para los cristianos que vean en ella la única manera eficaz y amplia de realizar el amor para todos. Es cierto que «no haya autoridad sino de parte de Dios» (San Pablo, Romanos XXI, 1). Pero Santo Tomás dice que la atribución concreta de la autoridad la hace el pueblo.


Cuando hay una autoridad en contra del pueblo, esa autoridad no es legítima y se llama tiranía. Los cristianos podemos y debemos luchar contra la tiranía. El gobierno actual es tiránico porque no lo respalda sino el 20 por ciento de los electores y porque sus decisiones salen de las minorías privilegiadas.


Los defectos temporales de la Iglesia no nos deben escandalizar. La Iglesia es humana. Lo importante es creer también que es divina y que si nosotros los cristianos cumplimos con nuestra obligación de amar al prójimo, estamos fortaleciendo a la Iglesia.


Yo he dejado los privilegios y deberes del clero, pero no he dejado de ser sacerdote. Creo que me he entregado a la Revolución por amor al prójimo. He dejado de decir misa para realizar ese amor al prójimo, en el terreno temporal, económico y social. Cuando mi prójimo no tenga nada contra mí, cuando haya realizado la Revolución, volveré a ofrecer misa si Dios me lo permite. Creo que así sigo el mandato de Cristo: «Si traes tu ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda» (San Mateo V, 23-24).


Después de la Revolución los cristianos tendremos la conciencia de que establecimos un sistema que está orientado por el amor al prójimo.


La lucha es larga, comencemos ya...


Bogotá, Camilo Torres, 26 agosto 1965

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Caracterización conceptual de los movimientos sociales

En los primeros días del 2016 estamos presenciando diversas expresiones del movimiento social y de la protesta popular.

En varias regiones y con ocasión de algunas problemáticas socioeconómicas, de derechos humanos, del postconflicto armado y ambientales, varios núcleos humanos hacen visible su inconformidad con manifestaciones, plantones y tomas de espacios públicos.

Bogotá es el escenario de importantes movilizaciones contra las primeras medidas neoliberales del nuevo alcalde de la ciudad, el señor Enrique Peñalosa.

Las organizaciones sindicales, los sindicatos agrarios y las redes defensoras de los bienes públicos han realizado encuentros y reuniones para preparar un paro cívico nacional que frene la arremetida neoliberal del gobierno del señor Santos.

La presencia de los movimientos sociales en el campo político nacional debe ser el resultado de la aplicación de los acuerdos de paz de La Habana en materia de participación política. Los mismos disponen que:

"Una sociedad democrática y organizada es una condición necesaria para la construcción de una paz estable y duradera, en particular en el marco de la implementación del Acuerdo Final. Por ello, y en atención al derecho de todas las personas a constituir organizaciones sociales del más variado tipo; a formar parte de ellas y a difundir sus plataformas; a la libertad de expresión y al disenso; al pluralismo y la tolerancia; a la acción política o social a través de la protesta y la movilización; y teniendo en cuenta la necesidad de una cultura política para la resolución pacífica de los conflictos y la obligación del Estado de garantizar el diálogo deliberante y público, acordamos que se adoptarán medidas para garantizar el reconocimiento, fortalecimiento y empoderamiento de todos los movimientos y organizaciones sociales, de acuerdo con sus repertorios y sus plataformas de acción social.

"Con ese propósito, el Gobierno Nacional elaborará un proyecto de ley de garantías y promoción de la participación ciudadana y de otras actividades que puedan realizar las organizaciones y movimientos sociales, sobre la base de los siguientes lineamientos, entre otros, que serán discutidos en un espacio de carácter nacional, que contará con la participación de los voceros de las organizaciones y movimientos sociales más representativos: garantizar el derecho al acceso oportuno y libre a la información oficial en el marco de la Constitución y la ley; reglamentación del derecho de réplica y rectificación, en cabeza de las organizaciones y movimientos sociales más representativos, frente a declaraciones falsas o agraviantes por parte del Gobierno Nacional; realizar conjuntamente con las organizaciones y movimientos sociales una caracterización y registro de organizaciones sociales; apoyar, mediante asistencia legal y técnica, la creación y el fortalecimiento de las organizaciones y movimientos sociales; por solicitud de las organizaciones y movimientos sociales, agilizar la sistematización e intercambio de experiencias exitosas de fortalecimiento de los mismos; fortalecer los mecanismos de financiación de iniciativas y proyectos propios de las organizaciones sociales; promover la creación de redes de organizaciones y movimientos sociales que hagan visibles los liderazgos y garanticen su capacidad de plena interlocución con los poderes públicos; acceso a mecanismos de difusión para hacer visible la labor y la opinión de las organizaciones y movimientos sociales; en las instancias de participación ciudadana se ampliará y garantizará la representatividad de las organizaciones y los movimientos sociales; diseñar metodologías que contribuyan a la efectividad e incidencia de las instancias de participación e interlocución; poner en marcha instancias de seguimiento y verificación del cumplimiento por parte de las autoridades de las obligaciones, compromisos y garantías, en cuanto al establecimiento, funcionamiento y eficacia de los espacios de participación ciudadana; crear una herramienta que permita valorar, hacer visible e incentivar la gestión de las autoridades públicas, con respecto a la participación de las organizaciones y movimientos sociales; se garantizará el intercambio de experiencias exitosas de participación ciudadana entre las organizaciones sociales y las autoridades; promover la construcción de agendas de trabajo locales, municipales, departamentales y nacionales, según el caso, que permitan la atención temprana de las peticiones y propuestas de los diferentes sectores que se realicen a través de las organizaciones y movimientos sociales; las autoridades locales deberán atender de manera oportuna las peticiones y propuestas, y canalizarlas según su competencia, con el fin de que sean atendidas de manera pronta y eficaz.

"Acordamos también que el Gobierno Nacional considerará y evaluará la viabilidad de propuestas de garantías adicionales que surjan en el marco de ese espacio de participación de carácter nacional, en una Comisión de Diálogo con voceros de las organizaciones y movimientos sociales más representativos, escogidos a través de un mecanismo definido por los organizadores. El mecanismo deberá ser participativo y garantizar una representación pluralista y equilibrada en la Comisión.

"El Gobierno Nacional y las FARC-EP acordarán los organizadores, criterios y lineamientos para el desarrollo de ese espacio de participación de carácter nacional, con el fin de garantizar una representación pluralista y equilibrada.

"Por otra parte, en el acuerdo se reconoce que la movilización y la protesta, como formas de acción política, son ejercicios legítimos del derecho a la reunión, a la libre circulación, a la libre expresión, a la libertad de conciencia y a la oposición en una democracia; y que en un escenario de fin del conflicto se deben garantizar diferentes espacios para canalizar las demandas ciudadanas, incluyendo garantías plenas para la movilización, la protesta y la convivencia pacífica" (http://bit.ly/1PMGq4w ).

Desde ese consenso alcanzado en el marco de las conversaciones de paz para la terminación del largo y cruel conflicto armado nacional, resulta oportuno avanzar en una definición teórica de los movimientos sociales.

En esa dirección, la caracterización teórica de los movimientos sociales en Colombia y sus eventuales proyecciones políticas requiere, de manera preliminar, hacer una aproximación general a los principales aportes que al respecto se han producido tanto en Colombia como en el exterior en los años recientes.

El propósito de esta consideración, más que formular una definición taxativa de movimiento social, es recoger las principales visiones teóricas del tema para, con esto, acotar las reflexiones y precisar las propias elecciones epistemológicas.

1. El aporte de Raschke.

Una introducción inicial a la conceptualización de movimiento social la aporta Joachim Raschke (http://pendientedemigracion.ucm.es/info/cpuno/asoc/profesores/lecturas/raschke.pdf) quien afirma que movimiento social es un actor colectivo que interviene en el proceso de cambio social. Lo que supone el desarrollo de determinadas conductas llevadas a cabo por individuos ligados entre sí. Pero esta articulación no implica forzosamente homogeneidad, por el contrario, se puede observar en el seno de un movimiento social una multiplicidad de tendencias, organizaciones y principios para la acción. Por otra parte las metas y objetivos de estos movimientos tienden a ser bastante amplios y, en este contexto, apuntan a cambiar estructuras importantes de la sociedad. En este caso la heterogeneidad del componente social se convierte en el rasgo propio del movimiento, mientras que los objetivos comunes operan como las premisas articuladoras del mismo.

2. Revilla Blanco y su definición de movimiento social.

Por el contrario, para Marisa Revilla Blanco (http://bit.ly/1K6MgOg ), el movimiento social es el proceso de (re)constitución de una identidad colectiva, fuera del ámbito de la política institucional. Este proceso dota de sentido a la acción individual y colectiva. El sentido de la acción es lo que permite distinguir al movimiento social del comportamiento colectivo, por cuanto éste es tan solo la agregación de intereses individuales en una coyuntura específica, mientras que en el movimiento social la identidad colectiva constituye en sí un incentivo selectivo para la acción.

3. Paramio y los grupos de interés.

Para Ludolfo Paramio (http://bit.ly/1KzrVkF ) los movimientos sociales no son otra cosa que las nuevas variantes de los llamados grupos de interés y su auge, en las décadas recientes, es una manifestación de la crisis de un sistema político dual, articulado en torno a la democracia de partidos y en un pacto corporativo entre los grupos de interés dominantes (sindicatos y patrones), que imponen los grandes rasgos del modelo de sociedad y los márgenes de su evolución. Es precisamente la agudización de la crisis del pacto corporativo la que ha detonado el crecimiento extensivo de los nuevos movimientos sociales (ecologistas, de género, antiarmamentistas, etc.). Pero en este punto cabe registrar las precisiones que establece Paramio en cuanto que estos nuevos movimientos sociales no difieren sustantivamente de aquellos que los precedieron; en ambos casos, tanto los tradicionales como los nuevos, son un colectivo que persigue objetivos comunes, que cuenta con una organización más o menos flexible y con un grupo dirigente organizado de forma regular; las diferencias se expresan en la tendencia a la integraciónde los tradicionales y en el carácter antisistémicode los emergentes.

En todos estos enfoques, y pese a sus matices, la acción colectiva, entendida como las diferentes expresiones de movilización social popular (protestas, motines, bandolerismo social, etc.) se convierte en el rasgo distintivo e identificatorio de los movimientos sociales.

4. La definición de Melucci.

En el caso de Alberto Melucci (http://bit.ly/1L98aLO ), la acción colectiva es considerada como el resultado de las intenciones, recursos y límites que un colectivo le determina a su conducta social; se trata de una orientación intencional, construida mediante relaciones sociales desarrollada en un sistema de oportunidades y obligaciones. Este accionar se articula en función de tres ejes: fines, medios y ambiente.

5. El enfoque de Pizzorno.

Mientras que para Alessandro Pizzorno (http://dialnet.unirioja.es/ejemplar/5056) el eje de la acción colectiva no está en la visión olsoniana del free líder (relación costos‐beneficios), sino en su rasgo de eje articulador de las identidades colectivas. Lo anterior se deduce al constatar que la identidad colectiva tiende a intensificar su etapa formativa en losprocesos de movilización y conflicto.

6. La teoría de la movilización de recursos.

Otro de los planteamientos básicos respecto de los movimientos sociales es la llamada teoría de la movilización de recursos (http://www.ses.unam.mx/docencia/2015II/Jenkins1994_LaTeoriaDeLaMovilizacionDeRecursos.pdf) categoría acuñada por la sociología funcionalista norteamericana que propone un modelo multifactorial para explicar la formación de los mismos; en este planteamiento se subraya la importancia de factores como los recursos, la organización y las oportunidades políticas, además de las hipótesis tradicionales del descontento, en la emergencia y desarrollo de los movimientos sociales. En esta conceptualización la organización del grupo es el factor determinante del potencialde movilización y de las pautas que ha de seguir, mientras que la movilización se convierte en el proceso mediante el cual un grupo se asegura el control colectivo sobre los recursos necesarios para la acción colectiva. Siguiendo esta lógica movimiental los miembros de un colectivo social como cualquier actor socializado, se mueven tanto por valores y sentimientos interiorizados como por cálculos de interés personal. Debido a esto el principal objetivo de la movilización debe ser la generación de solidaridad y compromiso moral para con las amplias colectividades en nombre de las cuales se actúa.

Pero pese a estos sustantivos avances en la precisión del concepto y rasgos distintivos de los movimientos sociales, la evaluación correspondiente continúa arrojando notorios déficits.

7. Manuel Pérez Ledezma.

En su análisis de los diferentes aportes a dicha conceptualización Manuel Pérez Ledesma (http://bit.ly/1PfOCJx ) concluye que aún no están del todo claras las fronteras de ese campo de estudios. Los diferentes enfoques de las ciencias sociales (historia, sociología, politología, etc.) y sus principales exponentes (C. Tilly, A. Oberschall, G. Rudé, E. P. Thompson, S. Tarrow, etc.) tienden a fijar en categorías genéricas su objeto de estudio y, apartir de ellas, a construir razonamientos teóricos explicativos. Se hace necesario, a juicio de Pérez, sistematizar estas experiencias a objeto de convertirlas en aportes concretos al campo del análisis y proyección de dichos movimientos.

8. Moscoso.

Al parecer el dilema teórico fundamental que se debe dilucidar, como asegura Moscoso (http://bit.ly/1mmdfK8 ), se encuentra en la relación o puente que debe construirse entre el movimiento social y la acción política. Desde esta perspectiva las ciencias sociales deben poner fin a la actitud de enclaustramiento que las empuja a trabajar los movimientos sociales exclusivamente en su dimensión factual, para llegar a establecer y precisar las dimensiones proyectuales de rango estratégico (políticas), que permitan funcionalizar e incorporar la acción colectiva al proyecto político.

El análisis de estas relaciones y las eventualidades del proyecto político popular han sido escasamente trabajadas en Colombia. Sin duda alguna los principales déficits se encuentran en el ámbito de las ciencias sociales, las cuales por lo demás se encuentran mayoritariamente posicionadas en torno a las estructuras de dominación; pero no es menos efectivo que desde la trinchera de la intelectualidad orgánica el aporte ha sido más bien reducido.

Para Moscoso el marxismo debe buscar la clave a su explicación del desarrollo de los movimientos sociales en la interacción que se produce entre la 'demanda' y la 'oferta' de actividad política.

9. Archila y Munera definen el movimiento social en Colombia.

Ya en el caso colombiano, profesionales expertos en el tema de los movimientos sociales como M. Archila, plantean que los mismos son una expresión organizada de la sociedad civil sin que la agoten, pues en ella también están, entre otros, los grupos económicos, las asociaciones religiosas y los individuos. Por movimientos sociales entendemos, dice Archila, aquellas acciones sociales colectivas permanentes que se oponen a exclusiones, desigualdades e injusticias, que tienden a ser propositivos y se presentan en contextos socio espaciales y temporales específicos (http://bit.ly/1W3upbO ).

Los movimientos sociales, agrega Archila, cada vez más encarnan los múltiples derechos que la nueva ciudadanía reclama, lo que se sintetiza en la consigna del derecho a tener derechos. Ello no significa que necesariamente los movimientos sociales tienen que ser transformadores radicales de la sociedad, sino que, como dice Manuel Castells, ellos simplemente muestran los conflictos de la sociedad. En ese sentido, afirma, no son ni buenos ni malos, no son ni reformistas ni revolucionarios, sino que expresan los conflictos existentes en una sociedad concreta (http://bit.ly/1W3upbO ).

Leopoldo Munera, intenta construir una definición de los movimientos sociales y los elementos que lo componen mediante una revisión a diversos enfoques tales como el de las conductas colectivas; la movilización de recursos; la sociología de la acción; y el movimiento popular (file:///C:/Users/PAPELITOS%20J.J/Downloads/-data-H_Critica_07 10_H_Critica_07.pdf).

Digamos, para cerrar, que una caracterización más amplia de los movimientos sociales sugiere una revisión histórica sobre las diversas aproximaciones teóricas a dicho fenómeno o expresión social. Acercamientos que suman la definición del movimiento obrero, los fenómenos de masas y la sociología de las masas, las interpretaciones de la acción colectiva como irregularidades no institucionales, la movilización de recursos, las estructuras de oportunidades políticas y los nuevos movimientos sociales.

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Este alzamiento es sobre algo más que cuchillos

Cuando la "intifada de los cuchillos" comenzó en octubre del año pasado, los periodistas occidentales inundaron Jerusalén para cubrir la nueva "escalada", entrevistaron a personas "de los dos lados del conflicto" y formularon variantes de la vieja pregunta: "¿Es esto el comienzo de una tercera intifada?


Inevitablemente, los periodistas se fueron una vez que la represión masiva redujo significativamente el número de ataques mortales contra israelíes en la ciudad. Es un patrón demasiado conocido para los palestinos y palestinas, pues ya sabemos que sólo hay una "escalada" cuando hay muertos o heridos israelíes. Las muertes, heridas, arrestos y demoliciones de casas infligidas por Israel a la población palestina son consideradas de rutina y no merecen mayor investigación.


Los actos cotidianos de castigo colectivo sufridos por la población palestina de Jerusalén y su lenta limpieza étnica son demasiado rutinarios como para ser considerados noticias.


Los checkpoints temporales, las calles cerradas y los bloques de hormigón instalados durante la ofensiva pueden haber sido quitados, y la cantidad de tropas en las calles puede haberse reducido. Pero la represión israelí –y la resistencia palestina– continúan.


Los muertos como rehenes


Una de las tácticas israelíes más inhumanas es la práctica de retener los cuerpos de los palestinos y palestinas asesinadas.
A mediados de octubre, el gabinete de seguridad israelí aprobó varias medidas para sofocar los disturbios. Una de ellas fue reactivar la vieja política de retener los cuerpos de los palestinos muertos bajo la acusación de haber llevado a cabo ataques.


Desde entonces, más de 80 cuerpos han sido retenidos. Israel empezó a entregarlos gradualmente a fines de diciembre, después de semanas de protestas masivas, sobre todo en Hebrón; pero los cuerpos de 10 palestinos de Jerusalén permanecen en la morgue israelí.


Las familias de Bahaa Alayan, Thaer Abu Ghazaleh, Hassan Manasra, Alaa Abu Jamal, Ahmad Abu Shaaban, Mutaz Uweisat, Omar Iskafi, Abd al-Mohsen Hassouna, Musab al-Ghazali y Muhammad Nimer todavía están batallando por su derecho a enterrar a sus hijos.


Israel ha puesto condiciones represivas para entregar los cuerpos, explotando el aislamiento geográfico y político de la población palestina de Jerusalén: las familias deben enterrarlos del otro lado del Muro que Israel ha construido alrededor de la ciudad, limitar la cantidad de personas presentes en el funeral, enterrar los cuerpos sólo a última hora del día, o pagar una fianza para levantar dichas condiciones. [1]


Apatía internacional


Mohammad, el padre de Bahaa Alayan, ha liderado la campaña popular en Jerusalén para protestar contra estas medidas.
"Se nos está privando de nuestro derecho al duelo, e Israel está usando los cadáveres de nuestros hijos para quebrarnos", dijo Alayan. "Y este hecho no está recibiendo ni una fracción de la cobertura y atención que merece".
Este abogado de 60 años considera que las familias de los mártires de Jerusalén han sido completamente abandonadas por la Autoridad Palestina. Él no puede entender la apatía de los medios occidentales.


Ninguno de los periodistas que se le acercaron después del asesinato de su hijo para preguntarle por qué un joven brillante como él pudo cometer un ataque con cuchillo se molestaron en regresar a preguntarle sobre el cuerpo de Bahaa, dice Muhammad.


Si lo hubieran hecho, habrían encontrado a los Alayan durmiendo en una carpa improvisada cerca de las ruinas de su casa. El hogar de los Alayan es uno de los tantos que Israel demolió en represalia por los ataques individuales. La política de las demoliciones punitivas también estaba incluida en el paquete de medidas aprobadas por el gabinete de seguridad en octubre, y ha sido aprobada por la Suprema Corte de Justicia de Israel.


Empujados a movilizarse


Las políticas de retener los cuerpos de los supuestos atacantes y de demoler las casas de sus familias constituyen las violaciones de derechos humanos más atroces contra la población palestina de Jerusalén. Pero también han impulsado a la comunidad a movilizarse.


El 1º de diciembre, un grupo de jóvenes organizó un concierto en el Teatro Nacional Palestino (también conocido como Hakawati) para apoyar a las familias que tienen a sus hijos en la cárcel y a las que están esperando los cuerpos de sus hijos e hijas asesinadas. La sala más grande del teatro estaba llena hasta el tope. Lo recaudado fue destinado a la reconstrucción de las viviendas destruidas.


La solidaridad comunitaria organizada por las y los habitantes del campo de refugiados de Shuafat después de la destrucción de la vivienda de Ibrahim Akari fue replicada en toda Cisjordania, especialmente en Ramala y en Nablus.


También ha habido acción directa. Inspirándonos en la idea que tuvo Bahaa Alayan en marzo de 2014 de formar una cadena humana de lectura, hicimos lo mismo el 26 diciembre. La cadena rodeó las murallas de la Ciudad Vieja de Jerusalén, reclamando la entrega de los cuerpos de los mártires; la protesta pacífica fue violentamente disuelta por las fuerzas israelíes.


Para la población palestina de Jerusalén, organizar protestas masivas contra la extrema represión de Israel se ha vuelto aún más difícil desde octubre. Israel está apuntando deliberadamente a los líderes activistas de la ciudad, poniéndolos en la cárcel o bajo arresto domiciliario, amenazándolos con detenerlos o entregándoles órdenes de expulsión de la ciudad.


Estas medidas no disuadieron a Hijazi Abu Sheih y Samer Abu Eisheh de instalar una carpa de protesta en el jardín de las oficinas del Comité Internacional de la Cruz Roja, en el barrio de Sheij Yarrah. Si bien la carpa fue instalada como refugio para los dos activistas cuando rechazaron la orden de expulsión de Jerusalén, pronto se transformó en un vibrante espacio de desobediencia civil.


Momento de libertad


Durante dos semanas, la carpa desbordó de energía y espíritu revolucionario, libre de las divisiones sectarias. Allí se organizaron conciertos, conferencias abiertas y debates.


Más que brindar apoyo a los dos activistas, quienes concurrieron a la carpa se vieron inmersos en un inusual clima de genuina –aunque efímera– libertad. Allí pudieron cantar, levantar la voz contra la opresión israelí, corear "No nos iremos", sumergirse en los debates y organizarse.


A las y los palestinos nos preguntan con frecuencia cuál es la alternativa a nuestros gobernantes corruptos y fracasados. Quienes visitaron la carpa pudieron ver un atisbo de cómo podría ser esa alternativa.


El 6 de enero, Abu Eisheh y Abu Sbeih fueron arrestados por unidades especiales de la policía israelí en el recinto mismo de la Cruz Roja. Según informó Mahmud Hassan, el abogado de Abu Eisheh, los dos han sido acusados de desafiar órdenes militares e incitar a la violencia a través de Facebook.


Ni la carpa de protesta ni la represión contra ella capturaron la atención de los periodistas internacionales, a pesar de que estas formas de resistencia no violenta y la ofensiva israelí están en el centro del relato cotidiano en Jerusalén.
Todavía no podemos hablar de un movimiento de masas organizado, pero el actual alzamiento palestino tiene mucho más que ver con eso que con los ataques individuales con cuchillos. Y la represión israelí va mucho más allá de las balas y los checkpoints.

 

Budur Yussef Hassan
Electronic Intifada

Traducción para Rebelión de María Landi.

Budur Yussef Hassan es una joven escritora y abogada nacida en Nazaret y residente en Jerusalén. Su blog: budourhassan.wordpress.com. Su Twitter: @Budour48


Notas
[1] El 8 de febrero el Parlamento israelí, en una medida de corte fascista, decidió sancionar con 2 a 4 meses de suspensión a la y los legisladores palestinos Haneen Zoabi, Basel Ghattas y Jamal Zahalka por haberse reunido con las familias que están reclamando la entrega de los cuerpos de sus hijos asesinados. (N. de la T.).

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Lunes, 08 Febrero 2016 06:33

¿Casa Blanca socialista?

¿Casa Blanca socialista?

En un hecho inusitado en la historia de este país y que está provocando alarma en Wall Street, en los grandes medios, y por supuesto entre la cúpula política, un proclamado socialista goza del apoyo creciente de millones a lo largo y ancho de Estados Unidos.


¿Estados Unidos está listo para un presidente socialista? fue la cabeza de la nota principal de la edición estadunidense de The Guardian este fin de semana. Ataques y gritos de representantes y operativos del orden establecido –políticos nacionales de ambos partidos, comentaristas dizque muy sofisticados y de las páginas editoriales del Washington Post y otros medios– sólo han servido para comprobar que el socialista se está volviendo una amenaza real para ellos. Tal vez lo más revelador en ese sentido fue que uno de los generales más poderosos de Wall Street considera el surgimiento de este socialista un momento peligroso en la historia del país.


Aunque La Jornada ha reportado desde un principio sobre el precandidato presidencial demócrata Bernie Sanders, quien se identifica como socialista democrático, y su creciente impacto en el proceso electoral estadunidense, y hemos recordado que el socialismo no es un bicho extraño ni foráneo en la historia de este país (ver), aún es difícil digerir que algo así está ocurriendo en el país más poderoso y campeón histórico, hasta histérico, en la lucha contra el socialismo en el mundo.


No es menos difícil para los proclamados expertos institucionales de la realidad estadunidense aquí. Desde hace meses han insistido en que un aspirante presidencial socialista en Estados Unidos no tiene probabilidades de llegar ni cerca de la Casa Blanca. Pero cada día se siguen sorprendiendo, sobre todo la reina del Partido Demócrata Hillary Clinton, su equipo de profesionales y sus circuitos tan extensos dentro del poder. Nadie de éstos lo pronosticó y mucho menos se preparó para esta coyuntura, que sencillamente no cabía en su marco.


Cada día se asustan más. Operadores de la campaña de Clinton están intensificando sus esfuerzos para etiquetar de radical y por lo tanto inelegible a Sanders, y aliados ya empiezan a tener tintes macartistas, alimentando el debate de que el senador es algo más parecido a un comunista, y que sus ideas están fuera de lo aceptable para este país.


Sanders es lo que en cualquier otro país sería un social demócrata y no un socialista marxista, aunque disfruta convocar una revolución política para que el pueblo recupere la democracia que ahora está en manos de la clase millonaria y multimillonaria y de Wall Street que controla la vida económica y política de este país. Señala que comparte una ideología de tipo Franklin D. Roosevelt y su modelo son los países escandinavos y Canadá.


Pero los cada vez más asustados buscan atacarlo a la antigüita, como en tiempos de la guerra fría, al vincularlo, en la imaginación popular, con el antiguo bloque socialista. Y cada vez que lo hacen, sus simpatizantes se multiplican, sobre todo entre los jóvenes que como sector electoral están abrumadoramente a su favor (ganó 84 por ciento del voto joven en Iowa; en las encuestas antes de las primarias en Nueva Hampshire este martes, 87 por ciento de los jóvenes dicen que votarán por él, contra sólo 13 por ciento para Clinton).


Vale subrayar que este fenómeno no se puede reducir a un individuo como Sanders, sino que es la manifestación de una corriente política potencialmente poderosa dentro de este país, que primero se expresó en luchas recientes, desde Ocupa Wall Street a Black Lives Matter a los Dreamers, y antes en los movimientos altermundistas.


Lloyd Blankfein, el ejecutivo en jefe de Goldman Sachs, en comentarios en un programa de televisión de CNBC, la semana pasada, comentó acerca del fenómeno de Sanders que esto tiene el potencial de ser un momento peligroso. Deploró que aparentemente el precandidato no desea hacer concesiones a Wall Street, y él y sus entrevistadores en CNBC se burlaron sobre cómo sus simpatizantes deberían irse a Cuba si tanto les gusta el socialismo. Jamás reconoció que la ira de los simpatizantes de Sanders proviene de lo que él y sus compinches hicieron en el fraude financiero más grande de la historia que destruyó millones de empleos, llevó a la pérdida de más de 4 millones de hogares y a la intensificación de la concentración de la riqueza, y el poder, en este país.


Ya basta (Enough is enough) es la consigna con que culminan los discursos de Sanders al hablar sobre la extrema desigualdad de ingreso y riqueza en este país, y cómo el 1 por ciento se ha apoderado de todo, incluido el proceso político estadunidense.


Es este mensaje que genera un apoyo cada vez más amplio, por lo menos una nueva encuesta nacional registra que la brecha entre él y Clinton a nivel nacional se ha reducido de más de 30 puntos hace unos meses, a sólo dos hoy día (aunque es sólo una, y el promedio de todas las encuestas sigue mostrando a Clinton con ventaja de 14 puntos, aun así mucho más reducida que al principio, cuando la brecha era de casi 40 puntos). Según las encuestas, Sanders ganará a Clinton, y por amplio margen, la elección primaria en Nueva Hampshire este martes, después de sorprenderla con un empate técnico en Iowa la semana pasada.


Y Sanders ha hecho todo esto desde abajo –con la maquinaria del partido y la cúpula política y económica en su contra– con el apoyo de más de un millón de donantes individuales, más un creciente ejército de jóvenes que apoyan al precandidato más viejo (74 años).


Ante la gran sorpresa de los guardianes del viejo orden, furiosos ante este desafío, queda claro que, gane o no el socialista, algo está cambiando en la política estadunidense.


No se sabe si eso logrará instalar una presidencia socialista en la Casa Blanca, o si es algo tal vez aún más amplio: el inicio de una rebelión popular ante el modelo neoliberal impuesto en Estados Unidos durante los últimos 30 años.

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¿Estrategia electoral de izquierda? Francia y Estados Unidos

Cuando Bernie Sanders anunció que buscaría la nominación presidencial del Partido Demócrata estadunidense, poca gente lo tomó en serio. Hillary Clinton parecía contar con tanto respaldo que su nominación parecía asegurada, sin dificultades.


Sin embargo, Sanders persistió en su aparente utópica tarea. Para sorpresa de la mayoría de los observadores, el tamaño de los públicos en las reuniones comenzó a crecer constante por todo el país. Su táctica esencial fue atacar a las grandes corporaciones. Dijo que usaban su dinero para controlar las decisiones políticas y aplastar el debate sobre la creciente brecha entre los ganadores en la cúpula y la vasta mayoría del pueblo estadunidense –que ha ido perdiendo ingresos reales y empleos. Para enfatizar su postura, Sanders rehusó aceptar dinero de los grandes donantes cupulares y buscó fondos de individuos que donan cantidades pequeñas.


Haciendo esto, Sanders tocó una vena profunda de descontento popular no sólo entre aquellos situados en la base misma de la escalera del ingreso, sino entre la llamada clase media que teme ser lanzada al estrato del fondo. Hoy, las encuestas muestran que Sanders ha ganado el suficiente respaldo para ser un serio oponente de Clinton.


Sanders tiene limitaciones, especialmente que su encanto con las minorías étnicas y raciales es definido. Pero ha logrado forzar la discusión pública hacia la brecha del ingreso. Ha logrado correr la retórica de Clinton hacia la izquierda, en el intento de ella por recuperar votantes potenciales para Sanders. Sea cual fuere el resultado final de la convención del Partido Demócrata, Sanders ha logrado mucho más de lo que cualquiera habría predicho al inicio de su campaña. Por decir lo menos, ya forzó a un debate serio acerca del programa del Partido Demócrata.


En enero de 2016, parece haber comenzado una campaña paralela en Francia. Es semejante en muchas formas a la de Sanders, pero también diferente debido a las estructuras de las instituciones electorales de ambos países.


Tres intelectuales de izquierda decidieron lanzar un llamado público a una primaria de izquierda (primaire à gauche). Ellos son Yannick Jadot, activista político de largo tiempo en los grupos ambientalistas; Daniel Cohn-Bendit, cuya fama proviene de 1968 pero que por mucho tiempo ha intentado unir a ambientalistas, socialistas de izquierda y fuerzas pro europeas, y, por último, Michel Wieviorka, sociólogo que ha sido asesor de figuras de izquierda en el Partido Socialista.


Los tres redactaron un llamado público a denunciar la pasividad ante las tendencias hacia la derecha en la política francesa, incluida, por supuesto, la creciente fuerza electoral del Front National. Llamaron a un debate público serio acerca de cómo unir las fuerzas de centroizquierda e izquierda para afectar los comicios presidenciales esperados en 2017. Antes de hacer público el llamado, los originadores buscaron respaldos entre conocidos intelectuales de múltiples franjas políticas, incluido Thomas Piketty y Pierre Rosanvallon. Y persuadieron a Libération, el periódico de centroizquierda más grande de Francia, a dedicar un número entero, el 11 de enero de 2016, tanto al llamado como a los múltiples respaldos.


Dos semanas después, el 26 de enero, Libération dedicó otro número a ese llamado. Para ese momento 70 mil personas ya habían firmado el llamado. El número incluía artículos de diversas figuras públicas en torno a los puntos primordiales que deberían plantearse y el mejor modo de impulsarlos. Buena parte del debate se centra sobre cuál es la función de unas elecciones primarias. Todo el concepto de las primarias fue importado de los comicios estadunidenses y es, en sí mismo, respuesta a los inesperados resultados de las elecciones presidenciales de Francia en 2002.


Según las reglas que gobiernan las elecciones presidenciales francesas, a menos que un candidato reciba mayoría de votos, habrá segunda vuelta, en la que sólo participan los dos candidatos con mayores votaciones en la primera vuelta.
El supuesto es que esa primera vuelta es una especie de elección primaria, en la cual todas las tendencias políticas podrían mostrar su fuerza. Se supone, entonces, que en la segunda ronda los dos partidos principales (centroizquierda y centroderecha) son la opción para los votantes.


En 2002, sin embargo, el candidato del Front National, de extrema derecha, marginó al Partido Socialista. La opción de los votantes fue entonces entre el Front National y el partido principal de centroderecha. Enfrentados con esa opción, el Partido Socialista respaldó al candidato de centroderecha para la segunda ronda, permitiéndole ganar de modo avasallador. Lo que ocurrió fue simple. Los candidatos de izquierda y centroizquierda eran demasiados en la primera ronda, y ello impidió que el Partido Socialista obtuviera los sufragios suficientes para entrar a la segunda ronda.


El impacto de las elecciones de 2002 fue traumático para la izquierda francesa. El viejo sistema estaba diseñado para una situación donde hay dos partidos principales. No funciona en una situación tripartita. Para evitar la repetición de esta derrota, en 2011 el Partido Socialista decidió celebrar una primaria del partido, abierta a quien fuera. Estos comicios fueron exitosos, pues disuadieron a muchos, si no a todos los candidatos de izquierda, de presentarse en estas primarias, dado que ahora podían lanzarse como candidatos en las primarias del Partido Socialista. Lo abierto de esas primarias condujo a muchos votantes centristas a participar en ellas. Esto hizo posible que François Hollande saliera victorioso, por encima de candidatos más de izquierda en las primarias del Partido Socialista. Hollande llegó a la segunda ronda y derrotó al candidato de la derecha, el presidente Nicolas Sarkozy.


Ahora, aunque Hollande es presidente, la última cosa que desea es una elección primaria, en la que pueda salir derrotado. Por otro lado, ha estado perdiendo respaldo en el Partido Socialista, segmento tras segmento, de figuras de la izquierda que han ido renunciando o han sido corridos de sus puestos en el gabinete. El riesgo de permitir más nombres en la primera ronda es que ello podría conducir a la repetición de lo ocurrido en 2002. Al mismo tiempo, Sarkozy también enfrenta una fuerte exigencia para celebrar primarias en su partido, elecciones en las que no hay modo de garantizar que él gane.


El problema con ambos partidos principales es que cada uno está dividido interiormente en múltiples puntos reales. Para los socialistas y las fuerzas de izquierda hay una división entre los programas neoliberales y los del Estado de bienestar. Existe una grieta sobre cómo define uno el término laïcité (laicismo) –en términos absolutos o permitiendo la identidad cultural. Y existe una grieta en si debe uno fortalecer o debilitar las instituciones europeas. Finalmente, hay ahora un punto candente en la llamada déchéance de nationalité (privación de la nacionalidad), mediante la cual se propone que a las personas que son ciudadanas francesas de nacimiento pueda retirárseles la nacionalidad si se les condena a cualquier cosa definida como ayudar al terrorismo. Esto ha sido una propuesta que antes fue de la derecha y que fue muy confrontada por el Partido Socialista. Hay mucho desasosiego en el partido en torno a revertir esta postura como respuesta a los violentos ataques del Estado Islámico el 13 de noviembre, que transformaron considerablemente los sentimientos del público.


Hollande compite ahora como candidato con una postura conservadora en todos estos asuntos. Espera ganar por ser el candidato que está combatiendo el terrorismo y, por tanto, merece el respaldo de los individuos centristas. Es este Hollande el que las fuerzas de izquierda buscan forzar a un debate público.


El paralelo con Sanders es que el grupo francés puede estar abrevando del mismo descontento popular que Sanders ha utilizado en esta apuesta. La diferencia es que ellos luchan contra un presidente en funciones dispuesto a utilizar cualquier medida de presión concebible para forzar la disciplina de los miembros de su partido. Sabremos tal vez en seis meses si el grupo francés puede ser tan exitoso como Sanders.


Traducción:
Ramón Vera Herrera

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Viernes, 05 Febrero 2016 05:58

Todo lo sólido se desvanece en las urnas

Todo lo sólido se desvanece en las urnas

Hace cuatro décadas, el intelectual y militante peruano Alberto Flores Galindo desgranaba su opinión sobre las elecciones, en un breve comentario a propósito de los resultados de las votaciones para la Asamblea Constituyente, en las que el dirigente campesino-indígena Hugo Blanco obtuvo 30 por ciento de los sufragios, en junio de 1978.


"El voto universal, individual y secreto ha sido una invención genial de la burguesía. El día de una votación las clases y grupos sociales se disgregan en una serie de individuos que dejan de pensar colectivamente, como sí ocurre en las huelgas, las manifestaciones o cualquier otro acto de protesta, y en la 'cámara secreta' emergen entonces las dudas, los temores, las incertidumbres que llevan a optar por lo establecido, por el pasado y no por el cambio" ( Obras Completas, tomo V, Lima, 1997, p. 89).


Flores Galindo fue uno de los más consecuentes y notables pensadores en los años 70 y 80, cuando el Perú estaba atenazado entre la violencia estatal y la de Sendero Luminoso, en una guerra que tuvo un costo de más de 70 mil muertos. Su investigación Buscando un Inca: identidad y utopía en los Andes, publicada en 1986, obtuvo el Premio Ensayo de Casa de las Américas en Cuba. Fue fundador de SUR, Casa de Estudios del Socialismo, que agrupó a buena parte de la intelectualidad de la época, y militó en el Partido Unificado Mariateguista, al que también pertenecía Hugo Blanco.


Su breve reflexión sobre las elecciones tiene gran actualidad y muestra la crisis del pensamiento crítico. En primer lugar, permite distinguir entre las libertades democráticas y el hecho de fundar una estrategia política en la participación electoral. Si las libertades fueron conquistadas por largas y potentes luchas colectivas de los oprimidos, las elecciones son el modo de dispersar esa potencia plebeya.


En segundo lugar, no critica la participación electoral, sólo advierte sobre el hecho incontestable de que se trata de jugar en el terreno de las clases dominantes. No esgrime un juicio ideologizado, sino centrado en cómo el sistema electoral disgrega a los de abajo en una miríada de individuos aislados que, al estar atomizados, dejan de ser una fuerza social para entregarse a la manipulación de los poderes del sistema. El pensamiento colectivo que emerge en las acciones populares deja paso a la individualización, en la que siempre se imponen miedos y prejuicios.


Sería necesario desarrollar ambos argumentos. Por un lado, la reflexión de Flores Galindo conecta con la de Walter Benjamin en su Tesis sobre la historia, cuando asegura: El sujeto del conocimiento histórico es la clase oprimida misma, cuando combate (Tesis XII). No es un tema menor. En el recodo de la historia que le tocó vivir, Benjamin entendió que si los oprimidos no están organizados, son incapaces de comprender el mundo, están ciegos y son presa del modo de ver de los poderosos. El problema no son los medios del sistema (y vaya que son un problema), sino nuestra incapacidad de organizarnos, que es el modo de ser nosotros, o sea colectivos que combaten y, por tanto, comprenden.


El problema de lo electoral consiste, a mi modo de ver, en fundar una estrategia de cambios en la participación en elecciones, en la llamada acumulación de fuerzas que se resume en sumatoria de votos. En nuestro continente hemos asistido a una sucesión de luchas muy potentes capaces de desplazar gobiernos conservadores, que poco después se disuelven en las urnas, instalando otros gobiernos –a veces mejores, otras veces peores– que suplantan la acción colectiva y la organización de los de abajo.


La mayor parte de los partidos comunistas focalizaron su actuación en una estrategia de este tipo, colocando la organización popular a remolque de la acumulación electoral. Con el tiempo, esa estrategia se generalizó y se convirtió, después de la caída del socialismo real y de las derrotas de las revoluciones centroamericanas, en el modo de acción único de las izquierdas institucionales.


La individualización a través del voto tiene varias consecuencias nefastas. Además de la mencionada por Flores Galindo, la disolución o neutralización de la organización colectiva, aparece otra: en el proceso de trocar lo colectivo en individual se facilita la cooptación de los dirigentes porque en estos procesos se autonomizan las bases, algo prácticamente inevitable cuando se convierten en representantes. El sujeto se disuelve cuando impera la lógica de la representación, ya que sólo es posible representar lo que está ausente.


Sin embargo, el voto universal, individual y secreto reviste de legitimidad a los elegidos, y esa es la genialidad que denuncia el peruano. Cuando los gobiernos de las clases dominantes se sienten acorralados, como le sucedió al presidente Eduardo Duhalde en junio de 2002 en Argentina, ante una potente arremetida popular, convocan a elecciones como forma de dispersar los poderes de abajo. Es un dispositivo de vigilancia y control que consiste, como aseguraba el propio Duhalde, en sacar a la gente de la calle para devolverla a sus casas y sentarla frente a los televisores.


Porque la lógica del elector y la del televidente es la misma: al poder no le importa lo que cada quien piensa, siempre que lo haga en la soledad de su casa, sentenció en algún momento Noam Chomsky. El problema para los de arriba, por tanto, es la acción y la reflexión colectivas.


Sería maravilloso que el poder que nace de la organización/movilización popular se viera potenciado y retroalimentado por la participación electoral. La realidad dice lo contrario, como podemos apreciar en todos los procesos, y estos días de modo especial en el Estado español, donde los electores de Podemos contemplan cómo sus elegidos negocian en nombre de quienes los eligieron, pero cada vez más distantes de ellos. La actividad institucional que se deriva de los procesos electorales termina por desplazar del centro del escenario a las organizaciones de los de abajo.

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