MÚSICA DESDE OTRAS COORDENADAS

El país de la paz para fabricar nuevos combates

No basta ya, en el momento complejo en que viven los colombianos y colombianas, con suponer un paralelismo sustentado en la sospecha latente que el proceso de paz se desenvuelve por encima de la sociedad, mientras que la movilización social y la disputa de los muchos y muchas por transformar el país, se da debajo de la misma. Lo primero que cabría preguntarse, por evidentes razones, es ¿qué sucede, entonces, en aquello que media sobre ambas orillas, es decir, en ese río diverso que es la sociedad misma? Planteada la situación así, por una apelación al sentido común, habría que decir que no es posible hablar de situaciones paralelas si los efectos se desarrollan para un mismo conjunto, y en eso, es probable, no haya un debate profundo.


Los puntos suspensivos de la guerra


La guerra, por supuesto, deberá rechazarse como parte de una generación que se hace espectadora del final de un ciclo de violencia que se ha extendido por más de seis décadas y ha cobrado la vida humana de cientos de miles colombianos y colombianas. Por eso mismo, cuando se habla de terminación del conflicto armado, no puede referirse simplemente al lugar de tranquilidad moral para aquellos que se ubican en los bordes de la izquierda, sino que debe entenderse que allí se configura un proceso de tranquilidad colectiva en distintos territorios del país; lugares donde los días y las noches ya no estarán atravesados por las balas de aquellos que combaten. Así que si se dice fin del conflicto, habrá que percatarse que también tendrá sobre las poblaciones de este país un efecto social y político.


Claro que la confrontación entre actores armados ha tenido un efecto en la degradación moral, cultural e histórica de Colombia, como expresión diversa de hombres y mujeres en sus geografías; no cabría duda alguna que el protagonismo tomado en la guerra por el movimiento guerrillero significó a su vez una doble condición de la derrota para la insurgencia armada: el auge de una estampa militar del sello revolucionario, al tiempo que una derrota en el orden estratégico y, principalmente, en el juego político de convencer mentes y corazones con un proyecto de país. Ahora bien, la guerra en sí misma tiene una connotación inhumana, tendiente a degradar por medio de la muerte, los términos de negociación y conflicto entre grupos que antagonizan; no obstante, la guerra tiene unos términos y no es posible exigirle bondades, sino precisamente, su finalización.


Más allá del marco de derrota política y estratégico-militar de las FARC, que es el síntoma en definitiva, de la derrota para el conjunto de organizaciones guerrilleras, -incluyendo al ELN y al EPL-, el punto de reconocimiento de cesar el ejercicio armado e intentar desplazarse hacia un plano político de negociación, cuando menos, refiere a que la atrocidad de la guerra será mermada. Por supuesto que está en duda, y la incertidumbre se hace desconfianza, de si el punto de encuentro entre actores armados implicará que se reduzca la guerra realizada contra la sociedad. Eso es lo que está por verse en los meses venideros, que son los meses de finalización del proceso de negociación. Por lo pronto, las persecuciones y asesinatos a líderes sociales son la norma.


Fabricar combates: adiós a la paz y a la guerra.


La hora del pacto, que es el momento donde insurgencia armada y Gobierno Nacional sellarán simbólicamente un acuerdo de paz, compuesto por discusiones de distinto nivel político, económico, social e histórico, supone el momento de un veredicto sobre su rumbo. En estas horas previas que corren, la duda está instaurada sobre quién protagonizará dicho veredicto: si el Gobierno, a través de su orden constitucional acompasado por el legislativo que juega a su favor; o bien, la sociedad colombiana, compuesta de los muchos y muchas que tienen opiniones diferenciadas y contradictorias, pero que en suma, son quienes han padecido el rigor del conflicto armado.


Por supuesto que este resulta ser un tema espinoso, pero no puede simplemente sentenciarse que burguesía e imperialismo convierten este proceso en instrumento de batalla contra la lucha social y política del pueblo, pues parecieran -diciéndose esto- ubicarse tales clases dominantes, fuera de los límites de una sociedad civil. Pero fuera de eso, enunciar la “instrumentalización”, implica desprenderse del efecto político que los acuerdos conseguidos en la mesa de La Habana tienen para la sociedad colombiana. De hecho, una mirada así reduce potencias a las diversas ideas sobre el país posible que ha de venir luego de la paz; no pareciera ser hora de pensar en evitar “los engaños” del proceso de paz y sus acuerdos, sino, mucho más importante, de empezar a discutir el problema del post-acuerdo, no como una cadena que ata al movimiento social, sino como apertura de posibilidades para re-inventar la política fracturada con la derrota de las expresiones armadas que levantaron un proyecto político para Colombia.


No parece viable separar sin más el proceso de paz y la protesta social que se ha desatado en nuestro país. En primer lugar, la paz que se negocia en La Habana y la protesta que emerge, tienen matrices de acción y pensamiento que se distancian, pero que no van a mal al tomar distancia una de la otra. De hecho, la negociación de paz tiene -y tendrá- como consecuencia, el surgimiento de voces e iniciativas que durante décadas se ocultaron entre las izquierdas y las derechas que asumieron la forma de partido. Parece ser, pues, que la sociedad civil empieza a levantar la voz sin ubicarse a la vera de un partido. Existe una autonomía social de las gentes de nuestro país, que insisten en cuestionar a un gobierno o a otro, sin necesariamente lanzar sus municiones en contra de la paz o a favor de la guerra.


Las novedosas expresiones de indignación, como el 24-E, manifiestan que el país empieza a merecer una política capaz de renovarse, confiada en la labor que puedan emprender espontáneamente ciudadanos y ciudadanas, en quienes crece la indignación por medidas injustas que van en detrimento de sus bolsillos y aspiraciones. Ya no preocupa el llamado que puedan hacer los partidos políticos, los sindicatos, las insurgencias armadas, etc., importa, ahora, el llamado que se hacen jóvenes trabajadores entre sí, incapaces de seguir viendo cómo los recursos del país siguen siendo fuente de beneficio de unos pocos, en detrimento de las gentes que cotidianamente cumplen la tarea de sobrevivir y ayudar a sobrevivir a los suyos. Pero lo que queda claro es que estas salidas a la calle por nuevas personas, no se hacen a nombre de nadie más que de sí mismos, y por ende, no son expresiones que se vean frenadas por lo que en La Habana suceda, ni tampoco ubican allí una crítica en contra de la paz.


Al fin y al cabo, parece que aquello que llamamos lucha social, tendrá nuevos nombres que antes no conocíamos, protagonistas que continúan siendo anónimos para el movimiento social con tradición, lenguajes y consignas de discursos desgastados que no llegan a más gentes que a quienes gravitan sobre los mismos. Algo más debe quedar claro: no se trata simplemente de dar las gracias a la izquierda tradicional y la bienvenida a estas nuevas formas de irrumpir en política, sino que no es posible asistir al baile en solitario; sobre las contradicciones que esto genere es donde estará el fermento de una política distinta y el interés de un análisis compjejo.


En por todo ello que la centralidad de la crítica en estos tiempos no puede ubicarse en resaltar al proceso de paz o a la guerra como forjadores de engaños contra el pueblo, sino que debe situarse más allá. En estos tiempos, donde alegremente acaban los enfrentamientos entre actores armados lejanos a las heterogéneas expresiones sociales, surge la posibilidad de fabricar nuevos combates que exijan algo más que simplemente paz o guerra. Es la hora, aparentemente, en que por fin la política sea capaz de saltar a la calle, tomar un sentido autónomo de las experiencias anteriores sin olvidar los aprendizajes, y empiece a tomar forma como proyecto de transformación del país, de verdadera y profunda democracia. Tal vez la virtud del proceso de paz sea desalambrar el campo de disputa, y por ello no se le puede entender como un simple engaño o contención de la lucha social y política.

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Miércoles, 09 Marzo 2016 11:46

El pico de la crisis

El pico de la crisis

Con el apagón eléctrico, estamos en el corazón de la crisis política, económica, social y fiscal del régimen oligárquico colombiano. Es lo que explica el afán santista por firmar una paz express, sin resolver cruciales asuntos de la Agenda pactada y por imponer un plebiscito saturado de mermelada y politiquería bipartidista.

El pueblo no es un covidado de piedra en esta coyuntura, prepara su presencia con grandes acciones colectivas como el paro cívico proyectado para el jueves 17 de marzo para exigir una salida democrótica y progresista a la enorme crisis que sacude el establecimiento neoliberal. para exigir la negociación de su pliego directamente con Santos y su gabinete ministerial.

Estamos en el vórtice de la crisis orgánica de la sociedad, la nación, el Estado y las formas de vida.

El apagón santista que se disfraza, se esconde, se encubre y disimula con artificios propagandísticos, ya es una realidad que impacta a millones de seres humanos.

Se desploma la base energética de la sociedad como consecuencia de la destrucción ambiental (el Niño y la Niña) que propicia el modelo neoliberal y como fruto de la rampante corrupción en el aparato institucional que gestiona la infraestructura eléctrica de la nación. Lo de Electricaribe, afectada por el desfalco de la mafia de los Char de Cambio Radical y de los clanes santistas costeños, ya anunciaba hace algunos meses el colapso en curso.

La crisis fiscal no para y los recortes en el gasto social ya están en curso, acompañados de una onerosa reforma tributaria que castigará con nuevo IVA a los más pobres.

La devaluación y la inflación destruyen la capacidad adquisitiva de los salarios de quienes tienen el privilegio de ingresos mínimos.

Para el capitalismo de la oligarquía colombiana ha sido demoledor el estallido de la burbuja petrolera y minera.

La crisis bancaria y financiera se conocerá pronto, pues las acciones de los bancos caen en picada como reflejo de la tormenta global (http://bit.ly/24QC2IP).

El instituto Colombiano de Bienestar Familiar/Icbf, sucumbe ante la arremetida del desfalco costeño de la familia de los Char, dueños absolutos de la Región Caribe, donde a diario mueren niños indígenas por hambre y desnutrición.

Caen generales policiales, Ministros y altos burócratas comprometidos en el robo a la salud.

Las disputas entre las facciones de la casta dominante se expresan enacciones judiciales como la captura, bien merecida e imprescindible, de Santiago Uribe, hermano del caballista del Ubérrimo, pendiente éste de otros procesos judiciales vinculados con masacres y homicidios, al igual que sus hijos, dueños de una asombrosa fortuna adquirida mediante el fraude al Estado y su presupuesto, e igualmente Oscar Iván Zuluaga, el candidato de bolsillo de la ultraderecha que se dio licencias criminales para bloquear la campaña de Santos, mediante acciones terroristas en las redes con el auxilio de una Hacker que hoy paga una larga condena en La Picota.

Están pendientes las investigaciones a Francisco Santos por su responsabilidad en la creación de grupos paramilitares en Bogotá, La Sabana y Cundinamarca.

En este contexto es que se da la escalada de presiones del gobierno y su delegación en la Mesa de diálogos de La Habana para firmar precipitadamente un acuerdo final de terminación del conflicto que omite asuntos centrales pendientes de consensos bilaterales.

Bien sopesa la delegación de la resistencia campesina revolucionaria sus pasos para impedir las trampas y maniobras del establecimiento oligárquico. Un acuerdo definitivo debe ser el fruto de un tratamiento adecuado de todos los temas y asuntos pendientes, como la erradicación del paramilitarismo, la refrendación de los consensos, la implementación de lo acordado, las garantías efectivas para la acción política de las Farc, las reformas estatales correspondientes y la aplicación efectiva de la nueva y revolucionaria Justicia Especial para la paz, que tanto molesta al expresidente Andrés Pastrana y a los empresarios financiadores de los grupos de autodefensa.

Por supuesto, el pueblo no está expectante, las masas (centrales obreras, movimientos populares, etcétera) organizan y promueven la acción colectiva, con pliegos petitorios muy puntuales, para exigir paz con justicia social, trabajo, tierra, techo, salud, educación y el derecho a la vida.

El paro cívico del próximo 17 de marzo nos indica que la potencia popular está dispuesta para encontrar una salida democrática a la generalizada crisis que sacude a la nación.

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¿Dos paros nacionales o un empate de fechas?

La consigna de Paro Cívico Nacional ha sido un deseo-consenso de la sociedad crítica colombiana al momento de confrontar al Estado. Así ha sido desde la década de los 80 del siglo anterior y como pretensión de, en algún momento, llevar a cabo una movilización y alzamiento social como el acaecido el 14 de septiembre de 1977. Consigna que nadie puede atribuírsela como propia. Este año la consigna toma un vuelo distinto. La iniciativa tiene un gran componente espontáneo jalonado por sectores independientes, sin tradición en asociaciones políticas o partidos. Surgió a pesar de la gana de muchos por amarrarlo como propio, como de izquierdas o centros, o como de tradición sindical, pero aún falta que manifieste su capacidad de articulación a través de un accionar emplazante. Para el próximo 16 de marzo está convocada una jornada de movilización previa al paro sindical convocado para el día 17. Sobre este particular entrevistamos brevemente a Iliana Bermúdez, convertida ya en una polémica líder del movimiento Paro Nacional Colombia.

 

desdeabajo –da–. ¿Quién es Iliana Bermúdez? ¿Ha participado antes en política o en otras luchas sociales?
Iliana Bermúdez -I.B.-. Soy una persona del muy mal llamado común. Estudié investigación judicial; estudios que pagué trabajando como auxiliar en una buseta escolar. Luego he trabajado en diversos campos de mi carrera. Actualmente soy independiente. La verdad, nunca he participado en política y tampoco en otras luchas sociales; me involucré en esto a causa de un recibo de Movistar que me indignó, pues le subieron tanto que terminé pagando el doble y dije "no podemos seguir así, debemos hacer algo"; me senté en el computador y nunca esperé una respuesta tan masiva. Así que decidí seguir adelante y pues hoy en día ha nacido este movimiento.

da. ¿Cómo van los preparativos para el paro del 16 y 17 de marzo? ¿Qué sentido tiene para ustedes convocarlo un día antes a la convocatoria de las centrales obreras?
I.B. Los preparativos van bien, algo ajustados de tiempo, sí, pero en cada ciudad estamos metiendo la ficha para sacar adelante todo esto. Decidimos convocarlo un día antes porque estamos seguros que un paro de 24 horas no servirá de mucho y por ende lo estamos organizando desde el 16 de marzo, más que todo convocando plantones a partir de las 5 de la tarde; convocando a todo ciudadano, en especial a los sindicatos y demás sectores para que salgamos ese día y logremos empatar con el 17. La idea es pasar la noche del 16 en las calles, y para eso necesitamos la unión como pueblo y tal vez así la gente se anime y lo podamos continuar el 18, ¿por qué no?

da. ¿Hay acaso dos paros nacionales, uno definido ya para el 17 y otro aún por definirse?
I.B. El paro del 17 es de 24 horas, propuesto por las Centrales Obreras, ellos pretenden medir el pulso. Obviamente nosotros como movimiento buscamos sumar y unir y por eso estamos convocando a ese paro, pero sabemos que 24 horas no generarán impacto alguno, por ende lo hacemos desde el 16, para poder generar más impacto y motivar a la ciudadanía.

da. ¿Qué esperan de estas movilizaciones? ¿Son ellas ya el Paro Nacional?
I.B. Esperamos generar conciencia pues esto no es de unos cuantos y solos nunca lo lograremos. Por eso, convocando a estas movilizaciones, queremos motivar a la gente para que luche por sus derechos, de manera pacífica eso sí, pero resistente; nuestra mayor prioridad es despertar al pueblo del largo sueño en el que tanto Gobierno como los medios de comunicación nos han metido por tantos años.

da. ¿Las exigencias del movimiento se traducirían en un pliego de negociación con el gobierno nacional este 17 de marzo?
I.B. Sí claro, existe un pliego, pero no esperamos sentarnos a negociarlo, pues el derecho a vida digna no es para negociarlo. Estamos exigiendo y no vamos a detenernos hasta cuando se cumplan estas exigencias, que es lo mínimo que necesitamos para tener una vida justa. Lastimosamente en Colombia hemos llegado a un punto en donde no se vive... sólo se sobrevive.

da. Respecto a una de las exigencias de la convocatoria, ¿por qué disminuir las curules del Congreso de la República? No es eso un contrasentido frente a la democracia representativa?
I.B. Mira ejemplos como Alemania donde solo hay 100 congresistas o, vamos más cerca, en Estados Unidos hay un representante por cada estado; la democracia representativa no depende del número de congresistas, entre más grande el Congreso o el Estado más disminuye el individuo.

da. ¿Sustituir o complementar ese poder representativo del Congreso con formas colectivas capaces de decidir sobre los asuntos públicos y comunes?
I.B. La democracia de la calle o colectiva es necesaria, y puede expresase en cabildos abiertos con fuerza vinculante; también en veedurías ciudadanas, igualmente con fuerza vinculante.
Con fuerzas vinculantes me refiero, por ejemplo, a fuerzas del mismo ciudadano común, organizaciones sociales, personas capaces del común.

da. ¿Participaría usted como candidata en unas elecciones?
I.B. No, no participaría como candidata. Aunque dicen que la manera de cambiar la política es desde adentro, me considero una persona que trabaja mejor desde afuera, desde la calle.

da. Y si fracasa el Paro Nacional este 2016, ¿qué proyectaría el movimiento pro Paro Nacional?
I.B. Es poco probable que un paro este año fracase ya que el Gobierno está empujando al pueblo a este tipo de movilización. Pero si así fuera, nosotros seguiremos luchando para hacer que se cumplan los derechos colectivos, y seguiremos intentándolo hasta que se cumplan; “Roma no se construyó en un día”, y este proceso tampoco se hará realidad en un día; pero con una lucha constante sí lograremos los cambios poco a poco; por eso es importante crear conciencia ciudadana, colectiva, responsable y participativa.

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Retos feministas para un nuevo 8 de marzo

Un año más el próximo 8 de marzo cientos de miles de personas saldrán a las calles de pueblos y ciudades de todo el estado para denunciar las desigualdades y celebrar las victorias del movimiento feminista.


Sin embargo, como movimiento orgánico que continuamente se piensa y articula, nos resulta inevitable preguntarnos cuáles son las estrategias y cómo las llevamos a cabo para poder cambiar el orden actual de las cosas.


Desde hace tiempo tenemos claro que lo queremos todo, lo queremos ya y vamos a por todas. A los feminismos no nos van bien las etiquetas de vieja o nueva política porque nuestros problemas nacen en los cuerpos y los moratones que dejan los procesos de desposesión, expolio y desprotección que genera la alianza del patriarcado y el mercado.


En nuestro día a día nos articulamos y creamos relato, elaboramos propuestas y nos movilizamos, una parte importante de nuestra estrategia pasa por crear alianzas con otras luchas y organizaciones porque al fin y al cabo las problemáticas que enunciamos no nos afectan solo a nosotras sino a toda la población. ¿Cómo podemos hacer para que sea una prioridad el fin de la violencia machista, el reparto justo del cuidado o que podamos decidir soberanamente sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas en nuestra sociedad?

Ejes de trabajo


Revisando los manifiestos elaborados los últimos 8 de marzo, las denuncias y propuestas que realiza el movimiento feminista se centran de manera resumida, en cuatro ejes de trabajo: derechos sexuales y reproductivos, vidas libres de violencia machista, el cuestionamiento contundente a las políticas neoliberales y la denuncia del privilegio de la heterosexualidad en la organización de nuestra sociedad, un eje que implica el reconocimiento de la existencia de las identidades trans y sus derechos.


Estas líneas de trabajo, además de protagonizar las reivindicaciones estrella nos hablan de que el nosotras que se articula para elaborarlas es complejo y amplio.


Un nosotras que es fruto de las alianzas que se han tejido sabiendo reconocer que somos diversas, que nos cruzan de manera diferente privilegios y precariedades, que no es lo mismo tener o no papeles que te permiten cruzar libremente las fronteras. En ese nosotras, estamos aprendiendo que tenemos capacidades muy distintas que nos permiten tener vidas dignas de ser vividas y está formado por personas de todas las edades que quieren decidir sobre su sexo sentido o fluir en él sin que ninguna institución nos diagnostique ninguna patología.


Ese nosotras quiere que todas, todas, todas nos sintamos parte y sujeto de la acción. Siendo muchas, conseguimos desbordar imaginación en las acciones que impulsamos para hacer llegar hasta el último rincón la idea de que las personas somos soberanas para decidir sobre nuestros cuerpos y vidas. Así lo hemos hecho con los derechos sexuales y reproductivos. El mensaje fue claro: las mujeres no somos sólo madres y además debemos tener la opción de poder serlo sin que participe un varón.


La opinión pública y los feminismos, ganamos a medias el debate. Conseguimos la dimisión del Ministro Gallardón, pero decimos que este debate se ganó a medias, porque el aborto sigue en el Código Penal, las menores no pueden decidir y las que podemos decidir seguimos teniendo tres días de reflexión, de manera que se cuestiona la capacidad con que adoptamos nuestras decisiones.


Un camino lleno de retos


Retos sigue habiendo. Y muchos. La violencia machista sigue muy presente y su abordaje es totalmente insuficiente, el reparto de trabajo de cuidados de personas mayores, enfermas o menores sigue siendo potestad de las mujeres. Las mujeres seguimos trabajando más, tanto dentro como fuera de casa, y esas realidades no son ni reconocidas, ni repartidas y muchos menos retribuidas. Con mucho trabajo, muchos frentes y más pobres, nosotras movemos un mundo, y es ahí donde los colectivos feministas y las organizaciones de mujeres tenemos verdaderos retos logísticos y comunicativos para transmitir a la sociedad que sin nosotras no se movería.


Por otra parte, hay que decir que las practicas feministas no sólo han estado presente en los colectivos y la política que hacen las organizaciones que se nombran como feministas, sino que en muchos otros espacios que han realizado una labor importante en estos últimos años también han estado aunque no se hayan nombrado como tal. Con el interés de resolver la vida, muchas mujeres participan en la paralización de desahucios y la recuperación de viviendas para garantizar el derecho a techo. Hemos tratado de que la salud fuera un derecho universal, acompañando a quien lo necesita a las consultas médicas, exigiendo que no se privaticen los servicios, que el personal tuviera condiciones dignas de trabajo, y que hubiese tratamiento para todas y todos. La necesidad de una educación para todas las personas exigió la creación de una marea, la verde. Pero no fue la única. Luego vinieron muchas más para recordarnos que el buen vivir de las personas no puede estar al servicio del beneficio de las empresas.


En estos últimos cuatro años, como el resto de la sociedad, hemos tomado parte en el 15M y el 15M tomó también a los feminismos provocando cambios en las prácticas políticas y sumando gentes. Muchas compañeras también han decido implicarse en generar estructuras electorales para acabar con el lema 'No nos representan', de manera que han urdido el llamado asalto a las instituciones.


El feminismo en el asalto institucional


Tanto en Podemos como en las iniciativas ciudadanas de confluencia forman parte compañeras feministas. A pesar de todo la relación entre el feminismo y Podemos no comenzó con el mejor pie. Las declaraciones confusas, los círculos neomachistas que se colaron y a ratos el relato poco atrevido que habla sobre la necesidad de feminizar la política, generaban desconfianza. Al mismo tiempo, cientos de caras no visibles implicadas en crear esa propuesta electoral intentan que las practicas y propuestas feministas estén presentes y en las cientos de votaciones que se han celebrado, las mujeres implicadas han obtenido buenos resultados, aportando la novedad que la acción positiva de las cuotas haya tenido que ser aplicada a los hombres, ya que las mujeres eran mucho más votadas.


En las iniciativas de confluencia el feminismo se planteó con menos tapujos, aunque su plasmación en las campañas y candidaturas ha sido desigual a lo largo y ancho del mapa. Nombrado o no como tal, parecía más presente a la hora de describir los somos de las organizaciones y las propuestas programáticas. Por otra parte, una vez celebrados los comicios y creados los equipos que alcanzaron los apoyos suficientes de las y los votantes para formar gobierno, la puesta en marcha de la arquitectura institucional para hacer efectivas las políticas que dan respuesta a los problemas de la gente y por tanto hacen realidad las demandas que el feminismo también trabaja, ha sido desigual. Hoy por hoy, los llamados ayuntamientos del cambio han creado concejalías que llevan la palabra feminismo como tal, pero no todos, algunos han optado por la palabra igualdad argumentado que genera consensos más amplios. En relación al análisis sobre las políticas impulsadas desde estas estructuras nos parece que requiere darles un plazo de un año, para ver con la perspectiva suficiente el discurso construido, los programas diseñados y la efectividad para resolver los problemas de la gente.


En los últimos seis meses la movilizaciones en las calles, en general han descendido. Aunque si echamos la vista atrás una de las manifestaciones más multitudinarias de 2015 fue feminista. El 7 de noviembre miles de personas llegadas de diferentes territorios llenaron las calles de morado para denunciar las violencias machistas.


Sin embargo, estas demostraciones de fuerza del feminismo en las calles en los últimos años y las instituciones no parece haber tenido calado en los debates ni las propuestas electorales de diciembre. Además debemos permanecer alerta porque se cuelan en los discursos muchos análisis que nos hace retroceder como cuando se habla de violencia intrafamiliar y no de género o machista.


Un nuevo 8 de marzo


Este marzo tenemos que celebrar, porque somos muchas, cada vez más, y hacemos llegar nuestras propuestas más lejos, pero queda camino y no podemos quedarnos en el nosotras ya tejido, ya que las practicas que no nos reconocen, nos invisibilizan, y nos colocan en lugares periféricos del debate siguen gozando de una muy buena salud.


No podemos quedarnos en los respuestas enlatadas a los problemas enunciados. En tiempos de incertidumbre nuestra apuesta debe ser alborotar. Decía Sojourner Truth, que cuando hay alboroto es que algo esta pasando. Alborotemos entonces. Alborotemos los pactos de gobierno y exijamos que se hable en ellos de los programas y presupuestos que van a intentar acabar con la violencia que se cobra las vidas de las mujeres de este país. Alborotemos los planes para Europa que hablan de repartir el empleo y se olvidan de repartir los cuidados. Alborotemos las casas, los centros sociales, las calles y las camas para ser libres y poder decidir sobre nuestras cuerpos, deseos y vidas. Alborotemos la memoria para recordar a las alborotadoras, porque sin ellas hoy tendríamos menos que celebrar.

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Martes, 01 Marzo 2016 06:23

Capitalismo: luces y (muchas) sombras

Capitalismo: luces y (muchas) sombras

El periodista británico Paul Mason analiza en su libro 'Postcapitalismo, hacia un nuevo futuro', los excesos del neoliberalismo y evoca la posibilidad de un futuro cooperativo

“La época dorada del capitalismo ya es historia en el mundo desarrollado y en no muchas décadas lo será también en el resto de países”. Bajo esta premisa el periodista británico Paul Mason (Leigh, 1960) plantea en su último libro, Postcapitalismo, hacia un nuevo futuro (Editorial Paidós), una opción “más justa y más solidaria” que descansa sobre la abundancia tecnológica del último cuarto de siglo. Como alternativa, desgrana en una entrevista con EL PAÍS las ideas fuerza de su postcapitalismo, un modelo en el que predomina lo cooperativo en detrimento del Estado y las empresas. “Estamos ante una disyuntiva clara: un modelo colaborativo o un futuro distópico, una especie de feudalismo tecnológico en el que se multiplicaría la desigualdad”.


Profuso en palabras y entusiasta con la idea que estos días pasea por medio mundo, Mason reconoce que el capitalismo ha propiciado la mayor oleada de desarrollo jamás vista, pero critica frontalmente el status quo actual. “Es el momento de que las élites, tanto económicas como académicas, se pregunten si de verdad funciona el neoliberalismo. Si lo hacen, la respuesta será obvia: un no rotundo”.


Mason, redactor jefe de Economía de Channel 4 News y habitual en las páginas de The Guardian, hace suyas las ideas del economista estadounidense Jeremy Rifkin, que en La sociedad de coste marginal cero (Paidós, 2014) predecía un mundo en el que muchos productos y servicios de nuestro día a día serán gratuitos o casi gratuitos y el fin del trabajo tal y como lo conocemos. Las tecnologías de la información, dice Mason, corroen el sistema de precios sobre el que descansa el capitalismo desde el mismo momento en el que muchos bienes y servicios, desde la información hasta la energía, se pueden o se podrán consumir por muy poco. “La enciclopedia está en nuestro teléfono y la energía totalmente verde será realidad pronto. Eso no es ciencia ficción y es muy relevante”. Pocos vislumbran este futuro. “La existencia del tercer sector parece totalmente accidental respecto a la manera de pensar neoliberal; los economistas deben ponerse otras gafas para poder ver una parte de la realidad que no están viendo”.


El capitalismo, dice, ha destacado siempre por su capacidad de adaptación, pero las tecnologías de la información hacen imposible una transformación más: “No crean productos más caros, sino más baratos e impiden a los trabajadores encontrar empleo en una industria tradicional en declive”.


De triunfar algún día el modelo colaborativo, Mason advierte de que tendremos que acostumbrarnos a vivir en una sociedad no consumista, con todo lo que eso implica, pero deja claro que su teoría no se opone al mercado como concepto: “No hay ninguna razón para abolirlo por decreto siempre y cuando se acabe con los desequilibrios de poder básicos”. Aunque no escatima en elogios hacia partidos de izquierdas como Podemos y, sobre todo, Syriza, el autor británico rechaza cualquier retorno al socialismo clásico o a la socialdemocracia, sin renunciar a sus ideales. “No hay una vuelta atrás a los populismos rusos, a la socialdemocracia tradicional o a la Tercera Vía; mi punto de partida es otro”, relata. “Hay que mirar al futuro. Y en ese futuro, las ideas del socialismo utópico son hoy más posibles que nunca gracias a la evolución tecnológica”.


“Estamos viviendo un momento crítico, en el que incluso las cosas más normales parecen revolucionarias”, dice. En sus gestos se percibe tanta indignación con la situación actual como preocupación por lo venidero. “Si continuamos deslizándonos hacia el estancamiento y la deflación y la élite global no entrega más estímulos, alguien va a buscar una salida al estilo de los años 30, en la que los países simplemente adoptan soluciones nacionalistas”, pronostica.


Ese renacimiento de los nacionalismos de mediados del siglo pasado lo estamos viendo, afirma, en la “alta probabilidad” de que se produzca el Brexit (la salida de Reino Unido de la UE). También en el surgimiento de dos outsiders políticos en Estados Unidos —el populista de derechas Donald Trump y el izquierdista Bernie Sanders— e incluso en el colapso de Schengen. “Podemos estar a semanas de su colapso”, proyecta.


¿Qué nos indica todo esto? “Que necesitamos una nueva forma de pensamiento radical que tiene que trascender los partidos radicales”, dispara. “[Franklin D.] Roosevelt pertenecía a las élites, pero tiró a la basura toda la doctrina y adoptó una solución antiausteridad que salvó a EE UU del colapso”. Llevando su ejemplo a nuestro tiempo, en el que hasta la OCDE —una suerte de think tank de la treintena de países más ricos del mundo— alerta de la “debilidad” del crecimiento económico durante las cinco próximas décadas, Mason exhorta a los Gobiernos occidentales a repensar su modo de actuación durante la crisis. Pero va más allá: reclama una “politización y democratización” de la política monetaria, el principal mecanismo puesto en marcha por las grandes potencias para salir del hoyo; apela a una quita generalizada de deuda pública; incide en la necesidad de cerrar las vías por las que las grandes corporaciones eluden sus obligaciones fiscales; pide la creación de una renta básica universal que garantice un mínimo vital para todos los ciudadanos y, sobre todo, reivindica que los Gobiernos dispongan un esquema que incentive las cooperativas en detrimento de las estructuras empresariales clásicas.


Wikipedia como referente


En ese futuro que vislumbra Mason, la frontera de la propiedad y el trabajo se difumina —como también lo hace la que separan trabajo y salario—, pero el papel del “Estado progresista”, al que él se refiere con frecuencia, es esencial como promotor del procomún colaborativo. “Los Gobiernos deben darse cuenta de que Uber no es bueno, pero que abre un camino que se puede transitar de otra forma. ¿Por qué no un Uber verdaderamente cooperativo?”, se pregunta.
El epítome de este nuevo modelo completamente cooperativo, en el que el lucro individual desaparece, es algo tan cotidiano como imposible de imaginar hace solo 20 años: Wikipedia. “Es el mejor ejemplo, una herramienta gratuita que sale adelante gracias al esfuerzo colaborativo de miles de personas, que ha destruido de un plumazo el negocio de las enciclopedias y que priva a las firmas publicitarias de 2.800 millones de euros al año en ingresos”. También Twitter, una herramienta esencial para la sociedad actual y que, “aunque pertenece a una empresa, es gratuito y nunca podrá generar dinero”. “Probablemente acabará siendo propiedad del Estado o será sustituido por una herramienta similar de propiedad colaborativa”, vaticina.

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Viernes, 26 Febrero 2016 06:24

El Evotest dio negativo

El Evotest dio negativo

Evo Morales no podrá postular en 2019 a un nuevo mandato. Lo decidieron los bolivianos el domingo pasado en un referéndum en el que el No le ganó al Sí por una diferencia de 130 mil votos. Las dos notas que siguen analizan las causas de la primera derrota electoral del líder indígena.

 

Evo Morales se metió solo en lo que, desde el comienzo, se veía como la elección más difícil en una gestión marcada por una sucesión de contundentes triunfos electorales durante una década. Como si la “abstinencia” electoral resultara insoportable para un líder que necesita de la continua aprobación de las masas, el presidente boliviano se lanzó a un referéndum para habilitar precozmente un cuarto mandato, cuando aún le quedan cuatro años para terminar su tercera gestión. De este modo, el propio gobierno que la pergeñó decidió, luego de seis años de aprobada, modificar la nueva Constitución Política que puso las bases del Estado Plurinacional en 2009. La pregunta era: “¿Usted está de acuerdo con la reforma del artículo 168 de la Constitución Política del Estado para que la presidenta o presidente y la vicepresidenta o vicepresidente del Estado puedan ser reelectas o reelectos por dos veces de manera continua?”.


La primera dificultad, obvia, de un referéndum de esta naturaleza es que unifica a todos los oponentes en la opción del No. Desde los racistas que nunca quisieron un gobierno campesino-indígena hasta quienes critican lo contrario –que no es un verdadero gobierno indígena sino un sucedáneo de matriz blancoide, o directamente un gobierno antindígena–, la coalición del No permitió la unificación de un voto que nunca se uniría detrás de una candidatura común. Se trata de algo natural, que no descalifica sus razones pero matiza lecturas que, como suele ocurrir en estos casos, tratan de leer el resultado de manera unidimensional.


Quizás se trate de algo más sencillo: una mezcla de desgaste tras una década de ejercicio del gobierno –y las consecuentes dificultades para transformar utopías movilizadoras en realidades vitales– con errores políticos intercalados, como convocar tan tempranamente un referéndum tras el triunfo electoral de 2014 con el 61 por ciento, más una mala campaña electoral. De esta forma, lo que se había avizorado como un proceso de despolarización en 2010-2014, ayudado por el éxito económico de Morales, devino renovada repolarización, y casi por mitades. En síntesis, Evo perdió con Evo, más que con la oposición.


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En esta década el Movimiento al Socialismo (Mas) puso en pie, con bastante éxito, un nuevo modelo económico basado en el estatismo y cierta ortodoxia macroeconómica, junto a un nuevo Estado más abierto a la diversidad del país. “El socialismo es compatible con la estabilidad macroeconómica”, dijo en una oportunidad el ministro de Economía, Luis Arce Catacora, que ocupa el cargo desde hace una década (todo un hito en un país conocido por sus convulsiones económicas, que en los ochenta incluyó una hiperinflación). Los “chuquiago boys” –en referencia irónica al nombre aymara de La Paz– mostraron así una eficiencia que los neoliberales no habían conseguido, en parte gracias a los altos precios de las materias primas, pero también a la política de expansión del mercado interno, la nacionalización de los hidrocarburos, el cobro de impuestos y la gestión “prudente” de la economía. Hoy el escenario cambió, por la caída de los precios, pero el blindaje económico aún funciona e incluso se prevé una fuerte inversión pública.


El problema es que el referéndum despertó el sentimiento antirreeleccionista asentado en los perennes reflejos antiestatales de los bolivianos (aunque reclamen “más Estado”). Tampoco hay que desmerecer la penetración de cierta cultura política “liberal” de la mano del afianzamiento democrático desde 1982.


Morales logró adormecer esos reflejos, y como presidente-símbolo de una nueva era ganó elección tras elección durante una década. Pero hoy esa magia se ha disipado en gran medida. De todos modos, que tras una década, en un país políticamente inestable como Bolivia, aún mantenga casi la mitad de los votos no es un dato menor. Si los del No son votos de muy disímiles sensibilidades, los del Sí son un apoyo a la continuidad del mandatario cocalero. Por eso la oposición sabe que el Mas no está vencido para 2019, pero con seguridad el proyecto oficialista se ha debilitado.


Los resultados del domingo 21 pueden leerse como una pérdida de los sectores que el Mas había venido conquistando en las urnas –mediante su expansión hegemónica– pero que estaban lejos de una lealtad electoral absoluta: los votantes de las grandes ciudades y los del Oriente autonomista liderado por Santa Cruz. Los campesinos y las ciudades intermedias fueron los que salvaron al presidente de una derrota mayor. No obstante, conflictos locales en Potosí y El Alto, mal resueltos, debilitaron a Evo en estas zonas andinas bastiones del Mas.


Evo siempre creyó que su “pacto de sangre” es con los campesinos, que son ellos quienes nunca lo van a abandonar, mientras que el apoyo urbano es siempre desconfiado, volátil. Ahí siempre residió la fortaleza y la debilidad del proyecto de Evo, que se asentó en una matriz campesina (paradójicamente, cuando el país se vuelve cada vez más urbano).


A estos elementos se suma una campaña en la que la eficacia estuvo en mayor medida del lado del No, especialmente en las redes sociales (de hecho, el presidente llamó, tras el referéndum, a “debatir su uso” porque se organizan guerras sucias que “tumban gobiernos”). Otra dificultad del Mas fue siempre ganar alcaldías de ciudades grandes y gobernaciones: el prestigio gubernamental de Evo siempre fue inversamente proporcional al poco brillo de sus gobiernos locales.


Desde 2009, el pragmatismo le permitió a Evo ampliar su base a Santa Cruz, al tiempo que su gobierno se volvía cada vez más “normal” y perdía épica revolucionaria. No casualmente el discurso de la estabilidad fue remplazando el discurso del cambio. Y, por primera vez desde 2005, la elección del 21 de febrero de Morales careció de imágenes de futuro y se refugió en las conquistas del pasado. Fue una suerte de refugio en el Evo campesino que la gestión del poder había venido borrando en su figura; un retorno a los orígenes y al entorno en el que se siente más seguro.


En el marco de una creciente pérdida de iniciativa, las balas de la oposición –muy dispersa, por cierto– comenzaron a impactar frente al blindaje de meses y años previos. Así, la denuncia de que una ex pareja de Evo lideraba una empresa china que recibió contratos públicos sin licitación incidió sobre el capital moral de Evo, fuente de su legitimidad política. Ello se suma a los escándalos del Fondo Indígena: los proyectos fantasma financiados por el Estado acabaron como un cuestionamiento a la capacidad indígena para renovar la política. Es más, la develación de que el vicepresidente, Álvaro García Linera, no concluyó su licenciatura de matemática en México tuvo una repercusión desmesurada y lo obligó a revalidar, a la defensiva, su estatus de intelectual –pese a que es un asiduo invitado a varias universidades de prestigio por su obra teórico-política.


Pero, además, el No encontró un argumento que se transformó en un arma poderosa porque encajaba con un sentimiento generalizado, sobre todo en sectores urbanos: que el de Evo fue, en efecto, un buen gobierno en muchos aspectos, pero que no es bueno que se “perpetúe” en el poder.


Pero la pérdida de magia también resucitó otros fantasmas. La quema de la alcaldía de El Alto, en manos de la joven alcaldesa opositora Soledad Chapetón, por parte de “padres de familia” que protestaban dejó en evidencia que los repertorios de acción colectiva que en 2003 abrieron paso a la épica “guerra del gas” en otro contexto pueden ser la pervivencia de formas de protesta desmesuradas, que impiden un funcionamiento normal de las instituciones y causan muertes. Todo esto genera un fuerte rechazo de las “mayorías silenciosas” hacia los movimientos sociales, replegados a instancias corporativas, e incluso con tonalidades mafiosas, como ocurre con el cacique sindical alteño Braulio Rocha, quien había advertido a Chapetón que él sería “su pesadilla” y ahora fue detenido por el incendio.


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Un aspecto de los gobiernos nacional-populares es su dificultad para aceptar un nuevo orden, plasmado por ejemplo en las constituciones aprobadas durante sus gestiones, y su tendencia a pensar esas cartas como resultado de correlaciones de fuerzas transitorias que hay que cambiar ante la menor posibilidad de “avanzar”. Eso provoca situaciones paradójicas –que también ocurrieron en Venezuela–: que dados los intentos de cambiar las nuevas cartas magnas, la defensa de esas constituciones termine en manos de las derechas que en su momento buscaron impedir su aprobación. Otra dificultad es hacer política con eficacia una vez debilitados sus enemigos.


El Mas deberá pensar en otro candidato para 2019, lo que podría tener como resultado positivo obligar al partido a abandonar la inercia de los triunfos electorales automáticos y actualizar su oferta transformadora. Por ahora es temprano para anticipar posibles candidatos. ¿El canciller David Choquehuanca? ¿El vicepresidente Álvaro García Linera? ¿El presidente del Senado y ex periodista Alberto González?


Pero más allá de candidaturas, la duda es si el gobierno logrará reenamorar a los bolivianos con nuevas propuestas transformadoras. Las ideas sobre una Bolivia potencia energética contuvieron un exceso de exitismo (y tonalidades de los años cincuenta), que opacó algunos avances efectivos en materia hidrocarburífera, mientras temas como salud y educación seguían como asignaturas pendientes. Lo mismo ocurrió con la compra de un satélite chino que generó demasiada sobreactuación, efectiva al comienzo pero contraproducente después.


Del lado del No, una oposición de “nueva derecha”, con bases territoriales en diversas regiones, buscará capitalizar los resultados frente a esfuerzos más minoritarios de construir una opción progresista no oficialista. Por ahora, el No es una yuxtaposición de múltiples voces. Pero como ya sabemos, la política depende mucho de quiénes se apropian de los “instantes huidizos” de la historia. Y esos instantes sobrevendrán en mayor medida con la salida del juego electoral, al menos como candidato, de Morales y la apertura de un escenario completamente nuevo desde 2006.


(Fragmentos de una nota publicada en el blog La Línea de Fuego.)


Qué se gana y qué se pierde con el triunfo del No


Lilián Celiberti


¿Se puede hablar de una práctica política nueva cuando se convoca a la reelección de los mismos líderes? ¿Los cambios sólo pueden ser conducidos por Evo Morales en un país con tan amplios niveles de participación?, se pregunta la autora de esta nota, que intervino como acompañante electoral el domingo pasado.


Con el 99,72 de actas computadas [cifras de la noche del miércoles, cuando esta nota se cerró], el No se impone con un 51,30 por ciento, contra el 48,70 del Sí. La presidenta del Tribunal Electoral, Katia Uriona, lo informó oficialmente el martes en la noche, eliminando de ese modo la incertidumbre y la desconfianza generadas por la demora en los cómputos.


Participé como acompañante electoral el domingo 21 junto a un magistrado de la Corte Electoral de El Salvador y un representante del Consejo de Expertos Electorales de América Latina, en distintos puntos de votación en el departamento de Chuquisaca y su capital, Sucre. El grupo de acompañamiento electoral internacional presentó el lunes 22 su informe al Tribunal Supremo Electoral en la ciudad de La Paz. El informe destaca la enorme participación ciudadana que ratifica a Bolivia como uno de los países con mayores niveles de participación electoral de la región, sin distinción de sexo, edad ni segmento social, así como un procedimiento garantista de la expresión ciudadana.


¿Qué significa entonces el voto por el No? ¿Es, como dice el gobierno, sólo una operación política del imperialismo? Claro que para la derecha este resultado es una oportunidad para recuperar sus fueros. La polarización no es un buen escenario para la reflexión –de eso no hay duda–, pero tal vez este resultado fortalezca las corrientes críticas dentro y fuera del partido de gobierno, el Mas. Se necesitan esas voces para reencauzar los cambios.


Los diez años de gobierno de Evo Morales en Bolivia han generado aportes sustantivos a la participación de sectores excluidos históricamente de la definición de la agenda pública. Esta participación fue la que registramos en la comunidad indígena de Tarabuco y Yamparáez, así como en la ciudad de Sucre. Pero participación es también decir que No a una propuesta que asocia irremediablemente el cambio a los líderes. El proceso de cambio, por el contrario, está enraizado en las luchas de los movimientos sociales que han generado un desborde de “lo político”, formulando demandas que modifican la agenda pública. En Bolivia este desborde movimientista con fuerte componente indígena-campesino puso en jaque a varios gobiernos antes del triunfo del Mas.


La reforma constitucional de Bolivia expresa como eje central orientador la descolonización del poder, y sin duda su formulación constituye uno de los aspectos más transformadores de los últimos años. Los desafíos planteados por esa premisa tienen necesariamente carácter experimental y la conflictividad implícita que supone la construcción de una nueva institucionalidad alternativa al Estado nacional. La evolución de una “transición paradigmática” de semejante envergadura depende de cómo se desarrollen diferentes ejes conflictivos, tanto étnicos, regionales, culturales, como de clase. Es un terreno de extrema complejidad, que pone en juego prácticas políticas e institucionales nuevas que desarrollen capacidad crítica a la vez de fortalecer las voces del amplio espectro de sujetos políticos participantes. Este aspecto es el más contradictorio del llamado proceso de cambio conducido por el Mas. ¿Se puede hablar de una práctica política nueva cuando se convoca a la reelección de los mismos líderes? ¿Los cambios sólo pueden ser conducidos por Evo Morales en un país con tan amplios niveles de participación? Por eso es un error identificar el voto por el No como un voto sólo de la derecha. Pero sí es un límite de la izquierda. Como dice Luis Tapia, “si la concepción y la práctica de la democracia cambian y se la normativiza como procedimiento de selección de gobernantes, la concepción de ciudadanía y su práctica tienden a reducirse a la práctica de esos gobernantes”.


El No expresa también un pronunciamiento de quienes apuestan a procesos de renovación de los liderazgos políticos, de quienes se rebelan contra los abusos de poder, contra el crecimiento desarrollista extractivista, o de quienes rechazan el doble discurso sobre el patriarcado frente a las manifestaciones machistas de Evo un día sí y otro también. Expresa un desgaste del poder y de la práctica política que marca diferencias con grupos indígenas e intelectuales de izquierdas que inicialmente simpatizaron con la idea y luego se desmarcaron y por tanto se los califica de traidores. Expresa el rechazo a una práctica política que desdibuja el necesario equilibrio entre el Poder Legislativo, Ejecutivo y Judicial, con la consecuente ausencia de garantías para los y las ciudadanas.


¿Es posible refundar el Estado? Es una pregunta que interpela, teórica y políticamente, la posibilidad de construir estrategias de largo plazo que consoliden la tendencia a la plurinacionalidad consagrada en la nueva Constitución. El conflicto del Tipnis cuestiona ese principio en la medida en que es el Estado central el que define el trazado de una carretera que pasa por el territorio de pueblos indígenas de las tierras bajas.


Para la socióloga Patricia Chávez este proceso, que se propone la gigantesca tarea de descolonizar el Estado desde el Estado, debería estar acompañado por un efectivo proceso de despatriarcalización. Pero la contradicción es que para el Estado patriarcal no existe la opresión de género como un problema y “en todo caso le reconoce una existencia subsidiaria, es decir, prescindible, indefinidamente postergable” (Chávez, 2010:15).


¿Es posible la descolonización y despatriarcalización del Estado desde el Estado? ¿Qué pasa con las relaciones sociales cotidianas? ¿En qué sentido se transforman las relaciones cotidianas? ¿Es la integración al mercado lo que da la nueva carta de ciudadanía social?


La idea del “buen vivir” se introduce en los debates de América Latina como cuestionamiento al desarrollo capitalista y representa la búsqueda de una transición paradigmática que coloque nuevas premisas para la construcción social basadas en la desmercantilización de la vida y una nueva relación con la naturaleza. Recurre a la idea de comunidad, sosteniendo que el mundo no puede ser entendido desde el “yo” de Occidente, sino desde la interacción y complementariedad de todas las personas que habitan esa comunidad y a su vez de la relación entre las personas y la naturaleza. Más que una nueva construcción teórica, el buen vivir expresa una búsqueda en proceso, y se hace desde diferentes miradas y perspectivas. Pero cuando esta búsqueda se identifica sólo con la continuidad de ciertos líderes, se empobrece como discurso y como práctica.


La sostenibilidad de la vida cuestiona la racionalidad capitalista al poner las necesidades de las personas en el centro del análisis, en vez de las de los mercados. No es sólo una confrontación entre identidades urbanas o indígenas, es una perspectiva polifónica en el sentido más pleno de la palabra, que hace del diálogo una nueva cultura política donde las diferencias y la confrontación de experiencias no son patologías de la política, sino su misma posibilidad de construcción.

Descolonizar supone cuestionar el poder que se crea a partir de una relación colonial y, por tanto, cuestionar el sistema de privilegios, naturalizados en las relaciones cotidianas. En tal sentido la descolonización y la despatriarcalización son prácticas alternativas al ejercicio del poder que se abra al protagonismo de voces diversas y potencie liderazgos nuevos, supone analizar las formas en que se reproducen las relaciones de subordinación en la sociedad, la economía y la cultura. El No ofrece la posibilidad de construir otros procesos dentro y fuera del Mas. Queda la duda de la plasticidad y la capacidad de escucha de los líderes que se consideran a sí mismos como el cambio.


* Militante feminista uruguaya, integrante del colectivo Cotidiano Mujer.

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Las crisis de la izquierda latinoamericana

ALAI AMLATINA, 22/02/2016.- Se puede decir que hay dos izquierdas en América Latina y que ambas padecen de crisis, cada una a su manera. Una es la que llegó a los gobiernos, empezó procesos de democratización de las sociedades y de salida del modelo neoliberal y que hoy se enfrenta a dificultades –de distinto orden, desde afuera y desde adentro– para dar continuidad a esos procesos. La otra es la que, aun viviendo en países con continuados gobiernos neoliberales, no logra siquiera constituir fuerzas capaces de ganar elecciones, llegar al gobierno y empezar a superar el neoliberalismo.

La izquierda posneoliberal ha tenido éxitos extraordinarios, aún más teniendo en cuenta que los avances en la lucha contra la pobreza y la desigualdad se han dado en los marcos de una economía internacional que, al contrario, aumenta la pobreza y la desigualdad. En el continente más desigual del mundo, cercados por un proceso de recesión profunda y prolongada del capitalismo internacional, los gobiernos de Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia y Ecuador han disminuido la desigualdad y la pobreza, han consolidado procesos políticos democráticos, han construido procesos de integración regional independientes de Estados Unidos y han acentuado el intercambio Sur-Sur.

Mientras que las otras vertientes de la izquierda, por distintas razones, no han logrado construir alternativas a los fracasos de los gobiernos neoliberales, de las cuales los casos de México y de Perú son los dos más evidentes, mostrando incapacidad, hasta ahora, de sacar lecciones de los otros países, para adaptarlas a sus condiciones específicas.

¿En qué consiste la crisis actual de las izquierdas que han llegado al gobierno en América Latina? Hay síntomas comunes y rasgos particulares a cada país. Entre ellos están la incapacidad de contrarrestar el poder de los monopolios privados de los medios de comunicación, aun en los países en los que se ha avanzado en leyes y medidas concretas para quebrar lo que es la espina dorsal de la derecha latinoamericana. En cada uno de esos países, en cada una de las crisis enfrentadas por esos gobiernos, el rol protagónico ha sido de los medios de comunicación privados, actuando de forma brutal y avasalladora en contra de los gobiernos, que han contado con éxitos en su gestión y un amplio apoyo popular.

Los medios han ocultado los grandes avances sociales en cada uno de nuestros países, los han censurado, han tapado los nuevos modelos de vida que los procesos de democratización social han promovido en la masa de la población. Por otro lado, destacan problemas aislados, dándoles proyecciones irreales, difundiendo incluso falsedades, con el propósito de deslegitimar las conquistas logradas y la imagen de sus líderes, sea negándolas, sea intentando destacar aspectos secundarios negativos de los programas sociales.

Los medios han promovido sistemáticamente campañas de terrorismo y de pesimismo económico, buscando bajar la autoconfianza de las personas en su propio país. Como parte específica de esa operación están las sistemáticas denuncias de corrupción, sea a partir de casos reales a los que han dado una proporción desmesurada, sea inventando denuncias por las cuales no responden cuando son cuestionados, pero los efectos ya han sido producidos. Las reiteradas sospechas sobre el accionar de los gobiernos producen, especialmente en sectores medios de la población, sentimientos de crítica y de rechazo, a los que pueden sumarse otros sectores afectados por esa fabricación antidemocrática de la opinión pública. Sin ese factor, se puede decir que las dificultades tendrían su dimensión real, no serían transformadas en crisis políticas, movidas por la influencia unilateral que los medios tienen sobre sectores de la opinión pública, incluso de origen popular.

No es que sea un tema de fácil solución, pero no considerar como un tema fundamental a enfrentar es subestimar el nivel en que la izquierda está en mayor inferioridad: la lucha de las ideas. La izquierda ha logrado llegar al gobierno por el fracaso del modelo económico neoliberal, pero ha recibido, entre otras herencias, la hegemonía de los valores neoliberales diseminados en la sociedad. “Cuando finalmente la izquierda llegó al gobierno, había perdido la batalla de las ideas”, según Perry Anderson. Tendencias a visiones pre-gramscianas en la izquierda han acentuado formas de acción tecnocráticas, creyendo que hacer buenas políticas para la gente era suficiente como para producir automáticamente conciencia correspondiente al apoyo a los gobiernos. Se ha subestimado el poder de acción de los medios de información en la conciencia de las personas y los efectos políticos de desgaste de los gobiernos que esa acción promueve.

Un otro factor condicionante, en principio a favor y luego en contra, fue el relativamente alto precio de los commodities durante algunos años, del que los gobiernos se aprovecharon no para promover un reciclaje en los modelos económicos, para que no dependieran tanto de esas exportaciones. Para ese reciclaje habría sido necesario formular y empezar a poner en práctica un modelo alternativo basado en la integración regional. Se ha perdido un período de gran homogeneidad en el Mercosur, sin que se haya avanzado en esa dirección. Cuando los precios bajaron, nuestras economías sufrieron los efectos, sin tener como defenderse, por no haber promovido el reciclaje hacia un modelo distinto.

Había también que comprender que el período histórico actual está marcado por profundos retrocesos a escala mundial, que las alternativas de izquierda están en un posición defensiva, que de lo que se trata en este momento es de salir de la hegemonía del modelo neoliberal, construir alternativas, apoyándose en las fuerzas de la integración regional, en los Brics y en los sectores que dentro de nuestros países se suman al modelo de desarrollo económico con distribución de renta, con prioridad de las políticas sociales.

En algunos países no se ha cuidado debidamente el equilibrio de las cuentas públicas, lo cual ha generado niveles de inflación que han neutralizado, en parte, los efectos de las políticas sociales, porque los efectos de la inflación recaen sobre asalariados. Los ajustes no deben ser trasformados en objetivos, pero si en instrumentos para garantizar el equilibrio de las cuentas públicas y eso es un elemento importante del éxito de las políticas económicas y sociales.

Aunque los medios de información hayan magnificado los casos de corrupción, hay que reconocer que no hubo control suficiente de parte de los gobiernos del uso de los recursos públicos. El tema del cuidado absoluto de la esfera pública debe ser sagrado para los gobiernos de izquierda, que deben ser los que descubran eventuales irregularidades y las castiguen, antes de que lo hagan los medios de información. La ética en la política tiene que ser un patrimonio permanente de la izquierda, la transparencia absoluta en el manejo de los recursos públicos tiene que ser una regla de oro de parte de los gobiernos de izquierda. El no haber actuado siempre así hace que los gobiernos paguen un precio caro, que puede ser un factor determinante para poner en riesgo la continuidad de esos gobiernos, con daños gravísimos para los derechos de la gran mayoría de la población y para el destino mismo de nuestros países.

Por último, para destacar algunos de los problemas de esos gobiernos, el rol de los partidos en su condición de partidos de gobierno nunca ha sido bien resuelto en prácticamente ninguno de esos países. Como los gobiernos tienen una dinámica propia, incluso con alianzas sociales y políticas con la centro izquierda, en varios casos, esos partidos deberían representar el proyecto histórico de la izquierda, pero no han logrado hacerlo, perdiendo relevancia frente al rol preponderante de los gobiernos. Se debilitan así la reflexión estratégica, más allá de las coyunturas políticas, la formación de cuadros, la propaganda de las ideas de la izquierda y la misma lucha ideológica.

Nada de eso autoriza a hablar de “fin de ciclo”. Las alternativas a esos gobiernos están siempre a la derecha y con proyectos de restauración conservadora, netamente de carácter neoliberal. Los gobiernos posneoliberales y las fuerzas que los han promovido son los elementos más avanzados que la izquierda latinoamericana dispone actualmente y que funcionan también como referencia para otras regiones de mundo, como España, Portugal y Grecia, entre otros.

Lo que se vive es el final del primer periodo de la construcción de modelos alternativos al neoliberalismo. Ya no se podrá contar con el dinamismo del centro del capitalismo, ni con precios altos de las commodities. Las clave del paso a un segundo período tienen que ser: profundización y extensión del mercado interno de consumo popular; proyecto de integración regional; intensificación del intercambio con los Brics y su Banco de Desarrollo.

Además de superar los problemas apuntados anteriormente, antes que todo crear procesos democráticos de formación de la opinión pública, dar la batalla de las ideas, cuestión central en la construcción de una nueva hegemonía en nuestras sociedades y en el conjunto de la región.

Hay que construir un proyecto estratégico para la región, no solo de superación del neoliberalismo y del poder del dinero sobre los seres humanos, sino de construcción de sociedades justas, solidarias, soberanas, libres, emancipadas de todas las formas de explotación, dominación, opresión y alienación.

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Jueves 17M con paro cívico/popular y pliego de peticiones

Colombia atraviesa en estos momentos por una descomunal crisis económica y fiscal. La misma tiene consecuencias demoledoras en millones de personas que son afectadas por el desempleo, el alza galopante de los precios de todas las mercancías, el hambre y la miseria.

Para sortear esa crisis fiscal, el señor Santos y su Ministro Cárdenas de Hacienda, han previsto una cascada de recortes en las obligaciones sociales del Estado, de enajenación de bienes públicos estratégicos e incremento de impuestos como el IVA que afecta directamente el consumo popular.

Este lunes se conocerá un nuevo recorte del presupuesto, equivalente a los 6 billones de pesos, lo más seguro es que las medidas se focalizaran en las partidas educativas, de salud, familias en acción, empleo y otros compromisos prioritarios.

Permanecerán intactos y se incrementaran los gastos militares y los cupos indicativos de la casta politiquera santista para imponer, a punta de mermelada, el cacareado plebiscito de la paz neoliberal.

La sociedad, el pueblo, está reaccionando indignado e inconforme con esta calamitosa circunstancia.

Han transcurrido siete semanas del año en curso, y las expresiones de inconformidad colectiva se expanden. Las protestas se masifican en las ciudades y en amplias zonas agrarias.

En Bogotá han ocurrido duras acciones colectivas contra el gobierno de Peñalosa, el caos de Transmilenio y los atropellos policiales a los vendedores ambulantes.

En Cali camina la inconformidad contra el incremento de las tarifas de servicios públicos y la suspensión del servicio de agua que afecta a gran parte de la ciudad.

Es generalizado el rechazo ciudadano por el saqueo de Reficar y la corrupción en diversas esferas oficiales.

Núcleos mayoritarios de ciudadanos son escépticos con la paz neoliberal que Santos y la casta oligárquica dominante quieren imponer mediante la manipulación con los medios de comunicación fletados y la represión disfrazada de acciones humanitarias.

La creciente protesta popular, su constante auge, se canaliza hoy hacia un Paro nacional organizado por centrales sindicales y asociaciones comunitarias, previsto para el próximo 17 de marzo.

Esta acción legítima ya tiene un Pliego de demandas al gobierno que recoge las necesidades más sentidas de toda la sociedad. Estas peticiones son las siguientes:

 

Incremento del salario mínimo.

Reducción de los aportes de los pensionados a la salud del 12% al 4%.

Recorte de los precios de los combustibles.

Congelación de los productos de la canasta familiar.

Cumplimiento por parte del gobierno de los acuerdos firmados con las organizaciones campesinas y de camioneros.

Rechazo a la venta de Isagén y el uso de esos dineros como mermelada para imponer el plebiscito santista.

Rechazo del saqueo de los fondos de pensiones.

Condena a la corrupción en Reficar y cárcel para sus autores.

Rechazo a la corrupción de los Congresistas oficialistas artífices del desfalco a las regalías petroleras.

No rotundo a una reforma tributaria con incremento del IVA que lesione a los sectores populares.

No a la venta de Ecopetrol y de otros bienes del Estado.

Inicio de las obras del Metro en Bogotá y medidas inmediatas para corregir el colapso de Transmilenio.

 

El Paro será una jornada cívica, pluralista y democrática, que debe ser respetada y protegida por el gobierno de acuerdo con los compromisos firmados en la Mes de paz de La Habana de no criminalizar la protesta popular.

Vamos todos al paro.

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La izquierda y la nación: ambigüedades no resueltas

El término nación ha tenido muchos y muy diferentes significados a lo largo de los siglos. Pero en los días que corren, y más o menos desde la Revolución Francesa, el término se ha vinculado al Estado, como en Estado-nación. Según este uso, nación se refiere a aquellos que por derecho son miembros de la comunidad localizada dentro de un Estado.


Si quienes forman una nación dan pie a la creación de un Estado, o si es el Estado el que crea la categoría de la nación y por tanto los derechos que operan dentro del Estado, es un debate que lleva mucho tiempo vigente. En mi caso, pienso que los Estados crean las naciones y no al revés.


Sin embargo, el punto es por qué crean naciones los Estados, y cuál debería ser la actitud de la izquierda ante el concepto de la nación. Para algunos de izquierda, el concepto de nación es el gran ecualizador. Es la afirmación de que todos (o casi todos) tienen el derecho a una plena e igualitaria participación en la toma de decisiones del Estado, en oposición a que solamente una minoría (por ejemplo la aristocracia) tenga derechos a una plena participación. Hoy, a esta visión de la nación la llamamos jacobina.


El jacobinismo da pie a la categoría de ciudadano. Las personas son ciudadanas por derecho de nacimiento y no por algún origen étnico particular o por una religión particular o cualquier otra característica que se les atribuyan otros, o sea atribuyan ellas mismas. Los ciudadanos tienen los votos (desde cierta edad). Cada ciudadano tiene un voto. Todos los ciudadanos son por tanto iguales ante la ley.


Según esta percepción de la ciudadanía, es crucial considerar a todos los ciudadanos como individuos. Es crucial suprimir la idea de que hay grupos que podrían ser intermediarios entre el individuo y el Estado. De hecho, como lo podría sugerir una visión más rígida de la nación, es ilegítimo que esos otros grupos existan: todos los ciudadanos deben utilizar el lenguaje de la nación y ningún otro; ningún grupo político puede tener sus propias instituciones; no pueden ejercerse otras costumbres que las de la nación.


En la práctica, por supuesto, la gente es parte de muchos, muchos grupos que constantemente reivindican sus demandas de participación y lealtad por parte de sus miembros. También, en la práctica, y a veces a guisa de tratamiento igual para todos los ciudadanos, hay innumerables modos en que los derechos iguales para todos los ciudadanos pueden acotarse.
La idea de una ciudadanía puede llegar a definirse primordialmente como el sufragio. Y existen múltiples limitaciones al acceso al sufragio. La más obvia y numéricamente importante es el sexo. El sufragio, por ley, era sólo para los hombres.

Con frecuencia se han puesto límites por ingreso, poniendo el requisito de un ingreso mínimo para votar. También se ha limitado el sufragio por raza y religión o debido al número de generaciones de ancestros que han residido en un Estado. El resultado neto, es que eso que fue concebido originalmente como el gran ecualizador de hecho no abrazó a todos; ni siquiera a la mayoría de las personas. Con frecuencia abrazó a un grupo bastante reducido.


Para los jacobinos que se piensan a sí mismos como la izquierda, la solución fue luchar en pro de la expansión del sufragio. Y con el tiempo, este esfuerzo rindió frutos. El sufragio sí se ha expandido a más y más personas. No obstante, de algún modo, esto no logró el objetivo de hacer que todos los ciudadanos, todos los miembros de la nación, gozaran de un acceso igual a los supuestos beneficios de la ciudadanía –educación, servicios de salud, empleo.


Debido a esta realidad de continuas desigualdades, surgió una visión contra-jacobina de la izquierda. Esta visión contra-jacobina no vio a la nación como la gran ecualizadora, sino como la gran hipnotizadora. La solución no era luchar por suprimir a los otros grupos, sino alentar a todos los grupos a reivindicar su valía como modos de vida y modos de una conciencia propia. Las feministas insistieron en que no se trataba solamente de que las mujeres obtuvieran el sufragio, sino de que las mujeres lograran el derecho a tener sus propias organizaciones y su propia conciencia. De igual modo se pronunciaron las comunidades de grupos étnicos o raciales, las llamadas minorías.


El resultado ha venido a ser que la izquierda no tiene una única visión de la nación. ¡Muy por el contrario! La izquierda está desgarrada entre visiones profundamente confrontadas de la nación. En la actualidad esto ocurre de muchos modos. Uno de ellos es el carácter explosivo de las demandas relacionadas con el género, la construcción social de lo que alguna vez se pensó que eran fenómenos genéticos. Pero una vez involucrados en la construcción social, no existen límites obvios a los derechos de las subcategorías, previamente definidas o en proceso de tener existencia social.


Si el género está estallando, también lo es la indigenidad. Lo indígena es también una construcción social. Se refiere a los derechos de aquellos que vivieron en ciertas áreas físicas con anterioridad a otros (los migrantes). Si lo empujamos lo suficiente, cada persona individual es un migrante. Si lo discutimos razonablemente, hay en la actualidad grupos sociales importantes que saben que viven en grupos significativamente diferentes de aquellos que ejercen el poder en el Estado, y por tanto buscan mantener a sus comunidades con sus actuales modos importantes de vida en vez de perder los derechos que les brindan sus fronteras debido a que la nación reivindica los derechos de una nación.


Una última ambigüedad. ¿Es de izquierda ser internacionalista o mundialista, o es de izquierda ser nacionalista contra la intrusión de las poderosas fuerzas del mundo? ¿Es conciencia de clase oponerse al nacionalismo o respaldar la resistencia nacional contra el imperialismo?


Uno podría salirse de este debate por la vía fácil sugiriendo que la respuesta varía de lugar en lugar, de momento a momento, de situación a situación. Pero éste es precisamente el problema. A la izquierda global le resulta muy difícil confrontar estos puntos directamente y arribar a una actitud razonada y políticamente significativa hacia el concepto de la nación. Dado que en la actualidad se supone que el nacionalismo es el compromiso emocional más fuerte de los pueblos del mundo, el que la izquierda global no pueda entrar en un debate interno colectivo de un modo solidario, le resta capacidad para ser un actor principal en la escena mundial.


La Revolución Francesa nos legó un concepto que se suponía iba a ser el gran ecualizador. ¿Acaso nos legó una píldora venenosa que podría destruir a la izquierda global y por tanto al gran ecualizador? Es muy urgente una reunificación intelectual, política y moral de la izquierda global. Requerirá un mucho mayor sentido del dar y recibir de lo que han estado mostrando los actores principales. Hasta ahora no hay una alternativa seria.


Traducción: Ramón Vera Herrera

Publicado enPolítica
Martes, 16 Febrero 2016 05:55

La decisión de Camilo

La decisión de Camilo

A la mitad del año 1965, Camilo Torres lanzó en Bogotá el periódico Frente Unido, vocero de una nueva organización, el Frente Unido del Pueblo. Desde un principio, el Frente Unido se declaró ajeno a la participación electoral en el sistema político oligárquico existente en Colombia y anunció su propósito de organizar a los campesinos, los trabajadores y el pueblo pobre y oprimido. En la primera edición, el 26 de agosto de 1965, apareció un Mensaje a los cristianos de Camilo Torres, primero de una serie de mensajes donde fue delineando y explicando sus ideas, sus razones y sus objetivos.


Entre agosto y noviembre de ese año, Frente Unido publicó otros ocho mensajes de Camilo dirigidos a distintos sectores de la nación colombiana: a los comunistas, a los militares, a los sindicalistas, a las mujeres, a los estudiantes, a los desempleados, a los presos políticos y a la oligarquía.


La serie se cerró cuando Camilo Torres decidió sumarse a la lucha guerrillera. En enero de 1966 lanzó una Proclama al pueblo colombiano donde explicaba sus razones para incorporarse al Ejército de Liberación Nacional encabezado por Fabio Vázquez Castaño. Un lector atento puede advertir un marcado cambio de estilo entre este documento y los ocho mensajes anteriores. Pero aquí se cierra la serie y más no sabemos.


Camilo Torres Restrepo murió hace hoy 50 años en su primer enfrentamiento armado con el ejército. No estaba preparado, aún no sabía de fusiles ni emboscadas. Tal vez le urgía dar testimonio de su empeño ante si mismo y ante sus compañeros que no supieron protegerlo. Era el 15 de abril de 1966. Nacido el 3 de febrero de 1929, apenas había cumplido los 37 años de su edad, que en ese entonces era también la mía.


Su Mensaje a los cristianos es tal vez el más revelador y el más sentido de la serie sucesiva. Hablaba a los suyos y, a su manera, a aquel que Camilo llamaba su Patrón. Aquí está su texto, homenaje y recuerdo.
A.G. – Ciudad de México, 15 de febrero de 2016


§


Las convulsiones producidas por los acontecimientos políticos, religiosos y sociales de los últimos tiempos posiblemente han llevado a los cristianos de Colombia a mucha confusión. Es necesario que en este momento decisivo para nuestra historia los cristianos estemos firmes alrededor de las bases esenciales de nuestra religión.


Lo principal en el Catolicismo es el amor al prójimo. «El que ama a su prójimo cumple con su ley.» (San Pablo, Romanos XIII, 8). Este amor, para que sea verdadero, tiene que buscar eficacia. Si la beneficencia, la limosna, las pocas escuelas gratuitas, los pocos planes de vivienda, lo que se ha llamado «la caridad», no alcanza a dar de comer a la mayoría de los hambrientos, ni a vestir a la mayoría de los desnudos, ni a enseñar a la mayoría de los que no saben, tenemos que buscar medios eficaces para el bienestar de las mayorías.


Esos medios no los van a buscar las minorías privilegiadas que tienen el poder, porque generalmente esos medios eficaces obligan a las minorías a sacrificar sus privilegios. Por ejemplo, para lograr que haya más trabajo en Colombia, sería mejor que no se sacaran los capitales en forma de dólares y que más bien se invirtieran en el país en fuentes de trabajo. Pero como el peso colombiano se desvaloriza todos los días, los que tienen el dinero y tienen el poder nunca van a prohibir la exportación del dinero, porque exportándolo se libran de la devaluación.


Es necesario entonces quitarles el poder a las minorías privilegiadas para dárselo a las mayorías pobres. Esto, si se hace rápidamente, es lo esencial de una revolución. La Revolución puede ser pacífica si las minorías no hacen resistencia violenta. La Revolución, por lo tanto, es la forma de lograr un gobierno que dé de comer al hambriento, que vista al desnudo, que enseñe al que no sabe, que cumpla con las obras de caridad, de amor al prójimo, no solamente en forma ocasional y transitoria, no solamente para unos pocos, sino para la mayoría de nuestros prójimos. Por eso la Revolución no solamente es permitida sino obligatoria para los cristianos que vean en ella la única manera eficaz y amplia de realizar el amor para todos. Es cierto que «no haya autoridad sino de parte de Dios» (San Pablo, Romanos XXI, 1). Pero Santo Tomás dice que la atribución concreta de la autoridad la hace el pueblo.


Cuando hay una autoridad en contra del pueblo, esa autoridad no es legítima y se llama tiranía. Los cristianos podemos y debemos luchar contra la tiranía. El gobierno actual es tiránico porque no lo respalda sino el 20 por ciento de los electores y porque sus decisiones salen de las minorías privilegiadas.


Los defectos temporales de la Iglesia no nos deben escandalizar. La Iglesia es humana. Lo importante es creer también que es divina y que si nosotros los cristianos cumplimos con nuestra obligación de amar al prójimo, estamos fortaleciendo a la Iglesia.


Yo he dejado los privilegios y deberes del clero, pero no he dejado de ser sacerdote. Creo que me he entregado a la Revolución por amor al prójimo. He dejado de decir misa para realizar ese amor al prójimo, en el terreno temporal, económico y social. Cuando mi prójimo no tenga nada contra mí, cuando haya realizado la Revolución, volveré a ofrecer misa si Dios me lo permite. Creo que así sigo el mandato de Cristo: «Si traes tu ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda» (San Mateo V, 23-24).


Después de la Revolución los cristianos tendremos la conciencia de que establecimos un sistema que está orientado por el amor al prójimo.


La lucha es larga, comencemos ya...


Bogotá, Camilo Torres, 26 agosto 1965

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