La imagen de Steffen Olsen, del Instituto Danés de Meteorología, dio la vuelta al mundo. En ella se observa a sus perros de trineo avanzar con dificultad en una zona de hielo derretido. La experta Ruth Mottram teme que por las temperaturas récord aumente el descongelamiento del glaciar más alto de Groenlandia, el cual podría afectar a zonas costeras del mundo. Foto Afp

Sólo el 17 de junio perdió 3 mil 700 millones de toneladas de hielo // Se romperá récord de 2012, advierten

 

Copenhague. Aún no ha llegado el verano y los científicos ya temen un infierno en Groenlandia debido a las temperaturas récord y a la anticipación del deshielo. De continuar así, en el futuro el derretimiento de la capa congelada podría inundar las zonas costeras del planeta.

 

Los científicos no excluyen que 2019 sea un nuevo annus horribilis para el continente blanco. "Es posible que se batan los récords de 2012, tanto en lo que concierne a la banquisa (capa de hielo provocada por el congelamiento de las aguas oceánicas) más baja del Ártico (...) como para el deshielo del casquete glaciar más alto de Groenlandia", advirtió Ruth Mottram, climatóloga del Instituto Danés de Meteorología (DMI). "Esto dependerá sobre todo de las condiciones climáticas", agregó.

 

Una foto impresionante del deshielo precoz captada la semana pasada en el noroeste del territorio por un científico del DMI ha dado la vuelta al mundo.

 

En tanto buscaba balizas oceanográficas y una estación meteorológica, Steffen Olsen captó la imagen de sus perros de trineo avanzando con dificultad sobre un fiordo cuya banquisa estaba recubierta por cinco o seis centímetros de hielo derretido. Bajo un cielo extremadamente azul, frente a las montañas casi sin nieve, el trineo parece navegar sobre el agua.

 

"La imagen es impactante (...) puesto que muestra realmente cómo está cambiando el Ártico", prosiguió Mottram.

 

"Los lugareños (que acompañan la expedición) no esperaban que la banquisa empezara a fundirse tan pronto. Acostumbran tomar la ruta porque el hielo es muy espeso, pero tuvieron que dar marcha atrás debido a que el agua era cada vez más profunda y ya no podían avanzar."

 

La víspera, el 12 de junio, la estación meteorológica más cercana, la de Qaanaaq, registró 17.3 grados Celsius, o sea 0.3 grados por debajo de su récord absoluto del 30 de junio de 2012.

 

"El invierno ha sido seco y recientemente hubo corrientes de aire caliente, el cielo despejado y mucho sol, todas las condiciones necesarias para un derretimiento precoz", señaló Mottram.

 

A medida que la atmósfera se calienta, se espera que este fenómeno se agrave, con la consecuencia de alterar el modo de vida de la población local, al reducir los periodos de caza y perturbar el ecosistema.

 

La cantidad de osos polares en todo el Ártico ha disminuido en 40 por ciento durante la última década, según el Instituto de Estudios Geológicos de Estados Unidos, así como la de narvales –también llamados unicornios de mar–, que se encuentran cada vez más privados del refugio natural que constituye para ellos la banquisa contra la orca, un temible predador.

 

El 17 de junio, en un solo día, Groenlandia perdió 3 mil 700 millones de toneladas de hielo, según estimaciones del instituto danés.

 

Desde comienzos de este mes, la pérdida ha llegado a 37 mil millones de toneladas, escribió en su cuenta de Twitter Xavier Fettweis, climatólogo de la Universidad de Lieja, Bélgica.

Publicado enMedio Ambiente
Domingo, 31 Marzo 2019 06:15

Necesitamos vivir de forma diferente

Necesitamos vivir de forma diferente

Para acabar con nuestra adicción al combustible fósil necesitamos un cambio tecnológico fundamental - pero esto no puede suceder sin cambiar nuestro sistema económico y social.

Las malas noticias sobre el cambio climático siguen llegando: récord de los niveles de calor en Australia en enero, y en Reino Unido en febrero; cada vez más incendios descontrolados; saltos desconcertantes en las temperaturas en el Ártico. La peor noticia de todas es que la brecha entre lo que los científicos dicen que es necesario hacer y lo que proponen las conferencias internacionales sobre el clima sigue creciendo.


En las negociaciones de diciembre en Katowice (Polonia) -la cual, de una forma grotesca, fue patrocinada por el mayor productor de carbón, entre otros- la principal conclusión fue el acuerdo sobre las propuestas para monitorizar las acciones de los gobiernos, aunque en una versión descafeinada. Los delegados no discutieron, ni tampoco mejoraron, los objetivos voluntarios para reducir las emisiones, acordados en París en 2015; los científicos piensan que esto pone a la economía mundial en el camino de un aumento potencialmente desastroso de la temperatura media global de hasta tres grados por encima de los niveles preindustriales. La reunión incluso declinó tener en cuenta el último informe, afinado de forma diplomática, del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, por la insistencia de los Estados Unidos, Arabia Saudí y otros países productores de petróleo.


Katowice fue la última ronda de conversaciones que empezó en Río de Janeiro en 1992, donde se reconoció que el uso de combustible fósil es el principal causante del calentamiento global y que necesita ser reducido. Desde entonces, ha aumentado de forma global en más de un 60 por ciento. Los gobiernos han firmado acuerdos con una mano y han despilfarrado decenas de miles de millones de dólares al año en subsidios al consumo y producción de combustible fósil con la otra.


El primer paso para ocuparse del cambio climático es rechazar la ilusión de que los gobiernos se están ocupando del problema. La sociedad en conjunto debe actuar.


Cómo darle mayor contenido a esa generalización no es tan simple. ¿Deberíamos protestar? ¿Intentar forzar a que los gobiernos inviertan en proyectos de energía renovable? ¿Hacer algo contra las nuevas centrales eléctricas? ¿Centrarnos en la energía comunitaria? ¿Todo lo anterior?


CÓMO EL USO DE COMBUSTIBLE FÓSIL HA LLEGADO A NIVELES INSOSTENIBLES


Para resolver el qué hacer con el cambio climático, la historia es una herramienta inestimable. Un entendimiento del proceso que convirtió a los combustibles fósiles en algo primordial para la actividad económica humana nos ayudará a hacer la transición desde esos combustibles.


La fuerza física concentrada, la fuerza motriz y el calor que pueden derivarse de la quema de carbón fue primordial para la Revolución Industrial de finales del siglo XVIII, y también para la consolidación del capitalismo en el Norte global. Aprovechar la energía del carbón y disciplinar a la mano de obra iban de la mano. Las tecnologías de la así llamada segunda revolución industrial de finales del siglo XIX -turbinas de vapor, redes eléctricas y el motor de combustión interna- multiplicaron el uso de carbón de forma exponencial y produjeron una demanda de petróleo.


Pero fue necesario un cambio enorme posterior en la economía mundial, a mitad del siglo XX, para incrementar el peligro del calentamiento global hasta su nivel actual. El incremento en el uso global de combustible fósil se aceleró en el boom de post-guerra, se paró brevemente después de la crisis de los precios del petróleo de los setenta y desde entonces no ha hecho más que incrementarse. Los científicos de los sistemas terrestres que estudian el impacto de la actividad económica en el mundo natural -de la cual el calentamiento global es un aspecto fundamental- dan al período que arranca a mitad del siglo XX el nombre de "la gran aceleración".


¿Quién o qué exactamente ha consumido todos esos combustibles fósiles? Mayoritariamente, los combustibles son usados por, y a través de, grandes sistemas tecnológicos, tales como sistemas de transporte basados en automóviles, redes de electricidad, sistemas de construcción de ciudades y sistemas militares, agrícolas e industriales.


Analizar estos sistemas tecnológicos -y el modo en que están incrustados en los sistemas económicos y sociales- es la clave para entender el ascenso incesante del uso de combustible fósil, tal y como argumento en mi libro Burning Up: A Global History of Fossil Fuel Consumption (Pluto Press, 2018).


Pensemos en los coches, por ejemplo. Sin duda, el cambio tecnológico ha ayudado a catapultarlos al protagonismo: el motor de combustión interna fue una innovación fundamental. Pero fue necesario el cambio económico y social para hacer de los coches el modo predominante de transporte urbano.


En los Estados Unidos en los años 20, los fabricantes de coches fueron los primeros en automatizar las líneas de ensamblaje e hicieron que los coches pasaran de ser un lujo a un producto de consumo de masas. Inventaron la obsolescencia programada y otras técnicas de márketing y usaron el músculo político para marginar -y a veces sabotear- otras formas de competencia dentro del transporte tales como los trolebuses y las vías férreas.


En el boom de postguerra, el uso de coches en Estados Unidos ascendió a un nivel todavía más alto, gracias una inversión estatal masiva en autopistas. Los barrios periféricos proliferaron: las gentes trabajadoras se mudaron a casas unifamiliares independientes en cantidades sin precedentes, ascendiendo la construcción de casas en Estados Unidos de varios cientos de miles al año en los años 30 a más de un millón al año durante y después de la guerra. La propiedad de casas a través de hipotecas para toda la vida era parte del trato; los jardines delanteros y traseros, y los coches, otra. Otros países ricos -aunque no todos- adoptaron este patrón de desarrollo urbano.


En los 80, algunas ciudades fuera del mundo rico empezaron a sufrir de problemas de tráfico. En Estados Unidos los fabricantes organizaron una resistencia efectiva durante bastante tiempo contra los esporádicos intentos estatales de regular la eficiencia del combustible. Llegaron los coches devoradores de gasolina: en vez de animar a los conductores a usar modelos más ligeros y más pequeños, los productores de coches popularizaron vehículos familiares que fueron clasificados como camiones y, por tanto, tenían permiso por ley para recorrer menos distancia por galón. Las ventas en Estados Unidos de estos coches alcanzaron en el 2000 los 17 millones al año.


Por tanto, aquellos que ahora trabajan en crear ciudades libre de carbono no solo se enfrentan a un elemento tecnológico más inteligente (el motor de combustión interna) sino a las estructuras sociales y económicas que han creado los sistemas de transporte urbano basados en los coches, es decir, esos sillones móviles de metal que consumen mucho combustible.
Los sistemas de transporte basados en el coche son modos extremadamente ineficientes desde el punto de vista energético de llevar a la gente de un sitio a otro. Por ejemplo, Atlanta (Estados Unidos), una ciudad muy diseminada dominada por las casas en las afueras y el transporte en coche, tiene 11 veces las emisiones de gases de efecto invernadero per cápita de Barcelona, la cual tiene una cantidad similar de población, con niveles de salario similares, pero es más compacta, con mejor transporte público y un centro relativamente libre de coches.


En el mismo sentido, la agricultura industrial que consume mucho combustible es un modo ofensivamente ineficiente desde el punto de vista energético de alimentar a la gente y la mayoría de los entornos construidos de las ciudades son formas ineficientes energéticamente de alojar a la gente. Otras áreas de actividad económica -tales como la producción militar y la industria de la publicidad- son destructivas por razones más amplias, y también ineficientes en el consumo de combustible. Tal y como ocurre en el caso del transporte urbano, esos sistemas fueron determinados por relaciones de poder y riqueza, y sigue siendo así.


La magnífica investigación del Instituto de Rendición de Cuentas sobre el Clima ha mostrado que cerca de dos tercios del dióxido de carbono emitido desde la década de 1750 pueden ser rastreados hasta la producción de los 90 mayores productores de cemento y combustible fósil, la mayoría de los cuales siguen activos hoy. La lista más reciente del Instituto incluye en el top ten a Saudi Aramco, Gazprom de Rusia, la Compañía de Petróleo Nacional de Irán, ExxonMobil de Estados Unidos, Pemex de México, Royal Dutch Shell y la Corporación Nacional de Petróleo de China.


Una lista de las compañías que controlan el consumo de combustible fósil -productores de electricidad, consorcios de ingeniería y metales, fabricantes de coches, compañías de construcción, gigantes de la agricultura y la petroquímica- es mucho más larga y más compleja, porque el consumo de combustible fósil está muy integrado en todos los tipos de actividad económica. Pero las relaciones de poder son las mismas.


NO SE TRATA SÓLAMENTE DEL CONSUMO INDIVIDUAL


Ya que la mayoría de los combustibles fósiles son consumidos por y a través de esos grandes sistemas económicos, sociales y tecnológicos, los llamamientos para reducir el consumo individual solo pueden tener un efecto limitado.


Tomemos a los conductores de coches en Atlanta. Viven en el país más rico del mundo y conducen algunos de los coches más energéticamente ineficientes del mundo. Pero están atrapados en un sistema de transporte urbano que hace casi imposible -especialmente para los que tienen hijos- llevar a cabo las funciones más básicas como llevar a los niños al colegio o comprar comida sin un coche. Además, el combustible no solo se consume en sus desplazamientos individuales sino en la fabricación de coches, la construcción de carreteras y aparcamientos, etc.


Desde luego, el consumo atroz de combustibles fósiles y de bienes de consumo es un síntoma de una sociedad enferma. Millones de personas en el mundo rico trabajan muchas horas y gastan el dinero que ganan en bienes materiales en la creencia de que esos bienes les pueden hacer felices. Pero la arraigada alienación de la cual es parte el consumo tiene que ser desafiada por la lucha por el cambio social. Las apelaciones a la moral no son suficientes.


El destino de las recientes propuestas del gobierno francés de incrementar los impuestos sobre el combustible es una historia aleccionadora. Los planes fueron presentados como unas medidas medioambientales. Pero, a pesar de las declaraciones en contra de los comentaristas de derechas, la gente los vio por lo que eran -la última de una larga serie de medidas para imponer políticas de austeridad neoliberales. Esto produjo la revuelta de los "chalecos amarillos" y la propuesta fue retirada.


En el sur global, un enfoque en el consumo individual todavía tiene menos sentido. La mayoría del uso de combustible fósil hecho por la industria, incluyendo los procesos de energía intensiva (por ejemplo la fabricación de cemento y acero) fue trasladado desde el norte global en los años 80 y 90. Fue el boom industrial de China, que está centrado en la producción de mercancías para la exportación al norte global, la que a mitad de los 2000 hizo que el país superase a los Estados Unidos como el mayor consumidor en el mundo de combustibles suministrados comercialmente.


Una investigación en la India ha destacado el papel ínfimo del consumo individual de las personas más pobres. Del incremento en la India de las emisiones de gases de efecto invernadero en las tres décadas que van de 1981 a 2011, sólo el 3-4 por ciento fue debido a la electrificación que introdujo por primera vez a 650 millones de personas, principalmente en el campo, en la red eléctrica. Del resto, la mayoría provenía de la industria y de las poblaciones urbanas más pequeñas.


QUÉ HACER CON LA ELECTRICIDAD


Las redes eléctricas están en el centro del sistema de energía dominado por el combustible fósil. En 1950, su porción en el uso global de combustible fósil era de más o menos una décima parte; hoy, es más de un tercio.


Los sistemas eléctricos, como los coches, fueron una gran innovación de finales del siglo XIX. Su primera fase de desarrollo, que culmina en el boom de postguerra, dependía de grandes centrales de energía, normalmente alimentadas por carbón.


Las centrales son inherentemente ineficientes. Aproximadamente, para cada unidad de energía que producen en forma de electricidad, se pierden dos unidades en el proceso de producción, la mayoría como pérdidas de calor, lo que produce las nubes de vapor que todos vemos salir de las torres de refrigeración de las centrales de energía. La eficiencia media global de las centrales de energía térmicas (es decir, la proporción de la energía del combustible que sale como electricidad) ha aumentado desde principios del siglo XX desde alrededor de un 25-30% al actual 34% para el carbón y un 40% para el gas. Pero nunca podrá aumentar mucho más por razones físicas.


En los años 70, cuando las élites políticas se dieron cuenta de que los combustibles fósiles no eran ni infinitos ni baratos, los ecologistas señalaron a la pérdida de energía en los procesos de conversión como la fuente potencial clave del ahorro. Quemar carbón para producir electricidad, la cual es enviada a la calefacción eléctrica de las casas de la gente, era como “cortar mantequilla con una motosierra”, según afirmó el defensor de la energía sostenible Amory Lovins en el Congreso de los Estados Unidos.


El defendía “estrategias energéticas no invasivas” que combinarían una cultura de eficiencia energética y una transición a las renovables: casas diseñadas y construidas para necesitar el mínimo de calefacción; paneles solares y molinos de viento; atención a los flujos de energía en los sistemas.


Hace más de 40 años, Lovins describía estos como “los caminos que no han sido tomados” por los gobiernos que defendían los intereses corporativos de turno más que el uso sabio de tecnologías energéticas. A pesar de haber descubierto mientras tanto el calentamiento global, estos caminos a menudo siguen siendo ignorados. Esto ocurre con el potencial de ahorro de energía de las tecnologías más recientes, especialmente de los ordenadores conectados en red e Internet.


Estos productos de la “tercera revolución industrial” han hecho posible superar las antiguas redes centralizadas fuertemente dependientes de combustibles fósiles por sistemas descentralizados, integrados, dependientes de múltiples productores de energía. Las mejoras en tecnologías renovables (bombas solares, turbinas eólicas, bombas de calor, etc.) han ayudado.


Pero en las tres décadas que han transcurrido desde que fue descubierto el efecto del calentamiento global, la tecnología de “redes eléctricas inteligentes” apenas ha sido aplicada. En primer lugar, esas redes están gestionadas por compañías cuyo modelo de negocio es vender toda la electricidad posible. Los sistemas de generación distribuida -donde la red extrae electricidad de varias fuentes renovables y las reparte de forma eficiente- les asustan. Las empresas de electricidad descentralizadas comunitarias se ven forzadas a competir en los mismos términos con las corporaciones ya establecidas.


Un breve informe de ingenieros del Imperial College (Londres) afirmaba el año pasado que para sacar la electricidad y los sistemas de calefacción del Reino Unido fuera de los combustibles fósiles se necesitaba un “enfoque integral” coordinado por “una sola organización”. La implicación (que los investigadores no explicaron detalladamente) es que las agencias estatales tienen que coordinar la transición. ¿Qué otra “única organización” podría hacerlo? Y tal estrategia ha sido combatida ferozmente por las “seis grandes” compañías de energía de Reino Unido y sus amigos en el gobierno conservador. Este es un buen ejemplo de cómo el dominio corporativo y el dogma de la “competencia” están bloqueando las tecnologías necesarias para enfrentar el calentamiento global.


¿Y AHORA QUÉ?


No hay respuestas fáciles a la crisis histórica producida por tres décadas de inacción gubernamental en las negociaciones internacionales sobre el clima. Sugeriré tres pasos.
El primer paso es rechazar el discurso producido por estas negociaciones, que los gobiernos tienen la situación bajo control. No la tienen.


El proceso de las negociaciones ha producido y reproducido su propio discurso, desconectado del mundo, en donde 16 de los 17 años más calurosos registrados fueron en los últimos veinte años -y en donde los estudiantes, desde Australia hasta Suecia y Bélgica, hacen huelga por este motivo. Es bienvenido el hecho, en mi opinión, de que los estudiantes no solo estén instando a los gobiernos a declarar una “emergencia climática” -lo cual parece lo mínimo que podrían hacer- sino que también están buscando modos de tomar el asunto en sus manos, exigiendo aprender sobre ciencia del clima.


Los movimientos sociales, las organizaciones de trabajadores y las comunidades preocupadas por el cambio climático podrían adoptar enfoques similares: no solo exigiendo acciones del gobierno sino también adquiriendo el conocimiento para guiar la acción colectiva por nosotros mismos; no solo exigiendo “new deals verdes” legislativos sino bloqueando los proyectos corporativos de consumo intensivo de combustibles fósiles y desarrollando nuestras propias tecnologías post-combustibles fósiles. Ya existe una rica historia de estos dos tipos de acciones -desde las protestas contra el fracking o contra el oleoducto de Dakota Access a los proyectos de energía comunitaria y las iniciativas de “transición justa” en los lugares de trabajo- desde la que partir.


Un segundo paso es rechazar las soluciones técnicas falsas que oscurecen la realidad: que para abandonar los combustibles fósiles necesitamos un cambio económico y social; necesitamos vivir de forma diferente.


El enfoque actual en los coches eléctricos autónomos es un gran ejemplo de esto. La tecnología de los coches eléctricos probablemente no reducirá gran parte de las emisiones de carbono, y podría no reducirlas en absoluto, a menos que la electricidad sea generada completamente por renovables. Y mientras países como Alemania y España han dado el paso importante de aumentar la proporción de energía generada por renovables de un quinto a un cuarto, la parte realmente difícil -crear sistemas casi o completamente renovables- todavía queda por hacer.


Una posibilidad más atractiva es que las ciudades se conviertan en lugares donde la gente viva con sistemas de transporte mejores, más saludables y no dependientes de los coches. Tecnologías como los tranvías y las zonas peatonales y las infraestructuras para el uso de las bicicletas pueden ayudar. La función social principal de los coches eléctricos, por el contrario, es preservar los beneficios de los fabricantes de coches. ¿Por qué ayudarles?


Tales cambios en el transporte urbano -sustituir un sistema tecnológico por otro- significan romper la resistencia de los centros de poder y riqueza (productores de combustibles fósiles, productores de coches, constructores de carreteras, etc.) que se benefician de ellos.


Lo mismo ocurre con otros sistemas tecnológicas. Rehacer la relación entre el campo y la ciudad, desplazar la infraestructura de construcción urbana del actual modelo de consumo de energía intensivo -que acabaría con la construcción de consumo intensivo de energía de casas que desperdician calor- significa romper la resistencia de los agentes inmobiliarios, de las compañías de construcción y de sus amigos en todos los niveles del gobierno. Ir hacia redes eléctricas descentralizadas, completamente integradas, significa romper la resistencia de las compañías eléctricas actuales.


Tales cambios, que combinan un cambio tecnológico, social y económico, son el tercer paso hacia el cambio. Estos cambios, por su parte, apuntan hacia transformaciones más profundas de los sistemas social y económico que respaldan los sistemas tecnológicos. Podemos imaginar formas de organización social que sustituyen el control corporativo y estatal de la economía, avanzar un control colectivo y comunitario y, lo que es crucial, en el cual el trabajo asalariado -un punto central del capitalismo centrado en el beneficio- es superado por tipos de actividad humana más valiosos.


Una transformación social semejante -una ruptura con un sistema económico basado en el beneficio y una ruptura paralela con la política basada en la falsa premisa de que el “crecimiento económico” equivale al bienestar humano- ofrecería la base más sólida para el tipo de cambios en los sistemas tecnológicos que se necesita para completar el abandono de los combustibles fósiles.


El hecho de que los movimientos obreros y sociales hayan aspirado a tales transformaciones durante dos siglos o más y que no los hayan conseguido todavía sugiere que no hay una forma sencilla de hacer esto. Y no intento ofrecer fórmulas triviales para el éxito. Pero entender que el cambio tecnológico es interdependiente del cambio social y económico, y que deberíamos resistir la tentación de pensar en ello de forma separada, es crucial.

Por Simon Pirani*
Traducción: Cristopher Morales

publicado
2019-03-30 07:00:00

*Simon Pirani es autor de Burning Up: A Global History of Fossil Fuel Consumption, y profesor visitante en el Instituto de Oxford para Estudios Energéticos.
El artículo original fue publicado en Roar Magazine.

 

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¿Cuáles son los mayores riesgos a los que se enfrenta el mundo en 2018?

El mundo entra en 2018 en un periodo crítico de riesgos intensificados, según el informe Global Risks Report.

 

Según el informe Global Risks Report, el mundo entra en 2018 en un periodo crítico de riesgos intensificados. La encuesta, que se publica anualmente desde 2006 por el Foro Económico Mundial, describe los cambios en el paisaje de riesgos globales y la interrelación entre los mismos.


Los riesgos se analizan en base a su grado de impacto y probabilidad en un periodo de diez años y se clasifican en cinco categorías: económica, medioambiental, geopolítica, social y tecnológica. La identificación de los riesgos está basada en una encuesta a miembros del Global Risk Network, una red de alrededor de 1000 expertos.


Cuando se preguntó a los encuestados por sus puntos de vista sobre la trayectoria de los riesgos en 2018, el 59% de sus respuestas apuntaban a una intensificación de estos, en comparación con el 7% que apunta a una disminución. Sobre el panorama geopolítico, 93% se mostraron convencidos de que las confrontaciones políticas o económicas entre las principales potencias puedan empeorar y casi un 80% esperaban un aumento en los riesgos asociados con la guerra.


RIESGOS MÁS PROBABLES


El Global Risks Report 2018 señala como riesgos más probables: los fenómenos meteorológicos extremos, los desastres naturales, los ciberataques, el robo o fraude de datos y el fracaso en la mitigación y adaptación de los efectos del cambio climático.
En función del grado de impacto, los cinco riesgos identificados son: las armas de destrucción masiva, los fenómenos meteorológicos extremos, los desastres naturales, el fracaso en la mitigación y adaptación de los efectos del cambio climático y las crisis relacionadas con el agua.


CINCO GRANDES RIESGOS AMBIENTALES


Por primera vez los ciberataques y el fraude de datos figuran entre los cinco riesgos más probables


Como en 2017, el medio ambiente fue, con mucho, la mayor preocupación planteada por los expertos. Entre los 30 riesgos globales a los expertos se les pidió que priorizaran en términos de probabilidad e impacto, los cinco riesgos ambientales: clima extremo; pérdida de biodiversidad y colapso del ecosistema (la polución de la tierra, agua y aire); grandes desastres naturales; desastres ambientales provocados por el hombre; y el fracaso de la mitigación y la adaptación al cambio climático.
Además de los riesgos medioambientales, el informe resalta otras tres áreas de riesgos globales, para las que se precisa una acción urgente.


1º Desigualdad e injusticia: la creciente disparidad de ingresos y riqueza ha sido identificada como el tercer riesgo global más importante. Se identifica además la automatización y digitalización como un elemento disruptivo del mercado laboral y que puede contribuir a una mayor desigualdad. Se señala que estos no son solo riesgos económicos, sino que sustentan sentimientos de injusticia social.

2º Tensión política a nivel nacional e internacional: El incremento de los riegos geopolíticos ha sido una de las tendencias más notables de 2017, particularmente en Asia y en focos de tensión como Oriente Medio. Los riegos geopolíticos se han visto exacerbados por la disminución del compromiso con un orden internacional multilateral basado en normas. Se identifican además la política de identidades y la personalización del poder (incluyendo en Arabia Saudí, China, Turquía o Rusia) como posibles catalizadores de riesgos.

3º Vulnerabilidad cibernética: Los riesgos cibernéticos se han visto acentuados en 2017. Este año aparecen por primera vez los ciberataques y el fraude de datos entre los cinco riesgos más probables. Otra tendencia en aumento son los ataques sobre infraestructuras críticas y sectores industriales estratégicos, con el consiguiente peligro de un ‘shock’ sistémico radical e irreversible.  
Sobre los desafíos económicos, el informe destaca los precios insostenibles de activos, altos niveles de endeudamiento, en particular en China, y la presión continuidad sobre el sistema global financiero.


CHOQUES FUTUROS


La encuesta identifica diez posibles choques futuros: la insuficiencia del suministro de alimentos global, los efectos adversos de la Inteligencia Artificial sobre la eficiencia de internet, las guerras comerciales, las olas populistas que amenazan el orden social, la extinción de las reservas de peces a manos de drones automatizados, una cascada de crisis económicas o financieras, el incremento de la desigualdad como resultado de la bioingeniería y de drogas que potencian las habilidades cognitivas, los ciberataques entre estados que se intensifican por la falta de protocolos, la geopolítica de la identidad y la fragmentación de internet por temas regulatorios, de ciberseguridad o proteccionistas.

Publicado enMedio Ambiente
Modelo alimentario y cambio climático

 

El cambio climático, originado por la actividad del hombre que genera gases de efecto invernadero (GEI), es uno de los mayores desafíos para la humanidad. A nivel mundial, el CO2 (anhídrido carbónico) representa el 77%, el CH4 (metano) el 14% y el NO2 (óxido nitroso) el 8% de los GEI. La agricultura, incluyendo el cambio de uso de la tierra (deforestación) representa un 30 % del total de la emisión de gases. La ganadería, incluyendo el transporte y la alimentación de ganado, representa el 80% de la emisión de GEI que se ocasionan en la agricultura. Las emisiones asociadas a la carne de rumiantes (vacuno y cordero) tienen aproximadamente 250 veces más emisiones, por gramo de proteínas, que las de la legumbres. Se estima que la producción y consumo mundial de carne se duplicará de 2001 al 2050, y el impacto sobre el cambio climático se incrementará notablemente si no se hace nada para remediarlo. Una dieta tipo Mediterránea (a base fundamentalmente de alimentos de origen vegetal) o tipo vegetariana reduce sustancialmente la producción de GEI. El exceso de consumo de productos de origen animal no sólo tiene un enorme efecto negativo ambiental, sino además un claro efecto perjudicial sobre la salud. Existe una sólida evidencia científica mostrando que seguir un patrón de dieta a base de alimentos de origen vegetal, comporta un menor riesgo de obesidad, de diabetes tipo II, de enfermedades cardiovasculares y cáncer. La sostenibilidad del medio ambiente está profundamente relacionada con nuestra salud. Velar por la conservación de nuestro planeta requiere cambiar muchas de nuestras pautas de vida.

 
Cambio climático y producción de gases de efecto invernadero

 

El cambio climático es uno de los mayores desafíos para la humanidad. El calentamiento de la tierra, los cambios extremos de temperatura, las tempestades, la desaparición de los glaciares y el aumento del nivel de los océanos son muestras inequívocas de sus efectos. Una cuestión clave es el reconocimiento por parte de la comunidad científica internacional, de que no es consecuencia de una desgracia natural, sino que está originado por la actividad humana, que genera gases de efecto invernadero (GEI) tal como señala el Panel Internacional del Cambio Climático (IPCC) (1). La reducción de la emisión de GEI, es por ello, una de las estrategias más importantes para atenuar el cambio climático.

A nivel mundial, el CO2 (anhídrido carbónico) representa el 77% de los GEI, el CH4 (metano) el 14% y el NO2 (óxido nitroso) el 8%. Según el IPCC (1) la emisión de estos gases aumentó un 70% entre 1970 y 2004. La producción de electricidad y calefacción, transporte (principalmente los vehículos a gasolina), industria y deforestación son las principales fuentes de CO2.

La agricultura es la principal fuente de la producción de CH4 y una de las fuentes importantes de NO2. Hay que recordar que otra parte importante de emisión de NO2 proviene de los escapes de vehículos motorizados, especialmente los de gasoil. La FAO (2) estima que el sector de la agricultura, incluyendo el cambio de uso de la tierra (deforestación) y actividades relacionadas, como la fabricación de fertilizantes, representa un 30% del total de la emisión de gases, una contribución que aunque parezca sorprendente es mayor que la originada por la industria y mayor incluso que la del transporte.

La deforestación en sí misma no emite GEI, pero los bosques son una fuente importante de captura del CO2 de la atmósfera y esta función se pierde al talar los bosques para destinarlos a pasturas o siembras. A su vez, la ganadería, incluyendo el transporte y la alimentación de ganado, representa el 80% de la emisión de GEI que se ocasionan en la agricultura.

Según la FAO (2), un 35% de producción de GEI en la agricultura y ganadería se origina en la deforestación de la tierra, es decir la eliminación de bosques para dedicar tierra a pastoreo de ganado y producción de cereales para piensos; un 30% se origina por la fermentación del estiércol generado por la ganadería; un 25% por la fermentación entérica de los rumiantes, que producen metano; y un 3,4% por el uso de fertilizantes nitrogenados. El mismo informe de la FAO (2) analiza la importancia relativa de la emisión GEI por la producción de distintos tipos de carnes. La producción de carne de ganado vacuno genera 3 veces más equivalentes de CO2/kg que la de ovejas y cerdos, y 30 veces más que la de carne de pollo. La formación entérica de metano se genera casi exclusivamente por él ganado vacuno (incluyendo vacas lecheras), mientras que el metano del estiércol, proviene en partes iguales del ganado vacuno y de la producción de cerdos.

La ganadería usa actualmente un tercio de la superficie de la tierra. Esto está determinado por lo dedicado a pastura permanente de ganado, especialmente en los países en vías de desarrollo. El 57% de las tierras de pastura permanente en el mundo se localizan en países relacionados con la exportación mundial de carne de vacunos, ovejas y cabras. En los países más desarrollados predomina en cambio la cría industrial en espacios cerrados. Hay que tener en cuenta que el sistema de producción de carne por pastoreo, genera el doble de emisiones de GEI que el sistema intensivo (alimentación por granos), especialmente por la producción de metano. Por otro lado un tercio de tierra cultivable es dedicada a la alimentación animal. La cría de animales y la producción de carne ocupan aproximadamente el 70% de las tierras dedicadas a la agricultura, y consume un 35% de la producción mundial de granos, que se dedican a la alimentación animal. La producción de soja por ejemplo, de los principales exportadores como Argentina y Brasil, se destina a la alimentación de cerdos en China. La FAO (2) estima que la cría de animales es responsable de entre el 6% y el 12% de la emisión de gases en Europa, y un 18% a nivel mundial.

 
Consumo de carne en el mundo

 

El consumo de carne, como es de imaginar, es más de 5 veces superior en los países desarrollados (224 g por persona y día) que en los países en desarrollo (47g por persona y día) (3). África tiene un consumo de 31 g por persona y día, América Latina 147 y el sud y este de Asia de 112. Pero lo más grave es que según el reciente informe de la FAO (2) se estima que, en ausencia de políticas de cambio, la producción y consumo mundial de carne se duplicará de 2001 al 2050, inducida principalmente por la incorporación al mercado de consumo de proteínas animales de cientos de millones de habitantes de China, India, Sudáfrica y Brasil. Es decir el impacto sobre el cambio climático se incrementará notablemente si no se hace nada para remediarlo. Los organismo de expertos internacionales (4) recomiendan un consumo máximo de carnes rojas (vaca, cerdo y oveja) de 70 g por persona y día, de forma que una de las estrategias para mitigar el cambio climático es reducir sustancialmente el consumo en la población de los países desarrollados y adecuar su consumo en los países en desarrollo, logrando una alimentación sostenible y socialmente más igualitaria.

El incremento en el consumo de carne en grandes y poblados países como China, India, Sudáfrica y Brasil, es parte de la denominada “transición alimentaria” (5) caracterizada por un crecimiento exponencial de la demanda de proteínas animales, las calorías totales y las denominadas “empty calories” prevenientes de azúcar refinadas, grasas, alcohol y aceites. Este cambio de patrones alimentarios ha sido posible por el incremento en el nivel de ingreso per cápita, asociado además a la urbanización y la producción industrial de alimentos. Se ha acompañado también de grandes cambios culturales. Se estima que los países con un nivel de ingresos superiores a los 12 mil dólares por año, el consumo de calorías per cápita es aproximadamente 500 calorías por día superiores a las necesidades nutricionales (5). Este exceso de ingesta calórica, ha contribuido indudablemente al crecimiento de la obesidad en la población mundial, para llegar a una situación actual muy preocupante, caracterizada por la existencia por primera vez de más gordos que flacos en la historia humana (6)

 

Modelo alimentario y gases de efecto invernadero

 

Por lo que hemos visto anteriormente, existe una profunda relación entre la producción y consumo de distintos tipos de alimentos y la generación de GEI. Es de esperar que los alimentos a base de plantas vegetales (frutas, verduras, cereales, legumbres) tengan sustancialmente menos emisiones de GEI que los alimentos de origen animal. Efectivamente, hay enormes diferencias. Una exhaustiva revisión sistemática en una de las revistas científicas más importantes del mundo, ha mostrado que las emisiones asociadas a la carne de rumiantes (vacuno y cordero) tienen aproximadamente 250 veces más emisiones, por gramo de proteínas, que las de la legumbres (5). Asimismo, 20 platos o raciones de vegetales, tienen menos emisiones de GEI que un plato de carne de vacuno. Es por ello comprobable que una dieta omnívora genera muchísimas más emisiones de GEI que una dieta tipo Mediterránea (a base fundamentalmente de alimentos de origen vegetal) o tipo vegetariana.

Un reciente estudio de la cohorte de Oxford (7), del estudio Prospectivo Europeo sobre Nutrición y Cáncer (EPIC) ha estimado las emisiones de GEI asociadas a la dieta de más de 55.000 miembros de la cohorte (por cada 2.000 calorías de ingesta, ajustada por sexo y edad). Las emisiones de GEI, calculadas en kg de equivalentes de CO2 por día, fueron de 7,19 para los altos consumidores de carne (≥100 g/d), de 4,67 para los bajos consumidores de carne (<50g/d), 3,91 para los consumidores de pescado, 3,81 para los vegetarianos y 2,89 para los veganos. Es decir la dieta de un alto consumidor de carne produce 2,5 veces más GEI que un vegano.

Este estudio se ha hecho sobre la base de un exhaustivo análisis en el Reino Unido (realizado por la Food and Climate Research Network, de la Universidad de Cranfield) (8), que ha efectuado un inventario de las emisiones de GEI originadas por la provisión de alimentos para el consumo de la población de UK (incluyendo lo que se produce en agricultura y pesca, más lo que se los que se importa). Hace además una estimación de la emisión de GEI por lo que se procesa y distribuye nacionalmente (transporte), y por el cambio de uso de la tierra.

Este análisis ha permitido evaluar el impacto ambiental que se puede esperar de un cambio en el modelo alimentario. Se ha estimado que por la combinación de una dieta vegetariana (incluyendo consumo de lácteos y huevos), una reducción del 66% en el consumo de productos de origen animal, la adopción de nuevas tecnologías para reducir la emisión de NO2 del suelo y del metano de los rumiantes, se podría disminuir en UK un 70% las emisiones de gases de efecto invernadero. Se ha estimado que solo con cambiar los patrones de una dieta de tipo occidental a una más sostenible basada en productos vegetales, podría representar reducir entre un 20 al 30% la producción de gases de efecto invernadero. Solo con sustituir la carne roja por carne blanca, se podrían reducir un 9,2% la emisión de GEI.

Se ha estimado por otro lado, que la producción de los alimentos que diferencian una dieta no vegetariana de una dieta de tipo vegetariana, requiere 2,9 veces más provisión de agua, 2,5 veces más provisión de energía, 13 veces más uso de fertilizantes y 1,4 veces más uso de pesticidas (9).

Es destacable el hecho de que no existen prácticamente estudios empíricos realizados en España, sobre emisiones asociadas a los alimentos consumidos por nuestra población. Gran parte de las estimaciones disponibles en la literatura científica se basan en el informe de la Universidad de Cranfield, realizado para el sistema alimentario del Reino Unido (8). Hay que tener en cuenta sin embargo, que gran parte de los datos del informe Cranfield provienen de estudios realizados no sólo en UK sino también en Suecia, Noruega, Dinamarca, Suiza, Italia y Grecia, es decir de diversos países de Europa.

El impacto de la agricultura orgánica en la emisión de GEI es aún controvertido, aunque intuitivamente se puede pensar que podría tener un gran efecto beneficioso. El estudio de la Universidad de Cranfield (8) evaluó el potencial de la agricultura orgánica en reducir la emisión de GEI. Evaluó 3 escenarios posibles. El primero incorporando la producción orgánica de carne y huevos. El segundo incluye asimismo la producción orgánica de leche, azúcar de remolacha y patatas. El tercero incluye también cereales. Globalmente, la reducción de emisiones que se podría obtener con la agricultura orgánica es entre un 5 a un 8%. Esta reducción se debe principalmente a la producción orgánica de cereales. La producción orgánica de carne (a pesar de que la orgánica usa un menor consumo energía total por kg de carne obtenida) el total de carne de vacuno, cerdo, oveja, pollo o huevos según este estudio no modifica la emisión de GEI.

Puede en cambio ser importante mitigar las emisiones de GEI mediante una mejor gestión del estiércol producido por la cría intensiva de ganado y su transformación en biogás. De la misma forma se considera que mejorando la calidad y digestibilidad de los granos para la cría de animales, podría reducir la emisión de metano por la fermentación entérica (3). Se debería hacer además un uso más eficiente de los fertilizantes nitrogenados.

Aparte de la evaluación de la producción de GEI, existen otras metodologías de análisis sobre el impacto de la actividad humana en el medio ambiente. Un de ellas es la denominada huella ecológica (10). Esta representa el área de tierra y agua, ecológicamente productivos-cultivos, bosques, ecosistema acuático- necesarios para generar recursos, y el área requerida para asimilar los residuos producidos por cada población, de acuerdo a su modo de vida. La unidad de medida habitual de la huella ecológica es la hectárea por persona. La de los GEI es la emisión de equivalente de CO2.

 
Modelo alimentario, impacto ambiental y salud

 

Diversas revisiones sistemáticas han evaluado en los últimos años las relaciones del modelo alimentario con el impacto ambiental y la salud (3,5,9). El objetivo desde el punto de vista de la salud pública es promover una dieta saludable y sostenible. El exceso de consumo de carne y productos de origen animal (recordemos que las recomendaciones indican no ingerir no más de 500 g por semana de carne roja, unos 70 g/día), característica principal de la dieta de tipo occidental, no sólo tiene un enorme efecto negativo ambiental, sino además un claro efecto perjudicial sobre la salud de los seres humanos. Existe una sólida evidencia científica (3,5,9) mostrando que, comparado a una dieta occidental, seguir un patrón de dieta a base de alimentos de origen vegetal (como la dieta mediterránea o vegetariana), comporta un menor riesgo de obesidad, de diabetes tipo II, de enfermedades cardiovasculares, así como un menor riesgo de padecer algunos tipos de cáncer (especialmente de colon y recto, y probablemente de estómago y de mama en mujeres postmenopáusicas).

Un reciente meta-análisis de 7 estudios de cohorte (11), incluyendo a más de 124.000 participantes mostró, comparando vegetarianos con no vegetarianos, que los vegetarianos tienen un menor riesgo de mortalidad (9%) por todas las causas, de mortalidad por isquemia coronaria (29%) por enfermedad cerebrovascular (12%) y de incidencia de cáncer (18%).

 

Conclusiones

 

Hemos analizado el origen de los GEI que contribuyen al cambio climático, y hemos señalado la importancia de la agricultura, particularmente de la ganadería en la producción de GEI. Hemos comprobado las tendencias negativas de aumento del consumo de proteínas de origen animal en la población mundial, asociada a la denominada “transición alimentaria”, que comporta un exorbitante exceso de consumo de carne en los países desarrollados. Existen abundantes estudios que demuestran que una dieta a base de productos de origen vegetal, como la dieta Mediterránea o la vegetariana, reducen considerablemente la producción de GEI. Hay por otro lado una evidencia científica sólida que este tipo de dietas no solo es más respetuosa con el medio ambiente, sino que es beneficiosa para la salud, al reducir el riesgo de obesidad, enfermedades cardiovasculares, diabetes y varios tipos de cáncer.

Existen por el otro lado, informes recientes de universidades de Suecia y Noruega, que reclaman que la mitigación del cambio climático no puede quedar reducida a acuerdos entre los estados, que pocas veces se cumplen, y con mayor riesgo aún con la nueva orientación de negación del cambio climático del presidente Trump, en el gobierno de EEUU, que rompe con los tibios acuerdos de Paris. Es imprescindible por ello involucrar activamente a la sociedad civil en la lucha contra el cambio climático. Cambiar las pautas de consumo, orientándolo a un consumo sostenible y responsable, hacer compras de productos locales y de proximidad, reducir el consumo de carne y aumentar el consumo de productos de origen vegetal, usar menos el coche privado, utilizar energías renovables. La sostenibilidad del medio ambiente está profundamente relacionada con nuestra salud. Velar por la conservación de nuestro planeta requiere cambiar muchas de nuestras pautas de vida.

Pero este cambio no depende solo de nuestras decisiones individuales, es una responsabilidad social y colectiva. Debe estar estimulado por políticas impositivas que graven lo que es perjudicial para nuestro ambiente y nuestra salud y desgraven lo que es beneficioso. La experiencia positiva de las campañas contra el tabaco, que tímidamente comienza a extenderse al uso del coche y al consumo de bebidas azucaradas, debe proyectarse hacia otras áreas de nuestra vida cotidiana que inciden en el cambio climático. La sociedad civil debe comprometerse y exigirlo.

 

Referencias

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­IPCC, 2014: Climate Change 2014: Synthesis Report. Contribution of Working Groups I, II and III to the Fifth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change [Core Writing Team, R.K. Pachauri and L.A. Meyer (eds.)]. IPCC, Geneva, Switzerland, 151 pp.

Gerber, P.J., Steinfeld, H., Henderson, B., Mottet, A., Opio, C., Dijkman, J., Falcucci, A. & Tempio, G. 2013. Tackling climate change through livestock – A global assessment of emissions and mitigation opportunities. Food and Agriculture Organization of the United Nations (FAO), Rome.

McMichael A, Powles J, Butler C, Uauy R. Food, livestock production, energy, climate change, and health. The Lancet 2007; 370:1253-63.

WRCF&AICR, Food, Nutrition, Physical Activity, and the Prevention of Cancer: a Global Perspective. 2007.

Tilman D & Clark M. Global diet link environmental sustainability and human health. Nature 2014; 515: 518-32.

NCD Risk Factor Collaboration. Trends in adult body-mass index in 200 countries from 1975 to 2014: a pooled analysis of 1698 population-based measurement studies with 19.2 millon participants. Lancet 2016;387:1377-96.

Scarbourough P, Appleby P, Mizdrak A, Briggs M, Travis R, Bradbury K and Key T. Dietary greenhouse gas emissions of meat-eaters, fish-eaters, vegetarians and vegans in the UK. Climate Change 2014; 125:179-192

Ausley E, Brander M, Chatterton J, Murphy-Bokern D, Webster C and Willians A. (2009) How low can we go? An assessment of greenhouse emissions form the UK food system and the scope to reduce them by 2050. WWF-UK.

Marlow HJ1, Hayes WK, Soret S, Carter RL, Schwab ER, Sabaté J. Diet and the environment: does what you eat matter? Am J Clin Nutr. 2009 May;89(5):1699S-1703S.
Loiseau E, Junqua G, Roux P, Bellon-Maurel V. Environmental assessment of a territory: an overview of existing tools and methods. J Environ Manage 2012; 112:213-25.

Huang T, Yang B, Zheng J, Li G, Wahlqvist M and Li D. Cardiovascular disease mortality and cancer incidence in vegetarians: a meta-analysis and systematic review. Ann Nutr Metab 2012; 60 (4):233-40.


Carlos A. González Svatetz Investigador Emérito. Unidad Nutrición y Cáncer. Instituto Catalán de Oncología. Profesor Master Salud Pública. Universidad Pompeu Fabra.

 

 

Publicado enMedio Ambiente
El mayor proyecto del mundo para obtener energía alcanza su ecuador

 

El 20 de diciembre, los 28 Ministros de Medio Ambiente de la Unión Europea (UE) se reunieron en Bruselas para discutir el plan de reducción de emisiones preparado por la Comisión, para cumplir con el Acuerdo de París sobre cambio climático. Pues bien, lo que está claro (es) que hemos perdido la batalla para mantener el planeta tal como lo conocemos. Por supuesto, esto puede ser considerado como mi subjetiva opinión personal.

Por lo tanto, voy a proporcionar muchos datos, historia y hechos para ser concreto. Los datos y los hechos tienen un apreciable valor: son útiles para todos los debates, mientras que las ideas no. Entonces, si a Ud. no le gustan los hechos, por favor deje de leer aquí. Usted se librará de un artículo aburrido, como probablemente todos los míos, porque no estoy tratando de entretener, sino de crear conciencia. Además, si deja de leer, se ahorrará la oportunidad de conocer nuestro triste destino.

Como es usual ahora en política, los intereses se anteponen a los valores y la visión. Los ministros decidieron (con alguna resistencia de Dinamarca y Portugal), reducir el compromiso de Europa. Esto va al encuentro de Donald Trump, que abandonó el Acuerdo de París, para privilegiar los intereses estadounidenses, sin ninguna atención al planeta. Por lo tanto, Europa simplemente está siguiéndole.

Por supuesto, los que estamos vivos ahora no pagaremos nada: las próximas generaciones serán las víctimas de un mundo cada vez más inhóspito. Pocas de las personas que en 2015 asumieron en París compromisos solemnes en nombre de toda la humanidad para salvar el planeta, estarán vivos dentro de 30 años, cuando el cambio se vuelva irreversible. Y será también evidente que los seres humanos somos los únicos animales que no defendemos ni protegemos nuestro hábitat.

En primer lugar, el Acuerdo de París fue adoptado por los 195 países participantes, de los cuales 171 ya han suscrito el tratado, en sólo dos años, lo cual está muy bien, excepto que el tratado es solo una colección de buenos deseos, sin ningún compromiso concreto. Para empezar, no establece compromisos específicos y verificables. Cada país decidirá sus propios objetivos y será responsable de su implementación. Es como pedir a todos los ciudadanos de un país que decidan cuántos impuestos quieren pagar y que si no los pagan, no hay ninguna sanción.

En París en 2015 Europa se comprometió a llegar a utilizar el 27% de energías renovables (reduciendo el uso de energías fósiles), fijando un objetivo del 20% para el 2020. Pero, del 27%, bajó al 24,3%. Además, los ministros decidieron mantener los subsidios para la industria de energías fósiles hasta el 2030 en lugar del 2020, como estaba previsto. Y aunque la propuesta de la Comisión era que las plantas de energías fósiles perderían los subsidios si no reducían sus emisiones a 500 gramos de CO2 por tonelada para el 2020, los ministros extendieron los subsidios hasta el 2025.

Por último, la Comisión propuso reducir los biocombustibles (a base de productos de consumo humano, como el aceite de palma) al 3,8%. Así, los ministros, contrariamente a todas sus declaraciones sobre la lucha contra el hambre en el mundo, decidieron duplicarlo, al 7%.

Volvamos ahora al principal defecto del acuerdo de París. Los científicos tardaron dos décadas para concluir con certeza que el cambio climático es causado por las actividades humanas, a pesar de una fuerte oposición, bien financiada por la industria del carbón y del petróleo, que sostenía lo contrario.

El Panel Internacional sobre Cambio Climático, es una organización bajo los auspicios de la ONU, cuyos miembros son 194 países, pero su fortaleza proviene de los más de 2.000 científicos de 154 países que trabajan juntos en el tema del clima.

El debate se prolongó desde 1988 –cuando se estableció el IPCC– hasta 2013, cuando llegaron a una conclusión definitiva: la única manera de detener el rápido deterioro del planeta, consiste en impedir que las emisiones superen los 1,5 grados centígrados sobre la temperatura de la Tierra en 1850. En otras palabras, nuestro planeta ya está deteriorado, y no podemos volver atrás. Hemos quemado demasiada gasolina y emitido demasiados gases contaminantes, que ya están actuando. Pero si detenemos este proceso, aunque nunca podremos cancelar el daño ya causado, que durará algunos miles de años, podemos estabilizar el planeta.

Se considera que la revolución industrial comenzó en 1746, cuando las usinas industriales reemplazaron a los tejedores individuales. Pero comenzó a gran escala en la segunda mitad del siglo XIX, con la segunda revolución industrial. Esto implicó el uso de la ciencia en la producción, inventando motores, ferrocarriles, creando fábricas y otros medios de producción industrial.

Empezamos a registrar las temperaturas en 1850, cuando aparecieron los termómetros. De esta forma, podemos verificar cómo el carbón, los fósiles y otros combustibles comenzaron a interactuar con la atmósfera.

Lo que concluyeron los científicos fue que si superamos los 1,5 grados centígrados con respecto a la temperatura de 1850, cruzaremos irreversiblemente una línea roja: no podremos modificar la tendencia, y el clima quedará fuera de control, con dramáticas consecuencias para el planeta.

La conferencia de París es el acto final de un proceso que comenzó en Río de Janeiro en 1992, con la Conferencia sobre Medio Ambiente y Desarrollo, donde dos líderes ya fallecidos, Boutros Ghali y Maurice Strong, llevaron a cabo la primera cumbre de jefes de Estado sobre el problema del medio ambiente.

Por cierto, vale la pena recordar que Strong, un hombre que dedicó toda su vida a los problemas del medio ambiente, por primera vez abrió la conferencia a los representantes de la sociedad civil, además de las delegaciones gubernamentales. Más de 20,000 organizaciones, académicos y activistas viajaron a Río, iniciando la creación de una sociedad civil global reconocida por la comunidad internacional.

A diferencia de Kioto, se suponía que París sería un acuerdo realmente global, con el fin de incluir la mayor cantidad de países posible. Es un secreto sucio poco conocido que la ONU decidió poner como objetivo no los muy ajustados 1,5 grados centígrados, sino los más apetecibles 2 grados centígrados. Pero desafortunadamente, el consenso es que ya hemos superado los 1,5 grados centígrados. Y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) ha estimado que los compromisos asumidos por los países en París, si no cambian, nos llevarán a 6 grados centígrados, un aumento que según la comunidad científica haría inhabitable una gran parte de nuestro planeta.

De hecho, en los últimos cuatro años registramos los veranos más calurosos desde 1850. En 2017 tenemos el récord de emisiones en la historia, que han alcanzado 41.5 giga toneladas. De ellos, 90% proviene de actividades relacionadas con los humanos, mientras que las energías renovables (cuyo costo ahora se ha vuelto competitivo con respecto a las energías fósiles), todavía cubren solo el 18% de la energía consumida en el mundo.

 

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El clima es solo un factor que determina la disponibilidad del agua. Foto: Agriculturers.

 

Hablaremos ahora de otro secreto sucio importante.

Mientras discutimos sobre cómo reducir el uso de fósiles, estamos haciendo lo contrario. En este momento, gastamos 10 millones de dólares por minuto para subsidiar la industria de los fósiles.

Según la ONU, solo considerando los subsidios directos, estos se sitúan entre 775 mil millones de dólares a 1 billón de dólares. La cifra oficial solo en el G20 es de 444 mil millones. El Fondo Monetario Internacional ya ha aceptado la opinión de economistas que sostienen que los subsidios no son solo dinero en efectivo: es el uso de la tierra y la sociedad, así como la destrucción del suelo, el uso del agua, los aranceles políticos (las llamadas externalidades, el costo que existe, pero que no está incluido en el balance de las empresas). Si tenemos en cuenta esto, llegamos a la friolera de 5.3 billones: fueron 4.9 billones en 2013. Eso representa el 6.5% del Producto Bruto global y eso es lo que les cuesta usar energías fósiles a los gobiernos, a la sociedad y a la tierra.

Este hecho no ha sido difundido por los medios de comunicación. Pocos conocen la fuerza de la industria de los fósiles. Trump quiere reabrir las minas de carbón, no solo porque esto atrae los votos de aquellos que perdieron un trabajo obsoleto, sino porque la industria de los fósiles financia el Partido Republicano. Los multimillonarios hermanos Koch, los mayores propietarios de minas de carbón de Estados Unidos, declararon haber “invertido” 800 millones de dólares en la última campaña presidencial.

Algunos podrían decir que estas cosas suceden en Estados Unidos, pero de acuerdo con la respetada organización Transparencia Internacional, en Europa hay más de 40.000 lobistas que actúan para ejercer influencia política. El Observatorio Corporativo de Europa, que estudia el sector financiero, descubrió que estos grupos de presión gastan 120 millones de euros (143 millones de dólares) al año en Bruselas y emplea a 1.700 cabilderos. Se estableció que presionan sin respetar las normas legales, con más de 700 organizaciones, superando siete veces el número de sindicatos y organizaciones de la sociedad civil.

El poder de la industria de fósiles explica por qué en 2009 los gobiernos ayudaron al sector con 557 mil millones de dólares, mientras que toda la industria de las energías renovables recibió solo entre 43 y 46 mil millones de dólares, según estimaciones de la Agencia Internacional de Energía.

Está claro que los ciudadanos no tienen idea de que una parte de su dinero está manteniendo con vida y con mucho lucro a una industria clave en la destrucción de nuestro planeta, que sabe muy bien que hemos superado las 400 partes por millón de CO2 en la atmósfera, cuando la línea roja había sido establecida en 350 ppm. Pero la gente no lo sabe, y así continúa esta espectacular fiesta de hipocresía.

En 2015, la ONU realizó una amplia encuesta donde participaron 9,7 millones de personas. Se les pidió que eligieran como prioridades seis de 16 asuntos. El primer elegido, con 6.5 millones de preferencias, fue “una buena educación”. El segundo y el tercero, con más de 5 millones de preferencias, fueron “un mejor sistema de salud” y “mejores oportunidades de trabajo”.

El último de los 16 temas, con menos de 2 millones, fue el “cambio climático”, que también resultó último en las preferencias de los países pobres, pese a que serán las principales víctimas del cambio climático. Los 4,3 millones de participantes, de los países más pobres, pusieron en primer lugar la educación (3 millones de preferencias); el cambio climático fue el último, con 561.000 votos... Ni siquiera en Polinesia, Micronesia y Melanesia, cuyas islas están por desaparecer, el cambio climático apareció en primer lugar. Esta es una prueba contundente de que las personas no se dan cuenta de que hemos llegado al umbral de la supervivencia de nuestro planeta tal como lo conocemos desde hace miles de años.

Por lo tanto, si los ciudadanos no están conscientes y no están preocupados, ¿por qué lo habrían de estar sus políticos? La respuesta es porque son elegidos por los ciudadanos para representar sus intereses y no pueden tomar decisiones fundamentales ¿Cómo suena esto en sus oídos? Cabilderos luchando por intereses, que se presentan ofreciendo empleos y estabilidad.

 

agricultura y cambio climatico

El estudio Estado de la Alimentación y la Agricultura 2016 se concentra en la relación entre cambio climático, agricultura y seguridad alimentaria.


Y ahora, expongamos un último secreto sucio, para mostrar cuán lejos estamos de alcanzar el control de nuestro clima. Además de lo que ya hemos dicho, hay un tema muy importante que incluso se ha debatido en París: los acuerdos se refieren exclusivamente a la reducción de las emisiones de la industria de los fósiles. Otras emisiones se han ignorado por completo.

Un nuevo filme documental, “Cowspiracy: The Sustainability Secret” (Conspiración: el secreto de la sostenibilidad), producido por Leonardo di Caprio,https://www.youtube.com/watch?v=JyTFZefMvZ8 , ha clasificado muchísimos datos sobre el impacto de la ganadería en el cambio climático. Son considerados de cierta forma exagerados. Pero sus dimensiones son tan grandes que, de todos modos, añaden otro clavo a nuestro ataúd.

Los animales emiten metano, no emiten CO2, pero el metano es al menos 25% más dañino que el CO2. La ONU reconoce que, si bien todos los medios de transporte, desde automóviles hasta aviones, contribuyen al 13% de las emisiones, las vacas lo hacen en un 18%...

Pero el verdadero problema es el uso del agua, un tema clave que no tenemos forma de abordar en este artículo. El agua es considerada incluso por los estrategas militares, como una muy próxima causa de conflictos, como el petróleo lo ha sido durante mucho tiempo.

Para producir medio kilo de carne se necesitan usa 10.000 litros de agua. ¡Eso significa que una hamburguesa es equivalente a dos meses de duchas...! Para obtener 1 litro de leche, se necesitan 1000 litros de agua. Las personas en todo el mundo usan una décima parte de lo que necesitan las vacas. El ganado usa el 33% de toda el agua disponible y el 45% de la superficie aprovechable del planeta. Además, es la causa del 91% de la deforestación de la Amazonía y producen 130 veces más desechos que los seres humanos.

La cría de cerdos en Holanda está creando serios problemas porque sus desechos ácidos están reduciendo las tierras utilizables. Y el consumo de carne está aumentando muy rápidamente en Asia y África, ya que se considera un objetivo a alcanzar los niveles de consumo de los países ricos.

A este grave impacto en el planeta, se ha unido una fuerte paradoja de sostenibilidad para la población humana. Actualmente somos 7,590 millones de personas y pronto llegaremos a 9,000 millones. La producción total de alimentos en el mundo podría nutrir de 13 a 14 mil millones de personas. De estos alimentos, una parte considerable se desperdicia y no llega a las personas (tema para un artículo separado). La comida para los animales podría alimentar a 6 mil millones de personas y tenemos mil millones de personas muriendo de hambre. Esto prueba lo lejos que estamos de utilizar los recursos racionalmente para los habitantes de la Tierra. Tenemos suficientes recursos para todos, pero no los administramos racionalmente. El número de obesos ha igualado al de las personas que mueren de hambre.

La solución lógica en esta situación sería llegar a un acuerdo sobre una gobernanza global, en el interés de un planeta para la humanidad. Sin embargo, vamos en la dirección opuesta. El sistema internacional está asediado por el nacionalismo, que hace cada vez más imposible llegar a soluciones significativas.

Concluyamos con un último ejemplo: sobrepesca. Han pasado dos décadas desde que la Organización Mundial del Comercio (que no forma parte de la ONU y se construyó en disparidad con el foro mundial) trata de llegar a un acuerdo sobre la pesca excesiva con mega redes, que recolectan una enorme cantidad de peces: 2.7 billones, de los cuales solo se usa una quinta parte y se botan los cuatro quintos restantes.

En la última conferencia de la OMC celebrada el 13 de diciembre en Buenos Aires, los gobiernos tampoco pudieron llegar a un acuerdo sobre cómo limitar la pesca ilícita. Los grandes peces han disminuido el 10% desde 1970. Y estamos explotando un tercio de todas las reservas. Se estima que la pesca ilegal coloca entre 10 mil millones y 23 mil millones en el mercado negro, según un estudio de 17 agencias especializadas, con una lista completa de nombres. Y nuevamente, los gobiernos gastan 20 mil millones de dólares por año para financiar el aumento de su industria pesquera... otro ejemplo de cómo los intereses se anteponen al bien común.

Creo que ahora tenemos suficientes datos para darnos cuenta de la incapacidad de los gobiernos para tomar en serio sus responsabilidades, porque disponen de la información necesaria para saber que nos dirigimos hacia un desastre.

En un mundo normal, la declaración de Trump de que el control del clima es un cuento chino, y que se inventó contra los intereses de Estados Unidos, debería haber causado una conmoción global. Además, si bien las políticas internas de Trump son una cuestión estadounidense, el clima está afectando a los 7.590 millones de habitantes del planeta, y Trump fue elegido por menos de una cuarta parte de las personas con derecho a voto de USA: aproximadamente 63 millones. Demasiado poco para imponer decisiones que afectan a toda la humanidad.

Actualmente, los ministros europeos se rigen por un proverbio que dice “el dinero habla y las ideas murmuran...” Hay muchos que se están preparando para especular sobre el cambio climático. Ahora que hemos perdido el 70% de hielo del polo norte y las compañías navieras se preparan a utilizar la Ruta del Norte, lo que reducirá el costo y la duración del transporte en un 17%. Y la industria vinícola británica, desde el calentamiento del planeta, está aumentando la producción en 5% cada año.

Los viñedos plantados en el sur de Inglaterra, con un suelo calcáreo, ahora se los compran los productores de Champagne, que planean mudarse allí. El Reino Unido ya produce 5 millones de botellas de vino y vinos espumosos, los que se venden todos. Esta Navidad, el espumante local superará a los champañas, cavas, prosecco y otras bebidas navideñas tradicionales.

Hemos registrado en vano, el aumento de los huracanes y las tormentas, también en Europa, y una propagación récord de incendios forestales. La ONU estima que al menos 800 millones de personas serán desplazadas por el cambio climático, lo que hará inhabitable varias partes del mundo. ¿A dónde irán? No a los Estados Unidos ni a Europa, donde son vistos como invasores.

No olvidemos que la crisis siria se produjo después de cuatro años de sequía (1996-2000) que desplazó a más de un millón de campesinos a las ciudades. El consiguiente descontento alimentó la guerra, que hasta ahora contabiliza 400,000 muertos y seis millones de refugiados. Cuando los ciudadanos se percaten de los daños, será demasiado tarde. Los científicos piensan que será nítidamente evidente después de treinta años.

Entonces, ¿por qué nos preocupamos ahora? Ese es un problema para la próxima generación. Las multinacionales continuarán ganando dinero hasta el último minuto, con la complicidad de los gobiernos y su apoyo, así que, aprovechemos la marea del cambio climático.

Vamos a comprar una buena botella de champán británico, para beberlo en una línea de cruceros de lujo sobre el Polo, y dejemos que la orquesta siga tocando, ¡como lo hizo en el Titanic hasta el último minuto!

Roma, diciembre 2017 –

 

Publicado enMedio Ambiente
La ola de frío amenaza con batir récords históricos en EE UU

 

El azote del Ártico se empezó a sentir con fuerza este jueves el Este de Estados Unidos. El temporal de frío extremo que comenzó hace unos días por Canadá, y probablemente ocupará dos tercios de territorio estadounidense, ya ha empezado a dejar temperaturas mínimas registradas a estas alturas del año. La ciudad de Washington se despertó con la mañana más gélida para un diciembre de los últimos 10 años, también se exploraron los mínimos en Detroit o Boston, y en algunas zonas de Pensilvania no habían visto tanta nieve en la historia.

 

Los servicios de meteorología advierten de que lo más duro del temporal llegará entre el domingo, 31 de diciembre, y el lunes, 1 de enero. En Nueva York, que en Nochevieja se llena de turistas deseosos de recibir el año nuevo en Times Square, esperan que la temperatura llegue a los -12 grados centígrados. De momento, este jueves, ya bordeaba la zona de los -10. En Washington, ha oscilado entre los -4 y los -6. Y en sitios como Dakota del Norte se ha llegado a los -26.

 

El temporal ha servido a Donald Trump para mofarse del calentamiento global, fenómeno que ha cuestionado en múltiples ocasiones. Esta tarde, en su cuenta de Twitter, ha espetado: "En el este, podría haber la Nochevieja más FRÍA registrada. Quizá nos vendría bien un poco de ese calentamiento global del que nuestro país, pero no otros países, iba a pagar billones de dólares por protegerse. ¡Tápense!", escribió.

 

El presidente americano se refería al Pacto de París contra el calentamiento global, que implicaba un desembolso para países como EE UU, y del que Trump decidió retirarse el pasado mes de junio por considerarlo perjudicial para los intereses estadounidenses.

 

Una de las zonas donde más se ha hecho notar la ola de frío extremo es en Pensilvania. La ciudad de Erie ha acumulado más de 165 centímetros desde el día de Navidad. La nevada superó los 85 centímetros solo en el día 25. El gobernador del Estado, Tom Wolf, anunció que la Guardia Nacional estaba "proporcionando vehículos militares todoterreno de alto rendimiento para ayudar a las agencias locales con la emergencia médica y la respuesta de la policía".

 

En Ontario, Canadá, el temporal ha explorado la zona de los -40 grados. "Tenemos que volver a 1993 para ver este tiempo en las provincias de Ontario o Quebec", advierte el meteorólogo Alexandre Parent, " y eso sin considerar el factor viento". Con estas temperaturas glaciales, los riesgos de hipotermia y de sabañones son severos y elevados, y con un enfriamiento eólico cercano a los -35 grados, la piel expuesta se puede congelar en menos de 10 minutos, advirtió el ministerio de Salud, según AFP.

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El deshielo, un problema dispar de norte a sur del planeta

 

Año tras año, los termómetros alcanzan temperaturas medias insólitas, logrando traspasar récords desconocidos desde que se registran estos datos. El 2016 se convirtió en el más cálido de la historia y este 2017 ya es el tercero más caluroso. El cambio climático ha acelerado el dramático problema medioambiental, y sus consecuencias han llegado hasta los extremos más remotos del planeta, donde el hielo, dueño de un paisaje blanco, ocupa cada vez menos terreno.

 

¿Es el calentamiento global el simple responsable del deshielo que sufren los polos?

 

Los datos extraídos del Centro Nacional de Datos sobre Nieve y Hielo (NSIDC, por sus siglas en inglés) demuestran que el deshielo se da principalmente en Ártico. A finales de la década de los ochenta y durante la de los noventa la superficie helada en el polo norte rondaba los 14 millones de kilómetros cuadrados, extensión que se mantuvo con algunas disminuciones mes a mes. Ahora, sin embargo, la extensión es mucho menor, rondando los 2,5 millones de kilómetros cuadrados.

 

 

El declive empezó alrededor de 2005, cuando empezaron a registrarse mínimos históricos en esa región. Durante los meses más fríos y entre 2008 y 2013, el polo norte vio cómo repuntaba ligeramente el área helada, pero la tendencia siguió siendo la disminución durante los años posteriores.

 

En la Antártida, sin embargo, el escenario es diferente. Siendo cierto que este 2017 la superficie helada se ha situado en mínimos históricos -tendencia que empezó a marcarse en los primeros meses de 2016-, desde 2007 a 2016 hubo muchos meses en los que se marcaron niveles muy altos de hielo, por encima de la media registrada desde 1979.

Miquel Canals Artigas, catedrático dedicado al estudio multidisciplinar del océano en la Universitat de Barcelona, apunta a la evidente “tentación de relacionar” el deshielo con el calentamiento global, “pero no en todos los casos está directamente demostrado”. Canals destaca los casos en los que sí hay evidencias científicas de la implicación del cambio climático, como “en la región de la península antártica, en el ártico canadiense o en Groenlandia”.

 

En otras zonas, sin embargo, como “en la Antártida oriental, que es la región con un volumen de hielo más grande, se cree que hasta el efecto puede ser contrario”. “Si la superficie del norte es más caliente favorece la evaporación de agua. Y, a más evaporación, más precipitaciones que forman más nieve que, posteriormente, se acaba convirtiendo en hielo”, destaca el catedrático. Canals también apunta a que “esto, en un periodo cálido, puede contribuir a aumentar el volumen de hielo”.

 

Un nuevo estudio realizado por científicos de la Universidad Estatal de Portland y el Centro Nacional de Datos sobre Nieve y Hielo (NSIDC), en la Universidad de Colorado, ha encontrado a su vez que los efectos del cambio climático, que son evidentes en otras partes del continente antártico, aún no se observan para los glaciares en la costa occidental del Mar de Ross.

 

Publicado por la revista Geology, el estudio encontró que el patrón de avance y retroceso de los glaciares no ha cambiado a lo largo de la costa occidental del Mar de Ross, en contraste con los glaciares que se encogen rápidamente en la Península Antártica.

 


El equipo de investigación compiló mapas históricos y una variedad de imágenes satelitales que abarcan el último medio siglo para examinar la actividad de los glaciares a lo largo de más de 700 kilómetros de costa. Los científicos examinaron 34 glaciares grandes para obtener detalles sobre el flujo de hielo, extensión y eventos de parto (formación de icebergs). Y aunque cada glaciar mostró avances y retrocesos, no hubo un patrón general en el tiempo o con la latitud.

 

Los resultados sugieren que los cambios en al clima (temperatura del aire, nevadas y temperaturas oceánicas) han sido mínimos en el último medio siglo en esta región.

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Protesta de activistas contra los combustibles fósiles en la cumbre de Bonn.

 

La financiación de los países ricos para los más pobres vuelve a atascar los avances en una cumbre del clima

 

El Acuerdo de París –que se empezará a aplicar en 2021– fue el marco general de la lucha contra el cambio climático. Pero falta desarrollarlo. Y los reglamentos para hacerlo tendrán que esperar a la cumbre de Polonia en 2018, la fecha tope que marca el propio acuerdo. Así lo han decidido los negociadores de los casi 200 países reunidos en la Cumbre del Clima de Bonn. En la recta final de esta cita la financiación que deben aportar los países ricos se ha vuelto a convertir en un escollo. Y lo volverá a ser en las próximas citas, adelantan los negociadores.

Los negociadores que se han reunido en la llamada COP23 de Bonn han esbozado los esqueletos de esos reglamentos de desarrollo del Acuerdo de París, pero los temas más polémicos sobre transparencia o contabilidad de las emisiones de cada país siguen abiertos y tendrán que cerrarse en Katowice, la ciudad polaca que acogerá a finales de 2018 la próxima cumbre. "Hubiera sido mejor avanzar más", reconoce Teresa Ribera, directora del Instituto para el Desarrollo Sostenible y las Relaciones Internacionales y experta en negociaciones climáticas. Pero lo más difícil se ha dejado para la siguiente cumbre, que se llevará a cabo en el bastión europeo del carbón, el combustible fósil que más gases de efecto invernadero emite.

Todo parecía indicar que esta cita de Bonn —que desde un principio se concibió como técnica— podía cerrarse, por primera vez en mucho tiempo, este viernes según el programa previsto. Pero las discusiones sobre la financiación han paralizado las negociaciones y mantuvieron abierta la cumbre durante buena parte de la noche. Finalmente, sobre las seis de la mañana, tras una larga noche de negociaciones, se desbloqueó la situación y se consiguió cerrar la cumbre.

La principal discusión se centró en los intentos de los países en desarrollo para conseguir asegurarse que los Gobiernos de los Estados más ricos y su sector privado pongan sobre la mesa los 100.000 millones de dólares anuales para financiación climática comprometidos con el Acuerdo de París a partir de 2020. Ese montante está pensado para que los países con menos recursos puedan poner en marcha estrategias de mitigación (recortes de emisiones de gases de efecto invernadero) y adaptación a los efectos negativos del calentamiento.

Los Estados más pobres presionaron para que los desarrollados se comprometan a comunicar cuánto dinero pondrán sobre la mesa cada año con antelación. Y los desarrollados argumentaban que no pueden comprometerse a eso ya que sus aportaciones dependerán de su disponibilidad presupuestaria. Este asunto continúa abierto también tras la cumbre del Bonn. "La financiación es el último tema que siempre se cierra en las cumbres", explica Laura Juliana Arciniegas, jefa de la delegación de Colombia. "Y lo será en las siguientes".

 

Salida de EE UU

 

La salida anunciada por Donald Trump del Acuerdo de París —que no se podrá materializar hasta 2020 porque así lo establece el pacto— supuso un golpe moral a esta alianza contra el cambio climático, que por primera vez tras dos décadas de negociaciones logró cerrar en París en 2015 un acuerdo que comprometía a todos a recortar sus emisiones. Pero Trump no ha provocado un efecto contagio. Al contrario, Nicaragua y Siria, que se resistían a firmar el pacto, han anunciado que lo harán y EE UU se ha quedado aislado. Pero más allá de los recortes de los gases que no acometerá EE UU, Trump ha dejado claro que no tiene ninguna intención en cumplir los compromisos de financiación, con lo que se reduciría el número de Estados desarrollados que deben aportar esos 100.000 millones. Y esto inquieta a los países en desarrollo.

El Acuerdo de París tenía una brecha bien identificada que se debe cubrir desde que se firmó hace dos años en la capital francesa. Los recortes de gases de efecto invernadero comprometidos por todos los países firmantes del pacto no son suficientes para lograr el objetivo: que el aumento de la temperatura media del planeta no supere los dos grados a final de siglo respecto a los niveles preindustriales, e intentar que se quede en los 1,5. Pero el Acuerdo de París contiene mecanismos para superar superar ese problema: periódicamente se harán revisiones y los Estados presentarán nuevos compromisos, siempre al alza, de sus planes de recortes de gases de efecto invernadero.

Sin embargo, la salida de EE UU ha abierto otra brecha inesperada: la financiación. "Ahora existe una brecha de 2.300 millones de dólares en el Fondo Verde que EE UU ha dicho que no va a poner", señala el comisario europeo de Acción por el Clima y Energía, Miguel Arias Cañete. ¿Y quién va a cubrirla? Arias Cañete augura que el tema de la financiación volverá a centrar una parte importante de las negociaciones en Polonia. Las dudas sobre quién asumurá los esfuerzos financieros de EE UU es una de las razones que han empujado a los países en desarrollo a pedir que los Estados ricos anticipen cuánto dinero aportarán.

El otro punto sobre financiación que ha bloqueado las negociaciones ha sido el Fondo de Adaptación, que los países en desarrollo no quieren que se elimine cuando se aplique, a partir de 2021, el Acuerdo de París. Este fondo se creó con el Protocolo de Kioto, que estará en vigor hasta 2020, cuando el pacto de París tomará el relevo.

En el Acuerdo de París se abrió la posibilidad de que continuara el Fondo de Adaptación. En la Cumbre del Clima de Marrakech, de 2016, se reforzó esa idea. Y en la de Bonn los países en desarrollo querían atar definitivamente esta continuidad, lo que esta noche han logrado.

 

1,5 grados

 

En octubre de este año está previsto que el IPCC, el panel de expertos internacionales que bajo el paraguas de la ONU radiografían los efectos del cambio climático, difunda un informe sobre las posibilidades de limitar el aumento de la temperatura a 1,5 grados y las medidas que se deberían tomar para lograrlo. El reto es complicado, el calentamiento está ya en un grado respecto al nivel preindustrial.

La asunción de esa meta del grado y medio también ha centrado parte de las discusiones finales de esta cumbre de Bonn. Varios Estados, fundamentalmente los más petroleros (como Arabia Saudí o Irán) pidieron que se retirara toda referencia a esos 1,5 grados en uno de los documentos que está previsto que se aprueben, señalan fuentes de la negociación. Pero esa referencia ya está en el Acuerdo de París, con lo que no se puede dar marcha atrás.

 


 

WASHINGTON QUIERE SALIR “LO ANTES POSIBLE” DEL PACTO


Fuentes de las negociaciones explican que la actitud estadounidense (que ha enviado una delegación mucho menor que en otras cumbres y de perfil técnico) no ha sido de bloqueo. La encargada de intervenir en nombre de EE UU en el plenario de Bonn ha sido Judith G. Garber, secretaria adjunta de la Oficina de Océanos y Asuntos Ambientales y Científicos Internacionales. No puso en duda el cambio climático, sacó pecho de los recortes de emisiones de su país en los últimos años y dijo que EE UU es consciente de que se necesita una transformación energética. Eso sí, reafirmó que su país saldrá del acuerdo "lo antes posible".

 

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Scott Pruitt, director de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA)

 

Hazard, Kentucky.

El gobierno de Donald Trump dio otro paso hacia el desmantelamiento de las protecciones ambientales adoptadas en la presidencia de Barack Obama (2009-2017), al anular una ley que buscaba limitar las emisiones contaminantes de las centrales eléctricas de carbón.

Scott Pruitt, director de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés), anunció este lunes que firmará una nueva norma que anulará el Plan de Energía Limpia.

La guerra contra el carbón ha terminado, declaró Pruitt en el estado minero de Kentucky.

Pruitt –nombrado en ese puesto por Trump– está estrechamente vinculado con la industria del petróleo y el gas en su estado natal. Ha rechazado el consenso general de los científicos de que las emisiones causadas por el hombre procedentes de la quema de combustibles fósiles son la razón principal del cambio climático.

Para Pruitt, deshacerse del Plan de Energía Limpia marcará la culminación de una larga lucha que comenzó como fiscal estatal de Oklahoma. Formó parte de la veintena de fiscales estatales que entablaron una demanda para bloquear los intentos del presidente Obama para limitar las emisiones de carbono.

Trump, quien comparte el escepticismo de Pruitt sobre las causas establecidas del cambio climático, prometió anular el Plan de Energía Limpia durante la campaña presidencial de 2016 como parte de su compromiso para resucitar el alicaído sector del carbón.

Se espera que la norma que Pruitt firmará este martes declare que el Plan de Energía Limpia excedió la ley federal al establecer estándares de emisiones que las centrales eléctricas no podrían cumplir razonablemente.

Al aparecer en un acto con el líder de la mayoría republicana del Senado, Mitch McConnell, Pruitt declaró: “Ni la EPA ni ninguna agencia federal debe usar su autoridad para decirle a usted ‘vamos a declararle la guerra en cualquier sector de nuestra economía’”.

El plan de Obama fue diseñado para reducir las emisiones de dióxido de carbono en Estados Unidos a 32 por ciento, por debajo de los niveles de 2005 para 2030. Esa norma dictó metas específicas de emisión para los estados con base en las emisiones de las centrales eléctricas y daba a los funcionarios un amplio margen de maniobra para decidir cómo lograr las reducciones.

 

 

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