Protesta de activistas contra los combustibles fósiles en la cumbre de Bonn.

 

La financiación de los países ricos para los más pobres vuelve a atascar los avances en una cumbre del clima

 

El Acuerdo de París –que se empezará a aplicar en 2021– fue el marco general de la lucha contra el cambio climático. Pero falta desarrollarlo. Y los reglamentos para hacerlo tendrán que esperar a la cumbre de Polonia en 2018, la fecha tope que marca el propio acuerdo. Así lo han decidido los negociadores de los casi 200 países reunidos en la Cumbre del Clima de Bonn. En la recta final de esta cita la financiación que deben aportar los países ricos se ha vuelto a convertir en un escollo. Y lo volverá a ser en las próximas citas, adelantan los negociadores.

Los negociadores que se han reunido en la llamada COP23 de Bonn han esbozado los esqueletos de esos reglamentos de desarrollo del Acuerdo de París, pero los temas más polémicos sobre transparencia o contabilidad de las emisiones de cada país siguen abiertos y tendrán que cerrarse en Katowice, la ciudad polaca que acogerá a finales de 2018 la próxima cumbre. "Hubiera sido mejor avanzar más", reconoce Teresa Ribera, directora del Instituto para el Desarrollo Sostenible y las Relaciones Internacionales y experta en negociaciones climáticas. Pero lo más difícil se ha dejado para la siguiente cumbre, que se llevará a cabo en el bastión europeo del carbón, el combustible fósil que más gases de efecto invernadero emite.

Todo parecía indicar que esta cita de Bonn —que desde un principio se concibió como técnica— podía cerrarse, por primera vez en mucho tiempo, este viernes según el programa previsto. Pero las discusiones sobre la financiación han paralizado las negociaciones y mantuvieron abierta la cumbre durante buena parte de la noche. Finalmente, sobre las seis de la mañana, tras una larga noche de negociaciones, se desbloqueó la situación y se consiguió cerrar la cumbre.

La principal discusión se centró en los intentos de los países en desarrollo para conseguir asegurarse que los Gobiernos de los Estados más ricos y su sector privado pongan sobre la mesa los 100.000 millones de dólares anuales para financiación climática comprometidos con el Acuerdo de París a partir de 2020. Ese montante está pensado para que los países con menos recursos puedan poner en marcha estrategias de mitigación (recortes de emisiones de gases de efecto invernadero) y adaptación a los efectos negativos del calentamiento.

Los Estados más pobres presionaron para que los desarrollados se comprometan a comunicar cuánto dinero pondrán sobre la mesa cada año con antelación. Y los desarrollados argumentaban que no pueden comprometerse a eso ya que sus aportaciones dependerán de su disponibilidad presupuestaria. Este asunto continúa abierto también tras la cumbre del Bonn. "La financiación es el último tema que siempre se cierra en las cumbres", explica Laura Juliana Arciniegas, jefa de la delegación de Colombia. "Y lo será en las siguientes".

 

Salida de EE UU

 

La salida anunciada por Donald Trump del Acuerdo de París —que no se podrá materializar hasta 2020 porque así lo establece el pacto— supuso un golpe moral a esta alianza contra el cambio climático, que por primera vez tras dos décadas de negociaciones logró cerrar en París en 2015 un acuerdo que comprometía a todos a recortar sus emisiones. Pero Trump no ha provocado un efecto contagio. Al contrario, Nicaragua y Siria, que se resistían a firmar el pacto, han anunciado que lo harán y EE UU se ha quedado aislado. Pero más allá de los recortes de los gases que no acometerá EE UU, Trump ha dejado claro que no tiene ninguna intención en cumplir los compromisos de financiación, con lo que se reduciría el número de Estados desarrollados que deben aportar esos 100.000 millones. Y esto inquieta a los países en desarrollo.

El Acuerdo de París tenía una brecha bien identificada que se debe cubrir desde que se firmó hace dos años en la capital francesa. Los recortes de gases de efecto invernadero comprometidos por todos los países firmantes del pacto no son suficientes para lograr el objetivo: que el aumento de la temperatura media del planeta no supere los dos grados a final de siglo respecto a los niveles preindustriales, e intentar que se quede en los 1,5. Pero el Acuerdo de París contiene mecanismos para superar superar ese problema: periódicamente se harán revisiones y los Estados presentarán nuevos compromisos, siempre al alza, de sus planes de recortes de gases de efecto invernadero.

Sin embargo, la salida de EE UU ha abierto otra brecha inesperada: la financiación. "Ahora existe una brecha de 2.300 millones de dólares en el Fondo Verde que EE UU ha dicho que no va a poner", señala el comisario europeo de Acción por el Clima y Energía, Miguel Arias Cañete. ¿Y quién va a cubrirla? Arias Cañete augura que el tema de la financiación volverá a centrar una parte importante de las negociaciones en Polonia. Las dudas sobre quién asumurá los esfuerzos financieros de EE UU es una de las razones que han empujado a los países en desarrollo a pedir que los Estados ricos anticipen cuánto dinero aportarán.

El otro punto sobre financiación que ha bloqueado las negociaciones ha sido el Fondo de Adaptación, que los países en desarrollo no quieren que se elimine cuando se aplique, a partir de 2021, el Acuerdo de París. Este fondo se creó con el Protocolo de Kioto, que estará en vigor hasta 2020, cuando el pacto de París tomará el relevo.

En el Acuerdo de París se abrió la posibilidad de que continuara el Fondo de Adaptación. En la Cumbre del Clima de Marrakech, de 2016, se reforzó esa idea. Y en la de Bonn los países en desarrollo querían atar definitivamente esta continuidad, lo que esta noche han logrado.

 

1,5 grados

 

En octubre de este año está previsto que el IPCC, el panel de expertos internacionales que bajo el paraguas de la ONU radiografían los efectos del cambio climático, difunda un informe sobre las posibilidades de limitar el aumento de la temperatura a 1,5 grados y las medidas que se deberían tomar para lograrlo. El reto es complicado, el calentamiento está ya en un grado respecto al nivel preindustrial.

La asunción de esa meta del grado y medio también ha centrado parte de las discusiones finales de esta cumbre de Bonn. Varios Estados, fundamentalmente los más petroleros (como Arabia Saudí o Irán) pidieron que se retirara toda referencia a esos 1,5 grados en uno de los documentos que está previsto que se aprueben, señalan fuentes de la negociación. Pero esa referencia ya está en el Acuerdo de París, con lo que no se puede dar marcha atrás.

 


 

WASHINGTON QUIERE SALIR “LO ANTES POSIBLE” DEL PACTO


Fuentes de las negociaciones explican que la actitud estadounidense (que ha enviado una delegación mucho menor que en otras cumbres y de perfil técnico) no ha sido de bloqueo. La encargada de intervenir en nombre de EE UU en el plenario de Bonn ha sido Judith G. Garber, secretaria adjunta de la Oficina de Océanos y Asuntos Ambientales y Científicos Internacionales. No puso en duda el cambio climático, sacó pecho de los recortes de emisiones de su país en los últimos años y dijo que EE UU es consciente de que se necesita una transformación energética. Eso sí, reafirmó que su país saldrá del acuerdo "lo antes posible".

 

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Scott Pruitt, director de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA)

 

Hazard, Kentucky.

El gobierno de Donald Trump dio otro paso hacia el desmantelamiento de las protecciones ambientales adoptadas en la presidencia de Barack Obama (2009-2017), al anular una ley que buscaba limitar las emisiones contaminantes de las centrales eléctricas de carbón.

Scott Pruitt, director de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés), anunció este lunes que firmará una nueva norma que anulará el Plan de Energía Limpia.

La guerra contra el carbón ha terminado, declaró Pruitt en el estado minero de Kentucky.

Pruitt –nombrado en ese puesto por Trump– está estrechamente vinculado con la industria del petróleo y el gas en su estado natal. Ha rechazado el consenso general de los científicos de que las emisiones causadas por el hombre procedentes de la quema de combustibles fósiles son la razón principal del cambio climático.

Para Pruitt, deshacerse del Plan de Energía Limpia marcará la culminación de una larga lucha que comenzó como fiscal estatal de Oklahoma. Formó parte de la veintena de fiscales estatales que entablaron una demanda para bloquear los intentos del presidente Obama para limitar las emisiones de carbono.

Trump, quien comparte el escepticismo de Pruitt sobre las causas establecidas del cambio climático, prometió anular el Plan de Energía Limpia durante la campaña presidencial de 2016 como parte de su compromiso para resucitar el alicaído sector del carbón.

Se espera que la norma que Pruitt firmará este martes declare que el Plan de Energía Limpia excedió la ley federal al establecer estándares de emisiones que las centrales eléctricas no podrían cumplir razonablemente.

Al aparecer en un acto con el líder de la mayoría republicana del Senado, Mitch McConnell, Pruitt declaró: “Ni la EPA ni ninguna agencia federal debe usar su autoridad para decirle a usted ‘vamos a declararle la guerra en cualquier sector de nuestra economía’”.

El plan de Obama fue diseñado para reducir las emisiones de dióxido de carbono en Estados Unidos a 32 por ciento, por debajo de los niveles de 2005 para 2030. Esa norma dictó metas específicas de emisión para los estados con base en las emisiones de las centrales eléctricas y daba a los funcionarios un amplio margen de maniobra para decidir cómo lograr las reducciones.

 

 

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“El cambio climático es el síntoma pero la enfermedad es el capitalismo”

 

Profesor de Filosofía moral en la Universidad Autónoma de Madrid, traductor, poeta, ensayista y miembro de Ecologistas en Acción, Jorge Riechmann (Madrid, 1962) desgrana un buen puñado de reflexiones incómodas sobre un modelo de vida que dirige a la humanidad hacia el despeñadero. En su libro Autoconstrucción cataloga el siglo XXI como “la era de la gran prueba” porque, según dice, “somos la primera generación que entiende perfectamente lo que está pasando con el clima y posiblemente seremos la última que pueda evitar la catástrofe hacia la que nos dirigimos”. Lo suelta a bocajarro, como un puñetazo entre los ojos. Consciente de que el pesimismo en estos tiempos de oscuridad tiene cada vez menos adeptos, Riechmann censura sin ambages la mercadotecnia del “buenismo” de la que hace gala el sistema convocando grandes cumbres climáticas en las que a muchos se les llena la boca con compromisos medioambientales y “energías verdes” pero luego estigmatizan a los movimientos ecologistas como ingenuos apestados. La realidad que dibuja es desoladora. Todo está en contra del planeta pero, frente a eso, no cabe la resignación. “Aún podemos actuar contra este modelo de producción salvaje porque no está sujeto a ninguna ley física, como lo está la naturaleza, que impida cambiarlo”. Es el mínimo espacio que este investigador apasionado deja abierto a la esperanza.

 

¿Tiene solución el planeta?

Pienso que sí. Lo que no tiene sentido es intentar salvarlo interviniendo sobre el consumo y dejando intacta la voraz cultura productiva. Ambas variables caminan de la mano aunque no valga sólo con esto. Por nuestro comportamiento depredador con los recursos naturales y la biosfera habría que hablar también del extractivismo y, a mi modo de ver, también del exterminismo, una noción acuñada por el historiador británico E. P. Thompson para explicar la estructura del mundo a finales del siglo pasado, cuando las dos superpotencias nucleares enfrentadas amenazaban con aniquilar cualquier rastro de vida en el planeta.

 

La medida referencial del éxito de un sistema es el PIB. Si crece significa que las cosas van bien y hay esperanza de una vida mejor.

Es la locura típica de una cultura denegadora como la nuestra. Digo denegar porque va más allá de ignorar lo que pasa y es no ver lo que tenemos delante de los ojos. Significa que no nos hacemos cargo de las consecuencias de seguir chocando contra los límites biofísicos de manera violenta. Nos hacen creer que vivimos en una especie de Tierra plana en la que podemos avanzar de manera infinita porque los recursos naturales son inagotables y la capacidad de absorción de la contaminación es ilimitada. Esto es una fantasía porque las leyes de la naturaleza, de la física, de la dinámica de los seres vivos nunca podremos cambiarlas, por grandes que sean nuestras ilusiones al respecto.

 

Pero las grandes cumbres climáticas aseguran haber empezado medidas drásticas para evitar el apocalipsis. ¿Qué credibilidad concede a sus decisiones?

El calentamiento global, siendo una realidad devastadora, es sólo la manifestación de otras dinámicas que deberíamos atajar si queremos evitar el apocalipsis climático hacia el que nos dirigimos. Nuestro principal problema ambiental es la extralimitación ecológica, el choque de las sociedades industriales contra los límites biofísicos de la Tierra. Si utilizamos la herramienta de la huella ecológica como indicador del impacto ambiental generado por la demanda humana podemos observar que, en la actualidad, consumimos los recursos inexistentes de 1,5 planetas Tierra. Y eso a pesar de las carencias y desigualdades que asolan a buena parte de la humanidad. Dicho de una forma más didáctica: si quisiéramos generalizar al resto del mundo el modo de vida de los españoles necesitaríamos tener 3 planetas como la Tierra a nuestra entera disposición. Y si quisiéramos generalizar el de EEUU, que muchas veces ponemos como ejemplo de éxito, necesitaríamos 6. Es una locura que emana de esa construcción económica de tierra plana de la que hablaba antes.

 

Entonces, ¿qué empuja al mundo a seguir enalteciendo el crecimiento económico pese a saber que conduce a la destrucción?

El capitalismo, cuya dinámica es autoexpansiva y deniega cualquier salida alternativa. Para hacer frente al cambio climático deberíamos cuestionarnos antes los resortes básicos del capitalismo, algo que parece prohibido. Por eso digo que las cumbres mundiales sobre el calentamiento global no son realmente efectivas sino más bien ejercicios de diplomacia teatral.

 

¿No sirven para nada?

Confunden a la opinión pública. La prueba es que los grandes expertos en el cambio climático como James Hansen, a quien podríamos considerar el climatólogo jefe del planeta, calificó de farsa la cumbre celebrada en París. Se intenta poner un límite a las emisiones a la atmósfera de gases de efecto invernadero pero los límites son absolutamente incompatibles con el sistema productivista actual. Aunque el síntoma sea el calentamiento climático, la enfermedad se llama capitalismo.

 

¿Por qué el movimiento ecologista, cuya expresión política llegó a gobernar en países como Alemania, es descalificado hoy por muchos gobiernos?

Ojalá fuéramos descalificados un poco más porque así seríamos mucho más fuertes y activos. La realidad es que las descalificaciones son un indicio de una situación paradójica: aunque la percepción generalizada es que el mundo se ha comprometido en la lucha contra el cambio climático, eso no es así. Sabemos que desde los años 60 y 70 había evidencias sobre cuál era la dinámica del sistema y los límites del crecimiento pero los mismos a los que hoy se les llena la boca con la lucha contra el cambio climático decidieron poner en marcha toda una campaña global para impedir que se tomaran las decisiones correctas. Bastaría con leer un libro de Sicco Mansholt, un socialdemócrata holandés que era presidente de la CEE cuando en los años 1972 y 1973 se produjo el primer choque petrolero mundial, en el que aboga por un cambio radical en las estructuras de producción y consumo que hoy serían catalogadas como radicales y peligrosas.

 

¿Cuándo se quiebra ese proceso de sensibilización medioambiental?

En los años 80, con la fase neoliberal del capitalismo. Desde entonces, el retroceso ha sido constante pese al aumento de lo que algún experto denomina sosteni-blabla, es decir, mucho discurso, mucha cháchara, mucha propaganda y mucha estrategia de comunicación sobre energía verde. Pero la realidad vuelve a ser demoledora: la acción brilla por su ausencia y los planteamientos de fondo, incluso aquellos realizados por gente del establishment como Sicco Mansholt, son estigmatizados por rechazar el dogma del crecimiento infinito.

 

¿Estamos a tiempo de frenar el cambio climático?

Hemos llegado a un punto tal que lo que hace 30 años hubieran sido estrategias de cambio gradual ahora ya no están a nuestro alcance. Para hacer frente al calentamiento global necesitamos salir a toda prisa del capitalismo salvaje en el que hoy nos movemos.

 

¿Cree que el mundo está dispuesto a renunciar a esos principios económicos pese a conocer los riesgos?

Los cálculos teóricos realizados por investigadores canadienses sobre las opciones que resultarían de respetar los límites biofísicos de la Tierra indican que, por ejemplo, el parque móvil de un país como España, que tiene 15 millones de coches, debería ser de unos 180.000 vehículos con motor de combustión. Pero claro, eso es inaceptable en términos industriales. El caso es que, si no se acepta esta realidad, no hay lucha alguna contra el cambio climático.

 

¿Quiere decir que la humanidad está condenada si no renuncia al modo de vida capitalista?

Ya decía antes que las leyes de la naturaleza existen y son las que son. No podemos cambiarlas pese a la ilusión que albergamos de que una especie de tecnociencia omnipotente conseguirá derrotarlas. Donde podemos actuar, en cambio, es contra la organización de nuestro modelo de vida que no está sujeto a ninguna ley física.

 

¿Qué impide cambiarlo?

Que no nos creemos lo que sabemos. Si fuéramos capaces de hacerlo, tomaríamos decisiones racionales para cambiar un modelo que nos lleva a la destrucción. Para que esto se produzca nos haría falta un enorme ejercicio de reforma intelectual y moral. El problema es que nuestras sociedades están organizadas contra eso. Fatídicamente, el neoliberalismo se impuso con sus ideas aberrantes de que todo depende de los gustos y preferencias individuales, y que igualdad y libertad son dos principios contrapuestos, cuando una mínima reflexión indica que es una falacia. Necesitamos bienestar humano pero necesitamos que sea compatible con los límites biofísicos del planeta. Somos la primera generación de la historia que entiende perfectamente lo que está pasando y posiblemente seremos la última que pueda evitar la catástrofe hacia la que nos dirigimos.

 

@GORKACASTILLO

 

Fuente:http://ctxt.es/es/20170920/Politica/15167/cambio-climatico-riechmann-acuerdo-paris-ecologia-medioambiente-ctxt.htm#.Wct5t1ZLsO4.twitter

 

 

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Variedad de café producido en México

 

Algunas zonas de Latinoamérica que actualmente producen café podrían dejar de ser aptas para ese cultivo hacia 2050

 

El cambio climático no acabará con las bebidas más consumidas del mundo -el café y el té- pero sí que alterará las zonas en las que se cultivan estos productos. El pasado mes de junio un estudio internacional indicaba que la mitad de los cultivos de café etíope se perderán este siglo por el cambio climático (ver La Vanguardia), y ahora una nueva investigación científica apunta que algunas zonas de Latinoamérica que actualmente producen café podrían dejar de ser aptas para ese cultivo hacia 2050 a raíz de los efectos del cambio climático.

Los nuevos resultados forman parte de un estudio publicado (11 set.) en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). En la parte positiva, el estudio indica que algunas áreas en las que hoy no se produce el grano podrían utilizarse en el futuro para este cultivo, según esta investigación realizada por un equipo internacional.

 

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"El estudio permite ver cómo el cambio climático podría modificar las áreas con capacidad de producir café, es decir, en qué zonas se perderá o ganará aptitud para este cultivo", dijo a Efe Pablo Imbach, investigador del Centro Internacional de Agricultura Tropical de Vietnam, quien lideró este trabajo.

El análisis incluye áreas "que en el futuro no tendrán un clima apto para la producción de café, así como aquellas que no lo tienen ahora pero lo podrían tener en el futuro", agregó Imbach. La comunidad científica sabe que el cambio climático causará cambios en los cultivos y en las especies polinizadoras, lo que tendrá consecuencias en la disponibilidad de alimentos y en la economía de los pequeños productores. "Sin embargo, no se había evaluado la manera en que los cambios en la distribución de las abejas se acoplaban a los cambios en la distribución de las áreas aptas para producir café", señaló el investigador.

 

 

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En este estudio, el equipo creó un modelo con las distribuciones potenciales del café y de los polinizadores de ese cultivo bajo el clima actual y el que podría haber en un futuro en Latinoamérica.

Con ese modelo, buscaron comprender si las áreas que en un futuro serán aptas para la producción de café también serán adecuadas para las especies polinizadoras.

"Nuestros resultados sugieren que las áreas aptas para el café se reducirán entre el 73 y el 88 por ciento hacia 2050 en escenarios cálidos, una bajada entre el 46 y el 76 por ciento mayor a lo estimado en evaluaciones mundiales", indica el estudio.

"Aunque hallamos una reducción en la aptitud para el café y en la diversidad de las especies de abejas en más de un tercio de las áreas que en un futuro serán adecuadas para el café, todas las zonas albergarán potencialmente al menos cinco especies de abejas, lo que indica la continuación de los servicios de polinización", agrega el texto. Los resultados de la investigación sugieren que las pequeñas áreas que en el futuro serán más aptas para este cultivo estarán en zonas elevadas.

 

 

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En ese sentido, habrá una pérdida significativa de áreas aptas para el café en zonas con pocas montañas, como Nicaragua, Honduras y Venezuela, mientras que otros sitios verán una leve expansión. En ese segundo grupo aparecen México, Guatemala, Colombia y Costa Rica, según enumera el equipo de investigación.

Según Imbach, al simular los efectos del cambio climático sobre el café y las abejas, la comunidad científica puede "entender la magnitud y sitios en que ocurrirán estos cambios".

También a partir de un análisis con estas características, los especialistas pueden hacer recomendaciones a los productores "para apoyar su adaptación al cambio climático".

El investigador sostuvo que aún es necesario ver qué alternativas hay "para los medios de vida de los actuales productores de café en tierras que perderán aptitud para el cultivo" y los efectos que podrían generarse en las nuevas tierras aptas para el café. JEC

 

Artículo científico de referencia:

Coupling of pollination services and agriculture under climate change. PNAS. http://dx.doi.org/10.1073/pnas.1617940114. September 11, 2017.

 

 

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Científicos de EE.UU. rociarán los cielos con partículas reflectantes para enfriar el planeta

El mayor programa de geoingeniería solar hasta la fecha estudiará la viabilidad y los riesgos de alterar el clima de manera deliberada para frenar el calentamiento global.

Científicos de la Universidad de Harvard (EE.UU.) lanzarán inyecciones de aerosoles a la estratosfera de la Tierra —a 20.000 metros de altitud— para estudiar la viabilidad y los riesgos de alterar el clima de manera deliberada con el fin de frenar el calentamiento global, en el marco del programa de geoingeniería solar más grande del mundo hasta la fecha.

El proyecto, de 20 millones de dólares y sustancialmente financiado por Bill Gates y otras fundaciones, se pondrá en marcha dentro de unas semanas y su objetivo será establecer si la tecnología puede simular con seguridad los efectos de enfriamiento atmosférico provocado por una erupción volcánica. En el pasado, grandes emisiones arrojaron millones de toneladas de dióxido de azufre al cielo y eso contribuyó a disminuir las temperaturas globales en los meses siguientes.

Así, en algún momento del próximo año los profesores David Keith y Frank Keutsch lanzarán un globo capaz de mantenerse a gran altitud, que incluirá una góndola equipada con propulsores y sensores. Tras las pruebas iniciales, ese dispositivo pulverizará materiales como dióxido de azufre, óxido de aluminio o carbonato de calcio y los sensores medirán la reflectividad de las partículas, el grado en que se dispersan o se unen y la forma en que interactúan con otros compuestos de la estratosfera.

Primeros experimentos oficiales

La revista 'MIT Technology Review' indica que serían de los primeros experimentos oficiales de geoingeniería llevados a cabo fuera de un laboratorio controlado o un modelo por ordenador, un hecho que pone de relieve la creciente sensación de urgencia entre los científicos por el cambio climático.

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Trump y la geoingeniería: un muro en el cielo

El 24 de marzo 2017 se realizó un foro en Washington DC, Estados Unidos, sobre geoingeniería solar –formas de alterar la intensidad de los rayos solares que llegan a la Tierra, supuestamente para contrarrestar el calentamiento global. Esto tendría una serie de fuertes impactos injustamente repartidos en el globo, como más sequías y desequilibrios climáticos en Asia, África y América Latina. Quienes promueven estas tecnologías afirman que eso sería "un mal menor". Claro, no será en su territorio donde ocurrirán los peores impactos con la aplicación de estas tecnologías.

Se anunció allí la intención de realizar en 2018 el experimento de geoingeniería solar más grande hasta el momento, a cargo de un equipo de la Universidad de Harvard, a menos de 100 kilómetros de la frontera con México. Según David Keith, que lidera el proyecto, llamado Perturbación Estratosférica Controlada o SCoPEx (por sus siglas en inglés), se hará en colaboración con la empresa espacial privada World View, en su puerto espacial privado en Tucson, Arizona. Planean esparcir partículas de sulfato, calcio y otras sustancias en la estratósfera con un globo y usar drones equipados con sensores para estudiar las reacciones químicas y físicas. Keith está financiado entre otros por Bill Gates, pero buscan más fondos para este experimento. (http://tinyurl.com/mzpaodv).

Hay muchos impactos ambientales y de otros órdenes con los experimentos de geoingeniería (http://tinyurl.com/mj689pm). Este violará la moratoria de facto contra la geoingeniería establecida en el Convenio de Diversidad Biológica (CDB), que admite experimentos de pequeña escala, pero solamente en un entorno controlado y que no genere daños transfronterizos, lo cual este proyecto no puede asegurar. Estados Unidos no es parte del CDB, algo que aprovechan los geoingenieros.

El foro, organizado por los programas de geoingeniería de Harvard y la Universidad de California (UCLA), se enfocó en el estado técnico y de gobernancia de la geoingeniería para manejo de la radiación solar en Estados Unidos, otra paradoja, ya que la geoingeniería se propone modificar el clima global y no se puede "regular" en un solo país. Reunió a un centenar de académicos, funcionarios, periodistas y algunas ONG, entre ellas grandes conservacionistas ligadas a intereses de empresas trasnacionales, como Environmental Defense Fund y The Nature Conservancy, que se han sumado a la promoción de la geoingeniería. Que el foro se realizara en Washington DC, muestra la intención de captar apoyo gubernamental.

Pese al reciente decreto de Trump desmantelando el programa de cambio climático del anterior gobierno, seguramente no se opondrá, y podría apoyar activamente, este tipo de experimentos para construir un muro en el cielo –para tapar el sol, imitando el efecto de una erupción volcánica–, ya que varios de sus colaboradores más cercanos son ardientes defensores de la geoingeniería. La manipulación del clima es buen negocio, crea mercados cautivos, tiene potencial de uso bélico y no demanda reconocer qué o quién causa el cambio climático, ni hacer cambios en políticas y patrones energéticos. Por el contrario, permite seguir con las causas que calientan el planeta y hacer negocios con tecnología para enfriarlo.

Por ello, entre los conocidos promotores de la geoingeniería en la administración Trump está Rex Tillerson, actual secretario de Estado, ex director de Exxon. Esta megaempresa petrolera ha promovido activamente la geoingeniería desde hace décadas, por ejemplo a través de Haroon Keshgi, jefe del programa de cambio climático de Exxon. Este año, la trasnacional logró incluso introducir a Keshgi en el equipo del Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) que está redactando el informe sobre cómo limitar el aumento de la temperatura global a 1.5 grados, marco en el cual ya han propuesto que se considere la geoingeniería. Tillerson declaró en diciembre 2016, que el cambio climático no es más que un "problema de ingeniería". (Ver ETC Group, http://tinyurl.com/m4dkhkf)

Otro prominente defensor de la geoingeniería del gobierno Trump es David Schnare, del equipo de transición de Trump y hasta marzo 2017 alto funcionario de la EPA. Ser un conocido negador del cambio climático no le impidió trabajar desde 2007 por la inclusión de un plan multianual de apoyo oficial a la geoingeniería y estuvo a punto de lograr que un comité del Senado le aprobara "discretamente" (titulado con otro nombre) 5 millones de dólares para ello, pero un periodista difundió la maniobra y fue cancelado. Schnare sigue pujando por un programa de apoyo público a la geoingeniería, particularmente para alterar la radiación solar. En 2009 explicaba en una lista sobre geoingeniería cómo enfrentar a los críticos, "hay que desafiarlos a elegir entre la muerte por daño económico [por cambiar el modelo petrolero], la muerte por inacción política, la muerte por cambio climático o la vida gracias a la geoingeniería". Un discurso curiosamente convergente con el de David Keith.

Newt Gringich, ex congresista, vocero y notorio colaborador del equipo de Trump, es otro agresivo promotor de la geoingeniería. En el American Enterprise Institute, uno de los institutos financiados por la industria petrolera para producir informes que negaran el cambio climático, estableció un proyecto a favor de la geoingeniería.

Negar el cambio climático no se contrapone sino que va en la misma dirección que la geoingeniería: se trata de no cambiar las causas reales del problema y justificar que los grandes emisores puedan seguir sus negocios como siempre, o mejor dicho, aumentarlos con los negocios de comercio de carbono y tecnologías de geoingeniería.

*Investigadora del Grupo ETC

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Hielo de Mont Blanc atesora valiosa información sobre el clima

AFP/Grenoble.

 

La idea de almacenar muestras de glaciares en la Antártida puede parecer estrafalaria. Sin embargo, es el objetivo de un equipo de investigadores que en agosto extraerá hielo del Mont Blanc, amenazado por el calentamiento global.

 

"El hielo es un pozo de información", explicó Jérôme Chappellaz, director de investigación en el Laboratorio de Glaciología y Geofísica del Medioambiente (LLGE) de Grenoble, Francia.

 

Con sus burbujas de aire y sus impurezas, los glaciares atesoran información valiosísima sobre las condiciones atmosféricas de hace siglos o incluso miles de años.

 

Así es como los glaciólogos han podido determinar el vínculo entre las temperaturas y los gases de efecto invernadero. En los glaciares del Mont Blanc, podrán estudiar en particular la evolución de la contaminación o de la actividad industrial en Europa a lo largo de cien años.

 

Pico de cesio 137

 

Ejemplo de esa información almacenada en el hielo, apunta Chappellaz, es el pico de cesio 137 detectado en abril de 1986, tras la catástrofe de Chernóbyl.

 

Unos 12 especialistas franceses, italianos y rusos pasarán varios días a 4 mil 300 metros de altitud en un macizo de los Alpes franco-italianos para extraer tres barras de hielo de 140 metros de largo.

 

Esas muestras, de varias toneladas, serán depositadas en cajas aislantes. Una de ellas será analizada en el laboratorio de Grenoble para constituir una base de datos abierta a todos los científicos.

 

Las otras dos muestras irán a la base franco-italiana de Concordia, en la Antártida, hacia 2019 y 2020, "un congelador natural a -50°C", a salvo de averías eléctricas.

 

En la primera mitad de 2017 está prevista otra operación similar en el glaciar boliviano de Illimani, a 6 mil 300 metros de altitud, en condiciones mucho más difíciles.

 

El objetivo es conservar durante siglos "la memoria del hielo", una "materia prima" extremadamente valiosa para los científicos.

 

Chappellaz apunta a la posibilidad de detectar muchas cosas más en el hielo en varias décadas gracias al desarrollo tecnólogico. Y señala como pista de trabajo la posibilidad de investigaciones futuras sobre las mutaciones de los virus o las bacterias, atrapados en el hielo.

 

La dificultad está en que los glaciares evolucionan y se funden tan rápido que los situados a menos de 3 mil 500 metros de altitud desaparecerán antes que termine el siglo XXI en los Alpes.

 

En los Andes, el glaciar de Chacaltaya, en Bolivia, situado a 5 mil 300 metros, desapareció en 2009.

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Científicos declaran "una emergencia climática global"

 

Señalan daños a la oferta de alimentos y la posibilidad de una tremenda perturbación geopolítica

 

Científicos ambientales han declarado una "emergencia climática global", después de descubrirse que la corriente de chorro atmosférica del hemisferio norte ha cruzado el ecuador, lo que conlleva cambios "sin precedente" en las pautas climáticas globales.

 

Robert Scribbler y el investigador de la Universidad de Ottawa Paul Beckwith advirtieron sobre las consecuencias "desestabilizadoras del clima y creadoras de condiciones extremas" de este cambio en la corriente. Los científicos consideraron muy probable que las anomalías fueran precipitadas por el cambio climático provocado por los humanos, el cual ha causado que la corriente de chorro disminuya su velocidad y cree olas más grandes.

 

Scribbler escribió en su blog ambiental: "es la imagen exacta de un enrarecimiento atmosférico debido al cambio climático. Algo que en definitiva no ocurriría en un mundo normal y que, de continuar, amenaza en lo fundamental la integridad estacional".

 

El bloguero explicó que la barrera entre las dos corrientes de chorro genera la fuerte división entre verano e invierno, y que podría comenzar la "muerte del invierno" si es erosionada a medida que la temperatura cálida se infiltra en la "zona invernal" del año. Agregó: "Conforme los polos se han calentado debido al cambio climático inducido por la humanidad, las corrientes de chorro hemisféricas han salido cada vez más de las latitudes medias. El resultado es esta mezcla de estaciones que desestabiliza el clima y genera condiciones extremas".

 

Entre tanto, Beckwith confirmó que los cambios darán lugar a un periodo sostenido de "desbarajuste del sistema climático" que puede resultar difícil de resolver.

 

Señaló: "Nuestro sistema climático continúa comportándose en formas nuevas y alarmantes que nunca se habían vislumbrado. Bienvenidos al caos climático. Debemos declarar una emergencia climática global. La conducta de la corriente de chorro sugiere daños enormes a la oferta mundial de alimentos y tiene el potencial de crear una tremenda perturbación geopolítica. Ocurren cosas muy extrañas en el planeta en este momento".

 

Existen dos formas de corrientes de chorro –polar y subtropical– y los hemisferios norte y sur tienen una de cada una. Son producto del calentamiento de la atmósfera por la radiación solar, y la fuerza de la inercia las mantiene en su lugar.

 

Traducción: Jorge Anaya

 

 

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Noventa empresas causan la crisis climática global

¿Quiénes son los causantes del calentamiento del planeta y sus secuelas climáticas? ¿Acaso somos toda la humanidad? ¿Está la responsabilidad distribuida equitativamente o por el contrario recae sobre sectores específicos? Durante las negociaciones internacionales para detener y remontar el cambio climático se llegó, mediante métodos diversos a establecer cuotas de responsabilidad por países basadas en la cantidad de contaminantes arrojadas a la atmósfera. Hoy, nuevos estudios han afinado la mirada logrando revelar con mayor precisión los principales contaminadores y haciendo visibles interesantes procesos de carácter histórico.

Un informe preparado por Tim Gore para la organización Oxfam y distribuido en la pasada Cumbre de París sobre el cambio climático, la llamada COP21 (www.oxfam.org/), mostró que la mitad más pobre de la población humana, unos 3.5 mil millones de individuos, generan tanto como 10 por ciento de los gases causantes del calentamiento global, mientras el 10 por ciento más rico emite la mitad de esos gases a la atmósfera. La revelación vino a confirmar lo que ya se sospechaba: que los sectores más vulnerables a las nuevas inclemencias del clima, como inundaciones, sequías, temporadas extremas de calor, impactos de huracanes, etcétera, son los que menos ponen "velas en el entierro". A esto suele llamarse injusticia climática. Aún más, el reporte permite matizar entre y en el interior de los países la responsabilidad de los diversos sectores sociales como alteradores del equilibrio global. Por ejemplo, las emisiones totales de la mitad más pobre de China, unos 600 millones, representan apenas un tercio del total de emisiones del 10 por ciento más rico de Estados Unidos, alrededor de 30 millones. Igualmente el 10 por ciento más rico de India contamina en promedio sólo una cuarta parte de lo que lo hace la mitad más pobre de Estados Unidos. Estos datos muestran que son los "estilos de vida" un factor determinante. Cómo se consumen alimentos, se utiliza agua y energía, se transporta o se eliminan desechos, e incluso cómo se practica el descanso o el esparcimiento, son asuntos claves. Por ejemplo el uso de los aviones lo realiza(mos) solamente 2 por ciento de la población humana. Una cosa es producir alimentos de acuerdo con el sistema tradicional de los pequeños productores campesinos en circuitos cortos, y otro es el sistema agroindustrial que implica insumos, energía, fertilizantes químicos, transporte a largas distancias, transformación, congelamiento, empaque, etcétera.

El modelo occidental, el "bien vivir industrial", incluido el bienestar y por supuesto de confort, es en esencia un modo que dilapida y depreda mayormente los recursos del planeta, pero algo peor: es el principal causante de la contaminación de los gases de efecto invernadero que han afectado el equilibrio climático del planeta. El uso de los índices de la llamada "huella ecológica" permiten calcular el impacto ambiental que provoca desde un individuo (como usted o yo), una familia, una ciudad, un país y toda la humanidad.

Otro estudio, realizado por Richard Heede, investigador del Instituto para la Responsabilidad Climática en Estados Unidos (Climatic Change, 2014) ha ido mucho más lejos (ver: link.springer.com/). Este científico logró compilar durante ocho años una detallada secuencia de las emisiones generadas por 90 entidades dedicadas a la producción de carbón mineral, petróleo, gas y cemento. Su análisis abarca de 1854 a 2010, es decir buena parte de la era industrial y ofrece datos de lo que cada entidad emitió en 2010 y las emisiones acumuladas durante su historia. El estudio revela que estas 90 compañías que incluyen corporaciones privadas y públicas son las responsables de nada menos que 63 por ciento de las emisiones acumuladas de carbón a la atmósfera. De la lista, las primeras 20 la encabezan, como era de esperarse, las gigantescas empresas de energía como Chevron, Exxon, British Petroleum, Shell, Saudi Aramco, Conoco Phillips, Peabody y Energy, pero también empresas estatales como Gazprom, de Rusia, la Compañía Estatal de Irán, Petróleos Mexicanos, Petróleos de Venezuela, Petro China y Sonatrach de Argelia. Esta veintena generó 30 por ciento de las emisiones de carbono y metano que van a la atmósfera.

Durante una entrevista, el autor de este estudio indicó que aunque existen miles de productores de gas, petróleo y carbón, “...los que toman las decisiones, los altos gerentes de las principales firmas emisoras, son pocos y caben en uno o dos autobuses”. Enfatizó un dato de gran relevancia: que la mitad de los contaminantes emitidos desde la revolución industrial ¡se generaron en los últimos 25 años!, es decir, cuando las corporaciones y los gobiernos ya sabían de la relación entre las emisiones y el calentamiento global. En suma, hoy asistimos, gracias a la información derivada de la investigación científica, a un escenario de mayor precisión y claridad. Este conocimiento, que ya es imposible ocultar o desaparecer, irá impulsando la conciencia y la acción de cada vez más ciudadanos. El desafío no tiene por qué perderse. ¡Somos 99 por ciento de la humanidad!

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El futuro de la humanidad en peligro. El cambio climático exige respuestas

Tras veinte años de fracasos consecutivos, la COP21 afronta el desafío –o la obligación– de encontrar un consenso que permita combatir eficazmente la crisis climática.

Lo que está en juego en la Conferencia de las Partes (COP) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (UNFCCC, por su sigla en inglés) –que comenzó en París, en su edición 21, el 30 de noviembre de 2015 y dura hasta el 11 de diciembre–, es intentar lograr por primera vez un acuerdo universal y obligatorio que permita combatir eficazmente la crisis del clima e impulsar la transición hacia sociedades no dependientes del petróleo. Un acuerdo global hacia una transición con equidad.


Pero veinte años de fracasos sucesivos en las cumbres climáticas no dejan lugar al optimismo, a pesar de que ya casi nadie niega que el mundo es más caliente y que ello se debe a la actividad industrial humana. Incluso el papa Francisco, en su reciente Encíclica Laudato Si, reconoce que "hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático". Y "numerosos estudios científicos señalan que la mayor parte del calentamiento global de las últimas décadas se debe a la gran concentración de gases de efecto invernadero (GEI) emitidos sobre todo a causa de la actividad humana".

El mundo se modifica sin cesar, pero nuestro conocimiento no siempre está al día de sus múltiples transformaciones. A pesar de la multiplicidad de fuentes de información disponibles, estamos viviendo en un planeta en buena medida desconocido. No en el sentido en que lo entendían los exploradores de antaño, sino porque no siempre percibimos las relaciones y las interacciones entre fenómenos pertenecientes a distintos ámbitos: por ejemplo, entre la economía y la ecología, entre el medio ambiente y los movimientos sociales o entre nuestro modo de consumir y el cambio climático. Por eso es necesario actualizar periódicamente nuestra visión del planeta. Tal es uno de los objetivos de la COP21.

 

Toma de conciencia planetaria

 

En pocos años todo ha cambiado. Fin de la era industrial. Informatización generalizada y mundialización de internet. Conflictos étnicos y religiosos. Terrorismo yihadista planetarizado. Migraciones masivas. Nuevas pandemias. Efecto avasallador de la globalización liberal. Crisis financiera global. Y toma de conciencia colectiva de los peligros del cambio climático.

 

Tenemos ahora el sentimiento de hallarnos ante un mundo más amenazante. Muchas de nuestras referencias anteriores se han quedado obsoletas. Se han derrumbado nociones políticas y sociológicas que habían estado vigentes durante dos siglos. Las herramientas conceptuales que empleamos durante tanto tiempo para comprender y para explicar la evolución de nuestro mundo se han vuelto de pronto inadecuadas, desprovistas de eficacia para evaluar los cambios actuales.

La cuestión ecológica, durante tanto tiempo negada o minimizada, ocupa ahora el centro de las preocupaciones de muchos ciudadanos. Es el resultado del largo e incansable trabajo de alerta de organizaciones ecologistas basado en informes científicos. En especial, la decidida acción de los fundadores de la ecología moderna, agrupados en el Club de Roma, quienes –ya en 1970– publicaron un resonante informe inaugural que despertó las conciencias del planeta.

Después apareció el decisivo Informe Brundtland, que publicó en 1988 la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo con el título de "Nuestro futuro común". Ese informe introdujo la noción de "desarrollo sostenible", que habría de popularizarse tanto. Luego, con la Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro en 1992, se aceleró la toma de conciencia colectiva. En aquella ocasión se supo que la población mundial crece a un ritmo sin precedentes: somos 7.500 millones, cifra que sólo se estabilizará hacia 2050, en alrededor de 10.000 millones. Ahora bien, tal y como la COP21 lo mostrará, si todo ser humano mantuviera el nivel de consumo de los terrícolas más ricos, el planeta apenas podría satisfacer las necesidades de unos 600 millones de individuos dado que los recursos no son inagotables.

En medio de una confusión entre crecimiento y desarrollo prosigue la destrucción sistemática de la naturaleza, tanto en el Norte como en el Sur. Se suceden los saqueos de todo tipo infligidos a los suelos, al agua y a la atmósfera. Derroche energético, urbanización galopante, deforestación tropical, contaminación de los acuíferos, de los mares y de los ríos, reducción de la capa de ozono, lluvias ácidas... Todo ello, que los dirigentes mundiales detallarán en esta COP21, pone en peligro el futuro de la humanidad.

Estos datos parecen haber provocado un saludable impacto colectivo en los últimos años. Nadie ignora ya que la acumulación de gases de efecto invernadero podría provocar un aumento de entre 2º C y 4º C en la temperatura media del planeta y una elevación de entre 20 y 150 centímetros del nivel de los océanos. El dióxido de carbono (CO2), principal gas causante del efecto invernadero, es responsable en un 65% del calentamiento global. Y, con el nuevo y masivo aporte de Estados gigantes como China o India, el CO2 se incrementa en unos 8.000 millones de toneladas cada año...

Tanto la amplitud como la duración futura de los aumentos de temperatura dependerán de la cantidad de gases de efecto invernadero que sigamos emitiendo, ya que las perturbaciones climáticas son más pronunciadas a medida que la temperatura se eleva. Y esto va acompañado de una creciente frecuencia de los fenómenos meteorológicos extremos (temporales, diluvios, ciclones, canículas, sequías, desertificación), así como de una progresiva alteración climática que se extiende por todo el planeta. Si no se frenan las emisiones de gases de efecto invernadero, los desastres podrían alcanzar una gravedad excepcional.

 

Los peligros de la economía verde

 

Las Conferencias Internacionales sobre el Clima en Berlín, Bali, Poznan, Copenhague, Río de Janeiro y Cochabamba subrayaron la idea de que el mercado no está capacitado para dar respuestas a los riesgos globales que pesan sobre el medio ambiente. De ahora en adelante, el imperativo es proteger la biodiversidad, la variedad de la vida, mediante el desarrollo sostenible. Los países ricos –y en especial Estados Unidos, responsable de la mitad del gas carbónico emitido por los países industriales–, están obligados a respetar los compromisos suscritos en la primera Cumbre de la Tierra de Río, en 1992. Si bien la Unión Europea se pronunció a favor de una reducción de los gases de efecto invernadero, el Gobierno estadounidense (de George W. Bush) le dio vueltas al asunto y se negó a ratificar el Protocolo de Kioto –vigente desde febrero de 2005–, que obligó a los países industrializados a reducir en un 5,2% las emisiones de CO2 hasta 2012, tomando como base los registros de 1990. El presidente Barack Obama se comprometió a hacer de la cuestión ecológica una de las principales líneas de acción de su Gobierno.

 

El vuelco de la opinión pública, espantada por la multiplicación de catástrofes naturales, está impulsando a todos los Gobiernos, incluso a los más reticentes, a apostar ahora por soluciones energéticas alternativas. Más aun cuando, en la actualidad, el agotamiento de los hidrocarburos parece inevitable y las naciones ricas, por razones políticas y no ecológicas, quieren reducir su dependencia energética con respecto a los grandes países petroleros.

Por lo tanto, el contexto favorece un cambio de modelo energético que los industriales del Norte parecen haber percibido y que, con la perspectiva de formidables beneficios, promete poner en marcha un nuevo ciclo económico: la economía verde. ¿Saldrá ganando el medio ambiente? No es seguro, dado que ya se anuncia la construcción de cientos de nuevas centrales nucleares, que, si bien producen poco CO2, conllevan otros peligros no menos letales.

También la opción por los agrocombustibles, bien acogida al principio, empieza a revelar efectos perversos. En principio, podrían permitir mantener e incluso intensificar, con la conciencia tranquila, el nefasto modelo de "todo automóvil" o "todo camión", con el pretexto de que los vehículos contaminarán menos. Además, provocarán una especulación desenfrenada con productos alimenticios básicos, como el azúcar o el maíz, utilizados para producir etanol. Tal y como lo demostrarán los diversos conferenciantes de la COP21, cambiar de modelo energético sin modificar el modelo económico significa correr el riesgo de que sólo se desplacen los problemas ecológicos.

Pero ahora la opinión pública está atenta. Y desea disponer de información fiable en todos los terrenos (económico, social, político, cultural, ideológico, militar, ambiental, etc.) para entender mejor la realidad –en muchos casos poco visible– de los cambios mundiales en curso.

 

El reto de la COP21 es eliminar los obstáculos que han impedido elaborar un acuerdo que logre el consenso general y evitar un fracaso como el de la COP de Copenhague, en 2009, donde no se alcanzó ningún compromiso y que dejó un mal recuerdo y mucha frustración.


*Director de Le Monde diplomatique, edición española.
© Le Monde diplomatique, edición española

 

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