Martes, 28 Enero 2020 06:36

Cambiar el sistema, sí, pero ¿cómo?

Cambiar el sistema, sí, pero ¿cómo?

Los gritos se están haciendo cada vez más fuertes y provienen de una inusual combinación de gente no particularmente dada a jugar el papel de Casandra1. Doctores, máximos representantes de la ONU, colegiales y 11.258 científicos de 153 países están coreando lo que todos deberíamos saber: a pesar de cuarenta años de cumbres mundiales del clima, las cosas siguen como siempre. Puntos de inflexión irreversibles, efectos cascada, deshielo, crecientes niveles de CO2, CH4 y N2O, acidificación de los océanos, aumento de temperaturas, incendios, extinción masiva de especies y mucho más, han llevado a enfatizar que la catástrofe no solo refiere al derretimiento de glaciares y temperaturas mortales, sino que se trata de un problema político y social. Piden un “cambio transformador, con justicia social y económica para todos”.

En junio, Philip Alston, relator especial de la ONU en pobreza extrema y derechos humanos, avisó que los impactos del calentamiento global amenazaban derechos como la vida, el agua, la comida y la vivienda para cientos de millones de personas, así como la democracia y el estado de derecho. El jefe de redacción de The Lancet, por su parte, apoyando a Extinction Rebellion, urgió a los profesionales sanitarios a participar en la protesta social no violenta, pues “la medicina trata de la protección y fortalecimiento de las especies humanas”. Alumnos de escuela, avanzando donde los adultos han fallado, entienden muy bien que la crisis no va solo de salvar osos polares. Ellos también están llamando a un cambio social.

La crisis climática ha mostrado que el capitalismo es incompatible con la salud del planeta y que es esencial apartarse del crecimiento del PIB. No obstante, en lugar de atender a las alarmas, los gobiernos están volviendo a la violencia contra las manifestaciones y, como el Príncipe de Salina en El Gatopardo, están optando por el gatopardismo («las cosas deberán cambiar si queremos que nada cambie»), prefiriendo proteger el statu quo antes que cambiar un sistema que destruye el planeta. Esta situación es un terreno fértil para grupos de extrema derecha que, explotando los miedos de la gente, están regresando a gobiernos de estilo fascista en los cuales los derechos humanos son cada vez más amenazados.

En una reciente entrevista, Srećko Horvat, del Movimiento Democracia en Europa 2025 (DiEM25), exhorta a la “cooperación internacional, pues aquellos contra los que luchamos trabajan transnacionalmente”. En su Green Strategy, Marc Brodine escribe: “Se necesita un movimiento masivo, de alcance mundial, para emprender batallas defensivas contra la degradación medioambiental y el desarrollo explotador”. Alexia Ocasio-Cortez y Bernie Sanders reconocen la necesidad de reformas revolucionarias. Pero un hecho esencial es que casi no existen en su discurso. La crisis climática es una crisis de derechos humanos y los más afectados son los ciudadanos de los países más pobres del mundo, quienes han hecho menos en contribuir a este desastre.

¿Dónde están los mecanismos para llevar a cabo esas reformas? Sí, necesitamos cooperación transnacional, pero la mitad de las personas del mundo no pueden participar porque se encuentran luchando literalmente por sobrevivir. ¿Cómo se puede abrir esta cooperación a todos? Los “derechos humanos” son una narrativa política universal, pero, en ausencia de derechos básicos, la gente no puede operar políticamente ya que no existe socialmente. Y la Declaración Universal de Derechos Humanos ha estado muerta desde el primer día, en especial porque no vino con mecanismos para realizar esos derechos proclamados, ni siquiera los más básicos de ellos, los de la existencia material. El único instrumento que conocemos que podría garantizar de manera viable este derecho a escala global es una renta básica incondicional universal por encima del umbral de la pobreza (de cualquier lugar en que se introduzca). Y se trata de algo más que un instrumento. En sí mismo, es un derecho que puede ser rastreado hasta los principios de los bienes comunes. Si queremos un cambio en el sistema y sociedades más fuertes y sanas para combatir la crisis del cambio climático, entonces garantizar este derecho básico universal será seguramente un primer paso decente y radical.

Sin un foco en los pobres, los desposeídos de aquellos recursos naturales que han sido apresados por el norte global al que le importa un carajo el desenfreno destructivo de su “progreso”, no puede haber un cambio real del sistema. Los pobres en los países en desarrollo están pagando el precio de un 75-80% de los costes de la catástrofe climática. Tienden a vivir en áreas expuestas a desastres, en casas menos resistentes y suelen perder todo lo que poseen; tienen menos recursos para mitigar esos efectos; reciben menos apoyo de los sistemas sociales para recuperarse del impacto; tienen medios de vida precarios; y se encuentran vulnerables frente a la enfermedad, malas cosechas, aumento de precios de alimentos, muerte y discapacidad. Las respuestas a la catástrofe ligada al clima tienen a menudo la forma de intervención humanitaria cínica ex post. Por ejemplo, tras el ciclón Idai, el FMI acordó un préstamo de emergencia sin intereses de 118,2 millones de dólares para Mozambique –el sexto país más pobre del mundo, donde el habitante medio es responsable de 55 veces menos emisiones de carbono que el ciudadano medio estadounidense– pero descartó el alivio del pago de los préstamos preexistentes. Adivina quién se beneficia. El cambio sistémico requiere medidas ex ante y una renta básica sería esencial entre ellas, en cuanto distribución de recursos para potenciar cambios de la población en orden de aplicar el conocimiento local apropiado para combatir el cambio climático antes de los desastres. Esto permitiría, por ejemplo, a las mujeres agricultoras en países pobres tener mejores herramientas. Los científicos calculan que entonces podrían cultivar un 20-30% más de comida en la misma tierra y así evitar dos mil millones de toneladas de emisiones para 2050. Solo esto parecería ser un buen argumento para la renta básica.

Ahora bien, la renta básica significa bastante para no pocas personas. Un ingrediente interesante dentro de (pero en los márgenes de) la presente coyuntura de llamamientos al cambio de sistema es la candidatura de Andrew Yang para la presidencia de EE. UU., prometiendo una renta básica de 1.000$/mes para todo estadounidense mayor de dieciocho años. Sin embargo, su inversión para hacer frente al cambio climático es solo un cuarto de la que Bernie Sanders propone. El enfoque de Yang es más tecnocrático que preocupado por la pobreza. Favorece la energía nuclear y dudosas soluciones geo-ingenieriles como espejos espaciales, dispersión estratosférica de dióxido sulfúrico y plantar plancton en el océano. Yang es un claro ejemplo de las divisiones en el debate de la renta básica, donde algunos entusiastas son realmente de derechas. La renta básica a la que nos referimos nosotros es solo una medida en el dominio de la política económica. Para ser efectivo se necesita de fuertes políticas públicas en salud, vivienda, educación, transporte, etc. ¿Por qué diablos no incluye Bernie la renta básica en su campaña?

El cambio de sistema precisa de pensamiento sistémico, especialmente sobre decrecimiento, que no es ajeno a la redistribución. La renta básica representa obviamente una forma de redistribución, y en términos de Gini también, ya que puede financiarse con impuestos progresivos fácilmente. El pensamiento sistémico exige tomar en cuenta la salud de todo el sistema, tal y como ciertas culturas indígenas han sabido hacer desde hace mucho tiempo. La concienciación desde este punto de vista no solo fomentaría la reducción del consumo, sino que también incorporaría un elemento de respeto a los pueblos indígenas del mundo pendiente, quienes han sido vistos, desde la época del imperialismo, como un obstáculo a ser desplazado del camino de la explotación de los recursos.

Así que, ¿cómo podría una renta básica favorecer un cambio sistémico? Ya que los pobres deben ser el foco, daremos unos cuantos ejemplos de un detallado estudio nuestro de 2010 sobre los efectos hipotéticos de una renta básica en Timor Oriental. Encontramos que un ingreso básico parcialmente financiado por ingresos del petróleo y gas permitiría la distribución inmediata de una micro-renta (en oposición a micro-crédito), recibida cada mes sin interferencias externas. Una renta básica sobre la línea de la pobreza (allá entonces de 20$/mes por persona), para toda la población, significaría que una familia con seis personas a su cargo recibiría un ingreso mensual garantizado de 160$/mes. En una aldea de veinte familias similares la cantidad sería de 3.200$/mes o 38.400$/año.

Lo que esto podría representar en términos de soberanía alimentaria está ilustrado por un proyecto de cultivo de arroz con búfalos en el área devastada de Uatulari, con una población de unas 20.000 personas. Trabajando con una ONG timorense, el gobierno catalán financió el proyecto por valor de unos 142.680$ en los años 2000-2003 (47.560$ por año), o aproximadamente 2,38$/año por persona. La zona logró la autosuficiencia en cultivo de arroz antes de que el periodo acabara, y fue capaz de suministrar semillas para las zonas cercanas. Los búfalos fueron la “maquinaria” para preparar los campos de arroz abandonados (pisando el suelo para compactarlo antes de plantar las semillas) y también produjeron estiércol, leche, carne y pieles, al tiempo que reforzaban las relaciones sociales, ya que estos animales son tradicionalmente propiedad común. Sin embargo, con el cambio de gobierno en Cataluña, la financiación cesó y el proyecto nunca fue más allá de una exitosa fase piloto del proyecto. Una renta básica de 20$/mes por persona aportaría 4,8 millones de dólares garantizados a Uatulari cada año, unas cien veces lo que el gobierno catalán concedió. El impacto de una fuente estable de ingresos sería notable en términos de desarrollo local.

En términos de derechos humanos, una estrategia de desarrollo agrícola que consolide la producción local con el desarrollo generalizado de las redes comerciales resulta mucho más beneficiosa que una política de monocultivo orientada a las exportaciones, concentración de latifundios y desigualdad sistémica, por no mencionar los efectos medioambientales negativos. Los pequeños cultivos no solo contribuyen al mercado local, sino que también fortalecen la seguridad social y alimentaria y ofrecen una mayor difusión de los medios productivos, además de ser mejor para la gestión medioambiental. Asimismo, la migración masiva a la capital timorense, Dili, ha creado un problema permanente de desequilibrio demográfico, con grandes cifras de desempleo y descontento juvenil, con grandes capacidades destructivas. Evidentemente, no pueden ser reintegrados en comunidades rurales que no existen por la carencia de una base productiva. El incluirlos en un esquema de renta básica sería un gran avance en su reintegración como ciudadanos y en el establecimiento de una coexistencia pacífica.

De nuevo, las familias más pobres tienden a tener un mayor número de hijos. La tasa de fertilidad de 2019 fue de 5,5 nacimientos por mujer, una de las más altas del mundo. Independientemente de la ausencia de servicios de planificación familiar y educación sanitaria básica, el tener más hijos suele ser visto como una forma de reemplazar a los hermanos que mueren en la infancia, y como una especie de plan de seguro social para los padres. Que la salud de la madre se vea gravemente perjudicada por tantos embarazos es una consideración menor en circunstancias desesperadas. Una forma garantizada de cobertura social como la renta básica disminuiría la tasa de nacimientos a largo plazo, corregiría el sesgo contra los jóvenes, miembros dependientes de la sociedad, mejoraría la salud de las madres y los niños y llevaría más niños a las escuelas.

Una renta universal no solucionaría todos los problemas de Timor Oriental, pero supondría muchas más oportunidades en el terreno productivo, cohesión e inclusión social en comunidades locales reforzadas, mayor participación política y una gran reducción de la pobreza y de los problemas relacionados con ella. Las buenas noticias son que nuestro modelo de renta básica es exportable y con algunos ajustes puede ser aplicado en cualquier lugar del mundo. Y debería ser aplicado si realmente nos preocupan los derechos humanos y queremos un cambio sistémico, especialmente cuando se trata de combatir la crisis climática y sus efectos sobre los habitantes más pobres del planeta.

Nota:

1 En la mitología griega, Casandra fue una mujer a la que Apolo otorgó el poder de adivinar el futuro a cambio de sexo. Al no cumplir ésta el pacto, Apolo la condenó con la incredulidad de los mortales. [N. del T.]

Por Julie Wark / Daniel Raventós

26/01/2020

Julie Wark

es autora del “Manifiesto de derechos humanos” (Barataria, 2011) y miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso. En enero de 2018 se publicó su último libro, “Against Charity” (Counterpunch, 2018), en colaboración con Daniel Raventós, recientemente editado en castellano (Icaria) y catalán (Arcadia).

Daniel Raventós

es editor de Sin Permiso, presidente de la Red Renta Básica y profesor de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona. Es miembro del comité científico de ATTAC. Sus últimos libros son, en colaboración con Jordi Arcarons y Lluís Torrens, "Renta Básica Incondicional. Una propuesta de financiación racional y justa" (Serbal, 2017) y, en colaboración con Julie Wark, "Against Charity" (Counterpunch, 2018) recientemente editado en castellano (Icaria) y catalán (Arcadia).

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Lunes, 27 Enero 2020 06:57

Clima e incertidumbre radical

Clima e incertidumbre radical

El cambio climático y la amplia relación entre las actividades humanas y la naturaleza es hoy un factor político de primera línea. Involucra la vida misma de los seres vivos y la organización de las sociedades dentro de la complejidad en que ahora las conocemos.

Tomemos a la naturaleza de modo general, como el mundo material, incluidos, por necesidad, los seres humanos. Y consideremos el medio ambiente precisamente como el elemento en que existen personas, animales, plantas, recursos y cosas. Éste considera las interrelaciones de los seres vivos y su entorno, de donde se desprende la noción del ambiente.

Se trata, pues, del espacio, próximo o distante, del ser humano y sobre el que éste actúa, pero que, sin duda, repercute a su vez sobre él. Este proceso determina de maneras diversas su modo de vida, su misma existencia. Igualmente, define la configuración de la sociedad, las formas del gobierno y las manifestaciones del poder.

Hay una dinámica de retroalimentación entre los fenómenos naturales y los que se denominan antrópicos, es decir, los que están producidos o modificados por la actividad humana.

Las formas de organización social y su propio desarrollo modifican constantemente el sistema, como sucede, por ejemplo, de modo directo con la tecnología, las leyes y las normas, los patrones de las inversiones, el acceso tan diferenciado a los recursos. La sociedad, entonces, participa como causa y consecuencia de modo constante, ya sea en términos inmediatos o en el mediano y largo plazos.

En la disputa actual sobre las condiciones del medio ambiente y sus manifestaciones se ponen de relieve diferentes modos de aproximarse al problema, entre ellos el que se deriva del conocimiento científico, el que surge de las ideologías, el que tiene que ver con los negocios, los intereses económicos y la rentabilidad del capital y también el asociado con la pura rapiña.

El conflicto es la marca de los debates sobre el cambio climático. Es cada vez más evidente, como pudo verse recientemente en la reunión de la élite mundial en Davos. Ahí están las declaraciones de Donald Trump, quien llamó "profetas de la fatalidad" a los que sostienen la alarma ambiental y, según dice, predicen el apocalipsis.

Nada lo conmueve: pérdidas de vidas, incendios masivos, inundaciones, tormentas, especies que pueden extinguirse, destrucción de ríos y océanos. No tiene duda alguna sobre la cuestión ambiental. No sospecha.

Ofrece que su país está comprometido a "conservar la majestuosidad de la creación de Dios y la belleza natural de nuestro mundo". Al mismo tiempo promueve la industria del carbón, el fracking para aumentar la extracción de gas y petróleo del subsuelo y se retira del Acuerdo de París sobre el cambio climático, firmado a finales de 2015.

En el proceso del crecimiento económico y los patrones prevalecientes de la generación de ganancias, basados en el uso de las fuentes convencionales de energía, como los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas que generan dióxido de carbono y otros de los denominados gases invernadero), está situada la parte esencial de la disputa sobre el cambio climático global y la resistencia a una transición más acelerada de las fuentes de energía.

El secretario del Tesoro de Estados Unidos dejó muy clara la postura de su gobierno y la que sostienen muchas grandes empresas. Calificó de inviables las medidas que se exponen en torno a las fuentes alternativas de energía. Afirmó que el acceso a energías más baratas es más importante para el crecimiento que invertir en tecnologías verdes.

Con respecto a los modelos existentes de transición energética dijo que no debemos engañarnos, pues no hay manera de modelar los riesgos climáticos en un horizonte de 30 años con suficiente nivel de certeza. Añadió que la economía mundial depende del acceso a costos razonables a las fuentes de energía en las próximas dos décadas para crear empleos y el crecimiento de la economía.

Certidumbre no hay, en efecto, sobre la evolución del cambio climático, pero sí hay tendencias observables y hechos concretos que no pueden despreciarse. En este caso, el secretario del Tesoro y funcionarios y políticos en todas partes habrían de adoptar, necesariamente, la perspectiva de la incertidumbre radical.

Esta idea expresa que no sólo no sabemos lo que va a pasar, sino que además es limitada la capacidad para describir lo que podría pasar. Esto lleva a distinguir el riesgo, que puede abordarse mediante la aplicación de las probabilidades, de lo que puede llamarse incertidumbre real a la que no puede aproximarse de tal manera.

Un asunto que no puede dejarse de lado es que cualquier transición energética impone costos y exigencias tecnológicas de muy distinto tipo. Obviamente, no todos los países pueden soportar tales costos y demandas de la misma manera. Dicha transición puede significar la creación de condiciones de una creciente distancia en materia de crecimiento y desarrollo.

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Repensando el capitalismo: qué esperar de Davos en su 50º aniversario

En esta edición el foro lanza un nuevo manifiesto de principios éticos para guiar a las empresas "en tiempos de la cuarta revolución industrial".

 La localidad montañosa de Davos, Suiza, acoge entre el 21 y el 24 de enero la 50.ª reunión anual del Foro Económico Mundial, en la que se darán cita influyentes líderes mundiales —entre ellos el presidente estadounidense Donald Trump y la canciller alemana Ángela Merkel—, así como importantes empresarios, inversores, representantes del mundo académico y de otros ámbitos, sumando un total de unos 3.000 participantes de 117 países.

Hacia 'el capitalismo de las partes interesadas'

En diciembre del año pasado el Foro de Davos renovó su manifiesto de 1973 con arreglo a la cuarta revolución industrial, e incluyó la propuesta de repensar el papel y modelo de trabajo de las compañías. El documento incluye una serie de principios éticos para guiar a las empresas ante nuevos desafíos y llama a repensar los actuales modelos de capitalismo.

En términos generales, destacan dos modelos principales que predominan en diferentes partes del mundo: el 'capitalismo de accionistas', que se centra en obtener beneficios y está extendido en los países occidentales; y el 'capitalismo de Estado', donde el desarrollo económico lo marca el Gobierno y que predomina en China y mercados emergentes.

 La propuesta en la que ahora se enfoca el Foro de Davos es el concepto del 'capitalismo de las partes interesadas', o 'stakeholder capitalism', introducido por primera vez hace medio siglo por Klaus Schwab, fundador y presidente ejecutivo del foro, y que defiende la idea de maximizar los beneficios no solo de los accionistas, sino de todas las partes interesadas. De ahí que la reunión de estos días se presente bajo el lema: 'Partes interesadas para un mundo cohesivo y sostenible'.

El manifiesto define el propósito de las empresas como la colaboración en la creación de valor compartido y sostenido "con todos sus 'stakeholders': empleados, clientes, proveedores, comunidades locales y la sociedad en general", la búsqueda de compromisos comunes y "la armonización de los intereses divergentes" de todas las partes interesadas para que las decisiones de los dirigentes refuercen la prosperidad de los negocios a largo plazo.

¿De qué más se hablará en el foro?

Más allá de lo económico, el objetivo de crear un mundo más cohesivo y sostenible también afecta a otros ámbitos importantes, como la ecología y el cambio climático, la sociedad, la tecnología, la industria y la geopolítica.

Si en la última edición del Foro de Davos destacó la intervención de la activista sueca Greta Thunberg, en esta ocasión hablarán otros nueve adolescentes considerados 'hacedores del cambio'. Entre ellos figuran Naomi Wadler, de 13 años, que se centra en el problema de la violencia armada en EE.UU.; la fotógrafa de la vida marina Cruz Erdmann, de 14 años; y Autumn Peltier, de 15, que lucha contra la contaminación industrial del agua en las comunidades de las Primeras Naciones de Canadá.

Aunque aún es prematuro para saber si sus discursos darán lugar a algunos cambios visibles, el de Greta Thunberg podría haber impulsado las conversaciones sobre la necesidad de remodelar la economía como tal.

Según Klaus Schwab, la activista nos recordó que el sistema económico actual representa una traición de las futuras generaciones por su insostenibilidad medioambiental, por lo que reavivó la idea del 'capitalismo de las partes interesadas', si bien en ello también influyeron otros factores, como el reconocimiento por parte de los inversores y empresarios de que su éxito a largo plazo está estrechamente ligado al de sus clientes, empleados y proveedores.

El calentamiento global ha ganado un terreno firme en la agenda del Foro de Davos y, en ese sentido, se les ha pedido a todas las compañías que participan en esta reunión anual que se pongan como objetivo llegar a cero emisiones netas de carbono para 2050 o incluso antes de ese año, con el fin de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.

Publicado:21 ene 2020 03:19 GMT


 Manifiesto de Davos

2020: El propósito universal de las empresas en la Cuarta Revolución Industrial fin de mejorar el estado del mundo

 

A. El propósito de las empresas es colaborar con todos sus stakeholders en la creación de valor compartido y sostenido. Al crearlo, las empresas no cumplen únicamente con sus accionistas, sino con todos sus stakeholders: empleados, clientes, proveedores, comunidades locales y la sociedad en general. El mejor camino hacia la comprensión y la armonización de los intereses divergentes de todos los stakeholders es la adquisición de un compromiso común con respecto a las políticas y las decisiones que refuercen la prosperidad a largo plazo de las empresas.

A. Una empresa cumple con sus clientes cuando les ofrece una propuesta de valor que encaja a la perfección con sus necesidades. Acepta y respalda la competencia leal y la igualdad de condiciones. Muestra una tolerancia cero ante la corrupción. Vela por la fiabilidad y la confiabilidad del ecosistema digital en el que opera. Comparte plenamente la funcionalidad de sus productos y servicios con sus 1.lientes, también las implicaciones adversas o las externalidades negativas.

2. Una empresa trata a su personal con dignidad y respeto. Respeta la diversidad y aspira a la mejora continua de las condiciones de trabajo y el bienestar de los empleados. En un mundo sometido a constantes cambios, una empresa aboga por la continuidad en el empleo mediante la mejora continua de las competencias y la adquisición de otras nuevas.

3. Una empresa considera a sus proveedores como verdaderos asociados en la creación de valor. Brinda las mismas oportunidades a los nuevos participantes en el mercado. Integra el respeto por los derechos humanos en todos los eslabones de la cadena de suministro.

4. Una empresa cumple con la sociedad en general a través de sus actividades, apoya a las comunidades en las que trabaja y paga un porcentaje equitativo de los impuestos. Garantiza un uso seguro, ético y eficaz de los datos. Actúa como garante del universo ambiental y material para las generaciones futuras. Protege de un modo responsable nuestra biosfera y es adalid de una economía circular, compartida y regenerativa. Amplía incesantemente los límites del conocimiento, la innovación y la tecnología para mejorar el bienestar de las personas.

5. Una empresa ofrece a sus accionistas un rendimiento de las inversiones que tiene en cuenta los riesgos empresariales asumidos y la necesidad de innovar continuamente y de no dejar de invertir. Gestiona con responsabilidad la creación de valor a corto y medio plazo en aras de la obtención de beneficios sostenibles para sus accionistas sin sacrificar el futuro en beneficio del presente.

B. Una empresa es algo más que una unidad económica generadora de riqueza. Atiende a las aspiraciones humanas y sociales en el marco del sistema social en su conjunto. El rendimiento no debe medirse tan solo como los beneficios de los accionistas, sino también en relación con el cumplimiento de los objetivos ambientales, sociales. Los salarios del personal ejecutivo deben reflejar la responsabilidad ante los stakeholders.

C. Una empresa que opera en el ámbito multinacional no está únicamente al servicio de todos los stakeholders directamente implicados, sino que es por sí misma un stakeholder —junto con los gobiernos y la sociedad civil— de nuestro futuro global. La responsabilidad cívica empresarial global exige que las empresas aprovechen sus competencias básicas, su espíritu empresarial, sus habilidades y los recursos pertinentes en iniciativas colaborativas con otras empresas y stakeholders con el fin de mejorar el estado del mundo.

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Martes, 21 Enero 2020 06:18

La reforma neoliberal

La reforma neoliberal

No me refiero a la reforma del capitalismo global construida a partir de las ideas de Hayek, Von Mises, Friedman et al. a partir de los años 1970, que inauguró la era neoliberal. Me refiero a parte de lo que está ocurriendo hoy: la reforma que los mismísimos neoliberales buscan llevar a cabo, para salvar al capitalismo neoliberal de sus propios demonios.

Como en toda formación social que se ago­ta, bajo la tensión que produce una le­gi­timidad agonizante, la hegemonía se desestabiliza y sucumbe frente a la mul­tiplica­ción de miríadas de demandas so­ciales in­satisfechas. Los excluidos, que durante demasiado tiempo otorgaron lealtad al neo­liberalismo, desobedecen aquí y allá el or­den existente. El convencimiento, que va generalizándose, de que la raíz del desastre económico, social y político se halla en el ideario neoliberal, abre la posibilidad de una transformación de las bases en que puede fundarse una formación social distinta.

El consenso sobre la crisis del neoliberalismo es amplio y recorre el mundo occidental, donde reinó a sus anchas por más de 40 años. El reino está agrietado por do­quier, se debilita continuamente y ya las alarmas aúllan cada día a mayores decibeles entre sus poderosos beneficiarios. Hasta donde puede advertirse, el populismo de derecha puede tener también los días contados: su nacionalismo antiglobalización, basado en valores étnicos y rechazo a los inmigrantes, está destinado a la debacle.

Como en toda crisis social generalizada se abre el espacio social que Gramsci llamó interregno: un espacio de lucha entre relatos distintos o antagónicos. Con el propósito de retener el gobierno sobre el rumbo del capitalismo, un grupo de capitalistas se alista para formular un discurso ad hoc, para vestir al capitalismo neoliberal “reformado”. El flanco izquierdo está ante un interregno abierto.

Durante más de 40 años los empresarios, especialmente los estadunidenses, han sostenido que la única responsabilidad de las empresas era maximizar sus ganancias. Lo lograron como nunca aplastando los salarios en todas partes, configurándose así una de las más poderosas tendencias generadoras de la desigualdad del siglo XXI. Pero están asustados de su criatura: la Mesa Redonda de Negocios de EU ha dicho que adoptará, en la reunión del 50 aniversario del Foro Económico Mundial (FEM), que comienza hoy en Davos, un enfoque que llama “capitalismo de las partes interesadas” ( stakeholder capitalism), centrado no sólo en los accionistas, sino también en los clientes, empleados, proveedores y comunidades, a los que considera “esenciales” para el desempeño de sus negocios.

Laura Tyson, ex presidenta del Consejo de Asesores Económicos del presidente de EU, y Lenny Mendonca, asesor económico y empresarial, jefe y director de la Oficina de Desarrollo Económico y Empresarial de California, en reciente colaboración en el Daily Maverick, escriben que los empresarios discutirán “cómo dar un significado concreto al capitalismo de las partes interesadas, un concepto articulado por primera vez por el fundador del FEM, Klaus Schwab”, quien propondrá, en ese foro, otro “Manifiesto de Davos”, con todo y su capítulo “verde”. Ya veremos si sale adelante el nuevo relato y cuáles son sus principios.

Por supuesto, los tiempos que corren plantean un reto enorme al pensamiento alternativo. Ningún programa alterno al capitalismo neoliberal podría prosperar sin una amplia base social de sustentación. Y, al mismo tiempo, ese programa es indispensable como relato alternativo para articular esa base social que, por necesidad, tendría una historia particular en cada Estado-nación. Aunque las cosas son así, los movimientos sociales de cualquier parte deben contar con una idea estratégica sobre la globalización. Lo más pernicioso para la sociedad globalizada y para las sociedades nacionales es, evidentemente, el predominio del sector financiero, un fardo incomensurable.

Será de verse qué hará Donald Trump con ese nuevo ideario que quieren impulsar sus colegas los empresarios de la Mesa Redonda de Negocios de su país. El éxito del neoliberalismo en su implantación y desarrollo, fue avasallador. Las oposiciones keynesianas y quienes habían cabalgado del lado del Estado de bienestar entregaron la plaza íntegramente. La reconversión de todo mundo a la idea de la “libertad individual”, detrás de la cual apareció la soberanía del consumidor y el mercado libérrimo, convenció a las mentes más progresistas (la reflexión sobre la izquierda marxista requeriría un espacio aparte).

No sé si en el 50 aniversario del Foro de Davos saldrá avante un nuevo manifiesto, pero el stakeholder capitalism (whatever that means) parece la propuesta que buscará crecer en los años venideros. Los retos del pensamiento alternativo son enormes, no sólo para la elaboración programática sino, especialmente, para crear las bases sociales organizadas capaces de sostener y luchar por un mundo distinto.

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Escandalosa brecha entre ricos y pobres en el mundo, según Oxfam

Informe global de la ONG Oxfam Internacional en la antesala del Foro económico de Davos

Los 2.153 multimillonarios más ricos del mundo poseen una riqueza equivalente a la de 4.600 millones de personas, es decir, el 60 por ciento de la población mundial. Entre las razones, el auge de un modelo económico sexista e hiperproductivista. 

La brecha entre ricos y pobres, llamada también “desigualdad económica”, que empezó a crecer a pasos agigantados cuando en el mundo se difundió la “globalización”, por el contrario de lo que algunos pensaban parece no tener límites y sigue creciendo cada día más. Según el informe anual “Time to care” (Tiempo de cuidar) elaborado por la organización no gubernamental Oxfam Internacional (comité Oxford contra el hambre) difundido el lunes, los 2.153 multimillonarios más ricos del mundo poseen una riqueza equivalente a la de 4.600 millones de personas, es decir, el 60 por ciento de la población mundial.

Basada en datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), del Banco Mundial, del Credit Suisse Research Institute y la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), entre otras instituciones, el informe fue difundido el lunes porque esta semana precisamente se realiza en Davos (Suiza) el Foro Económico Mundial, la reunión anual de políticos, gobernantes, industriales y empresarios en general, economistas e intelectuales famosos del mundo.

“La desigualdad en el mundo está profundamente arraigada y ha alcanzado un nivel escandaloso”, dijo el informe. Y agregó: “En América Latina y el Caribe, el 20 por ciento de la población concentra el 83 por ciento de la riqueza y el númeo de multimillonarios en la región ha pasado de 27 a 104 desde el año 2000. En 2019, 66 millones de personas, es decir el 10,7 por ciento de la población vivía en extrema pobreza, de acuerdo a datos de la Cepal”.

“A nivel global, la desigualdad aumenta porque estamos viviendo un modelo económico del capitalismo que ya no es el capitalismo como fue concebido originalmente. Es un modelo evolutivo que no pone en el centro de sus preocupaciones las necesidades de las personas y es cada vez más dependiente de una sola cosa: la maximización de las ganancias en breve tiempo”, explicó a PáginaI12 Elisa Bacciotti, Directora de las Campañas de Oxfam Italia. “Esto lleva a comprimir el costo del trabajo y lleva al surgimiento de la llamada Gig Economy, es decir una economía basada en el trabajo temporáneo, free lance, flexible”, agregó.

 “Con la globalización y la apertura de los mercados y mayores inversiones, la posibilidad de tener trabajo aumentó. Pero hay que ver qué tipo de trabajo. Si es un trabajo digno. O por el contrario es un trabajo que no da beneficios a los trabajadores. Si no da los beneficios que se requieren, la desigualdad no disminuye”, subrayó Bacciotti.

“La gran parte de la ganancias van a parar al vértice de la pirámide social. Una estadística que publicó el Informe Oxfam dice que un trabajador, que hoy esta ubicado en el 10 por ciento de los trabajadores más pobres, debería trabajar tres siglos y medio para conseguir el mismo rédito que un trabajador que se ubica en el 10 por ciento de los trabajadores más ricos”, explicó la experta.

El informe subrayó por otro lado que el modelo económico sexista profundiza la desigualdad y que las mujeres son a menudo una suerte de “motor oculto” de la economía. “En América Latina y el Caribe, aun cuando las mujeres logran conseguir y mantener un empleo, es en condiciones precarias: el 49 por ciento de las mujeres empleadas en la región, ganan menos del salario mínimo mensual correspondiente a su país”, dijo el informe, añadiendo que “las mujeres constituyen dos terceras partes de la mano de obra que se ocupa del trabajo de cuidados remunerado. Empleos como el de enfermera, trabajadora del hogar o cuidadora a menudo están mal remunerados, proporcionan escasos beneficios, conllevan un horario irregular y pueden suponer un importante desgaste físico y emocional”.

 “Para que las personas puedan conducir la propia vida, trabajando, y llegar a fin de mes, alguien debe hacer otros trabajos en casa, que no son retribuidos, ni están contabilizados -explicó Bacciotti- . Haciéndolos permite que la familia vaya adelante. Al no ser retribuido no es ni siquiera reconocido y no goza de aportes jubilatorios. Es el caso generalmente de las mujeres, que a veces trabajan menos horas retribuidas para poder hacer los trabajos de casa no retribuidos. Al hacer esta elección se encontrarán con menos dinero en mano al final del mes y menos aportes jubilatorios por lo cual esta elección está más asociada a la pobreza”.

La pregunta clave ante esta situación descripta por Oxfam es saber qué pueden hacer los gobiernos, si es que realmente quieren cambiar esta situación.

El informe habló, entre otros puntos, de la necesidad de que las empresas y las personas ricas paguen su justa parte de impuestos y que con ese dinero el Estado haga inversiones en infraestructuras y servicios públicos.

“Seguramente los gobiernos podrían hacer más y no lo hacen. Una cosa muy eficaz sería una lucha sin cuartel contra la evasión fiscal para que el dinero recuperado pueda ser invertido en beneficios de los sectores menos pudientes”, concluyó Bacciotti.

Por Elena Llorente

Publicado enSociedad
Sábado, 21 Diciembre 2019 06:26

Google, multado por discriminar 

Google, multado por discriminar 

Francia penalizó la política comercial del motor de búsqueda

 

El gobierno de Francia penalizó a Google con una multa de 150 millones de euros por considerar que las reglas que impone a los anunciantes de su motor de búsqueda son opacas y discriminatorias, y la empresa adelantó que apelará la decisión.

La Autoridad de Competencia del país europeo consideró en su fallo que "la opacidad y la ausencia de objetividad de esas reglas hacen difícil su aplicación por los anunciantes, mientras Google puede modificarlas de forma difícilmente previsible y decidir en consecuencia si las respetan o no". Esta política, según el organismo, perjudica a los clientes anunciantes del motor de búsqueda, pero también a los usuarios.

La Autoridad de Competencia intervino tras recibir una denuncia de la empresa Gibmedia, cuya publicidad fue suspendida por el motor de búsqueda sin aviso previo y, según sus alegaciones, sin motivos objetivos y transparentes.

El gigante de Internet adelantó que apelará la sanción. "Gibmedia estuvo publicando anuncios de sitios web que engañaban a las personas para que pagaran por determinados servicios aplicando términos de facturación poco claros para los usuarios", aseguró Google en la nota. "En Google no queremos este tipo de anuncios en nuestras plataformas y por eso no solo hemos suspendido a Gibmedia sino que también renunciamos a los ingresos por publicidad que se generaron a partir de este proceso con el fin de proteger a los consumidores de cualquier daño", subrayó.

Además de la multa, la Autoridad le obligó a la empresa estadounidense a publicar la sentencia en el buscador durante una semana. Se trata de la tercera mayor multa impuesta por este organismo regulatorio y la primera contra Google, que ya había sido sancionada en Francia por la Comisión Nacional de Informática y Libertades y por los tribunales por cláusulas abusivas.

El fallo hace referencia a las páginas patrocinadas que Google muestra cuando un usuario efectúa una búsqueda, y que el gigante de Internet vende a través de subastas entre anunciantes. "Google está obligado a definir reglas de funcionamiento de su plataforma de anunciantes de manera objetiva, transparente y no discriminatoria", destacó el fallo. Sin embargo, en la actualidad "no se basan en ninguna definición precisa y estable, lo que deja libertad a Google para interpretarlas según las situaciones", agregó.

El gigante de Internet -que representa el 90 % de las búsquedas en Francia y que detenta más del 80 % del mercado publicitario asociado-, además "ha modificado su interpretación de las reglas" lo que genera "inseguridad jurídica y económica" a los anunciantes, que han comprobado que, incluso en el seno de Google, no todos los equipos tienen la misma visión. Esas modificaciones normativas no son comunicadas a los clientes anunciantes, sostuvo el organismo regulatorio.

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¿Por qué hablamos de crisis civilizatoria? Breve genealogía de nuestro actual tiempo extraordinario

El tiempo que vivimos es un tiempo extraordinario. Todo está en juego. Las posibilidades de vida en el planeta Tierra, tal y como las conocemos, pueden cambiar radicalmente. Eso, más allá de diversos imaginarios sociales sobre colapsos y apocalipsis, tiene efectos concretos en los marcos de convivencia social, los ciclos de lluvia y períodos secos, en las migraciones, la producción y distribución de alimentos, la pérdida de los últimos refugios ecológicos, la conflictividad social y geopolítica por los recursos indispensables para la vida, el nivel de los océanos, el mantenimiento de las instituciones sociales y las infraestructuras, y un muy largo etcétera.

La diferencia de este, con tiempos anteriores, pudiésemos resumirla en tres factores: uno, que llegamos a límites de capacidad de muy buena parte de los sistemas sociales y ecológicos para soportar las perturbaciones y agresiones que están sufriendo estos; dos, que los eventos sociales y ecológicos van teniendo características de eventos extremos; y tres, que dichos sistemas tienden a la caotización y que por su alto nivel de integración (dada en buena medida la globalización) pueden generar una  cadena de acontecimientos o puntos de inflexión –que también pueden ser pensados como ‘efecto dominó’– con consecuencias imprevisibles.

Pero precisamente por las dimensiones y la profundidad de esta crisis, se nos abre una oportunidad para re-pensárnoslo todo, absolutamente todo. No es sólo el problema del cambio climático, que además no se puede ni se debe segmentar como problema. No vivimos sólo una crisis de las democracias o las instituciones modernas. Tampoco esta crisis puede explicarse únicamente por una ‘escasez’ de recursos o por un ‘desbordamiento’ demográfico. Y aunque es un factor determinante, tampoco es únicamente un problema de la crisis estructural del capitalismo.

Se trata de una crisis total, esencial y existencial, que trastoca incluso el orden de la vida en la Tierra (y por tanto de las otras especies que conviven con nosotros), que nos interpela como especie en relación a nuestro rol en ella. No basta entonces rastrear sólo el ‘error’ en nuestro propio proyecto de construcción social contemporáneo, sino también el cómo se fue configurando lo que podríamos llamar la verdadera Gran Divergencia (nada que ver con lo planteado por  Huntington y Pomeranz sobre el despegue del poderío de Occidente); esto es, la que se produjo entre los patrones civilizatorios dominantes de las sociedades humanas, y los ritmos y dinámicas ecológicas y simbióticas de la Naturaleza.

Por ello, necesitamos también rastrear los antecedentes de más largo alcance de esta crisis, una de carácter civilizatorio.

¿Por qué hablamos de crisis civilizatoria?
Brechas en el debate sobre Antropoceno

Desde hace unos dos lustros el debate sobre el surgimiento de una nueva era geológica, el ‘Antropoceno’, ha cobrado gran popularidad y difusión, no sólo en el ámbito de las ciencias, sino también de las ciencias sociales y sectores del activismo global (en buena medida vinculados a reivindicaciones ecológicas). El Antropoceno tendría la particularidad de ser un período geológico en el cual el principal factor de cambio y transformación en la Tierra sería el humano.

Entre varias de las implicaciones de este debate, una de las que nos parece más interesante es que permite inscribir el debate político sobre las causas y orígenes de la crisis ecológica actual, en la propia historia reciente del planeta Tierra. Esto resulta en una invitación a rastrear factores de mucho más largo alcance temporal, y no sólo los recientes cambios en el metabolismo de las sociedades industriales contemporáneas. Esto, a su vez, nos permite enlazar con la idea de que la crisis en la que estamos inmersos es en realidad una de carácter civilizatorio.

Dos de las principales polémicas que se han generado en torno al debate sobre el Antropoceno nos pueden ayudar a dejar más claro por qué hablar de una crisis civilizatoria. La primera, tiene que ver con la crítica que se le ha hecho al concepto, por colocar al humano en abstracto como responsable de la crisis, cuando en cambio esto ha sido el resultado de patrones específicos de poder que han generado divisiones sociales y desigualdades en los procesos de apropiación, usufructo y degradación de la riqueza natural. De ahí que  Jason Moore haya hablado del ‘Capitaloceno’, señalando que es precisamente el capital y todas sus estructuras de poder, el factor que define esta nueva era geológica; o bien, Christophe Bonneuil proponga el ‘Occidentaloceno’, haciendo referencia a la responsabilidad de la crisis por parte de los países ricos industrializados de Occidente.

La segunda polémica tiene que ver con el punto de origen del Antropoceno. ¿Cuándo se produce el punto de inflexión histórico que convierte al humano o al particular orden civilizatorio, en la principal variable de transformación geológica?

A nuestro juicio, esto es fundamental pensarlo no a partir de un solo punto de origen (dado que la historia no es lineal y luego de un punto de inflexión se producen nuevas tensiones y diversas posibilidades), sino en el escalamiento de al menos tres períodos que han sido determinantes para comprender, en su profundidad, el carácter de la crisis civilizatoria.

El Imperio de los combustibles fósiles

Vayamos de adelante hacia atrás. Ciertamente el período más evidente es el radical cambio de metabolismo social y de las relaciones espacio-temporales que se produce a escala global a partir de los siglos XVIII/XIX con las llamadas ‘Revoluciones Industriales’, que van a desembocar en un cada vez más acelerado sistema mundializado de extracción, procesamiento y consumo de naturaleza, sin precedentes en toda la historia de la humanidad. Este momento particular del Antropoceno va a ir en escalada hasta que a mediados del siglo XX (con la imposición del modelo capitalista de la posguerra) se va a configurar “La Gran Aceleración”, un proceso en el cual las tasas de uso de energía, crecimiento del PIB, crecimiento de la población, de las emisiones de CO2, entre otros se disparan a niveles insospechados, intensificando esta particular relación depredadora con la naturaleza. El período neoliberal, en el marco de la llamada ‘globalización’, va a intensificar aún más este proceso.

El período previo al del Imperio de los combustibles fósiles, y constitutivo del mismo, pudiésemos ubicarlo desde mediados/fines del siglo XV en lo que se entiende como la Génesis de la modernidad capitalista colonial. Este proceso allanó el camino al particular desarrollo histórico del capitalismo, y destaca, al menos para lo que tratamos de explicar, en tres aspectos: la expansión geográfica de circuitos comerciales que, por primera vez en la historia de la humanidad, va a crear un sistema y una economía mundial; una lógica de colonización civilizatoria imperante, también expansiva, que va a tener como uno de sus objetos fundamentales a la Naturaleza (bases para la conformación histórica del extractivismo); y la configuración de patrones de poder que, como lo plantea Donna Haraway, se originaron y expresaron con fuerza en la generación de plantaciones. De ahí que Haraway reformule la apreciación sobre el Antropoceno y proponga en cambio el término  Plantacionoceno, tomando en cuenta que en las plantaciones se evidenciaron (y se evidencian aún) la conjunción entre simplificaciones ecológicas –el disciplinamiento de las plantas en particular– y el diseño de sistemas de trabajo humano forzado en torno a ellas (basado generalmente en patrones racistas). Para Haraway fue la Plantación la que generó el legado de esta nueva era geológica.
La verdadera Gran Divergencia

Pero, ¿por qué no mirar más hacia atrás, muy atrás, para poder formularnos ciertas preguntas esenciales? Hay algo aún más constitutivo, más raizal de este proceso histórico, que tiene precisamente que ver con un quiebre particular que ocurre en la ‘larga’ historia del homo sapiens, que remonta a unos 300.000 años. Dicho quiebre es en realidad ‘reciente’, y pudiésemos ubicarlo en un proceso que se desarrolló desde hace unos 9.000-7.000 años con la llamada ‘Revolución neolítica’, a inicios del Holoceno.

Ciertamente en este período se va a ir generando una multiplicación de las comunidades horticultoras, las culturas sedentarias y el surgimiento de las sociedades agrícolas, lo que al mismo tiempo va a ir produciendo un desplazamiento y progresivo desvanecimiento de las sociedades cazadoras y recolectoras, de perfil igualitario, que fueron imperantes en tiempos previos (sociedades que no tienen por qué ser romantizadas). Pero lo esencial de este proceso no es sólo el desarrollo de unas particulares condiciones materiales que van a cambiar drásticamente la forma de vida de la humanidad, sino que previamente y en ellas fueron surgiendo jerarquías que fueron configurando estructuras sociales de la dominación de unos pocos por sobre otras mayorías.

La ecología social, en especial  la obra de Murray Bookchin, contribuye a comprender dos elementos cruciales cuando hablamos de estas jerarquías: el primero es que no hay que entenderlas sólo en su dimensión inter-subjetiva (la gradación desigual que se da entre personas), sino primordialmente en su sentido socio-político y epistemológico. Es decir, en cómo estas jerarquías particulares se terminan traduciendo en sistemas integrales de dominación y en cosmovisiones piramidales y/o lineales que rompen con concepciones holísticas y fragmentan la construcción social de la realidad. El segundo elemento es fundamental: las jerarquías y los sistemas integrales de dominación son también causa y efecto de la ruptura de la relación holística que las sociedades reproducían con la naturaleza, lo que se tradujo no sólo en un enfoque de dominio sobre la misma, sino también en esquemas de organización e interacción social que van diferenciarse notablemente de la forma como lo hacen el resto de las especies.

A este, como uno de los tres períodos determinantes para comprender, en su profundidad, el carácter de la crisis civilizatoria, lo llamaremos la verdadera Gran Divergencia, dada la brecha histórica que se abre desde entonces en la relación entre los humanos, y entre estos y la naturaleza. Este momento particular del antropoceno, va a devenir en la emergencia de las grandes civilizaciones, de las economías de excedentes, de la configuración de nuevos metabolismos sociales, del surgimiento de las estructuras estatales, de la génesis del patriarcado, de la sociedad de castas y clases, de las lógicas imperiales. Se expanden las disputas por la tierra cultivable, y por ende la guerra se hace cada vez más común. En este entorno, van emergiendo los asuntos políticos y militares, con claros patrones masculinos, y estos asuntos van a escindirse, jerárquicamente, sobre la esfera doméstica.

Pero es fundamental subrayar que esta, no tenía que ser necesariamente la única evolución histórica de la humanidad, ni mucho menos la única forma que adquiriese la configuración de las civilizaciones. El comienzo de la dominación de los patrones civilizatorios jerarquizados no supuso la desaparición de otras formas de relacionamiento socio-ecológico más igualitario y armónico. Más bien revela una disputa de esta lógica civilizatoria/racista/imperial contra toda su otredad. No es una disputa que deba ser entendida en código binario. Más bien hay una enorme diversidad, grises, matices, entrecruzamientos entre ellos.

Sin embargo, lo que queremos resaltar es que los sistemas de jerarquías, la dominación de la naturaleza y el patriarcado, preceden al sistema capitalista y la modernidad. Y no son rasgos naturales, ontológicos ni inevitables. Son en realidad la expresión de una historia reciente del homo sapiens en la Tierra.

Además de la apuesta post-capitalista, el cambio es civilizatorio

A pesar de su longevidad, al día de hoy estos patrones de poder, conocimiento, subjetividad y relacionamiento socio-ecológico, persisten, aunque varíen en muchas de sus características. Son estos los pilares de esta crisis civilizatoria y, como plantea Bookchin, debemos escarbar, hacer arqueología, construir genealogía, en la vasta y milenaria historia de la sociedad jerárquica. Si el cambio tiene que ser del modelo civilizatorio, esto, repitámoslo, pone ante nosotros la necesidad de re-pensárnoslo todo.

Sabemos que es un cuestionamiento radical, porque pone en cuestión no sólo al capitalismo histórico y la modernidad colonial, sino incluso los rasgos históricos dominantes de la propia condición humana. Pero nos invita y permite reformular toda la cartografía de la transformación socio-ecológica.

No parece bastar la apuesta post-capitalista si no podemos resolver, retejer, rearticular, reconstituir el vínculo esencial entre humanos y naturaleza, compaginar nuestro estar en la Tierra con los ritmos de la vida en el planeta. No parece bastar aquella apuesta sin desarmar al patriarcado, al racismo, los esquemas de dominación jerárquica, los binarismos, las cosmovisiones fragmentadas, sin recuperar la relación holística y de totalidad con la naturaleza.

¿Es posible reformular el proyecto civilizatorio sin contar con las otras especies vivientes? ¿Es posible superar el antropocentrismo en vías hacia una nueva senda biocéntrica? Si así fuese, ¿cuál sería nuestra forma, nuestra condición, nuestro rol como humanos en esa nueva ruta?

Estos dilemas no han podido aún ser resueltos, no sólo por los conductores políticos e institucionales, o por los voceros de los saberes científicos dominantes, sino tampoco por las fuerzas políticas contrahegemónicas principales; las izquierdas incluidas. Las ideas de transformación imperantes deben ser interpeladas, escrutadas. No sólo las de progreso y desarrollo, sino la propia idea de revolución. E incluso la de emancipación. ¿Qué se revoluciona? ¿Qué se emancipa? ¿Quiénes se emancipan? ¿Cómo? ¿Por qué medios? ¿A costa de qué?

Todo esto no es un llamado a una supuesta apoliticidad. Nuestra apuesta podría ser en cambio la búsqueda de nuevas y otras politicidades. Tampoco es un llamado a una vuelta al pasado ancestral. No es posible ningún retorno. Todo debe ser reformulado, transformado, creado, desde aquí y desde ahora; desde lo que somos. Vivimos un tiempo extraordinario, y como tal, requiere de nosotros acciones extraordinarias. Se trata de una oportunidad histórica para transitar hacia otro mundo, a otra forma de relacionarnos y reproducir la vida radicalmente diferente a esta que domina el mundo.

Más allá de ser sólo una ‘eco-utopía’, este es en realidad el camino que esta larga historia civilizatoria nos ha puesto enfrente, para transitarlo. La gran crisis no es ya un panorama futuro de tiempos difíciles, de tiempos que vendrán. Es en cambio el tiempo actual. Estamos ya al interior de la gran crisis.

Ante la confusión que reina, lo mejor es siempre consultar y recurrir a los principios de la naturaleza, que tiene sus propios ritmos, sus formas simbióticas, interdependientes, cooperativas y mutuales de reproducirse. De reajustarse, de adaptarse, de transformarse. Los comunes parece ser un horizonte político constituyente, en el que pueden converger las bases de un proyecto de gestión colectiva, descentralizada y eco-social. Pero el giro a los comunes no puede esperar mucho más. Este es el tiempo de los cambios. Es ahora.

19 diciembre 2019 0

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Al Gore: el criminal de ocho guerras mercader del ecologismo

Dicen que el que mata a una persona es un asesino, el que mata miles en la guerra es un héroe, y si encima se viste de verde es Superman. En la Cumbre del imperialismo verde de Madrid 2019 no podía faltar Albert «Al» Gore, el promotor del negocio Big Green, el vicepresidente del gobierno de Bill Clinton (1993-2001) y premio Nobel de la Paz por su defensa al medio ambiente, el mismo galardón que recibió Henry Kissinger por su pacifismo y sus esfuerzos por los derechos humanos de los oprimidos.

 

Debido a que “borrar la memoria histórica” de los ciudadanos es imprescindible para que el actual sistema siga funcionando con tranquilidad, es también imprescindible  desempolvar los dos aspectos del perverso historial del Héroe Verde para quienes pretendemos cambiarlo: 1) Como el hombre de destrucción masiva bélica de Afganistán, Iraq, Yugoslavia, Albania, Sudán, Liberia, Haití y Congo, y 2) El falso ambientalista, fabricado por el imperialismo verde, que con su fama protege la destrucción del medioambiente a favor de sus propios negocios y de su clase. Se trata de uno de los halcones más agresivos del Partido Demócrata, personaje especialmente oportunista, que durante su carrera ha intentado con sus discursos contradictorios ganar el voto de los ultraconservadores y también los progresistas, y después utilizarlo para los intereses más siniestros de EEUU en el mundo.

 

El currículum bélico de Al Gore

 

Férreo partidario de guerras de rapiña y de expansión colonialista de EEUU, Al Gore atacó a quienes recurrían al “Síndrome de Vietnam”, y la muerte de miles de soldados para evitar más guerras: “Tenemos intereses en el mundo que son lo suficientemente importantes como para defenderlos. Y no deberíamos estar tan quemados por la tragedia de Vietnam que no reconocer la necesidad del uso de fuerza para nuestros intereses «.  ¿Ha hecho algún estudio para determinar el daño de las guerras (¡el uso de agente naranja”, por ejemplo!) al medio ambiente?

 

  • - En 1978, nuestro Nobel se opuso a nuevas regulaciones federales de armas de fuego, para contentar a sus votantes en las zonas rurales.
  • - En 1979 defendió el patrocinio del grupo terrorista Contra en Nicaragua por Reagan, y financiado con cocaína (a los “Yihadistas” en Afganistán la CIA les paga con el dinero del opio, cuyo cartel obliga los agricultores cultivar la adormidera en vez de patatas y trigo).
  • - En 1983, respaldó el envío de tropas por al Líbano, donde un atentado mató a 241 soldados de EEUU, a 58 paracaidistas franceses, y 6 civiles libaneses. ¿Qué se le ha perdido a EEUU en el Líbano?
  • - En 1983, aplaudió la invasión de EEUU a la diminuta isla de Granada de 90.000 habitantes por representar una “amenaza para EEUU” de 300 millones de almas y dotado de 5.113 ojivos nucleares. ¿El motivo real? Ser gobernada por los socialistas, y aliado de Cuba y la URSS.
  • - En 1986 celebró el bombardeo de Libia por Reagan.
  • - En 1991 el halcón Gore votó en favor de la decisión de Bush de atacar a Iraq, guerra que causó gran desastre ecológico del Golfo Pérsico.¡Luego le criticó a Bush por haber sido “demasiado blanco” con Saddam Husein!
  • - En 1991, el mismo Gore que estaba muy preocupado porque los niños de EEUU “pudieran padecer tumores y cáncer producidos por productos químicos usado en los pijamas para dormir”, aprobó el embargo más criminal de la historia de la humanidadcontra  el pueblo iraquí, que mató a millón y medio de personas, casi la mitad niños. El 29 de junio de 2000, cuando Gore daba una conferencia en Chicago sobre ‘incentivos de la política energética para las ciudades’, el director de Voces en el Desierto, Danny Muller, le preguntó «¿por qué debería alguien votar a una administración que mata a 5.000 niños inocentes al mes mediante sanciones en Iraq?” Gore no contestó, y sus matones le sacaron de la sala. El embargo prohibía la venta de productos como cloro para potabilizar el agua, material sanitario como jeringuillas y multitud de medicamentos, aparatos de oxígeno para los hospitales, papel y lápices o leche en polvo, en el marco de una guerra genocida a toda regla. Miles de niños nacieron con deformaciones espantosas, víctimas de toneladas de bombas, incluidas con  uranio empobrecido. La pintora y directora del Museo Nacional de Arte de Iraq Leila al-Attar y su esposo murieron en uno de estos bombardeos.
  • - En 1993, tras la caída del régimen de Siad Barre en Somalia, -que pasó de ser maoísta a un aliado de Washington en el estratégico Cuerno de Africa-, al Gore-Clinton organizaron una de sus “invasión humanitaria”. Mientras la matanza de miles de somalíes fue considerada “daño colateral” de sus infames intereses, la “Batalla de Mogadiscio”, en la que la guerrilla somalí se enfrentó a las tropas de EEUU matando al menos a 70 marines, se convirtió en la segunda derrota de EEUU en una guerra después de Vietnam.
  • - En 1994 autorizó a la CIA el secuestro de ciudadanos de otras naciones que él consideraba una amenaza para los intereses de EEUU, revela Richard Clarke, un asesor de seguridad de Estado crítico con la política antiterrorista de EEUU.
  • - En 1994, la ONU y el gobierno de Clinton-Al Gore- Albright sabían que el responsable de la masacre de los musulmanes en un mercado de Sarajevo fue un grupo musulmán de extremaderecha, y aun así culparon al gobierno de la Federación Yugoslavo, -al que los medios occidentales llamaban “gobierno serbio” para enfrentar a los grupos étnicos que componían el país-, y así desmantelar el último estado europeo que se declaraba socialista aun tras el fin de la URSS. El apoyo encubierto del régimen Clinton a Al Qaeda en Bosnia y Kosovo (como lo hizo el equipo de Carter-Brzezinski en 1978 en Afganistánpara destruir el gobierno socialista del país), convirtió en Bosnia en una base del “yihadismo” a la que llegaron miles de individuos reclutados por la «Red Islámica Militante” coordinada por el Pentágono. La masacre de cientos de miles de civiles yugoslavos fue bautizada como “Intervención humanitaria” de la OTAN y aquel país se rompió para que entre otros propósitos, EEUU instalase en el corazón de Europa, en Kosovo, su segunda base militar más grande en el mundo llamado Camp Bondsteel (¡la primera también está en Europa: Stuttgart!). La base incluye  un mini Guantánamo, como reveló en 2005 el comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa, Álvaro Gil Robles. Kosovo “por casualidad” es otra cantera del Estado Islámico: Blerim Heta, el kosovar que el 24 de marzo de 2014 mató en un atentado en Iraq a 52 personas en Iraq trabajó en esta base. ¿Por qué EEUU pretende provocar caos en Iraq?
  • - En 1998, bombardeo el laboratorio farmacéutico de Al-Shifa en Sudan para desviar la opinión pública del escándalo Lewinsky. Afganistán también recibió toneladas de bombas en estas fechas y durante todo el mandato del trío criminal Clinton-Al Gore-Albright. Decenas de miles de afganos murieron bajo las bombas o por la contaminación de sus aguas, sus suelos y su aire. Afganistán ¿Por qué?
  • - En 2000 propuso ataques militares rápidos y efectivos contra los “estados rebeldes”, por representar “una amenaza emergente para nuestro país«, riéndose de los tratados internacionales al respecto y de la mismísima ONU.
  • - En 2002, Al Gore también apoyó la guerra “preventiva” de Bush contra Iraq y, ante las “dudas” sobre la existencia de Armas de Destrucción Masiva de Saddam, le ofrece otro pretexto: “Iraq representa una seria amenaza para la estabilidad del Golfo Pérsico y debemos organizar una coalición internacional para eliminar su acceso a las armas de destrucción masiva”, insistiendo en la “excepcionalidad de EEUU, y que  ninguna ley internacional puede impedir a este país tomar medidas para proteger sus intereses vitales.

 

Al Gore nunca participaría en una cumbre antimilitarista.

 

El currículum ecológico de Al Gore

 

  • - En 1979, el diputado Al Gore, defendió a ultranza la construcción de una presa sobre el río Little Tennessee, sin que sirviera para el control de inundaciones ni generara energía; simplemente quería llenar el bolsillo de unas empresas de construcción, recuerda el diario Counterpunch. Ante la protesta de los ecologistas (¡las verdaderas!) de que la presa iba a acabar con la vida de varias especies protegidas, Al Gore y sus compañeros llegaron a chantajear al presidente Carter que si vetaba la ley retendrían el apoyo demócrata al Tratado del Canal de Panamá. Aquello sentó la base para que los empresarios consiguieran saltarse la Ley de Especies en Peligro de Extinción en otras regiones del país, asegura el ambientalista David Brower.
  • - Suele afirmar que ‘Todos somos responsables’ de la catástrofe ecológico, ocultado el que el 80% de las agresiones contra el medio ambiente se cometen por las grandes corporaciones o que el consumo de energía de un ciudadano medio del Primero Mundo es 70 veces más que uno en los países en desarrollo: borra, intencionadamente, las líneas que separan los ricos de los pobres, a los mercaderes de los consumidores.
  • - Fue la Fundación Alianza para la Protección del Clima de Al Gore que propuso el uso de biocombustible, como energía renovable, fabricando “Eco-coches”. El nuevo negocio para el sector energético fue una tragedia para millones de personas pobres, cuyo alimento básico son a base de patata, arroz y trigo, y ahora se veían expulsados de sus terrenos por los grandes cultivadores de los “Bio”. Incluso lo que vivían de maíz y soja, ya convertidos en agrocombustibles, fueron afectados por el invento: Las protestas sociales del 2007 en Méjico, contra la subida del precio de maíz, utilizadas para producir etanol en EEUU desenmascaraba las soluciones clasistas para salvar supuestamente el planeta,un negocio que ha causado la desertificación de grandes superficies, la tala de millones de árboles y la destrucción de pastizales. Además, la erosión del suelo por la sobreexplotación, entre otros motivos, desmiente que este tipo de energías sean tan renovables en un periodo corto de tiempo: acelerarán el calentamiento global.
  • - Tras el fracaso de agrocombustibles, ahora nos quieren vender productos “inteligentes” para un Smarter Planet», y su Greenwashingtomando por tonta la Tierra y sus habitantes.
  • - Un activismo por el negocio propio: “¿Crees que hay algo malo en estar activo en los negocios en este país?», respondió Gore a quienes le critican por utilizar su puesto y su influencia con el fin de engordar su cuenta bancaria. Nuestro ecologista es socio de varias compañías de “productos inteligentes de ahorro de energía” como Silver Spring, que fabrica software para hacer más eficiente a la red eléctrica y recibe parte de los 3.4 mil millones de dólares en subsidios del Departamento de Energía de EEUU. Cuando dejó el gobierno en 2001, Al Gore tenía un patrimonio de 1,7 millones de dólares. Gracias a su negocio “verde”, asesoramientos, conferencias verdes (100.000 dólares por ponencia), los derechos de sus películas y libros verdes,  invertir en compañías como Apple, Google, paneles solares e incluso urinarios sin agua, su patrimonio se ha disparado: en 2003 tenía 200 millones de dólares, según la agencia Bloomberg. Con este ritmo ¿Cuánto tendría hoy?

 

La actual presidenta del Congreso de EEUU Nancy Pelosi , también presente en la Cumbre de Madrid, es otra de las grandes empresarias de los productos Bio.

 

  • - Ofrecer soluciones ridículas e inútiles para estafar a la audiencia: usar menos agua caliente, pide Al Gore, lo que significaría unos 700.000 galones de gasolina por día en EEUU, siendo sólo el 0.15% del combustible consumido a diario del país.  Según FAO, cada minuto, el capitalismo salvaje acaba con una extensión de bosque equivalente a 40 canchas de fútbol, unos 13 millones de hectáreas al año. También ha propuesto multar a las empresas de carbono pidiéndoles y con ella plantar árboles (¡de “tener hijos y escribir libros” se encargará Al Gore!). Él sabe que en las tierras contaminadas no crecen ni ortigas. En Nigeria la petrolera anglo-holandesa Shell ha sido acusada de «complicidad en asesinato, violación y tortura» de los nigerianos en la década de 1990: la petrolera había creado una unidad secreta de espionaje, que pasaba información sobre los molestos ambientalistas a la agencia de seguridad nigeriana, a la vez que pedía al presidente-general Sani Abacha “resolver el problema». Y él lo hizo: ahorcó a 9 líderes ecologistas, mató a más de 1.000 manifestantes y destruyó unas 30.000 viviendas en la aplicación de la política “Tierra quemada”. Así, Shell podía llevarse un millón de barriles de petróleo al día, y contaminar el medio con tranquilidad. Y luego preguntan ¿Por qué los nigerianos se echan al maren pateras dejando su hogar?

 

Esperen y verán que gente como Al Gore aparecerá en una cumbre para presentar bombas ecológicas e inteligentes que no contaminan: solo matan a personas, y sólo a los pobres, que son los únicos que no pueden huir de una zona en guerra.

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Jueves, 05 Diciembre 2019 06:38

El fracaso histórico del capital

El fracaso histórico del capital

Las manifestaciones de los últimos 12 meses en Chile, Ecuador, Perú, Haití, Irak, Irán, Hong Kong y hasta Francia han adquirido un carácter insurreccional por sus dimensiones y la amplitud de sus reclamos. Muchos pensarían que estos movimientos no tienen un hilo conductor y que todos obedecen a causas distintas. Los detonadores, en cada caso, parecerían ser muy distintos. Pero un análisis más cuidadoso permite identificar varias raíces comunes, en las que se mezclan las políticas de austeridad, una profunda desigualdad, el dominio del capital financiero y la concentración de poder de mercado en pocas corporaciones. Son los rasgos definitorios de esta etapa del capitalismo que se ha denominado neoliberalismo.

Las señales del fracaso y ruina del neoliberalismo se encuentran en todas partes. La creciente e intensa desigualdad es, quizás, la señal más poderosa. Proviene de muchas causas, entre las que destaca la contracción en los salarios desde la década de los años 1970. El estancamiento económico en que ha caído la globalización neoliberal es otro signo de que algo está muy mal en las entrañas del capitalismo mundial. Ponerle la etiqueta de “estancamiento secular” a este proceso de ralentización puede servir para calmar las conciencias y ayudarlas a ahuyentar los malos augurios. Pero cuando uno pregunta por las causas de este fenómeno, casi nadie se atreve a poner el dedo en la llaga: el estancamiento secular se debe a una caída en la inversión que, a su vez, está ligada a una baja en la tasa de ganancia.

El sector financiero, que en las primeras etapas del capitalismo le fue aliado fiel, hoy se ha convertido en una máquina que impone su racionalidad a la economía real y mantiene su rentabilidad a través de la especulación. La masa de liquidez que hoy ocupa su espacio de paraísos fiscales rebasa los 22 billones (castellanos) de dólares. Las prioridades de la política macroeconómica obedecen a los mandatos del capital financiero, mientras el desempleo y subempleo son la cicatriz de estas políticas. El deterioro de los servicios de salud y educación en la mayoría de los países desarrollados es un hecho bien documentado. Finalmente, todo esto se acompaña de un proceso destructivo en todas las dimensiones del medio ambiente. Cambio climático fuera de control, pérdida de biodiversidad, erosión de suelos y contaminación de acuíferos son sólo algunos de los aspectos más claros de este deterioro que hoy es una amenaza para toda la humanidad.

¿Cómo leer este proceso de ruina del capitalismo? Una posible respuesta es ver en esto el fracaso de una forma particular de capitalismo, el neoliberalismo, pero no del proyecto histórico planteado por el capital. Todo esto exige un análisis más cuidadoso de lo que constituye el neoliberalismo.

En la década de los años 1930 los economistas ultraliberales Ludwig von Mises y Friedrich Hayek buscaron inyectar nueva energía a la ideología de un liberalismo que no había sabido qué hacer con el ascenso del fascismo, que no estaba resolviendo los problemas económicos de su tiempo y que, además, veía en la teoría macroeconómica de Keynes una amenaza. Usaron toda la superchería de la ideología del mercado libre para lograrlo. El resultado fue un adefesio que el marxista Max Adler calificó por vez primera de “neoliberalismo”.

Tal como lo describieron Von Mises y Hayek, el nuevo sistema era la esencia del capital. En su mediocridad como economistas, estos autores develaron la esencia de la economía política burguesa y enseñaron la esencia del capital. Su actividad panfletaria sentó las bases de lo que después sería la agenda neoliberal en teoría económica y en política: privatizar todo, desregular la vida económica y dejar actuar a las fuerzas del mercado. En pocas palabras, en el neoliberalismo no encontramos una excrecencia del capitalismo, sino la expresión más pura de su esencia. Y desde esa perspectiva, la ruina del neoliberalismo es efectivamente el fracaso del capital.

El fracaso significa que el proyecto histórico del capital se ha agotado y hoy está en decadencia. A finales del siglo XVIII Hegel escribía: “Una época se termina cuando hace realidad su propio concepto”. Parafraseando esta idea, se podría decir que en este momento la esencia de la época del capital se ha hecho realidad concreta en todas sus especificaciones en y a través del neoliberalismo. Así se expresa en toda su objetividad el potencial esencial del capitalismo: en las especificaciones del neoliberalismo se concretiza el proyecto histórico del capital en su versión real más acabada. En consecuencia, con el fracaso del neoliberalismo hemos llegado al acabamiento del capital y a la terminación de su época.

Pero esto no es un punto de reposo. La fase crepuscular del capital durará todavía muchos años, pero serán años de grandes sacudidas políticas y sociales, dado que las contradicciones del capital explotarán en crisis prolongadas. La esencia de la nueva época ya no será el capital, sino la lucha por la libertad y la justicia.

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George Orwell: hacer frente, después la revolución

“La única actitud posible para un hombre honesto”, decía George Orwell, es obrar “por el advenimiento del socialismo”. Esto es de sentido común. ¿Pero de forma más concreta? El autor de 1984, que se describía como “definitivamente de izquierda”, ofreció, a principios de la década de los años 40, un programa de seis puntos con el objetivo de estructurar el movimiento revolucionario por el que él abogaba, desde hacía varios años, en la esperanza de derrocar el capitalismo y el fascismo. Casi 80 años después, los bloques ideológicos que se enfrentan por todo el mundo no han cambiado sustancialmente; los ricos, los identitarios y los que defienden el reparto.

 

George Orwell estimaba que el socialismo tenía en este punto tanto sentido común que se sorprendió a veces de que “no hubiera triunfado todavía”. Sin embargo, apuntaba dos años antes del estallido de la II Guerra Mundial, este reculaba en vez de progresar. Mussolini, Salazar y Hitler reinaban entonces. Franco iba a apoderarse de España y la Francia del Frente Popular vería pronto a Pétain seguir su ejemplo. Lo que siguió es conocido.

EL COMBATE DE LOS GIGANTES

Socialismo o fascismo, tal era el gran enfrentamiento planteado por Orwell al principio de la guerra de España, la cual le vio servir, arma en mano, en el Partido Obrero de Unificación Marxista (aunque él prefería a los anarquistas y admitía que el Partido Comunista ofrecía la estrategia militar más pertinente). Habiendo entendido que el capitalismo es un “mal”, que hay que “descartar” a los liberales y que no tiene ningún sentido —apuntaba en su correspondencia en 1937— combatir el fascismo por la democracia capitalista, el peligro era ver a la clase media bascular “en el campo de la derecha” y asistir al “control fascista sobre Europa”. Clarividente. La única forma de evitar este destino era trabajar por la hegemonía del socialismo, es decir, su accesibilidad y deseabilidad para el mayor número de personas.

ENCONTRAR LAS PALABRAS

Orwell deploraba que el socialismo permaneciera como una teoría enteramente limitada a la clase media. Urbana y demasiado gustosamente encarnada por dogmáticos, maníacos y militantes “de salón”. En 1941, se burlaba así en las columnas de The Left News: “Las facciones mezquinas de la extrema izquierda, con su caza de brujas y su jerga grecorromana”.

Millones de personas podrían sin embargo, juraba, marchar en las filas del socialismo. Convenía así “encontrar las palabras” para tocar al “individuo normal” (o al “hombre de la calle”). Escuchar al simple ciudadano al que sin duda no le importan las citas de Marx, los polisílabos y las “disputas doctrinales”.

En las páginas de El camino a Wigan Pier, opuso el “lenguaje corriente” y “los términos de todos los días” al “fárrago verbal” de los revolucionarios, por demasiado técnico y abstracto. Y propuso despojar al socialismo de sus atuendos sofisticados, exponerlo de la manera más minimalista; en resumen, de ir al hueso. Entregó una definición, ciertamente lapidaria: “justicia y decencia común”, “justicia y libertad” (él fue no obstante hasta el tríptico: rechazar la miseria, la guerra y la tiranía).

Para hacer del socialismo “una cuestión con vida”, y ya no libresca y teórica, Orwell preconizaba dar la espalda a la coherencia total, a la pureza, al credo. Invitó a abandonar los tics propios de los espacios militantes (“¡camarada!”) y a tomar nota del hecho de que un obrero se muestra por lo general más receptivo a los versos de La Marsellesa que a cualquier exposición sobre el materialismo dialéctico. A los revolucionarios de su tiempo, a los que acusaba de comulgar con el economismo, con el culto al progreso técnico, con la Unión Soviética y la necesidad histórica, Orwell recordaba la centralidad de la taberna, de la familia, del fútbol y de las preocupaciones locales, las cuales modelan la cotidianeidad de la mayor parte de los trabajadores. Ya no era hora de prédicas a los convertidos: había que “fabricar socialistas”, y rápido.

TENER UN PROGRAMA

En 1941, imaginó un programa de seis puntos en un pequeño ensayo titulado El león y el unicornio. Simple y concreto, según sus deseos, debería poder ser comprendido por cualquiera y difundido entero en un tabloide.

Uno: nacionalizar la tierra, las minas, los ferrocarriles, los bancos y las principales industrias.

Dos: instaurar una escala de ingresos de uno a diez.

Tres: reformar la educación sobre líneas democráticas.

Cuatro: otorgar de inmediato el estatuto de dominio a India y garantizarle después plena y completa independencia, si la exigía, una vez terminada la guerra contra las potencias del Eje.

Cinco: crear un Consejo General del Imperio en el cual los “pueblos de color” estarían representados.

Seis: aliarse con China, Etiopía y todas las naciones golpeadas por el fascismo.

La estatización masiva, tal como era enunciada en el primer punto, era a los ojos de Orwell la condición “indispensable” para todo cambio consiguiente; dicho de otra forma, para la instauración de una democracia socialista y revolucionaria. A finales de 1943, recuerda en Tribune que el socialismo no tiene otro objetivo que “hacer mejor” el mundo, y nada más: he aquí por qué él invita a “disociar el socialismo de la utopía”.

CREAR UN FRENTE

Unir la izquierda, federar las clases populares y la clase media, dirigirse al pueblo entero (conservadores incluidos): así se podrían resumir las posiciones que el escritor británico defendía a mitad de los años 30. “Hemos llegado a un momento en el que es desesperadamente necesario que todos aquellos que se reclaman de la izquierda hagan abstracción de sus diferencias y decidan cerrar filas”.

Seguro que es posible, aseguraba, hacer causa común, sin compartir todo ni atentar contra la singularidad de su tradición militante o filosófica, si se preserva lo esencial. ¿Es decir? Para él no es más que un núcleo duro: derribar toda tiranía. ¿Las “divergencias menores”? Habrá tiempo de discutirlas, el pan sobre la mesa, primero [1].

En lugar de un proletariado circunscrito solo a las fábricas y contra una cierta mitología obrerista (el “gran muchacho musculado con mono azul”), Orwell llamó a reunir al empleado de oficina, el ingeniero, el viajante de comercio, el tendero de la esquina, el funcionario subalterno, el peón de construcción, el mecanógrafo, el minero, el empleado de granja, el periodista precario, el maestro de escuela, el estibador y el obrero de fábrica.

Esta alianza podría tomar forma en cuanto el movimiento socialista organizado consiguiera hacer entender que todos “tienen los mismos intereses que defender”, que “todos son explotados y maltratados por el mismo sistema”. Que esta diversidad sociológica, contradicciones incluidas, sería capaz de formar un bloque (“nuestra clase”) desde el instante en que el enemigo designado afecte en común la vida de todos los días (el patrón, el propietario): son o pueden llegar a ser socialistas “todos aquellos que curvan el espinazo ante un patrón o se estremecen por la idea del próximo pago del alquiler”.

En la topografía marxista proletariado-burguesía, Orwell prefería, reapropiación popular obliga, las categorías explotados-explotadores, robados-ladrones. Las “gentes comunes” contra “los privilegios”, precisaba aún. Es una “línea” de trazo negro que invita a trazar entre ellos. Y es “una liga de los oprimidos contra los opresores” lo que queda fundar sobre esta base, que el nombró igualmente, como la España de Azaña y la Francia de Blum, como un “Frente Popular” (utilizando alternativamente, y sin preferencia aparente, los términos “partido” y “movimiento”).

HACER LA REVOLUCIÓN

Sin estar vinculado con el Partido Laborista (demasiado reformista) ni con el Partido Comunista (demasiado estalinista), este nuevo movimiento socialista instaría así a la revolución y debería disfrutar del apoyo de una gran parte de la población. ¿Qué entiende Orwell por este término, “revolución”, dos décadas tras la toma del poder de los bolcheviques en Rusia?

Se explica sobre esto en El león y el unicornio: la revolución “es una remodelación total del ejercicio del poder”. No implicará la dictadura; movilizará las especificidades culturales propias de cada país (aquí, Inglaterra); se dedicará a modificar “las estructuras de poder desde la base” (y Orwell insiste: “la iniciativa debe venir de abajo” y no del poder establecido).

Para abatir a “la clase dominante”, el escritor no excluye por principio el recurso a la violencia. Es que “los banqueros y los hombres de negocios, los grandes propietarios de tierras y los ricos rentistas, los funcionarios vagos resistirán con todas sus fuerzas”. El nuevo gobierno, fruto de la sublevación socialista, se apoyará principalmente sobre las fuerzas del Partido Laborista —que obtenía entonces alrededor del 40% de los votos— y los sindicatos. Aplastará sin pestañear toda insurrección contrarrevolucionaria pero garantizará la plena y total libertad de expresión y crítica; no instaurará el partido único; separará la Iglesia y el Estado, sin reprimir nunca la religión; no hará tabla rasa del pasado; abolirá el Imperio en beneficio de una federación de Estados socialistas.

Advirtamos que Orwell esperaba ver esta revolución nacer de la guerra mundial y apostaba por frenar la guerra civil, imparable consecuencia de toda agitación macropolítica emancipadora, movilizando el patriotismo, propio de toda secuencia de conflicto internacional, para canalizar las divisiones entre partidarios del nuevo régimen contrarrevolucionarios. Configuración excepcional, por lo tanto, que obliga a cuestionar la estrategia revolucionaria orwelliana para tiempos de paz.

PENSAR CON EL MUNDO

El socialismo es internacionalista, estimaba Orwell, ya que se trata de abolir la tiranía “en el país donde vivimos y en los demás países”. Por lo tanto, a finales de 1936, después de haber dicho a un camarada que había que abatir a cada fascista que habitaba la Tierra, se presentó en Barcelona.

Después vio con sus ojos las “cosas maravillosas” de la revolución, pasó un centenar de días en las trincheras, fue gravemente herido en la garganta por una bala disparada al amanecer mientras hablaba de París a sus compañeros de guardia.

De regreso de una España caída bajo la bota de Franco, tomó su carnet del Partido Laborista Independiente, deseoso de apoyar una organización realmente antifascista y antiimperialista. El escritor, nacido en India, había servido a la Corona en Birmania en su juventud; no ignoraba que se podía concebir un Estado socialista dentro de sus fronteras pero imperialista en el exterior. Razón por la cual mantenía que de igual manera había que terminar con el mito de las “razas inferiores”. Y así con la dominación colonial.

“El Imperio de las Indias es un despotismo […] que tiene como finalidad el robo”, escribía en 1934 en su novela Los días de Birmania. Su alter ego de ficción se ponía incluso a soñar “con una sublevación indígena que ahogaría a su Imperio en sangre”. Cada blanco, escribía, se ha convertido en “un componente del despotismo”.

Seis años después, refería en las columnas de Time y Tide haber escuchado allá abajo “teorías raciales” tan “imbéciles que las de los nazis. “Hitler no es más que el espectro de nuestro pasado que se eleva contra nosotros. Representa la prolongación y la perpetuación de nuestros propios métodos”, añadía.

En 1939, el héroe de su novela Subir a por aire, soñando con algún lago de su infancia, decía: “Era antes de la radio, antes de los aviones, antes de Hitler. Hay algo tranquilizador hasta en el nombre de los peces ingleses. Son nombres resistentes, sólidos. Los hombres que los han forjado nunca habían oído hablar de las ametralladoras, no vivían con el terror de quedarse en la calle, no pasaban su vida tragando aspirina, yendo al cine, y a preguntarse cómo escapar del campo de concentración”.

Orwell juraba odio a las grandes ciudades y el ruido; terminó su demasiado corta vida en una granja, en Escocia, tras haber alertado contra un futuro sometido al productivismo y a la tecnoindustria. Un futuro en el cual no habría “más desiertos, más animales salvajes”. Su diario íntimo informaba entonces de las heladas, de las campánulas, de los tulipanes o de los alhelíes. Él, quien en la guerra civil revolucionaria había admirado el rechazo español de “la religión de la cantidad y del aspecto utilitario de las cosas”, se improvisó como granjero, rodeándose de una vaca y de gansos. El mar susurraba y el cielo era para sus ojos “una recompensa”.

En 1948, Orwell se inquietó, dos años antes de apagarse, por la suerte de nuestras sociedades “después de 50 años de erosión del suelo y de despilfarro de los recursos energéticos del planeta”. En paralelo, trabajaba en su célebre novela de ciencia ficción, crítica implacable de las sociedades de control y del arma atómica; pronto, él argumentaba: “No permitáis que eso llegue. Depende de vosotros”.

[1] No sabríamos, a este respecto, silenciar el antifeminismo de Orwell. “Un antifeminismo invasivo se manifiesta claramente en su obra. Era incapaz de mencionar el feminismo y el movimiento por el derecho de voto de las mujeres sin desdén”, revelaba la ensayista británica Deirdre Beddoe. “Cuando Orwell escribe sobre política, que para él implicaba sindicalismo y opinión socialista, habla de hombres y se dirige a los hombres”.

Por ELIAS BOISJEAN

2019-12-02 06:00

Artículo publicado originalmente por Revue Ballast. Traducido para El Salto por Eduardo Pérez

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