Sábado, 09 Mayo 2020 06:21

Pandemia de control digital

Pandemia de control digital

La debacle causada por la pandemia de Covid-19 ha devastado economías nacionales, multiplicado el desempleo, la marginación, el hambre y la pobreza y la crisis o quiebra de empresas de todos los tamaños. Pero algunas compañías y algunos de los más ricos del mundo han ganado en grande con esta pandemia.

Se aceleró la preocupante tendencia que ya existía a la digitalización (junto con la robotización y uso de inteligencia artificial) de muchas actividades industriales y financieras, así como de nuevos sistemas de vigilancia y control ciudadano.

Las principales ganadoras de la pandemia son las grandes plataformas digitales: Amazon, Microsoft, Apple, Google (Alphabet), Facebook, Baidu, Alibaba, Tencent. Las primeras cinco, conocidas como Gafam, tienen matriz en Estados Unidos. Las otras tres, con el ahora sugestivo acrónimo de BAT, en China.

Otras plataformas digitales, como las de entretenimiento, Zoom y algunas de entregas a domicilio también han crecido. Unas más, como Uber y Airbnb, han tenido pérdidas, aunque su meteórico ascenso y competencia desleal con las compañías regulares de taxis y hoteles (mayormente al no pagar impuestos) les habían dado abultadas ganancias.

La primacía de mercado y ganancias de las ocho mayores plataformas (Gafam y BAT) es abrumadora. Según el informe 2019 sobre economía digital de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad), 70 plataformas digitales tienen 90 por ciento del mercado mundial, pero las siete más grandes tienen dos tercios. Esas megaplataformas han aumentado significativamente sus ganancias en 2020, al igual que sus fundadores, Jeff Bezos (Amazon), Bill Gates (Microsoft) y Mark Zuckerberg (Facebook).

Según la Unctad, las empresas estadunidenses y chinas controlan 75 por ciento de las nubes de cómputo, 75 por ciento de las patentes sobre cadenas de bloque ( blockchain) y representan 90 por ciento del valor de capitalización de mercado de todas las plataformas digitales.

Han seguido el mismo patrón que otros rubros industriales: las megaempresas se tragan a competidores más pequeños, logrando un control oligopólico del mercado. En años recientes, Facebook compró Whatsapp e Instagram; Microsoft adquirió Skype y Amazon a Souq, la principal plataforma de Medio Oriente. Facebook controla dos terceras partes de la redes sociales y Google más de 90 por ciento de las búsquedas. Amazon, la mayor ganadora con la pandemia, superó a Walmart como la mayor en ventas minoristas a escala global.

Uno de los nichos de dominación de mercado es que ofrecen almacenar los datos de otras empresas e instituciones públicas en sus servicios de nubes, donde también pueden manejar esos datos con inteligencia artificial. Esta capacidad de almacenamiento y uso de datos (extracción, minería de datos, gestión, interpretación, venta) es el motor fundamental de sus ganancias.

Siendo un factor de importancia creciente en economías nacionales y rubros industriales esenciales, las grandes plataformas no tienen casi fiscalización, regulación o supervisión pública. Básicamente establecen sus propias reglas, y alegando su carácter global están entre los mayores evasores de impuestos, lo que significa cifras astronómicas, mayores que el PIB de decenas de países enteros.

El factor fundamental de ganancia son los datos que les entregamos al usar estas redes. No solamente como individuos. También hay gobiernos que entregan o facilitan a esas plataformas los datos de sectores enteros de la población. Por ejemplo, Luis Hernández Navarro explica que la Secretaría de Educación Pública (SEP, en México) pretende que la educación a distancia se realice a través de las herramientas que ofrecen Google y Youtube, con lo que éstas tendrán acceso a una multiplicidad de datos de profesores, alumnos e instituciones, incluyendo intereses, edad y ubicación geográfica ( La Jornada, 14/04/20 https://tinyurl.com/y8q7788x).

Otra importante fuente de datos es el aumento exponencial de sistemas de vigilancia y control. Con la pandemia se ha extendido el uso de aplicaciones que siguen a las y los ciudadanos de ciudades o países enteros, supuestamente para alertar si son o no un riesgo de contagio. Esto, a su vez, se cruza con el uso de cámaras y lentes “inteligentes”, conectados a bases de datos estatales o privadas, que ya se usan extensivamente en China, Rusia, Corea y otros países asiáticos, y va en rápido aumento en Europa y América del Norte y del Sur. El negocio es tan lucrativo que los clásicos competidores de sistemas operativos, Google y Apple, colaboran ahora en ofrecer una aplicación gratuita de monitoreo durante la pandemia, que probablemente luego incorporarán por defecto a todos los dispositivos.

Las implicaciones de control, vigilancia y potencial represión gubernamental de estos sistemas quitan el aliento. Pero son aún más amplias las consecuencias políticas y económicas que tienen al otorgar acceso masivo de los datos de los ciudadanos a estas empresas y la “inducción” que las que compran los datos ejercen para vender desde productos a preferencias electorales, como sucedió con Facebook y Cambridge Analytica. No es sólo un tema de privacidad de datos personales. Se trata de los nuevos gerentes del mundo y cómo vamos a enfrentarlos colectivamente.

Silvia Ribeiro, iInvestigadora del Grupo ETC

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Sábado, 09 Mayo 2020 06:12

Visiones de un mundo post-Covid-19

Visiones de un mundo post-Covid-19

Mientras la mayoría de nosotros sigue en casa, el planeta continúa su proceso de calentamiento: los hielos polares se funden, los océanos se acidifican, los glaciares desaparecen y el nivel del mar aumenta. Plantas, animales y humanos continúan siendo desplazados de sus hábitats naturales. La vida sigue en nuestro invernadero climatológico, pero ahora nuestra atención se centra en una especie microbiana concreta entre un billón.

Las infecciones zoonóticas, agudizadas por un urbanismo acelerado que está acabando con las restantes tierras salvajes del planeta (y mezclando por vez primera fauna y humanidad), son un aliado sintomático del calentamiento global. La pandemia de Covid-19 es la última manifestación de “La Gran Aceleración”, la era de expansión sin precedentes de la humanidad que se inició tras la Segunda Guerra Mundial y ha continuado este siglo, propulsada por las nuevas tecnologías y una utilización tremendamente generalizada de la energía fósil. Ahora, como consecuencia de la globalización, las infecciones se propagan con rapidez a través de aerolíneas que queman queroseno y barcos de crucero y buques de mercancías que queman gasóleo potenciados por el comercio global y las rutas turísticas.

Acostumbrados a los incendios, las inundaciones, la sequía, las temperaturas extremas, las malas cosechas, la desertificación y la mayor incidencia de huracanes y tormentas, bien por experiencia directa o, más a menudo, por los informativos, la relación entre la quema de combustibles fósiles y el calentamiento global ha penetrado por fin en la conciencia humana, aunque algunos individuos continúen negando su existencia. Ahora es el momento de que esa conciencia se amplíe para incluir las conexiones entre los combustibles fósiles y las pandemias virales.

Desde que empezaron a utilizarse modelos climáticos informatizados, a mitad de la década de los 70, es científicamente irrefutable que el aumento de los niveles de CO2 está calentando el planeta de un modo que amenaza la vida. Durante ese periodo de casi cincuenta años, como individuos, comunidades, naciones y organizaciones internacionales, hemos permanecido de brazos cruzados. Las acciones para su mitigación han brillado por su ausencia, y el vacío solo se ha visto interrumpido por promesas incumplidas, traiciones, fútiles artimañas burocráticas y la negación absoluta de la necesidad de llevar a cabo dichas acciones.

Esta primavera ha tenido lugar otra vuelta de tuerca en esta saga descorazonadora y agobiante. Mientras, por necesidad, permanecemos en casa, habituados a décadas de caminar sonámbulos hacia el apocalipsis climático, los cielos se han limpiado, el precio del barril de petróleo ha caído hasta niveles negativos (ha repuntado hasta los 20 dólares cuando escribo este artículo) y se prevé una reducción global del 8 por ciento en las emisiones de carbono para este año. Como en un sueño, hemos comprobado de manera directa las consecuencias de nuestro consumo desaforado de combustibles fósiles. Desde el punto de vista del calentamiento global, nuestro aislamiento social ha sido enormemente eficaz: los perniciosos hábitos de explotación, extracción y destrucción de hábitats, necesarios para mantener el crecimiento de la economía, han quedado en suspenso. Se ha abierto la puerta a la posibilidad de un mundo menos contaminado, con menos viajes, con menos calentamiento acelerado, aunque también ha quedado de manifiesto la imperecedera vulnerabilidad humana ante las enfermedades virales.

Si bien es cierto que la pandemia global ha puesto en peligro la vida de todos nosotros, los grupos más vulnerables son los ancianos, los enfermos, los obesos, los que tienen problemas económicos, viviendas inadecuadas o carecen de vivienda, las minorías, las personas recluidas y todos aquellos que viven en tierras gobernadas por ineptos y corruptos. En todo el mundo, las comunidades de primera línea que sufren los impactos “primeros y peores” del calentamiento global son también las más devastadas por el Covid-19. Sin embargo, desde un punto de vista biológico, el virus del SARS-CoV-2 no ejerce ningún tipo de discriminación a la hora de propagarse. La riqueza y las circunstancias solo pueden ofrecer ciertos niveles de protección. Como puede comprobarse por las necrológicas diarias, ninguno de nosotros está a salvo. A pesar de todos aquellos expuestos a un nivel máximo de riesgo debido a la desigualad de sus vidas, nuestra humanidad común queda de manifiesto por la vulnerabilidad que compartimos frente a este virus mutado procedente de un murciélago.

Recapitulemos: la respuesta de la sociedad ante la pandemia ha ralentizado el ritmo frenético de la actividad económica, en gran parte impulsada por el bono energético “de un solo uso” de la biomasa fósil extraída del subsuelo iniciada a mitad el siglo XIX pero acelerada en un frenesí sin precedente desde la década de los 50. Este alivio ha moderado las consecuencias climatológicas no deseadas de una atmósfera cargada de carbono. La riqueza propiciada por el capital procedente del petróleo ha sido distribuida de un modo tremendamente desigual. Ha caído en manos de los ricos (que ya lo eran anteriormente gracias a la posesión de tierras, herencias y –en EE.UU. y socios comerciales– por la esclavitud) y ha agravado las tremendas desigualdades de poder, recursos y bienestar institucionalizadas en su origen en las sociedades feudales y posteriormente extendidas por todo el mundo mediante el proceso de colonización y conquista.

El subtexto del calentamiento global queda así en evidencia como el desfase cada vez mayor entre los obscenamente ricos y los pobres que crea como una metástasis. La presente intervención microbiana ha resultado ser un punto de inflexión tanto en el calentamiento global como en la disparidad de riqueza. Cuando todavía estamos envueltos en la crisálida del aislamiento social y pasmados por el súbito parón de la actividad económica, es momento de reflexionar sobre la forma que asumirá la sociedad cuando se recobre de estos cambios sin precedente. Jason Moore, en su libro Capitalism in the Web of Life (2015), escribe que “las civilizaciones no se crean mediante acontecimientos tipo Big Bang, sino que emergen a partir de una serie de transformaciones y bifurcaciones en cascada de la actividad humana…” Sugiere también que el capitalismo “…emergió del caos producido por la crisis histórica de la civilización feudal originada por la “peste negra” (1347-1353)”. ¿Qué nacerá tras la pandemia del Covid-19?

En general, dos son las visiones más habituales. La primera sería favorable a un retorno del statu quo anterior, una restauración de los antiguos males que continúen beneficiando a una pequeña minoría confiada en su habilidad para aguantar el cataclismo climático venidero y escapar de las próximas plagas. La otra observa el potencial de las “transformaciones en cascada” que podrían posibilitar una mayor igualdad, más oportunidades y un mayor bienestar para la mayoría de personas en un mundo que renuncie a los combustibles fósiles, modere los impactos del calentamiento global y abandone su feroz destrucción de hábitats y su concomitante exposición a nuevas enfermedades zoonóticas. La historia reciente nos indica que la primera de las visiones será la que prevalezca. El momento de claridad y conciencia respecto al clima pasará y los progresistas continuarán frotándose las manos, eso sí, ahora cuidadosamente lavadas.

Probablemente Estados Unidos y otros países del primer mundo reactivarán sus economías siguiendo el modelo empleado para rescatar a la banca en 2008, tras el crack causado por el colapso de los créditos hipotecarios subprime. Se revitalizarán las viejas industrias pesadas dependientes de los combustibles fósiles, se resucitará a las aerolíneas, se dará un empujón a la agroganadería industrial, se salvará de la bancarrota al sector del automóvil, se revivificará a la industria petrolera y se alumbrará una nueva era de desregulación, todo ello con la justificación de la crisis económica.

George Monbiet, en su columna semanal sobre medio ambiente en el Guardian señala:

“Esta es nuestra segunda oportunidad para hacer las cosas de otro modo. La primera, en 2008, fue espectacularmente malgastada. Se destinó una ingente cantidad de dinero público a reconstruir la vieja y sucia economía al tiempo que se aseguraba que la riqueza siguiera en manos de los ricos. Actualmente muchos gobiernos parecen decididos a repetir el mismo error catastrófico”.

En Estados Unidos tenemos claro que Trump mantendrá a flote la economía zombi con ingentes cantidades de dinero público y celebrará el mínimo destello de vida a medida que recupere sus hábitos de crecimiento y de contaminación y continúe con la propaganda que nutre nuestra búsqueda de identidad y sentido social mediante el consumo. El Club de Roma, el distinguido grupo de expertos internacional que publicó en 1972 su informe seminal, Los límites del crecimiento, sugiere una alternativa:

“El Covid-19 nos ha enseñado que es posible realizar cambios transformativos de la noche a la mañana. De repente está naciendo un mundo diferente, una economía diferente. Se trata de una oportunidad sin precedente para abandonar el crecimiento ilimitado a cualquier coste y la vieja economía de los combustibles fósiles y lograr un equilibrio duradero entre las personas, la prosperidad y nuestros límites planetarios”.

En Países Bajos, más de setenta académicos han firmado el documento “Cinco propuestas para un modelo de desarrollo post-Covid-19”. La web de la Universidad de Leiden, donde se originó dicho documento, está de momento desconectada, puede que haya sido hackeada o que haya sufrido una sobrecarga. Su primera propuesta hacía un llamamiento para alejarnos del crecimiento centrado en el PIB agregado y sugería que debería aplicarse un decrecimiento de los sectores extractivos y publicitarios, al tiempo que se estimulaba un crecimiento en los sectores de salud, educación y energías limpias. La segunda recomendaba la implantación de una renta básica universal financiada con un sistema tributario progresivo, además de reparto del trabajo y una reducción de la semana laboral. La tercera propuesta es una transformación regenerativa de la agricultura, la producción local de alimentos y salarios justos para los obreros agrícolas. La cuarta se centra en la necesidad de reducir los viajes y el consumo despreocupado, y su quinta propuesta es el perdón de la deuda a estudiantes, trabajadores, pequeños empresarios y a las naciones empobrecidas del Sur global.

La típica lista de deseos de la agenda progresista satisfaría de hecho el llamamiento del Club de Roma a “un equilibrio duradero entre las personas, la prosperidad y nuestros límites planetarios”. El crecimiento ilimitado solo puede terminar en lágrimas, pero nuestros dirigentes son adictos a un modelo económico expansionista que sigue dependiendo de los combustibles fósiles. Las circunstancias extraordinarias de esta pausa global mientras el SARS-CoV-19-2 campa a sus anchas por el planeta nos ha proporcionado, entre las terribles realidades de la enfermedad y la muerte, la visión momentánea de un mundo más sensato, más sano y más fresco.

Por John Davies | 09/05/2020  

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Fuente: https://www.counterpunch.org/2020/05/08/visions-of-a-post-covid-19-world/

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Lunes, 04 Mayo 2020 06:53

Economía viral

Economía viral

Desde antes de que irrumpiera la pandemia del coronavirus se habían planteado algunas ideas sobre el proceso general del crecimiento económico y sus consecuencias.

Una de ellas remite a la cuestión medioambiental y la necesidad de reducir drásticamente las emisiones de dióxido de carbono. Afirma que no hay medidas suficientes de política pública o mecanismos del mercado que consigan ese objetivo y que sólo queda el decrecimiento.

Otra idea parte de que la medición del PIB y su evolución no representa adecuadamente las condiciones económicas ni su repercusión social en un país. Afirma que el estancamiento productivo que se ha registrado en los últimos años podría ser un factor positivo en un entorno de estabilidad. Esto contrasta con la idea planteada, desde hace ya varios años, acerca de que el capitalismo atraviesa por una etapa de estancamiento secular que requiere redefinir los patrones de la generación del producto y el ingreso, y supuestamente, también, del modo en que se distribuyen.

La irrupción de la pandemia del nuevo coronavirus, que se fue dando de manera progresiva prácticamente desde finales del año pasado, obliga a repensar muchas cosas acerca del proceso económico. A saber: el crecimiento productivo, el lugar del trabajo, el papel de las inversiones privadas, los mecanismos financieros y las medidas monetarias y la actividad del gobierno en materia de ingresos, gasto y deuda.

Ya se sabe bien lo que significa una disrupción prácticamente total de la actividad económica, del desplome del crecimiento. Eso es lo que ha ocurrido en buena parte del mundo. Colapsaron la demanda y la oferta, ha habido necesidad de definir y aplicar no sólo las medidas sanitarias para enfrentar la pandemia, sino también aquellas que atañen al sostenimiento de la capacidad de resistencia de las familias y las empresas que han quedado más expuestas.

Las decisiones que se han tomado, cualesquiera que hayan sido en función de distintos criterios técnicos y políticos, van a marcar necesariamente el escenario pospandemia.

En el primer año del gobierno actual se fijó como objetivo primordial reducir la corrupción reinante. Esa fue la oferta electoral y se mantuvo como acción de política pública. Se aplicó una severa contención del gasto público. El crecimiento del PIB fue prácticamente nulo en 2019 y ahora, con pandemia de por medio, las estimaciones para 2020 son de una severa contracción, como ocurre en el resto del mundo.

Tras el resultado negativo de 2019 se argumentó que esa no era una medición relevante, puesto que se había conseguido un mayor desarrollo. Esto significaba explícitamente que los programas de apoyo social que se habían implementado eran eficaces para aumentar el ingreso de las familias receptoras. Esa medida es efectivamente distributiva, pero había que plantear si era suficiente para sostener y elevar en el tiempo los ingresos de esa parte de la población. Esto es dudoso.

Aquí entra de nuevo la cuestión del crecimiento productivo y la generación de empleos mejor remunerados, amparados en un sistema de seguridad social más efectivo. En el sector productivo privado se generan la mayor parte del empleo y el ingreso en el país. El gobierno contribuye sólo con una parte, estimada en un quinto. Pero su acción es decisiva para conformar un entorno de mayor bienestar social y abatir la desigualdad.

Es también ahí donde se genera la mayor parte del ingreso público por la vía de los impuestos, recursos indispensables para la política del gobierno. La contratación de más deuda pública se ha eliminado como opción y se entiende, pues su efecto es intergeneracional y repercute en más desigualdad. Esto condiciona las demás opciones de las que pudiera disponerse. No obstante, el nivel de la deuda existente será más oneroso porque se eleva con respecto al PIB que se está contrayendo.

Con las repercusiones adversas de la pandemia, todas estas cuestiones adquieren una nueva dimensión. Cuando esto termine se irá redefiniendo muy rápidamente un entorno económico y social, y lo será en el marco de un gran desgaste material en las condiciones de las familias y las empresas de menor tamaño y del mismo gobierno.

La actividad económica se contrae severamente, lo que significa una caída del empleo y el ingreso, que aun será más profundo y que establecerá el piso sobre el que tendrá que rearmarse el entramado social. La mayoría de las empresas ya no contarán con la capacidad de renovar su actividad y ello complicará las condiciones para volver a emplear a la gente. La dimensión de lo que este escenario representa es enorme.

El papel del crecimiento y su efecto en el empleo, el ingreso y los impuestos sigue siendo una cuestión clave para cualquier definición de la política pública. No sólo eso. Es esencial para el modo de hacer política y alcanzar algunos consensos funcionales.

Lo será aún más cuando finalmente pase la pandemia y haya un elevadísimo nivel de desocupación de la gente y, en general, de los recursos. El ajuste necesario en ese momento no ocurrirá de manera automática ni por parte del mercado ni del gobierno.

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Políticas públicas para una salida progresista a la crisis del coronavirus

Una nueva crisis está rompiendo las costuras de un sistema económico cuya salud ya era muy precaria antes de que gobiernos de todo el mundo decretaran diferentes medidas de confinamiento para atajar la expansión del virus, una situación que será aprovechada sin lugar a dudas por las grandes corporaciones mientras las fuertes restricciones limitan las posibilidades de articulación social.

 

Cuando todavía no nos habíamos recuperado de la crisis financiera del 2008 y sus consecuencias destructivas, una nueva crisis, la del coronavirus, está rompiendo las costuras de un sistema económico cuya salud ya era muy precaria antes de que gobiernos de todo el mundo decretaran diferentes medidas de confinamiento para atajar la expansión del virus. Lo que se cree que empezó en un mercado de animales de Wuhan, se extendió rápidamente a las metrópolis mundiales a la misma velocidad que la libre circulación de flujos de capitales.

La pandemia ya se ha hecho notar en la economía de la eurozona con una caída del 3,8% del PIB en el primer trimestre de 2020, según una primera estimación de Eurostat. Es el desplome trimestral más importante desde que la oficina estadística de la Comisión Europea empezara a registrar los datos del PIB por países en 1995. El PIB de Francia, segunda economía de la zona euro, cae un 5,8%, la más grande desde 1949; el PIB de España, cuarta economía, un 5,2%, la más importante desde la posguerra y el PIB de Italia, tercera más importante, un 4,7%. En Alemania, la economía más importante de la UE, el desempleo ya ha subido un 5,8% en los tres primeros meses del año.

A finales de abril, las reuniones del Consejo Europeo y el Eurogrupo no han concluido con una posición común a la hora de fijar la política económica para afrontar la recesión económica que viene. Las propuestas que se debaten en Europa se parecen más a un rescate a bajo coste, con el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), que dispone de un fondo de 410.000 millones para prestar, como primer instrumento; la utilización de 200.000 millones del Banco Europeo de Inversiones (BEI), también en forma de préstamo y un seguro de desempleo comunitario de hasta 100.000 millones que prepara la Comisión Europea. El peligro de que las consecuencias de la crisis económica vuelvan a recaer sobre las espaldas de los trabajadores se torna muy real, ya sea por medidas financieras y sociales insuficientes, ya sea porque se vuelvan a adoptar diferentes variantes de austeridad fiscal dirigidas desde Berlín.

Una salida por la izquierda

Uno de los grandes inconvenientes que tienen las clases populares a la hora de organizarse es que las herramientas políticas de las que disponen están limitadas por las fronteras nacionales, mientras que el capital al que se enfrentan es transnacional. La clase trabajadora no tiene herramientas políticas para enfrentarse a corporaciones transnacionales como Amazon, Blackstone, Blackrock, Apple, Google, Netflix o Facebook, grandes beneficiadas de la crisis económica provocada por el covid-19.

La UE tampoco dispone de mecanismos democráticos para hacer efectivas políticas de redistribución a través de herramientas fiscales comunes. De hecho, según denunció Oxfam Internacional en un informe, Irlanda, Luxemburgo, Países Bajos, Malta y Chipre serían considerados paraísos fiscales si la UE aplicase a sus Estados miembro los criterios que utiliza para elaborar su lista negra de paraísos fiscales. Uno de los destinos preferidos por su baja tributación es Irlanda, cuyo impuesto de sociedades es del 12,5% —en España es del 25%, el doble— y sede fiscal de Google, Apple, Facebook en Europa. En el caso de Amazon, su sede fiscal en Europa se ubica en Luxemburgo, que dispone de un impuesto de sociedades del 18%. BlackRock, principal accionista del Ibex35, dispuso en 2019 su centro de operaciones en Holanda, mismo destino elegido por Netflix International BV, la matriz de Netflix a través de la cual tributa por sus ingresos en España. Estas corporaciones, además, utilizan complejísimos entramados de ingeniería fiscal para tributar incluso menos.

Richard Murphy, profesor en la Universidad de Londres y experto en fiscalidad, cifró en 190.000 millones de euros los tributos eludidos por las grandes corporaciones, en un estudio publicado el año pasado por el grupo socialdemócrata en el Parlamento Europeo. Si nos centramos únicamente en la evasión fiscal, según el mismo estudio, los países de la UE dejarían de ingresar 825.000 millones de euros (60.000 millones de euros en el caso de España).

En cuanto a la presión fiscal en el conjunto de la UE, según datos de Eurostat, España está cinco puntos por debajo de la media (35,4% respecto al 40,3%) y muy lejos de los países con mayor presión fiscal, con Francia (48,4%), Bélgica (47,2%), Dinamarca (45,9%) y Suecia (44,4%) a la cabeza, seguidos de Austria (42,8%), Finlandia (42,4%) e Italia (42,0%).

A falta de una armonización fiscal europea, el Ejecutivo de Pedro Sánchez podría aplicar una fiscalidad progresiva para que España se sitúe en la media europea. Para concretar algunas de estas cifras en políticas públicas, los 60.000 millones de euros que España deja de ingresar por evasión fiscal, equivalen a un 84% de los 71.145 millones que invertimos en nuestra Sanidad pública. 60.000 millones de euros es más de lo que invertimos en educación, que se situó en 51.275,9 millones de euros en 2018. Y supone más de cuatro veces lo que el gobierno destinó en I+D en 2017, según datos publicados por el INE.

Otras medidas económicas que se pueden aplicar de inmediato son las que han implementado los gobiernos de Dinamarca, Polonia, Francia y Austria, que excluirán de las ayudas públicas a las empresas registradas en paraísos fiscales. Además, Dinamarca y también los Países Bajos, negarán dichas ayudas públicas a las empresas que repartan dividendos.

En cualquier caso, economistas liberales como Juan Ramón Rallo abogan por el regreso a la ortodoxia económica y su consiguiente austeridad fiscal. En contraposición, la Comisión Europea da vía libre a la nacionalización masiva de empresas en la UE. Un anuncio que habría que tomar con cautela. Los gobiernos europeos han optado, desde los años 80, por una progresiva socialización de las pérdidas y privatización de los beneficios, en el marco de la economía capitalista en su actual fase neoliberal. De poco serviría la nacionalización estratégica de empresas para evitar su quiebra si, en cuanto dieran beneficios, se volvieran a privatizar. Profundizar en estas recetas económicas supondría un golpe muy duro a un proyecto europeo progresista y alternativo. Desde los años 90, con el desmoronamiento de la Unión Soviética, el mundo ha venido experimentando una progresiva mundialización capitalista. Las izquierdas no han sabido cómo responder a este enorme desafío. Es el momento de imaginar un nuevo horizonte universalista e igualitario que sirva como alternativa al repliegue identitario posfascista, que representan dirigentes como Donald Trump en Estados Unidos, Xi Jinping en China, Vladimir Putin en Rusia, Narendra Modi en la India o Jair Bolsonaro en Brasil. En Europa, el reto de hacer frente a los Orbán, Salvini, Johnson, Le Pen o Abascal no es menor.

Una nueva economía verde

La división internacional del trabajo durante la integración europea abocó a la periferia al sector servicios. Turismo, hostelería, ocio, sol y playa. En momentos históricos como el actual, con una pandemia global que ha paralizado la actividad económica casi por completo, vemos más claro lo arriesgado que es permitir que la economía dependa tanto de un único sector. En el caso de España, cabe añadir la progresiva desindustrialización desde la transición, a excepción de Catalunya y Euskadi. Turismo, sol y playa, ladrillo y poco más. Es evidente que el sector productivo de un país no se puede transformar de un día para otro, pero ya va siendo hora de que la industria de las energías renovables se convierta en un sector estratégico importante de la economía española. Si hacemos una comparativa con el resto de países de la UE, veremos que España es el decimoquinto país en consumo de energía procedente de fuentes sostenibles, con un 17,5%, según datos de Eurostat, muy por debajo de Suecia (54,6%), Finlandia (41,2%), Letonia (40,3%), Dinamarca (36,1%) y Austria (33,4%). Nuestros vecinos del sur, Portugal (30,3%) e Italia (17,8%) también nos pasan por encima. La cifra de consumo, 0,6% inferior a la media europea, también es 2,6% puntos más baja que el objetivo que se fijaron las instituciones comunitarias para finales del 2020.

Este problema tiene difícil solución. Iberdrola, Endesa y Naturgy conforman los pilares del oligopolio eléctrico en España, que junto a EDP y Repsol controlan el 70% de la producción de electricidad y el 90 de las ventas finales. Todas ellas se encuentran entre las 10 empresas más contaminantes del país. En una entrevista con La Marea, Enrique Palazuelos, catedrático de Economía Aplicada de la UCM y experto en energía, subraya la necesidad de que el Gobierno recupere las competencias perdidas décadas atrás y reforme el sistema eléctrico. Para ello, sería fundamental que los movimientos sociales empujen en esa dirección. El pacto de Gobierno entre el PSOE y Unidas Podemos incorpora algunas de estas propuestas. No va a ser tarea fácil. El dominio del actual oligopolio eléctrico ancla sus raíces en los privilegios heredados del franquismo y la transición.

El covid-19 es un inconveniente para la movilización social. Éstas son solo algunas de las medidas que se pueden tomar y que se pueden añadir a otras que se han hecho desde organizaciones populares como el Plan de Choque Social, que proponen, entre otras medidas, intervenir la sanidad privada sin compensación económica, prohibir los ERTE en empresas con beneficios, regularizar a las personas migrantes, suspender los alquileres y las hipotecas e introducir una renta básica de cuarentena universal e incondicional, que puede servir como experimento para la futura introducción de una renta básica universal permanente. 

Estas medidas económicas, laborales y fiscales aliviarían las desastrosas consecuencias que el neoliberalismo tiene sobre nuestra salud, nuestra economía y nuestras vidas y permiten imaginar horizontes de superación del capitalismo, que en su actual fase neoliberal, es el período en el que la acumulación por desposesión se ha convertido en hegemónica, en palabras de David Harvey, geógrafo y profesor de Antropología en la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

Estas políticas neoliberales, promovidas por centros financieros como Washington y acentuadas ahora por el capitalismo digital de Silicon Valley, se basan en la privatización y desmantelamiento de los servicios públicos, la distribución regresiva de la renta y la generación de crisis para acelerar los tres procesos anteriores.

Las fuertes restricciones de circulación y movimientos debido al coronavirus suponen un gran inconveniente para articular a las organizaciones populares desde las calles con el objeto de debatir, proponer, protestar y exigir a las instituciones españolas y europeas una salida profundamente democrática, progresista, feminista, ecologista y antirracista que sirva como alternativa a los nuevos autoritarismos de derechas que se expanden por todo el globo y que ocupan gobiernos tan influyentes como los de Estados Unidos, Gran Bretaña, Rusia, China, Brasil o la India. Esta contingencia será aprovechada sin lugar a dudas por las grandes corporaciones tecnológicas, que amenazan con mercantilizar cada vez más aspectos de nuestras vidas y hacernos más esclavos de sus servicios digitales. Estructurar una alternativa desde la base es una necesidad ineludible para que una salida progresista a la crisis pueda prosperar.

Por Nicolás Ribas Leopold

4 may 2020 06:00

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Lunes, 04 Mayo 2020 06:35

Leones

Los dos leones de mármol que vigilan la entrada de la Biblioteca Pública de Nueva York, en la Quinta Avenida, no tienen visitas desde que comenzó la pandemia del Covid-19. En los años 30, durante la Gran Depresión, el entonces alcalde Fiorello LaGuardia los bautizó como Paciencia y Fortaleza, cualidades que, según él, necesitaba todo neoyorquino para aguantar aquella crisis; lo mismo se requiere ahora.Foto La Jornada

Los dos leones de mármol que vigilan la entrada de la gloriosa Biblioteca Pública de Nueva York en la Quinta Avenida no tienen visitas desde que se implementaron las medidas contra la pandemia. Han sido testigos de tanto desde 1911 –desfiles, protestas, el espectáculo cotidiano en el centro de Manhattan–, pero nada como esto, un silencio sin precedente de una ciudad clausurada. En los años 30, durante la Gran Depresión, el entonces alcalde Fiorello LaGuardia los bautizó como Paciencia y Fortaleza, las cualidades que él decía necesitaba todo neoyorquino para aguantar esa crisis.

Pero en ese tiempo había un presidente llamado Franklin D. Roosevelt, movimientos sociales poderosos, partidos como el comunista y el socialista con gran capacidad de organización (de donde brotaron los conceptos de seguro de desempleo y seguro social que desde entonces forman parte fundamental de lo que queda del estado de bienestar hoy día). Hoy, en lugar de un FDR, está el gobierno corrupto y peligroso de Trump, un movimiento laboral en el punto mas débil de su historia (aunque hay señales de un posible renacimiento) y un partido de oposición, el Demócrata, que ha sido en parte cómplice del desastre con un candidato poco audaz. No es consolación que la pandemia comprobó que los herederos de los movimientos de los años 30 y de la agenda liberal de Roosevelt –Bernie Sanders y un poco Elizabeth Warren– tenían razón de que se requiere de una "revolución política" que recupere la democracia para 99 por ciento, incluyendo a los inmigrantes, y definir la salud, y acceso a ella, como un derecho humano.

Sanders escribió la semana pasada: "somos el país más rico en la historia del mundo, pero en tiempos de desigualdad masiva de ingreso y riqueza, esa realidad importa poco para la mitad del país que vive de quincena en quincena, los 40 millones en pobreza, los 87 millones que no tienen seguro de salud o uno insuficiente, y medio millón de personas sin techo". En el artículo, publicado en el New York Times, señala que el país no cuenta en verdad con "un sistema" de salud, que ese sector es un negocio que en medio de la pandemia está despidiendo a miles de trabajadores, médicos, entre otras cosas. Tal vez lo positivo de esta crisis, afirmó, es que está provocando a que muchos cuestionen los fundamentos del "sistema de valores estadunidense".

El reverendo William Barber, coordinador de la Campaña de los Pobres, comentó que “la enfermedad subyacente… es la pobreza, la cual estaba matando a casi 700 de nosotros cada día en el país más rico del mundo, mucho antes de que alguien supiera del Covid-19”.

Noam Chomsky reiteró que "Estados Unidos con Trump es un Estado fallido que representa un peligro serio para el mundo". En una entrevista reciente, señala que este país cumple con la definición técnica de un Estado fallido: uno que ha demostrado su incapacidad para atender las necesidades mas básicas de su población.

“Por más de dos siglos, Estados Unidos ha generado una amplia gama de sentimientos en el resto del mundo: amor y odio, temor y esperanza, envidia y desdén, asombro e ira. Pero hay una emoción que nunca había sido dirigida a Estados Unidos hasta ahora: lástima… El país que Trump prometió hacer grande otra vez nunca en su historia ha parecido tan lamentable”, escribió Finlan O’Toole en el Irish Times.

El factor fundamental en esta doble crisis, pandemia y economía, es la agenda neoliberal de las últimas cuatro décadas que fomentó la peor desigualdad económica en casi un siglo (https://www.federalreserve.gov/ releases/z1/dataviz/dfa/distribute/ table/#quarter:121;series:Net%20worth;demographic: networth;population:all;units:shares). Con el poder político que esto implica, en otros países eso se llama "plutocracia".

Sí. paciencia y fortaleza son necesarios para aguantar este desastre. Pero también se necesita que los leones acostados convoquen a sus admiradores a ponerse de pie para transformar esta crisis y poner fin de la pesadilla neoliberal.

Si uno escucha con mucha atención, entre el silencio impuesto por la cuarentena a veces se puede oír un nuevo y antiguo rugir.

https://www.youtube.com/watch?v=Gju7TxEvGc

Publicado enInternacional
Viernes, 24 Abril 2020 06:51

Pánico global y horizonte aleatorio

Pánico global y horizonte aleatorio

Hemos entrado en tiempos paradójicos propios de una sociedad global en transición. Tiempos de inestabilidad generalizada en la que los horizontes compartidos se diluyen y nadie sabe si lo que viene mañana es la repetición de lo de ahora, o un nuevo orden social más preocupado por el bienestar de las personas…. o el abismo. La angustiosa contingencia del porvenir es la única certidumbre.

Y es que ahora no estamos ante los azares regulares de la cotidianidad como, por ejemplo, cuando tomábamos un metro para dirigirnos al trabajo y no podíamos prever con quiénes nos encontraríamos en el vagón, o si llegaríamos a tiempo. La incertidumbre actual es más profunda, es de destino, porque uno no sabe en realidad cuándo volverá a tomar el metro, si tendrá trabajo al cual dirigirse o, llevado al extremo, si estaremos vivos para entonces. Lo de hoy es, pues, un derrumbe absoluto del horizonte de las sociedades en el que la aleatoriedad del porvenir es de tal naturaleza que todo lo imaginable, incluida la nada, pudiera suceder.

Un diminuto virus de entre los cientos de miles que existen está llevando a que más de 2.600 millones de personas suspendan sus actividades regulares, que una gran parte de los trabajos con los que las personas reproducen sus condiciones de existencia estén paralizadas, y que los gobiernos implementen estados de excepción sobre la posibilidad de desplazarse y agruparse. Un pánico global se ha apoderado de los medios de comunicación y una niebla de sospecha sobre el otro cercano, portador de la enfermedad, quiere encumbrarse en el espíritu de la época.

Las imposturas de la globalización

Y lo paradójico resulta del hecho que en momentos de exaltación de la globalización de los mercados financieros, de las cadenas de suministros, de la cultura de masas y de las redes, el principal cuidado que se despliegue ante una enfermedad globalizada sea el aislamiento individual. Es como una confesión de derrota de esos mercados globales y sus sacerdotes ante la necesaria persistencia de los estados, la sanidad pública y las familias como núcleos imprescindibles de socialidad y protección. De ahí que resulte hasta grotesco ver a los profetas del libre comercio y del “Estado mínimo”, que ayer exigían derribar las fronteras nacionales y deshacerse de los “costosos” sistemas de derechos sociales (salud, educación, jubilación..), salir ahora a aplaudir el cierre profiláctico de las fronteras y exigirle al Estado medidas más drásticas para atender a los ciudadanos y reactivar las economías nacionales.

Que la euforia globalizadora como destino final de la humanidad sólo se aferre al encierro individual, y que la única organización política prevaleciente ante la emergencia de una enfermedad global, resultante del propio curso de la globalización, sea el Estado, habla de una farsa sin atenuantes. Algo anda mal en esa paradoja: o bien la globalización como proyecto político-económico fue y es una estafa colectiva para el rédito de pocos, o bien las sociedades aun no comprenden las “virtudes” del mundo global, lo que equivale a decir que si la realidad no se acomoda a la retórica, la que está fallando es la realidad y no la retórica sobre esa realidad. La verdad es que no hay respuesta globalizada a un drama global, y ahí ya hay una sentencia histórica sobre una época aciaga.

Se trata, en definitiva, de un descomunal fracaso de la globalización tal como hasta ahora se la ha construido y, sobre todo, del discurso político que la acompañó, de las ideologías normativas que la secundaron.

Si se globalizan los mercados de acciones pero no la protección social, las cadenas de suministros pero no el libre desplazamiento de las personas, si se globalizan las redes sociales pero no los salarios ni las oportunidades, entonces la globalización es más una coartada de unos cuantos países, de unas cuantas personas para imponer su dominio, su poder y su cultura, que una verdadera integración universal de los logros humanos en beneficio de todos.

Se trata de una manera mutilada de globalizar la sociedad que, al tiempo de generar más desigualdades e injusticias, debilita los mecanismos de protección y cuidado creados a lo largo de décadas por los diferentes estados nacionales.

Hoy vemos que los mercados financieros no curan enfermedades globales, solo intensifican sus efectos en los más débiles; hoy vemos que el libre comercio ha llevado a un retroceso en las condiciones de igualdad similares a las de inicios del siglo XX. Según Thomas Piketty, el 1% de los más ricos de EE. UU., que el año 1975 llegaron a concentrar el 20% de la propiedad del total de los activos inmobiliarios, profesionales y financieros, al 2018 han aumentado su participación al 40%, como en 1920. Hoy sabemos que ninguna institución global tiene la más mínima posibilidad de cohesionar las voluntades sociales para enfrentar las adversidades globales, y en cambio el Estado sí lo viene logrando. Es como si la “mano invisible” de Adam Smith no sólo fuese inservible para a los cuidados de la humanidad, sino más peligrosa que la propia pandemia. Y es que la globalización hasta ahora funciona como modo de acrecentar ganancias privadas de las grandes empresas del mundo, y en contraparte es inútil para promover la protección de las personas.

La actual epidemia no es la primera de carácter global. Ya se han presentado desde el inicio del mercado mundial a comienzos del siglo XVI, durante la colonización de América, cuando la viruela redujo entre el 70% y el 80% de la población originaria; luego lo hicieron, en distintos lugares del planeta, las infecciones del cólera, de la gripe rusa, la gripe española, la gripe aviar, el VIH, y recientemente el SARS 1, H1N1, etc.

Las enfermedades globales emergen de los modos de subsunción formal y real de la naturaleza viva a la racionalidad de la producción mercantil que fracturan los procesos regulados en la transmisión de enfermedades entre distintas especies animales. Subsunción formal, cuando se presiona a la pequeña economía agraria a internarse cada vez más en bosques y áreas ecológicamente auto sostenibles para mercantilizar la flora y la fauna; subsunción real, cuando la producción plenamente capitalista impone ilimitadamente en bosques modos de trabajo agrícolas extensivos, articulados a los mercados de los commodities. En ambos casos, la interfase entre la vida silvestre y los seres humanos que se regulaban gradualmente durante décadas y siglos a través de la difusión en pequeñas comunidades, ahora se comprimen en días o semanas en gigantescos conglomerados humanos, estallando en contagios fulminantes, masivos y devastadores.

Detrás de cada pandemia hay una manera de definir la riqueza social como ilimitada acumulación privada de dinero y bienes materiales y que, por tanto, convierte a la naturaleza, con sus componentes de seres vivos e inanimados, en una simple masa de materia prima susceptible de ser procesada, depredada y financiarizada. Es un modo enceguecido de producir cada vez más dinero, pero impotente para producir un modo global para proteger a las personas y, mucho menos, a la naturaleza. El resultado es un orden dominante de sociedad que no comprende que su compulsiva manera de devorar la naturaleza en el altar de la ganancia es una manera de devorarse a sí misma.

Que los mercados y las instituciones globales ahora se escuden detrás de las legitimidades estatales para intentar contener los demonios destructivos que esta forma de globalización ha desatado es la constatación de un doble fracaso. De las instituciones globales para proponer factibles respuestas mundiales para proteger la salud de las personas de todos los países; y de los mercados globales para impedir el descalabro económico generalizado que se aceleró por la pandemia.

Al estancamiento económico de los últimos años ahora le sigue la recesión global, es decir, un decrecimiento de las economías locales que va a llevar a un cierre viral de empresas, al despido de millones de trabajadores, a la destrucción del ahorro familiar, al aumento de la pobreza y del sufrimiento social. Y, nuevamente, los sacerdotes de la globalización, insuflados en su mezquindad, se cruzan de brazos a la espera de que los estados nacionales gasten sus últimas reservas, hipotequen el futuro de al menos dos generaciones para contener el enojo popular y atemperar el desastre que los arquitectos de la globalización han ocasionado.

Cuando la pujanza mundial era evidente, la globalización tenía muchos padres, cada cual más enardecido respecto a la fingida superioridad histórica del libre mercado. Y ahora que la recesión generalizada asoma las orejas, ella se presenta como huérfana y sin responsables. Y tendrá que ser el vapuleado Estado el que intente salir al frente para atenuar los terribles costos sociales de una orgía económica de pocos.

El regreso del Estado

Ciertamente asistimos y asistiremos a una revalorización general del Estado, tanto en su función social-protectora, como económica-financiera. Ante las nuevas enfermedades globales, pánicos sociales y recesiones económicas, sólo el Estado tiene capacidad organizativa y la legitimidad social como para poder defender a los ciudadanos.

Estamos ante un momento de regresión colectiva a los miedos sociales que, a decir de Elias, son los fundamentos de las construcciones estatales. Pero, por ahora, sólo el Estado, bajo su forma integral gramsciana de aparato administrativo y sociedad civil politizada y organizada, puede orientar voluntades sociales hacia acciones comunes y sacrificios compartidos que van a requerir de las políticas públicas de cuidado ante la pandemia y la recesión económica.

Bajo estas circunstancias, el Estado aparece como una comunidad de protección ante los riesgos de muerte y crisis económica. Y si bien es cierto que el destino de muchos ha de depender de la decisión de los pocos que monopolizan las decisiones estatales -y por eso Marx hablaba de una “comunidad ilusoria”- estas decisiones habrán de ser efectivas para crear un cuerpo colectivo unificado en su determinación de sobreponerse a la adversidad, siempre y cuando logre dialogar con las esperanzas profundas de las clases subalternas.

Incluso la recesión global halla en el Estado nacional a la única realidad social capaz de reorganizar la flecha temporal del flujo de la riqueza de las naciones para adelantar hoy a todos lo que se producirá mañana, a fin de dar un empujón a los ingresos laborales, al consumo interno, a la generación estatal de empleo y al crédito productivo.

Cuánto durará este retorno al Estado, es difícil saberlo. Lo que sí está claro es que, por un largo tiempo, ni las plataformas globales ni los medios de comunicación ni los mercados financieros ni los dueños de las grandes corporaciones tendrán la capacidad de articular asociatividad y compromiso moral similar a los estados. Que esto signifique un regreso a idénticas formas del Estado de bienestar o desarrollista de décadas atrás no es posible, porque hay unas interdependencias técnico-económicas que ya no pueden retroceder para erigir sociedades autocentradas en el mercado interno y el asalariamiento regular. Pero sin un Estado social preocupado por el cuidado de las condiciones de vida de las poblaciones seguiremos condenados a repetir estos descalabros globales que agrietan brutalmente a las sociedades y las dejan al borde del precipicio histórico. Las formas emergentes de Estado tendrán que combinar una revalorización del mercado interno, la protección social ampliada a asalariados, no asalariados y formas híbridas de trabajo autónomo, profundas políticas de democratización de la propiedad y las decisiones sobre el futuro, con la articulación controlada de las distintas cadenas de suministros mundiales, la fiscalización radical de los flujos financieros e inmediatas acciones de protección del medioambiente planetario.

Ahora, otra de las paradojas del tiempo de bifurcación aleatoria, como el actual, es el riesgo de un regreso pervertido del Estado bajo la forma de keynesianismos invertido y de un totalitarismo del big data como novísima tecnología de contención de las “clases peligrosas”. Si el regreso del Estado es para utilizar dinero público, es decir, de todos, para sostener las tasas de rentabilidad de unos pocos propietarios de grandes corporaciones, no estamos ante un Estado social protector sino patrimonializado por una aristocracia de los negocios, como ya sucedió durante todo el periodo neoliberal que nos ha llevado a este momento de descalabro societal.

Y si el uso del big data es irradiado desde el cuidado médico de la sociedad a la contrainsurgencia social, estaremos ante una nueva fase de la biopolítica devenida ahora en data-política, que de la gestión disciplinaria de la vida en fábricas, centros de reclusión y sistemas de salud pública, pasa al control algorítmico de la totalidad de los actos de vida, comenzando por la historia de sus desplazamientos, relaciones, elecciones personales, gustos, pensamientos y hasta de sus probables acciones futuras, convertido ahora en datos de algún algoritmo  que “mide” la “peligrosidad” de las personas; hoy, peligrosidad médica; mañana, peligrosidad cultural; pasado, peligrosidad política.

La irreductibilidad del cuerpo

La realidad es que el cuerpo, los trazos del cuerpo en el espacio-tiempo social siempre han sido el obsesivo destino de todas las relaciones de poder, y hoy lo es de manera absoluta. Decía Valery, en uno de sus diálogos, que lo más profundo de las personas es la piel, y no se equivocaba. En la piel del cuerpo están grabados los códigos de la sociedad, y por eso lo que más se extraña en el encierro es el encuentro de cuerpos, la acción de los cuerpos cercanos, el lenguaje de los cuerpos que nos hablan y nos educan sin tomar conciencia de ello.

Así, pues, pareciera que también estamos enterrando en la angustia del encierro la cara tecnicista de la utopía liberal del individualismo autosuficiente que pretendía sustituir la realidad social por la realidad virtual. Es que los cuerpos, sus interacciones, son y seguirán siendo imprescindibles para la creación de sociedad y de humanidad. Ahora sabemos que los empleos virtuales, el “teletrabajo”, importantes y en aumento, no son el modo predominante de la generación de riqueza de las naciones; que la fuerza de trabajo es siempre es una composición de esfuerzo físico y mental; que las sociedades nacionales se paralizan si no hay actividad humana corporal interactuando con otras corporeidades. Es como si la piel y el cuerpo fueran fuerzas productivas de la sociedad en general y de las formas de comunidad en particular, comenzando por la familiar, nacional y mundial.

Un like en el Facebook es una convergencia cerrada de inclinaciones que no produce algo nuevo más que el incremento contable de adherencias anónimas. Una asamblea, en cambio, es una permanente construcción social-corporal de conocimientos prácticos y experiencias comunes.

El desasosiego y sensación de mutilación con las que la gente reacciona ante el necesario y temporal encierro revela que el cuerpo no es meramente un estorboso receptáculo de un cerebro capaz de dar el salto a la virtualidad absoluta. No; el cuerpo no es un cajón de neuronas organizadas. El cuerpo es la prolongación del cerebro en la misma medida que el cerebro es la prolongación del cuerpo y, por tanto, los mecanismos de conocimiento, de invención, de afectos y de acción social son actividades integrales de todo el cuerpo en su vinculación con otros cuerpos, con la humanidad entera y la naturaleza entera.

El cuerpo es, pues, un lugar privilegiado de conocimiento social y de producción de la sociedad.

Que los límites de la virtualidad global forzada saque a luz el valor de las experiencias del cuerpo es, también, otra de las paradojas del tiempo ambiguo. Y si bien es probable que de aquí a unos años esta experiencia angustiante sea olvidada, muchos saldrán a las calles con el cuello doblado hacia el celular, pero podrán hacerlo porque la gente está ahí, a la mano, interactuando con uno mismo, a través de las miradas y los gestos del cuerpo, aunque nuestra conciencia este en el diálogo del WhatsApp. Pero también es probable que la desesperación por el encuentro con los otros vuelva a manifestarse recurrentemente si es que no sabemos sacar ahora las lecciones de este tipo de globalización mezquina que no se preocupa ni por la gente común ni por la naturaleza en común. Y, quizá, el pavor se convierta en un estado permanente de la convivencia social. Los seres humanos somos seres globales por naturaleza y nos merecemos un tipo de globalización que vaya más allá de los mercados y los flujos financieros. Necesitamos una globalización de los conocimientos, del cuidado médico, del tránsito de las personas, de los salarios de los trabajadores, del cuidado de la naturaleza, de la igualdad entre mujeres y hombres, de los derechos de los pueblos indígenas, es decir, una globalización de la igualdad social en todos los terrenos de la vida, que es lo único que enriquece humanamente a todos. Mientras no acontezca eso, como tránsito a una globalización de los derechos sociales, es imprescindible un Estado social plebeyo que no sólo proteja a la población más débil, que amplíe la sanidad pública, los derechos laborales, y reconstruya metabolismos mutuamente vivificantes con la naturaleza; pero que además democratice crecientemente la riqueza material y el poder sobre ella; por tanto, también de la política, el modo de tomar decisiones que deberá ir cada vez mas de abajo hacia arriba y cada vez menos de arriba hacia abajo, en un tipo de Estado integral que permita ir irradiando la democrática asociatividad molecular de la sociedad sobre el propio Estado.

El mundo está atrapado en un vórtice de múltiples crisis ambientales, económicas, médicas y políticas que están licuando todas las previsiones sobre el porvenir; y lo peor es que ello viene con un inminente riesgo de que se impongan “soluciones” en las que las clases subalternas sean sometidas a mayores penurias que las que ya se tolera hoy. Pero la condición de subalternidad social o nacional tiene, en ese torbellino planetario, también un momento de suspensión excepcional de las adhesiones activas hacia las decisiones y caminos propuestos por las élites dominantes. El desasosiego planetario por la fragilidad de horizontes a los cuales aferrarse es también de las creencias dominantes, con lo que el sentido común se vuelve poroso, apetente de nuevas certidumbres. Y si ahí el pensamiento crítico ayuda a formular las preguntas del quiebre moral entre dominantes y dominados, ayuda a visibilizar las herramientas de autoconocimiento social, entonces es probable que, en medio de la contingencia del porvenir, se refuerce aquel curso sostenido en las actividades de la comunidad, la solidaridad y la igualdad, que es el único lugar donde los subalternos pueden emanciparse de su condición subalterna.

Sólo así el horizonte que emerja, sea el que sea o tenga el nombre que quiera dársele, será propio; el que la sociedad es capaz de darse a sí misma y por el que vale la pena arriesgar todo lo que hasta hoy somos. [*]

Por Álvaro García Linera | 24/04/2020

[*] Fragmento de la Conferencia Inaugural del ciclo académico de las carreras de Sociología y Antropología del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martin, Argentina. 30 de marzo de 2020.

Publicado enSociedad
Jueves, 23 Abril 2020 12:06

Primero el Ser Humano

Primero el Ser Humano

El capitalismo es una relación social que descansa en la desigualdad de acceso al bienestar de grupos de personas. En él, la injusticia es sistémica y consiste en favorecer a quien ha logrado entrar en posesión de tierras, viviendas, medios de producción y medios de control social, y dotarle de prestigio y reconocimiento, mientras se controla el trabajo y las ganancias de quienes les producen su riqueza, haciendo que su trabajo sea descalificado.


Cuando se gesta una crisis del sistema capitalista, como la que la pandemia del Covid-19 ha evidenciado, con su cauda de disparidad en el acceso a la salud, al trabajo, a la alimentación y la educación, inmediatamente la injusticia de la relación social capitalista se incrementa. Dirigentes neoliberales se atreven a banalizar el número de muertos de los grupos humanos que se dedican a los trabajos indispensables (básicamente, trabajos “feminizados” a los que no se les reconoce éxito: labores de cuidado y de agricultura para la alimentación en pequeña escala), mientras dirigentes conservadores utilizan el miedo a la crisis para dar golpes de estado, como ha sucedido en Hungría, fortalecer posiciones nacionalistas, como en la India, o xenófobas y abiertamente antifeministas, como en diversos países, de Marruecos a Nicaragua.

 

En la mayoría de los países que enfrentaron la crisis sanitarias por el Covid-19 se ha manifestado también un enorme control, en ocasiones violento y autoritario, sobre la vida pública, privada e íntima de las personas: la prohibición de salir de las propias viviendas ha alcanzado a la mitad de la población mundial; de Asia a Europa y a América más de 3 mil millones y medio de mujeres y hombres, desde la infancia hasta la ancianidad, están confinades y sus derechos han sido limitados.


Cuando obligaciones y prohibiciones se dispensan sobre una población que solo nominalmente es igual, el control de los sectores populares, de los trabajadores y trabajadoras, particularmente les más empobrecides y sin posibilidad de ahorrar, adquiere visos de represión abierta, así como de discriminación de hecho en el acceso a la salud de las mayorías. Las mujeres que tradicionalmente han sufrido abusos al interior de las familias y las relaciones de pareja sufren el incremento de la violencia en su contra.


El miedo a la crisis económica, que se predice para que no deje de justificar medidas extremas mientras se encierran poblaciones enteras, además, actúa como un instrumento de exaltación del individualismo antisocial, al que se abona también a través del teletrabajo. El miedo a la crisis económica ofrece como única salida a la gente la vuelta a la “normalidad” ecocida anterior a la crisis y permite el reenvío de las demandas de mayor justicia y libertad para las mayorías.


En la actual crisis del sistema capitalista financiero y extractivista, que considera a los pueblos indígenas y a los sectores de mujeres y hombres que trabajan sin control de empresas y estados, como el campesinado, les artistas, les libres profesionistas, les vendedores informales, y otres, es necesario subrayar la urgencia de poner los seres humanos en su relación
con el ambiente y entre sí en el centro de las acciones de salud, educación y justicia. Esto implica no privilegiar el rescate económico de la relación social, sino la propia condición social del ser humano.


Hay que valorar y proteger a los sectores de la población que ofrecen y producen servicios al conjunto de la sociedad, desde el personal médico de un sistema hospitalario público y universal, al personal docente en todos los grados de la educación, a las personas que hacen posible la buena vida de la infancia, les ancianes y les enfermes y con discapacidades. Estas personas, por lo general, no son reconocidas como exitosas en el sistema capitalista financiero y son consideradas responsables de su propia indefensión económica y de derechos.


Hay que asumir como prioritaria la defensa de la vida planetaria, humana, vegetal, mineral y faunística. Los seres humanos no pueden seguir invadiendo y destruyendo ambientes naturales, de no desear que los riesgos para la salud de las mayorías se multipliquen. Hay que limitar los megaproyectos que solo benefician formas de producción industrializada y contaminante. Evitar la agricultura industrializada, en particular los monocultivos para piensos animales y biocombustibles, como la soya y la caña de azúcar. Paralelamente habrán de desmontarse las granjas animales, donde especies comestibles están hacinadas, sufren y desarrollan enfermedades que se combaten con antibióticos que han permitido el desarrollo de cepas bacterianas resistentes, con graves riesgos para la salud animal y humana. Una agricultura y una ganadería a dimensión de trabajo campesino no sólo multiplicarían los lugares de trabajo productivo, sino volverían más saludables la comida. Proteger las fuentes de agua incluye proteger los bosques naturales (no la siembra de árboles maderables) que las alimentan. La valoración social y económica de las tareas de protección silvestre garantizará lugares de trabajo y distribución de la riqueza.

Evitar los gases de efectos invernadero significa repensar las formas de producción-consumo del periodo posterior a la II Guerra Mundial y la obsolescencia programada de los productos para incentivar el comercio.Implica necesariamente la conversión de la producción de energía eléctrica a fuentes de bajo impacto ambiental. Esta conversión necesita de investigación e implementación, mediante mano de obra femenina y masculina con derechos y salarios dignos. Decrecer no es sinónimo de malvivir, se relaciona con la valoración de la vida toda.

En necesario distribuir sobre los diversos territorios escuelas y centros de estudio, así como los centros de salud y los hospitales, con materiales de igual calidad, e insistir en el trato igualitario y respetuoso entre todas las personas que participan de las relaciones de enseñanza-aprendizaje y de salud personal y comunitaria. Así como las escuelas han de responder a necesidades y proyectos educativos locales, los centros de salud y hospitales deberán respetar todas las formas de diagnóstico y cura de diferentes medicinas (alópata, herbolaria, homeópata, tradicional, biomagnética, bioenergética, etcétera).

 

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Primero el ser humano

Lanzada la campaña #PrimeroElSerHumano

Publicado enEdición Nº267
Jueves, 23 Abril 2020 10:11

Primero el Ser Humano

Primero el Ser Humano

El capitalismo es una relación social que descansa en la desigualdad de acceso al bienestar de grupos de personas. En él, la injusticia es sistémica y consiste en favorecer a quien ha logrado entrar en posesión de tierras, viviendas, medios de producción y medios de control social, y dotarle de prestigio y reconocimiento, mientras se controla el trabajo y las ganancias de quienes les producen su riqueza, haciendo que su trabajo sea descalificado.


Cuando se gesta una crisis del sistema capitalista, como la que la pandemia del Covid-19 ha evidenciado, con su cauda de disparidad en el acceso a la salud, al trabajo, a la alimentación y la educación, inmediatamente la injusticia de la relación social capitalista se incrementa. Dirigentes neoliberales se atreven a banalizar el número de muertos de los grupos humanos que se dedican a los trabajos indispensables (básicamente, trabajos “feminizados” a los que no se les reconoce éxito: labores de cuidado y de agricultura para la alimentación en pequeña escala), mientras dirigentes conservadores utilizan el miedo a la crisis para dar golpes de estado, como ha sucedido en Hungría, fortalecer posiciones nacionalistas, como en la India, o xenófobas y abiertamente antifeministas, como en diversos países, de Marruecos a Nicaragua.

 

En la mayoría de los países que enfrentaron la crisis sanitarias por el Covid-19 se ha manifestado también un enorme control, en ocasiones violento y autoritario, sobre la vida pública, privada e íntima de las personas: la prohibición de salir de las propias viviendas ha alcanzado a la mitad de la población mundial; de Asia a Europa y a América más de 3 millones y medio de mujeres y hombres, desde la infancia hasta la ancianidad, están confinades y sus derechos han sido limitados.


Cuando obligaciones y prohibiciones se dispensan sobre una población que solo nominalmente es igual, el control de los sectores populares, de los trabajadores y trabajadoras, particularmente les más empobrecides y sin posibilidad de ahorrar, adquiere visos de represión abierta, así como de discriminación de hecho en el acceso a la salud de las mayorías. Las mujeres que tradicionalmente han sufrido abusos al interior de las familias y las relaciones de pareja sufren el incremento de la violencia en su contra.


El miedo a la crisis económica, que se predice para que no deje de justificar medidas extremas mientras se encierran poblaciones enteras, además, actúa como un instrumento de exaltación del individualismo antisocial, al que se abona también a través del teletrabajo. El miedo a la crisis económica ofrece como única salida a la gente la vuelta a la “normalidad” ecocida anterior a la crisis y permite el reenvío de las demandas de mayor justicia y libertad para las mayorías.


En la actual crisis del sistema capitalista financiero y extractivista, que considera a los pueblos indígenas y a los sectores de mujeres y hombres que trabajan sin control de empresas y estados, como el campesinado, les artistas, les libres profesionistas, les vendedores informales, y otres, es necesario subrayar la urgencia de poner los seres humanos en su relación
con el ambiente y entre sí en el centro de las acciones de salud, educación y justicia. Esto implica no privilegiar el rescate económico de la relación social, sino la propia condición social del ser humano.


Hay que valorar y proteger a los sectores de la población que ofrecen y producen servicios al conjunto de la sociedad, desde el personal médico de un sistema hospitalario público y universal, al personal docente en todos los grados de la educación, a las personas que hacen posible la buena vida de la infancia, les ancianes y les enfermes y con discapacidades. Estas personas, por lo general, no son reconocidas como exitosas en el sistema capitalista financiero y son consideradas responsables de su propia indefensión económica y de derechos.


Hay que asumir como prioritaria la defensa de la vida planetaria, humana, vegetal, mineral y faunística. Los seres humanos no pueden seguir invadiendo y destruyendo ambientes naturales, de no desear que los riesgos para la salud de las mayorías se multipliquen. Hay que limitar los megaproyectos que solo benefician formas de producción industrializada y contaminante. Evitar la agricultura industrializada, en particular los monocultivos para piensos animales y biocombustibles, como la soya y la caña de azúcar. Paralelamente habrán de desmontarse las granjas animales, donde especies comestibles están hacinadas, sufren y desarrollan enfermedades que se combaten con antibióticos que han permitido el desarrollo de cepas bacterianas resistentes, con graves riesgos para la salud animal y humana. Una agricultura y una ganadería a dimensión de trabajo campesino no sólo multiplicarían los lugares de trabajo productivo, sino volverían más saludables la comida. Proteger las fuentes de agua incluye proteger los bosques naturales (no la siembra de árboles maderables) que las alimentan. La valoración social y económica de las tareas de protección silvestre garantizará lugares de trabajo y distribución de la riqueza.

Evitar los gases de efectos invernadero significa repensar las formas de producción-consumo del periodo posterior a la II Guerra Mundial y la obsolescencia programada de los productos para incentivar el comercio.Implica necesariamente la conversión de la producción de energía eléctrica a fuentes de bajo impacto ambiental. Esta conversión necesita de investigación e implementación, mediante mano de obra femenina y masculina con derechos y salarios dignos. Decrecer no es sinónimo de malvivir, se relaciona con la valoración de la vida toda.

En necesario distribuir sobre los diversos territorios escuelas y centros de estudio, así como los centros de salud y los hospitales, con materiales de igual calidad, e insistir en el trato igualitario y respetuoso entre todas las personas que participan de las relaciones de enseñanza-aprendizaje y de salud personal y comunitaria. Así como las escuelas han de responder a necesidades y proyectos educativos locales, los centros de salud y hospitales deberán respetar todas las formas de diagnóstico y cura de diferentes medicinas (alópata, herbolaria, homeópata, tradicional, biomagnética, bioenergética, etcétera).

 

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Primero el ser humano

Lanzada la campaña #PrimeroElSerHumano

Publicado enSociedad
Jueves, 23 Abril 2020 06:35

Primero el Ser Humano

Primero el Ser Humano

En todos los países, sin excepción, en momentos de campaña electoral, los políticos dicen que su gran preocupación es la –calidad de– vida de su sociedad. Otra cosa dicen los indicadores arrojados por estudios de organismos multilaterales y por entes privados: 3.400 millones de empobrecidos en el mundo, 736 millones arrojados a la pobreza extrema. He ahí un desprecio por la vida que llega al extremo en países donde los viejos, como cero productivos, ahora son llamados al “sacrificio por la patria”, o simplemente no les ofrecen la asistencia médica que se requiere para su recuperación y supervivencia.


La realidad se confirma con crueldad al quedar el mundo encerrado como consecuencia de un virus que amenaza la vida de millones de personas: está arrasada la infraestructura para garantizar la eficiencia y la calidad en los servicios de salud, como derecho fundamental, pues los presupuestos para garantizar la contratación de personal en todas las áreas es insuficiente, así como es mínima la prevención de enfermedades fáciles de erradicar.


Al mismo tiempo, en un sinnúmero de países, la garantía de ingresos para que toda la gente acceda a lo elemental resalta por su ausencia, de manera que, al escribir esta columna, muy seguramente miles de miles anhelan un plato de comida, mientras las fuerzas armadas oficiales surcan sus barrios para que los ciudadanos no rompan los protocolos de aislamiento impuestos con miras a evitar la propagación del Covid-19.


En sintonía con lo anterior, es inexistente la posibilidad de educación pública y universal en todos los niveles, recreación asistida, acceso a internet, apoyo psicológico para sobrellevar la cada vez más acelerada vida urbana, acceso a vivienda adecuada, servicios públicos sin restricciones y otro cúmulo de garantías que en verdad permitan acceder a una vida en las condiciones ofrecidas por los políticos. En todos estos campos podemos constatar que, en el mundo actual como en el pasado, la vida humana, en dignidad, no ha figurado como prioridad de los gobernantes, que son el instrumento del poder o el poder mismo.


Y aquí cabe una pregunta necesaria: ¿Por qué seguir viviendo así, en estas condiciones, como si se tratara de un designio o la fatalidad en que creían los romanos, cuando la sociedad puede proveerse de los mecanismos de equilibrio para bien de todos? Para colmo de estos desajustes, el Covid-19 avanza por todo el mundo, dándole fuerza al acelerador de la recesión a la que se asoma la sociedad global, producto de la cual muchos más serán empobrecidos o más empobrecidos, o, por efecto de otros virus, más letal que el que nos ataca hoy como mundo, el virus de la segregación, la desigualdad, la injusticia, la negación de los derechos fundamentales de mujeres y hombres, realidad que ya claramente nos acecha.


Como todos sabemos, el ser humano se hizo tal en sociedad, en ella aparece y en ella se realiza. Obligarlo a romper esa condición, a encerrarse, es pretender que deje a un lado su condición fundamental, desfigurada por el capitalismo y con el estímulo desenfrenado del individualismo, contrariando la vía opuesta: la solidaridad, el colectivo, lo común, en un comportamiento que le permitió resistir y superar a las otras especies animales, más fieras que él, más fuertes que él, pero sin embargo sometidas por él.
Bien. Si es cierto aquello de que “el hombre está en la sociedad. Y sólo en ella aparece”, como lo reafirma la filósofa*, eso quiere decir que el camino para enfrentar el virus que nos agobia como sociedad global no es el elegido sino uno más sencillo: aislar al portador del virus, garantizando así una atención médica especializada al afectado, su recuperación, además de su alimentación y manutención, evitando así que se vea compelido a salir en procura de ingresos económicos para solventar su vida y la de su familia. Y para su tranquilidad, en caso de ser necesario, garantizar la estabilidad de su núcleo familiar, dotándolo de lo indispensable para sobrellevar las semanas de aislamiento que sean necesarias.


Y para llegar a esto, lo fundamental es contar con cuerpos médicos que presten salud preventiva en los barrios y conjuntos residenciales, así como en zonas rurales, un servicio público tal que permita promocionar vida sana, además de hacerle seguimiento al estado de salud de cada persona y cada núcleo familiar, con lo cual la organización de la vida diaria, en todos los aspectos, se torna remediable y llevadera. Entonces el hospital y el centro de salud se verán menos asediados, destinados a casos de urgencia o para tratamientos especiales, entre ellos las intervenciones quirúrgicas.


Claro. Para proceder de tal modo, la salud, como derecho de todo ser humano, debe estar organizada como servicio público, gratuito y universal, y esa no es preciamente la realidad entre nosotros. Así tendría que funcionar –con propósito común y bajo control y organización colectiva– todo lo que se diga público.


El objetivo sería, pues, poner de pie lo que ahora está de cabeza; que todo aquello que pretende el lucro particular y la ganancia no intervenga en los segmentos sociales que tienen que ver con la satisfacción de los derechos humanos. Mientras esto se torna realidad, el virus, este o cualquier otro, podrá hacer con las sociedades lo que quiera, propiciando por su conducto que los Estados desplieguen su autoritarismo y su poder militar para remediar algo que nada tiene que ver con la fuerza sino con usos y consumos así como con la prevención en salud, pero también con el tratamiento de alguna enfermedad, cuando esta toma cuerpo en pocas o en muchas personas.
El propósito de evitar que el Estado despliegue su real carácter transita entonces por recuperar lo público, poniéndolo en manos del conjunto social. De no ser así, el miedo volverá a ser potenciado frente a situaciones como la que hoy vivimos u otras similares, y el Estado aparecerá de nuevo como el salvador. Cuando es todo lo contrario.

* María Zambrano, Persona y democracia, Alianza editorial, 2019, España, p.134.

¡Qué película que estamos viendo en la vida real!
  • A menudo escuchamos que lo que estamos pasando ahora es un caso de la vida real de lo que estábamos acostumbrados a ver en las distopías de Hollywood. Entonces ¿qué tipo de películas estamos viendo ahora en la vida real?

Cuando recibí el mensaje de muchos amigos estadounidenses de que las tiendas de armas vendieron todas sus existencias hasta más rápido que las farmacias, traté de imaginar el razonamiento de los compradores: probablemente se imaginaban a sí mismos como un grupo de personas aisladas de forma segura en su casa bien abastecida y defendiéndose con sus armas de una multitud infectada y hambrienta, como en las películas sobre el ataque de los muertos vivientes. (También se puede imaginar una versión menos caótica de este escenario: las élites sobrevivirán en sus áreas apartadas, como en el 2012 de Roland Emmerich donde un par de mil seleccionados sobreviven, con un precio de admisión de mil millones de dólares por persona).

Otro escenario en la misma línea catastrófica vino a mi mente cuando leí la siguiente noticia: “Se insta a los estados que tienen pena de muerte a liberar medicamentos almacenados para pacientes con Covid-19. Los principales expertos en salud firman una carta que dice que los medicamentos utilizados en inyecciones letales 'podrían salvar la vida de cientos'". Inmediatamente entendí que el punto es aliviar el dolor de los pacientes, no matarlos; pero por una fracción de segundo, recuerdo la distópica película "Cuando nos alcance el mañana", de 1973, que tiene lugar en una tierra superpoblada, post-apocalíptica, donde los viejos disgustados con la vida en un mundo tan degradado tienen la opción de "regresar al hogar de Dios ". En una clínica del gobierno, se sientan cómodamente y mientras observan escenas de naturaleza prístina, se les duerme de manera gradual e indolora... Cuando algunos conservadores estadounidenses propusieron que se sacrificara la vida de los mayores de 70 años para salvar la economía y el estilo de vida americano ¿la opción presentada en la película no sería una forma "humana" de hacerlo?

Pero todavía no estamos a eso. Cuando el coronavirus comenzó a extenderse, la idea predominante fue que se trataba de una breve pesadilla que pasará con el clima cada vez más cálido de la primavera: la película era la de un breve ataque (terremoto, tornado) cuya función es hacernos apreciar en qué sociedad tan agradable vivimos. (Una subespecie de esta versión es la historia de los científicos que salvan a la humanidad en el último minuto al inventar la cura (vacuna) exitosa contra un contagio, la esperanza secreta de la mayoría de nosotros hoy).

Ahora que nos vemos obligados a admitir que las epidemias permanecerán con nosotros por algún tiempo, al menos, y cambiarán profundamente toda nuestra vida, está surgiendo otro escenario de película aquí y allá: una utopía enmascarada como distopía. Recordemos El cartero, de Kevin Costner, un mega-fracaso posapocalíptico de 1997 ambientado en 2013, quince años después de que un evento apocalíptico no especificado dejó un gran impacto en la civilización humana y borró la mayoría de la tecnología. Sigue la historia de un vagabundo nómada sin nombre que tropieza con el uniforme de un antiguo cartero del Servicio Postal de los Estados Unidos y comienza a distribuir cartas entre aldeas dispersas, pretendiendo actuar en nombre de los "Estados Unidos de América Restaurados"; otros comienzan a imitarlo y, gradualmente, a través de este juego, la red institucional básica de los Estados Unidos emerge nuevamente... La utopía que surge después del punto cero de destrucción apocalíptica es el mismo Estados Unidos que tenemos ahora, recién purificado de sus excesos posmodernos: una sociedad modesta en la que los valores básicos de nuestra vida se reafirman por completo.

Estos escenarios pasan por alto lo realmente extraño de las epidemias de coronavirus, su carácter no apocalíptico: no es ni un apocalipsis en el sentido habitual de la destrucción total de nuestro mundo, y mucho menos un apocalipsis en el sentido original de una revelación hasta ahora oculta. Sí, nuestro mundo se está desmoronando, pero este proceso de desmoronamiento simplemente continúa sin un final a la vista. 

Cuando aumenta el número de infectados y muertos, nuestros medios especulan cuán lejos del pico estamos, ¿ya estamos allí, o será en una o dos semanas? Todos asistimos ansiosamente al pico de las epidemias, como si este pico fuera seguido por un regreso gradual a la normalidad, pero la crisis simplemente se prolonga. Tal vez, deberíamos reunir el coraje y aceptar que permaneceremos en un mundo viral amenazado por epidemias y disturbios ambientales. Tal vez, incluso si se descubre la vacuna contra el virus, seguiremos viviendo bajo la amenaza de otra epidemia o catástrofe ecológica. Ahora estamos despertando del sueño de que las epidemias se evaporarán con el calor del verano, y no hay un plan de salida claro a largo plazo: el único debate es cómo debilitar gradualmente las medidas de cuarentena. Cuando eventualmente las epidemias retrocedan, estaremos demasiado cansados y exhaustos para sentirnos complacidos, ¿qué escenario implica esto? Las siguientes líneas aparecieron a principios de abril en un gran diario británico, describiendo una posible historia:

“Las reformas radicales, que revierten la dirección política prevaleciente de las últimas cuatro décadas, tendrán que ponerse sobre la mesa. Los gobiernos tendrán que aceptar un papel más activo en la economía. Deben ver los servicios públicos como inversiones en lugar de pérdidas, y buscar formas de hacer que los mercados laborales sean menos inseguros. La redistribución volverá a estar en la agenda; los privilegios de los ancianos y ricos en cuestión. Las políticas hasta hace poco consideradas excéntricas, como los impuestos básicos sobre la renta y la riqueza, tendrán que estar en la agenda.

¿Es esto una repetición del manifiesto laborista británico? No, es un pasaje de un editorial del Financial Times. En la misma línea, Bill Gates pide un "enfoque global" para combatir la enfermedad y advierte que, si se deja que el virus se propague a través de las naciones en desarrollo sin obstáculos, se recuperará y golpeará a las naciones más ricas en oleadas posteriores. “Incluso si las naciones ricas logran frenar la enfermedad en los próximos meses, la covid-19 podría regresar si la pandemia sigue siendo lo suficientemente grave en otros lugares. Es probable que solo sea cuestión de tiempo antes de que una parte del planeta vuelva a infectar a otra. Creo firmemente en el capitalismo, pero algunos mercados simplemente no funcionan correctamente en una pandemia, y el mercado de suministros para salvar vidas es un ejemplo obvio".

Por agradables que sean, estas predicciones y propuestas son demasiado modestas: se exigirá mucho más. En cierto nivel básico, simplemente deberíamos pasar por alto la lógica de la rentabilidad y comenzar a pensar en términos de la capacidad de una sociedad de movilizar sus recursos para continuar funcionando. Tenemos suficientes recursos, la tarea es asignarlos directamente, fuera de la lógica del mercado. Cuidado de la salud, ecología global, producción y distribución de alimentos, suministro de agua y electricidad, buen funcionamiento de internet y teléfonos: esto debería permanecer, todas las demás cosas son secundarias.

Lo que esto implica es también el deber y el derecho de un Estado de movilizar a las personas. Ahora tienen un problema (no solo) en Francia: es el momento de cosechar frutas y verduras de primavera, y generalmente miles de trabajadores de temporadas vienen de España y otros países para hacer el trabajo. Pero como ahora las fronteras están cerradas, ¿quién lo hará? Francia ya está buscando voluntarios para reemplazar a los trabajadores extranjeros, pero ¿qué pasa si no hay suficientes? Se necesita comida, entonces, ¿qué pasaría si la movilización directa fuera la única forma?

Como lo expresó Alenka Zupančič de una manera simple y clara, si reaccionar a las pandemias con total solidaridad puede causar un daño mayor que las pandemias en sí, ¿no es esto una indicación de que hay algo terriblemente equivocado en una sociedad y economía que no puede sostener tal solidaridad? ¿Por qué debería haber una elección entre solidaridad y economía? ¿Nuestra respuesta a esta alternativa no debería ser la misma que: café o té? ¡Sí por favor! No importa cómo llamemos al nuevo orden que necesitamos, comunismo o coinmunismo, como lo hace Peter Sloterdijk (una inmunidad colectiva organizada contra ataques virales), el punto es el mismo.

Esta realidad no seguirá ninguno de los guiones de películas ya imaginados, pero necesitamos desesperadamente nuevos guiones, nuevas historias que nos proporcionen a todos una especie de mapeo cognitivo, un sentido realista y al mismo tiempo no catastrófico de dónde deberíamos ir. Necesitamos un horizonte de esperanza, necesitamos un nuevo Hollywood pospandémico.

Slavoj Žižek, filósofo y crítico cultural, profesor en la European Graduate School, director internacional del Birkbeck Institute for the Humanities (Universidad de Londres) e investigador senior en el Instituto de Sociología de la Universidad de Liubliana. Sus últimas obras son Territorios inexplorados (Akal) y Porque no saben lo que hacen (Akal).

Tradución: Celita Doyhambéhère

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