Martes, 21 Enero 2020 06:18

La reforma neoliberal

La reforma neoliberal

No me refiero a la reforma del capitalismo global construida a partir de las ideas de Hayek, Von Mises, Friedman et al. a partir de los años 1970, que inauguró la era neoliberal. Me refiero a parte de lo que está ocurriendo hoy: la reforma que los mismísimos neoliberales buscan llevar a cabo, para salvar al capitalismo neoliberal de sus propios demonios.

Como en toda formación social que se ago­ta, bajo la tensión que produce una le­gi­timidad agonizante, la hegemonía se desestabiliza y sucumbe frente a la mul­tiplica­ción de miríadas de demandas so­ciales in­satisfechas. Los excluidos, que durante demasiado tiempo otorgaron lealtad al neo­liberalismo, desobedecen aquí y allá el or­den existente. El convencimiento, que va generalizándose, de que la raíz del desastre económico, social y político se halla en el ideario neoliberal, abre la posibilidad de una transformación de las bases en que puede fundarse una formación social distinta.

El consenso sobre la crisis del neoliberalismo es amplio y recorre el mundo occidental, donde reinó a sus anchas por más de 40 años. El reino está agrietado por do­quier, se debilita continuamente y ya las alarmas aúllan cada día a mayores decibeles entre sus poderosos beneficiarios. Hasta donde puede advertirse, el populismo de derecha puede tener también los días contados: su nacionalismo antiglobalización, basado en valores étnicos y rechazo a los inmigrantes, está destinado a la debacle.

Como en toda crisis social generalizada se abre el espacio social que Gramsci llamó interregno: un espacio de lucha entre relatos distintos o antagónicos. Con el propósito de retener el gobierno sobre el rumbo del capitalismo, un grupo de capitalistas se alista para formular un discurso ad hoc, para vestir al capitalismo neoliberal “reformado”. El flanco izquierdo está ante un interregno abierto.

Durante más de 40 años los empresarios, especialmente los estadunidenses, han sostenido que la única responsabilidad de las empresas era maximizar sus ganancias. Lo lograron como nunca aplastando los salarios en todas partes, configurándose así una de las más poderosas tendencias generadoras de la desigualdad del siglo XXI. Pero están asustados de su criatura: la Mesa Redonda de Negocios de EU ha dicho que adoptará, en la reunión del 50 aniversario del Foro Económico Mundial (FEM), que comienza hoy en Davos, un enfoque que llama “capitalismo de las partes interesadas” ( stakeholder capitalism), centrado no sólo en los accionistas, sino también en los clientes, empleados, proveedores y comunidades, a los que considera “esenciales” para el desempeño de sus negocios.

Laura Tyson, ex presidenta del Consejo de Asesores Económicos del presidente de EU, y Lenny Mendonca, asesor económico y empresarial, jefe y director de la Oficina de Desarrollo Económico y Empresarial de California, en reciente colaboración en el Daily Maverick, escriben que los empresarios discutirán “cómo dar un significado concreto al capitalismo de las partes interesadas, un concepto articulado por primera vez por el fundador del FEM, Klaus Schwab”, quien propondrá, en ese foro, otro “Manifiesto de Davos”, con todo y su capítulo “verde”. Ya veremos si sale adelante el nuevo relato y cuáles son sus principios.

Por supuesto, los tiempos que corren plantean un reto enorme al pensamiento alternativo. Ningún programa alterno al capitalismo neoliberal podría prosperar sin una amplia base social de sustentación. Y, al mismo tiempo, ese programa es indispensable como relato alternativo para articular esa base social que, por necesidad, tendría una historia particular en cada Estado-nación. Aunque las cosas son así, los movimientos sociales de cualquier parte deben contar con una idea estratégica sobre la globalización. Lo más pernicioso para la sociedad globalizada y para las sociedades nacionales es, evidentemente, el predominio del sector financiero, un fardo incomensurable.

Será de verse qué hará Donald Trump con ese nuevo ideario que quieren impulsar sus colegas los empresarios de la Mesa Redonda de Negocios de su país. El éxito del neoliberalismo en su implantación y desarrollo, fue avasallador. Las oposiciones keynesianas y quienes habían cabalgado del lado del Estado de bienestar entregaron la plaza íntegramente. La reconversión de todo mundo a la idea de la “libertad individual”, detrás de la cual apareció la soberanía del consumidor y el mercado libérrimo, convenció a las mentes más progresistas (la reflexión sobre la izquierda marxista requeriría un espacio aparte).

No sé si en el 50 aniversario del Foro de Davos saldrá avante un nuevo manifiesto, pero el stakeholder capitalism (whatever that means) parece la propuesta que buscará crecer en los años venideros. Los retos del pensamiento alternativo son enormes, no sólo para la elaboración programática sino, especialmente, para crear las bases sociales organizadas capaces de sostener y luchar por un mundo distinto.

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Escandalosa brecha entre ricos y pobres en el mundo, según Oxfam

Informe global de la ONG Oxfam Internacional en la antesala del Foro económico de Davos

Los 2.153 multimillonarios más ricos del mundo poseen una riqueza equivalente a la de 4.600 millones de personas, es decir, el 60 por ciento de la población mundial. Entre las razones, el auge de un modelo económico sexista e hiperproductivista. 

La brecha entre ricos y pobres, llamada también “desigualdad económica”, que empezó a crecer a pasos agigantados cuando en el mundo se difundió la “globalización”, por el contrario de lo que algunos pensaban parece no tener límites y sigue creciendo cada día más. Según el informe anual “Time to care” (Tiempo de cuidar) elaborado por la organización no gubernamental Oxfam Internacional (comité Oxford contra el hambre) difundido el lunes, los 2.153 multimillonarios más ricos del mundo poseen una riqueza equivalente a la de 4.600 millones de personas, es decir, el 60 por ciento de la población mundial.

Basada en datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), del Banco Mundial, del Credit Suisse Research Institute y la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), entre otras instituciones, el informe fue difundido el lunes porque esta semana precisamente se realiza en Davos (Suiza) el Foro Económico Mundial, la reunión anual de políticos, gobernantes, industriales y empresarios en general, economistas e intelectuales famosos del mundo.

“La desigualdad en el mundo está profundamente arraigada y ha alcanzado un nivel escandaloso”, dijo el informe. Y agregó: “En América Latina y el Caribe, el 20 por ciento de la población concentra el 83 por ciento de la riqueza y el númeo de multimillonarios en la región ha pasado de 27 a 104 desde el año 2000. En 2019, 66 millones de personas, es decir el 10,7 por ciento de la población vivía en extrema pobreza, de acuerdo a datos de la Cepal”.

“A nivel global, la desigualdad aumenta porque estamos viviendo un modelo económico del capitalismo que ya no es el capitalismo como fue concebido originalmente. Es un modelo evolutivo que no pone en el centro de sus preocupaciones las necesidades de las personas y es cada vez más dependiente de una sola cosa: la maximización de las ganancias en breve tiempo”, explicó a PáginaI12 Elisa Bacciotti, Directora de las Campañas de Oxfam Italia. “Esto lleva a comprimir el costo del trabajo y lleva al surgimiento de la llamada Gig Economy, es decir una economía basada en el trabajo temporáneo, free lance, flexible”, agregó.

 “Con la globalización y la apertura de los mercados y mayores inversiones, la posibilidad de tener trabajo aumentó. Pero hay que ver qué tipo de trabajo. Si es un trabajo digno. O por el contrario es un trabajo que no da beneficios a los trabajadores. Si no da los beneficios que se requieren, la desigualdad no disminuye”, subrayó Bacciotti.

“La gran parte de la ganancias van a parar al vértice de la pirámide social. Una estadística que publicó el Informe Oxfam dice que un trabajador, que hoy esta ubicado en el 10 por ciento de los trabajadores más pobres, debería trabajar tres siglos y medio para conseguir el mismo rédito que un trabajador que se ubica en el 10 por ciento de los trabajadores más ricos”, explicó la experta.

El informe subrayó por otro lado que el modelo económico sexista profundiza la desigualdad y que las mujeres son a menudo una suerte de “motor oculto” de la economía. “En América Latina y el Caribe, aun cuando las mujeres logran conseguir y mantener un empleo, es en condiciones precarias: el 49 por ciento de las mujeres empleadas en la región, ganan menos del salario mínimo mensual correspondiente a su país”, dijo el informe, añadiendo que “las mujeres constituyen dos terceras partes de la mano de obra que se ocupa del trabajo de cuidados remunerado. Empleos como el de enfermera, trabajadora del hogar o cuidadora a menudo están mal remunerados, proporcionan escasos beneficios, conllevan un horario irregular y pueden suponer un importante desgaste físico y emocional”.

 “Para que las personas puedan conducir la propia vida, trabajando, y llegar a fin de mes, alguien debe hacer otros trabajos en casa, que no son retribuidos, ni están contabilizados -explicó Bacciotti- . Haciéndolos permite que la familia vaya adelante. Al no ser retribuido no es ni siquiera reconocido y no goza de aportes jubilatorios. Es el caso generalmente de las mujeres, que a veces trabajan menos horas retribuidas para poder hacer los trabajos de casa no retribuidos. Al hacer esta elección se encontrarán con menos dinero en mano al final del mes y menos aportes jubilatorios por lo cual esta elección está más asociada a la pobreza”.

La pregunta clave ante esta situación descripta por Oxfam es saber qué pueden hacer los gobiernos, si es que realmente quieren cambiar esta situación.

El informe habló, entre otros puntos, de la necesidad de que las empresas y las personas ricas paguen su justa parte de impuestos y que con ese dinero el Estado haga inversiones en infraestructuras y servicios públicos.

“Seguramente los gobiernos podrían hacer más y no lo hacen. Una cosa muy eficaz sería una lucha sin cuartel contra la evasión fiscal para que el dinero recuperado pueda ser invertido en beneficios de los sectores menos pudientes”, concluyó Bacciotti.

Por Elena Llorente

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Sábado, 21 Diciembre 2019 06:26

Google, multado por discriminar 

Google, multado por discriminar 

Francia penalizó la política comercial del motor de búsqueda

 

El gobierno de Francia penalizó a Google con una multa de 150 millones de euros por considerar que las reglas que impone a los anunciantes de su motor de búsqueda son opacas y discriminatorias, y la empresa adelantó que apelará la decisión.

La Autoridad de Competencia del país europeo consideró en su fallo que "la opacidad y la ausencia de objetividad de esas reglas hacen difícil su aplicación por los anunciantes, mientras Google puede modificarlas de forma difícilmente previsible y decidir en consecuencia si las respetan o no". Esta política, según el organismo, perjudica a los clientes anunciantes del motor de búsqueda, pero también a los usuarios.

La Autoridad de Competencia intervino tras recibir una denuncia de la empresa Gibmedia, cuya publicidad fue suspendida por el motor de búsqueda sin aviso previo y, según sus alegaciones, sin motivos objetivos y transparentes.

El gigante de Internet adelantó que apelará la sanción. "Gibmedia estuvo publicando anuncios de sitios web que engañaban a las personas para que pagaran por determinados servicios aplicando términos de facturación poco claros para los usuarios", aseguró Google en la nota. "En Google no queremos este tipo de anuncios en nuestras plataformas y por eso no solo hemos suspendido a Gibmedia sino que también renunciamos a los ingresos por publicidad que se generaron a partir de este proceso con el fin de proteger a los consumidores de cualquier daño", subrayó.

Además de la multa, la Autoridad le obligó a la empresa estadounidense a publicar la sentencia en el buscador durante una semana. Se trata de la tercera mayor multa impuesta por este organismo regulatorio y la primera contra Google, que ya había sido sancionada en Francia por la Comisión Nacional de Informática y Libertades y por los tribunales por cláusulas abusivas.

El fallo hace referencia a las páginas patrocinadas que Google muestra cuando un usuario efectúa una búsqueda, y que el gigante de Internet vende a través de subastas entre anunciantes. "Google está obligado a definir reglas de funcionamiento de su plataforma de anunciantes de manera objetiva, transparente y no discriminatoria", destacó el fallo. Sin embargo, en la actualidad "no se basan en ninguna definición precisa y estable, lo que deja libertad a Google para interpretarlas según las situaciones", agregó.

El gigante de Internet -que representa el 90 % de las búsquedas en Francia y que detenta más del 80 % del mercado publicitario asociado-, además "ha modificado su interpretación de las reglas" lo que genera "inseguridad jurídica y económica" a los anunciantes, que han comprobado que, incluso en el seno de Google, no todos los equipos tienen la misma visión. Esas modificaciones normativas no son comunicadas a los clientes anunciantes, sostuvo el organismo regulatorio.

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¿Por qué hablamos de crisis civilizatoria? Breve genealogía de nuestro actual tiempo extraordinario

El tiempo que vivimos es un tiempo extraordinario. Todo está en juego. Las posibilidades de vida en el planeta Tierra, tal y como las conocemos, pueden cambiar radicalmente. Eso, más allá de diversos imaginarios sociales sobre colapsos y apocalipsis, tiene efectos concretos en los marcos de convivencia social, los ciclos de lluvia y períodos secos, en las migraciones, la producción y distribución de alimentos, la pérdida de los últimos refugios ecológicos, la conflictividad social y geopolítica por los recursos indispensables para la vida, el nivel de los océanos, el mantenimiento de las instituciones sociales y las infraestructuras, y un muy largo etcétera.

La diferencia de este, con tiempos anteriores, pudiésemos resumirla en tres factores: uno, que llegamos a límites de capacidad de muy buena parte de los sistemas sociales y ecológicos para soportar las perturbaciones y agresiones que están sufriendo estos; dos, que los eventos sociales y ecológicos van teniendo características de eventos extremos; y tres, que dichos sistemas tienden a la caotización y que por su alto nivel de integración (dada en buena medida la globalización) pueden generar una  cadena de acontecimientos o puntos de inflexión –que también pueden ser pensados como ‘efecto dominó’– con consecuencias imprevisibles.

Pero precisamente por las dimensiones y la profundidad de esta crisis, se nos abre una oportunidad para re-pensárnoslo todo, absolutamente todo. No es sólo el problema del cambio climático, que además no se puede ni se debe segmentar como problema. No vivimos sólo una crisis de las democracias o las instituciones modernas. Tampoco esta crisis puede explicarse únicamente por una ‘escasez’ de recursos o por un ‘desbordamiento’ demográfico. Y aunque es un factor determinante, tampoco es únicamente un problema de la crisis estructural del capitalismo.

Se trata de una crisis total, esencial y existencial, que trastoca incluso el orden de la vida en la Tierra (y por tanto de las otras especies que conviven con nosotros), que nos interpela como especie en relación a nuestro rol en ella. No basta entonces rastrear sólo el ‘error’ en nuestro propio proyecto de construcción social contemporáneo, sino también el cómo se fue configurando lo que podríamos llamar la verdadera Gran Divergencia (nada que ver con lo planteado por  Huntington y Pomeranz sobre el despegue del poderío de Occidente); esto es, la que se produjo entre los patrones civilizatorios dominantes de las sociedades humanas, y los ritmos y dinámicas ecológicas y simbióticas de la Naturaleza.

Por ello, necesitamos también rastrear los antecedentes de más largo alcance de esta crisis, una de carácter civilizatorio.

¿Por qué hablamos de crisis civilizatoria?
Brechas en el debate sobre Antropoceno

Desde hace unos dos lustros el debate sobre el surgimiento de una nueva era geológica, el ‘Antropoceno’, ha cobrado gran popularidad y difusión, no sólo en el ámbito de las ciencias, sino también de las ciencias sociales y sectores del activismo global (en buena medida vinculados a reivindicaciones ecológicas). El Antropoceno tendría la particularidad de ser un período geológico en el cual el principal factor de cambio y transformación en la Tierra sería el humano.

Entre varias de las implicaciones de este debate, una de las que nos parece más interesante es que permite inscribir el debate político sobre las causas y orígenes de la crisis ecológica actual, en la propia historia reciente del planeta Tierra. Esto resulta en una invitación a rastrear factores de mucho más largo alcance temporal, y no sólo los recientes cambios en el metabolismo de las sociedades industriales contemporáneas. Esto, a su vez, nos permite enlazar con la idea de que la crisis en la que estamos inmersos es en realidad una de carácter civilizatorio.

Dos de las principales polémicas que se han generado en torno al debate sobre el Antropoceno nos pueden ayudar a dejar más claro por qué hablar de una crisis civilizatoria. La primera, tiene que ver con la crítica que se le ha hecho al concepto, por colocar al humano en abstracto como responsable de la crisis, cuando en cambio esto ha sido el resultado de patrones específicos de poder que han generado divisiones sociales y desigualdades en los procesos de apropiación, usufructo y degradación de la riqueza natural. De ahí que  Jason Moore haya hablado del ‘Capitaloceno’, señalando que es precisamente el capital y todas sus estructuras de poder, el factor que define esta nueva era geológica; o bien, Christophe Bonneuil proponga el ‘Occidentaloceno’, haciendo referencia a la responsabilidad de la crisis por parte de los países ricos industrializados de Occidente.

La segunda polémica tiene que ver con el punto de origen del Antropoceno. ¿Cuándo se produce el punto de inflexión histórico que convierte al humano o al particular orden civilizatorio, en la principal variable de transformación geológica?

A nuestro juicio, esto es fundamental pensarlo no a partir de un solo punto de origen (dado que la historia no es lineal y luego de un punto de inflexión se producen nuevas tensiones y diversas posibilidades), sino en el escalamiento de al menos tres períodos que han sido determinantes para comprender, en su profundidad, el carácter de la crisis civilizatoria.

El Imperio de los combustibles fósiles

Vayamos de adelante hacia atrás. Ciertamente el período más evidente es el radical cambio de metabolismo social y de las relaciones espacio-temporales que se produce a escala global a partir de los siglos XVIII/XIX con las llamadas ‘Revoluciones Industriales’, que van a desembocar en un cada vez más acelerado sistema mundializado de extracción, procesamiento y consumo de naturaleza, sin precedentes en toda la historia de la humanidad. Este momento particular del Antropoceno va a ir en escalada hasta que a mediados del siglo XX (con la imposición del modelo capitalista de la posguerra) se va a configurar “La Gran Aceleración”, un proceso en el cual las tasas de uso de energía, crecimiento del PIB, crecimiento de la población, de las emisiones de CO2, entre otros se disparan a niveles insospechados, intensificando esta particular relación depredadora con la naturaleza. El período neoliberal, en el marco de la llamada ‘globalización’, va a intensificar aún más este proceso.

El período previo al del Imperio de los combustibles fósiles, y constitutivo del mismo, pudiésemos ubicarlo desde mediados/fines del siglo XV en lo que se entiende como la Génesis de la modernidad capitalista colonial. Este proceso allanó el camino al particular desarrollo histórico del capitalismo, y destaca, al menos para lo que tratamos de explicar, en tres aspectos: la expansión geográfica de circuitos comerciales que, por primera vez en la historia de la humanidad, va a crear un sistema y una economía mundial; una lógica de colonización civilizatoria imperante, también expansiva, que va a tener como uno de sus objetos fundamentales a la Naturaleza (bases para la conformación histórica del extractivismo); y la configuración de patrones de poder que, como lo plantea Donna Haraway, se originaron y expresaron con fuerza en la generación de plantaciones. De ahí que Haraway reformule la apreciación sobre el Antropoceno y proponga en cambio el término  Plantacionoceno, tomando en cuenta que en las plantaciones se evidenciaron (y se evidencian aún) la conjunción entre simplificaciones ecológicas –el disciplinamiento de las plantas en particular– y el diseño de sistemas de trabajo humano forzado en torno a ellas (basado generalmente en patrones racistas). Para Haraway fue la Plantación la que generó el legado de esta nueva era geológica.
La verdadera Gran Divergencia

Pero, ¿por qué no mirar más hacia atrás, muy atrás, para poder formularnos ciertas preguntas esenciales? Hay algo aún más constitutivo, más raizal de este proceso histórico, que tiene precisamente que ver con un quiebre particular que ocurre en la ‘larga’ historia del homo sapiens, que remonta a unos 300.000 años. Dicho quiebre es en realidad ‘reciente’, y pudiésemos ubicarlo en un proceso que se desarrolló desde hace unos 9.000-7.000 años con la llamada ‘Revolución neolítica’, a inicios del Holoceno.

Ciertamente en este período se va a ir generando una multiplicación de las comunidades horticultoras, las culturas sedentarias y el surgimiento de las sociedades agrícolas, lo que al mismo tiempo va a ir produciendo un desplazamiento y progresivo desvanecimiento de las sociedades cazadoras y recolectoras, de perfil igualitario, que fueron imperantes en tiempos previos (sociedades que no tienen por qué ser romantizadas). Pero lo esencial de este proceso no es sólo el desarrollo de unas particulares condiciones materiales que van a cambiar drásticamente la forma de vida de la humanidad, sino que previamente y en ellas fueron surgiendo jerarquías que fueron configurando estructuras sociales de la dominación de unos pocos por sobre otras mayorías.

La ecología social, en especial  la obra de Murray Bookchin, contribuye a comprender dos elementos cruciales cuando hablamos de estas jerarquías: el primero es que no hay que entenderlas sólo en su dimensión inter-subjetiva (la gradación desigual que se da entre personas), sino primordialmente en su sentido socio-político y epistemológico. Es decir, en cómo estas jerarquías particulares se terminan traduciendo en sistemas integrales de dominación y en cosmovisiones piramidales y/o lineales que rompen con concepciones holísticas y fragmentan la construcción social de la realidad. El segundo elemento es fundamental: las jerarquías y los sistemas integrales de dominación son también causa y efecto de la ruptura de la relación holística que las sociedades reproducían con la naturaleza, lo que se tradujo no sólo en un enfoque de dominio sobre la misma, sino también en esquemas de organización e interacción social que van diferenciarse notablemente de la forma como lo hacen el resto de las especies.

A este, como uno de los tres períodos determinantes para comprender, en su profundidad, el carácter de la crisis civilizatoria, lo llamaremos la verdadera Gran Divergencia, dada la brecha histórica que se abre desde entonces en la relación entre los humanos, y entre estos y la naturaleza. Este momento particular del antropoceno, va a devenir en la emergencia de las grandes civilizaciones, de las economías de excedentes, de la configuración de nuevos metabolismos sociales, del surgimiento de las estructuras estatales, de la génesis del patriarcado, de la sociedad de castas y clases, de las lógicas imperiales. Se expanden las disputas por la tierra cultivable, y por ende la guerra se hace cada vez más común. En este entorno, van emergiendo los asuntos políticos y militares, con claros patrones masculinos, y estos asuntos van a escindirse, jerárquicamente, sobre la esfera doméstica.

Pero es fundamental subrayar que esta, no tenía que ser necesariamente la única evolución histórica de la humanidad, ni mucho menos la única forma que adquiriese la configuración de las civilizaciones. El comienzo de la dominación de los patrones civilizatorios jerarquizados no supuso la desaparición de otras formas de relacionamiento socio-ecológico más igualitario y armónico. Más bien revela una disputa de esta lógica civilizatoria/racista/imperial contra toda su otredad. No es una disputa que deba ser entendida en código binario. Más bien hay una enorme diversidad, grises, matices, entrecruzamientos entre ellos.

Sin embargo, lo que queremos resaltar es que los sistemas de jerarquías, la dominación de la naturaleza y el patriarcado, preceden al sistema capitalista y la modernidad. Y no son rasgos naturales, ontológicos ni inevitables. Son en realidad la expresión de una historia reciente del homo sapiens en la Tierra.

Además de la apuesta post-capitalista, el cambio es civilizatorio

A pesar de su longevidad, al día de hoy estos patrones de poder, conocimiento, subjetividad y relacionamiento socio-ecológico, persisten, aunque varíen en muchas de sus características. Son estos los pilares de esta crisis civilizatoria y, como plantea Bookchin, debemos escarbar, hacer arqueología, construir genealogía, en la vasta y milenaria historia de la sociedad jerárquica. Si el cambio tiene que ser del modelo civilizatorio, esto, repitámoslo, pone ante nosotros la necesidad de re-pensárnoslo todo.

Sabemos que es un cuestionamiento radical, porque pone en cuestión no sólo al capitalismo histórico y la modernidad colonial, sino incluso los rasgos históricos dominantes de la propia condición humana. Pero nos invita y permite reformular toda la cartografía de la transformación socio-ecológica.

No parece bastar la apuesta post-capitalista si no podemos resolver, retejer, rearticular, reconstituir el vínculo esencial entre humanos y naturaleza, compaginar nuestro estar en la Tierra con los ritmos de la vida en el planeta. No parece bastar aquella apuesta sin desarmar al patriarcado, al racismo, los esquemas de dominación jerárquica, los binarismos, las cosmovisiones fragmentadas, sin recuperar la relación holística y de totalidad con la naturaleza.

¿Es posible reformular el proyecto civilizatorio sin contar con las otras especies vivientes? ¿Es posible superar el antropocentrismo en vías hacia una nueva senda biocéntrica? Si así fuese, ¿cuál sería nuestra forma, nuestra condición, nuestro rol como humanos en esa nueva ruta?

Estos dilemas no han podido aún ser resueltos, no sólo por los conductores políticos e institucionales, o por los voceros de los saberes científicos dominantes, sino tampoco por las fuerzas políticas contrahegemónicas principales; las izquierdas incluidas. Las ideas de transformación imperantes deben ser interpeladas, escrutadas. No sólo las de progreso y desarrollo, sino la propia idea de revolución. E incluso la de emancipación. ¿Qué se revoluciona? ¿Qué se emancipa? ¿Quiénes se emancipan? ¿Cómo? ¿Por qué medios? ¿A costa de qué?

Todo esto no es un llamado a una supuesta apoliticidad. Nuestra apuesta podría ser en cambio la búsqueda de nuevas y otras politicidades. Tampoco es un llamado a una vuelta al pasado ancestral. No es posible ningún retorno. Todo debe ser reformulado, transformado, creado, desde aquí y desde ahora; desde lo que somos. Vivimos un tiempo extraordinario, y como tal, requiere de nosotros acciones extraordinarias. Se trata de una oportunidad histórica para transitar hacia otro mundo, a otra forma de relacionarnos y reproducir la vida radicalmente diferente a esta que domina el mundo.

Más allá de ser sólo una ‘eco-utopía’, este es en realidad el camino que esta larga historia civilizatoria nos ha puesto enfrente, para transitarlo. La gran crisis no es ya un panorama futuro de tiempos difíciles, de tiempos que vendrán. Es en cambio el tiempo actual. Estamos ya al interior de la gran crisis.

Ante la confusión que reina, lo mejor es siempre consultar y recurrir a los principios de la naturaleza, que tiene sus propios ritmos, sus formas simbióticas, interdependientes, cooperativas y mutuales de reproducirse. De reajustarse, de adaptarse, de transformarse. Los comunes parece ser un horizonte político constituyente, en el que pueden converger las bases de un proyecto de gestión colectiva, descentralizada y eco-social. Pero el giro a los comunes no puede esperar mucho más. Este es el tiempo de los cambios. Es ahora.

19 diciembre 2019 0

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Al Gore: el criminal de ocho guerras mercader del ecologismo

Dicen que el que mata a una persona es un asesino, el que mata miles en la guerra es un héroe, y si encima se viste de verde es Superman. En la Cumbre del imperialismo verde de Madrid 2019 no podía faltar Albert «Al» Gore, el promotor del negocio Big Green, el vicepresidente del gobierno de Bill Clinton (1993-2001) y premio Nobel de la Paz por su defensa al medio ambiente, el mismo galardón que recibió Henry Kissinger por su pacifismo y sus esfuerzos por los derechos humanos de los oprimidos.

 

Debido a que “borrar la memoria histórica” de los ciudadanos es imprescindible para que el actual sistema siga funcionando con tranquilidad, es también imprescindible  desempolvar los dos aspectos del perverso historial del Héroe Verde para quienes pretendemos cambiarlo: 1) Como el hombre de destrucción masiva bélica de Afganistán, Iraq, Yugoslavia, Albania, Sudán, Liberia, Haití y Congo, y 2) El falso ambientalista, fabricado por el imperialismo verde, que con su fama protege la destrucción del medioambiente a favor de sus propios negocios y de su clase. Se trata de uno de los halcones más agresivos del Partido Demócrata, personaje especialmente oportunista, que durante su carrera ha intentado con sus discursos contradictorios ganar el voto de los ultraconservadores y también los progresistas, y después utilizarlo para los intereses más siniestros de EEUU en el mundo.

 

El currículum bélico de Al Gore

 

Férreo partidario de guerras de rapiña y de expansión colonialista de EEUU, Al Gore atacó a quienes recurrían al “Síndrome de Vietnam”, y la muerte de miles de soldados para evitar más guerras: “Tenemos intereses en el mundo que son lo suficientemente importantes como para defenderlos. Y no deberíamos estar tan quemados por la tragedia de Vietnam que no reconocer la necesidad del uso de fuerza para nuestros intereses «.  ¿Ha hecho algún estudio para determinar el daño de las guerras (¡el uso de agente naranja”, por ejemplo!) al medio ambiente?

 

  • - En 1978, nuestro Nobel se opuso a nuevas regulaciones federales de armas de fuego, para contentar a sus votantes en las zonas rurales.
  • - En 1979 defendió el patrocinio del grupo terrorista Contra en Nicaragua por Reagan, y financiado con cocaína (a los “Yihadistas” en Afganistán la CIA les paga con el dinero del opio, cuyo cartel obliga los agricultores cultivar la adormidera en vez de patatas y trigo).
  • - En 1983, respaldó el envío de tropas por al Líbano, donde un atentado mató a 241 soldados de EEUU, a 58 paracaidistas franceses, y 6 civiles libaneses. ¿Qué se le ha perdido a EEUU en el Líbano?
  • - En 1983, aplaudió la invasión de EEUU a la diminuta isla de Granada de 90.000 habitantes por representar una “amenaza para EEUU” de 300 millones de almas y dotado de 5.113 ojivos nucleares. ¿El motivo real? Ser gobernada por los socialistas, y aliado de Cuba y la URSS.
  • - En 1986 celebró el bombardeo de Libia por Reagan.
  • - En 1991 el halcón Gore votó en favor de la decisión de Bush de atacar a Iraq, guerra que causó gran desastre ecológico del Golfo Pérsico.¡Luego le criticó a Bush por haber sido “demasiado blanco” con Saddam Husein!
  • - En 1991, el mismo Gore que estaba muy preocupado porque los niños de EEUU “pudieran padecer tumores y cáncer producidos por productos químicos usado en los pijamas para dormir”, aprobó el embargo más criminal de la historia de la humanidadcontra  el pueblo iraquí, que mató a millón y medio de personas, casi la mitad niños. El 29 de junio de 2000, cuando Gore daba una conferencia en Chicago sobre ‘incentivos de la política energética para las ciudades’, el director de Voces en el Desierto, Danny Muller, le preguntó «¿por qué debería alguien votar a una administración que mata a 5.000 niños inocentes al mes mediante sanciones en Iraq?” Gore no contestó, y sus matones le sacaron de la sala. El embargo prohibía la venta de productos como cloro para potabilizar el agua, material sanitario como jeringuillas y multitud de medicamentos, aparatos de oxígeno para los hospitales, papel y lápices o leche en polvo, en el marco de una guerra genocida a toda regla. Miles de niños nacieron con deformaciones espantosas, víctimas de toneladas de bombas, incluidas con  uranio empobrecido. La pintora y directora del Museo Nacional de Arte de Iraq Leila al-Attar y su esposo murieron en uno de estos bombardeos.
  • - En 1993, tras la caída del régimen de Siad Barre en Somalia, -que pasó de ser maoísta a un aliado de Washington en el estratégico Cuerno de Africa-, al Gore-Clinton organizaron una de sus “invasión humanitaria”. Mientras la matanza de miles de somalíes fue considerada “daño colateral” de sus infames intereses, la “Batalla de Mogadiscio”, en la que la guerrilla somalí se enfrentó a las tropas de EEUU matando al menos a 70 marines, se convirtió en la segunda derrota de EEUU en una guerra después de Vietnam.
  • - En 1994 autorizó a la CIA el secuestro de ciudadanos de otras naciones que él consideraba una amenaza para los intereses de EEUU, revela Richard Clarke, un asesor de seguridad de Estado crítico con la política antiterrorista de EEUU.
  • - En 1994, la ONU y el gobierno de Clinton-Al Gore- Albright sabían que el responsable de la masacre de los musulmanes en un mercado de Sarajevo fue un grupo musulmán de extremaderecha, y aun así culparon al gobierno de la Federación Yugoslavo, -al que los medios occidentales llamaban “gobierno serbio” para enfrentar a los grupos étnicos que componían el país-, y así desmantelar el último estado europeo que se declaraba socialista aun tras el fin de la URSS. El apoyo encubierto del régimen Clinton a Al Qaeda en Bosnia y Kosovo (como lo hizo el equipo de Carter-Brzezinski en 1978 en Afganistánpara destruir el gobierno socialista del país), convirtió en Bosnia en una base del “yihadismo” a la que llegaron miles de individuos reclutados por la «Red Islámica Militante” coordinada por el Pentágono. La masacre de cientos de miles de civiles yugoslavos fue bautizada como “Intervención humanitaria” de la OTAN y aquel país se rompió para que entre otros propósitos, EEUU instalase en el corazón de Europa, en Kosovo, su segunda base militar más grande en el mundo llamado Camp Bondsteel (¡la primera también está en Europa: Stuttgart!). La base incluye  un mini Guantánamo, como reveló en 2005 el comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa, Álvaro Gil Robles. Kosovo “por casualidad” es otra cantera del Estado Islámico: Blerim Heta, el kosovar que el 24 de marzo de 2014 mató en un atentado en Iraq a 52 personas en Iraq trabajó en esta base. ¿Por qué EEUU pretende provocar caos en Iraq?
  • - En 1998, bombardeo el laboratorio farmacéutico de Al-Shifa en Sudan para desviar la opinión pública del escándalo Lewinsky. Afganistán también recibió toneladas de bombas en estas fechas y durante todo el mandato del trío criminal Clinton-Al Gore-Albright. Decenas de miles de afganos murieron bajo las bombas o por la contaminación de sus aguas, sus suelos y su aire. Afganistán ¿Por qué?
  • - En 2000 propuso ataques militares rápidos y efectivos contra los “estados rebeldes”, por representar “una amenaza emergente para nuestro país«, riéndose de los tratados internacionales al respecto y de la mismísima ONU.
  • - En 2002, Al Gore también apoyó la guerra “preventiva” de Bush contra Iraq y, ante las “dudas” sobre la existencia de Armas de Destrucción Masiva de Saddam, le ofrece otro pretexto: “Iraq representa una seria amenaza para la estabilidad del Golfo Pérsico y debemos organizar una coalición internacional para eliminar su acceso a las armas de destrucción masiva”, insistiendo en la “excepcionalidad de EEUU, y que  ninguna ley internacional puede impedir a este país tomar medidas para proteger sus intereses vitales.

 

Al Gore nunca participaría en una cumbre antimilitarista.

 

El currículum ecológico de Al Gore

 

  • - En 1979, el diputado Al Gore, defendió a ultranza la construcción de una presa sobre el río Little Tennessee, sin que sirviera para el control de inundaciones ni generara energía; simplemente quería llenar el bolsillo de unas empresas de construcción, recuerda el diario Counterpunch. Ante la protesta de los ecologistas (¡las verdaderas!) de que la presa iba a acabar con la vida de varias especies protegidas, Al Gore y sus compañeros llegaron a chantajear al presidente Carter que si vetaba la ley retendrían el apoyo demócrata al Tratado del Canal de Panamá. Aquello sentó la base para que los empresarios consiguieran saltarse la Ley de Especies en Peligro de Extinción en otras regiones del país, asegura el ambientalista David Brower.
  • - Suele afirmar que ‘Todos somos responsables’ de la catástrofe ecológico, ocultado el que el 80% de las agresiones contra el medio ambiente se cometen por las grandes corporaciones o que el consumo de energía de un ciudadano medio del Primero Mundo es 70 veces más que uno en los países en desarrollo: borra, intencionadamente, las líneas que separan los ricos de los pobres, a los mercaderes de los consumidores.
  • - Fue la Fundación Alianza para la Protección del Clima de Al Gore que propuso el uso de biocombustible, como energía renovable, fabricando “Eco-coches”. El nuevo negocio para el sector energético fue una tragedia para millones de personas pobres, cuyo alimento básico son a base de patata, arroz y trigo, y ahora se veían expulsados de sus terrenos por los grandes cultivadores de los “Bio”. Incluso lo que vivían de maíz y soja, ya convertidos en agrocombustibles, fueron afectados por el invento: Las protestas sociales del 2007 en Méjico, contra la subida del precio de maíz, utilizadas para producir etanol en EEUU desenmascaraba las soluciones clasistas para salvar supuestamente el planeta,un negocio que ha causado la desertificación de grandes superficies, la tala de millones de árboles y la destrucción de pastizales. Además, la erosión del suelo por la sobreexplotación, entre otros motivos, desmiente que este tipo de energías sean tan renovables en un periodo corto de tiempo: acelerarán el calentamiento global.
  • - Tras el fracaso de agrocombustibles, ahora nos quieren vender productos “inteligentes” para un Smarter Planet», y su Greenwashingtomando por tonta la Tierra y sus habitantes.
  • - Un activismo por el negocio propio: “¿Crees que hay algo malo en estar activo en los negocios en este país?», respondió Gore a quienes le critican por utilizar su puesto y su influencia con el fin de engordar su cuenta bancaria. Nuestro ecologista es socio de varias compañías de “productos inteligentes de ahorro de energía” como Silver Spring, que fabrica software para hacer más eficiente a la red eléctrica y recibe parte de los 3.4 mil millones de dólares en subsidios del Departamento de Energía de EEUU. Cuando dejó el gobierno en 2001, Al Gore tenía un patrimonio de 1,7 millones de dólares. Gracias a su negocio “verde”, asesoramientos, conferencias verdes (100.000 dólares por ponencia), los derechos de sus películas y libros verdes,  invertir en compañías como Apple, Google, paneles solares e incluso urinarios sin agua, su patrimonio se ha disparado: en 2003 tenía 200 millones de dólares, según la agencia Bloomberg. Con este ritmo ¿Cuánto tendría hoy?

 

La actual presidenta del Congreso de EEUU Nancy Pelosi , también presente en la Cumbre de Madrid, es otra de las grandes empresarias de los productos Bio.

 

  • - Ofrecer soluciones ridículas e inútiles para estafar a la audiencia: usar menos agua caliente, pide Al Gore, lo que significaría unos 700.000 galones de gasolina por día en EEUU, siendo sólo el 0.15% del combustible consumido a diario del país.  Según FAO, cada minuto, el capitalismo salvaje acaba con una extensión de bosque equivalente a 40 canchas de fútbol, unos 13 millones de hectáreas al año. También ha propuesto multar a las empresas de carbono pidiéndoles y con ella plantar árboles (¡de “tener hijos y escribir libros” se encargará Al Gore!). Él sabe que en las tierras contaminadas no crecen ni ortigas. En Nigeria la petrolera anglo-holandesa Shell ha sido acusada de «complicidad en asesinato, violación y tortura» de los nigerianos en la década de 1990: la petrolera había creado una unidad secreta de espionaje, que pasaba información sobre los molestos ambientalistas a la agencia de seguridad nigeriana, a la vez que pedía al presidente-general Sani Abacha “resolver el problema». Y él lo hizo: ahorcó a 9 líderes ecologistas, mató a más de 1.000 manifestantes y destruyó unas 30.000 viviendas en la aplicación de la política “Tierra quemada”. Así, Shell podía llevarse un millón de barriles de petróleo al día, y contaminar el medio con tranquilidad. Y luego preguntan ¿Por qué los nigerianos se echan al maren pateras dejando su hogar?

 

Esperen y verán que gente como Al Gore aparecerá en una cumbre para presentar bombas ecológicas e inteligentes que no contaminan: solo matan a personas, y sólo a los pobres, que son los únicos que no pueden huir de una zona en guerra.

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Jueves, 05 Diciembre 2019 06:38

El fracaso histórico del capital

El fracaso histórico del capital

Las manifestaciones de los últimos 12 meses en Chile, Ecuador, Perú, Haití, Irak, Irán, Hong Kong y hasta Francia han adquirido un carácter insurreccional por sus dimensiones y la amplitud de sus reclamos. Muchos pensarían que estos movimientos no tienen un hilo conductor y que todos obedecen a causas distintas. Los detonadores, en cada caso, parecerían ser muy distintos. Pero un análisis más cuidadoso permite identificar varias raíces comunes, en las que se mezclan las políticas de austeridad, una profunda desigualdad, el dominio del capital financiero y la concentración de poder de mercado en pocas corporaciones. Son los rasgos definitorios de esta etapa del capitalismo que se ha denominado neoliberalismo.

Las señales del fracaso y ruina del neoliberalismo se encuentran en todas partes. La creciente e intensa desigualdad es, quizás, la señal más poderosa. Proviene de muchas causas, entre las que destaca la contracción en los salarios desde la década de los años 1970. El estancamiento económico en que ha caído la globalización neoliberal es otro signo de que algo está muy mal en las entrañas del capitalismo mundial. Ponerle la etiqueta de “estancamiento secular” a este proceso de ralentización puede servir para calmar las conciencias y ayudarlas a ahuyentar los malos augurios. Pero cuando uno pregunta por las causas de este fenómeno, casi nadie se atreve a poner el dedo en la llaga: el estancamiento secular se debe a una caída en la inversión que, a su vez, está ligada a una baja en la tasa de ganancia.

El sector financiero, que en las primeras etapas del capitalismo le fue aliado fiel, hoy se ha convertido en una máquina que impone su racionalidad a la economía real y mantiene su rentabilidad a través de la especulación. La masa de liquidez que hoy ocupa su espacio de paraísos fiscales rebasa los 22 billones (castellanos) de dólares. Las prioridades de la política macroeconómica obedecen a los mandatos del capital financiero, mientras el desempleo y subempleo son la cicatriz de estas políticas. El deterioro de los servicios de salud y educación en la mayoría de los países desarrollados es un hecho bien documentado. Finalmente, todo esto se acompaña de un proceso destructivo en todas las dimensiones del medio ambiente. Cambio climático fuera de control, pérdida de biodiversidad, erosión de suelos y contaminación de acuíferos son sólo algunos de los aspectos más claros de este deterioro que hoy es una amenaza para toda la humanidad.

¿Cómo leer este proceso de ruina del capitalismo? Una posible respuesta es ver en esto el fracaso de una forma particular de capitalismo, el neoliberalismo, pero no del proyecto histórico planteado por el capital. Todo esto exige un análisis más cuidadoso de lo que constituye el neoliberalismo.

En la década de los años 1930 los economistas ultraliberales Ludwig von Mises y Friedrich Hayek buscaron inyectar nueva energía a la ideología de un liberalismo que no había sabido qué hacer con el ascenso del fascismo, que no estaba resolviendo los problemas económicos de su tiempo y que, además, veía en la teoría macroeconómica de Keynes una amenaza. Usaron toda la superchería de la ideología del mercado libre para lograrlo. El resultado fue un adefesio que el marxista Max Adler calificó por vez primera de “neoliberalismo”.

Tal como lo describieron Von Mises y Hayek, el nuevo sistema era la esencia del capital. En su mediocridad como economistas, estos autores develaron la esencia de la economía política burguesa y enseñaron la esencia del capital. Su actividad panfletaria sentó las bases de lo que después sería la agenda neoliberal en teoría económica y en política: privatizar todo, desregular la vida económica y dejar actuar a las fuerzas del mercado. En pocas palabras, en el neoliberalismo no encontramos una excrecencia del capitalismo, sino la expresión más pura de su esencia. Y desde esa perspectiva, la ruina del neoliberalismo es efectivamente el fracaso del capital.

El fracaso significa que el proyecto histórico del capital se ha agotado y hoy está en decadencia. A finales del siglo XVIII Hegel escribía: “Una época se termina cuando hace realidad su propio concepto”. Parafraseando esta idea, se podría decir que en este momento la esencia de la época del capital se ha hecho realidad concreta en todas sus especificaciones en y a través del neoliberalismo. Así se expresa en toda su objetividad el potencial esencial del capitalismo: en las especificaciones del neoliberalismo se concretiza el proyecto histórico del capital en su versión real más acabada. En consecuencia, con el fracaso del neoliberalismo hemos llegado al acabamiento del capital y a la terminación de su época.

Pero esto no es un punto de reposo. La fase crepuscular del capital durará todavía muchos años, pero serán años de grandes sacudidas políticas y sociales, dado que las contradicciones del capital explotarán en crisis prolongadas. La esencia de la nueva época ya no será el capital, sino la lucha por la libertad y la justicia.

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George Orwell: hacer frente, después la revolución

“La única actitud posible para un hombre honesto”, decía George Orwell, es obrar “por el advenimiento del socialismo”. Esto es de sentido común. ¿Pero de forma más concreta? El autor de 1984, que se describía como “definitivamente de izquierda”, ofreció, a principios de la década de los años 40, un programa de seis puntos con el objetivo de estructurar el movimiento revolucionario por el que él abogaba, desde hacía varios años, en la esperanza de derrocar el capitalismo y el fascismo. Casi 80 años después, los bloques ideológicos que se enfrentan por todo el mundo no han cambiado sustancialmente; los ricos, los identitarios y los que defienden el reparto.

 

George Orwell estimaba que el socialismo tenía en este punto tanto sentido común que se sorprendió a veces de que “no hubiera triunfado todavía”. Sin embargo, apuntaba dos años antes del estallido de la II Guerra Mundial, este reculaba en vez de progresar. Mussolini, Salazar y Hitler reinaban entonces. Franco iba a apoderarse de España y la Francia del Frente Popular vería pronto a Pétain seguir su ejemplo. Lo que siguió es conocido.

EL COMBATE DE LOS GIGANTES

Socialismo o fascismo, tal era el gran enfrentamiento planteado por Orwell al principio de la guerra de España, la cual le vio servir, arma en mano, en el Partido Obrero de Unificación Marxista (aunque él prefería a los anarquistas y admitía que el Partido Comunista ofrecía la estrategia militar más pertinente). Habiendo entendido que el capitalismo es un “mal”, que hay que “descartar” a los liberales y que no tiene ningún sentido —apuntaba en su correspondencia en 1937— combatir el fascismo por la democracia capitalista, el peligro era ver a la clase media bascular “en el campo de la derecha” y asistir al “control fascista sobre Europa”. Clarividente. La única forma de evitar este destino era trabajar por la hegemonía del socialismo, es decir, su accesibilidad y deseabilidad para el mayor número de personas.

ENCONTRAR LAS PALABRAS

Orwell deploraba que el socialismo permaneciera como una teoría enteramente limitada a la clase media. Urbana y demasiado gustosamente encarnada por dogmáticos, maníacos y militantes “de salón”. En 1941, se burlaba así en las columnas de The Left News: “Las facciones mezquinas de la extrema izquierda, con su caza de brujas y su jerga grecorromana”.

Millones de personas podrían sin embargo, juraba, marchar en las filas del socialismo. Convenía así “encontrar las palabras” para tocar al “individuo normal” (o al “hombre de la calle”). Escuchar al simple ciudadano al que sin duda no le importan las citas de Marx, los polisílabos y las “disputas doctrinales”.

En las páginas de El camino a Wigan Pier, opuso el “lenguaje corriente” y “los términos de todos los días” al “fárrago verbal” de los revolucionarios, por demasiado técnico y abstracto. Y propuso despojar al socialismo de sus atuendos sofisticados, exponerlo de la manera más minimalista; en resumen, de ir al hueso. Entregó una definición, ciertamente lapidaria: “justicia y decencia común”, “justicia y libertad” (él fue no obstante hasta el tríptico: rechazar la miseria, la guerra y la tiranía).

Para hacer del socialismo “una cuestión con vida”, y ya no libresca y teórica, Orwell preconizaba dar la espalda a la coherencia total, a la pureza, al credo. Invitó a abandonar los tics propios de los espacios militantes (“¡camarada!”) y a tomar nota del hecho de que un obrero se muestra por lo general más receptivo a los versos de La Marsellesa que a cualquier exposición sobre el materialismo dialéctico. A los revolucionarios de su tiempo, a los que acusaba de comulgar con el economismo, con el culto al progreso técnico, con la Unión Soviética y la necesidad histórica, Orwell recordaba la centralidad de la taberna, de la familia, del fútbol y de las preocupaciones locales, las cuales modelan la cotidianeidad de la mayor parte de los trabajadores. Ya no era hora de prédicas a los convertidos: había que “fabricar socialistas”, y rápido.

TENER UN PROGRAMA

En 1941, imaginó un programa de seis puntos en un pequeño ensayo titulado El león y el unicornio. Simple y concreto, según sus deseos, debería poder ser comprendido por cualquiera y difundido entero en un tabloide.

Uno: nacionalizar la tierra, las minas, los ferrocarriles, los bancos y las principales industrias.

Dos: instaurar una escala de ingresos de uno a diez.

Tres: reformar la educación sobre líneas democráticas.

Cuatro: otorgar de inmediato el estatuto de dominio a India y garantizarle después plena y completa independencia, si la exigía, una vez terminada la guerra contra las potencias del Eje.

Cinco: crear un Consejo General del Imperio en el cual los “pueblos de color” estarían representados.

Seis: aliarse con China, Etiopía y todas las naciones golpeadas por el fascismo.

La estatización masiva, tal como era enunciada en el primer punto, era a los ojos de Orwell la condición “indispensable” para todo cambio consiguiente; dicho de otra forma, para la instauración de una democracia socialista y revolucionaria. A finales de 1943, recuerda en Tribune que el socialismo no tiene otro objetivo que “hacer mejor” el mundo, y nada más: he aquí por qué él invita a “disociar el socialismo de la utopía”.

CREAR UN FRENTE

Unir la izquierda, federar las clases populares y la clase media, dirigirse al pueblo entero (conservadores incluidos): así se podrían resumir las posiciones que el escritor británico defendía a mitad de los años 30. “Hemos llegado a un momento en el que es desesperadamente necesario que todos aquellos que se reclaman de la izquierda hagan abstracción de sus diferencias y decidan cerrar filas”.

Seguro que es posible, aseguraba, hacer causa común, sin compartir todo ni atentar contra la singularidad de su tradición militante o filosófica, si se preserva lo esencial. ¿Es decir? Para él no es más que un núcleo duro: derribar toda tiranía. ¿Las “divergencias menores”? Habrá tiempo de discutirlas, el pan sobre la mesa, primero [1].

En lugar de un proletariado circunscrito solo a las fábricas y contra una cierta mitología obrerista (el “gran muchacho musculado con mono azul”), Orwell llamó a reunir al empleado de oficina, el ingeniero, el viajante de comercio, el tendero de la esquina, el funcionario subalterno, el peón de construcción, el mecanógrafo, el minero, el empleado de granja, el periodista precario, el maestro de escuela, el estibador y el obrero de fábrica.

Esta alianza podría tomar forma en cuanto el movimiento socialista organizado consiguiera hacer entender que todos “tienen los mismos intereses que defender”, que “todos son explotados y maltratados por el mismo sistema”. Que esta diversidad sociológica, contradicciones incluidas, sería capaz de formar un bloque (“nuestra clase”) desde el instante en que el enemigo designado afecte en común la vida de todos los días (el patrón, el propietario): son o pueden llegar a ser socialistas “todos aquellos que curvan el espinazo ante un patrón o se estremecen por la idea del próximo pago del alquiler”.

En la topografía marxista proletariado-burguesía, Orwell prefería, reapropiación popular obliga, las categorías explotados-explotadores, robados-ladrones. Las “gentes comunes” contra “los privilegios”, precisaba aún. Es una “línea” de trazo negro que invita a trazar entre ellos. Y es “una liga de los oprimidos contra los opresores” lo que queda fundar sobre esta base, que el nombró igualmente, como la España de Azaña y la Francia de Blum, como un “Frente Popular” (utilizando alternativamente, y sin preferencia aparente, los términos “partido” y “movimiento”).

HACER LA REVOLUCIÓN

Sin estar vinculado con el Partido Laborista (demasiado reformista) ni con el Partido Comunista (demasiado estalinista), este nuevo movimiento socialista instaría así a la revolución y debería disfrutar del apoyo de una gran parte de la población. ¿Qué entiende Orwell por este término, “revolución”, dos décadas tras la toma del poder de los bolcheviques en Rusia?

Se explica sobre esto en El león y el unicornio: la revolución “es una remodelación total del ejercicio del poder”. No implicará la dictadura; movilizará las especificidades culturales propias de cada país (aquí, Inglaterra); se dedicará a modificar “las estructuras de poder desde la base” (y Orwell insiste: “la iniciativa debe venir de abajo” y no del poder establecido).

Para abatir a “la clase dominante”, el escritor no excluye por principio el recurso a la violencia. Es que “los banqueros y los hombres de negocios, los grandes propietarios de tierras y los ricos rentistas, los funcionarios vagos resistirán con todas sus fuerzas”. El nuevo gobierno, fruto de la sublevación socialista, se apoyará principalmente sobre las fuerzas del Partido Laborista —que obtenía entonces alrededor del 40% de los votos— y los sindicatos. Aplastará sin pestañear toda insurrección contrarrevolucionaria pero garantizará la plena y total libertad de expresión y crítica; no instaurará el partido único; separará la Iglesia y el Estado, sin reprimir nunca la religión; no hará tabla rasa del pasado; abolirá el Imperio en beneficio de una federación de Estados socialistas.

Advirtamos que Orwell esperaba ver esta revolución nacer de la guerra mundial y apostaba por frenar la guerra civil, imparable consecuencia de toda agitación macropolítica emancipadora, movilizando el patriotismo, propio de toda secuencia de conflicto internacional, para canalizar las divisiones entre partidarios del nuevo régimen contrarrevolucionarios. Configuración excepcional, por lo tanto, que obliga a cuestionar la estrategia revolucionaria orwelliana para tiempos de paz.

PENSAR CON EL MUNDO

El socialismo es internacionalista, estimaba Orwell, ya que se trata de abolir la tiranía “en el país donde vivimos y en los demás países”. Por lo tanto, a finales de 1936, después de haber dicho a un camarada que había que abatir a cada fascista que habitaba la Tierra, se presentó en Barcelona.

Después vio con sus ojos las “cosas maravillosas” de la revolución, pasó un centenar de días en las trincheras, fue gravemente herido en la garganta por una bala disparada al amanecer mientras hablaba de París a sus compañeros de guardia.

De regreso de una España caída bajo la bota de Franco, tomó su carnet del Partido Laborista Independiente, deseoso de apoyar una organización realmente antifascista y antiimperialista. El escritor, nacido en India, había servido a la Corona en Birmania en su juventud; no ignoraba que se podía concebir un Estado socialista dentro de sus fronteras pero imperialista en el exterior. Razón por la cual mantenía que de igual manera había que terminar con el mito de las “razas inferiores”. Y así con la dominación colonial.

“El Imperio de las Indias es un despotismo […] que tiene como finalidad el robo”, escribía en 1934 en su novela Los días de Birmania. Su alter ego de ficción se ponía incluso a soñar “con una sublevación indígena que ahogaría a su Imperio en sangre”. Cada blanco, escribía, se ha convertido en “un componente del despotismo”.

Seis años después, refería en las columnas de Time y Tide haber escuchado allá abajo “teorías raciales” tan “imbéciles que las de los nazis. “Hitler no es más que el espectro de nuestro pasado que se eleva contra nosotros. Representa la prolongación y la perpetuación de nuestros propios métodos”, añadía.

En 1939, el héroe de su novela Subir a por aire, soñando con algún lago de su infancia, decía: “Era antes de la radio, antes de los aviones, antes de Hitler. Hay algo tranquilizador hasta en el nombre de los peces ingleses. Son nombres resistentes, sólidos. Los hombres que los han forjado nunca habían oído hablar de las ametralladoras, no vivían con el terror de quedarse en la calle, no pasaban su vida tragando aspirina, yendo al cine, y a preguntarse cómo escapar del campo de concentración”.

Orwell juraba odio a las grandes ciudades y el ruido; terminó su demasiado corta vida en una granja, en Escocia, tras haber alertado contra un futuro sometido al productivismo y a la tecnoindustria. Un futuro en el cual no habría “más desiertos, más animales salvajes”. Su diario íntimo informaba entonces de las heladas, de las campánulas, de los tulipanes o de los alhelíes. Él, quien en la guerra civil revolucionaria había admirado el rechazo español de “la religión de la cantidad y del aspecto utilitario de las cosas”, se improvisó como granjero, rodeándose de una vaca y de gansos. El mar susurraba y el cielo era para sus ojos “una recompensa”.

En 1948, Orwell se inquietó, dos años antes de apagarse, por la suerte de nuestras sociedades “después de 50 años de erosión del suelo y de despilfarro de los recursos energéticos del planeta”. En paralelo, trabajaba en su célebre novela de ciencia ficción, crítica implacable de las sociedades de control y del arma atómica; pronto, él argumentaba: “No permitáis que eso llegue. Depende de vosotros”.

[1] No sabríamos, a este respecto, silenciar el antifeminismo de Orwell. “Un antifeminismo invasivo se manifiesta claramente en su obra. Era incapaz de mencionar el feminismo y el movimiento por el derecho de voto de las mujeres sin desdén”, revelaba la ensayista británica Deirdre Beddoe. “Cuando Orwell escribe sobre política, que para él implicaba sindicalismo y opinión socialista, habla de hombres y se dirige a los hombres”.

Por ELIAS BOISJEAN

2019-12-02 06:00

Artículo publicado originalmente por Revue Ballast. Traducido para El Salto por Eduardo Pérez

Publicado enPolítica
Miércoles, 06 Noviembre 2019 07:01

El capital natural: metáfora peligrosa

El capital natural: metáfora peligrosa

Desde hace tiempo se ha difundido la idea de que estamos destruyendo la naturaleza porque no le hemos puesto un precio a sus diferentes componentes. Según ese razonamiento, el que la naturaleza no tenga precio conduce a la idea de que su destrucción no tiene, por tanto, costo. Y esto es lo que explica el terrible proceso de destrucción ambiental. Si sólo pudiéramos atribuir un precio para todo lo que está en la naturaleza podríamos tener una idea clara del costo económico en el que estamos incurriendo y se evitaría así la destrucción del medio ambiente.

Esta es una idea enraizada en el pensamiento económico tradicional. No sólo está profundamente equivocada. También entraña una amenazadora visión sobre las relaciones entre las fuerzas de mercado y la naturaleza en una economía de producción monetaria.

Vinculada con esta supuesta lógica económica se encuentra la noción de "capital natural", producto de una de las más insensatas y peligrosas metáforas que se han introducido en la economía ambiental (neoclásica) y en la economía ecológica (que nunca pudo hacer una crítica seria de la teoría neoclásica). Según esta idea, los componentes de la naturaleza pueden ser concebidos como un capital o un acervo que produce "servicios". Los abogados de esta visión del capital natural proponen utilizar diversas técnicas de "valuación de la naturaleza" para poder asignar a esos servicios ambientales y así tener una medición rigurosa sobre el costo de la destrucción ambiental.

Los defensores de esta metáfora del "capital natural" insisten en que así como se puede apreciar el valor de un acervo de capital en la esfera económica, es posible proyectar el "rigor de la teoría económica" para poder apreciar el valor del capital natural que estamos destruyendo. Lástima que no están familiarizados con la teoría económica. Si lo estuvieran no habrían escogido este camino para tratar de imprimirle "rigor científico" al tema de la valuación de la destrucción ambiental.

De todas las metáforas derivadas de la teoría económica, la más desafortunada es la del capital natural. Entre 1955 y 1970 se llevó a cabo una de las controversias más importantes de teoría económica y fue precisamente sobre la teoría del capital. El resultado de este debate fue contundente: en una economía en la que los medios de producción son mercancías producidas, los precios dependen no sólo de la tecnología de producción, sino también del estado que guarda la distribución del ingreso entre trabajadores y capitalistas. Este resultado fue terrible para la teoría económica que pretendía determinar la tasa de ganancia en la productividad marginal del "capital". Para determinar la productividad marginal del capital es necesario medir el capital en términos de valor (o precios), pues los componentes del capital son entidades físicas heterogéneas (máquinas, camiones, tractores, edificios) que no pueden ser sumados. Pero si los precios dependen también de la tasa de ganancia, tenemos una circularidad desastrosa: la tasa de ganancia depende de los precios y éstos de la tasa de ganancia. La idea de que se puede medir el capital independientemente de las condiciones de la distribución tuvo que ser abandonada.

Los promotores de la metáfora del capital natural ignoran todo lo que esto implica y con sus "técnicas de valuación de la naturaleza" pretenden medir con precisión económica los componentes de la naturaleza. Desgraciadamente, muchos biólogos y ecólogos profesionales han sucumbido frente al engaño de un supuesto rigor en el pensamiento económico y han terminado por abrazar con gran fervor esta noción de capital natural. Ya podrían mostrar un poco más de precaución al aproximarse a una disciplina de la que no conocen ni la historia ni los conceptos fundamentales, ni los debates teóricos que han marcado su desarrollo.

La noción de capital natural es promovida hoy por poderosos organismos internacionales. El gobierno británico acaba de lanzar una iniciativa sobre la "economía de la diversidad biológica". Se trata de un informe que estaría destinado a tener la misma resonancia que el Informe Stern, sobre economía del cambio climático, dado a conocer en 2006. Esta vez el estudio será dirigido por Partha Dasgupta, economista de Cambridge que ha sido gran promotor de las ideas de capital natural y de la valuación de los componentes de la naturaleza. El "Informe Dasgupta", que desde ahora se está promoviendo como documento clave para frenar el deterioro ambiental, será dado a conocer en octubre 2020, justo antes de la Conferencia de las Partes de la Convención sobre Diversidad Biológica.

La metáfora de capital natural no conduce a una mayor precisión en la medición del deterioro ambiental. Además, no permite analizar los verdaderos motores económicos de la destrucción ambiental. Los que proponen poner precio a todo lo que hay en la naturaleza son como el cínico que nos describe Oscar Wilde, uno que conoce el precio de todo pero el valor de nada.

Twitter: @anadaloficial

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Jueves, 24 Octubre 2019 05:46

El mito del desarrollo sustentable

El mito del desarrollo sustentable

En 1987 se publicó el informe de la Comisión Mundial sobre Desarrollo y Medio Ambiente. El documento, intitulado Nuestro futuro común, consagró la definición del desarrollo sustentable como "la satisfacción de las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades". Desde entonces, el desarrollo sustentable se ha convertido en la referencia más importante de la agenda internacional sobre política económica, social y ambiental.

El desarrollo sustentable (DS) es la pieza central de tratados internacionales, como la Convención de Diversidad Biológica y la Convención Marco sobre Cambio Climático. En 2015 se adoptaron los Objetivos del Desarrollo Sustentable por todos los miembros de Naciones Unidas. Se trata de un llamado para erradicar la pobreza, proteger el planeta y asegurar que toda la población goce de paz y prosperidad para el año 2030.

No cabe duda que el DS tiene gran potencial de movilización de recursos. Pero también es cierto que cuando las palabras "desarrollo sustentable" se usan libremente y sin referencia alguna a un contexto económico específico, corren el peligro de convertirse en una especie de fórmula mágica cuya invocación hace desaparecer cualquier problema. En lugar de una referencia de política económica se convierten en un cosmético que permite disfrazar todo tipo de abusos.

Lo anterior se explica porque el DS no puede ocurrir en un vacío socioeconómico. En el contexto actual, dicho objetivo se tendría que alcanzar en el marco de economías capitalistas o economías de producción monetaria. Pero aquí es donde se complican las cosas: es necesario tomar en cuenta la naturaleza y dinámica de estas economías. En particular, hay que considerar que las economías capitalistas son capaces de mantener niveles socialmente inaceptables de desempleo durante largos periodos. Esto ya debería ser una razón para pensar con más cuidado los alcances del DS.

Hay varias características fundamentales de las economías capitalistas que deben ser consideradas en cualquier análisis del desarrollo sustentable. La primera es que el crecimiento no es una manía o resultado de una moda, como muchos seguidores de la economía ecológica piensan. La acumulación de capital es la esencia de estas economías, y eso significa crecimiento. Y no cualquier crecimiento: entre más rápido sea el proceso de acumulación, mejores resultados para la voracidad del capital.

Por cierto, el hecho de que las tasas de crecimiento en las principales economías del mundo sean cada vez menores desde hace cuatro décadas no parece llamar mucho la atención en discusiones sobre sustentabilidad. Si tan malo es el crecimiento, ¿cómo explicar que el deterioro ambiental ha seguido empeorando a lo largo de todo este periodo?

La segunda característica de las economías capitalistas es su inestabilidad. Entre otras cosas, esto se debe a que la inversión, el componente clave de la demanda agregada, es intrínsecamente inestable. Y el rol dominante del sector financiero, así como la actividad profundamente procíclica del sector bancario, agrava esta tendencia. La última crisis de 2008 (y el hecho de que la recuperación hoy esté en peligro) muestra que este rasgo del capitalismo está en conflicto directo con los ideales del DS.

Una tercera característica concierne el conflicto distribucional que yace en el seno de las economías capitalistas. Quizás la mejor expresión de esto está en el estancamiento salarial que afectó a casi todas las economías capitalistas del planeta desde 1970. Y, por supuesto, todo esto está íntimamente relacionado con la creciente desigualdad, la deficiencia crónica en la demanda agregada y los altísimos niveles de endeudamiento de los hogares. De no tomarse en cuenta estas características, la idea de DS se convierte en un par de palabras huecas.

Hay un problema adicional. Se trata de la cárcel mental que mantiene prisionera a la política económica. El mejor ejemplo es el de la política fiscal, que ha estado maniatada por la superchería de la disciplina fiscal. El dogma de que cualquier déficit fiscal debe ser condenado es una de las más claras manifestaciones de esta prisión. Uno de los recursos más socorridos para apuntalar esta falacia consiste en hacer una comparación espuria y concluir que, al igual que cualquier hogar, un gobierno no puede vivir por encima de sus recursos. Incluso, muchos gobiernos que se califican de izquierda se encuentran en esta prisión de la disciplina fiscal. Y como esta mentira coexiste con la idea de que no se puede hacer una reforma fiscal, pues entonces hay que recortar el gasto en salud, educación y medio ambiente, es decir, todo lo que se necesita para el famoso "desarrollo sustentable".

Parecería que el mito difícilmente será realidad un día. Y la lección es inmediata. O rescatamos el planeta, o rescatamos el capitalismo. Cada día parece más claro que no vamos a poder hacer las dos cosas al mismo tiempo.

Twitter: @anadaloficial

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Convocados por el movimiento Extinction Rebellion, cientos de activistas se manifestaron ayer en más de 60 ciudades del mundo para exigir a los gobiernos emprender acciones con el fin de frenar el cambio climático. En la imagen, la protesta en Berlín.Foto Afp

Londres. Cientos de activistas fueron detenidos ayer en ciudades de todo el mundo al comienzo de una campaña de resistencia pasiva convocada por el movimiento Extinction Rebellion, en protesta por la falta de respuesta de los gobiernos ante el cambio climático, y que se extendió a más de 60 ciudades, entre ellas Londres, Madrid, Amsterdam, Berlín, Nueva York, Buenos Aires, Sidney y Nueva Delhi.

Respaldados por la adolescente sueca Greta Thunberg, los jóvenes exigen que se declare la "emergencia climática" y los gobiernos fijen para 2025 neutralidad en las emisiones de gases con efecto invernadero. Su principal forma de protesta consiste en bloquear vialidades y edificios, encadenándose o pegándose al pavimento.

Miles de manifestantes bloquearon las carreteras alrededor de Westminster, en Londres, y levantaron campamentos con carpas y pancartas para marcar el comienzo de dos semanas de protestas y exigir medidas gubernamentales urgentes sobre la crisis climática y ambiental. Al menos 276 personas fueron arrestadas.

París se sumó a la protesta global con el bloqueo a un puente y una plataforma sobre el río Sena, mientras en Madrid 200 jóvenes disfrazados y maquillados que representaban catástrofes naturales, como inundaciones o incendios, se congregaron frente al Ministerio para la Transición Ecológica.

La policía de Alemania informó que unas 4 mil personas se congregaron en la Columna de la Victoria de Berlín, y en el parque entre el Parlamento y la cancillería federal se instaló un campamento. En Amsterdam, más de un centenar de activistas fueron arrestados por bloquear la calle adyacente al Museo Nacional de la capital holandesa.

En Nueva York, unos 200 activistas se congregaron en Battery Park y realizaron una "marcha fúnebre" hacia Wall Street, posteriormente arrojaron pintura roja sobre la icónica estatua del Toro; alrededor de 30 fueron arrestados.

También hubo detenidos en Wellington, Nueva Zelanda.

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