Evitando el imperialismo climático: una visión izquierdista de la geoingeniería

Las técnicas de geoingeniería necesitan ser revisadas y examinadas cuidadosamente, pero ya es fácil discernir que algunas de ellas técnicas serán más conducentes a un enfoque izquierdista, mientras que otras probablemente reforzarán las estructuras de poder capitalistas.

Todas las personas están familiarizadas con el caos climático en desarrollo. Los niveles de dióxido de carbono han superado las 410 partes por millón (ppm), la posibilidad de evitar 2°C de calentamiento global es cada vez menor, y un Planeta Tierra Invernadero parece cada vez más probable.

El cambio climático ahora amenaza el proceso de acumulación de capital y el escenario sin introducción de cambios (business-as-usual). La geoingeniería, la manipulación a gran escala de los sistemas de la naturaleza no-humana, ahora es invocada por el IPCC como una solución de emergencia.


En realidad, el calentamiento global es geoingeniería; el capitalismo es geoingeniería —un proyecto a gran escala y de siglos de duración, que ha modificado la naturaleza, ha abierto fracturas metabólicas, y ha alterado la composición de la atmósfera como parte de una guerra de clases, persiguiendo la acumulación de capital y fuentes de naturaleza barata. En su mayor parte ha sido un proceso involuntario —la modificación climática como una externalidad es lo que nos ha traído hasta este precipicio— pero al igual que la geoingeniería intencional, ha afectado a la totalidad de la biósfera.


¿Tiene sentido probar y conducir esta geoingeniería en un intento por enmendar las heridas del capitalismo en la biosfera? En una palabra: sí.


La geoingeniería fácilmente podría perpetuar las estructuras de poder existentes, y exacerbar las injusticias que enfrentamos, pero estas tecnologías no deberían ser rechazadas de plano. Estas “exigen precaución y prudencia”, pero dirigidas hacia objetivos izquierdistas pueden ayudar tanto a mitigar el cambio climático como a crear un orden social, político y económico más justo.


Finalmente quizás no tengamos opción. Una cantidad de aumento de la temperatura está “atrapada” debido a la inercia acumulada, y una “una gran porción del cambio climático es en gran parte irreversible en escala de tiempo humana” a menos que ocurra una eliminación masiva del carbono atmosférico. Algunos modelos del cambio climático futuro plantean que la biodiversidad global sufriría más por el cambio climático que por la geoingeniería. Las emisiones de aerosoles por décadas de actividad industrial han estado enmascarando el “verdadero” calentamiento asociado con las emisiones de gases de efecto invernadero durante algún tiempo. Limpiar esta contaminación de aerosoles (y por lo tanto mejorar la calidad del aire y reducir las muertes asociadas con la contaminación del aire) llevará a un aumento de 1°C de calentamiento global.


La clase capitalista se puede adaptar fácilmente a un mundo más caliente hasta un punto: la riqueza puede comprar búnkeres subterráneos y oasis cerrados; el poder consigue muros fronterizos y robo de tierras. Una atmósfera compartida no significa que estemos juntos en esto.


No involucrarse en alguna forma de geoingeniería es tomar una posición privilegiada y condenar a los más pobres y vulnerables de nosotros a la desesperación y la degradación (0.1 grado Celsius puede significar la diferencia entre la vida y la muerte para millones de personas). No sorprenderá a nadie el hecho de que la geoingeniería implica riesgos. Modificar el clima o el tiempo metereológico, incluso a pequeña escala como en la siembra de nubes, tironea el tejido de la vida —y no siempre vemos qué hilos tiramos. Pero no toda geoingeniería es igual. Hay grandes diferencias entre reflejar la luz solar de vuelta al espacio y secuestrar dióxido de carbono.


Echemos un vistazo por algunas de las formas más problemáticas de geoingeniería.


La “gestión de la radiación solar” involucra la modificación de la cantidad de energía solar que entra al sistema atmosférico, a través de la inyección de aerosoles en el aire, potenciando el efecto albedo de la superficie de terrestre, o a través de reflectores espaciales. Es mejor comparada con la energía nuclear: requiere centralización y un sistema de gestión tecnocrático.


A pesar de las décadas de investigación, aún no está bien comprendida, y el entendimiento científico de los potenciales impactos “sigue siendo pobre”, según la American Geophysical Union. La idea de reflejar la luz solar lejos de la tierra con espejos espaciales gigantes o la “opción Pinatubo”, reduciendo las temperaturas mundiales mientras que se mantienen los niveles de consumo y emisiones de combustibles fósiles, es una solución atractiva para la clase capitalista. En vez de una transformación económica, promueve un enfoque de solución rápida, dotando a los procesos y entidades tecnológicas con el poder de resolver problemas hasta ahora intratables —un problema que David Harvey ha llamado tecno-fetichismo.
¿Qué impactos podemos esperar en un mundo que utilice la gestión de la radiación solar? Para empezar, no revertiría el daño en la agricultura causado por el cambio climático.

Tampoco evitaría una mayor acidificación de los océanos, ni tendría efecto en los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera. Lo que sí haría, sería aumentar la frecuencia de los huracanes, y eso provocaría descensos gigantes en las lluvias tropicales, y alteraría los monzones de verano, impactando negativamente en las precipitaciones sobre los cultivos que abastecen a millones de personas, quienes históricamente han tenido poca responsabilidad en provocar el cambio climático.


Los ciclos de temperatura y precipitación de la Tierra están tan fuertemente atados que incluso si el aumento de las temperaturas es revertido, el ciclo del agua no reaccionará de la misma forma: es poco probable que la gestión de la radiación solar vaya a restaurar el clima original del planeta.


También está el problema del “efecto de término”, un efecto de rebote donde las temperaturas mundiales subirán repentinamente si se despliega la gestión de la radiación solar y luego es detenida prematuramente. Esto nos amarraría a un programa de regulación antropogénica de la temperatura, porque sería muy peligroso detenerse —según estimaciones, se podrían inducir aumentos de la temperatura equivalentes a décadas en solo cinco años. Otros investigadores señalan que tal geoingeniería es más robusta de lo que se piensa, y podría ser eliminada lentamente sin desencadenar un efecto rebote en las temperaturas. Esto simplemente destaca las incertidumbres que rodean tales métodos de modificación del clima.


Los desafíos administrativos de un proyecto como ese serían inmensos, y podrían crear fácilmente una burocracia de expertos e ingenieros con una estructura de mando y control. La gestión de la radiación solar arriesga la reproducción de una agenda tecno-científica reminiscente de la Guerra Fría sin garantizar ningún resultado positivo.


¿Existen formas más razonables de geoingeniería?


La “remoción de dióxido de carbono” es la otra ala de la geoingeniería, bajando y secuestrando el carbono desde la atmósfera más que reflejando el sol de vuelta. Sus métodos abarcan desde la reforestación, el biocarbón (almacenar carbono en el suelo), la fertilización del mar con hierro y la captura de aire ambiental, apuntando a enfrentar la fuente de la crisis climática: las emisiones de gases de efecto invernadero.


Mientras que la deforestación es una fuente significativa de emisiones de gases de efecto invernadero (según algunas estimaciones es la segunda fuente de emisiones de dióxido de carbono, detrás de los combustibles fósiles), la forestación y reforestación de zonas de la Tierra es un método obvio para reducir los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera. Descrita como el método de geoingeniería más eficiente y ambientalmente benigno, puede tener un “impacto significativo” en los niveles de dióxido de carbono atmosférico en el largo plazo.


El “cultivo de carbono” es una técnica de geoingeniería. Esto involucra cambios en las prácticas agrícolas, incluyendo el uso del biocarbón y la agroforestería para potenciar la captura de carbono. Esto, junto con la reforestación puede ayudar incidentalmente además a revertir la desolación de los suelos del mundo, y mitigar la declinante habilidad para capturar carbono de los bosques existentes, además de contribuir a lo que Murray Bookchin llamó la agricultura radical.


Moviéndonos de la tierra al mar, la “fertilización” de florecimientos de fitoplancton con nutrientes de hierro es otro método para disminuir el carbono que evita conflictos por el uso de las tierras, aunque la incertidumbre científica persiste. La captura de carbono como un detritus orgánico que cae hacia la superficie oceánica, puede remover carbono del ciclo de carbono por miles de años, pero a medida que decae el plancton se pueden crear zonas muertas sin oxígeno.


Algunas especies de fitoplancton pueden producir dimetilsulfuro lo que a gran escala podría potenciar la cobertura de nubes y aumentar el efecto albedo de las nubes, pero tal como las otras formas de gestión de la radiación solar, podría afectar negativamente las precipitaciones y los recursos hídricos en Europa y partes de África y el Medio Oriente. Las plantaciones de alga son otro método de bajar el dióxido de carbono y al mismo tiempo evitar la competencia por tierras agrícolas o agua fresca, y pueden ser extremadamente efectivas si se integran con el uso de bioenergía.


Otro método es utilizar lo que la Royal Society llamó “la infraestructura de captura y almacenamiento de carbono”. Esto involucra extraer el dióxido de carbono desde el aire, y usar los gases capturados para la agricultura o para combustibles fósiles sintéticos. Esta captura de carbono llevada a cabo por máquinas podría ser necesaria si se alcanzan los límites biológicos, pero es fácil ver cómo estos enfoques pueden ser absorbidos dentro de las prácticas capitalistas existentes (en 2015 Bill Gates fue el mayor financiador a nivel mundial de la geoingeniería).


Todas estas técnicas son pasos enormes hacia la reducción de los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera. Pero la necesidad de escalarlos hasta hacerlos efectivos tendrá efectos negativos. A partir de las estimaciones actuales, las exigencias de tierra para la captura de carbono con bosques serían inmensas, afectando la seguridad alimentaria al competir por tierras fértiles de la misma forma en que ocurrió con los biocombustibles a inicios de este siglo.


Los investigadores detrás del Atlas para el Fin del Mundo son más directos: no habrá tierras suficientes para usar la silvicultura como único mecanismo para secuestrar carbono. Como Holly Jean Buck señala, la Remoción de Dióxido de Carbono es compleja y posiblemente arriesgada —y se necesita hablar de esto—.


Todas las formas de geoingeniería necesitan ser revisadas y examinadas cuidadosamente, pero algunas de estas técnicas serán más conducentes a un enfoque izquierdista, mientras que otras probablemente a reforzar las estructuras de poder capitalistas. Ya sea que la geoingeniería sea un proyecto izquierdista o uno capitalista depende del grado hasta el cual pueda ser usada para maximizar la democracia y la responsabilidad, la amplia participación, y producir una distribución justa de sus consecuencias.


Si una técnica fuera a fortalecer más la desigualdad económica, dar poder a una pequeña elite gobernante, y mantener un enfoque extractivista y ecocida hacia el mundo natural, debe ser arrojada por la borda. Una geoingeniería capitalista es otra forma para el capitalismo de extender sus tentáculos hacia la red de la vida, manteniendo su naturaleza extractivista, unos niveles de producción derrochadores y de paso arrojar una “cuerda de rescate” a la supervivencia del statu quo climático (business as usual). Es una geoingeniería que ya está ocurriendo.


Decenas de países en la actualidad mantienen programas de siembra de nubes, entre los que se destaca la modificación del clima por parte de China en el Tíbet, que se ubica en la frontera entre un ajuste de la lluvia y la geoingeniería en toda regla. En el futuro, países individuales — persiguiendo sus propias agendas e intereses— no dudarán en implementar programas de geoingeniería para salvarse en un mundo más caliente, reducir los impactos locales sin tener consideración por el impacto en sus vecinos. Esto impulsaría la armamentización del clima, la convención Enmod sobre modificación ambiental estaría condenada:“la emergencia de una nación puede ser la oportunidad de otra”.


Este sería un mundo disciplinado no solo por el capital, sino que por una élite tecnocrática obteniendo ganancias de la pasividad climática y las patentes de tecnologías de geoingeniería, mientras permite la escasez producida por el clima para saquear al resto de nosotros: un mundo de oasis de abundancia verdes y cerrados rodeados por una población sitiada.

Pero, ¿cómo sería una geoingeniería izquierdista?


El socialismo es la democratización de la producción. Esto involucraría un control descentralizado y organizado democráticamente sobre las tecnologías que pueden modificar la atmósfera, a pequeña y gran escala. También involucraría el control colectivo sobre las tecnologías energéticas y los procesos industriales, quitando la búsqueda de ganancia de toda la toma de decisiones. Sería una economía planificada de alta tecnología, en la que los niveles de gases de efecto invernadero serían monitoreados a través de tecnologías de sensores y observatorios locales por medio de comités de coordinación horizontales.


La ciencia detrás de la geoingeniería propuesta debe ser clara y transparente. Bajo el capitalismo hay un desincentivo a comunicar la información —el conocimiento es patentado, oculto, alejado por la competitividad a corto plazo, alentando el culto tecnocrático—. Necesitamos una “ciencia socialmente responsable” en interés de la sociedad en general, no para el interés del capitalismo y el estado. Algo como la Resolución Durham, escrita por la Sociedad Real para la Responsabilidad Social en la Ciencia, es un buen punto de partida.


La infraestructura requerida para una geoingeniería socialmente justa está en las manos de la clase capitalista – como todos los medios de producción, y necesita ser tomada y utilizarse para el bien mundial. Costará trillones de dólares secuestrar suficiente dióxido de carbono para evitar la catástrofe climática. Esto será una hazaña de Hércules, algo nunca antes hecho. Es imperativo que la clase trabajadora controle e impulse estos programas, o la biosfera será la víctima más reciente (y quizás la última) sacrificada al apetito del capital.


Parafraseando a Albert Camus, la geoingeniería es un peligro solo en el modo en que sería utilizada bajo el capitalismo. Los beneficios deben ser aceptados incluso si sus estragos son rechazados.


Izquierdista o no, la geoingeniería no es una bala de plata. Las soluciones tecnocráticas, que rechazan la participación o comprensión populares, no harán nada por rectificar la crisis climática. Como el autor de ciencia ficción Kim Stanley Robinson enfatizó, la mejor tecnología de geoingeniería es “un giro rápido hacia la justicia social y el fin del capitalismo”. Y tenemos razones para ser optimistas: ya sabemos cómo mitigar apropiadamente la crisis climática. No será fácil, pero es posible.


Pero la geoingeniería tiene solo una parte en una estrategia izquierdista más amplia para detener la biocrisis y evolucionar más allá del capitalismo. Tiene que trabajar junto con sistemas de decrecimiento, reduciendo el crecimiento económico y redistribuyendo la riqueza. La geoingeniería se puede mezclar fácilmente con la meta de una descarbonización completa y la generación del 100% de la energía a partir de fuentes renovables.


Al mismo tiempo, puede ayudar a debilitar los impactos del cambio climático que ya no se pueden detener, ayudándonos a crear infraestructuras de adaptación socialmente justas, promoviendo redes de apoyo mutuo, resistencia y comunismo de desastres.


La izquierda no debe tener miedo de hacer demandas a favor de una geoingeniería progresista. Los proyectos de reforestación con participación pública masiva, la mejora de la disponibilidad de carbono en el suelo en granjas locales, demandar la propiedad pública de la infraestructura de captura de carbono y la investigación de los riesgos e incertidumbres de la geoingeniería —estas son solo algunas formas de integrar la geoingeniería dentro de nuestras demandas climáticas y al mismo tiempo educar al público sobre cómo se vería un proyecto de geoingeniería izquierdista.


Ignorar la posibilidad de modificación ambiental a gran escala deja el campo de batallas de las ideas abierto a la explotación por parte de fuerzas reaccionarias, de tecnócratas indiferentes y capitalistas despiadados.


No podemos dejar que el termostato del planeta sea controlado por la mano invisible. Somos cuidadores de este mundo, queramos asumir ese rol o no.

Por James Wakefield

Traducido por Daniel Ruilova.

2019-02-13 06:16:00

La noche lunar acaba con la primera planta brotada en su superficie

Los especialistas informaron que la plántula ha comenzado a descomponerse, pero aseguraron que no habrá contaminación alguna de la superficie lunar.

La primera plántula en la historia que brotó en la Luna murió dos semanas después del inicio del experimento y tras una sola noche en el lado oscuro y helado del cuerpo celeste.

Las semillas de algodón fueron llevadas el 3 de enero al satélite natural de la Tierra por la nave espacial china Chang'e 4. Germinaron dentro de un contenedor hermético, diseñado para ensayar la posibilidad de cultivar alimentos para astronautas en mundos distantes. Pero la plántula no duró mucho: las bajas temperaturas en la Luna, que pueden llegar hasta -170C durante la noche, pusieron fin a su corta vida.


Estas podrían ser malas noticias para las futuras colonias lunares, pero los científicos participantes afirmaron que la brevedad del experimento estaba prevista. "La vida en el recipiente no sobreviviría a la noche lunar", comentó a la agencia Xinhuan el profesor a cargo del proyecto, Xie Gengxin, de la Universidad de Chongqing.


"No teníamos antes tal experiencia (cultivar plantas en la luna). Y no pudimos simular el entorno lunar, como la microgravedad y la radiación cósmica, en la Tierra", admitió.


Los especialistas también declararon que los organismos vegetales han comenzado a descomponerse dentro del recipiente, pero aseguraron que no habrá por tal causa contaminación alguna de la superficie lunar.

 

Publicado: 17 ene 2019 00:49 GMT | Última actualización: 17 ene 2019 08:45 GMT

 

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Tras un experimento de la sonda Chang’e-4, una semilla de algodón fue la primera en brotar en la Luna

16 de enero de 2019

El miedo a los ‘chalecos amarillos’ sobrevuela la cumbre del clima de Katowice

Ministros y representantes políticos se esfuerzan por resaltar que la transición climática debe ser justa con los trabajadores

Los chalecos amarillos también han viajado hasta Polonia. O, al menos, el fantasma de ese descontento. El temor de los gobernantes a sufrir unas protestas como las de Francia, que tuvieron como uno de los desencadenantes la subida de las tasas de los carburantes más contaminantes, recorre la cumbre del clima de la ONU que se celebra en la ciudad polaca de Katowice, la llamada COP24.

Son continuas las referencias de los participantes a esas protestas y a la necesidad de darle una salida a los trabajadores que se vean afectados por la reconversión climática necesaria para eliminar los gases de efecto invernadero que están detrás del calentamiento global, según la mayoría de los científicos. Esa salida se engloba dentro del término "transición justa para los trabajadores", repetido una y otra vez en una cumbre que el viernes debería concluir tras dos semanas de negociaciones. Y los ministros y representantes políticos de la UE —donde el año que viene están previstas elecciones generales en nueve países, además de los comicios europeos— se muestran especialmente activos con este asunto.
"Es importante saber explicarle a la gente lo que debemos hacer", ha resaltado este miércoles la ministra de Sostenibilidad de Austria, Elisabeth Köstinger, al referirse a los chalecos amarillos. "La transición climática exige poner en marcha instrumentos para que sea justa", ha añadido el comisario europeo de Acción por el Clima y Energía, el español Miguel Arias Cañete.

Desde mediados del siglo pasado los combustibles fósiles —el carbón, el petróleo y el gas— han sido en Occidente la sangre que ha alimentado un crecimiento continuado. Pero al quemar esos combustibles se liberan cada año miles de millones de toneladas dióxido de carbono que acumulan en su interior. El sector energético emite alrededor del 80% de los gases de efecto invernadero de la actividad humana y los combustibles fósiles son los responsables.


Por eso, esos combustibles están en entredicho. Y, por supuesto, los sectores basados en esos fósiles. "Se verán afectados el sector de la minería, la extracción de combustibles fósiles y el sector automovilístico", ha recordado Arias Cañete. "No solo será el carbón", advierte el comisario.


Pero lo cierto es que la lucha contra el cambio climático tiene en el punto de mira más inmediato el carbón. El rápido avance de las tecnologías renovables y el fuerte abaratamiento de sus costes ha dejado en entredicho la viabilidad de seguir quemando carbón para producir electricidad. Muchos países de la UE le están poniendo fecha al cierre de las centrales térmicas (entre 2025 y 2030) y las minas y el entramado legal construido desde Bruselas también conduce a eso.


Aunque también hay países que se resisten, como el anfitrión de esta cumbre: Polonia. Su ministro de Medio Ambiente, Henryk Kowalczyk, ha dejado claro este miércoles que su país no tiene la intención de desprenderse del carbón a corto plazo. "Gran parte de nuestra energía viene de los combustibles fósiles", ha recordado.


Polonia es, sin duda, el gran afectado por el cierre del carbón en la UE desde el punto de vista del empleo. En Europa se perderán de aquí a 2030 alrededor de dos tercios del empleo ligado al carbón (minas y centrales térmicas), lo que supone unos 160.000 puestos de trabajo, según un informe del Joint Research Centre (JRC), órgano científico que asesora a la Comisión Europea. Casi la mitad de los empleos de este sector en la UE están ahora en Polonia, de ahí la insistencia de este país en introducir continuas referencias a la transición justa en la cumbre de este año.

Por Manuel Planelles

Katowice 12 DIC 2018 - 13:53 COT
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Trump sobre el informe del cambio climático: “No me lo creo”

El presidente de EE UU niega el impacto sobre la economía del que avisa un documento de la propia Casa Blanca



"No me lo creo". Con estas cuatro palabras, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tumba 1.656 páginas de un informe que detalla los devastadores efectos del cambio climático en la economía, la salud y el medio ambiente. Poco o nada le importa al mandatario que el estudio esté respaldado por 300 científicos de 13 agencias federales diferentes y se haga por ley. La Casa Blanca no cree en la Casa Blanca. Nunca antes fue tan obvio que existe una diferencia entre la Casa Blanca y el presidente. Douglas Brinkley, historiador presidencial en la Universidad de Rice, asegura en el diario The New York Times que la Casa Blanca tiene “abogados y expertos que no están dispuestos en pasar a la historia por falsear datos”.


El informe es brutal y no se ha suavizado en lo más mínimo a pesar de que el actual inquilino de la Casa Blanca sea un negacionista del cambio climático. Sin ir más lejos, la pasada semana, Trump tuiteaba con ironía lo siguiente respecto a la avalancha de frío que se cernía sobre la costa Este del país: “¿No era que había calentamiento global?”. Hoy ha sido mucho más explícito respecto al contenido del informe en cuanto a los efectos catastróficos que anuncia sobre la economía: “No me lo creo”.


Algún consejero presidencial con suficiente visión política para saber que la historia pasa factura -y con Lyndon B. Johnson en el disco duro de su memoria- recordaría el precio que se paga cuando se miente a los ciudadanos. Johnson mentía al pueblo sobre la Guerra de Vietnam cuando aseguraba que todo marchaba bien. Hasta que los papeles del Pentágono probaron lo contrario.


En este caso no ha hecho falta investigación periodística. Son más de 1.600 páginas bajo el título de Evaluación Nacional sobre el Clima, el estudio científico má completo que existe hasta la fecha en el que se detalla con precisión casi milimétrica los efectos que el cambio climático va a tener en las infraestructuras, la economía, la salud pública y las costas del país. Las temperaturas extremas “ya se han hecho más frecuentes y duran más tiempo”, asegura el informe. Desde 2015, Estados Unidos ha roto récords debido a los efectos dañinos del clima por valor de cerca de 400.000 millones de dólares.


La Casa Blanca publicó el informe en medio de un puente festivo para intentar ocultar la falta de sintonía entre Trump y los firmantes del documento a sueldo de la Administración
En un acto casi pueril, lo que hizo la Casa Blanca para intentar ocultar la falta de sintonía entre Trump y los firmantes del informe a sueldo de la Administración fue publicar el informe el pasado viernes al mediodía, siendo ese viernes el día después de Acción de Gracias, también ya mundialmente conocido y extendido como Black Friday. Quizá así minimizaban el impacto, nadie estaría pendiente de las noticias. El informe tenía prevista su puesta de largo para el público en el mes de diciembre.


“El cambio climático está transformando dónde y cómo vivimos y presenta un desafío creciente para la salud pública y la calidad de vida, la economía y los sistemas naturales que nos ayudan a vivir”, se lee en el reporte. Pero hay más: “Se proyecta que las pérdidas anuales en algunos sectores de la economía se cuenten por cientos de miles de millones de dólares para final de este siglo, mucho más que el actual PIB de la mayoría de los Estados de la Unión”. Debido al aumento del nivel del mar, las áreas costeras son especialmente vulnerables, por las tormentas y porque se devaluará mucho el valor de la propiedad. Lugares como Alaska o Luisiana se verán forzados a trasladar a su población tierra adentro debido al riesgo de inundaciones.


Existen dos estudios anterior a este. Uno es del año pasado. El otro data de 2014 y es igual de preciso en sus conclusiones científicas pero no en los costes económicos y en los efectos tangibles que ya se notan en todo el país, sea en forma de huracanes o en devastadores incendios en California.


Una ley de 1990 obliga al Gobierno federal a realizar un informe sobre el clima cada cuatro años. Pero hasta 2014 y la Administración de Barack Obama no existían regulaciones, por lo que la pelea política no existía. A finales de 2015, Obama tuvo un papel central en la negociación del Acuerdo de París, que establece medidas para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. En 2016, Donald Trump llega al poder haciendo campaña en contra de esas regulaciones y anuncia que acabaría con la guerra “contra el carbón” de Obama y se retiraría del Acuerdo de París. Desde entonces, el presidente no solo ha peleado para acabar con las restricciones que salvaguardan el medioambiente si no que como ha hecho ahora niega la mayor, un informe escrito bajo su Administración. Dice que no se lo cree.

Washington 27 NOV 2018 - 02:34 COT

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La Administración Trump publica este demoledor informe sobre cambio climático aprovechando Acción de Gracias

El documento, publicado este viernes por 13 agencias federales, precisa por primera vez los multimillonarios daños del calentamiento global en la economía estadounidense

Investigadores de todo EEUU y periodistas de grandes medios de comunicación como The Washington Post, se llevaban las manos a la cabeza este viernes. Fue el día escogido por el Gobierno de Donald Trump para hacer público un importante informe sobre cambio climático. Pero ayer, 23 de noviembre, no era una fecha cualquiera en EEUU, sino el día después Acción de Gracias, un festivo incluso más celebrado que Navidad en el que casi todo se para. ¿Qué dice ese informe de más de 1.600 páginas que el Gobierno está obligado a presentar por ley cada cuatro años para que Trump quiera que pase desapercibido?
Pérdidas económicas


-El anterior informe, publicado en 2014, concluía que el cambio climático no solo era tangible, sino que ya había comenzado a tener impactos en la economía estadounidense. Pero no los cuantificaba. En el nuevo estudio publicado este viernes, los investigadores desgranan cifras concretas en más de 20 sectores de actividad.


-El mayor impacto económico del calentamiento global será en los costes laborales, que supondrán para las arcas públicas 155.000 millones de dólares; las muertes por las altas temperaturas ascenderán a 141.000 millones y el aumento del nivel del mar tendrá un impacto en las propiedades costeras de 118.000 millones.


-Se espera que el sureste del país pierda más de 500 millones de horas de trabajo en el año 2100 debido al calor extremo.


-En el medio oeste, el rendimiento de los cultivos de maíz podría reducirse hasta un 25% a mediados de siglo; los cambios en la composición de los bosques reducirán el valor económico de la madera hasta 788.000 millones de dólares a finales de siglo.


-De no tomar medidas para frenar el aumento de las temperaturas, el informe prevé que la industria marisquera pierda 230 millones de dólares hacia 2100.
Impactos en la salud


-La salud y el bienestar de los estadounidenses ya están resultando afectados por el cambio climático, con consecuencias que se agravarán con un calentamiento mayor.
-Fenómenos climáticos más frecuentes y extremos como sequías, incendios, lluvias torrenciales e inundaciones afectarán de manera adversa a la salud de la población.
-Se espera que el cambio climático altere el patrón geográfico, la distribución de la estacionalidad y la abundancia de portadores de enfermedades, exponiendo a más personas en Estados Unidos a garrapatas portadoras de bacterias y a mosquitos que transmiten los virus de dengue, zika o chikungunya.


-En 49 grandes ciudades de EEUU, el calor y el frío extremos resultarán en un aumento de más de 9.000 muertes prematuras anuales al final de siglo.


-Los daños económicos asociados a los fallecimientos por temperaturas extremas ascenderán a 140.000 millones de dólares si no se hace nada contra el cambio climático y a 60 millones de dólares si se toman medidas.


Aumento de riesgos por la contaminación del aire


Mas de 100 millones de habitantes en Estados Unidos viven en comunidades donde la contaminación del aire excede los estándares de calidad para la salud. A menos que se haga esfuerzos para mejorar esta calidad del aire, el cambio climático empeorará los niveles de contaminación del aire, lo que a su vez aumentará los impactos cardiovasculares y respiratorios, así como las muertes prematuras.


Aumento del nivel del mar


-El nivel del mar ha subido de 18 a 20 centímetros desde el año 1900; desde 1990, este aumento ha sido de siete centímetros.


-Los bienes inmobiliarios de la costa de Estados Unidos, valorados en 1 billón de dólares, están amenazados por la mayor frecuencia y profundidad de las inundaciones debidas al aumento del nivel del mar, que tendrán impactos en cascada en la economía del país.


-Si no se reducen los gases de efecto invernadero, es muy probable un aumento de 30 a 90 centímetros de aumento del nivel del mar a finales de siglo.
Evidencia del cambio climático


-En contra de la tesis defendida por los negacionistas del Gobierno de Trump, el informe concluye que "la evidencia observada no se sostiene en ninguna explicación natural creíble para esta cantidad de calentamiento; sin embargo, la evidencia apunta de forma consistente hacia la actividad humana como la causa dominante".

Por Sara Acosta
24/11/2018 - 16:10h

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Alternativas reales frente al cambio climático

Existen alternativas reales, justas y saludables para frenar el cambio climático y estudios científicos recientes lo demuestran, contrariamente a los que proponen opciones especulativas, teóricas y altamente riesgosas como la geoingeniería climática.

El informe Missing Pathways to 1.5 (Caminos que faltan para 1.5 grados), muestra que garantizar los derechos indígenas y campesinos, restaurar bosques naturales y la transición hacia áreas de cultivo agroecológico, junto con un cambio hacia dietas con menos carne, pueden reducir a la mitad las emisiones de gases de efecto invernadero para 2050. Estiman un potencial de reducción de cerca de 23 gigatoneladas anuales de dióxido de carbono o equivalente, lo cual elimina la supuesta necesidad de usar técnicas de geoingeniería. Son, además, cambios positivos para la biodiversidad, las comunidades indígenas y campesinas, y para la salud de todas y todos. (https://tinyurl.com/y8l4wgfr)

El documento se basa en una amplia y detallada revisión de documentos científicos recientes y fue publicado en octubre 2018 por una coalición de 38 organizaciones que trabajan por la justicia ambiental y social, el derecho a la tierra y a la alimentación y por la agroecología y la conservación de bosques. Las autoras principales son Kate Dooley y Doreen Stabinsky, con la revisión y colaboración de la alianza CLARA (Climate Land, Ambition and Rights Alliance).

El estudio sale al mismo tiempo que el Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) publica un nuevo informe sobre cómo limitar el calentamiento global a 1.5 °C con respecto a niveles preindustriales, un límite que plantean crucial para evitar un cambio climático catastrófico. En tres escenarios, el IPCC considera el uso de técnicas de geoingeniería para remover dióxido de carbono de la atmósfera, pero en otro plantea que con medidas basadas en las funciones de los ecosistemas –algunas como las que plantea el estudio de CLARA– sería posible también alcanzar esa meta. (Ver más en "Caos Climático, capitalismo y geoingeniería", La Jornada 13/10/18; https://tinyurl.com/y96xudje )

Más de la mitad de las reducciones de gases de efecto invernadero planteadas en el estudio de CLARA vendría de la restauración y protección de bosques naturales y turberas (un tipo de humedal que retiene altas cantidades de carbono y nitrógeno orgánicos). El resto se puede lograr con cambios en la agropecuaria industrial –que es el mayor factor de deforestación y destrucción de humedales–, con la recuperación de suelos y agroecosistemas, a través de disminuir el uso de fertilizantes sintéticos, apoyar sistemas agroecológicos y locales, y de parte de los consumidores, cambiar la dieta.

El informe afirma que los "derechos comunitarios sobre la tierra y bosques, son la acción climática mas efectiva, eficiente y equitativa que los gobiernos pueden ejercer para reducir su huella de carbono y proteger los bosques del mundo". Enfatiza la necesidad de afirmar los derechos a tierra y territorio de las comunidades y pueblos indígenas para lograr los objetivos planteados. Todos los bosques del mundo están habitados por comunidades indígenas, que son las principales cuidadoras de los bosques. A escala global, la mitad de esos territorios tienen reclamos de tenencia por parte de comunidades, pero solamente 20 por ciento tiene reconocimiento legal.

Cuestiona también el uso del concepto de "emisiones negativas", un término absurdo que no existe en ningún idioma. Fue inventado para justificar mantener la emisión de gases de efecto invernadero, que se contrarrestarían, supuestamente, con medidas tecnológicas para remover el carbono de la atmósfera (geoingeniería). Una opción de alto riesgo que carga el problema a las generaciones futuras, colocándolas en dependencia con los dueños de las tecnologías.

En contraposición, este informe plantea formas de evitar las emisiones antes de que se generen, y remover el excedente de carbono ya acumulado en la atmósfera mediante la expansión de los bosques naturales con especies nativas y aumentar la agroforestería comunitaria, entre otras medidas.

Con respecto al sistema agroalimentario, que es el factor de mayores emisiones de GEI, plantea reducir los desperdicios (que la FAO estima hasta en 40 por ciento de lo cosechado), disminuir los transportes de alimentos, aumentar la producción y consumo local, disminuir el uso de fertilizantes sintéticos y agroquímicos; reducir y mejorar la ganadería, terminando con la cría confinada de vacas, cerdos y aves, y basarla en alimentación de pradera. Complementariamente, ven como esencial reducir el consumo de carne, que es muy desigual en el mundo por lo que se dirigen especialmente a los que más consumen. La gran mayoría de la producción industrial y consumo de carnes se concentra en sólo seis países.

Señalan también el error de enfocarse solamente en limitar la temperatura, planteando la crisis climática como fenómeno aislado. Necesitamos respuestas holísticas a las crisis ambientales, sociales, de salud y otras y sólo los enfoques múltiples y sinérgicos aportarán las verdaderas soluciones, tal como demuestra este estudio.

Silvia Ribeiro, Investigadora del grupo ETC

 

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El puño escondido: cambio climático, capitalismo y ejército

El modelo capitalista y el militarismo –en particular el imperialismo de Estados Unidos– no son fuerzas paralelas, sino que están inextricablemente entrelazadas

Atribuirle el cambio climático al capitalismo no es precisamente el pensamiento predominante, pero también ha dejado de ser un tabú. La escritora y activista canadiense Naomi Klein ha contribuido a popularizar las razones, pero ahora esta idea está teniendo eco en círculos menos habituales. En agosto de 2018, un grupo de científicos finlandeses contratados por el secretario general de Naciones Unidas advirtió de que el actual sistema económico no puede afrontar las múltiples crisis sociales y ecológicas que se están desarrollando. A comienzos de este año, el vicepresidente de la mayor gestora de fondos del mundo, BlackRock, admitió que ante el cambio climático “tenemos que cambiar el capitalismo. Eso es lo que realmente está en juego”.

Es, sin duda, un avance positivo que cada vez más personas relacionen nuestro sistema económico con la destrucción ecológica. Se presta mucha menos atención, sin embargo, a los vínculos entre los aspectos medioambientales y el militarismo y la seguridad. Es una omisión sorprendente dado el poder que detentan los militares y la forma espectacular en que dicho poder ha aumentado en las últimas décadas. Si tenemos en cuenta que el cambio climático va a aumentar de forma radical la inestabilidad y la inseguridad, analizar el papel de los militares en un mundo afectado por el cambio climático adquiere aún mayor relevancia.

Porque mientras los políticos han demostrado ser incapaces de tomar las decisiones necesarias para detener el agravamiento del cambio climático, no han tenido dificultades en encontrar financiación para exigencias de “seguridad”. El gasto militar mundial ascendió a 1,74 billones de dólares (1,53 billones de euros) en 2017, equivalente a 230 dólares por cada habitante de la Tierra –y casi el doble de lo que se ha invertido desde el final de la Guerra Fría–. Los sucesos del 11 de septiembre en particular alimentaron una guerra universal contra el “terror” y una oleada de gastos militares prácticamente ilimitada. Y a medida que los gobiernos gastaban más, a su vez reforzaban el poder e influencia de las corporaciones militares (como Lockheed Martin en EE. UU. e Indra en España) que ahora ayudan a proyectar y redactar políticas en materia de seguridad en todo el mundo, lo cual les reporta mayores beneficios.


Naomi Klein ha llamado la atención sobre el “caso épico del momento histórico inoportuno” de la revolución neoliberal mundial que ha alcanzado una lugar dominante justo cuando necesitábamos una regulación corporativa y una transición planificada hacia economías con bajas emisiones de carbono. Yo diría que un caso igualmente importante de momento inoportuno ha sido el descomunal crecimiento del complejo militar-defensivo-industrial justo cuando las repercusiones del cambio climático se han hecho cada vez más evidentes. Esto llevará con casi toda seguridad a que, en respuesta al cambio climático, los militares adquieran un papel aún más significativo –con consecuencias para todos nosotros–.


El puño escondido


Para comprender el poder de los militares hoy en día, es importante trascender los presupuestos en constante aumento y las guerras interminables (como la guerra en Afganistán, que lleva ya 17 años) para ver el consenso creado de que, para mantenernos a salvo, necesitamos cada vez más “seguridad” en todas partes. Hoy en día, las grandes empresas del sector armamentístico no solo venden armas, sino diversas soluciones en materia de “seguridad”, desde cámaras de videovigilancia en barrios urbanos a bases de datos biométricos para el almacenamiento de huellas dactilares y hasta sistemas de radares de alta tecnología en fronteras cada vez más militarizadas. Este mercado ha crecido de una forma desmesurada: un cálculo modesto sugiere que, en 2022, la industria de la seguridad nacional mundial valdrá 418.000 millones de dólares.


Algunos de los nuevos gigantes de la seguridad participan de forma perversa tanto en la creación de inseguridad como en la provisión de soluciones a la misma. Un informe elaborado por el Transnational Institute en 2016, mostraba que tres de los fabricantes de armas europeos más importantes que venden al norte de África y Oriente Medio –Finmecannica, Thales y Airbus– también son algunos de los principales adjudicatarios de los contratos para militarizar las fronteras de la UE. En otras palabras, se benefician por partida doble –primero de alimentar las guerras que generan refugiados y después de proporcionar la tecnología e infraestructuras que impiden a los refugiados encontrar un lugar seguro–.


Por lo tanto, es artificial definir el militarismo como algo relacionado únicamente con las guerras en el extranjero, pues también concierne a las respuestas cada vez más militarizadas en el ámbito nacional –aquellas en un principio dirigidas a las comunidades marginadas (musulmanes, inmigrantes), después a los activistas, después a los trabajadores que prestan asistencia humanitaria y, en última instancia, a todo el mundo–. Esta militarización (y la correspondiente criminalización) avanza cada día en todo el mundo. En el Reino Unido, por ejemplo, un programa de vigilancia a gran escala señaló, en 2015, a 4.000 personas como extremistas potenciales, de los cuales, más de una tercera parte eran niños. En EE.UU., los manifestantes tanto de Black Lives Matter como de Standing Rock se han tenido que enfrentar a vehículos blindados a prueba de minas, así como a drones. En Honduras, más de 120 personas fueron asesinadas, entre 2010 y 2016, a manos de grupos paramilitares por oponerse a la explotación maderera, la minería y las represas.


El influyente abogado neoliberal y comentarista estadounidense Thomas Friedman explicó las razones de esta respuesta militarizada–y de un modo bastante más honesto de lo que cabría esperar–: “La mano invisible del mercado no puede funcionar sin un puño escondido. McDonald's no puede prosperar sin McDonnell Douglas, el diseñador del F-15. Y el puño escondido que mantiene el mundo a salvo para que las tecnologías de Silicon Valley prosperen se llama el Ejército, las Fuerzas Aéreas, la Armada y los Marines de EE.UU.”. Dicho de otro modo, el capitalismo y el militarismo (en particular el imperialismo de EE.UU.) no son dos fuerzas paralelas, sino que están inextricablemente entrelazadas.


Lo que Friedman no señala, sin embargo, es que el puño escondido no solo está ahí fuera, en el “mundo”, sino que también está en casa.


La conexión entre el ejército y el petróleo


Los estrechos vínculos entre el capitalismo y el militarismo se pueden observar en el propio funcionamiento del ejército de EE.UU.. Hoy en día, desplegar la mayoría de los efectivos militares exige ingentes emisiones de gases de efecto invernadero, lo que significa que el Pentágono es el principal organismo consumidor de petróleo. Tan solo uno de sus aviones, el B-52 Stratocruiser, consume aproximadamente 12.620 litros a la hora, más o menos la misma cantidad de combustible que usa el conductor de un coche medio en siete años. A pesar de la enorme “huella” de carbono que dejan, en los países industrializados la contribución del sector militar ni siquiera se evalúa adecuadamente y está exento del Acuerdo de París estipulado por Naciones Unidas. Por supuesto, si sus emisiones fueran debidamente contabilizadas, estaríamos aún más lejos de cumplir el objetivo de mantener el aumento de la temperatura global por debajo de dos grados centígrados.


El papel que desempeñan las fuerzas armadas es aún más significativo si se tiene en cuenta para lo que son movilizadas –en particular la vasta infraestructura militar de EE.UU., formada por más de 800 bases con sus flotas navales y aéreas–. Está claro que se despliegan principalmente en regiones ricas en petróleo y recursos y cerca de rutas estratégicas de transporte marítimo que mantienen en funcionamiento nuestra economía globalizada. Y este enfoque no es un caso aislado de EE.UU.. El grupo de investigación Oil Change International calcula que hasta la mitad de todas guerras entre estados que ha habido desde 1973 han sido por el petróleo.


La violencia policial contra las poblaciones a menudo también está relacionada con la protección para hacer frente a la resistencia que se ofrece ante proyectos de combustibles fósiles, industrias e infraestructuras. Constatamos, una y otra vez, que los activistas medioambientalesse enfrentan a la violencia cuando desafían a las industrias extractivas. La organización de derechos humanos Global Witness observó en 2015 que cada semana son asesinadas tres personas por defender sus tierras, bosques y ríos en su lucha contra de las industrias extractivas.


Una confluencia catastrófica


El puño escondido del capitalismo no es un fenómeno nuevo –el poder económico siempre ha empleado la violencia para protegerse–, pero en las últimas décadas también se ha acelerado. Tras el 11 de septiembre, sin duda se produjo un impulso que legitimó un aumento descomunal del gasto militar y la violencia estatal. Sin embargo, también es probable que una crisis ecológica más generalizada haya avivado la respuesta militar.


El estudio del Centro de Resiliencia de Estocolmo muestra que existen nueve procesos ecológicos fundamentales que regulan la estabilidad y resiliencia de la tierra de la que dependemos. La humanidad ya ha traspasado los límites relativos a la pérdida de la diversidad biológica y a los cambios en los ciclos de los nutrientes (nitrógeno y fósforo), y está en una situación peligrosa en lo que respecta al cambio climático y al uso de la tierra.


Respaldado por una “carrera a la baja” corporativa -en la que las multinacionales buscan constantemente eliminar normas y costes que limiten los beneficios–, señala en particular a las industrias extractivas que chocan contra nuestros límites ecológicos y se establecen en los últimos territorios sin explotar. La gente se ve obligada a resistir, no solo para evitar la contaminación o la corrupción, sino para poder sobrevivir. Su firme resistencia se ha topado con una represión severa.
La “declaración de guerra” de Canadá contra sus naciones originarias


Hechos recientes ocurridos en Canadá nos muestran esta realidad de cerca. En 2013, la empresa energética Kinder Morgan anunció que construiría un oleoducto desde Alberta hasta la Columbia Británica directamente a través de una zona sensible desde el punto de vista medioambiental y a través de los territorios de más de 100 “Naciones Originarias”. El anuncio provocó una enorme oposición, hasta el punto de que la empresa finalmente anunció que abandonaba el proyecto debido a “riesgos legales”. Sin embargo, en lugar de retractarse de un proyecto petrolífero tóxico, el estado dobló su apuesta y en la práctica acabó nacionalizando el oleoducto.


Un caso judicial de agosto de 2018 declaró en favor de los manifestantes –donde se señalaba la falta de consultas constitucionales con la Naciones Originarias y la ausencia de un análisis medioambiental sobre el aumento del tráfico de petroleros en el mar de Salish. Es una demora importante, pero está claro que es poco probable que el estado canadiense, dominado por los intereses petroleros, se eche atrás –y, en última instancia, utilizará la fuerza para imponer el proyecto. Tal y como se ha hecho en innumerables proyectos de extracción de combustibles fósiles por todo el mundo.


Y los que se han enfrentado a la violencia creen que no les queda más remedio que resistir. Tal y como observó Kanahus Manuel, de Secwepemc Nation en Canadá: “Todo emana de la tierra. Si se destruye la tierra, nos destruimos a nosotros”. Es comprensible, por lo tanto, que ella, junto con una coalición de organizadores indígenas, calificara las acciones del gobierno canadiense de “declaración de guerra”. Kanahus prosigue: “Lo creemos literalmente. Llamarán a los militares. Es la pauta nacional emplear la criminalización, la acción civil y otras sanciones para reprimir la resistencia indígena a estas políticas mediante la aplicación del peso de la ley y el uso de las fuerzas policiales contra los individuos y comunidades indígenas”.


Una adaptación militarizada


A medida que los efectos del cambio climático se agravan cada vez más, es probable que aumente esta tendencia hacia una respuesta militarizada. Puede que Trump no crea en el cambio climático, pero su ejército sí, y ya está haciendo planes para abordar sus consecuencias. La velocidad del deshielo en el Ártico llevó este año a la Marina de EE.UU. a anunciar que está revisando su estrategia en la región con un probable aumento de buques armados y tropas. En mayo de 2018, Australia se sumó a la Unión Europea y EE.UU. para declarar el cambio climático una amenaza para la “seguridad” y advertir de los peligros de “la migración, la inestabilidad interna o los movimientos insurgentes dentro de los Estados… el terrorismo o los conflictos transfronterizos”, que necesitarían “gran variedad de respuestas en materia de Defensa”.


Cuando los ejércitos y las fuerzas de seguridad son las instituciones más fuertes y mejor financiadas de nuestra sociedad, no podemos sorprendernos de que se conviertan en las instituciones predeterminadas para afrontar los efectos del cambio climático.


Las respuestas mayoritarias de los Estados de EE.UU. y la UE a los refugiados es uno de los augurios más perturbadores de lo que podría parecerse a una adaptación climática militarizada. La respuesta predeterminada de las naciones ricas industrializadas a los refugiados no ha sido mostrar solidaridad o compasión, sino que, cada vez con más frecuencia, se hace todo lo posible por mantener a los refugiados fuera –ya sea militarizando las fronteras, apoyando a dictadores, manteniendo a los refugiados en campos de concentración o forzando a la gente a hacer viajes tan peligrosos que miles de personas mueren en el intento–. Es una abominable demostración de crueldad que, sin embargo, se está convirtiendo en la triste norma. Cuando sabemos que los efectos del cambio climático solo será un factor añadido a la presión para emigrar, el futuro se prevé funesto.


La verdad es que hemos normalizado la violencia por parte de los Estados. Ya no vemos las cámaras de videovigilancia en nuestras calles, las vallas de alambre de espino en nuestras fronteras, los blindajes de la policía, los refugiados en los campamentos porque ya no es algo inusual. Esta normalización significa que hay un creciente peligro de que las soluciones de defensa ante el cambio climático no sean solo esta respuesta predeterminada, sino que además sean prácticamente imperceptibles.


Romper con los parámetros de referencia


Deshacer este consenso en favor de la seguridad en vez de la solidaridad no será tarea fácil. Una herramienta que podría ayudar es el concepto de “cambiar los parámetros de referencia” puesto que puede ayudarnos a entender este proceso y puede darnos alguna pista de cómo deberíamos empezar a forjar otra vía. El ecologista Daniel Pauly se inventó este término para referirse a la forma en que los científicos especializados en pesca establecerían sus “normas” para mantener los caladeros en buen estado teniendo en cuenta el estado de agotamiento en que se los encontraron en lugar del estado intacto en que se hallaban originalmente. La mayoría de los científicos ya no recordaban los mares repletos de grandes peces porque habían aceptado el mar devastado como lo normal.


Sin embargo, en el mundo de la pesca, se ha dado respuesta a esto mediante el establecimiento de reservas marinas. Si se hace de la forma debida y se protege de las embarcaciones de arrastre (en lugar de los pescadores a pequeña escala), puede derivar en una recuperación espectacular de la fauna y hábitats marinos. Y lo que es más importante, sacan a la luz los peligros de la sobreexplotación de los mares y la posibilidad de adoptar un enfoque distinto.


Necesitamos un enfoque similar respecto a la seguridad –mediante la creación de ejemplos de enfoques alternativos a la militarización en el ámbito local y estatal–. Necesitamos demostrar que militarizando nuestra respuesta a los asuntos sociales y ecológicos, como el cambio climático, únicamente se agravará el impacto sobre los más vulnerables. Pero también necesitamos discutir y movilizarnos en contra de esta militarización de la sociedad en cualquiera de sus formas y demostrar la posibilidad de adoptar un enfoque distinto. Esto puede hacerse de muchas formas, desde sencillos planes de adaptación climática que prioricen la solidaridad en lugar de la seguridad –como los impulsados por el movimiento de las Comunidades en Transición– hasta la red de ciudades que ofrecen asilo a los refugiados –y hasta los manifestantes de Black Lives Matter que exigen que la policía rinda cuentas en EE.UU.–. Todos estos esfuerzos pueden empezar a ralentizar el imparable avance hacia la militarización de nuestro planeta. Los defensores del clima han empezado a frenar la maquinaria de los combustibles fósiles, y lo que necesitamos ahora es empezar a echar arenilla en los engranajes del complejo militar-industrial-defensivo.


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Nick Buxton es asesor de comunicaciones y colabora como redactor y coordinador de las comunidades de aprendizaje digital del TNI.


Traducción de Paloma Farré

24 de Octubre de 2018

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Los científicos alertan: hacen falta cambios "sin precedentes" contra el cambio climático

El útlimo informe del Grupo Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático de la ONU estima que, a este ritmo, un aumento de la temperatura media del planeta por encima de 1,5 grados se superará entre 2030 y 2052



Limitar la subida de temperaturas a 1,5 grados centígrados requeriría "cambios sin precedentes" a nivel social y global, según alerta el nuevo informe presentado esta madrugada por el Grupo Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático de la ONU (IPCC, por sus siglas en inglés).
La temperatura global del planeta ya ha aumentado 1 grado centígrado de media desde la era preindustrial, pero los científicos advierten de que, a este ritmo, la barrera de los 1,5 grados se superará entre 2030 y 2052. Evitarlo "requeriría cambios rápidos, de amplio alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad", desde consumo de energía a planificación urbana y terrestre y muchos más recortes de emisiones, señalan.


El informe, presentado en Incheon (Corea del Sur), examina vías para limitar el calentamiento hasta 1,5 en lugar de llegar de 2 grados, tal y como se estableció en el Acuerdo del Clima de París, y advierte de que los efectos para ecosistemas y la vida en el planeta serán mucho menos catastróficos si se logra mantener esta barrera más ambiciosa.


"Mantener el calentamiento global en un nivel inferior a 1,5 grados en vez de 2 será muy difícil, pero no imposible", dijo el presidente del IPCC, Hoesung Lee, en la presentación del informe.


Acotar el calentamiento por debajo del límite de 1,5 grados evitaría una mayor extinción de especies y, por ejemplo, la destrucción total del coral, básico para el ecosistema marino, o reduciría la subida del mar en 10 centímetros para 2100, salvando zonas costeras y litorales, según el informe.


Superar el límite de 1,5 grados depararía un mayor incremento del calor extremo, las lluvias torrenciales y la probabilidad de sequías, algo que tendrá un efecto directo sobre la producción de alimentos, sobre todo en zonas sensibles como el Mediterráneo o Latinoamérica.


También afectará a la salud, suministros de agua y crecimiento económico, con un impacto especialmente negativo sobre las poblaciones más pobres y vulnerables del planeta, dice el texto, que cuenta con 6.000 referencias científicas y viene firmado por 91 expertos de 40 países.
Para evitar superar esa barrera, dice el informe, hace falta consumo energético más eficiente, agricultura más sostenible y menos extensiva o destinar más terreno al cultivo de recursos energéticos.


También multiplicar por cinco la inversión actual en el terreno tecnológico para lograr que transporte, edificios o industria emitan mucho menos y que a su vez se perfeccione la captura de gases de contaminantes.


El informe, dirigido a países de la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático, será usado como base para las discusiones de la vigésimo cuarta cumbre del clima (COP24) que se celebrará en Katowice (Polonia) este diciembre.

08/10/2018 10:20 Actualizado: 08/10/2018 11:17

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La diferencia entre ser rico o ser pobre cuando llega un huracán a Estados Unidos

El huracán Florence ha golpeado especialmente a los barrios más pobres de Carolina del Norte, que también fueron los más afectados en catástrofes naturales pasadas
"Los huracanes han sido especialmente crueles en los condados con un mayor porcentaje de población pobre y negra", denuncia el activista William Barber

El domingo pasado, en el centro de la localidad de Lumberton, destacaban seis siluetas en medio de agentes uniformados, luces parpadeantes y lanchas. Sin automóvil y, al parecer, sin ayuda de las autoridades, tuvieron que andar unos 2,5 kilómetros para llegar hasta el refugio para evacuados.


El huracán Florence ha golpeado duramente Lumberton, como también las ciudades costeras de Wilmington y Jacksonville. Hace dos años, tras el paso del huracán Matthew, el río Lumber también se inundó y cientos de personas perdieron sus hogares. Más de un tercio de la población de Lumberton vive por debajo del umbral de la pobreza y, como ya ocurrió en el caso del huracán Matthew, es probable que ahora las inundaciones afecten gravemente a las zonas donde viven las personas con menos recursos.


Con las inundaciones de hace dos años, las comunidades más pobres fueron las más afectadas. El sur y el oeste de Lumberton, donde se encuentran la mayoría de las viviendas más humildes, está a menos altura que las zonas más prósperas, situadas en el centro y en el norte.


Carmichael y su familia tienen la amarga sensación de que la historia reciente se repite. Su apartamento, situado a un tiro de piedra del río, ya se inundó en 2016. De hecho, sus hijos todavía están traumatizados por la experiencia.


"No quieren volver a pasar por lo mismo. Ahora están bien, pero ayer pasaron mucho miedo durante la noche porque el agua había subido", indica Carmichael mientras la lluvia sigue cayendo sin parar y ve cómo su familia ha quedado empapada. "Tenemos que volver a dejar nuestra casa porque la presa cederá y nos volveremos a inundar".


Tyrin, de siete años, y Tyler, de cinco, caminan al lado de sus padres mientras que Tyree, de tres, viaja sentado en el carrito de la compra. Chance, de cuatro años, ajena a la amenaza que se avecina, duerme en el cochecito mientras la familia hace esfuerzos por avanzar.


Carmichael tiene la sensación de que las autoridades no han hecho lo suficiente para evitar que el río inunde los barrios más pobres. "Nos presentan como a los pobres. Si somos tan pobres, entonces qué sentido tiene que nuestras casas queden expuestas una y otra vez. Otras personas tienen suficiente dinero para reparar sus casas, pero nosotros no".


"Si no hay colegio, no tendrán qué comer"


Unos 160 kilómetros al noreste, la ciudad de Goldboro, que se extiende a ambos lados del río Neuse, también se prepara para las inundaciones. Al igual que Lumberton, la ciudad se inundó en 2016. El 25% de los lugareños vive por debajo del umbral de pobreza.


En la iglesia cristiana de Greenleaf, los voluntarios se organizan para preparar cientos de comidas para niños que probablemente no puedan ir a clase durante días.


"La mayoría de los niños de esta zona come gratis o a precio reducido", explica el voluntario John Barnes. "Muchas veces solo comen en la escuela. Si no hay escuela, algunos no tendrán nada que comer".


En Greenleaf vive William Barber, un referente nacional en la lucha por los derechos civiles. Ha tenido que salir de la ciudad durante unos días para sacar de allí a su madre, de avanzada edad.


Por teléfono, Barber señala que el paso de Florence debería servir para generar un debate en torno al racismo estructural y las desigualdades económicas del estado.
"Los huracanes han sido especialmente crueles en los condados con un mayor porcentaje de población pobre y negra. Pese a ello, no se han impulsado medidas para mejorar la infraestructura y mitigar los daños de futuras tormentas".


En Goldsboro y Lumberton viven muchos afroamericanos. Además, allí se encuentra uno de los muchos vertederos de cenizas de carbón de Carolina del Norte que, durante desastres naturales anteriores, han filtrado niveles potencialmente peligrosos de mercurio, arsénico y plomo a las fuentes de agua dulce de la región.


"Hablamos de racismo cuando se da una situación como la de Charlottesville o cuando la actriz Roseanne Barr dice algo estúpido, pero ¿por qué no miramos la localización de estos vertederos de cenizas de carbón que se desbordan cuando se produce un desastre natural y hablamos de racismo y clasismo?", pregunta Barber.


"¿E impedir que algunos voten o manipular los resultados en los estados del sur no es racismo y clasismo? Los políticos que ganan las elecciones impulsan medidas que niegan el acceso a la sanidad de las comunidades más pobres, algo que es clave tras un desastre".


Después de que la Administración Trump declarase Carolina del Norte como zona catastrófica, el estado recibió millones de dólares, pero no ha ampliado la cobertura de Medicaid, el programa federal de asistencia sanitaria para los estadounidenses con menos recursos. Esta ampliación era clave en la reforma sanitaria que impulsó Obama.


Mientras tanto, las carreteras que llevan hasta el litoral de Carolina del Norte, una zona azotada por los vientos huracanados de Florence y empapada por las lluvias anteriores a la tormenta, están parcialmente inundadas. Algunas casas afectadas, y cuyos ocupantes han sido evacuados, han perdido los tejados, y el domingo todavía estaban inundadas. También han quedado medio cubiertas por el agua las lápidas de un cementerio situado al lado de la carretera.


Votantes de Trump


La ciudad de Jacksonville aún está parcialmente inundada, pero el agua ha bajado y ya no está incomunicada. En esta ciudad, el 10% de la población vive por debajo del nivel de pobreza. Por su parte, los residentes de la pudiente zona de Bayview Drive tomaron medidas, como utilizar kayaks y botas de pescador, para poder acceder a sus hogares.
Art Ferreiro, un marine retirado de 43 años que remaba por el barrio, alertó a The Guardian sobre la presencia de serpientes y caimanes en el agua. "Nunca hasta ahora habíamos tenido una inundación de esta magnitud", afirmó. "Las tormentas son cada vez peores y creo que tiene que ver con lo que le estamos haciendo al medio ambiente, que está causando muchos cambios", añadió mientras observa la llegada de Florence y mientras se inundaba su garaje.


Como la gran mayoría de los residentes de los condados de Carolina del Norte situados en el litoral, Ferreiro votó a Donald Trump en las presidenciales de 2016. El presidente, que ha afirmado que el cambio climático no es más que un "bulo" y ha dejado sin efecto muchas de las medidas que había impulsado Obama para luchar contra el cambio climático, no ha mencionado el medio ambiente en sus declaraciones sobre Florence.

A pesar de creer que el cambio climático hace que los huracanes sean cada vez más potentes, una opinión que respaldan varios estudios, Ferreiro sigue apoyando a Trump. "Voto a Trump", confiesa. "Desconozco su opinión en torno al cambio climático. Me preocupa más la situación económica y mantenerme a flote, literalmente", añade.


Muchos lugareños se negaron a expresar sus opiniones sobre el cambio climático y sobre Trump. No fue el caso de Bishop Barber: "Las tormentas seguirán llamando a nuestra puerta. Estamos en una zona de huracanes. A más calentamiento global, más potentes y más imprevisibles serán las tormentas. Vamos a quedar inundados una y otra vez".


El lunes, Carmichael, Hargrove y los niños ya habían sido evacuados del refugio. El río Lumber se había desbordado, la presa había cedido y el centro de la ciudad tenía riesgo de inundación. Las familias fueron transportadas en autobús hasta Pembroke, situada a unos 20 kilómetros al oeste.


Según Carmichael, el nuevo refugio estaba abarrotado, pero los niños pudieron dormir en una cama (aunque tuvieron que compartir dos cunas pequeñas entre cuatro). No tiene forma de saber si su casa había quedado totalmente inundada ni tampoco cuándo podrá volver. Ha contactado con la Agencia Federal de Gestión de Emergencias y le han prometido una habitación de hotel.


"Con un poco de suerte en un par de días nos darán una habitación", explica por teléfono: "Solo tenemos que esperar".


Traducido por Emma Reverter

Adam Gabbatt / Oliver Laughland - Lumberton / Jacksonville
19/09/2018 - 21:33h

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El gran fraude climático, argumentos contra la geoingeniería

Nairobi/Berlin – The Big Bad Fix (El gran fraude climático – Argumentos contra la geoingeniería), informe publicado hoy por el Grupo ETC, Biofuelwatch y la Fundación Heinrich Böll, advierte que la geoingeniería (la manipulación del clima a gran escala) está ganando aceptación en países altamente contaminantes, como una “solución” tecnológica al cambio climático, ya que esos países se niegan a cambiar sus economías basadas en combustibles fósiles. Por ello proliferan los programas y proyectos de investigación sobre geoingeniería, planeados y financiados por la industria e instituciones privadas, principalmente en los países que son grandes emisores de gases de efecto invernadero, como Estados Unidos, Reino Unido y China. El gran fraude climático analiza el contexto y riesgos de la geoingeniería, revela sus actores, intereses creados y las políticas que subyacen al avance de esquemas tecnológicos a gran escala para manipular los sistemas naturales de la Tierra.

Pese a que se considerada muy peligrosa y hasta inaceptable para muchos expertos científicos y políticos, la geoingeniería se posiciona cada vez más en los debates y negociaciones sobre cambio climático, porque crea la ilusión de que hay atajos tecnológicos con los que se podría manejar los síntomas del cambio climático, sin tener que enfrentar las causas de raíz.

Sin embargo, como detalla el informe, la geoingeniería plantea muchos riesgos para la gente, los ecosistemas y la seguridad. Se basa en un consumo excesivo de tierra, agua y recursos, amenaza por tanto la seguridad alimentaria y erosiona el control democrático de los bienes comunes del planeta, también debido a que estas tecnologías las están desarrollando principalmente quienes buscan lucrar con patentes y desarrollos comerciales de las mismas. Por lo tanto, enfatiza el documento, es altamente probable que se incurra en daños irreversibles a la biodiversidad y a la integridad de los ecosistemas. También existen graves preocupaciones sobre la gobernanza de la geoingeniería, incluyendo el potencial que tiene de que se despliegue unilateralmente, el riesgo de conflictos ante la posibilidad de impactos adversos y daños laterales en algunas regiones, y el riesgo de utilizar las tecnologías de la geoingeniería con fines hostiles.


“La geoingeniería es una defensa peligrosa de un status quo fallido, no una necesidad técnica o científica. De hecho, las técnicas que la geoingeinería desarrolla tienen mayores posibilidades de empeorar que de resolver los diversos problemas ocasionados por el cambio climático. Asegurar que “debemos” desplegar la geoingeniería equivale a asumir que preferimos dañar irreparablemente nuestro planeta antes que alterar el sistema económico que beneficia solo a los que se encuentran en la cima.” Rachel Smolker, Co-Directora de Biofuelwatch.


El gran fraude climático se presentó hoy en Nairobi, durante la 3a Asamblea de Naciones Unidas para el Medio Ambiente y en el periodo previo a una reunión del Convenio sobre Diversidad Biológica (CDB) también de la ONU, en Montreal. La geoingeniería se encuentra bajo una moratoria de facto en el CDB, y la geoingeniería marina está prohibida por el Protocolo de Londres del Convenio de Londres sobre la Prevención de la Contaminación del Mar. Los autores del informe argumentan que esas decisiones se deben mantener y deben constituir el punto de partida de cualquier discusión legítima, internacional y democrática sobre la gobernanza de la geoingeniería.


“La geoingeniería exacerbará el desequilibrio de poder global, creará ganadores y perdedores. Sería una locura permitir que un grupo de países tomaran control del termostato global”, afirma Silvia Ribeiro, Directora para América Latina del Grupo ETC. “La gobernanza no debe mal-entenderse como el establecimiento de regulaciones para legalizar y permitir el desarrollo de tales tecnologías. Prohibir tecnologías sumamente riesgosas y peligrosas es un enfoque legítimo y prudente hacia la gobernanza, como se la puso en práctica con el Tratado de Prohibición de las Pruebas Nucleares y la adopción por la ONU del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares en julio de 2017”, agrega Ribeiro.


En vez de poner el foco en arreglos técnicos, no probados, riesgosos, el informe llama a la implementación de una visión con justicia climática para limitar el calentamiento global por debajo de 1.5 °C.


“Quienes proponen la geoingeniería alientan la ilusión de que podemos escapar de nuestras crisis climáticas sin tener que ajustar nuestros estilos de vida, que en muchos casos son altamente emisores de gases. Pero la realidad no es tan simple. Las técnicas de geoingeniería no solo vienen con nuevos riesgos y efectos laterales, sino que también distraen de la única solución probada para el cambio climático: la reducción radical de las emisiones de gases que cambian el clima. Antes de poner en marcha la geoingeniería, necesitamos regulaciones claras y vinculantes para esas tecnologías. Un marco internacional para la regulación debe basarse en un estricto principio de precaución, y las tecnologías con riesgos asociados que no son predecibles, justificables o manejables deben directamente prohibirse”, afirma Barbara Unmüssig, Directora de la Fundación Heinrich Böll.


El informe concluye que los numerosos riesgos de alto impacto que puede tener la geoingeniería, y los problemas políticos, sociales, culturales, económicos, éticos, morales, intergeneracionales y de derechos que implica, la vuelven inaceptable. Más aún, los autores argumentan que constituye una peligrosa distracción de las alternativas viables que se requieren urgentemente: reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero a corto plazo y transformar nuestras economías, para abrirle posibilidades a un futuro sostenible justo social y ecológicamente, en vez de confinar al mundo a una dependencia de largo plazo a tecnologías de alto riesgo, que además aún no existen.


Descargue el texto completo en formato PDF: geoingenieria_elgranfraudeclimatico_final.pdf


Consultar el mapa interactivo de experimentos de geoingeniería : map.geoengineeringmonitor.org


El gran fraude climático:


El gran fraude climático brinda a los elaboradores de políticas, periodistas, activistas de organizaciones, movimientos sociales y otros agentes del cambio un panorama amplio de los actores clave, las técnicas y los foros relevantes en el discurso de la geoingeniería. Contiene un análisis sólido del contexto y la historia de la geoingeniería, de los diversos intereses que la conforman y estudios de caso de algunas de las tecnologías y experimentos más importantes. Llama a que se prohíban urgente e inmediatamente los experimentos a cielo abierto de Manejo de la Radiación Solar por su potencial para suspender los derechos humanos, la democracia y la paz entre las naciones. Argumenta en favor de una gobernanza de la geoingeniería que sea participativa e informada por un rigoroso debate sobre las políticas y las prácticas climáticas reales, existentes y justas. Es un llamado a la acción a un movimiento de movimientos, para oponerse masivamente a la geoingeniería como remiendo técnico para el cambio climático y por ser una amenaza a la paz mundial, la democracia y los derechos humanos.

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