Geoingeniería solar: solución al cambio climático o fuente de más conflictos

Modificar la atmósfera para reducir el calentamiento global está cada vez más cerca, pero la falta de coordinación internacional puede generar tensiones entre países

China ya ha utilizado estas tácticas para provocar precipitaciones nieve en la meseta tibetana. En EEUU buscan fondos para ponerse al día.

"Los científicos están tan radicalmente divididos sobre la modificación artificial del clima", cuenta Alan Robock, científico del IPCC

Que los efectos del cambio climático provocarán tensiones entre los países ya nadie lo duda. La sequía y la falta de alimentos han sido causas de guerra desde el principio de los tiempos. Pero tratar de evitar esos efectos también podría ser una fuente de conflictos. Lo único que hace falta es que unas naciones decidan por su cuenta dedicarse a bloquear rayos del sol usando técnicas de geoingeniería. El climatólogo Alan Robock, uno de los autores del informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), dice en declaraciones a eldiario.es que el riesgo de conflicto será especialmente alto si unos países lo hacen sin el consentimiento de otros "que se perciban como perdedores de la geoingeniería solar". 

Basada principalmente en dos mecanismos (dificultar la llegada de los rayos esparciendo partículas en la estratosfera o facilitar que los infrarrojos salgan de la atmósfera una vez que rebotan en la tierra), el problema con la geoingeniería solar es que nadie sabe bien qué va a provocar. "Los cambios que genere serán diferentes en cada lugar", explica Robock. "Las lluvias podrían disminuir en las regiones que tienen temporada de monzón, como la India, China, o el Sahel". Otros países como Rusia, dice, podrían preferir las temperaturas un poco más altas "para gastar menos en calefacción y disponer de los recursos del Ártico".

Según Robock, esas diferencias pueden ser muy nefastas incluso si no desatan una guerra. "Si el mundo comienza con la geoingeniería y hay alteraciones en el clima, como sequías en India o inundaciones en China, unos países podrían exigir que se termine con el experimento". El dióxido de carbono (CO2) habría seguido emitiéndose durante el período de geoingeniería, explica, por lo que su retirada abrupta podría desencadenar un calentamiento "mucho más rápido y peligroso que si no hubiéramos hecho nada". 

El profesor de Ética Pública y miembro del consejo de Cambio Climático del Gobierno australiano, Clive Hamilton, escribió sobre el tema en un ensayo de 2014: "Los científicos del clima están tan radicalmente divididos por el tema de la geoingeniería como en su día estuvieron los científicos del Proyecto Manhattan por las armas nucleares". Hamilton se dio cuenta de que muchos de los científicos que hoy investigan la geoingeniería solar antes trabajaron en laboratorios de armas nucleares en Estados Unidos. Todo parte de la misma creencia, escribió, la de "que el hombre tiene derecho a un dominio total sobre la naturaleza".

Sin contar con la emisión de dióxido de carbono a la atmósfera (que puede considerarse como una especie de geoingeniería involuntaria), ya ha habido varias intervenciones humanas para modificar el clima. La más conocida es la experiencia china de contrarrestar la falta de nieve de la meseta tibetana fabricando un humo que se mezcla con las nubes y provoca precipitaciones. 

El efecto del experimento chino fue eminentemente local pero varios indicios apuntan a que la geoingeniería solar a gran escala es una posibilidad cada vez más cercana. Los científicos que asesoran al gobierno de EEUU ya pidieron que fondos federales para investigar la tecnología y la Universidad de Harvard abandera el primer programa de investigación para esparcir desde un globo partículas que reflejen los rayos del sol. 

Para el experto en geoingeniería solar de la Universidad de Waterloo en Canadá, Juan Moreno-Cruz, antes que preocuparse por la detención abrupta, el riesgo a evitar es seguir con la tecnología para siempre. "La única razón por la que ahora estamos queriendo limitar las emisiones de dióxido de carbono es porque nos está costando algo en términos de inundaciones, sequías o aumentos en el nivel del mar; pero si hacemos geoingeniería y desaparecen todos esos costes, ¿para qué íbamos a dejar de emitir CO2?"

En su opinión, la única forma de deshacernos de los combustibles fósiles y hacer geoingeniería a la vez es vinculando a los dos en la regulación internacional. "Si usted quiere tener un voto en la coalición de países que decide el uso de geoingeniería, usted primero tiene que demostrar que ha hecho mitigación", explica. Tanto para prohibirla como para regularla, el acuerdo internacional parece inevitable. Según Moreno-Cruz, "hay un vacío en términos de regulación en este momento, por lo que sería muy difícil reaccionar hoy si algún país quisiera hacerlo por su cuenta".

Para Ted Parson, profesor de Derecho Medioambiental en la UCLA y coautor del clásico en la materia The Science and Politics of Global Climate Change, hay que empezar a hablar de geoingeniería cuanto antes, tanto para probar sus posibles beneficios y efectos adversos como para regularla. "El cambio climático está empeorando, la primera solución de reducir emisiones, que es claramente la mejor, no está dando vuelta a las cosas con la rapidez necesaria para evitar riesgos muy graves en las próximas décadas y es poco probable, teniendo en cuenta las limitaciones técnicas y los fracasos actuales de la política, que lleguemos con la reducción al nivel mínimo para alcanzar los objetivos del IPCC. Es imposible predecir, pero la alternativa es llegar a fines de siglo a un calentamiento de tres grados centígrados, tal vez cuatro, por encima de la era preindustrial, y eso sería terrible".

Si no para desatar una guerra, la geoingeniería también podría ser un acicate para el autoritarismo, con gobiernos poco democráticos interviniendo sobre el planeta sin consultar a sus ciudadanos. Según Parson, la preocupación es válida pero solucionable: "No creo que a los países democráticos les cueste tanto comenzar con programas de geoingeniería mientras lo hagan de forma gradual, la fuerte oposición que tiene hoy la tecnología refleja el pensamiento de una minoría con una fuerte opinión sobre el tema pero la mayoría no sabe nada del tema".

En su opinión, el camino para llegar a algunos de los objetivos de reducción de emisiones es más preocupante desde el punto de vista del riesgo de autoritarismo. "Cuando leo que para reducir las emisiones un 80% en 15 años lo único que tenemos que hacer es comer menos carne y consumir menos energía... ¿qué país democrático puede pedirle eso a sus ciudadanos? Creo que el autoritarismo es un riesgo serio. Y será mayor cuanto más esperemos y más grave sea el cambio climático", mantiene Parson.

Por Francisco de Zárate

08/09/2019 - 20:56h

"¡Tierra! Las luces de Coney Island y de la ciudad por delante", escribió Thunberg en su cuenta de Twitter poco antes de desembarcar en Nueva York.Foto Afp

Nueva York. Greta Thunberg, la joven sueca de 16 años llamada "la voz del planeta" y la figura más reconocida del movimiento mundial sobre cambio climático, desembarcó en el puerto de Nueva York después de cruzar el Atlántico en un velero durante dos semanas para revertir el robo del futuro, de la suya y las próximas generaciones.

Thunberg fue invitada a una cumbre de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre el cambio climático que se realizará durante el debate anual de alto nivel en la Asamblea General, pero también participará en una "huelga climática global", entre otras actividades.

En la lujosa marina de North Cove, en Manhattan, a una cuadra del World Trade Center, cientos de personas la recibieron con pancartas en las que se leía "Bienvenida Greta", y con consignas como "Los mares se elevan y nosotros también nos alzamos", "Dejen al petróleo bajo tierra" y "Nos vamos de huelga por ustedes, ¿ustedes harán lo mismo por nosotros?"

Thunberg saludó con la mano y una sonrisa al bajar del Malizia II, velero de 18 metros de eslora con una frase sobre sus velas: "Unirse detrás de la ciencia", y que genera cero huella de carbón; tras pisar tierra por primera vez en 14 días, se sumó a un grupo de activistas jóvenes que la esperaban, algunos de los aproximadamente 2 millones que se han movilizado alrededor del mundo inspirados por sus huelgas escolares para exigir acción inmediata sobre el cambio climático.

En una breve conferencia de prensa, reiteró su mensaje de que el cambio climático es el mayor problema que jamás haya enfrentado la humanidad: “Esta es una lucha a través de fronteras, a través de continentes… para salvar al mundo”. Agregó que se requiere una acción de "cooperación mundial a pesar de nuestras diferencias", como nunca antes para revertir esta amenaza. "Ya no esperemos más, hagámoslo ahora mismo".

Al preguntarle otra vez sobre Donald Trump, Thunberg repitió que “obviamente él no… escucha a la ciencia”, y cree que no piensa que valga la pena hablar con él, sino mejor trabajar con otros. Sobre los incendios en Amazonia, comentó que le había llegado la noticia "devastadora y horrible" en el barco, y que una vez más la respuesta es "poner fin a la guerra contra la naturaleza".

Instó a los activistas a que “continúen adelante, aunque a veces parece imposible y sin esperanza; siempre es así, entonces uno tiene que continuar porque si uno lo intenta lo suficiente harás una diferencia, y si suficiente gente se une… todo es posible”.

Indicó que preferiría que no hubiera tanto enfoque hacia ella, sino sobre esta crisis, pero "no puedo hacer mucho sobre eso, si eso permite mayor atención sobre el cambio climático, entonces usaré esa oportunidad".

Su acción solitaria de abandonar clases cada viernes –que empezó justo hace un año– y sentarse frente al Parlamento sueco en Estocolmo con el fin de exigir a los políticos ponerse en acción por el cambio climático, generó un movimiento llamado Los Viernes para el Futuro (Fridays for Future), con acciones en más de 100 países.

Algunas de los organizadores locales de este movimiento –adolescentes, igual que ella– la esperaban y para el viernes realizarán una "huelga escolar" ante la sede de la ONU y el 20 de septiembre encabezarán una huelga masiva general por el clima en esta ciudad, con acciones paralelas alrededor del mundo.

Presencia mexicana

XIye Bastida, de 17 años, estudiante mexicana de preparatoria en esta ciudad, una de las activistas que dio la bienvenida a Thunberg y que participará con ella en las actividades, comentó a La Jornada que su familia llegó aquí hace cuatro años después de que su pueblo, San Pedro Tultepec, sufrió inundaciones, sólo para ser testigo de las consecuencias del huracán Sandy, "lo que dejó claro que los efectos del cambio climático nos afectan a todos, en todas partes".

En meses recientes ha encabezado una huelga escolar en su preparatoria junto a 600 de sus compañeros, y también realizó una jornada de protesta en el Zócalo de la Ciudad de México. "Esto se trata de en qué mundo vamos a crecer y necesitamos que ustedes sean parte de nuestro movimiento", tanto en México como Estados Unidos y alrededor del planeta.

"Estamos en un momento en donde tenemos que actuar, unidos, por un futuro en el que todos podremos vivir". En México, como en otras partes, es hora de tomar “una decisión sobre cómo proteger el futuro… quiero que sus hijos y mis hijos tengan la oportunidad de ver qué tan bello es México”.

Al pasar por la Estatua de la Libertad antes de atracar, el navío en el que llegó Thunberg fue recibido y acompañado por una flota de 17 veleros, cada uno con una de las metas definidas por la ONU sobre desarrollo sustentable escrito en su velas.

Después de participar en los eventos en Nueva York su gira internacional continuará por varios países del continente para llegar a Chile, en diciembre, para otra cumbre de la ONU sobre clima.

Aún no se ha determinado cómo viajará –dijo que sería por vía terrestre–, ya que el Malizia II regresará a Europa. El jefe del velero es Pierre Casiraghi, hijo de la princesa Carolina de Mónaco, y nieto de Grace Kelly, y el capitán fue el alemán Boris Hermann, veterano de carreras acuáticas y quien ha dado la vuelta al mundo. El padre de Greta y otros dos completaron la tripulación de cinco.

Thunberg y el movimiento que inspiró es considerado "la peor amenaza" a la industria de hidrocarburos por la dirigencia de la OPEP, y la derecha internacional ha expresado cierta histeria contra una joven con Asperger, quien sólo pide que el mundo le haga caso al consenso científico y que el futuro no sea robado a las próximas generaciones.

Para mayor información: https://www.fridaysforfuture.org y Twitter @GretaThunberg

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 Greta Thunberg (la segunda por la derecha) junto a un grupo de jóvenes activistas medioambientales en la Asamblea Nacional de París. Philippe Wojazer Reuters)

La activista sueca, invitada de honor en la Asamblea Nacional francesa

 

 

La puesta en escena para Greta Thunberg en París no podía ser más elocuente. No porque estuviera invitada para debatir en la Asamblea Nacional francesa, un raro honor más extraordinario aún vista la corta edad de la joven, 16 años. Sobre todo, porque el París al que llegó Thunberg este martes es una ciudad —y todo un país— casi fundidos por una oleada de calor, la segunda en pocas semanas, que pone en evidencia que los riesgos del cambio climático contra los que lleva advirtiendo desde hace más de un año la joven activista sueca son un problema que, más que a la vuelta de la esquina, están ya metidos en casa.

“De aquí a 2030, si no hacemos nada, no podremos revertir el cambio climático”, advirtió, muy seria, ante los casi 200 diputados que acudieron a escucharla.

La presencia de Thunberg ha provocado una fuerte controversia en Francia. Diputados sobre todo de derecha y de la extrema derecha criticaron en los últimos días la presencia de la joven, a quien llamaron a boicotear tras calificarla, entre otros, de “profeta en pantalones cortos”, “gurú apocalíptico”, “premio Nobel del miedo” o marioneta al servicio de lobbies ecologistas. Unas calificaciones y unas ausencias —Thunberg y otros tres jóvenes activistas franceses hablaron finalmente en una sala y no el hemiclo— que no inmutaron a la adolescente sueca.

“Algunos han decidido no venir aquí hoy, algunos han decidido no escucharnos. No pasa nada. Ustedes no están obligados a escucharnos, al fin y al cabo, no somos más que chavales. Pero ustedes sí tienen el deber de escuchar a la ciencia. Es todo lo que pedimos: que se unan tras la ciencia”, replicó Thunberg agitando en su mano el último informe del grupo de expertos intergubernamentales sobre la evolución del clima de la ONU, el Giec. Además de contra responsables políticos, la joven también cargó contra empresarios y periodistas, a quienes responsabilizó de “mentir” sobre lo que hacen jóvenes como ella y de no contar lo que está pasando ni de advertir de la seriedad de la emergencia climática para concienciar adecuadamente a la sociedad.

Mientras Thunberg hablaba, toda Francia sudaba. El país sufre su segunda oleada de calor en pocas semanas, tras haber registrado en junio el récord absoluto jamás registrado: 46 grados en el sur del país. París se apresta a batir también en los próximos días su propio récord con temperaturas de hasta 41 grados. El último récord, recuerda la Agencia France Presse, data de 1947, cuando los termómetros capitalinos marcaron 40,4°C.

La sequía es ya una preocupación nacional y sectores como el vinícola se preparan para el golpe que se avecina, con una caída de la producción de entre 6 y 13% respecto al año pasado, según estimaciones oficiales. En numerosas ciudades del país se han dispuesto salas “de refresco”, se ha limitado la circulación y se han decretado medidas dirigidas sobre todo a los mayores, la población más vulnerable en estos momentos, con vistas a evitar un episodio como el de la oleada de calor de 2003, que dejó 15.200 muertos en Francia.

Desde la Asamblea Nacional, Greta Thunberg tomaba sorbos de agua de una botella de aluminio reciclable —también ha venido a Francia en tren para contaminar menos— mientras seguía reclamando que los responsables políticos y sociales actúen de una vez y lo hagan de verdad, no solo como “bellas campañas de relaciones públicas”. “La emergencia climática es hoy y es ahora, y no acaba más que comenzar, y solo va a empeorar”, insistió.

Por Silvia Ayuso

París 23 JUL 2019 - 10:02 COT

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Suelo del planeta rojo captado por Curiosity con técnica de rayos X. La imagen revela variedad de materiales.Foto Xinhua

Restos de antiguas capas de hielo fueron descubiertos a mil 500 metros de profundidad bajo el polo norte de Marte, y podrían ser una de las reservas de agua más grandes del planeta.

Científicos de la Universidad de Texas en Austin y la Universidad de Arizona hicieron el descubrimiento utilizando medidas recopiladas por el radar superficial (Sharad) en la sonda de Reconocimiento Marciano de la NASA, el cual emite ondas que pueden penetrar más de 2 mil metros por debajo de la superficie de Marte.

Los hallazgos, publicados este miércoles en Geophysical Research Letters, son importantes porque las capas de hielo son un registro del clima que hubo en Marte de la misma manera en que los anillos de los árboles lo son del que se vivió en la Tierra. El estudio de la geometría y la composición de esas cubiertas podría decir a los científicos si las condiciones climáticas eran antes favorables para la vida, explicaron los investigadores. El equipo encontró capas de arena y hielo que eran hasta 90 por ciento de agua en algunos lugares.

Si se derrite, el hielo polar recién descubierto sería equivalente a una capa global de agua alrededor de Marte con una profundidad de al menos 1.5 metros.

"No esperábamos encontrar tanto hielo de agua aquí", señaló Stefano Nerozzi, autor principal del estudio y asistente de investigación graduado en el Instituto de Geofísica de la Universidad de Texas (UTIG).

"Eso probablemente lo convierte en el tercer reservorio de agua más grande en Marte después de los casquetes polares."

Los hallazgos fueron corroborados por un estudio independiente que utilizó datos de gravedad en lugar de radar, dirigido por investigadores de la Universidad Johns Hopkins.

Los autores creen que las capas se formaron cuando el hielo se acumuló en los polos durante las eras de hielo que pasaron en Marte. Cada vez que el planeta se calentaba, un remanente de esos estratos se cubría de arena, lo que protegía el hielo de la radiación solar y evitaba que se disipara en la atmósfera.

Eventos glaciares

Los científicos han sabido durante mucho tiempo acerca de los eventos glaciares en Marte, que son impulsados por variaciones en la órbita y la inclinación del planeta. Durante periodos de aproximadamente 50 mil años, el planeta rojo se inclina hacia el Sol antes de volver de forma gradual a una posición vertical, como un tambaleante trompo.

Cuando el planeta gira en posición vertical, el ecuador se enfrenta al Sol, lo que permite que los casquetes polares crezcan. A medida que el planeta se inclina, las capas de hielo se retiran, tal vez desapareciendo por completo.

Hasta ahora, los científicos pensaban que los antiguos casquetes de hielo se habían perdido. El estudio muestra que, de hecho, importantes restos de ellos han sobrevivido bajo la superficie del planeta, atrapados en bandas alternas de hielo y arena, como hojas en un pastel.

El coautor Jack Holt, profesor en el Laboratorio Lunar y Planetario de la Universidad de Arizona, sostuvo que el estudio proporciona nuevas e importantes ideas sobre el intercambio de hielo de agua entre los polos y las latitudes medias, donde su grupo de investigación confirmó anteriormente la presencia de glaciares extendidos, también mediante el uso del instrumento Sharad.

"Sorprendentemente, el volumen total de agua encerrada en estos depósitos polares enterrados es aproximadamente el mismo que todo el hielo de agua que se sabe que existe en los glaciares y las capas de hielo enterradas en las latitudes más bajas de Marte, y tienen aproximadamente la misma edad", concluyó.

El exceso de CO2 de EEUU cuesta un billón de dólares a la economía mundial

Los Acuerdos de París para lograr que el repunte de la temperatura del planeta no supere los 2 grados centígrados en 2025 no van por buenos derroteros. Por si fuera poco, el gran emisor de gases de efecto invernadero –EEUU–, ya ha avanzado que no acudirá a la cumbre para la Acción Climática de Naciones Unidas de septiembre.

En 2016, en las postrimerías de su segundo mandato, Barack Obama, tan sólo unos meses antes de conocer a su sucesor en la Casa Blanca, firmaba los Acuerdos de París, a los que definió como "el más ambicioso pacto contra el cambio climático de la historia". Tras estampar su rúbrica, el líder demócrata preconizó que EEUU sería el abanderado mundial en esta lucha. Es más, señaló la estela a seguir: la mayor potencia económica del planeta está en condiciones de recortar en más de un 26% sus niveles de emisiones de CO2 a la atmósfera en 2025.


En línea con el objetivo del tratado parisino. Sin embargo, la fumata blanca se ha tornado negra. En 2018, los niveles de polución volvieron a aumentar, después de que la Administración Trump echara por la borda las normas de protección medioambiental redactadas por Obama. Una vez más. Porque la promesa internacional de EEUU en esta materia nunca ha sido sólida.


Pese a que la Casa Blanca ha suscrito cuatro grandes protocolos para combatir el efecto invernadero -cumbres de Río de Janeiro, en 1992; Kyoto, en 1997, Copenhague, en 2009 y el mencionado de París, en 2015- EEUU ha fallado, como muchos otros grandes emisores de CO2, en sus intentos, mínimos, de mantener a raya sus cotas de polución. En buena medida, porque han sido incapaces de añadir a sus ordenamientos una regulación rigurosa al respecto. El resultado es paradigmático. El mayor PIB del mundo ha lanzado al espacio 20.000 millones de toneladas de dióxido de carbono más de su compromiso internacional de 1992.


Mientras las previsiones auguran que, para 2025, sobrepasará en otras 5.000 toneladas los límites previstos en la capital francesa.Este superávit contaminante podría parecer testimonial para una economía que ronda ya los 20 billones de dólares. Pero no lo es. Baste decir que estos 25.000 millones de toneladas adicionales es una cantidad que superan las emisiones totales procedentes de China, India y la UE el pasado año. Más en concreto, y según cálculos del propio gobierno federal americano de 2016, basado en una prospección matemática que contabiliza el daño causado por cada tonelada de emisión de CO2 en 42 dólares, el coste para la economía mundial del exceso contaminante de EEUU será superior al billón de dólares en los próximos años.


Donald Trump ha calificado de "irracionales" y de "exigencias económicas y financieras draconianas" para EEUU el cumplimiento de los pactos de París. Falacia. Porque Washington siempre ha logrado obtener cuotas más reducidas en todos los acuerdos ecológicos de referencia. Por ejemplo, en Kyoto, su objetivo era menos ambicioso que los del resto de países cosignatarios. E, incluso, su delegación logró incluir en el protocolo el mercado de derechos de emisión, con el que quiso asegurarse que la consecución de su meta conservacionista tuviera un coste más efectivo.


Cambio de paradigma económico


El giro hacia la transición energética no sólo es la única alternativa para mantener la salud del planeta. Es, quizás, la más clara estrategia económica hacia la estabilidad y la prosperidad. Para los expertos climáticos, EEUU no tiene barreras, ni técnicas ni financieras, a la hora de avanzar por la senda de las energías renovables. En su opinión, las inversiones en la economía verde se sufragan por la propia industria y los costes asociados a su implantación son mínimos en relación a los amplios beneficios hacia la sociedad. Según la Comisión Global sobre la Economía y el Clima (GCEC, en sus siglas en inglés), el PIB global añadiría 26 millones de dólares si se consumaran los negocios relacionados con la preservación del medio ambiente en 2030. Suma equivalente a los PIB de EEUU y Japón, primera y tercera economías globales, a precios actuales de mercado.


Un salto de prosperidad que se consolidaría si, como se reclama Naciones Unidas, los gobiernos que han suscrito los Acuerdos de París sellan alianzas de colaboración con el sector privado idóneas para potenciar la economía ecológica. Bajo directrices aceptadas como que las inversiones en la energía solar o eólica exigen menos costes efectivos que la generada por el carbón. Sin embargo, todas las propuestas legislativas planteadas en el Congreso norteamericano desde la era Trump se han saldado con la férrea oposición de la mayoría republicana en el Senado. Aunque también por parte de las filas demócratas; en concreto, la de sus representantes de estados con industria del carbón. Un estudio de Boston Consulting Group (BCG) estima que el impacto de las políticas medioambientales de EEUU, de cumplirse estrictamente en su totalidad, apenas serviría para reducir en un 11% las emisiones estadounidenses de CO2 en 2050.Por si fuera poco, sus grandes consorcios energéticos están entre los son los más contaminantes. De acuerdo con la revista académica Climate Change, las 90 compañías con mayores índices de polución han sido las responsables de casi el 50% del aumento de la temperatura del planeta desde el final de la Revolución Industrial.


Periodo que enmarcan entre 1880 y 2010. De ellas, 83 extraen carbón, petróleo o gas natural. Es decir, se dedican en mayor o menor medida al negocio de los combustibles fósiles. Mientras que las otras siete son cementeras. Su gigante Chevron es el principal agente contaminante, seguido de la saudí Aramco y de la rusa Gazprom. Tras estas tres multinacionales, aparecen otro tridente estadounidense: ConocoPhillips, Consol Energy y Peabody Energy. Que anteceden a las británicas BP y British Coal Corporation, a la holandesa Royal Dutch Shell, a la francesa Total y a la australiana BHP Billiton. Desde Oriente Próximo y el norte de África surgen la National Iranian Oil Company, Kuwait Pretroleum y la energética de Argelia Sonatrach. También están entre las veinte primeras PetroChina, Coal India, la mexicana Pemex y la venezolana PDVSA. Sus emisiones –dice el informe– revela que los productores de las energías fósiles "son los que más impacto están teniendo en la temperatura de la superficie de la Tierra".


Sus efectos son "cuantificables y substanciales" en el aumento del efecto invernadero y en su persistencia en mantener sus negocios subyacen "condicionantes históricos, legales y, por supuesto, de falta de ética" que impiden el combate contra el cambio climático con capitales y fondos monetarios tendentes a mitigar sus daños, a apoyar bases jurídicas que conduzcan a un cambio de paradigma hacia economías sostenibles y limpias y a la compensación de los daños por excesos de emisiones de CO2.


Más madera … fósil


Pero, sin duda, la Administración Trump va por otros derroteros. Los últimos datos oficiales dan sobradas muestras de la apuesta de la Casa Blanca por las prospecciones de gas y petróleo en su territorio. En 2018, el gobierno federal liberalizó 2,1 millones de acres para que las empresas energéticas continuaran con sus trabajos de prospección y extracción que, en su gran mayoría, se destinó al fracking, la dañina técnica mediante fractura hidráulica que se ha erigido en una práctica habitual en el sector estadounidense. En 2017, concedió otros 1,6 millones de acres a la industria petrolífera. Así lo cifra la Oficina de Gestión de la Tierra (BLM), cuyos datos han sido analizados por el think-tank Center for American Progress (CAP). Mayoritariamente, en Nevada, Utah, Wyoming, Montana, Arizona, Colorado y Nuevo México. Un año antes, bajo el mandato de Obama, la cesión fue de 289.000 acres de terreno. Ellen Kustin, directora del CAP, afirma que "las acciones del gobierno Trump indican que la visión occidental continúa siendo la de entregar terreno a la industria para mantener sus técnicas extractivas".


En contra de ponerle freno a las estrategias contra el cambio climático. A pesar de que, la última vez que las emisiones de CO2 a la atmósfera registraron las históricas cotas actuales (410 partes por millón), hace tres millones de años, el nivel de los mares era 18,6 metros más alto y existía vida arbórea en la Antártida, dicen los investigadores del Instituto Postdam (PIK) sobre Investigación del Impacto Climático en un estudio publicado en Science Advances. Las emisiones globales de CO2 en 2018 alcanzaron una cifra sin parangón: 37.100 millones de toneladas. Con casi todas las naciones alejándose de sus objetivos de control. India lo superó en un 6,3%; China, en un 4,7% y EEUU, en un 2,5%, acaba de revelar Global Carbon Project. Aunque consultoras privadas como Rhodium Group lo incrementan hasta un 3,4% en el caso de EEUU. El mayor aumento de los últimos ocho años. Y lo que es peor. Washington acaba de corroborar que no acudirá a la cumbre de Naciones Unidas para la Acción Climática que se celebra en septiembre. Trump ni está, ni se le espera en la lucha por la preservación del medio ambiente.

29/04/2019 07:43 Actualizado: 29/04/2019 07:43
Por DIEGO HERRANZ

 

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El mundo perdió el año pasado una superficie de bosques primarios tan grande como Bélgica

Global Forest Watch advierte del aumento de la destrucción de estos valiosos ecosistemas en países diferentes a los habituales

Imágenes de satélite muestran que en 2018 el mundo perdió 12 millones de hectáreas de bosques tropicales, destacando especialmente la destrucción de 3,6 millones de hectáreas de bosques primarios, según los datos dados a conocer esta semana por Global Forest Watch, que depende del World Resources Institute.


Los llamados bosques primarios son ecosistemas en los que crecen árboles de cientos o incluso miles de años, que almacenan gran cantidad de carbono y tienen una gran importancia para la biodiversidad, sobre todo, para especies forestales como orangutanes, gorilas, tigres... “Estos bosques tardan mucho en recuperarse, si se talan, quizá nunca vuelvan a su estado original”, incide Mikaela Weisse, directora de Global Forest Watch, que recalca como, a pesar de no ser tan malas las cifras como en 2016 y 2017, “la pérdida de estos bosques primarios sigue siendo muy alta”.


Los datos de satélite Landsat han sido procesados por la Universidad de Maryland y muestran también un cambio significativo en el mapa de destrucción de estos valiosos espacios. Si en 2002 solo Brasil e Indonesia concentraban el 71% de las pérdidas de los bosques tropicales primarios, ahora estos países suponen el 46%, habiéndose extendido este grave problema a otras áreas del planeta.


Por extensión, en 2018 las mayores pérdidas de estos bosques se registraron en Brasil (1,3 millones de hectáreas), República Democrática del Congo (481.248), Indonesia (339.888) o Colombia (176.977). Pero si se analiza dónde ha aumentado más con respecto a 2017, la lista está encabezada por Ghana (con una subida del 60%), Costa de Marfil (26%), Papúa
“Estamos viendo un aumento de pérdidas de bosques primarios en otras partes del mundo donde antes no teníamos”, señala Weisse, que considera muy difícil determinar las causas. “No sabemos qué está pasando exactamente, a veces se trata de una combinación de pequeñas cosas”, incide la directora de Global Forest Watch. “En Ghana y Costa de Marfil no sabemos si es la minería o la producción de cacao, en el Congo está aumentado la agricultura de pequeña escala, en Liberia vemos que está entrando el cultivo de palma... Depende mucho de cada sitio”.


Esta organización incide en la mejoría que se está produciendo en Indonesia, donde la pérdida de bosques primarios fue en 2018 un 40% menor que el promedio anual de 2002 a 2016.
“Hay dos factores que explican lo de Indonesia”, comenta Weisse. “Por un lado, los dos últimos años fueron más húmedos y no hubo tantos problemas de incendios. Probablemente, en 2019 vuelva a haber más fuegos, por el efecto de ‘El Niño’. Y por otro, el Gobierno introdujo nuevas políticas para frenar los incendios, impusieron restricciones en la transformación de turbas y un mayor control en el cumplimiento de la ley”.


En el caso de Brasil, si bien se ha producido también una mejoría respecto a 2016 y 2017, Global Forest Watch considera que las cifras no son positivas si se analizan tomando un periodo de tiempo más largo. De hecho, se advierte de una tendencia alcista en la deforestación de la Amazonia que podría poner en peligro los avances conseguidos a principios de los 2000.

Por Clemente Álvarez
27/04/2019 - 12:36h

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“Hay que prepararse ya para las consecuencias del cambio climático”

La exministra ecuatoriana preside en Buenos Aires la reunión de cooperación Sur-Sur

Para María Fernanda Espinosa, la diplomática ecuatoriana que preside la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, hay que acelerar las medidas defensivas contra el cambio climático. “El objetivo es construir resistencia y capacidad de adaptación, prepararse ya para las consecuencias del cambio”, especialmente en los países más pequeños y menos desarrollados, los que más sufrirán en las próximas décadas. El clima, la desigualdad económica y las migraciones han sido, junto al asunto urgente de la mujer, los grandes temas de la reunión Sur-Sur que los 193 países de la ONU han mantenido el jueves y el viernes en Buenos Aires.


“Un tema muy importante es la reforma de los mecanismos internos en la Asamblea General de la ONU y cómo tomar decisiones en una época en que los consensos son cada vez más raros; eso, sin embargo, difícilmente saldrá en un titular”, dice Espinosa durante una entrevista desarrollada en su hotel bonaerense. “La Asamblea adopta decisiones, pero luego cada país debe aplicarlas y ahí tenemos un déficit”, reconoce.


Aunque se trabaja mucho en la reforma interna, las urgencias planetarias concentran la atención. El cambio climático, para empezar: quién paga la factura, cómo se reparten responsabilidades y cómo se afrenta algo que ya resulta inevitable. Serán los temas de la gran conferencia de Nueva York, en septiembre. La presidenta de la Asamblea General cree que hay razones para el optimismo. Estados Unidos se ha retirado de los Acuerdos de París y su presidente, Donald Trump, incluso niega que exista el calentamiento, “pero cientos de ciudades estadounidenses y varios estados están aplicando los Acuerdos de París, China ha decidido cambiar su matriz energética y emprender la reconversión tecnológica, igual que India, y en general estamos en el camino correcto. Lo que ocurre”, subraya, “es que hay que acelerar”.


No se trata solamente de evitar que la temperatura planetaria suba más de dos grados respecto a la era preindustrial, algo que, según un informe de la ONU en noviembre, ya está a punto de ocurrir, sino de prepararse para las consecuencias del calentamiento. “Soy latinoamericana, sé que los países pequeños y con menos recursos serán los más afectados, y lo que debemos hacer ahora es redireccionar esfuerzos para construir resiliencia ante los fenómenos naturales”, dice Espinosa.


Una de las consecuencias del cambio climático será el agravamiento de las migraciones. Hoy, 250 millones de personas están en movimiento, el 80% de ellas dentro de África. La cuestión migratoria afecta muy especialmente a los países del sur, principales emisores y principales receptores, y tiene su raíz, como siempre a lo largo de la historia, en la desigualdad, que genera pobreza y violencia. “Hay demasiada gente marginada de los frutos de la globalización; si no conseguimos reducir las desigualdades y no cumplimos el objetivo de crear 600 millones de nuevos puestos de trabajo antes de 2030, los problemas serán gravísimos”, afirma.


La antigua ministra ecuatoriana se enciende al hablar de la mujer. “Solo 20 de los 193 países están dirigidos por mujeres; solo el 25% de los parlamentarios son mujeres; las mujeres cobran, a igual trabajo, una media del 20% menos; y los números de la violencia contra la mujer hieren: una de cada tres mujeres en el mundo ha sido víctima de violencia”, explica, antes de recordar que 20 millones de niñas están anualmente en riesgo de sufrir la mutilación genital.


Espinosa proclama la necesidad de respetar todas las religiones, pero precisa que incluso las religiones tienen como límite la dignidad humana. En referencia no explícita a algunos países musulmanes, recuerda que “quienes han firmado la Carta de las Naciones Unidas están obligados a cumplirla”. Y asegura que si la mujer no se integra con igualdad de derechos en la política y el trabajo, ninguno de los objetivos económicos de la ONU podrá cumplirse. El programa Spotlight, patrocinado por la ONU y la Unión Europea y dirigido a combatir la violencia contra niñas y mujeres, ha sido una de las novedades en la reunión de Buenos Aires.


Durante la reunión, Venezuela denunció que las presiones internacionales contra el régimen de Nicolás Maduro habían supuesto ya una pérdida económica de 24.000 millones de dólares. Hay quien presiona a los dirigentes de la ONU para que dejen de reconocer a Maduro como presidente, pero eso solo podría hacerse con una improbable decisión mayoritaria de la Asamblea General. ¿Puede hacer algo la organización? “Es un problema muy difícil”, admite Espinosa, “y la solución no pasa ni por la intervención militar ni por la violencia. Hacen falta diálogo y concertación. Podemos ayudar, pero la clave está en los propios venezolanos”.

Por Enric González
Buenos Aires 22 MAR 2019 - 15:42 COT

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La emergencia del clima y la próxima generación

Decenas de miles de jóvenes salieron a la calle la semana pasada en muchas ciudades alredor del mundo para transmitir un mensaje claro a los dirigentes mundiales: actúen ya para salvar nuestro planeta y nuestro futuro de la emergencia del clima.

Esos estudiantes han comprendido algo que muchas personas mayores parecen no captar: nos estamos jugando la vida en una carrera contrarreloj y vamos perdiendo. La oportunidad se está desvaneciendo; el tiempo es un lujo que ya no podemos permitirnos y retrasar la acción respecto al cambio climático es casi tan peligroso como negar que existe.
Mi generación no ha sabido reaccionar ante el enorme desafío del cambio climático y la gente joven lo siente profundamente; no les faltan motivos para enojarse.


A pesar de llevar años hablando del problema, las emisiones mundiales están alcanzando niveles récord y no muestran signos de haber tocado techo. Hoy tenemos la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera más alta en tres millones de años. Los pasados cuatro años fueron los cuatro años más calurosos desde que se llevan registros, y las temperaturas invernales en el Ártico han aumentado en 3ºC desde 1990. El nivel del mar está subiendo, los arrecifes de coral mueren y empezamos a ver repercusiones del cambio climático que pueden poner en peligro la salud mediante la contaminación atmosférica, las olas de calor y los riesgos para la seguridad alimentaria.


Por fortuna tenemos el Acuerdo de París, un contexto normativo visionario, viable y con visión de futuro donde se expone qué hacer exactamente para frenar las perturbaciones del clima e invertir sus efectos. Pero el acuerdo en sí es papel mojado si no va acompañado de medidas ambiciosas.


Por eso este año voy a reunir a los líderes mundiales en la Cumbre sobre la Acción Climática. Hago un llamado a todos los dirigentes para que vengan a Nueva York en septiembre con planes concretos y realistas a fin de mejorar sus contribuciones determinadas a escala nacional para 2020, en consonancia con el objetivo de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en 45 por ciento en el próximo decenio y de que sean nulas para 2050.


La cumbre congregará a los gobiernos, el sector privado, la sociedad civil, las administraciones locales y otras organizaciones internacionales para preparar soluciones ambiciosas en seis áreas: las energías renovables, la reducción de las emisiones, la infraestructura sostenible, la agricultura sostenible y la gestión sostenible de bosques y océanos, la resistencia a los efectos del cambio climático y la inversión en la economía verde.


El análisis más reciente muestra que, si actuamos ahora, podemos reducir las emisiones de carbono en 12 años y limitar el calentamiento global a 1.5°C. Pero si no cambiamos de rumbo, las consecuencias son imprevisibles.


Aunque la acción climática es indispensable para combatir una amenaza existencial, también tiene un costo. Los planes de acción no deben dejar un saldo de ganadores y perdedores o acentuar la desigualdad económica, deben ser justos y crear nuevas oportunidades para quienes salgan perjudicados, en el contexto de una transición justa.


Tenemos de nuestra parte a las empresas. Las soluciones aceleradas al cambio climático pueden reforzar nuestras economías y crear empleo, y a la vez conseguir un aire más limpio, preservar los hábitats naturales y la diversidad biológica, y proteger el medioambiente.


Con las nuevas tecnologías y soluciones de ingeniería ya se está produciendo energía a un costo más bajo que en la economía de los combustibles fósiles. La energía solar y la eólica terrestre son ahora las fuentes más baratas de nueva energía mayorista en prácticamente todas las grandes economías. Pero tenemos que poner en marcha un cambio radical.
Para ello hay que dejar de conceder subsidios a los combustibles fósiles y la agricultura de emisiones elevadas y optar por energías renovables, vehículos eléctricos y prácticas que respeten el clima. Hay que fijar unos precios del carbono que reflejen el costo real de las emisiones, desde el riesgo climático hasta los peligros que entraña para la salud la contaminación atmosférica. También hay que acelerar el ritmo de cierre de las centrales de carbón y sustituir esos empleos por alternativas más saludables para que la transformación sea justa, inclusiva y rentable.


Esta propuesta está cobrando impulso: la gente está atenta y hay una nueva determinación de cumplir la promesa del Acuerdo de París. La Cumbre sobre el Clima debe ser el punto de partida para construir el futuro que necesitamos.


Para terminar, tengo un mensaje para los chicos y las chicas que se manifestaron ayer. Sé que la gente joven puede cambiar el mundo y que, de hecho, lo cambia.
Hoy, muchos jóvenes piensan en el futuro con ansiedad y temor, y yo comprendo vuestras inquietudes y vuestro enfado. Pero sé que la humanidad es capaz de conseguir grandes logros. Vuestras voces me dan esperanza.


Cuanto más percibo vuestro compromiso y activismo, más confianza tengo en que vamos a ganar. Juntos, con vuestra ayuda y gracias a vuestro esfuerzo, podemos y debemos superar esta amenaza y crear un mundo más limpio, seguro y ecológico para todos.

Por António Guterres, Secretario general de la Organización de las Naciones Unidas

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Evitando el imperialismo climático: una visión izquierdista de la geoingeniería

Las técnicas de geoingeniería necesitan ser revisadas y examinadas cuidadosamente, pero ya es fácil discernir que algunas de ellas técnicas serán más conducentes a un enfoque izquierdista, mientras que otras probablemente reforzarán las estructuras de poder capitalistas.

Todas las personas están familiarizadas con el caos climático en desarrollo. Los niveles de dióxido de carbono han superado las 410 partes por millón (ppm), la posibilidad de evitar 2°C de calentamiento global es cada vez menor, y un Planeta Tierra Invernadero parece cada vez más probable.

El cambio climático ahora amenaza el proceso de acumulación de capital y el escenario sin introducción de cambios (business-as-usual). La geoingeniería, la manipulación a gran escala de los sistemas de la naturaleza no-humana, ahora es invocada por el IPCC como una solución de emergencia.


En realidad, el calentamiento global es geoingeniería; el capitalismo es geoingeniería —un proyecto a gran escala y de siglos de duración, que ha modificado la naturaleza, ha abierto fracturas metabólicas, y ha alterado la composición de la atmósfera como parte de una guerra de clases, persiguiendo la acumulación de capital y fuentes de naturaleza barata. En su mayor parte ha sido un proceso involuntario —la modificación climática como una externalidad es lo que nos ha traído hasta este precipicio— pero al igual que la geoingeniería intencional, ha afectado a la totalidad de la biósfera.


¿Tiene sentido probar y conducir esta geoingeniería en un intento por enmendar las heridas del capitalismo en la biosfera? En una palabra: sí.


La geoingeniería fácilmente podría perpetuar las estructuras de poder existentes, y exacerbar las injusticias que enfrentamos, pero estas tecnologías no deberían ser rechazadas de plano. Estas “exigen precaución y prudencia”, pero dirigidas hacia objetivos izquierdistas pueden ayudar tanto a mitigar el cambio climático como a crear un orden social, político y económico más justo.


Finalmente quizás no tengamos opción. Una cantidad de aumento de la temperatura está “atrapada” debido a la inercia acumulada, y una “una gran porción del cambio climático es en gran parte irreversible en escala de tiempo humana” a menos que ocurra una eliminación masiva del carbono atmosférico. Algunos modelos del cambio climático futuro plantean que la biodiversidad global sufriría más por el cambio climático que por la geoingeniería. Las emisiones de aerosoles por décadas de actividad industrial han estado enmascarando el “verdadero” calentamiento asociado con las emisiones de gases de efecto invernadero durante algún tiempo. Limpiar esta contaminación de aerosoles (y por lo tanto mejorar la calidad del aire y reducir las muertes asociadas con la contaminación del aire) llevará a un aumento de 1°C de calentamiento global.


La clase capitalista se puede adaptar fácilmente a un mundo más caliente hasta un punto: la riqueza puede comprar búnkeres subterráneos y oasis cerrados; el poder consigue muros fronterizos y robo de tierras. Una atmósfera compartida no significa que estemos juntos en esto.


No involucrarse en alguna forma de geoingeniería es tomar una posición privilegiada y condenar a los más pobres y vulnerables de nosotros a la desesperación y la degradación (0.1 grado Celsius puede significar la diferencia entre la vida y la muerte para millones de personas). No sorprenderá a nadie el hecho de que la geoingeniería implica riesgos. Modificar el clima o el tiempo metereológico, incluso a pequeña escala como en la siembra de nubes, tironea el tejido de la vida —y no siempre vemos qué hilos tiramos. Pero no toda geoingeniería es igual. Hay grandes diferencias entre reflejar la luz solar de vuelta al espacio y secuestrar dióxido de carbono.


Echemos un vistazo por algunas de las formas más problemáticas de geoingeniería.


La “gestión de la radiación solar” involucra la modificación de la cantidad de energía solar que entra al sistema atmosférico, a través de la inyección de aerosoles en el aire, potenciando el efecto albedo de la superficie de terrestre, o a través de reflectores espaciales. Es mejor comparada con la energía nuclear: requiere centralización y un sistema de gestión tecnocrático.


A pesar de las décadas de investigación, aún no está bien comprendida, y el entendimiento científico de los potenciales impactos “sigue siendo pobre”, según la American Geophysical Union. La idea de reflejar la luz solar lejos de la tierra con espejos espaciales gigantes o la “opción Pinatubo”, reduciendo las temperaturas mundiales mientras que se mantienen los niveles de consumo y emisiones de combustibles fósiles, es una solución atractiva para la clase capitalista. En vez de una transformación económica, promueve un enfoque de solución rápida, dotando a los procesos y entidades tecnológicas con el poder de resolver problemas hasta ahora intratables —un problema que David Harvey ha llamado tecno-fetichismo.
¿Qué impactos podemos esperar en un mundo que utilice la gestión de la radiación solar? Para empezar, no revertiría el daño en la agricultura causado por el cambio climático.

Tampoco evitaría una mayor acidificación de los océanos, ni tendría efecto en los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera. Lo que sí haría, sería aumentar la frecuencia de los huracanes, y eso provocaría descensos gigantes en las lluvias tropicales, y alteraría los monzones de verano, impactando negativamente en las precipitaciones sobre los cultivos que abastecen a millones de personas, quienes históricamente han tenido poca responsabilidad en provocar el cambio climático.


Los ciclos de temperatura y precipitación de la Tierra están tan fuertemente atados que incluso si el aumento de las temperaturas es revertido, el ciclo del agua no reaccionará de la misma forma: es poco probable que la gestión de la radiación solar vaya a restaurar el clima original del planeta.


También está el problema del “efecto de término”, un efecto de rebote donde las temperaturas mundiales subirán repentinamente si se despliega la gestión de la radiación solar y luego es detenida prematuramente. Esto nos amarraría a un programa de regulación antropogénica de la temperatura, porque sería muy peligroso detenerse —según estimaciones, se podrían inducir aumentos de la temperatura equivalentes a décadas en solo cinco años. Otros investigadores señalan que tal geoingeniería es más robusta de lo que se piensa, y podría ser eliminada lentamente sin desencadenar un efecto rebote en las temperaturas. Esto simplemente destaca las incertidumbres que rodean tales métodos de modificación del clima.


Los desafíos administrativos de un proyecto como ese serían inmensos, y podrían crear fácilmente una burocracia de expertos e ingenieros con una estructura de mando y control. La gestión de la radiación solar arriesga la reproducción de una agenda tecno-científica reminiscente de la Guerra Fría sin garantizar ningún resultado positivo.


¿Existen formas más razonables de geoingeniería?


La “remoción de dióxido de carbono” es la otra ala de la geoingeniería, bajando y secuestrando el carbono desde la atmósfera más que reflejando el sol de vuelta. Sus métodos abarcan desde la reforestación, el biocarbón (almacenar carbono en el suelo), la fertilización del mar con hierro y la captura de aire ambiental, apuntando a enfrentar la fuente de la crisis climática: las emisiones de gases de efecto invernadero.


Mientras que la deforestación es una fuente significativa de emisiones de gases de efecto invernadero (según algunas estimaciones es la segunda fuente de emisiones de dióxido de carbono, detrás de los combustibles fósiles), la forestación y reforestación de zonas de la Tierra es un método obvio para reducir los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera. Descrita como el método de geoingeniería más eficiente y ambientalmente benigno, puede tener un “impacto significativo” en los niveles de dióxido de carbono atmosférico en el largo plazo.


El “cultivo de carbono” es una técnica de geoingeniería. Esto involucra cambios en las prácticas agrícolas, incluyendo el uso del biocarbón y la agroforestería para potenciar la captura de carbono. Esto, junto con la reforestación puede ayudar incidentalmente además a revertir la desolación de los suelos del mundo, y mitigar la declinante habilidad para capturar carbono de los bosques existentes, además de contribuir a lo que Murray Bookchin llamó la agricultura radical.


Moviéndonos de la tierra al mar, la “fertilización” de florecimientos de fitoplancton con nutrientes de hierro es otro método para disminuir el carbono que evita conflictos por el uso de las tierras, aunque la incertidumbre científica persiste. La captura de carbono como un detritus orgánico que cae hacia la superficie oceánica, puede remover carbono del ciclo de carbono por miles de años, pero a medida que decae el plancton se pueden crear zonas muertas sin oxígeno.


Algunas especies de fitoplancton pueden producir dimetilsulfuro lo que a gran escala podría potenciar la cobertura de nubes y aumentar el efecto albedo de las nubes, pero tal como las otras formas de gestión de la radiación solar, podría afectar negativamente las precipitaciones y los recursos hídricos en Europa y partes de África y el Medio Oriente. Las plantaciones de alga son otro método de bajar el dióxido de carbono y al mismo tiempo evitar la competencia por tierras agrícolas o agua fresca, y pueden ser extremadamente efectivas si se integran con el uso de bioenergía.


Otro método es utilizar lo que la Royal Society llamó “la infraestructura de captura y almacenamiento de carbono”. Esto involucra extraer el dióxido de carbono desde el aire, y usar los gases capturados para la agricultura o para combustibles fósiles sintéticos. Esta captura de carbono llevada a cabo por máquinas podría ser necesaria si se alcanzan los límites biológicos, pero es fácil ver cómo estos enfoques pueden ser absorbidos dentro de las prácticas capitalistas existentes (en 2015 Bill Gates fue el mayor financiador a nivel mundial de la geoingeniería).


Todas estas técnicas son pasos enormes hacia la reducción de los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera. Pero la necesidad de escalarlos hasta hacerlos efectivos tendrá efectos negativos. A partir de las estimaciones actuales, las exigencias de tierra para la captura de carbono con bosques serían inmensas, afectando la seguridad alimentaria al competir por tierras fértiles de la misma forma en que ocurrió con los biocombustibles a inicios de este siglo.


Los investigadores detrás del Atlas para el Fin del Mundo son más directos: no habrá tierras suficientes para usar la silvicultura como único mecanismo para secuestrar carbono. Como Holly Jean Buck señala, la Remoción de Dióxido de Carbono es compleja y posiblemente arriesgada —y se necesita hablar de esto—.


Todas las formas de geoingeniería necesitan ser revisadas y examinadas cuidadosamente, pero algunas de estas técnicas serán más conducentes a un enfoque izquierdista, mientras que otras probablemente a reforzar las estructuras de poder capitalistas. Ya sea que la geoingeniería sea un proyecto izquierdista o uno capitalista depende del grado hasta el cual pueda ser usada para maximizar la democracia y la responsabilidad, la amplia participación, y producir una distribución justa de sus consecuencias.


Si una técnica fuera a fortalecer más la desigualdad económica, dar poder a una pequeña elite gobernante, y mantener un enfoque extractivista y ecocida hacia el mundo natural, debe ser arrojada por la borda. Una geoingeniería capitalista es otra forma para el capitalismo de extender sus tentáculos hacia la red de la vida, manteniendo su naturaleza extractivista, unos niveles de producción derrochadores y de paso arrojar una “cuerda de rescate” a la supervivencia del statu quo climático (business as usual). Es una geoingeniería que ya está ocurriendo.


Decenas de países en la actualidad mantienen programas de siembra de nubes, entre los que se destaca la modificación del clima por parte de China en el Tíbet, que se ubica en la frontera entre un ajuste de la lluvia y la geoingeniería en toda regla. En el futuro, países individuales — persiguiendo sus propias agendas e intereses— no dudarán en implementar programas de geoingeniería para salvarse en un mundo más caliente, reducir los impactos locales sin tener consideración por el impacto en sus vecinos. Esto impulsaría la armamentización del clima, la convención Enmod sobre modificación ambiental estaría condenada:“la emergencia de una nación puede ser la oportunidad de otra”.


Este sería un mundo disciplinado no solo por el capital, sino que por una élite tecnocrática obteniendo ganancias de la pasividad climática y las patentes de tecnologías de geoingeniería, mientras permite la escasez producida por el clima para saquear al resto de nosotros: un mundo de oasis de abundancia verdes y cerrados rodeados por una población sitiada.

Pero, ¿cómo sería una geoingeniería izquierdista?


El socialismo es la democratización de la producción. Esto involucraría un control descentralizado y organizado democráticamente sobre las tecnologías que pueden modificar la atmósfera, a pequeña y gran escala. También involucraría el control colectivo sobre las tecnologías energéticas y los procesos industriales, quitando la búsqueda de ganancia de toda la toma de decisiones. Sería una economía planificada de alta tecnología, en la que los niveles de gases de efecto invernadero serían monitoreados a través de tecnologías de sensores y observatorios locales por medio de comités de coordinación horizontales.


La ciencia detrás de la geoingeniería propuesta debe ser clara y transparente. Bajo el capitalismo hay un desincentivo a comunicar la información —el conocimiento es patentado, oculto, alejado por la competitividad a corto plazo, alentando el culto tecnocrático—. Necesitamos una “ciencia socialmente responsable” en interés de la sociedad en general, no para el interés del capitalismo y el estado. Algo como la Resolución Durham, escrita por la Sociedad Real para la Responsabilidad Social en la Ciencia, es un buen punto de partida.


La infraestructura requerida para una geoingeniería socialmente justa está en las manos de la clase capitalista – como todos los medios de producción, y necesita ser tomada y utilizarse para el bien mundial. Costará trillones de dólares secuestrar suficiente dióxido de carbono para evitar la catástrofe climática. Esto será una hazaña de Hércules, algo nunca antes hecho. Es imperativo que la clase trabajadora controle e impulse estos programas, o la biosfera será la víctima más reciente (y quizás la última) sacrificada al apetito del capital.


Parafraseando a Albert Camus, la geoingeniería es un peligro solo en el modo en que sería utilizada bajo el capitalismo. Los beneficios deben ser aceptados incluso si sus estragos son rechazados.


Izquierdista o no, la geoingeniería no es una bala de plata. Las soluciones tecnocráticas, que rechazan la participación o comprensión populares, no harán nada por rectificar la crisis climática. Como el autor de ciencia ficción Kim Stanley Robinson enfatizó, la mejor tecnología de geoingeniería es “un giro rápido hacia la justicia social y el fin del capitalismo”. Y tenemos razones para ser optimistas: ya sabemos cómo mitigar apropiadamente la crisis climática. No será fácil, pero es posible.


Pero la geoingeniería tiene solo una parte en una estrategia izquierdista más amplia para detener la biocrisis y evolucionar más allá del capitalismo. Tiene que trabajar junto con sistemas de decrecimiento, reduciendo el crecimiento económico y redistribuyendo la riqueza. La geoingeniería se puede mezclar fácilmente con la meta de una descarbonización completa y la generación del 100% de la energía a partir de fuentes renovables.


Al mismo tiempo, puede ayudar a debilitar los impactos del cambio climático que ya no se pueden detener, ayudándonos a crear infraestructuras de adaptación socialmente justas, promoviendo redes de apoyo mutuo, resistencia y comunismo de desastres.


La izquierda no debe tener miedo de hacer demandas a favor de una geoingeniería progresista. Los proyectos de reforestación con participación pública masiva, la mejora de la disponibilidad de carbono en el suelo en granjas locales, demandar la propiedad pública de la infraestructura de captura de carbono y la investigación de los riesgos e incertidumbres de la geoingeniería —estas son solo algunas formas de integrar la geoingeniería dentro de nuestras demandas climáticas y al mismo tiempo educar al público sobre cómo se vería un proyecto de geoingeniería izquierdista.


Ignorar la posibilidad de modificación ambiental a gran escala deja el campo de batallas de las ideas abierto a la explotación por parte de fuerzas reaccionarias, de tecnócratas indiferentes y capitalistas despiadados.


No podemos dejar que el termostato del planeta sea controlado por la mano invisible. Somos cuidadores de este mundo, queramos asumir ese rol o no.

Por James Wakefield

Traducido por Daniel Ruilova.

2019-02-13 06:16:00

La noche lunar acaba con la primera planta brotada en su superficie

Los especialistas informaron que la plántula ha comenzado a descomponerse, pero aseguraron que no habrá contaminación alguna de la superficie lunar.

La primera plántula en la historia que brotó en la Luna murió dos semanas después del inicio del experimento y tras una sola noche en el lado oscuro y helado del cuerpo celeste.

Las semillas de algodón fueron llevadas el 3 de enero al satélite natural de la Tierra por la nave espacial china Chang'e 4. Germinaron dentro de un contenedor hermético, diseñado para ensayar la posibilidad de cultivar alimentos para astronautas en mundos distantes. Pero la plántula no duró mucho: las bajas temperaturas en la Luna, que pueden llegar hasta -170C durante la noche, pusieron fin a su corta vida.


Estas podrían ser malas noticias para las futuras colonias lunares, pero los científicos participantes afirmaron que la brevedad del experimento estaba prevista. "La vida en el recipiente no sobreviviría a la noche lunar", comentó a la agencia Xinhuan el profesor a cargo del proyecto, Xie Gengxin, de la Universidad de Chongqing.


"No teníamos antes tal experiencia (cultivar plantas en la luna). Y no pudimos simular el entorno lunar, como la microgravedad y la radiación cósmica, en la Tierra", admitió.


Los especialistas también declararon que los organismos vegetales han comenzado a descomponerse dentro del recipiente, pero aseguraron que no habrá por tal causa contaminación alguna de la superficie lunar.

 

Publicado: 17 ene 2019 00:49 GMT | Última actualización: 17 ene 2019 08:45 GMT

 

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