Lluvia 'made in China': Pekín lanza el proyecto más ambicioso de lluvia artificial del mundo

El gigante asiático está realizando las pruebas de una nueva tecnología que permitiría incrementar la cantidad de precipitaciones en la meseta del Tíbet.

 

China va camino de convertirse en el primer país que lanza un sistema para propiciar lluvia a gran escala, informa China Morning Post.

Elaborada por la compañía estatal Corporación de Ciencia y Tecnología Aeroespacial de China, la nueva tecnología —que se encuentra en fase de prueba—, permitiría incrementar la cantidad de precipitaciones en la meseta del Tíbet, una de las reservas de agua más importantes del país y de Asia. Los glaciares y depósitos de la zona tibetana proveen de su caudal a la mayor parte de los principales ríos de China, la India y otros países asiáticos.
Lloverá en un territorio tan grande como tres Españas

La tecnología consiste en una serie de cámaras de combustión que serán instaladas a lo largo de la meseta montañosa del Tíbet, cuyas características físicas la convierten en un lugar ideal para un proyecto como este. Estas cámaras, en las que se quema combustible sólido, generan yoduro de plata, compuesto químico que participa en la formación de nubes. El impacto de los vientos monzones procedentes del sur de Asia contra las montañas hace que estos compuestos químicos ascienda al cielo para convertirse en nubes.

Hasta ahora han sido instaladas más de 500 cámaras de combustión en el Tíbet, así como en la región autónoma de Sinkiang y otras áreas. Sin embargo, con el tiempo, la meseta constará con decenas de miles de cámaras capaces de provocar lluvia en un área de 1,6 millones cuadrados, lo que equivale a tres veces el tamaño de España.

Tradicionalmente, en China se utilizan aviones que arrojan compuestos químicos a las nubes para 'sembrar la lluvia'. Este método también se usa para filtrar el aire en el país asiático, que padece una intensa contaminación atmosférica.

Publicado: 8 abr 2018 18:27 GMT

 

El fuerte frío provoca que a las personas que habitan la zona o están de visita se les congelen las pestañas.

 

El pueblo siberiano Oymyakon ostenta el título del más frío del mundo. En esta localidad rusa la duración de la luz solar en invierno es de solo tres horas, mientras que en verano alcanza las 21.

Desde 1926, Oymyakon tiene el récord histórico de -71,2 grados celsius, la temperatura más baja registrada en el hemisferio norte.

La historia de este pequeño pueblo de solo 500 habitantes se remonta a los años 1920-30, cuando servía de parada a los pastores de renos que aprovechaban su fuente termal para regar a sus rebaños.

El nombre de Oymyakon proviene del río, que a su vez tiene su origen en la palabra “kheium”, que significa “parcela de agua no congelada, lugar donde los peces pasan el invierno”. Otras fuentes defienden la teoría de que el nombre de Oymyakon viene de la palabra “heyum” que significa “lago congelado”.

 

En video, el pueblo más frío de la Tierra
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Amenaza el cambio climático los cultivos de café en América Latina

 

El aumento de la temperatura y nuevo régimen de lluvias afectará hasta 88% de las tierras

Colombia, Guatemala, Costa Rica y México, con más probabilidades de adaptarse a las modificaciones porque tienen zonas altas, señala la autora de la investigación

 

Los cultivos de café en América Latina, uno de los productos más apreciados de la región, podrían convertirse en víctimas del cambio climático.

Un estudio de científicos latinoamericanos proyectó que el aumento de la temperatura y cambios en el régimen de lluvias afectaría entre 73 y 88 por ciento de las tierras aptas para la producción del grano en la región.

Lo que va a haber es una reducción de áreas aptas para café por condiciones climáticas, por disminución de precipitación y aumento de temperatura, explicó Emily Fung, autora del estudio e investigadora del Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (Catie), en Costa Rica.

La experta agregó que esas zonas no van a desaparecer del todo, pero serán menos aptas para la producción de café.

En el reporte participó el Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT) de Colombia y contó con financiamiento de la organización ambientalista Conservación Internacional.

El estudio utiliza los escenarios futuros de cambio climático para modelar cómo se comportarían las zonas adecuadas para el cultivo del café arábiga, el más fino de las variedades del grano y que requiere zonas de altura y clima templado.

Los resultados apuntan a que países productores como Colombia, México, Guatemala y Costa Rica tienen más posibilidades de adaptarse a los cambios de temperatura porque tienen zonas más altas que pueden ser incorporadas para el cultivo de café.

Por el contrario, la investigación prevé perdidas de áreas cultivables en Honduras y Nicaragua, que tienen menos altura.

Para la siembra del café se necesitan condiciones climáticas ideales, y ésas van a cambiar, probablemente se va a tener que sembrar café en otras áreas con temperaturas más bajas y más precipitaciones. Se buscaría áreas más altas, indicó Fung.

Los cambios podrían tener impacto social significativo en tanto 80 por ciento del café en América Latina proviene de pequeños productores, con terrenos inferiores a cuatro hectáreas, según la versión del estudio publicado en la revista estadunidense Proceedings, de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos.

América Latina es la principal región productora de café, con cerca de 5 mil millones de kilos anuales. Brasil es el líder mundial en el cultivo del grano, y tiene otros grandes productores como Colombia, Honduras, Guatemala, México y Perú, según la Organización Internacional del Café, con sede en Londres.

La producción latinoamericana duplica a la de Asia, el segundo lugar mundial.

En tanto, áreas actualmente utilizadas para el café podrían pasar a servir para otros cultivos de clima cálido, con la tendencia de calentamiento.

Fung dijo que en el cantón costarricense de Turrialba, donde está la sede del Catie, se ha comenzado a cultivar caña de azúcar donde hace poco tiempo había café.

 

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Domingo, 10 Septiembre 2017 07:48

El síndrome del desarraigado climático

Desplazados en Fort-Liberte, Haití, por el paso arrasador del huracán Irma anteayer.

 

Si se sumaran hoy mismo los 6,3 millones de desplazados que huyen en Miami de la trayectoria del huracán Irma, desde principios de año hasta ahora habría en el mundo un total de 15 millones de desplazados internos. Más de la mitad de ese éxodo interior es atribuible a los desarreglos climáticos mientras que el resto corresponde a los conflictos. Si no se tomaran en cuenta los estragos causados por Irma, la cifra alcanza 9,1 millones de personas que tuvieron que trasladarse a otras regiones de su propio país empujadas por las guerras, los conflictos de todo tipo y las catástrofes naturales. Este retrato inédito de los éxodos lo llevó a cabo el Observatorio de las situaciones sobre los desplazamientos internos (Internal Displacement Monitoring Center, IDMC). Se trata de un organismo fundado en 1998 por el Consejo Noruego para los refugiados cuya vocación consiste en monitorear los desplazamientos de los seres humanos que, por la fuerza, deben moverse dentro de las fronteras de sus propios países. El informe del IDMC correspondiente al primer semestre de 2017 ha registrado porcentajes elevadísimos de este tipo de refugiados que carecen de toda protección o estatuto jurídico suficiente como para contar con la protección de la comunidad internacional. Son los nuevos desventurados de la modernidad en cuyo seno se va esbozando un tipo cada vez más recurrente: el del desarraigado climático.

Entre enero y junio, los refugiados por las condiciones climáticas extremas y aquellos que deben abandonar sus tierras debido a los conflictos comparten porcentajes casi idénticos:4,6 millones de personas oriundas de 29 países escaparon de los conflictos, y 4,5 millones pertenecientes a 76 países desertaron sus regiones por los estragos climáticos. Comparado al balance de 2016, el IDMC constata que durante el primer semestre de 2017 hubo menos desplazados climáticos (24 millones en 2017) y más víctimas de las guerras. Sin embargo, el panorama es poco alentador en lo que atañe al clima. Los huracanes en el continente americano y el monzón en África y Asia incrementarán el número de exiliados climáticos. Combinados, ambas situaciones extremas muestran un mundo cada vez más inestable y a millones de individuos obligados e elegir entre partir hacia el éxodo o morir en un conflicto o en algún desbarajuste del clima. Toda la parte de África sahariana es la más azotada por los conflictos armados (46% del total), seguida desde luego por Medio Oriente. En apenas seis meses, 997.000 personas tuvieron que desplazarse en la República Democrática del Congo (más que todo 2016) mientras que 992.000 lo hicieron en Irak y 692.000 en Siria. En lo que atañe a América Latina, según el informe, en México, la violencia desplazó a 311 mil seres humanos. Con respecto al clima, Asia es la zona más golpeada tanto por los desprendimientos de terreno como las inundaciones que azotaron, por ejemplo, las provincias del sur de China en junio (858 mil desplazados) o el ciclón tropical Mora que en mayo y junio barrió Bangladesh, Myanmar y la India (851 mil desplazados). A estos factores de conflictos y clima se le suma el de la pobreza, que incrementa los estragos. A veces, guerras y clima se combinan para estrangular a las poblaciones. Ese es el caso de Somalia donde la sequía histórica condujo al país al abismo del hambre y a 800 mil personas a desplazarse hacia los centros urbanos. La ayuda humanitaria internacional apenas pudo articularse a raíz de las devastaciones que causa la guerrilla islamista del grupo Al-Shabab. En total, a finales de 2016 había en el mundo 40 millones de personas que vivían fuera de sus tierras de origen por culpa de los conflictos armados.

El subdesarrollo aparece igualmente como una variable de las catástrofes. Cuanto más pobre es un país, más expuesto está a pagar las consecuencias de los golpes del clima. En muchas regiones del mundo los fenómenos climáticos extremos están anticipados por los organismos internacionales de monitoreo (lluvias, inundaciones) pero el país no cuenta con los medios para aplicar políticas de prevención. Nigeria, Sudán del Sur, Somalia o Yemen, en estos cuatro países 20 millones de personas viven bajo la amenaza constante del hambre, lo que constituye, según lo definió el Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, “la crisis humanitaria más gravé desde la Segunda Guerra Mundial”. A estas cuatro naciones se le suman otras 37 país que, según la misma ONU, requieren asistencia inmediata. En casi todas partes la tenaza del clima y las guerras desembocan en la misma catástrofe que recuerda a las sufridas en Biafra (1967-1970), Sahel (1969-1974), Somalia (1991 y luego 2011), Etiopía (1983-1985) o Sudán (1998). Las sequías vuelven a ser ahora un factor determinante de las hambrunas al tiempo que las guerras internas traban los desplazamientos o dejan a los refugiados en manos de bandas incontroladas. En Zimbabue, Uganda, Tanzania, Mozambique o Lesoto el cambio climático ha modificado el ritmo y la riqueza de las cosechas, provocados sequías o lluvias torrenciales que destruyeron los cultivos o mataron al ganado. Con 7,3 millones de personas amenazadas por el hambre Yemen se ha convertido en la antesala de la muerte, seguido por Sudán del Sur, 6,1 millones, Nigeria, 5,1 millones, Somalia, 2,9 millones. Estas situaciones, sin embargo, hubiesen podido administrarse de otra forma si en cada uno de los países azotados hubiese un atisbo de democracia o de organización estatal. La configuración actual tiende a darle la razón a la premio Nobel de la Paz Amartya Sen, para la cual el hambre surge allí donde la democracia no existe. La multiplicación de los conflictos (Siria por ejemplo) o las catástrofes climáticas crea también un colapso entre los países donantes de ayuda humanitaria. La Oficina de Coordinación de asuntos humanitarios de la ONU, OCHA, estima que en 2017 unas 130 millones de personas necesitan asistencia humanitaria a lo largo del planeta. Hacen falta 22 mil millones de dólares, lo que representa el doble que hace una década atrás. Lejos, muy lejos de los juguetitos tecnológicos, de internet, los nuevos modelos de móviles o los objetos conectados, millones y millones de personan mueren por las causas más primitivas de la historia humana: el clima, las guerras, el hambre.

 

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Aumento de eventos extremos en el planeta por el cambio climático, advierte la ONU

La Organización Meteorológica Mundial (OMM) advirtió del incremento en los eventos extremos en el planeta asociados a los efectos del cambio climático. Reportó que junio de este año ha sido el segundo más caliente en la historia, después de las temperaturas alcanzadas ese mismo mes, pero de 2016, debido a un periodo de "calidez global excepcional que comenzó hace dos años".

Agregó que este verano los termómetros han alcanzado temperaturas muy elevadas. En Turbat, Pakistán, se elevó a 54 grados centígrados, y en Ahwaz, Irán, llegó a 53.7, mientras en Estados Unidos "se están rompiendo marcas en varias ciudadaes; en Phoenix, por ejemplo, el calor ascendió a 48.3 grados centígrados".

El organismo de la ONU, que agrupa a 191 estados y territorios miembros, es el portavoz autorizado del sistema de Naciones Unidas sobre el estado y comportamiento de la atmósfera del planeta, su interacción con la tierra y los mares, su efecto en el clima y la distribución de los recursos hídricos.

En julio pasado informó que 2017 está marcado por olas de calor y nuevas marcas sin precedentes de temperaturas. En un esfuerzo por alertar sobre los efectos del cambio climático, convocó a quienes reportan el clima en las transmisiones televisivas a analizar cómo la elevación de la temperatura afectaría a las principales ciudades del mundo.

Prevén alza en temperatura global

Alerta que si las emisiones de gases de efecto invernadero continúan en aumento, "la temperatura media global de la Tierra en superficie podría incrementarse más de 4 grados centígrados de aquí a finales del siglo XXI".

Para analizar sus efectos, convocó a Climate Central, organización de investigación y comunicación de los Estados Unidos para reducir la escala de los modelos climáticos globales evaluados por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), a fin de conocer los efectos en las temperaturas que se alcanzarán en el verano en varias ciudades en 2100.

Los resultados revelaron que hacia finales de siglo, los residentes de París –donde las temperaturas altas diarias en verano llegan a un promedio de 22.7 grados centígrados– "podrían experimentar temperaturas altas como las de hoy en día en Fez, Marruecos, donde se alcanzan 29.2 grados centígrados".

Afirma en un comunicado, que en muchas ciudades evaluadas, las temperaturas máximas diarias durante el verano "po-drían ascender a entre 6 y 9 grados centígrados".

Petteri Taalas, secretario general de la OMM, destacó que "el aumento del calor y de los fenómenos meteorológicos extremos, entre éstos las tormentas estivales, tendrán efectos importantes en el suministro de energía y agua, la salud pública y el transporte. Las olas de calor más intensas también causarán disminución de la calidad del aire, lo que puede ser mortal", agregó.

Si bien el funcionario de la ONU reconoce que los reportes elaborados por los presentadores del tiempo en diferentes ciudades, entre ellas Barcelona, Berlín, Bruselas, Buenos Aires, Ciudad del Cabo, Frankfurt, La Habana, Hanoi, Kampala, Madrid, Montreal, Nairobi, Sofía y Tokio, "son sólo posibles escenarios y no pronósticos reales, están basados en la ciencia climática más actualizada y dan un panorama convincente de cómo el cambio climático puede afectar la vida diaria en las ciudades donde vive la mayor parte de la población mundial".

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El mayor iceberg de la historia siembra la incertidumbre entre la comunidad científica

No es seguro que el desprendimiento se deba al cambio climático pero se augura que esta inmensa placa de hielo producirá efectos en el clima como el aumento indirecto del nivel del mar y el calentamiento de los océanos.

 


En el año 2012 la película documental Chasing Ice (Persiguiendo el hielo), producido por la Sociedad Geográfica Nacional, fotografió durante años glaciares del Ártico, Groenlandia, Alaska y el Parque Nacional de los Glaciares, dejando constancia de un deshielo constante de las zonas heladas del planeta. Su director, Jeff Orlowski, sostenía que la sociedad no luchaba contra el cambio climático porque no lo veíamos, así que ideó esta manera de hacer visible una transformación que pasa desapercibida por la percepción temporal del ser humano. Al acelerar lo que las cámaras fotografiaron durante años logró que se percibieran los cambios en las masas heladas del planeta.
Hoy la realidad es que ese deshielo ha tomado forma y va a la deriva por el océano después de que se haya desprendido la mayor placa de hielo que se recuerda, convirtiéndose en un gigantesco iceberg de 5.800 kilómetros cuadrados de superficie, el equivalente a diez veces la extensión de Madrid o cuatro veces la superficie de una megalópolis como Ciudad de México.


Aunque la comunidad científica no puede asegurar que este desprendimiento de hielo sea consecuencia directa del cambio climático, lo cierto es que no se tiene constancia de un iceberg similar a este tamaño en los registros históricos. “Tenemos que contemplar este fenómeno como una señal de alerta respecto al aumento de las temperaturas en el planeta”, explica Tatiana Nuño, responsable de la campaña de Energía y Cambio Climático de Greenpeace, que aclara que el aumento de temperatura de los océanos es el que ha debilitado paulatinamente las zonas heladas desde que se agudizó el problema del cambio climático.


En efecto, en 1995 ya se colapsó la plataforma Larsen A, en 2002 se produjo la ruptura de la Larsen B y desde enero los expertos del proyecto Midas, que han hecho el seguimiento al deshielo en la Antártida habían observado con estupor como la grieta aumentaba a más de 200 kilómetros dejaba a Larsen B ‘colgando’ de unos 4,5 kilómetros que han acabado por facturarse desprendiendo la mayor placa de hielo de la historia del Polo Sur.


El desconcierto científico sobre los efectos que puede tener este gran iceberg se debe precisamente a que no se sabe cuál será su comportamiento ahora que navega sin rumbo. Lo que sí está claro es que al derretirse el billón de toneladas de hielo que conforman el mayor iceberg de la historia, no aumentará el nivel de los océanos. Ello se debe a que la placa de hielo que se ha desprendido ya estaba sobre el mar, “es igual que cuando un cubito de hielo se derrite en un vaso de agua”, explica la responsable de la campaña de Energía y Cambio Climático de Greenpeace.


El hecho de que la barrera de hielo Larsen no descanse en tierra firme hace que el volumen de agua ya estuviese sobre los mares no acarreará una subida del nivel del mar de forma directa, pero otros expertos sí sostienen que lo hará de manera indirecta: “Esta placa que se ha desprendido actuaba como una barrera de hielo que actúa como muro de contención de glaciares que sí están en tierra firme y cuyo deshielo sí aumentará el volumen de agua del planeta”, aclara Mar Asunción, responsable de Clima y Energía de la organización WWF.


También tendrá efectos directos sobre la temperatura del planeta, provocando un calentamiento progresivo de los mares y océanos, como apunta Teresa Nuño. La responsable de la campaña de Energía y Cambio Climático asegura que hay muchos científicos que han alertado de que la pérdida de esta inmensa placa de hielo dejará de reflejar la radiación solar que ahora será absorbida por las masas de agua, acarreando el calentamiento de los mares, “un cambio de temperatura que tendrá efectos en las corrientes marinas y atmosféricas a nivel planetario”, recalca.


El informe técnico del informe de investigación de Greenpeace de 2016 titulado Lo que pasa en el Ártico no se queda en el Ártico, ya alertaba de las consecuencias globales y en cascada que tiene para todo el planeta el deshielo del Polo Sur. “En el Antártico los efectos son también globales”, apostilla la responsable de Cambio Climático de Greenpeace.


Mientras se superan ya, como apunta el citado informe, las cifras récord de pérdida de hielo en la Tierra, la comunidad científica se mantiene expectante para relacionar esos datos de manera directa con el aumento de los niveles planetarios de dióxido de carbono. Tampoco es previsible que la pérdida de 5.800 kilómetros cuadrados de continente antártico, que a partir de ahora navegan sin rumbo en forma de iceberg, se contemple en los mapas, ya que como apunta Teresa Nuño los límites de la Artártida no coinciden con la fisonomía que se puede ver por satélite.


Ello se debe a que se trata de un continente de límites cambiantes, en los que se derriten placas de hielo en verano para recuperarse de nuevo en invierno, aunque en esta ocasión parece poco probable que esos 5.800 kilómetros cuadrados de hielo vuelvan a formar parte del Polo Sur.

Archivan hielo de monte boliviano con 18 mil años de información del clima

Se unirá a las muestras captadas en 2016 en el Mont Blanc y alimentarán la primera testigoteca mundial, que se creará en la base Concordia en la Antártida para expertos de siglos venideros

 

Un momento de calma entre ventiscas y nevadas permitió la hazaña. A 6 mil 300 metros de altura, una sonda penetra las entrañas del Illimani hasta el lecho rocoso para extraer hielo de este glaciar boliviano. Se guardará como evidencia para las generaciones poscambio climático.

Los científicos llaman a estos trozos cilíndricos testigos de hielo, obtenidos de esta montaña de La Paz. Se trata del proyecto científico global ICE Memory, que ya realizó una acción similar en los Alpes. Irán a parar a la Antártida gracias a un programa de conservación de la memoria de glaciares expuestos al calentamiento global.

“Los testigos de hielo (de Bolivia) se unirán a los extraídos en 2016 durante la expedición en el macizo del Mont Blanc y alimentarán la primera testigoteca mundial de archivos de hielo, que se creará en la base Concordia en la Antártida –que operan Francia e Italia– para los investigadores de los siglos venideros”, señalaron los responsables de ICE Memory en una nota informativa.

De las dos extracciones cilíndricas, una será estudiada y la otra será parte del primer archivo mundial de glaciares.

"Esta segunda misión ha sido un formidable éxito colectivo", dijo Patrick Ginot, coordinador de las expediciones de ICE Memory.

 

Misión de 15 mil científicos

 

La expedición de 15 científicos de Francia, Rusia, Brasil y Bolivia debió enfrentar condiciones extremas, apoyados por una treintena de guías y porteadores. Instalaron primero un campamento base a 4 mil 500 metros de altura y luego emprendieron una caminata. La empresa comenzó el 22 de mayo y culminó el 18 de junio.

En las alturas, cuando el clima dio permiso, pusieron en marcha sus sondas sacatestigos. El viento silbaba y remecía la carpa en forma de domo color naranja donde los científicos se guarecían.

"En 10 días se extrajeron dos muestras de hielo hasta el lecho rocoso: la primera de 137 metros y la segunda de 134", explicó ICE Memory. Preveían realizar tres extracciones, pero la fiereza en las cumbres del Illimani no se los permitió. Hubo que salir de allí. De vuelta en el campamento base, los trozos de hielo fueron recibidos diligentemente y tratados como una reliquia, guardados en un recipiente cilíndrico de metal y conservados en un contenedor frigorífico. Luego serán embarcados a Francia y de allí uno de los trozos se llevará a la Antártida. El proceso puede tomar un año, explicaron los organizadores.

¿Por qué el Illimani? Este nevado alberga hasta 18 mil años de información climática y ambiental de una extensa región entre el Altiplano y la Amazonía bolivianos, señalaron los responsables de ICE Memory. La parte del trozo de hielo que está más cercana al lecho rocoso lleva un color más oscuro.

El nevado del Illimani, localizado en La Paz, es parte de la denominada Cordillera Real, una de las dos cadenas montañosas nevadas del país. Su estructura está amenazada tanto por las variaciones climáticas como por la actividad de empresas mineras denunciadas este año por los comunarios de la zona.

 

Creado en 2015

 

ICE Memory fue creado en 2015 por glaciólogos franceses del Instituto de Geociencias del Medio Ambiente de Grenoble y sus socios italianos, con los auspicios de la Fundación Universidad Grenoble Alpes y con el patrocinio de las comisiones nacionales francesa e italiana de la Unesco.

"Es una formidable aventura de colaboración y confianza entre naciones, científicos y mecenas privados, que asumen su responsabilidad frente al cambio climático", estimó Jérôme Chappellaz, director de investigación del Centro Nacional francés de Investigación Científica y coordinador científico del proyecto.

En una declaración en marzo pasado en París, Chappellaz afirmó que los "archivos" de datos en el fondo de los glaciares están en peligro pues, debido al aumento de la temperatura global, se funden, el agua del deshielo se filtra en el interior y borra los registros geoquímicos que interesan.

En abril pasado miles de indígenas que viven alrededor del Illimani colapsaron el centro de La Paz, sede de los poderes Ejecutivo y Legislativo, exigiendo la preservación del glaciar.

Los lugareños piden a las autoridades promulgar una ley para que el nevado sea patrimonio natural, y evitar cualquier explotación que contamine afluentes que nacen de su deshielo, que alimentan la actividad agrícola.

Miércoles, 17 Mayo 2017 06:40

Medioambiente e igualdad social

Medioambiente e igualdad social

¿Puede la naturaleza hablar? ¿Puede la naturaleza contarnos los males que le afectan? Descontando el lenguaje verbal creado por el ser humano, la naturaleza no verbaliza; lo que sí tiene es una capacidad infinita de comunicar, mediante otros lenguajes no proposicionales, un conjunto de conmociones que la están perturbando. El calentamiento global es uno de estos cambios dramáticos que a diario la naturaleza nos informa. Cambios abruptos del clima, sequias en regiones anteriormente húmedas; deshielo de glaciales, cataclismos ambientales, huracanes con fuerza nunca antes vista, desbordes crecientes de ríos., etc., son solo unos de los cuantos efectos comunicacionales con los que la naturaleza informa de lo que le está sucediendo.


No obstante, la manera en que las catástrofes ambientales afectan la vida de la humanidad no es homogénea ni equitativa; mucho menos lo es la responsabilidad que cada ser humano tiene en su origen.


Clase y raza medioambiental


En la última década, se puede constatar que las catástrofes naturales más importantes están presentes por todo el globo terráqueo, sin diferenciar continentes o países; en ese sentido, existe una especie de democratización geográfica del cambio climático. Sin embargo, los daños y efectos que esos desastres provocan en las sociedades, claramente están diferenciados por país, clase social e identificación racial. De manera consecutiva, hemos tenido en el periodo 2014-2016, los años más calurosos desde 1880, lo que explica la disminución en el ritmo de lluvias en muchas partes del planeta. Aun así, los medios materiales disponibles para soportar y remontar estas carencias y, por tanto, los efectos sociales resultantes de los trastornos ambientales, son abismalmente diferentes según el país y la condición social de las personas afectadas. Por ejemplo, ante la escasez de agua en California, la gente se vio obligada a pagar hasta un 100% más por el líquido elemento, aunque esto no afectó su régimen de vida. En cambio, en el caso de la Amazonía y las zonas de altura del continente latinoamericano se tuvo una dramática reducción del acceso a los recursos hídricos para las familias indígenas, provocando malas cosechas, restricción en el consumo humano de agua y ‒especialmente en la Amazonía‒ parálisis de gran parte de la capacidad productiva extractiva con la que las familias garantizaban su sustento anual.


Asimismo, el paso del huracán Katrina por la ciudad de Nueva Orleans en 2005, dejó más de dos mil muertos, miles de desaparecidos y un millón de personas desplazadas. Pero los efectos del huracán no fueron los mismos para todas las clases e identidades étnicas. Según el sociólogo P. Sharkey [1] , el 68% de las personas fallecidas y el 84% de las desaparecidas eran de origen afroamericano. Ello, porque en las zonas propensas a ser inundadas, donde el valor de la tierra es menor, viven las personas de menos recursos; mientras que los que habitan en las zonas altas son los ricos y blancos.


En este y en todos los casos, la vulnerabilidad y el sufrimiento se concentran en los más pobres (indígenas y negros), es decir, en las clases e identidades socialmente subalternas. De ahí que se pueda hablar de un enclasamiento y racialización de los efectos del cambio climático.


Entonces, los medios disponibles para una resiliencia ecológica ante los cambios medioambientales dependen de la condición socioeconómica del país y de los ingresos monetarios de las personas afectadas. Y, dado que estos recursos están concentrados en los países con las economías dominantes a escala planetaria y en las clases privilegiadas, resulta que ellas son las primeras y únicas capaces de soportar y disminuir en su vida esos impactos, comprando casas en zonas con condiciones ambientales sanas, accediendo a tecnologías preventivas, disponiendo de un mayor gasto para el acceso a bienes de consumo imprescindibles, etc. En cambio, los países más pobres y las clases sociales más vulnerables, tienden a ocupar espacios con condiciones ambientales frágiles o degradadas, carecen de medios para acceder a tecnologías preventivas y son incapaces de soportar variaciones sustanciales en los precios de los bienes imprescindibles para sostener sus condiciones de vida. Por tanto, la democratización geográfica de los efectos del calentamiento global se traduce, instantáneamente, en una concentración nacional, clasista y racial del sufrimiento y el drama causados por los efectos climáticos.


Este enclasamiento racializado del impacto medioambiental se vuelve paradójico e incluso moralmente injusto cuando se comparan los datos de las poblaciones afectadas y de las poblaciones causantes o de mayor incidencia en su generación.
La nueva etapa geológica del antropoceno ‒un concepto propuesto por el Premio Nobel de Química, P. Crutzen‒, caracterizada por el impacto del ser humano en el ecosistema mundial, se viene desplegando desde la Revolución Industrial a inicios del siglo XVIII. Y, desde entonces, primero Europa, luego Estados Unidos, y en general las economías capitalistas desarrolladas y colonizadoras del norte, son las principales emisoras de los gases de efecto invernadero que están causando las catástrofes climáticas. Sin embargo, los que sufren los efectos devastadores de este fenómeno son los países colonizados, subordinados y más pobres, como los de África y América Latina, cuya incidencia en la emisión de CO2 es muchísimo menor.


Según datos del Banco Mundial [2] , Kenia contribuye con el 0,1% de los gases de efecto invernadero, pero las sequías provocadas por el impacto del calentamiento global llevan a la hambruna a más del 10% de su población. En cambio, en EEUU, que contribuye con el 14,5%, la sequía solo provoca una mayor erogación de los gastos en el costo del agua, dejando intactas las condiciones básicas de vida de su ciudadanía. En promedio, un alemán emite 9,2 toneladas de CO2 al año; en tanto que un habitante de Kenia, 0,3 toneladas. No obstante, quien lleva en sus espaldas el peso del impacto ambiental es el ciudadano keniano y no el alemán. Datos similares se puede obtener comparando el grado de participación de los países del norte en la emisión de gases de efecto invernadero, como Holanda (10 TM por persona/año), Japón (7 TM), Reino Unido (7,1 TM), España 5 TM), Francia 8% TM), pero con alta resilencia ecológica; frente a países del sur con baja participación en la emisión de gases de efecto invernadero, como Bolivia (1,8 TM), Paraguay (0,7 TM), India (1,5 TM), Zambia (0,2 TM), etc., pero atravesados de dramas sociales producidos por el cambio climático. Existe, entonces, una oligarquización territorial de la producción de los gases de efecto invernadero, una democratización planetaria de los efectos del calentamiento global, y una desigualdad clasista y racial de los sufrimientos y efectos de las conmociones medioambientales.


Medioambientalismos coloniales
Si la naturaleza comunica los impactos de la acción humana en su metabolismo de una forma jerarquizada, también existen ciertos conceptos referidos al medioambiente, parcializados de una manera todavía más escandalosa; o, peor aún, que legitiman y encubren estas focalizaciones regionales, clasistas y raciales.


Como señala McGurty [3] para el caso norteamericano en la década de los 70 del siglo XX, lo que hizo posible que el debate público sobre las demandas sociales de las minorías étnicas urbanas, e incluso del movimiento obrero sindicalizado, fuera soslayado, llevando a que la “temática social” perdiera fuerza de presión frente al gobierno, fue un tipo de discurso medioambientalista. Un nuevo lenguaje acerca del medio ambiente, cargado de una asepsia respecto a las demandas sociales, que ciertamente puso sobre la mesa una temática más “universal”, pero con responsabilidades “adelgazadas” y diluidas en el planeta; a la vez que distantes política y económicamente respecto a las problemáticas de las identidades sociales (obreros, población negra). Aspecto que no deja de ser celebrado por las grandes corporaciones y el gobierno que ven encogerse así sus deudas sociales con la población.


Por otra parte, el sociólogo francés Keucheyan [4] subraya cómo en ciertos países como Estados Unidos, el “color de la ecología no es verde sino blanco”; no solo por la mayoritaria condición social de los activistas ‒por lo general, blancos, de clase media y alta‒, sino también por la negativa de sus grandes fundaciones a involucrarse en temáticas medioambientales urbanas que afectan directamente a los pobres y las minorías raciales.


Al parecer, la naturaleza que vale la pena salvar o proteger no es “toda” la naturaleza ‒de la que las sociedades son una parte fundamental‒, sino solamente aquella naturaleza “salvaje” que se encuentra esterilizada de pobres, negros, campesinos, obreros, latinos e indios, con sus molestosas problemáticas sociales y laborales.


Todo ello refleja, pues, la construcción de una idea sesgada de naturaleza de clase, asociada a una pureza original contrapuesta a la ciudad, que simboliza la degradación. Así, para estos medioambientalistas, las ciudades son sucias, caóticas, oscuras, problemáticas y llena de pobres, obreros, latinos y negros, mientras que la naturaleza a proteger es prístina y apacible, el santuario imprescindible donde las clases pudientes, que disponen de tiempo y dinero para ello, pueden experimentar su autenticidad y superioridad.


En los países subalternos, las construcciones discursivas dominantes sobre la naturaleza y el medioambiente comparten ese carácter elitista y disociado de la problemática social, aunque incorporan otros tres componentes de clase y de relaciones de poder.


En primer lugar se encuentra el estado de auto-culpabilización ambiental. Eso quiere decir que la responsabilidad frente al calentamiento global la distribuyen de manera homogénea en el mundo. Por tanto, talar un árbol para sembrar alimentos tiene tanta incidencia en el cambio climático como instalar una usina atómica para generar electricidad. Y como en la mayoría de los países subalternos existe una apremiante necesidad de utilizar los recursos naturales para aumentar la producción alimenticia u obtener divisas a fin de acceder a tecnologías y superar las precarias condiciones de vida heredadas tras siglos de colonialidad, entonces, para estas corrientes ambientalistas, los mayores responsables del calentamiento global son estos países pobres que depredan la naturaleza. No importa que su contribución a la emisión de gases de efecto invernadero sea del 0,1% o que el impacto de los millones de coches y miles de fábricas de los países del norte afecte 50 o 100 veces más al cambio climático. Surge así una especie de naturalización de la acción anti-ecológica de la economía de los países ricos, de sus consumos y de su forma de vida cotidiana, que en realidad son las causantes históricas de las actuales catástrofes naturales. Dicha esquizofrenia ambiental llega a tales extremos, que se dice que la reciente sequía en la Amazonía es responsabilidad de unos cientos de campesinos e indígenas que habilitan sus parcelas familiares para cultivar productos alimenticios y no, por ejemplo, del incesante consumo de combustibles fósiles que en un 95% proviene de una veintena de países del norte, altamente industrializados.


La financiarización de la plusvalía medioambiental


Un segundo componente de esta construcción discursiva de clase es una especie de “financiarización medioambiental”. En los países capitalistas desarrollados ha surgido una economía de seguros, expansiva y altamente lucrativa, que protege a empresas, multinacionales, gobiernos y personas de posibles catástrofes ambientales. Así, el desastre ambiental ha devenido en un lucrativo y ascendente negocio de aseguradoras y reaseguradoras que protegen las inversiones de grandes empresas, no solo de crisis políticas, sino de cataclismos naturales mediante un mercado de “bonos catástrofe” [5] , volviendo al capital “resilente” al calentamiento global. Paralelamente a ello, en los países subalternos emerge un amplio mercado de empresas de transferencia de lo que hemos venido a denominar plusvalía medioambiental.
A través de algunas fundaciones y ONG, las grandes multinacionales del norte financian, en los países pobres, políticas de protección de bosques. Todo, a cambio de los Certificados de Emisión Reducida (CER) [6] que se cotizan en los mercados de carbono. De esta manera, por una tonelada de CO2 que se deja de emitir en un bosque de la Amazonía gracias a unos miles de dólares entregados a una ONG que impide su uso agrícola, una industria norteamericana o alemana de armas, autos o acero, que utiliza como fuente energética al carbón y emite gases de efecto invernadero, puede mantener inalterable su actividad productiva sin necesidad de cambiar de matriz energética o de reducir su emisión de gases ni mucho menos parar la producción de sus mercancías medioambientalmente depredadoras. En otras palabras, a cambio de 100.000 dólares invertidos en un alejado bosque del sur, la empresa puede ganar y ahorrar cientos de millones de dólares, manteniendo la lógica de consumo destructiva inalterada.


Así, hoy el capitalismo depreda la naturaleza y eleva las tasas de ganancia empresarial. Convierte la contaminación en un derecho negociable en la bolsa de valores. Hace de las catástrofes ambientales provocadas por la producción capitalista, una contingencia sujeta a un mercado de seguros. Y finalmente transforma la defensa de la ecología en los países del sur, en un redituable mercado de bonos de carbono concentrado por las grandes empresas y países contaminantes. En definitiva, el capitalismo esta subsumiendo de manera formal y real la naturaleza, tanto en su capacidad creativa, como el mismísimo proceso de su propia destrucción.

Por último, el colonialismo ambiental recoge de su alter ego del norte el divorcio entre naturaleza y sociedad, con una variante. Mientras que el ambientalismo dominante del norte propugna una contemplación de la naturaleza purificada de seres humanos ‒su política de exterminio de indígenas le permite ese exceso‒, el ambientalismo colonizado, por la fuerza de los hechos, se ve obligado a incorporar en este tipo de naturaleza idealizada, a los indígenas que inevitablemente habitan en los bosques. Pero no a cualquier indígena porque, para ellos, el que cultiva la tierra para vender en los mercados, el que reclama un colegio, hospital, carretera o los mismos derechos que cualquier citadino, no es un verdadero sino un falso indígena, un indígena a “medias”, en proceso de campesinización, de mestización; por tanto, un indígena “impuro”. Para el ambientalismo colonial, el indígena “verdadero” es un ser carente de necesidades sociales, casi camuflado con la naturaleza; ese indígena fósil de la postal de los turistas que vienen en busca de una supuesta “autenticidad”, olvidando que ella no es más que un producto de siglos de colonización y despojo de los pueblos del bosque.


En síntesis, no hay nada más intensamente político que la naturaleza, la gestión y los discursos que se tejen alrededor de ella. Lo lamentable es que en ese campo de fuerzas, las políticas dominantes sean, hasta ahora, simplemente las políticas de las clases dominantes. Por eso, aun son largos el camino y la lucha que permitan el surgimiento de una política medioambiental que, a tiempo de fusionar temáticas sociales y ecológicas, proyecte una mirada protectora de la naturaleza desde la perspectiva de las clases subalternas, en lo que alguna vez Marx denominó una acción metabólica mutuamente vivificante entre ser humano y naturaleza [7] .


Por Álvaro García Linera, Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia

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[1] P. Sharkey, “Survival and death un New Orleans: an empirical look at the human impact of Katrina”, en Journal of Black Studies, 2007; 37; 482. En: http://www.patricksharkey.net/images/pdf/Sharkey_JBS_2007.pdf.
[2] Databank-Banco Mundial 2013.
[3] E. McGurty, Transforming Environmentalism, Rutgers University Press, New Brunswick, 2007.
[4] R. Keucheyan, La naturaleza es un campo de batalla, Clave Intelectual, España, 2016.
[5] Banco Mundial, “ Seguro contra riesgo de desastres naturales: Nueva plataforma de emisión de bonos de catástrofes”, en http://www.bancomundial.org/es/news/feature/2009/10/28/insuring-against-natural-disaster-risk-new-catastrophe-bond-issuance-platform.
[6] BID/ BALCOLDEX, “Guía en Cambio Climático y Mercados de Carbono”, en https://www.bancoldex.com/documentos/3810_Guia_en_cambio_clim%C3%A1tico_y_mercados_de_carbono.pdf
[7] Marx, El Capital, Tomo III; Ed. Siglo XXI, pág. 1044, México, 1980.

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“Tenemos una infraestructura defectuosa”

Las lluvias y las inundaciones no dan tregua. Ríos desbordados, ciudades cubiertas por más de un metro y medio de agua, poblaciones aisladas, más de 30 mil viviendas destruidas o inhabitables, graves daños a la infraestructura vial y a los cultivos, 101 muertos, 20 desaparecidos, más de 141 mil damnificados y 940 mil personas afectadas, es, hasta hoy, el duro balance del desastre causado por las torrenciales lluvias que afectan al Perú desde hace varias semanas y que, según los expertos, se prolongarán un mes más. El país no padecía lluvias tan fuertes desde hace 20 años.

La costa norte es la más afectada, pero el desastre también ha golpeado la capital y algunas ciudades del sur. La magnitud de los daños ha dejado en dramática evidencia lo mal preparado que está el país para enfrentar las fuertes lluvias, a pesar de ser un problema que se repite cada cierto tiempo a causa del fenómeno de El Niño, un calentamiento de las aguas del Pacífico que origina intensas precipitaciones pluviales. Un nuevo golpe a la clase política, esta vez por su falta de previsión. Las últimas ocasiones en las que El Niño golpeó el país fueron en 1998 y 1983. Ahora se repite la historia de destrucción, dramas humanos y falta de previsión, más corrupción y malas políticas.

Los más golpeados por las lluvias, los desbordes de ríos y las avalanchas de agua, lodo y piedras, son los sectores más pobres, asentados precariamente en las laderas de los cerros y en las quebradas y cauces secos de ríos que se han activado con las grandes lluvias. Pero las inundaciones también han llegado hasta el centro de varias ciudades de la costa norte, las cuales, a pesar de que las lluvias torrenciales son un fenómeno cíclico en esa zona, no están preparadas para soportarlas. No tienen drenajes adecuados y las defensas ribereñas son escasas y malas.

En la frontera con Ecuador, el río Zarumilla, que separa ambos países, se desbordó solamente por el desprotegido lado peruano, con millonarias pérdidas en tierras de cultivo. Del lado ecuatoriano, donde se ha construido una barrera protectora de piedras, no hubo desborde, ahí los cultivos han quedado intactos. Este caso destaca la diferencia entre las autoridades de uno y otro país para encarar la prevención. Así lo ha reconocido el presidente peruano, Pedro Pablo Kuczynski, que ha destacado como un ejemplo a seguir las obras de prevención hechas en Ecuador, que ha recibido similares lluvias que el Perú, pero ha sufrido daños significativamente menores.

“Los daños han sido muy altos porque tenemos una infraestructura defectuosa, construida sin tener en cuenta la posibilidad de un desastre como éste, a pesar que El Niño es cíclico en el Perú. Los parámetros de diseño de carreteras y puentes son inadecuados y subdimensionan los efectos que pueden causar las lluvias y los caudales que pueden alcanzar los ríos. Las defensas ribereñas son muy limitadas y no han tenido el mantenimiento necesario para que cumplan su función. Las ciudades no tienen la infraestructura para evacuar las aguas. Los ríos no han sido canalizados y no tienen vías de evacuación para que en tiempos de crecida las aguas puedan desfogar sin afectar a las poblaciones. No hay una planificación de las autoridades para un ordenamiento del uso del territorio que evite que poblaciones se instalen en zonas de riesgo donde no deben estar”, le señaló a PáginaI12 Juvenal Medina, ingeniero geólogo y coordinador de estudios y proyectos del Centro de Estudios y Prevención de Desastres.

El especialista agrega: “Las autoridades priorizan obras que les pueden dar réditos políticos en el corto plazo y no hacen obras de prevención para el mediano y largo plazo. Además, está el problema de la corrupción, que afecta la calidad de las obras que se hacen. Espero que este desastre sirva para un punto de quiebre y ahora sí tengamos una política seria y planificada de prevención”.

El gobierno ha destinado hasta ahora para la reconstrucción 1500 millones de dólares, pero el monto final que ésta demandaría sería mayor. Medina estima que los daños finales –las lluvias todavía continúan– superarían los 3500 millones de dólares en pérdidas que dejó El Niño en 1998.

Este desastre natural también ha tenido un impacto político. Las inundaciones le han dado un respiro al presidente Kuczynski. Frente al desastre, se ha generado una extensa cadena de solidaridad ciudadana y una demanda de unidad que ha sacado del escenario los enfrentamientos políticos que golpeaban a un régimen muy debilitado. La iniciativa se ha desplazado de la oposición al gobierno.

El desastre se ha convertido en una inesperada oportunidad para el gobierno, que ha tenido una activa reacción para atender la emergencia. Un primer efecto es que se ha detenido la caída en picada que venía teniendo la popularidad del presidente, que solamente entre diciembre y febrero había caído 17 puntos. En marzo, según una reciente encuesta de GFK, el apoyo a Kuczynski subió dos puntos, pasando de 29 a 31 por ciento.

De cómo encare el difícil reto de la reconstrucción dependerá en mucho el destino del gobierno. Si lo hace con eficacia e inicia una política planificada de prevención –como infraestructura que mitigue los efectos de las lluvias y la reubicación de poblaciones asentadas en zonas de riesgo– que otros gobiernos eludieron, y maneja bien el costo económico de la reconstrucción, puede remontar la temprana crisis política que lo agobiaba a menos de un año de llegar al poder, pero si no es así, muy probablemente volvería a caer en la crisis, con el riesgo de terminar tempranamente ahogado.

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Fila en el poblado de Leer, en Sudán del Sur, a la espera de distribución de comida por el Programa Mundial de Alimentos, organismo que advirtió en febrero que más de 20 millones de personas entraron en riesgo de morir de hambre en los próximos seis meses

 

Roma.

 

La población mundial en riesgo de hambruna supera 100 millones de personas y seguirá creciendo si no se combina la asistencia humanitaria con más contención a los granjeros, reveló este martes la Organización de Naciones Unidas (ONU). La cifra, añadió, representa un incremento de 30 por ciento respecto del año pasado, lo que atribuyó a las crisis en Yemen, Sudán del Sur, Nigeria y Somalia.

Más aún, en Somalia uno de cada siete niños muere antes de cumplir los cinco años.

Desde Mogadiscio, Antonio Guterres, secretario general de la ONU, pidió una movilización masiva para evitar lo peor en Somalia, país del Cuerno de África amenazado por la hambruna.

El presidente de Somalia, Mohamed Abdullahi Mohamed, quien se reunió con Guterres, subrayó que su país enfrenta una sequía que podría provocar hambruna si no llueve en los próximos dos meses.

Somalia está al borde de su tercera hambruna en 25 años a causa de una nueva sequía que causa estragos en el este de África.

En Roma, Dominique Burgeon, director de la División de Emergencia de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), precisó que los últimos estudios demuestran que 102 millones de personas padecían malnutrición aguda grave (etapa previa al hambre) en 2016, 30 por ciento más de los 80 millones del año previo.

Atribuyó ese aumento, principalmente, a la profundización de la crisis de Yemen, Sudán del Sur, Nigeria y Somalia, donde el conflicto y la sequía destruyeron la producción de alimentos.

La asistencia humanitaria mantuvo con vida a muchas personas hasta ahora, pero existe un deterioro sostenido en materia de seguridad alimentaria, indicó Burgeon a la Fundación Thomson Reuters, la rama caritativa de Thomson Reuters que cubre noticias sobre temas humanitarios, derechos de la mujer, corrupción y cambio climático (http://news.trust.org).

Burgeon agregó que se necesitan más inversiones para ayudar a la población a alimentarse con cultivos y ganado.

Llegamos con aviones, damos asistencia alimentaria y tratamos de mantener viva a la gente, pero no invertimos lo suficiente en la calidad de vida de esas personas, explicó. Evitamos que caigan en hambruna, pero no logramos alejarlos de la inseguridad alimentaria.

El Programa Mundial de Alimentos de la ONU indicó que el mes pasado más de 20 millones de personas (superior a la población de Rumania o Florida) entraron en riesgo de morir de hambre en seis meses.

Las guerras en Yemen, el noreste de Nigeria y Sudán del Sur devastaron hogares y elevaron los precios de los alimentos, mientras la sequía en el este de África arruinó la economía agrícola.

En febrero se declaró oficialmente la hambruna en áreas de Sudán del Sur, en guerra civil desde 2013.

En Nueva York, el vocero adjunto de la ONU, Farhan Haq, citando datos de la Organización Mundial de la Salud, aseguró que uno de cada siete niños somalíes muere antes de cumplir cinco años. La desnutrición severa debilita su sistema inmunológico, lo que los hace más susceptibles a enfermedades como el sarampión.

Aproximadamente 6 millones de personas, la mitad de la población somalí, tienen acceso a los servicios de salud básicos, y menos de la mitad de todas las mujeres embarazadas tienen acceso a partos asistidos, precisó Haq en conferencia de prensa.

La inseguridad alimentaria ha empeorado por la sequía en Somalia, donde la hambruna causó la muerte de alrededor de 260 mil personas en 2011.

Las condiciones de sequía amenazan a una ya frágil población golpeada por décadas de conflicto. Cerca de la mitad de la población enfrenta una aguda inseguridad alimentaria.

Se espera que 185 mil niños presenten desnutrición aguda severa este año y la cifra llegará a 270 mil en los próximos meses, dijo en febrero el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia.

 

 

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