Amenaza el cambio climático los cultivos de café en América Latina

 

El aumento de la temperatura y nuevo régimen de lluvias afectará hasta 88% de las tierras

Colombia, Guatemala, Costa Rica y México, con más probabilidades de adaptarse a las modificaciones porque tienen zonas altas, señala la autora de la investigación

 

Los cultivos de café en América Latina, uno de los productos más apreciados de la región, podrían convertirse en víctimas del cambio climático.

Un estudio de científicos latinoamericanos proyectó que el aumento de la temperatura y cambios en el régimen de lluvias afectaría entre 73 y 88 por ciento de las tierras aptas para la producción del grano en la región.

Lo que va a haber es una reducción de áreas aptas para café por condiciones climáticas, por disminución de precipitación y aumento de temperatura, explicó Emily Fung, autora del estudio e investigadora del Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (Catie), en Costa Rica.

La experta agregó que esas zonas no van a desaparecer del todo, pero serán menos aptas para la producción de café.

En el reporte participó el Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT) de Colombia y contó con financiamiento de la organización ambientalista Conservación Internacional.

El estudio utiliza los escenarios futuros de cambio climático para modelar cómo se comportarían las zonas adecuadas para el cultivo del café arábiga, el más fino de las variedades del grano y que requiere zonas de altura y clima templado.

Los resultados apuntan a que países productores como Colombia, México, Guatemala y Costa Rica tienen más posibilidades de adaptarse a los cambios de temperatura porque tienen zonas más altas que pueden ser incorporadas para el cultivo de café.

Por el contrario, la investigación prevé perdidas de áreas cultivables en Honduras y Nicaragua, que tienen menos altura.

Para la siembra del café se necesitan condiciones climáticas ideales, y ésas van a cambiar, probablemente se va a tener que sembrar café en otras áreas con temperaturas más bajas y más precipitaciones. Se buscaría áreas más altas, indicó Fung.

Los cambios podrían tener impacto social significativo en tanto 80 por ciento del café en América Latina proviene de pequeños productores, con terrenos inferiores a cuatro hectáreas, según la versión del estudio publicado en la revista estadunidense Proceedings, de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos.

América Latina es la principal región productora de café, con cerca de 5 mil millones de kilos anuales. Brasil es el líder mundial en el cultivo del grano, y tiene otros grandes productores como Colombia, Honduras, Guatemala, México y Perú, según la Organización Internacional del Café, con sede en Londres.

La producción latinoamericana duplica a la de Asia, el segundo lugar mundial.

En tanto, áreas actualmente utilizadas para el café podrían pasar a servir para otros cultivos de clima cálido, con la tendencia de calentamiento.

Fung dijo que en el cantón costarricense de Turrialba, donde está la sede del Catie, se ha comenzado a cultivar caña de azúcar donde hace poco tiempo había café.

 

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Domingo, 10 Septiembre 2017 07:48

El síndrome del desarraigado climático

Desplazados en Fort-Liberte, Haití, por el paso arrasador del huracán Irma anteayer.

 

Si se sumaran hoy mismo los 6,3 millones de desplazados que huyen en Miami de la trayectoria del huracán Irma, desde principios de año hasta ahora habría en el mundo un total de 15 millones de desplazados internos. Más de la mitad de ese éxodo interior es atribuible a los desarreglos climáticos mientras que el resto corresponde a los conflictos. Si no se tomaran en cuenta los estragos causados por Irma, la cifra alcanza 9,1 millones de personas que tuvieron que trasladarse a otras regiones de su propio país empujadas por las guerras, los conflictos de todo tipo y las catástrofes naturales. Este retrato inédito de los éxodos lo llevó a cabo el Observatorio de las situaciones sobre los desplazamientos internos (Internal Displacement Monitoring Center, IDMC). Se trata de un organismo fundado en 1998 por el Consejo Noruego para los refugiados cuya vocación consiste en monitorear los desplazamientos de los seres humanos que, por la fuerza, deben moverse dentro de las fronteras de sus propios países. El informe del IDMC correspondiente al primer semestre de 2017 ha registrado porcentajes elevadísimos de este tipo de refugiados que carecen de toda protección o estatuto jurídico suficiente como para contar con la protección de la comunidad internacional. Son los nuevos desventurados de la modernidad en cuyo seno se va esbozando un tipo cada vez más recurrente: el del desarraigado climático.

Entre enero y junio, los refugiados por las condiciones climáticas extremas y aquellos que deben abandonar sus tierras debido a los conflictos comparten porcentajes casi idénticos:4,6 millones de personas oriundas de 29 países escaparon de los conflictos, y 4,5 millones pertenecientes a 76 países desertaron sus regiones por los estragos climáticos. Comparado al balance de 2016, el IDMC constata que durante el primer semestre de 2017 hubo menos desplazados climáticos (24 millones en 2017) y más víctimas de las guerras. Sin embargo, el panorama es poco alentador en lo que atañe al clima. Los huracanes en el continente americano y el monzón en África y Asia incrementarán el número de exiliados climáticos. Combinados, ambas situaciones extremas muestran un mundo cada vez más inestable y a millones de individuos obligados e elegir entre partir hacia el éxodo o morir en un conflicto o en algún desbarajuste del clima. Toda la parte de África sahariana es la más azotada por los conflictos armados (46% del total), seguida desde luego por Medio Oriente. En apenas seis meses, 997.000 personas tuvieron que desplazarse en la República Democrática del Congo (más que todo 2016) mientras que 992.000 lo hicieron en Irak y 692.000 en Siria. En lo que atañe a América Latina, según el informe, en México, la violencia desplazó a 311 mil seres humanos. Con respecto al clima, Asia es la zona más golpeada tanto por los desprendimientos de terreno como las inundaciones que azotaron, por ejemplo, las provincias del sur de China en junio (858 mil desplazados) o el ciclón tropical Mora que en mayo y junio barrió Bangladesh, Myanmar y la India (851 mil desplazados). A estos factores de conflictos y clima se le suma el de la pobreza, que incrementa los estragos. A veces, guerras y clima se combinan para estrangular a las poblaciones. Ese es el caso de Somalia donde la sequía histórica condujo al país al abismo del hambre y a 800 mil personas a desplazarse hacia los centros urbanos. La ayuda humanitaria internacional apenas pudo articularse a raíz de las devastaciones que causa la guerrilla islamista del grupo Al-Shabab. En total, a finales de 2016 había en el mundo 40 millones de personas que vivían fuera de sus tierras de origen por culpa de los conflictos armados.

El subdesarrollo aparece igualmente como una variable de las catástrofes. Cuanto más pobre es un país, más expuesto está a pagar las consecuencias de los golpes del clima. En muchas regiones del mundo los fenómenos climáticos extremos están anticipados por los organismos internacionales de monitoreo (lluvias, inundaciones) pero el país no cuenta con los medios para aplicar políticas de prevención. Nigeria, Sudán del Sur, Somalia o Yemen, en estos cuatro países 20 millones de personas viven bajo la amenaza constante del hambre, lo que constituye, según lo definió el Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, “la crisis humanitaria más gravé desde la Segunda Guerra Mundial”. A estas cuatro naciones se le suman otras 37 país que, según la misma ONU, requieren asistencia inmediata. En casi todas partes la tenaza del clima y las guerras desembocan en la misma catástrofe que recuerda a las sufridas en Biafra (1967-1970), Sahel (1969-1974), Somalia (1991 y luego 2011), Etiopía (1983-1985) o Sudán (1998). Las sequías vuelven a ser ahora un factor determinante de las hambrunas al tiempo que las guerras internas traban los desplazamientos o dejan a los refugiados en manos de bandas incontroladas. En Zimbabue, Uganda, Tanzania, Mozambique o Lesoto el cambio climático ha modificado el ritmo y la riqueza de las cosechas, provocados sequías o lluvias torrenciales que destruyeron los cultivos o mataron al ganado. Con 7,3 millones de personas amenazadas por el hambre Yemen se ha convertido en la antesala de la muerte, seguido por Sudán del Sur, 6,1 millones, Nigeria, 5,1 millones, Somalia, 2,9 millones. Estas situaciones, sin embargo, hubiesen podido administrarse de otra forma si en cada uno de los países azotados hubiese un atisbo de democracia o de organización estatal. La configuración actual tiende a darle la razón a la premio Nobel de la Paz Amartya Sen, para la cual el hambre surge allí donde la democracia no existe. La multiplicación de los conflictos (Siria por ejemplo) o las catástrofes climáticas crea también un colapso entre los países donantes de ayuda humanitaria. La Oficina de Coordinación de asuntos humanitarios de la ONU, OCHA, estima que en 2017 unas 130 millones de personas necesitan asistencia humanitaria a lo largo del planeta. Hacen falta 22 mil millones de dólares, lo que representa el doble que hace una década atrás. Lejos, muy lejos de los juguetitos tecnológicos, de internet, los nuevos modelos de móviles o los objetos conectados, millones y millones de personan mueren por las causas más primitivas de la historia humana: el clima, las guerras, el hambre.

 

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Aumento de eventos extremos en el planeta por el cambio climático, advierte la ONU

La Organización Meteorológica Mundial (OMM) advirtió del incremento en los eventos extremos en el planeta asociados a los efectos del cambio climático. Reportó que junio de este año ha sido el segundo más caliente en la historia, después de las temperaturas alcanzadas ese mismo mes, pero de 2016, debido a un periodo de "calidez global excepcional que comenzó hace dos años".

Agregó que este verano los termómetros han alcanzado temperaturas muy elevadas. En Turbat, Pakistán, se elevó a 54 grados centígrados, y en Ahwaz, Irán, llegó a 53.7, mientras en Estados Unidos "se están rompiendo marcas en varias ciudadaes; en Phoenix, por ejemplo, el calor ascendió a 48.3 grados centígrados".

El organismo de la ONU, que agrupa a 191 estados y territorios miembros, es el portavoz autorizado del sistema de Naciones Unidas sobre el estado y comportamiento de la atmósfera del planeta, su interacción con la tierra y los mares, su efecto en el clima y la distribución de los recursos hídricos.

En julio pasado informó que 2017 está marcado por olas de calor y nuevas marcas sin precedentes de temperaturas. En un esfuerzo por alertar sobre los efectos del cambio climático, convocó a quienes reportan el clima en las transmisiones televisivas a analizar cómo la elevación de la temperatura afectaría a las principales ciudades del mundo.

Prevén alza en temperatura global

Alerta que si las emisiones de gases de efecto invernadero continúan en aumento, "la temperatura media global de la Tierra en superficie podría incrementarse más de 4 grados centígrados de aquí a finales del siglo XXI".

Para analizar sus efectos, convocó a Climate Central, organización de investigación y comunicación de los Estados Unidos para reducir la escala de los modelos climáticos globales evaluados por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), a fin de conocer los efectos en las temperaturas que se alcanzarán en el verano en varias ciudades en 2100.

Los resultados revelaron que hacia finales de siglo, los residentes de París –donde las temperaturas altas diarias en verano llegan a un promedio de 22.7 grados centígrados– "podrían experimentar temperaturas altas como las de hoy en día en Fez, Marruecos, donde se alcanzan 29.2 grados centígrados".

Afirma en un comunicado, que en muchas ciudades evaluadas, las temperaturas máximas diarias durante el verano "po-drían ascender a entre 6 y 9 grados centígrados".

Petteri Taalas, secretario general de la OMM, destacó que "el aumento del calor y de los fenómenos meteorológicos extremos, entre éstos las tormentas estivales, tendrán efectos importantes en el suministro de energía y agua, la salud pública y el transporte. Las olas de calor más intensas también causarán disminución de la calidad del aire, lo que puede ser mortal", agregó.

Si bien el funcionario de la ONU reconoce que los reportes elaborados por los presentadores del tiempo en diferentes ciudades, entre ellas Barcelona, Berlín, Bruselas, Buenos Aires, Ciudad del Cabo, Frankfurt, La Habana, Hanoi, Kampala, Madrid, Montreal, Nairobi, Sofía y Tokio, "son sólo posibles escenarios y no pronósticos reales, están basados en la ciencia climática más actualizada y dan un panorama convincente de cómo el cambio climático puede afectar la vida diaria en las ciudades donde vive la mayor parte de la población mundial".

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El mayor iceberg de la historia siembra la incertidumbre entre la comunidad científica

No es seguro que el desprendimiento se deba al cambio climático pero se augura que esta inmensa placa de hielo producirá efectos en el clima como el aumento indirecto del nivel del mar y el calentamiento de los océanos.

 


En el año 2012 la película documental Chasing Ice (Persiguiendo el hielo), producido por la Sociedad Geográfica Nacional, fotografió durante años glaciares del Ártico, Groenlandia, Alaska y el Parque Nacional de los Glaciares, dejando constancia de un deshielo constante de las zonas heladas del planeta. Su director, Jeff Orlowski, sostenía que la sociedad no luchaba contra el cambio climático porque no lo veíamos, así que ideó esta manera de hacer visible una transformación que pasa desapercibida por la percepción temporal del ser humano. Al acelerar lo que las cámaras fotografiaron durante años logró que se percibieran los cambios en las masas heladas del planeta.
Hoy la realidad es que ese deshielo ha tomado forma y va a la deriva por el océano después de que se haya desprendido la mayor placa de hielo que se recuerda, convirtiéndose en un gigantesco iceberg de 5.800 kilómetros cuadrados de superficie, el equivalente a diez veces la extensión de Madrid o cuatro veces la superficie de una megalópolis como Ciudad de México.


Aunque la comunidad científica no puede asegurar que este desprendimiento de hielo sea consecuencia directa del cambio climático, lo cierto es que no se tiene constancia de un iceberg similar a este tamaño en los registros históricos. “Tenemos que contemplar este fenómeno como una señal de alerta respecto al aumento de las temperaturas en el planeta”, explica Tatiana Nuño, responsable de la campaña de Energía y Cambio Climático de Greenpeace, que aclara que el aumento de temperatura de los océanos es el que ha debilitado paulatinamente las zonas heladas desde que se agudizó el problema del cambio climático.


En efecto, en 1995 ya se colapsó la plataforma Larsen A, en 2002 se produjo la ruptura de la Larsen B y desde enero los expertos del proyecto Midas, que han hecho el seguimiento al deshielo en la Antártida habían observado con estupor como la grieta aumentaba a más de 200 kilómetros dejaba a Larsen B ‘colgando’ de unos 4,5 kilómetros que han acabado por facturarse desprendiendo la mayor placa de hielo de la historia del Polo Sur.


El desconcierto científico sobre los efectos que puede tener este gran iceberg se debe precisamente a que no se sabe cuál será su comportamiento ahora que navega sin rumbo. Lo que sí está claro es que al derretirse el billón de toneladas de hielo que conforman el mayor iceberg de la historia, no aumentará el nivel de los océanos. Ello se debe a que la placa de hielo que se ha desprendido ya estaba sobre el mar, “es igual que cuando un cubito de hielo se derrite en un vaso de agua”, explica la responsable de la campaña de Energía y Cambio Climático de Greenpeace.


El hecho de que la barrera de hielo Larsen no descanse en tierra firme hace que el volumen de agua ya estuviese sobre los mares no acarreará una subida del nivel del mar de forma directa, pero otros expertos sí sostienen que lo hará de manera indirecta: “Esta placa que se ha desprendido actuaba como una barrera de hielo que actúa como muro de contención de glaciares que sí están en tierra firme y cuyo deshielo sí aumentará el volumen de agua del planeta”, aclara Mar Asunción, responsable de Clima y Energía de la organización WWF.


También tendrá efectos directos sobre la temperatura del planeta, provocando un calentamiento progresivo de los mares y océanos, como apunta Teresa Nuño. La responsable de la campaña de Energía y Cambio Climático asegura que hay muchos científicos que han alertado de que la pérdida de esta inmensa placa de hielo dejará de reflejar la radiación solar que ahora será absorbida por las masas de agua, acarreando el calentamiento de los mares, “un cambio de temperatura que tendrá efectos en las corrientes marinas y atmosféricas a nivel planetario”, recalca.


El informe técnico del informe de investigación de Greenpeace de 2016 titulado Lo que pasa en el Ártico no se queda en el Ártico, ya alertaba de las consecuencias globales y en cascada que tiene para todo el planeta el deshielo del Polo Sur. “En el Antártico los efectos son también globales”, apostilla la responsable de Cambio Climático de Greenpeace.


Mientras se superan ya, como apunta el citado informe, las cifras récord de pérdida de hielo en la Tierra, la comunidad científica se mantiene expectante para relacionar esos datos de manera directa con el aumento de los niveles planetarios de dióxido de carbono. Tampoco es previsible que la pérdida de 5.800 kilómetros cuadrados de continente antártico, que a partir de ahora navegan sin rumbo en forma de iceberg, se contemple en los mapas, ya que como apunta Teresa Nuño los límites de la Artártida no coinciden con la fisonomía que se puede ver por satélite.


Ello se debe a que se trata de un continente de límites cambiantes, en los que se derriten placas de hielo en verano para recuperarse de nuevo en invierno, aunque en esta ocasión parece poco probable que esos 5.800 kilómetros cuadrados de hielo vuelvan a formar parte del Polo Sur.

Archivan hielo de monte boliviano con 18 mil años de información del clima

Se unirá a las muestras captadas en 2016 en el Mont Blanc y alimentarán la primera testigoteca mundial, que se creará en la base Concordia en la Antártida para expertos de siglos venideros

 

Un momento de calma entre ventiscas y nevadas permitió la hazaña. A 6 mil 300 metros de altura, una sonda penetra las entrañas del Illimani hasta el lecho rocoso para extraer hielo de este glaciar boliviano. Se guardará como evidencia para las generaciones poscambio climático.

Los científicos llaman a estos trozos cilíndricos testigos de hielo, obtenidos de esta montaña de La Paz. Se trata del proyecto científico global ICE Memory, que ya realizó una acción similar en los Alpes. Irán a parar a la Antártida gracias a un programa de conservación de la memoria de glaciares expuestos al calentamiento global.

“Los testigos de hielo (de Bolivia) se unirán a los extraídos en 2016 durante la expedición en el macizo del Mont Blanc y alimentarán la primera testigoteca mundial de archivos de hielo, que se creará en la base Concordia en la Antártida –que operan Francia e Italia– para los investigadores de los siglos venideros”, señalaron los responsables de ICE Memory en una nota informativa.

De las dos extracciones cilíndricas, una será estudiada y la otra será parte del primer archivo mundial de glaciares.

"Esta segunda misión ha sido un formidable éxito colectivo", dijo Patrick Ginot, coordinador de las expediciones de ICE Memory.

 

Misión de 15 mil científicos

 

La expedición de 15 científicos de Francia, Rusia, Brasil y Bolivia debió enfrentar condiciones extremas, apoyados por una treintena de guías y porteadores. Instalaron primero un campamento base a 4 mil 500 metros de altura y luego emprendieron una caminata. La empresa comenzó el 22 de mayo y culminó el 18 de junio.

En las alturas, cuando el clima dio permiso, pusieron en marcha sus sondas sacatestigos. El viento silbaba y remecía la carpa en forma de domo color naranja donde los científicos se guarecían.

"En 10 días se extrajeron dos muestras de hielo hasta el lecho rocoso: la primera de 137 metros y la segunda de 134", explicó ICE Memory. Preveían realizar tres extracciones, pero la fiereza en las cumbres del Illimani no se los permitió. Hubo que salir de allí. De vuelta en el campamento base, los trozos de hielo fueron recibidos diligentemente y tratados como una reliquia, guardados en un recipiente cilíndrico de metal y conservados en un contenedor frigorífico. Luego serán embarcados a Francia y de allí uno de los trozos se llevará a la Antártida. El proceso puede tomar un año, explicaron los organizadores.

¿Por qué el Illimani? Este nevado alberga hasta 18 mil años de información climática y ambiental de una extensa región entre el Altiplano y la Amazonía bolivianos, señalaron los responsables de ICE Memory. La parte del trozo de hielo que está más cercana al lecho rocoso lleva un color más oscuro.

El nevado del Illimani, localizado en La Paz, es parte de la denominada Cordillera Real, una de las dos cadenas montañosas nevadas del país. Su estructura está amenazada tanto por las variaciones climáticas como por la actividad de empresas mineras denunciadas este año por los comunarios de la zona.

 

Creado en 2015

 

ICE Memory fue creado en 2015 por glaciólogos franceses del Instituto de Geociencias del Medio Ambiente de Grenoble y sus socios italianos, con los auspicios de la Fundación Universidad Grenoble Alpes y con el patrocinio de las comisiones nacionales francesa e italiana de la Unesco.

"Es una formidable aventura de colaboración y confianza entre naciones, científicos y mecenas privados, que asumen su responsabilidad frente al cambio climático", estimó Jérôme Chappellaz, director de investigación del Centro Nacional francés de Investigación Científica y coordinador científico del proyecto.

En una declaración en marzo pasado en París, Chappellaz afirmó que los "archivos" de datos en el fondo de los glaciares están en peligro pues, debido al aumento de la temperatura global, se funden, el agua del deshielo se filtra en el interior y borra los registros geoquímicos que interesan.

En abril pasado miles de indígenas que viven alrededor del Illimani colapsaron el centro de La Paz, sede de los poderes Ejecutivo y Legislativo, exigiendo la preservación del glaciar.

Los lugareños piden a las autoridades promulgar una ley para que el nevado sea patrimonio natural, y evitar cualquier explotación que contamine afluentes que nacen de su deshielo, que alimentan la actividad agrícola.

Miércoles, 17 Mayo 2017 06:40

Medioambiente e igualdad social

Medioambiente e igualdad social

¿Puede la naturaleza hablar? ¿Puede la naturaleza contarnos los males que le afectan? Descontando el lenguaje verbal creado por el ser humano, la naturaleza no verbaliza; lo que sí tiene es una capacidad infinita de comunicar, mediante otros lenguajes no proposicionales, un conjunto de conmociones que la están perturbando. El calentamiento global es uno de estos cambios dramáticos que a diario la naturaleza nos informa. Cambios abruptos del clima, sequias en regiones anteriormente húmedas; deshielo de glaciales, cataclismos ambientales, huracanes con fuerza nunca antes vista, desbordes crecientes de ríos., etc., son solo unos de los cuantos efectos comunicacionales con los que la naturaleza informa de lo que le está sucediendo.


No obstante, la manera en que las catástrofes ambientales afectan la vida de la humanidad no es homogénea ni equitativa; mucho menos lo es la responsabilidad que cada ser humano tiene en su origen.


Clase y raza medioambiental


En la última década, se puede constatar que las catástrofes naturales más importantes están presentes por todo el globo terráqueo, sin diferenciar continentes o países; en ese sentido, existe una especie de democratización geográfica del cambio climático. Sin embargo, los daños y efectos que esos desastres provocan en las sociedades, claramente están diferenciados por país, clase social e identificación racial. De manera consecutiva, hemos tenido en el periodo 2014-2016, los años más calurosos desde 1880, lo que explica la disminución en el ritmo de lluvias en muchas partes del planeta. Aun así, los medios materiales disponibles para soportar y remontar estas carencias y, por tanto, los efectos sociales resultantes de los trastornos ambientales, son abismalmente diferentes según el país y la condición social de las personas afectadas. Por ejemplo, ante la escasez de agua en California, la gente se vio obligada a pagar hasta un 100% más por el líquido elemento, aunque esto no afectó su régimen de vida. En cambio, en el caso de la Amazonía y las zonas de altura del continente latinoamericano se tuvo una dramática reducción del acceso a los recursos hídricos para las familias indígenas, provocando malas cosechas, restricción en el consumo humano de agua y ‒especialmente en la Amazonía‒ parálisis de gran parte de la capacidad productiva extractiva con la que las familias garantizaban su sustento anual.


Asimismo, el paso del huracán Katrina por la ciudad de Nueva Orleans en 2005, dejó más de dos mil muertos, miles de desaparecidos y un millón de personas desplazadas. Pero los efectos del huracán no fueron los mismos para todas las clases e identidades étnicas. Según el sociólogo P. Sharkey [1] , el 68% de las personas fallecidas y el 84% de las desaparecidas eran de origen afroamericano. Ello, porque en las zonas propensas a ser inundadas, donde el valor de la tierra es menor, viven las personas de menos recursos; mientras que los que habitan en las zonas altas son los ricos y blancos.


En este y en todos los casos, la vulnerabilidad y el sufrimiento se concentran en los más pobres (indígenas y negros), es decir, en las clases e identidades socialmente subalternas. De ahí que se pueda hablar de un enclasamiento y racialización de los efectos del cambio climático.


Entonces, los medios disponibles para una resiliencia ecológica ante los cambios medioambientales dependen de la condición socioeconómica del país y de los ingresos monetarios de las personas afectadas. Y, dado que estos recursos están concentrados en los países con las economías dominantes a escala planetaria y en las clases privilegiadas, resulta que ellas son las primeras y únicas capaces de soportar y disminuir en su vida esos impactos, comprando casas en zonas con condiciones ambientales sanas, accediendo a tecnologías preventivas, disponiendo de un mayor gasto para el acceso a bienes de consumo imprescindibles, etc. En cambio, los países más pobres y las clases sociales más vulnerables, tienden a ocupar espacios con condiciones ambientales frágiles o degradadas, carecen de medios para acceder a tecnologías preventivas y son incapaces de soportar variaciones sustanciales en los precios de los bienes imprescindibles para sostener sus condiciones de vida. Por tanto, la democratización geográfica de los efectos del calentamiento global se traduce, instantáneamente, en una concentración nacional, clasista y racial del sufrimiento y el drama causados por los efectos climáticos.


Este enclasamiento racializado del impacto medioambiental se vuelve paradójico e incluso moralmente injusto cuando se comparan los datos de las poblaciones afectadas y de las poblaciones causantes o de mayor incidencia en su generación.
La nueva etapa geológica del antropoceno ‒un concepto propuesto por el Premio Nobel de Química, P. Crutzen‒, caracterizada por el impacto del ser humano en el ecosistema mundial, se viene desplegando desde la Revolución Industrial a inicios del siglo XVIII. Y, desde entonces, primero Europa, luego Estados Unidos, y en general las economías capitalistas desarrolladas y colonizadoras del norte, son las principales emisoras de los gases de efecto invernadero que están causando las catástrofes climáticas. Sin embargo, los que sufren los efectos devastadores de este fenómeno son los países colonizados, subordinados y más pobres, como los de África y América Latina, cuya incidencia en la emisión de CO2 es muchísimo menor.


Según datos del Banco Mundial [2] , Kenia contribuye con el 0,1% de los gases de efecto invernadero, pero las sequías provocadas por el impacto del calentamiento global llevan a la hambruna a más del 10% de su población. En cambio, en EEUU, que contribuye con el 14,5%, la sequía solo provoca una mayor erogación de los gastos en el costo del agua, dejando intactas las condiciones básicas de vida de su ciudadanía. En promedio, un alemán emite 9,2 toneladas de CO2 al año; en tanto que un habitante de Kenia, 0,3 toneladas. No obstante, quien lleva en sus espaldas el peso del impacto ambiental es el ciudadano keniano y no el alemán. Datos similares se puede obtener comparando el grado de participación de los países del norte en la emisión de gases de efecto invernadero, como Holanda (10 TM por persona/año), Japón (7 TM), Reino Unido (7,1 TM), España 5 TM), Francia 8% TM), pero con alta resilencia ecológica; frente a países del sur con baja participación en la emisión de gases de efecto invernadero, como Bolivia (1,8 TM), Paraguay (0,7 TM), India (1,5 TM), Zambia (0,2 TM), etc., pero atravesados de dramas sociales producidos por el cambio climático. Existe, entonces, una oligarquización territorial de la producción de los gases de efecto invernadero, una democratización planetaria de los efectos del calentamiento global, y una desigualdad clasista y racial de los sufrimientos y efectos de las conmociones medioambientales.


Medioambientalismos coloniales
Si la naturaleza comunica los impactos de la acción humana en su metabolismo de una forma jerarquizada, también existen ciertos conceptos referidos al medioambiente, parcializados de una manera todavía más escandalosa; o, peor aún, que legitiman y encubren estas focalizaciones regionales, clasistas y raciales.


Como señala McGurty [3] para el caso norteamericano en la década de los 70 del siglo XX, lo que hizo posible que el debate público sobre las demandas sociales de las minorías étnicas urbanas, e incluso del movimiento obrero sindicalizado, fuera soslayado, llevando a que la “temática social” perdiera fuerza de presión frente al gobierno, fue un tipo de discurso medioambientalista. Un nuevo lenguaje acerca del medio ambiente, cargado de una asepsia respecto a las demandas sociales, que ciertamente puso sobre la mesa una temática más “universal”, pero con responsabilidades “adelgazadas” y diluidas en el planeta; a la vez que distantes política y económicamente respecto a las problemáticas de las identidades sociales (obreros, población negra). Aspecto que no deja de ser celebrado por las grandes corporaciones y el gobierno que ven encogerse así sus deudas sociales con la población.


Por otra parte, el sociólogo francés Keucheyan [4] subraya cómo en ciertos países como Estados Unidos, el “color de la ecología no es verde sino blanco”; no solo por la mayoritaria condición social de los activistas ‒por lo general, blancos, de clase media y alta‒, sino también por la negativa de sus grandes fundaciones a involucrarse en temáticas medioambientales urbanas que afectan directamente a los pobres y las minorías raciales.


Al parecer, la naturaleza que vale la pena salvar o proteger no es “toda” la naturaleza ‒de la que las sociedades son una parte fundamental‒, sino solamente aquella naturaleza “salvaje” que se encuentra esterilizada de pobres, negros, campesinos, obreros, latinos e indios, con sus molestosas problemáticas sociales y laborales.


Todo ello refleja, pues, la construcción de una idea sesgada de naturaleza de clase, asociada a una pureza original contrapuesta a la ciudad, que simboliza la degradación. Así, para estos medioambientalistas, las ciudades son sucias, caóticas, oscuras, problemáticas y llena de pobres, obreros, latinos y negros, mientras que la naturaleza a proteger es prístina y apacible, el santuario imprescindible donde las clases pudientes, que disponen de tiempo y dinero para ello, pueden experimentar su autenticidad y superioridad.


En los países subalternos, las construcciones discursivas dominantes sobre la naturaleza y el medioambiente comparten ese carácter elitista y disociado de la problemática social, aunque incorporan otros tres componentes de clase y de relaciones de poder.


En primer lugar se encuentra el estado de auto-culpabilización ambiental. Eso quiere decir que la responsabilidad frente al calentamiento global la distribuyen de manera homogénea en el mundo. Por tanto, talar un árbol para sembrar alimentos tiene tanta incidencia en el cambio climático como instalar una usina atómica para generar electricidad. Y como en la mayoría de los países subalternos existe una apremiante necesidad de utilizar los recursos naturales para aumentar la producción alimenticia u obtener divisas a fin de acceder a tecnologías y superar las precarias condiciones de vida heredadas tras siglos de colonialidad, entonces, para estas corrientes ambientalistas, los mayores responsables del calentamiento global son estos países pobres que depredan la naturaleza. No importa que su contribución a la emisión de gases de efecto invernadero sea del 0,1% o que el impacto de los millones de coches y miles de fábricas de los países del norte afecte 50 o 100 veces más al cambio climático. Surge así una especie de naturalización de la acción anti-ecológica de la economía de los países ricos, de sus consumos y de su forma de vida cotidiana, que en realidad son las causantes históricas de las actuales catástrofes naturales. Dicha esquizofrenia ambiental llega a tales extremos, que se dice que la reciente sequía en la Amazonía es responsabilidad de unos cientos de campesinos e indígenas que habilitan sus parcelas familiares para cultivar productos alimenticios y no, por ejemplo, del incesante consumo de combustibles fósiles que en un 95% proviene de una veintena de países del norte, altamente industrializados.


La financiarización de la plusvalía medioambiental


Un segundo componente de esta construcción discursiva de clase es una especie de “financiarización medioambiental”. En los países capitalistas desarrollados ha surgido una economía de seguros, expansiva y altamente lucrativa, que protege a empresas, multinacionales, gobiernos y personas de posibles catástrofes ambientales. Así, el desastre ambiental ha devenido en un lucrativo y ascendente negocio de aseguradoras y reaseguradoras que protegen las inversiones de grandes empresas, no solo de crisis políticas, sino de cataclismos naturales mediante un mercado de “bonos catástrofe” [5] , volviendo al capital “resilente” al calentamiento global. Paralelamente a ello, en los países subalternos emerge un amplio mercado de empresas de transferencia de lo que hemos venido a denominar plusvalía medioambiental.
A través de algunas fundaciones y ONG, las grandes multinacionales del norte financian, en los países pobres, políticas de protección de bosques. Todo, a cambio de los Certificados de Emisión Reducida (CER) [6] que se cotizan en los mercados de carbono. De esta manera, por una tonelada de CO2 que se deja de emitir en un bosque de la Amazonía gracias a unos miles de dólares entregados a una ONG que impide su uso agrícola, una industria norteamericana o alemana de armas, autos o acero, que utiliza como fuente energética al carbón y emite gases de efecto invernadero, puede mantener inalterable su actividad productiva sin necesidad de cambiar de matriz energética o de reducir su emisión de gases ni mucho menos parar la producción de sus mercancías medioambientalmente depredadoras. En otras palabras, a cambio de 100.000 dólares invertidos en un alejado bosque del sur, la empresa puede ganar y ahorrar cientos de millones de dólares, manteniendo la lógica de consumo destructiva inalterada.


Así, hoy el capitalismo depreda la naturaleza y eleva las tasas de ganancia empresarial. Convierte la contaminación en un derecho negociable en la bolsa de valores. Hace de las catástrofes ambientales provocadas por la producción capitalista, una contingencia sujeta a un mercado de seguros. Y finalmente transforma la defensa de la ecología en los países del sur, en un redituable mercado de bonos de carbono concentrado por las grandes empresas y países contaminantes. En definitiva, el capitalismo esta subsumiendo de manera formal y real la naturaleza, tanto en su capacidad creativa, como el mismísimo proceso de su propia destrucción.

Por último, el colonialismo ambiental recoge de su alter ego del norte el divorcio entre naturaleza y sociedad, con una variante. Mientras que el ambientalismo dominante del norte propugna una contemplación de la naturaleza purificada de seres humanos ‒su política de exterminio de indígenas le permite ese exceso‒, el ambientalismo colonizado, por la fuerza de los hechos, se ve obligado a incorporar en este tipo de naturaleza idealizada, a los indígenas que inevitablemente habitan en los bosques. Pero no a cualquier indígena porque, para ellos, el que cultiva la tierra para vender en los mercados, el que reclama un colegio, hospital, carretera o los mismos derechos que cualquier citadino, no es un verdadero sino un falso indígena, un indígena a “medias”, en proceso de campesinización, de mestización; por tanto, un indígena “impuro”. Para el ambientalismo colonial, el indígena “verdadero” es un ser carente de necesidades sociales, casi camuflado con la naturaleza; ese indígena fósil de la postal de los turistas que vienen en busca de una supuesta “autenticidad”, olvidando que ella no es más que un producto de siglos de colonización y despojo de los pueblos del bosque.


En síntesis, no hay nada más intensamente político que la naturaleza, la gestión y los discursos que se tejen alrededor de ella. Lo lamentable es que en ese campo de fuerzas, las políticas dominantes sean, hasta ahora, simplemente las políticas de las clases dominantes. Por eso, aun son largos el camino y la lucha que permitan el surgimiento de una política medioambiental que, a tiempo de fusionar temáticas sociales y ecológicas, proyecte una mirada protectora de la naturaleza desde la perspectiva de las clases subalternas, en lo que alguna vez Marx denominó una acción metabólica mutuamente vivificante entre ser humano y naturaleza [7] .


Por Álvaro García Linera, Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia

________________________________________
[1] P. Sharkey, “Survival and death un New Orleans: an empirical look at the human impact of Katrina”, en Journal of Black Studies, 2007; 37; 482. En: http://www.patricksharkey.net/images/pdf/Sharkey_JBS_2007.pdf.
[2] Databank-Banco Mundial 2013.
[3] E. McGurty, Transforming Environmentalism, Rutgers University Press, New Brunswick, 2007.
[4] R. Keucheyan, La naturaleza es un campo de batalla, Clave Intelectual, España, 2016.
[5] Banco Mundial, “ Seguro contra riesgo de desastres naturales: Nueva plataforma de emisión de bonos de catástrofes”, en http://www.bancomundial.org/es/news/feature/2009/10/28/insuring-against-natural-disaster-risk-new-catastrophe-bond-issuance-platform.
[6] BID/ BALCOLDEX, “Guía en Cambio Climático y Mercados de Carbono”, en https://www.bancoldex.com/documentos/3810_Guia_en_cambio_clim%C3%A1tico_y_mercados_de_carbono.pdf
[7] Marx, El Capital, Tomo III; Ed. Siglo XXI, pág. 1044, México, 1980.

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“Tenemos una infraestructura defectuosa”

Las lluvias y las inundaciones no dan tregua. Ríos desbordados, ciudades cubiertas por más de un metro y medio de agua, poblaciones aisladas, más de 30 mil viviendas destruidas o inhabitables, graves daños a la infraestructura vial y a los cultivos, 101 muertos, 20 desaparecidos, más de 141 mil damnificados y 940 mil personas afectadas, es, hasta hoy, el duro balance del desastre causado por las torrenciales lluvias que afectan al Perú desde hace varias semanas y que, según los expertos, se prolongarán un mes más. El país no padecía lluvias tan fuertes desde hace 20 años.

La costa norte es la más afectada, pero el desastre también ha golpeado la capital y algunas ciudades del sur. La magnitud de los daños ha dejado en dramática evidencia lo mal preparado que está el país para enfrentar las fuertes lluvias, a pesar de ser un problema que se repite cada cierto tiempo a causa del fenómeno de El Niño, un calentamiento de las aguas del Pacífico que origina intensas precipitaciones pluviales. Un nuevo golpe a la clase política, esta vez por su falta de previsión. Las últimas ocasiones en las que El Niño golpeó el país fueron en 1998 y 1983. Ahora se repite la historia de destrucción, dramas humanos y falta de previsión, más corrupción y malas políticas.

Los más golpeados por las lluvias, los desbordes de ríos y las avalanchas de agua, lodo y piedras, son los sectores más pobres, asentados precariamente en las laderas de los cerros y en las quebradas y cauces secos de ríos que se han activado con las grandes lluvias. Pero las inundaciones también han llegado hasta el centro de varias ciudades de la costa norte, las cuales, a pesar de que las lluvias torrenciales son un fenómeno cíclico en esa zona, no están preparadas para soportarlas. No tienen drenajes adecuados y las defensas ribereñas son escasas y malas.

En la frontera con Ecuador, el río Zarumilla, que separa ambos países, se desbordó solamente por el desprotegido lado peruano, con millonarias pérdidas en tierras de cultivo. Del lado ecuatoriano, donde se ha construido una barrera protectora de piedras, no hubo desborde, ahí los cultivos han quedado intactos. Este caso destaca la diferencia entre las autoridades de uno y otro país para encarar la prevención. Así lo ha reconocido el presidente peruano, Pedro Pablo Kuczynski, que ha destacado como un ejemplo a seguir las obras de prevención hechas en Ecuador, que ha recibido similares lluvias que el Perú, pero ha sufrido daños significativamente menores.

“Los daños han sido muy altos porque tenemos una infraestructura defectuosa, construida sin tener en cuenta la posibilidad de un desastre como éste, a pesar que El Niño es cíclico en el Perú. Los parámetros de diseño de carreteras y puentes son inadecuados y subdimensionan los efectos que pueden causar las lluvias y los caudales que pueden alcanzar los ríos. Las defensas ribereñas son muy limitadas y no han tenido el mantenimiento necesario para que cumplan su función. Las ciudades no tienen la infraestructura para evacuar las aguas. Los ríos no han sido canalizados y no tienen vías de evacuación para que en tiempos de crecida las aguas puedan desfogar sin afectar a las poblaciones. No hay una planificación de las autoridades para un ordenamiento del uso del territorio que evite que poblaciones se instalen en zonas de riesgo donde no deben estar”, le señaló a PáginaI12 Juvenal Medina, ingeniero geólogo y coordinador de estudios y proyectos del Centro de Estudios y Prevención de Desastres.

El especialista agrega: “Las autoridades priorizan obras que les pueden dar réditos políticos en el corto plazo y no hacen obras de prevención para el mediano y largo plazo. Además, está el problema de la corrupción, que afecta la calidad de las obras que se hacen. Espero que este desastre sirva para un punto de quiebre y ahora sí tengamos una política seria y planificada de prevención”.

El gobierno ha destinado hasta ahora para la reconstrucción 1500 millones de dólares, pero el monto final que ésta demandaría sería mayor. Medina estima que los daños finales –las lluvias todavía continúan– superarían los 3500 millones de dólares en pérdidas que dejó El Niño en 1998.

Este desastre natural también ha tenido un impacto político. Las inundaciones le han dado un respiro al presidente Kuczynski. Frente al desastre, se ha generado una extensa cadena de solidaridad ciudadana y una demanda de unidad que ha sacado del escenario los enfrentamientos políticos que golpeaban a un régimen muy debilitado. La iniciativa se ha desplazado de la oposición al gobierno.

El desastre se ha convertido en una inesperada oportunidad para el gobierno, que ha tenido una activa reacción para atender la emergencia. Un primer efecto es que se ha detenido la caída en picada que venía teniendo la popularidad del presidente, que solamente entre diciembre y febrero había caído 17 puntos. En marzo, según una reciente encuesta de GFK, el apoyo a Kuczynski subió dos puntos, pasando de 29 a 31 por ciento.

De cómo encare el difícil reto de la reconstrucción dependerá en mucho el destino del gobierno. Si lo hace con eficacia e inicia una política planificada de prevención –como infraestructura que mitigue los efectos de las lluvias y la reubicación de poblaciones asentadas en zonas de riesgo– que otros gobiernos eludieron, y maneja bien el costo económico de la reconstrucción, puede remontar la temprana crisis política que lo agobiaba a menos de un año de llegar al poder, pero si no es así, muy probablemente volvería a caer en la crisis, con el riesgo de terminar tempranamente ahogado.

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Fila en el poblado de Leer, en Sudán del Sur, a la espera de distribución de comida por el Programa Mundial de Alimentos, organismo que advirtió en febrero que más de 20 millones de personas entraron en riesgo de morir de hambre en los próximos seis meses

 

Roma.

 

La población mundial en riesgo de hambruna supera 100 millones de personas y seguirá creciendo si no se combina la asistencia humanitaria con más contención a los granjeros, reveló este martes la Organización de Naciones Unidas (ONU). La cifra, añadió, representa un incremento de 30 por ciento respecto del año pasado, lo que atribuyó a las crisis en Yemen, Sudán del Sur, Nigeria y Somalia.

Más aún, en Somalia uno de cada siete niños muere antes de cumplir los cinco años.

Desde Mogadiscio, Antonio Guterres, secretario general de la ONU, pidió una movilización masiva para evitar lo peor en Somalia, país del Cuerno de África amenazado por la hambruna.

El presidente de Somalia, Mohamed Abdullahi Mohamed, quien se reunió con Guterres, subrayó que su país enfrenta una sequía que podría provocar hambruna si no llueve en los próximos dos meses.

Somalia está al borde de su tercera hambruna en 25 años a causa de una nueva sequía que causa estragos en el este de África.

En Roma, Dominique Burgeon, director de la División de Emergencia de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), precisó que los últimos estudios demuestran que 102 millones de personas padecían malnutrición aguda grave (etapa previa al hambre) en 2016, 30 por ciento más de los 80 millones del año previo.

Atribuyó ese aumento, principalmente, a la profundización de la crisis de Yemen, Sudán del Sur, Nigeria y Somalia, donde el conflicto y la sequía destruyeron la producción de alimentos.

La asistencia humanitaria mantuvo con vida a muchas personas hasta ahora, pero existe un deterioro sostenido en materia de seguridad alimentaria, indicó Burgeon a la Fundación Thomson Reuters, la rama caritativa de Thomson Reuters que cubre noticias sobre temas humanitarios, derechos de la mujer, corrupción y cambio climático (http://news.trust.org).

Burgeon agregó que se necesitan más inversiones para ayudar a la población a alimentarse con cultivos y ganado.

Llegamos con aviones, damos asistencia alimentaria y tratamos de mantener viva a la gente, pero no invertimos lo suficiente en la calidad de vida de esas personas, explicó. Evitamos que caigan en hambruna, pero no logramos alejarlos de la inseguridad alimentaria.

El Programa Mundial de Alimentos de la ONU indicó que el mes pasado más de 20 millones de personas (superior a la población de Rumania o Florida) entraron en riesgo de morir de hambre en seis meses.

Las guerras en Yemen, el noreste de Nigeria y Sudán del Sur devastaron hogares y elevaron los precios de los alimentos, mientras la sequía en el este de África arruinó la economía agrícola.

En febrero se declaró oficialmente la hambruna en áreas de Sudán del Sur, en guerra civil desde 2013.

En Nueva York, el vocero adjunto de la ONU, Farhan Haq, citando datos de la Organización Mundial de la Salud, aseguró que uno de cada siete niños somalíes muere antes de cumplir cinco años. La desnutrición severa debilita su sistema inmunológico, lo que los hace más susceptibles a enfermedades como el sarampión.

Aproximadamente 6 millones de personas, la mitad de la población somalí, tienen acceso a los servicios de salud básicos, y menos de la mitad de todas las mujeres embarazadas tienen acceso a partos asistidos, precisó Haq en conferencia de prensa.

La inseguridad alimentaria ha empeorado por la sequía en Somalia, donde la hambruna causó la muerte de alrededor de 260 mil personas en 2011.

Las condiciones de sequía amenazan a una ya frágil población golpeada por décadas de conflicto. Cerca de la mitad de la población enfrenta una aguda inseguridad alimentaria.

Se espera que 185 mil niños presenten desnutrición aguda severa este año y la cifra llegará a 270 mil en los próximos meses, dijo en febrero el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia.

 

 

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Miércoles, 08 Febrero 2017 06:42

Bienvenidos al Antropoceno

Bienvenidos al Antropoceno

Las evidencias científicas que respaldan la teoría del Antropoceno son cada día más robustas y contundentes, y probablemente sea cuestión de tiempo que el término acabe siendo formalmente aceptado por la comunidad científica internacional

Hasta tal punto estamos los seres humanos alterando actualmente los procesos biogeofísicos y biogeoquímicos esenciales de nuestro planeta que muchos investigadores sugieren que estamos ya inmersos en una nueva unidad formal dentro de la escala temporal geológica de la Tierra: el Antropoceno, una nueva época geológica dentro del periodo Cuaternario en la cual los humanos estaríamos sobrepasando con nuestras actividades los umbrales de seguridad de varios parámetros ambientales claves para el correcto funcionamiento de la ecosfera.


Pese a no haber sido aún reconocido formalmente por la comunidad científica internacional, lo cierto es que la noción de Antropoceno está penetrando con muchísima fuerza en la literatura científica de todo el mundo. Según apuntan sus defensores, uno de los mayores éxitos de este nuevo término radica, precisamente, en su capacidad para albergar geológicamente y de forma satisfactoria la situación de excepción ecológico-social en la que nuestro planeta se halla en los inciertos albores del siglo XXI.


Con el objetivo de clarificar la validez científica del Antropoceno, en el año 2008 se presentó una propuesta a la Comisión Internacional de Estratigrafía para evaluar si este concepto tenía o no mérito científico como una nueva unidad geocronológica de la Tierra; y, si lo tuviese, resolver cuándo habría comenzado. Tras varios años de intenso trabajo, las certidumbres científicas cosechadas por el Grupo de Trabajo sobre Antropoceno (GTA) respecto a la validez científica del término han sido bastante convincentes . Igualmente notables han resultado ser los avances obtenidos respecto al momento histórico en el cual situar el comienzo de esta nueva época geológica (o, lo que es lo mismo, dónde establecer la frontera geológica entre el Holoceno y el Antropoceno). Como veremos a continuación, son tres las propuestas que, a día de hoy, cuentan con un mayor respaldo científico al respecto.


La primera de ellas, conocida como la teoría del “Antropoceno temprano”, emplaza el inicio de esta nueva época geológica en el Neolítico, con la domesticación de especies y el desarrollo de la agricultura y la ganadería. Según apunta esta hipótesis, el cambio sociocultural que supuso pasar de organizarse alrededor de pequeños grupos nómadas de cazadores-recolectores a constituir asentamientos humanos basados en las actividades agropecuarias conllevó una modificación del sistema biofísico global (expresada fundamentalmente a través de los cambios de uso del suelo y del aumento de las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera) que, según sostienen sus principales defensores, podría ser considerado como el inicio del Antropoceno.


La segunda teoría sobre el comienzo del Antropoceno sitúa su inicio hacia finales del siglo XVIII y principios del XIX, con el arranque de la Revolución Industrial. Esta hipótesis fue la que originalmente defendieron los padres del término Antropoceno allá por el año 2000, argumentando que los efectos de las actividades humanas se hicieron claramente perceptibles a escala global a partir de este momento (sobre todo aquellos relacionados con las concentraciones atmosféricas de CO 2 y CH 4 detectadas en los testigos de hielo glaciar). Estudios recientes han puesto de manifiesto como los productos asociados a las actividades extractivas -como los materiales de construcción o los metales procesados- representarían otro importante marcador estratigráfico que señalaría un cambio notorio en las características de los depósitos antropogénicos durante el inicio de la Revolución Industrial.


Por último, la tercera gran teoría sobre el inicio del Antropoceno sostiene que éste comenzó a mediados del siglo XX, con el fenómeno de rápidas e intensas transformaciones sociales, económicas, científicas, tecnológicas y biofísicas que tuvieron lugar a escala planetaria tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Según sus defensores, este fenómeno, conocido como la Gran Aceleración, habría impulsado un fuerte incremento poblacional y un potente aumento en el consumo per cápita de recursos que, junto al posterior proceso de globalización económica, habrían sumido al planeta Tierra en un nuevo estado de cambios drásticos inequívocamente atribuible a las actividades humanas.


De entre estas tres grandes hipótesis, las últimas investigaciones realizadas por el GTA se inclinan a ubicar el inicio del Antropoceno hacia mediados del siglo pasado, es decir, con el comienzo de la Gran Aceleración. Las razones principales que han llevado a estos investigadores a descartar las opciones del Neolítico y de la Revolución Industrial como el inicio formal del Antropoceno han sido, fundamentalmente, que ambos acontecimientos sucedieron -cada uno de ellos por separado- de manera diacrónica en todo el planeta, y, como es sabido, los límites cronoestratigráficos en geología han de establecerse siempre en base a medidas sincrónicas globales. Así, el proceso por el cual los seres humanos fuimos desarrollando la agricultura y la ganadería durante el Neolítico no fue un fenómeno que sucediese de forma simultánea en todas las regiones del planeta sino que estuvo separado por miles de años. Estudios recientes desarrollados sobre horizontes edáficos vinculados a las primeras prácticas agropecuarias así lo sugieren. Del mismo modo, la Revolución Industrial, aun tratándose de un proceso mucho más comprimido en el tiempo que la neolitización , fue también un evento diacrónico en el espacio y en el tiempo que, para el caso de muchos países, realmente no termina de producirse hasta mediados del pasado siglo.


De este modo, las principales averiguaciones científicas reunidas durante los últimos años parecen indicar que fue el excepcional aumento de las actividades humanas acontecido desde mediados del siglo XX lo que, definitivamente, habría sumido al planeta Tierra en una nueva época de cambios rápidos, intensos y globalizantes que representaría el inicio de la Gran Aceleración y, con ello, el comienzo del Antropoceno.


Lo interesante de todos estos cambios es que, además de tener la capacidad global de modificar la dinámica “natural” del planeta, habrían ido originando con el paso de los años diversos registros estratigráficos reconocibles para la geología. Tal y como apuntan los trabajos realizados por el GTA, entre l as principales transformaciones antropogénicas asociadas a registros estratigráficos detectables encontraríamos: i) la dispersión mundial de isótopos radiactivos procedentes de las pruebas nucleares que se iniciaron a mediados de la década de los cuarenta ; ii) la alteración global del ciclo del nitrógeno ocurrida a partir de la intensificación agrícola facilitada por el uso masivo de fertilizantes artificiales; iii) la creación y dispersión planetaria de nuevos materiales fabricados por el ser humano, como los plásticos y las fibras sintéticas; iv) la difusión global de contaminantes vinculados a las actividades industriales, incluidos los contaminantes orgánicos persistentes y los metales pesados; v) la pérdida de biodiversidad y el avance de especies invasoras en todo el planeta ; vi) la modificación humana del sistema climático mundial debido al aumento acelerado de los niveles atmosféricos de CO 2 a partir, fundamentalmente, de mediados del siglo XX ; y vii) la alteración de los depósitos y flujos de materiales pétreos granulados correspondiente tanto al transporte deliberado de materiales (minería, construcción, urbanización) como al efecto indirecto producido por las grandes presas fluviales.


De entre todas estas transformaciones antropogénicas, son varias las que habrían logrado imprimir, según los geólogos, un sello estratigráfico detectable sobre el planeta; sellos todos ellos que podrían ser utilizados formalmente como pistoletazo de salida del Antropoceno. Sin embargo, y tal y como apuntan las últimas investigaciones del GTA, el evento más apropiado para situar el nacimiento oficial del Antropoceno sería la primera detonación nuclear, llevada a cabo en el desierto de Alamogordo, en Nuevo México, el 16 de julio de 1945. Según argumentan estos científicos, los isótopos radiactivos liberados a partir de los primeros ensayos nucleares (ensayos que alcanzaron su máximo de emisiones a comienzos de la década de los sesenta ) habrían modificado para siempre, y de un modo sincrónico, el registro químico-estratigráfico global de nuestro planeta, siendo de este modo el candidato idóneo para representar geológicamente el comienzo del Antropoceno.


Las evidencias científicas que respaldan la teoría del Antropoceno son cada día más robustas y contundentes, y probablemente sea cuestión de tiempo que el término acabe siendo formalmente aceptado por la comunidad científica internacional. Hasta entonces, no cabe duda de que se trata de un concepto útil y consistente cuyo enorme potencial mediático-reflexivo puede contribuir positivamente -tanto desde el punto de vista político como cultural- a una mayor toma de conciencia global sobre la delicada situación socio-ecológica en la que se encuentra nuestro planeta y nuestra especie en los albores del nuevo milenio.


Este artículo ha sido escrito en base a un artículo más extenso del mismo autor: Aguado, M. (2017). Llamando a las puertas del Antropoceno. Iberoamérica Social: revista-red de estudios sociales VII, pp. 42-60.
Fuente: http://www.eldiario.es/ultima-llamada/amanecer-nueva-epoca-bienvenidos-Antropoceno_6_607249283.html

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Basta de investigar sobre el cambio climático; con Trump, la NASA vuelve al espacio

El equipo de Trump considera que el trabajo de la agencia espacial sobre el cambio climático es "ciencia politizada".
“Nosotros vemos a la NASA con un papel de exploración e investigación del espacio exterior”, ha afirmado Bob Walker, un destacado asesor del presidente electo
Walker afirma que las dudas sobre el papel de la actividad humana en el cambio climático “es algo compartido por la mitad de los climatólogos en el mundo

 


Donald Trump está dispuesto a eliminar toda investigación de la NASA sobre el cambio climático en línea con su agresividad contra la “ciencia politizada”, según ha declarado un alto asesor del presidente electo en asuntos relacionados con la agencia.


La división de ciencia terrestre de la NASA está preparada para un corte de presupuesto en favor de la exploración del espacio exterior. De hecho, el presidente electo fijó el objetivo durante la campaña electoral de explorar todo el sistema solar para finales de siglo.


Esto supondría la eliminación de la investigación de la agencia sobre la temperatura, el hielo, las nubes y otros fenómenos climatológicos. Dicha investigación es mundialmente reconocida. La red de satélites de la NASA proporciona una gran cantidad de información sobre el cambio climático. De hecho, se había planeado un aumento de 1.894 millones de euros en el presupuesto de la división de ciencia terrestre para el año que viene. En comparación, los fondos de la exploración espacial se han reducido, con un presupuesto propuesto de 2.651 millones de euros para 2017.


Bob Walker, un destacado asesor de la campaña de Trump ha afirmado que no hay necesidad de que la NASA haga un trabajo que él mismo a calificado de “vigilancia medioambiental políticamente correcta”. “Nosotros vemos a la NASA con un papel de exploración e investigación del espacio exterior”, ha declarado Walker a The Guardian. “La ciencia terrestre está mejor en otras agencias especializadas donde este es su foco principal”.


“Supongo que es difícil frenar todos los programas actuales de la NASA pero los futuros programas deben estar claramente en otras agencias. Creo que el estudio del clima es necesario pero ha sido muy politizado, lo que ha debilitado buena parte del trabajo que los investigadores. Las decisiones de Trump se basarán firmemente en ciencia, no en ciencia politizada”, ha asegurado.


Trump ha declarado en el pasado que el cambio climático es un “fraude” inventado por los chinos, aunque este martes reconoció que hay “alguna relación” entre las acciones humanas y el clima. Existen pruebas firmes y abundantes de que la quema de combustibles fósiles y la deforestación liberan gases de efecto invernadero y, por lo tanto, son causa del calentamiento global de las últimas décadas.


Walker, sin embargo, afirma que las dudas sobre el papel de la actividad humana en el cambio climático “es algo compartido por la mitad de los climatólogos en el mundo. Necesitamos una buena ciencia que nos diga cuál es la realidad y eso se podría lograr si los políticos no interfirieran en su trabajo”.


Los científicos del Gobierno federal están inquietos ante la negativa de Trump de reconocer el cambio climático y están preocupados por que su trabajo sea puesto a un lado en favor de una agenda desreguladora de los combustibles fósiles. Los científicos climáticos de otras organizaciones también han expresado su consternación por el posible recorte en la investigación terrestre.


Dado que la NASA facilita a la comunidad científica nuevas técnicas e instrumentos, la eliminación de las ciencias de la tierra sería “un gran revés, si no algo devastador”, explica Kevin Trenberth, un respetado científico del Centro Nacional de Investigación Atmosférica. “Nos podría devolver a la época de las tinieblas anterior a los satélites. Sería una decisión con muy poca visión”.


“Vivimos en el planeta Tierra, hay mucho por descubrir y es fundamental vigilar muchas cosas desde el espacio. La información del planeta Tierra, su atmósfera y sus océanos es fundamental para nuestro estilo de vida. La investigación espacial es un lujo, las observaciones terrestres son esenciales”.


Michael Mann, científico climático en la Universidad de Pensilvania, afirma que la NASA tiene “un papel único y crítico” en la observación de la Tierra y el cambio climático. “Sin el apoyo de la NASA, no solo EEUU, sino el mundo entero sufrirá las consecuencias a la hora de comprender el comportamiento de nuestro clima y las amenazas que plantea el cambio climático”, añade.


“Sería descaradamente una estrategia política y pondría en evidencia la disposición del presidente a mimar a los mismos lobistas y grupos de intereses empresariales de los que se mofó durante la campaña”, indica Mann.


La NASA ha nombrado a Tom Cremins y Jolene Meidinger para liderar la transición a la nueva administración Trump. Aun así, el equipo del presidente electo todavía tiene que revisar el futuro de la agencia espacial.


“La comunidad de la NASA está dispuesta a hacer lo que sea para ayudar a que la transición sea tranquila”, señala un portavoz de la agencia. “Seguimos centrados en el futuro, un futuro que mejore la comprensión de nuestro planeta cambiante desde las plataformas únicas que la NASA tiene en el espacio”, concluye.

24/11/2016 - 20:46h

the guardian
Traducido por Javier Biosca Azcoiti

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