El río Pamplonita es la cuenca estructurante de buena parte de Norte de Santander, al oriente del país y en la frontera con Venezuela. Su importancia histórica y socio-económica es evidente, e innegable el significado del río como factor de identidad cultural, al punto que el hermoso pasillo de Elías M. Soto, “Brisas del Pamplonita”, es realmente el himno de la región.


En la cuenca del Pamplonita se ubica Cúcuta, la capital del departamento, con más de medio millón de habitantes. La población total de esta sección del país asciende a 1.200.000 habitantes, y más de la mitad vive en la mencionada cuenca.

Río maltratado

La importancia del río y su cuenca no se compadecen, sin embargo, con el tratamiento que se les ha dado, sobre todo en los últimos años. Colombia contribuye con el 5 por ciento de la deforestación mundial1, y ésta ocurre particularmente en la zona andina, sin que la cuenca del Pamplonita sea la excepción. El río, según la tabla de contaminación de cuencas2 publicada en el “Diagnóstico del Cumplimiento del Derecho Humano al Agua en Colombia”, elaborado por la Defensoría del Pueblo en 2009, presenta un índice de calidad del agua calificado como “malo”3. Las causas de tan grave calificación son, según el mismo informe: vertimientos domésticos de grandes asentamientos humanos, arrastre significativo de sedimentos, actividad petrolera, actividad agrícola, empleo de fertilizantes.

La situación del Pamplonita no es excepcional en el país. De las 88 cuencas analizadas, 40 presentan la misma mala calificación. Entonces no es de extrañar, según el mismo estudio, el rezago que tenemos en cuanto a tratamiento de aguas residuales, es muy alarmante: “al 88 por ciento de los vertimientos urbanos no se le aplica tratamiento alguno, y el 85 por ciento de los vertimientos rurales tampoco cuenta con tratamiento de lodos”4.


En materia de servicio de alcantarillado en Norte de Santander, sólo el 46 por ciento de los municipios contaba con este servicio en 2005, siendo el promedio nacional de 41 por ciento. En síntesis, al río más importante del departamento, por los servicios ambientales que presta, se arrojan las aguas residuales de la mayor parte de su población y de allí mismo se toma el agua para la capital.

Otra vez, Cúcuta sin agua

La actual emergencia, determinada por la ola invernal pero realmente causada por el mal manejo de la cuenca y los ecosistemas que estructuran el territorio, tiene un antecedente reciente que también mostró la gran vulnerabilidad de la capital nortesantandereana.

El 2 de junio de 2007 fueron vertidos al río 20.000 barriles de petróleo a raíz de la ruptura del oleoducto Caño Limón-Coveñas, que cruza el Pamplonita a pocos kilómetros de la bocatoma de la Planta de El Pórtico, que a la sazón le suministraba a Cúcuta 1.600 litros de agua por segundo. Gracias al oportuno pero casual aviso de un agente de la policía, se alcanzaron a cerrar las compuertas de la bocatoma, evitando una tragedia de proporciones mayúsculas, pues el petróleo hubiera inutilizado irreparablemente dicha planta. En aquella ocasión, la séptima ciudad del país, estuvo 10 días sin agua potable. Las responsabilidades en el hecho y particularmente por la falta de funcionamiento de los dispositivos previstos y construidos para este tipo de emergencia nunca se establecieron realmente, a pesar de haberse anunciado demandas contra Ecopetrol.

Agua del Zulia no funcionó como opción

La única consecuencia que se derivó de esa emergencia fue la necesidad de disminuir la dependencia de Cúcuta respecto del río Pamplonita, y para ello se decidió traer agua del Zulia, al occidente de la ciudad, pero a menor altura, lo cual implica bombear agua, con la consiguiente necesidad de energía eléctrica para realizarlo, con mayores costos. Para tal efecto se habilitó la Planta de Carmen de Tonchalá, cercana a la termoeléctrica de Termotasajero. Igualmente se alcanzó a desplegar el Multipropósito del Cínera, megaproyecto que implica embalsar agua del curso alto del Zulia, creando un lago en el sitio de Hatoviejo, a 22 kilómetros de Cúcuta. Las consecuencias ambientales de este megaproyecto, que generaría electricidad y prestaría otros servicios, no se han estudiado cabalmente, como ocurre con otros similares en diferentes partes del país. La presente ola invernal ha puesto de presente los límites de este tipo de ‘soluciones’ al llegar las presas al borde de su capacidad de almacenamiento y amenazar con catastróficos desbordes.

Como corresponde a la mentalidad escapista y tecnicista, no fueron abordados con seriedad los problemas de fondo, como la deforestación de la cuenca y su restauración con especies nativas, el tratamiento de las aguas residuales de los municipios de la cuenca del Pamplonita y la prevención del riesgo que implica el paso del mayor oleoducto del país por el río que abastece a una de las 10 principales ciudades colombianas.

Cúcuta, de nuevo en jaque

La actual temporada invernal, efecto más de la variabilidad climática que del cambio climático, como lo han señalado varios expertos y cuyos efectos se derivan del modelo de desarrollo depredador que impera en el país, y no tanto de la intensidad de los aguaceros, puso nuevamente en jaque el suministro de agua para Cúcuta.

La turbidez de las aguas, producto de los sedimentos que arrastran el Pamplonita y el Zulia, resultado a la vez de la pérdida de cobertura vegetal en las cordilleras, obligaron al cierre de ambas plantas. A ello se sumó la interrupción del fluido eléctrico de Termotasajero a la Planta de tratamiento de agua de Carmen de Tonchalá, debido a los daños causados por el invierno en las líneas de conducción. ¡Todo un escenario de impotencia tecnológica! ¡Gran lección para quienes creen que podemos atentar impunemente contra la naturaleza porque disponemos del salvavidas de la técnica!

El resultado de todo ha sido la interrupción, alternada con el racionamiento drástico del suministro de agua para la capital fronteriza. Esta situación se prolonga ya por 20 días (para el 7 de mayo, al finalizar este artículo), y el futuro no es halagüeño ante los pronósticos de más lluvias que ha hecho el Ideam, los cuales han sido acertados en el curso de la oleada invernal que cumple ya casi un año.

El problema ha golpeado más fuertemente, como también es habitual, a los pobres. Uno de los sectores más afectados ha sido el populoso Juan Atalaya, que depende del agua de la Planta de Carmen de Tonchalá.

La privatización naufraga

Pero a todas estas, ¿quién le suministra el agua a la gente de Cúcuta? Desde 2006 y en desarrollo de la nefasta Ley 142 de 1994 sobre servicios públicos, el acueducto de la ciudad fue privatizado y entregado por 15 años a la empresa Aguas Capital-Cúcuta, de la cuestionada familia Nule.

Como en el resto del país y en virtud de la mencionada ley, todos los costos del suministro de agua se les han trasladado a los usuarios. La tarifa para el estrato 3 asciende a $1.112 pesos por metro cúbico. Si bien no alcanza los niveles de Bogotá, donde es de $2.300 el metro cúbico, se trata de una tarifa costosa, teniendo en cuenta que gran parte de la población de la capital nortesantandereana registra ingresos por debajo del salario mínimo.

Los cucuteños se quejan de que, a pesar de la falta de suministro del líquido, la empresa Aguas Kapital sigue pasando las cuentas de cobro como si se hubiera recibido el agua. El propio Defensor del Pueblo, Volmar Pérez, oriundo de la región, ha recomendado que no se cobre el cargo fijo a la ciudadanía, pues el servicio no se ha prestado5. Al tiempo, la Superintendencia de Servicios Públicos anuncia la apertura de una investigación contra Aguas Kapital por no contar con un plan de contingencia frente a la situación presentada.

Protesta ciudadana

La situación ha generado ya las primeras protestas ciudadanas. El jueves 5 de mayo, una multitud se reunió en el Parque Santander haciendo sonar pitos y golpeando cacerolas para denunciar el desabastecimiento y la corrupción. En los días anteriores hubo marchas y bloqueo de vías. Y ahora se fragua un movimiento social por el agua, y el frustrado Referendo por el Derecho Humano al Agua cobra cada vez mayor vigencia.

Sin embargo, las consecuencias de esta nueva emergencia se deben llevar más allá. Es urgente abordar en serio el problema de la ocupación del territorio, los sistemas productivos depredadores, la alarmante deforestación de la zona andina, y la ineficacia y la injusticia de la privatización de los servicios públicos. De lo contrario, y como ocurre en el resto del país, los nortesantandereanos continuarán sufriendo de sed con el agua al cuello.

  1. Según la FAO, la deforestación mundial asciende a siete millones de hectáreas al año y, según fuentes oficiales colombianas, de 366.000 hectáreas al año en el país, lo cual arroja un 5 por ciento de la deforestación en el planeta.
  2. Véase “Diagnóstico del Cumplimiento del Derecho Humano al Agua en Colombia”, Defensoría del Pueblo, abril de 2009, pp. 132-133.
  3. Este índice se elabora combinando indicadores como Demanda Química de Oxígeno (DQO), Conductividad, Oxígeno disuelto, PH y Sólidos Suspendidos.
  4. ibíd., p. 116.
  5. Ver www.radiosantafé.com 28-04-2011, “Defensoría del Pueblo propone no cobrar el agua en Cúcuta por fallas en el servicio”.
Publicado enEdición 169
Jueves, 21 Mayo 2009 12:01

El cagajón del diablo

La aparición de variedades de gripe y una espada como la de Damocles en forma de pandemia, saca a flote la galopante incoherencia entre los objetivos del aparato económico y los intereses vitales de la comunidad humana. Recordando a Clemenceau, es claro que los economistas no pueden legítimamente continuar monopolizando las decisiones relativas a la producción, y que otras instancias deben intervenir para que la sociedad no continúe, sin voz, en permanente peligro.

Cuando el meteorólogo Eduard Lorenz percibía que, en las predicciones del clima atmosférico, una pequeña variación en las condiciones iniciales conduce a resultados diametralmente distintos, y con ello inauguraba los estudios sobre los “sistemas caóticos”, no sólo daba pie a que su idea se sintetizara poéticamente en la famosa frase “el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tormenta en Nueva York” sino que también, a la vez, invitaba a darles un golpe certero a las creencias en un mundo altamente predecible y por ello fácilmente dominable.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que lo que debía convertirse en un fuerte llamado a la precaución, cuando se manejan variables delicadas, se banalizara en el campo de la economía y terminara apoyando estudios sobre temas como “el comportamiento de la bolsa de valores cuando los inversionistas actúan bajo estrés” y otras cosas por el estilo. Y eso es así porque, si esa clase de consideraciones se utilizara para mirar, por ejemplo, cómo en el capitalismo globalizado (cuyo carácter complejo y cada vez más caótico es difícil de negar) las decisiones que se toman sobre las formas de producir, distribuir y consumir se inscriben de forma creciente en ambientes inestables, las conclusiones a las que se llega nos invitan, de seguro, a no dejarle al azar (las ‘fuerzas’ del mercado) nuestro futuro en el planeta.
 
Las famosas hipotecas subprime, que han sido el detonante de la actual crisis financiera y del sector ‘real’ de la economía, son un buen ejemplo de cómo las decisiones en un solo país y en un solo sector pueden convertirse, por su efecto multiplicativo en cascada, en verdaderas bombas de tiempo para el mundo entero. En igual sentido podemos considerar la reciente amenaza de pandemia de influenza porcina, que, más allá de si fue provocada de forma consciente o no (en este caso los llamados “teóricos de la conspiración” están en condiciones de exhibir indicios muy fuertes sobre la intencionalidad del hecho), le muestra al mundo su vulnerabilidad frente a la cada vez más acelerada replicación ampliada de hechos transmisibles.

El 28 de abril de este año, Joseph Domenech, veterinario jefe de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), aseguraba desde Roma que las autoridades sanitarias mundiales llevaban “cinco años esperando” un brote de gripe aviar y finalmente les había llegado una mezcla de gripe humana, porcina y aviar. En igual sentido, el columnista del diario La Jornada, de México, Alfredo Jalife, ironizando sobre la omnisciencia del Pentágono, el FMI y el Foro Económico Mundial de Davos, escribía el 29 de abril de 2009: “Hace 13 años se publicó un estudio Air Force 2025 en cuyo capítulo cinco se presenta un cronograma con una historia plausible, donde en 2009 (¡súper sic!) la influenza aniquilaría a 30 millones de personas”. Lo que, sin duda, afianza las muy serias sospechas sobre “la conspiración”; sin embargo, cabe preguntarse si existen otras razones por las que anticipar una pandemia puede ser hoy tan serio como predecir, por la existencia de las placas tectónicas, que tarde que temprano una ciudad como Los Ángeles se verá sacudida por un fuerte terremoto.

Pues bien, con motivo de los últimos sucesos, publicaciones de Organizaciones no Gubernamentales (ONG) como GRAIN han llamado la atención sobre las formas que asumen las explotaciones ganaderas de todo tipo, en las que cabe destacar los altísimos niveles de concentración espacial de las poblaciones animales. En “El Cuaderno de Saramago”, el blog del Premio Nobel que circula en la red, el escritor portugués señalaba el 29 de abril pasado que la población de cerdos de Estados Unidos ascendía en 1966 a 53 millones, que se distribuían en un millón de granjas, mientras que actualmente los 65 millones existentes se concentran en ‘apenas’ 65 mil instalaciones, con todos los riesgos de salud que del hacinamiento se derivan para los seres vivos. El asunto es tan delicado que la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (más conocida como EPA, sigla en inglés), y no la Secretaría de Agricultura, es la instancia responsable de vigilar las Unidades de Producción Pecuaria Intensiva, que son aquellas explotaciones que concentran más de mil bovinos para carne, 2.500 cerdos ó 750 vacas lecheras que se encuentren en condiciones de confinamiento.

Lagunas de heces y cerdos alados


El problema de la alta concentración animal ha roto el equilibrio del círculo ‘virtuoso’ que, desde tiempos inmemoriales, se había establecido entre la ganadería y la agricultura con el uso del estiércol de los animales como abono para las plantas, ya que la población animal centralizada produce más del potencialmente utilizable en las zonas aledañas. Esto ha terminado por generalizar la instalación de lagunas de desechos (conocidos como purín, en el caso de los cerdos, y definidos como la mezcla semisólida de estiércol, orina y pienso), que se convierten en seria amenaza para el ambiente y la salud humana, y terminan por provocar más de un desastre ecológico con su derrame, contaminando cuerpos de agua y provocando matanzas e infecciones en peces, lo cual acaba por trastornar la salud humana.

De igual manera, esa alta concentración y el confinamiento se convierte paulatinamente en una verdadera fábrica de virus y bacterias mutantes. El uso intensivo de drogas a que eso conduce, y el de hormonas como instrumento de crecimiento artificial, hacen que las heces de los animales criados en cautiverio se constituyan en una de las fuentes más importantes de Microcontaminantes Emergentes de Alta Persistencia, que acaban por concentrarse en los cuerpos humanos, por ser éstos, al fin de al cabo, el punto culminante de la cadena trófica en el actual estado de cosas.

No deja de ser paradójico en la reciente situación que las autoridades de la FAO llevaran cinco años esperando una pandemia de gripe aviar, basadas en el hecho de que las migraciones de ciertas aves a grandes distancias las hacían un vehículo ideal de transmisión generalizada, y terminaran recibiéndola pero mezclada y jalonada por la gripe de cerdos enjaulados. De ello se pueda esperar quizá, por lo menos, alguna lección para el futuro, como que a la ingeniería genética le quepa considerar la inconveniencia de pensar en ciertos exotismos en los que seguramente cabe el diseño de cerdos con alas.

La “primavera silenciosa” o el coche fúnebre tirado por venenos


En 1962, dos años antes de su muerte, la bióloga norteamericana Rachel Carson publicó La primavera silenciosa, libro que se constituiría en una de las bases del ecologismo moderno. En esta obra se denuncia cómo el uso indiscriminado del insecticida DDT, por su toxicidad y su capacidad para persistir en los organismos por medio de la acumulación en los tejidos grasos, era un peligro creciente a medida que se avanzaba en la cadena trófica. La obra describe cómo en Sheldon (Estados Unidos) la destrucción con DDT de una invasión masiva de escarabajos terminó afectando a los pájaros insectívoros, las lombrices de tierra y los charcos donde bebían las aves, lo cual se tradujo en una amenaza seria de extinción para estos animales. Así se mostraba por primera vez que el “control de plagas” con instrumentos químicos debía ser altamente vigilado y regulado.

Pese a los ataques que suscitó y aún suscita el libro de parte de los escépticos, que todavía pretenden cuestionar que el uso indiscriminado de sustancias químicas es peligroso, e insisten en su inocuidad, la ruta que abrió ha encontrado eco, hasta el punto de que la IV conferencia de las partes del Convenio de Estocolmo, realizada del 4 al 8 de mayo del presente año, agrega nueve sustancias al listado de Contaminantes Orgánicos Persistentes (COP), completando 21. Con la misma orientación, el 13 de enero el Parlamento Europeo aprobaba un conjunto de medidas que entrarán en vigencia con total plenitud hasta 2018, y que hacen más estricto el uso de plaguicidas. Pero, más allá, lo importante es que se comienza a reconocer que aplicar la lógica productivista a la agricultura y la ganadería es altamente riesgoso. Es un significativo avance el hecho de que se cuestione la lógica de la ganancia como único mecanismo decisivo en la determinación de las formas que asumen las explotaciones agrícolas y ganaderas. Estamos ante un tema que debe ser profundizado y socializado con todas las implicaciones que de esto se deduzcan.

Los nutrientes, otro problema


Según la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio, realizada por Naciones Unidas, además del calentamiento global, otro gran problema es la carga excesiva de nutrientes que provienen de la agricultura y provocan inicialmente la eutrofización (aumento anormal de la biomasa que desequilibra el ecosistema) de las aguas dulces superficiales y subterráneas, y que termina por alterar el medio marino con la generación de las “mareas rojas” (floraciones algales), que se transforman luego en los llamados puntos muertos (áreas marinas sin vida). Desde 1960 se han duplicado los flujos de nitrógeno reactivo, los de fósforo se han triplicado, y del nitrógeno sintético, fabricado desde 1913, más de la mitad del total ha sido utilizado a partir de 1985, mostrándose un uso acelerado de químicos que no da muestras de detenerse. Rociar la materia viva, y de paso el suelo y el agua con venenos de todo tipo, ya comienza a pasarnos factura, razón de más para que los cuestionamientos acerca de la explotación intensiva de los sectores agrícola y pecuario se conviertan en un eje de reflexión sobre lo que debe ser una organización social más equilibrada.
La producción de drogas, venenos y organismos genéticamente modificados (a través de la biotecnología) convergen en una sola industria representada en multinacionales como Monsanto y Syngenta, industria que lo mismo gana si envenena o si ofrece la cura. De allí que al capital no parezca preocuparle la aparición de las pandemias y se esfuerce en hacernos creer que su advenimiento es ‘natural’ e inevitable. Cabe, por ello, a los grupos alternativos luchar por que se ponga en el campo de la discusión que el capitalismo globalizado e integrado se ha convertido en un sistema altamente inestable (complejo y caótico), y que persistir en la producción centralizada, concentrada e intensiva, tanto en la ganadería como en la agricultura, implica un peligro en el que la humanidad se juega su supervivencia.

Nunca antes los movimientos alternativos han tenido al alcance de la mano pruebas tan contundentes acerca de la precariedad de los principios rectores del capitalismo. Pues, aún aceptando que la especialización de las naciones y las regiones (división del trabajo guiada por las ventajas comparativas) pueda hacer más barata la producción, se hace fácilmente demostrable que ello aumenta considerablemente la inseguridad sobre los suministros en el largo plazo, así como la aplicación de economías de escala en la producción de biomasa es altamente riesgosa en cuanto a la generación y la difusión explosiva de enfermedades que pueden incluso amenazar la existencia humana. El desafío está servido en cuanto a la estructuración de un discurso coherente que nos ubique nuevamente como parte integral de la naturaleza, y no como su contraparte, y que además involucre la importancia de considerar que, como seres vivos, estamos ligados a las otras especies que conforman la cadena de la vida.

La suerte de nuestros congéneres de hoy y de mañana no se puede seguir considerando como independiente de lo que hacemos con nuestro entorno. Fausto comprobó que venderle el alma al diablo no es tan buen negocio, y la humanidad ya tiene pruebas de que girar tan solo alrededor del dinero y la ganancia procura una borrachera de corto plazo de la que ya va siendo hora de salir, para lo cual se hace necesario comenzar por parafrasear a George Clemenceau (a quien se atribuye la famosa frase de que “la guerra es demasiado seria para dejársela a los militares”), y decir que la economía es demasiado seria para dejársela a los economistas ortodoxos y los empresarios. La primera victoria se dará si demostramos lo elemental y desatinado de sus discursos.
Publicado enEdición 146
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