Las poblaciones de estos insectos han disminuido de forma drástica en varios puntos del mundo. La imagen, en el Santuario Santa Clara en Nanacamilpa, Tlaxcala.Foto Cristina Rodríguez

Además de interrumpir los biorritmos naturales, la contaminación lumínica arruina sus rituales de apareamiento

 

La pérdida de hábitat, el uso de pesticidas y, sorprendentemente, la luz artificial son las tres amenazas más graves que ponen en peligro a las luciérnagas en todo el mundo.

Estos factores han elevado el espectro de extinción para ciertas especies y los impactos relacionados con la biodiversidad y el ecoturismo, según un equipo de biólogos liderado por la Universidad de Tufts.

Las luciérnagas pertenecen a un grupo de insectos extendido y económicamente importante, con más de 2 mil especies diferentes repartidas por el mundo.

Para comprender mejor qué amenazas enfrentan las luciérnagas, el equipo dirigido por Sara Lewis, profesora de biología en la Universidad de Tufts, asociada con la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, encuestó a expertos de todo el mundo con el fin de evaluar los peligros más importantes para la supervivencia de sus especies locales. Su artículo de perspectiva, publicado este lunes en la revista Bioscience, advierte sobre el futuro de estos insectos, destacando amenazas específicas y la vulnerabilidad de diferentes especies en las regiones geográficas.

Según los encuestados, la pérdida de hábitat es la amenaza más crítica para la supervivencia de la luciérnaga en la mayoría de las regiones geográficas, seguida de la contaminación lumínica y el uso de pesticidas.

“Algunas luciérnagas son amenazadas especialmente cuando desaparece su hábitat porque necesitan condiciones especiales para completar su ciclo de vida. Por ejemplo, una de Malasia (Pteroptyx tener), famosa por sus pantallas de flash sincronizadas, es especialista en manglares”, explicó Lewis.

Un trabajo anterior reveló disminuciones drásticas en esta especie después de la conversión de su hábitat de manglar a plantaciones de aceite de palma y granjas acuícolas. Un resultado sorprendente que surgió de la encuesta fue que, a escala mundial, la contaminación lumínica se consideraba la segunda amenaza más grave para esos insectos.

La luz artificial de la noche creció exponencialmente el siglo pasado. Además de interrumpir los biorritmos naturales, incluido el humano, la contaminación lumínica realmente arruina los rituales de apareamiento de las luciérnagas, sostuvo Avalon Owens, candidato al doctorado en biología en Tufts y coautor del estudio.

Muchas luciérnagas dependen de la bioluminiscencia para encontrar y atraer a sus parejas, y el trabajo anterior ha demostrado que demasiada luz artificial puede interferir con estos intercambios de cortejo, precisó Owens.

Los expertos en luciérnagas vieron el uso agrícola generalizado de pesticidas como otra amenaza clave para la supervivencia de la luciérnaga.

La mayor parte de la exposición a insecticidas ocurre durante las etapas larvarias, porque las luciérnagas juveniles pasan hasta dos años viviendo bajo tierra o bajo el agua.

Los insecticidas como los organofosforados y los neonicotinoides están diseñados para matar las plagas, pero también tienen efectos fuera del objetivo en los insectos beneficiosos. Si bien se necesita más investigación, la evidencia muestra que muchos insecticidas de uso común son perjudiciales para las luciérnagas.

Algunos estudios han cuantificado la disminución de la población de estos insectos, como las observadas en las luciérnagas sincrónicas de Malasia que atraen a los turistas, y Lampyris noctiluca, en Inglaterra.

Y numerosos informes anecdóticos sugieren que muchas otras especies de luciérnagas en una amplia gama de hábitats también han sufrido disminuciones recientes.

La crisis ambiental no se resuelve solo con plantar árboles

Podría decirse que sumarse a la iniciativa Trillion Tree (Un Billón de Árboles) se convirtió en el coste de admisión para que la élite global acudiera al Foro Económico Mundial de Davos (Suiza) de este año (bueno, eso y las decenas de miles de euros que cuesta la entrada). De hecho, la idea de plantar árboles se ha convertido en ese extraño asunto sobre el que incluso Jane Goodall y Donald Trump, parecen haberse puesto de acuerdo en el encuentro.

De forma paralela, la semana pasada Axios reveló que el congresista republicano de Arkansas (EE. UU.) Bruce Westerman estaba trabajando en un proyecto de ley denominado Trillion Trees Act que establecería un objetivo nacional en relación con la plantación de árboles (aunque es poco probable que literalmente se acaben plantando un billón de árboles).

Es genial que los árboles vivan su momento de gloria. El mundo debe plantar y proteger la mayor cantidad posible de árboles, para absorber el dióxido de carbono de la atmósfera, proporcionar un hábitat para los animales y restaurar los ecosistemas frágiles. “Los árboles son una respuesta importante, muy visible y muy socializable”, destaca el director del programa de investigación sobre la eliminación de dióxido de carbono denominado Iniciativa de Carbono del Laboratorio Nacional Lawrence Livermore (EE. UU.), Roger Aines.

Pero también es una forma limitada y poco fiable de abordar el cambio climático. Hasta la fecha, nuestro historial de proyectos de reforestación resulta terrible. Para compensar solo una pequeña parte de las emisiones globales, deberíamos plantar y proteger una cantidad enorme de árboles durante décadas. Y los esfuerzos de esos años podrían ser anulados por sequías, incendios forestales, plagas y deforestación en otros lugares.

Quizás el mayor riesgo consiste en que el atractivo de las soluciones que suenan naturales podría hacernos creer que son medidas más significativas de lo que realmente son. “Invita a las personas a ver la plantación de árboles como un sustituto” de los cambios radicales necesarios para evitar que las emisiones de gases de efecto invernadero lleguen a la atmósfera, explica la profesora adjunta de la Escuela para el Futuro de la Innovación en la Sociedad de la Universidad Estatal de Arizona, Jane Flegal.

Para analizar el papel real que los árboles podrían desempeñar en la lucha contra el cambio climático, hay que tener en cuenta varios aspectos.

El tiempo. La semana pasada, la aplicación de compra de viajes Hopper anunció que donaría fondos para plantar cuatro árboles por cada vuelo comprado a través de su servicio.

La empresa estima que un árbol almacena de media casi una tonelada métrica de dióxido de carbono, aproximadamente lo mismo que emite cada pasajero de un vuelo promedio comprado a través de la aplicación. El problema es que para compensar esas emisiones el árbol debería crecer durante 40 años. Dadas las diferentes especies, las condiciones climáticas y otros factores, a cuatro árboles por pasajero, harían falta 25 años de crecimiento para compensar las emisiones proporcionales de cada vuelo.

Por eso, es un error creer que este tipo de programas de compensación de carbono hacen que nuestras acciones se vuelvan en neutras en carbono de forma inmediata. Esa forma de pensar podría incitarnos a seguir emitiendo carbono en un momento en el que las emisiones deben disminuir rápidamente.

Si sumamos los vuelos de cada individuo a cada empresa que intente justificar su funcionamiento habitual plantando unos árboles que no cumplirán su misión hasta dentro de un par de décadas (eso suponiendo que los árboles vivan tanto), veremos que este planteamiento pronto podrá convertirse en un gran problema.

La escala. Para que los árboles desempeñen un papel importante en la situación climática, tendríamos que encontrar espacio para plantar una enorme cantidad. Un informe del año pasado de las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina de EE. UU. estimó que para capturar y almacenar 150 millones de toneladas métricas de carbono al año habría que convertir hasta cuatro millones de hectáreas de terreno en bosques en los que nunca se podrían cosechar. Es un área más grande que el estado de Maryland.

Solo el año pasado, la economía de Estados Unidos produjo alrededor de 5800 millones de toneladas de emisiones. En ausencia de otras políticas climáticas, esa cifra requeriría una extensión casi 155 millones de hectáreas, más del doble del área del estado de Texas. El problema consiste en que la mayoría de países no tienen grandes terrenos adecuados disponibles para eso. Y convertirlos en bosques afectaría a la agricultura, a la producción de alimentos, a la tala y a otros usos.

De hecho, un informe de la semana pasada de la Comisión del Cambio Climático concluyó que Reino Unido debería dedicar una quinta parte de sus tierras de cultivo a almacenar carbono, además de muchos otros esfuerzos, para que el país alcance su objetivo de cero emisiones netas hasta 2050.

Dados los límites de espacio, las dificultades económicas y otros factores, el estudio de las Academias Nacionales de EE. UU. estima que la cantidad "factibleamente alcanzable" de eliminación de carbono mediante los bosques allí sería de 250 millones de toneladas métricas al año, 1/23 de lo que el país emitió el año pasado.

Plantar un billón de árboles en todo el mundo, suponiendo que la densidad relativa es de unos 2000 árboles por hectárea, requeriría alrededor de 500 millones de hectáreas. Un artículo publicado en Science el año pasado, y que ha sido muy debatido, encontró que la cantidad de tierra mundial capaz soportar la cobertura continua de los árboles y que actualmente no está siendo utilizada por la gente roza los 900 millones de hectáreas.

El investigador de la Universidad de California en Los Ángeles, Jesse Reynolds, fue uno de los que cuestionó esas cifras. En su opinión, algunas de esas tierras probablemente se estén usando para el pastoreo de ganado, mientras que otros argumentaron que una gran parte no sería realmente adecuada para la forestación.

Los críticos también cuestionaron las conclusiones más amplias del estudio, que calificó la plantación de árboles como “la mejor solución para el cambio climático disponible en la actualidad”. En su opinión, los investigadores sobreestimaron bastante la cantidad de dióxido de carbono que se podría almacenar por hectárea.

El dinero. Existen inherentes y posiblemente insuperables desafíos para calcular con precisión cuánto dióxido de carbono adicional eliminaríamos a través de la forestación. Los estudios y las conclusiones de investigación han encontrado de forma consistente que los programas de compensación de carbono, incluidos los establecidos por la ONU y California, han sobrestimado drásticamente las reducciones alcanzadas por los árboles y han animado a los propietarios de terrenos a astutas maniobras.

El problema consiste en que las compensaciones de carbono se suelen tratar como una sustitución, otorgando permiso para emitir el mismo nivel al que supuestamente se compensa. Por lo tanto, si las reducciones estimadas se inflan, podríamos acabar emitiendo más de lo que emitiríamos de otra manera.

La permanencia. Resulta especialmente sorprendente ver que tantas partes se están poniendo de acuerdo sobre la plantación de árboles el mismo año que presenciamos esos incendios catastróficos en Australia y la deforestación generalizada en Brasil, señala Flegal. Cuando los árboles y las plantas se mueren, ya sea por incendios o tala o porque simplemente se caen, la mayor parte del carbono atrapado en sus troncos, ramas y hojas simplemente regresa a la atmósfera.

La experta señala: “Limitarse a trasladar el CO2 de la atmósfera a la biosfera terrestre no representa una captura permanente de las emisiones. Los sumideros de carbono podrían convertirse en fuentes muy rápidamente”.

Y es probable que ese problema vaya aumentando a medida que las condiciones climáticas se vuelvan más duras en los próximos años. Se espera que las sequías y las temperaturas más altas perjudiquen los bosques y los hagan más susceptibles a las plagas de escarabajos y a grandes incendios.

Una idea seductora. La mayoría de las investigaciones plantean que tendremos que eliminar el dióxido de carbono del aire a gran escala para evitar niveles peligrosos del calentamiento. Y plantar árboles es la forma más barata y fiable que tenemos actualmente para hacerlo a una escala tan grande. Por lo tanto, no hay duda de que necesitamos encontrar mejores formas de alentar, financiar, controlar e implementar los esfuerzos de forestación y preservación en todo el mundo.

Pero el informe anterior de las Academias Nacionales de EE. UU. descubrió que los árboles por sí solos no serían suficientes para cumplir con este papel, conocido como emisiones negativas. Necesitaremos otras soluciones relacionadas con el terreno, como mejores formas de almacenar carbono en el suelo y el concepto aún teórico conocido como bioenergía con captura y almacenaje de carbono. Y si queremos alimentar a la cada vez mayor población mundial, es probable que necesitemos soluciones tecnológicas que no ocupen mucho espacio, como las máquinas de captura directa del aire.

En un escenario de medidas combinadas, los árboles sí pueden y deben desempeñar algún papel en el almacenaje de carbono que ya está en la atmósfera, al menos durante un tiempo. Pero no podemos confiar en los árboles como sustitutos para cumplir la monumental tarea de reducir las emisiones de nuestros sistemas de energía, transporte y agricultura.

Resulta difícil interpretar el repentino entusiasmo de los republicanos por plantar árboles como algo más que un cínico esfuerzo para amortiguar las crecientes demandas de regulaciones e impuestos para lograr esos cambios.

También hay una gran cantidad de temas complicados que se deben considerar, incluido el alto coste de los esfuerzos de forestación a gran escala, las emisiones adicionales que surgen de la plantación y el cuidado de los árboles, y el hecho de que la cobertura forestal podría absorber el calor y aumentar el calentamiento hasta cierto grado.

Lo que pasa es que la gente quiere que los árboles sean capaces de resolver nuestro problema. Las soluciones que parecen naturales resultan mucho más atractivas que las tecnológicas. Evitan inquietantes y costosos compromisos como asociados a las plantas de gas natural con sistemas de captura de carbono, las centrales nucleares y las líneas de transmisión de larga distancia.

Por lo tanto, la gente y las publicaciones de todo el espectro político se inclinarán por aceptar el mito de que los árboles nos salvarán, y aquellos que quieren detener o limitar los esfuerzos más efectivos lo usarán con mucho gusto.

1 febrero 2020 

(Tomado de MIT Technology Review)

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Domingo, 29 Diciembre 2019 05:52

Planeta saturado

Planeta saturado

Según el doctor en demografía José Eustáquio Diniz Alves, de la Escuela Nacional de Ciencias Estadísticas (Instituto Humanitas Unisinos, 31 de octubre de 2019; Ecodebate, 30 de octubre de 2019), la humanidad ya ha agotado la biocapacidad de la Tierra. En 1961, el mundo tenía un superávit ambiental de 2 mil 600 millones de hectáreas globales (gha). Debido al crecimiento demoeconómico, el superávit se transformó en déficit a partir de la década de 1970. En 2016, la huella ecológica total de 20 mil 600 millones de gha ha superado la biocapacidad total de 12 mil 200 millones de gha. Por tanto, el déficit ecológico es de 8 mil 400 millones de gha. La Tierra tiene una sobrecarga del 70%.

Es erróneo creer que la devastación ambiental solo es resultado del consumo de las naciones ricas. La sustentabilidad ecológica depende también de la cuestión demográfica, agravada, sobre todo, por las naciones más pobres. Según el Global Footprint Network, en 2016 la población de altos ingresos era de mil 130 millones de habitantes, con una huella ecológica per cápita de 6 gha (la huella ecológica de los Estados Unidos es de cerca de 8 gha). Es un índice elevado, aunque menor a los 8 mil 400 millones al déficit global existente ese año.

Alves señala que aunque se eliminara todo el consumo de los ricos, el resto de la población mundial (sin los ricos) seguiría teniendo un déficit ambiental de cerca de mil 600 millones de gha. O sea, si las personas de altos ingresos del mundo fueran “eliminadas mediante un pase de magia”, aun así el resto de la población mundial tendría una huella ecológica total de 13 mil 800 millones de gha, para una biocapacidad global de 12 mil 200 millones de gah. Sin los ricos, el planeta continuaría teniendo un déficit ambiental del 13% (un gasto correspondiente a 1,3 planetas).

El autor nos propone que nos imaginemos un mundo con el mismo nivel de consumo. Y que, gracias a los avances tecnológicos y un estilo de vida frugal, el impacto fuera mucho menor; por ejemplo, una huella ecológica de solo 2 gha por habitante (inferior a la huella ecológica de 2,75 gha del mundo en 2016).

Considerando que la biocapacidad total de la Tierra es de 12 mil 200 millones de gha, ¿existiría sustentabilidad ambiental en ese escenario de una huella ecológica media de solo 2 gha? Sí, habría un superávit ambiental si la población fuera inferior a los 6 mil 100 millones de habitantes. Pero una población de casi 8 mil millones como la que se avizora, viviría con un déficit ambiental. Aunque la huella ecológica per cápita mundial fuera de 1,75 gha (como la de Papúa Nueva Guinea en 2016), solo se produciría un superávit ambiental con una población inferior a los 7 mil millones de habitantes.

Por tanto, la solución consiste en reducir el número de emprendimientos con fines de lucro para posibilitar la restauración de la vida natural. Y superar una dualidad: ¿reducir el consumo o el crecimiento de la población? Es necesario reducirlos ambos, aunque sin adoptar políticas que den por resultado el exterminio de los pobres.

Según Thodore P. Lianos (2018), el punto de equilibrio ambiental estaría en una población global de cerca de 3 mil millones de habitantes. H. Daly (“Ecologies of Scale”, New Left Review 109, 2018) sugiere que la población debería mantenerse estable en un nivel compatible con el equilibrio ecológico, o sea, 3 mil millones de habitantes. Eso sería posible si se estimulara a cada familia a tener menos de dos hijos. Lo que se obtendría elevando el nivel de educación de la población en general.

Desde el punto de vista climático, el mundo tiene de plazo hasta el año 2030 para reducir a la mitad las emisiones de CO2, y hasta 2050 para eliminar las emisiones líquidas, porque el “presupuesto de carbono” se agotará.

El decrecimiento poblacional es necesario para evitar el colapso ambiental y aminorar los daños de una grave crisis ecológica. Pero no es suficiente. Es necesario también reducir el consumo y cambiar el estilo de vida.

En resumen, no basta con culpabilizar a los ricos y victimizar a los pobres. El esfuerzo encaminado a evitar el colapso ambiental tendrá que ser de todos, aunque haya responsabilidades diferenciadas.

Por Frei Betto; autor, entre otros libros, de A obra do artista – uma visão holística do Universo (José Olympio).

29 diciembre 2019 |

www.freibetto.org/> twitter:@freibetto.

Traducción de Esther Perez

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Regenerando soluciones para las personas y el planeta

El mundo se está movilizando para enfrentar los embates de cambio climático. Ya no es necesario seguir modelando el impacto del CO2 acumulado en la atmósfera. Las consecuencias las estamos viendo día a día y la ciencia lo confirma: las temperaturas han aumentado en ciertas regiones del mundo, las sequías son más prolongadas y las tormentas más fuertes y frecuentes en zonas que ya son vulnerables y poseen recursos limitados para enfrentarlas.

Adaptarse a estos cambios es algo urgente. Actuar para que el impacto del aumento de la temperatura del planeta se detenga se ha convertido en imperativo para un gran número de países, mientras para muchos estados insulares se trata de una lucha por su sobrevivencia. De allí el acuerdo logrado en París en 2015 firmado por cientos de países.

Se habla de reciclar, reutilizar, evitar envases de plástico, comer de manera balanceada, no desperdiciar lo que comemos, usar la bicicleta como medio de transporte y una larga lista de acciones que en el ámbito del ciudadano común ayudan a que nuestra huella en el ambiente sea menor. Sin embargo, el ritmo de emisión de gases va más allá de acciones individuales. Se requiere una transformación colectiva y urgente.

Estos cambios no se dan de un día para otro. Por eso necesitamos ganar tiempo, tiempo del que nos queda poco. Sin embargo, hay respuestas inmediatas y bastante sencillas. Estas respuestas se encuentran en nuestro entorno. Son soluciones basadas en la naturaleza. La tierra que está debajo de nuestros pies posee un inmenso potencial restaurador y de curación del planeta; esta solución basada en la naturaleza puede mitigar significativamente las emisiones excesivas que han acelerado el cambio climático.

Según estudios de la FAO y del Instituto Tecnológico de Zurich (ETH), es posible recuperar tierras degradadas sin competir con la producción de alimentos, las áreas protegidas o las áreas urbanas con un impacto planetario inmenso. Para que esto se haga realidad, varios expertos han estimado que se requieren 300 mil millones de dólares para implementar el grueso del plan y restaurar 900 millones de hectáreas de tierras degradadas. Ciertamente, las soluciones basadas en la naturaleza que proponemos brindarían sólo un alivio temporal de unos 20 años y luego tendría que complementarse con opciones novedosas de los sectores del transporte y la energía, usualmente más intensas en capital.

El plan que proponemos requeriría que los países aprovechen el potencial de restaurar sus tierras: Argentina, por ejemplo, tiene el potencial de reforestar 6 millones 284 mil hectáreas de bosques, aumentando en 232 por ciento su superficie forestal actual. Brasil podría sumar 8 millones 270 mil hectáreas de bosques. México tiene espacio para aumentar en 96 por ciento su superficie forestal, sumando 6 millones 326 mil hectáreas a su superficie forestal actual.

Por supuesto cada quien debería soberanamente decidir si restaura con nuevos bosques donde antes no los había, regeneración natural asistida, plantaciones forestales, pastizales o con combinaciones de éstas y otras opciones menos obvias como regenerar suelos o humedales.

Este plan no puede implementarse en solitario. Se requiere esfuerzo y coordinación a escala internacional para adoptar medidas obligatorias para revertir, mitigar o frenar las consecuencias del cambio climático.

El continente americano podría responder por un tercio del total mundial de este plan, con los dos tercios restantes repartidos entre Europa y África, donde Europa pondría el dinero y África la tierra y la mano de obra. En Asia se realizaría el tercio restante, con el apoyo de China, India, Rusia, Australia, Japón y Corea del Sur. Esta opción basada en la naturaleza daría esperanza a los estados insulares de sobrevivir y amainaría el ritmo del cambio climático. Ganaríamos tiempo, nos enseñaría a implementar proyectos y a medir su impacto, y nos mostraría la importancia de una acción solidaria en la que todos aportamos algo.

Materializar este plan para los próximos 20 años es un desafío que requiere recursos financieros, humanos y sobre todo voluntad política. Ello permitirá balancear las emisiones y evitar que en las próximas dos décadas se agrave la concentración de gases en la atmósfera, dando a los países un horizonte razonable para implementar otras alternativas y –aún más importante– para que la comunidad internacional pueda repensar el modelo de crecimiento que nos ha llevado a esta crisis global.

Por René Castro* y Julio Berdegué**

* Subdirector general de FAO encargado de cambio climático

** Representante regional de la FAO para América Latina y el Caribe

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Sin acuerdo global para frenar la crisis climática

Ni siquiera la prórroga de casi dos días que solicitó la ministra del gobierno de Chile, Carolina Smith, que ejercía la presidencia del cónclave, permitió que se llegara a un acuerdo sobre el cierre de la cumbre.

La Cumbre del Clima COP25 finalizó con una declaración de intenciones que pretende ocultar su fracaso, y el desacuerdo profundo entre diversos países sobre cómo abordar la emergencia climática. Ni siquiera la prórroga de casi dos días que solicitó la ministra del gobierno de Chile, Carolina Smith, que ejercía la presidencia del cónclave, permitió que se llegara a un acuerdo sobre el cierre de la cumbre.

El documento final solo “anima” a los países a presentar planes más ambiciosos para frenar el calentamiento global durante el año 2020, como una forma de llegar a la próxima COP26 de Glasgow con algún avance en relación a este 2019. La principal razón de la falta de acuerdo ha sido la negativa de una serie de países para comprometerse a presentar programas de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Aunque, también, la conducción de los funcionarios chilenos, ha sido blanco de numerosas críticas.

84 países han acordado a presentar programas con políticas más agresivas para reducir el cambio climático. Sin embargo, entre ellos no figuran Estados Unidos, China, India y Rusia, que generan el 55% de las emisiones de gases de efecto invernadero en el mundo. La contracara de ese rechazo, la encabezó la Unión Europea que, además de aceptar el reto, presentó días atrás un Green New Deal para transformar al continente europeo en el primer espacio con una economía descarbonizada. En el fondo de este enfrentamiento se encuentra el argumento de determinadas naciones que rechazan aplicar ciertas regulaciones climática porque, aseguran, afectaría sus planes de desarrollo económico.

“La comunidad internacional perdió una oportunidad importante para mostrar mayor ambición”, afirmó el secretario general de la ONU, António Guterres sobre el final de la cumbre. El funcionario portugués no ocultó su decepción aunque desde el primer día había mostrado preocupación por las divergencias que existían con algunos países para abordar la crisis climática. 

La predisposición del gobierno español, como accidentado receptor de la COP25, y la presión social liderada por la activista Greta Thunberg, habían traído cierto optimismo sobre un posible acuerdo para reducir el calentamiento global. Sin embargo, la joven sueca regresó este sábado a su casa, mientras la ministra Smith solicitaba una prórroga ante el inminente fracaso de la reunión.

En efecto, las últimas 24 horas de negociaciones se produjeron bajo el liderazgo de la ministra española de Transición Ecológica, Teresa Ribera, por propia iniciativa de la funcionaria del gobierno chileno. Esta semana, la directora de Greenpeace Internacional, Jennifer Morgan, había declarado que la presidencia chilena estaba “fracasando” en el trabajo de proteger la “integridad del Acuerdo de París y no permitir que la codicia y el cinismo” lo destruyeran.

Uno de los puntos más intrincados de las negociaciones ha sido el artículo 6 del Acuerdo de París sobre el mercado de emisiones de gases de efecto invernadero, que debería entrar en vigor en 2020. El acuerdo se ha encallado en la regulación de ese sistema, a través del cuçales países y empresas pueden adquirir créditos a otras naciones en el caso de que excedieran el límite de gases que se hubieran fijado.

Con este panorama, las expectativas de lograr una reducción del calentamiento global para los próximos años se han disuelto, y todo apunta a que se llegará a la COP26 de Glasgow con un nuevo récord de temperaturas, superior al 1,1 grados centígrados por encima del periodo preindustrial que registró Naciones Unidas para el año que se acaba.

El único dato positivo de la COP25 Chile-Madrid ha sido la movilización social que protagonizaron los jóvenes. Al margen de lo que pueda acordarse (o no) a nivel global, las nuevas generaciones advirtieron en Madrid que su acción en la calle seguirá adelante con el objetivo de presionar a los gobierno nacionales. A su vez, el corrimiento que se planteó Thunberg para desactivar la presión política y mediática que sufría, ha puesto en escena a un centenar de jóvenes de diversos países con conocimiento y voluntad suficiente para no dejar la emergencia climática en manos de los negacionistas y de las grandes empresas

Por Agustín Fontenla

Desde Madrid

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Ni ambición, ni financiación, ni adaptación: las negociaciones de la COP25 se enquistan y todo apunta al fracaso

Los acuerdos de la Cumbre del Clima no llegan y la ONU pospone el plenario final hasta las 9.00 horas del sábado. La intención es la de salvar los puntos más determinantes para la lucha contra el cambio climático.

El escenario que se plantea en la Cumbre del Clima, a unas horas del cierre oficial, es el de un nuevo fracaso del multilateralismo. Tanto es así que las negociaciones cruciales siguen enquistadas y los acuerdos que se vendían al inicio del evento como imprescindibles parecen tan lejanos como imposibles. Aunque la ONU ha prolongado las negociaciones hasta el sábado, la realidad es que en los pasillos de Ifema se empieza a percibir cierta frustración debido al bloqueo constante de algunos países como Australia, Brasil o India en aspectos determinantes. 

"Los ojos de la gente están sobre nosotros, y seguiremos trabajando duro tanto tiempo como sea necesario", ha expresado Andrés Landerretche, coordinador de Presidencia de la COP25, en una rueda de prensa a última hora del viernes, dando a entender que las negociaciones se alargarán más de lo previsto. Lo que no se ha conseguido resolver en dos semanas, se intentará salvar en unas horas o, incluso, a lo largo del fin de semana, tal y como opinan algunos observadores, que ven con pesimismo el cierre de la cumbre.

El desarrollo de un sistema de mercados de carbono, los compromisos para la reducción de emisiones o las dotaciones económicas para la adaptación de los países más vulnerables al cambio climático son algunas de las claves que se tendrán que resolver en las próximas horas o, en el peor de los casos, posponerse para la siguiente cumbre de 2020.

El artículo 6 y los mercados de carbono

El principal escollo de las negociaciones tiene que ver con la creación de herramientas que den sentido al Artículo 6 del Acuerdo de París, un epígrafe con el que se pretende regular las emisiones de gases de efecto invernadero de los estados a través de un mercado de carbono. Se trata de un sistema que permite que los países que superen el tope de contaminación puedan comprar créditos de emisión a aquellos que no estados que sobrepasan los límites establecidos. 

El problema es que hay ciertos vacíos legales que no terminan de solucionarse, como es el caso de la doble contabilidad que permite que tanto el comprador como el vendedor se apunten una reducción de emisiones en cada transacción, lo cual hace que la herramienta carezca de sentido.

Según han compartido con los medios algunas organizaciones medioambientales y representantes del ámbito empresarial, el Artículo 6 no ha presentado ningún avance debido al bloqueo constante de Australia, Estados Unidos, India y Brasil, que mantienen una visión muy laxa de esta herramienta de control de emisiones, frente la postura, más ambiciosa, de la Unión Europea.

Adaptación y compensación de emisiones

Por otra parte, se plantean pocos avances en el diseño de un mecanismo de adaptación para los países más vulnerables al cambio climático. Según fuentes de la negociación, las trabas tienen que ver con cómo hacer que un porcentaje de los fondos de carbono se destine a la implementación de ayudas y planes de mitigación en los países que más sufren las consecuencias de la crisis climática. 

Lo mismo ocurre con la dotación de fondos para el Green Climate Fund al que los estados desarrollados se comprometieron a destinar una partida presupuestaria para garantizar que los países más empobrecidos puedan tejer mecanismos de resiliencia y adaptación al cambio climático. 

En este punto de las negociaciones, las discrepancias polarizan los plenarios en dos bloques: países desarrollados y países en desarrollo, quienes piden más esfuerzos a los gobiernos más poderosos.

Ambición

La presión social del último año y las advertencias de la ciencia llevaron a algunos países a anunciar, al inicio de la cumbre, que tratarían de aumentar su ambición climática y sus compromisos para reducir sus emisiones durante la COP25. De está forma, el camino se allanaría de cara a 2020, año en el que los países deberían haber presentado de manera oficial sus compromisos para la descarbonización de la economía.

Pero, según explican fuentes de la negociación, la realidad es que el bloqueo también ha llegado a este punto de las negociaciones, ya que hay determinadas delegaciones que se acogen a la literalidad del Acuerdo de París y reclaman que se posponga a 2023 la actualización de las Contribuciones Determinadas Nacionalmente (NDC), que no son otra cosa que las hojas de ruta que cada estado maneja para conseguir descender sus emisiones de gases de efecto invernadero.

Por el momento tan sólo 73 países se han comprometido a mejorar en 2020 sus promesas de reducción de emisiones. España, por su parte, se ha comprometido a iniciar un proceso interno para presentar en ese mismo año sus compromisos climáticos. 

Plan de Acción de Género

La cita de Madrid se presentaba crucial para rediseñar el Plan de Acción de Género (PAG) que se aprobó por primera vez en la COP23 de 2017. Durante toda la cumbre, este punto ha contado con un bloqueo absoluto por parte del Grupo Africano. Sin embargo, el diálogo ha permitido que el plenario apruebe este viernes el documento, incluyendo todas las demandas de la sociedad civil. Esta es, quizá, una de las pocas noticias positivas del encuentro de Madrid, en tanto que se permitirá que la perspectiva de género se integre dentro de las políticas climáticas globales.

MADRID

13/12/2019 22:30 Actualizado: 14/12/2019 08:27

Por ALEJANDRO TENA

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Ecoansiedad: cuando el colapso climático produce depresión

Algunos científicos británicos han reclamado, a través de una carta, apoyo psicológico para poder afrontar la realidad de sus propias investigaciones. La crisis climática, un problema multidimensional, también puede tener graves consecuencias negativas para la salud mental: ansiedad, depresión o, incluso, suicidios.

 

La crisis climática está derritiendo los polos, extinguiendo especies, colapsando ecosistemas, enturbiando los aires de gases contaminantes, provocando conflictos humanitarios y dando pie a pugnas por el control de unos recursos cada vez más escasos. La situación de emergencia es total. Los efectos del calentamiento global se extienden como un cáncer sin dejar ni un poso de naturaleza inmaculada. Pero las consecuencias del antropoceno –una época geológica marcada por los impactos del ser humano en la naturaleza– también llegan a las mentes, que se ven acorraladas por una suerte de ansiedad que nace de la mezcolanza de miedos y frustraciones ante el colapso de la vida que anuncia la ciencia.

El conocimiento de la encrucijada climática y el estudio intensivo puede suponer, si no hay un tratamiento emocional oportuno, un problema para la salud mental de aquellas personas que guardan un cierto apego con la naturaleza y los entornos. Tanto es así, que el pasado mes de septiembre los científicos británicos Timothy A.C. Gordon, Andrew N. Radford y Stephen D. Simpson publicaron una carta en la revista Science en la que reclamaban apoyo psicológico para poder digerir los resultados negativos de algunas de sus investigaciones.

“La ilusión generalizada de que los científicos deben ser observadores desapasionados está peligrosamente equivocada. Por el contrario, el dolor y la recuperación postraumática pueden fortalecer la resolución e inspirar la creatividad científica. Para comprender y encontrar soluciones para nuestros ecosistemas naturales cada vez más dañados, los científicos ambientales deben poder llorar y recibir apoyo a medida que avanzan”, escribían los expertos.

Esta situación, no obstante, no se restringe sólo a personas vinculadas a la ciencia y al estudio académico del cambio climático. La creciente ola ecologista ha provocado que la ecoansiedad también afecte a la salud mental de algunas personas concienciadas con el devenir del planeta. “Te sientes muy pequeño, sin capacidad de hacer nada”, expone Paula Mancebo, una joven de 20 años que se ve atosigada por un sentimiento depresivo fruto de la coyuntura ecológica del momento. “Tengo épocas de no poder dormir y tener pesadillas sobre el tema”, añade.

En cierta medida, ese desasosiego emocional va ligado una sensación de frustración debido al escaso poder de las acciones individuales. “En mi caso va asociado a un fuerte sentimiento de culpa, especialmente cuando hay una noticia de una catástrofe natural o aprendo algo nuevo sobre el tema”, explica esta estudiante, que ha visto en la creciente movilización social climática una buena válvula de escape.

Alejandro Martínez, uno de los portavoces de Fridays For Future (FFF) también reconoce padecer una congoja emocional derivada de la incertidumbre climática del momento. “Los mayores picos de ansiedad vienen en ese momento en el que leo algún informe o algún reportaje y contrasto con la falta de voluntad política para buscar soluciones”, argumenta, para describir la aflicción como “una especie de opresión” que dice sentir “de una forma muy continuada”.

Más calor, más suicidios

Las acciones del ser humano sobre la tierra, supeditadas al uso constante de combustibles fósiles, están provocando un aumento de las temperaturas de la Tierra. Sin embargo, la subida de los termómetros globales no sólo está empezando a desvelar repercusiones materiales y físicas, sino que también empieza a causar estragos en la salud mental.

Así lo refleja una investigación científica publicada por la revista Natureque refleja cómo las subidas de temperaturas guardan una relación con un aumento de la tasa de suicidios (del 0,7% en los condados de EEUU analizados y del 2,1% en las regiones mexicanas estudiadas).

Aunque se trata de cifras difícil de vincular, los análisis de esta investigación reflejan también cómo durante los meses en los que el calor incrementa los comportamientos sociales, estudiados a través de comentarios en las redes, se tornan más pesimistas. ”El análisis del lenguaje depresivo en más de 600 millones de actualizaciones de redes sociales sugiere que el bienestar mental se deteriora durante los períodos más cálidos”, defiende el estudio.

Las depresiones y los picos de estrés se podrían convertir en un problema social cada vez más común como resultado del incremento de catástrofes naturales que traerá consigo el cambio climático. Aunque los suicidios por causa del aumento de las temperaturas son una de las consecuencias más estudiadas por los expertos, la lista de elementos traumáticos es bien grande. Entre ellos, la psicóloga Susan Clayton cita en un reciente artículo los efectos que las migraciones forzadas pueden tener en las mentes, además de los conflictos emocionales ligados a la falta de acceso a los recursos naturales.

Esta es una realidad importante, si se tiene en cuenta el último informe de las ONU que estimaba que el cambio climático y la subida de los niveles del mar podría obligar a cerca de 1.500 millones de personas a verse desplazadas de sus territorios.

Tejer mecanismos de resiliencia

La realidad de la catástrofe se presta difícil de afrontar y, en ocasiones, la ciudadanía recurre al zapping cuando los huracanes desolan ciudades costeras y se dedica a pasar con desgana las páginas que recogen los últimos informes científicos. En cierta medida, esta evitación de la realidad climática ha llevado a las sociedades a entender los fenómenos meteorológicos como problemas aislados y disociados de las acciones globales de los seres humanos, tal y como denunciaba Naomi Klein en La doctrina del Shock.

Esta otra práctica, la de negacionismo, se asocia a un mecanismo de “indefensión aprendida”, según explica Miguel López-Cabanas, doctor en psicología. “Hay un cierre perceptivo del riesgo, que es lo que pasaba con el tabaco hace muchos años”, expone el experto. “Se puede producir el fenómeno de ansiedad si ese riesgo se ve que es tan elevado y no se puede hacer nada para evitarlo”, añade.

En ese sentido, se debe trazar un eje de actuación que permita evitar la caída en el negacionismo, pero que también sea capaz de que los individuos no se sientan desbordados por un problema tan multidimensional como el cambio climático. Así lo entiende este experto en psicología social, que pone énfasis en la necesidad de desarrollar resiliencia para amortiguar el impacto emocional que puedan generar los cambios provocados por una crisis climática cada vez más irreversible.

"Es preciso que se que se den todos los datos reales y las proyecciones de los mismos, pero también hay ofrecer alternativas para fomentar conductas de afrontamiento. Eso se desarrolla informando, formando y empoderando a la población", comenta. 

"Hay que tener el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad", zanja citando a Gramsci.

Publicado enMedio Ambiente
Jueves, 24 Octubre 2019 05:46

El mito del desarrollo sustentable

El mito del desarrollo sustentable

En 1987 se publicó el informe de la Comisión Mundial sobre Desarrollo y Medio Ambiente. El documento, intitulado Nuestro futuro común, consagró la definición del desarrollo sustentable como "la satisfacción de las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades". Desde entonces, el desarrollo sustentable se ha convertido en la referencia más importante de la agenda internacional sobre política económica, social y ambiental.

El desarrollo sustentable (DS) es la pieza central de tratados internacionales, como la Convención de Diversidad Biológica y la Convención Marco sobre Cambio Climático. En 2015 se adoptaron los Objetivos del Desarrollo Sustentable por todos los miembros de Naciones Unidas. Se trata de un llamado para erradicar la pobreza, proteger el planeta y asegurar que toda la población goce de paz y prosperidad para el año 2030.

No cabe duda que el DS tiene gran potencial de movilización de recursos. Pero también es cierto que cuando las palabras "desarrollo sustentable" se usan libremente y sin referencia alguna a un contexto económico específico, corren el peligro de convertirse en una especie de fórmula mágica cuya invocación hace desaparecer cualquier problema. En lugar de una referencia de política económica se convierten en un cosmético que permite disfrazar todo tipo de abusos.

Lo anterior se explica porque el DS no puede ocurrir en un vacío socioeconómico. En el contexto actual, dicho objetivo se tendría que alcanzar en el marco de economías capitalistas o economías de producción monetaria. Pero aquí es donde se complican las cosas: es necesario tomar en cuenta la naturaleza y dinámica de estas economías. En particular, hay que considerar que las economías capitalistas son capaces de mantener niveles socialmente inaceptables de desempleo durante largos periodos. Esto ya debería ser una razón para pensar con más cuidado los alcances del DS.

Hay varias características fundamentales de las economías capitalistas que deben ser consideradas en cualquier análisis del desarrollo sustentable. La primera es que el crecimiento no es una manía o resultado de una moda, como muchos seguidores de la economía ecológica piensan. La acumulación de capital es la esencia de estas economías, y eso significa crecimiento. Y no cualquier crecimiento: entre más rápido sea el proceso de acumulación, mejores resultados para la voracidad del capital.

Por cierto, el hecho de que las tasas de crecimiento en las principales economías del mundo sean cada vez menores desde hace cuatro décadas no parece llamar mucho la atención en discusiones sobre sustentabilidad. Si tan malo es el crecimiento, ¿cómo explicar que el deterioro ambiental ha seguido empeorando a lo largo de todo este periodo?

La segunda característica de las economías capitalistas es su inestabilidad. Entre otras cosas, esto se debe a que la inversión, el componente clave de la demanda agregada, es intrínsecamente inestable. Y el rol dominante del sector financiero, así como la actividad profundamente procíclica del sector bancario, agrava esta tendencia. La última crisis de 2008 (y el hecho de que la recuperación hoy esté en peligro) muestra que este rasgo del capitalismo está en conflicto directo con los ideales del DS.

Una tercera característica concierne el conflicto distribucional que yace en el seno de las economías capitalistas. Quizás la mejor expresión de esto está en el estancamiento salarial que afectó a casi todas las economías capitalistas del planeta desde 1970. Y, por supuesto, todo esto está íntimamente relacionado con la creciente desigualdad, la deficiencia crónica en la demanda agregada y los altísimos niveles de endeudamiento de los hogares. De no tomarse en cuenta estas características, la idea de DS se convierte en un par de palabras huecas.

Hay un problema adicional. Se trata de la cárcel mental que mantiene prisionera a la política económica. El mejor ejemplo es el de la política fiscal, que ha estado maniatada por la superchería de la disciplina fiscal. El dogma de que cualquier déficit fiscal debe ser condenado es una de las más claras manifestaciones de esta prisión. Uno de los recursos más socorridos para apuntalar esta falacia consiste en hacer una comparación espuria y concluir que, al igual que cualquier hogar, un gobierno no puede vivir por encima de sus recursos. Incluso, muchos gobiernos que se califican de izquierda se encuentran en esta prisión de la disciplina fiscal. Y como esta mentira coexiste con la idea de que no se puede hacer una reforma fiscal, pues entonces hay que recortar el gasto en salud, educación y medio ambiente, es decir, todo lo que se necesita para el famoso "desarrollo sustentable".

Parecería que el mito difícilmente será realidad un día. Y la lección es inmediata. O rescatamos el planeta, o rescatamos el capitalismo. Cada día parece más claro que no vamos a poder hacer las dos cosas al mismo tiempo.

Twitter: @anadaloficial

Publicado enEconomía
Sábado, 12 Octubre 2019 06:05

El sínodo por la Amazonia

El sínodo por la Amazonia

Primero parecían “gestos”. Una palabra que se usa mucho. Pero el Papa rara vez hizo “gestos”. Lo suyo son acciones. Por “gestos” se entiende un guiño, algo más perecido a la insinuación, que da a entender una perspectiva política. El propio Francisco se ocupó hace un par de años, en una conferencia de prensa, de pasar en limpio a qué le llama él “política”, porque para la prensa concentrada, así como para sus mandantes, la política es genéricamente mala, es connnotada como herramienta de manipulación o instrumento de la ambición de poder o codicia. Aquella vez el Papa le paró el carro a un enviado que insinuaba que sus “gestos” eran demasiado “políticos”. “La alta política es algo muy noble”, dijo.

Sabe que el trampolín a través del que las nuevas elites financieras se han encaramado al poder casi irrestricto (e ilegal) en la turbulenta época en la que le ha tocado ejercer su papado, es precisamente la antipolítica. La abonan a chorro tanto medios como empresarios y CEOS. Es el aprovechamiento del desencanto o la impugnación de la política de millones de personas en el mundo que han sido traicionadas por dirigentes que han reemplazado la política por algo raro, algo sucio, algo desolador. ¿Macri hace política? ¿Lenín Moreno hace política? ¿Peña Nieto hizo política? ¿Duque hace política? Sí, pero incluso la política, aunque sea mala, aunque sea solamente para privilegiar al 1 por ciento de la población, se termina cuando el FMI entra a escena. Nombres variopintos. Dos salidos de la política traicionera y dos productos de laboratorio. Sólo pueden hacer política sana y noble quienes hayan sellado un compromiso de sangre con sus representados. A esos los persiguen o los encarcelan. Los estigmatizan como “chorros” o “dictadores” los chorros y los dictadores de nuestro tiempo.

Cuando el Papa hizo su primera visita a la región fue a Brasil. Al encuentro de jóvenes. Y allí dijo su recordado “hagan lío”. Seguramente quiso decir varias cosas, pero entre ellas aquél fue un cruce a la ola que muy pocos veían venir, y son estos nuevos cultos que apañan al neofascismo, y que están pensados como la nueva religión hegemónica de la región. Los que depositan en cada individuo recortado de los otros la posibilidad de su salvación en la tierra: tener suerte, si así fue la voluntad de Dios. No piensan en política. No hablan de política. Viven en un mundo aparte, en el que las desgracias son parte de la vida que les ha tocado. No luchan. Rezan. “Hagan lío” puede entenderse como “hagan política”, en la acepción general que le da el Papa, la que tiene que ver con lograr comunitariamente una vida más digna para todos pero especialmente para los que nunca pudieron sacar la cabeza del lodo.

Esta semana en Roma el Papa inauguró el Sínodo por la Amazonía. No es otro “gesto”. Es pura acción. Fue por pedido de los obispos de diversos países a los que esta nueva camada de gobiernos odiadores los enfrentó de pronto con el hambre y el fuego. Esta semana se vio la foto de las decenas de camiones que empresas ganaderas mandan a las zonas deforestadas por el fuego.

En el Vaticano ahora están los delegados de las etnias aplastadas. El Papa recibe a los habitantes ancestrales --a quienes pidió perdón por la colonización ya hace unos años en Bolivia, pero eso que era una enorme noticia fue como otras miles de enormes noticias borroneada por los grandes medios--. El Papa recibe a los Garabombos de todos los tiempos, pero esta vez encarnado en esas etnias deslumbrantes que brotan de la Amazonía. Recibe a esos invisibles.

En la apertura del Sínodo, Francisco fue al hueso y nos compete, aunque la lectura puede hacerse extensiva a cualquiera de nuestros países. Se refirió a la disyuntiva sarmientina “civilización o barbarie”. En estas notas se ha apuntado varias veces que esos términos se han invertido. “El lema de civilización o barbarie se ha usado para aniquilar pueblos originarios”, dijo. Los que se identifican con la civilización están trayendo una nuevo colonialismo”, dijo.

Las elites financieras que desplazaron a la política, entroncadas con las oligarquías, hoy son los bárbaros sanguinarios que por dinero están dispuestos a sacrificar millones de vidas humanas, animales y vegetales. El Papa después tiró una flecha hacia Pichetto, aunque nombrando sólo a la Argentina. Dijo que en nombre de la civilización (con distintos voceros, portadores del mismo discurso de odio que late en la región desde hace cinco siglos), se escuchan palabras denigratorias, “con el desprecio a los 'bolitas', a los ´paraguas´y a los cabecitas negras”.

Los que tenía enfrente mientras decía eso eran los guardianes de la naturaleza, los que como ha dicho también Chomsky, “han sido los que en la historia más han luchado por defensa de la vida en el planeta”. Son los que perseveran hace siglos y siglos, cuando nuestros países no existían, en el buen vivir, que no le demanda a la tierra más de lo que la tierra pueda dar sin arruinarse ni seguir estando allí, disponible y pródiga para las generaciones futuras.

Esos pueblos, que tienen su propia medicina, que han sobrevivido contra viento y marea, con contacto o no con los blancos, y algunos de ellos han tomado decisiones de una sabiduría extraordinaria, como los más populosos, que en lugar de vivir todos juntos se han repartido por diferentes zonas de la Amazonía para evitar desequilibrios. Esos invisibles que hoy deben huir de sus tierras porque el fuego las devora, en estos días tienen un interlocutor. Mientras desde la “civilización” llegan las fotos del hijo de Bolsonaro haciendo gracias con sus armas, mientras Ecuador se desangra, mientras en Colombia los activistas ambientales son asesinados todos los días, mientras en la Argentina se fumiga glifosato sobre escuelas rurales y hay niños y adultos enfermos soportando la amplia gama de envenenamiento que produce la ganadería o el cultivo transgénico a gran escala, ellos, los pueblos originarios, siguen guardando sus secretos y aspiran solamente a que los dejen en paz.

 Hoy son ellos la civilización a la que hay que mirar con interés político. Bolivia es el único país que ha logrado quedar en pie y sigue repartiendo justicia y felicidad, junto con desarollo. Nos los tenemos que tomar en serio. No por “un gesto”. Por algo mucho más profundo y lúcido: si logramos romper la fetichización del dinero como vara del poder político, se abrirá una nueva fase de nuestra cultura común. Ellos nunca fueron del todo incorporados como sujetos políticos en paridad con los demás. Como el machismo, el racismo es algo que a veces parece encapsulado como un virus transversal. Ese es el hueso. Porque el hueso es la tierra, pero también el modo de ser y estar en ella. Y los pueblos originarios saben de eso mucho más que nosotros. Muchísimo más.

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▲ La activista sueca Greta Thunberg encabezó ayer una marcha multitudinaria en Montreal, Canadá, donde dijo que burlarse de los niños muestra que el mensaje por el medio ambiente se ha vuelto "demasiado potente", en respuesta a sus críticos, incluido el presidente Donald Trump. Organizadores afirmaron que la protesta global de este viernes reunió a 6 millones en varias ciudades del mundo. En Italia se calcula que un millón tomó las calles. La imagen, en Turín

Montreal. La joven activista sueca Greta Thunberg encabezó ayer una marcha multitudinaria en Montreal para pedir a los líderes mundiales hacer más por el medio ambiente y respondió a sus críticos, que incluyen al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, al decir que burlarse de niños muestra que el mensaje se ha vuelto "demasiado potente" como para tratar de silenciarlo.

Organizadores afirmaron que la marcha global de ayer reunió a 6 millones de personas, un incremento en la participación respecto de las movilizaciones del viernes pasado en que se contabilizaron 4 millones.

En medio de una atmósfera festiva, casi medio millón de personas marchó durante la tarde en el centro de la capital de Quebec, en la que participó el primer ministro, Justin Trudeau. Otras ciudades canadienses también fueron escenario de protestas.

"Somos al menos 500 mil. ¡Pueden sentirse orgullosos de ustedes!", exclamó la activista de 16 años al dirigirse a los participantes y aseguró que "varios millones" de personas se manifestaron en todo el mundo.

Durante una breve rueda de prensa previa a la marcha, la activista afirmó que, como la mayoría de la dirigencia política, Trudeau "no ha hecho lo suficiente" por el medio ambiente. Sin embargo, ante la pregunta, enfatizó que prefería no "señalar a individuos" sino más bien "enfocarse en una visión colectiva".

"Mi mensaje para los políticos de todo el mundo es el mismo: escuchen y actúen en función de lo que dice la ciencia", exhortó Thunberg, quien se reunió con Trudeau en la mañana. El primer ministro afirmó que estaba "completamente de acuerdo" con ella.

Cuando se le preguntó acerca de las críticas de que ha sido objeto por parte de Trump y otros, Thunberg respondió: "Hoy hacemos demasiado ruido y la gente tiene problemas para lidiar con eso e intentan callarnos. Debemos tomarlo como un cumplido".

Las protestas iniciaron en Nueva Zelanda, donde alrededor de 40 mil jóvenes marcharon hacia el parlamento en Wellington en una de las concentraciones más grandes jamás realizadas en ese país.

En Italia, un millón de personas, en su mayoría jóvenes, se manifestaron en 180 localidades desde Milán a Palermo contra el cambio climático, señalaron los organizadores. Una marcha multitudinaria recorrió las calles de Roma, donde los asistentes mostraron carteles con lemas como "Cambien el sistema, no el clima".

Activistas ambientales embadurnaron la pirámide de vidrio del Louvre con una espesa melaza en protesta –dijeron– por las actividades dañinas para el medio ambiente de la petrolera Total, un patrocinador del museo francés.

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