Andreas Malm, en una imagen promocional

Uno de los méritos del sueco Andreas Malm es haber abordado en su libro El murciélago y el capital. Coronavirus, cambio climático y guerra social (Errata Naturae, 2020) una de las preguntas más estimulantes de la pandemia: si pudimos parar el mundo por la emergencia sanitaria, ¿por qué no hacerlo ante una emergencia climática? La cuestión no vincula al azar pandemia y crisis ecológica, sino mediante un nexo común: la avidez del mercado. Un mercado global al que se le concede todo y que solo funciona mediante la lógica del máximo beneficio.

La batalla por el sentido la lidera hoy la lógica mercantilista que todo lo impregna. No existe ética ni razón ecológica en si deberíamos o no comercializar con tal especie salvaje, o si tal selva tropical hace tiempo que debería haberse convertido en una plantación de soja. Las únicas incógnitas parecen ser: uno, ¿es legal?, y dos, ¿cuál será el margen de ganancia? El pangolín es un buen ejemplo de esta obsesión por convertir cualquier cosa en mercancía. En los años noventa, un kilo de este animal se pagaba en el mercado chino a 14 dólares; en 2016, a unos 600 dólares el kilo, e incluso 1.000 dólares en algunos restaurantes. Hoy es el mamífero más traficado del mundo y uno de los cabezas de cartel de este festival pandémico. Y cuando hablamos del tráfico de pangolines no hablamos de la rareza o el vicio de unos pocos asiáticos, sino de los lujosos caprichos de millonarios de todo el mundo; Alemania, por ejemplo, ha sido señalada como uno de los puntos de tránsito claves en su comercio. Un mercado sin coto es una amenaza para todos, incluido el mercado mismo. O en palabras de Malm: “La acumulación descontrolada de capital es lo que zarandea con tanta violencia el árbol en el que viven los murciélagos y los otros animales. Y lo que cae es una lluvia de virus”.

¿Y qué hay del papel del Estado? ¿Por qué Occidente decidió intervenir durante la pandemia, atando en corto a la vaca sagrada capitalista, pero sigue ignorando lo que traerá el cambio climático? Malm lo resume así: “La eliminación del CO2 no encaja de manera natural con el marco del Estado-nación. La guerra contra la covid-19 podía concebirse como una guerra clásica, valiéndose de toda la parafernalia del orgullo nacional –una nación que se protege, como en otros momentos de peligro de la historia; un pueblo que se cobija en el bastión del Estado–, mientras que una guerra contra el CO2 tendería a salirse de ese marco. Sería una guerra en beneficio de los nuestros y también de los demás. Ante todo, sería una guerra para salvar a los pobres”. 

El libro de Malm es un estimulante ensayo que hilvana el porqué de una premisa a priori simple: que un capitalismo sin límites destruye un sostén natural sin el que ni hay mercado ni hay mucho más; lo que sí hay, y habrá cada vez con más frecuencia, son pandemias como esta. 

Critica cuánto esfuerzo ha puesto todo el planeta en controlar la pandemia y, sin embargo, qué poco hacemos por solucionar la crisis climática. ¿Por qué las razones sanitarias son suficientes para hacer que el mundo se detenga pero no lo es el cambio climático?

No estoy seguro de tener la respuesta completa a por qué los gobiernos están dispuestos a ir tan lejos para romper con la vida cotidiana, la libertad de la propiedad privada y los mercados con el fin de frenar la expansión de esta enfermedad. Es extraordinario cómo los gobiernos, incluso ahora en la segunda oleada, están forzando el cierre de tiendas, interviniendo profundamente en los negocios privados. Pero los gobiernos que no se muestran competentes en el manejo de la pandemia corren el riesgo de pagarlo en las elecciones. A Donald Trump, su incompetencia a la hora de lidiar con la pandemia, le ha costado la presidencia. Un gobierno es consciente de que si no se muestra competente y efectivo a la hora de limitar la enfermedad, le castigaremos en las próximas elecciones. Pero esto tiene que ver con el hecho de que esta pandemia ha golpeado al hemisferio norte y lo hizo desde muy temprano, mientras que los mayores afectados del cambio climático todavía son las poblaciones más pobres del hemisferio sur. 

Hay una larga lista de políticos, incluidos políticos de extrema derecha, que se han contagiado de covid-19. Boris Johnson, Jair Bolsonaro, Donald Trump. Toda esta gente enfermó de covid-19, pero ninguno de ellos ha sufrido personalmente las consecuencias del calentamiento global. Quizá esta pandemia se antoja más urgente a los gobiernos del hemisferio norte porque ha golpeado a sus ciudadanos de manera directa pese a su condición de clases dominantes. Sin embargo, los mismos gobiernos han hecho tan poco por controlar los desencadenantes de la pandemia como por atajar las causas del calentamiento global.

Uno podría pensar que, después de un año tan desastroso para la economía y la salud global, deberíamos tener a los gobiernos reunidos preguntándose cómo asegurarse de que esto no vuelve a ocurrir jamás, y si se estuvieran haciendo esa pregunta se habrían dado cuenta rápido de que, para empezar, deberían hacer algo contra la deforestación, pero no lo han hecho. Este año la deforestación se ha disparado en zonas clave de los trópicos. El gobierno indonesio, por ejemplo, decidió recientemente abrir sus selvas a lo que en esencia es explotación sin límites. Lo mismo en Brasil, Bolivia o Argentina, y cualquiera que sepa algo sobre los agentes desencadenantes de una pandemia sabe que la deforestación debe frenarse y revertirse si no queremos que esta situación vuelva a repetirse. Las causas del calentamiento global son las mismas que provocan las pandemias.

Ha mencionado la propiedad privada. ¿Cómo afecta a este respecto?

En múltiples formas, pero un aspecto crucial es que sigamos transformando animales salvajes en propiedad privada. En Dinamarca existe una enorme industria peletera que provee a los consumidores más ricos. Para ello hacinan a millones de visones en pequeñas jaulas, y el coronavirus se coló en ellas, mutando al entrar en contacto con esta población de visones, de manera que tenemos una nueva cepa de este mismo coronavirus y existe el enorme riesgo de que pueda ser resistente a las vacunas en desarrollo. 

El problema fundamental es que permitimos que existan negocios que hacen de estos millones de visones una propiedad privada más, los sacrifican y los transforman en pieles que venden como capricho a las clases altas. En Suecia, tenemos una industria de visones similar a la danesa y la izquierda está pidiendo que sea abolida. El derecho a la propiedad privada en la forma de cuerpos animales debe detenerse, lo que supone atajar el comercio de vida animal salvaje. Tendemos a pensar que el coronavirus lo ha originado la excéntrica cultura china, pero ese mismo problema existe en todas partes, en países como Dinamarca, Suecia o Estados Unidos, donde las empresas capturan animales salvajes y los encierran en jaulas minúsculas, creando las condiciones exactas que los patógenos necesitan para evolucionar y rápidamente mutar.

Lo mismo ocurre con la deforestación, provocada principalmente por empresarios que convierten los bosques en propiedad privada, cortan los árboles y luego transforman las tierras en plantaciones o zonas de pastoreo. Esa libertad para hacer lo que te plazca con la naturaleza con un fin económico tiene que limitarse si no queremos que esto siga ocurriendo.

¿Puede existir algo como el eco-capitalismo o capitalismo verde?

Eso es una gran pregunta. Habría que preguntarse: ¿puede el capitalismo existir sin combustibles fósiles? Históricamente lo ha hecho. El capitalismo precede históricamente a la combustión a gran escala de combustibles fósiles, por lo que no es imposible desde un punto de vista lógico tener un capitalismo que use otras formas de energía. Pero si lo ves desde la perspectiva climática, es evidente que si quieres acabar con la combustión de energías fósiles necesitas sacar del negocio a una parte concreta del sistema capitalista o a una fracción de la clase capitalista: las empresas que se benefician del uso de combustibles fósiles. Empresas como Exxon Mobil, Total, BP, Saudi Aramco, todas ellas tienen que dejar de existir como empresas productoras de petróleo, gas y carbón. Eso está clarísimo, es el ABC de la ciencia climática. Cualquier solución que busque remediar la cuestión climática debe eliminar esta parte concreta del modelo capitalista. Esto ya es  un desafío enorme y podría llevarse a cabo mediante su nacionalización;  el Estado debería tomar el control sobre ellas y obligarlas a detener su producción para convertirlas en entidades que se dediquen a otras tareas. Hacer esto supondría abrir una gran brecha en el capitalismo tal y como lo conocemos hoy, y gracias a esa brecha quizá consigas empezar a virar hacia un sistema político-económico diferente. 

No podemos saber con certeza qué ocurriría entonces, nunca hemos tomado parte en una transición como esta y no sabemos qué hay al otro lado. No sabemos qué ocurriría, si es que llega a ocurrir, pero quizás fuera algo que dejara atrás el capitalismo o que trajera una versión ecológica del capitalismo con nuevos límites, o incluso quizás una versión más autoritaria. Es muy difícil predecir qué pasaría exactamente, pero lo que sí sabemos es que cualquier solución al problema climático pasa por eliminar por completo la industria de los combustibles fósiles. 

¿Se necesita de una crisis como esta para mantener alejado lo peor del sistema capitalista?

Cuando el capitalismo parece funcionar bien, como por ejemplo en los años noventa o los cincuenta en Europa, no hay razones para cuestionarlo. Pero cuando ocurre una crisis como esta, la gente se da cuenta de que el sistema no funciona y que tenemos que contenerlo, e incluso quizás superarlo. Pero el problema es que hoy no parece que mucha gente sea capaz de establecer una conexión entre el virus y el capitalismo. La enfermedad sigue siendo percibida como un evento aleatorio, algo que ha ocurrido sin más, como un relámpago o la caída de un meteorito. Apenas hay discusión sobre cómo el capitalismo produce pandemias a pesar de que haya una considerable base científica al respecto. 

El subtítulo de la edición en castellano de su libro reza “coronavirus, cambio climático y guerra social”. ¿Por qué recurrir al uso de esta terminología belicista?

Cuando escribí esto en abril los políticos hablaban mucho de estar en guerra. Macron en Francia, por ejemplo, usaba y sigue usando esta terminología bélica: estamos en guerra contra el virus y tenemos que pensarnos como actores de un conflicto bélico. Muchos otros políticos de todo el mundo han usado esa misma retórica. Pero si queremos salir de este desastre, necesitamos redirigir esas energías hacia los causantes del problema que son los mismos responsables del calentamiento global, del deterioro del planeta y del aumento de enfermedades infecciosas. Así que si vamos a hablar de guerra, aun siendo una guerra completamente metafórica, es mejor que la luchemos contra los procesos de la sociedad que nos llevan al desastre. La guerra debería librarse contra las empresas que talan el Amazonas y otros bosques tropicales en el sudeste asiático. La guerra debería librarse contra las grandes compañías que siguen extrayendo combustibles fósiles.

¿Es su libro un aviso o el testimonio del desastre para los lectores del futuro?

Si las cosas continúan como ahora, la gente del futuro tendrá sus propios desastres de los que preocuparse. No necesitarán leer sobre lo que pasó en 2020. Este libro es mi modesto intento de zarandear a la gente y decirles “mirad, si creéis que es una mierda vivir encerrado o si están llorando la pérdida de alguien querido que acaba de morir de covid-19, o si vosotros mismos habéis enfermado, quizá os gustaría saber qué lo ha causado y cómo podría evitarse.

Juguemos a ser Nostradamus. ¿Cuándo y cómo será el próximo desastre global?

(Ríe) Es una suposición, y tampoco es una suposición muy cualificada, pero cada equis tiempo vamos a seguir teniendo eventos climáticos extremos de algún tipo. Puede ser un huracán en el Caribe, una inundación masiva en algún país, la continua sequía en China. No necesitas ser Nostradamus para prever esto. Sin embargo, prevenir una catástrofe más seria que tenga su origen en el sistema climático, como las pandemias, es mucho más difícil. Los científicos que trabajan en ese campo han estado diciendo durante mucho tiempo que venía una gran pandemia, pero no podían decir que vendría exactamente de China y que sería exactamente como esta. Lo que sí siguen diciendo es que si el mercado continúa como de costumbre, si continuamos tratando así a la naturaleza salvaje, tendremos nuevas pandemias. Si llegarán dentro de tres o cinco años, o si este nuevo brote detectado en visones en Dinamarca se convertirá en una nueva pandemia, nadie lo sabe. 

Hemos visto muchas teorías de conspiración relacionadas con el coronavirus. Hay quien dice que ya no confiamos en la ciencia, pero creo que la ciencia nunca nos bastó como herramienta interpretativa. ¿Ha cambiado algo realmente desde entonces hasta ahora? 

Algunos aspectos de la ciencia sí influyen a la hora de hacer política. Ejemplo de ello es cómo se nos ha obligado a reducir la actividad. La mayoría de políticos (aunque no todos) parecen dispuestos a escuchar este tipo de recomendaciones científicas a la hora de hacer política. Merkel, el gobierno español, incluso Boris Johnson al final, Joe Biden ahora, están preparados para escuchar a esos científicos. Pero la ciencia que explica por qué aparecen estas pandemias o la ciencia que sustenta el cambio climático no tiene la misma influencia en los políticos. Los políticos no están preparados para aceptar esa ciencia porque pone en duda la forma en que funcionan nuestras economías y sus poderosos intereses materiales. La ciencia que cuestiona o amenaza se descarta o se niega rotundamente. Muchos de nuestros gobiernos aceptan la explicación científica del cambio climático, pero ignoran las recomendaciones de estos mismos científicos. 

¿A qué se refiere cuando habla de ecoleninismo?

La Primera Guerra Mundial, causada por las clases dominantes, sumergió a Europa y luego al resto del mundo en una inútil matanza de millones de personas. Lenin y sus camaradas habrían dicho que nuestra tarea es convertir este desastre, esta crisis, en una crisis revolucionaria en la que nos deshagamos de las clases que nos condenan a la catástrofe, y eso es en realidad lo que hicieron Lenin y los bolcheviques. Se puede tener mucho en contra de ellos, pero derrocaron el gobierno de la burguesía en Rusia y sacaron a Rusia de la Primera Guerra Mundial, terminando con aquella catástrofe tal y como habían prometido. Hoy nos enfrentamos en ciertos aspectos a una situación similar. Una catástrofe, pero un tipo de catástrofe diferente: una crisis ecológica y, más concretamente, una crisis climática. Y esta crisis es alimentada por las clases dominantes y por lo que llamamos la industria de los combustibles fósiles. Nuestra tarea hoy es la misma que la que enfrentaron Lenin y sus camaradas, es decir, convertir esta catástrofe en una crisis para sus responsables.

En lugar de sufrir un desastre tras otro, con todas las muertes y el sufrimiento que conllevan, tenemos que utilizar estos momentos límite contra aquellas personas y aquellos procesos que mantienen esta catástrofe en marcha. Esa es la idea básica del ecoleninismo. Pero esto es sólo una analogía, un paralelismo que no pretende ser literal. Obviamente, no hay una superposición exacta entre esta situación y aquella, pero sí hay algunas similitudes, y necesitamos actuar extremadamente rápido. Lenin era un revolucionario de temperamento impaciente, inquieto, y tanto en 1917 como en 1918, argumentó que necesitaban con gran urgencia tomar el poder y firmar un acuerdo de paz con Alemania. Ese tipo de actitud es la que necesitamos tener ahora. Tenemos que darnos cuenta de que seguir posponiendo la acción será fatal. Y además, Lenin, a diferencia de los anarquistas, se dio cuenta de que en un momento de emergencia no podemos dejar de lado al Estado por completo. Necesitamos del poder del Estado para salir de la emergencia. Nada de esto significa que tenemos que apoyar todo lo que Lenin hizo. Es sólo una forma de pensar estratégicamente cómo lidiar con la emergencia actual.

Entonces, ¿cuál debe ser el papel del Estado en este proceso de cambio? ¿Es posible una revolución basada en un Estado que tan solo ponga límites a las acciones de algunos?

Si hablamos de revolución, no puede ser únicamente una cuestión de Estado. Y si hablamos de una transición hacia una economía que no utilice combustibles fósiles y que no destruya lo que queda de la naturaleza, sino que trate de restaurarla, tampoco puede tratarse de una cuestión de un solo Estado. En primer lugar, obviamente los Estados no comenzarán a caminar en esta dirección por sí solos. Deben ser empujados en esa dirección por fuerzas externas al Estado, fuerzas populares. Tomemos la iniciativa y exijamos que los Estados actúen y hagan lo necesario. Hay que involucrar a todo tipo de actores de la sociedad civil en la transición, pero es difícil imaginar una transición sin que el Estado desempeñe un papel central. Si, por ejemplo, quieres reducir las emisiones en algo así como un siete o diez por ciento al año, en países como España, Suecia, Alemania, EE.UU. o China es extremadamente difícil imaginar a alguien que no sean los Estados supervisando este proceso. No quiero decir con esto que todo en esta transición sea tarea del Estado, pero sí tendría que jugar un papel protagonista.

Supongamos que amanece un día como presidente del Gobierno de España. ¿Cuál sería su primera tarea?

(Ríe) Espero no tener que encontrarme nunca en esa tesitura. Tendría que pedir segundas opiniones, consultar a las otras fuerzas políticas y a la población, pero lo primero que habría que hacer, que debería haberse hecho hace mucho tiempo en España o en cualquier otro país, es detener toda expansión de infraestructura basada en combustibles fósiles y luego también empezar a desmantelarla. Recomendaría un plan nacional para liberar a la economía española de los combustibles fósiles dentro de 10 o 15 años. Cuotas planificadas de reducción de emisiones año tras año y penalizaciones para las empresas que no las cumpliesen. Dado que todavía no sabemos cómo hacer funcionar los aviones sin combustibles fósiles, habría que prohibir los vuelos nacionales y empezar a sustituirlos por una red de tráfico ferroviario extensa. Eso es algo que podría hacerse fácilmente en países como España o Suecia. También prohibir el uso de gasolina y de vehículos privados, lo cual no significa electrificar todo el parque automovilístico, sino transformar gran parte del transporte basado en automóviles en otros medios de transporte como autobuses, suburbanos, montar en bicicleta, caminar. 

La lista de medidas que deberían implementarse es muy larga y las acciones son de sobra conocidas. Incluso en lo que respecta a esta pandemia –o al problema de las pandemias en general– lo primero que un Estado debe hacer es tratar de investigar qué cadenas de suministro de su economía están conectadas con la deforestación en los trópicos para ejercer un control directo de esas cadenas de suministro y asegurarse de que no causen más deforestación, incentivando en su lugar la reforestación de esas zonas. ,Y por supuesto, un control estatal sobre las importaciones que originan deforestación en los trópicos así como medidas para combatir radicalmente el comercio de animales salvajes. Estas son las demandas más básicas. 

¿Y qué le diría a quienes piensan que estas medidas dañarían nuestra economía?

Los defensores del Green New Deal han demostrado que estas medidas no tendrían que ser perjudiciales para el conjunto de la economía. Serían únicamente muy perjudiciales para ciertos sectores de la economía. Por ejemplo, la industria de los combustibles fósiles, que debe ser abolida en su totalidad. Obviamente este sector saldría perjudicado, pero estas medidas deberían complementarse con la expansión de otros sectores de la economía, como por ejemplo las energías renovables, el transporte público o incluso las nuevas tecnologías que permiten extraer dióxido de carbono de la atmósfera. No se trata necesariamente de reducir a la mitad la economía para conseguir salir de los combustibles fósiles. Al menos durante una etapa inicial de transición se necesita hacer que otros sectores de la economía crezcan. El Green New Deal habla de garantizar a los trabajadores del sector de los combustibles fósiles una transición suave hacia trabajos seguros, buenos y permanentes en otros sectores de la economía. Y creo que es una muy buena idea tener ese tipo de garantías.

¿Qué es más peligroso para el cambio climático: nuestra dieta o nuestro nacionalismo?

Funcionan en escalas diferentes. La dieta, si piensas en carne y lácteos, o la producción de alimentos en general, es una causa directa de las emisiones de metano, CO2 y gases de efecto invernadero. El nacionalismo no causa ninguna emisión directamente, pero indirectamente sostiene el status quo y el mercado tal y como ha existido hasta ahora. Es difícil comparar los dos. Tal vez se podría decir que el nacionalismo es peor porque la política nacionalista probablemente nunca inducirá cambios en nuestras economías ni inspirará reducciones radicales de emisiones. Políticamente me considero antinacionalista y creo que cualquier progreso en el clima debe venir precedido por una derrota del nacionalismo como fuerza política, manteniéndolo alejado del poder. También estoy a favor de alejarnos de la carne y los productos lácteos, pero sin embargo sí que es posible avanzar en cuestiones climáticas a pesar de que la gente siga comiendo huevos, pollo y otras formas de carne. Así que sí, tal vez el nacionalismo es lo más importante a derrotar.

Por Antonio Pineda 7/12/2020

Errata Naturae

Publicado enEconomía
La Franja de Gaza se hunde en el aislamiento más absoluto

Hundida en la miseria, la población de la Franja de Gaza no alberga ninguna esperanza de superar las tribulaciones de su crisis permanente. El lavado de manos de los líderes europeos niega cualquier horizonte político. La esperanza de una solución pende ahora de Joe Biden, quien tendrá que enfrentarse al poderoso lobby judío, al Congreso y el Senado si quiere cumplir su promesa de crear un estado palestino en la Franja de Gaza y Cisjordania.

 

Una de las cuestiones palestinas más candentes de cara al futuro es el destino que espera a la Franja de Gaza. Gobernada por Hamás desde 2007, después de haber ganado las elecciones del año anterior, la Franja constituye en un pequeño territorio en el que viven más de dos millones de palestinos en unas condiciones infrahumanas y sin perspectivas de cambio.

Mientras la comunidad internacional rechaza cualquier diálogo con Hamás, los líderes occidentales únicamente se permiten una discreta relación humanitaria con su población, poniendo un parche aquí y otro allá pero sin mejorar nunca sus condiciones de vida, una situación que solo sirve a los intereses de Israel.

Cualquier clase de contacto político con Hamás está prohibido. Los cónsules europeos que residen en Jerusalén viajan periódicamente a la Franja pero se andan con mucho cuidado para no violar las órdenes recibidas de las capitales europeas y evitan cualquier relación directa con los gobernantes de Hamás que enfurecería a Israel.

A Palestinian Statelet, un artículo de José Vericat aparecido en el último número de Journal of Palestine Studies, aborda con franqueza la situación política de la Franja, pronosticando que el pequeño territorio está destinado a convertirse en un exiguo estado desconectado del resto de Palestina.

El autor ha sido en los últimos años representante de The Carter Center para Israel y Palestina, una posición con base en Jerusalén que le ha permitido profundizar en el conocimiento del conflicto, un tema que ha estudiado durante años, primero directamente como residente en la ciudad de Gaza y luego académicamente por medio de su tesis doctoral en la Universidad de Oxford.

Los líderes de Fatah que gobiernan sui géneris los enclaves palestinos de la Cisjordania ocupada denuncian continuamente que Hamás quiere establecer en la Franja un "emirato" desconectado de Cisjordania y que ese también es el objetivo de Israel.

Las negociaciones que periódicamente han conducido representantes de Hamás y Fatah no han dado frutos. El objetivo de Fatah es que Hamás desaparezca para siempre y regresar a la situación que existió hasta 2007, cuando Gaza estaba en manos del turbio y poco fiable Mohammad Dahlan, un estrecho aliado de Israel que en la actualidad reside en los Emiratos Árabes Unidos y aspira a suceder al octogenario presidente Mahmud Abás con el apoyo de Israel.

Vericat sostiene que el futuro de la Franja ya ha sido determinado por Israel con el eslogan "Gaza es Palestina", un enfoque que dice mucho también en relación con el futuro de Cisjordania. Las políticas israelíes están llevando a Cisjordania a un callejón sin salida, con un número creciente de colonos judíos y una anexión irreversible que solo se podría detener con una intervención enérgica de EEUU y Europa que no se va a producir.

El eslogan "Gaza es Palestina" se ha intensificado durante la administración del presidente Donald Trump, que ha permitido a Israel hacer todo lo que ha querido en Cisjordania, castigando además a la Franja con saña, manteniendo el férreo bloqueo y el aislamiento internacional que hipócritamente respaldan las capitales europeas.

En realidad, el inicio de la segmentación de Palestina se remonta a tres décadas, cuando se celebró la Conferencia de Madrid y le siguieron los acuerdos de Oslo. Solo una ínfima parte de la población de la Franja ha sido autorizada para visitar las calles de Jerusalén o rezar en la mezquita Al Aqsa durante todos esos años, y la mayor parte de los afortunados lo hicieron en los años noventa. El conjunto de los palestinos está condenado a permanecer encerrado bajo unas limitadas condiciones de vida.

Paralelamente, Hamás está siendo perseguida sin descanso en Cisjordania, tanto por Israel como por la Autoridad Palestina, que actúa como brazo ejecutor de Israel. La estructura de Hamás en Cisjordania se ha desmantelado y sus cuadros están encerrados en las prisiones palestinas o israelíes. Cualquier intento de asomar la cabeza se corta de raíz.

Los gazatíes, concluye Vericat, han perdido cualquier sentido de horizonte político, una situación que se ha agravado con la pandemia del Covid-19, confirmando que ni siquiera una emergencia sanitaria de esa naturaleza puede unificar las filas de Hamás y de Fatah. Al contrario, las dos fuerzas que gobiernan los territorios palestinos se han enrocado en sus respectivos feudos.

En este contexto, con los palestinos castigados por países árabes como Egipto Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, las posibilidades de superar la situación son prácticamente nulas, máxime si atendemos al llamado "acuerdo del siglo" que la administración de Donald Trump anunció el 28 de enero, un plan cuyo objetivo central consiste en consolidar la ocupación israelí y evitar una solución pacífica del conflicto.

El cambio de administración en Washington previsto para el 20 de enero no es muy esperanzador. Aunque el demócrata Joe Biden ha indicado que es partidario de crear un estado palestino, el todavía presidente electo tendrá que luchar a muerte con el Senado y el Congreso para llevar adelante esa iniciativa, y antes tiene que atender una multitud de problemas en todos los frentes que no le dejarán dedicarle demasiado tiempo a la cuestión palestina.

07/12/2020 22:24

Por EUGENIO GARCÍA GASCÓN

Publicado enInternacional
Sábado, 05 Diciembre 2020 06:19

El derecho a ser buenos

El derecho a ser buenos

 El catecismo de los neoliberales fue la autoayuda. Es la moral dominante. Un personaje solitario, expulsado de las instituciones y dejado a su desamparo, era la causa y solución de sus propios males. Armado tan sólo con su propia voluntad, el personaje debía sobreponerse y adaptarse a la nueva incertidumbre. Nada podría esperar de los demás. Como todos sus problemas con el mundo eran, en realidad, consigo mismo, se adhería al orden establecido sin exigir nada. Me lo imagino tiritando de frío en la tormenta del desempleo repitiéndose aquello de "el cambio está en ti mismo". O, como lo escribieron los sociólogos Ulrich y Elizabeth Beck, "buscando soluciones biográficas a problemas sistémicos".

El personaje de la auto-ayuda sigue instrucciones, recetas de éxito, relatos de experiencias que son estándares a seguir para extraer de su interior a un "emprendedor", que es lo mismo que decir, a alguien adaptable a la precariedad laboral, amorosa, política. El modelo de ser humano que se propone la autoayuda obtiene su prestigio de sobresalir sin ayuda de nadie más, por lo que una conquista colectiva no vale como propia. De ahí que célebremente Margaret Thatcher haya asegurado en una entrevista en 1987: "Le engilgan todos los problemas a la sociedad y no existe tal cosa como la sociedad. Hay hombres y mujeres individuales y familias. Ningún gobierno puede hacer nada excepto a través de la gente. Y la gente debe cuidarse a sí misma". La supervivencia debe ser individual y no está bien pedir auxilio. Así, esta ideología del beneficio personal termina por encontrar una metáfora en el mundo biológico: el entorno es una jungla y hay que matar o ser cazado. Se trata, en resumen, de una ideología que no plantea un porvenir, sino "estar abierto a la contingencia que venga". Es una prueba, un desafío, y sólo quien sobresale no es un fracasado. Su personaje solitario jamás se plantea reflexionar su propia libertad en relación a los demás, es decir, a una ética.

Digo esto por la lánguida respuesta a la presentación de una "Guía Ética para la Transformación de México". Ninguna se refirió al texto mismo, sino a cómo se contrapone a la autoayuda como modelo de comportamiento propiciado socialmente durante todo el neoliberalismo. Eso subyace a la pretendida diferencia entre "ética" y "moral", tomada como una decisión individual contra un código social. ¿De dónde una decisión individual es mejor que una socialmente consensada? Uno puede decidir que la homofobia, misoginia, clasisimo o el racismo son su "propia ética", y eso no los hace más deseables para la vida en común. Como escribe el filósofo de la UNAM, Gustavo Ortiz Millán, la diferencia entre la "ética" como autogobierno de la persona y la "moral" como sistema impuesto desde afuera, no existe sino hasta mediados del siglo XX. Fueron palabras intercambiables desde Cicerón hasta Hegel. Sin embargo, nos recuerda Ortiz, hasta los existencialistas le encontraron un límite a la ética autodeterminada. Simone de Beauvoir lo enunció así: "Mi libertad aumenta cuando trato de expandir la libertad de los otros". No sería libre, por lo tanto, alguien que deja que a los demás se les oprima.

Otra de las críticas chatas a la idea de una guía ética para un nuevo proceso político mexicano en espera de su dimensión cultural y de comportamientos fue la de que no era necesaria porque bastaba "la aplicación de la ley". Imagínese el grado de confusión que tiene el que asegura que un sistema grotescamente injusto es "moral" porque es legal. Imagínese también la idea de que la impartición de justicia es sólo un mecanismo automático de "aplicación de la ley", sin ninguna consideración de la propia ética del juez. En México sabemos qué significa la venta de amparos y sentencias. Como escribió Anatole France: "La ley es igual para todos: le prohíbe a ricos y a pobres robarse un pan o dormir debajo de un puente".

Al final, sin referirse al texto mismo, la parte más rupestre de la crítica simplemente dijo que se trataba de "moralizar", en el sentido de evangelizar. La confusión está entre una relación de la libertad individual en relación a los demás y una de la persona con Dios. Sin duda, no es lo mismo decir que hay que hacer el bien por amor al prójimo, empatía, cuidado del otro, que porque Dios se enoja contigo y te castigará. No es por miedo al "mal karma" o al infierno que la ética se despliega, es por la convicción de cómo vivir y qué tipo de persona uno aspiraría a ser. No es sólo hacer el bien, sino hacerlo por las buenas razones. No hay que pedirle perdón a Dios por las ofensas, sino al ofendido. Ahí estriba la diferencia entre irte a rezar diez rosarios y enfrentar un proceso para justificar la vejación que cometiste, y que la víctima de ella decida otorgarte o no el perdón.

Al leer los 20 puntos de la Guía, lo que veo es una serie de preocupaciones genuinas que nos dejó no sólo la soledad y el aislamiento de las personas excluidas del cuidado social, sino también la violencia sicaria y feminicida, la crueldad, la humillación del sistema que consideró prescindible, inviable, a la mayoría de la población. Muchos de los temas se los debemos a la idea neoliberal de que el beneficio personal no debía responder nunca a sus responsabilidades para con los demás y el planeta. Reconozco que no sobran este tipo de textos en medio de una lápida de libros de autoayuda y su cultura de designar al logro colectivo como irrelevante y a los derechos sociales conquistados como compra de votos, pero me pregunto la forma en que un listado de valores puede articularse con los cambios para que sus comportamientos sean viables.

Por eso este artículo lleva ese título. Porque en muchos casos no importa que se tengan claros los principios (la diferencia con los prejuicios es que son argumentables) y los juicios hacia lo que es una acción mala o buena, sino que la propia dinámica social impide que actuemos con respecto a nuestra convicción. Pienso en las redes rígidas de enriquecimiento ilegal e ilegítimo, en los reconocimientos sociales mafiosos, en la supervivencia ante una ideología que premia la amoralidad con la notoriedad. Como en muchos casos en estos tiempos que corren, cosas tan legítimas como la ética resultan cuesta arriba, un pequeño freno a la amoralidad e inmoralidad cínica, que es la moral dominante. La obligación de no reproducir lo dado, de realizar algo que todavía no existe.

Publicado enCultura
Las tres salidas a la pandemia según Boaventura de Sousa Santos

"El capitalismo no funciona sin sexismo y sin racismo"

 

El sociólogo y ensayista portugués Boaventura de Sousa Santos es el gran pensador actual de los movimientos sociales, autor de una extensa obra en la que se destacan títulos como "Una epistemología del sur", "Democracia al borde del caos: Ensayo contra la autoflagelación" y "El fin del imperio cognitivo" se ocupa desde hace décadas de radiografiar la vida y los modos de subsistencia de las comunidades más vulnerables, un radio de acción que lo llevó a documentar desde las condiciones de un campo de refugiados en Europa hasta las formas de organización de las comunidades originarias de Amazonia o los barrios populares de Buenos Aires.

Sousa Santos nació hace 80 años en la ciudad portuguesa de Coímbra, donde reside la mitad del año tras haberse jubilado como docente de la Facultad de Economía. Obtuvo un doctorado en sociología de la Universidad Yale y dio clases también en la Facultad de Derecho de la Universidad de Wisconsin-Madison (Estados Unidos), donde pasa la otra mitad del año. En sus textos desmenuza los conceptos clásicos de las ciencias sociales para entender el mundo y los revitaliza con el objetivo de construir saberes "que otorguen visibilidad a los grupos históricamente oprimidos".

"El capitalismo no funciona sin racismo y sin sexismo -destaca el pensador-. Por el contrario, la resistencia no está articulada, está fragmentada, es por eso que muchos partidos de izquierda, con vocación anticapitalista, han sido racistas y sexistas. Incluso algunos movimientos feministas han sido racistas y han sido pro-capitalistas. El problema que enfrentamos es una dominación articulada y una resistencia fragmentada. Así no vamos a salir adelante porque sabemos que la intensificación del modelo es lo que agrava la vida de la gente".

Con un lenguaje directo que atraviesa toda su obra, propone un modelo de intelectual como agente de cambio, Sousa Santos analiza la refundación del estado y la democratización de la democracia . Se considera un "optimista trágico" , por eso cree que la pandemia es una gran oportunidad para replantear el modelo neoliberal, que considera agotado.

--¿Qué futuro podemos esperar después de la pandemia? ¿Cómo seremos capaces de pensar y de construir el mundo post pandemia?

--La pandemia ha creado tal incertidumbre que los gobiernos, los ciudadanos, los sociólogos y los epidemiólogos no saben qué va a pasar. Acabo de publicar "El futuro comienza ahora: de la pandemia a la utopía" y lo que planteo es que esta pandemia marca el inicio del siglo XXI. Tal como el siglo XIX no empezó el 1 de enero de 1800, sino en el 1830 con la Revolución Industrial, o el siglo XX en 1914 con la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa de 1917, el XXI comienza para mí con la pandemia, porque va a inscribirse como una marca muy fuerte en toda la sociabllidad de este siglo. Y lo será porque el modelo de desarrollo, de consumo, de producción que hemos creado, ha llevado a que no sea posible en este momento, por más vacunas que existan, poder salir de ella.

Entraremos en un período de "pandemia intermitente": confinamos-desconfinamos, donde el virus tendrá mutaciones, habrá una vacuna eficaz y otra no, vendrán otros virus. El neoextractivismo, que es una explotación de la naturaleza sin precedentes, está destruyendo los ciclos vitales de restauración, y por eso los hábitats se ven afectados con la minería a cielo abierto, la agricultura industrial brutal, los insecticidas y pesticidas, la contaminación de los ríos, el desmonte de los bosques... Esto, junto al calentamiento global y la crisis ecológica, es lo que hace que cada vez más los virus pasen de los animales a los humanos. Y los humanos no estamos preparados: no tenemos inmunidad, no tenemos cómo enfrentarlos.

--Hay conciencia sobre la gravedad? ¿Hay salidas?


--Veo tres escenarios posibles y no sé cuál resultará. El primero es el que pusieron a circular fundamentalmente los gobiernos de derecha y de extrema derecha -desde el Reino Unido a los Estados Unidos y Brasil- sosteniendo que esta pandemia es una gripe, que no tiene gravedad, que va a pasar y la sociedad regresará rápidamente a la normalidad. Claro que esta normalidad es el infierno para gran parte de la población mundial. Es la normalidad del hambre, de otras epidemias, de la pobreza, de las barriadas, de la vivienda impropia, de los trabajadores de la calle, de los informales. Es un escenario distópico, muy preocupante. Porque esa "normalidad" significa regresar a condiciones que ya la gente no aguantaba y colmaba las calles de muchos países gritando "basta".

El otro escenario posible es lo que llamo el gatopardismo, en referencia a la novela de Lampedusa, de 1958; la idea es que todo cambie para que todo siga igual. Las clases dominantes hoy están más atentas a la crisis social y económica. Los editoriales del Financial Times son un buen ejemplo de este segundo escenario. Dicen muy claramente que así no se puede continuar. Habrá que moderar un poco la destrucción de la naturaleza y cambiar en algo la matriz energética. Es hacer algunas concesiones para que nada cambie, y que el capitalismo vuelva a ser rentable. Por ello la destrucción de la naturaleza continuará y la crisis ecológica podrá ser retrasada pero no resuelta. Europa se encamina un poco por ese escenario cuando se habla de una transición energética, pero me parece que no va a resolver las cosas. Va a retrasar quizás el descontento, la protesta social, pero no va a poder saldar la cuestión pandémica.

El tercer escenario es, quizás, el menos probable, pero también representa la gran oportunidad que esta pandemia nos ha dado. Es la posibilidad de pensar de otra manera: otro modelo civilizatorio, distinto del que viene desde el siglo XVII y que se profundizó en los últimos 40 años con el neoliberalismo. Con el coronavirus, los sectores privilegiados quedaron más tiempo en sus casas, con sus familias, descubrieron otras maneras de vivir. Claro que fue una minoría, el mundo no es la clase media que puede cumplir con el distanciamiento social, lavarse las manos, usar las mascarillas... la gran mayoría no puede. Esta es la gran oportunidad para empezar una transición hacia un nuevo modelo civilizatorio, porque es imposible hacerlo de un día para otro. Y esa transición empezará en las partes donde haya más consensos. Hace mucho tiempo que este modelo está totalmente roto, desde un punto de vista social, ético y político. No tiene futuro. Es un cambio social, de conocimientos, político y cultural.

Difícil saber cuál escenario prevalecerá. Quizás tengamos una combinación de los tres; en algunas partes del mundo el primero, en otras el segundo, y en algunos países mayores avances. La política del futuro dependerá, fundamentalmente, de qué escenario prevalezca. Es el conflicto vital en las próximas décadas.

--El modelo de transición alimenta la esperanza de una sociedad distinta, pero presupone también replanteos y construcciones políticas diferentes, en términos ideológicos, económicos, modelos de desarrollo, sociales, culturales, diversos. ¿Cuáles serían las utopías frente a tantas distopías?


--Lo peor que el neoliberalismo nos ha creado es la ausencia de alternativa. La idea de que con el fin del socialismo soviético y de la caída del muro de Berlín solo queda el capitalismo. E incluso el capitalismo más antisocial, que es el neoliberalismo dominado por el capital financiero. En Argentina tuvieron una experiencia muy dolorosa con los fondos buitres. Hemos vivido estos 40 años en confinamiento -pandémico y político- encerrados en el neoliberalismo. La pandemia nos da una esperanza de que podemos salir del confinamiento. Nos obliga a confinarnos y simultáneamente nos abre las puertas a alternativas. Porque devela que este modelo está completamente viciado; hay un capitalismo corsario que ha hecho más millonarios a quienes ya lo eran. El dueño de este sistema que estamos usando (Zoom) puede ganar 1500 millones de dólares en un mes y hasta el confinamiento poca gente lo usaba o conocía. O el caso de Jeff Bezos, con Amazon. El aumento de las compras online lo convirtieron en el primer trillonario del mundo. Él y otros siete hombres de Estados Unidos tienen tanta riqueza como los 160 millones más pobres de ese país, que conforman más de la mitad de su población. Esa es la actual concentración de la riqueza en un capitalismo sin conciencia ética. La palabra que se me ocurre en este momento es robo. Hubo robo. Y las falencias de este modelo obligan a cambiar la política y eso nos da una esperanza. Lo que más me molesta hoy en día es la distribución desigual entre el miedo y la esperanza. En las barriadas del mundo las clases populares tienen sobre todo miedo. Luchan, siguen luchando, creativamente. Por ejemplo durante la pandemia protegieron sus comunidades. Pero abandonadas por los estados en gran parte de los países, tienen muy poca esperanza.

--Hablaba del peso que hoy tienen las empresas digitales al haberse convertido en las mayores empresas del planeta, incluso superando en dimensiones económicas y poder a muchísimos países. ¿Las GAFA significan un cambio en la matriz del neoliberalismo actual de cara al futuro? ¿Cómo influye este cambio en nuestras vidas?


--Antes de la pandemia ya estábamos todos hablando de la cuarta revolución industrial, dominada por la inteligencia artificial, la robótica y la automoción. Con las impresiones 3D, la robotización, el enorme desarrollo de las tecnologías digitales, nos volvemos cada vez más dependientes de ellas. El tema es determinar si estas tecnologías son de bien público o de unos pocos propietarios. Ese es el problema ahora. Hay sistemas públicos –por ejemplo el de la ONU- que están impedidos de ser ofrecidos al mundo. Las empresas se niegan porque pretenden seguir con sus negocios. Y son muy pocas... Google, Apple, Facebook, y Amazon (GAFA) y Ali baba en China. Son estas las grandes compañías tecnológicas que hoy dominan el mundo y que no aceptan ser reguladas por nadie. En este momento, por ejemplo, la discusión en el Congreso en los Estados Unidos es clara: Mark Zuckerberg ha dicho que no acepta ser regulado. Y como tienen tanto poder, estas empresas desde su arrogancia pretenden autorregularse de acuerdo a sus intereses.

--Al mismo tiempo su poder traspasa el económico y juega un papel fundamental en la política. Las fake news desparramadas en las redes sociales y la desinformación colaboran a la degradación de pilares estructurales de las democracias.

--Claro, por supuesto. Y además la contradicción es esta... en muchas partes del mundo, por ejemplo en Brasil, en Reino Unido con el Brexit, en el Parlamento Europeo, las fake news y el uso de las tecnologías digitales para producir noticias falsas tuvieron un papel fundamental en los resultados electorales. Bolsonaro -por ejemplo- nunca sería presidente de Brasil sin ellas. ¿Twitter intervino en ese momento como hoy lo hace con Trump en Estados Unidos? No, porque el dueño de Twitter no era brasilero. Twitter intervino cuando era la democracia de Estados Unidos la que estaba en juego. Si fuera la de Bangladesh, la de Sudáfrica, o de Portugal, no importa... es libertad de internet. Pero si estamos en los Estados Unidos, ahí no, ahí vamos a cerrar. Eterna contradicción. Claro que eso puede llevar a una regulación más amplia a nivel global de las redes, pero obviamente que estamos en otro paradigma, en el que tenemos que trabajar con estas tecnologías y al mismo tiempo luchar contra todo el sistema de noticias falsas.

--¿Es posible lograrlo? ¿Desde qué mecanismos?


--Esa es la pregunta. Nosotros partimos en esta transición muy desgastados, muy empobrecidos políticamente, porque la política se empobreció muchísimo en los últimos 40 o 50 años. Porque la política es construir alternativas. En su momento el socialismo y el capitalismo tenían cosas en común, por ejemplo, su relación con la naturaleza. Pero había una opción; con la caída del muro de Berlín nos quedamos sin opción, y entonces los políticos se confinaron al capitalismo y se volvieron mediocres. La política dejó de tener interés -incluso para los jóvenes-, la gente se distanció bastante de ella. Hace poco hablé con algunos que trabajan en vivienda en Brasil, que están interesados en darle una casa digna a la población que está sin techo, casi no participaron en las últimas elecciones municipales. Porque decían mira, vamos a elegir uno u otro, no cambia nada, y ese es el peligro. Que la gente piense que los cambios políticos no cambian nada, que son una forma de gatopardismo. La política tiene que volver a construirse. Pienso que de ahora en adelante lo que deberá diferenciar a la izquierda de la derecha será la capacidad entre los grupos políticos de crear alternativas frente a al capitalismo, alternativas de una sociedad distinta, que puede ser de diferentes matices. Quizás sea una sociedad que vuelva a los intereses de los campesinos y los indígenas del continente. Que tenga una relación más armónica con la naturaleza. El capitalismo no puede tener una relación armónica, porque el capitalismo tiene en su matriz la explotación del trabajo, la explotación de la naturaleza. Entonces la izquierda tiene que tomar una dimensión paradigmática de cambio para otra civilización; la derecha, en cambio, va a gerenciar el presente siempre con los dos primeros escenarios. Esa va a ser la diferencia a futuro.
--Usted habla de varios conceptos que ayudarían a transformar las formas de construcción política. Salir de la idea de la utopía como un "todo" para reemplazarla por la de muchas y variadas utopías acordes a la diversidad de realidades y sueños. ¿Cómo se hace para diversificar, segmentar, construir distintas utopías y al mismo tiempo potenciar un proyecto global, que sea capaz de estructurarlas, potenciarlas, unirlas?


--Para mí lo crucial de nuestro tiempo es exactamente esa asimetría entre la dominación que no es simplemente capitalista, sino también colonialista y patriarcal. El capitalismo no funciona sin racismo y sin sexismo, a mi juicio. Por el contrario, la resistencia no está articulada, está fragmentada, es por eso que muchos partidos de izquierda, con vocación anticapitalista, han sido racistas y sexistas. Incluso algunos movimientos feministas han sido racistas y han sido pro-capitalistas. Y algunos movimientos de liberación anti-racial han sido sexistas y han sido pro-capitalistas. El problema que enfrentamos es una dominación articulada y una resistencia fragmentada. Así no vamos a salir adelante porque sabemos que la intensificación del modelo es lo que agrava la vida de la gente, de un modo de dominación que lleva a los otros. En Brasil cuando se intensifica la explotación capitalista, con Temer y después con Bolsonaro, se incrementó de una manera brutal el genocidio de los jóvenes negros en las periferias de las ciudades. Aumentó la violencia doméstica en contra de las mujeres y el feminicidio. O sea, la dominación es particular. Necesitamos de sujetos políticos globales además de los locales, y además de los nacionales. Esta articulación es posible porque cuando los movimientos -Chile o los Black Lives Matter por ejemplo- parten de una demanda, sea feminista o anti-racial, al mismo tiempo, cuando ganan importancia, traen las otras demandas, el hambre o de la desigualdad social. Hoy el movimiento Black Lives Matter tiene una dimensión feminista también, y obviamente de oposición a este modelo capitalista tan desigual e injusto. Yo pienso que tiene que haber un cambio. En la dimensión local hay que volver a las barriadas. Hoy son los pastores evangélicos quienes hablan con la gente y les dicen que hay que votar a la derecha. Por eso pienso que no es solo la organización, sino tambien la cultura politica la que necesita cambios.

--¿Qué prácticas y estrategias deberían modificar o reforzar los partidos y los movimientos sociales frente a esta nueva etapa? ¿Están preparados para el cambio?


--¿Si me preguntan si los partidos opositores tienen ese perfil hoy? No, no lo tienen. Deben cambiar. Los partidos de izquierda se acostumbraron a esta dialéctica oposición-gobierno, ¿no? Y durante 40 años esa dinámica no tuvo alternativa civilizatoria, no se pudo pensar nada más allá del capitalismo. Independientemente del perfil ideológico de los gobiernos, hasta marzo las primeras páginas de los periódicos eran ocupadas por los economistas y las finanzas. Ahora con la pandemia son los médicos, los epidemiólogos, los virólogos. La pandemia nos obligó a cambiar. Entonces, creo que hay que ver otro modo de hacer política y otra manera de gerenciar la política. Yo pienso que parte de las izquierdas deben acostumbrarse a ser oposición para luego saber reconstruir. Tienen que ayudar a mejorar la vida de la gente. Pero las instituciones actualmente no permiten eso, porque tenemos todo un entorno global que no te deja, por ejemplo el capitalismo financiero. Entonces tendremos que encontrar otra forma de gobierno y hay que empezar a pensar en esa dimensión global.


¿Y cuál sería el rol de las oposiciones? ¿Cómo construirse desde otras lógicas?


--La política de gobierno es una parte de la política: fuera de eso tienes que tener otra política que es extra institucional, que no está en las instituciones sino en la formación de la gente, en la educación, en las calles, en las protestas pacíficas. Miren lo que está pasando en Chile antes de esta pandemia; fueron las mujeres, sobre todo, y los movimientos sociales. Ellos tuvieron un papel fundamental para traer a las calles cosas que la política misma no estaba dispuesta a hacer. Los partidos de izquierda, por increíble que parezca, no habían incluido en sus proyectos la causa mapuche cuando los mapuches habían sufrido con huelgas y asesinatos, y habían sido la oposición a los gobiernos de Chile. Y todavía están abandonados. Es necesario una protesta y un movimiento popular constituyente, donde las mujeres tengan un papel muy importante para tener en la política una gestión plurinacional. Los partidos son importantes pero los movimientos son igual de importantes. Tiene que haber una relación mas horizontal entre ambos.

--¿La protesta, la calle, sigue siendo una de las principales herramientas de visibilización y resonancia política?

--Las comunidades siguen teniendo una gran creatividad y esto forma parte de un movimiento de izquierda reconstruida, más abierta a toda esta creatividad comunitaria. No son simplemente las calles y las plazas, es la vivencia comunitaria que tendremos que intensificar. Porque las calles no son un emporio de las izquierdas, en esta década vamos a ver calles llenas de gente de extrema derecha. Yo vi a la extrema derecha entrar en las manifestaciones en Brasil. Las consignas de la izquierda, aprovechadas por la extrema derecha, y después dominando toda la protesta. Aquí en Europa sabemos muy bien eso, los Estados Unidos hoy, la gente contra Biden que no es propiamente de izquierda, y por otro lado los Prat Boys de la extrema derecha organizada y militarizada que ocupa las calles, y que va a hacer la política extraconstitucional, de las calles, de las protestas.

--En Argentina se ha hablado mucho de "la grieta" como si fuera un fenómeno "nacional", único. Cuando se mira al mundo la polarización, sin embargo, parece ser el signo de estos tiempos. ¿Cómo afecta esta situación el funcionamiento de la democracia?


--A mi juicio, durante mucho tiempo la teoría democrática, la idea más valiente, más segura, era que las democracias se sostienen en una clase media fuerte. Claro que yo, estando en Portugal, trabajando en África y en América Latina, no veía clases medias fuertes, lo que realmente veía era desigualdad social. Siempre me sentí como un demócrata radical, o sea, la democracia es mala porque es poca. Hay que ampliar la democracia en las calles, en las familias, en las fábricas, en la vida universitaria, en la educación. Entonces esta idea de que la polarización es contraria a la democracia, me parece que es cada vez más evidente cuando hablamos de democracia liberal. Sólo tiene sentido, o se refuerza, con una democracia participativa, con otras formas de participación de la gente que no sean democracias electorales, porque si son solo democracias electorales van a seguir eligiendo anti demócratas como Trump, Bolsonaro, Iván Duque, como tantos otros. Por eso la democracia muere democráticamente, por elección, por vía electoral. Hitler ganó dos elecciones en 1932, antes de su golpe. Creo que hay que fortalecer esa democracia con democracias participativas. La polarización, la desigualdad, provienen de esta polarización de la riqueza sin precedentes que hoy tenemos. A mayor desigualdad en la vida económica y social, más racismo, más discriminación y más sexismo. Entonces estamos en una sociedad en retroceso a nivel mundial, en retroceso reaccionario, donde el capitalismo es cada vez más desigual, más racista y más sexista. Esta es la realidad que tenemos hoy.

--¿Como sería la forma de avanzar hacia una mayor participación, imprescindible para recomponer las democracias, con la exclusión social que arroja un modelo tan concentrado y desigual?


--Tenemos que pensar en la transición. Y hoy debemos contar con políticas sociales, romper con el neoliberalismo, y para eso es necesario una reforma fiscal. Es inaceptable que los pobres y la clase media paguen 40% de impuestos, y los ricos el 1%. Que Trump haya erogado de impuestos federales 765 dólares, es impensable. Tiene que haber una reforma fiscal para dar políticas de educación, de salud. La otra cuestión es política, necesitamos una reforma constituyente. Las constituciones que tenemos congelaron una sociedad segmentada, no solo desde un punto de vista capitalista sino también racista y sexista. Tenemos que refundar el Estado. Los únicos países que tuvieron reforma política fueron Bolivia y Ecuador, e igual fracasaron. La misma idea fracasa muchas veces antes de tener éxito, antes de hacer historia. Los derechos de la madre Tierra, por ejemplo, no tuvo muchos resultados en Ecuador, pero veamos lo que pasó en Nueva Zelanda. Jacinda Arden, la primera ministra, una mujer fabulosa, la líder mundial en este momento después del Papa diría yo, esta señora promulgó una ley sobre los derechos humanos del río sagrado de los indígenas, y no fue simplemente eso, ha dado plata para regenerar, revitalizar los ciclos vitales del río. Es una revolución que no logró efecto en Ecuador, en Bolivia, en Colombia, como sí en Nueva Zelanda. Debemos articular los conflictos sociales con esa idea de Naturaleza porque esta es territorio, cultura, memoria, pasado, espíritu, conocimiento, incluso sentimiento paisaje".

Pienso que las constituyentes van a ser un marco del futuro para deslegitimar el neoliberalismo y volver a la soberanía popular que va a permitir la soberanía alimentaria, que muchos países no tienen hoy. soberanía industrial, ¿cómo es posible que los Estados Unidos no produzcan mascarillas ni guantes, ni respiradores? Por eso, ¿es un país desarrollado? No sé. Sudáfrica ha defendido mejor la vida de la gente que los Estados Unidos.

--El gobierno de Alberto Fernández comenzó en diciembre y tres meses más tarde debió enfrentar la pandemia, a la que se sumó la herencia de un país endeudado y una economía destruida. ¿Qué nos recomendaría a los argentinos, a los latinoamericanos, en este momento?


--Yo soy un intelectual de retaguardia, no de vanguardia. No doy consejos: mi solidaridad, que es grande, es conversar con la gente. Yo pienso que es un continente en el que siempre ha habido una creatividad política enorme, y estas experiencias han dejado cosas muy interesantes. He hablado de Chile, también Bolivia, las elecciones ahora en Brasil. Alberto Fernández es un caso muy interesante y los describe mi último libro, porque es el único presidente que llega al poder y después viene la pandemia. Viene con un programa, pero el programa se vuelve la pandemia. Alberto Fernández tuvo un coraje enorme para enfrentarla. Un gran problema es la herencia brutal de neoliberalismo, de destrucción del Estado, de las políticas sociales, de la economía. Esa herencia es brutal y lleva tiempo la reconstrucción. Además, es una sociedad muy movilizada, con movimientos sociales y populares fuertes, el de mujeres es fortísimo y en estos días se expresa en la lucha por el aborto legal. Hay toda una sociedad muy creativa, y eso se nota. Esta es una gran oportunidad para repensar un poco la política y para volver a una articulación continental; yo pienso que la idea de matriz de articulación regional, como el ALCA, o UNASUR, fueron muy interesantes. Esta semana mirá lo que China y los países asiáticos están haciendo: el más grande conjunto de libre comercio, de articulación económica. Sin los Estados Unidos, y sin Europa; es mucho más grande que cualquier acuerdo europeo, mucho más grande que el tratado entre Estados Unidos, México y Canadá. Entonces, ¿por qué no entender que el continente no es el patio trasero de los Estados Unidos? Y tiene que tener más autonomía, porque son todos de desarrollo intermedio, de mucha población. Hay que reinventar y en este momento, sobre todo, hay que hacer una autocrítica. A las personas de izquierda no les gusta, porque viene de la época de Stalin, pero la autocrítica es la auto reflexión, es repensar las izquierdas.

América Latina: el patio trasero


Para entender los procesos políticos latinoamericanos, Boaventura de Sousa Santos pone la lupa en las asimetrías, en lo cultural. Estudia las democracias tribales, mira las economías urbanas, critica los sistemas educativos, se enfoca en lo múltiple, lo pluricultural. Sostiene que el Estado tiene que ser refundado porque esta democracia liberal ha llegado a su límite. Dice que las izquierdas del Norte global sean eurocéntricas no es novedad, pero que las izquierdas del sur sean racistas con los pueblos indígenas y afrodescendientes, es producto de la exclusión que produjo el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado.

--¿Cómo deberían plasmarse estos cambios en América Latina, la cual aparece como una Región en disputa?

--Es esperanzador lo que está ocurriendo y nos tiene que llevar a reflexionar. Por ejemplo, el caso de Bolivia, es el único país que tiene la mayoría indígena del continente, 60% de la población. Yo pienso que los occidentales de izquierda, nosotros los blancos de izquierda, intelectuales, no entendemos los pueblos indígenas. Hay que ser muy humildes, porque no tenemos conceptos. Cuando ganó el MAS de nuevo, la sorpresa fue enorme, porque no imaginaban que los indígenas volverían tan rápido al gobierno. Porque no entienden el alma indígena. Después de la salida de Evo reconstruyeron el MAS, los liderazgos, se animaron de otra manera, con otra gente.

--¿Hubo reflexión? ¿Hubo aprendizaje?

--Estamos repensando todo y las cosas están cambiando. El contexto internacional de esos años hasta el 2014 permitió que en algunos países de América Latina como Brasil o Argentina la gente fuera menos pobre, sin que los ricos dejaran de enriquecerse. Hubo políticas de redistribución por parte de los gobiernos populares pero el ciclo de las comodities cambió y los modelos entraron en crisis. Cualquiera que hayan sido los errores cometidos en los procesos populares, sabemos que no pueden repetirse. Porque los precios de los commodities no están como estaban, porque las condiciones son muy distintas, y porque hay una deslegitimación de todo el modelo neoextractivista. La agricultura industrial tiene que disminuir, puede ser una transición, pero debe lograrse; si no diversificamos la economía, es un desastre. Eso ya lo sabemos. Me parece que ahora estamos en un punto de repensar las cosas. Con Alberto Fernández en Argentina, AMLO en México, son las dos esperanzas. AMLO es un poco más complejo que Alberto, a mi juicio. Tenemos bastantes avances en Chile, y la corriente para iniciar el proceso constituyente, que va a ser muy conflictiva de aquí en adelante. Entonces me parece que las cosas están cambiando, y que de alguna manera en América Latina se están dando respuestas porque la gente está, los movimientos sociales siguen luchando, aunque sea en pésimas condiciones como en Colombia.

* Bernarda Llorente es la presidenta de la agencia Télam.

Publicado enSociedad
Jueves, 03 Diciembre 2020 05:58

El virus arrasó con el salario en el mundo

El virus arrasó con el salario en el mundo

Informe de la Organización Internacional del Trabajo

 

La crisis tiene un impacto mucho más fuerte en los segmentos más desprotegidos del mundo laboral, que además son los peores pagos. En consecuencia, la pandemia aceleró la desigualdad hacia el interior del mundo del salario. 

La pandemia no sólo destruyó empleo a lo largo y ancho de la economía global sino que también generó una caída de los salarios en dos tercios del mundo, alertó este miércoles la Organización Internacional del Trabajo (OIT). La crisis tiene un impacto mucho más fuerte en los segmentos más desprotegidos del mundo laboral, que además son los peores pagos. En consecuencia, la pandemia aceleró la desigualdad hacia el interior del mundo del salario. El informe destaca que la caída de las horas de trabajo derivó en una baja de la masa salarial del 6,9 por ciento entre las trabajadores mujeres, superior a la merma del 4,7 en los varones. Y pone el foco en un fenómeno inusual de esta crisis: la masiva reducción voluntaria de salarios y los subsidios masivos de parte del Estado.

Según la OIT, en los años previos a la pandemia (2016-2019) el poder adquisitivo del salario registró un leve incremento, de entre el 0,4 y el 0,9 por ciento en las economías avanzadas. En ese grupo, el mejor desempeño se dio en la República de Corea, en donde el salario subió un un 22 por ciento y en Alemania (15 por ciento). En cambio, en Italia, Japón y Reino Unido el salario real se redujo. Entre 2008 y 2019, el salario real se más que duplicó en China. A contramano del mundo, en la Argentina el salario real se redujo en promedio alrededor de un 15,7 por ciento desde fines de 2015 hasta fines de 2019, calcula la UMET. Ese deterioro se explica por una inflación desbocada durante el gobierno de Mauricio Macri junto a caída de la producción y deterioro financiero.

El impacto de la crisis

"La crisis imprimió una presión a la baja en el nivel o en la tasa de crecimiento de los salarios medios de dos terceras partes de los países. En otros países como Brasil, Canadá, Francia, Estados Unidos e Italia, el salario medio aumentó como reflejo de la pérdida sustancial de puestos de trabajo entre los trabajadores con salarios más bajos", indica la OIT. 

El informe detalla que la crisis "afectó muy especialmente a los trabajadores con salarios más bajos y en consecuencia aumentó las desigualdades salariales". Por otro lado, "la crisis no ha tenido las mismas consecuencias para las mujeres que para los hombres. Son ellas quienes más sufren los efectos adversos", advierte el organismo, y muestra que "la masa salarial perdida a consecuencia de la caída de las horas de trabajo fue del 6,9 por ciento en el caso de las mujeres, frente al 4,7 por ciento en el de los hombres".

Sostén estatal y reducción voluntaria

"Para una selección de 10 países europeos los subsidios al salario permitieron compensar el 40 por ciento de la pérdida de masa salarial, incluido el 51 por ciento de la pérdida de masa salarial provocada por la reducción de las horas de trabajo", dice la OIT.

Muchos gobiernos definieron que la ayuda sea una porción del salario mínimo, como los casos de Croacia y Letonia (75 por ciento del salario mínimo) y Polonia (del 50 al 90 por ciento). En el caso de la Argentina, el salario mínimo se estableció como un techo, al definir un tope de dos veces ese monto, mientras que en Luxemburgo se puso ese máximo en 4,5 veces.

Una de las particularidades que tuvo el comienzo de la crisis de la pandemia es que el cierre violento de la oferta global de la economía amenazó con la quiebra masiva de empresas, con lo cual se negociaron en muchos rubros en países de todo el mundo reducciones temporarias de manera voluntaria en los salarios. El informe de la OIT muestra que el 35 por ciento de los trabajadores de los Estados Unidos, 30 por ciento del Reino Unido y 20 por ciento de Alemania cobraron menos en marzo que en febrero y enero de este año. 

La OIT destaca en este punto el caso de la Argentina "en donde el gobierno prohibió los despidos sin causa a través de acuerdo que incluyó el recorte del 25 por ciento de los salarios por sesenta días en los sectores bajo confinamiento". También menciona el caso de Chile, en donde "la proporción de empresas que llegaron a acuerdos de reducción temporaria de salarios pasó del 6,6 por ciento en abril al 8,4 por ciento en julio y hasta el 15 por ciento en algunos rubros". También se detalla medidas similares aplicadas en Paraguay, Uruguay, Etiopía, India y Burkina Faso.

Publicado enEconomía
Martes, 01 Diciembre 2020 06:07

Las dos espadas de China para frenar a EEUU

Las dos espadas de China para frenar a EEUU

El Dragón sigue avanzando a gran velocidad, poniendo en el fuego las dos espadas con las que combate la hegemonía estadounidense: la económica y la militar.

 

La tercera semana de noviembre se firmó la Asociación Económica Integral Regional (RCEP) que incluye a 15 países de Asia-Pacífico, incluyendo Japón y Corea del Sur, pero excluyendo a EEUU y su ahora aliada India. Según observadores, el acuerdo largamente trabajado, coloca a China "en una mejor posición para moldear las reglas comerciales de la región

Esos días, el ministro de Relaciones Exteriores de China, Wang Yi, fue recibido en Tokio y en Seúl por el primer ministro japonés, Yoshihide Suga, y el primer ministro surcoreano, Moon Jae-in. El analista de Asia Times, Andrew Salmon, se formula una interesante pregunta: "¿Puede una China estable, segura, asertiva y económicamente en ascenso apalancar a Japón y Corea del Sur lejos de un Estados Unidos caótico, que se auto-desprecia, se cuestiona a sí mismo y se tambalea económicamente?".

Ambos países, señala el analista, están compatibilizando sus alianzas de seguridad con Estados Unidos, con el hecho de que China, el principal socio comercial de Corea del Sur y Japón, continúa "expandiéndose en todas las direcciones: económica, diplomática y estratégica". China consigue de este modo zurcir una alianza más que compleja, dadas las históricas desconfianzas entre las tres naciones más fuertes de Asia-Pacífico.

Respecto a las disputas entre Japón y Corea del Sur, Salmon señala: "Quizás ninguna excolonia en la tierra tiene más rencor hacia su excolonizador que Corea hacia Japón. Muchos coreanos, a quienes no se les enseña sobre el Holocausto en la escuela, creen que la colonización de la península por parte de Japón en 1910-1945 fue uno de los mayores crímenes en la historia de la humanidad".

Esta histórica desconfianza ha impedido la formación de una alianza trilateral Washington, Tokio y Seúl, bajo hegemonía estadounidense. Sin embargo, allí donde fracasa EEUU está avanzando China, lo que enseña dónde está la iniciativa y la capacidad de liderazgo.

Días después de haber firmado un acuerdo que comprende el 30% de la economía mundial y el 30% de la población mundial, alcanzando a unos 2.200 millones de consumidores, el presidente Xi Jinping, que es a su vez secretario general del Comité Central del Partido Comunista de China y presidente de la Comisión Militar Central, "ordenó a las fuerzas armadas fortalecer el entrenamiento en condiciones reales de combate y aumentar la capacidad de ganar guerras", según reporta la agencia Xinhua.

Xi pidió a los mandos un "nuevo tipo de sistema de entrenamiento militar" para mejorar la capacidad en "las operaciones integradas y conjuntas, aumentar el conocimiento científico y tecnológico de los oficiales y los soldados, y aplicar nuevas armas y nuevas fortalezas en el entrenamiento". El objetivo de China es desarrollar las Fuerzas Armadas en "un ejército de clase mundial".

Parte de este creciente despliegue militar es el avión Xian H-20, el nuevo bombardero furtivo de China con el que podría golpear la base de Guam y hasta Hawái, ya que está siendo "diseñado para penetrar las defensas antiaéreas y lanzar devastadoras cargas nucleares", informa Asia Times.

Un informe del Pentágono revelado por The Sun y analizado por Asia Times, entre otros, sostiene que el nuevo bombardero estratégico, "le daría a China una capacidad de proyección de poder verdaderamente intercontinental" ya que tendrá un alcance de 12.000 kilómetros y una carga útil de 45 toneladas. El bombardero estratégico, cuyas características resultan para Occidente "misteriosas", iba a hacer su primera aparición pública en el Zhuhai Airshow cancelado de este año.

Para la publicación The National Interest, el H-20 "podría alterar el cálculo estratégico entre EEUU y China al exponer las bases y flotas estadounidenses en todo el Pacífico a ataques aéreos sorpresivos". El H-20 es heredero del H-6, un bombardero estratégico birreactor, fabricado en China con licencia del bombardero soviético Tupolev Tu-16, de finales de los años 50.

La Fuerza Aérea china, según la publicación, "quiere un bombardero estratégico que pueda operar dentro de la tercera cadena, también conocida como el área que comienza con las Islas Aleutianas y se extiende más allá de Hawái". Aunque no existen aún imágenes del H-20, se sabe que tiene un diseño de fuselaje que recuerda a otros bombarderos de la próxima generación, como el B-21 Raider y el PAK DA de Rusia.

Lo impresionante es, una vez más, la velocidad del desarrollo de China. Mientras el B-21 Raider de Northrop Grumman estaría listo para 2025 y el PAK DA de Sukhoi podría ser entregado entre 2025 y 2030, se estima que "el H-20 entrará en producción en serie a mediados de la década de 2020", aunque "este mismo año puede estar haciendo su debut", según South China Morning Post citado por el analista Mark Episkopos de The National Interest.

El H-20 que está siendo construido por la Xi'an Aircraft Industrial Corporation, "viajará a velocidades subsónicas, dando prioridad al sigilo y las capacidades de penetración profunda" y "contará con un formidable paquete de contramedidas electrónicas" como lo establece la doctrina de combate de la fuerza aérea china.

Como puede observarse, tanto las ventajas económicas y de las alianzas comerciales, como las ventajas militares de EEUU, se están estrechando por el impresionante crecimiento cualitativo del Dragón que sigue un guión estratégico diseñado tiempo atrás.

La firma de la RCEP muestra que su economía es lo suficientemente potente como para promover la integración regional, arrastrando a adversarios como Japón y Australia a su órbita comercial.

El despliegue de nuevas armas, como el Xian H-20, además de un importante desarrollo de su flota de submarinos y portaaviones, y sus misiles de largo y medio alcance, ponen en la mira de sus fuerzas armadas tanto a las bases estadounidenses como a sus grupos de ataque en torno a los portaaviones. La superioridad estadounidense se disuelve a una velocidad alarmante para el Pentágono.

Lo hace, empero, por razones internas más que externas. Un nuevo informe de la Oficina de Responsabilidad del Gobierno del Congreso de los EEUU (GAO), difundida por Military Watch, revela que la tasa de capacidad de misión de la fuerza aérea viene cayendo desde 2011, por sus altos requisitos de mantenimiento y la escasez de repuestos. Solo tres clases de aviones de combate, de varias decenas, superan la capacidad determinada por el Pentágono.

El informe estima que el bombardero estratégico B-1B, tiene hoy una capacidad de misión de menos del 10%, "debido a la antigüedad y complejidad del diseño". El problema es que su reemplazo, el B-21 (con un costo de 550 millones de dólares por unidad), tampoco será fácil de mantener. ¿A quién convienen aviones muy caros y de elevados costes de mantenimiento sino al complejo militar-industrial que vuelve a ganar espacios en el gobierno de Joe Biden?

Pero aquí está la paradoja: ni la agresividad de Donald Trump, ni el supuesto estilo negociador de Biden, pueden frenar la decadencia de EEUU. Este es el problema de fondo que lleva a la Casa Blanca a oscilar entre los extremos de guerra-negociación, lo que termina por desacreditar la política exterior de la exsuperpotencia.

20:35 GMT 30.11.2020URL corto

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Lunes, 30 Noviembre 2020 05:54

El faro

El presidente Donald Trump, luego de la videoconferencia con miembros del ejército desplegados en el extranjero, en el Día de Acción de Gracias, el pasado jueves.Foto Ap

El "faro de la democracia" está parpadeando y en peligro de fundirse.

Noam Chomsky señala que "la elección entera reveló la fragilidad extrema de la democracia estadunidense". Explica en entrevista con Truthout que aun antes de Trump, era evidente que el país se acercaba cada vez más a una oligarquía en la cual los más ricos estaban ya en control de las decisiones fundamentales del gobierno, ya creando una crisis democrática.

La lucha por la democratización del país ha sido constante desde sus orígenes hasta la fecha –esa lucha que el historiador Howard Zinn reveló en su obra, incluyendo su Otra historia de Estados Unidos–, pero el asalto neofascista encabezado por Trump es el ataque más brutal contra las instituciones y procesos democráticos, y más que ello, sobre las fuerzas progresistas dentro y fuera de este país, en tiempos recientes.

Nunca un presidente ha cuestionado la legitimidad de una elección antes, durante y después de los comicios, y menos ha rehusado garantizar el traslado pacífico del poder. Eso es lo que ha generado, por primera vez, el debate sobre si hubo, o aún hay, un intento de golpe de Estado. Trump insiste, sin evidencia alguna, en que hubo un fraude masivo por medio de una conspiración entre demócratas, la FBI, partes del Departamento de Justicia y "comunistas", incluidos los cubanos y los venezolanos. Y tres cuartas partes de los 73 millones que votaron por Trump le creen.

Por lo tanto, se espera que Trump nunca conceda la elección, proclame que su resultado es un gobierno "ilegítimo", y que continúe haciendo todo por desestabilizar al próximo régimen, cueste lo cueste, o sea, el asalto anti-democrático no se acaba con el fin de la presidencia del magnate.

Pero este asalto contra el proceso político-electoral no se explica sin el ataque masivo contra la democracia durante las últimas cuatro décadas, bajo el esquema neoliberal que arrancó con la elección de Ronald Reagan y que ha sido el eje del consenso bipartidista de la cúpula política y económica de este país desde entonces. Con ello, se ha visto el peor nivel de injusticia económica en casi un siglo, expresado en la desigualdad económica cada vez más extrema –y aún más acelerada en los últimos años– junto con el desmantelamiento el estado de bienestar social y la privatización de programas sociales de salud, educación, y hasta de guerras y prisiones, incluyendo centros de detención para inmigrantes y sus niños.

El 0.1 por ciento más rico ha duplicado su fortuna desde el comienzo del neoliberalismo hace cuatro décadas y ahora controla 20 por ciento de la riqueza nacional. Según un informe reciente de la Rand Corporation, unos 47 billones de dólares fueron trasladados de las clases trabajadoras y medias (90 por ciento de la población) a los más ricos de 1975 a 2018 ( https://www.rand.org/pubs/working_ papers/WRA516-1.html).

Robert Reich advierte que lo que ahora promete el presidente Joe Biden es un retorno a la "normalidad", pero “eso será desastroso para Estados Unidos Unidos. Lo normal nos llevó a Trump… normal son cuatro décadas de salarios estancados y creciente desigualdad cuando casi todos los incrementos económicos se destinaron a los de arriba… Normal es también la creciente corrupción de la política por el gran dinero; un sistema económico amañado por y para los ricos”.

Por ello, un mosaico de movimientos y organizaciones sociales que fueron claves en frenar al proyecto neofascista de Trump entienden que la elección sólo fue un paso en una lucha por la democratización de Estados Unidos. Esa democratización de lo que antes se proclamaba el "faro de la democracia" y que llegaba a nuestros países para juzgar y recomendar recetas para ser más como ellos, ahora requiere de la ayuda de aquellos pueblos que han luchado contra el neoliberalismo y la derecha, o sea, un movimiento de solidaridad internacional para brindar apoyo a la lucha por la democratización de Estados Unidos.

El faro requiere una nueva luz.

Cats & Dinosaurs, International Solidarity; Paul Robeson Joe Hill, Flogging Molly Times they are a changing .

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Richard Sennet: “La polarización ahora también es geográfica, de la ciudad contra la nación”

El sociólogo y urbanista del MIT y asesor de la ONU critica que en EE.UU. hay una “emergencia nacional” por el nuevo auge del “fascismo”

 

Richard Sennet (Chicago, 1943), uno de los intelectuales más citados del globo, nació y vivió su infancia en la ciudad del viento en el proyecto urbano público Cabrini Green, conocido por su pobreza y violencia. Pero ha sido neoyorquino gran parte de su vida. Y ahora lo es londinense. Sociólogo y urbanista, es hijo de padres socialistas (su padre, de hecho, luchó en la guerra civil española con la sección Lincoln de las Brigadas Internacionales), ha sido conservador, liberal y hoy es cercano al demócrata de izquierdas Bernie Sanders, y aunque pocos se acuerdan de que empezó su carrera profesional como músico (toca el violonchelo), entona una música de tono grave cuando traza el mundo de la Covid-19 y el papel en éste de EE.UU., sea en la era pre que post Trump.

El mapa del resultado electoral en EE.UU. muestra que Biden tiene mucho apoyo en ciudades como Pittsburgh, Filadelfia, Atlanta, Las Vegas, etc., pero no en sus estados, Pensilvania y los demás. Hay mucha diferencia entre las zonas rurales y las ciudades.

Es parte del gran cambio que ha visto la sociedad estadounidense, porque, básicamente, lo que pasa hoy es que hay una lucha de la ciudad contra la nación. En mi infancia, para mi generación, republicanos y demócratas estaban presentes de manera más o menos parecida en el país. No era una cuestión geográfica. Pero ahora todo ha cambiado. La polarización ya no es sólo política sino que también lo es geográfica, de la ciudad contra la no ciudad, de la ciudad contra la nación.

¿Qué significa?

No es populismo, como tampoco sólo una cosa que atañe a la clase obrera, sino que es algo que está extendido en la sociedad. Sin embargo, siempre he creído que los europeos romantizan a EE.UU. Nosotros siempre hemos tenido una apreciable minoría fascista, como se vio en el pasado con el racismo, el Ku Klux Klan y similares. Así que lo que se ve con Trump no es algo que él haya creado, sino algo que explotó, porque en general había un fascismo previo. Es algo no muy lejano a lo que pasa en España, en donde durante mucho tiempo tras la caída de Franco el franquista apenas hablaba sobre sus lealtades, y hoy sí lo hace. Estamos en el mismo tipo de experiencia. Como se suele decir, ahora vemos la lluvia, pero la lluvia siempre ha estado ahí.

¿Esa reacción por parte de la sociedad puede ser una consecuencia de un cierto miedo sobre su futuro, de no saber lo que está por venir, quizá pensando en sus trabajos en un mundo globalizado, etc.?

Sí, creo que así es. No me gustaría simplificar poniendo la palabra globalización, porque en EE.UU. tenemos a esta derecha reaccionaria mucho antes de la globalización. Mira el fenómeno en los años 1950 con el senador Joseph McCarthy, que era más o menos lo mismo: América estaba muy enfocada en lo internacional, pero con la fantasía de los traidores. Lo importante es que este no es un discurso sobre la noción de que EE.UU. está amenazado por otros países, sino sobre que hay una amenaza interior y de que los demócratas o personas como yo debilitan el país. Por eso esta cuestión no puede encararse sólo desde la economía.

Es decir, lo achaca más a la incertidumbre de los tiempos que vivimos y los que están por venir.

Eso es bastante cierto: hay un miedo que condiciona muchas cosas. Muchos obreros en EE.UU., en las ciudades que votaban por los demócratas o que una vez votaron por Biden, lo hacen de forma diferente a como lo hacen en los pueblos o suburbios, con experiencias diferentes y mucho más proteccionistas, pero sienten esta especie de amenaza según la cual el país está en la cuerda floja por personas del interior y tienen posturas más proteccionistas hacia el exterior. El país está, de alguna forma, imbuido por un fenómeno clásico de fascismo y nacionalismo. Algo que, además, estaba dormido. Y la noción de la amenaza interior, del traidor, es muy potente para movilizar.

Son muchos los que señalan que el trumpismo va más allá de Trump y del Partido Republicano.

EE.UU. políticamente es muy encorsetado, y aquí, ahora, es más una cuestión cultural y social que expresa algo más profundo que no quién está liderando el partido. La política moviliza en la sociedad algo muy profundo. Era algo evidente en EE.UU. y durante mucho tiempo la gente en Europa no ha querido verlo.

Quizá algo difícil de entender desde un punto de vista europeo es que, cuando habla de fascismo lo haga para referirse al EE.UU. que enarbola la revolución conservadora y el individualismo, algo diferente al fascismo clásico, por decirlo así. ¿Cómo es posible?

Es una forma diferente de fascismo. El individualismo también puede entenderse por parte de los que están en los lugares más altos de la jerarquía grupal que, desde ahí, guían las opiniones; opiniones que son sólo suyas, lo que lo acerca al fascismo más europeo y en el que todos acaban por pensar lo mismo. Es así que el distintivo estadounidense es el incluir a muchos, pero visto como una selección. Es la forma del trumpismo. Pero mejor hablar de otras cosas porque esto es muy deprimente, y más si hay que sacar la bola de cristal con todo lo que nos rodea, que es una emergencia nacional tras las elecciones.

 

En EE.UU. vuelve la noción de la amenaza interior

 

Usted ha defendido que la ciudad es anonimato junto a comunidad. ¿Quizá de algún modo hemos perdido esa comunidad en las ciudades si bien el mundo es, cada vez más, más urbano y de ahí estas consecuencias?

La ciudad es un lugar para que los desconocidos convivan, y eso es algo muy bueno. Lo que nos lleva de nuevo a EE.UU., porque allí se da algo muy inusual, con vecindarios donde todos son iguales, porque se segrega por raza, clase, etc. Yo tuve un alumno en el MIT que era mexicano e hijo de ilegales que cruzaron la frontera y antes de ir allí nunca había hablado con nadie en inglés en casa. Hablamos de Los Angeles, es decir, sin tener instituciones diferentes. Son de este tipo los problemas que tenemos en EE.UU. No creo que esto sea tan extremo para vosotros.

¿Esta división también es un peligro para la democracia?

Por supuesto. Cómo no.

El auge del fascismo en EE.UU. con Trump no es algo muy lejano a la experiencia que vive España

¿Ante ello cómo de importante puede ser cómo se entiende el espacio público?

Siempre he encontrado apasionante caminar por la Rambla de Barcelona. Al menos antes de la pandemia allí había muy pocos catalanes; es un centro en el que siempre hay un tipo de persona, lo que es muy malo a nivel social. Por eso veo bien la preferencia de la alcaldesa Ada Colau por hacer de Barcelona algo más que el turismo. Y lo mismo en Londres. Cuando voy caminando por el centro es como caminar en cualquier otro lugar, no hay británicos. Lo social es muy importante. Y con las diferencias es como creamos cultura. Por eso la Covid-19, que en las ciudades grandes es horrible, nos reta. Ahora la duda es, ¿dentro de un mes cómo estarán las calles?

Las ciudades a veces parecen la unión de diferentes ‘ghettos’, porque podemos hablar de Barcelona o Londres pero, en realidad, tenemos varias Barcelonas o Londres según la clase, origen, etc. ¿Puede ser un problema añadido?

Lo que hace a la ciudad ciudad es la experiencia de la diversidad y el que convivan personas diferentes que viven, y trabajan, en una misma realidad que se reta, donde discuten y compiten diferentes al mismo tiempo. Yo estudié hace ya mucho tiempo Silicon Valley, que es muy urbano en el sentido de que tienes todas estas pequeñas start-ups concentradas una encima de otra, compitiendo y colaborando. Así es como logras dinamismo económico y se cimienta el sector de la alta tecnología. Lo mismo pasa en Nueva York, con la llamada Silicon Alley. En la economía la densidad es muy importante. También en términos de cultura. Y aquí, lo físico, de nuevo, no es cuestión de números sino de cercanía física.

Si hablamos de EE.UU. y dejamos a Nueva York de lado, vemos ciudades muy diferentes a, por ejemplo, las europeas, mucho más densas. Por ejemplo en su expansión urbana. ¿Quizá las decisiones urbanísticas pasadas están de alguna forma condicionando el presente y futuro de EE.UU. también desde el punto de vista político?

Bueno, en Chicago o Los Angeles, que ven esta expansión urbana, todavía votan por Biden… Es complejo.

Uniéndolo a lo que decía de Silicon Valley, están las smart cities y las nuevas tecnologías que todos utilizamos cambiando nuestra vida social, un reto para nuestras sociedades? Trump sólo habla a menudo por Twitter. Y muchos apenas se comunican vía chat, mail…

Sabe que trabajo para la ONU, y durante la pandemia, analizando su efecto en la ciudad, vimos que las tecnologías, más allá de los hospitales, etc., estaban salvando a gente, porque las diferentes redes hacían posible ponerse en contacto con otras personas, lo que realmente cambió mi idea de cómo la tecnología que usamos en Occidente sirve para aislarnos por la falta de contacto físico. En lugares muy pobres, como en Delhi, sirve para poder contactar a los otros, conocer dónde están las farmacias, la comida, etc., de forma que ha sido un revulsivo comprobar cómo impulsa la democracia y la sociedad de las personas que no son privilegiadas. Y es que, cuanto más privilegiados en las ciudades, más aislados. La tecnología no fuerza al aislamiento, ni en lo político, ni lo económico, tampoco lo social. Hay que encontrar la forma para hacer más fácil a las personas con menos recursos darles acceso a la tecnología. Porque para muchos es su último recurso.

 

Cuanto más privilegiados, más aislados

 

¿La distancia social que se está implantando por el virus en nuestra sociedad, es también un reto no sólo para el presente, donde sabemos que tenemos que hacer algunas elecciones, sino para nuestro futuro?

Hay un gran peligro cuando en un momento extremo en el que no se ven alternativas, se escucha decir: ‘Ah, la ciudad está llena de gente y no hay distancia social’. La ciudad ha cambiado mucho, porque nunca fue así. Y no había quejas por ello. Si transformamos en ese sentido nuestras ciudades, realmente nos dañaremos a nosotros mismos. Si nos guiamos en base al pánico, el que todo puede ir a peor, estará el problema del miedo y de la innovación. Para mí la historia detrás de todo ello es que si la gente está encerrada en sus casas, a largo plazo puede ser muy destructivo. Necesitamos más implicación social en las comunidades para encarar cambios como el energético, de producción, etc.

¿Qué consecuencias puede tener?

El pánico es una situación horrible. Se necesitaron 14 años para encontrar un fármaco que pudiera lidiar con el VIH. Para otras enfermedades, generaciones. Esta vez lo hemos hecho en más o menos un año. Así que es increíble. Y por eso no me gusta cuando los periodistas hablan de cómo de aterrorizados deberíamos estar, porque es como decir a un grupo de soldados que tienen miedo que pueden acabar muertos en el frente. Hay gente que está totalmente paranoica. No puedes hacerlo y sin embargo con el coronavirus todos los mensajes han sido: ten miedo. Así es como nos hacemos daño.

Por  Alexis Rodríguez-Rata

30/11/2020 06:00| Actualizado a 30/11/2020 09:26

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Errata Naturae acaba de publicar 'El murciélago y el capital', el último libro de Andreas Malm. Foto: Rainer Christian Kurzeder

Investigador experto en crisis climática, escritor y activista, Andreas Malm cree tan poco en la respuesta de los gobiernos a la emergencia global que plantea la necesidad de acabar con el gran capital fósil mediante un movimiento social que presione desde abajo a los Estados usando la desobediencia civil e incluso el sabotaje. Dos de sus obras acaban de llegar al mercado de libros en castellano.

 

Se puede ser profesor de Ecología Humana de la Universidad de Lund (Suecia) y una de las voces expertas más relevantes a nivel internacional sobre crisis climática, por un lado, y escribir un libro titulado Cómo dinamitar un oleoducto —de próxima publicación por Errata Naturae, así como formar parte del grupo Klimax, partidario de la desobediencia civil y el sabotaje, por otro. De hecho, Andreas Malm (Fässberg, Suecia, 1977) plantea la necesidad de que los Estados se preparen ya para “derribar” corporaciones como ExxonMobil, BP, Shell o Total para frenar la debacle climática.

Escéptico con los gobiernos del mundo respecto a la respuesta ante esta emergencia pero ferviente creyente en un movimiento popular que, desde abajo y lejos de los Estados, obligue a estos a actuar de forma contundente contra la mayor crisis de la humanidad y del planeta desde la última glaciación, dos de sus libros acaban de llegar al mercado en castellano. En su último trabajo, El murciélago y el capital: coronavirus, cambio climático y guerra social (Errata Naturae, 2020), profundiza en los orígenes de la pandemia de covid-19, sus causas y sus consecuencias desde un punto de vista económico y medioambiental. Además, Capitán Swing acaba de editar Capital Fósil: el auge del vapor y las raíces del calentamiento global, un volumen publicado en 2017 que Naomi Klein calificó como “la historia definitiva sobre cómo nuestro sistema económico creo la crisis climática”. 

Equiparas un mundo en permanente pandemia de covid-19 con el que resultaría de una “vuelta a la normalidad” pero en un planeta con un cambio climático desbocado. ¿Hay salida? 
Hay una salida: podemos nacionalizar todas las empresas de combustibles fósiles y ordenarlas que dejen de producirlos y, en lugar de poner CO2 en la atmósfera, volver a enterrarlo. Y, por supuesto, ordenar a todas las empresas de combustibles fósiles que ya son propiedad de los Estados que hagan lo mismo. Y cambiar toda la economía mundial de esa base energética a la energía solar y eólica. También revertir la deforestación, dejar que las selvas tropicales vuelvan a crecer sobre los pastos de ganado y las plantaciones de soja y regenerar franjas de territorios desde Australia hasta Alabama. Hay una salida; la ruta es bastante conocida. Solo algunos intereses muy poderosos bloquean el camino. Ahí es donde debe emprenderse la lucha.

Llamaron locos a quienes plantearon medidas drásticas para frenar la emergencia climática pero cuando se tomaron al llegar el covid-19 nadie vio ninguna locura. ¿Una economía de guerra para fabricar paneles solares y aerogeneradores a ritmo de bombarderos en la II Guerra Mundial es posible?Por supuesto, no hay nada técnicamente inviable al respecto. De hecho, esta pandemia ha demostrado que los Estados conservan la capacidad de interrumpir los negocios, simplemente ordenando el cierre de las empresas, y cambiar los esfuerzos productivos hacia el único objetivo de supervivencia. Claramente podrían hacer lo mismo en el frente climático. Nunca más deberíamos creer la mentira de que sería demasiado incómodo, demasiado perturbador y desagradable hacer la transición de los combustibles fósiles. En ese sentido, la pandemia le ha dado al movimiento climático algo de munición propagandística. Solo necesitamos usarlo de manera efectiva. 

La mayoría de los gobiernos se ha tomado la lucha contra el covid-19 como una guerra, movilizado ingentes recursos económicos e incluso paralizando su actividad económica. Sin embargo, ningún ejecutivo se ha tomado igual una amenaza del calibre de la crisis climática. ¿Hay respuesta a la pregunta de por qué a los gobiernos del mundo no les tembló la mano para paralizar la economía con el covid-19 y, sin embargo, ni se plantea algo así frente a la amenaza global del cambio climático?
Esta es una pregunta compleja que debe responderse en varios niveles, si es que puede responderse satisfactoriamente. Es algo que no deja de desconcertarme. Primero, y quizás lo más obvio, es que las medidas tomadas para combatir el covid-19 se han anunciado como temporales. Nadie está hablando de un cambio permanente en nuestra forma de vida: es una pausa, una interrupción desafortunada, y volveremos a la normalidad tan pronto como podamos. Un alejamiento de los combustibles fósiles sería permanente. Marcaría una transición que nunca se revertirá: no vamos a dejar de quemar combustibles fósiles para salvar el clima de un colapso total y luego reiniciar unos meses o años después. Las medidas que están ahora en vigor se pueden vender a todo el mundo, incluido al capital, como un precio alto que debe pagarse solo por un corto período.

Por otro lado, una transición ecológica y un alejamiento de los combustibles fósiles no tendrían que incluir nada parecido a los inconvenientes extremos de un encierro: no aislaría a las personas en sus hogares, no prohibiría las multitudes o las pequeñas reuniones, no desconectaría la vida cultural, no destrozaría prácticamente todas las interacciones humanas. Estos aspectos cuasi totalitarios de un confinamiento no servirían para un cambio de la energía fósil a la renovable. En este sentido, debería ser mucho más fácil para los gobiernos implementar un programa de acción de emergencia climática. Incluso podría mejorar la vida de las personas, no sería necesario convertirla en tantas pesadillas solitarias. En última instancia, la diferencia parece reducirse a los intereses de clase. Abandonar los combustibles fósiles significa liquidar todo un departamento de acumulación de capital, lo que se conoce como la industria de los combustibles fósiles.

La razón por la que no se toman estas medidas tiene menos que ver con las molestias que causarían a la gente común como con la extraordinaria cantidad de poder concentrado en esta industria. El distanciamiento social y restricciones similares no amenazan a ninguna fracción de la clase capitalista con una sentencia de muerte, pasar a cero emisiones sí.

Asimismo, el contraste se evapora cuando se considera que los Estados de todo el mundo también han intentado, aunque mal, proteger a los ciudadanos de los eventos climáticos extremos recientemente. Han enviado a los bomberos a las llamas y han evacuado a las poblaciones en peligro por los huracanes. Combatir los síntomas es algo que los Estados pueden hacer —ya sea de manera pobre o eficiente—, tanto en lo que respecta al clima como al coronavirus. Pero en ninguno de los campos parecen capaces de perseguir las causas. Se ha dejado que los impulsores de las pandemias se aceleren en 2020 tanto como los del calentamiento global: lo más importante es que la deforestación se está acelerando este año como nunca antes. La devastación del Amazonas central alcanzó un nuevo pico el verano pasado, y el Gobierno indonesio acaba de abrir sus selvas tropicales a inversionistas extranjeros para una tala ilimitada. 

No existe una receta más segura para más pandemias que la deforestación; en esto, la ciencia es unánime. Es mediante la tala de bosques, y los bosques tropicales en particular, que los patógenos entran en contacto con poblaciones humanas como el SARS-CoV-2, transportado por murciélagos, cuyos bosques han sido arrasados ​​en los últimos años, particularmente en el sureste Asia, lo que los obliga a viajar con sus virus a algún otro lugar, donde se topan con humanos. Y, sin embargo, en lo más profundo de la segunda ola de la pandemia del covid-19, todavía no hemos visto una sola iniciativa en ningún lugar del mundo para frenar la destrucción de los bosques tropicales. En cambio, la tendencia es una aceleración. Visto desde este ángulo, los Estados han abordado el problema de la pandemia tan irracionalmente como lo han hecho con el clima: echando más leña al fuego, más rápido.

La del covid fue una crisis casi repentina. El cambio climático, aunque se acelera y tiene consecuencias devastadoras que aparecen de repente, lleva décadas fraguándose y es gradual. ¿Cómo se convence a la humanidad para actuar rápido ante un problema que, si bien ya está aquí, apenas notamos en el día a día?
No creo que sea el caso de que apenas lo notemos en el día a día. En todo el mundo, la experiencia de un clima cambiante se está volviendo omnipresente. Esto es particularmente cierto en gran parte del sur global, donde las personas son azotadas por un huracán, un tifón, una sequía, una inundación, una invasión de langostas y una ola de calor extrema tras otra, ¡ciertamente lo notan! Y los acontecimientos recientes en los Estados Unidos también forman un conjunto de experiencias lo suficientemente ricas para una declaración nacional de emergencia climática. 

Creo que este problema es, al menos, tan sorprendente a simple vista como el microorganismo invisible llamado SARS-CoV-2. Los Estados podrían darle el estatus oficial de una amenaza existencial y combatirla por todos los medios necesarios; no hay nada en la naturaleza perceptiva del problema climático que se interponga en el camino. Se trata de política, no de notoriedad. Eso también se aplica a las personas, muy numerosas en los Estados Unidos, que reaccionan a cada evento climático extremo negando el cambio climático en un tono aún más alto. Tal negación no tiene su origen en la dificultad de percibir los impactos climáticos, sino en los intereses, privilegios e identidades que se basan en los combustibles fósiles y las tecnologías que impulsan.

Convencer a la humanidad de actuar es el arte de decir: todos sabemos que el peligro está aquí; podemos ver que nuestra casa está en llamas; ahora vamos a empezar a correr y a dejar atrás los combustibles fósiles lo más rápido que podamos. Creo que las mayorías en muchos países se sumarían a ese mensaje al menos con la misma facilidad con la que han aceptado las restricciones del covid-19. Pero requeriría estar preparado para enfrentar los poderes que prosperan y defienden los combustibles fósiles. Exigiría que los Estados se preparen para derribar corporaciones como ExxonMobil, BP, Shell y Total y poner fin a sus operaciones por completo.

La lucha contra el covid-19 encaja en una ideología que hoy mueve el mundo: el nacionalismo. La lucha contra la emergencia climática solo puede funcionar mediante el multilateralismo. ¿Eres optimista al respecto?¿O solo actuarán las naciones cuando sus puertos estén anegados y sus reservas de agua por los suelos? 
¡Hay pocas razones para ser optimistas sobre naciones y Estados! Nada indica que lanzarán reducciones radicales de emisiones, incluso si sufren consecuencias inmediatas como las que mencionas. Por ejemplo, Australia, que experimentó una catástrofe infernal de incendios forestales que terminó hace menos de un año, ¿ha llevado a la nación a eliminar gradualmente la producción de carbón? Al contrario: esa industria todavía se está expandiendo en el país que se incendió debido a la combustión de carbón y otros combustibles fósiles. Así que no hay razón para creer que las naciones entrarán en acción automáticamente cuando sus propios territorios sean quemados por el calor. El único actor que puede obligarlos a hacer lo necesario es un movimiento popular, ejerciendo presión desde abajo, desde fuera del Estado. Vimos los contornos de tal escenario en 2019, cuando el movimiento climático alcanzó su punto más alto de fuerza masiva hasta ahora y llevó el tema a la cima de la agenda política. Desafortunadamente, nuestro movimiento prácticamente ha desaparecido durante la pandemia. Debe ser revivido con urgencia, ya que es la única fuente de esperanza de que podamos hacer progresos en el clima antes de que sea demasiado tarde.

Para las organizaciones que conforman el movimiento por el clima, el enemigo es claro: el poderoso capital fósil. ¿No deja de ser una paradoja que el peor enemigo de la humanidad ahora mismo sea un grupo dentro de la propia humanidad?
No realmente: los peores enemigos de la humanidad siempre han sido algunos humanos, no extraterrestres u otras especies o, de hecho, la humanidad en su conjunto. Piensa en los nazis. O los amos de esclavos. O cualquier otro autor de crímenes épicos contra la humanidad. Las catástrofes inducidas por humanos tienden a ser causadas por algunos humanos en contra de otros: esta es la regla histórica más que la excepción.

La crisis climática atacará primero a los que menos tienen. El covid-19, sin embargo, se ha centrado en las naciones más ricas. ¿Los gobiernos con más recursos solo actúan si el peligro es para los de arriba?
Sí, creo que una parte de la explicación de las medidas dramáticas emprendidas para combatir el covid-19 es que este se ha cebado, y continúa cebándose, con las partes más prósperas del norte global. Este tipo de miseria suele estar reservado para el sur y los pobres, se puede permitir que se infecten. Esa ha sido durante mucho tiempo la lógica de la pasividad frente a la crisis climática. Pero esta explicación también se ve tensionada por la circunstancia de que los impactos climáticos ahora descienden regularmente sobre los países ricos, en particular los Estados Unidos o Australia, sin que se tome ninguna acción correspondiente.

Seis nombres son comunes a las listas de las diez naciones que más gases de efecto invernadero producen y los diez países con más muertes por covid-19. ¿Ironía del destino?
Sí, pero creo que esto ha cambiado a lo largo del año. Desde que escribí mi libro en abril, en la lista de los siete países con más muertes por covid-19, ahora, a fines de noviembre, encontramos a Brasil, India, México e Irán, que no se encuentran entre los principales emisores. Así que, al parecer, la ironía estaba ahí solo en la fase inicial de la pandemia.

Incendios en Australia y California, plagas en África… Dices que “ningún jinete del apocalipsis cabalga solo y las plagas no se presentan en singular”. ¿El siglo XXI será el siglo de las plagas y las anomalías climáticas?
Aparentemente, ¡pero no se detiene ahí! La crisis ecológica comprende todo un conjunto de bombas de tiempo esperando a estallar. Colapso de insectos, agotamiento del suelo, desechos plásticos, contaminación del aire... Todas estas cosas y mucho más eventualmente volverán, a menos que se aborden de inmediato, enérgicamente y de manera integral y sin respeto por los intereses de la clase capitalista. En otras palabras: el siglo XXI será el de una emergencia crónica, de un desastre tras otro derivado de cómo la economía capitalista domina y destruye la naturaleza. Pero no tiene por qué ser así. Todavía hay tiempo para dar la vuelta, pero debido a que hemos esperado tanto y debido a que ya se ha hecho tanto daño, el cambio tendrá que ser casi revolucionario en alcance y escala. Y cuanto más esperemos, más drástico todavía tendrá que ser.

Por Pablo Rivas

@PabloRCebo

28 nov 2020 04:49

Publicado enMedio Ambiente
Sábado, 28 Noviembre 2020 05:53

Drástico cambio

Drástico cambio

 De un tiempo para acá, a raíz de lo sucedido en su entorno de "aliados estratégicos" –rebelión pacífica en Bielorrusia, cambio violento de gobernante en Kirguistán, derrota del candidato presidencial en Moldavia y rencor en Armenia por permitir que Azerbaiyán recuperara Nagorno-Karabaj–, Rusia parece estar asumiendo la pérdida de su liderazgo en el espacio postsoviético y comienza a practicar una política que supone un drástico cambio en las relaciones con sus vecinos.

Poco a poco desaparecen de la agenda del Kremlin concepciones claves que, en los 30 años recientes, proyectaban la intención de reconstruir de las ruinas, si no la Unión Soviética completa (imposible tras la ruptura definitiva con cinco repúblicas, las tres bálticas: Estonia, Letonia y Lituania, más Ucrania y Georgia), al menos una parte del imperio dominado por Rusia.

Los voceros oficiales hablan cada vez menos de la "Alianza Euroasiática", el "mundo ruso", la "zona de intereses exclusivos de Rusia", el "papel de Moscú como garante de la soberanía y la seguridad de los países ex soviéticos" y otros grandes sueños que, en distintos periodos de la gestión del presidente Vladimir Putin, sirvieron de eje para formular la política en el espacio postsoviético.

Ahora, Rusia procura no hacer más del mínimo que imponen sus obligaciones contractuales (Armenia), prestar ayuda muy concreta sólo cuando obtenga a cambio beneficios geopolíticos (Armenia, Bielorrusia, Kirguistán), rechazar a quien no acepte las condiciones rusas aun si aparentan ser aliados (Lukashenko), no inmiscuirse demasiado en la solución de conflictos ajenos que puedan repercutir en la política interna rusa (Kirguistán).

Asimismo, no provocar nuevas sanciones de Occidente por causa de sus protegidos (Bielorrusia, Kirguistán), reconocer tácitamente que otros actores regionales pueden tener "intereses parciales" en el espacio de la antigua Unión Soviética (Turquía), entender que son limitadas sus posibilidades y recursos para influir en crisis de poder o cambios de gobierno en otros países (Moldavia), entre otros rasgos de la actual política del Kremlin.

Tal vez el divorcio con dos países fraternos, Ucrania y Georgia –su elevado coste económico y consecuencias políticas negativas– influyó en que Rusia busque no repetir esa amarga experiencia.

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