El Congreso de Perú destituyó al presidente Martín Vizcarra

Acusado de “incapacidad moral permanente”, una figura constitucional ambigua

Una mayoría de legisladores votó a favor de la salida del mandatario, cuando le faltaban ocho meses de gestión. Es acusado de haber recibido sobornos años atrás cuando era gobernador; una investigación aún en curso.

 

 

Cayó el presidente Martín Vizcarra. Menos de dos meses después de haberse librado de un primer intento de destitución, Vizcarra fue destituido esta noche por el Congreso, que lo ha acusado de “incapacidad moral permanente”, una figura constitucional ambigua que deja un amplio margen de interpretación. Es acusado de haber recibido sobornos años atrás cuando era gobernador. Una acusación basada en unos testimonios todavía en proceso de investigación, pero que para un Congreso enfrentado al jefe de Estado ha sido suficiente para sacarlo del cargo. La derrota de Vizcarra fue amplia. Hubo 105 votos, de los 130 miembros del Congreso unicameral, a favor de la destitución del presidente, superando con holgura los 87 que se necesitaban. Solamente 19 votaron por salvar al mandatario y hubo cuatro abstenciones.

Ha sido un resultado inesperado. Había incertidumbre si se alcanzarían los 87 votos, pero nadie esperaba un resultado tan amplio. Partidos que habían anunciado su voto contra la destitución del mandatario, terminaron haciéndolo a favor. La salida del jefe de Estado se da en medio de la grave crisis sanitaria y económica por la pandemia del coronavirus, y cuando a Vizcarra le quedaban solo ocho meses de gestión y las elecciones ya han sido convocadas para abril. Al momento del cierre de esta edición, el presidente Vizcarra no se había pronunciado.

Vizcarra, que asumió en marzo de 2018 luego que su antecesor, Pedro Pablo Kuczynski renunció por cargos de corrupción, levantó durante su breve gestión las banderas de la lucha contra la corrupción. Ahora ha sido destituido por cargos de corrupción. Se enfrentó al anterior Congreso de mayoría fujimorista, que blindaba la corrupción política, el que disolvió constitucionalmente en septiembre del año pasado y llamó a elecciones legislativas. El nuevo Congreso elegido en ese proceso que convocó es el que ahora lo ha destituido acusándolo de corrupción.

Con la salida de Vizcarra asumirá la presidencia el titular del Congreso, Manuel Merino, miembro del partido centroderechista Acción Popular, la principal bancada del Congreso, con 24 miembros. Durante el primer intento frustrado de destituir a Vizcarra, Merino, político poco conocido hasta que asumió la presidencia del Congreso en marzo pasado y cuestionado por su labor en este cargo, tocó sin éxito la puerta de los cuarteles para pedir apoyo de los militares para que él asuma el poder. Asumirá la presidencia este martes. 

El primer proceso de destitución contra Vizcarra fue por la supuesta contratación irregular de un funcionario de tercer nivel. En esta ocasión, los cargos son más graves. Al presidente se lo acusa de haber recibido sobornos de dos empresas constructoras por 2,3 millones de soles (unos 660 mil dólares) cuando era gobernador de la pequeña región de Moquegua, entre los años 2011 y 2014. Se señala que las coimas se habrían entregado por una obra de irrigación y por la construcción de un hospital.

Tres empresarios de dos constructoras que son procesados en el caso del llamado “club de la construcción”, un cartel de empresas que se repartían obras públicas pagando sobornos, que buscan un acuerdo con la fiscalía para canjear sus testimonios por una reducción de sus eventuales condenas, aseguran haberle pagado sobornos a Vizcarra para hacerse con esas obras. Un exministro del gobierno de Pedro Pablo Kuczynski (2016 – 2018), José Hernández, viejo amigo de Vizcarra desde antes que éste fuera gobernador y con quien compartió gabinete ministerial, ha declarado ante las autoridades haber servido de intermediario para el pago de esas coimas.

“Aquí estoy, no me corro”, comenzó Vizcarra su defensa de 51 minutos ante el Congreso. Puso el énfasis en señalar que en este momento de crisis por la pandemia, una economía severamente golpeada y las elecciones ya convocadas, su destitución generaría una inestabilidad que complicaría la grave crisis sanitaria y económica.

Sobre los cargos que se le imputan, calificó de “falsas” esas acusaciones y las atribuyó a una supuesta venganza de empresarios del “club de la construcción” por haber cortado sus beneficios ilegales cuando llegó al gobierno. “Se trata de hechos no probados. ¿Puede destituirse a un presidente solo por dichos no corroborados?”, argumentó. Los votos le respondieron que eso sí era posible.

Durante el largo debate parlamentario abundaron los ataques contra el mandatario. Incluso quienes votaron contra la destitución del presidente, por evitar un escenario de inestabilidad, según argumentaron, señalaron que había “indicios razonables” que complican al jefe de Estado en el supuesto cobro de sobornos cuando era gobernador y que éste debía ser investigado y eventualmente juzgado cuando termine su gestión.

Junto a preocupaciones sinceras por la corrupción, legisladores con un pasado y un presente, propio o de sus partidos, ligado a la corrupción, se disfrazaron de moralizadores, y con impostada convicción, desafiando la memoria y la inteligencia de quienes los oían, se prodigaron en discursos anticorrupción para exigir la destitución de Vizcarra.

Entre quienes votaron por sacar al presidente estuvieron los legisladores del fujimorismo, con una larga historia vinculada a la corrupción, y que hoy saborearon su venganza contra el hombre que les hizo perder su mayoría en el Parlamento y apoyó los procesos anticorrupción que llevaron a prisión a su jefa Keiko Fujimori. También lo hicieron legisladores del partido ultranacionalista Unión por el Perú, cuyo principales parlamentarios están acusados de corrupción y que es dirigido desde la cárcel por el ex militar Antauro Humala -hermano el expresidente Ollanta- en prisión desde 2004 por la muerte de cuatro policías durante la toma de una comisaría en un frustrado intento de derrocar al expresidente Alejandro Toledo; de Podemos Perú, partido dirigido por un empresario que se ha hecho millonario con el negocio de universidades de baja calidad y que hace dos días fue detenido acusado de haber sobornado magistrados para lograr la irregular inscripción de su partido; de un partido que responde a una secta evangélica; la mayor parte de los congresistas de Acción Popular, la agrupación del reemplazante de Vizcarra; un sector de la pequeña bancada del izquierdista Frente Amplio, que solo tiene ocho integrantes, y algunos otros parlamentarios.

Entre los pocos que se opusieron a la destitución de Vizcarra estuvieron legisladores del centrista partido Morado y un par de legisladoras del Frente Amplio, entre algunos otros. Ellos rechazaron la destitución por los riesgos de inestabilidad en esta difícil coyuntura, pero exigieron que la fiscalía investigue las acusaciones contra Vizcarra, algo que ya está en curso.

Una encuesta de Ipsos publicada hace unos días revela que el 79 por ciento de la población se oponía a cortar el mandato presidencial en esta coyuntura. Vizcarra tenía una aceptación de entre 54 y 57 por ciento, mientras que su reemplazante tiene una aprobación que apenas está entre 22 y 24 por ciento, según recientes encuestas de Ipsos y del Instituto de Estudios Peruanos, respectivamente.

Ahora a Vizcarra le espera enfrentar las investigaciones de la fiscalía y probablemente los tribunales. El mismo destino de los últimos presidentes peruanos


El titular del Congreso asumirá el Poder Ejecutivo tras la destitución de Martín Vizcarra

Quién es Manuel Merino, el próximo presidente de Perú

Tras la destitución del presidente Martín Vizcarra por la ambigua figura de "incapacidad moral permanente", el titular del Congreso unicameral de Perú, Manuel Merino, se convertirá este martes en el próximo mandatario del país sudamericano. 

Y pese a que en pocas horas manejará el Poder Ejecutivo de Perú, Merino no es de las figuritas más conocidas en la arena política local. Es que este ingeniero agrónomo y ganadero, de 59 años, fue un político de segunda línea siempre ligado a Acción Popular (AP), el partido centrista fundado en 1956 por Fernando Belaunde Terry. 

En el currículum de Merino, además de su pasado empresarial, se destaca la banca ocupada en el Congreso durante dos períodos: 2001-2006 y 2011-2016. Ambos cargos fueron en representación del departamento noroccidental de Tumbes, tierra natal de Merino.

Merino volvió al Congreso en enero de este año, cuando se realizaron elecciones para escoger el Parlamento luego de que Vizcarra disolviera el anterior en septiembre de 2019. La victoria de AP -la primera minoría del parlamento- lo proyectó a la Presidencia del cuerpo. Pero los flashes finalmente se posaron sobre él durante el primer intento frustrado de destituir a Vizcarra: el titular del Parlamento peruano había tocado sin éxito la puerta de los cuarteles para pedir apoyo de los militares para que él asuma el poder. 

Luego, Merino pidió disculpas públicas. “Tal vez hacer una llamada en las circunstancias de ese día puede haber sido inoportuna, por eso yo le expreso mis sinceras disculpas a las Fuerzas Armadas”, dijo luego de que dos altos jefes militares informaran al Ministerio de Defensa que Merino los había llamado para procurar el aval de ambos al proceso de vacancia que estaba por debatir el Congreso.

La primera gran incógnita que tendrá que decidir el próximo presidente -prestará juramento el martes a las 17 (hora local)- es resolver si convocará a elecciones de inmediato (tal como indica la Constitución) o esperará hasta el 11 de abril, fecha que había pautado el ahora expresidente Vizcarra para las próxima votación nacional.

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Educación en América Latina Casi tres millones de niños están en riesgo de no volver al colegio en América Latina

Según un informe de Unicef, solo la mitad de los alumnos de las escuelas públicas tiene acceso a clases a distancia de calidad mientras en 18 de los 36 países  de la región las puertas de las aulas permanecen cerradas por la pandemia.

 

Casi tres millones de niños, niñas y adolescentes de América Latina y el Caribe están en riesgo de no regresar nunca a la escuela, una de los muchos efectos negativos del cierre de los colegios por la pandemia de la covid-19, alertó este lunes un informe de Unicef.

El estudio "Educación en pausa" da cuenta de que están a punto de cumplirse casi ocho meses de pausa prolongada para 137 millones de niños, niñas y adolescentes latinoamericanos, un tiempo cuatro veces más alto que la media global, que pueden abocar a una "catástrofe generacional".

El informe constata que la covid-19 ha ampliado las brechas sociales también en la educación. En la región, solo la mitad de los alumnos de las escuelas públicas tiene acceso a clases a distancia de calidad, mientras que en las escuelas privadas esa cifra sube al 75 %, estimó Unicef.

La desigualdad es más acuciante en grupos vulnerables con niños con discapacidad, migrantes indígenas o en zonas rurales donde la educación a distancia no llega, resaltó la entidad de las Naciones Unidas (ONU).

También se advierte de que el porcentaje de niños que no recibe educación alguna, ni presencial ni remota, se ha disparado del 4% al 18% en los últimos meses.

Impacto prolongado

"Si no hay realmente procesos de nivelación adecuados, esos niños van a tener un vacío durante toda su vida", afirmó Ruth Custode, especialista de educación de la Oficina Regional de Unicef para América Latina y el Caribe. Y esa pérdida terminará reflejándose en unos "peores salarios".

El cierre de las escuelas no solo aplaza la educación para algunas familias, sino que supone la pérdida "de una cantidad enorme de servicios, como el de la salud, de apoyo psicosocial y de protección" para la infancia, añadió la especialista.

Al menos 80 millones de niños, niñas y adolescentes de América Latina han perdido las comidas escolares y corren el riesgo de desarrollar deficiencias nutricionales.

Los niños, niñas y adolescentes también están más desprotegidos ante la violencia en el hogar.

Reabrir las escuelas debería ser la prioridad

Mientras muchas escuelas en África, Asia y Europa están reabriendo gradualmente, en 18 de los 36 países y territorios de la región las puertas de las aulas permanecen cerradas por la pandemia de la covid-19, que suma 11 millones de casos en América Latina.

Si bien una de cada seis escuelas no tienen acceso al agua, Unicef instó a los gobiernos a acelerar la apertura segura de las escuelas mediante mejoras en el sistema.

Ante la suspensión masiva de los servicios educativos, Unicef ha brindado apoyo contribuyendo a que 42 millones de estudiantes en la región reciban aprendizaje a distancia y en el hogar a través de la radio, la televisión, Internet y otras plataformas. 

09/11/2020 16:45 Actualizado: 09/11/2020 19:33

EFE

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El jefe de las Fuerzas Armadas británicas advierte que la pandemia podría crear nuevas amenazas de seguridad en el mundo, incluso la guerra

Desde su punto de vista, la crisis económica derivada de la propagación del covid-19 podría contribuir a la escalada de varios conflictos regionales actuales.

 

La crisis económica mundial derivada de la pandemia del coronavirus podría provocar nuevas amenazas en la esfera de seguridad, incluso una guerra, declaró el general Nick Carter, el jefe del Estado Mayor de la Defensa del Reino Unido, en una entrevista concedida este domingo a Sky News. 

En el pasado las crisis económicas a veces coadyuvaron a generar conflictos armados, por lo que el general Carter se muestra preocupado por la posibilidad de que esto ocurra estos días, en el marco de la pandemia de covid-19. 

"Creo que estamos viviendo un momento en que el mundo es un lugar muy incierto e inquieto", señaló el alto funcionario de defensa. Desde el punto de vista del general, existe el riesgo de la escalada de varios conflictos regionales actuales, debido a "un error de cálculo". Explicó que por 'error de cálculo' entiende una situación en la que los protagonistas de los conflictos, quizá por desconocimiento de las implicaciones de sus acciones, conducen a una escalada, lo que conlleva la involucración de más gente y más armamento, y subrayó que es necesario tomar medidas de precaución para evitar tal extremo. 

El general Carter comparó la situación actual en la palestra internacional con los acontecimientos previos a las dos Guerras Mundiales. Opina que en aquel entonces "era indiscutible que hubo una escalada que llevó a un error de cálculo que finalmente condujo al nivel internacional". A su juicio, es importante recordar la historia para prevenir esta situación y, al mismo tiempo, ser "muy cauteloso" a la hora de gestionar los conflictos regionales de hoy.

Publicado: 8 nov 2020 20:56 GMT

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Imagen ilustrativa. El desmantelamiento de cruceros en Esmirna, Turquía, el 2 de octubre de 2020.Umit Bektas / Reuters

Según Patrick Kirby, el mundo es testigo de una de las mayores recesiones en 150 años.

 

La economía mundial podría no volver nunca al ritmo de crecimiento prepandémico, opinó Patrick Kirby, el economista jefe del Banco Mundial en una conferencia digital de Moscow Exchange Forum. 

Kirby declaró que los sólidos resultados del crecimiento económico mundial en el tercer trimestre de 2020 reflejan más la contracción de la profundidad de caída de la economía que un signo del crecimiento real.

Incluso después de estos resultados optimistas, la actividad económica en muchos países se mantiene en los niveles de los peores días de las crisis. Además, la propagación del coronavirus provocó la desaceleración de los precios, dado que la demanda se ha visto más afectada que la oferta, opinó el experto del Banco Mundial.

El economista enfatizó que el mundo tendrá que recorrer un largo camino de recuperación porque la pandemia deja un umbral de problemas: interrupciones en cadenas de suministro, lastre fiscal después de las medidas de apoyo implementadas por los gobiernos, posibilidad de quiebras de los negocios afectados por la pandemia y problemas en la esfera educativa y sanitaria. Todos estos factores podrían prevenir que la economía mundial volviera a crecer a los ritmos registrados antes de la pandemia de covid-19. 

El experto dijo que, en esta situación, los bancos centrales de los países continuarían imponiendo bajas tasas de interés. Al mismo tiempo, la inflación se mantendría en un nivel bajo, dado que muchos países hoy día luchan por recuperarla desde debajo de cero. "En general es una historia triste, esperamos que esta pandemia contribuya a una de las más grandes recesiones en 150 años, comparable a la registrada durante la gran recesión o la Segunda Guerra Mundial". 

Nick Carter llega a una reunión en la oficina del primer ministro para discutir la respuesta del gobierno al brote de coronavirus.Henry Nicholls / Reuters

Publicado: 8 nov 2020 21:24 GMT

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 ▲ En Pensilvania y otras ciudades de EU festejaron el virtual triunfo de Joe Biden.Foto Afp

China, Irán y palestinos degustan el "triunfo" pírrico de Joe Biden a sus casi 78 años –cuando a los demócratas, la católica Nancy Pelosi en la Cámara y el israelí-neoyorquino Schumer, no les fue muy bien que se diga–, mientras Edward Luce, corresponsal clintoniano del rotativo globalista Financial Times –vinculado a los intereses de los banqueros Rothschild/Soros– en un muy lúcido artículo, a tres días del resultado "oficial", había diluido la victoria de Biden, pese a su hazaña de haber recibido el mayor número de votos en la historia presidencial ( FT 04/11/20).

A juicio de Edward Luce, el "voto fue ardientemente cuestionado" cuando "EU se encuentra amarga, energética y casi equitativamente dividido (sic)". Con un "mandato equívoco" en el mejor de los casos, será magro lo que pueda conseguir el centrista Biden: "el más moderado de los contendientes del Partido Demócrata".

A lo sumo, "Biden será suertudo en empujar aún las partes incrementales (sic) de su agenda": amplias inversiones en la tecnología verde, las colegiaturas gratuitas para los estudiantes universitarios de clase media, y la opción pública (sic) para el seguro médico.

No se escenificarán "las esperanzas de cambios de época" de los progresistas que "han sido hechas añicos".

Considera Edward Luce que Biden no tendrá opción para abolir el filibusterismo en el Senado ni agregar nuevos estados como Puerto Rico y el distrito de Columbia ni expandir el tamaño de la Suprema Corte con el famoso “ package (empaquetado)” con el fin de diluir la mayoría de los republicanos que cuentan con seis de los nueve magistrados. Tan simple como que el líder senatorial triunfador Mitch McConnell "bloquee cualquier nominación de Biden".

Salvo un descalabro, cuando faltan tres senadurías por resolverse, los republicanos retendrán el control del Senado.

Lo mejor que puede aspirar Biden –quien, por cierto, mantiene una óptima relación con McConnell– es conseguir un "modesto (sic) estímulo" financiero para paliar el marasmo económico producto de los estragos pandémicos.

Luce predice el obstruccionismo jurídico de Trump quien difícilmente compartirá los estudios en sus manos sobre la vacuna contra el coronavirus y quien, en el mejor de los casos, hará desaparecer miles de documentos de la Casa Blanca.

Tampoco Biden podrá elevar el salario mínimo ni imponer mayores impuestos a la plutocracia de EU.

Así las cosas, "la presidencia de Biden corre el riesgo de ser atrapada entre dos fuerzas irreconciliables (sic): una derecha trumpiana empecinadamente atrincherada y una izquierda amargada (sic) de los d emócratas"–pese a que el combativo grupo SQUAD, que encabeza Alexandria Ocasio-Cortez, obtuvo tres escaños más en la Cámara que dificultarán la tarea de Nancy Pelosi que sufrió fuertes descalabros.

Edward Luce vislumbra correctamente el panorama tanto en el Senado, con probable mayoría de los republicanos, como en la Cámara donde los "demócratas perdieron varios asientos", cuando los "nuevos republicanos elegidos son todavía más trumpianos que Trump".

A mi juicio, puede suceder que se asiente un "trumpismo sin Trump" que enarbole el supremacismo blanco de los WASP (white anglosaxon protestant: blancos protestantes anglosajones; https://bit.ly/2I88Hsm), hoy a la defensiva reactiva que impugna su "derrota".

Biden sólo tendrá "libertad de maniobra" en su política exterior.

Edward Luce concluye que "el fantasma de Trump acosaría a Biden".

Guste o disguste, con o sin Trump, el trumpismo es una realidad en EU fracturado que vive su acelerada delicuescencia y el reflejo de su "democracia bananera" (https://bit.ly/3ldNICA).

Pobres ilusos a-históricos y anti-históricos que alucinan que a México le irá mejor con los demócratas que con los republicanos o con los republicanos que con los demócratas.

Sugiero consulten el Museo de las Intervenciones, en Churubusco, Ciudad de México (https://bit.ly/36ectbp).

La historia de México NO empezó con la imposición neoliberal de Daddy Bush a Salinas con su TLCAN.

México es un país milenario con varias civilizaciones y culturas en su seno de las que carece Estados Unidos.

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Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial.KHALIL MAZRAAWI/Getty Images / getty

Schwab cree que estamos en una situación similar a la del fin de la II Guerra Mundial: hay que diseñar cómo será el mundo tras el coronavirus

 

Ni en épocas de pandemia, Klaus Martin Schwab (Ravensburg, Alemania, 82 años) tiene tiempo para parar y hacer una entrevista por Zoom, así que nos limitamos al móvil. La crisis del coronavirus ha obligado al fundador del Foro Económico Mundial y de las reuniones anuales en la estación suiza de Davos a reinventarse. La cumbre de enero se celebrará de forma virtual y, si la evolución de la enfermedad y el desarrollo de la vacuna lo permiten, habrá una reunión más reducida en mayo en Lucerna. Aunque, hoy más que nunca, ese futuro está por reescribir. Acaba de publicar en español Covid-19: el gran reinicio, sobre las implicaciones de la pandemia y las medidas, políticas y empresariales, que deberían adoptarse.

Pregunta. Después de la experiencia de la Gran Recesión, ¿es realista confiar en una reinvención global?

Respuesta. En estos momentos estamos poniendo todos nuestros esfuerzos en combatir la pandemia, pero hay que empezar a pensar en la recuperación. No vamos a volver al mundo como era, pero la nueva normalidad dependerá de nuestras decisiones. Algo parecido a lo que tuvimos que hacer después de la II Guerra Mundial, diseñar cómo queremos que sea el mundo poscoronavirus, en términos de cooperación global, de políticas sociales y medioambientales. Lo que hago en el libro es ofrecer un análisis de las consecuencias económicas, sociales, tecnológicas y geopolíticas de la pandemia y una previsión de lo que sucederá. Creo que puede ser una base para el debate.

P. ¿Por dónde deberíamos empezar?

R. A corto plazo, lo primero es hacer frente al desempleo, a la caída del crecimiento económico, y me alegra ver que los Gobiernos están dispuestos a adoptar todas las medidas que sean necesarias para frenar un desplome que no parece tener suelo. A medio plazo debemos abordar las deficiencias del sistema, sobre todo la falta de inclusión, un tema que ya planteamos en la reunión de Davos de enero; la sostenibilidad, especialmente en términos medioambientales, y la imperiosa necesidad de abordar un nuevo contrato social. Y todas estas cuestiones deben abordarse desde un marco global. Esa es una de las grandes lecciones aprendidas con la pandemia, que sin cooperación global se genera una situación donde todos somos perdedores, nadie gana.

P.  ¿Y eso de qué depende?

 R. Lo primero que tenemos que analizar es qué nos ha llevado a esta situación, y mi análisis es que el mundo es muy rápido y complejo y por primera vez mucha gente duda de que la próxima generación vaya a vivir mejor que la actual. Y todo eso tiene que ver con la desigualdad, que genera una situación en la que la gente se vuelve más egoísta, solo busca preservar lo que tiene o lo que puede conseguir. En las últimas elecciones vemos que se ha dejado de buscar el centro, los puntos en común, y en esas condiciones es muy difícil gobernar. Y aunque eso no amenaza directamente la democracia, sí pone en riesgo la cohesión social, que es una condición previa para que haya democracia.

 P. El elefante en la habitación son las elecciones estadounidenses.

.R. Sí, pero no deberíamos hacernos falsas ilusiones porque los individuos y los países se han vuelto más egoístas, más nacionalistas, e independientemente del resultado electoral [la entrevista fue antes de los comicios], cada uno va a defender su propio interés.

P. ¿Eso también pasará con la relación con China?

R. Es un tema decisivo en el que los europeos solo podemos ser influyentes si somos un socio fuerte. En términos de posición económica, de tamaño de mercado, en investigación e innovación podemos hablar de tú a tú a Estados Unidos y a China si hacemos uso de nuestra fortaleza. Es lo que ha pasado, por ejemplo, con el tema de la protección de datos, en el que Europa ha marcado la senda a nivel mundial.

P. ¿Qué lecciones nos ha dejado ya la crisis?

R. Si miramos cuáles son los países que mejor han resistido la pandemia, no están solo los países asiáticos, con un marco político distinto, sino aquellos comprometidos con una economía social de mercado, con una infraestructura social y sanitaria muy fuertes. Tenemos que asegurarnos de que el sistema se ocupe de todo el mundo y no deje a nadie atrás. Yo soy un ferviente creyente en el libre mercado y en el principio de que los Gobiernos no son los creadores de riqueza ni de innovación, ni emprendimiento. Pero tenemos que crear un sistema que lo facilite, con un modelo tributario que propicie una mejor redistribución, y financiar la red de protección social que necesitamos. Por ejemplo, en Ginebra tenemos un impuesto sobre la renta relativamente alto, no existe fiscalidad sobre las ganancias de capital porque eso estimula la inversión, pero hay un impuesto sobre las fortunas. Creo que ese es un buen modelo.

P. Es decir, que urgen cambios en el sistema fiscal.

R. Sí, pero antes debemos acabar con las numerosas formas de evasión fiscal y con los paraísos fiscales.

P. Ha declarado que el neoliberalismo ha muerto, que es cosa del pasado.

R. Estamos asistiendo poco a poco a un cambio. Lo hemos visto en Davos, de ese capitalismo que solo piensa en los accionistas a un capitalismo de todas las partes, que no busca solo el beneficio inmediato y a corto plazo, sino que tiene en cuenta los objetivos de sostenibilidad marcados por Naciones Unidas. Los ejecutivos de las empresas tienen una forma de pensar muy distinta a la que defendió Milton Friedman. Creo que los Estados deben fijar las normas de funcionamiento del mercado y marcar la dirección que deben seguir las economías, por ejemplo, para avanzar hacia una descarbonización o reforzar la resistencia del aparato industrial.

P. ¿Cuál es el mayor riesgo en ese escenario?

R. Mi mayor preocupación es el estallido de una crisis social. Por un lado, de aquellos que se han quedado atrás, con ejemplos en España o en Francia, que van a salir con más frecuencia a la calle, van a provocar una radicalización de la sociedad, y que se dan tanto en la izquierda como en la derecha. Por otro lado, hay un riesgo creciente de crisis intergeneracional. El desempleo está reduciendo las oportunidades de los jóvenes, mientras les cargamos cada vez con una mayor deuda. La justicia social se está reduciendo, la movilidad social se está reduciendo prácticamente en todo el mundo, lo que significa que, si no naces en la familia apropiada, tienes menos oportunidades de conseguir una vida decente. Por no mencionar las consecuencias medioambientales de este sistema de producción que puede añadir tensión a esta crisis generacional.

Por Alicia González

Madrid - 07 nov 2020 - 18:30 COT

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Sábado, 07 Noviembre 2020 05:34

Cambiar el modelo es la única esperanza

Cambiar el modelo es la única esperanza

Con todo el mundo en la cima de la segunda ola de la pandemia, la ONU acaba de publicar los resultados de un estudio en el que afirma de manera inequívoca que las pandemias están provocadas por las actividades humanas, y que estas actividades "son las mismas que causan la crisis climática y la extinción masiva de especies".

Se confirman así las sospechas de buena parte de la comunidad científica y de los movimientos ecologistas: la pérdida de biodiversidad a causa del modelo económico imperante, basado en la explotación ilimitada de recursos naturales, no solo agrava el cambio climático, sino también  facilita la interacción de la fauna salvaje con los humanos, aumentando las posibilidades de transmisión de virus y enfermedades infecciosas.

La constatación de esta teoría es todo un bofetón para negacionistas, conspiranoicos y neoliberales diversos, con mando institucional o no. Significa la evidencia de que es un error monumental priorizar la economía (o al menos la ortodoxia económica vigente, en la que el PIB es el rey) a la salud del planeta, y por ende la de la ciudadanía. Poca gente es consciente de que el PIB solo mide producción de bienes y servicios, pero no mide por ejemplo toda la economía de los cuidados (que generalmente recae en las mujeres de forma no remunerada), ni los efectos dañinos sobre el medio ambiente. Como ejemplos perversos: un desastre ecológico en forma de vertido de sustancias tóxicas supone un aumento del PIB debido a la producción generada en las tareas de limpieza, pero el daño causado al entorno y a la gente que vive de él no resta. O la sospecha de que se provocan guerras (Iraq) para generar actividad económica en las tareas de reconstrucción.

Los avisos son constantes.  Si no se revierte de forma radical la dinámica actual las condiciones que permiten la vida en la Tierra se van a degradar a tal velocidad que ni un PIB de 3 dígitos nos salvará del desastre a corto plazo. Y aun así, ciertos gobernantes hacen oídos sordos a estos avisos y siguen apostando por el "business as usual" que tanto daño ha hecho en las últimas cinco décadas. No importa que la UE apueste fuertemente por un cambio de modelo en forma de Green New Deal o que el programa de recuperación de la crisis provocada por la pandemia esté condicionado a transformar radicalmente el modelo productivo con el aviso "sin transformación en esta línea, no hay fondos".

También se obvia que el crecimiento constante de la economía solo favorece al famoso 1%, y que el 99% restante soportamos todas las externalidades de este crecimiento, incluida la colectivización de las pérdidas mediante la cual las grandes compañías e inversoras salen siempre de rositas de los desastres que provocan, recayendo las compensaciones y la recuperación de forma sistemática en fondos públicos. El último ejemplo, el megafiasco del Proyecto Castor.

Pero hay una salida, abandonar el injusto PIB como indicador de desarrollo o progreso y apostar por modelos innovadores y más justos, como la Economia del Donut, un modelo económico que pretende garantizar las necesidades básicas de la ciudadanía dentro de los límites físicos del planeta. Este modelo deriva del Decrecimiento, una corriente de pensamiento que propone una regulación controlada de la producción económica, para conseguir una relación de equilibrio entre ser humano y naturaleza. Sin el estigma que supone la implícita negatividad de la palabra decrecer, y del anatema del concepto "regulación" en un mundo profundamente capitalista, la economía del donut o la rosquilla es un buen punto de partida para salir del atolladero en que nos hemos metido y del que mucha gente cree que no podemos salir. Desde el momento en que la ortodoxia en las facultades de Economía es el capitalismo neoliberal, parece que ya no haya otras posibilidades.

Las hay y es nuestro deber como sociedad explorarlas y ponerlas en práctica si queremos seguir disfrutando de esta maravilla increíblemente resiliente, pero frágil a la vez, llamada Tierra.

Toni Ribas

Eje de Ecología de Barcelona en Comú

07/11/2020

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Miércoles, 04 Noviembre 2020 05:31

Por un New Deal sanitario

Por un New Deal sanitario

Propuestas para la pospandemia

 

La pandemia puede implicar una oportunidad para construir un nuevo sendero de reformas en salud que nos lleve hacia sistemas de cuidados más eficaces y eficientes. Los modelos de escape individual basados en el mercado mostraron sus límites. Por eso es necesario discutir cómo construir nuevos acuerdos que ayuden a conseguir mejores cuidados en salud en América Latina.

 

Hasta que se desató la pandemia de covid-19, los sistemas de salud de América Latina habían venido desempeñado un rol similar al de un bajo en una banda de rock: eran imprescindibles pero ignotos. La salud, de hecho, figuraba entre las últimas preocupaciones en los sondeos de opinión, a tal punto que, en diversos momentos de este siglo, cuatro países de la región consideraron que el área sanitaria ni siquiera merecía el rango de ministerio (y en dos países, México y Honduras, continúa sin tenerlo).

Esto no significa que las personas en América Latina sean insensibles ante al riesgo de enfermar o morir. Cuando son interrogadas respecto al nivel de importancia que otorgan a su propia salud, en general las respuestas registran una alta valoración. Pero hemos dejado de conjugar el verbo «cuidar» en plural para concebirlo solo en singular. De forma similar a lo registrado en otras áreas, en América Latina, las personas, ya sea por adaptación o por preferencia, han buscado garantizar sus cuidados de salud a través de respuestas individuales más que colectivas.

Esa «salida individual», que tan bien identificó Albert O. Hirschman, se operó con la intensidad de un gran movimiento migratorio en el sector salud en América Latina durante los últimos 30 años. En los estratos sociales de mayores recursos la salida individual consistió en contratar seguros prepagos que minimizan las restricciones de acceso a las prestaciones. En los sectores medios, y siempre que el sistema lo permitiera, se buscó complementar los aportes y contribuciones salariales con pagos voluntarios para lograr un upgrade en la cobertura. Y cuando eso no fue posible, se recurrió a duplicar e incluso triplicar la cobertura, combinando el usufructo de diferentes protecciones. En los estratos sociales de menores recursos esas soluciones individuales pasaron por trazar «corredores» sanitarios, generalmente desde la periferia hacia el centro, salteando jurisdicciones en busca de servicios médicos de mayor resolutividad. En ocasiones, también se han buscado contactos informales que faciliten acceso a turnos con especialistas, dado que gran parte de los servicios públicos de salud en la región todavía funcionan sin turnos programados y los pacientes que recurren a consulta deben ir de madrugada y enfrentar largas filas de varias horas para recibir atención.

La aparición del covid-19 demostró, sin embargo, que las soluciones individuales no alcanzan para enfrentar pandemias. Y la situación comenzó a cambiar. Incluso entre los predicadores más fundamentalistas del mercado, empezó a hacerse visible un reclamo sostenido por un «Estado que nos cuide». Maristella Svampa advirtió tempranamente este cambio, señalando la aparición de un «Leviatán sanitario transitorio que tiene dos rostros»: el primero, que aboga por una intervención en el ámbito social, y el segundo, que proclama un estado de excepción.

Durante 2020, las autoridades sanitarias de América Latina tuvieron más minutos de aire televisivo, más centímetros cuadrados en medios gráficos y más posteos en redes sociales que durante todo lo que va del siglo XXI. Antes que la fiebre, la pérdida del olfato y del gusto, se registró un síntoma social que no se advertía desde el higienismo clásico: una omnipresencia sanitaria interviniendo en las instancias más recónditas de la vida cotidiana. Las autoridades de salud pasaron a definir quién y cómo trabaja, estudia y se recrea, quién circula o permanece recluido.

La intención de este escrito no es discutir si esa intervención fue adecuada o sobreactuada. No estamos debatiendo cuál de los dos rostros del «Leviatán sanitario» prevaleció. O, en otras palabras, si se priorizó la vida por sobre el oikos o si hemos caído en «infectaduras». Ya Joan Manuel Serrat nos enseñó que «no hay otro tiempo que el que nos ha tocado». La cuestión que nos preocupa es cómo aprovechar ese cuarto de hora para activar un cambio que permita que, cuando se retire la pandemia (y ojalá alguna vez lo haga), cuidar de la salud se aproxime más a un logro colectivo que a un consumo individual.

Como el brote se registró primero en el hemisferio norte, los países de América Latina tuvieron unos meses de anticipación para organizar sus respuestas sanitarias. A ello se agregó, en algunos casos, un tiempo ganado a la propagación del virus a través de medidas de confinamiento. Ese tiempo se utilizó, en la mayoría de los casos, para expandir la capacidad instalada en camas de internación, en camas de cuidados intensivos y en la disponibilidad de respiradores mecánicos. Sin embargo, a pesar de ese refuerzo de la oferta, también en casi todos los países hubo momentos y jurisdicciones en los que el sistema de salud se encontró saturado o en riesgo de estarlo.

Es interesante destacar que las camas hospitalarias –en particular, las de cuidados intensivos–, solo fueron utilizadas con pacientes covid-19 positivos en una fracción relativamente menor de las internaciones. Esto se debe a que alrededor de 80% de las camas de cuidados intensivos en nuestros países están siendo ocupadas en forma permanente. Podemos afirmar que al menos la mitad de esas internaciones en cuidados intensivos podrían ser evitadas con modelos de cuidados adecuados.

Mirémoslo de otra manera. Si necesitamos atravesar un gran trayecto en una carretera en la que no encontraremos estaciones para cargar combustible durante varios kilómetros, podríamos optar por dos estrategias alternativas. La primera sería usar un vehículo con bastante potencia y ampliar su tanque de combustible o cargar bidones adicionales con combustible para nuestro trayecto. La estrategia alternativa consistiría en reemplazar nuestro vehículo por uno más eficiente, que pueda recorrer más kilómetros con menor consumo.

Las autoridades sanitarias de la región optaron por la primera estrategia para enfrentar la pandemia. Lo que aquí proponemos es aprovechar esta crisis (que nos está dejando cada vez con menos recursos) para optar por la segunda estrategia. Esto significaría incorporar modelos de cuidados proactivos, continuos y en red que permitan captar al paciente antes de que llegue al servicio de salud descompensado y requiriendo cuidados de complejidad y por más tiempo y que lo acompañen hasta después del alta.

Para hacer de la crisis sanitaria actual una oportunidad de mejora sanitaria, proponemos considerar que los cuidados de salud resultan de un pacto o contrato tácito entre las partes. Aprendimos que hay cuatro grandes determinantes de la salud: estilos de vida, biología, ambiente y sistemas sanitarios. Para conseguir resultados hay que intervenir sobre todos ellos, pero fundamentalmente sobre los primeros. Es preciso conciliar los estilos de vida con los sistemas de salud, alineando los incentivos a la ciudadanía, a los prestadores de salud y a las entidades financiadoras o aseguradoras, para que asuman conductas que optimicen los cuidados y sus resultados.

La pandemia agravó la agonía del modelo vigente de producción en salud. El pacto existente privilegió la salud como una responsabilidad individual y planteó a los sistemas del área como un entorno de «respaldo» al que las personas recurren cuando lo necesitan. Mucho más que intervenir en los estilos de vida, los servicios de salud se constituyeron en «proveedores» que respondieron a una «demanda». La organización de los servicios de salud para satisfacer a una «demanda espontánea» se constituyó en un dogma y hasta en un sinónimo de calidad. Cuanto más premium resultaba la cobertura obtenida, mayores eran las libertades del beneficiario para atenderse donde y cuando quisiera. Los sistemas de salud se han venido construyendo, de este modo, a imagen y semejanza del mercado. En ese esquema, un sistema de salud resulta saludable en la medida en que permite la libre circulación de flujos financieros que responden a flujos de prestaciones.

Este modelo de producción de salud se encuentra, sin embargo, en crisis. Demanda cada vez más recursos y más prestaciones sin que ello signifique maximizar los resultados en términos de salud de la población. Que cada uno se atienda cuando quiera, con quien quiera y donde quiera no maximiza la detección precoz, no contribuye a promover conductas y estilos de vida saludables y, lo que es aún peor, diluye las responsabilidades por los resultados. Se duplican prestaciones, se desaprovechan los contactos con el sistema de salud para asumir prácticas preventivas e incluso se promueve iatrogenia. Cada vez son requeridas más prestaciones, más establecimientos, más tecnología, más profesionales y más insumos. Pero esto no redunda en mejores resultados.

La crisis se agravó con la pandemia. En primer lugar, no se alteró el modelo de producción en salud. Frente a un mayor estrés del sistema, se buscó solamente fortalecer la oferta, ampliando las camas hospitalarias, en especial las de cuidados intensivos y, entre ellas, las que tienen respiradores mecánicos. En segundo lugar, la libre demanda por parte de los pacientes se vio alterada, ya sea por restricciones de la oferta (discontinuidad de los servicios) o por una reducción en la demanda producida por el temor al contagio o a dificultades de transporte y movilidad. En tercer lugar, comenzó a producirse una purga de prestadores de salud, ya que aquellos que no brindan servicios directamente relacionados con el covid-19 vieron mermada su actividad y, por supuesto, sus ingresos. En cuarto lugar, aquellos servicios que consigan sobrevivir también enfrentarán dificultades para construir una «nueva normalidad». La prevención primaria (evitar la enfermedad) y la prevención secundaria (detección precoz de las situaciones de enfermedad) están retrocediendo debido a la discontinuidad de los servicios ambulatorios (y también al miedo a consultar por temor a contagios). Lo mismo ocurre con la prevención terciaria, que busca minimizar el agravamiento de los casos ya diagnosticados.

El contrato social sobre el que se construyen los cuidados de salud quedó convaleciente con el desarrollo del covid-19. Como en la obra de Luigi Pirandello, quedamos con los personajes en busca de su autor. Los profesionales de salud están exhaustos, desmotivados, enfermos y en muchos casos, empobrecidos. Los servicios ambulatorios están vaciados, abandonados y desfinanciados. Las clínicas y hospitales privados, quebrados o en riesgo de estarlo. Los aseguradores están al borde del ataque de pánico. Y los pacientes viven con la desconfianza de recurrir al sistema de salud por miedo al contagio.

La pandemia representa también una oportunidad inédita para cambiar nuestra forma de producir salud. Aunque es mucho lo que haría falta cambiar, no se puede (o no se debe) operar todos los órganos al mismo tiempo. Primum non nocere [lo primero es no hacer daño].

Mi propuesta consiste en seleccionar un conjunto de cuidados en función del ciclo de vida, definir responsabilidades para todos los actores (el Estado como rector, los financiadores, los prestadores, pero también los pacientes) e incorporar incentivos que alineen las conductas de todos ellos para completar líneas de cuidados estratégicos. Para cada edad y sexo se priorizaría un conjunto de cuidados que requerirían un abordaje proactivo y que sería definido a través de esquemas de diagnóstico y tratamiento. Todos los ciudadanos deberían tener una historia clínica digital que permita verificar que hayan recibido las prácticas de diagnóstico y tratamiento, pero también verificar su adherencia a los cuidados. Además, todos los ciudadanos (o mejor aún, todos los grupos familiares) tendrían un profesional o un equipo de profesionales designado como responsable del cumplimiento y del seguimiento de esos cuidados.

Esos profesionales y/o equipos serían evaluados y remunerados no en función de las prestaciones que brinden, sino en función del cumplimiento de las líneas de cuidados constatado a través de las historias clínicas. También los financiadores (públicos, sociales o privados) serían evaluados (desde el Estado) por su contribución epidemiológica logrando resultados de salud definidos (trazadores) sobre la población a su cargo. En ese caso, los incentivos serían financieros, en el mejor de los casos, o al menos sería la publicación periódica de un ranking de entidades en función de su desempeño epidemiológico. Por ejemplo, habría incentivos concretos para que los niños tengan su calendario de vacunación al día, para que las embarazadas cumplan con un piso de controles gestacionales, con ecografías trimestrales y con suplementación preventiva de hierro y ácido fólico. También los habría para que todos los ciudadanos tengan un control de glicemia y para que todos los casos diagnosticados de diabetes mellitus estén bajo el esquema de tratamiento correspondiente, utilizando hipoglucemiantes y/o con dieta y ejercicio y con al menos una hemoglobina glicosilada semestral. Algo similar con los pacientes hipertensos, los asmáticos, etc.

Para los ciudadanos también habría incentivos. Las atenciones y la medicación correspondientes a las líneas de cuidados priorizadas deberían ser totalmente gratuitas y podrían programarse, minimizando así las filas y las listas de espera. Además, los ciudadanos que hayan dado cumplimiento a los cuidados priorizados correspondientes a su target serían beneficiados en las primas (en los casos de seguros privados), en los copagos (en los casos en que estos existen) o en las listas de espera y la provisión de medicación (en los casos en que los servicios se entregan libre de costos a la población). El propósito es concretar los derechos en salud, pero también definir y hacer cumplir las obligaciones del paciente.

Aunque lo ideal sería que todos los cuidados de salud funcionaran de esta forma, lograr que un grupo limitado de cuidados se organicen alineando incentivos para todos los actores que intervienen en la producción de salud, ya sería una conquista importante. Nada impide que luego de que se evalúen resultados (al año o a los dos años) se decida expandir las líneas de cuidados. Mientras tanto, el resto de las atenciones podrían continuar funcionando como hasta ahora.

Es posible que se requieran recursos adicionales para incorporar líneas de cuidados con incentivos a todos los actores, para implementar una historia clínica digital para todos los ciudadanos y para desplegar la capacidad rectora del Estado para evaluar el desempeño de prestadores y financiadores en función de los logros sanitarios. Pero cabe destacar que es muy probable que implementar reformas de este tipo demande mínimas inversiones en infraestructura y en equipamiento, lo que permitiría dirigir esos recursos adicionales hacia donde generen mayor impacto sanitario.

Las agencias de financiamiento multilateral, como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, podrían poner a disposición líneas crediticias para los países que se decidan a aprovechar el contexto pospandemia y recorrer ese sendero que proponemos para las reformas en salud. De hecho, replicando el esquema que busca alinear los incentivos, lo ideal sería que la financiación internacional y los intereses de los préstamos también resulten corregidos por el desempeño sanitario de las reformas implementadas.

Los bombardeos que soportó la población británica durante la Segunda Guerra Mundial sirvieron para concretar la primera versión del Estado de Bienestar en salud, el Servicio Nacional de Salud de cobertura universal y prestación gratuita. Siguiendo esa inspiración, tal vez podamos ilusionarnos con que la pandemia de covid-19 que castiga a América Latina más que a otras regiones sirva para que encontremos un nuevo sendero de reformas que nos lleve hacia mejores modelos de protección en salud, o una suerte de New Deal sanitario, apelando a una expresión de moda por estos tiempos.

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Domingo, 01 Noviembre 2020 06:06

Las elecciones del apocalipsis

 Donald Trump llega a Carolina del Norte en el marco de la campaña electoral. AFP, SAUL LOEB

Estados Unidos en el tramo final de la campaña

 

Unos 150 millones de ciudadanos completarán el martes la elección de quien será, a partir de enero, presidente estadounidense por cuatro años. Los comicios ocurren en medio de una pandemia que no mengua, inestabilidad económica, decenas de millones de desempleados y una polarización extrema en la que las partes ya no sólo difieren en opiniones políticas, sino que se ven mutuamente como fuerzas demoníacas.

 

QUÉ SE ELIGE

El presidente Donald Trump, que se ha apropiado del Partido Republicano y quien en 2016 fue elegido por una minoría del voto popular, busca quedarse en la Casa Blanca hasta 2024. El exvicepresidente y candidato demócrata Joe Biden promete que retornará el país a la sensatez, encarará la pandemia con apoyo de la comunidad científica y sanará el divisionismo que Trump ha fomentado. Pero hay, en esta elección, otros niveles que son igualmente importantes.

En el Senado, los republicanos ocupan 53 curules y los demócratas 45, con dos independientes que casi todo el tiempo votan con los demócratas. Este año hay 33 puestos en el Senado sujetos a elección, de ellos 23 son republicanos y diez son demócratas. El hecho de que en estos últimos cuatro años los republicanos han tenido mayoría en el Senado ha resultado en una casi parálisis del Congreso, donde la Cámara de Representantes, con mayoría demócrata, aprueba proyectos de ley que el Senado ignora o rechaza según plazca a Trump.

Si Biden gana la presidencia y los demócratas alcanzan la mayoría en la Cámara Alta, el Partido Demócrata controlará ambas ramas del gobierno. Es que en la Cámara de Representantes, donde ahora todos los escaños están sujetos a elección, los demócratas ocupan 232 puestos, los republicanos tienen 197 y hay seis vacantes. Todo indica que los demócratas fácilmente conservarán su mayoría y algunas encuestas sugieren que la ampliarán.

Finalmente, están sujetos a elección 11 gobiernos estatales: siete tienen ahora gobernadores republicanos y cuatro son demócratas. En la actualidad 26 estados tienen gobernadores republicanos y 24 tienen demócratas. Un cambio en este balance puede modificar sustancialmente la relación entre los estados y el gobierno federal.

EL RETORNO DE LOS BRUJOS

En febrero, cuando recibió las primeras informaciones acerca de un coronavirus novedoso que causaba estragos en China y recién había llegado a Estados Unidos, Trump dijo en declaraciones grabadas al periodista Bob Woodward que el covid-19 era altamente contagioso y letal, una enfermedad mucho más peligrosa que la gripe común. Pero en público, en encuentros con la prensa y en los mítines ante sus seguidores devotos Trump dijo entonces, y sigue diciendo, que el covid-19 no es cosa tan seria. Dijo en marzo que habría, quizá, 14 personas muertas y que pronto el virus desaparecería, «como un milagro». Trump se ha burlado del asesoramiento científico, ha calificado de «idiotas» a los expertos en enfermedades contagiosas, se ha rehusado a ponerse una máscara y ha incitado a sus seguidores a desecharla.

Y, aun así, hay millones de estadounidenses que concurren, desenmascarados, A los mítines en los cuales Trump divaga, se regodea en ponerles motes ofensivos a sus adversarios y promete que pronto habrá vacunas y tratamientos para el covid-19. Ha dicho que quizá no acepte el resultado de la elección si es que pierde. Sigue afirmando, sin pruebas, que hay fraude en los millones de votos ya depositados vía correo. Ha indicado a los grupos extremistas de derecha que «den un paso atrás y se mantengan listos» para un eventual período turbulento mientras se completa el escrutinio de votos.

Así, la campaña de Trump ha ido sumergiéndose más y más en los insultos personales, la denuncia de ininteligibles casos de corrupción entre sus adversarios, el desdén hacia más de 8 millones de casos y más de 230 mil muertes por covid-19, el aliento insinuado a las milicias blancas… Y todo ello a la sombra del guiso de conspiraciones denominado QAnon.

El 17 de octubre unas 100 personas se congregaron para la conferencia Q Con Live! en Scottsdale, Arizona, y escucharon a uno de los promotores más prominentes de QAnon, Alan Hostetter. De acuerdo con un audio grabado de su discurso, Hostetter, quien sostiene que «los medios» han exagerado la gravedad de la pandemia y que las máscaras forman parte de un intento tiránico para controlar al pueblo, dijo que Estados Unidos está al borde de una guerra civil y que es necesaria la reelección de Trump para impedir que el país se hunda en un conflicto armado.

Los seguidores de QAnon, una especie de secta religiosa online que ha sido declarada por el FBI como una potencial amenaza terrorista, aseguran, sin que se les mueva una ceja, que los líderes demócratas y las estrellas de Hollywood integran todos ellos una secreta red internacional de pederastas adoradores de Satán. El único decidido a desenmascararlos, dicen, es Trump, quien planea un providencial golpe de Estado para enviarlos en masa a la cárcel. Y, aunque la preparación real para tales aventuras armadas es un área en la que medran las milicias derechistas, el presidente Trump se las ha arreglado para no desautorizar a QAnon o distanciarse claramente de ese movimiento.

EL ESCONDIDO

A los 77 años de edad y con una carrera política de 46, el exsenador de Delaware Biden aparece en la casi totalidad de las encuestas con una ventaja de diez puntos porcentuales sobre su rival. La campaña demócrata ha mesurado y dosificado hábilmente la exposición pública del candidato, a sabiendas de que la confrontación personal es el territorio preferido de Trump y donde el presidente acapara la atención con insinuaciones maliciosas, insultos y falsedades.

En lugar de trenzarse en un mano a mano con Trump, Biden ha participado en mítines en los que la audiencia se mantiene a distancia y usa mascarillas, y donde el discurso llama al optimismo, a la unidad nacional y a superar el caos de la era trumpiana. En contraste con el discurso arrebatado de Trump, que no ha ofrecido ideas sobre qué haría en un segundo mandato, Biden ha presentado planes para la reactivación económica, la creación de empleos en la energía alternativa, políticas ambientales y atención a los inmigrantes indocumentados.

Y la campaña, mientras esconde al candidato de los pugilatos verbales con Trump, ha movilizado una miríada de organizaciones no gubernamentales, iglesias, grupos de derechos humanos, coaliciones de mujeres y minorías, sindicatos, empresarios y, sobre todo, prominentes exfuncionarios y políticos republicanos que se han volcado por la candidatura demócrata. Decenas de exfiscales federales y cientos de exfuncionarios militares y de los servicios de seguridad nacional e inteligencia han publicado condenas de Trump y elogios de Biden. Una horda de oposición para la que la campaña republicana no ha hallado respuestas.

ELECCIÓN EN MARCHA

A este viernes, cuatro días antes del Día de la Elección, probablemente más de 80 millones de ciudadanos ya habrán votado, sea depositando su sufragio personalmente o remitiéndolo por correo. Esta modificación de los períodos de votación –causada por las preocupaciones por la pandemia y para evitar la aglomeración de votantes en un solo día– ha tornado ya medio fútiles las campañas y las tretas de último momento: más de la mitad del electorado previsto en 2020 ya ha pronunciado su voto. En un país que el gobierno de Trump ha contribuido a polarizar y radicalizar, cuesta creer que todavía quede un número sustancial de votantes indecisos.

Los indicios del voto anticipado apuntan a una victoria del Partido Demócrata, pero también es posible que millones de simpatizantes del presidente, que desconfían del correo a instancias de su caudillo, salgan a votar el martes 3. Ambas campañas han reclutado verdaderos batallones de abogados en anticipo de los litigios en el escrutinio y la advertencia de Trump de que podría desconocer un resultado adverso estampa en lo que pueda ocurrir después del martes un relieve de incertidumbre y aprensiones.               

Para muchos trumpistas, y en particular los contagiados por la irracionalidad de QAnon, esta elección tiene un significado apocalíptico. Para el resto de los estadounidenses es una oportunidad de retornar a cierto grado de moderación, respeto mutuo y un gobierno racional.

Por Jorge A. Bañalesdesde Washington 
30 octubre, 2020

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Jill Lepore, en Cambridge, Estados Unidos

La historiadora y profesora de la Universidad de Harvard acaba de publicar el libro 'If Then' sobre la primera empresa que revolucionó el mundo de los datos electorales para las campañas y los medios en Estados Unidos

 

Las clases que da en la Universidad de Harvard la historiadora Jill Lepore son una de las experiencias más vivas e intensas del campus. La disección de la democracia de Estados Unidos, la historia del Derecho y la investigación de las pequeñas historias dentro del arco político y social de varios siglos ayudan a comprender tanto los detalles de la vida y las ideas de 1700 como el estado actual del país.

Lepore da clases, publica libros con un ritmo admirable -nueve en los últimos 10 años- y es colaboradora permanente del New Yorker. Uno de sus secretos es que no tiene cuentas en redes sociales y dedica todo su tiempo laboral a enseñar, investigar y escribir. En 2018 publicó These Truths, un repaso de la democracia de Estados Unidos desde su fundación hasta la elección de Trump con el hilo conductor de las verdades, las mentiras y los mitos construidos a lo largo de la historia. 

Ahora acaba de publicar If Then, sobre la empresa de datos "que inventó el futuro". Una compañía llamada Simulmatics y fundada en 1959 empezó a venderles a los políticos y a los medios lo que llamaban "The People Machine" ("La máquina del pueblo"), para introducir datos sobre los votantes o consumidores y predecir su comportamiento. Se atribuyeron parte del mérito de la victoria de John F. Kennedy en 1960 y llegaron a abrir oficina en Saigón para asesorar sobre los pasos adecuados en la guerra de Vietnam. Para Lepore, es el precedente de las plataformas que hoy dominan nuestros datos y nuestras vidas. 

¿Por qué quería contar ahora la historia de Simulmatics?

Me topé con la historia en los archivos y me pareció relevante para lo que está pasando hoy. 

La empresa no acabó bien. ¿Puede ser un aviso a navegantes para la actualidad?

No creo que se pueda extraer una lección de la historia de esta empresa. Fracasó por todo tipo de razones que son bastante específicas de la década de los 60: no tenían suficientes datos para hacer el tipo de modelo que querían; el coste del tiempo de computación era entonces prohibitivamente alto. 

En el libro subraya en particular lo mal que se portaban estos hombres con sus parejas. ¿Por qué?

Históricamente, mucho de lo que se escribe sobre la innovación disruptiva tiene un tono celebratorio y triunfalista, alimentado por la utopía tecnológica. Mucho de ello es para autojustificarse. Yo escribo sobre este mundo desde fuera. Muchos de los supuestos que aceptamos sobre el mundo, sobre el comportamiento humano, me llaman la atención como profundamente misóginos. No tenía previsto estudiar a fondo los asuntos domésticos de estos hombres, pero no hacía más que encontrarme con evidencias de esto y pensé que era importante contarlo. 

Escribe sobre cómo periódicos y televisiones abrazaron la tecnología para predecir resultados y categorizar votantes (me encantó la historia de las luces que proyectaba el 'New York Times' hasta los años 50 para anunciar los resultados). Algunos expertos sugieren ahora que las predicciones electorales ayudaron a Trump en 2016. ¿La obsesión por las encuestas y las predicciones dañó el proceso democrático?

Es una pregunta muy interesante. Y a mí también me encantaron las luces del Times. Esta obsesión data de un pasado bastante distante. Lo que fue raro sobre 2016 es cuánta gente pareció creer en encuestas que se estaban convirtiendo en cada vez menos fiables, como escribí en 2015. 

¿Hasta qué punto cree que Trump es el resultado de esa era de automatización y polarización que describe en el libro?

Oh, creo que Trump es sobre todo el resultado del sufrimiento económico que pasa la gente que votó por él.

Más allá de si pierde o gana, ¿es Trump un accidente o un síntoma del estado del país?

Ésta es una gran, gran pregunta, pero creo que la respuesta es diferente si pierde. Si pierde, será visto como una aberración. Si gana, será visto como la nueva dirección en la que está ahora el país. 

¿Su presidencia es el principio o el final de un ciclo para la democracia de Estados Unidos?

La mayoría de lo que consideramos el "Trumpismo" en realidad precede a Trump. A él le encanta la atención, quiere que todo sea sobre él, pero, al final, no es así. Quienes creen que lo que Trump representa terminará cuando él ya no sea presidente simplemente se equivocan, por desgracia. 

¿Ya está trabajando en su nuevo libro?

Oh, no. Ahora estoy haciendo una pausa. Como historiadora, necesito encontrarle el sentido a estos últimos cuatro años, tal vez para un nuevo capítulo de mi libro These Truths. Pero, por lo demás, estoy sólo leyendo, leyendo y leyendo. 

30 de octubre de 2020 22:13h

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