Martes, 26 Enero 2021 05:59

Pandemia y deuda, los ejes de Davos

António Guterrez, de la ONU, reclamó disponibilidad de vacunas para todos los países.  Imagen: EFE

Empezó el foro económico del establishment global

Las consecuencias de la covid-19 marcarán otra vez el año económico. Xi Jinping advirtió a Biden y la ONU pidió alivio por las deudas.

 

El encuentro anual del Foro de Davos, que congrega a la crema del establishment global, comenzó este lunes, con una agenda dominada por la pandemia y su impacto en la economía, el cambio climático y el comienzo de la presidencia demócrata de Joe Biden en los Estados Unidos. Por primera vez, tiene un carácter virtual y entre las presencias de la primera jornada se destacaron el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, y la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde. También estuvieron Pedro Sánchez, primer ministro de España; Antonio Fauci, asesor de Salud de Joe Biden, y entre las figuras empresariales, Pascal Soriot, CEO del laboratorio AstraZeneca; James Quincey, CEO de Coca-Cola y Herbert Diess, CEO de Volkswagen. El plato fuerte del día fue la declaración del presidente de China, Xi Jinping, quien solapadamente advirtió a Biden acerca de una nueva guerra fría.

En el foro también se presentó un documento sobre la economía global en donde se plantea que los riesgos de los próximos dos años están vinculados al empleo y vivienda, desilusión entre los jóvenes, inequidad digital, estancamiento económico, daño al medio ambiente, erosión de la cohesión social y ataques terroristas. Pero además, el informe presenta un cuadro en donde la Argentina aparece como una de las economías más golpeadas por la pandemia, solo superada por España y Perú. En paralelo, el país aparece con una de las mayores tasas de muerte por coronavirus cada 100 mil habitantes, algo peor que México,

En su presentación ante el Foro de Davos, el presidente de China, Xi Jinping, alertó sobre el comienzo de una nueva “guerra fría”, un dardo dirigido al flamante presidente norteamericano, Joe Biden. “La confrontación siempre va a terminar hiriendo a los intereses de todas las naciones y sacrificando el bienestar del pueblo”, advirtió. También reafirmó el compromiso de China de reducir en un 65 por ciento las emisiones de carbono para 2030 y alcanzar la neutralidad de carbono (emisiones netas igual a cero) para 2060. La economía de China creció 2,3 por ciento el año pasado, su peor marca desde 1976. Aun así, se trata de la única economía grande del mundo con crecimiento positivo en 2020. Se espera para 2021 una recuperación del 7,9 por ciento.

El crecimiento de China volverá a estar muy por encima del promedio del avance mundial, que será de 4,7 por ciento, según detalló en Davos Antonio Guterres, secretario general de la ONU. El funcionario advirtió que la recuperación económica va a depender de la “disponibilidad y eficacia de las vacunas para todos, del apoyo fiscal y monetario inmediato en los países desarrollados y en vías de desarrollo y de medidas transformadoras de estímulo a más largo plazo".

"Muchos de los países con ingresos medios y los menos desarrollados necesitan liquidez para evitar impagos de la deuda. Se necesita el alivio de deuda de todos los países que lo necesiten para que nadie se vea forzado a elegir entre ofrecer los servicios básicos a su población o cumplir con sus deudas", señaló Guterres. La declaración apunta a la situación de los países más pobres pero sirve para reforzar la posición de Argentina, que se encuentra en plena negociación con el FMI para llegar a un acuerdo de renegociación. "Nuestro principal objetivo para 2021 es construir una coalición global para lograr un saldo nulo en

Por otro lado, la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, anticipó que el crecimiento económico esperado de la Eurozona en el primer trimestre de 2021 es de apenas 0,6 por ciento, la mitad de la predicción que se había hecho en diciembre pasado. "Todavía se trata de cruzar el puente hacia la recuperación. El tren está demorado, pero no descarrilado", dijo Lagarde.

Para la jornada de este martes, se espera la presencia (virtual) de la Canciller de Alemania, Angela Merkel, su par de Francia, Emmanuel Macron, y la titular del FMI, Kristalina Georgieva. El jueves está prevista la participación del presidente argentino, Alberto Fernández.

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Ola de violencia callejera en Holanda contra el toque de queda

El primer ministro en funciones, Mark Rutte, tildó ayer de “violencia criminal” los disturbios que convirtieron Holanda en escenario de una batalla campal entre policías y jóvenes amotinados contra el toque de queda entre las 21 h y las 4.30 h, la primera restricción a la movilidad que se aplica contra la pandemia desde marzo y que llega a unas semanas de las elecciones legislativas.

La Policía neerlandesa detuvo al menos a 151 personas durante choques entre los agentes y grupos de jóvenes, en la que es ya la tercera noche consecutiva de disturbios en Países Bajos.

Aunque el toque de queda en la práctica no afecta a la rutina social de un país donde se cena temprano y en el que toda la actividad no esencial está cerrada, Rutte no se había atrevido hasta ahora a restringir la movilidad y apostó siempre por apelar al “característico” sentido de la responsabilidad y la “madurez social” de los ciudadanos.

Pero ayer el país amaneció con calles llenas de cristales rotos, comercios saqueados y un hospital apedreado por los manifestantes, que incendiaron un centro de pruebas PCR, quemaron coches y contenedores, lanzaron piedras y fuegos artificiales a los agentes, destrozaron bicicletas, e interrumpieron el tráfico. La policía reaccionó con todos sus medios para dispersar las protestas y utilizó cañones de agua, caballos, perros, gases lacrimógenos y porras.

Los disturbios fueron obra de grupos integrados por algunos cientos de jóvenes que se repartieron a lo largo y ancho del
país, convocando protestas a través de las redes sociales contra el toque de queda, vigente desde el sábado.

Al menos una decena de municipios se vieron afectados por la ola de violencia, en particular Eindhoven, Ámsterdam y La Haya. Se espera que la cifra de detenciones sea aún mayor porque los choques en Bolduque (Den Bosch) y Róterdam fueron especialmente violentos. También hubo movimiento en otros puntos del país, como en Haarlem, Geleen, Helmond, Zwolle, Almelo, Breda y Tilburgo, pero la policía logró controlar la situación de forma más rápida.

El director del sindicato de la policía, Koen Simmers, teme que lo ocurrido solo sea un presagio de lo que vendrá si continúan en vigor las restricciones vigentes desde mediados de diciembre y cree que el malestar social podrá durar “días o semanas”. No se había visto una violencia similar en Holanda desde los enfrentamientos entre la policía y los okupas en los años ochenta. “En Eindhoven, la situación se fue tanto de las manos que los alborotadores han atacado con cuchillos”, añadió Simmers.

Los alcaldes y los diputados han subrayado su preocupación por la nueva noche de disturbios, la tercera desde que entró en vigor el toque de queda el sábado. El alcalde de la ciudad de Eindhoven, John Jorritsma, llamó “la peor escoria del mundo” a los alborotadores, y alertó de que, si la sociedad no está “unida contra esto (la pandemia), estaremos de camino a una guerra civil”. Al menos 55 personas fueron detenidas al final de la noche.

El alcalde de Tilburgo, Theo Weterings, condenó por “reprobable” e “inaudito” el comportamiento de los jóvenes que se dieron cita en el municipio, y subrayó que las tiendas afectadas “pertenecen a empresarios que ya lo están pasando mal” por el confinamiento. La policía detuvo a 19 personas en esta ciudad.

“Ladrones sin vergüenza, no puedo decir otra cosa. Tuvimos que amenazar con el uso de gas lacrimógeno, una medida de gran alcance, me parece triste porque nunca he tenido que hacer algo así en toda mi carrera”, respondió el alcalde de Róterdam, Ahmed Aboutaleb. 

El edil de Bolduque, Jack Mikkers lamentó también lo ocurrido. “Es inaudito lo que ha sucedido esta noche. Esta gente no se da cuenta para nada del miedo, la preocupación, el daño y la vergüenza que producen a los vecinos de la ciudad. Un montón de malhechores lo arruinan todo para muchas otras personas. Somos muchos los que no entendemos nada de este comportamiento”, dijo.

El líder de la izquierda verde, Jesse Klaver, señaló a la ultraderecha por haber “incitado a la violencia” con una declaración de una facción del Partido de la Libertad contra el toque de queda, algo que el populista Geert Wilders señaló como “¡inaceptable, antidemocrático y francamente peligroso!”

Agencias

La Haya

26/01/2021 01:27Actualizado a 26/01/2021 09:01

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Economía y política a comienzos del 2021 Incertidumbres en la economía mundial

No hay que esperar grandes cambios en la economía mundial del 2021 respecto de lo acontecido el pasado año e incluso, de los inmediatos anteriores, aun cuando pesa y mucho el impacto del COVID19 en el 2020, lo que agravó el proceso recesivo, o de desaceleración, verificable desde la gran crisis del 2007/09, o si se quiere desde el 2001 estadounidense. En aquella oportunidad todo se resolvió con mayor emisión y deuda pública, lo que se repitió a los pocos años y volvió a potenciarse y extenderse en el presente, con una deuda que alcanza al 110% del PIB estadounidense. Al lado de los usos monetarios se desplegó la ofensiva militarista para sostener la dominación estadounidense y “ordenar” el sistema capitalista en función de la lógica de acumulación de sus capitales de origen. Un “orden” que con Trump empezó a mutar en “desorden”, uno “norma” que no podrán superar los demócratas en la nueva gestión gubernamental. EEUU no puede frenar los cambios que operan en el orden mundial capitalista y solo puede intentar demorar su pérdida de peso relativo, con las formas específicas de Biden o de Trump. Este no es un loco enajenado, sino expresión de las dificultades de la economía capitalista estadounidense.

Son décadas, entre 2001 y 2021, de bajo crecimiento y acumulación de serios problemas en la situación mundial del capitalismo. La algarabía de los 90, ruptura de la bipolaridad entre socialismo y capitalismo, del Siglo XX encontró sus límites materiales en la valorización de los capitales, con la emergencia de nuevos territorios para la acumulación, especialmente China, que si hace 40 años apenas existía en la ponderación de la producción mundial, hoy disputa la primacía con EEUU. Hacia el 2001, con EEUU en crisis, China recién iniciaba su estrategia de proyección internacional en el marco de la liberalización empujada por EEUU desde la restauración conservadora de Reagan en 1980. EEUU aceleró entonces la intervención estatal desde las políticas monetarias sustentadas desde el Tesoro y la Reserva Federal, cuando China y su política de modernización aventajaba con años de planificación estatal e inversiones científicas, técnicas y tecnológicas que ahora hacen visible una tendencia a la ofensiva en el control de la innovación y la producción mundial. Es un proceso que involucra de manera acelerada la internacionalización de la moneda china en desmedro de la hegemonía del dólar establecida desde 1944/45.

Por eso, al pensar los problemas del capitalismo contemporáneo, reconocemos, por un lado, la merma del poderío relativo de EEUU, que inaugura nueva administración desde enero y con expectativas de cambios en la regulación financiera y la reanimación de la economía bajo la gestión Biden-Yellen. Algunos imaginan, como si ello fuera posible, una nueva ronda de políticas keynesianas, con importante intervención estatal en las pautas macroeconómicas, obviando que el problema trasciende la esfera de la macroeconomía y se asienta en la falsedad de la liberalización del mundo empresario, o de la microeconomía, tal como les gusta a los profesores de manuales explicar el funcionamiento de la economía. La macro bajo dominio del Estado, la micro bajo las decisiones del capital privado. Una ilusión hace un siglo y mucho más en la actualidad. Por eso también insistimos que el otro fenómeno en la economía mundial es la emergencia de China, la que creció de manera destacada en este lapso, para competir en la actualidad no solo la primacía económica en el ámbito global, sino la potencia de un nuevo ciclo de dominación mundial.

Ambos fenómenos de la trayectoria de EEUU y de China en estas décadas, más allá de la guerra comercial y monetaria entre ambos países, actualizan la agenda de discusión sobre la producción y circulación de bienes y servicios, tanto como las alianzas internacionales, algo verificado en el reciente acuerdo comercial entre China y la Unión Europea, ahora menguada con la salida británica por el Brexit, que induce nuevos problemas a la dinámica de la circulación capitalista europea y global. Del orden emergente del 45 del siglo pasado al desorden contemporáneo se pueden observar los movimientos de una compleja estrategia de renovación del capitalismo mundial. Hemos sostenido que las crisis mundiales renuevan las formas de expresión de los mecanismos esenciales de la explotación de la fuerza de trabajo y los mecanismos extra-económicos de apropiación de la riqueza socialmente generada, exacerbando en el presente el papel de la renta, del suelo, petrolera, minera, financiera, etc. La producción capitalista se resignificó en cada crisis mundial, hacia 1870, 1930, 1971 y claramente en este presente continuo entre 2001 y 2021.

El tema es grave, por eso, aquellos que imaginaron un rebote rápido de la economía mundial deberán esperar, según afirman las distintas valoraciones sobre el presente año de los organismos internacionales y otros ámbitos de estudio sobre la coyuntura de la economía mundial. Más allá de los pronósticos, nadie aventura hoy una rápida recuperación, con un horizonte incierto sobre los impactos económicos y sociales, incluso de temas estratégicos como el cambio climático, los cambios regresivos en cuestión de empleo y la creciente desigualdad en la apropiación del ingreso y la riqueza[1]. Dice el BM: “Se espera que la economía mundial se expanda un 4 % en 2021, suponiendo que la distribución inicial de las vacunas contra la COVID-19 (coronavirus) se amplíe a lo largo del año.” Suponiendo dice el informe, un vocablo que no otorga seguridad y anima lo que denominamos “incertidumbre”. Continúa el organismo: “Para superar los impactos de la pandemia y contrarrestar los factores adversos que afectan las inversiones, es necesario dar un gran impulso a la mejora del entorno empresarial, aumentar la flexibilidad del mercado laboral y de productos, y reforzar la transparencia y la gobernanza”. Leemos el énfasis en la micro, a lograr con flexibilidad laboral, o sea, todo a la ganancia y en contra del ingreso salarial y sus condiciones de trabajo y de vida. Nada nuevo en la reconversión capitalista para relanzarse luego de la crisis en curso. Ni siquiera la aparición de vacunas en el presente resuelven en el corto plazo la inmunidad sanitaria de la población, haciendo más compleja la recuperación plena de la capacidad instalada de la producción mundial. La desigualdad creciente posterga toda visión optimista sobre objetivos socio económicos establecidos y avizora la emergencia de una conflictividad social en la demanda de derechos socio económicos deliberadamente restringidos en casi medio siglo de reaccionarias reformas a nombre de la libertad de mercado.

Una libertad cuestionada por la inmensa intervención estatal en el salvataje de la economía, proceso enfatizado en los países de mayor desarrollo capitalista, aun bajo distintos gobiernos, tanto en EEUU, como en Europa o Japón, también China (obvio). La intervención del Estado resulta esencial para explicar que la situación no sea más grave de lo que la realidad muestra con dramáticos datos que afectan a millones de personas desfavorecidas, no solo por razones sanitarias, caso del COVID19, sino por la marginación social, el desempleo, la pobreza y la indigencia. La intervención estatal no se discute, sino, en favor de qué sectores socioeconómicos y para atender cuáles demandas. El eje central del accionar del Estado capitalista está en el restablecimiento de la lógica de la ganancia, por lo que crece la preocupación sociopolítica del pensamiento crítico por atender las demandas sociales y económicas de la mayoría de la población marginada de la mercantilización creciente de la vida cotidiana.

Premisas para un horizonte alternativo

El problema es continuar haciendo aquello cuyos resultados conocemos y con regresivos resultados. Hace ya medio siglo que las políticas hegemónicas inducen un desmantelamiento de la seguridad social gestada en el medio siglo precedente en los países capitalistas, quienes confrontaban desde 1930 con las condiciones sociales de la reorganización civilizatoria expresada por el socialismo en ciernes desde la revolución rusa en 1917. El desarme de los derechos sociales es un fenómeno exacerbado en las últimas tres décadas luego de la ruptura de la bipolaridad en el sistema mundial. Es una tarea inacabada en este comienzo de la tercera década del Siglo XXI, cuya tendencia se agudizó en los últimos años, aun con algunas ventanas de esperanza, abiertas a contramano, caso del cambio político operado en la primera década de este siglo en Nuestramérica. Un proceso que fue contrarrestado con fuerte intervención mediática y propagandística, sin menoscabar otras fuentes tradicionales de intervención para revertir procesos cuestionadores a la liberalización y mercantilización de la cotidianeidad.

La experiencia del cambio político debe ser discutida, muy especialmente en lo relativo al cambio económico, a la potencialidad de reformas en las relaciones económico sociales más allá de la intervención estatal, donde destaca la orientación hacia formas comunitarias y cooperativas de larga tradición en la región y en el mundo. Es un tema que recogió el nuevo constitucionalismo en Nuestramérica, muy especialmente en las reformas del 2009 en Bolivia y en Ecuador. Son referencias institucionales que requieren pasar a constituirse en política del Estado y de la Sociedad, con gran participación social en la toma de decisiones para la discusión sobre el sentido de la producción y la distribución, los que supone analizar los sujetos económicos del cambio social y político. En rigor, supone discutir un marco referencial diferente para la situación actual de la economía en la región y en el mundo. Los análisis de la CEPAL insisten en las desventajas de la región para la producción y el comercio mundial, incluso la escasa expectativa en ser receptores de inversión externa, salvo para profundizar el saqueo sobre los bienes comunes y una mayor explotación de la fuerza de trabajo.

Un nuevo paradigma de producción se requiere para satisfacer las demandas sociales de los pueblos en nuestra región y en el mundo. Las experiencias recientes, de la primera década del Siglo XXI dejaron un conjunto de instituciones que constituyen programa para pensar en respuestas creativas en nuestro tiempo. Se trata de una orientación hacia políticas soberanas en materia de alimentación, energía, o finanzas. En este último caso implica la posibilidad de transitar una nueva arquitectura financiera que ponga freno a la fuga de recursos generados socialmente con el esfuerzo del trabajo de nuestros pueblos. Cuando en Davos se discute el “reinicio” luego de la crisis, los pueblos necesitan recrear el programa alternativo, en contra y más allá del capitalismo.

La crisis convoca a renovar al capitalismo, pero también a desafiar el orden civilizatorio sustentado en la explotación y el saqueo, que afecta a los seres humanos y a la propia naturaleza. El COVID19 es expresión de ese fenómeno, del modelo productivo capitalista. Por ello es que se debe pensar y actuar críticamente, en la búsqueda de un nuevo orden económico social sustentado en el cuidado de la naturaleza y la satisfacción de las amplias necesidades sociales. El orden capitalista y sus incertidumbres del presente solo auguran mayores miserias para los pueblos del mundo e impone la necesaria construcción de otro orden social No se trata de resetear al capitalismo, sino que se requiere combatirlo y desplegar nuevas relaciones socioeconómicas entre las personas. Como siempre sostenemos, no es solo economía, sino política, dos esferas de la actividad humana indisociables.

Buenos Aires, 20 de enero de 2021

[1] Puede leerse: a) FMI. Perspectivas de la Economía Mundial, en: https://www.imf.org/es/Publications/WEO; b) Banco Mundial. La economía mundial se expandirá en un 4 % en 2021, en: https://www.bancomundial.org/es/news/press-release/2021/01/05/global-economy-to-expand-by-4-percent-in-2021-vaccine-deployment-and-investment-key-to-sustaining-the-recovery ; c) Foro económico Mundial. Riesgos globales 2021: futuro fracturado, en: http://reports.weforum.org/global-risks-report-2021/global-risks-2021-fractured-future/

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La pandemia refuerza la miseria de los sectores empobrecidos

La brecha económica y social, más profunda que nunca

Los más ricos del mundo se recuperaron en 9 meses 

Los más pobres del planeta, necesitarán 10 años

 

Mientras los más pobres del mundo necesitarán al menos una década para recuperarse de la crisis actual, los multimillonarios –las mil mayores fortunas del planeta- recuperaron en solo 9 meses sus pérdidas momentáneas.

Así lo sostiene el Informe El virus de la desigualdad publicado este 25 de enero (https://www.oxfam.org/es/informes/el-virus-de-la-desigualdad) por la ONG internacional Oxfam. Aparece el mismo día en que el Foro de Davos comienza su edición virtual 2021. Denominado la Agenda de Davos, el Foro Económico Mundial se da cita entre el 25 y el 29 de enero conectando a más de mil participantes, representantes del mundo económico y del poder político.

El informe de Oxfam refuerza, acompaña y fundamenta, también, las múltiples reflexiones que a partir el pasado sábado 23 y hasta el 31 de enero promueve el Foro Social Mundial virtual. Según los organizadores, al 24 de enero, se registraban 7660 inscriptos de 134 países y 660 actividades previstas. En muchas de las cuales el tema central gira en torno al impacto de la pandemia y las alternativas sociales y populares para superarlo.

Oxfam hace parte de la Protesta Global para luchar contra ladesigualdad(https://www.fightinequality.org/ ), una alianza internacional que convoca a movilizaciones en diversos países de Asia, África y América Latina en esta última semana de enero.

En su informe se pregunta cómo recomponer un mundo devastado por el coronavirus ( https://www.oxfam.org/es/informes/el-virus-de-la-desigualdad) en el cual más de dos millones de personas han perdido la vida, y cientos de millones se están viendo arrastradas a la pobreza. Y anticipa una respuesta global: se ha demostrado que “es posible poner en marcha políticas transformadoras que antes de la crisis eran impensables. No hay vuelta atrás. No podemos volver a donde estábamos. En lugar de ello, la ciudadanía y los gobiernos deben responder a la urgente necesidad de construir un mundo más justo y sostenible”, enfatiza. Con el convencimiento que la acción de los gobiernos es esencial para proteger la salud y los medios de vida, acota.

El diagnóstico pre-crisis, según la ONG, evidencia “la fragilidad colectiva, así como la incapacidad de nuestra economía, profundamente desigual, de beneficiar al conjunto de la sociedad”. Y recuerda, por ejemplo, que según Forbes, entre marzo y diciembre del 2020, la fortuna de las 10 personas más ricas del mundo (milmillonarias) creció en 540.000 millones de dólares. Se refiera a: Jeff Bezos, Elon Musk, Bernard Arnault (y familia), Bill Gates, Mark Zuckerberg, Larry Ellison, Warren Buffett, Zhong Shanshan, Larry Page y Mukesh Ambani.

Para la elaboración de El virus de la desigualdad se entrevistaron a 295 economistas de 79 países. El 87 % de ellos comparte esta caracterización de la crisis y de las opciones futuras. Y concuerda con el pronóstico que la desigualdad de ingresos va a seguir creciendo en sus respectivos países a consecuencia de la crisis sanitaria.

La ONG cita a Antonio Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas, con quien comparte el diagnóstico actual de la civilización humana. “Se ha comparado al COVID-19 con una radiografía que ha revelado fracturas en el frágil esqueleto de las sociedades que hemos construido y que por doquier está sacando a la luz falacias y falsedades: la mentira de que los mercados libres pueden proporcionar asistencia sanitaria para todos; la ficción de que el trabajo de cuidados no remunerado no es trabajo; el engaño de que vivimos en un mundo post-racista; el mito de que todos estamos en el mismo barco. Pues si bien todos flotamos en el mismo mar, está claro que algunos navegan en superyates mientras otros se aferran a desechos flotantes”.

Datos desgarradores

Y la ONG hace su propia descripción del planeta Tierra. Un mundo en el que casi la mitad de la humanidad tiene que sobrevivir con menos de 5,50 dólares al día, en el que, durante 40 años, el 1 % más rico de la población ha duplicado los ingresos de la mitad más pobre de la población mundial y, en el cual el último cuarto de siglo, el 1 % más rico de la población ha generado el doble de emisiones de carbono que el 50 % más pobre, agravando la destrucción provocada por el cambio climático.

Analizando datos esenciales, Oxfam afirma que la pandemia de COVID-19 tiene el potencial de aumentar la desigualdad económica en prácticamente todos los países del mundo al mismo tiempo, realidad hasta ahora desconocida –en cuanto a ese nivel de impacto global- desde hace más de un siglo, cuando se comenzaron a registrar datos esenciales.

El aumento de la desigualdad podría obligar a que se tarde, como mínimo, 14 veces más en reducir la pobreza -hasta el nivel previo a la pandemia- que el tiempo que han tardado las mil personas más ricas del planeta -en su mayoría hombres blancos- en recuperar su riqueza. 

“La recesión ya ha acabado para los más ricos”, afirma Oxfam. Desde el inicio de la pandemia, incluso, la fortuna de las 10 personas más ricas del mundo ha aumentado en medio billón de dólares, cifra que permitiría financiar sin problema alguna la vacuna universal contra el COVID 19. En paralelo, esta situación sanitaria desencadenó “la peor crisis laboral en más de 90 años, y cientos de millones de personas se encuentran subempleadas o sin trabajo”.

Una vez más las mujeres y los sectores marginalizados pagan los precios más altos de la crisis, afirma la ONG coincidiendo con diversos informes que en los últimos meses han publicado organismos de las Naciones Unidas, como la OIT, FAO, PNUD etc. A nivel mundial, las mujeres están sobrerrepresentadas en trabajos mal remunerados y precarios, que han sido los que más se han visto afectados por la crisis del COVID-19, enfatiza. Las mujeres constituyen aproximadamente el 70 % de la fuerza laboral a nivel mundial en el ámbito de la salud y la atención social, empleos esenciales, pero a menudo mal remunerados que además las exponen a un mayor riesgo de contraer el virus.

En Brasil, por otra parte, las personas afrodescendientes tienen un 40 % más de probabilidades de morir a causa del coronavirus que las personas blancas. En Estados Unidos, si la tasa de mortalidad de las personas de origen latino y afroamericano hubiese sido la misma que la de las personas blancas, se hubieran podido evitar 22.000 decesos de esos grupos.

Las zonas más pobres de países como España, Francia e India presentan tasas de infección y mortalidad más elevadas. En el caso de Inglaterra, las tasas de mortalidad de las regiones más pobres duplican a las de las zonas más ricas.

Un reciente estudio científico muestra que el impacto del COVID 19 en los barrios más populares de la ciudad suiza de Ginebra -sede principal europea de las Naciones Unidas- es significativamente mayor que en las zonas de población rica de la misma ciudad. El estudio fue dirigido por el doctor Idris Guessous, responsable de uno de los servicios del Hospital ginebrino HUG. ( https://lecourrier.ch/2021/01/19/plus-dimpact-dans-les-quartiers-pauvres/ ).

El Programa Mundial de Alimentos (PMA) de las Naciones Unidas estima que, a causa de la pandemia, el número de personas en situación de hambre extrema alcanzaría los 270 millones de personas a finales de 2020, lo que supone un incremento del 82 % con respecto a 2019. Con estas cifras, Oxfam calculó que la crisis provocada por la pandemia sería la causa de que murieran de hambre entre 6.000 y 12.000 personas al día a finales de 2020.

Perspectivas

En cuanto al futuro, OXFAM no duda en desarrollar su hipótesis rectora. La clave para lograr una rápida recuperación económica frente a la pandemia es la adopción de modelos económicos más justos.

Y tomar medidas que están a la mano y que solo exigen una clara voluntad política de los Gobiernos. Por ejemplo, la imposición de un impuesto temporal sobre los beneficios excesivos obtenidos por las 32 multinacionales que mayor riqueza han acumulado desde que comenzara la crisis, hubiera permitido en 2020 una recaudación de 104.000 millones de dólares. Cantidad suficiente para financiar prestaciones por desempleo para trabajadores y trabajadoras, así como para proporcionar apoyo económico al conjunto de niños, niñas y personas mayores de los países de renta media y baja.

Oxfam finaliza su informe proponiendo Cinco pasos para conseguir un mundo mejor. Mas igualdad; economías más humanas; libre de explotación y con seguridad de ingresos; donde los más ricos paguen los impuestos que les correspondan de manera justa; y se priorice la seguridad climática.

Y sostiene que la construcción de “nuestro nuevo mundo debe basarse, en primer lugar, en una reducción radical y sostenida de la desigualdad”. Los gobiernos deben establecer metas concretas de reducción de la desigualdad, y sujetas a plazos precisos. El objetivo no debe limitarse a volver a los niveles de desigualdad previos a la crisis, sino que debe ir más allá para construir, con carácter de urgencia, un mundo más justo.

La lucha contra la desigualdad, incluyendo la desigualdad racial y de género, debe ser un elemento central del rescate económico y de las iniciativas de recuperación. Para las personas en situación de pobreza, las mujeres, las personas negras y personas afrodescendientes, los pueblos indígenas y demás comunidades históricamente excluidas y oprimidas de todo el mundo, esto significaría que por fin sus gobiernos darían prioridad a sus necesidades, concluye

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El extraño caso de la posible curación de un linfoma de Hodgkin por la COVID-19

Se acaba de publicar en el British Journal of Haemathology el siguiente caso clínico: varón de 61 años con inflamación de los ganglios y pérdida de peso, recibía hemodiálisis por insuficiencia renal terminal después de un trasplante renal fallido.

Se le diagnostica un linfoma de Hodgkin clásico en estadio III (el linfoma afecta a áreas ganglionares localizadas a ambos lados del diafragma o por encima del diafragma y en el bazo).

Poco después del diagnóstico, ingresó con dificultad para respirar y se le diagnosticó neumonía por SARS-CoV-2 [COVID-19] positivo por PCR.
Después de once días, fue dado de alta para convalecer en su casa. No se administró corticosteroides ni inmunoquimioterapia.

Cuatro meses después, la inflamación de los ganglios se había reducido y una exploración PET reveló una remisión generalizada del linfoma.

Según los autores, la hipótesis es que la infección por SARS-CoV-2 desencadenó una respuesta inmunitaria antitumoral: las citocinas inflamatorias producidas en respuesta a la infección podrían haber activando células T específicas con antígenos tumorales y células asesinas naturales contra el tumor. El SARS-CoV-2 le había curado el linfoma.

¿Magia?

Por lo visto antes ya se había descrito algún caso similar en otro tipo de linfomas que habían remitido espontáneamente antes de tratamiento debido al efecto antitumoral de una neumonía infecciosa y de una colitis por Clostridium difficile.

En el fondo esto no es tan sorprendente. Los microorganismos no solo pueden causar cáncer, sino que también pueden ayudar a curarlo.

A finales del siglo XIX un médico de Nueva York llamado William B. Coley desarrolló un tratamiento contra el cáncer con un preparado de bacterias llamado las toxinas de Coley.

Este médico se dio cuenta de que los pacientes con cáncer que además sufrían una infección respondían mejor que los pacientes sin infección. Coley pensaba que la infección estimulaba el sistema inmune para luchar contra el cáncer y por eso desarrolló un cóctel de bacterias Streptococcus pyogenes y Serratia marcescens, que inyectaba directamente en el tumor.

Durante años en EE. UU. se trató a pacientes de algunos tipos de cáncer incurables con preparados de bacterias y toxinas, en muchos casos de forma exitosa.

Sin embargo, las críticas y sobre todo el éxito de los nuevos tratamientos de quimio y radioterapia hizo que las toxinas de Coley cayeran en el olvido.
No obstante, actualmente se ha comprobado que el principio básico del tratamiento de Coley era correcto y que algunos tipos de cáncer son sensibles a una estimulación del sistema inmune.

En el fondo todo está relacionado: los microbios, el sistema inmune, la respuesta inflamatoria y el cáncer, pero todavía no sabemos muy bien cómo.

En las últimas décadas se ha empleado el bacilo Calmette-Guerin, más conocido por sus siglas BCG, como tratamiento contra el cáncer de vejiga. El BCG es en realidad un extracto atenuado de la bacteria Mycobacterium bovis que se emplea como vacuna contra la tuberculosis.

El BCG estimula una respuesta inmune y causa la inflamación de la pared de la vejiga que acaba destruyendo las células de cáncer dentro de la vejiga, al menos en los primeros estadios del tumor.

En realidad en esto se basa la inmunoterapia, que está tan de moda actualmente. La intuición de Coley era correcta: estimular el sistema inmune puede ser efectivo para tratar el cáncer. Por eso a William B. Coley se le llama el padre de la inmunoterapia.

 

25 enero 2021

(Este artículo fue publicado en The Conversation y reproducido por BBC Mundo)

Caída de la inversión a nivel mundial

La inversión extranjera directa mundial se derrumbó un 42 por ciento durante 2020, para totalizar 859.000 millones de dólares, desde 1,5 billones de dólares alcanzados en 2019, informó este domingo la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad, por sus siglas en inglés), en su 38° Monitor de Tendencias de Inversión Mundial.

La Inversión Extranjera Directa (IED) terminó 2020 más del 30 por ciento por debajo de la crisis financiera mundial en 2009 y regresó a nivel visto por última vez en la década de 1990.

El informe da cuenta que "la disminución se concentró en los países desarrollados, donde los flujos de IED cayeron un 69 por ciento a un estimado de 229.000 millones de dólares. Los flujos a Europa se agotaron por completo a -4.000 millones de dólares, incluidos los grandes flujos negativos en varios países. También se registró una fuerte disminución en los Estados Unidos (-49 por ciento) a 134.000 millones de dólares".

La Unctad, con sede en Ginebra, Suiza, remarcó que "el declive en las economías en desarrollo se midió relativamente en -12 por ciento a un estimado de 616.000 millones de dólares. La participación de las economías en desarrollo en la IED mundial alcanzó el 72 por ciento, la participación más alta registrada. China encabezó la clasificación de los mayores receptores de IED".

Para la caída de los flujos de IED en las regiones en desarrollo fue desigual, con un 37 por ciento en América Latina y el Caribe, un 18 por ciento en África y un 4 por ciento en los países en desarrollo de Asia.

Asia oriental fue la región receptora más grande y representó un tercio de la IED mundial en 2020. La IED destinada a las economías en transición disminuyó en un 77 por ciento a 13.000 millones de dólares.

La IED en China, donde la fase inicial de la pandemia provocó fuertes caídas en los gastos de capital, terminó el año con un pequeño aumento (+ 4 por ciento).

La IED en India aumentó un 13 por ciento, impulsada por las inversiones en el sector digital. En el bloque de la Asean, un motor del crecimiento de la IED durante la última década, se redujo un 31 por ciento.

La reducción a la mitad de las entradas de IED en los Estados Unidos se debió a fuertes caídas tanto en las inversiones nuevas como en las fusiones y adquisiciones transfronterizas. La IED en la UE se redujo en dos tercios, con importantes descensos en todos los principales receptores; excepto el Reino Unido que no mostró caídas.
La Unctad pronostica que "se espera que la tendencia de la IED se mantenga débil en 2021"

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Lunes, 25 Enero 2021 05:39

Pandemia y desasosiego social

Pandemia y desasosiego social

Nuevas manifestaciones de protesta relacionadas con la pandemia de coronavirus que azota al mundo tuvieron lugar el fin de semana en Dinamarca, en dos ciudades de Holanda, en España y en Brasil.

Con el repunte invernal de los contagios de coronavirus, en diversos países se han recrudecido los descontentos sociales de todas clases: mientras algunos sectores reprochan, con o sin razón, una mala gestión de los recursos sanitarios ante la pandemia, otros, delirantes, enarbolan teorías de la conspiración según las cuales el Covid-19 no existe, fue fabricado para controlar (o diezmar) a la población, y las medidas de mitigación de la contingencia son inútiles, un engaño, o bien parte de un plan para controlar a la gente.

Otro frente de malestar es el de las campañas de vacunación: hay inconformidades por los programas y calendarios oficiales de inoculación de la población, en particular por una lentitud que es atribuible en buena medida al ritmo de producción y abasto de los biológicos, pero también por injusticias reales o imaginarias en la manera en que se han establecido las prioridades con los distintos grupos poblacionales. En el otro extremo ha cobrado fuerza la vieja y paranoica leyenda urbana que atribuye a las vacunas efectos devastadores y hasta mortales en la salud de quienes son inoculados, aunada a la que se empeña en explicar el brote epidémico de Covid-19 como un mero proyecto de negocios de las empresas farmacéuticas.

Con todo, las exasperaciones colectivas más preocupantes y sustantivas no están relacionadas con políticas de salud pública ni con teorías de la conspiración, sino con las desastrosas consecuencias económicas de las medidas de mitigación adoptadas para frenar el ritmo de las infecciones.

Las disposiciones de distanciamiento social y reclusión han dejado sin trabajo a centenas de millones de personas en todo el orbe, han acabado con negocios medianos y pequeños y han devastado de manera severa sectores enteros de las economías, como el de los servicios turísticos y el transporte aéreo.

Los gobiernos de la mayor parte de las naciones se ven atrapados, en este punto, en la difícil disyuntiva de reabrir las actividades productivas para permitir una recuperación, pero con el riesgo de provocar de esa forma rebrotes aun más severos de la pandemia, o mantener e incluso reforzar las medidas preventivas, con lo que colocan a grupos poblacionales en una situación de pobreza o de mera supervivencia.

La mayor parte de los estados han optado hasta ahora por buscar un equilibrio entre cierre y desconfinamiento, pero los resultados no son alentadores: las reaperturas parciales son insuficientes para impulsar la recuperación y el mantenimiento a medias de las medidas sanitarias preventivas no ha logrado reducir el ritmo de contagios en forma significativa.

De esta manera va tomando cuerpo, en buena parte del mundo, la perspectiva alarmante de una inestabilidad social y política que de manera inevitable agravaría la circunstancia de penuria económica y restaría fuerza y presencia a las instituciones gubernamentales ante la pandemia.

Sería, en suma, la devastadora conjunción de tres crisis distintas, pero interconectadas, capaz de provocar un trágico caos. Hoy más que nunca es necesario que los gobiernos actúen con sensibilidad y sentido social para atender los descontentos justificados y empeñarse en un rescate sin precedente de los más vulnerables.

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Joseph Biden, Venezuela y América latina

La dimensión de la crisis que parece corroer a Estados Unidos quedó expuesta en tres miércoles consecutivos de enero. El día 6, una movilización convocada por el presidente Donald Trump tomó el Capitolio, el 13 fue aprobado el segundo impeachment contra Trump en la cámara de Representantes, y el 20 ocurrió la toma de posesión del presidente Joe Biden y la vicepresidenta Kamala Harris con un despliegue de 25 mil efectivos en la ciudad de Washington.

El país atraviesa una superposición de crisis que no logra ocultar. En el tiempo de un año se vio la incapacidad de enfrentar la pandemia, la violencia sistémica de las fuerzas policiales sobre la población afroamericana, los levantamientos y movilizaciones contra esa violencia, las respuestas aún más represivas, la acción de milicias armadas en su mayoría de supremacistas blancos, la defensa de esas organizaciones por parte de Trump, el desconocimiento de los resultados electorales de Trump y una mayoría de sus votantes, las falencias estructurales del sistema electoral, hasta los hechos de un enero que quedará en la historia.

Biden asumió en ese marco con un discurso de apelación a la unidad, la necesidad del reencuentro nacional, con un gabinete que, en términos de imagen, busca proyectarse como progresista: una mujer vicepresidenta, un afroamericano, Lloyd Austin, al frente de la secretaría de Defensa, una mujer indígena, Deb Haaland en la secretaría de Interior, un cubano-americano, Alejandro Mayorkas, en la Seguridad Nacional, una mujer transgénero, Rachel Levine, como asistente de salud.

Pero la multiculturalidad, el primer plano de las denominadas minorías en el gobierno, no indica cuáles serán las políticas, algo que no augura cambios progresistas en vista de los recorridos de hombres y mujeres que están en puestos claves de la nueva administración. Un repaso por las trayectorias de Biden, el secretario de Estado, Antony Blinken, la subsecretaria de Asuntos Políticos, Victoria Nuland, la directora de la USAID, Samantha Power, el secretario de la CIA, William Burns, y el mismo Austin -que proviene además de la contratista militar Raytheon- muestran una historia de realización directa o apoyo de acciones armadas abiertas o encubiertas en Iraq, Siria, Libia, Yemen y Ucrania, para mencionar algunos casos.

Biden se encuentra ante dos objetivos centrales. Por un lado, recomponer las crisis internas, en el orden de lo económico, sanitario, y la fractura social que con Trump -emergente de esa misma crisis- adquirió nuevas formas y radicalidades que, todo indica, continuarán. Y si el nuevo presidente apeló a la unidad, también volvió a referirse al concepto de “terroristas internos”, en un posible punto de inflexión en una política interna de criminalización y vigilancia que podrá extenderse hasta donde lo permita el término “terrorista”, es decir, hasta donde lo necesite la administración y los poderes generalmente invisibles que, en los últimos meses, emergieron por momentos a la luz.

Por otro lado, el nuevo gobierno está ante la necesidad de recomponer el frente externo, tanto en el regreso a multilateralidades abandonadas por Trump, como el Acuerdo Climático de París -reingreso ya decretado por Biden-, y la Organización Mundial de la Salud, como en la reconstrucción de la imagen y mitología internacional estadounidense que se encuentra en decaída internacional, buscando encabezar un autoproclamado eje democrático, así como la recuperación de espacios perdidos ante el crecimiento de potencias, como China y Rusia, que continuaron su avance durante el 2020 en varias partes del mapa, como en nuestro continente.

América Latina

Blinken, interrogado por Marco Rubio en el Senado, sostuvo la necesidad de “aumentar la presión sobre el régimen del brutal dictador” Nicolás Maduro, en una audiencia en el Senado el día martes, en la cual expuso cuáles serán las líneas de política exterior. Las palabras de Blinken no fueron sorpresivas: se anticipa que la probabilidad más grande sea que la nueva administración no realice grandes cambios en su narrativa pública hacia Venezuela, y que el asunto no sea prioridad en medio del incendio estadounidense y asuntos exteriores prioritarios, como China, Rusia o Irán.

Sin embargo, tras el posible mantenimiento de un discurso similar ante el expediente Venezuela que ha sido bipartidista, también se anticipa que podrían ocurrir modificaciones en el abordaje, en el regreso de diálogos y, tal vez, de acuerdos. Uno de los hombres señalados como centrales esa nueva posibilidad es Gregory Meeks, nuevo presidente de Asuntos Exteriores de la cámara de Representantes, que fue parte de la fundación del Grupo de Boston, un grupo entre parlamentarios venezolanos y estadounidenses creado tras el golpe de Estado en abril del 2002. Meeks, quien estuvo en Caracas en el funeral de Hugo Chávez y luego dos veces más, aparece como un actor de la trama, casi siempre invisible, de acercamientos, intentos de diálogos y mediaciones, que suelen ocurrir entre ambos países.

Venezuela será uno de los temas centrales de América Latina, un continente bajo disputas e inestabilidades. La victoria de Biden representa una derrota de la apuesta política del presidente Jair Bolsonaro, quien manifestó una y otra vez su cercanía con Trump, así como del partido del gobierno de Colombia, el Centro Democrático, conducido por Álvaro Uribe, señalado de hacer campaña en el estado Florida a favor del ahora ex presidente. Este escenario, si bien anticipa posibles tensiones, las mismas, a menudo maximizadas mediática y políticamente, no deben hacer perder de vista que existen acuerdos políticos permanentes que no se modifican sustancialmente con cambios de administración en la Casa Blanca y la superficie del departamento de Estado.

El punto en el cual puede ocurrir un cambio significativo es en el caso Cuba, donde la diferencia entre la administración de Barack Obama, que abrió un acercamiento, y la de Trump, que redobló el bloqueo, fue significativa. El plan de Biden, según se anticipó, es el de regresar a las claves desarrolladas con la isla con el anterior gobierno demócrata, es decir cuando él era vicepresidente.

El nuevo gobierno estadounidense asume en medio de crisis extraordinaria y una geopolítica en reconfiguración y sin marcha atrás. La posibilidad de continuidades, de reproducción de mecanismos, como la infiltración en los poderes judiciales en América Latina para desarrollar el lawfare, con el objetivo de garantizar los intereses estadounidenses en nuestra región, parece más probable que un giro sorpresivo.


Cómo será, y cómo no será, la relación de Biden con América Latina

Alfredo Grieco y Bavio

21 de enero de 2021 14:21h

El único pasaje de sus memorias donde Barack Obama menciona a América Latina es una anécdota. Extenuado, en una cena siente que se va a caer dormido bajo el efecto narcótico de una repetitiva perorata de Sebastián Piñera. El presidente chileno, como un latino estereotipado, habla sin sentido de la proporción sobre una bebida estereotipadamente latina que también genera somnolencia: el vino. Había un tema, sin embargo, que lo mantuvo despierto al presidente demócrata de EEUU: Libia. Si generalizáramos a partir de este relato, para Obama, América Latina es un lugar donde él no quiere estar, ni siquiera en pensamiento, porque le roba lucidez y energía para ocuparse de las cuestiones verdaderamente importantes, que están en otro lado. A pesar de que fue su vicepresidente durante dos mandatos, y de que ha reinstalado en puestos claves del gobierno a tantos y tantos ex colaboradores de Obama, nadie cree que Joe Biden busque apartar de sus pensamientos a Latinoamérica, región a la que viajó 16 veces, más que cualquier otro funcionario de su rango. La pregunta es si en los cuatro años que empiezan podrá hacer mucho más que pensar.

Joe Biden es un presidente que llega al poder sin un slogan. Sin una consigna que lo identifique y que señale la dirección y el sentido que buscar darle a su gobierno. O peor: sí tiene un slogan: el de Donald Trump, America First! Si eligiera uno propio, mentiría. Toda la política exterior de su mandato se verá absorbida, sin permitirse digresión ni desvío, por EEUU. Por el COVID-19 en EEUU y por la recesión económica en EEUU. Todos los días y noches será America First! Es cruel: el slogan más falso e inutilizable para Biden es el que cantaba Obama: Yes, We Can. La política internacional deberá hacer frente a los males que trajo el America First!, sin jamás eludir las desgracias, más persistentes por más antiguas, que dejó el Yes, We Can. No podrá deshacerse del America First!, mientras que el Yes, We Can seguirá en el tacho de basura de la Historia. Si en 2011 a Obama lo adormecía Chile, y no lo dejaba dormir Libia, no se podía considerar extraño a la guerra en el norte de África. Era una consecuencia de su política personal de exportación de una democracia que a sus ojos exhibía como primer mérito y último progreso el haberlo elegido a él, un afrodescendiente, como presidente. El aliento a las primaveras árabes había prendido fuegos que ni anticipó ni extinguió, porque siguen encendidos. El septuagenario Biden podría indicar que es muy democrático que EEUU, votándolo a él, le rehusara un segundo período presidencial a Trump, su más joven rival, que lo dejó solo el día de la transmisión de mando. Es difícil representarse a Piñera, en su nuevo mandato, discurseando sobre exportaciones vinícolas con Biden –el empresario chileno sabe qué ilusiones perder.  

Las únicas acciones que se pueden dar por descontadas de la presidencia Biden con respecto a América Latina son aquellas que la nueva administración demócrata considera que serán redituables porque le aliviarán problemas aun al costo de que les creen más y mayores problemas a los países latinoamericanos concernidos.

A la construcción del costoso muro en la frontera con México le llega su fin el primer día de gobierno. También son suprimidas o sustituidas desde el minuto uno todas las normativas trumpistas sobre la situación de los migrantes sin papeles en el interior del país, la de quienes solicitan asilo del otro lado del muro en suelo mexicano así como las regla del juego para quienes aleguen derecho de asilo y para las familias separadas a un y otro lado del muro. Todo será más humano, prometen, y todo invita a creer que será así.

Caravanas y guerras

La migración hacia el sur de la frontera, desde México y sobre todo desde Centroamérica y el Caribe, es una situación para la cual las soluciones que Trump puso en vigor resultaron onerosas para el fisco, lesivas para los derechos y la dignidad humanos, y dañinas para la imagen de EEUU en el mundo. También fueron onerosas las consecuencias no deseadas de esas medidas, la judicialización de los reclamos, las indemnizaciones, el derroche de recursos humanos administrativos, militares, de fuerzas de seguridad. Sin embargo, la cuestión del flujo de migrantes latinoamericanos no se resuelve de por sí con el enervar de una vez, el primer día, y al mismo tiempo, todas juntas, las soluciones brutales, pero ineficaces, puestas en vigor por la administración anterior.

Objetivo proclamado de la administración Biden es dar fin a las caravanas de migrantes económicos que huyen de las violencias políticas de sus países de origen. Los métodos elegidos por Trump fueron recusados con horror, y son abandonados con orgullo. Pero el equipo de transición de la nueva administración detectó una dificultad estructural en las políticas de fronteras, insalvable por el remplazo de viejos métodos por otros nuevos. La cuestión migratoria no se puede resolver en el límite internacional, porque ahí la espiral de la represión genera, demasiado cerca de EEUU, cuando no ya dentro de EEEU, renovadas violencias y violaciones de derechos humanos. El problema, decidieron, ir a resolverlo cuando y donde la caravana arranca su marcha, porque si empieza a marchar, cada día que pasa es política y económicamente más costoso. El equipo de Biden diseñó un plan de ejecución inmediata para dotar de fondos y asegurar créditos en entidades multinacionales para Guatemala, Honduras y El Salvador. 

Básicamente, en su estructura, Biden enfrenta la migración orientado por el mismo principio que guió la guerra contra las drogas de EEUU en América Latina. Como no se podía derrotar el tráfico ni frenar el consumo en suelo de EEUU –demasiada sangre norteamericana era derramada, la corrupción ensuciaba a las autoridades locales, la imagen nacional se deterioraba-, tropas y agencias federales se encaminaron a destruir cultivos de coca en Colombia o Bolivia, donde presionaron para que los campesinos se las arreglaran con cultivos y actividades económicas compensatorias, a la vez que financiaban programas de gobernabilidad para las autoridades que dejaran libertad de acción a la DEA. Con pareja diplomacia del dólar, la administración Biden buscará fortalecer el arraigo de potenciales migrantes en sus comunidades, que hoy por hoy son muy expulsivas. Por vías políticas se procurará un saneamiento de las instituciones en esos países centroamericanos, el financiamiento de comisiones locales independientes de verdad y justicia que investiguen la corrupción, el asesoramiento de las fuerzas armadas y de seguridad el combate contra la delincuencia, el crimen organizado, sin olvidar el narcotráfico. La administración trazó planes detallados para la creación de una entidad anticorrupción multilateral centroamericana, que sirva de sostén y referencia para las fiscalías de todos los Estados nacionales desde Panamá hasta Guatemala.

En esta iniciativa coordinada para Centroamérica no es imposible reconocer resonancias de la doctrina de la exportación de la democracia de tiempos de Obama. Aunque ahora la democracia no sea el fin –ni siquiera de palabra-, sino un medio al que se le pronostica un buen rendimiento en su tarea de reforzar la soberanía y seguridad nacionales de EEUU. El buen éxito en Centroamérica no luce asegurado de antemano -ni el de la vía económica ni el de la vía política. Pero por ahora es el proyecto cardinal de la administración Biden con respecto a América Latina.

Coexistencia ¿pacífica?

Para Trump, en Latinoamérica ‘democracia’ era un arma de fuego que se usaba para disparar contra Venezuela, Cuba y Nicaragua. Tres países con los cuales Biden buscará la coexistencia más pacífica posible, si esto fuera posible. Cuba será retirada, también de inmediato, de la lista de naciones que patrocinan el terrorismo, donde la había reubicado la Secretaría de Estado de Trump pocas semanas atrás.

En América Latina murieron más de medio millón de personas por COVID-19: sólo Europa tiene más muertes. Pero el país americano con más decesos, 400 mil, es EEUU. Biden hizo de la ofensiva contra la pandemia una prioridad absoluta y había sido su cliché de campaña electoral. Se ofrece ahora como unzona de forzada colaboración internacional con sus vecinos para la administración que se instala en Washington.

El de la salud es un área mayor de competencia estratégica en la rivalidad global de EEUU con China que Biden mantendrá en su propia administración America First! Pero como Biden está urgido por proveerse de un número de dosis suficientes para una campaña de inmunización masiva en EEUU, 100 millones de dosis aplicadas en los primeros 100 días, no tendrá nada que decir de la compra de vacunas a China por Latinoamérica: lo que no quiere el primer presidente católico de EEUU desde J.F. Kennedy es que se las pidan a él.

Otro capítulo clave de la plataforma electoral de Biden que lo obligará a relacionarse con la región es su agenda verde frente al cambio climático. La reincorporación de EEUU al acuerdo de París es otra de las medidas cancelatorias del primer día de gobierno. Ni hallará ni espera felicitaciones o sostén de dos presidentes que llegaron a ser, por caminos inconexos, aliados de Trump, el brasileño y el mexicano.

Biden ha declarado que conformará un fondo de 20 mil millones de dólares para la protección ecológica de la cuenca del Amazonas. Tal programa no es bienvenido por Jair Bolsonaro, pero tampoco por la mayoría de los brasileños, que miran con alarmada sospecha toda beneficencia exterior focalizada en la selva y la cuenca amazónicas como un ataque camuflado contra la soberanía nacional secundado por una subrepticia pero inocultable codicia de rapiñas y despojos.

Los entusiasmos de EEUU en pro de formas limpias de energía reciben habitualmente desprecio o sorna de Andrés Manuel López Obrador. El político que evoca al nacionalista Lázaro Cárdenas hace del monopolio estatal mexicano de la explotación de hidrocarburos una de las bases más inconmovibles de su gobierno y de su credo.

Es dudoso que Biden dedique tiempo o esfuerzo a vencer esas desconfianzas brasileñas o mexicanas. Cuando Trump asumió, varios países latinoamericanos, especialmente Brasil y México, temieron que el nuevo presidente se metiera con ellos. Ahora, es al revés: si algo parece temer el nuevo presidente norteamericano es que se metan con él. 

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Fuentes: Counterpunch [Foto: Marcha de la Alternativa Popular Revolucionaria en Caracas, diciembre de 2020]

El final de la presidencia de Hugo Chávez coincidió en Venezuela con la creación de un contrato social un tanto difuso. No era muy distinto del contrato social que sustentó al socialismo real durante décadas, tal como cuenta Michael Lebowitz en su libro Contradictions of Real Socialism.

En ambos casos una vanguardia garantizaba cierto nivel de bienestar a las masas a cambio de su apoyo pasivo. Es importante señalar que lo que las masas ofrecían a cambio de bienestar material y dignidad era su apoyo al gobierno, pero no su participación. Aunque la participación había sido un principio fundamental del Proceso Bolivariano encarnado en la constitución venezolana de 1999, fue gradualmente marginada al final de la primera década del siglo XXI.

El proceso por el que se abandonó la participación ciudadana en el proceso revolucionario venezolano ha sido poco estudiado y poco comprendido. Sin embargo reviste una crucial importancia. En su mayor parte, fue liderado por los cuadros medios, que sistemáticamente, de forma gradual y reiterativa, desbarataron las estructuras orgánicas de base del movimiento bolivariano y del Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV) con el fin de proteger su propio poder. Las estructuras orgánicas del poder popular –incluyendo los círculos bolivarianos creados antes de la elección de Chávez, los grupos de diez miembros que actuaron para dar forma al referéndum de 2004, y los “batallones” del partido creados en 2007– fueron tomando forma durante las diversas campañas electorales. Desafortunadamente, después de que cada una de estas estructuras organizativas alcanzara sus metas a corto plazo, los cuadros del partido las disolvieron, bloqueando así la formación de expresiones de base del poder popular, para inventar posteriormente otras nuevas cuando surgían nuevas tareas.

El efecto general de este proceso reiterativo fue el de erosionar y, en último término, derrotar al poder popular, que regresaba cada vez más debilitado tras cada nueva oleada de desmovilización. El resultado fue la consolidación del arriba mencionado contrato social, que implicaba el apoyo pasivo al gobierno en tiempo de elecciones a cambio de bienestar material. El proyecto respaldado por este acuerdo fue llamado “socialista”, aunque en realidad poco tenía que ver con los verdaderos objetivos socialistas. Esto se debe a que un proceso socialista, si pretende ser significativo y duradero, debe activar el protagonismo popular y la promoción del desarrollo humano integral.

 Un ejemplo claro del carácter de este falso quid pro quo “socialista” consolidado al final de la primera década del proceso bolivariano fue la muy aclamada Gran Misión Vivienda Venezuela. Se trató del último gran proyecto de Chávez que alcanzó resultados concretos. Era un gigantesco plan de construcción de viviendas que proporcionó más de 2,5 millones de hogares a venezolanos necesitados. Sin embargo, lo hizo sin la participación ni el empoderamiento de las masas. Los beneficiarios recibían las llaves en actos públicos, pero no participaban en la conceptualización ni en la planificación, y tampoco en la realización del proyecto.

Esta era la situación y la base del poder que Maduro heredó cuando fue elegido presidente en 2013. Sin embargo, enseguida se vio que era imposible de mantener. La caída de los precios del petróleo en 2014, el aumento de los ataques financieros al país y las sanciones de Estados Unidos y la Unión Europea iniciadas en 2015 impidieron al gobierno mantener la provisión de bienestar al pueblo, su parte del contrato. Paradójicamente, sin embargo, los ataques de EE.UU. al país, y en concreto las crueles sanciones petroleras, ofrecieron a Maduro y a su gobierno una salida. Puede que el tren del bienestar “socialista” estuviera avanzando sin combustible y que la gente se sintiera cada vez más insatisfecha, pero la cobertura que proporcionaron los ataques desde el exterior permitió a Maduro y a su equipo buscar ayuda en otro sector. En concreto en el sector compuesto por aquellos miembros del movimiento, del partido y  de sus aliados que querían establecer negocios para iniciar y expandir el desarrollo capitalista.

 Y esa es exactamente la dirección que tomaron Maduro y su gobierno. Incapaces de satisfacer el contrato social existente y a riesgo de perder apoyo popular, ahora podían culpabilizar de la situación económica a las fuerzas externas y neutralizar así la mayor parte de la disidencia popular, al tiempo que buscaban nuevos apoyos en una emergente clase capitalista.

¿Existía alguna otra alternativa? La otra opción habría sido recurrir a las masas, reinstaurar la participación popular para forjar de ese modo un nuevo contrato con las masas auténticamente socialista que no estuviera basado en un aumento del bienestar material sino en la participación y el protagonismo revolucionario. Pero el gobierno y el partido percibían el riesgo de esta opción, que habría amenazado el poder consolidado de los cuadros medios y superiores, pero que también chocaba contra el sentido común que tiende a impregnar la burocracia venezolana, un sentido común que proviene del pasado y que se infiltra a partir del contexto capitalista global, haciendo que los funcionarios gubernamentales desconfíen de las capacidades y la racionalidad de las masas.

En realidad, el mismo Chávez llegó a tener en el último periodo de su presidencia la misma aversión a los riesgos que Maduro muestra actualmente. En ningún lugar fue más evidente este rasgo que en sus políticas hacia la vecina Colombia. A partir de 2007-2008, Chávez decidió promover un proceso de paz que conduciría a la desaparición de la guerrilla de las FARC, que llevaba 50 años combatiendo. En lugar de pensar en una radicalización de la guerrilla, que podría haberse efectuado trasladando los principios fundamentales del proceso bolivariano de participación y protagonismo popular a un contexto diferente al que Chávez estaba acostumbrado –un contexto definido por la lucha armada–, el presidente venezolano deseaba que la guerrilla hiciese un aterrizaje suave en la política legal. La lucha armada contra el imperialismo estadounidense es obviamente una empresa arriesgada, pero en su deseo por eliminarla parece que Chávez pensaba que estampar un sello de Marea Rosa (un giro a la izquierda) a la política legal podría funcionar en el país vecino. Pero era descabellado. Dicho modelo, que ya estaba en peligro en Venezuela por aquel entonces, nunca podría haber despegado del terreno en medio de la polarización existente en Colombia.

Practicar una política libre de riesgos es virtualmente una contradicción desde el punto de vista de la izquierda y, en el mejor de los casos, tiene una corta vida. Esto es así porque la seguridad que se adquiere siempre implica una mayor dependencia de la dinámica y las fuerzas del capitalismo. En la crisis que atravesó poco después de su llegada a la presidencia, Maduro tomó el camino de menor resistencia y pretendió eliminar los riesgos inclinándose hacia un desarrollo capitalista. La decisión del gobierno de reemplazar el contrato social existente para acoger a sectores capitalistas emergentes –un giro que se tomó con la excusa del brutal ataque imperialista– resulta evidente en la irónicamente denominada “ley antibloqueo”, aprobada en octubre de 2020. Se podría pensar que una ley antibloqueo intentaría cerrar filas con el pueblo venezolano para enfrentar al enemigo externo. Pero la ley aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente no tiene nada que ver con eso, sino que traiciona su verdadero propósito al incluir cláusulas que permiten la privatización de empresas públicas sin tener que rendir cuentas a la ciudadanía.

Es importante resaltar que, en los primeros cinco años de su presidencia, Chávez ni siquiera tuvo la opción de seguir una política libre de riesgos –aunque fuera una quimera– pues el contexto geopolítico global de la época y la falta de aliados poderosos no se lo permitía. Cuando Chávez echó a andar la revolución bolivariana en 1999 se encontraba casi en solitario en el contexto mundial. Por esa razón, el único apoyo que podía tener el movimiento fue el de las propias masas venezolanas. Fue este bloque popular, movilizado gracias al liderato carismático de Chávez, el que se enfrentó a un mundo dominado por Estados Unidos. Tuvo su momento de gloria cuando consiguió derrotar el golpe de Estado respaldado por Estados Unidos en 2002 y el sabotaje petrolero que le sucedió. Sin embargo, con el ascenso de China y Rusia como potencias rivales del poder estadounidense, surgió otra opción sobre la mesa: la posibilidad de confiar en el apoyo de una emergente clase capitalista local y buscar el apoyo internacional de estas potencias rivales al tiempo que apartaba de la ecuación a las masas venezolanas.

Carece de sentido analizar una evolución histórica si no se examinan las opciones disponibles que se dejaron atrás en el camino. En Venezuela, el contrato social que definió los últimos años de Chávez –el apoyo pasivo de las masas a un gobierno que garantizaba su bienestar material– ya no es posible. Pero el giro que ha dado el gobierno actual para buscar apoyo en una emergente clase capitalista no es la única opción potencial. Las masas venezolanas todavía están vivas y efervescentes. Las prácticas de solidaridad social, los ideales igualitarios y el cuestionamiento de las actitudes hacia el liderazgo forman parte de la cultura popular venezolana desde antiguo. Estos rasgos fueron fomentados, aunque de formas contradictorias, durante la primera década de chavismo. Es posible incluso encontrar prácticas de solidaridad –junto con el individualismo que el comercio privado necesariamente implica– en el pequeño comercio y el trueque que permiten sobrevivir a los venezolanos de las ciudades. Las estrategias de supervivencia de las masas relacionadas con la salud, la alimentación y la vivienda todavía evidencian más las actitudes solidarias.

Otro importante centro de solidaridad social en Venezuela es el subconjunto de las comunas en funcionamiento, que continúan intentando producir nuevas relaciones sociales. Aunque el número de comunas activas sea relativamente pequeño, estas forman parte de un amplio movimiento de base campesina que engloba muchos de los mismos valores. Lo suyo sería hallar la manera de aumentar todas estas prácticas de solidaridad social, que representan la verdadera lógica del socialismo, y desarrollar al mismo tiempo los medios para traducir la solidaridad popular y la cooperación en participación política activa. Si se recuperara la participación –el camino que abandonó el proceso bolivariano en la última década– se produciría un importante e innovador giro hacia el socialismo genuino, más relacionado con la libertad y el desarrollo humanos y menos con el mero bienestar material distribuido a las masas pasivas. Esto último ni siquiera es ya una posibilidad en un futuro próximo, bajo cualquier régimen imaginable en Venezuela.

Conclusión: Si aumentara el peso en la sociedad de estas prácticas solidarias y estas formas organizativas, y pudieran convertirse en expresión política, el liderazgo se vería forzado a rectificar y a abandonar su giro hacia los sectores capitalistas emergentes. Todo ello implicaría graves riesgos. En cualquier caso, el camino hacia el socialismo y la liberación humana es inconcebible sin iniciativas arriesgadas, como la lucha armada que tuvo lugar en la Sierra Maestra de Cuba y el alzamiento venezolano del 4 de febrero [de 1992, encabezado por Hugo Chávez, y germen de la revolución bolivariana], ninguno de los cuales tenía muchas probabilidades de triunfar.

Chris Gilbert es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Bolivariana de Venezuela. Es coautor del libro Venezuela: The Present as Struggle, donde da voz a las bases de la revolución bolivariana, reseñado en Rebelión: https://rebelion.org/venezuela-la-lucha-del-presente-voces-de-la-revolucion-bolivariana/

Por Chris Gilbert | 21/01/2021 | Venezuela


Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Fuente: https://www.counterpunch.org/2021/01/17/how-the-left-got-where-it-is-in-venezuela-and-what-to-do-about-it/

Publicado enPolítica
Biden y Trump: una película con final abierto

Singular y anómalo, el país que nunca tuvo nombre, y que desde su nacimiento excluyó el vocablo democracia en las poco más de 9 mil palabras que suman su Declaración de Independencia (1776) y Constitución (1787), junto con las 10 enmiendas (o Bill of Rights de 1791), y las 27 que añadió hasta 1992.

La primera de ellas: El Congreso no hará ley alguna por la que adopte una religión como oficial del Estado. Un contrasentido, pues todos sus presidentes juraron frente a una Biblia. Y la segunda sostiene que no se violará el derecho del pueblo a poseer y portar armas. Con lo cual, en aparadores, paredes y garajes de todo el país, las armas de fuego superan el total de su población.

Un país concebido para justificar el odio y el amor incondicional, y frente al que nadie ha permanecido indiferente. Recuerdo a mi viejo, por ejemplo, cuando comentó que había enviado 20 dólares a National Geographic, y la revista le devolvió un cheque por 20 centavos porque la suscripción costaba 19.80 dólares… ¡Sólo la estampilla costó 35 centavos!, narraba papá con admiración. Un país serio, añadió.

Sin embargo, aquel país seriohabía erigido su grandeza exterminando a los indios malos primero, siguiendo con la sangre de millones de esclavos e inmigrantes, por no hablar de la explotación y destrucción de pueblos enteros en los cuatro puntos del globo. Y que a finales del siglo XIX, añadió a Estados Unidos la expresión de América para fijar, de polo a polo, su área de seguridad nacional.

Una hermosa frase (¿populista?) de Abraham Lincoln: el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo(Oración de Gettysburg, 1863). Pero la entidad llamada Estados Unidos de América, siempre fue gobernada por sus enemigos. Y Francia, igualmente proclive a universalizar ideales políticos, la incluyó en la Constitución de la Quinta República francesa (art. 2, 1958).

Como fuere, parece poco atinado (y cómodo) el recurso de sumar peras y manzanas para desenredar la crisis estadunidense. Así, asociar la derrota electoral del trumpismo (o la victoria de Biden) con la caída de la república alemana de Weimar (1918-33), puede desconcertar al lector urgido de explicaciones simples, que no simplistas.

En ese sentido, las películas Pandillas de Nueva York (Martin Scorcese, 2002) y Lincoln (Steven Spielberg, 2012) permiten una aproximación veraz al fenómeno Trump, y la esencia del capitalismo que los estadunidenses y el mundo llaman democracia, su antónimo.

La primera transcurre en 1862, cuando los problemas de la época giraban en torno a la inmigración irlandesa y la Guerra de Secesión en curso, y narra la historia del enfrentamiento entre dos pandillas rivales: los Nativos liderados por Bill Cutter, El Carnicero, y los Conejos muertos, un grupo de inmigrantes recién llegados. Mientras la segunda gira en torno a las intrigas y entresijos de Lincoln, para la aprobación de la enmienda que abolió la esclavitud.

Ambos filmes dejan claro que la noción de fraternidad, como bien apuntó Antoni Domenech (1952-2017), fue “un valor central en la ilustración europea […], pero nunca cuajó en Estados Unidos. Y es que los revolucionarios estadunidenses (como los europeos y los sudamericanos) hiperbolizaron la libertad republicana del mundo antiguo, reservando la democracia ateniense para la izquierda y la república romana para la derecha”.

Domenech sostiene que la democracia no es connatural al liberalismo. Agrega: “No ha habido ninguna idea en el mundo contemporáneo más revolucionaria que la de democracia, porque democracia quiere decir gobierno de los pobres […]. Ningún Padre Fundador, en Estados Unidos se llamó a sí mismo demócrata, y han dicho cosas terribles contra la democracia”.

Las grandes crisis políticas (individuales o sociales, tanto da) obedecen a procesos intransferibles y únicos. Y se entiende, en principio, la tentación de recurrir al ejemplo de Weimar. Pero en la analogía subyace el equívoco, quedando la duda de si, hasta la llegada de Trump, las pandillas de Washington debatían sus cuitas en una suerte de socialdemocracia made in USA.

En el contexto referido, Donald Trump fue, en efecto, la quintaesencia de la democracia más pervertida de la política contemporánea. No obstante, dialécticamente, hemos de agradecerle que haya desenmascarado el sistema que desde 1776 se ofrece como paradigma de libertad. A no ser (nunca faltan), los que por izquierda imaginan que partir de hoy, Joe Biden retomará sus ideales.

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