Después del covid: ¿la era posthumanista?

Estos tiempos de pandemia nos invitan a superar el Humanismo construido sobre la deshumanización de la mayoría y la explotación de la naturaleza. Exploramos cómo debería ser una era posthumanista.

 

Abrumados por la peor pandemia de la historia contemporánea, urge priorizar las reflexiones sobre la fragilidad conceptual y el proselitismo que han venido caracterizando nuestra comprensión del Humanismo. Retomando la propuesta de Ngugi Wa Thiong’o acerca “de romper las fronteras mentales, para distribuir los centros de poder del mundo y descomponer la hegemonía cultural”, este texto propone “reforzar los cimientos” de lo relacional en la humanidad. El triunfo del capitalismo ha fulminado las tibias asunciones de los tan cuestionables valores del “universalismo de sobrevuelo” cuyo éxito ha engendrado una desconexión entre los seres humanos y la naturaleza.

Ya se ha esfumado la esperanza de alcanzar el ideal de “Superhombre” que Nietzsche profetizó. Puede que “hayamos matado a Dios” pero la ambición de ocupar su lugar nos ha vuelto seres esquizofrénicos y autodestructivos. Es desolador constatar cómo el ser humano sigue agarrándose a esa fe en una humanidad arraigada a una divinidad sin Dios. Nuestro planeta está poblado por hombres y mujeres “libres”, con moral esclava, que exigen una superioridad racional incrustada en el dualismo platónico. ¿Podemos argumentar que Nietzsche se equivocó? Sea como fuere, ese “nuevo hombre” se construye en los laboratorios biotecnológicos antes de convertirse en un producto de los think-tank de las empresas bursátiles.

La pandemia está sacudiendo a la humanidad, inundando de pánico hasta nuestros sueños, algo obvio por otra parte. Pero, debemos reconocerlo, hace tiempo que vivimos corriendo como “pollos sin cabeza”. Quizás ahora acabemos percatándonos de nuestra vulnerabilidad. Pero, mientras eso sucede, nuestra vulnerabilidad ya está siendo rentabilizada a través del sometimiento masivo a experimentos psicosociales de monitoreo de nuestras actitudes conductuales, los cuales se convertirán en usuales. La privación o la limitación de las libertades será una condición necesaria para el éxito de las futuras políticas públicas y las dinámicas productivas. El confinamiento es solo un protocolo más en la homologación de la optimización y del “uso racionalizado” de la materia prima en la que se ha convertido el ser humano. Engullidos por el fetichismo tecnológico ¿podemos pensar que estamos viviendo la última fase del proceso de cosificación del hombre?

La tecnología es, hoy en día, una de las mejores garantías para cualquier operación de formateo en masa de la población mundial. Somos manipulables en masa, maltratables en masa y la mera presencia de una cola de cometa puede perturbar nuestra conducta. Nuestra vulnerabilidad es, y será, de ahora en adelante, el principal foco de los planes estratégicos para el control de la humanidad. Ahora que sabemos que podemos morir de cualquier cosa, en cualquier momento, de cualquier forma y en cualquier lugar, no es necesario intervenir para matar a unos para que otros vivan mejor. La “autorregulación de la muerte” es una realidad de los nuevos tiempos. Aquello que mata a un chino, mata a un estadounidense, a un italiano, a un español, a un senegalés o a un burkinés. Ya no vale la “hipermasculinidad” ni el narcisismo nacionalista de los dirigentes del primer, segundo o tercer mundo.

Hemos dejado atrás las gripes “regionales”. La muerte se ha impuesto en el pulso contra la “mano invisible” de las teorías del libre mercado. No hay contención por muy altos que sean los muros construidos para protegerse de amenazas externas. La vida y la muerte son meras variables en un empirismo excesivo al servicio del control de la humanidad. ¿Podemos decir que el humanismo universalista se ha cumplido, por fin? Antes de formular cualquier respuesta, debemos reconocer la necesidad de superar el proselitismo ideológico que ha agotado toda posibilidad de explorar la complejidad de las relaciones humanas y la salvación de nuestra especie.

Sin embargo, no hemos resuelto aún el enigma sobre la idea y el significado de la humanidad. De modo que podemos preguntarnos si somos todos igual de humanos o algunos lo son menos que otros. Esta pregunta persistirá mientras se nos siga planteando la realidad de nuestras relaciones como problemática. ¿No es esta percepción absurda del ser humano y del mundo que nos ha enjaulado en una burbuja de competición? La mera idea del peligro de la muerte es suficiente para infundirnos miedo, condicionando así nuestros hábitos comunicacionales y nuestra red relacional. Rechazar la alteridad es hoy más eficaz a la hora de fomentar la producción y la acumulación del capital. Sentimos que somos más humanos porque poseemos más que los otros, porque podemos imponer nuestra visión del mundo y nuestra moral a los otros. Aun así, la desgracia de la humanidad va emparejada al ideal del progreso y la acumulación. No basta solo con producir y seguir acumulando sino que debemos ser los primeros.

Por doquier se nos dice que tenemos que correr más y volar cada vez más alto para progresar. Los más avispados en esta interminable carrera inventan artimañas de todo tipo para apropiarse de la naturaleza y revindicar su derecho de propiedad sobre la tierra, el aire, el agua y el fuego. Todo se resume a un juego de suma cero y la elección racional: “donde tú ganas, yo pierdo”. Es la disrupción total y radical de la interacción entre los humanos. Hombres y mujeres, estamos todos atrapados en la máquina de hilar de la dictadura del capital. Mercado libre o globalización son algunos de los conceptos acuñados con aparente magnanimidad para justificar la “desechabilidad” de las personas, derivada de su improductividad.

¿El Humanismo está agotado? Una respuesta afirmativa sería una señal de avance. No obstante, debemos preguntarnos sobre las asunciones de nuestro ideal de humano en un mundo globalizado. La globalización consistió en la normalización de las formas más violentas de apropiación y las desigualdades generadas por la mercantilización de las interacciones y de la naturaleza. Puesto que el ser humano se ha proclamado dueño de la naturaleza, era lógico que el Estado tomara posesión de la vida y de la muerte del mismo. La biopolítica de Michel Foucault combinada con la necropolítica de Achille Mbembe conforman las dos caras de la misma moneda. El estado de excepción o de alarma es el poder difuso e inmaculado que se vuelve evidente, palpable y aceptado.

Pandemia y posthumanismo

¿Y si el fin próximo de la pandemia anuncia la era del posthumanismo? Superar la hiperobotización de nuestras vidas y la asunción de la condición material de las personas requiere repensar la posibilidad del posthumanismo. La disertación de Rosi Braidotti en The Posthuman nos proporciona sólidos argumentos para rechazar o al menos dudar del humanismo universalista, resultante del todopoderoso pensamiento occidental. Desde el ideal del humano introducido por Protágoras, el modelo y la representación del ser humano invitado por Leonardo Da Vinci, la idea del humano idealizado por la Ilustración, hasta la narrativa del romanticismo italiano, Braidotti realiza una importante y profunda revisión bibliográfica para argumentar que la icónica representación de lo humano se articula alrededor de la doctrina biológica y discursiva de la moralidad encapsulada en el ordenamiento de la moral judeo-cristiana y la superioridad racional del hombre occidental.

Hasta los pensadores europeos “más objetivos” han magnificado la ecuanimidad humana que justifica, según ellos, la centralidad de Occidente. En Crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental, Edmond Husserl no dudó en afirmar que Europa no era solo una localización geográfica, sino un atributo universal de lo humano que se podía expandir y cuya cualidad se podía exportar al resto del mundo. En realidad, el humanismo de Husserl no se diferencia mucho del supremacismo de pensadores europeos como Athur de Gobineau (s. XIX) o Francisco de Vitoria (s. XV). En Ensayo sobre las desigualdades de las razas, Gobineau afirma que la desigualdad racial es un mecanismo estabilizador de una sociedad antes de concluir que la raza área es superior a las otras razas humanas. Mientras que Francisco de Vitoria, al introducir su ius gentium, argumentaba que la superioridad de los españoles sobre los indios implicaba una obligación moral de los primeros a “civilizar” y “socorrer” a los segundos, es decir, a colonizarlos.

Siguiendo la teoría de Edward Said en Orientalismo podemos afirmar que el humanismo universal hegemónico construye una humanidad excluyente que no contempla la humanidad de los otros pueblos en condiciones de igualdad. Es la crítica de esta dicotomía humanista eurocéntrica que conduce a Braidotti a señalar que la “humanidad no occidental” ha sido víctima de “exclusiones letales y de fatales descalificaciones”. Contra esta concepción disruptiva de las relaciones humanas y del mundo, Jacques Derrida nos ofreció su excelente propuesta de “deconstrucción”.

Un breve recorrido por los recientes acontecimientos nos desvela que la humanidad sigue estando atravesada por la construcción eurocéntrica de la humanidad del hombre blanco. Admitamos que son considerados humanos los defensores de ideas descabelladas como la de aniquilar a parte de la población del mundo (en especial la de los países pobres) a beneficio de la sostenibilidad de los privilegios del “primer mundo”. Reconozcamos que son humanos los partidarios de ensayar vacunas a costa de las muertes africanas. Asumamos que son humanos los verdugos de las poblaciones colonizadas en nombre de las ideologías supremacistas y racistas. Por todo ello, no deberíamos de tener temor al expresar nuestra repugnancia por un humanismo universalista decimonónico y eurocéntrico.

Es necesario e imperioso apostar por la renovación conceptual del significado de la vida de los seres humanos. En base a las relaciones que construimos debemos ser capaces de superar la fragilidad conceptual y el proselitismo que ha deformado nuestro ideal sobre “ser y estar en el mundo”. Apegado al pensamiento de tres influyentes filósofos: el francés Henri Bergson, el pakistaní Muhammad Iqbal y el senegalés Leopold Sedar Senghor, Souleymane Bachir Diagne nos propone desconectar de sus orígenes a las culturas, las religiones, las lenguas y el pensamiento que los engloban, para renovar nuestras miradas del mundo y crear nuevos espacios para una nueva civilización, una nueva humanidad: ¿el posthumanismo?

Las contribuciones de Bachir Diagne nos ayudan a superar la fragilidad conceptual, el dogmatismo y la debilidad de las ideologías nacionalistas que han dominado nuestra construcción del humano. Es el momento de “deconstruir” los esquemas mentales que fecundaron y empoderaron al humanismo universalista. Superar el “humanismo de trincheras” pasa, necesariamente, por mirar la alteridad con más respeto, empatía y reconocimiento de las diferencias. Ir más allá del humanismo del patriarcado blanco es posible si nos replanteamos seriamente la dualidad moral que caracteriza la condición humana hegemónica.

El salto hacia la condición posthumana empezará con la afirmación de nuestras particularidades para emprender el camino de vuelta hacia nuestros “microespacios” desde el globalizado y mercantilizado mundo. Lejos del ideal supermasculinizado de la humanidad, debemos reconocer los límites de nuestra capacidad racional, nuestra inteligencia (incluida la artificial) y, de ahí, asumir que la diversidad de nuestra especie es una realidad inherente a nuestras condiciones de vida. Solo así podremos respetar la naturaleza y crear las condiciones para alcanzar el posthumanismo.

Por Saiba Bayo

Politólogo y filósofo

2 jun 2020 10:00

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Martes, 02 Junio 2020 06:06

Cine Fake

Cine Fake

La cultura de las falacias es una pandemia... también

Abunda en la industria cinematográfica la tendencia “Fake”, no pocas veces disfrazada de “ficción” e incluso de “documental”. “Todos mienten” dice el Dr. House en la “teleserie” con el mismo nombre. Eso incluye a la catarata de “series televisivas” de moda. Si hubiese una auditoría ética para la producción cinematográfica, en la que primara el rigor de la verdad, basado en evidencias y documentos certificados, quedarían en pie muy pocas “realizaciones” industriales o “independientes”. No caben aquí los nombres de los productores y directores cómplices de esta pachanga. Manipulación simbólica en pantalla. Sálvense todas las excepciones, que las hay y muy honrosas.

Buena parte del negocio basado en hacer películas pertenece a la maquinaria de guerra  ideológica responsable de infestar audiencias con el “sentido común” de la mentalidad burguesa. A esa identidad pertenece casi toda la producción de cine bélico, las historias fílmicas de “vaqueros contra indios”, cierta retahíla de “biografías fílmicas” y, desde luego, el “american way of life” en comedias, relatos románticos o “trillers” con su siempre “Fake” de idolatría por la “justicia”, los tribunales, los detectives y la policía. Sin faltar la industria del “porno”.

No se cometerá aquí el improperio de reducir todo cine (o toda realización artística) a un amasijo de falsedades condenando la imaginación libre a una pataleta “conspiranoica”. Muy lejos de esa emboscada. Todo lo contrario, es necesaria una reivindicación emancipadora de las herramientas de producción creativa y de las relaciones de producción para la imaginación, sin la dictadura semántica de la ideología dominante. Tampoco se perpetrará aquí la insolencia de culpar a las víctimas que “consumen” la industria cinematográfica “Fake”, sin tener a mano los dispositivos críticos necesarios que la Educación Pública debe proveer y que hasta hoy, dicho con suavidad, es escandalosamente insuficiente.

Se trata de poner al desnudo el andamiaje ideológico, subordinado por la lógica mercantil, para adulterar toda relación con la realidad -desde los procesos del conocimiento hasta su enunciación- en los soportes de la “cultura de masas”. Y ahí reina la mentira. Hay que recordar siempre que el capitalismo es un sistema económico e ideológico basado en mentirle a los trabajadores sobre la producción de la riqueza. La plusvalía es una realidad pasteurizada por la lógica “Fake” del sistema. El reformismo es una “fake” sistematizada para esconder la lucha de clases que es “el motor de la historia” y la madre de todas las batallas.

Son unos cuantos los dueños de la industria cinematográfica dominante. (“…Algunos empresarios, como Adolf Zukor y Marcus Loew (fundadores de la Paramount), comenzaron su carrera explotando salas de exhibición, antes de volverse productores. Los que siguieron absorbieron simultáneamente las redes de distribución y de explotación. Esta combinación entre el star system y la integración vertical dio nacimiento a los grandes estudios de Hollywood (Metro Goldwyn Mayer, Warner Bros., 20th Century Fox, Paramount, United Artists, RKO, etc.).”[1] Añádase Netflix y sucedáneas. De sus “modelos de negocio”’ salen los “guiones” que filmarán escenas de todo género, adaptadas a los intereses del negocio y del “sistema”. Ahí se decide cómo se tratará el amor y el desamor, la riqueza y la pobreza, la justicia y el delito. Ahí se eligen -e imponen- los estereotipos “raciales”, laborales, religiosos y sexuales. Quién gana y quién pierde. Ahí se estudian las “audiencias” o “target”, y también los ritmos de la circulación de la obra en las salas cinematográficas que están monopolizadas. Ahí se decide la “verdad” y la mentira. Sus disfraces y sus retruécanos. Mientras comemos “pop corn” o “nachos”. Un cantante mexicano, paladín de la cursilería, de quien aquí no se hará publicidad, compungía la voz para decir melodiosamente: “miénteme más que me hace tu maldad feliz”.

No diremos que la “pandemia” de “Fake” ocurrió sin darnos cuenta. Ha sido un proceso largo. Hace tiempo que se ensayan los mecanismos de infiltración y se han desarrollado todas las estrategias, que el talento opresor ha tenido, para sembrarnos en la cabeza falacias que se hicieron “verdades” a fuerza de repetirlas e invisibilizarlas. Muchas de ellas llegaron a nuestras vidas en forma de “entretenimiento”. Aceptamos los dichos de las “autoridades” (religiosas, gubernamentales, militares y académicas) como verdades; aceptamos que nadie somos para poner en duda el relato hegemónico y que más nos vale ser dóciles ante el discurso del poder si queremos llevar “la fiesta en paz”. Entramos a la era de la “pos-verdad” arriados por los perros pastores mediáticos. Entramos al campo del disfrute por el engaño porque interpelar a “la voz del amo” exige esfuerzos, compromisos e incomodidades ajenas, sensiblemente, al confort del rebaño. Y nos derrotaron, a punta de falacias, también. “Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza[2] dijo Simón Bolivar. 

Llegamos al punto, necesario, de tener que generar un movimiento planetario para frenar a pandemia de falsedades generadas por la industria de las mentiras. En todas sus modalidades. Pero lo asimétrica que es la batalla contra las “Fake” no impide advertir sobre su necesidad en los terrenos más patentes y más latentes. En lo que se ve y en lo que no se ve. En las superficies y en las profundidades. En la diversidad de todo engaño y en la abundancia de técnicas desplegadas para eso. La lucha no es sólo contra casos aislados, la lucha es contra una sistema de mentiras diseñado para dominar la economía y la ideología. En su tratado de Semiótica General, Umberto Eco la define como “la disciplina que estudia todo lo que puede usarse para mentir” pero necesitamos, además de estudiar las falacias, combatirlas. No podemos dedicarnos sólo a desactivar casos específicos, hay que ir a las fuentes teóricas y prácticas de los fabricantes de “Fakes”. Y no hay punto de reposo. De verdad.

[1]https://www.insumisos.com/diplo/NODE/686.HTM

[2]http://www.archivodellibertador.gob.ve/escritos/buscador/spip.php?article9987

Por Fernando Buen Abad Domínguez | 02/06/2020

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Las motivaciones de los anticuarentena

Una mirada desde el psicoanálisis

Cuando se oponen contra la política sanitaria o transgreden alguna restricción, plantea el autor, no lo hacen por un genuino sentimiento de injusticia o por un desacuerdo argumentado. Hay una profunda imposibilidad de creer y confiar.

 

La historia de la humanidad no se ahorró batallas, muchas de ellas muy cruentas y otras que supieron detenerse en el campo de las lidias verbales. Aquello que algunos figuran como un cronología cíclica, y que entre derrota y derrota despunta un período de ilusoria beatitud, no parece ser más que el lentísimo transcurrir que conduce hacia eso que Freud denominó progreso en la espiritualidad. En efecto, aun hoy no hemos descifrado del todo los enigmas que asolaban a Étienne de La Boétie, hace ya 500 años, sobre la servidumbre voluntaria.

Por qué alguien ostenta su poder, lo practica impiadosamente y se afana en una cada vez mayor impunidad, es una realidad sobre la que tenemos un vasto conocimiento, aunque parece ser inversamente proporcional a las expectativas que podemos tener sobre su transformación. Sin embargo, como La Boétie, nos esperanzamos en la elucidación del otro término de la ratio, el de quienes consienten en alucinar que la libertad se despliega como arbitrariedad de narcisismos dispersos y mortíferos. Sin ir más lejos, Bolsonaro, uno de los máximos exponentes del negacionismo sanitario, nos dice que “la libertad es más importante que la propia vida”, y así confirma nuestra hipótesis.

Son huestes heterogéneas en las que se mezclan lectores de ejercicios sobre cómo ayudarse a sí mismos, temerosos, fluorescentes, expulsivos, mediocres envidiosos de Borges y hasta oficiales de la penitenciaría sintáctica del lacanismo.

En ocasiones erramos el camino pues como acusan y denuncian supusimos que albergaban algún ideal de justicia y, luego, advertimos que nada de eso abrazan. De hecho, solo reclaman el abrazo cuando se impone la distancia física. Y entonces aprendimos que su desconfianza no es una querella contra el mal, sino la evidencia de su incapacidad para creer. Los que hasta hace un año alardeaban de volver a votar a Macri aunque se caguen de hambre, no eran los que pasaban hambre; y los que hoy dicen que prefieren morirse antes de hacerle caso al Presidente de la Nación, cuentan con gruesos recursos para no fallecer. Entonces no creen en lo que dicen, aunque intenten disimular su hipocresía, incluso, ante sus propios ojos. La severidad de esa instancia que Freud denominó autoobservación, la lente del superyó, debe estar lejos de ser ligera, aunque algún entrenamiento también los tornó diestros para desconocerla. Por si faltaran ilustraciones, ¿qué convicción podrían tener cuando arrojaron flyers por las redes para frenar al comunismo? Qué pesada carga debe ser combatir a un enemigo menos visible que la covid-19.

Debemos admitir que en cierta medida todos creemos contar con una lupa cuando, en rigor, estamos usando un espejo, y entonces imaginamos que si nos atraen los nexos causales, es decir, la historia, a otros también les sucederá lo mismo. Pero no es así, y se nos impone una revisión piagetiana para comprender por qué la cuarentena no es, para la muestra de La Boétie, una consecuencia de la pandemia, sino un acto aislado, sin un pasado próximo, una decisión caprichosa dislocada de toda secuencia explicativa. Esta misma carencia de hondura, la autosupresión de todo mapa conceptual, es el motor del alivio que les produjo, hace no mucho tiempo, escuchar que Macri aludía a tormentas o a que “pasaron cosas” para explicar la catástrofe que él mismo provocó.

Siempre me impactó aquel otro sintagma de Macri cuando les dijo a sus votantes: “Yo confío en ustedes, pero necesito que confíen en ustedes mismos”. Allí su yo se sustraía del lugar de quien se puede esperar algo, pues su interlocutor debía confiar solo en sí mismo. Se refuerza entonces la intuición que nos susurra que la gente no desconfía, sino que padece una ingobernable incapacidad para creer.

El sujeto hipnotizado concedió encerrarse en su paradoja sin resolución, la paradoja de un conflicto que solo es admitido en el interior de sí mismo y no como pulsión social. Cuando la debacle del gobierno anterior ya era inocultable, su votante no pudo objetar a su candidato, ya era tarde, pues solo le quedaba decepcionarse de sí. No obstante, el humano no admite sin defensa una herida narcisista, y siempre puede contar con el recurso a reforzar la desmentida para poder continuar creyendo en sí mismo.

Cuando ahora se oponen, gritan contra la política sanitaria o transgreden alguna restricción, no lo hacen por un genuino sentimiento de injusticia o por un desacuerdo argumentado. No se trata de una batalla entre dos posiciones antagónicas sino entre una convicción y la imposibilidad de confiar.

Ese mismo kit de confianza self-service que les entregó el pack premium neoliberal, incluía otra app cuyo tutorial enseñaba que nadie puede decirte qué hacer, sos un emprendedor y como tal harás lo que tus propios deseos te manden. La parodia terminológica no causa gracia pues su desenlace es dramático. Si no hay un otro en quien confiar, y solo podré pugnar contra mí mismo, y no hay un otro antagónico pues me orienta mi deseo, cuando irremediablemente se despierte el conflicto no habrá alteridad para debatir, pues solo podré oponerme a mi deseo. Su corolario no es difícil de colegir: el desgano, la desvitalización. Ese es el estado al que conduce el neoliberalismo y, al mismo tiempo, cual un virus, es la célula de la que se alimenta.

Tal es la argamasa que encienden los ideólogos de la meritocracia (o, como hemos dicho en otra ocasión, de la morite-cracia). Ese es el caldo del individualismo, de la libertad sin civilización y de la incapacidad para creer. También es el más allá del odio, que si rascamos tras su verborragia xenófoba, estigmatizante y expulsiva, descubriremos un puñado de desvalidos que, imposibilitados de aceptar que esa es nuestra condición humana y que por eso importa un Estado presente, solo buscarán proyectar en otros su propia vulnerabilidad para así seguir pensando que es solo un asunto de otros.

Acaso así se comprenda otro de los motivos que tienen quienes padecen la incredulidad para gritar contra la cuarentena y, sobre todo, para desconocer que esta es solo la derivación de una pandemia. El coronavirus no es una enfermedad mía, o de una familia o de un sector social y, por lo tanto, nos impide el arrogante propósito de querer endilgar el patrimonio del desvalimiento a los otros.

Agregaré dos conjeturas más.

En primer lugar, cuando la mente neoliberal excluye de la escena al antecedente, la causa o el origen, también promueve cierto estado de anestesia e impide, por lo tanto, establecer hipótesis y anticipaciones. En lenguaje freudiano se dirá que adormece la angustia señal, aquella que nos permite defendernos a tiempo de un peligro, y abandona a los sujetos a la sola posibilidad de la llamada angustia automática. Esa angustia que resulta desbordante y ante la cual al sujeto solo le queda su propia parálisis. No muy lejos de ello se encuentra el pánico social, estado urgido que se cocina no tanto cuando hay un peligro, sino cuando un grupo siente que ya no tiene en quien confiar.

Por último, recordemos que Freud distinguió dos tipos de juicios, el de atribución y el de existencia. El juicio de atribución permite juzgar algo como bueno o malo, útil o perjudicial, en tanto el juicio de existencia decreta si aquello que tengo en mi mente coincide (o no) con la realidad. Si tal como señaló Freud, el juicio de atribución es anterior al juicio de existencia, no se trata únicamente de un dato del desarrollo evolutivo, sino que nos indica que un sujeto puede juzgar algo negativamente (o positivamente) sin preguntarse si aquello existe.

28 de mayo de 2020

Sebastián Plut es doctor en Psicología. Psicoanalista. Director de la Diplomatura en el Algoritmo David Liberman (UAI). Profesor Titular de la Maestría en Problemas y patologías del desvalimiento (UCES).

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Miércoles, 20 Mayo 2020 06:08

El rostro del tapabocas

El rostro del tapabocas

Federico Nietzsche en las postrimerías del siglo XIX, se asumió como un médico de la cultura que denunciabala enfermedad que padecía la civilización, la decadencia de los instintos vitales, el desprecio por la vida. Para apurar el final de la enfermedad que agota al mundo moderno, todos contribuimos, entregando nuestro esfuerzo: borrando horizontes con homogéneas construcciones que alinean la necesidad de vivienda, exterminando el mundo marino, pretendiendo aislar los negocios realizados en la tierra, de la amenaza de un sol calcinante. La etapa actual de este viaje, evidencia que hacemos un trayecto a través de una nada infinita y que inevitablemente el sueño, el cansancio, la noche, llegan para la civilización que erigió una torre de babel.

Hemos hecho un tránsito por siglos, en medio de una aceleración que cubrió cada resquicio de la vida humana. El éxito social de esta idea fue el progreso, espejismo sobre el cual justificamos el dominio del mundo por medio de la tecné. La noción de progreso se remonta a los tiempos del motor a vapor hasta llegar a los días de la revolución digital, incorporada al psiquismo humano.Súbitamente y tal como lo denunciaron movimientos ambientalistas grupos políticos y comunidades étnicas el progreso tiene unos costos muy altos. Producto de una pandemia, en cuestión de tres meses, de la aceleración se pasó a una detención que afecta aquello por lo cual ha luchado el ser humano: viajes, turismo, moda, placer y sobrevivencia.

Un ejemplo de lo anterior lo representan las tiendas de ropa: quienes nos escriben a correos y redes, invitando a realizar compras online, ofreciendo descuentos casi nunca antes vistos. La magia de la religión del capitalismo es hacer presencia en el centro comercial como parte del ritual profano que consiste en escarbar los roperos, medirse innumerables prendas, buscar los mejores precios y finalmente la cúspide del ritual consistente en “estrenar” la última adquisición que sedujo nuestra vanidad. En las condiciones actuales, el misterio de la compra es vaciado, en la medida que cada objeto nuevo se encuentra bajo sospecha de ser un mensajero del virus.  En nombre de la salud se sacrifica el glamour consumista y se modifica por una tendencia higiénica que nos aleje del germen biológico.

Bajo esta circunstancia se imponen productos que protegen y transforman la estética corporal. Es el caso de tapa-boca que en otros momentos de la historia pertenecía a dos ámbitos:  el vestuario de los médicos en los hospitales y el ámbito de   la clandestinidad, evocación de un “Llanero solitario” como imagen cinematográfica, cubrirse el rostro para realizar una fechoría, así también es cubierto el rostro para protegerse de ser señalado y asesinado por reclamar derechos, denunciar injusticias, gritar lo que a muchos les molesta escuchar. ¡Quién lo diría ¡En los años previos a la pandemia, los sectores más reactivos hacia la protesta social han exigido la supresión de las capuchas y de las máscaras en las vías públicas, pero hoy, como una extraña paradoja la necesidad de cubrirnos el rostro se ha reivindicado.

 Con la actual pandemia, el tapa-boca salta al escenario de las calles de manera obligatoria, como una última trinchera de combate. Te pueden multar por no llevarlo puesto. Su aparición masiva ha mutilado la expresión de los rostros. Quedan ocultos al público los labios rosados y carnosos de una hermosa mujer, el movimiento provocador de una lengua pasando por ellos, la vanidad invertida en la estética dental. La boca como uno de los instrumentos comunicativos del pervertido, los labios que se muerden por las palabras no dichas. Queda encubierta la mueca del estudiante frente a sus compañeros, la sonrisa amable, el beso que se envía a distancia en la calle. Expresiones afectivas a las que se acostumbró la sociedad moderna. Los labios habían sido los protagonistas en la “Era de la Selfi” en los escenarios públicos. Pero esa pose auto-fotográfica no podrá ser tomada de la misma manera en espacios exteriores, las fotos de grupo han entrado en suspensión y sobreviven solo como evocación en el mundo de las redes sociales.

El virus, literalmente, afecta las raíces del capital, sus arterias comunicativas, pone en interdicción lo importante y subsidiario de la existencia humana. Mientras el daño ocurre, gobiernos y financistas corren de un lado a otro, desesperados, buscando poner fin a la hecatombe. En todo este panorama han sido los llamados trabajadores esenciales quienes han sostenido y sostendrán hasta el final de las cuarentas el capital herido. ¿Y quiénes son esos trabajadores esenciales? Transportadores de alimentos, aseadores, vigilantes, distribuidores de mercancía, mensajeros, policías y enfermeros. Incluso han llegado a tener gran protagonismo el sector de los trabajadores funerarios, solo por citar algunos ejemplosde aquellos empleos que realizan una produccion material de la vida, sometidos históricamente a la clasica plusvalia. Contrariamente la especulacion financiera no está experimentando las repercusiones que tenia antes de la pandemia.

Bajo el panorama de las tragedias civilizatorias modernas, la filósofa Hannah Arendt rebeló situaciones similares, en 1955 con una compilación de ensayos y artículos titulado “Men in dark times” (Hombres en tiempos de oscuridad) donde reflexiona sobre las vidas de pensadores que, como Rosa Luxemburgo, Karl Jaspers, Isak Dinessen, Hermann Broch, Walter Benjamin y Bertolt Brecht pasaron de los coches tirados por caballos a trenes de condenados a muerte que recorrían Europa central. Cada uno vivió y padeció tiempos de odio hacia los judíos, los comunistas, tiempos de revoluciones, fascismo, pandemia, uso de armas letales como los gases utilizados durante la Gran guerra. Refiriéndose a ese tiempo que vivió su generación, Arendt destaca una expresión de Benjamin acerca de ese momento: el tiempo del Juicio Final. La pensadora introduce una carta de Benjamin donde escribe: en este planeta un gran número de civilizaciones han perecido en sangre y horror. Naturalmente que uno debe desear que un día el planeta experimente una civilización que haya abandonado la sangre y el horror…”

Finalmente, no son buenos tiempos para el paseante. El tapa-boca que modifica la parte más expresiva del rostro, las caretas de vidrio sobre los ojos deberán ser entendidas como la prueba del fracaso de un modelo acumulador, ventajoso, egoísta, que se acentuó en los últimos cuarenta años y que hoy está herido; no sabemos si de muerte. Quienes habitamos el planeta hoy, tenemos la responsabilidad de contribuir a la reducción de tanta sangre y horror ¿Cómo? Si existiera un progreso certero este tendría que ubicar al ser humano por encima de la tecnología, de quien depende en el trecho actual, parte de la sobrevivencia del individuo y la sociedad. Frente a la detención en tierra de los aviones y la cultura de la prevención ante las multitudes humanas, dependerá nuestra posibilidad de seguir caminando por la historia. No se debe olvidar que este desastre debe superarse con la desinfección de los gérmenes de la desigualdad entre naciones, personas, géneros, etnias, territorios.

Abril de 2020

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Viernes, 08 Mayo 2020 06:27

El fluir infinito de la espera

El fluir infinito de la espera

El Quijote, como el virus, es el fluir infinito de la espera, no la creación de una obra momentánea. Como dice Heráclito: "El mundo a veces se incendia, a veces se constituye a partir del fuego, por ciertos periodos, en los cuales, con medidas y con medidas se apaga".

El Quijote, delirio infernal, no se rige con medida y no reparte sus "logos", la víscera mediadora. El delirio dejado a la deriva es puro infierno. El mundo que le empezó a flaquear al compás de su devenir y le mostró formas irreparables al ingresar a la vida. El mundo le mostró su condición deleznable, no en cuanto a su contenido, sino a su consistencia.

Por tanto, existe una imaginación que está allí, en los seres vivos, creación de algo que llamamos imágenes que corresponden en parte al impacto que reciben del exterior, escapan de nuestra conciencia, siguen el fluir del tiempo; imaginación en creación perpetua. Algo que nunca vio la filosofía tradicional, ni la sicología "científica".

El Quijote fantasma, visión de aquello que constituye la seguridad (y que Freud quebrantó al enunciar que el hombre no era el centro de nada), vislumbró que nada era seguro. En sus aventuras pierde la identificación en sus libros de caballería y en una labor finísima se va desajustando, trastocándolo todo, a pesar de la negación, en su incesante poderío de deterioro y de transformación que tanto sorprende como engaña. Desintegración tan inevitable como inmutable de lo que había sido el ser de las cosas: la imagen permanente del mundo.

El Quijote advierte que no es tanto el trayecto como el ser lo que importa, y que solemos confundir con la vida lo que nos rodea. Cuando don Quijote se incorpora como un personaje más del medio ambiente que le circundaba, el mundo se le conturba, y, a pesar de negar delirantemente, comienza a transparentarse, moverse, deslizarse, difuminarse, como una transgresión decepcionante y pavorosa, el espectro de lo vertiginoso, de lo inalcanzable: la verdadera faz del mundo, la inasibilidad, la "falta".

Las cosas en que había creído, justicia, libertad, al fragmentársele lo dejan impávido ante el vacío inexplicable en que se le convirtió lo viviente; engañado, buscaba una y otra vez la comparsa perdida.

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Lunes, 27 Abril 2020 15:26

Transformando enigmas en problemas

Transformando enigmas en problemas

La Candelaria edita este nuevo libro con sus últimas obras teatrales: El Quijote de Santiago García (1999), De Caos & Deca Cacaos creación colectiva (2002), Nayra creación colectiva (2004) y Antígona de Patricia Ariza (2007).

El grupo como resultado de su proceso creativo presenta 9 obras de creación colectiva y 13 obras con textos aportados por los miembros del grupo. Este conjunto de imágenes teatrales son la cristalización de un conocimiento, una voluntad y una imaginación organizada en laboratorio de creación teatral. Laboratorio de creación teatral que no existe por un destino abstracto e inefable sino por el esfuerzo colectivo del grupo y del movimiento teatral colombiano, latinoamericano e internacional.

Que exista ese movimiento teatral es un hecho con un significado muy especial. Tengamos en cuenta que uno de los tópicos más difíciles de pensar en el capitalismo, es el de su hostilidad frente a todo aquello que no pueda tasarse con arreglo al frío interés egoísta y al estéril cálculo mercantil. El arte y la ciencia básica se resisten a ser reducidos a esa lógica. La máxima económica de que no hay almuerzo gratis, es el modo burdo que tal lógica tiene de proclamarse.

En la perspectiva capitalista del afán de lucro escribir una novela como el Ulises de Joyce es un despropósito. El ingenio burlón de Borges le dio forma de ensayo a esa tesis en su Pierre Menard, autor del Quijote. El teatro también fue desahuciado. Asumidas esas premisas una obra teatral como el Quijote de la Candelaria sería un doble imposible. Pues bien, en eso ha consistido el esfuerzo del grupo, en realizar lo que parecía imposible.

¿Cuál es la clave para explicar esa especie de enigma profano? El trabajo creativo. En el teatro ese trabajo tiene como objeto nada menos que la experiencia humana. Es decir el enigma de los enigmas.

En la historia de las sociedades humanas siempre han existido quienes se han dedicado a procesar esa tarea. La tradición teatral da cuenta de uno de los modos alegres de enfrentarla. Es decir, abordar el enigma no como algo inefable ante lo cual hay que postrarse sino como un problema susceptible de solución, aunque la solución sea mágica. Esa tradición es la que recoge el grupo cuando monta Antígona para pensar el problema de nuestra tragedia y alumbrar el campo de sus posibles transformaciones.

Ahora bien, esas transformaciones tienen hoy premisas tecnocientíficas sin antecedentes en la historia. El extraordinario poder de la ciencia y la tecnología ha puesto a la mano soluciones a problemas que sólo los milagros divinos podían resolver. Pero ese mismo despliegue de potencia transformadora puesto al servicio de la pura ganancia, está poniendo en peligro la existencia misma del acontecimiento humano.

Esa situación paradójica ha desencadenado una extraordinaria polémica cultural. Hoy está en curso en el planeta, una puesta en común de las distintas experiencias cosmológicas imaginadas por la humanidad. Elaboraciones orientadas por premisas míticas, teológicas, mágicas, filosóficas, científicas se contraponen en un proceso de intercambio polifónico sobre nuestro destino común. Nayra es una magnífica imagen teatral de esa emergente preocupación por la existencia humana en el planeta. En el escenario se despliega el concierto de las múltiples voces y actos que se esfuerzan por buscar una salida a un estado de cosas simultáneamente insoportable y esperanzador.

Estos procesos complejos sin antecedentes, están transformando los modos de pensar en las artes y las ciencias. Las emergentes teorías sobre el caos y el orden en los sistemas complejos alejados del equilibro y el desarrollo de geometrías como las fractales para describir esos nuevos modos de existir en el planeta y el universo, han creado las bases para superar la tradicional separación entre ciencias de la naturaleza y ciencias humanas. De Caos & Deca Caos al recrear las vicisitudes íntimas de la elite, se nutrió de esos aportes en el proceso de construcción de la imagen teatral.

La Candelaria con estas obras nos enriquece, nos alegra y al transformar enigmas en problemas nos incita a la acción. Así mismo nos coloca a la expectativa de las nuevas imágenes teatrales que saldrán de su laboratorio de creación teatral.

 


 

Santiago García tejedor de imágenes teatrales

 

Santiago García nos deja el recuerdo de un artesano, un tejedor de imágenes teatrales. En esa tarea creativa estaba él, La Candelaria y un movimiento de grupos que constituyen una red local y global.

Santiago fue actor, director, autor y teórico de la práctica teatral. En la realización de esta experiencia personal y colectiva tuvo que superar todo tipo de obstáculos y es un ejemplo del placer de crear más allá de las inevitables dificultades.

En el escenario Santiago y sus colegas nos regalaron el goce de reconocer las paradojas de una humanidad que ríe, llora, baila, muere, resucita y copula; de reconocer los conflictos históricos de personas como Guadalupe Salcedo, Quevedo y Lenin y de reconocer las viscisitudes dramáticas de personajes de ficción como don Quijote y Aldo Tarazona.

El arte teatral, ese modo que tenemos las personas de reconocer lo teatral de nuestra condición humana y así mismo lo humano presente en toda imagen teatral genuina, se enriqueció con el genio de Santiago García uno de los tejedores insignes de este arte universal, maravilloso, personal y colectivo.

Gracias don Santiago.

 

Periódico desdeabajo Nº267, pdf interactivo

 

 

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Publicado enEdición Nº267
Viernes, 17 Abril 2020 06:13

La luna en China

La luna en China

Rumores y desinformación en Wuhan 

Wang Xiuying es el nombre de una bióloga y doctora en filosofía que vivía en Shanghai cuando se desató la epidemia del virus SARS en 2003. Su ciudad no era una de las zonas de riesgo (hubo sólo ocho víctimas en una población de 17 millones), de manera que no conoció la cuarentena ni padeció el bombardeo mediático (“Poco después llegó el verano y el virus desapareció”, dice con candor). Con el COVID19, en cambio, todo fue vertiginoso y confuso desde el primer momento. La desinformación, la manipulación y los rumores hicieron de la ciudad de Wuhan un hervidero antes de que quedara en cuarentena total. En las semanas previas hubo dos eventos políticos multitudinarios al que asistieron delegados de todas las regiones del país con sus respectivas familias, que incluyeron la friolera de 80 mil banquetes simultáneos, aprovechando que era el Año Nuevo chino. Luego del fin de las festividades, cinco millones de personas abandonaron la ciudad. Horas después, los hospitales de Wuhan comenzaron a verse desbordados de consultas y a pedir refuerzos médicos con urgencia.

Las autoridades aseguraron que todo estaba bajo control y de pronto decretaron la cuarentena total para nueve millones de personas. Mientras médicos y enfermeras de todo el país iban hacia Wuhan a colaborar, desde todas las ciudades de China enviaban donaciones en efectivo y en material sanitario a través de la Cruz Roja. Pero el problema es que, en China, a la Cruz Roja la llaman la Plaga Roja, por sus escándalos financieros y su corrupción. La sede local de Wuhan tenía una docena de empleados que cobraba básicamente por no hacer nada, dice Wang Xiuying, y de pronto se encontraron con un galpón gigantesco lleno hasta el techo de envíos. Nadie catalogaba lo que recibían. El personal de hospitales tenía que ir por las suyas a revolver entre montañas de cajas para encontrar lo que necesitaban.

La censura trabajaba sin descanso, mientras tanto. Cuando el oftalmólogo Li Wenliang mensajeó a un grupo de colegas los alcances que podía tener el COVID fue convocado por la policía “por alterar la moral pública” pero le permitieron que siguiera trabajando en el hospital, hasta que el día 6 de febrero comenzó con síntomas y tuvo un ataque cardíaco. Las agencias de noticias anunciaron su muerte. La ciudad y el país comenzaron a llorarlo, como a uno de los héroes de toda esa desgracia, pero de pronto un cable oficial anunció con bombos y platillos que Li había revivido y estaba con respirador. La noticia posterior de su muerte se anunció en la madrugada, para que pasara lo más inadvertida posible. Como dice Wang Xiuying, es difícil llorar dos veces una muerte con la misma intensidad.

El caso de Fang Fang, una conocida escritora de Wuhan, fue similar. Desde que empezó la pandemia ella empezó a postear online un diario de serena honestidad sobre lo que sucedía en su ciudad, para bien y para mal. Pero se la acusó de desacreditar los esfuerzos colectivos y minar la moral. Cada entrada de su diario era eliminada en menos de una hora desde Beijing pero aún así se hacía viral (de hecho, el diario está por publicarse en forma de libro digital en Occidente en estos días). Un joven energúmeno que la atacaba por las redes con lenguaje y virulencia que recordaban a los terribles tiempos de la Revolución Cultural, recibió la siguiente respuesta: “Hijo, cuando te pregunten qué hiciste tú en la gran catástrofe de 2020, contesta que te dedicaste a atacar como un perro rabioso a Fang Fang”.

Cuenta Wang Xiuying que los niños chinos estaban felices de no ir a la escuela durante la cuarentena, hasta que les impusieron una aplicación llamada DingTok en la que debían reportarse todos los días y cumplir cierto número obligatorio de horas de trabajo. No les quedó más remedio que obedecer hasta que un astuto adolescente descubrió que si suficientes usuarios dan mala calificación a una aplicación ésta es eliminada del menú de ofertas. El rumor se expandió en cuestión de minutos, DingTok pasó de medir 4,9 a 0,4 de la noche a la mañana, se desactivó automáticamente de las pantallas y los niños chinos se libraron de su tarea escolar.

Cuando la curva de contagios empezó a descender, las autoridades aflojaron un poco la censura y los chinos se sumergieron en masa en sus celulares y pantallas a ver cómo lidiaban Rusia y Occidente con la pandemia. Según las redes chinas, Putin ha soltado leones por las calles de Moscú para que la gente respete la cuarentena, en Alemania se alquilan drones de perros para sacarlos a pasear un rato por la calle, y en Estados Unidos se venden bodybags Prada en oferta. Pero lo que dejó atónitos a los chinos es la noticia de que el ciudadano medio norteamericano no tiene ahorros superiores a los 400 dólares para enfrentar emergencias. También se insiste en que, antes de la pandemia, según un estudio del Global Health Security Index, una entidad que mide la capacidad de prevención y reacción a emergencias sanitarias, China ocupaba el puesto 51, muy por debajo de Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania. En cambio ahora el mundo contempla con respeto la velocidad a la que se han construido hospitales y equipos sanitarios para exportar al mundo, además de la dedicación de los médicos chinos, que usan pañales de adultos en sus largas horas de trabajo para no tener que detenerse a hacer sus necesidades.

Dice Wang Xiuying que los defensores de la democracia están en baja en China en estos días: ¿cómo defender un sistema cuyos paladines ponen la economía por delante de la salud, desconocen sin pudor las relaciones internacionales y han intentado sobornar laboratorios para tener la vacuna sólo para su país? El espíritu nacionalista chino, en cambio, ya se jacta de dos cosas: 1) que el Estado anunció que todos los empleados públicos cobrarán el total de su (magro) sueldo mientras dure la cuarentena y 2) que los empleados de empresas privadas que sean despedidos cobrarán dos años de (magro) seguro de desempleo. Pero de lo que se jactan en voz más baja y con más satisfacción es que toda esa enorme masa de chinos que tienen empleos informales y se han ido en masa al campo, donde el costo de vida es mucho menor y sus familias pueden darles de comer, están esperando que los llamen como mano de obra semiesclava, en cuanto las primeras grandes empresas empiecen a producir. Es decir que, cuando Trump y Europa se atrevan a levantar la cuarentena y retomen su ritmo de consumo habitual, descubrirán que el único proveedor capaz de satisfacer al instante sus demandas es ya saben quién.

Según Wang Xiuying, esta nueva obsesión de los chinos con la información internacional los está volviendo insomnes. Las autoridades les dicen que no dormir debilita el sistema inmuntario y los hace más vulnerables a la enfermedad, pero nadie consigue somníferos en las farmacias porque todos los laboratorios están dedicados 24x24 a tratar de encontrar una vacuna contra el coronavirus. Así que, como alternativa, el Estado chino sugiere a sus ciudadanos que se dediquen a contemplar la luna, visible por primera vez en años desde que se acabó el smog en el cielo de China.

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Omar Rincón: "Este virus no es un partido de fútbol"

El experto en comunicación alerta sobre el tratamiento mediático de la pandemia

 

“El virus vive feliz en los medios”, dice el experto en comunicación colombiano Omar Rincón. Y recomienda a los medios, entre otras cosas, “recordar que este virus no es un partido de fútbol, que cada enfermo no es un gol, que cada decisión de los gobiernos no es un cántico de barrabrava. Menos es más, pero un menos con conciencia social y responsabilidad democrática”.

Rincón es ensayista, periodista, profesor universitario, crítico de televisión y autor audiovisual. Es asiduo visitante de Argentina, adonde viene a dictar clases, escribir o desarrollar distintos proyectos de comunicación. La última vez estuvo en febrero, para grabar las conferencias que irán en el Diploma virtual sobre medios digitales y educación, que empieza en mayo, impulsado en forma conjunta por la Universidad Pedagógica Nacional (UNiPE) y la Oficina en Buenos Aires de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI).

--¿Cómo analiza el tratamiento mediático del coronavirus?

--Dos perlas: “En Caracol Televisión (el canal número uno en rating en Colombia y que duplicó su sintonía en tiempos de esta “cosa”) lo más importante es la gente y su salud”, dicen y agregan que “garantizamos la mejor y más responsable información en tiempo real”. Y para hacerlo nos cuentan esas noticias terroríficas del coronavirus con un dejo de emoción futbolera: cada contagiado es un gol que se narra, cada comentarista es un fanático que inventa análisis, el árbitro es un gobierno que mete más miedo y todos somos barras bravas dispuestas a linchar o reír. Y todo en directo y en vivo: no hay pausa, ni reflexión, ni esperanza, ni humor, ni ambigüedad: y otro virusiado, gol y goool y gooolll. Así esta “cosa” se convierte en miedo mediático ya que nos dice que el mundo real-real es una amenaza, luego mejor quedarnos en casa y como no hay fútbol y deportes, y las telenovelas y realities aburren, mejor ser espectadores de las miserias humanas y políticas de los otros. Así creamos el comportamiento perfecto: estamos en casa viendo la tele porque el afuera real es amenazante, sobre todo porque los humanoides son poco confiables en sus cuerpos.

--¿Qué deberían hacer los medios y el periodismo para informar sobre este virus?

--Reportear, no analizar. Ojo con los títulos. No se trata de un gol, no se cuenta cada “viruseado” como un gol patrio, no se comunica cada miedo con la emoción del hincha. Más que nunca se necesita y exige contexto. Contexto, antes que el directo, el envío primero es el contexto, sin contexto no hay sentido. Hacer periodismo tutorial: más que informar primero, se debe hacer periodismo lento, comprensible y explicativo. Un tutorial que desactive los miedos y active al ciudadano. No se trata de producir terror, sino de colaborar en la generación de confianza. Periodismo lento: no al directo, al en vivo, a la alarma. Sí al pausar, tener datos, verificar los datos, evitar a los expertos opinólogos, ganar el criterio. Esto significa renunciar al periodismo de “todo por un clic” para hacer el periodismo que provee criterio. Menos es más: recordar que este virus no es un partido de fútbol, que cada enfermo no es un gol, que cada decisión de los gobiernos no es un cántico de barra brava. Menos es más, pero un menos con conciencia social y más responsabilidad democrática.

--El diplomado sobre medios digitales y educación en el que usted dará conferencias fue propuesto antes de la pandemia y la cuarentena, ahora parece tener un nuevo sentido.

--Creo que la sociedad compró el discurso digital en todo el mundo y sin ideología. Todos quieren cerrar la brecha digital, todos quieren conectar a todos los ciudadanos con internet, suponen que internet va a liberar al mundo. Y henos aquí viviendo en modo remoto y conectados vía digital. Las empresas de tecnología hacen buen negocio y deciden el modelo de sociedad que nos toca en destino: una de vigilancia y control con ciudadanos conectados y dóciles en sus casas. En este contexto, reflexionar crítica y productivamente sobre los mundos digitales en la educación es urgente: la tecnología no resuelve todo, solo el conectarse; la educación pone las ideas, el humanismo y los rituales cuerpo a cuerpo.

--Marshall Mcluhan...

--Otra vez hemos vuelto a tener el mismo sueño colectivo que hemos tenido desde siempre. Vivimos creyendo que la solución del mundo viene de afuera y hoy las tecnologías incentivan este humo. Hay mucho humo digital y no es de izquierda, ni de derecha. Todos lo aplican idéntico. Las universidades y la educación viven comprando tecnología y creen que con eso transforman el mundo, cuando en realidad le estamos regalando los datos de profesores y estudiantes para que nos vigilen y controlen mejor. Por eso, es clave pensar la relación de medios digitales y educación. Y para hacerlo debe volver a hacer lo que siempre ha hecho, generando conciencia crítica. No comprar el humo pero tampoco ser apocalíptico. Comenzar a dialogar entre culturas modernas con culturas digitales. Por ejemplo, hay cosas clarísimas que están funcionando. Una, como dice Alessandro Baricco en The Game, está clarísimo que la revolución digital existe, está pasando, la estamos habitando: es una nueva experiencia cultural. Eso implica cosas totalmente novedosas de ecosistema que tenemos que empezar a comprender. No podemos seguir diciendo que es más de lo mismo, que fue lo que pasó con la televisión, que fue lo que pasó con la radio, no sigamos diciendo lo mismo. Todo el mundo quiere normalizar esto; no, es nuevo, es una nueva experiencia cultural y política. ¿Cómo la habitamos? Ahí la pregunta por la educación es de las más cuestionadas.

Una segunda cosa es que viene con un cambio de experiencia cultural. Entonces, habitamos la coolture, ya no la cultura. Dejamos de ser modernos, de pensar desde la profundidad, desde la complejidad, desde las preguntas densas para pasar a una sociedad que se piensa más desde estilos de vida, de andar en la superficie, de generar experiencias cool. Entonces la propuesta es que no es que una cosa aparece y otra desaparece, sino que tenemos poner en diálogo intercultural a Jurasic Park con The walking dead, a la educación con los zombies, pero en diálogo, no en imposición autoritaria de contenidos o saberes o prácticas.

--En las escuelas todavía ni siquiera saben qué hacer con los celulares.

--Es que el problema está planteado desde los aparatos. Pasaba con la televisión. La televisión no entraba al aula, sino que estaba guardada en un salón aparte. Ahora los celulares, el computador, la tablet, las redes digitales, los videojuegos quedan guardados y no entran al aula de clase. No entra el aparato pero el sujeto ya viene con los nuevos consumos culturales y los nuevos saberes, no los puedes dejar afuera.

La segunda opción es domesticarlo, entonces, lo mete al aula de clase pero lo aburre profundamente porque le quita todo lo que tiene de juguetón, de divertido y lo vuelve superaburrido. La tercera fórmula es asumir que eso entre como es y comenzar a entenderlo como textos, pretextos, contextos del proceso educativo. Creo que el mayor susto que tiene el maestro con eso es que viene con un nuevo concepto, viene con la lógica del juego. Y es triste que la educación se resista, no sé cuándo perdió esa lógica. El aula escolar expulsó al juego de la educación, originalmente la educación era un juego.

Entonces, el mundo digital trae al presente una cosa viejísima que es que a la educación se va a jugar y eso creo que al maestro le da mucho susto. El maestro tiene que aceptar que ya perdimos la capacidad cognitiva de mediador, que perdimos la autoridad de oráculos que teníamos, tenemos que asumir la revolución digital sin perder el estilo humanista.

--Qué difícil.

--Si le preguntas a cualquier persona, todos tienen un maestro al que adoran. El maestro que motivaba, que incentivaba, que jugaba, que imaginaba, que experimentaba. De pronto, los maestros nos quedamos con la autoridad, el currículum, la didáctica, la pedagogía, lo aburrido, y expulsamos lo que siempre hemos sido... los contadores de historias sobre el conocimiento inscrito en la sociedad, la vida y el territorio

--¿Pero todo tiene que ser divertido?

--El problema no es solamente divertir. Hay juegos que son serios. Jugar implica estrategia, criterios, pensar. No es que se vuelva todo divertido. Lo que sí tiene que pasar es que te dé criterio para la vida. Yo no tengo que aprender cosas a las que no les encuentro sentido.

--Esa es la gran pregunta de los chicos de todos los tiempos, ¿qué sentido tiene estudiar esto?

--Tienen que darme criterios. Entonces ¿por qué tengo que aprender a escribir y a leer? Porque tiene que aprender. Nooo. Por ejemplo, escribir aunque sea con faltas de ortografías es para contar historias y si cuentas historias seduces al mundo, a sus amigos, a los afectos... No es la ortografía, es el contar. Me sirve para de pronto inventar mundos. Los maestros tenemos la obligación de decirles a los estudiantes para qué le sirven los conocimientos que estamos aportando, qué experiencias van a vivir con los saberes que enseñamos. Y es un rol muy interesante.

--Cuestiona la educación en general más allá de las tecnologías. Creo que eso pasa con algunos profesores muy puntuales.

--De acuerdo. Yo creo que hay mucho profesor y maestro de maravilla, pero no sabemos. Y eso ha hecho que juzguemos al sistema educativo injustamente. Estamos juzgando al sistema educativo a partir de lo que han construido los medios de información sobre el maestro, que es feo, mal vestido, de mal gusto, no quiere trabajar y lo único que hace es pedir más salario. Esa es la construcción TN y de todos los noticieros del mundo. El maestro como una figura desagradable, anacrónica, totalmente prescindible en la sociedad. Frente a esto tenemos a los vendedores de humo digital, emprendedores, que además nunca fueron a la universidad. Y nos dicen: un celular cambia el mundo, te convierte en emprendedor. Frente a esa falsa figura informativa tenemos la figura de la ficción, donde los maestros son lo máximo, son lo que necesitamos, crean mundo. Y en la mitad tenemos la vida cotidiana. Todos los ciudadanos hablan pésimo de la educación pero no saben qué hacer sin la educación, no saben qué hacer con sus hijos, no saben dónde dejarlos. La sociedad le ha descargado toda la necesidad de vida a la escuela, pero no le colabora. Los políticos se lavan las manos y no dan presupuesto. Los medios se lavan las manos de la mala imagen que producen. La institución escolar se lava las manos: no tenemos plata, no tenemos esto. Es complejo. Entonces ahora llega lo digital y dicen: solucionado el problema, lo digital soluciona los malos maestros. Y no es cierto. Lo digital no soluciona nada sin un ecosistema cultural y educativo que aporte. El segundo problema es que la institución educativa es absolutamente conservadora y clásica y eso nunca se ha podido transformar. Usted mete cualquier tecnología y la mete al colegio...

--Y la hace aburrida...

--Y conservadora.

--¿Qué hay que hacer?

--Transformar todo el ecosistema. Eso cuesta dinero y el Estado prefiere invertir dinero en tabletas que en el factor humano. Por ejemplo, hoy en día las clases deberían ser hechas por dos o tres profesores en colectivo para que haya saberes integrados. Eso sería la convergencia desde la docencia, en la sociedad digital lo más importante es el acompañante, tutor, guía, como quieran llamarlo. El profesor hoy no tiene que enseñar nada, los conocimientos están en todas partes. Pero sí necesitamos sujetos que den criterios, que motiven, que contextualicen, que generen ecosistema de saberes. Pero esas conexiones no son automáticas. Las conexiones se las estamos dejando al mercado. La convergencia en los modos de construir los ambientes de aprendizaje triplicaría el precio de los docentes.

--En este contexto ¿cuál debería ser el rol de los medios públicos?

--La primera función de los medios públicos sería generar ciudadanía celebrity. O sea, convertir a cada ciudadano en la estrella de sus pantallas.

--¿Eso no sería copiar el modelo privado?

--No, porque el mercado convierte al ciudadano en protagonista muy pocas veces. Son las estrellas de la farándula las que hablan y cuando aparece el ciudadano es como “pone problemas”, como el que mata.

--O la víctima...

--O cuando es periodista, el que es denuncista... entonces en mi barrio todo es problema, nunca aparece un ciudadano creativo, propositivo, actor de su historia. No aparece el ciudadano que cocina rico, que baila rico, que es famoso en su comunidad. Ese ciudadano que mantuvo a este país durante los cuatro años de macrismo, que resistió como nunca, no aparece en los medios. Eso para mí sería lo mejor que tiene que hacer la televisión y los medios públicos. Después tiene que haber medios bien hechos, ojalá no tanto documental, más ficción, otros formatos que celebren la diversidad cultural de una sociedad.

--¿Todavía es importante la televisión?

--A la televisión la han vivido matando. Y la gente que la mata es gente que nunca ha sido capaz de ver televisión siquiera.

--Pero los y las adolescentes, por ejemplo, nunca miraron TV ni leyeron un diario.

--Sí, pero hoy en día la televisión es un virus que se toma todo. La televisión nunca pelea, se acomoda a lo que sea. Primero tomó al cine y lo hizo hacer cine estilo televisión. Ahora los periódicos empezaron a hacer periódicos que parecen televisión. Aparece Youtube, la gran liberación, y la TV obliga a que youtube haga televisión, youtube es televisión hasta en la publicidad que interrumpe losa programas, tiene control de desnudos, control de sexo y violencia igual que la televisión. El streaming de Facebook es la primera televisión que existió, el directo. La televisión toma todo.

--Es lo audiovisual...

--A eso voy. Es que no triunfa el audiovisual de alta calidad cinematográfica, triunfa el audiovisual televisivo. Y eso hace que hoy el joven no sepa que lo que está viendo es televisión pero lo que está viendo es televisión. La televisión mutó hacia un entretenimiento audiovisual expandido. Se tomó todas las pantallas bajo el concepto de entretenimiento y expande las pantallas. Todo tiene los principios de la televisión, no tiene los principios del cine ni de lo digital. La televisión popular, la abierta, seguirá viviendo en cosas como transmitiendo eventos en directo. El directo sigue siendo el reino de la televisión. Transmitiendo espectáculos deportivos, musicales, entretenimiento popular como la telenovela, los realitys, los programas musicales. Además tiene la otra virtud de los formatos más clásicos como los concursos. Lo que para mí está muerto es el cable. Con internet y con plataformas veo en el dispositivo que quiera y a la hora que quiera, no debo esperar al cable.

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Domingo, 05 Abril 2020 06:46

La belleza de la herida  

La belleza de la herida  

“Mi padre criaba caballos y yo era un chico asmático. El ambiente me enfermaba. A los quince me revolcaba con los peones de la cuadra, adoraba la compañía de los palafreneros. Hasta que me descubrió probándome la ropa interior de mi madre” recuerda Francis Bacon. “Se quedó tan asqueado que me puso de patitas en la calle. Y confió mi educación a un amigo suyo, que me llevó a recorrer Europa como formación. Y se enamoró de mí. Imagínense, fuimos a Berlín, en esa época desenfrenada que pintaba Grosz”.

“Pero con los años el desenfreno se vuelve una catástrofe”, recapacita más tarde.

Uno de sus amantes lo tira por la ventana, su médico se horroriza: tiene el ojo derecho lesionado, un amasijo. Inminente, una cirugía plástica. A otro de sus amantes lo conoce cuando entra en su taller para robar. Y él le dice que le da dinero con la condición de que se acostaran. Están juntos ocho años. Hasta que el amante se suicida. Todas sus relaciones se vuelven cada día más complicadas. A veces sale por las noches a levantar con un rollito de billetes en el bolsillo.

“Es difícil envejecer para un homosexual porque la homosexualidad depende de la belleza”, dice.

Su estudio siempre fue un desorden mugriento en el que se mezclan los materiales, telas, cantidad de diarios viejos, fotos cortadas, objetos estrafalarios que alguna vez tendrán su uso. El polvo se va sedimentando. Lo suele usar cuando necesita, por ejemplo, reproducir una gabardina en un retrato. “Vivo en una inmundicia dorada”, se ríe siempre con una copa en la mano. Cuando se queda sin amigos, a veces alguien que arrastra del pub, muchachos que vienen a ver si pueden sacarle un centavo. “Últimamente hice autorretratos porque muchos se murieron a mi alrededor y me quedé solo. Nadie más ha quedado para pintar excepto yo mismo”.

El taller es un basurero que contrasta con su elegancia dandística. “Toda mi vida fue un caos”, dice. Y reconoce: “Siempre estuve a la deriva”. No le avergüenza tampoco hablar del alcohol, especialmente del champagne, su imprescindible champagne. Su inmersión en lo prohibido, dice, le da fuerzas para crear. Y también: “No hay belleza sin herida”, dice. Aunque nació en la católica Dublín en 1909 pinta obsesionado recreaciones truculentas del Papa Inocencio X de Velázquez. Quiere reproducir el grito más que el horror. El fantasma de Munch está cerca. Bacon es un hereje que se consagra a su arte con actitud religiosa.

Sus noches son disipación y abismo, un juego peligroso, como el azar que lo magnetiza en las mesas de ruleta donde pierde fortunas, pero qué puede alarmarlo si es uno de los artistas más cotizados del mundo. A la mañana temprano, a las seis, ya está en el taller recuperándose con una taza de té tras otra. “Una obra de arte debe contener una gota de veneno, el grano de arena que mande a la mierda la existencia”, dice.

Ahí están esos seres deformes. Por ejemplo, “Mujer vaciando el cántaro y niño paralítico gateando según Muybridge”. Edward Muybridge, un fotógrafo aventurero, descubrió a fines del siglo XIX cómo reflejar el movimiento de animales, hombres y mujeres desnudos que serían antecedente esencial del cinematógrafo, especialmente del porno. De aquí provienen los seres que pinta Bacon. Seres torsionados, luchando al montarse. Esa energía violenta eriza a quienes se acercan a su obra y no siempre la toleran porque allí se ven literalmente desnudos. Sus personajes son criaturas del espanto. Físicos y máscaras deformes, muecas atroces, pavor y repugnancia bajo la luz de una lamparita pelada que cuelga del techo, la única luz del taller, una luz de interrogatorio. “Si es posible hablar de algo, ¿para qué pintarlo?”, opina. Entonces pinta lo inapresable, la vulnerabilidad humana, su fragilidad. La memoria visual evoca las guerras. La segunda fue no hace tanto. Y esto influyó decisivamente en su consagración.

Tal vez convenga tener en cuenta el origen de su pintura. Cuando se ganaba la vida como decorador, después de salir de una muestra de Picasso en París, el joven Bacon compró acuarelas, largó la decoración y se entregó sin retorno a la pintura. Pronto pasó al óleo. Que conste, sin haber estudiado en una academia, sin maestros, excepto Rembrandt, Poussin, Goya, Van Gogh, Giacometti. Todo lo que pintó entre 1929 y 1944 no le conformaba y lo destruyó. Si Picasso pudo reflejar en Guernica el asesinato masivo, Bacon va por otro lado: no le interesa pintar la guerra de modo explícito. Más bien, intuitivo, reproduce sus consecuencias en una intimidad atormentada. Por qué no, deformidades postnucleares. Sin embargo, a pesar de sus visiones, o justamente por ellas, definiéndose de modo nietzcheano como un “desesperado jubiloso”, dice: “Tengo voracidad y voracidad como artista”.

El crítico David Sylvester, admirador incondicional de su obra, con quien conversa en varias entrevistas escribe: “Sus seres son tan repelentes que es difícil fijarse en otra cosa. Nada es complaciente”. Como ejemplo está su predilección por la carnicería, los seres humanos no se diferencian demasiado de las reses. En su mirada hay una ilustración de lector atento de Bataille, el de “Historia del ojo”, esa nouvelle feroz que concluye con el crimen orgiástico de un clérigo. Un tríptico suyo conmueve: recrea el suicidio de su amante George Dyer, sus tres momentos finales, el suicidio, el vómito, su muerte abrazado al inodoro. En el panel central surge un contorno sombrío que tiene un aire de pájaro de rapiña acechando al agonizante.

Su objetivo es una pintura clínica, “una especie de realismo que no implica ser frío. A priori no hay sentimientos pero, paradójicamente, puede producir un sentimiento mayor. Clínico es estar lo más cerca posible del realismo, en lo más profundo de uno. Algo exacto y tajante”. El crítico Frank Maubert, autor de un reportaje titulado “El olor a sangre humana no se me quita de los ojos”, le pregunta sobre la relación directa entre su vida y su obra. Bacon le responde: “Lo primero es trabajar sobre uno mismo. Yo querría lograr una pintura clínica, en el sentido en que “Macbeth” es clínica. Los grandes poetas son unos formidables activadores de imágenes. Sus palabras me resultan indispensables, me estimulan, me abren las puertas de lo imaginario”. No es casual que en su taller, entre tanta cosa, se vea una máscara mortuoria de William Blake”.

Sobre Bacon escriben Herbert Read, George Bataille, Michel Leiris, John Berger y Roland Barthes entre otros. Bertolucci lo utiliza en “El último tango en París”. Pasolini, según cuenta Terence Stamp, el efebo de “Teorema”, lo admira. Se codea con la más selecta intelectualidad francesa.

Pero, admirado por el mundito intelectual, muere solo en Madrid en 1992 a los ochenta y tres años en un hospital. Su amante español, un efebo, ni siquiera se acercó a verlo. El artista más revulsivo del siglo pasado y aún del presente muere abandonado.  

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Una niña mira desde su ventana al exterior en Madrid, durante el confinamiento. ÁLVARO GARCÍAAlvaro Garcia (EL PAÍS) 406

 Sociólogos, psicólogos y pedagogos piden que se permita a los niños salir como en Bélgica o Francia. Otros especialistas ven riesgos

 

Lucas, de 8 años, lleva la cuenta del encierro como un preso en Alcatraz. “Son 12, bueno, 12 días y medio sin pisar la calle. Menos mal que está Harry Potter”, dice. Cuando el Gobierno anunció el domingo una ampliación de 15 días del estado de alarma se llevó las manos a la cabeza: “¿Pero están locos estos políticos? No saben lo que es ser niño y estar encerrado un mes”.

La inquietud de Lucas es también la de las familias de los más de ocho millones de menores que no pueden salir de casa durante el estado de alarma. Aunque el pasado 17 de marzo, una modificación del decreto les permitió, al menos, acompañar a su madre o padre al supermercado en caso de quedarse solos en casa.

“Es curioso y sintomático que en los discursos del presidente se ha mencionado más a las mascotas que a los niños”, apunta César Rendueles, profesor de Sociología de la Universidad Complutense. “Son vulnerables y deberían recibir una atención especial. Pero han desaparecido. Ni siquiera se está planteando si esto es sostenible para ellos”, alerta.

Mientras las familias españolas se atrincheraban en sus casas, países como Francia y Bélgica permitían que los niños salieran a la calle para pasear a pesar del aislamiento. “Salidas indispensables para el equilibrio de la infancia en espacios abiertos en la proximidad del domicilio, manteniendo la distancia y evitando todo encuentro”, recoge el decreto francés.

CULTURA ADULTOCÉNTRICA

Rendueles cree que la diferencia de estos países con España a este respecto es que la nuestra es una cultura adultocéntrica: “A la pobreza en las políticas de infancia se suma una sociedad donde los niños lo único que pueden hacer es no molestar. Y a ello se une el clasismo de quienes deciden los decretos: no es lo mismo vivir en un piso interior de 40 metros cuadrados, caldo de cultivo de violencia y estrés, que en un chalet de 200 metros con jardín”.

Pero en la vicepresidencia de Asuntos Sociales explican que sí se ha tenido en cuenta la vulnerabilidad de la infancia en esta situación y que se ha planteado un debate de forma interna. “Somos conscientes de que hay un derecho del niño y la niña al esparcimiento, pero estamos en una situación muy extrema y se están teniendo más en cuenta sus derechos a la salud y a la protección. Si se siguiera prolongando esta circunstancia nos plantearíamos otra respuesta para colectivos con una especial necesidad. La prioridad ahora mismo es parar la transmisión. Porque si por ejemplo permitimos la salida de los niños menores de 4 años con un adulto serían más de dos millones de personas por la calle lo que supondría una nueva situación de riesgo que no podemos permitirnos”, explica un portavoz.

¿Cuál es el riesgo real de que los niños salgan a la calle, de forma controlada? ¿Qué consecuencias podría tener para ellos y sus familias un encierro prolongado?

El argumento más repetido para justificar la clausura estricta es que pueden contagiar el virus. La microbióloga Silvia Carlos, profesora del departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Navarra, explica que “el riesgo está en la socialización, y es difícil controlarla en niños. Tenerlos encerrados permite cortar la cadena de transmisión y nos hace conscientes del peligro”, explica por teléfono.

#CORONAINFANCIAS

La semana pasada una petición en la plataforma Change.org solicitaba flexibilidad en las restricciones para la movilidad de los niños, y en pocas horas lograron más de 5.000 firmas y hoy son casi 8.000. Esta semana Twitter se ha poblado de mensajes de niños en los que explican cómo viven el encierro con el hagstag #Coronainfancias. La autora del texto y la iniciativa, Heike Freire, es pedagoga y psicóloga. “Se habla de las necesidades fisiológicas de los perros, pero no de las de los niños. Y para desarrollarse adecuadamente necesitan la vitamina D del sol, moverse, correr y jugar. Y si este encierro se prolonga, puede tener consecuencias para ellos”, denuncia.

En casa de Lucas y Ana, los decibelios aumentan con los días. “Esto es muy agobiante”, dice el niño ante la enésima bronca. Freire explica que la situación irá a peor. “Es como una olla exprés. Y muchos niños ni siquiera tienen ventana, viven hacinados en pisos compartidos con varias familias o en situaciones de tensión muy extremas. Y existen maneras seguras de que salgan a la calle”.

Para la experta en microbiología de la Universidad de Navarra lo complicado es controlar cada movimiento de los niños en la calle. “Sería seguro si no se relacionan con más gente, si no tocan el mobiliario urbano, o si van en patinete o bici, pero ¿cómo lo controlas?”, plantea. Rendueles apunta que ahí hay una contradicción: “Los científicos consideran que las salidas controladas son aceptables, pero se presupone que los padres vamos a incumplir las normas. En cambio, a los paseantes de perros, o a los que van a la compra, no se les presupone esa culpabilidad”.

NO SERÁ DETERMINANTE

El neurobiólogo y catedrático de la Universidad de Salamanca, José Ramón Alonso, explica que las carencias que va a provocar este confinamiento no van a condicionar el desarrollo de los menores: “Para que tuviera consecuencias neuronales deberían pasar años. Les ocurrió a los Médici, pero pasaron su infancia encerrados en un palacio sin ver el sol, y cubiertos hasta las orejas”. Apunta a que el entorno familiar es el mejor para el desarrollo cerebral en un confinamiento. “Tienen cariño, estímulos y juego y es una oportunidad para estar en familia que siempre nos falta tiempo y podemos dedicárselo ahora. Es más estresante para los adultos, que no bajan el ritmo, que para los niños. Si se les explica bien, lo asimilan sin problema”.

Pero esta escena bucólica de madres y padres dedicados a contar cuentos y jugar con sus hijos dista bastante de lo que viven las familias, sobrepasadas por las tareas escolares y el teletrabajo. La psicóloga Beatriz Janín, del Forum de Infancias de Madrid, reconoce que los niveles de estrés no nos permiten mantener la calma, la paciencia, ni las ganas de jugar con ellos. “Los niños detectan los temores de los padres, y lo muestran estando muy demandantes, lloran sin motivo, se mueven sin parar, están agresivos, enfadados y comen sin medida. Es su manera de decir que ellos también lo sufren”, apunta. Y propone “escucharlos, crear redes de adultos (virtuales), compartir con amigos lo que está pasando, y que hablen con otros niños por teléfono o videoconferencia”.

El neurobiólogo recuerda que la situación extrema actual requiere de medidas radicales. “La amenaza de muerte es real, debemos ser responsables, y aprovechar para leer más a nuestros hijos, jugar, y cambiar el chip y no tratar de trabajar como si no pasara nada. Y si la curva se aplana, se podrán relajar las medidas”. Y concluye: “Saldremos de esta habiendo aprendido, pensado, y valorando más el trabajo de nuestros maestros, que se pasan ocho horas al día con nuestros hijos y aún nos atrevemos a reprocharles su trabajo”.

Las personas con discapacidad sí pueden salir

Tras decretarse el estado de alarma, varios colectivos de personas con discapacidad reclamaron que se permitiera que estas personas pudieran salir a la calle por motivos terapéuticos. La vicepresidencia de Asuntos Sociales cursó entonces una petición al Ministerio del Interior para que se incluyera esta excepción, y así se planteó en la disposición adicional del 19 de marzo que contempla: “Las personas con discapacidad, que tengan alteraciones conductuales, como por ejemplo personas con diagnóstico de espectro autista y conductas disruptivas, el cual se vea agravado por la situación de confinamiento (...) pueden realizar los desplazamientos que sean necesarios, siempre y cuando se respeten las medidas necesarias para evitar el contagio”. Aún así varias familias han reportado sanciones. Por eso, la plataforma Plena Inclusión recomienda solo “las salidas imprescindibles que impliquen actividades de asistencia o cuidado en la vía pública y de carácter terapéutico” y advierte de que esto no puede ser “un salvoconducto para toda salida”. Y apunta además que debe ser “durante el tiempo imprescindible, acompañados de una persona de apoyo, no se podrá entrar en contacto con otras personas para evitar el riesgo de transmisión, y se deberá presentar la documentación acreditativa de la discapacidad y los informes sobre su situación”. Sería el caso también de los niños hiperactivos que el estado de confinamiento les puede agravar su estado de salud mental y tendrán las salidas permitidas. Pero siempre deben aportar el informe que garantice su diagnóstico. Otro de los colectivos que preocupan en la vicepresidencia de Asuntos Sociales son los menores que puedan estar en riesgo de violencia intrafamiliar. “En estos casos se está haciendo un especial seguimiento vía telefónica de tal modo que al menos haya algún tipo de contacto tanto con los menores como con sus familias”, concluyó un portavoz.

23 mar 2020 - 19:03 COT

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