¿Es Banksy quien trolea al capitalismo o el capitalismo el que trolea a Banksy?

A pesar de que el artista urbano quiso mofarse de los galeristas y del consumismo vacío, su obra ha terminado duplicando su valor y cayendo en la trampa del mercado


"El capitalismo se caracteriza por absorber cualquier acción que está en contra", critica Daniel Lesmes, profesor de Teoría del Arte

 

El viernes pasado Banksy despeinó algunos peluquines en la casa de subastas de Londres Sotheby's. Una fila de mujeres ataviadas con perlas y peinados lacados atendían los teléfonos mientras que en el patio de butacas los asistentes pujaban cada vez más alto por un lienzo de la Niña con globo. "¡Vendido!", anunció Oliver Baker al alcanzar los 1,2 millones de euros, y justo cuando el subastador dejaba caer la maza sobre la mesa, el cuadro comenzó a desintegrarse ante la mirada atónita del público.


La triquiñuela del artista británico copó los titulares de todo el mundo y él mismo se lo tomó como un triunfo ante los tiburones del mercado del arte en su Instagram. Es cierto que Banksy "interrumpió el flujo del capital por un noche", como escribió el crítico de arte de la revista New York, pero la intención de su troleo se desvirtuó tan pronto como la maquinaria despertó del shock.


La subasta de la Niña con globo se ha convertido en un hito de la historia del arte -a su manera- y es improbable que el mercado deje de sacar tajada. Según el experto en compraventa de arte, Joe Syer, la obra semitriturada ha duplicado su valor inicial y ronda en este momento los 2 millones de libras (2,3 millones de euros). El artista urbano quiso hacer mofa del consumismo vacío de la alta cultura, y esta le ha devuelto el golpe sin un ápice de vergüenza: no solo va a seguir lucrándose con él, sino que facturará el doble.


"Toda acción de modificación sobre una obra tiene como resultado el aumento de su valor. Está cantado", explica a eldiario.es Daniel Lesmes, profesor de Teoría del Arte en la Universidad Complutense y presidente de la asociación de artistas y teóricos CRUCE. Para el periodista de la New York, Banksy merece nuestros respetos solo por haber noqueado al "insidioso mundo de las subastas". Sin embargo, quizá su bofetón fuera más aparente que efectivo.


"El término autodestrucción no es exacto, porque lo que hay es una transformación de la obra", indica Lesmes. La obra, por tanto, no se desintegró al ser rajada con las cuchillas, sino que se reconvirtió en otra todavía más valiosa para la compraventa. Se trata, como explica el docente, de una práctica "muy antigua" que "en el arte contemporáneo se lleva haciendo desde los años 60".


De hecho, el mismo Picasso al que hizo referencia Banksy en su cuenta de Instagram afirmaba que "un cuadro es una suma de destrucciones". Precisamente por ello, Lesmes apunta que "podríamos valorar esta performance como una suerte de reflexión de las contradicciones del capitalismo", y de cómo hasta las trizas de papel pueden convertirse en objetos de deseo, "pero es que ni siquiera en ese caso el acto de Banksy habría sido original".


Lo que existe, por tanto, es una manifestación de la lógica de la economía aplicada al ámbito de la cultura. Hasta las ruinas de una obra pueden ser comercializadas, ya que es el gesto previo de la performance el que les ha otorgado valor. "Una vez que está dentro del sistema no puede hacer nada, ya que el capitalismo se caracteriza por absorber cualquier acción que está en contra", critica el experto en arte.


Al profesor universitario le parece anecdótico que Banksy haya decidido colgar el vídeo del momento en su cuenta de Instagram, ya que convierte la supuesta lucha contra el capital en "una lógica del espectáculo" que al final "favorece al nombre del creador".


Según Lesmes, de haberse doblado el precio del cuadro destruido, eso revertiría "en todas las obras de Banksy, porque en nuestra sociedad es el nombre y la marca lo que termina adquiriendo valor". Pone un ejemplo: Salvador Dalí podía transformar un papel blanco en un lienzo de 40 dólares con solo estampar su firma.
¿Cuánto cobra Banksy?


Esta última performance ha abierto de nuevo el debate sobre el arte urbano como el azote del capitalismo y sobre Banksy como el mesías de este movimiento. Teniendo en cuenta que el británico es un ente anónimo, es imposible calcular con exactitud cuánto ha facturado por sus obras de arte e instalaciones. Y aún así, Forbes estimó su patrimonio neto en 20 millones de dólares.


"Para que se perfeccione una compraventa tiene que haber una persona jurídica. Tú puedes vender tu coche o una obra porque tienes tu DNI o tu CIF. Si al fin y al cabo se está generando un dinero es porque hay un contrato, y si hay un contrato es porque hay una persona jurídica. Así que habría que estudiar hasta qué punto el anonimato es un componente crítico contra el capitalismo", piensa Daniel Lesmes.


Aunque sus métodos de financiación son ligeramente distintos a la de los artistas, sean urbanos o no, al final Banksy gana dinero como cualquier otro: vendiendo sus obras en el mercado. Desde finales de los 90 hasta 2008, lo hacía a través del agente británico Steve Lazarides (conocido por haber elevado el arte callejero al mundo de las bellas artes) y después a través de Pictures On Walls, una empresa e imprenta que Banksy fundió junto a otros artistas para vender sus obras online.

 


En enero de 2018, POW se disolvió al haber contribuido a distorsionar el mensaje del arte urbano. "Se produjo un desastre y muchos de nuestros artistas tuvieron éxito. Ya que no podemos o no queremos formar parte del mercado que una vez denunciamos con tanto ahínco, nos vemos obligados a renunciar", explicaron en un comunicado.


Según uno de los vendedores de Banksy con quien contactó la web Artspace, su obra impresa y firmada costaba entre 20.000 y 40.000 dólares, y un póster offset (sin firma ni numeración) rondaba los 500 y 1.500 dólares. Este dinero se invierte en diferentes instalaciones, como Dismaland o The Walled Off Hotel (el hotel con las peores vistas del mundo), que a su vez generan beneficios directos para el artista.


También es cierto que gran parte del trabajo de Banksy termina en un mercado de segunda mano que succiona su valor y del que no percibe ni un centavo. Aunque él no se lucra, otras muchas personas sí, por lo que sería cuanto menos contradictorio definirlo como arte anticapitalista.


El artista es el primero que reconoce que ni el más sofisticado caballo de Troya (o trituradora de papel) sirve para derrotar a este imperio, y así se lo hizo saber a The New Yorker: "Me encanta la forma en que el capitalismo encuentra un lugar, incluso para sus enemigos".

Mónica Zas Marcos / José Antonio Luna
10/10/2018 - 20:07h

 

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Miércoles, 10 Octubre 2018 06:05

Medios, masculinidades y violencia

Medios, masculinidades y violencia

Valiéndose del argumento de una película de este año, Roberto Samar y Eric Barchiesi sostienen que la masculinidad es una construcción social y que los mandatos de la masculinidad hegemónica siguen proponiendo que ser varón es ser proveedor, procreador, protector, dominador, autosuficiente y violento.

Antes de morir, el padre de la novia dice: “Necesito que me prometas que siempre la mantendrás segura”. “Te lo prometo”, le responde el novio. Este es un diálogo de la película de Netflix El final de todo, de 2018, que plantea que “tras un misterioso desastre que convierte el país en una zona de guerra, un joven abogado viaja al oeste con su futuro suegro para buscar a su prometida embarazada”.


En la película hay dos varones, el padre y el novio, quienes atraviesan situaciones de violencia, asesinatos y accidentes extremos para proteger a una mujer, mientras se disputan el lugar de varón dominante. Esta película, como la amplia mayoría, nos enseña que ser varón es ser protector, dominador y casi necesariamente violento.


La masculinidad es una construcción social que se desarrolla desde la primera infancia. Mediante los discursos que nos atraviesan aprendemos determinadas formas de pensarnos. Los mandatos de la masculinidad hegemónica nos proponen que ser varón es ser proveedor, procreador, protector, dominador, autosuficiente y violento.


Desde los medios masivos de comunicación que ocupan posiciones dominantes y desde la industria del entretenimiento se promueven miradas que fortalecen estas formas de ver el mundo. Así, estos medios funcionan como agentes de socialización en los cuales se construyen y reproducen discursos que fortalecen roles y estereotipos de género que tendemos a naturalizar.


Estos mandatos de la masculinidad hegemónica, condicionan nuestros comportamientos, ya que muchas veces actuamos conforme a los roles que internalizamos.
Según la teoría del cultivo, los medios funcionan como constructores principales de imágenes y representaciones mentales de la realidad social. En ese sentido, la televisión “sedimenta creencias, representaciones mentales y actitudes”.


Esta violencia podremos leerla desde el concepto de criminología mediática. Según el Dr. Raúl Zaffaroni existe una criminología mediática mundial que nace en los Estados Unidos y se expande por el mundo. Una mirada que piensa a la sociedad dividida entre buenos y malos; donde los conflictos solo se resuelven con violencia.


La mirada de la masculinidad hegemónica violenta convive y se retroalimenta con la criminología mediática. Esta criminología transmite la certeza de que “la única solución a los conflictos es la punitiva y violenta. No hay espacio para reparación, tratamiento, conciliación; sólo el modelo punitivo violento es el que limpia la sociedad.


Estos discursos machistas se reflejan en violencias: muertes de mujeres que se cosifican y que varones buscan dominar. También se refleja en muertes de varones, entre quienes se disputan identidades machistas.


Según el Instituto de Investigaciones de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, el 88% de las víctimas de homicidios en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires eran de sexo masculino, mientras que un 12% de sexo femenino. Respecto a los victimarios el 85% son varones, el 4% mujeres y no se tienen datos en un 11%. Paralelamente, según el Sistema Nacional de Estadística sobre Ejecución de la Pena (Sneep) el 96 % de las personas presas en Argentina son varones.


Estamos frente a un momento de fuerte avance de la lucha de los derechos de las mujeres. Esto se refleja en que se visibilizan violencias antes naturalizadas y en la apropiación de derechos, pero también en nuevas producciones mediáticas.


Sin embargo, los monitoreos dan cuenta de que las mujeres siguen estando relegadas en los espacios de debate mediático, continúan siendo cosificadas y se sigue reforzando sobre ellas los roles tradicionales. Es decir, continúan sufriendo violencia simbólica.


En la sociedad se mantiene o incluso quizás se incrementa, la violencia masculina. Violencia que se reproduce y fortalece en los medios de comunicación y en la industria del entretenimiento y que tiene su correlato en la multiplicidad de casos de violencia contra las mujeres por parte de varones.


Entendemos que es el momento de que los varones problematicemos nuestras identidades y cuestionemos nuestra violencia culturalmente construida.


* Roberto Samar es licenciado en Comunicación social. Docente de la UNRN. Integrante de la Subsecretaría de las Mujeres de la Provincia del Neuquén.


** Eric Barchiesi es estudiante de la Universidad Nacional del Comahue. Integrante de la Subsecretaría de las Mujeres de la Provincia del Neuquén.

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Adreina Rodríguez, de 23 años, y su hijo Matías, de nueve meses, esperan en la frontera con Ecuador para poder entrar en Perú después de la medida impuesta por el Gobierno peruano de requerir el pasaporte a ciudadanos venezolanos. Edu León

A los venezolanos no les hace falta pasaporte ni pasaje de avión para salir de su país. Cruzan a pie su frontera, con su desvencijado carné de identidad, o una fotocopia del mismo, y siguen caminando hacia el sur del continente para reemprender sus vidas. Siguen las pisadas de otros tantos que han llegado a Perú, Chile o Argentina y envían buenas nuevas a los que dejan atrás: tienen trabajo, se sirven tres comidas diarias, pueden comprar medicinas, vuelven a comer alguna proteína.

Edu León

Edu León
 

Refugio
Un grupo de venezolanos en un bus puesto por el Gobierno ecuatoriano para dejarlos en la frontera con Perú escucha a una representante de ACNUR que les aconseja que pidan refugio para poder entrar en ese país tras la medida de petición de pasaporte impuesta por el Gobierno peruano.


 

Eso es suficiente para alentar a más caminantes a atravesar los Andes, ‘la Nevera’, como ellos la llaman. El trayecto lo cubren en unas tres semanas, unos tramos van a pie y otros en camiones que les recogen al borde de la carretera. Las imágenes de venezolanos caminando en fila por las rutas no son un montaje, como dice el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Se repiten los mismos pies desgastados por la dureza del camino, los rostros quemados por el viento y el sol, las familias arrastrando sus pocas pertenencias.

Edu León
 

Migración
Hasta la fecha, han ingresado en Perú 400.200 ciudadanos venezolanos de forma regular, según datos del superintendente de Migraciones peruano. La cifra se ha incrementado en 300.000 respecto a enero.


 

El temor a que el nuevo presidente de Colombia, Iván Duque, pusiera un cerrojo a las fronteras apuró la huida de miles de venezolanos este año. Entre enero y agosto, al menos 700.000 atravesaron Colombia y recalaron en Ecuador. En este dolarizado país se quedan unos días, los suficientes para reunir los dólares que necesitan para seguir el viaje hacia el sur del continente. Es habitual verlos en las esquinas o en los buses, donde venden dulces, chocolates o botellas de agua. Algunos cuentan su periplo y otros regalan los bolívares que tienen encima y no valen nada.

 

Edu León
 

Mafias
Las nuevas normativas de países como Ecuador y Perú, que restringen el libre tránsito de migrantes venezolanos, llevan a que tengan que pasar por puntos fronterizos no oficiales, como el de Aguasverdes, que ya usaron las mafias en otras ocasiones, como en el éxodo haitiano hace años.


 

Hasta Quito son más o menos 1.600 kilómetros recorridos y miles de tormentos sufridos. En el camino hay compañeros extraviados, niños que enferman por el frío, mujeres abusadas sexualmente y algunas raptadas por los grupos armados en las zonas calientes de Colombia. ¿Quién está llevando la cuenta de estos horrores? Nadie. Lo poco que se sabe es gracias a los testimonios de los viajeros.

Edu León

 


Papel
Enrique hace corazones con los bolívares que trajo de Venezuela. Para él , y es una realidad, valen menos que el papel. Con la venta pretende conseguir dinero para seguir su viaje.


Estamos ante el mayor movimiento migratorio de la historia reciente de Latinoamérica. Según Naciones Unidas, en los últimos cuatro años 2,3 millones de venezolanos abandonaron su país por la falta de comida, medicinas y atención médica. Con la aceleración del éxodo que se está viviendo en estos meses, se estima que para 2019 serán más de cuatro millones los exiliados.

 

Edu León
 

Xenofobia
Al igual que la solidaridad de muchos ecuatorianos se hizo presente dando mantas y comida, han aparecido en la ciudad carteles de rechazo xenófobos hacia los venezolanos.


 

Los gobiernos antes bolivarianos, ahora pragmáticos, empiezan a poner zancadillas a esa migración. El ecuatoriano Lenín Moreno, que ya no es afín al régimen chavista, sorprendió a la región en agosto con su determinación de exigir pasaporte a los venezolanos. Lo hizo a sabiendas de que la mayoría sale sin este documento y que su solicitud puede retrasar su viaje al menos un año más. Lo mismo hizo el mandatario peruano, Martín Vizcarra, con unos pocos días de diferencia.

Las primeras semanas de estas medidas demuestran que, lejos de evitar que los venezolanos salgan de su país, están empujándolos a abrir nuevas vías de escape, añadiendo kilómetros y riesgos a su peregrinación. Ahora siguen las rutas de las mercancías ilegales y, sin querer, ellos mismos se convierten en eso. Se vuelven más vulnerables, se ponen en manos de mafias, se pierden y, nuevamente, solo quedan sus testimonios dispersos en los lugares por donde pasan.

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Viernes, 05 Octubre 2018 06:47

“El ganador ya es Bolsonaro”

“El ganador ya es Bolsonaro”

En la superficie, la elección presidencial brasileña parece compleja. A pesar del golpe y de la prisión de Lula, a diez días de los comicios, el Partido de los Trabajadores (PT) despuntaba como favorito en el segundo turno (N de E: Según la última encuesta, al cierre de esta edición de Brecha, Fernando Haddad alcanzaba al menos un empate técnico) y se enfrenta a una temible cría de la dictadura. ¿Qué está en disputa en esta elección? ¿Quién es el candidato del capital? ¿Cuál es la estrategia de la burguesía? ¿Y la respuesta de la izquierda? A continuación, abordaré estas preguntas.

1. Para la burguesía brasileña, la economía no está en juego en las elecciones: quien gane enfrentará los problemas del neoliberalismo con más neoliberalismo. Ya sea por la vía utópica de un “neoliberalismo inclusivo”, pregonado por el PT, o por el ultraneoliberalismo de los tucanos (N de E: los políticos del Psdb) o de Bolsonaro.
Lo que la burguesía disputa es la forma política de gestión de la crisis brasileña. ¿Cuál será la cara del arreglo institucional, jurídico y cultural que sustituirá a la “nueva república”, que está definitivamente condenada?


En el plano inmediato existen dos vías para esto.


Según sus propias palabras, Lula ofrece credibilidad y estabilidad. La credibilidad de la que habla no es con los de arriba –duramente afectada–, sino con los de abajo: lo que Lula diga, la sociedad aceptará. En otras palabras, el lulismo ofrece a la burguesía su capacidad de convencimiento y neutralización popular como vía para alcanzar el orden. Si Dilma fue la sombra de Lula, Haddad se proyecta como el avatar de esta política.


En el polo opuesto, complementario, se encuentra Bolsonaro. ¿Cómo comprenderlo? Bolsonaro es la respuesta más aterradora de una sociedad aterrada. Quien está sin trabajo tiene miedo del hambre, y quien trabaja tiene miedo del de-sempleo. Todos tienen miedo de la violencia y también tienen miedo de la policía.


En un contexto de desprestigio de las formas colectivas de lucha, Bolsonaro promete el orden por la truculencia. Como Trump en Estados Unidos, Erdogan en Turquía, Modi en India, el uribismo en Colombia o el fascismo en Italia, todos actualmente en el poder. Por lo tanto, Bolsonaro no está solo: representa una tendencia, no una aberración.


En síntesis, se trata de vías distintas para manejar la colosal crisis brasileña: el PT ofrece el orden a través del diálogo, mientras que Bolsonaro propone el orden a palos.


2. Dada la imposibilidad de que ganen los candidatos Geraldo Alckmin (Psdb), Henrique Meirelles (Mdb) o João Amoedo (Novo), ¿cuál de estas dos alternativas es preferible para el capital?


Si gana Haddad, gobernar será un problema. El problema del poder será cómo apaciguar la serpiente del antipetismo. ¿Cómo convencer a aquellos que se embarcaron en la corrida del impeachment y de la prisión de Lula a aceptar que todo eso desemboque en Haddad?


Si gana Bolsonaro, serán los gobernados los que tendrán un problema. Su base entre los poderosos es frágil, su rechazo popular es alto y su naturaleza, imprevisible. La pregunta es ¿quién disciplinará al disciplinador?


Tanto Haddad como Bolsonaro representan respuestas provisorias, y necesariamente inestables, de una burguesía que se reorganiza.


3. Más allá de lo inmediato, el movimiento burgués se mueve en dirección de Bolsonaro. Porque el fin de la nueva república también compromete a los tucanos. Esto es lo que explica el Partido Nuevo (creado en 2015), tan “nuevo” en la política como lo es “demócrata” el Dem (N de E: el partido Demócratas). Expresa a una burguesía que intuye que los nuevos tiempos exigen nuevas respuestas: es el Bolsonaro que aún no salió del clóset.


Porque lo que la derecha está incubando es un bolsonarismo sin Bolsonaro.


En Francia, la fascista Marine Le Pen se quejaba de aquellos que se unieron para derrotarla en el segundo turno de las presidenciales, porque después de todo, decía una Le Pen desconforme, eligieron a alguien que implementa sus políticas, pero sin jactarse de ello.


Debajo del polvo de las próximas elecciones, la burguesía brasileña forja su Macron. El cruce de Bolsonaro y Amoedo puede ser João Doria.


4. Entre el derrocamiento del lulismo, que se configuró en la rebelión de julio de 2013, y un bolsonarismo confiable, que se está cocinando, la burguesía brasileña se reorganiza. Ese reordenamiento se expresa a través de la dispersión de candidatos. Al igual que en 1989, cuando comenzaba la nueva república, la burguesía busca un camino, aunque ahora es para enterrarla.


A mediano plazo, especula cuál es el mejor esparadrapo para parar la sangría desatada por el golpe. Racionalmente, parece ser Ciro Gomes: el antipetismo se sentiría contemplado y el electorado de Ele Não respiraría aliviado.


Pero las serpientes sueltas por el golpismo desafían la razón. Cualquier gobierno que venga será necesariamente inestable, como lo fue el de Collor (N de E: presidente entre 1990 y 1992).


En este contexto, los tucanos hacen su autocrítica: mejor habría sido dejar a Dilma sangrar, que conspirar por el golpe y pactar con Temer. Fueron con mucha sed al manantial y ahora están condenados a tener paciencia.


La burguesía y los tucanos evalúan quién les sirve más para quemar y ser quemado, con la expectativa de fundar sobre esta tierra quemada el nuevo orden a su semejanza.


5. Y la izquierda, ¿qué rol ocupa en todo esto?


Paradójicamente, revela más dificultad para captar el cambio. Para la derecha está claro desde junio: incluso el tiempo del neoliberalismo pasó. Se ha transitado de la conciliación a la lucha de clases. Este es el telón de fondo de la agonía lulista.


Que el propio Lula no se dé cuenta de su anacronismo es de esperar. Que el Partido Socialismo y Libertad (Psol, a la izquierda del PT) sea tragado por este autoengaño es una trágica miopía. En lugar de diferenciarse del PT, ensayando lo nuevo por izquierda, la candidatura de Guilherme Boulos ha optado por la simbiosis, en condiciones cada vez más rebajadas.


El lulismo es una política que navega en las aguas del orden. En este momento lo único que puede resucitarlo como una alternativa para la burguesía es el ascenso de las masas. La paradoja es que las masas sólo se movilizarán si se rompen las amarras con el lulismo, como en junio pasado. Y ante la disyuntiva de movilizarse a favor del PT, los revoltosos se preguntarán: ¿vale la pena todo este esfuerzo para terminar con Lula de vuelta en la presidencia? Si la serpiente del antipetismo es difícil de manejar, las fuerzas que buscan ir más allá del petismo lo serán mucho más. Por eso no les interesa, ni a Lula, el pueblo en la calle.


Ambicionando tender un puente entre el petismo y la izquierda, la candidatura de Boulos está constreñida por la agenda del primero. En el proceso, corre el riesgo de confirmar el secuestro de la izquierda en la lámpara mágica del lulismo. Más allá de sus contradicciones internas, esta política perdió su carga histórica: por eso no se repetirá, salvo como farsa.


El lulismo no es el antídoto del fascismo, sino un obstáculo que dificulta la comprensión de lo que está ocurriendo. Sólo con lucha eludiremos a la barbarie, no con morfina.


6. Independientemente del resultado electoral, el ganador de esta elección ya es Bolsonaro. Porque fue quien pautó el debate. El eje de la discusión se corrió hacia la derecha, aislando aun más el debate estructural. Por otro lado, la izquierda ya perdió estos comicios, porque ni entró en el juego.


Para volver a la primera división de la política precisará actualizar su diagnóstico y estrategia. Mientras tanto, asistiremos a una acumulación de derrotas, sin siquiera disputar los rumbos de la historia.

Por Fabio Luis Barbosa dos Santos, profesor de la Universidad Federal de San Pablo, autor del libro Além do PT. A crise da esquerda brasileira em perspectiva latino-americana.
5 octubre, 2018

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Tensiones y desafíos de la movilidad de venezolanos hacia Colombia

Cuando la persecución, la pobreza, y la superpoblación ya no se consideren en sí mismas explicaciones suficientes de los flujos migratorios, las imágenes y metáforas basadas en la invasión dejarán de satisfacernos, y las políticas relacionadas a la inmigración podrán ser más innovadoras, ya que abordarán un acontecimiento delimitado, una experiencia compartida, un proceso manejable.
(Sassen, S. 2013:30)

 

Colombia no es un país históricamente receptor de poblaciones de inmigrantes, ni la composición de su población se enriqueció profundamente de los aportes de estas ciudadanías en movimiento, en comparación con otros países de la región como Argentina o Brasil, donde la inmigración contribuyó al crecimiento poblacional y a su desarrollo en general. Por ejemplo, en el caso argentino tenemos en un primer momento la inmigración transoceánica a partir de mediados del siglo XIX, ejerciendo un significativo impacto en la vida económica, política, social y cultural de este país.

 

Entre los años 1857 y 1914, Argentina recibió 4.600.000 inmigrantes, una cantidad tal de personas que llevó a que para 1914 el 30 por ciento de la población del país era extranjera. Un fenómeno de tal dimensión que no podía pasar sin efectos para el poblamiento general del país y su misma economía.

 

Por el contrario, Colombia siempre ha mantenido una distancia entre emigración y la inmigración, considerándolas por separado y sin reconocer la importancia de las migraciones en general. Muestra de ello es el tratamiento institucional dado a esta realidad social, donde las instituciones del Estado encargadas están desarticuladas entre sí. Dicho tratamiento solo ha provocado un abordaje sesgado, selectivo y fragmentado respecto a procesos migratorios y coherencia en medidas políticas que han sido adoptadas históricamente.

 

El tratamiento al migrante en Colombia

 

Por fortuna hoy en día las diferentes relaciones internacionales han provocado que el país tenga una visión más amplia y acorde con las dinámicas globales de movilidad y de Derechos Humanos suscritas en materia migratoria con diferentes países de la región. Sin embargo, la movilidad durante los últimos tres años de cientos de personas provenientes de Venezuela hacia Colombia, ha colocado en el ojo del huracán la institucionalidad y los contextos socioculturales del país, desencadenando una suerte de tensiones y de desafíos de todo orden (político, económico y cultural), que hasta el día de hoy son tema de la agenda nacional y mediática de turno.

 

Dentro de las tensiones más prominentes resaltan las de carácter político-institucional, campo en el cual históricamente se ha promovido una recepción de inmigrantes de forma selectiva, priorizando a los grandes inversores, característica que ha sido una constante debido a la inserción creciente de Colombia a los mercados internacionales hoy globalizados. A su vez, la política migratoria del país se caracteriza por favorecer a la inmigración laboral con fines productivos y desarrollo económico. Al tiempo que Colombia adopta medidas (normas y decretos) de carácter étnico-nacional con fines de crecimiento demográfico y de “mejorar” étnicamente la población, como propuso Luis López de Mesa, ejemplo de lo cual es el ingreso de norteamericanos y europeos a mediados del siglo XX al territorio nacional.

 

De esta manera, la prioridad dada por el país a la inmigración laboral, de cara a fortalecer los procesos de crecimiento y desarrollo interno, y el control a la movilidad de emigrantes, resalta la desarticulación de la política migratoria colombiana, donde el tratamiento por separado de la emigración y la inmigración1 ha sido una constante.

 

En la década de los 90 Colombia encargó al Ministerio de Relaciones Exteriores la ejecución y orientación de las políticas migratorias, obteniendo como resultados que el país adoptara medidas de integración regional y comercio internacional, firmando por esa vía acuerdos como, por ejemplo, el pasaporte Andino en el marco de la Comunidad Andina de Naciones (CAN). Sin embargo, la política migratoria mantuvo su enfoque de control de carácter selectivo, útil y funcional para el arribo de personas con estándares de cualificación alta.

 

En resumen, tenemos en Colombia unas políticas institucionales migratorias caracterizadas por ser selectivas y de control, así como una mirada utilitarista de las diferentes poblaciones de inmigrantes, en términos de desarrollo económico y social, todo lo cual no ha permitido un desarrollo integral de las políticas migratorias que permitan tratar conjuntamente tanto la emigración como la inmigración. Durante la última década el escenario internacional y la política exterior regional han provocado que el país suscriba y ratifique diversos instrumentos legales internacionales donde se promueve proteger y garantizar la dignidad de las personas, en especial las que se encuentran en movimiento.

 

Dentro de tales instrumentos está la incorporación a Unasur, tratado que cobró vigencia en el 2011, y a través del cual se fijan lineamientos en materia de cooperación migratoria, basado en protección de los Derechos Humanos de los inmigrantes y los trabajadores de cara a la integración regional. Sin embargo, la crisis regional desatada por la situación que vive Venezuela, y con ella la presión y hasta conspiración de diversos países para desestabilizar al presidente Maduro, propiciaron la decisión del recién posesionado Iván Duque de retirar al país de Unasur2, con lo cual queda en el limbo todo lo allí ratificado.

 

A todo lo anterior se suma el componente socio–cultural, el cual se refiere a tres grandes campos problemáticos: 1. La construcción mediática de la inmigración venezolana, 2. La construcción del otro/ los/otros. 3. El nacionalismo que se enaltece y la cuestión de soberanía que se instala.

 

La construcción mediática de la inmigración venezolana

 

Es reiterado ver y escuchar en los diferentes medios oficiosos dominantes en Colombia un registro estigmatizante y muy politizado acerca de la movilidad de venezolanos hacia nuestro país3. Lo que se observa en algunos de estos registros es un encasillamiento de la persona inmigrante en temas de inseguridad, bandas delincuenciales o de microtráfico de droga, en especial en las zonas de frontera, temas que circulan constantemente y van instalando en el conjunto de la población una sensación de miedo e inseguridad frente a la población migrante.

 

De otra parte, en dichos medios se muestra la situación que viven los inmigrantes venezolanos durante su travesía, pero las noticias tienden a resaltar lo que han llamado “crisis en Venezuela”, “el drama de los venezolanos”, etcétera, que si bien es una situación compleja, se deja entrever el interés en continuar sosteniendo que los venezolanos huyen de la “dictadura de Maduro”, algo por cierto que ha sido utilizado por los políticos de tendencias conservadoras de turno en Colombia para hacer campaña política, dejando de lado la verdadera discusión política-institucional que demanda la realidad de tal emigración.

 

La construcción del otro/los/otros

 

Debido a este tratamiento mediático, se han vuelto populares dichos como: “nos viene a quitar el trabajo”, “los venezolanos se emplean por menos plata”, “hay mucha banda de ladrones venezolanos”, entre otros, han edificado poco a poco a la persona inmigrante de nacionalidad venezolana como el enemigo interno y responsable de todos los males que nos aquejan como sociedad. De esta forma, a su vez, se va creando una idea del otro/los otros, marcando una división concreta entre nosotros y ellos, esta forma de discriminación no solo genera el oído al extranjero (xenofobia), sino que instala barreras sociales que impiden la inclusión de la población inmigrante.

 

Esta forma particular de segregación también tiene tintes nacionalistas que generan exclusión, abusos y formas de violencia específica, que son más fuertes que cualquier muro de bloques de concreto construido, por ejemplo, en la frontera entre Estados Unidos y México. Romper estas paredes de concreto (socio-cultural) es complejo, porque se trata de generalizaciones negativas que se instalan fácilmente en el sentido común y provocan comportamientos excesivos mal intencionados y abusos contra los que no son de acá.

 

El nacionalismo que se enaltece, y la cuestión de soberanía que se instala

 

Diferentes estudios en materia migratoria, como el de Sassen (2015), dan cuenta que, en situaciones y contextos sociopolíticos particulares, las poblaciones inmigrantes suelen utilizarse como “chivo expiatorio”, para resaltar decisiones políticas institucionales de control y seguridad o responsabilizar de los problemas sociales, políticos y económicos de un país, todo ello de cara a indilgar al extranjero una responsabilidad particular con la cual no tiene una vinculación directa. Por ejemplo, como sucedió durante las recientes elecciones presidenciales en Colombia (2018-2022), donde los políticos en campaña utilizaron a la inmigración del país vecino para sus propósitos electorales con el argumento de que “Colombia no puede convertirse como Venezuela” o que “Colombia no puede llegar a ser castrochavista”, entre otras manipulaciones.

 

De esta manera crean una idea falsa de soberanía y nacionalismo a través nuevamente, del tratamiento mediático y de los discursos de los políticos en campaña. Soberanía, porque se instala la idea –falsa– de lo nuestro (el cuidado de lo propio), y nacionalismo (patriotismo) en cuanto a exaltación de lo colombiano, aspectos que se consideran amenazados por el “extranjero”, en este caso por Venezuela y su actual régimen político, el cual es considerado contrario a los intereses de los grupos dominantes en nuestro país.

 

Lo anterior plantea una pregunta formulada por algunos migrantólogos ¿por qué algunos “extranjeros” indignan más que otros? Esto en comparación, por ejemplo, con movimientos de actividades economías globales extractivistas agenciadas por complejas corporaciones extranjeras, las cuales cuentan con facilidades estatales, sin generar las mismas críticas e indignaciones soberanas y nacionalistas que propicia la migración venezolana y su régimen político.

 

Este fenómeno es la evidencia empírica del uso de la migración como “chivo expiatorio”, para despertar desenfocados nacionalismos, los mismos que distraen a las mayorías sociales de los problemas de fondo ligados con la presencia de extranjeros (corporativos), que extraen riquezas naturales en el territorio colombiano y que no denuncian ni cuestionan, sino, por el contrario, se legitiman.

 

El reto

 

La movilidad de venezolanos hacia Colombia definitivamente pone en tensión el Sistema Nacional de Migración (SNM) y la política de migraciones, la institucionalidad que tiene como responsabilidad la protección de los derechos de las poblaciones inmigrantes y su integración a los planes y proyectos que el Gobierno tenga estipulado, pero también el presupuesto nacional, ya que el SNM no cuenta con los recursos suficientes para cumplir con los objetivos y metas planteadas en los diferentes instrumentos legales. A su vez, plantea importantes desafíos político–institucionales, económicos y socio-culturales, que demandan la necesidad de una política que esté acorde a las necesidades de la población inmigrante, desde una perspectiva integral incluyente, de respeto y garantía a los derechos humanos de los inmigrantes trabajadores y sus familias.

 

En este sentido toma forma el reto de una ética ciudadana y política donde la forma de abordar dicha realidad social sea a partir de un tratamiento que reivindique la vida y el Derecho Humano a migrar en términos dignos y en cuanto a acciones, decisiones y organización política-institucional definidas en función de la exaltación, la gratificación, el posibilitamiento y el cuidado de la vida y las necesidades reales de dicha población con perspectiva de futuro.

 

 

* Candidato a Doctor en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de General Sarmiento (Ungs-Ides), Buenos Ares-Argentina, Magíster en Estudios políticos y comunicador social. Docente universitario, investigador del Colectivo de Estudios e Investigación social, Proyecto Ceis. Coordinador Diplomado en Migración, Territorio y DDHH, Universidad Nacional de Avellaneda. (Bs. As. Argentina).
1 Entiéndase emigrar como el abandonar su propio país para establecerse en territorio extranjero. Por inmigración, como acción y efecto de inmigrar, según el Diccionario de la Real Academia Española. En otras palabras, la inmigración es el proceso posterior que acontece en el país o lugar de llegada, es decir, es el efecto que surge una vez se efectúa la salida de personas de un país, región o lugar determinados para dirigirse a otro.
2 El presidente de Colombia, Iván Duque, decidió la salida de Colombia de Unasur porque considera a dicho organismo como “caja de resonancia de la dictadura” venezolana. Una vez más se observa cómo se politiza la situación inmigratoria que comparten ambos países, dejando de lado decisiones contundentes que favorezcan y protejan a la población venezolana que emigra hacia Colombia.
3 Hay dos aspectos de interés a resaltar con relación a las características de la emigración venezolana hacia Colombia y que el mismo Christian Krüger, Director General de Migración Colombia, reconoce. El primero es que los venezolanos que están llegando al país lo utilizan como puente para dirigirse a terceros países como “Ecuador, Estados Unidos, Panamá, Perú y Chile”. Segundo, “que según un estudio realizado en frontera por la Cancillería y la OIM, se logró evidenciar que cerca del 40% de las personas que ingresan por nuestra frontera son portadores de doble nacionalidad, mientras que el 30% son colombianos y el otro 30% ciudadanos venezolanos”. Lo que significa que en un porcentaje importante los ciudadanos que están llegando a nuestro país son colombianos que eran residentes en Venezuela y ahora, debido a la situación en ese país, están retornando. Así se evidencia en el informe de Migración del Ministerio de Relaciones Exteriores titulado: “Radiografía de venezolanos en Colombia 2017”. De otra parte, en relación a las cifras, según el mismo informe: “la Agencia para los Refugiados de la ONU afirma que son 300.000 y la Asociación de Venezolanos en Colombia asegura que son más de 1.000.000 de personas”, “Están pasando más de 40.000 personas diarias”, aseguró el alcalde de Villa del Rosario…”, “En los últimos 3 años el país ha atendido la salud de 14.362 venezolanos…”, “…al país entraron mensualmente más de cuarenta mil venezolanos…”, “…El éxodo ha aumentado de cientos a miles…”, “En el Valle de Aburra votaron 11.560 venezolanos…”, “En nueve puntos de Medellín y el Valle de Aburrá se adecuaron las mesas para que los más de 7.000 venezolanos radicados en Antioquia…”, “…actualmente hay entre 3.000 y 5.000 venezolanos en la región”.

 

Bibliografía

 

Ministerio de Relaciones Exteriores. Migración. (2017). Radiografía de venezolanos en Colombia.
Nicolao, Julieta. (2010). El Estado argentino ante el reto de las migraciones internacionales: reflexiones del reciente cambio de rumbo en la política migratoria argentina. UAEMex, Revista Convergencia. Ciencias de Sociales. Nº. 53, mayo. pp. 205-228.
Sassen, S. (2013). Inmigrantes y ciudadanos. De las migraciones masivas a la Europa fortaleza. Siglo XXI. España Editores, S.A.
Maldonado. E. (2018). Política + Tiempo =Biopolitica. Complejizar la política. Ediciones desde abajo. Bogotá, D.C–Colombia.

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“Las corporaciones hacen lo que quieren con la salud de la población”

“Esto es una guerra en tiempos de paz; producto de esta tremenda pandemia la gente se enferma y fallece. Lo que ocurre es que el proceso es tan lento que no se percibe en toda su complejidad. Es un combo explosivo pero en cámara lenta, por eso, nadie lo ve”, describe Marcelo Rubinstein, doctor en Ciencias Químicas e investigador superior del Conicet. Según cifras de la OMS, actualmente, existen más de 2 mil millones de personas con sobrepeso, de las cuales 700 millones son obesas. En 2017, la FAO –agencia de la ONU que se ocupa de los problemas vinculados a Alimentación y la Agricultura– y la Organización Panamericana de la Salud (OPS) publicaron un informe con resultados alarmantes. El documento reveló que Argentina se ubicaba como el país de Latinoamérica y el Caribe con más hombres adultos obesos (con una prevalencia de 26,7 por ciento) y la tercera tasa de mujeres adultas obesas (con un 30.1 por ciento) detrás de Uruguay y Chile.

El sobrepeso y la obesidad constituyen el principal conflicto de salud a nivel internacional. ¿Por qué? Porque estimulan la emergencia de un rosario de trastornos y enfermedades que, tarde o temprano, emergen y suceden en catarata. Problemas cardiovasculares, hipertensión, insuficiencia renal, diabetes, várices y úlceras venosas, cáncer de colon, dificultades respiratorias, cálculos, arterosclerosis y osteoartritis encabezan la lista. Además, el aumento del tejido adiposo genera un estado crónico inflamatorio que, como si fuera poco, acelera el deterioro del sistema nervioso y adelanta el advenimiento de enfermedades neurodegenerativas.


Hoy en día sucede algo paradójico: existen más personas con sobrepeso que con desnutrición. ¿Se trata de adictos que abrazan conductas autodestructivas, o bien de víctimas de un sistema hiperconsumista? ¿De qué manera las publicidades promueven la construcción y posterior naturalización de un ambiente “obesogénico”? El especialista hilvana una respuesta: “La desnutrición siempre estuvo asociada a las capas más vulnerables de la sociedad, pero la obesidad, en sus comienzos, empezó a afectar a los estratos con mayor poder adquisitivo. No obstante, se revirtió gracias a una estrategia de marketing y publicidad muy perversa de los grupos de la industria de agroalimentos”.


Se refiere a la promoción de comestibles ultraprocesados vendidos a precios bajos que crean una falsa sensación por partida doble: que las personas se alimentan y, al mismo tiempo, que acceden a bienes a los cuales antes no tenían acceso. Desde aquí, las modificaciones en los hábitos de consumo constituyeron un fenómeno propuesto y constantemente reactualizado por el propio mercado y, como resultado, los humanos comen muchísimo peor que en décadas precedentes. En este sentido, ¿cómo limitar la actividad de las corporaciones?


En Argentina, la principal resistencia se llama Copal (Coordinadora de las Industrias de Productos Alimenticios). Por ello es que, como recomienda la ONU, la obesidad y el sobrepeso implican un conflicto de salud pública que no puede ser resuelto por personas ni por familias particulares sino por la intervención directa y comprometida de los estados. Tanto Adolfo Rubinstein –titular de la Secretaría de Salud– como el propio Mauricio Macri, durante la apertura de sesiones legislativas de este año, indicaron que la prevención de la obesidad infantil conformaba el tópico a combatir más importante del área.


Como se puede prever, entonces, resulta fundamental ajustar los controles en el mundo de los alimentos y las bebidas. “Si bien el Estado regula el nivel bromatológico de los alimentos –esto es: que no contengan tóxicos o contaminantes– no hay una supervisión respecto del azúcar agregada y los ultraprocesados. Las empresas son capaces de recrear líquidos con sabor y olor a naranja, envueltos en sobres con imágenes de naranjas pero que, por supuesto, no son naranjas”, indica Rubinstein. Se refiere, por caso, a los típicos jugos en polvo y a los helados de palito, cuyos envoltorios incluyen las imágenes de frutas espectaculares pero que en realidad son mezclas de agua, azúcar y sustancias que recuerdan el sabor original, aunque distan bastante de aportar los valores nutricionales que aparentan. Bajo esta premisa, es posible advertir de qué manera los avances tecnológicos no siempre equivalen a progreso: en 2018, el ser humano dispone de las mejores tecnologías pero, desafortunadamente, utiliza sus conocimientos para perjudicar a la sociedad.


Hace apenas dos años, en Inglaterra, detectaron que el aumento de los índices de obesidad tenía estrecha relación con el consumo sostenido de las famosas papas fritas de paquete. Como resultado, el Estado incrementó los impuestos a los productores de snacks. Algo similar ocurrió en México con las bebidas azucaradas. En noviembre pasado, Argentina intentó hacer lo propio con un impuesto para regular el consumo de gaseosas pero se chocó de frente con dos lobbies. Uno en Tucumán que, a través del gobernador Juan Manzur –paradójicamente, ex ministro de Salud– amenazó con que de continuar con la propuesta, los legisladores tucumanos no votarían la ley de reforma previsional. Por supuesto que al mandatario provincial lo que le preocupaba era defender la industria azucarera tucumana en detrimento de la salud de la población. El otro, como era de esperar, vino del lado de los empresarios: la división argentina de Coca Cola presionó lisa y llanamente con abandonar su programa de inversiones en el país. En efecto, la iniciativa se cajoneó.


Nuevas etiquetas


El Gobierno anticipó que el mes próximo lanzará un plan nacional de etiquetado frontal para robustecer la prevención del sobrepeso y la obesidad infantil, ya que afecta al 40 por ciento de los niños. “El mejor ejemplo de todos lo constituye Chile, con una especie de semáforo voluntario cuyo objetivo es la advertencia. Se realizó un excelente trabajo de psicología: como los humanos toman sus decisiones en cuestión de segundos emplearon símbolos susceptibles de ser rápidamente interpretados con información contundente. Se trata de un octógono negro que con letras blancas notifica a los consumidores que el comestible que está a punto de llevar al changuito es ‘alto en azúcar’, ‘alto en sal’, o bien, ‘alto en grasas trans”, narra Rubinstein. De esta manera, si el producto reúne dos octógonos negros ya no puede ser publicitado por medios de comunicación o en la vía pública. Se trata de una estrategia imitada por Uruguay, Perú y Canadá que, aunque no prohíbe la venta apunta a la reconversión de la industria. No es casual que la propia Coca-Cola haya incluido la leyenda “sin azúcar” en su etiquetado, en reemplazo paulatino de sus variantes “light” y “Zero”, ambigüedad intencional –artimaña marketinera– para confundir al consumidor.


No obstante –a pesar de que ya están demasiado grandes y pueden defenderse solas– las corporaciones no luchan en soledad. Por el contrario, sostiene el químico, “cuentan con el auxilio de médicos y políticos comprados por estos lobbies. De la misma manera ocurre con el complejo de la industria farmacéutica que trabaja codo a codo con los visitadores médicos cooptando especialistas para asegurarse la venta de los productos”. Y completa: “¿Qué mejor para las farmacéuticas que tener a millones y millones de personas enfermas con diabetes, afecciones cardiovasculares y cáncer como resultado de la obesidad?”.


Los Estados gastan un dineral considerable en remedios para curar enfermedades que son absolutamente prevenibles. Sin embargo, ante la falta de planificación sus pretextos eluden el abordaje directo de la problemática. De todos, el preferido es el de la “multicausalidad”. ¿En qué consiste? Según Rubinstein, “a veces se vuelve tan ‘multi’ el problema que se torna inabordable. Se culpa al sedentarismo provocado por el delivery y los medios de transporte, cuando el problema fundamental es la libertad que tienen las corporaciones para hacer lo que quieren con la salud de nuestras poblaciones”. El Ejecutivo, mientras tanto, insta a los ministerios de Salud, Producción y Agroindustria a ponerse de acuerdo, aun a sabiendas de la imposibilidad manifiesta.


Para quienes gustan de emplear la memoria, esta es una situación muy similar a la que sucedía cuando el mundo advirtió que fumar causaba cáncer de pulmón y EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica). En muchos países, el lobby industrial cedió frente a un concepto de salud pública que priorizaba la defensa de la población. Hoy, “aunque no está prohibido fumar, se ganó la batalla cultural: no hay una persona que ignore todos los males que conlleva el consumo de cigarrillos. No obstante, durante mucho tiempo creímos que si fumábamos éramos más piolas y teníamos más chances en el amor”, dice.


En un mundo poco entrenado para respetar las diferencias, el estigma social que deben revertir las personas obesas tornan la situación aún más compleja. Como todo problema de salud pública implica librar una batalla económica, política y cultural y, desde aquí, la sociedad requiere de representantes comprometidos y capaces de ponerse en puntitas de pie y observar más allá de la medianera del presente. “Las nuevas generaciones de jóvenes vivirán menos que sus padres, ya que la malnutrición afecta la calidad de vida de manera notoria y perjudica, a largo plazo, la expectativa de vida. Los políticos no advierten que si no modifican la legislación del país, sus hijos vivirán menos que ellos”, concluye Rubinstein.


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Tensiones y desafíos de la movilidad de venezolanos hacia Colombia

Cuando la persecución, la pobreza, y la superpoblación ya no se consideren en sí mismas explicaciones suficientes de los flujos migratorios, las imágenes y metáforas basadas en la invasión dejarán de satisfacernos, y las políticas relacionadas a la inmigración podrán ser más innovadoras, ya que abordarán un acontecimiento delimitado, una experiencia compartida, un proceso manejable.
(Sassen, S. 2013:30)

 

Colombia no es un país históricamente receptor de poblaciones de inmigrantes, ni la composición de su población se enriqueció profundamente de los aportes de estas ciudadanías en movimiento, en comparación con otros países de la región como Argentina o Brasil, donde la inmigración contribuyó al crecimiento poblacional y a su desarrollo en general. Por ejemplo, en el caso argentino tenemos en un primer momento la inmigración transoceánica a partir de mediados del siglo XIX, ejerciendo un significativo impacto en la vida económica, política, social y cultural de este país.

 

Entre los años 1857 y 1914, Argentina recibió 4.600.000 inmigrantes, una cantidad tal de personas que llevó a que para 1914 el 30 por ciento de la población del país era extranjera. Un fenómeno de tal dimensión que no podía pasar sin efectos para el poblamiento general del país y su misma economía.

 

Por el contrario, Colombia siempre ha mantenido una distancia entre emigración y la inmigración, considerándolas por separado y sin reconocer la importancia de las migraciones en general. Muestra de ello es el tratamiento institucional dado a esta realidad social, donde las instituciones del Estado encargadas están desarticuladas entre sí. Dicho tratamiento solo ha provocado un abordaje sesgado, selectivo y fragmentado respecto a procesos migratorios y coherencia en medidas políticas que han sido adoptadas históricamente.

 

El tratamiento al migrante en Colombia

 

Por fortuna hoy en día las diferentes relaciones internacionales han provocado que el país tenga una visión más amplia y acorde con las dinámicas globales de movilidad y de Derechos Humanos suscritas en materia migratoria con diferentes países de la región. Sin embargo, la movilidad durante los últimos tres años de cientos de personas provenientes de Venezuela hacia Colombia, ha colocado en el ojo del huracán la institucionalidad y los contextos socioculturales del país, desencadenando una suerte de tensiones y de desafíos de todo orden (político, económico y cultural), que hasta el día de hoy son tema de la agenda nacional y mediática de turno.

 

Dentro de las tensiones más prominentes resaltan las de carácter político-institucional, campo en el cual históricamente se ha promovido una recepción de inmigrantes de forma selectiva, priorizando a los grandes inversores, característica que ha sido una constante debido a la inserción creciente de Colombia a los mercados internacionales hoy globalizados. A su vez, la política migratoria del país se caracteriza por favorecer a la inmigración laboral con fines productivos y desarrollo económico. Al tiempo que Colombia adopta medidas (normas y decretos) de carácter étnico-nacional con fines de crecimiento demográfico y de “mejorar” étnicamente la población, como propuso Luis López de Mesa, ejemplo de lo cual es el ingreso de norteamericanos y europeos a mediados del siglo XX al territorio nacional.

 

De esta manera, la prioridad dada por el país a la inmigración laboral, de cara a fortalecer los procesos de crecimiento y desarrollo interno, y el control a la movilidad de emigrantes, resalta la desarticulación de la política migratoria colombiana, donde el tratamiento por separado de la emigración y la inmigración1 ha sido una constante.

 

En la década de los 90 Colombia encargó al Ministerio de Relaciones Exteriores la ejecución y orientación de las políticas migratorias, obteniendo como resultados que el país adoptara medidas de integración regional y comercio internacional, firmando por esa vía acuerdos como, por ejemplo, el pasaporte Andino en el marco de la Comunidad Andina de Naciones (CAN). Sin embargo, la política migratoria mantuvo su enfoque de control de carácter selectivo, útil y funcional para el arribo de personas con estándares de cualificación alta.

 

En resumen, tenemos en Colombia unas políticas institucionales migratorias caracterizadas por ser selectivas y de control, así como una mirada utilitarista de las diferentes poblaciones de inmigrantes, en términos de desarrollo económico y social, todo lo cual no ha permitido un desarrollo integral de las políticas migratorias que permitan tratar conjuntamente tanto la emigración como la inmigración. Durante la última década el escenario internacional y la política exterior regional han provocado que el país suscriba y ratifique diversos instrumentos legales internacionales donde se promueve proteger y garantizar la dignidad de las personas, en especial las que se encuentran en movimiento.

 

Dentro de tales instrumentos está la incorporación a Unasur, tratado que cobró vigencia en el 2011, y a través del cual se fijan lineamientos en materia de cooperación migratoria, basado en protección de los Derechos Humanos de los inmigrantes y los trabajadores de cara a la integración regional. Sin embargo, la crisis regional desatada por la situación que vive Venezuela, y con ella la presión y hasta conspiración de diversos países para desestabilizar al presidente Maduro, propiciaron la decisión del recién posesionado Iván Duque de retirar al país de Unasur2, con lo cual queda en el limbo todo lo allí ratificado.

 

A todo lo anterior se suma el componente socio–cultural, el cual se refiere a tres grandes campos problemáticos: 1. La construcción mediática de la inmigración venezolana, 2. La construcción del otro/ los/otros. 3. El nacionalismo que se enaltece y la cuestión de soberanía que se instala.

 

La construcción mediática de la inmigración venezolana

 

Es reiterado ver y escuchar en los diferentes medios oficiosos dominantes en Colombia un registro estigmatizante y muy politizado acerca de la movilidad de venezolanos hacia nuestro país3. Lo que se observa en algunos de estos registros es un encasillamiento de la persona inmigrante en temas de inseguridad, bandas delincuenciales o de microtráfico de droga, en especial en las zonas de frontera, temas que circulan constantemente y van instalando en el conjunto de la población una sensación de miedo e inseguridad frente a la población migrante.

 

De otra parte, en dichos medios se muestra la situación que viven los inmigrantes venezolanos durante su travesía, pero las noticias tienden a resaltar lo que han llamado “crisis en Venezuela”, “el drama de los venezolanos”, etcétera, que si bien es una situación compleja, se deja entrever el interés en continuar sosteniendo que los venezolanos huyen de la “dictadura de Maduro”, algo por cierto que ha sido utilizado por los políticos de tendencias conservadoras de turno en Colombia para hacer campaña política, dejando de lado la verdadera discusión política-institucional que demanda la realidad de tal emigración.

 

La construcción del otro/los/otros

 

Debido a este tratamiento mediático, se han vuelto populares dichos como: “nos viene a quitar el trabajo”, “los venezolanos se emplean por menos plata”, “hay mucha banda de ladrones venezolanos”, entre otros, han edificado poco a poco a la persona inmigrante de nacionalidad venezolana como el enemigo interno y responsable de todos los males que nos aquejan como sociedad. De esta forma, a su vez, se va creando una idea del otro/los otros, marcando una división concreta entre nosotros y ellos, esta forma de discriminación no solo genera el oído al extranjero (xenofobia), sino que instala barreras sociales que impiden la inclusión de la población inmigrante.

 

Esta forma particular de segregación también tiene tintes nacionalistas que generan exclusión, abusos y formas de violencia específica, que son más fuertes que cualquier muro de bloques de concreto construido, por ejemplo, en la frontera entre Estados Unidos y México. Romper estas paredes de concreto (socio-cultural) es complejo, porque se trata de generalizaciones negativas que se instalan fácilmente en el sentido común y provocan comportamientos excesivos mal intencionados y abusos contra los que no son de acá.

 

El nacionalismo que se enaltece, y la cuestión de soberanía que se instala

 

Diferentes estudios en materia migratoria, como el de Sassen (2015), dan cuenta que, en situaciones y contextos sociopolíticos particulares, las poblaciones inmigrantes suelen utilizarse como “chivo expiatorio”, para resaltar decisiones políticas institucionales de control y seguridad o responsabilizar de los problemas sociales, políticos y económicos de un país, todo ello de cara a indilgar al extranjero una responsabilidad particular con la cual no tiene una vinculación directa. Por ejemplo, como sucedió durante las recientes elecciones presidenciales en Colombia (2018-2022), donde los políticos en campaña utilizaron a la inmigración del país vecino para sus propósitos electorales con el argumento de que “Colombia no puede convertirse como Venezuela” o que “Colombia no puede llegar a ser castrochavista”, entre otras manipulaciones.

 

De esta manera crean una idea falsa de soberanía y nacionalismo a través nuevamente, del tratamiento mediático y de los discursos de los políticos en campaña. Soberanía, porque se instala la idea –falsa– de lo nuestro (el cuidado de lo propio), y nacionalismo (patriotismo) en cuanto a exaltación de lo colombiano, aspectos que se consideran amenazados por el “extranjero”, en este caso por Venezuela y su actual régimen político, el cual es considerado contrario a los intereses de los grupos dominantes en nuestro país.

 

Lo anterior plantea una pregunta formulada por algunos migrantólogos ¿por qué algunos “extranjeros” indignan más que otros? Esto en comparación, por ejemplo, con movimientos de actividades economías globales extractivistas agenciadas por complejas corporaciones extranjeras, las cuales cuentan con facilidades estatales, sin generar las mismas críticas e indignaciones soberanas y nacionalistas que propicia la migración venezolana y su régimen político.

 

Este fenómeno es la evidencia empírica del uso de la migración como “chivo expiatorio”, para despertar desenfocados nacionalismos, los mismos que distraen a las mayorías sociales de los problemas de fondo ligados con la presencia de extranjeros (corporativos), que extraen riquezas naturales en el territorio colombiano y que no denuncian ni cuestionan, sino, por el contrario, se legitiman.

 

El reto

 

La movilidad de venezolanos hacia Colombia definitivamente pone en tensión el Sistema Nacional de Migración (SNM) y la política de migraciones, la institucionalidad que tiene como responsabilidad la protección de los derechos de las poblaciones inmigrantes y su integración a los planes y proyectos que el Gobierno tenga estipulado, pero también el presupuesto nacional, ya que el SNM no cuenta con los recursos suficientes para cumplir con los objetivos y metas planteadas en los diferentes instrumentos legales. A su vez, plantea importantes desafíos político–institucionales, económicos y socio-culturales, que demandan la necesidad de una política que esté acorde a las necesidades de la población inmigrante, desde una perspectiva integral incluyente, de respeto y garantía a los derechos humanos de los inmigrantes trabajadores y sus familias.

 

En este sentido toma forma el reto de una ética ciudadana y política donde la forma de abordar dicha realidad social sea a partir de un tratamiento que reivindique la vida y el Derecho Humano a migrar en términos dignos y en cuanto a acciones, decisiones y organización política-institucional definidas en función de la exaltación, la gratificación, el posibilitamiento y el cuidado de la vida y las necesidades reales de dicha población con perspectiva de futuro.

 

 

* Candidato a Doctor en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de General Sarmiento (Ungs-Ides), Buenos Ares-Argentina, Magíster en Estudios políticos y comunicador social. Docente universitario, investigador del Colectivo de Estudios e Investigación social, Proyecto Ceis. Coordinador Diplomado en Migración, Territorio y DDHH, Universidad Nacional de Avellaneda. (Bs. As. Argentina).
1 Entiéndase emigrar como el abandonar su propio país para establecerse en territorio extranjero. Por inmigración, como acción y efecto de inmigrar, según el Diccionario de la Real Academia Española. En otras palabras, la inmigración es el proceso posterior que acontece en el país o lugar de llegada, es decir, es el efecto que surge una vez se efectúa la salida de personas de un país, región o lugar determinados para dirigirse a otro.
2 El presidente de Colombia, Iván Duque, decidió la salida de Colombia de Unasur porque considera a dicho organismo como “caja de resonancia de la dictadura” venezolana. Una vez más se observa cómo se politiza la situación inmigratoria que comparten ambos países, dejando de lado decisiones contundentes que favorezcan y protejan a la población venezolana que emigra hacia Colombia.
3 Hay dos aspectos de interés a resaltar con relación a las características de la emigración venezolana hacia Colombia y que el mismo Christian Krüger, Director General de Migración Colombia, reconoce. El primero es que los venezolanos que están llegando al país lo utilizan como puente para dirigirse a terceros países como “Ecuador, Estados Unidos, Panamá, Perú y Chile”. Segundo, “que según un estudio realizado en frontera por la Cancillería y la OIM, se logró evidenciar que cerca del 40% de las personas que ingresan por nuestra frontera son portadores de doble nacionalidad, mientras que el 30% son colombianos y el otro 30% ciudadanos venezolanos”. Lo que significa que en un porcentaje importante los ciudadanos que están llegando a nuestro país son colombianos que eran residentes en Venezuela y ahora, debido a la situación en ese país, están retornando. Así se evidencia en el informe de Migración del Ministerio de Relaciones Exteriores titulado: “Radiografía de venezolanos en Colombia 2017”. De otra parte, en relación a las cifras, según el mismo informe: “la Agencia para los Refugiados de la ONU afirma que son 300.000 y la Asociación de Venezolanos en Colombia asegura que son más de 1.000.000 de personas”, “Están pasando más de 40.000 personas diarias”, aseguró el alcalde de Villa del Rosario…”, “En los últimos 3 años el país ha atendido la salud de 14.362 venezolanos…”, “…al país entraron mensualmente más de cuarenta mil venezolanos…”, “…El éxodo ha aumentado de cientos a miles…”, “En el Valle de Aburra votaron 11.560 venezolanos…”, “En nueve puntos de Medellín y el Valle de Aburrá se adecuaron las mesas para que los más de 7.000 venezolanos radicados en Antioquia…”, “…actualmente hay entre 3.000 y 5.000 venezolanos en la región”.

 

Bibliografía

 

Ministerio de Relaciones Exteriores. Migración. (2017). Radiografía de venezolanos en Colombia.
Nicolao, Julieta. (2010). El Estado argentino ante el reto de las migraciones internacionales: reflexiones del reciente cambio de rumbo en la política migratoria argentina. UAEMex, Revista Convergencia. Ciencias de Sociales. Nº. 53, mayo. pp. 205-228.
Sassen, S. (2013). Inmigrantes y ciudadanos. De las migraciones masivas a la Europa fortaleza. Siglo XXI. España Editores, S.A.
Maldonado. E. (2018). Política + Tiempo =Biopolitica. Complejizar la política. Ediciones desde abajo. Bogotá, D.C–Colombia.

Publicado enEdición Nº250
Lunes, 24 Septiembre 2018 06:28

¿Cuándo se jodió el progresismo?

¿Cuándo se jodió el progresismo?

Los progresismos latinoamericanos desestiman la construcción de una nueva ética pública como un problema “liberal” propio de almas bellas o de las agendas imperiales. Pero es posible identificar un tipo de “republicanismo desde abajo” en toda la región, que incluye una cierta economía moral de lo que debe ser la función pública junto con ideas de alternancia en el poder estatal. Las “cruzadas anticorrupción”, el honestismo y el socialismo real.

“Veníamos bien y pasaron cosas”, dijo en una entrevista el presidente Mauricio Macri para explicar una crisis que puso fin a su “utopía gradualista” que, hasta el momento, lo alejaba de la imagen del presidente ajustador con el que buscaba asociarlo la oposición. Pero la expresión podría usarse, también, para reflexionar sobre el cambio de ciclo político en la región: el continente actual está muy lejos de aquellos días en los que Chávez, Lula, Kirchner, Evo, Lugo y Correa parecían estar construyendo un proyecto regional común con una espalda política que era la suma ampliada de sus propias legitimidades y de los capitales simbólicos que cada uno de ellos movilizaba. Pocos esperaban que, algunos años más tarde, la región se encontrara frente al actual deterioro económico, e incluso democrático, y con sus instituciones de integración en crisis. Pero se podría fácilmente reemplazar la superficial expresión macrista por una pregunta vargallosiana de mayor calado: ¿cuándo –y por qué– se jodió el progresismo?


Después de dos “décadas” de proyectos políticos definidos e intensos –la neoliberal de los 90 y la progresista de mediados de los 2000– el continente entró, más que en un nuevo ciclo, en un proceso de fragmentación y disgregación, que combina la supervivencia de un progresismo que no acaba de morir y de una “restauración conservadora” que no acaba de nacer, al menos en término de un nuevo proyecto hegemónico.


Mientras una Venezuela en caída libre sirve a las derechas continentales como baza de triunfo electoral –por la amenaza de “venezuelizaciones” más imaginarias que reales–, el líder estrella del post-populismo –Mauricio Macri– comenzó a hacer agua y pocos querrían hoy ser los Macris de sus países. Brasil, otro proyecto post-progresista, pero sin elecciones de por medio, se encuentra sumido en la peor crisis en décadas, con un potencial candidato ganador preso (Lula), otro hospitalizado (el ultraderechista Bolsonaro, recientemente atacado con un cuchillo) y un presidente conservador, Michel Temer, cuya aprobación asciende al 3%; el 76% lo considera ruim o péssimo. Entretanto, el triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador en México puso en marcha una incierta experiencia de “progresismo tardío” que difícilmente sea suficiente para reeditar el ciclo sudamericano pero alcanza para limitar la consolidación del giro conservador.


Recientemente, el filósofo Slavoj Žižek convocó a “dar vuelta” la famosa Tesis N° 11 de Marx sobre Feuerbach (Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo). “En el siglo XX, tal vez hayamos tratado de transformar el mundo demasiado rápido, sin saber qué estábamos haciendo. Debemos dar un paso atrás y reinterpretarlo”. Y en el caso latinoamericano, no se trata solo de comprender el mundo, sino de sacar conclusiones no autocomplacientes de la agenda y experiencia progresistas y de su agotamiento. La reciente reunión del Foro de San Pablo reunido en La Habana –que articula a las fuerzas de izquierda de la región– es una expresión patente de las dificultades para andar este camino y de un repliegue en la “resistencia” antiimperialista que funciona como un operativo de cierre político/sentimental, cargado de nostalgia hacia el Comandante Fidel Castro, de cualquier perspectiva de lectura (auto)crítica del pasado reciente. “Este XXIV puede tener la misma importancia histórica de los años 90 cuando cayó el Muro de Berlín”, señaló Mónica Valente, secretaria ejecutiva del Foro, en una analogía sintomática de las dificultades para pasar del socialismo “del siglo XX” al “del XXI”.


La corrupción está hoy en el centro del debate político y social. Es cierto, como ha apuntado Frederico de Almeida, que asistimos a la expansión internacional de esquemas políticos y legales de combate a la corrupción desde el centro hacia la periferia y que los efectos de las “cruzadas anticorrupción” se vuelven más inciertos cuando se aplican en democracias frágiles, como hoy ocurre en Brasil y podríamos agregar a la Argentina. Pero no es verdad, como se sostiene a menudo, que las luchas anticorrupción sean solo contra gobiernos de izquierda: en Guatemala hubo una lucha de masas contra la descomposición del Estado, hasta niveles de verdadera podredumbre moral, bajo un gobierno de extrema derecha como el del general Otto Pérez Molina; en México, López Obrador ganó con una campaña fundamentalmente “honestista”, y el reciente referéndum anticorrupción en Colombia –boicoteado por Alvaro Uribe– fue motorizado por la izquierda; por no hablar del papel del rechazo social a la corrupción en el nacimiento de fuerzas “amigas” de América Latina como Podemos en España.


A menudo, especialmente en su versión nacional-popular, los progresismos desestiman la cuestión de la construcción de una nueva ética pública como un problema “liberal” propio de almas bellas o de repetidores del discurso de los medios hegemónicos o las agendas imperiales. Sin embargo, es posible identificar un tipo de “republicanismo desde abajo” en toda la región, que incluye una cierta economía moral de lo que debe ser la función pública junto con ideas de alternancia en el poder estatal (como ocurrió en Bolivia en el referéndum de 2016). Que eso sea manipulado por la derecha no puede ocultar que las formas de financiamiento político (y personal) –y los esfuerzos por construir o apoyar a “burguesías nacionales” de maneras opacas y corruptas– debilitaron las credenciales morales de los progresismos y habilitaron que figuras de la “patria contratista” (Macri) o de la banca y las offshore (Guillermo Lasso, en Ecuador) pudieran enarbolar banderas anticorrupción como parte de sus campañas.


En Argentina, Macri ganó; en Ecuador Lasso perdió, pero el vicepresidente correísta Jorge Glas terminó preso por la causa Odebrecht en medio de una guerra política entre Lenín Moreno y el expresidente Rafael Correa –quien, a su vez, habría pedido asilo en Bélgica, donde vive con su esposa–. En Venezuela, a su vez, operó un verdadero saqueo de recursos públicos “por arriba”, reconocido por el propio gobierno y el enraizamiento de una economía política de la ilegalidad “por abajo” que explica, en gran medida, la supervivencia de los sectores populares en medio de la hiperinflación y la escasez. Y en Brasil, Lula Da Silva (casi 40% de apoyo en las encuestas) está impedido de enfrentar en las urnas al neofascista Jair Messias Bolsonaro (alrededor de 22%). La sentencia de 12 años de prisión por el famoso tríplex supuestamente recibido de manos de una constructora es débil y no es difícil percibir en la aversión a su candidatura un antiplebeyismo a flor de piel, sumado al racismo y el clasismo de gran parte de las elites brasileñas. No obstante, como balance político de los gobiernos del PT, no es posible dejar de lado los vínculos opacos con constructoras o frigoríficos, y el papel del propio Lula en la expansión regional de las “translatinas” brasileñas, aprovechando su influencia y prestigio como un soft power –como queda en claro con el reguero dejado por la causa Odebrecht en toda América Latina.


Sin duda, no se puede reducir el ciclo progresista a la corrupción y borrar lo que implicó en el sentido del “derecho a tener derechos” difundido entre los sectores populares. Pero tampoco puede pasarse por alto que, históricamente, el socialismo democrático combinó la demanda de ética pública con la de justicia social y que el desacople de ese binomio terminó por crear un hándicap moral de la izquierda que dificulta seriamente la (re)construcción de alternativas políticas anticonservadoras.


Pero si el “hándicap moral” de la izquierda le lavó la cara a diversos políticos y políticos/empresarios conservadores, existe un “hándicap democrático” que impide denunciar con eficacia los retrocesos democráticos evidentes hoy en la región. Brasil es sin duda un caso alarmante de degradación con consecuencias regionales, como la desaparición de la Unión de Nacionales Sudamericanas (Unasur), e internas, como los crímenes políticos, el aumento de las desigualdades, la pérdida de derechos y la “desdiabolización” de quienes defienden la dictadura militar. El caso de Bolsonaro es un emergente de esta situación, con su discurso fascistizante y discriminador en lo político y ultraliberal en lo económico (lo que atrae a los partidarios de la mano dura y de la destrucción del Estado de bienestar). En Colombia, la violencia estatal y los asesinatos políticos son de más larga data. Pero la falta de crítica a los déficits democráticos de Venezuela –y más aún de Nicaragua– impide construir una vara común para responder ante la politización de la justicia (o judicialización de la política), la represión estatal, los retrocesos institucionales y más en general los recortes de derechos democráticos. Hoy Venezuela es gobernada por una Asamblea Constituyente –por encima de cualquier poder constituido– que opera como un poder de facto sin contrapesos institucionales de ningún tipo. Y el gobierno de Daniel Ortega utilizó grupos parapoliciales para resistir en el poder con un saldo de alrededor de 300 muertos. Todo esto es justificado por la amenaza imperialista.


Es cierto que el imperialismo conspira, pero como lo muestra un reciente artículo de investigación del New York Times, lo hace de manera menos “orgánica”, homogénea y eficaz de lo que parece creer el discurso bolivariano. Lo que no es sorprendente, dado que hoy ocupa la Casa Blanca un presidente acusado de traición a la patria por parte del establishment conservador por su aparente colusión con Rusia en la campaña electoral de 2016 que además está enfrentado con los tradicionales aliados de la OTAN. Denunciar las conspiraciones reales es diferente a utilizar la amenaza imperial como acto reflejo frente a todos los problemas –en su mayor parte de naturaleza endógena–. Por ejemplo, ¿por qué Venezuela está sumergida en caos económico y Bolivia mostró una macroeconomía cuyo desempeño fue elogiado por el Banco Mundial y la prensa económica global? Quizás la gestión de algunas pistas. Pero el actual retroceso de parte de la izquierda hacia la cultura del socialismo real –expresado en simpatías hacia Vladímir Putin– lleva a abandonar la disputa por la democracia contra las visiones que la reducen a la libertad de mercado, la pospolítica o el republicanismo conservador. Y a replegarse en un dudoso y minoritario “pueblo verdadero”.


La ventaja del progresismo es que las derechas regionales carecen de proyectos atractivos para la región, en medio de una incertidumbre global que puso en crisis a los defensores del libre comercio y las modernizaciones neoliberales más clásicas. Pero lo que parece cierto es que el progresismo no “va a volver2 tal como era. Ni el continente es el mismo que el de la “década ganada”. Quizás, el progresismo se jodió cuando dejó de leer bien la realidad. La Tesis 11 invertida.


Pablo Stefanoni
es periodista e historiador, editor de la revista Nueva Sociedad.

Publicado enPolítica
Miércoles, 19 Septiembre 2018 10:01

Lev Semonovich Vygotski, el genio

Lev Semonovich Vygotski, el genio

Mozart de la psicología. Es equívoco categorizar a Vygotski de psicólogo, en el uso común del término. Es mucho más, teniendo en cuenta que hizo de la psicología una ciencia social y humana integrada, fue el fundador de la psicología histórico-social-cultural e inició la neuropsicología soviética, todo desde un enfoque sistémico y con fundamento en el materialismo histórico y dialéctico. La historia del desarrollo psíquico es la historia del desarrollo de la sociedad humana. Vygotski fue capaz de integrar diferentes ramas del conocimiento en un enfoque común que no separa a los individuos de la situación sociocultural en que se desenvuelven. Esta perspectiva integradora de los fenómenos sociales, semióticos y psicológicos tiene significativa importancia actualmente, transcurridos 84 años desde su muerte.


Vygotsky nació el 17 de noviembre de 1896 en Orsha, Bielorrusia, donde pasó su infancia y juventud. Murió en Moscú a los 37 años de edad (1934), debido a la tuberculosis que adquirió a los 19 años. Estudió medicina, leyes, lingüística, historia, economía política, filosofía y psicología. Su gran pasión fue la literatura y el teatro; cultivó estas artes a lo largo de la existencia y con ellas alimentó su obra científica (Vygotski llegó a escribir alrededor de 180 obras). Con apenas 19 años, en 1915, escribió un ensayo sobre Hamlet; y en 1925 terminó su tesis «La psicología del arte». Entre el mes de noviembre de 1925 y principios de 1926, mientras se encontraba en el hospital, víctima de otro ataque de tuberculosis, escribió una crítica filosófica a los fundamentos teóricos de la psicología: “El significado histórico de la crisis de la psicología”; en 1926 también publicó “Psicología pedagógica” que se deriva de su experiencia previa como profesor de literatura y psicología.


El amor por el teatro y la literatura lo condujo, en 1924, a través de un interés estético, a buscar en la psicología una explicación de la génesis y naturaleza de las actividades específicamente humanas que dieran cuenta de las formas más elevadas de la cultura. Le interesaba la influencia de la creación artística en la psicología humana, acercándolo necesariamente a la compleja relación entre el cerebro y la conciencia, esto es, al problema difícil de entender cómo es posible que los procesos físicos del cerebro den lugar a experiencias subjetivas y, más aun, a la emergencia del espíritu humano. El uso del término conciencia da a entender conocimiento de la actividad de la mente, la conciencia de ser consciente. Adicionalmente, en 1924, Vygotski tenía un segundo objetivo: desarrollar formas concretas de hacer frente a problemas prácticos con que, masivamente, tenía que enfrentarse la URSS –básicamente, la psicología de la educación y la terapéutica.


En el siglo XIX la psicología estaba preocupada por la conciencia, y luego, en torno a los años 1900-1910, pasó súbitamente a abrazar el conductismo y al reduccionismo del ser humano a la biología. A Vygotsky, con su permanente interés hacia las elevadas emociones humanas producidas por la percepción de las obras de arte, le resultaban intolerables los defectos de las corrientes teorías psicológicas de su tiempo (conductismo, reactologia, reflexología).


Vygotski abrió un camino para la psicología científica. Con base en la imagen de la actividad psicológica del ser humano, que construyó a partir de su cosmovisión inspirada en el materialismo histórico y dialéctico, enfrentó dos tendencias en el campo de batalla de las ideas: por una parte, se oponía a los intentos de «biologizar» la psicología; por otra, criticó a los exponentes de la psicología tradicional que hablaban de funciones psíquicas como producto de la actividad de un psiquismo autónomo, abstraído del contexto histórico-cultural. De este modo, a partir de la crítica de Vygotski, las leyes de la evolución biológica ceden lugar a las leyes de la evolución histórico-social y cultural.


Lev Semonovich estaba convencido que la asimilación de la experiencia social cambia no sólo el contenido de la vida psíquica, sino que también crea nuevos tipos de procesos psíquicos, los que toman la forma de funciones psicológicas superiores, que diferencian a la especie humana del animal y constituyen el aspecto esencial de la estructura de la actividad consciente del ser humano. Según Vygotsky, la Conciencia es un sistema de relaciones entre las funciones psíquicas que evolucionan y se transforman permanentemente; precisamente es a este cambio que la Conciencia debe su desarrollo. Los sistemas psicológicos que se forman a partir de conexiones interfuncionales constituyen la estructura sistémica de la Conciencia, la que se desarrolla como un todo, modificando en cada nueva etapa su estructura interna y la relación entre las partes.


La biografía de Vygotsky puede dividirse en dos períodos fundamentales: el primero, desde su nacimiento en 1886 hasta 1924, el año en que hizo su primera aparición como relevante figura intelectual en la Unión Soviética al exponer su trabajo “Métodos en la investigación reflexológica y psicológica” en el II Congreso Panruso de Psiconeurología; el segundo, desde 1924 hasta su muerte. Su entrada en la edad adulta coincidió con la experiencia de una de las principales revoluciones del siglo XX, la Revolución Rusa de 1917. Este acontecimiento le proporcionó dos décadas de entorno cultural e intelectual cambiante, ingenioso, creativo y fascinante.


Vygotsky nació en el seno de una familia judía, próspera e intelectual, fue el segundo de una familia de ocho hijos. El carácter seco y el irónico sentido del humor del padre de Vigotski contrastaban con la personalidad dulce de su madre; de la que adquirió su conocimiento del alemán y su amor por uno de los más destacados poetas y ensayistas alemanes del siglo XIX: Heinrich Heine; de él se recuerda la frase “Donde se ama a los libros también se ama a la humanidad”. En 1924, Vygotsky se casó con Rosa Smekhova, tuvieron dos hijas.


La «troika» de la Escuela Vygotskyana. La publicación por parte de Ediciones Desde Abajo del título “Lev Vygotski. La psicología en la Revolución Rusa” es un afortunado acontecimiento para las ciencias sociales y humanas en Colombia, en particular para los cultivadores del pensamiento crítico. El texto incluye el último capítulo de la obra más importante de Vygotsky: “Pensamiento y lenguaje” publicado en 1934, pocos meses después de la muerte de su autor. En este libro, Vygotski estudia uno de los problemas más complejos de la psicología: la interrelación entre pensamiento y leguaje; además, ofrece elementos para comprender la adquisición de la individualidad y deja ver su vehemente lucha «por la conciencia», es decir, por recuperar el valor de la mediatización interna entre estímulo y respuesta. El autor logra explicar, con un significado novedoso, el papel de la sociedad, la cultura y el lenguaje, en el desarrollo del ser humano.


Los años transcurridos entre 1924 y 1934 fueron altamente vitales y productivos para Vygotski. Tras su llegada a Moscú, Aleksandr Romanovich Luria (1902-1977) y Aleksei Nikolaevich Leontiev (1904-1979) se le unieron como discípulos y colegas. Fueron Luria y Leontiev los que, tras su muerte, estarían destinados a ser los principales continuadores de las ideas de su maestro. El libro publicado por Ediciones Desde Abajo incluye el estudio de Leontiev “La ciencia psicológica” y el escrito de Luria “La psicología como ciencia histórica”.


Merece especial atención la inclusión, en el libro reseñado, de las opiniones de Piaget (1896-1980) acerca de las críticas que Vygotski realizara a su concepción. Piaget es considerado el padre de la epistemología genésica; es reconocido por sus aportes al estudio de la infancia y por su teoría constructivista del desarrollo de los conocimientos. Piaget aceptó en lo fundamental las críticas llevadas a cabo sobre su concepto de lenguaje egocéntrico y destaca la originalidad y el valor creador de Vygotski. “El Mozart de la psicología” dedicó especial atención al surgimiento del lenguaje interior y al estudio de su génesis, y critica la hipótesis de Piaget acerca del lenguaje egocéntrico, de acuerdo a la cual el niño hablaría fundamentalmente para sí. De acuerdo con Vygotski, en cambio, el llamado lenguaje egocéntrico que se observa cuando el niño habla sin tener aparentemente destinatario para sus palabras, cumple también una función social de comunicación y es precisamente este tipo de lenguaje, el que al ser incorporado, interiorizado, da lugar al nacimiento del lenguaje interior.


En conclusión, los tres temas que constituyen el núcleo de la estructura teórica de Vygotski son: i) el método genético o evolutivo; ii) la tesis de que los procesos psicológicos superiores tienen su origen en procesos materiales históricos, dialecticos, sociales y culturales; iii) la tesis de que los procesos mentales pueden entenderse solamente mediante la comprensión de los instrumentos y signos que actúan de mediadores. La contribución más original e importante de Vygotski consiste en el concepto de mediación. Vygotski define el desarrollo en términos de aparición y transformación de diversas formas de mediación y su noción de interacción y su relación con los procesos psicológicos superiores implica necesariamente los mecanismos semióticos.


Una palabra es un microcosmos de conciencia humana. La obra desarrollada por La «troika» de la Escuela Vygotskyana deja una importante perspectiva investigativa: el pensamiento y el lenguaje, que reflejan la realidad en distinta forma que la percepción, son la clave de la naturaleza de la conciencia humana. Las palabras tienen un papel destacado tanto en el desarrollo del pensamiento como en el desarrollo histórico de la conciencia de la totalidad.

Maryluz Navarro

Lo que se creía sepultado puede renacer, con nuevos rostros. De 1886 al 2018, hay diferencia en años y similitud en políticas y formas de gobierno.

 

Hoy Colombia se nos aparece como una nación fallida; un fracaso histórico para muchos y una ganancia financiera y perversa para unos pocos. Es una utopía al revés: el “Angelus Novus” de Paul Klee, visto por Walter Benjamín como la premonición de un futuro catastrófico, aquí se realiza. Es el ángel de la barbarie futura el que nos guía, aquel que ve con su cara de espanto las ruinas del pasado “que suben hacia el cielo”. Con tales desgarramientos vivimos, siempre a presión, día a día asaltados por el miedo y la zozobra, en medio de un incierto porvenir.


De modo que los fracasos históricos nos han hecho una sociedad de la paciencia a la espera de otra oportunidad que supere nuestras derrotas tanto deportivas, políticas, culturales, económicas como personales. Con pocas quimeras nos conformamos, aliviamos la verdadera cara de los desengaños nacionales, ocultando las causas sociales de las derrotas. Con el paso del tiempo, la verdad de los más tristes y crueles acontecimientos se nubla, se evapora y vuelve la rueca a girar como si nada, cosa que va en contra de la mayoría, favoreciendo a las jerarquías económicas y políticas. Ellas se benefician de nuestra amnesia, de esta constante peste de olvidos.


Toda nuestra historia ha padecido de esta patología contagiosa. Como país hemos caído en una aporía social o imposibilidad de pasar, de ser. Nos movemos, sí, pero la marcha es hacia atrás, dirigida hacia el pasado, a un Estado casi confesional. Como hace más de cien años, se impone de nuevo el eslogan “orden, obediencia, religión y patria”, con la complicidad y el respaldo del Centro Democrático, de protestantes y católicos, de algunos sectores liberales y conservadores, de partidos de derecha, de los grandes medios de comunicación, los paramilitares, el clero, los militares, las élites políticas y económicas, incluso parte de nuestra sociedad civil. Naufragamos en una especie de neo-regeneración antidemocrática, la cual padecemos desde 1885 con su discriminación, exclusión y censura a toda actitud crítica al régimen. Recordemos que la Colombia de la Regeneración era un país de políticos filólogos, latinistas, católicos, conservadores y gramáticos, (Rafael Núñez, Miguel Antonio Caro, José Manuel Marroquín, Miguel Abadía Méndez, Marco Fidel Suárez…) y con una población casi en su totalidad analfabeta. El poder político y la gramática eran inseparables. “Para los letrados, para los burócratas, el idioma, el idioma correcto, era parte significativa del gobierno” (1). Dominio del idioma, poder eclesiástico y conservatismo fue la triada burocrática política en la Colombia del siglo XIX y que, con algunas pocas variaciones, todavía perduran en la Colombia actual. Tradición y conservación de costumbres políticas como la corrupción, el fraude, la burocracia, son herencias de aquella Colombia decimonónica premoderna, junto al indigno síntoma de obediencia, servidumbre y lealtad a los imperios.


Igual que a Rafael Núñez en 1886, al expresidente Álvaro Uribe Vélez y sus seguidores es posible escucharles decir: “las Repúblicas deben ser autoritarias, so pena de permanente desorden”. Estar en desacuerdo con dicha frase es para ellos casi caer en un gran error histórico e incluso en pecado. Las ideas contrarias a este pensamiento único se vuelven un peligro, una sentencia de muerte. Rencillas, rencor, mentiras y chantajes, fabricación y destrucción de supuestos enemigos, son algunas de sus “virtudes nacionales”.


En esta Colombia neo-regeneracionista y confesional, gamonal y hacendaria, se oyen voces que piden a gritos que vuelva el control de la enseñanza por parte de las religiones, que se institucionalice la familia tradicional cristiana, se rechace el aborto, los matrimonios entre personas del mismo sexo e instauren el orden sobre toda pluralidad de pensamiento, con mecanismos autoritarios que ayuden a conservar las tradiciones. Puro régimen decimonónico impulsado por Álvaro Uribe y El Centro Democrático, los cuales llaman a una guerra total contra los defensores de las libertades democráticas y de los derechos humanos, “volviendo trizas” los acuerdos de paz con las Farc a favor, prolongar una guerra fratricida que les garantice perpetuarse en el poder y mantener la corrupción, favoreciendo a banqueros, terratenientes, industriales y a mafiosos.


La atmósfera nacional desde hace tiempo se enrareció. Los resentimientos, los odios colectivos y particulares, el ninguneo al diferente, la estigmatización, los fanatismos, sectarismos políticos y religiosos; las mentiras, la trampa, el cinismo, el chiste hostil, los asesinatos al opositor, la corrupción, la ilegalidad, se normalizaron y legitimaron. Es la exaltación al réprobo, al malevo social; es un aplauso al que comete la falta y sabe que no habrá juicio, pues quedará impune. Legitimada la impunidad, se legitima su exhibicionismo vil, pantallizado, más aún, se legaliza el delito. Véanse estas manifestaciones en los medios y en las redes sociales, donde los victimarios se vuelven virales y famosos gracias a que se fetichiza al astuto, al vivo, al malandro.


Con una habilidad de ocultarse de la justicia y de violar leyes a través de astucias, actitudes ambiguas y de trampas, la mayoría de nuestros políticos corruptos y matones se ocultan, pasan impunes sin vergüenza, exponiendo su cinismo en público. Retóricos y demagogos, diestros embaucadores, son los “prohombres” divinizado en este país. La mentira se constituye así en una garantía de distinción, reconocimiento y ganancia. El hacer el mal, el ser malo, da estatus, puesto que quien lo ejerce ha sido capaz de pisotear al otro, a esos del montón, sin que nada pase. Esa ha sido su forma de accionar y su ejemplo, su manera de legalizar el totalitarismo del cinismo. Si no se cumple con dichos procederes se corre el riesgo de estar en peligro, de ser excluido del clan de los astutos y audaces, de los supuestos vencedores. Por lo tanto, cualquier pensamiento crítico, opositor y analítico es observado como una perturbación que pone palos en la rueda a semejante maquinaria de ignominia patria. Entonces, descaradamente, se fomenta la agresión, el terror, los crímenes y la paranoia como estrategias de separación y digresión entre los ciudadanos. Lo peor es que algunos de éstos los justifican, toleran, apoyan, y hasta piden su puesta en acción de manera urgente.


Es así como, en vez de respeto a la pluralidad de opiniones, a la diversidad, a la alteridad y la equidad obtenemos univocidad, homogeneidad, tradicionalismos y estandarización fanática. En eso nos hemos convertido: un país pluricultural envuelto en una neblina conservadora homogeneizante que no respeta la diversidad y que no da tranquilidad ética ni política, mucho menos económica. Ello nos ha puesto al filo de las espadas, al frente de las armas, tanto simbólicas como reales. Las consecuencias son el destierro y el silencio de cualquier pensamiento y sentimiento divergente. “Existir realmente en plural, escribe Carolin Emcke, significa sentir un respeto mutuo por la individualidad y la singularidad de todos” (2). Saber vivir, entendiendo y respetando la pluralización, no solo de identidades sino de diferencias de cualquier índole, es síntoma de una sociedad que ha sabido convivir entre contradicciones y disonancias, escuchando y respetando la polifonía social. Vaya ardua y larga tarea que no hemos emprendido.


Para ello es necesario entrar en un proceso extenso, lento, paciente, que nos desintoxique de 200 años de una vida republicana levantada a punta de pobreza, des-educación sistemática y barbarie, matanzas, persecuciones, torturas, exilios, sangre y más sangre. Pero bajo las actuales circunstancias históricas parece imposible emprender dicha faena de higiene cultural; más bien, la época parece estar hecha para no hacerla, pues se incrementan las rencillas, los asesinatos a líderes sociales, el mal vivir bajo persecuciones, dogmatismos y odios políticos. ¿Apocalípticos? No. La actualidad nacional nos da la razón, nos la muestra día a día como un acto asumido y cumplido. Miremos a Colombia y esto se comprenderá. Un país que –y es difícil aceptarlo– se ha acostumbrado al horror, a los desmanes del poder, siendo indiferente ante su atroz destino, es una cultura que ha consentido su decadencia. Eso es lo preocupante.

 

1. Deas, Malcolm (1993), Del poder y la gramática y otros ensayos sobre historia, política y literatura colombianas, Bogotá, Tercer Mundo editores, p. 42.
2. Emcke, Carolin (2017), Contra el odio, Bogotá, Taurus, p. 186.

* Poeta y ensayista colombiano.