El calentamiento global es más rápido de lo previsto

Las emisiones de gases de efecto invernadero producidas por los combustibles fósiles están calentando la superficie de la Tierra más rápidamente de lo previsto, según nuevos modelos de proyección llamados a reemplazar las herramientas actuales de la ONU.

En 2100, al ritmo actual de emisiones, la temperatura media podría aumentar entre 6,5 y 7 ºC respecto de los niveles preindustriales, según dos modelos presentados este martes por sendos centros de investigación de referencia en Francia. Esto supone hasta 2 ºC más de lo que previó el Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) en su Quinto Informe de Evaluación de 2014.

Los nuevos cálculos también apuntan a que los objetivos del Acuerdo de París de limitar el cambio climático a un aumento "bien inferior" a los 2º C y a 1,5 ºC de ser posible, serán todavía más difíciles de alcanzar.

"Con nuestros dos modelos, vemos que el escenario (...) que nos permitiría permanecer bajo los 2 ºC no nos sirve", dijo Olivier Boucher, director de investigación del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia (CNRS, por sus siglas en francés). Con un calentamiento de apenas +1 ºC hasta ahora, el mundo ya está sufriendo olas de calor más intensas, sequías, inundaciones, entre otros fenómenos extremos. El informe se basa en las simulaciones de varios escenarios socioeconómicos, desarrolladas por climatólogos, oceanógrafos, especialistas de la atmósfera y de cálculo, cuyas conclusiones contribuirán al sexto informe del IPCC, anunciado para 2021. Los nuevos modelos presentados por el Centro Nacional de Investigaciones Meteorológicas y el Instituto Pierre-Simon Laplace de Francia, forman parte de una nueva generación de sistemas que servirán como base para elaborar el próximo gran informe del IPCC en 2021.

Puntos de inflexión

Uno de los hallazgos clave de estos dos modelos es que el aumento de los niveles de CO2 en la atmósfera calentará la superficie de la Tierra más fácilmente de lo que habían previsto los anteriores cálculos. Los modelos franceses son los primeros en publicarse, pero los demás están llegando a la misma conclusión, incluidos los "más respetables de todos los que presenta Estados Unidos y del Met Office", la agencia meteorológica británica, según Boucher.

"Un calentamiento más acentuado nos dará menos tiempo para adaptarnos y hará más probable que alcancemos los 'puntos de inflexión', como el derretimiento del permafrost, lo que acelerará el cambio climático", escribieron este año en un blog Boucher y otros dos científicos británicos, Stephen Belcher, del Met Office, y Rowan Sutton, del Centro Nacional de Ciencia Atmosférica británico.

Entre un tercio y 99% de la capa superior del permafrost podría fundirse en 2100 si no se frena la contaminación por CO2, soltando en el aire miles de millones de toneladas de gases de efecto invernadero, según el borrador de un informe del IPCC sobre océanos.

"Desafortunadamente, nuestro fracaso global a la hora de implementar acciones eficaces (...) en las últimas décadas nos ha dejado en una situación en la que lo que debemos hacer para mantener el calentamiento a un nivel seguro es extremadamente simple", dijo Joeri Rogelj, profesor asociado del Imperial College de Londres y colaborador del IPCC. "Las emisiones globales de efecto invernadero deben declinar hoy en vez de mañana y las emisiones de CO2 deben reducirse a cero neto", concluyó.

Escenarios socioeconómicos

Los científicos lo achacan a una reacción más fuerte sobre el clima del aumento de gases invernaderos de lo que mostraba el estudio anterior. "Según el escenario más pesimista (crecimiento económico rápido alimentado por energías fósiles), el aumento de la temperatura media global alcanzaría los 6 o 7 grados centígrados en 2100, y superaría en más de un grado a las estimaciones precedentes", establecen.

Tan solo uno de los escenarios socioeconómicos, el de un panorama de cooperación internacional que dé prioridad al desarrollo sostenible, lograría cumplir con el objetivo de que el calentamiento se limite a 2 grados para esa fecha.

Los modelos de simulación climática utilizados han sido aplicados en Europa y en el Océano Índico, donde los expertos han logrado representar de manera más realista fenómenos como olas de calor o ciclones. Los datos se han obtenido también gracias a las mejoras técnicas, como una resolución espacial más precisa o el modelado de distintos sectores del sistema climático (el océano, la atmósfera, los glaciares, etc.).

Las simulaciones han permitido además estudiar con mayor fiabilidad las condiciones climáticas de Francia y Europa occidental en los últimos años, donde los científicos han constatado que las olas de calor son cada vez más frecuentes y que han aumentado de manera evidente en las últimas décadas. Confirman además que, independientemente del escenario socioeconómico utilizado, las olas de calor continuarán en las décadas siguientes.

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"¡Tierra! Las luces de Coney Island y de la ciudad por delante", escribió Thunberg en su cuenta de Twitter poco antes de desembarcar en Nueva York.Foto Afp

Nueva York. Greta Thunberg, la joven sueca de 16 años llamada "la voz del planeta" y la figura más reconocida del movimiento mundial sobre cambio climático, desembarcó en el puerto de Nueva York después de cruzar el Atlántico en un velero durante dos semanas para revertir el robo del futuro, de la suya y las próximas generaciones.

Thunberg fue invitada a una cumbre de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre el cambio climático que se realizará durante el debate anual de alto nivel en la Asamblea General, pero también participará en una "huelga climática global", entre otras actividades.

En la lujosa marina de North Cove, en Manhattan, a una cuadra del World Trade Center, cientos de personas la recibieron con pancartas en las que se leía "Bienvenida Greta", y con consignas como "Los mares se elevan y nosotros también nos alzamos", "Dejen al petróleo bajo tierra" y "Nos vamos de huelga por ustedes, ¿ustedes harán lo mismo por nosotros?"

Thunberg saludó con la mano y una sonrisa al bajar del Malizia II, velero de 18 metros de eslora con una frase sobre sus velas: "Unirse detrás de la ciencia", y que genera cero huella de carbón; tras pisar tierra por primera vez en 14 días, se sumó a un grupo de activistas jóvenes que la esperaban, algunos de los aproximadamente 2 millones que se han movilizado alrededor del mundo inspirados por sus huelgas escolares para exigir acción inmediata sobre el cambio climático.

En una breve conferencia de prensa, reiteró su mensaje de que el cambio climático es el mayor problema que jamás haya enfrentado la humanidad: “Esta es una lucha a través de fronteras, a través de continentes… para salvar al mundo”. Agregó que se requiere una acción de "cooperación mundial a pesar de nuestras diferencias", como nunca antes para revertir esta amenaza. "Ya no esperemos más, hagámoslo ahora mismo".

Al preguntarle otra vez sobre Donald Trump, Thunberg repitió que “obviamente él no… escucha a la ciencia”, y cree que no piensa que valga la pena hablar con él, sino mejor trabajar con otros. Sobre los incendios en Amazonia, comentó que le había llegado la noticia "devastadora y horrible" en el barco, y que una vez más la respuesta es "poner fin a la guerra contra la naturaleza".

Instó a los activistas a que “continúen adelante, aunque a veces parece imposible y sin esperanza; siempre es así, entonces uno tiene que continuar porque si uno lo intenta lo suficiente harás una diferencia, y si suficiente gente se une… todo es posible”.

Indicó que preferiría que no hubiera tanto enfoque hacia ella, sino sobre esta crisis, pero "no puedo hacer mucho sobre eso, si eso permite mayor atención sobre el cambio climático, entonces usaré esa oportunidad".

Su acción solitaria de abandonar clases cada viernes –que empezó justo hace un año– y sentarse frente al Parlamento sueco en Estocolmo con el fin de exigir a los políticos ponerse en acción por el cambio climático, generó un movimiento llamado Los Viernes para el Futuro (Fridays for Future), con acciones en más de 100 países.

Algunas de los organizadores locales de este movimiento –adolescentes, igual que ella– la esperaban y para el viernes realizarán una "huelga escolar" ante la sede de la ONU y el 20 de septiembre encabezarán una huelga masiva general por el clima en esta ciudad, con acciones paralelas alrededor del mundo.

Presencia mexicana

XIye Bastida, de 17 años, estudiante mexicana de preparatoria en esta ciudad, una de las activistas que dio la bienvenida a Thunberg y que participará con ella en las actividades, comentó a La Jornada que su familia llegó aquí hace cuatro años después de que su pueblo, San Pedro Tultepec, sufrió inundaciones, sólo para ser testigo de las consecuencias del huracán Sandy, "lo que dejó claro que los efectos del cambio climático nos afectan a todos, en todas partes".

En meses recientes ha encabezado una huelga escolar en su preparatoria junto a 600 de sus compañeros, y también realizó una jornada de protesta en el Zócalo de la Ciudad de México. "Esto se trata de en qué mundo vamos a crecer y necesitamos que ustedes sean parte de nuestro movimiento", tanto en México como Estados Unidos y alrededor del planeta.

"Estamos en un momento en donde tenemos que actuar, unidos, por un futuro en el que todos podremos vivir". En México, como en otras partes, es hora de tomar “una decisión sobre cómo proteger el futuro… quiero que sus hijos y mis hijos tengan la oportunidad de ver qué tan bello es México”.

Al pasar por la Estatua de la Libertad antes de atracar, el navío en el que llegó Thunberg fue recibido y acompañado por una flota de 17 veleros, cada uno con una de las metas definidas por la ONU sobre desarrollo sustentable escrito en su velas.

Después de participar en los eventos en Nueva York su gira internacional continuará por varios países del continente para llegar a Chile, en diciembre, para otra cumbre de la ONU sobre clima.

Aún no se ha determinado cómo viajará –dijo que sería por vía terrestre–, ya que el Malizia II regresará a Europa. El jefe del velero es Pierre Casiraghi, hijo de la princesa Carolina de Mónaco, y nieto de Grace Kelly, y el capitán fue el alemán Boris Hermann, veterano de carreras acuáticas y quien ha dado la vuelta al mundo. El padre de Greta y otros dos completaron la tripulación de cinco.

Thunberg y el movimiento que inspiró es considerado "la peor amenaza" a la industria de hidrocarburos por la dirigencia de la OPEP, y la derecha internacional ha expresado cierta histeria contra una joven con Asperger, quien sólo pide que el mundo le haga caso al consenso científico y que el futuro no sea robado a las próximas generaciones.

Para mayor información: https://www.fridaysforfuture.org y Twitter @GretaThunberg

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 Greta Thunberg (la segunda por la derecha) junto a un grupo de jóvenes activistas medioambientales en la Asamblea Nacional de París. Philippe Wojazer Reuters)

La activista sueca, invitada de honor en la Asamblea Nacional francesa

 

 

La puesta en escena para Greta Thunberg en París no podía ser más elocuente. No porque estuviera invitada para debatir en la Asamblea Nacional francesa, un raro honor más extraordinario aún vista la corta edad de la joven, 16 años. Sobre todo, porque el París al que llegó Thunberg este martes es una ciudad —y todo un país— casi fundidos por una oleada de calor, la segunda en pocas semanas, que pone en evidencia que los riesgos del cambio climático contra los que lleva advirtiendo desde hace más de un año la joven activista sueca son un problema que, más que a la vuelta de la esquina, están ya metidos en casa.

“De aquí a 2030, si no hacemos nada, no podremos revertir el cambio climático”, advirtió, muy seria, ante los casi 200 diputados que acudieron a escucharla.

La presencia de Thunberg ha provocado una fuerte controversia en Francia. Diputados sobre todo de derecha y de la extrema derecha criticaron en los últimos días la presencia de la joven, a quien llamaron a boicotear tras calificarla, entre otros, de “profeta en pantalones cortos”, “gurú apocalíptico”, “premio Nobel del miedo” o marioneta al servicio de lobbies ecologistas. Unas calificaciones y unas ausencias —Thunberg y otros tres jóvenes activistas franceses hablaron finalmente en una sala y no el hemiclo— que no inmutaron a la adolescente sueca.

“Algunos han decidido no venir aquí hoy, algunos han decidido no escucharnos. No pasa nada. Ustedes no están obligados a escucharnos, al fin y al cabo, no somos más que chavales. Pero ustedes sí tienen el deber de escuchar a la ciencia. Es todo lo que pedimos: que se unan tras la ciencia”, replicó Thunberg agitando en su mano el último informe del grupo de expertos intergubernamentales sobre la evolución del clima de la ONU, el Giec. Además de contra responsables políticos, la joven también cargó contra empresarios y periodistas, a quienes responsabilizó de “mentir” sobre lo que hacen jóvenes como ella y de no contar lo que está pasando ni de advertir de la seriedad de la emergencia climática para concienciar adecuadamente a la sociedad.

Mientras Thunberg hablaba, toda Francia sudaba. El país sufre su segunda oleada de calor en pocas semanas, tras haber registrado en junio el récord absoluto jamás registrado: 46 grados en el sur del país. París se apresta a batir también en los próximos días su propio récord con temperaturas de hasta 41 grados. El último récord, recuerda la Agencia France Presse, data de 1947, cuando los termómetros capitalinos marcaron 40,4°C.

La sequía es ya una preocupación nacional y sectores como el vinícola se preparan para el golpe que se avecina, con una caída de la producción de entre 6 y 13% respecto al año pasado, según estimaciones oficiales. En numerosas ciudades del país se han dispuesto salas “de refresco”, se ha limitado la circulación y se han decretado medidas dirigidas sobre todo a los mayores, la población más vulnerable en estos momentos, con vistas a evitar un episodio como el de la oleada de calor de 2003, que dejó 15.200 muertos en Francia.

Desde la Asamblea Nacional, Greta Thunberg tomaba sorbos de agua de una botella de aluminio reciclable —también ha venido a Francia en tren para contaminar menos— mientras seguía reclamando que los responsables políticos y sociales actúen de una vez y lo hagan de verdad, no solo como “bellas campañas de relaciones públicas”. “La emergencia climática es hoy y es ahora, y no acaba más que comenzar, y solo va a empeorar”, insistió.

Por Silvia Ayuso

París 23 JUL 2019 - 10:02 COT

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Sacrificar la Antártida para salvar el capitalismo

La Antártida, el casquete polar del hemisferio sur, se está derritiendo. Cada vez más rápido, debido al caos climático provocado por el capitalismo industrial. Esto provoca el aumento global del nivel del mar, que en el curso de un siglo podría alcanzar tres metros, cubriendo países insulares e inundando ciudades costeras. Esto y otras catástrofes en curso deberían causar que los gobiernos, especialmente los del Norte global que son los principales culpables, tomaran medidas claras y enérgicas que detuvieran las causas del cambio climático. En lugar de ello siguen surgiendo, como proyectos científicos serios, las propuestas más descabelladas de geoingeniería: manipular a gran escala los sistemas de la Tierra para solamente aliviar los síntomas del cambio climático.

 

Para supuestamente salvar ciudades como New York, Shangai, Tokyo o Calcuta, un equipo de científicos del Instituto Postdam de investigación sobre el impacto climático, financiado por el gobierno alemán, propuso el 18 de julio de este año un nuevo megaproyecto de geoingeniería. Miles de cañones arrojarían desde el mar 74 billones de toneladas de nieve artificial sobre los glaciares Isla Pine y Thwaites, en la Antártida occidental, para ralentizar su derretimiento. Es un territorio no reclamado por ningún país, según el Tratado Antártico, vecino a la Antártida chilena y argentina. (https://tinyurl.com/yytsdno3)

 

Esos glaciares están en la zona crítica de derretimiento del hielo, que en la Antártida se debe principalmente al calentamiento del mar, que está derritiendo su base submarina. No es un proceso lineal, sino que a cierto punto el derretimiento desencadena más vulnerabilidad y se acelera, algo que ya se está observando.

 

Para intentar detener esto la propuesta de este grupo de científicos es crear nieve artificial por decenas de billones de toneladas, lanzarla con cañones que alcancen arriba de 640 metros para superar la altura de los glaciares y depositarla a un ritmo de 10 metros anuales de nieve sobre una superficie de 52 mil kilómetros cuadrados (como toda Costa Rica o más del doble de El Salvador) durante al menos 10 años. O más, si el cambio climático continúa. (https://tinyurl.com/yxhpas63)

 

La nieve artificial se crearía con agua bombeada del océano, que primero habría que desalinizar y lograr que se mantuviera como nieve o hielo hasta que se integre a los glaciares. Todo el proceso demandaría cantidades ingentes de energía, parte de la cual proponen sea provista por 12 mil generadores eólicos en el mar, pero reconocen que esto es sólo para hacer la nieve artificial y lanzarla. No incluye la construcción de las instalaciones ni la demanda energética para desalinizar, lo cual es esencial, ya que si se hiciera con agua salada tendría "serios efectos negativos en los flujos dinámicos de la capa de hielo", ni de otras fases relacionadas con el proceso, todo en condiciones extremadamente duras.

 

La instalación de la infraestructura de energía y cañones tendría efectos devastadores en la fauna. Los científicos que hacen la propuesta admiten que conlleva enormes impactos negativos sobre el ecosistema y especies marinas. De hecho, lo refieren como "sacrificar la Antártida" para salvar grandes ciudades.

 

Reconocen, además, grandes incertidumbres sobre otros posibles efectos; por ejemplo, no toman en cuenta en el estudio el calentamiento adicional de la atmósfera si la temperatura sigue aumentado, ni que al remover enormes masas de agua oceánica se podría alterar la circulación marina y facilitar que entre más agua caliente a la base del casquete polar, acelerando su derretimiento. Al igual que con las demás propuestas de geoingeniería, podría acabar siendo peor que el problema inicial.

 

Es muy preocupante que una institución reconocida, como el Instituto Postdam, se sume al coro de los proponentes de la geoingeniería –que está bajo moratoria en el Convenio de Diversidad Biológica­–, aun admitiendo que se trata de sacrificar ecosistemas enteros y que los riesgos de fracaso e impactos colaterales son muy graves.

 

Según el instituto, lo hacen porque aun si se cumplieran las metas del Acuerdo de París, de mantener el aumento promedio de la temperatura a menos 2 grados, la Antártida seguirá derritiéndose y en 200 años Nueva York, Tokyo y otras megalópolis desaparecerán. Plantean que entonces los gobiernos tienen que pensar qué sacrificar.

 

Pero la pregunta crucial es por qué ante tal gravedad no hacen propuestas igualmente dramáticas para terminar con las causas y parar el cambio climático. Por ejemplo, si el 10 por ciento más rico del planeta tuviera un nivel de vida como un ciudadano europeo medio (muchísimo mayor que el promedio latinoamericano), la emisión de gases de efecto invernadero global ¡bajaría 30 por ciento! (Kevin Anderson,Tyndall Centre)

 

El principal motor del cambio climático es el capitalismo industrial basado en combustibles fósiles (petróleo, gas, carbón) y los únicos que se benefician son una absurda minoría de países, empresas e individuos ricos. Las propuestas de geoingeniería no son para salvar ciudades, sino para salvar esos intereses. Eso es lo que hay que cambiar, no sacrificar a la Antártida o cualquier otra región.

Por Silvia Ribeiro

 

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Miércoles, 03 Julio 2019 05:37

Fukushima: el regreso de la mentira

Fukushima: el regreso de la mentira

Tuvo gran éxito la operación de relaciones públicas del gobierno japonés durante el G20 la semana pasada. Entre los discursos sobre aranceles, comercio, riesgo de una nueva recesión y anuncios sobre los Juegos Olímpicos del año entrante en Tokio, nadie se volvió a acordar de la catástrofe de Fukushima.

 

La radioactividad es invisible, pero las mentiras que pretenden cubrirla saltan a la vista.

 

Fukushima es el peor desastre industrial en la historia de la humanidad. En los días siguientes al terremoto del 11 de marzo de 2011 se produjo la fusión de los núcleos en tres de sus seis reactores nucleares. En los tres casos, la masa de combustible fundido atravesó la vasija de acero con sus seis pulgadas de espesor, quemó y reaccionó químicamente con el contenedor de concreto y ahora se encuentra en contacto con el agua del subsuelo. No se ha podido hacer nada para aislar y remover esas masas de material nuclear fundido y controlar la contaminación. Algunos de los isótopos radioactivos afectarán partes de la prefectura de Fukushima por 250 mil años. Lo único que separará ese material tóxico de cualquier persona que camine por esos parajes será una sombría capa de mentiras.

 

Gobiernos, intereses corporativos privados y públicos tienen un rasgo en común. Estas estructuras jerárquicas comparten una fuerte propensión a mentir cuando se sienten amenazadas. Es importante examinar el enredo de engaños que sigue cocinándose en los reactores nucleares que sufrieron fusión en Fukushima. En esta sarta de embustes se encuentran involucrados el gobierno de Japón y el primer ministro Shinzo Abe, la empresa Tepco (operadora de Fukushima), la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) y el Comité Organizador de los Juegos Olímpicos de 2020.

 

Después de las explosiones de hidrógeno en tres reactores de Fukushima, los núcleos se fundieron y precipitaron una crisis que se mantiene a la fecha. Desde el principio el gobierno nipón prohibió el uso de los términos "fusión del reactor" en sus comunicados al público y demostró estar más interesado en proteger los intereses de los gigantes corporativos Hitachi y Toshiba que la salud de más de 160 mil refugiados nucleares. Hoy sabemos que el material de los tres núcleos fundidos en Fukushima ha permanecido en contacto con agua del subsuelo durante los últimos ocho años y gran cantidad de agua altamente contaminada ha ido a parar al océano Pacífico.

 

En uno de los actos más perversos de que se tenga memoria, el gobierno japonés, en connivencia con la AIEA, simplemente incrementó el nivel de radiación "permitido" para el público más de 20 veces de los niveles existentes antes de la catástrofe. Al amparo de esta nueva "norma técnica", el gobierno pudo afirmar que la zona estaba bajo control. Así pudo también evitar el costo de descontaminar una gran superficie de tierra y bosques, así como de zonas residenciales y comerciales. Después de algunos trabajos superficiales de descontaminación, muchos residentes que inicialmente tuvieron que ser evacuados hoy están siendo autorizados a dejar sus albergues y regresar a su residencia original, que supuestamente ha sido "descontaminada". Pero la contaminación nuclear fue tan intensa y cubrió una zona tan grande que los vientos han vuelto a llevar polvo y nieve radioactivos a esos poblados. Es un grave caso de contaminación dinámica.

 

En 2013 el primer ministro Shinzo Abe declaró frente al Comité Olímpico Internacional que Fukushima estaba bajo control y no había ningún riesgo. Tokio obtuvo la sede de los Juegos Olímpicos en 2020, y varios juegos de beisbol y futbol se llevarán a cabo en terrenos de la ciudad de Fukushima. La misma ruta de la antorcha olímpica pasará por territorio contaminado. Observadores independientes (www.Fairewinds.org) han encontrado muestras de material altamente radioactivo en localidades en las que atletas y espectadores estarán expuestos a niveles de radioactividad comparables a los soportados por trabajadores de una planta atómica. El análisis de Koide Hiroaki, ingeniero nuclear de la Universidad de Kioto (www.apjjf.org), es devastador. El desastre de Fukushima no ha sido controlado a la fecha y exponer a residentes y visitantes a los niveles de radioactividad que todavía prevalecen en la zona es un acto criminal. Los Juegos Olímpicos de Tokio se llevarán a cabo en un terreno de emergencia nuclear.

 

Epílogo. Después del terremoto de 2011, Japón pudo embarcarse en una ambiciosa transición hacia las energías renovables. En lugar de eso prefirió colmar la brecha que dejó el cierre de plantas nucleares después de Fukushima con millonarias importaciones de carbón. Hoy, Japón es la única economía desarrollada que continúa construyendo plantas de carbón (17 en total). En el plano internacional, sigue financiando proyectos que utilizan carbón con unos 15 mil millones de dólares. No alcanzará su meta de reducir las emisiones de gases invernadero en 80 por ciento para el año 2050. De todos modos, era demasiado poco y demasiado tarde.

 

Twitter: @anadaloficial

 

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Un nuevo informe expone la enorme contribución del Pentágono a la crisis climática posterior al 11 de septiembre

Al no frenar el uso de combustibles fósiles de los militares estadounidenses, el codirector del proyecto Costs of War advierte que Estados Unidos “ayudará a garantizar los escenarios de pesadilla” que pronostican los científicos.

Desde el lanzamiento en 2001 de la llamada Guerra contra el Terror hasta 2017, el Pentágono generó al menos 1.200 millones de toneladas métricas de gases de efecto invernadero, con tasas anuales que superan las emisiones de calentamiento global de países industrializados como Portugal o Suecia, según una nueva investigación.

La profesora de la Universidad de Boston Neta C. Crawford detalla las contribuciones masivas del Departamento de Defensa de los Estados Unidos a la emergencia climática global en un documento publicado el pasado miércoles por el proyecto Costs of War (costes de la guerra), del Instituto Watson para Asuntos Internacionales y Públicos de la Universidad de Brown.

“El consumo de energía de los militares estadounidenses impulsa el consumo total de energía del Gobierno de los Estados Unidos”, se lee en el documento. “El DOD [Departamento de Defensa] es el mayor consumidor de energía en los EE. UU. Y, de hecho, el mayor consumidor institucional de petróleo del mundo”.

“A falta de un cambio en la política de uso de combustible de los militares de EE UU, el consumo de combustible de sus militares necesariamente continuará generando altos niveles de gases de efecto invernadero”, advierte el informe. “Estos gases de efecto invernadero, combinados con otras emisiones de EE UU, ayudarán a garantizar los escenarios de pesadilla que el ejército predice y que muchos científicos del clima dicen que son posibles”.

Crawford, codirector del proyecto Costs of War, señala que las emisiones militares de los EE UU, que provienen en gran parte de las armas y equipos, y de uso de más de 560.000 edificios en todo el mundo, se basaron en datos del Departamento de Energía porque el Pentágono no informa de sus cifras de consumo de combustible al Congreso.

El documento también examina los patrones de uso de combustible militar desde 2001 en relación con las emisiones y las opiniones del Pentágono sobre “el cambio climático como una amenaza para las instalaciones y operaciones militares, así como para la seguridad nacional, cuando y si el cambio climático genera una migración masiva, conflicto y guerra”.

Al escribir sobre su investigación para The Conversation Wednesday, Crawford apuntó que las emisiones anuales del Departamento de Defensa han disminuido desde que alcanzó su punto máximo en 2004, ya que el Pentágono ha reducido su consumo de combustibles fósiles a través de acciones que incluyen el uso de energía renovable y la climatización de edificios durante la última década, y reduciendo el tiempo de inactividad de las aeronaves en las pistas”.

El resumen del documento describe cuatro beneficios principales de una mayor disminución del uso de combustibles fósiles por parte del Departamento de Defensa.

Primero, los EE UU reducirían las emisiones de gases de efecto invernadero. Esto mitigaría el cambio climático y sus amenazas asociadas a la seguridad nacional.

En segundo lugar, reducir el consumo de combustibles fósiles tendría importantes beneficios políticos y de seguridad, incluida la reducción de la dependencia de las tropas en el campo del petróleo, que el ejército reconoce que las hace vulnerables a los ataques enemigos. Si los militares de Estados Unidos disminuyeran significativamente su dependencia del petróleo, Estados Unidos podría reducir los recursos políticos y de combustible que utiliza para defender el acceso al petróleo, en particular en el Golfo Pérsico, donde concentra estos esfuerzos.

Tercero, al disminuir la dependencia de Estados Unidos respecto a Estados ricos en petróleo, Estados Unidos podría revaluar el tamaño de su presencia militar en el Golfo Pérsico y revaluar su relación con Arabia Saudita y otros aliados en la región.

Finalmente, al gastar menos dinero en combustible y operaciones para proporcionar acceso seguro al petróleo, EE UU podría disminuir sus gastos militares y reorientar recursos hacia actividades económicamente más productivas.

Crawford, en su artículo para The Conversation, concluyó que “el cambio climático debería estar en el centro de los debates de seguridad nacional de los Estados Unidos. Reducir las emisiones de gases de efecto invernadero del Pentágono ayudará a salvar vidas en Estados Unidos y podría disminuir el riesgo de conflicto climático”.

Está lejos de ser la primera institución en destacar cómo el Pentágono está alimentando la crisis climática mundial y pedir reformas urgentes. El mes pasado, la senadora Elizabeth Warren lanzó un plan de “resistencia y preparación” climáticos para los militares de Estados Unidos como parte de su campaña de 2020 para la Presidencia. Sin embargo, como Common Dreams informó en ese momento, los críticos antibélicos del plan de Warren acusaron de que “tratar de ‘ecologizar’ al Pentágono sin abordar los efectos destructivos de su presupuesto inflado y el imperialismo estadounidense es una forma equivocada de combatir la emergencia del calentamiento global”. 

La autora y abogada Stacy Bannerman, en un artículo de opinión para Common Dreams el año pasado advirtió que “si no nos tomamos en serio la posibilidad de detener la Máquina de Guerra de Estados Unidos, podríamos perder la batalla más grande de nuestras vidas”.

“Para lograr las masivas transformaciones sistémicas y culturales necesarias para mitigar el cambio climático y promover la justicia climática —escribió Bannerman— vamos a tener que lidiar con la violencia institucionalizada y socialmente sancionada perpetrada por la política exterior de EE UU sobre el fuego del calentamiento global”.

Por Jessica Corbett

Common Dreams


publicado

2019-06-14 05:52:00

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Por qué es más correcto hablar de "crisis climática" y no de "cambio climático"

El término "crisis" incide en cómo afecta a la sociedad la actual coyuntura climática. Tanto científicos especializados como colectivos ecologistas llevan meses utilizando este concepto para evidenciar la emergencia del momento.  

 

La realidad informativa de España, este diario incluido, utiliza de manera habitual términos como "cambio climático" o "calentamiento global" para referirse a los problemas medioambientales que sufre el planeta. Aunque estos conceptos son válidos, la expresión "crisis climática" parece haber calado en los entornos ecologistas. Con ella se busca evidenciar que la situación medioambiental del planeta pende de un hilo temporal de tan sólo diez años, tal y como advierten los científicos del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC).

Fueron precisamente los científicos del IPCC los que emplearon las palabras "crisis" y "emergencia" para referirse a la situación climática del presente. Unos conceptos que fueron recogidos por los colectivos sociales que durante los últimos meses han salido a las calles de Europa, capitaneados por la joven Greta Thunberg, para reclamar acciones políticas que reviertan los riesgos medioambientales hacia los que camina la humanidad.

Esto no quiere decir que los otros términos hayan quedado desactualizados, de hecho, seguirán apareciendo en las informaciones tal y como ocurre en el resto de publicaciones científicas. Sin embargo, el reconocimiento de la crisis climática a nivel mediático tiene que ver con "subir el nivel del debate", expone Héctor de Prado, responsable de Energía y Clima en Amigos de la Tierra. "Al final se trata de comunicar, pero hay que darle el significado real a las palabras y hay que hacerlo de una manera honesta", añade.

"Cuando cambiamos el lenguaje también cambiamos la forma en la que pensamos", argumenta Javier Andaluz, responsable de Clima en Ecologistas en Acción. El activista expone que el cambio terminológico que se está dando en los últimos meses tiene que ver con "asumir y aceptar que nos encontramos ante un reto de grandes magnitudes que nos afecta en muchísimos aspectos de la vida cotidiana".

Se trata, además de una medida que trasciende a los medios de comunicación. Buen ejemplo de ello es The Guardian, que el pasado mes de mayo decidió incluir "crisis climática" dentro de su libro de estilo. "Queremos asegurarnos de que estamos siendo científicamente precisos, al mismo tiempo que nos comunicamos claramente con los lectores sobre este tema tan importante", argumentaba Katharine Viner, jefa de edición del medio británico.

El guante del periódico ingles lo ha recogido también la propia Fundéu española –fundación que vela por el buen uso del lenguaje en los medios de comunicación–, que hace una semana publicó una nota en la que advertía de que el concepto "crisis climática" era el "más adecuado para referirse a la magnitud y a las consecuencias del calentamiento global causado por la actividad humana".

"Si bien en los medios de comunicación se viene empleando la denominación cambio climático para aludir al aumento de la temperatura del planeta Tierra provocado por las emisiones de gases de efecto invernadero y la dependencia de los combustibles fósiles, amplios sectores de la comunidad científica consideran que se trata de una fórmula que no describe con la suficiente precisión la gravedad de la situación actual", exponía la fundación de la Agencia EFE.

 

Diferencias terminológicas

 

Cambio climático, calentamiento global, crisis climática. Son conceptos válidos. Incluso pueden emplearse como sinónimos a nivel informativo, pero tienen diferencias importantes a nivel científico. 

Cuando hablamos de cambio climático nos referimos estrictamente al fenómeno físico que se ha dado en el planeta y que se sigue dando, sea de manera natural o inducido por el ser humano. Es decir, las mutaciones climáticas, las modificaciones en las temperaturas y las precipitaciones o las transformaciones de los patrones del viento son cualidades que han estado presentes a lo largo de la historia del planeta. Este término, por ende, no incide en el origen antropogénico de la coyuntura climática del presente. 

El calentamiento global, por su parte, es el fenómeno final o el resultado climático que se está experimentando en la actualidad. Este término, a nivel científico, hace referencia a la subida de las temperaturas del planeta y a cómo estas pueden cambiar los ecosistemas.

Sin embargo, la terminología referida a la "crisis" y a la "emergencia" climática, sin negar nada de lo anterior, apunta a la acción del ser humano y las emisiones que esté genera como causa principal de las mutaciones que se están produciendo en la Tierra. En ese sentido, la palabra "crisis" llena de contenido social y acerca a la sociedad un problema que hasta el momento podía parecer ajeno a la humanidad. 

 

La emergencia climática

 

El cada vez más común uso de la palabra "crisis" para referirse a las consecuencias del calentamiento global inducido por el hombre viene ligado a las múltiples manifestaciones verdes que recorren Europa y otras zonas del planeta. Unas protestas civiles que buscan, por encima de todo, que las instituciones gubernamentales reconozcan la emergencia climática.

Esta es la reacción que se requiere desde los colectivos medioambientalistas para revertir la crisis climática actual. De esta forma, la declaración de emergencia se vincula a dos premisas: reconocer el problema y plantear un eje de actuación para solventarlo. Por el momento, Reino Unido es el primer país que aprobó está medida. A su declaración le siguieron las de Irlanda y las de Escocia y Gales. Además, en EEUU y Australia hay 17 ciudades que han aprobado la declaración. En el caso de Europa, más allá del espacio británico e irlandés, sólo encontramos declaraciones regionales impulsadas por gobiernos locales de Italia, Alemania, Suiza, Francia y España (declaración impulsada por el Govern de Catalunya).

Aunque la lista de declaraciones de emergencia es breve, la realidad muestra que, por el momento, estas no van cargadas de la ambición que se reclama desde las calles. Así, una medida que se presenta como revolucionaria termina convirtiéndose en algo simbólico y esto es algo que también puede ocurrir con la popularización del término "crisis climática"

"Hay que evitar que se convierta en una expresión manida como ocurrió en su momento con la palabra sostenibilidad", opina De Prado. Sin embargo, Andaluz incide en el riesgo que puede suponer vaciar de contenido expresiones tan importantes como estas. "Si perdemos el tiempo adulterando los términos es que no hemos entendido nada de lo que supone reconocer la crisis climática", espeta el activista, para evidenciar que el ser humano apenas tiene una década para afrontar la "crisis climática". 

12/06/2019 08:00 Actualizado: 12/06/2019 08:00

Publicado enMedio Ambiente
No es una crisis del planeta, es una crisis de la humanidad

Numerosas voces se alzan pidiendo la declaración del estado de excepción climática. Quedan tan sólo 10 o 12 años para cambiar de rumbo a nivel planetario y evitar lo peor de un cambio climático del que empezamos a percibir sus consecuencias. Pero el calentamiento global es solo una manifestación de una crisis más profunda, la de una forma de vida que por primera vez en su historia se enfrenta a los límites que le impone su propia supervivencia.

 

Desde hace décadas la comunidad científica y los grupos ecologistas vienen alertando sobre algunos de los problemas que ahora se están intensificando: contaminación, residuos, cambio climático, pérdida de biodiversidad o sequías. En el año 1972 el Club de Roma publicaba el informe Los Límites del Crecimiento, que había encargado al MIT unos meses antes, con la conclusión evidente de que es imposible incrementar de forma indefinida el consumo de recursos del planeta.


Casi 50 años después todo sigue igual o peor. Somos conscientes de que nuestro modelo de vida no puede mantenerse por mucho más tiempo, pero no solo no lo cambiamos si no que profundizamos aún más en él. Se ha barajado hipótesis sobre la incapacidad del ser humano de actuar a largo plazo y sobre todo de anticiparse a los peligros que no son inminentes, en contraposición con unos ciclos naturales y planetarios que se producen a lo largo de cientos o de miles de años. Quizás la premura nos ayude a tomar decisiones. O quizás todavía vemos el peligro lejos en el tiempo o en el espacio. Quizás algunos mensajes no ayudan, como aquellas imágenes de osos polares en el Ártico, o como esas de un planeta en llamas.
Porque el planeta no va a salir ardiendo. Lo que está en juego no es el planeta, es la propia supervivencia del ser humano, la vida, nuestra vida, tal y como la conocemos. El planeta seguirá aquí, con toda probabilidad, hagamos lo que hagamos, con mayor o menor número de especies animales y vegetales, con ser humano o sin él.


Como tantas otras especies que han aparecido y se han extinguido a lo largo de los últimos dos mil o tres mil millones de años, la humanidad puede desaparecer de la faz de la Tierra en un suspiro como quien dice, y la vida y el planeta seguirán su curso. Habrá sido un episodio efímero, apenas unos minutos o unas horas “humanas” en la vida del planeta, un resfriado leve.
¿Por qué debe importarnos entonces lo que hagamos? Puede incluso que el ser humano siga aquí durante otros 200.000 años o más. Es un ser capaz de adaptarse a situaciones muy variables y adversas, y pueden sobrevivir algunos millones de personas en algunos lugares del planeta, por muy difíciles que se pongan las cosas.


Pero no nos engañemos, esto no sucederá para la mayoría de las personas. Miles de millones morirán o pasarán vidas muy duras. De seguir el rumbo que llevamos, podemos enfrentarnos a procesos catastróficos que reduzcan drásticamente la cantidad de alimento, de energía, y de materiales disponibles. La sociedad humana que hemos desarrollado, especialmente en las últimas décadas, industrial, tecnológica y globalizada, puede ver su fin al faltarle suministros básicos.


Pero sobre todo, lo que puede dar al traste con una sociedad que ha evolucionado de forma razonable en los últimos siglos o milenios, son los conflictos sociales y bélicos que pueden darse en un mundo con escasez de recursos, y que pueden ser los peores que se hayan vivido nunca, dado el enorme poder de destrucción que, en paralelo, hemos desarrollado.
Faltan probablemente algunas décadas para llegar a situaciones especialmente graves, pero las personas jóvenes de hoy vivirán seguramente experiencias duras. Como bien dicen, les estamos robando el futuro. A muchas personas, de hecho, se les roba el presente.


Por otro lado, ante la creciente huida de zonas depauperadas, inhóspitas, del hambre y de la guerra, se abre cada vez con más fuerza el auge del fascismo y la xenofobia, de sistemas autoritarios y cerrados, de la polarización social, los muros y las alambradas, las muertes en las fronteras y en los mares, las tensiones y el sufrimiento de miles o millones de personas. Ya está pasando, está empezando, y puede ir a más.


Ante este panorama solo nos queda la humanidad, en el mejor sentido de la palabra, la capacidad de empatía, de solidaridad y de apoyo mutuo, la generosidad con nuestros congéneres más allá de nuestros intereses personales, la voluntad de trabajar por lo colectivo, por un bien superior, la capacidad de no conformarnos con un destino autoimpuesto.


Los cambios que debemos realizar son enormes; llevamos miles de años en un proceso expansivo y acaparador, peleándonos por ver quién la tiene más grande. Esto incluye el funcionamiento de las empresas y el sistema económico, cortoplacista y depredador, por un sistema económico y social diferente: capaz de satisfacer las necesidades humanas sin poner en riesgo su supervivencia, que posibilite los avances tecnológicos, sociales y culturales en un marco de balance estable con la naturaleza, y de entendimiento entre las personas.
Se hace necesario un cambio cultural, un nuevo marco que genere ilusión, una historia que cambie la historia. Aún estamos a tiempo.

Por Rodrigo Irurzun Martín de Aguilera

publicado
2019-06-05 15:58:00

 

Publicado enMedio Ambiente
La crisis ecológica es el síntoma, el capitalismo la enfermedad

La afirmación que da título a este texto parafrasea una analogía que Jorge Riechmann ha empleado en varias ocasiones durante los últimos años [1]. Se trata de un símil médico que nos permite distinguir cuatro dimensiones de la economía política del medioambiente: la etiológica, la nosológica, la yátrica y la terapéutica. En otras palabras, partiendo de esta metáfora organicista podemos formular preguntas acerca de las causas de la enfermedad, sus rasgos distintivos, el agente de los pertinentes cuidados y terapias y, finalmente, el carácter de dichos cuidados y terapias. En las páginas que siguen nos aproximaremos sucesivamente a cada una de estas preguntas. 

 

1. Las causas de nuestra enfermedad


La metáfora médica que encabeza este artículo sugiere un origen causal bien explícito: el patógeno es el capitalismo. Surge aquí una dificultad, y es que el capitalismo, interpretado como un sistema socioeconómico basado en la iniciativa privada y la libre competencia, es algo que, sencillamente, nunca ha existido. No disponemos de un solo ejemplo histórico de una forma semejante de organización de nuestras relaciones económicas, y muy probablemente ello se deba a que un experimento de esta naturaleza colapsaría en cuestión de semanas. Un vistazo a la historia económica sirve para constatar que eso a lo que hemos venido denominando capitalismo es en realidad una forma muy específica de patrocinio colectivo del poder privado. En lugar de iniciativa privada y libre competencia, lo que hallamos en nuestra historia económica son prolongadas intervenciones a gran escala para desviar la riqueza fruto del esfuerzo colectivo hacia la provisión de infraestructuras, la formación de trabajadores especializados, la investigación básica, el desarrollo de tecnología, la subvención directa, la garantía de precios monopolísticos, la protección contra competidores extranjeros, el auspicio de los derechos de inversión o los periódicos rescates de los que depende el sector privado. De hecho, son estos mecanismos de protección colectiva del poder privado los que subyacen no ya al éxito, sino asimismo a la propia existencia de los sectores dinámicos de la economía en todos y cada uno de los países «desarrollados» [2]. Y no tiene a deshonra, por cierto, la clase dominante la admisión del recurso a las «técnicas de extorsión de dinero al contribuyente» en que hallan sustento sus privilegios, pues, «tal y como explica la revista Fortune, la industria de alta tecnología no puede sobrevivir en una economía sin subsidios, competitiva y de libre empresa, [de forma que], agrega BusinessWeek, el contribuyente debe ser su salvador» [3].


Sea como fuere, y llamemos como llamemos a este sistema de esfuerzos colectivos y beneficios privados, hemos de preguntarnos de qué modo se encuentra el mismo en la base de la crisis ecológica en curso. Las formas que el entramado institucional «capitalista» ha adoptado han variado significativamente a lo largo de su par de siglos de historia, particularmente desde comienzos de la década de los ochenta del pasado siglo XX. Una constante a lo largo de toda esa historia ha consistido, no obstante, en el protagonismo de un tipo particular de institución social en el contexto de la vida económica, cultural y política de nuestras sociedades, a saber, las corporaciones privadas. De ellas parten las decisiones y las órdenes acerca de qué hacer con los frutos del esfuerzo colectivo, de forma que a nadie debiera extrañar que se destinen a proteger e incrementar su predominio. Anotemos al margen que es imposible encontrar en el registro histórico una encarnación más perfecta del ideal autoritario que estas instituciones: si no eres el director ejecutivo, un consejero delegado o un accionista mayoritario no tienes derecho a saber absolutamente nada acerca de los procesos de toma de decisión en los que pueda encontrase inmersa una corporación, y sobra añadir que todo el mundo excepto esa exigua minoría de ejecutivos e inversores está por principio excluido de participar en esos procesos de toma de decisiones.


La obvia incompatibilidad entre cualquier interpretación de la noción de democracia y la existencia de estas tiranías herméticas no se limita a esta cuestión de la estructura interna de los procesos de toma de decisión acerca de la producción o la inversión, pues las corporaciones han invertido durante décadas formidables esfuerzos en la expansión de su ideal radicalmente antidemocrático más allá de las fronteras de su organización interna. Uno de los mecanismos más efectivos a este fin ha consistido en dar cuerpo a lo que ha venido a denominarse un «senado virtual de inversores y prestamistas» en virtud del cual nuestros «gobiernos [formalmente democráticos] se enfrentan al dilema de un electorado dual»: tenemos, por una parte, a los ciudadanos, que votan cada cuatro años y, por otra, a aquella élite financiera que a diario «realiza un referéndum actualizado momento a momento sobre las políticas económicas y financieras» adoptadas por aquellos gobiernos nominalmente democráticos [4].


Cuanto le cabe hacer en este contexto al ciudadano es observar pasivamente qué decide hacer la minoría opulenta con los frutos del trabajo colectivo o, a lo sumo, obedecer a cambio de un sueldo las órdenes que en estas autocracias herméticas descienden por la misma vertical por la que ascienden los beneficios. Una vez dentro de una cadena de mando de este tipo, si cumples con tu cometido, estupendo; si no, estás en la calle. Y bien, ¿cuál es ese cometido? El mismo en todos los casos, ocupes el eslabón que ocupes en la cadena de mando: incrementar beneficios y ampliar cuota de mercado. Hoy que se habla tanto de «responsabilidad corporativa» no debiéramos perder de vista que ésta es la única responsabilidad de cualquier corporación, al punto que ha de ser descrita como un imperativo, y es justamente este imperativo el que hace del entramado institucional que las corporaciones dominan la causa última de la crisis ecológica en curso. Es este imperativo de maximización y crecimiento el que hace palidecer la importancia del colapso ambiental ante lo que de verdad importa: bonos millonarios por desempeño o guarismos parpadeantes indicando incrementos de capitalización bursátil. En otras palabras, el objetivo de una corporación es el de crecer y obtener beneficios, suponga ello la ruina de Ártico, la de la Amazonía, la de la biosfera o la del sistema solar: los inversores no invierten para matar el rato. Subrayemos que no se trata de maldad o estupidez individual, sino de la forma más peligrosa de estupidez institucional que haya acogido la historia humana.


Es en esta estupidez institucional en lo que debemos pensar cuando leemos que las cinco principales petroleras han venido invirtiendo anualmente cientos de millones en echar por tierra cualquier iniciativa encaminada a combatir el cambio climático [5]. Los ejecutivos encargados de coordinar campañas de lobby y desinformación como éstas no están locos. En tanto individuos, con toda seguridad, se preocupan por el futuro del planeta, y puede que incluso sean socios de Greenpeace. No obstante, en su rol institucional, su tarea consiste en acelerar nuestra marcha hacia el precipicio. Y «no es que sean malas personas. Lo que ocurre es que su cometido dentro de la organización, incluso su obligación legal, es obtener beneficios y cuota de mercado a corto plazo» [6]. Si surgen dificultades de conciencia a la hora de desempeñar semejante trabajo, se plantean ipso facto dos alternativas: la dimisión o el despido; siempre se dispone de un ejército de reserva esperando para sustituir al objetor. Los motivos por los cuales este imperativo institucional de maximización ha de ser descrito como una forma de estupidez institucional son tan obvios como los motivos por los cuales esta estupidez es «letal en sus implicaciones» [7].


2. Los síntomas de nuestra enfermedad


Habiéndonos aproximado ya –por más que superficialmente– a la cuestión etiológica, echemos ahora un vistazo a la nosología de nuestra patología global introduciendo unas sucintas pinceladas que nos permitan delimitar sus contornos generales. Descuellan aquí tres procesos interrelacionados y extremadamente ominosos: la sexta extinción masiva de la historia de la vida en la Tierra, el calentamiento global y la escasez de recursos.


Disponemos de una extensa literatura especializada acerca de cada uno de estos procesos, y prácticamente cada semana se publican y discuten en las revistas especializadas de mayor impacto nuevos datos, habitualmente más funestos que los de la semana anterior. Así, por ejemplo, si Jonathan Payne y colaboradores concluían en un influyente artículo publicado en Science en noviembre de 2016 que nuestros océanos vienen sufriendo «una extinción masiva de suficiente intensidad y selectividad ecológica» como para ser clasificada junto con las cinco previas, Gerardo Ceballos, Paul Ehrlich y Rodolfo Dirzo extendían en julio de 2017 esas conclusiones a los vertebrados terrestres en un artículo publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America [8]. En concreto, y a pesar de que estimaciones previas indicaban que la actual tasa de extinciones es aproximadamente 1.000 veces mayor que durante los últimos 60 millones de años [9], Ceballos, Ehrlich y Dirzo argumentan convincentemente que la magnitud de la extinción masiva en curso ha venido siendo sistemáticamente subestimada al no tomar en consideración datos relativos a la pérdida y reducción de poblaciones de especies no extintas. Al incluir estos datos en la ecuación obtenemos, en palabras de los autores, «una imagen sombría del futuro», más sombría aún que la proyectada por la evidencia previamente analizada. Esta imagen sombría atraviesa también las páginas del duodécimo Informe Planeta Vivo, que advertía en octubre de 2018 de una disminución promedio de las poblaciones de vertebrados de en torno a un 60% en apenas 40 años [10]. Cuando el pasado 6 de mayo de 2019 el IPBES anunció la próxima publicación de su evaluación mundial de la biodiversidad –basada en el análisis de toda la literatura científica pertinente–, aprovechó para poner lo obvio de relieve: este «declive global sin precedentes» de la biodiversidad supone una «amenaza directa para el bienestar humano en todas las regiones del mundo»; estamos estirando «nuestra red de seguridad hasta su punto de ruptura» [11].


Es interesante hacer notar en este punto que, por algún motivo, el principal motor de esta grave erosión de la biodiversidad no se digna a hacer acto de presencia en los medios de comunicación. Señalemos, contra la norma pues, que «alrededor de dos terceras partes de la pérdida total de vida salvaje se deben a la producción de alimentos» y, en concreto, a la creciente tendencia a arrasar con buldóceres millones de hectáreas de bosques y selvas tropicales para transformarlas en monocultivos de cereales con los que posteriormente se cebarán miles de millones de animales criados industrialmente, un proceso en el que se disipa «al menos un tercio de toda la cosecha global de cereales y casi toda la de soja –suficiente comida para cuatro mil millones extra de personas–» [12].


El segundo de los tres señalados síntomas de nuestra patología planetaria es el calentamiento global, un proceso extremadamente complejo y multidimensional cuyo perfil destaca, sin embargo, con total claridad: existen pocos fenómenos cuyos principios fundamentales sean objeto de mayor asenso en la comunidad científica. De acuerdo con dichos principios, conforme aumenta la concentración de determinados gases en la atmósfera, en mayor medida se comporta la misma como un aislante térmico, y se da el caso de que hemos estado emitiendo esa clase de gases de forma masiva durante medio siglo. A su vez, la disrupción del sistema climático global ocasionada por el incremento de las temperaturas medias concomitante a aquel aumento de la concentración de gases de efecto invernadero trae consigo una mayor frecuencia e intensidad de sequías e inundaciones, olas de calor y de frío, aumento del nivel del mar y acidificación de sus aguas. Nuevamente, cada semana disponemos de datos que hacen palidecer a los peores de la semana anterior. Así, escogiendo un par de ejemplos al azar, el pasado 26 de marzo de 2019 un estudio de la Agencia Internacional de la Energía nos informaba de que la expansión de la economía global vino acompañada en 2018 de un nuevo récord histórico en nuestros niveles de emisiones [13]. Cuando un mes y medio más tarde se registraran por vez primera niveles de CO 2 superiores a 415 partes por millón, la prensa internacional se hizo eco de las palabras del meteorólogo Eric Holthaus: «Es la primera vez en la historia humana que la atmósfera de nuestro planeta tiene más de 415 ppm de CO 2 . No ya en toda la historia registrada, no ya desde la invención de la agricultura hace 10.000 años: desde antes de que existieran los seres humanos, hace millones de años. No conocemos un planeta como éste» [14].


Pocos días antes de que se publicara el informe de la Agencia Internacional de la Energía, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente anunciaba que, incluso aunque se cumplieran los objetivos de reducción de emisiones del Acuerdo de París, las temperaturas invernales del Ártico se elevarán en el próximo par de décadas lo suficiente como para «devastar la región», produciendo «enormes» impactos a nivel mundial al «desatar el aumento global del nivel del mar» [15]. A finales de abril, un artículo publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America continuaba engrosando el abultado catálogo de resultados ominosos: la velocidad a la que la capa de hielo de Groenlandia se derrite se ha multiplicado por seis desde los ochenta, experimentando una aceleración tal que, del total de la contribución del deshielo de la isla al aumento del nivel del mar a lo largo del último medio siglo, la mitad se debe a los últimos ocho años [16]. Por desgracia, tampoco en el otro extremo del planeta pintan las cosas mucho mejor: según datos publicados en Nature en junio de 2018, la tasa de deshielo antártico se ha triplicado en apenas una década. Es difícil leer con apatía la primera frase del artículo en que aparecieran dichos datos, particularmente al añadir a los mismos la creciente evidencia de vulcanismo antártico: «las capas de hielo de la Antártida contienen suficiente agua como para elevar 58 metros el nivel del mar» [17].


Puede que el cambio climático se nos antoje en occidente como algo que habremos de sobrellevar de un modo u otro en el futuro. No obstante, los perdedores primero del colonialismo y luego de la globalización lo ven de otro modo. En las regiones más empobrecidas del planeta, los cada vez más graves y frecuentes desastres relacionados con el clima obligan a más de 20 millones de personas a abandonar cada año su lugar de residencia [18]. Estos desastres están convirtiéndose, además, en la principal causa de empobrecimiento en dichas regiones, en las que cientos de millones de personas extremadamente pobres viven en los países en los que la magnitud y frecuencia de esta clase de desastres es, por lo pronto, mayor [19]. Las palabras del Secretario General de las Naciones Unidas António Guterres acerca del ciclón Idai, que afectara a mediados del pasado mes de marzo a más de dos millones de personas en el sureste africano, levantan acta del último episodio de esta historia de horror: «otra campana de alarma sobre los peligros del cambio climático, especialmente para los países vulnerables y en riesgo. Tales eventos son cada vez más frecuentes, más severos, generalizados y devastadores, y esto continuará empeorando a no ser que actuemos ya» [20]. Cuando a finales de abril un segundo ciclón (Kenneth) alcanzó la región, dos millones de personas seguían necesitando ayuda humanitaria. Los mozambiqueños suscribirían pues sin reservas el pronóstico de Guterres, del mismo modo que lo harían los indios y bangladesíes, azotados a comienzos de mayo por el ciclón más fuerte que haya alcanzado la región en décadas (Fani).


Ciertamente, Guterres no dota de ese carácter perentorio a sus declaraciones a causa de su afición al melodrama. Así, por ejemplo, las conclusiones del informe especial que el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) publicó el pasado 8 de octubre de 2018 son igualmente rotundas y apremiantes [21]. El IPCC se comprometió a preparar ese informe en el curso de las negociaciones que condujeron al Acuerdo de París, cuya meta más optimista era la de mantener la temperatura media global por debajo de 1,5ºC sobre el nivel preindustrial. Tres años después del Acuerdo de París, cuando el IPCC publicó finalmente el informe ofreciendo sus análisis y previsiones acerca de los riesgos e impactos previsibles de un aumento de la temperatura media global por encima de ese límite, la prensa acertó a sintetizarlo sin traicionar el núcleo de su mensaje: «la humanidad tiene una docena de años para mitigar el cambio climático o afrontar la catástrofe global» [22]. Lo que ha venido escapándosele a la prensa ha sido el hecho de que cada informe del IPCC ha sido duramente criticado por una importante proporción de la comunidad científica a causa de su acusado sesgo hacia las conclusiones tranquilizadoras [23]. De este modo, sólo dos semanas después de que viera la luz el señalado informe especial de octubre de 2018 aparecía publicado en Nature un artículo que echaba nueva leña al fuego de las conclusiones funestas. Una vez más, los datos sugieren la necesidad de revaluar al alza las estimaciones previas, en este caso las estimaciones acerca del calentamiento de los océanos, lo cual resulta especialmente preocupante a causa de su papel central en la regulación del sistema climático global. La nueva estimación rebasa en más de un 60% a la del quinto y último informe del IPCC, lo que a su vez implica que, si pretendemos evitar las peores consecuencias del cambio climático, debemos reducir nuestras emisiones de forma considerablemente mayor y más rápida, abriéndose una ventana para la «descarbonización de la economía» que difícilmente supera el par de años [24].


Cerremos este apartado sobre el cambio climático apuntando a su estrecho vínculo con el referido proceso de devastación de los ecosistemas tropicales a manos de la ganadería industrial, que da cuenta del empleo del 80% de las tierras agrícolas y es responsable del 80% de la deforestación a nivel global [25]. Las selvas tropicales habían venido siendo concebidas como un importante amortiguador del cambio climático dado su potencial para la recaptación natural de nuestras emisiones de carbono. Anotemos de pasada que, si bien es cierto que el papel de los ecosistemas boscosos en el calentamiento global es un tema de investigación abierto y en debate, pocas dudas caben sobre el potencial mitigador de los «claros enfriadores climáticos» que constituyen los bosques tropicales, principales afectados por el embate de la ganadería industrial [26]. Lamentablemente, la degradación de estos enormes sumideros de carbono ha hecho de ellos gigantescos emisores netos, de forma que, según datos recientemente publicados en Science, en lugar de absorber carbono, los ecosistemas tropicales lo emiten ahora a razón de unos 425 millones de toneladas anuales, un ritmo superior al de todo el tráfico de Estados Unidos [27].


En cuanto al último de nuestros tres síntomas, el de la escasez, su análisis debe situarse a medio camino entre lo psicosocial y lo económico. La estupidez institucional «capitalista» ha sabido concentrar la mitad de la riqueza mundial en manos del 1% de la población, pero ha pretendido permanecer de espaldas al hecho de que la base material de esa riqueza no es infinita, sino de hecho alarmantemente escasa. Estamos viviendo los últimos compases del más breve episodio de la historia humana, a saber, el de la disponibilidad ingente de las materias primas y las fuentes de energía que han sustentado el fugaz paso por la existencia del joven mas ya provecto sistema contemporáneo de producción, distribución y consumo, erigido sobre el sueño de la infinitud y legitimado por una «teología matematizada» en todo caso incapaz de probar que «su régimen es el mejor de todos los regímenes posibles» [28]. No habría motivos para la inquietud si se tratara de la abundancia o escasez de telurio o germanio, pero incluso el agua escaseará, verosímilmente, no sólo para los cientos de millones que dependen de los glaciares asiáticos en retroceso, sino asimismo para los que arrojan por el desagüe de la agroindustria tres cuartas partes del agua dulce empleada anualmente [29].


A nadie debiera extrañar que los portavoces de la estupidez institucional corporativa anuncien entusiasmados previsiones absurdas de crecimiento: el doble de coches, el doble de camiones, el doble de desplazamientos en avión, el doble de comercio marítimo… y todo ello en apenas un par de décadas [30]. En vista de tan «halagüeñas» previsiones de crecimiento, son también un par de décadas cuanto cabe augurar a la disponibilidad de las materias primas vitales para la preservación de esta suerte de «civilización» industrial –excepción hecha, según datos del gobierno estadounidense, de la bauxita– [31]. No perdamos de vista que ese próximo par de décadas no acogerá el crecimiento proyectado en el mero contexto de la escasez de materias primas, sino en el más amplio del impacto de su uso a nivel planetario, siendo así que «las tendencias y decisiones sociales y tecnológicas adoptadas en los próximos diez o veinte años podrían influir significativamente en la trayectoria del sistema Tierra durante decenas o centenas de miles de años y conducir potencialmente a condiciones que se asemejarían a estados planetarios que se vieron por última vez hace varios millones de años, condiciones que serían inhóspitas para las sociedades humanas actuales y para muchas otras especies contemporáneas, [motivo por el cual] se requieren transformaciones generalizadas, rápidas y fundamentales del sistema socioeconómico dominante en la actualidad para reducir el riesgo de cruzar el umbral» [32].


Hemos comentado tangencialmente el aspecto económico del síntoma de la escasez. Abordando su aspecto psicosocial, Jorge Riechmann proponía en un reciente encuentro que, al pretender vivir de espaldas a la manifiesta incompatibilidad entre aquellas previsiones de crecimiento y la finitud de nuestro planeta, «nuestra cultura es terraplanista» [33]. Hace unos años formulaba una idea similar al parafrasear a Edgar Morin para sugerir que el animal «orgullosamente autobautizado Homo sapiens sapiens es más bien un Homo sapiens demens» cuando su medioambiente sociocultural «se aleja cada vez más de la realidad [y] produce cada vez más víctimas» [34]. En este alejamiento de la realidad, la «cultura dominante» guía nuestra «huida hacia adelante» orientando el sutil proyecto de devastar «la biosfera en el intento por preservar el capitalismo» [35]. Ha de atravesarnos aquí un aturdimiento moral análogo al de Bartolomé de las Casas ante el salvajismo de conquistadores y encomenderos: «¿Quién en las generaciones futuras creerá esto? Yo mismo, escribiendo como testigo, apenas puedo creerlo» [36].


Quizá la alusión al terraplanismo active algún irreflexivo resorte cómico, de forma que consideramos necesario incidir en que «la distancia entre la gravedad del problema ecológico y su percepción ciudadana es uno de los abismos más desgarradores del siglo XXI» [37].


3. El médico, el tratamiento y el pronóstico


Ocupémonos ya de la tercera de las dimensiones a las que aludíamos al principio, la relativa a quién debiera ser el agente de los pertinentes cuidados y terapias para nuestra patología global. La cuestión no parece difícil de resolver, pues se trata de una patología provocada por los países «desarrollados», en los que vive hoy menos del 20% de la población, que consume, sin embargo, más del 80% de los recursos empleados [38]. Así, dado que nuestro consumo constituye el principal motor de la crisis ecológica en curso, y dado que no sólo compartimos nacionalidad con las corporaciones cuyas actividades se encuentran en el epicentro del terremoto, sino que además disfrutamos de incomparables privilegios y oportunidades exentas de riesgo para la organización de la resistencia a sus programas de rapiña y devastación, nuestra cómplice pasividad debiera resultarnos sencillamente vergonzosa, particularmente al compararla con la entrega y la valentía de las comunidades indígenas del Sur global. Estas comunidades se han colocado al frente de la lucha mundial contra la destrucción de la biosfera aun cuando sus privilegios y oportunidades son, por decir lo menos, considerablemente inferiores a los del occidental medio: a menudo ilegal y violentamente empujadas fuera de sus tierras por la bien visible mano de la «gestión corporativa» de su «capital natural», son también objeto de una persecución que se plasma cada año en decenas de asesinatos de activistas medioambientales [39]. «Estamos cansados de ser asesinados (…). Estamos cansados de este ecocidio y este genocidio de los pueblos indígenas. ¡Estamos defendiendo el planeta!» [40]. Estas palabras, recientemente pronunciadas en Brasil por un indio Apurina, podrían haberse proferido en cualquier región del planeta con presencia indígena significativa. «De modo que en un extremo tenemos sociedades tribales indígenas que intentan detener la carrera hacia el desastre. En el otro extremo, las sociedades más ricas y poderosas de la historia mundial (…) se apresuran a destruir el medioambiente lo más rápido posible» [41].


Ya sabemos, pues, cuál es el origen causal de la enfermedad, cuáles son sus rasgos distintivos y a quién correspondería hacer las veces del médico. Debiéramos tratar ahora de determinar qué protocolo terapéutico habría de seguir ese médico. En vista de lo antedicho, parece obvio: consumir considerablemente menos y de forma más responsable, organizar la oposición a la estupidez institucional y comenzar a sembrar en el presente las semillas de un entramado institucional futuro en el que las actuales cotas de destrucción, injusticia y sufrimiento ocupen el lugar que les corresponde en la historia: el del pasado pre-civilizado. Sobra añadir que nada brotará de esas semillas sobre la base de las «soluciones» propuestas por los principales centros del poder político, a saber, los mercados de derechos de emisión, cuya inoperancia ha sido ampliamente documentada [42].


Nos queda sólo el pronóstico, y es triste admitir que cuanto parece restarnos es soñar con que se obre el milagro no ya de la sanación, sino el de la implementación de cuidados paliativos tan desesperadamente necesarios como ausentes, por lo pronto, de nuestro horizonte. Pero el sueño es inadmisible cuando permanece abierta, como siempre, la puerta de la lucha tenaz.


Avanzamos «hacia el colapso catastrófico de las sociedades industriales» habiendo dejado atrás hace décadas la oportunidad de emprender alguna clase de «transición socioecológica razonable» [43]. Así las cosas, incluso «evitar los perores daños» podría ser hoy una meta, quizá, demasiado ambiciosa; pero resulta inexcusable permitir que esta idea desemboque en el abatimiento, el cinismo o la indiferencia: no podemos vender tan barata la base y la médula de cuanto apreciamos [44].

por Asier Arias

Notas:
[1] Riechmann, J. «El síntoma se llama calentamiento climático, pero la enfermedad se llama capitalismo», Madrid, abril de 2014 [disponible en La Comuna, «¿Es posible detener el calentamiento global?», El viejo topo, 4 de marzo de 2016]. Castillo, G. «El cambio climático es el síntoma pero la enfermedad es el capitalismo, entrevista con Jorge Riechmann», Contexto, 26 de septiembre de 2017.
[2] Cf., v. g., Allen, R. C. (2011) Historia económica mundial: una breve introducción, Madrid: Alianza, p. 13. Kocka, J. (2013) Historia del capitalismo, Barcelona: Crítica, p. 109. Chomsky, N. (1997) «Market democracy in a neoliberal order: Doctrines and reality», Z Magazine, 10(11). Chomsky, N. (1999) El beneficio es lo que cuenta. Neoliberalismo y orden global, Barcelona: Crítica. Chomsky, N. «Neoliberalism: An Accounting», Amherst, abril de 2017. Chang, H.-J. (2008) Bad Samaritans: The Guilty Secrets of Rich Nations and the Threat to Global Prosperity, London: Random House. Palazuelos, E. (2015) Economía política mundial, Madrid: Akal.
[3] Chomsky, N. (1996) «Enduring truths», CovertAction Quarterly, 56, pp. 45-51, p. 47. Chomsky, N. (2014) Democracy and Power. The Delhi Lectures, Cambridge: Open Book Publishers, p. 77.
[4] Chomsky, N. (2003) Hegemony or Survival: America's Quest for Global Dominance, New York: Henry Holt, p. 138.
[5] Laville, S. «Top Oil Firms Spending Millions Lobbying to Block Climate Change Policies, Says Report», The Guardian, 22 de marzo de 2019. InfluenceMap (2019) Big Oil’s Real Agenda on Climate Change, London: InfluenceMap.
[6] Chomsky, N. (2007) Lo que decimos, se hace. Barcelona: Península, pp. 148-149.
[7] Chomsky, N. «Noam Chomsky on Institutional Stupidity», Philosophy Now, 107, abril/mayo, 2015.
[8] Payne, J. L. et al. (2016) «Ecological selectivity of the emerging mass extinction in the oceans», Science, 353(6305), pp. 1284-1286. Ceballos, G., Ehrlich, P. R. & Dirzo, R. (2017) «Biological annihilation via the ongoing sixth mass extinction signaled by vertebrate population losses and declines», Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 114(30), pp. E6089-E6096.
[9] De Vos, J. M. et al. (2014) «Estimating the normal background rate of species extinction», Conservation Biology, 29(2), pp. 452-462.
[10] Grooten, M. & Almond, R. E. A. (2018) Informe Planeta Vivo 2018: Apuntando más alto, Gland: WWF.
[11] IPBES «Media Release: Nature’s Dangerous Decline ‘Unprecedented’; Species Extinction Rates ‘Accelerating’», IPBES, 6 de Mayo de 2019.
[12] Lymbery, P. (2017) Dead Zone. Where the Wild Things Were, London: Bloomsbury, pp. xiv-xvi.
[13] IEA (2019) Global Energy and CO 2 Status Report, Paris: IEA.
[14] Grandoni, D. «The Energy 202: EPA Finally Added West Virginia Site Plagued by Chemical Dumping to Priority Cleanup List», The Washington Post, 14 de Mayo de 2019.
[15] UNEP «Aumento de temperatura de 3ºC a 5ºC será inevitable en el Ártico», UNEP, 13 de marzo de 2019.
[16] Mouginot, J. et al. (2019) «Forty-six years of Greenland Ice Sheet mass balance from 1972 to 2018», Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, Apr 22, 201904242.
[17] The IMBIE team (2018) «Mass balance of the Antarctic Ice Sheet from 1992 to 2017», Nature, 558(7709), pp. 219-222. McKie, R. «Scientists Discover 91 Volcanoes below Antarctic Ice Sheet», The Guardian, 12 de agosto de 2017. Loose, B. et al. (2018) «Evidence of an active volcanic heat source beneath the Pine Island Glacier», Nature Communications, 9, art. nº 2431.
[18] UNHCR «Frequently Asked Questions on Climate Change and Disaster Displacement», UNHCR, 6 de noviembre de 2016. Jeffrey, S. & Rehman, A. «Desperate Exodus of the Climate Refugees», The Guardian, 9 de enero de 2017.
[19] Shepherd, A. et al. (2013) «The geography of poverty, disasters and climate extremes in 2030», Overseas Development Institute, Informe de Investigación, 2013/10. Elliot, L. «Natural Disasters Push 26m into Poverty each Year, Says World Bank», The Guardian, 14 de noviembre de 2016. Kumari Rigaud, K. et al. (2018) Groundswell: Preparing for Internal Climate Migration, Washington: The World Bank. Martin, R. «Climate Change: Why the Tropical Poor Will Suffer Most», MIT Thechnology Review, 17 de junio de 2015.
[20] Guterres, A. «Secretary-General's Press Encounter on Cyclone Idai», United Nations Secretary-General, 26 de marzo de 2019.
[21] IPCC (2018) Global Warming of 1.5°C. An IPCC Special Report on the impacts of global warming of 1.5°C above pre-industrial levels, Geneva: IPCC.
[22] Democracy Now! «Typhoon Haiyan Survivor: Fossil Fuel Companies Killed My Family by Hastening Climate Change», Democracy Now!, 12 de diciembre de 2018.
[23] Cf., v. g., Brown, P. T. & Caldeira, K. (2017): «Greater future global warming inferred from Earth’s recent energy budget», Nature, 552(7683), pp. 45-50. Horton, B. P. et al. (2014) «Expert assessment of sea-level rise by AD 2100 and AD 2300», Quaternary Science Reviews, 84(15), pp. 1-6. Stern, N. (2016) «Economics: Current climate models are grossly misleading», Nature, 530(7591), pp. 407-409. Brysse, K. et al. (2013) «Climate change prediction: Erring on the side of least drama?», Global Environmental Change, 23(1), pp. 327-337. Scherer, G. «Climate Science Predictions Prove too Conservative», Scientific American, 6 de diciembre de 2012. Overland, J. E. & Wang, M. (2013) «When will the summer Arctic be nearly sea ice free?», Geophysical Research Letters, 40(10).
[24] Resplandy, L. et al. (2018) «Quantification of ocean heat uptake from changes in atmospheric O 2 and CO 2 composition», Nature, 563, pp. 105-108. Kelly, M. & Monroe, R. «Earth’s Oceans Have Absorbed 60 Percent more Heat per Year than Previously Thought», Princeton University, 1 de noviembre de 2018. Figueres, C. et al. (2017) «Three years to safeguard our climate», Nature, 546(7660), pp. 593-595.
[25] Cf. FAO (2013) FAO Statistical Yearbook 2013: World Food and Agriculture, Rome: FAO. Kissinger, G., Herold, M. & De Sy, V. (2012) Drivers of Deforestation and Forest Degradation: A Synthesis Report for REDD+ Policymakers, Vancouver: Lexeme Consulting. Animals Farmed, «What is the True Cost of Eating Meat?», The Guardian, 7 de mayo de 2018.
[26] Popkin, G. (2019) «The forest question», Nature, 565(7739), pp. 280-282, p. 281.
[27] Baccini, A. et al. (2017) «Tropical forests are a net carbon source based on aboveground measurements of gain and loss», Science, 358(6360), pp. 230-234.
[28] Varoufakis, Y. «Utopian Science Fictions Legitimising our Current Dystopia. 2019 Taylor Lecture», Oxford University, 12 de febrero de 2019.
[29] Para recientes comentarios en prensa de la cada vez más alarmante situación de los primeros, cf. Fountain, H., Solomon, B. C. & White, J. «Glaciers Are Retreating. Millions Rely on Their Water», New York Times, 16 de enero de 2019. Hedges, C. & Jamail, D. (2019) «Climate Emergency with Dahr Jamail», On Contact, 23 de febrero de 2019.
[30] Nitch Smith, M. «The Number of Cars Worldwide Is Set to Double by 2040», World Economic Forum, 22 de abril de 2016. Scutt, D. «This Chart Shows an Insane Forecast for Worldwide Growth of Ships, Cars, and People», Business Insider, 19 de abril de 2016.
[31] Tanto para este dato como para estimaciones recientes de disponibilidad y reservas de materias primas, cf. Taibo, C. (2017) Colapso. Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo. Buenos Aires: Libros de Anarres, pp. 81-82; Taibo, C. (2014) ¿Por qué el decrecimiento? Un ensayo sobre la antesala del colapso. Barcelona: Los libros del lince, pp. 65-66.
[32] Steffen, W. et al. (2018) «Trajectories of the earth system in the anthropocene», Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 115(33), pp. 8252-8259.
[33] El señalado encuentro tuvo lugar bajo el título «La ecología como síntoma, el capitalismo como enfermedad» en La Cabrera, Madrid, el pasado 1 de abril de 2019.
[34] Riechmann, J. (2012) Interdependientes y ecodependientes. Ensayos desde la ética ecológica (y hacia ella), Barcelona: Proteus, p. 152. Marguerite Yourcenar, «¿Quién puede saber si el alma del animal desciende bajo la tierra?», citado en Riechmann, op. cit., p. 162.
[35] Riechmann, J. (2017) ¿Vivir como buenos huérfanos? Ensayos sobre el sentido de la vida en el Siglo de la Gran Prueba, Madrid: Catarata, p. 65.
[36] Bartolomé de las Casas, Historia de las Indias, citado en J. Riechmann (2012) Interdependientes y ecodependientes. Ensayos desde la ética ecológica (y hacia ella), Barcelona: Proteus, p. 413.
[37] Santiago Muiño, E. (2018) «Epílogo. La verdadera transición que viene», en J. Riechmann, A. Matarán & O. Carpintero (coords.), Para evitar la barbarie. Trayectorias de transición ecosocial y de colapso, Granada: Editorial Universidad de Granada, pp. 313-316, p. 313.
[38] Cf. Ngo, C., Natowitz, J. (2016) Our Energy Future: Resources, Alternatives and the Environment, Hoboken: Wiley, p. 120. United Nations Development Programme (1998) Human Development Report 1998. Consumption for Human Development, New York/Oxford: Oxford University Press. Ridoux, N. (2009) Menos es más. Introducción a la filosofía del decrecimiento, Barcelona: Los libros del lince, p. 31. Taibo, C. (2009) En defensa del decrecimiento. Sobre capitalismo, crisis y barbarie, Madrid: Los libros de la catarata, p. 15. Hemos de tener presente que, incluso aunque las cifras sean ya escandalosas, parece que la cantidad de recursos consumidos en los países «desarrollados» ha venido siendo subestimada por los indicadores disponibles. Cf. Wiedmann, T. O. et al. (2015) «The material footprint of nations», Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 112(20), pp. 6271-6276.
[39] Cf., v. g., Rodrigo, A. «Indígenas denuncian a mineras ante la ONU por violar sus derechos en la Amazonía», Público, 6 de noviembre de 2018. Global Witness (2017) Defenders of the Earth. Global Killings of Lands and Environmental Defenders in 2016, London: Global Witness. Global Witness (2016) On Dangerous Ground. 2015's Deadly Environment: The Killing and Criminalization of Land and Environmental Defenders Worldwide, London: Global Witness.
[40] Democracy Now! «Thousands of Indigenous People Protest Bolsonaro’s Deforestation Policies», Democracy Now!, 25 de abril de 2019.
[41] Chomsky, N. «How to Destroy the Future», The Guardian, 4 de junio de 2013. Reproducido con posterioridad en Chomsky, N. (2016) Who Rules the World?, New York: Metropolitan.
[42] Cf. Tanuro, D. (2011) El imposible capitalismo verde. Del vuelco climático capitalista a la alternativa ecosocialista, Madrid: Los Libros de Viento Sur, caps. 6 y 7. Pearse, R. & Böhm, S. (2014) «Ten reasons why carbon markets will not bring about radical emissions reduction», Carbon Management, 5(4), pp. 325-337.
[43] Riechmann, J. (2018) «El colapso no es el fin del mundo: pistas para una reflexión estratégica», en J. Riechmann, A. Matarán & O. Carpintero (coords.), Para evitar la barbarie. Trayectorias de transición ecosocial y de colapso, Granada: Editorial Universidad de Granada, pp. 247-311, p. 250.
[44] Sempere, J. (2018) Las cenizas de Prometeo. Transición energética y socialismo, Barcelona: Pasado y presente, p. 195.

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Estudiantes en mil 600 ciudades se manifiestan contra cambio climático

"No hay plan b para el planeta", la consigna

Cientos de miles de estudiantes salieron de escuelas y universidades para realizar acciones en más de mil 600 ciudades y pueblos en lo que llamaron una "huelga global por el futuro", exigiendo respuestas de los políticos y otros adultos ante la emergencia climática que amenaza la viabilidad del mundo.

Las acciones en por lo menos 130 países –desde Australia a Alemania y Suecia, a India, Colombia y Sudáfrica– son parte de una ola detonada por jóvenes respondiendo al consenso de los principales expertos científicos del mundo sobre el clima: el mundo sólo cuenta con 12 años para evitar una catástrofe climática con efectos irreversibles, así como nuevas investigaciones que han detectado una extinción masiva de especies en años recientes.

"No hay plan B para el planeta" y "favor de no quemar mi futuro" fueron algunas de las pancartas y consignas junto con demandas de acción de "los adultos" para mantener por debajo de 1.5 centígrados el incremento del calentamiento global –nivel establecido por la comunidad científica. Los huelguistas por el futuro empiezan a sacudir a las cúpulas en varios países, obligando a Inglaterra a ser el primer país en el mundo en declarar una "emergencia climática" entre otras respuestas de diversos gobiernos.

Junto con nuevas corrientes ambientalistas de jóvenes, como la Rebelión Extinción, que realizan acciones directas en Europa, y los jóvenes de Sunrise en Estados Unidos que están promoviendo un New Deal Verde, y en alianza con organizaciones ambientalistas más añejas como 350.org y Greenpeace, entre otras, los jóvenes están creando un movimiento masivo.

Según los organizadores de "Los viernes para el futuro", hoy hubo miles de acciones en por lo menos mil 664 ciudades (se esperan más reportes en los próximos días) y pronosticaba que superarían los 1.4 millones de participantes a escala mundial en su primera convocatoria de huelga escolar global el 15 de marzo [https://www.fridaysforfuture.org/ events/list].

Huelgas estudiantiles de todos los tamaños se realizaron en miles de puntos. En Jerusalén, estudiantes palestinos y judíos marcharon juntos, declarando que se debía poner a un lado el odio para "salvar al mundo del desaste climático", reportó Climate Home News.

Greta Thunberg –la adolescente sueca que inspiró este movimiento de huelgas estudiantiles el año pasado cuando comenzó a realizar protestas solitarias cada viernes al salir de su escuela y manifestarse frente al Parlamento en Estocolmo para demandar a los legisladores cumplir con el Pacto de París– felicitó este viernes a los miles de sus compañeros alrededor del mundo: "Gracias a todos aquellos que realizaron una huelga escolar por el clima hoy alrededor del mundo", dijo por tuit con una foto de la acción en la que participó en Estocolmo.

Ella y decenas de sus compañeras de diversas partes del mundo extendieron una invitación a los adultos a sumarse a una "huelga general" mundial el 20 de septiembres afirmando que "para cambiar todo, necesitamos a todos".

En Nueva York, cientos de estudiantes de secundaria y preparatoria abandonaron sus aulas para marchar por Broadway, desde la glorieta de Colón a Times Square. Coreando "el petróleo debe quedarse bajo la tierra" y "los mares se están alzando y nosotros tambien"; con pancartas hechas a mano fueron un río de azul y verde (los colores del planeta) que coreaba una y otra vez a que el momento es ahora para salvar su futuro.

Aquí, como en otras partes, el mensaje era claro: los jóvenes están furiosos por la inacción de los adultos, sobre todo los políticos, quienes a pesar de saber muy bien que esto es una emergencia no han hecho lo necesario. Las demandas no son abstractas, citando las recomendaciones de los científicos y lo elaborado en el Acuerdo de París para reducir el calentamiento global. El régimen de Donald Trump se retiró del acuerdo entre sus primeros actos de gobierno.

Hoy, señalaron, formaron parte de lo que podría ser la ola de manifestaciones de defensa del medio ambiente más grande de la historia a escala internacional. Los líderes, como subrayó un observador, son el futuro: los niños.

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