Más virus y enfermedades por el cambio climático

 Durante este siglo, prestigiosos científicos, centros de investigación y la Organización de las Naciones Unidas han alertado sobre los efectos que ocasiona el cambio climático en la salud pública. Todos ofrecen pruebas suficientes de que las actividades humanas contribuyen a elevar la temperatura en el planeta, lo que incide de diversas formas en los suministros de agua y alimentos, la distribución de los brotes de enfermedades infecciosas y la aparición de otras relacionadas con la alteración del ambiente.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) alerta desde hace cuatro lustros sobre las repercusiones sanitarias del cambio climático y sus estragos en el planeta: aumento del número de fallecidos por olas de calor, más desastres naturales, entre los que destacan las inundaciones por lluvias torrenciales y cambios de la distribución de enfermedades potencialmente mortales transmitidas por vectores. El paludismo como caso más sobresaliente por las 600 mil víctimas que deja cada año.

Los expertos de la OMS insisten en que la elevación de las temperaturas tiene consecuencias muy negativas en factores sociales y ambientales directamente vinculados con la salud, como los alimentos, el aire y el agua. Advierten que las regiones ubicadas en países que no cuentan con una infraestructura sanitaria sólida, como sucede en la mayoría, serán las menos aptas para prepararse y responder a los problemas derivados de las enfermedades conocidas y nuevas. No dudan en recalcar la necesidad de hacer reales los compromisos aprobados por la comunidad internacional para luchar contra el calentamiento global y así aumentar la seguridad sanitaria de la población mundial.

La OMS advierte que el cambio climático ya causa decenas de miles de defunciones cada año por las modificaciones en las características de las enfermedades, especialmente por las olas de calor intenso, la sequía y su contraparte: las inundaciones nunca registradas; la mala calidad del aire en las ciudades y en regiones con actividades que deterioran mucho el medio, como la minería a cielo abierto y la industria cementera; además de deficientes sistemas de abasto de agua potable y saneamiento.

Algunos datos: más de 7 millones de personas mueren cada año por enfermedades ligadas a la contaminación del aire. Con normas más exigentes sobre las emisiones y mayor eficiencia técnica de los vehículos, se salvarían de fallecer unos 2.4 millones de personas cada año. Se estima que entre 2030 y 2050 el cambio climático aumentará en otras 250 mil defunciones anuales por paludismo, diarrea, calor extremo y desnutrición. Ya que mencionamos el paludismo, depende mucho del clima. Transmitido por mosquitos del género Anopheles, mata sobre todo a niños africanos menores de cinco años. Los mosquitos Aedes, vector del dengue, son también muy sensibles al clima. Los estudios más puntuales confirman cómo el calentamiento de la Tierra aumentará su riesgo de transmisión en México.

Como siempre, son los niños, las mujeres y los pobres del mundo subdesarrollado los más afectados, pues cargan con las desigualdades en los servicios básicos de salud. Por lo que se refiere a los menores de cinco años, las enfermedades diarreicas debido a la falta de agua de buena calidad matan cada año a casi 760 mil. Además, la escasez del líquido por las sequías causa estragos en el medio rural. Y hambruna, como suele ocurrir en África.

Desde diciembre, un nuevo virus recorre el mundo y su origen todavía se desconoce, sólo dónde surgió y que ningún país está blindado contra él. Llega cuando menos se piensa y deja su estela de muerte, como ahora en Italia, España, Irán, Francia... Nada valen rezos ni estampitas de presuntos dioses o santos. Ni limpias de chamanes o brujos. Se desconoce su relación con el cambio climático. Pero el coronavirus es una advertencia de lo que vendrá si los ciudadanos de todo el mundo no exigimos, y logramos, cambiar el actual modelo económico por uno que vaya en armonía con la naturaleza. Y que eleve la calidad de vida de la mayoría de la población, hoy sumida en la pobreza y la desigualdad.

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Un estudio científico considera la contaminación atmosférica una pandemia

Las distintas fuentes de polución del aire acorta en tres años la esperanza de vida de la población mundial, según una nueva investigación 

La contaminación atmosférica acorta la esperanza de vida de la población en todo el mundo "mucho más que las guerras y otras formas de violencia, enfermedades parásitas o el tabaco", según los resultados de una nueva investigación realizada por el Instituto Max Planck y el Departamento de Cardiología de la Universidad de Mainz, en Alemania. El impacto en la salud estaría siendo de tal magnitud que los investigadores consideran que el mundo se está enfrentando a una pandemia por contaminación del aire.

Un dato: mientras el tabaco reduce la esperanza de vida en 2,2 años, la polución la acorta en cerca de tres años, según esta investigación, que utiliza un nuevo método por el que se crean modelos para cruzar los efectos de varias fuentes de contaminación en los índices de mortalidad.

"En este estudio distinguimos entre contaminación evitable, la generada por los humanos y aquella que procede de fuentes naturales, como el polvo del desierto o las emisiones de un incendio, que no pueden evitarse. Mostramos que el 66% de las muertes prematuras puede atribuirse a la polución causada por humanos, principalmente por el uso de energías fósiles, que en los países ricos aumenta al 80%", consideran los investigadores Jos Lelieveld y Thomas Münzel, que han dirigido la investigación.

Estos científicos han analizado el impacto de la contaminación atmosférica en seis tipos de enfermedades, entre ellas la infección del tracto respiratorio, la obstrucción pulmonar crónica (EPOC) o el cáncer de pulmón.

Los resultados, lógicamente, dependen de la zona geográfica –en los países de Asia del Este es donde más se pierde esperanza de vida por la contaminación del aire, cuatro años; y en Europa 2,2 años– pero la conclusión es la misma en todas partes: "si la polución atmosférica se redujera eliminando las emisiones de las energías fósiles, la esperanza de vida media en todo el mundo aumentaría más de un año, y cerca de dos si se quitaran todas las emisiones causadas por los humanos".

Los dos investigadores que han liderado la investigación piden que la contaminación del aire sea considerada como un factor de riesgo para el corazón y para la circulación de la sangre, al igual que el tabaco, la diabetes, la presión arterial alta o el colesterol. "Los políticos y los médicos deberían estar prestando mucha más atención a esto. La contaminación atmosférica y el tabaco pueden prevenirse, pero en las últimas décadas se ha hecho mucho menos caso a la polución que al tabaco, sobre todo entre los cardiólogos"

03/03/2020 - 01:00h

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Desarrollan catalizador capaz de reciclar gases de efecto invernadero

Un nuevo catalizador económico y duradero es capaz de reciclar los gases de efecto invernadero en ingredientes que pueden usarse en combustible, gas de hidrógeno y otros productos químicos.

Los resultados podrían ser revolucionarios en el esfuerzo por revertir el calentamiento global, según los investigadores. El estudio fue publicado en Science.

"Nos propusimos desarrollar un catalizador efectivo que pueda convertir grandes cantidades de gases de efecto invernadero, dióxido de carbono y metano sin fallas", sostuvo Cafer T. Yavuz, autor del artículo y profesor asociado de ingeniería química y biomolecular y de química en el Instituto de Ciencia y Tecnología Avanzada de Corea.

El catalizador, hecho de níquel, magnesio y molibdeno económicos y abundantes, inicia y acelera la velocidad de reacción que convierte el dióxido de carbono y el metano en gas hidrógeno. Puede funcionar eficientemente más de un mes.

Esta conversión se denomina "reformado en seco", en la que los gases nocivos, como el dióxido de carbono, se procesan con la finalidad de elaborar productos químicos más útiles que podrían refinarse para su uso en combustibles, plásticos o incluso productos farmacéuticos. Es efectivo, pero anteriormente requería metales raros y caros, como el platino y el rodio, para inducir una reacción química breve e ineficiente.

Otros investigadores habían propuesto previamente el níquel como una solución más económica, pero los subproductos de carbono se acumularían y las nanopartículas superficiales se unirían en el metal más barato, cambiando fundamentalmente la composición y la geometría del catalizador e inutilizándolo.

"La dificultad surge de la falta de control sobre los puntajes de los sitios activos sobre las superficies de catalizadores voluminosos, porque cualquier procedimiento de refinamiento que se intente también cambia la naturaleza del catalizador en sí", explicó Yavuz.

Los expertos produjeron nanopartículas de níquel-molibdeno en un entorno reductor en presencia de un solo óxido de magnesio cristalino. A medida que los ingredientes se calentaban con gas reactivo, las nanopartículas se movían sobre la superficie cristalina en busca de puntos de anclaje. El catalizador no tendrá una acumulación de carbono ni las partículas de la superficie se unirán entre sí.

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Estos son los privilegios de la aviación, el medio de transporte más contaminante del planeta

La aviación representa el 2% del total de las emisiones a nivel mundial. Los viajes aéreos han crecido de manera exponencial en los últimos años, gracias a una serie de exenciones fiscales que permiten que los billetes se vendan a precios irrisorios en comparación con otros sectores menos nocivos como el ferroviario.

 El presente es velocidad. Inmediatez. Si hay algún elemento que resuma la premisa moderna de la rapidez es el avión. Con sus alas de acero y sus potentes motores acortan distancias de una forma abrupta. Un viaje de Berlín a Madrid es equivalente, a nivel temporal, a un trayecto en coche desde la capital hasta Mérida. La presteza del sector de la aviación es, sin duda, una cualidad atractiva que contribuye a esa concepción del mundo globalizado. No en vano, el sector asienta su predominio y su crecimiento socioeconómico sobre unos privilegios que determinados colectivos empiezan a denunciar

Es el caso de Stay Grounded (SG), una plataforma conformada por más de un centenar de organizaciones sociales que claman por un decrecimiento aéreo. En otras palabras, dejar de volar como eje vertebrador de lucha ecologista. Esta premisa se basa no tanto en eliminar los viajes aéreos como en reducir el número de vuelos que cada día recorren los cielos del globo terráqueo.

Pero, ¿por qué se quiere poner límites a este medio de transporte que facilita los trayectos lejanos? Por la contaminación. La industria de la aviación –el medio de transporte más contaminante y el segundo de manera sectorial que mas emisiones esconde por detrás del tráfico rodado– causa el 2% de las emisiones de CO2 totales, según los datos de un informe de SG difundido por Ecologistas en Acción. Para que el lector se haga a una idea, cada pasajero que viaja en un vuelo desde París hasta Nueva York lleva asociada la misma huella de CO2 que un ciudadano europeo para mantener su hogar caliente durante todo un año, según los datos de la Comisión Europea. Una realidad que se sustenta en una serie de privilegios económicos plasmados en el informe Decrecimiento de la aviación: la reducción del transporte aéreo de manera justa

La aviación disfruta, en la mayor parte del planeta, de exenciones fiscales promovidas por un acuerdo internacional, la Convención de Chicago, que se aprobó en 1944 y que buscaba facilitar la expansión del sector en un momento de la historia en el que toda práctica económica empezaba a ser industrializada. Entre los acuerdos de este tratado destacaba la prohibición de impuestos al carburante y otras formas impositivas especiales.

De esta forma, el centenar de plataformas ecologistas que integran Stay Grounded, denuncian que los puntos que articulan este tratado generan unos privilegios que permiten que el sector haya crecido de manera exponencial en las últimas décadas, ya que la escasez de medidas impositivas permite abaratar los billetes e incrementar el número de vuelos diarios. De hecho, Transport&Environment informa en una publicación reciente que la contaminación por dióxido de carbono asociada a la quema de combustible de los aviones se ha elevado en más de un 26% durante los últimos cinco años.

Según el informe de Stay Grounded, la introducción de un impuesto al queroseno –principal combustible de los aviones comerciales– con un valor de 0,33 euros por litro generaría una recaudación anual de 17.000 millones de euros y reduciría las emisiones de CO2 en un 11% al año. En el caso de que se aplicara un IVA al 19%, la colecta pública europea sería de 30.000 millones anuales y las emisiones se reducirían, tal y como recalca la publicación, en un 18% cada año, ya que se entiende que esto afectaría en el precio del billete y se reduciría, al ser más caro, el número de ventas y de viajes.

Esta realidad abordada por la plataforma ecologista no nace fruto de un fanatismo antiaereo. Tanto es así, que en mayo de 2019 este diario informó sobre un documento oculto de la Comisión Europea en el que se concluía que establecer impuestos a la aviación reduciría las emisiones en un 11%, lo que equivaldría a eliminar casi ocho millones de automóvil de las carreteras del continente.

Los privilegios se visualizan mejor si se compara el impuesto medio del queroseno con otros combustibles utilizados por los vehículos terrestres. Así, mientras que el diésel tiene una recaudación impositiva media de 73,76 euros por tonelada de CO2 y la gasolina de 85,85 euros por tonelada, las escasas cargas fiscales del queroseno ponen la cifra en 4,61 euros por tonelada de CO2. 

Evitar que sólo vuelen los ricos

En torno al 90% de la población mundial nunca ha cogido un avión, denuncia el informe. En cierta medida, volar es una cuestión de clase. Encontramos, por un lado, una mayoría global que, debido a la pobreza, apenas tiene posibilidad de montar en un aeroplano en toda una vida. Pero luego, dentro del rango de viajeros, hay subcategorías que vienen determinadas por un servicio de primera, de segunda o de tercera. Una copita de champán, cortesía de la casa, o unas rodillas que, clavadas en un respaldo durante horas, evidencian que también en un avión hay clases sociales.

El ecologismo aéreo es consciente de esta realidad. Por ello, advierte de que una legislación impositiva impulsada a la ligera puede tener consecuencias sociales negativas, en tanto que obligar a las compañías a pagar por sus emisiones y gravar los billetes con un IVA puede generar una subida de precios a la alza que profundice la brecha de estamental, haciendo de volar una práctica elitista

Aunque las soluciones no son absolutas, desde Stay Grounded proponen una medida fiscal novedosa denominada Tasa a los Viajeros Frecuentes (TVC). Esta herramienta, según la publicación de la plataforma climática, permitirá equilibrar la balanza y hacer que los billetes se "encarezcan" de manera progresiva si se realiza un número determinado de vuelos en un espacio temporal reducido. 

También se plantea, de forma complementaria, una Tasa a los Kilómetros Recorridos (TKR) que eleva el precio de los billetes según la distancias viajadas por el consumidor durante los últimos cuatro años. De esta forma, cuantos más kilómetros complete cada viajero, más pagará por sus próximos billetes. Tanto la TVC como la TKR contemplan, además, un incremento de precio más elevado para aquellas personas que deciden comprar un billete en clase business.

"Las cifras son inequívocas: a pesar del aumento de la aviación de bajo coste existen disparidades y desigualdades enormes en la movilidad aérea entre naciones y dentro de ellas, entre clases sociales, etnias y géneros. Incluso teniendo en cuenta la caída de los precios relativos, las encuestas indican que las clases sociales más privilegiadas cogen la gran mayoría de los vuelos de bajo coste", valoran desde Stay Grounded, que afirma que este tipo de tasas impositivas pueden restringir el número de viajes de lo que denomina una "élite hipermóvil".

Así, el camino planteado por la red medioambientalista pasa por terminar con los privilegios fiscales del sector, la implementación de un IVA ajustado a la realidad ambiental y la creación de tasas que permitan que la subida de precios de los billetes no haga de la aviación un medio de transporte elitista. A ello, se añaden demandas complementarias como el fomento de otras alternativas de transporte a nivel nacional y europeo: trenes de alta velocidad, red de autobuses o barcos propulsados con energías renovables. 

madrid

18/02/2020 22:43

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Hielo en verano en aguas del ártico canadiense. / WWF

La aceleración en el deshielo del Ártico se relaciona con los mismos gases que producen el agujero de ozono

Uno de los gases de efecto invernadero más potentes debería estar a estas alturas cada vez menos presente en la atmósfera terrestre pero su concentración es la más alta desde que se vigila, han hallado los observatorios atmosféricos que hacen una labor detectivesca sobre estos productos contaminantes fabricados por los seres humanos. El responsable parece ser China. 

Se trata de uno de los hidrofluorocarbonos (HFCs) afectados por el Protocolo de Montreal sobre los gases que provocan el agujero de ozono. Es en concreto el HFC-23, del cual tanto India como China anunciaron en 2017 una reducción drástica de emisiones. La alarma ha cundido porque es 12.400 veces más potente que el dióxido de carbono (CO2)y tarda más de 200 años en descomponerse.

Por otra parte, los gases que afectan al agujero de ozono (CFCs y HCFCs) parecen estar también detrás del deshielo acelerado del Ártico, que se ha estado calentando mucho más deprisa que el resto del planeta en los últimos 50 años sin que se conozca la razón. 

El HFC-23 es sobre todo un subproducto en la fabricación del HCFC-22, un refrigerante cuya producción se concentra en China e India y que está previsto que deje de fabricarse progresivamente. Dado que ambos países anunciaron medidas para reducir drásticamente las emisiones del subproducto incinerándolo, los autores del trabajo que se publica en Nature Communications estimaron que éstas tendrían que haber disminuido en un 87% entre 2014 y 2017 y su sorpresa ha sido que el total en la atmósfera nunca ha sido tan alto como en 2018, cuando se alcanzaron las 15.900 toneladas. 

Los científicos, de una red internacional, no han buscado culpables, pero sí señalan a China, porque es el mayor productor con mucho y si hubiera cumplido lo que prometió es poco realista atribuir a otros países las emisiones a esa escala. La Agencia de Investigación del Medio Ambiente (EIA, por sus siglas en inglés) no duda de que el origen esté sobre todo en China. "China, India y todos los demás países que producen HCFC-22 deben investigar y verificar inmediatamente sus emisiones de HFC-23", asegura Clare Perry, de EIA. 

La influencia de los HFC en el clima (a través del efecto invernadero que calienta el planeta) ha hecho que su regulación y progresiva disminución se incluyan en una enmienda del Protocolo de Montreal para evitar que su presencia en la atmósfera contrarreste los beneficios de la disminución progresiva de los productos que más influyen en el agujero de ozono. Las menores emisiones de estos gases sí se han hecho notar ya en la recuperación parcial de la capa de ozono, pero no se puede bajar la guardia, y por eso existe una red internacional de observatorios atmosféricos terrestres en lugares remotos donde no llega la contaminación. En ellos se detectan y miden estos gases, que apenas representan el 1% en la atmósfera pero que tienen grandes repercusiones. 

"Es labor de detectives", explica Stephen Montzka, uno de los científicos de la red, en la revista Nature. "Nuestro objetivo es ver si las cosas están cambiando como se espera". Lo curioso es que en principio su objetivo no era detectar emisiones y buscar su origen sino cuantificar cómo cambia la composición de la atmósfera. Pensaban ingenuamente, reconocen, que los países podrían y querrían cumplir lo que firmaban. 

Durante muchos años (el Protocolo de Montreal data de 1987 aunque está en continua actualización) las noticias fueron buenas, plasmando el mayor éxito de la historia en política medioambiental mundial. Sin embargo, a partir de 2013 se detectó un gran aumento de un CFC, que se atribuyó, varios años más tarde y con pruebas, a China en su mayor parte. El país ya ha tomado medidas, señala Tina Birmpili, que dirige la Oficina de Ozono de la ONU, y en 2018 se han notado sus efectos. Ahora llega esta gran alerta sobre el HFC-23, que Italia también emitió durante unos años en mucha mayor cantidad de lo que su inventario oficial aseguraba. 

En cuanto al Ártico, el misterio sobre la aceleración de su calentamiento desde 1955 a 2005, al doble del ritmo global, puede estar resuelto si se confirma la hipótesis de otros científicos, que creen que los gases que afectan al agujero de ozono sobre la Antártida también pueden ser los responsables de la mitad de esta subida de temperatura. Sus simulaciones indican que son los CFCs y los HCFCs directamente los que han causado este calentamiento excesivo, llamado amplificación ártica, pero hará falta más trabajo en modelos climáticos para confirmar y entender el proceso. Si se confirmara, la alarmante disminución del hielo ártico podría frenarse en el futuro, a medida que disminuye la concentración de estos gases, una nota optimista para una emergencia global.

28/01/2020 07:34

Por malen ruiz de elvira

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La crisis climática y los movimientos antisistémicos

"Fracaso" es el vocablo más utilizado a la hora de evaluar la 25 Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP-25), realizada del 2 al 13 de diciembre en Madrid. Luego de un cuarto de siglo y de otras tantas conferencias, el cambio climático sigue avanzando y se transforma en caos climático para los sectores populares del Sur global, los más afectados por catástrofes evitables.

En esta conferencia, los países emergentes como China, India y Brasil se mostraron contrarios a elevar las restricciones necesarias para revertir daños. Estados Unidos y Australia también jugaron un papel en el fracaso de la conferencia. En todo caso, las presiones de las multinacionales petroleras y de la geoingeniería, aliadas con los gobiernos, tienen motivos de sobra para evitar cualquier acción contundente.

En todo este proceso y durante la conferencia en Madrid, se han multiplicado las manifestaciones populares con el objetivo de presionar a las autoridades para que se involucren seriamente en el asunto.

Creo que tanto las personas activas vinculadas a ONG como las militantes ambientalistas, se equivocan tanto en sus prioridades como en los métodos de acción que están empleando. Intentaré explicarlo.

En primer lugar, difundir la idea de que los gobiernos pueden hacer algo respecto al cambio climático y que las Naciones Unidas son un ámbito para vehiculizar políticas positivas, me parece erróneo porque propagamos la confusión sobre las supuestas bondades del sistema. Todo el entramado de convenios como el Protocolo de Kioto y los Acuerdos de París, no han conseguido nada.

Que a estas alturas tengamos confianza en las Naciones Unidas, es tanto como creer en los Estados para la solución de nuestros problemas. Entiendo que las ONG acudan a cada convocatoria, porque tienen intereses comunes con el sistema internacional e interestatal. Pero me parece desacertado que las y los militantes de abajo lo hagan, porque induce a confusión y desvía la atención sobre los problemas centrales, que no son otros que el capitalismo.

La clave del cambio climático hay que buscarla en la brutal concentración de poder en el uno por ciento más rico. Hasta que no sean desplazados o derrotados, no habrá la menor chance de cambiar nada en este mundo, en particular para los sectores populares. Prueba de ello es que luego de 25 conferencias, con gastos gigantescos en traslados, hoteles e infraestructura, el poder del uno por ciento se ha incrementado y el cambio climático sigue su camino depredador.

En segundo lugar, las manifestaciones no tienen mucha utilidad. Tal vez sirven para calmar la ansiedad y el sentimiento de culpa de las clases medias globales. Llevamos casi dos siglos haciendo manifestaciones, algunas gigantescas, con millones en las calles. Los resultados son siempre los mismos: luego de la euforia, la gente vuelve a su rutina y nada cambia.

Lo que nos hace falta, es organizarnos en cada territorio, en cada barrio y en cada colonia, para autogobernarnos y no depender de los gobiernos sino de las decisiones de nuestras comunidades. Cuanto más organizado está un pueblo, menos manifestaciones realiza. Así nos enseñan los mapuche, los mayas y tantos otros pueblos que construyen sus autogobiernos.

La manifestaciones están siendo performances mediáticas de individualidades urbanas que no encuentran (no encontramos) otros modos. No condeno las manifestaciones, en las que participo a falta de algo mejor. Pero debemos aceptar que son útiles cuando desembocan en alzamientos como los que suceden estos meses.

La tercera cuestión, tal vez la más importante, es que sólo vemos una parte de la responsabilidad del cambio climático. En efecto, las multinacionales y sus gobiernos son grandes responsables, tanto las de los países del Norte como las de los países emergentes. Pero no queremos ver que la cultura consumista que practicamos es una de las grandes responsables del caos climático y del colapso al que nos dirigimos.

Si no transformamos la cultura hegemónica, no sólo la de las clases dominantes sino también la de los sectores populares, no avanzaremos un solo paso en el combate al caos climático. Esa cultura gira en torno al consumismo. ¿Quién les dice a los hindúes, por ejemplo, que no compren más coches, cuando poseen cuarenta veces menos vehículos por habitante que los estadunidenses? Para reducir el consumo, sería necesaria una dictadura feroz.

En vez de acudir como manso relleno a esas conferencias, creo que debemos dedicar nuestros esfuerzos a la construcción de arcas comunitarias para afrontar la tormenta que ya se cierne sobre nuestros pueblos. Días atrás compartí un encuentro con la universidad trashumante en Córdoba, Argentina. Todas las familias de los barrios populares sufrieron asesinatos o violaciones. La tormenta sistémica ya está entre nosotros, pero no afecta a las clases medias (por ahora) sino a los pueblos originarios, negros y pobres.

¿Seguiremos haciendo foco en encuentros por arriba?

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Regenerando soluciones para las personas y el planeta

El mundo se está movilizando para enfrentar los embates de cambio climático. Ya no es necesario seguir modelando el impacto del CO2 acumulado en la atmósfera. Las consecuencias las estamos viendo día a día y la ciencia lo confirma: las temperaturas han aumentado en ciertas regiones del mundo, las sequías son más prolongadas y las tormentas más fuertes y frecuentes en zonas que ya son vulnerables y poseen recursos limitados para enfrentarlas.

Adaptarse a estos cambios es algo urgente. Actuar para que el impacto del aumento de la temperatura del planeta se detenga se ha convertido en imperativo para un gran número de países, mientras para muchos estados insulares se trata de una lucha por su sobrevivencia. De allí el acuerdo logrado en París en 2015 firmado por cientos de países.

Se habla de reciclar, reutilizar, evitar envases de plástico, comer de manera balanceada, no desperdiciar lo que comemos, usar la bicicleta como medio de transporte y una larga lista de acciones que en el ámbito del ciudadano común ayudan a que nuestra huella en el ambiente sea menor. Sin embargo, el ritmo de emisión de gases va más allá de acciones individuales. Se requiere una transformación colectiva y urgente.

Estos cambios no se dan de un día para otro. Por eso necesitamos ganar tiempo, tiempo del que nos queda poco. Sin embargo, hay respuestas inmediatas y bastante sencillas. Estas respuestas se encuentran en nuestro entorno. Son soluciones basadas en la naturaleza. La tierra que está debajo de nuestros pies posee un inmenso potencial restaurador y de curación del planeta; esta solución basada en la naturaleza puede mitigar significativamente las emisiones excesivas que han acelerado el cambio climático.

Según estudios de la FAO y del Instituto Tecnológico de Zurich (ETH), es posible recuperar tierras degradadas sin competir con la producción de alimentos, las áreas protegidas o las áreas urbanas con un impacto planetario inmenso. Para que esto se haga realidad, varios expertos han estimado que se requieren 300 mil millones de dólares para implementar el grueso del plan y restaurar 900 millones de hectáreas de tierras degradadas. Ciertamente, las soluciones basadas en la naturaleza que proponemos brindarían sólo un alivio temporal de unos 20 años y luego tendría que complementarse con opciones novedosas de los sectores del transporte y la energía, usualmente más intensas en capital.

El plan que proponemos requeriría que los países aprovechen el potencial de restaurar sus tierras: Argentina, por ejemplo, tiene el potencial de reforestar 6 millones 284 mil hectáreas de bosques, aumentando en 232 por ciento su superficie forestal actual. Brasil podría sumar 8 millones 270 mil hectáreas de bosques. México tiene espacio para aumentar en 96 por ciento su superficie forestal, sumando 6 millones 326 mil hectáreas a su superficie forestal actual.

Por supuesto cada quien debería soberanamente decidir si restaura con nuevos bosques donde antes no los había, regeneración natural asistida, plantaciones forestales, pastizales o con combinaciones de éstas y otras opciones menos obvias como regenerar suelos o humedales.

Este plan no puede implementarse en solitario. Se requiere esfuerzo y coordinación a escala internacional para adoptar medidas obligatorias para revertir, mitigar o frenar las consecuencias del cambio climático.

El continente americano podría responder por un tercio del total mundial de este plan, con los dos tercios restantes repartidos entre Europa y África, donde Europa pondría el dinero y África la tierra y la mano de obra. En Asia se realizaría el tercio restante, con el apoyo de China, India, Rusia, Australia, Japón y Corea del Sur. Esta opción basada en la naturaleza daría esperanza a los estados insulares de sobrevivir y amainaría el ritmo del cambio climático. Ganaríamos tiempo, nos enseñaría a implementar proyectos y a medir su impacto, y nos mostraría la importancia de una acción solidaria en la que todos aportamos algo.

Materializar este plan para los próximos 20 años es un desafío que requiere recursos financieros, humanos y sobre todo voluntad política. Ello permitirá balancear las emisiones y evitar que en las próximas dos décadas se agrave la concentración de gases en la atmósfera, dando a los países un horizonte razonable para implementar otras alternativas y –aún más importante– para que la comunidad internacional pueda repensar el modelo de crecimiento que nos ha llevado a esta crisis global.

Por René Castro* y Julio Berdegué**

* Subdirector general de FAO encargado de cambio climático

** Representante regional de la FAO para América Latina y el Caribe

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Sin acuerdo global para frenar la crisis climática

Ni siquiera la prórroga de casi dos días que solicitó la ministra del gobierno de Chile, Carolina Smith, que ejercía la presidencia del cónclave, permitió que se llegara a un acuerdo sobre el cierre de la cumbre.

La Cumbre del Clima COP25 finalizó con una declaración de intenciones que pretende ocultar su fracaso, y el desacuerdo profundo entre diversos países sobre cómo abordar la emergencia climática. Ni siquiera la prórroga de casi dos días que solicitó la ministra del gobierno de Chile, Carolina Smith, que ejercía la presidencia del cónclave, permitió que se llegara a un acuerdo sobre el cierre de la cumbre.

El documento final solo “anima” a los países a presentar planes más ambiciosos para frenar el calentamiento global durante el año 2020, como una forma de llegar a la próxima COP26 de Glasgow con algún avance en relación a este 2019. La principal razón de la falta de acuerdo ha sido la negativa de una serie de países para comprometerse a presentar programas de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Aunque, también, la conducción de los funcionarios chilenos, ha sido blanco de numerosas críticas.

84 países han acordado a presentar programas con políticas más agresivas para reducir el cambio climático. Sin embargo, entre ellos no figuran Estados Unidos, China, India y Rusia, que generan el 55% de las emisiones de gases de efecto invernadero en el mundo. La contracara de ese rechazo, la encabezó la Unión Europea que, además de aceptar el reto, presentó días atrás un Green New Deal para transformar al continente europeo en el primer espacio con una economía descarbonizada. En el fondo de este enfrentamiento se encuentra el argumento de determinadas naciones que rechazan aplicar ciertas regulaciones climática porque, aseguran, afectaría sus planes de desarrollo económico.

“La comunidad internacional perdió una oportunidad importante para mostrar mayor ambición”, afirmó el secretario general de la ONU, António Guterres sobre el final de la cumbre. El funcionario portugués no ocultó su decepción aunque desde el primer día había mostrado preocupación por las divergencias que existían con algunos países para abordar la crisis climática. 

La predisposición del gobierno español, como accidentado receptor de la COP25, y la presión social liderada por la activista Greta Thunberg, habían traído cierto optimismo sobre un posible acuerdo para reducir el calentamiento global. Sin embargo, la joven sueca regresó este sábado a su casa, mientras la ministra Smith solicitaba una prórroga ante el inminente fracaso de la reunión.

En efecto, las últimas 24 horas de negociaciones se produjeron bajo el liderazgo de la ministra española de Transición Ecológica, Teresa Ribera, por propia iniciativa de la funcionaria del gobierno chileno. Esta semana, la directora de Greenpeace Internacional, Jennifer Morgan, había declarado que la presidencia chilena estaba “fracasando” en el trabajo de proteger la “integridad del Acuerdo de París y no permitir que la codicia y el cinismo” lo destruyeran.

Uno de los puntos más intrincados de las negociaciones ha sido el artículo 6 del Acuerdo de París sobre el mercado de emisiones de gases de efecto invernadero, que debería entrar en vigor en 2020. El acuerdo se ha encallado en la regulación de ese sistema, a través del cuçales países y empresas pueden adquirir créditos a otras naciones en el caso de que excedieran el límite de gases que se hubieran fijado.

Con este panorama, las expectativas de lograr una reducción del calentamiento global para los próximos años se han disuelto, y todo apunta a que se llegará a la COP26 de Glasgow con un nuevo récord de temperaturas, superior al 1,1 grados centígrados por encima del periodo preindustrial que registró Naciones Unidas para el año que se acaba.

El único dato positivo de la COP25 Chile-Madrid ha sido la movilización social que protagonizaron los jóvenes. Al margen de lo que pueda acordarse (o no) a nivel global, las nuevas generaciones advirtieron en Madrid que su acción en la calle seguirá adelante con el objetivo de presionar a los gobierno nacionales. A su vez, el corrimiento que se planteó Thunberg para desactivar la presión política y mediática que sufría, ha puesto en escena a un centenar de jóvenes de diversos países con conocimiento y voluntad suficiente para no dejar la emergencia climática en manos de los negacionistas y de las grandes empresas

Por Agustín Fontenla

Desde Madrid

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Ni ambición, ni financiación, ni adaptación: las negociaciones de la COP25 se enquistan y todo apunta al fracaso

Los acuerdos de la Cumbre del Clima no llegan y la ONU pospone el plenario final hasta las 9.00 horas del sábado. La intención es la de salvar los puntos más determinantes para la lucha contra el cambio climático.

El escenario que se plantea en la Cumbre del Clima, a unas horas del cierre oficial, es el de un nuevo fracaso del multilateralismo. Tanto es así que las negociaciones cruciales siguen enquistadas y los acuerdos que se vendían al inicio del evento como imprescindibles parecen tan lejanos como imposibles. Aunque la ONU ha prolongado las negociaciones hasta el sábado, la realidad es que en los pasillos de Ifema se empieza a percibir cierta frustración debido al bloqueo constante de algunos países como Australia, Brasil o India en aspectos determinantes. 

"Los ojos de la gente están sobre nosotros, y seguiremos trabajando duro tanto tiempo como sea necesario", ha expresado Andrés Landerretche, coordinador de Presidencia de la COP25, en una rueda de prensa a última hora del viernes, dando a entender que las negociaciones se alargarán más de lo previsto. Lo que no se ha conseguido resolver en dos semanas, se intentará salvar en unas horas o, incluso, a lo largo del fin de semana, tal y como opinan algunos observadores, que ven con pesimismo el cierre de la cumbre.

El desarrollo de un sistema de mercados de carbono, los compromisos para la reducción de emisiones o las dotaciones económicas para la adaptación de los países más vulnerables al cambio climático son algunas de las claves que se tendrán que resolver en las próximas horas o, en el peor de los casos, posponerse para la siguiente cumbre de 2020.

El artículo 6 y los mercados de carbono

El principal escollo de las negociaciones tiene que ver con la creación de herramientas que den sentido al Artículo 6 del Acuerdo de París, un epígrafe con el que se pretende regular las emisiones de gases de efecto invernadero de los estados a través de un mercado de carbono. Se trata de un sistema que permite que los países que superen el tope de contaminación puedan comprar créditos de emisión a aquellos que no estados que sobrepasan los límites establecidos. 

El problema es que hay ciertos vacíos legales que no terminan de solucionarse, como es el caso de la doble contabilidad que permite que tanto el comprador como el vendedor se apunten una reducción de emisiones en cada transacción, lo cual hace que la herramienta carezca de sentido.

Según han compartido con los medios algunas organizaciones medioambientales y representantes del ámbito empresarial, el Artículo 6 no ha presentado ningún avance debido al bloqueo constante de Australia, Estados Unidos, India y Brasil, que mantienen una visión muy laxa de esta herramienta de control de emisiones, frente la postura, más ambiciosa, de la Unión Europea.

Adaptación y compensación de emisiones

Por otra parte, se plantean pocos avances en el diseño de un mecanismo de adaptación para los países más vulnerables al cambio climático. Según fuentes de la negociación, las trabas tienen que ver con cómo hacer que un porcentaje de los fondos de carbono se destine a la implementación de ayudas y planes de mitigación en los países que más sufren las consecuencias de la crisis climática. 

Lo mismo ocurre con la dotación de fondos para el Green Climate Fund al que los estados desarrollados se comprometieron a destinar una partida presupuestaria para garantizar que los países más empobrecidos puedan tejer mecanismos de resiliencia y adaptación al cambio climático. 

En este punto de las negociaciones, las discrepancias polarizan los plenarios en dos bloques: países desarrollados y países en desarrollo, quienes piden más esfuerzos a los gobiernos más poderosos.

Ambición

La presión social del último año y las advertencias de la ciencia llevaron a algunos países a anunciar, al inicio de la cumbre, que tratarían de aumentar su ambición climática y sus compromisos para reducir sus emisiones durante la COP25. De está forma, el camino se allanaría de cara a 2020, año en el que los países deberían haber presentado de manera oficial sus compromisos para la descarbonización de la economía.

Pero, según explican fuentes de la negociación, la realidad es que el bloqueo también ha llegado a este punto de las negociaciones, ya que hay determinadas delegaciones que se acogen a la literalidad del Acuerdo de París y reclaman que se posponga a 2023 la actualización de las Contribuciones Determinadas Nacionalmente (NDC), que no son otra cosa que las hojas de ruta que cada estado maneja para conseguir descender sus emisiones de gases de efecto invernadero.

Por el momento tan sólo 73 países se han comprometido a mejorar en 2020 sus promesas de reducción de emisiones. España, por su parte, se ha comprometido a iniciar un proceso interno para presentar en ese mismo año sus compromisos climáticos. 

Plan de Acción de Género

La cita de Madrid se presentaba crucial para rediseñar el Plan de Acción de Género (PAG) que se aprobó por primera vez en la COP23 de 2017. Durante toda la cumbre, este punto ha contado con un bloqueo absoluto por parte del Grupo Africano. Sin embargo, el diálogo ha permitido que el plenario apruebe este viernes el documento, incluyendo todas las demandas de la sociedad civil. Esta es, quizá, una de las pocas noticias positivas del encuentro de Madrid, en tanto que se permitirá que la perspectiva de género se integre dentro de las políticas climáticas globales.

MADRID

13/12/2019 22:30 Actualizado: 14/12/2019 08:27

Por ALEJANDRO TENA

Publicado enMedio Ambiente
Los países más emisores rechazan endurecer sus recortes de gases de efecto invernadero

Hasta 84 Estados, entre los que no figuran EE UU, China, India ni Rusia, se comprometen a revisar sus objetivos de reducción de dióxido de carbono en 2020

 “Hay una brecha enorme entre lo que sucede fuera de aquí y lo que sucede dentro”, ha reprochado este miércoles Jennifer Morgan, directora ejecutiva de Greenpeace internacional, a los representantes de los casi 200 países que se reúnen en Madrid hasta el viernes en la Cumbre del Clima, conocida por las siglas COP25. Morgan les ha contado que lleva 25 años asistiendo a estas reuniones internacionales y que nunca había visto una distancia tan grande entre lo que ocurre en la calle —con las protestas multitudinarias por medio planeta lideradas por los jóvenes activistas climáticos— y lo que pasa en una COP —con unas negociaciones que se estancan y sin liderazgos claros contra la crisis climática entre los países—. La falta de ambición de los principales emisores se refleja en la lentitud con la que avanzan las conversaciones para cerrar el desarrollo de los mercados de carbono o la declaración final de esta cumbre. Pero, fundamentalmente, en la ausencia de ambición de las grandes potencias emisoras de gases de efecto invernadero, que no dan señal alguna de estar dispuestas a endurecer sus planes de recortes de CO2como se pide desde la ciencia y desde las principales agencias de la ONU.

El secretario general de la ONU, Antònio Guterres, organizó en septiembre otra cumbre climática en Nueva York para intentar relanzar la ambición. Y se formó una coalición de 68 países que se comprometían a incrementar sus metas de reducción de emisiones para la próxima década. Tres meses después, esa coalición ha sumado 16 Estados más, según la actualización presentada este miércoles en la COP25.

Entre los nuevos países figuran Reino Unido, Suecia o Pakistán. Pero, de nuevo, faltan cuatro de los cinco grandes emisores, que acumulan más del 60% de todos los gases de efecto invernadero del planeta: EE UU —que ha iniciado ya los trámites para dejar el Acuerdo de París—, China, India y Rusia. El quinto actor de ese bloque de los grandes emisores es la Unión Europea, que tampoco figura como tal en esa coalición al estar todavía negociando Bruselas y los Veintiocho cómo y cuánto se debe endurecer el plan de recorte de emisiones que van a presentar ante la ONU en el marco del Acuerdo de París en 2020. Sí están dentro del compromiso lanzado en septiembre en Nueva York Alemania, Francia y España.

Que los esfuerzos que tienen previsto hacer los países contra el cambio climático no son suficientes lo admiten todos los que participan en la Cumbre del Clima. “No llevamos la velocidad adecuada”, ha reiterado la ministra chilena de Medio Ambiente, Carolina Schmidt, que ejerce la presidencia de esta COP25. “El mundo se está calentando y volviendo más peligroso más rápido de lo que creíamos”, ha insistido Guterres, que ha vuelto a esgrimir los informes científicos para urgir a los países, entre otras cosas, a endurecer sus objetivos de reducción de gases de efecto invernadero.

Todos los firmantes del Acuerdo de París deben presentar planes de recorte de emisiones que, juntos, deben conseguir que el calentamiento global se quede dentro de unos límites manejables, Pero la suma de esos planes no es suficiente. La ONU advirtió hace un par de semanas de que se deben multiplicar por cinco los esfuerzos globales previstos si se quiere que el incremento de la temperatura se quede por debajo de 1,5 grados respecto a los niveles preindustriales. Y por tres si se aspira a que ese incremento esté por debajo de los dos grados (la otra meta que se establece en el Acuerdo de París). Los planes (que se conocen por las siglas en inglés NDC) que tienen ahora los países llevarán al menos a 3,2 grados de incremento, calcula la ONU.

Por eso se necesitan compromisos como los de los 84 países que endurecerán sus planes durante 2020, como fija el Acuerdo de París. Pero, sobre todo, se necesita que se involucren los grandes emisores, algo que no está ocurriendo. Mientras EE UU se despide de París, China —a través de su viceministro de Ecología y Medio Ambiente, Yingmin Zhao— no ha dado ninguna señal este miércoles de que su intención sea endurecer su programa nacional de reducción de emisiones para la próxima década. Lo mismo ocurre con Rusia, que aún no ha presentado su plan, o India, que tampoco se ha sumado a ese listado de 84 países más ambiciosos.

La alianza de estos 84 Estados busca elevar los recortes a medio plazo, es decir, para la próxima década. Paralelamente, desde la presidencia chilena de la COP25 se ha impulsado también que los Estados se comprometan a buscar la neutralidad de carbono —que el CO2 expulsado sea igual al que se capture, por ejemplo, a través de bosques— en 2050. A este segundo objetivo se han comprometido ya 73 países, con las mismas grandes ausencias. También 14 regiones, 398 ciudades, 786 empresas y 16 grupos inversores. “Ya no basta con los países, necesitamos a otros actores”, ha resumido Schmidt.

Por MANUEL PLANELLES

Madrid 11 DIC 2019 - 14:27 COT

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