Un nuevo informe expone la enorme contribución del Pentágono a la crisis climática posterior al 11 de septiembre

Al no frenar el uso de combustibles fósiles de los militares estadounidenses, el codirector del proyecto Costs of War advierte que Estados Unidos “ayudará a garantizar los escenarios de pesadilla” que pronostican los científicos.

Desde el lanzamiento en 2001 de la llamada Guerra contra el Terror hasta 2017, el Pentágono generó al menos 1.200 millones de toneladas métricas de gases de efecto invernadero, con tasas anuales que superan las emisiones de calentamiento global de países industrializados como Portugal o Suecia, según una nueva investigación.

La profesora de la Universidad de Boston Neta C. Crawford detalla las contribuciones masivas del Departamento de Defensa de los Estados Unidos a la emergencia climática global en un documento publicado el pasado miércoles por el proyecto Costs of War (costes de la guerra), del Instituto Watson para Asuntos Internacionales y Públicos de la Universidad de Brown.

“El consumo de energía de los militares estadounidenses impulsa el consumo total de energía del Gobierno de los Estados Unidos”, se lee en el documento. “El DOD [Departamento de Defensa] es el mayor consumidor de energía en los EE. UU. Y, de hecho, el mayor consumidor institucional de petróleo del mundo”.

“A falta de un cambio en la política de uso de combustible de los militares de EE UU, el consumo de combustible de sus militares necesariamente continuará generando altos niveles de gases de efecto invernadero”, advierte el informe. “Estos gases de efecto invernadero, combinados con otras emisiones de EE UU, ayudarán a garantizar los escenarios de pesadilla que el ejército predice y que muchos científicos del clima dicen que son posibles”.

Crawford, codirector del proyecto Costs of War, señala que las emisiones militares de los EE UU, que provienen en gran parte de las armas y equipos, y de uso de más de 560.000 edificios en todo el mundo, se basaron en datos del Departamento de Energía porque el Pentágono no informa de sus cifras de consumo de combustible al Congreso.

El documento también examina los patrones de uso de combustible militar desde 2001 en relación con las emisiones y las opiniones del Pentágono sobre “el cambio climático como una amenaza para las instalaciones y operaciones militares, así como para la seguridad nacional, cuando y si el cambio climático genera una migración masiva, conflicto y guerra”.

Al escribir sobre su investigación para The Conversation Wednesday, Crawford apuntó que las emisiones anuales del Departamento de Defensa han disminuido desde que alcanzó su punto máximo en 2004, ya que el Pentágono ha reducido su consumo de combustibles fósiles a través de acciones que incluyen el uso de energía renovable y la climatización de edificios durante la última década, y reduciendo el tiempo de inactividad de las aeronaves en las pistas”.

El resumen del documento describe cuatro beneficios principales de una mayor disminución del uso de combustibles fósiles por parte del Departamento de Defensa.

Primero, los EE UU reducirían las emisiones de gases de efecto invernadero. Esto mitigaría el cambio climático y sus amenazas asociadas a la seguridad nacional.

En segundo lugar, reducir el consumo de combustibles fósiles tendría importantes beneficios políticos y de seguridad, incluida la reducción de la dependencia de las tropas en el campo del petróleo, que el ejército reconoce que las hace vulnerables a los ataques enemigos. Si los militares de Estados Unidos disminuyeran significativamente su dependencia del petróleo, Estados Unidos podría reducir los recursos políticos y de combustible que utiliza para defender el acceso al petróleo, en particular en el Golfo Pérsico, donde concentra estos esfuerzos.

Tercero, al disminuir la dependencia de Estados Unidos respecto a Estados ricos en petróleo, Estados Unidos podría revaluar el tamaño de su presencia militar en el Golfo Pérsico y revaluar su relación con Arabia Saudita y otros aliados en la región.

Finalmente, al gastar menos dinero en combustible y operaciones para proporcionar acceso seguro al petróleo, EE UU podría disminuir sus gastos militares y reorientar recursos hacia actividades económicamente más productivas.

Crawford, en su artículo para The Conversation, concluyó que “el cambio climático debería estar en el centro de los debates de seguridad nacional de los Estados Unidos. Reducir las emisiones de gases de efecto invernadero del Pentágono ayudará a salvar vidas en Estados Unidos y podría disminuir el riesgo de conflicto climático”.

Está lejos de ser la primera institución en destacar cómo el Pentágono está alimentando la crisis climática mundial y pedir reformas urgentes. El mes pasado, la senadora Elizabeth Warren lanzó un plan de “resistencia y preparación” climáticos para los militares de Estados Unidos como parte de su campaña de 2020 para la Presidencia. Sin embargo, como Common Dreams informó en ese momento, los críticos antibélicos del plan de Warren acusaron de que “tratar de ‘ecologizar’ al Pentágono sin abordar los efectos destructivos de su presupuesto inflado y el imperialismo estadounidense es una forma equivocada de combatir la emergencia del calentamiento global”. 

La autora y abogada Stacy Bannerman, en un artículo de opinión para Common Dreams el año pasado advirtió que “si no nos tomamos en serio la posibilidad de detener la Máquina de Guerra de Estados Unidos, podríamos perder la batalla más grande de nuestras vidas”.

“Para lograr las masivas transformaciones sistémicas y culturales necesarias para mitigar el cambio climático y promover la justicia climática —escribió Bannerman— vamos a tener que lidiar con la violencia institucionalizada y socialmente sancionada perpetrada por la política exterior de EE UU sobre el fuego del calentamiento global”.

Por Jessica Corbett

Common Dreams


publicado

2019-06-14 05:52:00

Publicado enMedio Ambiente
Por qué es más correcto hablar de "crisis climática" y no de "cambio climático"

El término "crisis" incide en cómo afecta a la sociedad la actual coyuntura climática. Tanto científicos especializados como colectivos ecologistas llevan meses utilizando este concepto para evidenciar la emergencia del momento.  

 

La realidad informativa de España, este diario incluido, utiliza de manera habitual términos como "cambio climático" o "calentamiento global" para referirse a los problemas medioambientales que sufre el planeta. Aunque estos conceptos son válidos, la expresión "crisis climática" parece haber calado en los entornos ecologistas. Con ella se busca evidenciar que la situación medioambiental del planeta pende de un hilo temporal de tan sólo diez años, tal y como advierten los científicos del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC).

Fueron precisamente los científicos del IPCC los que emplearon las palabras "crisis" y "emergencia" para referirse a la situación climática del presente. Unos conceptos que fueron recogidos por los colectivos sociales que durante los últimos meses han salido a las calles de Europa, capitaneados por la joven Greta Thunberg, para reclamar acciones políticas que reviertan los riesgos medioambientales hacia los que camina la humanidad.

Esto no quiere decir que los otros términos hayan quedado desactualizados, de hecho, seguirán apareciendo en las informaciones tal y como ocurre en el resto de publicaciones científicas. Sin embargo, el reconocimiento de la crisis climática a nivel mediático tiene que ver con "subir el nivel del debate", expone Héctor de Prado, responsable de Energía y Clima en Amigos de la Tierra. "Al final se trata de comunicar, pero hay que darle el significado real a las palabras y hay que hacerlo de una manera honesta", añade.

"Cuando cambiamos el lenguaje también cambiamos la forma en la que pensamos", argumenta Javier Andaluz, responsable de Clima en Ecologistas en Acción. El activista expone que el cambio terminológico que se está dando en los últimos meses tiene que ver con "asumir y aceptar que nos encontramos ante un reto de grandes magnitudes que nos afecta en muchísimos aspectos de la vida cotidiana".

Se trata, además de una medida que trasciende a los medios de comunicación. Buen ejemplo de ello es The Guardian, que el pasado mes de mayo decidió incluir "crisis climática" dentro de su libro de estilo. "Queremos asegurarnos de que estamos siendo científicamente precisos, al mismo tiempo que nos comunicamos claramente con los lectores sobre este tema tan importante", argumentaba Katharine Viner, jefa de edición del medio británico.

El guante del periódico ingles lo ha recogido también la propia Fundéu española –fundación que vela por el buen uso del lenguaje en los medios de comunicación–, que hace una semana publicó una nota en la que advertía de que el concepto "crisis climática" era el "más adecuado para referirse a la magnitud y a las consecuencias del calentamiento global causado por la actividad humana".

"Si bien en los medios de comunicación se viene empleando la denominación cambio climático para aludir al aumento de la temperatura del planeta Tierra provocado por las emisiones de gases de efecto invernadero y la dependencia de los combustibles fósiles, amplios sectores de la comunidad científica consideran que se trata de una fórmula que no describe con la suficiente precisión la gravedad de la situación actual", exponía la fundación de la Agencia EFE.

 

Diferencias terminológicas

 

Cambio climático, calentamiento global, crisis climática. Son conceptos válidos. Incluso pueden emplearse como sinónimos a nivel informativo, pero tienen diferencias importantes a nivel científico. 

Cuando hablamos de cambio climático nos referimos estrictamente al fenómeno físico que se ha dado en el planeta y que se sigue dando, sea de manera natural o inducido por el ser humano. Es decir, las mutaciones climáticas, las modificaciones en las temperaturas y las precipitaciones o las transformaciones de los patrones del viento son cualidades que han estado presentes a lo largo de la historia del planeta. Este término, por ende, no incide en el origen antropogénico de la coyuntura climática del presente. 

El calentamiento global, por su parte, es el fenómeno final o el resultado climático que se está experimentando en la actualidad. Este término, a nivel científico, hace referencia a la subida de las temperaturas del planeta y a cómo estas pueden cambiar los ecosistemas.

Sin embargo, la terminología referida a la "crisis" y a la "emergencia" climática, sin negar nada de lo anterior, apunta a la acción del ser humano y las emisiones que esté genera como causa principal de las mutaciones que se están produciendo en la Tierra. En ese sentido, la palabra "crisis" llena de contenido social y acerca a la sociedad un problema que hasta el momento podía parecer ajeno a la humanidad. 

 

La emergencia climática

 

El cada vez más común uso de la palabra "crisis" para referirse a las consecuencias del calentamiento global inducido por el hombre viene ligado a las múltiples manifestaciones verdes que recorren Europa y otras zonas del planeta. Unas protestas civiles que buscan, por encima de todo, que las instituciones gubernamentales reconozcan la emergencia climática.

Esta es la reacción que se requiere desde los colectivos medioambientalistas para revertir la crisis climática actual. De esta forma, la declaración de emergencia se vincula a dos premisas: reconocer el problema y plantear un eje de actuación para solventarlo. Por el momento, Reino Unido es el primer país que aprobó está medida. A su declaración le siguieron las de Irlanda y las de Escocia y Gales. Además, en EEUU y Australia hay 17 ciudades que han aprobado la declaración. En el caso de Europa, más allá del espacio británico e irlandés, sólo encontramos declaraciones regionales impulsadas por gobiernos locales de Italia, Alemania, Suiza, Francia y España (declaración impulsada por el Govern de Catalunya).

Aunque la lista de declaraciones de emergencia es breve, la realidad muestra que, por el momento, estas no van cargadas de la ambición que se reclama desde las calles. Así, una medida que se presenta como revolucionaria termina convirtiéndose en algo simbólico y esto es algo que también puede ocurrir con la popularización del término "crisis climática"

"Hay que evitar que se convierta en una expresión manida como ocurrió en su momento con la palabra sostenibilidad", opina De Prado. Sin embargo, Andaluz incide en el riesgo que puede suponer vaciar de contenido expresiones tan importantes como estas. "Si perdemos el tiempo adulterando los términos es que no hemos entendido nada de lo que supone reconocer la crisis climática", espeta el activista, para evidenciar que el ser humano apenas tiene una década para afrontar la "crisis climática". 

12/06/2019 08:00 Actualizado: 12/06/2019 08:00

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No es una crisis del planeta, es una crisis de la humanidad

Numerosas voces se alzan pidiendo la declaración del estado de excepción climática. Quedan tan sólo 10 o 12 años para cambiar de rumbo a nivel planetario y evitar lo peor de un cambio climático del que empezamos a percibir sus consecuencias. Pero el calentamiento global es solo una manifestación de una crisis más profunda, la de una forma de vida que por primera vez en su historia se enfrenta a los límites que le impone su propia supervivencia.

 

Desde hace décadas la comunidad científica y los grupos ecologistas vienen alertando sobre algunos de los problemas que ahora se están intensificando: contaminación, residuos, cambio climático, pérdida de biodiversidad o sequías. En el año 1972 el Club de Roma publicaba el informe Los Límites del Crecimiento, que había encargado al MIT unos meses antes, con la conclusión evidente de que es imposible incrementar de forma indefinida el consumo de recursos del planeta.


Casi 50 años después todo sigue igual o peor. Somos conscientes de que nuestro modelo de vida no puede mantenerse por mucho más tiempo, pero no solo no lo cambiamos si no que profundizamos aún más en él. Se ha barajado hipótesis sobre la incapacidad del ser humano de actuar a largo plazo y sobre todo de anticiparse a los peligros que no son inminentes, en contraposición con unos ciclos naturales y planetarios que se producen a lo largo de cientos o de miles de años. Quizás la premura nos ayude a tomar decisiones. O quizás todavía vemos el peligro lejos en el tiempo o en el espacio. Quizás algunos mensajes no ayudan, como aquellas imágenes de osos polares en el Ártico, o como esas de un planeta en llamas.
Porque el planeta no va a salir ardiendo. Lo que está en juego no es el planeta, es la propia supervivencia del ser humano, la vida, nuestra vida, tal y como la conocemos. El planeta seguirá aquí, con toda probabilidad, hagamos lo que hagamos, con mayor o menor número de especies animales y vegetales, con ser humano o sin él.


Como tantas otras especies que han aparecido y se han extinguido a lo largo de los últimos dos mil o tres mil millones de años, la humanidad puede desaparecer de la faz de la Tierra en un suspiro como quien dice, y la vida y el planeta seguirán su curso. Habrá sido un episodio efímero, apenas unos minutos o unas horas “humanas” en la vida del planeta, un resfriado leve.
¿Por qué debe importarnos entonces lo que hagamos? Puede incluso que el ser humano siga aquí durante otros 200.000 años o más. Es un ser capaz de adaptarse a situaciones muy variables y adversas, y pueden sobrevivir algunos millones de personas en algunos lugares del planeta, por muy difíciles que se pongan las cosas.


Pero no nos engañemos, esto no sucederá para la mayoría de las personas. Miles de millones morirán o pasarán vidas muy duras. De seguir el rumbo que llevamos, podemos enfrentarnos a procesos catastróficos que reduzcan drásticamente la cantidad de alimento, de energía, y de materiales disponibles. La sociedad humana que hemos desarrollado, especialmente en las últimas décadas, industrial, tecnológica y globalizada, puede ver su fin al faltarle suministros básicos.


Pero sobre todo, lo que puede dar al traste con una sociedad que ha evolucionado de forma razonable en los últimos siglos o milenios, son los conflictos sociales y bélicos que pueden darse en un mundo con escasez de recursos, y que pueden ser los peores que se hayan vivido nunca, dado el enorme poder de destrucción que, en paralelo, hemos desarrollado.
Faltan probablemente algunas décadas para llegar a situaciones especialmente graves, pero las personas jóvenes de hoy vivirán seguramente experiencias duras. Como bien dicen, les estamos robando el futuro. A muchas personas, de hecho, se les roba el presente.


Por otro lado, ante la creciente huida de zonas depauperadas, inhóspitas, del hambre y de la guerra, se abre cada vez con más fuerza el auge del fascismo y la xenofobia, de sistemas autoritarios y cerrados, de la polarización social, los muros y las alambradas, las muertes en las fronteras y en los mares, las tensiones y el sufrimiento de miles o millones de personas. Ya está pasando, está empezando, y puede ir a más.


Ante este panorama solo nos queda la humanidad, en el mejor sentido de la palabra, la capacidad de empatía, de solidaridad y de apoyo mutuo, la generosidad con nuestros congéneres más allá de nuestros intereses personales, la voluntad de trabajar por lo colectivo, por un bien superior, la capacidad de no conformarnos con un destino autoimpuesto.


Los cambios que debemos realizar son enormes; llevamos miles de años en un proceso expansivo y acaparador, peleándonos por ver quién la tiene más grande. Esto incluye el funcionamiento de las empresas y el sistema económico, cortoplacista y depredador, por un sistema económico y social diferente: capaz de satisfacer las necesidades humanas sin poner en riesgo su supervivencia, que posibilite los avances tecnológicos, sociales y culturales en un marco de balance estable con la naturaleza, y de entendimiento entre las personas.
Se hace necesario un cambio cultural, un nuevo marco que genere ilusión, una historia que cambie la historia. Aún estamos a tiempo.

Por Rodrigo Irurzun Martín de Aguilera

publicado
2019-06-05 15:58:00

 

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La crisis ecológica es el síntoma, el capitalismo la enfermedad

La afirmación que da título a este texto parafrasea una analogía que Jorge Riechmann ha empleado en varias ocasiones durante los últimos años [1]. Se trata de un símil médico que nos permite distinguir cuatro dimensiones de la economía política del medioambiente: la etiológica, la nosológica, la yátrica y la terapéutica. En otras palabras, partiendo de esta metáfora organicista podemos formular preguntas acerca de las causas de la enfermedad, sus rasgos distintivos, el agente de los pertinentes cuidados y terapias y, finalmente, el carácter de dichos cuidados y terapias. En las páginas que siguen nos aproximaremos sucesivamente a cada una de estas preguntas. 

 

1. Las causas de nuestra enfermedad


La metáfora médica que encabeza este artículo sugiere un origen causal bien explícito: el patógeno es el capitalismo. Surge aquí una dificultad, y es que el capitalismo, interpretado como un sistema socioeconómico basado en la iniciativa privada y la libre competencia, es algo que, sencillamente, nunca ha existido. No disponemos de un solo ejemplo histórico de una forma semejante de organización de nuestras relaciones económicas, y muy probablemente ello se deba a que un experimento de esta naturaleza colapsaría en cuestión de semanas. Un vistazo a la historia económica sirve para constatar que eso a lo que hemos venido denominando capitalismo es en realidad una forma muy específica de patrocinio colectivo del poder privado. En lugar de iniciativa privada y libre competencia, lo que hallamos en nuestra historia económica son prolongadas intervenciones a gran escala para desviar la riqueza fruto del esfuerzo colectivo hacia la provisión de infraestructuras, la formación de trabajadores especializados, la investigación básica, el desarrollo de tecnología, la subvención directa, la garantía de precios monopolísticos, la protección contra competidores extranjeros, el auspicio de los derechos de inversión o los periódicos rescates de los que depende el sector privado. De hecho, son estos mecanismos de protección colectiva del poder privado los que subyacen no ya al éxito, sino asimismo a la propia existencia de los sectores dinámicos de la economía en todos y cada uno de los países «desarrollados» [2]. Y no tiene a deshonra, por cierto, la clase dominante la admisión del recurso a las «técnicas de extorsión de dinero al contribuyente» en que hallan sustento sus privilegios, pues, «tal y como explica la revista Fortune, la industria de alta tecnología no puede sobrevivir en una economía sin subsidios, competitiva y de libre empresa, [de forma que], agrega BusinessWeek, el contribuyente debe ser su salvador» [3].


Sea como fuere, y llamemos como llamemos a este sistema de esfuerzos colectivos y beneficios privados, hemos de preguntarnos de qué modo se encuentra el mismo en la base de la crisis ecológica en curso. Las formas que el entramado institucional «capitalista» ha adoptado han variado significativamente a lo largo de su par de siglos de historia, particularmente desde comienzos de la década de los ochenta del pasado siglo XX. Una constante a lo largo de toda esa historia ha consistido, no obstante, en el protagonismo de un tipo particular de institución social en el contexto de la vida económica, cultural y política de nuestras sociedades, a saber, las corporaciones privadas. De ellas parten las decisiones y las órdenes acerca de qué hacer con los frutos del esfuerzo colectivo, de forma que a nadie debiera extrañar que se destinen a proteger e incrementar su predominio. Anotemos al margen que es imposible encontrar en el registro histórico una encarnación más perfecta del ideal autoritario que estas instituciones: si no eres el director ejecutivo, un consejero delegado o un accionista mayoritario no tienes derecho a saber absolutamente nada acerca de los procesos de toma de decisión en los que pueda encontrase inmersa una corporación, y sobra añadir que todo el mundo excepto esa exigua minoría de ejecutivos e inversores está por principio excluido de participar en esos procesos de toma de decisiones.


La obvia incompatibilidad entre cualquier interpretación de la noción de democracia y la existencia de estas tiranías herméticas no se limita a esta cuestión de la estructura interna de los procesos de toma de decisión acerca de la producción o la inversión, pues las corporaciones han invertido durante décadas formidables esfuerzos en la expansión de su ideal radicalmente antidemocrático más allá de las fronteras de su organización interna. Uno de los mecanismos más efectivos a este fin ha consistido en dar cuerpo a lo que ha venido a denominarse un «senado virtual de inversores y prestamistas» en virtud del cual nuestros «gobiernos [formalmente democráticos] se enfrentan al dilema de un electorado dual»: tenemos, por una parte, a los ciudadanos, que votan cada cuatro años y, por otra, a aquella élite financiera que a diario «realiza un referéndum actualizado momento a momento sobre las políticas económicas y financieras» adoptadas por aquellos gobiernos nominalmente democráticos [4].


Cuanto le cabe hacer en este contexto al ciudadano es observar pasivamente qué decide hacer la minoría opulenta con los frutos del trabajo colectivo o, a lo sumo, obedecer a cambio de un sueldo las órdenes que en estas autocracias herméticas descienden por la misma vertical por la que ascienden los beneficios. Una vez dentro de una cadena de mando de este tipo, si cumples con tu cometido, estupendo; si no, estás en la calle. Y bien, ¿cuál es ese cometido? El mismo en todos los casos, ocupes el eslabón que ocupes en la cadena de mando: incrementar beneficios y ampliar cuota de mercado. Hoy que se habla tanto de «responsabilidad corporativa» no debiéramos perder de vista que ésta es la única responsabilidad de cualquier corporación, al punto que ha de ser descrita como un imperativo, y es justamente este imperativo el que hace del entramado institucional que las corporaciones dominan la causa última de la crisis ecológica en curso. Es este imperativo de maximización y crecimiento el que hace palidecer la importancia del colapso ambiental ante lo que de verdad importa: bonos millonarios por desempeño o guarismos parpadeantes indicando incrementos de capitalización bursátil. En otras palabras, el objetivo de una corporación es el de crecer y obtener beneficios, suponga ello la ruina de Ártico, la de la Amazonía, la de la biosfera o la del sistema solar: los inversores no invierten para matar el rato. Subrayemos que no se trata de maldad o estupidez individual, sino de la forma más peligrosa de estupidez institucional que haya acogido la historia humana.


Es en esta estupidez institucional en lo que debemos pensar cuando leemos que las cinco principales petroleras han venido invirtiendo anualmente cientos de millones en echar por tierra cualquier iniciativa encaminada a combatir el cambio climático [5]. Los ejecutivos encargados de coordinar campañas de lobby y desinformación como éstas no están locos. En tanto individuos, con toda seguridad, se preocupan por el futuro del planeta, y puede que incluso sean socios de Greenpeace. No obstante, en su rol institucional, su tarea consiste en acelerar nuestra marcha hacia el precipicio. Y «no es que sean malas personas. Lo que ocurre es que su cometido dentro de la organización, incluso su obligación legal, es obtener beneficios y cuota de mercado a corto plazo» [6]. Si surgen dificultades de conciencia a la hora de desempeñar semejante trabajo, se plantean ipso facto dos alternativas: la dimisión o el despido; siempre se dispone de un ejército de reserva esperando para sustituir al objetor. Los motivos por los cuales este imperativo institucional de maximización ha de ser descrito como una forma de estupidez institucional son tan obvios como los motivos por los cuales esta estupidez es «letal en sus implicaciones» [7].


2. Los síntomas de nuestra enfermedad


Habiéndonos aproximado ya –por más que superficialmente– a la cuestión etiológica, echemos ahora un vistazo a la nosología de nuestra patología global introduciendo unas sucintas pinceladas que nos permitan delimitar sus contornos generales. Descuellan aquí tres procesos interrelacionados y extremadamente ominosos: la sexta extinción masiva de la historia de la vida en la Tierra, el calentamiento global y la escasez de recursos.


Disponemos de una extensa literatura especializada acerca de cada uno de estos procesos, y prácticamente cada semana se publican y discuten en las revistas especializadas de mayor impacto nuevos datos, habitualmente más funestos que los de la semana anterior. Así, por ejemplo, si Jonathan Payne y colaboradores concluían en un influyente artículo publicado en Science en noviembre de 2016 que nuestros océanos vienen sufriendo «una extinción masiva de suficiente intensidad y selectividad ecológica» como para ser clasificada junto con las cinco previas, Gerardo Ceballos, Paul Ehrlich y Rodolfo Dirzo extendían en julio de 2017 esas conclusiones a los vertebrados terrestres en un artículo publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America [8]. En concreto, y a pesar de que estimaciones previas indicaban que la actual tasa de extinciones es aproximadamente 1.000 veces mayor que durante los últimos 60 millones de años [9], Ceballos, Ehrlich y Dirzo argumentan convincentemente que la magnitud de la extinción masiva en curso ha venido siendo sistemáticamente subestimada al no tomar en consideración datos relativos a la pérdida y reducción de poblaciones de especies no extintas. Al incluir estos datos en la ecuación obtenemos, en palabras de los autores, «una imagen sombría del futuro», más sombría aún que la proyectada por la evidencia previamente analizada. Esta imagen sombría atraviesa también las páginas del duodécimo Informe Planeta Vivo, que advertía en octubre de 2018 de una disminución promedio de las poblaciones de vertebrados de en torno a un 60% en apenas 40 años [10]. Cuando el pasado 6 de mayo de 2019 el IPBES anunció la próxima publicación de su evaluación mundial de la biodiversidad –basada en el análisis de toda la literatura científica pertinente–, aprovechó para poner lo obvio de relieve: este «declive global sin precedentes» de la biodiversidad supone una «amenaza directa para el bienestar humano en todas las regiones del mundo»; estamos estirando «nuestra red de seguridad hasta su punto de ruptura» [11].


Es interesante hacer notar en este punto que, por algún motivo, el principal motor de esta grave erosión de la biodiversidad no se digna a hacer acto de presencia en los medios de comunicación. Señalemos, contra la norma pues, que «alrededor de dos terceras partes de la pérdida total de vida salvaje se deben a la producción de alimentos» y, en concreto, a la creciente tendencia a arrasar con buldóceres millones de hectáreas de bosques y selvas tropicales para transformarlas en monocultivos de cereales con los que posteriormente se cebarán miles de millones de animales criados industrialmente, un proceso en el que se disipa «al menos un tercio de toda la cosecha global de cereales y casi toda la de soja –suficiente comida para cuatro mil millones extra de personas–» [12].


El segundo de los tres señalados síntomas de nuestra patología planetaria es el calentamiento global, un proceso extremadamente complejo y multidimensional cuyo perfil destaca, sin embargo, con total claridad: existen pocos fenómenos cuyos principios fundamentales sean objeto de mayor asenso en la comunidad científica. De acuerdo con dichos principios, conforme aumenta la concentración de determinados gases en la atmósfera, en mayor medida se comporta la misma como un aislante térmico, y se da el caso de que hemos estado emitiendo esa clase de gases de forma masiva durante medio siglo. A su vez, la disrupción del sistema climático global ocasionada por el incremento de las temperaturas medias concomitante a aquel aumento de la concentración de gases de efecto invernadero trae consigo una mayor frecuencia e intensidad de sequías e inundaciones, olas de calor y de frío, aumento del nivel del mar y acidificación de sus aguas. Nuevamente, cada semana disponemos de datos que hacen palidecer a los peores de la semana anterior. Así, escogiendo un par de ejemplos al azar, el pasado 26 de marzo de 2019 un estudio de la Agencia Internacional de la Energía nos informaba de que la expansión de la economía global vino acompañada en 2018 de un nuevo récord histórico en nuestros niveles de emisiones [13]. Cuando un mes y medio más tarde se registraran por vez primera niveles de CO 2 superiores a 415 partes por millón, la prensa internacional se hizo eco de las palabras del meteorólogo Eric Holthaus: «Es la primera vez en la historia humana que la atmósfera de nuestro planeta tiene más de 415 ppm de CO 2 . No ya en toda la historia registrada, no ya desde la invención de la agricultura hace 10.000 años: desde antes de que existieran los seres humanos, hace millones de años. No conocemos un planeta como éste» [14].


Pocos días antes de que se publicara el informe de la Agencia Internacional de la Energía, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente anunciaba que, incluso aunque se cumplieran los objetivos de reducción de emisiones del Acuerdo de París, las temperaturas invernales del Ártico se elevarán en el próximo par de décadas lo suficiente como para «devastar la región», produciendo «enormes» impactos a nivel mundial al «desatar el aumento global del nivel del mar» [15]. A finales de abril, un artículo publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America continuaba engrosando el abultado catálogo de resultados ominosos: la velocidad a la que la capa de hielo de Groenlandia se derrite se ha multiplicado por seis desde los ochenta, experimentando una aceleración tal que, del total de la contribución del deshielo de la isla al aumento del nivel del mar a lo largo del último medio siglo, la mitad se debe a los últimos ocho años [16]. Por desgracia, tampoco en el otro extremo del planeta pintan las cosas mucho mejor: según datos publicados en Nature en junio de 2018, la tasa de deshielo antártico se ha triplicado en apenas una década. Es difícil leer con apatía la primera frase del artículo en que aparecieran dichos datos, particularmente al añadir a los mismos la creciente evidencia de vulcanismo antártico: «las capas de hielo de la Antártida contienen suficiente agua como para elevar 58 metros el nivel del mar» [17].


Puede que el cambio climático se nos antoje en occidente como algo que habremos de sobrellevar de un modo u otro en el futuro. No obstante, los perdedores primero del colonialismo y luego de la globalización lo ven de otro modo. En las regiones más empobrecidas del planeta, los cada vez más graves y frecuentes desastres relacionados con el clima obligan a más de 20 millones de personas a abandonar cada año su lugar de residencia [18]. Estos desastres están convirtiéndose, además, en la principal causa de empobrecimiento en dichas regiones, en las que cientos de millones de personas extremadamente pobres viven en los países en los que la magnitud y frecuencia de esta clase de desastres es, por lo pronto, mayor [19]. Las palabras del Secretario General de las Naciones Unidas António Guterres acerca del ciclón Idai, que afectara a mediados del pasado mes de marzo a más de dos millones de personas en el sureste africano, levantan acta del último episodio de esta historia de horror: «otra campana de alarma sobre los peligros del cambio climático, especialmente para los países vulnerables y en riesgo. Tales eventos son cada vez más frecuentes, más severos, generalizados y devastadores, y esto continuará empeorando a no ser que actuemos ya» [20]. Cuando a finales de abril un segundo ciclón (Kenneth) alcanzó la región, dos millones de personas seguían necesitando ayuda humanitaria. Los mozambiqueños suscribirían pues sin reservas el pronóstico de Guterres, del mismo modo que lo harían los indios y bangladesíes, azotados a comienzos de mayo por el ciclón más fuerte que haya alcanzado la región en décadas (Fani).


Ciertamente, Guterres no dota de ese carácter perentorio a sus declaraciones a causa de su afición al melodrama. Así, por ejemplo, las conclusiones del informe especial que el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) publicó el pasado 8 de octubre de 2018 son igualmente rotundas y apremiantes [21]. El IPCC se comprometió a preparar ese informe en el curso de las negociaciones que condujeron al Acuerdo de París, cuya meta más optimista era la de mantener la temperatura media global por debajo de 1,5ºC sobre el nivel preindustrial. Tres años después del Acuerdo de París, cuando el IPCC publicó finalmente el informe ofreciendo sus análisis y previsiones acerca de los riesgos e impactos previsibles de un aumento de la temperatura media global por encima de ese límite, la prensa acertó a sintetizarlo sin traicionar el núcleo de su mensaje: «la humanidad tiene una docena de años para mitigar el cambio climático o afrontar la catástrofe global» [22]. Lo que ha venido escapándosele a la prensa ha sido el hecho de que cada informe del IPCC ha sido duramente criticado por una importante proporción de la comunidad científica a causa de su acusado sesgo hacia las conclusiones tranquilizadoras [23]. De este modo, sólo dos semanas después de que viera la luz el señalado informe especial de octubre de 2018 aparecía publicado en Nature un artículo que echaba nueva leña al fuego de las conclusiones funestas. Una vez más, los datos sugieren la necesidad de revaluar al alza las estimaciones previas, en este caso las estimaciones acerca del calentamiento de los océanos, lo cual resulta especialmente preocupante a causa de su papel central en la regulación del sistema climático global. La nueva estimación rebasa en más de un 60% a la del quinto y último informe del IPCC, lo que a su vez implica que, si pretendemos evitar las peores consecuencias del cambio climático, debemos reducir nuestras emisiones de forma considerablemente mayor y más rápida, abriéndose una ventana para la «descarbonización de la economía» que difícilmente supera el par de años [24].


Cerremos este apartado sobre el cambio climático apuntando a su estrecho vínculo con el referido proceso de devastación de los ecosistemas tropicales a manos de la ganadería industrial, que da cuenta del empleo del 80% de las tierras agrícolas y es responsable del 80% de la deforestación a nivel global [25]. Las selvas tropicales habían venido siendo concebidas como un importante amortiguador del cambio climático dado su potencial para la recaptación natural de nuestras emisiones de carbono. Anotemos de pasada que, si bien es cierto que el papel de los ecosistemas boscosos en el calentamiento global es un tema de investigación abierto y en debate, pocas dudas caben sobre el potencial mitigador de los «claros enfriadores climáticos» que constituyen los bosques tropicales, principales afectados por el embate de la ganadería industrial [26]. Lamentablemente, la degradación de estos enormes sumideros de carbono ha hecho de ellos gigantescos emisores netos, de forma que, según datos recientemente publicados en Science, en lugar de absorber carbono, los ecosistemas tropicales lo emiten ahora a razón de unos 425 millones de toneladas anuales, un ritmo superior al de todo el tráfico de Estados Unidos [27].


En cuanto al último de nuestros tres síntomas, el de la escasez, su análisis debe situarse a medio camino entre lo psicosocial y lo económico. La estupidez institucional «capitalista» ha sabido concentrar la mitad de la riqueza mundial en manos del 1% de la población, pero ha pretendido permanecer de espaldas al hecho de que la base material de esa riqueza no es infinita, sino de hecho alarmantemente escasa. Estamos viviendo los últimos compases del más breve episodio de la historia humana, a saber, el de la disponibilidad ingente de las materias primas y las fuentes de energía que han sustentado el fugaz paso por la existencia del joven mas ya provecto sistema contemporáneo de producción, distribución y consumo, erigido sobre el sueño de la infinitud y legitimado por una «teología matematizada» en todo caso incapaz de probar que «su régimen es el mejor de todos los regímenes posibles» [28]. No habría motivos para la inquietud si se tratara de la abundancia o escasez de telurio o germanio, pero incluso el agua escaseará, verosímilmente, no sólo para los cientos de millones que dependen de los glaciares asiáticos en retroceso, sino asimismo para los que arrojan por el desagüe de la agroindustria tres cuartas partes del agua dulce empleada anualmente [29].


A nadie debiera extrañar que los portavoces de la estupidez institucional corporativa anuncien entusiasmados previsiones absurdas de crecimiento: el doble de coches, el doble de camiones, el doble de desplazamientos en avión, el doble de comercio marítimo… y todo ello en apenas un par de décadas [30]. En vista de tan «halagüeñas» previsiones de crecimiento, son también un par de décadas cuanto cabe augurar a la disponibilidad de las materias primas vitales para la preservación de esta suerte de «civilización» industrial –excepción hecha, según datos del gobierno estadounidense, de la bauxita– [31]. No perdamos de vista que ese próximo par de décadas no acogerá el crecimiento proyectado en el mero contexto de la escasez de materias primas, sino en el más amplio del impacto de su uso a nivel planetario, siendo así que «las tendencias y decisiones sociales y tecnológicas adoptadas en los próximos diez o veinte años podrían influir significativamente en la trayectoria del sistema Tierra durante decenas o centenas de miles de años y conducir potencialmente a condiciones que se asemejarían a estados planetarios que se vieron por última vez hace varios millones de años, condiciones que serían inhóspitas para las sociedades humanas actuales y para muchas otras especies contemporáneas, [motivo por el cual] se requieren transformaciones generalizadas, rápidas y fundamentales del sistema socioeconómico dominante en la actualidad para reducir el riesgo de cruzar el umbral» [32].


Hemos comentado tangencialmente el aspecto económico del síntoma de la escasez. Abordando su aspecto psicosocial, Jorge Riechmann proponía en un reciente encuentro que, al pretender vivir de espaldas a la manifiesta incompatibilidad entre aquellas previsiones de crecimiento y la finitud de nuestro planeta, «nuestra cultura es terraplanista» [33]. Hace unos años formulaba una idea similar al parafrasear a Edgar Morin para sugerir que el animal «orgullosamente autobautizado Homo sapiens sapiens es más bien un Homo sapiens demens» cuando su medioambiente sociocultural «se aleja cada vez más de la realidad [y] produce cada vez más víctimas» [34]. En este alejamiento de la realidad, la «cultura dominante» guía nuestra «huida hacia adelante» orientando el sutil proyecto de devastar «la biosfera en el intento por preservar el capitalismo» [35]. Ha de atravesarnos aquí un aturdimiento moral análogo al de Bartolomé de las Casas ante el salvajismo de conquistadores y encomenderos: «¿Quién en las generaciones futuras creerá esto? Yo mismo, escribiendo como testigo, apenas puedo creerlo» [36].


Quizá la alusión al terraplanismo active algún irreflexivo resorte cómico, de forma que consideramos necesario incidir en que «la distancia entre la gravedad del problema ecológico y su percepción ciudadana es uno de los abismos más desgarradores del siglo XXI» [37].


3. El médico, el tratamiento y el pronóstico


Ocupémonos ya de la tercera de las dimensiones a las que aludíamos al principio, la relativa a quién debiera ser el agente de los pertinentes cuidados y terapias para nuestra patología global. La cuestión no parece difícil de resolver, pues se trata de una patología provocada por los países «desarrollados», en los que vive hoy menos del 20% de la población, que consume, sin embargo, más del 80% de los recursos empleados [38]. Así, dado que nuestro consumo constituye el principal motor de la crisis ecológica en curso, y dado que no sólo compartimos nacionalidad con las corporaciones cuyas actividades se encuentran en el epicentro del terremoto, sino que además disfrutamos de incomparables privilegios y oportunidades exentas de riesgo para la organización de la resistencia a sus programas de rapiña y devastación, nuestra cómplice pasividad debiera resultarnos sencillamente vergonzosa, particularmente al compararla con la entrega y la valentía de las comunidades indígenas del Sur global. Estas comunidades se han colocado al frente de la lucha mundial contra la destrucción de la biosfera aun cuando sus privilegios y oportunidades son, por decir lo menos, considerablemente inferiores a los del occidental medio: a menudo ilegal y violentamente empujadas fuera de sus tierras por la bien visible mano de la «gestión corporativa» de su «capital natural», son también objeto de una persecución que se plasma cada año en decenas de asesinatos de activistas medioambientales [39]. «Estamos cansados de ser asesinados (…). Estamos cansados de este ecocidio y este genocidio de los pueblos indígenas. ¡Estamos defendiendo el planeta!» [40]. Estas palabras, recientemente pronunciadas en Brasil por un indio Apurina, podrían haberse proferido en cualquier región del planeta con presencia indígena significativa. «De modo que en un extremo tenemos sociedades tribales indígenas que intentan detener la carrera hacia el desastre. En el otro extremo, las sociedades más ricas y poderosas de la historia mundial (…) se apresuran a destruir el medioambiente lo más rápido posible» [41].


Ya sabemos, pues, cuál es el origen causal de la enfermedad, cuáles son sus rasgos distintivos y a quién correspondería hacer las veces del médico. Debiéramos tratar ahora de determinar qué protocolo terapéutico habría de seguir ese médico. En vista de lo antedicho, parece obvio: consumir considerablemente menos y de forma más responsable, organizar la oposición a la estupidez institucional y comenzar a sembrar en el presente las semillas de un entramado institucional futuro en el que las actuales cotas de destrucción, injusticia y sufrimiento ocupen el lugar que les corresponde en la historia: el del pasado pre-civilizado. Sobra añadir que nada brotará de esas semillas sobre la base de las «soluciones» propuestas por los principales centros del poder político, a saber, los mercados de derechos de emisión, cuya inoperancia ha sido ampliamente documentada [42].


Nos queda sólo el pronóstico, y es triste admitir que cuanto parece restarnos es soñar con que se obre el milagro no ya de la sanación, sino el de la implementación de cuidados paliativos tan desesperadamente necesarios como ausentes, por lo pronto, de nuestro horizonte. Pero el sueño es inadmisible cuando permanece abierta, como siempre, la puerta de la lucha tenaz.


Avanzamos «hacia el colapso catastrófico de las sociedades industriales» habiendo dejado atrás hace décadas la oportunidad de emprender alguna clase de «transición socioecológica razonable» [43]. Así las cosas, incluso «evitar los perores daños» podría ser hoy una meta, quizá, demasiado ambiciosa; pero resulta inexcusable permitir que esta idea desemboque en el abatimiento, el cinismo o la indiferencia: no podemos vender tan barata la base y la médula de cuanto apreciamos [44].

por Asier Arias

Notas:
[1] Riechmann, J. «El síntoma se llama calentamiento climático, pero la enfermedad se llama capitalismo», Madrid, abril de 2014 [disponible en La Comuna, «¿Es posible detener el calentamiento global?», El viejo topo, 4 de marzo de 2016]. Castillo, G. «El cambio climático es el síntoma pero la enfermedad es el capitalismo, entrevista con Jorge Riechmann», Contexto, 26 de septiembre de 2017.
[2] Cf., v. g., Allen, R. C. (2011) Historia económica mundial: una breve introducción, Madrid: Alianza, p. 13. Kocka, J. (2013) Historia del capitalismo, Barcelona: Crítica, p. 109. Chomsky, N. (1997) «Market democracy in a neoliberal order: Doctrines and reality», Z Magazine, 10(11). Chomsky, N. (1999) El beneficio es lo que cuenta. Neoliberalismo y orden global, Barcelona: Crítica. Chomsky, N. «Neoliberalism: An Accounting», Amherst, abril de 2017. Chang, H.-J. (2008) Bad Samaritans: The Guilty Secrets of Rich Nations and the Threat to Global Prosperity, London: Random House. Palazuelos, E. (2015) Economía política mundial, Madrid: Akal.
[3] Chomsky, N. (1996) «Enduring truths», CovertAction Quarterly, 56, pp. 45-51, p. 47. Chomsky, N. (2014) Democracy and Power. The Delhi Lectures, Cambridge: Open Book Publishers, p. 77.
[4] Chomsky, N. (2003) Hegemony or Survival: America's Quest for Global Dominance, New York: Henry Holt, p. 138.
[5] Laville, S. «Top Oil Firms Spending Millions Lobbying to Block Climate Change Policies, Says Report», The Guardian, 22 de marzo de 2019. InfluenceMap (2019) Big Oil’s Real Agenda on Climate Change, London: InfluenceMap.
[6] Chomsky, N. (2007) Lo que decimos, se hace. Barcelona: Península, pp. 148-149.
[7] Chomsky, N. «Noam Chomsky on Institutional Stupidity», Philosophy Now, 107, abril/mayo, 2015.
[8] Payne, J. L. et al. (2016) «Ecological selectivity of the emerging mass extinction in the oceans», Science, 353(6305), pp. 1284-1286. Ceballos, G., Ehrlich, P. R. & Dirzo, R. (2017) «Biological annihilation via the ongoing sixth mass extinction signaled by vertebrate population losses and declines», Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 114(30), pp. E6089-E6096.
[9] De Vos, J. M. et al. (2014) «Estimating the normal background rate of species extinction», Conservation Biology, 29(2), pp. 452-462.
[10] Grooten, M. & Almond, R. E. A. (2018) Informe Planeta Vivo 2018: Apuntando más alto, Gland: WWF.
[11] IPBES «Media Release: Nature’s Dangerous Decline ‘Unprecedented’; Species Extinction Rates ‘Accelerating’», IPBES, 6 de Mayo de 2019.
[12] Lymbery, P. (2017) Dead Zone. Where the Wild Things Were, London: Bloomsbury, pp. xiv-xvi.
[13] IEA (2019) Global Energy and CO 2 Status Report, Paris: IEA.
[14] Grandoni, D. «The Energy 202: EPA Finally Added West Virginia Site Plagued by Chemical Dumping to Priority Cleanup List», The Washington Post, 14 de Mayo de 2019.
[15] UNEP «Aumento de temperatura de 3ºC a 5ºC será inevitable en el Ártico», UNEP, 13 de marzo de 2019.
[16] Mouginot, J. et al. (2019) «Forty-six years of Greenland Ice Sheet mass balance from 1972 to 2018», Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, Apr 22, 201904242.
[17] The IMBIE team (2018) «Mass balance of the Antarctic Ice Sheet from 1992 to 2017», Nature, 558(7709), pp. 219-222. McKie, R. «Scientists Discover 91 Volcanoes below Antarctic Ice Sheet», The Guardian, 12 de agosto de 2017. Loose, B. et al. (2018) «Evidence of an active volcanic heat source beneath the Pine Island Glacier», Nature Communications, 9, art. nº 2431.
[18] UNHCR «Frequently Asked Questions on Climate Change and Disaster Displacement», UNHCR, 6 de noviembre de 2016. Jeffrey, S. & Rehman, A. «Desperate Exodus of the Climate Refugees», The Guardian, 9 de enero de 2017.
[19] Shepherd, A. et al. (2013) «The geography of poverty, disasters and climate extremes in 2030», Overseas Development Institute, Informe de Investigación, 2013/10. Elliot, L. «Natural Disasters Push 26m into Poverty each Year, Says World Bank», The Guardian, 14 de noviembre de 2016. Kumari Rigaud, K. et al. (2018) Groundswell: Preparing for Internal Climate Migration, Washington: The World Bank. Martin, R. «Climate Change: Why the Tropical Poor Will Suffer Most», MIT Thechnology Review, 17 de junio de 2015.
[20] Guterres, A. «Secretary-General's Press Encounter on Cyclone Idai», United Nations Secretary-General, 26 de marzo de 2019.
[21] IPCC (2018) Global Warming of 1.5°C. An IPCC Special Report on the impacts of global warming of 1.5°C above pre-industrial levels, Geneva: IPCC.
[22] Democracy Now! «Typhoon Haiyan Survivor: Fossil Fuel Companies Killed My Family by Hastening Climate Change», Democracy Now!, 12 de diciembre de 2018.
[23] Cf., v. g., Brown, P. T. & Caldeira, K. (2017): «Greater future global warming inferred from Earth’s recent energy budget», Nature, 552(7683), pp. 45-50. Horton, B. P. et al. (2014) «Expert assessment of sea-level rise by AD 2100 and AD 2300», Quaternary Science Reviews, 84(15), pp. 1-6. Stern, N. (2016) «Economics: Current climate models are grossly misleading», Nature, 530(7591), pp. 407-409. Brysse, K. et al. (2013) «Climate change prediction: Erring on the side of least drama?», Global Environmental Change, 23(1), pp. 327-337. Scherer, G. «Climate Science Predictions Prove too Conservative», Scientific American, 6 de diciembre de 2012. Overland, J. E. & Wang, M. (2013) «When will the summer Arctic be nearly sea ice free?», Geophysical Research Letters, 40(10).
[24] Resplandy, L. et al. (2018) «Quantification of ocean heat uptake from changes in atmospheric O 2 and CO 2 composition», Nature, 563, pp. 105-108. Kelly, M. & Monroe, R. «Earth’s Oceans Have Absorbed 60 Percent more Heat per Year than Previously Thought», Princeton University, 1 de noviembre de 2018. Figueres, C. et al. (2017) «Three years to safeguard our climate», Nature, 546(7660), pp. 593-595.
[25] Cf. FAO (2013) FAO Statistical Yearbook 2013: World Food and Agriculture, Rome: FAO. Kissinger, G., Herold, M. & De Sy, V. (2012) Drivers of Deforestation and Forest Degradation: A Synthesis Report for REDD+ Policymakers, Vancouver: Lexeme Consulting. Animals Farmed, «What is the True Cost of Eating Meat?», The Guardian, 7 de mayo de 2018.
[26] Popkin, G. (2019) «The forest question», Nature, 565(7739), pp. 280-282, p. 281.
[27] Baccini, A. et al. (2017) «Tropical forests are a net carbon source based on aboveground measurements of gain and loss», Science, 358(6360), pp. 230-234.
[28] Varoufakis, Y. «Utopian Science Fictions Legitimising our Current Dystopia. 2019 Taylor Lecture», Oxford University, 12 de febrero de 2019.
[29] Para recientes comentarios en prensa de la cada vez más alarmante situación de los primeros, cf. Fountain, H., Solomon, B. C. & White, J. «Glaciers Are Retreating. Millions Rely on Their Water», New York Times, 16 de enero de 2019. Hedges, C. & Jamail, D. (2019) «Climate Emergency with Dahr Jamail», On Contact, 23 de febrero de 2019.
[30] Nitch Smith, M. «The Number of Cars Worldwide Is Set to Double by 2040», World Economic Forum, 22 de abril de 2016. Scutt, D. «This Chart Shows an Insane Forecast for Worldwide Growth of Ships, Cars, and People», Business Insider, 19 de abril de 2016.
[31] Tanto para este dato como para estimaciones recientes de disponibilidad y reservas de materias primas, cf. Taibo, C. (2017) Colapso. Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo. Buenos Aires: Libros de Anarres, pp. 81-82; Taibo, C. (2014) ¿Por qué el decrecimiento? Un ensayo sobre la antesala del colapso. Barcelona: Los libros del lince, pp. 65-66.
[32] Steffen, W. et al. (2018) «Trajectories of the earth system in the anthropocene», Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 115(33), pp. 8252-8259.
[33] El señalado encuentro tuvo lugar bajo el título «La ecología como síntoma, el capitalismo como enfermedad» en La Cabrera, Madrid, el pasado 1 de abril de 2019.
[34] Riechmann, J. (2012) Interdependientes y ecodependientes. Ensayos desde la ética ecológica (y hacia ella), Barcelona: Proteus, p. 152. Marguerite Yourcenar, «¿Quién puede saber si el alma del animal desciende bajo la tierra?», citado en Riechmann, op. cit., p. 162.
[35] Riechmann, J. (2017) ¿Vivir como buenos huérfanos? Ensayos sobre el sentido de la vida en el Siglo de la Gran Prueba, Madrid: Catarata, p. 65.
[36] Bartolomé de las Casas, Historia de las Indias, citado en J. Riechmann (2012) Interdependientes y ecodependientes. Ensayos desde la ética ecológica (y hacia ella), Barcelona: Proteus, p. 413.
[37] Santiago Muiño, E. (2018) «Epílogo. La verdadera transición que viene», en J. Riechmann, A. Matarán & O. Carpintero (coords.), Para evitar la barbarie. Trayectorias de transición ecosocial y de colapso, Granada: Editorial Universidad de Granada, pp. 313-316, p. 313.
[38] Cf. Ngo, C., Natowitz, J. (2016) Our Energy Future: Resources, Alternatives and the Environment, Hoboken: Wiley, p. 120. United Nations Development Programme (1998) Human Development Report 1998. Consumption for Human Development, New York/Oxford: Oxford University Press. Ridoux, N. (2009) Menos es más. Introducción a la filosofía del decrecimiento, Barcelona: Los libros del lince, p. 31. Taibo, C. (2009) En defensa del decrecimiento. Sobre capitalismo, crisis y barbarie, Madrid: Los libros de la catarata, p. 15. Hemos de tener presente que, incluso aunque las cifras sean ya escandalosas, parece que la cantidad de recursos consumidos en los países «desarrollados» ha venido siendo subestimada por los indicadores disponibles. Cf. Wiedmann, T. O. et al. (2015) «The material footprint of nations», Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 112(20), pp. 6271-6276.
[39] Cf., v. g., Rodrigo, A. «Indígenas denuncian a mineras ante la ONU por violar sus derechos en la Amazonía», Público, 6 de noviembre de 2018. Global Witness (2017) Defenders of the Earth. Global Killings of Lands and Environmental Defenders in 2016, London: Global Witness. Global Witness (2016) On Dangerous Ground. 2015's Deadly Environment: The Killing and Criminalization of Land and Environmental Defenders Worldwide, London: Global Witness.
[40] Democracy Now! «Thousands of Indigenous People Protest Bolsonaro’s Deforestation Policies», Democracy Now!, 25 de abril de 2019.
[41] Chomsky, N. «How to Destroy the Future», The Guardian, 4 de junio de 2013. Reproducido con posterioridad en Chomsky, N. (2016) Who Rules the World?, New York: Metropolitan.
[42] Cf. Tanuro, D. (2011) El imposible capitalismo verde. Del vuelco climático capitalista a la alternativa ecosocialista, Madrid: Los Libros de Viento Sur, caps. 6 y 7. Pearse, R. & Böhm, S. (2014) «Ten reasons why carbon markets will not bring about radical emissions reduction», Carbon Management, 5(4), pp. 325-337.
[43] Riechmann, J. (2018) «El colapso no es el fin del mundo: pistas para una reflexión estratégica», en J. Riechmann, A. Matarán & O. Carpintero (coords.), Para evitar la barbarie. Trayectorias de transición ecosocial y de colapso, Granada: Editorial Universidad de Granada, pp. 247-311, p. 250.
[44] Sempere, J. (2018) Las cenizas de Prometeo. Transición energética y socialismo, Barcelona: Pasado y presente, p. 195.

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Estudiantes en mil 600 ciudades se manifiestan contra cambio climático

"No hay plan b para el planeta", la consigna

Cientos de miles de estudiantes salieron de escuelas y universidades para realizar acciones en más de mil 600 ciudades y pueblos en lo que llamaron una "huelga global por el futuro", exigiendo respuestas de los políticos y otros adultos ante la emergencia climática que amenaza la viabilidad del mundo.

Las acciones en por lo menos 130 países –desde Australia a Alemania y Suecia, a India, Colombia y Sudáfrica– son parte de una ola detonada por jóvenes respondiendo al consenso de los principales expertos científicos del mundo sobre el clima: el mundo sólo cuenta con 12 años para evitar una catástrofe climática con efectos irreversibles, así como nuevas investigaciones que han detectado una extinción masiva de especies en años recientes.

"No hay plan B para el planeta" y "favor de no quemar mi futuro" fueron algunas de las pancartas y consignas junto con demandas de acción de "los adultos" para mantener por debajo de 1.5 centígrados el incremento del calentamiento global –nivel establecido por la comunidad científica. Los huelguistas por el futuro empiezan a sacudir a las cúpulas en varios países, obligando a Inglaterra a ser el primer país en el mundo en declarar una "emergencia climática" entre otras respuestas de diversos gobiernos.

Junto con nuevas corrientes ambientalistas de jóvenes, como la Rebelión Extinción, que realizan acciones directas en Europa, y los jóvenes de Sunrise en Estados Unidos que están promoviendo un New Deal Verde, y en alianza con organizaciones ambientalistas más añejas como 350.org y Greenpeace, entre otras, los jóvenes están creando un movimiento masivo.

Según los organizadores de "Los viernes para el futuro", hoy hubo miles de acciones en por lo menos mil 664 ciudades (se esperan más reportes en los próximos días) y pronosticaba que superarían los 1.4 millones de participantes a escala mundial en su primera convocatoria de huelga escolar global el 15 de marzo [https://www.fridaysforfuture.org/ events/list].

Huelgas estudiantiles de todos los tamaños se realizaron en miles de puntos. En Jerusalén, estudiantes palestinos y judíos marcharon juntos, declarando que se debía poner a un lado el odio para "salvar al mundo del desaste climático", reportó Climate Home News.

Greta Thunberg –la adolescente sueca que inspiró este movimiento de huelgas estudiantiles el año pasado cuando comenzó a realizar protestas solitarias cada viernes al salir de su escuela y manifestarse frente al Parlamento en Estocolmo para demandar a los legisladores cumplir con el Pacto de París– felicitó este viernes a los miles de sus compañeros alrededor del mundo: "Gracias a todos aquellos que realizaron una huelga escolar por el clima hoy alrededor del mundo", dijo por tuit con una foto de la acción en la que participó en Estocolmo.

Ella y decenas de sus compañeras de diversas partes del mundo extendieron una invitación a los adultos a sumarse a una "huelga general" mundial el 20 de septiembres afirmando que "para cambiar todo, necesitamos a todos".

En Nueva York, cientos de estudiantes de secundaria y preparatoria abandonaron sus aulas para marchar por Broadway, desde la glorieta de Colón a Times Square. Coreando "el petróleo debe quedarse bajo la tierra" y "los mares se están alzando y nosotros tambien"; con pancartas hechas a mano fueron un río de azul y verde (los colores del planeta) que coreaba una y otra vez a que el momento es ahora para salvar su futuro.

Aquí, como en otras partes, el mensaje era claro: los jóvenes están furiosos por la inacción de los adultos, sobre todo los políticos, quienes a pesar de saber muy bien que esto es una emergencia no han hecho lo necesario. Las demandas no son abstractas, citando las recomendaciones de los científicos y lo elaborado en el Acuerdo de París para reducir el calentamiento global. El régimen de Donald Trump se retiró del acuerdo entre sus primeros actos de gobierno.

Hoy, señalaron, formaron parte de lo que podría ser la ola de manifestaciones de defensa del medio ambiente más grande de la historia a escala internacional. Los líderes, como subrayó un observador, son el futuro: los niños.

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¿Por qué no avanza la lucha contra el cambio climático?

La creación de reglas internacionales para controlar el calentamiento global ha sido un tour de decepciones. Primero, habría que adentrarnos un poco en el proceso físico de degradación del planeta: Las emisiones de Bióxido de Carbono (CO2) principalmente ocasionadas por la acción humana, quedan atrapadas en la atmósfera, cuestión que altera todo el ecosistema y ocasiona graves tragedias como el derretimiento de los polos, la multiplicación de huracanes y fenómenos meteroleógicos, el deterioro de la vida terrestre y submarina, además, como lo han demostrado estudios recientes, una inusitada extinción de especies.


Hemos llegado a la lógica conclusión que los recursos de la Tierra son finitos, lo cual debiera implicar una transformación radical del pensamiento y los esquemas de producción. Complejos estudios sobre uso de materiales, algunos realizados por instituciones de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) consideran que al menos al octavo mes, ya se agotaron los recursos que teníamos para consumir en todo un año. De modo que, en términos de utilización de riquezas naturales, estamos viviendo “de prestado” con cargo a las próximas generaciones.


En 1998 se instaló el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) de las Naciones Unidas, que reúne a lo mejor de la Ciencia en el mundo para estudiar el fenómeno. Ni presidentes, políticos, mucho menos ignorantes de la farándula deberían tener voz para desautorizar con ligerezas, cientos, quizá miles de estudios serios que confirman que el calentamiento global es una realidad apremiante.


En 1997 se suscribió el Protocolo de Kioto que establecía el compromiso de los países de reducir sus emisiones de CO2 con respecto a 1990. El acuerdo entraría en vigor cuando lo ratificaran los responsables del 55 por ciento de estos contaminantes. Esta meta no se pudo alcanzar hasta ocho años después, en buena medida porque el “texano tóxico” como le llamaba Giovanni Sartori (2003) a George Bush hijo, se había comprometido en una irresponsable aventura militar en Iraq y desde luego, era un defensor muy poco encubierto de los intereses petroleros norteamericanos, que siempre fueron renuentes a asumir compromisos en defensa del medio ambiente.


El tema quedó en el limbo hasta que se suscribió el Acuerdo de París en 2015, esta vez con una actitud más proactiva del presidente Obama, dado el papel preponderante de los EEUU en esta agenda. A diferencia de Kioto, el tratado de París entró en vigor rápidamente al obtener mayor consenso. Sin embargo, el texto legal pudo haber quedado peor que su antecesor. Aunque se establece como objetivo que la temperatura de la Tierra no rebase los dos grados centígrados, el acuerdo no señala metas específicas de reducción. Y las potencias económicas no han parado de contaminar desde entonces, al no tener obligaciones claras qué cumplir.


Todo parece quedar sujeto a la buena voluntad de los gobernantes, un poco de presión social y que las catástrofes, que se multiplican sin parar, no generen crisis irresolubles.
Sartori era un pensador bien informado, pues preveía que la Humanidad podría extinguirse en 2100, cosa que han confirmado estudios e informes recientes: Nos encontramos ante la última oportunidad de lograr que el cambio climático sea irreversible.


Aunque toda medida de ahorro, reducción de consumos personales y cambio de hábitos ayuda, es ineludible mirar la enorme responsabilidad que tienen las compañías.
Porque si se sigue explotando irreflexivamente la Laguna para hacer lácteos, Chiapas para producir refrescos, Baja California para instalar cerveceras o si la industria automotriz no hace compromisos serios para crear vehículos que contaminen menos, parece que seguimos con la hoja de ruta extraviada.


Una visión sustentable de nuestro entorno puede evitar conflictos sociales a futuro. En última instancia, la lucha contra el calentamiento global implica profundos cambios sistémicos que necesitamos tener presentes.

25 mayo 2019 

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Informe sobre la biodiversidad: los motores invisibles

Hace 10 días el Panel Intergubernamental sobre Biodiversidad dio a conocer el resumen de su informe sobre el estado de la biodiversidad en el mundo (www.ipbes.net). El contenido es alarmante: la biósfera, nuestra casa en el planeta, está siendo perturbada a una escala sin precedente. La biodiversidad está declinando más rápidamente que nunca antes en la historia de la humanidad.

La lista de daños al medio ambiente es el catálogo de una pesadilla: 75 por ciento de la superficie cultivable se encuentra alterada, 66 por ciento de ecosistemas marinos sufre impactos negativos acumulativos y 85 por ciento de la superficie de los humedales en el mundo se ha perdido. La mitad de los arrecifes coralinos en el mundo ha desaparecido en los pasados 100 años y las pérdidas se aceleran por los efectos del cambio climático. Entre 2010 y 2015 se perdieron 32 millones de hectáreas de bosque primario en los ecosistemas tropicales de alta biodiversidad. El tamaño de las poblaciones silvestres de vertebrados ha declinado en los pasados 50 años.

El informe de IPBES revela que desde 1970 la producción agrícola, la extracción de pesquerías y la producción forestal han amentado. Pero las aportaciones de la biósfera para mantener la producción futura en esas actividades han declinado. Esto significa que la producción no es sustentable.

¿Cuáles son los motores de esta destrucción sin precedente? En este terreno, el informe de IPBES se queda en la superficie. En IPBES los motores de la degradación ambiental se dividen en dos categorías.

En la primera están los cambios en uso de suelos y aguas, explotación directa de organismos, cambio climático, contaminación y la invasión de especies exóticas. Según IPBES, estos cinco factores directos son el resultado de los factores indirectos: crecimiento de la población y expansión de la economía mundial.

La debilidad del análisis sobre los motores económicos de la destrucción ambiental es característico de este tipo de estudios. Según el IPBES, los factores indirectos dependen de "valores sociales" y "patrones de producción y consumo". Esta redacción revela una falta absoluta de categorías analíticas para abordar el problema de las causas de la degradación ambiental.

En la oscuridad quedan las fuerzas económicas responsables de la sobre-inversión en capital fijo y la intensificación de tasas de extracción en la producción minera, forestal, pesquera y en desarrollo de monocultivos en grandes superficies. Lo mismo se puede decir de la expansión de la mancha urbana a escala mundial, producto de la especulación inmobiliaria y de la malsana relación del sistema financiero con el sector de bienes raíces.

El informe IPBES sí menciona prácticas no sustentables en la producción pesquera, agropecuaria y forestal, pero las atribuye a incentivos malsanos, como los subsidios que favorecen el uso de combustibles fósiles, fertilizantes y plaguicidas. Pero si bien los subsidios perversos efectivamente desempeñan un papel nefasto, son sólo una parte del problema.

A escala global, las fuerzas económicas que impulsan el deterioro ambiental están íntimamente relacionadas con la transformación de la economía bajo el esquema neoliberal. La obsesión con las exportaciones como motor de crecimiento ha dejado una profunda cicatriz ambiental a escala planetaria. A eso hay que añadir la concentración de poder de mercado, la dinámica de la competencia intercapitalista, así como el papel del sector financiero.

Varios ejemplos ilustran lo anterior. El uso de commodities como activos financieros es un factor de destrucción ambiental de primera magnitud. Se debe a la desregulación que permitió la irrupción de la especulación financiera en los mercados de futuros de materias primas. Esto ha sido confirmado por el comovimiento de los precios de commodities en los tres complejos de materias primas (energía, agropecuario y minerales).

En la agricultura encontramos que 92 por ciento de unidades de producción agrícola en el mundo son pequeñas propiedades y se ubican en 24.7 por ciento de la superficie cultivable global. A pesar de ser responsables de la producción de 50 por ciento de alimentos consumidos en el planeta, tienen que luchar en contra de estructuras adversas de precios y falta de apoyos gubernamentales. En cambio, los proyectos de agricultura comercial en gran escala, intensivos en agroquímicos y grandes destructores de biodiversidad, reciben todo tipo de apoyos.

La sección sobre Intervenciones de política, del informe IPBES, deja mucho qué desear. Es normal. Las recomendaciones de política para contrarrestar y revertir la destrucción ambiental serían más pertinentes en la medida en que el diagnóstico sobre las causas fuera más riguroso. Por el momento parece que tenemos que conformarnos con más análisis sobre las múltiples enfermedades del cuerpo ambiental, pero sin ahondar en las causas de esos males. Lo grave: el mal diagnóstico no permite recetar la medicina adecuada.

Twitter: @anadaloficial

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Sábado, 11 Mayo 2019 05:17

Emisiones

Emisiones

La expresión “cambio climático” no genera, por sí sola, la violenta vibración que contiene. Ha sido enyesada y hay que liberarla. Desde hace un par de décadas circula encorsetada en la sensación de irrealidad en la que viven los ciudadanos de los países centrales y también los de los países periféricos, que fueron los primeros en quitarle contenido, porque era en esos territorios que iba a tener lugar la batalla final de la vida contra la muerte. 

A mí me gusta hilar. Y no deja de asombrarme que sobre este tema comencé hablando hace unos meses de la adolescente sueca Greta Thumberg, que lidera a los estudiantes secundarios de más de ciento veinte países en la lucha por la detención de la emisiones tóxicas, y que llora en la ONU cuando habla de la aceleración de la extinción de innumerables especies. Me gustó hilar lo decía esa casi niña europea, tan áspera, tan conmocionante, con lo que se está diciendo al mismo tiempo en otros idiomas exóticos, en lenguas casi extinguidas, en lo profundo de Africa pero sobre todo de América Latina. Aquí por decirlo los matan.


El hilo va y viene porque estamos ante un cataclismo inimaginable y sin embargo escondido para la enorme mayoría de la población mundial. Todo lo demás depende de esto. Los modelos de país, las ideologías, las creencias, las utopías, hasta la esperanza. La casa común, le dice el Papa. Mapu, le dicen los mapuches. La maravilla de la vida, el esplendor de la diversidad, ha comenzado su etapa final porque este sistema de explotación de la tierra se corresponde en esta etapa del capitalismo con el sistema de explotación de los seres humanos.


Esta semana circuló un video que entre otros difundió Spanish Revolution, en el que otra mujer, pero de una vejez extremadamente bella, decía que “el cambio climático es una de las peores amenazas a las que nosotros como especie, y toda la vida sobre la tierra, se enfrenta hoy”. Esa mujer es Jane Goodall, la legendaria observadora de chimpancés en su hábitat natural, la mujer que convivió décadas con ellos, y que luego se volvió promotora y divulgadora infatigable de la defensa de la naturaleza a través de su fundación Raíces y Brotes (Roots & Shoots). La que cuando tenía la edad de Greta comenzó a ir todos los días al Museo de Historia Natural en Londres a leer, y luego ahorró hasta poder pagarse su viaje a Africa. Y allí, en la Garganta de Olduvai, Tanzania, conoció a un paleontólogo, Louis Leakey, que fue el pasaje entre el estudio de los fósiles y la observación de primates vivos y en su hábitat. Eligió para eso a tres mujeres (las otras fueron Diane Fossey y Biruté Galdikas), y las envió a vivir a tres distintos territorios y a observar la conducta de primates. A Goodall le tocaron los chimpancés, a quienes conoce mejor que nadie.


“He pasado mi vida viajando alrededor del mundo y he visto los efectos del cambio climático con mis propios ojos”, dice Jane, que tiene esos ojos azul oscuro que miran dulce pero férreamente a cámara. “Estuve en Groenlandia a los pies del gran acantilado de hielo que sube hacia el casquete del glaciar, con ancianos inuit que dicen: cuando éramos jóvenes, incluso en pleno verano, el hielo aquí no se derretía, y ahora, a finales del invierno, baja agua del acantilado y caen grandes trozos del hielo al océano”.


Goodall narra que luego fue a Panamá, y que allí también conoció indígenas que ya habían tenido que abandonar sus islas porque con el aumento de los océanos las han perdido. Dice que conoció del otro lado del mundo situaciones idénticas de islas desaparecidas. Habla de las sequías en el sur de Australia y Africa, donde hay lugares en los que no ha llovido en siete años.


Esta semana atentaron contra la lideresa Francia Márquez, en Cauca, Colombia. Intentaron matarla lanzándole una granada. Francia defiende el agua de su territorio, al que las corporaciones mineras y madereras están dejando sin accesos. Francia ganó el año pasado el premio ambiental Goldman por su lucha. Esta misma semana, ese premio, el de este año, fue otorgado a al lonko mapuche Curamil, por su defensa del agua. El premio lo recibió su hija, porque Curamil está detenido en Chile.


Todo se va hilando, voces adolescentes, voces de enorme experiencia, voces científicas, voces indígenas, todo eso teje un alerta que en cada país debe tomar una forma activa, porque es la única herramienta que tiene el 99 por ciento de la población del mundo de detener esta locura que los argentinos sabemos de qué se trata. Sabemos lo que son las corporaciones al comando. Está muriendo gente por efectos de los agrotóxicos y eso no está en la agenda porque la corporación de los agrotóxicos es uno de los presidentes que nadie ha elegido y que sin embargo decide las políticas perfectas para continuar envenenándonos.


En su video, Jane Goodall insiste en que se deben detener las emisiones de dióxido de carbono y de metano, que proviene de la ganadería intensiva y de la agricultura intensiva. Goodall dice que ya se sabe cómo prevenir el final, pero no hay voluntad política que evitarlo. Y habla de gobiernos pero también de ciudadanos. De la voluntad política de los ciudadanos. El New York Times publicó el martes una nota firmada por Brad Palmer titulada “La civilización acelera la extinción de las especies y altera el mundo a un ritmo sin precedentes”. Se acerca al millón la cantidad de especies de todo tipo que están condenadas a desaparecer.


Si la única herramienta que tenemos los comunes y corriente para evitar el desastre, deberíamos presionar a nuestros dirigentes a que nos hablen de este tema. No es un tema fácil de abordar, porque todos, absolutamente todos los poderes fácticos del mundo, están locos y creen que cuando no haya planeta ellos seguirán siendo inmensamente ricos. Pero no se detendrán hasta que no haya nada, ni siquiera su propia riqueza.

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El exceso de CO2 de EEUU cuesta un billón de dólares a la economía mundial

Los Acuerdos de París para lograr que el repunte de la temperatura del planeta no supere los 2 grados centígrados en 2025 no van por buenos derroteros. Por si fuera poco, el gran emisor de gases de efecto invernadero –EEUU–, ya ha avanzado que no acudirá a la cumbre para la Acción Climática de Naciones Unidas de septiembre.

En 2016, en las postrimerías de su segundo mandato, Barack Obama, tan sólo unos meses antes de conocer a su sucesor en la Casa Blanca, firmaba los Acuerdos de París, a los que definió como "el más ambicioso pacto contra el cambio climático de la historia". Tras estampar su rúbrica, el líder demócrata preconizó que EEUU sería el abanderado mundial en esta lucha. Es más, señaló la estela a seguir: la mayor potencia económica del planeta está en condiciones de recortar en más de un 26% sus niveles de emisiones de CO2 a la atmósfera en 2025.


En línea con el objetivo del tratado parisino. Sin embargo, la fumata blanca se ha tornado negra. En 2018, los niveles de polución volvieron a aumentar, después de que la Administración Trump echara por la borda las normas de protección medioambiental redactadas por Obama. Una vez más. Porque la promesa internacional de EEUU en esta materia nunca ha sido sólida.


Pese a que la Casa Blanca ha suscrito cuatro grandes protocolos para combatir el efecto invernadero -cumbres de Río de Janeiro, en 1992; Kyoto, en 1997, Copenhague, en 2009 y el mencionado de París, en 2015- EEUU ha fallado, como muchos otros grandes emisores de CO2, en sus intentos, mínimos, de mantener a raya sus cotas de polución. En buena medida, porque han sido incapaces de añadir a sus ordenamientos una regulación rigurosa al respecto. El resultado es paradigmático. El mayor PIB del mundo ha lanzado al espacio 20.000 millones de toneladas de dióxido de carbono más de su compromiso internacional de 1992.


Mientras las previsiones auguran que, para 2025, sobrepasará en otras 5.000 toneladas los límites previstos en la capital francesa.Este superávit contaminante podría parecer testimonial para una economía que ronda ya los 20 billones de dólares. Pero no lo es. Baste decir que estos 25.000 millones de toneladas adicionales es una cantidad que superan las emisiones totales procedentes de China, India y la UE el pasado año. Más en concreto, y según cálculos del propio gobierno federal americano de 2016, basado en una prospección matemática que contabiliza el daño causado por cada tonelada de emisión de CO2 en 42 dólares, el coste para la economía mundial del exceso contaminante de EEUU será superior al billón de dólares en los próximos años.


Donald Trump ha calificado de "irracionales" y de "exigencias económicas y financieras draconianas" para EEUU el cumplimiento de los pactos de París. Falacia. Porque Washington siempre ha logrado obtener cuotas más reducidas en todos los acuerdos ecológicos de referencia. Por ejemplo, en Kyoto, su objetivo era menos ambicioso que los del resto de países cosignatarios. E, incluso, su delegación logró incluir en el protocolo el mercado de derechos de emisión, con el que quiso asegurarse que la consecución de su meta conservacionista tuviera un coste más efectivo.


Cambio de paradigma económico


El giro hacia la transición energética no sólo es la única alternativa para mantener la salud del planeta. Es, quizás, la más clara estrategia económica hacia la estabilidad y la prosperidad. Para los expertos climáticos, EEUU no tiene barreras, ni técnicas ni financieras, a la hora de avanzar por la senda de las energías renovables. En su opinión, las inversiones en la economía verde se sufragan por la propia industria y los costes asociados a su implantación son mínimos en relación a los amplios beneficios hacia la sociedad. Según la Comisión Global sobre la Economía y el Clima (GCEC, en sus siglas en inglés), el PIB global añadiría 26 millones de dólares si se consumaran los negocios relacionados con la preservación del medio ambiente en 2030. Suma equivalente a los PIB de EEUU y Japón, primera y tercera economías globales, a precios actuales de mercado.


Un salto de prosperidad que se consolidaría si, como se reclama Naciones Unidas, los gobiernos que han suscrito los Acuerdos de París sellan alianzas de colaboración con el sector privado idóneas para potenciar la economía ecológica. Bajo directrices aceptadas como que las inversiones en la energía solar o eólica exigen menos costes efectivos que la generada por el carbón. Sin embargo, todas las propuestas legislativas planteadas en el Congreso norteamericano desde la era Trump se han saldado con la férrea oposición de la mayoría republicana en el Senado. Aunque también por parte de las filas demócratas; en concreto, la de sus representantes de estados con industria del carbón. Un estudio de Boston Consulting Group (BCG) estima que el impacto de las políticas medioambientales de EEUU, de cumplirse estrictamente en su totalidad, apenas serviría para reducir en un 11% las emisiones estadounidenses de CO2 en 2050.Por si fuera poco, sus grandes consorcios energéticos están entre los son los más contaminantes. De acuerdo con la revista académica Climate Change, las 90 compañías con mayores índices de polución han sido las responsables de casi el 50% del aumento de la temperatura del planeta desde el final de la Revolución Industrial.


Periodo que enmarcan entre 1880 y 2010. De ellas, 83 extraen carbón, petróleo o gas natural. Es decir, se dedican en mayor o menor medida al negocio de los combustibles fósiles. Mientras que las otras siete son cementeras. Su gigante Chevron es el principal agente contaminante, seguido de la saudí Aramco y de la rusa Gazprom. Tras estas tres multinacionales, aparecen otro tridente estadounidense: ConocoPhillips, Consol Energy y Peabody Energy. Que anteceden a las británicas BP y British Coal Corporation, a la holandesa Royal Dutch Shell, a la francesa Total y a la australiana BHP Billiton. Desde Oriente Próximo y el norte de África surgen la National Iranian Oil Company, Kuwait Pretroleum y la energética de Argelia Sonatrach. También están entre las veinte primeras PetroChina, Coal India, la mexicana Pemex y la venezolana PDVSA. Sus emisiones –dice el informe– revela que los productores de las energías fósiles "son los que más impacto están teniendo en la temperatura de la superficie de la Tierra".


Sus efectos son "cuantificables y substanciales" en el aumento del efecto invernadero y en su persistencia en mantener sus negocios subyacen "condicionantes históricos, legales y, por supuesto, de falta de ética" que impiden el combate contra el cambio climático con capitales y fondos monetarios tendentes a mitigar sus daños, a apoyar bases jurídicas que conduzcan a un cambio de paradigma hacia economías sostenibles y limpias y a la compensación de los daños por excesos de emisiones de CO2.


Más madera … fósil


Pero, sin duda, la Administración Trump va por otros derroteros. Los últimos datos oficiales dan sobradas muestras de la apuesta de la Casa Blanca por las prospecciones de gas y petróleo en su territorio. En 2018, el gobierno federal liberalizó 2,1 millones de acres para que las empresas energéticas continuaran con sus trabajos de prospección y extracción que, en su gran mayoría, se destinó al fracking, la dañina técnica mediante fractura hidráulica que se ha erigido en una práctica habitual en el sector estadounidense. En 2017, concedió otros 1,6 millones de acres a la industria petrolífera. Así lo cifra la Oficina de Gestión de la Tierra (BLM), cuyos datos han sido analizados por el think-tank Center for American Progress (CAP). Mayoritariamente, en Nevada, Utah, Wyoming, Montana, Arizona, Colorado y Nuevo México. Un año antes, bajo el mandato de Obama, la cesión fue de 289.000 acres de terreno. Ellen Kustin, directora del CAP, afirma que "las acciones del gobierno Trump indican que la visión occidental continúa siendo la de entregar terreno a la industria para mantener sus técnicas extractivas".


En contra de ponerle freno a las estrategias contra el cambio climático. A pesar de que, la última vez que las emisiones de CO2 a la atmósfera registraron las históricas cotas actuales (410 partes por millón), hace tres millones de años, el nivel de los mares era 18,6 metros más alto y existía vida arbórea en la Antártida, dicen los investigadores del Instituto Postdam (PIK) sobre Investigación del Impacto Climático en un estudio publicado en Science Advances. Las emisiones globales de CO2 en 2018 alcanzaron una cifra sin parangón: 37.100 millones de toneladas. Con casi todas las naciones alejándose de sus objetivos de control. India lo superó en un 6,3%; China, en un 4,7% y EEUU, en un 2,5%, acaba de revelar Global Carbon Project. Aunque consultoras privadas como Rhodium Group lo incrementan hasta un 3,4% en el caso de EEUU. El mayor aumento de los últimos ocho años. Y lo que es peor. Washington acaba de corroborar que no acudirá a la cumbre de Naciones Unidas para la Acción Climática que se celebra en septiembre. Trump ni está, ni se le espera en la lucha por la preservación del medio ambiente.

29/04/2019 07:43 Actualizado: 29/04/2019 07:43
Por DIEGO HERRANZ

 

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El discurso completo de Greta Thunberg ante el Parlamento británico: "Volveremos a clase cuando escuchéis a la ciencia"

"Nuestro futuro se ha vendido para que un puñado de personas puedan ganar cantidades inimaginables de dinero. Nos han robado el futuro a la vez que nos decían que no había límite", señaló la activista


"La crisis climática es a la vez el conflicto más fácil y el más difícil al que nos hemos enfrentado. El más fácil porque sabemos lo que tenemos que hacer y el más difícil porque nuestra economía depende de la destrucción de los ecosistemas"

 

Me llamo Greta Thunberg, tengo 16 años, soy sueca y he venido a hablaros en nombre de las generaciones futuras.


Sé que muchos de vosotros no queréis escucharnos. Decís que sólo somos niños. Pero nosotros sólo repetimos el mensaje de la ciencia sobre el clima.


Muchos de vosotros parecéis estar preocupados por ver cómo perdemos un tiempo de clase muy valioso, pero os aseguro que volveremos al instituto en cuanto empecéis a escuchar a la ciencia y nos deis un futuro ¿Os parece mucho pedir?


En el año 2030 yo tendré 26 años. Mi hermana pequeña, Beata, tendrá 23. Igual que muchos de vuestros hijos o nietos. Nos han dicho que es una edad genial en la que tienes toda la vida por delante. Pero no estoy segura de que vaya a ser tan genial para nosotras.


He tenido la suerte de nacer en una época y en un lugar donde todos nos dicen que soñemos en grande, que podría convertirme en lo que quisiera, que podría vivir en cualquier sitio que quisiera. La gente como yo lo ha tenido todo y más. Cosas con las que nuestros abuelos ni siquiera se atrevían a soñar. Hemos tenido todo lo que podíamos desear y, sin embargo, ahora podríamos acabar sin nada. Probablemente ya ni siquiera tenemos futuro.


Porque nuestro futuro se ha vendido para que un puñado de personas puedan ganar cantidades inimaginables de dinero. Nos han robado el futuro a la vez que nos decían que no había límite y que sólo se vive una vez.


Nos habéis mentido. Nos habéis dado falsas esperanzas. Nos habéis dicho que el futuro era algo que anhelar. Y lo más triste es que la mayoría de los niños ni siquiera sabe el destino que nos espera. No lo comprenderemos hasta que sea demasiado tarde. Y, sin embargo, somos los más afortunados. Los que se verán más afectados ya están sufriendo las consecuencias. Pero sus voces no son escuchadas.


¿Está encendido el micrófono? ¿Podéis oírme?


Alrededor del año 2030, dentro de 10 años, 252 días y 10 horas, habremos desatado una reacción en cadena irreversible que escapará todo control humano y que seguramente pondrá fin a nuestra civilización tal como la conocemos. Eso es lo que sucederá a menos que en el tiempo que nos queda se tomen medidas sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad, incluida una reducción de al menos el 50% en las emisiones de dióxido de carbono.


Y tened en cuenta que estos cálculos dependen de inventos que todavía no se han inventado a esa escala, inventos que se supone que limpiarán la atmósfera de cantidades astronómicas de dióxido de carbono.


Además, estos cálculos no incluyen puntos de inflexión imprevistos y bucles de retroalimentación como el poderoso gas metano que se está escapando rápidamente con el deshielo de la capa de hielo ártico.


Y estos cálculos científicos tampoco contemplan el calentamiento atrapado en la contaminación tóxica del aire. Ni el aspecto de equidad o justicia climática que se estableció claramente en el Acuerdo de París y que es absolutamente necesario para que los cambios funcionen a escala global.


También debemos tener en cuenta que estos son sólo cálculos. Estimaciones. Eso significa que los "puntos de no retorno" pueden ocurrir un poco antes o un poco después de 2030. Nadie puede saberlo con exactitud. Sin embargo, sí podemos estar seguros de que ocurrirán en esos períodos de tiempo, porque estos cálculos no son opiniones ni suposiciones hechas a lo loco.


Estas proyecciones están respaldadas por datos científicos, conclusiones a las que han llegado todos los países a través del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático o IPCC. Casi todos los más importantes paneles científicos nacionales en todo el mundo apoyan sin condiciones el trabajo y las conclusiones del IPCC.
¿Me habéis oído? ¿Entendéis mi inglés? ¿Está encendido el micrófono? Porque estoy empezando a dudar.


En los últimos seis meses he viajado por toda Europa. He pasado cientos de horas en trenes, coches eléctricos y autobuses para repetir una y otra vez estas palabras que pueden cambiarnos la vida. Pero nadie habla de eso y nada parece haber cambiado. De hecho, las emisiones siguen aumentando.


Cuando viajo para dar discursos en diferentes países, siempre me ofrecen ayuda para escribir sobre políticas climáticas específicas en países específicos. Pero eso no es necesario. Porque el problema esencial es el mismo en todos lados. Y el problema esencial es que no se está haciendo nada para poner freno, o siquiera reducir, el colapso climático y ecológico, a pesar de todas las palabras bonitas y las promesas.


Sin embargo, el Reino Unido es un caso especial. No sólo por la extraordinaria deuda histórica de carbono, sino también por su recuento actual –y por cierto muy creativo– de sus emisiones de carbono.


Desde 1990 el Reino Unido ha logrado una reducción del 37% de sus emisiones territoriales de dióxido de carbono, según el Proyecto Global del Carbono. Y eso suena sorprendente. Pero estas cifras no incluyen las emisiones de la aviación, los barcos y aquellas asociadas con importaciones y exportaciones. Si se incluyeran estas emisiones, la reducción desde 1990 sería de alrededor del 10%, o un promedio de 0,4% al año, según el Centro Tyndall Manchester.


Y la causa principal de esta reducción no son las políticas climáticas, sino una directiva de la Unión Europea de 2001 sobre la calidad del aire que básicamente obligó al Reino Unido a cerrar viejas plantas de carbón que eran extremadamente contaminantes y reemplazarlas por estaciones energéticas de gas que son menos sucias. Y por supuesto, al pasar de una fuente de energía desastrosa a una menos desastrosa, las emisiones se reducen.


Pero quizá la idea más equivocada sobre la crisis climática es que tenemos que "reducir" las emisiones. Porque eso está lejos de ser suficiente. Si queremos que el calentamiento baje a menos de 1,5 o 2 grados, tenemos que poner freno a las emisiones. Por supuesto que es necesario "reducir" las emisiones, pero eso es sólo el comienzo de un proceso rápido que debe llevar al fin de las emisiones en un par de décadas o menos. Y cuando digo "fin" quiero decir cero y luego pasar rápidamente a cifras negativas. Eso descarta automáticamente la mayoría de las políticas actuales.

El hecho de que estemos hablando de "reducir" en lugar de "poner fin" a las emisiones es quizá la mayor prueba de que las cosas siguen igual que siempre. Por ejemplo, actualmente el Reino Unido está apoyando activamente la nueva explotación de combustibles fósiles con la industria del fracking de gas shale, la expansión de sus campos de petróleo y gas en el Mar del Norte, la expansión de los aeropuertos y el plan de permitir una nueva mina de carbón. Es más que absurdo.


Sin duda, este comportamiento irresponsable será recordado en el futuro como uno de los grandes fracasos de la humanidad.


La gente siempre nos dice a mí y a los millones de jóvenes que nos manifestamos que deberíamos estar orgullosos de lo que hemos logrado. Pero lo único que tenemos que hacer es mirar la curva de emisiones. Y, lo siento, pero sigue siendo ascendente. Esa curva es lo único que deberíamos mirar.


Cada vez que tomamos una decisión, debemos preguntarnos: ¿Cómo afectará esta decisión a la curva? No deberíamos seguir midiendo nuestra riqueza y nuestro éxito según el gráfico que muestra el crecimiento económico, sino según la curva que muestra las emisiones de gases de efecto invernadero. Ya no deberíamos sólo preguntarnos: "¿Tenemos suficiente dinero para poder hacerlo?", sino también: "¿Podemos lograrlo cumpliendo ampliamente con los objetivos de las emisiones de carbono?" Ese debería el foco de nuestra nueva forma de autoevaluación.


Muchas personas dicen que no tenemos ninguna solución para la crisis climática. Y llevan razón. ¿Cómo íbamos a tener una solución? ¿Cómo se "soluciona" la mayor crisis a la que se ha enfrentado la humanidad? ¿Cómo se "soluciona" una guerra? ¿Cómo se "soluciona" llegar por primera vez a la luna? ¿Cómo se "soluciona" inventar cosas nuevas?


La crisis climática es a la vez el conflicto más fácil y el más difícil al que nos hemos enfrentado. El más fácil porque sabemos lo que tenemos que hacer. Tenemos que poner fin a las emisiones de gases de efecto invernadero. Y el más difícil porque nuestra economía actual depende casi totalmente de los combustibles fósiles y de la destrucción de los ecosistemas para poder generar un crecimiento económico perpetuo.


"¿Y exactamente cómo resolveremos esto?" nos preguntáis a nosotros, los jóvenes que nos manifestamos contra el cambio climático. Y nosotros respondemos: "Nadie lo sabe con certeza. Pero debemos dejar de quemar combustibles fósiles y recuperar la naturaleza y muchas otras cosas que aún no sabemos bien cómo hacer".


Entonces nos decís: "¡Esa no es una respuesta!". Y nosotros os decimos: "Tenemos que comenzar a tratar la crisis como una crisis y comenzar a actuar incluso si no sabemos cuál es la solución". "Sigue sin ser una respuesta", decís vosotros. Entonces comenzamos a hablar de economía circular y de volver a una naturaleza salvaje y de la necesidad de una transición justa. Y vosotros no entendéis de qué estamos hablando.


Nosotros decimos que esas soluciones que necesitamos no las conoce todo el mundo y que entonces debemos unirnos en respaldo de la ciencia y encontrar juntos esas soluciones por el camino. Pero vosotros no nos escucháis. Porque esas son respuestas para resolver una crisis que la mayoría de vosotros no comprende bien. O no queréis comprender.
Vosotros no escucháis lo que dice la ciencia porque solo os interesan soluciones que os permitan seguir como antes. Como ahora. Y esas respuestas ya no existen. Porque no habéis actuado a tiempo.


Evitar un colapso climático requerirá un pensamiento catedral. Debemos poner los cimientos aunque todavía no sepamos cómo construir el techo.


Y estoy segura de que en cuanto comencemos a actuar como si estuviéramos en una emergencia, podremos evitar el colapso climático y ecológico. Los humanos somos muy flexibles: todavía estamos a tiempo de solucionar esto. Pero la oportunidad de hacerlo no durará mucho tiempo. Debemos comenzar hoy mismo. Ya no quedan excusas.


Los jóvenes no estamos sacrificando nuestra educación ni nuestra infancia para que vosotros nos digáis lo que consideráis que es políticamente posible en la sociedad que habéis creado. No hemos salido a las calles para que os hagáis selfies con nosotros y nos digáis cuánto admiráis lo que estamos haciendo.


Los jóvenes estamos haciendo esto para que vosotros los adultos despertéis. Los jóvenes estamos haciendo esto para que pongáis vuestras diferencias a un lado y comencéis a actuar como lo haríais en una crisis. Los jóvenes estamos haciendo esto porque queremos recuperar nuestras esperanzas y nuestros sueños.
Espero que mi micrófono haya estado encendido. Espero que hayáis podido oírme.


Traducido por Lucía Balducci

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