Planeta en 'overbooking': el avión ecológico no existe

Es oficial: la aviación comercial supone al menos un 5,9% de la contribución humana a la crisis climática y no un 2% como defendía la industria. Los constructores aeronáuticos contraatacan enarbolando la bandera de la innovación tecnológica y el avión verde, pero este está muy lejos de ser una realidad.

 

Existe algo de controversia respecto a cuándo comienza esta historia. Podría ser el 1 de enero de 1914, cuando un hidroavión Benoist XIV transportó en 23 minutos al exalcalde de la ciudad estadounidense de St. Petersburg (Florida) Abram C. Phei a la vecina Tampa por 400 dólares. La otra opción posible ocurrió un lustro más tarde. El 25 de agosto de 1919 tenía lugar el primer vuelo comercial internacional del mundo. Lo protagonizó el teniente británico E.H. ‘Bill’ Lawford a bordo de un bombardero ligero de la Primera Guerra Mundial De Haviland DH4A, quien transportó al periodista del Evening Standard George Stevenson-Reece de Hounslow Heath, cerca del actual megaaeropuerto de Londres-Heathrow, hasta el aeródromo de Le Bourget (París). El vuelo fue operado por Air Transport & Travel, antecesora de British Airways, la compañía que en 2011 se fusionó con Iberia creando el International Airlines Group, el sexto operador aéreo del mundo por ingresos en la actualidad.

Sea uno u otro vuelo el inicio de la aviación comercial, este se produjo hace apenas un siglo; un pestañeo desde la óptica de los procesos de cambio climático global. Y cien años de emisiones tienen sus consecuencias. Durante décadas, la industria aeronáutica ha defendido que su contribución a la emergencia climática es mínima, apenas un 2%. Pues bien, la Comisión Europea, a raíz de un informe de la Agencia Europea de Seguridad Aérea, reconocía el pasado 24 de noviembre que el impacto de los ingenios que surcan el aire es tres veces superior, como ya había adelantado un estudio publicado en la revista Atmospheric Environment redactado por 21 científicos de centros de investigación y universidades europeas y estadounidenses.

El baile de cifras es simple. Hasta ahora, solo se contaba con los efectos del dióxido de carbono (CO2) emitido por los aviones. Pero con las emisiones de óxidos de nitrógeno (NOx) y sus derivados, el hollín, los aerosoles de sulfatos y el vapor de agua, así como el impacto de una mayor nubosidad inducida debido a la estelas de condensación —que favorecen la formación de nubes altas que aumentan la temperatura de la superficie y bloquean la salida de calor de la misma—, las emisiones de gases efecto invernadero se elevan hasta un 5,9% del total generadas por el ser humano, con cifras de 2018.

Realmente el porcentaje sería superior aunque, como explica la investigadora del Institut de Ciència i Tecnologia Ambientals (ICTA) de la Universitat Autonòma de Barcelona, Sara Mingorría, contabilizar las emisiones generadas por la extracción, transporte y acumulación de queroseno, así como las derivadas de la construcción de infraestructuras aeroportuarias, es altamente complejo.

Mientras la humanidad se enfrenta a la dificultad de transformarse para frenar la crisis climática, la única industria que plantea abiertamente incrementar de forma notable su actividad contaminante es la aeronáutica, tal como denuncia Stay Grounded, una confederación de 160 organizaciones preocupadas por el incremento de la actividad aérea y la emergencia climática, de la que Mingorría forma parte. Un informe de marzo de la consultora estadounidense Oliver Wyman —previo al parón del covid-19— cifra en 2.100 anuales el ritmo de fabricación de nuevos aviones de pasajeros hasta 2030. El plan de la industria es pasar de una flota global de 27.884 a 39.000 aeronaves en diez años. Son 21.000 aeronaves nuevas —la mitad destinadas a sustituir modelos antiguos—, lo que supone un ritmo de crecimiento un 30% superior al de la década 2010-20. China duplicaría su flota, India la triplicaría, y se registrarían crecimientos especialmente importantes en África, Latinoamérica y Oriente Medio.

Teniendo en cuenta que, según el estudio de Atmospheric Environment validado por la Comisión Europea, la mitad de las emisiones totales de la aviación se produjeron en las últimas dos décadas debido al incremento de las flotas, y que entre 2013 y 2018 los gases de efecto invernadero provocados por las aerolíneas aumentaron un 35%, tal como asegura la organización independiente International Council on Clean Transportation, no es difícil augurar lo que puede pasar. En concreto, la Comisión Europea ve posible que las emisiones del sector se mutipliquen por —redoble de tambores— ocho. Sin embargo, la industria dice que las emisiones no se dispararán, y saca su particular carta publicitaria: el avión ecológico.

Lavado verde

Una rápida búsqueda en internet ofrece titulares como “Boeing Dreamliner, el avión ecológico ya está aquí”. Pero las noticias hechas con notas de prensa de Airbus y Boeing, los dos grandes constructores mundiales, tienen letra pequeña. El consultor aeronáutico Chris Malins, experto en combustibles alternativos en la consultora Cerulogy, expone a El Salto una frase rotunda: “A finales de 2020 no existe el avión comercial de pasajeros ecológico”. Y añade: “No hay duda de que las mejoras son posibles a través de una variedad de tecnologías, pero no veo un camino creíble hasta 2050 que haga que el impacto climático de la aviación sea aceptable sin reducir las tasas de crecimiento esperadas”.

Por su parte, Finlay Asher, ingeniero industrial que ha pasado siete años trabajando en el diseño de nuevos motores Rolls-Royce, uno de los principales fabricantes de propulsores para aviación, expone que “es cierto que un avión fabricado este año es en torno a un 10% más eficiente que otro fabricado hace una década”. Las mejoras en los motores y combustibles, la innovación aerodinámica y, sobre todo, la construcción de aeronaves con materiales más ligeros, con la llegada de los llamados materiales compuestos, lo han hecho posible. Sin embargo, “estas mejoras en la eficiencia han reducido el coste de volar”. Y, si se suma la cantidad de población que puede ahora permitirse comprar un billete de avión a la reducción del coste de los pasajes, salen cifras como esta: entre 2000 y 2015 el número de vuelos comerciales se duplicó. No hay mejora en la eficiencia que haga reducir las emisiones con ese nivel de crecimiento.

“Venden estas tecnologías, que son greenwashing (lavado de cara verde) como una necesidad de invertir en energías alternativas, pero es una paradoja: en el fondo, como va a haber muchos más aviones, aunque se haya reducido lo que contamina uno, habrá mucha más contaminación”, apunta Sara Mingorría. Pablo Muñoz, responsable de la campaña de aviación de Ecologistas en Acción, denuncia que el aeronáutico es un sector “para el que solo se plantean soluciones tecnológicas pero en ningún momento se plantean medidas de reducción o decrecimiento”. Como concreta, el aumento no solo del número de aviones sino también del número de operaciones y de pasajeros por vuelo, implica un incremento de emisiones que aleja al sector de las reducciones necesarias para asumir el Acuerdo de París.

Pesa mucho, vuela poco

Hablando del futuro, entre los mensajes que intenta colar la industria destaca uno: la llegada del avión eléctrico. Asher es tajante al respecto: “El avión eléctrico no ayudará a solventar la crisis climática actual”. Titulares facilones ocultan un complejo problema, y la aviación eléctrica será, tal como explica este ingeniero británico, “una solución para vuelos muy cortos, con una carga muy limitada de pasajeros; por ejemplo, diez personas volando menos de una hora”. A veinte años vista, “sería una solución para trayectos regionales —continúa—, pero son vuelos que no serían un competidor para otros tipos de transporte como el autobús, el tren o los ferrys, mucho más eficientes y efectivos”.

Teniendo en cuenta que el 80% de las emisiones provienen de rutas de más de 1.500 kilómetros y que el avión eléctrico implica muchos más kilos —y por tanto más necesidad de energía para elevarlo—, debido a que las baterías y los sistemas eléctricos “pesan mucho más que la tecnología de motores a reacción actual”, concreta Asher, el avión eléctrico no es una opción real. En palabras de la propia jefa de tecnología de Airbus, Grazia Vittadini, a la BBC, “incluso asumiendo grandes avances en la tecnología de baterías, siendo estas 30 veces más eficientes y ‘densas en energía’ de lo que son hoy en día, solo sería posible volar un avión A320 —uno de los modelos de corta y media distancia más vendidos de la historia— durante una quinta parte de su alcance con solo la mitad de su carga útil”.

Eliminada la posibilidad real de un avión eléctrico con carga y alcance suficientes en dos décadas, una opción realista a medio plazo, aunque limitada, son los biocombustibles. Tal como explica la consultora medioambiental experta en biocombustibles Cristina Mestre, integrante de la confederación europea de organizaciones medioambientales Transport & Environment (T&E), “la industria, las aerolíneas y los proveedores de combustible tienen mucho interés en los biocombustibles”. Esta coalición verde, si bien no ve un rol para ningún biofuel en el transporte por carretera, sí lo ve para la aviación, dada la falta de alternativas a día de hoy que sí existen en otros modos de transporte. Pero no todos estos combustibles son bio o sostenibles. Como indica Chris Malins, “podrían ser una solución real o empeorar el problema, y si la aviación compra combustibles hechos a partir de aceites vegetales u otros recursos alimenticios, sería una elección equivocada”.

Para T&E, solo los llamados biocombustibles avanzados, “aquellos que no compiten con lo que se llama food and feed, con cultivos” —tal como explica Mestre— son realmente sostenibles. “Usar tierra agrícola para producir materias para quemarlas en nuestros coches o aviones no tiene sentido”, señala la experta. El consultor de Ceruloy, por su parte, expone que hoy en día “existe la oportunidad de omitir la fase de biocombustibles basados en alimentos e invertir en tecnologías de ‘biomasa a líquido’, con credenciales de sostenibilidad mucho mejores”.

Así, solo aquellas materias no utilizadas para la alimentación ni para otras industrias, que verían desaparecer o encarecerse su materias primas, son aceptables para T&E. Se refieren a residuos como el aceite de cocina usado, los desechos agrícolas y forestales, las grasas animales o el tall oil, un subproducto obtenido en la fabricación de pasta de papel. Su campaña No palm oil in my tank fue clave para la prohibición por parte de la UE del uso de aceite de palma, responsable de millones de hectáreas deforestadas en el mundo, como biofuel.

Ahora, los grupos ecologistas presionan para que la UE haga lo mismo con la soja, el gran monocultivo del sur global junto a la palma aceitera, que ha provocado la desaparición de bosques completos en Asia, África y Latinoamérica. El informe Globiom de la UE, que analiza los impactos en la crisis climática del cambio de usos del suelo, ya dejó claro en 2016 que, si bien el diésel de palma supone el triple de emisiones respecto al fósil, en el caso de la soja implica dos veces más. Solo entre 2009 y 2019, 50 millones de hectáreas de bosque, un área del tamaño de España, fueron destruidas para producir materias primas como la soja importada principalmente para pienso animal, según el estudio Enganchados a la carne, publicado por Greenpeace.

Combustible eléctrico

Si bien la tecnología es incipiente y quedan décadas para que sea operativa y generalizada, Mestre sí ve en los llamados electrofuels (E-fuels) un futuro para la aviación. Se trata de combustibles obtenidos con el uso de electricidad y es el hidrógeno el que más suena como probable ganador. De hecho, Airbus ya ha hecho uso del marketing con esta energía anunciando que en 2035 podría estar operativo su primer avión comercial propulsado por hidrógeno.

Sin embargo, de nuevo, todo tiene letra pequeña. Asher apunta a que en las próximas dos décadas podría ser realidad un avión comercial de corto o medio alcance, pero, además del tecnológico, hay más obstáculos si lo que se pretende es frenar las emisiones. El motor de hidrógeno no emite CO2, pero sí óxidos nitrosos, entre otras sustancias con propiedades de efecto invernadero. Además, como puntualiza Mestre, “no todos los hidrógenos son sostenibles, ya que para fabricarlo necesitas electricidad y una fuente de carbono, y si permites que cualquier energía fósil se utilice para producir hidrógeno, este no es renovable

Así, mientras llega una —posible— tecnología a la que, al menos, le quedan dos décadas para ser generalizada, todas las fuentes consultadas para este reportaje hablan de una única solución real para hacer frente a una crisis climática que no puede esperar tanto: la reducción del número de vuelos comerciales, un objetivo al que se puede llegar desde múltiples ángulos, empezando por incluir la reducción de vuelos en los compromisos internacionales derivados del Acuerdo de París y las políticas climáticas.

Pablo Muñoz ve dos grandes patas para frenar los planes de la industria. La primera, “frenar los privilegios que tiene a través de exenciones fiscales, subvenciones encubiertas y facilidades de todo tipo; todo esto hay que revertirlo”. Dejando aparte el escándalo de la inyección de 475 millones por parte del Gobierno en el grupo Globalia para el rescate de Air Europa, un ejemplo claro es la fiscalidad del uso de queroseno para aviación. Mientras que en torno al 50% de lo que se paga por litro de gasolina o gasóleo son impuestos—el IVA, dos tasas estatales y una autonómica—, el combustible para aviación no está gravado. Algo similar sucede con los billetes de avión, con solo un 10% de IVA si son nacionales y exentos si son internacionales. Tampoco hay rastro del “impuesto sobre el transporte aéreo” anunciado por el Gobierno, en la línea de los existentes en países como Francia, Alemania, Reino Unido o Austria, que el Ejecutivo sometió a consulta pública en marzo. Todo ello en su conjunto es lo que Muñoz califica de “barra libre fiscal para las empresas del sector”.

La segunda clave que apunta el responsable de Ecologistas en Acción para reducir el número de vuelos se centra en la actuación y desarrollo de otros tipos de transporte para que haya una transferencia del avión hacia estos, especialmente al tren, en vuelos de corto y medio alcance. “Hay que promover que la gente vea el tren París-Madrid como una opción real”, señala Muñoz, quien recuerda el histórico desmantelamiento del ferrocarril acaecido en España o la eliminación de servicios ferroviarios nocturnos. La supresión del puente aéreo, con 52 vuelos diarios antes de la pandemia, es otro ejemplo claro de las posibles prácticas. “Si facilitan que un tren Madrid-Barcelona sea más barato que en avión, la gente irá en tren”, añade Sara Mingorría. Sería una medida similar a la propuesta hecha por los Países Bajos, que ya han puesto sobre la mesa la prohibición vuelos cortos como los que unen Amsterdam y Bruselas.

A estas iniciativas se le pueden sumar multitud de prácticas y políticas que desincentivarían el uso y crecimiento del transporte aéreo: frenar la construcción y ampliación de aeropuertos —en el Estado español esto podría afectar a los de Palma, Barcelona y Sevilla—; promover desplazamientos laborales en tren desde instituciones públicas y empresas; bonos de kilometraje aéreo máximo anual por persona, como se plantea en varios países europeos; o penalizaciones a quienes más vuelan son algunas de ellas. Todo para ayudar a limpiar unos cielos en los que ni el parón del covid-19 ha conseguido frenar el aumento de la concentración de gases de efecto invernadero.

Así, la abrumadora mayoría de mensajes institucionales y empresariales apunta a recuperar el ritmo anterior a la pandemia y conseguir que la industria siga creciendo. Quizá el frenazo que ha supuesto el virus haya removido alguna conciencia. Como finaliza Muñoz, “no podemos volver a los niveles de operaciones de 2019, son incompatibles con los Acuerdos de París y las necesidades de reducción de emisiones”.

Sancho R. SomaloByron Maher / Pablo Rivas

@PabloRCebo

17 ene 2021 05:56

Publicado enMedio Ambiente
Cambio climático: cinco años del Acuerdo de París, y queda todo por hacer

Tres noticias en las últimas semanas pueden dar un giro a la crisis climática. Por orden cronológico, el compromiso de China de llegar a la descarbonización total en 2060, la derrota de Donald Trump en las elecciones norteamericanas que devolverá a este país al Acuerdo de París, y el compromiso de la Unión Europea de reducir sus emisiones en un 55% para 2030. Son tres razones para mirar esta década decisiva con una renovada esperanza de que las cosas pueden cambiar.

El Panel científico de Naciones Unidas advirtió que esta década es definitiva en la lucha contra el cambio climático: para evitar ese cambio climático catastrófico – por encima de 1,5 º C – es imprescindible que para el año 2030 hayamos reducido globalmente las emisiones que causan el cambio climático en un 50%. Es ahora o nunca: no hay otro camino que reducir drásticamente las emisiones. La parte buena es que sabemos que podemos hacerlo.

Las grandes corporaciones de combustibles fósiles han hecho un enorme daño al clima, evitando avances en la reducción de emisiones por la acción constante de sus lobbies, bien alimentados históricamente con fondos petroleros. Conviene no olvidar esto en los años duros que tenemos por delante.

El negacionismo climático y el lavado de imagen de la industria sucia ("greenwashing") son dos productos directos de esos fondos.

Recuerdo como si fuera hoy que en la COP22 (Cumbre de Marrakech) el ambiente era de enorme pesimismo. Un año después de la firma del Acuerdo de París, Trump había ganado las elecciones y anunció su salida del tratado. Aquello puso en riesgo la pervivencia misma del Acuerdo. Hubo que superar la depresión colectiva y se conformó un gran consenso en que la lucha por el clima debía seguir delante con o sin Estados Unidos, y afortunadamente el proceso siguió adelante aunque malherido.

Las enormes movilizaciones juveniles en todo el mundo tuvieron el efecto de volver a poner el clima en la agenda política. Millones de jóvenes unidos al grito de "No hay Planeta B" fueron capaces de despertar la conciencia global. Pero el coronavirus ha caído como una losa en las movilizaciones, cuyo impacto se ha minimizado en medio de la actual pandemia. Es imprescindible que el empuje social, liderado por la juventud, retome con fuerza sus movilizaciones porque aún queda todo por hacer.

Las soluciones al cambio climático no son fáciles. Hace falta una mezcla de concienciación global,  innovación tecnológica, cambios en el modelo económico y distintos patrones de consumo. Una auténtica revolución debe ponerse en marcha y solo estamos en sus comienzos. Pero puede hacerse: hacen falta para ello enormes dosis de activismo social y de acción política.

Desde mi punto de vista, vamos demasiado despacio.  Podemos conseguir poner en marcha esa revolución, pero hay que apretar el acelerador. En este caso no se trata tanto de heroicas acciones individuales, como de esfuerzos colectivos de cambio. El sistema capitalista ha hecho demasiado hincapié en convencernos de que podemos solucionar el cambio climático con pequeñas acciones individuales, pero obviando en ese mensaje la inmensa responsabilidad de las grandes corporaciones en este problema. Por ello hace falta voluntad política y gobiernos fuertes y firmes en la convicción de que son necesarios compromisos más fuertes que los actuales. Hay que recordarlo: si no aumenta la ambición, no lograremos evitar un cambio climático catastrófico.

Las cosas han empezado a cambiar para mejor gracias al esfuerzo de muchísima gente, pero todavía estamos muy lejos de poder respirar tranquilos. La concentración de CO2 en la atmósfera sigue aumentando, y los recortes de emisiones son demasiado cortos, pero no caigamos en el desánimo. La lucha debe continuar, porque aún estamos a tiempo de llegar.

Por Juantxo López de Uralde

12 diciembre, 2020

Publicado enMedio Ambiente
Sábado, 12 Diciembre 2020 05:46

Respiramos un holocausto interminable

Respiramos un holocausto interminable

Los gases contaminados que respiramos no son los de hoy, sino el cúmulo de los execrados en el pasado más el tiempo presente. La polución esconde un misterio. Pasa desapercibida, hasta que la vista se alza sobre el horizonte donde se concentran los humos. Igual sucede con las bolsas de basura; desaparecen una vez alcanzan el contenedor. La realidad es que el dióxido de carbono sigue en la atmósfera durante siglos, al menos desde que Watt inventó la máquina de vapor.

Respiramos un holocausto interminable de la naturaleza, convertida en una furiosa abstracción. Un cúmulo de combustiones procedentes de las entrañas de la tierra formada por una masa vegetal ingente, cuya energía permite vacacionar hasta en las antípodas.

Hace décadas que millones de personas fuera de contexto colonizan los vergeles. Los combustibles fósiles permiten estos saltos fascinantes en el espacio-tiempo. Para ello es necesario prender con furia ese caldo de origen orgánico formado con infinita paciencia durante millones de años, aunque devorado en tan solo unas centurias gracias a los capos de un capitalismo depredador.

Sería fácil detenerse en el humo del carbón y el petróleo, pero la clave del desastre está en el ciudadano/a, convertido en un sujeto pasivo ante un mercado absurdo. El dejar hacer de Smith es fiar al caos unos recursos prestados.

Esta radical explotación de la naturaleza crea escepticismo. Si bien las tesis de Malthus son falsas, subsiste el pesimismo de que somos demasiados. Cuando las urbes alcanzan el paroxismo, solo queda reconstruir el pasado con fidelidad e imitar la vida rural. Respirar el aire limpio sin que dañe los pulmones su pureza. Resta entonces un mundo de perennes alternativas: medicina, monedas, educación; un espacio ruralizado sin feudos ni vasallos, en medio de una tecnología salvaje y devoradora de horas.

Georgescu Rohen ya señaló la solución. El decrecimiento económico como solución ante la ruina del medio que habitamos. Y se puede hacer de muchos modos sin volver a la caverna. Es cierto que llegar a un consenso político con el objetivo de disminuir la producción y la codicia parece imposible, porque se anunciaría como la auténtica extinción del ser-consumidor.

Una extraña sensación queda tras el tópico "salvemos el planeta". ¿No es mejor dejarlo así, que fenezca bajo el deseo irrefrenable? Seguro que hay Tierras impolutas, prístinas, parecidas a la que habitamos y dispuestas para el recreo.

No solo el dióxido de carbono permanece en el aire durante varias generaciones. También los químicos y los transgénicos se acomodan en las células humanas. Los pesticidas que sirvieron para las guerras pueblan los torrentes sanguíneos de ciudadanos cultos como los europeos. En el brillante documental ¿Cuánto ensuciamos cuando limpiamos? (Patrick D. Coheh, 2018) muestra la verdadera huella que dejan las grandes corporaciones como Monsanto (hoy parte de Bayer, la mayor agroquímica del mundo) y cómo funcionan los lobbies en Bruselas. Esa es la clave. Una guerra, una cadena de montaje, un nuevo mundo de ingenieros pretenciosos, y cuando la paz llega, solo hay que dosificar esos materiales mortíferos para domesticar la naturaleza humana y vegetal. Ahí está el cáncer.

Responsabilizar a los ciudadanos es demagogia, porque los representantes políticos de la salud pública no toman decisiones valientes. El ecocidio es ya una marca sobre el conjunto de los cuerpos de los niños y las niñas nacidos o por nacer.

Las plagas clásicas eran intermitentes, pero cuando la peste perdura en la sangre, en los ríos, y flota silenciosa en el aire durante centurias, es que algo está definitivamente roto

12/12/2020

Publicado enMedio Ambiente
El impacto de la aviación en la crisis climática es tres veces superior a lo que decían los datos oficiales de Europa

La Comisión Europea reconoce que solo se medía el impacto asociado al CO2, dejando de lado los impactos generados por otros gases como óxidos de nitrógeno (NOx), vapor de agua, hollín y carbono negro, también liberados por los aviones comerciales.

 

La Comisión Europea lo ha reconocido: las emisiones de gases de efecto invernadero son hasta tres veces superiores a los valores que se les atribuye. Así lo evidencia un informe encargado por Bruselas a la Agencia de Seguridad de la Aviación de la Unión Europea (EASA por sus siglas en inglés) en el que se detalla cómo las políticas ambientales no han conseguido abordar los impactos que tienen otros gases distintos al CO2 en el sector aéreo.

De esta forma, las emisiones de carbono serían sólo la punta del iceberg a las que habría que sumar otros gases que aceleran el calentamiento del planeta como óxidos de nitrógeno (NOx), vapor de agua, hollín y carbono negro, entre otros. Tanto, que los datos publicados por la Comisión Europea demuestran que estos gases, que no se tenían en cuenta en la medición de la huella ecológica del sector, son responsables de dos tercios del impacto real que tiene la aviación en la crisis climática.

PUBLICIDAD

El informe de la EASA llega unos meses después de que una investigación científica publicada por la revista Science alcanzara unas conclusiones similares a las publicadas por Europa esta semana. Así, los expertos señalaban en el mes de septiembre que "la aviación está calentando actualmente el clima a aproximadamente tres veces la tasa asociada solamente con las emisiones de CO2 de la aviación". 

Según los datos oficiales de la Comisión Europea, previos al informe de la EASA, la aviación era responsable del 2% del total de las emisiones de CO2, lo que equivalía a que cada pasajero de un vuelo de Londres a Nueva York dejara la misma huella de carbono que un ciudadano medio para mantener su casa caliente durante un año. Si el dato era ya de por sí alarmante, con la reciente investigación ese porcentaje de impacto ambiental se elevaría y llegaría a alcanzar el 5,8%, una cifra que ya estimaban los colectivos ecologistas.

"Es algo que ya estaba científicamente demostrado y que ahora la Unión Europea termina por reconocer, poniendo negro sobre blanco. Se trata de un tema que se debería haber estudiado con rigor mucho antes", denuncia Pablo Muñoz Nieto, coordinador de la campaña de Aviación de Ecologistas en Acción, una de las más de cien organizaciones sociales que se cobijan bajo el paraguas de Stay Graunded.

Jo Dardenne, responsable de Aviación en la organización europea Transport&Environment (T&E), también se posicione en esa línea y reclama medidas inmediatas a Bruselas: "Es necesario abordar urgentemente las estelas de vapor y otros efectos de la aviación distintos del CO2 para evitar la crisis climática. La UE debería garantizar que el tráfico aéreo no se recupere a los niveles anteriores a la covid-19, al mismo tiempo que hace que los aviones vuelen rutas más inteligentes y utilicen combustibles de fuentes renovables".

Pese al reconocimiento de Europa, las medidas para atajar el problema no llegarán pronto. Tanto es así, que el comunicado difundido y el informe de la EASA hablan de un periodo de entre dos y ocho años para poder implementar medidas que frenen la escalada de emisiones que experimenta el sector, el cual ha incrementado su aporte de CO2 un 26% en los últimos cinco años, principalmente por la proliferación de vuelos low cost, según denunciaba un informe de T&E de 2019.  "Precisamente, lo que reclamamos ahora es que no tardemos otros cinco u ocho años en poner en macha medidas que, a nuestro entender, se pueden implementar mucho más rápido", advierte Muñoz Nieto.

Tampoco satisfacen a los colectivos ecologistas las medidas que propone la EASA en su publicación, ya que dejan de lado la idea de "reducir el número de vuelos", lo que consideran primordial para garantizar que la contribución del sector a la crisis climática disminuya. Desde Europa se habla de empezar a aplicar una fiscalidad al sector y a los billetes comerciales, algo que es bien recibido por los colectivos sociales, pero considerado insuficiente. Según un documento interno de la UE –adelantado por Público en 2019– la aplicación de un gravamen ambiental a los carburantes utilizados por el sector podría poner fin a los vuelos baratos y reducir la contaminación anual hasta un 11%. Esta medida equivaldría a suprimir de las carreteras a cerca de ocho millones de automóviles privados.

La otra de las propuestas que llegan desde la EASA es la actuación sobre los carburantes y la adopción del "uso obligatorio de combustibles de aviación sostenibles". Esta medida es vista con cierto escepticismo desde Europa ya podría dar pie al fomento de biocombustibles de palma y soja, algo que emite menos CO2 en su quema, pero requiere de deforestación de masas boscosas para conseguir estos recursos naturales, tal y como ya ha ocurrido con los biodiésel utilizados por los coches.

Publicado enMedio Ambiente
Un iceberg que flota en McMurdo Sound en la Antártida.Foto Afp

Al reducirse, se expone mayor cantidad del agua más oscura del océano que absorbe la energía, según reciente investigación

 

La pérdida de grandes masas de hielo puede contribuir al calentamiento que precisamente está causando este fenómeno y riesgos mayores.

Un nuevo estudio cuantifica esta retroalimentación, explorando escenarios a largo plazo, según publican en la revista Nature Communications.

Si el hielo marino de verano del Ártico se derritiera completamente, escenario que es probable que se haga realidad al menos temporalmente en este siglo con las actuales emisiones de gases de efecto invernadero por la quema de combustibles fósiles, podría de forma eventual agregar aproximadamente 0.2 grados Celsius al calentamiento global.

Sin embargo, no se suma a las proyecciones del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) sobre el calentamiento futuro, pues éstas ya tienen en cuenta los mecanismos pertinentes. Aun así, los científicos podrían ahora separar los efectos de la pérdida de hielo de otros y cuantificarlos.

Esos 0.2 grados Celsius son sustanciales, dado que la temperatura media global es alrededor de un grado más alto que en la época preindustrial, y los gobiernos del mundo acordaron detener el aumento muy por debajo de los 2 grados.

"Si las masas de hielo global se reducen, cambia la cantidad de luz solar que golpea la superficie de la Tierra. La disminución de la capa de hielo en el Ártico expone mayor cantidad del agua más oscura del océano, que absorbe más energía", señaló Nico Wunderling, del Instituto de Postdam para la Investigación del Impacto Climático y autor principal del estudio.

Retroalimentación de albedo

"Esto se conoce como retroalimentación de albedo. Es como usar ropa blanca o negra en verano: si se lleva oscura, te calientas más fácilmente", explicó. Otros factores son, por ejemplo, el aumento de vapor de agua en la atmósfera debido al calentamiento si se derrite más hielo. El aire más cálido puede contener más vapor de agua y el vapor de agua aumenta el efecto invernadero.

Los mecanismos básicos son bien conocidos desde hace mucho tiempo, pero los científicos pudieron calcular realmente la cantidad total de calentamiento que puede desencadenarse por la pérdida global de hielo.

"Esto no es un riesgo a corto plazo. Las masas de hielo de la Tierra son enormes, lo que las hace muy importantes para el sistema terrestre en su conjunto, pero también significa que su respuesta al cambio climático antropogénico, en especial el de las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida, se desarrolla en escalas de tiempo más largas. Sin embargo, incluso si algunas de las modificaciones pueden tardar cientos o miles de años en manifestarse, es posible que las desencadenemos en un par de décadas", sostuvo Ricarda Winkelmann, quien dirige el grupo de investigación.

Los científicos hicieron simulaciones exhaustivas por ordenador. Los efectos no siempre son sencillos; por ejemplo, si una cubierta de hielo masiva en la tierra se está reduciendo, todavía puede haber nieve, que aún refleja la luz del Sol, como lo hizo el hielo.

Por eso, si los glaciares de las montañas y el hielo de Groenlandia y de la Antártida Occidental desaparecieran, el calentamiento adicional causado de forma directa por la pérdida de hielo sería probablemente sólo de 0.2 grados más que los 0.2 debidos al derretimiento del hielo marino en el verano ártico.

"Sin embargo, cada décimo de grado de calentamiento cuenta para nuestro clima. Prevenir los bucles de retroalimentación del sistema de la Tierra, o círculos viciosos, es por tanto más urgente que nunca", destacó Winkelmann.

Publicado enMedio Ambiente
Concentraciones de CO2 del 25 de noviembre de 2018 al 11 de junio de 2020. La línea roja corresponde a un ajuste por mínimos cuadrados que indica una tendencia creciente de 0.0087 PPM al día. Gráfica elaborada por A. Sandoval-Villalbazo con datos obtenidos del observatorio Keeling2.

En las redes sociales han circulado diversas informaciones que apuntan a un supuesto descenso de concentraciones de dióxido de carbono en nuestra atmósfera. La supuesta causa es la disminución de actividades humanas causada por el virus SARS-CoV-2 y como supuesta evidencia se muestran imágenes de playas desiertas y limpias en distintas partes del planeta.

Aunque intuitivamente pareciera que la cuarentena podría dar lugar a este inesperado beneficio, los niveles de CO2 no sólo no han disminuido, sino que han alcanzado valores récord. Esto no se debe a la mala fortuna, sino a la física del fenómeno del calentamiento global.

La Tierra goza de un efecto invernadero moderado como producto de millones de años de actividad geológica y vegetal.  El dióxido de carbono producido en los volcanes y en las plantas verdes absorbe parcialmente la radiación infrarroja emitida desde la superficie, calentando de manera moderada al planeta.

A partir de la Revolución Industrial, el efecto invernadero antropogénico ha aumentado la temperatura promedio de manera artificial, afectando significativamente a numerosos ecosistemas y favoreciendo la aparición de eventos climáticos extremos, tales como huracanes de alta intensidad y ondas de calor mortales.

El dióxido de carbono presente en la atmósfera permanece en ella entre 50 y 200 años1. Esto significa que las emisiones acumuladas de este gas a partir de 1990 permanecerán en nuestra atmósfera, por lo menos hasta el año 2040. Es evidente que un semestre de bajas emisiones ni remotamente puede dar lugar a una reducción de niveles.

El 26 de mayo de 2020 se registró por primera vez en la historia moderna una concentración global de dióxido de carbono superior a las 418 partes por millón de partículas (PPM).  La lectura de 418.04 PPM no fue un hecho fortuito, pues el promedio mensual fue de 417.01 PPM, con una desviación del 0.15%. Estos valores son significativamente más altos que sus contrapartes del 2019 (ver figura 1)2.  

Las lecturas de los niveles de dióxido de carbono no corresponden únicamente a la actividad industrial de corto plazo, sino a emisiones que pudieron haberse generado en 1950 y que apenas están por disiparse. Por ello es indispensable disminuir de manera drástica las emisiones de dióxido de carbono a nuestra atmósfera de manera inmediata y sostenida. La vuelta a la ‘nueva normalidad’ no parece favorecer este escenario.

De acuerdo a datos del Banco Mundial, cada año se emiten a nivel global un poco más de 36 mil millones de toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera debido a las actividades humanas, principalmente por la quema de combustibles fósiles al producir electricidad3. Los cálculos realizados por el panel científico de la ONU contra el cambio climático (IPCC) muestran que las emisiones deben reducirse al menos en un 40% en los próximos 10 años4. Esto implica que cada año deben reducirse las emisiones en al menos mil 500 millones de toneladas.

Para interpretar estas cifras vale la pena recordar que China es el principal emisor de CO2, con 10 mil millones de toneladas anuales; mientras México ocupa el lugar 12, con la vigésima parte de su contraparte china. Estas cifras no han variado en absoluto por la pandemia de COVID-19. Una vez superada la crisis de salud actual, la humanidad deberá enfrentar este reto de manera urgente. 

Por Alfredo Sandoval Villalbazo

17 junio 2020 

 

Referencias:

1 Raymond T. Pierrehumbert, “Infrared radiation and planetary temperature”, Physics Today 64, 1, 33 (2011).

Los niveles diarios de COson reportados diariamente por el observatorio Mauna Loa, en la dirección electrónica: https://scripps.ucsd.edu/programs/keelingcurve/   

Los datos correspondientes a las emisiones de CO2 pueden encontrarse en un mapa interactivo elaborado por el Banco Mundial, ubicado en la dirección electrónica: https://datos.bancomundial.org/indicator/EN.ATM.CO2E.KT?view=map

Las cifras que indican el necesario descenso de emisiones de CO2 a nivel global se pueden encontrar en el reporte del IPCC ubicado en la dirección electrónica: https://report.ipcc.ch/sr15/pdf/sr15_spm_final.pdf

*Dr. Alfredo Sandoval Villalbazo, académico del Departamento de Física y Matemáticas de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México e Investigador Nacional Nivel II (SNI). Twitter: @Fred_FisMat

Publicado enMedio Ambiente
“Impacto de cambio climático será similar a efectos de covid-19”

Entrevista a Paulo Artaxo Netto, miembro del Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC)

La pandemia del nuevo coronavirus y sus efectos socioeconómicos indican que el sistema económico actual, basado en la explotación de los recursos naturales para obtener más ganancias, necesita cambiarse urgentemente, advierte el físico brasileño Paulo Artaxo, profesor del Instituto de Física de la Universidad de São Paulo y miembro desde 2003 del Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático.

Para él la pandemia de covid-19 es una muestra de la sobreexplotación de la naturaleza practicada durante varias décadas, que facilita la transmisión de miles de virus que existen en los bosques. Y si bien actualmente el mundo confronta una emergencia de salud, nos encaminamos también a una emergencia climática, alerta.

En el contexto del Día Mundial del Ambiente (este viernes 5 de junio), SciDev.Net habló con Artaxo sobre el impacto de la covid-19 en el tema ambiental y los peligros de la destrucción de los ecosistemas naturales. O el sistema económico cambia en su conjunto o no hay solución para el planeta, advierte.

*

¿El vínculo entre epidemias y problemas ambientales es más evidente ahora?

Está claro que la pandemia de covi-19 no se produjo por accidente ni es un accidente en el camino. Es producto de la sobreexplotación de la naturaleza practicada durante varias décadas. Una consecuencia de este modelo productivo es el contacto muy estrecho entre nuestra sociedad y los ecosistemas naturales, lo que facilita la transmisión de los virus que existen en los bosques.

El Amazonas, por ejemplo, tiene miles de virus, quizás similares al nuevo coronavirus, presentes en la fauna y la flora. La gran mayoría aún es desconocida para los científicos. Otro efecto de la exploración desenfrenada de la naturaleza es el cambio en la composición de la atmósfera en áreas urbanas o remotas, con un aumento en la concentración de gases de efecto invernadero. Esto también está llevando a una crisis de emergencia climática que nuestra sociedad aún no ha comenzado a abordar.

¿Qué lecciones podemos aprender de esta pandemia?

Esperemos que los fuertes impactos de la covid-19 alerten a los gobiernos, las industrias y la clase dominante acerca de los peligros de exponer a la sociedad a los efectos de un sistema económico basado en la explotación de la naturaleza. El modelo socioeconómico actual puede comenzar a desmoronarse si crisis como esta se vuelven más frecuentes.

La covid-19 puede durar hasta dos años, pero la crisis climática se extenderá durante varios siglos. Y la crisis de pérdida de biodiversidad es para siempre. El impacto potencial del cambio climático es tan grande como los efectos de la pandemia y costará millones de vidas. El problema es que no vemos actuar al sistema económico, porque solo le interesa una cosa: obtener el mayor beneficio en el menor tiempo posible. Esto va en contra de los intereses de la humanidad.

Los efectos inmediatos de la crisis climática ¿serán menos notorios que los de una pandemia?

Los impactos de la crisis climática son muy notorios hoy. La temperatura promedio del planeta ya ha aumentado en un grado centigrado y no hay nada más evidente que eso.

Además, el aumento en la frecuencia de eventos climáticos extremos es muy claro.

El problema es que los empresarios solo están interesados en obtener ganancias a corto plazo. No hay emprendedor que planifique para más allá de 5 o 6 años. Las próximas generaciones sufrirán las consecuencias de estos 50 o 100 años a partir de ahora.

No tenemos un sistema de gobernanza que pueda articular los intereses a corto plazo del capital con los intereses a mediano y largo plazo de la humanidad en su conjunto.

¿Cuál es la importancia de las acciones locales destinadas a adaptar y mitigar el cambio climático? ¿Cómo articular contextos locales y globales?

El cambio climático es global. No creo que haya un problema tan local. Por supuesto, hay efectos regionales, pero no locales. Por ejemplo, la región noreste de Brasil experimentará un aumento de temperatura de 4 ºC a 5 ºC con una reducción de 30 por ciento en las precipitaciones en las próximas décadas.

Entonces, Brasil tendrá que pensar dónde ubicar a los 20 millones de brasileños que viven en esa región, porque obviamente será imposible vivir bajo esas condiciones climáticas.

Ahora, ya no existe esta dicotomía entre lo global y lo local. No importa, por ejemplo, si la ciudad de São Paulo electrifica su flota de autobuses y automóviles, pero Estados Unidos continúa aumentando las emisiones de gases de efecto invernadero.

En este caso, no importa lo que la ciudad de São Paulo pueda hacer para mitigar el cambio climático. Esto aporta otra dimensión al problema.

Pero las responsabilidades, sí son locales, ¿no?

Sí, por ejemplo el caso de Brasil en relación con la deforestación en la Amazonía. Básicamente, estamos limpiando 10.000 kilómetros cuadrados al año y emitiendo una gran cantidad, en gigatoneladas, de dióxido de carbono (CO2) a la atmósfera. Esto agrava y acelera el efecto invernadero. E incluso conociendo todos los posibles impactos, no hay forma de evitar que Brasil haga este genocidio con el planeta en su conjunto.

Lo mismo se aplica a Estados Unidos, China e India. Necesitamos urgentemente establecer un sistema global que pueda manejar estos fenómenos, porque la economía está globalizada, pero las decisiones sobre el medio ambiente siguen siendo municipales, estatales o nacionales.

Entonces, ¿de nada servirán los esfuerzos tecnológicos y de investigación si el sistema económico prevaleciente no se transforma?

Evidentemente. La pandemia detuvo el transporte urbano durante dos meses en la mayoría de ciudades del mundo. La caída en las emisiones de CO2 fue solo del 4 por ciento. ¿Qué lección podemos aprender de esto? Si electrificamos la flota de todas las ciudades importantes del mundo, la reducción de CO2 seguirá siendo muy pequeña.

Por lo tanto, es necesario promover cambios profundos en la industria, en la agricultura y en la producción de energía a gran escala. Y esto no solo se hace con programas nacionales.

En cuestión de días, el aislamiento social ayudó a reducir las tasas de contaminación en las grandes ciudades. ¿Qué se puede hacer para preservar estas ganancias que ha generado la cuarentena?

Sin cambios profundos en el modelo actual, siempre estaremos dentro del debate sobre el cambio climático, sin poner en práctica acciones globales y concretas para mitigar su daño.

Varios países europeos están considerando aprovechar esta oportunidad pandémica para repensar los límites del desarrollo económico. Esto se debe a que el crecimiento económico hasta el infinito en un planeta con recursos naturales finitos solo existe en la mente de los economistas.

No hay ciencia para apoyar esto. Es así de simple. O el sistema económico cambia en su conjunto, o no hay solución.

Aun así, la sociedad pone sus esperanzas en la ciencia.

Los científicos no tienen poder ni la sociedad nos ha dado la capacidad de tomar decisiones. El científico hace ciencia, no hace políticas públicas. Los científicos dicen que es peligroso aflojar el aislamiento social en este momento, porque podríamos tener miles de muertes adicionales. Esta es una de las principales funciones de la ciencia: alertar a los funcionarios del gobierno. Sin embargo, muchos de ellos están rompiendo el aislamiento social con el argumento de que la economía debe reanudarse.

Es un discurso que gana fuerza en Brasil. Me pregunto: ¿para quién reanudar la economía? ¿Quién va a trabajar en la industria, el comercio y la calle? Ciertamente no serán los poseedores del capital. Estos se encuentran en sus mansiones, en sus hogares y permanecen protegidos. Los trabajadores estarán expuestos a la muerte.

Lo mismo puede decirse sobre el cambio climático global: serán los países más pobres los que sufrirán debido a su capacidad limitada para adaptarse al cambio climático. Los Países Bajos, por ejemplo, han estado planeando durante más de 50 años aumentar el tamaño de sus diques debido al aumento del nivel del mar.

Países como Gran Bretaña tendrán los recursos financieros y humanos para solucionar algunos de los problemas climáticos. Pero, ¿qué pasa con países como Nigeria, Sudáfrica, Paraguay, Bolivia o Brasil? Las desigualdades sociales y las injusticias políticas deben tenerse en cuenta cuando se trata de la adaptación y mitigación del cambio climático.

¿Es optimista sobre el futuro?

Lo que está sucediendo hoy en Brasil es que, como la ciencia no respalda lo que el gobierno actual quiere hacer con la salud, el medio ambiente y la selva amazónica, la ciencia se ha convertido en un enemigo. Los gobiernos de extrema derecha escapan de la verdad tanto como sea posible y se vuelcan exclusivamente para servir sus propios intereses.

La ciencia dice que es muy importante preservar a los pueblos indígenas, porque las áreas mejor conservadas de la Amazonía hoy en día son áreas indígenas. En contraste, lo que el gobierno actual muestra es que no le interesan las recomendaciones de los científicos.

Lo mismo sucede en los Estados Unidos y otros países gobernados por representantes de la extrema derecha. Son gobernantes que se apropian del conocimiento científico solo cuando la ciencia se dirige hacia sus objetivos financieros, y niegan la ciencia cuando muestra un lado diferente al que quieren ver.

Es importante que nos demos cuenta de que no se trata de desacreditar a la ciencia misma. Es otra cosa: es el mal uso de la ciencia para lograr objetivos políticos y económicos turbios. Por lo tanto, no es posible ser optimista hoy, imaginando que, de repente, estos gobiernos promoverán el desarrollo científico y tecnológico de países como Brasil. No creo que este escenario cambie pronto.

¿A qué se refiere con mal uso de la ciencia?

Por ejemplo, la ciencia dice que la deforestación del Amazonas traerá grandes pérdidas al flujo de lluvia en Brasil en las próximas décadas. Además, el Amazonas almacena alrededor de 150 gigatoneladas de carbono en su ecosistema.

Esto equivale a 10 años de todos los combustibles fósiles que se queman en el planeta. Y Brasil está limpiando este bosque tropical a razón de 10 000 kilómetros cuadrados por año.

La ciencia advierte al gobierno que esto traerá grandes pérdidas a las próximas generaciones, no solo de los brasileños y los pueblos indígenas, sino de todo el mundo. Sin embargo, esto no va de acuerdo con los intereses de los terratenientes que explotan ilegalmente el Amazonas y, por lo tanto, la ciencia es vista como un enemigo y necesita ser debilitada, de acuerdo con la lógica del gobierno actual.

Por esta razón, los programas de becas de las principales agencias nacionales de promoción de la investigación se extinguieron y el presupuesto científico sufrió enormes recortes. La ciencia brasileña fue una de las más avanzadas del planeta, pero hoy vemos que los laboratorios están cerrados y los estudiantes abandonan sus carreras científicas, comprometiendo la formación de las próximas generaciones de investigadores. Y todo esto se está haciendo porque la ciencia no legitima lo que el gobierno federal en particular quiere escuchar.

En Estados Unidos vemos una situación similar a esta, pero en Brasil esto se está llevando a las últimas consecuencias. Lleva décadas construir la estructura de investigación en un país, pero desafortunadamente lleva unos pocos años destruirla. Reconstruir la ciencia brasileña llevará muchas décadas.

Por Bruno de Pierro | 09/06/2020

Publicado enMedio Ambiente
¿Qué hacemos con la vida en el día que celebramos el Medio Ambiente?

Cada 5 de junio, dedicamos el día a recordar y promover la conciencia y la acción ambiental a nivel global. El Medio valioso en que nos desarrollamos y que debemos cuidar, soporta alteraciones cuyos principales causantes y a la vez sufrientes somos nosotros. Está dedicado este año a la Biodiversidad, con tasas de extinción abrumadoras, al contar un millón de especies de plantas y animales en peligro de extinción en todo el mundo. Es la fecha más importante en el calendario oficial de Naciones Unidas para fomentar la conciencia y la acción global por el medio ambiente.

Es buen momento por ello, para recordar textos como "Primavera silenciosa", que contribuyó allá por 1962, a un nuevo conocimiento del lugar que ocupa la especie humana en el mundo y a promover políticas y conductas para preservar el ambiente. Fue Rachel Carson la que ayudó, con su libro y su testimonio, a la creación, años después de su muerte, de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA), a controlar el uso del DDT y de otros pesticidas, a las leyes que se dictaron en muchos países sobre pesticidas, insecticidas, fungicidas, rodenticidas… productos biocidas (que literalmente matan la vida) con lo que afectan y mucho, a la biodiversidad y al equilibrio de especies en los ecosistemas, al eliminar los que "estorban" a nuestras pretensiones. Carson, en fin, contribuyó al desarrollo de una conciencia ecológica que antes de ella era testimonial. Nos hizo ser conscientes de la relación indisociable entre los humanos y las redes de la vida.

Desde el punto de vista conceptual biológico, Rachel Carson popularizó la idea de que nuestra especie no es dueña de la naturaleza, sino parte de ella como cualquier otro ser vivo. Éramos, y somos, parte de esa naturaleza.

El funcionamiento del sistema Tierra, a nivel global, es el de un sistema complejo que, a su vez, está formado por subsistemas, también complejos. En los sistemas complejos, los estados de equilibrio son transitorios o, como lo define Iliya Prigogine, son un periodo de reposo entrópico. Esto supone que la evolución de estos sistemas, una vez superado determinado rango de interferencia, no es lineal y saltan a un nuevo estado transitorio de un modo discontinuo y no predecible o difícilmente predecible. ¡Ahí estamos! a las puertas de un salto a un estado imprevisible. La causa: una desbocada huella del sistema económico que prescinde de estas consideraciones esenciales a los sistemas vivos.

La innovación metabólica más importante en la historia del planeta fue la evolución de la fotosíntesis. Gracias a la fotosíntesis la vida se liberó de la escasez energética. Y esa energía fotosintética que las plantas extraen, es la misma que nuestra especie invierte en hacer estragos en el hábitat. Para bien o para mal, la naturaleza recibe su energía del fuego solar a través de las plantas y nosotros la aprovechamos no siempre para bien. Desde que aparecimos, las plantas nos han alimentado, vestido y abrigado. Y nos acompañan en nuestro viaje vital. Son indispensables en cualquier medioambiente que albergue seres humanos. Sus descendientes continuarán acompañando a nuestros descendientes. Así, por ejemplo, las tradescantias reciclan contaminantes traza en entornos cerrados, Nymphaea, un loto, purifica el agua potable, aprovechamos su sombra, "purifican" el aire que respiramos…sus servicios al bienestar de nuestra especie son numerosos. Necesitamos la materia y la energía del Sol convertida en el fuego verde de los seres fotosintetizadores, las plantas. Como fósiles, estos seres atraparon el oro original del Sol, atesorando la riqueza que ahora liberamos para mantener una economía disruptiva que sobrecalienta el sistema planetario global, disipando calor en una suerte de hiperactividad compulsiva. El fuego verde fosilizado que atesoran las entrañas del planeta en las profundidades, almacenado como reservas geológicas de energía solar en forma de petróleo, gas natural, sulfuro de hierro, carbón y otras sustancias, es extraído para mantener en funcionamiento esa economía acelerada… y con una acumulación de calor junto a las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) que nos ponen en peligro. Y sabemos que proteger el medio ambiente es protegernos.

En la actualidad, somos la especie más derrochadora del planeta. Mientras Homo sapiens dilapida parte del patrimonio de la Tierra, vamos comprobando los costes que nos supondrán. Pero seamos conscientes: el planeta no necesita ser salvado. Somos nosotros los que ponemos en peligro el futuro de nuestra especie, no el de la biosfera.

Una verdad termodinámica es que la vida se organiza disipando calor y degradando el entorno. No hay vida sin deshechos, exudados, polución. En la prodigalidad de su expansión, la vida inevitablemente se pone en peligro a sí misma con desarreglos potencialmente fatales. Pero a veces los desechos pueden reconvertirse en algo útil. Así nos lo han mostrado formas de vida anteriores que supieron adaptarse a condiciones ambientales cambiantes y provocadas por su propia proliferación. Aprendamos, cuidémonos cuidando el medio en el que vivimos y del que obtenemos lo que necesitamos.

La humanidad gasta anualmente la energía equivalente a entre 18-19 billones de Kg de Carbono, quizá más. Es energía empleada en extraer cantidades colosales de materiales; producir muchos millones de Kg de cereales de tierras cultivables y extraer también muchos millones de pescado de mares y océanos. Y con el descontrol de producir cada vez más, incluso por encima de lo necesario, estamos generando desarreglos potencialmente fatales para nuestra supervivencia.

A medida que los combustibles fósiles y la energía solar se han integrado en la industria y la agricultura global, el consumo de recursos no renovables se ha acelerado y hemos generado nuevos residuos biosféricos: insecticidas, cloruro de polivinilo (PVC) rayón, pinturas plásticas…

Los subproductos gaseosos de la combustión de fuentes de energía largo tiempo enterradas alteran irreversiblemente el sistema complejo de la fisiología planetaria, acumulando CO2 y otros gases en la atmósfera. Al dejar pasar la luz visible, pero no el calor reflejado, este gas incrementa la temperatura planetaria, provocando la fusión del hielo polar que traerá la consecuente inundación de ciudades costeras y otros desastres. Mientras tanto se producen múltiples extinciones como consecuencia de la tala de árboles, que matan directamente algunas especies, pero que perturba a muchas más por la incursión destructiva en su espacio vital.

Nuestra inmensa población explota una proporción significativa de la energía solar que llega a la superficie terrestre. La energía de la fotosíntesis pasada (reservas geológicas) y presente hace que los humanos desarrollemos artificiosos ecosistemas urbanos que precisan cantidades crecientes de energía para aumentar o mantener una gran complejidad artificial. Y ya los habita cerca del 70% de la población humana. A medida que el sistema se expande utilizando tecnología, sus operaciones se hacen más sofisticadas. Pero el potencial para el desastre también se incrementa. Una humanidad populosa, demasiado abundante, que es la causante de que la Tierra sea menos diversa. Nos sentimos angustiados ante la amenaza de extinción de tantos convecinos planetarios, aún antes de que la ciencia los describa. Y seguimos viendo como los plásticos se propagan por doquier, las selvas tropicales desaparecen, los arrecifes de coral se hunden. El tiempo de reparar apremia.

Hay un permanente tira y afloja entre los organismos y el entorno. Las nubes, los gases atmosféricos, el PH y la salinidad del océano, y otros sistemas planetarios expresan el "diálogo" entre los organismos y la Tierra. Y en esa conversación, es ahora nuestra especie la que anda queriendo imponer una lógica incompatible con el resto de la vida.

Hoy 5 de junio es el día para pensarlo bien y trazar las alternativas que nos lleven a la paz con el resto del mundo vivo.


5 de junio, Día Mundial del Ambiente

Para reflexionar y parar la pelota

Por Ricardo Luis Mascheroni | 05/06/2020

Públicado en Rebelión

 

 “La tierra del mundo es ahora fluida y ardiente. Es ahora fuego y lágrimas. Nada está quieto y a salvo. Ni la esperanza del hombre. Ya no descansa la tierra. Y no sabemos dónde, al cabo, se aquietará y adónde irá a anclar la angustiada esperanza del hombre”. Deodoro Roca 1940.

Si bien en otro contexto, esta frase introductoria del autor del Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria de 1918, es una fotografía anticipatoria en 80 años a lo que actualmente está padeciendo nuestro planeta, en la que el cambio climático, la destrucción del ambiente, la desigualdad obscena y la pandemia de coronavirus están jaqueando la vida, los sueños y el futuro de toda la humanidad.

En este panorama, el 5 de Junio se celebra, ¿celebra? el DÍA MUNDIAL DEL AMBIENTE, proclamado en 1972 por la ONU, para recordar el comienzo de la Conferencia de Estocolmo en 1972, cuyo tema central era la problemática medioambiental, cuando ya se avizoraba que algo no andaba bien en la relación hombre-naturaleza.

La importancia de la fecha, a la luz de los acontecimientos que reflejan la profunda crisis del Planeta, merece que, cada uno de nosotros haga un sincero análisis sobre su cuota parte de responsabilidad en torno a la misma, pasando de la mera preocupación, a la búsqueda de cambios que la hora impone.

Pese a que desde distintos ámbitos se viene alertando sobre el hecho de que el Planeta Tierra, desde su nacimiento hasta nuestros días, está atravesando la más profunda degradación ambiental, producto de los modelos de desarrollos destructivos e irracionales, el consumismo sin fin y la acumulación de riquezas en pocas manos, con una única meta, la obtención de lucro, poco se ha hecho al respecto, sino agravar las cosas.

Vale la pena preguntarse ¿Podemos seguir en esta alocada carrera hacia el abismo, en busca de una calidad de vida que cada día se hace más lejana, por lo menos para la mayoría de la población, mientras nos cargamos de baratijas, cosas inútiles o de dudosa eficacia para esos fines?

Decía Roberto Arlt en 1929, en su artículo: “¿Para qué sirve el progreso”: “Me tienen ya seco con la cuestión del progreso. Cuánto papanata encuentro por ahí, en cuanto comienzo a rezongar de que la vida es imposible en esta ciudad me contesta: – Es que usted no se da cuenta de que progresamos.”

Seguidamente agregaba: “La gente se deja embaucar con una serie de términos que en realidad no tienen valor alguno. Estos términos hacen carrera, se convierten en monedas de uso popular y cualquier otario, ante un caso serio, se considera con derecho a aplicarlos a situaciones que no se resuelven con el uso de un vocablo. Y es que llega un momento en que las palabras asumen el carácter de moda; no interpretan un sentir sino un estado colectivo, quiero decir, un estado de estupidez colectiva.”

“Hemos progresado. No hay zanahoria que no esté dispuesto a demostrárselo. Hemos progresado. 

Es maravilloso. Nos levantamos a la mañana, nos metemos en un coche que corre en un subterráneo; salimos después de viajar entre luz eléctrica; respiramos dos minutos el aire de la calle en la superficie; nos metemos en un subsuelo o en una oficina a trabajar con luz artificial. A mediodía salimos, prensados, entre luces eléctricas, comemos con menos tiempo que un soldado en época de maniobras, nos enfundamos nuevamente en un subterráneo, entramos a la oficina a trabajar con la luz artificial, salimos y es de noche, viajamos entre luz eléctrica, entramos a un departamento, o a la pieza de un departamentito a respirar aire cúbicamente calculado por un arquitecto, respiramos a medida, dormimos con metro, nos despertamos automáticamente; cada año nos deterioramos más el estómago, los nervios, el cerebro, y a esto ¡a esto los cien mil zanahorias le llaman progreso! ¡Digan ustedes si no es cosa de poner una guillotina en cada esquina!”

Y concluía: “¿para qué sirve este maldito progreso? Sea sincero. ¿Para qué sirve este progreso a usted, a su mujer y a sus hijos? ¿Para qué le sirve a la sociedad? ¿El teléfono lo hace más feliz, un aeroplano de quinientos caballos más moral, una locomotora eléctrica más perfecto, un subterráneo más humano? Si los objetos nombrados no le dan a usted salud, perfección interior, todo ese progreso no vale un pito, ¿me entiende?”

Me parece que no hay mucho más que agregar a la referido, salvo nuestra propia reflexión para mirar distinto a lo que nos pasa, tomando distancia de los discursos interesados de los medios hegemónicos y de los dictados manipuladores y perversos del mercado.

Pese a todo, todavía nos quedan los sueños, para que a partir de ellos, podamos construir un mundo distinto, donde la naturaleza sea parte de nosotros mismos y permitirnos el alumbramiento de hombres nuevos, más justos y solidarios.

Por Ricardo Luis Mascheroni, docente.

Publicado enMedio Ambiente
Más virus y enfermedades por el cambio climático

 Durante este siglo, prestigiosos científicos, centros de investigación y la Organización de las Naciones Unidas han alertado sobre los efectos que ocasiona el cambio climático en la salud pública. Todos ofrecen pruebas suficientes de que las actividades humanas contribuyen a elevar la temperatura en el planeta, lo que incide de diversas formas en los suministros de agua y alimentos, la distribución de los brotes de enfermedades infecciosas y la aparición de otras relacionadas con la alteración del ambiente.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) alerta desde hace cuatro lustros sobre las repercusiones sanitarias del cambio climático y sus estragos en el planeta: aumento del número de fallecidos por olas de calor, más desastres naturales, entre los que destacan las inundaciones por lluvias torrenciales y cambios de la distribución de enfermedades potencialmente mortales transmitidas por vectores. El paludismo como caso más sobresaliente por las 600 mil víctimas que deja cada año.

Los expertos de la OMS insisten en que la elevación de las temperaturas tiene consecuencias muy negativas en factores sociales y ambientales directamente vinculados con la salud, como los alimentos, el aire y el agua. Advierten que las regiones ubicadas en países que no cuentan con una infraestructura sanitaria sólida, como sucede en la mayoría, serán las menos aptas para prepararse y responder a los problemas derivados de las enfermedades conocidas y nuevas. No dudan en recalcar la necesidad de hacer reales los compromisos aprobados por la comunidad internacional para luchar contra el calentamiento global y así aumentar la seguridad sanitaria de la población mundial.

La OMS advierte que el cambio climático ya causa decenas de miles de defunciones cada año por las modificaciones en las características de las enfermedades, especialmente por las olas de calor intenso, la sequía y su contraparte: las inundaciones nunca registradas; la mala calidad del aire en las ciudades y en regiones con actividades que deterioran mucho el medio, como la minería a cielo abierto y la industria cementera; además de deficientes sistemas de abasto de agua potable y saneamiento.

Algunos datos: más de 7 millones de personas mueren cada año por enfermedades ligadas a la contaminación del aire. Con normas más exigentes sobre las emisiones y mayor eficiencia técnica de los vehículos, se salvarían de fallecer unos 2.4 millones de personas cada año. Se estima que entre 2030 y 2050 el cambio climático aumentará en otras 250 mil defunciones anuales por paludismo, diarrea, calor extremo y desnutrición. Ya que mencionamos el paludismo, depende mucho del clima. Transmitido por mosquitos del género Anopheles, mata sobre todo a niños africanos menores de cinco años. Los mosquitos Aedes, vector del dengue, son también muy sensibles al clima. Los estudios más puntuales confirman cómo el calentamiento de la Tierra aumentará su riesgo de transmisión en México.

Como siempre, son los niños, las mujeres y los pobres del mundo subdesarrollado los más afectados, pues cargan con las desigualdades en los servicios básicos de salud. Por lo que se refiere a los menores de cinco años, las enfermedades diarreicas debido a la falta de agua de buena calidad matan cada año a casi 760 mil. Además, la escasez del líquido por las sequías causa estragos en el medio rural. Y hambruna, como suele ocurrir en África.

Desde diciembre, un nuevo virus recorre el mundo y su origen todavía se desconoce, sólo dónde surgió y que ningún país está blindado contra él. Llega cuando menos se piensa y deja su estela de muerte, como ahora en Italia, España, Irán, Francia... Nada valen rezos ni estampitas de presuntos dioses o santos. Ni limpias de chamanes o brujos. Se desconoce su relación con el cambio climático. Pero el coronavirus es una advertencia de lo que vendrá si los ciudadanos de todo el mundo no exigimos, y logramos, cambiar el actual modelo económico por uno que vaya en armonía con la naturaleza. Y que eleve la calidad de vida de la mayoría de la población, hoy sumida en la pobreza y la desigualdad.

Publicado enMedio Ambiente
Un estudio científico considera la contaminación atmosférica una pandemia

Las distintas fuentes de polución del aire acorta en tres años la esperanza de vida de la población mundial, según una nueva investigación 

La contaminación atmosférica acorta la esperanza de vida de la población en todo el mundo "mucho más que las guerras y otras formas de violencia, enfermedades parásitas o el tabaco", según los resultados de una nueva investigación realizada por el Instituto Max Planck y el Departamento de Cardiología de la Universidad de Mainz, en Alemania. El impacto en la salud estaría siendo de tal magnitud que los investigadores consideran que el mundo se está enfrentando a una pandemia por contaminación del aire.

Un dato: mientras el tabaco reduce la esperanza de vida en 2,2 años, la polución la acorta en cerca de tres años, según esta investigación, que utiliza un nuevo método por el que se crean modelos para cruzar los efectos de varias fuentes de contaminación en los índices de mortalidad.

"En este estudio distinguimos entre contaminación evitable, la generada por los humanos y aquella que procede de fuentes naturales, como el polvo del desierto o las emisiones de un incendio, que no pueden evitarse. Mostramos que el 66% de las muertes prematuras puede atribuirse a la polución causada por humanos, principalmente por el uso de energías fósiles, que en los países ricos aumenta al 80%", consideran los investigadores Jos Lelieveld y Thomas Münzel, que han dirigido la investigación.

Estos científicos han analizado el impacto de la contaminación atmosférica en seis tipos de enfermedades, entre ellas la infección del tracto respiratorio, la obstrucción pulmonar crónica (EPOC) o el cáncer de pulmón.

Los resultados, lógicamente, dependen de la zona geográfica –en los países de Asia del Este es donde más se pierde esperanza de vida por la contaminación del aire, cuatro años; y en Europa 2,2 años– pero la conclusión es la misma en todas partes: "si la polución atmosférica se redujera eliminando las emisiones de las energías fósiles, la esperanza de vida media en todo el mundo aumentaría más de un año, y cerca de dos si se quitaran todas las emisiones causadas por los humanos".

Los dos investigadores que han liderado la investigación piden que la contaminación del aire sea considerada como un factor de riesgo para el corazón y para la circulación de la sangre, al igual que el tabaco, la diabetes, la presión arterial alta o el colesterol. "Los políticos y los médicos deberían estar prestando mucha más atención a esto. La contaminación atmosférica y el tabaco pueden prevenirse, pero en las últimas décadas se ha hecho mucho menos caso a la polución que al tabaco, sobre todo entre los cardiólogos"

03/03/2020 - 01:00h

Publicado enMedio Ambiente
Página 1 de 7