Sin acuerdo global para frenar la crisis climática

Ni siquiera la prórroga de casi dos días que solicitó la ministra del gobierno de Chile, Carolina Smith, que ejercía la presidencia del cónclave, permitió que se llegara a un acuerdo sobre el cierre de la cumbre.

La Cumbre del Clima COP25 finalizó con una declaración de intenciones que pretende ocultar su fracaso, y el desacuerdo profundo entre diversos países sobre cómo abordar la emergencia climática. Ni siquiera la prórroga de casi dos días que solicitó la ministra del gobierno de Chile, Carolina Smith, que ejercía la presidencia del cónclave, permitió que se llegara a un acuerdo sobre el cierre de la cumbre.

El documento final solo “anima” a los países a presentar planes más ambiciosos para frenar el calentamiento global durante el año 2020, como una forma de llegar a la próxima COP26 de Glasgow con algún avance en relación a este 2019. La principal razón de la falta de acuerdo ha sido la negativa de una serie de países para comprometerse a presentar programas de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Aunque, también, la conducción de los funcionarios chilenos, ha sido blanco de numerosas críticas.

84 países han acordado a presentar programas con políticas más agresivas para reducir el cambio climático. Sin embargo, entre ellos no figuran Estados Unidos, China, India y Rusia, que generan el 55% de las emisiones de gases de efecto invernadero en el mundo. La contracara de ese rechazo, la encabezó la Unión Europea que, además de aceptar el reto, presentó días atrás un Green New Deal para transformar al continente europeo en el primer espacio con una economía descarbonizada. En el fondo de este enfrentamiento se encuentra el argumento de determinadas naciones que rechazan aplicar ciertas regulaciones climática porque, aseguran, afectaría sus planes de desarrollo económico.

“La comunidad internacional perdió una oportunidad importante para mostrar mayor ambición”, afirmó el secretario general de la ONU, António Guterres sobre el final de la cumbre. El funcionario portugués no ocultó su decepción aunque desde el primer día había mostrado preocupación por las divergencias que existían con algunos países para abordar la crisis climática. 

La predisposición del gobierno español, como accidentado receptor de la COP25, y la presión social liderada por la activista Greta Thunberg, habían traído cierto optimismo sobre un posible acuerdo para reducir el calentamiento global. Sin embargo, la joven sueca regresó este sábado a su casa, mientras la ministra Smith solicitaba una prórroga ante el inminente fracaso de la reunión.

En efecto, las últimas 24 horas de negociaciones se produjeron bajo el liderazgo de la ministra española de Transición Ecológica, Teresa Ribera, por propia iniciativa de la funcionaria del gobierno chileno. Esta semana, la directora de Greenpeace Internacional, Jennifer Morgan, había declarado que la presidencia chilena estaba “fracasando” en el trabajo de proteger la “integridad del Acuerdo de París y no permitir que la codicia y el cinismo” lo destruyeran.

Uno de los puntos más intrincados de las negociaciones ha sido el artículo 6 del Acuerdo de París sobre el mercado de emisiones de gases de efecto invernadero, que debería entrar en vigor en 2020. El acuerdo se ha encallado en la regulación de ese sistema, a través del cuçales países y empresas pueden adquirir créditos a otras naciones en el caso de que excedieran el límite de gases que se hubieran fijado.

Con este panorama, las expectativas de lograr una reducción del calentamiento global para los próximos años se han disuelto, y todo apunta a que se llegará a la COP26 de Glasgow con un nuevo récord de temperaturas, superior al 1,1 grados centígrados por encima del periodo preindustrial que registró Naciones Unidas para el año que se acaba.

El único dato positivo de la COP25 Chile-Madrid ha sido la movilización social que protagonizaron los jóvenes. Al margen de lo que pueda acordarse (o no) a nivel global, las nuevas generaciones advirtieron en Madrid que su acción en la calle seguirá adelante con el objetivo de presionar a los gobierno nacionales. A su vez, el corrimiento que se planteó Thunberg para desactivar la presión política y mediática que sufría, ha puesto en escena a un centenar de jóvenes de diversos países con conocimiento y voluntad suficiente para no dejar la emergencia climática en manos de los negacionistas y de las grandes empresas

Por Agustín Fontenla

Desde Madrid

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Ni ambición, ni financiación, ni adaptación: las negociaciones de la COP25 se enquistan y todo apunta al fracaso

Los acuerdos de la Cumbre del Clima no llegan y la ONU pospone el plenario final hasta las 9.00 horas del sábado. La intención es la de salvar los puntos más determinantes para la lucha contra el cambio climático.

El escenario que se plantea en la Cumbre del Clima, a unas horas del cierre oficial, es el de un nuevo fracaso del multilateralismo. Tanto es así que las negociaciones cruciales siguen enquistadas y los acuerdos que se vendían al inicio del evento como imprescindibles parecen tan lejanos como imposibles. Aunque la ONU ha prolongado las negociaciones hasta el sábado, la realidad es que en los pasillos de Ifema se empieza a percibir cierta frustración debido al bloqueo constante de algunos países como Australia, Brasil o India en aspectos determinantes. 

"Los ojos de la gente están sobre nosotros, y seguiremos trabajando duro tanto tiempo como sea necesario", ha expresado Andrés Landerretche, coordinador de Presidencia de la COP25, en una rueda de prensa a última hora del viernes, dando a entender que las negociaciones se alargarán más de lo previsto. Lo que no se ha conseguido resolver en dos semanas, se intentará salvar en unas horas o, incluso, a lo largo del fin de semana, tal y como opinan algunos observadores, que ven con pesimismo el cierre de la cumbre.

El desarrollo de un sistema de mercados de carbono, los compromisos para la reducción de emisiones o las dotaciones económicas para la adaptación de los países más vulnerables al cambio climático son algunas de las claves que se tendrán que resolver en las próximas horas o, en el peor de los casos, posponerse para la siguiente cumbre de 2020.

El artículo 6 y los mercados de carbono

El principal escollo de las negociaciones tiene que ver con la creación de herramientas que den sentido al Artículo 6 del Acuerdo de París, un epígrafe con el que se pretende regular las emisiones de gases de efecto invernadero de los estados a través de un mercado de carbono. Se trata de un sistema que permite que los países que superen el tope de contaminación puedan comprar créditos de emisión a aquellos que no estados que sobrepasan los límites establecidos. 

El problema es que hay ciertos vacíos legales que no terminan de solucionarse, como es el caso de la doble contabilidad que permite que tanto el comprador como el vendedor se apunten una reducción de emisiones en cada transacción, lo cual hace que la herramienta carezca de sentido.

Según han compartido con los medios algunas organizaciones medioambientales y representantes del ámbito empresarial, el Artículo 6 no ha presentado ningún avance debido al bloqueo constante de Australia, Estados Unidos, India y Brasil, que mantienen una visión muy laxa de esta herramienta de control de emisiones, frente la postura, más ambiciosa, de la Unión Europea.

Adaptación y compensación de emisiones

Por otra parte, se plantean pocos avances en el diseño de un mecanismo de adaptación para los países más vulnerables al cambio climático. Según fuentes de la negociación, las trabas tienen que ver con cómo hacer que un porcentaje de los fondos de carbono se destine a la implementación de ayudas y planes de mitigación en los países que más sufren las consecuencias de la crisis climática. 

Lo mismo ocurre con la dotación de fondos para el Green Climate Fund al que los estados desarrollados se comprometieron a destinar una partida presupuestaria para garantizar que los países más empobrecidos puedan tejer mecanismos de resiliencia y adaptación al cambio climático. 

En este punto de las negociaciones, las discrepancias polarizan los plenarios en dos bloques: países desarrollados y países en desarrollo, quienes piden más esfuerzos a los gobiernos más poderosos.

Ambición

La presión social del último año y las advertencias de la ciencia llevaron a algunos países a anunciar, al inicio de la cumbre, que tratarían de aumentar su ambición climática y sus compromisos para reducir sus emisiones durante la COP25. De está forma, el camino se allanaría de cara a 2020, año en el que los países deberían haber presentado de manera oficial sus compromisos para la descarbonización de la economía.

Pero, según explican fuentes de la negociación, la realidad es que el bloqueo también ha llegado a este punto de las negociaciones, ya que hay determinadas delegaciones que se acogen a la literalidad del Acuerdo de París y reclaman que se posponga a 2023 la actualización de las Contribuciones Determinadas Nacionalmente (NDC), que no son otra cosa que las hojas de ruta que cada estado maneja para conseguir descender sus emisiones de gases de efecto invernadero.

Por el momento tan sólo 73 países se han comprometido a mejorar en 2020 sus promesas de reducción de emisiones. España, por su parte, se ha comprometido a iniciar un proceso interno para presentar en ese mismo año sus compromisos climáticos. 

Plan de Acción de Género

La cita de Madrid se presentaba crucial para rediseñar el Plan de Acción de Género (PAG) que se aprobó por primera vez en la COP23 de 2017. Durante toda la cumbre, este punto ha contado con un bloqueo absoluto por parte del Grupo Africano. Sin embargo, el diálogo ha permitido que el plenario apruebe este viernes el documento, incluyendo todas las demandas de la sociedad civil. Esta es, quizá, una de las pocas noticias positivas del encuentro de Madrid, en tanto que se permitirá que la perspectiva de género se integre dentro de las políticas climáticas globales.

MADRID

13/12/2019 22:30 Actualizado: 14/12/2019 08:27

Por ALEJANDRO TENA

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Los países más emisores rechazan endurecer sus recortes de gases de efecto invernadero

Hasta 84 Estados, entre los que no figuran EE UU, China, India ni Rusia, se comprometen a revisar sus objetivos de reducción de dióxido de carbono en 2020

 “Hay una brecha enorme entre lo que sucede fuera de aquí y lo que sucede dentro”, ha reprochado este miércoles Jennifer Morgan, directora ejecutiva de Greenpeace internacional, a los representantes de los casi 200 países que se reúnen en Madrid hasta el viernes en la Cumbre del Clima, conocida por las siglas COP25. Morgan les ha contado que lleva 25 años asistiendo a estas reuniones internacionales y que nunca había visto una distancia tan grande entre lo que ocurre en la calle —con las protestas multitudinarias por medio planeta lideradas por los jóvenes activistas climáticos— y lo que pasa en una COP —con unas negociaciones que se estancan y sin liderazgos claros contra la crisis climática entre los países—. La falta de ambición de los principales emisores se refleja en la lentitud con la que avanzan las conversaciones para cerrar el desarrollo de los mercados de carbono o la declaración final de esta cumbre. Pero, fundamentalmente, en la ausencia de ambición de las grandes potencias emisoras de gases de efecto invernadero, que no dan señal alguna de estar dispuestas a endurecer sus planes de recortes de CO2como se pide desde la ciencia y desde las principales agencias de la ONU.

El secretario general de la ONU, Antònio Guterres, organizó en septiembre otra cumbre climática en Nueva York para intentar relanzar la ambición. Y se formó una coalición de 68 países que se comprometían a incrementar sus metas de reducción de emisiones para la próxima década. Tres meses después, esa coalición ha sumado 16 Estados más, según la actualización presentada este miércoles en la COP25.

Entre los nuevos países figuran Reino Unido, Suecia o Pakistán. Pero, de nuevo, faltan cuatro de los cinco grandes emisores, que acumulan más del 60% de todos los gases de efecto invernadero del planeta: EE UU —que ha iniciado ya los trámites para dejar el Acuerdo de París—, China, India y Rusia. El quinto actor de ese bloque de los grandes emisores es la Unión Europea, que tampoco figura como tal en esa coalición al estar todavía negociando Bruselas y los Veintiocho cómo y cuánto se debe endurecer el plan de recorte de emisiones que van a presentar ante la ONU en el marco del Acuerdo de París en 2020. Sí están dentro del compromiso lanzado en septiembre en Nueva York Alemania, Francia y España.

Que los esfuerzos que tienen previsto hacer los países contra el cambio climático no son suficientes lo admiten todos los que participan en la Cumbre del Clima. “No llevamos la velocidad adecuada”, ha reiterado la ministra chilena de Medio Ambiente, Carolina Schmidt, que ejerce la presidencia de esta COP25. “El mundo se está calentando y volviendo más peligroso más rápido de lo que creíamos”, ha insistido Guterres, que ha vuelto a esgrimir los informes científicos para urgir a los países, entre otras cosas, a endurecer sus objetivos de reducción de gases de efecto invernadero.

Todos los firmantes del Acuerdo de París deben presentar planes de recorte de emisiones que, juntos, deben conseguir que el calentamiento global se quede dentro de unos límites manejables, Pero la suma de esos planes no es suficiente. La ONU advirtió hace un par de semanas de que se deben multiplicar por cinco los esfuerzos globales previstos si se quiere que el incremento de la temperatura se quede por debajo de 1,5 grados respecto a los niveles preindustriales. Y por tres si se aspira a que ese incremento esté por debajo de los dos grados (la otra meta que se establece en el Acuerdo de París). Los planes (que se conocen por las siglas en inglés NDC) que tienen ahora los países llevarán al menos a 3,2 grados de incremento, calcula la ONU.

Por eso se necesitan compromisos como los de los 84 países que endurecerán sus planes durante 2020, como fija el Acuerdo de París. Pero, sobre todo, se necesita que se involucren los grandes emisores, algo que no está ocurriendo. Mientras EE UU se despide de París, China —a través de su viceministro de Ecología y Medio Ambiente, Yingmin Zhao— no ha dado ninguna señal este miércoles de que su intención sea endurecer su programa nacional de reducción de emisiones para la próxima década. Lo mismo ocurre con Rusia, que aún no ha presentado su plan, o India, que tampoco se ha sumado a ese listado de 84 países más ambiciosos.

La alianza de estos 84 Estados busca elevar los recortes a medio plazo, es decir, para la próxima década. Paralelamente, desde la presidencia chilena de la COP25 se ha impulsado también que los Estados se comprometan a buscar la neutralidad de carbono —que el CO2 expulsado sea igual al que se capture, por ejemplo, a través de bosques— en 2050. A este segundo objetivo se han comprometido ya 73 países, con las mismas grandes ausencias. También 14 regiones, 398 ciudades, 786 empresas y 16 grupos inversores. “Ya no basta con los países, necesitamos a otros actores”, ha resumido Schmidt.

Por MANUEL PLANELLES

Madrid 11 DIC 2019 - 14:27 COT

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La lucha contra el cambio climático se hace fuerte en Madrid

La Marcha por el Clima, centrada en la presencia de Greta Thunberg, ha superado las expectativas de los convocantes, quienes aseguran que han participado 500.000 personas. La marcha da pie al inicio de la Cumbre Social, donde más de 300 actos programados por la sociedad civil intentarán dar voz a las personas y colectivos silenciados en la COP.

 

"El mundo despertó ante la emergencia climática". Con este lema se abría paso la Marcha por el Clima, organizada desde diversas plataformas y colectivos sociales en defensa del medio ambiente, que ha superado todas las expectativas.

Unas 500.000 personas (según los organizadores, cifra rebajada por la Policía a 15.000) han llenado el largo recorrido que ha seguido la manifestación, iniciada a las 18 horas en Atocha y que ha terminado frente a Nuevos Ministerios, donde Javier Bardem y Greta Thunberg, entre otros, han dedicado unas palabras a favor de la lucha contra el cambio climático antes de que empezaran las actuaciones de artistas como Amaral o Macaco.

Personas de todo tipo y llegadas desde todas las partes del mundo se han dado cita en Madrid para reclamar a los líderes políticos que estos días se reúnen en la Cumbre del Clima de la ONU (COP) unas "medidas reales y vinculantes que deben ser tomadas con urgencia", tal y como ha explicado a Público Vanessa Álvarez, portavoz de Alianza por la Emergencia Climática, uno de los colectivos convocantes.

Aunque lo más esperado por los manifestantes era la aparición de Greta Thunberg, la joven líder no ha podido acercarse a la cabecera de la marcha debido a la cantidad de personas que quería fotografiarla.

Diversos colectivos de indígenas han sido los que abrían paso a las miles de personas que venían por detrás. Ataviados con sus trajes típicos, los indígenas han realizado un continuo recuerdo a los chilenos que han sufrido la última escalada represiva por parte del Gobierno sudamericano, algo que se ha transformado en carteles con mensajes como "Piñeira tortura o asesina" o "en Chile se violan los Derechos Humanos". De hecho, precisamente por ese ambiente de tensión social que reinaba en Chile, la COP se está celebrando en la capital española.

Algunos metros detrás de la cabecera se ha emplazado el cortejo de Fridays for Future, el movimiento de los jóvenes en contra del cambio climático y que tuvo su origen con la ya mencionada Thunberg.

Cientos de jóvenes se han reunido detrás de la pancarta que clamaba porque los políticos atendieron las recomendaciones del IPCC, el comité de científicos expertos en cambio climático de la ONU que vaticinan cambios drásticos en la naturaleza si los gobiernos, a nivel mundial, no toman decisiones con rapidez.

Tras ellos estaba el bloque que ha aunado a diferentes movimientos sociales y sindicatos, todos ellos firmantes del llamamiento que han elaborado desde la Cumbre Social.

Durante esta cumbre, organizada desde la sociedad civil, hay programados más de 300 actos desde el día 7 hasta el 13 de diciembre que se celebrarán en algunas instalaciones de la Universidad Complutense de Madrid, la Unión General de Trabajadores o Comisiones Obreras, que tendrán lugar de forma paralela a la COP oficial.

Javier Bardem ha tomado la palabra dos horas y media después del comienzo de la marcha. En un escenario frente a Nuevos Ministerios, el actor se ha referido así a la actualidad: "Estamos en uno de los momentos más críticos de nuestra historia y estamos consiguiendo hablar con una sola voz".

Del mismo modo, el actor internacional ha tildado de "estúpido" a políticos como Donald Trump y el madrileño José Luis Martínez Almeida.

Después de él, el protagonismo ha recaído en la más que esperada aparición de Thunberg, que siguiendo la estela de sus discursos, ha alertado de la emergencia climática. Asimismo, ha animado a seguir luchando para presionar a los políticos y que tomen medidas inmediatas al respecto.

Tras ella, diversos colectivos indígenas de Sudamérica han defendido a la Pacha Mama como un espacio a defender de las medidas más neoliberales y capitalistas.

Conciertos de autores reconocidos como Macaco o Amaral han cerrado la manifestación que ha transcurrido con un gran despliegue policial y sin incidentes,excepto la detención de dos personas por lanzar objetos a la altura del Museo del Prado.

Según la Policía, seis agentes resultaron heridos mientras dispersaban a una docena de encapuchados que iban en el tramo final de la manifestación. Un hombre ha sido arrestado por resistencia y desobediencia, mientras que una mujer ha sido detenida por atentado contra la autoridad.

06/12/2019 20:24 Actualizado: 06/12/2019 23:39

GUILLERMO MARTÍNEZ

 @Guille8Martinez

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Uno de los puntos más delicados de la Cumbre del Clima: la creación de un mercado internacional de emisiones

En la Cumbre del Clima de Madrid se intentará crear un mercado internacional de emisiones como herramienta para contener el aumento de temperaturas del planeta. "Se parte de la idea de que ya no hay mucho tiempo para contener en 1,5 °C el aumento de la temperatura global, y que todos los países tienen que hacer algo, también los emergentes. El desarrollo económico siempre está ligado al aumento de emisiones, y eso ya no es compatible con mantener 1,5 °C", analiza Raphaela Kotsch, investigadora de la Universidad de Zurich que participa esta semana en la cumbre explicando qué se negocia sobre este nuevo mercado. En la cumbre de Katowice (Polonia) de 2018 se dieron algunos pasos, pero no se llegó a un acuerdo.  

En la actualidad existen 57 mercados de carbono en todo el mundo entre los creados y proyectados. Ahora, se trata de crear uno global que funcione más o menos como el que lanzó la Unión Europea en 2003: por un lado, se otorga un derecho de emisión (de algún modo se permite contaminar); y por otro, se incentiva la reducción de emisiones. Solo que, a diferencia del esquema europeo, el mercado internacional no fijaría un precio mínimo de compra de cada tonelada de CO2. "Es oferta y demanda", contextualiza Kotsch.

Crear este "mecanismo" está planteado en el artículo 6 del Acuerdo de París alcanzado en diciembre de 2015, y en esta cumbre se prevé definir su estructura y condiciones. "El tratado prevé que, si no se alcanza un mercado global, entonces se recurra a otros bilaterales o multilaterales", analiza esta investigadora, quien añade: "Algunos esperan que haya un acuerdo en Madrid, pero yo no lo veo claro".

Para los que defienden contener el aumento de emisiones a través de este esquema, argumentan que esta es una forma de ayudar a los países menos desarrollados a obtener tecnología, acudiendo a ese mercado internacional para financiar proyectos mediante créditos que les compran países con mayores emisiones.

Tiene además otra lectura, y es que, para los países industrializados, donde se ha desarrollado más tecnología limpia, cada reducción adicional de emisiones resulta más cara que en países donde hay mucho más por hacer. "Para muchos en los países ricos sería más sencillo comprar créditos, digamos, por ejemplo en Marruecos, donde es más barato reducir una tonelada de CO2, pues hay mucho más por hacer", incide Kotsch. Sin embargo, los detractores de la medida temen dejar al mercado la reducción de emisiones de tantos países.

03/12/2019 - 21:58h

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El Secretario General de Naciones Unidas, Antonio Guterres, participa de la Cumbre del Clima.

  Alemania, Francia y España deberán aunar esfuerzos para persuadir a China, Rusia, India, Brasil y Estados Unidos de intensificar la lucha contra la contaminación del medio ambiente. 

 

La Cumbre del Clima COP 25 que se celebra en Madrid a partir de este lunes y hasta el 13 de diciembre será el nuevo ring en el que se midan los países que impulsan una agenda decidida para enfrentar la emergencia climática, y los escépticos o negacionistas del cambio climático, liderados por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

La capital española acoge esta Conferencia entre las Partes (COP), luego de que el estallido social en Chile dejara al presidente Sebastián Piñera acorralado, y sin el paisaje de país estable y desarrollado que pretende mostrar esta clase de reuniones de carácter internacional.

Delegaciones de alto nivel de más de 150 países, el Secretario General de Naciones Unidas, Antonio Guterres, la flamante presidenta de la Unión Europea, Ursula von der Leyen, representantes de diversas Organizaciones No Gubernamentales, científicos y expertos en la lucha contra el cambio climático entre unas 25 mil personas, buscarán alcanzar un acuerdo para concretar y profundizar las medidas adoptadas cuatro años atrás en el Acuerdo del Clima de París.

El presidente en funciones del Gobierno español, Pedro Sánchez, será uno de los principales anfitriones, y encargado de llevar a buen puerto la COP 25, cuyo eslogan reza “es tiempo de actuar”. El líder socialista, que se encuentra en negociaciones para formar su Ejecutivo, ha presentado una agenda ambiciosa para que España realice una transición ecológica de su economía, y ayude a reducir sensiblemente la producción de gases de efecto invernadero.

Un objetivo que comparten e impulsan para el conjunto de la Unión Europea el presidente francés, Emmanuel Macron, y la líder del Gobierno alemán, Ángela Merkel. En efecto, el jueves pasado, el Parlamento Europeo declaró la emergencia climática, y se propuso como objetivos de la nueva legislatura (2019-2023) la creación de un “New Green Deal” en los próximos 100 días, y trabajar para descarbonizar la economía del bloque en el 2050.

Sin el apoyo del Reino Unido, que está perdido en el intríngulis del Brexit, y el frágil Gobierno de Italia, Alemania, Francia y España deberán aunar esfuerzos para persuadir a China, Rusia, India, Brasil y Estados Unidos de intensificar la lucha contra el cambio climático.

La tarea no será sencilla. El presidente Trump ya ha anunciado que retirará a su país del Acuerdo de París, mientras que gigantes como China, Rusia, e India, que están entre los principales emisores de gases de efecto invernadero, no han presentado planes ambiciosos para contrarrestar el cambio climático. Brasil, por su parte, tampoco ha dado señales. Al contrario, el presidente de ese país, Jair Bolsonaro, ha estado en el centro de una tormenta política y climática luego de que se denunciara un crecimiento notable en la cantidad de incendios que se produjeron este año en la Amazonia.

La Unión Europea buscará implicar a los escépticos y negacionistas aprovechando el contexto de protestas y concientización mundial por el cambio climático, además de la catarata de informes que se publican casi cada mes advirtiendo sobre los estragos de la crisis climática. El último, un informe de la Organización Meteorológica Mundial, que situó en un nuevo récord la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera. Un fenómeno que promete acelerarse con consecuencias cada vez más graves para las futuras generaciones.

Entre los activistas que acudirán a la Cumbre se encuentra Greta Thunberg, uno de los rostros más visibles en las manifestaciones contra los gobiernos europeos para actuar contra el cambio climático. La joven sueca se encuentra de camino al país ibérico en un catamarán que embarcó en Sudamérica después de que se cancelara la Cumbre en Chile. Thunberg, creadora del movimiento “Fridays for Future”, ha decidido trasladarse en un medio de transporte no contaminante, y su acción será puesta como un ejemplo más de las medidas que pueden adoptarse para mitigar la emisión de gases de efecto invernadero.

En España y en la Unión Europea, la Cumbre COP 25 está en el centro de la agenda mediática y política. Los más optimistas esperan que se alcancen suficientes acuerdos para convertir esta fecha en un punto de inflexión para reducir el calentamiento global. Sin embargo, nadie puede asegurarlo por estos días. Además de Trump y su club de aliados negacionistas, en Europa existe un buen número de partidos políticos que prometen batallar la “histeria climática”. Entre ellos, el líder italiano Matteo Salvini, el partido ultranacionalista Una Alternativa para Alemania, o el radical Vox, que en las últimas elecciones españolas logró convertirse en la tercera fuerza política más importante del país.

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La ONU certifica el fracaso del acuerdo del clima de París y reclama recortar las emisiones de CO2 un 8% cada año hasta 2030

El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) presenta hoy en Ginebra su Informe de Emisiones de 2019, en el que asegura que incluso aunque todos los compromisos adoptados por los países en el Acuerdo de París sean completamente implementados, el objetivo de limitar el incremento de la temperatura mundial a 1,5 grados estará fuera de alcance antes de 2030.

No han pasado ni cuatro años desde que fuera aprobado y la ONU da por muerto el Acuerdo del Clima de París. Para tratar de limitar el incremento de las temperaturas mundiales a 1,5 grados -lo acordado en la capital francesa por 195 países- será imprescindible tomar medidas mucho más contundentes y de manera inmediata. Entre ellas, recortar las emisiones de CO2 un 7,6% cada año entre 2020 y 2030, la decarbonización del sector de la energía y la construcción y cambios en los estilos de vida.

El Acuerdo de París ya no sirve de nada: el informe asegura que, aunque se implementaran todos los compromisos alcanzados por los países en diciembre de 2015 en la capital francesa, las temperaturas se incrementarían este siglo al menos 3,2 grados, más del doble del objetivo de 1,5 grados fijado por el acuerdo.

Llevar el planeta a ese aumento de las temperaturas causará “impactos climáticos más extensos y destructivos”, asegura el documento, que ha sido elaborado por un panel internacional de científicos climáticos.

Para tratar de que el mundo no se salga de la horma del 1,5 de incremento durante este siglo, el Informe de Emisiones de 2019 del PNUMA estima imprescindible actuar de forma urgente y contundente: recortar las emisiones de CO2 un 7,6% anual entre 2020 y 2030.

El documento critica que las emisiones de gases de efecto invernadero han aumentado esta década un 1,5% cada año. “No haber comenzado a reducir las emisiones en 2010”, lamentan los científicos, “provoca ahora que haya que acometer mayores reducciones anuales de emisiones para poder cumplir los objetivos”.

“Estos datos demuestran que los países no pueden sentarse a esperar para redoblar sus acciones hasta finales de 2020, cuando estaba previsto tomar nuevos compromisos climáticos”, asegura la directora ejecutiva mundial del PNUMA, Inger Andersen.

“Cada país, cada ciudad, cada región, cada negocio, cada individuo tiene que empezar a actuar ya. Tenemos que ponernos al día con los años en los que pospusimos tomar medidas. Si no hacemos esto, antes de 2030 se habrá agotado la posibilidad de lograr el objetivo de París de limitar el calentamiento global a 1,5 grados este siglo”, recuerda Andersen.

El informe del PNUMA presentado hoy ve necesario realizar transformaciones sociales y económicas de envergadura en la próxima década para compensar la inacción del pasado, incluidos, afirma expresamente, la rápida decarbonización de la energía y de los sectores de la construcción y el transporte, así como cambios en los estilos de vida y en el sector agroalimentario.

Los países del G20, en el punto de mira

El Informe de Emisiones 2019 de Naciones Unidas pone en la mirilla especialmente a las principales economías mundiales, causantes de la gran mayoría de la contaminación mundial.

“Las naciones del G20 colectivamente suman el 78% del total de las emisiones, sin embargo”, critica el documento, “siete de ellas ni siquiera han desarrollado todavía políticas para cumplir a tiempo con los compromisos adoptados en París para 2030”.

Y advierte: “Los países desarrollados no pueden pretender reducir sus emisiones nacionales simplemente exportando su producción de carbón a economías emergentes. La huella ecológica mundial tiene que reducirse”.

Las emisiones per cápita en el mundo siguen estando lideradas por Estados Unidos -20 toneladas por persona-, país al que siguen Rusia, Japón, China y la Unión Europea -con ocho toneladas-.

El documento reclama también compromisos económicos contundentes y da las cifras: la transición hacia una economía y una sociedad decarbonizadas requerirá de inversiones anuales mundiales por valor de entre 1,6 a 3,8 billones de dólares anuales entre 2020 y 2050, en función de cómo de rápido se avance en eficiencia energética.

De manera indirecta, el informe marca una senda clara e inevitable: que los países se comprometan a un plan que los lleve al escenario de cero emisiones. Sobre esto, el documento de UNEP asegura que sólo “cinco miembros del G20 -la UE y cuatro países más- han realizado ese compromiso de cero emisiones a largo plazo [la UE lo ha anunciado para 2050], dos de ellos incluso ya con la legislación al respecto aprobada. Sin embargo”, lamenta, “aún hay 15 miembros que no han realizado ningún compromiso para alcanzar el objetivo de cero emisiones”.

Este informe es la puntilla que le faltaba por recibir al ya muy tocado Acuerdo del Clima de París después de que a primeros de noviembre Estados Unidos notificara oficialmente su salida del acuerdo, que se hará efectiva en noviembre de 2020, justo un mes antes de la Cumbre Mundial del Clima de Glasgow, la cita destinada a cerrar los acuerdos de reducción de emisiones para hasta 2030.

La próxima cumbre mundial del clima, la llamada cumbre Chile-Madrid, se celebrará en la capital española del 2 al 13 de diciembre después de que Chile tuviera que renunciar a acogerla por los disturbios sociales que se llevan produciendo en el país desde hace varias semanas.

En principio, los temas estrella de la cumbre se preveía que fueran los océanos -se quieren introducir de manera legal en los acuerdos climáticos internacionales-y las finanzas -será la primera vez que decenas de ministros de economía acudan a la cita-.

Sin embargo, tras la publicación del Informe de Emisiones 2019 del PNUMA, el inicio de la negociación de medidas concretas, contundentes, efectivas e inmediatas para la reducción de emisiones se antoja como un objetivo ineludible de la cita madrileña.

Para poder implementar los recortes reclamados por el documento de UNEP del 7,6% anuales entre 2020 y 2030, estas medidas de recorte de CO2 deberían cerrarse, como máximo, entre la cumbre Chile-Madrid y la próxima cumbre mundial del clima, que se celebrará en Glasgow (Escocia) en diciembre de 2020. El documento presentado hoy en Ginebra por UNEP es la décima edición de los informes sobre emisiones mundiales que realiza esta agencia de Naciones Unidas.

WASHINGTON

26/11/2019 09:01 Actualizado: 26/11/2019 09:01

MANUEL RUIZ RICO

 @ManuelRuizRico

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Crean hoja artificial que imita la fotosíntesis

Convierte el dióxido de carbono en combustible alternativo útil

 

Madrid. Científicos crearon una "hoja artificial" para combatir el cambio climático al convertir de manera económica el dañino dióxido de carbono (CO2) en un combustible alternativo útil.

La nueva tecnología, descrita en un artículo publicado en Nature Energy, se inspiró en la forma en que las plantas usan la energía de la luz solar para convertir el dióxido de carbono en alimento.

"Lo llamamos hoja artificial porque imita a las reales y el proceso de fotosíntesis", explicó Yimin Wu, profesor de ingeniería en la Universidad de Waterloo, que dirigió la investigación. "Una hoja produce glucosa y oxígeno. Genera metanol y oxígeno".

Hacer metanol a partir de dióxido de carbono, el principal contribuyente al calentamiento global, reduciría las emisiones de gases de efecto invernadero y proporcionaría un sustituto de los combustibles fósiles que los crean.

La clave del proceso es un polvo rojo barato y optimizado llamado óxido cuproso.

Diseñado para tener tantas partículas de ocho lados como sea posible, el polvo se crea por una reacción química cuando cuatro sustancias –glucosa, acetato de cobre, hidróxido de sodio y dodecil sulfato de sodio– se agregan al agua que se ha calentado a cierta temperatura.

El polvo sirve como catalizador, o disparador, para otra reacción química cuando se mezcla con agua en la que se sopla dióxido de carbono y se dirige un haz de luz blanca con un simulador solar.

"Esa es la reacción química que descubrimos", precisó Wu, quien ha trabajado en el proyecto desde 2015. "Nadie había hecho esto".

Los próximos pasos en la investigación incluyen aumentar el rendimiento de metanol y comercializar el proceso patentado para convertir el CO2 recolectado de las principales fuentes de gases de efecto invernadero, como plantas de energía, vehículos y perforación petrolera.

11.000 científicos advierten a los líderes políticos del "sufrimiento indecible" que vaticina la crisis climática

En un artículo de la revista Bioscience explican que el cambio climático ha llegado antes, más acelerado y con consecuencias más graves

El texto conmemora la primera cumbre climática en Ginebra de 1979 donde ya se alertó sobre "signos alarmantes". Las emisiones de CO2 batieron su récord en 2018

Los investigadores repasan la evolución del cambio climático durante 40 años: "Es necesario un incremento inmenso de esfuerzos a gran escala", concluyen

 

Suben las apuestas. Ante la paradoja que implica que, mientras se acumulan los datos que confirman el calentamiento de la Tierra –responsable del cambio climático–, las emisiones de gases de efecto invernadero llegaran a su máximo histórico en 2018, un grupo de 11.000 científicos han firmado un artículo en el que advierten del "sufrimiento indecible" que vaticina la crisis del clima.

El texto, publicado este martes en la revista Bioscience, ha sido preparado por docenas de especialistas y apoyado por esos 11.000 investigadores de 153 países (incluida España). A modo de celebración del aniversario de la cumbre climática de Ginebra en 1979, el artículo recuerda que "la crisis ha llegado antes y está acelerándose más de lo que los científicos esperaban. Y es más grave de lo anticipado amenazando los ecosistemas y el futuro de la humanidad".

Arranca el documento diciendo que "los científicos tienen la obligación moral de alertar ante cualquier amenaza". Y declaran que "clara e inequívocamente el planeta Tierra afronta una emergencia climática". En sus párrafos y mediante gráficos aportan a los "responsables políticos" además de al público en general toda una batería de datos que ilustran el cambio climático durante los últimos 40 años."La crisis climática está estrechamente vinculada al consumo excesivo del estilo de vida rico", concluyen. 

El artículo explica que en la primera Conferencia Mundial del Clima celebrada en Ginebra (Suiza) hace 40 años, en 1979, ya se acordó que se detectaban "signos alarmantes del cambio climático que hacían urgente actuar". Alertas similares se repitieron en citas históricas como en Río de Janeiro (1992), el Protocolo de Kioto (1997) y el Acuerdo de París (2015). "Sin embargo, las emisiones de gases de efecto invernadero están todavía creciendo rápidamente", subraya el texto. "Es necesario un incremento inmenso de esfuerzos a gran escala para conservar la biosfera de manera que se evite un sufrimiento indecible debido a la crisis climática", sentencian.  

A pesar de estas cuatro décadas de negociaciones climáticas, "y salvo alguna excepción, hemos visto que las cosas seguían como estaban". De hecho, este lunes, EEUU notificó oficialmente que inicia el proceso para abandonar el Acuerdo de París.

Por Raúl Rejón

05/11/2019 - 18:18h

Adictos al CO₂: cómo cambiar un modelo económico que lleva al desastre

La descarbonización de la economía es urgente. Los expertos proponen medidas fiscales, arancelarias o financieras para que las empresas reduzcan sus emisiones

Tic, tac, tic, tac... La cuenta atrás para salvar el planeta avanza de manera inexorable. Cada año se liberan en el mundo 53,4 gigatoneladas de gases de efecto invernadero, un 78% de los cuales corresponden a emisiones de dióxido de carbono (CO2). Si continúa el actual ritmo de contaminación atmosférica, las temperaturas medias en el año 2100 aumentarían entre 4,1 y 4,8 grados, según los cálculos del consorcio científico Climate Action Tracker.

Revertir la situación actual se antoja difícil, ya que el modelo económico se ha vuelto adicto al CO2. Si en 1950 las emisiones de dióxido de carbono solo eran de cinco gigatoneladas, actualmente superan las 40 gigatoneladas. Además, al analizar el origen de esos gases, la conclusión es que la culpabilidad del calentamiento global está muy concentrada: por países, cuatro naciones o zonas económicas (China, EE UU, UE e India) generan el 60% de las emisiones; por fuentes energéticas, el 80% de las mismas proceden del uso del carbón y del petróleo; y por sectores, la industria y el transporte son responsables del 50% del total, según datos de un reciente informe de Citigroup. Sin intervención política, el crecimiento de las emisiones es imparable en la medida en que la población mundial aumenta y millones de personas se incorporan a la clase media, factores que generan automáticamente una mayor demanda energética. Sobre la mesa empiezan a ponerse propuestas para, en un primer momento, reducir el dióxido de carbono y, a medio plazo, aspirar a una economía de emisiones cero. ¿Querrá alguien ponerle el cascabel al gato?

Solucionar el cambio climático podría ser tan sencillo y tan complejo como aplicar una suma. Según los economistas, para dejar de usar hidrocarburos basta con incorporar en el precio su gigantesco coste ecológico. Según los políticos, nada como una subida en los combustibles para inducir una revuelta. Ted Halstead se ha propuesto despejar la parte compleja de esa ecuación. Desde su Climate Leadership Council, lleva todo el año haciendo circular entre demócratas y republicanos de Washington una iniciativa para fijar un impuesto al carbono que los dos partidos podrían aceptar: incorpora una cláusula anti revuelta social —repartir entre los contribuyentes todo lo recaudado— y cuenta con el visto bueno de Shell, ExxonMobil y British Petroleum, por citar solo tres de las grandes petroleras que figuran en la web de este think tank. “La clave de nuestro programa es que es pro empresa, porque también propone eliminar toda la regulación que se volvería innecesaria con un impuesto al carbono”, explica Halstead en conversación telefónica.

Halstead estima que un 70% de las familias estadounidenses tendrá más ingresos disponibles después de su impuesto. No sólo por la devolución prevista de 2.000 dólares por familia y año sino porque el encarecimiento de los hidrocarburos con relación a las alternativas de energía limpia desincentivará su uso. De acuerdo con los cálculos elaborados por su organización, si el impuesto comienza a aplicarse en 2021, Estados Unidos lograría para 2025 una reducción de 32% en sus gases de efecto invernadero, cuatro puntos porcentuales por encima del objetivo comprometido en el Acuerdo de París.

Demasiado bonito para ser cierto si no fuera por el respaldo de 27 premios Nobel, dos ex secretarios de Estado republicanos (James A. Baker y George P. Shultz), y economistas de la talla de Larry Summers, Janet Yellen y Ben Bernanke, que ven en el crecimiento paulatino del impuesto una forma de dar a la industria las certezas y el tiempo que necesitan para adaptarse. Con un valor de 43 dólares por tonelada de dióxido de carbono emitida (según Halstead, unos 9,5 centavos de dólar por litro de gasolina), el plan es hacer aumentar la tasa a un ritmo del 5% anual.

“Todo el mundo entiende que tenemos que solucionar el problema del clima y lo que estas empresas quieren es resolverlo de la manera más eficiente posible”, dice quien pasó dos años arreglando “reuniones privadas” entre las partes para llegar a un acuerdo. Además de las petroleras y los economistas, el Climate Leadership Council tiene el visto bueno del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) y el Instituto de Recursos Mundiales (WRI), entre otras importantes organizaciones ecologistas.

Ritmo lento

Lo cierto es que la solución de ponerle un precio al carbono para desincentivar los hidrocarburos está ganando impulso en todo el mundo. Según un informe publicado en junio por el Banco Mundial, de los ocho países que lo hacían en 2004 se ha pasado a un total de 46, sin contar con otras 28 jurisdicciones territoriales que han comenzado a penalizar con un precio la emisión de gases de efecto invernadero. Un 20% de las emisiones mundiales, dice el informe, ya están sujetas a imposición. El problema, dicen, es que los gravámenes siguen siendo demasiado bajos como para hacer cumplir el Acuerdo de París. De acuerdo con las estimaciones del Banco Mundial, para lograr las reducciones prometidas, los precios del carbono tendrían que estar ya entre los 40 y 80 dólares por tonelada.

En dicho informe, España aparece desde 2014 con una tasa de 17 dólares por tonelada de carbón para algunos tipos de hidrocarburos, pero la experiencia más conocida es sin duda la de British Columbia. La provincia del oeste canadiense lo aplicó de forma generalizada y con aumentos anuales. Empezaron en 2008 con 10 dólares canadienses por tonelada emitida y llegaron en 2012 a 30 dólares canadienses. Igual que la propuesta del Climate Leadership Council, British Columbia también incorporó la idea de devolver a los contribuyentes lo recaudado. Según estimaciones de la Universidad de Ottawa, en ese período logró reducir las emisiones totales de la provincia entre un 5% y un 15% sin perjudicar el crecimiento económico.

Pero encarecer la energía de todo un país es más difícil porque significa perder competitividad con relación a los bienes de otros lugares que no han sufrido ese sobrecoste. Para solucionarlo, la propuesta del Climate Leadership Council contempla la posibilidad de un arancel. “Si EE UU y Europa lo hacen, Canadá se va a sumar y no habría problema porque estaría dentro de lo que permite la Organización Mundial del Comercio”, según Halstead.

El economista Ian Parry, experto en política fiscal medioambiental del FMI, no piensa igual. En su opinión, sí puede haber un problema con el arancel y es el de la dificultad de cálculo. El ejemplo más evidente (y real) es el de un producto fabricado con componentes de varios países, cada uno de ellos con matrices energéticas en las que hay hidrocarburos y renovables. Según Parry, no es el único inconveniente. La rigidez del arancel, dice, terminaría discriminando a los productos de países que reducen sus emisiones vía regulación en vez de poniéndole un precio al carbono.

Parry coincide en que el impuesto al carbono es una de las herramientas más eficaces para reducir emisiones aunque no la única. “Para no aumentar tanto los gastos energéticos, se podría gravar con impuestos las formas de generación de electricidad que sobrepasen una franja de emisiones y subvencionar las que estén por debajo de esa franja”, señala. Y para sustituir la propuesta del arancel, propone un convenio internacional entre los mayores contaminantes: “Si los países principales imponen el impuesto a la vez se terminan las preocupaciones sobre la competitividad”.

La revuelta de los chalecos amarillos en Francia es uno de los fantasmas que sobrevuela cada vez que alguien habla de subir el precio de los combustibles. También, el argumento de Halstead para justificar el reparto integral de la recaudación. Pero, según Parry, el aumento en el precio del diésel no fue el único causante de la protesta contra el Gobierno de Emmanuel Macron. En su opinión, el impuesto habría tenido más aceptación si el encarecimiento de los combustibles hubiera sido paulatino y sin coincidir con una reforma impositiva que parecía favorecer a los ricos.

Parry no cree que haya que devolver absolutamente todo lo recaudado, una parte de la propuesta del Climate Leadership Council que considera “dogmática”, pero es consciente de la necesidad de presentar un impuesto políticamente viable. Para lograrlo sugiere que parte del dinero se devuelva a los más afectados por la tasa pero que también pueda destinarse a hospitales, carreteras, inversiones productivas o en energías renovables. “Es algo muy específico que variará de país en país, pero devolver todo lo recaudado no es la única forma de conseguir el apoyo político necesario”, dice.

Otras alternativas

El impuesto al carbono no es la única fórmula diseñada por economistas para reducir el uso de hidrocarburos. La Unión Europea logra un objetivo similar mediante el mercado de derechos de emisión (además de los impuestos sobre el carbono que varios Estados miembros aplican de forma puntual). En el mercado de derechos, con el que China también está experimentando, se establece un máximo de emisiones de CO2 por industria y año. Las empresas que emiten menos de lo que tenían autorizado venden a las que se pasan los derechos de emisión inutilizados. De esa forma, las que necesitan emitir más terminan pagando un plus por su carbono; las que reducen sus emisiones tienen el incentivo de un ingreso extra; y las autoridades saben exactamente el nivel de reducción anual de CO2.

El problema es que durante mucho tiempo el precio fijado libremente para intercambiar esos derechos fue demasiado bajo: desde 2012 hasta 2018 no llegó a los 10 euros por tonelada de CO2. Según la directora del Centro de Energía, Clima y Recursos del Ifo Institut de Múnich, Karen Pittel, se lograba el objetivo de reducción de emisiones, pero las empresas “no invertían lo suficiente en desarrollar las infraestructuras limpias que necesitaban para enfrentar las futuras reducciones de emisiones”. Traducido en términos de mercado, el precio de los derechos de emisión no estaba bien valorado y se corría el riesgo de sufrir un salto abrupto cuando las empresas comenzasen a tener problemas con sus objetivos de reducción.

Aunque ese peligro está hoy parcialmente neutralizado, con las emisiones cotizando en torno a los 25 euros por tonelada en la UE, el precio de contaminar sigue lejos de las estimaciones del Banco Mundial para evitar un calentamiento superior a 1,5 grados. Por suerte, para luchar contra el cambio climático también hay herramientas financieras. Además de los bonos verdes para inversiones sostenibles, que en los ocho primeros meses de 2019 recaudaron 150.000 millones de dólares, la novedad en ese campo es el programa lanzado por el Consejo de Estabilidad Financiera en Basilea (FSB) para homogeneizar y publicar información sobre los riesgos corporativos frente al cambio climático. El primer objetivo del TCFD, como se llama el programa por sus siglas en inglés, es mejorar la valoración de los riesgos del calentamiento. En última instancia confían en que sirva también para redirigir flujos de capitales hacia inversiones sostenibles.

Según James Rydge, de la London School of Economics (LSE), los esfuerzos de adaptación de las empresas no servirán de nada si no incluyen a los empleados. “Si uno se olvida de las personas y solo se concentra en reducir emisiones corre el riesgo de dar alas a gente como Trump y otros populistas que terminan significando un retroceso para la lucha contra el calentamiento”, advierte. Rydge se ocupa de formar a inversores institucionales para que incluyan la variable social en sus decisiones. “A los que son dueños de grandes partes de empresas, les decimos que pueden hacer presión sobre los consejos de dirección para asegurarse de que tienen buenas políticas sociales y buenos programas de transición para los empleados; y a los que están decidiendo dónde poner su dinero o de dónde sacarlo, les formamos para que tengan en cuenta si entran o salen de empresas con políticas justas para los trabajadores”, comenta.

Volviendo a la propuesta del Climate Leadership Council, su novedad es haber conseguido el apoyo de republicanos, ecologistas y petroleras. Según Halstead, su solución es la favorita de las empresas porque se aplica a todas por igual, de acuerdo con un cronograma y sin un gobierno eligiendo ganadores y perdedores. Pero aceptar un plan de imposición progresiva no significa que las petroleras dejen de velar por su negocio. Y eso, según las tesis del economista alemán Hans-Werner Sinn, podría convertirse en un obstáculo para el mismo impuesto que dicen apoyar.

En su libro La paradoja verde, Hans-Werner Sinn describió cómo la amenaza de imposiciones futuras puede acelerar la extracción de hidrocarburos hoy. Y cuando el exceso de oferta hace bajar los precios, se corre el riesgo de neutralizar el encarecimiento buscado con el impuesto. De hecho, según Pittel, podríamos estar ya inmersos en una paradoja verde: “Podría ser que las petroleras ya estén temiendo políticas más estrictas en el futuro y prefieran vender hoy el petróleo a un precio inferior”, subraya.

Halstead no cree que eso vaya a ocurrir con la propuesta del Climate Leadership Council porque su plan contiene una cláusula que lo protege de hidrocarburos excepcionalmente baratos: si no logran los objetivos de reducción programados, dice, los impuestos se modificarán al alza. ¿Pero hasta qué nivel habría que subirlos? En un estudio publicado en 2016, el economista del MIT Cristopher Knittel argumentaba que la bajada en los precios del petróleo habría hecho necesario un impuesto de 700 dólares por tonelada de carbono para que en Estados Unidos el coche eléctrico fuera competitivo frente al tradicional.

Afortunadamente, dice Knittel, el coste de las baterías ha bajado desde entonces y los vehículos eléctricos están mucho más cerca de convertirse en una buena decisión económica, además de ecológica. “En Estados Unidos, cuando haya un impuesto de unos 50 dólares por tonelada empezaremos a ver a los consumidores pasándose a los híbridos enchufables”, dice en referencia a los coches que llevan baterías para viajes de hasta 50 kilómetros junto a un motor de combustión para trayectos más largos.

Consumidores, votantes, multinacionales, ecologistas y políticos de partidos enfrentados... Ponerlos a todos de acuerdo no va a ser fácil pero tal vez no haya otra solución si el objetivo es detener la catástrofe. “Nunca antes hubo una coalición como esta”, dijo Halstead sobre su alianza de petroleras y ecologistas. Tal vez sea cierto. Lo que es seguro es que nunca antes hizo tanta falta.

Por Francisco de Zárate

Madrid 2 NOV 2019 - 18:31 COT

Publicado enMedio Ambiente