Activistas representan una extinción en el Museo de Ciencias Naturales este lunes. En vídeo, imágenes de las protestas este fin de semana en Londres. AFP | ATLAS

Un movimiento de desobediencia civil paraliza la ciudad al bloquear localizaciones clave durante una semana y visibiliza la crisis ambiental. Más de mil personas han sido detenidas

 

Algo extraño está sucediendo para que el lunes de Pascua de 2019, un 22 de abril, los policías que vigilan los alrededores de Marble Arch, el histórico cruce de caminos en el corazón de Londres, vayan en manga corta y aguanten estoicos el sol de plomo que cae sobre la capital británica. Vigilan a más de 1.000 activistas acampados en el césped que rodea la estatua de bronce de una enorme cabeza de caballo que bebe agua, la obra de Fiddian Green que se ha convertido en el centro de todas las manifestaciones y protestas que acoge la gran urbe.

Londres ha acaparado estos días el protagonismo de un nuevo movimiento de desobediencia civil —con incidencia más moderada en otras capitales europeas como París y Berlín— que ha relanzado la lucha ciudadana por el futuro del planeta. Se llama Extinction Rebellion (ER) y suma fuerzas al movimiento estudiantil, que de Australia a Sudamérica está denunciando a través de miles de protestas la desidia de los adultos ante la amenaza —más presente que futura— del calentamiento global. Bajo una carpa improvisada con lona naranja y tablones de madera, unas 50 personas combaten el calor y escuchan las instrucciones del equipo de ER, que ha conseguido paralizar el centro de la ciudad con una semana de protestas no violentas. Desde cortes de tráfico y bloqueos de infraestructuras clave hasta performances sobre la extinción de la humanidad que se han saldado con más de 1.000 detenciones. Quieren medidas extremas para combatir el cambio climático y han decidido que el tiempo se ha agotado.


—“Primero nos ignorarán, luego se reirán de nosotros, más tarde nos combatirán y, finalmente, habremos ganado. ¿Sabéis quién dijo estas palabras?”, pregunta uno de los oradores.


—“Ghandi”, responde con timidez una chica de apenas 16 años.


Sonríe ante la aprobación de su interlocutor y del resto de los convocados. Escucha con ojos abiertos las instrucciones de los activistas. “Mostrad respeto al resto de ciudadanos; no recurráis nunca a la violencia, ni verbal ni física; no os ocultéis el rostro; asumid la responsabilidad y las consecuencias que conlleva saltarse la ley; y nada de alcohol ni de drogas en estas premisas”, explica Nick Onlley, uno de los voluntarios fundadores de ER.


“Creo que el resultado esta primera semana ha sido positivo, pero esto es una carrera a largo plazo”, explica Onlley a EL PAÍS. “Y no nos cansaremos de pedir perdón al resto de ciudadanos londinenses. Sabemos que están irritados por las irrupciones en el tráfico y por el modo en que hemos alterado su día a día. Pero lo que más nos anima es la coletilla con la que siempre acompañan sus reproches: ‘Tenéis razón, y yo estoy de vuestro lado, pero tenéis que darnos un respiro’. La clave está en que comparten nuestros objetivos”.


El propio alcalde, el laborista, Sadiq Khan, ha mostrado cierta comprensión hacia el movimiento. “Comparto la pasión de los que combaten el cambio climático con sus protestas, y apoyo su derecho democrático a la protesta legal y pacífica. Pero todo esto está pasando factura a nuestra ciudad —a las comunidades de vecinos, a los comercios y a la Policía—. Está siendo contraproducente para la causa y para nuestra ciudad. (...) Mi mensaje hoy a todos los manifestantes es claro: dejad que Londres vuelva a su vida de siempre”, escribía Khan este domingo en un comunicado. La trampa, denuncian los activistas, está en la última frase del texto, que en su idioma original suena altamente sospechosa: “Let London return to business as usual”. Business as usual. Que todo siga igual.


Del millar de personas detenidas durante las protestas de la semana, medio centenar ha sido acusado formalmente de actos vandálicos. Los manifestantes han bloqueado localizaciones clave de Londres como Oxford Circus, Waterloo Bridge, los alrededores del Parlamento. O la plaza de Marble Arch, donde las autoridades han preferido hacer la vista gorda y permitir, bajo estricta vigilancia policial, que centenares de activistas acampen, organicen asambleas, monten cantinas y zonas improvisadas de letrinas y den así color y presencia al movimiento.

Este domingo les visitó Greta Thunberg, la activista sueca adolescente que ha impulsado la revolución climática global de los estudiantes y agitado más conciencias que cualquier cumbre oficial contra el calentamiento del planeta. “Nos enfrentamos a una crisis existencial, a una crisis climática y a una crisis ecológica que nunca antes fueron abordadas como crisis. Las han ignorado durante décadas”, dijo a los manifestantes. Thunberg se reunirá a lo largo de la semana con relevantes políticos británicos como el líder laborista, Jeremy Corbyn.
Protagonistas del mundo de la cultura, como la actriz Emma Thompson, han visitado también a los acampados y les han mostrado su apoyo. “Marquemos nuestra misión con el objetivo necesario: movilicemos al 3,5% de la población para cambiar el sistema”, dice uno de los carteles que preside la asamblea de Marble Arch. Se inspira ER en la teoría de la politóloga estadounidense, Erica Chenoweth, quien lleva años defendiendo que basta con lograr el apoyo de ese porcentaje de la población, a través de la desobediencia civil, para derribar a un dictador o acabar con un sistema.


Siempre ha habido voces bienintencionadas pero escépticas que han puesto en duda estos movimientos tan improvisados y asamblearios. “No llegarán a ningún lado, porque no saben qué quieren realmente”, dijeron políticos veteranos ante las protestas del 15-M español. La diferencia radique quizás en esta revolución surgida en Londres en medio del sofocante calor de la Semana Santa, en que en este caso se sabe perfectamente lo que se persigue. Un Reino Unido libre de emisiones de dióxido de carbono para 2025, un cuarto de siglo antes de lo que proponen los sesudos analistas oficiales del Gobierno británico. Y la estrategia cuenta con tres patas muy sólidas.


Una alianza de jóvenes y no tan jóvenes que han sabido distinguir lo importante de lo urgente y arrancar del enredo del Brexit el debate público, para centrarlo en el cambio climático. El peso y autoridad de alguien tan venerado en esta isla como Sir David Attenborough, quien a sus 92 años realizó una impactante “llamada a las armas” esta semana en la BBC, con su documental Climate Change: The Facts (Cambio Climático: Los Hechos). “Sé que puede sonar aterrador, pero las evidencias científicas nos dicen que si no tomamos medidas drásticas durante la próxima década, podemos enfrentarnos a un daño irreversible de la naturaleza y al derrumbe de nuestras sociedades”, alertaba Attenborough en un tono que hasta la prensa conservadora británica ha elogiado como necesario. Y como tercera pata, una clase media moderada dispuesta a aprovechar el impulso de las protestas en la calle —“el efecto del flanco radical”, lo llaman los sociólogos— para colocar en primera línea de la agenda política la amenaza más grave del siglo XXI.


Dependerá todo ese optimismo que hoy desborda el campamento de Marble Arch de que ER sostenga en el tiempo su campaña, evite cualquier atisbo de violencia y logre desviar la irritación de los londinenses tres kilómetros al sureste de la ciudad, hacia Westminster, donde se halla el Parlamento británico.


 Adoptar medidas urgentes o no llegar


Evitar el desastre. La acumulación de gases de efecto invernadero es tal que el calentamiento no se puede revertir, solo dejarlo dentro de unos límites manejables. La meta es tratar de que la subida media de la temperatura no supere los 1,5 grados respecto a los niveles preindustriales en 2100, aunque los expertos temen que esto ocurra entre 2030 y 2050 si el mundo sigue el ritmo actual de emisiones.


Océanos en peligro. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC), calcula que el nivel del mar se elevó a un ritmo de 1,7 milímetros por año durante el siglo XX. En este siglo, estiman, que el océano ascenderá, de media, entre 0,22 y 0,44 metros respecto a los niveles de 1990.


Objetivos en duda. La utilización de energías renovables es imprescindible para poner freno al calentamiento, pero la Comisión Europea pone en duda que Austria, Alemania, Letonia, Eslovenia, Eslovaquia y España puedan cumplir con el objetivo de empleo de ese tipo de fuentes. Naciones Unidas emitió un informe en marzo elaborado por 250 científicos en el que se dice que la no adopción de medidas urgentes está teniendo repercusiones potencialmente irreversibles en el medio ambiente y la salud humana.


 "Necesitamos una reacción emocional de los ciudadanos"

Por Rafa de Miguel


Boudewign Dominicus (Londres, 28 años) es de origen holandés pero se ha criado en Londres y se siente de esta ciudad más que de ninguna parte del mundo. Trabaja en una ONG pero se ha tomado unos días de vacaciones para colaborar voluntariamente con la campaña de movilizaciones impulsada por Extinction Rebellion. Forma parte del equipo que puso en marcha este movimiento hace un año.


Pregunta. ¿Quién va a decidir las acciones de protesta de los próximos días?


Respuesta. No tenemos una dirección centralizada. Se organizarán en las próximas horas pequeños grupos de asambleas y serán ellos los que tomen las decisiones. Cada activista decidirá en cuál quiere participar y hasta qué punto desea comprometerse. Tenemos una oficina central en Londres, pero nuestro objetivo es que en los próximos días sean las distintas asambleas repartidas por todo Londres las que estudien cuáles serán las acciones que más les convienen.


P. ¿No temen provocar un efecto contrario en los ciudadanos de Londres?


R. Somos conscientes de que la gente se ha enfadado y se seguirá enfadando, pero vamos a seguir siendo respetuosos con todos. Y con los primeros, con la policía, que está realizando su trabajo escrupulosamente. Ni siquiera hacemos una enmienda a la totalidad a nuestros políticos. Sabemos se han hecho avances en la lucha contra el cambio climático, y que se han tomado medidas correctas. Pero han bajado el ritmo, y algunas promesas correctoras, como los subsidios a energías más limpias, se han echado atrás con excusas presupuestarias. Por eso no podemos reducir la presión.


P. ¿Quieren que este sea un movimiento global? ¿Están coordinados?


R. Tenemos un coordinador internacional, y sabemos que la corriente está cobrando alza en otros países como Francia u Holanda. Pero no podemos hablar de coordinación propiamente dicha. Al ver cómo rebotan nuestros mensajes en otros países a través de las redes sociales nos damos cuenta del impacto que está logrando ER, pero ten en cuenta que, por ejemplo, los consejos que damos aquí a nuestros activistas para responder legalmente ante una detención o una carga policial no valen para otros lugares donde la ley es diferente.


P. ¿Cuál sería su objetivo final?


R. Lograr una reacción emocional de la gente. No somos ni antisistema ni antigobierno. De hecho, en nuestro credo está sostener que esta causa está por encima de la política. Queremos que esto se convierta en un asunto público de primer orden, y que la gente nos diga, estoy cabreado pero estoy de acuerdo con vosotros.

Por Rafa de Miguel
Londres 23 ABR 2019 - 03:15 COT

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Las grandes petroleras gastan mil millones de dólares para bloquear medidas contra el cambio climático

ExxonMobil, Shell, Chevron, BP y Total no escatiman esfuerzos para obstruir los objetivos de los Acuerdos de París. La ONG británica InfluenceMap desvela en un informe la verdadera agenda de las grandes empresas petroleras.


Blanquean su imagen corporativa con amplios programas de responsabilidad social corporativa. O con proyectos innovadores en energías renovables inmersos en sus fundaciones. Aunque, en realidad, despliegan millones de dólares a la pervivencia de los combustibles fósiles. Es decir, a mantener o expandir el calentamiento global.


Siguen el argumentario de El Gatopardo, la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Aquel que pregona “cambiarlo todo para que nada cambie”. Un reciente estudio de InfluenceMap así lo atestigua. Las cinco grandes firmas petroleras que gobiernan el tortuoso mercado energético (de crudo y gas, esencialmente) destinaron a lo largo de 2018 casi 200 millones de dólares -el estudio habla de 153 millones de libras- a retrasar, controlar o bloquear cualquier iniciativa diseñada a combatir el cambio climático.


ExxonMobil, Shell, Chevron, British Petroleum (BP) y Total no dan puntada sin hilo. Hacen suyo el proverbio castellano de “ni un mal gesto, ni una buena acción”. Pura imagen. El informe asegura que estas petroleras se han gastado desde los Acuerdos de París de 2015 más de 1.000 millones de dólares en estrategias de lobby, que han hecho coincidir con campañas de lavado de imagen a favor de las energías limpias. Entre otras, Climate Action 100+, un programa de medidas contra el cambio climático que incorporó a las mayores firmas privadas del mundo.


Entre sus actos de influencia más reseñables, los expertos de esta institución sin ánimo de lucro británica, que enfoca sus objetivos filantrópicos a desenmascarar a las corporaciones que actúan en el sector energético y a defender la causa contra el calentamiento global, destacan el uso de las redes sociales.


Por ejemplo, emplearon 2 millones de dólares en campañas en Facebook e Instagram para promover los supuestos beneficios de que los combustibles fósiles ocupen un lugar aún más destacado en el mix energético global -en detrimento de las renovables- durante las elecciones de mitad de mandato (Midterm) de noviembre pasado en EEUU.


Su misión es de una innegable nitidez. Ganarse el favor del nuevo poder legislativo. Al fin y al cabo, cada cuatro años, en estos comicios, se renuevan los 435 escaños de la Cámara de Representantes, una tercera parte de los cien senadores y 36 de los 50 gobernadores de la Unión. Y conviene tener en perfecto estado de revista los servicios de lobby en el paraíso del poder soterrado y en el mercado más importante del mundo. Dentro de una acción global orquestada para debilitar las agendas de reformas favorecedoras de las energías renovables de los gobiernos que avanzan hacia la consecución de los Acuerdos de París.


Entre las que ocupan un lugar destacado las críticas a lo que consideran, sin complejos, un exceso regulatorio en su industria, que -aducen- les resta dinamismo, les reduce los beneficios y les ocasiona multimillonarios gastos anuales por requerimientos legales.


Inversiones multimillonarias en gas y petróleo


Los botones de muestra que ofrece el informe son más que relevantes. BP donó 13 millones a una campana, a la que también se sumó Chevron, que logró frenar la imposición de una tasa al carbón en el Estado de Washington. Un millón de los cuales se destinó a publicidad en medios. Edward Collins, uno de los autores de la investigación de esta ONG, hace hincapié en la banalidad de la estrategia de las big five.


“Sus marcas corporativas revelan claros apoyos públicos hacia el combate del cambio climático, pero sus acciones de lobby van en la dirección contraria. Abogan por soluciones de bajas emisiones de CO2 mientras aumentan sus inversiones y gastos hacia la expansión del negocio de los combustibles fósiles”. Después de los Acuerdos de París de 2015, de los que se salió EEUU por designación expresa de Donald Trump, las compañías de petróleo y gas dieron su apoyo a la paulatina supresión del carbón como fuente de energía y formalizaron la Iniciativa Climática del Petróleo y del Gas para impulsar medidas voluntarias que redujeran la polución por emisiones fósiles.


En 2019, los desembolsos presupuestados en planes de inversión para la extracción de gas y petróleo de estas cinco grandes petroleras se incrementarán hasta los 115.000 millones de dólares, de los que sólo el 3% irán a proyectos de bajas emisiones. Shell y Chevron se apresuraron a criticar el contenido de InfluenceMap.


Con argumentos como que “no hacen apología” de sus contactos con legisladores o reguladores, redoblando su respaldo a los Acuerdos de París y a sus objetivos medioambientales, o apelando a la transparencia de sus iniciativas de reducción de gases que provocan el efecto invernadero o a su compromiso con las energías limpias para lograr que el clima no rebase los 1,5 grados centígrados en 2050 en vez de los 2 grados establecidos en la capital francesa.


Los expertos de esta institución ponen como modelo de buen gobierno corporativo la decisión del fondo soberano noruego, que mueve más de un billón de dólares en activos globales a los que exige -entre otros propósitos- un demostrado compromiso con el medio ambiente. Motivo por el que ha sacado de sus carteras de inversión a compañías dedicadas a la exploración o a la extracción de petróleo.


Un proceso de desinversiones que el Ministerio de Finanzas de Noruega, dueño del fondo del que se nutren las pensiones de las personas en edad de retiro, ha instaurado también en Norges Bank, entidad que sólo financiará con las petroleras proyectos de energías renovables o que aceleren la transición hacia las energías limpias. “Tenemos 11 años para parar el caos climático.


No podemos encontrar justificación alguna en que las petroleras se opongan a regulaciones exigentes y a sanciones duras de sus negocios con elevadas emisiones de CO2 a la atmósfera”, dice Jan Erik, CEO de Storebrand Asset Management, la firma privada de activos más importante de Noruega. Y eso incluye “rechazar todo intento de la Administración Trump de diluir las avalanchas regulatorias en el sector para promover la reconversión industrial hacia las energías renovables e impedir la proliferación de iniciativas de influencia entre bambalinas el Capitolio -sede de las dos cámaras del Congreso- y en la Casa Blanca.


La industria petrolífera se acomoda con Trump


El lobby petrolífero se instaló de inmediato en el Despacho Oval tras el triunfo de Trump. Hasta lograr estabilizar el precio del barril en los más de dos años de su mandato entre los 45 y los 65 dólares por barril. En cumplimiento del complejo equilibrio de intereses geoestratégicos entre países productores y consumidores de crudo.


En detrimento de los grupos de presión de las renovables que afloraron a la vera de Barack Obama. Encabezado -el del oro negro-, por Scott Pruitt, al frente de la Agencia de Protección Medioambiental desde la andadura presidencial de Trump. Y del que han salido voces como la de Harold Hamm, el multimillonario magnate del fracking -una técnica de extracción del crudo a partir de esquistos bituminosos y a través de procesos de pirólisis, hidrogenación o disolución térmica- que nunca ha tenido reparo alguno en avisar a la OPEP, desde entonces, de que “podrían matar” a la industria petrolífera si el cártel trata de encarecer artificialmente el mercado. O, mejor dicho, de calentar sin su consentimiento los precios. En un aviso beligerante sin precedentes en la historia de la poderosa organización que lidera Arabia Saudí.


El del petróleo es un lobby que ha aterrizado de nuevo en Washington con intención de quedarse. Al menos, durante el periplo presidencial de Trump. A pesar de su promesa de “drenar la ciénaga” de grupos de presión próximos a la Casa Blanca, cuando aún se jactaba de ser la auténtica voz contra el establishment, el enemigo de los Clinton y del poder establecido. O de la salida de su gabinete del ex secretario de Estado, Rex Tillerson, antiguo consejero delegado de Exxon Mobile.


Porque, pese a su volatilidad derivada del recorte de cuotas de la OPEP, por un lado, y de la disminución de la demanda por la pérdida de fuelle de la economía global, por otro, el barril de crudo está a punto de firmar su mejor trimestre desde 2002, tras rozar los 40 dólares a mediados de diciembre. Una escalada del 32% desde el inicio de 2019 que ha catapultado su cotización, en EEUU, por encima de los 60 dólares.


Catherine Howarth, ejecutiva jefe de ShareAction, organización que promueve inversiones con responsabilidad social corporativa, pone el dedo en la llaga: “El informe de InfluenceMap deja evidencias de que la retórica de las petroleras no concuerda con su acción empresarial, que sus credenciales sobre cambio climático no pueden convivir con el ejercicio de sus lobbies ni con sus intentos de sabotaje para revertir el calentamiento global. Es un juego sucio, con dinero que no se emplea de forma legítima”.

 

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La emergencia del clima y la próxima generación

Decenas de miles de jóvenes salieron a la calle la semana pasada en muchas ciudades alredor del mundo para transmitir un mensaje claro a los dirigentes mundiales: actúen ya para salvar nuestro planeta y nuestro futuro de la emergencia del clima.

Esos estudiantes han comprendido algo que muchas personas mayores parecen no captar: nos estamos jugando la vida en una carrera contrarreloj y vamos perdiendo. La oportunidad se está desvaneciendo; el tiempo es un lujo que ya no podemos permitirnos y retrasar la acción respecto al cambio climático es casi tan peligroso como negar que existe.
Mi generación no ha sabido reaccionar ante el enorme desafío del cambio climático y la gente joven lo siente profundamente; no les faltan motivos para enojarse.


A pesar de llevar años hablando del problema, las emisiones mundiales están alcanzando niveles récord y no muestran signos de haber tocado techo. Hoy tenemos la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera más alta en tres millones de años. Los pasados cuatro años fueron los cuatro años más calurosos desde que se llevan registros, y las temperaturas invernales en el Ártico han aumentado en 3ºC desde 1990. El nivel del mar está subiendo, los arrecifes de coral mueren y empezamos a ver repercusiones del cambio climático que pueden poner en peligro la salud mediante la contaminación atmosférica, las olas de calor y los riesgos para la seguridad alimentaria.


Por fortuna tenemos el Acuerdo de París, un contexto normativo visionario, viable y con visión de futuro donde se expone qué hacer exactamente para frenar las perturbaciones del clima e invertir sus efectos. Pero el acuerdo en sí es papel mojado si no va acompañado de medidas ambiciosas.


Por eso este año voy a reunir a los líderes mundiales en la Cumbre sobre la Acción Climática. Hago un llamado a todos los dirigentes para que vengan a Nueva York en septiembre con planes concretos y realistas a fin de mejorar sus contribuciones determinadas a escala nacional para 2020, en consonancia con el objetivo de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en 45 por ciento en el próximo decenio y de que sean nulas para 2050.


La cumbre congregará a los gobiernos, el sector privado, la sociedad civil, las administraciones locales y otras organizaciones internacionales para preparar soluciones ambiciosas en seis áreas: las energías renovables, la reducción de las emisiones, la infraestructura sostenible, la agricultura sostenible y la gestión sostenible de bosques y océanos, la resistencia a los efectos del cambio climático y la inversión en la economía verde.


El análisis más reciente muestra que, si actuamos ahora, podemos reducir las emisiones de carbono en 12 años y limitar el calentamiento global a 1.5°C. Pero si no cambiamos de rumbo, las consecuencias son imprevisibles.


Aunque la acción climática es indispensable para combatir una amenaza existencial, también tiene un costo. Los planes de acción no deben dejar un saldo de ganadores y perdedores o acentuar la desigualdad económica, deben ser justos y crear nuevas oportunidades para quienes salgan perjudicados, en el contexto de una transición justa.


Tenemos de nuestra parte a las empresas. Las soluciones aceleradas al cambio climático pueden reforzar nuestras economías y crear empleo, y a la vez conseguir un aire más limpio, preservar los hábitats naturales y la diversidad biológica, y proteger el medioambiente.


Con las nuevas tecnologías y soluciones de ingeniería ya se está produciendo energía a un costo más bajo que en la economía de los combustibles fósiles. La energía solar y la eólica terrestre son ahora las fuentes más baratas de nueva energía mayorista en prácticamente todas las grandes economías. Pero tenemos que poner en marcha un cambio radical.
Para ello hay que dejar de conceder subsidios a los combustibles fósiles y la agricultura de emisiones elevadas y optar por energías renovables, vehículos eléctricos y prácticas que respeten el clima. Hay que fijar unos precios del carbono que reflejen el costo real de las emisiones, desde el riesgo climático hasta los peligros que entraña para la salud la contaminación atmosférica. También hay que acelerar el ritmo de cierre de las centrales de carbón y sustituir esos empleos por alternativas más saludables para que la transformación sea justa, inclusiva y rentable.


Esta propuesta está cobrando impulso: la gente está atenta y hay una nueva determinación de cumplir la promesa del Acuerdo de París. La Cumbre sobre el Clima debe ser el punto de partida para construir el futuro que necesitamos.


Para terminar, tengo un mensaje para los chicos y las chicas que se manifestaron ayer. Sé que la gente joven puede cambiar el mundo y que, de hecho, lo cambia.
Hoy, muchos jóvenes piensan en el futuro con ansiedad y temor, y yo comprendo vuestras inquietudes y vuestro enfado. Pero sé que la humanidad es capaz de conseguir grandes logros. Vuestras voces me dan esperanza.


Cuanto más percibo vuestro compromiso y activismo, más confianza tengo en que vamos a ganar. Juntos, con vuestra ayuda y gracias a vuestro esfuerzo, podemos y debemos superar esta amenaza y crear un mundo más limpio, seguro y ecológico para todos.

Por António Guterres, Secretario general de la Organización de las Naciones Unidas

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Más de un millar de ciudades del mundo se suman a la revuelta generacional por el cambio climático

Las señales del impacto del cambio climático se agolpan alrededor del mundo. Y los jóvenes han dicho basta. Pertenecen a una generación que recibe como herencia un problema que ellos no han creado. Este viernes están saliendo a denunciarlo en más de un millar de ciudades del planeta (unas 50 en España). Protestan contra la inacción de los Gobiernos ante una crisis ambiental que ya no se puede revertir pero sí mitigar. La solución para que el calentamiento no tenga consecuencias tan devastadoras se conoce: eliminar los gases de efecto invernadero de la economía, según exponen la mayoría de los científicos.

"Los políticos no están haciendo lo suficiente", se lamenta desde Adelaida (Australia) Tomás Webster Arbizu, de 13 años. Este adolescente es uno de los miembros en su ciudad del movimiento Friday for Future, que se inspira en Greta Thunberg, la joven sueca que en agosto decidió parar todos los viernes como protesta por la falta de ambición de su país ante el calentamiento global.


Su gesto se fue contagiando a otros chicos a lo largo del planeta. Australia fue uno de los países en los que primero prendió la protesta. En noviembre se celebró una primera gran huelga. 15.000 personas participaron en las concentraciones, recuerda Webster por teléfono. Cuatro meses después, los organizadores esperan que se duplique la asistencia. Y ya no se trata de un movimiento de carteles cutres y lemas pintados de colores. Webster explica que tienen un listado de 30 peticiones concretas para su Gobierno. Enumera las más importantes: "Se debe impedir que se abra la mina de carbón de Carmichael, que sería la más grande del hemisferio sur. Se debe frenar la producción de combustibles fósiles en el país y en Australia en 2030 toda la energía debe ser renovable".


Mientras que en muchos países, como Australia, las protestas han sido ya masivas, en España las pocas concentraciones que se han celebrado apenas han reunido a algunos centenares de estudiantes. Y eso que, según el CIS de noviembre –que realizó varias preguntas sobre el cambio climático– parece que no hay muchas dudas sobre el problema. Hasta el 83,4% de los encuestados para ese sondeo sostuvo que existe el cambio climático y hasta un 93,4% de ellos consideró que la acción del hombre influye mucho o bastante en ese calentamiento.


La prueba de fuego para el movimiento será este viernes en España. Algunos datos parecen apuntar a la concienciación de los jóvenes. "En España, desde hace casi un año, en los estudios de opinión se ve que entre las principales preocupaciones los jóvenes figuran, además de la igualdad, el cambio climático", apunta Belén Barreiro, socióloga y directora de 40dB. Y esa preocupación disminuye cuanto mayor es la edad del encuestado, añade. Barreiro considera que este puede ser un rasgo distintivo de esa generación y que se puede achacar a que "se han socializado" en un mundo cargado de información sobre los efectos del cambio climático. "Cada vez la información es más clara sobre el cambio climático", añade Barreiro.


En los últimos años son incontables los estudios e informaciones sobre las señales del cambio climático. Y no se trata de avisos de lo que podrá ocurrir en el futuro, sino de lo que está ocurriendo ya. Por ejemplo, durante el último decenio se han dado en el planeta ocho de los 10 años más cálidos desde que hay registros fiables. Esos registros datan de finales del XIX, de la segunda Revolución Industrial, cuando se empezó a torcer la salud del planeta. En las zonas desarrolladas del mundo, gracias a los avances tecnológicos, el ser humano ha alcanzado un nivel de bienestar inédito. Pero el crecimiento se ha basado en unos combustibles fósiles –carbón, petróleo y gas natural– que al quemarse liberan los gases de efecto invernadero que guardaban en su interior.


La masiva quema de esos combustibles, aunque arrancó con la Revolución Industrial, no se disparó hasta los años cincuenta del siglo pasado. “La gran aceleración se produce a partir de la II Guerra Mundial, cuando se dispara el consumo de combustibles fósiles, los daños ambientales, el uso de agua”, explica Amaranta Herrero, profesora de Sociología Ambiental en la Universidad Autónoma de Barcelona. Esta docente e investigadora es una de las promotoras de un escrito de apoyo a la protesta de este viernes que han firmado unas 300 personas ligadas al mundo científico.


La alianza entre la ciencia y los jóvenes es otro de los rasgos diferenciadores de esta protesta. En Alemania –donde también se han producido nutridas manifestaciones en las últimas semanas– hasta 12.000 científicos han firmado un escrito similar. "Existe un desfase gigante entre el consenso científico sobre el cambio climático y la falta de acción de los políticos", señala la investigadora Herrero. "Desde la comunidad científica nos preguntábamos cómo no reaccionaba la sociedad. Hay un consenso científico brutal y hay que gritarlo", añade.

La ciencia señala, por ejemplo, a una concentración en la atmósfera de dióxido de carbono –el principal gas de efecto invernadero– que se ha disparado más de un 30% desde 1960. “Las pruebas del cambio climático actual son inequívocas (...) Desde 1880 la temperatura media de la superficie mundial ha aumentado entre 0,8 y 1,2 grados”, recordaba esta semana el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. La ONU advertía también del incremento en la frecuencia e intensidad de los fenómenos extremos –como inundaciones o sequías– asociados al cambio climático que ya se está produciendo.


"Estamos preocupadas por nuestro futuro. Nos hemos encontrado un mundo diferente al que se encontraron nuestras madres y abuelas", resume Gemma Barricarte, de 25 años y una de las estudiantes promotoras de las protestas en Barcelona.


La docente Amaranta Herrero, habla del concepto de "justicia intergeneracional" para referirse a este movimiento estudiantil que, como el cambio climático, es global. "Ellos no han causado el problema y se lo van a comer con patatas", añade.


"Los Gobiernos se comprometen a cosas y luego no cumplen", apunta Gemma Barricarte sobre los motivos de la protesta. Naciones Unidas ha vuelto a advertir esta semana de que los planes de recortes de emisiones de gases de efecto invernadero que han propuesto los países no son suficientes. Se necesita que aumenten mucho más esos compromisos. "No vamos a parar hasta conseguirlo", dice esta estudiante catalana.

Por Manuel Planelles
Madrid 15 MAR 2019 - 04:05 COT
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Lo dice la UE: el biodiésel de palma es insostenible

Un documento oficial de la Unión Europea clasifica este combustible como insostenible debido a la deforestación y a las emisiones de gases de efecto invernadero que provoca.

 Los estamentos oficiales europeos van aceptando lo que los grupos ecologistas llevan afirmando años: que el biodiésel de palma es insostenible. Así lo recoge una acta delegada del Grupo de expertos sobre combustibles renovables publicado este miércoles, un texto que incide en que el biodiésel de palma favorece la deforestación y multiplica los gases de efecto invernadero (GEI). 

El documento oficial establece qué cultivos deben ser excluidos de la lista de subsidios de la UE debido a que conducen a mayores emisiones de CO2. A pesar de que reconoce la insostenibilidad del biodiésel de palma, para los ecologistas el texto “no aborda de manera estructural el problema general y ofrece enormes lagunas legales que permitirán que se sigan utilizando estos combustibles”, tal como señalan desde Ecologistas en Acción.


Por ello, la coalición europea de organizaciones defensoras del medio ambiente que está detrás de la campaña Not in my tank (No en mi depósito) califica el documento de “victoria parcial”, ya que la soja y el aceite de palma, cultivos que están detrás de millones de hectáreas deforestadas a lo largo de las zonas más cálidas del planeta, pueden seguir siendo etiquetados como “verdes”.


Esto es debido a que la Comisión Europea “ha introducido en el documento un gran número de exenciones”, señalan los ecologistas, “intentando apaciguar las tensiones de los países productores de aceite de palma como Malasia, Indonesia y Colombia, que permitirán seguir utilizando aceite de palma como biocombustible verde”.


Otra de las críticas de las organizaciones ambientalistas es que el cultivo de soja no haya sido calificado de insostenible, ya que, al igual que la palma, produce grandes cantidades de gases de efecto invernadero, según datos de un informe de Cerulogy”, señalan.


Los Estados miembros de la Unión Europea y el Parlamento Europeo tienen ahora dos meses para aprobar o vetar el acta. Sin embargo, no pueden enmendar la regla. El texto se votará en la comisión de medio ambiente del Parlamento Europeo el 21 de marzo.


“Ahora los Estados miembros deben actuar para impedir más deforestación debida al uso de biocombustibles”, indica Rosalía Soley, coordinadora de la campaña #NoEnMiDepósito de Ecologistas en Acción. “El Estado español puede y debe acabar de una vez con el uso del biodiésel de palma, atendiendo a las peticiones de la ciudadanía”.

 

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Carroza del carnaval que representa a la figura de la activista del clima Greta Thunberg, la semana pasada en de Duseldorf. Lukas Schulze

“Los jóvenes tienen razón”, afirman los profesionales ante la gran movilización global del próximo viernes

“Los jóvenes tienen razón”. “Ya no hay más excusas”. Esas son algunas de las conclusiones a las que han llegado científicos que este martes han presentado en Berlín una iniciativa con la que secundan la movilización de los jóvenes contra el cambio climático y que aseguran respaldan hasta 12.000 científicos firmantes.


Desde hace semanas, jóvenes de toda Europa se manifiestan los viernes para exigir a los políticos que actúen para proteger el futuro de las próximas generaciones. El movimiento, bautizado Fridays for Future e iniciado por la joven sueca Greta Thunberg, tiene previsto celebrar una gran huelga estudiantil global este próximo viernes contra el calentamiento global. Solo en Alemania, están previstas 180 protestas.


Será este viernes, cuando la lista de 12.000 científicos procedentes de Alemania, Austria y Suiza será entregada a los activistas de la huelga estudiantil. “La preocupación [de los jóvenes manifestantes] está justificada y respaldada por la ciencia disponible. Las medidas actuales para la protección del clima, la biodiversidad, los bosques, los mares y el suelo están muy lejos de ser suficientes”, indica el texto de los científicos. Y añade: “La gente joven exige correctamente que nuestra sociedad priorice la sostenibilidad y la acción climática sin más titubeos. Sin un cambio profundo, su futuro está en peligro”, sostienen los científicos de numerosas disciplinas.


Volker Quaschning, ingeniero y profesor de sistemas energéticos en la Escuela de Ciencias Aplicadas de Berlín dijo el martes que “nosotros somos los profesionales y decimos que esta generación de jóvenes tiene razón y tenemos que darles las gracias”, en alusión a las críticas del líder del partido liberal alemán FDP, que ha dicho recientemente que los estudiantes deberían dejar la lucha contra el cambio climático a los profesionales.


El presidente alemán, Frank Walter Steinmeier, ha apoyado sin embargo la lucha de las nuevas generaciones. “Me alegro de que os involucréis, porque muchos adultos no quieren darse cuenta de que se está haciendo demasiado tarde”, ha dicho recientemente. La canciller alemana, Angela Merkel, también ha apoyado al protesta estudiantil.


El divulgador científico Eckart von Hirschhausen criticó a los que en Alemania creen que las protestas deben tener lugar fuera del horario escolar, porque dijo que ninguna huelga se celebra en horas libres. “Los pilotos y los conductores de tren no hacen huelga en su tiempo libre”, indicó


Luisa Nuebauer, uno de los rostros más reconocibles de la protesta en Alemania pidió a los votantes que en las elecciones europeas de mayo se lo piensen dos veces antes de apoyar a un partido que no tengan un plan contra el cambio climático. Jakob Blasel, otro activista, explicó que uno de sus objetivos es llevar el cambio climático a la primera línea política con vistas a los comicios europeos. “Queremos que las elecciones europeas sean las elecciones del clima”, dijo Blasel, de Fridays for Future.

Por Ana Carbajosa
Berlín 12 MAR 2019 - 16:04 COT

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Emisiones de gases de efecto invernadero: producción versus consumo

La concentración de dióxido de carbono en la atmósfera ya rebasa las 405 partes por millón (Ppm), según las más recientes mediciones del observatorio del volcán Mauna Loa en Hawai. Antes de la revolución industrial esa concentración no rebasaba 280 ppm. Es decir, en un lapso relativamente corto hemos provocado un fuerte aumento de CO2 en la composición de gases en la atmósfera.


Ese incremento en la concentración de CO2 está asociado con el aumento en la temperatura media global de un grado centígrado a lo largo del siglo XX. Ese cambio ya se acompaña de enormes consecuencias negativas en términos de huracanes, ondas de calor, aumento en el nivel del mar, sequías y la aceleración de la extinción de todo tipo de especies.


En la conferencia de la Convención Marco sobre Cambio Climático (Unfccc) celebrada en París en 2015 se aceptó el compromiso de mantener el aumento de la temperatura global por debajo de los dos grados centígrados (respecto de los niveles anteriores a la revolución industrial). Adicionalmente, las partes adquirieron el compromiso de buscar mantener ese aumento por debajo de 1.5 grados centígrados, porque ese es el umbral que los científicos consideran más realista para evitar mayores daños. Hoy sabemos que este objetivo es ya inalcanzable.


En el Acuerdo de París, cada nación determina de manera independiente sus metas de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Pero no existe un mecanismo coercitivo para garantizar el cumplimiento de esos objetivos. El único medio es el escarnio que un país sufre al incumplir sus propias metas. Y desde esa perspectiva, el tema de la medición de las emisiones de gases de efecto invernadero adquiere gran relevancia.


Desde que se negoció el Protocolo de Kioto, en los años 1990, la medición de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) se ha basado en aquéllas producidas por cada país. Las naciones más desarrolladas han sido las que han emitido más GEI a lo largo de los pasados 150 años y por eso se buscó inicialmente reconocer el principio de responsabilidad histórica y diferenciada. Pero ese principio se fue desdibujando y en el Acuerdo de París sólo queda un débil compromiso de apoyo financiero para los países menos desarrollados (aún esa promesa no se ha cumplido).


Hoy surgen nuevas dudas sobre la asimetría en las emisiones de GEI. Varios estudios cuestionan la validez de medir las emisiones producidas directamente por cada nación y proponen una medición de las emisiones consumidas (o generadas indirectamente en la producción de bienes y servicios que importa cada país). En otras palabras, para contar con una medida más rigurosa y equitativa sobre las emisiones de GEI es importante hacer un balance entre aquellas que directamente producen una economía en su territorio y las que vienen incorporadas en los productos que importan.


La metodología estándar a la que nos hemos acostumbrado se basa en medir las emisiones producidas directamente. Pero esta métrica ignora que las economías más ricas han sido capaces de reducir sus emisiones directas al mismo tiempo que han podido importar bienes intensivos en emisiones (de GEI) que han sido producidos en otros países. Por ese motivo, las emisiones producidas directamente y aquellas que son consumidas (o producidas indirectamente) difieren de manera significativa.


El trabajo más reciente sobre los resultados generados por estas distintas metodologías es de Mir Goher y Servaas Storm (disponible en www.ineteconomics.org). Aunque la metodología puede ser algo discutible al descansar en la obsoleta noción de la curva ambiental de Kusnetz, lo cierto es que el uso de matrices de insumo producto a escala global permite a los autores observar que el nivel de emisiones está correlacionado con el ingreso per cápita. Esto es grave por dos razones. Primero, porque las emisiones muy difícilmente se irán reduciendo en el tiempo. Al contrario, se incrementarán al aumentar el ingreso per cápita en los países más ricos o de ingreso intermedio. Segundo, porque esto revela que es posible que hayamos estado subestimando el volumen de emisiones producidas cada año. En cambio, al utilizar las matrices insumo producto a escala internacional es posible tomar en cuenta el peso del comercio internacional y de las complejas cadenas de valor que hoy dominan la economía global. La diferencia en el volumen de emisiones no es despreciable.


El escenario para el futuro del cambio climático no pinta nada bien. Hoy, las proyecciones más rigurosas indican que estamos en una trayectoria que podría hacer inevitable un aumento de temperatura promedio global en el rango de los tres grados centígrados hacia finales del presente siglo. Las consecuencias de este tipo de perturbación son verdaderamente catastróficas por los efectos acumulativos o en cascada que se pueden generar. La única manera de evitar este desastre es mediante reducciones realmente significativas en los niveles de emisiones de GEI. Para ello es indispensable terminar con el poderío del lobby de combustibles fósiles que aún domina la economía global.


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Miércoles, 05 Diciembre 2018 06:14

Katowice, cita con el destino

Katowice, cita con el destino

Se acabó el tiempo. Las emisiones de gases de efecto invernadero deben reducirse 45 por ciento antes de 2030 para mantener el calentamiento global por debajo del umbral de 1.5 grados centígrados para finales de este siglo. Desgraciadamente, el más reciente estudio del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) muestra que después de permanecer constantes durante el periodo 2012-2016, las emisiones han vuelto a recuperar su ritmo de crecimiento. La atmósfera no va a esperarnos.

Pero parece que los intereses económicos pesan más que cualquier consideración. Dinero y riqueza contra atmósfera, esa es la contienda. En un mundo donde 10 por ciento de la población acapara 85 por ciento de la riqueza, la contienda es desigual: la humanidad entera y la biosfera serán los grandes perdedores.

La Conferencia de las partes de la Convención sobre Cambio Climático, que se lleva a cabo en Katowice, Polonia, no es una reunión cualquiera. En esta COP24 se presenta la última oportunidad para adoptar medidas efectivas que reduzcan drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).

Ya es costumbre que los peores delincuentes en materia de contaminación sean también patrocinadores de las conferencias internacionales sobre protección del medio ambiente. La COP24 no es ninguna excepción. Las empresas de energía Tauron, JWS y PGE han sido nombradas copatrocinadoras de la conferencia: son de las compañías más contaminantes de Europa, porque sus plantas utilizan carbón. Katowice está situada en Alta Silesia, una de las regiones más ricas en carbón en Polonia, y en ese país 80 por ciento de la energía que se consume proviene de esa fuente de energía. Los problemas de contaminación en las ciudades polacas son testimonio de lo difícil que será la descarbonización de la economía. Pero invitar a estas empresas a ser copatrocinadoras de la COP24 es como convocar a los piromaniacos a apadrinar una conferencia sobre incendios.

El gobierno ultraconservador del partido Derecho y Justicia en Polonia ha sido moroso en su acción para transitar hacia otro perfil energético. Apenas ha adoptado el tímido objetivo de reducir su dependencia del carbón 60 por ciento para 2030, pero para colmo de males no ha presentado un plan detallado sobre cómo se va a alcanzar esa meta. En cambio, ese gobierno sí ha promovido una campaña antimigrante que le ha permitido consolidar su base electoral.

La COP24 debe sentar las bases para implementar el Acuerdo de París (resultado de la COP21, de 2015). Pero ese acuerdo no es más que una declaración de buenas intenciones de 200 países para reducir las emisiones de GEI, con la finalidad de mantener el calentamiento global este siglo por debajo del umbral de 2 grados centígrados (respecto de los años anteriores a la revolución industrial). Hasta el momento, los compromisos voluntarios adquiridos en el marco del Acuerdo de París son insuficientes y los modelos atmosféricos pronostican que el calentamiento global llegará a 2.7 grados.

La meta que recomiendan los científicos es inferior a 1.5 grados, si se quiere evitar una catástrofe de dimensiones planetarias. Si se mantienen las tendencias actuales en sólo 12 años, para 2030, el aumento de la temperatura global habrá alcanzado ese umbral. De no cumplirse los compromisos nacionales, para finales del siglo el incremento será de hasta 3.5 grados centígrados. En ese caso, el calentamiento provocará que varias fuentes de gases invernadero, en especial de metano, desencadenarán un proceso de causación circular acumulativa que podría llevar a la destrucción de la biósfera.

Dada la inercia en el sector energético mundial y la voracidad de sus agentes financieros, es muy probable que las metas nacionales voluntarias no se cumplan. Para solventar esos compromisos se necesitan cambios urgentes y de gran escala en los sistemas energéticos, el transporte y el manejo de suelos, bosques y manglares. La movilización de recursos es de una magnitud nunca vista en la historia de la humanidad. El capitalismo mundial está envuelto en múltiples contradicciones. Pero su desafío a la naturaleza promete arrastrar a la humanidad a la extinción.

La humanidad podrá seguir soñando con sus máquinas y artefactos que permiten producir masivamente, ir de compras y consumir hasta el cansancio. Pero el lenguaje del cambio climático y su hecatombe pronto a todos despertará. Sus palabras serán ásperas y groseras. Ciertamente no tendrán la forma de un discurso diplomático como los pronunciados en la COP24.

El campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau está a sólo 33 kilómetros de Katowice. Quizás los delegados de la COP24 tengan tiempo de visitar el museo de aquella catástrofe para recordar las palabras de Teodoro Adorno en 1946: "Escribir poesía después de Auschwitz será una barbaridad". Si no se revierten las tendencias actuales, escribir sobre el calentamiento global pronto será imposible.

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Trump sobre el informe del cambio climático: “No me lo creo”

El presidente de EE UU niega el impacto sobre la economía del que avisa un documento de la propia Casa Blanca



"No me lo creo". Con estas cuatro palabras, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tumba 1.656 páginas de un informe que detalla los devastadores efectos del cambio climático en la economía, la salud y el medio ambiente. Poco o nada le importa al mandatario que el estudio esté respaldado por 300 científicos de 13 agencias federales diferentes y se haga por ley. La Casa Blanca no cree en la Casa Blanca. Nunca antes fue tan obvio que existe una diferencia entre la Casa Blanca y el presidente. Douglas Brinkley, historiador presidencial en la Universidad de Rice, asegura en el diario The New York Times que la Casa Blanca tiene “abogados y expertos que no están dispuestos en pasar a la historia por falsear datos”.


El informe es brutal y no se ha suavizado en lo más mínimo a pesar de que el actual inquilino de la Casa Blanca sea un negacionista del cambio climático. Sin ir más lejos, la pasada semana, Trump tuiteaba con ironía lo siguiente respecto a la avalancha de frío que se cernía sobre la costa Este del país: “¿No era que había calentamiento global?”. Hoy ha sido mucho más explícito respecto al contenido del informe en cuanto a los efectos catastróficos que anuncia sobre la economía: “No me lo creo”.


Algún consejero presidencial con suficiente visión política para saber que la historia pasa factura -y con Lyndon B. Johnson en el disco duro de su memoria- recordaría el precio que se paga cuando se miente a los ciudadanos. Johnson mentía al pueblo sobre la Guerra de Vietnam cuando aseguraba que todo marchaba bien. Hasta que los papeles del Pentágono probaron lo contrario.


En este caso no ha hecho falta investigación periodística. Son más de 1.600 páginas bajo el título de Evaluación Nacional sobre el Clima, el estudio científico má completo que existe hasta la fecha en el que se detalla con precisión casi milimétrica los efectos que el cambio climático va a tener en las infraestructuras, la economía, la salud pública y las costas del país. Las temperaturas extremas “ya se han hecho más frecuentes y duran más tiempo”, asegura el informe. Desde 2015, Estados Unidos ha roto récords debido a los efectos dañinos del clima por valor de cerca de 400.000 millones de dólares.


La Casa Blanca publicó el informe en medio de un puente festivo para intentar ocultar la falta de sintonía entre Trump y los firmantes del documento a sueldo de la Administración
En un acto casi pueril, lo que hizo la Casa Blanca para intentar ocultar la falta de sintonía entre Trump y los firmantes del informe a sueldo de la Administración fue publicar el informe el pasado viernes al mediodía, siendo ese viernes el día después de Acción de Gracias, también ya mundialmente conocido y extendido como Black Friday. Quizá así minimizaban el impacto, nadie estaría pendiente de las noticias. El informe tenía prevista su puesta de largo para el público en el mes de diciembre.


“El cambio climático está transformando dónde y cómo vivimos y presenta un desafío creciente para la salud pública y la calidad de vida, la economía y los sistemas naturales que nos ayudan a vivir”, se lee en el reporte. Pero hay más: “Se proyecta que las pérdidas anuales en algunos sectores de la economía se cuenten por cientos de miles de millones de dólares para final de este siglo, mucho más que el actual PIB de la mayoría de los Estados de la Unión”. Debido al aumento del nivel del mar, las áreas costeras son especialmente vulnerables, por las tormentas y porque se devaluará mucho el valor de la propiedad. Lugares como Alaska o Luisiana se verán forzados a trasladar a su población tierra adentro debido al riesgo de inundaciones.


Existen dos estudios anterior a este. Uno es del año pasado. El otro data de 2014 y es igual de preciso en sus conclusiones científicas pero no en los costes económicos y en los efectos tangibles que ya se notan en todo el país, sea en forma de huracanes o en devastadores incendios en California.


Una ley de 1990 obliga al Gobierno federal a realizar un informe sobre el clima cada cuatro años. Pero hasta 2014 y la Administración de Barack Obama no existían regulaciones, por lo que la pelea política no existía. A finales de 2015, Obama tuvo un papel central en la negociación del Acuerdo de París, que establece medidas para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. En 2016, Donald Trump llega al poder haciendo campaña en contra de esas regulaciones y anuncia que acabaría con la guerra “contra el carbón” de Obama y se retiraría del Acuerdo de París. Desde entonces, el presidente no solo ha peleado para acabar con las restricciones que salvaguardan el medioambiente si no que como ha hecho ahora niega la mayor, un informe escrito bajo su Administración. Dice que no se lo cree.

Washington 27 NOV 2018 - 02:34 COT

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EEUU y los grandes mercados emergentes frenan la lucha contra el cambio climático


Los BRICS -Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica- y la mayor economía mundial son las grandes rémoras al control de emisiones de CO2. Y, por ende, los principales causantes de que la temperatura del planeta suba por encima de los 2 grados centígrados en 2050. Un estudio de la consultora BCG compara sus políticas, sus inversiones y su tecnología junto a las de Alemania, adalid del cumplimiento de los Acuerdos de París.


Los gobiernos están aún muy lejos de adquirir conciencia plena de los efectos del calentamiento del planeta. Sus políticas son inadecuadas y abocan al desastre. El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) lo advertía a comienzos del pasado mes de octubre. Persiste la idea de que las consecuencias del efecto invernadero son inevitables, fruto de la normal evolución de la Tierra y que la acción del hombre no resulta determinante.


Un cóctel explosivo que convierte en distopía la declaración de intenciones de los Acuerdos de París, de 2015, de lograr que el globo terráqueo no supere un calentamiento superior a los dos grados centígrados respecto a los niveles de la era pre-industrial a partir de 2020.


Superado el ecuador de esta primera fase de actuación, el IPCC no sólo alertan del freno que, para la consecución del tratado, supone la salida del pacto de la primera potencia mundial, por decisión expresa de la Administración Trump. También del riesgo aparejado de que, probablemente, no habrá más oportunidades de revertir la situación. Y de que los grandes mercados emergentes -China, Brasil, Rusia, India y Sudáfrica- tampoco están haciendo esfuerzos de la suficiente intensidad como para contribuir decididamente a la causa. Priman entre sus dirigentes el deseo de seguir con su ritmo de desarrollo, con medidas anacrónicas, propias de la revolución industrial, en la que los límites a las emisiones de CO2 nunca fueron un obstáculo.


Los expertos independientes del IPCC, además, han empezado a clamar contra el propio acuerdo. Lo consideran poco ambicioso. Aconsejan a la comunidad internacional que, si de verdad desean paliar los desastres que provocará el calentamiento global en el futuro, deberían tratar de lograr un repunte de temperatura más ambicioso, de 1,5 grados.


En juego está la brusca extensión de amplias franjas del territorio planetario que pasarán a registrar súbitos episodios de calentamiento extremo, de desabastecimiento de agua, de sequías y de miles de islas, primero, y zonas costeras, después, que quedarán irremediablemente sumergidas bajo el nivel de mares y océanos. Todos estos fenómenos afectarán a la vida diaria de cientos de millones de habitantes, provocarán flujos de migraciones, acabarán con la producción y la rentabilidad de vastas áreas agrícolas, destruirán los arrecifes de coral, imprescindibles para la subsistencia de millones de especies de la fauna y flora marinas y precipitará la extinción de especies terrestres. Y lo más irónico de todo -enfatiza el IPCC- es que se está en disposición de lograr contener el calentamiento a sólo 1,5 grados en sólo 22 años. De lo contrario, perdurará más de lo recomendable el uso de combustibles fósiles, desde el carbón hasta el gas o el petróleo, los mayores detonantes del cambio climático.


Reconversión de los mix energéticos


Hay estados, ciudades, empresas, inversores y asociaciones filantrópicas que han iniciado acciones en la dirección adecuada. Pero sin la involucración de las grandes potencias, los esfuerzos serán demasiado dispersos y vanos. De ahí que los investigadores carguen contra la permisividad en esta materia de EEUU y los mercados emergentes. A ellos les encomiendan especialmente que pongan en marcha medidas para corregir sus mix energéticos. Para reducir las emisiones de los combustibles fósiles. Y que apuesten todo a las energías renovables.


Incluso no dudan en hacer un llamamiento abierto a los ciudadanos de los países incumplidores para que castiguen en las urnas a los candidatos que no revelen un compromiso expreso en este desafío. Más allá de los partidos a los que representen. Su juicio es premonitorio. Con un control exigente -el reto de aumentar 1,5 grados la temperatura global para 2050- el nivel promedio del mar sería aproximadamente 17,7 centímetros menos que bajo un incremento de 2 grados. Mientras que, si se alcanzase esta cota, algo difícil de cumplir con los parámetros de actuación actuales, el derretimiento de las barreras de hielo de la Antártida será ineludible y propiciará catástrofes por todas las latitudes con subidas de los niveles de agua de los océanos. Sin contar con esta negra predicción sobre el continente del sur, el mar subiría diez centímetros más que si se limitara a 1,5 grados, con el consiguiente daño o desaparición de numerosos ecosistemas y, probablemente, transformaciones irreversibles, más a largo plazo, para frenar el cambio climático.


Pero, ¿cuál es el escenario actual en el que se mueven los grandes países contaminantes? Un reciente informe realizado por Boston Consulting Group (BCG) pasa revista a las iniciativas que se siguen en seis países -Alemania, EEUU y los BRICS que, juntos, son responsables de casi el 60% de las emisiones de CO2-, arroja luz sobre sus diferentes estrategias y añade argumentos sólidos al mensaje de Naciones Unidas de que el mundo aún dispone de doce años para tratar de evitar la catástrofe climática.


l estudio, dirigido por Jens Burchardt y Philipp Gerbert hacen hincapié en que la ausencia de la prioridad esencial para este cometido, una acción concertada global, implica para las naciones que se han enfrascado en la reducción de emisiones “se enfrenten a significativas desventajas”, porque sus iniciativas “les pasarán factura” en el orden macroeconómico. Incluso si programas ambiciosos como los que han empezado a implantar los líderes en el cambio climático, logran suprimir entre el 75% y el 95% del CO2, a través los avances tecnológicos implantados para tal misión, para 2050. Contribución que dejaría el alza de temperatura en 1,5 grados. Pero este escenario sombrío sólo se produciría a corto plazo.Porque, a la larga, “los obstáculos al crecimiento se convertirán en un motor indiscutible de prosperidad”. En línea con el tenor de otros informes como el de la Comisión Global sobre la Economía y el Clima (GCEC, según sus siglas en inglés) que pronostica un aumento del PIB mundial de 26 billones de dólares (equivalente a la suma de las economías de EEUU, Japón e Italia) si los gobiernos y las empresas focalizaran sus políticas y sus negocios al reto del cambio climático. A razón de 2 billones de dólares anuales en el próximo decenio. Aunque sus científicos advierten que, para ello, “hay que erradicar la idea de que suprimir la combustión de carbón y de otros combustibles fósiles es demasiado costoso”, dice Helen Mountford, directora del estudio.


El diagnóstico de BCG, que lleva la firma de su think-tank corporativo, el Instituto Henderson, pasa revista a tres escenarios: las políticas ecológicas en vigor en cada país; la aplicación de tecnología para la contención de emisiones científicamente probada y sus agendas reformistas encaminadas a la consecución del objetivo de limitar el calentamiento a los 2 grados que estipula el Acuerdo de París. Su conclusión es clara: “subyacen sobradas razones económicas y medioambientales para que los estados aceleren sus esfuerzos para mitigar el cambio climático” sin que haya motivos que impidan que “no empiecen ya” a paliar los efectos de las energías contaminantes.


El espejo alemán


Alemania surge como modelo a seguir. Para alcanzar tal aseveración se basan en otro estudio, en esta ocasión, realizado en colaboración con la empresa de investigación Prognos, que revela que el Gobierno germano está en la senda de reducir las emisiones de CO2 entre un 72% y un 93% de los niveles de polución de 2015, para el ecuador de este siglo. Lo que equivale -dice el informe- a unos recortes de entre el 80% y el 95% en relación a la cota de gases de efecto invernadero de 1990.


Un esfuerzo de reconversión energética que sitúa a Berlín ante un horizonte considerado ya como “económicamente viable”; incluso si siguiera su protocolo de actuación de manera unilateral; es decir, sin un conveniente consenso internacional, que impulsaría los distintos proyectos nacionales en todo el planeta. Si se diera este caso, Alemania lograría, sin problemas, la cota de recorte de emisiones de las bandas más anchas de su doble horquilla mencionada -la que se compara con las cotas de contaminación de 2015 y 1990- y añadiría más crecimiento a su economía; tan sólo con una mayor apuesta -e inversión- en tecnología. Cuantitativamente, exige un recorte de 62 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono y la eliminación de ciertos sectores industriales, que serían suplidos por segmentos de actividad. Y constantes inversiones. Toda reducción superior al 77%, además, requiere nuevos instrumentos tecnológicos para llevarla a cabo. Pero Alemania, uno de los líderes indiscutibles de la Revolución 4.0, la digitalización industrial, está en ello.


Según datos de la BDI, la patronal industrial alemana, el sector energético está en condiciones de abastecer con energías renovables -solar y eólica- el 80% de la demanda del país y de sustituir la generación eléctrica de carbón y lignito por gas. En paralelo, el resto de segmentos productivos se adaptarían con bastante diligencia a las nuevas pautas de consumo; desde la construcción hasta el transporte. Sin problemas de que se produzca caso de sobredimensionamiento del potencial energético renovable. También el escenario tecnológico resulta idóneo para que la biomasa supla, en el sector industrial, a los combustibles fósiles en los procesos de generación calorífica. Aunque los avances futuros deben concentrarse en ampliar la red de suministro energético, conseguir una mayor capacidad de almacenamiento, especialmente de baterías limpias, en crear un sistema de integración energética más flexible y en apostar por inversiones que ayudan a cambiar el parque automovilístico hacia los vehículos eléctricos o las sustituciones de caladeras y bombas de calor en hogares e industrias. Algo factible, si se tiene en cuenta que, por ejemplo, en la construcción, más del 80% de los edificios del país deben acometer obras de rehabilitación antes de 2050, lo que adelantaría la renovación hacia las energías de bajas emisiones contaminantes. O que, en el sector del transporte, los vehículos eléctricos hayan empezado a sustituir, no sin controversias sociales, aunque mínimas, las flotas de furgonetas comerciales, autobuses y otros servicios públicos o la red de camiones que circulan por las grandes autovías del país.
El coste de las inversiones necesarias para que Alemania alcance el objetivo de la reducción de dos grados es substancial: 1,6 billones de dólares hasta 2050. Casi el PIB español. Pero asumible, si se tiene en cuenta que esta cifra supondría apenas un 1,1% de su economía cada año. Además, si se descuentan el ahorro de los costes operativos, la cantidad se reduciría a menos de 20.000 millones anuales.


Europa y EEUU, en distinta dimensión


Las potencias industrializadas, incluidas mayoritariamente en el espacio europeo, y EEUU registran aún altas emisiones per cápita. A pesar de sus agendas industriales de bajas emisiones y la notable eficiencia de sus adelantos tecnológicos. Todos ellos, han aumentado su porción de suministros de electricidad en detrimento de los combustibles fósiles. Al igual que Alemania, gran parte de sus socios de la UE han minimizado su crudo-dependencia. Sin embargo, Europa, con perspectivas de pérdida demográfica en los próximos decenios, pese a los flujos de inmigración que recibe, no está ante el mismo escenario futuro que EEUU que, donde se espera un incremento de población de 67 millones de personas. Las necesidades de transporte en la primera potencia mundial serán una fuente mayor de emisiones. Aunque también hay otro notable hecho diferencial. EEUU tiene sobradas fuentes de energía en su territorio, fósiles y de otros orígenes, con las que puede jugar a la hora de modificar su mix energético.


En cualquier caso, el parón en la atención al cambio climático de la Administración Trump, que ha dado manga ancha a la contaminación industrial para espolear su producción y generar puestos de trabajo inmediatos -dentro de su política proteccionista- deja una brecha substancial entre ambas orillas del Atlántico. El impacto mínimo de las actuales políticas medioambientales entre Alemania, prototipo europeo, y EEUU arroja unas predicciones muy distintas. Así -señala el informe de BCG-, mientras la locomotora europea rebajaría su huella de emisiones en un 45% el mayor mercado del mundo lo haría en apenas un 11%. En 2050. De forma que el esfuerzo ecológico de la Casa Blanca debería ser mucho mayor en las próximas décadas.


El resto del mundo, a remolque


La mayoría de las economías emergentes anda en el furgón de cola. Aunque en longitudes de onda distintas. Todos siguen empleando tecnologías de bajo coste e intensivas en carbón. Causa de que sus emisiones per cápita “no sean sostenibles”, según BCG. Aun así, sus trayectorias son también ambivalentes. China espera un crecimiento de más del 300% de su PIB para 2050. Es, sin embargo, del grupo BRICS, el que más ha impulsado la agenda ecológica. Para ese año, con una población en descenso y con aumentos de la eficiencia energética y tecnológica, la gran factoría mundial aumentará un 6% sus emisiones. India, por su parte, tiene una proyección de incremento de su PIB del 700%, con fuerte expansión demográfica (un 26% más) y una apuesta decidida por el carbón, principal fuente de su tejido industrial. Doblará sus emisiones en 2050, lo que le convertirá en el segundo país más contaminante del planeta. Escenario similar al de los tigres asiáticos.


En Brasil, tanto la economía como su población crecerán a ritmos que harán ineludibles las subidas de las emisiones. En todos los sectores productivos. Por si fuera poco, la victoria de Jair Bolsonaro no invita al optimismo. En una nación en la que más del 40% de sus emisiones de gases de efecto invernadero procede de la agricultura, unos de sus motores exportadores. Sudáfrica, en cambio, es el que mejores perspectivas obtiene. Hasta el punto que reduciría sus emisiones, pese al fuerte repunte económico y demográfico, ya que se espera que su población crezca más del 40%. El país africano ha empezado a reemplazar centrales de generación eléctrica de carbón. El éxito de Rusia depende, en gran medida, de la demanda global de combustibles fósiles y de que transforme su agenda de reformas con mayores medidas de mitigación de la polución.


Ante esta tesitura, las voces internacionales en favor de acciones concertadas se dejan sentir cada vez con más fuerza. JP Morgan cree que, si EEUU no contribuye a parar el cambio climático, el 40% de su población, la que vive en zonas costeras, estará amenazada. Al Gore asegura seguir siendo optimista de que estalle una revolución sostenible. Y el presidente de la Cruz Roja, Peter Maurer, piensa que el cambio climático promoverá la conflictividad mundial y tendrá un impacto decidido sobre las crisis humanitarias y, en consecuencia, sobre los flujos de inmigración globales.

madrid
21/11/2018 11:37 Actualizado: 21/11/2018 11:37
DIEGO HERRANZ

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