El futuro del planeta, en manos de unos ricos que no pagan su deuda

Mientras el informe del IPCC deja claro que los esfuerzos para contener el aumento de temperatura global por debajo de 1,5 grados deben ser mucho más rápidos y mayores, el principal instrumento económico para la adaptación, el Fondo Verde para el Clima, no tiene apenas fondos. Los países ricos son los que más deben aportar, pero las negociaciones siguen encalladas.

Por si aún no había quedado suficientemente claro, el último informe del Grupo de Expertos Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC) viene a afianzar un hecho que se lleva corroborando año tras año: si queremos limitar el aumento de temperatura medio del planeta por debajo de los 1,5 grados, los esfuerzos a realizar deben ser mucho mayores y más rápidos de lo que hoy tienen acordado las naciones y organizaciones que rigen el mundo. Es más, el documento se ha centrado en las consecuencias que implicaría quedarse en un incremento de 1,5 grados o llegar a los 2. Y este segundo escenario es catastrófico, especialmente, por supuesto, para los más pobres.


“El informe del IPCC ha encontrado que el factor sobre el que más impacta ese aumento de 1,5 grados a 2 es el agua”, señala Alejandro González, responsable de Cambio Climático de InspirAction. Si con 1,5 el nivel del mar subirá entre 26 y 77 centímetros, con 2 grados esa cifra aumentará 10 cm, lo que se traduce, según el informe, en 10 millones de personas más afectadas, básicamente en las zonas más desfavorecidas.


“Ese medio realmente marca una diferencia muy importante, por eso tenemos que ser mucho más ambiciosos”, apunta Tatiana Nuño, responsable de Energía y Cambio Climático en Greenpeace. Y en lugares como el Estado español es crucial. Como indica Javier Andaluz, responsable de Cambio Climático de Ecologistas en Acción , “en los países mediterráneos puede ser la diferencia entre adaptación o pérdidas y daños irreversibles”.


Un cambio tan drástico y una aceleración de los objetivos y ambiciones necesitan de acuerdos políticos y dinero, mucho dinero. “El instrumento clave para la adaptación es el Fondo Verde para el Clima (GCF, por sus siglas en inglés) y por lo que sabemos hasta ahora el dinero no está puesto sobre la mesa”, denuncia Andaluz.


El compromiso adquirido es movilizar 100.000 millones de dólares para conformar este fondo, pero desde el mismo dejan claro que, a día de hoy, solo hay un 10% de esa cifra: 10.200 millones. “El nivel de urgencia que tenemos es tal que los países ricos, que son los responsables de todo esto, no solo tienen que realizar las medidas de mitigación, sino que tienen que contribuir a que no haya emisiones extra en los países más desfavorecidos”, apunta González. Por ello , la demanda por parte del llamado G77 —en el que se agrupan los países con menos capacidad económica y del que forman parte 134 naciones— más China de que haya una inversión mayor por parte de los más poderosos va a ser una de las claves de la próxima Cumbre del Clima (COP24), que se celebrará en diciembre en Katowice (Polonia).


Sin embargo, tal como señala el experto de InspirAction, “no hay un compromiso claro y firme de que esos países ricos vayan a comprometer los fondos que habían acordado para capitalizar el GCF”. La última cumbre preparatoria interseccional con este punto en la agenda tuvo lugar en septiembre en Bangkok y dejaba un panorama oscuro. “Quedó claro que el G77 y China no van a avanzar y a seguir bajo el Acuerdo de París si no está el dinero y las transferencias de capacidades puestas sobre la mesa”, indica Andaluz, “y eso debe salir de los más ricos”. Pero a pesar de la urgencia, las posiciones en cuanto a financiación quedaron enconadas en dos posiciones: la de los que más tienen, básicamente el Grupo Paraguas —que incluye a Estados Unidos, Canadá, Rusia, Japón y Australia— más la Unión Europea, y la del G77.


Poderosos contaminantes


La responsabilidad histórica de los más ricos no está en duda. Tampoco que, hoy en día, los que más tienen son los que más contribuyen al cambio climático. Un informe de Oxfam International ya indicaba en 2015 que el 10% de la población con más recursos es la responsable de la mitad de las emisiones globales, mientras que la mitad más pobre del mundo en términos de población —3.500 millones de personas— solo producen el 10% de las emisiones. Por ello, como indican desde el colectivo Contra el Diluvio, “con la desigualdad actual, si conseguimos que el 10% más rico del mundo emita al nivel del europeo medio reduciríamos rápidamente las emisiones de CO2 en un tercio”.


En la misma línea, el informe Equidad y aumento de ambición: hacia un Diálogo Facilitado que sea efectivo en 2018 , firmado por más de un centenar de organizaciones de todo el globo en diciembre de 2017, remarca que “los compromisos de los países más enriquecidos no llegan a cubrir lo que sería una contribución justa”. Para no sobrepasar las 450 ppm de concentración de C02 en la atmósfera en 2020 —escenario que se equipara con un calentamiento no superior a 2ºC, siendo actualmente de 405 ppm—, el documento ya resaltaba la necesidad de “destinar más de 375.000 millones de dólares anuales en los países del Sur global, que deberán llegar a 1,3 billones de dólares en 2035”.


Con cifras pero sin fondos


Con estos hechos sobre la mesa, llama la atención la falta de acuerdo sobre los 100.000 millones que el GCF necesitaría para el año 2020, más teniendo en cuenta que esa cuantía es calificada por las organizaciones sociales como arbitraria. “Esa cifra se dice al tran tran, se pone sobre la mesa para encauzar unas negociaciones que ya estaban vendidas”, apunta González, quien destaca que “no se decide si van a ser préstamos, préstamos a fondo perdido, donaciones… cuáles son las características de esos préstamos o de las aportaciones de los países”. Además, el experto recuerda que “enseguida salieron voces como Oxfam o Amigos de la Tierra calculando que esa cantidad debía de ser al menos del doble”.


De hecho, el informe Equidad y aumento de ambición señalaba hace diez meses que un Fondo Verde para el Clima presupuestado con 100.000 millones de dólares se encontraba “muy lejos de las necesidades reales”, y destacaba que la adaptación de los ecosistemas, naturales y humanos “supondrá un coste de entre 140.000 y 300.000 millones de dólares anuales en 2030, y que se multiplicará por cinco en 2050”.


Financiación privada


Con este panorama y la falta de acuerdos, los gobiernos giran la mirada hacia las empresas, lo que tiene sus peligros, según denuncian desde las organizaciones sociales. “Cada vez surge con más interés que las grandes empresas pongan ese dinero que falta en el Fondo Verde para el Clima”, indica Andaluz.


“Las grandes compañías están haciendo un doble juego”, destaca por su parte el responsable de InspirAction. “Por un lado, desde la cumbre de Addis Abeba [para la Financiación del Desarrollo Sostenible de 2015 ] se dice que los Objetivos de Desarrollo Sostenible no se podían sostener con financiación pública y debía entrar la privada; y no un porcentaje, sino que el grueso debía venir de multinacionales, con la consiguiente desvirtuación de la agenda de desarrollo, con una serie de injerencias de modelos de negocio, etcétera…”. Por otro, la llegada al GCF de “empresas y fondos de inversión para intentar capitalizar iniciativas para desarrollar proyectos”.


Así están las cosas. Multinacionales y sus modelos de negocio en la base de la lucha global contra el clima. El futuro del planeta, en manos del capital y supeditado al beneficio. Lo dice hasta el GCF: “Responder al desafío climático requiere la acción colectiva de todos los países, ciudades, empresas y ciudadanos privados”. Un fondo que busca 100.000 millones de dólares anuales desde 2020 que puedan llegar “desde diversas orígenes”.


Mientras tanto, el informe del IPCC deja clara la situación: el ritmo actual de emisiones el aumento de 1,5ºC será un hecho en algún momento entre 2030 y 2052. Y la cosa irá a peor. “Estamos en la trayectoria de un aumento de entre 3 y 4 grados”, expone la responsable de Greenpeace, “así que necesitamos transformaciones muy rápidas y muy urgentes en todos los ángulos de gran alcance, donde se incluye el sistema energético, el transporte, el modelo de consumo, al consumir menos carne, la agricultura…

”.
Tras el fiasco de Bonn y el fracaso de Bangkok y del resto de reuniones intermedias, el horizonte está puesto en Katowice.

Por Pablo Rivas
@CeboTwit

publicado
2018-10-13 07:01:00

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Los científicos alertan: hacen falta cambios "sin precedentes" contra el cambio climático

El útlimo informe del Grupo Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático de la ONU estima que, a este ritmo, un aumento de la temperatura media del planeta por encima de 1,5 grados se superará entre 2030 y 2052



Limitar la subida de temperaturas a 1,5 grados centígrados requeriría "cambios sin precedentes" a nivel social y global, según alerta el nuevo informe presentado esta madrugada por el Grupo Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático de la ONU (IPCC, por sus siglas en inglés).
La temperatura global del planeta ya ha aumentado 1 grado centígrado de media desde la era preindustrial, pero los científicos advierten de que, a este ritmo, la barrera de los 1,5 grados se superará entre 2030 y 2052. Evitarlo "requeriría cambios rápidos, de amplio alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad", desde consumo de energía a planificación urbana y terrestre y muchos más recortes de emisiones, señalan.


El informe, presentado en Incheon (Corea del Sur), examina vías para limitar el calentamiento hasta 1,5 en lugar de llegar de 2 grados, tal y como se estableció en el Acuerdo del Clima de París, y advierte de que los efectos para ecosistemas y la vida en el planeta serán mucho menos catastróficos si se logra mantener esta barrera más ambiciosa.


"Mantener el calentamiento global en un nivel inferior a 1,5 grados en vez de 2 será muy difícil, pero no imposible", dijo el presidente del IPCC, Hoesung Lee, en la presentación del informe.


Acotar el calentamiento por debajo del límite de 1,5 grados evitaría una mayor extinción de especies y, por ejemplo, la destrucción total del coral, básico para el ecosistema marino, o reduciría la subida del mar en 10 centímetros para 2100, salvando zonas costeras y litorales, según el informe.


Superar el límite de 1,5 grados depararía un mayor incremento del calor extremo, las lluvias torrenciales y la probabilidad de sequías, algo que tendrá un efecto directo sobre la producción de alimentos, sobre todo en zonas sensibles como el Mediterráneo o Latinoamérica.


También afectará a la salud, suministros de agua y crecimiento económico, con un impacto especialmente negativo sobre las poblaciones más pobres y vulnerables del planeta, dice el texto, que cuenta con 6.000 referencias científicas y viene firmado por 91 expertos de 40 países.
Para evitar superar esa barrera, dice el informe, hace falta consumo energético más eficiente, agricultura más sostenible y menos extensiva o destinar más terreno al cultivo de recursos energéticos.


También multiplicar por cinco la inversión actual en el terreno tecnológico para lograr que transporte, edificios o industria emitan mucho menos y que a su vez se perfeccione la captura de gases de contaminantes.


El informe, dirigido a países de la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático, será usado como base para las discusiones de la vigésimo cuarta cumbre del clima (COP24) que se celebrará en Katowice (Polonia) este diciembre.

08/10/2018 10:20 Actualizado: 08/10/2018 11:17

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Emisiones de gases de efecto invernadero: producción versus consumo

La concentración de dióxido de carbono en la atmósfera ya rebasa las 405 partes por millón (Ppm), según las más recientes mediciones del observatorio del volcán Mauna Loa en Hawai. Antes de la revolución industrial esa concentración no rebasaba 280 ppm. Es decir, en un lapso relativamente corto hemos provocado un fuerte aumento de CO2 en la composición de gases en la atmósfera.


Ese incremento en la concentración de CO2 está asociado con el aumento en la temperatura media global de un grado centígrado a lo largo del siglo XX. Ese cambio ya se acompaña de enormes consecuencias negativas en términos de huracanes, ondas de calor, aumento en el nivel del mar, sequías y la aceleración de la extinción de todo tipo de especies.


En la conferencia de la Convención Marco sobre Cambio Climático (Unfccc) celebrada en París en 2015 se aceptó el compromiso de mantener el aumento de la temperatura global por debajo de los dos grados centígrados (respecto de los niveles anteriores a la revolución industrial). Adicionalmente, las partes adquirieron el compromiso de buscar mantener ese aumento por debajo de 1.5 grados centígrados, porque ese es el umbral que los científicos consideran más realista para evitar mayores daños. Hoy sabemos que este objetivo es ya inalcanzable.


En el Acuerdo de París, cada nación determina de manera independiente sus metas de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Pero no existe un mecanismo coercitivo para garantizar el cumplimiento de esos objetivos. El único medio es el escarnio que un país sufre al incumplir sus propias metas. Y desde esa perspectiva, el tema de la medición de las emisiones de gases de efecto invernadero adquiere gran relevancia.


Desde que se negoció el Protocolo de Kioto, en los años 1990, la medición de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) se ha basado en aquéllas producidas por cada país. Las naciones más desarrolladas han sido las que han emitido más GEI a lo largo de los pasados 150 años y por eso se buscó inicialmente reconocer el principio de responsabilidad histórica y diferenciada. Pero ese principio se fue desdibujando y en el Acuerdo de París sólo queda un débil compromiso de apoyo financiero para los países menos desarrollados (aún esa promesa no se ha cumplido).


Hoy surgen nuevas dudas sobre la asimetría en las emisiones de GEI. Varios estudios cuestionan la validez de medir las emisiones producidas directamente por cada nación y proponen una medición de las emisiones consumidas (o generadas indirectamente en la producción de bienes y servicios que importa cada país). En otras palabras, para contar con una medida más rigurosa y equitativa sobre las emisiones de GEI es importante hacer un balance entre aquellas que directamente producen una economía en su territorio y las que vienen incorporadas en los productos que importan.


La metodología estándar a la que nos hemos acostumbrado se basa en medir las emisiones producidas directamente. Pero esta métrica ignora que las economías más ricas han sido capaces de reducir sus emisiones directas al mismo tiempo que han podido importar bienes intensivos en emisiones (de GEI) que han sido producidos en otros países. Por ese motivo, las emisiones producidas directamente y aquellas que son consumidas (o producidas indirectamente) difieren de manera significativa.


El trabajo más reciente sobre los resultados generados por estas distintas metodologías es de Mir Goher y Servaas Storm (disponible en www.ineteconomics.org). Aunque la metodología puede ser algo discutible al descansar en la obsoleta noción de la curva ambiental de Kusnetz, lo cierto es que el uso de matrices de insumo producto a escala global permite a los autores observar que el nivel de emisiones está correlacionado con el ingreso per cápita. Esto es grave por dos razones. Primero, porque las emisiones muy difícilmente se irán reduciendo en el tiempo. Al contrario, se incrementarán al aumentar el ingreso per cápita en los países más ricos o de ingreso intermedio. Segundo, porque esto revela que es posible que hayamos estado subestimando el volumen de emisiones producidas cada año. En cambio, al utilizar las matrices insumo producto a escala internacional es posible tomar en cuenta el peso del comercio internacional y de las complejas cadenas de valor que hoy dominan la economía global. La diferencia en el volumen de emisiones no es despreciable.


El escenario para el futuro del cambio climático no pinta nada bien. Hoy, las proyecciones más rigurosas indican que estamos en una trayectoria que podría hacer inevitable un aumento de temperatura promedio global en el rango de los tres grados centígrados hacia finales del presente siglo. Las consecuencias de este tipo de perturbación son verdaderamente catastróficas por los efectos acumulativos o en cascada que se pueden generar. La única manera de evitar este desastre es mediante reducciones realmente significativas en los niveles de emisiones de GEI. Para ello es indispensable terminar con el poderío del lobby de combustibles fósiles que aún domina la economía global.


Twitter: @anadaloficial

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Miércoles, 15 Noviembre 2017 06:42

Cambio climático: faltan 19 años

Cambio climático: faltan 19 años

La capacidad de la atmósfera para almacenar gases de efecto invernadero sin que se desencadene un proceso catastrófico de cambio climático es limitada. Es algo así como una cuota fija que puede ser cuantificada. Si esa cantidad es rebasada como resultado de las emisiones anuales (globales) de gases de efecto invernadero (GEI) el calentamiento podría alcanzar magnitudes verdaderamente dramáticas. Como el tiempo de residencia en la atmósfera de los distintos gases invernadero es muy largo, es importante tomar en cuenta el efecto inercial del acervo de gases acumulado y no sólo las tasas de emisiones anuales.

El quinto informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) concluye que para mantener el calentamiento global por debajo de los 2 grados centígrados, el volumen de gases invernadero acumulado en la atmósfera no debe rebasar los 2.9 billones (castellanos) de toneladas de dióxido de carbono equivalente (ipcc.ch). Al ritmo actual de emisiones de gases invernadero, en sólo 19 años alcanzaremos esa cuota total: a partir de ese punto será difícil evitar que el incremento en la temperatura global promedio rebase los 2 oC.

Un aumento superior a los 2 oC respecto de la temperatura promedio del periodo 1850-1900 provocará daños muy graves en todas las dimensiones del medio ambiente. Por ejemplo, la tasa de extinción de especies se incrementará notablemente pues muchas no podrán adaptarse a las nuevas condiciones ambientales. Es casi seguro que los rendimientos de la agricultura mundial y de las pesquerías oceánicas sean perturbados seriamente. Y aunque los cambios en el ciclo global del agua no serán uniformes, se acentuará el contraste en las precipitaciones entre las regiones húmedas y secas. Además, la frecuencia de eventos atmosféricos extremos (como huracanes u ondas de calor) aumentará con severos daños para las poblaciones más vulnerables. Por supuesto, un incremento de 3 oC conduce a escenarios verdaderamente escalofriantes.

Pero numerosos científicos concluyen que incluso un incremento de 1.5 oC representa un umbral peligroso que no debe ser alcanzado. Hoy sabemos que el incremento en la temperatura global con respecto a 1880 ha sido de 0.85 oC, lo que significa que queda poco margen de maniobra. Esa meta de 1.5 oC es casi inalcanzable hoy en día; quizás por esa razón el Acuerdo de París (adoptado en la Conferencia de las partes o COP 21 en 2015) fijó la meta de no rebasar la cuota asociada a un incremento en la temperatura global de 2 oC. Es evidente que la diplomacia, la ciencia y los intereses económicos no caminan siempre por el mismo sendero.

En el Acuerdo de París cada país fijó sus compromisos de reducción de emisiones de gases invernadero de manera voluntaria. Esas promesas individuales sí están conduciendo a una reducción de emisiones, pero no al ritmo que se requiere para hacer realidad el objetivo global de dicho acuerdo. Aun si se llegan a cumplir sin contratiempos los compromisos (voluntarios) nacionales, la temperatura global promedio aumentará entre 2.6 oC y 3.1 oC para el fin de siglo.

La organización Climate Action Tracker acaba de realizar un estudio sobre los compromisos de reducciones y la capacidad de su aplicación por los principales 55 países emisores de gases invernadero. El resultado de esta jerarquización en seis niveles es alarmante. En el nivel más bajo se encuentran seis países cuya política sobre clima se considera "críticamente insuficiente" por ser compatible con incrementos de temperatura superiores a los 4 oC. Rusia y Estados Unidos se encuentran en esta categoría. El siguiente nivel se denomina "altamente insuficiente" e incluye otros seis países (entre ellos China y Japón). La política de estos seis países conduce a incrementos de temperatura de 3 oC.

En el tercer nivel se ubican 38 países con una política sobre cambio climático "insuficiente" porque permite aumentos de entre 2 oC y 3 oC. En esta categoría se encuentran Brasil, la Unión Europea y México. Finalmente, sólo un grupo de cinco países se ubica en el nivel adecuado para mantener el incremento de temperatura por debajo de los 2 oC, pero con excepción de India, se trata de economías pequeñas.

El Acuerdo de París contempla el fortalecimiento periódico de los compromisos nacionales, pero las reglas precisas para hacerlo apenas están siendo discutidas en la COP23 de Bonn esta semana. El tiempo apremia pero es necesario esperar para ver qué sucede con la aplicación de esas metas nacionales. Mientras tanto, una buena noticia es que a pesar de que Estados Unidos se retiró del Acuerdo de París, varios estados, muchas ciudades y decenas de empresas de ese país han ratificado sus compromisos de reducir emisiones en el marco de dicho acuerdo.

Quizás el otro aspecto positivo en este oscuro panorama es que la comunidad internacional parece decidida a mantener el esfuerzo colectivo para mitigar el calentamiento global y sus efectos. Ojalá no resulte ser demasiado tarde, porque sólo faltan 19 años y 50 días.

Twitter: @anadaloficial

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La cumbre del clima de la ONU negocia las reglas para reforzar el Acuerdo de París

Las conclusiones de la conferencia que arranca en Marrakech pueden catapultar la ambición de la lucha contra el cambio climático


“Ustedes hagan la ley, que yo haré el reglamento”, decía el conde de Romanones (Álvaro de Figueroa), 17 veces ministro de Alfonso XIII, sabedor de que la letra menuda puede a veces más que las grandes proclamas. Convocados por la ONU, representantes de cerca de 200 países se reúnen en Marrakech (del 7 al 18 de noviembre) para negociar la aplicación del Acuerdo de París, el primer pacto mundial para combatir el cambio climático, firmado en diciembre del 2015 en la capital francesa. No será una conferencia histórica. El pacto político ya está hecho. Pero sus conclusiones pueden apuntalar, reforzar o, incluso, catapultar la ambición de la lucha contra el cambio climático; o, por el contrario, hacer que todo quede en agua de borrajas. Lo dicho: la respuesta está en la letra pequeña, que empieza a escribirse en Marrakech.


El Acuerdo de París estableció el compromiso mundial para evitar un aumento de temperaturas “muy por debajo” de los 2ºC respecto a las de la época preindustrial, y proseguir los esfuerzos para que esa subida no supere los 1,5ºC. Los grandes países firmantes del acuerdo han presentado sus contribuciones nacionales o planes de acción climática para frenar, limitar o reducir las emisiones de gases invernadero, aunque con metas libremente elegidas por cada país (en función de sus capacidades). Y deberán renovar su compromiso al alza cada cinco años.


Pasar del pacto a tener reglas, para verificar las promesa hechas


La rápida ratificación del acuerdo subraya el alto nivel de consenso sobre la necesidad de combatir el calentamiento. “Pero ahora se trata de traducir los grandes objetivos y principios en reglas de transparencia y de funcionamiento”, dice Pablo Saavedra, secretario de Estado de Medio Ambiente. En Marrakech se debe empezar a escribir las reglas sobre cómo se hará el control y verificación de las contribuciones nacionales presentadas, algo que será clave para abordar con garantías la revisión que se iniciará en el 2018.


“Debe haber transparencia y se debe consensuar la manera de verificar el cumplimiento, para que se pueda determinar si se están dando avances significativos”, dice Manuel Pulgar-Vidal, responsable de clima y energía de WWF Internacional.


Lograr la transparencia y que haya confianza entre los países


Pero consensuar esa transparencia no será fácil. “Hay que recordar que el último inventario de emisiones de China data del año 1995, pues este país se resiste a someterse a los mecanismos de vigilancia de la comunidad internacional”, apunta Marta Subirà, secretaria de Medi Ambient de la Generalitat, para ilustrar de qué se está hablando.


Está en juego, pues, la confianza entre las partes, para que no se venga abajo este precario castillo de ilusión construido en París.


Las nuevas contribuciones deben ser más homogéneas en el 2020


Disponer de reglas bien claras es necesario sobre todo para que los países sepan cómo pueden presentar sus nuevas contribuciones en el 2020 de forma homologable (las mismas características del informe, iguales períodos de cumplimiento...). Hay que tener en cuenta que las contribuciones nacionales presentadas hasta ahora (voluntarias) no tienen un criterio homogéneo; y por eso se ha programado un encuentro en el año 2018 con el objeto de facilitar esa tarea y sistematizar y mejorar la presentación de los planes.


Así, a la luz de lo acordado en el 2018, se señalarán qué acciones de carácter global son más eficaces para combatir el calentamiento o mejorar la adaptación al cambio climático para determinar las acciones más eficaces (protección de costas, seguridad alimentaria, sequía...), explica Teresa Ribera, ex secretaria de Estado de Cambio Climático de la etapa socialista.


Frenar la subida de temperaturas por debajo de los 2ºC


Todo este encaje de bolillos se tiene que hacer porque la meta final es cuadrar las contribuciones nacionales en un esfuerzo común orientado a aumentar la ambición de la lucha contra el calentamiento. Porque ahora los números (las reducciones de gases prometidas) no salen. Son insuficientes. “Antes del pacto de París, la tendencia climática marcaba un aumento de temperaturas de entre 3,8ºC y 4ºC (respecto a la época preindustrial). Con la suma de las contribuciones prometidas en París el aumento de temperaturas se sitúa en 2,8 ºC; pero sigue estando por encima de la meta de los 2 grados”, recuerda Manuel Pulgar-Vidal, ex ministro de Medio Ambiente de Perú, que presidió la conferencia del clima de Lima (2014).


Otro obstáculo es que el acuerdo de París no prevé sanciones por incumplimiento de las promesas hechas por los países, y sólo se busca señalar con el dedo (¿avergonzar?) a los menos cumplidores. Se pactaron modestos instrumentos de persuasión como contrapartida a que todos los países estuvieran en el pacto. En el año 2020 los países deberán presentar sus nuevas contribuciones mientras que en el año 2023 el tratado debe actualizar sus compromisos globales.


Los grupos ecologistas piden una ambición mucho mayor


Los grupos ecologistas piden acelerar los plazos y reclaman para el 2018 una revisión que sirva para impulsar “un notable incremento en la ambición de los países”, señala Javier Andaluz, de Ecologistas en Acción. “La revisión del inventario de las emisiones presentadas no debe ser usada como pretexto para posponer la aplicación de las directrices de los expertos (del panel intergubernamental de cambio climático). Si no se modifican al alza en el 2018 los compromisos presentados por los países, no podremos limitar el incremento de la temperatura global a 1,5ºC”, continúa Andaluz.


De la misma manera, un informe del programa de las Naciones Unidas para el medio ambiente presentado la semana pasada indica que el mundo debe incrementar de manera urgente su ambición para recortar más o menos un 25% las emisiones de gases de efecto invernadero, si se quieren evitar los peores efectos del cambio climático. Si no se produce una pronta reducción de esos gases, el planeta experimentará previsiblemente un incremento en su temperatura media de entre 2,9ºC y 3,4ºC, aunque se apliquen en su totalidad los compromisos pactados en París.


Buscar compromisos para ayudar a los países menos adelantados


Otro gran asunto de discusión es la financiación. El acuerdo de París obliga a los países desarrollados a contribuir a la financiación de las políticas de mitigación y de adaptación al cambio climático en los estados menos adelantados.


Se trata ahora de lograr que los fondos aumenten progresivamente hasta lograr reunir 100.000 millones de dólares para el año 2020. “¿Qué parte de esta cantidad será pública y cuál privada?, ¿cómo y de qué manera se controla la aplicación de este fondo?”, son algunos de los interrogantes que se suscitarán, explica Salvador Samitier, director de la Oficina Catalana del Canvi Climàtic.


Descarbonizar la economía en la segunda mitad de siglo, meta deseable


El Acuerdo de París es considerado como una punta de lanza para descarbonizar la economía; es decir, para sustituir los combustibles fósiles por un modelo energético más limpio. Pero no hay metas globales concretas para reducir a esta dependencia de la energía fósil; ni se esperan cambios en este punto en Marrakech. El pacto de París dice sólo que los países firmantes se comprometen a alcanzar en la segunda mitad del siglo “un equilibrio entre las emisiones generadas por las actividades humanas” y las que el planeta puede absorber, lo que da pie a que se puedan usar mecanismos naturales o técnicas de captura o almacenamiento geológico de CO2.


Arrinconar los combustibles fósiles es un reto que choca con múltiples intereses. Los expertos estiman que entre el 60-80% de las reservas de carbón, petróleo y gas de las compañías que cotizan en bolsa no deberían ser quemadas y tendrían que permanecer bajo tierra, si se quiere que el aumento de temperaturas no rebase los 2ºC. Las reservas totales de carbón, petróleo y gas identificadas por las bolsas mundiales como activos económicos equivalen a 762 Gt CO2 (una cuarta parte de las reservas totales del mundo).

 

 

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Sábado, 23 Enero 2016 07:14

Hacia una nueva normalidad climática

Hacia una nueva normalidad climática

El trabajo de hacer que algo tan absurdo y con tantos impactos negativos como la geoingeniería suene como una opción normal se allanó significativamente después de la conferencia de Naciones Unidas sobre cambio climático (COP 21) que culminó en París en diciembre de 2015. Fue quizá una de las peores maniobras en esa reunión, porque, además de los riesgos que implica, la mayoría de la gente no advirtió lo que estaba sucediendo. Lo cierto es que de ser un plan B, que algunos científicos decían era para usar sólo en caso de emergencia por sus graves efectos secundarios, se transformó en un Plan A, sin el cual, sostienen, no tienen sentido las metas de reducción que estableció la COP 21.


La geoingeniería es la manipulación tecnológica intencional, en gran escala, del clima planetario. Incluye una serie de propuestas que sus promotores agrupan en dos modalidades: remover de la atmósfera el exceso de dióxido de carbono y bloquear los rayos del sol, para que disminuya la radiación solar que llega a la tierra y supuestamente baje la temperatura.

La geoingeniería no se ocupa de las causas del cambio climático, solamente propone actuar sobre los síntomas (temperatura y exceso de gases), en general como forma de crear nuevos negocios para quienes controlan la tecnología.


Entre otras cosas, proponen fertilizar los mares con hierro, mezclar las capas del oceáno, cambiar la química de los mares, absorber CO2 por medios mecánicos o químicos y enterrarlo en fondos geológicos. En manejo de la radiación solar, incluyen desde blanquear nubes y sembrar árboles transgénicos más brillantes para que reflejen la luz solar, hasta crear enormes nubes volcánicas artificiales para tapar el sol. En 2010, el Convenio de Diversidad Biológica de Naciones Unidas, decidió una moratoria internacional contra la aplicación de geoingeniería, por sus impactos en el ambiente, la diversidad biológica y las comunidades.


Cualquier forma de manipulación del clima global afectará negativamente algunas regiones. En 2014, modelos matemáticos de un amplio equipo integrado por científicos de 21 países mostraron que cualquier forma de alteración tecnológica de la radiación solar desequilibrará (aún más) el clima en los trópicos y subtrópicos, haciendo más extremos los eventos de lluvias, vientos, inundaciones o sequías que ya existen en cada lugar, con efectos que pueden llegar a catastróficos.


No obstante, a partir de que la COP21 acordó que no se debería pasar de 1.5 a máximo 2oC de aumento de temperatura promedio, los científicos que promueven la geoingeniería, algunos vinculados a las empresas petroleras más grandes del planeta, se han dedicado a difundir en los medios que sin aplicar estas tecnologías, esas metas serán imposibles. Critican los resultados de la COP 21 por no tomar medidas más enérgicas ante el cambio climático, tema compartido por muchos, pero apremian a promover activamente y con subsidios públicos el desarrollo de la geoingeniería. Este es precisamente el caso de una carta firmada por 11 científicos que fue publicada recientemente por el diario británico The Independent (reseña en La Jornada: http://goo.gl/QVDbQ4).


Otros científicos denunciaron el verdadero rol de estas propuestas. Kevin Anderson, director adjunto del Centro Tyndall de Estudios sobre Cambio Climático del Reino Unido, advirtió sobre los peligros de la geoingeniería, que se presenta como solución al cambio climático, cuando no lo es y por el contrario, crea nuevos riesgos. En un artículo publicado en la revista Nature (http://goo.gl/KaluPq), Anderson expresa que es de gran preocupación que la COP 21 haya aceptado usar el concepto de tecnologías de emisiones negativas, eufemismo para nombrar propuestas de geoingeniería como bioenergía con captura y almacenamiento de carbono (BECCS, por sus siglas en inglés). Se trata de sembrar grandes monocultivos (mínimo tres a cinco veces la superficie de todo México), quemarlos para generar energía, absorber el carbono resultante, transportarlo en largos ductos o camiones y enterrarlo en fondos geológicos. Pero, además de de otros problemas, es una idea irrealizable.


Varios investigadores han señalado que ese nivel de plantaciones es imposible, porque no hay áreas disponibles en el planeta y el gasto total de energía y de emisiones de CO2 de plantaciones y su quema, es mayor que lo que dicen compensar. Es doble contabilidad de absorción de CO2, porque las plantaciones se piensan en áreas que ya tienen cubierta vegetal: áreas naturales o de comunidades indígenas y campesinas, necesarias para sobrevivir y mantener la salud de los ecosistemas.


Anderson agrega que aunque BECCS no funcione, es muy preocupante que haya científicos que por intereses espurios la promuevan, sabiendo que no es posible enfrentar el cambio climático con este tipo de fantasías. Cuando BECCS muestre sus falencias y la temperatura global siga aumentando, esos mismos científicos dirán entonces que la única salida son otras formas aún más riesgosas de geoingeniería.


El 50 por ciento del cambio climático lo causan menos de 10 por ciento de la población mundial, recuerda Anderson, y agrega que si ese 10 por ciento redujera su nivel de vida al promedio europeo, muy lejos de la pobreza, se traduciría en reducciones de gases de efecto invernadero de 30 por ciento anual globalmente, mucho más efectivo que cualquier forma de geoingeniería.

 

Por Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC

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Cambio climático: el camino a recorrer tras la Cumbre de París

El 12 de diciembre, casi 200 países aprobaron el llamado "Acuerdo de París". Este documento de 32 páginas de extensión detalla minuciosamente el nuevo plan oficial de la humanidad para hacer frente a la crisis que supone el cambio climático. Las negociaciones para llegar al acuerdo se llevaron a cabo en un complejo fuertemente protegido ubicado en la zona parisina de Le Bourget. En virtud del "estado de emergencia" declarado tras los atentados terroristas que el 13 de noviembre provocaron la muerte de 130 personas en París, en todo el territorio francés estaban prohibidas las manifestaciones. Pese a ello, hubo activistas que no acataron la prohibición, también en virtud de un "estado de emergencia", frase con la que describen la situación del clima del planeta. Durante las dos semanas de la Cumbre de Naciones Unidas sobre Cambio Climático se llevaron a cabo manifestaciones, por momentos violentamente reprimidas por la policía, en las que personas de todo el mundo pidieron un tratado justo, ambicioso y vinculante a fin de evitar las peores consecuencias del cambio climático.


Dos días después del término de las negociaciones, el periodista británico George Monbiot sostuvo en Democracy Now!: "Lo que veo es un acuerdo sin plazos ni objetivos, con vagas y leves aspiraciones. Veo muchas palmadas en la espalda, mucha auto-felicitación, pero veo muy poco en términos del contenido real que se requiere para evitar el colapso de clima".


La postura de George Monbiot es opuesta a la de muchas personas comprometidas con la causa ambiental, quienes consideran el resultado de las negociaciones como un avance positivo. Michael Brune, director ejecutivo de Sierra Club, dijo: "Casi todos los países del mundo se comprometieron ya sea a reducir su propio nivel de emisiones de carbono o a poner un tope al aumento de sus emisiones. Hubo también un reconocimiento explícito de que aquello a lo cual se comprometieron no es suficiente y por tanto se estableció un proceso para evaluar el grado de avance que se alcanza y comprometerse entonces a efectuar mayores reducciones de forma ininterrumpida en los años siguientes".


La cumbre comenzó con el mayor encuentro de jefes de estado de la historia. El Dr. Hoesung Lee, presidente del Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), organización de casi 2.000 científicos que publica el consenso de la comunidad científica mundial sobre el cambio climático, se dirigió a los líderes y enunció: "El clima ya está cambiando y sabemos que ello se debe a la actividad humana. De continuar de esta manera, nos arriesgamos a enfrentar impactos cada vez más graves e irreversibles: aumento del nivel del mar, sequías e inundaciones cada vez peores, escasez de agua y alimentos, aumento de los flujos de inmigración y refugiados a causa del clima, para mencionar solamente algunos". En casi todos los rincones del planeta, las conclusiones de la ciencia que estudia el clima se aceptan como un hecho.

Estados Unidos, principal país contaminante en la historia y sede de algunas de las compañías de extracción de combustibles fósiles más poderosas y políticamente influyentes a nivel mundial, es el único lugar donde se da crédito a quienes niegan el cambio climático.


Los especialistas en clima del IPCC proporcionaron distintos escenarios posibles frente al calentamiento global en los que describen de qué manera podría ser el mundo si el planeta alcanzara una serie de distintas temperaturas. Ya nos encontramos 1° Celsius por encima de la temperatura promedio de la era preindustrial y enfrentamos impactos devastadores. El principio rector del Acuerdo de París es la promesa de mantener "el aumento de la temperatura promedio del mundo muy por debajo de los 2° Celsius (lo que equivale a 3,6° F) en relación a los niveles preindustriales y desarrollar esfuerzos para limitar el aumento de la temperatura a 1,5° Celsius (o 2,7º F) por encima de los niveles preindustriales".


Esta diferencia, en apariencia pequeña, resulta de suma importancia. Con una rápida descarbonización de la economía mundial, con un rápido pasaje a energías renovables no contaminantes podríamos limitar el aumento de la temperatura a 1,5° Celsius. En ese escenario, los pequeños países insulares podrían sobrevivir al aumento del nivel del mar que se prevé. Con un aumento de 2° Celsius, el hielo polar se derrite, el agua se calienta y por tanto se expande y el nivel del mar se incrementa 91 cm.

Varios pequeños países insulares, como Maldivas o las Islas Marshall quedarían completamente sumergidos y desaparecerían. El objetivo de limitar el aumento de temperatura a un grado y medio por encima del nivel de la era pre-industrial se incluyó en el Acuerdo de París, pero como destaca George Monbiot: "Es como si se hubieran permitido adoptar 1,5° Celsius como objetivo al que aspirar ahora que esa meta ya es casi imposible de alcanzar".


La periodista y activista Naomi Klein habló también sobre el acuerdo. Klein sostuvo: "Pasará por encima de los límites cruciales establecidos por los científicos y pasará también por encima de los límites de la equidad. Sabemos, haciendo cálculos y sumando los objetivos que las principales economías presentaron en París, que esos objetivos nos llevan a un futuro muy peligroso. Nos llevan a un futuro con un calentamiento de 3 a 4 grados Celsius".


Asad Rehman, de Amigos de la Tierra, describió el límite de la equidad del que hablaba Naomi Klein: "Se trata de dar apoyo a los más vulnerables, las personas más pobres, que son quienes ya están perdiendo sus vidas y medios de sustento y que son quienes van a enfrentarse a impactos climáticos cada vez peores, principalmente por responsabilidad de los países ricos y desarrollados que han crecido y se han enriquecido gracias a la contaminación con carbono". En el Acuerdo de París, a este apoyo se le llama "Pérdidas y daños", que en los hechos significa un sistema de compensaciones de índole financiera por parte de los países ricos a los países pobres que sufren los graves impactos del cambio climático. Rehman agregó: "Los países ricos responsables de esta crisis pretenden ahora trasladar la carga de la responsabilidad de los ricos a los pobres. Mi gente habla del legado de Obama en lo que refiere al cambio climático. Desafortunadamente, el legado que dejará en este sentido es un cáliz de veneno para los pobres, al hacerles pagar realmente los impactos del cambio climático".


Una amplia coalición de organizaciones de acción contra el cambio climático prometieron un agresivo año de acciones directas orientadas a precipitar el fin de la era de los combustibles fósiles. Como me dijo Kumi Naidoo, de Greenpeace: "La mayoría de los que formamos parte de las organizaciones de la sociedad civil, nunca hablamos del 'camino hacia París', siempre hablamos del 'camino que pasa por París'.

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La COP21 de París y la propuesta del "anexo 0"

Altó en París el empuje y el entusiasmo en la calle del medio millón de manifestantes que podían esperarse, pidiendo justicia climática. La matanza del 13 de noviembre de centenares de personas jóvenes quitó el ánimo de quienes iban a manifestarse, tanto de los parisinos como los que iban a llegar de fuera. Como ocurrió tras el 11 de septiembre 2001, la agenda alternativa de los movimientos socio-ambientales en el Norte y en el Sur, es brutalmente aplazada y desviada por esos atentados masivos y por las realidades de las guerras (aunque sean guerras por petróleo). Los valientes esfuerzos de manifestarse para pedir un "clima de paz" en las calles de París no pudieron sustituir la masa de gente en la calle que hubiera presionado a los gobernantes mundiales.

Los resultados de la conferencia de cambio climático son presentados como un éxito por unos, y negativamente por otros. La visión negativa está justificada pues no hay compromisos vinculantes de reducción de emisiones, y tampoco en la práctica se ha reconocido la deuda climática que tienen históricamente los países industrializados. Estados Unidos y la Unión Europea boicotean desde hace años el reconocimiento de esta deuda, así se protegen y protegen a sus empresas de juicios por daños causados al clima mundial, como la desaparición de glaciares y la subida del nivel del mar. No hay motivos de celebración porque las emisiones de gases de efecto invernadero continuarán aumentando durante unos años si no las frena una crisis económica que alcance a China e India. La sobre-oferta actual de combustibles fósiles y su precio barato, y también la deforestación, hacen improbable que se limite el aumento de temperatura, contrariamente a lo proclamado en París. La concentración de dióxido de carbono en la atmósfera seguirá aumentando.

Dentro de este panorama, se propone desde los movimientos de justicia ambiental continuar las acciones locales (con repercusión global) para dejar el carbón, el petróleo y el gas en tierra. Esa propuesta de moratoria que Oilwatch propuso ya en 1997 en Kyoto en las reuniones alternativas, está más fuerte que nunca. Es lo que Naomi Klein llama "blockadia" y Oilwatch llama irónicamente el "anexo 0". Desde el tratado de cambio climático de Río de Janeiro de 1992, los países fueron clasificados en los del Anexo 1 (que se comprometían a rebajar emisiones) y los demás, que todavía no se comprometían pero que en los meses anteriores a París han presentado propuestas. En conjunto, las propuestas presentadas en París, que no son obligatorias, no significan una disminución, sino un aumento de las emisiones.

Este fracaso motiva a quienes propugnan el "anexo 0" cuyos integrantes son los movimientos locales que consiguen que se dejen combustibles fósiles en el subsuelo. Por ejemplo, los alemanes del movimiento Ende Gelände que paran minas de lignito o los manifestantes que pararon con resistencia no violenta la construcción del oleoducto Keystone XL en Estados Unidos. O los lugareños que en Sompeta en Andhra Pradesh en la India consiguieron parar (a costa de algunos muertos propios) la extracción de carbón y la construcción de una enorme central termoeléctrica que destruiría su ecosistema y modo de vida local. O los indígenas guaraníes de Takovo Mora en Bolivia que rechazan la exploración petrolera en su territorio, y que en agosto del 2015 bloquearon la vía Santa Cruz-Camirí, lo que llevó a la intervención de un contingente policial cuyos excesos de violencia allanando viviendas y gasificando a la comunidad, fueron denunciados localmente. Hay cientos de casos parecidos hoy mismo en el mundo, incluidos bastantes contra el fracking del gas. Esos casos serían los del "anexo 0".

Muy visibles en París (aunque alejados de los comunicados oficiales) estuvieron los quechuas de Sarayaku, en la Amazonia de Ecuador, que han conseguido mantener a raya a las empresas petroleras. Fueron integrantes de esa comunidad los que difundieron ya hace años la noción del Sumak Kawsay, el "buen vivir". En 2002 la compañía argentina CGC (Compañía General de Combustibles), acompañada por el ejército ecuatoriano, entró ilegalmente en territorio de Sarayaku a producir explosiones en el proceso de "sísmica", para identificar dónde estaba el petróleo. La comunidad les expulsó. Finalmente el caso fue llevado ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, creando un precedente histórico en la defensa de los derechos indígenas. (http://arturohortas.com/documentales/el-caso-sarayaku/). Su portavoz Patricia Gualinga declaró en París que los pueblos indígenas deben ser reconocidos como un actor de primer orden que ya ha mitigado el calentamiento global luchando contra la extracción de petróleo y minerales y con el mantenimiento de las selvas. Ellos son miembros destacados del "anexo 0".

Por Joan Martínez Alier, ICTA-Universitat Autònoma de Barcelona

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Aprobado el primer acuerdo mundial contra el calentamiento global

195 estados se comprometen a rebajar sus emisiones de gases de efecto invernadero para limitar el calentamiento a 2 grados a finales de siglo. En una fórmula que contente a todos, no estarán obligados legalmente a cumplir con sus compromisos pero sí a hacer un seguimiento, comunicarlo y presentar revisiones cada 5 años.


PARÍS. -Después de las intensas negociaciones que se han prolongado durante dos semanas y con más retraso del esperado, 195 países han dado por fin su visto bueno al primer acuerdo mundial contra el calentamiento global.

El pleno de la Cumbre del Clima, reunido en el centro de convenciones de París-Le Bourget, al noreste de la capital francesa, ha aprobado pasadas las 19:25 horas un texto definitivo que por primera vez en la historia implica a la práctica totalidad del planeta en la lucha contra el cambio climático y que se compromete a transitar hacia una economía baja en carbono. Aquí es donde radica precisamente el principal éxito del texto, en su universalidad. El Protocolo de Kioto, adoptado en 1997 también se proponía reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, pero sólo lo ratificaron 37 países, entre los que no se incluyeron grandes contaminantes como EEUU o China. Ahora todos están en el mismo pacto.

"Acabamos de hacer algo grande", ha dicho el presidente de la COP21, Laurent Fabius, en medio de un prolongado aplauso mientras abrazaba al secretario general de Naciones Unidas, Ban-Ki Moon. "Es el acuerdo más difícil que se ha negociado nunca", ha dicho este último.

El Acuerdo de París, que no entrará en vigor hasta 2020, tiene 11 páginas (en su versión inicial en inglés) y una 'decisión' que lo desarrolla en otras 20. Ahora cada país tiene hasta mayo de 2017 para ratificarlo. No obstante, no será efectivo hasta que lo hayan firmado, al menos, 55 países que sumen el 55% de las emisiones globales.

El objetivo que se marca el acuerdo es que la temperatura del planeta no sobrepase los 2 grados de aumento a final de siglo, aunque se hace referencia a hacer esfuerzos para aspirar a un objetivo más ambicioso de 1,5 grados. Como los compromisos voluntarios de reducción de emisiones de efecto invernadero que han presentado los diferentes países no son suficientes para lograr ese objetivo (según los cálculos se llegarían a sobrepasar los 3 grados), el documento incluye un mecanismo de revisión de esos compromisos cada 5 años, con el ánimo de hacerlos poco a poco más ambiciosos y lograr contener el calentamiento en el año 2100.

"Es un posible punto de inflexión. Abre la puerta para que dejemos atrás la irresponsabilidad climática. Que este acuerdo sirva para algo dependerá de nuestra capacidad en cada país que acelere el proceso desde abajo", ha dicho el portavoz de Equo en el Parlamento Europeo, Florent Marcellesi, presente en París.

Ahora bien, el texto evita fijarse metas concretas en el medio plazo, (en su lugar señala que "el objetivo es llegar al pico global de emisiones lo antes posible") y renuncia a utilizar el término "descarbonización".

En un principio, el texto recogía la necesidad de dejar atrás la quema de combustibles fósiles para 2050, lo que implica que se queden sin explotar el 82% de las reservas del carbón, el 40% de las de gas y el 33% de las de petróleo. Pero esto era un punto que las grandes potencias petroleras no estaban dispuestas a aceptar. En su lugar, se ha optado por una fórmula que no requiere necesariamente reducir las emisiones, sino "lograr un equilibrio de las emisiones antropogénicas (generadas por el hombre) a través de fuentes de absorción de gases de efecto invernadero", es decir, que los países pueden compensar sus emisiones a través de mecanismos naturales, como bosques u océanos; o artificiales, como la geoingeniería, métodos de captura y almacenaje de carbono, etc. El cualquier caso, el texto emplaza a los países a dirigir sus flujos financieros de acuerdo con los objetivos de reducción de emisiones (lo que supone dejar de subvencionar combustibles fósiles).

Fabius ha presentado el acuerdo como "legalmente vinculante", pero no todo su contenido tendrá el mismo grado legal. Los países no estarán obligados a cumplir los compromisos de reducción de emisiones que han presentado, es decir, no habrá sanciones si se incumplen. Aunque sí debe hacer un seguimiento de una manera transparente, a comunicarlo y a presentar revisiones cada cinco años, supuestamente para aumentar la ambición de su compromiso o, al menos, dejarlo como hasta ahora.

"Creo que es muy buen acuerdo y que marca una nueva etapa. Todos tendremos que aprender ahora a transformar las premisas de nuestro desarrollo", ha considerado Teresa Ribera, exsecretaria de Estado de Cambio Climático y directora del Instituto de Desarrollo Sostenible y Relaciones Internacionales (IDDRI).


100.000 millones al año


La diferenciación (que establece el grado de compromiso que deben asumir los países en función de si son más o menos desarrollados, y por tanto, más o menos responsables del cambio climático) ha sido uno de los temas más conflictivos del acuerdo. La Unión Europea y EEUU querían que China e India, que no están considerados oficialmente como desarrollados pero que se han convertido en los últimos años en dos de los cuatro mayores contaminadores del mundo, tuvieran la misma responsabilidad que los países ricos en cuestiones, sobre todo, de financiación. Pero lo dos países asiáticos se negaban.

En el texto que se ha aprobado este sábado se ha llegado a una solución intermedia que establece, en casi todos los aspectos, tres velocidades diferenciadas: los desarrollados, las potencias emergentes y el resto de países. Sobre los primeros recae el grueso de las responsabilidades, pero a los segundos se les emplaza, de manera voluntaria, a hacer mayores esfuerzos. El tercer grupo debe empujar asimismo en la lucha contra el calentamiento, pero se les reconocen sus dificultades y se les concede mayor tiempo para adaptarse. También serán los que reciban el grueso de los fondos.

El documento compromete a los países desarrollados a movilizar 100.000 millones de dólares anuales a partir de 2020 para que los países más pobres puedan adaptarse a la consecuencias del cambio climático. Esa será la cantidad mínima, que deberá revisarse para una posible ampliación en 2025. No obstante, este punto, que ha generado gran tensión entre los países, ha quedado finalmente fuera del articulado y sólo se contempla en la parte de las decisiones, lo que quiere decir que se puede cambiar en futuras cumbres.


Renuncias a cambio de un pacto universal


Conseguir un acuerdo que acepten 195 países no es nada sencillo. A cambio de ser universal se ha tenido que ceder ante las exigencias de muchos países y renunciar o rebajar objetivos ambiciosos. Por ejemplo, la Unión Europea aspiraba a que en el acuerdo estuvieran contempladas también las emisiones derivadas del transporte aéreo y marítimo, que representan aproximadamente el 10% del total, pero se han quedado fuera. Al ser emisiones en territorio internacional no están incluidas en los compromisos nacionales de los países y era necesario incluirlas expresamente.

Aunque el acuerdo sí reconoce que el cambio climático es también una cuestión de "derechos humanos", pero lo hace sólo en el preámbulo, lo que hace que pierda fuerza. En anteriores versiones sí se incluía esta consideración en el propio cuerpo del texto. Arabia Saudí es quien más se opuso en este punto.

El texto mantiene asimismo el mercado de carbono con los mismos mecanismos que ya se desarrollaron en el Protocolo de Kioto y que contempla la compraventa y el intercambio de emisiones entre países para que puedan lograr sus objetivos.

"Es decepcionante e insuficiente al carecer de herramientas necesarias para luchar con eficacia contra el calentamiento global y al desoír las luchas ciudadanas que ya están naciendo contra el cambio climático", ha considerado Ecologistas en Acción. "Es una farsa en la lucha contra el cambio climático. No definirá el futuro de la humanidad y el planeta", ha sentenciado Amigos de la Tierra.

 

Por LUCÍA VILLA
@Luchiva

 

Documento

Acuerdo cambio climático

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Domingo, 13 Diciembre 2015 06:19

El pacto de un grado y medio

El pacto de un grado y medio

No es perfecto pero fue saludado como un milagro de negociación entre grandes y chicos, pobres y ricos, y como un buen comienzo para limitar el daño planetario. Hasta las ONG, siempre tan críticas, saludaron el resultado.


Un extenso y ensordecedor aplauso selló el fin de un arduo ciclo de negociaciones que concluyó en París con la adopción, por parte de 195 Estados, del primer tratado "vinculante" de la historia para combatir el cambio climático, el calentamiento del planeta. Con 24 horas de atraso con respecto a la agenda prevista, la cumbre COP 21 logró zanjar las enormes antagonismos entre los países y adoptar lo que el presidente francés, François Hollande, calificó como "el primer acuerdo climático de nuestra historia". Pese a las rotundas diferencias que opusieron a las 195 delegaciones presentes en la capital francesa, el texto plasma una voluntad inédita hasta ahora y rompe la maldición que arrastraban todas las negociaciones sobre el cambio climático desde el estruendoso fracaso de la cumbre de Copenhague, celebrada en 2009.


El hacedor de lo que parecía imposible es el ministro francés de Relaciones Exteriores Laurent Fabius. Hombre de guantes de seda y de consensos extremos, el canciller francés se llevó todos los elogios posibles por su capacidad "casi artística de negociador". Fabius juzgó que el pacto global que arquitecturó en París consistía en el "mejor equilibrio posible, a la vez potente y delicado, que permitirá que cada delegación vuelva a su casa con la cabeza en alto y con ganancias importantes". Hasta quienes estaban en discrepancia al principio reconocen los avances. Juan Carlos Villalonga, representante en la cumbre del gobierno de Mauricio Macri admitió que "tenemos que decir que esto es un éxito". El jefe de la delegación cubana, embajador Pedro Pedroso Cuesta, señaló a Página/12 que "se trata del mejor acuerdo que se podía obtener en estas circunstancias y que refleja la posición de muchos países".


Las ONG, aunque críticas, también han moderado sus posiciones ante el resultado final. Las ONG estiman que se trata de un "auténtico giro", según expresó Jennifer Morgan, miembro del World Resources Institute, para quien, además, el acuerdo "remite une señal fuerte indicando que los gobiernos cerraron filas detrás de la ciencia". Tasneem Essop, el jefe de la delegación del WWF en la COP21, dijo a Página/12 que "de ahora en más lo que necesitamos es que los gobiernos aceleren sus acciones en términos de reducción de gases contaminantes y a favor de los respaldos financieros necesarios. Pero sí es una victoria moral de peso". Kumi Naidoo, director de Greenpeace International, observó que si bien es cierto que "las ruedas de la acción dan vuelta con lentitud, al menos en parís estas han girado realmente". Con todo, Naidoo destacó que "los países que son responsables del problema prometieron escasas ayudas destinadas a las poblaciones que están en la línea de frente del cambio climático".


Hay muchos puntos de alegría y otros de impugnaciones. La satisfacción general radica en que se trata de un acuerdo vinculante en el cual se ha incluido, aunque sea a largo plazo, la meta consistente en limitar el calentamiento global a menos de dos grados. En lo concretó, se fijó un objetivo para que a final del siglo la temperatura del planeta no supere los dos grados, pero, tal y como lo exigían los países más dañados –en particular los insulares–, se alienta a que redoblen los "esfuerzos para que no se superen los 1,5 grados". El pacto climático de la capital francesa plantea igualmente la creación de un fondo de financiación de 100.000 millones de dólares anuales destinados a paliar los destrozos del cambio climático en los países más expuestos a ello. El pacto establece la diferencia entre quienes tienen la responsabilidad histórica del cambio climático y cuentan con enormes riquezas y las naciones más pobres, casi siempre víctimas de las primeras. Ese fue el ojo del ciclón que cristalizó la oposición entre el Norte y el Sur. En este contexto, el acuerdo remite al principio de "responsabilidades comunes pero diferenciadas" tal y como figura en la convención de la ONU sobre el clima adoptada en 1992. El monto de 100.000 millones de dólares siempre fue considerado escaso por los países en vías de desarrollo. Sin embargo, esta vez, se contempla una revisión de dicho monto "antes de 2025". Aunque parezca poco, la sola mención de una fecha y de un posible incremento del fondo representa un progreso considerable. No habrá, sin embargo, ninguna compensación por los daños ya sufridos. El texto admite "la necesidad de evitar y de reducir a lo mínimo las perdidas y los perjuicios asociados a los efectos negativos del cambio climático", pero, contrariamente a las demandas de los países fuertemente perjudicados, no incluye compensaciones retroactivas.


Con todo, es preciso ser realistas y aceptar que el perjuicio hecho es irreversible. El acuerdo sólo podrá atenuar, pero no detener la maquina destructora. Al cabo de décadas y décadas de abuso y de emisiones de gases de efecto invernadero, el calentamiento del planeta es irreversible. París apunta sobre todo a limitar ese agravante y detener en dos grados la temperatura para anticipar y evitar catástrofes destructoras. Aunque saludado por todos como "histórico", el acuerdo tiene zonas ciegas, incomprensibles si se lo compara con las primeras versiones del texto que circularon y con los diagnósticos científicos. Por ejemplo, los objetivos de reducción de gases contaminantes a largo plazo son escasos. El acuerdo menciona como objetivo que se fije "en cuanto se pueda un pico para las emisiones mundiales de gas con efecto invernadero". "Pico", pero no porcentaje verbalizado. Antes, el texto fijaba como meta una reducción de esas emisiones del orden del 40 al 70 por ciento, e incluso hasta el 95 por ciento. Muchos países juzgaron que esos porcentajes equivalían a una camisa de fuerza y por ello las cifras fueron apartadas del texto. El horizonte que se menciona ahora es 2050 para "llegar a un equilibrio". Cabe resaltar que el Grupo de Expertos Intergubernamentales sobre la evolución del clima, GIEC, había considerado que era necesario bajar las emisiones mundiales de gases contaminantes entre un 40 y 70 por ciento de aquí a 2050. Otro punto discutible es el de las contribuciones presentadas por cada Estado con la intención de evitar la hecatombe climática. Estas contribuciones no son vinculantes. De los 195 países, 186 presentaron contribuciones. Si se las suman, estas conducen a un aumento de 3 por ciento de la temperatura. El problema está en que cada una de esas contribuciones han sido anexadas al acuerdo, pero no forman partes de la sección "vinculante". Pero claro, el pacto climático existe y con el se ha roto el desvergonzado ciclo de fracasos heredado de la cumbre de Copenhague. Por ello las organizaciones ligadas al medio ambiente y las ONG hablan de un "marco robusto". No ha nacido sin dudas una nueva humanidad, pero si se ha esbozado la tenue figura de una humanidad más responsable.


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París se llena de manifestaciones tras la Cumbre del Clima


La más importante fue convocada junto al Arco del Triunfo, donde los manifestantes, vestidos mayoritariamente de rojo, trazaron una línea de ese color para simbolizar los límites que no se deben superar y la frontera entre las víctimas del calentamiento global y sus causantes.

EFE

PARÍS.- Varias manifestaciones recorrieron hoy las calles de París convocadas por las ONG para mostrar su desacuerdo con las conclusiones de la cumbre del clima de París (COP21), que consideran insuficientes para combatir el calentamiento climático.

La principal de ellas fue convocada junto al Arco del Triunfo, donde los manifestantes, vestidos mayoritariamente de rojo, trazaron una línea de ese mismo color con la que pretendieron simbolizar los límites que no se deben superar y la frontera entre las víctimas del calentamiento global y sus causantes.


El prefecto de Policía de París, Michel Cadot, recordó que las manifestaciones están prohibidas por el estado de emergencia, pero reconoció que tres de ellas serían toleradas, aunque anunció el despliegue de unos 2.000 agentes para evitar actos violentos como los que tuvieron lugar hace dos semanas con motivo de la apertura de la COP21.

"El cambio climático lo tenemos que liderar los ciudadanos, no podemos confiar en que nuestros políticos porque llevan fracasando 23 años", aseguró el activista de Ecologistas en Acción Samuel Martín Sosa.

A su juicio, el acuerdo alcanzado en París "no sienta las bases de una verdadera transición energética".

Stelle Letouzet, septuagenaria que milita en "Abuelos por el clima", aseguró que la generación actual "tiene que defender el futuro de sus hijos" y pidió que sean los ciudadanos "quienes vigilen que se cumplen los compromisos" de la COP21.

"Lo que estamos a punto de conocer es un acuerdo mediocre. Los países no logran ponerse de acuerdo sobre los objetivos de reducción de emisiones que necesitamos. Por eso estamos hoy aquí, para decirles que si ellos no lo hacen, nosotros lo vamos a conseguir", aseguró el peruano Antonio Zambrano.

En un ambiente festivo, con tulipanes rojos y rosas del mismo color, los manifestantes blandieron pancartas con el lema de "Justicia climática" o "Estado de emergencia climático".

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