Un planeta saludable, un nuevo derecho humano

Expertos en derecho ambiental y en gobernanza explican que puede suponer que las Naciones Unidas incluya el derecho a un medio ambiente sano dentro de la Carta Universal de Derechos Humanos.

 

Cada hectárea devorada por las motosierras supone una amenaza contra los derechos humanos. Lo mismo ocurre con las partículas de polvo que infectan atmósfera y pulmones; con los bloques de hielo que se desprenden hacia el terrorífico estado líquido; con las especies que se adentran en la extinción; o con los vertidos químicos que terminan en el cauce de los ríos. Así lo entiende el propio relator de la Organización de las Naciones Unidas, David R. Boyd, que hace unos días señaló la necesidad de incluir el "derecho a un planeta sano" en un nuevo artículo de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

"El derecho a un medio ambiente saludable ya proporciona la base para gran parte del progreso que estamos viendo en diferentes naciones de todo el mundo. Lo que tenemos que hacer ahora es aprovechar este momento de crisis ecológica mundial para asegurar el reconocimiento de este derecho por parte de las Naciones Unidas, de modo que todos, en todas partes, se beneficien. El derecho humano a un planeta sano, si es reconocido por todas las naciones, podría ser el derecho humano más importante del siglo XXI", comentaba.

Estas declaraciones han sido recogidas con entusiasmo por algunas organizaciones sociales como BirdLife que, desde hace décadas, llevan advirtiendo de la evidente relación que existe entre la degradación de los entornos naturales y la vulneración de los derechos humanos. Front Line Defenders aporta un dato relevante que apoya esta teoría: el 40% de los 304 activistas que fueron asesinados en 2019 eran defensores de la tierra. Las muertes asociadas a la degradación del planeta no son sólo las de aquellos que, desde la lucha social, se enfrentan a proyectos extractivistas. Tanto es así, que miles de defunciones prematuras tienen que ver con enfermedades que derivan del maltrato que las sociedades dan a los entornos. Cáncer, cardiopatías, accidentes cerebrovasculares o diarreas son algunas de las causas de muerte que se relacionan con la mala calidad del aire, o el mal estado de las aguas. Según la propia Organización Mundial para la Salud (OMS), el 28% de los óbitos globales tienen que ver con cuestiones ambientales.

"El medio ambiente muchas veces se ve cómo algo vinculado a políticas sectoriales y de menor peso frente a la industria o la economía. Sin embargo, se trata de algo transversal y un asunto relacionado con la gobernanza global", opina Juan Carlos Atienza, portavoz de SEO/BirdLife, organización que ha iniciado una recogida de firmas para incluir el derecho a un planeta sano en un nuevo artículo de las Declaración Universal de Derechos Humanos. "El hecho de que se incluya este nuevo derecho, obligará a miles de países a incluirlo en sus leyes y dará una mayor cobertura a aquellos ciudadanos o colectivos que tengan que ir a los tribunales", agrega.

Ana Barreira, directora del Instituto Internacional de Derecho y Medio Ambiente (IIDMA), señala los beneficios que podría tener este acontecimiento, ya que agilizaría los procedimientos judiciales relacionados con el medio ambiente. "En España, el derecho al medio ambiente sano no está recogido exactamente como un derecho fundamental, sino como un principio rector de la política económica y social, lo que hace que no se pueda alegar la vulneración de este derecho de manera directa, sino que se tienen que utilizar otras vías, lo que retrasa mucho los procedimientos", explica la abogada. Ella misma pone recuerda como el IIDMA interpuso un recurso por la moratoria de Madrid Central que tuvo que basarse en la vulneración del derecho a la integridad física.

El posible nuevo artículo de la Declaración Universal de Derechos Humanos, sin embargo, puede servir para dar un mayor amparo legal a las comunidades y sociedades que necesiten denunciar la degradación de sus entorno. Sin embargo, del mismo modo que en muchos lugales se ignorar derechos fundamentales como la libertad de expresión y de prensa, se podrá seguir pasando por alto la protección de los ecosistemas. Es por ello que Barreira hace hincapié en la necesidad de "fortalecer los mecanismos para que se cumplan todos los convenios ambientales".

"Existen herramientas jurídicas y tribunales internacionales, pero hace falta ampliar su capacidad de acción"

"La Carta Universal abarca toda una serie de cuestiones y derechos, culturales, económicos, sociales o religiosos, sin embargo, no se profundiza en cómo se ponen en práctica después", critica Víctor Barro, experto en justicia económica de Amigos de la Tierra. No se trata, a juicio de este experto, de crear nuevas instituciones, sino de potencias los mecanismos de vigilancia sobre los que descansa el multilateralismo de las Naciones Unidas. "Existen herramientas jurídicas y tribunales internacionales, pero hace falta ampliar su capacidad de acción", expone. 

"Los tratados internacionales y las declaraciones universales son vinculantes jurídicamente, pero ¿quién hace el seguimiento de qué se están cumpliendo?", se pregunta la abogada del IIDMA. Buen ejemplo de esta falta de recursos para vigilar es el principio de "quien contamina, paga" que rige en Europa desde 1986 sin tener apenas repercusiones. "Las administraciones no tienen muchos medios para vigilar y, cuando se da con algún caso, se inicia un procedimiento judicial en el que las sentencias se alargan mucho en el tiempo. La Unión Europea legisla muchísimo y crea nuevas normas, pero no se le dedica muchos recursos para vigilar que se cumplen", denuncia.

No en vano, la llegada de este nuevo derecho fundamental supondrá, al menos un elemento más al que la ciudadanía se pueda acoger para denunciar ataques contra ecosistemas y contra la propia vida, además de dar respuesta a multitud de conflictos ambientales que superan las capacidades de los juzgados nacionales. "Muchos de los grandes retos ambientales exceden las fronteras nacionales. El cambio climático o la pérdida de biodiversidad no son problemas que se puedan resolver en solitario o de manera local. Necesitamos, si queremos conservar el medio ambiente, que exista un respaldo global", concluye Atienza.

MADRID

15/07/2020 22:44

Por ALEJANDRO TENA

Publicado enMedio Ambiente
Domingo, 12 Julio 2020 10:24

La humanidad en su mansedumbre

Germán Ardila, Arcángel Gabriel, óleo sobre tela, 40 x 40 cm (Cortesía del autor)

El presidente de la Andi, gremio que asocia los capitales industriales más grandes del país, y que suele ser vocero de las políticas estatales, lanzó en días recientes una campaña con la intención, dice, de poner fin a las cuarentenas obligatorias y regresar de manera segura al trabajo. La campaña se presentó como de “cultura ciudadana” y pretende desplazar la responsabilidad individual hacia un sistema de vigilancia, denuncia y estigmatización de los demás ciudadanos contra cualquier posible infractor. Es decir, un sistema de delación generalizada donde corresponde ya no al Estado sino a la ciudadanía perseguir al individuo insumiso. Afirma MacMaster (1) en una reciente entrevista:

Claro, no puede ser un tema solamente represivo, no puedes convencer a todo el mundo a punta de policías, porque tendrías que tener (sic) uno por cada ciudadano para que esté mirando cómo se comporta la persona. Por último algo muy importante. Este es un tema tan grande en términos de responsabilidad que no se trata de cuidarnos nosotros mismos. Tenemos la responsabilidad de cuidarnos por los otros, y la gente tiene el derecho de pedirles a los otros que se cuide (sic), porque si no lo hace (sic), no solo pone (sic) en peligro su salud, sino el empleo, el país, su desarrollo, pone (sic) en peligro muchas cosas.

La entrevista está acompañada de una foto, presumiblemente en Medellín, en la que un ciudadano es sorprendido en la calle sin tapabocas y se ve rodeado de personas amenazantes que le muestran una tarjeta roja con una cara encendida. Es una distorsión de las campañas de Mockus cuando se amonestaba amigablemente a la gente por cruzar la calle fuera de la cebra peatonal o por conducir su vehículo de manera inapropiada. Aquí, bajo el ropaje de una nueva cultura ciudadana se trasluce una forma de amansar la humanidad a partir de exacerbar el miedo al contagio.


¿En qué momento se da el desplazamiento de la fuerza coercitiva del Estado para que sea la ciudadanía en general quien asuma la función de vigilancia y represión? La acusación, el señalamiento público, la delación es una forma antigua de control social. En los últimos años se ha extendido desde los sistemas de justicia anglosajones a otras latitudes. Recompensas y estímulos por el señalamiento abundan; de la misma forma cuando el acusado “coopera” y delata a sus colaboradores o cómplices goza de exenciones y disminuciones de la pena. En ese orden de ideas es más beneficioso delatar a los demás que asumir la responsabilidad por la infracción cometida. Así funciona la lógica del sistema acusatorio.


En el trasfondo, no se trata de amonestaciones o reconvenciones para desestimular una conducta sino de generar un condicionamiento social por la supuesta irresponsabilidad frente a los demás. Las medidas se multiplican y apremian al individuo. En solo un par de meses el ciudadano ha perdido sus libertades más esenciales, atrapado entre dos fuegos: autoridad y miedo. Para que la autoridad funcione se requiere, al otro lado de la ecuación, sumisión, docilidad; y para que esta sea más efectiva nada más fácil que inocular miedo, que produce un efecto paralizante.


Evidencia de lo anterior son las múltiples medidas presentadas como de protección, autocuidado, cuidado responsable, protocolos de seguridad, cámaras 5G, toma de temperatura corporal y hasta pruebas de saliva en la calle a transeúntes desprevenidos. Aparecen recomendaciones para que en las estaciones de transporte masivo y en los vehículos del sistema no se hable, cante, hagan llamadas, no se coma o se beba, tampoco se deben dar la mano, abrazos ni mucho menos besos (2). El silencio, el amordazamiento, el condicionamiento, el distanciamiento llevados a los límites de una imperceptible pero profunda alienación del ciudadano. Se entregan día a día, paso a paso, voluntariamente o a la fuerza, las libertades y necesidades sociales más elementales. Todo por una causa: sobrevivir.


En cien o más días de cuarentena el ciudadano ha interiorizado el mensaje machacado por gobernantes, la OMS, los medios y ahora la propia ciudadanía sobre la gravedad de la crisis. Puesto contra la pared, el individuo se encuentra en una angustiosa lucha por sobrevivir: evitar a toda costa el contagio y buscar a aquellos posibles propagadores del mal. El sospechoso puede estar en su más estrecha zona de convivencia: su casa de habitación, su pareja, su familia, su círculo de amigos o vecinos. La desconfianza puede recaer sobre cualquiera: ahora el foco está puesto sobre las personas asintomáticas o presintomáticas (3). En otras palabras, nadie está libre de sospecha; las analogías con un régimen de terror de las peores dictaduras de la historia son inevitables. La distopía está aquí y ahora: antes de pensar en delinquir ya eres sorprendido.


Por eso aparecen las persecuciones, el vandalismo, las estigmatizaciones, las amenazas anónimas contra cualquier persona que a juicio de quien sea puede ser agente de contagio. En situaciones extremas como la presente, sale lo mejor y lo peor del ser humano. La solidaridad, la compasión, la preocupación por el otro, pero igual el odio, la intolerancia, la desconfianza, la persecución.


Develado ahí el espíritu de la “nueva normalidad”: todo ciudadano es sujeto de vigilancia, no solo estatal sino de cualquier persona quien, escudada tras la razón de no verse en peligro, señala al otro para que se “comporte” de acuerdo con las nuevas normas de condicionamiento social. Comienzan a surgir redes de apoyo en los barrios y entre los residentes de conjuntos que se encargan de identificar, denunciar y pasar a las autoridades datos de cualquier vecino sospechoso de poner en peligro su propia vida o la de los demás. Un sistema de delación primitivo y eficaz, como el que se impuso, por ejemplo, en la España franquista, donde los vecinos eran los encargados de denunciar a cualquier persona que pudiera tener alguno tipo de simpatía con los ideales republicanos.


Estado, individuo, ciudadanía son tres lados de la problemática. La pregunta que subyace es ¿sobre quién debe recaer la responsabilidad por el cuidado de la salud, específicamente con el tema del contagio? ¿Es el Estado el que debe sentirse responsable de ello? ¿Es el ciudadano quien debe aprender el autocuidado y asumir la responsabilidad que le corresponde frente a los demás? ¿O son los otros ciudadanos los que deben velar por la salud y el comportamiento de sus semejantes? Y más allá: ¿Cuáles son las fronteras o puentes entre estas tres partes del triángulo? ¿En qué lugar se entrecruzan esas responsabilidades? Estamos en la confluencia de ciudadanía, ética y política (4); una discusión que aparece en el primer plano de la coyuntura aflorada por la crisis actual.


Hay un transvase de efectos originados en las medidas represivas desatadas por los estados. El miedo y la frustración generados por los decretos de cuarentena, la prohibición de desplazarse entre ciudades y países, y el cierre forzado de empresas y comercio llevó a un estado de zozobra en la ciudadanía confundida ante la magnitud del mensaje; esto a la vez produjo en cada individuo un torbellino de emociones que oscila entre dos extremos, de un lado, la indignación por ver vulnerados sus derechos más elementales, y del otro, el síndrome de la cabaña, en el cual las personas ya no quieren salir de su refugio por miedo al contagio.


El efecto es perturbador. Muchas personas aparecen reacias a emerger de la cuarentena o permitir que sus familiares lo hagan. El hecho se manifiesta, por ejemplo, en asociaciones de padres de familia que rechazan la posibilidad de que sus hijos regresen a las aulas y exigen que continúen bajo educación virtual, con todas las implicaciones que esta trae en los niños. Es el triunfo del miedo, de la desconfianza, la sospecha como una caja de Pandora abierta y que ya nadie sabe cómo hacer para que los males liberados regresen para volverla a cerrar.
El individuo del 2020 se ha contagiado más rápido del miedo que del virus, y es el miedo el que ha generado una reacción en cadena que ha parado en seco las economías pero también ha erosionado la precaria posición de la clase media. empujada nuevamente a niveles de pobreza. La pérdida de empleos, así como de la confianza en una pronta recuperación hace estragos en el equilibrio emocional; el ciudadano se ve más frágil ante un inminente contagio; la enfermedad y la muerte parece cada vez más cercana.


Este miedo ha convertido en dóciles conglomerados a poblaciones enteras, que aceptan sin cuestionar las opiniones de expertos, medios, gobernantes, instituciones y organizaciones de la salud. Y entre la confusión, los gobernantes titubean, cambian de opinión, ensayan medidas; hoy recogen lo dicho ayer vehementemente y afirmar lo contrario. El desconcierto ante lo inédito de la situación es generalizado.


Lo que perdura es la pretensión de mantener a la multitud sumisa; en el pasado ningún otro experimento en busca de ese fin fue tan efectivo. En virtud de lo anterior, la mayor preocupación de los gobernantes hoy no parece enfocarse en reactivar la economía o en preocuparse por la salud mental de los ciudadanos o en aumentar el numero de ventiladores para las uci, sino en denunciar y reprimir los brotes de indisciplina de personas o grupos que resisten a doblegarse y que desafían las medidas de confinamiento y protección y se desahogan bien sea saliendo a las calles o celebrando fiestas y reuniones sociales. La nota de “color local” la ponen las burrotecas donde a un jumento se le cuelga un equipo de sonido para que itinerante vaya amenizando fiestas de patio en patio.


Pero el tema es mucho más serio. Las voces de catedráticos, pensadores, incluso médicos –como el británico Vernon Coleman (5)– que se erigen en contra de estos mecanismos de dominación y alertan sobre la manipulación mediática de que es víctima la ciudadanía son acusadas, generalmente por los sectores más conservadores, de hacer eco a las teorías conspirativas o simplemente de estar mal informadas. La mayoría parece preferir el cobijo del miedo, del confinamiento, del distanciamiento así vaya en contra del sentido común, de la razón, de la conciencia profunda sobre el verdadero cuidado del cuerpo, de la salud y de los otros.


Con todo, parece aflorar entre la espesura de la pandemia y sus turiferarios, una ética del cuidado personal que pasa por la autoconciencia, la pedagogía, el aprendizaje y el asumir cada cual una responsabilidad frente a sí mismo y a los demás. Esta ética debe pasar por el deber y la aspiración a una civilidad pública, de razón pública, como diría Rawls. Es necesario abandonar las expectativas de que es la autoridad, en el ejercicio de un poder opresivo, hegemónico y dominante, en manos ya sea del Estado o de una ciudadanía como cuerpo vigilante, la que sacará a la humanidad de la crisis civilizatoria en la que está inmersa. Es el individuo en su dignidad humana, en su grado de conciencia elevada, cultivada y despertada por sentimientos de solidaridad, de mutualismo, de reciprocidad, quien puede abrir el camino a esa “nueva normalidad” –pero no la que se quiere imponer– sino una normalidad ética de respeto a sí mismo y al otro; ajena y refractaria a las mecanismos de dominación que pretenden sumir en la mansedumbre al planeta entero.

 

1. Cultura ciudadana, la apuesta de la Andi para dejar el aislamiento. El Tiempo, 24 de junio, p. 1.6
2. Consejos para usar el transporte en medio de la pandemia, El Espectador, 27 de junio, 2020, p. 4.
3. Los asintomáticos, el talón de Aquiles de la pandemia, El Espectador, 24 de junio, 2020p. 8
4. Universidad de La Salle, Vicerectoría de Investigación y Transferencia, Ciudadanía, Ética y Política, en www.lasalle.edu.co
5. Vernom Coleman, En torno a la pandemia, en https://www.youtube.com/watch?v=ZtdQlsFj5Qw

 

*Escritor. Miembro del consejo de redacción de Le Monde diplomtique, edición Colombia

Sábado, 11 Julio 2020 08:21

La humanidad en su mansedumbre

Germán Ardila, Arcángel Gabriel, óleo sobre tela, 40 x 40 cm (Cortesía del autor)

El presidente de la Andi, gremio que asocia los capitales industriales más grandes del país, y que suele ser vocero de las políticas estatales, lanzó en días recientes una campaña con la intención, dice, de poner fin a las cuarentenas obligatorias y regresar de manera segura al trabajo. La campaña se presentó como de “cultura ciudadana” y pretende desplazar la responsabilidad individual hacia un sistema de vigilancia, denuncia y estigmatización de los demás ciudadanos contra cualquier posible infractor. Es decir, un sistema de delación generalizada donde corresponde ya no al Estado sino a la ciudadanía perseguir al individuo insumiso. Afirma MacMaster (1) en una reciente entrevista:

Claro, no puede ser un tema solamente represivo, no puedes convencer a todo el mundo a punta de policías, porque tendrías que tener (sic) uno por cada ciudadano para que esté mirando cómo se comporta la persona. Por último algo muy importante. Este es un tema tan grande en términos de responsabilidad que no se trata de cuidarnos nosotros mismos. Tenemos la responsabilidad de cuidarnos por los otros, y la gente tiene el derecho de pedirles a los otros que se cuide (sic), porque si no lo hace (sic), no solo pone (sic) en peligro su salud, sino el empleo, el país, su desarrollo, pone (sic) en peligro muchas cosas.

La entrevista está acompañada de una foto, presumiblemente en Medellín, en la que un ciudadano es sorprendido en la calle sin tapabocas y se ve rodeado de personas amenazantes que le muestran una tarjeta roja con una cara encendida. Es una distorsión de las campañas de Mockus cuando se amonestaba amigablemente a la gente por cruzar la calle fuera de la cebra peatonal o por conducir su vehículo de manera inapropiada. Aquí, bajo el ropaje de una nueva cultura ciudadana se trasluce una forma de amansar la humanidad a partir de exacerbar el miedo al contagio.


¿En qué momento se da el desplazamiento de la fuerza coercitiva del Estado para que sea la ciudadanía en general quien asuma la función de vigilancia y represión? La acusación, el señalamiento público, la delación es una forma antigua de control social. En los últimos años se ha extendido desde los sistemas de justicia anglosajones a otras latitudes. Recompensas y estímulos por el señalamiento abundan; de la misma forma cuando el acusado “coopera” y delata a sus colaboradores o cómplices goza de exenciones y disminuciones de la pena. En ese orden de ideas es más beneficioso delatar a los demás que asumir la responsabilidad por la infracción cometida. Así funciona la lógica del sistema acusatorio.


En el trasfondo, no se trata de amonestaciones o reconvenciones para desestimular una conducta sino de generar un condicionamiento social por la supuesta irresponsabilidad frente a los demás. Las medidas se multiplican y apremian al individuo. En solo un par de meses el ciudadano ha perdido sus libertades más esenciales, atrapado entre dos fuegos: autoridad y miedo. Para que la autoridad funcione se requiere, al otro lado de la ecuación, sumisión, docilidad; y para que esta sea más efectiva nada más fácil que inocular miedo, que produce un efecto paralizante.


Evidencia de lo anterior son las múltiples medidas presentadas como de protección, autocuidado, cuidado responsable, protocolos de seguridad, cámaras 5G, toma de temperatura corporal y hasta pruebas de saliva en la calle a transeúntes desprevenidos. Aparecen recomendaciones para que en las estaciones de transporte masivo y en los vehículos del sistema no se hable, cante, hagan llamadas, no se coma o se beba, tampoco se deben dar la mano, abrazos ni mucho menos besos (2). El silencio, el amordazamiento, el condicionamiento, el distanciamiento llevados a los límites de una imperceptible pero profunda alienación del ciudadano. Se entregan día a día, paso a paso, voluntariamente o a la fuerza, las libertades y necesidades sociales más elementales. Todo por una causa: sobrevivir.


En cien o más días de cuarentena el ciudadano ha interiorizado el mensaje machacado por gobernantes, la OMS, los medios y ahora la propia ciudadanía sobre la gravedad de la crisis. Puesto contra la pared, el individuo se encuentra en una angustiosa lucha por sobrevivir: evitar a toda costa el contagio y buscar a aquellos posibles propagadores del mal. El sospechoso puede estar en su más estrecha zona de convivencia: su casa de habitación, su pareja, su familia, su círculo de amigos o vecinos. La desconfianza puede recaer sobre cualquiera: ahora el foco está puesto sobre las personas asintomáticas o presintomáticas (3). En otras palabras, nadie está libre de sospecha; las analogías con un régimen de terror de las peores dictaduras de la historia son inevitables. La distopía está aquí y ahora: antes de pensar en delinquir ya eres sorprendido.


Por eso aparecen las persecuciones, el vandalismo, las estigmatizaciones, las amenazas anónimas contra cualquier persona que a juicio de quien sea puede ser agente de contagio. En situaciones extremas como la presente, sale lo mejor y lo peor del ser humano. La solidaridad, la compasión, la preocupación por el otro, pero igual el odio, la intolerancia, la desconfianza, la persecución.


Develado ahí el espíritu de la “nueva normalidad”: todo ciudadano es sujeto de vigilancia, no solo estatal sino de cualquier persona quien, escudada tras la razón de no verse en peligro, señala al otro para que se “comporte” de acuerdo con las nuevas normas de condicionamiento social. Comienzan a surgir redes de apoyo en los barrios y entre los residentes de conjuntos que se encargan de identificar, denunciar y pasar a las autoridades datos de cualquier vecino sospechoso de poner en peligro su propia vida o la de los demás. Un sistema de delación primitivo y eficaz, como el que se impuso, por ejemplo, en la España franquista, donde los vecinos eran los encargados de denunciar a cualquier persona que pudiera tener alguno tipo de simpatía con los ideales republicanos.


Estado, individuo, ciudadanía son tres lados de la problemática. La pregunta que subyace es ¿sobre quién debe recaer la responsabilidad por el cuidado de la salud, específicamente con el tema del contagio? ¿Es el Estado el que debe sentirse responsable de ello? ¿Es el ciudadano quien debe aprender el autocuidado y asumir la responsabilidad que le corresponde frente a los demás? ¿O son los otros ciudadanos los que deben velar por la salud y el comportamiento de sus semejantes? Y más allá: ¿Cuáles son las fronteras o puentes entre estas tres partes del triángulo? ¿En qué lugar se entrecruzan esas responsabilidades? Estamos en la confluencia de ciudadanía, ética y política (4); una discusión que aparece en el primer plano de la coyuntura aflorada por la crisis actual.


Hay un transvase de efectos originados en las medidas represivas desatadas por los estados. El miedo y la frustración generados por los decretos de cuarentena, la prohibición de desplazarse entre ciudades y países, y el cierre forzado de empresas y comercio llevó a un estado de zozobra en la ciudadanía confundida ante la magnitud del mensaje; esto a la vez produjo en cada individuo un torbellino de emociones que oscila entre dos extremos, de un lado, la indignación por ver vulnerados sus derechos más elementales, y del otro, el síndrome de la cabaña, en el cual las personas ya no quieren salir de su refugio por miedo al contagio.


El efecto es perturbador. Muchas personas aparecen reacias a emerger de la cuarentena o permitir que sus familiares lo hagan. El hecho se manifiesta, por ejemplo, en asociaciones de padres de familia que rechazan la posibilidad de que sus hijos regresen a las aulas y exigen que continúen bajo educación virtual, con todas las implicaciones que esta trae en los niños. Es el triunfo del miedo, de la desconfianza, la sospecha como una caja de Pandora abierta y que ya nadie sabe cómo hacer para que los males liberados regresen para volverla a cerrar.
El individuo del 2020 se ha contagiado más rápido del miedo que del virus, y es el miedo el que ha generado una reacción en cadena que ha parado en seco las economías pero también ha erosionado la precaria posición de la clase media. empujada nuevamente a niveles de pobreza. La pérdida de empleos, así como de la confianza en una pronta recuperación hace estragos en el equilibrio emocional; el ciudadano se ve más frágil ante un inminente contagio; la enfermedad y la muerte parece cada vez más cercana.


Este miedo ha convertido en dóciles conglomerados a poblaciones enteras, que aceptan sin cuestionar las opiniones de expertos, medios, gobernantes, instituciones y organizaciones de la salud. Y entre la confusión, los gobernantes titubean, cambian de opinión, ensayan medidas; hoy recogen lo dicho ayer vehementemente y afirmar lo contrario. El desconcierto ante lo inédito de la situación es generalizado.


Lo que perdura es la pretensión de mantener a la multitud sumisa; en el pasado ningún otro experimento en busca de ese fin fue tan efectivo. En virtud de lo anterior, la mayor preocupación de los gobernantes hoy no parece enfocarse en reactivar la economía o en preocuparse por la salud mental de los ciudadanos o en aumentar el numero de ventiladores para las uci, sino en denunciar y reprimir los brotes de indisciplina de personas o grupos que resisten a doblegarse y que desafían las medidas de confinamiento y protección y se desahogan bien sea saliendo a las calles o celebrando fiestas y reuniones sociales. La nota de “color local” la ponen las burrotecas donde a un jumento se le cuelga un equipo de sonido para que itinerante vaya amenizando fiestas de patio en patio.


Pero el tema es mucho más serio. Las voces de catedráticos, pensadores, incluso médicos –como el británico Vernon Coleman (5)– que se erigen en contra de estos mecanismos de dominación y alertan sobre la manipulación mediática de que es víctima la ciudadanía son acusadas, generalmente por los sectores más conservadores, de hacer eco a las teorías conspirativas o simplemente de estar mal informadas. La mayoría parece preferir el cobijo del miedo, del confinamiento, del distanciamiento así vaya en contra del sentido común, de la razón, de la conciencia profunda sobre el verdadero cuidado del cuerpo, de la salud y de los otros.


Con todo, parece aflorar entre la espesura de la pandemia y sus turiferarios, una ética del cuidado personal que pasa por la autoconciencia, la pedagogía, el aprendizaje y el asumir cada cual una responsabilidad frente a sí mismo y a los demás. Esta ética debe pasar por el deber y la aspiración a una civilidad pública, de razón pública, como diría Rawls. Es necesario abandonar las expectativas de que es la autoridad, en el ejercicio de un poder opresivo, hegemónico y dominante, en manos ya sea del Estado o de una ciudadanía como cuerpo vigilante, la que sacará a la humanidad de la crisis civilizatoria en la que está inmersa. Es el individuo en su dignidad humana, en su grado de conciencia elevada, cultivada y despertada por sentimientos de solidaridad, de mutualismo, de reciprocidad, quien puede abrir el camino a esa “nueva normalidad” –pero no la que se quiere imponer– sino una normalidad ética de respeto a sí mismo y al otro; ajena y refractaria a las mecanismos de dominación que pretenden sumir en la mansedumbre al planeta entero.

 

1. Cultura ciudadana, la apuesta de la Andi para dejar el aislamiento. El Tiempo, 24 de junio, p. 1.6
2. Consejos para usar el transporte en medio de la pandemia, El Espectador, 27 de junio, 2020, p. 4.
3. Los asintomáticos, el talón de Aquiles de la pandemia, El Espectador, 24 de junio, 2020p. 8
4. Universidad de La Salle, Vicerectoría de Investigación y Transferencia, Ciudadanía, Ética y Política, en www.lasalle.edu.co
5. Vernom Coleman, En torno a la pandemia, en https://www.youtube.com/watch?v=ZtdQlsFj5Qw

 

*Escritor. Miembro del consejo de redacción de Le Monde diplomtique, edición Colombia

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El vacío humano: del robot alegre al operador sistémico

Lo humano del ser humano se ha congelado. La pandemia evidencia la fragilidad de nuestras existencias. No es propio de la especie pasar semanas o meses confinados en un espacio cerrado, muchas veces claustrofóbico. Las causas son diversas, pero siempre debido a la intervención del ser humano. En 2010, por falta de inversiones en seguridad, 33 mineros quedaron atrapados durante 69 días en la mina de San José, en Chile. Sus relatos son significativos. Forjar moral, evitar discusiones, racionar el alimento. Fue una situación extraordinaria en condiciones extremas. En semioscuridad, con un aire viciado, a cientos de metros de profundidad debieron cooperar, unirse y esperar un rescate. Vivir para ser liberados. Pero en 2020, una decisión política frente a una crisis producto del capitalismo salvaje, mezcla de opulencia y extrema pobreza, hambre inducida y especulación alimentaria, calentamiento global, extractivismo y contaminación, nos llamó a un confinamiento de urgencia.

Las clases dominantes y sus organizaciones son responsables del colapso no sólo sanitario, sino de la deshumanización. Sus ambiciones, desatinos y egoísmo competitivo, en nombre de la economía de mercado, ha manipulado la naturaleza. Las enfermedades zoonóticas se expanden. El Covid-19 pone el mundo "patas arriba". La salida, congelar lo humano. El mensaje: la vida social se aplaza hasta nueva orden. Nadie entra ni sale, un cerco a la movilidad. Ansiedad, miedo, pérdida de referentes, estrés, depresión, conductas autolíticas son algunos síntomas derivados de un aislamiento no deseado y de una socialización abruptamente paralizada. La naturaleza social nos obliga a expandir el mundo. Los abrazos, besos, apretones de mano, juegos, celebraciones, definen la cultura, incluido el ritual de la muerte. El velar al fallecido, el duelo, el entierro, fueron suspendidos. No ha sido posible socializar el dolor y la pena. La vida on line es una excrecencia.

No importa dónde, las sociedades humanas descansan en el contacto físico. La reproducción sexual es una demostración de lo dicho. La antropobiología del ser social es expansiva. Lenguaje, comunicación, sentimientos, emociones y gestos son un punto de partida, no de llegada. Lo humano no es lineal. Sin embargo, la utopía digital, versión actualizada de la idea de progreso, ha terminado por alterar el concepto de la existencia humana. Es el mundo que trae a la mano Bill Gates, Steve Jobs, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos y sus acólitos. El sueño de Silicon Valley, nucleado en torno a la ideología de la inteligencia artificial. El ser humano como operador sistémico, ejecutor de un mundo que no le pertenece. No ya individuos, sino una suma de pixel para su identificación y control. Eric Sadin en su ensayo La silicolonización del mundo. La irresistible expansión del liberalismo digital apunta: “Se instaura otro género de alteridad que no hace sino responder a nuestros supuestos deseos y necesidades, y que está dedicada a respaldarnos, guiarnos, divertirnos o consolarnos. […] Es una alteridad de nuevo tipo, sin rostro y sin cuerpo, que se sustrae a todo conflicto y que solamente está consagrada a ofrecernos "lo mejor" en cada instante.

Hacer del mundo un lugar mejor y feliz es el lema que preside las empresas en Silicon Valley. La meta: empequeñecer lo humano y agigantar la inteligencia artificial. Arrebatarle la facultad de pensar. Un mundo de aplicaciones que hacen la vida más cómoda y llevadera. Nuevamente Sadin: “No es la extinción de la raza humana lo que instaura la visión del mundo siliconiana sino, de modo más preciso y bastante más malicioso, la erradicación de la figura humana. Es la ‘muerte del hombre’, el del siglo XXI, […] que, para su bien y el de la humanidad entera, debe ahora despojarse de sus prerrogativas históricas para delegárselas a sistemas más aptos de otra manera para ordenar perfectamente el mundo y garantizarle una vida libre de sus imperfecciones”. La guerra ­neocortical tiene su centro de operaciones en Silicon Valley. El general ruso ­Valery Gerásimov llamó la atención a esta realidad: “En el siglo XXI hemos visto una tendencia a desdibujar las líneas entre estados de guerras y de paz. Las guerras ya no se declaran”. La estrategia militar se desplaza al control de las emociones, los deseos, los sentimientos. Necesita los datos ­capturados por las empresas informáticas, ­Facebook, sin ir más lejos. Troles, falsas noticias y manipulación en tiempo real son las armas de esta guerra.

Éric Sadin nos alerta en su ensayo La humanidad aumentada. La ­administración digital del mundo: “El concepto moderno de humanidad entendido como un conjunto propio, transhistórico, evolutivo y a priori libre de su destino, se ha roto en beneficio de la emergencia de un compuesto orgánico sintético que rechaza in fine toda dimensión soberana y autónoma […] emerge una gubernamentalidad algorítmica, y no solamente aquella que permite a la acción política determinarse en función de una infinidad de estadísticas y de inferencias proyectivas, sino incluso aquella que ‘a escondidas’ gobierna numerosas situaciones colectivas e individuales. Es la forma indefinidamente ajustada de una ‘administración electrónica’ de la vida, cuyas intenciones de protección, de optimización, dependen en los hechos de un proyecto político no declarado, impersonal, expansivo y estructurante”. Sadin va más lejos, recurre a Steven Spielberg para apuntalar sus tesis: "Los seres humanos han creado un millón de explicaciones del significado de la vida, en el arte, en la poesía, en las fórmulas matemáticas. Ciertamente, los seres humanos deben ser la clave de la significación de la existencia, pero los seres humanos ya no existen". Es el tiempo de enfrentar esta guerra y revertir la dinámica donde pasamos de ser robots alegres a operadores sistémicos.

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Después del covid: ¿la era posthumanista?

Estos tiempos de pandemia nos invitan a superar el Humanismo construido sobre la deshumanización de la mayoría y la explotación de la naturaleza. Exploramos cómo debería ser una era posthumanista.

 

Abrumados por la peor pandemia de la historia contemporánea, urge priorizar las reflexiones sobre la fragilidad conceptual y el proselitismo que han venido caracterizando nuestra comprensión del Humanismo. Retomando la propuesta de Ngugi Wa Thiong’o acerca “de romper las fronteras mentales, para distribuir los centros de poder del mundo y descomponer la hegemonía cultural”, este texto propone “reforzar los cimientos” de lo relacional en la humanidad. El triunfo del capitalismo ha fulminado las tibias asunciones de los tan cuestionables valores del “universalismo de sobrevuelo” cuyo éxito ha engendrado una desconexión entre los seres humanos y la naturaleza.

Ya se ha esfumado la esperanza de alcanzar el ideal de “Superhombre” que Nietzsche profetizó. Puede que “hayamos matado a Dios” pero la ambición de ocupar su lugar nos ha vuelto seres esquizofrénicos y autodestructivos. Es desolador constatar cómo el ser humano sigue agarrándose a esa fe en una humanidad arraigada a una divinidad sin Dios. Nuestro planeta está poblado por hombres y mujeres “libres”, con moral esclava, que exigen una superioridad racional incrustada en el dualismo platónico. ¿Podemos argumentar que Nietzsche se equivocó? Sea como fuere, ese “nuevo hombre” se construye en los laboratorios biotecnológicos antes de convertirse en un producto de los think-tank de las empresas bursátiles.

La pandemia está sacudiendo a la humanidad, inundando de pánico hasta nuestros sueños, algo obvio por otra parte. Pero, debemos reconocerlo, hace tiempo que vivimos corriendo como “pollos sin cabeza”. Quizás ahora acabemos percatándonos de nuestra vulnerabilidad. Pero, mientras eso sucede, nuestra vulnerabilidad ya está siendo rentabilizada a través del sometimiento masivo a experimentos psicosociales de monitoreo de nuestras actitudes conductuales, los cuales se convertirán en usuales. La privación o la limitación de las libertades será una condición necesaria para el éxito de las futuras políticas públicas y las dinámicas productivas. El confinamiento es solo un protocolo más en la homologación de la optimización y del “uso racionalizado” de la materia prima en la que se ha convertido el ser humano. Engullidos por el fetichismo tecnológico ¿podemos pensar que estamos viviendo la última fase del proceso de cosificación del hombre?

La tecnología es, hoy en día, una de las mejores garantías para cualquier operación de formateo en masa de la población mundial. Somos manipulables en masa, maltratables en masa y la mera presencia de una cola de cometa puede perturbar nuestra conducta. Nuestra vulnerabilidad es, y será, de ahora en adelante, el principal foco de los planes estratégicos para el control de la humanidad. Ahora que sabemos que podemos morir de cualquier cosa, en cualquier momento, de cualquier forma y en cualquier lugar, no es necesario intervenir para matar a unos para que otros vivan mejor. La “autorregulación de la muerte” es una realidad de los nuevos tiempos. Aquello que mata a un chino, mata a un estadounidense, a un italiano, a un español, a un senegalés o a un burkinés. Ya no vale la “hipermasculinidad” ni el narcisismo nacionalista de los dirigentes del primer, segundo o tercer mundo.

Hemos dejado atrás las gripes “regionales”. La muerte se ha impuesto en el pulso contra la “mano invisible” de las teorías del libre mercado. No hay contención por muy altos que sean los muros construidos para protegerse de amenazas externas. La vida y la muerte son meras variables en un empirismo excesivo al servicio del control de la humanidad. ¿Podemos decir que el humanismo universalista se ha cumplido, por fin? Antes de formular cualquier respuesta, debemos reconocer la necesidad de superar el proselitismo ideológico que ha agotado toda posibilidad de explorar la complejidad de las relaciones humanas y la salvación de nuestra especie.

Sin embargo, no hemos resuelto aún el enigma sobre la idea y el significado de la humanidad. De modo que podemos preguntarnos si somos todos igual de humanos o algunos lo son menos que otros. Esta pregunta persistirá mientras se nos siga planteando la realidad de nuestras relaciones como problemática. ¿No es esta percepción absurda del ser humano y del mundo que nos ha enjaulado en una burbuja de competición? La mera idea del peligro de la muerte es suficiente para infundirnos miedo, condicionando así nuestros hábitos comunicacionales y nuestra red relacional. Rechazar la alteridad es hoy más eficaz a la hora de fomentar la producción y la acumulación del capital. Sentimos que somos más humanos porque poseemos más que los otros, porque podemos imponer nuestra visión del mundo y nuestra moral a los otros. Aun así, la desgracia de la humanidad va emparejada al ideal del progreso y la acumulación. No basta solo con producir y seguir acumulando sino que debemos ser los primeros.

Por doquier se nos dice que tenemos que correr más y volar cada vez más alto para progresar. Los más avispados en esta interminable carrera inventan artimañas de todo tipo para apropiarse de la naturaleza y revindicar su derecho de propiedad sobre la tierra, el aire, el agua y el fuego. Todo se resume a un juego de suma cero y la elección racional: “donde tú ganas, yo pierdo”. Es la disrupción total y radical de la interacción entre los humanos. Hombres y mujeres, estamos todos atrapados en la máquina de hilar de la dictadura del capital. Mercado libre o globalización son algunos de los conceptos acuñados con aparente magnanimidad para justificar la “desechabilidad” de las personas, derivada de su improductividad.

¿El Humanismo está agotado? Una respuesta afirmativa sería una señal de avance. No obstante, debemos preguntarnos sobre las asunciones de nuestro ideal de humano en un mundo globalizado. La globalización consistió en la normalización de las formas más violentas de apropiación y las desigualdades generadas por la mercantilización de las interacciones y de la naturaleza. Puesto que el ser humano se ha proclamado dueño de la naturaleza, era lógico que el Estado tomara posesión de la vida y de la muerte del mismo. La biopolítica de Michel Foucault combinada con la necropolítica de Achille Mbembe conforman las dos caras de la misma moneda. El estado de excepción o de alarma es el poder difuso e inmaculado que se vuelve evidente, palpable y aceptado.

Pandemia y posthumanismo

¿Y si el fin próximo de la pandemia anuncia la era del posthumanismo? Superar la hiperobotización de nuestras vidas y la asunción de la condición material de las personas requiere repensar la posibilidad del posthumanismo. La disertación de Rosi Braidotti en The Posthuman nos proporciona sólidos argumentos para rechazar o al menos dudar del humanismo universalista, resultante del todopoderoso pensamiento occidental. Desde el ideal del humano introducido por Protágoras, el modelo y la representación del ser humano invitado por Leonardo Da Vinci, la idea del humano idealizado por la Ilustración, hasta la narrativa del romanticismo italiano, Braidotti realiza una importante y profunda revisión bibliográfica para argumentar que la icónica representación de lo humano se articula alrededor de la doctrina biológica y discursiva de la moralidad encapsulada en el ordenamiento de la moral judeo-cristiana y la superioridad racional del hombre occidental.

Hasta los pensadores europeos “más objetivos” han magnificado la ecuanimidad humana que justifica, según ellos, la centralidad de Occidente. En Crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental, Edmond Husserl no dudó en afirmar que Europa no era solo una localización geográfica, sino un atributo universal de lo humano que se podía expandir y cuya cualidad se podía exportar al resto del mundo. En realidad, el humanismo de Husserl no se diferencia mucho del supremacismo de pensadores europeos como Athur de Gobineau (s. XIX) o Francisco de Vitoria (s. XV). En Ensayo sobre las desigualdades de las razas, Gobineau afirma que la desigualdad racial es un mecanismo estabilizador de una sociedad antes de concluir que la raza área es superior a las otras razas humanas. Mientras que Francisco de Vitoria, al introducir su ius gentium, argumentaba que la superioridad de los españoles sobre los indios implicaba una obligación moral de los primeros a “civilizar” y “socorrer” a los segundos, es decir, a colonizarlos.

Siguiendo la teoría de Edward Said en Orientalismo podemos afirmar que el humanismo universal hegemónico construye una humanidad excluyente que no contempla la humanidad de los otros pueblos en condiciones de igualdad. Es la crítica de esta dicotomía humanista eurocéntrica que conduce a Braidotti a señalar que la “humanidad no occidental” ha sido víctima de “exclusiones letales y de fatales descalificaciones”. Contra esta concepción disruptiva de las relaciones humanas y del mundo, Jacques Derrida nos ofreció su excelente propuesta de “deconstrucción”.

Un breve recorrido por los recientes acontecimientos nos desvela que la humanidad sigue estando atravesada por la construcción eurocéntrica de la humanidad del hombre blanco. Admitamos que son considerados humanos los defensores de ideas descabelladas como la de aniquilar a parte de la población del mundo (en especial la de los países pobres) a beneficio de la sostenibilidad de los privilegios del “primer mundo”. Reconozcamos que son humanos los partidarios de ensayar vacunas a costa de las muertes africanas. Asumamos que son humanos los verdugos de las poblaciones colonizadas en nombre de las ideologías supremacistas y racistas. Por todo ello, no deberíamos de tener temor al expresar nuestra repugnancia por un humanismo universalista decimonónico y eurocéntrico.

Es necesario e imperioso apostar por la renovación conceptual del significado de la vida de los seres humanos. En base a las relaciones que construimos debemos ser capaces de superar la fragilidad conceptual y el proselitismo que ha deformado nuestro ideal sobre “ser y estar en el mundo”. Apegado al pensamiento de tres influyentes filósofos: el francés Henri Bergson, el pakistaní Muhammad Iqbal y el senegalés Leopold Sedar Senghor, Souleymane Bachir Diagne nos propone desconectar de sus orígenes a las culturas, las religiones, las lenguas y el pensamiento que los engloban, para renovar nuestras miradas del mundo y crear nuevos espacios para una nueva civilización, una nueva humanidad: ¿el posthumanismo?

Las contribuciones de Bachir Diagne nos ayudan a superar la fragilidad conceptual, el dogmatismo y la debilidad de las ideologías nacionalistas que han dominado nuestra construcción del humano. Es el momento de “deconstruir” los esquemas mentales que fecundaron y empoderaron al humanismo universalista. Superar el “humanismo de trincheras” pasa, necesariamente, por mirar la alteridad con más respeto, empatía y reconocimiento de las diferencias. Ir más allá del humanismo del patriarcado blanco es posible si nos replanteamos seriamente la dualidad moral que caracteriza la condición humana hegemónica.

El salto hacia la condición posthumana empezará con la afirmación de nuestras particularidades para emprender el camino de vuelta hacia nuestros “microespacios” desde el globalizado y mercantilizado mundo. Lejos del ideal supermasculinizado de la humanidad, debemos reconocer los límites de nuestra capacidad racional, nuestra inteligencia (incluida la artificial) y, de ahí, asumir que la diversidad de nuestra especie es una realidad inherente a nuestras condiciones de vida. Solo así podremos respetar la naturaleza y crear las condiciones para alcanzar el posthumanismo.

Por Saiba Bayo

Politólogo y filósofo

2 jun 2020 10:00

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La imagen muestra el trabajo de excavación en la cueva Bacho Kiro. .Foto Ap

En cueva de Bulgaria descubren evidencia de la dispersión de la especie

 

Este lunes, dos estudios publicados en Nature y Nature Ecology & Evolution dan cuenta de nuevas pruebas sobre las primeras migraciones de los Homo sapiens. Documentan su presencia en los Balcanes 8 mil años antes de lo que se creía.

Revelan interacciones de estos pioneros que vivieron hace al menos 45 mil años con la población neandertal, que habitaba el continente desde hacía cientos de miles de años.

Los dos estudios informan del hallazgo de nuevos fósiles de Homo sapiens del yacimiento de la cueva Bacho Kiro, en Bulgaria, que ha proporcionado evidencia de la primera dispersión de la especie en las latitudes medias de Eurasia, señaló Jean-Jacques Hublin, director del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, en Leipzig, Alemania.

"Los grupos pioneros trajeron nuevos comportamientos a Europa e interactuaron con los neandertales locales. Esta ola temprana es en gran medida anterior a la que llevó a su extinción final en Europa occidental 8 mil años después", se explica en la revista Nature.

Un equipo de científicos de Europa, Estados Unidos y Reino Unido, dirigido por Jean-Jacques Hublin, Tsenka Tsanova y Shannon McPherron, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, y Nikolay Sirakov y Svoboda Sirakova, del Instituto Nacional de Arqueología con Museo en la Academia de Ciencias de Bulgaria, reanudó las excavaciones en la cueva de Bacho Kiro en 2015.

El equipo descubrió miles de huesos de animales, herramientas de piedra y hueso, cuentas y colgantes y cinco fósiles humanos.

Excepto por un diente, los fósiles humanos estaban demasiado fragmentados para ser reconocidos por su apariencia. Fueron identificados mediante el análisis de las secuencias de proteínas.

"Al utilizar la espectrometría de masas de proteínas, podemos identificar rápidamente esos restos que representan huesos humanos que de otro modo serían irreconocibles", aseguró Frido Welker, de la Universidad de Copenhague y del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva.

A fin de conocer la edad de los fósiles y los depósitos en la cueva, el equipo trabajó en colaboración con Lukas Wacker, del ETH Zúrich, utilizando esa técnica.

“La mayoría de los huesos de animales tienen signos de impactos en las superficies, como marcas de carnicería, que, junto con las fechas directas de los huesos humanos, proporciona una imagen cronológica muy clara de cuándo el Homo sapiens ocupó esa cueva por primera vez, en el intervalo de 45 mil 820 a 43 mil 650 años atrás, y potencialmente tan pronto como hace 46 mil 940 años”, expuso Helen Fewlass, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva.

Conjunto de datos más grande y preciso

"Las fechas de radiocarbono en la cueva no sólo son el conjunto de datos más grande de un único sitio paleolítico jamás realizado por un equipo de investigación, sino también son las más precisas en términos de rangos de error", sostuvieron Sahra Talamo, de la Universidad de Bolonia, y Bernd Kromer, del Instituto Max Planck.

Aunque algunos investigadores han sugerido que el Homo sapiens podía haber entrado ocasionalmente en Europa en ese momento, los hallazgos de esta edad generalmente se atribuyen a los neandertales.

Para saber qué grupo de humanos estuvo presente en Bacho Kiro, Mateja Hajdinjak y Matthias Meyer, del equipo de genética dirigido por Svante Pääbo, del Departamento de Genética Evolutiva del Instituto Max Planck de Antropología, secuenciaron el ADN de los huesos fósiles fragmentados.

"Dada la excepcional conservación del ADN en el molar y los fragmentos de hominina identificados por la espectrometría de masas de proteínas, pudimos reconstruir genomas mitocondriales completos de seis de siete muestras y atribuir las secuencias de ADN mitocondrial recuperadas de las siete muestras a humanos modernos", indicó Mateja Hajdinjak, becaria posdoctoral en el Instituto Francis Crick en Londres e investigadora asociada en el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva.

"Al relacionar estos ADN mitocondriales con los de otros humanos antiguos y modernos, las secuencias de ellos se ubican cerca de la base de tres macrohaplogrupos principales de personas actuales que viven fuera del África subsahariana. Además, sus fechas genéticas se alinean casi perfectamente con las obtenidos por radiocarbono", agregó.

Los resultados demuestran que el Homo sapiens entró en Europa y comenzó a impactar a los neandertales hace unos 45 mil años y probablemente antes. Trajeron al pedernal de alta calidad de la cueva Bacho Kiro desde fuentes de hasta 180 kilómetros del sitio, donde trabajaron en herramientas como cuchillas puntiagudas, tal vez para cazar y muy probablemente matar a los animales, según los restos encontrados en el sitio.

En conjunto, los sedimentos de la cueva Bacho Kiro documentan el periodo en Europa cuando los neandertales del Paleolítico Medio fueron remplazados por el Homo sapiens del Paleolítico Superior (el llamado periodo de transición), y los primeros conjuntos de Homo sapiens son lo que los arqueólogos llaman el Paleolítico superior inicial.

Elon Musk afirma que los humanos "ya son en parte un 'cyborg'" y el lenguaje hablado podría pronto ser obsoleto

En cinco o diez años la humanidad podría quedarse muda si la tecnología continúa desarrollándose a su rápido ritmo actual, dijo el empresario.

 

Al hablar allí sobre el desarrollo de las redes neuronales y la inteligencia artificial, el fundador de Tesla y SpaceX sostuvo que una tecnología 'Neuralink' –un dispositivo que funciona con baterías y que se implanta directamente en el cráneo– podría lanzarse el próximo año, y potencialmente "arreglar casi todo lo que funciona mal en el cerebro". Además subrayó que, aparte de ayudar eso a curar trastornos como la epilepsia, el lenguaje humano podría quedar obsoleto gracias a esa nueva tecnología.

"Serías capaz de comunicarte muy rápidamente y con mucha más precisión. No estoy seguro de lo que le pasaría al lenguaje", dijo, explicando que los seres humanos "ya son en parte un 'cyborg', o un 'simbionte' de la inteligencia artificial", cuyo 'hardware' solo necesita una actualización.

Musk concluyó que, en el "mejor de los casos", en cinco o diez años la humanidad podría quedarse muda, si la tecnología continúa desarrollándose a su rápido ritmo actual. Sin embargo, destacó que algunos todavía podrán elegir expresarse oralmente por "razones sentimentales", aunque los "sonidos de la boca" no sean más que un vestigio del pasado.

Publicado: 8 may 2020

Miércoles, 29 Abril 2020 09:20

Carta a uno o una dragoneante.

Carta a uno o una dragoneante.

Un llamado a la desobediencia por la vida y la dignidad

 

 Eres un o una dragoneante del Inpec. Tu uniforme es azul, de un camuflado que te podría dar invisibilidad dentro de un mar cristalino y profundo. Sin embargo tu lugar de servicio, o de trabajo, es gris, y el azul rey solo se encuentra en las rejas.

¿Qué relación tienes con esos barrotes? Eres el encargado o encargada de que cumplan su función de retener cuerpos, almas, vidas de otras personas que probablemente, como tu, no hacen parte de la población más adinerada de este país.

Si llevas varios años de servicio probablemente has conocido más de una prisión, y cientos de personas allí sometidas. Quizá has cambiado mucho desde que usaste el uniforme por primera vez, y desde que ejerciste por primera vez la “custodia y vigilancia” de otro ser humano.

Hay una canción que dice: “carcelero, carcelero, no eres persona decente, tu oficio es el más rastrero y tu corazón no siente”; pero no es verdad, tu corazón sí siente, quizá se ha endurecido en tantos años de entrenamiento real, porque el sistema está diseñado para eso, como se comprobó desde los años 70 del siglo XX con el experimento de Stanford. Pero siente, siente seguramente muchas cosas: en este momento quizá siente miedo de que te contagies del Covid-19 porque tu empleador, porque eso es el Estado, un empleador desconsiderado y déspota, no un padre, ni un dios, ni un buen amigo, no te ha dado ni los implementos, ni la preparación y apoyo, ni el espacio idóneo de trabajo para que tu vida no corra peligro. Aunque no es un miedo nuevo. ¿A cuántos compañeros no has tenido que enterrar porque ustedes son la cara visible de la espada castigadora de la sociedad? El verdugo… Una hermosa película de 1963 dirigida por Luis García Berlanga representa lo que también y tan bien mencionó Tólstoi en su escrito “No me puedo callar”. Ese es tu trabajo.

Un trabajo mal pago, a menos que puedas tener el dinero para pagar los cursos de ascensos. Y es que el miedo que te acompaña es el miedo de la guerra, porque tu formación es la de una o un soldado, aunque el resto de las Fuerzas Armadas no suela reconocértelo. Y las armas hacen parte de tu vida, y tienes orden de disparar y permiso para matar a esas personas con las que día a día convives.

Así que cada día, al terminar tu trabajo, no sientes la alegría de haber ayudado a que el mundo sea un mejor espacio para todas las personas y las generaciones futuras, sino que respiras con alivio por estar viva o vivo, por no haber terminado involucrado o involucrada en ningún problema, por no haber tenido que avergonzarte del comportamiento de algún o alguna compañera a quien el corazón se le ha puesto tan duro que a veces, en algunos momentos, no le reconoces, pero a quien quieres, porque le conoces más allá de su uniforme.

También respiras de alivio de que el virus aún no haya llegado a tu prisión, o al menos a ti. Respiras con alivio porque el día de hoy no tuviste que sacar un cadáver, y quizá hasta pudiste presenciar el abrazo de dos personas que se quieren y se vuelven a unir después de mucho tiempo.

Claro que tienes corazón, y es un corazón tan fuerte que sigue latiendo a pesar de pasar horas y horas en un lugar diseñado para generar sufrimiento, y dinero, y poder, pero no para ti, sino para otros que nunca conocerás.

Tu jornada es larga, y aunque te prometan una pensión temprana, ¿cuántos años pasarás curando tantas heridas en tu alma? ¿Y tantos odios injustos hacia ti? Porque si hubieses nacido en un país escandinavo, las personas privadas de la libertad no verían en ti a quien se encarga de garantizar sus sufrimientos, sino un apoyo, una persona preparada para un trabajo de servicio. En lugar de armas y enseñanzas en contención física, te habrían dado herramientas de diálogo, de gestión pacífica de conflictos, de contención emocional; y contarías con elementos y un equipo de trabajo lleno de posibilidades.

Claro que has aprendido muchas cosas. Sólo que de ti realmente pocas cosas dependen, aunque la población que te dicen que llames PPL te hable a veces como si de ti dependiera todo, tu sabes que no así, que tu rango de actuación es limitado, que debes seguir órdenes… Aunque es verdad que aún puedes decidir muchas cosas. Seguramente, si mañana te ganases la lotería, un premio gordo, renunciarías inmediatamente a tu trabajo, aunque probablemente ahora sí podrías hacer algo muy útil: crear una fundación para ayudar a las personas a dejar sus ataduras con la drogadicción, o para generar empleo y apoyo psicosocial a las personas que salen de la cárcel (personas pospenadas), o aún mejor, para que muchas familias y especialmente niños y niñas pudieran acceder a recursos económicos, culturales y educativos que les permitieran romper el círculo del delito y la exclusión social.

 

Pero aunque es bueno soñar, y quizá esto lo puedas realizar algún día, volvamos al presente. Mañana tendrás que vestir de nuevo tu uniforme, quizá incluso aunque tengas fiebre y otros síntomas preocupantes. Vas a agregar una prenda adicional, quizá comprada de tu propio sueldo: un tapabocas, e irás a prisión… Y tu familia, así como la de las personas presas, se quedará esperando que salgas de allí bien, tu al final de la jornada, los otros al final de la condena…

Y si el Estado sigue teniendo a tantas personas en hacinamiento, promoviendo la violencia, la deshumanización, con condiciones indignas, sin acceso a medios de aseo, en desconexión con sus familias, sin posibilidades de prevención alguna del contagio del Covid-19, ni mucho menos de su atención, y las personas presas se rebelan, ¿tu vas a seguir prestando tu cuerpo para que se confunda con un barrote? ¿Vas a permitir que te usen de carne de cañón?

 

Y si el Estado no hace nada, y los y las presas se amotinan, intentan huir, y les tienes en la mira, tu dedo en el gatillo: ¿vas a disparar?

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https://www.razon.com.mx/mundo/iran-libera-a-70-mil-presos-para-evitar-que-el-covid-19-propague-en-carceles/

Las 36.367 personas sindicadas de algún delito, hasta no ser vencidas en juicio, no tienen por qué ser tratadas como culpables, la cárcel no debe ser el lugar para controlar su movilidad –pues allí terminan perdiendo otros derechos básicos–, su excarcelación inmediata es factible y está acorde con el marco jurídico con que cuenta el país. La aplicación de esta política ayudaría a reducir el riesgo de contagio masivo por el Covid-19, además de contribuir, como lo ha reclamado la Corte Constitucional, a romper el hacinamiento reinante en las cárceles.

 

A un remolino, donde todo es absorbido o destrozado y expulsado a partes lejanas, allí fue lanzada por el Fiscal General de la Nación, Francisco Barbosa Delgado, la demanda de miles de presos para salir de las mazmorras y pasar a sus sitios de vivienda como lugar de detención.

Un reclamo, una exigencia, que sale a voces en grito desde los centros de detención transitoria, las cárceles y penitenciarias, por miles que saben que todos sus derechos, más allá de la libre locomoción, son violados por un Estado indolente, para el cual la vida en “normalidad” no vale nada, mucho menos ahora en tiempos de crisis generalizada. Una exigencia, un reclamo, planteado como protección ante el Covid-19. Una medida que además de evitar el contagio también mejoraría las condiciones de salud y prevención para las personas condenadas al romperse el histórico hacinamiento, insalubridad y ambiente malsano que carcome esos sitios para el castigo y la venganza, no para la resocialización como reza la literatura punitiva.

El “protector”

No es una exageración recordar el imperante y persistente desprecio en el Estado colombiano por la vida de las personas encarceladas. En la Sentencia T-388 de 2013 la Corte Constitucional reitero el estado de cosas inconstitucionales reinante en las prisiones, describiéndolo como “dantesco” e “infernal”, lo cual ya desde el año 1998 ya lo había planteando en materia de hacinamiento, en la sentencia T-1531.

Una realidad que poco ha cambiado, como lo recordó el pasado 5 de marzo Alberto Brunori, representante del Alto Comisionado de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en Colombia, al resumir que “[…] los 132 establecimientos carcelarios de Colombia tienen capacidad para albergar 80.929 personas (pero en ellos) se encuentran actualmente 123.349 personas privadas de la libertad”. Es decir, un hacinamiento del 52 por ciento. Personas privadas de la libertad de las cuales 36.367 son sindicadas, y de ellas 33.571 son hombres y 2.796 mujeres.

Un hacinamiento agravado por mucho para el caso de quienes están privados de su libertad en los llamados centros de detención transitoria o preventiva (239 estaciones de policía y similares, distribuidas en 20 departamentos), adecuadas para encerrar 2.939 detenidos, pese a lo cual ahora pasan allí sus días, unos sobre otros, 6.822 reclusos, llegando a un hacinamiento del 132 por ciento. En uno y otros encierros, es constante la negación de agua vital para la salud, la ausencia de atención médica, la imposibilidad de alcanzar el sol, la falta de alimentación sana y equilibrada, la carencia de un espacio suficiente, no contaminado, que son condiciones básicas para no terminar pagando una pena multiplicada por mucho, en dolor y violación de sus derechos fundamentales, mientras son vencidos en juicio.

Esta realidad condujo el pasado 12 de marzo a la Corte Constitucional, en el trámite de una acción de tutela2, a “dictar una serie de medidas provisionales con el fin de proteger los derechos fundamentales de las personas que se encuentran privadas de la libertad en centros de detención transitoria a cargo de entidades como la Policía Nacional y la Fiscalía General de la Nación”.

Situación tan alarmante que obligó, el 24 de marzo, a la Sala Especial de Seguimiento a las Sentencias T-388 de 2013 y T-762 de 2015 de la Corte Constitucional, integrada por los Magistrados José Fernando Reyes Cuartas, Carlos Bernal Pulido y por la magistrada Gloria Stella Ortiz Delgado, a indagar sobre las medidas adoptadas por las autoridades competentes para evitar, contener o controlar el eventual contagio por Covid-19 en los establecimientos de reclusión del país.

Una realidad de violencia desmedida, la misma que el Fiscal General y algunos jueces ahora no quieren ver, al negarse a dar paso sin condicionamiento al traslado a sus sitios de vivienda, a los miles que padecen el encierro en centro carcelario, a pesar de no estar condenados.

En su “sabiduría” el Fiscal General, mostrando falsa preocupación por quienes sufren el castigo carcelario a pesar de no haber sido vencidos en juicio, argumenta la imposibilidad de trasladar a sus sitios de vivienda a los encarcelados de manera preventiva pues “La reclusión domiciliaria de los internos genera una carga desproporcionada a sus familiares, sin que se haya previsto una atención sanitaria específica y, menos aún, la proporción de algún tipo de ayuda alimentaria para garantizar su supervivencia mínima en las condiciones de confinamiento que ya debe enfrentar en este momento toda la población”3.

Y en su profunda “sensibilidad” humana, enfatiza: “[…] la sustitución masiva de la medida intramural no es una verdadera medida sanitaria ni protege adecuadamente la salud de la PPL (población privada de la libertad) y de los residentes en la vivienda en la cual va a cumplirse la detención. Por el contrario, el sistema penitenciario abandona a su suerte a estas personas (cursiva nuestra), como quiera que su traslado a un domicilio privado no se acompaña con medidas específicas para prevenir o mitigar el riesgo de contagio del virus COVID-19. Tampoco se indica la necesidad de una valoración médica previa al eventual traslado o la toma de muestras clínicas que descarten el contagio con el virus […]”4.

Así con estos argumentos “humanistas”, ausentes en la vida diaria de las prisiones, y con un conjunto de supuestos legalismos, pretende sacar el debate jurídico y político, de su centro: ¿tienen o no derecho a pasar a su domicilio, todas aquellas personas que están sindicadas y no condenadas?

El problema por resolver no es si están enfermas o no, si son mayores de edad o no, si, en el caso de mujeres, están embarazadas o no, o cosas similares; nada de esto. Como tampoco si existe la cantidad de jueces requeridos para revisar cada una de las solicitudes que propone la Fiscalía eleve el Inpec ante los jueces para que decidan si conceden o no el derecho de casa por cárcel. Como tampoco lo es si la persona está condenada o es sindicada.

Nada de esto. Lo procedente, y que no requiere mayor discusión, solo voluntad política, es que los sindicados no tienen por qué estar en un centro de reclusión. En decisión judicial de octubre de 2019, luego de una Tutela instaurada por la Personería de Medellín, por la situación que vivían los detenidos en las estaciones de policía y en las celdas de paso (centros de reclusión transitoria), acción que en primera instancia conoció el Tribunal Superior de Medellín, y en segunda instancia la resolvió la Corte Suprema de Justicia, se ilustra el tema de la detención preventiva como absolutamente excepcional y hoy sin soporte constitucional, así: “[…] sobra recordar el carácter procesal, excepcional y preventivo que gobierna en el régimen democrático la imposición de una medida de aseguramiento de detención preventiva, más aún cuando se ordena en un establecimiento de reclusión, teniendo en cuenta su calidad provisoria y no sancionatoria, además que no puede perseguir fines de prevención general ni especial y, mucho menos retributivos o de resocialización”5.

Ya desde la Sentencia T-388 de 2013 (M.P. María Victoria Calle C.), la Corte Constitucional venía reclamado a los legisladores y a los jueces que: “Las medidas de aseguramiento deben ser excepcionales”; y enfatizaba: “Como parte de una política criminal y carcelaria respetuosa de un estado social y democrático de derecho, las entidades del Estado, sin importar la rama a la cual pertenezcan, deben tomar las medidas adecuadas y necesarias para evitar un uso indebido o excesivo de las medidas de aseguramiento que impliquen la privación de la libertad de una persona. El Estado tiene que tomar todas las acciones que correspondan para evitar que sea una realidad el adagio popular según el cual ‘la condena es el proceso’. Los abogados expertos en el litigio advierten que las medidas de aseguramiento mal administradas convierten el proceso penal en una manera de imponer una pena privativa de la libertad, hasta que se constate que no se pudo demostrar la culpabilidad de la persona. Bajo el orden constitucional vigente el proceso penal no puede convertirse en una manera de imponer, de facto, una condena arbitraria a una persona”.

Lloviendo sobre mojado

Con igual embrollo legalista y con desconocimiento de las decisiones de las altas cortes acá referidas, así como de la realidad de un sistema carcelario que en sentido estricto concreta una venganza sobre quien lo padece, dejando a un lado toda pretensión resocializadora, la presidente del Consejo Superior de la Judicatura, Diana Alexandra Remolina, al referirse a la iniciativa sobre un eventual traslado de algunos de los reclusos que actualmente viven en hacinamiento, para pasar a detención preventiva domiciliaria, reclama que esa posibilidad no sea demandada por los reclusos, para evitar así “[…] una avalancha de solicitudes directas de las personas privadas de la libertad o de sus apoderados […].

Y para que no quede duda de sus temores, indica que las solicitudes de este beneficio: “[…] se debe realizar de manera sucesiva, no en bloque”.

Una preocupación sobre la forma pero no sobre el transfondo de lo que aquí está en pugna, y lo que reclaman los mismos detenidos, urgidos de pasar a sus viviendas y dejar el infierno carcelario, disminuyendo notablemente el riesgo de contagio con el virus que conmocioná la sociedad global, como lo puede contraer cualquier otro connacional para lo cual se han adoptado diversas medidas de salubridad, todo ello no durante estos días sino, incluso, hasta que no se apruebe y aplique de manera genérica una vacuna contra el mismo, es decir, al menos unos 15 meses.

Llama la atención en todo caso, tanto en lo sustentado por esta funcionaria judicial, como por el Ministerio de Justicia, y la misma presidencia, que están buscando que un grupo de condenados también gocen de la posiblidad de casa por cárcel (se trataría de una prisión domiciliaria transitoria), incluyendo personas enfermas, embarazadas o gestantes, adultos mayores, lo que dejaría rondando en el ambiente si lo que realmente pretenden es buscar un punto de quiebre por el cual pasen a sus casas sus amigos condenados por corrupción y otros delitos no menores ni de poca importancia.

Vale la pena recordarle al Fiscal General que la Ley 1709 de 2014, que modificó el Código penitenciario y carcelario, es decir la Ley 65 de 1993, creó en el artículo 15, los Centros de Arraigo Transitorio en los que se da atención de personas a las cuales se les ha proferido medida de aseguramiento preventiva y no cuentan con domicilio definido o con arraigo familiar. Así también lo ordenó la Corte Suprema de Justicia en la sentencia de Tutela del 15 de octubre de 20196. Entonces cuando el Fiscal General, en las observaciones al proyecto de decreto de emergencia, indica que se deben definir lugares adecuados para atender los casos de personas que no cuentan con lugar de residencia, parece que desconociera lo que desde años atrás dispuso el mandato legal. Ahora bien, el reclamo del Fiscal tiene solución inmediata, en Bogotá, en los Centros de Paso con que cuenta la ciudad, ahora ampliados en número como espacio para que allí pasen la cuarentena cientos de los excluídos que llenan las calles de la ciudad. Para el caso del Área Metropolitana del Valle de Aburrá, así se implementó hace varios meses porque la Corte Suprema lo ordenó, y por lo demás son de fácil construcción y puesta en marcha en las ciudades que no cuenten con tal política de atención.

Cada detenido le cuesta al Estado no menos de un millón quinientos mil pesos mensuales, dinero que debe reportar el presupuesto de la Unidad de Servicios Penitenciarios y Carcelarios Uspec y el de los municipios, con lo que de sobra se puede atender la detención domiciliaria7.

En un mar de impunidad temen cumplir con sus propios preceptos

Lo expresó sin vergüenza en el 2016 el exfiscal Néstor Humberto Martínez al momento de su posesión, “[…] tenemos una impunidad del 99 por ciento”. ¿Habrá cambiado algo desde aquel año? Si es así, en prisión solamente está el uno por ciento de quienes han sido investigados por algún delito y de quienes están sindicados por lo mismo. Es decir, por la calle, con apariencia de probidad total, circulan miles de miles.

Pero además, hoy tenemos unas tasa del 54% de absoluciones frente a las imputaciones que realiza la Fiscalía General de la Nación. Las estadísticas con corte a 2018 muestran que la fiscalía reportó 2.645.516 procesos activos, de los cuales solo el 5,7% concluyeron en sentencia, y la Fiscalía General de la Nación es la entidad más demandada en el Estado Colombiano, tiene actualmente pretensiones por 54 billones de pesos, que representan el 13% de las demandas de la totalidad de la nación; y esa cifra de 54 billones representa 14,6 veces el presupuesto de la Fiscalía General de la Nación que fue aprobado para el año 2020. Además, actualmente la fiscalía tiene 15.675 procesos de reparación directa causados por la privación injusta de la libertad8.

Esta radiografía de la situación que vive la Fiscalía no se puede dejar que observar hoy cuando se reclaman medidas urgentes para los detenidos preventivos.

Sin embargo, pese a la evidencia, la Fiscalía y sectores de la Rama Judicial, temen que algunos miles de hombres y mujeres pasen a sus casas mientras son investigados y vencidos en juicio.

Para tales funcionarios esta medida sería exponer a la ciudadanía al crimen y a los criminales. De ahí que el encierro bajo custodia del Inpec, y sometidos a todo tipo de excesos y violación de los derechos fundamentales, con familias deshechas por la presión que extiende sobre el hogar el sistema carcelario, es la única alternativa.

Queda claro, cárcel, más cárcel, encierro bajo cualquier condición, es el mecanismo predilecto en el alto gobierno. La prevención, la superación de las causas que propician el delito, el tratamiento humanitario de quienes por una u otra razón terminan sometidos al encierro, la valoración de medidas alternas para cumplir los fallos de los jueces que no impliquen pasar meses y años bajo la sombra, nada de eso pasa por sus cabezas. Tampoco las cifras que demuestran la gran cantidad de detenidos que más tarde terminarán en libertad y demandarán al Estado.

Mientras así piensan, mientras mandan a un remolino de fuerza demoledora alternativas presentadas por organizaciones de la sociedad civil, miles de sindicados continúan exigiendo desde su lugar de castigo anticipado –pese a no ser vencidos en juicio– su derecho a la detención domiciliaria.

1 En la sentencia T-153 de 1998 se resolvió declarar la existencia de un estado de cosas inconstitucional en el sistema penitenciario y carcelario, y dictar medidas de protección urgentes mientras se adoptan las de carácter estructural y permanente.
2 Expediente T- 6.720.290, auto 110 de marzo 12 de 2020, M.P. Diana Fajardo, Cristina Pardo y José Fernando Reyes.
3 Fiscalía General de la Nación, abril 6 de 2020, pp. 9 y 10, observaciones al proyecto de decreto legislativo “por medio del cual se conceden los beneficios de la detención y la prisión domiciliarias transitorias en el lugar de residencia a personas que se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad frente al Covid 19, y se adoptan otras medidas para combatir el hacinamiento carcelario y prevenir y mitigar el riesgo de propagación”.
4 Ibíd., p. 10.
5 Corte Suprema de Justicia, Sala Penal, Acción de Tutela, expediente STP 14283-2019, radicado 104983 de octubre 15 de 2019, Magistrados Patricia Salazar Cuéllar y Luis Antonio Hernández Barbosa.
6 Acción de Tutela, radicado 104983. La Corte Suprema dispuso que “La persona que no cuenta con un domicilio definido o con arraigo familiar o social y, en su caso particular, se le haya otorgado la detención o la prisión domiciliaria, se le deberá aplicar lo establecido en el artículo 23 A de la Ley 65 de 1993 (adicionado por el art. 15 de la Ley 1709 de 2014) y ser trasladado a los centros de arraigo transitorio. De no existir estos centros se ordena, conforme con el parágrafo del artículo mencionado, a los entes territoriales vinculados a la acción de tutela, la creación de aquellos, en un término no superior a tres (3) meses”. Para este caso se trata de los Municipios que conforman el Área Metropolitana del Valle de Aburrá.
7 https://www.dinero.com/pais/articulo/cuanto-le-cuesta-al-estado-mantener-un-preso-en-la-carcel/225711. Cifras reveladas por el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec) señalan que el precio de mantener a un preso en las cárceles colombianas supera $1‘500.000 al mes.
8 Presentación ante la Corte Suprema de Justicia en diciembre de 2019, de los candidatos a Fiscal General de la Nación: Francisco Barbosa Delgado, Camilo Gómez Álzate y Clara María González.

 

Periódico desdeabajo Nº267, pdf interactivo

 

 

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Publicado enColombia
Presos de Colombia: “Señor presidente, los que van a morir, te saludan” (incluye videos)

Dos vídeos puestos a circular por redes sociales por presos recluidos en la cárcel Pedregal (Medellín) y en la de máxima seguridad en Combita (Boyacá), denuncian a través de performances la crueldad y falta de garantías a sus derechos básicos con que están siendo tratados en medio de la pandemia en curso, lo que pone en peligro su vida.


Desde la cárcel Pedregal


En el primer vídeo, compañeros de prisión de Gustavo Alberto Rojas, recluido en la cárcel Pedregal (Medellín) y quien padece la enfermedad terminal VIH, en fase , expresaron al presidente Iván Duque: “Señor presidente, los que van a morir, te saludan”. Con esta frase los reclusos desnudan la crueldad con que los están tratando, crueldad que no repara en el riesgo de contagio a que están expuestos y con ello al riesgo de muerte. Denuncian, el decreto 546 de 2020 por sus limitaciones y exclusiones que impiden el supuesto de deshacinar las cárceles, además de no garantizar el paso a sus hogares de personas en riesgo eminente de muerte como sucede con Gustavo Alberto Rojas a quien su madre lo espera para pasar con él sus últimos días.

 

 

Enlace video aquí

 

Enlace video aquí


Desde Convita


En el segundo vídeo los presos de la cárcel de máxima seguridad en Combita (Boyacá), exigen al Estado colombiano y a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la renuncia inmediata del general Norberto Mujica, director del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec) por “ser quien propagó el covid-19 en las cárceles del país, trasladando presos contagiados de un centro penitenciario a otro”.


Los presos se refieren a los traslados realizados desde la cárcel de Villavicencio, primer centro de reclusión con contagiados y primer fallecido por el coronavirus. Algunos internos fueron trasladados desde este penal hacía la cárcel La Picota (Bogotá), Las Heliconias (Caquetá), como a la cárcel de Guaduas (Cundinamarca), donde reportaron positivos por covid-19.


Demandan en su video, además, una rebaja de penas del cincuenta por ciento, una medida consistente con otros momentos históricos, donde no hay riesgo de muerte pero sí consecuencia con sucesos políticos o similares, como la visita de un Papa, pero que en la actualidad se llevaría a cabo por humanidad, por la defensa y protección de la vida.


Voces de apoyo

Durante la semana del 20 de abril estudiantes de Derecho y abolicionistas pusieron en redes sociales sendas tutelas para que familiares e interesados en la vida de las personas presos interpusieran tal recurso en los juzgados de sus ciudades.
Al mismo tiempo, familiares de presos llevaron a cabo protestas pacíficas al frente de diversas prisiones del país.
En consonancia con estos actos, profesores de Derecho y criminólogos de resonancia internacional circularon un pronunciamiento sobre el decreto 546, evidenciando que no garantiza nada de lo que anuncia y sí expone a las decenas que están tras los muros a un “genocidio carcelario”.


Pese al riesgo evidente que se vive y a la justeza de lo demandado, el gobierno no cambia de actitud. Los días que vienen darán el veredicto sobre su falta de voluntad política y inhumana actitud. Una actitud que, cuando más, avanza con instalar carpas “medicalizadas” el interior de la cárcel de Villavicencio, donde los contagiados según El Espectador ya suman 168 –entre presos, personal de guardia y administrativos– o aislar internos (confinados dentro del confinamiento) contagiados o con sospecha de estarlo.


Vea en el siguiente link todos los artículos relacionados con la emergencia carcelaria, así como formatos de tutelas para que sindicados y condenados tengan detención domiciliaria transitoria, cartas de la comunidad internacional y nacional a favor del deshacinamiento masivo en cárceles de Colombia.


Cubrimiento especial emergencia carcelaria https://www.desdeabajo.info/component/k2/item/39331-para-toda-la-poblacion-carcelaria-prision-domiciliaria-transitoria-ya.html

Rumbo a un genocidio carcelario: 
https://www.desdeabajo.info/colombia/item/39422-rumbo-a-un-genocidio-carcelario.html
Tutela para solicitar casa por cárcel a personas condenadas:
https://www.desdeabajo.info/colombia/item/39416-tutela-para-solicitar-casa-por-carcel-para-personas-condenadas-por-cualquier-delito-que-se-encuentren-privadas-de-la-libertad-con-medida-intramural-por-cualquier-delito-que-no-entre-en-los-requisitos-del-decreto-expedido-por-el-gobierno.html
Tutela para solicitar casa por cárcel a personas sindicadas:
https://www.desdeabajo.info/colombia/item/39415-tutela-para-solicitar-casa-por-carcel-formato-para-personas-sindicadas-privadas-de-la-libertad-por-cualquier-delito-que-no-entre-en-los-requisitos-del-decreto-expedido-por-el-gobierno.html

 

 

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