El origen evolutivo del lenguaje, 20 millones de años antes de lo que se creía

Expertos descubrieron el segmento de una vía del cerebro humano, importante para procesar el habla

Un equipo internacional de investigadores descubrió que los orígenes evolutivos del lenguaje se remontan, como mínimo, a hace 25 millones de años, mucho más atrás en el tiempo de lo que se pensaba hasta ahora.

Los científicos identificaron que la vía del lenguaje humano en el cerebro tiene al menos 25 millones de años, 20 millones de años más de lo que se pensaba anteriormente, según publican en la revista en Nature Neuroscience.

Antes, muchos científicos pensaban que un precursor de la vía del lenguaje había surgido más recientemente, hace unos 5 millones de años, con un antepasado común de simios y humanos.

Para los neurocientíficos, esto es comparable a encontrar un fósil que ilumine la historia evolutiva. Sin embargo, a diferencia de los huesos, los cerebros no se fosilizaron. En cambio, los neurocientíficos necesitan inferir cómo podrían haber sido los cerebros de los antepasados comunes al estudiar los escáneres cerebrales de los primates vivos y compararlos con los humanos.

Chris Petkov, de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Newcastle (Reino Unido) y líder del estudio, explica que "es como encontrar un nuevo fósil de un antepasado perdido hace mucho tiempo. También es emocionante que aún pueda descubrirse un origen más antiguo".

Equipos de científicos europeos y estadunidenses llevaron a cabo el estudio y análisis de imágenes cerebrales de regiones auditivas y vías cerebrales en humanos, simios y monos.

Descubrieron un segmento de esta vía del lenguaje en el cerebro humano que interconecta la corteza auditiva con las regiones del lóbulo frontal, importante para procesar el habla y el lenguaje.

Vínculo auditivo

Aunque el habla y el lenguaje son exclusivos de los humanos, el vínculo a través de la vía auditiva en otros primates sugiere una base evolutiva en la cognición auditiva y la comunicación vocal.

Petkov agrega: "Predijimos, pero no podíamos saber con certeza, si la vía del lenguaje humano puede haber tenido una base evolutiva en el sistema auditivo de los primates no humanos. Admito que nos sorprendió ver una ruta similar escondida dentro del sistema auditivo de esos seres".

El estudio también ilumina la notable transformación de la vía del lenguaje humano. Se encontró una diferencia humana clave: el lado izquierdo humano de esta vía cerebral era más fuerte y el lado derecho parece haber divergido del prototipo evolutivo auditivo para involucrar partes no auditivas del cerebro.

Búsqueda neurobiológica

Además, dado que los autores predicen que el precursor auditivo de la vía del lenguaje humano puede ser aún más antiguo, el trabajo inspira la búsqueda neurobiológica de su origen evolutivo más temprano, el próximo fósil cerebral, que se encuentra en animales más distantes relacionados con los humanos.

Timothy Griffiths, neurólogo consultor de la Universidad de Newcastle, destaca que "el descubrimiento tiene enorme potencial para comprender qué aspectos de la cognición y el lenguaje auditivo humano pueden estudiarse con modelos animales de formas que no son posibles con ellos y simios. Ya ha inspirado nuevos estudios, incluso con pacientes de neurología".

El científico chileno espera que grandes incógnitas de la astronomía se resuelvan en el siglo XXI.

 

José Maza sostiene, en entrevista, que 5% del universo es materia común, 25 materia oscura y 70 energía oscura, "que no sabemos qué es"

 Un humano de sapiencia académica dice a miles de kilómetros de distancia: "estamos viviendo días extraños".

Desde su natal Chile, en una llamada telefónica, comparte: "tengo siete décadas en el planeta y nunca había vivido algo así". Se refiere a la pandemia, por lo que propone reflexionar sobre lo importante: "el amor, la amistad y la solidaridad", ya que siempre estamos "corriendo, buscando quimeras que no sirven para nada".

Confía en la ciencia para evitar más muertes. Recuerda que la historia ha revelado su importancia en la vida porque, cuando él era niño, en su natal Valparaíso, el promedio de vida no era de más de 50 años. Pero hoy día, la cifra casi se duplica. Él lo confirma con su mamá, española republicana que llegó al Cono Sur como exiliada del franquismo. Tiene 91 años y eso es "gracias a la ciencia".

José María Maza Sancho, uno de los más reconocidos astrónomos de Latinoamérica, dice que la investigación sirve "para que estemos vivos".

Además de su reconocimiento académico, José Maza está investido honoris causa por la universidad más importante: la de la vida. Valga la metáfora para el Premio Nacional de Ciencias Exactas 1999, punta de lanza de una generación de brillantes astrónomos, y quien ha destacado como un gran divulgador, que ha "tenido la paciencia de escribir libros", como Somos polvo de estrellas, que se ha editado unas 22 veces y que la temporada de contingencia detuvo su promoción. Se edita bajo el sello Planeta.

Uno de los grandes asuntos de la ciencia, asegura el astrónomo, es que el ser humano no se reconoce como parte del universo, pero "somos fabricados de átomos, igual que las estrellas".

A través de las evidencias

El doctor explica: "lo lindo es que la ciencia a través de evidencias nos ha hecho ver que los átomos de nuestro cuerpo, de la Tierra, de todo lo que nos rodea, fueron hechos en el interior de una estrella. Venimos de ellas", sostiene el experto, autor de unos 120 artículos y libros como Astronomía contemporánea y Supernovas.

Lo que publica Maza en su libro es lo que han dicho varios: que no sólo estamos unidos con el universo, sino que estamos conectados con las estrellas, que son las primeras que nacen y que no tienen otros elementos que el hidrógeno y el helio, y en su interior es donde se fragua lentamente, primero más helio, luego carbón, nitrógeno, oxígeno... y todos los elementos químicos que constituyen lo que nos rodea”.

Hay que recordar que "siete mil millones de personas en el planeta estamos unidos, pero también somos parte de un todo más grande: el universo".

Carl Sagan decía que somos "material estelar" y María Teresa Ruiz planteaba en un libro que somos "hijos de las estrellas".

Ahora, en su cita editorial, Maza asevera: "la historia cambia de nombre, pero el contenido es el mismo: todos los átomos que componen nuestro cuerpo, salvo el hidrógeno, han sido fabricados al interior de una estrella".

Origen del tiempo y el espacio

El tiempo, el espacio y la materia se originaron con una explosión inicial: el Big Bang, hace 13 mil 800 millones de años.

“Todo lo que podemos ver con los telescopios más grandes del mundo está reducido a un punto que una vez explotó. No hay antes del Big Bang, en el estricto rigor; pero yo debería decir: no lo sabemos. Si hubo algo antes de que todo lo que vemos fuera un punto, no podemos indagarlo. De alguna manera es parecido como la historia de cada uno de nosotros.”

Simplifica: “les digo a los jóvenes en mis conferencias: ¿qué hacían, por ejemplo, en 1970? Muchos me ven con asombro y aseguran que aún no nacían. Pues le respondo que yo no estaba en la Primera Guerra Mundial, porque mi historia comienza después. La historia de cada uno de nosotros empieza en el momento de nuestro alumbramiento. Entonces, no puedo indagar de mi vida hasta el minuto en qué nací, no puedo ir más atrás. Lo mismo pasa con el universo: no puedes ir atrás del Big Bang porque no hay ninguna manera de indagar”.

De acuerdo con José Maza, preguntarse qué había antes no es un tema para la ciencia, que “no es meditación trascendental. Son datos. El antes del Big Bang creo que es una manera entretenida de conversación entre filósofos o teólogos”.

La ciencia, asegura el divulgador, es como "una investigación de detectives tipo Sherlock Holmes, quien iba al lugar, entrevistaba y juntaba evidencias. No meditaba sobre el crimen. La ciencia es una investigación permanente. Primero, se hace una hipótesis, que diga: creo que esto debe ser así y asá, y otros colegas, en otro lado, comienzan a probar si es verosímil o no, y en la medida en que todo mundo va acumulando datos, se va estableciendo una verdad".

José Maza destaca algunas de las grandes incógnitas de la astronomía, como las de la materia y la energía oscuras, que "espero se resuelvan en el siglo XXI".

Argumenta: "la materia común y corriente es alrededor de 5 por ciento de todo lo que hay (lo que han captado todo tipo de instrumentos astronómicos); 25 por ciento es materia oscura, y el 70 por ciento restante es la energía oscura. Los astrónomos lo único que vemos es la materia común y a partir de lo que vemos en ella, tenemos que deducir qué hace la materia oscura (que no la vemos), y también tenemos que inferir qué es y cuál es la cuantía de la energía oscura. Confío en que en los 10 años próximos deberíamos saber en qué consiste la materia oscura".

Recalca: "70 por ciento de la energía total del universo proviene del espacio vacío, a lo que llamamos energía oscura, que, a decir verdad, no tenemos la menor idea de qué es, pero posiblemente esté acelerando la expansión del universo".

Respecto de la materia oscura, se hacen investigaciones, como las del Consejo Europeo para la Investigación Nuclear (CERN, por su siglas en francés) con su Gran Colisionador de Hadrones, la máquina más grande construida por el ser humano, con la que se descubrió en 2012 la partícula llamada bosón de Higgs.

"El bosón de Higgs es sólo una más de entre un zoológico de partículas, las cuales tienen características que las hacen únicas. Entonces, puede que en el CERN encuentren partículas que correspondan a la materia oscura", comenta.

Tema más difícil

Ahora, dice Maza "la energía oscura es un tema más difícil y no sé si en 20 años vamos a tener una respuesta a su enigma".

Otra interrogante "es saber si podemos reconocer algún planeta que esté girando en torno a otra estrella. Todos los telescopios grandes quieren responder si hay vida en los exoplanetas, como los han llamado".

Le han preguntado comúnmente al doctor qué se necesita para ser un científico. A lo que siempre responde: "tienes que ser una persona inquieta, que no se conforma con las respuestas que le dan, pero sobre todo ser alguien que le guste aprender toda la vida. Eso es curiosidad intelectual. Y algo esencial: no se trata de motivar a los ya motivados, sino de motivar a los niños, que son libros en blanco que están por ser escritos".

Casos acumulados de coronavirus en el mundo (mapa de la Universidad John Hopkins)

El editor de la prestigiosa revista científica The Lancet aporta su visión crítica sobre la gestión de la epidemia

"En esta ocasión, los expertos y los científicos dieron como hechas algunas realidades que luego resultaron no ser ciertas"

 

Sabíamos que esto iba a pasar. En 1994 Laurie Garrett publicó un libro clarividente, un aviso, The Coming Plague [La próxima plaga]. Su conclusión era: "Mientras el género humano se pelea entre sí, la partida cae del lado de los microbios, que ganan terreno. Son nuestros depredadores y vencerán si nosotros, homo sapiens, no aprendemos a vivir en una aldea global que deje pocas oportunidades para los microbios".

Si les parece que esa forma de expresarse es hiperbólica, tengan en cuenta un análisis más sobrio realizado por el Instituto de Medicina de Estados Unidos en 2004. Se evaluaban las lecciones del brote de Sars de 2003 citando a Goethe: "Saber no es suficiente; debemos aplicar. Querer no es suficiente, debemos actuar". Concluía que "la veloz contención del Sars es un éxito de la salud pública pero también una advertencia… si el Sars sucede de nuevo… los sistemas sanitarios de todo el planeta recibirán una presión extrema… una vigilancia continua es de vital importancia".

El mundo hizo caso omiso a las advertencias.

Ian Boyd, quien fuera asesor científico del gobierno británico entre 2012 y 2019 recordó recientemente que "un entrenamiento realizado para un escenario de pandemia de gripe en el que morían alrededor de 200.000 personas me dejó hecho trizas". ¿Sirvió para que algún gobierno tomara medidas? "Aprendimos lo que funcionaría en caso de tener que aplicarlo, pero no necesariamente se pusieron en marcha las lecciones aprendidas".

Las políticas de austeridad acabaron con la ambición y compromiso por parte de los gobiernos de proteger a sus ciudadanos. El objetivo político fue disminuir el rol del Estado, que tuviera menor capacidad de intervención: el resultado fue dejar al país herido de gravedad. Sean cuales fueren las razones por las que no se aplicaron las lecciones de las simulaciones de Sars y gripe, el hecho es que –Boyd lo ha sintetizado- "nuestra preparación era deficiente".   

La respuesta global al Sars-CoV-2 es el mayor fracaso de la política científica de nuestra generación. Las señales estaban ahí. Hendra en 1994Nipah en 1998, Sars in 2003, Mers en 2012 y Ébola en 2014; todas esas grandes epidemias que afectaron a los humanos fueron causadas por virus que nacen en los animales y luego saltan al ser humano. El Covid-19 lo causa una nueva variante del virus que causó el Sars.

A nadie sorprende que las señales de alarma pasaran inadvertidas. Pocos de nosotros tienen la experiencia de una pandemia y todos tenemos parte de culpa por haber ignorado información que no refleja nuestra propia experiencia del mundo. Las catástrofes ponen de manifiesto la debilidad de la memoria humana. ¿Cómo puede planificarse ante un suceso aleatorio y extraño, más cuando el sacrificio exigido es tan intenso?

Como argumenta la sismóloga Lucy Jones en su libro de 2018 The Big Ones,"los riesgos naturales son inevitables, el desastre no lo es".

El primer deber de un gobierno es proteger a sus ciudadanos. Los riesgos de una pandemia pueden medirse y cuantificarse. Como han demostrado Garrett y el Instituto de Medicina, los peligros de una nueva epidemia se sabían y comprendían desde la aparición del VIH en la década de los 80. Desde entonces, al menos 75 millones de personas se han contagiado de ese virus y han muerto 32 millones de personas. Puede que no se haya extendido por el planeta a la velocidad del Sars-CoV-2 pero su alargada sombra debería haber puesto sobre alerta a los gobiernos para que tomaran las medidas necesarias ante el estallido de un nuevo virus.

Durante una crisis, es comprensible que tanto ciudadanía como políticos se conviertan en expertos. Pero en esta ocasión, los expertos, los científicos que han modelizado y simulado futuros posibles, dieron como hechas algunas realidades que luego resultaron no ser ciertas. El Reino Unido asumió que esta pandemia se parecería bastante a una gripe. El virus de la gripe no es benigno, el número de personas fallecidas cada año por gripe en Reino Unido varía mucho con un pico reciente de 28.330 muertos en 2014-2015 pero la gripe no es Covid-19.

En contraste, China quedó marcada por su experiencia con Sars. Cuando el gobierno se dio cuenta de que había un nuevo virus en circulación, las autoridades chinas no recomendaron el lavado de manos, ni toser con más educación o tener cuidado con el lugar en el que se tiraban los kleenex. Pusieron ciudades enteras bajo cuarentena y apagaron la economía. Como me dijo un ex secretario de salud inglés, nuestros científicos sufrieron un ataque de "sesgo cognitivo" ante el riesgo medio que supone la gripe.

Quizás por ese motivo, el comité más importante del gobierno en esta crisis, el recién creado grupo de asesoramiento ante las amenazas de virus respiratorios (Nrevtag) llegó a una conclusión el 21 de febrero, tres semanas después de que la Organización Mundial de la Salud hubiera declarado la crisis una emergencia de salud pública de alcance internacional: no objetaba la evaluación de riesgo "moderado" a la salud pública de la población del Reino Unido.

Cometieron un error importante.

No elevar el nivel de riesgo tuvo como consecuencia un retraso mortal a la hora de preparar al sistema de salud ante la ola de infecciones que estaba por venir. Es doloroso releer las peticiones desesperadas de ayuda por parte del personal de primera línea del sistema sanitario público en Reino Unido. "El agotamiento del personal de enfermería nunca ha sido tan alto y muchas de nuestras heroicas enfermeras están al borde de un ataque de nervios". "Enferma ver que esto sucede y que, de algún modo, el país, cree que es lo correcto permitir que algunos trabajadores enfermen, reciban ventilación y mueran". "Me siento como un soldado que va a la guerra desarmado". "Es un suicidio". "Estoy harto de que me llamen héroe porque si tuviera opción no vendría a trabajar".

La disponibilidad y el acceso a equipos de protección individual ha fracasado de manera estrepitosa en el caso de muchos sanitarios, médicos y personal de enfermería. Algunos gestores de hospitales habían hecho la planificación correcta. Muchos no han sido capaces de proveer los equipos de protección necesarios a sus equipos de respuesta en primera línea.

En cada conferencia de prensa, el portavoz del gobierno incluye la misma frase: "Hemos seguido los consejos médicos y científicos". La frase es buena. Sólo es cierta en parte. Los políticos sabían que el sistema de salud no estaba preparado. Sabían que no se habían organizado las capacidades suficientes para proveer de cuidados intensivos ante un incremento de casos y necesidades como las actuales. Un doctor me escribió lo siguiente: "Parece que nadie quisiera aprender de la tragedia humana de Italia, China, España… Es realmente triste… Los médicos y los científicos no han sido capaces de aprender los unos de los otros".

Se supone que vivimos en el 'antropoceno', una era en la que la actividad humana  impone su influencia sobre el medioambiente. El concepto de antropoceno conjura una cierta idea de omnipotencia humana. Pero el Covid-19 revela la sorprendente fragilidad de nuestras sociedades. Ha expuesto nuestra incapacidad para cooperar, coordinarnos y actuar juntos. Quizás no podamos controlar el ámbito de lo natural en absoluto. Quizás no tengamos la capacidad de control que alguna vez creímos tener.

Si el Covid-19 es capaz de imbuir algún grado de humildad al ser humano, es posible que después de todo acabemos mostrando cierta receptividad a las lecciones de esta pandemia letal. O quizás nos sumerjamos de nuevos en nuestra cultura de complacencia y excepcionalismo en tanto llegue la próxima plaga. Que lo hará.

La historia reciente nos muestra que más temprano que tarde

por Richard Horton - Director de la revista científica The Lancet

Traducción de Alberto Arce.

11/04/2020 - 20:29h

Sábado, 11 Abril 2020 06:39

Un virus, la humanidad y la tierra

Un virus, la humanidad y la tierra

¿Qué lecciones podemos aprender gracias al coronavirus sobre nuestra especie humana, los paradigmas económicos y tecnológicos dominantes y la tierra?

Un pequeño virus ha confinado el mundo, ha parado la economía global, se ha llevado por delante la vida de miles y el sustento de millones de personas.

¿Qué lecciones podemos aprender gracias al coronavirus sobre nuestra especie humana, los paradigmas económicos y tecnológicos dominantes y la tierra?

Lo primero que nos recuerda el confinamiento es que la tierra es para todas las especies y que cuando dejamos espacio y liberamos las calles de coches, la contaminación se reduce. Los elefantes pueden acceder a las zonas residenciales de Dehradun y bañarse en el Ganges en el ghat de Har Ki Pauri, en Haridwar. Un leopardo campa a sus anchas en Chandigarh, la ciudad diseñada por Le Corbusier.

La segunda lección es que esta pandemia no es un desastre natural, al igual que los fenómenos climáticos extremos tampoco lo son. Las epidemias emergentes, así como el cambio climático, son antropogénicas, es decir, causadas por las actividades humanas.

Los científicos nos avisan de que al invadir los ecosistemas forestales, destruir los hábitats de muchas especies y manipular las plantas y los animales para obtener beneficio económico fomentamos la aparición de nuevas enfermedades. A lo largo de los últimos 50 años han aparecido 300 nuevos patógenos. Está sobradamente documentado que un 70 % de los patógenos que afectan al ser humano, entre los que se encuentran el VIH, el ébola, la gripe, el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS, por sus siglas en inglés) y el síndrome respiratorio agudo grave (SARS, por sus siglas en inglés) surgen cuando se invaden los ecosistemas forestales y los virus se transfieren de animales a personas. Cuando se apiñan animales en granjas industriales para maximizar los beneficios afloran nuevas enfermedades como la gripe porcina o aviar.

La avaricia humana, que no respeta los derechos de otras especies ni los derechos de los miembros de nuestra misma especie, es la raíz de esta pandemia y de las pandemias que la seguirán. Una economía global basada en la ilusión del crecimiento ilimitado se traduce en un apetito insaciable por los recursos planetarios, lo que en consecuencia se traduce en una ilimitada transgresión de los límites del planeta, de los ecosistemas y de las especies.

La tercera lección que nos enseña el virus es que la emergencia sanitaria está relacionada con la emergencia de la extinción masiva de especies. También con la emergencia climática. Al usar venenos como insecticidas y herbicidas para matar insectos y plantas es inevitable provocar una crisis de extinción. Al quemar combustibles que la tierra fosilizó hace 600 millones de años transgredimos los límites planetarios. La consecuencia es el cambio climático.

Los pronósticos de los científicos establecen que si no frenamos esta guerra antropogénica contra la tierra y las especies que la habitan, en cien años habremos destruido las condiciones que permiten a los humanos vivir y prosperar. Nuestra extinción será una más de las 200 que se producen a diario. Nos vamos a convertir en una especie en peligro de extinción por la avaricia, arrogancia e irresponsabilidad humanas.

Todas las emergencias que en la actualidad ponen en peligro vidas tienen su origen en la visión mecanicista, militarista y antropogénica de los humanos como seres al margen de la naturaleza, como amos y señores de la tierra que pueden dominar, manipular y controlar a otras especies como fuentes de beneficio. También tienen su origen en un modelo económico que considera los límites ecológicos y éticos como obstáculos que se deben superar para aumentar el crecimiento de los beneficios empresariales. En ese modelo no caben los derechos de la Madre Tierra, los derechos de otras especies, los derechos humanos, ni los de las generaciones futuras. Durante esta crisis y la recuperación tras el confinamiento, necesitamos aprender a proteger la tierra, su clima, los derechos y los hábitats de las diferentes especies, los derechos de los pueblos indígenas, de las mujeres, de los agricultores y agricultoras y de los trabajadores y trabajadoras.

Tenemos que romper con la economía del lucro y el crecimiento ilimitado que nos ha llevado a una crisis de supervivencia. Tenemos que aprender de una vez por todas que somos miembros de la familia planetaria y que la verdadera economía es la economía de los cuidados: el cuidado del planeta y el cuidado mutuo.

Para prevenir futuras pandemias, hambrunas, y la perspectiva de convertirnos en sociedades en las que la vida humana no tenga valor, tenemos que romper con el sistema económico global que está generando el cambio climático, la extinción de muchas especies y la propagación de enfermedades mortales. La vuelta a lo local deja espacio para que las distintas especies, las diferentes culturas y las variadas economías locales se desarrollen.

Tenemos que reducir de manera consciente nuestra huella ecológica para dejar recursos y espacio disponibles para otras especies, para el resto de seres humanos y para las generaciones futuras. La emergencia sanitaria y el confinamiento ha demostrado que cuando hay voluntad política, se puede revertir el proceso de globalización. Hagamos que esta reversión sea permanente y volvamos a la producción local y de cercanía en línea con los principios del swadeshi (autosuficiencia) que promulgaba Gandhi, es decir, el restablecimiento de la economía doméstica.

Nuestra experiencia en Navdanya nos ha enseñado a lo largo de tres décadas que los sistemas de producción de pluricultivos locales y ecológicos son capaces de proveer de alimento a la población sin empobrecer el suelo, contaminar el agua ni dañar la biodiversidad.

La riqueza de la biodiversidad en los bosques, las granjas, los alimentos que consumimos, la microbiota intestinal, es un hilo conductor que comunica el planeta y sus diferentes especies, también los seres humanos, a través de la salud, no de la enfermedad.

Un pequeño virus puede ayudarnos a dar un gran paso adelante para fundar una nueva civilización planetaria ecologista basada en la armonía con la naturaleza. O bien podemos seguir viviendo la fantasía del dominio sobre el planeta y seguir avanzando hasta la próxima pandemia. Y por último, hasta la extinción.

La tierra seguirá adelante, con nosotros o sin nosotros.

 

Por Vandana Shiva. 

Activista medioambiental, defensora de la soberanía alimentaria y fundadora del movimiento Navdanya. TRADUCCIÓN: Gala Arias Rubio

11 abr 2020 10:00

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El presente artículo fue publicado el pasado 5 de abril en el deccanherald.com y ha sido traducido y publicado por El rumor de las multitudes con el permiso expreso de la autora.

Publicado enSociedad
Sábado, 11 Abril 2020 06:28

Lactómeda: el futuro de la humanidad

Lactómeda: el futuro de la humanidad

¿Hasta dónde podemos llegar en nuestra exploración del espacio?

Estos días festivos muchos teníamos planeado irnos de viaje y escapar así unos días de la ciudad. Hoy les proponemos salir de casa y hacer este viaje. De hecho, no solo salir de la ciudad, sino del país, del planeta e incluso de nuestro sistema solar. Elijan el destino: playas paradisiacas con atardeceres dobles, montañas infinitas o selvas de vegetación frondosa. Es un viaje con la imaginación, así que pueden soñar a su antojo.

La idea de salir de nuestro planeta, sin embargo, no es únicamente un ejercicio de imaginación. La agencia espacial europea (ESA), por ejemplo, ha creado un consorcio de empresas, incluyendo la del británico Norman Foster, para estudiar la viabilidad de construir ciudades en la Luna y en Marte usando impresoras 3D. Sin embargo, estos proyectos son solo el principio. En última instancia, la supervivencia de la especie humana va a depender de la capacidad de viajar mucho más allá de Marte, fuera del sistema solar. No solo por la vida limitada del Sol, sino por otros muchos peligros que nos acechan en nuestra galaxia.

Fuera del sistema solar, el destino más cercano con el que podemos soñar es el planeta Próxima b, descubierto en el 2016 por el equipo del español Guillem Anglada-Escudé. A pesar de ser el más cercano, la distancia a este planeta es de unos 40,000,000,000,000 km, por lo que usando cohetes de propulsión tardaríamos unos 75.000 años en llegar. Sin embargo, la tecnología para crear cohetes que se acerquen a la velocidad de la luz (límite máximo alcanzable según las leyes de la física) está dejando de ser ciencia ficción y de aquí a un siglo es posible que podamos alcanzar estos destinos en un tiempo más razonable (os hablaremos de esto otra semana).

Hoy, sin embargo, vamos a ser todavía mucho más ambiciosos. No vamos a pensar que podremos hacer en cientos, sino en miles o millones años y nos vamos a escapar, no de nuestro sistema solar, sino de nuestra galaxia. La imaginación no nos la confina nadie. Dentro de millones de años estaremos rozando la inmortalidad, podremos aguantar la radiación del espacio exterior y viajar a velocidades próximas a la de la luz. ¿Existe algún límite a nuestra exploración del Universo? La respuesta es que sí.

Las galaxias, como los humanos, son gregarias y muy raramente están solas. Nuestra Vía Láctea, junto con la galaxia de Andrómeda y unas decenas de galaxias más pequeñas, forma parte de un grupo de galaxias que llamamos el Grupo Local. El Grupo Local tiene un tamaño de unos 10 millones de años luz que, aunque pueda parecer muy grande (ciertamente lo es), representa únicamente el 0,00000000001% del universo que podemos observar actualmente. El Grupo Local es uno de los cientos de grupos que forman parte del supercúmulo de Laniakea (“cielo inmenso” en hawaiiano) que, a su vez, es uno de los millones de supercúmulos observables. Pues bien, por mucho que avance la tecnología, si nuestro modelo del Universo no se demuestra erróneo, este es nuestro límite. Nunca podremos salir del Grupo Local. Dentro de miles de millones de años seguiremos confinados. El responsable en este caso, es también invisible, pero al menos tiene un nombre más sugerente, la energía oscura.

El grupo de galaxias más cercano a nosotros se encuentra ya a millones de años luz. Sin embargo, como el resto de grupos del Universo, se está alejando de nosotros y, debido a la energía oscura, lo hace cada vez más rápido. En unos miles de millones de años estos grupos se estarán alejando a velocidades que difícilmente podremos alcanzar con nuestras naves, así que por mucho que nos dirijamos hacia ellos, nunca lograremos acercarnos. El grupo Local, sin embargo, se mantendrá unido gracias a la gravedad. De hecho, estará cada vez más y más unido hasta el punto de que todas las galaxias se fusionarán en una sola, la galaxia de Lactómeda.

Los habitantes de Lactómeda, muchos de los cuales serán seres humanos pero no vivirán ya en la Tierra, estarán libres de epidemias y vivirán mucho más años que nosotros. Sin embargo, tendrán mucho que envidiarnos. En Lactómeda no se formarán ya nuevas estrellas, así que no podrán contemplar las bellas formas y colores de las regiones donde esto ocurre. Tampoco tendrán la oportunidad de conocer los detalles del Big Bang, ya que la radiación que nos ha permitido estudiar los primeros instantes del Universo no será visible para ellos. No podrán observar tampoco las primeras galaxias formadas o los cuásares, por lo que no podrán aprender acerca de la expansión del Universo. De hecho, incluso la luz proveniente de las galaxias más cercanas se irá haciendo cada vez más débil y llegará un momento en el que estos humanos solo vean una única galaxia, la suya. Pensarán que el Universo es estático y eterno, regresando así a las primeras visiones del universo aristotélico.

A pesar del confinamiento galáctico, no se agobien. El Grupo Local es muy grande y todavía no hemos sido capaces de salir del sistema solar. Además, tenemos todavía miles de millones de estrellas que explorar en la Vía Láctea. Es importante recordar, sin embargo, lo inmensamente afortunados que somos de estar viviendo en el momento adecuado para poder ver, no solo nuestro futuro, sino también nuestro pasado más lejano. Desde nuestro rinconcito pequeño del Universo podemos observar toda su grandiosidad y extrema belleza, incluso sin salir de casa.

10 ABR 2020 - 06:26 COT

Patricia Sánchez Blázquez es profesora titular en la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

Pablo G. Pérez González es investigador del Centro de Astrobiología, dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (CAB/CSIC-INTA).

Vacío Cósmico es una sección en la que se presenta nuestro conocimiento sobre el universo de una forma cualitativa y cuantitativa. Se pretende explicar la importancia de entender el cosmos no solo desde el punto de vista científico sino también filosófico, social y económico. El nombre "vacío cósmico" hace referencia al hecho de que el universo es y está, en su mayor parte, vacío, con menos de 1 átomo por metro cúbico, a pesar de que en nuestro entorno, paradójicamente, hay quintillones de átomos por metro cúbico, lo que invita a una reflexión sobre nuestra existencia y la presencia de vida en el universo.

Embajada de Colombia en Australia deja a 270 colombianos a su suerte

El coronavirus fue la chispa que aceleró el colapso del sistema mundo capitalista, evidenciando que las fuertes políticas neoliberales aplicadas durante décadas solo conllevaron a la precariedad presupuestal en diversas instituciones gubernamentales. Dentro de estas instituciones la Cancillería colombiana demuestra mayor incapacidad de reacción y ejecución para garantizar los derechos humanos de los más de 4.500 colombianos que por diversas circunstancias quedaron atrapados, o en zonas grisis, alrededor del mundo.


De las embajadas que no han concretado ningún vuelo humanitario de regreso sobresale la encargada en Australia al exgeneral Alberto José Mejía, quien dejó a su suerte a 270 compatriotas, muchos en condición de vulnerabilidad y que añoran que los cerrados aeropuertos de Colombia vuelvan a funcionar cuando la medida de cuarentena se levante.
Estos 270 connacionales abandonados a la deriva por el gobierno colombiano, se dividen en tres categorías:


- 60 con visas de turismo con duración entre 3 o 6 meses, e incluso 1 año y que tenían planeado volver al país durante los meses de abril–mayo del año en curso.
- 160 estudiantes que tenían ya su visa vencida, o se les va a vencer, y tenían sus tiquetes ya comprados.
- 50 que no tenían tiquetes comprados pero sus visas van a caducar en el intervalo abril -mayo.

 

Estos datos los suministró Carolina Tafur, quien lleva las banderas del grupo “Colombianos Atrapados en Australia”. La estudiante bogotana tenía comprado su tiquete de regreso para Colombia el 1 de abril. De repente el anuncio del presidente Iván Duque de cerrar los aeropuertos internacionales la dejó en shock, “Cuando pasa todo esto y quedo en el limbo y pienso –yo no debo ser la única, debe haber más gente que quedó con tiquetes comprados y demás cosas– empecé a contar mi historia en mi Facebook y cree un grupo en Whatsapp para personas con mi misma situación. El grupo empezó a crecer, creamos una fan page, subimos fotos y vídeos. Después enviamos un comunicado donde expusimos varias peticiones a la embajada de Colombia en Australia” comentó Carolina, que antes de su vuelo ya había entregado su cuarto y ahora, por falta de recursos, vive en un apartamento donde la acogieron unos connacionales.


¿Y qué les respondió la embajada, Carolina? “A nosotros nos dicen –responde con voz segura–, el vuelo no será posible, y nosotros decimos ¿por qué no? Nos dicen que van a buscar un diálogo diplomático para extender visas de turistas a estudiantes colombianos con visa expirada después de empezada la cuarentena. Pero eso no es posible pues el primer ministro australiano, Scott Morrison, dijo que los extranjeros con visa temporal y/o estudiantes o turistas deberían devolverse para su país porque no habrá ayuda por parte del gobierno australiano”.

Una realidad que evidencia la nula o por lo menos débil hoja de ruta que tiene el gobierno colombiano para resolver el tema. Una actitud de desprecio por los suyos que no toma en cuenta, por ejemplo, procesos seguidos por la embajada y cónsul de Perú en Australia, que lograron que el vuelo LA1120 partiera de Sídney el 1 abril a la 1.10 p.m. rumbo a Santiago de Chile, para luego dirigirse a Lima en un vuelo de repatriación humanitaria coordinado por las autoridades peruanas. Gestión que el gobierno colombiano no ha logrado con el australiano. O como fue el caso de la cancillería argentina, quien contrató un chárter de la empresa aérea Latam para trasladar a los argentinos de Cusco a la ciudad chilena de Iquique, distante 770 kilómetros, y luego desde allí en otro avión a Buenos Aires. Este país, además, gestionó que 800 argentinos varados en Cuba partieran desde La Habana el 2 de abril. Ese vuelo también servirá para regresar a Cuba con medicamentos destinados a argentinos que continúan en este país.


“Y es que –dice Carolina–, le hemos propuesto a la embajada colombiana un vuelo humanitario de esas características, como el realizado por el gobierno peruano. Porque entonces ¿dónde queda mi derecho a la salud? ¿al libre tránsito? Y todo por un decreto que no puede acabar con una ley. El presidente está sordo y nos está negando nuestro derecho a volver a nuestro país. La mejor opción es que ayuden con un vuelo, porque les sale más caro dar ayudas económicas a todos los colombianos varados en Australia”, enfatiza la colombiana, que después de terminar sus estudios pensaba en retornar del todo al país.


Carolina se refiere al pacto internacional de los derechos civiles y políticos (Pidcp), al que Colombia se unió bajo la ley 74 de 1968, de la misma manera por el protocolo facultativo aprobado por la asamblea general de la naciones unidas, en Nueva York el 16 de diciembre 1966 donde menciona la prohibición a los países, en su artículo 12 numeral 4, nadie podrá ser privado del derecho de entrar a su propio país. Un Pacto ahora violado y/o desconocido por el decreto 439 de 2020, ratificado por la cancillería que en comunicado del jueves 27 de marzo expresó: “[…] todos los vuelos de llegada al país están prohibidos”, y negado de nuevo el pasado 3 de abril cuando la canciller Claudia Blum a través de video aseguró que habrá ayudas para los colombianos que demandan regresar al país, pero no retorno.



“Nos sentimos desterrados tanto del gobierno colombiano como del australiano. Nosotros vamos a quedar en el limbo, nosotros somos también colombianos y no por el hecho de estar afuera lo dejamos de ser. La posibilidad de vuelo ha sido descartada. Todas las personas del grupo estamos dispuestas a cumplir con la cuarentena en Colombia, no tenemos opciones acá. No tenemos garantías”, expresó con tono triste Carolina, una más de los 270 colombianos que fueron dejados a su suerte por el embajador Alberto José Mejía quien irónicamente partió en un vuelo desde Australia para Colombia a la boda de su hija el pasado 14 de marzo, conociendo la situación a nivel mundial y una vez declarada la alerta amarilla en Bogotá, situación que incluía la negativa para realizar reuniones de grupos para evitar la propagación del coronavirus.


Ver artículo –“Un vuelo de rescate” –:
https://www.desdeabajo.info/colombia/item/39250-un-vuelo-de-rescate.html

 

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Martes, 07 Abril 2020 06:26

El último llamado de la naturaleza

El último llamado de la naturaleza

James Lovelock es el científico inglés quien junto con la bióloga Lynn Margulis, postularon y demostraron que el planeta Tierra es un organismo vivo, dotado de mecanismos de autocontrol que son tremendamente delicados y frágiles. A toda su demostración, que es científicamente impecable, se le llamó la teoría de Gaia, en honor a la diosa griega de la tierra. Hace 14 años Lovelock publicó La venganza de Gaia (Penguin Books, 2006) en el cual sintetizó las reacciones del ecosistema global ante los impactos de las actividades humanas. Desde cada una de las cosmovisiones de los 7 mil pueblos originarios o indígenas del mundo, existe una visión similar: el castigo de la madre tierra surge porque los humanos no han escuchado su voz y han rebasado los límites marcados por ella. Ya sea desde la ecología científica o desde la ecología sagrada, hoy existe un consenso cada vez más generalizado de que todo daño que se inflige a la naturaleza termina revirtiéndose y que la humanidad debe reconstituirse a partir de su reconciliación con el universo natural, es decir, con la vida misma.

La ecología política todavía va más allá. Postula que no es la especie humana la culpable de las “iras de la naturaleza”, sino un sistema social, una civilización, en la que una minoría de menos del 1% de la población explota por igual tanto el trabajo de la naturaleza como el trabajo de los seres humanos. Esa clase depredadora y parásita sólo será desterrada mediante un cambio civilizatorio radical. Una transformación que puede ser, que debería ser, gradual y pacífica no súbita y violenta. Hoy existe ya un conjunto de directrices que nos marcan los caminos de una profunda transformación civilizatoria (ver mi libro Los civilizionarios; y obras como las de Helena ­Norberg-Hodge, Local is Our Future, o de Edgardo Lander, Crisis civilizatoria).

Es en este contexto donde debe ubicarse la enorme crisis sanitaria provocada por el coronavirus. Las últimas pandemias han surgido en relación con los sistemas industriales de producción de carne (cerdo, pollo, huevos) como las gripes porcina y aviar, y a la destrucción de los hábitats de especies silvestres de animales portadores de virus y en íntima relación con un sistema alimentario que ofrece productos de baja calidad o perjudiciales por el uso masivo de agroquímicos. La expansión despiadada del coronavirus es el último llamado de la naturaleza. Antes ha habido otros más. En los últimos 25 años la madre naturaleza ha enviado numerosas señales. En 1997-98 los incendios forestales que arrasaron más de 9 millones de hectáreas de selvas y bosques de la Amazonia, Indonesia, Centroamérica, México y Canadá, resultado de uno de los climas más cálidos y secos. Luego en 2003 la canícula europea con temperaturas extremas en Francia, España, Portugal, Alemania, Inglaterra, etcétera, que dejó entre 20 mil y 30 mil muertes, un fenómeno que fue ocultado por los medios masivos de comunicación. Por esos mismos años una secuencia de poderosos huracanes, alcanzó su máximo con Katrina que en 2005 causó los mayores daños a las costas de Estados Unidos, calculados en 108 mil millones de dólares. En la década siguiente tuvo lugar la peor sequía registrada (2011-13) en la historia climática de Estados Unidos (15 estados) y el norte de México, que dejó millones de reses muertas y severos impactos sobre la agricultura. Finalmente, el año pasado de nuevo se concatenaron gigantescos incendios forestales en la Amazonia, Siberia, California y, especialmente, en Australia.

Los daños infligidos a los sistemas vivos, en todas sus escalas y dimensiones, son hoy la mayor amenaza a la especie humana, los cuales están íntimamente ligados a la desigualdad social y a la marginación. Según Oxfam, unos 70 millones de seres humanos poseen una riqueza superior a la de 7 mil millones. El punto clave es entonces cómo cambiar el actual estado de cosas. Algunas transformaciones obligadas son: el paso de una economía de mercado a una economía social y solidaria, de grandes empresas y corporaciones a empresas familiares y cooperativas (fin de los monopolios), de gigantescos bancos a cajas colectivas de ahorro, de energía fósil a energías renovables, de sistemas agroalimentarios industriales a sistemas agroecológicos, de organizaciones centralistas y verticales a organizaciones descentralizadas y horizontales (redes), de una democracia representativa a una democracia participativa. Pero sobre todo construir desde lo local (comunidades, municipios, microrregiones) un poder ciudadano o social capaz de enfrentar y controlar las acciones suicidas del Estado y del capital. En suma, una (eco)política desde, con y para la vida.

Por Víctor M. Toledo, secretario del Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat)

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Lunes, 06 Abril 2020 06:11

El socialismo y la vida

El socialismo y la vida

El texto que presentamos fue publicado en la revista La Petite République, 7 de septiembre de 1901 (retomado en Les Cahiers de la Quinzaine de Charles Péguy) y en la compilación de ensayos Études socialistes de ese mismo año. En este texto, Jaurès entiende el socialismo como el desarrollo de la idea republicano-democrática del derecho a la existencia y a la vida como eje fundamental para vertebrar una sociedad justa. Un socialismo que apuesta decididamente por el libre desarrollo de la personalidad en armonía con el interés general sobre el suelo de la propiedad común y social. En estos días dramáticos que corren es menester sacar del baúl de los recuerdos esa tradición política que quiso construir comunidades políticas basadas en la protección y florecimiento de la vida. [Nota de los traductores]


La dominación de clase es un atentado contra la humanidad. El socialismo, que abolirá toda primacía de clase y toda clase, es, pues, una restitución de la humanidad. Por lo tanto, es, para todos, un deber de justicia ser socialistas. Que no objeten, como lo hacen algunos socialistas y algunos positivistas, que es pueril y vano invocar la justicia, que es una idea completamente metafísica y maleable en todos los sentidos, y que de esta púrpura banal todas las tiranías se hicieron un manto. No, en la sociedad moderna la palabra justicia cobra un sentido cada vez más preciso y amplio. Significa que, en todo hombre, en todo individuo, la humanidad debe ser plenamente respetada y elevada a lo más alto. No obstante, no hay realmente humanidad sino allí donde hay independencia, voluntad activa, libre y jovial adaptación del individuo al conjunto. Allí donde los hombres están bajo la dependencia y a la merced de otros hombres, allí donde las voluntades no cooperan libremente por la obra social, allí donde el individuo está sometido a la ley del conjunto por la fuerza y la costumbre, y no sólo por la razón, la humanidad está degradada y mutilada.

Es entonces únicamente con la abolición del capitalismo y con la llegada del socialismo que la humanidad se realizará1.

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Ya sé que en la Declaración de los derechos del hombre la burguesía revolucionaria deslizó un sentido oligárquico, un espíritu de clase. Ya sé que intentó consagrar en ella para siempre la forma burguesa de la propiedad, y que incluso en el orden político empezó por rechazar el derecho de sufragio a millones de pobres, convertidos en ciudadanos pasivos. Pero sé también que, de entrada, los demócratas se sirvieron del derecho del hombre, de todos los hombres, para pedir y conquistar el derecho de sufragio para todos. Sé que, de entrada, los proletarios se apoyaron en los Derechos del hombre para defender incluso sus reivindicaciones económicas. Sé que la clase obrera, aunque no tenía aún en 1789 más que una existencia rudimentaria, no tardó en aplicar, en ampliar los Derechos del hombre en un sentido proletario. Proclamó, desde 1792, que la propiedad de la vida era la primera de todas las propiedades, y que la ley de esa propiedad soberana debía imponerse sobre todas las demás.

Sin embargo, agrandad, ensalzad el sentido de la palabra vida. Comprended no sólo la subsistencia, sino toda la vida, todo el desarrollo de las facultades humanas, y veréis que es el comunismo lo que el proletariado trasplanta en la Declaración de los derechos del hombre. Así, de entrada, el derecho humano proclamado por la Revolución tenía un sentido más profundo y más amplio que el que le daba la burguesía revolucionaria. Esta última, con su derecho todavía oligárquico y estrecho, no bastaba para rellenar toda la superficie del derecho humano; el lecho del río era más amplio que el río, y hará falta un aluvión nuevo, el gran aluvión proletario y humano, para que la idea de justicia sea plena al fin.

Sólo el socialismo dará a la Declaración de los derechos del hombre todo su sentido y realizará todo el derecho humano. El derecho revolucionario burgués ha liberado la personalidad humana de muchos obstáculos; pero obligando a las nuevas generaciones a pagar una renta al capital acumulado por las generaciones anteriores, y dejando a una minoría el privilegio de percibir esa renta, golpea con una suerte de hipoteca en beneficio del pasado y en beneficio de una clase a toda personalidad humana.

Nosotros pretendemos, al contrario, que los medios de producción y de riqueza acumulados por la humanidad deben estar a disposición de todas las actividades humanas y liberarlas. Según nosotros, todo hombre tiene desde ahora un derecho sobre los medios de desarrollo que ha creado la humanidad. No es pues una persona humana, completamente débil y desnuda, expuesta a todas las opresiones y a todas las explotaciones, que viene al mundo. Es una persona investida de un derecho, y que puede reivindicar, para su entero desarrollo, el libre uso de los medios de trabajo acumulados por el esfuerzo humano. Todo individuo humano tiene derecho a su crecimiento completo. Tiene entonces derecho a exigir de la humanidad todo lo que pueda secundar su esfuerzo. Tiene derecho a trabajar, a producir, a crear, sin que ninguna categoría de hombres someta su trabajo a un desgaste y a un yugo. Y como la comunidad no puede asegurar el derecho del individuo sin poner a su disposición los medios de producción, es necesario que ella misma sea investida, sobre esos medios de producción, de un derecho soberano de propiedad.

Marx y Engels, en el Manifiesto comunista, subrayaron de forma magnífica el respeto de la vida, que es la esencia misma del comunismo:

En la sociedad burguesa, el trabajo vivo no es más que un medio de incrementar el trabajo acumulado en el capital. En la sociedad comunista, el trabajo acumulado no será más que un medio de aumentar, de enriquecer, de estimular la vida de los trabajadores.

En la sociedad burguesa, el pasado reina sobre el presente. En la sociedad comunista, el presente reinará sobre el pasado.

La Declaración de los derechos del hombre había sido también una afirmación de la vida, un llamamiento a la vida. Fueron los derechos del hombre vivo lo que la Revolución proclamó. No reconocía a la humanidad pasada el derecho de atar a la humanidad presente. No reconocía a los servicios pasados de reyes y nobles el derecho de pesar sobre la humanidad presente y viva, y de detener su desarrollo. Al contrario, la humanidad viva tomaba para usarlo en beneficio propio todo lo que el pasado había legado de fuerzas vivas. La unidad francesa preparada por la realeza pasaba a ser, contra la propia realeza, el instrumento decisivo de la revolución. De igual forma las grandes fuerzas de producción acumuladas por la burguesía pasarán a ser, contra el privilegio capitalista, instrumento decisivo de la liberación humana.

La vida no abole el pasado: lo somete. La Revolución no es una ruptura, es una conquista. Y cuando el proletariado haya hecho esa conquista, cuando el comunismo haya sido instaurado, todo el esfuerzo humano acumulado durante siglos formará como una naturaleza benévola y rica, acogiendo desde su nacimiento a todas las personas humanas, asegurándoles su desarrollo completo.

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Así, incluso en el derecho revolucionario burgués, en la Declaración de los derechos del hombre y de los derechos de la vida, hay una raíz de comunismo. Pero esta lógica interna de la idea de derecho y de humanidad hubiese quedado ineficaz y latente sin la vigorosa acción exterior del proletariado. El proletariado interviene desde los primeros días de la Revolución. No escucha los absurdos consejos de clase de aquellos que, como Marat, le dicen: “¿Qué haces? ¿y por qué vas a tomar la Bastilla, que nunca tuvo entre sus muros a proletarios?” Avanza; libra el asalto; determina el éxito de las grandes jornadas; se dirige a las fronteras; salva la Revolución dentro y fuera; se convierte en una fuerza necesaria y recoge de camino el premio de su acción incesante. De un régimen semi-democrático y semi-burgués, hace en tres años, de 1789 a 1792, una democracia pura, donde a veces la acción de los proletarios es dominante. Desplegando su fuerza, gana confianza en sí mismo, y termina por decirse con Babeuf que, habiendo creado una potencia común, la de la nación, debe servirse de ella para fundar la felicidad común.

Así, por la acción de los proletarios, el comunismo deja de ser una vaga especulación filosófica para convertirse en un partido, en una fuerza viva. Así, el socialismo surge de la Revolución francesa bajo la acción combinada de dos fuerzas: la fuerza de la idea del derecho, la fuerza de la acción proletaria naciente. No es pues una utopía abstracta. Brota en el punto más hirviente, más efervescente de las fuentes cálidas de la vida moderna.

Pero he aquí, después de muchas pruebas, de victorias parciales y de caídas, a través de la diversidad de los regímenes políticos, el nuevo orden burgués creado por la Revolución que se desarrolla. He aquí bajo el Imperio, bajo la Restauración, el sistema económico de la burguesía, fundado en la competencia ilimitada, que comienza a producir sus efectos: incremento incontestable de la riqueza, pero inmoralidad, picaresca, perpetuo combate, desorden y opresión. ‒ El toque de genialidad de Fourier fue concebir que era posible remediar el desorden, depurar y ordenar el sistema social sin entorpecer la producción de las riquezas, sino, al contrario, incrementándola. Ningún ideal ascético: libre desarrollo de todas las facultades, de todos los instintos. La misma asociación que suprimirá las crisis multiplicará las riquezas ordenando, combinando los esfuerzos. Así, el matiz de ascetismo con el cual la Revolución había podido ensombrecer al socialismo se desvanece. Así, el socialismo, después de haber participado con los proletarios de la Revolución y con Babeuf en toda la vida revolucionaria, entra ahora en la gran corriente de las riquezas y de la producción moderna. A través de Fourier, a través de Saint-Simon, aparece como una fuerza capaz no de reprimir el capitalismo, sino de superarlo.

En el nuevo orden vislumbrado por estos grandes genios, el precio de la justicia no serán las alegrías de la vida. Al contrario, la organización justa de las fuerzas humanas se sumará a su potencia productiva. El esplendor de las riquezas manifestará la victoria del Derecho, y la felicidad será el resplandor de la justicia. El babuvismo no había sido la negación de la revolución, mas, al contrario, su pulsación más audaz. El fourierismo y el sansimonismo no son la negación, la restricción de la vida moderna, mas, al contrario, su apasionada ampliación. En todo lugar y todo momento, el socialismo es una fuerza que vive en el sentido de la ardiente corriente de la vida.

Pero a los grandes sueños de armonía y de riqueza para todos, a las grandes concepciones constructivas de Fourier y de Saint-Simon, la burguesía de Louis-Phillipe contesta con un redoblamiento de la explotación de clase, la utilización intensiva y extenuante de las fuerzas obreras, una orgía de concesiones estatales, de monopolios, de dividendos y de primas. Hubiese sido como mínimo ingenuo seguir oponiendo sueños idílicos a esta osada explotación. Es a través de la amarga crítica de la propiedad, de la renta, de la aparcería, del beneficio, la forma en la que replicó Proudhon : e incluso aquí, una vez más, la palabra que debía ser dicha, fue dicha bajo el dictado y la amarga inspiración de la vida.

Pero, ¿cómo completar la labor crítica a través de una labor de organización? ¿De qué manera se pueden agrupar en una vasta unidad de combate a todos los elementos sociales amenazados por el poder de la banca, del monopolio y del capital? Proudhon desentrañó muy rápido que el ejército de la democracia social era dispar, que estaba compuesta por un proletariado fabril todavía insuficiente en número y fuerza, y por una pequeña burguesía industrial y comercial, por un artisanado que la concentración y la absorción capitalista acechaba pero que no había logrado abolir todavía. De ahí, en la parte positiva de la obra de Proudhon, vacilaciones y contradicciones; de ahí, una mezcla singular de reacción y de revolución industrial dependiendo de si se aplica en salvar a la pequeña burguesía mediante combinaciones ficticias o de si presiente el advenimiento de la clase obrera, fuerza de la revolución. Proudhon hubiese querido suspender los acontecimientos, posponer la crisis revolucionaria de 1848 para dar al desarrollo económico el tiempo para dibujar de forma más nítida la línea que iba a seguir, y poder orientar mejor los ánimos. Pero, una vez más, ¿de dónde vienen esas vacilaciones, esos escrúpulos o incluso esos esfuerzos contradictorios sino del contacto del honesto pensamiento socialista con la realidad compleja y todavía incierta? Es la vida de un siglo que resuena sin cesar en él.

Y he aquí que desde 1848 la gran fuerza decisiva y sustancial se manifiesta y se organiza. He aquí que el crecimiento de la gran industria suscita un proletariado obrero, cada vez más numeroso, cada vez más coherente, cada vez más consciente. Aquellos que con Marx han recibido con entusiasmo el advenimiento de esa potencia decisiva, aquellos que han comprendido que a través de ella el mundo sería transformado, han podido sobrestimar la rapidez del movimiento económico. Han podido, menos prudentes que Proudhon, menos advertidos que él de las fuerzas de resistencia y de los recursos de transformación de la pequeña industria, simplificar en exceso el problema y deformar la potencia de absorción del capital concentrado.

Incluso con todas las reservas y restricciones que nos aporta el estudio de la realidad siempre compleja y múltiple, sigue siendo verdad que la clase puramente proletaria se agranda en número, que representa una fracción creciente de las sociedades humanas, que es agrupada en centros de producción cada vez más vastos; sigue siendo verdad que está completamente preparada para concebir, a través de la producción en grande, la propiedad en grande, cuyo límite es la propiedad social.

Así, el socialismo, que con Babeuf fue como el escalofrío más ardiente de la revolución democrática, que, con Fourier y Saint-Simon, fue la magnifentísima ampliación de las promesas de riqueza y de potencia que el capitalismo intrépido prodigaba al mundo, que, con Proudhon, fue la advertencia más aguda que se haya dado a las sociedades devoradas por la oligarquía burguesa, es ahora, con y en el proletariado, la más fuerte de las potencias sociales, aquella que crece sin cesar y que acabará por desplazar en su beneficio, es decir, en beneficio de la Humanidad de la que es ahora la expresión más alta, el equilibrio del mundo social.

No, el socialismo no es una concepción arbitraria y utópica; se mueve y se desarrolla de lleno con la realidad; es una gran fuerza de vida, sumergida en toda la vida y pronto capaz de tomar el timón. A la aplicación incompleta de la justicia y del derecho humano que hacía la revolución democrática y burguesa, el socialismo ha opuesto la interpretación completa y decisiva de los Derechos Humanos. A la organización de las riquezas incompleta, estrecha y caótica que intentaba el capitalismo, ha opuesto una magnífica concepción de riqueza armónica en la que el esfuerzo de cada uno se engrandecía con el esfuerzo solidario de todos. A la sequía del orgullo y del egoísmo burgués disminuido en explotación censitaria y monopolística, ha opuesto la amargura revolucionaria, la ironía provocativa y vengadora, el mortífero análisis que disuelve la mentira. Y he aquí por fin, que, a la primacía social del capital, ha opuesto la organización de clase, cada día más fuerte, del proletariado en crecimiento.

¿Cómo podrá el régimen de clases subsistir ahora que la clase oprimida y explotada está creciendo todos los días en número, en cohesión, en conciencia, y cuando está trazando el plan, cada día más claro, de acabar con la propiedad de clase?

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Ahora bien, a la par que crecen las fuerzas reales, sustanciales, del socialismo, los medios técnicos de realización socialista se precisan también. Es la nación que se constituye cada vez más en su unidad y en su soberanía y que se ve obligada a asumir cada vez más funciones económicas, preludio burdo de la propiedad social. Son las grandes ciudades urbanas e industriales por donde a través de las cuestiones de higiene, de alojamiento, de iluminación, de educación, de alimentación, la democracia entrará cada vez más en el problema vivo de la propiedad y en la administración de los dominios colectivos. Son las cooperativas de toda clase, cooperativas de consumo y cooperativas de producción, las que se multiplican. Son las organizaciones sindicales y profesionales las que se extienden, se flexibilizan, se diversifican: sindicatos, federaciones de sindicatos, casas del pueblo, federaciones de oficios, federaciones de industria.

Y así, podemos asegurar que no será de ninguna forma a través de la pesada monotonía de una burocracia central que se remplazará el privilegio capitalista. En cambio, la nación, investida del derecho social y soberano de propiedad, tendrá órganos sin límite, comunas, cooperativas, sindicatos, que darán a la propiedad social el movimiento más flexible y libre, que la armonizarán con la movilidad y variedad infinita de las fuerzas individuales. Hay por tanto una preparación técnica del socialismo del mismo modo que hay una preparación intelectual y social. Son unos niños aquellos que, febriles de las obras ya logradas, creen que les bastaría ahora con un decreto, un fiat lux proletario para hacer surgir de repente el mundo socialista. Pero esos son unos insensatos que no logran ver la irresistible fuerza de evolución que nos condena a la primacía de la burguesía y del régimen de clases.

Será la vergüenza intelectual del Partido Radical no haber contestado al inmenso problema que a todos apremia más que por una equívoca fórmula electoral: “Mantener la propiedad individual”. La fórmula podrá servir sin duda durante cierto tiempo para alentar contra el socialismo las ignorancias, los temores y los egoísmos. Pero acabará por matar al partido que se ve constreñido a usarla.

O no significa nada, o expresa el conservadurismo social más estrecho. No podrá resistir por mucho tiempo ni ante la ciencia ni ante la democracia.

Nota:

1 Jaurès suprimió aquí el párrafo siguiente: “La justicia que invocamos no es una idea vana, hipócritamente apropiada por las diversas clases en vista de sus propios fines egoístas. Es la viva afirmación de humanidad por la cual todo individuo impulsa sus facultades más altas, la libertad y la razón.”

Por Jean Jaurès

(1859-1914) fue fundador del histórico diario comunista francés l’Humanité y miembro fundador de la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO), antecesora del Partido Socialista y del Partido Comunista Francés. Asesinado por su pacifismo y antimilitarismo en la víspera de la Primera Guerra Mundial, el político, filósofo e historiador fue también un firme defensor de los valores legados por la Revolución Francesa, de la que escribió una monumental Historia socialista. Reivindicó para el socialismo y el movimiento obrero la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano como programa político a desarrollar y perfeccionar a fin de alcanzar el advenimiento de una sociedad justa de libres e iguales en la que derechos civiles y sociales se complementan y alimentan mutuamente.

Fuente:

https://fr.wikisource.org/wiki/%C3%89tudes_socialistes/Le_socialisme_et_la_vie

Traducción:

Raúl González Castilla y Pablo Muyo Bussac

Publicado enSociedad
Sábado, 21 Marzo 2020 05:53

La ciudad y la peste

La ciudad y la peste

Bocaccio la tenía clara cuando los personajes de su Decamerón huyen de ciudades y pueblos y se aíslan en el campo. No se lavan, que en esa época no era costumbre, pero cuentan cuentos, dan un ejemplo de picaresca italiana, celebran con sus historias la vida urbana de la que acaban de escapar. El libro, como el Diario del año de la peste de Daniel Defoe, es un ejemplo de la paradoja que el contagio nos impone, que nuestra mayor creación cultural, la ciudad, nos pueda matar simplemente por vivir en una.

La situación ya es algo de cajón en cualquier película apocalíptico/viral, sea de pandemias o de zombis. La mortandad en las ciudades es enorme y los protagonistas huyen al campo, a la casa tan aislada en el lago, al pueblito de los abuelos, la chacra de un amigo. El campo tiene agua de pozo, faroles, animales para cazar, alacenas llenas y sobre todo la posibilidad de alejar al otro, aunque sea a balazos.

La ciudad, en cambio, es el otro y su seducción es la cantidad de gente con la que uno puede vivir. La masa urbana ofrece el anonimato de hacer todas las macanas posibles y empezar de nuevo pasando de Belgrano a Balvanera. Y también la comunión de la manifestación, del recital, del teatro o simplemente de las calles llenas de personas para mirar, para hablar, para sentirse rodeado. Hace años, un inmigrante muy pobre me explicó por qué era negocio venirse a Buenos Aires, bancarse la explotación y la discriminación por su cara morocha y su acento. Simple, dijo el hombre, yo vengo del campo y acá hay cines, hay donde salir, hay mujeres para conocer, hay restaurantes. Hay ciudad.

En la ciudad se vive uno arriba de otro, uno al lado de otro. Se viaja con contacto físico, se va de la mano por la calle y se sabe que siempre, sea la hora que sea, hay alguien. Esta masividad, esta compañía constante, es su gloria y su alienación, y las ciudades están hechas para esto, desde el ancho de las veredas hasta el sistema de agua corriente. Todo presupone mucha, mucha gente, parques como tapizados de humanos los domingos, estaciones de trenes que hacen fluir humanidades, autopistas sobredimensionadas para la hora pico, gente, gente y más gente.

Por eso nos conmueven las fotos de ciudades vacías, desoladas porque falta lo más importante, la gente que las ocupen. Parecen fantasmas, algo antinatural y peligroso, lugares algo grotesco donde sobra espacio, vereda, edificio, parque. Si se ve la foto de una aldea, un pueblo pequeño o una casa de campo, es hasta natural que no haya nadie. Se asume que los habitantes están en casa, ocupados con sus vidas, y no se espera necesariamente verlos afuera. Esto es lo antinatural en la imagen de la ciudad vacía, que justamente su razón de ser es llenarse, desbordarse, mezclarnos, juntarnos.

Cuando las inventamos hace milenios, inventamos prácticamente todo lo que concebimos como cultura. Con la ciudad aparecen desde la escritura hasta los impuestos, los espectáculos, la literatura, el ágora, los talleres especializados, el negocio, el restaurante. Los políticos atenienses hacen populismo en las plazas y los dictadores apalean a manifestantes. Más allá de los cambios inmensos en esos miles de años, reconocemos lo que pasa en Uruk y en Babilonia, porque una ciudad es una ciudad.

La mayoría de los humanos vivimos hoy en ciudades, sean de cristal o de cartón, vivimos vidas urbanas. Es por eso es que este coronavirus, más allá de miedo que le cause a cada uno, es tan desconcertante, porque nos ataca justamente por nuestro estilo de vida urbano. La proximidad, lo gregario, el río humano, son sus vectores, su ganancia, su estrategia. La prevención es anticiudad, es aislamiento, distancia mínima de un metro, quedarse en casa, cerrar todo lugar de encuentro, cancelar la vida cultural.

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Cuatro razones por las que nuestra civilización no se irá apagando: colapsará

 

Foto: Studio Incendo – https://creativecommons.org/licenses/by/2.0/

Según se aproxima la fecha de caducidad de la civilización moderna, aumenta el número de estudiosos que dedican su atención a la decadencia y caída de las civilizaciones del pasado. Dichos ensayos proponen explicaciones contrapuestas de las razones por las que las civilizaciones fracasan y mueren. Al mismo tiempo ha surgido un mercado lucrativo en torno a novelas, películas, series de televisión y videojuegos post-apocalípticos para aquellos que disfrutan con la emoción indirecta del caos y los desastres oscuros y futuristas desde el confort de su sofá. Claro que sobrevivir a la realidad será una historia bien distinta.

El temor latente a que la civilización tenga sus horas contadas ha generado un mercado alternativo de ingenuos “felices para siempre” que se aferran desesperadamente a su confianza en el progreso ilimitado. Optimistas irredentos como el psicólogo cognitivo Steven Pinker tranquilizan a esta muchedumbre ansiosa asegurándole que la nave titánica del progreso es insumergible. Las publicaciones de Pinker le han convertido en el sumo sacerdote del progreso (1). Mientras la civilización gira alrededor del sumidero, su ardiente público se reconforta con lecturas y libros llenos de pruebas elegidas cuidadosamente para demostrar que la vida es ahora mejor de lo que nunca ha sido y que probablemente continuará mejorando. Sin embargo, cuando se le pregunta, el propio Pinker admite que “es incorrecto extrapolar que tenemos el progreso garantizado solo por el hecho de que hasta ahora hayamos progresado”(2).

Las estadísticas color de rosa de Pinker disimulan hábilmente el fallo fundamental de su argumentación: el progreso del pasado se consiguió sacrificando el futuro, y el futuro lo tenemos encima. Todos los datos felices que cita sobre el nivel de vida, la esperanza de vida y el crecimiento económico son producto de una civilización industrial que ha saqueado y contaminado el planeta para crear un progreso fugaz para una creciente clase media –y enormes beneficios y poder para una pequeña élite.

No todos los que entienden que el progreso se ha adquirido a costa del futuro piensan que el colapso civilizatorio será abrupto y amargo. Algunos estudiosos de las antiguas sociedades, como Jared Diamond y John Michael Greer, señalan acertadamente que el colapso repentino es un fenómeno raro en la historia. En The Long Descent, Greer asegura a sus lectores que “el mismo modelo se repite una y otra vez en la historia. La desintegración gradual, no una catástrofe repentina, es el modo en que finalizan las civilizaciones”. El tiempo que suelen tardar estas en apagarse y colapsar, por término medio, es de unos 250 años, y este autor no ve razones por las que la civilización moderna no vaya a seguir esta evolución (3).

Pero la hipótesis de Greer es poco sólida porque la civilización industrial muestra cuatro diferencias fundamentales con todas las anteriores. Y cada una de ellas puede acelerar e intensificar el colapso venidero además de aumentar la dificultad de recuperación.

Diferencia nº 1

A diferencia de todas las anteriores, la civilización industrial moderna se alimenta de una fuente de energía excepcionalmente rica, no renovable e irremplazable: los combustibles fósiles. Esta base de energía única predispone a la civilización industrial a tener una vida corta, meteórica, con un auge sin precedente y un descalabro drástico. Tanto las megaciudades como la producción globalizada, la agricultura industrial y una población humana que se aproxima a los 8.000 millones de habitantes son una excepción histórica –e insostenible– facilitada por los combustibles fósiles. En la actualidad, los ricos campos petroleros y las minas de carbón fácilmente explotables del pasado están casi agotados. Y, aunque contemos con energías alternativas, no existen sustitutos realistas que puedan producir la abundante energía neta que los combustibles fósiles suministraron todo este tiempo (4). Nuestra civilización compleja, expansiva y acelerada debe su breve existencia a esta bonanza energética en rápido declive que solo tiene una vida.

Diferencia nº 2

A diferencia de las civilizaciones del pasado, la economía de la sociedad industrial es capitalista. Producir para obtener beneficios es su principal directriz y fuerza impulsora. En los dos últimos siglos, el excedente energético sin precedentes proporcionado por los combustibles fósiles ha generado un crecimiento excepcional y enormes beneficios. Pero en las próximas décadas este maná de abundante energía, crecimiento constante y beneficios al alza de desvanecerá.

No obstante, a menos que sea abolido, el capitalismo no desaparecerá cuando la prosperidad se convierta en descalabro. En vez de eso, el capitalismo sediento de energía y sin poder crecer se volverá catabólico.  El catabolismo es un conjunto de procesos metabólicos de degradación mediante el cual un ser vivo se devora a sí mismo. A medida que se agoten las fuentes de producción rentables, el capitalismo se verá obligado a obtener beneficios consumiendo los bienes sociales que en otro tiempo creó. Al canibalizarse a sí mismo, la búsqueda de ganancias agudizará la espectacular caída de la sociedad industrial.

El capitalismo catabólico sacará provecho de la escasez, de la crisis, del desastre y del conflicto. Las guerras, el acaparamiento de los recursos, el desastre ecológico y las enfermedades pandémicas se convertirán en las nuevas minas de oro. El capital se desplazará hacia empresas lucrativas como la ciberdelincuencia, los préstamos abusivos y el fraude financiero; sobornos, corrupción y mafias; armas, drogas y tráfico de personas. Cuando la desintegración y la destrucción se conviertan en la principal fuente de beneficios, el capitalismo catabólico arrasará todo a su paso hasta convertirlo en ruinas, atracándose con un desastre autoinfligido tras otro (5).

Diferencia nº 3

A diferencia de las sociedades del pasado, la civilización industrial no es romana, china, egipcia, azteca o maya. La civilización moderna es HUMANA, PLANETARIA y ECOCIDA. Las civilizaciones preindustriales agotaron su suelo fértil, talaron sus bosques y contaminaron sus ríos. Pero el daño era mucho más temporal y estaba geográficamente delimitado. Una vez que los incentivos del mercado perfeccionaron el colosal poder de los combustibles fósiles para explotar la naturaleza, las funestas consecuencias fueron de ámbito planetario. Dos siglos de quema de combustibles fósiles han saturado la biosfera con un carbono que ha alterado el clima y que continuará causando estragos durante las próximas generaciones. El daño causado a los sistemas vivos de la Tierra –la circulación y composición química de la atmósfera y del océano; la estabilidad de los ciclos hidrológicos y bio-geoquímicos; y la biodiversidad del planeta entero– es esencialmente permanente.

Los humanos se han convertido en la especie más invasora jamás conocida. Aunque apenas somos un mero 0,01 por ciento de la biomasa del planeta, nuestros cultivos y nuestro ganado domesticado dominan la vida en la Tierra. En términos de biomasa total, el 96 por ciento de los mamíferos que pueblan el planeta son ganado; frente al 4 por ciento salvaje. El 70 por ciento de todas las aves son aves de corral, frente a un 30 por ciento salvaje. Se calcula que en los últimos 50 años han desaparecido en torno a la mitad de los animales salvajes de la Tierra (6). Los científicos estiman que la mitad de las especies restantes desaparecerán hacia el final del siglo (7). Ya no quedan ecosistemas vírgenes o nuevas fronteras adonde las personas puedan huir del daño que han causado y recobrarse del colapso.

Diferencia nº 4

La capacidad colectiva de la civilización humana para afrontar sus crecientes crisis se ve paralizada por un sistema político fragmentado entre naciones antagonistas gobernadas por élites corruptas a quienes preocupa más la riqueza y el poder que las personas y el planeta. La humanidad se enfrenta a una tormenta perfecta de calamidades globales que convergen. El caos climático, la extinción desenfrenada de especies, la escasez de alimentos y agua dulce, la pobreza, la desigualdad extrema y el aumento de las pandemias globales están erosionando a marchas forzadas las bases de la vida moderna.

Pero este sistema político díscolo y fracturado impide casi por completo la organización de una respuesta cooperativa. Y cuanto más catabólico se vuelve el capitalismo industrial, más aumenta el peligro de que gobernantes hostiles aviven las llamas del nacionalismo y se lancen a la guerra por los escasos recursos. Por supuesto que la guerra no es algo nuevo. Pero la guerra moderna es tan devastadora, destructiva y tóxica que poco deja detrás. Ese sería el último clavo del ataúd de la civilización.

¿Resurgiendo de las ruinas?

El modo en que las personas respondan al colapso de la civilización industrial determinará la gravedad de sus consecuencias y la estructura que la reemplace. Los desafíos son monumentales. Nos obligarán a cuestionar nuestra identidad, nuestros valores y nuestras lealtades más que ninguna otra experiencia en la historia. ¿Quiénes somos? ¿Somos, por encima de todo, seres humanos que luchamos por sacar adelante a nuestras familias, fortalecer nuestras comunidades y coexistir con otros habitantes de la Tierra? ¿O nuestras lealtades básicas son hacia nuestra nación, nuestra cultura, nuestra raza, nuestra ideología o nuestra religión? ¿Podemos dar prioridad a la supervivencia de nuestra especie y de nuestro planeta o nos permitiremos quedar irremediablemente divididos según líneas nacionales, culturales, raciales, religiosas o de partido?

El resultado final de esta gran implosión está en el aire. ¿Seremos capaces de superar la negación y la desesperación, vencer nuestra adicción al petróleo y tirar juntos para acabar con el control del poder corporativo sobre nuestras vidas? ¿Conseguiremos promover la democracia genuina, mejorar la energía renovable, retejer nuestras comunidades, reaprender técnicas olvidadas y sanar las heridas que hemos causado a la Tierra? ¿O el miedo y los prejuicios nos conducen a terrenos hostiles, a la lucha por los menguantes recursos de un planeta degradado? Lo que está en juego no puede ser más importante.

Notas:

[1] Algunos de sus libros son: The Better Angels of Our Nature and Enlightenment Now: The Case for Reason, Science, Humanism, and Progress.

[2] King, Darryn. “Steven Pinker on the Past, Present, and Future of Optimism” (OneZero, Jan 10, 2019) https://onezero.medium.com/steven-pinker-on-the-past-present-and-future-of-optimism-f362398c604b

[3] Greer, John Michael.  The Long Descent (New Society Publishers, 2008): 29.

[4] Heinberg, Richard. The End Of Growth. (New Society, 2011): 117.

[5] Para más información sobre el capitalismo catabólico, léase: Collins, Craig. “Catabolism: Capitalism’s Frightening Future,”CounterPunch (Nov. 1, 2018).  https://www.counterpunch.org/2018/11/01/catabolism-capitalisms-frightening-future/

[6] Carrington, Damian. “New Study: Humans Just 0.01% Of All Life But Have Destroyed 83% Of Wild Mammals,” The Guardian (May 21, 2018). https://www.theguardian.com/environment/2018/may/21/human-race-just-001-of-all-life-but-has-destroyed-over-80-of-wild-mammals-study

[7] Ceballos, Ehrlich, Barnosky, Garcia, Pringle & Palmer. “Accelerated Modern Human-Induced Species Losses: Entering The 6th Mass Extinction,” Science Advances. (June 19, 2015). https://advances.sciencemag.org/content/1/5/e1400253

Craig Collins es autor de Toxic Loopholes, sobre el sistema disfuncional de protección al medio ambiente de EE.UU. Enseña ciencia política y derecho medioambiental en la Universidad de California en East Bay y fue miembro fundador del Partido Verde de California.

Por Craig Collins | 18/03/2020

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Fuente: https://www.counterpunch.org/2020/03/13/four-reasons-civilization-wont-decline-it-will-collapse/

Publicado enSociedad