La oposición venezolana, muy fragmentada; más de 40 se consideran el "legítimo heredero" de Maduro, señala Pompeo

El secretario de Estado estadunidense, Mike Pompeo, describió a la oposición venezolana como "altamente fragmentada", durante una reunión con líderes de la comunidad judía que se llevó a cabo a puerta cerrada hace unos días, informó el Washington Post.

Según el diario, Pompeo expuso: "nuestro dilema, que es mantener a la oposición venezolana unida, ha resultado ser endemoniadamente difícil".

Expresó su decepción por el fracaso de la intentona del 30 de abril contra el gobierno del presidente venezolano, y añadió: “en el momento en que Nicolás Maduro salga, todos alzarán la mano y gritarán: ‘elíjanme a mí, yo soy el próximo gobernante’. Serán cuarenta y tantos los que se sentirán el legítimo heredero ...”

Estas declaraciones difieren de la línea oficial de la administración de Donald Trump, según la cual hay una fuerte unidad dentro de la oposición venezolana en torno a su líder Juan Guaidó, quien se proclamó "presidente encargado" el pasado 23 de enero y es reconocido como tal por unos 50 países.

Pompeo admitió que Guaidó es, claramente, el opositor que más apoyo popular tiene, y aseguró que la salida de Maduro de la presidencia es "indispensable pero insuficiente" para el país.

Agregó: “la triste realidad es que demasiados dentro de la oposición están más interesados en mostrarse como el Nelson Mandela (de Venezuela), que en encontrar un camino pragmático hacia delante.

"Deben saber que Maduro está casi completamente rodeado de cubanos. No confía ni un poco en los venezolanos. Y no lo culpo. No debe hacerlo. Están conspirando contra él. Desgraciadamente, están conspirando en su propio beneficio".

Estas declaraciones, publicadas por el Post, provienen de la grabación de una plática que Pompeo sostuvo la semana pasada con líderes judíos con quienes habló del esperado plan de paz para Medio Oriente de Trump. “Quiero enfatizar que esta reunión es off the record”, aclaró el funcionario, quien provocó risas al añadir: "El presidente puede tuitear mientras estoy aquí".

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Pastoral americana: cómo EE UU quiere contener el progreso tecnológico de China

China lleva más de un siglo tratando de encontrar políticas para proteger su economía de interferencias externas y, cuando finalmente parece haber encontrado la fórmula, resulta que eso la convierte en una amenaza.

 

Como si las leyes de Newton pudieran ser utilizadas a discreción y las acciones de unos no tuvieran ninguna relación de causalidad con los efectos padecidos por los otros, se nos presenta como algo natural la paradoja de una sociedad en la que unos viven en tiempos de paz y abundancia mientras otros viven en el más horrendo de los mundos. 

La escala de las desigualdades, tanto a nivel internacional como doméstico, ha llegado a un nivel tan obscenamente desproporcionado que hasta definir qué es y qué no es una guerra es parte del privilegio detentado por unos pocos. Mientras los afectados por conflictos bélicos en los que los Estados Unidos están involucrados luchan por su vida, la mayor parte de la población estadounidense se va a dormir cada día más preocupada por guerras de ficción televisiva que por conflictos armados reales.


Vivimos en una sociedad que, sin apenas oposición, cataloga el conflicto en Siria como una guerra civil a la vez que tilda de obtusos o desleales a quienes pretenden conectarla con la previa invasión unilateral de Irak.


Ahora, los que se arrogan la potestad de definir la realidad avisan de que estamos en una guerra comercial entre los Estados Unidos y China. Han decidido que hay que parar los pies al gigante asiático que quiere dominar el mundo. Sin mencionar los privilegios y beneficios derivados de ser quien ha dictado e impuesto las normas desde, como mínimo, el final de la II Guerra Mundial, definen la “guerra comercial” como el evento por el cual el presidente de los Estados Unidos, cansado de oír quejas de los empresarios norteamericanos que no pueden penetrar el mercado chino como desearían, decide que es hora de cambiar las reglas del juego.


Así que se toman medidas: se suben aranceles, se utiliza una retórica vehemente, se muestra al pueblo americano como una víctima del empuje chino, se dice que se han hecho demasiados esfuerzos para integrar a China en el comercio internacional, se reclama justicia para los trabajadores estadounidenses, aparentemente desfavorecidos por la nueva realidad derivada de décadas de presidentes blandos con el enemigo.


Este análisis, propio de una visión ahistórica, americocéntrica y puramente economicista de la situación, es el que al parecer fundamenta la necesidad de entrar en guerra (económica) contra el país más poblado del mundo. Y Trump es el presidente perfecto para tomar estas decisiones, porque no parece conocer siquiera la historia de la que pretende que hagamos caso omiso.


Sus acciones no son una sorpresa. De hecho, nada más llegar a la Casa Blanca, encargó a Peter Navarro—uno de esos “observadores de China” que básicamente entienden la realidad como un juego de poder en el que tienen que ganar los Estados Unidos, caiga quien caiga—la tarea de llevar la estrategia bilateral con Pekín.


La visión de esta elite norteamericana es más propia de la Guerra Fría; orientalista y paranoica, no parece conceder agencia al resto de la humanidad, sino que busca perpetuar la jerarquía conseguida tras las guerras mundiales del siglo pasado. En el caso de China, toma la parte—Pekín o Shanghai—por el todo e, ignorando de las evidentes desigualdades económicas omnipresentes en China, asume que el éxito económico de las capas altas de la sociedad de las grandes capitales puede hacerse extensiva a todo el país, como si la palabra “comunista” del nombre del Parido pesara más que la realidad.


¿Sería correcto afirmar, entonces, que no estamos inmersos en una guerra comercial? No, claro que no. Nos encontramos en una nueva fase de una guerra comercial y económica, pero no en una guerra iniciada por el presidente Trump—ni siquiera por los Estados Unidos—, sino en un conflicto que sería mejor denominar ideológico y no comercial, cuya escala es mucho mayor y que tiene una duración de, como mínimo, varios siglos.


La “guerra comercial” da alas, por tanto, a la perspectiva de Pekín, que toma una visión larga para legitimar domésticamente su gobierno. Su visión, que parte de unas premisas verdaderamente diferentes, muestra una realidad diametralmente opuesta, pero altamente persuasiva. Así, la “guerra comercial” no es más que una nueva afrenta en una larguísima retahíla de ataques que comenzaron mucho tiempo atrás. Se podría remontar, dicen, a las Guerras del Opio (1839–1860) que llevaron a los británicos a conquistar Hong Kong y a abrir otros puertos al comercio con el extranjero contra la voluntad del Emperador, el inicio del llamado “siglo de la humillación”.


Este conflicto ideológico está tan integrado en la política de China que sería imposible desleírlo como un elemento discreto, pues no sólo precede la fundación del propio Partido Comunista, sino que forma parte de su ideología germinal.


Si bien el siglo XIX dio pistas a China sobre por dónde iban en realidad los tiros, durante el siglo XX quedó más que claro que los discursos desarrollistas de Occidente no eran tan honestos como el país necesitaba. Especialmente durante la Guerra Fría, en la que se convirtió en enemigo por su filiación comunista, pero sobre todo en la década de los ochenta cuando Japón, el país vecino, experimentó su boom económico. Entonces, además de aparecer trajeados y con maletín en infinidad de películas de Hollywood, los aliados japoneses se convirtieron en una amenaza para la industria norteamericana. Fue preciso, pues, presionar económicamente a Japón, al que en los famosamente olvidados Acuerdos del Plaza de 1985 se “animó” a aceptar la depreciación del dólar respecto del yen para favorecer la exportación de productos estadounidenses.


Como resultado, la boyante economía japonesa entró en un anquilosamiento del que aún a día de hoy no ha logrado salir. Atenta a la evolución económica mundial, China aprendió bien esta lección. De hecho, evitó ceder ante la presión impuesta por la administración Obama, que intentó una maniobra similar con el renminbi.


Quizá también recuerden los gobernantes chinos, que una de las lecturas económicas de la invasión de Irak—esa que dicen que nada tiene que ver con la guerra “civil” de Siria— fuera que el euro se estaba convirtiendo en una moneda utilizada para pagos de petróleo, amenazando así la preeminencia del dólar. Y seguro que no han olvidado lo difíciles que fueron las negociaciones para la adhesión a la Organización Mundial del Comercio que culminaron en el acuerdo de 2001, que ahora la administración Trump cataloga como blandas por parte de sus predecesores, Bush padre y Bill Clinton.


Las condiciones no fueron, ni mucho menos, favorables para China, sin embargo, el hecho de que los trabajadores chinos estuvieran entonces dispuestos a aceptar salarios mínimos y condiciones laborales paupérrimas llevó al país a sacarle un rendimiento inesperado.


China lleva, por tanto, más de un siglo tratando de encontrar políticas para proteger su economía de interferencias externas y, cuando finalmente parece haber encontrado la fórmula, resulta que eso la convierte en una amenaza.


Se me hace difícil, pues, utilizar el velo de la ignorancia para hacer un análisis ceteris paribus que solamente se centre —como hace por ejemplo el libro de Lawrence J. Lau, The China-US Trade War and the Future Economic Relations, en el que, por cierto, se minimizan los efectos puramente económicos que este conflicto puede llegar a tener tanto para los Estados Unidos como para China— en las potenciales consecuencias económicas para unos y para otros del reciente toma y daca.


Conllevaría dejar de lado toda una serie de medidas políticas e ideológicas mucho más importantes y minimizaría las medidas de un gobierno estadounidense centrado en debilitar a un potencial rival. Por más que Huawei sea culpable de conductas reprobables, las medidas del gobierno americano son un castigo que pretende contener el progreso tecnológico de China. Aunque no habría que caer en la trampa de entender las prácticas comerciales de las grandes corporaciones chinas durante los últimos tiempos como ejemplar, definir este episodio como guerra comercial es tomar partido; es ponerse de lado de quien escribe la historia. Puestos a ser partidistas, quizá fuera más adecuado llamarlo alzamiento comercial.

2019-06-05 06:55:00

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Miércoles, 29 Mayo 2019 06:34

La canción corregida

La canción corregida

El festival Centroamérica Cuenta se clausuró en San José, la capital de Costa Rica, con un concierto en el que subieron al escenario Luis Enrique Mejía Godoy, el tío, y Luis Enrique Mejía López, el sobrino, conocido como Luis Enrique "el salsero". La gente coreaba con entusiasmo las canciones del repertorio, y en un momento culminante ambos interpretaron a dúo El Cristo de Palacagüina, una canción emblemática de los tiempos de la revolución sandinista, compuesta por el hermano y tío de los dos artistas, Carlos Mejía Godoy.

En una de sus estrofas, que es su clímax, la canción dice que María sueña a su hijo convertido en carpintero, como José su padre, pero el niño más bien piensa "mañana quiero ser guerrillero".

Desde atrás, un joven nicaragüense exiliado alza su voz para corregir la letra: "¡mañana quiere ser ingeniero!" Y su reclamo recibe sonoros aplausos que se alzan entre los que premian a los cantantes.

Hay un mar de fondo en esa enmienda gritada a voz en cuello. Para la generación de los abuelos de este muchacho, la lucha guerrillera fue vista como una incuestionable necesidad, basada en la convicción de que para derrocar a la tiranía de los Somoza era imprescindible irse a la montaña, entrar en la clandestinidad, pasar a una vida de penurias y peligros constantes, el primero de ellos la muerte.

En tiempos de soledad, cuando el apostolado de la guerrilla no correspondía a muchos, sino a los escogidos, se daba el ejemplo ético con la propia vida en una lucha que nunca se concebía a corto plazo; la hora del triunfo sonaría mucho después, y la verían otros, cuya conducta estaría determinada por el ejemplo recibido de quienes se habían sacrificado para que llegara aquel momento luminoso, situado en un futuro lejano e impreciso.

Desde las catacumbas de la clandestinidad, igual que los primeros cristianos, el advenimiento del reino no estaba en duda, pero se trataba de una utopía sin tiempo. Tratar de acelerarla era desviarse de la ruta trazada por la historia, caer en el cortoplacismo, uno de los pecados capitales contra el fervor ideológico.

La ambición pura de convertirse en guerrillero como destino moral, renunciando a las pompas mundanas, emparentaba al cristianismo primitivo con la militancia clandestina, pues aquel también demandaba sacrificio sin esperanza en esta vida, sino en una futura, que se hallaba fuera de los límites de la realidad, colocada más allá de la propia muerte. La patria celestial aquí era la patria libre del imperialismo, del dominio oligárquico, de la explotación y el vasallaje. La patria socialista.

Ahora la consigna "¡Patria libre o morir!", una escogencia sin colores intermedios, que se pronunciaba desde la convicción solitaria, se ha transformado en "¡Patria libre y vivir!" Aquella copiaba a la de "¡Patria o muerte, venceremos!" con la que Fidel Castro, desde el poder, cerraba sus discursos en la tribuna, y, en los peores momentos, alzaba como escudo el ejemplo de Numancia: frente al cerco enemigo, mejor muertos que esclavos.

Pero la generación del muchacho exiliado que corrige desde atrás del auditorio la canción, ya lo vio todo. Vio la utopía deformarse en un proyecto de poder que terminó pareciéndose en nada a la que, desde su pureza cerrada, en la inocencia de la historia, soñaban aquellos otros jóvenes, como el poeta Leonel Rugama, quien, rodeado en una casa de seguridad en Managua por los soldados de Somoza, armados hasta los dientes, ante la exigencia de rendirse había gritado "¡Qué se rinda tu madre!" antes de ser acribillado a tiros.

Ese grito de victoria en la muerte fue convertido en consigna de lucha por el sandinismo, y los jóvenes que se alzaron en rebelión en abril de 2018 lo adaptaron, sin reformarlo. Desarmados, pero nunca rendirse. Ahora no se trata de un reino lejano en la bruma de la historia, sino de cosas palpables e inmediatas, donde el corto plazo se vuelve imprescindible: libertad, justicia, democracia. Si vamos más atrás, era la consigna del propio Sandino: "Patria y libertad".

Un futuro que se puede contemplar de cerca. Por eso ingeniero, no guerrillero. Un sistema abierto que se pueda construir con base en elementos concretos y que resuelva con eficacia el viejo asunto del atraso mediante la multiplicación de las oportunidades, empezando por la educación.

Los jóvenes que resisten en Nicaragua, o que se han visto forzados al exilio, tienen un proyecto de futuro que no pasa por los horrores de una confrontación violenta. En las luchas armadas hay siempre un líder triunfante, que al llegar al poder por medio de los fusiles, querrá quedarse en el poder por la fuerza de los fusiles.

Una transición democrática, en cambio, permitirá construir instituciones para asentar los nuevos liderazgos. Gobernantes electos sin posibilidad de relegirse, que no devengan en caudillos para siempre, ni puedan imponer regímenes familiares. Romper con la vieja tradición que nos ha sumido en la abyección y la arbitrariedad.

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 Las sanciones y el despliegue de una flota de bombarderos muestran que más que nunca el gobierno de Trump baraja la opción de una confrontación militar.

La relación entre Estados Unidos e Irán enfrenta uno de sus peores momentos y las condiciones para el despliegue de un conflicto bélico están sobre la mesa. Hace poco más de un año Washington abrió un nuevo frente con Teherán al retirarse del acuerdo nuclear o Plan de Acción Conjunto y Completo (JCPOA, por sus siglas en inglés) que había suscrito su antecesor Barack Obama junto a los gobierno de Francia, Reino Unido, Alemania, Rusia y China. Desde entonces, la potencia del norte lanzó nuevas sanciones para paralizar la economía de Irán y cortar sus exportaciones de petróleo. Pero la reacción iraní no llegó sino hace pocos días cuando el presidente del país islámico, Hasan Rohaní, anunció que quitaría las restricciones a la producción de agua pesada y uranio, incumpliendo de esta manera con parte del acuerdo.


“La posibilidad de una guerra existe hoy más que nunca”, opinó el doctor en Estudios Árabes e Islámicos y docente de la Universidad de Qatar, Luciano Zaccara, a este diario. Hace una semana, Estados Unidos elevó la tensión en el Golfo Pérsico con el envió de una poderosa fuerza militar que incluye los bombarderos B-52 a la base de Al Udaid en Qatar y baterías de misiles Patriot. Según trascendió desde Washington, su actitud responde a presuntos indicios de un ataque iraní en su contra. Irán por su parte niega estar preparando un ataque, pero si está alerta a los movimientos estadounidenses. En palabras de Zaccara, las sanciones de EE.UU. y el despliegue de una flota de bombarderos muestran que hoy más que nunca el gobierno de Trump, o al menos un sector dentro del establishment político, baraja la opción de una confrontación militar directa.


Sin embargo, en sus últimas declaraciones la presidencia iraní dejó en claro que el país persa no tiene ninguna intención de iniciar una guerra contra Estados Unidos. “En estos momentos, Irán está más preocupada por forzar a la Unión Europea para que le garantice la continuidad del acuerdo nuclear JCPOA y de evitar que las exportaciones de petróleo iraní caigan por debajo del 1,5 millones de barriles por día, que de iniciar una contienda que no solo terminaría por romper todos los lazos internacionales, sino que además destruiría por completo la economía del país, y pondría en peligro la continuidad del régimen político vigente”, opinó Zaccara. Irán, continuó el profesor, conoce los límites de sus acciones respecto de Estados Unidos. “La política exterior iraní es mucho más racional de lo que se suele pensar”, opinó.


Pero aún no está claro a qué apunta la maniobra de Estados Unidos. Hay quienes hablan, por ejemplo, de guerra psicológica y de amenazas, al considerar que Washington, bajo el mandato de Trump, no hizo más que replegar sus tropas. Como fue el caso de Siria, de donde el año pasado retiró un ejército de 2.000 hombres, algo similar a lo que hizo en Afganistán. Para Zaccara, Trump no está interesado en involucrarse en una guerra directa, sino más bien en forzar a Irán a renegociar el acuerdo nuclear y dejar así un legado positivo y no una nueva guerra en Medio Oriente. “Y como el consejero de Seguridad, John Bolton, es quien está más interesado en una guerra con Irán, es probable que pueda dejar su puesto en los próximos días”, opinó el doctor en Estudios Árabes e Islámicos.


Julio Burdman, profesor del Seminario de Geopolítica de la Universidad de Buenos Aires, también coincidió en conversación con PáginaI12 que la jugada de Trump apunta a ser sólo una amenaza: “A Donald le gusta la espuma retórica mucho más que el conflicto. Lo vimos en muchos casos ya. De hecho, comienza a recibir críticas por parte de las derechas políticas de los países aliados”, opinó Burdman. Para el analista el movimiento de Estados Unidos pareciera ser disuasivo porque el despliegue que está haciendo en la región, tanto aéreo como terrestre, tendría consecuencias muy costosas para todos los actores en caso ponerse en marcha. Zaccara, por su parte, agregó que el envío del portaviones USS Lincoln corresponde a una maniobra naval planificada desde hace más de un año, por lo que no se puede considerar como una decisión de última hora. El profesor subrayó también que no todos los países de la OTAN que aportan recursos al USS Lincoln están alineados con la política exterior estadounidense. Ese es el caso por ejemplo de España que decidió retirar su buque del grupo Lincoln antes de que entrara en aguas del Golfo Pérsico.


Pero entonces si ambos países le esquivan a un enfrentamiento bélico, ¿qué está de fondo en este conflicto? El lugar de Irán en la región, opinó Burdman. Si bien hay distintas hipótesis sobre el surgimiento del país islámico como potencia regional, sostiene el académico, da la impresión de que Teherán está aprovechando las circunstancias para desplegarse. Y eso, opinó Burdman, es lo que está prendiendo las alarmas. Para el académico de la UBA Irán tampoco está preocupada por incumplir con parte del acuerdo y las sanciones impuestas por Estados Unidos no lo asustan mucho. “Las élites iraníes están acostumbradas a las sanciones. E incluso las que apuntan al sector petrolero pueden hasta ser un buen negocio si empujan hacia arriba los precios”, consideró.


El profesor analiza este caso a la luz de la trama regional. Para Burdman, Teherán salió fortalecido de la guerra en Siria, de la derrota del Estado Islámico y de la reorganización militar en Irak. Mientras tanto Israel y Arabia Saudí coordinan acciones para contener el avance iraní. Si bien la prensa saudí es muy crítica respecto a Irán, afirmó Zaccara, fue también cautelosa en acusar a Irán directamente por los incidentes en el puerto emiratí de Fujairah, donde dos buques petroleros saudíes sufrieron un sabotaje. Para Zaccara, el liderazgo saudí también sabe los límites de su política exterior. Sin embargo, señaló: “Ante este panorama, cualquier chispa podría provocar un fuego en el golfo Pérsico, a pesar de que tanto Irán, como Arabia Saudí, e incluso Estados Unidos, estén más interesados en evitar una guerra que en empezarla”.

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Más que guerra comercial, la guerra es tecnológica

“Tenemos que superar importantes riesgos y desafíos”, clamó el mandatario en alusión a la nueva escalada del conflicto comercial con Estados Unidos.

El presidente de China, Xi Jinping, pidió ayer a su pueblo que se prepare porque aseguró que se vienen tiempos difíciles. “Tenemos que superar importantes riesgos y desafíos”, clamó el mandatario en alusión a la nueva escalada del conflicto comercial entre Estados Unidos y su país luego de que Washington prohibiera a las compañías estadounidenses hacer negocios con empresas sospechadas de espiar a su país. Una vez que el presidente Donald Trump tomó esa decisión por decreto, Google cortó relaciones con el gigante chino Huawei, y varios países detuvieron la comercialización y pre-venta de estos equipos.


“Nuestro país está aún en un periodo de importantes oportunidades estratégicas para el desarrollo pero la situación internacional es cada vez más complicada”, afirmó el jefe de Estado chino en una visita a la provincia de Jiangxi, en el sur del país. Durante la jornada, Xi subrayó que la nación debe ser consciente del complejo escenario con varios factores desfavorables tanto a nivel interno como externo.


Huawei, por su parte, también cargó contra Estados Unidos. Al mismo tiempo que lanzaban una nueva línea de teléfonos inteligentes anteayer, un representante de la empresa denunció el acoso que sufre Huawei por parte de Washington. “Huawei respetó todas las leyes y regulaciones aplicables. Ahora Huawei se convirtió en la víctima del acoso de la Administración de Estados Unidos”, declaró en un acto celebrado en Bruselas, Abraham Liu, representante de la compañía ante las instituciones de la Unión Europea (UE). Para Liu, no se trata sólo de un ataque contra Huawei. “Es un ataque contra el orden liberal basado en normas. Esto es peligroso. Ahora le está pasando a Huawei. Mañana puede pasarle a cualquier otra empresa internacional. ¿Podemos cerrar los ojos ante semejante comportamiento?”, preguntó el representante de la tecnológica. También señaló que las redes 5G de Huawei fueron desarrolladas junto a socios europeos y a medida de las necesidades del viejo continente. “Huawei ha estado operando en Europa durante casi veinte años. Tenemos ahora 12.200 empleados en Europa, el 70 por ciento contratados localmente”, afirmó Liu.


Ayer mismo también tomó estado público que -como alertó Liu- Huawei no es la única empresa china afectada por la decisión estadounidense. El matutino The New York Times informó que la Casa Blanca evalúa prohibirle a la empresa china de cámaras de vigilancia, Hikvision, la compra de tecnología fabricada en Estados Unidos. El gobierno asiático cuestionó de inmediato la “difamación” de la administración norteamericana contra las empresas del gigante asiático. Por su parte, el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Lu Kang, volvió a insistir para que Washington proporcione un entorno justo y no discriminatorio para sus empresas.


Al igual que sucedió la semana pasada con la tecnológica Huawei, la compañía sería incluida en la “lista negra” del Departamento de Comercio, lo que implica que los proveedores de Hikvisión necesitarían una licencia especial, expedida por el gobierno, para comerciar con la empresa china. Hikvision es una de las fabricantes de equipos de video vigilancia más grandes del mundo y es central en la ambición china de convertirse en el principal exportador global de sistemas de vigilancia, según destacó The New York Times.


Tras la medida anunciada por Trump, varias empresas tecnológicas importantes indicaron que dejarán de vender componentes y software a Huawei. La primera en dar este paso fue Google y ayer se sumaron algunas compañías japonesas y del Reino Unidos, entre otras.


Dos de las tres firmas de telefonía móvil más importantes de Japón, Softbank y KDDI, anunciaron ayer que aplazaban el lanzamiento de un nuevo modelo de la firma china Huawei, el P30 Lite. KDDI igualmente puso en suspenso la venta del mismo modelo de Huawei. El P30 Lite tiene una pantalla de 6,15 pulgadas y cuenta con una triple cámara. Estaba anunciado con el sistema operativo Android 9.0, de Google. A estas dos empresas japonesas se sumó, horas después, el proveedor telefónico NTT Docomo que informó que interrumpió el pedido del nuevo modelo de Huawei.


La multinacional de diseños de chips ARM, con sede en el Reino Unido, también dio instrucciones a sus empleados para que se suspendan los negocios con la tecnológica china. Según señaló la cadena inglesa BBC, la compañía de chips afirmó que sus diseños cuentan con tecnología de origen estadounidense, de modo que consideraron obligatorio adecuarse al decreto de Trump.


De fondo de la puja entre Estados Unidos y China en materia de tecnología está la decisión de Washington de impedir que las compañías como Huawei controlen las redes 5G. Una tecnología que permite navegar por Internet con mucha más velocidad y que podría facilitar el desarrollo de vehículos autónomos y técnicas para hacer cirugía por control remoto.
En esta línea, el gobierno estadounidense presionó incluso a la Unión Europea para que imponga restricciones sobre Huawei que se encuentra a la cabeza del desarrollo de la tecnología 5G. Estados Unidos teme además que China utilice las redes 5G para espionaje, unas acusaciones que desde el país asiático rechazaron categóricamente.

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Golpe al corazón de Huawei: ARM veta al fabricante, que no podrá usar sus imprescindibles 'chips'

Aumenta la presión sobre el fabricante de móviles Huawei, y al veto de Google y otras tecnológicas estadounidenses se suma la compañía británica ARM, cuyos diseños de chips son omnipresentes en la industria de los móviles.

 

La creciente presión que ejerce la guerra comercial entre EEUU y China sobre Huawei ha aumentado dramáticamente. Ahora, la multinacional británica ARM, responsable del diseño de los chips usados en la inmensa mayoría de procesadores de los teléfonos móviles del mundo, suspende todos sus contratos con el fabricante chino. Este golpe es, si cabe, más importante que el veto de Google y otras tecnológicas estadounidenses.


Según publica la BBC y recoge la agencia Reuters, ARM —propiedad del banco japonés Softbank— ha enviado una instrucción a sus empleados para que suspendieran "todos los contratos activos, derechos de apoyo y cualquier compromiso pendiente" con Huawei, a raíz de la inclusión de este fabricante en una lista negra de compañías con las que Estados Unidos no pueden hacer negocios.


A partir de ahora, a los empleados de ARM no están autorizados a "brindar asistencia técnica, tecnología de entrega (ya sea software, código u otras actualizaciones) o participar en discusiones técnicas" con la multinacional china.


ARM no fabrica sino que diseña arquitecturas y licencia sus diseños. Huawei, igual que Apple y fabricantes de chips como Qualcomm, usan diseños de ARM para montar los procesadores que hacen funcionar los smartphones. El gigante chino también paga licencias para utilizar tecnología de gráficos de ARM.


De esta forma, una compañía de origen británico y capital mayoritariamente japonés entra a aplicar restricciones impuestas desde la Casa Blanca. Según informa la cadena pública británica, una nota interna de ARM explica que sus diseños contienen tecnología de origen estadounidense.


"ARM está cumpliendo con todas las últimas regulaciones establecidas por el gobierno de los Estados Unidos", dijo un portavoz de ARM en un comunicado. "No hay más comentarios en este momento".


Mientras, la compañía china, que confía en que "esta lamentable situación se pueda resolver", afirma en un escueto comunicado que "valora" las relaciones con sus socios más cercanos, pero reconoce "la presión a la que están sometidos algunos de ellos, como resultado de decisiones con una motivación política".


Golpe "insuperable"


Este veto supone un monumental golpe para Huawei; si bien esta semana Google anunciaba que los nuevos móviles de dicho fabricante no tendrían acceso al sistema operativo Android y servicios como Gmail y Google Maps, existe la posibilidad de instalar alternativas. De hecho, ya han anunciado un plan b, la culminación del desarrollo de un sistema operativo propio.
Sin embargo, el veto a las licencias de diseño de componentes de hardware, como los chips de los procesadores, pueden bloquear de hecho cualquier venta de futuros teléfonos con esos componentes, que pasarían a ser ilegales.


Algunos analistas citados por la BBC consideran este movimiento como un golpe "insuperable" para el negocio de Huawei si se prolonga en el tiempo, porque el desarrollo de los procesadores es mucho más complejo.


Huawei cuenta con una división quer fabrica chips, HiSilicon, aunque éstos se construyen con tecnología de base diseñada por ARM. La BBC apunta que el próximo procesador de HiSilicon, Kirin 985, se utilizará en dispositivos Huawei a finales de este año y "no se espera que se vea afectado por la prohibición". Sin embargo, su evolución no se ha completado y probablemente deba ser reconstruido desde cero, afirman fuentes de Huawei.


 Vodafone y EE retiran los móviles Huawei de sus redes 5G

Ambas empresas británicas se unen así al veto de otros grandes operadores de telefonía del mundo, que han dado la espalda a Huawei tras la decisión de las empresas tecnológicas de EEUU de dejar de suministrarle tecnología para cumplir con la orden del presidente, Donald Trump.


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Las compañías británicas de telefonía móvil Vodafone y EE retirarán sus móviles Huawei de sus redes 5G debido a que la matriz de Google, Alphabet, ha roto relaciones comerciales con el gigante chino siguiendo un mandato del Gobierno de Estados Unidos.


Ambas empresas británicas se unen así al veto de otros grandes operadores de telefonía del mundo, que han dado la espalda a Huawei tras la decisión de las empresas tecnológicas de EEUU de dejar de suministrarle tecnología para cumplir con la orden del presidente, Donald Trump.


"Estamos paralizando los pedidos del Huawei Mate 20X 5G en el Reino Unido", confirmó este miércoles Vodafone en un escueto comunicado de prensa. En la nota, la compañía británica explicó que esa decisión es "una medida temporal mientras haya incertidumbre respecto a los nuevos teléfonos Huawei 5G". Vodafone agregó que mantendrá "esta situación bajo revisión".


EE sí continuará usando Huawei para los equipamientos de radio en su red 5G pese al debate político generado


Por su parte, EE ha adoptado una medida similar al "paralizar" la venta del modelo Huawei 5G por las tensiones entre Estados Unidos y la empresa china. El consejero delegado de EE, Marc Allera, declaró que la compañía no reactivará las ventas de los dispositivos de Huawei hasta tener "toda la información y confianza", así como "la seguridad a largo plazo", de que sus clientes, si compran esos móviles Huawei, van a recibir soporte.


No obstante, EE sí continuará usando Huawei, junto con Ericsson, para los equipamientos de radio en su red 5G pese al debate político generado. EE será la primera compañía en el Reino Unido que lanzará la red móvil de alta velocidad 5G.


La decisión de prescindir de los móviles fabricados por la compañía china se produce después de que Google confirmara que cumplirá con un mandato del Gobierno estadounidense que obliga a las empresas norteamericanas a dejar de comerciar con Huawei. El veto implica que Google dejará de suministrar su sistema operativo Android -del que se nutren los dispositivos Huawei- para los nuevos móviles de la empresa china, aunque sí continuará dando respaldo a los aparatos ya en venta.


NTT Docomo interrumpe los pedidos de Huawei


Por su parte, NTT Docomo, proveedor telefónico líder en Japón, informó este miércoles de que ha interrumpido la recepción de pedidos del modelo de móvil Huawei P30, cuyo lanzamiento en el país está previsto para verano. "Cuando reanudemos las reservas les avisaremos", reza el breve comunicado publicado en la web de la compañía, que no especifica plazos ni da más detalles sobre sus planes futuros.


El anuncio de NTT Docomo llega horas después de que las otras dos compañías de telefonía más importantes del país, Softbank y KDDI, informaran de su decisión de aplazar el lanzamiento del modelo más reciente de la firma china, el P30 lite. La reacción de los operadores móviles japoneses se produce después de que la matriz de Google, Alphabet, anunciara que pondrá fin a la venta y soporte técnico a la compañía china en aplicación de las restricciones impuestas por el Gobierno estadounidense.


Los teléfonos de la serie P30 de Huawei cuentan con el sistema operativo Android de Google, que dejará de permitir su actualización en los terminales de la firma china a partir del 20 de agosto.

EEUU y China desatan la guerra fría del 5G por controlar el Internet del futuro

Estados Unidos intenta frenar la expansión mundial de la gigante tecnológica china Huawei como principal arquitecta del 5G, el Internet del futuro


Washington ha publicado un decreto que puede suspender la actividad de Huawei, a quien acusa de ser un actor de espionaje para China y teme que se haga con una gran cantidad de información sensible si se consolida como el gran proveedor de 5G


"La carrera por el 5G es una carrera que EEUU tiene que ganar", ha señalado Trump. Sin embargo, actualmente en EEUU solo un teléfono de Motorola ofrecido por la empresa de telecomunicación Verizon es compatible con esta tecnología

Un nuevo Internet está naciendo. Las poderosas compañías de telecomunicaciones están desarrollando la arquitectura de la red de quinta generación (5G), que ofrecerá una conexión mucho más rápida y poderosa y que gestionará una cantidad ingente de información. Mientras tanto, las dos principales potencias mundiales, Estados Unidos y China, luchan en una batalla al más puro estilo de la Guerra Fría por el control del Internet del futuro. Esta semana, Trump ha lanzado su ofensiva más dura hasta el momento declarando una emergencia nacional y limitando considerablemente las actividades de la tecnológica china Huawei en EEUU.


El presidente de EEUU anunció este miércoles una orden ejecutiva que puede vetar a Huawei de las redes de comunicación del país. Poco después, la Casa Blanca añadió a la empresa china a la llamada Lista de Entidades, lo que prohíbe que el gigante tecnológico compre partes y componentes de empresas estadounidenses sin la aprobación previa del Gobierno.


Washington acusa a Huawei, uno de los principales desarrolladores del Internet del futuro, de ser un agente de espionaje del gobierno chino. EEUU teme que las autoridades chinas puedan acceder en cualquier momento a la información gestionada por la empresa. "Si EEUU restringe a Huawei, eso no mejorará la seguridad del país y no lo hará más fuerte. Solo obligará a EEUU a utilizar equipos alternativos peores y más caros", ha respondido la empresa, que se considera "líder indiscutible en 5G".


"La carrera por el 5G es una carrera que EEUU tiene que ganar", señaló el presidente Trump hace un mes. EEUU concibe este tema como un asunto de seguridad nacional y por eso ha levantado barreras y concedido facilidades a las empresas nacionales para que ganen esta batalla en nombre de Estados Unidos y tengan el control sobre la arquitectura de la red global.


Sin embargo, la posición de EEUU en la carrera por el 5G no es especialmente fuerte. Actualmente solo un teléfono de Motorola, ofrecido con la empresa de telecomunicaciones Verizon, es compatible con la tecnología 5G en Estados Unidos. A principios de abril, Verizon activó su nueva red 5G en Chicago y Minneapolis, pero las primeras pruebas no han sido muy exitosas. Mientras tanto, Huawei aprovecha su posición y se ofrece a vender a iPhone el chip de 5G que ha desarrollado la empresa.


China está haciendo un gran esfuerzo por extender su tecnología 5G por países de todo el mundo. Estados Unidos acusa a Pekín de ofrecer precios subvencionados y préstamos a bajo interés para superar a sus competidores occidentales, principalmente Nokia y Ericsson, ambas europeas.


"Estados Unidos tendrá que conectar con estos países [con tecnología china] y se debe preparar para el día en el que el Gobierno de EEUU y las empresas tengan que vivir en 'redes sucias", señaló al diario The New York Times Sue Gordon, directora adjunta de inteligencia nacional de EEUU. En este sentido se ha expresado Mike Pompeo, secretario de Estado de EEUU, que ha llegado a sugerir a sus aliados europeos que si utilizan la tecnología china, ello podría suponer el final del intercambio de información de inteligencia.


"Esta es una discusión que va mucho más allá de la tecnología y el comercio", señaló Pompeo en una visita a Londres el pasado 9 de mayo. "Una seguridad insuficiente impedirá a EEUU compartir determinada información en redes de confianza. Esto es lo que quiere China: dividir las alianzas occidentales por medio de bits y bytes, no balas y bombas. Sabemos que el 5G es una decisión soberana, pero se debe tomar con el contexto estratégico más amplio en mente", añadió. Pompeo aseguró que la legislación china obliga a Huawei a cooperar con el Gobierno y entregarles la información que deseen. El CEO de la empresa. Ren Zhengfei, responde: "En los últimos 30 años no hemos hecho eso [dar información al Gobierno] y en los próximos 30 años, tampoco lo haremos. Nunca lo haremos".


Mientras EEUU acusa a Huawei de ser un agente de espionaje del gobierno chino, Washington ha utilizado grandes empresas tecnológicas estadounidenses –entre ellas Apple, Google y Yahoo– durante años para acceder a sus sistemas y poner en marcha programas de espionaje, tal y como salió a la luz tras las filtraciones de Edward Snowden, exanalista en la Agencia de Seguridad Nacional de EEUU (NSA). Además, según reveló Wikileaks, hackers de la CIA encontraron y/o crearon agujeros de seguridad en muchas de estas poderosas empresas tecnológicas y los explotaron durante años sin advertírselo a las corporaciones afectadas, a pesar de que la ley les obliga a ello.


Estados Unidos también se encuentra en una batalla judicial contra Apple, a la que ha solicitado en al menos 12 ocasiones ante los tribunales acceso a información protegida de los dispositivos de algunos de sus clientes. El caso más famoso se dio en 2016, en el que el FBI solicitó a Apple desarrollar un software para desbloquear el iPhone de uno de los terroristas del atentado de San Bernardino en el que 14 personas fueron asesinadas. Apple se negó y la audiencia se fechó para el 22 de marzo. Un día antes, el FBI aseguró que había encontrado a una tercera parte que ayudaría a desbloquear el teléfono y retiró la solicitud. Apple ha rechazado entregar o desarrollar software nuevo para acceder a los teléfonos de sus clientes.


La nueva guerra fría se desarrolla entre denuncias –Huawei está acusado en EEUU de 23 cargos, entre ellos blanqueo de capitales, fraude y robo de secretos comerciales– y vetos comerciales. Washington sabe muy bien lo que se puede hacer con la información que gestionan las grandes empresas tecnológicas y quiere impedir que China domine el mercado en un mundo en el que las empresas se pueden convertir –voluntaria o involuntariamente– en los mejores espías del mundo.

Por Javier Biosca Azcoiti
16/05/2019 - 21:04h

Miércoles, 15 Mayo 2019 06:00

Tucídides, Trump y la guerra con China

Tucídides, Trump y la guerra con China

Entre flotas con portaviones y aranceles de castigo, la administración Trump amenaza a China. Quiere doblegar su poderío económico y frenar su influencia creciente en asuntos internacionales. La República Popular China ya es considerada "adversario" por el complejo militar-industrial de Estados Unidos y los principales medios de información de ese país repiten a coro el mensaje.

Los tambores de guerra se escuchan, y la evolución de los acontecimientos podría anunciar un conflicto bélico entre China y Estados Unidos en el futuro. El análisis de Tucídides sobre la guerra del Peloponeso es más relevante que nunca para el análisis de la coyuntura actual. La lección más importante en su obra es que la principal causa de la guerra es el factor emocional: el temor y la desconfianza.

China es percibida como adversario, porque Washington sabe que su supremacía no puede durar para siempre. La economía estadunidense puede todavía ser la más grande del mundo (dependiendo de la métrica), pero no necesariamente es la más fuerte. Su poderío depende, en buena medida, del papel que juega su divisa en el sistema monetario internacional. Sin embargo, el déficit comercial crónico es un claro indicador de algunas debilidades de la economía de Estados Unidos.

Del total de las exportaciones estadunidenses de bienes y servicios, las de manufacturas de alta tecnología (computadoras, aviones, máquinas herramienta y robots industriales, equipo científico, etcétera) representan 20 por ciento del total. A pesar del alto grado de complejidad de estos productos, Estados Unidos ya enfrenta una fuerte competencia internacional en estos rubros. En contraste, las exportaciones de servicios, entre los que se encuentran los servicios financieros, representan 33 por ciento de las exportaciones totales. Es claro que buena parte de esas ventas al exterior de servicios no se llevarían a cabo si el dólar estadunidense no fuera todavía la moneda hegemónica.

La guerra comercial de Trump contra China se inició en febrero de 2017, con aranceles de 30 y 20 por ciento sobre dos categorías de productos. A lo largo de ese año se fueron imponiendo aranceles a muchos otros productos, y China comenzó a responder con medidas compensatorias. Hoy se han interrumpido las conversaciones que se suponía llevarían a un nuevo acuerdo y el conflicto se ha intensificado. Estados Unidos ha impuesto nuevos aranceles de 25 por ciento sobre 200 mil millones de dólares de importaciones chinas, y Pekín ha anunciado que aplicará medidas compensatorias equivalentes.

¿Cuáles son los objetivos de Washington en esta guerra comercial? En el primer año de la guerra comercial el déficit comercial de Estados Unidos con China se incrementó 11 por ciento (pasó de 375 a 419 mil millones de dólares entre 2017 y 2018). Puede que el déficit se reduzca en los años siguientes, pero eso dependerá de muchos factores y también podría acarrear costos para los consumidores y empresas estadunidenses.

Los negociadores de Estados Unidos saben muy bien que el déficit bilateral no se va a reducir de manera significativa y que tampoco van a regresar las empresas que se fueron a China por sus bajos costos de mano de obra. Para ellas todavía quedan por explotar los paisajes demográficos de Vietnam, Cambodia e Indonesia. Entonces, ¿qué busca Washington con su belicosidad comercial?

Un indicio revelador está en las razones por las que la semana pasada se rompieron las negociaciones entre ambos países. Washington ha acusado a Pekín de renegar sobre los acuerdos a los que había llegado hacía meses. Esos convenios tienen más que ver con la política industrial y tecnológica de China, así como su legislación sobre propiedad intelectual. En este terreno, a Estados Unidos le gustaría doblegar al gigante asiático para mantener un predominio tecnológico que cada vez es más precario.

En el año 433 antes de nuestra era, Atenas impuso a la ciudad de Mégara una serie de severas sanciones económicas que amenazaban con asfixiarla. Ese decreto fue determinante y Esparta sintió que confirmaba sus peores temores sobre los designios de los atenienses para incrementar su poderío e influencia. El conflicto se presentó como inevitable y se desató la segunda guerra del Peloponeso, que terminó con la derrota de Atenas en 404 antes de nuestra era. El costo de la guerra fue terrible y Grecia nunca volvió a gozar de la autonomía que tuvo durante la era clásica. Para Tucídides, en su Guerra del Peloponeso, el factor emocional del miedo y la desconfianza fue la "causa más verdadera" de esa terrible guerra.

Hoy, la política de Washington frente a Pekín sigue el mismo derrotero. Miedo y desconfianza. ¿Preferirá Estados Unidos hundir al mundo en un conflicto nuclear antes que perder su hegemonía? Difícil responder, pero una cosa es cierta: la profecía de una guerra se cumplirá si Estados Unidos no abre el espacio que Pekín siente necesitar como potencia emergente. De adversario a enemigo no hay más que un solo paso.

Twitter: @anadaloficial

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La Ruta de la Seda envuelve a EEUU en América Latina

Ya son 19 países latinoamericanos los que han suscrito la Ruta de la Seda promovida por China. El Gobierno peruano firmó un memorándum de entendimiento para unirse a la ambiciosa iniciativa de infraestructura, en el marco del II Foro de la Franja y la Ruta para la Cooperación Internacional, que se clausuró el último sábado de abril en Pekín.

 

En todo el mundo la Ruta suma 173 acuerdos de cooperación con 125 países, desde su inicio en 2013. La propuesta china ha crecido de forma rápida en Asia y África, gana terreno en América Latina y tiene dificultades en los países centrales de Europa, donde Italia es el único país del G7 en sumarse a la iniciativa.

La reciente incorporación de Perú es importante para el proyecto. Panamá fue el primer país latinoamericano en unirse y después se han sumado Uruguay, Ecuador, Venezuela, Chile, Bolivia, Costa Rica, Cuba, Antigua y Barbuda, Trinidad y Tobago, y Guyana.


China es el segundo mayor socio comercial de América Latina. En 2018, el valor total de las importaciones y exportaciones entre el país asiático y la región alcanzó los 307.400 millones de dólares, una subida del 18,9% respecto al mismo período del año anterior. China se ha convertido en el mayor socio comercial de Perú y el comercio entre ambos alcanzó la cifra récord de 23.000 millones de dólares en 2018.


Xulio Ríos, director del Observatorio de Política China, destaca en las relaciones con los países latinoamericanos, "el tono constructivo empleado por las delegaciones presentes en el evento y muy especialmente debe significarse la decisión de Lima de suscribir el memorándum de la Iniciativa".


En su opinión, el hecho es más relevante aun "tras una nueva gira por la región del secretario de Estado, Mike Pompeo, cargando a diestro y siniestro contra China", lo que le lleva a concluir que "el patio trasero ya no es lo que era".


Aunque ha avanzado notablemente en la región latinoamericana, China todavía no consigue inducir a los grandes países a integrarse a la Ruta. En efecto, Brasil, Argentina, México y Colombia no forman parte del proyecto, aunque Buenos Aires mantiene excelente relaciones con Pekín y los acuerdos van a más, como lo demuestra la firma de la Carta de Intención bilateral para la construcción de la cuarta central nuclear con un préstamo chino de 10.000 millones de dólares.


Aunque China avanza en la región, la pregunta principal es cómo enfrenta el obstáculo que le imponen esos cuatro países que aún no se deciden a sumarse a la Ruta de la Seda.
La respuesta tiene dos partes. La primera es que China no tiene prisa, avanza donde tiene menos resistencias y va practicando el tradicional juego de 'go', que a diferencia del ajedrez, no consiste en un enfrentamiento frontal (dando jaque mate), sino en ir rodeando al enemigo, ganando territorios hasta aislarlos. China ya tiene acuerdos con varios países del Pacífico (todos los sudamericanos menos Colombia) que son claves para el comercio con esta región.


Hasta ahora, había sumado países pequeños, como los del Caribe, pero en noviembre de 2018 se incorporó Chile (con quien había firmado el primer TLC de la región en 2005) y ahora Perú, dos estrechos aliados de Washington. Son los dos mayores países incorporados, lo que indica que el dragón avanza de lo pequeño hacia lo grande, de la periferia hacia el centro.
"El despliegue de toda la artillería diplomática china constata la innegable expansión del proyecto y muestra el verdadero rostro de su renovado poder en el mundo. La apuesta por el comercio y la inversión sumada a las infraestructuras, la industrialización o la innovación sugiere un nuevo paradigma de desarrollo que cada actor debe enfrentar procurando tirar provecho sin abdicar de sus intereses", sostiene Ríos.


Un punto central son las relaciones con Brasilia. El Gobierno de Jair Bolsonaro se ha expresado de forma contradictoria. El mandatario viene criticando al dragón desde la campaña electoral de 2018, pero el vicepresidente Hamilton Mourao ha insistido en que China es un socio estratégico de su país. Es el primer socio comercial de Brasil, y éste se beneficia de un amplio superávit.


Más aún, China es una las principales fuentes de inversión extranjera directa en el gigante suramericano, "con destaque para los sectores de energía y minería, siderurgia y 'agrobusiness'", con una importante diversificación de las inversiones hacia "segmentos como telecomunicaciones, automóviles, máquinas, servicios bancarios e infraestructura", según detalla Wesley Guerra, director del Centro de Estudios de las Relaciones Internacionales de Brasil.


En el 'go', todo es cuestión de tiempo. Mientras en el ajedrez el aspecto principal es la guerra, anular la pieza del adversario, el 'go' es pura estrategia con fichas iguales que sólo se diferencian en el color blanco o negro. Ocupar espacios es lo decisivo. Mientras Washington se empeña en derribar Gobiernos que considera enemigos, China va llenando huecos hasta que las grandes piezas acepten su propuesta.


Tanto con Chile como con Perú, China se convirtió primero en socio comercial mayoritario para luego ir a más, diversificando las inversiones y potenciando en cada país centros de comercio para toda la región.


El presidente chileno, Sebastián Piñera, fue muy claro en Pekín: "Queremos transformar a Chile en un verdadero centro de negocios para las empresas chinas, para que ustedes puedan, desde Chile, llegar también a toda América Latina".


Frente a Brasil el dragón tiene varias 'piezas' para mover. La primera es la soja. China acaba de anunciar que comprará soja de EEUU para mejorar las relaciones con Trump y los poderosos empresarios sojeros del país suramericano se echaron a temblar y ya recelan del presidente que ayudaron a elegir.


La segunda baza son las importantes inversiones brasileñas en China, en sectores como el aeronáutico (Embraer), minería, alimentos, motores, autopartes, siderurgia, papel y celulosa, y servicios bancarios. La tercera es la creciente relación de Pekín con países de África, como Angola y Mozambique, que son estratégicos tanto para el Gobierno como para el empresariado brasileño.


China enseña que las relaciones entre Estados no pueden guiarse por ideologías sino por el interés mutuo. En eso, no tiene rivales. Por eso la creciente desesperación de Washington.

02:25 01.05.2019(actualizada a las 12:34 01.05.2019)
Raúl Zibechi

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Brasil: la demolición de una potencia global

Cuando se escriba la historia de la segunda década del siglo XXI, podrá decirse que una de las principales potencias emergentes, integrante de los BRICS y líder de la integración de la región sudamericana, ingresó en un proceso de demolición de sus posibilidades como nación independiente.

 

Los datos que van saliendo a la superficie avalan esa afirmación. Más aún, puede decirse que una parte de las elites militares, empresariales y del Estado brasileño, promovieron el desguace de todo vestigio de independencia nacional, lo que evidentemente favorece los intereses de Washington.


Tres son los aspectos destacados de esa auto-destrucción: el desmoronamiento de la burguesía brasileña que era la más importante de América Latina, el retroceso en los avances tecnológicos que sustentaban un desarrollo autónomo y la neutralización del nacionalismo militar. Las tres han estado estrechamente vinculadas desde la década de 1950, cuando el país comienza su industrialización.


En la segunda década del siglo, Brasil perdió su sector de alta tecnología, lo que le impide llegar a ser un país innovador mientras se hunde como exportador de materias primas sin procesar, como mineral de hierro y soja. En la década de 1980, las empresas de alta tecnología representaban casi un 10% del PIB (9,7% exactamente), porcentaje que cayó al 5,8% en 2018.


Según el autor del estudio, el economista Paulo César Morceiro de la Universidad de Sao Paulo, "la industria de mayor tecnología en Brasil no consiguió sostener su pico de participación en el PIB ni siquiera durante una década". Considera que es un resultado penoso si se lo compara con la performance de los países en desarrollo. "Sin desarrollar ese sector, será difícil avanzar hacia el escalón de la industria 4.0, que combina industria y servicios sofisticados", concluye el economista.


El problema de Brasil es que tanto la agropecuaria como la industria extractiva cuentan con ventajas competitivas que abaratan las exportaciones, pero bloquean el desarrollo tecnológico, en el cual el Estado debe tener un papel destacado. "Hace mucho tiempo que la agenda predominante en Brasil se restringe a la macroeconomía. No hay política industrial ni inversiones en innovación", asegura Morceiro.


Brasil es un país desanimado, sin objetivos de largo plazo. El sector industrial retrocedió a 1947, al llegar a su menor participación en el PIB, con apenas el 11,3% en 2018. En 1986 la industria alcanzó su punto más alto, con una participación de 27,3% del PIB. Ningún sector de la industria aumentó su participación en la producción total desde la década de 1980: ni la de alta intensidad tecnológica ni la de menor, como textiles, vestimenta y bebidas.


Otro profesor de la USP, Glauco Arbix, sostiene que "los países que más se desarrollaron fueron empujados por empresas de alto dinamismo que aceleran el conjunto de la economía". El caso más exitoso ha sido la aeronáutica Embraer, que acaba de ser absorbida por la estadounidense Boeing, privando al país de un sector de alto contenido en tecnologías de punta.
Es probable que el desarrollo brasileño se haya agotado en la década de 1980, en la etapa final del régimen militar (1964-1985). Las elites parecen haber optado por mantener sus privilegios (Brasil está entre los diez países más desiguales del mundo), trasladando sus riquezas a paraísos fiscales, a costa de mantener al país estancado y sin rumbo.


La crisis política está agravando la falta de rumbo y la retroalimenta. El repliegue de un empresariado conservador crecido a la sombra de los contratos con el Estado, el temor de las elites a las mayorías negras y pobres, la falta de entereza y de pulso de los militares —que en otros períodos sustituyeron al empresariado y a los políticos como punta de lanza de un desarrollo con proyecto de nación—, están en la base de la crisis en curso.


En los momentos decisivos de la historia de Brasil, la década de 1930 y la de 1960, los militares fueron los encargados de ponerse al hombro las tareas que nadie se animaba a enfrentar: la quiebra de la oligarquía terrateniente en el primer período, para abrir las puertas a la industrialización; el diseño de un proyecto de nación, en la segunda posguerra. En ambos casos las fuertes inversiones en infraestructura, energía y transportes, y la modernización del parque industrial, sacaron durante un tiempo al país del atolladero.


El grueso de las grandes empresas estatales fueron creadas en uno de los dos períodos, desde Petrobras hasta Embraer. Ahora se proponen privatizar empresas estratégicas, como Embrapa (Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria), que juega un papel central en el desarrollo de tecnologías para la producción de alimentos y de la agroindustria.
Fue creada en 1973, cuenta con 41 centros de investigación, está presente en casi todos los estados, tiene casi 10.000 empleados, de los cuales 2.500 son investigadores. Ha desarrollado investigaciones que permitieron mejorar desde las razas bovinas (Brasil es uno de los primeros productores de carne del mundo) hasta variedades de caña de azúcar que pueden ser cosechadas mecánicamente.


Eliseu Alves, fundador y expresidente de Embrapa, muestra que desde 1973 hasta hoy "el conocimiento sobre sistemas de producción impactó más en la agricultura brasileña que los equipamientos, máquinas y semillas". Se refiere a "los conocimientos sobre la tierra, los factores de producción, el contexto de la tecnología".


Prueba de ello es que la producción agrícola crece a tasas más altas que los insumos, porque el llamado conocimiento "no cristalizado", el que se refiere a "lo que está entre las orejas", es responsable del 89,8% de la producción agrícola. En 1979 ese índice estaba en 64,1%.


La privatización de Embrapa sólo puede beneficiar a las grandes multinacionales del sector, como Monsanto. El argumento del ministro de Economía, el neoliberal Paulo Guedes, es que la empresa tiene déficit. Un argumento mediocre destinado a mantener la dependencia y estancamiento del país. Si el rumbo no cambia, dos de las empresas más importantes en tecnología (Embraer y Embrapa) habrán sido engullidas por las multinacionales.


Con este panorama, la demolición de Brasil habrá avanzado lo suficiente como hacer casi imposible un retorno al camino del país emergente, o "global player", que se podía imaginar años atrás.

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