Domingo, 24 Marzo 2013 07:05

Los riesgos del mito

Los riesgos del mito

El mito arraiga mucho mejor en las sociedades en que persiste un profundo sustrato rural, y es allí, en ese sustrato, donde también crece con renovado verdor la figura del caudillo. Rascacielos, carreteras de alta velocidad que se cruzan en complicados nudos, enjambres de antenas parabólicas, pero la sociedad rural sigue allí, trasladada a las colmenas bullentes que son las barriadas de los cerros de Caracas.

 

Mito y caudillo se encuentran en la muerte. “El cielo se puso rojo. Estaba haciendo calor, bajó la neblina y llovió. Dicen que fue justo cuando murió Chávez”, afirma una mujer que hace fila pacientemente bajo el Sol para ver por última vez a su líder benefactor. Un temblor de magnitud cuatro en la escala de Richter se ha sentido en Caracas el mismo día de los funerales de Estado, comenta otro de los que esperan ver cumplida la gracia de contemplar el rostro del caudillo tras el vidrio del féretro. “Está bello, ha rejuvenecido”, dirá otra mujer al salir de la capilla ardiente. “Parece que está a punto de hablar.” Un cometa ha dejado su estela en los cielos lejanos.

 

No en balde María Lionza sigue reinando desde los cielos en Venezuela, montada a pelo en el lomo de una danta, la deidad campesina dispensadora de bienes cuyo culto nació en Yaracuy para extenderse a la nación entera, campos y ciudades. Y sin duda el comandante Chávez, gracias a esa eternidad que sólo crea la magia de las mentes, entrará en el santoral al que pertenece el doctor José Gregorio Hernández, médico entregado a los pacientes pobres y muerto a una edad parecida, frente a cuyo retrato se encienden veladoras y se elevan plegarias porque, además, desde esa eternidad alimentada por la devoción se quedó haciendo milagros en beneficio de los suplicantes.

 

Para pasar a los altares populares habrá sido necesaria en vida el aura del carisma, que empieza por el magnetismo personal, por la memoria para recordar nombres, por el don de la oratoria que electriza porque polariza, mandando a la hoguera a los adversarios. No quedaría en el alma colectiva donde se engendra el mito alguien que pronunció en vida discursos aburridos y monocordes, que no cantó y bailó en las tarimas, que no sabía de memoria las tonadas llaneras, que no desafió gallardamente al gigante de siete leguas. Pero, sobre todo, al caudillo muerto se le recuerda como uno recordaría a su propio padre, bondadoso, dispuesto a extender la mano para colmar de dones a sus partidarios y, al mismo tiempo, decidido a castigar a los díscolos enviándolos a las llamas del infierno. Síganme los buenos.

 

A nadie se parece más el comandante Chávez que a Eva Perón. No a Juan Domingo Perón, su marido, quien murió de viejo, sino a ella. Santa Evita, elevada a los altares. Su foto sigue siendo iluminada por las velas en los hogares humildes más de medio siglo después de su muerte. Generosa para colmar de regalos a manos llenas a los más pobres a costas de las arcas del Estado que entonces parecían inagotables y arrancada igualmente del mundo de los vivos por un cáncer traicionero. Morir en la plenitud, como quiere Joseph Campbell, maestro de mitos, pues los héroes deben entrar en el panteón de la eternidad sin haber nunca envejecido a los ojos de sus feligreses.

 


Y una vez llegada la muerte, el mito pasa a alumbrar el cadáver, que se libra así del poder de los gusanos, que es el poder del olvido, y embalsamado queda expuesto a los ojos de los fieles. Ése era el destino de Eva Perón, que su cuerpo fuera exhibido dentro de una urna de cristal en un mausoleo de mármol y granito para que sus adoradores desfilaran rindiendo tributo generación tras generación a la bella durmiente. Pero el general Domingo Perón no tardó en irse al exilio tras un golpe de Estado y el cadáver, escondido de la vista pública por el nuevo gobierno militar, sufrió diversas peripecias.

 

Desde el tiempo de los faraones, un cuerpo embalsamado ha funcionado como símbolo de poder más allá de la muerte en sociedades políticamente inmóviles, y la venezolana está lejos de serlo. La mayoría de los cadáveres preservados para la contemplación pública indefinida han sido ya enterrados y sólo quedan unos pocos, entre ellos el de Kim Il Sung en el país más cerrado del mundo, donde no se mueve la hoja de un árbol sin el permiso del dinasta familiar en turno.

 

Alguna vez el comandante Hugo Chávez dijo que quería ser enterrado en su suelo natal de Sabaneta de Barinas, pero ahora la cúpula ha resuelto que sea exhibido en un museo. Y dijo más: “Exhibir cuerpos insepultos es un signo de la inmensa descomposición moral que sacude a este planeta”, opinó en el año 2009 acerca de la exposición ambulante de cuerpos momificados Body worlds.

 

Esta decisión extrema de quienes buscan usar su cadáver como seguro de vida de su propio poder expone al caudillo a ser devuelto un día a la Tierra por otras manos que no le guardarán la misma veneración o simplemente querrán quitarlo de la vista pública. La historia no es inmóvil, ni aún en Corea del Norte. El cuerpo de Evita, trabajado hasta el delirio por los expertos en momias, anduvo errante por el mundo hasta que fue inhumado piadosamente en el cementerio de la Recoleta.

 

En los días del funeral, el consejo que aceptó el presidente interino Nicolás Maduro, o él mismo lo decidió, fue el de meterse en los zapatos del comandante Chávez, vestir la misma ropa deportiva con los colores patrios, imitar su discurso exaltado, amenazar al adversario. No le lucía mucho. Pero ahora, al no hacer enterrar cristianamente a su padre espiritual y político, entrará necesariamente en una contradicción, porque tendrá siempre una imagen de cuerpo presente recordándole que Él no es él.

 

Masatepe, febrero 2013.

 

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Viernes, 22 Marzo 2013 08:04

Chavéz: la realidad de un mito

Chavéz: la realidad de un mito

Hace unos pocos meses, cuando todo el mundo especulaba sobre la enfermedad y el verdadero estado de salud de Hugo Chávez, el escritor colombiano William Ospina causó polémica al afirmar que el líder venezolano estaba a las puertas de la mitología. Desde luego, en el sentido de Ospina, y en el nuestro, el mito aquí no se refiere a esa etapa previa a la filosofía que ha impuesto las lecturas eurocéntricas, ni tampoco a las cosmovisiones de las miles de culturas del mundo que han estudiado los antropólogos. Nos referimos a una realidad, a un símbolo actuante, efectivo, a un aura, a una estela que se queda en el tiempo, etcétera., que crea una persona alrededor de sí, en su entorno, ya sea por su origen, por sus obras o por su legado. Y en el caso de Hugo Chávez, eso fue precisamente lo que ocurrió.

 

El pensador ruso Aleksei Losev (1998), parte de la base de que el mito es una categoría del pensamiento y de la vida, trascendentalmente necesario, "es la realidad auténtica y concreta al máximo". El mito, para quien lo vive, no es pues una falsa conciencia o una falsa representación de la realidad, es una realidad viviente, material, que se cala en la vida diaria de las personas, que alumbra el sentido del mundo, de la praxis, de los fines de la acción humana; el mito es algo que condiciona nuestras vidas, que se hace presente en ellas, es algo que llevamos puesto, como somatizado. El mito no es "el ser ideal sino la realidad material vitalmente sentida y creada".

 

Pero, ¿cómo se crea el mito?, ¿dónde tiene su origen, por ejemplo, Chávez como mito? El mito en este caso se crea en vida, toma forma por el personaje. Y es creado inconscientemente, pues nadie puede elegir convertirse en un mito o no, esto es algo que le sobreviene. Son los actos y las obras mismas las que van produciendo de manera paulatina su génesis. En el caso de Chávez, el mito empieza con una acción heroica cualificada: el intento de Golpe de Estado al gobierno de Carlos Andrés Pérez. No es una acción cualquiera sino que tiene una pretensión ética: la lucha por la dignidad, la justicia, la libertad, la autonomía nacional. Pero ésta acción heroica, moralmente cualificada, se va grabando en el pueblo, en las masas. Y así se da un segundo paso: un proceso de identificación con el héroe, pues este encarna, no una quimera, sino las necesidades vitales mismas del pueblo o de una parte de él; él héroe los representa. En tercer lugar, el proceso autopoiético (auto-productor del mito), cuando ha logrado la adhesión, la identificación, lleva a la conexión de la nueva realidad mítica con mitos del pasado: es una forma de legitimar el nuevo mito. Por eso Chávez legitimó su proyecto ético de sociedad con la identificación con héroes como Miranda, Bolívar, Martí, El Ché. Y esto hizo que el mito se cualificara más y adquiriera aval histórico. En este caso, los muertos se pusieron al servicio de los vivos, la historia legitima el presente, legitima el proyecto, legitima más el mito: los héroes del pasado inspiran al héroe de hoy: Bolívar y su proyecto de unidad latinoamericana legitima el proyecto del Alba.

 

En todo este proceso, el nuevo héroe, el nuevo mito, comienza a exaltar su nueva lucha, muestra sus fracasos como victorias, muestra que el proyecto tiene en sí mismo algo de providencial que ni aún un golpe de estado auspiciado con participación del Imperio puede impedir su realización, la concretización de la Revolución Bolivariana; muestra una especie de triunfo anticipado garantizado por la fuerza del mito mismo. Todo esto sucedió con Hugo Chávez. Él ya era un mito en vida para muchos, no porque él lo hubiera decidido, sino porque el mito había sobrevenido como acontecimiento, como resultado de un cúmulo de eventos. En este caso, lo que empezó como una acción heroica, con un momento fundacional, lo que se corroboró con 14 años de gobierno, consolidó un mito que se fortalece más con lo trágico. No se puede negar: lo trágico juega un papel fundamental en el mito. Es así en los mitos más conocidos de la antigua Grecia, pero también lo es la muerte de Bolívar, la de Martí, la de El Ché, la de Camilo Torres. La muerte trágica de Chávez lo convierte en un mártir, y ser mártir es casi una condición del héroe, de lo heroico, pues implica el sacrificio, el desprendimiento, el darlo todo por los ideales, por el pueblo, por las ideas consideradas justas.

 

Muchos se asombraron al ver los ríos de gentes que acompañaron al Comandante, en su último paseo por una populosa avenida caraqueña, gentes venidas de todo el país, muchos latinoamericanos y más de 30 Jefes de Estado, comparable a la despedida de líderes religiosos, principalmente, cuando no a la partida de los millonarios acumuladores de capital o estrellas del cine o del Jet Set.

 

Lo curioso, es que si se repasa la vida del Coronel Hugo Chávez Frías, se entiende que poseía un carisma que hasta sus propios detractores admiraban y comentaban; desde la Escuela de Cadetes Chávez figuraba y sobresalía entre los demás, luego alcanza la presidencia constitucionalmente por 14 años, hasta que irrumpió la muerte. La curiosidad que despertó entre los contradictores la presencia de la multitud despidiendo a su líder, se entiende en la medida que no pudieron o no quisieron ver la realidad de un Chávez capaz de mantener a una audiencia por más de 9 horas, o de ver una Caracas vertida de púrpura cuando de acompañarlo se trataba. Cuando la intentona de Golpe, que pareció más un chiste montado por unos cuantos burgueses capaces de sobornar a unos cuantos, el país se conmocionó y sobrevino una crisis que fue contenida únicamente ante la voz del camarada que sabía como llegarle a su pueblo. Y aquí es necesario resaltar un cuarto aspecto. El mito Chávez no es posible sin su carisma. Entendido éste como nos lo recuerda Max Weber en Economía y sociedad: "la cualidad, que pasa por extraordinaria [...], de una personalidad, por cuya virtud se le considera en posesión de fuerzas sobrenaturales o sobrehumanas, o por lo menos específicamente extra-cotidianas y no asequibles a cualquier otro, o como enviados de dios, o como ejemplar y, en consecuencia, como jefe, caudillo, guía, o líder". Eso era y es aún Chávez para la mayoría de las clases populares de Venezuela, así se lo representaron.

 

La realidad que funda el mito, el de Chávez, se refuerza con la muerte. Otra cosa es la venda que muchos se impusieron en sus ojos para no querer ver la realidad o el milagro que se estaba dando en Venezuela, que trascendió las fronteras y se extendió a Ecuador, Argentina, Bolivia, Nicaragua y a otras partes del mundo, pues el socialismo del siglo XXI no era sólo una propuesta latinoamericanista, también era tercermundista. Los medios, particularmente los colombianos, y los que el propio Chávez denominó los de los ejes del imperio, trataron de ocultar esa realidad, y entonces trataron de construir un comediante, un Jefe de Estado que improvisaba rancheras, que era callado por un rey que caza elefantes y que mantiene a su país en la peor crisis de los últimos tiempos, un personaje que se persignaba en el recinto de la ONU y que afirmaba que Bush había dejado una estela de azufre, un payaso que retaba a su entonces homólogo colombiano, el supuesto mesías, dando albergue a miembros de las farc-ep.

 

Pero siendo el mito una realidad, la imagen que quisieron construir las élites derrotadas, añejas en su propia podredumbre, los medios que sustentaban esas élites, los poderes avenidos del narco-capital, los títeres y conmilitones de un imperio que cada vez muestra más y mayores debilidades, esa imagen sucumbió y se impuso la que tienen millones de venezolanos, los desposeídos, el pueblo llano, los tradicionalmente excluidos, los de abajo, los subalternos, la que tienen los visionarios de una Latinoamérica co-construida bajo los preceptos de la solidaridad responsable, la cooperación entre las naciones, la imagen del mito padre, libertador e integrador, esa es la que se impuso, en la medida que concretiza la realidad de muchos, de millones de personas que realmente ven y vieron en Chávez un verdadero milagro. Sí, Chávez movilizaba, era como si supiera lo que alguna vez dijo Sorel, el teórico de la violencia: las masas se mueven no por la razón o la ciencia, sino por los mitos.

 

Los detractores del mito quisieron mostrar una Venezuela en crisis, anotando que Pdvsa dejó de producir petróleo, que la producción interna decayó notablemente, que los índices de importación de alimentos aumentaron de manera considerable, que la economía muestra altos índices de inflación, que no sembró el petróleo. que muchos venezolanos –generalmente los dueños de capital–, debieron salir de su país y asentarse, como los sin patria cubanos, en la cálida y fértil Miami.

 

Son simples palabras. La realidad se impone y el mito entonces aparece y se fortalece, cuando la propia ONU y la Unicef muestran que bajo el gobierno de Chávez los índices de escolarización alcanzaron un 93%, que más de dos millones de jóvenes estudian en la universidad, así como el aumento de atención y asistencia médica, que la tasa de natalidad disminuyó en un 50%, que la tasa de pobreza pasó de un 42,8% a un 26,5% y la tasa de extrema pobreza de un 16,6% en 1999 a un 7% en 2011. Esta es la realidad del mito que no se impone sólo con su muerte, sino que sobreviene gracias a un modelo económico, político y social fundado en la justicia social y la solidaridad, particularmente sobre aquellos que más lo necesitan. Los mitos son populares, duraderos, contienen y guardan anhelos y verdades, deseos, utopías: así como El Ché, Gaitán, Allende, por eso, y pesé al deseo de muchos, con Chávez simplemente se comprueba la identificación de millones de personas con un ser capaz de trascender a su propia realidad para volverse, desde mucho antes de su muerte, en un verdadero mito.

 

Sir. Francis Bacon, el filósofo inglés, padre de la filosofía experimental, decía que "La muerte nos abre el camino de la fama", pero habría que agregarle, no sólo de ella, sino también de la inmortalidad, y de hecho, mucho más, cuando esa muerte refuerza un mito, uno que es una realidad viviente y que puede ser el motor de la construcción de la utopía, del diseño y la configuración de nuevas realidades.

 

J. MAURICIO CHAVES-BUSTOS, Filósofo y escritor.

DAMIÁN PACHÓN SOTO, Profesor de Teorías y Filosofía Política, Universidad Santo Tomás y Nacional de Colombia


El decisionismo de los gestos

 

Por Alberto Verón


No sé que estarán pensando Slavoj Zizek, Toni Negri, Diego Maradona, Emir Kusturica, Sean Penn. Al menos para mí y algunos otros inadaptados de nuestra generación, la figura de Hugo Chávez representará la de un extraño personaje lleno de condecoraciones en el pecho, de timbre caribeño y voz marcial que ascendió al mundo de lo público acompañado por las cámaras de la televisión que mostraron, al principio de la década de los noventa, un joven militar que hablaba en términos políticos y que exhortaba al rescate de la palabra “patria” de las manos de las antiguas cúpulas políticas tradicionales latinoamericanas, representadas en el nombre de Carlos Andrés Pérez, a quien dio un golpe de estado despuntando la década de los años noventa.

 

Pero con el tiempo, ese mismo militar que despertaba la desconfianza de quienes lo asociaban en su rol con la de aquellos dictadores de los años setenta en el cono sur empezó a realizar unos gestos inéditos que recordaban a los de Fidel Castro en los sesenta o Perón en los cincuenta. Para quienes nacimos acostumbrados a una clase política cuyos gestos, eran los de unos gerentes que trataban a sus gobernados con la distancia y desconfianza que los jefes tratan a sus trabajadores, el de Chávez fue un lenguaje caliente, emotivo, cercano, y cuando uno observaba su rostro, se encontraba con el del mulato caribeño apasionado y no el del criollo blanco ansioso de ser reconocido por sus “pares blancos” del hemisferio norte. Chávez, poseedor de eso que Weber llamó el “carisma”, una mezcla de astucia innata popular y atrevimiento aventurero se empezó a ganar la simpatía de toda una generación que sentía una tristeza melancólica por los mitos revolucionarios de izquierda, de líderes mesiánicos, que en el ostracismo de una vida sometida a la visión de mundo individualista norteamericana, guardaba nostalgia por un discurso disidente.

 

Así de nuevo, bajo el nombre de “Chavismo” se construyó un sentimiento más emocional que filosófico, fundamentalmente anti-hegemónico, que puso en el centro del debate político a América Latina y que en respuesta al llamado “fin de la historia” o “fin del comunismo” de finales de los años ochenta puso en escena el “otro mundo es posible”, un sentimiento que no era precisamente el que representaba a los triunfantes Reagan, Thatcher, “Chicago boys” y “neoliberales” sino que contrariamente disentía y realizaba empatías con los proscritos del discurso reinante: el llanero, el afrodescentiente, el habitante de las periferias.

 

¿Fue decisionista Chávez? No sé. Se lo dejo a los estudiosos de la política. Pienso que tomó partido, habló a nombre de ese “pueblo” latinoamericano olvidado, de tez oscura o morena o indígena y se vistió de ellos, de los más pobres y se apalancó en ese lenguaje redentor y mesiánico de izquierda que se creía “muerto y enterrado” y lo volvió a sacar, y se lo tiró en el rostro al llamado “Imperio”, y atacó a las grandes y pequeñas burguesías y propietarios venezolanos y con esas acciones se ganó su odio. Fue esa su decisión. Pero con ella, con sus gestos, equivocados unos, acertados otros, nos puso a pensar, nos sacó del tedio de reverenciar lo impuesto e instituido e hizo del actuar político algo cercano y humano. Falta saber si como en V de Venganza, “V” seremos muchos.

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Publicado enEdición 189

El 5 de marzo, tras la noticia del fallecimiento de Hugo Chávez, aparecieron unos tuits –entre los más de 800 mil mandados en las primeras 24 horas de su muerte– que subrayaban que éste “moría el día del 60 aniversario de la muerte de Stalin”; visibles en las páginas web al lado de varios comentarios del mainstream sobre lo sucedido se fundían con ellos y volvían parte de la maquinaria mediática.


Estos mensajes no fueron los primeros ni los únicos en notar aquella coincidencia histórica, pero tomando en cuenta quienes tuiteaban y retuiteaban –miembros de la dictadura mediática global– más que una observación inocente, eran un reflejo de toda la estrategia de desinformación y demonización de Chávez –la sintetizó perfectamente Eduardo Galeano (Aporrea, 11/1/2013)– implementada por la mayoría de los medios (destacaban El País y la Sociedad Interamericana de la Prensa, SIP). Sus enemigos inmediatamente resaltaron aquel detalle, ya que raras veces veían otras comparaciones, igualándolo por años sin ningún rigor ni tregua con Stalin, Hitler o Mussolini: lo hacía sobre todo la prensa estadunidense (por ejemplo Newsweek, 11/2/2009), pero también los políticos como Rumsfeld (Ap, 3/2/2006) o los gerentes regionales del imperio como Uribe (Cables Wikileaks-embajada de Estados Unidos en Bogotá, 6/12/2007).


Mucha tinta se ha derramado sobre el populismo de Chávez y de cómo logró “cautivar los mentes de sus seguidores”; poca sobre la sicología de los anti-chavistas que lo hicieron un bogeyman y veían en él la encarnación de todos los males. Lo pintaban de autoritario, dictador, déspota, tirano. El linchamiento mediático consistía también en que todo lo que aparecía sobre él era negativo, sus fallas exageradas, los logros ignorados, su posición y la de sus seguidores –“la chusma borracha de petróleo”– malinterpretada y menospreciada. Para los ricos y poderosos Chávez era un “zambo ignorante” y a la vez un “demonio”, medio negro, medio indio; difamándolo personificaban en realidad su miedo de los millones de pobres que estaban detrás de él, le daban una forma y lo convertían en un blanco de sus ataques.


La prensa opositora –como el caraqueño El Universal– nunca se pudo decidir si Chávez era “fascista” o “comunista”; lo fustigaba igual por sus “rasgos de Führer” y “tendencias estalinistas”. Los medios internacionales retomaban esta contradictoria campaña poniéndole a la vez una camisa roja y otra parda, llegando a menudo como el antichavismo venezolano a los niveles demenciales del odio. Esto ocurría incluso en los países como Polonia, donde se supone que somos más sensibles al significado de las historias detrás de los nombres de Stalin y Adolfo Hitler.
Estas comparaciones destruían el lenguaje del debate público, relativizaban las más grandes atrocidades de la humanidad, oscurecían la naturaleza de los conflictos en Venezuela y afectaban la política: si Chávez era igual que ellos, el mundo con mayor facilidad toleraba excesos antidemocráticos de la oposición e incluso alentaba el golpismo, “justificado” por el fin de contrarrestar el “totalitarismo chavista”.


Según la llamada “ley de Godwin” que se refiere a los debates en Internet, a medida de que la discusión se alarga, aumenta la probabilidad de que aparezca una comparación a Hitler o a los nazis; quien la use primero, pierde el debate (es.wikipedia.org/wiki/Ley_de_Godwin). Dicho enunciado que pretende evitar el uso de comparaciones inapropiadas –y que debería aplicar a cualquier debate– podría incluir también a Stalin; esa sería, ya más allá de Internet, la conclusión tras observar la “discusión” en torno al líder bolivariano.


Mientras más se alargaba (fueron 14 años), los “argumentos” de los antichavistas se concentraban más en las comparaciones generadas por fobias; también ahora la mayoría de las necrologías y editoriales –ni hablar de los comentarios en redes sociales y tuits– carecen de apego a la realidad (“Chávez deja un país sumergido en crisis, con la economía en escombros”) y menosprecian a sus seguidores (“narcotizados por su culto y desorientados”). Según algunos destacados antichavistas, “son las mismas muchedumbres que lloraban en los funerales de Franco o Stalin” (¡sic!).


Chávez también usaba un lenguaje brusco, pero, como apunta Horacio González, el sociólogo argentino, de manera mucho más graciosa y estricta logró combinar las historias del pasado con la contemporaneidad, desafiando a los dueños del poder mundial; también le gustaba “jugar con los grandes nombres de la historia”, dándole por ejemplo, una nueva vida a Bolívar ( Página/12, 6/3/2013).


Jacques Rancière, el filósofo francés, en uno de sus formidables ensayos – Los nombres de la historia ( The names of history, Minneapolis, 1994)–, preocupado por las “palabras” del pasado, apunta que una palabra como “Napoleón” nombra fenómenos más allá de la vida o carrera de un individuo. Detrás de ella están las vidas de los millones “sin nombre” que hicieron posible su carrera, crecieron con ella o que fueron aniquilados en su desarrollo; es un deber político y científico devolverles su legítimo lugar en la historia (resuena aquí un enfoque benjaminiano).


“Chávez” también –por sus propios méritos– se volvió un gran “nombre de la historia”; los millones de los “sin nombre” que hicieron posible su carrera, que pelearon por su gobierno y lo defendieron recobrando su dignidad, saben el verdadero orden y la adecuada compañía de otros nombres con quienes entra en la historia.


Él ya les devolvió su legítimo lugar; ahora ellos le darán una nueva vida.

 

Por Maciek Wisniewski, eriodista polaco

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Viernes, 08 Marzo 2013 08:36

Chávez, el legado y los desafíos

Chávez, el legado y los desafíos

Murió el líder político democrático más carismático de las últimas décadas. Cuando esto sucede en democracia, el carisma crea entre gobernantes y gobernados una relación particularmente movilizadora, porque reúne a la legitimidad democrática con una identidad de pertenencia y un conjunto de objetivos compartidos que van mucho más allá de la representación política. Las clases populares, habituadas a ser golpeadas por un poder lejano y represor (las democracias de baja intensidad alimentan ese poder), viven momentos en los que la distancia entre representantes y representados casi se desvanece. Los opositores hablan de populismo y autoritarismo, pero raramente logran convencer a los votantes. Es que, en democracia, el carisma permite niveles de educación cívica difícilmente alcanzables en otras condiciones. La compleja química entre carisma y democracia profundiza ambos procesos, sobre todo cuando se traduce en medidas de redistribución social de la riqueza. El problema del carisma es que termina con el líder. Para continuar sin él, la democracia necesita ser reforzada con dos ingredientes cuya química es igualmente compleja, sobre todo en un inmediato período poscarismático: la institucionalidad y la participación popular.

 

Al gritar en las calles de Caracas "¡todos somos Chávez!", el pueblo es lúcidamente consciente de que Chávez hubo uno solo y que la Revolución Bolivariana tendrá enemigos internos y externos lo suficientemente fuertes como para poner en cuestión la intensa experiencia democrática de los últimos catorce años. En Brasil, el presidente Lula fue también un líder carismático. Después de él, la presidenta Dilma aprovechó la fuerte institucionalidad del Estado y de la democracia brasileñas, pero ha tenido dificultades para complementarla con la participación popular. En Venezuela, la fortaleza de las instituciones es mucho menor, mientras que el impulso de la participación popular es mucho mayor. Es en este contexto que debemos analizar el legado de Chávez y los desafíos en el horizonte.

 

El legado

 

  • - La redistribución de la riqueza. Chávez, al igual que otros líderes latinoamericanos, aprovechó el boom de los recursos naturales (en especial, el petróleo) para realizar un programa sin precedentes de políticas sociales, sobre todo en las áreas de educación, salud, vivienda e infraestructura, que mejoraron sustancialmente la vida de la inmensa mayoría de la población. La Venezuela saudita dio lugar a la Venezuela bolivariana.
  • - La integración regional. Chávez fue un artífice incansable de la integración del subcontinente latinoamericano. No se trató de un cálculo mezquino de supervivencia o hegemonía. Chávez creía como nadie en la idea de la Patria Grande de Simón Bolívar. Las diferencias políticas sustantivas entre los países de la región eran vistas por él como discusiones dentro de una gran familia. Cuando tuvo la oportunidad, procuró restaurar los lazos con el miembro de la familia más reticente y más pro estadounidense, Colombia. Procuró que las relaciones entre los países latinoamericanos fueran mucho más allá de los intercambios comerciales y que éstos se pautasen por una lógica de complementariedad y reciprocidad, y no por una lógica capitalista. Su solidaridad con Cuba es bien conocida, pero fue igualmente decisiva con la Argentina durante la crisis de 2001-2002 y con los pequeños países del Caribe.

 

Fue un entusiasta de todas las formas de integración regional que ayudaran al continente a dejar de ser el patio trasero de Estados Unidos. Encabezó el ALBA (Alternativa Bolivariana para las Américas), luego ALBA-TCP (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América - Tratado de Comercio de los Pueblos), también quiso ser miembro del Mercosur. La Celac (Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe) y la Unasur (Unión de Naciones Suramericanas) son otras de las instituciones de integración a las que Chávez dio su impulso.

  • - Antiimperialismo. En los momentos más críticos de su gobierno (incluyendo la resistencia al golpe de Estado del que fue víctima en 2002), Chávez se enfrentó con el unilateralismo estadounidense más agresivo (George W. Bush), que llegó a su punto más destructivo con la invasión de Irak. Chávez tenía la convicción de que lo que estaba pasando en Medio Oriente pasaría un día en América latina, si la región no se preparaba para esa eventualidad. De ahí, su interés por la integración regional. Pero también estaba convencido de que la única manera de frenar a los Estados Unidos era alimentar el multilateralismo, fortaleciendo lo que quedaba de la Guerra Fría. De ahí, su acercamiento a Rusia, China e Irán. Sabía que los Estados Unidos (con el apoyo de la Unión Europea) continuarían "liberando" a todos los países que pudiesen desafiar a Israel o ser una amenaza para el acceso al petróleo. De ahí, la "liberación" de Libia, seguida por la de Siria y, en un futuro próximo, Irán. De ahí, también, el desinterés de los Estados Unidos y la Unión Europea por "liberar" el país gobernado por la dictadura más retrógrada, Arabia Saudita.
  • - El socialismo del siglo XXI. Chávez no consiguió construir el socialismo del siglo XXI, al que llamó socialismo bolivariano. ¿Cuál sería su modelo de socialismo, teniendo en cuenta que siempre mostró una reverencia por la experiencia cubana que muchos consideraron excesiva? Me consuela saber que en varias ocasiones Chávez se refirió con aprobación a mi definición de socialismo: "El socialismo es la democracia sin fin". Es cierto que eran discursos y que la práctica sería sin duda mucho más difícil y compleja. Quiso que el socialismo bolivariano fuera pacífico, pero armado para que no le ocurriera lo mismo que a Salvador Allende. Nacionalizó empresas, lo que causó la ira de los inversores extranjeros, que se vengaron con una impresionante campaña de demonización de Chávez, tanto en Europa (especialmente en España) como en los Estados Unidos. Desarticuló el capitalismo que existía, pero no lo sustituyó. De ahí, las crisis de abastecimiento e inversión, la inflación y la creciente dependencia de los ingresos petroleros. Polarizó la lucha de clases y puso en guardia a las viejas y a las nuevas clases capitalistas, que habían tenido durante mucho tiempo un monopolio casi total de la comunicación social y que siempre mantuvieron el control del capital financiero. La polarización llegó a la calle y muchos consideraron que el gran aumento de la delincuencia era su producto (¿dirán lo mismo del aumento del delito en San Pablo o Johannesburgo?).
  • - El Estado comunal. Chávez sabía que la máquina estatal construida por las oligarquías que siempre habían dominado el país haría todo lo posible para bloquear el nuevo proceso revolucionario que, a diferencia de los anteriores, nacía con la democracia y se alimentaba de ella. Buscó, por eso, crear estructuras paralelas. Primero fueron las misiones y las grandes misiones, un amplio programa de políticas públicas en diferentes sectores, cada una con un nombre sugestivo (por ejemplo, la Misión Barrio Adentro, para ofrecer servicios de salud a las clases populares), con participación social y ayuda de Cuba. Después fue la institucionalización del poder popular, un ordenamiento territorial paralelo al existente (estados y municipios), con la comuna como célula básica, la propiedad social como principio y la construcción del socialismo como objetivo principal. A diferencia de otras experiencias latinoamericanas que trataron de articular la democracia representativa con la democracia participativa (el caso del presupuesto participativo y los consejos populares sectoriales), el Estado comunal asume una relación de confrontación entre esas dos formas de la democracia. Tal vez ésa sea su gran debilidad.

 

Los desafíos

 

  • - La unión cívico-militar. Chávez asentó su poder sobre dos bases: la adhesión democrática de las clases populares y la unión política entre el poder civil y las fuerzas armadas. Esta unión siempre ha sido problemática en el continente y, cuando existió, tuvo casi siempre orientación conservadora e, incluso, dictatorial. Chávez, él mismo un militar, consiguió una unión de sentido progresista que le dio estabilidad al régimen. Pero para eso tuvo que darles poder económico a los militares, lo que, además de ser una fuente de corrupción, mañana puede volverse en contra de la Revolución Bolivariana o, lo que es lo mismo, subvertir su espíritu transformador y democrático.
  • - El extractivismo. La Revolución Bolivariana profundizó la dependencia del petróleo y los recursos naturales en general, un fenómeno que, lejos de ser específico de Venezuela, está hoy presente en otros países administrados por gobiernos que consideramos progresistas, como Brasil, Argentina, Ecuador o Bolivia. La dependencia excesiva de los recursos naturales bloquea la diversificación de la economía, destruye el medioambiente y, sobre todo, constituye una agresión constante a las poblaciones indígenas y campesinas, en cuyos territorios se encuentran esos recursos, contaminando sus aguas, desconociendo sus derechos ancestrales, violando el derecho internacional que exige la consulta a las poblaciones, expulsándolas de sus tierras, asesinando a sus líderes comunitarios. Hace apenas unos días asesinaron a un gran líder indígena de la Sierra de Perijá (Venezuela), Sabino Romero, referente de una lucha con la que me solidarizo desde hace años. ¿Sabrán los sucesores de Chávez enfrentar este problema?
  • - El régimen político. Aun cuando es votado democráticamente, un régimen político hecho a medida de un líder carismático tiende a ser un problema para sus sucesores. Los desafíos son enormes en el caso de Venezuela. Por un lado, la debilidad general de las instituciones; por el otro, una institucionalidad paralela, el Estado comunal, dominado por el partido creado por Chávez, el PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela). Si se instaura el vértigo del partido único, será el fin de la revolución bolivariana. El PSUV es un agregado de diversas tendencias y la convivencia entre ellas ha sido difícil. Desaparecida la figura aglutinante de Chávez, es necesario encontrar maneras de expresar la diversidad interna. Sólo un intenso ejercicio de democracia interna le permitirá al PSUV ser una de las expresiones nacionales de profundización democrática que bloqueen el avance de las fuerzas políticas interesadas en destruir, punto por punto, todo lo que fue conquistado por las clases populares en estos años. Si la corrupción no es controlada y si las diferencias internas son reprimidas por declaraciones de que todos son chavistas y que cada uno es más chavista que el otro, se abrirá el camino para los enemigos de la Revolución. Una cosa es cierta: si hay que seguir el ejemplo de Chávez, es crucial que no se repriman las críticas. Es necesario abandonar el autoritarismo que ha caracterizado a grandes sectores de la izquierda latinoamericana.

 

El gran desafío para las fuerzas progresistas del continente es saber distinguir entre el estilo polemizante de Chávez, ciertamente controvertido, y el sentido político sustantivo de su gobierno, inequívocamente a favor de las clases populares y de una integración solidaria de América latina. Las fuerzas conservadoras harán todo lo posible para confundirlos. Chávez contribuyó en forma decisiva a consolidar la democracia en el imaginario social. La consolidó donde es más difícil que sea traicionada, en el corazón de las clases populares. Y donde también la traición es más peligrosa. ¿Alguien imagina a las clases populares de tantos otros países derramando ante la muerte de un líder político democrático las lágrimas amargas con que los venezolanos inundan las pantallas de televisión del mundo? Este es un patrimonio precioso, tanto para los venezolanos como para todos los latinoamericanos. Sería un crimen desperdiciarlo.

 

Boaventura de Sousa Santos *

* Doctor en Sociología del Derecho, profesor de las universidades de Coimbra (Portugal) y Wisconsin (EE.UU.).

Traducción: Javier Lorca.

 


 

 

Valió la pena

 

Por Luiz Inácio Lula da Silva *


La muerte del compañero Chávez, para la política de América del Sur, para América latina y diría que para el mundo, es una pérdida irreparable. Chávez era un hombre 80 por ciento de corazón y 20 por ciento de razón, como creo que deben ser todos los grandes hombres del mundo. Chávez pensaba mucho en su pueblo y, sobre todo, en las personas más pobres. Tuve el placer de conversar con Chávez muchas veces. Lo conocí en los tiempos del Foro de San Pablo. Después tuve la oportunidad de conocerlo mejor cuando él ya era presidente y yo había sido electo también presidente, pero aún no había asumido, para atender un pedido de petróleo de Venezuela, en ocasión de una huelga de los trabajadores de Pdvsa. A partir de mi aporte establecimos una relación muy fuerte porque teníamos muchas afinidades. Si teníamos divergencias ideológicas, teníamos muchas afinidades políticas, coincidíamos en el papel que debía jugar la relación estratégica entre Brasil y Venezuela, compartíamos la relación estratégica que debíamos tener con los países de América latina y comprendíamos el papel de los países pobres, sobre todo los de América del Sur, en el enfrentamiento construido con los países del Norte, sobre todo en la cuestión comercial y política. Eso hizo que un día, en 2007, pasáramos a tener una relación, más que entre dos presidentes, entre dos compañeros. Es decir que para evitar que hubiese cualquier problema en la relación entre Brasil y Venezuela, acordamos con Chávez que podríamos organizar tres o cuatro reuniones bilaterales por año: un encuentro en Brasil, otro en Venezuela para que pudiésemos generar una asociación que permitiese equilibrar el comercio entre nuestros países. De ahí surgió la idea de instalar una refinería en Berlinda.

 

 

Mucha gente dice que Chávez era un hombre polémico y era bueno que él fuera así, porque Chávez hacía que las reuniones de Unasur y de los encuentros en los que hemos participado fueran siempre muy intensos, donde había mucho debate. El no permitía que las personas paralizaran una reunión. Incentivaba el debate con temas polémicos. Lo que importaba era que él estaba ahí presente, vivo, discutiendo los intereses de Venezuela y de América latina y, sobre todo, discutiendo los intereses de los pueblos más pobres. Pienso que no basta un siglo para producir un hombre de las cualidades de Chávez. No se ve todos los días a un país que elige a una persona que tiene un compromiso diferente con su pueblo. Chávez sabía que las razones para estar en el gobierno eran hacer que el pueblo de Venezuela se sintiese orgulloso, que pasase a tener derechos, trabajo, salud y la posibilidad de estudiar. Obviamente, enfrentó una oposición muy férrea, como todos enfrentamos en América latina. Todos los gobiernos progresistas se enfrentan a muchas adversidades. Pero creo que el paso del compañero Chávez por el gobierno de Venezuela valió la pena. Valió la pena no sólo por las conquistas; valió la pena por el símbolo de lo que hizo en defensa de su país: recuperó la autoestima de un pueblo, de los niños, y provocó que su pueblo pasase a creer que Venezuela era mucho más grande de lo que las elites intentaron hacerles creer. Creo que las ideas de Chávez, como las Bolívar, perdurarán por mucho tiempo, porque América latina vive un momento excepcional y Chávez tiene mucho que ver con eso, en la creación de la Unasur, la Celac, el Consejo de Defensa de la Unasur, el Banco del Sur y tantas otras ideas que volcábamos en un papel y debatíamos, cuestiones que hemos ido concretando de a poco. Espero que el pueblo venezolano comprenda que en este momento se necesitan mucha paz, madurez, tranquilidad y unidad porque Venezuela no puede retroceder. El pueblo de Venezuela aprendió a confiar en su gobierno, el pueblo de Venezuela aprendió a sentir orgullo de su país y eso representa un valor inestimable que no se puede olvidar. Hay divergencias políticas que continuarán existiendo, pero eso debe ser menor en la relación de los partidos políticos y de las fuerzas políticas para construir un clima de paz y mucha tranquilidad, porque Venezuela necesita continuar creciendo, generando trabajo, riqueza y mejorando la vida de su pueblo. ¡Que Dios cuide de Chávez como él lo merece! Tuve el placer de compartir con él ocho años de presidente y siento el orgullo de haber compartido con él la construcción de tantas cosas positivas. Y también guardo la tristeza de no haber hecho más. De cualquier forma, valió la pena. ¡Compañero Chávez: si usted no existiera, debería volver a nacer porque el mundo necesita dirigentes como usted! ¡Que Dios lo bendiga!

* Ex presidente de Brasil.

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Una noche con Chávez en la Plaza Bolívar

Poco después de que el sol se escurriera por la espalda de los cerros de Caracas, la Plaza Bolívar era ya un pandemónium, un círculo dantesco donde la gente humilde de esta ciudad lloraba a su presidente y exorcizaba la consternación como podía.


 
Todos allí se habían enterado hacía muy poco de la muerte de Hugo Chávez, pero al cerrar la noche nadie podía responder cómo había llegado hasta esa plaza donde un Bolívar de negro cabalga un relincho eterno.
 


Secretamente, este reportero sabía cómo. Los había visto caminar, llegar como autómatas, absortos en el dolor, con el apuro de los que saben que ya no llegarán a tiempo, hablando incoherencias sin parar o silenciosos, sellados como tapias.
 


Pero en la plaza la gente se encontraba con la gente y estando juntos ya era otra cosa. Entonces se ponían a contar cómo los había ayudado Chávez, quien en sus bocas se elevaba a la altura del mismo Bolívar y, luego, crecía y crecía hasta convertirse en el Cristo pequeño que llevan las matronas en su escapulario y los hombres en lo oscuro de sus carteras.


 
“Van a venir 200 años más y ya nosotros no tendremos un hombre como ese”, me dijo Alberto, un negro grande que cuando por fin me presenté como periodista dejó de contarme lo que me estaba contando; o sea, que había salido corriendo del baño con la cabeza y el rostro enjabonado porque eso que le decían, que su “comandante” había muerto, no podía ser.


 
“Ese es el único hombre por el que a Venezuela le dolía el corazón”, confesó cuando ya le daba la espalda y enfilaba hacia la multitud que rodeaba al diputado Freddy Bernal, quien arengaba a cientos de hombres, mujeres y niños.

 


 Allí estaban, rodeando el pedestal de la misma estatua ante la que se inclinó en 1881 José Martí con todo el polvoriento peso de su camino sobre los hombros.


 
Una galería de rostros turbios, una jungla de gemidos, gritos pelados, canciones de lucha y dolor y, solo si uno aguzaba el oído, algún que otro silencio pequeñito, como esos puntos inestables del espacios que en un abrir y cerrar de ojos pueden transportarnos a otra dimensión de este Universo.


 
Chávez estaba en todas las imágenes, pero la gente en la Plaza Bolívar no hacía demasiado caso de las imágenes. Las enseñaban resignados, porque ya es algo natural que uno haga eso, que, por ejemplo, se deje retratar con un afiche de su ídolo.


 
Pero la gente, creo, sospechaba que las imágenes mienten, que las imágenes son solo eso, y que Chávez en realidad andaba con ellos donde no se ve.


 
Tal vez por eso, aquel viejo caminaba en círculos, como buscando una compañía invisible; y aquel levantaba el brazo con la fuerza justa para levantar dos brazos; y aquellos niños sonreían –incluso allí, en ese momento-; y tal vez por eso aquella mujer miraba a la noche como si mirara un par de ojos negros.


 
Cuando dejaba la plaza, pensé que aquello había sido como vivir por una noche la convulsión, la virulencia y la pasión de los años sesenta. Pensé en esa palabra: “Revolución”.


 
Una mujer decía a alguien a través de su móvil: “No es justo, no es justo, no es justo…”.


 
Sobrevino entonces un gesto instintivo, pero, en realidad, este reportero no la fotografió, porque su mal no parecía estar allí, sino en todas partes, y eso es algo que asusta.


 
Por el megáfono seguían gritando una de tantas frases acuñadas en tantas marchas durante los últimos años. La muchedumbre, ya se sabe, devolvía los “Vivas”.
 


Más adelante una señora le decía a quien la escuchara: “Yo sé que donde esté, Dios lo va a recibir bien, porque es el mejor líder del mundo”.

 


Por Jesús Adonis Martínez

6 marzo 2013


 
(Tomado de Prensa Latina)


UNA MULTITUD ACOMPAñO EL CORTEJO FUNEBRE DE CHAVEZ HASTA LA ACADEMIA MILITAR, DONDE ES VELADO

Un río de dolor desbordó el último adiós

 

Familiares de Chávez, los principales dirigentes del gobierno venezolano y dignatarios extranjeros como Evo Morales, José Mujica y Cristina Kirchner se confundieron entre los miles de venezolanos que salieron a dar la despedida.

 

Por Mercedes López San Miguel


Desde Caracas

 

El Paseo de los Próceres de Caracas se colmó de venezolanos y venezolanas de todas las edades que caminaban cantando o en silencio, algunos secándose las lágrimas de sus mejillas, otros gritando “uh, ah, Chávez no se va”, mientras los incesantes bocinazos de fondo de las motos y algunos vehículos pedían el paso hacia la Academia Militar del Fuerte Tiuna, adonde fueron llevados los restos de Hugo Chávez. Puertas adentro de la Academia Militar se celebró una ceremonia religiosa en la que participaron los familiares del presidente venezolano fallecido el martes tras una larga batalla contra el cáncer, acompañados de los principales dirigentes del gobierno, entre ellos, el vicepresidente Nicolás Maduro, el canciller Elías Jaua y el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello. Estaban allí presentes frente al féretro cubierto por la bandera venezolana la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner –junto a su hermana Giselle–; sus pares de Uruguay y Bolivia, José Mujica y Evo Morales, así como la senadora y esposa de Mujica, Lucía Topolansky.

 

La Academia Militar fue elegida para las exequias porque para Chávez era su segundo hogar. Allí comenzó todo, había dicho el líder venezolano en una entrevista con José Vicente Rangel. El mundo militar, la nostalgia de su pueblo Barinas a sus 17 años, cuando era cadete, sus ascensos, su conciencia del poder. Un lugar que dejó huella en la vida del líder bolivariano. En el salón Simón Bolívar se instaló una capilla ardiente, en donde será velado hasta el funeral de mañana viernes. Durante la ceremonia de ayer en la tarde, Kirchner, Mujica, Morales y Topolansky fueron los primeros en pararse alrededor del féretro como guardia de honor; sus rostros mostraban un absoluto sobrecogimiento. Cuando les tocó el turno a las hijas de Chávez, el aplauso fue prolongado. La Presidenta argentina tenía previsto un encuentro con las hijas de Chávez, María Gabriela, Rosinés y Rosa Virginia, y otros integrantes de la familia del líder venezolano al término de la ceremonia.

 

Afuera, en las inmediaciones, los seguidores del mandatario que gobernó 14 años lo recordaban con el slogan de campaña de octubre pasado: “Chávez corazón del pueblo”, muchos vestidos con remeras y boinas rojas. “¿Eres argentina, no?”, preguntó un hombre de mediana edad que dijo haber llorado desde que supo que Chávez murió. “Tú tienes una tremenda presidenta. Se compara con Eva Perón, ¡nos sentimos argentinos, tú eres venezolana!”, dijo con el ánimo exaltado Joaquín Pineda, un herrero y soldador de Pdvsa, la petrolera venezolana.

 

“¡Arriba Nicolás Maduro, carajo!”, gritó un joven mientras caminaba con paso firme para despedir al mandatario. Antes de su última operación Chávez había señalado al vicepresidente Maduro como su delfín político en caso de que él no siguiera en el poder a causa de su enfermedad. Por el Paseo de los Próceres, la despedida se mezclaba con consignas políticas de campaña, como si entre las muestras de cariño y dolor existiera la conciencia de que el legado del presidente fallecido debía continuar. Parado entre la gente, el joven Irving Berlotti dijo que tras la partida de Chávez, cuando se haga un llamado a elecciones anticipadas, él va a votar por el oficialismo. “Uno va a seguir con la línea que dejó Chávez. Es triste haber perdido un líder a nivel internacional, el presidente que más ha influido en la historia de Venezuela que conocí en mi corta edad”, dijo Irving, de 32 años y empleado administrativo. Maduro, de 50 años, será el candidato oficialista para las elecciones presidenciales que deberán “proceder” en un plazo de 30 días, según indica la Constitución, probablemente contra el líder opositor Henrique Capriles, de 40 años, quien perdió ante Chávez en octubre pasado como líder de la Mesa de la Unidad Democrática.

 

 

A una mujer que esperaba en la fila para poder pasar y decirle adiós a Chávez se le humedecieron los ojos al recordarlo. “Nos duele en el alma que se haya ido. Estoy muy triste”. dijo Rosa Aldana. Y siguió: “Chávez dejó enseñanzas, nos dejó las misiones sociales para ayudar a los pobres, se ocupó de las viviendas. Algunas personas no lo quieren aceptar”. La acompañaba unos pasos atrás su vecina, Sofía Bordones, conmovida. “Siento que es algo demasiado triste. Y espero que el gobierno siga con sus proyectos, con sus misiones”, agregó la empleada de un laboratorio clínico, de 52 años, vestida con una remera roja y una visera al tono.

 

Poco tiempo antes había pasado por ahí el auto con el féretro rodeado de una multitud que lo saludaba. La madre de Chávez, Elena Frías, se apoyaba en él, llorando. Maduro, vestido con una campera deportiva con los colores venezolanos, había participado del cortejo junto al presidente boliviano Evo Morales, ministros y el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello. La marcha había salido del Hospital Militar, donde estuvo internado Chávez las últimas dos semanas desde que regresó de Cuba y poco a poco las calles se fueron llenando de seguidores. Chávez estuvo en La Habana desde el 9 de diciembre hasta el 18 de febrero, cuando regresó a su país.

 

Un señor de gorra con una V dijo que caminó desde el Hospital Militar porque quería despedir físicamente al comandante. “En mi mente va a estar presente siempre. Tenemos que seguir pá’lante los lineamientos que dejó, sea con Maduro o Diosdado”, dijo Dany Avila, refiriéndose a los dos pesos pesado del chavismo, de quienes se comenta que existe una rivalidad por ganar espacios de poder. De hecho, los medios resaltaron durante el día que no quedaba claro quién asumirá la presidencia hasta que se llame a elecciones. Como no hubo una jura de un nuevo gobierno, los “maduristas” sostienen que este momento forma parte del gobierno anterior y por eso le corresponde al vicepresidente ocupar ese cargo. En cambio, los “cabellistas” afirman que cuando se produce la ausencia absoluta del mandatario en los primeros cuatro años del gobierno, la Carta Magna estipula que es el presidente de la asamblea quien asume.

 

“Si viene otro presidente va a ser Maduro, seguiremos con él”, dijo Aloisa Aldana, ama de casa que apoya al vicepresidente “porque Chávez lo eligió a él”. A la mujer le quedaba un buen rato para poder despedirse de Chávez. Secándose los ojos con un pañuelo, Aloisa dijo que estaba agradecida por las misiones sociales. “Este gobierno me ayudó con la operación de mi nieta y para que pueda comprarle la medicina.” Otros como ella juntaban recuerdos y añoranzas para estar allí presentes. Como un pedacito del poema que escribió Chávez en sus días en la Academia Militar y que una vez leyó en su programa Aló Presidente: “Adelante centauros / al galope con la lanza en alto / hacia el horizonte del siglo XXI”.

 

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Después de Chávez

 Por Juan Gabriel Tokatlian *


Ha muerto una de las personalidades políticas del mundo más singulares e influyentes de comienzos del siglo XXI: Hugo Chávez inauguró un régimen político híbrido en su país, Venezuela, y se proyectó –él y su modelo– mundialmente mediante una estrategia de inusitada visibilidad para un país del Sur. Intentó fundar un nuevo orden hegemónico interno recurriendo a una particular mezcla de nacionalismo, populismo y socialismo que aún debe evaluarse con mejores instrumentos de análisis y cierta mayor ponderación, al tiempo que, con un estilo simultáneamente carismático, mesiánico y provocador logró trascender la política venezolana y convertirse en un punto de referencia obligado en el continente y hasta en algunos temas de la política mundial. La aspiración de cambio que enarboló Chávez y su centralidad casi excluyente en el escenario político de Venezuela hacen que, naturalmente, todo sea frágil después de su muerte.

 

A partir de ahora habrá una transición política en Venezuela. Nada indica que será una transición de sistema (de presidencialismo a parlamentarismo) o de régimen (de autoritarismo a democracia o de democracia a autoritarismo). Tampoco pareciera que se producirá una transición de partido (una coalición hoy oficial sustituida, en lo inmediato, por una futura coalición opositora). Se trata, en esencia, de una transición de mandatarios (Hugo Chávez será sucedido por un nuevo presidente del “chavismo”).

 

 

Sin embargo, el impacto de esa transición supera el nivel personal: la estructura institucional, la política pública, la relación gobierno–oposición y hasta la diplomacia venezolana pueden ingresar en un proceso cambiante y contradictorio de impredecibles consecuencias para el país (y para sus vecinos próximos, aliados políticos y oponentes ideológicos). La experiencia de transición previa que tuvo el país –la de 1958, sellada con el pacto de Punto Fijo– poco tiene que ver con la actual: aquélla representaba la salida del mandato autoritario de Marcos Pérez Jiménez, se firmó entre tres partidos (AD, Copei y URD) democráticos pro-sistema, procuró establecer un gobierno de unidad y asegurar un programa mínimo de gestión. La presente transición no apunta a crear un nuevo régimen, no se da entre partidos relativamente próximos en su orientación, no se guía por la búsqueda de unidad en el manejo del Estado, ni parece dirigida a concertar un programa básico y compartido de gestión gubernamental.

 

No hay en América latina muchas “buenas prácticas” de transición de hombres fuertes que autoproclamaron una revolución para su país; sea ese proyecto revolucionario de corte marxista o nacional popular. En realidad, la disolución (vía golpes de Estado y proscripciones políticas, por ejemplo), la contención (vía estrategias coercitivas especialmente auspiciadas por Washington y acompañadas por algunos países del área, por ejemplo) y la reversión (vía “guerras de baja intensidad” y el despliegue de proxies, por ejemplo) –y no la transición– han sido los esquemas más usuales ante experiencias revolucionarias en la región. Por lo tanto, es importante destacar que Venezuela –los venezolanos– deberá nutrirse de pocas experiencias exitosas fuera del continente y aprender de los fracasos que han afectado por años a algunos países del área.

 

En esa dirección, hay dos planos claves. En el nivel interno, un proceso electoral solo no dirime, per se, la sucesión de un liderazgo revolucionario y su legado. Es indispensable un doble tipo de acuerdo. Por un lado, uno hacia adentro, en el seno del oficialismo (para controlar el alto nivel de faccionalismo imperante) y otro en el seno de la oposición (para que sus expresiones más moderadas y modernas no queden atrapadas por lo más vetusto del bipartidismo convencional). Por otro lado, un acuerdo de garantías para la oposición (para eludir que se torne antisistémica) y para el propio oficialismo (por ejemplo, respecto de la continuidad de ciertas políticas públicas) y el compromiso en torno de unas pocas reglas de juego fundamentales que profundicen y no socaven la democracia. En esta hora y las próximas los tejedores de potenciales compromisos serán más importantes y valiosos que los protagonistas retóricamente más efusivos, ya sea a favor o en contra de Chávez y sus casi tres lustros de gobierno.

 

En el nivel internacional, lo importante es no incidir negativamente en aquella transición (por ejemplo, en el caso de Estados Unidos) y estar dispuesto a facilitar lo que eventualmente pueda pactarse domésticamente (por ejemplo, el aporte de los países de Latinoamérica). En esta dirección, hay que recordar que la incorporación de Venezuela como miembro pleno del Mercosur tuvo menos que ver con el comercio o con una presunta compensación por la suspensión de Paraguay y más con la política y la diplomacia. Lo más probable es que en el cálculo de Argentina y Brasil, principalmente, prevaleciera la idea de prepararse para eludir un eventual clima de descontrol en lo que iba a ser –y hoy ya es– la transición venezolana. Si se produjera allí una situación turbulenta e inmanejable o un quiebre del orden democrático o una reversa revanchista del actual proyecto político, el problema para Sudamérica será monumental. Si, por otro lado, se asentara un “chavismo sin Chávez” aun más radicalizado o se manifestara una pugna feroz en el corazón del chavismo haciendo ingobernable el país, entonces el problema para la región sería igualmente grave. Si Buenos Aires y Brasilia quisieron que Caracas estuviera en el Mercosur, éste es el momento para, con discreción y realismo, contribuir a que Venezuela viva una transición efectivamente incruenta y potencialmente positiva.

 

En realidad, para los venezolanos de uno y otro bando y para los actores externos próximos o distantes, aliados u oponentes de Caracas, ésta debiera ser la coyuntura de la mesura y la sindéresis.

 

* Director del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Di Tella.

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El líder que encarnó la Revolución Bolivariana

Desde su niñez en Barinas hasta la academia militar, el golpe fallido que encabezó, su llegada a la presidencia, el intento de golpe sufrido, las peleas con EE.UU., la integración regional, las reelecciones y reformas: una vida memorable.

 

Por Mercedes López San Miguel

 


El presidente venezolano Hugo Chávez murió ayer, después de darle pelea a un cáncer que se le detectó en 2011. Eran las siete de la tarde en la Argentina cuando el vicepresidente venezolano Nicolás Maduro informó la noticia más dura y trágica para él, según sus propias palabras. “A las 16.25 de la tarde de hoy, 5 de marzo, ha fallecido nuestro comandante presidente Hugo Chávez Frías luego de batallar duramente con una enfermedad casi dos años”, dijo Maduro con ojos vidriosos y la voz entrecortada. La muerte del líder venezolano deja al país a las puertas de una elección anticipada, al chavismo ante el reto de cumplir el sueño de Chávez de que continúen encendidos los motores de la Revolución Bolivariana y a la oposición ante el desafío de superar las derrotas electorales del 7 de octubre –cuando Chávez ganó las presidenciales– y del 16 de diciembre, cuando el oficialismo obtuvo 20 de las 23 gobernaciones.

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La noche del 6 de diciembre de 1998 Hugo Chávez cumplía un sueño que desde hacía tiempo venía madurando en su interior: a sus 44 años era elegido presidente con la promesa de lograr una Venezuela sin pobres. Esa noche, la mayoría de los venezolanos llevó al poder a un debutante de la política electoral y castigó a los partidos tradicionales Acción Democrática y Copei. Esa noche, un ex militar recordaba que el Estado arrastraba una deuda histórica con los excluidos y se proponía saldarla. Y Chávez regresó como líder a la tierra que lo vio nacer, el 28 de julio de 1954. Sabaneta de Barinas era una fiesta y Huguito, el hijo del maestro, el muchachito delgado, prometía cumplir los idearios de Simón Bolívar.

 

Seis años antes, el 4 de febrero de 1992, Chávez había liderado un grupo de trescientos paracaidistas de boinas rojas en un golpe frustrado contra el entonces presidente, Carlos Andrés Pérez. Chávez se rindió con la condición de poder dirigirse al pueblo por televisión. Dijo una frase que quedó grabada en la historia: “No logramos los objetivos... por ahora”. Por el levantamiento militar acabó preso y dos años después el gobierno de Rafael Caldera lo indultó. Pero tuvo que abandonar el uniforme, él que con 21 años se había recibido de subteniente, había estudiado Ciencias y Artes Militares en el área de ingeniería y había logrado alcanzar el máximo grado de teniente coronel.

 

En el salto a la política, Chávez creó el Movimiento Bolivariano Revolucionario, con el que en 1997 decidió presentarse a las elecciones. Sus lemas de entonces fueron: “Por la Asamblea Constituyente, Contra la corrupción, Por la defensa de las prestaciones sociales, Gobierno bolivariano ahora”. Chávez llegó a la presidencia con el mayoritario voto de los pobres, las clases medias empobrecidas y los eternos excluidos, promoviéndose como el líder que cambiaría el clásico sistema bipartidista que se alternó en el poder en Venezuela desde 1958. Un ex asesor suyo, Juan Carlos Monedero, lo describió ante Página/12 como “una persona muy comprometida con su pueblo, un pueblo que no tuvo cien años de soledad, tuvo quinientos”.

 

 

 

De cuerpo macizo, rasgos indígenas y admirable facilidad de palabra, su figura es seguida por simpatizantes dentro y fuera de su país. Esa elocuencia puede tener que ver con su crianza en el pueblo de Sabaneta: sus padres eran maestros y de ellos aprendió a enseñar. “Chávez habría sido un comunicador de primer orden. Aquí, en el mundo de la televisión, del cine, no hay un tipo como él”, dijo su ex jefe de campaña Alberto Muller Rojas en la biografía Hugo Chávez sin uniforme, escrita por Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka. En su discurso siempre abundaron las citas de Simón Bolívar y otros próceres de la independencia como Ezequiel Zamora, siempre subrayó la necesidad de la integración latinoamericana y siempre se opuso al neoliberalismo en todas sus formas.

 

El proceso de cambio que encarnó Chávez desde 1998 apuntó a democratizar y redistribuir el ingreso petrolero. “Por allá, en los años ’60, comenzaron a repartir tierras y títulos. No llegó a los campesinos el beneficio del petróleo. No puede ocurrir más: ése es uno de los principios de la Constitución Bolivariana y Revolucionaria”, dijo Chávez en un discurso sosteniendo una Carta Magna tamaño miniatura. En un referéndum, la mayoría de los venezolanos aprobó la nueva constitución en 1999. Era la primera de una serie de consultas populares que el gobierno de Chávez ganaría.

 

Lo que sucedió en Venezuela entre el 11 y el 14 de abril de 2002 fue un punto de inflexión en la vida política del líder bolivariano: fracasó un golpe de Estado, la Fuerza Armada lo destituyó y restituyó en el cargo, hubo veinte muertos y más de 110 heridos. Chávez cree que fueron tres los disparadores de lo sucedido: la actitud de la embajada de Estados Unidos, alentando a la oposición venezolana, la aprobación de unas leyes que legislaban sobre recursos esenciales del país como hidrocarburos y tierras y la conformación de un grupo de militares que se alió con la oposición. Los autores de Chávez sin uniforme señalaron otro aspecto: la pelea de Chávez con los medios de comunicación. Grandes medios privados como VeneVisión, Radio Caracas TV (RCTV) y Globovisión se destacaron por legitimar la ruptura democrática. A fines de 2002, Chávez también enfrentó y venció un paro petrolero que llevó al mínimo la producción de crudo.

 

A nivel latinoamericano, Chávez se lanzó a la política de integración. La Cumbre de Mar del Plata de 2005 resultó en un hito en la historia reciente por el contundente rechazo de los países de la región al Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que proponía el republicano George W. Bush. “ALCA... al carajo” dijo Chávez a una entusiasta multitud, parado junto a su par boliviano Evo Morales. Al año siguiente, Chávez, con su habitual desparpajo, dijo desde el podio de la Asamblea General de la ONU que olía a “azufre”, en alusión a que había estado allí Bush hijo. A esa altura su enemistad con Washington formaba parte de su retórica habitual.

 

Las misiones sociales impulsadas por el chavismo a partir de 2003, en estrecha alianza con Cuba, mejoraron la salud y la educación de los venezolanos y redujeron notablemente la pobreza. El concepto de socialismo del siglo XXI es una de las fases de la Revolución Bolivariana de mayor aceptación entre los seguidores del proceso de cambio. Fue en mayo de 2005 cuando Hugo Chávez anunció que se dirigía hacia la construcción de un socialismo. Durante ese período, la Asamblea Nacional, entonces monolítica dado que la oposición no se había presentado a las legislativas, aprobó leyes de nacionalización de todos los proyectos petroleros en el país.

 

El líder bolivariano, que la oposición tilda de antidemocrático, se presentó ante el electorado unas quince veces y sólo perdió en el referéndum de 2007 sobre la reforma constitucional. Ese año el gobierno no le renovó la licencia a Radio Caracas Televisión –RCTV– por violar la ley que regula el ejercicio del periodismo (Ley Resorte). A esa altura, su pelea con los grandes medios de comunicación se le había vuelto una obsesión.

 

Con el tiempo, la imagen de Chávez en su país pasó a ser casi omnipresente. Surgió otro sueño: el de trascender. “Es siempre cómodo para los ciudadanos elevar a un dirigente a la categoría de santo –afirma su otrora asesor, Monedero–. Esa condición de liderazgo orienta al país, refuerza conseguir que las cosas funcionen, pero también alimenta la pereza de la ciudadanía, que no asume su responsabilidad. El proceso no puede recaer en los hombros de una sola persona.”

 

Eso se volvió más evidente cuando comenzó a tener problemas de salud. El 9 de mayo de 2011 suspendió una gira internacional por la región con el anuncio de que tenía una lesión en una rodilla. Al mes, retomó esa gira, pero nuevamente le surgieron otras afecciones por las que terminó pasando por el quirófano dos veces en Cuba: una para extraerle un absceso pélvico y otra para intervenirlo de un tumor en la pelvis.

 

Desde principios de 2012 Chávez siguió yendo a La Habana para realizarse un tratamiento de radioterapia al que debió someterse después de ser operado en febrero para que se le extrajera un nuevo tumor cancerígeno, recurrencia de la enfermedad. La poca información difundida sobre su estado de salud no hizo más que alimentar la morbosidad de los periodistas de los medios y blogs opositores, quienes anunciaban el peor de los pronósticos.

 

Pero la enfermedad no fue un impedimento para que Chávez continuara con la campaña para la reelección que le asegurara un nuevo período hasta 2020, año en el que alguna vez proyectó su retiro. Sus apariciones públicas no eran tan asiduas como lo eran las de su joven rival Henrique Capriles Radonski, candidato de una oposición que se presentó unida. Los medios de comunicación opositores tuvieron claro qué mensaje dar: mostraban a un Capriles vital, que recorría el país de punta a punta, frente a un candidato presidente que agonizaba. Sin embargo, Capriles no logró conectar con la mayoría de los venezolanos, sobre todo las clases bajas, y el 7 de octubre Chávez volvió a ganar con la promesa de profundizar el proceso revolucionario.

 

Sin embargo, dos meses después debió viajar otra vez a La Habana para realizarse un tratamiento hiperbárico. Y regresó a los pocos días con el anuncio menos esperado por el 55 por ciento de venezolanos que lo votó: dijo que era imprescindible volver a operarse porque habían reaparecido células malignas en la misma zona afectada. Más aún, admitió por primera vez que podría tener dificultades para continuar en el cargo y, al encomendarse a Dios, le pidió a su pueblo que en el caso de no estar, eligieran a Nicolás Maduro. “Se los pido de corazón”, dijo.

 

La operación se realizó el 11 de diciembre y el gobierno anticipó que a Chávez le esperaba un proceso post-operatorio duro y complejo. Una semana después, el presidente padeció una infección respiratoria. Al mismo tiempo, los venezolanos se preguntaban si el presidente electo iba a poder asumir el nuevo mandato el 10 de enero. No fue posible. Poco después, el 18 de febrero, Chávez regresó a Caracas, para continuar con el tratamiento, pero su estado de salud no evolucionaba como se esperaba. En la noche del 4 de marzo, el gobierno informó que el líder bolivariano sufría una segunda infección respiratoria y su estado era “muy delicado”. Menos de veinticuatro horas después, Maduro anunciaba su fallecimiento.

 

Nils Castro, escritor y ex asesor del general de Panamá Omar Torrijos, considera que Chávez tuvo la virtud de ser el primero que puso en marcha un proceso de cambio y aclara que ese proceso ya venía gestándose. “Chávez fue el primer dirigente outsider que confrontó el sistema. La alta popularidad le permitió llevar adelante un proceso de transformación. Ser el primero lo pone como un bicho raro: el que hizo lo que no se suponía. Pero no hay que confundir la personalidad con la legitimidad del proceso sociopolítico que se está dando, que ha venido desde antes de Chávez.”

 

Nils ubica el antecedente de este proceso en el Caracazo, la imparable reacción popular a las medidas de ajuste decretadas por Carlos Andrés Pérez, en 1989. “Había un sistema político, que se agotó, que impedía cambios cuando la gente ya no estaba dispuesta a sostenerlo. Con el Caracazo comenzó a prepararse un proceso de protesta y reforma de la sociedad venezolana. Chávez no había entrado en escena todavía. El proceso es mayor que el individuo.” Un individuo que cumplió muchos de sus sueños.

 

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La pedagogía viviente

 

 Por Horacio González

 

 

Le gustaba jugar con los grandes nombres de la historia. Fue capaz de sacar a Bolívar de su efigie escolar, con calmas rememoraciones administradas por el Estado, para convertirlo en lo que fue su “moderno príncipe”, para él, para millones de venezolanos, y para todos quienes seguimos su trayectoria con simpatía y que recibimos con tristeza su momento agónico. Revivió leyendas, retomó historias perdidas que tenían libretos opacos o profesorales, y expuso de nuevo los nudos del pasado con otros énfasis y otra voz. Golpea ahora con un repentino estrépito saber que no volveremos a escuchar esas frases que tenían remotos énfasis de cuarteles, pero infinitamente entreveradas con el asombro ante un mundo intelectual que brindaba palabras inesperadas, a la vez nunca desprendidas de una alegre rimbombancia con cadencia de bolero. Se lo podía escuchar citando a Gramsci con un candor de estudiante y luego percibir que sin abandonar las napas profundas del habla popular caribeña, dejaba saber que hacía flotar sobre la contemporaneidad venezolana la antigua palabra socialismo.

 

La vestía nuevamente, le daba una y otra vez aspectos cambiantes que ni resignaban cierto aire evangélico ni el uso de la lengua bañada de un gracioso desafío –admirablemente divertida–, como cuando se refería a los dueños del poder mundial con desenfadados exorcizos. No es fácil decir en este momento, absortos por este brusco manotazo con que los caprichos de la historia nos anotician de nuestra absurda fragilidad, qué lugar le dejamos a la zozobra pública, aunque no ha de ser la del culto resignado, sino el de la pregunta por el carácter que irá adquiriendo su legado. Chávez escribió el capítulo donde su mensaje se presentaba siempre amigo de las grandes celebraciones épicas; tendrá su nombre asociado a ellas. No se privó de abrir el ataúd de Bolívar para buscar explicaciones señeras, pues las que había le aparecían bajo señales que consideraba falsas. Quizás un cristianismo que no había perdido su dramatismo originario podía inspirarle un horizonte escénico donde lo que se escuchaban no eran plegarias pueriles, sino una vibración extraña y contundente, cual era la de las masas populares que cargaban, en otros idiomas y con otros conjuros, solicitaciones políticas que grandes líderes de las izquierdas mundiales habían ya pronunciado. Sin habérselo propuesto, o a lo menos, nunca lo dijo así, encarnó con su idioma no militarista, aunque sí de una juvenilia militar, la reconciliación de Bolívar con Marx.

 

Un ocurrente collage presidía sus discursos extensos, y él mismo era el fruto de una pedagogía donde reinaban, como en los mitos vivientes de la política, la inagotable recomposición de piezas arcaicas, memorias independentistas del siglo XIX e insondables desafíos de este siglo que exigía descifrar con inteligencia suprema un nuevo rompecabezas. Chávez pudo ser desdeñado por quienes pensaban que la política son trazados conservadores, primero, y una división de trabajo entre economistas y políticos timoratos, después. Ni aceptó ver la historia bajo su luz conservadora –al contrario, la vio como fuente permanente de inquietudes– ni aceptó ninguna división conceptual entre economía y política. A su manera, mientras citaba a figuras de la cultura popular venezolana como el cantante Alí Primera, escribió las líneas latinoamericanas primerizas de una nueva crítica de la economía política. No fue jeque petrolero, coronel fragotista o conspirador profesional. Pensó el petróleo con frases de Oscar Varsasky, el profesor argentino que innovó en el pensamiento tecnológico y Chávez escuchó como aprendiz avanzado, y pensó las frases sobre la cuestión intelectual que había escuchado en las clases que había tomado sobre la obra gramsciana, casi como un ingeniero de petróleo.

 

Ni nos será alcanzable la posibilidad de ignorar esta ausencia que duele, ni nos será inapropiado mantener una serena preocupación que también nos inspire para mantener esta vibración promesante que exige la prosecución de los procesos democráticos que escapan de las rutinas preestablecidas, no para vulnerar instituciones, sino para renovarlas bajo nuevas sensibilidades colectivas. Chávez fue un demócrata cabal. De ahí su condición polémica. Como se lo veía siempre ante un abismo, y no poco contribuía a ello su constante desafío a los poderes mundiales, sostenido en su amotinada ínfula oratoria –esta sí, verdaderamente heredada de las menciones del propio Bolívar sobre su ensueño al subir al Chimborazo–, fue blanco persistente de una cosmovisión política fatigada o caduca, que lo veía peligroso, fuera de cuajo. Chávez gozaba con su interesante intuición teatral, en esos momentos en que aparecía envuelto en polémicas y altercados, que enfrentaba como un dotado comediante de plaza pública. No autócrata. No tapando los poros de la sociedad. No envolviéndolo todo con su nombre. Al contrario, su nombre era un gran juego panteítico. Se cansó de dar, tomar, devolver e invocar nombres ajenos. Tomó muchos de la Argentina. Los libros que citaba, incesantes citas, por cierto, los convertía en “libros vivientes”, como decía también su reverenciado Gramsci, el encarcelado italiano que había escrito unas pocas líneas sobre Argentina y ninguna sobre Venezuela.

 

Chávez ha muerto. Interpeló a muchos poco, a otros nada y a muchos mucho. La política es muchas cosas, pero también una interpelación silenciosa sobre la muerte. Quizá no se notaba en su estilo proclamativo, en su activismo, que no se permitía menos que altisonancias fundadas en floridos fraseos. Pero si algunos pudieron disgustarse o hasta manifestar con sigilos ominosos alguna alegría por su enfermedad, harían bien en reparar en que actuó como un gran personaje trágico. Indicó a su sucesor con una dying voice, la voz moribunda de los grandes momentos funestos de la literatura. Ahora esperamos que su legado, como todo gran legado, sepa que en el combate hay porciones rituales necesarias, pero siempre abriéndose a los temas renovados, a la severa vida que sigue, y que reclama fidelidades no de rutina sino abiertas a lo que aun no conocemos, abiertas también al “o inventamos o erramos” de Simón Rodríguez, otro de los maestros errantes que inspiraron su latinoamericanismo de pedagogo popular.


Hugo Chávez, el niño pobre de Sabaneta


Luis Hernández Navarro

La Jornada

 

 


Hugo Chávez fue un personaje de carne y hueso sacado de la más fantasiosa novela de Gabriel García Márquez. Niño pobre de Sabaneta (capital del estado de Barinas) que juró no traicionar su infancia de escasez y precariedad, aprendió desde muy pronto a sembrar y vender golosinas. Hijo de maestros de primaria que creció con su abuela Rosa Inés y otros dos de sus hermanos, vivió en una casa de palma, con pared y piso de tierra, que se inundaba con la lluvia. Menor que soñaba con ser pintor y que traía en el alma la fantasía de jugar beisbol en las Grandes Ligas, se nutrió toda su vida de sus orígenes humildes.

 

De la mano de su abuela, a la que llamaba Mamá Rosa, aprendió a leer y escribir antes de entrar a primer grado. Al lado de ella supo de las injusticias de este mundo y conoció la estrechez económica y el dolor, pero también la solidaridad. De los labios de ella, extraordinaria narradora, recibió sus primeras lecciones de historia patria, mezclada con leyendas familiares.

 

El niño Hugo Chávez viajó por el mundo a través de las ilustraciones y las historias que leyó en cuatro tomos grandes y gruesos de la Enciclopedia Autodidacta Quillet, obsequio de su padre. En sexto grado fue escogido para dar un discurso al obispo González Ramírez, el primero en llegar a su pueblo. Desde entonces le encontró el gusto a hablar en público y a los demás el interés por escucharlo.

 

Su ídolo fue Isaías Látigo Chávez, pítcher en las Grandes Ligas. Nunca lo vio, pero lo imaginaba al escuchar los partidos en la radio. El día que su héroe murió en un accidente de aviación, al joven Hugo, de 14 años de edad, se le vino el mundo encima.

 

Para ser como el Látigo, el muchacho de monte entró al ejército. Gracias a sus cualidades de pelotero se le abrieron las puertas de la Academia Militar en 1971. Cuatro años después se graduó como subteniente y licenciado en ciencias y artes militares, con un diploma en contrainsurgencia, con una brújula que marcaba como su norte el rumbo del camino revolucionario.

 

Su toma de conciencia fue un proceso largo y complejo, en el que se combinaron lecturas, conocimiento de personajes claves y acontecimientos políticos en América Latina. En uno más de los episodios de realismo mágico que marcaron su vida, en 1975, en un operativo el subteniente Chávez encontró en la Marqueseña, Barinas, un Mercedes Benz negro escondido en el monte. Al abrir el maletero con un destornillador se topó con un arsenal subversivo compuesto por libros de Carlos Marx y Valdimir Ilich Lenin, que comenzó a leer.

 

En la forja de sus actitudes políticas influyó, decisivamente, su hermano mayor Adán, militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). También su participación en un experimento educativo de las fuerzas armadas llamado Plan Andrés Bello, preocupado por brindar a los militares una formación humanista. De la misma manera, fue clave en su formación política el descubrimiento de Simón Bolívar y la voracidad intelectual de Chávez, que lo condujo a leer cuanto documento encontró sobre la biografía y el pensamiento del prócer. Más adelante sería definitiva en él la influencia de Fidel Castro, a quien trató como si fuera su padre.

 

El derrocamiento de Salvador Allende en 1973 le provocó un gran desprecio hacia los militares de la cuña de Augusto Pinochet, tan extendidos en América Latina. Por el contrario, el conocimiento de la obra del panameño Omar Torrijos y del peruano Juan Velasco Alvarado le mostró la existencia de otro tipo de fuerzas armadas de vocación nacionalista y popular, tan diferentes de los gorilas formadas en la Escuela de las Américas.

 


Rebelde ante el atropello, descubrió en servicio los abusos y la corrupción de sus mandos, y como pudo los enfrentó. “Yo vine a Palacio por primera vez –contaba Chávez– a buscar una caja de whisky para la fiesta de un oficial”. Para removerlos, en el aniversario de la muerte de Simón Bolívar en 1982, un pequeño grupo de oficiales del cuerpo castrense, entre los que se encontraba Chávez, hizo el juramento de Samán de Güere, en el que fundaron el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR200).

 

Casi siete años más tarde se produjo un levantamiento espontáneo de los barrios pobres de Caracas en contra de las medidas de austeridad del gobierno de Carlos Andrés Pérez. El caracazo fue sofocado a sangre y fuego. La rebelión popular dio un gran impulso al movimiento de los militares bolivarianos.

 

En 1992, Chávez y sus compañeros se levantaron en armas. La asonada fracasó y Chávez fue a prisión. Frente a los medios de comunicación asumió la responsabilidad. Su popularidad y ascendencia política a partir de entonces fueron en ascenso. Al salir libre su presencia política creció aceleradamente ante el colapso del sistema político tradicional. En las elecciones presidenciales de 1998 triunfó con votación de 56 por ciento. A partir de ese momento nadie lo pudo parar. Una y otra vez ganó casi todos los comicios y referendos en los que participó, al tiempo que sobrevivió milagrosamente a un golpe de Estado y un paro petrolero.

 

A lo largo de los casi 20 años que condujo el Estado venezolano, el teniente coronel refundó su país, lo descolonizó, hizo visibles a los invisibles, redistribuyó la renta petrolera, abatió el analfabetismo y la pobreza, elevó increíblemente los índices de sanidad, incrementó el salario mínimo e hizo crecer la economía. Al mismo tiempo, y en la pista internacional, fortaleció el polo de los países petroleros por sobre las grandes compañías privadas, descarriló el proyecto de un área de libre comercio para las Américas impulsado desde Washington, creó un proyecto alternativo de integración continental y sentó las bases para un socialismo acorde al nuevo siglo.

 

Hugo Chávez fue un formidable comunicador, un incansable contador de historias, un educador popular. Sus relatos, herencia de los cuentos que Mamá Rosa le obsequiaba en su infancia, mezclaban historia patria, lecturas teóricas, anécdotas personales, con frecuencia en tiempo presente. En todas ellas el sentido del humor estaba presente. “Si tu mujer te pide que te eches por la ventana –jugaba jocoso– es hora de que te mudes a la planta baja...”

 

Sus narraciones seguían el modelo clásico de las sonatas musicales, en el que dos temas contrastantes se desarrollan en tonalidades vecinas. En sus discursos echaba mano por igual de la poesía y el canto. “Yo canto muy mal –se justificaba–, pero, como dijo aquel llanero, Chávez canta mal, pero canta bonito”, para, a continuación, interpretar una canción ranchera o una balada.

 

Antimperialista, antineoliberal, comenzó a hacer el milagro de construir los cimientos de la utopía en un país que imaginariamente estaba más cerca de Miami que de La Habana. Llanero de pura cepa, fabulador incansable, Chávez soñó revivir el ideal socialista cuando muy pocos querían hablar de él. Y lo hizo, para no traicionar nunca su infancia de niño pobre de Sabaneta.

 

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Presidente Chávez ha fallecido tras batallar contra el cáncer que lo aquejaba

El vicepresidente de Venezuela, Nicolás Maduro, anunció en cadena nacional de radio y televisión que el presidente venezolano, Hugo Chávez, falleció luego de batallar contra el cáncer que lo aquejaba desde hace dos años.


Maduro hizo el anuncio en cadena de radio y televisión desde el Hospital Militar "Carlos Arvelo", en Caracas (capital), donde dijo que “a las 4:25 de la tarde de hoy 5 de marzo ha fallecido el comandante presidente Hugo Chávez Frías”, expresó Maduro.


El Vicepresidente venezolano anunció que se ha previsto un despliegue especial de toda la FANB, de la PNB quien en este mismo momento se encuentra desplegándose para acompañar a nuestro pueblo y garantizar la paz.`


“El respeto y la paz tienen que ir de la mano (…) Nosotros llamamos a todos los compatriotas a ser los vigilantes de la  paz, del respeto y nosotros asumimos comandante Hugo Chávez, sus rezos, su proyecto”.


También le dio las gracias a todos los gobernantes de países hermanos que manifestaron su solidaridad y recalcó que "sabemos que en esos pueblos radica el amor" para el Gobernante suramericano.


Por último, hizo un llamado a acompañar "hasta su última morada" al mandatario, e instó a hacerlo "juntos como una familia, la familia de esta patria que nos deja por herencia libres e independientes".


"Mucho coraje, mucha entereza (...) Tenemos que unirnos más que nunca (...) Vamos a ser dignos herederos e hijos de un hombre gigante como fue y como siempre será en el recuerdo Hugo Chávez", agregó.


Previamente, en horas del mediodía, hizo anuncios a través de los medios públicos donde fustigó los ataques de la derecha venezolana para adelantar una situación de desestabilización en el país e informó que dos funcionarios de Estados Unidos serán expulsados del territorio nacional por su relación con esas actividades.

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Lula, el anfitrión de un debate sin tabúes

Como primera curiosidad de la reunión citada en San Pablo, el día 21 de enero, sobre “perspectivas de la izquierda progresista” en Latinoamérica, es que quien la presidía, el ex presidente Lula, además de hacer dos fuertes intervenciones que luego comentaremos, no dejaba de aludir a pequeños detalles de funcionamiento de la reunión –el cónclave, como solía decir la vieja revista Primera Plana–, en relación con cómo pedir la palabra, cómo debían circular los micrófonos, más allá de la excelente coordinación de Luis Dulci, presidente del Instituto convocante. Se escuchó allí la vibrante exposición de Luis Maira, ex embajador de Chile en Argentina, mostrando un cuadro completo y complejo de las alianzas mundiales y latinoamericanas, y de Aldo Ferrer, con su concisa relación de sus propuestas de un desarrollo nacional autosustentado.

 

A su turno, intervinieron los altos funcionarios brasileños –actuales ministros y ex ministros de Lula y de Dilma, como Celso Amorim, actual ministro de Defensa, y Luciano Coutinho, presidente del crucial Banco de Desarrollo Económico–, con reflexiones breves y contundentes sobre los problemas de su área, siempre vinculados con un tema que fue recurrente: la alianza del Pacífico, con las preocupaciones que origina, tanto así como la ardua cuestión de la inflación. Abundaron las ineludibles menciones a las relaciones económicas con China, sin que se tratara de fijar políticas sino de presentar con fundamentos los puntos candentes de los que serán futuros y absorbentes temas de Sudamérica. Apenas insinuadas, se escucharon quejas sobre la opción mexicana, de la que al parecer se preveían menos entusiasmos en su relación con el problemático vecino del Norte.

 

En la exposición de Aldo Ferrer se dejó ver la maduración contemporánea de los clásicos trabajos de este economista, muy respetado en Brasil. En general Prebisch y la Cepal lo son, tomados como mojones de la historia intelectual en la economía brasileña que, por razones históricas conocidas, no ocupan el mismo lugar de prestigio en la Argentina. El presidente del Foro de San Pablo pidió por industrias culturales de nuevo tipo, sin que sea fácil decir cuál sería ese plano de enmienda a lo ya conocido, aunque viendo, en la desolación de nuestro cuarto de hotel (todos lo son, por más lujos calculados que tengan) la abrumadora televisión brasileña (pero ¿cuál no lo es?), impera el folletín de gran calidad técnica, pero con una trama cultural que presenta estructuras masivas de fosilización de la emotividad, lo que luego da un dudoso modelo para todo el lenguaje público.

 

No es, sin embargo, fácil establecerse en una sumaria noción de pueblo brasileño, que escapa de toda norma cultural fija sin dejar de presentar impresionantes unanimidades, todo lo cual se nota en las infinitas variantes del habla real. Al propio Lula, es interesante escucharlo en las innumerables capas de signos que tiene su discurso. No se ausenta, en los planos profundos, el gran embravecido de aquellas arengas en el conurbano de San Pablo, al promediar los años ’70. Pero ahora es también el cauto ironista que cita con pequeños deslices picarescos, los dichos de los políticos más encumbrados del mundo, sin dejar de mentar una idea consabida sobre “los porteños”, todo con afecto experimentado y amistosa complicidad. Lo cierto es que de la gran batería anecdótica de Lula surge de repente la reflexión profunda, matizada con un ligero aire de desafío con el que terminan las frases, ese “¿sabe?”, partícula que aparenta condescendencia pero es un ancestral toque airado y de inconformidad que anida en la lengua brasileña popular.

 

Lula presentó temas suyos, inesperados para el que hace tiempo no lo escucha, en especial el tema de la paradoja del “ex presidente”. Si hace algo, parece entrometerse; si no hace nada, parece indiferente. Pero su gran tema es el obstáculo político que presentan las burocracias estatales, junto al empleo de lo que llama en interesante paradoja, paciencia política. Algo así como la célebre “sophrosyne” griega, lo que a primera vista parece en efecto contradictorio. Son las burocracias las que se suelen aliar a la “lentitud de la paciencia”, lo que en la humorada de Theotonio dos Santos adquiere este gracioso aforismo: la inútil e irresoluble discusión de los que dicen “avanzar para consolidar” y de aquellos otros que prefieren “consolidar para avanzar”. Pero Lula cuestiona la aceitosa cotidianidad fáctica del Estado y en contraposición alienta el procedimiento de la “larga obstinación” como categoría casi decisionista.

 

En su respuesta al agudo cuestionamiento de Marilena Chauí –la filósofa brasileña que se halla preparando su segundo gran volumen, esta vez más ensayístico que el anterior, sobre la obra de Spinoza–, Lula había respondido repentinamente que “el sujeto es el Estado”. Sucede que esta filósofa hizo un alegato vehemente bajo la forma de incisivas preguntas, en torno de la noción de desarrollo y de sujeto de la historia, concluyendo su intervención con una crítica a la “teoría de la información”, un nuevo deconstruccionismo conservador que a todo –las estrellas, el hígado, el arte de la encuadernación, la política, etc.,– considera emitiendo signos “informacionales”. De ahí la pregunta sobre cuál es hoy el sujeto de la historia, al margen de los modelos estructural-desarrollistas que culminan en una sospechosa “sociedad del conocimiento”.

 

Lula no se intimida ante tales desafíos, sentado las ocho horas que duró la reunión, enfundado en su camperita con la insignia de la Confederación Brasileña de Deportes, y con una libretita de apuntes, incorporando temas, matizando respuestas enfáticas, en las que habita “el viejo Lula” con toques de la cauta sabiduría del nuevo Lula, que anunció haber superado enteramente su delicado trance de salud. El joven embajador venezolano en Brasil, presente en la reunión, en nombre del vicepresidente Maduro, anunció por su parte una leve mejoría en el estado de Chávez. Hubo un documento de base firmado por Marco Aurelio García, el asesor de relaciones internacionales de la presidencia, cuyo fin era el de analizar el despliegue de las izquierdas latinoamericanas en los últimos diez años. Es un documento sucinto y pleno de interés, poco analizado en la reunión, pero por los temas que plantea –la pregunta por el poscapitalismo– se convierte en una inusual sinopsis de una antigua y renovada discusión.

 

Hubo voces peruanas, bolivianas, ecuatorianas. El economista argentino Bernardo Kosacoff aportó datos complejos, pequeñas teorías encerradas en una gran dotación de referencias sustantivas de cómo funcionan los grandes aparatos productivos y de circulación de la economía regional; el ex ministro y ex senador chileno Carlos Ominami balanceó su exposición entre su profundo conocimiento de la política chilena desde el ángulo de la experiencia compleja de la izquierda de ese país, con referencias económicas que no pasaban por alto la importancia de la referida y preocupante “Alianza del Pacífico”.

 

Ser testigo y modesto participante de esa reunión del Instituto Lula resultó, pues, reconfortante. El ex presidente paraguayo de Itaipú Binacional citó al olvidado trabajo de Varsavsky, Estilos tecnológicos; el senador uruguayo Curiel intervino en desenfadado estilo que no le reduce agudeza. Todo permitió comprobar la vivacidad de la vida intelectual latinoamericana que explora caminos de transformación en medio de la tormenta, aunque nunca falta el ministro –como en este caso, el sutil Celso Amorim–, que proteste por la calificación de intelectual. La siente excesiva para un funcionario –dijo– que sólo exhibe su fuerte experiencia. ¿Pero cómo llamarla a esa misma experiencia, expuesta acabadamente por ese mismo ministro, sino una condensación de muchas décadas de debate intelectual en nuestros países? Nadie disimuló problemas, ni pareció predominar el rodeo al que obligan las jergas funcionariales. Se habló con plenitud, preocupación y moderado entusiasmo. Emir Sader, ex presidente de Clacso, festejó que alguien de origen obrero haya citado la reunión. Lula, imperturbable, escuchaba las numerosas referencias a su nombre como si se tratase de otra persona, un ente simbólico que con esa denominación arquetípica hubiese sido amasado por las heterogéneas arenas culturales de Brasil. “Siempre se está aprendiendo”, dijo. Y comparó su caso al del ex presidente Kirchner. Se inicia la tarea desde el asombro del aprendiz, y luego aparece el mundo con su drástico rostro desafiante.

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La Habana, 3 de enero. La infección respiratoria de Hugo Chávez fue severa y se convirtió en insuficiencia respiratoria, informó esta noche el gobierno de Caracas, en el reporte más grave del estado de salud del presidente de Venezuela, tras la operación de cáncer del pasado 11 de diciembre.

 

La infección respiratoria apareció seis días después de la cirugía, pero esta fue la primera vez que un informe oficial la califica de severa. El pasado domingo 30 otro reporte del gobierno indicó que Chávez había empeorado, pero sólo citó nuevas complicaciones.

 

Esta infección ha derivado en una insuficiencia respiratoria que requiere del comandante Chávez un estricto cumplimiento del tratamiento médico, dijo el comunicado de este jueves, que leyó el ministro de Comunicación e Información, Ernesto Villegas, en la cadena nacional de televisión.

 

La declaración oficial incluyó, además, por primera vez, una alerta de seguridad nacional vinculada con la suerte de Chávez: el gobierno advierte al pueblo venezolano sobre la guerra sicológica que el entramado mediático trasnacional ha desatado alrededor de la salud del jefe del Estado, con el fin último de desestabilizar al país, desconocer la voluntad popular expresada en las elecciones presidenciales del pasado 7 de octubre y acabar con la revolución bolivariana.

 

El comunicado ratificó, sin embargo, que hay una férrea unidad entre el gobierno, el pueblo y las fuerzas armadas, tras el liderazgo de Chávez.

 

El informe no precisó el momento en el que surgió la insuficiencia respiratoria. La única referencia oficial anterior fue del yerno de Chávez, el ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación, Jorge Arreaza, quien informó que el mandatario llegó a la noche del miércoles estable dentro de su cuadro delicado.

 

El reporte del domingo 30 reveló el empeoramiento de Chávez, al describir al paciente en un estado delicado y con riesgos, debido a nuevas complicaciones por la infección respiratoria.

 

El gobierno venezolano reitera su confianza en el equipo médico que atiende a Chávez en Cuba y que ha actuado con la más absoluta rigurosidad ante cada una de las dificultades presentadas, agregó el comunicado.

 

El vicepresidente ejecutivo encargado del despacho, Nicolás Maduro, regresó hoy a Caracas después de pasar cinco días en Cuba junto al mandatario y dijo que Chávez afronta su situación con entereza.

 

Durante una gira de trabajo, que transmitió la televisión estatal venezolana, Maduro agregó que Chávez está consciente de la batalla que está dando.

 

El vicepresidente encargado del despacho visitó en la tarde del jueves una empresa de café, junto con el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, entre otros funcionarios.

 

Maduro dijo ahí que apenas estaba regresando de La Habana y que Cabello y el vicepresidente y ministro de Petróleo y Energía, Rafael Ramírez, también habían estado en la isla.

 

Los tres han sido las figuras visibles del liderazgo venezolano durante la actual crisis de salud de Chávez. Además, se sabía que el miércoles viajó a Cuba el hermano del presidente y gobernador del estado de Barinas, Adán Chávez y que ha estado aquí la procuradora general Cilia Flores, esposa de Maduro.

 

Con Cabello a su lado, durante la gira de esta tarde, en el oeste de Caracas, Maduro rechazó versiones de prensa sobre una presunta disputa entre ambos por el liderazgo del chavismo, en ausencia del líder máximo. Nosotros estamos aquí unidos hoy más que nunca, señaló. Hermanados hoy más que nunca.

 

En cambio, culpó al secretario general de la opositora Mesa de la Unidad, Ramón Guillermo Aveledo de alentar campañas malsanas sobre la salud de Chávez.

 

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Rafael Correa enfrenta su campaña electoral más caliente

Dos elementos cabe destacar de la coyuntura política previa a los comicios electorales del próximo 17 de febrero. Por un lado, la oposición conservadora ha sido incapaz de conformar una alianza política que les permitiera contar con un solo candidato para confrontar con el presidente Correa. Varios fueron los meses que los líderes conservadores debatieron y negociaron al calor del “efecto Capriles”, para terminar mostrando sus debilidades internas. El desencuentro entre los intereses de diferentes grupos empresariales de las regiones Sierra y Costa, la necesidad de determinados sectores políticos y económicos de posicionar a sus operadores en la Asamblea Nacional, así como aparición de nuevos actores en el tablero político que buscan utilizar esta campaña como plataforma de posicionamiento para las seccionales de 2014 y presidenciales del 2017, hizo imposible los acuerdos entre las distintas fuerzas políticas conservadoras.


 
Por otro lado, cabe señalar que nunca el régimen ha estado tan golpeado socialmente por las denuncias de corrupción como en la actualidad. Los escándalos de corrupción a gran escala de la era Correa comenzaron a aparecer a partir de las denuncias por enriquecimiento ilícito sobre el entorno del ex ministro de Deportes Raúl Carrión, a lo que le siguieron en 2009 los millonarios contratos con el Estado de Fabricio Correa, y toda una cascada de denuncias de sobreprecio en la contratación pública y redes de corrupción al interior de las instituciones (narcovalija incluida). Sin embargo, el cierre del ejercicio 2012 ha traído consigo la renuncia del presidente del Banco Central, Pedro Delgado, sobre quien su primo había realizado una ferviente defensa política y ética en su Enlace Ciudadano del pasado 24 de noviembre. Veinticinco días después, un acosado Delgado ya sin explicaciones ante las investigaciones realizadas por asambleístas opositores y la prensa, renunciaba a su cargo confesando haber falseado su titulación académica y dejando en el más absoluto ridículo al inquilino de Carondelet.


 
Si bien hasta el momento, el oficialismo había sido capaz de amortiguar el impacto de las innumerables denuncias de corrupción realizadas durante su gestión, el impacto de este nuevo escándalo amenaza con golpear muy severamente la credibilidad del presidente Correa. Los sondeos electorales venían indicando una intención de voto para el oficialismo de entre 37 y 44%, estimándose que tras el affaire Delgado, Correa podría haber perdido entre 4 y 7 puntos porcentuales.
 


Desconfianzas ante el proceso electoral en curso, el secretario general de Alianza PAIS Galo Mora, el pasado 13 de noviembre dijo textualmente: “Cuando se dice aquella división de poderes, cuando se dice aquella trilogía de Montesquieu [pensador francés teórico de la división de poderes], ¿no es acaso hora de preguntarse en la historia política si es que eso es una ley divina? ¿Quién determinó que eso es lo que tiene existir?”. En este alarde de mediocridad intelectual, los cuestionamientos de Mora a la independencia de poderes y al Estado de Derecho, revitalizaban, cuatro siglos después, las tesis de los ideólogos del absolutismo monárquico del siglo XVI y XVII.


 
Este hecho, aunque ridículo no sorprende, pues una de las características de estos seis años de gobierno ha sido el absoluto irrespeto a la autonomía de las funciones del Estado y el sometimiento de los organismos de control a la voluntad presidencial. En la actualidad, tanto el poder Legislativo como el Judicial están sometidos a la voluntad de Carondelet, como lo están también instituciones que deberían tener carácter autónomo.  De esta manera, en noviembre de 2011, el Consejo de Participación Ciudadana designó como vocales del CNE a cinco personas muy cercanas al régimen. Días después, era nombrado presidente de este organismo el ex ministro del régimen Domingo Paredes, quien ya había ejercido una deplorable función como responsable de la SENAGUA durante las movilizaciones de la CONAIE en 2009; como vicepresidente fue designado Paul Salazar, ex asesor de Ricardo Patiño, quien ejerció como su “fontanero” en las intrigas internas del oficialismo.
 


Desde entonces hasta la fecha, las actuaciones del CNE han sido calificadas por todos los partidos de la oposición como una vergüenza, destacándose entre estas la incapacidad por parte de sus gestores para controlar adecuadamente su sistema informático, en el cual aparecieron miles de personas en las listas de adherentes de partidos políticos a los que no correspondían. Para justificarse ante tal caos interno, Domingo Paredes llegó a denunciar la actuación de una red de hackers informáticos que saboteaban el sistema, cosa que nunca se confirmó. Paredes ha sido calificado como el funcionario más “grotesco” de todos los servidores públicos de la historia republicana del Ecuador. El CNE anuló sin criterio la adhesión a múltiples organizaciones políticas, lo que implicó que estas tuvieran que salir nuevamente a las calles en busca de firmas para poder concurrir al proceso electoral del próximo mes de febrero, lo que supuso un serio atentado contra la democracia y la credibilidad de los partidos políticos a nivel nacional. Las propias encuestadoras oficialistas, Perfiles de Opinión y Santiago Pérez (muy cuestionadas por su falta de profesionalidad), tuvieron que reconocer que la credibilidad del CNE había caído entre la ciudadanía ecuatoriana a un 16% y un 3% respectivamente. El uso y abuso de la propaganda oficial en beneficio del partido de gobierno, mientras se ataca de forma vehemente a los medios de comunicación privados –los cuales sin duda actúan también en interés de determinadas opciones políticas-, es uno de los mayores gestos de hipocresía del actual régimen. Se acusa a los medios de comunicación privados de tergiversar la realidad y se les responsabiliza de todos los males existentes en el país, mientras que lo que en realidad se busca es desacreditar uno de los pocos espacios de denuncia de los que dispone la actual sociedad ecuatoriana.

 

La prepotencia oficialista choca de forma inaceptable con el derecho constitucional a expresar libremente las ideas en una sociedad que se considera democrática, mientras los periodistas del régimen lucen como lacayos carentes también toda ética profesional en beneficio y apología del culto a la personalidad de su patrón. En medio de la violencia simbólica (destrozando diarios en espacios o foros públicos) o verbal (llamando a los periodistas de los medios privados “sicarios de tinta” o “buitres que se preparan para devorar a su carroña”) desarrollada por el presidente Correa, la sociedad ecuatoriana comienza a ver que el único “monopolio informativo” existente en el país lo está ejerciendo el gobierno a través del manejo tergiversado de la publicidad oficial. Las cadenas estatales y los Enlaces Ciudadanos comienzan a generar el rechazo generalizado en el común de la ciudadanía, mientras la credibilidad del presidente Correa, el principal valor del que ha gozado durante seis años al frente de un gobierno de mediocres funcionarios, comienza a desgastarse de forma acelerada.


 
Cartografía de la oposición política ecuatoriana



 Las elecciones del próximo 17 de febrero servirán para medir cual es la temperatura real del actual desgaste del régimen.


 
El máximo aspirante a rivalizar con el presidente Correa en los comicios del febrero del 2013 es Guillermo Lasso por la agrupación CREO. Este banquero arrastra en su hoja de vida, impresentables antecedentes de colaboración con los gobiernos de Jamil Mahuad y Lucio Gutiérrez. Desde los entornos de la “gusanera” de Miami se dice que Lasso se presenta a las elecciones empujado por la familia Bush, los ex presidentes José María Aznar y Álvaro Uribe, y el golpista venezolano Gustavo Cisneros.


 
Aznar y Lasso coincidieron en el departamento académico Latin American Board de la Universidad de Georgetown, donde promovían un programa dedicado a la formación en comercio internacional y competitividad global. Tras esto, se oculta en realidad una fábrica de formación de nuevos cuadros neoliberales para la economía y la política en América Latina. La Fundación Ecuador Libre (FEL) – presidida por Lasso – ha sido el mayor promotor de becas para este módulo académico en Ecuador. Esto explica que la candidatura Lasso integre en su núcleo gestor, un amplio grupo de jóvenes PhD preparados en las mejores universidades extranjeras, los cuales trabajan conjuntamente con asesores extranjeros enviados por el Partido Popular (España) y del PAN (México).A pesar del apoyo internacional a Lasso, el banquero hace aguas precisamente en los lugares que deberían ser sus bastiones electorales, como es el caso de la provincia del Guayas (25% del electorado), fruto del escaso apoyo del alcalde Jaime Nebot, lo que responde a rivalidades personales y pactos entre gobierno nacional y Alcaldía de Guayaquil


 
La estimación de intención de voto de Lasso no sobrepasa el 15%, siendo su falta carisma y debilidad argumental lo que le hace presa fácil para el oficialismo verdeflex. El segundo contendor en orden de importancia por la derecha es el ex coronel Lucio Gutiérrez, líder junto a su hermano Gilmar del oscuro Partido Sociedad Patriótica.

 

Lucio Gutiérrez fue presidente de Ecuador entre el 15 de enero de 2003 y el 20 de abril de 2005, cuando se vio obligado a marchar al exilio tras una huida circense por los tejados del palacio presidencial. En las últimas elecciones presidenciales, en abril del 2009, obtuvo el 28,24% de los votos (casi dos millones de votos). Sin embargo en la actualidad los indicadores de intención de voto no le dan más del 9%, pudiendo en todo arañar unos puntos más durante la campaña, aunque quedará muy lejos de lo alcanzado en el pasado. La tercera opción conservadora es la propugnada por el PRE y encabezada por Nelson Zabala. El pastor evangélico tiene pocas opciones electorales, no superando en el mejor de los casos una intención de voto del 4%. Zabala, quien fue nombrado candidato del PRE tras una estrategia de distracción organizada por “El Loco” Bucaram (quien amenazaba con volver al país para ser el contendor de Correa), disputará los votos en los sectores marginales costeños, entre rezos y censuras a la homosexualidad y a las trabajadoras del sexo, buscando apoyo en las históricas redes clientelares del “bucaramismo”, hoy en manos del correísmo.


 
La cuarta opción conservadora está encabezada por Mauricio Rodas, un outsider traído directamente desde México por quien sabe quién, que se conformó un partido a medida llamado Movimiento SUMA. Su plataforma para salta a la política fue la neoliberal y decadente Fundación Ethos, en la cual ejerció como director general. La estrategia de campaña de SUMA se limita en posicionar a Rodas para la campaña presidencial del 2017, bajo la tesis del más que probable hundimiento de Lasso y del resto de partidos tradicionales de la derecha.


 
El último danzante electoral de la derecha es el empresario Álvaro Noboa, un caricaturesco personaje, líder de uno de los grupos empresariales más importantes del país, que mantiene entre sus propiedades al partido político PRIAN. Sobre este “histrión político” que aparece en cada proceso electoral ecuatoriano, la rumorología oficialista dice, que en esta ocasión su candidatura se debe a presión correísta (Noboa vive bajo amenaza de expropiación de sus empresas por parte del SRI, a quien adeuda unos 90 millones) que busca dividir aún más el voto conservador. Sin embargo, este “Berlusconi bananero” podría arañar pequeños porcentajes de votos al oficialismo en sectores costeños, dado que el target a los que se dirige no difiere de las redes clientelares construidas por el oficialismo en la “zona pacífico” durante los últimos años. Ya desde las izquierdas, cabe señalar al Movimiento Ruptura 25, agrupación política que rompió con el oficialismo a raíz de la Consulta de mayo de 2011. Este movimiento político que se autodefine como progresista, propugna la candidatura de Norman Wray para la Presidencia, siendo su intención real obtener entre dos y cuatro curules, a la par que posicionar a su presidenciable cara las elecciones a la Alcaldía de Quito que tendrán lugar en 2014. Sus estimaciones de voto, de momento, no superan el 3% y parece improbable que existan sorpresas respecto a sus resultados electorales.


 
Pero siguiendo con las izquierdas, la candidatura que más despunta es la Unidad Plurinacional, coalición de organizaciones que abarca desde la centro-izquierda al leninismo, quienes propugnan al académico Alberto Acosta como candidato presidencial. Su intención de voto está en torno al 14%, y sus posibilidades de crecer estarán en función de la inteligencia con la que se muevan tanto sus candidatos como las organizaciones políticas que conforman la coalición.


 
Para ello, los partidos de la Unidad Plurinacional deben comprender que sus mensajes han de ser dirigidos hacia sectores ciudadanos no necesariamente afines y que la refundación de las izquierdas requiere de nuevas formas de intervención y de entender la política.
 

Publicado por lalineadefuego el enero 2, 2013 · Dejar un comentario  27 diciembre 2012


Para la revista Rupturas

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