Viernes, 16 Noviembre 2018 07:34

La lucha por una vida libre

La lucha por una vida libre

Acosada por la represión estatal en Turquía y la guerra en Siria, la revolución de las mujeres kurdas mantiene su avance contra las tradiciones patriarcales. No sólo se trata de milicias de autodefensa, también de organizaciones de base que buscan cambiarlo todo.


El trabajo de las mujeres en Kurdistán es una callada y constante labor de años, una “revolución mental”, “una revolución dentro de la revolución” que va más lejos de su participación en las milicias de autodefensa. Así lo explicaron a Brecha las activistas kurdas Hanaa Sido y Gülcihan Şimşek, quienes a fines de octubre participaron en diferentes actividades de la Marcha Mundial de las Mujeres en el País Vasco.


Sido es natural de Rojava (en kurdo, “Occidente”, la parte de Kurdistán bajo soberanía siria) y militante de Kongreya Star (KS), la confederación regional de organizaciones de mujeres, nacida en 2005. Şimşek, por su parte, viene de Bakur (“Norte”, el Kurdistán incluido en las fronteras turcas) y es representante de Tevgera Jinên Azad, el Movimiento de Mujeres Libres (Mml), fundado en 2016.


“Buscamos un sistema de democracia radical, de base; una sociedad organizada en torno a la moral y liderada por las mujeres: si nosotras nos liberamos, podemos hacer lo mismo con la sociedad”, declaró Şimşek. En ambas regiones, el movimiento de liberación nacional y de la mujer se organiza de menos a más: de pequeñas asambleas y comités, casa por casa, barrio por barrio, a ámbitos geográficos más amplios. La participación está abierta a toda mujer, más allá de su militancia partidaria, su origen étnico o su desempeño profesional. En estos foros, explicó Sido, “se debate sobre qué es la vida, cómo es la vida libre de la mujer, cuál es su papel en la revolución, qué modelos de organización deben adoptarse”. En los últimos años esta apuesta ha logrado enormes avances sociales y políticos de ambos lados de la frontera, que ahora, sin embargo, se ven amenazados por la represión y las incursiones del Estado turco.


REPRESIÓN Y RESISTENCIA.

Tras las elecciones de 2014 y 2015 en Turquía, un número récord de mujeres (98) había ingresado al Parlamento. De ellas, al menos 40 por ciento pertenecían al movimiento de liberación kurdo, según contó Şimşek. Además sostuvo que “de las 14 municipalidades conseguidas en las elecciones, nueve fueron ocupadas por mujeres. Entre ellas la de la ciudad de Van, por mí. En 2014, en 36 intendencias se instauró la copresidencia”, un sistema que pone a una intendenta y a un intendente al frente del gobierno local.


Para entonces se había conseguido que a lo largo de amplias zonas del país, “asambleas, municipalidades y parlamentos apoyaran las iniciativas de las mujeres, especialmente las dirigidas a su empoderamiento económico”, dijo Şimşek. Estas instancias combatían el fundamentalismo, la poligamia, los matrimonios de menores y apoyaban las Casas de Mujeres, que dan ayuda económica, jurídica y psicológica a las víctimas de maltrato.


Pero desde el intento de golpe de Estado ocurrido en Turquía en 2016 y la subsecuente represión lanzada desde el gobierno del islamista Recep Tayyip Erdogan, todas estas redes solidarias son atacadas y destruidas con especial saña: “Luchamos contra un constante ataque fascista, nacionalista y fundamentalista”, denunció Şimşek.


De acuerdo a la activista, los ataques turcos siguen la senda de los cometidos en los años noventa, cuando el Estado destruyó más de 4 mil pueblos kurdos. “Hoy las municipalidades no tienen más copresidencia. Reina el patriarcado y el Corán sustituye a la educación para niñas y mujeres. Las Casas de Mujeres han sido cerradas, el acceso al arte y la cultura, y el desenvolvimiento profesional de la mujer en estos ámbitos ahora está vedado; la asimilación lingüística y cultural de las minorías se acelera”, afirmó la integrante del Mml, quien agregó: “Tenemos 35 mil presos en Turquía. Nueve mil son mujeres, 6 mil de ellas ya condenadas; 600 niños viven con ellas”, apuntó la activista, que recordó que entre las presas “hay intendentas, parlamentarias, activistas, trabajadoras”.


Del otro lado de la frontera, en Rojava, tampoco ha sido fácil. Allí, dijo Sido, “el trabajo de las mujeres tiene dos enemigos principales: el régimen sirio y la cultura tradicional kurda”. Incluso antes de la actual guerra civil y de las incursiones militares turcas se debió enfrentar un contexto difícil. “El régimen sirio, mediante detenciones, encarcelamientos y torturas intentó detener nuestro trabajo. Eso nos hizo comprender cuán dura era la lucha contra el fascismo del Estado. El dolor nos ha permitido abrir un camino basado en nuestra propia toma de decisiones, lo que nos ha llevado a encabezar la revolución.”
Por otra parte, analizó la militante, la cultura tradicional hacía que las familias se opusieran a la participación de las mujeres en la lucha. Pero la educación y el trabajo político de estos años lograron hacer retroceder el fundamentalismo religioso. “Esta revolución mental comenzada por las mujeres se ha trasladado a toda la sociedad kurda. Un símbolo de ello es que, hoy en día, las familias se muestran orgullosas de sus mujeres luchadoras”, constató Sido.


EMPODERAMIENTO EN MARCHA.

En ese proceso han sido importantes las llamadas “leyes de igualdad” que se implementan en Rojava, que entre otras cosas abordan la herencia y el combate a la poligamia, los matrimonios de menores y la violencia de género. Sido explicó que en su puesta en práctica hay dos herramientas fundamentales: las Casas de Mujeres –comienzo y vía habitual de trabajo– y los Comités de Paz e Igualdad, que funcionan en el seno de las comunidades.


Contó que de esta manera la mayoría de los problemas de violencia se solucionan a nivel de las comunas, mediante la educación y el diálogo. Sólo el 40 por ciento acaba en juicio. De todas formas, no todas las leyes de igualdad están en marcha: “En zonas como las de mayoría árabe se avanza muy despacio”, reconoció la activista, quien recordó que “en Oriente Medio la elaboración y aplicación de cualquier ley sobre la mujer es harto difícil”. Aún hay resistencias en algunas comunidades de la región, donde “la existencia de leyes de igualdad es en sí misma una revolución”. “Buscamos el equilibrio entre la sociedad que tenemos y la sociedad que perseguimos. Vamos poco a poco, pero sin pausa”, aseguró Sido.


La clave para emprender estos cambios ha estado en la labor de base de la organización de las mujeres, un proceso que se remonta a la década del 90 y que se ha edificado sobre tres ejes: popular, civil y de autodefensa, amén del muy importante trabajo internacional. Según la militante, “la organización pretende la preparación profesional de la mujer, para que sea capaz de desempeñarse de modo autónomo en cualquiera de las facetas de la vida”. Los ejes se traducen en diferentes comités que inciden en temas concretos: autodefensa; arte y cultura (incluida la lengua y la lucha contra la asimilación); relaciones internacionales; economía de la mujer (empoderamiento económico: cooperativas, apoyo mutuo); relación con las municipalidades; justicia social (en lo cual se destacan las Casas de Mujeres). “La disciplina, la profesionalización y la sistematización de la lucha son, a nuestro juicio, indispensables”, subrayó Sido.


Similares son, señaló Şimşek, los parámetros en los que se mueve el Mml en Bakur, al norte de la frontera: “Ponemos mucho empeño en conseguir el empoderamiento económico de la mujer –a través, por ejemplo, de la formación de cooperativas– y en el funcionamiento de comités políticos de base, cuya meta es cambiar la mentalidad de la sociedad, no sólo la de las mujeres”.


Su compañera remarcó que el trabajo no es sólo la autodefensa que ha hecho conocidas a las milicias kurdas. Es, además, “la preparación para la vida cotidiana (…) cómo llevar a cabo todo lo pensado y escrito durante 15 años, cómo liberar a nuestra comunidad del patriarcado y su lacra. La diferencia entre el antes y el después de la revolución es que ahora existe una fuerza considerable, de mayor trascendencia”.


Se trata también de cambiar la perspectiva desde donde las comunidades estudian su historia. “Después de 5 mil años encerradas como amas de casa, analizamos cómo la civilización fue comenzada por las mujeres y cómo, con el paso del tiempo, el patriarcado fue invisibilizando este hecho”, dijo Şimşek. Para Sido es importante dar a conocer el papel de la mujer a través de la historia, “teniendo como umbral una sociedad natural y libre”. “Hay que tener en cuenta que esclavizando a la mujer se han esclavizado sociedades enteras. Queremos hacer una revolución dentro de la revolución, una revolución femenina y mental”, concluyó.

 

Por Álvaro Hilario
16 noviembre,

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Cambio generacional en la política, ¿alguna novedad?

Son muchos los países donde los dirigentes tienen edades comprendidas entre los 30 y 45. Las nuevas élites se nutren de líderes juveniles pertenecientes a las organizaciones tradicionales o son delfines crecidos a la sombra de las oligarquías partidistas. También los hay emergentes a la luz de los movimientos sociales. Medioambientalistas, LGTB, ecologistas, derechos humanos, defensores de los animales.

Todos comparten, además de la edad, una visión propia del capitalismo digital, son hijos de las nuevas tecnologías. Ellos, se reconocen en la cualificación, la formación académica, el manejo de idiomas y ser viajados. Ya no se trata de militantes fajados en las luchas sindicales, provenientes del mundo laboral, profesiones liberales, clase trabajadora, todos ellos, ciudadanos comprometidos con su tiempo y de principios asentados.

Hoy, su fuerza radica en aspectos poco relevantes para el ejercicio de la política, máster, doctorados como aval para ejercer cargo público. Inflan sus historias de vida con postgrados, diplomas ganados en cursos mediocres. Muchos títulos. Participan de una concepción elitista de la política. Hacen militancia desde Twitter, se vanaglorian de tener cientos de miles de seguidores, además de poseer un carácter flexible sin apego a convicciones. Ideológicamente ocupan todo el espectro político. Desde la nueva derecha a la novísima izquierda. Liberados de polvo y paja, son hijos de una nueva era. Su historia política es irrelevante, banal. Resulta más importante haber vivido en un barrio obrero que tener principios para definirse de izquierdas.

Aún así, lo dicho debería ser motivo para, al menos, tener un punto de partida común. Un comportamiento acorde con la época que les ha tocado vivir. Muchas luchas han supuesto ampliar derechos laborales, sindicales, disminuir la edad de jubilación, tener sanidad universal, educación pública o el acceso a viviendas sociales. Las nuevas generaciones dirigentes no sufrieron el trauma de la II Guerra Mundial, dos bombas atómicas o una guerra fría cercana al holocausto nuclear.

Se encuentran un mundo que les debería hacer pensar en políticas inclusivas. Sin embargo, la realidad se muestra tozuda. En la nueva derecha "joven" tenemos dirigentes neonazis, llenos de odio, racistas, xenófobos, anti-abortistas, homofóbicos, chovinistas, deseosos de emprender guerras, y por la izquierda o los sectores progresistas, observamos practicas sectarias, estalinistas, antidemocráticas, elitistas, machistas y corruptas.

Las nuevas generaciones que acceden a la vida pública, están reproduciendo lo peor de las élites políticas del pasado. Los argumentos de unos y otros son vacuos. Nadan entre trapicheos, fomentan el oscurantismo, aunque declaman vivir en la trasparencia. Su acceso a cargos de representación popular, concejales, alcaldes, diputados o senadores están, en la mayoría de los casos, sobrecargados de soberbia.

Padecen mal de alturas, se emborrachan de lisonjas, como el uso de coches oficiales, celulares, trasportes gratuitos, tarjetas de crédito, bonos, etcétera. Sufren un síndrome de poder compulsivo. Crean redes de favores, viven de los privilegios del cargo, abandonan principios y no dudan en defender a los suyos cuando se les pilla infraganti en actos de corrupción, la mentira política, obteniendo favores espurios de empresas privadas, accediendo a créditos bancarios impensables para los mortales o en acciones de nepotismo.

No hay diferencias, las nuevas generaciones comparten un objetivo común: articulan un sistema en el cual no hay lugar para cambios estructurales. Son jóvenes viejos, su fin: ganar dinero, vivir bien, tener reconocimiento social, ser famosos, poseer bienes, comprar chalets en urbanizaciones de lujo, etcétera. En pocas palabras, reproducir el orden social bajo la visión del éxito personal como mecanismo de justificación política. Ellos son triunfadores, no le deben nada a nadie, están empoderados. Utilizan la política para su beneficio, extravían principios y conciencia en el camino. Nueva derecha y nueva izquierda, generacionalmente entendidas, expresan el triunfo del capitalismo cultural.

Este año del 200 aniversario del nacimiento de Marx y de los 150 años de la primera edición de El Capital se hace necesario recordar que el problema de hacer política no radica en la edad, sino en los principios que se defienden. Salvador Allende dejó claro la diferencia en su discurso pronunciado en la Universidad de Guadalajara en 1972: "la juventud tienen que entender que no hay lucha de generaciones (...) hay enfrentamiento social, que es muy distinto, y que pueden estar en la misma barricada de ese enfrentamiento (...) los de 60 y jóvenes de 20 (...) No hay querella de generaciones". Ha sido esta línea la que se traspasado, poniendo como problema generacional un problema de lucha de clases y la renuncia a la revolución socialista.

 

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Viernes, 28 Septiembre 2018 06:10

Tener necesidad de que la gente piense

Tener necesidad de que la gente piense

La catástrofe de la sociedad contemporánea es producir un tipo de relación con el mundo: la posición del espectador y la víctima. No se trata de ofrecerle nuevos contenidos, sino de salir de ella.

 

En La sociedad del espectáculo, un libro que desde su aparición en 1967 se ha convertido en clásico (es decir, un libro siempre contemporáneo), el pensador francés Guy Debord afirma que la verdadera catástrofe de la sociedad moderna no es un acontecimiento por venir, ni tan siquiera un proceso en marcha (cambio climático, etc.), sino un tipo de relación con el mundo: la posición de espectador, la subjetividad espectadora.


¿En qué sentido? El espectador no entra en contacto con el mundo, lo ve frente a sí. Desde un “mirador” (el espectáculo) que concentra la mirada: centraliza y virtualiza, separa de la diversidad de situaciones concretas que componen la vida. El espectador es incapaz de pensamiento y de acción: se limita al juicio exterior (bien/mal), a las generalidades y a la espera. Es una figura del aislamiento y la impotencia.


El espectador de Debord no ha quedado superado ni mucho menos por la “interacción” de las redes sociales: se ha convertido simplemente en el “opinador” de nuestros días, que siempre tiene algo qué decir sobre lo que pasa (en la pantalla), pero no tiene ninguna capacidad de cambiar nada.


El espectador es una categoría abstracta, no alguien en concreto. Es por ejemplo cualquiera que se relacione con el mundo opinando sobre los temas mediáticos, sin darse a sí mismo ningún medio adecuado para pensar o actuar al respecto. Cualquiera de nosotros puede colocarse en posición de espectador y también cualquiera puede salir. Esto es lo que nos interesa ahora. ¿Cómo salir?


El espectador embrujado


Acaba de aparecer en Argentina La brujería capitalista (Hekht libros), un libro de la filósofa Isabelle Stengers y el editor Philippe Pignarre que nos permite avanzar en estas cuestiones. Incluso por caminos diferentes a los de Guy Debord. ¿Qué quiero decir?


Para Debord, el espectador es un ser engañado y manipulado. Lo explica sobre todo muy claramente en sus Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, el libro que escribió en 1988. Stengers y Pignarre desplazan esta cuestión: no se trata de mentiras o ilusiones, sino de “embrujos”. Es decir: el problema es que nuestra capacidad de atención está capturada y nuestra potencia de pensamiento está bloqueada. Por tanto, la emancipación no pasa por tener o decir la Verdad, sino por generar “contra-embrujos”: transformaciones concretas de la atención, la percepción y la sensibilidad.


Veamos esto más despacio. El espectador queda atrapado una y otra vez en lo que los autores llaman “alternativas infernales”. Por ejemplo: o bien se levantan vallas altas y picudas, o se producirá una invasión migrante. O bien se bajan los salarios y se desmantelan los derechos sociales, o las empresas se marcharán a otro lugar con el trabajo. Aislado frente a su pantalla, el espectador es rehén de la alternativa entre dos males. ¿Cómo escapar?


No se trata de “crítica”. De hecho, el espectador puede ser muy crítico, asistir por ejemplo indignadísimo -como todos nosotros hoy- al espectáculo de la corrupción, gozar viendo rodar las cabezas de los poderosos, etc. Pero eso no cambia nada. Seguimos en la posición espectadora: víctimas de la situación, reducidos al juicio moral, a las generalidades (“son todos corruptos”, la “culpa es del sistema”) y a la espera de que alguien “solucione” el problema.


Salimos de la posición espectadora cuando nos volvemos capaces de pensar y actuar. Y nos volvemos capaces de pensar y actuar produciendo lo que los autores llaman un “agarre” o un “asidero”. Es decir, un espacio de pensamiento y acción a partir de un problema concreto. En ese momento ya no estamos frente a la pantalla, opinando y a la espera, sino implicados en una “situación de lucha”. Tanto hoy como ayer, son esas situaciones de lucha las que crean nuevos planteamientos, nuevos posibles y ponen a la sociedad en movimiento.


Sin pensamiento ni creación es imposible que haya ningún cambio social sustancial y el mal (la corrupción o cualquiera) reproducirá más tarde o más temprano sus efectos. En ese sentido, en tanto que bloquea el pensamiento y la creación, la sociedad del espectáculo es una sociedad detenida, un bucle infinito de los mismos problemas.
Situación de lucha


No se abre una situación de lucha porque se sabe, sino precisamente para saber. No se crea una situación de lucha porque hayamos tomado conciencia o abierto finalmente los ojos, sino para pensar y abrir los ojos en compañía. La lucha es un aprendizaje, una transformación de la atención, la percepción y la sensibilidad. El más intenso, el más potente.
Los autores ponen varios ejemplos: por ejemplo, la lucha de los medicamentos anti-sida. En 2001, 39 empresas farmacéuticas mundiales, sostenidas por sus asociaciones profesionales, abren proceso contra el gobierno sudafricano que garantizaba la disponibilidad a costo moderado de medicamentos para el sida. La alternativa infernal entonces decía: o hay patentes y precios altos, o es el fin de la investigación. El progreso tiene un costo y un coste.


Pero las asociaciones de pacientes de sida salen de su papel de víctimas y politizan la cuestión que les afecta: investigación, disponibilidad de los medicamentos, derechos de los enfermos, relación con los médicos. Piensan, crean, actúan. Suscitan nuevas conexiones con asociaciones humanitarias, otros afectados, empresas farmacéuticas sensibles, Estados favorables como Brasil, etc. Porque el mapa de una situación de lucha (los amigos y los enemigos) nunca está claro antes de que se abra, sino que esta lo redibuja. No hay “sujeto político” a priori, la situación de lucha lo crea.


La alternativa infernal pierde fuerza y los industriales acaban retirando su demanda. No porque los afectados les hayan opuesto buenos argumentos críticos, sino porque han creado nueva realidad: nuevas legitimidades, maneras de ver, sensibilidades, alianzas. En una situación de lucha, nos dicen los autores, los diagnósticos críticos son “pragmáticos”, es decir, inseparables de la cuestión de las estrategias y los medios adecuados. En definitiva, de las alternativas infernales se sale sólo “por el medio”: a través de situaciones concretas, por medio de prácticas, desde la vida.


Podemos pensar en el mismo sentido las luchas de los últimos años: desde la PAH hasta YO SÍ Sanidad Universal, pasando por los movimientos de pensionistas y de mujeres. Una situación de lucha es el “intelectual” más potente: no sólo describe la realidad, sino que la crea, suscitando nuevas conexiones, problematizando nuevos objetos, inventando nuevos enunciados. De hecho, los intelectuales-portavoces (nuevos y viejos) surgen muchas veces en ausencia de situaciones de lucha, para representar a los que no piensan.
Sin situaciones de lucha no hay pensamiento. Sin pensamiento no hay creación. Sin creación estamos atrapados en las alternativas infernales y espectaculares. La representación se separa de la experiencia social. Sólo quedan los juicios morales, las generalidades y la espera. El runrún cotidiano del espectáculo mediático y político, así como de nuestras redes sociales.


Que la gente piense


Hoy vemos crecer un poco por todas partes movimientos ultraconservadores. ¿Cómo combatirlos? La subjetividad a la que interpelan todos estos movimientos es la subjetividad espectadora y victimista: "el pueblo sufriente". La víctima critica, pero no emprende un proceso de cambio; considera a algún Otro culpable de todos sus males; delega sus potencias en “salvadores” a cambio de seguridad, orden, protección.


Escuchamos hoy en día a gente de izquierda decir: disputemos el victimismo a la derecha. Hagamos como Trump o Salvini, pero con otros contenidos, más “sociales”. Es una nueva alternativa infernal: hacer como la derecha para que la derecha no crezca. Un modo de reproducir la catástrofe que, como decíamos al principio, está inscrita en la propia relación espectadora y victimizada con el mundo.


En 1984, a una pregunta sobre qué es la izquierda, el filósofo francés Gilles Deleuze respondía: “la izquierda necesita que la gente piense”. A estas alturas me parece la única definición válida y la única salida posible. No disputarle a la derecha la gestión del resentimiento, del miedo y el deseo de orden, sino salir de la posición de víctimas. Que la gente piense y actúe, como se hizo durante el 15M, el único cortafuegos de la derechización que ha funcionado durante años en este país.


Dejar de repetir que “la gente” no sabe, que la gente no puede, que no tiene tiempo ni luces para pensar o actuar, que no pueden aprender o producir experiencias nuevas, que sólo pueden delegar y que la única discusión posible -entre los “listos”, claro, entre los que no son “la gente”- es sobre qué modos de representación son mejores que otros. Hay mucha derecha en la izquierda.


Que la gente piense: no convencer o seducir a la gente, considerada como “objeto” de nuestras pedagogías y nuestras estrategias. Abrir procesos y espacios donde plantear juntos nuestros propios problemas, tejer alianzas inesperadas, crear nuevos saberes. Aprender a ver el mundo por nosotros mismos, ser los protagonistas de nuestro propio proceso de aprendizaje.


Pensar es el único contra-embrujo posible. Implica ir más allá de lo que se sabe y empieza por asumir un “no saber”, arriesgarse a dudar o vacilar. Es el arte de liberar la atención de su captura y volcarla en la propia experiencia. Poner el cuerpo, precisamente lo que le falta a la posición de espectador, de tertuliano, de comentarista de la política, de polemista en redes sociales.


Seguramente necesitamos una nueva poética política. Por ejemplo, una palabra nueva para hablar de lucha, que asociamos muy rápidamente a la movilización, a la agitación activista, a un proceso separado de la vida, etc. Reinventar lo que es luchar. En realidad, una lucha es un regalo que nos damos: la oportunidad de cambiar, de transformarnos a la vez que transformamos la realidad, de mudar de piel. No hay tantas.


Una situación de lucha no es ningún camino de salvación. Así solo la ve el espectador, que se relaciona con todo desde fuera. Desde dentro, es una trama infinitamente frágil, muy difícil de sostener y avivar. Pero también es ese regalo. La ocasión de aprender, junto a otros, de qué está hecho el mundo que habitamos, de tensarlo y tensarnos, de probarlo y probarnos. Para no vivir y morir idiotas, es decir, como espectadores.

Amador Fernández-Savater
eldiario.es


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Fuente: http://www.eldiario.es/interferencias/izquierda-pensamiento_6_816878305.html

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China versus Estados Unidos. La guerra de los mundos

La adecuada comprensión del conflicto entre EEUU y China requiere descartar dos falsas interpretaciones: una, que se trata de una “guerra comercial”; otra que se genera por la personalidad peculiar del Presidente de Estados Unidos y que, además, va a contrapelo de los deseos en su propio país. Claro que Trump puede pesar y que el combate se inicia a partir decisiones económicas en su aspecto comercial. Pero el fundamento de la disputa es mucho más profundo y por lo tanto se trata de una cuestión que será duradera y que podrá manifestarse en otros aspectos además del comercial. El fondo del enfrentamiento es un conflicto insoluble sobre visiones o proyectos distintos del orden mundial que son incompatibles, aunque puedan llegar a convivir. Mientras la futurología de la trayectoria del conflicto está siempre abierta y difusa, es pertinente su análisis, que aquí toca solamente la visión de EEUU del mismo.

A pesar de la expresión “guerra comercial” que definiría el conflicto, Trump anunció, en diciembre pasado, los cambios en su política comercial. En el documento de la futura estrategia de Seguridad Nacional China es calificada como competidora estratégica y como un país que desafía los valores y la influencia de Estados Unidos. Trump anuncia que aplicará medidas comerciales contra sus rivales – es decir, China – que hacen violaciones en este ámbito. Pero el informe también acusa a Pekín de cuestionar las normas internacionales y manifestó la preocupación del fracaso de décadas de esfuerzos de Estados Unidos para permitir que China se integre en el orden internacional y se liberalizara. Los líderes del Partido Comunista de China fueron acusados de intentar extender las características del sistema autoritario del país, de robo de propiedad intelectual y buscar la expansión de su modelo de economía. En resumen, China fue acusada de país 'revisionista' que pretende modelar el mundo de acuerdo a sus valores e intereses que son diferentes de los norteamericanos – o sea, establecer un orden mundial diferente al diseñado luego de la Segunda Guerra Mundial por Estados Unidos. Así, lo que se debe entender es cómo la “guerra comercial” es en realidad para Estados Unidos un conflicto de Seguridad Nacional y de definición de Orden Mundial.


Se entiende que el orden mundial actual surgió de la Paz de Westfalia de 1648 que puso fin a la desgastante Guerra de 30 años en la cual prácticamente toda Europa se confrontó sin tregua. En realidad, era una continuidad de diversas confrontaciones que hacían parte de la vida cotidiana europea desde hacía siglos, que se venían agudizando fuertemente desde que Carlos de Habsburgo unificó gran parte del continente y procuró conquistar – mediante el proyecto de Monarquía Universal – el resto de Europa respaldado por la inmensa plata que extraía del recién conquistada América. Westfalia así sancionó el acuerdo que había sido una mera tregua en la Paz de Augsburgo (1555) entre católicos y protestantes que estipulaba Cuius regio, eius religió – a grosso modo “a tal rey, tal religión”. Es decir, el principio de no-intervención en asuntos internos de un Estado, concepto de soberanía que se considera — no sin controversias — está detrás el sistema moderno internacional de Estados-Nación. No que esto se haya respetado, en la práctica después de 1648; más bien lo contrario, no sólo se hizo más frecuente, sino también los conflictos se convirtieron de mayor envergadura en todos los sentidos hasta su ápice con la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas que, al transformar al siervo feudal en ciudadano-soldado en defensa de la “patria”, definió la transformación moderna de la soberanía de Westfalia como autodeterminación de los pueblos.


Entre Westfalia y la caída de Napoleón (1815) con generosidad conceptual podrían señalarse unos pocos Estados europeos en ese sentido moderno (Holanda, Inglaterra-Reino Unido, Portugal, Suiza). Desde entonces, el proceso se acentúa luego de sobrepasar el Sistema Mitternich acordado en el Tratado Viena entre los Ancien Régimes europeos que sólo consiguieron contornarlo hasta mediados del siglo XIX. Pero en el continente americano esa transformación social la inauguró Haití y tomó fuerza después en el resto de América Latina. Claro, el caso inicial fue Estados Unidos en 1783 cuyo pueblo había cortado la sujeción colonial británica. Así, el concepto del Estado-nación como expresión de un pueblo libre se encuentra íntimamente ligada a la visión de orden mundial estadounidense. Woodrow Wilson intentó aplicarlo en la fallida Liga de las Naciones después de la Primera Guerra Mundial y luego fue incorporado a la actual Naciones Unidas tras la Segunda. Según expresa la Carta de Naciones Unidas, todos los miembros son de “igualdad soberana” más allá de su tamaño o poder por lo que “nada puede autorizar la intervención en asuntos que son básicamente dentro de la jurisdicción doméstica de cualquier Estado”. Este concepto de “a cada pueblo, su Estado-nación” fue impulsado por EEUU en las descolonizaciones europeas y tras la caída de la Unión Soviética.


Pero la continuidad entre el concepto de orden mundial de Westfalia y el actual promovido por EEUU presenta una importante diferencia. Como observa, en su “Orden mundial: Reflexiones sobre el carácter de las naciones y el curso de la historia” (2014), el perspicaz Henry Kissinger Westfalia constituyó una acomodación práctica a una realidad: ningún Estado conseguía dominar al resto porque existía un control mutuo de todos los demás frente al que les amenace su existencia con su expansión (la “Razón de Estado” del Cardenal Richelieu). Es decir, el reconocimiento que existía un balance o equilibrio de poder entre los Estados europeos. Aquí, Kissinger apunta que no hubo una motivación moral detrás de Westfalia. Aquí entiende Kissinger que reside una diferencia crucial entre este proyecto de Orden Mundial europeo del que germinaría en el “Nuevo Mundo”: el Orden Mundial surgido desde Estados Unidos no reconocía enemigos y procuraba la convivencia pacífica entre todos los Estados.


Así, mientras el modelo europeo generó políticas externas calculistas en base al interés nacional, la política externa de EEUU sería fundamentalmente moral. En este aspecto, los estadounidenses se consideran diferentes al resto del mundo y portadores de una moral superior que deben preservar y extender por todo el planeta. El requisito de convivencia pacífica mundial para Estados Unidos no consistiría en un cierto equilibrio de poder, si no en la verificación de ciertos valores morales en las distintas sociedades. Dicho de otra forma, que las demás sociedades sean semejantes a su sociedad. Así, está dada “la frontera”; y más allá de ella se encuentra “un otro” que, por ser diferente, se convierte en “amenaza”. Esto porque entiende que su principal valor moral es la “libertad”. Un país “libre” tendría sus instituciones: democracia, libre-mercado, régimen republicano, libre-expresión… Los Estados que no las tienen, no son libres — y, por lo tanto, constituyen una amenaza para el país. Frente a este peligro, urge a Estados Unidos actuar para preservar y extender sobre el mundo sus valores, fundamentalmente, libertad.


Es decir, a diferencia de los Estados-nación europeos que, tanto antes como después de Westfalia, intervinieron sobre otros para colonizarlos, EEUU sólo lo hace por una cuestión de seguridad nacional para liberarlos de quién les impide ser libres. Por eso, como el propio Kissinger admite, Estados Unidos cuestiona la idea de no-intervención como amoral cuando un Estado sufre un dominio interno que reprime las libertades. Pero una vez logrado este objetivo, no pretende colonizarlos, si no retirarse para que estén en condiciones de adoptar las instituciones que representan la libertad. Estos conceptos y prácticas han sido constantes en Estados Unidos, desde el Discurso de Despedida de la Presidencia de Washington — que consideran la piedra fundamental de la política externa del país hasta hoy — pasando por Doctrinas como las de Monroe y de Truman, como también intervenciones como las de Cuba y Hawaii. Esto porque la preservación de valores americanos es mejor servida mediante el rol policial mundial de EEUU. Es el proyecto de Jefferson del Imperio de Libertad que plasma el concepto kantiano de libertad perpetua logrado mediante la continua expansión de un Estado dominando a los otros que, en carne y hueso, lo sufrieron los “indios” en la llamada “Conquista del Oeste” tomados prácticamente como parte de la naturaleza salvaje, a la par de los búfalos y el desierto, cuya mera existencia amenazaba el Destino Manifiesto de asentar la sociedad libre en su proyección hacia el océano Pacífico.


Así como sucedía con la antigua discusión marxista respecto a la posibilidad de existencia del socialismo en un sólo país, la expansión histórica arrolladora de Estados Unidos expresa el temor de la posibilidad del libre-mercado capitalista en un sólo país. Un sistema social alternativo — “el otro diferente” — a sus ojos constituye una amenaza porque su sola existencia puede derivar en la extensión de este orden social sobre el mundo colocando en riesgo la existencia de la sociedad libre estadounidense. Así, el lugar de los indios sería luego sucesivamente ocupado por las potencias europeas colonizadoras, los alemanes, los nazis y fascistas, los japoneses, los soviéticos-marxistas, el fundamentalismo islámico… Y, en las últimas dos décadas, en forma creciente, China.


Ya bajo Obama, las expresiones sobre que se aproximaba un inevitable conflicto con China para preservar el orden mundial liberal estadounidense eran grandes. Un caso es Michael Pillsbury que fue parte del grupo exclusivo de EEUU de Richard Nixon y Henry Kissinger que recompusieron las relaciones con China en 1971. Desde entonces, como él mismo expresa en su bestseller de 2015 The Hundred-Year Marathon, ha representado su país y tenido más acceso a documentación privilegiada china “que cualquier otro occidental”. Considera que, desde Nixon, los representantes de su país han querido a ayudar a una China víctima delimperialismo occidental a cualquier costo. Se considera parte de los que compraron la visión amistosa de los chinos creyendo que necesitaban tiempo para erguirse. Ahora, afirma Pillsbury, queda claro que “no quieren ser como nosotros”: “China ha fallado en satisfacer todas nuestras rosadas expectativas”. Afirma que China ha aprovechado toda la ayuda que desinteresada y gratuitamente EEUU le otorgó durante décadas en la forma de información sensible, tecnología, conocimiento militar, ayuda económica y comercial para que, en cambio, proseguir subrepticiamente su propio plan de cien años. Este consistiría en que el Partido Comunista Chinés en 2049, celebrando el Centenario de su Revolución, recoloque al país en dónde estaba hasta sufrir el siglo de humillación a partir de la Guerra del Opio en 1844 desde que Inglaterra y Francia iniciaron su desmembramiento: en el centro del mundo. Así, Pillsbury procura alertar a sus compatriotas, que en su orgullo creen que la aspiración de todo país es ser como Estados Unidos, acerca de que China viene acelerando el cumplimiento de su ambicioso proyecto, que también sería “el más sistemático, gigantesco y peligroso fracaso de inteligencia en la historia americana”.

Por Andrés Ferrari Haines, rofesor de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, Brasil. @Argentreotros. Colaboró en esta nota Betina Sauter

 

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"El socialismo no puede estar peleado con la libertad"

El expresidente de Uruguay ha sido protagonista de la Mostra de Venecia por partida doble: es el centro del documental El Pepe, una vida suprema, de Emir Kusturica, y se ha llevado a la ficción su cautiverio en La noche de 12 años

 

Sin dejar de llenar de agua su mate, o mejor, sin dejar de pedir que uno de los asistentes de su delegación lo hiciera, el veterano político Pepe Mujica recorrió el domingo muchas de las salas nobles del mítico Palazzo del Casinò, la vetusta sede de la Mostra de Venecia. Él mismo lo reconocía al inicio de su entrevista con eldiario.es. En un festival de cine se sentía "como perro en cancha de bochas", y si seguimos el consejo que nos daba -buscar el significado de la expresión rioplantense- sabremos que para él hablar con expertos en cine no era precisamente cómodo. "He venido por la amistad que me une con Kusturica. Me dijo que si yo no venía, él tampoco. Y como se ha dedicado media vida al cine, me parecía injusto. Pero me voy esta misma tarde, voy a huir", decía con media sonrisa.


El cineasta bosnio, artífice de Gato negro, gato blanco, ha retratado la vida diaria y el pensamiento político de Mujica en El Pepe, una vida suprema, un documental que se ha proyectado en la Mostra. Además, el director uruguayo Álvaro Brechner ha presentado también en el festival La noche de 12 años, un retrato de su cautiverio, mucho antes de llegar a ser presidente de su país. En este caso se trata de una ficción, y quien le da vida es el actor español Antonio de la Torre. En definitiva Mujica, de 83, que fue de los Tupamaros a la cárcel y de ahí a la presidencia, ha sido la estrella del fin de semana en Venecia, y a su alrededor se han arremolinado los medios de comunicación más importantes del mundo. Para hablar de socialismo, de la situación de América Latina y, por supuesto, de sus películas.


¿Quiso que el documental fuera un escaparate de sus ideas políticas?
No, no tiene nada que ver. En el período en que se hizo yo era presidente, en un país en el que no hay reelección. Ya tengo 83 años, no soy un pibe. Mi porvenir hay que contarlo cortito. Y soy muy consciente de eso. No, no. Hace muchos años me habían hecho una película, la primera vez que salí como legislador la pasaron en el Festival de Berlín. No tiene nada que ver con la comunicación política. Creo que el cine es un arte, pero hay cosas bastante profundas que yo no las transmitiría jamás con imágenes. Soy antiguo. En principio era el verbo, y creo en la magia alada de las palabras.


En estos días México se encuentra en plena transición política. ¿Qué consejo le daría a López Obrador?
México lindo y querido. Es el país de América Latina que ha dado más asilo. En 1940 recibió un millón de españoles, y a nadie se le ocurrió hacer manifestaciones. Tuve muchos compatriotas que en los años de dictadura vivieron en México. Como dijo Porfirio, “tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. Tiene una frontera maldita por la que pasa de todo, menos la esperanza. Y ahora toca la coyuntura de un presidente raro del otro lado. Pero creo que hay que respaldar a ese Gobierno, que intenta resolver el problema del narcotráfico. México pone los muertos y la lana va por otro lado. Vaya papel. Yo pediría que tengan paciencia y que acompañen al Gobierno. El Gobierno no puede hacer magia, pero creo que México ha tenido una reacción, está buscando la salida. Ojalá que no pierdan la oportunidad.


Y más al sur, Brasil. ¿Qué opinión tiene de Lula?
Lula es un personaje. De vez en cuando surgen tipos muy del pueblerío. Hizo una carrera sindical y la gente lo quiere. Mucha gente. Sobre todo sectores humildes de población. La gente... yo no tengo duda de que tiene necesidad de creer. En Brasil mucha gente lo apoya, cada vez más, por las cosas que está implementando el Gobierno actual. Como una reacción. Por ejemplo por su tentativa de ir a un derecho laboral que es anterior a 1930. Entonces creo que las medidas que está tomando el Gobierno hacen que la gente esté a favor de Lula.

 

¿Le ha decepcionado el socialismo en ciertos países? ¿En Venezuela? ¿Los países soviéticos?
Eso nunca fue socialista, eso fue estatismo. Que no es lo mismo. El hombre tiene siglos de vivir en comunidad. La revolución neolítica tiene apenas 10.000 años y la revolución capitalista tiene 300 años. Antropológicamente somos gregarios, no podemos vivir sin sociedad. Lo que pasa es que se ha confundido socialismo con estatismo, y con imposición. Están más cerca algunos indígenas del socialismo que lo que pasó en la Alemania oriental. Tengo una concepción autogestionaria, no estatista. El socialismo no puede estar peleado con la libertad.


¿Por qué cree que se ha convertido en un símbolo?

No soy yo, es la necesidad de la gente, que no tiene símbolos, no tiene cosa en qué creer. No tengo la culpa. Me agarran a mí como chivo expiatorio, porque los seres humanos somos utópicos. Necesitamos creer en algo. Y el tiempo moderno no nos deja creer en nada. Entonces aparece un símbolo y la gente... Yo no soy otra cosa que un viejo sencillo y sobrio, y planteo la sobriedad en la vida como bandera para concebir la libertad. Si tengo mucho compromiso económico tengo que vivir trabajando por la exigencia económica y no me queda tiempo para vivir. Si soy sobrio, vivo con lo justo y me queda tiempo para hacer las cosas que a mí me gustan. Que no son negocios. Hay que tener tiempo para los afectos, para las relaciones personales. La vida se nos va. No tiene sentido gastar la vida pagando cuentas, llenándose de cosas. No puedo arreglar el mundo, pero le puedo decir a los jóvenes que tienen la libertad en la cabeza, que no se dejen arrastrar. ¿Por qué? Porque viví muchos años preso, y el día que me ponían un colchón estaba contento. Y llegué a la conclusión de que las cosas fundamentales son muy pocas.


Vídeo El Pepe, una vida suprema en Venecia 75 - LOFT CINEMA

 

Por David Martos
El diario

@david_martos

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Jueves, 30 Agosto 2018 07:09

Populismo o liberalismo

Populismo o liberalismo

La autora plantea que lo que distingue las democracias liberales de los populismos no es la figura del líder ni sus ideales, sino lo que se esconde tras ellos, que es, exclusivamente, el sistema de reparto del plus de goce.

 

Los autores que abordan el tema suelen coincidir en un punto: lo que es nombrado como ‘populismo’ remite a un abanico muy amplio de posiciones que lo único que tienen en común entre sí es el hecho de presentarse como opuestos a los ideales de la democracia liberal (mantengamos ambos a distancia del neoliberalismo).

Hay aun otra diferencia entre populismo y democracia liberal. El populismo tiene, como particularidad, el hecho de caracterizarse por tener un líder fuerte. En este punto, caemos en la cuenta de que hay distinciones dentro de lo que llamamos ‘populismo’. Y, así, tenemos que hablar de ‘populismos’, en plural. Lo que distingue un populismo de otro es la especificidad relativa a esa función, es decir, el modo en que se ejerce el liderazgo. Mientras que el liberalismo acusa a los populismos de totalitarismos, debemos saber distinguir entre ciertos líderes que se constituyen con condiciones particulares que llevan a la transformación de la democracia en un totalitarismo y hay otros que, sin lugar a dudas, sostienen el fundamento democrático. Entonces, el acento de la disparidad entre populismos y democracia liberal debe pasar por el término ‘liberal’ y no por el de ‘democracia’, y debemos hablar con mayor rigurosidad, de democracia liberal o democracia popular.

La figura y función del líder es el cuestionamiento que la democracia liberal hace a la popular desde la idea de que ese jefe, que es cabeza del poder ejecutivo, se impone sobre los otros dos poderes del estado: el legislativo y el judicial. ¿Sobre qué se sustenta esta crítica? ¿Es posible que con ella estén olvidando que el presidente es el encargado del poder ejecutivo, es decir, el encargado de las acciones de gobierno, confundiendo así el ejecutar con un supuesto estar por encima de los otros poderes? ¿No es esa idea de caudillismo, acaso, una generalización peligrosa? Debería estudiarse el caso por caso.


Ubiquemos la posición desde la que, un líder, ejerce su liderazgo. Para Sigmund Freud, líder es quien ocupa el lugar del ideal del yo para un sujeto, haciendo que los individuos se identifiquen entre sí en su yo, a partir de tener un mismo ideal. El ideal, entonces, es lo que aglutina, lo que hace masa. Hoy en día, masa es un término muy depreciado. Pongámoslo en otros términos: lo que hace lazo social. (Y dejemos en suspenso el desarrollo de la idea de que hay distintos tipos de masa de la que solo una forma es lo que el populismo llama ‘pueblo’). Para Freud, solo deviene ideal aquel al que el sujeto le confiere el poder de tocar un punto muy arcaico y reprimido, que es del orden del valor del primer objeto de amor.


Algunos líderes toman un carácter despótico y feroz que los ubica, no del lado del ideal, sino del lado de lo que Freud llama el ‘padre de la horda’ (mito de una primera forma de organización social alrededor de un líder tiránico y cruel, poseedor de todas las mujeres y esclavizador de todos los hijos). Estos tipos de líderes, ocupan, más bien, el lugar de superyó (es el caso de los totalitarismos como el de Franco o Hitler). El psicoanalista Eric Laurent propone que también hay otro modo de realizar esa función que es la de ocupar el lugar del que encarna un ‘nombre’. Laurent habla de la “confianza inédita en un nombre”1 producto de un nuevo modo de amor, de un modo distinto de hacer lazo. La distinción entre la función de ‘ideal’ y la de ‘nombre’ es que en el segundo caso se trata de depositar la confianza en un nombre sin que se ponga en juego la carga libidinal que es el factor que hace de tapón a lo imposible estructural y hace de la masa, un grupo de fanáticos que no piensa sino que se deja llevar por los impulsos más bajos. Tal vez Eva Perón –quien se vuelve Evita– sea un ejemplo de este tipo de líder. También se puede pensar en otra forma posible de liderazgo sirviéndonos de la enseñanza de Jacques Lacan: una modalidad en la que el líder no se posiciona ni como ideal, ni como superyó, ni como nombre, sino como objeto causa de deseo. Gandhi o Martin Luther King pueden ser pensados como ejemplo de este modo de ejercer la función. Objeto causa de deseo que impulsa a expresar activamente la posición de los ciudadanos a participar en la vida cívica, a una toma de posición decidida respecto de la condición ciudadana. Deseo que no es de ‘ganas de’ sino de lo que a cada uno lo causa como aquello que le hace falta. Tal vez, cada líder singular encarne una, o más, de estas cuatro formas.

Veamos aun otro punto de oposición entre la democracia liberal y la popular. La preocupación depositada por el liberalismo sobre el populismo es que solo atiende las demandas de las mayorías, descuidando las de las minorías. Los populismos, en cambio, acusan a los liberales de exactamente lo contrario. Dónde hay que poner el acento es en el hecho de que, para la democracia liberal, el valor en cuestión es la noción de ‘las minorías’ desde las que se derramará hacia las mayorías, mientras que, para el populismo, el valor es la noción de ‘pueblo’ (que nombra a las mayorías, que son las clases más bajas) pero que no necesariamente excluye las minorías (por ejemplo, hay populismos, como es el caso de Argentina, que han legalizado el matrimonio igualitario, o el cambio de sexo, puesto en valor a los pueblos originarios, etc). Las minorías excluidas por el populismo son específicamente de un determinado tipo: son las que responden a lo que llaman ‘los ricos’, esas que para las liberales son aquellas que deben ser privilegiadas porque así derramarán sus ganancias, luego, sobre las mayorías (la concepción fordista de la economía).


En este sentido, lo que verdaderamente distingue populismos y liberalismo es el reparto de la riqueza. Así, hablar de gobernar para ‘las minorías’ o para ‘las mayorías’, en el fondo, remite a cómo se distribuye la riqueza, es decir, a quién retiene el plus de goce, o, en términos de Marx, la plusvalía.


Ahora bien, al menos en América Latina, el movimiento de traspaso de riqueza hacia las mayorías nunca se llegó a producir de no ser por la intermediación de la figura del líder. Sería interesante pensar la función de bisagra del líder que parece ser el operador necesario de la transferencia de goce hacia un sector amplio de la ciudadanía. ¿Qué hace que sea esta una condición determinante para el reparto más abarcativo del plus de goce?


Entonces, lo que distingue las democracias liberales de los populismos, no es ni la figura del líder, ni sus ideales, sino lo que se esconde tras ellos que es, exclusivamente, el sistema de reparto del plus de goce. Que el acento de la descripción se ponga en la figura del líder no es más que poner el énfasis en el operador de la transferencia. La partida se juega en otra parte.

Por Marcela Ana Negro, psicoanalista.


1: Laurent, E., “¿Un nuevo amor para el Siglo XXI?”, en El Caldero de la Escuela, Nueva Serie, N° 18, Año 12, Ed. Grama, Buenos Aires, p. 2.

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Martes, 21 Agosto 2018 07:21

El milagro boliviano

El milagro boliviano

El Deber es el periódico más vendido en Bolivia. Es un diario serio, clásico de las élites de Santa Cruz, el centro comercial del país. Su orientación es claramente conservadora. Expresa sin ambigüedad los intereses de la derecha tradicional cruceña.


El pasado 6 de agosto, 193 aniversario de la independencia boliviana y de la creación de la república, publicó en sus páginas una encuesta encargada a Captura Consulting. En ella se preguntó: Cuál presidente de la historia moderna de Bolivia generaba mayor admiración. La respuesta fue contundente: Evo Morales ocupó el primer puesto con 41 por ciento de las opiniones. Muy por debajo de él, con apenas 14 por ciento, quedó Carlos Diego de Mesa.


Al interpretar en el mismo rotativo el significado del sondeo, Diego Ayo, ¬ahora analista político, opositor furibundo del presidente Morales, ex viceministro de Participación Popular del gobierno neoliberal en Bolivia y funcionario de Usaid, respondió: Estamos frente a una suerte de leyenda, y eso hay que decirlo sin mezquindades. Evo ha significado la ciudadanización política del aimara, lo cual es un cambio paradigmático.
Fue el presidente Evo Morales quien me habló sobre el sondeo de El Deber en la entrevista que le hice en Cochabamba el pasado 10 de agosto. Estaba sorprendido. “Esa no es nuestra encuesta, es la encuesta de la derecha –me dijo–. Ustedes saben que algunos medios de comunicación no nos quieren para nada. Y, además de eso, es una encuesta realizada solamente en las ciudades y nuestra fuerza siempre han sido las áreas rurales”.


Para él, el mensaje de ese sondeo es muy preciso: el pueblo se plantea que es necesario continuar con nuestra revolución democrática y cultural. Explicó: Hicimos un gran cambio de un Estado colonial a un Estado plurinacional. Económicamente nacionalizamos los recursos nacionales, recuperamos las empresas. El pueblo quiere que Evo termine las grandes obras. La sociedad boliviana está moralmente conforme con su proceso de transformación.


Evo Morales asumió la presidencia el 22 de enero de 2006. Desde esa fecha, en buena parte como resultado de la conquista de su soberanía energética y la recuperación estatal de empresas estratégicas, la economía boliviana es una locomotora que no se detiene. En 2006, el producto interno bruto (PIB) era de alrededor de 6 mil millones de dólares y ahora es de más de 37 mil millones. En los recientes 10 años, la economía ha crecido en promedio anual de 5 por ciento, a pesar de la caída en el precio del petróleo y las materias primas. En 2014 aumentó 5.5 por ciento; en 2015, 4.9 por ciento; en 2016, 4.3 por ciento, y en 2017, 4.2 por ciento. En 2018 crecerá en torno a 4.8 por ciento.


“Cuando llegamos –me contó en Cochabamba– sólo se exportaba gas natural y se importaba gas licuado del petróleo (GLP). Ahora estamos exportando GLP. Tenemos dos plantas separadoras de líquidos y una planta de GNL (gas natural licuado). Ahora nosotros tenemos una planta de GNL y estamos acá preparados para exportar GNL a otros países vecinos, y no perdemos la esperanza de exportarlo a otros continentes. Antes se importaban fertilizantes y ya estamos exportándolos a Brasil. En temas de construcción de caminos, estamos integrando el oriente al occidente. Tenemos aeropuertos ya terminados y algunos por terminar. Hemos empezado con la industrialización. En el litio estamos invirtiendo cerca de mil millones de dólares. En el momento en que terminemos la industrialización del litio estoy convencido de que vamos a poner el precio del litio para el mundo, porque tenemos la reserva más grande del mundo. Hemos empezado a industrializar el hierro, ya no vamos importar hierro para la construcción.”


La riqueza generada ha servido para combatir la pobreza. Ésta se redujo a 36.4 durante 2017 frente a 59.9 de 2006. Su nivel histórico más bajo. A pesar del multilingüismo, la tasa de analfabetismo es ahora de solamente 2.7 por ciento, a diferencia de 27 por ciento de 1995. El cuarto lugar en América Latina. Entre 2005 y 2016 el coeficiente Gini de desigualdad bajó de 0.60 a 0.41.


A diferencia de épocas anteriores, la presidencia de Evo Morales se ha caracterizado por la estabilidad. Ha encabezado el Estado durante 12 años. No siempre fue así. “La historia cuenta que en 24 horas había tres presidentes –me dijo en Cochabamba–. Cinco años antes de mi llegada al gobierno, cada año había un presidente. En 2001, Hugo Banzer Suárez; en 2002, Jorge Tuto Quiroga; en 2003, Gonzálo Sánchez de Lozada; en 2004, Carlos Mesa, y en 2005, Eduardo Rodríguez. Así era la situación política del país”.


Como demuestra la experiencia boliviana, los milagros existen. Su proceso de transformación muestra que es posible seguir un modelo no neoliberal, que recupere la soberanía popular, descolonice el Estado, pague la deuda histórica con sus pueblos originarios y abra las puertas a la participación popular en las decisiones trascendentales de la nación.
Twitter: @lhan55

 

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¿Está en problemas Trump?: la pregunta de todos

Esta es la cuestión que todos los individuos y los grupos anti-Trump se preguntan hoy, con regularidad y en voz alta. Confían por supuesto en que la respuesta sea positiva, pero no tienen la seguridad de que obtengan tal respuesta.


Ésta es la pregunta que los simpatizantes de Trump y los políticos republicanos se hacen en privado, buscando reafirmación, y que la respuesta sea negativa.


Esta cuestión es debatida también por los políticos demócratas, confiando en obtener una respuesta positiva. No obstante, ellos lo discuten más públicamente que sus contrapartes del Partido Tepublicano.
Ésta es la pregunta que a la mayor parte de los analistas que busca una respuesta (que no esté influida por las preferencias políticas) les parece imposible ofrecer sin las evasivas que señalan múltiples incertidumbres.


Pero es también una cuestión ante la que los individuos, los grupos y los políticos de todas las franjas y todos los niveles de actividad tendrán que sacar una conclusión bastante pronto si quieren lograr sus objetivos en el relativo corto plazo. En particular porque se aproximan las elecciones de noviembre de 2018 en Estados Unidos, y es más y más difícil evadir una respuesta firme.


Finalmente es la pregunta que, quienes deciden en otros países, tienen que responder para poder elegir so pena de que la elección la hagan otros, y como tal el resultado no sea de su agrado.


En suma, es una cuestión imposible, pero también ineludible. De hecho, el mes de julio de 2018 ha sido un mes muy malo para Donald Trump, lo que me conduce a sugerir las vías por las que su futuro es mucho menos rosa de lo que él esperaría y desearía. La persona que probablemente más concuerda con esta afirmación, pero muy en lo privado, es el propio Donald Trump.


Un asunto público que lleva algún tiempo es si el gobierno ruso intervino de algún modo en las elecciones estadunidenses de 2016, actuando para ayudarlo a convertirse en presidente. Y, si lo hizo, ¿sabía Trump de esto y se coludió con sus acciones?


Varias cosas en julio hicieron la situación mucho peor para Trump. Hubo una reacción muy negativa por el hecho de que ocurriera una reunión personal, uno a uno; por el simple hecho de que ocurrió la reunión; por la descripción que hizo Trump del presidente Putin, de Rusia, que fue tan afable, y porque Trump parecía creer más en Putin de lo que e creyó a su propio personal de inteligencia.


La reacción fue tan fuerte y tan pronta que Trump se retractó de lo que dijo y de cómo lo dijo. Luego se desdijo de lo que se había retractado e invitó a Putin a visitar Estados Unidos. De nuevo la fuerte reacción popular fue muy fuerte pues parecía estar reafirmando su confianza en Putin.


Luego se retractó de la invitación, remitiendo la discusión en torno a ésta a un momento electoral posterior a 2018. La confusión causada por estas afirmaciones de aquí para allá incrementó el número de personas, dentro de varios de sus electorados, que antes le habían dado el beneficio de la duda y que ahora cesaron de hacerlo.


Peor aun, el reiterado alegato de Trump de que era falsa la noticia de una colusión con los rusos fue confrontado de repente con datos duros. Michael Cohen, hasta hace poco el ultra leal abogado de Trump, grabó en secreto sus conversaciones con Trump. Éstas parecen mostrar que Trump estaba consciente de pagos a prostitutas que aseveran que él durmió con ellas por un largo periodo. Cohen ya no está dispuesto a pagar el precio de una lealtad que no sea recíproca.


En el mismo mes, Trump asistió a una reunión de la OTAN de cabezas de Estado y gobierno. Ahí atacó abiertamente a casi todos los aliados tradicionales de Estados Unidos. Amenazó retirarse de la OTAN si no se conformaban a sus demandas.


Una vez más, abundó la incertidumbre acerca de qué es lo que haría. La Unión Europea (UE) respondió aceptando un gran cuerdo de mercado común con Japón, antes uno de los aliados más seguros de Estados Unidos. De modo semejante, Canadá respondió a los aranceles de Trump con unos contra-aranceles, como lo hicieron varios países de Europa occidental. Esto exacerbó las tensiones al interior de la UE entre los viejos miembros y los nuevos y muy nacionalistas miembros de Europa Oriental. Pero los europeos del este no estaban seguros de si podían confiar en que Trump los defendiera de lo que perciben como amenazas por parte de Rusia.


Los aranceles también molestaron a dos grupos estadunidenses de importancia. Uno es el de los agricultores cuyos productos se vieron directamente afectados por los contra-aranceles y por el incremento en el precio de sus productos donde todavía les permitieron venderlos sin aranceles.


Trump se vio forzado a asignarle fondos de asistencia a los agricultores. Los agricultores vieron esto como una medida de corto plazo que no se sostendrá en el plazo más largo. Y los pagos de corto plazo molestan a las facciones ultra-derechistas del partido republicano. Trump se halló entonces sitiado en varios frentes a la vez. Y estos varios grupos están menos seguros que nunca de que puedan contar con que Trump enfatice sus preocupaciones primordiales.


En ese momento, de manera muy inesperada, Trump se reunió con Jean-Claude Juncker —que hablaba por la UE. Acordaron posponer todos y cada uno de los nuevos aranceles hasta después de las elecciones de 2018.


En efecto, Trump abandonó, por el momento, la acción más seria que intentaba. A cambio, recibió una concesión menor de parte de la UE en lo relativo a la soya. Trump lo proclamó como una victoria. Para mí se lee como una derrota, una que Trump tuvo que pintar de otro color.


Si esto no fuera lo suficientemente preocupante, un juez federal permitió que continuara en la corte una peligrosa demanda para Trump. La demanda argumenta que la así llamada cláusula de emolumentos de la Constitución, diseñada para contrarrestar la corrupción, estaba siendo violada por las ganancias y ventajas que Trump recibía a través de sus propiedades, cuando estas propiedades las utilizaron gobiernos extranjeros.


La demanda seguirá por muchos años. Pero el efecto de esto será forzar a Donald Trump a revelar muchas de sus entradas personales, como parte de su defensa, así como las de su familia. De la misma manera podría forzarlo a publicar sus declaraciones fiscales.


Entretanto, Trump mantiene que la desnuclearización de Corea del Norte procede bien. Sin embargo, todo lo que tiene para mostrar es el retorno de los restos de cuerpos que se perdieron en la guerra.


En Irán, Trump sigue amenazando con guerra, y dice que intenta renunciar al acuerdo firmado por Estados Unidos, pese al hecho de que los términos del acuerdo son menos porosos que cualquier cosa que busque hacerle firmar a Corea del Norte. ¿Se involucrará realmente Trump en acciones militares? Incluso los israelíes están dudosos, pues intentan crear una situación que lo fuerce a dejar de parlotear. Alardear en política exterior no es la propuesta de alguien que va ganando. Revela debilidad, algo que Trump aborrece.


El resultado más positivo para Trump puede ser algo negativo. Decidió entrar a las primarias republicanas y respaldar candidatos, que luego tendrían que competir a favor de Trump. Su respaldo ha hecho posible que los candidatos de la ultra-derecha ganen. Muchos analistas, incluidas figuras del establishmentrepublicano, se preocupan de que la consecuencia sea que gane algún candidato demócrata a senador, representante o gobernador.


El fondo del asunto es que las acciones reales de todos los actores estarán basadas en cómo aprecian la fuerza de Trump y no en su retórica. En julio de 2018, Trump vociferó con su retórica y fue dudoso en la acción. En un mes o dos más, si esto continúa (y hay todas las probabilidades de que así sea), lo negativo avasallará las pretensiones.


La pregunta final será entonces: si Trump realmente está en aprietos, ¿quién se beneficia?


Traducción: Ramón Vera-Herrera

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Un hombre puede –y debe– ser feminista

Sí. Un hombre puede –y debe– ser feminista. Por supuesto, debemos serlo en el marco que entiende al feminismo como una lucha por la igualdad para mujeres y hombres, erradicando la opresión, la explotación y el sexismo que ellas llevan sufriendo histórica, social y culturalmente a lo largo de los siglos. Pero debemos hacerlo desde la posición que nos corresponde: un papel secundario en una lucha que jamás debemos liderar ni pretender comprender del todo –porque no hemos vivido en nuestras carnes lo que significa ser mujer–, en la que debemos trabajar de forma activa no para ser vistos ni aplaudidos por nuestra descubierta sensibilidad, sino para reconstruirnos a nosotros mismos desde el feminismo, entendiendo que es un proceso que jamás estará completo, porque estaremos constantemente aprendiendo.

De ahí que el hecho de ser feministas no nos convierte ni de cerca en líderes de opinión ni en cabecillas del feminismo. Sería lo mismo que una persona heterosexual pretendiese liderar las reivindicaciones del colectivo LGTBIQ… ¡Imposible! Primero, porque a pesar de su magnífica sensibilidad y empatía, jamás sabrá lo que es sentir miedo de decir “te quiero” o “me gusta esa persona”, o de ir de la mano por la calle con la persona que quiere sin preocuparse por el sitio, la hora o si hay más gente o no; segundo, porque jamás ha sentido ni vivido dentro de su cuerpo las sensaciones, pensamientos o emociones de una persona del colectivo, que no es que sean distintas, pero muchas se viven de forma diferente; tercero, porque no ha sentido la presión de ocultarse o de esconder sus sentimientos… Y podría seguir, pero creo que queda claro el concepto: podemos ser feministas, pero como aliados de la causa; con la idea certera y convencida de que somos apoyo en una lucha que, si bien nos interesa y nos beneficia como personas y como sociedad, no es nuestra y nunca lo será. Al menos no en exclusiva.

Los hombres tenemos algunas ventajas adquiridas simplemente por el hecho de ser leídos socialmente como hombres, por mucho trabajo de equidad que se esté haciendo desde distintos ámbitos de la sociedad. Todavía recuerdo el impacto que me provocó el testimonio de un hombre trans que, desde que comenzó a hormonarse con testosterona, ya no sentía miedo al ir por la calle de noche, porque el temor a una violación se desvanecía simplemente por el hecho de ser hombre. Eso nos demuestra la inmensa labor que tenemos por delante.

Esos privilegios de los que hablábamos podemos constatarlos en muchas experiencias: más libertades para chicos que para chicas, que ellas deben cuidarse más y ser más delicadas, no porque necesariamente lo sean, sino porque es lo que se supone que deben ser; más peligros para ellas en un sistema que permite sin pudor la cosificación de las mujeres, su explotación sexual, donde la prostitución está instaurada como una institución y que, además, es incapaz de erradicar la mutilación, la violencia, el asesinato sistemático, el acoso sexual, entre otras. Pero también se ve en el entorno laboral, en el universitario, en las salidas profesionales, en las carreras escogidas, en el cine, la televisión, los museos, la literatura… Y también lo palpamos en la sociedad y en esos arraigados estereotipos que persisten pese a todos los esfuerzos.

Sobre todo quedan en evidencia en la negación del machismo vigente, en la simulada ignorancia de quien dice no comprender la importancia del lenguaje, de los comportamientos sociales, de la publicidad y de los medios de comunicación en todo esto. Y más visibles son esos privilegios cuando hay personas que hablan de feminazismo como una corriente real, o de la imposición de la ideología –o últimamente también llamada dictadura– de género, una idea aberrante que no hay cómo cogerla, difundida con la única intención de minar, despreciar y desdibujar el motivo por el que estamos aquí: el fin de la opresión machista y del heteropatriarcado.

¿Suena apocalíptico? Seguro que más de alguien ha sentido correr un sudor frío por la espalda. Pero, si quitamos el populismo barato y la visión terrorífica de este motivo que nos ocupa, nos quedamos con algo que realmente no debería tener ningún tipo de contestación: la igualdad y el respeto a los demás sin importar su origen, su expresión, su ser. Es decir, una sociedad en la que los seres humanos tengamos las mismas oportunidades y derechos. Es así de sencillo.

El primer paso para ser un hombre feminista, entonces, es aprender que la lucha no es nuestra y apoyarla. Después, vendría el largo y eterno proceso de desaprender los estereotipos, deshacerse de los privilegios y de enfrentarse a todo lo que se supone y se espera de nosotros por el simple hecho de ser hombres. Y el camino para conseguirlo está precisamente al lado de las mujeres, aprendiendo de ellas y, a través del cuestionamiento interno y compartido, replantearnos todo el sistema vigente para construir uno más equilibrado e igualitario.

 

http://tomasee.blogspot.com

 

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Las potencias industrializadas también lideran la economía digital

La tecnología ‘on-line’ está transformando a pasos agigantados los estilos de vida y reseteando los negocios. Los países nórdicos, EEUU, Japón, Alemania, Reino Unido y economías de altos niveles de renta, como Suiza o Singapur cobran ventaja. Mientras China avanza a velocidad de crucero. España figura entre las naciones con potencial, pero sin billete de primera en el tren de la digitalización.

 

La Cuarta Revolución Industrial, el Internet de las Cosas (IoT), descubre un suculento pastel. De nada menos de 42.000 millones de dólares, según Morgan Stanley, cuyos expertos auguran alzas anuales de entre el 15% y el 18% hasta 2020. Sólo en el estadio inicial del cambio de paradigma industrial, el del proceso de robotización y la inserción de las capacidades de innovación técnica de transmisión de datos, en el que las firmas que han dado ese salto han elevado del 8% al 18% sus gastos de capital en el último lustro. Pero, ¿en qué situación se encuentra esta reconversión hacia la industria on line? Varios rankings internacionales arrojan luz sobre esta cuestión.


Quizás uno de los estudios de mayor prestigio en este terreno sea el Digital Planet, elaborado por la Fletcher School -Tufts University- y Mastercard y cuyo Índice de Evolución Digital (DEI) de 2017, publicado en la prestigiosa Harvard Business Review, ofrece una panorámica de precisión sobre su calado transformador, veinte años después de que Sergey Brin y Larry Page registraran el dominio google.com y once desde que Steve Jobs presentara en sociedad, en San Francisco, el iPhone.

El top ten de su DEI lo integra Noruega, Suecia, Suiza, Dinamarca, Finlandia, Singapur, Corea del Sur, Reino Unido, Hong-Kong y EEUU. Con las cuatro grandes economías del euro algo más relegadas: Alemania en el puesto 17; Francia, en el 20, España, en el 25 e Italia, en el 34.


Las fintech españolas están en disposición de emular a Nora, la aplicación de Nordea -el mayor banco escandinavo por volumen de activos-, que orienta desde el año pasado las carteras de inversiones de cada cliente en función de su asunción de riesgos, su patrimonio y su capacidad de ahorro, gracias a sus sofisticados procesos de Inteligencia Artifical, algoritmos, economics analytic y automatización de datos.
De igual modo que la industria aeroespacial hispana podría abordar la fabricación de micro-drones para usos civiles con herramientas de computerización innovadoras que satisfagan las demandas de conglomerados logísticos y de distribución como Amazon. O firmas de servicios con experiencia en gestión de autovías, ferrocarriles y estaciones o aeropuertos ser pioneras en controles de pasajeros y mercancías plenamente automatizados.


Al fin y al cabo, la transmisión y análisis de datos corren como la espuma por el universo digital. En 2016, se mandaron 81 billones de e-mails por segundo, el servicio de mensajería WhatsApp superó los 50.000 millones de envíos diarios y el gigante chino Alibaba de comercio electrónico gestionó más de 175.000 transacciones al día. Son ejemplos del itinerario por el que transita la Industria 4.0; un tren que transita a alta velocidad. Con el flujo de datos por bandera. En varios de sus segmentos productivos más ilustrativos. Pero los botones de muestra surgen por doquier.


Pero la gestión de la digitalización en la industria española, en tiempos recientes, no ha tenido un respaldo activo desde la Administración. Sumida como ha estado, en una legislatura y media con recortes en I+D+i que han ensanchado, todavía más, la brecha digital con los países de su entorno. Desde la Secretaría general de Industria y de la PyME, que dirigió hasta el cambio de gabinete Begoña Cristeto. Su última convocatoria de ayudas, para 2017, a firmas industriales apenas ascendió a 70 millones de euros; en forma de préstamos a 10 años a tipo de interés fijo referenciado al Euribor.


Gran parte de ellas enfocadas a proyectos para soluciones de negocio o al desarrollo de plataformas colaborativas, a robótica avanzada, tratamiento masivo de datos, sistemas embebidos o fabricación aditiva. Fondos adscritos al programa Industria Conectada 4.0. Pero, además, la iniciativa de asesoramiento Activa, a la que se acogieron casi 200 empresas, ha movilizado 2 millones de euros: la mayor parte, 721.685 euros, a cargo del ministerio. Casi los mismos recursos (700.705 euros) que aportaron los gobiernos regionales.


Pero, según expertos en digitalización, España “adolece aún de cualquier conato de multinacional digital, si tenemos en cuenta que Telefónica, líder del sector privado en inversiones en innovación, es operadora de servicios, no una auténtica tecnológica”. El cambio de estructura gubernamental, que ahora entrega la Ciencia y las universidades al ministro Pedro Duque, “es una señal hacia la senda más adecuada, aunque sólo si se corrobora que se multiplicarán los recursos a la investigación y se pone en marcha algún tipo de instrumento con ventajas fiscales y laborales para atraer el talento que emigró del país con la crisis”, dice una fuente del sector innovación.


Otro de los barómetros de mayor reconocimiento global es el de Acatech. Su última versión, de 2017, certifica la condición de Alemania, cuna de la Industria 4.0, como abanderado innovador europeo, si bien constata una cierta parsimonia en su reciente evolución hacia la digitalización. La Academia Nacional Alemana de Ciencia e Ingeniería advierte que la locomotora alemana se codea con los líderes en innovación (mantiene el cuarto puesto de años precedentes), aunque no logra las cotas de digitalización industrial, científica, educativa y en inversiones de I+D+i del entramado público-institucional; en especial -dice Acatech- en las infraestructuras digitales, que han experimentado un retroceso respecto a los grandes rivales internacionales.


Alemania se ha dejado rebasar en la escala de valor industrial de su sector privado por Reino Unido, con Japón en investigación y con China en estrategia de innovación y, en general, ha ralentizado su avance en la búsqueda y uso de nuevos modelos de negocios digitalizados. El del World Economic Forum (WEF) también tiene su particular ranking de innovación. El último, del bienio 2016-17, sitúa a Suiza como el más fértil ecosistema de innovación, gracias a la mezcla de políticas e infrestructuras con climas propicios para la digitalización, un sistema académico excelente con capacidad selectiva para atraer talento y unas multinacionales que abanderan sus sectores productivos.


A ello, une una red de pequeñas y medianas empresas con reputación por sus elevados grados de calidad en innovación. Singapur es el segundo clasificado. Esencialmente, por el fuerte desarrollo tecnológico, la solvencia de sus cursos formativos, la alta eficacia de sus mercados y sus infraestructuras. En tercero en discordia es EEUU. El WEF destaca su renovada competitividad, la sofisticación tecnológica de su sector privado, la fortaleza y la dimensión de sus mercados y la habilidad para encauzar la oferta educativa a las demandas empresariales. España surge en el puesto trigésimo segundo; es decir, gana un peldaño respecto al diagnóstico precedente del WEF.


Sin embargo, otro ranking de la fundación que creó y gestiona el foro de Davos -más específico sobre la Cuarta Revolución y las innovaciones en ingeniería, el Networked Readiness Index (NRI), deja el siguiente ranking de liderazgo industrial, con las pertinentes valoraciones en una escala entre el 0 y el 7: Singapur (6,04); Finalndia (5,96); Suecia (5,85); Noruega (5,83); EEUU (5,82); Holanda (5,81); Suiza (5,75); Reino Unido (5,75); Luxemburgo (5,67) y Japón (5,65).


El WEF confirma el retroceso de Alemania, que queda relegada al puesto decimoquinto, y el gran salto de China, que escala hacia las potencias digitales. Por delante de la totalidad de sus rivales emergentes y de los países en desarrollo, que pierden irremediablemente terreno en los últimos ejercicios económicos. La sociedad y las empresas chinas están cada vez más enchufadas a la Red y al e-commerce.


Alemania: germen de la Industria 4.0


El término Industria 4.0 se achaca a Henning Kagermann, responsable de Acatech, que lo acuñó en 2011 para describir el inicio de una iniciativa gubernamental de renovación de la política de innovación industrial.
Desde el nacimiento del concepto Industria 4.0, emporios como BASF, Bosch, Daimler, Klöckner & Co, Trumpf o Deutsche Telekom iniciaron un camino de no retorno. Al que se unieron, algo más tarde Siemens o, fuera de Alemania, General Electric y, casi sin excepción, las principales marcas de automoción.


Hasta contabilizar alrededor de 2.000 compañías de 26 naciones, que fueron catalogadas por centros de investigación como líderes en economía digital, en los albores de 2016. EEUU, Japón, China, Reino Unido y los países nórdicos acompañan a la locomotora de la UE en la carrera digital, que ha dejado atrás la tercera revolución, la era de la informática, más propia de la segunda mitad del siglo pasado, que siguió a la primera, la mecánica, del Siglo XVIII, y a la segunda, de la proliferación de la energía eléctrica, fechada entre finales del XIX y principios del XX.


Aunque otros poderosos mercados emergentes como India, o tradicionales potencias industrializadas como Holanda y economías con férreos lazos entre su industria y sus bancos -Suiza-, también se han incorporado a esta carrera competitiva. Klaus Schwab, fundador del (WEF) explica que, “contrariamente a otras revoluciones industriales, la 4.0 involucra cambios exponenciales, no lineales, que afectan no sólo al qué o el cómo hacer las cosas, sino también a quiénes somos”. En su opinión, “estamos ante un hito histórico sin precedentes, por la velocidad, el alcance y el impacto de esta fusión tecnológica que está superando las barreras entre las esferas física, digital y biológica”.


No hay parangón en cuanto a la promoción de la prosperidad global de esta Cuarta Revolución Industrial en relación a las tres anteriores, proclama el impulsor de la cumbre de Davos. Trumpf es un buen botón de muestra del salto industrial made in Germany. La metalúrgica, que factura 3.200 millones de dólares en ventas anuales y emplea a más de 10.000 trabajadores en todo el mundo, activó en 2015 Axoom, su aplicación corporativa para fijar, entre otras tareas, fechas de entrega de pedidos y de trabajos de instalación de sus operarios, o para predecir en qué momento sus maquinarias precisan recambios concretos.
Fue una de las primeras firmas en entender que el IoT establece ganadores o perdedores en función de si controla o no sus propias plataformas digitales, el estrato informático sobre el que se combinan toda clase de dispositivos, datos y servicios para diseñar ofertas que fidelicen clientes o sirvan de gancho a nuevos usuarios.


Es como si el juego de las máquinas y equipamientos se hubiera transformado: la construcción ya no es lo más importante. Tiene su coste y su esfuerzo, obviamente, pero resulta incomparable con el valor de factores intangibles como la información combinada de datos que facilita nuevos negocios, para más compradores y con sello de servicios de alta calidad digital.


Alemania, pues, parece haber jugado un buen primer tiempo en la contienda industrial 4.0, el del viaje hacia la digitalización. O, dicho de otra forma, la gran potencia europea ya dispone de un gran censo de fábricas automatizadas -robotizadas- que producen bienes y servicios inteligentes. Sin embargo, ciertos temores culturales a la pérdida de privacidad de datos personales y a la propia e incierta dinámica de la economía on line -cuyo caso más visible es el escándalo de emisiones de CO2 del grupo automovilístico Wolkswagen-, ha ocasionado un cierto retardo en el reto de construir plataformas de negocios inteligentes, según el último informe de situación de Acatech.


Duda que aprovechan Apple y Google y otros gigantes americanos con presiones a la industria de automoción, por ejemplo, para que instalen sus sistemas operativos. “Nos piden cederles la soberanía sobre nuestros datos”, alerta Wilko Stark, estratega jefe de Daimler. Algo similar a lo que le ocurre a Samsung, cuyas ventas de smartphones están limitados por su dependencia de Android, el sistema operativo para móviles de Google.


“Quien controle las plataformas, será el dueño del futuro”. Palabra de Kagermann, el inspirador del concepto Industria 4.0. Este es el desafío que traslada Sillicon Valley a las blue chip, estables, pero chapadas a la vieja economía. Y no todas las firmas de la poderosa industria alemana han tomado nota de ello. Bosch, Trumpf o Siemens disponen ya de sistemas operativos dominantes que ofrecen a otras empresas para ayudarles a crear nuevos servicios. Incluso Deutsche Telekom ha puesto en el mercado Qivicon, su plataforma inteligente que rivaliza con Apple y Google. Pero en la industria automovilística, BMW, Daimler, Audi o el conglomerado Volkswagen aún usan la tecnología de lectura de mapas que adquirieron hace un decenio a Nokia, mientras Tesla acapara patentes de cada movimiento de desarrollo de sus vehículos eléctricos inteligentes.


China: el competidor emergente


Si Alemania representa el nacimiento de la Industria 4.0, EEUU el mercado de las grandes firmas tecnológicas y la marca-país de las plataformas de negocios y Japón, el liderazgo de la robótica, China es, sin duda, el mercado con mayor potencial y dinamismo a la hora de adoptar el recetario digital.La planificación del régimen de Pekín ya ha emprendido políticas de modernización en nueve áreas industriales; entre otras, la siderometalúrgica, la naviera o la petroquímica.


Con motivo de los cambios de modelo productivo que precipitó la crisis de 2008. Fue al inicio de la década actual. A esa incipiente estrategia oficial se unieron de inmediato otros siete sectores, desde la biotecnología a las energías alternativas y, desde 2015, cuando se anunció el ambicioso proyecto Made in China 2025, segmentos de más alta tecnología y de mayor sensibilidad para la seguridad nacional como el aeroespacial o la de nuevos materiales. Esta evolución deja datos sorprendentes. Como que la tercera parte de los 262 startups globales que han alcanzado la consideración de unicornios son chinas y acaparan el 43% del valor de estas firmas. O que sus gigantes tecnológicos tuteen en beneficios e ingresos a sus contrincantes estadounidenses, europeos o japoneses. Alibabá, Baidu, Tencent o BAT operan con sus propios ecosistemas digitales.

Al calor de la laxitud regulatoria y de las inyecciones financieras de Pekín. Aunque también del boom del consumo ciudadano, que roza los 800.000 millones de dólares en Internet, -once veces el gasto de e-commerce estadounidense- y la inversión empresarial: el capital riesgo tecno-digital se ha encaramado al top-three mundial, con más de 77.000 millones de dólares en el trienio 2014-16, el 19% del total. Un compendio de iniciativas que han dejado a sus actores un superávit de servicios digitales de 15.000 millones de dólares en los últimos cinco años y que ha reducido la brecha 4.0 respecto a las potencias industrializadas con incrementos de productividad, gracias a la adopción masiva de tecnología y negocios on line (China ha pasado de estar 4,9 veces menos digitalizada que EEUU en 2013 a 3,7 en 2016) que le ha reportado una demanda digital superior a la de Brasil y Corea del Sur.


El trampolín hacia los mercados digitales


La Cuarta Revolución Industrial ya está en marcha. Sectores como el metalúrgico, el aeroespacial o el automovilístico rezuman innovación 4.0. Pero también se vislumbra este cambio de paradigma en la fulgurante robotización en Japón; en las plataformas de negocios de las tecnológicas americanas o en el espectacular salto digital de China. Muestras de que las escalas de valor de las empresas, la productividad o la naturaleza laboral cambian a velocidad de vértigo.


Cualquier usuario del aeropuerto de Oslo supera desde hace meses los controles de pasaportes, los arcos metálicos de seguridad, el embarque y la recepción de equipaje o la identificación de cada viajero en el punto de acceso definitivo a la aeronave con sistemas táctiles y oculares, sin vestigio de contacto directo con ningún empleado. La gestión de las instalaciones del aeródromo con mayor tráfico aéreo de Noruega está completamente computerizadas.


Así es la economía digital y, dentro de sus múltiples variantes, la llamada Industria 4.0, el nuevo paradigma de los sectores vinculados a las manufacturas, la automoción o el sector aéreo. Las compañías que han adoptado sus procedimientos empresariales y métodos de innovación han transformado de manera diametral, durante los años de la post-crisis económica, sus cadenas de valor. Mediante la integración de una extensa variedad de utensilios, aplicaciones y recursos tecnológicos. Desde impresoras 3D hasta la robótica. Pero, sobre todo, a través de una persistente automatización de los fulgurantes avances informáticos (en especial, en software) y la integración de procesos de tratamiento de datos (Big Data), fórmulas algorítmicas y cálculos de economic analytics. Un esfuerzo imprescindible para abordar con éxito los mercados digitales de bienes y servicios manufacturados.


En definitiva, estos actores industriales -muchos unicornios, firmas que han rebasado los 1.000 millones de dólares de valor, pero también consorcios de larga tradición-, se han adentrado en la Inteligencia Artificial. Usan plataformas on-line y ecosistemas empresariales propicios para el desafío de adecuarse, primero, y satisfacer, después, la demanda de sus clientes. Casi en tiempo real. Porque no tienen reparo -sino todo lo contrario- en asumir nuevos modelos de negocio, en transformar sus estructuras corporativas y en movilizar constantemente a su capital humano y tecnológico.


De igual forma que se afanan en encontrar nuevos protocolos de gestión o perfilar una reorganización de su logística o de sus transacciones financieras para agilizar envíos. Incluso buscan fórmulas imaginativas para atraer talento o formar habilidades técnicas. Siempre en aras de ganar eficacia y celeridad y con la meta de acomodar su producción a la alta competitividad de la era digital.


Tampoco sus equipos directivos están exentos de responsabilidad, porque sus decisiones se someten al escrutinio de la productividad y de la cuenta de resultados.Crece rápido o muere lento es uno de sus lemas más elocuentes. Tesla responde a esta máxima. El fabricante de coches inteligentes por excelencia, una de las enseñas empresariales de Elon Musk, superó el pasado ejercicio a Ford o General Motors en capitalización bursátil. Adaptarse a los cambios o desaparecer. Esa es la cuestión. Porque, como alerta John Chambers, presidente de Cisco Systems, “al menos el 40% de los negocios actuales perecerá en los próximos diez años si sus directivos no son capaces de averiguar cómo realizar una conversión de arriba a abajo en sus compañías para adecuarlas a la innovación tecnológica”.


El ‘road map’ hacia la estrategia digital


El reto de la industria digital es, pues, mayúsculo. Pero la recompensa es demasiado suculenta como para ignorarla. El negocio 4.0 añadirá 12 billones de dólares más al PIB global en 2025; el equivalente a las economías conjuntas de Japón, Alemania y Reino Unido. Aunque ya un lustro antes el Internet de las Cosas (IoT) será capaz de generar 3,7 billones de dólares de riqueza, la mayoría de la industria manufacturera, que ya dispone de tecnología y procedimientos 4.0, pero todavía no están preparada para una integración completa. Un paso clave e ineludible si se busca la conexión entre la dimensión de productos y servicios inteligentes y los procesos productivos.


Este road map requiere tres escenarios básicos de actuación: el primero, inversiones en áreas esenciales para absorber una mayor demanda en la cadena de suministros -avances digitales o sistemas de comunicación M2M (machine to machine), que implican adquisiciones en disciplinas como la robótica, el Big Data, la ciberseguridad o la tecnología IoT-, y que exige la superación de la cadena de valor clásica, insuficiente para gestionar más clientes y pedidos; el segundo tiene que ver la alineación entre las innovaciones digitales y las estrategias corporativas de gestión, atención al cliente y traslado de beneficios al accionista.


El escalafón final obliga a aplicar tareas de monitorización; es decir, de constatación, con información precisa -Big Data y analítica- de la influencia que los cambios provocan en la oferta de bienes y servicios; es decir, en el ciclo vital del producto, en la cadena de valor, en el capital humano y tecnológico y en la competitividad y en la rentabilidad final. Porque, más incluso que tecnología, la Industria 4.0 es Big Data. O desarrollo analítico. No por casualidad Facebook, que realiza el soporte de un amplio universo de negocios on line del sector privado, gestiona más de 300 millones de gigabytes de datos de usuarios, lo que equivale a que cada uno de ellos tenga archivados 126 e-books en sus cuentas.