La necesidad de la recuperación verde en América Latina y el Caribe

El mundo se enfrenta a una crisis humanitaria y sanitaria sin precedentes en el pasado siglo en un contexto económico, social y ambiental ya adverso. Si bien la historia registra antes el paso de grandes pandemias, ninguna irrumpió en un mundo tan poblado ni tan interconectado y con un planeta ambientalmente enfermo.

Hace cinco años el papa Francisco lanzó la encíclica Laudato si’, donde aborda la degradación ambiental y el cambio climático. En ella, llama a la acción rápida y unificada para cambiar la dirección de la relación humana con su entorno que, si continúa así, acabará con la humanidad misma.

Tras la emergencia sanitaria, nos enfrentaremos a la depresión económica más grave en 120 años. La urgencia de reducir sus impactos ya se está aduciendo para abandonar avances regulatorios y consideraciones ambientales y climáticas que, si no se integran al centro de la recuperación económica, empujarán a la región hacia efectos más dramáticos y a mayor plazo que los del Covid-19.

La reanimación económica requerirá recursos y endeudamientos que restarán capacidad de gasto público. La potencia de nuestros países para responder a las crisis climáticas recurrentes y cada vez más intensas se verá gravemente disminuida: sequías, inundaciones, huracanes, pérdidas en la producción agrícola, pérdidas de energía y exposición a un aumento de las pandemias, entre otras. Preocupa especialmente la región del Caribe, que ya estaba previamente asediada por golpes tanto climáticos como económicos, incluyendo un fuerte endeudamiento y una alta exposición a desastres naturales. Por ello, es tan importante tomar medidas de reactivación económica sostenibles y “a prueba del clima”, no las usuales.

La salida de la crisis de 2008 en la región vio programas muy tradicionales, como estímulos a industrias altas en emisiones. Doce años después, nos encontramos frente a la sexta extinción masiva, que evidencia la interacción entre la crisis sanitaria y la del medio ambiente.

La reorientación del desarrollo con otros sectores y políticas coherentes tiene ahora importantes expresiones, como el Pacto Verde de la Unión Europea, la Civilización Ecológica China, el Nuevo Pacto Verde de Corea del Sur y las propuestas demócratas de Estados Unidos con su Green New Deal.

La recuperación debe ser distinta esta vez, basada en sectores verdes, con un gran impulso a la sostenibilidad o de economía verde. Estas inversiones alentarían la innovación, nuevos negocios y empleos decentes, efectos positivos en la oferta y demanda agregada en las economías de la región, superiores a los de sectores tradicionales de infraestructura. El liderazgo político es clave para abordar simultáneamente la crisis sanitaria, la económica y la climática, con coraje y audacia, y el momento es ahora.

Es imperativo otorgar certidumbre a la inversión para la economía sostenible con contextos coherentes, legislativos, regulatorios y de política pública. Las áreas de mayor oportunidad para alcanzar la Agenda 2030 y la recuperación verde son, al menos, las de energías renovables y eficiencia energética, transporte público y de última milla electrificado, soluciones basadas en la naturaleza, restauración de ecosistemas, ampliación de la infraestructura sanitaria básica y producción de materiales bajos en carbono para la construcción.

Este crecimiento selectivo debe expresar un acuerdo social recogido en política económica y regulatoria en favor de esos sectores, en ascenso, y de desincentivo a los sectores en ocaso. Es necesario que los flujos financieros apoyen la lucha contra el cambio climático y las asociaciones con el sector privado.

La Agenda 2030, con su llamado a la universalidad y simultaneidad, al igual que el Acuerdo de París, orientan el desarrollo en el sentido correcto y para una recuperación verde. Si tomamos estas acciones, América Latina y el Caribe saldrá reforzada de esta crisis y podremos decir que fuimos responsables para con la casa común que, como dice la encíclica, se nos ha confiado.

 

Por Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe. Leo Heileman, director regional para América Latina y el Caribe del Programa de la ONU para el Medio Ambiente

Publicado enEconomía
Jueves, 21 Mayo 2020 06:01

Una pandemia no esconde la otra

Una pandemia no esconde la otra

COVID-19 y el clima

Desde la ONU, Ginebra, Suiza

El planeta sigue transpirando. Las temperaturas globales se disparan, a pesar del leve respiro que, paradójicamente, le da el COVID-19 con su corolario de contracción económica y reducción del transporte. Los próximos e imprevistos desastres naturales seguirán tocando a la puerta de la Tierra, aunque el coronavirus buscará desplazarlos del primer plano mediático.

Las emisiones de gases de efecto invernadero, como el C02, responsables principales del deterioro climático, se redujeron drásticamente durante la actual crisis. Por ejemplo, en China, principal emisor del mundo, se estima que las mismas bajaron en torno de un 25 %.

“Suspiro” en sala de emergencia

Sin embargo, descenso momentáneo no implica solución estratégica. Y hacia allí apunta Greenpeace, cuando afirma en su estudio de abril del año en curso que “pese a la reducción de las emisiones en algunos sectores como el transporte y el eléctrico, la concentración de CO2 en la atmósfera no baja, sino que sigue aumentando. Consecuentemente la crisis sanitaria no está contribuyendo a paliar la otra gran crisis que enfrenta el mundo: el cambio climático”  (https://es.greenpeace.org/es/noticias/la-concentracion-de-co2-sigue-creciendo-a-pesar-de-la-crisis-sanitaria-causada-por-el-covid-19/)

La ONG internacional sistematiza algunas estimaciones sobre la reducción transitoria a raíz de la crisis. Y afirma que Alemania podría emitir entre 50 y 120 millones de toneladas menos de CO2 este año por la enorme bajada en la demanda de electricidad. En la ciudad de Nueva York se estima una caída del 5-10% de las emisiones de CO2 y una caída sólida en el metano.

Carbon Brief, referencia en el tema, sostiene que esa reducción podría ser de un 5% con respecto a 2019 (https://www.carbonbrief.org/analysis-coronavirus-set-to-cause-largest-ever-annual-fall-in-co2-emissions). Y sostiene que dicho descenso va a ser el más importante de la historia, desde que se realizan inventarios. Será más significativo que las caídas de CO2 registradas, en orden descendente, durante la recesión del 1991-1992; la crisis energética del 1980-81; la Gripe Española de 1918-1919; y la crisis financiera del 2008-2009.

La Agencia Internacional de la Energía (AIE) constata que la demanda de petróleo de este año ha caído por primera vez desde 2009. Una reducción de cerca de 90.000 barriles de petróleo/día respecto a 2019, debido a la profunda contracción del consumo en China y a las suspensiones en los viajes y el comercio mundiales. Los datos más recientes indican que la demanda de petróleo se desplomó un 25%. Para visualizarlo con una imagen, esa caída sería como si toda Norteamérica (EEUU, Canadá y México) dejasen de consumir ese combustible de golpe.

Cada vez peor

Los últimos cinco años, según el balance de diferentes organizaciones internacionales especializadas, han sido dramáticos para el clima. A pesar de los gritos crecientes de nuevos actores sociales que ganaron asidua y activamente las calles, las cifras son categóricas.

Desde los años 80 cada década ha sido más cálida que la anterior. La concentración del CO2, en el último quinquenio resultó un 18% mayor que en el anterior. El año pasado se registraron los valores más elevados en cuanto a contenido calorífico en los 700 metros superiores de los océanos, amenazando significativamente la vida marina y los ecosistemas.

Las olas de calor golpearon entre 2015-2019 a todos los continentes sin distinción. Y fueron una de las causas principales de los incendios forestales sin precedentes, no solo en la selva amazónica, sino en Australia, América del Norte y Europa.

En cuanto a la repercusión directa en la especie humana, cerca un tercio de la población mundial vive en zonas con temperaturas potencialmente mortales, al menos 20 días por año, debido a las enfermedades propias de ese clima excesivo. La sequía multiplicó la inseguridad alimentaria en numerosas regiones del globo, en particular en África, en tanto los ciclones tropicales repetidos produjeron pérdidas incalculables.

Las lluvias intensas y desbocadas, facilitan la aparición de brotes epidémicos. Allí donde el cólera es ya endémico, 1300 millones de personas corren el riesgo de contraer la enfermedad.

50 años de “poco o nada”

Hace exactamente medio siglo, se “celebró” por primera vez el Día de la Tierra. Entonces, los expertos comenzaron a alertar sobre las consecuencias irreparables para la humanidad producto del calentamiento global.

El diagnóstico de entonces no era errado. Según datos de la Organización Meteorológica Mundial, la concentración de CO2 es actualmente un 26% mayor que las marcas de 50 años atrás. La temperatura aumentó en igual período un 0,86°C y ya supera holgadamente en 1,1°C la de la era preindustrial. Y la tendencia sigue en ascenso. La misma agencia de la ONU calcula saltos significativos hasta 2024, en particular en las regiones de altas latitudes y zonas terrestres, siendo más lento en los océanos, en particular el Atlántico Norte y el Austral. (https://public.wmo.int/es/media/comunicados-de-prensa/el-d%C3%ADa-de-la-tierra-hace-hincapi%C3%A9-en-la-acci%C3%B3n-clim%C3%A1tica)

Desafíos monumentales

En tanto la pandemia produjo un cimbronazo mundial sin precedentes desde la 2da Guerra Mundial, pero con impacto a corto y mediano plazo, la lucha contra el calentamiento apuesta a la estrategia misma de sobrevivencia de la humanidad.

 “Se debe actuar con decisión para proteger el planeta tanto del coronavirus como de la amenaza existencial del cambio climático”, declaró recientemente Petteri Talas, director de la Organización Meteorológica Mundial.  Agregando que “debemos aplanar la curva tanto de la pandemia como del cambio climático…Tenemos que actuar juntos en interés de la salud y la prosperidad de la humanidad, no solo durante las próximas semanas y meses, sino pensando en muchas generaciones futuras”.

Si se quiere controlar la pandemia climática, se debería asegurar – lo que parece ya casi imposible- una disminución de las emisiones globales de carbono de 7,6% para fines del año en curso. Y mantener ese porcentaje de reducción anual durante la próxima década para mantener el calentamiento global por debajo del 1,5°C a fines del siglo, según las previsiones del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

Visión compartida, al menos retóricamente, por el Secretario General de las Naciones Unidas. En su mensaje por el Día Internacional de la Madre Tierra, el pasado 22 de abril, Antonio Guterres insistió en que “las perturbaciones del clima se están acercando a un punto de no retorno”. Y definió seis principios para que la recuperación económica y financiera postcrisis se impulse en el marco de una nueva conciencia de protección del medioambiente. “La recuperación debe ir acompañada de la creación de nuevos trabajos y empresas mediante una transición limpia y ecológica …la artillería fiscal debe impulsar el paso de la economía gris a la verde y aumentar la resiliencia de las sociedades y las personas” (https://www.un.org/es/observances/earth-day/message)

Greenpeace, por su parte, en el estudio de abril, considera que, “aunque las reducciones puntuales en las emisiones no van a paliar la crisis climática, sí deberían servir para iniciar los cambios profundos y necesarios para reducir las emisiones a cero”. Sostiene que este punto de inflexión puede y debe ser un motor de la recuperación económica y ser la base de la prosperidad a largo plazo. Y llama a que los Gobiernos abandonen las subvenciones a los combustibles fósiles al mismo tiempo que el apoyo a las inversiones públicas se destinen a actividades productivas que garanticen la sostenibilidad del planeta.

Recuperar la calle

La pandemia y las restricciones de movilización y concentración humana frenaron en seco, por algunas semanas, la protesta ciudadana a nivel planetario. La misma estaba en ascenso en muchos países cuando se desató el COVID-19.

Esa cuarentena de calle golpeó particularmente a las movilizaciones juveniles en defensa del clima, principales protagonistas sociales durante todo 2019, en todo caso en Europa. Y hoy, una de las *víctimas* indirectas de la pandemia.

Las organizaciones nucleadas en torno la Huelga Climática, que marcaron la dinámica social en Suiza en los últimos dos años, se vieron obligadas a renunciar, por ejemplo, a la gran jornada de acción que había sido originalmente convocada para el pasado viernes 15 de mayo. Que había logrado consensuar las fuerzas juveniles medioambientales y las principales organizaciones sindicales. Y que se proponía crear un hecho político de la dimensión de la Huelga de Mujeres, del 14 de junio del 2019, cuando se movilizaron en todo el país medio millón de participantes.

Cuando la lenta reapertura comienza a transitarse en una buena parte del planeta, la pregunta de fondo es doble. ¿Logrará imponerse una nueva racionalidad productiva que sea ecológicamente sustentable? Y, adicionalmente, ¿conseguirán las organizaciones sociales -especialmente juveniles- a favor del clima recuperar la energía de un año antes o sufrirán el impacto del lockdown impuesto por los gobiernos para evitar la propagación de la pandemia?  

Por Sergio Ferrari | 21/05/2020

Publicado enMedio Ambiente
Las pruebas nucleares de la Guerra Fría cambiaron los patrones de lluvia a miles de kilómetros

Según varios científicos de las universidades de Reading, Bath y Bristol (Reino Unido), las nubes registradas entre 1962 y 1964 eran visiblemente más gruesas en días con mayor radiactividad.

 

Las detonaciones de bombas nucleares lanzadas durante la Guerra Fría, sobre todo por Estados Unidos y la Unión Soviética, pueden haber cambiado los patrones de lluvia a miles de kilómetros de los sitios donde se realizaron esas pruebas.

Así lo revela una investigación publicada este miércoles en la revista Physical Review Letters, que utiliza registros históricos entre 1962 y 1964 de una estación de investigación en Escocia.

Los científicos, de las universidades de Reading, Bath y Bristol (Reino Unido), compararon los días con alta y baja carga eléctrica liberada por la radiación de las detonaciones nucleares, y descubrieron que las nubes eran visiblemente más gruesas y había un 24% más de lluvia de media en los días con más radiactividad.

Giles Harrison, profesor de física atmosférica de la Universidad de Reading y autor principal del trabajo, apunta que, "al estudiar la radioactividad liberada de las pruebas de armas de la Guerra Fría, los científicos en ese momento aprendieron sobre los patrones de circulación atmosférica". "Ahora hemos reutilizado estos datos para examinar el efecto sobre la lluvia", añade.

Harrison indica que "la atmósfera políticamente cargada de la Guerra Fría condujo a una carrera armamentista nuclear y a la ansiedad mundial", y que, "décadas más tarde, esa nube global arrojó un lado positivo, al brindarnos una forma única de estudiar cómo la carga eléctrica afecta la lluvia".

Durante mucho tiempo se pensó que la carga eléctrica modifica la forma en que colisionan y se combinan las gotas de agua en las nubes, lo que puede afectar el tamaño de las gotas e influir en la lluvia, pero esto es difícil de observar en la atmósfera. Al combinar los datos de pruebas de bombas nucleares con registros meteorológicos, los científicos pudieron investigar esto retrospectivamente.

Carrera armamentística 

La carrera por desarrollar armas nucleares fue una característica clave de la Guerra Fría ya que las superpotencias mundiales intentaron demostrar sus capacidades militares durante las tensiones intensas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial.

Aunque las detonaciones se llevaron a cabo en partes remotas del mundo, como el desierto de Nevada (Estados Unidos) y en islas del Pacífico y el Ártico, la contaminación radiactiva se extendió ampliamente por toda la atmósfera. La radioactividad ioniza el aire, liberando así carga eléctrica.

Los investigadores estudiaron registros de estaciones meteorológicas de investigación bien equipadas de la Met Office en Kew, cerca de Londres, y Lerwick, en las Islas Shetland.

Ubicado a unos 480 kilómetros al noroeste de Escocia, el sitio de Shetland no se vio afectado por otras fuentes de contaminación antropogénica (es decir, de origen humano). Esto lo hizo muy adecuado como sitio de prueba para observar los efectos de la lluvia que, aunque probablemente también ocurrieron en otros lugares, sería mucho más difícil de detectar.

La electricidad atmosférica se mide más fácilmente en días buenos, por lo que las mediciones de Kew se utilizaron para identificar casi 150 días en los que hubo una generación de carga alta o baja en Reino Unido mientras estaba nublado en Lerwick. La lluvia de Shetland en estos días mostró diferencias que desaparecieron después de que terminó el episodio principal de radiactividad.

Sábado, 09 Mayo 2020 06:12

Visiones de un mundo post-Covid-19

Visiones de un mundo post-Covid-19

Mientras la mayoría de nosotros sigue en casa, el planeta continúa su proceso de calentamiento: los hielos polares se funden, los océanos se acidifican, los glaciares desaparecen y el nivel del mar aumenta. Plantas, animales y humanos continúan siendo desplazados de sus hábitats naturales. La vida sigue en nuestro invernadero climatológico, pero ahora nuestra atención se centra en una especie microbiana concreta entre un billón.

Las infecciones zoonóticas, agudizadas por un urbanismo acelerado que está acabando con las restantes tierras salvajes del planeta (y mezclando por vez primera fauna y humanidad), son un aliado sintomático del calentamiento global. La pandemia de Covid-19 es la última manifestación de “La Gran Aceleración”, la era de expansión sin precedentes de la humanidad que se inició tras la Segunda Guerra Mundial y ha continuado este siglo, propulsada por las nuevas tecnologías y una utilización tremendamente generalizada de la energía fósil. Ahora, como consecuencia de la globalización, las infecciones se propagan con rapidez a través de aerolíneas que queman queroseno y barcos de crucero y buques de mercancías que queman gasóleo potenciados por el comercio global y las rutas turísticas.

Acostumbrados a los incendios, las inundaciones, la sequía, las temperaturas extremas, las malas cosechas, la desertificación y la mayor incidencia de huracanes y tormentas, bien por experiencia directa o, más a menudo, por los informativos, la relación entre la quema de combustibles fósiles y el calentamiento global ha penetrado por fin en la conciencia humana, aunque algunos individuos continúen negando su existencia. Ahora es el momento de que esa conciencia se amplíe para incluir las conexiones entre los combustibles fósiles y las pandemias virales.

Desde que empezaron a utilizarse modelos climáticos informatizados, a mitad de la década de los 70, es científicamente irrefutable que el aumento de los niveles de CO2 está calentando el planeta de un modo que amenaza la vida. Durante ese periodo de casi cincuenta años, como individuos, comunidades, naciones y organizaciones internacionales, hemos permanecido de brazos cruzados. Las acciones para su mitigación han brillado por su ausencia, y el vacío solo se ha visto interrumpido por promesas incumplidas, traiciones, fútiles artimañas burocráticas y la negación absoluta de la necesidad de llevar a cabo dichas acciones.

Esta primavera ha tenido lugar otra vuelta de tuerca en esta saga descorazonadora y agobiante. Mientras, por necesidad, permanecemos en casa, habituados a décadas de caminar sonámbulos hacia el apocalipsis climático, los cielos se han limpiado, el precio del barril de petróleo ha caído hasta niveles negativos (ha repuntado hasta los 20 dólares cuando escribo este artículo) y se prevé una reducción global del 8 por ciento en las emisiones de carbono para este año. Como en un sueño, hemos comprobado de manera directa las consecuencias de nuestro consumo desaforado de combustibles fósiles. Desde el punto de vista del calentamiento global, nuestro aislamiento social ha sido enormemente eficaz: los perniciosos hábitos de explotación, extracción y destrucción de hábitats, necesarios para mantener el crecimiento de la economía, han quedado en suspenso. Se ha abierto la puerta a la posibilidad de un mundo menos contaminado, con menos viajes, con menos calentamiento acelerado, aunque también ha quedado de manifiesto la imperecedera vulnerabilidad humana ante las enfermedades virales.

Si bien es cierto que la pandemia global ha puesto en peligro la vida de todos nosotros, los grupos más vulnerables son los ancianos, los enfermos, los obesos, los que tienen problemas económicos, viviendas inadecuadas o carecen de vivienda, las minorías, las personas recluidas y todos aquellos que viven en tierras gobernadas por ineptos y corruptos. En todo el mundo, las comunidades de primera línea que sufren los impactos “primeros y peores” del calentamiento global son también las más devastadas por el Covid-19. Sin embargo, desde un punto de vista biológico, el virus del SARS-CoV-2 no ejerce ningún tipo de discriminación a la hora de propagarse. La riqueza y las circunstancias solo pueden ofrecer ciertos niveles de protección. Como puede comprobarse por las necrológicas diarias, ninguno de nosotros está a salvo. A pesar de todos aquellos expuestos a un nivel máximo de riesgo debido a la desigualad de sus vidas, nuestra humanidad común queda de manifiesto por la vulnerabilidad que compartimos frente a este virus mutado procedente de un murciélago.

Recapitulemos: la respuesta de la sociedad ante la pandemia ha ralentizado el ritmo frenético de la actividad económica, en gran parte impulsada por el bono energético “de un solo uso” de la biomasa fósil extraída del subsuelo iniciada a mitad el siglo XIX pero acelerada en un frenesí sin precedente desde la década de los 50. Este alivio ha moderado las consecuencias climatológicas no deseadas de una atmósfera cargada de carbono. La riqueza propiciada por el capital procedente del petróleo ha sido distribuida de un modo tremendamente desigual. Ha caído en manos de los ricos (que ya lo eran anteriormente gracias a la posesión de tierras, herencias y –en EE.UU. y socios comerciales– por la esclavitud) y ha agravado las tremendas desigualdades de poder, recursos y bienestar institucionalizadas en su origen en las sociedades feudales y posteriormente extendidas por todo el mundo mediante el proceso de colonización y conquista.

El subtexto del calentamiento global queda así en evidencia como el desfase cada vez mayor entre los obscenamente ricos y los pobres que crea como una metástasis. La presente intervención microbiana ha resultado ser un punto de inflexión tanto en el calentamiento global como en la disparidad de riqueza. Cuando todavía estamos envueltos en la crisálida del aislamiento social y pasmados por el súbito parón de la actividad económica, es momento de reflexionar sobre la forma que asumirá la sociedad cuando se recobre de estos cambios sin precedente. Jason Moore, en su libro Capitalism in the Web of Life (2015), escribe que “las civilizaciones no se crean mediante acontecimientos tipo Big Bang, sino que emergen a partir de una serie de transformaciones y bifurcaciones en cascada de la actividad humana…” Sugiere también que el capitalismo “…emergió del caos producido por la crisis histórica de la civilización feudal originada por la “peste negra” (1347-1353)”. ¿Qué nacerá tras la pandemia del Covid-19?

En general, dos son las visiones más habituales. La primera sería favorable a un retorno del statu quo anterior, una restauración de los antiguos males que continúen beneficiando a una pequeña minoría confiada en su habilidad para aguantar el cataclismo climático venidero y escapar de las próximas plagas. La otra observa el potencial de las “transformaciones en cascada” que podrían posibilitar una mayor igualdad, más oportunidades y un mayor bienestar para la mayoría de personas en un mundo que renuncie a los combustibles fósiles, modere los impactos del calentamiento global y abandone su feroz destrucción de hábitats y su concomitante exposición a nuevas enfermedades zoonóticas. La historia reciente nos indica que la primera de las visiones será la que prevalezca. El momento de claridad y conciencia respecto al clima pasará y los progresistas continuarán frotándose las manos, eso sí, ahora cuidadosamente lavadas.

Probablemente Estados Unidos y otros países del primer mundo reactivarán sus economías siguiendo el modelo empleado para rescatar a la banca en 2008, tras el crack causado por el colapso de los créditos hipotecarios subprime. Se revitalizarán las viejas industrias pesadas dependientes de los combustibles fósiles, se resucitará a las aerolíneas, se dará un empujón a la agroganadería industrial, se salvará de la bancarrota al sector del automóvil, se revivificará a la industria petrolera y se alumbrará una nueva era de desregulación, todo ello con la justificación de la crisis económica.

George Monbiet, en su columna semanal sobre medio ambiente en el Guardian señala:

“Esta es nuestra segunda oportunidad para hacer las cosas de otro modo. La primera, en 2008, fue espectacularmente malgastada. Se destinó una ingente cantidad de dinero público a reconstruir la vieja y sucia economía al tiempo que se aseguraba que la riqueza siguiera en manos de los ricos. Actualmente muchos gobiernos parecen decididos a repetir el mismo error catastrófico”.

En Estados Unidos tenemos claro que Trump mantendrá a flote la economía zombi con ingentes cantidades de dinero público y celebrará el mínimo destello de vida a medida que recupere sus hábitos de crecimiento y de contaminación y continúe con la propaganda que nutre nuestra búsqueda de identidad y sentido social mediante el consumo. El Club de Roma, el distinguido grupo de expertos internacional que publicó en 1972 su informe seminal, Los límites del crecimiento, sugiere una alternativa:

“El Covid-19 nos ha enseñado que es posible realizar cambios transformativos de la noche a la mañana. De repente está naciendo un mundo diferente, una economía diferente. Se trata de una oportunidad sin precedente para abandonar el crecimiento ilimitado a cualquier coste y la vieja economía de los combustibles fósiles y lograr un equilibrio duradero entre las personas, la prosperidad y nuestros límites planetarios”.

En Países Bajos, más de setenta académicos han firmado el documento “Cinco propuestas para un modelo de desarrollo post-Covid-19”. La web de la Universidad de Leiden, donde se originó dicho documento, está de momento desconectada, puede que haya sido hackeada o que haya sufrido una sobrecarga. Su primera propuesta hacía un llamamiento para alejarnos del crecimiento centrado en el PIB agregado y sugería que debería aplicarse un decrecimiento de los sectores extractivos y publicitarios, al tiempo que se estimulaba un crecimiento en los sectores de salud, educación y energías limpias. La segunda recomendaba la implantación de una renta básica universal financiada con un sistema tributario progresivo, además de reparto del trabajo y una reducción de la semana laboral. La tercera propuesta es una transformación regenerativa de la agricultura, la producción local de alimentos y salarios justos para los obreros agrícolas. La cuarta se centra en la necesidad de reducir los viajes y el consumo despreocupado, y su quinta propuesta es el perdón de la deuda a estudiantes, trabajadores, pequeños empresarios y a las naciones empobrecidas del Sur global.

La típica lista de deseos de la agenda progresista satisfaría de hecho el llamamiento del Club de Roma a “un equilibrio duradero entre las personas, la prosperidad y nuestros límites planetarios”. El crecimiento ilimitado solo puede terminar en lágrimas, pero nuestros dirigentes son adictos a un modelo económico expansionista que sigue dependiendo de los combustibles fósiles. Las circunstancias extraordinarias de esta pausa global mientras el SARS-CoV-19-2 campa a sus anchas por el planeta nos ha proporcionado, entre las terribles realidades de la enfermedad y la muerte, la visión momentánea de un mundo más sensato, más sano y más fresco.

Por John Davies | 09/05/2020  

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Fuente: https://www.counterpunch.org/2020/05/08/visions-of-a-post-covid-19-world/

Publicado enSociedad
Martes, 05 Mayo 2020 06:33

Nuestro Green New Deal

Nuestro Green New Deal

El colapso provocado por la pandemia abrió un portal para discutir el futuro en Argentina y en el mundo. Si ya no podemos pretender el “retorno a la normalidad”, ¿cómo construir una agenda capaz de poner en jaque a un capitalismo que solo propone más desigualdades y caos? En este ensayo, Maristella Svampa y Enrique Viale proponen un Gran Pacto Ecosocial y Económico con cinco puntos fundamentales para encontrar una salida alternativa a esta crisis.

Vivimos una encrucijada civilizatoria cuyo alcance y consecuencias todavía inciertas envuelven las diferentes esferas de la vida. La pandemia ha desnudado y agudizado las desigualdades sociales y económicas haciéndolas más insoportables que nunca. Hoy se vuele necesario retomar aquellas alternativas que hace solo unos meses parecían inviables para encontrarle una salida diferente a esta crisis. Como pocas veces, la pandemia nos impulsa a dejar de mirar el Estado, los mercados, la familia, la comunidad, con lagañas tradicionales. A la luz de nuestra vulnerabilidad social y nuestra condición humana, como seres inter y ecodependientes, debemos repensar en una reconfiguración integral, esto es, social, sanitaria, económica y ecológica, que tribute a la vida y a los pueblos.  

Así, la capacidad del Estado, que hoy aparece como fundamental para superar la crisis a nivel global y nacional, debe ser puesta al servicio de un gran Green New Deal o Gran Pacto Ecosocial y Económico para transformar la economía mediante un plan holístico que salve al planeta y, a la vez, persiga una sociedad más justa e igualitaria. Lo peor que podría suceder es que, en su propósito de volver a crecer económicamente, el Estado apunte a legislar contra el ambiente, acentuando la crisis ambiental y climática, así como las desigualdades Norte-Sur y entre los diferentes grupos sociales. Hay que entender de una vez por todas que las Justicias Ecológica y Social van juntas, que no sirve una sin la otra. 

Desde nuestra perspectiva, cinco son los ejes fundamentales del Pacto Ecosocial y Económico a debatir: un Ingreso Universal Ciudadano, una Reforma tributaria progresiva, la suspensión del pago de la Deuda Externa, un Sistema nacional de cuidados y una apuesta seria y radical a la Transición socioecológica. 

  1. La actual catástrofe pone en evidencia que todo ser humano debe tener garantizado un ingreso básico que le abra la posibilidad de una vida digna. Para acceder a este Ingreso universal o Renta básica, impulsado históricamente en nuestro país por el economista Rubén Lo Vuolo y ciertas organizaciones sociales, no se requiere ninguna otra condición personal que la de existir, y con ello, la de ser ciudadano. A diferencia de las políticas sociales focalizadas y fragmentarias que se han venido implementando en la región latinoamericana y en nuestro país en las últimas décadas, el Ingreso Universal Ciudadano está desvinculado del empleo asalariado, no exige contraprestación alguna, no refuerza la trampa de la pobreza (como sucede con los planes sociales focalizados) ni el clientelismo, y pretende garantizar un piso suficiente para el acceso a consumos básicos. Lejos de ser algo irrealizable, el Ingreso Universal hoy está en el centro de debate de la agenda global, así como lo está la propuesta de reducir la jornada de trabajo estableciendo un límite de, al menos, entre 30 y 36 horas semanales, sin disminución salarial. Entre otros beneficios, esto último no solo mejoraría la calidad de vida de los y las trabajadoras sino que permitiría la creación de nuevos puestos de empleos para cubrir las horas reducidas. Pero, además, una apuesta al reparto de tareas implicaría afrontar proactivamente la realidad de la automatización de los procesos de producción y el avance de la sociedad digital, sin tener que multiplicar por ello la desocupación y la precarización del empleo.
  2. La implementación del Ingreso Universal no solo pone en el centro de la escena la cuestión de la ciudadanía sino también la necesidad de contar con sistemas impositivos progresivos, como base para su factibilidad y buen funcionamiento. No hay que olvidar que nuestro país cuenta con un sistema fiscal regresivo, basado en los impuestos indirectos o al consumo (como el IVA) y un impuesto a las ganancias (incluyendo el impuesto al salario) que golpean sobre todo a los sectores medios y bajos. Los grandes patrimonios, las herencias, los daños ambientales, las rentas financieras, son todas fuentes tributarias que tienen nula o muy baja presencia en el sistema impositivo del país. Como afirma José Nun, ex secretario de Cultura, quien hace tiempo viene tallando en estos temas, “esta vía exige una reforma impositiva profunda, cuyo significado e importancia deben instalarse en la conciencia colectiva para distinguirla de los parches y remiendos que hoy reciben ese nombre”. Así, el segundo eje del Pacto Ecosocial y económico no solo apunta a un necesario impuesto a las grandes fortunas que coadyuve a afrontar el costo de la crisis. También es imprescindible una Reforma Tributaria Progresiva que reconfigure desde la base el actual sistema fiscal en todas las jurisdicciones, en un sentido equitativo, y que incluya desde el impuesto a la herencia erradicado de un plumazo por Martínez de Hoz durante la última dictadura militar, además de nuevos impuestos verdes a las actividades contaminantes. 

No podemos tolerar que, tal como ya sucedió a nivel global con la crisis financiera de 2008, el Estado salga a socorrer a los bancos y entidades financieras y terminen siendo los más vulnerables quienes financien esta crisis. La concentración de la riqueza a la que asistimos en esta fase del capitalismo globalizado y neoliberal es solo comparable con aquella propia del capitalismo desregulado de fines del siglo XIX y principios del XX. Mientras tanto, aunque la pobreza haya disminuido, según los períodos y las sociedades, las desigualdades aumentaron, tanto en el Norte como en el Sur global. Según datos de la organización Oxfam, el 1% más rico de la población mundial posee más del doble de riquezas que 6900 millones de personas: casi la mitad de la humanidad vive con menos de 5,50 dólares al día. En materia ecológica, los datos también escandalizan: solo 100 grandes empresas transnacionales son responsables del 70% de los gases de efecto invernadero a nivel global. 

  1. En momentos extraordinarios es cuando se justifican la suspensión de las grandes deudas de los Estados. No hay que ser radical ni heterodoxo en materia política y económica para darse cuenta de ello. En las economías desarrolladas la deuda total –hogares, empresas, gobierno- representa el 383% del PBI. En las economías emergentes, es del 168%. Ningún país puede pagar colosales montos de divisas sin antes garantizar a sus habitantes una vida digna, mucho menos en un contexto de inédita recesión económica global y nacional. Y mucho menos, tampoco, en una situación de casi default provocada principalmente por los préstamos contraídos por la gestión anterior, que solo sirvieron para fugar dinero y sostener déficits fiscales que no beneficiaron a los sectores más vulnerables. Hace unas semanas, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por sus siglas en inglés) propuso un nuevo Plan Marshall que libere 2,5 billones de dólares de ayuda a los países emergentes, e implique el perdón de las deudas, un plan habitacional en servicios de salud, así como programas sociales. La necesidad de rehacer el orden económico mundial, que impulse incluso un jubileo de la deuda, hoy aparece como viable y plausible.
  2. La pandemia debe abrir paso a la construcción de sociedades ligadas al paradigma del cuidado, por la vía de la implementación y el reconocimiento de la solidaridad y la interdependencia también en las políticas públicas. Así, es necesaria la implantación de un Sistema Nacional Público de Cuidados destinado a atender las necesidades de personas mayores en situación de dependencia, niños y niñas, personas con discapacidad severa y demás individuos que no puedan atender sus necesidades básicas. Una vez superada la pandemia, tanto a nivel global como nacional, la recuperación de la economía debería priorizar tanto el fortalecimiento de un sistema nacional de salud y de cuidados, que exige un abandono de la lógica mercantilista, clasista y concentradora, generadora de ganancias para los monopolios farmacéuticos, y un redireccionamiento de las inversiones del Estado en las tareas de cuidado, así como el equilibrio y el cuidado de la Madre Tierra.

Vinculado con los problemas en la salud de la actual pandemia, recordemos que los virus más recientes–como el SARS, la gripe aviar, la gripe porcina y el Covid 19- están relacionados con la destrucción de hábitats de especies silvestres para plantar monocultivos a gran escala. Es necesario dejar el discurso bélico detrás, asumir las causas socioambientales de la pandemia y colocarlas en la agenda política-estatal para responder así a los nuevos desafíos. En esa línea, las voces y la experiencia del personal de la salud serán cada vez más necesarias para colocar en la agenda pública la inextricable relación que existe entre cuidado, salud y ambiente, de cara al colapso climático. Nos aguardan no solo otras pandemias, sino la multiplicación de enfermedades ligadas a la contaminación y a la agravación de la crisis climática. 

  1. No podemos invisibilizar más los debates sobre la crisis ecológica y el colapso climático. Es momento de que la Argentina comience una Transición Socioecológica, una salida ordenada y progresiva del modelo productivo netamente fosilista y extractivista. Transición y Transformación, pues se trata de avanzar en un cambio del sistema energético hacia una sociedad post-fósil basada en energías limpias y renovables. Algo que hasta ahora no ha sido posible ni pensable, en un contexto en el que la visión eldoradista asociada a Vaca Muerta obturó aún más la expansión de imaginarios energéticos alternativos y sustentables.

Por otro lado, la caída estrepitosa del valor del barril del petróleo pone fin a la apuesta por explotar combustibles fósiles no convencionales que se había instalado en nuestro país desde el descubrimiento del yacimiento Vaca Muerta, hace poco menos de una década. Lo cierto es que la inviabilidad económica de este proyecto se evidencia desde hace varios años en los millonarios subsidios que gozaban las compañías petroleras para sostener la producción, solventados por enormes aumentos de tarifas a los consumidores. El derrumbe histórico del precio del petróleo desbarata el “Consenso del fracking” que unía sectores del campo político y económico, y deja bajo tierra el mito eldoradista sobre este yacimiento -aquel que lo mostraba como “el salvador” de nuestro país-, al tiempo que abre también una oportunidad extraordinaria para repensar totalmente el sistema energético.

Tal vez sea utópico pensar que Argentina tenga el 100% de sus energías renovables en el año 2040, pero ésa es la dirección que el país debe encarar. Al mismo tiempo, se trata de avanzar también en términos de democratización, pues la energía es un derecho humano, y una de las principales tareas en un país como el nuestro es terminar con la pobreza energética que caracteriza a las barriadas populares. Así, la justicia social y la justicia ambiental deben ir articuladas. 

La otra cara de la transición es potenciar la Agroecología para transformar el sistema agroalimentario argentino. En este sentido, la creación y fomento de cinturones verdes de agricultura ecológica en ciudades y pueblos son claves para generar empleo y garantizar alimentos sanos, seguros y baratos. Estas iniciativas, además, promoverían la soberanía alimentaria con sistemas de producción y distribución dirigidos al desarrollo de mercados locales agroecológicos y solidarios de pequeños productores, enfocados en fomentar una cultura asociativa y comunitaria y una responsabilidad ciudadana en el consumo. Se puede comenzar con la obligatoriedad de compra por parte de los gobiernos a estos productores para escuelas, hospitales y demás organismos públicos. Esto fomentaría el arraigo en pequeñas y medianas ciudades semirurales si se complementa con acceso a la tierra, la vivienda, la salud (de calidad), la educación (en todos los niveles, desde jardines de infantes hasta la universidad) y los alimentos. 

El Antropoceno como crisis es también un Urbanoceno. Tengamos en cuenta que en Argentina el 92% de la población vive en ciudades (el promedio mundial es de 54%) concentrada en un 30,34% de nuestro territorio. Solo en el Área Metropolitana de Buenos Aires, el 0,4% de la superficie total del país, vive el 31,9% de la población total. Habitamos ciudades planificadas por y para la especulación inmobiliaria (cuya contracara es la emergencia habitacional y la insuficiencia de espacios verdes) y dominadas por la dictadura del automóvil (con transportes públicos saturados). Esta característica puso bajo la lupa a las vidas urbanas en cuarentena y evidencia la necesidad de un cambio radical en la forma en que vivimos en las metrópolis. Debemos ruralizar la urbanidad, sobre todo en las grandes ciudades donde la relación con la Naturaleza es prácticamente nula. Debemos reparar la separación que tienen los habitantes urbanos respecto de la naturaleza, así como de las fuentes de nuestra alimentación y nuestra vida. 

Por último, estamos convencidos que parte fundamental del Pacto Ecosocial y Económico es el reconocimiento legal de los Derechos de la Naturaleza. En otras palabras, los seres humanos debemos admitir a la Naturaleza como sujeto de derechos y no como un mero objeto. Debemos convivir armónicamente, respetar sus ritmos y capacidades. 

Necesitamos reconciliarnos con la naturaleza, reconstruir con ella y con nosotros mismos un vínculo de vida y no de destrucción. Nadie dice que será fácil pero tampoco es imposible. Pero no nos engañemos: el “retorno a la normalidad” es el retorno a las falsas soluciones. Tampoco “volver a crecer como antes” es la salida. Solo podría conducir a más colapso ecosistémico, a más desigualdades, a más capitalismo del caos. Con todo lo horroroso que ha traído la pandemia, es cierto también que estamos ante un portal: el debate y la instalación de una agenda de transición justa por la vía de un Gran Pacto Ecosocial y Económico puede convertirse en una bandera para combatir el pensamiento neoliberal -hoy replegado-, neutralizar las visiones colapsistas y distópicas dominantes y vencer la persistente ceguera epistémica de tantos progresismos desarrollistas, que privilegian la lógica del crecimiento económico así como la explotación y mercantilización de los bienes naturales.

La apuesta es construir una verdadera agenda nacional y global con una batería de políticas públicas, orientadas hacia la transición justa, que requieren de la participación y la imaginación popular, así como de la interseccionalidad entre nuevas y viejas luchas, sociales e interculturales, feministas y ecologistas. Esto plantea sin duda, no solo la profundización y debate sobre todos estos temas, que hemos intentado presentar de modo sumario aquí, sino también la construcción de un diálogo Norte-Sur; Centro/Periferia, sobre nuevas bases geopolíticas, con quienes están pensando en un Green New Deal, a partir de una nueva redefinición del multilateralismo en clave de solidaridad e igualdad. 

Maristella Svampa, Enrique Viale | 05/05/2020 

Fuente: http://revistaanfibia.com/ensayo/green-new-deal/

Publicado enSociedad
El capitalismo en una era de plagas y catástrofes

El capitalismo plantea una amenaza mortal para la supervivencia humana básicamente de tres maneras.

En primer lugar, ya no crea puestos de trabajo. Ha hecho que por lo menos unos mil millones de personas sean totalmente excedentes para las necesidades de la actual producción globalizada. La mayoría de las personas en las ciudades de África y América Latina trabajan en el sector informal, y este es el único sector que está creando puestos de trabajo.

El segundo aspecto es el cambio climático. El capitalismo nos ha llevado a una era geológica completamente nueva, una era donde el cambio climático tiene enormes consecuencias en la propagación de catástrofes y enfermedades. Por ejemplo, con el calentamiento global ha hecho que los insectos transmisores de la malaria, el dengue y otras pestes se están desplazando hacia el norte. Según los especialistas la reaparición de la malaria en determinados lugares de Europa, ya es casi inevitable.

Y en tercer lugar, el capitalismo amenaza nuestra supervivencia porque desencadena y produce el tipo de pandemias en las que estamos en medio ahora. No se trata de una simple pandemia. En realidad estamos viendo una época de pandemias y enfermedades emergentes. La globalización capitalista ha producido estas nuevas plagas. El capitalismo ha destruido las fronteras naturales y sociales entre las poblaciones de humanos y los animales salvajes, que antes vivían muy distanciadas.

Los coronavirus se encuentran principalmente en los murciélagos. Los murciélagos son tan solitarios, que se necesitan una gran cantidad de estos mamíferos alados para ponerlos en contacto con los humanos o con animales infectados por ellos. La fuerza propulsora de este fenómeno ha sido la destrucción de los bosques tropicales por empresas multinacionales de explotación forestal.

Luego está la agricultura industrial, y la industrialización de la producción de aves de corral y ganado. Hay fábricas que procesan un millón de pollos al año. Son como aceleradores de partículas de enfermedades virales. Estas fábricas se han transformado en una eficiente máquina que cría nuevos híbridos de virus y los distribuye masivamente.

Desde los propios parámetros inmunológicos, el factor más importante es que hay dos humanidades. Una humanidad bien alimentada, generalmente con buena salud y con acceso a la medicina. Y una segunda humanidad, que no tiene sanidad pública o que depende de sistemas médicos que fueron en gran parte destruidos en los años 80 y 90.

La deuda

Los sistemas públicos fueron destruidos por la deuda, el ajuste estructural y la exigencias del Fondo Monetario Internacional. Se recortó lo público o se privatizaran los servicios creados por el ahorro social.

En todo el África subsahariana (y también en otros países) la ausencia de sanidad pública es el origen de las enfermedades infecciosas. La gente no tiene acceso a agua limpia y ni siquiera puede lavarse las manos con jabón.

En este momento estamos al borde de lo que podría ser la verdadera masacre humana si esta pandemia estalla en los barrios pobres del Sur Global.

En el pasado el capitalismo global, destinaba una mínima inversión a la detección de enfermedades y a las alertas temprana.Las potencias coloniales desarrollaron mecanismos para salvaguardar el comercio y la salud de los colonizadores.

De una serie de conferencias sanitarias internacionales surgieron –en la época del imperialismo victoriano– instituciones cuyo objetivo explícito era controlar las enfermedades infecciosas.

De manera similar, la Organización Mundial de la Salud, (OMS), fundada en 1948 por la Fundación Rockefeller, desempeñó un papel esencial en los decenios de 1940 y 1950.

Su preocupación original era salvaguardar la salud de los trabajadores de las plantaciones de la United Fruit Company y de las minas de nitrato chilenas. Quería eliminar la enfermedad mediante la vacunación. Este método de prevención demostró ser exitoso con la eliminación de la viruela, pero falló en prácticamente todas las demás enfermedades importantes.

La causas profundas

Hay una explicación alternativa de la medicina social para entender la propagación de las plagas: los determinantes socioeconómicos de las epidemias son la pobreza, el hacinamiento, la falta de saneamiento y de medicamentos.

Ahora toda la infraestructura internacional de detección de enfermedades y la respuesta internacional coordinada se ha venido abajo.

La OMS prácticamente se ha derrumbado. Hoy tiene un papel absolutamente marginal. Nunca ha sido financiada adecuadamente. Grandes países como los Estados Unidos jamás han cumplido con las contribuciones que dijeron que harían. La OMS ha tenido que recurrir a los filántropos y a los grupos de presión de los países más poderosos. En conjunto estos sectores, proporcionan alrededor del 80 por ciento de su presupuesto. La OMS se ha visto obligada a suplicar a los Estados Unidos, China y a ciertos filántropos que no saben qué hacer con su dinero. Esto se ha hecho evidente en los últimos tres o cuatro meses.

Los recortes

El Centro Americano para el Control de Enfermedades (CDC), que desempeñaba un papel internacional en la detección de enfermedades nuevas, también se ha derrumbado. El CDC estadounidense decidió no utilizar los kits de prueba producidos por una compañía farmacéutica alemana y que todos los demás países están utilizando. La CDC desarrolló su propio kit de prueba, les resultó defectuoso y dio resultados falsos.

El CDC está financiado en parte por un cristiano fundamentalista y su presupuesto fue salvajemente recortado por Donald Trump, en uno de sus primeros actos como presidente.

La administración Trump desde su inicios comenzó a desmantelar las entidades públicas de salud y a revertir las políticas que se habían sido creadas específicamente para enfrentar las pandemias.

Trump dice que Estados Unidos es el país más avanzado técnica y científicamente del mundo, el mismo día que el New York Times publica instrucciones sobre cómo debe hacerse una propia mascarilla quirúrgica.

Una crisis mundial.

El Centro Europeo para el Control de Enfermedades no ha estado en ninguna parte y toda la Unión Europea está en profunda crisis.

Mientras Italia esperaba que sus naciones hermanas europeas la ayudaran Alemania, Austria y Francia prohibieron la exportación de suministros y materiales cruciales al país de Dante .

Por otra parte, hoy China tiene una enorme influencia económica pero en el momento que se declaró la epidemia no tenía suficiente poder blando, ni suficiente influencia política.

El Liderazgo

Sin embargo Trump abdicó totalmente de liderazgo moral o de una respuesta humanitaria. Así que los italianos se dirigieron a Pekín, que demostró estar a la vanguardia en la prestación de una ayuda crucial para enfrentar la pandemia.

En realidad China tiene una inmensa capacidad para proporcionar suministros médicos clave. Está en todas partes sobre el terreno, allí donde Europa y EE.UU han desaparecido.

En el siglo XVII las plagas, particularmente en Italia, aceleraron la transición de una economía centrada en el Mediterráneo a una economía centrada en el Atlántico Norte. Así que tenemos que preguntarnos si COVID-19 acelerará el cambio de la hegemonía estadounidense a una papel hegemónico chino.

La respuesta al brote ha sido totalmente nacionalista, hasta el punto de que ha sorprendido a la mayoría de los líderes mundiales y a los propios nacionalistas. La cooperación internacional se ha derrumbado.

Cualquier recuperación de la producción globalizada dependerá de enormes esfuerzos para crear una infraestructura internacional contra la enfermedad. Pero, para derrotar al patógeno no se podrá ignorar las condiciones sociales que hacen vulnerables a las personas y, que en cierto modo son las causas últimas de la enfermedad.

La Gran Pharma

La inmediata historia nos demuestra que las grandes empresas farmacéuticas no desarrollaron a tiempo una vacuna y los antivirales que sabían que eran necesarios. Como no era negocio el sector privado no invirtió en la investigación y en nuevas tecnologías.

De esta manera el potencial para el desarrollo científico fue bloqueado.

La industria farmacéutica ya no produce las medicamentos fundamentales para la vida, cuya producción en el pasado fue una de las justificaciones que utilizaron para darles una posición de monopolio.

Ahora no fabrican antivirales, y en gran parte no hacen vacunas. Y tampoco no produce una nueva generación de antibióticos para hacer frente a una anunciada crisis mundial por la próxima ineficiencia de estos medicamentos.

La Gran Pharma está básicamente ganando dinero con las patentes y gastando más en publicidad que en investigación y desarrollo.

Los grandes laboratorios no sólo se han convertido en un obstáculo para la revolución médica y científica, sino que se han dedicado a la especulación con los precios y a un enorme cabildeo político contra los medicamentos genéricos.

Globalización

¿Puede el capital mundial superar su actual fragmentación nacionalista y crear una infraestructura que haga frente a la continuidad de los beneficios y a la producción globalizada?

Pues bien, estamos a punto de una depresión mundial. Una depresión cuyas raíces no están en el COVID 19, aunque este bicho microscópico la vaya a desatar.

Los principales países capitalistas creen que pueden proteger el comercio mundial, con vacunas y alguna nueva forma de organización internacional de la salud. Pero no demuestran ningún interés en solucionar el gran tema que preocupa a la medicina social: la miseria y la pobreza a escala mundial.

¿Estarán las vacunas disponibles para las poblaciones de África y el sur de Asia?

Es muy difícil que el capitalismo, que su ADN es sólo el lucro, haga llegar con rapidez la vacuna ( si logra desarrollarla) a los pobres y condenados de la tierra.

De hecho lo que hará el capitalismo global es profundizar aún más el abismo entre las dos humanidades.

Por supuesto, esto es cierto también dentro de muchos países capitalistas del “primer mundo”, donde la enfermedad ataca de preferencia a las víctimas del racismo y pobreza.

En este momento, al menos en los Estados Unidos, existe una oportunidad extraordinaria para avanzar en un programa progresista: de partida la atención sanitaria como un derecho humano y una cobertura universal .

También ha llegado la hora de luchar por demandas esencialmente socialistas, como la nacionalización de las grandes farmacéuticas y de otros servicios básicos para la sobrevivencia .

Amazon que se ha convertido en el mayor monopolio de la historia del mundial, ahora por lo menos debe ser gravada con impuestos o transformada directamente en un servicio público, como Correos.

La distribución debe convertirse en una utilidad pública. Dicho de otra manera en una organización socialista controlada democráticamente y de propiedad de toda la sociedad.

Esta crisis nos ofrece una gran oportunidad para ir más allá del reformismo de izquierda y plantear ideas y demandas socialistas.

Por Mike Davis es el autor de Prisoners of the American Dream (1986), City of Quartz (1990), Late Victorian Holocausts (2001), Planet of Slums (2006) y Buda’s Wagon: A Brief History of the Car Bomb (2007). Davis es colaborador de publicaciones como New Left Review, LINKS y muchas otras. Ha recibido el premio literario Lannan. Vive en San Diego, USA.

Publicado enEconomía
Viralizar la exploración interior y explorar lo viral en tiempos de kairós

Ciertamente vivimos, aunque de formas diferenciadas, una suerte de kairós, a menudo llamado “crisis” con un tono alarmante. Kairós, antiguo dios griego, se distingue de Cronos en que sus poderes hacen alusión a un tiempo cualitativo, imposible de contener en la fragmentación y sucesión cronológica donde nos acostumbramos alojar. Vivir en kairós significa habitar la incertidumbre, allí lo viejo no perece y lo nuevo no ha nacido. Se trata de experimentar eones enteros revueltos en un instante. Cronos suele aparecer como una fuerza avasallante, inevitable, al punto que lo solemos convertir en destino: “debía suceder”. Pero la hiperbolización de Cronos no es nada distinto al engañoso efecto producido por la obliteración cotidiana de Kairós. A fin de cuentas, desde la inmensidad del coliseo romano quién iba a pensar que el imperio no era eterno.

Al habitar el kairós experimentamos un momento sublime. Las categorías del entendimiento intentan capturar, sin éxito, aquello que acontece. No basta un nombre, pero tampoco un saber ni una sola sensación. Todo transcurre como si n vidas vivieran la vida propia,… Y así es. ¿Crisis sanitaria, crisis ecológica, crisis capitalista? Sí y no, eso y mucho más: kairós. De ahí que no necesitemos tecnócratas instruidos o gobernantes iluminados, sino panales u hormigueros de médicos, veterinarios, biólogos, teólogos y chamanes. Kairós, como momento de la experimentación que experimenta de formas desiguales con nos/otros, con lo que hay en nosotros, exige afinar la atención, un poco a la manera del Buda meditativo que, en medio de la vorágine ontológica, encuentra paz. Porque kairós es caos, pero también armonía.

Sin embargo, no se trata de descalzarse y cerrar los ojos en la tranquilidad de nuestro aislado departamento, ya que el Buda, el “iluminado”, puede ser cualquier homeless urbano, selvático, marino o rural. De hecho, a menudo la pobreza económica se ha identificado con la riqueza de espíritu, y también de virus y bacterias. Aquella atención puede exigir quietud o aceleración cinéticas: dime cuál es tu cuerpo y te diré qué política necesitas. El objetivo es acometer desplazamientos en intensidad y no en mera extensión. ¿Qué forma más hábil tendríamos de esquivar cada autoridad, cada voz teorética, por muy práctica que se presente, en tiempos en que los ejércitos de expertos, o legos devenidos expertos, quieren ver el rostro de Cronos en Kairós a través de una crisis incesantemente adjetivada?

Ahora bien, no en virtud de la desapropiación constitutiva de kairós este tiempo presente/ausente, fantasmagórico, deja de ser asimismo crisis. Kairós, como los sofistas ya afirmaban en su época, la cual no deja de ser nuestra, también es el “momento oportuno”. No se medita para alcanzar un nirvana extra-terrestre parecido a un sencillo “morir en paz”, a la manera de los últimos hombres sobre la Tierra, que suelen ser los mismos que fantasean con terraformar Marte y patentar la píldora de la vida eterna, sino con el fin sin teleología de organizar las fuerzas y componer los cuerpos. Kairós puede ser aterrador, pero también fuente inagotable de alegría o esperanza sin espera. No obstante, todo depende del lugar en el que nos encontremos. En el horizonte entonces sobresale una precaución: Buda no quiere huir de su cuerpo hacia un lugar sin lugar y un tiempo uniforme, homogéneo, sino localizar(se) (en) las fuerzas que lo recorren y desbordan, allí donde esté, sea cruzado de piernas sobre la alfombra mágica o pedaleando como domiciliario expuesto a las inclemencias del tiempo, es decir, a la contaminación de los cuerpos que para él o ella no podrán llamarse nunca “ajenos”.

Te propongo, así, sin más, un viaje al centro de la Tierra allí donde te encuentres,… En tiempos de kairós.

Margarita Porete, mística beguina de finales del siglo XIII, fue asesinada por la Iglesia Católica tras haber hecho un viaje al centro de la Tierra, o luego de percatarse, afectivamente, de que el verdadero mensaje de Cristo no es otro que el de la mundanidad de Dios. Porete descubrió, a través de sus prácticas cotidianas, que todo lo existente, cualquier ente, humano o no, es expresión de una misma substancia divina, de una misma fuente de vida. La vida eterna siempre ha estado “bajo nuestros pies”, Dios ha sido el nombre imperfecto para esa energía común, inagotable, que se expresa infinitamente de diversos modos, en diversos cuerpos. Primera ley de la termodinámica. Nuestra muerte es la vida de otros, es expresión del devenir de una Vida sin nombre ni finalidad, pero perfecta, armónica en su andar. El Buda y los viajes chamánicos lo confirman: somos el fluir del agua, el águila sobrevolando y el jaguar acechando. La vitalidad, la potencia de nuestros cuerpos es solo una cantidad intensiva de la energía infinita de Dios, que en Porete vendría a ser lo mismo que decir “Tierra”.

Substancialmente hablando, todos los existentes, trátese de máquinas, humanos, cristales, virus, hongos o bacterias, somos expresión de un mismo impulso vital. La Tierra, esa Diosa de Porete, es a la vez caos y cosmos, orden y desorden. Nuestro viaje al centro de la Tierra nos permite percibir sus múltiples estratos infinitesimalmente organizados, pero también su necesaria esquizofrenia que todo lo revuelve, despedaza y pone a aparear. La Tierra es la Gran Sodomita Universal que pone en contacto reinos disímiles, que nos recuerda constantemente la farsa llamada “identidad”. Antonin Artaud, el actor de la Vida y poeta demente, propuso un nombre para esa Vida que nos vive, para ese cuerpo no endurecido que también somos: CsO o “cuerpo sin órganos”. Años más tarde un par de muchachos franceses popularizarán la idea de Dios o la Tierra como gran CsO, a la par que una abuela yanqui comenzará a pensar lo que luego llamaría Chthuluceno: ese espacio a/morfo, rizomático o tentacular donde todo lo existente se des/compone, a la manera de un baile eterno o del fuego de Heráclito que no cesa de jugar consigo mismo.

Pero basta de referencias grandilocuentes, esta es nuestra primera y última estación de viaje. Nadie logrará arrebatárnosla. Las indicaciones, como es de esperarse, se vuelven confusas. En kairós no se sabe sobre qué estrato de la Tierra nos hallamos. Somos niños vagabundos en busca de un hogar perdido. Gamines ontológicos. Sin embargo, una vez alcanzada la demencia o esquizofrenia característica de la meditación del Buda, es posible discernir cada estrato imbricado sobre el otro en la Gran Sodomita Universal:

El estrato físico-químico, con moléculas jugando y librando batallas entre ellas, componiendo y descomponiendo preciosos cristales.

El estrato orgánico, con sus danzas incansables entre nucleótidos (ADN y ARN) y aminoácidos, fuente de las proteínas y, por ende, néctar de la organización de toda la vida biológica sobre la Tierra.

El estrato aloplástico o antropomorfo, esa suerte de tecnoceno caracterizado por ser una fuerza capaz de modificar radicalmente su medio, su exterior, a través de lo que a menudo se denomina lenguaje y técnica, cuestión que se suele identificar con lo humano, pero lo cierto es que lo humano y lo no humano son quienes lo habitan, aunque a veces lo humano pretenda pastorearlo o domesticarlo.

Y en medio de esa pretensión se forman otros dos estratos: el faloceno y, según enseña Cronos, el más reciente capitaloceno.

Si no poseyéramos la distinción y claridad del Buda confundiríamos los estratos aloplástico, faloceno y capitaloceno con el llamado “Antropoceno” o Época del Hombre, en la cual una indiferenciada humanidad ha devenido fuerza geológica (¡¿cuándo no lo ha sido?!). Tampoco podríamos discernir que todo acontece en el gran Cuerpo sin Órganos de la Tierra y reintroduciríamos las envejecidas dicotomías naturaleza/cultura, humano/animal, masculino/femenino y otras aberraciones “antinaturales” por el estilo que, como demonios espectrales, no dejan de condicionar nuestras vidas diarias. Porque, en efecto, esa naturaleza que no es la Tierra se tiende a ver como una fuerza arrolladora que castiga al ser humano dado su brío posesivo y dominador. ¿No suena esto a un típico castigo del Dios Padre judeo-cristiano, pero invertido? “Pachamama, no los perdones porque saben lo que hacen”, así reza la inversión perfecta, la voluntad agustiniana del siglo XXI, el neoconservadurismo de todos los días. No, los desastres “naturales”, virus y bacterias no son la expresión de una madre colérica ante la rebeldía de sus hijos. Madre que en realidad es la madre del Padre, su contracara o envés.

Tomemos el caso de un virus, uno cualquiera, sin corona ni soberanía. Un virus es la máxima expresión del cruce entre los estratos físico-químico y orgánico en el CsO de la Tierra. No se encuentra ni vivo (orgánicamente hablando) ni muerto. No es una célula, pero tampoco un cristal. Es información (ADN o ARN) en continua mutación con una protoestructura lipídica (grasosa) y de proteínas, esencialmente obtenida de las células a partir de las cuales se replica. Los virus son los culpables, en buena parte, de la diversidad genética que compone los cuerpos orgánicos, sean humanos o no, lo cual ha posibilitado, a su vez, su adaptación. No son existencias arcaicas, fósiles vivientes, sino acorazados paquetes de información que respetan algunos de los principios de la biología evolutiva sin ser entes orgánicamente vivos.

Los virus no son “parásitos”, como los biólogos acostumbran interpretar. Desde el punto de vista de cada virus, él simplemente busca componer su cuerpo con el cuerpo de cierta célula para replicar nuevos cuerpos que, a su vez, difieren de sí mismos. Algunas células rechazan la cópula sodomita, pero otras no se resisten a sus encantos, frenan la apoptosis (muerte programada) y hacen un cuerpo común. A través de ese nuevo cuerpo viro-celular la célula se reproduce y los virus se replican o iteran, es decir, se alteran en la continua repetición. En el caso del virus rey por estos días, el coronavirus SARS-CoV-2, esos nuevos cuerpos resultan entrar en relaciones de descomposición con los demás cuerpos que componen el cuerpo humano, pero no necesariamente es así. Los virus han sido para los humanos, al igual que las bacterias (por ejemplo, las que constituyen la flora bacteriana), fuente de potencia, de vitalidad. El baile de la Vida es en buena parte impredecible, pero sin el caos no habría cosmos posible.

Ahora bien, ¿qué cuerpos mueren y qué cuerpos sobreviven a las bacanales entre el Sars-CoV-2 y las células que no se resisten a su llamado de amor? Cuerpos con particularidades físico-químicas y orgánicas, por supuesto, pero también aloplásticas, falocénicas y capitalocénicas. El Sars-CoV-2 no se replica solo en dos estratos, lo hace en un mundo donde los animales llamados silvestres y domésticos se producen y circulan guiados por la ley del Capital, que no es otra cosa que la continua reorganización de cuerpos y de límites entre la vida y la muerte dada la prisa por inaugurar nuevos ciclos de acumulación o proliferación indefinida de valor. En otras palabras, el Sars-CoV-2 no se puede abstraer de los dispositivos especistas que actualmente se encuentran al servicio del Capital y que tienen un papel activo en la proliferación de esta y muchas otras epidemias y pandemias: “gripe porcina”, “gripe aviar”, “vacas locas” (causada por priones), Ébola, VIH, etc. Pero tampoco se puede abstraer del faloceno o estrato patriarcal, el cual inauguró, de diversos modos, la producción de “naturalezas baratas” y la posibilidad de su posesión, empezando por los cuerpos de las mujeres y extendiéndose a todos los seres históricamente “naturalizados”: niños, indígenas, proletarios, dementes, perversos, lumpen, animales, plantas, ríos y bosques. Faloceno y Capitaloceno son los estratos de Dios Padre, en ellos mueren prematuramente, sobre todo, los de siempre, y se genera la ficción de que las propiedades aloplásticas (técnicas) no son sino instrumentos para el control de la Tierra. No es casual, pues, que las tecnologías de disciplinamiento y control adquieran un papel protagónico en estos tiempos de “crisis”.

Este viaje, de repente, se ha tornado demasiado largo, algo pesado y tedioso, temo no poder retornar. Ya no estoy en capacidad de continuar. La voz teórica se empieza a apropiar de la experiencia en medio del kairós y de eso ya tenemos bastante, lo cual está muy bien. Te propongo que inicies tu propio viaje al centro de la Tierra, y que juntos organicemos las fuerzas y compongamos las alegrías para el presente por-venir.

*Una Anémona de Mar, Año 0 d.C.

 

Periódico desdeabajo Nº267, pdf interactivo

 

 

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Viralizar la exploración interior y explorar lo viral en tiempos de kairós

Ciertamente vivimos, aunque de formas diferenciadas, una suerte de kairós, a menudo llamado “crisis” con un tono alarmante. Kairós, antiguo dios griego, se distingue de Cronos en que sus poderes hacen alusión a un tiempo cualitativo, imposible de contener en la fragmentación y sucesión cronológica donde nos acostumbramos alojar. Vivir en kairós significa habitar la incertidumbre, allí lo viejo no perece y lo nuevo no ha nacido. Se trata de experimentar eones enteros revueltos en un instante. Cronos suele aparecer como una fuerza avasallante, inevitable, al punto que lo solemos convertir en destino: “debía suceder”. Pero la hiperbolización de Cronos no es nada distinto al engañoso efecto producido por la obliteración cotidiana de Kairós. A fin de cuentas, desde la inmensidad del coliseo romano quién iba a pensar que el imperio no era eterno.

Al habitar el kairós experimentamos un momento sublime. Las categorías del entendimiento intentan capturar, sin éxito, aquello que acontece. No basta un nombre, pero tampoco un saber ni una sola sensación. Todo transcurre como si n vidas vivieran la vida propia,… Y así es. ¿Crisis sanitaria, crisis ecológica, crisis capitalista? Sí y no, eso y mucho más: kairós. De ahí que no necesitemos tecnócratas instruidos o gobernantes iluminados, sino panales u hormigueros de médicos, veterinarios, biólogos, teólogos y chamanes. Kairós, como momento de la experimentación que experimenta de formas desiguales con nos/otros, con lo que hay en nosotros, exige afinar la atención, un poco a la manera del Buda meditativo que, en medio de la vorágine ontológica, encuentra paz. Porque kairós es caos, pero también armonía.

Sin embargo, no se trata de descalzarse y cerrar los ojos en la tranquilidad de nuestro aislado departamento, ya que el Buda, el “iluminado”, puede ser cualquier homeless urbano, selvático, marino o rural. De hecho, a menudo la pobreza económica se ha identificado con la riqueza de espíritu, y también de virus y bacterias. Aquella atención puede exigir quietud o aceleración cinéticas: dime cuál es tu cuerpo y te diré qué política necesitas. El objetivo es acometer desplazamientos en intensidad y no en mera extensión. ¿Qué forma más hábil tendríamos de esquivar cada autoridad, cada voz teorética, por muy práctica que se presente, en tiempos en que los ejércitos de expertos, o legos devenidos expertos, quieren ver el rostro de Cronos en Kairós a través de una crisis incesantemente adjetivada?

Ahora bien, no en virtud de la desapropiación constitutiva de kairós este tiempo presente/ausente, fantasmagórico, deja de ser asimismo crisis. Kairós, como los sofistas ya afirmaban en su época, la cual no deja de ser nuestra, también es el “momento oportuno”. No se medita para alcanzar un nirvana extra-terrestre parecido a un sencillo “morir en paz”, a la manera de los últimos hombres sobre la Tierra, que suelen ser los mismos que fantasean con terraformar Marte y patentar la píldora de la vida eterna, sino con el fin sin teleología de organizar las fuerzas y componer los cuerpos. Kairós puede ser aterrador, pero también fuente inagotable de alegría o esperanza sin espera. No obstante, todo depende del lugar en el que nos encontremos. En el horizonte entonces sobresale una precaución: Buda no quiere huir de su cuerpo hacia un lugar sin lugar y un tiempo uniforme, homogéneo, sino localizar(se) (en) las fuerzas que lo recorren y desbordan, allí donde esté, sea cruzado de piernas sobre la alfombra mágica o pedaleando como domiciliario expuesto a las inclemencias del tiempo, es decir, a la contaminación de los cuerpos que para él o ella no podrán llamarse nunca “ajenos”.

Te propongo, así, sin más, un viaje al centro de la Tierra allí donde te encuentres,… En tiempos de kairós.

Margarita Porete, mística beguina de finales del siglo XIII, fue asesinada por la Iglesia Católica tras haber hecho un viaje al centro de la Tierra, o luego de percatarse, afectivamente, de que el verdadero mensaje de Cristo no es otro que el de la mundanidad de Dios. Porete descubrió, a través de sus prácticas cotidianas, que todo lo existente, cualquier ente, humano o no, es expresión de una misma substancia divina, de una misma fuente de vida. La vida eterna siempre ha estado “bajo nuestros pies”, Dios ha sido el nombre imperfecto para esa energía común, inagotable, que se expresa infinitamente de diversos modos, en diversos cuerpos. Primera ley de la termodinámica. Nuestra muerte es la vida de otros, es expresión del devenir de una Vida sin nombre ni finalidad, pero perfecta, armónica en su andar. El Buda y los viajes chamánicos lo confirman: somos el fluir del agua, el águila sobrevolando y el jaguar acechando. La vitalidad, la potencia de nuestros cuerpos es solo una cantidad intensiva de la energía infinita de Dios, que en Porete vendría a ser lo mismo que decir “Tierra”.

Substancialmente hablando, todos los existentes, trátese de máquinas, humanos, cristales, virus, hongos o bacterias, somos expresión de un mismo impulso vital. La Tierra, esa Diosa de Porete, es a la vez caos y cosmos, orden y desorden. Nuestro viaje al centro de la Tierra nos permite percibir sus múltiples estratos infinitesimalmente organizados, pero también su necesaria esquizofrenia que todo lo revuelve, despedaza y pone a aparear. La Tierra es la Gran Sodomita Universal que pone en contacto reinos disímiles, que nos recuerda constantemente la farsa llamada “identidad”. Antonin Artaud, el actor de la Vida y poeta demente, propuso un nombre para esa Vida que nos vive, para ese cuerpo no endurecido que también somos: CsO o “cuerpo sin órganos”. Años más tarde un par de muchachos franceses popularizarán la idea de Dios o la Tierra como gran CsO, a la par que una abuela yanqui comenzará a pensar lo que luego llamaría Chthuluceno: ese espacio a/morfo, rizomático o tentacular donde todo lo existente se des/compone, a la manera de un baile eterno o del fuego de Heráclito que no cesa de jugar consigo mismo.

Pero basta de referencias grandilocuentes, esta es nuestra primera y última estación de viaje. Nadie logrará arrebatárnosla. Las indicaciones, como es de esperarse, se vuelven confusas. En kairós no se sabe sobre qué estrato de la Tierra nos hallamos. Somos niños vagabundos en busca de un hogar perdido. Gamines ontológicos. Sin embargo, una vez alcanzada la demencia o esquizofrenia característica de la meditación del Buda, es posible discernir cada estrato imbricado sobre el otro en la Gran Sodomita Universal:

El estrato físico-químico, con moléculas jugando y librando batallas entre ellas, componiendo y descomponiendo preciosos cristales.

El estrato orgánico, con sus danzas incansables entre nucleótidos (ADN y ARN) y aminoácidos, fuente de las proteínas y, por ende, néctar de la organización de toda la vida biológica sobre la Tierra.

El estrato aloplástico o antropomorfo, esa suerte de tecnoceno caracterizado por ser una fuerza capaz de modificar radicalmente su medio, su exterior, a través de lo que a menudo se denomina lenguaje y técnica, cuestión que se suele identificar con lo humano, pero lo cierto es que lo humano y lo no humano son quienes lo habitan, aunque a veces lo humano pretenda pastorearlo o domesticarlo.

Y en medio de esa pretensión se forman otros dos estratos: el faloceno y, según enseña Cronos, el más reciente capitaloceno.

Si no poseyéramos la distinción y claridad del Buda confundiríamos los estratos aloplástico, faloceno y capitaloceno con el llamado “Antropoceno” o Época del Hombre, en la cual una indiferenciada humanidad ha devenido fuerza geológica (¡¿cuándo no lo ha sido?!). Tampoco podríamos discernir que todo acontece en el gran Cuerpo sin Órganos de la Tierra y reintroduciríamos las envejecidas dicotomías naturaleza/cultura, humano/animal, masculino/femenino y otras aberraciones “antinaturales” por el estilo que, como demonios espectrales, no dejan de condicionar nuestras vidas diarias. Porque, en efecto, esa naturaleza que no es la Tierra se tiende a ver como una fuerza arrolladora que castiga al ser humano dado su brío posesivo y dominador. ¿No suena esto a un típico castigo del Dios Padre judeo-cristiano, pero invertido? “Pachamama, no los perdones porque saben lo que hacen”, así reza la inversión perfecta, la voluntad agustiniana del siglo XXI, el neoconservadurismo de todos los días. No, los desastres “naturales”, virus y bacterias no son la expresión de una madre colérica ante la rebeldía de sus hijos. Madre que en realidad es la madre del Padre, su contracara o envés.

Tomemos el caso de un virus, uno cualquiera, sin corona ni soberanía. Un virus es la máxima expresión del cruce entre los estratos físico-químico y orgánico en el CsO de la Tierra. No se encuentra ni vivo (orgánicamente hablando) ni muerto. No es una célula, pero tampoco un cristal. Es información (ADN o ARN) en continua mutación con una protoestructura lipídica (grasosa) y de proteínas, esencialmente obtenida de las células a partir de las cuales se replica. Los virus son los culpables, en buena parte, de la diversidad genética que compone los cuerpos orgánicos, sean humanos o no, lo cual ha posibilitado, a su vez, su adaptación. No son existencias arcaicas, fósiles vivientes, sino acorazados paquetes de información que respetan algunos de los principios de la biología evolutiva sin ser entes orgánicamente vivos.

Los virus no son “parásitos”, como los biólogos acostumbran interpretar. Desde el punto de vista de cada virus, él simplemente busca componer su cuerpo con el cuerpo de cierta célula para replicar nuevos cuerpos que, a su vez, difieren de sí mismos. Algunas células rechazan la cópula sodomita, pero otras no se resisten a sus encantos, frenan la apoptosis (muerte programada) y hacen un cuerpo común. A través de ese nuevo cuerpo viro-celular la célula se reproduce y los virus se replican o iteran, es decir, se alteran en la continua repetición. En el caso del virus rey por estos días, el coronavirus SARS-CoV-2, esos nuevos cuerpos resultan entrar en relaciones de descomposición con los demás cuerpos que componen el cuerpo humano, pero no necesariamente es así. Los virus han sido para los humanos, al igual que las bacterias (por ejemplo, las que constituyen la flora bacteriana), fuente de potencia, de vitalidad. El baile de la Vida es en buena parte impredecible, pero sin el caos no habría cosmos posible.

Ahora bien, ¿qué cuerpos mueren y qué cuerpos sobreviven a las bacanales entre el Sars-CoV-2 y las células que no se resisten a su llamado de amor? Cuerpos con particularidades físico-químicas y orgánicas, por supuesto, pero también aloplásticas, falocénicas y capitalocénicas. El Sars-CoV-2 no se replica solo en dos estratos, lo hace en un mundo donde los animales llamados silvestres y domésticos se producen y circulan guiados por la ley del Capital, que no es otra cosa que la continua reorganización de cuerpos y de límites entre la vida y la muerte dada la prisa por inaugurar nuevos ciclos de acumulación o proliferación indefinida de valor. En otras palabras, el Sars-CoV-2 no se puede abstraer de los dispositivos especistas que actualmente se encuentran al servicio del Capital y que tienen un papel activo en la proliferación de esta y muchas otras epidemias y pandemias: “gripe porcina”, “gripe aviar”, “vacas locas” (causada por priones), Ébola, VIH, etc. Pero tampoco se puede abstraer del faloceno o estrato patriarcal, el cual inauguró, de diversos modos, la producción de “naturalezas baratas” y la posibilidad de su posesión, empezando por los cuerpos de las mujeres y extendiéndose a todos los seres históricamente “naturalizados”: niños, indígenas, proletarios, dementes, perversos, lumpen, animales, plantas, ríos y bosques. Faloceno y Capitaloceno son los estratos de Dios Padre, en ellos mueren prematuramente, sobre todo, los de siempre, y se genera la ficción de que las propiedades aloplásticas (técnicas) no son sino instrumentos para el control de la Tierra. No es casual, pues, que las tecnologías de disciplinamiento y control adquieran un papel protagónico en estos tiempos de “crisis”.

Este viaje, de repente, se ha tornado demasiado largo, algo pesado y tedioso, temo no poder retornar. Ya no estoy en capacidad de continuar. La voz teórica se empieza a apropiar de la experiencia en medio del kairós y de eso ya tenemos bastante, lo cual está muy bien. Te propongo que inicies tu propio viaje al centro de la Tierra, y que juntos organicemos las fuerzas y compongamos las alegrías para el presente por-venir.

*Una Anémona de Mar, Año 0 d.C.

 

Periódico desdeabajo Nº267, pdf interactivo

 

 

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Publicado enEdición Nº267
Greenpeace alerta del aumento del riesgo de transmisión de enfermedades por la destrucción ambiental

Entre los años 2001 y 2018 la cubierta arbórea se ha reducido un 9%, con la pérdida de 361 millones de hectáreas, según los datos del observatorio Global Forest Watch. Una destrucción de ecosistemas que está acelerando la sexta extinción masiva de especies, con más de un millón de especies en peligro de extinción, como alertaba hace más de un año la Plataforma Intergubernamental sobre la Biodiversidad y los Servicios Ecosistémicos (IPBES) de Naciones Unidas.

Esa destrucción de la biosfera, cuyas consecuencias en cadena derivan en la aniquilación de grupos de especies completas, además de suponer la emisión a la atmósfera 98,7 gigatoneladas de dióxido de carbono que en nada ayudan a frenar la emergencia climática, tiene consecuencias en la vida microscópica que afecta a los humanos, virus y bacterias incluidas.

La tala y la deforestación, en particular en los bosques tropicales de la Amazonia y la Cuenca del Congo, con una biodiversidad muy superior a la media del planeta, está permitiendo que los seres humanos entren en contacto con poblaciones de fauna silvestre portadoras de virus, bacterias y otros microorganismos (patógenos zoonóticos) a los que generalmente no habían estado expuestos. Así lo advierte Greenpeace, una organización que añade que “el deterioro ambiental está agravando la permanencia entre la población de estas enfermedades zoonóticas, al mismo tiempo que se espera que la deforestación aumente los brotes de enfermedades zoonóticas”.

“Si no asumimos el valor de los servicios que nos ofrecen los ecosistemas, la necesidad de gestionar correctamente los recursos naturales y el hecho de que vivimos en un planeta con límites biofísicos, nos veremos abocados a crisis cada vez más frecuentes y más severas, a las que pondremos el adjetivo de sanitarias, climáticas o migratorias, pero que tienen como elemento común un problema sistémico”, expone Miguel Ángel Soto, portavoz de Greenpeace España.

El 58% de las enfermedades infecciosas proceden de los animales; así como el 73% de los patógenos emergentes o reemergentes. “Más de dos tercios de esas patologías se originan en la fauna silvestre y, en el último medio siglo, se ha producido un gran aumento de las enfermedades emergentes que se han atribuido a la invasión humana del hábitat, en particular en los ‘puntos calientes’ de las enfermedades en las regiones tropicales”, indican desde Greenpeace. 

Además, un estudio afirma que alrededor del 30% de los brotes de enfermedades nuevas y emergentes, como los virus Nipah, Zika y el Ébola, están relacionados con estos cambios de uso de la tierra realizado por el ser humano.

Soja, palna, ganadería e industria

Los principales motores actuales de deforestación global son la transformación de bosques en cultivos, especialmente grandes áreas de monocultivos de plantas como la soja o la palma aceitera para las industrias alimenticia y de biocomubustibles, pero también para otras producciones industriales como el caucho o la pasta de papel; la creación de pastos para ganado a costa de inmensas zonas arbóreas; y la explotación maderera.

El modelo de consumo incide especialmente en esta problemática. “El sector cárnico español, de manera especial la ganadería estabulada en régimen intensivo, demanda gran cantidad de piensos, para los que es necesario importar ingentes cantidades de soja”, denuncian desde Greenpeace. España es líder en la producción de piensos ganaderos y en importación de soja dentro de la UE, con un un 40% de la soja importada en 2017 perocedente de Brasil y un 32% de Argentina, países afectados por intensos procesos de deforestación, precedidos por la quema de la selva. 

Según fuentes del sector de fabricación de piensos, recogidas en el informe Enganchados a la Carne, publicado por Greenpeace España en junio de 2019, una tonelada de esa soja se ha importado con un certificado de sostenibilidad. Asimismo, la organización añade que, el pasado mes de febrero, el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico dio a conocer los resultados de una investigación del Seprona donde se ponía de manifiesto la complicidad del sector de la madera en España con los graves problemas de la tala ilegal y el contrabando mundial de maderas preciosas.

21 marzo 2020 

Este material se comparte con autorización de El Salto

Publicado enMedio Ambiente
Barrios en Mumbai. Foto cortesía de @johnny_miller_photography

Un nuevo estudio de la Universidad de Leeds calcula la distribución de la huella energética entre distintos países y grupos de ingresos.

En tiempos de crisis climática -y en estos momentos, sanitaria- los que más sufren son los que menos responsables del desastre y los que menos recursos tienen. La energíael sector que más contribuye en España al calentamiento global de la atmósfera, es el ejemplo perfecto para mostrar la enorme disparidad entre los que más tienen y los que menos: el 10% más rico consume aproximadamente 20 veces más energía que el 10% más pobre.

Así lo concluye un estudio publicado este lunes en la revista científica Nature Energy. Realizado por un equipo de investigación de la Universidad de Leeds, combinaron los datos de la Unión Europea y del Banco Mundial para calcular la distribución de las huellas energéticas y conocer en qué bienes y servicios de alto consumo energético tienden a gastar su dinero los diferentes grupos de ingresos. En total, se analizaron 86 países, desde los muy industrializados hasta los que están en vías de desarrollo, revelando una extrema disparidad en los resultados, tanto dentro de los países como a nivel mundial.

A medida que aumentan los ingresos, apunta el estudio, la gente gasta más de su dinero en bienes de alto consumo energético, como paquetes de vacaciones o vehículos, lo que conduce a una gran desigualdad energética. En este sentido, los autores hallaron que el 10% más rico de los consumidores con más recursos utilizan 187 veces más energía de combustible para vehículos que el 10% más pobre.

Enorme brecha energética en el transporte

Aunque las desigualdades son patentes en todos los sectores de consumo, es en el transporte donde se hace más evidente. Según la investigación, el 10% de los consumidores más ricos usaron más de la mitad de la energía relacionada con la movilidad, estando la gran mayoría basada en combustibles fósilesEstos últimos generan el 75% de las emisiones de gases de efecto invernadero generadas a nivel global. En cuanto a aquellos combustibles usados en el hogar, ya sea para cocinar, la calefacción o la electricidad, se distribuyen de forma mucho más equitativa: el 10% más rico consume aproximadamente un tercio del total.

«Sin reducir la demanda de energía» de sectores como el transporte, «ya sea mediante gravámenes a los viajeros frecuentes, la promoción del transporte público y la limitación del uso de vehículos privados, o la tecnología alternativa como los vehículos eléctricos, el estudio sugiere que a medida que los ingresos y la riqueza mejoren, nuestro consumo de combustibles fósiles en el transporte se disparará», señala Yannick Oswald, autor principal del estudio. En el caso de la calefacción y la electricidad, el estudio apunta a que podría reducirse mediante programas de inversión pública a gran escala para la rehabilitación de viviendas.

Desigualdad energética entre países

El estudio pone también en relieve la distribución desigual de la huella de energía entre los distintos países analizados. Mientras que el 20% de los población española y británica pertenece al 5% de los principales consumidores de energía, en Alemania esta cifra asciende hasta el 40%, y en el caso de Luxemburgo al 100%. Estos datos contrastan con los de China, donde sólo el 2% de la población está en ese 5%, y con lo de India, donde la cifra se sitúa en el 0,02% de la población.

Estas grandes diferencias se hace aún más palpables al constatar que el 20% más pobre de la población del Reino Unido sigue consumiendo más de cinco veces más energía por persona que el 84% más pobre de la India. 

Asegurar una transición energética justa

Durante la última Cumbre de Clima celebrada en Madrid, un informe de Oxfam Intermon ponía en evidencia cómo la desigualdad extrema y la crisis climática van de la mano, siendo imposible entender la una sin la otra. Así, la investigación señalaba que solo el 10% más rico del planeta es 60 veces más responsable de las emisiones de dióxido de carbono que se emiten a la atmósfera que el 10% más pobre. En el caso de España, las emisiones por consumo del 10% de los hogares más ricos superan en 2,3 veces las del 10% más pobre.

En esta línea se manifiesta la doctora Anne Owen, coautora de la investigación. «El crecimiento y el aumento del consumo siguen siendo objetivos centrales de la política y la economía actuales», afirma. Para ella, «la transición a una energía con cero emisiones de carbono se verá facilitada por la reducción de la demanda, lo que significa que los principales consumidores desempeñarán un papel importante en la reducción de su consumo excesivo de energía».

Desde el equipo investigador advierten de que si no se reducen el consumo y no se realizan intervenciones políticas de calado, para 2050 -cuando el mundo debe alcanzar la neutralidad de emisiones- la huella de energía podría duplicarse con respecto a las de 2011, aunque mejore la eficiencia energética.

En esta línea, podría haber un aumento del 31% del consumo atribuido sólo al combustible de los vehículos, y otro 33% a la calefacción y la electricidad. Si el transporte sigue dependiendo de los combustibles fósiles, «este aumento sería desastroso para el clima«, señala el estudio.

Otra de las autoras del estudio, la profesora de Ecología Social y Economía Ecológica Julia Steinberger, incide en la idea de adoptar medidas detalladas sobre esta desigualdad para garantizar una transición energética equitativa y justa. Por ello, apunta a la necesidad de «considerar seriamente» el hecho de cómo «cambiar la distribución sumamente desigual del consumo mundial de energía y hacer frente al dilema de proporcionar una vida decente para todos y al mismo tiempo proteger el clima y los ecosistemas». 

Si bien es crucial pensar en términos de emisiones para la mitigación del cambio climático, esto pasa a ser secundario cuando se piensa en los niveles de vida, remarcan los autores.

Fuente: https://www.climatica.lamarea.com/el-10-mas-rico-consume-aproximadamente-20-veces-mas-energia-que-el-10-mas-pobre/

Por Eduardo Robaina | 17/03/2020

Publicado enSociedad
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