El sistema ha creado el ‘principio de autodestrucción’: Leonardo Boff

El doctor Leonardo Boff, ecólogo, fue una de las personalidades en materia de defensa del medioambiente que el pasado 20 de agosto acudió a la Universidad Iberoamericana Ciudad de México para ser testigo de la apertura del Centro Transdisciplinar Universitario para la Sustentabilidad y de la Licenciatura en Sustentabilidad Ambiental de esta casa de estudios.

Antes de su participación como panelista en el coloquio ‘Universidad y Sustentabilidad en México’, que la Vicerrectoría Académica de la IBERO llevó a cabo para anunciar las aperturas, Boff, filósofo y uno de los fundadores de la Teología de la Liberación, accedió a dar varias entrevistas; he aquí lo que respondió en una de ellas.

—En un mundo donde el capitalismo es el sistema económico y político hegemónico ¿es posible mitigar los daños al medio ambiente, a la Madre Tierra?

—Yo creo que dentro del sistema es imposible, porque el sistema en sí mismo es altamente destructivo de la naturaleza, la explota y no se siente parte de la naturaleza, sino que se siente su señor y dueño, y dispone de ella a su antojo.

Eso ha creado toda la cultura moderna, ha cambiado al planeta Tierra y simultáneamente ha creado el ‘principio de autodestrucción’, sea con armas químicas, nucleares o biológicas; sea también por las reacciones que la Tierra está teniendo de cara a la agresión sistemática que está sufriendo y que aparece bajo el nombre de calentamiento global.

Calentamiento global que se manifiesta a través de efectos extremos: grandes sequías, grandes inviernos, volcanes que se han activado, huracanes y grandes inundaciones; los que dejan ver que la Tierra perdió su equilibrio y su centro. Eso es consecuencia de un tipo de relación que tenemos con la naturaleza, que no es una relación de cooperación y de respeto, sino de dominación y de explotación.

De seguir ese rumbo vamos al encuentro de lo peor. A mi juicio, y lo que otros tantos ecólogos dicen, puede ser una tragedia ecológica-social que puede diezmar gran parte de la biósfera y hacer desaparecer también a gran parte de la humanidad.

—¿Cómo proteger a la ‘Pacha Mama’ (la Madre Tierra) y a las comunidades originarias que viven en las grandes reservas ecológicas, de la depredación de los grandes capitales, por ejemplo, de la extracción minera y petrolera, la industria turística, etcétera?

—En Brasil tenemos el problema del agronegocio que está avanzando terriblemente sobre la Amazonia, la Amazonia que es importante para el equilibrio de los climas mundiales y para la biodiversidad.

Yo creo que la mejor manera de defender esa riqueza natural es por medio de los habitantes que ahí viven: pueblos originarios, personas que trabajan en la pesca, en la foresta, en la extracción de los bienes, pero preservando los árboles y las fuentes de su riqueza; ellos los saben proteger y conocen la forma de manejar esa realidad sin dañarla. La figura más emblemática en esto fue Chico Mendes, quien ideó cómo sacar los bienes de la foresta, sean frutas o medicinas, pero preservando la foresta.

Asimismo, se necesita de un proceso de educación colectiva de toda la humanidad, que parte de dos razones. Una, del miedo; a que cuando el ser humano se da cuenta que puede desaparecer, porque la Tierra está manifestando el agotamiento de los bienes y servicios, y el ser humano puede desaparecer dentro de una catástrofe ecológica-social, entonces cambia, porque el instinto de vida es más fuerte que el instinto de muerte.

Segunda, hay que reeducar a los seres humanos: en la forma de producir, respetando los bienes de la naturaleza; en la forma de consumir; tener un sentido de solidaridad con todos y compartir los bienes de la naturaleza y los bienes industriales. Es un equilibrio difícil pero tenemos que llegar a eso, a un consumo consciente y generoso, y a mantener un equilibrio en relación con las leyes de la naturaleza.
Ese es un trabajo que debe atravesar todas las sociedades, que todos se den cuenta de que somos responsables del futuro del sistema vida, del sistema Tierra y de nuestra civilización. Si no hacemos eso, podemos ir al encuentro de lo peor.

—Dentro del actual mundo desigual, donde los menos concentran la mayor parte de la riqueza, ¿cómo promover el desarrollo económico y social de todos, principalmente de los más pobres, sobre todo los que viven en zonas rurales?

—El sistema como totalidad es insostenible, porque a donde llega crea dos fenómenos. Primero, una profunda desigualdad entre aquellos que tienen y acumulan, y al lado y como consecuencia, genera una pobreza muy grande. Por otra parte, también crea una injusticia ecológica, que es la súper explotación del medioambiente, de los bienes y servicios de la naturaleza. Es un sistema dañino para la vida, que acumula en una parte y genera una inmensa pobreza en otra; y eso es insuperable, es la lógica del sistema.

Por eso tenemos que generar alternativas, que a mi juicio empiezan trabajando el territorio, lo que en ecología se llama biorregionalismo, porque ahí se puede crear la sustentabilidad, con la región, con los recursos que tiene, de agua, de bienes de la naturaleza, con la cultura de la población. Un biorregionalismo definido no por las divisiones artificiales nuestras, en estados y municipios, sino como la naturaleza se dividió, con ríos y montañas.

Crear ahí una totalidad que puede ser sostenible, con pequeñas empresas, un sentido comunitario de producción y distribución, incluyendo toda la parte cultural, de las fiestas, tradiciones, celebraciones de sus héroes, de sus personas significativas. Esa totalidad puede ser sostenible; pero en pequeño.

Pero el sistema, como sistema global, no es sostenible; porque es una amenaza que ha llevado a una guerra total contra la Tierra, sea en el aire, sea en el suelo, sea en el mar. Y esa guerra el ser humano no tiene ningún chance de ganarla, porque la Tierra es más fuerte. Nosotros necesitamos a la Tierra, pero la Tierra no nos necesita, ella puede seguir adelante sin nosotros.

—¿En el presente contexto de crisis ecológica, económica y social valdría la pena tener una segunda oleada de la teología de la liberación, que ponga en los medios de comunicación e imaginario colectivo estos problemas y la necesidad de optar por los pobres?

—Sí. El eje central de la teología de la liberación es la opción por los pobres, luchar contra la pobreza, en favor de la justicia social y la liberación. Y dentro de los pobres, hay que poner al gran pobre, que es la Tierra. Hay que tratarla de tal manera que se protejan los bienes y servicios necesarios para la vida; ese es el sentido de la carta encíclica del Papa Francisco, Laudato Si´, cómo cuidar de la Casa Común (la Tierra).
Aquí la palabra clave es cuidar. Cuidar es una relación amigable, amorosa, protectora de la realidad. Si no hacemos eso, vamos atropellando, destruyendo y creando las condiciones para tener una gran crisis ecológica-social que puede damnificar a gran parte de la biósfera y a la misma especie humana.

—¿Cómo pueden las universidades, como la Iberoamericana, ayudar a promover la sustentabilidad, el cuidado de la Tierra?

—Es una tarea de todas las facultades, es decir, hay que ecologizar todas las ciencias. Cada ciencia tiene que dar su aporte, sea la física, sean las matemáticas, sea la pedagogía; todas juntas deben tener como centralidad crear comportamientos y conocimientos que favorezcan la vida y no solamente al mercado, que permitan la participación de todos y que no hayan excluidos, que tengamos una relación de pertenencia a la naturaleza, a la Tierra, y no de dominación sobre ella.

Una universidad puede crear una especie de cosmovisión que incorpore de forma sistemática en todos sus cursos esa preocupación por el futuro del sistema vida, del sistema humanidad. Porque si no nos preocupamos ahora no tendremos el tiempo ni la sabiduría suficiente para cambiar, será demasiado tarde e iremos al encuentro de una gran catástrofe ecológica-social.

—¿Qué opina de la apertura del Centro Transdisciplinar Universitario para la Sustentabilidad y de la Licenciatura en Sustentabilidad Ambiental de la IBERO?

—Yo lo entiendo como si fueran una semilla, algo que empieza como una semilla. Dentro de la semilla hay de todo, hay las raíces, hay el tronco, hay las hojas, hay las flores, hay los frutos.

Desde esas semillas se puede irradiar a las demás facultades. Crear una red donde cuestiones de sustentabilidad son discutidas juntos, y cómo cada ciencia puede aportar y cómo cada uno puede hacer las transformaciones, porque se habla de la gran transformación de la modernidad. Esa gran transformación tiene que empezar con la transformación de uno mismo, de tener un sentido de respeto a todo lo que vive, existe, de tener un consumo más solidario, de no ser consumista, de cuidar el agua, el aire.

Finalmente, del cuidado que recubre todas las dimensiones de lo humano, especialmente las relaciones, para que no sean agresivas, no lleguen a crear marginalidad. Hay gente en la humanidad que se da cuenta que solamente tenemos esta Casa Común (la Tierra) y no hay un plan B, o cuidamos de ésta o entonces vamos al encuentro de la destrucción.

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El arroz y el trigo, menos nutritivos debido a los crecientes niveles de CO2, revela estudio

Científicos de Harvard descubrieron que los crecientes niveles de dióxido de carbono (CO2) producto de la actividad humana han vuelto al arroz y al trigo menos nutritivos, lo cual puede provocar a 175 millones de personas deficiencia de zinc y a 122 millones de carencia de proteínas para 2050.

Un estudio publicado este lunes en la revista Nature Climate Changemostró que más de mil millones de mujeres y niños podrían perder gran cantidad de su ingesta dietética de hierro, lo que los colocaría en un creciente riesgo de anemia y de otras enfermedades.


“Nuestra investigación deja claro que las decisiones que tomamos cada día, cómo calentamos nuestras viviendas, qué comemos, cómo nos trasladamos, qué elegimos comprar, están haciendo menos nutritiva la comida y poniendo en peligro la salud de otras poblaciones y de futuras generaciones”, expresó Sam Myers, autor principal del estudio y científico de la Escuela Chan de Harvard.

Hierro, zinc y proteínas

El estudio indica que los elevados niveles atmosféricos de CO2 provocan cultivos menos nutritivos. Las concentraciones de proteínas, hierro y zinc son entre 3 y 17 por ciento menores cuando son producidos en ambientes donde las cantidades de dióxido de carbono son de 550 partes por millón (ppm).


En las actuales condiciones atmosféricas, los niveles están apenas por encima de 400 ppm.


El estudio demostró que para mediados de este siglo, cuando se prevé que las condiciones atmosféricas de dióxido de carbono lleguen a alrededor 550 ppm, 1.9 por ciento de la población global, equivalente a unos 175 millones de personas, podrían tener deficiencias de zinc, mientras 1.3 por ciento o 122 millones de personas padecerán disminución de proteínas.


Además, mil 400 millones de mujeres en edad reproductiva y de menores de cinco años que están en alto riesgo de sufrir deficiencias de hierro podrían ver reducida su ingesta dietética de ese elemento en 4 por ciento o más.


Los expertos subrayaron que miles de millones de personas con deficiencias nutricionales podrían experimentar deterioro de la salud.

“El desarrollo sostenible es un eslogan”

- El filósofo francés, impulsor del concepto del decrecimiento, critica “la sociedad del desperdicio”.

- Para Latouche, la sociedad del crecimiento reposa sobre la acumulación ilimitada de riquezas, destruye la naturaleza y es un generador de desigualdades sociales.


El protagonista de hoy elige realizar la entrevista en Les délices du fournil (las delicias del horno), un pequeño local que ofrece servicio rápido de bocadillos, croissants y cafés en pleno corazón del barrio latino de París. Con los videoclips de éxito del momento de fondo y mientras bebe de su copa de vino tinto, –experto en filosofía económica y e impulsor de la teoría del decrecimiento– relata cómo su experiencia de vida con comunidades ajenas al desarrollismo, primero en Laos y luego en África, le llevó a perder la fe en la economía, historias que él explica en La sociedad de la abundancia frugal, uno de sus últimos libros traducidos al español. Para Latouche, un académico parisino de pelo canoso y sonrisa afable, la sociedad del crecimiento reposa sobre la acumulación ilimitada de riquezas, destruye la naturaleza y es un generador de desigualdades sociales.


El mantra central de quienes actualmente gobiernan el mundo es el desarrollo económico exponencial y el aumento de la productividad laboral aunque eso conlleve el recorte de derechos. Muchos son los que celebran el recién aprobado proyecto del Banco Central Europeo para inyectar mensualmente 80.000 millones de euros al mes para reavivar el crecimiento de la economía europea. Sin embargo, este defensor del decrecimiento económico considera que la solución reside en vivir de otra forma para vivir mejor. Para Latouche, el altruismo debería sustituir al egoísmo, el placer del ocio a la obsesión por el trabajo, la importancia de la vida social al consumo desenfrenado y lo razonable a lo racional.


¿Qué le hizo perder la fe en la economía y buscar nuevas alternativas a través de la filosofía económica?


Cuando vivía en Laos estuve con comunidades que trabajaban unas cinco horas por día y el resto del tiempo lo dedicaban a divertirse, a plantar, a cazar, a pescar, y ahí me di cuenta de que el desarrollo iría a acabar con esta forma de vida feliz y transformaría a estas personas en subdesarrollados. El desarrollo colonizaría su imaginario, creándoles necesidades externas y destruyendo el equilibrio de sus sociedades. Cuando hablo de colonizar el imaginario es porque parto de la idea de que la economía es una forma de colonizar el imaginario, como ha sido la religión en los momentos en que los conquistadores invadieron otros países. Esta experiencia me permitió comprender que la economía es una forma de religión y que el desarrollo es una forma de occidentalización del mundo que toma el relevo de la colonización por otros medios.


¿Fue en este momento en el que comenzó a pensar en la necesidad del decrecimiento?


No, yo no utilicé el término decrecimiento hasta el 2002, cuando organizamos el gran coloquio Deshacer el desarrollo, rehacer el mundo (Défaire le développement, refaire le monde) en la sede de la UNESCO en París. En el 64 yo me fui a África como un verdadero misionario del desarrollo, aunque estaba inscrito en el partido comunista y me consideraba marxista, en el 66 llegué a Laos y a mi vuelta a Francia comenzó mi crítica a la economía política y mi trabajo en la epistemología económica. Ahí nació una reflexión durante décadas y comenzó mi crítica al desarrollo como una forma de occidentalización del mundo.


¿Como definiría el decrecimiento?


Yo no lo definiría. Es un eslogan que ha tenido una función mediática de contradecir otro eslogan. Es realmente una operación simbólica imaginaria para cuestionar el concepto mistificador del desarrollo sostenible. El concepto de decrecimiento llegó por azar y por necesidad.


¿Qué es para usted el desarrollo sostenible?


El desarrollo sostenible es eso, un eslogan. Es el equivalente del TINA de Margaret Tatcher, There Is No Alternatives, que viene a decir que no hay alternativas al liberalismo económico. El desarrollo sostenible fue inventado por criminales de cuello blanco, entre ellos Stephan Schmidheiny, millonario suizo que fundó el Consejo Mundial para el Desarrollo Sostenible (World Business Council for Sustainable Development), el mayor lobby industrial de empresas contaminantes, y que fue acusado del homicidio de miles de obreros en una de sus fábricas de amianto. También su amigo Maurice Frederick Strong, un gran empresario del sector minero y petrolero que, paradójicamente, fue el secretario general de la Conferencia de Naciones Unidas para el Medio Humano, donde se abrió la reflexión para que 20 años más tarde, en la Cumbre de la Tierra de Rio 92, se presentase oficialmente el término desarrollo sostenible. Ellos decidieron vender el desarrollo sostenible igual que vendemos un jabón, con una campaña publicitaria extraordinaria, excelentemente sincronizada y con un éxito fabuloso. Pero no es más que otra vertiente del crecimiento económico.


En algunos momentos afirmó que la economía es la raíz de todos los males y que es necesario salir de ella y abandonar la religión del crecimiento, pero, ¿cómo se abandona una fe cuando se cree en ella?
No existe una receta. Yo me convertí en decrecentista en Laos y la mayoría de la gente de mi grupo han tenido experiencias parecidas a las mías de contacto con sociedades no desarrollistas que les han hecho abrir los ojos. No nacemos decrecentistas, nos convertimos en. Al igual que no nacemos productivistas, sin embargo nos convertimos rápidamente porque vivimos en un ambiente en el que la propaganda productivista es tan tremenda que la colonización del imaginario se produce al mismo tiempo que aprendemos la lengua materna. Desintoxicarse después depende de las experiencias personales. Un crecimiento infinito en un planeta finito no es sostenible, es evidente incluso para un niño, pero no creemos lo que ya sabemos, como dice Jean-Pierre Dupuy, un amigo filósofo. El mejor ejemploes la COP21, donde se hicieron maravillosos discursos pero que no darán casi ningún fruto, por eso yo creo en lo que yo llamo la pedagogía de las catástrofes. Creo que es lo único que presiona a salir a cada uno de su caparazón y pensar.


¿En qué consiste la pedagogía de catástrofes?


La gente que se ve afectada por alguna catástrofe comienza a tener dudas sobre la propaganda que difunden las televisiones o los partidos políticos, sean de izquierda o de derechas, y ante las dudas pueden ir en busca de alternativas y aproximarse al decrecimiento. Es necesario que haya una articulación entre lo teórico y lo práctico, entre lo vivido y lo pensado. Aunque tengas la experiencia, si no creas una reflexión puedes caer en la desesperación, en el nihilismo o en el fascismo, por ejemplo. Por tanto, son necesarios esos dos ingredientes, pero no hay receta para combinarlos.


Usted habla que no hay que crecer por crecer, igual que no hay que decrecer por decrecer, ¿en qué deberíamos crecer y en qué decrecer?


Hacer crecer la felicidad, mejorar la calidad del aire, poder beber agua natural potable, comer carne sana, que la gente pueda alojarse en condiciones aceptables… Vivimos en una sociedad del desperdicio que genera numerosos desechos, pero donde muchas de estas necesidades básicas no están satisfechas. Salir de la ideología del crecimiento supone una reducción del consumo europeo hasta alcanzar una huella ecológica sostenible, esto supone reducir en un 75% nuestro consumo de recursos naturales. Pero no somos nosotros los ciudadanos los que debemos reducir nuestro consumo final, sino el sistema. Por ejemplo, el 40% de la carne que se vende en los supermercados va a la basura sin ser consumida. Esto conlleva un desperdicio enorme y una alta huella ecológica. En un país como España, hasta el año 70 la huella ecológica era sostenible, y si todos hubiesen seguido viviendo como los españoles de aquel entonces tendríamos un mundo sostenible. Sucede que los españoles no han pasado a comer el triple de cantidad, sino el triple de mal. En la década de los 70 las vacas todavía se alimentaban de hierba pero ahora comen soja, que se produce en Brasil, quemando la selva amazónica; después es transportada 10.000 kilómetros, se mezcla con harina animal y se hacen piensos con los que las vacas se vuelven locas. Por tanto la huella ecológica de un kilo de ternera hoy supone 6 litros de petróleo, y pasa igual pasa con la ropa y con el resto de bienes. Vivimos en la sociedad de la obsolescencia programada, cuando en lugar de tirar deberíamos reparar y de esta forma podríamos decrecer sin reducir la satisfacción.


Hasta hace poco las llamadas economías emergentes, como China o la India, crecían con fuerza e imparables, pero ahora viven un periodo de desaceleración y en algunos casos hasta de recesión, como es el caso de Brasil, ¿podríamos tener la esperanza de que surgiesen alternativas de decrecimiento en estos países?


En teoría sí, la crisis podría ser una oportunidad para buscar nuevas alternativas porque la crisis es un decrecimiento forzado, pero la paradoja es que la colonización del imaginario por la sociedad del crecimiento es tal que la única obsesión de los gobiernos es volver al crecimiento, cuando en realidad la herramienta clave debería ser la sabiduría. La preocupación actual tanto de Brasil como de China es cómo retomar el crecimiento, se han convertido en toxico-dependientes, drogados por el crecimiento.


¿Cree que las iniciativas del decrecimiento vendrán de países en situaciones de crisis o de países menos absorbidos por el desarrollo?


Puede venir de ambos, pero ya que somos los occidentales los responsables de esta estructura, es de aquí de donde debería partir la desoccidentalización el mundo. Nosotros lo intentamos desde el movimiento del decrecimiento pero por el momento no tenemos un verdadero impacto sobre la realidad, solo a nivel micro, con iniciativas como las cooperativas de productores locales, que son pequeñas experiencias de decrecimiento a nivel local, de las cuales conozco muchas iniciativas interesantes en España.


¿Cree que serán los ciudadanos quienes impulsen el decrecimiento o será una iniciativa de los gobiernos?


Vendrá del pueblo, está claro, de los gobiernos por supuesto que no. ¿Por qué cree que los nuevos partidos políticos que están naciendo en Europa no abordan la óptica del decrecimiento? Por miedo. Tienen miedo a no ganar los votos suficientes para llegar al poder.


Usted afirma que vivimos en un mundo dominado por la sociedad del crecimiento que genera profundas desigualdades ¿de qué forma esto puede afectar a los ciclos migratorios?


La lógica de la sociedad de crecimiento es destruir todas las identidades. El problema de las migraciones es un problema muy complejo, ahora hablamos de millones de sirios desplazados pero antes de que acabe este siglo habrá 500 o 600 millones de desplazados, cuando ciudades enteras como Bangladesh o millones de campesinos chinos vean sus tierras inundadas por la subida del nivel del mar. Al aumentar las catástrofes del planeta, los migrantes ambientales aumentarán también. Donde yo tengo más experiencia de campo es en África y allí he observado que no es la pobreza y la miseria material lo que provocan las migraciones, es la miseria psíquica. Cuando yo comencé a trabajar en África hace una veintena de años no había existencia económica, igual que tampoco hay hoy. Toda la riqueza económica africana representa el 2% del PIB mundial según las estadísticas de la ONU, la gran mayoría representa la masa de petróleo nigeriano. De esta forma tenemos 800 millones de africanos que viven fuera de la economía, en el mercado informal. Al principio, cuando yo iba a África había buen ambiente, mucho dinamismo, la gente quería transformar sus tierras, había muchas iniciativas, pero han desaparecido. La última vez que fui los jóvenes ya no querían luchar más contra el desierto, ahora lo que quieren es ayuda para encontrar papeles e ir a Europa, ¿por qué? No es porque ahora sean más pobres que antes, es porque hemos destruido el sentido de su vida. Los últimos 10 o 20 años de mundialización tecnológica han representado una colonización del imaginario 100 veces más importante que los 200 años de colonización militar y misionaria. Se les crean nuevas necesidades, en la tele se les venden las maravillas de la vida de aquí y ellos ya no quieren vivir allí.


¿Diría usted que esto representa una crisis antropológica?


Sí, el crecimiento es una guerra contra lo ancestral. El verdadero crimen de occidente no es haber saqueado el tercer mundo, si no haber destruido el sentido de la vida de esta gente que ahora adoran al espejismo del desarrollo.

Por Luna Gámez

La Marea

 

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José Mujica alerta del "holocausto ecológico" de la sociedad de consumo

El expresidente de Uruguay se encuentra en Madrid para recibir el XIV premio de la Fundación Abogados de Atocha y recuerda que "los recursos de la Tierra no son infinitos" e invita a huir de "la esclavitud del consumo" por que, dice, "no hay necesidad de vivir tan desesperados"

 

El expresidente de Uruguay José Mujica ha alertado hoy en Madrid del "holocausto ecológico" de la sociedad de hoy, regida por "la multiplicación del consumo", una "tragedia" para las generaciones nuevas, que -dice- deberán luchar por la renta básica, por el medio ambiente o por reducir los horarios de trabajo.


Después de recibir el XIV premio de la Fundación Abogados de Atocha, otorgado en enero pasado pero que solo hoy ha podido recoger, Mujica ha pronunciado un discurso crítico con la "esclavitud del consumo", aunque ha advertido que él no hace "apología de la pobreza" sino "apología de la libertad".


El expresidente de Uruguay entre 2010 y 2015 ha alertado sobre las consecuencias desmedidas del consumo y ha dicho que en pocos años habrá 9.000 millones de habitantes en la tierra, donde la economía creció 40 veces desde 1950 y deberá crecer 200 veces en el próximo medio siglo.


"Los recursos de la tierra no son infinitos", ha dicho Mujica al recordar que hace ya varias décadas que los científicos indicaron "lo que debemos hacer", aunque la sociedad hoy se empeña en seguir transitando "por los caminos del desastre".


"La ciencia vaticinó hace treinta años los peligros del deshielo o las consecuencias de liberar gas metano a la atmósfera y la retroalimentación exponencial del recalentamiento", pero ante esto "no se puede parar", porque "no es posible enfrentar la economía corporativa y la desesperación de los gobiernos por crecer", ha dicho el exgobernante.


Según Mujica, "no hay necesidad de vivir tan desesperados" y, por el contrario, aunque es difícil cambiar el mundo, sí es posible "controlar la cabeza para evitar el dominio de la cultura subliminal de consumo", pues considera que "la felicidad está dentro, en el equilibrio de los sentimientos".


"No puedes ir al supermercado a comprar años de vida", ha dicho, convencido de que el ciudadano puede "manejar la conducta para ganar un pedazo de libertad".


El expresidente ha insistido en que cualquier ciudadano necesita estabilidad económica para vivir, pero siempre mejor bajo la premisa de que "vivir es ser, no tener, sin estar sometido al esclavismo de las necesidades".


Mujica renunció el pasado día 14 a su cargo en el Senado uruguayo con el objetivo de tomarse una "licencia" antes de morir de "viejo" y para seguir con su "lucha de ideas" por otras sendas.


El pasado martes, en la localidad granadina de La Zubia, recibió el premio de poesía Laurel de Plata por representar la "expresión más genuina" de lo "mejor" del ser humano y de la política "hecha poesía".
Y hoy ha recogido el premio que le otorgó el 24 de enero la Fundación Abogados de Atocha por su labor en defensa de la libertad y por compartir con sus acciones "el ADN de los abogados de Atocha".
En esa fecha de 1977, un grupo de extrema derecha irrumpió en un despacho de abogados laboralistas en el número 55 de la calle madrileña de Atocha y mató a tiros a Javier Sauquillo Pérez del Arco, Luis Javier Benavides Orgaz, Enrique Valdelvira Ibáñez y Serafín Holgado de Antonio, y al sindicalista Ángel Rodríguez Leal.

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 “Above The Polar Bear” , la fotografía ganadora del gran premio, muestra el hábitat del oso polar durante el verano en el Área Marina Protegida de Lancaster Sound. Foto: Florian Ledoux/ Drone Awards 2018.

La manera de hacer fotografías ha cambiado. Este arte ha ido evolucionando gracias a los diversos avances tecnológicos. Uno de ellos ha sido la aparición de drones. Estas naves no tripuladas permiten conseguir imágenes a decenas de kilómetros del suelo. Con la ayuda de este invento, la forma de captar instantes ha vivido una auténtica revolución.

 

Antes los fotógrafos tenían que ingeniárselas para lograr una vista aérea perfecta, utilizando cometas o globos de hilo. Ahora, los drones permiten capturar una imagen desde el cielo solo con un botón: la aeronave sube hasta las nubes y dispara en el momento preciso.

 

El auge de estas naves ha creado una nueva categoría artística, imágenes realizadas a vista de pájaro. Sin embargo, solo las mejores consiguen formar parte de los Drone Awards, concurso que premia a las mejores fotografías realizadas con drones en 2018. La que ha alcanzado el primer puesto ha sido un oso polar caminando por una superficie que se encuentra en deshielo. Esta instantánea ha sido realizada por Florian Ledoux.

 

El resto de las imágenes ganadoras se han dividido en distintas categorías: Naturaleza, Abstracto, Gente, Deportes, Vida Salvaje y Urbano. Un nadador en pleno salto de trampolín, una mujer relajada en un campo de césped o un banco de peces huyendo de lo que parece un tiburón son algunas de las mejores fotografías captadas con el objetivo de un dron.

 

“La serpiente del tiempo” obtuvo el primer premio en la categoría Abstract, un camino en el medio del bosque cerca de Derna, el condado de Bihor, Rumania. Foto: Ovi D. Pop/ Drone Awards 2018.

 

“Der Kratera” fue tomada en Landmannalaugar, las tierras altas de Islandia. La imagen muestra un volcán extinto, todavía se puede ver la apertura del cráter. Foto: Florian Ledoux/ Drone Awards 2018.

Un Iceberg extrañamente formado, visto desde el cenit. La foto es parte de mi colección “90 ° Groenlandia” y fue tomada con un dron DJI Inspire 1 Pr. Foto: Stephan Fürnrohr/ Drone Awards 2018.

 

“El responsable papa Garial con sus bebés”, el Garial -Gavialis gangeticus- está en peligro crítico de extinción. Esta imagen fue tomada en Santuario de vida salvaje de Chambal en La India. Foto: Stephan Fürnrohr/ Drone Awards 2018.

 

“Núcleo”, un bote “talla” las frías aguas de Alaska. Parece como si se moviera a través de una sábana de tela. Foto: Casey McCallister/ Drone Awards 2018.

 

“La Gran Sombra”, el autor esperó 2 largos días para obtener una imagen a tamaño natural de una jirafa. El ángulo de disparo y la hora del día fueron muy importantes para obtener esta sombra perfecta de tamaño natural. En una mirada sentirás que la sombra es la jirafa real, pero en realidad es de otra manera. Foto: Thomas Vijayan/ Drone Awards 2018.

 

“Silvia” , el verano se aproxima, la hierba crece en los campos, el primer calor, la naturaleza se despierta, todo es verano. Foto: Davide Lopresti/ Drone Awards 2018.

 

“Caos”, un día temprano y por la mañana en el mercado de Corabastos Bogotá. Colores y texturas de un caos contenido de personas, camiones, automóviles, frutas, verduras, etc.Foto: Alex Visbal/ Drone Awards 2018.

 

“Sombras Patinadoras”, el pelotón de patinaje sobre ruedas se representa proyectando sombras sobre el hielo natural del Weissensee austriaco durante el maratón Open Dutch Championships de más de 100 kilómetros.Foto: Vincent Riemersma/ Drone Awards 2018.

“Mada’in Saleh”, una escena increíble. Este antiguo sitio arqueológico se llama Mada’in Saleh y se remonta al siglo I d. Tuve la suerte de poder pasar un corto tiempo de pie ante esta tumba real y los miles de años de historia que tiene. Es un honor compartir esta imagen contigo desde una perspectiva nunca antes vista.Foto: Gabriel Scanu/ Drone Awards 2018.

 

“Tiburón de Punta Negra”, un tiburón punta negra persigue una escuela de macabijos en desove frente a la costa de la isla de Abaco, Bahamas.Foto: Adam Barker/ Drone Awards 2018.

 

“Asís sobre las Nubes”, la maravillosa Basílica de San Francisco de Asís, al atardecer con la ciudad inmersa en la niebla.Foto: Francesco Cattuto/ Drone Awards 2018.
(Tomado de europa press)

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Las mujeres indígenas andinas y amazónicas de Perú promueven una economía basada en la distribución y en los saberes ancestrales que giran en torno a la ecología, el medioambiente y la cultura, lo que les permite vivir en armonía con la naturaleza. Ahora trabajan para visibilizar y que se reconozca su aportación en la lucha mundial contra el cambio climático. (ONAMIAP)

Para los 45 millones de indígenas de América Latina, la vinculación con el medio ambiente va más allá de su potencial uso como recurso, es una conexión espiritual y cultural. Ver un río agonizar por sequía o por contaminación, equivale a ver morir a un familiar.

Así lo expresa Ketty Marcelo, del pueblo Yanesha-Asháninka, en la selva central de la Amazonía peruana. Ha visto morir el río Perené con el que creció y, en los últimos años, ha sido voz de las mujeres indígenas ante el cambio climático y el medio ambiente en las COP de Lima, París, Marrakech y Bonn, y preside la Organización Nacional de Mujeres Indígenas Andinas y Amazónicas de Perú (ONAMIAP, que visibiliza los aportes de estas mujeres en la lucha mundial contra el cambio climático).

Las lagunas de Bolivia están desapareciendo. Los glaciares se derriten en la cordillera peruana: en los últimos 40 años han registrado una pérdida en superficie del 42,64%(respecto al inventario de 1970). El Niño, un fenómeno climatológico extremo cada vez más frecuente, provocó en 2017 inundaciones y, en Colombia, Ecuador y Perú los damnificados se contaron por miles.

Harvey, Irma o María en un solo año: cada vez hay más huracanes en el Atlántico. El aumento de la temperatura está provocando riesgos para la salud en Centroamérica, con mayor propagación de las enfermedades del Zika y Dengue. La deforestación de la Amazonía causa la pérdida de los bosques y la biodiversidad. Estos son algunos de los riesgos que la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) resalta, y advierte, al mismo tiempo, que el costo económico del fenómeno es difícil de prever.

Quizá por eso la región avanza en mecanismos políticos. Son las leyes contra el cambio climático. México fue pionera en 2012, aunque ya en 2010 Bolivia aprobó la Ley Madre Tierra con el objeto de “vivir en armonía” con la naturaleza; Brasil, por su parte, trabajaba en estrategias nacionales desde 2009.

A la ley mexicana le siguió la de Guatemala en 2013, la de Honduras en 2014 y, recientemente, la de Perú. Otros países de la región han ido fortaleciendo políticas para la mitigación, la adaptación y la gestión de riesgos y desastres.

América Latina es la segunda región que menos gases de efecto de invernadero emite en el mundo (11,7%), de acuerdo a un informe de Naciones Unidas, pero es altamente vulnerable a los impactos del cambio climático, puesto que los daños causados por eventos climáticos extremos son un nuevo reto a su desarrollo.
Nueva economía del clima

Manuel Pulgar Vidal, líder internacional de Cambio Climático y Energía del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés), responde al teléfono desde Colombia, donde la organización que trabaja por la conservación de la naturaleza celebró a principios de mayo su Conferencia Anual, con la celebrada presencia del entonces todavía presidente Juan Manuel Santos.

Las leyes contra el cambio climático son positivas, opina Pulgar Vidal, pero no suficientes: “Los sectores económicos y productivos requieren de acciones muy concretas para reducir las emisiones y en la nueva economía del clima no se puede ser ajeno a consideraciones medioambientales”.

Lo ejemplifica con iniciativas regionales que ya son una realidad. Vehículos eléctricos en ciudades ecuatorianas. Quito como una de las ciudades sostenibles del mundo. Chile, Colombia y México poniéndole precio al carbono. El caso de Colombia, que sin una ley marco, tiene normas de acción climática para la reducción de bolsas de plástico, y, por ejemplo, ha creado el fondo Herencia Colombia –que promueve la sostenibilidad de los ecosistemas y la vida humana, o para la conservación y crecimiento de áreas protegidas, superando la meta global de Aichi de un 10% en áreas marinas–.

“Pocos reconocen el liderazgo de América Latina en la lucha frente al cambio climático. El camino al acuerdo de París tuvo a México recuperando el proceso, tras la pérdida de optimismo en Copenhague 2009; y Perú, junto a Francia, impulsó el acuerdo y logró involucrar a los actores no estatales”, afirma Pulgar Vidal que también fue ministro del Medio Ambiente en Perú.

Este experto resalta el papel de los actores no gubernamentales fortaleciendo la agenda climática: “En los EEUU se ha lanzado una iniciativa equivalente, We are still in, que ha permitido que, sin prejuicio de las decisiones de Trump, el país siga avanzando en acción climática”.

La sociedad civil es clave ante el cambio climático. Elisa Hernández ha recorrido América Latina “con las gafas de desarrollo sostenible y género puestas”. Experta en medioambiente, ha trabajado para organismos internacionales, gubernamentales y asociaciones locales, estudiando el rol de las mujeres indígenas, el derecho al agua y la resiliencia de las comunidades frente al cambio climático.

Afirma que “más allá de las políticas de cada país, es la gente de América Latina la que está llevando a cabo iniciativas sociales muy interesantes como el encuentro Panamazónico o el Tribunal de la Naturaleza, acciones para liderar un cambio de modelo en la región”. Y resalta que uno de los mayores desafíos es “asegurar la participación de las personas en las políticas. Hacer hincapié en las prácticas tradicionales y el respeto a la cosmovisión de las comunidades es fundamental”.

De su experiencia destaca cómo las comunidades se movilizan muy visiblemente en oposición a modelos de desarrollo en los que no tienen participación: “Los escenarios del cambio climático no se conocen con exactitud. Seguramente van a generar situaciones de mayor desigualdad y esto puede exacerbar conflictos a distintos niveles”.

El Atlas Global de Justicia Ambiental sitúa tres países de la región dentro del ranking mundial de conflictos medioambientales: Colombia, Brasil y Perú. Los conflictos, en su mayoría causados por la minería, son una realidad que ya reportan organizaciones como Amnistía Internacional. Dos de sus informes publicados recientemente en Perú, Estado tóxico y Una receta para criminalizar, apuntan a un fenómeno que va en aumento: poblaciones de los Andes y de la Amazonía gravemente afectadas por los metales tóxicos de las industrias extractivas y personas defensoras del medioambiente estigmatizadas y en peligro.

Marina Navarro, directora de Amnistía Internacional Perú, afirma que América Latina es la región con mayor número de asesinatos de personas defensoras del medioambiente: “2017 fue el peor año en la última década. Hay un uso excesivo de la fuerza. Cuando las personas defensoras de derechos levantan la voz, se les acusa de ir contra el progreso y el sistema penal se utiliza para criminalizarlas. No hemos visto a una autoridad que salga a defenderles y no hay ninguna política de protección”.

Aunque en Perú las organizaciones han dado la bienvenida a la ley de cambio climático, Marina considera que “ratificar el Principio LAC 10 sería un gran paso adelante”. Ese principio, que reconoce que la participación de “todos los ciudadanos interesados” es el modo óptimo “para tratar las cuestiones ambientales”, es el antecedente del Acuerdo Regional de Acceso a la Información, Participación Pública y Justicia en Materia Ambiental en América Latina y el Caribe, los tres pilares hacia la gestión del medioambiente y el desarrollo sostenible, aprobado el pasado mes de marzo.
Las mujeres, más afectadas por el extractivismo

¿Por qué un país que aprueba y lidera acciones climáticas promueve, en paralelo, un desarrollo basado en el extractivismo –opción que merma los derechos de las poblaciones–? “Es un gobierno esquizofrénico”.

Así responde la coordinadora del Grupo Perú Ambiente y Clima, Beatriz Salazar, que agrupa a casi un centenar de organizaciones de la sociedad civil que han impulsado la ley contra el cambio climático: “En Perú hay un debilitamiento de los estándares ambientales y se aprueban normas que benefician las inversiones a costa de la vulneración de derechos”.

Rocío Silva Santisteban, periodista peruana que ha investigado cómo las actividades extractivas afectan a las mujeres en América Latina, afirma que “las mujeres defensoras son heroínas” pues se enfrentan casi en solitario a una resistencia que vulnera todos sus derechos.

En Mujeres y conflictos ecoterritoriales concluye que estos conflictos son el gran problema del siglo XXI en la región y que el modelo de desarrollo extractivista es insostenible a largo plazo y, más aún, ante el cambio climático.

Marcelo ha cambiado su río Perené por el río Rímac en Lima. Todas las mañanas le saluda, aunque, como ocurre ahora, baje sucio. Esta portavoz de las mujeres indígenas asegura que seguirá trabajando para que se reconozcan las contribuciones andino-amazónicas de las mujeres: “Ya estamos adaptándonos al cambio climático, nos asociamos en iniciativas productivas como piscigranjas, promovemos la artesanía, los corredores turísticos y queremos visibilizar la economía indígena”. Esta economía, basada en la distribución y en los saberes ancestrales en torno a la ecología, el medioambiente y la cultura, les permite vivir en armonía con la naturaleza.

 

Publicado originalmente en Equal Times

Publicado enMedio Ambiente
¿Un «desorden global» sin alternativas?

El nuevo «desorden global» adopta la forma de una confrontación muy parecida a la del período de entreguerras del siglo XX, salvo por una diferencia crucial. Antes, el conflicto enfrentaba a dos revoluciones: una fascista y otra comunista, que el capitalismo amenazado trataba de cooptar o frenar a su favor. Ahora, en cambio, no hay ninguna alternativa real al capitalismo. Los límites de la imaginación son el mercado o la propia comunidad identitaria.

 

En la década de 1990, el conocido paleontólogo Stephen Jay Gould formuló la teoría del «equilibrio puntuado» que se ajusta a los registros fósiles mejor que el ortodoxo gradualismo darwiniano. Este modelo describe largos periodos de estasis o estabilidad de las especies biológicas bruscamente «puntuada» por breves períodos de cambios rápidos, intensos y decisivos a escala geológica. Los períodos de estabilidad duran millones de años mientras que los de cambio abarcan decenas de miles, cifras en cualquier caso inasibles para la imaginación humana. La vida evoluciona a trompicones, alternando las largas siestas (compuestas, eso sí, de luchas y tumultos) con los acelerones trágicos y las catástrofes vertiginosas. En este modelo ni la estabilidad ni el cambio concentran mayor verdad, justicia o progreso natural que su contrario.


Si se nos permite la licencia de extrapolar este modelo a la escala antropométrica, podríamos decir que la historia humana se comporta de la misma manera. La última siesta de la historia se llamó Guerra Fría y, como para confirmar que estabilidad y paz no son sinónimos, produjo cien guerras y millones de muertos. Contenía, en todo caso, una regla geopolítica y social que, a partir de 1990, se ha ido descomponiendo muy deprisa. Algunas veces lo he contado de esta manera: el rápido deshielo de la Guerra Fría, puntuado de reivindicaciones democráticas a escala mundial (las «revoluciones de colores», sí, pero también el ciclo progresista latinoamericano) tuvo su última expresión en el «mundo árabe», congelado desde la Segunda Guerra Mundial, donde se habían atrincherado las últimas dictaduras del planeta. En respuesta a la larga sacudida popular de 2011 –de Marruecos a Bahréin– distintas «contrarrevoluciones» enfrentadas entre sí acabaron chocando en Siria, con un enfrentamiento multinacional por vía interpuesta que reveló la debilidad de Estados Unidos como potencia hegemónica y abrió paso a un «nuevo desorden global». Tiene razón el intelectual sirio Yassin Al-Haj Saleh cuando insiste en la centralidad de Siria en este acelerón y desplazamiento del marco geopolítico, y no solo por los cambios que ha introducido sino por los que ha iluminado: de algún modo «hacía falta» la «guerra siria» para que tomáramos nota de las esperanzas fallidas y de las transformaciones ya acaecidas.


Este nuevo «desorden global» que, en el mundo árabe, ha restablecido bajo nuevas formas el viejo círculo vicioso y sin salida de dictaduras, intervenciones y yihadismo ha revelado, asimismo, la crisis política y civilizacional de Europa y EEUU y ha invertido el impulso popular democrático de 2011 en un proceso de «desdemocratización» general que, con la elección de Donald Trump, parece cerrar definitivamente un ciclo e inaugurar otro dominado ahora por el autoritarismo, la contracción identitaria y la erosión dramática de los Estados de Derecho. La rápida transición, preñada de otros mundos posibles y fallidos, ha desembocado –también muy deprisa– en un marco nuevo en el que todo lo que aún nos resulta familiar es peligroso y todo lo que nos resulta desconocido es, por eso mismo, amenazador.


La tentativa de aplicar los viejos esquemas de la Guerra Fría a un estallido cuya lógica era puramente interna dañó al mismo tiempo las esperanzas populares y la fortaleza de las potencias implicadas. Todas ellas reaccionaron con los atavismos reflejos de la política de bloques y, si echaron por tierra los cambios democráticos en la región «árabe», lo hicieron a costa de la propia estabilidad interna y externa en un mundo privado de pronto de verdadero hegemón. El caso, por ejemplo, de la América Latina progresista es ejemplar: en la periferia de un conflicto en el que siempre fue a remolque, abandonó a los pueblos en rebeldía para alinearse de manera instintiva en un bloque que ya no existía y que esa misma rebeldía cuestionaba. El posicionamiento de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Cuba al lado de los dictadores «antiimperialistas», no solo facilitó en Medio Oriente la respuesta contrarrevolucionaria de los «imperialistas» sino que aceleró en el continente americano el fin del llamado «ciclo progresista». El nuevo marco en el que hoy celebran sus cumbres Vladímir Putin y Trump o Nicolás Maduro y Recep Tayyip Erdoğan es un mundo fluido y casi subatómico en lo que atañe a las alianzas y muy pétreo, uniforme y sombrío en su calidad democrática. En lugar de bloques hay cristales caleidoscópicos muy provisionales; en lugar de «socialismo del siglo XXI» tenemos retoños inquietantes del siglo XIX. Como he escrito en otras oportunidades, estamos retrocediendo a los comienzos de la centuria pasada: nos enfrentamos a un Weimar global de conflictos inter-imperialistas no ideológicos, como en la Primera Guerra Mundial, pero ahora con armas de destrucción masiva, crisis ecológica y nuevas tecnologías que aceleran los cambios al mismo tiempo que promueven la ilusión de cambio como motor a su vez de nuevos cambios.


Si dejamos a un lado los pueblos, el gran perdedor de este «acelerón» es Europa. Tanto la desdemocratización como la reconfiguración caleidoscópica de las alianzas debilitan la posición «semihegemónica» de Europa. El Brexit, la guerra comercial promovida desde EEUU, la rusofobia institucional y el «destropopulismo» neofascista amenazan la existencia misma de la Unión Europea y condenan a Europa a un papel cada vez más periférico. La respuesta, estrictamente neoliberal y crecientemente autoritaria acelera esta disolución entrópica. Habría que detenerse en un minucioso análisis económico y antropológico, pero la cuestión decisiva es esta: en algún sentido, la «regla de cambio» gouldiana que regía la historia de Europa desde 1789 se ha quebrado. Por contarlo de una manera sencilla y banal, podemos decir que desde hace 200 años la juventud europea transformaba –o intentaba transformar– la sociedad cada 30 años a través de una triple experiencia: una guerra, una revolución y un movimiento poético. Los movimientos poéticos han desaparecido en el seno de las nuevas tecnologías, cuyo proceso constituyente ininterrumpido hace imposible la mínima estabilidad que necesita todo estilo y toda ruptura estética con el pasado. En cuanto a las guerras, que vuelven a lamer la periferia (primero los Balcanes, ahora Ucrania), el esfuerzo que se ha hecho por mantenerlas «fuera» es inseparable de la experiencia misma de la UE, pero también ahora de su quiebra. Por fin y respecto de la revolución, el modelo «francés» dominante durante dos siglos murió precisamente en Francia en 1968. Quizás esta muerte sea buena además de inevitable –la discusión sería larga y no nos pondríamos de acuerdo– pero lo cierto es que la «regla de cambio» no es ya la histórica que asociaba juventud a revolución. En los últimos cincuenta años la juventud europea ha quedado absorbida en el imaginario del mercado al mismo tiempo que expulsada del mercado laboral, contradicción que hace tan necesaria como imposible la revolución y que –por cierto– deja fuera de juego a la izquierda (al menos a la realmente existente) en la construcción de cualquier nuevo marco de transformación que excogitemos.


En ausencia de la «regla de cambio» que haga efectivo el cambio social que la crisis demanda, la desdemocratización de Europa –y de buena parte del mundo– adopta la forma de una confrontación muy parecida a la del período de entreguerras del siglo XX, salvo por una diferencia crucial. Hace 90 años el conflicto enfrentaba a dos revoluciones, una fascista y otra comunista, que el capitalismo amenazado trataba de cooptar o frenar a su favor. Hoy no hay ninguna alternativa real –ni buena ni mala ni regular– al capitalismo. Tampoco hay ninguna revolución en marcha. O, mejor dicho: la única revolución real es precisamente la del neoliberalismo, con la devastación de los territorios –colectivos e íntimos– que acompaña su ininterrumpido proceso constituyente. La única alternativa real al capitalismo es la de una demanda de seguridad, muy conservadora e identitaria, de la que se han apropiado los «destropopulismos» y los neofascismos. Frente al capitalismo y sus horrores, los europeos no quieren democracia ni Estado de Derecho. Los europeos no quieren tampoco Europa. No quieren, desde luego, una revolución socialista o un «hombre nuevo»; quieren seguridad y bienestar en los límites de su imaginación. ¿Y cuáles son los límites de su imaginación? El mercado y la propia comunidad identitaria (nación, barrio o militancia especializada).


Desde un punto de vista geopolítico, a los bloques ha sucedido un desorden global caleidoscópico de conflictos interimperialistas sin ideología. En términos políticos se trata de una confrontación entre revolución capitalista y comunitarismo destropopulista que alimenta, cualquiera que sea el resultado, la «desdemocratización global» y deja fuera de juego a la izquierda, tentada unas veces por el progresismo neoliberal y otras por el comunitarismo autoritario. La batalla que se ha perdido es la de los límites –materiales de la imaginación.

 

Por Santiago Alba Rico
Nueva Sociedad

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Unos emprendedores chilenos fabrican bolsas plásticas solubles en agua que no contaminan

Con un ligero cambio en la fórmula del plástico, que permite sustituir el petróleo por la caliza, un grupo de emprendedores chilenos ha logrado fabricar bolsas plásticas y de tela reutilizables solubles en agua y que no contaminan.

 

Roberto Astete y Cristian Olivares, los dos artífices de este producto, empezaron con experimentos para fabricar detergente biodegradable, pero al final hallaron la fórmula química a base de PVA (alcohol de polivinilo, soluble en el agua) y que reemplaza a los derivados del petróleo, los causantes de la indestructibilidad de los plásticos que se han integrado en la cadena alimenticia de los animales que pueblan los océanos y deterioran el medio ambiente.

"Nuestro producto deriva de una caliza que no daña el medio ambiente", aseguró Astete, director general de la empresa SoluBag, que espera comercializar sus productos a partir de octubre en Chile, uno de los primeros países de América Latina en prohibir el uso de las bolsas plásticas convencionales por los comercios. "Esto es como hacer pan", agrega. "Para hacer pan se necesita harina y otros componentes. Nuestra harina es el alcohol de polivinilo y otros componentes, aprobados por la FDA (la agencia estadounidense para la regulación de alimentos, medicamentos, cosméticos, aparatos médicos, productos biológicos y derivados sanguíneos), que nos ha permitido una materia prima para hacer distintos productos".


El Gobierno de Chile ha puesto en marcha varias iniciativas para reducir el uso de las bolsas de plástico. Desde este mes está prohibido el uso de bolsas de plástico en los comercios chilenos.La iniciativa comenzó a discutirse con el gobierno anterior de la presidenta Michelle Bachelet y proponía que fuera solo en zonas costeras, pero luego el actual Ejecutivo, que preside Sebastián Pieñara, se amplió a todo el territorio después de un tira y afloja con la industria que fabrica este material.


Bolsas comestibles


Ante la prensa, los dos muestran la solubilidad inmediata de sus bolsas plásticas en agua fría o de las bolsas de tela reutilizables en agua caliente. "Lo que queda en el agua es carbono", asegura Astete, lo que las pruebas médicas realizadas han demostrado que "no tiene ningún efecto en el cuerpo humano". Y para demostrar que el agua turbia que queda es "inocua" y sigue siendo potable, se bebe unos cuantos vasos de agua.


"La gran diferencia entre el plástico tradicional y el nuestro es que aquel va a estar entre 150 y hasta 500 años en el medio ambiente y el nuestro solo demora cinco minutos. Uno decide cuándo lo destruye", sostiene Astete, antes de agregar que "hoy día la máquina recicladora puede ser la olla de tu casa o la lavadora". La fórmula hallada permite "hacer cualquier material plástico" por lo que ya están trabajando en la fabricación de materiales como cubiertos, platos o envases de plástico.


Las telas solubles en la misma agua caliente que sirve para preparar, por ejemplo, un té o un café, sirven para fabricar bolsas de compra reutilizables o productos hospitalarios como los protectores de las camillas, las batas y los gorros del personal médico y de los pacientes que suelen tener un único uso, dice por su parte Olivares. Y cuando llueve, ¿cómo llega la compra a casa? Los fabricantes pueden programar la temperatura a la que tanto las bolsas plásticas como las de basura se disuelven al contacto con el agua.


Otra ventaja de sus bolsas según sus fabricantes es que son antiasfixia, una causa en accdidentes domésticos con niños. Este tipo de bolsa se disuelve al contacto con la lengua o con las lágrimas. Con la fabricación masiva, que puede hacerse en las mismas empresas de donde salen los plásticos de ahora -basta con modificar la fórmula-, el precio de sus productos puede ser similar al de los actuales, aseguran.
Anteriormente también se han puesto en marcha iniciativas similares en otros paíes. El biólogo indonesio Kevin Kumala cuando, tras una década en Estados Unidos, volvió a su Bali natal en 2009 y vio las playas paradisiacas plagadas de plástico puso en marcha la compañía Avani Eco.


Si en 2014 se fabricaron 311 millones de toneladas de plástico en el mundo, las estimaciones indican que, de no cambiar el ritmo anual, para el 2050 se fabricarán 1.124 millones de toneladas, Astete y Olivares esperan dar al cliente las herramientas para ayudar a evitar la contaminación del medio ambiente porque "la gran ventaja es que el usuario decide cuándo destruirla", asegura. La iniciativa ha ganado el premio SingularityU Chile Summit 2018 como emprendimiento catalizador de cambio, lo que les ha valido una pasantía para los inventores en Sillicon Valley a partir de septiembre.

Después de 3 horas de viaje en lancha desde el puerto de Inírida, vemos como se alzan tres gigantes entre la selva, se trata de los cerros de Mavecure sobre las aguas del río Inírida. De izquierda a derecha: El cerro de Mavecure, el cerro del Mono, y el cerro Pajarito. En esta zona se grabaron partes de la película colombiana “El abrazo de la serpiente” de Ciro Guerra.

“(…) y acababa de ver con ojos casi espantados un mundo virgen, un mundo exuberante, el milagro de la vida resuelto en millones de formas, flores inverosímiles, selvas inabarcables, ríos indescriptibles, de modo que lo que Bolívar vio surgir ante él, no fue la América maltratada por los españoles sino la América desconocida y desaprovechada por los propios americanos, el bravo mundo nuevo”

W. Ospina

 

El departamento de Guainía hace parte del territorio amazónico de Colombia, tiene una extensión de 78.365 km, equivalente al 6,3% -aproximadamente- del territorio colombiano y al 15,1% de la región amazónica colombiana (1), limita por el norte con el departamento de Vichada; por el oriente con Venezuela; por el sur con Brasil y por el occidente con los departamentos de Guaviare y Vaupés; hace parte del escudo Guayanés, una de las formaciones geológicas más antiguas del mundo (2).


En efecto, Guainía es la vida palpitando. Este departamento fronterizo, con alta presencia de pueblos indígenas, es aún desconocido en varios aspectos -afortunadamente-, razón por la cual hace parte de la larga lista de territorios abandonados por el estado y testigo del conflicto armado. Paradójicamente, al ser considerado una de las “zonas rojas” del país, se conservaron miles de especies de flora y fauna, entre ellas algunas especies de animales amenazadas de extinción como el Jaguar (Panthera onca), la Nutria Gigante (Pteronura brasiliensis), la Danta (Tapirus terrestres), el Águila Arpía (Arpia Harpija), entre otras; de igual manera se preservan resguardos indígenas de pueblos como Curripacos, Puinaves, Sikuainis, Piapocos, Cubeos, Tucanos, Yerales, Makú, Desanos, Piratapuyas (3), entre otros. No obstante, desde hace un tiempo el turismo ha ido incrementando, al igual que el interés por la explotación minera de coltán, oro y plata, poniendo en riesgo la polifonía de vida que allí habita.


Las siguientes 15 fotografías son un pincelazo de la majestuosidad de Inírida, la capital de Guainía, un viaje fotográfico por lugares paradisiacos que escapan a cualquier descripción.


1. Cerros de Mavecure: Los tepuyes de Guainía


Después de 3 horas de viaje en lancha desde el puerto de Inírida, vemos como se alzan tres gigantes entre la selva, se trata de los cerros de Mavecure sobre las aguas del río Inírida. De izquierda a derecha: El cerro de Mavecure, el cerro del Mono, y el cerro Pajarito. En esta zona se grabaron partes de la película colombiana “El abrazo de la serpiente” de Ciro Guerra.


2. Cerro de Mavecure


El nombre del cerro –nos explica Wilmer, el guía indígena– se debe a que allí los antepasados encontraban dos materiales para la caza; el mave, un árbol del que sacaban la madera para fabricar las lanzas y el cure, curare o veneno para las puntas de las lanzas o flechas.


3. Cerro del Mono


Los Tepuyes, que en lengua indígenas quiere decir montañas, son territorio sagrado para los Curripacos. Desde la cima del cerro de Mavecure se puede ver la majestuosidad del cerro del Mono, que da paso a las extensas zonas de selva que se avizoran entre las rocas más antiguas de la tierra, las cuales se formaron para el caso de Colombia hace aproximadamente 1.800 millones de años (4).


4. El cerro de Pajarito y la princesa Inírida


Aunque el cerro de Mavecure es donde hicimos el ascenso, el enorme cerro de Pajarito no pasa desapercibido. Dice la leyenda indígena que en este cerro se perdió la princesa Inírida, de ella se enamoró un hombre indígena que no lograba tener su amor y por esto acudió a la “pusana”, una sustancia preparada para enamorar a otra persona (también conocida como shundul o chundú.) Cuando la princesa Inírida sintió la pusana salió huyendo y se perdió en el cerro, y allí ha estado desde entonces.


5. El vecino más viejo de la comunidad del Remanso


La comunidad del Remanso la habitan los pueblos indígenas de Curripacos y Puinaves, estos habitantes conviven con un gigante en su territorio, el vecino más viejo se llama Cerro Pajarito y está justo a espaldas de sus casas.


6. Wilmer, nuestro guía


En esta ocasión nos acompañó Wilmer, un curripaco de 28 años. Por la época de invierno es más complicada la subida, sin embargo, Wilmer podía subir y bajar corriendo sin ningún problema, mientras subíamos nos contó que estos cerros son territorios sagrados para ellos, pues aquí venían los abuelos para limpiar la maldad del mundo.


7. Serpentea el río Inírida


Desde la punta del cerro de Mavecure se ve como se mueve la enorme serpiente de agua amazónica, es decir, el recorrido del río Inirida, que serpentea entre la selva y que finalmente se une al río Guaviare para llegar juntos al río Orinoco.


8. Heliconius melpomene en el mariposario


El mariposario “Melpomene” de Inírida es un proyecto autónomo liderado por Pedro, un joven de la zona que se interesó en las mariposas y en la manera de armar un mariposario que dé cuenta de la gran riqueza biológica de Guainía, allí se desarrolla un proceso de colecta no invasiva de mariposas para su cuidado y reproducción. Lleva el nombre de Melpomene por la especie de mariposa Heliconius melpomene.


9. Pictogramas en la comunidad indígena El Coco


La comunidad indígena del Coco hace parte de los resguardos cercanos al casco urbano de Inírida, en esta comunidad conviven indígenas de las etnias Curripaca y Puinave. Es una comunidad de artesanos y artesanas del barro, madera y fibra de la palma de moriche o chiquichiqui, pero además se encuentran gigantescas rocas antiguas con enormes y variados pictogramas ancestrales que, según cuentan, son narraciones de dioses como Yuruparí o Dukjin.


10. Trampas artesanales de peces


Cae la tarde y es hora de revisar las trampas artesanales de madera que se han instalado en la orilla del río Inírida. En esta ocasión es una indígena curripaca quien selecciona los peces que serán sacados del agua para consumo o venta, esta selección se hace de acuerdo a la talla de las diferentes especies, los especímenes juveniles son devueltos al agua.


11. El encuentro de dos aguas: río Guaviare y río Inírida


Al fondo, el río Guaviare de color amarillo, río que nace en la cordillera Oriental y es considerado el límite hidrográfico entre la Orinoquía y la Amazonía, a este tipo de agua se le denomina “aguas blancas”, dado el alto contenido de sedimentos, producto de la influencia de los ríos que nacen en los Andes de origen sedimentario. Por otro lado, el agua más brillante corresponde al río Inírida, este tipo de aguas se conocen como “aguas negras” debido a que llevan gran cantidad de residuos vegetales, más adelante estarán desembocando en el gran río Orinoco.


12. Sabana de la flor de Inírida (Guacamaya superba)


Cerca al aeropuerto de Inírida se encuentra una extensa sabana con una especie vegetal muy particular; se trata de la flor de Inírida. En esta sabana crece de forma silvestre la flor endémica de Guainía, de hermoso color blanco y rojo, esta especie adorna la sabana de Inírida, sin embargo, realmente se trata de dos especies: una flor de invierno (Guacamaya superba) y una flor de verano (Schoenocephalium teretifolium).


13. Cae el sol y regresan los pescadores


Se aproxima el atardecer, y como es característico en la Orinoquia y la Amazonia, el sol va dejando una estela de naranjas y rojos increíbles, sobre el puerto de Inírida descansan grandes barcos de carga, voladoras, potrillos o bongos con motor de habitantes del sector, pues las vías fluviales son las vías por excelencia de estos territorios ribereños.


14. Espejos de selva sobre el río Inírida


Al ver la imagen podemos dudar de ¿cuál es el cielo y cuál es al río?, el espejo de agua es fantástico, navegar por el río Inírida es deleitarse con la espesura de la selva, sobre todo porque este territorio es una zona de transición entre la Orinoquía y la Amazonía y, por ende, la diversidad biológica es inimaginable.


15. Los viajeros del río Inírida


Al moverse por el río se ven algunos bongos con motor –canoas- que pueden mover de 10 a 20 personas, dependiendo del tamaño en viajes que pueden durar horas o días. En esta ocasión nos encontramos un bongo con indígenas que se desplazaban a la zona de votación de Inírida para la primera vuelta presidencial.


*Licenciada en Biología, docente investigadora


Referencias
1. Salazar, C., Gutiérrez, F., Franco, M. (2006). “Guainía en sus asentamientos”. Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas- Sinchi. Bogotá, Colombia.
2. Merlano, J. (2016). El Escudo Guayanés en Colombia: Un mundo perdido. Banco de Occidente. Bogotá, Colombia
3. Según el SINIC (Sistema Nacional de Información Cultural) http://www.sinic.gov.co/SINIC/ColombiaCultural/ColCulturalBusca.aspx?AREID=3&SECID=8&IdDep=94&COLTEM=216
4. Merlano, J. (2016). El Escudo Guayanés en Colombia: Un mundo perdido. Banco de Occidente. Bogotá, Colombia

Publicado enFotorreportajes
Inírida en 15 fotografías: tesoro selvático de la zona amazónica colombiana

“(…) y acababa de ver con ojos casi espantados un mundo virgen, un mundo exuberante, el milagro de la vida resuelto en millones de formas, flores inverosímiles, selvas inabarcables, ríos indescriptibles, de modo que lo que Bolívar vio surgir ante él, no fue la América maltratada por los españoles sino la América desconocida y desaprovechada por los propios americanos, el bravo mundo nuevo”

W. Ospina

 

El departamento de Guainía hace parte del territorio amazónico de Colombia, tiene una extensión de 78.365 km, equivalente al 6,3% -aproximadamente- del territorio colombiano y al 15,1% de la región amazónica colombiana (1), limita por el norte con el departamento de Vichada; por el oriente con Venezuela; por el sur con Brasil y por el occidente con los departamentos de Guaviare y Vaupés; hace parte del escudo Guayanés, una de las formaciones geológicas más antiguas del mundo (2).


En efecto, Guainía es la vida palpitando. Este departamento fronterizo, con alta presencia de pueblos indígenas, es aún desconocido en varios aspectos -afortunadamente-, razón por la cual hace parte de la larga lista de territorios abandonados por el estado y testigo del conflicto armado. Paradójicamente, al ser considerado una de las “zonas rojas” del país, se conservaron miles de especies de flora y fauna, entre ellas algunas especies de animales amenazadas de extinción como el Jaguar (Panthera onca), la Nutria Gigante (Pteronura brasiliensis), la Danta (Tapirus terrestres), el Águila Arpía (Arpia Harpija), entre otras; de igual manera se preservan resguardos indígenas de pueblos como Curripacos, Puinaves, Sikuainis, Piapocos, Cubeos, Tucanos, Yerales, Makú, Desanos, Piratapuyas (3), entre otros. No obstante, desde hace un tiempo el turismo ha ido incrementando, al igual que el interés por la explotación minera de coltán, oro y plata, poniendo en riesgo la polifonía de vida que allí habita.


Las siguientes 15 fotografías son un pincelazo de la majestuosidad de Inírida, la capital de Guainía, un viaje fotográfico por lugares paradisiacos que escapan a cualquier descripción.


1. Cerros de Mavecure: Los tepuyes de Guainía


Después de 3 horas de viaje en lancha desde el puerto de Inírida, vemos como se alzan tres gigantes entre la selva, se trata de los cerros de Mavecure sobre las aguas del río Inírida. De izquierda a derecha: El cerro de Mavecure, el cerro del Mono, y el cerro Pajarito. En esta zona se grabaron partes de la película colombiana “El abrazo de la serpiente” de Ciro Guerra.


2. Cerro de Mavecure


El nombre del cerro –nos explica Wilmer, el guía indígena– se debe a que allí los antepasados encontraban dos materiales para la caza; el mave, un árbol del que sacaban la madera para fabricar las lanzas y el cure, curare o veneno para las puntas de las lanzas o flechas.


3. Cerro del Mono


Los Tepuyes, que en lengua indígenas quiere decir montañas, son territorio sagrado para los Curripacos. Desde la cima del cerro de Mavecure se puede ver la majestuosidad del cerro del Mono, que da paso a las extensas zonas de selva que se avizoran entre las rocas más antiguas de la tierra, las cuales se formaron para el caso de Colombia hace aproximadamente 1.800 millones de años (4).


4. El cerro de Pajarito y la princesa Inírida


Aunque el cerro de Mavecure es donde hicimos el ascenso, el enorme cerro de Pajarito no pasa desapercibido. Dice la leyenda indígena que en este cerro se perdió la princesa Inírida, de ella se enamoró un hombre indígena que no lograba tener su amor y por esto acudió a la “pusana”, una sustancia preparada para enamorar a otra persona (también conocida como shundul o chundú.) Cuando la princesa Inírida sintió la pusana salió huyendo y se perdió en el cerro, y allí ha estado desde entonces.


5. El vecino más viejo de la comunidad del Remanso


La comunidad del Remanso la habitan los pueblos indígenas de Curripacos y Puinaves, estos habitantes conviven con un gigante en su territorio, el vecino más viejo se llama Cerro Pajarito y está justo a espaldas de sus casas.


6. Wilmer, nuestro guía


En esta ocasión nos acompañó Wilmer, un curripaco de 28 años. Por la época de invierno es más complicada la subida, sin embargo, Wilmer podía subir y bajar corriendo sin ningún problema, mientras subíamos nos contó que estos cerros son territorios sagrados para ellos, pues aquí venían los abuelos para limpiar la maldad del mundo.


7. Serpentea el río Inírida


Desde la punta del cerro de Mavecure se ve como se mueve la enorme serpiente de agua amazónica, es decir, el recorrido del río Inirida, que serpentea entre la selva y que finalmente se une al río Guaviare para llegar juntos al río Orinoco.


8. Heliconius melpomene en el mariposario


El mariposario “Melpomene” de Inírida es un proyecto autónomo liderado por Pedro, un joven de la zona que se interesó en las mariposas y en la manera de armar un mariposario que dé cuenta de la gran riqueza biológica de Guainía, allí se desarrolla un proceso de colecta no invasiva de mariposas para su cuidado y reproducción. Lleva el nombre de Melpomene por la especie de mariposa Heliconius melpomene.


9. Pictogramas en la comunidad indígena El Coco


La comunidad indígena del Coco hace parte de los resguardos cercanos al casco urbano de Inírida, en esta comunidad conviven indígenas de las etnias Curripaca y Puinave. Es una comunidad de artesanos y artesanas del barro, madera y fibra de la palma de moriche o chiquichiqui, pero además se encuentran gigantescas rocas antiguas con enormes y variados pictogramas ancestrales que, según cuentan, son narraciones de dioses como Yuruparí o Dukjin.


10. Trampas artesanales de peces


Cae la tarde y es hora de revisar las trampas artesanales de madera que se han instalado en la orilla del río Inírida. En esta ocasión es una indígena curripaca quien selecciona los peces que serán sacados del agua para consumo o venta, esta selección se hace de acuerdo a la talla de las diferentes especies, los especímenes juveniles son devueltos al agua.


11. El encuentro de dos aguas: río Guaviare y río Inírida


Al fondo, el río Guaviare de color amarillo, río que nace en la cordillera Oriental y es considerado el límite hidrográfico entre la Orinoquía y la Amazonía, a este tipo de agua se le denomina “aguas blancas”, dado el alto contenido de sedimentos, producto de la influencia de los ríos que nacen en los Andes de origen sedimentario. Por otro lado, el agua más brillante corresponde al río Inírida, este tipo de aguas se conocen como “aguas negras” debido a que llevan gran cantidad de residuos vegetales, más adelante estarán desembocando en el gran río Orinoco.


12. Sabana de la flor de Inírida (Guacamaya superba)


Cerca al aeropuerto de Inírida se encuentra una extensa sabana con una especie vegetal muy particular; se trata de la flor de Inírida. En esta sabana crece de forma silvestre la flor endémica de Guainía, de hermoso color blanco y rojo, esta especie adorna la sabana de Inírida, sin embargo, realmente se trata de dos especies: una flor de invierno (Guacamaya superba) y una flor de verano (Schoenocephalium teretifolium).


13. Cae el sol y regresan los pescadores


Se aproxima el atardecer, y como es característico en la Orinoquia y la Amazonia, el sol va dejando una estela de naranjas y rojos increíbles, sobre el puerto de Inírida descansan grandes barcos de carga, voladoras, potrillos o bongos con motor de habitantes del sector, pues las vías fluviales son las vías por excelencia de estos territorios ribereños.


14. Espejos de selva sobre el río Inírida


Al ver la imagen podemos dudar de ¿cuál es el cielo y cuál es al río?, el espejo de agua es fantástico, navegar por el río Inírida es deleitarse con la espesura de la selva, sobre todo porque este territorio es una zona de transición entre la Orinoquía y la Amazonía y, por ende, la diversidad biológica es inimaginable.


15. Los viajeros del río Inírida


Al moverse por el río se ven algunos bongos con motor –canoas- que pueden mover de 10 a 20 personas, dependiendo del tamaño en viajes que pueden durar horas o días. En esta ocasión nos encontramos un bongo con indígenas que se desplazaban a la zona de votación de Inírida para la primera vuelta presidencial.


*Licenciada en Biología, docente investigadora


Referencias
1. Salazar, C., Gutiérrez, F., Franco, M. (2006). “Guainía en sus asentamientos”. Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas- Sinchi. Bogotá, Colombia.
2. Merlano, J. (2016). El Escudo Guayanés en Colombia: Un mundo perdido. Banco de Occidente. Bogotá, Colombia
3. Según el SINIC (Sistema Nacional de Información Cultural) http://www.sinic.gov.co/SINIC/ColombiaCultural/ColCulturalBusca.aspx?AREID=3&SECID=8&IdDep=94&COLTEM=216
4. Merlano, J. (2016). El Escudo Guayanés en Colombia: Un mundo perdido. Banco de Occidente. Bogotá, Colombia

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